Thursday, July 31, 2008

Bloodthirst — Lady of the Shadows

Bloodthirst — Lady of the Shadows

Bloodthirst

_
Midnight
The Fright
Floats like a mist
Thick and alive
Looking for blood
Blood to survive
_
She waits
Anticipates
She knows He is coming
Coming to feast
But she does not flee
She welcomes the Beast
_
At last
As in the past
They once again met
She knew it wasn’t right
But unlike last time
She put up no fight
_
Blood drained
Life gained
He filled himself
With her essence
And it inside him
Showed its presence
_
Then she
Yes She
She drank of him
And completed the task
She became immortal
Life to forever last
_
The worst
Bloodthirst
Had brought them both together
And will keep them that way
Whilst they hunt every night
And sleep away their days

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Wednesday, April 30, 2008

LA HERMOSA VAMPIRIZADA — ALEJANDRO DUMAS

LA HERMOSA VAMPIRIZADA — ALEJANDRO DUMAS

La Hermosa Vampirizada
Alejandro Dumas

_
Yo soy polaca, nacida en Sandomir, vale decir en un país donde las leyendas se tornan artículos
de fe, donde creemos en las tradiciones de familia como y —acaso más que— en el Evangelio.
No hay castillo entre nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en la cabaña, se reconoce el
principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se escuchan ruidos tan
misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos en las antiguas torres, sacudidas tan
formidables en las murallas, que los habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos
y nobles corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas reliquias, únicos
resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero otros dos principios más terribles aún,
más furiosos e implacables, se encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las cuales creyérase
agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota la sangre de una familia entera. Mi
padre y mis dos hermanos, rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera
de la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe que mi hermano
menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba mortalmente
herido; y por fin, después de una jornada angustiosa, durante la cual yo había escuchado
aterrorizada el tronar siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de sepultarse bajo sus ruinas.
Mientras no temía nada por él, temblaba por mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte,
porque estaba segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre los cien que le
quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto dinero y objetos preciosos poseíamos y,
recordando que —en ocasión de la segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había
encontrado un asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los montes
Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la hija, como hacía tiempo a la
madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos no fueron largos.
Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar el día siguiente a la vista del castillo, por
lo que no había tiempo que perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía
acompañar a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la cuadra; mi
padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas, obras maestras de las fábricas de
Tula, me abrazó y dio la orden de partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas, costeando uno de esos ríos sin
nombre que desembocan en el Vístula. Esta primer doble etapa nos había sustraído al peligro de
caer en manos de los rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas cimas
de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana del tercer día,
comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros Cárpatos no se parecen a los fértiles
montes de vuestro occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta
allí en toda su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de eternas
nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso espejo de lagos que por su
vastedad semejan mares; y de aquellos lagos, jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás
redes de pescadores turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al que contestan los
gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van a desvelar algún solitario eco, atónito de
que un ruido cualquiera le haya revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí
bajo la umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas que la soledad
nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del estupor a la admiración. Ahí
doquiera hay peligro, y el peligro se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo
para atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a la que dio origen
imprevistamente la licuefacción de los hielos y que, saltando de roca en roca, invade de pronto el
angosto sendero que se recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del suelo y se derrumban con
horrible estrépito semejante al de un terremoto; en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas moles agrestes,
aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio de gigantescas montañas y bosques
interminables, os veis ante inmensos páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus
tempestades, áridas y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que se alargue vuestra mirada,
es siempre el mismo. Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio de desiertos, os creéis
solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se convierte en desolación. Os parece inútil caminar
más adelante, porque no veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de cuando en cuando, como
una tristeza más en aquella región melancólica, un pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido
en el fondo de un barranco, casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre
las cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos prolongados y discordantes.
Rodead ese lago, trasponed el collado que está delante de vosotros, descended a otro valle,
superad otra colina, y así sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena
de montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os volvéis hacia el
mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os presenta una naturaleza más grandiosa
y descubriréis otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica
vegetación, toda cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con el
agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido de la campana de una
ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve serpentear una caravana. Por fin, a los últimos
rayos del sol poniente se perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos,
apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran agrupado en
cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro: aquí no
se luchará con osos y lobos, como en aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos
moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían transcurrido sin ningún
incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de
gigantes, y sobre cuya vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje. Eran los últimos días de
julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y hacia las cuatro respirábamos con ansioso
deleite las primeras brisas del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una hendidura de la
montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso del Bistriza, de riberas
esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un
abismo en cuyo fondo corría el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos precedía un guía, quien,
inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo, cantaba una canción morlaca, cuyas palabras
seguía con singular atención. El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno
de aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con su salvaje
tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la canción eran poco más o menos las
siguientes:
“¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta sangre de guerreros! No es
un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que después de haber engañado a la gentil María,
robó, exterminó, incendió.
“Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del bandido; un yatagán
le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después de tres días, su sangre, tibia aún, riega la
tierra bajo el pino tétrico y solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
“Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase por la palude cerca
de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al
monte de calvo frontis.”
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una bala. La canción quedó
interrumpida, y el guía, herido de muerte, precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía
temblando y tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde desapareciera su
dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito estridente, y sobre los flancos de la
montaña vimos aparecer una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada
uno de los nuestros empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes,
como que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se pusieron en
guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y conociendo bien cuán desventajosa
era nuestra situación, grité: ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda
carrera hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban de roca en
roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando, hacían fuego, manteniendo a
nuestros flancos la posición tomada. Por lo demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto
donde el camino se ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron al galope sus
cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las escenas de guerra, pude
apreciarla sin que se me escapara una sola circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de
pieles de carnero, llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al modo
de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que agitaban vivamente luego
de haber disparado, dando gritos salvajes, y en la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas.
Su jefe era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava guarnecida de piel y
ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y seda. En su mano resplandecía un sable corvo,
y en su cintura relucían cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz expresión de sus deseos,
pues a aquellos gritos obedecían todos sus hombres, ora echándose a tierra boca abajo para
esquivar nuestras descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos, haciendo en suma de la lucha una
carnicería. Yo había visto caer uno después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro
estaban aún ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara que fuese posible.
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los anteriores, tendiendo la punta de su
sable hacia nosotros. En verdad aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último
grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos apuntarnos todos
aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una
última plegaria, y aguardé la muerte. En ese instante vi, no descender sino precipitarse de peña en
pena, un joven que se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola
palabra: “¡Basta!” Todas las miradas se volvieron a esa voz, y cada uno pareció obedecer al
nuevo amo. Sólo un bandido apuntó de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres
dio un grito; la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse sobre el que
le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo, que un relámpago brilló por encima
de nosotros y el bandido rebelde cayó herido por una bala en la cabeza… Tantas y tan diversas
emociones habían acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un hombre, de quien no veía
sino la mano blanca y cubierta de anillos rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado,
de brazos cruzados y la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto contra
nosotros. “Kostaki”, decía en francés y con gesto autoritario el que me sostenía, “haced que
vuestros hombres se retiren de inmediato, y dejadme el cuidado de esta joven. “Hermano,
hermano”, respondió aquel a quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
esfuerzo, “cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo, dejadme a mí el bosque. En el
castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para
obligaros a obedecerme”. “Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en todas
partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a vos, me corre por las venas la
sangre de los Brankovan, sangre real que tiene el hábito de mandar, y yo mando.” “Mandad a
vuestros servidores, Gregoriska, no a mis soldados.” “Vuestros soldados son bandidos, Kostaki…
bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si no me obedecen al instante.”
“Bien, probad de darles una orden.”
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre
una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera, por así decirlo, del
cielo en medio de la refriega, y que yo había podido ver apenas, estando desmayada, mientras
aparecía a punto en escena. Era un joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes
ojos celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una extraordinaria decisión
y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas
como los del arcángel Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. Vestía una especie
de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un
gorro puntiagudo ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza, y al
hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había aprendido a apreciar uno de los
bandidos. Extendió la mano, y con ese gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano.
Pronunció algunas palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda impresión
sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua el joven jefe, y me pareció que
su discurso estaba lleno de amenazas y de imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el
hermano mayor contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los
bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron detrás de nosotros.
“¡Bien! Sea, pues, Gregoriska”, dijo Kostaki volviendo a hablar en francés. “Esta mujer no irá a
la caverna, pero no por ello será menos mía. La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la
quiero yo.” Así diciendo, se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. “Esta mujer será
llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré”, dijo mi protector. “¡Mi
caballo!”, gritó Kostaki en lengua moldava. Varios bandidos se apresuraron a obedecer,
condujeron a su señor la cabalgadura pedida… Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un
caballo sin dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me tenía aún apretada
entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente como su hermano, y partió a todo galope. El
caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco
y al pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos caballeros que volaban el
uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse de vista un solo instante, aun cuando
aparentaran no mirarse, y se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo
advirtió, me levantó la cabeza, y ya no vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los
párpados, pero en vano; a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el corazón. Entonces me
acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la Leonora de la balada de Bürger, llevada por el
caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas abiertas. Vi algo un poco
más alegre; era el patio interno de un castillo moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo; pero, por rápido que
hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido. Como lo dijera, en el castillo él era el amo.
Al ver llegar a los dos jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los servidores;
pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y Gregoriska, aparecía claro que los
mayores miramientos, el respeto más profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos
mujeres, Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la
siguiera. La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una cámara que, aun
cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de menos fácil contentamiento, era sin
embargo evidentemente la más hermosa del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una
especie de diván de sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o seis
sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los costados de la escalera que
llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño
superior al natural. Al poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no obstante, reparando el
desorden que lo sucedido causara en mi tocado, conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más
que cualquier otra, acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la puerta.
“Adelante”, dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, casi una
segunda lengua materna. Entró Gregoriska. “¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis
francés.” “Y yo también”, respondí, “estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra conducta conmigo. En esa
lengua vos me defendisteis de los designios de vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la
expresión de mi sincero reconocimiento”. “Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de caza por los montes,
cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones anormales y continuas; comprendí que se trataba
de un asalto a mano armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en
términos guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado atrevido si os
preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto linaje, como lo sois vos, se ha visto
reducida a aventurarse en nuestros montes?” “Yo soy polaca”, le contesté: “Mis dos hermanos
sucumbieron, no ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta hora, y yo, huyendo por
orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba en busca de refugio al monasterio de Sabastru,
donde mi madre, en su juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro.”
“Sois enemiga de los rusos, tanto mejor”, dijo el joven; “este título os será poderosa ayuda en el
castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara.
Pero ante todo, señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos nosotros: el
nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?” Yo me incliné. “Mi madre es
la última princesa de este nombre, la última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los
Cantimir, los viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre había sido educado en
Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo.
Partimos para Francia, Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos conozcamos bien,
reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi madre, digo, que durante los primeros
viajes de mi padre, mientras era yo aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de
parciales (que con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los hombres
por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli, medio griego y medio moldavo,
escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no
quería ella, una Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se tornaba
día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto
de un aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la recibí yo. A
mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por la felicidad de mi madre, y le
escribí una carta, en la que le comunicaba estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En
aquella carta le pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue concedido.
Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o Alemania para no encontrarme cara a
cara con un hombre que aborrecía, y que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre;
cuando he aquí, que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo demasiado a mi madre
para no apresurarme a regresar a la patria, comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía
encontrarse de tener junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle queridas.
Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo, era su hijo. Una mañana llegué
inesperadamente al castillo de mis padres. Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por
un extranjero, pero luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado
por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que visteis, para quien son leyes sólo
sus pasiones, que nada tiene por sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la
tigresa obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga esperanza de
poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el hogar de los Brakovan y de los Waivady,
yo soy aún el amo; pero fuera de este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje
hijo de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo
hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no
puedo prometeros otra cosa que hacerme matar por defenderos.”
“¿No podré entonces”, dije yo, “según el deseo de mi padre, continuar el viaje hacia el convento
de Sabastru?” “Obrad, intentad, ordenad, yo os acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos… vos ciertamente no alcanzaréis la meta de vuestro viaje.” “Pero ¿qué hacer, entonces?”
“Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las circunstancias. Suponeos
haber caído en una caverna de bandidos, y que sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro,
vuestra calma salvaros. Mi madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir una verdadera princesa.
La veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de
ella: sed cortés, os amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No demostréis fastidio ni
desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta lengua; yo traduciré a mi madre vuestras
palabras, y estáos tranquila, que sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una
palabra de cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no sabéis
aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de entre nosotros. Venid.”
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo, puestas dentro de manos de
hierro que sobresalían del muro. Era evidente que aquella insólita iluminación había sido
dispuesta para mí. Llegamos al comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella
sala, y pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe significaba la
extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía
cabellos blancos entrelazados alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de
cibelina, ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de
brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas, sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa
turca, guarnecida de piel igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar,
que hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki, vestido con el
espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció aún más extraño. Su traje estaba
compuesto de una sobrevesta de velludo negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la
rodilla, calzones de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le caían
sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una fina camisa de seda. Me
saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras para mí ininteligibles.
“Podéis hablar en francés, hermano mío”, dijo Gregoriska; “la señora es polaca y comprende esta
lengua”.
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan incomprensibles para mí como las
que pronunciara en moldavo; pero la madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los
dos hermanos. Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me recibiera.
Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento, al cual la movilidad de sus
facciones daba un sentido fácil de explicarse. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de
ella, señaló con un gesto la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y pronunció una plegaria.
Entonces cada uno ocupó su lugar propio, establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí.
Como extranjera, yo había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado de vestimenta.
Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de casimir, pero aquélla de color granate y
estos turquíes. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán
Mahmud. Los otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio que le
correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los servidores. La cena fue triste:
Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme
en francés. La madre me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le
era natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa. Luego de la cena,
Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua moldava el deseo que yo debía tener de
estar sola, y cuán necesario que sería el reposo después de las emociones de aquella jornada.
Smeranda hizo un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo hubiera
hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo. Gregoriska no se había
engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante de soledad. Agradecí por eso a la princesa,
quien me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me
acompañaran en mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi aposento,
de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho. Agradecí a las mujeres:
les hice comprender que me desvestiría sola, y ellas salieron en seguida con mil testimonios de
respeto que querían significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era un singular juego
de luces, una especie de lucha entre el resplandor trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que
pasaban a través de la ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos cerrojos, que se cerraban por
dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré la puerta de entrada; también ella tenía medios de
defensa. Abrí la ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido aquella
cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre una mesita puesta junto a la
cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer
mientras permanezcáis en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía principio el drama
que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole. Kostaki me confesó de
improviso al día siguiente que me amaba, y declaró que sería suya y no de otro, y que me mataría
antes que cederme a quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos los medios de su
refinada educación, todos los recuerdos de una juventud transcurrida en la más nobles Cortes de
Europa. ¡Ay! No era cosa tan difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el
alma, y ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses Kostaki me
había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba; Gregoriska aun no me había dicho una
palabra de amor y yo sentía que cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el castillo, había cedido
momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién de cuando en cuando venía a pedirle
órdenes, y en seguida desaparecía. También Smeranda había concebido por mí una amistad
apasionada, cuyas expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba polaco ni francés, y yo
no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de insistir ante mí en favor de su hijo predilecto.
Había sin embargo aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!…—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro hombres sobrevivientes al
combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos,
antes de que pasaran tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una mañana
se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado, destruido, y
mi padre se había hecho matar defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki
redobló sus insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto mi duelo
por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto
más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí mismos, cuando no
quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo ejemplo de ello. Estaba segurísima de su
amor, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre,
me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la
mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían hacer clara a Kostaki la rivalidad del
hermano, como sólo el amor que alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin
embargo, lo confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo tenía
fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí que una noche, de vuelta
apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una de las dos puertas que se cerraban por dentro.
Por el modo de golpear adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién
estaba allí.
“Gregoriska”, contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. “¿Qué queréis de mí?”, le
pregunté toda temblorosa. “Si tenéis fe en mí”, dijo Gregoriska, “si me creéis hombre de honor,
¿me permitís una pregunta?” “¿Cuál?” “Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en
media hora, abridme esta puerta.” “Volved dentro de media hora…”, fue mi única respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía yo que se
trataba de un hecho importante. Transcurrió la media hora: oí golpear más levemente aún que la
primera vez. Durante el intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y eché los cerrojos. Él
permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con el gesto. Luego, cuando
estuvo seguro de que ningún peligro nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la
vasta cámara, y sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
“¡Dios mío!”, le dije; “¿qué hay de nuevo, o por qué tantas precauciones?” “Porque mi vida, que
no contaría para nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que tendremos.”
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome como si quisiera pedir
excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un tácito consentimiento.
“Yo os amo”, me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; “¿me amáis vos?” “Sí”, le
respondí. “¿Y consentiréis en ser mi mujer?” “Sí.”
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. “Entonces, ¿no rehusaréis
seguirme?” “Os seguiré doquiera.” “Pues comprenderéis bien que no podemos ser felices sino
huyendo de estos lugares.”
“¡Oh sí! Huyamos”, exclamé. “¡Silencio”, dijo él estremeciéndose, “¡Silencio!” “Tenéis razón.”
Y me le acerqué toda tremante. “Escuchad lo que he hecho”, continuó Gregoriska; “escuchad por
qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Edvige,
inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos: rico en tierras, en ganados, en
servidores. Ahora bien, he vendido por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de
Hango. Me han dado trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?” Le apreté la mano. “Me
hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo vos.” “¡Bien! Escuchad; mañana voy al
monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos
caballos que nos esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de castillo.
Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara; como hoy apagaréis la luz;
como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis,
saldremos por la puerta que da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y
pasado mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no será ya
pasado mañana!— ¡Querida Edvige!”
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Lo había dicho él,
yo había abierto la puerta de mi cámara a un hombre de honor; pero comprendió bien que si no le
pertenecía en cuerpo le pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo había sido por Kostaki:
sólo que aquella carrera terrible, espantable, fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y
delicioso, al que la velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
veloz tiene un deleite propio… Nació el día. Bajé. Parecióme que el ademán con que me saludó
Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda
no me pareció cambiada. Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que
Kostaki no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once, Gregoriska nos
saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la noche, y rogando a su madre que no le
esperase a cenar: después, volvióse hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y en ese momento le
brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me estremecí. Podéis imaginaros con qué
inquietud pasé aquel día. A nadie había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a
Dios de ello en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada puesta en
mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón… La cena fue un suplicio; hosco y
taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba raramente: esta vez no dijo más que dos o tres
palabras en moldavo a su madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me
levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al abrazarme repitió
aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí parecíame que una voz fatal
me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige! Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho
Gregoriska, equivalía a la muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba inquieta, pues por
cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él iba directamente hacia la caballeriza.
Me arriesgué a correr los cerrojos de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara
vecina, desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en efecto, hacia la
caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo su caballo favorito, ensillándolo de su
propia mano con el cuidado de un hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el
mismo traje que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que el sable.
Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana de mi cámara. No habiéndome
visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la misma puerta por la que saliera y debía volver su
hermano, y se alejó a todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba al encuentro de su
hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo, hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
Pero la noche se tornaba cada vez más cerrada, y pronto no pude yo distinguir más el camino.
Me quedé todavía.
Finalmente, la inquietud que me atormentaba renovó, precisamente por exceso, mis fuerzas, y
pues las primeras noticias, de uno o de otro hermano, debían llegarme en la sala inferior, bajé.
Miré ante todo Smeranda. En la tranquilidad de su rostro advertí que no tenía ninguna aprensión;
daba órdenes para la acostumbrada cena, y los cubiertos de los hermanos estaban en los lugares
habituales. No me atreví a interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido dirigirme?
En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska, hablaban las dos lenguas que yo sabía. Me
sobresaltaba al mínimo rumor. Por costumbre, nos poníamos a la mesa a las nueve.
Había bajado a la sala a las ocho y media, y seguía con la mirada la aguja de los minutos, cuyo
avance era casi visible sobre el amplio cuadrante del reloj. La viajera aguja transitó la distancia
que nos separaba del cuarto de hora.
El cuarto golpeó, y las vibraciones resonaron profundas y tristes; en seguida, la aguja continuó
su girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de la
punta de un compás. Algunos minutos antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un
caballo en el patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la ventana: pero la noche
era demasiado oscura para poder distinguir objeto alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel
momento, cuán presto habría adivinado lo que pasaba en mi corazón…
Se había oído el patalear de un solo caballo, y era cosa muy natural, pues estaba yo bien segura
de que habría regresado un solo caballero. ¿Pero cuál? Resonaron algunos pasos en la
antecámara; pasos lentos, como los de un hombre que camina hesitando: cada uno de ellos me
parecía transitarme el corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi delinearse una sombra.
La sombra se detuvo un instante en la puerta; el corazón se me quedó en suspenso. La sombra
avanzó, y a medida que entraba en el círculo de la luz, recobraba yo el aliento.
Reconocí a Gregoriska. Algunos momentos más, y el corazón se me quebraba. Reconocí a
Gregoriska, pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle podíase adivinar que había
acontecido algo terrible. “¿Eres tú, Kostaki?”, preguntó Smeranda. “No, madre mía”, contestó
Gregoriska con sorda voz. “¡Ah, al fin!”, dijo ella, “¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre
esperaros?” “Madre mía”, dijo Gregoriska mirando la péndola, “apenas son las nueve”. Y
efectivamente en ese mismo momento sonaron las nueve. “Es verdad”, dijo Smeranda. “¿Dónde
está vuestro hermano?
A pesar mío se presentó en mi mente el pensamiento de que Dios había hecho la misma pregunta
a Caín. Gregoriska no contestó. “Nadie ha visto hasta ahora a Kostaki ?”, preguntó Smeranda.
El vatar, o sea el mayordomo, fue a informarse.
“Hacia las siete”, dijo él de regreso, “el conde ha estado en las caballerizas, ha ensillado con
propia mano su caballo, y ha partido por el camino de Hango”.
En ese instante mis ojos se encontraron con los de Gregoriska. No sé si fue realidad o
alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en medio de su frente. Me llevé lentamente
el dedo a la frente indicando el punto donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me
comprendió: sacó el pañuelo, secándose. “Sí, sí”, murmuró Smeranda, “habrá encontrado algún
lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por qué un hijo hace esperar a su
madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska?” “Madre mía”, respondió éste con voz conmovida
pero firme, “mi hermano y yo no hemos salido juntos”. “Bien”, dijo Smeranda. “Vamos a la
mesa, cada uno póngase en su lugar, y luego ciérrense las puertas; quien esté afuera, dormirá
afuera.”
Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas. Smeranda se puso en
su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su siniestra. Después los servidores salieron para
cumplir la tercera parte de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese
momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor entró espantado diciendo:
“Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde Kostaki, solo y por entero
cubierto de sangre”. “¡Oh!”, murmuró Smeranda levantándose pálida y amenazadora; “de tal
modo volvió una noche al castillo el caballo de su padre”.
Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El caballo del conde
Koproli, en efecto, había regresado una noche al castillo todo manchado de sangre, y una hora
después los servidores encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda
tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola bajó al patio. El
caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres o cuatro servidores que hacían toda clase
de esfuerzos para tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que cubría
la silla y vio una herida en su testuz.
“Kostaki fue muerto de frente”, dijo ella, “en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo,
hijos míos, más tarde buscaremos al homicida”.
Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron
afuera por ella, y se vieron sus antorchas perderse en la campiña y entrar en lo profundo del
bosque, como en una hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de
Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría mucho, aguardó
enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las mejillas de aquella madre desolada, sin
embargo se veía que la desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón…
Gregoriska estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala, pareció querer
ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De ahí en cerca de un cuarto de hora se
vio aparecer en el recodo del camino una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente
distinguiéronse todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a un
centro común. Ese centro era, como bien pronto se pudo advertir, unas parihuelas con un hombre
tendido sobre ellas. El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero al cabo de diez minutos,
quienes le llevaban se descubrieron instintivamente la cabeza, y taciturnos entraron en el patio,
donde fue depositado el cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda ordenó se le
abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en tierra ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una lágrima.
Le abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa ensangrentada. La herida hallábase en la
parte diestra del pecho. Debía haber sido hecha con una hoja recta y de dos filos. Recordé haber
visto esa mañana misma al a costado de Gregoriska el largo cuchillo de caza que servía de
bayoneta a su carabina. Busqué con los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se hizo llevar
agua, mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura y tibia todavía enrojeció los labios
de la herida. El espectáculo que tenía bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta
cámara ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos ojos
centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes singulares, aquella madre que, a la vista de la sangre
aun cálida, calculaba cuánto tiempo hacía que la muerte arrebatara a su hijo, aquel profundo
silencio interrumpido sólo por los sollozos de los bandidos cuyo jefe era Kostaki, todo eso,
repito, tenía en sí algo de atroz y de sublime. Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y
se levantó; en seguida, echándose a las espaldas las largas trenzas de blancos cabellos que se le
había desunido:
“¡Gregoriska!”, dijo. Gregoriska se estremeció, sacudió la cabeza y saliendo de su atonía:
“Madre mía”, respondió.
“Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.”
Gregoriska obedeció, temblando, pero obedeció.
A medida que se aproximaba al cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la herida más abundante
y más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más hacia aquel lado, pues a la vista de
aquella sangre no habría tenido ya necesidad de buscar el asesino. “Gregoriska”, dijo ella, “bien
sé que Kostaki y tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un Waivady por parte de
tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero por parte de vuestra madre sois ambos de la
sangre de los Brankovan. Sé que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las
montañas orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos.
¡Pues bien! Gregoriska, quiero saber si mi hijo será llevado a yacer junto a la tumba de su padre
sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo en fin podré llorar tranquila, como mujer,
descansando en vos, vale decir en un hombre, para el castigo”. “Decidme, señora, el nombre del
homicida, y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá dejado de vivir.”
“¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis entendido, hijo mío? ¿Juráis que el asesino morirá,
que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa: que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano? Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la cólera
celeste, si faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra promesa, padeceréis la miseria, la
execración de los amigos, la maldición de vuestra madre.”
Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver, y: “¡Juro que el asesino morirá”, dijo.
A aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto quizá podíamos
comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio. Los ojos del cadáver se abrieron, se
fijaron sobre mi más vivos cual nunca los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable,
sentí penetrarme hasta el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y me desvanecí.
Cuando recobré los sentidos me encontré acostada sobre el lecho de mi cámara: una de las dos
mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba Smeranda; me fue contestado que velaba
junto al cuerpo de su hijo. Pregunté dónde estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de
Hango.
Ahora no era preciso huir: ¿no había muerto Kostaki? No se debía ya hablar de boda, ¿podía yo
casarme con el fratricida? Transcurrieron así tres días y tres noches en medio de extraños sueños.
En la vigilia y en el sueño veía siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era una
visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
Por la mañana me fue traído de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y
bajé. La casa parecía vacía, todos estaban en la capilla. Me encaminé hacia ella, y al tiempo que
trasponía su umbral, vino a mi encuentro Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
Hubierais dicho que era la imagen del Dolor. Con lento movimiento como el de una estatua,
posó sobre mi frente sus helados labios, y con voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció las
habituales palabras; ¡Kostaki os ama!… No os podéis imaginar el efecto que produjeron en mi
aquellas palabras. Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado, que decía os
ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, hizo sobre mi
corazón una impresión terrible. Al mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal
como si fuera verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la prometida del vivo.
Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente, como la sierpe atrae al pajarillo por ella
fascinado.
Busqué con los ojos a Gregoriska; lo vi pálido y enhiesto contra una columna: miraba hacia lo
alto. No sé decir si me vio. Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando
salmos del rito griego, a veces armoniosos, con frecuencia monótonos. También yo hubiera
querido orar, pero la plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa que parecíame
antes bien presenciar un consistorio de demonios que una reunión de monjes. Cuando fue sacado
el cuerpo de allí, quise seguirlo, pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las piernas, y
me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e hizo una seña a Gregoriska. Este se
aproximó. Smeranda me habló en moldavo:
“Mi madre me ordena repetiros palabra por palabra lo que va a decir”, me expresó Gregoriska.
Smeranda habló de nuevo; cuando hubo terminado:
“He aquí las palabras de mi madre”, dijo él: “Lloráis a mi hijo, Edvige, vos le amabais, ¿verdad?
Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante tenéis una patria, una
madre, una familia. Derramemos las muchas lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de
nuevo dignas ambas de aquel que ya no es… ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a vuestra
cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada; cuando regrese, me encerraré en mi
estancia con mi dolor, y me volveréis a ver sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré
este dolor, porque no quiero que me mate a mí”.
A estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, no pude responder sino con un
gemido. Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se alejó, y lo vi desaparecer en el ángulo del
camino. El convento de Hango estaba a sólo media legua de distancia del castillo en línea recta;
pero los obstáculos del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que se empleaban
dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de noviembre. Las jornadas habíanse tornado
frías y breves, y a las cinco ya era noche oscura. Hacia las siete vi reaparecer las antorchas; el
cortejo fúnebre había regresado. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres; todo estaba
concluido.
Os dije ya en qué singular pesadilla vivía presa luego del fatal suceso que nos sumergiera a todos
en el duelo, y sobre todo después que viera reabrirse y fijarse sobre mí los ojos cerrados del
muerto. La noche que siguió, oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba
aún más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo, y a medida que el tiempo
fugitivo me acercaba al momento en que había muerto Kostaki, sentíame cada vez más
desconsolada. Sonaron las nueve menos cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña
sensación. Me corría por todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una
especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y me velaba los ojos.
Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el lecho. Sin embargo no había perdido totalmente
los sentidos como para que no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me
pareció abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí un vivo dolor en el
cuello. Luego de lo cual caí en profundo letargo.
Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que
hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta
sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el
muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de
mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida
por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de
costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida,
a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de
mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; experimentaba yo una cosa
singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio
de posición me fatigaba.
Llegada la noche, me trajeron la lámpara; mis mujeres, según podía yo comprender por sus
gestos, se ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo agradecí y salieron. A la misma hora que la
noche precedente experimenté los mismos síntomas. Quise levantarme entonces y pedir ayuda;
pero no pude llegar a la salida. Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos resonaron,
abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como la noche anterior, caí de espaldas
sobre el lecho. Como el día anterior experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior
me desperté a medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día siguiente renovóse la horrible pesadilla.
Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me sintiera, cuando entró
en la cámara una de mis mujeres y pronunció el nombre de Gregoriska. El joven la seguía.
Intenté levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y quiso
lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
“¿Qué venís a hacer aquí?, le pregunté. “¡Ay!”, dijo él; “¡venía a deciros adiós! A deciros que
abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y vuestra presencia; a anunciaros
que me retiro al monasterio de Hango”. “Gregoriska”, le respondí, “estáis privado de mi
presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es que este amor sea en
adelante casi un delito”. “Entonces, ¿puedo esperar que rogaréis por mí, Edvige? “Sí, pero no lo
podré hacer por largo tiempo”, repliqué yo con una sonrisa. “¿Por qué no? Pero en verdad os veo
muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?” “Porque… Dios tiene ciertamente
piedad de mí, y a él me llama.”
Gregoriska se me acercó, tomóme una mano que no tuve fuerza de sustraerle, mirándome fijo al
rostro: “Esa palidez no es natural. Edvige” me dijo; “¿cuál es la causa?” “Si os la dijera,
Gregoriska, creeríais que estoy loca.” “No, no, hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país
que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a ninguna otra familia.
Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco.”
Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese
terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho,
ese ruido de pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo
dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre crecientes. Creía yo que mi
relato parecería a Gregoriska un comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez,
cuando por el contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. “¿De manera —preguntó
él— que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?” “Sí, por muchos que sean los
esfuerzos que hago para resistir al sueño.” “¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?”
“Sí, aunque eche el cerrojo.” ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?” “Sí, aunque
sea apenas visible la señal de la herida”. ¿Me permitís ver?” Doblé la cabeza hacia atrás.
Examinó él la cicatriz. “Edvige —dijo Gregoriska después de un momento de reflexión—,
¿tenéis confianza en mí?” “¿Me lo preguntáis?”, contesté. “¿Creéis en mi palabra?” “Como creo
en el Evangelio.” “¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de vida, si no
consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.” “¿Y si consiento?” “Si consentís, quizás os
salvéis.” “¿Quizás? Él se calló. “Suceda lo que fuere, Gregoriska”, continué diciendo yo “haré
cuanto me ordenéis hacer”. “Escuchad entonces”, dijo él. “y ante todo no os espantéis. En vuestro
país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe una tradición”. Temblé “porque esa tradición
ya había vuelto a mi memoria”. “¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?” “Sí”, contesté, “en Polonia vi
algunas personas padecer el horrendo hecho”. “Queréis hablar del vampiro, ¿no es verdad?” “Sí,
niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre
cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar
con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de
vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran
sus víctimas”. “¿Y qué se hizo para liberar de eso a la región?” “Se les clavó un palo en el
corazón, y luego los quemaron.” “Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta.
Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es
preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere.” “¡Oh, Gregoriska!”, exclamé
espantada. Dijo: “Quienquiera que fuere”, lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible
aventura, es necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré.” “Decid.” “Estad pronta a
las siete. Descended a la capilla, pero descended sola; es necesario que venzáis a toda costa
vuestra debilidad, Edvige. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada mía:
para velar por ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos.” “¡Oh!
Gregoriska”, exclamé, “¡si es él, os matará!” “No temáis, amada Edvige. Consentid solamente.”
“Sabéis bien que haré todo lo que queráis, Gregoriska.” “Entonces, hasta luego a la noche.” “Sí,
haced lo que creáis más oportuno, y os secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós.”
Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda carrera por el camino del
monasterio; era él.
Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no se reza en vuestras tierras
sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos;
no me levanté sino al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta.
Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera, apoyándome en el muro, y me
dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.
Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de Hango. Ceñía una espada
santa, reliquia de un antiguo cruzado que asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-
Hardouin y Baldouin de Flandes. “Edvige”, dijo él golpeando con la mano su espada, “con la
ayuda de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos pues
resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión, recibirá nuestros juramentos”.
Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más solemne. Nadie
asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las coronas nupciales. Vestidos ambos de
luto, giramos en torno al altar con un cirio en la mano; luego el monje, tras de pronunciar las
sacras palabras, agregó: “Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor para luchar
contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra inocencia y defendidos por Su
justicia, venceréis al demonio. Id, y benditos seáis”.
Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el
brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón,
volvía a mis venas la vida. Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo;
subimos a mi cámara. Sonaban las ocho y media.
“Edvige”, me dijo entonces Gregoriska “no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como
de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer desvelada y verlo
todo?” “Junto a ti nada temo: quiero permanecer despierta y verlo todo.”
Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio: “Toma
entonces esta ramita”, me dijo, “acuéstate en tu lecho, recita las preces de la Virgen y aguarda sin
temor. Dios está con nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar
aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y aguarda”.
Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida.
Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé. Contaba yo los minutos, y de seguro mi
esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me
sentí presa del mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los días
precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera sensación se desvaneció. Oí
entonces muy claro el ruido de aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la
escalera, y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como
empujada por sobrenatural fuerza, y entonces…
La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las
parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía
como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo
estaba muerto, todo era cadáver…carne, ropas, porte… solamente los ojos, aquellos terribles ojos,
estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir duplicárseme el espanto, sentí
crecerme el valor. Dios me lo enviaba de seguro para decidir mi situación y defenderme del
infierno. Al primer paso que el espectro dio hacia mi lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el
rostro y le presenté la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un poder más fuerte que él
lo retuvo en el sitio. Se detuvo. “¡Oh”, murmuró; “ella no duerme, lo sabe todo”. Pronunció él
estas palabras en lengua moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido
pronunciadas en lengua por mí sabida.
Estábamos así uno frente al otro, el fantasma y yo, sin que pudiera apartar mis miradas de las
suyas, cuando con el rabillo del ojo vi a Gregoriska salir detrás del baldaquino, semejante al
ángel exterminador y con la espada en el puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano siniestra,
y avanzó lentamente con la espada tendida vuelta hacia el fantasma; éste, al ver al hermano,
desenvainó también el sable soltando una horrible carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro
bendito, el brazo le cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y
desesperación. “¿Qué quieres de mí?”, preguntó al hermano. “En nombre del Dios verdadero y
viviente”, dijo Gregoriska, “conjúrote a que respondas.” “Habla”, dijo el espectro rechinando los
dientes. “¿Te he tendido yo una emboscada?” “No.” “¿Te he asaltado yo?” “No.” “Te he herido
yo?” “No.” “Te arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la muerte.
Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de fratricidio; luego no has recibido
una misión divina sino infernal; luego has salido de tu tumba no como una sombra santa sino
como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.” “¡Con ella, sí!”, exclamó Kostaki haciendo un
supremo esfuerzo para apoderarse de mí. “¡Volverás allá solo!”, exclamó a su vez Gregoriska;
“esta mujer me pertenece”.
Y al pronunciar tales palabras tocó con la punta del hierro bendito la llega viva. Kostaki exhaló
un grito como si le hubiera tocado una espada de fuego y, llevándose una mano al pecho, dio un
paso atrás. Al mismo tiempo, Gregoriska, con un movimiento que parecía coordinado con el del
hermano, dio un paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, con la espada
contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne. Era algo semejante
al pasaje de don Juan y el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra espada,
bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo seguía paso a paso, sin pronunciar una
palabra, ambos anhelantes, ambos lívidos del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo a
abandonar el castillo, su anterior morada, para volver a la tumba, su morada futura… Os lo
aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de verse! Y sin embargo, yo misma, movida por una fuerza
superior, invisible, desconocida, sin saber lo que hacía, me levanté y los seguí. Bajamos la
escalera, iluminados sólo por las ardientes pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio,
y luego traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro retrocediendo,
Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
Esta marcha fantástica duró una hora, pues era necesario volver el cadáver a su tumba; pero en
vez de seguir el camino acostumbrado, Kostaki y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta,
cuidándose poco de los obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se allanaba,
los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se abrían. El mismo milagro se
operaba para mí: sólo que el cielo me parecía todo cubierto de un negro velo, las lunas y las
estrellas habían desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos
llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos a través del seto vivo de
madroños que servía de cerco al cementerio. Apenas entrada, distinguí entre las sombras la
tumba de Kostaki, junto a la de su padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí.
Nada me era desconocido en aquella noche.
Gregoriska se detuvo al borde de la fosa abierta. “Kostaki”, dijo él, “aun no está todo terminado
para ti, y una voz del cielo me avisa que se puede ser concebido el perdón si te arrepientes;
¿prometes retornar a la tumba?, ¿no salir de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste
al infierno?”. “¡No!”, respondió Kostaki. “¿Te arrepientes?”, preguntó Gregoriska. “¡No!” “Por
última vez, ¿te arrepientes?” “¡No!” “Por última vez, ¿te arrepientes?” “¡Bien!” invoca la ayuda
de Satanás, como invoco yo la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún victorioso.”
Resonaron simultáneamente dos gritos; los hierros se cruzaron despidiendo centellas, y la lucha
duró un minuto que me pareció un siglo. Kostaki cayó; vi alzarse la terrible espada de su
hermano, introducírsela en el cuerpo, y clavar ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un
último grito que nada tenía de humano se alzó por el aire. Acudí: Gregoriska estaba en pie, pero
vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
“¿Estás herido?”, le pregunté ansiosamente. “No”, me respondió, “pero en tal duelo, querida
Edvige, la lucha, no la herida, mata. He luchado con la muerte, y a ella pertenezco”. “Amigo,
amigo”, exclamé, “aléjate de aquí y acaso vuelvas a la vida”. “No, ésta es mi tumba, Edvige, pero
no perdamos tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala a la
mordedura que te hizo; es el único medio que puede preservarte en el porvenir de su horrendo
amor.”
Obedecí temblando. Me incliné para recoger aquella tierra sanguinosa, y al doblarme vi el
cadáver clavado al suelo: la espada bendita le atravesaba el corazón, y una sangre oscura le
brotaba abundante de la herida, como si hubiera muerto en aquel momento.
Amasé un poco de tierra con la sangre, y apliqué a mi herida el espantoso talismán. “Ahora, mi
adorada Edvige”, dijo Gregoriska con voz semiapagada, “escucha bien mi último consejo.
Abandona el país apenas te sea posible. Sólo la distancia es una seguridad para ti. El padre
Basilio recibió hoy mi suprema voluntad y la cumplirá. “Edvige, un beso! ¡El último, el único
beso! ¡Edvige, me muero!” Y así diciendo, Gregoriska cayó junto al hermano.
En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta,
con aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al otro, hubiera enloquecido; pero como dije ya,
Dios me había inspirado una fuerza igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo
testigo sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de ayuda, vi abrirse la
puerta del monasterio y avanzar los monjes de a dos conducidos por el padre Basilio, llevando
cirios ardientes y cantando las preces de difuntos. El padre Basilio había llegado hacía poco al
convento, y previendo lo sucedido, dirigíase al cementerio con toda la congregación. Me
encontró viva cerca de los dos muertos. Una última convulsión había retorcido el rostro de
Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y casi sonriente. Fue sepultado, como lo deseara
él, junto al hermano, el cristiano junto al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva
desdicha, quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis labios cuanto había
acontecido en aquella tremenda noche.
Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me escuchó, como ya me escuchara
Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto. “Edvige”, me contestó ella después de un instante de
silencio, “por muy extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La estirpe
de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque un Brankovan mató a
un sacerdote. El término de la maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en
mí se extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón, tomadlo. Después de mi
muerte, salvo los píos legados que tengo la intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y
ahora seguid el consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas tierras
donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No necesito de nadie para llorar
conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte
futura me pertenece a mí sola y a Dios”.
Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de
Brankovan.
Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis noches no fueran
turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi salud, y de aquel suceso no me quedó otro
recuerdo fuera de esta palidez mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura
que haya sufrido el beso de un vampiro.

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Monday, March 17, 2008

DARK-SIDE GOTHIC / VAMP // Evil , Horror, and Satanic

DARK-SIDE GOTHIC / VAMP // Evil , Horror, and Satanic

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Evil , Horror, and Satanic

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Sunday, March 2, 2008

El Vampiro — John William Polidori

El Vampiro — John William Polidori

El Vampiro
John William Polidori

Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres. Apareció en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna de la capital inglesa, un noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango.
Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales. Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde reinaba la alegría y la despreocupación.Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían explicar cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón. Aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar.
Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban el peso del “ennui”, estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de atraer su atención de manera intensa.
A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado ni por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su atención… pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su presencia. Incluso su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy pocos sabían que hablase también con las mujeres.
Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria. Y bien fuese porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel carácter tan singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las manchaban con sus vicios.
Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey. Era huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de personas subalternas, Aubrey cultivó más su imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes.
Creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la mantenían cálida, aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un pintor gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de pintura.
Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia.
Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de pasatiempos extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales labios.
Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida real no existía la menor base para las necedades románticas de las novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos.
Hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes mencionado y descrito se cruzó en su camino.
Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba tan pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las ideas extravagantes —pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía más que al personaje en sí mismo.
Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el misterioso caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
Deseando obtener más información con respecto a tan singular criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio, igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda.
Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.
En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.
En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le rodeaba.
No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo.
Asimismo, muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas inocentes.
Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de combatir la destreza de los más experimentados.
Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio alguno. Pero demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios. Y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.
No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad casi desierta.
Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su cariño; las otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado.
Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general.
Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por sus virtudes, habíanse quitado la máscara desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada. Resolvió inventar un pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria.
De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo. En Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuente los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar adelante sus planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche.
Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con la muchacha, se echó a reír.
Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del viaje. Luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también al carácter de Lord Ruthven.
La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península, llegó a Atenas.
Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos debajo del polvo o de intrincados líquenes.
Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo.
Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen, el verdadero sueño de un epicuro.
El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al dejar flotar su túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que así olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada.
A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado, cambiando rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la excusa del olvido del joven anticuario que dejaba huir de su mente el objeto que antes había creído de capital importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias.
Pero, ¿por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie podía apreciar?
Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los atestados salones, por las salas de baile.
Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar patrio.
Entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos los colores de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de los cuentos sobrenaturales de su nodriza.
Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey. A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras intentaba reírse de aquellas horribles fantasías.
Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su existencia.
Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord Ruthven.
Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven.
Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón. Si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba constantemente.
En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo para él.
Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey, mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días. Siempre, no obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a la acción destructora del tiempo.
La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros. Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos de horror ante aquel solo nombre.
Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había oscurecido, por ningún motivo.
Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se atrevía a cruzar por aquel sitio recaían los peores males.
Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio que todos se estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave.
A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había proyectado. Le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen inspirado tal terror.
Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey se lo prometió.
Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país.
Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era tarde. En los países del sur apenas existe el crepúsculo. El sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos apenas se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies.
El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y la maleza que le rodeaba.
Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa tormenta.
Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla, todo como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado. Mas, soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza.
No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente, nadie se había dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos sonidos continuaron, sin que nadie reparase al parecer en él.
No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al momento asido por una fuerza sobrehumana. Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído poco después por los portadores de antorchas.
Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre.
A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas. Cual fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su amada convertida en un cadáver.
Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación. Pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su lado.
No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como la vida que antes lo animara. En el cuello y en el pecho había sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las venas.
—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante aquel espectáculo.
Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial, que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre. Los gritos de los exploradores al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor. Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con mezcolanza de delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de viaje para que perdonase la vida de la doncella.
Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven, maldiciéndole como asesino de la joven griega.
Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas. Cuando se enteró del estado de su amigo, se presentó inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que tanto había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la convalescencia del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué, aquella sonrisa le molestaba.
Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.
Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su característica más acusada parecía haberle abandonado para siempre.
No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta. De repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien sentíase unido por los cuidados que aquel le había prodigado durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia que aún no habían visto.
Los dos recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo. Pero aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su interés.
Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.
En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes.
Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente al amparo de un recodo del desfiladero. Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del enemigo…
Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores, al tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.
Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía percibir la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven.
Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos días más tarde, la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el cual sintióse impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme… Puedes hacer aún mucho más… No me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo necesito muy poco… Mi vida necesita espacio… Oh, no puedo explicarlo todo… Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá libre de las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún tiempo desconocida en Inglaterra… yo… yo… ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia—. ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la naturaleza, jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas!
Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin saber por qué, cuando recordaba el juramento prestado sentíase invadido por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.
Levantóse muy temprano al día siguiente, e iba ya a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte.
Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos, decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto.
Durante algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló un estuche que contenía varias armas, más o menos adecuada para asegurar la muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y yataganes.
Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma.
No necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Sin embargo, aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda. Además, ambos objetos mostraban gotas de sangre.
Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes seductoras de Lord Ruthven. Sus padres se hallaban desconsolados, totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde la salida de la capital de Lord Ruthven.
El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de horrores, temiendo que la joven también hubiese sido víctima del mismo asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más callado y retraído y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones, como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy querido.
Llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a los besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más.
La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el aplauso de las reuniones y fiestas. No había en ella el ingenio ligero que sólo existe en los salones. Sus ojos azules jamás se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su persona había como un halo de encanto melancólico que no se debía a ninguna desdicha sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante.
No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la mariposa, como un color grato a la vista. Su paso era sosegado y pensativo. Cuando estaba sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo. Pero al sentir el afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que le impedían el descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha?
Era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su esfera propia. Sin embargo, la muchacha sólo contaba dieciocho años, por lo que no había sido presentada en sociedad, habiendo juzgado sus tutores que debían demorarse tal acto hasta que su hermano regresara del continente, momento en que se constituiría en su protector.
Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella apareciese “en escena”. Aubrey habría preferido estar apartado de todo bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba. No experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad para proteger a su hermana.
De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo el mundo estaba ansioso de dejarse ver.
Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo en un rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente que la primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón había sido en aquel mismo salón, sintióse de pronto cogido por el brazo, al tiempo que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
—Acuérdate del juramento.
Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le podría destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído su atención cuando, a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad.
Contempló a aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi se negaron a sostener el peso de su cuerpo. Luego, asiendo a un amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le llevase a su casa de campo.
Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el cerebro.
Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él… Y todos los detalles se encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga…, la vaina…, la víctima…, su juramento.
¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto resucitara!
Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo la sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando, noche tras noche, recorrió diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus labios, nada consiguió.
Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión de unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección de la anfitriona, Aubrey retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos.
Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse, penetró en el salón y halló a su hermana rodeada de varios caballeros, al parecer conversando animadamente. El joven intentó abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse, le ofreció aquellas facciones que tanto aborrecía.
Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta encontró impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su oído la conocida y fatídica voz:
—¡Acuérdate del juramento!
No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en llegar a casa.
Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes su cerebro había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto en él, teniendo ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo.
No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de arrancarle la verdad de tan extraña conducta. Aubrey limitábase a proferir palabras casi incoherentes, que aún aterraban más a la muchacha.
Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba. Su juramento le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que aquel monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar sus intenciones? Su misma hermana había hablado con él. Pero, aunque quebrantase su juramento y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a creer? Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al monstruo. Durante días permaneció en tal estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le apremiaba a ello, con lágrimas en los ojos.
Al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la soledad salió de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la humedad de la noche. Al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde la fatiga le vencía.
Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le siguiesen, pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento.
Su conducta, no obstante, cambió de pronto. Sobresaltado ante la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz enemigo entre ellos de cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió entrar de nuevo en sociedad y vigilarle estrechamente, ansiando advertir, a pesar de su juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad.
Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días, resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan visibles, que su hermana vióse al fin obligada a suplicarle que se abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le afectaba de manera tan extraña.
Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber interponerse y, temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro, pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él la autoridad delegada por sus difuntos padres.
Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con las inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que residiera en la mansión y cuidase de Aubrey.
Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente absorta estaba su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó por ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en la cama, incapaz de levantarse.
Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con unas miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no la hubiese tocado ni rozado siquiera.
—¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres, no te acerques a él!
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se limitaba a murmurar:
—¡Es verdad, es verdad!
Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no lograba ya arrancarle.
Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso de aquel año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró bastante, al tiempo que sus tutores observaban que varias veces diarias contaba con los dedos cierto número, y luego sonreía.
Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana.
Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó angustiosamente con quién iba a contraer matrimonio. Encantados de aquella demostración de cordura, de la que le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden.
Creyendo que se trataba del joven conde al que él había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver cuanto antes a su hermana.
Aunque ellos se negaron a este anhelo, su hermana no tardó en hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que la abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que su hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.
Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que ella lucía sobre el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al descubrir las facciones del monstruo que tanto y tan funestamente había influido en su existencia.
En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo pisoteó. Cuando ella le preguntó por qué había destruído el retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender. Después, asiéndola de las manos, y mirándola con una frenética expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría con semejante monstruo, ya que él…
No pudo continuar. Era como si su propia voz le recordase el juramento prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven se hallaba detrás suyo, no vio a nadie.
Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y le obligaron a separarse de su hermana.
Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen la boda un solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo.
Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le fue negada la entrada como a todo el mundo. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información.
Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su triste destino, gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita Aubrey.
¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que había hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que conversaba. ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella le prestaba! En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey.
Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda (pese al trastorno mental del hermano), de modo que la misma tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el continente.
Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a los criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió una carta a su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba su felicidad, su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido en brazos como su esperanza y la esperanza del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones.
Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo que, consideraba, era solamente la manía de un demente.
Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes de la casa. Y Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el casamiento.
Vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes superó, al fin, a su vigilancia. Y gradualmente se alejaron para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una indefensa anciana.
Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el primero en divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de rabia.
Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
—Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles…!
Así deciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la anciana, le estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser trasladado rápidamente a su cama.
Tal suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente cuando aconteció , pues el médico temía causarle cualquier agitación.
La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo los síntomas de la muerte próxima. Deseaba que llamaran a los tutores de su hermana, y cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche, instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató apresuradamente cuanto había vivido y sufrido… y falleció inmediatamente después.
Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, mas cuando llegaron ya era tarde. Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había saciado la sed de sangre de un vampiro.

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Monday, February 18, 2008

…CON UN PEQUEÑO TOQUE GOTICO

…CON UN PEQUEÑO TOQUE GOTICO

LA MALLORIA DE ESTAS IMAGENES, O SON MAS GRANDES, O WALLPAPERS; LAS PUEDES USAR DE ESTE TAMAÑO PARA FONDOS DE MOVIL, SI LAS QUIERES A SU TAMAÑO CON CLIKAR ENCIMA DE ELLAS, YA ESTA…


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Friday, December 21, 2007

PASEO POR EL INFIERNO // UNDERGROUND ART


Demonio nocturno que en la noche
asecha las siluetas de su victima mujer,
clavando en ella sus besos de muerte,
clavando en ella sus colmillos del mal.
Noche oscura, madre y escudo de este ser,
fruto de la maldicion de un dios sadico.
Hombre hecho bestia que del dia fue expulsado
a las oscuras sombras de la negra noche.

Un lugar sin penumbra
ni tinieblas,
sin luz de divinidad;
tan solo oscuridad y tranquilidad.

El recuerdo de la felicidad ya no es
felicidad; el recuerdo del dolor es
todavía dolor
Soledad te invade
Soledad es tu amiga
Soledad es tu nombre

Soledad, acuérdate
Soledad da amor
Soledad siente

Soledad asesina
Soledad arranca una vida
Soledad es mi nombre, mi mas dulce Soledad

La soledad de mi alma
la angustia de mi ser
la desesperación de mi cuerpo
las lagrimas que siempre hay en mis ojos
las cicatrizes de mis brazos
nada, nada ya es suficiente
ya no pueden mitigar el dolor
la ansiedad es cada dia más fuerte….
no lo entiendes…..
no soy como tú…
no soy como los demas
soy diferente,


…el mundo se concibe dividido en dos partes: el Mundo de los Humanos y el Otro Mundo. El Mundo de los Humanos es aquel que los hombres y mujeres viven, trabajan, etc., y el Otro Mundo es aquel donde reside todo lo maligno y donde podemos encontrar cosas que no hay en el otro lado…
ARTE Y SANGRE
Mi cama está deshecha: sábanas en el suelo
y frazadas dispuestas a levantar el vuelo.
La muerte dice ahora que me va a hacer la cama.
Le suplico que no, que la deje deshecha.
Ella insiste y replica que esta noche es la fecha.
Se acomoda y agrega que esta noche me ama.
Le contesto que cómo voy a ponerle cuernos
a la vida. Contesta que me vaya al infierno.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.
Esta muerte empeñosa se calentó conmigo
y quisiera dejarme más chupado que un higo.
Yo trato de espantarla con una enorme rama.
Ahora dice que quiere acostarse a mi lado
sólo para dormir, que no tenga cuidado.
Por respeto me callo que sé su mala fama.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.


Ven acércate y bebe de mi sangre,
mírame aquí frente a ti cortare mis venas,
mi sangre esta limpia y pura,
no tiene veneno como la tuya…

Mira como corre y se escurre entre mis manos,
se ve tan deliciosa…
ven y pruébala…

Los demonios de la oscuridad se levantan entre cada suspiro, sobre el odio, sobre el coraje, sobre cada palabra incoherente, de aquel actor… El mundo es un teatro y cada uno es un títere más… Mientras las lagrimas del árbol seco… Mientras cada hoja se deslizaba a su alrededor, mientras el viento acariciaba su follaje, el mundo se desvanecía en cada paso que recorría sin temor.
Entre castillos de dolor, iglesias en depresión, mi cuerpo se deshace en su interior, la miel amarga que algún día probé vacía por dentro está, los gusanos devoran el interior, de cada mariposa del otoño, dejad que las almas divaguen sin temor, que la angustia y ansiedad jamás cesaran…

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Monday, October 22, 2007

VAMPIROS

VAMPIROS GOTICOS OSCUROS


Asanbosam: Asanbosam es un vampiro Africano. Son vampiros normales sólo que ellos tienen ganchos en lugar de pies. Mordiendo a sus víctimas en el dedo pulgar.
Alp: Este vampiro alemán es asociado con el boogeyman y el incubus, normalmente ronda por las noches y en los sueños de las mujeres. Las manifestaciones físicas de esta criatura pueden ser muy peligrosas. Siempre relacionados con las pesadillas, el Alp es masculino, algunas veces se transforma en el espíritu de un pariente recientemente difunto. Los niños pueden convertirse en Alp cuando una madre utiliza un “collar del caballo” para facilitar parto. Durante la edad media el Alp aparece en forma de gato, de cerdo, de pájaro u otro animal, incluyendo un perro del demonio de lechorus en Colonia, así conectando el hombre lobo dentro de esta leyenda. En todas sus manifestaciones el Alp se conoce por el uso de un sombrero. El espíritu puede volar como un pájaro, puede montar como un caballo y se le acredita con cierta actitud galante. El Alp bebe la sangre de los pezones de los hombres y de los niños pero prefiere la leche de las mujeres. Porque es de esta forma que el Alp toma control de los sueños.
Bichohindú: Vampiro indio o de la zona de Panamá, se caracteriza por tener un aguijón en la lengua con la que le quita la energía a las mujeres.
Incubus: Sin duda una de las formas más famosas de vampiros, la forma masculina del Succubus, el Incubus visita a mujeres en la noche, para hacerse su amante y atormentar sus sueños. Él posee todas las características del vampiro, cada noche visita a sus víctimas, para así poder drenar la vida y la fuerza de sus cuerpos con el deseo sexual extremo. Vampiros semejantes se han encontrado en comunidades gitanas y Eslavas y estos podían ser niños.
Lamia: Se supo de Lamias en la Roma antigua y Grecia. Son vampiros hembras, que a menudo aparecían mitad humano, mitad animal (a menudo la parte baja era una serpiente). Comen la carne de sus víctimas disfrutándolo tanto como cuando beben sangre. Se puede matar a un Lamia usando armas normales.
Mormo: Este vampiro de la mitología griega es sirviente de la diosa Hécate y se cree que viene del submundo.
Nosferatu: Nosferatu es otro nombre para el vampiro original, que se llama también vampire o vampyre.
Strigoii: Este es el vampiro Rumano. Strigoii es como mucho de los vampiros originales, pero les gusta atacar en bandadas. Se pueden matar por poner ajo en su boca o quitar su corazón.
Succubus: Este es un vampiro europeo. La manera de alimentarse es teniendo relaciones sexuales agotadoras con la víctima, alimentándose de la energía sexual. Ellos pueden asumir la apariencia de otras personas. A menudo visitarán a la misma víctima más de una vez. La víctima de un Succubus experimentará las visitas como sueños.


Tlaciques: Estas brujas Vampiros fueron encontradas entre los indios de Nahuatl en Méjico. Pueden convertirse en una bola de fuego o en un pavo, y en estas formas se pueden alimentar inadvertidamente.
Upier: Vampiro polaco bastante inusual, este vampiro se levanta a mediodía y regresa a descansar a medianoche. Se cree que tiene una lengua con púas y consume cantidades excesivas de sangre. La fascinación de esta criatura con sangre va mucho allá que la de otros vampiros
Varacolaci: Este vampiro rumano es considerado como uno de los más poderosos. Se dice que tiene la capacidad de causar eclipses lunares y solares. Pueden aparecer como un ser humano con la piel pálida y con la piel seca. Pueden transportarse astralmente.

La Leyenda de vampiro es uno de los mitos más arraigados de la cultura del siglo XX. Aunque existen leyendas de vampiros desde el principio de los tiempos ninguna ha tenido tanta relevancia como la del vampiro cárpato europeo.

A pesar que la cultura popular reconoce muchos tipos de vampiro podemos encontrar numerosas coincidencias tanto en sus poderes como en sus debilidades.
Comenzando por la definición, el vampiro es un ser inmortal, el “no muerto” que sobrevive al paso del tiempo alimentándose de la vida de otra persona, bien sea quitándole la energía o bebiendo su sangre.
La creencia de que los vampiros se alimentan de la sangre de los vivos es la más extendida, puesto que la sangre en todas las culturas simboliza la vida.
Para arrebatarle la vida a las personas el vampiro utiliza diversos métodos, el más conocido por todos es la típica mordedura en la yugular.
El vampiro tradicional posee unos enormes colmillos caninos que utiliza para morder a su víctima y así poder beber su sangre, pero existen otros métodos dependiendo del tipo de vampiro, en Centroeuropa también se habla de un vampiro que posee una lengua con aguijones con los cuales pincha a la víctima para después beber su sangre, también existen otros tipos que pueden robar la energía de una persona mientras duerme.
La persona mordida por una vampiro puede morir o simplemente convertirse en otro vampiro que tendrá para siempre una vinculación psíquica con el vampiro que lo mordió, por eso existe la creencia de que la persona mordida por un “no muerto” se convierte en vampiro.

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Friday, October 19, 2007

PASEO POR EL INFIERNO // DIGITAL-ART

PASEO POR EL INFIERNO // DIGITAL-ART


Demonio nocturno que en la noche
asecha las siluetas de su victima mujer,
clavando en ella sus besos de muerte,
clavando en ella sus colmillos del mal.
Noche oscura, madre y escudo de este ser,
fruto de la maldicion de un dios sadico.
Hombre hecho bestia que del dia fue expulsado
a las oscuras sombras de la negra noche.

Un lugar sin penumbra
ni tinieblas,
sin luz de divinidad;
tan solo oscuridad y tranquilidad.

El recuerdo de la felicidad ya no es
felicidad; el recuerdo del dolor es
todavía dolor
Soledad te invade
Soledad es tu amiga
Soledad es tu nombre

Soledad, acuérdate
Soledad da amor
Soledad siente

Soledad asesina
Soledad arranca una vida
Soledad es mi nombre, mi mas dulce Soledad

La soledad de mi alma
la angustia de mi ser
la desesperación de mi cuerpo
las lagrimas que siempre hay en mis ojos
las cicatrizes de mis brazos
nada, nada ya es suficiente
ya no pueden mitigar el dolor
la ansiedad es cada dia más fuerte….
no lo entiendes…..
no soy como tú…
no soy como los demas
soy diferente,


…el mundo se concibe dividido en dos partes: el Mundo de los Humanos y el Otro Mundo. El Mundo de los Humanos es aquel que los hombres y mujeres viven, trabajan, etc., y el Otro Mundo es aquel donde reside todo lo maligno y donde podemos encontrar cosas que no hay en el otro lado…
ARTE Y SANGRE
Mi cama está deshecha: sábanas en el suelo
y frazadas dispuestas a levantar el vuelo.
La muerte dice ahora que me va a hacer la cama.
Le suplico que no, que la deje deshecha.
Ella insiste y replica que esta noche es la fecha.
Se acomoda y agrega que esta noche me ama.
Le contesto que cómo voy a ponerle cuernos
a la vida. Contesta que me vaya al infierno.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.
Esta muerte empeñosa se calentó conmigo
y quisiera dejarme más chupado que un higo.
Yo trato de espantarla con una enorme rama.
Ahora dice que quiere acostarse a mi lado
sólo para dormir, que no tenga cuidado.
Por respeto me callo que sé su mala fama.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.


Ven acércate y bebe de mi sangre,
mírame aquí frente a ti cortare mis venas,
mi sangre esta limpia y pura,
no tiene veneno como la tuya…

Mira como corre y se escurre entre mis manos,
se ve tan deliciosa…
ven y pruébala…

Los demonios de la oscuridad se levantan entre cada suspiro, sobre el odio, sobre el coraje, sobre cada palabra incoherente, de aquel actor… El mundo es un teatro y cada uno es un títere más… Mientras las lagrimas del árbol seco… Mientras cada hoja se deslizaba a su alrededor, mientras el viento acariciaba su follaje, el mundo se desvanecía en cada paso que recorría sin temor.
Entre castillos de dolor, iglesias en depresión, mi cuerpo se deshace en su interior, la miel amarga que algún día probé vacía por dentro está, los gusanos devoran el interior, de cada mariposa del otoño, dejad que las almas divaguen sin temor, que la angustia y ansiedad jamás cesaran…

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Thursday, July 12, 2007

IMAGENES MUNDOS FANTASTICOS

IMAGENES MUNDOS FANTASTICOS (link-enlace)

MALKAVIAN

La calle estaba desierta, era demasiado tarde, incluso para él…acostumbrado a moverse a tan
tardía hora… debido a su profesión de detective privado… A esa hora es donde los fieles
esposos por el día, deciden salir a divertirse, echar una canita al aire¨… sinceramente, todo
eso le pone enfermo… Su profesión…su vida… todo le da asco, hay noches en las que desea
morir…
Los recuerdos volvieron a su mente el maldito dia en que recibió esa extraña llamada… Cientos
de preguntas como leones a una carnaza de antemano preparada… Esa voz… tan familiar… con
un leve acento británico, le recordaba demasiado a la de su Eloise…
Pero no podia ser… por mucho que en su mente, su esposa siguiera con vida, la realidad era muy
distinta… Practicamente la vio morir… Sufrio su dolor… rogó al cielo reunirse con ella,
pero no sucedió, sus suplicas no encontraron respuesta… Nadie acudio para librarle de sus
pesares, nadie…
Mira el reloj aprovechando la parpadeante luz de una farola… Casi se queda ciego en el
intento… Aun no era la hora, aun no eran las tres de la mañana… Asi que decidio sentarse en
las gastadas escaleras de la iglesia… a esperar… ¿ Que otra cosa podia hacer?
Busca la cajetilla de tabaco entre su gastada cazadora vaquera… y se lleva uno a los labios,
encendiendolo después con su corriente mechero… El humo llena su boca, pasando a sus pulmones,
caliente… delicioso… Y lo expulsa lentamente, fijandose como en la oscura noche, desaparece
con asombrosa rapidez gracias al viento… Y se da cuenta del frio que hace, y de que nada mas
que la curiosidad le retiene alli…
Pero casi sin poder evitarlo, su mente comienza a recordar a su ya fallecida esposa… La
recuerda idealizandola, como es logico… Recuerda su cabello rubio, tan rizado… Sus ojos
verdes, jaspeados con tonos dorados, que le daban una mirada casi gatuna… Aquel andar
maravilloso… su sonrisa, tan perfecta… esos labios carnosos que tantas veces habia retenido
entre los suyos… Era imposible no enamorarse de Eloise… como tambien es imposible olvi-
darla…
Mira el cigarrillo que tiene entre sus dedos, tras darle una ultima calada, lo tira observando
como las chispas salen de el al rozar el suelo… poco a poco la llama se va extinguiendo…para
luego morir, dejando solo el reguero de humo en el aire… Todo mientras el recuerda a su
Eloise…
Comienza a tener mas frio… abrigandose como puede decide levantarse de las escaleras…
finamente hablando, piensa, se le esta congelando el culo… asi que se dirige a la puerta de la
iglesia, donde por el dia, los mendigos se dedican a pedir a la salida del oficio… Hey ! Es su
dia de suerte…. se agacha y recoje una moneda de 25 centavos dejada a la mano de dios ante la
puerta de la iglesia… Cuando se levanta contemplando la moneda, repara en que no esta solo…
Al pie de las escaleras, una dama de apariencia angelical, le observa… Parpadea confuso, no es
posible… es… es ella… su amada Eloise… esta ante el…
Balbucea incoherentes palabras antes de poder dar un paso, y la dama sonrie… sonrie aun
mirandole…mientras extiende la mano para que se acerque…sigue tan bella como antaño…
Y el no puede evitar acercarse, tomar su mano entre las suyas para observar que esta helada… y
la besa con fervor casi religioso, como harian muchos al contemplar la estatua de la virgen…
pero para el, Eloise, es lo mas preciado que existe… Y ahora que sabe que no ha muerto… todo
podra ser como antes…
La mujer sonrie, cerrando los ojos al sentir su contacto… sus pulcras y cuidadas uñas rozan el
dorso de la mano de su amado… y luego, alza su barbilla, levantando la mirada… Haciendo que
por fin sus ojos se miren fijamente… pero ya no sonrie, en su cabeza, un dilema se debate…
¿seguir el consejo de su amor ? ¿ Dejarse llevar por lo que dicta su, ya muerto, corazon? O por
el contrario… ¿ Amarle en silencio…dejar que sus labios se junten, por apenas un instante en
el tiempo eterno, para luego desaparecer, sin dejar rastro tras de si…? No sabe que hacer…
Le ama, pero no quiere condenarle… Ademas, tiene demasiadas cosas que explicarle… Sabe que
la naturaleza de su amado, es ya de por si preguntona… Espera casi con impaciencia las
preguntas… que efectivamente, no tardan en llegar…
¿ Como… como es posible…? Mi dulce Eloise… estabas muerta… ellos lo dijeron… no quedaba
nada… O eres una imagen… Sí, eso ha de ser, eres una imagen producto de mi imaginacion…
En los labios de la mujer se dibuja, poco a poco, una sonrisa de travesura… Su amado ha
reaccionado tal y como ella esperaba… Los años no pasan en vano… Con voz apagada, casi en un
susurro, contesta a su pregunta… Cuando decian, todo tiene solucion menos la muerte, se
equivocaban… No es cierto…mirame a mi… yo estoy muerta, y sin embargo camino, siento,
contemplo las cosas, admiro las maravillas… acumulo odio… amor, deseo…pasion… y sobre
todo, pienso… pienso en porque me cuesta tanto venir a verte… y hallo la respuesta sin ni
siquiera molestarme en buscarla… Porque te amo… y haga lo que haga, decida lo que decida,
perdere a mi unico amor… a ti…
La mano de la mujer se desliza por la mejilla de su compañero…acariciandola suavemente…
rozandola con tanta ternura como le es posible… Sabe que de lo que haga esa noche, dependera
todo su futuro, tanto en la eternidad, como en la vida normal… Pero el hombre parece no
entenderla… Toma su mano con fuerza y la aprieta…Eloise… mi niña, mi amor… Tienes que
contarme que ha pasado… asi podre ayudarte… sabes que te amo, que pase lo que pase siempre
te amare… quiero estar contigo como lo estabamos antes, siempre juntos… no quiero llevar la
vida que llevo ahora… sin ti a mi lado, ya no soy nadie…
Ella no puede reprimir un gesto doloroso, que asoma a su rostro sin casi poder evitarlo… Le
ama, cierto, pero… ¿ Sacrificara toda la vida del hombre que ama, por la eternidad a su
lado?… Cain lo prohibió en su dia… y tenia toda la razón del mundo… Pero no sabe que
hacer… se encuentra en un dilema moral… moral y etico…
Tiene miedo de perder, por causa de la muerte, todo lo que ama, pero tambien tiene miedo de
perder, por darle la vida eterna, por condenarlo a vivir en las sombras, en la oscuridad, por
tiempo inimaginable…
Y le abraza… le abraza rodeandole con sus frios brazos… le quiere proteger, le quiere
ayudar… Pero sigue indecisa en sus pensamientos…
El hombre se deja abrazar… respirando el suave perfume de su cabello… acariciandolo, para
luego bajar por su espalda… El fino vestido deja traspasar la frialdad de su piel, y mas en una
noche tan poco calurosa como esa… La respiracion del hombre forma vaho ante su rostro… sin
embargo, no puede evitar percatarse de que su esposa no lo forma… Se separa para mirarla al
rostro… Esta palida, hasta casi rozar lo extremo… y esta demasiado fria… como un tempano…
y sus labios, tan rojos, resaltan aun mas esta palidez, bajo la inquietante y parpadeante luz de
una farola…
Amor mio… no eres tu quien habla…no son tus labios los que quiero besar… ni esas manos las
que quiero acariciar… ¿ Que eres? ¿ En que te has convertido…? Temo por nuestro amor, que va
mas alla de la muerte… Temo que se desate el odio… al descubrir que eres…
Y ella le mira fijamente… ¡ Por dios cuanto le ama! No puede expresarlo con palabras… Y sin
embargo, debe hacerlo… debe hacerlo para demostrarselo… para que vea lo que esta dispuesta a
hacer por el…Toma su mano y la acaricia… sus ojos aun fijos en los de el, sus bocas a escasos
centimetros… la respiracion del hombre azota su rostro , mientras que nada azota el de él…
pues la mujer esta visto que no respira…
Mi vida… te amo, te amo mas de lo que nadie ha sabido hacerlo nunca… pero estoy en una
situacion comprometida… si deseo conservarte a mi lado para siempre, ese amor que dices sentir
por mi, se perderá… y si por el contrario, me voy sin mediar palabra… siempre me quedara en
el corazon la idea de que pudo suceder… Aconsejame ahora, objetivamente aunque sea, pero dime
algo… Pues te quiero…y si te pierdo, nada tengo…
Y se quedan asi, el uno mirando al otro… sus labios parecen tener vida propia… quieren
besarse, pero ninguno de los dos hace nada por acercarse… Quizá el precio que haya que pagar
sea demasiado alto… Al mirar los ojos del joven, la mujer comprende que no entiende, que si
quiere saber su opinion, por muy parcial que sea, debera contarselo… y tiene miedo de hacerlo,
pues despues, al dejarle marchar, sera demasiado peligroso para los otros vastagos… Y la sola
idea de que vayan a por el, le horroriza…
Te amo, Eloise… pero te fuiste de mi lado… aunque no se porque… y ahora vuelves, y de
nuevo, no se a que atenerme… pues si vienes para quedarte, bien recibida seas, mas si vienes
para irte, dejando de nuevo mi corazon desolado, mejor que borres de mi memoria este dulce
encuentro, pues recordarlo seria demasiado doloroso…
Tras un minuto de silencio, que se hace eterno a oidos del joven, la mujer parece reaccionar…
Aparta la vista de los ojos de su amado y la deja vagar por el parque de la iglesia… Curiosa
coincidencia… se encuentran en una iglesia… donde se conocieron… o quizá no es coincidencia
, quizá fue el subconsciente el que actuo por ellos, dejandoles una señal, por pequeña que sea,
por estupida que parezca… Alli fue donde se juraron amor eterno… Donde se prometieron amarse
y respetarse… en la salud y en la enfermedad… y, efectivamente, hasta que la muerte les
separase… Pero… ¿ Se cambiarian los votos ahora que ni la muerte pueden separarles? Y de ser
asi… ¿Estarian dispuestos a aceptarlos ? Todo depende de cada persona, la eternidad puede
hacerse demasiado tediosa para pasarla con una sola persona…
Cuando paso…bueno… cuando el e… Esto es demasiado complicado para contartelo… y mas
ahora, en esta situacion… pero debes saberlo, debes conocer lo que paso y darme tu opinion…
porque yo te dare donde elegir… luego podras venir conmigo, o irte… separarnos, pero esta
vez, para siempre… tendras la oportunidad que yo no tuve… Tendras la oportunidad de elegir
tu destino, tu futuro…
La noche en la que me atropellaron… Bueno… no sali tan mal parada como esperaba… Alguien
me recogio del lugar del e justo cuando sucedió… o poco despues, ahora mismo no lo recuerdo
bien… Pues bien… Me recogio una persona que no queria que muriese, pero que no me dio a
elegir mi futuro… Dijo que lo sabia todo de mi, que llevaba tiempo observando mis movimien-
tos… que le interesaba la manera en la que hablaba, la manera que tenia de ayudar a las
personas…
Y dijo que lo que mas le impresionaba, eran las ganas que tenia de vivir… Debes saber, cielo,
que yo estaba muy mal herida… casi al borde de la muerte… los dolores eran terribles… y la
herida del pecho no paraba de sangrar… Pero a mi angel salvador no parecia importarle en
absoluto… En vez de curar la herida, coloco sus labios sobre mi pecho bebiendo de mi…
sorbiendo mi sangre… y luego continuaba hablando… como si lo que estuviese haciendo fuera lo
mas normal del mundo… pero no lo era… al menos, no para mi…
Poco a poco, el tema se fue desviando… me explico lo que era, porque bebia de mi… y los
poderes que tenia, poder sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte… sobre la razon y
la ciencia… Poderes que yo siempre desee, el poder… el don de la eternidad, el don de poseer
vida y juventud eterna… Si, se por tu cara que piensas que estoy loca… Pero pronto, quizá
mas pronto de lo que debieras, lo entiendas, y quiza despues me odies por ello, ruego a dios que
no sea asi…
Me explico que era un vástago, un… si, un vampiro.. Me explico tambien que yo seria su
chiquilla, que tendira al igual que el, la vida eterna… y que mis heridas no importarian…
que eso seria lo de menos… Pero yo estaba demasiado debil para negarme… y porque no decirlo,
no se si de tener la oportunidad, lo habria hecho… La vida es demasiado hermosa para
desperdiciarla… Asi que no me negué, pero tampoco le di mi consentimiento… Diciendo esto
parece que quiero expirar mis culpas, y no es asi…creeme cielo, no es asi…
Y apenas unas horas despues del e, cuando supongo todos me dabais por muerta, volvia a nacer…
El abrazo, asi se llama al acto de convertir a un humano en vastago… se llevo a cabo en la mas
absoluta privacidad… Y mi aprendizaje, bastante largo porque no decirlo, ha tenido lugar estos
años, durante los cuales, no se me ha permitido salir para nada en absoluto mas que para
alimentarme… y para eso, iba acompañada… Por eso no he podido acercarme a ti, por mas que
piense cada noche en ti.. recuerde tus caricias, tus labios, tus palabras de amor susurradas a
mi oido cuando el dia despuntaba en nuestra ventana… Cuando tu brazo, que cada noche me
abrazaba con mas fuerza, acariciaba mi pecho desnudo, rozandolo cariñosamente… recuerdo eso y
siento envidia por el pasado… y cada vez te amo con mas fervor si eso es posible… ¿que tienes
que decir ?… espero ansiosa un si que tal vez no llegue.. espero tambien que, como en los
viejos tiempos, durmamos abrazados el uno al otro… sin temor a que la mañana no llegue… en
este caso la noche, sabiendo que el otro estara ahi… Dime, mi dulce amor, que contestas…
El hombre parece pensar, la mira tan fijamente que mas bien parece una estatua… Harto de su
vida desde que ella se fue, ahora no sabe que contestar… Le da la oportunidad de volver con
ella, esta vez, para siempre… Una parte de si mismo dice…¨ Tonto, pero ¿porque dudas ? Ha
venido solo por ti, porque aun te ama… vas a dejarla escapar ¨ Mientras que otra parte de su
ser, la mas cuerda de las dos le reprocha ¨ Contemplar la luz de las estrellas junto a la mujer
que amas puede ser lo mas maravilloso existente… pero debes saber que sin esa mujer, en ese
mundo no seras nadie… tu ves lo que decides… ¨ Asi que esta indeciso de nuevo, la ama, si
para que negarlo… pero ¿lo dara todo por ella ? ¿ La ama hasta ese punto? No esta seguro… de
lo unico que esta seguro es de que ella ha vuelto por el… Y eso merece cualquier intento…
pagar cualquier precio, por alto que sea, con tal de darse una nueva oportunidad… Pero debe
pensarlo mas a fondo… el tiene esa oportunidad… ella no la tuvo… Y si no lo hace… y si
se va por donde ha venid… siempre pesara en su memoria lo que pudo ser… Y no podra vivir con
ello, no podra vivir pensando que pudo recuperar el amor de su amada… eternamente…
El frio cada vez es mayor… El hombre tirita mirandola… Es tan hermosa… parece un angel…
eso es… un angel… con ese largo vestido blanco… casi transparente que realza su esbelta
figura… Y esos labios… de color coralino… No puede dejar de mirarla… Nunca dejara de
amarla… Pero duda entre irse o quedarse para siempre en el tiempo eterno a su lado…
Morirá el deseo … Pero no el deseo de permanecer junto que une a nuestro corazon… Para
nosotros, los cainitas, hay algo mejor que el o… Pero eso deberias descubrirlo por ti mismo…
He estado esperando tanto tiempo. Mi angel… mi amado… Noche tras noche queria salir a
buscarte… Tenerte conmigo… a mi lado, abrazada… a ti… sentir tus manos en las mias… tu
sangre recorriendo mis labios… Y no te tenia… Y sufria en silencio… pues el aprendizaje es
duro… Durante todo este tiempo, he tenido que ocultarte del mundo… Pues si sabian de tu
existencia, si sabian que amaba a alguien, acabarian contigo…
Una lágrima de sangre recorre la palida mejilla de Eloise… yendo a morir a sus labios… no se
molesta siquiera en lamerla… Solo mira, contempla fijamente a su amado… En espera de ese si
que tanto ansia… de que le diga, llevame contigo… pero el hombre no pronuncia palabra… En
el fondo le comprende, dejar su vida por ella… Dejarlo todo para estar a su lado… Eso es
demasiado pedir…
Al cabo de unos minutos… que parecen perpetuos… el hombre comienza a hablar…
Eloise… eres mi vida, lo fuiste antaño y lo sigues siendo ahora… Me pides algo demasiado
facil… dejar la vida que llevo… Vida que aborrezco… a cambio de estar con la unica mujer
que jamas amé… Asi que mi respuesta es si… Llevame contigo… enseñame el mundo bajo la luz
de las estrellas… Enseñame a recuperar el tiempo perdido, a estar a tu lado, esta vez, sin que
la muerte nos separe…
Los ojos del hombre son ya llorosos… Pero aun asi, aun empañados en lagrimas, no puede dejar
de admirarla… De acariciar su mano, de besarla.. La ama, da su vida por ella… Lo da todo, y
sin rechistar… pues eso es amor… y ambos lo saben…
La mujer acaricia su rostro… bajando las manos por su cuello, acerca sus labios a este y lo
besa suavemente, mientras habla en susurros, alentandole, murmurando palabras de consuelo…
indicandole que debe aferrarse a la vida…1
Escuchame bien, Gerard… puede que esta sea la leccion mas importante que te enseñe nunca…
debes aferrarte a la vida… debes pensar que quieres vivir… Voy a sacarte tu sangre, para
mezclarla despues con la mia… estaremos unidos en cuerpo y alma… para siempre…
Y muerde lentamente su cuello… extrayendo su sangre… saciandose de su vida… bebiendo su
juventud… y recuerda antes de caer en el delirio… que le ama, mas alla de todas las cosas…
mas alla del bien y el mal… mas alla de lo etéreo y lo tangible… Y cierra los ojos mientras
la sangre recorre su cuerpo… siente los gemidos de su amado… siente los ultimos suspiros…
y escucha como el corazon, poco a poco, deja de latir… apagandose en su vivir… y antes de
que esto suceda… se detiene… Acaricia su cabello con suma dulzura… humedo ya por el sudor
de su frente… y se rasga la muñeca… de su rostro escapa una mueca dolorosa… pero no le
importa… Ella tambien lo daria todo por el…
Acercandola a su boca, le incita a beber, a alimentarse de ella, las dos sangres en una…
alianza imposible de romper… Siente como la sangre escapa de su cuerpo, como el hombre bebe
incesantemente… como se sacia… quizá en venganza de su desaparecida sangre… Deja escapar
un gemido de sus labios…
Gerard… detente… ahora… le dice… y el hombre obedece a duras penas… sintiendo como
todo resquicio humano escapa de su cuerpo al mismo tiempo casi que la muñeca de sus labios… Y
se abrazan, amandose a su manera… lo peor ya ha pasado… o eso piensan… Y se quedan
abrazados en aquellas escaleras… donde el azar, o el subconsciente les ha llevado… el lugar
donde una vez se reunieron para darse el ¨ si quiero ¨ y donde ahora, tras tanto tiempo, han
vuelto para decirselo de nuevo… aunque en distinta manera…
Y se amaran mas alla de toda regla, si lo eterno lo permite, si los vastagos les aceptan.. y si
no, lucharan… lucharan por seguir adelante… lucharan como ya han luchado hasta ahora…
Tu eres mi muerte dulce, Gerard… Y asi sellaron su nombre, nombre por el que le conocerian
para siempre…

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Wednesday, May 23, 2007

POESIA NOVEL // KalmaAparente

POESIA NOVEL // KalmaAparente    (LINK)

POESIA NOVEL : KALMAAPARENTE

…Esa voz : como los lamentos de las hadas antes de morir.

Esos labios : tan rojos como la sangre de los inocentes con los que me alimento.

Ese pelo : tan negro como las noches en que camino.

Y Esa cara : como la de una linda angelita.

Tú y Yo somos muy distintos y somos dos.

Pero el día en que nos encontremos y bebas de mi sangre seremos iguales y seremos uno solo…

*************

Palpando mi interior
logrates saber mi segunda piel…
Fuerte te hicistes alimentadote de mi corazón…
… … desconfianza…


 

KalmaAparente

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