Wednesday, October 8, 2008

LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS

LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS
LA CAJA PLATEADA
Emanuel Rivas
Empecé a cortar su cuero, y note que estaba mas duro de lo que creí, hice mas fuerza y
desgarre finalmente con mis propios dedos el resto de la piel. No sangraba, la sangre ya
había quedado seca hace tiempo, pero había igualmente ciertas substancias viscosas.
Nunca antes había abierto a un hombre por él estomago, menos con mis manos.
Tampoco antes habría siquiera pensado en matar a una persona, pero eso cambio, me
miro las manos y veo restos de piel que no es mía, sangre grumosa entre las uñas, mis
manos son ásperas como siempre, pero la sangre en esa acre superficie me da una sensación
aterradora, como si tuviera alguna clase de grasa espesa entre los dedos resecos.
Termine con el cuerpo que me faltaba y lo queme como al resto.
Uso el horno de una panadería para quemar los cuerpos, luego de hacerle las pruebas.
Usualmente los descuartizo por los miembros y los quemo luego, pero la idea de abrirles
el estomago me vino el pasado …. bueno, no sé que día era, pero fue hace cuatro o
cinco días, cuando uno de ´ellos´ me ataco sin arma alguna (raro) y yo con un cuchillo
en la pelea le abrí la panza, clave a la altura del pubis y subí hasta la boca del estomago,
donde se me trabo y tuve que sacarlo haciendo fuerza.
En ese instante vi algo inusual, algo que no era humano, claro ´ellos´ ya no eran humanos,
pero eso si que era raro, eso cambio todas mis perspectivas.
Entre los pedazos de órganos arrebanados, y demas entrañas pertenecientes propiamente
dicho al estomago había una caja, una caja metálica.
Me pareció que era plateada, pero la sangre cubría casi todo, había encontrado un cubo
en él estomago, se que fue muy rápido, y que pudo haber sido un hueso o un trozo de
comida, o no se que otra mierda del cuerpo humano, pero una caja es lo que me pareció.
Un cubo de unos 10cm. Impregnado en un humano (´ellos´no son humanos) , era un objeto
demasiado grande como para haber cabido por la boca, pero eso fue lo que me pareció.
Yo que de ser ateo e incrédulo había empezado a creer en zombis y magia negra, me vi
obligado nuevamente a cambiar de mentalidad.
Al abrir el cadáver del ´zombi´ me demostré a mí mismo que no me equivocaba, tenían
un cubo en él estomago, aferrado a las paredes del mismo con entrañas, pequeños hilitos
o ligamentos parecidos a elásticos rojos, estaban tirantes y secos, no me costo cortarlos
con mi cuchillo.
La mesa que uso de camilla es una madera delgada, sostenida en por dos caballetes que
en otra época eran amarillos, mas tarde se tornaron de ese clásico marrón oxidado, pero
ahora tienen por color rojo, rojo sangre.
Extraje el cubo con la mano derecha y lo puse al lado de la cabeza del ex-humano exzombi,
puesto que era el único lugar donde cabía.
La mire con curiosidad durante unos cinco minutos supongo, pero pueden haber sido
segundos, mi estado emocional algunas veces me juega esas bromas, y mi reloj me lo
quitaron cuando estuve en el “Hospital”, cosa que luego les voy a contar.
Luego de observarlo fui hacia la otra mesita, la que esta al lado del horno y agarre mi
serrucho, no me conviene usar la cierra eléctrica, primero porque no hay electricidad, y
si la hubiera el ruido atraería a ´ellos´
Lo corte como es habitual, y tire sus trozos, miembro por miembro al mi estufa humana,
hacia frió y los muertos daban un calor agradable, pero yo también le agregaba madera
para que dure mas, pero solo en ocasiones, les agrego madera cuando son niños o ya están
muy quemados, en caso de los niños es porque sus huesos se consumen mas rápido.
La hoguera también sirve para darme luz, aunque también ayudan unas antorchas que
yo mismo hice.
Yo decore todo este lugar, y quedo una belleza.
En un principio trataba todo con excesivo cuidado, hacia lo posible por no matar a los
niños, porque pensaba que en realidad no tenían culpa de ser lo que son, y la idea de que
pueda revertirse el proceso me daba una carga de conciencia bastante razonable. No me
ensuciaba mucho, y trataba de estar siempre en un lugar iluminado.
Pero mírenme ahora, estoy convertido en un caníbal justiciero de la humanidad, disfruto
mi ambiente oscuro con el solo brillo de la hoguera, disfruto el olor que emanan sus
huesos al quemarse, necesito matarlos, y si no vienen suelo ir a buscarlos yo, ´ellos´ están
por todos lados, así que puedo salir y matarlos.
Me gusta matarlos…
Recuerdo el día que mate al primero, también fue el día que salí de el ´Hospital´ . Se
que era viernes, llevaba los días contados con rayitas en la pared, usaba el método tradicional,
ya saben, el de las películas, pero no podía hacerlo en las paredes, las paredes
eran acolchadas, yo tenia una tabla que usaba para apoyar mis hojas y dibujar, en esas
tablas marcaba los días.
Se preguntaran tal vez porque en las tablas y no en las hojas que usaba para dibujar,
pues lógico, ´ellos´ no quieren que tengamos noción alguna del tiempo ni nada que nos
conecte con afuera.
Muchas veces llaman al Doctor (ja! Doctor) para hacerme creer que son humanos, que
todo esta bien, ¿cómo va a estar todo bien?, yo no soy tonto, se lo que hay y lo más terrible
de todo, se cuantos hay.
La forma que me escape no fue muy pensada, me estaban bañando, siempre suelen bañarme
dos de esos inmundos, pero esta ves solamente fue uno, el otro fue cagar creo, yo
si mas pensarlo me lancé sobre el que quedaba, y le di la cabeza contra los azulejos celestes
57 veces, luego lo patee, pero creo que ya estaba muerto.
El resto no lo recuerdo, pero me encontré a mi en un bosque desnudo y lleno de sangre
(que no era mía).
Escribo esto, porque se que no voy a durar mucho, espero que les llegue, que alguien lo
lea, que formen una resistencia, si es que quedamos bastantes.
Estoy usando una notebook con batería(no tengo luz) y me colgué un cable de teléfono
que pasaba por arriba, todavía me sorprende que allá teléfono, pero hasta ahí no mas,
capas que lo dejan por si trato de hablar, para escuchar las conversaciones, por ese motivo
prefiero publicar esto en Internet, sin que puedan rastrearme, pero siento que no me
queda mucho, ….que son esos ladridos??? Perros??, nunca antes vinieron con perros….,
veo sombras tras la puerta, ya están cerca, los perros gruñen y se confunden con los rugidos
de la tormenta que se acerca, se que están ahí, los oigo(siento) no les temo, en
cuando entren los mato, uno por uno.
Se abre la puerta, un golpe, son
————-viernes 4 de agosto de 2000 Diario “La Capital” Rosario, Argentina———-
ROSARIO YA TIENE PAZ
Luego de dos semanas de truculentos asesinatos y desapariciones, los ciudadanos de
Rosario, terminado el toque de queda, pueden salir a caminar por las calles sin miedo, la
policía tras un operativo que involucro mas de 30 efectivos, dotados con perros, y armamento
pesado logro terminar con Víctor Marcovich.
Víctor de 32 años, había escapado del Hospital mental “San Caaarlos” en el cual estaba
internado por Delirio de persecución.
La policía lo abatió a balazos cuando el intentaba enfrentárseles. Según un informante
anónimo que participo del incidente, Víctor gritaba desesperadamente mientras los enfrentaba,
cuado le preguntamos que decía el nos contesto “Están muertos, ustedes ya no
son humanos!!!!”
Investigadores, mas tarde descubrieron restos de cuerpos calcinados, “era imposible
identificarlos” dijo Juan Pablo Marconni, el forense a cargo.
También encontraron allí, una Computadoras Notebook, conectada a Internet, con un
mensaje al mundo. Los informantes creen que el mensaje pudo haber sido enviado satisfactoriamente,
aunque no piensan que pueda traer consecuencias.
Del Periódico “El Mundo” Uruguay
MUTILADOS
El pasado lunes 7 de agosto tres personas, Manuel Wirtz de 32 años, Patricia Wirtz de
29, y Jaime Wirtz de tan solo 9 años aparecieron descuartizados y con el estomago
abierto en las afueras de Maldonado.
La policía no tiene pistas, pero seguirá en la investigación.
Del diario “Península” España 9 de septiembre de 2000
GRAFITIS Y DESAPARICIONES
Extraños graffitis aparecieron esta mañana en Madrid, la ciudad quedo plagada de mensajes
que rezaban “Resistencia Humana”, las autoridades piensan que pueden estar relacionados
con las recientes desapariciones.
De la revista “Ciencia & Misterio” México 15 de septiembre
¿ESTAMOS SOLOS?
El movimiento de la agrupación terrorista mundial “Resistencia Humana” plantea que el
70 porciento de las personas que caminan habitualmente por la calle, no son humanos,
que poco a poco extraterrestres se fueron apoderando de ellos.
Yo no soy uno de ´ellos´ usted, ¿lo es?.
FIN
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Sunday, September 14, 2008

TERROR — LA BÚSQUEDA DE IRANON — HOWARD P. LOVECRAFT

TERROR — LA BÚSQUEDA DE IRANON — HOWARD P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
LA BÚSQUEDA DE IRANON

EL joven iba deambulando por la granítica ciudad de Teloth, coronado con hojas de vid, el pelo amarillo rebrillando por la mirra y el atavío púrpura rasgado por las zarzas de la montaña Sidrak, que se encuentra al otro lado del puente de piedra. Los hombres de Teloth son cetrinos y austeros y habitan en casas cuadradas, y ceñudos interrogaron al forastero sobre su procedencia, así como sobre su nombre y fortuna. A lo que el joven repuso:
—Soy Iranon y procedo de Aira, una ciudad lejana que recuerdo sólo débilmente, pero que deseo volver a encontrar. Canto canciones que aprendí en esa distante ciudad, y mi ambición reside en crear belleza con las cosas que recuerdo de la infancia. Mi fortuna está en esos pequeños recuerdos y sueños, y en los anhelos que entono en jardines cuando la luna es amable y el viento de poniente conmueve los capullos de loto.
Los hombres de Teloth, escuchando tales cosas, cuchichearon entre sí, ya que aunque no hay en la granítica ciudad ni risas ni cánticos, los adustos hombres miran a veces en primavera hacia las colinas Karthianas y piensan en los laúdes de la distante Oonai, conocida mediante relatos de viajeros. Y con tal pensamiento invitaron al forastero a quedarse y cantar en la plaza que existe frente a la torre de Mlin, aunque no gustaban del color de su ropa desgarrada, ni la mirra de sus cabellos, ni su tocado de hojas de parra, ni la juventud de su voz dorada. Iranon cantó por la tarde, y mientras lo hacía un anciano comenzó a rezar y un ciego afirmó ver una aureola sobre la cabeza del cantor. Pero la mayoría de aquellos hombres de Teloth bostezaron, y algunos se rieron y otros se fueron a dormir, ya que Iranon no les contó nada útil, cantando sólo sobre sus recuerdos, sus sueños y sus anhelos.
—Recuerdo el crepúsculo, la luna y cánticos suaves, y la ventana junto a la que me acunaban para que me durmiera. Y tras la ventana estaba la calle de donde llegaban luces doradas, donde danzaban las sombras sobre casas de mármol. Recuerdo el recuadro de luz de luna en el suelo, diferente a cualquier otra luz, y las visiones que danzaban sobre ese resplandor cuando mi madre me cantaba. Y recuerdo el sol de la mañana luciendo en el verano sobre las colinas multicolores, y la dulzura de las flores en alas del viento del sur, que hacía cantar a los árboles.
»¡Oh, Aira, ciudad de mármol y berilo, cuán innumerables son tus bellezas! ¡Cuánto he amado las cálidas y fragantes arboledas al otro lado del cristalino Nithra, y las cascadas del pequeño Kra que corre por el verde valle! En aquellas frondas y en ese valle los niños se entretejían guirnaldas, y al anochecer yo soñaba sueños extraños bajo los árboles de montaña mientras contemplaba las luces de la ciudad abajo, y el serpenteante Nithra reflejando una cinta de estrellas.
»Y en la ciudad había palacios de mármol colorido y veteado, con cúpulas doradas y muros pintados, y jardines verdes con pálidos estanques y fuentes cristalinas. Con frecuencia jugaba en esos jardines, chapoteando en los estanques, y yací y soñé entre las pálidas flores bajo los árboles. Y a veces, al ponerse el sol, subía por la larga calle empinada hacia la ciudadela y la explanada, y oteaba sobre Aira, la mágica ciudad de mármol y berilo, espléndida en su atuendo de luces doradas.
»Mucho hace que me faltas, Aira, pues yo era demasiado joven al partir hacia el exilio, pero mi padre era tu rey y yo volveré a ti, ya que así lo ha decretado el sino. Por los siete reinos te he buscado y algún día gobernaré sobre tus arboledas y jardines, tus calles y palacios, y cantaré ante hombres capaces de apreciar mi canto, que no se mofen ni me den la espalda. Porque soy Iranon, el que fuera príncipe de Aira.»
Esa noche los hombres de Teloth alojaron al forastero en un establo y a la mañana siguiente un arconte fue a él y le instó a acudir a la tienda de Athok, el zapatero remendón, y hacerse aprendiz suyo.
—Pero yo soy Iranon, cantor de canciones –dijo–. No estoy hecho para el oficio de remendón.
—En Teloth todos han de trabajar duro –replicó el arconte–, tal es la ley.
Entonces Iranon repuso:
—¿Por qué habéis de afanaros? ¿Acaso no podéis vivir y ser felices? ¿Si trabajáis tan sólo para trabajar aún más, cuándo hallaréis la felicidad? ¿Trabajáis para vivir, estando hecha la vida de belleza y cánticos? Si no aceptáis cantores entre vosotros, ¿cuáles son los frutos de vuestro esfuerzo? Afanarse sin canciones es como un fatigoso viaje sin fin. ¿No es mejor la muerte?
Pero el arconte era hombre sombrío y no le entendió, así que recriminó al extranjero.
—Eres un joven extravagante y me disgustan tanto tu rostro como tu voz. Tus palabras resultan blasfemas, ya que los dioses de Teloth afirman que el trabajo arduo es bueno. Nuestros dioses nos han prometido un paraíso de luz tras la muerte, en el que descansaremos por toda la eternidad, y una frialdad cristalina en la que nadie turbará su mente con pensamientos o sus ojos con belleza. Ve a Athok el zapatero o márchate de la ciudad al ocaso. Aquí hay que esforzarse, y el cantar resulta una tontería.
Así que Iranon abandonó el establo y fue por las estrechas calles de piedra, entre lóbregas casas cuadradas de granito, buscando algo verde en el aire de la primavera. Pero en Teloth no había nada verde, ya que todo era de piedra. Los semblantes de los hombres eran ceñudos, pero junto a un dique de piedra, junto al perezoso río Zuro, se sentaba un mozo de ojos tristes, contemplando las aguas en busca de las verdes ramas en flor arrastradas desde las colinas por los torrentes. Y el muchacho le dijo:
—¿No eres, de hecho, aquel del que hablan los arcontes, el que busca una lejana ciudad en una tierra hermosa? Yo soy Romnod, nacido de la estirpe de Teloth, pero no soy tan viejo como esta ciudad de granito y anhelo a diario las cálidas arboledas y las distantes tierras de belleza y canciones. Más allá de las colinas Karthianas está Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, de la que los hombres cuentan que es a un tiempo adorable y terrible. Quisiera ir allí apenas sea lo bastante mayor como para encontrar el camino, y allí debieras acudir tú, ya que podrías cantar y encontrar auditorio. Dejemos esta ciudad de Teloth y viajemos juntos a través de las colinas primaverales. Tú me enseñarás los caminos y yo escucharé tus cantos al atardecer, cuando las estrellas, una tras otra, enciendan sueños en la imaginación de los soñadores. Y tal vez esa Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, sea la añorada Aira que buscas, ya que dices que no has visto Aira desde la infancia, y los nombres suelen cambiar. Vamos a Oonai, ¡Oh Iranon de los dorados cabellos!, donde los hombres sabrán de nuestro anhelo y nos recibirán como hermanos, sin reírse ni fruncir el ceño ante nuestras palabras.
E Iranon repuso:
—Sea, pequeño; y quienquiera que en esta ciudad de piedra ansíe la belleza, debe buscarla en las montañas y aún más allá, y yo no te dejaré aquí, suspirando junto al perezoso Zuro. Pero no creas que el placer y el contento existen al pasar las colinas Karthianas, ni en cualquier sitio que puedas encontrar en un día, un año o aun en un lustro de viaje. Mira, cuando yo era tan pequeño como tú vivía en el valle de Narthos, junto al gélido Xari, donde nadie prestaba atención a mis sueños, y me decía a mí mismo que al ser mayor me iría a Sinara, en la ladera sur, y cantaría para los sonrientes camelleros en la plaza del mercado. Pero cuando fui a Sinara encontré a los camelleros completamente ebrios y alborotados, y vi que sus cantos no eran como los míos; así que bajé en barcaza el Xari hasta Jaren, la de las murallas de ónice. Y los soldados de Jaren se rieron de mí y me expulsaron, así que hube de viajar por muchas otras ciudades. He visto Stethelos, que está bajo una gran catarata, y el marjal donde una vez se alzara Sarnath. Estuve en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, junto al tortuoso río Ai, y he vivido mucho tiempo en Olatoë, en el país de Lomar. Pero aunque a veces he tenido auditorio, siempre ha sido escaso, y sé que sólo seré bienvenido en Aira, la ciudad de mármol y berilo donde mi padre fuera otrora rey. Así que buscaremos Aira, aunque haremos bien en visitar la lejana y bendecida por los laúdes Oonai, cruzando las colinas Karthianas, que pudiera ser en efecto Aira, aunque lo dudo. La belleza de Aira es inimaginable, y nadie puede hablar de ella sin extasiarse, mientras que los camelleros susurran lascivamente acerca de Oonai.
Al caer el sol, Iranon y el pequeño Romnod abandonaron Teloth y vagabundearon largo tiempo por las verdes colinas y las frescas frondas. El camino resultaba arduo y oscuro, y no parecían encontrarse nunca cerca de Oonai, la ciudad de laúdes y bailes; pero en el crepúsculo, mientras salían las estrellas, Iranon pudo cantar sobre Aira y sus bellezas, y Romnod escucharlo, por lo que, en cierta forma, ambos fueron felices. Comieron frutas y bayas rojas en abundancia, y no se percataron del transcurso del tiempo, aunque debieron pasar muchos años. El pequeño Romnod no era ya tan chico y era de hablar profundo antes que estridente; pero Iranon parecía siempre el mismo y engalanaba su cabello dorado con hojas de vid y fragantes resinas halladas en los bosques. Así hubo de llegar el día en que Romnod pareció más viejo que Iranon, aunque era sumamente pequeño cuando éste lo descubrió mirando las verdes ramas en flor en Teloth junto al perezoso Zuro orillado de piedra.
Entonces, una noche, cuando la luna se encontraba llena, los viajeros llegaron a la cima de un monte y pudieron contemplar a sus pies las miríadas de luces de Oonai. Los campesinos les habían dicho que estaban cerca, e Iranon supo que ésa no era su ciudad natal de Aira. Las luces de Oonai no eran como aquellas de Aira, ya que resultaban duras y cegadoras, mientras que las luces de Aira resplandecían tan gentil y mágicamente como relucía el claro de luna sobre el suelo, a través de la ventana, cuando la madre de Iranon lo acunaba antaño entre canciones. Pero Oonai era ciudad de laúdes y bailes, por lo que Iranon y Romnod bajaron la empinada cuesta, pensando encontrar hombres a quienes deleitar con sus cantos y ensueños. Y al entrar en la ciudad hallaron celebrantes tocados de rosas, yendo de casa en casa y asomados a ventanas y balcones, que escuchaban las canciones de Iranon y le arrojaban flores, aplaudiendo acto seguido. Entonces, por un instante, Iranon creyó haber encontrado a quienes pensaban y sentían como él, aunque la ciudad no resultaba ni la centésima parte de hermosa de lo que fuera Aira.
Al alba Iranon miró alrededor desalentado, ya que las cúpulas de Oonai no eran doradas a la luz del sol, sino grises y tristes. Y los hombres de Oonai estaban empalidecidos por la juerga y aturdidos por el vino, totalmente distintos de los radiantes hombres de Aira. Pero ya que la gente le había arrojado flores y había aclamado sus cantos, Iranon se quedó, y con él Romnod, que gustaba de la juerga ciudadana y lucía en sus oscuros cabellos rosas y mirto. Iranon cantaba a menudo durante las noches para los juerguistas, pero seguía siendo el de siempre, coronado tan sólo con parra de las montañas y añorando las marmóreas calles de Aira y el cristalino Nithra. Cantó en los salones cubiertos de fresco del monarca, sobre un estrado de cristal que se alzaba sobre un suelo de espejo, y al cantar pintaba escenas para su auditorio, hasta que al fin el suelo pareció reflejar sucesos antiguos, hermosos y medio recordados, y no los concelebrantes rubicundos por el vino que le lanzaban rosas. Y el rey le hizo desechar su harapienta púrpura para vestir satén y brocados de oro, con anillos de jade verde y brazaletes de marfil teñido, y lo alojó en una sala dorada repleta de tapices, sobre una cama de dulce madera tallada, cubierta de doseles y colchas de seda con flores bordadas. Así residió Iranon en Oonai, la ciudad de laúdes y bailes.
No se sabe cuánto se demoró Iranon en Oonai, pero un día el rey llevó a su palacio un puñado de salvajes bailarinas del vientre del desierto liranio y cetrinos flautistas de Drinen en el este, y tras de eso los juerguistas no lanzaron sus rosas sobre Iranon con la misma generosidad que sobre las bailarinas y los flautistas. Y día tras día aquel Romnod que fuera niño en la granítica Teloth se volvía más rudo y colorado por el vino, al tiempo que menos y menos soñador, y escuchaba con menguante deleite las canciones de Iranon. Pero aunque Iranon se sentía triste no cesaba de cantar, y cada noche repetía sus sueños sobre Aira, la ciudad de mármol y berilo. Luego, una noche, el rubicundo e hinchado Romnod resolló pesadamente entre las arrulladoras sedas de su diván y murió debatiéndose, mientras Iranon, pálido y delgado, cantaba para sí mismo en una apartada esquina. Y cuando Iranon hubo llorado sobre la tumba de Romnod, y la hubo cubierto de verdes ramas en flor, tal como a
Romnod solía gustarle, apartó sus sedas y ornatos y se marchó inadvertido de Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, vestido tan sólo con la desgarrada púrpura con la que llegara, engalanado con nuevas hojas de parra de las montañas.
Iranon vagabundeó hacia poniente, buscando aún su tierra natal y los hombres que podían entender y amar sus cantos y sueños. En todas las ciudades de Cydathria y en las tierras del otro lado del desierto Bnazico, muchachos de rostro alegre se reían de sus viejas canciones y sus rasgadas ropas púrpuras, pero Iranon se mantenía siempre joven, portando una corona sobre su dorada cabeza al cantar a Aira, delicia del pasado y esperanza del futuro.
Entonces llegó una noche a la mísera choza de un viejo pastor, sucio y cargado de hombros, que guardaba su pequeño rebaño en una pedregosa ladera, sobre un pantano de arenas movedizas. Iranon se dirigió a este hombre, como a otros tantos:
—¿Sabrías decirme dónde hallar Aira, la ciudad de mármol y berilo, por donde fluye el cristalino Nythra y donde las cascadas del pequeño Kra cantan entre valles verdes y colinas arboladas?
Y el pastor, al oírlo, contempló larga y extrañadamente a Iranon, como recordando algo muy pretérito, y se fijó en cada rasgo del semblante del forastero, y en su dorado cabello, y en sus hojas de parra. Pero era muy viejo y meneó la cabeza al replicar:
—Oh forastero, es cierto que he oído el nombre de Aira y cuantos otros has pronunciado, pero proceden de lo más profundo de los años. Los escuché en la juventud de labios de un compañero de juegos, un pequeño mendigo trastornado por extraños sueños que era capaz de urdir interminables cuentos sobre la luna y las flores y el viento de poniente. Solíamos burlarnos de él a causa de su nacimiento, aunque él creyese ser hijo de rey. Era gallardo, como tú, pero lleno de locura e ideas extrañas; se marchó siendo pequeño para encontrar a quienes pudieran escuchar con agrado sus cantos y sueños. ¡Cuán a menudo me cantó sobre tierras que nunca existieron y cosas que jamás serán! Hablaba sin parar de Aira; de Aira y del río Nithra y las cascadas del pequeño Kra. Decía siempre que había vivido una vez allí como príncipe, aunque todos conocíamos su cuna. Nunca existió la marmórea ciudad de Aira ni quienes pudieran gustar de extraños cantos, excepto en los sueños de mi antiguo compañero de juegos Iranon, que ya no está con nosotros.
Y con el crepúsculo, mientras las estrellas iban encendiéndose una tras otra y la luna derramaba sobre el pantano una claridad semejante a la que un niño ve temblar sobre el suelo mientras le mecen para dormirlo, un hombre muy anciano, envuelto en desgarrada púrpura y tocado con marchitas hojas de parra, se internó en las letales arenas movedizas mirando adelante como si contemplara las doradas cúpulas de una hermosa ciudad donde los sueños encuentran comprensión. Y esa noche murieron en el antiguo mundo un poco de la juventud y la belleza.

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Friday, September 5, 2008

TERROR - EL SUPERVIVIENTE - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

TERROR - EL SUPERVIVIENTE - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE

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Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre…
Algernon Blackwood

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Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar… debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d’Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd…
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra…
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!

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TERROR — EL VIEJO TERRIBLE — HOWARD P. LOVECRAFT

TERROR — EL VIEJO TERRIBLE — HOWARD P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE

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Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas, que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street, frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba; ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas, por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados, como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado, descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.
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Monday, August 18, 2008

EL LOBO — GUY DE MAUPASSANT — CUENTO DE MIEDO

EL LOBO — GUY DE MAUPASSANT — CUENTO DE MIEDO

EL LOBO
GUY DE MAUPASSANT
_
Ved ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Rávels.
Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.
Durante la fastuosa comida, casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas, y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz.
Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, , porque ninguna frase le hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.
—Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en mil setecientos sesenta y cuatro, y voy a decir de qué manera.
Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, nuestro castillo de Lorena, entre bosques.
Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.
Cazaban los dos todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar.
Dominábalos aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio es su corazón para nada más.
Habían prohibido que por ninguna causa les interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro; y sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:
—¡Recristo! Bien pudo esperar este pícaro hasta que yo terminase.
Su hermano Francisco aún se apasionaba más en su afición. Lo primero que hacía, en cuanto se levantaba, era ver a los perros y a los caballos; luego, entreteníase disparando a los pájaros en torno del castillo, hasta la hora de salir a caza mayor.
En la comarca llamábanlos el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos —como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo— una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así.
Vuelvo a mis ascendientes.
Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor; y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular, que le complacía, sus gritos agitaban todas las hojas del bosque.
Y al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.
El invierno de mil setecientos sesenta y cuatro fue muy crudo, y los lobos rabiaron de hambre.
Atacaban a los campesinos rezagados, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer, y asaltaban los establos.
Circuló un rumor terrible. Hablábase de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; había devorado dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca; y saltando las tapias, olisqueaba, sin temor alguno, bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirle resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al atardecer. La oscuridad parecía poblada por todas partes por la sombra de aquella bestia…
Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región.
Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos; pero aquel no parecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a algún caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.
Entró un de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville; y devoró los dos mejores cerdos.
Juan y Francisco reventaban de cólera, suponiendo aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.
Desde el amanecer hasta que descendía el sol, arrebolados, entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.
Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que burlase un lobo toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso.
Juan decía:
—Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.
Y contestaba francisco:
—Acaso conviniera que nuestro primo, el obispo, bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.
Callaron, y, después de un silencio, advirtió Juan:
—mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.
Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris, que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internóse al punto en el bosque.
Los dos de Arville articularon una especie de rugido, que demostraba su fiera satisfacción, y encogiéndose, inclinados hacia delante, pegándose al cuello de sus briosos cabellos, impulsándolos con todo el cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre,, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.
De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama, que le abrió el cráneo, y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo al bosque.
Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.
Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco un miedo le invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville, haciendo morir al mayor de los hermanos.
Espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros, ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte; y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.
Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.
De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente, y espoleando al caballo, lanzóse tras el lobo.
Lo siguió entre los matorrales, por las torrenteras y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Las zarzas le arrancaban el cabello y salpicaba con sangre los troncos, golpeándolas con la frente; las espuelas arrancaban tiras de las cortezas de los árboles.
De pronto, la bestia y el perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.
Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó atierra empuñando el cuchillo de monte.
La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, le aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:
—¡Mira Juan! ¡Mira eso!
Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa de él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más cuanto más apretaba; reía gritando: “¡Mira Juan! ¡Mira eso!” Ya no hallaba resistencia; el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.
Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte, dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:
—Toma, Juan; tómalo: ahí lo tienes.
Después colocó en la silla los dos cuerpos, y se puso en marcha.
Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano gimiendo y mesándose las barbas.
Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:
—¡Si, al menos, hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!
La viuda educó a su hijo haciéndole odiar la caza, y ese odio se ha transmitido hasta mí, de generación en generación.
El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:
—Esa historia es una leyenda; ¿verdad?
Y el marqués respondió:
—Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido
Y una señora dijo, con dulzura:
—Da igual. Es hermoso sentir pasiones semejantes…

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Sunday, August 17, 2008

UN “SPECIAL” MAUPASSANT — SCIFI — RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR Y TEXTOS DE ALQUIMIA — DRAGONLANCE : ALAS NOCTURNAS

UN “SPECIAL” MAUPASSANT — SCIFI — RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR Y TEXTOS DE ALQUIMIA — DRAGONLANCE : ALAS NOCTURNAS

UN “SPECIAL” MAUPASSANT
SCIFI
RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR
Y
TEXTOS DE ALQUIMIA
DRAGONLANCE : ALAS NOCTURNAS
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LA ULTIMA PREGUNTA — ISAAC ASIMOV — SCIFI *HORROR
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LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS — TERROR — CHARLES NODIER
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Alquimia - LA ALQUIMIA COMO CIENCIA DEL ARTE HERMETICO
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Alquimia - LA ALQUIMIA MEDIEVAL HACIA LA PIEDRA FILOSOFAL
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Alquimia - LA ALQUIMIA Y EL MISTERIOSO POTE DE ORO DEL MANA
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4 TEXTOS ALQUIMICOS DE UTILIDAD CIERTA
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ALBA DE SATURNO — ARTHUR C. CLARKE — SCIFI
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ACERO — RICHARD MATHESON — SCIFI
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ALAS NOCTURNAS — ROBERT SILVERBERG — MONSTRUOS FANTASTICOS http://unpocodetodo2008.blogspot.com/2008/08/alas-nocturnas-robert-silverberg.html
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GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA
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GUY DE MAUPASSANT — YVELINE SAMORIS — SUICIDIO
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LA LOCA — GUY DE MAUPASSANT — GUERRA
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EL LOBO — GUY DE MAUPASSANT — CUENTO DE MIEDO
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UN GOLPE DE ESTADO — GUY DE MAUPASSANT — POLITICA Y CACIQUISMO
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UN HIJO — GUY DE MAUPASSANT — HIJOS
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EL HIJO — GUY DE MAUPASSANT — HIJOS
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OBJETOS ANTIGUOS — GUY DE MAUPASSANT — RECUERDOS -ANTIGUEDADES
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UNA MANERA DE VIVIR, SIENDO GOTICO
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EL VAMPIRO (1816) — TERROR — JOHN WILLIAN POLIDORI http://bloodgothic.blogspot.com/2008/08/el-vampiro-1816-terror-john-willian.html
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Saturday, August 16, 2008

LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS — TERROR — CHARLES NODIER

http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/08/la-monja-sangrienta-y-otros-relatos.html

LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS — TERROR — CHARLES NODIER

LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS
TERROR — CHARLES NODIER



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LA MONJA
SANGRIENTA Y
OTROS RELATOS


_
CHARLES NODIER



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La Monja Sangrienta

 

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Un aparecido frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo
hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar
sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco
de mayo, a una hora exacta de la mañana, el fantasma salía de su asilo.
Era una religiosa cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado
de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida.
Descendía así la escalera principal, atravesaba los patios, salía por la puerta
principal, que se preocupaban de dejar abierta, y desaparecía.
La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado
Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnès, a quien
amaba locamente.
Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnès
conocía de sobra la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle: —
Dentro de cinco días —le dijo ella— la monja sangrienta debe dar su paseo.
Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré
procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a
cierta distancia… —Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.
El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del
castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.
Las luces se apagan, cesa el ruido, suena el reloj; el portero, siguiendo la
antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este,
recorre una parte del castillo, desciende… Raymond divisa a Agnès, reconoce el
vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos.
La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.
Agnès no decía ni una palabra.
Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron
vanamente de retenerlos fueron derribados.
En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan
desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche
desbocado se rompe… Raymond cae sin sentido.
A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la
vida. Él les habla de Agnès, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada
saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.
Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda
reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a
las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.
Sin embargo, el día va pasando; el cansancio y el agotamiento le procuran
el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento
cercano le despierta, al dar la hora. Un secreto horror se apodera de él, se le
erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el
resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es
la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama
durante toda una hora. El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge
la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:
—Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. —Salió
enseguida, y la puerta se cerró tras ella.
Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en
su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.
La noche siguiente, la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante
varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por ninguno
de los que hacía acostar en su habitación.
Entretanto, Raymond averiguó que Agnès había salido demasiado tarde y
le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde
concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de
Agnès, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta
aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.
Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a
su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le
introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer la monja
sangrienta. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de
sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento
para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su
amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su
cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura
y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo. Pedía un poco de tierra para su
cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.
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El Vampiro Arnold-Paul
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Un campesino de Medreiga (aldea de Hungría), llamado Arnold-Paul, fue
aplastado por un carro cargado de heno. Treinta días después de su muerte,
cuatro personas murieron súbitamente, de la misma forma que los que son
atacados por vampiros. Se recordó entonces que Arnold-Paul había contado a
menudo que, en lo alrededores de Cassova, en la frontera de Turquía, le había
acosado un vampiro turco; pero como sabía que las víctimas de los vampiros se
convertían a su vez en vampiros después de la muerte, había encontrado el
medio de curarse comiendo tierra del vampiro turco y frotándose con su
sangre. Se presumió que si este remedí había curado a Arnold-Paul, no le había
impedido convertirse a su vez en vampiro. En consecuencia, le desenterraron
para asegurarse de ello y, aunque llevaba inhumado cuarenta días, encontraron
que el cuerpo estaba sonrosado; advirtieron que los cabellos, las uñas y la barba
se habían renovado, y que las venas estaban llenas de una sangre fluida.
El magistrado del lugar, en presencia del cual se realizó la exhumación y
que era un hombre experto en vampirismo, ordenó hundir en el corazón del
cadáver una estaca puntiaguda y atravesarle de parte a parte; lo que fue
ejecutado enseguida. El vampiro lanzó gritos espantosos e hizo los mismos
movimientos que si hubiera estado vivo. Después de lo cual le cortaron la
cabeza y le quemaron en una gran hoguera. A continuación hicieron sufrir el
mismo tratamiento a las cuatro personas a quienes Arnold-Paul había matado,
por temor de que se convirtieran también en vampiros.
A pesar de todas estas precauciones, el vampiro reapareció al cabo de
algunos años; y en el espacio de tres meses, diecisiete personas, de distintas
edades y sexo, perecieron miserablemente: unas sin estar enfermas, y las otras
después de dos o tres días de abatimiento. Una joven llamada Stanoska,
después de haberse acostado una noche en estado de perfecta salud, se despertó
en medio de la noche, temblando, lanzando gritos horribles y diciendo que el
joven Millo, muerto desde hacía nueve semanas, había estado a punto de
estrangularla mientras dormía. Al día siguiente, Stanoska se sintió muy
enferma y murió después de tres días de padecimientos.
Las sospechas recayeron sobre el joven muerto, y se pensó que debía de
ser un vampiro Le desenterraron, le reconocieron como tal y le ejecutaron en
consecuencia. Los médicos y cirujanos del lugar investigaron cómo había
podido renacer el vampiro al cabo de un tiempo tan considerable, y después de
mucho indagar, descubrieron que Arnold-Paul, el primer vampiro, había
atormentado no sólo a las personas que habían muerto poco tiempo después
que él, sino también a varias bestias cuya carne había comido gente que moría
poco después, y entre otra el joven Millo. Reanudaron las ejecuciones y
encontraron diecisiete vampiros, a quienes les atravesaron el corazón, les
cortaron la cabeza les quemaron y arrojaron sus cenizas al río…
Estas medidas acabaron con el vampirismo en Medreiga.
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Joven Flamenca Estrangulada Por El Diablo

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La historia que viene a continuación tuvo lugar el veintisiete de mayo de
1582. Vivía en Amberes una chica joven y bella, amable, rica y de buena casa;
esto la hacía ser altiva, orgullosa, y sólo buscaba, día tras día, la forma de
agradar con sus trajes suntuosos a una infinidad de elegantes que le hacían la
corte.
Esta joven fue invitada, según la costumbre, a las bodas de un amigo de su
padre que se casaba. Como no quería faltar y estaba deseosa de asistir a tal
fiesta para superar en belleza y gracia a todas las demás damas y doncellas,
preparó sus ricos trajes, dispuso el bermellón con el que quería maquillarse a la
manera de las italianas y, como no hay cosa que más guste a las flamencas que
la ropa bonita, mandó hacer cuatro o cinco pavanas, cuya vara de tela costaba
nueve escudos. Cuando estuvieron terminadas, ordenó venir a una planchadora
y le encomendó la tarea de almidonar con cuidado dos de las pavanas para el
día de las bodas y el siguiente, prometiéndole por su trabajo el equivalente a
veinticuatro cuartos.
La planchadora lo hizo lo mejor posible, pero la doncella no las encontró
de su agrado y envió enseguida a buscar a otra obrera a quien entregó las
pavanas y el sombrero para almidonarlos, prometiéndole un escudo si todo era
de su gusto. Esta segunda planchadora empleó toda su habilidad para hacerlo
bien; pero tampoco pudo contentar a la joven que, despechada y furiosa,
desgarró y lanzó por la habitación sus pavanas y sombreros, blasfemando el
nombre de Dios y jurando que prefería que el diablo se la llevase antes que ir a las
bodas así vestida.
Apenas hubo pronunciado la pobre doncella estas palabras cuando él
diablo, que estaba al acecho y había adoptado la apariencia de uno de sus más
queridos admiradores, se presentó ante ella con una gorguera en el cuello
admirablemente almidonada y arreglada a la última moda. La joven, engañada,
y creyendo que hablaba con uno de sus favoritos, le dijo amablemente:
—Amigo mío, ¿quién os ha compuesto tan bien vuestras gorgueras? Es así
como yo las quería.
El espíritu maligno respondió que las había arreglado él mismo, y dicho
esto se las quita del cuello y las pone graciosamente en el de la doncella, que no
pudo contener la alegría de verse tan bien engalanada. Después de haber
abrazado a la pobrecilla por la cintura, como para besarla, el malvado demonio
lanzó un grito horrible, le retorció miserablemente el cuello y la dejó sin vida en
el suelo.
El grito fue tan espantoso que el padre de la joven y todos los que estaban
en la casa concibieron al oírlo el presagio de alguna desgracia. Se apresuraron a
subir a la habitación donde encontraron a la doncella rígida y muerta, con el
cuello y el rostro negros y magullados. Tenía la boca azulada y desfigurada de
tal manera que todos retrocedieron de espanto. El padre y la madre, después de
haber gritado y sollozado durante largo rato, ordenaron amortajar a su hija, a
quien introdujeron después en un féretro; y para evitar el deshonor que temían,
dieron a entender que su hija había muerto súbitamente de apoplejía. Pero un
suceso como aquél no podía permanecer en secreto. Al contrario: era necesario
que fuera puesto de manifiesto ante todos, a fin de servir de ejemplo. Cuando el
padre hube dispuesto todo para el entierro de su hija, se encontró con que
cuatro hombres fuertes y corpulentos no pudieron levantar ni mover el ataúd
que cobijaba aquel desgraciado cuerpo. Hicieron venir a otros dos porteadores
robustos que se unieron a los cuatro primeros; pero fue en vano, pues el féretro
era tan pesado que no se movía, como si estuviera clavado con fuerza en el
suelo. Los asistentes, espantados, pidieron que se abriera el ataúd, y se procedió
a ello al instante. Entonces —¡oh, prodigio espantoso!—, no encontraron en el
féretro más que un gato negro, que se escapó precipitadamente y desapareció
sin que se pudiera saber lo que fue de él. El ataúd permaneció vacío; la
desgracia de la chica mundana fue descubierta y la iglesia no le concedió las
oraciones de los muertos.
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Vampiros De Hungría

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Un soldado húngaro estaba alojado en casa de un campesino de la
frontera, y un día, cuando comía con él, vio entrar a un desconocido que se
sentó a la mesa al lado de ellos. El campesino y su familia parecieron muy
asustados por esta visita, y el soldado, que ignoraba lo que significaba aquello,
no sabía qué pensar del pavor de estas buenas gentes. Pero al día siguiente,
cuando encontraron muerto en la cama al dueño de la casa, el soldado supo que
se trataba del padre de su hospedero, muerto y enterrado desde hacía diez
años, que había venido a sentarse a la mesa al lado de su hijo, y de esta forma le
había anunciado y causado la muerte.
El militar informó a su regimiento de este suceso. Los generales enviaron a
un capitán, un cirujano, un auditor y algunos oficiales para comprobar el hecho.
La gente de la casa y los habitantes del pueblo declararon que el padre del
campesino había vuelto para provocar la muerte de su hijo, y que todo lo que el
soldado había visto y contado era totalmente cierto. En consecuencia, mandaron
desenterrar el cuerpo del espectro. Lo encontraron en el estado de un hombre
que acaba de expirar y con la sangre todavía caliente; entonces le cortaron la
cabeza y le depositaron de nuevo en la tumba. Después de esta primera
expedición, los oficiales fueron informados de que otro hombre, muerto hacía
más de treinta años, solía aparecerse, y que ya se había presentado tres veces en
su casa a la hora de la comida. La primera vez había mordido el cuello de su
propio hermano y le había sacado mucha sangre; la segunda, había hecho lo
mismo a uno de sus hijos; un criado había recibido el mismo trato la tercera vez.
Estas tres personas habían muerto a consecuencia de ello. Este aparecido
desnaturalizado fue desenterrado también; lo encontraron tan lleno de sangre
como el primer vampiro. Le hundieron un gran clavo en la cabeza y le
recubrieron de tierra. Cuando la comisión creía que ya se había librado de los
vampiros, por todas partes se presentaron denuncias contra un tercer vampiro
que, muerto dieciséis años atrás, había matado y devorado a dos de sus hijos;
este tercer vampiro fue quemado y considerado el más culpable. Después de
estas ejecuciones, los oficiales dejaron pueblo totalmente en calma y libre de
aparecidos que bebían la sangre de sus hijos y amigos.
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Historia De Un Marido Asesinado Que Se Aparece Después
De La Muerte Para Pedir Venganza

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El señor de la Courtinière, gentilhombre bretón, pasaba la mayor parte del
tiempo cazando en sus bosques y visitando a sus amigos. Recibió un día en su
castillo a varios señores, vecinos y parientes, y les trató muy bien durante tres o
cuatro días. Cuando esta compañía se hubo retirado, se produjo entre el señor
de la Courtinière y su mujer una pequeña disputa porque a él le parecía que ella
no había puesto muy buena cara a sus amigos. Sin embargo, la amonestó con
palabras amables y sinceras que no deberían haberla irritado; pero esta dama,
de humor altivo, no respondió nada y resolvió interiormente vengarse.
El señor de la Courtinière se acostó esa noche dos horas antes de lo
acostumbrado, pues estaba muy cansado. Se durmió profundamente. Cuando
llegó la hora en que la señora solía acostarse, ésta observó que su marido estaba
sumido en un sueño muy profundo. Pensó que el momento era favorable para
la venganza que meditaba, tanto por la disputa que acababan de tener como, tal
vez, por alguna otra antigua hostilidad. Puso pues todo su empeño en seducir a
un doméstico de la casa y a una sirviente, a sabiendas de que ambos eran fáciles
de corromper por medio de buenas recompensas.
Después de haber obtenido de ellos, valiéndose de promesas y horribles
juramentos, la seguridad de que no declararían nada, les anunció sus culpables
intenciones; y para obtener su rápido consentimiento, dio a cada uno la suma
de seiscientos francos, que ellos aceptaron. Hecho esto, entraron los tres —la
dama en primer lugar— en la habitación donde estaba acostado el marido; y,
como todo dormía en la casa, degollaron a la víctima sin ser oídos. Llevaron el
cuerpo a uno de los sótanos del castillo, cavaron una fosa y le enterraron en ella;
y para evitar que se pudieran obtener indicios de la tierra recientemente
removida, colocaron sobre la fosa un tonel lleno de carne de cerdo salada. Tras
lo cual, cada uno se fue a acostar.
Al día siguiente, el resto de los domésticos, al no ver a su dueño, se
preguntaban unos a otros si estaba enfermo. La dama les dijo que uno de sus
amigos había venido a buscarle la noche anterior y se lo había llevado
precipitadamente para ir a separar a unos hidalgos que estaban a punto de
batirse en duelo. Este subterfugio funcionó durante algún tiempo; pero al cabo
de quince días, como el señor de la Courtinière no aparecía, empezaron a
inquietarse. Su viuda difundió el rumor de que le habían notificado que su
marido se había encontrado con unos ladrones cuando atravesaba un bosque, y
que le habían asesinado. Entonces se vistió de luto, expresó fingidas
lamentaciones y mandó que se hicieran servicios y oraciones para el descanso
del alma del difunto en las parroquias de las que había sido señor.
Todos los parientes y vecinos vinieron a consolarla, y simuló tan bien el
dolor, que nadie habría descubierto nunca el crimen si el cielo no hubiera
permitido que fuera desvelado.
El difunto tenía un hermano que venía de vez en cuando a ver a su
cuñada, tanto para distraerla de sus pretendidas penas como para velar por los
asuntos e intereses de los cuatro hijos menores del difunto. Un día que se
paseaba, sobre las cuatro o las cinco de la tarde, por el jardín del castillo,
mientras contemplaba un arriate adornado con bellos tulipanes y otras flores
raras que gustaban tanto a su hermano, tuvo de repente una hemorragia nasal,
lo que le alarmó bastante, pues nunca le había ocurrido antes. En ese momento,
pensó con intensidad en su hermano; le pareció que veía la sombra del señor de
la Courtinière que le hacía señales con la mano, como si le llamara. No se
asustó; siguió al espectro hasta el sótano de la casa y le vio desaparecer
justamente en la fosa donde había sido enterrado. Este prodigio despertó en él
algunas sospechas sobre el crimen cometido. Para asegurarse de ello, fue a
contar lo que acababa de ver a su cuñada. La dama palideció, se le mudó el
rostro y balbuceó palabras inconexas. Las sospechas del hermano se
acrecentaron ante tal turbación y pidió que se cavara en el lugar donde había
visto desaparecer al fantasma. La viuda, a quien esta súbita resolución llenó de
espanto, hizo un esfuerzo por controlarse, adoptó una actitud firme, se burló de
la aparición y trató de mitigar las inquietudes de su cuñado. Le expresó que si
pretendía haber tenido una visión semejante, todos se burlarían de él y sería el
hazmerreír de todo el mundo.
Pero todos estos discursos no pudieron desviarle de su propósito. Mandó
cavar en el sótano, en presencia de testigos, y descubrieron el cadáver de su
hermano, medio corrupto. Levantaron el cuerpo y el juez de Quimper-Corentin
lo reconoció. La viuda fue arrestada, junto con los domésticos, y los tres
culpables fueron condenados a la hoguera. Todos los bienes de la dama fueron
confiscados para ser empleados en obras piadosas.
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Una Aventura De La Tía Melanchton

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Cuenta Philippe Melanchton que su tía, que había perdido a su marido y
estaba a punto de dar a luz, vio entrar una noche, mientras estaba sentada junto
al fuego, a dos personas en su casa; una tenía la forma de su difunto marido; la
otra, la de un franciscano de gran estatura. Al principio se asustó al verlos; pero
su marido la tranquilizó y le dijo que tenía que comunicarle algo importante;
después hizo señas al franciscano para que entrara un momento en la
habitación de al lado mientras le daba a conocer sus deseos a su mujer.
Entonces le rogó que mandara decir misas por él y le pidió que le diera la mano
sin temor. Como ella ponía reparos, él le aseguró que no sentiría ningún dolor.
Puso entonces la mano en la de su marido, y la retiró, a decir verdad sin dolor,
pero tan quemada que se quedó negra para toda la vida. Tras lo cual el marido
llamó al franciscano y los dos espectros desaparecieron…
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El Espectro De Olivier

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Olivier Prévillars y Baudouin Vertolon, nacidos los dos en la ciudad de
Caen, estaban unidos desde la infancia por la más estrecha amistad. Eran más o
menos de la misma edad, sus padres eran vecinos; todo contribuía a hacer
duradera la amistad que se profesaban.
Un día, en una exaltación de sentimiento bastante común en la primera
juventud, se prometieron no olvidarse jamás, e incluso llegaron a jurar que el
que muriese primero iría al instante a ver al otro para no abandonarle.
Escribieron y firmaron este juramento con su propia sangre.
Pero pronto los inseparables (pues era así como les llamaban) se vieron
forzados a alejarse uno del otro; tenían entonces diecinueve años. Olivier, que
era hijo único, se quedó en Caén para secundar a su padre en las tareas del
comercio; Baudouin fue enviado a París para estudiar derecho, pues su padre le
destinaba a la abogacía. Se puede imaginar fácilmente el dolor que esta
separación causó a los dos amigos. Se despidieron de la forma más afectuosa,
renovaron su promesa y volvieron a escribir un nuevo juramento de reunirse,
incluso después de la muerte, si el cielo quería permitirlo. Al día siguiente,
Baudouin partió hacia París.
Pasaron cinco años en perfecta tranquilidad; Baudouin había realizado los
más rápidos progresos en el estudio de las leyes y ya se encontraba en el grupo
más distinguido de jóvenes abogados. Los dos amigos mantenían una
correspondencia continuada y seguían comunicándose todas sus acciones y
sentimientos. Finalmente, Olivier escribió a su amigo que iba a casarse con la
joven Apolline de Lalonde, que este matrimonio colmaba sus deseos, que
necesitaba hacer un viaje a París para coger algunos papeles importantes y que
tendría la dicha de volver a Caen con su querido amigo Baudouin para hacerle
testigo de su himeneo. Anunciaba que llegaría en unos días a París, en coche
público.
Baudouin, ilusionado con la esperanza de volver a ver a Olivier, se dirigió
el día señalado a la parada de coches, pero no encontró a su amigo. Un día, dos
días pasaron; finalmente, al cuarto día, Baudouin recorrió un buen trecho por el
camino de Caen, al encuentro de la diligencia. La halló por fin, y cuando estaba
a una distancia conveniente, vio con toda claridad a Olivier en la puerta del
coche, extremadamente pálido, vestido con un traje de tela verde, adornado con
un pequeño galón dorado y con un sombrero que le cubría los ojos. El coche
pasó muy rápido, pero Baudouin oyó a Olivier que le decía, saludándole con la
mano: —Me encontrarás en tu casa.— El joven abogado siguió al coche y llegó a
la oficina poco tiempo después. Al no encontrar a Olivier, preguntó a los
viajeros dónde estaba el joven que le había saludado en el campo y le había
hablado; pero nadie pudo comprender nada de sus preguntas: en vano
describió la figura y la ropa de la persona que buscaba; no habían visto en el
coche ningún hombre con traje verde. El conductor de la diligencia quiso saber
el nombre de la persona por quien preguntaban; al oír el nombre de Olivier
Prévillars, respondió que no estaba en la lista, pero que lo conocía muy bien,
que era el joven más amable de Caen, que cuando se despidió de él se
encontraba con buena salud y que llegaría a París dentro de tres días como muy
tarde.
Después de estas aclaraciones, Baudouin se retiró, no sabiendo qué pensar
de aquel suceso. Al volver a casa, preguntó a su doméstico si había venido
alguien. El doméstico respondió que no. Entonces Baudouin entró solo en el
dormitorio, con una candela en la mano, pues empezaba a oscurecer.
Después de haber cerrado la puerta, divisó junto a la chimenea al hombre
vestido de verde; estaba sentado y no se le podía ver la cara. Baudouin se acerca
y dirige la candela hacia el desconocido, quien, tras levantar súbitamente un ojo
inmóvil y descubriendo el pecho agujereado por veinte puñaladas, le dice con
voz sombría: —Soy yo, Baudouin, soy tu amigo Olivier, que fiel a su
juramento… —Al oír estas palabras, Baudouin lanza un grito y cae desvanecido.
El doméstico acude al oír el ruido de la caída y le hace volver en sí a fuerza de
procurarle cuidados. Al abrir los ojos, Baudouin divisa otra vez a Olivier y se lo
señala a su criado; éste dice que no ve a nadie. Baudouin le ordena sentarse en
la silla donde está Olivier; el doméstico obedece como si no hubiera nadie en el
asiento, y la sombra parece que sigue allí todavía… Entonces Baudouin,
totalmente recuperado, ordena a su criado que se vaya y, acercándose a Olivier,
le dice: —Perdona, ¡oh, amigo mío!, que no me haya dominado cuando tu
aparición súbita e imprevista me sobrecogió.
Olivier se puso de pie y le respondió: —¿Has olvidado entonces tu
juramento de amistad, o lo has considerado de un modo frívolo? No, Baudouin,
este sagrado juramento fue escrito y ratificado en el cielo, el cual me permite
cumplirlo. Ya no soy. ¡Oh, mi querido Baudouin, un crimen abominable ha
separado mi alma de los lazos que la unían al cuerpo! Que mi presencia deje de
ser un motivo de espanto para ti. De día, de noche, en todo tiempo, en todo
lugar, el alma de Olivier será la fiel compañera del virtuoso Baudouin. Ella será
su guía, su apoyo y su intermediario entre el creador y él. Pero ese Dios que
protege la virtud no quiere que el crimen quede impune. Y este crimen, del cual
soy yo la víctima, grita venganza. Mi sangre, que todavía está caliente, ha
subido con mi alma hasta el trono del eterno. Él ha ratificado nuestro
juramento, él te ha escogido para que me vengues. Partamos.
Baudouin permaneció algunos minutos sin responder; la palidez del
fantasma, su ojo fijo y muerto, su inmovilidad petrificante, su pecho acribillado
a puñaladas, su tono sepulcral; todo su aspecto, en fin, inspiraba terror; y el
joven abogado no podía evitar el espanto. Pero después de haberse asegurado,
rezando una corta oración, de que lo que estaba viendo no era el demonio, se
decidió a seguir al fantasma y a hacer todo lo que le dijese.
En consecuencia, obedeciendo las órdenes de Olivier, Baudouin cogió algo
de dinero, corrió a alquilar una silla de posta y, seguido por su doméstico,
partió en ese momento hacia Caen. El criado iba a caballo detrás de la silla, y el
fantasma había ocupado un sitio en el interior, siempre invisible para otro que
no fuera Baudouin. Durante el viaje, Olivier se entretenía con su amigo, a quien
adivinaba los más secretos pensamientos; respondía a las objeciones que se
hacía interiormente sobre este sorprendente prodigio; le tranquilizaba y le
invitaba a que le considerase un seguro y fiel guardián. Finalmente logró
desterrar el espanto que su presencia le había inspirado al principio.
Al llegar a Caen, la familia de Baudouin, que ya se sentía orgullosa de su
trabajo, le recibió con entusiasmo; como era un poco tarde, dejaron para el día
siguiente las aclaraciones y preguntas; Baudouin se retiró a su habitación y
Olivier le invitó a descansar mientras le decía que iba a aprovechar su sueño
para explicarle la conspiración de la que había sido víctima. Baudouin se
durmió, y esto es lo que el alma de Olivier le dijo:
—Conociste antes de tu partida a la bella Apolline de Lalonde, que sólo
tenía entonces catorce años. La misma saeta nos hirió a los dos; pero viendo
hasta qué punto estaba yo enamorado, combatiste tu amor y, manteniendo en
silencio tus sentimientos, te fuiste, prefiriendo nuestra amistad sobre todo lo
demás. Los años pasaron, fui amado, y ya me iba a convertir en el feliz esposo
de Apolline, cuando ayer, en el momento en que iba a partir para traerte a
Caen, fui asesinado por Lalonde, el indigno hermano de Apolline, y por el
infame Piétreville, quien pretendía su mano. Los monstruos me invitaron,
cuando iba a partir, a una pequeña fiesta que debía celebrarse en Colombelle;
me propusieron después acompañarme un trecho. Salimos, y ya no me
encuentro entre los vivos. A la misma hora en que tú me divisaste en el camino,
los desgraciados acababan de asesinarme de la forma más atroz.
»Esto es lo que debes hacer para vengarme. Mañana, ve a casa de mis
padres y después a la de los de Apolline; invítales, así como a Piétreville, a una
fiesta que vas a dar para celebrar tu regreso. El lugar será Colombelle,
obtendrás su consentimiento para pasado mañana y fingirás una alegría muy
grande. Ya te daré instrucciones más tarde sobre el resto.
La sombra se calló. Baudouin durmió plácidamente; al día siguiente
ejecutó el plan trazado por Olivier, Todo el mundo aceptó la invitación y fueron
a Colombelle. Los convidados eran treinta. La comida fue espléndida y alegre;
Piétreville y Lalonde se divertían mucho. Sólo Baudouin estaba sumido en la
ansiedad al no recibir ninguna orden de la sombra, presente siempre a sus ojos.
A los postres, Lalonde se levantó y reclamó silencio para leer una carta
sellada que Olivier le había entregado, en presencia de Piétreville, según decía,
el día de su partida con la orden terminante de abrirla tres días después y en
presencia de testigos. Esto es lo que contenía:
«En el momento de partir, tal vez para no volver nunca más a mi patria, es
necesario, mi querido Lalonde, que te descubra la verdadera causa de mi
marcha. Habría sido muy grato haberte llamado hermano mío, pero hace pocos
días he conquistado a una joven, por la que siento una atracción irresistible; con
ella voy a reunirme en París para seguirla donde el amor nos conduzca.
Presenta mis excusas a tu hermana, de quien me siento indigno. Su venganza
está en sus manos: he podido entrever que Piétreville la ama; él la merece más
que yo.»
Olivier
Todos quedaron mudos y estupefactos tras la lectura de la carta. Baudouin
vio a Olivier agitarse violentamente. La carta pasó de mano en mano; todos
reconocieron la letra y la firma de Olivier. Baudouin quiso asegurarse a su vez,
pero se la arrancaron de las manos. La carta se mantuvo algunos momentos en
el aire y salió en dirección al jardín… La sombra indicó a Baudouin que la
siguiese, y éste corrió tras ella, guiado por Olivier. Todos les siguieron y
encontraron la carta al pie de un gran árbol, bastante alejado del lugar de la
fiesta, a la entrada de un extenso bosque, sobre un montón de piedras.
Baudouin cogió la carta exclamando: —¿Qué significa este misterio? Tratemos
de penetrar en él, quitemos estas piedras y veamos lo que ocultan. —Lalonde y
Piétreville se rieron a carcajadas y dijeron a los demás que no se molestaran por
una hoja de papel movida por el viento. Baudouin insistió y, cogiendo a los dos
culpables que intentaban alejarse, les llevó al pie del árbol. Allí, tras suplicar a
algunos jóvenes que le secundasen y le ayudasen a retenerlos, retiró el montón
de piedras, bajo el cual se veía que la tierra había sido removida recientemente.
Todo el mundo quedó sorprendido y compartió la impaciencia de Baudouin.
Algunos corrieron a buscar útiles; otros retuvieron por la fuerza a Lalonde y
Piétreville, que blasfemaban y llenaban de imprecaciones a Baudouin. Abrieron
la tierra y encontraron el cadáver de Olivier, vestido con un traje verde y
atravesado a puñaladas. Todos los asistentes se quedaron helados de horror. El
padre de Olivier se desmayó, y Baudouin exclamó con voz potente:
—He aquí el crimen y ahí los asesinos. Socorred a ese padre desdichado.
Que lleven el cadáver ante los jueces; y que a Lalonde, a Piétreville y á mí nos
lleven inmediatamente a los tribunales.
Se llevó a cabo todo lo que Baudouin había pedido; la justicia se hizo cargo
de este pleito y el proceso se inició al día siguiente. Las formalidades
preliminares pronto fueron cumplidas, y al fin llegó el día de la vista. Los
magistrados se reunieron; el acusador y los acusados se encontraron frente a
frente, pero el único testigo que había era el cadáver del desgraciado Olivier,
tendido sobre una mesa en medio de la sala de la audiencia y tal como lo habían
sacado de la tierra. El interrogatorio comenzó. Baudouin repitió con firmeza su
acusación: los dos criminales, seguros de que no se podían conseguir ni pruebas
ni testigos contra ellos, niegan el crimen con audacia. Acusan a su vez a
Baudouin de calumniador y reclaman para él todo el rigor de la ley. La gran
muchedumbre que llena la sala espera con impaciencia el desenlace de estos
singulares debates. Finalmente Baudouin, a quien el presidente presiona para
que presente los testigos y las pruebas del crimen, toma de nuevo la palabra;
invoca el nombre de Olivier, muestra el cadáver sangriento y trata de hacer
temblar a los asesinos con esta prueba; pero desprovisto de testimonio, siente
que sólo un milagro puede iluminar a los jueces. Se dirige entonces con
confianza al Ser Supremo y le pide que la muerte abandone por un momento
sus leyes: —Gran Dios, resucita un instante a Olivier —exclama— y dígnate
poner Tu palabra en su boca.
Después de esta extraña evocación, se produjo el más profundo silencio,
los ojos se clavaron en el cadáver, y cada uno, aceptando o rechazando la idea
de un milagro, esperaba el efecto de este recurso sobrenatural. Parecía que los
acusados, pálidos y atónitos, perdían su firmeza. Pero de pronto, ¡oh, prodigio!,
el rostro pálido y verdoso de Olivier adquiere algo de color, los labios se
reaniman, los ojos se abren, la sangre se calienta y cae a chorros sobre los dos
asesinos, que lanzan gritos horrorosos. Cubiertos con esta sangre acusadora,
son presa de convulsiones horribles a las que sigue un frío letargo. Mientras
tanto, el cuerpo de Olivier, totalmente reanimado, se incorpora y recorre con la
mirada el conjunto de la asamblea, como alguien que sale de un profundo
sueño y trata de recordar sus ideas. Sus ojos se encontraron con los de
Baudouin y su boca sonrió con aire melancólico; después, volviendo la mirada
hacia los dos criminales, se agita furiosamente y un prolongado gemido se
escapa de su pecho desgarrado. Finalmente habla y, con una voz sonora,
anuncia que Dios le permite desenmascarar a los culpables. Desvela su
conspiración, cuenta cómo le asesinaron después de hacerle firmar la falsa carta
y da a conocer todos los detalles del crimen: de qué manera Baudouin los ha
conocido y cómo, guiado por él mismo, ha logrado sacar a la luz la fechoría.
—Hay todavía otros testigos —dice extendiendo el brazo hacia los jueces
—; mirad esta mano desgarrada y los cabellos que contiene: son los del bárbaro
Lalonde. Cuando esos dos tigres me arrastraban agonizante al pie del árbol
donde se proponían esconder mi cadáver, la naturaleza, haciendo en mí un
último esfuerzo, se reanimó un momento, agarró con una mano los cabellos de
Lalonde y con la otra el brazo de Piétreville, donde mis dedos se hundieron de
tal forma que el infame aún lleva la terrible marca; Lalonde, viendo que ningún
poder podría hacerme soltar los cabellos, rogó a su amigo que se los cortase con
unas tijeras que llevaba encima. No contentos con este asesinato abominable,
los cobardes se apoderaron del dinero que llevaba y de cuatro medallas; cada
uno tiene dos en este momento.
»Esto es, jueces y conciudadanos, lo que tenía que decir. La muerte
reclama de nuevo su presa; la naturaleza no puede sufrir por más tiempo que
su orden sea turbado. Mi cuerpo vuelve a la nada y mi alma a su destino.
A medida que Olivier pronunciaba estas últimas palabras con una voz
débil y lánguida, se veía que su cuerpo se descomponía, su rostro perdía color,
sus ojos se apagaban; finalmente volvió a caer en el estado de muerte, de donde
una poderosa mano acababa de sacarlo. Un silencio profundo, un frío estupor
se había apoderado de la asamblea a la vista del prodigio; pero pronto se
elevaron gritos de indignación tras el lúgubre silencio. Examinaron todos los
indicios que había dado Olivier y comprobaron que eran verdaderos. Los
infames fueron condenados a la última pena y conducidos al cadalso, donde
expiraron cubiertos de maldiciones.
Vengado Olivier, éste se apareció a Baudouin bajo la forma aérea que
damos a los ángeles de la luz. Invitó a su amigo a casarse con la encantadora
Apolline; y el vengador de Olivier se convirtió así en su sucesor. El padre de
Apolline murió de pena al ver a su hijo subir al cadalso. Su muerte dejó en
libertad a la hija para contraer un matrimonio que toda la familia veía con muy
buenos ojos. Los dos esposos se establecieron en París; fue una unión feliz, y
Olivier, siempre presente a los ojos de Baudouin, le sirvió de guía hasta la
muerte.
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Espectros Que Provocan La Tempestad

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El príncipe Radziville, en su Viaje a Jerusalén, cuenta un suceso muy
singular del que fue testigo.
Había comprado en Egipto dos momias, una de hombre y otra de mujer, y
las había encerrado secretamente en unas cajas que mandó poner en su navío
cuando embarcó en Alejandría para volver a Europa. Sólo lo sabían él y dos
criados, ya que los turcos ponen muchas dificultades antes de permitir que
alguien se lleve las momias, pues creen que los cristianos las emplean para
realizar operaciones mágicas. Cuando estaban en alta mar, se levantó varias
veces una tempestad con tanta violencia que el piloto perdía las esperanzas de
salvar su navío. Todo el mundo esperaba un naufragio inminente e inevitable.
Un buen sacerdote polaco, que acompañaba al príncipe Radziville, rezaba las
oraciones convenientes para tal ocasión; el príncipe y su corte respondían a
ellas. Pero el sacerdote era atormentado, según decía, por dos espectros (un
hombre y una mujer) negros y repugnantes, que le hostigaban y amenazaban
con matarle. Al principio se creyó que el terror y el peligro del naufragio le
habían turbado la imaginación. Cuando la calma volvió, pareció tranquilizarse;
pero la tempestad pronto volvió a arreciar. Entonces esos fantasmas le acosaron
más que antes, y sólo pudo liberarse cuando las dos momias fueron arrojadas al
mar, hecho que también provocó el cese de la tormenta.
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El Fantasma Del Castillo De Egmont

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Se puede leer la anécdota siguiente en la Segraisiana: El señor Patris había
acompañado al señor Gastón a Flandes y se alojó en el castillo de Egmont. La
hora de cenar había llegado y, tras salir de su habitación para dirigirse al lugar
donde solía comer, el señor Patris se paró al pasar ante la puerta de un oficial
amigo suyo para que le acompañara. Golpeó bastante fuerte. Al ver que el
oficial no contestaba, golpeó por segunda vez, llamándole por su nombre. El
oficial no respondió. Patris, que estaba seguro de que se encontraba en la
habitación, pues la llave estaba en la puerta, abrió y vio, al entrar, que su amigo
estaba sentado delante de una mesa, como fuera de sí.
Se acercó a él y le preguntó qué le ocurría. El oficial, volviendo en sí, le
dijo a su amigo: —No estarías menos sorprendido que yo si hubierais visto,
como yo, que este libro cambiaba de lugar y que las hojas se pasaban solas.
Era el libro de Cardan sobre la sutilidad.
—Vamos—dijo Patris—, os burláis de mí; tenéis la imaginación llena de lo
que acabáis de leer, os habéis levantado, vos mismo habéis puesto el libro en el
lugar donde está, habéis vuelto después a vuestro sillón y, al no encontrar el
libro junto a vos, habéis creído que había ido allí por sí solo.
—Lo que os digo es muy cierto —repuso el oficial—, y prueba de que lo
que afirmo no es una visión, es que la puerta se ha abierto y cerrado, y por ahí
se ha retirado el fantasma…
Patris fue a abrir la puerta, que daba a una galería bastante larga, al final
de la cual había una caja de madera tan pesada que apenas podían cargarla
entre dos hombres. Observó que la caja se agitaba, abandonaba su lugar y se
dirigía hacia él, como deslizándose por el aire. Patris, un tanto asombrado,
exclamó: —Señor diablo, dejando los intereses de Dios aparte, yo soy vuestro
servidor, pero os ruego que no me aterroricéis más.— Y la caja volvió al mismo
lugar de donde había venido. Este suceso produjo una fuerte impresión en
Patris y contribuyó no poco a que se convirtiera en un devoto.
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El Vampiro Harppe


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Un hombre, que se llamaba Harppe, ordenó a su mujer que le enterrase,
después de morir, delante de la puerta de la cocina, a fin de que pudiera ver
mejor lo que ocurría en la casa. La mujer cumplió fielmente lo que le había
ordenado; y después de la muerte de Harppe, se le vio a menudo por la
vecindad: mataba a los obreros y molestaba de tal modo a los vecinos que nadie
osaba habitar las casas que rodeaban la suya.
Un hombre, llamado Olaüs Pa, fue lo bastante atrevido para atacar a este
espectro: le asestó una lanzada y dejó el arma en la herida. El espectro
desapareció y, al día siguiente, Olaüs abrió la tumba del muerto. Encontró la
lanza en el cuerpo de Harppe, en el mismo lugar donde había golpeado al
fantasma. El cadáver no estaba corrupto. Le sacaron del féretro, le quemaron,
arrojaron sus cenizas al mar y quedaron libres de sus apariciones.
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Historia De Una Aparición De Demonios Y Espectros En 1609


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Un gentilhombre de Silesia había invitado a unos amigos a una gran cena,
pero éstos se excusaron a la hora en que debía celebrarse. El gentilhombre,
despechado por encontrarse solo en la cena cuando había pensado dar una
fiesta, montó en cólera y dijo: —Puesto que nadie quiere cenar conmigo, ¡qué
vengan todos los diablos ..!
Cuando acabó de pronunciar estas palabras, salió de casa y entró en la
iglesia, donde estaba predicando el cura. Mientras escuchaba el sermón, unos
hombres a caballo, oscuros como negros y ricamente vestidos, entraron en el
patio de su casa y dijeron a los criados que fueran a avisarle de que los
huéspedes habían llegado. Un criado asustado corrió a la iglesia y contó a su
amo lo que pasaba. El gentilhombre, estupefacto, pidió consejo al cura, que
acababa de terminar el sermón. El cura se dirigió sin pensárselo dos veces al
patio de la casa donde acababan de entrar los hombres negros. Ordenó que
saliera toda la familia fuera de la vivienda; lo que se ejecutó tan
precipitadamente que dejaron dentro de la casa a un niño que dormía en la
cuna. Los huéspedes infernales comenzaron entonces a mover las mesas, a
aullar, a mirar por las ventanas, adoptando formas de osos, lobos, gatos, y
hombres terribles, en cuyas manos se veían vasos llenos de vino, pescados y
carne cocida y asada.
Mientras que los vecinos, el cura y un gran número de curiosos
contemplaban con horror tal espectáculo, el pobre gentilhombre empezó a
gritar: —¡Ay! ¿Dónde está mi pobre hijito?
Todavía tenía la última palabra en la boca, cuando uno de los hombres
negros sacó el niño a la ventana. El gentilhombre, desesperado, dijo a uno de
sus más fieles servidores:
—Amigo mío, ¿qué puedo hacer?
—Señor —respondió el criado—, yo encomendaría mi vida a Dios,
entraría en su nombre en la vivienda, de donde, por intercesión de su favor y
socorro, os traería al niño.
—Muy bien —dijo el amo—, que Dios te acompañe, te asista y te dé
fuerzas.
El servidor, después de recibir la bendición de su amo, el cura y demás
gente de bien que le acompañaba, entró en la vivienda y, tras encomendarse a
Dios, abrió la puerta de la sala donde estaban los huéspedes tenebrosos. Todos
aquellos monstruos, de horribles formas, unos de pie, otros sentados, algunos
paseándose, otros reptando por el suelo, fueron hacia él y gritaron:
—¡Uh! ¡Uh! ¿Qué vienes a hacer aquí?
El servidor, lleno de espanto, pero fortalecido por Dios, se dirigió al
espíritu maligno que tenía al niño y le dijo:
—Vamos, entrégame a ese niño.
—No —respondió el otro—, es mío. Ve a decir a tu amo que venga él a
buscarlo.
El servidor insiste y dice:
—Yo cumplo con mi deber. Así pues, en el nombre y con la ayuda de
Jesucristo te quito este niño que debo devolver a su padre.
Y, diciendo estas palabras, cogió al niño y le apretó con fuerza entre sus
brazos. Los hombres negros sólo reaccionan con gritos y amenazas:
—¡Ah, desgraciado! ¡Ah, bribón! Deja a ese niño; si no lo haces, te
despedazaremos.
Pero él, despreciando su cólera, salió sano y salvo y depositó el niño en los
brazos del gentilhombre, su padre. Unos días después, todos estos huéspedes
desaparecieron; y el gentilhombre, que se había vuelto prudente y buen
cristiano, entró en su casa.
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Espectros Que Van En Peregrinación

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Pierre d’Engelbert —que más tarde llegó a ser abad de Cluny— envió a
uno de sus hombres, llamado Sancho, junto al rey de Aragón para que le
sirviese en la guerra. Este hombre volvió al cabo de unos años, con muy buena
salud, a casa de su amo, pero, al poco tiempo de su regreso, cayó enfermo y
murió.
Cuatro meses más tarde, una noche en que lucía un hermoso claro de luna,
Sancho entró en la habitación de su amo, cubierto de harapos; se acercó a la
chimenea y se puso a avivar el fuego para calentarse o para que se le viera
mejor. Pierre, al darse cuenta de que había alguien, preguntó quién estaba allí.
—Soy yo, Sancho, vuestro servidor —respondió el espectro con una voz
ronca y cascada.
—¿Y qué vienes a hacer aquí?
—Voy a Castilla, con mucha otra gente de armas, a fin de expiar el mal
que hemos hecho durante la pasada guerra, al mismo lugar donde se cometió.
Yo, por mi parte, robé ornamentos de una iglesia, y por eso estoy condenado a
hacer allí una peregrinación. Podéis ayudarme mucho realizando buenas obras;
y vuestra señora esposa, que todavía me debe ocho cuartos de mi salario, me
hará un gran servicio dándoselos a los pobres en mi nombre.
—Ya que vienes del otro mundo, dame noticias de Pierre Defais, muerto
hace poco.
—Se ha salvado.
—¿Y Bernier, nuestro conciudadano?
—Se ha condenado por haber desempeñado mal su oficio de juez y por
haber robado a la viuda y al inocente.
—¿Y Alfonso, rey de Aragón, muerto hace dos años?
Entonces, el otro espectro, que Pierre d’Engelbert todavía no había visto,
pero que distinguió en ese momento, sentado en el vano de la ventana, tomó la
palabra y dijo:
—No le pidáis nuevas del rey Alfonso, no puede deciros nada de él, no
lleva bastante tiempo con nosotros para saber cosas de él; pero yo, que estoy
muerto desde hace cinco años, os puedo dar alguna información. Alfonso
estuvo con nosotros algún tiempo, pero los monjes de Cluny se lo llevaron, y no sé
dónde está ahora.
En ese momento el espectro se levantó y le dijo a Sancho:
—Vamos, es hora de partir, sigamos a nuestros compañeros.
Dicho esto, Sancho le repitió los ruegos a su amo y los dos fantasmas
salieron.
Una vez que se hubieron marchado, Pierre d’Engelbert despertó a su
mujer que, a pesar de que estaba acostada junto a él, no había visto ni oído nada
de todo lo que había sucedido. Reconoció que debía ocho cuartos a Sancho, lo
que probó que el espectro había dicho la verdad. Los dos esposos cumplieron
los deseos del difunto: dieron mucho a los pobres y mandaron decir un gran
número de misas y oraciones por el alma del pobre Sancho, que no se apareció
más.
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Historia De Una Condenada Que Se Apareció
Después De La Muerte

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En una ciudad de Perú, una chica de dieciséis años, llamada Catherine,
murió de repente, cargada de pecados y culpable de varios sacrilegios. En el
momento en que expiró, su cuerpo se infectó de tal manera que no pudieron
dejarlo en la casa y hubo que sacarlo al aire libre para librarse un poco del mal
olor.
Enseguida se oyeron aullidos parecidos a los de un perro. El caballo de la
casa, que era muy manso, empezó a dar coces, a agitarse y a golpear con las
pezuñas, intentando librarse de sus ataduras, como si alguien le hubiera
atormentado y azotado con violencia.
Unos momentos después, un joven que estaba acostado y dormía
tranquilamente, sintió que alguien le agarraba con fuerza del brazo y le tiraba
de la cama. Ese mismo día, una criada recibió una patada en el hombro, sin
poder ver quién se la daba; conservó la señal varias semanas.
Todas estas cosas se atribuyeron a la maldad de la difunta Catherine, que
fue enterrada inmediatamente con la esperanza de que no se apareciese más.
Pero al cabo de algunos días, se escuchó un gran estrépito causado por tejas y
ladrillos que se rompían. El espíritu, invisible, entró a plena luz del día en una
habitación donde se encontraba la señora con toda la gente de la casa; cogió por
el pie a la misma criada a la que ya había golpeado y la arrastró por la
habitación a la vista de todo el mundo, sin que se pudiera ver quién la
maltrataba así.
Al día siguiente, cuando esta pobre chica, que era, al parecer, la víctima de
la difunta, iba a coger ropa en una habitación del piso superior, percibió a
Catherine, que se ponía de puntillas para coger un florero que estaba en la
cornisa. La chica pudo escaparse en ese momento, pero el espectro, una vez que
se hubo apoderado del florero, la persiguió y se lo tiró con fuerza. El ama, que
había oído el golpe, acudió y vio a la criada temblando y el florero roto en mil
pedazos; ella, por su parte, recibió un ladrillazo que afortunadamente no le hizo
ningún daño.
Al día siguiente, cuando la familia se encontraba reunida, vieron que un
crucifijo, que estaba sólidamente clavado en la pared, se desprendía, como si
alguien lo hubiera arrancado con violencia, y se rompía en tres pedazos.
Resolvieron exorcizar al espíritu, que continuó haciendo fechorías mucho
tiempo, y sólo lograron desembarazarse de él después de muchos esfuerzos.
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El Tesoro Del Diablo


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Dos caballeros de Malta tenían un esclavo que se jactaba de poseer el
secreto de invocar a los demonios y obligarles a revelarle las cosas más ocultas.
Sus amos le llevaron a un viejo castillo donde creían que había tesoros ocultos.
El esclavo, una vez solo, realizó las invocaciones y finalmente el diablo
abrió una roca de donde extrajo un cofre. El esclavo quiso apoderarse de él,
pero el cofre volvió a meterse rápidamente en la roca. La misma operación se
repitió más de una vez; y el esclavo, después de vanos esfuerzos, fue a decir a
los dos caballeros lo que le había sucedido. Se encontraba tan debilitado por los
esfuerzos realizados que pidió un poco de licor para recuperarse. Se lo dieron y
volvió al lugar del tesoro.
Horas más tarde, oyeron un ruido; bajaron a la caverna con una luz y
encontraron al esclavo muerto, con todo el cuerpo lleno de heridas producidas
por algo parecido a un cortaplumas, y que representaban la forma de una cruz.
Tenía tantas heridas que no había un lugar donde poner el dedo sin tocar
alguna. Los caballeros llevaron el cadáver al borde del mar y desde allí lo
tiraron al agua con una gran piedra atada al cuello a fin de que nadie pudiera
sospechar nada de este suceso.
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Historia Del Espíritu Que Se Apareció En Dourdans


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El señor Vidi, recaudador de impuestos en Dourdans, le escribió a uno de
sus amigos la historia de una aparición singular que tuvo lugar en su casa en el
año 1700. Esta carta fue conservada por el señor Barré, auditor de cuentas, y
publicada por Lenglet-Dufresnoy en su Colección de disertaciones sobre
apariciones. Es ésta:
«El espíritu empezó a hacer ruido en una habitación que se encuentra lejos
de la que solemos emplear para alojar a los servidores enfermos. Nuestra criada
oyó varias veces suspiros parecidos a los de alguien que sufre; sin embargo, no
veía ni sentía nada extraño.
»La desgracia quiso que cayese enferma. La atendimos durante seis meses,
y cuando estaba ya convaleciente, la enviamos a casa de su padre para que
respirara el aire natal. Allí permaneció alrededor de un mes; durante este
tiempo, no vio ni oyó nada extraordinario. Después volvió con buena salud y le
dijimos que se acostara en una habitación próxima a la nuestra. Se quejó de que
oía ruidos y, dos o tres días después, cuando estaba en la leñera, donde había
ido a buscar madera, sintió que la tiraban de la falda. Ese mismo día, por la
tarde, mi mujer la envió a la novena; cuando salía de la iglesia, sintió que el
espíritu la tiraba tan fuerte que no podía avanzar. Una hora después, volvió a
casa y, al ir a entrar en nuestra habitación, la tiraron con tal fuerza que mi mujer
oyó el ruido; y, una vez que estuvo dentro, pudimos observar que los broches
de su falda estaban rotos. Al ver este prodigio, mi mujer tembló de miedo.
»El domingo siguiente por la noche, nada más acostarse, la chica oyó
pasos en la habitación y, un poco después, el espíritu se acostó junto a ella y le
pasó por la cara una mano muy fría, como para acariciarla. Entonces la chica
cogió el rosario que llevaba en el bolsillo y se lo puso en el cuello. Unos días
antes le habíamos dicho que si continuaba oyendo ruidos conjurara al espíritu
en nombre de Dios para que le explicara lo que quería. Hizo mentalmente lo
que le habíamos recomendado, pues el exceso de miedo le había dejado sin
habla. Oyó entonces mascullar sonidos inarticulados. Hacia las tres o las cuatro
de la mañana, el espíritu provocó un estruendo tan grande que parecía que la
casa se había caído. Aquello nos despertó a todos al mismo tiempo. Llamé a una
doncella para que fuera a ver qué había sido eso, pensando que era la criada
quien había producido aquel estrépito a causa del miedo que tendría. La
encontró empapada en sudor. La chica quiso vestirse, pero no encontró las
medias. En ese estado entró en nuestra habitación. Vi una especie de bruma o
humo denso que la seguía y que desaparecía un momento después. Le
aconsejamos que se vistiera y fuera a confesarse y comulgar en cuanto tocaran a
misa de cinco. Fue de nuevo a buscar las medias, que descubrió en el hueco de
la cama, en todo lo alto de la colgadura; las bajó con un bastón. El espíritu se
había llevado también los zapatos a la ventana.
»Cuando se repuso del espanto, fue a confesarse y a comulgar. A su
vuelta, le pregunté lo que había visto. Me dijo que en cuanto se acercó al altar
para comulgar había percibido junto a ella a su madre, que había muerto hace
once años. Después de la comunión se había retirado a una capilla donde,
apenas hubo entrado, su madre se puso de rodillas frente a ella y le cogió las
manos diciéndole: —Hija mía, no tengas miedo; soy tu madre. Tu hermano
murió abrasado accidentalmente cuando yo me encontraba en el horno de Ban
de Oisonville, cerca de Estampe. Enseguida fui a buscar al señor cura de
Garancières, quien vivía santamente, para que me impusiera una penitencia,
pues pensaba que yo tenía la culpa de aquella desgracia. Me respondió que no
era culpable y me envió a Chartres, al penitenciario. Fui a verle, y como me
obstinaba en pedirle una penitencia, me impuso una que consistía en llevar un
cinturón de cerda durante dos años. No pude cumplir esta penitencia a causa
de los embarazos y otras enfermedades y, como morí embarazada sin haberla
podido realizar, te ruego, hija mía, que la cumplas por mí. —La hija se lo
prometió. La madre le encargó además que ayunara a pan y agua durante
cuatro viernes y sábados, encargara decir una misa en Gomberville, pagara al
mercero Lânier veintiséis cuartos que le debía del hilo que le había vendido y
que fuera al sótano de la casa donde había muerto; —Allí encontrarás —añadió
— la suma de siete libras que escondí debajo del tercer escalón. Haz también un
viaje a Chartres, a ver a Nuestra Señora, a quien rezarás por mí. Volveré a
hablar contigo una vez más. —A continuación le dio algunos consejos a su hija:
le dijo sobre todo que rezara a la Santa Virgen, que Dios no le negaría nada y
que las penitencias de este mundo eran fáciles de hacer, pero que las del otro
eran muy duras.
»Al día siguiente la criada mandó decir una misa, durante la cual el
espíritu estuvo dando tirones de su rosario. Ese mismo día le pasó también la
mano por el brazo, como para halagarla. Durante dos días seguidos la chica le
estuvo viendo a su lado.
»Pensé que era necesario que cumpliera lo más pronto posible lo que su
madre le había encargado; por eso, en la primera ocasión, la envié a
Gomberville, donde encargó una misa, pagó los veintiséis cuartos que
efectivamente debía su madre y encontró las siete libras bajo el tercer escalón
del sótano, tal como el espíritu le había dicho. De allí sé dirigió a Chartres,
donde encargó tres misas, se confesó y comulgó en la capilla.
»Cuando salió, su madre se le apareció por última vez y le dijo: —Hija
mía, puesto que estás dispuesta a hacer todo lo que te he pedido, yo me libero
de ese peso, que tú llevarás en mi lugar. Adiós, me voy a la gloria eterna.
L a Monja Sangrienta Y Otros Relatos C harles Nodier
»Desde entonces, la chica ya no ha visto ni oído nada. Lleva el cinturón de
cerda día y noche, y continuará llevándolo durante los dos años que su madre
le había encomendado.»

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Las Aventuras De Thibaud De La Jacquière

_
Un rico mercader de Lyon, llamado Jacques de la Jacquière, llegó a ser
preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había
adquirido sin manchar, por ello, su reputación. Era caritativo con los pobres y
bueno con todo el mundo.
Thibaud de la Jacquière, su único hijo, era de humor diferente. Era un
muchacho apuesto, pero también un tunante que había aprendido a romper
cristales, a seducir a las chicas y a maldecir junto a los hombres de armas del
rey, a quien servía en calidad de banderín. No se hablaba de otra cosa que de
las correrías de Thibaud en París, Fontainebleau y en las demás ciudades donde
residía el rey. Un día, el rey, que era Francisco I, escandalizado también por la
mala conducta del joven Thibaud, le envió a Lyon, a fin de que se reformase un
poco en la casa de su padre. El buen preboste residía entonces en un rincón de
la plaza Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con mucha alegría.
Se ofreció, con motivo de su vuelta, un gran festín a los parientes y amigos de la
casa. Todos bebieron a su salud y le desearon que fuera prudente y buen
cristiano. Pero aquellos deseos caritativos desagradaron al joven. Cogió de la
mesa una taza de oro, la llenó de vino y dijo: —¡Sagrada muerte del gran
diablo! A él quiero entregar, con este vino, mi sangre y mi alma si no llego a ser
más hombre de bien de lo que soy —Estas palabras pusieron los pelos de punta
a los convidados. Todos se santiguaron y algunos se levantaron de la mesa.
Thibaud se levantó también y fue a tomar el aire en la plaza Bellecour, donde se
encontró con dos antiguos camaradas, malos tipos como él. Les abrazó, les
invitó a entrar en casa de su padre y se puso a beber con ellos. Thibaud
continuó llevando una vida que afligía el corazón del buen preboste. Éste se
encomendó a Saint-Jacques, su patrón, y colocó ante su imagen un cirio de diez
libras, adornado con dos anillos de oro que pesaban cinco marcos cada uno.
Pero, cuando quiso colocar el cirio en el altar, se le cayó y tiró una lámpara de
plata que ardía delante del santo. El preboste vio en este doble accidente un mal
presagio y volvió triste a su casa.
Ese día, Thibaud invitó otra vez a sus amigos y, cuando llegó la noche,
salieron a tomar el aire en la plaza Bellecour y se pasearon por las calles en
busca de alguna aventura. Pero la noche era tan oscura que no encontraron ni
doncella ni mujer. Thibaud, irritado por esta soledad, exclamó levantando la
voz: —¡Sagrada muerte del gran diablo! A él le doy mi sangre y mi alma. Me
siento tan inflamado por el vino que si la gran diablesa, su hija, acertara a pasar
por aquí, le pediría su amor. —Estas palabras desagradaron a los amigos de
Thibaud que no eran grandes pecadores como él, y uno de ellos le dijo: —
Amigo mío, piensa que el diablo, enemigo de los hombres, causa ya bastantes
males sin que le inviten a hacerlo llamándole por su nombre. —El incorregible
Thibaud respondió: —Haré lo que he dicho.
Un momento después, vieron salir de una calle cercana a una joven dama
velada que prometía muchos encantos y juventud. Un negrito la seguía. En ese
momento el negrito tropezó, cayó de bruces y rompió el farol. Dio la impresión
de que la joven se asustó mucho y se quedó sin saber qué hacer. Thibaud se
apresuró a abordarla lo más cortésmente posible y le ofreció el brazo para
llevarla a casa. Después de algunos remilgos, la desconocida aceptó, y Thibaud,
volviéndose a sus amigos, les dijo a media voz: —Ya veis que a quien he
invocado no me ha hecho esperar, así que… buenas noches. —Los dos amigos
comprendieron lo que quería decir y se retiraron riéndose.
Thibaud ofreció el brazo a su bella acompañante, y el negrito, al que se le
había apagado el farol, caminaba delante de ellos. La joven parecía tan turbada
al principio que guardaba el equilibrio con dificultad, pero poco a poco se fue
tranquilizando y se apoyó con más franqueza en el brazo de su caballero. De
vez en cuando, incluso, tropezaba y le apretaba el brazo para no caerse.
Entonces Thibaud se apresuraba a sostenerla y le ponía la mano en el corazón,
aunque lo hacía con discreción para no asustarla.
Anduvieron tanto tiempo que al final Thibaud empezó a pensar que se
habían perdido por las calles de Lyon. Pero estaba muy a gusto, pues pensó que
sacaría mayor provecho de la bella extraviada. Sin embargo, como sentía
curiosidad por saber con quién estaba tratando y la joven parecía cansada, le
rogó que se sentara en un banco de piedra que se divisaba junto a una puerta.
Ella aceptó, y Thibaud, después de sentarse a su lado, le cogió la mano con aire
galante y le rogó con mucha cortesía que le dijese quién era. La joven pareció
intimidada al principio, pero luego se tranquilizó y le habló en estos términos:
—Me llamo Ordaline; al menos es así como me llamaban las personas que
vivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. Allí, los únicos seres
humanos que vi fueron mi aya, que era sorda, una criada que tartamudeaba de
tal modo que habría sido preferible que fuese sorda y un viejo portero que era
ciego. El portero no tenía mucho que hacer, pues no abría la puerta más que
una vez al año a un señor que sólo venía a nuestra casa a cogerme de la barbilla
y hablar con mi dueña en lengua vizcaína, que yo desconozco.
Afortunadamente ya sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de
Sombre, pues seguramente no habría aprendido con las dos compañeras de mi
prisión. En cuanto al portero, sólo le veía en el momento en que nos pasaba la
cena a través de la verja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi
aya sorda me gritaba a menudo en el oído no sé qué lecciones de moral, pero la
entendía tan poco como si estuviera tan sorda como ella, pues me hablaba de
los deberes del matrimonio y no me decía lo que era. A menudo también mi
criada tartamuda se esforzaba en contarme alguna historia, asegurándome que
era muy divertida, pero como era incapaz de llegar a la segunda frase se veía
obligada a renunciar y se iba tartamudeándome excusas, de las que salía tan
mal parada como de su historia.
»Ya os he dicho que había un señor que venía a verme una vez cada año.
Cuando cumplí quince años, este señor me hizo subir a una carroza con mi
dueña. Hasta el tercer día no descendimos de ella, o mejor dicho, hasta la
tercera noche, pues la tarde ya estaba muy avanzada. Un hombre abrió la
puerta y nos dijo: “Estáis en la plaza Bellecour, y ésta es la casa del preboste
Jacques de la Jacquière. ¿Dónde queréis que os conduzcan?” “Entrad por la
primera puerta cochera, la siguiente a la del preboste”, respondió mi aya.
Aquí el joven Thibaud prestó más atención, pues realmente era vecino de
un gentilhombre llamado el señor de Sombre, que tenía fama de tener un
carácter muy celoso.
—Entramos —continuó Ordaline— por la puerta cochera y subí a unas
habitaciones grandes y hermosas. Después llegué, por una escalera de caracol, a
una torrecilla muy alta cuyas ventanas estaban tapadas con un tela verde muy
gruesa. Por lo demás, la torrecilla estaba bien iluminada. Mi dueña me dijo que
me sentase y me dio un rosario para que me entretuviera; después, salió y cerró
la puerta con llave.
»Cuando me encontré sola, tiré el rosario, cogí unas tijeras que llevaba en
el cinturón e hice una abertura en la tela verde que tapaba la ventana. Entonces
vi, a través de la ventana de una casa vecina, una habitación bien iluminada en
la que estaban cenando tres caballeros con tres chicas. Cantaban, bebían, reían y
se abrazaban…
Ordaline refirió todavía más detalles con los que Thibaud estuvo a punto
de reventar de risa, pues se trataba de una cena que había tenido con sus dos
amigos y tres señoritas de la ciudad.
—Estaba muy atenta a todo lo que pasaba —continuó Ordaline—, y
cuando oí abrir la puerta, cogí rápidamente el rosario en el momento en que
entraba mi dueña. Me tomó otra vez de la mano sin decirme nada y me llevó de
nuevo a la carroza. Llegamos, después de un largo trayecto, a la última casa del
arrabal. Aparentemente no era más que una cabaña, pero el interior era
magnífico, como podréis comprobar si el negrito encuentra el camino, pues veo
que ya ha conseguido lumbre y encendido el farol.
—Bella extraviada —interrumpió Thibaud, besando la mano de la joven—,
hacedme el favor de decirme si vivís sola en esa casita.
—Sí, sola —respondió la dama—, con este negrito y mi aya. Pero no creo
que ella pueda venir esta noche. El señor que me llevó a la choza anoche me ha
enviado recado hace dos horas para que fuera a verle a casa de una de sus
hermanas; pero como no podía enviar su carroza, que había ido a recoger a un
sacerdote, nos dirigíamos a pie a esa casa. Alguien nos paró para decirme un
piropo; mi dueña, que es sorda, creyó que me estaban insultando y le respondió
con insultos. Vino más gente y se mezcló en la pelea. Tuve miedo y huí. El
negrito corrió detrás de mí; se cayó, su farol se rompió, y entonces, señor, tuve
la fortuna de encontraros.
Thibaud iba a responderle con alguna galantería cuando llegó el negrito
con el farol encendido. Se pusieron en marcha y llegaron, al final del arrabal, a
una choza solitaria cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba en el
cinturón. Había muchos adornos en el interior, y, entre los muebles preciosos,
se podían apreciar sobre todo unos sillones de terciopelo negro con franjas de
oro y una cama de moaré de Venecia. Pero todo esto apenas llamaba la atención
de Thibaud, que sólo tenía ojos para la encantadora Ordaline.
El negrito puso la mesa y preparó la cena. Thibaud se dio cuenta entonces
de que no era un niño, como había pensado al principio, sino una especie de
viejo enano negro con una cara de lo más fea. El hombrecillo trajo una fuente de
plata dorada con cuatro apetitosas perdices y un frasco de excelente vino.
Enseguida se sentaron a comer. Thibaud no había terminado de beber y comer
cuando sintió que un fuego sobrenatural corría por sus venas. Ordaline, por su
parte, comía poco y miraba mucho a su invitado, a veces con una mirada tierna
e ingenua, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven estaba casi
atemorizado. Finalmente, el negrito vino a quitar la mesa. Entonces Ordaline
cogió a Thibaud de la mano y le dijo: —Hermoso caballero, ¿cómo queréis que
pasemos nuestra velada…? Se me ocurre una idea: ahí hay un gran espejo.
Hagamos muecas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho
viendo que mi aya estaba hecha de forma diferente a mí; ahora quiero saber si
estoy hecha de forma diferente a vos.
Ordaline colocó dos sillas delante del espejo, tras lo cual, quitó a Thibaud
la gorguera y le dijo:
—Tenéis el cuello más o menos como el mío, los hombros también, pero
en cuanto al pecho, ¡qué diferencia! El mío era así el año pasado, pero he
engordado tanto que ya no puedo reconocerme. Quitaos el cinturón…, el
jubón…, ¿por qué tantos cordones… ?
Thibaud, que ya no podía contenerse más, llevó a Ordaline a la cama de
moaré de Venecia, y se creyó el más feliz de los hombres… Pero esta felicidad
no duró mucho… El desgraciado Thibaud sintió unas garras agudas que se
hundían en su cintura… Gritó: «¡Ordaline!» Pero Ordaline ya no estaba entre
sus brazos… En su lugar no encontró más que un horrible conjunto de formas
horrorosas y desconocidas…
—No soy Ordaline —dijo el monstruo con voz formidable—; ¡soy Belcebú!
Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que lo
adivinó, le atenazó la garganta con los dientes y le impidió pronunciar el
nombre sagrado…
Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que iban a vender
legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos en una chabola
abandonada que había junto al camino y que era utilizada como vertedero.
Entraron y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida.
Lo colocaron sobre los cestos y le llevaron así a casa del preboste de Lyon. El
desdichado de la Jacquière reconoció a su hijo… Le metieron en la cama y
pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil:
—Abrid a ese santo ermitaño.
Al principio no le comprendían, pero finalmente abrieron la puerta y
vieron entrar a un venerable religioso que pidió que le dejasen solo con
Thibaud. Oyeron durante mucho tiempo las exhortaciones del ermitaño y los
suspiros del desgraciado joven. Cuando dejaron de oírlas, entraron en la
habitación. El ermitaño había desaparecido y encontraron a Thibaud muerto en
la cama con un crucifijo entre las manos.
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Espectro Que Pide Venganza

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En el siglo XIII, el conde de Belmonte (en el Montferrat) concibió un amor
violento por la hija de uno de sus siervos. Se llamaba Abelina. El conde debía
disfrutar del derecho de señor que sobre ella tenía; pero nadie parecía tener
prisa por casarla y su impaciente llama se ofendía por aquella lentitud.
Un día, mientras estaba de caza, encontró a la joven Abelina guardando
los rebaños de su padre; el conde le preguntó que por qué no le daban esposo.
—Vos sois la causa de ello, mi señor —respondió—. Los jóvenes no quieren
sufrir más la deshonra y la vergüenza del derecho que tenéis a pasar con sus
mujeres la primera noche de bodas; y nuestros padres ya no quieren casarnos
hasta que el derecho de pernada sea abolido.
El señor de Belmonte ocultó su despecho y mandó que dijesen al padre de
la joven que quería verle.
El viejo Ceceo (éste era el nombre del padre de Abelina) se dirigió
inmediatamente al castillo. La noche llega y, en contra de su prudencia, Ceceo
no vuelve a casa. Dan las doce, Ceceo no ha vuelto; ¿estará muerto…? En el
momento en que su mujer y su hija empezaban a perder toda esperanza, una
sombra de un tamaño desmesurado apareció sin hacer ruido en medio de la
habitación. Las dos mujeres, horrorizadas, apenas se atreven a levantar los ojos.
El fantasma se acerca y les dice:—Soy el alma de vuestro Ceceo.
—¡Oh, padre mío! —exclama Abelina—. ¿Qué bárbaro os ha quitado la
vida?
—El tirano de Belmonte acaba de asesinarme —respondió el fantasma—, y
tú eres la causa inocente de mi muerte. Me dirigía, pues tú me trajiste la orden,
al castillo del monstruo. ¡Ojalá nunca hubiera encontrado la entrada! Pero no
podía escapar de sus manos crueles. En cuanto me introduje en una habitación
un poco oscura, puse el pie en una trampilla que se hundió; caí en un pozo
profundo lleno de hierros afilados, en donde pronto abandoné la vida. He
franqueado las puertas de la terrible eternidad. Estoy esperando mi sentencia,
voy a ser juzgado por mis obras, pero cuento con la clemencia inefable de mi
Dios, y mi conciencia está limpia. Si quieres a tu padre, si lloras su muerte, ¡oh,
hija mía!, piensa en vengarme y en liberar a tu patria. Y tú, esposa bien amada,
seca tus lágrimas y queda en paz. Los días apacibles se aproximan, la tiranía va
a caer…
Entonces la sombra resplandeció llena de luz y desapareció en medio de
una nube. La única huella que quedó de su aparición fue la marca de la mano
que había apoyado en el respaldo de una silla.
La profecía del espectro se cumplió: poco tiempo después, los campesinos
de Belmonte, se alzaron en armas y mataron a su señor, destruyeron la
ciudadela y fundaron libremente la pequeña ciudad de Nice de la Paille.
_
Caroline

_
Una joven de dieciocho años, llamada Caroline, inspiró la más violenta
pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se
dice, más enamoradizo que a los veinte —aunque con muchos menos medios
para complacer—, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a la joven
Caroline, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta
muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y
atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad
y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos
tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que
aquel funesto amor fue en gran parte el origen.
Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Caroline se
dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este
ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría
bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus
consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego,
añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Caroline más por el interés de ella
que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el
primero.
La amiga de Caroline, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la
acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos
hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como
expiación. Caroline, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de
muy mala gana y dijo: —Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo
estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los
muertos.
Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a
Caroline, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada: —Ya no
hay tiempo, señorita —dijo—, me habéis negado con crueldad la dicha de veros
cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora
me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis
tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba… Adiós, señorita…
Hasta esta noche.
Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito
pronunciar, expiró.
Caroline, presa de horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los
medios posibles para calmar su extrema agitación. Caroline le suplicó que
pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron
los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir,
estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la
medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Caroline exclama con terror: —
¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí! —Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros,
seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente;
acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al
cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias,
suena el reloj. Caroline lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un
largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y
Caroline, con una voz agonizante, dice: —¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
—¿Lo has visto entonces?
—Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
—¡Y qué! ¿Te ha hablado?
—Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a
pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré
ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien
habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.
La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma
escena, se negó a pasar las noches siguientes con Caroline, quien le reprochó
que la abandonase a un vampiro. Las visitas nocturnas continuaron.
Caroline, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso
casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones
hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de
Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a
aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había
transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no
formaban parte de ella.
La amiga de Caroline, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la
consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su
penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería
más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La
muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre
a Caroline para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo
que la hizo totalmente feliz.
_

Flaxbinder Enmendado Por Un Espectro


El señor Hanor, ilustre profesor y bibliotecario de Dantzig, ha combatido,
con todas las ventajas que puede dar la verdad, las supersticiones y prejuicios
de la mayor parte de los pueblos antiguos y modernos, relativos al retorno de
las almas y a las apariciones; y, sin embargo, cuenta con la mayor gravedad la
fabulosa aventura que, según él, le ocurrió a un joven llamado Flaxbinder.
Este joven, cuya incontinencia y libertinaje eran sus únicas ocupaciones, se
encontraba ausente una noche de su casa; su madre, al entrar en la habitación,
percibió a un espectro que se parecía tanto a su hijo, en la cara y en el aspecto,
que le confundió con él. El espectro estaba sentado junto a una mesa llena de
libros y parecía profundamente absorto en la meditación y la lectura.
La buena madre, persuadida de que veía a su hijo, y agradablemente
sorprendida, estaba disfrutando de la alegría que le proporcionaba este
inesperado cambio, cuando, de repente, oyó en la calle la voz del propio
Flaxbinder, que estaba viendo al mismo tiempo en la habitación…
Al principio, se asustó horriblemente, después, al observar que el que
interpretaba el papel de su hijo no hablaba, tenía el semblante sombrío y
taciturno, y los ojos extraviados, concluyó que debía de ser un espectro; y como
esta evidencia aumentó su terror, corrió a abrir la puerta al verdadero
Flaxbinder.
El joven, que venía de pasar una noche de desenfreno, entró haciendo
ruido en la habitación. Ve al fantasma… se acerca… y el espíritu no se inmuta…
Flaxbinder, petrificado por la visión de este espectáculo, toma al momento,
temblando, la resolución de alejarse del vicio, renunciar a los desórdenes y
entregarse al estudio; en una palabra: promete imitar al fantasma.
Apenas concibió este loable propósito, el espectro sonrió de una manera
horrible, arrojó los libros y se desvaneció. En cuanto a Flaxbinder, cumplió su
palabra y se convirtió.
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El Castillo Del Lago

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Paseándome sobre el lago de Ginebra vi, al pasar por delante de un viejo
castillo abandonado, el terror impreso en el rostro de mi barquero que remó con
todas sus fuerzas para alejarse del lugar.
—¿Qué te ocurre? —le dije.
—¡Ah! señor, permítame huir lo más pronto posible; vea aquel fantasma
de la ventana que me está amenazando.
Vi en efecto, un espectro que hacía gestos amenazantes.
—¡Esta sí que es buena! Cuéntame pues qué sucede de extraordinario en
este castillo.
—Señor, —prosiguió el barquero— hace tiempo yo era pescador, y muy
intrépido; cien veces me habían dicho mis compañeros: «Honoré no te acerques
al viejo castillo; aunque los peces sean muy abundantes en ese lugar, no te dejes
tentar, porque todas las almas del otro mundo habitan allí». Despreciaba sus
consejos y, como veía a diario mis redes bien llenas, regresaba todos los días a
aquel nefasto lugar; había visto en numerosas ocasiones a los aparecidos, pero
me burlaba de ellos y, desde mi barca, les plantaba cara. Una noche, ¡noche
funesta! estaba sacando mi traína cuando vi a un fantasma horroroso andar
sobre el lago; no me asusté y agarré mi remo para hacer retroceder al espectro
(el mismo que acaba de ver) pero ¡oh, horror!, el monstruo sacude su brazo y
origina una llama que iluminó todo el lago; en ese mismo instante llenó mi
barca de reptiles; el fuego salía de su boca, de sus fosas nasales, de sus ojos, y su
voz se asemejaba al trueno. Luego, con una mano vigorosa agarró mi barca y,
en un abrir y cerrar de ojos, la hizo desaparecer. Mientras toda mi pequeña
fortuna desaparecía, escuché al fantasma decir: «Temerario, el infierno va a
recibirte; que este ejemplo enseñe a los débiles humanos a no luchar jamás
contra los espíritus infernales». Mientras tanto, yo nadaba con todas mis fuerzas
sin saber hacia dónde iba; por fortuna para mí encontré a un pescador que me
recogió, me hizo volver a la vida (pues había caído casi muerto en su barca) y
me condujo a mi casa. Desgraciadamente, yo me salvé, pero mi barca, mis
redes, mi hermano pequeño, todo pereció. Eso es lo que me sucedió, señor; por
eso no me acerco jamás a ese maldito castillo si no es por orden expresa de los
viajeros. Desde entonces, llevo una triste existencia, soy criado, mientras que
antes me ganaba bien la vida y la de mi pobre familia.
—Amigo mío, siento mucho tu desgracia, pero quiero ir a ver el espectro.
—¡Que el cielo le proteja, señor, no regresará de allí con vida!
—¿Vienes conmigo?
—¡No! Ya recibí una buena lección.
—Entonces desembárcame.
—No haga esa locura, por Dios.
—Vamos, desembárcame.
—De acuerdo, pero lo esperaré a una cierta distancia.
Y ahí me tienen, al anochecer, al pie de la torre del castillo. Iba armado
hasta los dientes, no contra los fantasmas —porque no creía en absoluto en ellos
— sino por miedo a encontrarme con habitantes de este mundo ocupados en
cualquier cosa que no fuera rogar a Dios. Entro, todo estaba tranquilo en el
castillo, enciendo una vela, me paseo por todas partes, lo veo todo en orden, me
instalo en una habitación y, con las armas sobre la mesa, espero al enemigo con
pie firme. Empezaba a creer que los diablos o los espíritus me respetarían,
cuando oí caer algo por la chimenea: me levanto para mirar, era una cabeza de
muerto; un instante después le siguió una pierna, luego los brazos y finalmente
el resto del cadáver. «¡Oh! ¡oh! —me dije— no se está demasiado bien aquí;
estos espíritus hacen algo más que dar miedo». Estaba pensando en retirarme,
cuando se oyó un ruido de cadenas; presto atención, y muy pronto veo a mi
espectro que me dirige estas palabras:
—Incrédulo, ¿no te bastaba el terrible castigo de tu barquero, tenías que
venir a esta casa?… ¡Tiembla temerario! Todo el infierno se ha desencadenado
contra ti.
No pierdo la cabeza, le disparo al fantasma; él se ríe de mi cólera, y tras un
gesto suyo, una multitud de demonios entra en el aposento. Producían un ruido
horroroso. Huyo de aquella maldita habitación, llego a una escalera, subo, me
precipito en otra y en ésta encuentro a un espectro envuelto en un sudario
manchado de sangre; huyo de nuevo, miles de esqueletos me agarran con sus
manos descarnadas; les ataco con mi sable, pero mis golpes no producen
ningún efecto; un espectro monstruoso quiere arrojarse sobre mí, lo evito,
escapo; pero no sé muy bien hacia dónde ir, pues una humareda densa e infecta
llena toda la estancia: perseguido sin cesar por un ejército de fantasmas, me
precipito hacia una habitación vecina; pero tan pronto como he puesto el pie
dentro, el suelo se hunde y caigo no sé dónde. Estuve sin conocimiento y sólo
me recuperé cuando estuve a orillas del lago. Mis ropas estaban hechas
harapos, y me encontraba tan débil que no podía tenerme en pie. Mi pobre
barquero vino a recogerme y me dijo que desde el lago había visto cosas que lo
habían dejado helado de pánico, y que creía firmemente que yo no era ya de
este mundo. Tomamos tristemente el camino de regreso hacia Ginebra; allí, le di
a mi conductor una suma lo suficientemente fuerte como para permitirle volver
a su primera profesión.
Por lo que a mí respecta, fui en numerosas ocasiones a pasearme por el
lago, pero jamás me sentí tentado de volver a visitar el infernal castillo.

El Tesoro


Encontrándome en una gran ciudad de provincias, alojado en casa de un
amigo, éste me comentó que desde la muerte del propietario nadie podía vivir
en paz en la casa porque todas las noches se organizaba un tremento aquelarre.
«Oiremos el aquelarre —le dije— y tal vez podamos descubrir al aparecido.»
— «No es difícil —respondió mi amigo— puesto que todas las noches vemos su
sombra.» — «¡Ah! ¡ah! tanto mejor.»
Ahí me tienen al acecho desde el atardecer. Había tenido la precaución de
coger un arma. Hacia las once, cuando nos encontrábamos cenando, un gran
fantasma entró cubierto con un sudario; todos se echaron a temblar menos yo
que me eché a reír. Cuando el espectro me hizo un gesto para que lo siguiera le
contesté: «De acuerdo, vamos.»
Bajamos; me conduce al sótano, allí me señala una piocha y me dice:
«Excava». Me decido a obedecerlo; apenas había dado cincuenta golpes, cuando
encuentro una olla de hierro herméticamente cerrada. «Coge esa olla —me dice
el fantasma— y mira lo que contiene». Cual no fue mi sorpresa al hallarla
repleta de oro. «Contiene mil luises de oro —prosiguió mi interlocutor—
llévaselos a mi hijo y dile que no me imite; devorado por el demonio de la
avaricia, mi única pasión fue la de amontonar oro sobre oro; ahora pago las
consecuencias, pues estoy condenado a cien años de sufrimiento. Dile además a
mi hijo que mande decir cincuenta misas anuales por mi alma, eso abreviará mi
penitencia. Adiós.» Al terminar, desapareció. Le entregué fielmente a su hijo el
tesoro que había encontrado y a partir de entonces, la paz quedó restablecida en
la morada de mi amigo.

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La Ahijada Del Señor O La Nueva Wertheria

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Hace un año, mis investigaciones botánicas me condujeron a los
alrededores de un pueblito no lejos de Loudun. Una mujer de unos cuarenta
años me encontró en la montaña e imaginó que yo estaba cogiendo simples. Me
percaté de que tenía ganas de hablar conmigo y, sin adivinar qué podía originar
aquel deseo, inicié yo mismo la conversación. Me dijo entonces que era muy
desgraciada, que tenía una hija que era su único consuelo, a la que amaba más
que a ella misma y a la que estaba a punto de perder, pues estaba muy enferma
y desahuciada por los médicos. A continuación, me rogó llorando que fuera a
visitarla y no le negara mi auxilio. Habría resultado inútil negarme; y además
¿por qué iba a privarla del encanto de un momento de esperanza,
compensación estéril pero dulce, de muchos meses de incertidumbre y de
lágrimas? Caminé detrás de ella entre las giniestas en flor y las marañas de
brezos, hasta que llegamos a la aldea. Finalmente, me indicó la puerta de su
casucha, y entré en un recinto en el que la chica yacía sobre un viejo catre, entre
dos cortinas verdes. Estaba apoyada sobre uno de los brazos; sus ojos eran
huraños, sus mejillas rojas y ardientes, su boca jadeante y pálida. Parecía tener
dieciséis o diecisiete años como mucho, pero sus facciones eran poco
agraciadas; sólo destacaba una expresión conmovedora y apasionada que tiene
el poder de embellecerlo todo.
—Suzanne —le dijo su madre— aquí tienes a un señor que tiene grandes
conocimientos y que, sin duda, curará tu enfermedad—. Ella se volvió hacia la
pared sonriendo dulcemente.
—Suzanne —le dije tomando su mano—, no se abandone a una injusta
depresión; hay remedios para todo.—Ella levantó la cabeza y me miró
fijamente.
—Si examino unos minutos los síntomas de su enfermedad, encontraré sin
duda la forma de aliviarla.
Sonrió de nuevo y retiró su mano de la mía con un ligero esfuerzo. Su
madre salió. No sé qué inquietud se había adueñado de mí. Caminaba a
grandes pasos por la casilla, y mi imaginación sólo me presentaba
pensamientos vagos e inquietos. Sin embargo, aquella chica me interesaba.
Regresé a su lado, y me senté. Oí un suspiro. Busqué la mano que antes me
había retirado. La mía estaba ardiendo; ella la apretó.
—Suzanne —exclamé apoyando la mano sobre su corazón— es aquí
donde está tu padecimiento.—Sus párpados se bajaron con calma melancólica;
estaban inflamados y tirantes. Las pestañas, reunidas en manojillos, brillaban
aún por la humedad del llanto.
—Estás enamorada —dije a media voz. Su pecho palpitaba. Deslizó sus
dedos por un bucle de cabellos negros y lo colocó sobre el rostro. Yo la rodeé
con uno de mis brazos. La aproximé a mi pecho con un casto gesto. Mi
respiración rozaba sus labios. Ella habló; apenas la oía.
—No es él —decía.
—No, no es él —le respondí—; pero ¿no va a venir?
Y Suzanne movió la mano alrededor de la cabeza.
—Tal vez lo veas mañana —le dije. No contestó. Yo temía agriar su pena y
guardé silencio. Me seguía mirando y yo lloraba. Había una lágrima en su
mejilla; la secó con el dorso de la mano. Otra había caído sobre su mano y la
recogió con los labios.
—Eres muy dichoso —me dijo—; creo que has llorado. Y luego,
observándome con mayor atención, comentó: «Podría enamorarme de ti,
porque tienes alma de ángel. Dime, no obstante, si eres noble». Yo dudaba en
confesarlo. Cuesta decirlo ante el camastro de la miseria.
—¡Oh! —prosiguió— noble y hombre; doble error. Pero tú eres aún
joven… me gusta ver como te ruborizas.
Quise decirle: «Explícame esas palabras». Pero no pronuncié la frase,
¿necesitaba una aclaración dolorosa para ofrecerle mi piedad? Nos entendíamos
bien así. Un poco más tarde vi a la madre que esperaba las palabras que yo iba a
pronunciar como un oráculo salvador.
—¿Ha estado enamorada?
—¡No! ¡Jamás! Ha tenido ricos pretendientes y, pese a nuestra indigencia,
han solicitado con ardor el amor de mi Suzanne. Pero ha sido indiferente con
todos. Le habría gustado que hubiera por aquí claustros en los que enterrar su
juventud, porque el mundo le parecía desagradable, y consideraba que la vida
era larga y difícil. Creo que ningún hombre ha conseguido ni un solo beso de
Suzanne, si no es su padrino. Tiene doce años más que ella, y es el hijo del
antiguo señor del pueblo. Cuando él se encontraba ausente sirviendo al rey, ella
decía: «Estoy segura de que mi padrino regresará, porque Dios me lo ha
prometido; y cuando él, mi Frédéric, regrese le regalaré un cordero muy blanco
con cintas azules y rosas y guirnaldas de flores según la estación». Fue, en
efecto, a su encuentro y cuando él la vio, bajó de su caballo para besarla en la
frente. «¡Mirad qué hermosa es Suzanne! —decía—. No quiero que conduzca
los rebaños a lo largo de los setos ni que queme su tez bajo los rayos del sol,
pues la quiero como a mi hermana».
Al día siguiente regresé muy temprano. La encontré peor.
—Oye, —me dijo besándome— debes ser tan bueno como bello, y voy a
pedirte algo más importante que la vida. Convence a mi madre para que me dé
mi vestido blanco, mi toca de muselina y mi crucecita de cristal. Cógeme aciano
en el jardín y un iris a la orilla del arroyo. Hoy es el aniversario de mi
nacimiento.
Hice lo que me había pedido, y su madre la vistió. Pero al bajar de la
cama, se sintió muy débil. La campana sonaba muy cerca, pues la iglesia estaba
enfrente. La madre dijo: «Sabes bien que es la boda de Frédéric; si no estuvieras
enferma, bailarías como las señoritas en los grandes salones del castillo. ¿Por
qué no te animas?». ¡Ya no escuchaba, la pobre Suzanne! No obstante nos dijo
que se encontraba mejor. La madre y yo nos acercamos a la puerta para ver
pasar a los novios. La novia elegía, con atención temerosa, el lugar en el que
debía posar sus pies para no estropear los bordados de sus zapatos. Todos sus
movimientos eran lentos y afectados; todos sus gestos soberbios y desdeñosos.
En sus pasos, en sus miradas, en el arreglo de su cabello, en los pliegues de sus
ropas, sólo había simetría. ¡Oh! ¡Qué desagrado le inspiraban los cuidados de
una fiesta sencilla y de una ceremonia común! Frédéric caminaba detrás. Sus
grandes ojos estaban entornados, su aspecto descuidado, su andar lento y
preocupado. Al pasar por delante de la casa, miró con expresión sombría y
descontenta; retrocedió medio paso mordiéndose los labios, deshojó un ramo de
flores que llevaba en las manos, y prosiguió su camino. La iglesia se abrió. Me
había quedado solo y estaba reflexionando sobre todo aquello, cuando oí un
grito prolongado. Corrí. La madre estaba de rodillas. La hija en la cama.
—¿Está segura?
—¡Mire! —me dijo la madre…
Suzanne estaba inmóvil, pálida, inanimada, muerta. La toqué, estaba ya
casi fría. Apliqué el oído para asegurarme de que había dejado de respirar.
Y esto es lo que me sucedió en un pueblito de los alrededores de Loudun.

_
La Liebre

_
Un amigo mío, honesto agricultor, eran un empedernido cazador ; lo
veían, desde el amanecer saltar zanjas, subir colinas y perseguir a su presa hasta
en sus últimos atrincheramientos.
Una tarde en que roto de cansancio, y de muy mal humor, tomaba
tristemente el camino de regreso a casa con el morral vacío, una liebre sale a sus
pies, mi amigo dispara y yerra el tiro: su mal humor aumenta; éste desaparece
no obstante cuando ve que la liebre se agazapa a cien pasos de él. Recarga su
escopeta, se acerca, dispara y yerra de nuevo los dos tiros; no comprendía cómo
había podido ser tan torpe, él que no disparaba nunca en falso. Retoma el
camino refunfuñando, cuando vuelve a ver a la liebre, sentada sobre su trasero
atusándose apaciblemente los bigotes. «Esta vez —dijo el cazador— no me
desafiarás más»; entonces, apuntándole con una precisión que no lo engañó
jamás, lanza el disparo y cree haber abatido a su víctima: vana ilusión, pues sale
huyendo unos pasos y parece burlarse de su enemigo. El intrépido cazador,
arrebatado de ira, jura perseguirla hasta el fin del mundo; cumplió su palabra y
tan bien que al cabo de dos horas había consumido toda su munición, aunque
veía aún al maligno animal plantarle cara insolentemente, a unos pasos de él.
Sin contenerse más de rabia, mi amigo busca hasta el fondo del zurrón y
encuentra una carga de pólvora, pero sin plomo; no sabía qué hacer, cuando se
le ocurrió la idea de retorcer monedas de seis liards y de seis sous y hacer con
ellas balas. Había llegado a recargar su escopeta a fuerza empeño y paciencia y
se disponía a disparar, cuando la liebre cambió de repente de aspecto y fue
reemplazada por un hombre que dirigió estas palabras al cazador: «Deja de
perseguirme, desgraciado; el cielo ha permitido que vuelva a ser criatura
humana para impedir que cometas un crimen. Yo soy tu abuelo: desde hace
cincuenta años vivo en esta llanura bajo el aspecto de una liebre, y mi
penitencia debe prolongarse aún por cincuenta más. Si no quieres sufrir la
misma pena, evita tus pecados.» Cuando concluyó estas palabras, se convirtió
de nuevo en liebre y dejó a su nieto estupefacto y temblando de
espanto.numerosas montañas boscosas. Se quedó muy sorprendido cuando,
creyéndose solo, oyó que alguien lo llamaba por su nombre. La voz no le
resultaba desconocida. Pero como no parecía demasiado dispuesto a responder,
lo llamaron por segunda vez. Creyó reconocer la voz de su padre, recién
fallecido. Pese a su miedo, no dejó de dar unos pasos hacia adelante. Pero cuál
no sería su sorpresa al ver una gran caverna o una especie de abismo, en la que
había una escalera muy larga que iba de arriba abajo. El espectro de su padre se
apareció en los primeros peldaños y le dijo que Dios había permitido que se le
apareciera para darle instrucciones acerca de lo que debía hacer por su propia
salvación y por la liberación de quien le hablaba, así como por la de su abuelo,
que se encontraba unos cuantos peldaños más abajo. Añadió que la justicia
divina los castigaba y los retenía donde estaban hasta que no restituyera a un
determinado monasterio una herencia usurpada por sus antepasados…
Recomendó a su hijo que realizara dicha restitución lo antes posible para evitar
el castigo divino, pues de no hacerlo su lugar estaba ya reservado en aquel
lugar de tormento. Tras aquella amenaza, la escalera y el espectro empezaron a
desaparecer insensiblemente, y la entrada de la caverna volvió a cerrarse. El
señor, cuyo pavor había llegado al límite, regresó inmediatamente a su casa; la
agitación de su espíritu no le permitió intentar profundizar en aquel misterio.
Devolvió a los monjes los bienes que le habían indicado, dejó a su hijo el resto
de su herencia e ingresó en un monasterio donde pasó santamente el resto de su
vida.

http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/08/la-monja-sangrienta-y-otros-relatos.html

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Monday, August 11, 2008

VINUM SABBATI — TERROR — ARTHUR MACHEN

VINUM SABBATI — TERROR — ARTHUR MACHEN

VINUM SABBATI — TERROR — ARTHUR MACHEN
—-.
VINUM SABBATI
Arthur Machen
_
Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester,
distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja
enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después,
Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera
excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como
un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del
Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo
que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y
hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se
encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en
abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde
que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde
permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer
apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y
después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo
pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo
suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más
bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio.
Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso,
aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él
se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de
propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire
libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero
sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una
expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente
confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con
sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y
bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas.
—Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin
hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y
garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de
trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás.
Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba,
sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de
abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me
parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la
nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en
contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y
por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.
El doctor Haberden me animó, después de la consulta.
—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y
vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es
que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema
nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he
recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se
preocupe.
Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la
receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la
estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los
escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha
simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de
sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi
hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena.
Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un
vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el
agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el
cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando
salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que
había perdido el tiempo.
—He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho —decía riéndose—
; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré
canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos
divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca
Nacional.
He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté—. Podríamos salir pasado mañana, si
te parece.
—No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía,
y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su
propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés.
Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos
servirá de nada.
Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador,
como, si fuera un vino de la cava más selecta.
—¿Tiene algún sabor especial? —pregunté.
—No; es como si fuera sólo agua. —Se levantó de la silla y empezó a
pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.
—¿Vamos al salón a tomar café? —le pregunté—. ¿O prefieres fumar?
—No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable.
Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las
casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me
llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde.
La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la
calle, balanceando su bastón, y me sentí agradecida con el doctor Haberden
por esta mejoría.
Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la
mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.
—Caminé sin pensar adónde iba —dijo gozando de la frescura del aire, y
vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados.
Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo
compañero de la universidad, y después… bueno, nos fuimos por ahí a
divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo
sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche;
algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una
semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después
tú y yo haremos nuestro pequeño viaje.
Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se
convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios
alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente
crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues
claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no
dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me
desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino
poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía
hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo
miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí.
—¡Oh, Francis! —exclamé— ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho?
Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré
llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un
extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez,
y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como
una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos
pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada
malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día
de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando
tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había
suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras
desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado
e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran
encerrado viva en un ataúd.
Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la
penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre
sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y
cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a
enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y
en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el
horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes
retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se
desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas
con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago
de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en
mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía
una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques
y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que
no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama
fuese negra como la noche… sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió
al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma.
Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como
si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en
la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano.
A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor
Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el
doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi
determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi
hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había
descubierto hacía apenas media hora.
Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una
expresión de gran compasión en su rostro.
—Mi querida señorita Leicester —dijo— usted se ha angustiado por su
hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?
—Sí, me tiene preocupada —dije Desde hace una o dos semanas no he
estado tranquila.
—Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.
—Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He
visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.
—Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese
extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo
comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a
su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude
en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro.
Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor,
y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente,
le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la
mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella
mancha de fuego negro.
—¿Qué tienes en la mano, Francis? —le pregunté con firmeza.
—Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre.
Me lo vendé lo mejor que pude.
—Yo te lo curaré bien, si quieres.
—No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos?
Tengo mucha hambre.
Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la
comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus
ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella
expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por
espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una
ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de
la mañana, fui de nuevo a la casa del médico.
El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció
reflexionar durante unos minutos.
—¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según
tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace
tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a
propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca
envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no
tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar
con él.
Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y
estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.
—Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta
receta mía al señor Leicester —dijo el doctor, entregándole al anciano un
pedazo de papel.
—Sí —dijo—, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y
la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor
Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.
—Por favor, déjeme ver el preparado —dijo Haberden.
El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el
contenido y miró con extrañeza al anciano.
—¿De dónde sacó esto? —dijo—. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no
es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que
ésta no es la medicina correcta.
—La he tenido mucho tiempo —dijo el anciano, aterrado—. Se la compré a
Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido
desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.
—Sería mejor que me lo diera —dijo Haberden—. Me temo que ha habido
una equivocación.
Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el
frasco envuelto en papel.
—Doctor Haberden —dije, cuando ya llevábamos un rato caminando—,
doctor Haberden.
—Sí —dijo él, mirándome sobriamente.
—Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al
día durante poco más de un mes.
—Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando
lleguemos a mi casa.
Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que
llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un
extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada
comunes.
—Bueno —dijo al fin—. Todo esto es muy extraño. Es natural que se
sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo.
Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana,
aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor
Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente
desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante,
está por ver qué contiene realmente este frasco.
Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco
en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.
—Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma
escamitas. Pero huélalo.
Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño,
empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.
—Lo mandaré analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo que se dedica a
la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la
otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no
pensar más en eso.
Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida.
—Ya me he divertido lo suficiente —dijo con una risa extraña— y debo
volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado,
tras una dosis tan sobrecargada de placer —sonrió para sí mismo. Poco
después subió a su habitación. Su mano seguía vendada.
El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.
—No tengo ninguna noticia especial para usted —dijo—. Chambers está
fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia.
Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.
—Está en su habitación —dije—. Le diré que está usted aquí.
—No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me
atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y
al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien.
El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse
ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante
más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las
manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta
que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor
y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara,
en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta.
Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo
de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y
tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.
—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de
pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he
enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra
fortaleza… ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! —y se cubrió el rostro con las
manos para apartar de sí alguna horrible visión.
—No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un
poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.
Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su
casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana.
Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas
reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida
afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me
pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido
para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo
mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los
criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa.
Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de
la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.
He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que
debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden,
cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una
sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las
hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores
hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a
cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que
pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se
llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el
corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé
sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en
la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies,
perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la
ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó
a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo
semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron
desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de
todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil,
sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la
puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé.
—¡Francis, Francis! —grité—. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es
esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala
fuera de aquí!
Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un
sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de
una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.
—Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me
encuentro bien hoy.
Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría
mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la
aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio,
consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer
instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y,
súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban
cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí
que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no
había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la
empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en
mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me
horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con
mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me
contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto
recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la
puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin
obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído.
Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las
comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé
repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La
servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan
alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por
vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y
deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del
recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido
alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer.
El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido
terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la
escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se
quedó delante de mí, pálida y temblorosa.
—¡Oh, señorita Helen! —murmuró—. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha
pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano!
La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su
mano.
—No te comprendo —dije—. ¿Quieres explicarte?
—Estaba arreglando su habitación hace un momento —comenzó—. Estaba
cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré
hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de
mí.
Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.
—Ven conmigo —dije—. Trae tu vela.
La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al
entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha
negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que
empapaba la blanca ropa de mi cama.
Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta.
—¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?
Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un
vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.
A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.
Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él
me escuchó con una expresión de dureza en el semblante.
—En recuerdo de su padre —dijo finalmente—, iré con usted, aunque nada
puedo hacer por él.
Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el
calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del
doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.
No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él
llamó con voz fuerte y decidida:
—Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.
No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.
—Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me
veré obligado a echarla abajo —dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que
hizo eco por todo el edificio—: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir
la puerta.
—¡Ah! —exclamó, después de unos pesados momentos de silencio—,
estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un
atizador o algo parecido?
Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y
encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor.
—Muy bien —dijo—, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor
Leicester —gritó por el ojo de la cerradura—, que voy a destrozar la puerta!
Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la
madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una
voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la
oscuridad.
—Sostenga la lámpara —dijo entonces el doctor. Entramos y miramos
rápidamente por toda la habitación.
—Ahí está —dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro—. Mire,
en ese rincón.
Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa
oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida
ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un
gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos
llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en
una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser
un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos
puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el
silencio.
Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la
terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.
—He traspasado mi consultorio —comenzó—. Mañana emprendo un largo
viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que
compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida.
Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con
fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la
muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós.
En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar.
Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia
que narra:
“Mi querido Haberden —comenzaba la carta—: Le pido mil perdones por
haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me
envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar,
pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la
teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender
prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser
sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve
aclaración personal.
“Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un
escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de
nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los
pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía
ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén
con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado
un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de
todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo
conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha
llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las
tonterías del ‘ocultismo’ actual, disfrazado bajo nombres diversos:
mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la
complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros,
que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles
londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no
soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace
muchos años me convencí —me he convencido a pesar de mi anterior
escepticismo—, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente
falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le
hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá
dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido
superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que
trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y
biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica,
Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si
nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el
misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los
dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos
experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio
punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias
relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo
se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible
como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por
primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que
resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en
unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan
inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y
etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina
matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura
extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación
universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy
convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual
forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro
lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la
experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que
imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una
fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la
materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el
cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como
espirituales y están sujetos a una actividad interior.
Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto;
pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que,
desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las
cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen,
debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados
para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta
exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite
hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería,
pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están
pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la
telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será
casi un proverbio.
“Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco
tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y
escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No
me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis.
Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es
prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara
de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la
veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un
almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que
permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí
comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos
años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones
periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los
cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,,
repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y
duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un
moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir
el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy
diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba
el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los
aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a
nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la
vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a
menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas
supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es
preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la
monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo
muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que
conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy
remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia
maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa.
Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos
diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para
asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres
eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado,
tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del
mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o a
un recóndito lugar, en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el sabbath.
Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se
llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes
participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum,
como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que
habían bebido se veía atraído por un acompañante (mezcla de hechizo y
tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para proporcionarle goces más
intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las
nupcias sabáticas. Es difícil escribir sobre estas cosas, principalmente porque
esa forma que atraía con sus encantos no era una alucinación sino, por
espantoso que parezca, el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático —
unos pocos granos de polvo blanco disueltos en un vaso de agua—, la morada
de la vida se abría en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que
nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba
en un ser tangible y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces,
a la medianoche, se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso
oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado.
Tales eran las nuptiae sabbatí.
“Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo que no
pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida, y que un
acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba el santuario más
íntimo del hombre, era seguido de una venganza feroz. Lo que comenzaba con
la corrupción, terminaba también con la corrupción.”
Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden:
“Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me
lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero que me llamó la
atención fue su mano vendada, Y lo obligué a que me la enseñara. Lo que vi
yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo de odio. Y la historia que me vi
obligado a escuchar fue infinitamente más espantosa de lo que habría sido
capaz de imaginar. Hasta me sentí tentado a dudar de la Bondad Eterna, que
permite que la naturaleza ofrezca tan abominables posibilidades. Y si no
hubiera visto usted el desenlace con sus propios ojos, le habría pedido que no
diera crédito a nada de todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas
de vida, pero usted es joven, y quizá pueda olvidarlo.
_
Dr. Joseph Haberden.
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UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE
_
UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
_
“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.”
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo
llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince—
se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.
* * *
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

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Thursday, August 7, 2008

LOS AMADOS MUERTOS

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba…¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura…resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia…mortales explosiones de histéricas granadas…el monótono silbido de balas sardónicas…humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues…¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta…

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad…

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…

Posted by ARKAICO at 22:32:36 | Permalink | No Comments »