Saturday, April 4, 2009

PESADILLA DESPIERTO — Fredric Brown

PESADILLA DESPIERTO — Fredric Brown

PESADILLA DESPIERTO

Fredric Brown

Todo empezó como un sencillo caso de asesinato. Esto ya era bastante malo, porque era el primer asesinato cometido durante los cinco años que Rod Caquer llevaba de Teniente de las Fuerzas de Policía, en el Sector Tres de Callisto.

Toda la población del Sector Tres se sentía orgullosa de aquella marca, o por lo menos se había sentido, hasta que aquel récord había dejado de significar algo.

Pero antes de que aquel caso se terminara, nadie se habría sentido más contento que Rod Caquer si el asunto hubiese sido un simple caso de asesinato sin complicaciones cósmicas.

Los sucesos empezaron a ocurrir cuando el zumbido del aparato hizo que Rod Caquer dirigiera la mirada hacia la pantalla de su telecomunicador.

La imagen de Barr Maxon, Director del Sector Tres, le contemplaba severamente.

- Buenos días, Director - dijo Caquer, amablemente -. Me gustó mucho el discurso que pronunció la noche pasada sobre los…

Maxon le interrumpió.

- Gracias, Caquer - dijo -. ¿Conoce a Willem Deem?

- ¿El propietario de la tienda de libros y films? Sí, algo.

- Está muerto - anunció Maxon -. Parece asesinato. Más vale que vaya en seguida.

Su imagen desapareció de la pantalla, antes que Caquer pudiera hacer ninguna pregunta. Pero las preguntas podían esperar. Caquer ya se dirigía a la puerta, mientras se abrochaba el cinto de su espadín.

¿Un asesinato en Callisto? No acababa de creerlo, pero si era cierto lo mejor que podía hacer sería llegar allí cuanto antes. Con toda rapidez, si es que quería poder echar un vistazo al cuerpo antes de que no lo incineraran.

En Callisto, los cadáveres no pueden preservarse más de una hora después de su muerte, debido a las esporas de hylra que, en pequeñas cantidades, flotan siempre en el ambiente. Desde luego, son inofensivas para los tejidos vivos, pero aceleran enormemente la putrefacción en los tejidos animales muertos, de cualquier clase.

El Dr. Skidder, médico forense, atravesaba la puerta de la tienda de libros y películas cuando el Teniente Caquer llegaba, casi sin aliento.

El médico señaló con el pulgar hacia atrás.

- Más vale que se apresure si quiere echar una mirada. Se lo llevan por la puerta trasera. Pero he examinado…

Caquer pasó por su lado corriendo y alcanzó a los sanitarios en la parte de atrás.

- Hola, muchachos, déjenme echar un vistazo - dijo Caquer mientras levantaba la tela que cubría la cosa depositada en la camilla.

Después de verlo se sintió un poco marcado, pero no había ninguna duda de la identidad del cadáver o de la causa de la muerte. Había tenido la esperanza que aquello podría resultar en una muerte por accidente, después de todo. Pero el cráneo estaba partido hasta las cejas, un golpe dado por un hombre fuerte con una pesada espada.

- Deje que nos marchemos, Teniente. Hace casi una hora que lo han encontrado.

La nariz de Caquer confirmó esta observación y volvió a colocar la sábana en su lugar rápidamente y dejó que los sanitarios se dirigieran a su brillante ambulancia blanca, estacionada delante de la puerta.

Volvió a entrar en la tienda, pensativo, y lanzó una mirada a su alrededor. Todo parecía estar en orden. Las largas estanterías de mercancías envueltas en celofán estaban limpias y arregladas. La fila de cabinas en un extremo del local, algunas equipadas con visores para los clientes que deseaban examinar libros, mientras otras disponían de aparatos de proyección para aquellos que estaban interesados en microfilms, estaban vacías y ordenadas.

Un pequeño grupo de curiosos se había reunido en el exterior y Brager, uno de los policías, estaba ocupado en impedir que entrasen en el local.

- Oiga, Brager - dijo Caquer. El patrullero entró en la tienda y cerró la puerta detrás de él.

- Diga, Teniente.

- ¿Sabe algo de esto? ¿Quién lo encontró, cuándo, etc.?

- Yo lo encontré, hace casi una hora. Estaba haciendo mi ronda, cuando oí el disparo.

Caquer lo miró, sin expresión.

- ¿El disparo? - repitió.

- Sí. Entré corriendo y lo encontré muerto sin que se viera a nadie por aquí. Estaba seguro de que nadie había salido por la puerta principal, de modo que fui a la trasera y tampoco se veía a nadie. De manera que regresé y llamé por teléfono.

- ¿A quién? ¿Por qué no me llamó a mí directamente?

- Lo siento, Teniente, pero estaba excitado y sin duda marqué el número mal y salió la comunicación con el Director. Le dije que alguien había disparado contra Deem y me ordenó que me quedase de guardia y que él llamaría al forense, a la ambulancia y a usted.

«¿Lo habría hecho en aquel orden?», se preguntó Caquer. Sin duda, ya que él había sido el último en llegar allí.

Pero puso aquel detalle a un lado para concentrarse en la cuestión más importante, que Brager había oído un disparo. Eso era absurdo, a menos que, pero no, aquello era también absurdo. Si Willem Deem había sido muerto de un tiro, el médico no le habría abierto el cráneo como parte de su autopsia.

- ¿Qué es lo que quiere decir por un disparo, Brager? - preguntó Caquer -. ¿Un arma explosiva de las de tipo antiguo?

- Sí - dijo Brager -. ¿No ha visto el cadáver? Tiene un agujero en el pecho, justo en el corazón. Creo que es un agujero de bala. Nunca he visto uno antes. No sabía que existiera una pistola en Callisto. Fueron prohibidas antes que las armas radiónicas.

Caquer asintió lentamente.

- ¿No has visto ninguna otra señal de… ejem… alguna otra herida? - insistió.

- Caramba, no. ¿Por qué tendría que haber alguna otra herida? Un agujero en el corazón es suficiente para matar a un hombre, ¿no?

- ¿Adónde se fue el Dr. Skidder cuando salió de aquí? - preguntó Caquer -. ¿Dijo algo antes de irse?

- Sí, me dijo que como usted le pediría su informe se marchaba a su oficina y que esperaría hasta que usted fuese allí o le llamase. ¿Qué quiere que haga yo ahora, Teniente?

Caquer pensó por un momento.

- Vaya a la casa de al lado y use su visífono, Brager, yo tengo que comunicar por éste. - Caquer ordenó por fin al policía -. Llame a tres hombres más y los cuatro se dedican a visitar a todas las casas de la manzana y a preguntar a todo el mundo.

- ¿Quiere decir si vieron a alguien escapar por la puerta trasera, o si oyeron el disparo y todo eso? - preguntó Brager.

- Sí. También todo lo que sepan de Deem, o de quien pudiera haber tenido un motivo para matarlo.

Brager saludó y se marchó.

Caquer llamó al Dr. Skidder por el visífono.

- HoIa, Doctor - dijo -. Suéltelo todo

- Nada más que lo que había a la vista, Red. Un arma radiónica, desde luego. A corta distancia.

El Teniente Red Caquer trató de dominar sus pensamientos.

- Repita eso, por favor, Doctor.

- ¿Qué sucede? - preguntó Skidder -. ¿Nunca ha visto una muerte por arma radiónica antes? Es posible que no la haya visto, Red. Pero hace cincuenta años, cuando yo era estudiante, las teníamos de vez en cuando.

- ¿Cómo lo mató?

El Dr. Skidder pareció sorprendido.

- Ah, entonces no alcanzó a los sanitarios. Creía que habría visto el cuerpo. En el hombro izquierdo tenía quemada toda la piel y la carne, y el hueso chamuscado. La muerte fue debida a shock; el rayo no alcanzó ninguna área vital. La quemadura hubiese sido mortal de todos modos, pero el shock hizo la muerte instantánea.

«Los sueños deben ser algo parecido a esto», pensó Caquer. En los sueños pasan cosas que no tienen ningún significado - se dijo a sí mismo - pero ahora no estoy soñando, esto es real.

- ¿Ninguna otra herida o señales en el cuerpo? - preguntó lentamente.

- Ninguna. Le sugiero, Red, que se concentre en la busca del arma. Registre todo el Sector Tres, si es necesario. Ya sabe cómo son las armas radiónicas, ¿no?

- He visto fotografías - dijo Caquer - Dígame, Doctor ¿Hacen ruido? Nunca he visto el disparo de una.

El Dr. Skidder movió la cabeza.

- Hay un destello y un sonido silbante, pero no producen estruendo.

El doctor se lo quedó mirando.

- ¿Quiere decir un disparo de arma explosiva?

- Desde luego que no. Sólo un débil s-s-s. No se podría oír a más de cinco metros.

Cuando el Teniente Caquer hubo cerrado el visífono, se sentó y cerró los ojos, tratando de reunir sus ideas dispersas. De alguna manera tendría que encontrar la verdad entre tres observaciones contradictorias. La suya, la del policía y la del Doctor.

Brager había sido el primero en ver el cuerpo y había dicho que tenía un agujero en el corazón. Y que no había más heridas. Que había escuchado el ruido del disparo.

Caquer pensó, supongamos que Brager miente. Seguía sin haber lógica. Porque de acuerdo con lo dicho por el Dr. Skidder no había agujero de bala, sino una quemadura por rayo. Skidder había visto el cuerpo después de Brager.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber usado un arma radiónica en el intervalo, sobre un cuerpo ya muerto. Pero…

Pero aquello no explicaba la herida de la cabeza, ni el hecho que el médico no había visto el agujero de bala.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber golpeado el cráneo con una espada, entre el momento que Skidder había hecho la autopsia y el instante en que él, Caquer, había visto el cadáver. Pero…

Pero aquello no explicaba porque él no había visto el hombro quemado cuando había levantado la sábana que cubría el cuerpo de la camilla. Podía haber dejado de observar el agujero de la bala, pero no era posible que no se hubiera fijado en un hombro en el estado que lo había descrito el Dr. Skidder.

Siguió trabajando en aquel rompecabezas, hasta que al fin decidió que sólo había una explicación posible. El médico forense mentía, por la razón que fuese. Ello significaba, desde luego, que él, Rod Caquer, no se había fijado en el agujero de la bala; pero aquello seguía siendo posible.

Mientras que la historia de Skidder no podía ser cierta. El mismo Skidder, durante la autopsia, podía haber hecho la herida de la cabeza. Y después, podía haber mentido sobre la quemadura del hombro. Caquer no podía imaginarse por qué - a menos que el hombre estuviese loco - habría cometido ninguna de las dos cosas. Pero ésa era la única forma en que podía hacer encajar todas las piezas del problema.

Pero ahora el cuerpo ya había sido incinerado. Sería su palabra contra la del Dr. Skidder…

«Pero, ¡espera!…» los sanitarios, dos de ellos, tenían que haber visto el cuerpo cuando lo colocaban en la camilla.

Rápidamente, Caquer se puso en pie delante del visífono y obtuvo comunicación con el Hospital.

- Los dos sanitarios que retiraron un cadáver en la Tienda 9364, hace menos de una hora, ¿han llegado ya al Hospital? - preguntó.

- Un momento, teniente… Sí, uno de ellos ha acabado su guardia y se ha marchado a casa. Pero el otro está aquí.

- Que se ponga al aparato.

Red Caquer reconoció al hombre que se situó delante de la pantalla. Era uno de los enfermeros que le habían pedido que se apresurase.

- Sí, teniente - dijo el hombre.

- ¿Usted ayudó a poner el cuerpo en la camilla?

- Desde luego.

- ¿Qué diría usted que fue la causa de la muerte?

El hombre vestido de blanco se quedó mirando a la pantalla incrédulamente.

- ¿Está bromeando, Teniente? - sonrió -. Hasta un tonto podía ver lo que le había sucedido a aquel tipo.

Caquer arrugó el ceño.

- Sin embargo, hay declaraciones contradictorias. Quisiera su opinión.

- ¿Mi opinión? Cuando a un hombre le han cortado la cabeza, no pueden haber diferencias de opinión, Teniente.

Caquer se obligó a hablar tranquilamente.

- El otro hombre que fue con usted, ¿podrá confirmar eso?

- Desde luego. ¡Por Júpiter! Tuvimos que colocarlo en la camilla en dos trozos. Primero, nosotros dos colocamos el cuerpo y luego Walter cogió la cabeza y la colocó al lado del busto. El asesinato se cometió con una onda desintegradora, ¿no fue así?

- ¿Usted comentó el caso con su compañero? - dijo Caquer - ¿No hubo diferencia de opiniones respecto a… uh… los detalles?

- En realidad, sí que la hubo. Por eso le pregunté si el arma usada era un desintegrador. Después que llevamos el cuerpo al incinerador, mi compañero trató de convencerme que el corte tenía la apariencia de que alguien le hubiese dado varios golpes con un hacha o algo parecido. Pero era un corte limpio y recto.

- ¿Vio alguna señal de herida en la parte superior del cráneo?

- No. Oiga, Teniente, no tiene muy buen aspecto. ¿Le pasa algo?

Esa era la situación con la que se enfrentó Rod Caquer y no se le puede culpar por desear que todo hubiese quedado en un simple caso de asesinato.

Unas cuantas horas antes le había parecido bastante mal que se hubiesen interrumpido la serie de años en que no se había registrado ningún asesinato en Callisto. Pero, desde entonces, las cosas se habían complicado. El aún no lo sabía, pero aún se iban a complicar más y aquello era sólo el principio.

Ya eran las ocho de la tarde y Caquer seguía en su despacho con un ejemplar del formularlo 812 delante de él, encima de la brillante superficie de duraplástico de su escritorio. En el formulario había unas cuantas preguntas impresas, aparentemente preguntas muy sencillas.

Nombre del difunto: Willem Deem.

Ocupación: Propietario de una tienda de libros y films.

Residencia: Departamento 825. Sector Tres. Callisto.

Residencia comercial: Tienda 9364. St. Tres. Callisto.

Hora de la muerte: Aprox. 3 tarde. Hora Oficial Callisto.

Causa de la muerte:…

Sí, las cinco primeras preguntas habían sido contestadas en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ¿y la sexta? Había estado contemplando el impreso durante más de una hora. Una hora de Callisto, no tan larga como las de la Tierra, pero inacabable cuando se está considerando una pregunta como aquélla.

Fuese como fuese, tendría que escribir algo.

En vez de hacerlo, apretó el botón del visífono y un momento más tarde Jane Gordon le estaba contemplando desde la pantalla. Y Rod Caquer le devolvió la mirada, porque era algo que valía la pena.

- Hola, Jane - dijo - Me temo que no podré venir esta noche. ¿Me perdonas?

- Desde luego, Rod. ¿Qué sucede? ¿El asunto de Deem?

El asintió sombríamente.

- Papeleo. Montañas de informes impresos que tengo que preparar para el Coordinador del Distrito.

- Oh, ¿cómo fue asesinado, Rod?

- El artículo sesenta y cinco - dijo él con una sonrisa - prohíbe dar detalles de ningún crimen sin resolver, a ninguna persona civil.

- Lástima del artículo sesenta y cinco. Papá conocía a Willem Deem y ha estado en casa a menudo. Mr. Deem era prácticamente un amigo nuestro.

- ¿Prácticamente? - preguntó Caquer - ¿Entonces debo entender que no te gustaba, Jane?

- Bien, creo que no. Era una persona de conversación interesante, pero un tipo sarcástico, Rod. Pienso que tenía un sentido pervertido del humor. ¿Cómo lo mataron?

- Si te lo digo, ¿me prometes que no harás más preguntas? - preguntó Caquer.

Los ojos de ella brillaron esperanzados.

- Desde luego.

- Le dispararon con una pistola del tipo explosivo y con otra radiónica. Alguien le abrió el cráneo con una espada, le cortó la cabeza con un hacha y también con una onda desintegradora. Después que estuvo colocado en la camilla, alguien le volvió a pegar la cabeza, porque no estaba separada cuando yo la vi. Y cerró el agujero de la bala, y…

- Rod, deja de decir tonterías - le interrumpió la muchacha -. Si no me lo quieres decir, conforme.

Rod sonrió.

- No te enfades. ¿Cómo sigue tu padre?

- Mucho mejor. Está durmiendo ahora, pero muy mejorado. Creo que podrá volver a la Universidad la semana que viene. Rod, pareces cansado. ¿Cuándo tienes que entregar esos informes?

- Veinticuatro horas después del crimen. Pero…

- Pero, nada. Vente aquí en seguida. Puedes escribir tu informe por la mañana.

Ella le sonrió y Rod sucumbió.

- Muy bien, Jane - dijo -. Pero voy a pasar por el Cuartel de Patrullas. He puesto algunos hombres investigando en el barrio donde se cometió el crimen y quiero sus informes.

Pero el informe, que encontró le estaba esperando, no lanzaba ninguna luz sobre el asunto. La investigación había sido completa, pero no había conseguido descubrir ninguna información de importancia. No se había visto a nadie entrar o salir de la tienda de Deem, antes de la llegada de Brager, y ninguno de los vecinos de Deem sabían que éste tuviera ningún enemigo. Nadie había escuchado el disparo.

Rod Caquer gimió y se metió el informe en el bolsillo. Mientras caminaba hacia la casa de los Gordon, se preguntó cómo iba a dirigir la investigación. ¿Qué es lo que hacía un detective en un caso como aquél?

Cierto; cuando él era un chico que iba a la escuela, allá en la Tierra, había leído novelas de detectives. Los policías generalmente conseguían atrapar a alguien, descubriendo discrepancias en sus declaraciones. Casi siempre lo hacían de un modo dramático.

Había Wilder Williams, el más grande de todos los detectives de novela, que podía mirar a un hombre y deducir toda su historia por el corte de su traje y la forma de sus manos. Pero Wilder Williams nunca se había encontrado con una víctima que había sido muerta de tantas formas diferentes como testigos.

Pasó una tarde agradable - pero inútil - con Jane Gordon, a quien pidió en matrimonio de nuevo y de nuevo fue rechazado. Pero ya estaba acostumbrado a eso. Ella estaba un poco más fría que de costumbre, esa noche, probablemente porque estaba resentida, ya que él no había querido contarle lo de Willem Deem.

Luego se fue a casa a dormir.

Desde la ventana de su departamento, después que hubo apagado la luz, podía ver la monstruosa bola de Júpiter colgada baja en el cielo, el verdeoscuro cielo de medianoche. Se tendió en la cama y la miró hasta que podía verla después de cerrar los ojos.

Willem Deem, muerto. ¿Qué iba a hacer con Willem Deem? Sus pensamientos giraban en círculos, hasta que al fin una idea clara surgió del caos.

Mañana por la mañana hablaría con el doctor Skidder. Sin mencionar la herida de espada en la cabeza, le preguntaría si había notado el agujero de bala que Brager decía haber visto sobre el corazón. Si Skidder aún decía que la quemadura radiónica era la única herida, llamaría a Brager y le dejaría que discutiese con el médico.

Y luego… Bien, ya pensaría en ello cuando llegase el momento. De otro modo nunca conseguiría dormir.

Pensó en Jane, y se durmió.

Después de un rato, soñó. ¿Era aquello un sueño? Si lo era, entonces soñó que se encontraba en la cama, casi, pero completamente despierto y que habían murmullos que le hablaban de todos los rincones de su habitación. Susurros que salían de la oscuridad.

¡Susurros!

- Mátalos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- El Sector Dos tiene todos los beneficios y el Sector Tres hace todo el trabajo. Explotan nuestras plantaciones de corla. Son malos.

- Mátalos, apodérate de ellos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Los del Sector Dos son incapaces y usureros. Llevan la mancha de sangre marciana en las venas. Derramar, derramar sangre de Marte. El Sector Tres debe gobernar a Callisto. Tres es el número afortunado. Estamos destinados para gobernar a Callisto.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- Sangre marciana de villanos usureros. Los odias, los odias, los odias.

Susurros.

- Ahora, ahora, ahora.

- Mátalos, mátalos.

- Ciento noventa millas a través de la llanura. Iremos allí en una hora con los monocoches. Ataque por sorpresa. Ahora, ahora, ahora.

Y Rod Caquer estaba levantándose de la cama, vistiéndose apresurada y ciegamente sin encender la luz, porque eso era un sueño y los sueños suceden en la oscuridad.

Su espada estaba en la vaina de su cinto y la sacó y probó el filo, y la hoja estaba afilada y dispuesta a verter la sangre de los enemigos a quienes iba a matar.

Ahora su espada iba a lucir en arcos de roja muerte, aquella espada que nunca había probado la sangre, aquella anacrónica espada que era la enseña de su profesión, de su autoridad. Él nunca había sacado la espada para luchar, aquel corto símbolo de una espada, sólo de cincuenta centímetros de largo; suficiente, sin embargo, para alcanzar el corazón; diez centímetros para llegar al corazón.

Los susurros continuaron.

- Los odias, los odias, los odias.

- Derrama la mala sangre; mata, mata, mata.

- Ahora, ahora, ahora, ahora.

Con la espada desenvainada en su puño crispado, había atravesado silenciosamente la puerta, bajado por la escalera, por delante de los otros departamentos.

Algunas de las otras puertas también se abrían. No estaba solo, allí en la oscuridad. Otras figuras se movían a su lado, en la negrura.

Se deslizó por la puerta hacia la oscuridad fría de la calle. La oscuridad que debía haber estado brillantemente iluminada. Esta era otra prueba de que estaba soñando. Las luces de la calle nunca se apagaban, después de anochecer. De las primeras horas de la tarde hasta el amanecer, nunca estaban apagadas.

Pero Júpiter, aún por encima del horizonte, proporcionaba suficiente luz para poder ver por dónde caminaba. Era como un dragón redondo en los cielos y la mancha roja con un maligno ojo.

Los susurros suspiraban en la noche, murmullos que llegaban de todas partes alrededor de él.

- Mata, mata, mata.

- Los odias, los odias, los odias.

Los susurros no venían de las figuras en sombras que le rodeaban. Todos marchaban hacia delante, silenciosamente, como él.

Los susurros procedían de la misma noche, palabras que ahora empezaban a cambiar de tono.

- Espera, esta noche no, esta noche no - decían. - Vuelve, vuelve, vuelve.

- Regresa a tu casa, a tu cama, regresa a tu sueño.

Y todas las figuras alrededor de él estaban de pie, inmóviles, llenas de vacilación igual que él. Y entonces, casi simultáneamente, habían empezado a obedecer a los susurros. Habían dado media vuelta y regresado igual que habían venido, y tan silenciosamente…

Rod Caquer se despertó con un ligero dolor de cabeza y una sensación de inquietud. El sol, pequeño pero brillante, ya estaba muy alto en el cielo.

Su reloj le dijo que era un poco más tarde que de costumbre, pero se quedó en la cama unos cuantos minutos aún, tratando de recordar el loco sueño que había tenido. Los sueños son así, hay que tratar de recordarlos inmediatamente que uno despierta, antes de estar completamente despierto, o uno se olvida de ellos completamente.

Había sido un sueño absurdo. Un sueño loco y sin sentido. ¿Quizás un efecto de atavismo? Una regresión a los días en que aún las gentes luchaban sin descanso, en los días de las guerras y odios y de la lucha por la supremacía.

Esto había sucedido antes de que el Consejo Solar, reuniéndose primero en uno de los planetas habitados y luego en otro, había conseguido poner orden por medio del arbitraje y luego se había llegado a la unión. Y ahora la guerra era una cosa del pasado. La parte habitable del Sistema Solar - Tierra, Venus, Marte y dos de las lunas de Júpiter - estaban todos bajo un solo Gobierno.

Pero en aquellos días sangrientos del pasado, las gentes habían sentido lo mismo que él había experimentado en aquel sueño atávico. Había sido en los días en que la Tierra - unida por el descubrimiento de los viajes interplanetarios - había conquistado a Marte, el único otro planeta ya ocupado por una raza inteligente, y desde allí había lanzado sus colonias de emigrantes a dondequiera que el Hombre podía poner el pie.

Algunas de esas colonias habían deseado la independencia y luego el predominio. Los siglos sangrientos, se llamaba ahora a aquella época.

Cuando se levantó de la cama para vestirse, vio algo que le confundió, sorprendiéndole. Sus ropas no estaban cuidadosamente colocadas en el respaldo de la silla al lado de la cama, como él las había dejado. En cambio estaban tiradas por el suelo, como si se hubiese desnudado rápida y descuidadamente en la oscuridad.

- ¡Por Júpiter! - pensó -. ¿Habré andado dormido esta noche? ¿Se habría realmente levantado de la cama y habría salido a la calle cuando soñó que lo había hecho? ¿Cuando aquellos susurros le habían dicho que lo hiciera?

«No puede ser - se dijo -. Yo no he andado dormido en mi vida y no lo he hecho ahora. Simplemente debo haber sido descuidado, cuando me desnudé la noche pasada. Estaba preocupado con el caso Deem. En realidad, no me acuerdo de haber puesto las ropas en aquella silla.»

De modo que vistió su uniforme rápidamente y se dirigió a su oficina. A la luz de la mañana le fue fácil completar aquellos informes. En el espacio marcado «Causa de la muerte» escribió: «El forense informa que fue debido a shock por una herida de arma radiónica».

Con esto salió del atolladero; él no había dicho que aquello fuese la causa de la muerte; simplemente que el médico decía que lo era.

Llamó a un mensajero y le entregó los informes con instrucciones de llevarlos al avión correo que saldría dentro de poco. Luego llamó a Barr Maxon.

- He terminado mi informe en el caso Deem - dijo -. Lo siento, pero aún no hemos encontrado la solución. Se ha preguntado a todos los vecinos. Hoy voy a interrogar a todos sus amigos.

El director Maxon movió la cabeza.

- Apresúrese, teniente - dijo -. Este caso debe ser resuelto. Un asesinato, en nuestros días, es algo suficientemente malo. Pero no se puede pensar en un crimen sin castigo. Animaría a cometer otros crímenes.

El teniente Caquer asintió sombríamente. Ya había pensado en ello. Había que pensar en las consecuencias sociales de un crimen, y aquello era también su trabajo. Un Teniente de Policía que dejase a nadie cometer un asesinato sin ser detenido, en su distrito, no tenía más remedio que dimitir.

Después que la imagen del Director había desaparecido del visífono, Caquer cogió la lista de los amigos de Deem, de un cajón de su escritorio, y empezó a estudiarla, principalmente pensando en decidir a quiénes iba a visitar primero.

Escribió un número «1» al lado del nombre de Perry Peters, por dos razones. La casa de Peters estaba sólo a unas cuantas puertas más arriba, y luego él conocía a Perry mejor que a ningún otro de la lista, con la posible excepción del profesor Jan Gordon. E iba a hacer aquella visita la última, porque más tarde sería fácil de encontrar a su hija Jane en casa.

Perry Peters estuvo contento de ver a Caquer y adivinó inmediatamente el motivo de su visita.

- Hola, Shylock.

- ¿Eh? - dijo Rod.

- Shylock, el gran detective. Se encuentra con un misterio por primera vez en su carrera de policía. ¿O ya lo has resuelto, Rod?

- Quieres decir Sherlock, estúpido: Sherlock Holmes. No, aún no lo he resuelto, si es que quieres saberlo. Mira, Perry, dime todo lo que sepas de Deem. ¿Lo conocías bastante bien, no es así?

Perry Peters se frotó la barba pensativo y se sentó en su banco de trabajo. Era tan alto y delgado que podía sentarse allí en vez de tener que saltar para ello.

- Willem era un poco extraño - dijo -. Desagradaba a mucha gente porque era sarcástico y tenía ideas absurdas en política. Yo, la verdad es que no estoy seguro que no tuviese razón la mitad de las veces, pero de todos modos me gustaba porque jugaba muy bien al ajedrez.

- ¿Esa era su única diversión?

- No. Le gustaba construir cosas, aparatos principalmente. Algunos de ellos eran muy buenos, aunque él los hacía como pasatiempo y nunca trató de patentarlos o de venderlos.

- ¿Quieres decir que inventaba aparatos, Perry? ¿Igual que haces tú?

- Bien, no eran tanto invenciones sino aparatos que aplicaban ideas ya conocidas. Pequeños instrumentos, la mayor parte, y Deem era mucho mejor en su trabajo de artesano que en ideas originales. Y, como ya te he dicho, era sólo un pasatiempo.

- ¿Nunca te ayudó en alguna de tus propias invenciones? - preguntó Caquer.

- Desde luego, en ocasiones. Sin embargo, no tanto en la idea, sino ayudándome a fabricar piezas difíciles. - Perry Peters describió un círculo con la mano que incluía todo el taller alrededor de él -. Mis herramientas están muy bien para trabajo basto, en comparación. Nada por debajo de milésimas de exactitud. Pero Willem tiene, tenía, un pequeño torno que es una maravilla. Corta cualquier cosa y preciso a un cincuentavo de milésima.

- ¿Qué enemigos tenía, Perry?

- Ninguno que yo sepa. De verdad, Caquer. A mucha gente no les gustaba, pero se trataba de una clase inofensiva de desagrado. Ya sabes lo que quiero decir, la clase de desagrado que puede hacer que vayan a otra tienda a comprar, pero no la clase que pueda hacerles desear el matarlo.

- ¿Y quién, si es que lo sabes, puede beneficiarse de su muerte?

- Hum… nadie, para así decirlo - dijo Peters, pensativo -. Su heredero es un sobrino que vive en Venus. Lo vi una vez y era un muchacho simpático. Pero la herencia no será nada que valga la pena. No valdrá más allá de unos cuantos miles de créditos.

- Aquí hay una lista de sus amigos, Perry - dijo Caquer mientras le entregaba un papel -¿Quieres mirarla y decirme si puedes añadir algún nombre? ¿O si puedes hacer alguna sugestión?

El inventor estudió la lista, y luego la devolvió.

- Me parece que los incluye a todos - le dijo a Caquer -. Hay un par de ellos que yo no sabía que lo conocieran lo bastante para merecer el estar en la lista. Y también tienes ahí sus mejores clientes, los que le hacían compras importantes.

El Teniente Caquer volvió a meterse la lista en el bolsillo.

- ¿En qué trabajas ahora? - preguntó a Peters.

- Algo que no puedo terminar, me temo - dijo el inventor -. Necesitaba la ayuda de Deem, o por lo menos el uso de su torno, para seguir adelante. - Cogió del banco de trabajo el par de anteojos más raro que Caquer había visto nunca. Los cristales tenían la forma de arcos de círculo, en vez de formar unos círculos completos y estaban sujetos en una banda de plástico flexible, sin duda diseñada para ajustarse apretadamente a la cara, alrededor de los cristales. En la parte central superior, donde quedaría contra la frente del que usase aquellas gafas, había una pequeña caja cilíndrica de unos cuatro centímetros de diámetro.

- ¿Y para qué sirve eso? - preguntó Caquer.

- Para usarlos en las minas de radita. Las emanaciones de ese mineral, mientras sigue en estado bruto, destruyen inmediatamente cualquier substancia transparente que se haya descubierto o fabricado hasta la fecha. Inclusive el cuarzo. Y también daña a los ojos descubiertos. Los mineros tienen que trabajar con los ojos vendados, como si dijéramos, guiándose solamente por el tacto.

- ¿Y cómo es que la forma de esos lentes va a impedir que las emanaciones les perjudiquen, Perry? - preguntó.

- Esa pieza en la parte superior es un pequeño motor. Hace funcionar un par de limpiacristales especialmente preparados. Son como un par de limpiaparabrisas antiguos. Y es por eso que los cristales tienen la misma forma del arco de los limpiacristales.

- ¿Quieres decir que los limpiacristales son absorbentes y que contienen alguna clase de líquido que protege los cristales?

- Sí, excepto que son hechos de cuarzo en vez de vidrio. Y solamente están protegidos una pequeña fracción de segundo. Los brazos del limpiacristales van a toda velocidad, tan rápidos que no se les puede ver cuando se usan las gafas. Los brazos tienen la mitad del tamaño de los cristales y el que los usa sólo puede ver una parte de los cristales a la vez.. Pero puede ver, aunque poco, y esto representa una mejora del mil por uno en la extracción de radita.

- Magnífico, Perry - dijo Caquer -. Y la visión puede mejorarse usando una iluminación superbrillante. ¿Ya los has probado?

- Sí y funcionan. El problema está en los brazos; la fricción los calienta y entonces se expanden, agarrotándose después de un minuto de funcionamiento, poco más o menos. Tengo que ajustarlos en el torno de Deem, u otro parecido. ¿Crees que podrías conseguir que yo lo pudiera usar? ¿Digamos por un día o dos?

- No veo ninguna dificultad - le dijo Caquer -. Hablaré a quienquiera que sea nombrado depositario por el Director, y ya te lo arreglaré. Más tarde es posible que puedas comprar el torno de los herederos. ¿O crees que al sobrino le interesarán estas cosas?

Perry Peters movió la cabeza.

- No creo, no distinguiría un torno de una máquina de taladrar. Te lo agradeceré, Rod, si puedes arreglar que yo pueda usar esa máquina.

Caquer ya había dado media vuelta para irse, cuando Perry Peters le detuvo.

- Espera un minuto - dijo Peters y luego se detuvo, indeciso -. Creo que me reservaba algo, Rod - dijo el inventor al fin -. Conozco una cosa sobre Willem que es posible que tenga algo que ver con su muerte, aunque yo mismo no sé cómo. No lo contaría a no ser que ahora ya esté muerto, de manera que no puede causarle ninguna clase de dificultades.

- ¿Qué es, Perry?

- Libros políticos prohibidos. Se ganaba algún dinero vendiéndolos. Libros en la Lista, ya sabes lo que quiero decir.

Caquer silbó suavemente.

- No sabía que los seguían haciendo. Después que el Consejo lo castiga con penas tan duras, caramba.

- La gente sigue siendo humana, Rod. Siente curiosidad por saber lo que no debiera, sólo por saber por qué no deben conocerlo, si es que no tienen otras razones.

- ¿Libros de la Lista Gris o Negra, Perry?

Ahora fue el inventor quien se mostró sorprendido.

- No te comprendo. ¿Qué diferencia hay?

- Los libros de la Lista Prohibida Oficial están divididos en dos grupos. Los realmente peligrosos están en la Lista Negra. Existen severas penas al que se le encuentre uno y la pena de muerte para el que lo escriba o imprima. Los menos peligrosos están en la Lista Gris, como la llaman.

- Yo no sé cuáles eran los que vendía Deem. Bien, en confianza, una vez leí un par que Deem me prestó y recuerdo que pensé que era algo bastante aburrido. Teorías políticas subversivas.

- Esos serían de la Lista Gris. - El Teniente Caquer parecía aliviado - Toda la parte teórica está en la Gris. Los libros de la Lista Negra son los que contienen información práctica peligrosa.

- ¿Tales cómo? - el inventor contempló fijamente a Caquer.

- Instrucciones y fórmulas para fabricar productos prohibidos - explicó Caquer -. Como la Lethite, por ejemplo. Lethite es un gas venenoso, enormemente mortífero. Con un par de kilos de él se puede destruir una ciudad, de modo que el Consejo prohibió su fabricación y cualquier libro que explicase cómo podía fabricarse fue incluido en la Lista Negra. Algún loco podría conseguir un libro de esos y destruir su propia ciudad.

- ¿Pero quién va a ser, que haga una cosa así?

- Puede estar enfermo mentalmente o sentir odio por algo - dijo Caquer -. O podría usarlo en pequeña escala para algún intento criminal. O, ¡por Júpiter!, podría ser el jefe de algún Gobierno local que quisiera apoderarse de otro Estado vecino. El conocimiento de una cosa así podría quebrantar la paz en todo el Sistema Solar.

Perry Peters asintió pensativamente.

- Comprendo lo que quieres decir - dijo al fin -. Bien, sigo sin ver que ello tenga nada que ver con la muerte de Deem, pero creí que sería mejor decirte este aspecto de su vida. Probablemente querrás hacer una comprobación de los libros que pueda tener, antes de que el depositario abra de nuevo el local.

- Desde luego - dijo Caquer -. Y muchas gracias, Perry. Si me lo permites, usaré tu visífono para que empiecen ese registro inmediatamente. Si es que hay algún libro de la Lista Negra, nos haremos cargo de ellos en seguida.

Cuando pudo conseguir comunicación con su secretaria, ella parecía a la vez asustada y aliviada al verlo.

- Mr. Caquer - dijo -. He estado tratando de encontrarle. Algo horrible ha sucedido. Otra muerte.

- ¿Otro asesinato? - dijo Caquer, aturdido.

- Nadie sabe lo que ha sido - dijo la secretaria -. Una docena de personas lo han visto saltar de una ventana que estaba solamente a unos diez metros de altura. Y en esta gravedad, eso no podría haberle matado, pero ya estaba muerto cuando llegaron a su lado. Y cuatro de los que le vieron, le conocían. Dicen que era…

- Siga, Por Dios, ¿quién era?

- Yo no… Teniente Caquer, ellos dicen, los cuatro a la vez, que era Willem Deem.

Con una sensación de irrealidad, como si se encontrase en una pesadilla, el Teniente Rod Caquer miró por encima del hombro del médico forense al cuerpo que yacía en la camilla, mientras los sanitarios los rodeaban impacientes.

- Apresúrese, Doctor - dijo uno de ellos -. El cuerpo no aguantará mucho más y necesitaremos cinco minutos para llegar al crematorio.

El Dr. Skidder asintió irritado sin alzar la vista y siguió con su examen.

- No hay ni una señal, Rod - dijo -. Ni rastro de veneno. Ni rastro de nada. Simplemente, se ha muerto.

- ¿Podía ser a causa de la caída?

- No hay ni un arañazo de la caída. El único diagnóstico que puedo dar es que le ha fallado el corazón. Bien, muchachos, ya se lo pueden llevar.

- ¿Usted también ha terminado, Teniente?

- Sí - dijo Caquer -. Adelante, Skidder, ¿cuál de los dos era Deem?

Los ojos del Doctor siguieron el cuerpo tapado por una sábana blanca que se llevaban los enfermeros, y se encogió de hombros.

- Teniente, ése es su problema - dijo -. Todo lo que puedo hacer es certificar la causa de la muerte.

- Sin embargo, no es lógico - gimió Caquer -. La ciudad del Sector Tres no es tan grande que pueda existir un doble de Deem sin que la gente lo sepa. Pero uno de ellos tenía un doble. En confianza, ¿cuál le pareció que era el original?

El Doctor Skidder sacudió la cabeza sombríamente.

- Willem Deem tenía una verruga de forma rara en la nariz - dijo -. Los dos cadáveres la tenían, Rod. Y ninguna de las dos era artificial. Puedo apostar mi reputación profesional sobre este punto. Pero venga a la oficina conmigo y le diré cuál de los dos era Willem Deem.

- ¿Sí? ¿Cómo?

- Tenemos sus huellas dactilares en el Departamento, igual que las de todos nosotros. Y siempre se toman las huellas dactilares a un cadáver en Callisto, ya que el cuerpo tiene que destruirse tan rápidamente.

- ¿Ha tomado las huellas de los dos cadáveres? - preguntó Caquer.

- Desde luego. Las tomé antes de que usted llegase, en ambos casos. Tengo las que corresponden a Willem, quiero decir al otro cadáver, en mi despacho. Le diré lo que podemos hacer; vaya a buscar la ficha archivada en el Departamento y nos encontraremos en mi oficina.

Caquer suspiró aliviado mientras asentía. Por lo menos ahora se aclararía una cuestión: a quién pertenecían los cadáveres.

Y permaneció en aquel estado, comparativamente de satisfacción, hasta media hora después en que se reunió con el Dr. Skidder y compararon las tres fichas, la que Rod había retirado del Departamento y las pertenecientes a cada uno de los cuerpos.

Las tres eran idénticas.

- Hum - dijo Caquer -. ¿Está seguro que no se ha equivocado con esas impresiones?

- ¿Cómo puedo haberme equivocado? - dijo el Doctor Skidder -. Sólo he tomado un solo juego de cada cuerpo, Rod. Y si ahora las hubiese mezclado mientras las estamos comparando, el resultado sería el mismo. Las tres impresiones son iguales.

- Pero no lo pueden ser.

Skidder se encogió de hombros.

- Creo que tendríamos que poner el caso en manos del Director cuanto antes - dijo Rod -. Lo voy a llamar y arreglaré una entrevista. ¿Conforme?

Media hora más tarde, Caquer explicó toda la historia al Director Barr Maxon, con el Dr. Skidder a su lado confirmando los puntos más importantes. La expresión del rostro del Director Maxon hizo que Rod se sintiera satisfecho, muy satisfecho, de poder contar con la confirmación del Doctor Skidder.

- ¿Están de acuerdo, pues - preguntó Maxon - que este caso debe ser puesto en conocimiento del Coordinador de Sectores y que debe pedirse que envíe un investigador especial, para hacerse cargo del mismo?

Un poco tristemente, Caquer asintió.

- Me duele admitir que soy incompetente, Director, o que parezco serlo - dijo -. Pero éste no es un crimen ordinario. Lo que está sucediendo es superior a mis fuerzas. Y puede haber algo aún más siniestro que un asesinato detrás de todo ello.

- Tiene razón, Teniente. Tomaré las medidas necesarias para que la persona indicada salga hoy mismo del Sector Centro y se ponga en contacto con usted.

- Director - preguntó Caquer -, ¿puede decirme si se ha inventado alguna vez una máquina o proceso que permita reproducir un cuerpo humano, incluyendo la mente o sin ella?

Maxon pareció sorprendido por la pregunta.

- ¿Cree que Deem pueda haber estado trabajando en algo que se volvió contra él? Desde luego, que yo sepa nunca se ha llegado a un descubrimiento como ése. Nadie ha podido nunca duplicar, excepto por imitación, ni siquiera un objeto inanimado. ¿Usted no habrá oído hablar de tal cosa, Skidder?

- ¡No - dijo el médico forense -. Ni siquiera su amigo Perry Peters podría hacer una cosa así, Rod.

Desde la oficina del Director Maxon, Caquer se dirigió a la tienda de Deem. Brager estaba allí de guardia y lo ayudó a registrar el lugar minuciosamente. Fue una tarea larga y laboriosa, porque cada libro y cada película tenían que ser examinados completamente.

Los que imprimían libros ilegales, y Rod lo sabía, eran muy listos en disimular sus productos. Generalmente, los libros prohibidos llevaban las cubiertas y el título, a veces hasta los primeros capítulos, de alguna novela popular y los rollos de film estaban disimulados igualmente.

Estaba anocheciendo cuando terminaron, pero Rod Caquer sabía que habían hecho un examen concienzudo. No existía ningún libro prohibido en aquella tienda y todas las películas habían sido pasadas por el proyector.

Otros hombres, a las órdenes de Rod, habían registrado el departamento de Deem con igual cuidado. Llamó allí y recibió su informe, completamente negativo.

- No hay ni un folleto Venusiano - dijo el policía encargado del registro en el departamento, con lo que a Rod le pareció un tono de sentimiento.

- ¿Han encontrado un torno, uno pequeño para trabajos de precisión?

- No, no hemos visto nada parecido. Una de las habitaciones ha sido convertida en un taller, pero no hay ningún torno. ¿Es eso importante?

Caquer dijo que no. ¿Qué significaba otro misterio, además pequeño, en un caso como aquél?

- Bien, Teniente - dijo Brager, cuando la pantalla se hubo oscurecido -. ¿Qué hacemos ahora?

Caquer suspiró.

- Usted puede marcharse a casa, Brager - dijo -. Pero primero pase por el Departamento y dígales que envíen un hombre para que se quede de guardia aquí y otro en el departamento. Yo me esperaré hasta que llegue el relevo.

Cuando Brager se hubo marchado, Caquer se dejó caer, cansado, en la silla más cercana. Se sentía físicamente agotado y su cerebro parecía haber dejado de funcionar. Dejó que sus ojos se dirigieran a las ordenadas estanterías y su cuidadoso arreglo le molestó.

Si solamente tuviese una pista, de la clase que fuese… Wilder Williams nunca se había encontrado en un caso como aquél en el que las únicas pistas eran dos cadáveres idénticos, uno de los cuales había sido muerto de cinco maneras diferentes y el otro no tenía ninguna señal de violencia. Aquello no tenía explicación, y ¿por dónde iba él a empezar?

Bien, aún tenía la lista de las personas que quería visitar y aún le quedaba tiempo de ver por lo menos a una de ellas, esta tarde.

¿Debía ir a ver a Perry Peters, para ver qué explicación podía darle de la desaparición del torno? Quizá podría darle alguna idea de lo que había pasado con aquella máquina. Pero, entonces, ¿qué es lo que tendría que ver el torno en aquel caso? Uno no puede fabricar un cadáver en un torno.

Quizá sería mejor que fuese a ver al Dr. Gordon.

Llamó al departamento de los Gordon por el visífono y Jane apareció en la pantalla.

- ¿Cómo está tu padre, Jane? - dijo Caquer -. ¿Puedes decirme si podrá hablar conmigo esta noche?

- Oh, sí - dijo la muchacha -. Se siente mucho mejor y quiere regresar a sus clases mañana. Pero ven cuanto antes si es que vas a venir. Rod, pareces enfermo, ¿qué es lo que te pasa?

- Nada, excepto que me siento atontado. Pero creo que estoy normal.

- Estás demacrado. ¿Cuándo has comido la última vez?

Los ojos de Caquer se abrieron.

- ¡Dios mío! Se me ha olvidado todo lo que se refiere a la comida. He dormido hasta tarde y ni siquiera he desayunado.

Jane Gordon se rió.

- ¡Pobrecillo! Bien, ven pronto y tendré algo preparado cuando llegues.

- Pero…

- Pero nada. No discutas. ¿Cuándo llegarás?

Un minuto después de haber cerrado el visífono, el Teniente Caquer se levantó para contestar a una llamada, que había sonado en la puerta cerrada de la tienda.

La abrió

- Hola, Reese - dijo -. ¿Le envía Brager?

El policía asintió.

- Me dijo que debía estar aquí, por si acaso. ¿De qué?

- Vigilancia de rutina, eso es todo - explicó Caquer -. Dígame, he estado aquí encerrado toda la tarde. ¿Hay algo de nuevo?

- Un poco de excitación. Hemos estado arrestando agitadores en la calle todo el día. Pocos. Hay una epidemia de ellos.

- ¡Caramba! ¿Y qué es lo que quieren?

- Atacar al Sector Dos, por alguna razón que no acaba de ser clara. Están incitando al público a enfurecerse contra el Sector Dos y a eliminarlo. Las razones que dan son completamente absurdas.

Algo se agitó inquieto en la memoria de Rod Caquer, aunque no pudo localizar lo que era. ¿El Sector Dos? ¿Quién le había estado contando cosas del Sector Dos? Algo sobre usura, juego poco limpio, sangre marciana, cosas absurdas. Aunque era cierto que muchas de las gentes que vivían allí tenían sangre marciana…

- ¿Cuántos agitadores han sido arrestados?

- Tenemos a siete, dos más se nos escaparon, pero los agarraremos si empiezan otra vez.

El Teniente Caquer fue caminando, pensativo, hacia el departamento de los Gordon, haciendo esfuerzos para recordar dónde había oído, recientemente, propaganda contra el Sector Dos. Tenía que existir alguna razón común para la aparición simultánea de nueve agitadores en público, todos predicando la misma doctrina.

¿Una organización política subversiva? No había existido ninguna parecida durante el último siglo. Bajo un Gobierno perfectamente democrático, pieza esencial de una organización estable de todos los planetas habitados, podía encontrarse algún iluso que no estaba satisfecho, pero Rod no podía imaginarse ningún grupo organizado en aquella situación.

Parecía tan absurdo como el caso de Willem Deem. Aquello tampoco era lógico. Las cosas sucedían sin significado, como en una pesadilla. ¿Pesadilla? ¿Qué era lo que trataba de recordar sobre una pesadilla? ¿No había tenido él una clase rara de sueño la noche pasada? ¿Qué fue?

Pero, corno hacen siempre las pesadillas, ésta eludió su mente consciente.

De todos modos, mañana interrogaría, o ayudaría a interrogar, a esos agitadores que estaban arrestados. Pondría detectives a investigar sus historias y costumbres y no le cabía duda que podría encontrar un común denominador en alguna parte, que explicara su repentina actividad.

No podía ser por accidente que todos ellos empezaran en el mismo día. Era absurdo, tan absurdo como los inexplicables cadáveres del propietario de la tienda de libros y films. Quizá porque los dos casos eran absurdos, su mente tendía a unir los dos hechos. Pero juntos, los dos no eran más lógicos que separados. Inclusive tenían menos explicación.

¿Por qué no habría aceptado aquel puesto que le ofrecieron en Ganímedes? Ganímedes era una luna agradable y bien organizada. No había nadie allí capaz de ser asesinado dos veces en días consecutivos. Pero Jane Gordon no vivía en Ganímedes; vivía en el Sector Tres y él se dirigía ahora a verla.

Todo hubiese sido maravilloso, excepto que él se sentía tan cansado que no podía pensar a derechas, y que Jane Gordon insistía en considerarlo como un hermano en vez de como un pretendiente y que probablemente iba a perder su empleo. Sería el hazmerreír de todo Callisto, si el investigador especial enviado del Sector Centro encontraba alguna sencilla explicación para todo lo que estaba pasando, que a él se le había escapado…

Jane Gordon, que le pareció más hermosa de lo que nunca había visto, lo recibió en la puerta. Estaba sonriendo, pero la sonrisa se cambió en una mirada de preocupación cuando él entró en la habitación brillantemente iluminada.

- ¡Rod! - exclamó -. Pareces enfermo, realmente enfermo. ¿Qué es lo que has hecho además de olvidarte de comer?

Rod Caquer consiguió sonreír.

- He estado corriendo en círculos dentro de callejones sin salida, Jane. ¿Puedo usar tu visífono?

- Desde luego. Tengo algo de comida preparada para ti. Pondré la mesa mientras llamas. Papá está durmiendo. Me dijo que lo despertase cuando llegase, pero esperaré hasta que hayas comido.

Mientras ella se dirigía a la cocina, Caquer se dejó caer en la silla situada enfrente del visífono y llamó al Departamento de Policía. La roja cara de Borgesen, Teniente del turno de noche, apareció en la pantalla.

- Hola, Borg - dijo Caquer -. Oye, con respecto a esos siete oradores que has arrestado ¿has hecho que…?

- Son nueve - interrumpió Borgesen - Tenemos a los otros dos y quisiera que no estuviesen aquí. Nos van a volver locos.

- ¿Quieres decir que los otros trataron de hablar en público de nuevo? - preguntó Caquer.

- No. Entraron en el Departamento y se entregaron, y no podemos echarlos a la calle, porque hay una denuncia contra ellos. Pero están confesando a todos los que los quieren oír. ¿Y quieres saber lo que confiesan?

- Me rindo - dijo Rod.

- Que tú los has alquilado, y que les has ofrecido cien créditos a cada uno de ellos.

- ¿Cómo?

Borgesen rió, un poco más fuerte de lo necesario.

- Los dos que se entregaron voluntariamente dicen eso y los otros siete. Dios mío, ¿por qué me habré hecho policía? Una vez tuve la oportunidad de estudiar para maquinista de naves interplanetarias y tengo que terminar haciendo esto.

- Mira, quizá lo mejor será que me llegue a la oficina y veamos si son capaces de mantener su acusación en mi cara.

- Probablemente lo harán, pero eso no quiere decir nada, Rod. Dicen que los ha alquilado esta tarde y nosotros sabemos que estabas en la tienda de Deem con Brager. Rod, esta luna se ha vuelto loca y yo también. Walter Johnson ha desaparecido. No se le ha visto desde esta mañana.

- ¿Cómo? ¿El secretario confidencial del Director? Estás bromeando, Borg - dijo Caquer.

- Quisiera que fuese una broma. Tendrías que estar contento de no tener que hacer guardia en el Departamento. Maxon nos ha estado dando siete clases distintas de tormento para que encontremos a su secretario. Y tampoco le gusta el asunto de Deem. Parece que nos echa la culpa de que dejemos que asesinen a un hombre dos veces. Dime, ¿cuál de los dos era Deem, Rod? ¿Tienes alguna idea?

Caquer sonrió débilmente.

- Vamos a llamarles Deem y Deem 2 hasta que lo sepamos - sugirió -. Creo que los dos eran Deem.

- ¿Pero cómo puede un hombre ser dos?

- ¿Cómo puede matarse a un hombre de cinco modos a la vez? - contestó Caquer -. Cuando me contestes eso, te explicaré tu pregunta.

- Estás loco - dijo Borgesen y continuó con una observación algo grotesca -. Creo que hay algo raro en este caso.

Caquer estaba riendo tan fuertemente que había lágrimas en sus ojos, cuando Jane Gordon entró para decirle que la mesa estaba dispuesta. Ella lo miró con asombro, pero había preocupación detrás del asombro.

Caquer la siguió sin protestar y descubrió que estaba hambriento. Cuando hubo comido bastantes alimentos para preparar tres comidas corrientes, volvió a sentirse humano. Su dolor de cabeza aún persistía, pero ya era algo que palpitaba débilmente en la distancia.

El Profesor Gordon estaba esperando en el salón cuando entraron allí procedentes de la cocina.

- Rod, te pareces a algo que haya sido arrastrado por el gato - dijo -. Siéntate antes de que te caigas.

Caquer sonrió.

- Eso es porque he comido demasiado. Jane es una magnífica cocinera.

Se dejó caer en una silla enfrente de Gordon. Jane Gordon se había acomodado en el brazo de la silla de su padre, y los ojos de Caquer se recrearon contemplándola. ¿Cómo era posible que una muchacha con los labios tan suaves y apetecibles como los suyos pudiera insistir en considerar al matrimonio como algo puramente académico? ¿Cómo era posible que…?

- No puedo ver en este momento que ello pueda ser una causa de su muerte, Rod, pero Willem Deem alquilaba libros políticos - dijo Gordon -. No hago ningún daño en decirlo ahora, ya que el pobre hombre está muerto.

Casi las mismas palabras, recordó Caquer, que Perry Peters había usado para decirle la misma cosa.

Caquer asintió.

- Hemos registrado su tienda y su departamento y no hemos encontrado ninguno, Profesor - dijo -. Desde luego, usted no sabrá qué clase…

El Profesor Gordon sonrió.

- Me temo que sí lo sé, Rod. En confianza, y espero que no tendrás ningún dictáfono para registrar nuestra conversación, he leído unos cuantos de esos libros.

- ¿Usted? - Había real sorpresa en la voz de Caquer.

- Nunca dejes de tener en cuenta la curiosidad de un profesor, muchacho. Mucho me temo que la lectura de libros en la Lista Gris es un vicio más extendido entre los profesores de Universidad, que entre ninguna otra clase de personas. Oh, ya sé que está mal el hacerlo, pero la lectura de tales libros no puede afectar a una mente serena y juiciosa.

- Y papá ciertamente disfruta de una mente serena y juiciosa, Rod - dijo Jane, ligeramente desafiante -. Sólo que… a mí no me dejaba leerlos.

Caquer sonrió. El uso por el profesor de la palabra «Lista Gris» lo había tranquilizado.

El alquilar libros de la Lista Gris era solamente una falta leve, después de todo.

- ¿Nunca has leído libros de la Lista Gris, Rod? - preguntó el profesor.

Caquer sacudió la cabeza.

- Entonces, probablemente, nunca habrás oído hablar del hipnotismo. Algunas de las circunstancias en el caso Deem. Bien, me he preguntado si se habría usado hipnotismo.

- Me temo que ni siquiera sé de qué se trata, Profesor.

El débil anciano suspiró.

- Eso es porque nunca has leído libros ilícitos, Rod - dijo Gordon -. El hipnotismo consiste en el control de una mente por otra y había alcanzado un alto grado de desarrollo antes de que fuese prohibido. ¿No habrás oído hablar de la Orden Kapreliana o de la Rueda de Vargas?

Caquer movió la cabeza.

- La historia de este tema está en los libros de la Lista Gris, en varios de ellos - dijo el profesor -. El método y cómo se construye una Rueda de Vargas, estará en los libros de la Lista Negra, muy arriba en la lista de la ilegalidad. Desde luego no he leído éstos, pero conozco la historia.

»Un hombre llamado Mesmer, allá por el Siglo Dieciocho, fue uno de los primeros que usaron, si es que no fue el descubridor, del hipnotismo. Por lo menos, estableció las primeras bases científicas de su práctica. Ya en el Siglo Veinte, se sabía mucho en este campo, y ya era usado profusamente en medicina.

»Cien años más tarde, los médicos trataban casi tantos enfermos con hipnotismo como con drogas y cirugía. Es cierto que hubo algunos casos de abuso, pero fueron relativamente pocos.

»Pero otros cien años trajeron un gran cambio. El hipnotismo había ido demasiado lejos para la seguridad pública. Cualquier criminal o político sin escrúpulos que llegaba a conseguir algunos conocimientos del arte, podía operar con impunidad. Podía engañar al público y conseguir no ser descubierto.

- ¿Quiere decir que realmente podía hacer que la gente pensara lo que él quería? - preguntó Caquer.

- No solamente eso, sino que conseguía que hiciesen cuanto él quisiera. Y con el uso de la televisión un sólo hombre podía visible y directamente hablar a millones de personas.

- Pero, ¿no podía el Gobierno haber dictado leyes para regular la práctica de este arte?

El Profesor Gordon sonrió.

- ¿Cómo, cuando los legisladores son buenos y tan sujetos a la influencia del hipnotismo como el resto de los mortales? Y luego, para complicar las cosas, casi sin posibilidad de arreglo, llegó la invención de la Rueda de Vargas.

»Ya había sido observado, en tiempos tan lejanos como el Siglo Diecinueve, que una serie de espejos movibles, dispuestos de manera especial, podían someter a cualquiera que los mirase a un estado de sumisión hipnótica. Y la transmisión del pensamiento había ya sido experimentada en el Siglo Veintiuno. Fue en el siglo siguiente cuando Vargas combinó y perfeccionó los dos para construir su Rueda. En realidad, era una especie de casco, con una rueda giratoria de espejos, especialmente construidos, colocada encima.

- ¿Y cómo funcionaba? - preguntó Caquer.

- El portador de un casco o Rueda de Vargas tenía de inmediato y automáticamente control sobre cualquiera que le viese directamente en una pantalla de televisión - dijo Gordon -. Los espejos en la pequeña rueda giratoria producían una hipnosis instantánea, mientras que el casco, de alguna manera, llevaba los pensamientos del portador a través de la rueda e implantaba sobre los hipnotizados cualquier pensamiento que deseara transmitir.

»En realidad, el casco, o la Rueda, podían ser ajustadas para producir ciertas ilusiones fijas, sin necesidad de la intervención del operador. O, en cambio, el control podía ser directo, desde su mente.

- ¡Caramba! - dijo Caquer -. Una cosa como ésa podría… Ahora comprendo por qué los libros que dan instrucciones para fabricar una Rueda de Vargas están en la Lista Negra. ¡Por los Asteroides! Un hombre con una de esas Ruedas podría…

- Podría conseguirlo casi todo. Inclusive el matar a un hombre y hacer que la causa de la muerte apareciese de cinco modos distintos a otros tantos observadores.

Caquer silbó suavemente.

- Y también tratar de levantar a las turbas con agitadores, aunque no es necesario que sean agitadores, sino ciudadanos completamente temerosos de la Ley.

- ¿Agitadores? - preguntó Jane Gordon -. ¿Qué es eso de los agitadores, Rod? No me he enterado de nada.

Pero Rod ya se estaba levantando.

- No tengo tiempo de explicártelo ahora, Jane - dijo -. Te lo diré mañana, pero ahora tengo que dedicarme… Un momento, Profesor, ¿es eso todo lo que sabe respecto a ese asunto de la Rueda de Vargas?

- Todo lo que sé, muchacho. Se me había ocurrido como una posibilidad. Solamente llegaron a construirse cinco o seis, hasta que finalmente el Gobierno consiguió apoderarse de ellas y destruirlas, una a una. Costó millones de vidas el hacerlo.

»Cuando finalmente consiguieron dominar a todos los Poseedores, la colonización de los planetas ya se había iniciado y un Consejo Interplanetario tenía ya control sobre todos los Gobiernos. Decidieron que todo lo que se relacionase con el hipnotismo era peligroso y lo declararon prohibido. Costó unos cuantos siglos el eliminar todo conocimiento de este asunto, pero al fin tuvieron éxito. La prueba es que tú nunca has oído hablar de ello.

- ¿Y qué hay de los aspectos beneficiosos del hipnotismo - preguntó Jane Gordon -. ¿Se han perdido?

- Desde luego - dijo su padre -. Pero la ciencia de la Medicina había progresado tanto, que no constituye una pérdida demasiado grande. Hoy en día, los médicos pueden curar por medios físicos todo cuanto podía hacerse con el hipnotismo, por medios mentales.

Caquer, que se había detenido en la puerta, se volvió.

- Profesor, ¿es posible que alguien haya alquilado un libro de la Lista Negra a Deem, y haya aprendido estos secretos?

El Profesor Gordon se encogió de hombros.

- Es posible - dijo -. Deem puede haber tenido algunos libros de la Lista Negra, en ocasiones, pero no hubiera tratado de venderlos o alquilármelos a mí. De modo que no me habría enterado.

En el Departamento de Policía, el Teniente Caquer encontró al Teniente Borgesen al borde de un ataque de apoplejía.

Éste miró a Caquer.

- ¡Tú! - dijo. Y luego continuó - El mundo se ha vuelto loco. Escucha, Brager descubrió el cuerpo de Willem Deem, ¿no es así? A las diez de la mañana de ayer. Y se quedó allí de guardia mientras Skidder y tú y los sanitarios estaban allí, ¿no?

- Sí, ¿por qué? - preguntó Caquer.

La expresión de Borgesen mostró cuánto le habían afectado los últimos sucesos.

- Por nada, no pasa nada, excepto que Brager estuvo en el hospital ayer por la mañana, de las nueve hasta después de las once, curándose un tobillo dislocado. No es posible que haya estado en la tienda de Deem a la hora que él dice. Siete doctores, ayudantes y enfermeras juran que estaba en el hospital a aquella hora.

- Hoy cojeaba, cuando me ayudó a registrar la tienda de Deem - dijo - ¿Qué es lo que dice Brager?

- Dice que estuvo allí, en la tienda de Deem y que descubrió el cuerpo. Nos hemos enterado por casualidad que todo sucedió de otro modo, si es que sucedió de alguna manera. Rod, me voy a volver loco. Pensar que tuve la oportunidad de ser maquinista en un carguero interplanetario y en cambio acepté este maldito empleo. ¿Has podido saber algo de nuevo?

- Puede ser. Pero antes quiero preguntarte algo, Borg. Respecto a esos nueve chiflados que has arrestado, ¿ha tratado alguien de averiguar…?

- Ah, esos - interrumpió Borgesen -. Los he dejado marchar.

Caquer se quedó mirando a la roja faz del Teniente de guardia, como si no pudiera creer lo que veía.

- ¿Que los has dejado marchar? - replicó -. Pero no podías hacerlo, legalmente. Había una denuncia contra ellos. Sin ser juzgados, no podías ponerlos en libertad.

- Sin embargo, lo hice y asumo toda la responsabilidad por ello. Mira, Rod, esos hombres tenían razón, ¿no es eso?

- ¿Qué?

- Desde luego. Debemos despertar al pueblo sobre todo lo que está ocurriendo en el Sector Dos. Esos malditos de allá necesitan que los pongan en su lugar y nosotros vamos a ser los que lo haremos. Este Sector debe ser el Centro de Callisto. ¿No te parece, Rod, que un Callisto unido podría conquistar a Ganímedes?

- Borg, ¿hubo algo en la televisión esta noche? ¿Alguien pronunció algún discurso que tú hayas escuchado?

- Claro, ¿no lo has oído tú? Nuestro amigo Skidder. Debe haber sido mientras te dirigías hacia aquí, porque todos los receptores se han encendido automáticamente; ha sido una llamada general.

- Y… ¿hubo alguna sugerencia específica, Borg, en ese discurso? ¿Sobre el Sector Dos, y Ganímedes y todo eso?

- Claro está, tenemos reunión general mañana a las diez, por la mañana. En la Plaza. Todos tenemos que ir; te veré allí, ¿no es así?

- Sí - dijo el Teniente Caquer -. Me temo que me verás allí. Tengo que marcharme, Borg.

Rod Caquer sabía ahora lo que estaba pasando. Casi lo último que deseaba hacer era seguir allí escuchando a Borgesen, mientras éste hablaba bajo la influencia de, no podía ser otra cosa, una Rueda de Vargas. Ninguna otra fuerza podía haber hecho que el Teniente Borgesen hubiese hablado como lo acababa de hacer. La idea del profesor Gordon parecía más acertada a cada momento que pasaba. Ninguna otra cosa podía haber conseguido aquellos resultados.

Caquer caminó ciegamente a través de las calles iluminadas por la luz nocturna de Júpiter, pasando por delante del edificio donde estaba su propio departamento. Tampoco quería entrar allí.

Las calles de la Ciudad Sector Tres parecían muy animadas para ser una hora tan avanzada de la noche. ¿Qué hora era? Miró a su reloj y silbó suavemente. La noche ya había pasado. Eran las dos de la madrugada y normalmente las calles habrían estado desiertas.

Pero aquella noche no lo estaban. Las gentes andaban por todas partes, solas o en pequeños grupos que andaban juntos en un silencio extraño. Se oía el ruido de sus pisadas, pero ni siquiera el murmullo de una voz. Ni siquiera…

¡Susurros! Algo en aquellas calles y las gentes que las poblaban, hizo que Rod Caquer recordase ahora su pesadilla de la noche anterior. Sólo que ahora sabía que no había sido un sueño. Ni tampoco había andado dormido, en el sentido ordinario de la palabra.

Se había vestido. Había salido del edificio. Y las luces de la calle habían estado apagadas, lo que significaba que los empleados de la Compañía de Electricidad habían abandonado sus puertos. Ellos, igual que los otros, estuvieron vagando entre el gentío.

Escuchando a los susurros de la noche. ¿Y qué era lo que los susurros le habían dicho? Podía recordar parte de ellos…

- Mata, mata, mata. Los odias, los odias.

Un estremecimiento corrió por el espinazo de Caquer cuando se dio cuenta de la importancia del hecho, de que la pesadilla de la noche anterior había sido una realidad. Esto era algo que hacía parecer insignificante la muerte del propietario de una tienda de libros y películas.

Esto era algo que estaba atenazando a una ciudad entera, algo que podía cambiar un mundo, algo que podía conducir a un increíble terror y destrucción en una escala que no había sido conocida desde el Siglo Veinticuatro. Todo aquello que había empezado como un simple caso de asesinato…

En algún lugar más adelante, Rod Caquer escuchó la voz de un hombre que se dirigía a la multitud. Una voz enloquecida, llena de fanatismo. Corrió hasta la esquina y la dobló para encontrarse en el exterior de un grupo de personas que se apretaban alrededor de un hombre que les hablaba desde lo alto de una plataforma.

- Y os digo que mañana es el gran día. Ahora que tenemos al Director con nosotros ya no será necesario destituirle. Hay hombres trabajando en este momento, durante toda la noche, preparándose. Después de la reunión de todo el pueblo en la Plaza mañana por la mañana, haremos…

- ¡Alto! - gritó Rod Caquer. El hombre dejó de hablar y se volvió para mirar a Rod, mientras la multitud se volvía lentamente, casi al unísono, para mirarle.

- ¡Estás arres…!

Entonces Caquer se dio cuenta de que aquello era un gesto inútil.

No fueron los hombres que se dirigían hacia él, que lo convencieron de ello. No tenía miedo de la lucha. La habría recibido con satisfacción, como un alivio a aquel extraño terror, habría aceptado con placer la oportunidad de abrirse paso con su espada.

Pero de pie detrás del orador, estaba un hombre de uniforme: Brager. Y Caquer recordó, entonces, que Borgesen estaba de guardia en el Departamento y que estaba al lado de aquellos locos. ¿Cómo podía arrestar al agitador cuando Borgesen rehusaría aceptar su denuncia, y qué iba a conseguir con iniciar un tumulto y causar heridas a gentes inocentes, gentes que no actuaban por su propia voluntad, sino bajo la poderosa influencia que el Profesor Gordon le había descrito?

Con la mano en el puño de su espada, se retiró. Nadie lo siguió. Como autómatas, volvieron a mirar al orador, quien reasumió su arenga, como si nadie lo hubiese interrumpido. Brager, el policía, no se había movido, ni siquiera había mirado en su dirección. Él solo entre todas aquellas personas, no se había vuelto contra el desafío de su superior.

El Teniente Caquer se apresuró en la dirección que llevaba cuando había oído al orador. Aquel camino le llevaría al centro de la ciudad. Allí encontraría un visífono y podría llamar al Coordinador del Sector. Esto era un caso de emergencia, seguramente la influencia de quienquiera que fuese, que poseía la Rueda de Vargas, no se había extendido más allá de los límites del Sector Tres.

Encontró un restaurante nocturno, abierto pero desierto, con las luces encendidas pero sin camareros en su interior, sin cajero detrás del mostrador. Entró en la cabina del visífono y apretó el botón para llamar al operador de llamadas de larga distancia. La operadora apareció en la pantalla casi inmediatamente.

- Póngame con el Coordinador de Sector, en Ciudad Callisto - dijo Caquer -. Aprisa, por favor.

- Lo siento, señor. Las comunicaciones fuera de la ciudad han sido suspendidas por orden del Contralor de Servicios, hasta nueva orden,

- ¿Cuánto durará?

- No está permitido dar esta información.

Caquer apretó los dientes. Bien, había una persona que podía ayudarle. Obligó a su voz a que continuase tranquila.

- Entonces con el Profesor Gordon, en los Departamentos de la Universidad - dijo a la operadora.

- Bien, señor.

Pero la pantalla siguió sin iluminarse, aunque la pequeña luz roja que indicaba que el zumbador estaba funcionando en la casa de los Gordon, estuvo centelleando durante varios minutos.

- No contestan, señor.

Probablemente el Profesor y su hija estaban profundamente dormidos y no oían la llamada. Por un instante, Caquer pensó en la conveniencia de ir hasta allí. Pero la Universidad estaba en el otro lado de la ciudad, ¿y qué ayuda podrían darle? Ninguna, y el profesor era un anciano débil y enfermo.

No, tendría que… Volvió a pulsar el botón del visífono y un instante más tarde estaba hablando con el encargado de los hangares de la Policía.

- Saque el aparato rápido de persecución - dijo Caquer secamente - y téngalo para dentro de quince minutos que vendré a buscarlo.

- Lo siento, Teniente - fue la respuesta, igualmente seca -. No se suministra telenergía a ningún aparato, por orden especial. No saldrá ningún vuelo mientras dure la emergencia.

«Debí suponerlo», pensé Caquer. Pero, ¿qué pasaría con el investigador especial que llegaría de la oficina del Coordinador?

- ¿Se permite aterrizar a las naves procedentes del exterior? - preguntó.

- Sí, pero no pueden volver a despegar sin órdenes especiales - contestó la voz.

- Gracias - dijo Caquer. Cerró la pantalla y volvió a salir afuera, donde ya amanecía. Aún había una posibilidad. El investigador especial podría quizás ayudarle.

Pero él, Red Caquer, tendría que encontrarle, contarle lo ocurrido y sus consecuencias antes de que pudiera caer, como los otros, bajo la influencia de la Rueda de Vargas. Caquer caminó rápidamente hacia el espaciopuerto. Quizá la nave había aterrizado y el daño ya estaba hecho.

Volvió a pasar por el lado de un grupo de personas reunidas frente a un orador. Casi todo el mundo debía estar bajo la influencia de la Rueda a estas horas. Pero, ¿por qué no lo estaba él? ¿Por qué no estaba también él bajo la maligna influencia?

Ciertamente, debía haberse encontrado en la calle, dirigiéndose al Departamento de Policía, cuando Skidder había estado emitiendo, pero aquello no lo explicaba todo. Todas esas gentes no podían haber visto u oído la emisión. Algunos de ellos ya debían estar durmiendo a aquella hora.

Además él, Red Caquer, había sido afectado, la noche anterior, por los susurros. Debía haber estado bajo la influencia de la Rueda, cuando había investigado la muerte, los asesinatos.

Entonces, ¿por qué se encontraba libre ahora? ¿Era él el único o eran los otros, los que habían escapado, los que estaban cuerdos y en estado normal?

De lo contrario, si era el único, ¿por qué estaba libre? ¿O no lo estaba?

¿Podía ser que lo que estaba haciendo en aquel momento era parte de algún plan realizado bajo las órdenes de otro?

Era inútil que siguiera pensando de aquel modo, o acabaría volviéndose loco. Tenía que seguir haciendo lo que creía que era lo mejor, y esperar que las cosas, y él mismo, eran lo que parecían ser.

Entonces empezó a correr, porque delante de él ya se veía el espacio abierto de la estación terminal y una pequeña espacionave, plateada a la luz del amanecer, estaba descendiendo para aterrizar. Una pequeña nave rápida del Gobierno, debía ser la del investigador especial. Corrió alrededor de los edificios, pasó por la puerta de la valla y se dirigió a la nave, que ya había tomado tierra. La puerta se abrió.

Un hombre pequeño, de movimientos enérgicos salió al exterior y cerró la puerta. Vio a Caquer y sonrió.

- ¿Usted es Caquer? - preguntó, tranquilamente -. La oficina del Coordinador me envía para investigar un caso en el que parece que ustedes se encuentran en dificultades. Me llamo…

El Teniente Rod Caquer estaba mirando, horrorizado, al bien conocido rostro del hombre, a la familiar verruga que tenía en un lado de la nariz, esperando que pronunciase el nombre que ya conocía.

- …Willem Deem. ¿Le parece que vayamos a su oficina?

El Teniente Rod Caquer, Teniente de Policía del Sector Tres en Callisto, había soportado más de lo que podía. ¿Cómo se puede investigar el asesinato de un hombre que ha sido muerto dos veces? ¿Qué debe hacer un policía cuando la víctima se presenta, viva y sonriente, para ayudarle a resolver el caso?

Ni siquiera cuando se sabe que en realidad no está allí, o si lo está, no es lo que nos dicen nuestros ojos y que no está diciendo lo que escuchan nuestros oídos.

Hay un punto, más allá del cual la mente humana no puede seguir funcionando normalmente y, cuando se alcanza ese punto, distintas personas reaccionan de diferentes maneras.

La reacción de Rod Caquer fue una súbita, ciega y roja cólera que se dirigió, por falta de mejor objetivo, a la persona del investigador especial, si es que era el investigador y no un fantasma hipnótico que ni siquiera se encontraba allí.

El puño de Rod Caquer estableció contacto y encontró una barbilla, lo cual no probaba nada excepto que si el hombre que había bajado del aparato era una ilusión, lo era tanto para la vista como para el tacto. El puño de Rod explotó en su mentón como el escape de un cohete y el hombre se tambaleó y cayó hacia adelante. Aún sonriente, porque no había tenido tiempo de cambiar la expresión de su rostro.

Se cayó de cara y luego dio media vuelta, los ojos cerrados pero sonriendo amablemente hacia el cielo que se iba aclarando rápidamente.

Sintiendo que las rodillas le temblaban, Caquer se inclinó y puso su mano en el interior de la guerrera del hombre. El corazón seguía latiendo, desde luego. Por un momento, Caquer había temido que estuviese muerto a consecuencia del golpe.

Y Caquer cerró los ojos deliberadamente y tocó el rostro del hombre con su mano, y aún seguía pareciendo, el rostro de Willem Deem y la verruga seguía allí, exactamente igual al tacto que a la vista.

Dos hombres habían salido del edificio terminal y cruzaban el campo corriendo, dirigiéndose hacia él. Rod vio la expresión de sus caras y luego pensó en el pequeño aparato que estaba a pocos pasos de él. Tenía que escaparse del Sector Tres, para poder contar a alguien lo que estaba pasando, antes de que fuese demasiado tarde.

Si sólo hubiese sido mentira lo del corte de la teleenergía. Saltó por encima del cuerpo del hombre a quien había derribado y entró en el aparato y empezó a manipular los controles. Pero el aparato no respondió y, no, no le habían mentido respecto al corte de energía.

No le iba a servir de nada el quedarse allí para emprender una pelea, que no iba a decidir absolutamente nada. Salió por la puerta en el otro lado de la nave, huyendo de los hombres que ya llegaban y corrió hacia la valla.

La valla era metálica y tenía una carga eléctrica. No podía matar a un hombre, pero era lo suficiente para mantenerlo sin poder moverse hasta que se cortase la corriente y pudieran detenerlo. Pero si la telenergía estaba cortada, posiblemente la valla tampoco recibiría corriente.

Era demasiado alta para saltarla, de modo que se arriesgó. Por suerte no tenía corriente. Pasó por encima y sus perseguidores se detuvieron y regresaron al lado del hombre caído junto al aparato del Gobierno.

Caquer dejó de correr, pero siguió caminando. No sabía dónde iba, pero tenía que seguir adelante. Después de un rato se dio cuenta de que sus pasos le llevaban hacia los límites de la ciudad, en el lado norte, en dirección a Ciudad Callisto.

Se encontraba en un pequeño parque cerca del límite norte, cuando el significado y la inutilidad de la dirección que llevaba se le hizo evidente. Y al mismo tiempo, se dio cuenta, de que todo su cuerpo le dolía, que estaba cansado y que tenía un dolor de cabeza terrible. Comprendió que no podía seguir, a menos que tuviese un objetivo definido.

Se dejó caer en un banco del parque y durante un rato descansó con la cabeza entre las manos. No encontraba solución.

Al fin levantó los ojos y vio algo que lo fascinó. Era un pequeño molinete de papel de varios colores clavado con una aguja en una varita. Un juguete de niño, que posiblemente lo habían dejado hincado en la hierba del parque, olvidándose de él. El molinete seguía girando, a los impulsos del viento, a veces rápido, a veces lento.

Marchaba en círculos, igual que su mente. ¿De qué otro modo podía funcionar la mente de un hombre, cuando no podía distinguir lo que era ilusión de lo que era realidad? Marchaba en círculos, igual que una Rueda de Vargas.

Círculos.

Pero tenía que haber algún medio. Un hombre con una Rueda de Vargas no podía ser completamente invencible, pues de otro modo, ¿cómo había podido el Consejo haber tenido éxito en destruir las pocas que se habían construido? Posiblemente, los poseedores de las Ruedas se habrían anulado el uno al otro hasta cierto punto, pero siempre habría quedado una última Rueda, en las manos de alguien. En posesión de alguien que quería controlar los destinos del Sistema Solar.

Pero el Consejo había detenido la Rueda.

Por lo tanto, podía ser detenida. Pero, ¿cómo? ¿Cómo, cuando no se la puede ver? Mejor dicho, cuando la vista de una, colocaba a un hombre tan completamente bajo su poder que ya no podía, después de la primera visión, saber que estaba allí. Porque, al verla, había conquistado su mente.

Él tenía que detener la rueda. Era la única solución. Pero, ¿cómo?

Aquel molinete en el jardín, podía ser la Rueda de Vargas, ajustada de modo que crease la ilusión de que era el juguete de un niño. O su poseedor, llevando el casco, podía estar ahora delante de él, observándole. El Poseedor de la Rueda podría ser invisible, porque a la mente de Caquer se le habría ordenado que no lo viese.

Pero si el hombre estaba allí, entonces es que realmente estaba allí, y si Rod podía alcanzarlo con su espada, el peligro habría terminado, ¿no es así? Sin duda.

Pero ¿cómo podía encontrarse una rueda que uno no podía ver? Que no se podía ver, porque…

Y entonces, aún contemplando el molinete, Caquer vio una posibilidad, algo que podía tener éxito, una probabilidad entre mil.

Miró rápidamente a su reloj de pulsera y vio que eran ya las nueve y media, lo que quería decir que aún faltaba media hora para la reunión de la Plaza. Y la Rueda y su poseedor estarían allí, con toda seguridad.

Se quedó sin aliento después de atravesar corriendo unas cuantas manzanas y tuvo que seguir a un paso rápido, pero aún tenía tiempo para llegar allí antes de que la reunión terminase, aunque no viera el principio.

Sí, podría llegar allí. Y entonces, si su idea tenía éxito…

Eran casi las diez cuando pasó por delante del edificio donde estaba su propio departamento y siguió caminando. Entró en una casa unas cuantas puertas más allá. El operador del ascensor había desaparecido, pero Caquer lo hizo funcionar y un minuto más tarde usaba su ganzúa para entrar en el laboratorio de Perry Peters.

Peters no estaba, desde luego, pero las gafas sí, los anteojos especiales con el raro efecto de limpiaparabrisas que hacía que pudiesen usarse en las minas de radita.

Rod Caquer se las colocó delante de sus ojos, se puso la pequeña batería en el bolsillo y apretó el botón que tenía a un lado. Funcionaban. Podía ver, mientras los brazos limpiacristales zumbaban rápidamente. Veía confusamente, pero veía. Pero un minuto más tarde, el aparato se detuvo. Recordaba ahora que Peter había dicho que los ejes se calentaban y expandían después de un minuto de funcionamiento. Bien, aquello podía tener mucha importancia. Un minuto podía ser suficiente y los ejes se habrían enfriado cuando llegase a la Plaza.

Pero necesitaría poder variar la velocidad. Entre la multitud de piezas que cubrían el banco de trabajo, encontró un pequeño reóstato y lo intercaló en uno de los hilos que iban de las gafas a la batería.

Aquello era todo lo que podía hacer. No tenía tiempo para hacer más pruebas. Se levantó los anteojos hasta la frente y corrió hacia el ascensor. Un momento más tarde, estaba en la calle corriendo hacia la Plaza, a dos manzanas de distancia.

Cuando llegó vio la inmensa multitud reunida allí, mirando a los dos grandes balcones del edificio del Directorio. En el inferior habían varias personas a quienes conocía: el Dr. Skidder, Walter Johnson. Hasta el teniente Borgesen esta allí.

En el más alto, el Director Barr Maxon estaba solo, hablando al gentío que se extendía por la plaza. Su voz sonora lanzaba frases reivindicando el poderío del Imperio. A unos cuantos pasos de él, entre las gentes, Caquer distinguió el cabello blanco del Profesor Gordon y la cabellera dorada de Jane Gordon a su lado. Se preguntó si también se encontraban bajo aquel embrujo. No había duda que habían sido engañados o no se encontrarían allí. Comprendió que sería inútil el tratar de hablarles, el explicarles lo que iba a tratar de hacer.

El Teniente Caquer se colocó las gafas delante de los ojos, momentáneamente ciego porque los brazos cerraban en aquel momento los arcos de cristal. Pero sus dedos hallaron el reóstato, que estaba en cero, Y empezaron a moverlo lentamente hacia su máximo.

Y entonces, a medida que los brazos limpiadores empezaron su loca danza y fueron acelerando, empezó a ver. Al principio confusamente. A través de los cristales en forma de arco, miró a su alrededor. En el balcón inferior no observó nada de particular, pero en el balcón más alto, la figura del Director Barr Maxon repentinamente se hizo confusa.

Había un hombre de pie en el balcón, que llevaba un casco de apariencia extraña, que le cubría hasta los hombros y en su parte superior había una rueda de unos diez centímetros de diámetro, compuesta de espejos y prismas.

La rueda aparecía inmóvil, debido al efecto estroboscópico de los anteojos mecánicos. Por un instante la velocidad de los limpiacristales estuvo sincronizada con la rotación de la Rueda, de modo que cada imagen sucesiva de la Rueda la mostraba en la misma posición, y para los ojos de Caquer la Rueda de Vargas estaba inmóvil y pudo verla.

Entonces las gafas se atascaron.

Pero ya no las necesitaba.

Sabía que Barr Maxon, o quienquiera que fuese el que estaba en aquel balcón, era el Poseedor de la Rueda de Vargas.

En silencio y procurando no llamar la atención, Caquer corrió por entre los grupos y alcanzó una puerta lateral del edificio del Directorado.

Había un centinela de guardia.

- Lo siento, señor, pero no se permite la…

El guardia trató de desviar el golpe, demasiado tarde. El plano de la espada del Teniente Caquer le golpeó en un lado de la cabeza y cayó.

El interior del edificio parecía desierto. Caquer subió corriendo la escalinata que lo llevaría al piso de aquel balcón y atravesó el gran salón dirigiéndose a la puerta del balcón.

Irrumpió a través de ella y el Director Maxon se volvió. Ya no se veía el casco en su cabeza. Caquer había perdido las gafas, pero aunque no pudiera verlo, Caquer sabía que el casco y la Rueda estaban en su lugar funcionando y que ésta era su única oportunidad.

Maxon vio el rostro del Teniente Caquer y su espada desenvainada.

Entonces, abruptamente, la figura de Maxon se desvaneció. Le pareció a Caquer - aunque sabía que aquello no podía ser - que la figura ante él era la de Jane Gordon, mirándole suplicante, hablándole en un tono angustioso.

- Rod, no lo… - ella empezó a decirle.

Pero él sabía que no era Jane. Una ilusión, en defensa propia, le había sido proyectada por el operador de la Rueda de Vargas.

Caquer levantó la espada y la dejó caer con toda su fuerza.

Hubo un sonido de cristal roto y el ruido de metal contra metal, cuando su espada cortó a través del casco.

Ahora podía ver que no era Jane - sólo un hombre muerto en el suelo, con la sangre corriendo a través de un corte en el extraño y complicado casco, completamente destrozado. Un casco que ahora será visto por todo el mundo y también por el Teniente Caquer.

Del mismo modo que todo el mundo, incluyendo a Caquer, podía reconocer al hombre que lo había usado.

Sí, era Willem Deem. Y esta vez, Rod Caquer sabía que verdaderamente era Willem Deem…

- Pensé - dijo Jane Gordon - que te ibas a marchar a Ciudad Callisto sin ni siquiera despedirte de nosotros.

Rod Caquer tiró su sombrero en la dirección de una percha.

- Oh, eso - dijo -. No estoy ni siquiera seguro de que vaya a aceptar el puerto de Coordinador de Policía allí. Tengo una semana para decidirme y me quedaré en esta ciudad hasta entonces. ¿Cómo te encuentras, Jane?

- Perfectamente, Rod. Siéntate. Papá llegará pronto y tiene muchas cosas para preguntarte. ¿Cómo es que no te hemos visto desde la manifestación en la Plaza?

Es gracioso cómo un hombre puede ser tan tonto, a veces.

Pero era verdad que él se había declarado tantas veces y había sido rechazado, que quizá toda la culpa no era suya.

Él sólo pudo quedarse mirándola.

- Rod, supongo que todos los hechos no han aparecido en los programas de televisión - dijo ella -. Ya sé que tendrás que volver a contarlo todo para mi padre, pero mientras lo esperamos, ¿no quisieras adelantarme alguna cosa?

Rod sonrió.

- No tiene importancia, realmente, Jane - dijo -. William Deem consiguió hacerse, de algún modo, con un libro de la Lista Negra, y descubrió el modo de fabricar una Rueda de Vargas. De modo que hizo una y empezó a pensar cómo usarla.

- Su primera idea fue matar al Director Barr Maxon y hacerse pasar por Director, ajustando el casco de modo que aparecería como Maxon. Colocó el cuerpo de Maxon en su propia tienda y se divirtió mucho con su propio asesinato. Tenía un torcido sentido del humor y disfrutaba al vernos confundidos.

- ¿Pero cómo consiguió hacer todo el resto? - preguntó la muchacha.

- Se encontraba allí con la apariencia de Brager y pretendió descubrir su propio cuerpo. Dio una descripción de la causa de la muerte e hizo que Skidder, yo y los sanitarios viéramos el cuerpo de Maxon, cada uno de una manera distinta. No es extraño que casi nos volviésemos locos.

- Pero Brager recordaba haber estado allí - objetó ella.

- Brager estaba en el Hospital en aquel momento, pero Deem lo vio más tarde e implantó en su mente el recuerdo de haber descubierto el cuerpo de Deem - explicó Caquer -. Naturalmente, Brager pensó que había estado allí.

»Entonces mató al secretario confidencial de Maxon, porque habiendo estado tanto tiempo en contacto con Maxon, el secretario podía haber sospechado algo fuera de lo normal, aunque no hubiese podido decir lo que era. Éste fue el segundo cadáver de Deem, que a estas alturas estaba divirtiéndose mucho cuando vio el lío en que estábamos.

Y desde luego nunca envió a buscar un investigador especial a Ciudad Callisto. Estaba jugando conmigo, haciéndome creer que iba a encontrar a un detective y haciendo que el detective fuese Willem Deem otra vez. Casi me volví loco, entonces.

- Pero, ¿cómo fue, Rod, que no tenías las mismas ideas que los demás? Me refiero a ese asunto de conquistar Callisto y todo lo demás - preguntó ella -. ¿Estuviste libre de este aspecto de la hipnosis?

Caquer se encogió de hombros.

- Quizá fue debido a que no llegué a ver el discurso de Skidder en la televisión - sugirió. - Desde luego no se trataba de Skidder sino de Deem bajo otra apariencia, llevando el casco. Y quizá me excluyó deliberadamente a mí, porque tenía una clase anormal de diversión al ver mis esfuerzos por resolver las muertes de dos Willem Deem. Es difícil saberlo. Es posible que yo estuviese ligeramente afectado por la tensión nerviosa y por esa razón fuese en parte resistente a la hipnosis general.

- ¿Crees que realmente quería gobernar sobre todo Callisto, Rod? - preguntó Jane.

- Nunca sabremos, con seguridad, hasta dónde quería o esperaba llegar más tarde. Al principio estaba experimentando con los poderes de la hipnosis, por medio de la Rueda. La primera noche, sacó a las gentes de sus casas y las hizo andar por las calles, y luego las mandó regresar e hizo que lo olvidaran. Fue una prueba, sin duda.

»Deem era, indudablemente, psicopático, y no podemos adivinar cuál era su plan completo - continuó Caquer -. ¿Has comprendido cómo funcionaban los anteojos para neutralizar la influencia de la Rueda de Vargas, Jane?

- Creo que sí. Esa fue una brillante idea, Rod. Es lo mismo que cuando se toma una película de una rueda en movimiento, ¿no? Si la cámara se sincroniza con la rotación de la rueda, de modo que a cada fotografía sucesiva la rueda dé un giro completo, entonces parece que la rueda esté inmóvil cuando se proyecta la película.

Caquer asintió.

- Exactamente. Tuve suerte en poder conseguir esos anteojos. Durante un segundo pude ver a un hombre de pie, en el balcón, llevando un casco; eso era todo lo que necesitaba saber.

- Pero, Rod, cuando apareciste en el balcón no llevabas ya las gafas. ¿No podía haberte detenido por medio de la hipnosis?

- Por suerte, no lo hizo. Supongo que no tuvo tiempo de dominar a mi mente. Sin embargo, me proyectó una ilusión. No era ni Barr Maxon ni Willem Deem la persona que vi allí en el último instante. Eras tú, Jane.

- ¿Yo?

- Sí, tú misma. Creo que él sabía que estaba enamorado de ti, y eso fue lo primero que se le ocurrió; que no me atrevería a usar la espada si yo creía que la dirigía contra ti. Pero no lo eras, a pesar de la evidencia de mis ojos, de modo que di el golpe.

Se estremeció ligeramente al recordar la fuerza de voluntad que había necesitado para levantar la espada contra ella.

- Lo peor de todo fue que te vi allí de pie, como siempre he deseado verte, con los brazos tendidos hacia mí y mirándome como si realmente me amaras.

- ¿De este modo, Red?

Y esta vez no fue obtuso para comprender lo que ella quería decir.

FIN

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Wednesday, March 25, 2009

La voz del lobo — Francis Carsac — SCIFI

La voz del lobo — Francis Carsac — SCIFI

La voz del lobo

Francis Carsac

***

I

El intermitente rojo parpadeó, se apagó, volvió a encenderse definitivamente. Arrancado de la duermevela en que le había sumido la monótona vigilancia de la pantalla del hiperradar, Jean Michaud sacudió la cabeza, ahuyentando las últimas brumas de su entumecimiento. Sobre el fondo fluorescente, entre unas pequeñas manchas, reflejos de polvos cósmicos, acababa de aparecer un punto más claro. Con un gesto rápido, Michaud bajó la manecilla del comunicador.

—¡Contacto, comandante!

—¡De acuerdo!

Un minuto después, el comandante Olivarez estaba allí. Pequeño, moreno, el rostro enjuto y alargado partido en dos por la sombra de un poblado bigote que la navaja no conseguía borrar, contrastaba notablemente con el joven alférez de navío, que con su corpulencia y su elevada estatura —un metro noventa— aplastaba el asiento de metal.

—¿Desde cuándo tiene usted ese contacto?

—Le he llamado inmediatamente, comandante. Estamos al máximo alcance.

—¡Cien millones de kilómetros! Eso nos concede algún tiempo, si se trata de algo que no sea un asteroide o un cometa. A esa distancia, el telescopio no nos servirá de nada. Ninguna idea acerca de su trayectoria, ¿verdad?

—El Fijascope no indica nada, por ahora.

—Bien. No lo pierda de vista.

Michaud vaciló un segundo.

—¿Vamos a su encuentro, comandante?

Olivarez no acostumbraba a discutir sus decisiones con sus subordinados. Esta vez hizo una excepción.

—Todavía no lo sé. En el sector en que nos encontramos no hay colonias ni razas no humanas conocidas. ¿Un explorador? Nos aseguraríamos fácilmente de ello emitiendo un mensaje, pero prefiero abstenerme, si se trata de una nueva raza. Si sus radares no son tan buenos como los nuestros, podríamos acercarnos lo suficiente como para utilizar el telescopio antes de que nos localicen a nosotros…

—En ese caso, ¿por qué no ensayar la longitud de onda del código del Servicio? Si no son de los nuestros, hay pocas posibilidades de que estén en esa frecuencia.

—¡Vamos, Michaud! Nosotros tenemos un monitor, que escucha en todas las longitudes prácticas. Ellos pueden hacer lo mismo.

—Bien, comandante. ¿Cuántas de nuestras expediciones han encontrado razas no humanas, hasta ahora?

Olivarez era un xenólogo de renombre al mismo tiempo que comandante del explorador La Fulgurante.

—Diecisiete. Pero ninguna en ese cuadrante.

Al quedarse sólo, el joven alférez fijó su atención en los aparatos. El punto luminoso parecía inmóvil. Michaud activó la pantalla de visión. No esperaba ver la astronave extranjera, suponiendo que se tratara de una astronave: estaba demasiado lejos. Abajo, a la izquierda, velada por el fotocompensador automático, centelleaba la estrella cuyo sistema acababan de explorar, y, en el centro, el cuarto planeta, su objetivo, nadaba majestuosamente en el espacio, pequeña mancha redonda y verdácea.

—¿Qué diablos hacen en el continuum, tan cerca de un mundo? Si son de los nuestros, podemos despedirnos de la mitad de la prima de descubrimiento… Y si son extranjeros… ¿Vienen también en calidad de exploradores, o están ya en su casa?

La aguja del Fijascope osciló, avanzó ligeramente hacia la derecha.

—¡Caramba! ¡En línea recta hacia nosotros, me parece! ¡Comandante, es una astronave!

El sonido metálico del timbre «todos a sus puestos» desgarró el ruido de fondo producido por el zumbido de las máquinas. Unos instantes después, un joven pelirrojo y delgado se dejó caer sobre el asiento de la izquierda: Jerry Dahl, el telemetrista-radar al que Michaud había revelado. Diez segundos más tarde, el oficial de tiro, Boris Ivanov, se sentaba a la derecha, tras haber cerrado la puerta con compartimiento estanco. El equipo del puesto I estaba completo.

—¿Qué has localizado, Jean? ¿Un extranjero, o un compañero que nos quiere birlar la prima?

Las largas manos delgadas y cubiertas de manchas rojizas se movían sobre las manecillas con una destreza que Michaud no hubiese podido igualar.

—¡Eso es lo que me gustaría saber!

Metalizada por el comunicador, la voz de Olivarez interrumpió la conversación:

—Acabamos de emitir la señal de reconocimiento. Es casi seguro que hemos sido localizados. Sin embargo, no podemos esperar una respuesta antes de diez minutos. La probabilidad de que se trate de una astronave extranjera es elevada. Acabo de releer las instrucciones que nos dieron en el momento de salir de la base: nuestro camarada más próximo, el Antares, se encuentra a unos cien años luz de nosotros.

»Pocos de ustedes han participado ya en un primer contacto. Debo recordarles que la sangre fría y la disciplina son las cualidades más indispensables. Todo el futuro de las relaciones entre los hombres y los otros puede depender de los minutos que van a seguir. Nadie debe disparar sin orden formal, aunque estemos bajo el fuego, aunque seamos tocados. A partir del momento en que suene la alerta roja y el zafarrancho de combate, quiero a todo el mundo en espaciandra interior. Que nadie lo olvide. ¡Nada de tonterías a ese respecto! No son molestas, han sido concebidas especialmente, y les darán tiempo para endosarse las verdaderas espadañaras, si por desgracia las necesitan. Nada más. ¡Telemetrista, su informe!

—Dirección 000, distancia 98 millones. Velocidad 5.000 kilómetros por segundo, composición radial. Velocidad tangencial desconocida —cantó Jerry Dahl.

—¡Oficiales de tiro, su informe!

—Tubos 1 y 2 cargados, cabezas termonucleares, tubos 3 y 1 cargados, cabezas atómicas, tubos 5 y 6 cargados, cabezas químicas —respondió Ivanov.

—Tubos 7 y 8 cargados, cabezas termonucleares, tubos 9 y 10 cargados…

Sucesivamente, los seis puestos de tiro desgranaron su letanía de muerte.

—Dirección 000, distancia 97 millones 900 millas, velocidad radial 6.000 km/seg…

—No cabe duda, nos han visto —murmuró Michaud.

—¿Tú primer combate? —interrogó el ruso.

—Sí. ¿Y tú?

—Tres contra los Kzlils…

Con un gesto de enojo, Dahl les impuso silencio. Una brusca presión les pegó a los respaldos de sus asientos: La Fulgurante aceleraba, a 2 g. Transcurrieron los minutos, silenciosos; luego, unos timbrazos entrecortados les hicieron sobresaltar. La alerta roja, que precedía al timbre de zafarrancho de combate.

Michaud saltó, pero Ivanov le había precedido ya. Sacó del armario metálico las tres combinaciones ligeras que les permitirían soportar la descompresión, si no era demasiado brutal, durante el tiempo que necesitarían para colocarse las espaciandras. Fijaron sobre sus rostros la máscara de oxígeno y volvieron a ocupar sus puestos, mientras Dahl se vestía a su vez.

El altavoz clamó:

—Respuesta recibida. El idioma es completamente desconocido. ¡Hijos míos, vamos a tener el honor de un primer contacto! Alférez Michaud, el teniente Caccini va a reemplazarle. Preséntese inmediatamente en el puesto de mando…

—¡Granuja, vas a poder verlo todo!

—…y tráigase su espaciandra.

Un coro de risas saludó, en toda la astronave, aquella última recomendación. Michaud no habría podido endosarse otra espaciandra que no fuera la suya.

—Dirección 3 grados. Este. Distancia 95 millones. Velocidad 7.000 km/seg.

A media voz, Dahl añadió:

—Está maniobrando. ¿Para abordarnos, o para evitarnos? Buena suerte, y hasta pronto. ¡Eso espero!

Cuando Michaud entró en el puesto de mando, Olivarez le esperaba allí rodeado de su estado mayor: el primer teniente Ali Kemal, el segundo teniente Terai, cuya indolencia polinésica no ocultaba del todo su energía, Horqarnaq, el mecánico jefe, esquimal tripudo y risueño, y de dos paisanos, Herr Doktor Müller, el lingüista, y Oumbopa, el astrónomo cafre, el único que por su estatura, ya que no por su corpulencia, podía rivalizar con el alférez de navío a bordo de La Fulgurante.

—Le he enviado a buscar, Michaud, porque según su ficha ha escogido usted la lingüística como especialidad. A partir de este momento, y por el tiempo que sea necesario, queda usted a las órdenes del doctor Müller.

—Ach, mi joven amigo, ¿dónde ha estudiado, y con quién?

—En la academia astronáutica de Reganne, con el profesor Vandenberg.

—¡Perfecto, perfecto! Vandenberg es uno de mis antiguos condiscípulos, y le aprecio mucho, aunque a veces no estemos de acuerdo en la traducción de los rollos de las ciudades muertas de Alpha-Polaris III. Venga conmigo, oirá usted el registro del mensaje que hemos recibido como respuesta al nuestro.

Pasaron a la salita que era el dominio del Herr Doktor.

—¡Siéntese, siéntese! ¡Los alumnos de mis amigos son mis amigos! He aquí el mensaje.

Del magnetófono surgió una voz cantarina:

—Anéo’iditélékrantchaboetélé ansitélékranchatéoutélalou hinéto betéoersiteriskaridoro.

—Tres palabras, o quizás tres frases que no llegamos a descomponer. No entiendo nada.

—¡Yo tampoco, querido, yo tampoco! Teufel, su comandante nos toma por brujos. Si tuviéramos más palabras, y unas imágenes, tal vez conseguiríamos algo. Mein Gott! ¡Cuando pienso en todas las burradas que pueden oírse y leerse sobre el descifrado de idiomas desconocidos! Mire, tengo aquí una novela de un autor cuyo nombre no le daré, porque es demasiado conocido. Pues bien, en esa historia, una de nuestras astronaves llega a un planeta, la tripulación encuentra unas inscripciones, y ¡hop!, en tres páginas, el lingüista de a bordo lee correctamente los textos. ¡Hay que ver! Tome esos famosos rollos de Alpha-Polaris: estamos seguros de que el lenguaje es del tipo del de los Klens montañeses. Pues bien, donde su maestro, mi amigo Vandenberg, lee: Yo, Akka, Rey, hice un sacrificio a los dioses, yo leo: Yo, Akka, Rey tomé una nueva concubina. ¡Ja, ja, ja! Tiene gracia, ¿verdad? Y yo estoy seguro de que tengo razón. Según sus bajorrelieves, los protoklens eran una pandilla de sátiros. Y Vandenberg es demasiado puritano. Volvamos al puesto de mando, volen sie? Tal vez haya alguna novedad.

Oumbopa reguló minuciosamente el gran telescopio. Situado en la parte delantera de la astronave, y destinado a estudiar de lejos los sistemas visitados antes de acercarse a ellos, el aparato, provisto de un amplificador electrónico, permitía unas ampliaciones fantásticas. Pero sobre su pantalla sólo se veía una pequeña mancha luminosa, sin forma definida.

—Hay que esperar, comandante —dijo el astrónomo negro, con su voz de bajo africana, vibrando más sordamente que una voz europea.

Esperaron, el silencio interrumpido únicamente por los informes de los telemetristas y el «sin novedad, comandante» de los radios que trataban inútilmente de restablecer el contacto con «los otros»

Todo estaba silencioso a bordo de La Fulgurante. Encerrados en los compartimentos estancos, los hombres esperaban la orden que desencadenaría los proyectiles a fusión, o, por el contrario, terminaría con el zafarrancho de combate. Fuera, detrás del delgado casco, ¡oh!, tan delgado ahora, las estrellas taladraban la oscuridad del espacio con su luz sin destellos, y, lejos debajo de la astronave, giraba el planeta desconocido que habían venido a reconocer en nombre de la humanidad y que «los otros» iban tal vez a disputarles. Hasta ahora, la expansión humana en el Cosmos había sido pacífica, con la breve interrupción, diez años antes, de la guerra kzililiana.

Un comunicador zumbó. Olivarez empuñó el receptor.

—Comandante, ahora estamos seguros de que el planeta no emite ninguna forma de energía, aparte de las energías naturales. Ni radio, ni ondas de Kolback, ni radioactividad, salvo lo que es normal.

—Ese mundo, por tanto, carece de vida inteligente, o al menos de civilización industrial.

—A no ser, comandante, que nos hayan localizado y que se hagan el muerto…

—Una civilización no se hace el muerto, como una foca, Horqanaq. Además, en el momento de acercarnos, tampoco nosotros hemos emitido nada. Lo malo es que si esa Tierra del cielo es virgen para nosotros, lo es también para ellos.

Con un gesto, señaló la pequeña mancha luminosa en la pantalla. Se había agrandado, evidentemente. Oumbopa reguló el telescopio.

—¡Ahora se ve una forma!

—Si a eso se le puede llamar forma…

—No es de los nuestros, ni de los Krens, ni de los Hopolpops, ni de los Sinerios, ni de los…

—No hace falta que recite toda la serie, Kemal —interrumpió Terai—. Es algo nuevo, en efecto.

—Probablemente son menos tradicionalistas que nosotros, o que cualquiera otra raza que conozcamos…

—¡Efectivamente! En tanto que nosotros hemos conservado para nuestras astronaves el aspecto exterior de los modelos primitivos, ahusado o esférico…

—Algo de ese tipo había sido propuesto en otros tiempos, cuando nuestros antepasados pensaban poder conquistar el espacio con unos cohetes atómicos…

—¡Era menos complicado!

El aparato desconocido se dibujaba ahora claramente sobre la pantalla. De una parte central en forma de globo partían unas estructuras radiales, como las espinas de un erizo, cada una de ellas terminada en una especie de pala. No era ningún medio de propulsión.

—Deben utilizar el cosmomagnetismo, como nosotros…

—¡Comandante, comandante! ¡Contacto televisivo!

El grito del oficial de comunicación interrumpió los comentarios. La pantalla de televisión se había encendido, recorrida de vivas irisaciones. Tensos, los hombres se limitaron a mirar. Las irisaciones se ordenaban y, durante una fracción de segundo, hubo una imagen.

—¿Ha visto?

—Sí, serían…

—¡Los primeros humanoides localizados!

—¡Imposible! Sobre una imagen tan fugitiva, nuestros ojos…

—En todo caso, buscan el contacto…

—Una emisión equivocada…

—¿Con su nivel técnico? ¿Y hacia quién…?

—¡Ya vuelve!

La imagen se fijó sobre la pantalla. ¡Surgido de las profundidades del espacio, un rostro les miraba, un rostro humano! Desde luego, no podía pertenecer a ninguna raza terrestre. Bajo unos largos cabellos de oro verde, la frente alta, lisa, estrecha, dominaba a unos ojos extraños, de color violeta, almendrados, unos ojos oblicuos, hiperasiáticos. La nariz recta y fina, la boca mediana, sin prognatismo, la piel de un moreno claro, cálido, cobrizo. El cuello era largo y gracioso, las orejas pequeñas pero carnosas, el rostro triangular, y las comisuras de la boca, ligeramente vuelta hacia arriba, le daban un aire de amable ironía.

—¡Dios mío, qué hermosa es! —El grito se le escapó a Michaud.

—Pero, ¿es una mujer?

—¡Mire! ¡Además, ahí está un hombre!

Un segundo personaje acababa de aparecer, algo más alto, de facciones más duras, pero con las mismas características raciales.

—Transmitan a su vez —ordenó Olivarez—. Que vean que también nosotros somos humanos.

—¿No vamos a luchar contra ellos, comandante?

—¡No, si puedo evitarlo! ¡Fotografíen todo lo que se ve de su puesto de mando!

Detrás de los desconocidos, todo un tablero hormigueaba de aparatos, familiares en su rareza. El hombre manipuló en unos mandos y se encendió una pantalla, en la cual apareció la imagen de los oficiales de La Fulgurante.

Olivarez se situó delante del transmisor y, con las manos extendidas hacia adelante, declaró lentamente:

—¡Saludamos a nuestros hermanos del espacio! ¡Venimos en son de paz!

II

—Ilia olenga aritsuno teb irig’no …no, me equivoco, irieg’no…

El idioma extranjero, el idioma de los «otros» acudía casi naturalmente a sus labios. Desde hacía tres meses, La Fulgurante orbitaba alrededor del planeta y la astronave extranjera hacia otro tanto. Con un acuerdo al principio tácito, luego claramente definido, los dos comandantes habían decidido esperar a que la barrera lingüística quedara eliminada antes de aterrizar y de establecer contacto. En La Fulgurante, Müller y Michaud debían actuar como intérpretes. Entre los «otros», la joven y su hermano desempeñarían el mismo papel.

Las cosas habían progresado lentamente. A pesar de la ayuda de las imágenes transmitidas por televisión, no resultaba fácil para dos razas, dos civilizaciones completamente extrañas, entenderse. Las palabras concretas, relacionadas con los actos simples, habían sido rápidamente asimiladas por las dos partes. Pero, si bien resulta fácil decir: «Me siento en la silla», es más delicado expresar unas abstracciones, unos sentimientos. Por fortuna, la «humanidad» de los extranjeros parecía extenderse a su psicología, y no cabía duda de que se escribirían muchas tesis sobre los dos mundos, a propósito de la inverosímil coincidencia que había producido unas evoluciones tan paralelas en la Tierra y en Elalouhin. La evolución se extendía al número de los cromosomas y probablemente a los genes y a la bioquímica, lo cual indujo a Brian O’Hara, uno de los biólogos de La Fulgurante, a expresar la opinión de que un matrimonio mixto sería sin duda fecundo.

El estudio del idioma elalouhini había sido difícil e ingrato, y sin la poderosa ayuda del anciano filólogo alemán, Michaud no hubiese conseguido hablarlo en tan poco tiempo. Ilia, la joven extranjera, había tenido menos trabajo para dominar el espacial, voluntariamente simplificado en su sintaxis, si no en su vocabulario.

—Ilia, me siento feliz al pensar que pronto podré saludarla personalmente —dijo Michaud—. Estoy seguro de que ese encuentro beneficiará inmensamente a nuestras dos razas, tan lejanas y tan próximas a la vez.

—Yo también me siento feliz. ¿Recuerda sus temores, Jean?

Michaud rió de buena gana. En cuanto pudieron intercambiar algunas frases, se había interesado por la estatura de Ilia, temiendo que fuera una gigante de diez metros de altura, o una enana de treinta centímetros. Nada permitía establecer a priori la escala de los objetos o de los seres que aparecían en la pantalla del televisor. Pero, de una medida de la astronave extranjera, y de una indicación de las relaciones de magnitud, había deducido, con una sensación de alivio, que los Elalouhinis se adaptaban a las normas terrestres: Ilia medía alrededor de 1,73 m. y su hermano 1,80 m.

Toda amenaza de conflicto parecía descartada. Los Elalouhinis efectuaban un viaje de exploración, mucho más allá del límite normal de su expansión, y no tenían la intención de colonizar aquel planeta demasiado lejano. Formaban, a más de 600 años luz de la zona terráquea, una vasta confederación pacífica de pueblos, de los cuales ningún otro era humanoide.

—Aterrizaremos mañana, Ilia. ¿Lo sabía?

—Sí. Nosotros haremos lo mismo, a quince eltons… es decir, a unos diez kilómetros, según las medidas de ustedes. Y pasado mañana…

—¡Pasado mañana, el gran encuentro! ¡Las dos razas humanas de la galaxia finalmente reunidas, entre tantos no-humanos!

—Entre nosotros hay una antigua profecía que dice que un día encontraremos a nuestros hermanos «en el camino de las estrellas». ¿Anticipación de un vidente, o pura coincidencia? Tendremos muchas enseñanzas que intercambiar. Nosotros hemos aprendido mucho. El paralelismo de nuestro desarrollo cultural, al mismo tiempo que físico, proyectará, sin duda, una gran claridad sobre las causas profundas de la evolución…

—Sólo me entristece una cosa, Ilia. Después de esa reunión, tendremos que volver a separarnos. ¿Quién sabe cuándo nos veremos de nuevo? Soy oficial, y tengo que obedecer órdenes…

—No olvide que ahora habla usted nuestro idioma, y que le reclamaremos como oficial de enlace.

El rostro de Michaud se iluminó.

—¿Le agradará volver a verme?

—Tal vez. Pero, ¿no estamos demasiado lejos de ustedes, con nuestras costumbres distintas, nuestro hábito de comer la carne cruda…?

—Nuestra raza incluye a numerosas civilizaciones, como ustedes las tuvieron en el pasado. A bordo de La Fulgurante están representados once pueblos, y hemos aprendido a respetarnos mutuamente, aunque no siempre nos comprendamos del todo. Y, después de tres meses de vernos y de hablarnos diariamente, de vencer juntos las dificultades idiomáticas, me siento tan cerca de usted como de la mayoría de mis carneradas de a bordo, quizás más cerca que de la inmensa mayoría de ellos.

Ilia enrojeció ligeramente.

—A biltuerenga, e ten, erenga knou bilto etil. La amistad nace de las palabras amables, y la amistad hace pronunciar la palabra. Hasta mañana, Jean, y esta vez cara a cara…

Una vez cortada la comunicación, Michaud se quedó pensativo. ¿Qué había querido expresar Ilia con aquel refrán? Consultó sus numerosas notas. Bilto etil: pronunciar la palabra. La Palabra, con P mayúscula. La que, pronunciada públicamente, comprometía. El equivalente elalouhini del «sí» sacramental. ¿Estaba enamorada de él, se proponía pasar por encima de la barrera de centenares de años luz? O’Hara afirmaba… ¡Al diablo! Él no estaba enamorado de Ilia. ¿O sí? Hablaba de ella lo suficiente como para haberse convertido en objetivo de las bromas de los tripulantes de La Fulgurante. Bueno, a fin de cuentas, ¿qué tenía de malo la cosa? Si las dos razas eran tan similares como parecía, los matrimonios mixtos serían inevitables. Él sería el primero, sencillamente…

Apenas tuvo tiempo de pensar en su problema, el día siguiente. Olivarez le encargó de dirigir la expedición que aterrizaría en «Encuentro», nombre que se había dado al planeta. Los informes de los equipos de ecólogos y de biólogos enviados en vanguardia cuando se supo que el contacto de las dos razas sería pacífico, eran todos favorables: medio muy semejante al medio terrestre, ninguna bacteria o virus que la multivacuna no pudiera combatir.

Establecieron su campamento al pie de una colina, cerca de un lago alargado y estrecho, cuyas orillas eran frecuentadas por millares de seudoaves acuáticas. Por todos los otros lados se extendía hasta el infinito una llanura ondulada, cubierta de altas gramíneas y cortadas por cortinas de árboles. A media tarde, la esfera de los Elalouhinis descendió al otro extremo del lago. Un breve contacto telefótico confirmó la presencia de Ilia y de su hermano.

Los barracones provisionales fueron montados rápidamente. Se había acordado que el encuentro tendría lugar al día siguiente, en el campamento terrestre, a las nueve de la mañana, hora local, en presencia de los dirigentes de las dos partes. Todo parecía marchar sobre ruedas.

El drama estalló a las cinco de la tarde. Media hora antes, tres jóvenes astronautas se habían presentado a Michaud pidiéndole autorización para tomar un vehículo ligero y dirigirse al lago para comprobar si contenía aquellos peces que los biólogos habían localizado y que, después de una serie de pruebas, habían hecho las delicias de la tripulación y de los oficiales. El campamento estaba casi instalado, y no existía ningún motivo para denegar el permiso. Michaud se limitó a recordarles que no debían tratar de encontrar a los Elalouhinis.

Los tres jóvenes partieron.

A las cinco, exactamente, el chasquido lejano de una pistola lanzacohetes hizo sobresaltar al alférez de navío. Luego se encogió de hombros: un cohete explosivo en el agua era el mejor sistema de pesca, cuando no había reglamentos en contra, ni guardas encargados de aplicarlos. Sin embargo, como había oído casi simultáneamente un silbido particular, penetrante, tomó sus gemelos y escudriñó las orillas del lago. Lejos, detrás de un bosquecillo, en la dirección de la esfera, el vehículo regresaba.

«¡Imbéciles! Han ido a espiar a los Elalouhinis, a pesar de mi prohibición —pensó Michaud—. ¡Un mes de calabozo aclarará sus ideas acerca de la obediencia! Lo menos que puedo aplicarles son tres días, y con el viejo “Diez veces más” Olivarez, nadie les quitará un mes…»

El vehículo se acercaba, zigzagueando. Inquieto, lo enfocó con sus gemelos. ¡Un hombre al volante, uno solo! Los otros asientos estaban vacíos.

—¡Maldición! —exclamó Michaud—. ¿Qué ha pasado? Temía ya lo peor.

—¡Bengson! ¡Craig! ¡Carrere! ¡Un vehículo, y conmigo, armados!

Allá abajo, el auto había girado brutalmente a la derecha, clavándose en un matorral. Los cuatro hombres subieron rápidamente al vehículo y rodaron a la velocidad máxima.

Un hombre estaba caído de bruces sobre el volante, mejor dicho, una piltrafa con forma humana. La carne de la cara aparecía desgarrada, particularmente alrededor de los ojos, como si se hubieran encarnizado con él o arañazos. Otros profundos rasguños desaparecían debajo de las ropas destrozadas, y la sangre fluía abundantemente de una herida en la garganta.

—¡Dios mío! ¿Se ha peleado con unos gatos?

Michaud levantó la cabeza del herido.

—¿Y los otros? ¿Dónde están los otros, Abdul?

Un ojo se abrió penosamente.

—Muertos… atacados… los monos… Alá…

Una contracción espasmódica, y Abdul murió.

—Craig, lléveselo. El vehículo no tiene nada. Los otros me acompañarán.

Siguieron, en sentido contrario, la pista que el vehículo había dejado en las hierbas.

«Ya estamos en el baile —pensó Michaud, desesperado—. ¡La guerra! ¿Por qué aberración han llegado a las manos? Atacados, ha dicho Abdul, ¿Habrían representado los “otros” la comedia del pacifismo para mejor aplastarlos? En tal caso, ¿por qué esta ridícula y trágica escaramuza, que sólo había servido para provocar la alarma?»

Michaud frenó brutalmente y descolgó el comunicador.

—BX3 a FC4. BX3 a FC4. Urgente. Urgente. Urgente. Habla Michaud. Llamando a La Fulgurante. Llamando a La Fulgurante. ¡Alerta roja! ¡Alerta roja! Abdul, Hermann, Kemp, asesinados por los Otros (de un modo completamente natural acudía a sus labios la antigua denominación, abandonada en favor de Elalouhinis). Voy a investigar sobre el terreno.

—Aquí, Olivarez. ¿Qué sucede, Michaud? No pierda la sangre fría. No tenemos aún ninguna prueba de hostilidad. La astronave elalouhini no se ha movido. Debe tratarse de un error. No establezca contacto directo. Envío la chalupa número dos como refuerzo. Vuelva a llamarme en cuanto sepa algo.

Desfilaban entre las altas hierbas que se acostaban bajo el vehículo con un suave crujido. Llegaron al lugar de la lucha.

Nada, o casi nada, quedaba de Hermann: un cadáver literalmente destrozado, sin cabeza, y cuya mano empuñaba todavía la pistola lanzacohetes. Mucho menos quedaba de dos elalouhinis, que habían recibido el proyectil a quemarropa. Un tercero yacía boca arriba con la garganta abierta, en medio de un charco de sangre roja, de sangre humana. Un cuarto cadáver reposaba medio hundido la hierba, con una extraña arma en la mano, una parte del rostro arrancada y un largo cuchillo de reglamento plantado en el vientre. Kemp, hecho una bola, no se movía ya.

—¡Tres hombres, cuatro Elalouhinis! ¡Siete cadáveres! Tan muertos los unos como los otros. Vamos, regresemos.

—¿No nos llevamos a los nuestros, comandante? —preguntó Carrere.

—No. Si se trata de un trágico error, es preferible dejarlo todo tal como está para la encuesta común. Si es la guerra…

Dejó la frase sin terminar.

—El comandante ha encargado que le llame usted urgentemente —dijo el tripulante que Michaud había dejado a la escucha.

—¿Es usted, Michaud? Acabamos de recibir un mensaje de los Elalouhinis. Solicitan que se ponga usted inmediatamente en contacto con su base avanzada. Hágalo, pero a canal abierto, de modo que yo pueda seguir la conversación. ¡Hable en espacial!

—Comprendido.

En la pantalla se dibujó el rostro pálido y triste de Ilia. Detrás de ella, su hermano Ehiho permanecía en pie, los brazos cruzados sobre el pecho, el rostro duro y cerrado.

—Jean, ¿cómo es posible que sus hombres hayan atacado a los nuestros? Veníamos en son de paz, y usted lo sabe. ¡Qué salvajismo! ¡Nuestros hombres, destrozados!

—¡No ha visto usted los míos! ¿Han tenido supervivientes? Me gustaría oír su historia. Entre nosotros no ha habido ninguno.

—Entonces, nadie sabrá lo que ha pasado. Pero yo le aseguro que nuestras órdenes eran concretas. En caso de encuentro fortuito, mantener una actitud distante, pero amistosa.

—También entre nosotros eran concretas las órdenes. ¿Entonces?

—Entonces, hay algo que no comprendemos.

—Tampoco yo lo comprendo. ¿Qué propone usted?

Ehiho se adelantó.

—En tanto no sepamos lo que ha sucedido, considero imprudente seguir nuestros antiguos planes. No habrá entrevista mañana en el campamento de ustedes. Pero, ¿está usted dispuesto a encontrarse conmigo, a solas, a medio camino? Queden todavía dos de sus horas de plena luz.

Michaud lanzó una ojeada a la pantalla que recibía las emisiones de La Fulgurante. Olivarez inclinó la cabeza afirmativamente.

—De acuerdo. Pero comprenderá que desee tomar precauciones. No llevaré ninguna arma, ni visible, ni oculta. Sugiero que haga usted lo mismo, y que reduzcamos nuestros vestidos al mínimo. Dejaremos nuestros vehículos a una distancia de cien metros del lugar de reunión. La zona despejada que se encuentra casi a medio camino, cerca del lago, podría convenir, en mi opinión.

—Acepto. Voy a prepararme.

Ehiho desapareció de la pantalla.

—Jean, le aseguro que tiene que existir un terrible malentendido. ¡Nosotros no deseamos la guerra!

—Nosotros tampoco, Ilia —dijo Michaud, en tono más grave—. Le prometo que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que el malentendido se disipe. Hasta la vista…

Se interrumpió antes de decir: querida.

III

Michaud detuvo su vehículo y saltó a tierra. La zona estéril se extendía delante de él, y, a unos 400 metros, aproximadamente, se detuvo el panzudo vehículo que transportaba a Ehiho.

Michaud ando lentamente a su encuentro. El viento del atardecer bañaba de frescor la piel desnuda de su torso y de sus piernas. Allá abajo, el Elalouhini no era más que una silueta, cuya agilidad admiró. Ehiho iba también casi desnudo, y Michaud pudo ver que si bien era menos alto y menos macizo que él mismo, poseía una musculatura que muchos atletas hubiesen envidiado Llegaron a treinta metros de distancia uno de otro y, simultáneamente, se detuvieron. Sorprendido, Michaud notó que sus pelos se erizaban.

«¡Absurdo! —pensó—. Se trata de Ehiho, con el cual he hablado un centenar de veces por televisión y que, por muchos conceptos, está más cerca de mí que muchos de mis camaradas. Es el hermano de Ilia…»

Pero volvió a emprender la marcha con una extraña repugnancia, y se dio cuenta con espanto de que su paso se había transformado en un paso de fiera al acecho, de cazador paleolítico. A pesar suyo, sus músculos se tensaron, sus ojos adquirieron la movilidad de los de una fiera. Se encontraron cara a cara.

Michaud tuvo tiempo de entrever una sonrisa crispada en los labios de Ehiho, y luego el odio se apoderó de él, en el instante en que el rostro del otro quedaba desfigurado por un espantoso rictus de combate. Michaud saltó, con las manos abiertas para estrangular.

El Elalouhini le esperó a pie firme, lanzando su puño que se estrelló contra el pecho del alférez de navío, arrancándole una exclamación de sorpresa y de dolor. Al mismo tiempo, su propio puño salía disparado. Con una alegría feroz, percibió el ruido sordo sobre la carne. Todo en el otro le resultaba odioso ahora, su color, su voz, su aliento que le llegaba, rudo, entre dos golpes, su olor a carne cruda y viviente. Una sola idea, un solo deseo le poseía: matar, desgarrar, aplastar, matar, matar, matar…

Y mientras luchaba así, con todos sus instintos tendiendo a la destrucción, una parte de su conciencia permanecía despierta en él, como un espectador impotente, diciéndole que trataba de destruir a Ehiho, su amigo Ehiho, el hermano de Ilia, Ehiho, que había venido a su encuentro para aclarar el trágico malentendido.

Sangraba ahora por la nariz y por la boca, los labios aplastados. El Elalouhini, menos fuerte, estaba probablemente mejor adiestrado en la lucha. Sin embargo, un formidable golpe en pleno rostro le hizo tambalear y Michaud aprovechó la ocasión, lanzándose al cuerpo a cuerpo. Su mano derecha agarró la garganta del otro, en tanto que la izquierda protegía su propio cuello. Ehiho había conseguido aferrar su muñeca, disminuyendo así la fuerza de su ataque. Rápidamente, Michaud soltó la garganta de Ehiho y, aprovechándose de la sorpresa, aplastó el brazo de su adversario de un rodillazo. Luego volvió a engarfiar el cuello del Elalouhini. Una serie de violentos golpes en la cabeza, que alguien le propinaba por detrás, no le hicieron desistir de su siniestro designio.

Ehiho oponía cada vez menos resistencia. Una voz gritaba al oído de Michaud unas palabras que el alférez no oía.

—¡Muerte a los monos! —aulló, triunfante.

¿Muerte a los monos? Súbitamente, recobró la conciencia. ¿Qué había dicho Abdul antes de morir? Unos monos… La voz era ahora clara.

—¡Jean! ¡Jean! ¡No me obligue a disparar!

Levantó la cabeza, apartando los ojos del enemigo, medio ahogado. Ilia estaba delante de él, con el rostro surcado de lágrimas, apuntándole con una extraña pistola. Michaud se incorporó, tambaleándose. ¿Ilia? ¿Qué estaba haciendo allí? ¿No podía dejar que un hombre suprimiera a un mono?

Ehiho se irguió lentamente, atacó. De un puñetazo bien dirigiendo envió a Michaud rodando por el suelo, donde no se movió.

—¡Márchese, Jean, márchese en seguida! ¡Lo comprendo todo! ¡Márchese, antes de que experimente demasiados deseos de matarle! ¡Márchese, por lo que sea más sagrado para usted! ¡Oh! ¡Habíamos esperado tanto de este encuentro!

Michaud la contempló, estupefacto. Era Ilia, tal como la había visto tantas veces en la pantalla, tal como había esperado estrecharla un día entre sus brazos. Y, sin embargo, toda una parte de su inteligencia sopesaba la posibilidad de hacerla víctima de una treta que la desarmara, convirtiéndola en una presa fácil de eliminar…

—¡Jean, Jean, por favor!

Con un terrible esfuerzo de voluntad dio media vuelta, echó a andar hacia su vehículo.

—¡Adiós, Ilia! —murmuró.

Antes de emprender la marcha, dirigió una última mirada hacia atrás: Ilia arrastraba a su tambaleante hermano hacia su propio vehículo, el cual se puso en movimiento y desapareció en el crepúsculo.

Cuando llegó al campamento, sus hombres profirieron un grito al verle.

—¡Rápido! Regresemos a La Fulgurante. ¡No habrá entrevista, no, nunca, nunca! No desmonten los barracones, no queda tiempo, limítense a recoger el material más valioso. No, ya me atenderán después, tengo que presentar mi informe lo antes posible.

—…Y eso es todo, comandante —concluyó—. Acudí a la cita con la idea de aclarar el misterio, lleno de sentimientos amistosos hacia Ehiho, y en cuanto le vi me sentí poseído por la idea de matarle. Si Ilia no llega a intervenir, uno de nosotros se hubiera quedado allí, tal vez los dos.

—Regresen inmediatamente. La esfera de los Elalouhinis ha llegado a su astronave, y si ha de haber lucha necesitaré a todos mis hombres. Si es preciso, abandonen el material.

—De acuerdo, comandante.

—Pero, haga que le curen. Su aspecto no resulta nada agradable.

Cuando Michaud entró en el puesto de mando, el estado mayor y los científicos estaban reunidos en él.

—Todos hemos oído su informe, alférez. No tengo ningún motivo para dudar de su palabra. Si alguien de a bordo estaba bien predispuesto hacia los Elalouhinis, era usted. Eso hace más incomprensible su conducta, y la de Ehiho…

—Yo la comprendo, comandante —afirmó una voz grave.

Todos se volvieron hacia Fedorov, el biólogo.

—¿Qué es lo que comprende usted? ¿Ese odio súbito e inextinguible, esa rabia asesina hacia unos seres tan parecidos a nosotros, y que nadie ha experimentado nunca hacia los Kzlils?

—¡Precisamente, comandante! ¡Son parecidos a nosotros, pero no son nosotros! Yo he vivido en la taiga siberiana, donde mi padre y mi madre eran etnólogos. Tuve un lobo domesticado… Timour… Vivíamos en una cabaña aislada, en los bosques…

Se interrumpió unos instantes. Nadie trató de apremiarle. Fedorov hablaba como quería y cuando quería.

—Abdul comprendió antes de morir, Michaud. ¿Recuerda sus últimas palabras? Monos, y Alá. ¿No le dice nada eso? ¿Y su propio grito: muerte a los monos? ¿Nada? De acuerdo. Yo tuve un lobo domesticado, allá abajo, hace mucho tiempo, al norte de lakutsk. Se llamaba Timour. Lo había recogido muy joven, y herido, y se había encariñado conmigo, acompañándome a todas partes, como un perro. No se metía nunca con los perros normales. Luego, un día, vino un Inspector de Vladivostok con un magnífico perro-lobo. ¡Timour lo degolló! Al ver aquel otro animal parecido a él, pero que no era de su raza, la voz del lobo se despertó, el grito del salvajismo, la llamada al asesinato, a la destrucción de lo que es extraño a nosotros y sin embargo, suprema injuria, se nos parece. La destrucción del mono, alférez, el mono que es la criatura del diablo, formada a imitación de la criatura de Dios, el hombre. De Dios, o de Alá, si es usted musulmán.

»¡La voz del lobo se despertó en usted! Mientras había visto a los Elalouhinis, a los Otros, únicamente por televisión, sin ningún contacto real, no pasó nada. Pero al encontrarse con ellos, el olor, quizás, extraño…

Michaud no le escuchaba. Con los ojos clavados en la pantalla del telescopio, contemplaba la astronave de los Elalouhinis que se alejaba, llevándose un sueño imposible.

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Saturday, January 3, 2009

UTOPIA –TOMAS MORO — 1516

UTOPIA –TOMAS MORO — 1516

UTOPIA

Tomas Moro - 1516

Introducción

Todo el mundo tiene referencias y habla de este librito, pero son poquisimos los que lo han leído.

Yo mismo lo desconocía hasta hace poco.

Vino a mis manos una edición española del año 1638, y su lectura me impresionó profundamente, y estoy seguro de que su difusión ha de hacer un gran bien entre todos los que andamos en ” cosas” sociales.

Santo Tomás Moro publicó su “UTOPIA” en 1516, y Lutero dio el primer paso hacia la Reforma Protestante en 31 de octubre de 1517, al publicar sus 95 tesis en Wittemberg. Después, la Historia ha seguido su curso.

De estos hechos han pasado cuatro Siglos y medio, y hoy tenemos suficiente perspectiva para darnos cuenta de muchas cosas que nuestros antepasados no pudieron ver.

Ambos hechos se produjeron en los tiempos en que el poder espiritual y temporal de la Iglesia Católica habían llegado al máximo. En todo lo que hoy llamamos “Occidente” no existía más que una sola religión, bajo la autoridad suprema del Papa de Roma, al cual prestaban acatamiento todos los Príncipes.

Se habían constituido y consolidado casi todas las grandes naciones de Europa. El poder temporal de la Iglesia se había consolidado en dos aspectos:

1º Poder concentrado, constituido por los Estados Pontificios, en los que el Papa era soberano

absoluto, y

2º Poder diluido, formado por las posesiones, mas o menos feudales, de todos los dignatarios eclesiásticos en todos los países. Desde las Parroquias rurales a los grandes Arzobispados, pasando por todos los Obispados y las grandes (y pequeñas) Abadías y Conventos.

¿Y el pueblo? ¿Qué papel desempeñaba en todo esto el pueblo? Lo que hoy llamamos “pueblo” entonces se denominaba “los súbditos”, “los vasallos”, “los sujetos”…, nombres todos que indican netamente que la gente sin privilegios (el vulgo) eran, ante todo, los sometidos y los servidores de los poderosos;

La gente del pueblo no tenía “patria” (pasarían dos siglos antes de que se inventara), pero tenían Rey, al que tenían que servir lealmente. Y. esta era regla. A esto ahora lo denominaríamos “discriminación señorial”: - los “señores” por una parte y los “siervos” por otra.

Este proceso del poder temporal empezó (para la Iglesia) con la conversión (o así) de Constantino y el Edicto de Milán en el año 313, y llegó a su máxima “perfección” en los tiempos que precedieron a la Reforma. La gente de Iglesia (excepto los Santos) estaba segura de que lo mejor era el estar aliada con los poderosos y él - ser poderosos ellos mismos; ya que el “pueblo” tenía que seguir el camino que sus “señores” le trazaban. Estoy seguro de que Aristóteles habría encontrado este proceder perfecto; también estoy seguro de que Jesucristo no podía bendecirlo.

Las guerras de religión. Puede afirmarse que el pueblo no intervino para nada en ellas, sino para recibir golpes y morir por su “señor”, que seguía tan contento y divertido en su castillo. Fue una pelea entre los que habían acaparado el máximo poder por una parte (el Papa y el Emperador) y los Príncipes por otra. Con la Paz de Westfalia (1648) se terminó la hegemonía del Papado y el Imperio.

Es curioso observar (por lo que respecta al pueblo) que todos los que firmaron dicho Tratado de Paz estuvieron conformes con que los pueblos vinieran obligados a profesar la religión de sus Príncipes. Entonces empezó a funcionar la idea de “patria que alcanzó su máximo esplendor con Revolución Francesa, es cosa de hacer aquí un resumen histórico, que ya está suficientemente conocido y divulgado.

Lo único que quiero observar es que estos cuatro y medio han representado para la Iglesia progresiva de la hegemonía y del poder político y económico que había acumulado en los mil años anteriores, a partir de Constantino.

Los poderosos de antaño ya no existen. El bienestar de las naciones ya no se mide por el esplendor de unos. Cuantos privilegiados. La misma idea de “Patria” se va clarificando, y cuando De Gaulle preconiza una Europa de las patrias, encuentra cada vez menos adherentes. Hoy la religión se mira como una opción personal y libre, a la que a nadie le es lícito violentar. Frente a la división de la sociedad en “clases” se va cada vez con mayor firmeza hacia la “comunidad”.

Considerando estos hechos (y otros que están en mente de todos) es cuando uno se percata del valor profético del libro de Santo Tomás Moro, que va a continuación. Teniendo en cuenta, sobre todo, cuando lo escribió todo el Occidente estaba unificado “brutalmente” en lo religioso y en lo civil, y nadie podía prever el proceso que iba a iniciarse al año siguiente.

Frente al “clericalismo” manifestado por la invasión de los eclesiásticos en todas las esferas de lo civil, él preconiza un Estado guiado fundamentalmente por el Derecho Natural. Frente a los privilegios de los poderosos, pone la igualdad de todos los ciudadanos, en una vida comunitaria. Sus atisbos sobre la “vocación profesional” son geniales.

Pero lo más extraordinario, a mi entender, es su defensa del “pluralismo” religioso, frente a la religión única obligatoria.

Lo más opuesto a “UTOPIA” es Jauja.

No dudo que habrá lectores que recorrerán las paginas que siguen como si leyeran una historieta absurda de ciencia ficción”, que tanto gustan actualmente, o como una divertí da exposición del país de Jauja. Y no es esto. Ni mucho menos. En mi opinión es todo lo contrario. Es un libro para meditarlo. Sobre todo por los gire militarnos en las filas del catolicismo social.

Piénsese en que durante cerca de cinco siglos hemos dispuesto de un ideario racionalismo, plenamente de acuerdo con el Derecho Natural, y no le hemos hecho ningún caso, antes hemos aprovechado su mismo título, para inventar la palabra “utópico”. En cambio, el marxismo, basándose en un-hombre-que-no-existe (esto sí que es utópico) en menos de cien años ha revuelto el mundo.

Comprendo muy bien que después de aquella situación de prepotencia universal (que culminó en los años de la aparición de “UTOPIA» y casi todos los católicos excepto los Santos) hayamos sido “conservadores”. Ello es muy natural, aun que no tiene nada de sobrenatural. El resultado ha sido que en vez de ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”, hayamos sido en no pocos aspectos una rémora a la marcha providencial de la Historia.

Pero, gracias a Dios, estarnos asistiendo al fin de la era constantiniana.

Ha llovido mucho desde que se escribió “UTOPIA”. Ello quiere decir que en algunos aspectos no es actual. Pero en muchos otros, sí. Algo parecido al Evangelio. Recuerdo ahora una anécdota catequística, ocurrida en Inglaterra recientemente. La catequista explicaba a las niñas la “Parábola de las Vírgenes Prudentes”, y al terminar preguntó a una dé ellas qué consecuencia sacaba de lo que había oído. La niña, sin dudar un momento, respondió:

Es clarísimo. De esto se deducen las grandes ventajas del alumbrado eléctrico sobre los candiles de aceite.

Aquí el peligro está también en tropezar con lo anecdótico y perder de vista su sentido profundo.

Santo Tomás Moro escribió “UTOPIA” en latín. En un latín elaboradísimo y al gusto de aquella época; que dicen que es difícil dé traducir al español del siglo XVII, adaptando el castellano florido dé entonces, con su prosodia enrevesada, al lenguaje de hoy. Dudo mucho de la corrección de mi trabajo bajo el punto de vista literario, pero estimo que (en parte, al menos) he conseguido lo principal que buscaba, que era la claridad, y evitar que se hiciera pesado para el lector actual. Con es/a pretensión me he atrevido a darlo a la imprenta.

Lleva un prólogo de Quevedo, que he conservado intacto, incluso con su propia ortografía, además de las licencias pertinentes de la Santa Inquisición. También copio de dicha edición una breve biografía.

Espero Y deseo que esta edición pueda ser útil a muchos. El dormir durante unas horas es muy sano y conveniente; pero dormir durante siglos y siglos… ¿puede defenderse como cosa buena?

***

NOTICIA, JUICIO Y RECOMENDACION

de la

UTOPIA y de TOMAS MORO

por don

FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS

Caballero del Hábito de Santiago

Señor de las Villas de Cetina,

y la Torre de Juan Abad

La vida mortal de Tomás Moro escribió en nuestra lengua Fernando de Herrera, varón docto y de juicio severo; su segunda vida escribió con su sangre su muerte, coronada de virtuoso martirio; fue su ingenio admirable, su erudición rara, su constancia santa, su vida exemplar, su muerte gloriosa, docto en lengua latina y griega. Celebraronle en su tiempo Erasmo de Roterodamo y Guillelmo Budeo, como se lee en dos cartas suyas, impresas en el texto de esta Obra: llamóla Utopía, voz griega, cuyo significado es, no hay tal lugar. Vivió en tiempo y Reyno, que le fué forzoso para reprehender el gobierno que padecía, fingir el conveniente. Yo me persuado, que fabricó aquella política contra la tiranía de Ynglaterra, y por eso hizo isla su idea, y juntamente reprehendió los desordenes de los más de los Príncipes de su edad, fuerame fácil verificar esta opinión; empero no es difícil, que quien leyere este libro la verifique con esta advertencia mía: quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace, a todos los reprehende: esto hizo por satisfacer su zelo nuestro Autor. Hurtos de cláusulas de la Utopía los mas Repúblicos Ragualbos del Bocalino: precioso caudal es, el que obligó, á que fuese ladrón á tan grande Autor. No han faltado lectores de buen seso, que han leído con ceño algunas proposiciones de este libro, juzgando, que su libertad, no pisaba segura los umbrales de la religión, siendo así que ningunas son mas vasallas de la Yglesia Católica, que aquellas, entendida su mente, que piadosa se encaminó á la contradicción de las novedades, que en su patria nacieron robustas, para tan llorosos fines. Escribió aquella alma esclarecida, con espíritu de tan larga vista, que como yo mostré en mi carta el Rey Chrlstianisimo, antevió los sucesos presentes asistiendo con saludable consejo á las cabezas de los tumultos.

El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida seré larga; escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a estos cuidado. Por esto viendo yo á Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Potres, que le llevaba por compañía en los caminos, y le tenía por tarea en las pocas horas que le dexaba descansar la obligación de su Gobierno de Montiel, le importuné á que hiciese esta traducción: asegurándome el acierto de ella lo cuidadoso de su estilo, y sin afectación; y las noticias políticas, que con larga lección ha adquirido. executandolas en quanto del servicio de su Magestad se le ha ordenado; y con gran providencia, y desinterés, en el gobierno que tuvo de estos Partidos. Quien fuete tan liberal, que en parte quiera pagar algo de lo que se debe á la buena memoria de Tomás Moro, lea en la Celta Dileflere de Bartolomé Zucchi de Monja la carta que escribió el Cardenal de Capua á Monseñor Marino, Cardenal y Gobernactor de Milán y verá quantos méritos tuvo su muerte para canonizar las alabanzas de su vida, y de su doctrina.

En la Torre de Juan Abad 28 de Septiembre de 1837.

Don Francisco de Quevedo Villegas

TESTIMONIO DEL MAESTRO

Bartolomé Ximenez Patán

Catedrático de eloqúencia de Villanueva de los Ynfantes, y sus Partidos, y Notario del Santo Oficio, por orden, y comisión del

Tribunal de la Inquisición de Murcia

El Maestro Bartolomé Ximenez Patón, Notarlo del Santo Oficio, y con especial comisión dejos Señores Inquisidores, que residen en el Tribunal Apostólico de Murcia, para la expurgación de los libros, certifico, y hago fe, a los que el presente vieren, que el texto de la Utopía, que compuso Tomás Moro Inglés, y traduxo Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Porres en Castellano (Caballero del Hábito de Santiago, Gobernador que fue en esta Villa, y sus Partidos, Caballerizo del Rey Señor nuestro, y su Corregidor en la Ciudad, y Provincia de Córdova, Señor de las Villas de Bocos, Rozas, y Remolino): no solo no está prohibido, pero si en algún tiempo tuvo alguna margen, que expurgar en otras impresiones, en la presente no la tiene, porque la he visto, y considerado una, y muchas veces, no solo por la expurgación del mas moderno Catálogo, y Expurgatorio, mas aun por la censura de los antiguos. Y por esto, y por las nuevas censuras que dicha traducción tiene, puede y debe imprimirse sin escrúpulo, ni sospecha de mala doctrina: antes su lección es de curiosidad christiana, y piadosa: y por ser así, en testimonio de esta verdad, lo firmé, y signé, en Villanueva de los Ynfantes, en 27 de Septiembre de 1637 años.

vera fides

El Mro. Bartolomé Ximenez Patón

UTOPIA

Relación que el excelente varón

Rafael HITHLODEO

hizo del feliz Estado de la

República de UTOPIA

ordenada por

TOMAS MORO

DESCRIPCIÓN DE LA ISLA Y SU AGRICULTURA

La isla de UTOPIA se extiende unos doscientos kilómetros, y por larguisimo espacio no se estrecha considerablemente, pero ea sus extremos queda reducida a unos cincuenta kilómetros. Dichos extremos están como torcidos, de manera que toda la isla tiene una forma parecida a la de la luna nueva.

Estas partes extremas, azotadas por el mar, distan una de otra unos once kilómetros.

Entre estos brazos se forma como a manera de un lago apacible, quedando un refugio muy bien acomodado, desde el que pueden mandar sus flotas a otras regiones y países.

Las gargantas que forma la entrada, que por una parte tienen bancos de arena y vados, y por otra parte escollos disimulados, ponen espanto al que pretendiera entrar como enemigo.

Casi en el centro de este espacio existe una gran roca, en cuya parte superior han construido un fortín, y en el que existe un presidio.

Hay muchos escollos ocultos (y por lo tanto muy peligrosos) de los que solamente tienen conocimiento los prácticos, de lo que resulta que muy raramente puede pasarlos ninguna nave extranjera que no esté guiada por uno de UTOPIA. Y si pretende entrar sin guiarse por ciertas señales que hay en la playa, cualquier armada enemiga embarrancará.

Dentro de dicho lago existe un puerto de mucho tránsito, con un desembarcadero natural muy bien acomodado, de manera que poca gente de guerra pueden poner en retirada a un ejército considerable.

Se cree (y el aspecto del lugar lo confirma) que aquel país antes no estaba totalmente rodeado por el mar. Pero Utopo, de quien tomó nombre la isla, por haberla conquistado, ya que antes se llamaba Abraxa, fue quien hizo que sus moradores, que eran rústicos y muy atrasados, vivieran de manera humana y civil. Fue él quien mandó formar un istmo de unos diez kilómetros, con lo que UTOPIA quedó separada de la tierra firme y convertida en una isla. Hizo que trabajaran en dicha tarea, no solamente los moradores antiguos, sino también los soldados, y con tan gran número de brazos el trabajo quedó realizado en muy poco tiempo, dejando admirados a los pueblos vecinos, que al principio se burlaban de ellos.

Hay en la, isla cincuenta y cuatro ciudades, todas las cuales tienen en común el idioma, las instituciones y las leyes; y puede decirse que todas ellas están construidas bajo un mismo modelo, en cuanto lo permite el terreno. La distancia media entre ellas es, de unos veinte kilómetros, y ninguna está tan apartada de la más próxima, que en una jornada un peatón no pueda desplazarse de una a otra.

Tres ciudadanos expertos y venerables de cada una de dichas ciudades acuden todos los años a Amauroto, ciudad que por estar en la parte central de la isla es fácilmente accesible a todas las demás y se considera, como la Capital, por ser donde se tratan las cosas comunes y la ordenación pública de todo. el país.

El término municipal de cada ciudad viene a tener el mismo contorno que las otras, unas más y otras menos, según lo apartadas que estén. Ninguna de ellas desea extender o ensanchar su distrito, por considerarse más como labradores usufructuarios de los campos que Señores de ellos.

Existen alquerías muy bien provistas de toda clase de utensilios para las labores agrícolas, y para el trabajo en estos cortijos se turnan los ciudadanos. Ninguna familia de una alquería agrupa menos de cuarenta personas, en las que se señala Padre y Madre de familias por edad y por costumbres venerables. Cada treinta alquerías forman una agrupación y se designa a una que se considera como cabeza y representante de todas las demás.

Por cada familia que está en el campo, cada año vuelven a la Ciudad veinte de sus miembros que han permanecido dos años en las tareas agrícolas, a los que sustituyen otros veinte familiares de la Ciudad para que se ejerciten en la Agricultura, de manera que los que ya son expertos por haber residido un año, amaestran a los recién llegados, los cuales a su vez instruirán, a otros al año Siguiente. Así todos los habitantes de la isla son expertos en los trabajos del campo, y se puede echar mano de todos ellos para las tareas de la recolección.

Y aunque esta manera de renovar el personal agrícola se ordena a que nadie lleve esta Vida dura por más tiempo de dos años, no por esto los que se complacen en la agricultura dejan de permanecer allí más años.

Los labradores cultivan el terreno, cuidan el ganado y demás animales, cortan leña y la conducen a la ciudad por tierra o por mar, según más convenga. Sacan con admirable artificio una infinidad de pollos, sin que los tengan que empollar las gallinas, ya que con calor proporcionado los incuban y después los hombres los abrigan y los cuidan. Crían pocos caballos, muy fieros, de los que únicamente se sirven para la guerra, ya que las labores de cultivo y acarreo las realizan con bueyes, que aunque sean más, lentos que los caballos son más sufridos y menos sujetos a enfermedades, además de que ocasionan menos gasto, y cuando pierden fuerzas se pueden comer.

Siembran solamente trigo. Beben vino de uvas y sidra, o agua pura, o cocida con regaliz, de la que disponen en gran abundancia. Y aunque producen todas cuantas vituallas se consumen en la Ciudad y en sus contornos, siembran bastante más para poder socorrer a otros países vecinos.

Todos los instrumentos de labranza se los proporcionan en la Ciudad por conducto del Magistrado, sin abonar nada por ellos. Muchos campesinos concurren todos los meses a las fiestas solemnes. Cuando llega el tiempo de la siega, los jefes de la labranza indican al Magistrado el número de los que han de enviar a segar, y acudiendo todos a una en tiempo sereno, casi en un día siegan todos los campos.

LAS CIUDADES; ESPECIALMENTE AMAROUTO

El que ha visto una de aquellas ciudades pueden decir, que las ha visto todas, tan semejantes son unas de otras, en cuanto la disposición del terreno lo consiente. Aunque es igual describir una que otra, voy a fijarme en Amauroto, por ser la principal y estar en ella el Senado; por ser la más ennoblecida y por ser la que mejor conozco, por haber residido en ella cinco años.

Está situada en la falda de un monte, siendo su forma cuadrada, extendiéndose suavemente desde lo alto de un collado en una extensión de un kilómetro hasta llegar al río Anidro, prolongándose un poco más al otro lado del mismo.

Este río nace unos cíen kilómetros más arriba de Amauroto, de una pequeña fuente, pero con el concurso de otros ríos que confluyen en él, especialmente de dos mediados, aumentan mucho sus aguas, de manera que al llegar a la Ciudad su lecho tiene una anchura de unos trescientos metros. Luego se va ensanchando más, hasta llegar al Océano. En todo el trayecto que va del mar a la ciudad, y hasta un poco más arriba, con la subida y bajada de la marea, el río modifica su corriente cada seis horas. Cuando sube la marea las aguas del mar penetran río arriba y las aguas quedan salobres, pero después queda el agua limpia y normal.

La ciudad se comunica con la ribera opuesta, no con barcazas o pasarelas de madera, sino con un magnífico puente con arcos de sillería, construido en la parte más apartada del mar, para que las naves puedan llegar sin dificultad a la zona central de la Ciudad.

Disponen de un riachuelo manso y apacible, que nace cerca de donde está la población, atravesándola y, juntándose luego al río Anidro. Los habitantes de la Ciudad canalizaron estas aguas desde su nacimiento hasta la población, disponiendo fortines y parapetos para que en caso de asedio, no les llegase a faltar el agua, la cual es conducida con tuberías de barro cocido a todas las fuentes, que hay con profusión. Y si en otras Ciudades de la isla la Naturaleza no da estas facilidades, entonces reúnen las aguas de lluvia en grandes depósitos, con lo que obtienen el mismo resultado.

Toda la Ciudad está amurallada con muros altos y recios, con muchas torres y parapetos. El foso es seco, pero profundo y ancho, muy intrincado, con zarzas y espinos, menos en la parte de la muralla que está juntó al río.

Las plazas, están abrigadas con pórticos, tanto para el buen servicio de los almacenes como para la comodidad de los habitantes. Los edificios son semejantes y muy bien cuidados, sobre todo en las fachadas. Las calles tienen veinte metros de ancho, y todas las casas están rodeadas de jardín. Las casas tienen una puerta principal y una puerta falsa, con cerraduras muy sencillas, que todos pueden abrir fácilmente, de manera que cualquiera puede entrar y salir por ellas, ya que nadie posee nada en particular.

Cada diez años todos cambian de domicilio por sorteo, y todos sienten emulación por dejar la casa lo más arreglada posible. Un cuidado especial ponen todos en sus jardines, en los que plantan cepas, árboles frutales, hortalizas y flores, con tanta hermosura y buena labor que jamás he visto cosa igual. Este cuidado no es solamente para su deleite, sino que además compiten entre ellos para ver quién tiene estos jardines más bonitos y mejor cuidados. Lo cierto es que no he hallado en ninguna ciudad nada que esté mejor acomodado, tanto para el provecho como para el deleite de los hombres. Parece que Utopo (el fundador) puso en esto el máximo cuidado, y es fama que dispuso los modelos y el trazado desde el principio, aunque en cuanto al adorno estableció que los venideros lo arreglaran como mejor les, acomodase, contando coa que los gustos varían con los tiempos.

Así se refiere en los Anales que tienen escritos y guardados religiosamente, en los que se contiene la historia de la isla desde que fue conquistada, abarcando un período de mil setecientos sesenta años. Por ello se comprueba que al principio las, cosas fueron parecidas a lo que ahora son pajares, una especie de cabañas y chozas, construidas con toda clase de maderas sin distinción, con muros de tapia y cubiertas de pajizo y retamas.

En la actualidad cada casa tiene tres pisos, siendo el exterior de los muros de piedra labrada 9 de ladrillo, y lo interior revocado con argamasa; las azoteas llanas y descubiertas se protegen con cierto betún que fabrican con productos molidos, de muy poco coste, pero es tan eficaz que el fuego no lo altera y que defiende del mal tiempo mejor que si fuera con placas de plomo.

Contra los vientos usan vidrieras en las ventanas porque en aquella tierra hay mucho vidrio, aunque a veces también se sirven de telas enceradas con aceite o goma, con lo que se resguardan de los vientos y reciben más luz.

LOS MAGISTRADOS

Todos los años cada grupo de treinta familias eligen un Magistrado, que en su idioma antiguo llamaban Sifogranto, y en el moderno Filarco. Cada diez de estos Sifograntos, de acuerdo con las familias, eligen otro Magistrado superior, que antes llamaron Traniboro, y actualmente denominan Protofilarco. Finalmente, todos los Sifograntos (que son en número de doscientos) hacen juramento de que elegirán por Príncipe, con voto secreto, a uno de los cuatro propuestos por mayoría de votos por el pueblo. Cada cuarta parte de la Ciudad elige un Senador.

La dignidad de Príncipe es vitalicia, a no ser que se venga en sospecha de que trata de tiranizar el Estado.

Los Traniboros se eligen por un año, y no los deponen sin causa justificada. Todos los demás Ministros y Oficiales también los eligen por un año.

Los Traniboros se reúnen con el Príncipe cada tres días, aunque si hay asuntos urgentes se reúnen con mayor frecuencia. En dichas reuniones tratan los negocios de la República, procurando resolver las disensiones entre particulares, si las hay, que siempre son pocas.

Cada reunión del Senado viene presidida por dos Sifograntos, que se turnan por orden; no consintiéndose que se acuerde ningún asunto de importancia para la República, sin haberse planteado tres días antes de tomarse la resolución.

Se considera como un, delito capital el tratar ningún negocio público fuera del Senado y de sus Juntas señaladas. Esto se hace con miras a que el pueblo no sea traicionado y oprimido por la violencia y las asechanzas del Príncipe y de los Traniboros. Por esta razón, todo lo que se considera de importancia se comunica a la Junta de los Sifograntos, y éstos dan parte a las familias que los eligieron, consultándose entre ellos, de todo lo cual dan noticia al Senado. A veces se tratan los negocios en las Juntas Generales de toda la Isla.

Es norma del Senado el que ningún asunto se resuelva el mismo día que se propone, sino que se difiera para la reunión siguiente, para que nadie, sin madurarlo, exponga lo primero que se le ocurre, y después quiera sostenerlo tercamente, mirando más a su amor propio que al bien público, ya que son muchos los que llevados por una necia vergüenza, para que no parezca que obraron a la ligera, prefieren que prevalezca su opinión antes que la salud del pueblo, en aquello que debían tener bien estudiado para poder hablar con más conocimiento y menos prisa.

EL TRABAJO

La Agricultura es la ocupación universal de hembras y varones, todos los cuales la conocen y la ejercitan sin distinción.

Esto se les inculca desde su más tierna edad; teóricamente, en la Escuela, y prácticamente en unos campos que están junto a la Ciudad, y no sólo mirando, sino empleando los niños en ello sus fuerzas corporales.

Además de la Agricultura, cada uno se ejercita en otro oficio distinto, como trabajar la lana o el lino, la cantería, la herrería, la carpintería y demás artes manuales

El vestido es igual para todos en toda la Isla, y en ningún tiempo se han introducido novedades, existiendo únicamente diferencia en los sexos, ya que las mujeres visten de una manera y los hombres de otra; y en los estados, pues no visten igual los casados que los solteros. Ello resulta agradable a la vista, acomodado al uso, y a propósito para defenderse del frío y del calor.

Cada familia se hace los vestidos a su gusto, pero ea los demás artes y oficios, tanto varones como hembras, cada uno aprende y se aplica en el que es de su elección.

Las mujeres se ocupan en trabajos menos pesados tales como el labrar la lana y el lino. Y los hombres en los más duros. En general, y el hijo sigue la profesión del padre, ya que casi siempre la naturaleza le inclina a ello; pero si alguno tiene inclinación decidida por otra profesión, pasa por adopción a otra familia que trabaje en aquella tarea a que se siente inclinado. En estos casos interviene no solamente el padre natural, sino también el Magistrado, cuidando de que el padre adoptivo sea hombre honrado y serio.

Si alguno se ha instruido bien en una Profesión y desea aprender otra, se le permite, y cuando las conoce bien se aplica a aquella que es más de su gusto.

Está al cuidado de los Magistrados Sifograntes el evitar que haya vagabundos, antes bien, cada uno esté bien ocupado en su profesión.

No comienzan su labor muy de mañana, ni trabajan continuamente, ni durante la noche, ni se fatigan con perpetua molestia como las bestias, porque es una infelicidad mayor que la de los esclavos la Vida de los trabajadores que han de estar a su tarea sin descanso, como ocurre en todas partes, menos en Utopía.

Dividen el día y la noche en veinticuatro horas, dedicando seis horas diarias al trabajo, tres por la mañana, al final de las cuales van a comer. Tienen una siesta de dos horas después de la comida, y una vez descansados vuelven al trabajo por otras tres horas, que se terminan con la cena.

Las veinticuatro horas empiezan a contarse a partir del mediodía. A las ocho se retiran a dormir durante ocho horas. En los intervalos de comer, cenar y dormir, cada uno emplea su tiempo con lo que mejor cuadra con su libre albedrío; pero no de manera que se disipe en excesos y holgazanerías, sino que libre de su trabajo se ocupe en algún ejercicio honesto de su elección.

La mayor parte de estas horas libres las dedican a los estudios literarios, ya que es costumbre que haya lecciones públicas antes del amanecer; a las que por obligación solamente asisten aquellos que están encargados y escogidos para cuidar del estudio. Además de éstos concurren voluntariamente gente de todo estado, tanto hombres como mujeres, a oír a los disertantes, cada uno según sus aficiones y según su profesión.

Estos tiempos libres, si alguno lo quiere emplear en su profesión, lo que les ocurre a muchos a Tos que su temperamento no les inclina a cosas de estudio, no se les prohibe, antes bien se les alaba por la utilidad que reportan a la República.

Después de la cena tienen una hora de recreo, que en verano transcurren en los jardines, y en invierno en las grandes salas que se emplean como comedores colectivos, donde se oye música o se hace tertulia.

Los juegos de dados y otros prohibidos, ni los usan ni los entienden. Lo que usan son dos clases de juegos parecidos al ajedrez. Uno de ellos es una batalla de tantos a tantos, en el que los de un bando despojan y saquean a los del otro; el otro juego consiste en una pelea de los vicios contra las virtudes en forma de escuadrones. En este juego se pone de manifiesto discretamente la oposición a los vicios y la concordia con las virtudes, así como qué vicios se oponen a las virtudes y les hacen guerra, y con qué pertrechos acometen a la parte contraria; y asimismo con qué armas defensivas las virtudes quebrantan y desbaratan a las fuerzas de los vicios, y los ardides con que inutilizan sus acometidas; y finalmente las trazas y mañas con que uno de los jugadores se alza con la victoria.

DURACION DEL TRABAJO

Conviene poner la atención en esto para no llamarse a engaño, pues podía imaginarse que con solamente seis horas de trabajo diario no podrán producirse los bienes cuyo uso es indispensable, lo cual está muy lejos de suceder, porque con este tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en abundancia las cosas necesarias para la vida y aun las superfluas.

En los países en que casi todas las mujeres (que son la mitad del pueblo) trabajan y los hombres se dan al reposo, además del gran número de sacerdotes y religiosos que no producen nada con sus manos, ni los señores ricos y herederos (a los que el vulgo llama nobles y caballeros), incluyéndose en esta cuenta a toda la caterva de los que sirven a estos últimos de espadachines y truhanes, y a los mendigos que teniendo salud fingen enfermedad por holgazanería, hallaréis que son muchos, los que no producen nada; y entre los que trabajan hay una gran parte que no se ocupan en cosas necesarias, ya que donde todo se consigue con dinero es forzoso que haya muchas artes totalmente vanas, que sólo sirven al antojo y al exceso.

Si los pocos que trabajan se aplicaran todos en los menesteres necesarios a la vida humana, sin duda que bajarían los precios de las cosas, de manera que la vida resultaría mucho más fácil. Y si se juntaran a éstos todos los que viven en el ocio y en la holganza, y se ocuparan en trabajos provechosos para todos (contando con que los artífices de las manufacturas de lujo y los holgazanes consumen cada uno tanto como dos oficiales de trabajos útiles y necesarios) aquellas seis horas diarias bastarían y sobrarían para estar abastecidos abundantemente de todas las cosas necesarias para la vida y su comodidad” incluso para los, deleites verdaderos y naturales.

La experiencia nos da verdadero testimonio de ello en Utopía, donde en cada Ciudad y las aldeas de sus contornos apenas si se permite holgar (entre hombres y mujeres) con a quinientas personas fuerza y edad aptas para el trabajo. Entre éstos, los Sifograntes, que si bien las leyes les declaran exentos, no se excusan de trabajar, para estimular con su ejemplo a los demás.

Del mismo privilegio gozan los estudiantes, a quienes por acuerdo de los Sacerdotes y de los Magistrados el pueblo les concede por votos secretos, que solamente se ocupan en sus estudios; y si alguno no corresponde a las esperanzas que en él se pusieron, se le saca de los estudio, y se le dedica a trabajos manuales. Y por el contrario, sucede muchas veces que, un trabajador manual que aprovechó sus horas libres para el estudio, le sacan de su trabajo para que se aplique solamente a estudiar.

De los estudiosos proceden los Embajadores, los Eclesiásticos, los Magistrados Traniboros, y el mismo Príncipe, al que en la antigua lengua llamaban Barzanes, y en la moderna Ademo.

La demás muchedumbre que siempre trabaja y está ocupada en labores útiles, cuesta poco comprender cuánto llegarán a producir en pocas horas.

Además de estas cosas que he referido, hay que añadir que en los trabajos usuales necesitan menos esfuerzo que en otros países. Fijémonos, por ejemplo, en la obra de construcción o de reparación de edificios. En otros países es necesario que haya muchos dedicados a la reparación, porque lo que los padres construyen con gran trabajo, los herederos pródigos lo descuidan de manera que poco a poco se arruinan, así que lo que pudo repararse a poca costa, el sucesor tiene que edificarlo casi de nuevo.

En Utopía las cosas no ocurren así, porque estando todas las cosas y las Ciudades compuestas y ordenadas de una vez, raramente acontece que se elija nuevo sitio para fundar edificios, y no sólo acuden con brevedad a reparar lo que se deteriora, sino que lo previenen con tiempo, antes de que amenace ruina. Por esto sucede que los edificios duran mucho tiempo, y que los Maestros de Obras tengan poco en qué ocuparse, si no es en tener preparados maderos y sillares para que cuando la necesidad lo pida, puedan acudir con mas diligencia a las reparaciones.

LOS VESTIDOS

En cuanto a los vestidos, ya se ha visto la sencillez con que lo resuelven, ya que para el trabajo se cubren con pieles curtidas, que son resistentes y necesitan pocas atenciones, y que les duran siete años. Cuando salen en público se ponen encima otra ropa, que siempre es del color natural de la lana, y esto en toda la Isla.

De esta ropa de lana gastan mucho menos que en otras partes, además de salirles a mucho menor coste. Con el lino ocurre lo mismo, aunque se gasta y se usa más. En los lienzos lo que se aprecia es la blancura y en los paños la limpieza, sin hacer caso de que sea más o menos fino Y delgado. De aquí procede que si en otras partes no basta para una sola persona el tener cinco vestidos de diversos colores, unos de lana y otros de seda, y los más caprichosos no se conforman ni con diez, los de Utopía, están muy contentos con uno, que les dura dos años. No tienen \motivo para desear más ropa de la que tienen, porque con otra no estarían mejor defendidos del frío o del calor, ni por la finura les parecen más delicados y distinguidos.

Por estas circunstancias todos se ejercitan en profesiones provechosas, y aunque trabajen menos les basta para disponer de lo necesario con abundancia.

De donde resulta que, abundando en todas las cosas, sobra gente, y unas veces se destinan a la reparación de las calles y caminos públicos, y aun sin verdadera necesidad se ordenan obras públicas en las que todos se ocupan algunas horas.

Los Magistrados no emplean a los ciudadanos en trabajos inútiles y superfluos, ya que la institución y fundamento de la República se ordena principalmente a que, una vez satisfechas las necesidades públicas, se disponga del mayor tiempo libre posible para que todos gocen de libertad, y desarrollen sus valores espirituales, porque estiman que en esto consiste la verdadera felicidad.

RELACIONES HUMANAS

Vamos a exponer ahora la manera con que los ciudadanos de Utopía comercian entre sí, y cómo son sus relaciones.

La Ciudad se compone de familias basadas en el parentesco. Las mujeres, al casarse, van a la casa de sus maridos, formando parte de la nueva familia. Los hijos y los nietos varones viven en la familia bajo el gobierno y la obediencia del más anciano, y cuando la edad y los achaques lo exigen, le sucede el que le sigue en edad.

Para que no falte población en la Ciudad, y para que no aumente en demasía, tienen ordenado que ninguna de las 6.000 familias que integran la Ciudad pueda sustentar menos de diez menores ni más de 16. En cuanto a los adultos no hay ningún tope determinado.

Esto se logra pasando los niños que sobran de una familia a otra que les falten, para formar su cómputo. Si alguna vez se multiplican más de lo determinado y justo, con los que sobran se compensan las zonas despobladas de otras ciudades. Si en algún caso en toda la isla hay excesiva muchedumbre de moradores, hacen un padrón y en el continente fundan colonias sujetas a sus mismas leyes, convidando a los naturales de aquella tierra a que vivan en su compañía, si tienen gusto en ello.

Una vez que se han juntado con los que aceptan este trato, fácilmente se conforman con las costumbres y las leyes que son de utilidad para ambos pueblos. De esta suerte, con sus buenas ordenanzas hacen que se fertilice la tierra que antes era estéril y miserable; y a los que no se conforman con este trato los echan de los términos que han señalado para sí, y tienen por justo el hacer la guerra a los que se resisten.

Cuando algún pueblo prohibe a otro el uso y la posesión de terrenos que tiene vacíos y desocupados, de los que nadie se aprovecha, por ley y ordenamiento del Derecho Natural este otro pueblo puede vivir allí y trabajarlo, y apoderarse del dominio y del uso de aquella tierra. De esta manera, cuando en las ciudades de la Isla ocurre algún desastre de tal magnitud que con medios normales no se pueda reparar (lo cual, a lo largo de muchos siglos, ha ocurrido dos veces por calamidad y peste) entonces hacen venir de las colonias el número conveniente de ciudadanos, porque tienen por más acertado el conservar la casa propia que atender a la ajena.

Volviendo a la manera de vivir de los habitantes de Utopía, él más anciano preside la familia, las mujeres sirven a los maridos, los hijos a sus padres, y en general los de menor edad a los mayores.

Cualquiera de las Ciudades se subdivide en cuatro Distritos iguales, cada uno de los cuales tiene en su centro una plaza donde se hallan los almacenes generales comunes a todos. Hay lugares determinados donde se llevan los productos del trabajo propios de cada familia. Cada especie de alimentos se conservan en silos apropiados por cada clase.

De estos almacenes cada padre de familia saca todo aquello que necesita para sí y para los suyos, sin dinero ni nada que lo sustituya. ¿Por qué se le negará nada si allí hay abundancia de todo, y Sin temor a que nadie pida más de lo que necesita? ¿Y qué objeto puede tener el pedir con exceso cuando se está seguro de que no faltará nada de lo necesario?

Es cosa manifiesta que cuando no hay temor de que falte lo que se necesita, cesa la ambición de querer acumular aquella clase de bienes, y como esta ambición no se da en Utopía, viven perfectamente tranquilos.

Junto a las plazas centrales de las que se hecho mención, existen otras que llaman de Suministros, en las cuales se almacenan las hortalizas y las frutas, además del pan. Para el pescado, las carnes de pluma y de pelo, y cualquiera otros alimentos cuya vista y olor es poco atractivo, tienen sus almacenes fuera de la Ciudad, cerca del río, donde es fácil lavar las inmundicias. En tales lugares se disponen las reses muertas y limpias por obra de los esclavos, ya que no consienten que los ciudadanos se ocupen en degollar, cortar y desollar los animales, por considerar que estas prácticas inducen a los hombres a la fiereza, crueldad e inhumanidad, y temen que se atrofien los afectos de la piedad natural. Se prohibe que ninguna cosa inmunda, sucia o asquerosa entre en la Ciudad, cuya putrefacción corrompa el aire y provoque enfermedades.

COMEDORES Y HOSPITALES

En cada barrio hay un edificio público (separados los de unos y otros barrios por la misma distancia) que sirve de morada al Sifogranto, que es el representante de 30 familias, de las que 15 están a un lado del edificio y las otras 15 al otro, y las 30 familias se reúnen en dicho gran local para sus comidas.

Los despenseros de estos comedores colectivos se reúnen en la Plaza a horas determinadas, para pedir las provisiones, según el número de comensales que tienen asignados. Pero antes que a nadie, se atiende al cuidado de los enfermos, los cuales son atendidos en Hospitales Públicos, de los que hay cuatro en cada Ciudad (uno por cada Distrito) y están situados en las afueras, siendo tan capaces que parecen poblaciones pequeñas.

Ello permite que no estén amontonados en el caso de haber muchos enfermos, y si hubiere enfermos contagiosos pueden perfectamente, separarse unos de otros.

Estos Hospitales están tan bien dispuestos y surtidos de todas aquellas cosas que afectan a la salud, y servidos con tantas atenciones y cuidados por enfermeros y médicos doctos, que si bien no es obligatorio que se lleven allí a todos los enfermos, no hay nadie que al sentirse malo no prefiera pasar la enfermedad en el Hospital mejor que en su casa.

Cuando el despensero de los enfermos ha tomado lo que necesita según las órdenes y recetas de los médicos, se mira lo mejor que hay y se reparte en partes iguales a todos los Comedores Colectivos; aunque también se tiene en consideración lo que se pide para la casa 4e1 Príncipe, así como para los Prelados y para los Traníboros, e incluso para los Embajadores, si es que hay alguno (cuando los hay, también tienen su casa señalada y dispuesta).

Asisten a estos Comedores los Sifograntes con las 30 familias que cada uno de ellos representa, que se convocan al son de una trompeta cuando llega la hora de comer, con la excepción de los que están enfermos en sus casas o en el Hospital. A nadie se le prohibe que se lleve comida a su casa, pon estar persuadidos de que nadie es capaz de hacerlo sin necesidad. Y aunque es lícito a todos el quedarse a comer en sus casas, nadie lo hace porque no les parece decente, reputándose por cosa de poco juicio el tomar sobre sí un trabajo innecesario, pudiendo comer espléndida y abundantemente con los demás, con las máximas facilidades.

En los Comedores Colectivos se encargan a los esclavos todos aquellos trabajos que se tienen por serviles y menos decentes. El aderezo y guiso de las viandas, así como la disposición de las mesas, corre a cargo de las mujeres, por turno de familias.

El número de mesas es proporcionado al de los comensales. Los varones se sientan de espaldas a la pared y las mujeres en los bancos de fuera, con objeto de que si les sobreviene algún accidente (especialmente a las que están embarazadas) puedan acudir rápidamente a remediar la necesidad. Las que amamantan a sus pequeños comen en una pieza algo apartada, con cunas para los niños de pecho, donde siempre tienen provisión de lumbre y agua clara para poderlos limpiar y recrear.

Toda madre cría a su hijo, si no lo impide la muerte o alguna enfermedad. Cuando esto ocurre, la esposa del Sifogrante busca rápidamente un ama, que encuentran con facilidad, porque las que pueden hacerlo a ningún otro oficio acuden con más voluntad. Es cosa digna de alabanza el que todas estén dispuestas a esta obra de piedad, en la que el huérfano encuentra una segunda madre en la que le cría.

Hasta que han cumplido los cinco años, los niños comen en la misma sala donde están las madres lactantes. Los demás niños mayorcitos, así como los jóvenes y las mozas, todos los cuales, hasta que se casan, sirven en las mesas.

La mesa principal está en la cabecera, desde la cual se divisa toda la concurrencia. En el lugar preferente se sienta el Sifogranto con su esposa y a continuación los más ancianos, sentándose por t~ das las mesas de cuatro en cuatro. Si en aquel barrio hay Templo, el Sacerdote y su esposa se sientan junto al Sifogranto. Así se van acomodando los más jóvenes junto a los mayores.

De esta manera se distribuyen por toda la sala, y dicen que lo hacen así para que la reverencia y autoridad de los mayores contenga el barullo y jolgorio propios de la gente joven, siendo así que no pueden decir o hacer nada sin que lo oigan o vean los ancianos desde cualquier parte.

Se sirve primero a los más ancianos, administrándoles lo que está mejor aderezado, y luego van sirviendo por igual a todos los demás.

En la comida y en la cena se lee alguna cosa moral, con brevedad, para que no sientan fastidió. Después de la lectura los ancianos animan pláticas sabrosas y decentes, sin hacer largos discursos, sino que procuran que hablen los jóvenes, contando que con la licencia de la comida se manifiesta el natural y las habilidades de cada uno.

Las comidas son más breves que las cenas, porque éstas van seguidas de sueño y del descanso, y ~í creen que se hace mejor la digestión. En la cena suena la música, y como postre comen frutan secas. Se recrean con buenos perfumes que se queman en, pebeteros, y utilizan todas las cosas que pueden ser del agrado de los que asisten, porque están persuadidos de que son lícitos todos los deleites que no acarreen inconvenientes.

De esta manera, pues, se relacionan en la Ciudad. Los que acude al campé, cada cual se acomoda con su familia, no faltando a ninguno lo necesario, como corresponde a aquellos de quienes se sustentan las Ciudades.

Si alguno desea visitar a unos amigos que residen en otra Ciudad, o tiene simplemente el deseo de ver otra Ciudad, con facilidad obtiene la autorización de los Sifograntos y Traníboros, a no ser que hubiera alguna dificultad de carácter público.

Van acompañados, con salvoconducto del Príncipe, en el que consta la fecha de salida y la de regreso. Se le proporciona un carro y un esclavo para que cuide y guíe los bueyes. Al llegar a su destino, si no llevan consigo a su esposa, hacen regresar el carro para quedar más libres.

No llevan provisiones de ninguna clase, ya que en todas partes las encuentran, como si estuvieran en su casa. En cualquier lugar donde se detengan más de un día, trabajan en su profesión y sus colegas les tratan humanísimamente, obsequiándoles de muchas maneras.

Pero al que sale de sus términos sin licencia ni salvoconducto del Príncipe, le tratan con mucho rigor y afrenta, castigándose este atrevimiento con severidad, obligándole a regresar, y penándole con diversos servicios, como fugitivo.

VIAJES Y OTRAS COSTUMBRES. ESTUDIOS

Si a alguno le complace el pasear dentro del Término Municipal de su Ciudad, le basta con que su padre le autorice y su esposa no se oponga; en cualquier caserío que llegue, antes que nada ha de ganar su comida ejecutando la tarea que se le señale antes de sentarse a comer o a cenar, según sea el horario de trabajo en aquel lugar. De esta forma puede andar por todo el Término de su Ciudad; y es tan útil a la colectividad como si no hubiera salido de ella.

Todo está dispuesto para que en ninguna parte haya ocasión para estarse ociosos, ni pretexto alguno para vagabundear.

No hay tabernas, ni casas públicas de mujeres deshonestas, ni nada que dé lugar a la corrupción de las costumbres. No existen lugares donde esconderse, ni se permiten conciliábulos; así, el estar a la vista de todos hace que el trabajo honesto aparezca como forzoso, de lo que resulta una gran abundancia de bienes de la que participan todos, con lo que no hay posibilidad de que existan necesitados ni mendigos.

COMERCIO IMTERIOR Y EXTERIOR

En el Senado de Ámauroto (al cual, como se ha dicho, acuden todos los años tres delegados de cada Ciudad) cuando se sabe que de ciertos productos hay abundancia en ciertos lugares, mientras que en otros las malas cosechas han motivado escasez, se ordena que la carencia de unos se remedie con la abundancia de otros.

Esto se hace sin interés alguno, sin recibir nada en pago de aquellos a quienes se da. Incluso ocurre que cuando una Ciudad que antes estuvo en la abundancia y pudo socorrer a otra, cuando se encuentra en necesidad no pide nunca a las Ciudades que ella antes socorrió, para que no parezca que quieren cobrar, sino que se dirigen a aquellas que no ayudaron nunca. Así, toda la Isla es como una gran familia.

Después de que, con gran atención, se han provisto ampliamente de todo lo necesario (lo cual estiman que se ha logrado cuando tienen provisiones para dos años), lo que les sobra lo llevan a otros países, como trigo, miel, lana, lino, cochinilla, conservas de pescado, pieles curtidas, cera, sebo, ganado vivo, etc. La séptima parte de lo que llevan para vender lo reparten entre los pobres de aquella tierra, y lo demás lo venden a precios moderados.

A su regreso llevan a Utopía gran cantidad de oro y plata, con algunas mercancías que necesitan y que no se producen en la Isla, que son pocas, siendo la principal el hierro. Con estas exportaciones continuas, los metales preciosos abundan más de lo que se puede creer.

Por todo ello no tienen excesivo interés en vender sus mercancías al contado, y fácilmente las ceden con pago aplazado para un día señalado; ello hace que su caudal, en una parte muy importante, esté en forma de letras de crédito. Sin embargo, nunca abren crédito a los particulares si no viene avalado por la Ciudad en la que se hace la entrega. Cuando vence el plazo, el deudor entrega la suma al erario público de aquel país, donde produce intereses hasta que lo retiran los de Utopía, los cuales nunca retiran todo el capital, ya que no tienen por justo el privar de ello a los que lo han menester.

Fuera de esto, si las circunstancias aconsejan dar dinero prestado a algún otro pueblo, entonces movilizan los créditos de que disponen. O cuando han de hacer guerra, porque es con vistas a esta calamidad que guardan los metales preciosos en sus casas, ya que ordinariamente la guerra la hacen a base de soldados mercenarios, a los que pagan con esplendidez, pues de buena gana prefiere que corran el riesgo los extranjeros que los de su nación; Sabiendo, además, que el dinero puede hacer de los enemigos amigos.

LOS METALES PRECIOSOS

Por todas estas razones conservan y amontonan un tesoro enorme, pero con tal desprecio, que temo que no he de ser creído si lo refiero; y lo temo tanto cuanto más seguro estoy de su certeza. Si yo no lo hubiera visto con mis propios ojos, con dificultad lo creería si otro me lo contara, por lo que me parece muy natural que lo dude quien no esté bien informado de sus ordenanzas y de su género de vida.

Pero quien juzgue las cosas con buen juicio, cuando conozca y vea que sus leyes y costumbres son tan diferentes de las nuestras, se maravillará menos de que el trato que se da al uso del oro y de la plata se acomode a la mentalidad de los de Utopía y no a nuestras costumbres. Ellos, ciertamente, usan estos metales, pero los guardan para sucesos que pueden acontecer, o no.

Sea como fuere, ellos no aprecian el oro más que por su valor intrínseco, ya que, ¿quién no reconoce cuánto más necesario es el hierro para servirse de él (sin el cual los hombres no pueden vivir, siendo tan necesario como el fuego y el agua) que el oro y la plata? El hecho es que de la utilidad que la naturaleza ha dado al oro y a la plata, los hombres podemos privarnos sin quebranto alguno; si no hubiera ocurrido que la ignorancia de los hombres les ha inducido a dar más valor, no a lo que es mas útil, sino a lo que es más escaso.

La naturaleza, como madre próvida, dispuso que las cosas mejores fuesen abundantes y fáciles de conseguir, como el aire, el agua y la tierra; y las viles y de ningún provecho las escondió más que aquellas que ayudan poco.

Por todo esto, si tales tesoros se guardaran en alguna torre a disposición del Príncipe y del Senado, la sagacidad de la malicia del vulgo podría venir en sospecha de que trataban de engañar al pueblo para usarlo en su propio provecho. Por ejemplo, al llegar ocasión de acuñar moneda para pagar a los mercenarios en caso de guerra, tienen por cierto que los poderosos pondrían dificultad en que se fundieran las vajillas y las joyas preciosas que tendrían para su propio deleite.

Para descartar estos inconvenientes discurrieron algo que, si por una parte encaja perfectamente en sus costumbres es completamente contrario a las nuestras, que con tanta diligencia guardamos el oro y en tanta estima lo tenemos. Esto no lo podrán creer ni comprender más que las personas de mente clara y despejada.

Su vajilla es de barro cocido y de vidrio, y es le único que usan para comer y para beber. Con el oro y la plata, tanto en los edificios colectivos como en las casas particulares, hacen orinales y bacinillas para las necesidades más inmundas. Además de esto, con tales metales construyen grillos y cadenas gruesas, para castigo y prisión de los esclavos, y para castigar los delitos más infames cuelgan zarcillos en las orejas del delincuente, y les llenan los dedos de anillos de oro, y con el mismo metal les hacen gruesos collares para el cuello, y también con oro hacen unos bonetes con los que les cubren la cabeza, en castigo de su delito.

Así, por todos los medios, procuran envilecer e infamar la estimación del oro y de la plata. Con lo que sucede que estos metales tan codiciados en las otras naciones, son tan despreciados en Utopía que aún perdiendo todo el oro y la plata que tienen, les parece que no han perdido nada.

En sus orillas se crían perlas, y en algunas rocas diamantes y carbunclos. Aunque no los buscan, si se los encuentran, no los desprecian y los trabajan. Con ellos engalanan a los niños, que en sus primeros años están muy contentos con tales galas. Pero cuando se van haciendo mayores, y se dan cuenta de que tales juguetes no son más que para niños, sin que sus padres se den cuenta, corridos y avergonzados, los dejan de lado, de la misma manera que entre nosotros se dejan los aros y las muñecas,

Yo mismo no podía entender claramente cómo podía ser que estos sentimientos tan contrarios a los que todas las demás gentes, estuvieran allí tan generalizados, hasta que presencié la llegada de los Embajadores de los Anemolios.

Llegaron éstos a Amauroto estando yo allí, y en razón de que venían a tratar asuntos de gran importancia, habían venido también para recibirles tres Delegados de cada Ciudad de la Isla. Los demás Embajadores de los países vecinos, conocedores de las costumbres de Utopía y sabiendo que no tenían ninguna estima por los trajes suntuosos y que menospreciaban las sedas y joyas, y que más bien las tenían por afrenta, acostumbrando a presentarse siempre con un traje modesto.

Pero Anemolio es un país lejano que tenía poca comunicación con Utopía, y aunque habían oído decir que todos usaban trajes toscos y sencillos, no creyendo que lo hacían por razones superiores, sino por necesidad, con más arrogancia que buen sentido tomaron la resolución de presentarse deslumbrantes de esplendor y de majestad, con gran aparato en el vestir y en el adorno.

Se presentaron tres Embajadores con un centenar de acompañantes, todos vestidos de diferentes colores, los más de ellos de seda. Los mismos Embajadores, por ser de los más nobles en su tierra, iban recamados de oro, adornados con cadenas y sortijas de gran precio, con cintillas de inestimable valor con muchas piedras preciosas guarnecidas de perlas. Todo con aderezos de oro labrado, que es lo que en Utopía sirve de castigo a los malhechores o de juguete a los niños más pequeños.

Era impresionante observar el engreimiento de los embajadores cuando cotejaban sus atavíos con la sencillez de los habitantes de Utopía, que hablan acudido en gran número y llenaban la plaza principal de la Ciudad. Y en otro aspecto no era menor mi impresión al observar cuán burladas se hallaban sus esperanzas, y de cuán lejos estaban de provocar la estima y la veneración que esperaban.

Verdaderamente que a los ojos de aquellos de Utopía que no había salido nunca de su país (que eran casi todos, excepto algunos que habían viajado por otros países por causa justa) aquella hermosura y esplendor aparatoso les parecía cosa afrentosa, de manera que a los criados más humildes les tomaban por los señores y les saludaban con mucha reverencia, y juzgando que los Embajadores eran esclavos por las muchas cadenas, sortijas y oro que llevaban, les dejaban pasar sin hacerles cortesía alguna.

Qué más diré, sino que pude observar que unos niños que ya habían dejado sus dijes y adornos de pedrería, al observar la cabeza de los Embajadores con sombreros y gorras llenos de joyas, decían a sus madres, dándoles con el codo:

- Madre, mira a este tonto que va cargado de perlas y joyas como si fuera un niño.

Ellas replicaban, muy serias:

- Calla, que éste debe ser uno de los bufones de los Embajadores.

Otros hacían comentarios acerca de las cadenas de oro, diciendo que no eran de ningún provecho, ya que eran tan delicadas que el esclavo podía romperlas con extrema facilidad, y tan flojas que cuando quisieran escapar podrían desprenderse de ellas y huir de la prisión.

Los Embajadores estuvieron allí dos o tres días y pudieron advertir la gran abundancia de oro que había sin estimación alguna, y que allí lo despreciaban tanto como en su país lo estimaban, notando además que en las cadenas y grillos de un solo esclavo había más oro y plata que en todo el aparato de los tres Embajadores juntos; se avergonzaron de aquel orgullo que ostentaron con tanta arrogancia, especialmente después de que trataron con más familiaridad a los de Utopía y pudieron hacerse cargo de sus instituciones, sus costumbres y su modo de vivir.

Los de Utopía se maravillaban de que un hombre cuerdo pudiera arrobarse ante el vano resplandor de, una piedrecilla, pudiendo mirar la hermosura y belleza de los Astros, y aún del mismo Sol. O de que hubiera hombres tan vanos que se figuren que son más nobles porque vistan telas más finas y lujosas, cuando la verdad es que la más fina lana tuvo su principio y se crió en la oveja.

También se maravillaban de que en todas partes se tenga tanta estimación por una cosa que es tan inútil por su naturaleza, como el oro, de tal manera que hombres sin sentido, y malvados, y necios, que porque les cupo en suerte poseer mucho oro son honrados y respetados de todos, y aún tienen a hombres sabios y honrados como a servidores suyos. Y si se presenta un revés de fortuna, resulta que aquel hombre respetado y temido queda como un esclavo; y así el valor de los hombres se mide por el oro que poseen.

Además de esto, abominan mucho más la locura, de aquéllos que a los que saben son ricos (aunque no, les deban nada ni tengan obligación ninguna con ellos) les honran tanto que falta poco para que los reverencien como a dioses. Y esto ocurre aún sabiendo que son tan egoístas y avaros que de su gran tesoro jamás se verán socorridos en lo más mínimo, aunque se hallen en la mayor necesidad.

Estos criterios los han adquirido con la educación que recibieron por haberse criado en la República de Utopía, cuyas ordenanzas son tan diferentes de las de otros países que se basan en la ignorancia y en el error.

LOS ESTUDIOS

Aunque no son muchos los que en cada ciudad se dedican únicamente al estudio libres de los demás cuidados, con todo son muchísimos los que desde sus primeros años, por su buen natural, agudeza de ingenio, y ánimo inclinado al estudio, se instruyen en las buenas letras. Y no solamente los hombres, sino también las mujeres, durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de sus labores profesionales.

Toda la enseñanza se da y se recibe en su propio idioma natural, que interpreta sus sentimientos y estados de ánimo mejor que cualquier otro.

De todos los filósofos célebres en todo el orbe conocido por nosotros no tenían noticia, ni de ninguno de ellos les había llegado la fama hasta ahora, al llegar nosotros a la Isla. A pesar de esto, en la Música, en la Dialéctica, en la Aritmética y en la Geometría están prácticos, y con una suficiencia análoga a la de nuestros mayores.

En el curso de las estrellas y movimientos de los astros son muy prácticos, y han construido instrumentos de formas diversas con los que miden con exactitud los movimientos del Sol, de la Luna, y de las Estrellas en el horizonte.

No aprecian las conjunciones y oposiciones de los astros en relación con los acontecimientos felices o adversos, ni la astrología, ni las adivinaciones, que estiman engañadoras o burladoras.

Por la experiencia de muchos siglos conocen ciertos fenómenos que con anticipación les señalan los vientos, las lluvias y sequías, y demás mudanzas del tiempo. Pero acerca de las causas y orígenes del mundo y de sus fenómenos, los hay que dan razones parecidas a las de nuestros filósofos antiguos, y lo mismo que ocurría con aquéllos, hay opiniones para todos los gustos.

En cuanto a la Filosofía Moral tratan de los. mismos temas que nosotros referentes al hombre, pero su tema primero y principal consiste en examinar la felicidad del hombre, y si ésta estriba en una sola cosa o en varias. Se inclinan más de lo justo en creer que la felicidad del vivir consiste en el deleite, y se sirven para esto de la Religión, que para ellos es grave y severa.

Sus fundamentos son que el alma es inmortal, creada por la bondad de Dios para la bienaventuranza; que existen premios para la virtud y buenas obras de los hombres, así como castigos para las maldades. Aunque esto es lo que enseña su Religión, estiman que para creerlo, o no, hay que concordarlo con la recta razón.

Si no se tienen estos principios, afirman, que no habrá nadie tan necio que no busque su placer, aunque sea por medios injustos, advirtiendo solamente que un placer menor no sea impedimento para un placer mayor, o que lo ejecute y goce con él de manera que después no tenga que arrepentirse.

El seguir las dificultades y asperezas de la juventud huyendo de lo suave de la vida, abrazando voluntariamente las molestias y pesares que lleva consigo la justicia, afirman que es una locura si no se cree en el más allá. Porque, ¿qué sentido puede tener todo esto si una vez terminada la vida no hay ninguna recompensa?

Estiman que la felicidad no está en cualquier deleite, sino en los justos y honestos. Aseguran que nuestra naturaleza se deja llevar a este mismo deleite como sumo bien, por medio de la virtud. La virtud la definen diciendo que consiste en vivir según la Ley Natural, y que para esto fuimos creados por Dios; y que este camino lo sigue aquel que para tomar o dejar las cosas se ajusta a la recta razón.

Sienten finalmente que la razón inflama a los hombres en el amor y veneración a la Divina Majestad, a la que se debe el ser que tenemos, y el que seamos capaces de la propia felicidad, y que nos alienta para que pasemos la vida alegre y sin trabajos. A este intento hemos de mostrarnos agradecidos a la naturaleza ayudando a los demás para que gocen de lo mismo.

Porque no puede haber nadie tan severo defensor de la virtud y enemigo del deleite que enseñe a sufrir los trabajos, desvelos y pobreza de tal manera que llegue a aconsejar que no conviene que se remedien las necesidades y miserias. Antes bien, todos juzgan que debe alabarse, con nombre de “Humanidad”, el que los hombres se consuelen, socorran y remedien unos a otros. ¿Quién duda de que la misma naturaleza inclina a los hombres a hacer con los demás igual que consigo mismo?

Pues si ello es así, no hemos de ser menos favorables con nosotros mismos que con los demás. Ni tampoco el querer ser bienhechor de los demás puede obligar a ser inhumano consigo mismo.

Siendo cierto que la proximidad convida a los hombres a que se ayuden unos a otros para poder gozar todos de una vida deleitosa y apacible, la misma naturaleza manda que no se atiendan tanto las propias conveniencias que se ocasione el malestar de los demás, porque en el linaje humano no hay ninguno tan superior que todo haya sido hecho para él.

Tienen por cosa muy importante no sólo que se cumplan los contratos que libremente se hacen entre particulares, sino también el cumplimiento de las leyes dictadas por un Príncipe justo, o que el pueblo no tiranizado ni engañado estableció de común consentimiento acerca de las comodidades de la vida; es decir: que todos disfruten de toda clase de beneficios y deleites. Si no se quebranta esta regla, se da por cierto que cada uno buscará su comodidad y el bien de los demás.

Pero si uno para hacer su gusto intenta privar a otro de su propio deleite, comete una verdadera injuria. Y al contrario: si uno se priva a sí mismo de algo bueno para darlo a los demás, es humanitario; y es cosa cierta que tal acción nunca priva de tanto bien como reporta, porque se compensa con el retorno de otros beneficios. Además de que el conocimiento de la buena obra, con el recuerdo de la gratitud de aquellos a los que se ha beneficiado, trae el ánimo un deleite mayor que el que habría experimentado con aquello de que se privó.

Finalmente, como la Religión enseña a los hombres que Dios premia con el gozo eterno la privación de placeres efímeros, esto les persuade en su creencia de que todas nuestras acciones, incluso las virtudes, tienden al deleite como a su último fin.

Llaman deleité al estado en que se hallan contentos con los gustos naturales, con firmeza del cuerpo y del ánimo. Con razón dan como compañero de la naturaleza al apetito; pero también la recta razón señala que debe ser sin molestia para otros, ni que sea motivo para perder un deleite superior; y que no conduzca a fatiga.

Consideran que son inútiles y nocivos para la felicidad aquellas cosas que los hombres tienen por agradables, pero que son contrarias al orden natural. Estos falsos deleites se van apoderando de la mente humana y la incapacitan para gozar de los deleites verdaderos. Así ocurre con los que se dejan llevar de la codicia, que por su propia naturaleza no es cosa suave y deleitosa, sino que origina amargura y pesar, y con todo, sus perversos atractivos seducen de tal manera que no solamente se ponen los motivos de deleite en la codicia, sino que se considera como el principal atractivo de la vida.

También tienen por personas que buscan falsos deleites a aquellas a que antes me referí, que creen que ir mejor vestidos que los demás les hace mejores que ellos, y en una sola cosa cometen dos yerros: el primero es que se engañan a sí mismos pensando que sus vestidos son mejores, ya que ¿qué diferencia hay entre una lana tejida con fibras más finas y otra con hilos más recios? Pero ellos, como si esto aumentara el valor de su persona, se envanecen con soberbia, y están seguros de que ello les ha de granjear mayor estimación, pretendiendo exigir, como cosa justa, que se les honre con acatamientos que no se atreverían a pretender si vistieran humildemente; y si no se hace caso de ellos se indignan.

El segundo yerro que cometen es que se, jactan da cosas vanas y superfluas, con gran falta de conocimiento. ¿Qué deleite natural y verdadero puede haber en que otra persona esté con la cabeza descubierta en tu presencia, o con la rodilla hincada? ¿Acaso la incomodidad del otro remediará el frenesí de tu cabeza, o curará la enfermedad de tus ojos?

En esta aparente y falsa imagen de deleite afectado se desvanecen aquellos que se presentan así mismos como nobles y poderosos por la sola razón de ser hijos de sus padres, cuyas riquezas heredaron (ya que la nobleza no es otra cosa que virtud y riquezas envejecidas), y se figuran que no son menos nobles que el que más, aunque sus mayores no les hayan dejado un céntimo, o hayan gastado malamente lo que les dejaron.

Incluyen también en esta categoría de personas que buscan deleites engañosos a aquellos que se dejan llevar por el brillo y la hermosura de las joyas y piedras preciosas, y se consideran felices cuando adquieren una de gran valor, de las que en aquel tiempo más se usen y estimen, ya que el aprecio varía según los tiempos. Cuando compran la piedra preciosa exigen juramento del que la vende de que es buena, porque ellos no saben distinguir la verdadera de la falsa. Son como ciegos, que han de guiarse por los demás.

También aquellos que guardan riquezas amontonadas, no para aprovecharse de ellas, sino sólo por deleitarse con su contemplación. ¿No es éste un fingido y falso deleite?

A estos gustos necios y deleites tan vanos, juntan otros cuya locura conocen de oídas y no por propia experiencia, como son los juegos de azar, y la caza de cetrería y montería. ¿Que deleite y gusto tiene el arrojar los dados en un tablero? ¿O el oír ladrar a los perros? ¿Qué mayor deleite puede proporcionar el ver correr un galgo tras una liebre, que un perro tras otro perro? Si el deleite consiste en ver despedazar y matar aquel animalejo, antes debería mover a piedad la liebrecilla fugitiva, tímida e inocente, al ser atormentada por el galgo feroz y cruel.

Por todas estas consideraciones los de Utopía tienen completamente prohibida la caza, como menester propio de carniceros; profesión que han relegado a los esclavos. Cuando se caza por la necesidad de la vida humana el cazador toma gusto en la muerte de la pieza, y esto - dicen - es propio de un ánimo dispuesto a la crueldad.

Estas cosas, y otras muchas, aunque el común de los hombres las tenga por deleites, ellos, viendo que no son conformes a la naturaleza, juzgan como cosa cierta que carecen de la suavidad del verdadero deleite. Aunque reconocen que estas cosas recrean los sentidos, no quieren renunciar a su opinión, afirmando que no consiste en la naturaleza de la cosa, sino en una estragada mala costumbre que ha degenerado en vicio, lo cual hace que las cosas amargas se tengan por dulces.

Dicen que lo mismo que a ciertas mujeres embarazadas se les corrompe el gusto del paladar y saborean la pez y el sebo como si fueran más dulces que la miel, así el juicio estragado y pervertido (ya sea por enfermedad o por mala costumbre) tampoco puede mudar la naturaleza de las cosas y, por tanto, su deleite natural.

En cuanto a los deleites que tienen por sanos y verdaderos, los subdividen en diferentes especies.

Como deleite del alma ponen el entendimiento y aquella dulzura, que procede de contemplar la verdad, juntando a ello la memoria de haber vivido bien.

El deleite del cuerpo lo dividen en dos aspectos: uno que recrea lo sensible y restaura la vitalidad que hay en nosotros fomentándose con la comida y la bebida, así como en otras ocasiones expulsando aquellas cosas de cuya abundancia está lleno el cuerpo, como evacuando el estómago o en la generación, o dando satisfacción a algún prurito, en cuyos casos se goza de un deleite natural. Hay otro deleite que no responde a ningún deseo de los sentidos, sino a una fuerza oculta que produce delectación, y es la Música.

La otra especie de deleite corporal es el que consiste en la quietud y el sosiego de un cuerpo sano y normal, no interrumpida por ningún achaque. Ello por sí mismo causa gran gusto, aunque no le venga del exterior ningún deleite y suavidad. Porque aunque no se manifiesta por los sentidos, como el desordenado apetito de comer o de beber, muchos sostienen que es el mayor de los gustos.

Por todo ello, los de Utopía sostienen que este deleite, además de ser grande, es la base y el fundamento de todos los demás, sin el cual no hay deleite alguno, ya que es el que hace agradable la vida y digna de ser deseada. Aunque no haya dolor, si falta la sanidad los deleites aparentes antes se pueden tener por estupor que por solaz.

La opinión de los que decían que la salud entera y perfecta no se puede considerar como un deleite, porque no puede afirmarse que existe si no se experimenta con algún movimiento exterior, ya hace tiempo que la tienen por incierta, habiendo disputado esta cuestión muy detenidamente.

Así ahora, por el contrario, todos afirman que la salud perfecta es el principal deleite, indicando que el dolor y la enfermedad es el principal enemigo del deleite. ¿Qué gusto puede haber donde la salud falta?

Imaginan que carece de importancia el dilucidar si el dolor proviene de la enfermedad o la enfermedad del dolor; porque ya sea lo uno o lo otro, lo cierto es que lastima y atormenta, y que a quienes tienen salud cumplida no puede faltarles deleite.

Dicen que cuando nos alimentamos con la comida se restaura la sanidad, que por el hambre empezaba a debilitarse, y al recobrar el vigor habitual experimentamos, el gusto del alimento, tanto más cuanto más robusta es la salud. Por todo ello estiman que es falsa la afirmación de que la sanidad no se siente, lo cual no puede acontecer en ninguna persona que no esté privada de sentido y, por consiguiente, que esté sana

Prefieren, antes que otros, aquellos deleites del ánimo, por estimarlos los principales, ya que se derivan de la virtud y de la buena conciencia, y hacen que la sanidad se tenga por el máximo solaz, que aventaja a los mayores deleites.

No quieren que se desee el manjar ni la bebida ni otros apetitos semejantes, sino para conservar la salud, ya que por sí mismas tales cosas solamente son agradables en cuanto ayudan a sostener, la vida. El que es prudente trata de conservar la salud más que de apetecer la medicina, y apartar los sufrimientos antes que buscar los deleites. Las medicinas y las distracciones sólo se justifican para conseguir el alivio de los males.

Si alguno con el deleite de las medicinas y de las distracciones se tiene por bienaventurado, tendrá que confesar que será tanto más feliz cuanto más perseguido se vea por el hambre, la sed y los pruritos, y ¿quien no ve que esto es miserable y asqueroso?

Estos son en verdad deleites ínfimos y bajos, pues no se refieren a sí mismos, sino que aparecen con la presencia de los dolores contrarios. El placer de la comida siempre va acompañado del hambre, aunque no con igualdad, ya que cuanto mayor es el hambre tanto más dura el dolor, aun antes del deleite, y no se acaba sino juntamente con él.

Por ello son de opinión de que tales deleites no se deben estimar sino cuando la necesidad los pide. Con todo, tienen gusto en ello y reconocen con gratitud que es un regalo de la naturaleza, la cual atrae con suavidad a los efectos de aquello que se hace a causa de la necesidad; ya que si los males de la sed, el hambre y demás que nos afligen, se tuvieran que remediar con purgas y con medicamentos amargos y desabridos… ¡con qué malestar y congoja se viviría!

De buen grado consideran como excelentes ciertos dones de la naturaleza, como son la hermosura, las fuerzas, la destreza… Y asimismo aprecian y buscan otros solaces que por medio de los sentidos pasan al ánimo, y que son propios del hombre, ya que ningún animal goza con la belleza del mundo, ni aprecia los dolores sino únicamente lo necesario para discernir su alimento, ni se deleite con las modulaciones del sonido.

En todas las cosas buscan la medida, para que un deleite menor no impida otro mayor, o que del deleite no provenga dolor, lo cual ocurre siempre que el deleite no es honesto. Pero el no hacer aprecio de la belleza, o descuidar las fuerzas, o derivar la habilidad en torpeza, o extenuar el cuerpo con ayunos, y cosas por el estilo, lo reputan (a no ser que se trate de salvar la República), como una, ceguera, y como algo que nace de un ánimo cruel e ingrato a la naturaleza, de la que rehusa los beneficios como si tuviera menos el serle deudor. Y de una manera especial si se hacen estas cosas por una vana sombra de virtud, o para estar preparados para una posible adversidad, que tal vez no llegara nunca.

Tales son sus opiniones acerca del deleite virtuoso, y están seguros de que la razón humana no podrá discurrir nada que sea más verdadero, a no ser que aparezca una Religión milagrosamente revelada por el Cielo que inspire a los hombres una cosa más santa. En cuanto a sí sus sentimientos son ajustados a la razón, o no, hemos de dilucidarlo nosotros, que únicamente nos hemos propuesto explicar su género de vida, pero no defenderlo. Sea ello como fuere, yo estoy persuadido de que en ninguna parte del mundo existe ningún pueblo que sea más floreciente ni más feliz.

CUALIDADES Y CULTURA

Su complexión y disposición corporal es ágil y robusta, con fuerzas proporcionadas a su estatura, que no es de pequeña talla.

Aunque el terreno es bastante árido y el ambiente no es muy sano, con la moderación de su vivir se conservan sanos, y con su trabajo vencen la esterilidad de la tierra, de manera que en ningún lugar habrá más copiosos frutos, ni animales domésticos mejor alimentados, ni los cuerpos humanos más vivaces y activos, y menos sujetos a achaques.

Ello es de tal manera, que no solamente los cultivos habituales de los labradores se ven cuidadosamente administrados, como es el mejorar las deficiencias del terreno con ciencia, solicitud y cuidado, sino que además se ven grandes selvas arrancadas de una parte y trasplantadas a otra, en lo que no solamente miran a la producción, sino también al acarreo, para que Ja madera se halle más cerca del mar, o de los ríos, o de la misma ciudad; ya que el grano y los frutos se transportan desde lejos por caminos con mayor comodidad que las maderas.

Son benignos y apacibles, amantes de la tranquilidad; son firmes en sus trabajos, de manera particular en los estudios, con los que adornan su espíritu. Habiéndonos oído discutir de la Filosofía y demás disciplinas de los griegos antiguos, es cosa notable el señalar con cuánta afición nos instaron a que se lo expusiéramos para poderse enterar de ello.

Con este objeto empezamos por exponerles los principios fundamentales, para que no les pareciese que rehuíamos el trabajo, e esperando gran aprovechamiento del mismo. Tan pronto como empezamos nos dimos cuenta de que no sería un trabajo en vano, ya que empezaron a escribir en griego y a pronunciar las palabras con gran facilidad, recordando y repitiendo con tanta prontitud y fidelidad que estábamos maravillados.

Una gran parte de ellos no lo hicieron solamente por un impulso de su voluntad, sino que por un acuerdo del Senado se dispusieron a aprender todas estas cosas. Los estudiantes se escogieron entre los que tenían un ingenio más excelente y de sazonada edad, de manera que en menos de tres años no ignoraron nada de lo que nosotros podíamos enseñarles.

Leían sin tropiezos los buenos autores si las erratas de la imprenta no b dificultaban. Me imagino que la razón por la que captaron con más facilidad las letras griegas que las nuestras es porque aquéllas son más parecidas a las suyas; yo supongo que este pueblo debe tener su origen en los griegos; ya que en su lenguaje hay muchas palabras griegas, sobre yodo en las que designan a los Magistrados y a los nombres de las Ciudades, aunque en lo demás hay una grande influencia persa.

Pude procurarles la mayor parte de las obras de Platón y muchas de Aristóteles; también las obras de Teofrasto sobre las plantas, aunque a este tratado le faltaban bastantes hojas, que bien lo sentí. Ocurrió que en la nave embarqué unos fardos de libros, y un mono amaestrado que iba a bordo cogió el libro de Teofrasto que yo había dejado descuidado, y empezó a jugar con él arrancándole hojas.

De los que escribieron Gramática sólo tienen a Constantino Lascan. No llevé conmigo ningún Diccionario, excepto el de Hesichio y Dioscórides. Tuvieron en mucha estima las obras de Plutarco, y celebraron en gran manera los donaires y gracias de Luciano. De los poetas estimaron Aristófanes, Homero y Eurípides. De los historiadores eligieron a Tucídides, Herodoto y Erodiano. En cuanto a Medicina, mi compañero Tricio Apinato llevaba consigo algunas obras de Hipócrates y el Epílogo de Galeno; de ellas hicieron un gran aprecio. Aunque no hay gente en el mundo que necesite menos que ellos del arte médico, lo tienen en verdadera veneración, ya que lo cuentan entre las partes más hermosas y útiles de la Ciencia, ya que con su ayuda penetran las cosas más íntimas y secretas.

En el conocimiento de todas estas cosas no solamente sacan un gran deleite, sino que además encuentran en ello motivo de gratitud al Sumo Hacedor de todo lo creado, al cual consideran como Supremo Artífice que nos dejó esta máquina del mundo para que el hombre la contemplara, ya que es el único ser creado que es capaz de este conocimiento. Están convencidos de que el Señor ama más a los que andan curiosos y solícitos tras estos conocimientos de sus obras, que los impulsan a admirarle más, que a aquellos otros que semejante a animales sin entendimiento ni conocimiento, desprecian tan grande y admirable espectáculo.

El talento de los de Utopía ejercitado en el estudio tiene gran facilidad para inventar artificios útiles para la comodidad de la vida; pero dos de ellos los deben a nuestra presencia allí, que fueron la imprenta y el papel.

Aunque a decir verdad se lo deben en gran parte a ellos mismos, ya que mostrándoles libros impresos por mi compañero Aldo Manucio, al hablarles de ello, más que explicándoles la manera de trabajar la pasta y formar el papel, así como el arte de imprimir (ya que entre nosotros no había ninguno que conociera completamente estas técnicas), ellos mismos, con gran brevedad y prontitud, lo conjeturaron todo, siendo así que antes solamente, escribían en un pergamino al que llamaban papiro.

Intentaron y consiguieron fabricar papel e imprimir letras en él. Es natural que los primeros intentos no salieron con primor, pero repitiendo los ensayos muchas veces, en poco tiempo consiguieron lo uno y lo otro, y con tan gran aprovechamiento que si hubieran tenido más originales de los griegos no les faltarían copias. Ahora no tienen más obras que las que he referido y todas las han impreso en ediciones muy extensas.

A cualquiera que sea persona culta y que haya viajado, si llega a la Isla de Utopía para conocer su modo de vida y sus instituciones, le acogen con benignidad, pues oyen con gusto lo que pasa en naciones lejanas.

A este país van con poca frecuencia los comerciantes, ya que solamente les interesa (a los de Utopía) el hierro y aquello que los comerciantes buscan con más empeño llevarse, que es el oro y la plata. Aparte de que ellos estiman que es mejor que sean ellos mismos los que vayan a comprar y a vender sus cosas al extranjero que esperar que otros vengan. Con lo cual adquieren mayor conocimiento de otros países y se perfeccionan en el arte de la navegación.

LOS ESCLAVOS

No tienen por esclavos a los que hacen prisioneros en la guerra, ni siquiera a aquellos que les atacaron injustamente, ni a los hijos de los esclavos, ni a ningunos otros que estén en servidumbre en otras naciones, aunque los pueden comprar.

Unicamente tienen como esclavos a aquellos que por algún delito han incurrido en la pena de esclavitud, ya sean naturales de Utopía, ya sean extranjeros, lo cual ocurre frecuentemente.

Les hacen trabajar duramente, y los tienen en prisiones, con trato riguroso, juzgando que son incorregibles y merecedores de más graves castigos ya, que habiendo sido educados tan cuidadosamente en la virtud, no se han podido abstener del vicio. También existe, allí otra clase de servidumbre, integrada por algunos extranjeros acostumbrados al trabajo, sin recursos y de baja condición, que se ofrecen para servirles. A estos les tratan benignamente, y les tienen por poco menos que como ciudadanos, aunque les dan trabajos más pesados. Si alguno quiere despedirse (lo que ocurre raras veces) no lo retienen contra su voluntad ni lo despiden sin galardón.

LOS ENFERMOS

A los enfermos los asisten con grandes atenciones y cuidados, no dejando de emplear ningún medicamento ni ningún régimen que sea útil para restituirle la salud que le falta. Si alguno padece enfermedad crónica, le hacen compañía, entreteniéndole con la conversación y prodigándole toda clase de cuidados para aliviarle.

Si la enfermedad es incurable, con, grandes y constantes dolores, los Sacerdotes y el Magistrado le visitan y confortan, tratando de persuadirle de que hallándose inepto para los actos de la vida, molesto a los demás y pesado a sí mismo, que no se rebele contra su pronto fin queriendo alimentar la maligna enfermedad. Que siendo su vida un tormento, no dude en morir, antes bien lo desee con la confianza de tan miserable estado, ya sea quitándose él mismo la vida o pidiendo que se la quiten, ya que al morir no dejará comodidades, sino la peor miseria.

Además de esto (siguiendo el consejo de los Sacerdotes, intérpretes de la voluntad de Dios) los que se dejen persuadir realizarán una obra santa y pía dejándose morir de inanición, o pidiendo que les quiten la vida mientras duermen. A nadie hacen morir contra su voluntad, ni les disminuyen los cuidados durante la enfermedad mortal, persuadidos de que ejecutan una ocupación muy virtuosa. Pero si alguno se mata sin el consentimiento de los Sacerdotes y del Magistrado, no le dan sepultura y arrojan su cuerpo a una laguna.

EL MATRIMONIO

Las mujeres no se casan hasta los doce años, y los hombres hasta los dieciséis.

Si antes del matrimonio son sorprendidos en actos de deshonestidad son castigados gravemente y privados perpetuamente del matrimonio; a no ser que el Príncipe, movido de piedad, les perdone el yerro con un fuerte castigo, previendo que pocos se casarían voluntariamente con la obligación de cohabitar con una sola mujer y tolerar las molestias del matrimonio, si se les consintiera (aunque fuera una sola vez) el comunicarse con ésta o con aquélla.

En la elección conyugal emplean un sistema que me pareció muy chocante, pero que ellos lo tienen por muy prudente. Una mujer mayor y de buena fama manifiesta a la doncella (o viuda) al futuro esposo completamente desnuda, y lo mismo hace un grave varón con el novio ante la novia.

Al criticarles yo esta costumbre por parecerme impropia, me respondieron que ellos se maravillaban de la locura de la gente que cuando compran un caballo, que al fin y al cabo es cosa de poco precio, van con tanto cuidado que lo quieren ver sin la silla de montar, para cerciorarse de que debajo de ella no existe ninguna matadura; y cuando eligen esposa que puede dar solaz o fastidio durante toda la vida, son tan negligentes que se contentan con verla toda cubierta y envuelta, sin conocer más que su rostro, en el que todavía podría esconder algún defecto que después le descontentaría de haberla elegido.

No todos son tan prudentes que atienden principalmente a las costumbres, sino que aun entre los matrimonios más instituidos y cultos los atractivos del cuerpo hacen más gratos los del ánimo. No hay duda de que existen imperfecciones que pueden esconderse debajo del vestido, y que pueden motivar que la mujer resulte odiosa al marido. Esto debe prevenirse por las leyes para que no haya lugar a engaño, ya que ellos entre las demás naciones hacen al matrimonio indisoluble, y no admiten el divorcio más que en caso de adulterio o por alguna otra intolerable molestia, o defecto. En tal caso, el Senado concede al inocente el derecho a volverse a casar, y el culpable queda infamado y privado del matrimonio por toda la vida.

No quieren que la mujer que no ha delinquido sea repudiada contra su voluntad, aunque cayese en alguna calamidad accidental del cuerpo, por parecerles crueldad que se abandone a la persona cuando necesita consuelo, y porque la vejez, que lleva achaques consigo, sería desdeñada del consorte.

Algunas veces sucede que cada consorte encuentra con quien vivir más suavemente, y entonces pueden los dos separarse y contraer nuevo matrimonio con permiso del Senado, que no admite el divorcio si primero no se conocen sus causas. A esto se accede con dificultad, para que nadie espera poder mudar de matrimonio fácilmente.

Castigan a los adúlteros con durísima esclavitud, y si ambos lo son, se les concede que se casen. Pero si el cónyuge ofendido ama tanto al ofensor que no quiere hacer divorcio, no le impiden que continúe en el matrimonio y comparta la esclavitud del condenado. Y muchas veces ha sucedido que el solicito sufrimiento del inocente ha obtenido la libertad del culpado. Pero si después de este perdón vuelve a reincidir en adulterio, es condenado a la pena capital.

PENAS Y CASTIGOS

A las otras culpas no les tienen señalados castigos, sino que según sea el delito se le impone la pena más o menos grave, a criterio del Senado.

Los maridos castigan a las mujeres y los padres a los hijos, a no ser que cometan un grave delito que deba castigarse públicamente.

Casi todos los delitos son castigados con servidumbre, lo cual es más proporcionado a la maldad y a la administración de la República que el quitarles la vida, ya que ayudan más con el trabajo que con la muerte, y con su ejemplo constante aperciben a los otros a guardarse de semejantes culpas. Pero si reducidos a esclavitud son inobedientes y perversos, como a bestias indómitas los matan.

Los que son sufridos no están fuera de esperanza si tolerando el trabajo y las fatigas manifiestan que les desagrada más el pecado que el arrepentimiento, les suelen liberar de la servidumbre, por autoridad del Príncipe o favor del Pueblo.

No castigan menos al que ha provocado a alguna persona a lujuria que si hubiese cometido d delito, pareciéndoles que la voluntad determinada a pecar, aunque no se lleva a efecto, es merecedora del mismo castigo.

Se divierten con los “bobos”, pero a nadie le es lícito causarles daños o injuria. No se dan cargos a los que no gustan de sus chirigotas, temiendo que después los tratarían mal. No se permite escarnecer a los simples de espíritu, o a los bobos, por no parecerles puesto en razón la burla o la mofa de tales deficiencias que ciertos hombres padecen sin culpa suya.

Así corno tienen por negligencia y dejadez el no conservar la hermosura natural, igualmente condenan a quienes con afeites y aderezos procuran exageradamente el aumentarla. Tienen por cierto que la mujer es más grata al marido por la bondad de sus costumbres que por ninguna aparente belleza corporal.

No solamente se apartan de las maldades por temor al castigo, sino que son incitados a la virtud por lo egregio de los honores. En las plazas levantan estatuas a los ilustres varones que realizaron empresas provechosas para la República, para que se conserve la memoria de las obras insignes, y las nuevas generaciones se sientan exhortadas a la virtud.

Si alguno pone de manifiesto que desea algún cargo de mando, o de Magistrado, basta esto para que quede del todo privado de él.

Viven en unidad y amigablemente, porque los Magistrados no son engreídos. Se hacen llamar padres, y se portan como tales, por lo que el pueblo los respeta con agrado.

El Príncipe no se diferencia de los demás con diadema o corona; el único distintivo es que llevan delante de él un manojo de espigas. Al Pontífice lo acompañan con una antorcha.

- Tienen pocas leyes, y. abominan a los pueblos que llenan volúmenes y volúmenes con glosas, reglamentaciones, órdenes y disposiciones. Consideran como una iniquidad el obligar a los hombres con tantas leyes que no se pueden siquiera leer todas, y tan complicadas que no son inteligibles.

No admiten que haya abogados, porque quieren que ante los Tribunales cada parte exponga su razón, ya que de esta manera se habla menos y se llega mejor a la verdad cuando se expone sin exuberancia de palabras.

Los jueces despachan las causas con solicitud, y favorecen sistemáticamente a la gente sencilla contra los astutos y malignos.

Así ocurre que en Utopía todos son jurisconsultos, porque tienen pocas leyes, y todos están pendientes de la interpretación más sincera que se les pueda dar, ya que las deducciones sutiles no pueden ser entendidas por todos, lo cual sería contra la aplicación de las leyes, que se dictan para que a todos sean manifiestas.

Los pueblos vecinos que viven libremente (porque muchos han sufrido la tiranía), movidos por el ejemplo de Utopía, les piden Magistrados por un año, pero suelen estar cinco. Cuando han cumplido su cometido regresan honrosamente a sus casas, y vuelven otros. Con ello estos pueblos mantienen de una manera excelente la salud de su República, ya que el bienestar o la ruina de las naciones dependen en gran manera de las costumbres de los Magistrados. La elección de estos enviados es cuidadisima, y no se doblegan ante ningún interés. Además, como han de volver a la Patria, y no conocen a los que gobiernan, no es fácil que se les persuada para que actúen contra razón, o para que cometan injusticias. Cuando estos dos males: la pasión y la injusticia, se apoderan de los jueces, pervierten la autoridad y debilitan todos los órganos de la República.

Utopía tiene por aliados a aquellos pueblos a los que envía Magistrados, y por amigos a los que han hecho beneficios. No se unen en confederaciones y alianzas, como hacen otras naciones, que tan aficionadas son a pactarías y a renovarlas. ¿Por qué hemos de confederamos - dicen -, si basta la común naturaleza humana para conciliar a los hombres entre sí? Y si esto no basta, ¿podrán prevalecer las palabras? Aparte de que los tratados de paz y los convenios se observan poco fielmente entre los Príncipes de aquellos países.

En Europa, debido principalmente a la fe en Cristo, las alianzas se guardan inviolablemente, en parte por la rectitud y bondad de los Príncipes, y en parte por la reverencia y el temor a los Sumos Pontífices, ya que si se comete algún desmán que contravenga la Religión, ordenan a los otros Príncipes que mantengan su palabra y con la severidad de las censuras obligan á los contumaces a guardar la fe, teniendo como a vituperable desprecio el que no se observe la fe en las alianzas de los que a sí mismos se denominan fieles.

Pero en aquellos países tan distantes del nuestro, como distintos en las costumbres, como no pueden hacer las alianzas con tantas ceremonias y sacramentos, siempre se halla alguna ambigüedad en las palabras que las expone al artificio y a la interpretación, y por esta causa cualquier alianza que se haga siempre corre el riesgo de romperse al menor pretexto.

Yo estoy convencido de que los de Utopía no hacen confederaciones, no porque los Príncipes de aquellos países sean poco observantes de la palabra dada, sino por creer que aunque los tratados fuesen observados con toda puntualidad, no conviene hacerlos porque tales confederaciones convertirían en enemigos a pueblos limítrofes. Creen que no se debe tener por enemigo más que a aquellos de los que se ha recibido agravio; y que vale más la unión natural ante la injuria que las confederaciones, ya que los hombres se unen con más decisión y firmeza cuando los ánimos están dispuestos que a. base de palabras y de alianzas.

LA MILICIA

Abominan en gran manera la guerra como cosa bestial, ya que ni las fieras más fieras la hacen tanto como el hombre. Por ello, y al revés de lo que ocurre en todas partes, nada tienen por tan infame como la gloria adquirida por las guerras.

A pesar de dio, de ordinario se ejercitan en la disciplina militar en días y lugares señalados para este objeto, no sólo los hombres, sino también las mujeres, para que si se presenta la necesidad no les halle sin preparación.

Nunca emprenden la guerra inconsideradamente, sino sólo para defender sus fronteras o para ahuyentar a los enemigos de sus territorios, o para liberar de la servidumbre a algún país amigo y ponerles en libertad, haciendo esto movidos por la compasión, sin otro fin que la fidelidad a su sentido humanitario.

Aunque por agradecimiento socorren a sus amigos, no siempre se trata de guerras defensivas, sino que algunas veces quieren satisfacer y vengar injurias. Para que esto ocurra, antes de llegar a las armas se ha de proponer satisfacción, y si no la dan, hacen la guerra a los autores del agravio.

No solamente se deciden a hacer la guerra a los que invaden su territorio y saquean el país, sino también, y con más furor, cuando países ávidos y con pretexto de leyes injustas, quieren someter a otras naciones para despojarlas y reducirlas a servidumbre, con pretexto de que hacen una obra justa.

No tuvo otro origen y principio la guerra que los de Utopía hicieran contra los Alaopolitas en favor de los Neofologetas, poco antes de estar nosotros allí.

Deshacen valerosamente los agravios hechos a sus amigos, quizá más que por vengar los propios, aunque sea en materia de dinero. La razón es que si los pueblos amigos quedan despojados de sus bienes, los particulares quedan arruinados; pero las pérdidas de Utopía son d oro y la plata del común, con lo que no les falta nada de lo que tienen en abundancia en sus casas.

Parece que se avergüenzan cuando alcanzan victorias sangrientas, como si hubiesen pagado un precio exagerado, y tienen por mucho más glorioso el vencer al enemigo con ardides, artes o engaños. En tales casos hacen grandes demostraciones de triunfo y alegría.

Levantan monumentos a los que así vencen, porque consideran como mayor valor el vencer la fuerza del enemigo con el propio ingenio. Así como el hombre vence a los animales feroces no por la fuerza sino por ardides.

Como ejemplo de esto, cuando se ha declarado una guerra, mandan secretamente que se fijen en país enemigo muchos carteles autorizados con sus firmas, todos a un tiempo y en lugares públicos y destacados, por los cuales se ofrecen grandes sumas a quien dé muerte al Príncipe contrario. También ofrecen premios menores, aunque importantes, por las cabezas de los consejeros y jefes que fueron los promotores de la guerra. Los premios se ofrecen doblados si en vez de darles muerte los entregan vivos. Ofrecen una buena recompensa y su amistad a los que deserten y se pasen a su bando. De esta manera en poco tiempo todos se tienen por sospechosos y nadie se fía ni de sí mismo. Muchas veces ha sucedido que buena parte de ellos, y aun el mismo Príncipe, han sido entregados por aquellos de quienes más se fiaban.

Esta costumbre de sobornar y comprar a los enemigos la tienen por innoble otras naciones; pero los de Utopía se jactan y se honran con ella, ya que de esta manera hacen la guerra sin hacerla, evitando muchas muertes y ruinas, tanto de los suyos como de los enemigos, de los que tienen tanta conmiseración como de sí mismos, sabiendo que no van a la guerra espontáneamente, sino forzados por la soberbia de sus Príncipes.

Si esto no les sale bien, buscan la discordia fomentando la ambición de algún hermano del Príncipe enemigo, o de algún otro poderoso, dándoles esperanzas de reinar. Si falla esto en el interior; estimulan a otros Príncipes extranjeros, refrescándoles antiguas pretensiones que nunca faltan entre reyes, y les ofrecen socorros, dándoles grandes sumas de dinero, pero no soldados, ya que consideran de más valor a cualquiera de los suyos que al principal Príncipe extranjero.

En tales circunstancias no son escasos en distribuir el oro y la plata que atesoraron con este fin, ya que no habrá de hacerles falta para sustentar su vida, aunque lo dieran todo. Además del oro y la plata que tienen en sus casas, disponen de sumas enormes depositadas en otros países en pago de las grandes ventas de productos de Utopía, como ya indiqué antes. De esta manera pueden pagar soldados mercenarios, procedentes de todas partes, principalmente los Zapoletas.

Este pueblo dista de la Isla de Utopía unas 50 millas hacia el Oriente. Son gente hercúlea, rústica y feroz. Habitan en las selvas, habituados al frío, al calor y a toda clase de inclemencias, desconociendo totalmente la vida regalada, pues no se aplican a le agricultura ni hacen caso de los edificios, ni se cuidan de tejer; todo su cuidado lo ponen en criar ganado, viviendo además de esto de la caza y del robo. Parece que nacieron sólo para la guerra, cuyas ocasiones buscan ávidamente, ofreciéndose como soldados en cuanto tienen noticia de alguna. Pelean valerosamente y con gran fidelidad hacia quien les paga. Raras son las guerras en las que no hay soldados de estos en los dos bandos, acometiéndose como enemigos; olvidando que son de un mismo linaje se matan unos a otros sin haber sido provocados, sino por la única razón de ser mercenarios de diversos Príncipes. Les pagan poca soldada, y son tan codiciosos que si al terminar su contrato los de la parte contraria les ofrecen algo más, se pasan a ellos sin ningún miramiento. Así, aquellos dineros que adquieren con su sangre les son de muy poco provecho, ya que pronto los gastan pródigamente, dándose a los desórdenes y a los vicios.

Estos guerreros acuden ávidamente a Utopía contra cualquier otro país, ya que les dan mejor paga que en parte alguna. Por su parte, los de Utopía buscan a los mejores como amigos para todas las tareas humanitarias, y a los peores para una cosa tan criminal como es la guerra. No consideran como una pérdida el que mueran muchos de éstos, pensando que la humanidad habría de agradecérselo si fuesen poderosos para limpiar el mundo de aquella hez.

Además de éstos, se ayudan de aquellos países en cuya defensa los de Utopía tomaron las armas en ocasiones anteriores; y después de éstos, de los auxilios que otros amigos quieran mandarles. En último lugar convocan a sus ciudadanos, y entre ellos eligen al más experimentado y le nombran Capitán General, encargándole de la dirección de todo el ejército. A éste se le designan dos sustitutos, que mientras él vive actúan como soldados particulares, pero si le cautivan o le matan (lo que puede ocurrir por la variedad de acontecimientos de una guerra), uno de los dos le sucede, como en una herencia, y después de éste el tercero, para que no se amotine el ejército por falta de caudillo.

En todas las ciudades se alistan soldados voluntarios, y a ninguno se le hace ir a la guerra contra su voluntad, por estar seguros de que el hombre cobarde, además de no portarse valerosamente, desmoralizará a los que están con él. En caso de invasión del territorio tienen que luchar todos, y a estos cobardes les embarcan en las naves encuadrados con otros mejores, o les ponen en las murallas, en puntos donde no puedan huir; de esta manera por vergüenza ante los suyos y por tener el enemigo a la vista sin esperanza de poder escapar, muchas veces la necesidad extrema se convierte en virtud.

De la misma manera que a nadie se hace ir a la guerra contra su voluntad, tampoco se prohibe que vayan a día las mujeres que voluntariamente se presentan, y sirven de gran estímulo a sus maridos, padres o hermanos, porque tienen por gran afrenta que el marido vuelva sin, la mujer, o ésta sin el marido, o el hijo, o el hermano; y de dio se deriva que en las batallas dudosas, si pueden, perseveran todos hasta la muerte.

Precisamente porque no quieren ir a la guerra y, tratan de cumplir sus obligaciones con gente forastera pagada a su costa, cuando el ir a ella es inevitable y no hay más remedio que acudir personalmente a la batalla, aquello que prudentemente querían evitar les parece que es lo más lícito y lo emprenden intrépidamente. No Son feroces al principio; pero poco a poco se van embraveciendo con firmeza de ánimo, con tal tesón y coraje que antes perderán la vida que retirarse de la pelea.

La destreza de la disciplina militar a que se sometieron todos en tiempos de paz, les hace tener confianza en sí mismos. Finalmente, la buena opinión que tienen de la vida y de las instituciones de su República, comparadas con las de otros pueblos, les aumenta el brío y la decisión. Todo lo cual hace que no tengan por tan poco valor su vida que la expongan neciamente, ni tan neciamente la amen que cuando la honra pide que la expongan, traten de conservarla neciamente.

Fortifican con gran cuidado los lugares donde están, haciendo trincheras altas y hondas, parapetándose con la tierra que sacan de ella, no dejando este trabajo para los gastadores, sino que lo hacen los mismos soldados y todo el ejército, excepto aquellos que hacen guardia para evitar las sorpresas. De esta manera, al trabajar tantos con tanta decisión terminan en poco tiempo sus fortificaciones.

Utilizan armas muy firmes para parar los golpes de los contrarios, y no les estorban para cualquier movimiento, de manera que ni aún para nadar les son molestas, antes así armados acostumbran a nadar y. éste es uno de los primeros ejercicios que hacen en su instrucción militar. Para la lucha a distancia sus, armas ofensivas son las saetas, que manejan con gran valentía y destreza, no sólo la infantería sino también la caballería. Para la pelea cuerpo a cuerpo no usan espadas, sino unas hachas que cortan y punzan durisimamente, y cuyos golpes son mortales a causa de la agudeza de sus filos y de los grandes arcos que describen con ellas.

Inventan toda clase de máquinas de guerra y las encubren con el mayor secreto para que el enemigo no las conozca ni las entienda antes de que llegue la ocasión de emplearlas, ya que de lo contrario servirían más de burla que de provecho. Atienden en su construcción a que sean fáciles de mover y acomodadas a la necesidad.

Cuando conciertan treguas con el enemigo, las guardan inviolablemente, de tal manera que ni aún siendo provocados las quebrantan.

No saquean ni talan la tierra del enemigo, ni ponen fuego a los sembrados, antes procuran con todo cuidado posible que no se estropeen con el paso de los soldados y de los caballos, pensando que habrá de servir para su propio provecho. A nadie que este desarmado le maltratan, a no ser que se trate de un espía.

Las ciudades que se les rinden las amparan, y no saquean las que conquistan, excepto las casas de los que estorbaron la rendición, a cuyos dueños les quitan la vida y a los que la defendieron los hacen esclavos; pero a la muchedumbre no le hacen ningún dañó. A los que aconsejaron la rendición les dan parte de los bienes de los condenados y el resto lo dan a los soldados forasteros que luchan con ellos, ya que ninguno de los de Utopía tiene parte en la presa ni en el botín.Al terminar la guerra no cobran los gastos a los amigos que ayudaron, sino que los cobran a los vencidos, parte en moneda (que guardan para otras ocasiones de guerra) y parte en heredades, cuyas rentas dedican al mismo fin. Al presente tienen bienes de esta clase entre muchas naciones, y han crecido de tal manera que las rentas son cuantiosísimas.

Si algún Príncipe, tomando las armas contra ellos, intentan entrar en su Isla, le salen al encuentro y le rechazan rápidamente fuera de sus tierras con grandes fuerzas. En ningún caso se han visto tan apurados que hayan tenido necesidad de que acudiera socorro alguno de sus amigos a su Isla.

LA RELIGION

Hay varias religiones en Utopía, no sólo en la Isla, sino también en cada Ciudad. Unos adoran el Sol, otros la Luna, otros alguna de las Estrellas; y aun algunos veneran por Sumo Dios a algún hombre de una gran virtud que existió en tiempos pasados.

Pero la mayor parte, que son los más instruidos, no reverencian ninguna de estas cosas, sino que creen que hay una divinidad oculta, eterna, inmensa e inexplicable, la cual interviene en este mundo más por afectó que por poder. A este Dios le llaman Padre, ya que en él reconocen el principio, el aumento, la mudanza y el fin de todas las cosas, y solamente a él rinden honores divinos.

Todos los demás, aunque adoren diferentes cosas, están conformes en que hay un Sumo Dios que lo ha creado todo y que con su providencia lo conserva; en su lengua le llaman Mitra.

Disienten unos de otros en que unos afirman que este Sumo Dios tiene su ser de una manera y otros de otra. Poco a poco, afirmando que este Ser Supremo a quien reverencian como Dios tiene el gobierno de todo, se apartan de las diversas supersticiones y se adhieren a aquella religión que más se conviene con la razón y con su género de vida. No cabe duda de que todos estarían ya en dicha religión, pero ocurre que cualquier desgracia que les sobrevenga al mudar de religión la toman como un castigo del cielo, y que la divinidad que intentaban abandonar se venga de su impiedad.

Pero cuando yo les prediqué el Nombre de Cristo, su doctrina y sus milagros, la constancia de tantos mártires que espontáneamente derramaron su sangre, y de cómo tantas naciones se han convertido, milagrosamente se inclinaron a ella, ya fuese por divina inspiración o porque les pareciera que este camino era semejante a sus creencias. Sea como sea, el caso es que muchos abrazaron la fe cristiana y recibieron las aguas del Altísimo, no pudiendo hacer otra cosa porque de los cuatro que allí estábamos ninguno era sacerdote.

Desean recibir los Sacramentos cristianos de que les di noticia, pero ya saben que únicamente los pueden administrar los Sacerdotes. Tuvieron discusiones entre ellos sobre si les era lícito nombrar Sacerdote a uno de ellos sin mandato del Sumo Pontífice, pero cuando yo salí de su tierra no habían decidido nada.

Los que no han admitido la religión cristiana no persiguen a los que se han convertido. Pero un recién bautizado se inflamó en su ardor, y aunque yo le amonestaba a que se callase, no se limitaba a exponer con entusiasmo su fe cristiana, sino que condenaba a las demás, llamando impíos a los que no querían adorar a la Santísima Trinidad, amenazándoles con el fuego eterno. Este tal fue preso, no tanto como violador de la religión del país, sino por ser causa de tumultos y de alborotar al pueblo, ya que la norma común es que cada uno profese con toda libertad la religión de su agrado.

Se cuenta en la Historia de Utopía que los primeros pobladores de aquel país combatieron entre ellos a causa de las diversas religiones que profesaban, con grandes males para todos, y finalmente habían decidido en sus leyes que cada cual pudiese profesar la religión que más concordara Con sus sentimientos, sin ser molestados por nadie Que si alguno deseaba convencer a otro lo hiciera con modestia y con razonamientos, no usando nunca de violencia ni injuria, castigándose con el destierro o con servidumbre a los contraventores

Estas leyes las hicieron no solamente por conservar la paz puesta en peligro por la desunión y el odio, sino también porque están persuadidos de que los diversos cultos son agradables a Dios y que por esto inspira a unos y a otros diferentes ritos, juzgando que no era conveniente que nadie intentara con violencias ni amenazas forzar a otro a creer aquello que uno tiene por verdadero.

Aún considerando que una de aquellas religiones fuese la verdadera, todavía les pareció que debía persuadirse a los ciudadanos con modestia, estando convencidos de que la verdad se abre paso y permanece, saliendo al fin victoriosa. Mientras que si estos asuntos se quisieran resolver con las armas podría ocurrir que unos hombres más feroces y supersticiosos oprimieran la verdadera religión, de manera semejante a como los buenos frutos vienen ahogados con las espinas y los abrojos. Por estas razones fue por lo que dejaran en libertad para que cada uno creyera lo que quisiera.

Lo único que se tenía por ilícito era el afirmar que las almas mueren con los cuerpos, o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de la providencia divina, por estimar que después de esta vida han de ser castigados los vicios y premiadas las virtudes, Los que negaban esto último eran tenidos por peores que bestias, y ni siquiera les hacían figurar entre el número de los ciudadanos, como seres que sin temor alguno al más allá no harán caso de ninguna buena ley ni sana costumbre.

A estos tales ni les conceden honores ni les dan cargo de responsabilidad, pero tampoco los castigan por considerar que no está en la propia mano el creer en la inmortalidad. Evitan el fomentar la hipocresía, ya que las amenazas conducirían a tener ocultos los propios sentimientos, fingiendo pensar como los demás. A éstos se les prohibe defender públicamente tales opiniones, particularmente ante personas poco instruidas, designando a algún Sacerdote prudente para que hable con ellos, con la esperanza de que tal absurdo tarde o temprano ha de ser vencido por la razón.

Los hay que creen en la inmortalidad de las almas de los animales, aunque con dignidad diferente de las de las personas, no estando destinadas a igual felicidad.

En tanto estiman la felicidad de las almas, que sienten pena por los que sufren, pero no por los que mueren, a no ser aquellos que de mal grado dejan esta vida, considerando esto como mal augurio, como si el alma que no espera bien alguno temiese ya el suplicio, atemorizada por la propia conciencia. Piensan que desagrada a Dios el caminar de aquel que, cuando es llamado, no corre voluntariamente, sino que se retira y rehusa. Si alguno muere en esta disposición sienten gran compasión por él y lo entierran sin pompa alguna, rogando a Dios que le perdone aquella flaqueza.

Ninguno llora a los que mueren contentos y con buena esperanza, sino que sus exequias son gozosas, encomendando sus almas a Dios. Con gran reverencia queman sus cadáveres, pero sin lamentaciones.

Colocan lápidas, donde se escriben las alabanzas del difunto, relatando su vida y alabando su muerte. Esto lo tienen Como una recompensa a la virtud y un agradable culto a los difuntos, ya que creen que los que murieron están presentes de manera in visible en tales conmemoraciones, ya que no serían felices si no pudieran estar donde les apeteciera; Y serian ingratos y desagradecidos si no quisieran estar con los amigos con los que estaban unidos por mutuo amor, ya que la caridad debe más bien aumentar en ellos que disminuir.

Creen que los muertos están presentes entre los vivos, viendo y oyendo lo que hacen y dicen, lo que les hace animosos en sus empresas al contar con tales ayudas, y sintiéndose representantes del honor de sus mayores se guardan en gran manera de todo lo que no sea honrado, ni Siquiera en secreto.

Hacen poco caso de las supersticiones adivinatorias, tan en boga en otros países. Veneran los milagros que ven sobre las fuerzas de la naturaleza, creyéndoles testimonios de la presencia divina. En las grandes calamidades organizan rogativas públicas para aplacar a Dios.

Piensan que la contemplación y el estudio de las cosas naturales, es un culto gratísimo a Dios. Los hay que movidos por sus sentimientos religiosos dejan las cosas propias, incluso la cultura y la contemplación de la naturaleza para darse totalmente a las buenas obras, tales como el asistir a los enfermos, reparar los caminos y los puentes, cortar árboles, etc., y como si fuesen esclavos se ponen voluntariamente a los trabajos más desagradable y groseros, fatigándose para que otros descansen, y no desdeñando a los que no viven como ellos.

Cuanto más éstos se portan voluntariamente como siervos, tanto más vienen a ser honrados y estimados de los otros. Los hay de dos clases: unos que viven en castidad y no comen carne, dejando de lado todo trato sexual, puesta su mirada en la vida futura viven sanos y contentos; - la otra clase de los que se dan al trabajo servir se casan para tener sucesión que sea útil a la República, y no huyen de aquellos entretenimientos que no les estorban en su servicio a los demás; comen carne por creer que este alimento les hace más fuertes y robustos para realizar sus duros trabajos.

El pueblo tiene a estos últimos por más prudentes y a los otros por más sabios.

Tienen solamente 30 Sacerdotes, de vida muy ordenada, para todas las Ciudades, según el número de sus Templos. Cuando van a la guerra no llevan consigo más que a siete de ellos, y no crean otros en su lugar hasta terminada la guerra, según el número de los que hayan muerto.

Los Sacerdotes, como los Magistrados, se eligen por el Pueblo por votos secretos, para no fomentar rivalidades. Se dedican únicamente al servicio divino y al cuidado de la Religión. Son los censores de las costumbres, y es vituperado aquel a quien ellos reprenden. Su oficio es amonestar a los delincuentes, así como el de los Magistrados es el de castigarlos. Solamente excomulgan a los obstinados, y es una gran tacha el estarlo. Si los excomulgados no se enmiendan, pasan a la jurisdicción de los Magistrados.

Estos Sacerdotes educan a la juventud especialmente en las buenas costumbres y en que tengan buenos criterios sobre todo en el deseo de ser útiles a la causa pública, para que cuando sean adultos estén dispuestos a defender la ordenación de su República, por lo cual no solamente los apartan de los vicios, sino también de las opiniones perversas.

Los Sacerdotes reciben por esposas a las mujeres más selectas del Pueblo, y nombran Sacerdotisas a las matronas, aunque solamente a las viudas, o de edad madura.

Los Sacerdotes son muy venerados, más que cualquier Magistrado. Si se hacen reos de algún delito nadie tiene autoridad para juzgarlos, sino que los dejan al juicio divino y a la propia conciencia, ya que no les parece justo que nadie ponga sus manos mortales en los que se consagran a Dios. Esta costumbre pueden observarla porque eligen como Sacerdotes a hombres de vida muy probada, con lo que es rarísimo que caigan en vicios. Y si sucede que pequen, porque la naturaleza humana es flaca, como son pocos y sin potestad de mandar, no se teme que puedan infestar la República. Nombran pocos Sacerdotes para que su dignidad sea más reverenciada; además de que creen que es difícil que pueda haber muchos que puedan merecer tal dignidad.

No solamente son muy respetados en Utopía, sino también en los países vecinos, lo cual (a mi entender) proviene de que cuando se producen hechos de armas, los Sacerdotes están separados de los que luchan, revestidos con sus ornamentos, de rodillas y con las manos en alto ruegan primeramente por la paz y después para que su pueblo pueda alcanzar la victoria sin derramamiento de sangre; y al vencer los suyos corren hacia los luchadores impidiendo que se remate a los vencidos, y nadie les hace daño alguno.

Tanta reverencia tienen a los Sacerdotes que ni se atreven a tocarles las vestiduras, y por esto les tienen también veneración las otras naciones, así, no solamente evitan que en las guerras los enemigos sean muertos por los suyos, sino también que éstos san pasados por las armas por los contrarios en caso de derrota. Algunas veces ha sucedido que siendo vencidos los de su campo y entrando a saco los contrarios, con la llegada de los Sacerdotes se ha dado fin a la matanza y se ha hecho una paz razonable. Y nunca se halló una nación tan feroz y salvaje que no los haya honrado como sacrosantos e inviolables.

FESTIVIDADES

Celebran con gran solemnidad los días primero y último de cada mes, e igualmente del año. Para los meses se guían por la Luna, y para los años por el Sol. Al primer día del mes le llaman en su lengua Cinemernos y al último Trapemernos, que es como si dijéramos primeras fiestas y últimas fiestas.

Tienen templos excelentes, no solamente por la magnificencia de la obra, sino también por su grandiosidad, ya que no ser pocos los que hay, conviene que quepan en ellos grandes muchedumbres.

En dichos templos no hay mucha luz, v no porque no sepan edificar, sino por consejo de los sacerdotes, ya que con poca luz se distraen menos, y se tiene mayor recogimiento y atención. Entienden que así se practica mejor la religión, ya que no siendo una sola sino varias, son de tal forma que todas van dirigidas al mismo fin, que es el culto a la Divina Naturaleza, aunque lo hagan de diferentes formas y por diversos caminos. Por esta razón nada se ve ni se oye en los templos que no cuadre a alguna de las religiones que se profesan.

Las cosas particulares de cada religión se practican en las casas particulares, pero los actos públicos se realizan de tal manera qué no molestan en nada a lo específico de cada una de ellas. Con vistas a esto en los templos no hay ninguna imagen, para que libremente cada uno pueda dar curso a su pensamiento y a sus sentimientos religiosos. Tampoco se pronuncian los nombres particulares de los dioses, sino únicamente el de Mitra, con el cual todos están conformes para designar a la Divinidad Suprema, cualquiera que ella sea.

Las oraciones que rezan en común están ordenadas de tal manera que cada uno puede pronunciarlas sin ofensa de su opinión.

En las tardes del día de fin de mes, o de año, todos acuden en ayunas a los Templos a dar gracias a Dios, y al día siguiente, que es el primero del mes, o del año, con alegría se juntan todos en el templo para pedir a Dios sucesos prósperos y felices para mes, o el año, que empiezan con aquella fecha.

En los días finales del mes o del año las mujeres se ponen de rodillas ante los maridos, y los hijos ante los padres, confesando que no se han portado tan bien como debían, y si hicieron alguna cosa indebida, o dejaron de hacer alguna obligación, piden perdón por estas faltas. De esta manera, si hubo algún principio de desavenencia doméstica, con esta satisfacción se deshace, para poder asistir a las funciones del templo con ánimo pacífico y sereno, ya que consideran como una gran maldad el ir al templo con el espíritu alterado. Por esta razón, si cualquiera se halla culpable de enojo o mala voluntad hacia alguno, no se atreve a asistir a los cultos religiosos, temerosos de que su maldad ha de atraerles grandes castigos, si antes no se reconcilian y limpian sus afectos.

- En el Templo los varones se ponen a la derecha y las hembras a la izquierda, de tal manera que todos los de una misma familia se ponen puntos y alrededor del más anciano, tanto los hombres como las mujeres. Los jóvenes no van en grupo, para evitar juegos y niñerías, sino que están junto a personas mayores y así van entrando en el temor religioso, qué es el único imperativo para andar por el camino de la virtud.

No sacrifican animales, porque no pueden llegar a persuadirse de que la divina clemencia se complace en ello, ya que dio la vida a todo cuanto la tiene para que gozase de ella. Queman incienso y otros perfumes aromáticos, y llevan delante muchas antorchas encendidas, no porque no sepan que estas cosas (así como las oraciones de los hombres) no añaden nada al ser de la Divina Naturaleza, sino que son actos de reverencia y de gratitud. Con tales olores y luces y las demás ceremonias, sienten que en cierta manera los ánimos se inflaman y elevan a Dios, aspirando a adorarle con mayor fervor.

Todos acuden al templo con túnicas blancas, y únicamente el sacerdote se viste y cubre con otros colores. Los ornamentos son admirables, pero en ellos no figura el oro, ni la plata, ni las piedras preciosas, sino a base de plumas de aves de diferentes clases y colores, labrado con tanto primor que ninguna materia, por preciosa que sea, puede igualarse a este arte.

Además de esto, en aquellas alas y plumas de las aves, en el orden y disposición con que están Colocadas tal como están repartidas en las vestiduras del Sacerdote, dicen que se contienen misterios secretos, que explican los que hacen el sacrificio, afirmando que todo ello les sugiere la grandeza de los beneficios divinos que han recibido, la piedad que han de tener con Dios y las obligaciones recíprocas que se tienen unos con otros.

En cuanto el Sacerdote sale de la Sacristía revestido de esta forma, todos a una se postran en tierra, con un silencio tan profundo que asombra al que lo ve por primera vez, como si estuviesen ante alguna deidad. Después, y a una señal del Sacerdote, se levantan todos y cantan alabanzas a Dios. La forma de hacerlo y los instrumentos de música con que se acompañan son diferentes de lo que se usa entre nosotros, excediendo en cuanto a suavidad y ajuste de voces, de tal manera imitan y manifiestan los afectos naturales acomodando el sonido y la melodía a la materia. Dispone, penetra y enciende los ánimos admirablemente, tanto si se trata de rogativas o de alegres acciones de gracias, o de profundas y sentidas peticiones de perdón.

Finalmente, el Sacerdote, juntamente con el pueblo, rezan unas preces solemnes con palabras que tienen Preparadas para ello, tan bien compuestas y 1 ordenadas que aquellas cosas que todos juntos dicen, cada uno las puede aplicar con facilidad a sí mismo en particular. En ellas cada cual reconoce a Dios como autor del universo y de toda cosa buena; y le da gracias por los beneficios recibidos y de una manera particular de haber nacido en aquella República que les hace gozar de aquella religión que confían es la verdadera. Piden a Dios en sus oraciones que si cometen algún error o si hay otra religión más verdadera y que más le agrade, que se lo manifieste, pues están dispuestos a seguir por el camino por el que Dios los encamine. Pero si su República es la mejor y su religión es la más recta, le piden que les dé constancia para perseverar y que traiga a los demás hombres a tal género de vida, a no ser que también sea del agrado de su inescrutable voluntad que haya esta variedad de religiones terminan suplicando que después de la muerte les lleve hacia Él, y que no sea muerte cruel ni trágica. Después de esta última oración vuelven a postrarse y levantándose pausadamente se van a comer, pasando el resto del día en juegos y ejercicios militares.

COMPARACIONES

He referido de la manera más exacta que me ha sido posible las cosas de aquella República que no solamente tengo la certeza de que son muy buenas, sino que estimo que únicamente ella puede llamarse República porque aunque en otras partes se trate verdaderamente del bien público siempre se atiende más al particular. Mientras que en Utopía todos miran preferentemente la utilidad común, dejando en segundo término el propio interés.

En otras Repúblicas, aunque sean prósperas y florecientes, y nadie tema morirse de hambre, procuran, no obstante, más sus comodidades particulares que la conveniencia pública; y aunque la necesidad obliga a veces a hacer estas cosas, no así en Utopía, donde todo es común, y por ello nadie teme morir de necesidad por estar llenos los almacenes públicos desde los que a todos se distribuye con equidad. No hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.

No se puede comparar la situación de otros países, ni siquiera de lejos, con la igualdad de esta República. ¿Cómo puede justificarse que un pobre, o un plebeyo que sea usurero, u otro cualquiera que no se ocupa en trabajo alguno o que toda su acción es poco necesaria a la República, pueda adquirir a base de tal ociosidad el vivir con esplendor y regalo, y que un trabajador, o un hombre del campo, tenga que trabajar día y noche con tanta fatiga que no la toleraría un animal, para granjearse escasamente su alimento, con menos comodidad que los brutos, que ni se cansan tan intensamente ni padecen por el temor de que les falten las cosas necesarias para la vida? ¡A éstos el trabajo de escaso provecho y poco fruto siempre les está aguijoneando, atormentándoles el pensar en la vejez mísera que les espera a todos aquellos cuyo jornal de un día es tan escaso que no les basta para el sustento de él, de manera que mal podrán poner de lado algo sobrante para los días malos de la senectud!

¿ No es ingrata e injusta aquella República que desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas vanas, en los bufones, en los inventores de deleites superfluos, y en muchos otros por el estilo, no teniendo el menor interés por el bienestar de los agricultores y toda clase de trabajadores, sin los cuales la República no podría subsistir? Se usa mal de aquellos cuyo trabajo es de gran provecho, desentendiéndose de sus desvelos; y cuando después de haber pasado muchos años se hallan necesitados de todas las cosas y con graves enfermedades, se les deja morir en extrema miseria, olvidando los grandes servicios que prestaron.

¿Qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes? Así, lo que antes se tenía por injusto, como era el no recompensar con agradecimiento a los que habían hecho algún bien y servicio a la República, ahora esta ingratitud y perversión la ensalzan y califican con el nombre de justicia, estableciendo leyes nuevas sobra esta base.

Estas invenciones de los poderosos, adornadas con los colores de la nación, se convierten en leyes; y los hombres perversos con codicia insaciable se reparten entre ellos los bienes que debían destinarse a la necesidad de todos. ¡Qué lejos está esto del bienestar de la República de Utopía!

En Utopía han desterrado totalmente la codicia del dinero no usando de él para nada, evitando así muchas pesadumbres y arrancando las maldades de raíz. Porque, ¿quién no sabe que los engaños, hurtos, robos, tumultos, alborotos, enemistades, motines, asesinatos, traiciones y venenos (que cada día son más frecuentes, porque los castigos no bastan para evitarlos), todo ello desaparece si se desprecia el dinero? ¿Y que la solicitud por el difiero es causa de continuas fatigas y desvelos para ahuyentar la pobreza, como si ésta solamente pudiera ser vencida con la riqueza?

Para que esto se vea con mayor claridad, piénsese en lo que ocurre en un año estéril y sin frutos, en el que muchos millares de personas mueren de hambre. Con toda crudeza me atrevo a afirmar que si al final de aquella carestía se abrieran los graneros de los ricos se hallarla tanto trigo que si se hubiera repartido entre las víctimas del hambre ninguno habría perecido por la esterilidad de la cosecha. Y con facilidad se hubiera podido proveer al sustento si aquel dinero (que con tanta excelencia fue inventado para que con su ayuda se abriera la puerta al remedio y al sustento) no hubiera sido el que cerró el camino y estorbó el remedio.

No tengo duda de que los ricos sienten y entienden estas cosas y no ignoran cuán mejor sería la condición de que no se careciese de nada necesario, más que abundar en cosas superfluas, y el librarse de muchos males más que el estar rodeados de grandes riquezas. Yo tengo por cierto que el verdadero gusto por una vida honrada y la autoridad de nuestro Salvador Jesucristo, el cual con su sabiduría y bondad pudo aconsejar aquello que era lo mejor para los hombres, hubiera conducido a todo el mundo a vivir de esta manera si no hubiera existido la soberbia, la cual no estima tanto los bienes propios como los males ajenos, deleitándose en afligir a los pobres, porque no mide y regula el bienestar por los provechos propios, sino, por los males de los demás.

La riqueza se levanta como diosa, a base de un mundo de miserables a los que pueda mandar y de quienes pueda triunfar, y cuyas desdichas la hagan resplandecer haciendo alarde de su poder y ostentación, con lo que se aflige y aumenta más la necesidad y la miseria.

Esta serpiente venenosa se enrosca en el pecho de los hombres y como si fuera el pez rémora los detiene y les hace volver atrás, impidiendo que sigan una feliz travesía de la vida; tan arraigada está en los hombres la soberbia que son pocos los que pueden arrancarla.

Me contento con que esta forma dé República (que ya quisiera yo que todas fueran igual) al menos haya podido realizarse en la Isla de Utopía, donde se ha seguido la forma de vida indicada, que no solamente tiene que durar y prosperar, sino que (en cuanto los hombres podemos conjeturar lo futuro) ha de permanecer para siempre. Ya que habiéndose extirpado de entre ellos el vicio de la ambición por una parte y la raíz de las sectas por otra, no hay allí peligro de discordia, que ella sola es capaz de arruinar las ciudades mejor fortificadas. Pero viviendo todos en concordia bajo instituciones humanísimas, nada podrá la envidia de los príncipes vecinos para deshacer aquel país, como ya se ha demostrado muchas veces.

DESPEDIDA

Hasta aquí habló Rafael Hithlodeo de lo que había visto y observado en Utopía, y ello hacía que acudieran a mi mente muchas otras cosas relacionadas con ello.

Sobre las leyes que se habían instituido en las costumbres de aquel pueblo, no sólo acerca de la manera de hacer la guerra, y de su religión y ritos divinos, y otras ordenanzas suyas, sino que pensaba sobre el principal fundamento de toda su institución, esto es su manera de vivir y sustentarse sin comercio de dinero, sin el cual toda nobleza y esplendor se destruye y aniquila completamente, siendo así que de ordinario se tiene esto corno el principal ornamento de la República.

Pero me daba cuenta dé que se había cansado con la relación tan extensa que me había hecho, y temía que llevara a mal que le replicara contra su opinión, pues sabía que a algunos lo había reprendido por haberlo hecho. Por ello alabé la forma de Vida de Utopía y lo que me había referido, y estrechando su mano le invité a cenar conmigo, diciéndole que más adelante, después de pensarlo yo bien, hablaríamos más despacio de todo lo que me había dicho, lo cual quiera Dios que podamos hacer en alguna ocasión.

Mientras tanto, no puedo dejar de estar conforme con todo lo que dijo, primero por tratarse de un hombre muy docto y conocedor del mundo, y después he de confesar llanamente que muchas de las cosas de Utopía, más deseo que confío llegarías a ver en nuestras Ciudades.

Tomás MORO

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RESUMEN

de la heroica vida y ejemplar muerte del Ilustre Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra, Vizconde y Ciudadano de Londres, extractada de la «Historia Eclesiástica del Cisma de aquel Reyno», que escribió el P. Pedro de Ribadeneyra, de la Compañía de Jesús

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Entre los muchos mártires que han padecido y muerto en defensa de nuestra Santa y Católica Religión con motivo del cisma suscitado en el reinado de Enrique VIII, se cuenta Tomás Moro, varón de grande ingenio, excelente doctrina y loables costumbres.

Nació en Londres en 1478. Su padre se llamaba Juan Moro, y era de linaje más honrado que noble. Crióse bajo los principios de la Religión y de la Piedad Católicas, no sin aprovechamiento; tanto que el gran concurso de dotes corporales y bienes del alma le hicieron varón clarísimo y dieron verdadera nobleza a su familia.

Fue muy docto en todas las letras y elocuentísimo en las lenguas griega y latina.

Sirvió en diversas embajadas de su Rey. Tuvo grandes cargos y oficios preeminentes qué ejerció con aplauso, rectitud y desinterés; y a pesar de haber contraído segundas nupcias y haber tenido muchos hijos, no engrandeció su patrimonio. Su cuidado se centraba en amparar y defender la Justicia y la Religión, y resistir con su autoridad, doctrina y libros que escribió, a los herejes que venían secretamente de Alemania a propagar sus enseñanzas a Inglaterra. De tal manera que entre todos los ministros del Rey ninguno se destacó tanto en refrenarlos y dificultarles sus actividades, por cuya razón fue tan amado y reverenciado de las personas virtuosas como aborrecido y perseguido por los perversos.

Ejerció durante casi cuarenta años el gobierno del país, con tanto prestigio y autoridad que parecía que nada ni nadie podría derribarle. Pero por inescrutables designios de la Providencia empezó a eclipsarse su buena estrella, amenazándole a él y al reino una grandísima ruina. Pero para darse cuenta de todas estas casas sería necesario referir toda la historia, por lo que vamos a referirnos únicamente a lo principal, singularmente a lo que toca a Tomás Moro.

Hacía veinte años que Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, de cuyo matrimonio tuvo una hija. Pero como fuese viuda (aunque doncella) del Príncipe Arturo, hermano mayor de Enrique, éste se enamoró de Ana Bolena y para casarse con ella hizo el propósito de repudiar y apartar de sí a Catalina, pretextando que no podía ser su esposa la que lo había sido de su hermano, a pesar de que para ello había obtenido la dispensa del Papa Julio II.

Tomó Enrique varios pareceres sobre el caso, entre ellos a Tomás Moro. Este, a pesar de saber conque ansia deseaba el Rey separarse de su esposa para casarse con Ana Bolena, con santo temor de Dios respondió con firmeza y libertad cristiana que de ninguna manera podía parecerle bien el divorcio y apartamiento de la Reina.

Esta respuesta sentó muy mal a Enrique, por creer que Tomás Moro era adicto a su persona, pero de momento disimuló, ofreciéndole grandes beneficios y prebendas si apoyaba su resolución, y para que se decidiese le mandó que tratara este asunto con el Rector del Colegio Real de Cambridge, que fue el promotor de este asunto y gran adulador del Rey. Se entrevistaron ambos, y después de muchas y largas controversias, se afirmó más en su opinión, exhortando con tanta decisión, en adelante al Rey que no dejase a la Reina, que no se atrevía Enrique a hablarle de este asunto, aunque se servía de él más que de otro alguno en los asuntos graves del país, y decía claramente que más querría atraer a Moro a su voluntad que la mitad de su reino.

Estando tratándose jurídicamente en Inglaterra la causa del divorcio por los jueces que a instancia del Rey Enrique nombró el Papa Pablo IV, los recusó la Reina y apeló ante Su Santidad, y aunque dichos jueces no admitieron su apelación por consideración al Rey, el Papa, sabiendo lo que pasaba, la admitió y reservó para sí la causa, mandando a los legados que no intervinieran más en este asunto. Al saberlo la Reina, comisionó a Tomás Moro para que informase al Rey de lo que el Papa había mandado, cuyo encargo desempeñó sin respeto humano alguno.

Habiendo perdido su privanza el Cardenal Wolsey, principal autor del divorcio, el Rey nombre Canciller a Tomás Moro, pensando que con ello le atraería a su opinión.

Conservó esta alta dignidad durante tres años, al cabo de los cuales, previendo la terrible tempestad que amenazaba al reino con motivo de haber desconocido el Rey la potestad de los Legados del Papa, declarándose Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra, quiso Tomás Moro, junto con otros varones graves y cristianos que estaban en la Corte, acogerse con tiempo a puerto seguro, y pretextando su avanzada edad y grandes trabajos realizados, dimitió de su cargo de Canciller, dimisión que le fue aceptada por diversos motivos, principalmente porque no había respondido a los designios por los que se le había dado el nombramiento.

Enterado el Papa de cuanto ocurría en Inglaterra y del determinio del Rey de casarse con Ana Bolena, le escribió rogándole encarecidamente que no se dejase llevar por la pasión ni decidiera nada hasta que se resolviera en justicia lo de su primer matrimonio, amenazándole severamente con su autoridad apostólica bajo pena de excomunión. Pero Enrique, que ardía en las llamas de su pasión, no dejó su mal propósito y se valió de Crammer, a quien había nombrado Arzobispo de Cantorbery, el cual dio sentencia de divorcio y se casó con Ana Bolena.

Sabiendo los herejes que la nueva Reina era luterana en su corazón, acudieron en gran número a la Corte y comenzaron a esparcir libros y libelos llenos de impiedades contra las personas eclesiásticas, entre los cuales se presentó uno al Rey, titulado “Petición de los pobres mendigos”, en el que se ponderaba la gran cantidad de éstos que había en el reino y su extrema necesidad, causada (según decían) por otros pobres robustos y ociosos eclesiásticos, los cuales, con artificios y engaños poseían más de la mitad de todos los bienes del reino, dejando morir de hambre a los verdaderos pobres, y se terminaba suplicando el remedio.

Ningún eclesiástico se atrevió a refutarlo, hasta que Tomás Moro escribió un libro muy docto y prudente, en el cual, después de rebatir las calumnias que contra el clero se decían en el libelo, mostró claramente que los bienes y rentas eclesiásticas no llegaban con mucho a lo que los herejes decían, y que no solamente aplicaban a fines piadosos, sino también necesarios, los que habían legado aquellos bienes a la Iglesia para que se conservara en ella perpetuamente el culto divino, sin el cual no puede conservarse la República, sino que las rentas, además de servir para el sustento de los clérigos y de los muchos seglares que de ellos dependen, servían para cobijo y refugio para toda clase de gente necesitada. Nadie se atrevió a refutar este escrito.

Pronunciada la sentencia de divorcio y coronada Ana Bolena como Reina, se mandó que todos jurasen que aceptaban el segundo matrimonio como legítimo, y que los hijos de él eran los verdaderos herederos del reino. Tomás Moro rehusó hacer tal juramento y por ello fue preso, con el mayor escándalo, junto con otros muchos que hablando mal del segundo matrimonio cayeron en la indignación del Rey.

Estando Tomás Moro en la cárcel, despojado de todas sus dignidades y bienes, nunca se vio en él señales de tristeza, pena o decaimiento, sino que con gran alegría decía que todo el mundo no es sino una cárcel y prisión, de la cual a la hora de la muerte cada uno es llamado para oír su sentencia, y que daba gracias al Señor porque su cárcel no era tan apretada como la de otros, ya que siempre que se presentan dos males hay que escoger el menor.

La prisión de este varón insigne tenía en gran expectación a todo el reino, y sabiendo el Rey su gran autoridad y la estimación que todos le tenían, para cambiarle de opinión le envió a muchos de sus privados. Pero viendo Enrique que con todo su poder y ardides no le podía vencer, empezó a dudar si le convendría más el dejarle con vida siendo el reprensor de su adulterio o quitársela y caer en la indignación de todo el reino.

Al fin se determinó por lo último, empezando por el Obispo Fisher, contra el que se enfureció más al saber que el Papa le había nombrado Cardenal estando en la cárcel. Pensaba que con la muerte del Obispo, que era gran amigo de Tomás Moro éste se podría intimidar y ablandar. Fisher fue condenado a ser arrastrado, ahorcado y desentrañado.

Fue avisado Moro de la muerte santa de su compañero, y temiendo que por sus pecados no merecía la corona del martirio, con el corazón lleno de amargura y el rostro de lágrimas, se volvió al Señor y lo dijo

- Yo confieso, Señor, que no merezco tanta gloria, pues no soy justo ni santo como vuestro siervo Fisher, al cual habéis escogido como varón conforme a vuestro corazón entre todos los de este reino, pero no miréis, Señor, lo que merezco, sino a vuestra misericordia infinita, y si es posible, hacedme participar de vuestra Cruz y Cáliz, y de vuestra Gloria.

Dijo esto con tanto sentimiento que los que no le entendían se figuraron que se enternecía con el temor de la muerte, y que ahora se podría ablandar e inclinar a la voluntad del Rey, y para moverle a ella volvieron a instarle muchos personajes, entre ellos su propia esposa, llamada Luisa, por orden del Rey, tratando de persuadirle de que no se dañara a sí mismo y a sus hijos. Díjole él a su esposa:

- Señora, a vuestro parecer, ¿cuántos años podré vivir?

- Veinte años, si Dios fuere servido - respondió ella.

-¿Pues queréis vos, señora - dijo él -, que por veinte años de vida pierda yo la eternidad? Si dijerais veinte mil ya seria algo, aunque tampoco este algo es nada comparado con la eternidad.

Viendo que con nada podían hacer mella en su ánimo, que estaba firme como una roca, le quitaron todos los libros que tenía y el recado de escribir, para que no pudiera tener trato con los muertos que escribieron los libros ni con los vivos. Antes de esto, y estando preso, escribió dos libros; uno titulado: “Consuelo en la tribulación”, en inglés, y el otro en latín sobre la Pasión de Cristo.

Después de estar casi catorce meses en la cárcel, el día primero de julio de, 1535 fue llevado a la Torre de Londres, ante los jueces, y al ser preguntado por la ley promulgada mientras él estaba preso, en la que se quitaba la autoridad al Papa y se daba al Rey, respondió con gran firmeza, agudeza y constancia lo mismo que las otras veces.

Finalmente, acusado de haber escrito a Fisher. animándole contra dicha ley, fue condenado a muerte, cuya noticia recibió con gran alegría diciendo:

- Yo por la gracia de Dios, siempre he sido católico y nunca me he apartado de la comunión y obediencia al Papa, cuya potestad entiendo que está fundamentaba en el Derecho Divino, y que es legítima, loable y necesaria, aunque vosotros temerariamente la habéis querido abrogar y deshacer con vuestra ley” Durante siete años he estudiado esta materia, y hasta ahora no he encontrado ningún autor santo que diga que en las cosas espirituales que tocan a Dios ningún seglar ni Príncipe temporal puede ser Cabeza y Jefe de los eclesiásticos, que son los que han de gobernar. También digo que el decreto que habéis dado es contra el juramento que antes hicisteis de no atentar jamás contra la Iglesia Católica, que es una e indivisa, y por vosotros solos no tenéis autoridad para hacer leyes, decretos ni Concilios contra la paz y la unión de la Iglesia Universal. Esta es mi fe; este es mi parecer, en el que moriré, con el fervor de Dios.

Apenas hubo dicho estas palabras cuando todos los jueces, a grandes voces, empezaron a llamarle traidor al Rey, especialmente el Duque de Norfolk, que le dijo:

-¿Cómo podéis declarar vuestro mal ánimo contra la majestad del Rey?

Y él respondió:

- No declaro, señor, mal ánimo contra mi Rey, sino mi fe y la verdad. Porque en lo demás yo soy tan adicto al servicio del Rey que ruego a Dios que no me sea más propicio a mí, ni de otra manera me perdone, que como yo he sido fiel y afectuoso servidor de Su Majestad.

Entonces el Canciller replicó:

-¿Pensáis, pues, que sois más sabio que todos los Obispos, Abades y Eclesiásticos? ¿Que todos los nobles, caballeros y señores? ¿Que todo el Concilio, o por mejor decir: que todo el reino?

- Señor - respondí -, por un Obispo que vosotros tengáis de vuestra parte tengo yo ciento de la mía y todos los Santos; por vuestros nobles y caballeros tengo yo toda la caballería de los Mártires y Confesores, por un Concilio vuestro (que sabe Dios cómo se ha hecho) están en mi favor todos los Concilios que en la Iglesia de Dios se han celebrado de mil años acá; y por este vuestro pequeño reino de Inglaterra, defienden mi verdad los de Francia, Italia, España y todos los demás reinos, provincias y potentados amplísimos.

Oyendo estas palabras que había dicho Moro delante del pueblo, que había acudido a la novedad de una causa seguida tan sin razón ni justicia contra un hombre tan insigne en virtud, prendas y demás circunstancias, les pareció a los jueces que no ganarían nada, y mandándole apartar, confirmaron la sentencia de muerte.

Terminado el juicio le volvieron a la cárcel, y a su paso le salió al encuentro su hija Margarita, a la que amaba tiernamente, para pedirle su bendición y el ósculo de paz, que le dio con mucho amor y ternura.

Cuando llegó a la cárcel se entregó a la oración y contemplación, recreando en el Señor su alma santa con muchos y suaves consuelos divinos.

Antes de que le sacaran al martirio, escribió con un carbón (porque no tenía pluma) una carta a su hija Margarita, en la que le manifestaba el deseo grande que tenía de morir en el día siguiente y ver al Señor, por ser la octava del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, ya que moría por la confesión de su primado y Cátedra apostólica, y en la víspera de la traslación del glorioso mártir Santo Tomás, que fue su abogado durante toda su vida.

Se hizo tal como deseaba, y el 6 de julio fue llevado al martirio. Al llegar allí puso por testigo al pueblo que estaba presente de que moría por la Fe Católica, encargando a todos que rogasen a Dios por el Rey, protestando que moría como fiel ministro suyo, pero más aún de Dios, que es el Rey de Reyes.

Presentó su cuello, y a impulso de la cuchilla quedó separada del cuerpo aquella cabeza de justicia, de verdad y. de santidad, causando tan vivo dolor en los que lo miraron que no cabiendo en los pechos se manifestó en los rostros con abundantes lágrimas y sollozos, considerando que no se había quitado la cabeza a Tomás Moro, sino a todo el reino.

Así acabó su preciosa y ejemplar vida el docto e ilustre Tomás Moro, autor de “Utopía”, en cuyo libro quiso manifestar la perfección de gobierno a que podía llegar una República conduciéndose por las luces de la razón natural y prescindiendo de la divina Revelación. Por ello no es de extrañar que la presente con los extravíos propios de la razón humana cuando camina sin el auxilio de la divina luz.

EPILOGO

Me he decidido a editar este corto libro, entre otras cosas para reivindicar a Tomas Moro como precursor de la Ciencia Ficción, que tanto desprecia el retraductor de la obra.

En efecto, teniendo en cuenta su tiempo (cosa a lo que estamos acostumbrados los aficionados) nos presenta un modelo de sociedad en una isla, aunque podría ser perfectamente un planeta, como casi todos nuestros autores favoritos Clarke, Asimov, Heinlein, Sturgeon, Scott Card…. prácticamente todos.

Claro que hay una diferencia, la obra está escrita como un ensayo, y los ensayistas suelen ver el mundo como masas amorfas de gentes, mientras que actualmente preferimos conocer las circunstancias del individuo ante una sociedad determinada. ¿Qué sentían los habitantes de Amarouto?. No creo que fueran tan perfectos, y si lo fueran serian insoportables.

Aun así, pienso que, a pesar que los aficionados solemos ser una panda de descreídos, deberíamos considerar a Tomas Moro, como santo patrón de la Ciencia Ficción, y el 22 de Junio celebrarlo adecuadamente.

Al menos yo, así pienso hacerlo.

Gana con friend$
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Wednesday, October 8, 2008

SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

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MENSAJERO DEL FUTURO
POUL ANDERSON

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Nos conocimos por asuntos de negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más prometedores. Me
hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y permanecí en mi actitud. Por fin, el director en
persona se puso en contacto conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto,
pero de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que difícilmente se advertía su
falta de educación formal. De todas formas, estaba remediando con gran rapidez esta carencia con clases
nocturnas, cursillos de ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de
Chicago: tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y varios juegos de ajedrez,
sin ninguno de los extravagantes parroquianos que usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros,
había solamente media docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias
personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que discutía con el camarero si
Bartok era más original que Schoenberg o viceversa. Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y
algo de cerveza danesa.
Le expliqué que no me interesaba el dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún
campo agradable con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó su pipa
antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada barbilla y nariz romana, cabello
grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
—¿No se lo explicó mi representante? —dijo—. No estamos proyectando viviendas en serie para
conejos. Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una disposición… así.
Sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez
persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que estábamos en la mitad del
siglo veinte y que, por no ser prefabricado, un núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso
lograr una unidad artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada insistencia, y la conversación se derivó a otros puntos.
—Agradable lugar —observé—. ¿Cómo lo descubrió?
Se encogió de hombros.
—Frecuentemente doy vueltas por ahí, sobre todo de noche. Explorando.
—¿No resulta un poco peligroso?
—No en comparación —dijo con una sombra de temor.
—Uh… Tengo entendido que usted nació aquí…
—No. No llegué a los Estados Unidos hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona
desplazada. Me convertí en Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí
prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz
encumbramiento en los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos no
creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción radiante, por menos de veinte
mil dólares. Michaels había descubierto como hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido admitido con visado especial, en consideración a los servicios
prestados al ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa. En ellos
demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a
veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia en su ático a orillas del lago.
Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre
solitario, por lo que le proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para
hablar. Y hablamos. Después de considerar desde las probabilidades que surgiese una sorpresa en las
próximas elecciones de la ciudad hasta las que otros planetas siguieran un curso en su historia idéntico al
nuestro, Amalie se excusó y se fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo
continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último tema, o alguna palabra en
particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky
con un movimiento un tanto inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde
hasta la ventana.
La noche era clara y profunda. Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de
brillantes colores —rubí, amatista, esmeralda, topacio— y la oscura extensión del lago Michigan; casi
parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba
el cielo, negro cristal, donde la Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo
largo de la Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
—Después de todo —dijo—, sé de lo que estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara
iluminaba la habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la ventana. Me
arrellané un poco.
—¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro estaba rígido.
—¿Qué dirías si te respondiese que sí?
Sorbí mi bebida. Un King’s Ransom es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma
Tierra adquiere un aire glacial para entonar.
—Supongo que tienes tus razones y esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
—No te preocupes, también soy de este planeta —aclaró—. Pero el cielo es tan grande y extraño…
¿No crees que esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y lo traerán en
sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
—Sigue. Ya sabes que me gustan las fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto
violento no era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
—Muy bien, entonces te contaré una fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas
advertido para no tomarla en serio —declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo
y se sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un objeto sombrío e
ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarlo, pues comenzó a hablar, rápida y quedamente.
—Dentro de mucho, mucho tiempo en el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no
sería posible. ¿Serías capaz de regresar al tiempo de los constructores de las pirámides egipcias y hablarles
de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es
lo de menos. Quiero decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos. Y la
forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible que esas luces, torres y
máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro que viven entre grandes y deslumbradoras
energías, o de variables genéticas, de guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una
idea, pero no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este planeta ha
girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados que vivimos, en fin, en que esta
civilización piensa según normas tan extrañas que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha
descubierto medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo llamarlo
exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado vaga), un tipo medio, sabe de un
modo vago e indiferente que, milenios atrás, unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar
el átomo. Pero uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado entre
nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de información para el cerebro central, por
llamarlo de alguna manera. Nadie más se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la
primitiva arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El
silencio aumentó. Al fin dije:
—Muy bien. En consideración a tu historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo,
invisibles, dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio pasado.
—Oh, no hay peligro en ello —aseguró—. La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando
por ahí que venían del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada sombría.
—¿Puedes adivinar qué aplicaciones puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
—Por ejemplo, el comercio de objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los
dinosaurios para conseguir hierro, antes que el hombre aparezca y agote las minas más ricas —sugerí.
Meneó la cabeza.
—Sigue pensando. ¿Se contentarían con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming,
o enanos de la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es que «museo»
no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no son como nosotros. En cuanto a los
recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento. Luego agregó:
—¿Cómo se llamaba esa colonia penal que los franceses abandonaron?
—¿La Isla del Diablo?
—Sí, la misma. ¿Puedes imaginar mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el
pasado?
—Pensaba que estarían por encima de cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión.
Incluso en este siglo, sabemos que no dan resultado.
—¿Estás seguro? —preguntó sosegadamente—. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la
penalización un incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, que me
atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como una catástasis de la sociedad
en su conjunto. En el futuro, te explicarán que las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción
de crímenes que, de otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos hicieron
posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho —alzó una sardónica ceja—. O así
lo pretenden en el futuro. No importa si tienen razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en
su propia civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores criminales al pasado.
—Poco amable para con el pasado —comenté.
—No, realmente no. Por una serie de razones, incluyendo el hecho que todo cuanto hacen suceder ha
sucedido ya… Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes reconocer
que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que ser un criminal muy fuera de lo
corriente para merecer el exilio en el tiempo. El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada
momento particular en la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía, la venta de
narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en unas épocas han merecido el castigo
capital, han sido consideradas en otras con indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente.
Continúa pensando y dime si no tengo razón.
Lo miré por algún tiempo, observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que
para su edad no debería mostrar tantas canas.
—Muy bien —admití—. De acuerdo. Ahora bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del
futuro no pretendería…
Dejó el vaso con perceptible fuerza.
—¿Qué conocimiento? —exclamó vivamente—. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado
desnudo y solo en Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey? ¿Cuánto
tiempo reinará? ¿Quién lo sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres que se deben obedecer? No te
olvides que los asirios o los persas o alguien han de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa
guerra es un mero incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará Babilonia? De
lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No encontrarías ahora ni veinte hombres capaces
de contestar esas preguntas sin consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
—Creo —dije lentamente—, que me dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente
el idioma. Le explicaría al sacerdote que puedo hacer… no sé… fuegos artificiales…
Se rió con escaso júbilo.
—¿Cómo? Acuérdate, estás en Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En caso que consigas
por medio del sacerdote el material y los utensilios necesarios, ¿cómo compondrás un polvo que haga
realmente explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das cuenta que ni siquiera podrías obtener un
trabajo como estibador? Fregar suelos sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino
más lógico. ¿No es cierto?
El fuego comenzó a debilitarse.
—Perfectamente —asentí—. Es verdad.
—Escogieron la época con cuidado. —Miró a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la
reflexión en el cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
—Cuando un hombre es sentenciado al destierro —explicó—, todos los expertos deliberan para
establecer qué períodos, según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender que
ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un individuo delicado e intelectual,
mientras que uno violento podría pasarlo bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría
encontrar su puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro, la
incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté calmarlo con una observación seca:
—El convicto tendrá que ser inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario, el
destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
—Sí —dijo—. Y por supuesto el suero de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo,
eso no es todo. Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se
desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han escogido para él una
época con… tales características… que esperan que el castigo se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser
obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta extinguirse en el exterior. Di un
vistazo a la esfera. La noche terminaba; pronto el este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba observándome con desconcertante intención.
—¿Cuál fue tu crimen? —pregunté.
No pareció pillarlo de improviso, dijo solamente con hastío:
—¿Qué importa? Te dije que los crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento
hubiese tenido éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
—Muchas personas debieron resultar perjudicadas —dije—. Todo un mundo te habrá odiado.
—Bien, sí —admitió. Pasó un minuto—. Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
—Seguiré tu juego —sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica
alfombra.
—Sea. Considerando la magnitud de la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia
de mi pretendida culpa?
—Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde fuiste abandonado?
—Cerca de Varsovia, en agosto de 1939 —dijo, con una voz tan helada como jamás he oído.
—No creo que te interese hablar acerca de los años de guerra.
—No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco después como para desafiarme:
—Mis enemigos se equivocaron. La confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad
para escapar a la vigilancia de la policía antes que me internasen en un campo de concentración.
Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto, no podía predecir nada. Ni puedo ahora;
únicamente los especialistas conocen, o se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me
convertí en un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los vencidos. Me
pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había observado, y llegué a trabajar como espía para
ellos. Era peligroso, pero no mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la
historia no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se
encontraban todos los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
—La mies ajena —dije.
—¿Qué?
—Ya sabes. Ruth en el exilio. No era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su
patria.
—No conozco esa historia.
—Está en la Biblia.
—Ah, sí. Realmente debería leer la Biblia alguna vez. —Su disposición de ánimo estaba cambiando y
volvía hacia su primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión era alerta y
confiada.
—Sí —dijo—, ese aspecto fue bastante malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello.
Cuando se hace camping, pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios que
los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un reductor de gravedad o un
estimulador celular, pero me lo paso admirablemente sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las
pequeñas cosas que jamás se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la
gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son diferentes en el futuro. El Sol
se ha desplazado bastante de su órbita galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre hubo emigrantes.
Todos nosotros somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
—Tal como aquellos traidores están dirigiendo las cosas —dijo—, no regresaría ahora aunque me
concediesen un indulto total.
Terminé mi bebida, saboreándola todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché
sólo a medias.
—¿Te gusta este mundo?
—Sí —contestó—. Por ahora así es. He superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha
tenido muy ocupado los primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me
dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan ahora cada vez más, es
un juego fascinante y agradablemente libre de castigos exagerados en caso de error. Aquí he descubierto
cualidades que el futuro ha perdido… apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta
ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado de guardia en un
laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una orgía en el apartamento de un millonario, un
sacerdote que se prepara para los ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un
barco de las Indias…
Su excitación se calmó. Volvió su mirada hacia los dormitorios.
—Y mi esposa y los niños —concluyó, muy suavemente—. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
—Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me sonrió burlonamente.
—Comienzo a pensar que te has creído todo ese cuento.
—Naturalmente —aplasté la colilla del cigarro y me levanté, desperezándome—. Es muy triste. Más
vale que nos vayamos.
No lo comprendió de inmediato. Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
—¿Irnos?
—Por supuesto —saqué una alentadora arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso—. En esta
clase de asuntos nunca se deja algo al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su rostro.
—No —murmuró—, no, no, no puedes, no es justo para Amalie, los niños…
—Eso —le expliqué—, es parte del castigo.
Lo abandoné en Damasco, el año anterior que Tamerlán la saquease.

F I N
   

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Sunday, October 5, 2008

SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS

SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS _ A través de los tiempos Poul Anderson Aquella mañana llovía y una fina niebla estival ocultaba el relumbre del río y el pueblo asentado en la otra orilla. Bernard Harrison, mientras dejaba que el aire frío le azotase la cara, se preguntaba qué tiempo haría dentro de cincuenta, cien años. Y entonces llegó Leticia Aldin y él le dirigió una sonrisa y dijo: —Ya falta menos, Lety. Se dio cuenta de lo banal de su frase y añadió: —¿Por qué tendremos esta sensación angustiosa? No vamos a ir muy lejos. —Un centenar de años— contestó ella. —No te preocupes. La teoría es infalible. No es mi primer paseo por el tiempo. Dos excursiones de veinte años, adelante y atrás, son prueba suficiente de que el impulsor funciona. Esta vez el viaje es algo más largo, pero no distinto. —Sin embargo, las máquinas automáticas que se adentraron esos cien años no han vuelto… —Supongo que algo les falló. Puede que a los tubos se les quedaran aún más vacías sus necias cabezas, o cosa parecida. Por eso John y yo tendremos que ir a ver lo que ha sucedido. Repararemos nuestras máquinas y compensaremos las acostumbradas jugarretas de los tubos de vacío. —¿No bastaría con uno de los dos?— preguntó Leticia. —John no es un físico y posiblemente no encontraría la avería. Además puede hacer cosas de las que yo soy incapaz, dada su habilidad mecánica. Nos complementamos. En aquel momento la voz de John Farrel les gritó: —¡Todo dispuesto, muchachos! Podemos ir a la época que queráis. —¡Adelante! Harrison se detuvo únicamente para dedicar a Leticia una adecuada despedida. Juntos entraron en la casa y llegaron al taller del sótano. El impulsor estaba entre un rimero de aparatos bajo la blanca radiación de los tubos fluorescentes. Su exterior no era muy impresionante. Un simple cilindro mecánico de unos tres metros de altura y diez de longitud, con el aspecto no acabado de todos los artefactos experimentales. La cubierta exterior era sólo una protección para las baterías y el macizo impulsor dimensional que en él se alojaban. En el extremo delantero había una pequeña cabina para dos hombres. John Farrell los recibió alegremente agitando la mano. Su maciza silueta ocultaba casi por completo la exigua figurilla de Jim Carey. —Todo dispuesto para avanzar un siglo— exclamó— ¡Allá vamos, 2073! Carey parpadeó tras sus gruesas gafas. —Todas las pruebas dan positivo. Al menos, eso cree John. Yo no distingo un oscilógrafo de un klystron. Tenéis un amplio repuesto de piezas y herramientas. No debe haber dificultades. —Yo no preveo ninguna— replicó Harrison -. Leticia está convencida de que vamos a ser devorados por monstruos de ojos saltones y colmillos corno alfanjes, cuando la verdad es que sólo vamos a reparar tus máquinas automáticas, en el caso de que consigamos encontrarlas, hacer unas cuantas observaciones astronómicas y volver. —Alguien habrá en el futuro— dijo Leticia. —Bueno, si nos invitan a un trago no vamos a negarnos— dijo Farrell encogiéndose de hombros -. Eso me recuerda lo adecuado de un brindis. Harrison torció el gesto. No quería dar a Leticia la impresión de que el viaje iba a tener por destino las tinieblas. Ya estaba bastante preocupada. —¿Para qué?— dijo -. Hemos vuelto a 1953 y visto la casa en pie. Hemos ido a 2003 y allí estaba también. Y las dos veces sin nadie. Estos viajes son demasiado aburridos para merecer un brindis. —Disiento. Nada es demasiado aburrido para echar un trago— sentó Farrell. Sacó un frasco del bolsillo del mono y poco después los vasos entrechocaron ceremoniosamente en el laboratorio, —¡Buen viaje! —Buen viaje— dijo Leticia, tratando de sonreír. - Vamos, Bernard; cuanto antes salgamos antes regresaremos— dijo John Farrell. Con gesto decidido Harrison dejó su vaso y se precipitó hacia la máquina. —Adiós, Leticia, te veré dentro de un par de horas… después de unos cien años. —Hasta luego, Bernard…— y convirtió el nombre en una caricia. Harrison se acomodó en la cabina junto a Farrel. Era alto, de largos miembros y amplias espaldas, con rasgos enérgicos y pelo castaño. Sus grandes ojos grises tenían las arrugas que dan el largo mirar a pleno sol. Llevaba sus ropas de trabajo salpicadas de grasas y ácidos. El compartimento era apenas suficiente para los dos y estaba atiborrado de instrumentos, aparte del rifle y la pistola. Cuando Harrison cerró la puerta y puso en marcha el impulsor, el poderoso zumbido llenó la cabina y pareció vibrar en sus huesos. Las agujas avanzaron por los cuadrantes, aproximándose a valores estables. A través de la única ventanilla vio a Leticia agitar su mano. Le devolvió el adiós y luego, con brusco movimiento, tiró hacia abajo de la palanca principal. La máquina pareció temblar, se hizo borrosa y desapareció Leticia jadeaba cuando se volvió hacia Jim Carey. A su alrededor era ya todo una informe masa gris y el tronar de los impulsores llenaba la máquina con su enorme canción. Harrison vigilaba los contadores e hizo retroceder unas pulgadas la palanca que controlaba la velocidad de avance en el tiempo. Un siglo adelante, menos el número de días transcurrido desde que enviaron el primer autómata, no fuese algún granuja del futuro a encontrarlo y llevárselo… Bajó la palanca, y el ruido y la vibración se detuvieron, resonantes. El sol entraba a raudales por la ventanilla. —¿No está la casa?— preguntó Farrell. —Un siglo es mucho tiempo— replicó Harrison— Vamos a echar un vistazo. Se deslizaron trabajosamente por la puerta y al fin pudieron ponerse en pie. La máquina estaba en el fondo de una excavación medio cegada sobre la que ondulaban las hierbas. Unos cuantos bloques de piedra rotos emergían de la Tierra. El cielo era de un azul brillante surcado por blancas nubes algodonosas. —Ni rastro de los autómatas— dijo Hull, mirando en torno. —¡Qué extraño! Vayamos arriba. Harrison empezó a trepar por las inclinadas paredes de un pozo. Se trataba, sin duda, del sótano medio cegado de la vieja casa, que por algún motivo había resultado destruido en los ochenta años transcurridos desde su última visita. El dispositivo nivelador del impulsor lo materializaba exactamente sobre la superficie cada vez que emergía. No habría así caídas súbitas o inesperados hundimientos. Tampoco desastrosas materializaciones en el interior de algo sólido. Circuitos sensibles a la masa prohibían a la máquina hacer alto siempre que la materia sólida ocupaba su espacio y las moléculas líquidas o gaseosas podían apartarse con la suficiente rapidez. Harrison se irguió en medio de las altas hierbas movidas por el viento y contempló el sereno paisaje de la parte alta del estado de Nueva York. Nada había cambiado. El río y las colinas boscosas de la otra margen eran los mismos. El sol brillaba y las, nubes salpicaban el cielo. Pero… ¿dónde estaba el pueblo? ¿Qué habría ocurrido? ¿Se habrían trasladado simplemente o … ? Volvió a mirar hacia el fondo del sótano. Hacia unos minutos— cien años atrás estaban allí en medio de un batiburrillo de viejos aparatos con Jim y Leticia… y ahora era sólo un agujero de hierbas silvestres tapizando los montones de tierra. Le invadió una extraña desolación. ¿Seguiría vivo? ¿Y Leticia? La gerontología podía haberlo hecho posible, pero nunca se sabe. Y tampoco quería averiguarlo. —Deben haber vuelto al país de los indios— gruñó John Farrell. Exploraron la hierba, pero no había rastro de los pequeños impulsores automáticos. Farrell, pensativo, frunció el ceño. —Creo que emprendieron el regreso y tuvieron una avería en el camino. —Es lo más seguro— asintió Harrison— . Vamos a hacer la observación y regresaremos. Prepararon su equipo astronómico y tomaron lecturas del sol poniente. Esperando la noche hicieron cena en un hornillo campestre y tomaron asiento mientras las sombras se hacían más densas en torno. Los chirriantes grillos ponían su nota de vida en la oscuridad. —Me gusta este futuro. Es muy tranquilo. Creo que me retiraré aquí en mi vejez. Las estrellas giraban majestuosas sobre su cabeza. Harrison anotaba cifras con los tiempos de orto, recorrido y ocaso. Con ellas podrían más tarde calcular, casi al minuto, hasta dónde les había llevado la máquina. Naturalmente, no se habían movido en el espacio con relación a la superficie de In Tierra. El “espacio absoluto” era una ficción anticuada, y en cuanto al impulsor, la Tierra era el centro móvil del Universo. —Pararemos cada diez años para buscar los automáticos— dijo Harrison— Si no los encontramos de ese modo, al diablo con ellos. Estoy hambriento. 2063. Llovía en la hondonada. 2053. Sol y vacío. 2043. La excavación era ya más reciente, y unas maderas aparecían medio quemadas en el fondo. —Consumimos más energía de la prevista— comentó Harrison al echar un vista a los controles. 2033. Sin duda la casa se había quemado v se veían trozos de maderas achicharrados. El impulsor rugía atronándolos, mientras la energía escapaba de las baterías como el agua de una esponja exprimida. A pesar de todo, efectuaron el siguiente salto de diez años, pero les costó media hora de ruido insoportable y agotador. El calor de la cabina se hacía insufrible. 2023. Allí seguía el sótano ennegrecido por el fuego. Sobre su suelo aparecían dos pequeños cilindros con las huellas de algunos años de intemperie. —Los automáticos consiguieron retroceder bastante— - dijo Farrell— , al fin fallaron y ahí los tienes. Harrison los examinó y su rostro reflejó los terrores que nacían en su interior. —Agotados— dijo— . Las baterías están completamente muertas. Utilizaron todas sus reservas de energía. —¿Qué quiere decir eso?— le preguntó Farrell con voz que era casi un grito. —No sé. Parece haber una especie de resistencia que aumenta conforme tratamos de retroceder. —¡Maldita sea! Harrison, decepcionado, levantó los hombros. Le costó dos horas retroceder cinco años. Cuando al fin detuvo el impulsor su voz temblaba. —Es inútil, John. Hemos consumido las tres cuartas partes de nuestras reservas de energía y cuanto más retrocedemos más gastamos por año. Al parecer, se trata de algún tipo de función exponencial de alto orden. —Entonces… —Que jamás lo conseguiremos. A esta marcha nuestras baterías se habrán agotado antes de que logremos retroceder otros diez años— Harrison había palidecido— . Es un efecto que la teoría no explica. Para saltos de veinte añoso menos la energía aumenta aproximadamente como el cuadrado del número de años recorridos. Pero debe existir una especie de curva exponencial que empieza a crecer aceleradamente a partir de un cierto punto. No nos queda bastante fuerza en las baterías. —Si pudiéramos cargarlas… —No traemos el equipo necesario. Pero quizá… Volvieron a salir del derrumbado sótano y miraron con ansiedad hacia el río. Ni señal del pueblo. Debió ser demolido aún más atrás, en un punto de los que atravesaron al venir. —Por esta parte no hay ayuda— dijo Harrison. —Podemos buscar en otro sitio. —No cabe duda, Harrison luchaba por conservar la calma. —No estoy seguro de que cargar a intervalos las baterías sirva de algo, John. Tengo la impresión de que la curva de consumo de energía se aproxima a una asíntota vertical. —¿Quieres hablar inglés?— la sonrisa de Farrell era forzada. —Quiero decir que al cabo de un cierto número de años la energía necesaria puede ser infinita. Algo semejante al concepto einsteniano de la luz como velocidad límite. Cuando nos aproximamos a la velocidad de la luz la energía necesaria para la aceleración aumenta mas rápidamente. Sería necesaria una energía infinita para superar esa velocidad de la luz. —¿Insinúas que jamás podremos volver? —Puedo equivocarme— replicó Farrell con mirada huidiza— . Claro que todavía tenemos dos probabilidades; recargar nuestras baterías y seguir probando … o ir al futuro. —¿Al futuro? —Sí. En algún momento de él deben saber de estas cosas más que nosotros. Pueden conocer la manera de combatir este efecto. Sin duda podrán proporcionarnos un motor lo bastante potente que nos surta de energía para poder regresar. Farrell permaneció con la cabeza inclinada dándole vueltas a la idea. —Bien. ¿A dónde ahora?— preguntó el mecánico. —¿Es el 2018?— preguntó el mecánico— . ¿Qué te parece por ejemplo el 2500? —Bien; es un bonito número. ¡Leven anclas! La máquina bramó y se estremeció. Harrison advirtió con alivio el escaso consumo de energía conforme pasaban años y décadas. A ese ritmo tenía fuerza para llegar al fin del mundo… Año 2500. La máquina se materializó en la cima de una breve colina. La hondonada se había colmado durante los siglos transcurridos. Un sol pálido, que atravesaba nubes de lluvia arrastradas por el viento penetró en la caldeada cabina. —Vamos— dijo Farrell— . No nos sobra el tiempo. Había tomado el rifle automático. —¿Qué haces?— exclamó Harrison. —Leticia tenía razón— dijo Farrell, sombrío— . Ponte esa pistola al cinto. Salieron y otearon el horizonte. Farrell soltó una exclamación de alegría: —¡Gente! Había una pequeña población más allá del río, junto al solar del viejo Hudson. Detrás se extendían campos de grano casi maduro y pequeños macizos de árboles, No había rastro de carreteras. Quizá el transporte de superficie hubiese caído en desuso. El aspecto de la ciudad era extraño. Debía llevar allí mucho tiempo porque las casas presentaban huellas del tiempo. Una forma negra y ovoidal se elevó desde el centro de la ciudad hacia el cielo y cruzó el tío. Era un reactor y se deslizaba suavemente hacia ellos. —El comité de recepción— susurró Harrison. —¡Hola!— gritó Farrell a los del reactor. El aparato picó sobre, ellos. De su morro surgió una línea de humeantes… ¡balas trazadoras! Sus reflejos lanzaron a Harrison contra el suelo y los proyectiles se estrellaron a pocos pasos de su cabeza. Vio a Farrell saltar por los aires. Cuando intentó a su vez ponerse en pie fue derribado por la onda explosiva de una granada. Rodó por el suelo, esperando que la hierba lo ocultase, pensando que el reactor era demasiado rápido para alcanzar a un solo hombre. Siempre tiraba más allá del blanco, pero giraba como un buitre buscándolo. John … Lo habían matado sin provocación. El buen pelirrojo de John. Con su risa Y su camaradería, estaba muerto, y ellos, eran los. asesinos El jet se disponía a aterrizar para darle caza en tierra. Se levantó y, un disparo sonó junto a su oreja, pero siguió corriendo. Se volvió un momento, pistola en mano para hacerles frente a tiempo de ver a unos hombres de uniforme negro salir del reactor. Las balas zumbaban a su alrededor y se precipitó hacia la máquina del tiempo. Movió la palanca mientras contemplaba a los perseguidores, casi sobre él. ¡Gracias a Dios que los tubos estaban todavía calientes! Cuando se fundió en lo gris advirtió que sus ropas estaban desgarradas y se había clavado en la mano una esquirla metálica. Y que John había muerto. Contempló el cuadrante mientras hacía avanzar la señal. Sería el año 3000. Una cautelosa mirada al exterior le reveló que se hallaba entre altos edificios y sin apenas luz. ¡Magnífico! Empleó unos segundos en vendarse la herida y ponerse la ropa de repuesto, sin olvidarse de la pistola y abundante munición. Tendría que abandonar la máquina para salir de descubierta, pero cerraría la puerta. Salió a un pequeño patio empedrado, entre altas casas de ventanas cerradas y oscuras. Arriba la oscuridad era completa; las estrellas debían estar ocultas por las nubes, pero advirtió hacia el Norte un ligero resplandor. Una sombra silenciosa, más negra que la noche, se deslizó junto a él, rotas por dos puntos fosforescentes. ¡Un gato negro! Al menos el hombre conservaba animales domésticos… Cuatro hombres negros contra el casi apagado horizonte avanzaban con pasos de ritmo militar. Miró a su alrededor buscando refugio, pero no había bocacalles. Entonces una voz dura y perentoria gritó algo. Harrison se volvió y echó a correr. Oyó un rápido golpear de botas. Y de pronto una forma oscura surgió de la noche. Dedos como alambres de acero oprimieron su brazo y se vio arrastrado por unos escalones que descendían desde la calle. —Entre aquí— el silbante susurro sonó en su mismo oído— , ¡De prisa! Una puerta se abrió dejando apenas una rendija. Se precipitaron por ella y el otro hombre la cerró. —No creo que nos hayan visto— dijo con torvo acento el desconocido— . ¡Más vale así! Era de mediana estatura y las ajustadas ropas grises que vestía bajo la capa mostraban su felina esbeltez. Llevaba una pistola a un costado y una especie de faltriquera al otro. El tinte de su rostro era de una amarillenta palidez y tenía la cabeza afeitada A Harrison le pareció una especie de mestizo blanco-mongoloide. —¿Quién es usted?— preguntó bruscamente. El otro le observaba con aire astuto. —Belgotai de Syrtis. Ya veo que tú no eres de aquí. Me di cuenta que te perseguía la brigada y que, por tanto, merecías mi ayuda. —Gracias— replicó Harrison. —Ven, vamos a beber algo— dijo Belgotai. Se encontraban en una sala de techo bajo y ahumado con unas cuantas viejas mesas de madera amontonadas en torno a una pequeña estufa de carbón y grandes barriles al fondo. Los hampones no se interesarían tanto por él como los funcionarios y podría informarse y aprender. —Temo no tener con qué pagar— dijo— . A menos…— sacó un puñado de monedas. Belgotai las miró con ansia. Después su cara se torció inexpresiva. —Yo pagaré— dijo en tono cordial— . ¡Eh, Sembol! danos whisky, Se situaron en un rincón y allí les llevo el tabernero algo remotamente parecido al whisky, —¿Qué nombre usas?— preguntó Belgotai. —Harrison. Bernard Harrison. —Me alegro de conocerte. Ahora…— de Syrtis se inclinó y su voz se convirtió en un susurro— . Ahora, Harrison, ¿de cuándo eres? Y sonrió al ver sobresaltarse a Harrison. —De1973. —¿Cómo? ¿Del futuro? —No, del pasado. —Eso es que contarnos de otro modo. ¿Cuánto tiempo hace? —Mil veintisiete años. —¡Buen viaje!— silbó Belgotai— . Nadie viene del futuro. —¿Quieres decir que es imposible?— Harrison se estremeció. —No lo sé— la sonrisa de Belgotai era lobuna— . ¿Cuál es tu historia? _Quiero conseguir algo por mi información… —Bien, desembucha va, Bernard Harrison. Este contó su historia en breves palabras. Cuando acabó, Belgotai de Syrtis movió la cabeza gravemente. —Te metiste entre los fanáticos hace quinientos años. Matan a quienes viajan por el tiempo. Bueno, y a casi todo el mundo. —¿Qué clase de mundo es éste? El brumoso acento de Belgotai le iba resultando ya más fácil. La pronunciación había cambiado algo, pues las vocales sonaban de otro modo y la r se parecía a la que en el siglo XX pronunciaban franceses y daneses. También otras consonantes se habían modificado. Palabras extranjeras, especialmente españolas, habían invadido el idioma. Pero todavía resultaba inteligible. Los tiempos revueltos, según se desprendía del relato de Belgotai, comenzaron en el siglo XXIII con la rebelión de los colosos marcianos contra el cada vez más corrompido Directorio terrestre. Un siglo después los pueblos de la Tierra estaban en movimiento empujados por la peste, el hambre y la guerra civil, un caos del que surgió el entusiasmo religioso de los llamados fanáticos. Cincuenta años después de las matanzas en la Luna, el gobierno de los armagedonios o fanáticos se prolongó todavía unos trescientos años, pero existían vastos terrenos sublevados y los colonos planetarios iban forjando un poder que alejaba a los fanáticos del espacio; pero donde tenían auténtico control gobernaban con mano de hierro. Entre las cosas prohibidas estaba el viajar por el tiempo. Cierto que los que se aventuraban eran pocos, pues resultaba en exceso precario arriesgarse a ser muertos o reducidos a esclavitud. A finales del siglo XXVII, la Liga planetaria y los Disidentes africanos consiguieron poner fin al gobierno fanático. De la confusión de la posguerra surgió la Pax Africana, y durante doscientos años los hombres habían disfrutado de una época de relativa paz y progreso y la moderna cronología databa de la ascensión de John Mteza I. El hundimiento vino por la decadencia interna y las asechanzas de los bárbaros de los planetas más lejanos. Además, el Sistema Solar se había fraccionado en multitud de pequeños estados e incluso de ciudades independientes. Belgotai explicó:— Este es uno de, los estados— ciudad; se llama Liung-Wei, y fue fundado por invasores chinos hace unos tres siglos. Ahora se encuentra bajo la dictadura de Krausmann, un viejo buitre obstinado que se niega a ceder aunque los ejércitos del Jefe Atlántico están ya a nuestras puertas. ¿Viste el resplandor rojo? Son sus proyectores operando sobre nuestra pantalla de energía. Cuando abran brecha en ella tomarán la ciudad y le harán pagar su larga resistencia. Nadie va a pasarlo bien ese día. Añadió algunos datos sobre sí mismo. Pertenecía a otra época, a la fenecida era de los pequeños estados que empleaban mercenarios en sus contiendas. Nacido en Marte, había guerreado por todo el Sistema Solar. Tras la aniquilación de su banda, Belgotai había huido a la Tierra, donde arrastraba una azarosa existencia de ladrón y asesino. Poco esperaba del futuro. - Ahora nadie necesita a un soldado de fortuna— dijo tristemente— , si la brigada no me caza antes, me colgaré cuando los Atlánticos ocupen la ciudad. Harrison asintió con una cierta simpatía.— Pero tú puedes ayudarme, Bernard Harrison— bisbisó, mirándole por entre la raya de sus ojos oblicuos -. Llévame contigo y sácame de esta maldita época. Aquí no podrán ayudarte, pues no saben más de lo que sabes tú de viajes por el tiempo y lo más probable es que te metan en un calabozo y deshagan tu máquina. Tienes que marcharte y puedes llevarme. Harrison vacilaba. ¿Qué sabía de él? ¿Hasta qué punto era cierta la historia contada por Belgotai? Cierto que le había sido útil … - Soy un artista con la pistola y la vibrodaga— añadió el hombrecillo -. Y siempre será mejor que viajar en solitario. —De acuerdo, ¿Cuándo nos vamos? —Cuanto antes. Alguien podría encontrar tu máquina y entonces sería tarde, —Pero… tendrás que prepararte, despedirte… —Todo cuanto tengo está aquí— - dijo Belgotai, golpeando su bolsa con amargura Y en cuanto a decir adiós, corno no sea a mis acreedores… ¡Vamos! Medio aturdido, Harrison le siguió fuera de la taberna, sin tiempo ni de pensar. Sin embargo le pasaron por la mente cosas como ésta: si no volvía a su época, tendría descendientes en ésta. A la velocidad a que se propagaban las líneas de descendencia, en todos los ejércitos habría hombres que tendrían SU sangre y la de Leticia, peleando entre sí, sin pensar en la ternura que les había dado el ser. Aunque, recordó molesto, nunca había considerado la común ascendencia que debía tener con los hombres que había derribado en la guerra que hizo en otro tiempo. Los hombres vivían en su propia época, breve relámpago rodeado de oscuridad, y no estaba en su naturaleza el pensar más allá de ese nimio lapso de años. Empezaba a darse cuenta de por qué viajar por el tiempo no había sido nunca popular. Arrastrado por Belgotai llegó al túnel de una avenida y estuvieron acurrucados hasta que cuatro hombres de la brigada, con sus negras capas, hubieron pasado. Por fin pudieron llegar hasta su máquina, oculta en su noche de espera y temor. Se oyó la risa suave y alegre de Belgotai entre las tinieblas. —¡Libertad!— susurró. Se introdujeron en la máquina y Harrison ajustó los controles para un salto adelante de cien años. Belgotai se lamentó: —Lo más probable es que el mundo esté entonces tranquilo y sensato. —Si encuentro el modo de regresar te llevaré a donde quieras. —Pues podrías llevarme a hace cien años. —¡Adelante entonces! 3100. Una desolación de rocas oscuras y fundidas. Harrison puso en marcha el contador Geiger que vibró locamente. ¡Radiactividad! Algún infernal artefacto atómico había borrado Liung-Wei de la exístencia. Estremecido, saltó a otro Siglo. 3200. La radiactividad había desaparecido, pero la desolación persistía en forma de un vasto cráter vitrificado bajo un cielo ardiente y tranquilo. 3500. La Tierra se había de nuevo acumulado sobre el arruinado país y un bosque empezaba a crecer. No presentaba huellas de la intromisión humana. —Quizá el hombre haya vuelto a las cavernas— sugirió Belgotai. El bosque duró varios siglos. Harrison renegaba. No le gustaba esto de alejarse más y más de su época. Estaba demasiado lejos para regresar sin ayuda 4100. Se materializaron sobre un amplio césped donde unos edificios bajos y redondos de algo que parecía plástico teñido se alzaban entre fuentes, estatuas y cenadores. Un pequeño aparato se cernía silenciosamente sobre sus cabezas, sin el más leve signo externo de fuerza motriz. A su alrededor había seres humanos. Hombres y mujeres jóvenes que llevaban largas capas de colores sobre ligeras túnicas. Harrison y Belgotai alzaron las manos en amistosos gestos. Sin embargo, el soldado más próximo conservaba una de las suyas cerca del arma. El idioma era fluido y musical, con solo un lejano tono familiar ¿Tanto habían cambiado los tiempos? Los condujeron a uno de los edificios. En su frío y espacioso interior, un hombre barbudo, con su recamada túnica roja se levantó para recibirles. Alguien trajo una pequeña máquina que recordaba un osciloscopio con dispositivo para micrófonos. El hombre la colocó sobre la mesa y ajustó sus cuadrantes. Cuando volvió a hablar, de sus labios salió el mismo lenguaje desconocido; pero las palabras surgían de la máquina… ¡en inglés! —Bienvenidos, viajeros, al “American College”. Siéntense, por favor. El hombre sonrió y dijo, tras una breve pausa: —Veo que el psicófono es nuevo para ustedes. Es un receptor de las emisiones encefálicas de los centros del lenguaje. Cuando hablamos, los correspondientes pensamientos son recogidos por la máquina, ampliados y enviados al cerebro de quien escucha, que los interpreta en función de su propio lenguaje Permítanme presentarme. Soy Hamalon Haward, decano de esta facultad del “College”. Haward se inclinó ceremonioso cuando Harrison y Belgotai dijeron sus nombres. Una esbelta muchacha, cuyo parco vestido hizo crecer los ojos de Belgotai, trajo una bandeja con bocadillos y un brebaje no muy distinto al té. Charlaron mientras daban cuenta de todo y el decano dijo por último: —Ya pensé que eran viajeros del tiempo. Los arqueólogos querrán hablar con ustedes. —Nosotros queríamos pedirles ayuda— dijo bruscamente Harrison— -— . ¿Pueden arreglar nuestra máquina de modo que sea capaz de retroceder? —A este respecto nuestra física no puede darles ninguna esperanza. No creo que últimamente les especialistas hayan introducido cambios en la teoría espacio— temporal desde su nueva formulación por Priogan. Según ella, la energía para viajar hacia el pasado aumenta mucho en relación directa con el período recorrido. La deformación de las líneas del universo, ¿saben? Más allá de un período de unos setenta años, se necesita una energía infinita. —Eso pensaba yo— afirmó Harrison con voz sorda. —De todas formas. la ciencia progresa muy rápidamente El contacto con culturas extrañas de la Galaxia ha resultado un gran estimulante… —¿Dominan los viajes interestelares?— le interrumpió Belgotai— . ¿Pueden ir a las estrellas? —Sí, naturalmente. La propulsión más rápida que la luz fue conseguida hace más de quinientos años utilizando la teoría de la relatividad modificada por Priogan. Se basa en la desviación a través de otras dimensiones… Pero ustedes tienen problemas más urgentes que ocuparse de teorías científicas,. Pasaron dos días en el colegio. Haward y sus compañeros eran tan corteses como hospitalarios y estaban ansiosos por escuchar lo que los viajeros tenían que contar de sus épocas. Les proporcionaron alimentos, alojamiento y el descanso que tanto necesitaban. Incluso intercedieron ante el Consejo solar, vía telepantalla, pero la respuesta fue inexorable: La Galaxia tenía ya demasiados bárbaros y los viajeros tendrían que marcharse. Quitaron sus baterías de la máquina e instalaron un pequeño motor atómico con reservas de energía casi ilimitada. Haward les proporcionó un psicófono para que pudieran entenderse con seres de cualquier época. Pero los viajeros no estaban contentos. 4300. Los edificios del “campus” habían desaparecido para ser reemplazados por pequeñas y cómodas residencias veraniegas. Jóvenes y muchachas de irisados y breves atuendos se congregaron en torno a la máquina. —¿Son ustedes viajeros del tiempo?— preguntó uno de los muchachos. Al verles afirmar quisieron que les hicieran el relato de sus viajes. Era el mayor acontecimiento que habían tenido desde que una nave llegó de Sirio. Pronto comprendió Harrison que tampoco allí encontrarían ayuda. Era obvio que intentarían retenerles especialmente las mujeres, cuyos suaves brazos rodeaban los cuellos de los viajeros. Era difícil negarse y Belgotai acabó por sonreír. —Pasemos la noche aquí— - sugirió. Fue una noche de orgía. Harrison consiguió reunir unos cuantos datos. Sol era en esa época un remanso galáctico, desbordante de riqueza y guardado por mercenarios no humanos contra los depredadores y conquistadores interestelares. Se había convertido en lugar de recreo de los hijos de los grandes negociantes. Pensando en Leticia, Harrison quiso llorar, pero su pecho estaba seco y frío. Belgotai tenía a la mañana siguiente una horrible resaca, pero desapareció pronto con la bebida ofrecida por una de las muchachas. Entonces estuvo ya en condiciones de reanudar el viaje. Y pronto el brillante escenario se perdió en el tiempo. 4400. Una villa ardía y el humo y las llamas ascendían por el cielo nuboso. Tras de ellas aparecía la sombría mole, llena de cicatrices, de una astronave. A su alrededor hervía un torbellino humano, enormes individuos barbudos con yelmos y corazas, riéndose mientras cargaban el dorado botín y a los cautivos que se debatían. ¡Los bárbaros habían llegado! Los dos viajeros saltaron de nuevo a su máquina. Aquellas armas podían convertirla en una masa ígnea y Harrison accionó la palanca mucho más adelante. —No encontraremos un científico en una edad salvaje— dijo— . Probaré el año cinco mil. Cuando la aguja se aproximaba a los seis siglos, Harrison trató de accionar la palanca sin conseguirlo. —¿Qué ocurre?— preguntó Belgotai. —Se trata del detector automático de masas. Seríamos aniquilados si emergiésemos en el mismo espacio que ocupa la materia sólida. El detector evita que el impulsor pueda detenerse donde descubre esa estructura. ¡Algún estúpido debe haber construido una casa precisamente donde estamos! La aguja traspasó el límite y siguieron bramando a través de una tonalidad oscura sin contorno. Harrison ajustó el cuadrante y anotó el primer medio milenio. Era interesante saber qué año sería cuando emergiesen. Tenía la esperanza de que fuese pronto. Las obras del hombre eran tan terriblemente pasajeras… Dos mil años… Tres mil… La cara de Belgotai aparecía blanca. —¿Hasta dónde vamos a ir?— preguntó. —No lo sé. El increíble trance duraba ya veinte mil años. En el 25296, la palanca cedió súbitamente bajo la presión de Harrison. La máquina surgió a la realidad, se estremeció y descendió unos cuantos pies antes de encontrar su equilibrio. Se precipitaron a la puerta. El impulsor descansaba sobre un bloque de piedra grande como una pequeña casa. Se hallaban hacia la mitad de una pirámide de piedra gris, de un tetraedro de unos ochocientos metros de altura y casi el doble en cada lado de la base. Arboles y césped crecían en sus titánicas laderas. No se veía el viejo río y un lago antes inexistente relucía a lo lejos. Las colinas parecían más bajas y estaban cubiertas de bosques. También descubrieron una nave espacial, una máquina monstruosa con la proa apuntando al cielo y un escudo con un sol ardiente en su casco. Había hombres trabajando junto a ella. Pero, ¡no todos eran hombres! Una docena de grandes ingenios relucientes se afanaban sin vigilancia al pie de la pirámide. “Robots”. Y del grupo que se volvió a mirar a los viajeros, dos eran rechonchos y cubiertos de pelo azul, con caras y manos de seis dedos. Harrison se dio cuenta, con un escalofrío, de que estaba viendo inteligencias extraterrestres. Pero era a los hombres a quienes miraba. Se trataba de individuos altos, con rasgos finos y aristocráticos y una especie de calma innata. Resultaba imposible describir su vestimenta, una especie de temblor irisado que les rodeaba. Harrison pensó que así debían ser los viejos dioses del Olimpo, seres más grandes y hermosos que los hombres. Pero fue una voz humana la que se dirigió a ellos en un tono grave y bien modulado y un idioma totalmente extraño. Entonces recordó con exasperación que había olvidado el psicófono. Mientras tanto, uno de los seres azules manejaba un globo del que parecía surgir la familiar voz traductora: _…viajeros del tiempo. —Sin duda del más remoto pasado— dijo otro —Escuchen— les espetó Harrison— . Estamos en un apuro. Nuestra máquina no puede retroceder y tenemos que encontrar una época en la que sepa cómo invertir el efecto. ¿Pueden ustedes hacerlo? Uno de les extraños seres sacudió su cabeza. —No— dijo— . La física no conoce el modo el retroceder más allá de unos setenta anos. A partir de ahí la energía necesaria se aproxima al infinito y.. Harrison soltó un gruñido. —Eso ya lo sabemos— dijo Belgotai con rudeza. —Pero pueden quedarse a descansar— intervino otro de los hombres con voz amable— . Será interesante escuchar su historia. —Se la he contado a mucha gente en los últimos milenios— replicó agriamente Bernard— . Oigamos la de ustedes para variar. Dos de ellos cambiaron palabras en voz baja que Harrison tradujo por: “Bárbaros… emociones infantiles… vamos a seguirles la corriente…” —Somos una expedición arqueológica que está excavando la pirámide— dijo con aire paciente uno de los hombres— . Pertenecemos al Instituto Galáctico, rama del sector de Sarlan. Yo soy Lord Arsfel de Astracyr y éstos son mis ayudantes. Los no humanos son del planeta Quulhan, cuyo sol no es visible desde la Tierra. —¿Quién la construyó?— preguntó Harrison, señalando hacia la gran mole de la pirámide. —Los ixthuli alzaron estas estructuras en los planetas que conquistaron. No se sabe de dónde venían ni lo que al fin fue de ellos. Esperamos encontrar respuesta en sus pirámides. La atmósfera se hizo más amistosa. Todos escucharon con profundo interés los relatos de Harrison y Belgotai y a cambio les dieron una pequeña lección de historia. Tras las ruinosas guerras de los ixthuli, la Galaxia había logrado un rápido progreso. Las nuevas técnicas de psicología matemática hicieron posible conjuntar a los pueblos de mil millones de mundos y regirlos con eficacia. El Imperio galáctico era igualitario. Próspero y pintoresco, con tal diversidad de razas y culturas, avanzaba en las Ciencias y las Artes. En cuanto a los bárbaros que habitaban más allá de las Nubes Magallánicas, Arsfel albergaba el convencimiento de que no serían un estorbo, pues no tardarían a ser civilizados. Sol casi podía ser llamado territorio bárbaro, aunque quedase dentro de las fronteras imperiales. La civilización estaba concentrada en torno al centro de la Galaxia y Sol se encontraba en lo que era actualmente un rincón del espacio remoto y con escasa densidad estelar. La raza humana casi había olvidado su antiguo hogar. La estampa resultaba triste para un americano. Pensó en la Tierra girando solitaria por el espacio vacío, en el arrogante imperio y todos los poderosos dominios que habían mordido el polvo a través de los milenios. Al fin se atrevió a sugerir que tampoco esta civilización era inmortal. Inmediatamente se vio inundado de cifras, hechos y lógica, de todo el curioso simbolismo paramatemático de la moderna psicología de masas. Pudieron demostrarle rigurosamente que la presente situación era intrínsecamente estable y diez mil años de historia no habían podido conmover esa seguridad. También les mostraron el enorme interior de su astronave, los lujosos apartamentos de la tripulación, la intrincada maquinaria que pensaba por sí misma. Arsfel trato de mostrarles su arte, sus psicolibros, pero fue imposible porque no podían comprenderlos¡Salvajes! ¿Podía un aborigen australiano haber apreciado a Rembrandt, Beethoven, Kant o Einstein? —Será mejor marcharse— susurró Belgotai— . Esto no es para nosotros. Harrison asintió. La civilización había ido demasiado lejos. —Yo les aconsejaría avanzar por largos intervalos— dijo Arsfel— . La civilización galáctica no habrá llegado aquí hasta dentro de muchos miles de años y, desde luego, cualquier cultura nativa que se desarrolle en Sol será incapaz de ayudarles… De aquí en adelante no encontrarán mas que paz y cultura, a menos que los bárbaros de la Tierra se hagan hostiles; pero siempre podrán dejarlos atrás. Más pronto o más tarde aquí habrá una auténtica civilización que podrá ayudarles. —Dígame— pregunto Harrison ¿Cree que la máquina del tiempo negativa llegará a inventarse? Uno de los seres de Quulham sacudió su cabeza. —Lo dudo— dijo gravemente -. Hubiéramos tenido visitantes del futuro. —¡Vamos!— rugió Belgotai. En 26 000 los bosques continuaban y la pirámide se había convertido en una alta colina en la que los árboles se balanceaban al viento. En 27 000 una pequeña aldea de casas de piedra y madera aparecía en medio de campos de espigas En 28000 había hombres derruyendo la pirámide para aprovechar la piedra. Su enorme masa no desapareció hasta el año 30000. Belgotai pensó en Lord Arsfel, que ahora llevaba cinco mil años en su tumba. En 31000 se materializaron sobre uno de los anchos céspedes que se extendían entre las torres de una amplia y fastuosa ciudad. Los aparatos ronroneaban sobre sus cabezas y una nave espacial apareció junto a ellos. —Supongo que ha llegado el imperio— comentó Belgotai. —Esto parece pacífico. Saldremos y hablaremos con la gente. Les recibieron mujeres altas Y majestuosas en blancas túnicas de líneas clásicas. Al parecer, Sol era ahora un matriarcado. Supieron que el imperio no había llegado nunca hasta allí. Sol pagaba tributo y las fronteras reales de la cultura galáctica no habían cambiado. Nada se sabía de la teoría del tiempo. Siendo así, ¿no les importaría continuar? No encajaban en la minuciosamente reglada cultura terrestre. —No me gusta esto— dijo Harrison al volver a su máquina. —Yo creo— comentó Belgotai— que Arsfel, a pesar de todas sus fantásticas matemáticas, estaba equivocado. Nada dura siempre. 34 000. El matriarcado había desaparecido. La ciudad era un caótico montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Había esqueletos entre las ruinas. —Los bárbaros están otra vez en movimiento— dijo heladamente Harrison— . No hace mucho que estuvieron aquí, pues estos huesos son relativamente recientes. Un imperio como éste puede tardar en morir miles de años, pero está condenado. —¿Qué vamos a hacer?— - preguntó Belgotai. —Continuar. No nos queda más recurso. 35 000. Había una choza aldeana entre árboles enormes y viejísimos. Aquí y allá surgía de la tierra una columna rota, resto de la ciudad. Al aparecer la máquina un hombre barbudo, su mujer y un grupo de chiquillos huyeron aterrados. 36000. Había otra vez un pueblo, con una vieja y gastada nave espacial. Media docena de razas diferentes, incluida la humana, se ajetreaban alrededor, trabajando en la construcción de alguna máquina enigmática. Llevaban ropas sencillas con armas al costado. Su jefe era un joven con la capa y el yelmo de los oficiales del Imperio. Pero estos arreos tenían por lo menos un siglo. Resultaba extraño oírle repetir que permanecía fiel al emperador. ¡El Imperio! Todavía su gloria remota allá entre las estrellas, iba lentamente desvaneciéndose mientras los bárbaros penetraban en él. —Nos espera un buen trabajo— dijo el jefe con indiferencia— . Tautho de Sirio caerá pronto sobre el Sol. Dudo que podamos resistir mucho tiempo. La muerte es todo nuestro porvenir. Pasaron allí la noche y por la mañana volvieron a la máquina para proseguir el viaje. Harrison contempló con ansiedad el tablero de control y comentó que tendrían que ir lejos. 50000. Surgieron de su jornada Por el tiempo y abrieron la puerta. Un rudo viento cayó sobre ellos arrastrando finos copos de nieve. Había hielo en el río que murmuraba oscuramente junto a los bosques. La geología no trabajaba tan de prisa. Catorce mil años no eran mucho tiempo para el lento mudar de los planetas. Aquello debía haber sido obra de seres inteligentes, devastando y azotando el mundo con insensatas guerras. Una gris masa pétrea dominaba el paisaje. Se elevaba enorme a unas cuantas millas y sus macizas torres almenadas se adentraban audazmente en el cielo. Estaba medio en ruinas, con sus piedras derribadas por energías que fundieron la roca y borradas en incontables milenios de intemperie. —Todo está muerto— dijo débilmente Harrison —¡No! Mira, Bernard, creo que allí hay una bandera. El viento soplaba y les penetraba como cuchillos. —¿Vamos a ir?— - preguntó Harrison. —Sí. Lo peor que pueden hacer es matarnos y empiezo a creer que no es tan malo. A medida que se aproximaban a la enorme estructura, parecía agigantarse ante ellos. Tenía un bárbaro aspecto. Ninguna raza civilizada la hubiera construido así. Dos pequeñas y raudas formas se lanzaron al aire desde aquella muralla con aspecto de acantilado. —Aviones— dijo lacónicamente Belgotai. Eran ovoidales, sin controles ni ventanillas a la vista. Uno de ellos cubrió a los viajeros mientras el otro descendía. Cuando aterrizó, Harrison vio que estaba cubierto de cicatrices. Pero había un medio borrado sol flamígero en su costado. Aún vivía el recuerdo del Imperio. Dos seres salieron de la pequeña nave y se aproximaron a ellos empuñando sus armas. Uno era humano, un joven alto y bien formado. El otro… Era un poco más bajo que el hombre, pero enormemente ancho de pecho y espaldas. Cuatro brazos musculosos nacían de los macizos hombros y una cola peluda fustigaba sus pies con garras. Su cabeza era grande, de amplio cráneo, con un rostro redondo y semianimal. Enormes bigotes sombreaban su boca de afilados colmillos. No llevaba encima más que unos arreos de cuero, pero un suave pelo gris azulado le cubría el cuerpo. El psicófono restalló con el saludo del hombre: —¿Quién vive? —Amigos— dijo Harrison— . Sólo queremos noticias. —¿De dónde sois?— había un tono duro y perentorio en la voz del hombre— . ¿Qué clase de nave es la suya? —Tranquilízate, Vargor— ronroneó la voz profunda del otro ser— . Bien ves que no es una nave espacial. —No— dijo Harrison— . Es un impulsor temporal. —¡Viajeros del tiempo!— - los ojos de un azul intenso de Vargor se abrieron con asombro— . Había oído hablar de ello, pero… ¿viajeros del tiempo?— Y de pronto— : ¿De dónde sois? ¿Podéis ayudarnos? —Somos de una época muy lejana y estamos solos. —¿A dónde vais?— preguntó Vargor. —Al infierno, lo más probable, Nos estamos helando aquí fuera. ¿Podríamos entrar? —Sí. Venid con nosotros. Pero no debéis ofenderos si enviamos una escuadra a inspeccionar vuestra máquina. Tenemos que ser precavidos. —¡Bienvenidos a la fortaleza de Brontothor! ¡Bienvenidos al Imperio galáctico! —¿El Imperio? —Esto es todo lo que queda de él. Una fortaleza fantasmal en un mundo helado, último fragmento del viejo Imperio. Entraron en el estropeado aparato, se elevaron y poco después descendían al otro lado de la vieja muralla en un gigantesco patio con banderas, junto a la monstruosa mole del torreón. Se alzaba en varias plantas, con patéticos jardincillos sobre las terrazas, hasta una transparente cúpula de plástico. En las gruesas paredes había armas montadas apuntando hacia el exterior. Hombres con cascos y fusiles de energía estaban apostados como centinelas. Hombres, mujeres y niños deambulaban bajo las monstruosas murallas —Allí está Taury— dijo el ser de otro mundo señalando a un pequeño grupo reunido en una de las terrazas. Su amplia boca se abrió en alarmante sonrisa— . Perdonadme por no haberme presentado antes. Soy Hunda de Haamigur, general de los ejércitos imperiales y mi compañero es Vargor Alfrid, príncipe del Imperio. Taury es descendiente directo de Maurco el “Legislador”, último emperador debidamente ungido. Al acercarse al grupo formado por media docena de ancianos, éstos se pusieron de pie. Sus largas barbas se movían azotadas por la ventisca. Uno de los personajes tenía la cara de un ave de largo pico. —La corte de la emperatriz Taury— dijo Hunda. Harrison y Belgotai contemplaron embobados a la emperatriz, tan alta corno un hombre, Sin embargo, bajo su túnica de eslabones de plata y su capa adornada con pieles era aquella la mujer con la que alguna vez habían soñado sin encontrarla nunca. Su orgullosa cabeza tenía algo que recordaba a Vargor, pero toda su nobleza era femenina. Sus ojos grandes, oblicuos y grises como los mares nórdicos, les contemplaban. Harrison recobró el habla. —Majestad, soy Bernard Harrison, de América, hace cuarenta y ocho mil años y mi compañero es Belgotai de Syrtis, soldado de fortuna de Syrtis, unos mil años después. Estamos a vuestro servicio. —Es un raro placer Entremos, por favor, y olvidad la etiqueta. Esta noche limitémonos a vivir. Fueron a tornar asiento en una sala acogedora cubierta de tapices, con pieles en el suelo y un alegre fuego en la chimenea. —¿Así que no podéis regresar a vuestro mundo?— dijo la voz grave de Taury— . Lo malo es que no puedo aconsejaros que os quedéis, pues los tiempos no son buenos. —Nos quedaremos unos días— decidió Harrison. —No conseguiréis nada— zanjó Hunda— El principio del impulsor temporal se perdió hace mucho tiempo; pero aun queda mucha técnica superior a la de vuestra época. —Lo sé— dijo Harrison— , aunque la verdad… en ninguna otra época nos hemos encontrado tan a gusto. —Las venideras serán peores. Cuando lleguen los anvardi creo que todos moriremos. “El Soñador”, el último de los consejeros del Imperio, me dijo en cierta Ocasión que quizá fuera mejor así. —¿Cómo llegaron aquí a la Tierra los de Vro-Hi, precisamente entre tantos planetas?— quiso saber Bernard Harrison. —Os bastará saber que lo más que el emperador llegó a mandar fue una pequeña flota. Mi padre pudo salvarse de la destrucción a que fue sometido huyendo con tres naves hacia la periferia. Pensó que valía la pena buscar refugio en Sol. El Sistema Solar había sido cruelmente devastado en las edades oscuras. Las grandes obras de ingeniería que hicieron habitables los demás planetas fueron destruidas y la propia Tierra resultó asolada. Se había utilizado un arma que consumía el bióxido de carbono de la atmósfera. Harrison, recordando la explicación que de las épocas glaciares daban los geólogos de su tiempo, asintió comprendiendo. Sólo unos cuantos salvajes famélicos vivían ahora en el planeta. Y todo el sector de Sirio ofrecía tal desolación que ningún conquistador creía que valiese la pena ocuparse de él. Al emperador le había gustado hacer del antiguo solar de su raza la capital de la Galaxia y se había trasladado a la arruinada fortaleza de Brontothor un milenio después. Al día siguiente, Taury condujo a los viajeros por las zonas subterráneas a visitar a “El Soñador” y Vargor les acompañaba. Atravesaron inmensas cavernas con bóvedas abiertas en la roca, túneles de silencio donde sus pisadas despertaban ecos fantasmales. De vez en cuando pasaban junto a una mole monstruosa; el herrumbroso armazón de alguna vieja máquina, —En otro tiempo hubo aquí pavimentos rodantes— dijo Taury al iniciar su recorrido— Pero no hemos intentado instalar otros nuevos. Hay demasiadas cosas que hacer… reconstruir una civilización con restos dispersos. Taury marchaba delante, con su melena leonina como una llama entre los sombras oscilantes. Vargor le seguía los pasos y Belgotai caminaba como un felino. Harrison pensó en el extraño grupo que formaban, cuatro seres humanos del alba y el crepúsculo de la civilización, pareciéndole que jamás había sido otra cosa que un cortesano de la emperatriz galáctica. Cuando Taury abrió una puerta y apareció “El Soñado— “, Harrison, que iba preparado a todo, sufrió un rudo choque, Se había imaginado un grave personaje de barba blanca o un arácnido de enorme cabeza o un cerebro desnudo latiendo en una caja de alimentación Pero el último de los Vro-Hi era un monstruo, aunque tenía incluso una belleza misteriosa. Su gran cuerpo brillaba, iridiscente, y sus múltiples manos de siete dedos eran flexibles y graciosas; sus ojos, enormes estanques de oro líquido. Al ver a los recién llegados se incorporó sobre sus renqueantes piernas. Apenas levantaba seis palmos del suelo, aunque la parte que era a la vez cabeza y cuerpo fuese grande y maciza. Su encorvado pico no se abrió y el psicófono permaneció silencioso. Cuando las largas antenas apuntaron hacia Harrison, éste oyó: —Salud, majestad, Salud, alteza. Salud, hombres que llegáis del tiempo. Telepatía… telepatía directa —Gracias, señor. Pero, ¿cómo sabéis… ?— preguntó el extrañado Bernard. —No he leído los pensamientos de tu mente, viajero Los Vro-Hi siempre respetamos la intimidad. Pero mi inducción es obvia. —¿Es que pensaste durante tu último trance?— le preguntó Vargor— . ¿Llegaste a algún plan? —No, alteza— vibró “El Soñador”— , mientras los factores permanezcan constantes no podemos hacer mas de lo que ya hacemos. Estuve trabajando en la base filosófica que ha de tener el segundo imperio. _¿Qué segundo imperio?— ironizó Vargor. —El que ha de llegar… algún día.— Los sabios ojos de “El Soñador” se posaron en Harrison y Belgotai —Con vuestro permiso— pensó— me gustaría explorar vuestros depósitos de memoria. Sabemos tan poco de vuestra época… Os aseguro que un ser humano que ha vivido medio millón de años es capaz de guardar todos los secretos y se abstiene de emitir juicios morales. La exploración, de todos modos, será necesaria si he de enseñaros nuestro lenguaje. —Adelante— dijo Harrison con repugnancia. Por un momento sintió vértigo y un escalofrío, Taury le rodeó con su brazo y en seguida todo pasó. —¿Y eso es todo? —Sí. Un cerebro de Vro-Hi puede registrar un número infinito de unidades simultáneamente. ¿Te has dado cuenta en qué lengua acabas de hablar? —¡Eh … yo!— Harrison dejó escapar— : ¡Por los dioses! ¡Sé hablar estelar!. —Sí— pensó— “El Soñador”— , los centros del lenguaje son particularmente receptivos y es fácil imprimir en ellos. Este método de enseñanza es sencillo y eficaz para aprender idiomas. —Entonces empiece conmigo— dijo jocosamente Belgotai. —Os diré que cuanto vi en vuestras mentes, era bueno y honrado. Si os quedaseis seríais útiles aquí. Aunque no debéis ignorar que los tiempos son malos. La estridente risa de Vargor rompió el silencio. —Somos unos proscritos y no tenemos futuro, puesto que los anvardi llegan. Cierto que les presentaremos batalla. ¡Va a ser una lucha como no recuerda esta vieja Galaxia! De labios de Vargor surgió un apagado grito de dolor mientras contemplaba la imagen que saltaba y oscilaba en la gran pantalla de comunicación interestelar. Un hombre había aparecido en ella para decir: —Sí, majestad, somos cincuenta y cuatro naves atestadas y la flota anvardiana viene persiguiéndonos. —¿A qué distancia?— preguntó Hunda. —Medio año— luz, aproximadamente señor. Estaremos cerca de Sol antes de que puedan alcanzarnos. —¿Están capacitados para hacerles frente?— volvió a preguntar Hunda. —No, señor— dijo el hombre— , Venirnos cargados de refugiados, mujeres, niños y campesinos desarmados. Si no nos ayudáis, señor, nos venderán como esclavos. No queremos vivir bajo los anvardi. —¿Cuánto tardaran en llegar aquí? A esta marcha, señor, acaso una semana— respondió el capitán de la nave. - Bueno, continuad hacia aquí— dijo Taury con voz cansada . Enviaremos naves contra ellos. Durante la lucha podréis alejaros. No vayáis a Sol, porque habrá que evacuarlo. Nuestros hombres tratarán de establecer contacto con vosotros mas tarde. —No merecemos tanto majestad. Salvad nuestras naves. —¡Allá vamos!— dijo Taury con decisión, Y cerró el circuito. Luego se volvió hacia los demás. La roja cabeza tan erguida como siempre. Impartió órdenes. La mayoría de su pueblo podía marcharse a Arlath, un desierto en el que no serían encontrados por el enemigo. Hunda y ella planearían el ataque. Tendrían que hacerlo lo más eficaz posible utilizando el menor número de naves. —¡Si tuviésemos armas decentes!— rugió Hunda. “El Soñador” se irguió y, antes de que pudiese Vibrar, el mismo pensamiento había saltado al cerebro de Harrison. El y el hombre de Vro-Hi se miraban con loca esperanza… El espacio titilaba con un millón de estrellas. La Vía Láctea espumaba en torno al cielo en un rastro de fría plata y todo era sobrecogedor para un humano. Harrison sintió la soledad como no la había sentido en el viaje a Venus, porque Sol iba quedando a su espalda y se precipitaban al vacío interestelar. Acababan de instalar la nueva arma en el acorazado, pero no habían tenido tiempo de probarla. Habían tenido que poner toda la flota en juego y la total potencia de combate de Sol. Si vencían los viejos imperiales tendrían una oportunidad pero si fracasaban… Harrison estaba en el puente tratando de descubrir a la flota anvardiana y Hunda se mantenía en la central de control, haciendo girar los herrumbrosos volantes de señales. “El Soñador” permanecía quieto en un rincón, contemplando extasiado la Galaxia. Los demás miembros de la corte estaban cada uno al mando de un escuadrón y Harrison los había visto por la visiopantalla que enlazaba la flota. —Faltan pocos minutos, Bernard— dijo Taury. Se apartó del cristal flexible e inquieta como una tigresa. La fría y blanca luz de las estrellas relucía en sus ojos y en el casco con el sol flamígero que se asentaba en el bronce de su cabello. Harrison admiró su hermosura. —A ti te toca, Bernard— dijo sonriéndole— ; viniste del pasado para traernos la esperanza. Es bastante para creer en el destino, aunque esto no te hará volver con los tuyos. Le había tomado una mano y Harrison murmuró que no importaba. Una voz estalló en el transmisor del puente. Taury abrió la pantalla y surgió un rostro fuerte, orgulloso y cruel, el sol brillando en su pelo verde. - Saludos, Taury de Sol— dijo el anvardiano -. Soy Ruulthan, emperador de la Galaxia, —Sé bien quién eres— -— dijo Taury sin alterarse— , pero no reconozco ese supuesto título. —Nuestros detectores informan de tu aproximación con una flota que es la décima parte de la nuestra. Tenéis una nave Supernova, pero también nosotros. A menos que os avengáis a negociar seréis aniquilados. —¿Cuáles son vuestras condiciones? —Rendición, ejecución de los criminales que dirigieron los ataques a los planetas anvardianos y tu vasallaje ante mí como emperador galáctico. Taury, asqueada, se volvió y Harrison dijo a Ruulthan en lenguaje explícito lo que debía hacer con sus condiciones y apagó la pantalla. —Toma los mandos, Bernard— dijo Taury mirándolo intensamente y señalando al mismo tiempo hacia el artefacto de propulsión temporal. Si caemos en esto… adiós, Bernard. —Adiós— respondió él con voz sombría. Se instaló ante sus controles. Levantó un brazo y Hunda cortó la hiperpropulsión. A poca velocidad intrínseca el “Venganza” quedó cerniéndose en el espacio mientras las invisibles naves de su flota se alejaban hacia los anvardi. Lentamente hizo descender la palanca de impulsión temporal. La nave rugió cuando la energía atómica invadió los poderosos circuitos construidos para arrastrar su enorme masa a través del tiempo. Se conmovió la gigantesca máquina y una grisura sin contornos surgió al otro lado de las compuertas. Hizo a la nave retroceder tres días. Se encontraba en el espacio vacío, todavía con los anvardi a distancia fantástica. Sus ojos se fijaron en la chispa amarilla del Sol, concentrando todas sus energías en instalar el impulsor temporal que acababa de hacerles retroceder… Esto no tenía sentido. La simultaneidad era arbitraria. Y ahora había una tarea que cumplir. Le llegó la voz del jefe de astrogantes con un torrente de cifras. Tenían que hallar la posición exacta en la que el navío almirante de los anvardianos se hallaría dentro de setenta y dos horas. Hunda envió las señales a los “robots” del cuarto de máquina y, pesadamente, el “Venganza” comenzó a deslizarse a través de cinco millones de millas de espacio. Harrison pensó en aquellos tres días adelante en el tiempo que les permitirían aparecer al costado del acorazado anvardiano. Frenéticamente Hunda volvió a poner en marcha la hiperpropulsión, alcanzando velocidades superiores a las de la luz. Ahora veían la nave, erguida como una montaña de metal contra las estrellas. ¡Y todas las armas del “Venganza” dispararon a la vez! El cañón “Vorágine”, los barrenadores, las granadas y torpedos atómicos, los desplazadores de gravedad… todo el infierno acumulado en los torturados siglos de historia vomitó contra las pantallas del navío insignia anvardiano. Bajo la monstruosa descarga, que llenó el espacio de devastadora energía hasta parecer que su misma estructura iba a entrar en ebullición, las pantallas se derrumbaron. A través de la materia sólida del casco horadaron, cortaron, desintegraron. El acero se convertía en vapor, en pura energía devoradora que se revolvía contra los demás materiales sólidos. Penetrando más y más en el casco, aquella furia era una llama asoladora que no dejaba tras de sí ni cenizas. Ahora el resto de la flota imperial cargaba contra los anvardi. Atacada desde el exterior y con un monstruo devorador en su propia entraña, la flota anvardiana se dislocó y sus unidades lucharon a la desesperada. Los anvardi seguían teniendo el número a su favor. Morían, pero también mataban y el puente del “Venganza” se estremecía y rugía con el fragor de la batalla. Los partes retumbaban en el altavoz: Pantalla 3 eliminada… Compartimento 5 no responde… Torre “Vorágine” 537 fuera de combate… Harrison se encontró manejando un cañón, disparando contra navíos invisibles, buscando el blanco… —¡Huyen! El grito de júbilo atravesó lo que quedaba de la enorme y vieja nave. ¡Victoria! ¡Victoria! Era un grito repetido que no habla sonado allí desde hacia cinco mil años. Harrison podía ver las dispersas unidades de los anvardi lanzadas hacia la Galaxia en desesperada búsqueda de refugio, perseguidas y acosadas por la flota imperial. “El Soñador” se puso en pie y ya no fue un pequeño monstruo de piernas torpes, sino un dios viviente cuyo terrible pensamiento cruzó el espacio, más rápido que la luz, para plantarse rugiente en los cráneos de los bárbaros: “Soldados de los anvardi: vuestro falso emperador ha muerto y Taury “la Roja”, emperatriz de la Galaxia, se alza con la victoria. Os ofrecemos amnistía y salvoconducto. Llevad esta nueva a vuestros planetas: ¡Taury “la Roja” convoca a todos los jefes de la confederación anvardiana a jurarle fidelidad y a ayudarle a restaurar el imperio galáctico!” Estaban en el balcón de Brontothor y volvían a contemplar la vieja Tierra por primera vez en casi un año. A Harrison le resultaba extraño observar su tierra natal tras aquellos meses en los múltiples y dispersos mundos de una Galaxia más enorme de lo que era capaz de imaginar. Había como un pequeño nudo en su corazón porque estaba diciendo adiós al mundo de Leticia, Leticia ya no existía. Era parte de un pasado muerto hacía cuarenta y ocho mil años. Ahora Taury tendría que trasladar la capital imperial del aislado Sol a la céntrica Estrella Polar y no pensaba tener nueva oportunidad de visitar la Tierra. Por eso había cruzado un millar de estrellados años— luz hasta el pequeño y solitario Sol, que había sido su morada. Llevaba consigo naves, máquinas y tropas. Los ingenieros climatólogos volverían a desviar el glacial invierno de la Tierra hacia sus polos y comenzarían la recolonización de los demás planetas. Habría escuelas, fábricas, civilización… Sol tendría motivos para recordar a su emperatriz. Y con Harrison, en el viejo castillo arruinado, estaba Taury, contemplando la noche terrestre. Era tarde y todos debían dormir. La quietud era inmensa y los ruidos parecían haberse congelado en la helada calma. La luna se posó, blanca, en la cara de ella, sembrando de fantasías sus ojos y su pelo. Parecía una diosa de la noche. —¿En qué pensabas, Bernard?— le preguntó al cabo de un rato. —Más creo que soñaba. Me resulta extraño pensar que he dejado mi tiempo y ahora incluso voy a dejar mi mundo. —Lo sé— asintió ella con gravedad— . Yo siento lo mismo. No tendré en adelante tiempo ni para reír. Cuando se trabaja para un millón de estrellas no hay ocasión de ver iluminarse la cara de un hombre con el agradecimiento a nuestras obras. Regiremos un mundo de extraños… Siguió otro momento de silencio bajo las distantes estrellas. —Bernard… estoy tan sola… La tomó en sus brazos. Sintió sus labios fríos, con el mismo relente cruel y silencioso de la noche, pero ella le correspondió con fiero anhelo. —Creo que te amo Bernard— dijo al cabo de un rato— y nunca más volveremos a estar solos… La luna ganaba ya el negro horizonte cuando la acompañó a sus habitaciones, La despidió con un beso y echó a andar por el sombrío corredor hacia su cuarto. La cabeza le daba vueltas; estaba ebrio con tanta dulzura y maravilla. Sentía deseos de cantar, reír y abrazar a todo el mundo estrellado. ¡Taury! Taury! ¡Taury! Descubrió una silueta envuelta en una capa oscura. Una luz indecisa se reflejaba en su cara atormentada. Era Vargor. —¿Qué ocurre? La mano del príncipe se alzó y Harrison vio la oscura boca de una pistola aturdidora apuntándole. —Lo siento, Bernard— dijo Vargor, sonriendo amargamente. Harrison quedó paralizado e incrédulo. Vargor… el que había luchado junto a él. Se habían salvado mutuamente la vida, reído y trabajado juntos… ¡Vargor! Relampagueó el arma. Algo crujió en su cráneo y se sintió hundir en las tinieblas. Su despertar fue lento y el dolor iba invadiendo. Sus nervios a medida que recuperaba la sensibilidad. Cuando su visión se aclaró, vio que estaba atado y amordazado en el suelo de su impulsor. La máquina del tiempo… la había olvidado, abandonada en un cobertizo mientras recorría los astros. Vargor estaba plantado en la puerta abierta. El pelo le caía en desorden y sus hermosos rasgos aparecían cansados. —Perdóname, Bernard, te quiero y tus servicios al imperio no podrán olvidarse. Pero he tenido que emplear esta sucia y baja trampa. He de hacerlo aunque el recuerdo de esta noche me persiga toda la vida. Harrison intentó sacudirse la mordaza. —No puedo consentir que grites, Bernard. Amo a Taury; la amo tanto que no puedo estar lejos de ella y por ella sería capaz de hundir el Cosmos. Creí que, poco a poco, empezaba a quererme, pero esta noche os vi en el balcón y supe que estaba derrotado. No ambiciono el poder, puedes creerme. El oficio de rey consorte será duro y poco atractivo, pero si es el medio de tenerla, a él me atendré. Tú no eres de los nuestros y no compartes nuestras tradiciones. Taury ahora puede sentir algo por ti, pero pienso como dentro de veinte años. Sé que corro un riesgo. Si encuentras el medio de invertir la dirección de tu marcha por el tiempo y vuelves aquí, eso supondrá mi desgracia y mi exilio. Sería más seguro matarte, pero no soy tan malvado. Adiós, Bernard y buena suerte. Accionó la palanca y salió del impulsor cuando éste empezaba a calentarse. La puerta se cerró a su espalda con ruido seco. Harrison se debatía en el suelo, maldiciendo con su cerebro que era un negro pozo de amargura. Se alzó el gran zumbido del impulsor. Estaba en camino… —¡No… detén la máquina, Dios mío. Las cuerdas de plástico le cortaban las muñecas y se encontraba incapaz de alcanzar la palanca. Sus dedos ansiosos recorrieron la superficie de un nudo, buscando con las uñas un asidero, La máquina rugía a toda potencia volando por la infinidad del tiempo. Le costó mucho soltarse y cuando al fin se puso en pie y se quitó la mordaza pudo mirar hacia la gris opacidad del exterior. La aguja de los siglos pugnaba contra el tope final. Calculó vagamente que había avanzado ya unos diez mil años. Con un furioso manotazo hizo bajar la palanca. Fuera estaba oscuro y permaneció estúpidamente absorto durante unos momentos, hasta que advirtió el agua que se filtraba en la cabina por las junturas de la puerta. ¡Estaba bajo el agua! Frenéticamente volvió a empujar la palanca, Probó el agua caída en el suelo. Era salada. En algún momento de esos diez mil años, por razones naturales o artificiales, el mar había llegado a cubrir el solar de Brontothor. Mil años después seguía bajo su superficie. Taury había muerto … y habían muerto también Belgotai, Hunda, e incluso “El Soñador”! Él mar rugía sobre la muerta Brontothor y él estaba solo. Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar. Durante tres millones de años el océano continuaba cubriendo el solar de Brontothor. Y Harrison seguía adelante. A intervalos se detenía para ver si las aguas se habían retirado. Pero no. Y empezó a computar fechas. Varias veces pensó en detener la máquina y morir ya que Taury había muerto. Y lo hizo a los cuatro millones de años. Entonces descubrió que a su alrededor había aire seco. Estaba en una ciudad, pero en una ciudad distinta a cuantas había visto e imaginado. No podía seguir la extraña geometría de las estructuras titánicas que surgían en torno. Enormes y devastadoras energías relampagueaban y rugían a su alrededor, como el rayo descendido a la Tierra, y a su paso el aire silbaba y quemaba. El pensamiento fue un grito que llenó su cráneo y buscó a tientas su significado. ” ¡CRIATURA QUE LLEGAS DE] TIEMPO, DEJA AL MOMENTO ESTE LUGAR O LAS FUERZAS QUE MANEJAMOS TE DESTRUIRÁN.” Aquella visión mental le atravesaba una y otra vez, hasta las mismas moléculas de su cerebro, y su vida estaba abierta ante ellos como una blanca llama incandescente. ¿Podéis ayudarme?, gritó a los dioses, ¿Podéis hacerme retroceder en el tiempo? “HOMBRE, NADIE PUEDE VOLVER ATRÁS, ES INTRÍNSECAMENTE IMPOSIBLE, HAS DE SEGUIR HASTA EL FIN DEL UNIVERSO, Y MÁS ALLÁ, PORQUE ALLÍ ESTÁ… ” Aulló de dolor cuando aquel pensamiento, aquel concepto insoportablemente grande lleno su cerebro humano. “¡SIGUE, HOMBRE SIGUE! PERO NO PUEDES SOBREVIVIR EN ESA MÁQUINA. YO LA TRANSFORMARÉ… ¡SIGUE! ” El impulsor volvió a ponerse en marcha por sí solo. Torva, desesperadamente, Harrison se precipitó en el futuro. La máquina había sido alterada. Ahora era estanca y, pudo comprobar que la ventanilla le resultaba totalmente irrompible. Algo había sido cambiado en el impulsor que lo lanzaba a increíble velocidad. Y millones de años pasaban mientras uno o dos minutos transcurrían dentro del rugiente caparazón. Pero, ¿qué eran aquellos dioses? Nunca lo sabría, Seres de más allá de la Galaxia, exteriores al Universo mismo… el último producto de la evolución humana. Una cosa estaba bien clara: la raza humana había dejado de existir. En su huida hacia el futuro, se detenía de vez en cuando para lanzar una ojeada al mundo y su tremenda historia. A los cien millones de años contempló grandes copos de nieve arremolinados por el viento. Los dioses habían desaparecido. ¿Es que también morían los dioses? Nunca lo sabría. Un ser se acercaba entre la tormenta. El viento precipitaba la nieve a su alrededor en silbantes torbellinos. Su piel gris parecía escarchada. Se movía con gracia flexible e inhumana, apoyándose en un bastón a cuyo extremo brillaba una luz como un diminuto sol. Harrison le llamó por el psicófono: —¿Quién eres? ¿Qué haces en la Tierra? Aquel ser llevaba un hacha de piedra en la mano y una sarta de toscas cuentas alrededor del cuello. Pero miró con resueltos ojos dorados a la máquina y el psicófono trajo su voz ruda: —Tú debes ser del pasado más lejano, de uno de los primeros ciclos. —Me dijeron que siguiese hace casi cien millones de años. —Si ELLOS te dijeron eso… ¡entonces sigue! Y aquel ser continuo su camino en la tormenta. Harrison se lanzó adelante. A mil millones de años en el futuro había una ciudad sobre una llanura donde crecía hierba azul. Pero no había sido construida por los humanos y una voz le conminó a alejarse. El Sol se hacía mas caliente y más blanco a medida que el cielo helio/hidrógeno aumentaba en intensidad. La Tierra giraba acercándosele lentamente. ¿Cuantas razas inteligentes habían surgido en la Tierra, vivido y muerto desde la época en que el hombre salió por primera vez de la selva? A los cien mil millones de años, el Sol había gastado sus últimas reservas nucleares. Harrison contempló un desnudo paisaje montañoso, árido como la Luna… pero la Luna había caído hacia mucho tiempo hacia su mundo y explotado en lluvia meteórica. La Tierra estaba ahora frente a frente con su estrella; su día era tan largo como su año. Harrison veía parte del enorme disco rojo sangre del Sol brillando desmayadamente. Algunos miles de años después no había ya otra cosa que la oscuridad más elemental. La entropía había alcanzado su máximo, las fuentes de energía estaban agotadas, el Universo había muerto. Gritó ante aquel terror de cementerio y lanzó la máquina hacia delante. Sin el mandato de los dioses podría haberlo dejado allí, abrir la puerta al vacío y el cero absoluto y morir de una vez. Pero tenía que seguir. Había alcanzado el fin de todas las cosas, y debía continuar. “Más allá del fin de los tiempos”. Transcurrieron miles y miles de millones de años. Harrison yacía en su máquina hundido en un coma apático. Una vez consiguió animarse a comer un sándwich. Era chistoso. El último ser vivo, la última expresión de energía libre en el Universo, devorando un sándwich. Cuando volvió a detenerse miró al exterior y distinguió un débil resplandor lejano, el más vago indicio de luz, allá en los cielos. Temblando, saltó otros mil millones de años. La luz era ahora más fuerte, un gran resplandor giraba incipiente en el cielo. EL UNIVERSO SE TRANSFORMABA. El espacio debía haberse expandido hasta alguna especie de límite, y ahora estaba recogiéndose sobre sí mismo, para comenzar de nuevo el ciclo, el ciclo repetido nadie sabía cuántas veces en el pasado. El Universo era mortal pero también un fénix que nunca moriría realmente, Y de pronto se vio libre de su deseo de morir. Al borde del fin deseaba contemplar la próxima época, pero, ¿cómo saber si iba a formarse un mundo bajo sus pies? Con súbita decisión accionó la palanca hacia delante. Y pudo contemplar algunas edades geológicas. pero no salió de su máquina, aunque se detuvo de vez en cuando. La atmósfera sería irrespirable hasta que las plantas hubiesen liberado bastante oxígeno. ¡Siempre adelante! A veces estaba bajo el océano, otras sobre la Tierra. Vio extrañas selvas, con helechos y líquenes gigantes, surgir y perecer en el frío de una época glacial y surgir otra vez con renovadas formas de vida. Un pensamiento le rondaba, bullendo en su subconsciente mientras avanzaba. No se hizo presente durante varios millones de años, y de pronto… ” ¡La Luna! ¡Oh, Dios mío, la Luna!”. Sus manos temblaban demasiado violentamente para poder manejar la máquina. Finalmente, con un esfuerzo, se dominó lo suficiente para empujar la palanca. Salto hacia adelante en busca de una noche de Luna llena. Allí estaba. El mismo viejo rostro… ¡la Luna! La impresión fue demasiado grande.. Aturdido, reanudó su viaje, y el mundo empezó a tener un aspecto familiar. Había pequeñas colinas boscosas y un río brillaba a lo lejos… No acabó de creerlo hasta que vio el pueblo. Era el mismo… Hudson, Nueva York. Estuvo un gran rato sentado, dejando que su cerebro de físico considerase el tremendo hecho. En términos newtonianos, significaba que cada partícula recién formada en el génesis tenía exactamente la misma posición y velocidad que cada partícula correspondiente del ciclo interior, En el más aceptable lenguaje einsteiniano, el continuo era esférico en todas dimensiones. En cualquier caso… si se viajaba lo suficiente a través del espacio o del tiempo, se volvía al punto de partida. ¡PODRÍA VOLVER A CASA!” Descendió corriendo la colina bañada de sol, sin cuidarse de su extraño atavío, y siguió corriendo hasta que el aliento le faltó en los pulmones y el corazón parecía a punto de saltarle del pecho. Jadeando, entro en el pueblo, penetró en un banco y miro el maltratado calendario y el reloj de pared. 17 de julio de 1936, a la una y media de la tarde. A partir de estos datos podría calcular al minuto su hora de llegada en 1983. Regresó lentamente, las piernas temblorosas, y puso de nuevo en marcha la máquina. Fuera se hizo la gris opacidad por última vez. 1983. Bernard Harrison descendió de la máquina. Su movimiento en el espacio, en Brontothor, le había sacado de la casa Jim Carey, y ahora estaba a media ladera de la colina en cuya cima se hallaba el viejo edificio. Sobrevino un ramalazo de silenciosa energía. Harrison se volvió de un salto, alarmado, y vio cómo la máquina se disolvía en metal fundido… en gas… en una nada que brillo brevemente y desapareció. Los dioses debieron poner en ella algún dispositivo aniquilador. No querían ver sus ingenios del futuro sueltos por el siglo XX. Harrison pensó que no había peligro de ello y subió lentamente la colina pisando la hierba húmeda. Había visto demasiada guerra y horror para dar a los hombres unos conocimientos para los que no estaban preparados. Tanto él como Leticia y Jim Carey tendrían que silenciar la historia de su regreso alrededor del tiempo, porque aquello ofrecería un medio de viajar al pasado, y eliminaría la barrera que impedía al hombre el uso del impulsor para el crimen y la opresión. El segundo imperio y la filosofía de “El Soñador” estaban todavía muy lejanos en el tiempo. Avanzaba. La colina parecía extrañamente irreal después de cuanto había visto, de todo el enorme mañana del Cosmos. Nunca volvería a encajar del todo en la pequeña ronda de días que le quedaban por vivir. Taury… Su amado rostro flotaba ante él y creyó oír su voz susurrar en el frío y húmedo viento que le acariciaba el pelo como lo hicieran sus manos fuertes y suaves. —Adiós…— murmuró hacia la cercana inmensidad del tiempo. Adiós, amada mía. Lentamente subió los escalones y se halló junto a la puerta. Habría que llorar a John. Y después escribir un informe, cuidadosamente censurado, y vivir una vida de atrayente trabajo junto a una muchacha dulce, amable y bella, aunque no fuese Taury. Parecía más que suficiente para cualquier mortal. Penetró en el living y sonrió a Leticia y Jim Carey. —Hola— dijo— . Creo que llego algo temprano. FIN
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Thursday, September 18, 2008

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? — EL HOLANDES ERRANTE — WARD MOORE

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? — EL HOLANDES ERRANTE — WARD MOORE

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? — EL HOLANDES ERRANTE — WARD MOORE
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EL HOLANDÉS ERRANTE
Ward Moore
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Mientras el minutero del reloj de pared rebasaba suavemente la manecilla de las horas,
todavía enhiesta, el calendario automático, situado bajo la esfera, se estremeció
bruscamente y al número diez le sucedió el once.
Salvo aquel ligero espasmo, tal vez atribuible a un imperfecto funcionamiento del
mecanismo, las plaquitas en que estaban inscritos los signos «noviembre» y «1998»
permanecieron inmóviles. En la sala de control, dotada de aire acondicionado, un
termómetro situado junto a la puerta señalaba invariablemente una temperatura de 68º
Farenheit.
No había nadie en la sala de control para observar el reloj, el calendario, el termómetro,
la pantalla de radar o cualquiera de los diversos indicadores instalados en las paredes o
en las mesas. Aún suponiendo la presencia de empleados o intrusos, no les hubiera
sido posible leer señal alguna ya que la oscuridad era completa. No sólo estaban
apagadas las luces de la sala; tupidos cortinajes las protegían contra los traicioneros
rayos de la luna que eventualmente pudieran reflejarse en las superficies pulimentadas.
La ausencia de luz y de personal técnico no alteraba el trabajo de los prodigiosos
aparatos del aeropuerto, pues habían sido diseñados para funcionar automáticamente
con una inteligencia casi humana y con una precisión que sobrepasaba a la del hombre
en cualquier emergencia, excepto en los casos de un ataque directo del enemigo o de
un tiro cercano que averiara no sólo los instrumentos sino también los aparatos de
reparación y ajuste.
Cuando el sonar y el radar captaron el sonido y la imagen de una aeronave que se
aproximaba por el norte, instantánea y correctamente fue identificada como amiga; en
efecto, era un RB-87 que regresaba a su base. La información fue transferida a las
baterías antiaéreas, a la oficina de información, situada a treinta millas de distancia; a
los tabuladores que registraban el curso de los bombarderos, al control de combustible
oculto a gran profundidad y al depósito de municiones, protegido por capas y más
capas de cemento y plomo.
No existía balizaje automático en el aeropuerto, por supuesto, pero esto no significaba
inconveniente alguno para el poderoso bombardero de ocho motores, ya que no
dependía de percepciones y reacciones humanas sino de un cálculo matemático
totalmente ajustado a su plan de vuelo, sensible a la más sutil variación atmosférica, a
la configuración del terreno, e incluso a una repentina imperfección de su propio
mecanismo. Durante el vuelo, segundo tras segundo, estos instrumentos calculaban,
compensaban y mantenían a la aeronave en la ruta prevista.
El RB-87, ajustado a la velocidad y dirección del viento, así como a cierto número de
factores, apuntó la proa hacia la pista de cemento de dos millas de longitud y se deslizó
suavemente sobre ella, hasta el final, para detenerse finalmente con las hélices girando
en punto muerto entre dos trazos de pintura: el lugar exacto que indicaban los cálculos
que regían su navegación.
Mientras se detenían los motores y las hélices giraban cada vez con mayor lentitud, los
complejos servicios de la base aérea comenzaron a funcionar, al detectar los
instrumentos de la oscura sala de control la invisible imagen del bombardero que
regresaba. Del depósito de combustible serpenteó una manguera aparentemente
interminable, atravesando el campo; al acercarse al bombardero, sus movimientos
reptantes se hicieron más pronunciados cuando, guiada por impulsos electrónicos alzó
la cabeza y trepó por un costado del aparato, buscando a ciegas los vacíos tanques de
gasolina. Un diminuto receptor le respondió al mensaje de un transmisor también
minúsculo; saltó el tapón y el cuello de la manga se introdujo en la abertura. Este
contacto actuó en las profundidades del depósito de combustible; comenzaron a
funcionar las bombas y la larga manguera se puso rígida al pasar la gasolina por su
interior. A muchos kilómetros de distancia comenzaron a trabajar las bombas,
impulsando su carga a través de los oleoductos. Toda la maquinaria de una refinería se
puso en movimiento para elaborar petróleo en crudo y enviarlo transformado en
gasolina de alto octanaje. A medio continente de distancia, se elevaba desde las
profundidades de un pozo de materia prima que iría a parar al interior de un depósito
vacío.
La manguera de gasolina, pieza fundamental, era el aparato más simple de la sala de
control. Llenos ya los tanques, el tapón del depósito en su sitio y la manguera enrollada
en su horquilla, hicieron su aparición las maquinarias más complejas. La manguera de
engrase se desplazaba de un motor a otro, los cuales vomitaban finas capas de aceite
negro quemado, luego reemplazadas por lubricantes de un color verde-dorado, fresco y
viscoso. El dispositivo mecánico de engrase, un increíble pulpo sobre ruedas, circulaba
por el campo aplicando sus tentáculos a las innumerables junturas que requerían sus
servicios. Al otro lado del campo, los dispositivos automáticos de carga transportaban
su precioso equipo en lenta procesión. Iban al encuentro del bombardero y constituían
también mecanismos complejos y sutiles, guiados por delicados artificios, que
colocaban suave y cuidadosamente las valiosas bombas en las cavidades de la nave.
Aguardaban pacientemente su turno, dispuestos y regulados contra toda posible
colisión. Al igual que los aparatos de control de combustible, también eran el resultado
de la labor de muchos servomecanismos; galerías subterráneas despachaban a gran
profundidad el material de repuesto por medio de tubos neumáticos, que se introducían
bajo la superficie de la tierra a varios kilómetros de profundidad.
Los poderosos motores se enfriaron. La veleta - una especie de cono de lona -, en lo
alto de la torre del aeropuerto, se movió ligeramente. En la oscura sala de control, el
reloj marcaba las 3:58. Débiles partículas de polvo se filtraron subrepticiamente a través
de las rendijas de las ventanas y un pequeño trozo de cemento, desprendido por el
viento, cayó al suelo. A unos cuantos kilómetros de distancia, una hilera de árboles
secos y resquebrajados rehusaban ásperamente, con fúnebre tozudez, a doblegarse lo
más mínimo ante las duras acometidas del viento.
Exactamente a las 4:50, un impulso eléctrico procedente de la sala de control, según
normas predeterminadas, puso en marcha los motores del avión. Hubo un momento en
el que falló el motor número siete, pero pronto recuperó el ritmo habitual. Durante un
largo intervalo, los motores se calentaron. La aeronave emprendió la marcha con
aparente impremeditación, pero en el exacto instante previsto.
La pista se extendía a gran distancia. Pese a ganar velocidad, parecía como si el avión
se mantuviera pegado a ella, reacio a dejar tierra. Después de un ligero balanceo, se
abrió al fin un espacio entre las ruedas y el cemento, que se agrandó con rapidez. El
aparato se elevó a gran altura, sobrepasando por un amplio margen la red de cables de
alta tensión que se extendía más allá del aeropuerto. Ya en el aire pareció vacilar un
momento, mientras los instrumentos medían y calibraban, pero no tardó en enfilar la
proa hacia el norte, surcando con decisión el firmamento.
Volaba a enorme altura, por encima de las nubes, por encima de la sutil capa de aire
oxigenado. Los motores palpitaban uniformemente, excepto el número siete, en el que
de vez en cuando se percibían desfallecimientos y vacilaciones. Los expertos
instrumentos del bombardero guiaban y comprobaban constantemente su vuelo,
manteniéndolo en ruta hacia el objetivo a una altura fuera de posibles interferencias.
La pálida luz del amanecer hirió los contornos del avión sin resultado. La pintura
pardusca del camuflaje no producía reflejos, pero aquí y allá aparecían ligeros
rasguños, dejando al descubierto el brillante y traicionero aluminio. A medida que la luz
se intensificaba, se hizo patente que tales desperfectos no eran sino pequeños signos
de la debilidad del gran bombardero. Un golpe aquí, una abolladura allá, un cable
deshilachado, una ligera erosión, señales que evidenciaban malos tratos, ominosas
limitaciones. Sólo los instrumentos y los motores eran perfectos, aunque incluso éstos,
considerando las alteraciones del número siete, no parecían destinados a durar
indefinidamente.
Rumbo norte, rumbo norte, rumbo norte. El blanco había sido fijado, años atrás, por
hombres maduros de rostro inexpresivo. La ruta fue establecida por hombres más
jóvenes, con cigarrillos entre los labios, y los instrumentos esenciales fueron instalados
por otros hombres todavía más jóvenes, envueltos en guardapolvos y mascando chicle.
El blanco no era originalmente objetivo exclusivo del «Holandés Errante» - nombre que
un mecánico jovial pintó años atrás en el fuselaje de la aeronave -, sino que estaba a
cargo de un escuadrón completo de aviones del modelo RB-87, pues constituía un
importante centro industrial, una parte esencial para el poder militar del enemigo cuya
destrucción era necesaria.
Los hombres maduros que habían decidido el plan estratégico conocían muy bien la
naturaleza de la guerra que estaban afrontando. Todo se había preparado
cuidadosamente, teniendo en cuenta las posibles eventualidades. Planes de todas
clases, cuantas alternativas eran posibles, se habían planificado con el mayor celo. Se
daba por descontado que aquella capital y las ciudades más importantes serían
destruidas casi de inmediato, pero los autores del plan habían ido mucho más allá de la
simple descentralización. En las guerras precedentes, las operaciones finales
dependían de los humanos, cuyo carácter frágil y falible conocían muy bien los
estrategas. Pensaban con disgusto en la inutilidad de los soldados y mecánicos cuando
se les somete a bombardeos ininterrumpidos o sufren los efectos de las armas químicas
o biológicas, en los civiles refugiados en los más profundos rincones de las cavernas y
minas subterráneas, con la voluntad anulada para la lucha e implorando servilmente el
retorno de la paz. Los estrategas habían luchado ardorosamente contra este factor de
incertidumbre. Organizaron una guerra no sólo completamente automatizada, sino
además en la que botones y más botones actuasen en una cadena sin fin. La población
civil podría encorvarse y temblar, pero la guerra no se detendría hasta alcanzar la
victoria.
El «Holandés Errante» avanzaba velozmente hacia un blanco familiar servido y
reforzado por una intrincada red de instrumentos, dispositivos, factorías, generadores,
cables subterráneos y recursos básicos, todos ellos casi envidiables e inexpugnables,
capaces de funcionar hasta el agotamiento, que no llegaría, gracias a su perfección,
hasta dentro de cien años. El «Holandés Errante» volaba hacia el norte, una creación
del hombre que ya no dependía de su autor.
Volaba hacia la ciudad que, largo tiempo atrás, había quedado convertida en pequeños
cascos pulverizados. Volaba hacia las distantes pilas de baterías antiaéreas, donde los
pocos cañones que todavía quedaban indemnes lo localizarían con sus pantallas de
radar, apuntando y disparando automáticamente, para atraerlo al destino que sufrieron
otros aviones a su imagen y semejanza. El «Holandés Errante» volaba hacia el país del
enemigo, un país cuyos ejércitos habían sido aniquilados y cuyo pueblo había perecido.
Volaba a tal altura que, desde un punto muy inferior al de sus extendidas alas y
potentes motores, la superficie de la Tierra quedaba limitada por una gran línea curva.
La Tierra, un planeta muerto en el cual hacía ya tiempo, mucho tiempo, que no alentaba
ningún ser viviente.
_
FIN
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Thursday, September 11, 2008

SCIFI — DELENDA EST… — POUL ANDERSON — FIN DE : “GUARDIANES DEL TIEMPO”

SCIFI — DELENDA EST… — POUL ANDERSON — FIN DE : “GUARDIANES DEL TIEMPO”

SCIFI
DELENDA EST… — POUL ANDERSON
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FIN DE :
“GUARDIANES DEL TIEMPO”
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DELENDA EST…
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Poul Anderson

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1
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La caza es buena en Europa hace veinte mil años, y los deportes de invierno, insuperables en ninguna otra edad. Por eso la Patrulla cuidadora del mejor adiestramiento de su personal mantiene una residencia en el Pirineo Pleistoceno.
Manse Everard, ante una ventana acristalada, contempla las perspectivas de hielo azul de las vertientes boreales en las que las montañas se convertían en bosques, pantanos y tundra. Su voluminoso cuerpo estaba envuelto en unos pantalones de color verde y túnica de insulsinta, del siglo XXIII; botas hechas a mano por un franco-canadiense del siglo XIX; fumaba una apestosa y vieja pipa de época indeterminada. Sentía una vaga inquietud e ignoraba el ruido del interior, donde media docena de agentes bebían, charlaban y tocaban el piano.
Un guía del período de Cro-Magnon se acercaba, cruzando el patio cubierto de nieve; era alto, hermoso, y vestía un poco a lo esquimal (¿por qué la novela nunca concedió al hombre paleolítico el suficiente sentido para vestir chaquetón, pantalón y calzado en el período glacial?), la cara pintada, al cinto uno de los cuchillos de acero que le habían prestado. La Patrulla podía actuar con entera libertad en aquel remotísimo tiempo; no había peligro en alterar el pasado, pues el metal se enmohecía y los extraños serian olvidados en pocos siglos. El mayor inconveniente era que los agentes femeninos, de períodos posteriores y más libertinos, siempre tenían jaleos con los cazadores primitivos.
Piet Van Sarawak (un flamenco-indonesio-venusiano del 24 d. de J.), joven esbelto y moreno, cuyo aspecto y técnica hacían ruda competencia a los guías, se reunió con él. Guardaron un momentáneo y amigable silencio. Era también un agente libre, cuyo auxilio podía reclamarse en cualquier época, y había trabajado ya antes con el americano. Ahora disfrutaban juntos sus vacaciones.
Habló primero en temporal:
- He oído decir que han localizado algunos mamuts cerca de Toulouse.
La ciudad no sería edificada hasta muchísimo después, pero la costumbre era más poderosa.
- Ya he cazado uno - contestó, impaciente, Everard -. He estado también esquiando, haciendo alpinismo y viendo las danzas de los nativos.
Van Sarawak asintió, sacó un cigarrillo y aspiró para encenderlo. Los huesos de su delgada faz resaltaban al tragar el humo.
- Un encanto de vida ociosa, pero, al cabo de cierto tiempo, la vida exterior comienza a tirar.
Les quedaban dos semanas de licencia. En teoría (puesto que podía tener que volver casi en el momento de partir), un agente podía disfrutar de permiso ilimitado; pero en realidad se daba por admitido que dedicaba a su tarea cierto porcentaje de su tiempo (nunca se le decía a uno cuándo iba a morir y se tenía el suficiente sentido para no preguntarlo uno mismo. Un aumento de longevidad era la recompensa de los danelianos a su agente).
- Lo que me gustaría - explicó Van Sarawak - sería estar entre luces brillantes, música y chicas que nunca hubiesen oído hablar de viajes por el tiempo.
- ¡Hecho! - concedió Everard.
- ¿Ser augustano en Roma? - inquirió, ansiosamente, el otro -. Nunca he estado allí. Puedo aprender desde aquí su lengua y costumbres por hipnosis.
Everard movió la cabeza.
- Se ha exagerado mucho. Si no queremos retroceder, la más gloriosa decadencia que tenemos disponible está en mi propio ambiente; es Nueva York… Si se conocen los números de teléfono apropiados… y yo los sé.
Van Sarawak rió en silencio.
- Conozco unos pocos sitios en mi sector; pero de todos modos, a una sociedad naciente le importan poco los refinamientos en la diversión. Bien; vamos a Nueva York, en el año… ¿en cuál?
- Pongamos 1960, que fue la última vez que estuve allí, en plan particular, antes de venir aquí.
Se sonrieron uno y otro y se separaron para prepararse. Everard, previsor, trajo alguna ropa del siglo XX a la medida de su amigo.
Mientras metía vestidos y efectos de afeitar en una pequeña valija, el americano se preguntaba si podía pasarlo bien con Van Sarawak.
El nunca había sido un juerguista de gran calibre ni había podido soportar a uno de ellos. Un buen libro, un rato de broma, una botella de cerveza, todo eso estaba en sus posibilidades. Pero hasta el más sobrio podía excederse ocasionalmente.
O algo más que eso, si el hombre era un agente libre de la Patrulla del Tiempo; si su empleo en los Estudios de Ingeniería era solo una tapadera para sus andanzas y hazañas a través de la Historia; si la había visto enmendada en sus detalles, no por Dios, lo que hubiera sido soportable, sino por hombres mortales y falibles (puesto que los danelianos eran menos que Dios); si siempre le atormentaba la posibilidad de un cambio mayor, por ejemplo, que él y un mundo no hubieran existido nunca… En la cara marchita y curtida de Everard apareció una mueca. Se pasó una mano por el crespo y negro cabello, como para ahuyentar la idea. Era inútil pensar en ello; el lenguaje y la lógica se estrellaban ante la paradoja. Mejor era desinteresarse mientras pudiera.
Cerró la valija y fue a reunirse con Piet Van Sarawak.
El pequeño vehículo antigravitatorio de dos plazas esperaba en el garaje, sobre rodillos. No se creería, al verlo, que sus mandos pudieran situarlo a voluntad en cualquier parte de la Tierra y en cualquier momento del tiempo. Pero también son maravillosos un avión, un buque o un incendio.

Auprès de ma bloonde
Qu’il fait bon, fait bon, fait bon,
Auprès de ma blonde,
Qe’il fait bon dormir!
Era Van Sarawak quien así cantaba en voz alta, cuajándosele el aliento en el helado aire, mientras ocupaba el asiento posterior del vehículo. Había aprendido la cancioncilla una vez que había tenido que acompañar a las tropas de Luis XIV. Everard rió.
¡Calla, muchacho!
- ¡Oh, vamos! - exclamó el joven -. Es un bello continuo, un espléndido cosmos. ¡Aprisa con la máquina!
Everard no estaba tan contento; había visto demasiada miseria humana en todas las épocas. Uno se endurece al cabo de cierto tiempo, pero, en su interior, cuando un campesino le contempla con ojos débiles y embrutecidos, o un soldado grita ensartado por una lanza, o una ciudad arde en llamas radiactivas… algo llora. El podía comprender a los fanáticos que habían intentado cambiar los hechos. Lo que sucedía era que su trabajo resultaba incapaz de mejorar nada.
- Confío en que se ha despedido de todas las damas amigas que tiene usted aquí - y puso los mandos para ir al almacén de los Estudios de Ingeniería, que era un buen sitio para partir.
- Sí; por cierto, y muy galantemente, se lo aseguro. ¡Vamos, adelante! Es usted tan pesado como las melazas de Plutón. Le aseguro que no estamos precisamente sobre una barca de remos.
Everard se encogió de hombros y accionó el mando principal. El almacén desapareció de su vista.

2

Por un momento la sorpresa los dejó inmóviles. La escena la veían por partes o trozos. Se habían materializado a pocos centímetros del suelo - el saltador no estaba planeado para posarse sobre objetos sólidos -, y como aquello era inesperado, rozaron el pavimento con un ruido que daba dentera.
Estaban en una especie de plaza. Cerca de ellos manaba una fuente cuyo receptáculo ostentaba esculpidos sarmientos entrelazados. En torno había calles formadas por edificios cuadrados de seis a diez pisos, construidos de ladrillo y cemento y extrañamente ornamentados y pintados. Había vehículos de tosco aspecto (cosas de tipo irreconocible) y mucha gente.
- ¡Dioses saltarines! - Everard miró a los cuadrantes. El aparato les había dejado en el bajo Manhattan, el 23 de octubre de 1960, a las 11,30 de la mañana, en las coordenadas espaciales del almacén.
Soplaba una ventolera que les lanzaba polvo y hollín a los ojos, el olor de las chimeneas y…
El arma sónica de Van Sarawak voló a sus manos. La multitud se alejaba velozmente de ellos, chillando algo incomprensible. Era una chusma abigarrada; altos, rubios, de cabezas redondas, muchos pelirrojos, algunos indios, mestizos de todas las combinaciones. Los hombres vestían blusas policromas, faldillas de tartán, una especie de gorra escocesa, medias basta la rodilla y zapatos; su cabello era largo y muchos individuos lucían lacios bigotes. Las mujeres vestían faldas hasta los tobillos y se peinaban con trenzas enrolladas bajo capuchas. Hombres y mujeres se adornaban con collares y macizos brazaletes.
- ¿Qué ha ocurrido? - murmuró el venusiano -. ¿Dónde estamos?
Everard se sentó con rigidez. Su cerebro funcionaba vertiginosamente, recordando todas las épocas que conocía directamente o por lecturas. ¿Cultura industrial? Aquello parecían automóviles de vapor (pero ¿y las agudas proas y los mascarones?) movidos por carbón. ¿Reconstrucción postnuclear? No; aquellos seres no habrían vestido entonces faldillas, y además hablarían inglés…
Aquello no concordaba; semejante ambiente no estaba registrado.
- ¡Vámonos de aquí! - dijo.
Sus manos estaban ya sobre los mandos en el momento que un hombre grande cayó sobre él. Rodaron fuera del vehículo, sobre el pavimento, con furia de puñetazos y de patadas. Van Sarawak disparó e hizo caer a alguno sin sentido, pero luego le agarraron por detrás; la muchedumbre se precipitó sobre ellos y las cosas se hicieron confusas.
Everard tuvo la fugaz impresión de hombres con brillantes corazas de cobre y cascos, que se abrían difícilmente paso entre el alboroto. Le sacaron, le sostuvieron en su desvanecimiento y le esposaron. Luego, él y Van Sarawak fueron recogidos e introducidos en un vehículo cerrado. El coche celular es igual en todos los tiempos.
No recobró el conocimiento hasta que estuvieron en una celda húmeda y fría, tras una puerta de barrotes de hierro.
- ¡Llamas del infierno!
Y el venusiano se dejó caer, con la cara entre las manos, en un catre de madera.
Everard quedó junto a la puerta, mirando al exterior. Todo lo que podía ver era un estrecho zaguán y, en torno, las celdas. El mapa de Irlanda, a través de las barras, le recordó algo incomprensible.
- ¿Qué está pasando ahora? - el esbelto cuerpo de Van Sarawak se estremeció.
- No lo sé - respondió Everard lentamente. Tiró de los barrotes con tanta fuerza que crujieron -. Exactamente no lo sé. Se suponía que la máquina estaba a prueba de tontos, pero, sin duda, somos más tontos de lo permitido.
- No hay un sitio como este - afirmó desesperado Van Sarawak -. ¿Será un sueño? - se mordió los labios y tuvo una triste sonrisa. Su labio cortado se hinchaba y dejaba salir un hilo de sangre -. Lógicamente, amigo mío, un mordisco no es una prueba concluyente de la realidad, pero sí bastante tranquilizadora.
- Desearía que no lo fuese - replicó Everard -. ¿Se habría desviado la dirección a pesar de todo? ¿Hubo alguna vez una ciudad en la Tierra (porque estoy absolutamente seguro de que esto es la Tierra), siquiera fuese oscura, que se pareciese a esta? No, en cuanto alcanzan mis noticias.
Everard, seguro de estar cuerdo, evocó todo el adiestramiento mental recibido en la Patrulla; fue un repaso completo, y había estudiado Historia, hasta la de siglos que no viera nunca, con una profundidad que le había hecho ganar varios títulos.
- No - concluyó, por fin -. Braquicéfalos blancos mezclados con indios y que usaran automóviles de vapor, no han existido.
- Sí - afirmó Sarawak desmayadamente -. El Coordinador Stantel V, en el siglo XXXVIII El Gran Experimentador… Colonias que reproducían sociedades antiguas…
- Nada parecido a esto - negó Everard.
La verdad se presentaba en su mente y habría dado su alma para que las cosas fueran de otro modo. Hubo de reunir todas sus energías para no llorar ni estrellarse los sesos contra la pared.
- Tenemos que ver.. - dijo desanimado.
Un policía (Everard supuso que estaban en manos de la ley) les trajo de comer e intentó hablarles. A Van Sarawak, aquel lenguaje le sonaba a céltico, pero no pudo entender sino pocas palabras. La comida no era mala.
Al atardecer se les llevó a un cuarto de baño, donde se lavaron, encañonados por armas oficiales. Everard las estudió: revólveres de ocho tiros y rifles de largo cañón. Había luces de gas, cuyos reverberos repetían, en su decoración, los motivos de coronas de pámpanos y serpientes, y las armas de fuego seguían una técnica ligeramente aproximada a la de principios del siglo XIX.
Al volver a su celda avistó un par de signos, al parecer semíticos, en las paredes; pero aunque Van Sarawak tenía nociones de hebreo, por su trato en las colonias israelitas de Venus, no pudo descifrarlos.
Vueltos a su celda, vieron sacar a otros presos para su aseo; una colección de vagos, rufianes y borrachos, sorprendentemente alegres.
- Parece que somos objeto de un trato especial - observó Sarawak.
- No me asombra - contestó Everard -. ¿Qué haría usted con unos hombres totalmente extranjeros que viniesen de otra época y con unas armas inauditas?
La faz de Sarawak se volvió hacia su compañero con una extraña mueca, y preguntó:
-¿Está usted pensando lo mismo que yo?
- Probablemente.
La boca del venusiano se torció y el espanto se reflejó en su voz.
- Otra línea del tiempo. Alguien se las ha arreglado para alterar la Historia.
Everard asintió. Pasaron mala noche. Habría sido una merced el poder dormir, pero las otras celdas eran demasiado ruidosas. La disciplina parecía laxa allí. Además, había chinches.
Tras un desayuno apresurado se les permitió lavarse de nuevo y afeitarse con maquinillas no diferentes a las usadas por ellos. Después, un piquete de diez hombres les llevó a una oficina.
Se sentaron ante un pupitre y esperaron. El mobiliario era inquietante: medio familiar, medio extraño, como todo lo demás. Pasó algún tiempo antes que las grandes puertas se abrieran, y entraron dos hombres: uno canoso y de rojas mejillas, que llevaba coraza y vestía túnica verde (debía de ser el jefe de policía); el otro, flaco, de duras facciones, mestizo, con los cabellos grises, pero de bigote negro, que vestía una túnica azul, y sobre ella, una dorada cabeza de toro que semejaba un distintivo de categoría. Habría tenido cierta dignidad aquilina a no ser por las delgadas y peludas piernas que asomaban bajo el faldellín.
Le seguían dos hombres más jóvenes, armados, vestidos análogamente, que ocuparon sitios tras de él cuando se hubo sentado.
Everard, inclinándose hacia adelante, murmuró:
- Militares; esto se va poniendo interesante.
Van Sarawak asintió con gesto doliente.
El jefe de policía se aclaró la garganta, consciente de su importancia, y dijo algo al… ¿general? Este último respondió impaciente y se dirigió por si mismo a los presos. Se expresó con una claridad que ayudó a Everard a captar los sonidos, pero con cierto aire no muy tranquilizador.
Al cabo de unos instantes se estableció la comunicación. Everard se presentó a sí mismo:
- Manse Everard - dijo.
Sarawak siguió su ejemplo y se presentó también.
El general cambió algunas palabras con el jefe de policía. Luego, volviéndose, inquirió:
- ¿Son ustedes cimbrios?
- No hablo inglés - repuso Everard.
- Gothland?… Swea?… Nairoin Teutonach?…
- Esas palabras parecen germánicas - musitó Sarawak.
- A él se lo han parecido nuestros nombres. Quizá nos crea alemanes.
Y dirigiéndose al general:
- Sprechen Sie Deutsch?
El silencio fue la respuesta.
- Taler ni Siwenks? Niederlands? Döns Tunga? Parlez vaus francais? ¿Habla usted español? - continuo.
El jefe de policía se aclaró otra vez la garganta y, señalándose a sí mismo, pronunció:
- Cadwallader Mac Barca. El general se llama Cynyth ap Ceorn.
O así, al menos, interpretó la mente sajona de Everard los ruidos que percibiera.
- Céltico; de acuerdo - concluyó. El sudor le bañaba las axilas -. Pero sólo para asegurarme…
Y señaló, interrogativo, a los otros hombres, recibiendo en respuesta denominaciones como Hamilcar ap Angus, Asshur yr Cathlann y Finn O’Carthia.
- No - se dijo -; se percibe aquí un claro elemento semítico también. Ello concuerda con su alfabeto.
Van Sarawak se mojó los labios.
- Pruebe las lenguas clásicas - indicó secamente -. Quizá así podamos descubrir dónde la Historia se ha vuelto loca.
Loquerisne, latine? No obtuvo respuesta.
Ellenixex?
El general Ap Ceorn dio un respingo, se atusó el bigote y entornó los ojos.
- Hellenach? - preguntó -. Irn Parthia?
Everard sacudió la cabeza y dijo lentamente:
- Por lo menos han oído hablar el griego.
Pronunció unas pocas palabras más, pero nadie conocía aquella lengua.
Ap Ceorn ordenó algo a uno de sus hombres, que hizo una reverencia y salió. Hubo un largo silencio.
Everard se dio cuenta de que no tenía miedo. Estaba en mal lugar, ciertamente, y podía no vivir mucho, pero lo que a él le sucediese era ridículamente insignificante comparado con lo que habían hecho al mundo entero.
¡Dios del cielo! ¡Al Universo!
No podía comprenderlo. En su mente surgía vivo el recuerdo de las tierras que él conocía: anchas llanuras, altas montañas y altivas ciudades. Recordó la seria imagen de su padre y rememoró cuando él era pequeño y aquel lo levantaba en alto y reía. Y su madre… Habían vivido bien, los dos unidos.
Había habido una muchacha, a quien conoció en el colegio; la coquetilla más dulce con quien un hombre podía pasear bajo la lluvia; y Bernie Aaronson; las noches de tertulia con cerveza, humo y charla; Phil Brackney, que le había recogido de entre el barro una noche, en Francia, cuando las ametralladoras barrían un campo desolado; Charlie y Mary Whitcomb, una noche en Londres; y Keith y Cvnthia Dennison, en su nido cromado en Nueva York; John Sandoval, muerto entre las quemadas rocas de Arizona; un perro que había tenido una vez; diaspar y la cuesta de Moyano, el puente de la Puerta del Oro; los austeros cantos del Dante; el retumbante trueno de Shakespeare… ¡Dios!, y las vidas de quién sabe cuántas miles de millones de criaturas humanas afanándose, sufriendo, riendo y pasando al polvo para dejar sitio a sus hijos… Todo aquello no había existido nunca.
Sacudió la cabeza, ofuscado por el dolor y privado de verdadera comprensión. El soldado volvió con un mapa y lo extendió sobre el pupitre. Ap Ceorn hizo un breve gesto, y Everard y Van Sarawak se inclinaron sobre él.
Sí; era la Tierra, en proyección Mercator, mostrada en una forma arbitraria que resultaba bastante inexacta. Los continentes y las islas estaban allí, en brillantes colores, pero las naciones serán distintas.
- ¿Puede usted leer esos nombres, Van?
- Puedo probar, sobre la base del alfabeto hebreo - admitió el venusiano.
Empezó a leer nombres en voz alta. Ap Ceorn le corregía la pronunciación. Norteamérica, hasta Colombia, era llamada Ynys yr Afallon, al parecer, una comarca dividida en Estados; Sudamérica era toda ella un gran reino, Huy Braseal; y algunas pequeñas comarcas, cuyos nombres parecían indios. Australasia, Indonesia, Borneo, Birmania, India Oriental y una buena parte del Pacifico formaban el Hinduraj. Afganistán y el resto de la India eran Punjab. Han incluido Corea, China, Japón y la Siberia Oriental; Littorn poseía ambas Rusias y se internaba profundamente en Europa; las Islas Británicas eran Brittys; Francia y Países Bajos, Gallis; la península Ibérica, Celtan. Europa Central y los Balcanes estaban divididos en pequeñas naciones, algunas de las cuales tenían nombres que parecían hunos. Suiza y Austria eran llamadas Helveti; Italia, Cimbrilandia; la península Escandinava estaba partida por medio: Svea, al Norte, y Gothland, al Sur. El norte de Africa parecía formar una confederación que abarcaba desde Senegal a Suez y llegaba casi al Ecuador, con el nombre de Carthalagann; la parte sur de este continente se subdividía en reinos menores, muchos de los cuales llevaban nombres puramente africanos. El Próximo Oriente contenía Parthia y Arabia.
Van Sarawak levantó los ojos. Había lágrimas en ellos.
Ap Ceorn hizo una pregunta. Quería saber de dónde eran. Everard se encogió de hombros y señaló al cielo. No podía confesar la verdad. El y Van Sarawak habían convenido en decir que eran de otro planeta, porque en este mundo apenas había viajes en el tiempo.
Ap Ceorn habló al jefe de policía, que asintió y dio una respuesta. Los presos fueron llevados de nuevo a su celda.

3

- Y ahora, ¿qué?
Van Sarawak se dejó caer en su catre y miró al suelo.
- Seguiremos el juego - respondió calmosamente Everard -. No, no es posible coger el saltador y escapar. Una vez que estemos libres, podremos tomar resoluciones.
- Pero… ¿qué sucedió?
- ¡Le digo que no lo sé! Al pronto parece como si algo hubiese enzarzado a grecorromanos y celtas y llevasen estos la mejor parte, pero no podría decir lo que fue.
Everard recorrió la estancia. Una amarga resolución se incubaba en él. Dijo:
- Recuerde usted su teoría básica. Los sucesos son el resultado de una combinación. No tienen causas únicas. Por eso es tan difícil cambiar la Historia. Si yo regreso, por ejemplo, a la Edad Media y mato a uno de los holandeses antecesores de F.D.R., este nacería, sin embargo, en el siglo XIX, porque él y sus genes eran resultado del mundo entero de sus antepasados y habría habido compensación. Pero, de tiempo en tiempo, ocurre un hecho clave. Cualquier suceso es un vínculo entre tantas líneas mundiales que sus consecuencias son decisivas para todo el futuro. En cierto modo, y por cierta razón, alguien ha escamoteado uno de los hechos en el pasado.
- Ya no habrá una ciudad Hesperia - murmuró Sarawak -. Ya no se sentará uno junto a los canales en el crepúsculo azul, no habrá más vendimias ni… ¿Sabia usted que tengo una hermana en Venus?
- ¡Cállese! - casi gritó Everard -. Ya lo sabía. ¡Al diablo con ello! Lo que importa es qué podemos hacer… Mire - prosiguió después -: la Patrulla y los danelianos han sido borrados. (No me pregunte por qué no lo fueron siempre ni por qué es esta la primera vez que volvemos de un remoto pasado para encontrar cambiado el futuro. No entiendo las paradojas del tiempo mudable. Lo hemos hecho: eso es todo.) Pero, aun así, algunas oficinas y recursos de la Patrulla anteriores a la crisis han debido de subsistir. Debe de haber aún unos cientos de agentes a los que reclutar.
Si podemos localizarlos…
- Después, quizá encontrase el hecho clave y anularemos cualquier interferencia que haya en él. ¡Ya lo hemos hecho otras veces!
- ¡Agradable pensamiento! Pero…
Se oyeron sonar pisadas fuera. Una llave chirrió en la cerradura. Los prisioneros se echaron atrás. Luego, inmediatamente, Van Sarawak se inclinó y, radiante, empezó a ensartar galanterías. El mismo Everard quedó boquiabierto. La chica que entró, al frente de tres soldados, era para ellos. Alta, con una mata de cabellos rojizos que le llegaba hasta la esbelta cintura; los ojos, verdes y luminosos; la cara, imagen de todas las hadas irlandesas que en el mundo han sido; la larga y blanca túnica envolvía un cuerpo digno de figurar en los muros de Troya. Everard notó que ya por entonces se usaban cosméticos, pero esta muchacha no los necesitaba. En cambio, no paró mientes en sus joyas de oro y ámbar ni en el piquete de soldados que la acompañaba. Ella sonrió, un poco tímidamente, y preguntó:
- ¿Me comprenden ustedes? - habían creído que hablaban griego.
Se expresaba en un griego más clásico que moderno. Everard, que desempeñó anteriormente una misión en la época alejandrina, podía seguirla, pese a su acento, si prestaba mucha atención; lo que, por otra parte, era inevitable.
- En efecto - repuso, y sus palabras se atropellaban unas a otras en su prisa por salir.
- ¿Qué están ustedes farfullando? - preguntó Van Sarawak.
- Griego clásico - respondió Everard.
- Tenía que serlo - lamentó el venusiano.
Su desesperación pareció haberse desvanecido y sus ojos parpadearon.
Everard se presentó a si mismo y a su compañero. La muchacha dijo llamarse Deirdre Mac Norn.
- ¡Oh, no! - protestó Sarawak -. Esto es demasiado. Enséñeme el griego, Manse. ¡Aprisa!
- ¡Calle! - replicó Everard -. Este asunto es demasiado serio.
- Bueno; pero ¿no puedo tomar parte en él? Everard no le hizo caso; invitó a la chica a sentarse y lo hizo él a su lado en el banquillo, mientras el otro patrullero rondaba junto a ellos, sintiéndose infeliz. Los guardias mantenían sus armas preparadas.
- ¿Es el griego una lengua viva aún? - preguntó Everard.
- Solo en Parthia, y muy corrompida - respondió Deirdre -. Yo soy una estudiante de lengua clásica, entre otras cosas. Saorann ap Ceorn es mi tío, y me pidió que hablara con ustedes. No hay muchos en Afallon que conozcan el griego.
- Bien - y Everard reprimió un gesto -. Le estoy muy agradecido a su tío.
Ella posó con seriedad sus ojos en él.
- ¿De dónde son ustedes? ¿Y cómo es que solo habla usted griego entre todas las lenguas conocidas?
- Hablo también latín.
- ¿Latín? - y frunció el ceño, pensativa -. ¡Ah, ya! La lengua de Roma, ¿no? Temo que no encuentre usted a nadie que sepa mucho de ella.
- El griego servirá - contestó Everard firmemente.
- Pero no me ha dicho aún de dónde vienen. Everard se encogió de hombros.
- No nos han tratado muy cortésmente - insinúo.
- Lo siento - aquello parecía auténtico -. Nuestras gentes son tan excitables. Especialmente ahora, dada la situación internacional. Y cuando ustedes han aparecido en el aire…
Everard asintió. ¿La situación internacional? Aquello tenía un sonido desagradablemente familiar.
- ¿Qué quiere usted decir? - inquirió.
- Usted lo sabe, de seguro. Huy Braseal e Hinduraj están abocados a la guerra. Y todos nos preguntamos qué va a suceder. No es fácil ser una nación pequeña.
- ¿Una nación pequeña? Pues yo he visto un mapa, y Afallon me pareció bastante grande.
- Nos agotamos ha doscientos años, en la gran guerra con Littorn. Ahora, ninguno de nuestros Estados confederados puede seguir una política propia - Deirdre le miró directamente a los ojos -. ¿Cómo ignoran eso ustedes?
- Venimos de otro mundo.
- ¿Quéee?
- Sí; de un planeta (pero no, porque planeta significa vagabundo), de un orbe que gira alrededor de Sirio. Damos este nombre a siete estrellas…
- Pero ¿qué dice usted? ¿Un planeta girando en torno a una estrella? No puedo comprenderlo.
- ¿No puede…? Una estrella es un sol, como… Deirdre se echó atrás e hizo un signo con los dedos.
- ¡El Gran Baal nos ayude! - murmuró -. O están ustedes locos o… las estrellas están fijas en una esfera de cristal. ¡Oh no!
- ¿Y qué dice de los astros movibles que usted ve? - preguntó lentamente Everard -. Marte, Venus y…
- No conozco esos nombres. Si usted se refiere a Moloch, Ashtoreth y los demás, son, desde luego, mundos, como el nuestro, que también dependen del Sol. Uno encierra los espíritus de los muertos, otro es la morada de las brujas, otro…
«Eso y los vehículos a vapor, también.» Everard sonrió débilmente.
- Si usted no me cree, ¿qué piensa que soy?
Deirdre le miró con los ojos muy abiertos.
- Creo que deben de ser brujos.
A eso no había réplica. Everard hizo unas pocas preguntas, pero no pudo averiguar sino que llamaban a la ciudad Catuvellaunan y que era un centro comercial y manufacturero. Deirdre le calculaba tina población de dos millones de habitantes y de cincuenta a todo Afallon, pero no estaba segura. Allí no se hacían censos.
El destino de los patrulleros tampoco estaba fijado. Su vehículo y demás propiedades habían sido confiscados por el ejército, pero nadie osaba manipular aquel y la misma suerte de los prisioneros estaba siendo calurosamente debatida.
Everard tuvo la impresión de que todo el Gobierno, incluso la jefatura de las fuerzas armadas, era una repugnante colección de camorristas individuales. La propia Afallon era la más laxa de las confederaciones, basada en soberanías que fueron, o antiguas colonias británicas, o naciones indias que habían adoptado la cultura europea; pero todas celosas de sus derechos. El viejo Imperio maya fue destruido y anexionado en una guerra con Tejas (Tehannach), pero no había olvidado sus días de gloria y enviaba sus más rimbombantes delegados al Consejo de los sufetas.
Los mayas querían pactar una alianza con Huy Braseal, quizá por no tener amigos entre sus camaradas indios. Los Estados de la Corte Occidental, temerosos del Hinduraj, adulaban senilmente al Imperio del Sudeste asiático. El Oeste Medio era aislacionista, desde luego. De los Estados Orientales, cada uno se trazaba su propio camino, pero se inclinaban a seguir a los británicos.
Cuando entendió que aquí existía la esclavitud, aunque no por motivos raciales, Everard se preguntó breve y desatinadamente si los que alteraron el tiempo no serian dixiécratas.
¡Basta! El tenía que pensar en su propia vida y en la de Van Sarawak.
- Somos de Sirio - declaró altivamente -. Las ideas de usted sobre los astros son erróneas. Venimos en son de paz, y, si se nos molesta, vendrán otros de nuestra especie a tomar venganza.
Deirdre se mostró tan conturbada, que él experimentó remordimientos.
- ¿Perdonarán a los niños? - rogó -. Los niños nada tienen que ver con esto.
Y Everard se la representó imaginando a unos pequeños y llorosos cautivos, expuestos en los mercados de esclavos de un país de brujas. Replicó:
- No hay necesidad de que ocurra nada si se nos libera y nos devuelven lo nuestro.
- Hablaré de ello a mi tío - prometió la muchacha -; pero, aun cuando le convenza, él no es sino un voto en el Consejo. El pensamiento de lo que les valdrían vuestras armas, si las tuvieran, ha vuelto locos a los hombres.
Se levantó. Everard estrechó sus dos manos, que por un instante quedaron suaves y cálidas entre las de él, que sonrió y dijo en inglés:
- ¡Pobrecilla!
Retirólas ella, estremeciéndose, e hizo un conjuro.
- Bien - preguntó Sarawak cuando estuvieron a solas -; ¿qué ha averiguado? - y al saberlo comentó, acariciándose la barbilla -: Era una gloriosa y pequeña colección de sinusoides. Podría haber mundos peores que este.
O mejores - dijo rudamente Everard -. No tienen bombas atómicas, pero tampoco poseen penicilina; lo apostaría. Nuestra tarea no es representar a Dios.
- No, supongo que no - y el venusiano exhaló un suspiro.

4

Pasaron el día intranquilos. Ya había cerrado la noche cuando resplandecieron linternas en el corredor y una guardia militar abrió la celda. Los prisioneros fueron conducidos silenciosamente hasta una puerta trasera, donde les esperaban dos automóviles; les hicieron subir a uno y toda la comitiva partió.
Catuvellaunan no tenía alumbrado en las calles y de noche no había mucho tráfico, lo que hacia que la extensa urbe pareciese fantástica en la oscuridad. Everard prestó atención al mecanismo del coche en que iba. Se movía a vapor, como él había supuesto; llevaba cámaras y cubiertas, consumía carbón en polvo y simulaba un delgado cuerpo con afilada nariz y terminando en una cabeza de serpiente; en conjunto, algo fácil de manejar y honradamente construido, pero no muy bien planeado. Al parecer, este mundo había desarrollado gradualmente conocimientos elementales de ingeniería, pero no una verdadera ciencia. Cruzaron un tosco puente de hierro hacia Long Island, que ahora también era una zona residencial para los ricos. A despecho de la escasa luz que despedían las lámparas de aceite, la velocidad era considerable. Por dos veces estuvieron a punto de sufrir un accidente; no había señales de tráfico y, al parecer, los conductores desdeñaban las precauciones.
Gobierno y tráfico… ¡Hum! Aquello recordaba, en cierto modo, a Francia, salvo en aquellos raros intervalos en que gobernaron Enrique IV o De Gaulle. Y, aun en el propio siglo XX de Everard, Francia era notablemente céltica.
No es que él fuese un adicto a vanas teorías sobre características raciales innatas, pero hay algo que decir sobre aquellas tradiciones, tan antiguas, que resultaban inconscientes e indesarraigables. Un mundo occidental en que los celtas habían llegado a ser dominadores, y los pueblos germánicos reducidos a la simple situación de pequeñas avanzadas.
Si; mírese a Irlanda, recuérdese la rebelión de Vercingétorix. Pero ¿qué pasó con Littorn?
En su temprana Edad Media, Lituania había sido un poderoso Estado, que contuvo a los germanos, polacos y rusos igualmente durante largo tiempo, no habiendo aceptado el cristianismo hasta el siglo XV. Sin la oposición germana, Lituania podía muy bien haber avanzado hacia el Este.
A pesar de la inestabilidad política de los celtas, este era un mundo de grandes Estados y menos naciones independientes que el de Everard. Aquello suponía una sociedad más antigua. Si su propia civilización se había desarrollado a partir de la decadencia del Imperio romano, allá por el año 600, los celtas, en este mundo, debían de haber figurado antes de dicha fecha.
Everard empezó a comprender lo sucedido a Roma, pero, por el momento, reservó sus conclusiones.
Los vehículos pararon ante una verja ornamental que completaba un muro de piedra.
Sus conductores hablaron con dos centinelas armados que llevaban la librea de una hacienda particular y los delgados collares de acero propios de los esclavos. La verja se abrió y los coches entraron por una avenida enarenada que se abría entre árboles y prados. Al final de ella, casi en una playa, estaba el edificio. Everard y Sarawak, obedeciendo a un gesto, se apearon y entraron. Se trataba de una extraña construcción de madera. En el porche, las lámparas de gas iluminaban un decorado con rayas de alegres colores y canecillos en las vigas. Se oía el cercano rumor del mar, y la luna, en creciente, daba bastante luz para que Everard distinguiera un barco allí anclado (seguramente una fragata) con alta chimenea y mascarón de proa.
Las ventanas resplandecían con destellos amarillos. Un esclavo mayordomo los hizo entrar. El interior tenía paneles de madera oscura, también esculpida, y los suelos cubiertos de espesas alfombras. Al final del vestíbulo se hallaba un cuarto de estar con recargado mobiliario, varios cuadros de un estilo rígido y convencional y una enorme chimenea de piedra en que brillaba un alegre fuego.
Saorann ap Ceorn ocupaba un asiento. Deirdre, otro. Al entrar ellos, la muchacha dejó un libro y se levantó sonriente. El chupó un cigarro cuya lumbre brilló. Dijeron algunas palabras y los guardias desaparecieron. El mayordomo trajo vino en una bandeja y los patrulleros fueron invitados a sentarse.
- Everard probó el vino, que era un excelente borgoña, y preguntó torpemente:
- ¿Por qué estamos aquí?
Deirdre le deslumbró con su sonrisa.
- Seguramente encontrarán esto más grato que la celda.
- Desde luego. Y también más ornamental. Pero aún necesito saber… ¿Se nos va a libertad?
- Son ustedes.. .- trató de mostrarse diplomática, pero parecía ser demasiado franca -, son bien venidos aquí, pero no podrán dejar el lugar. Espero que se les pueda persuadir de que nos ayuden. Serán recompensados espléndidamente.
- ¿Ayudarles? ¿Cómo?
- Enseñando a nuestros artesanos y druidas a construir, a fabricar más armas y carros mágicos como los de ustedes.
Everard suspiró. No serviría de nada querer explicárselo. No tenían los instrumentos necesarios para fabricar las herramientas con que construir lo que les pedían; pero ¿cómo obtenerlas de una multitud que creía en sortilegios?
- Esta casa, ¿es de su tío? - preguntó.
- No; mía propia. Soy hija única de opulentos nobles. Mis padres murieron el año pasado.
Ap Ceorn murmuró algunas palabras y Deirdre las tradujo con apenada expresión.
- El relato de vuestra llegada es ya conocido en todo Catuvellaunan, incluso por los espías extranjeros. Esperemos que podáis permanecer aquí ocultos para ellos.
Everard se estremeció recordando las presiones ejercidas por el Eje y por los aliados sobre pequeñas naciones como Portugal. Unos hombres desesperados por la proximidad de la guerra no serían, probablemente, tan corteses como los afalonios.
- ¿Y cuál es el conflicto y su razón de ser?
- El control del océano Icénico, naturalmente. En particular, ciertas ricas islas que llamamos Ynys yr Lyonach - Deirdre se levantó con un solo y grácil movimiento, señalando a Hawai en la esfera. Prosiguió ansiosamente -: Como les dije, Littorn y la alianza occidental, incluidos nosotros, detestamos la guerra. Los grandes poderes expansivos hoy en lucha son Huy Braseal e Hinduraj. Su pugna absorbe a los pequeños países, pues no es solo de ambiciones, sino de sistemas; la monarquía del Hinduraj contra la teocracia sabeísta del Huy Braseal.
- ¿Cuál es vuestra religión, si se puede saber? Deirdre pestañeó. La cuestión parecía casi carecer de sentido para ella.
- Los más cultos piensan que existe un Gran Baal, que hizo a los dioses menores - respondió al fin lentamente -. Pero, desde luego, mantenemos los antiguos cultos y reverenciamos a los más poderosos dioses extranjeros también, tales como el Perkunas de Littorn y Czernebog, Notam, Ammon de Cimberlandia, Brahma, el Sol… Es mejor no desafiar su cólera…
- Ya entiendo…
Ap Ceorn ofreció cigarrillos y cerillas. Van Sarawak fumó y dijo quejosamente:
- Maldición! Ha debido de existir una época en que no hablaran ninguna de las lenguas que yo conozco. Pero estoy completamente resuelto a aprenderlas aun sin hipnosis. Le pediré a Deirdre que me enseñe.
- A usted y a mí; a los dos - replicó Everard -.
Pero escuche, Van - y le informó de cuanto había sabido.
- ¡Hum! - y el joven se frotó la barbilla -. No es muy bueno, ¿eh? Solo con que nos dejen subir a bordo de nuestro vehículo podemos despedirnos a la francesa. ¿Por qué no seguirles el juego?
- No son tan tontos - respondió Everard -. Pueden creer en la magia y no en el puro altruismo.
- Es extraño que estando tan atrasados intelectualmente tengan motores de combustión.
- No. Es muy comprensible. Por eso les pregunté sobre su religión. Esta ha sido siempre puramente pagana; aun el judaísmo parece haber desaparecido y el budismo no ha influido mucho sobre ellos. Como hace resaltar Whitehead, la idea medieval de un Dios Todopoderoso era importante para el progreso de la ciencia, pues les inculcaba la noción de legalidad en la Naturaleza. Y Lewis Mumford añadió que en los primitivos monasterios se inventó el reloj mecánico por la necesidad que de él tenían para sus oraciones. Las campanas parecen haber venido a este mundo más tarde.
Y Everard sonrió amargamente para ocultar la tristeza que sentía.
- Es raro hablar así; Mumford y Whithehead no han vivido nunca.
- Sin embargo…
- Espere un minuto - volvióse hacia Deirdre -.
- ¿Cuándo fue descubierto Afallon?
- ¿Por los blancos? En 4827.
- ¡Hum! ¿Desde cuándo empieza usted a contar?
Deirdre parecía inmune a ulteriores alarmas.
- Desde la creación del mundo. Por lo menos, desde la fecha que algunos filósofos nos han dado.
Esto es, hace cinco mil novecientos sesenta y cuatro años.
Lo cual coincidía con el parecer del obispo Ussher, que la fijaba en 4004 antes de Jesucristo - quizá por simple coincidencia -; pero, en cualquier caso, era un elemento semítico en esta cultura. La historia de la Creación según el Génesis era también de origen babilónico.
- ¿Y cuándo se usó el vapor por vez primera para mover vehículos?
- Hace unos mil años. El Gran Druida Boroihme O’Fiona…
- No importa - Everard encendió su cigarro y meditó largo rato antes de volverse hacia Sarawak
- Voy comprendiendo el cuadro - le explicó -. Los galos eran algo más que un pueblo bárbaro, como la gente cree. Aprendieron mucho de los comerciantes fenicios y colonizadores griegos, así como de los etruscos de la Galia Cisalpina. Eran una raza muy enérgica y emprendedora. Por su parte, los romanos eran unos estólidos con pocas aficiones intelectuales. Hubo escaso progreso técnico en este mundo hasta la Edad Oscura, cuando el Imperio desapareció.
- En esta Historia, los romanos desaparecieron pronto, y lo mismo les ocurrió, casi de seguro, a los judíos. Mi sospecha es que, sin el equilibrio de poderes representado por Roma, los sirios suprimieron a los macabeos. Lo mismo, aproximadamente, que pasó en nuestra historia. El judaísmo desapareció y, por tanto, no existió el cristianismo. Pero, sea como fuere, hundida Roma, los galos obtuvieron la supremacía. Emprendieron exploraciones, construyeron mejores barcos, descubrieron América en el siglo IX. Pero no adelantaron tanto respecto a los indios que estos no pudieran alcanzarles e incluso, estimulados, constituir imperios propios, como el hoy existente Huy Braseal. En el siglo xi, los celtas empezaron a experimentar con aparatos de vapor. Parece que también obtuvieron pólvora…, quizá de China, y que inventaron otras vanas cosas. Pero todo esto son hipótesis mías, sin base real, científica.
Van Sarawak asintió.
- Creo que tiene usted razón. Pero… ¿qué sucedió en Roma?
- No lo sé aún. Pero nuestro punto clave está ahí, poco más o menos.
Everard volvió su atención a Deirdre.
- Esto puede sorprendería. Pero nuestro pueblo visitó este mundo hará unos dos mil quinientos años. Por eso sé yo el griego, aunque ignore lo ocurrido desde entonces. Me gustaría saberlo con su auxilio. Creo que es usted una buena estudiante.
Ella se ruborizó y bajó las pestañas largas y oscuras, como no suelen verse en las pelirrojas.
- Celebraré ayudarle en cuanto esté en mi mano - y, repentinamente, suplicó -: Pero, en cambio, ¿nos ayudará usted?
- No lo sé - repuso, vacilante, Everard -. Me satisfaría hacerlo, mas no sé si podremos. Porque, después de todo, mi tarea consiste en condenarte a muerte a ti y a todo tu mundo.

5

Cuando Everard entró en su habitación, advirtió que aquella hospitalidad era más que generosa. El estaba harto cansado para aprovecharse de ello, pero, al menos (pensó al borde del sueño), la esclava al servicio de Van no quedaría defraudada.
Se levantaban allí temprano. Desde sus ventanas, Everard vio guardias paseando por la playa; no les retraía el fresco matutino. Bajó con Van Sarawak a desayunar, y allí el tocino, los huevos, las tostadas y el café dieron el último toque a su ensueño. Ap Ceorn había bajado a la ciudad a conferenciar, según les dijo Deirdre, la cual, depuesta toda desconfianza, charló alegremente de trivialidades. Everard supo que ella pertenecía a un grupo de aficionados al teatro que, a veces, daba representaciones de clásicos griegos en su idioma propio; de ahí su soltura al hablarlo. Le gustaba cabalgar, cazar, navegar a vela, nadar…
- ¿Vamos a hacerlo? - propuso.
- ¿El qué?
- Eso; nadar.
Y Deirdre saltó de su asiento. Estaban en el prado, entre flores color de llama.
Se despojó inocentemente de sus ropas y echó a correr. Everard creyó oír un sordo crujido cuando Sarawak cerró las mandíbulas.
- ¡Vengan!. - rió ella -. ¡Paga el último! Ya estaba casi en el agua cuando los dos hombres echaron a correr. El venusiano gruñó:
- Yo procedo de un planeta cálido. Mis antepasados eran indonesios. Pájaros tropicales.
- Y también había algunos holandeses, ¿no? - preguntó Everard.
- …que tuvieron el buen sentido de marchar a Indonesia.
- Muy bien; quédese en la playa.
- ¡Diablo! Si ella puede hacerlo, yo también.
Y Sarawak metió un pie en el agua y refunfuñó de nuevo.
Everard se dominó con gran esfuerzo y corrió tras él. Deirdre le echó agua; él buceó, y agarrando un delgado tobillo, la hizo chapuzar. Aún juguetearon unos minutos antes de volver a la casa en busca de una ducha caliente. Sarawak les siguió malhumorado.
- ¡Y hablan de Tántalo! - murmuraba - la muchacha más bonita de todo el continuo espacio-tiempo, y no puedo hablar con ella y es casi un oso polar.
Ya secos y vestidos por los esclavos, al uso de allí, Everard volvió a sentarse ante el fuego que ardía en el cuarto de estar.
- ¿Qué distintivo es este? - preguntó, señalando al tartán de su faldellín.
Deirdre alzó su rojiza cabeza y respondió
- El de mi propio clan. Un huésped a quien se honra es considerado siempre como un miembro del propio clan mientras dura su visita, aunque haya contra él una venganza de sangre - y al decirlo sonrió tímidamente -. Y no la hay entre nosotros.
Aquello produjo en Everard un efecto terrible. Recordó cuál era su propósito.
- Me gustaría preguntarle sobre Historia - insinúo -. Es un interés especial mío.
Ella se ajustó a los cabellos una redecilla de oro y tomó un libro de un repleto estante.
- Creo que es este el mejor libro de Historia. En él puedo buscar cualquier detalle que a usted le interese.
«¡Y decir que he de destruirte!»
Se sentó a su lado en un lecho. El mayordomo trajo merienda.
Everard comió poco y a disgusto.
Siguiendo en su propósito, inquirió:
- ¿Estuvieron siempre en guerra Roma y Cartago?
- Si. Dos veces, en realidad. Al principio fueron aliadas contra el Epiro, mas luego riñeron. Roma ganó la primera guerra y trató de restringir la iniciativa de los cartagineses - e inclinó su neto perfil sobre las páginas, como una niña estudiosa -. La segunda guerra estalló veintitrés años después y duró… once en total, aunque los tres últimos fueron solo un juego desde que Aníbal tomó a Roma y la incendió.
- ¡Ah! - Everard no se sentía feliz por este éxito. La segunda guerra púnica (aquí la llamaban la guerra romana), o más bien algún incidente decisivo de ella, era el punto critico. Pero, parte por curiosidad, parte porque temía sugestionarse, Everard no intentó identificar en seguida la desviación. Primero tenía que grabar en su mente lo que había sucedido. (No…; lo que no había ocurrido. La realidad estaba allí, cálida y viva, a su lado; el fantasma era él.)
- ¿Y qué pasó luego? - preguntó inexpresivamente.
- El Imperio cartaginés llegó a incluir a España, Galia meridional y el pie de la bota italiana - respondió ella -. El resto de Italia era impotente y caótico, después de rota la confederación romana. Pero el gobierno cartaginés era demasiado venal para conservarse fuerte. Aníbal fue asesinado por hombres a quienes estorbaba su honradez. Entre tanto, Siria y Parthia luchaban por el Mediterráneo oriental, venciendo Parthia y quedando así bajo mayor influencia helénica que antes. Unos cien años después de las guerras romanas, algunas tribus germánicas recorrieron Italia - serían los cimbros, con sus aliados los teutones y ambrones, a quienes Mario había detenido en el mundo de Everard -. Su paso destructor, a través de la Galia, había puesto también en movimiento a los celtas, eventualmente en España y norte de Africa, cuando Cartago declinaba. Y los galos aprendieron mucho de Cartago. Siguió un largo período de guerras, durante el cual se desvaneció Parthia y los Estados célticos crecieron. Los hunos destrozaron a los germanos en la Europa central, pero, a su vez, fueron vencidos por Parthia, con lo que los galos se desplazaron, y los únicos germanos que quedaban residían en Italia y en Hiperborea - debía de referirse a la península escandinava -. Como los buques mejoraban, creció el comercio con el Lejano Oriente, desde Arabia y alrededor de Africa - en la Historia sabida por Everard, Julio Cesar había quedado atónito viendo a los venetos construir mejores barcos que nadie en el Mediterráneo.
Los celtas descubrieron Afallon del Sur, al que creyeron una isla (de ahí el nombre de Ynys), pero fueron expulsados por los mayas. Las colonias británicas de más al Norte sobrevivieron y lograron ganar su independencia.
Entre tanto, Líttorn estaba creciendo aprisa. En un instante se tragó la mitad de Europa. El extremo occidental del continente solo recuperó su libertad como parte de un tratado de paz, y se modernizó mientras, a su vez, declinaban los países occidentales.
Deirdre levantó la vista del libro que hojeaba y aclaró:
- Pero esta es sola una brevísima exposición. ¿Quiere que continúe?
Everard movió la cabeza.
- No, gracias - y tras un momento, añadió -: Es usted muy sincera respecto a la situación de su propio país.
Deirdre repuso ásperamente:
- Muchos no quieren confesarlo, pero yo creo que es mejor mirar la verdad de frente - y, con cierta ansiedad, pidió -: Hábleme de su propio mundo. Debe de ser algo maravilloso.
Everard suspiró, apartó la preocupación y se puso a reposar.

***

La sorpresa se produjo aquella tarde.
Van Sarawak había recobrado su tranquilidad y estaba aprendiendo afanosamente la lengua afallonia, que le enseñaba Deirdre. Paseaban ambos por el jardín, cogidos de la mano, parándose a nombrar objetos o poner verbos en acción. Everard les seguía, dedicando la mayor parte de sus pensamientos al problema de la recuperación de su vehículo.
Un cielo sin nubes extendía su brillante luminosidad. Un arce era como un grito de escarlata, un montón de hojas amarillas que el viento arrastraba sobre la hierba. Un esclavo viejo rastrillaba la hierba cachazudamente, y un joven guardia indio, de buen aspecto, vagaba con el rifle sobre el hombro, mientras dos perros lobos escarbaban junto a un seto. Era una escena de paz y resultaba difícil creer que los hombres preparaban el asesinato más allá de estos muros.
Pero, en cualquier historia, el hombre es el hombre. Esta civilización podía no tener la despiadada voluntad y la crueldad artificiosa de las occidentales; de hecho, en ciertos aspectos, parecía de rara inocencia. Aunque no por falta de intentos.
Y en tal mundo no podía surgir nunca una verdadera ciencia; el hombre repetiría indefinidamente el ciclo: guerra, imperio, hundimiento y guerra.
En el futuro de Everard, la raza rompería finalmente tal circulo vicioso.
¿Para qué? Honradamente no podía afirmar que uno u otro continuo fuera mejor o peor. Simplemente, era distinto. ¿Y no tenía este pueblo tanto derecho a la vida como el suyo, condenado a la nulidad si él fracasaba?
Se retorció las manos. Ningún hombre había tenido que decidir cosa igual. En último análisis, él sabía que no era ningún sentido abstracto del deber el que le obligaba a hacer aquello, sino el recuerdo de pequeñas cosas y pequeñas gentes.
Rodearon la casa, y Deirdre, señalando al mar, pronunció:
- Awarlann.
Su cabello suelto ardía al aire.
Van Sarawak rió.
- Esa palabra, ¿significa océano, atlántico o agua? Veamos.
Y la llevó hacia la playa.
Everard los siguió. Una especie de lancha a vapor, larga y rápida, flotaba en las aguas, a una o dos millas de la playa. Unas gaviotas volaban en torno a ella, en una nevada tormenta de alas. Pensó que si él estuviese a cargo de aquello, un buque de la Armada estaría anclado allí.
- ¿Tendría por fin que decidir algo? Había otros agentes patrulleros en el pasado prerromano. Volverían a sus respectivas eras y…
Everard se puso tenso. Un escalofrío le recorrió la espalda y le llegó al corazón.
Volverían y, viendo lo sucedido, intentarían corregir el trastorno. Si alguno de ellos lo lograba, este mundo desaparecería del espacio-tiempo llevándole a él consigo.
Deirdre se detuvo. Everard, en pie y sudoroso, apenas percibió lo que ella contemplaba hasta verla gritar y señalar.
Entonces se le unió y miró de soslayo al mar.
La lancha estaba parada cerca, atada a una alta estaca, vomitando humo y centellas, que iluminaban la serpiente dorada de su mascarón. Pudo ver a bordo siluetas de hombres y algo blanco con alas. Aquello surgía de la toldilla e iba atado en la punta de una cuerda, subiendo. ¡Un planeador! La aeronáutica celta había llegado por lo menos a eso.
- No está mal - comentó Sarawak -. A lo mejor tienen globos también.
El planeador soltó su cuerda de remolque y se dirigió a la playa. Uno de los guardas que allí había, gritó. Los demás salieron apresurados de detrás de la casa, y sus fusiles relumbraron al sol. El planeador aterrizó, abriendo un surco en la playa.
Un oficial dio una orden e hizo a los patrulleros señal de retroceder. Everard vislumbró a Deirdre, pálida y desconcertada. Luego, una torreta del planeador giró - Everard sospechó que movida a mano -, y tronó un cañón ligero. Everard se tiró al suelo. Sarawak le imitó, arrastrando consigo a la muchacha. La metralla llovía horriblemente sobre los hombres de Afallon. Se oyó un espantoso crepitar de fusiles. Del planeador saltaron hombres de rostros oscuros con turbantes y sarongs («¡Hinduraj!», pensó Everard), que cambiaron tiros con los guardias sobrevivientes, reunidos ahora en torno a su capitán.
Este gritó, mandando dar una carga. Everard alzó la cabeza para verlo casi encima de la tripulación del planeador. Van Sarawak se levantó de un salto. Everard se le echó encima, le cogió por un tobillo y le derribó antes que pudiera incorporarse a la lucha.
- ¡Déjeme ir! - se retorció el venusiano, sollozando.
Los heridos y muertos por el cañón vacían despatarrados, como una roja pesadilla.
- ¡No, loco rematado! Es a nosotros a quienes buscan, y el viejo escocés hizo lo peor que podía haber hecho.
Un nuevo estallido atrajo la atención de Everard hacia otro lado.
La lancha, impulsada por su hélice, había irrumpido en la playa y estaba vomitando hombres armados. Demasiado tarde comprendieron la afallonios que iban a ser atacados por retaguardia.
-¡Vengan acá! - y Everard tiró de sus camaradas haciéndoles levantarse -. Tenemos que salir de aquí. Hemos de prevenir a los vecinos.
Un destacamento procedente de la lancha le vio y disparó. Everard sintió, más que oyó, el sordo impacto de una bala al hundirse en el suelo. Los esclavos chillaron histéricamente dentro de la casa. Los dos perros lobos atacaron a los invasores y fueron muertos a tiros. Agacharse y andar en zigzag, eso era lo que procedía; trepar por el muro y a la carrera! Everard podía haberlo hecho, pero Deirdre tropezó y cayó. Van Sarawak se detuvo para protegerla. Everard también; y luego fue demasiado tarde. Estaban copados. El jefe de los hombres morenos gritó algo a Deirdre. Esta se incorporó, dando una respuesta desafiadora. El rió brevemente y señaló a la barca con el pulgar.
- ¿Qué quieren? - preguntó Everard en griego.
- A ustedes…- y le miró, horrorizada -. A ustedes dos. Y a mí, como intérprete.. - ¡No!
Ella se revolvió entre las manos que la habían aprisionado; se libertó en parte y arañó una cara. El puño de Everard describió un corto arco y terminó aplastando una nariz. Aquello iba demasiado bien para durar. Un fusil, empleado como maza, cayó sobre Everard, que apenas se dio cuenta vagamente de su traslado a la lancha.

6

La tripulación dejó atrás el planeador, llevó la lancha a más profundas aguas y montó en ella. Dejaron allá, en tierra, a los defensores muertos o heridos, pero se llevaron sus propias bajas.
Everard se sentó sobre un banco en la mojada cubierta, y miró con ojos cada vez más despejados la playa, que se iba esfumando. Deirdre lloraba sobre un hombro de Van Sarawak y el venusiano trataba de consolarla. Un frío y ruidoso viento les daba directamente en los rostros.
Cuando dos hombres blancos surgieron de la cámara del puente, el cerebro de Everard se puso en acción. Después de todo, no eran asiáticos.
- ¡Europeos! Y al mirarlos de cerca vio que el resto de la tripulación tenía también rasgos caucásicos. Las caras negras estaban pintadas con grasa, sencillamente.
Se irguió y miró cautamente a sus nuevos captores. El uno era un hombre rollizo, de edad y peso medios, que vestía una blusa roja de seda, pantalón bombacho blanco y una especie de gorro de astracán; estaba pulcramente afeitado y llevaba el negro cabello trenzado en coleta. El otro era algo más joven, un peludo gigante rubio, que llevaba una túnica sujeta con aros de cobre, pantalón corto y ceñido con polainas, una capa de cuero y un yelmo con cuernos puramente ornamentales. Ambos llevaban revólveres en el cinto y eran tratados cortésmente por los marineros.
- ¿Qué diablos ? - Everard miró una vez más en torno suyo. Habían ya perdido casi de vista la tierra y se dirigían al Norte. El casco de la lancha viraba a impulsos de la máquina y venían rociadas cuando su proa rompía las olas.
El más viejo habló, primero en afallonio, y Everard se encogió de hombres. Luego, el barbudo probó suerte; primero en un dialecto incomprensible; después dijo.
- Taelan tjízí Cimbric?
Everard, que hablaba varias lenguas germánicas, entrevió una posibilidad cuando Van Sarawak enderezó sus holandeses oídos. Deirdre se echó atrás, atónita, demasiado aturdida para moverse.
- Ja - respondió Everard -, ein wenig.
Y como «Rizos de oro» parecía desconcertada, enmendó:
- Un poco.
- Ah, aen lit Gode!
Y el hombretón se frotó las manos.
- 1k hait Boierik Wulfilesson ok main gefreod heer erran Boleslav Arkonsky.
Aquello no era un lenguaje que Everard hubiera oído - ni siquiera podía ser cimbrico primitivo, después de tantos siglos -, pero el patrullero pudo comprenderlo con cierta facilidad. La dificultad estaba en hablarlo, pues no podía predecir cómo habría evolucionado.
- ¿Qué diablos erran du maching? Ik bin aen man auf Sirius la stern Sirius mit Planeten ok all. Set uns gebacb or w’illen be der Teufel pagar.
Boierik Wulfilason pareció apenado y sugirió que la conversación prosiguiera dentro, con la damita por intérprete.
Abrió él mismo la marcha hacia la cámara del puente, que resultó contener un pequeño, pero cómodo salón, bien amueblado.
La puerta quedó abierta con guardias de vista armados y otros más al alcance de la voz.
Boleslav Arkonsky dijo algo en afallonio a Deirdre. Ella asintió y él le sintió un vaso de vino. Parecía vigilarla de cerca, pero ella habló a Everard en voz baja.
- Hemos sido capturados. Sus espías descubrieron dónde estabais escondidos. Otro grupo se encargó de robar tu máquina viajera. También saben dónde está.
- Así me lo figuraba. Pero, ¡por Baal!, ¿quiénes son?
Boierik rió a carcajadas, celebrando su propia agudeza. La idea era hacer creer a los sufetas de Afallon que el culpable era Hinduraj. En aquel período, la alianza secreta entre Littorn y Cinberlandia había montado un eficaz servicio de espionaje. Ahora se dirigían a la residencia veraniega de la Embajada littorniana en Ynys Llangollen (Nantucket), donde se obligaría a los brujos a explicar sus sortilegios y donde se prepararía una sorpresa para los grandes poderes.
- ¿Y si no lo hacemos?
Deirdre tradujo literalmente la respuesta de Arkonsky.
«Lo sentiré por ustedes. Somos gente civilizada y pagaremos bien en dinero y honores su libre cooperación. Si nos la rehusan, la obtendremos por la fuerza, pues la existencia de nuestros países está en peligro.»
Everard les miró fijamente. Boierik parecía molesto y desdichado; su jactancioso júbilo parecía haberse desvanecido. Boleslav Arkonsky tamborileaba en la mesa y apretaba los labios; pero había cierta súplica en sus ojos. «No nos obliguéis a hacerlo. Tenemos que vivir en paz con nosotros mismos.»
Eran, probablemente, esposos y padres; debía de gustarles un trago de cerveza o una amigable partida de dados tanto como a cualquiera; quizá Boierik criaba caballos en Italia y Arkonsky era un próspero vendedor de aves en las playas del Báltico; pero ni uno ni otro harían a sus prisioneros el menor bien cuando la omnipotente nación ponía cuernos en sus cascos.
Everard se detuvo a admirar lo artístico de su operación, y después se preguntó qué debía hacer. La lancha era rápida, pero necesitaría unas veinte horas para llegar a Nantucken, si recordaba bien. Por lo menos, tendría tiempo.
- Estamos cansados - dijo en inglés -. ¿No podríamos dormir un rato?
- Ja, deedly - dijo Boierik con ruda benevolencia -. Ok wir skallen gode geireond bin ni?

* * *

El sol llameaba por el Oeste. Deirdre y Van Sarawak, apoyados en la borda, miraban la gran extensión de agua gris. Tres tripulantes, ya sin afeites ni disfraz, holgaban y pescaban a popa; otro llevaba el timón mirando a la brújula. Boierik y Everard paseaban por el alcázar vistiendo gruesas ropas para protegerse contra el viento.
Everard estaba adquiriendo soltura en la lengua címbrica; aún vacilaba, pero ya podía hacerse entender. Sin embargo, procuraba dejar que Boierik llevara el peso de la charla.
- Así que eres de los astros. Esos asuntos no los entiendo; soy un hombre sencillo. Si fuese independiente, si pudiera administrar en paz mi hacienda de Toscana, dejaría al mundo enloquecer como quisiera. Pero nosotros, los nobles, tenemos nuestras obligaciones.
Los teutones habían reemplazado totalmente a los latinos en Italia, corno los ingleses a los bretones en el mundo de Everard.
- Ya sé lo que sientes - contestó el patrullero -.
Es raro que tengan que luchar tantos, cuando tan pocos lo desean.
- Pero es nuestra obligación. Carthalagan robó a Egipto nuestra legítima propiedad.
«Italia irredenta», murmuró Everard.
- ¿Eh?
- Nada. De modo que vosotros, los cimbrios, estáis aliados con Littorn y esperáis echar mano a Europa y a Africa, mientras los grandes poderes luchan en el Este.
Nada de eso - respondió indignado Boierik -. Estamos simplemente sosteniendo nuestras justas e históricas reivindicaciones territoriales.
Pues el rey mismo dice… - y desgranó las justificaciones de siempre.
Everard se asió a la barandilla para resistir el balanceo de la lancha.
- Estimo que nos tratáis a los brujos un tanto duramente. Tened cuidado, no sea que nos encolericemos de veras.
- Todos nosotros estamos protegidos contra encantos y hechizos.
- Bien…
- Deseo que nos ayudes espontáneamente. Me complacerá demostrarte la justicia de nuestra causa, como lo haré si puedes disponer de algunas horas.
Everard movió la cabeza, anduvo unos pasos y se detuvo ante Deirdre, cuya faz era solo un borrón en la oscuridad creciente; pero él captó una desesperada furia en su voz.
- Espero que les digas que no te importan sus planes.
- No - repuso lentamente Everard -. Vamos a ayudarles.
Ella pareció fulminada.
- ¿Qué está diciendo, Manse? - preguntó Van Sarawak.
Everard se lo dijo.
- ¡No! - exclamó Van.
- ¡Sí! - afirmó Everard.
- ¡Vive Dios, que no! Yo…
Everard le cogió del brazo y añadió fríamente:
- Estese quieto. Sé lo que me hago. No podemos tomar partido en este mundo; estamos contra todos y será mejor que lo comprenda. Lo único que podemos hacer es seguirles el juego una temporada. Y no se lo diga a Deirdre.
Van Sarawak agachó la cabeza y estuvo un momento pensando. Luego convino mansamente:
- Bueno.

7

El refugio de los líttornianos estaba en la playa meridional de Nantucket, cerca de un pueblo pesquero, pero vallado y separado de él. La Embajada lo había construido al estilo de su madre patria: casas largas, de troncos, con tejados curvos, cual el lomo de un gato; un vestíbulo principal y dependencias accesorias, que incluían un pequeño corral. Everard, tras una noche de sueño, tomó un desayuno que hicieron penoso los ojos de Deirdre, y permaneció sobre cubierta mientras llegaban a un muelle particular. Otra lancha mayor estaba allí ya; y los campos rebosaban de hombres de aspecto rudo. Los ojos de Arkonsky brillaron de entusiasmo al decir, en afallonio:
- Ya veo que han traído el aparato mágico. Ahora podemos ir derechos al trabajo.
Cuando Boierik se lo tradujo, el corazón de Everard latió con violencia.
Los huéspedes - como el cimbrio insistía en llamarles - fueron llevados a una amplísima estancia, en la que Arkonsky dobló la rodilla ante un ídolo con cuatro caras; aquel Svantevit que los daneses habían hecho astillas en la otra Historia. Un fuego ardía en el hogar, a causa del frío invernizo, y había guardias apostados junto a las paredes. Everard solo tuvo ojos para el saltador, que relucía sobre el suelo.
- Oí decir que la lucha fue ardua en Catuvellaunan en torno a este aparato - comentó Boierik -.
Murieron muchos, pero los nuestros escaparon con él sin ser seguidos.
Tocó uno de los mandos.
- Y este chisme, ¿puede verdaderamente aparecer en el aire donde desee?
- Sí - respondió Everard.
Deirdre le dirigió una mirada de reproche, tal como muy pocas veces hiciera. Se apartó altivamente de él y de Van Sarawak.
Arkonsky le dirigió unas palabras que deseaba le tradujera. Ella le escupió a los pies. Boierik suspiró y dirigió la palabra a Everard.
- Deseamos una demostración del aparato. Tú y yo daremos un paseo en él. Te advierto que tendrás un revólver a tu espalda. Antes me dirás dónde piensas ir, y si ocurre algo distinto, dispararé. Tus amigos quedarán aquí, en rehenes, y se les matará también a la primera sospecha. Pero estoy seguro - añadió - de que todos seremos buenos amigos.
Everard asintió. Se puso tenso, sintió las palmas de sus manos húmedas y frías.
- Primero debo recitar un conjuro - respondió. Sus ojos llamearon. Una mirada le permitió leer las coordenadas espacio-tiempo en los cuadrantes del saltador; otra le mostró a Van Sarawak sentado en un banco, guardado por la pistola de Arkonsky y los fusiles de los guardias. Deirdre estaba, también rígidamente sentada, todo lo lejos de él que podía.
Everard hizo un cálculo de la posición del banco respecto al vehículo, levantó los brazos y empezó a decir en temporal:
- Van; voy a intentar sacarlos a ustedes de aquí. Permanezcan exactamente donde están; repito: exactamente. Les recogeré en vuelo si todo va bien; ello sucederá, aproximadamente, un minuto después que yo haya desaparecido con nuestro peludo camarada.
El venusiano permaneció impasible, pero un ligero sudor apareció en su frente.
- Muy bien - continuó Everard en su jerga címbrica -. Monta en el asiento de atrás, Boierik, y pondremos en marcha este caballo mágico.
El rubio asintió y obedeció. Como Everard ocupaba el asiento delantero, sintió en la espalda la débil presión de una pistola.
- Di a Arkonsky que estaremos de vuelta dentro de media hora.
Los dos mundos tenían las mismas medidas de tiempo aproximadamente, puesto que ambos las tomaron de los babilonios. Después de esta precaución, Everard le indicó:
- Lo primero que haremos será aparecer en pleno aire, sobre el océano, y revolotear.
- E… es… tupendo - replicó Boierik, sin parecer muy convencido.
Everard fijó los mandos espaciales para quince kilómetros al Este y trescientos metros de altura, y accionó el conmutador principal.
Iban sentados, como brujas en su escoba, mirando hacia abajo, a la inmensidad verde-gris que era el mar y a la distante mancha que la Tierra parecía. El viento era fuerte y Everard se afirmó sobre sus rodillas al sentirlo. Oyó una exclamación de Boierik y sonrió con disimulo.
- Bien - preguntó - ¿qué te parece?
- Pues… es admirable. Los globos no son nada junto a esto. Con máquinas como esta podemos elevarnos por encima de las ciudades enemigas y llover fuego sobre ellos.
En cierto modo, aquellas palabras hicieron a Everard sentirse menos culpable por lo que iba a hacer.
- Ahora - anunció - volaremos hacia delante - y lanzó el vehículo deslizándose en el aire. Boierik gritaba entusiasmado -. Y ahora - añadió - daremos el salto instantáneo hacia tu tierra natal.
Everard accionó el control de maniobra. El vehículo rizó el rizo y descendió a triple aceleración. Aun prevenido, el patrullero apenas se sostuvo.
Nunca supo si fue la curva que describió el aparato o la zambullida lo que precipitó al espacio a Boierik. Solo un momento tuvo el atisbo del hombre precipitándose en el mar a través del espacio, y deseó no haber hecho aquello.
Durante algunos instantes, Everard estuvo suspendido sobre las olas. Su primera reacción fue un estremecimiento. («Supongamos - se dijo - que Boierik hubiese tenido tiempo de disparar.») La segunda, de una gran culpabilidad. Pero se impuso a ambas, concentrando su pensamiento en el problema de rescatar a Van Sarawak. Puso los micrómetros espaciales a medio metro de distancia del banco de los prisioneros, y los que medían el tiempo, a un minuto después de su partida. Mantuvo su mano derecha cerca de los controles y la izquierda libre.
-Sujétense los gorros, camaradas. Allá vamos otra vez.
La máquina surgió casi enfrente de Van Sarawak. Everard agarró al venusiano por la túnica y lo izó hacia sí, introduciéndolo en el campo de acción del artefacto, mientras su mano derecha impulsó hacia atrás el indicador del cuadrante del tiempo e hizo descender el conmutador.
Una bala abolió el metal. Everard vio por un instante a Arkonsky disparando. Luego todo desapareció y los dos patrulleros se encontraron sobre una herbácea colina que descendía a una playa. Habían pasado dos mil años.
Se desvaneció temblando sobre los controles. Un grito le trajo de nuevo a la conciencia. Se volvió a mirar hacia Van Sarawak, y vio al venusiano despatarrado sobre la ladera. Uno de sus brazos rodeaba aún la cintura de Deirdre.
El viento arrullaba, el mar se mecía en la blanca y extensa playa y altas nubes cubrían el cielo.
- No puedo decir que le censure, Van - Everard paseaba ante el vehículo y miraba el suelo -. Pero esto complica las cosas.
- ¿Y qué iba yo a hacer? - preguntó el otro con tono áspero -. ¿Dejarla allí para que la mataran aquellos canallas o para ser aniquilada con todos los suyos?
- Recuerde que estamos juramentados. Sin autorización, no podemos decirle la verdad, aunque queramos. Y yo, por mi parte, no lo deseo.
Everard miró a la muchacha. Ella se puso en pie, respirando lentamente, pero con una luminosa mirada. El viento jugaba con sus cabellos y con las largas y finas vestiduras.
Sacudió la cabeza, como para desechar una pesadilla, y corrió hacia ellos batiendo palmas.
- Perdóname - murmuró -. Yo debía haber sabido que no nos traicionarías.
Los besó a los dos. Sarawak respondió al beso con la impetuosidad que era de esperar, mas Everard no pudo obligarse a ello. Le habría recordado a Judas.
- ¿Dónde estamos? - continuó ella -. ¿Nos has traído a las Islas Afortunadas? Se parece a Líangollen, pero sin habitantes - se sostuvo sobre un pie y bailó entre las flores -. ¿Podemos descansar un poco antes de volver a casa?
Everard suspiró largamente.
- Tengo malas noticias para ti, Deirdre - le dijo. Ella permaneció silenciosa y él pudo observar cómo se recogía en si misma.
- No podemos volver.
Ella aguardó en silencio.
- Los…, los encantamientos que tuve que usar para la salvación de nuestras vidas (no tenía otros) nos impiden volver a la patria.
- ¿Y no hay esperanza? - apenas podía oír su voz quebrada, pero sus miradas le atormentaban.
- No - rechazó.
Ella se volvió y echó a andar. Van Sarawak se disponía a seguirla, pero lo pensó mejor y se sentó junto a Everard, preguntándole.
- ¿Qué le ha dicho usted?
Everard repitió sus palabras y terminó:
- Me parece la mejor solución. No puedo devolverla allá, con lo que le espera en su mundo.
- No - Van Sarawak permaneció un rato quieto, mirando al mar; luego preguntó -: ¿En qué año estamos? ¿Cerca de la época de Cristo? Entonces estamos aún antes de la crisis.
- Si. Y tenemos que descubrir cómo fue.
- Vamos a buscar alguna oficina de la Patrulla en el lejano pasado. Podemos reclutar ayudantes allí.
- Quizá - y Everard se recostó en la hierba, mirando al cielo. La reacción le abrumaba. Terminó -: Creo que podré localizar el hecho clave sin movernos de aquí si Deirdre nos ayuda. Despiérteme cuando ella vuelva.

* * *

Ella volvió con los ojos secos, pero con claras señales de haber llorado. Cuando Everard le preguntó si quería ayudarle en su tarea, comentó:
- Desde luego. Mi vida es tuya, puesto que la has salvado.
«Después de haberte metido en el lío»
Everard dijo con cautela:
- Todo lo que necesito de ti es alguna información. ¿Has oído hablar de… de hacer dormir a la gente en un sueño en que pueden hacer lo que se les dice?
Ella asintió, dudosa:
- He visto a médicos druidas que lo hacían.
- No quiero hacerte daño. Solo deseo dormirte para que puedas recordar todo cuanto sabes, incluso cosas que crees olvidadas. No será por mucho tiempo.
Era duro para él soportar su confianza. Usando los procedimientos de la Patrulla, la puso en total trance hipnótico para que recordase cuanto hubiera oído o leído sobre la segunda guerra púnica, lo que, agregado a cuanto él sabía, bastaba a su propósito.
La interferencia romana en las conquistas cartaginesas al sur del Ebro, violando inexcusablemente el tratado, fue el golpe final. El año 219 antes de Jesucristo, Aníbal Barca, gobernador de la España cartaginesa, sitió a Sagunto. A los ocho meses la tomó, provocando su ya planeada guerra con Roma.
A principios de mayo de 218 cruzó los Pirineos con noventa mil hombres de infantería, doce mil jinetes y treinta y siete elefantes; atravesó la Galia y alcanzó los montes Alpinos. Sus pérdidas, en el camino, fueron horribles; solo veinte mil infantes y seis mil caballos llegaron a Italia, ya al fin del año. No obstante, cerca del río Tesino encontró y derrotó a fuerzas romanas superiores en número. Durante el siguiente año riñó varias sangrientas batallas victoriosas y avanzó por Apulia y Campania.
Los apulios, lucanios, brutios y samnitas se pasaron a su bando. Quinto Fabio Máximo hizo una formidable guerra de guerrillas que asoló a Italia y no resolvió nada. Pero, entre tanto, Asdrúbal Barca estaba organizando España, y en el 211 llegó con refuerzos. En 210 tomó a Roma y la quemó. Y hacia el 207 se le rindieron las últimas ciudades de la confederación.
-¡Eso es -.exclamó Everard, y acariciando la dorada cabellera de la muchacha, que yacía ante él añadió -: Ve a dormir ahora. Duerme bien y despiértate con el corazón alegre.
- ¿Qué le dijo? - preguntó Van Sarawak.
- Un montón de detalles. La historia entera habría requerido más de una hora. Lo importante es esto: conoce bien aquellos tiempos, pero nunca mencionó a los escipiones.
- ¿Los qué?
- Publio Cornelio Escipión mandaba el ejército romano en el Tesino, y allí, en efecto, fue derrotado, según nuestra Historia. Pero más tarde tuvo el talento de volverse hacia el Oeste y atacar la base cartaginesa en España, lo que determinó que Aníbal fuese copado en Italia; y el poco refuerzo ibérico que se le pudo enviar quedó destruido. El hijo de Escipión, que llevaba su mismo apellido, ostentaba también un alto mando, y fue el que definitivamente acabó con Aníbal en Zama; es decir, Escipión el Africano. Padre e hijo fueron, con mucho, los mejores jefes militares que tuvo Roma. Pero Deirdre jamás oyó hablar de ellos.
- Así que.. - Van Sarawak miró hacia el Este a través del mar, donde galos, cimbros y partos trepaban sobre las ruinas del mundo clásico destruido -. ¿Y qué les sucedió en aquella línea de tiempo?
- Mi propio recuerdo total me dice que ambos Escipiones estuvieron muy cerca de la muerte en el Tesino. El hijo salvó al padre durante la retirada, la cual, a mi juicio, fue más bien una desbandada. Apuesto diez contra uno a que, según esta historia, los Escipiones murieron allí.
Alguien debe de haberlos suprimido - apuntó Van Sarawak con voz tensa -. Algún viajero del tiempo. Solo puede haber sido eso.
- Sí; de todos modos, parece probable. Veremos - dijo Everard mirando la soñolienta cara de Deirdre -. Veremos.

8

En el refugio Pleistoceno, media hora después de haber salido para ir a Nueva York, depositaban los patrulleros a la muchacha en manos de una simpática matrona que hablaba el griego, y requerían la presencia de sus colegas. Luego comenzaron a expedir mensajes espacio-temporales.
Todas las oficinas anteriores al año 218 antes de Jesucristo - la más próxima era Alejandría (250 a 230)- estaban «aún» allí con unos doscientos agentes en total. Se confirmó la imposibilidad de un contacto escrito con el futuro, y unas pocas gestiones corroboraron la prueba. Una apurada reunión tuvo lugar en la Academia, sita, como se sabe, en el periodo Oligoceno, y a ella concurrieron agentes libres ya experimentados. Everard se vio a si mismo presidiendo una reunión de oficiales superiores. En ella todos convinieron que habría que reparar el daño. Pero se temía por aquellos agentes que se habían internado en el tiempo, como lo había hecho el mismo Everard, y que no estuvieron de vuelta al reconstituir la Historia. Everard envió partidas para recogerlos, pero sin gran confianza en el éxito. Les advirtió a todos que estuviesen de vuelta en un día del tiempo local o se atuvieran a las consecuencias.
Un hombre del Renacimiento científico expuso otra cuestión. Concedido; los sobrevivientes tenían el claro y pleno deber de restaurar la Historia, pero también de conocerla a fondo, por lo que habrían de hacerse varios años de trabajo antropológico. Everard rechazó con dificultad la sugerencia. Habían quedado pocos agentes para correr el riesgo. Grupos de estudio debían determinar el momento exacto y las circunstancias del cambio. La disputa sobre los métodos se hizo interminable. Everard escrutó la noche prehumana y acabó preguntándose si los megaterios no estaban haciendo su papel mejor que aquellos antropomórficos sucesores suyos.
Cuando, por fin, recogió todas las partidas despachadas, vació una botella con Van Sarawak, y ambos se emborracharon.
En la reunión del día siguiente, el comité directivo oyó a sus comisionados, que habían recorrido una gran cantidad de años en el futuro. Una docena de patrulleros habían sido rescatados de situaciones más o menos ignominiosas; a otra veintena de ellos había, simplemente, que darles de baja. El informe del grupo espía era más interesante. Parecía ser que dos mercenarios helvéticos se habían incorporado a las fuerzas de Aníbal, en los Alpes, y ganado su confianza. Después de la guerra alcanzaron elevadas posiciones en Cartago. Con los nombres de Phrontes e Himilco, planearon el asesinato de Aníbal y establecieron nuevas marcas de vida lujosa. Uno de los patrulleros había visto sus casas y a ellos mismos.
- Estas presentaban una cantidad de mejoras inauditas en los tiempos clásicos - informó el espía -; ellos me parecieron neldorianos del milenio 205.
Everard asintió. Aquel período era una Edad de bandidos que «ya» había dado a la Patrulla muchísimo trabajo.
- Creo que hemos dado en el clavo - dijo -. No importa que estuvieran o no en Tesino con Aníbal. Tenemos el tiempo justo para detenerlos en los Alpes sin armar una confusión tal que seamos nosotros los que alteremos la Historia. Lo que interesa es que parecen haber suprimido a los Escipiones, y eso es lo que tenemos que evitar.
Un inglés del siglo XIX, competente, pero con el genio del coronel Blimp, extendió un mapa y explicó sus observaciones sobre la batalla, usando un telescopio de rayos infrarrojos para mirar a través de las nubes bajas.
- Y aquí estaban los romanos…
- Ya lo sé - contestó Everard -. Es una delgada línea roja. El momento en que huyeron los que perseguimos es el instante crítico; pero la confusión reinante nos da una probabilidad. Necesitaremos rodear discretamente el campo de batalla, pero no creo que lo podamos conseguir solo con dos agentes en escena. Los malvados van a estar alerta, ya se sabe, vigilando una posible intervención. La oficina de Alejandría puede proporcionarnos los trajes a Van y a mi.
- ¡Oiga! protestó el inglés -, yo creí tener el privilegio…
- No; lo siento - Everard sonrió levemente -. No caben privilegios. Arriesgamos el cuello, precisamente, para anular a un pueblo lleno de gente como usted.
- Pero ¡caramba!
- Tengo que ir yo - afirmó sencillamente -. No sé por qué, pero tengo que ir yo.
Van Sarawak fue detrás de él.

***

Dejaron su vehículo tras un grupo de árboles y atravesaron el campo.
Rodeándolo, y arriba, en el espacio, había cien patrulleros armados, pero aquel era un triste consuelo para los que se hallaban entre lanzas y flechas. Bajas nubes eran barridas por un viento frío y ululante. Llovía. La soleada Italia estaba disfrutando su caída definitiva.
La coraza le pesaba sobre los hombros a Everard al andar sobre un barro resbaladizo y sangriento. Llevaba yelmo, grebas, un escudo romano en el brazo izquierdo y una espada al costado; pero en la mano derecha sostenía un tronador. A su lado trotaba Van Sarawak, análogamente vestido y armado, entornando los ojos bajo el penacho de oficial, agitado por el viento
Atronaban el espacio trompetas y tambores, lo que era trabajo perdido entre los gritos de los hombres y el ruido de los pasos, los relinchos de los caballos sin jinete y las silbantes flechas. Solo algunos capitanes y exploradores estaban aún montados. ¡Cuán a menudo, antes de inventarse los estribos, lo que comenzara siendo una carga de caballería se terminó en batalla a pie, cuando los lanceros habían caído de sus monturas! Los cartagineses atacaban, martilleaban con un afilado metal entre los escudos de las filas romanas. Aquí y allá, la lucha se iba resolviendo en pequeños núcleos, en que los hombres maldecían y acuchillaban al extranjero.
El combate había sobrepasado ya su área inicial. La muerte rondaba a Everard. Corría este tras las fuerzas romanas, hacia el distante resplandor de las águilas. Pisando yelmos y cadáveres, descubrió un pendón rojo y púrpura que ondeaba triunfal. Resaltando monstruosos contra el cielo gris, levantando sus trompas y barritando, venía un escuadrón de elefantes.
La guerra fue siempre igual; no un asunto limpio, cuestión de líneas sobre un mapa, sino hombres que sudaban, sangraban y boqueaban aturdidos.
Un joven esbelto, moreno, yacía herido, retorciéndose y tratando débilmente de arrancarse una jabalina clavada en su estómago. Era un hondero cartaginés, pero el robusto campesino que estaba a su lado, mirándose sin creer el muñón de un brazo, no le prestaba atención.
Una bandada de cuervos los sobrevolaba, meciéndose en el viento y esperando.
- ¡Por aquí! - murmuraba Everard -. ¡Aprisa, por amor de Dios! La línea va a ceder de un momento a otro.
Alentaba roncamente, mientras trotaba tras los estandartes de la República. Pensó que siempre había preferido que venciese Aníbal. Encontraba algo repelente la fría y prosaica codicia de Roma. Y ahora estaba allí, tratando de salvar la ciudad. ¡Ah!, la vida es a veces una cosa rara.
Era algo consolador el que Escipión fuese uno de los pocos hombres decentes que quedaran después de la guerra.
Los gritos y clamores crecían, y los italianos retrocedían. Everard vio algo así como una ola que avanzaba a estrellarse contra una roca; pero era al revés: la roca se adelantaba gritando y apuñalando.
Echó a correr. Un legionario pasó, aullando de pánico. Un canoso veterano escupió en el suelo, se ató las sandalias y permaneció en su puesto hasta que acabaron con él. Los elefantes de Aníbal barritaban y atacaban por doquier. Las filas de cartagineses se mantenían firmes, avanzando al salvaje compás de sus tambores.
Everard vio hombres a caballo que sostenían las águilas en alto y gritaban, pero nadie les hacía caso.
Un grupo de legionarios pasó corriendo. Su jefe llamó a los dos patrulleros.
- ¡Eh, vosotros; aquí! ¡Vamos, a la lucha, por Venus!
Everard sacudió la cabeza y siguió su camino. El romano saltó hacia él y gritó:
- ¡Ven acá, cobarde! - un rayo atontador cortó sus palabras y lo hizo caer en el barro. Sus hombres se estremecieron, alguien sollozó, y todo el grupo le siguió en su huida.
Los cartagineses estaban ya muy cerca; escudo contra escudo, y las espadas tintas en sangre.
Everard pudo ver una lívida cicatriz en la mejilla de un hombre y la grande y ganchuda nariz de otro. Una lanza arrojada hizo resonar su yelmo. Bajó la cabeza y corrió. Se trababa combate ante él. Quiso dar un rodeo y tropezó en un acuchillado cadáver. Un romano cavó sobre él, a su vez. Sarawak maldijo y lo quitó de en medio. Una espada atravesó el brazo del venusiano. Más allá, los hombres de Escipión estaban cercados y se batían sin esperanza. Everard se detuvo, aspiró el aire y miró a través de la lluvia. Su armadura relucía, mojada. Una tropa de jinetes romanos galopaba, cubierta de barro hasta los ollares de sus monturas. Debía de ser Escipión, hijo, que acudía a salvar a su padre. El ruido de los cascos atronaba la tierra.
-¡Por allí!
Van Sarawak gritó y señaló. Everard se agazapó en su sitio, mientras la lluvia chorreaba de su casco y corría por su cara. Desde otro punto venía una tropa cartaginesa al encuentro de las águilas, y a su frente destacaban dos hombres cuya estatura y extrañas facciones los identificaban como neldorianos. Vestían igual que los legionarios, pero cada uno llevaba un arma de fino cañón.
-¡Por este lado! - Everard se irguió sobre sus talones y se lanzó al encuentro. El cuero de su coraza crujió. Antes de ser vistos, estaban los patrulleros casi encima de los cartagineses. Entonces, un jinete dio la alarma. ¡Dos locos romanos! Everard le vio refunfuñar entre sus barbas. Uno de los neldorianos levantó su aniquilador. Everard sintió qué se le contraía el estómago. El cruel rayo azul y blanco zigzagueó donde él había estado. Hizo un disparo, y uno de los caballos africanos se abatió con estrépito metálico. Van Sarawak se afirmó y disparó rápido. Uno, dos, tres, cuatro…, y uno de los neldorianos cayó en el barro.
Los soldados formaban el cuadro en torno a los Escipiones. La escolta neldoriana gemía de terror. Debían de conocer ya los efectos del barreno, pero aquellos golpes invisibles eran otra cosa: fulminaban. El segundo de los bandidos dominó su caballo y se volvió para huir.
-¡Cuidado con el que usted derribó, Van! - avisó Everard -. Sáquelo del campo de batalla; quiero hacerle una pregunta.
Se arrastró hasta hallar un caballo sin jinete y se montó rápidamente, persiguiendo al neldoriano, antes que este se diera cuenta de ello.
Tras él, Publio Cornelio Escipión y su hijo luchaban por incorporarse a sus tropas, que se batían en retirada. Everard volaba a través de aquel caos. Exigía velocidad a su montura, satisfecho de perseguir al neldoriano. Si este alcanzaba el vehículo, se escaparía la presa.
El mismo pensamiento pareció habérsele ocurrido al que huía, que refrenó el caballo y apuntó. Everard vio el cegador relámpago y sintió en la mejilla la picadura de un proyectil que falló por poco. Puso su aniquilador a toda fuerza y avanzó disparando.
Otro rayo enemigo alcanzó a su caballo en pleno pecho. El animal se vino abajo y Everard cayó de la silla. Sus adiestrados reflejos suavizaron la caída; saltó sobre sus pies y atacó a su enemigo.
Había perdido su arma, caída en el barro, y no tenía tiempo de buscarla. No importaba; podría recuperarla después, si vivía. El rayo aniquilador, a tal amplitud, no era bastante fuerte para derribar a un hombre dejándole sin sentido, pero el neldoriano arrojó su arma, y su caballo, debilitado, cerraba los ojos.
La lluvia azotaba el rostro de Everard. El neldoriano saltó del caballo y desnudó la espada. Everard lo hizo también.
- Como desee.. - dijo en latín -. Uno de nosotros quedará sobre el terreno.

9

La luna apareció sobre las montañas y arrancó a la nieve un pálido resplandor. A lo lejos, en el Norte, un glaciar reflejó su luz y un lobo aulló.
Los Cro-Magnon cantaban en su cueva, y el sonido de sus voces se esparcía, penetrando débilmente por el pórtico.
Deirdre permanecía en la oscuridad, mirando al exterior. La luz de la luna, al dar en su cara, descubrió un brillo de lágrimas. Empezaba a llorar cuando Sarawak y Everard se le aproximaron por la espalda.
- ¡Qué pronto volvéis! - se alivió ella -. Me dejasteis aquí esta mañana.
- No ha sido una tarea larga - le contestó Van Sarawak, que había aprendido el griego ático por hipnosis.
- Espero.. .- y trató de sonreír - que hayáis acabado vuestro cometido y podáis descansar del trabajo.
- Sí - respondió Everard -; lo acabamos.
Estuvieron juntos un rato, contemplando un paisaje invernal.
-¿Es cierto que, como decís, no puedo volver a mi tierra?
- Me temo que no. Los encantamientos…
Everard cambió una mirada con Van Sarawak. Habían obtenido el permiso oficial para decir a la muchacha la verdad de cuanto quisiera saber y llevarla a donde quisiera.
Van Sarawak insistía en llevársela a Venus y al mismo siglo en que vivían, y Everard estaba demasiado cansado para discutir.
Deirdre respiró largamente.
- Que así sea - concedió -. No voy a desperdiciar mi vida lamentándome. Pero ¡quiera el Gran Baal que los míos vivan felices en mi país!
- Estoy seguro de ello - afirmó Everard.
De pronto, no pudo hacer nada más. Solo quería dormir. Dejó a Van Sarawak decir lo que había de decirse y obtener las recompensas que hubiera. Saludó con el gesto a sus compañeros y dijo:
- Me voy a acostar. ¡Buena suerte, Van! El venusiano cogió a la chica por el brazo, mientras Everard se retiraba lentamente a su habitación.

FIN DE
«GUARDIANES DEL TIEMPO»

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Wednesday, September 10, 2008

SCIFI — EL NUEVO ACELERADOR — H. G. WELLS

SCIFI — EL NUEVO ACELERADOR — H. G. WELLS

SCIFI — EL NUEVO ACELERADOR — H. G. WELLS
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El Nuevo Acelerador
Herbert George Wells.
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En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscando un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolucionará la vida humana.
Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.
Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.
El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkestone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a alguien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extremo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos hemos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus trabajos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulante en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante laboratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.
Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteligentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tiene rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedantes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pequeños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juzgue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente eficaces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.
- Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho - me dijo hace cerca de un año -. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas causan un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un estimulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.
- Pero esa actividad fatigaría al hombre.
- No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste - y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases -, y que en este precioso frasquito se encuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.
-¿Pero es posible conseguir una cosa así?
- Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, parecen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vitalidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.
- Puede que sí- dije yo.
- Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece…?
- Se podría suministrar una dosis al secretario particular- dije yo.
- Ganaría usted… la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.
- Por regla general - dije yo- suelo desear no haberlos empezado nunca.
- O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado… o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.
- Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más- dije yo.
- También en un duelo- dijo Gibberne -, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.
- O en manejar la espada- añadí yo.
- Mire usted -dijo Gibberne -: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el doble que los demás.
- Oiga - dije yo, reflexionando -: ¿sería eso leal en un duelo? - Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos - repuso Gibberne.
-¿Y realmente cree usted que eso es posible? - repetí, volviendo a preguntas específicas.
- Tan posible - repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana- como un autobús. A decir verdad…
Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.
- Creo que conozco la droga… He obtenido ya algo prometedor, terminó.
La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su revelación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimentales a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.
- Y puede ser…, puede ser…, no me sorprendería…, que la vitalidad resultara más que duplicada.
- Eso será una cosa enorme - aventuré yo. - Será, en efecto, una cosa enorme- repitió él.
Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.
Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comercial.
- Es una cosa buena - decía Gibberne -, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo reservarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejemplo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.
El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espacio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hombre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los treinta emprendería el camino de la decrepitud senil.
Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha maravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enloquecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.
Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una realidad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandgate, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gibberne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se dirigía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.
- Es cosa hecha - gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa -. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.
- ¿De verdad? - ¡De verdad! - gritó -. ¡Es increíble. Venga a verlo. - ¿Pero produce… el doble:?
- Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a
ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la manera que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colores brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.
- No andaré muy de prisa, ¿verdad? - exclamó Gibberne, reduciendo su paso a una marcha todavía rápida.
-¿Ha probado usted ya esa droga? - dije yo, soplando.
- No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que enjuagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.
-¿Y duplica la actividad? - pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.
-¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! - exclamó Gibberne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha cancela de viejo roble tallado.
-¿Eh?- dije yo, siguiéndole hacia la puerta.
- Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica - dijo Gibberne con el llavín en la mano.
- ¿Y usted…?
- Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva… ¿Sabe Dios cuántos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.
- ¿Ensayar la droga?- exclamé yo mientras seguíamos el corredor.
- ¡Claro! - dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho -. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!
Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teoría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.
- Hombre - dije, cavilando -, ¿dice usted que la ha probado? - Sí; la he probado - repuso -, y no parece que me haya hecho dañe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento…
- Venga la poción - dije yo, sentándome -. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:’
- Con agua - repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella encima de la mesa.
Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que estaba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.
- Es una droga singular, ¿sabe usted?- dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:
- Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vista depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una especie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.
- Bueno; los cerraré.
- La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.
-¡Dios mío! - dije yo -. ¿Y pretende usted…? - Ya verá usted - dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:
- Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer ensayo.
El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.
- No se olvide de lo que le he dicho - dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa -. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.
Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.
- A propósito - dijo -: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora… Gibberne alzó su vaso.
- ¡Por el Nuevo Acelerador! - dije yo. - ¡Por el Nuevo Acelerador! - repitió él.
Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirvana. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. - ¿Qué?- dije yo.
-¿No nota nada de particular?
- Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. -¿Y ruidos?
- Todo está tranquilo - dijo yo -. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tranquilo, salvo este tenue Pat-pat, pat-,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?
- Sonidos analizados- creo que me respondió; pero no estoy seguro.
Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:
-¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?
Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el momento de ser agitada vivamente por el viento.
- No - dije yo -; es extraño.
-¿Y esto?- dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire
- En nuestras latitudes- dijo Gibberne-, un objeto que cae recorre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caída. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por segundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurrido una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la actividad vital que nos ha dado mi Acelerador.
Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.
-¿Eh?- dijo riéndose.
- Esto me parece magnífico- dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela.
Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.
Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube inerte de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.
- Gibberne - exclamé -, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ - ¡Dios sabe! - repuso él -. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.
Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos.
-¿Por qué no salir a la calle? - pregunté yo. -¿Por qué no:’
- La gente se fijará en nosotros. .
- De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?
Salimos por la ventana.
Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.
Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un minuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso instante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, excepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once viajeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagradable.
Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, petrificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una sonrisa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pamela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eternidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reíamos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desagrado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.
- ¡Cielo santo! - exclamó de pronto Gibberne-. ¡Mire!
Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.
A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el ruido que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes extraños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inestables, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.
-¡Oh, mire usted! - exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vestidos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.
- ¡Como el Cielo me conceda memoria - dije yo - nunca volveré a guiñar el ojo!
- Ni a sonreír - añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.
- Hace un calor infernal - dije yo -. Vayamos más despacio. - ¡Bah! ¡Sigamos! - dijo Gibberne.
Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un periódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa considerable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvimos a contemplarla.
El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla inconcebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimiento exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga había empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y cerrar de ojos.
- El Nuevo Acelerador… - empecé yo; pero Gibberne me interrumpió.
- Ahí está esa vieja infernal. -¿Qué vieja?
- Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!
Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.
- ¡Gibberne! - grité yo -. ¡Suéltelo!
Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: -Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa- ya se le empezaba a chamuscar el pantalón.
Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.
- Gibberne - grité yo, corriendo tras él -. Suéltelo. ¡Este calor es excesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kilómetros por segundo! … ¡Y el frotamiento del aire! …
- ¿Qué? - dijo Gibberne, mirando al perro.
- El frotamiento del aire! - grité yo -. El frotamiento del aire. Vamos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.
- ¿Eh? - dijo él.
- La droga se disipa - repetí yo -. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.
Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.
- ¡Por Júpiter! - exclamó -. Me parece que sí se disipa. Una especie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamente.
Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéramos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?… Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfima fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: - Siéntese - exclamó.
- Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vibraciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agitarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y todas las personas sentadas se movieron y hablaron.
El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.
Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeridad a través de la sombrilla de una dama.
Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que estaba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, luego nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que acabé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debimos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscarnos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinadamente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido todavía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersticiosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficientemente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muchedumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metrópoli hacia la casa de Gibberne. Pero entre el tumulto oí muy distintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.
- Si usted no ha tirado el perro - le decía -, ¿quién ha sido?
El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalones blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me impidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de algún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cerca de la iglesia próxima.
A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.
Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Prácticamente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y haciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había tocado dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gusto. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra temeridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostrada ciertamente de una manera indiscutible.
Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constantemente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra interrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La empecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la media y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininterrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compromisos, nunca podría elogiarse demasiado.
Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en tipos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Retardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apática, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesariamente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de tedio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en realidad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus extraordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibberne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distintas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, respectivamente.
No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndose de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abuso.
No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de jurisprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdicción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias…, ya veremos.

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Tuesday, September 9, 2008

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE

http://enloslimites.blogspot.com/2008/09/scifi-refugiado-arthur-c-clarke.html

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE
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Refugiado
Arthur C. Clarke
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La presente historia fue escrita en 1954, y no pretendo que no haya ningún
parecido con algún personaje vivo. Desde que conocí al prototipo del «Príncipe
Henry», en tres ocasiones y más concretamente en la última, aquí en Colombo,
hace sólo unos pocos meses, cuando tuvimos una conversación curiosamente
vinculada a esta historia.
Nuestro primer encuentro fue en una exposición allá por 1958, llamada, con gran
optimismo, «Gran Bretaña en los albores de la Era Espacial». Su alteza real se rió
y comentó con ironía: «Nunca lo logramos, ¿verdad?»
En realidad, no era del todo cierto, dado que, en la actualidad, hay muchos
satélites del Reino Unido en órbita y pronto habrá (por cortesía del U.S. Space
Shuttle) algunos británicos en el espacio. Pero no era eso exactamente en lo que
yo estaba pensando.
Bueno, Isaac Newton «inventó» la gravedad. Tal vez algún día nosotros los
británicos tengamos la fortuna de lograr «desinventarla».
- Cuando venga a bordo - dijo el capitán Saunders mientras esperaba que la
rampa de desembarque quedara en posición -, ¿cómo deberé llamarle?
Hubo un prolongado silencio mientras el oficial de navegación y el ayudante del
piloto se ponían de acuerdo respecto al problema del protocolo
Luego, Mitchell cerró el control principal y todos los mecanismos y circuitos de la
nave quedaron de inmediato en suspenso al cortarles el fluido eléctrico.
- La manera en que uno debe dirigirse a él - y lo pronunció con el mayor cuidado -,
es «Su Alteza Real».
- ¡Bah! - rugió el capitán -. ¡Que me parta un rayo si alguna vez llego a usar una
expresión tan ridícula!
- En estos tiempos de rápidos cambios y exaltación democrática - arguyó
Chambers -, creo que «señor» es más que suficiente. Y no hay necesidad de
preocuparse si uno se olvida. Hace ya mucho tiempo que nadie ha sido enviado a
la Torre por algo de tan poca monta. Además, este Enrique no es un personaje tan
severo como lo fue aquel otro de las muchas esposas.
- Según dicen - agregó Mitchell - parece ser que es un joven muy agradable, y
también instruido. En ciertas ocasiones, ha efectuado preguntas técnicas que han
puesto en aprietos a más de uno.
El capitán Saunders ignoró ese comentario y concluyó que, si el príncipe Enrique
quería saber cómo funcionaba un Generador Compensador de Campo, Mitchell se
lo explicaría sin ninguna dificultad. Se levantó cuidando muy bien sus
movimientos, pues había estado trabajando en condiciones de escasa gravedad
durante el vuelo, y ahora, en la Tierra, le suponía un gran esfuerzo mantener el
equilibrio, y se dirigió al corredor que conducía a la compuerta inferior. Con un
sofocado chasquido metálico, la puerta se abrió suavemente hacia un lado.
Iniciando una sonrisa, se dirigió a las cámaras de televisión y al heredero de la
corona británica.
El hombre que algún día sería Enrique IX de Inglaterra no pasaba aún de los
veinte años. Era de una estatura ligeramente inferior a la de tipo medio; tenía las
facciones delicadas y bien proporcionadas, en total consonancia con lo impuesto
por los cánones genealógicos. El capitán Saunders, que provenía de Dallas, y por
tanto se hallaba poco dispuesto a dejarse impresionar por ningún príncipe, se
encontró de repente impresionado por la tristeza de sus ojos. Eran ojos que ya
habían visto demasiadas recepciones y desfiles, que estuvieron forzados a ser
testigos de innumerables cosas carentes de sentido, que nunca tuvieron la
oportunidad de pasear por lugares que no hubieran sido planificados previamente.
Mirando aquel orgulloso y fatigado rostro, el capitán Saunders vislumbró por
primera vez la extrema soledad de la realeza. Todo su desagrado respecto a esta
institución le pareció de escasa importancia a la vista de su mayor defecto: lo que
realmente consideraba mal en la monarquía era la deslealtad de infligir tal carga
sobre ciertas personas.
Los pasillos del Centaurus eran demasiado estrechos como para permitir una
visión general; pero pronto quedó claro que la novedad del nuevo ambiente no le
incomodaba demasiado.
Y una vez que todos se hubieron acostumbrado a aquellos angostos recintos,
Saunders olvidó sus reservas referentes al trato con el príncipe. Pronto tuvo con él
la misma relación que con cualquier otro visitante. Una de las primeras lecciones
que la realeza debe aprender es cómo lograr que la gente no se encuentre
incómoda en su presencia.
- ¿Sabe una cosa, capitán? - dijo el príncipe con aire pensativo -. Este es un gran
día para nosotros. Siempre esperé que fuera posible que una nave espacial
partiera desde la misma Inglaterra. Sin embargo todavía se nos hace extraño tener
una base propia después de tantos años. Dígame, ¿hace mucho que está usted
vinculado con la propulsión a reacción?
- La verdad es que he hecho algunos cursos sobre ella. No obstante, lo que en
realidad me ha dado el cabal dominio del tema ha sido sin duda la experiencia
práctica de estos últimos años. He tenido la fortuna de que el desarrollo de mis
estudios se haya realizado en el período en que la tecnología espacial estaba en
pleno desarrollo y la propulsión química dejaba ya paso a los nuevos sistemas. En
ese sentido, he tenido suerte. Algunas personas mayores que yo necesitaron
volver a hacer cursos para ponerse al día en el tema, se vieron obligados a
desvincularse de él, al no poder adaptarse a los nuevos sistemas de propulsión.
- ¿Tan grande es la diferencia?
- Por supuesto que sí. El tema de los reactores espaciales es de una enorme
complejidad y entre un sistema y otro hay la misma diferencia que separa la
navegación a vela de la de vapor. Es una analogía que oirá mencionar con
frecuencia. Ha habido toda una épica respecto a los primeros tiempos de la
navegación espacial por medio de combustibles químicos, del mismo modo que la
hubo en los momentos culminantes de los grandes veleros oceánicos. Cuando el
Centaurus despega, por ejemplo, lo hace tan silenciosamente como un globo,
incluso con una aceleración reducidísima que no causa ninguna molestia. En
cambio, el despegue de una gran nave a reacción se oye a muchos kilómetros de
distancia, con gran estruendo, y se produce en medio de una enorme masa de
gases incandescentes. Seguro que lo habrá visto más de una vez en películas de
esa época.
- Oh, sí - respondió el príncipe con una sonrisa -, las he visto muchas veces. Creo
que no me he perdido ninguna de las correspondientes a los inicios de la carrera
espacial. La verdad es que lamenté la desaparición de la navegación a reacción.
De todos modos, nunca habríamos podido tener una base de lanzamiento aquí en
Salisbury Plain con el ruido que se hubiera producido. Hasta es probable que las
mismas construcciones de Stonehenge se hubieran deteriorado.
- ¿Stonehenge? - preguntó Saunders mientras abría una escotilla para permitir el
paso del príncipe a la bodega número tres.
- Sí, sí; el monumento paleolítico cercano a la base. Es con seguridad la
construcción prehistórica mejor conservada. Tiene más de tres mil años. No está a
más de diez kilómetros de aquí. Le recomiendo que lo vea. Lo hallará interesante.
El capitán Saunders ensayó una sonrisa. Curioso país éste. ¿En qué otro lugar
podrían encontrarse contrastes de este tipo? Eso le hacía sentirse inmaduro y un
poco tosco y se veía forzado a reconocer que, por ejemplo, Billy The Kid equivalía
en Estados Unidos a un hecho como la historia antigua en Europa y que sería muy
difícil encontrar en toda Texas algún rastro que excediera los quinientos años. Por
primera vez le pareció creer que estaba entendiendo lo de la tradición. Eso le
otorgaba al príncipe Enrique algo que él nunca había poseído: serenidad y
equilibrio, confianza en sí mismo. Sí, sin duda todo eso. Y una clase de orgullo
desprovisto de arrogancia.
Sorprendía el gran número de preguntas que el príncipe fue capaz de hacer en los
treinta minutos que se habían destinado para ello durante su recorrido por el
carguero. No eran las preguntas rutinarias que la gente suele hacer por simple
cortesía y con escaso interés en las respuestas. Su Alteza Real, el príncipe
Enrique, poseía muy buenos conocimientos de navegación espacial, y el capitán
Saunders estaba agotado cuando volvió al comité de recepción que lo aguardaba
pacientemente fuera del Centaurus.
- Le quedo muy agradecido, capitán - manifestó, estrechándole la mano a la salida
de la nave -. Hacía tiempo que no pasaba un rato tan interesante. Espero que
tenga una agradable estancia en Inglaterra, y un feliz viaje.
Luego, en compañía de su séquito y de los representantes de la base, continuaron
con la visita de otras instalaciones, lo que dio oportunidad al personal de aduanas
para verificar la documentación de la nave.
- Bien - dijo Mitchell -, ¿qué opina del príncipe?
- La verdad es que me ha sorprendido - respondió Saunders con franqueza -.
Jamás me habría dado cuenta de que era un príncipe. Siempre pensé que
formaban parte de un grupo de gente constituido por personas inútiles e
impertinentes. Lo cierto es que conocía los fundamentos del Generador de
Campo. ¿Sabes por casualidad si ha salido alguna vez al espacio?
- Me parece que en una ocasión. Fue como un salto por encima de la atmósfera
en una nave de la Fuerza espacial. Pero no alcanzó la órbita. Regresó antes de
ello… El primer ministro casi tuvo un ataque al corazón. Se produjeron debates en
la Cámara y el Times le dedicó varios editoriales. Todos se hallaban de acuerdo
en que el heredero del trono era demasiado valioso para arriesgarse con estos
nuevos inventos. Por lo tanto, aunque tiene el rango de comodoro en la Real
Fuerza Espacial, nunca ha estado en la Luna.
- ¡Pobre chico…! - exclamó el capitán Saunders.
Tuvo tres días de inactividad, puesto que no era asunto suyo supervisar la carga
de la nave ni las tareas de mantenimiento que se llevaban a cabo antes del vuelo.
Saunders conocía a muchos capitanes que daban vueltas por ahí, respirando
pesadamente encima de los pescuezos de los maquinistas de servicio. Pero él no
era de ese tipo. Además, deseaba ver Londres. Había estado en Marte, en Venus
y en la Luna; pero ésta era su primera visita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le
habían proporcionado informaciones útiles y le habían dejado en el monorraíl de
Londres antes de desaparecer para visitar a sus propias familias. Estarían de
regreso en el aeropuerto espacial un día antes que él, a fin de comprobar que todo
se encontraba en orden. Constituía un gran alivio tener unos oficiales en los que
se pudiera confiar por completo. Carecían de imaginación y eran cautelosos, pero
minuciosos hasta el fanatismo. Si decían que todo estaba en orden, Saunders
sabía que podía despegar sin el menor recelo.
El esbelto y alargado cilindro silbó a través del muy cuidado paisaje. Estaba tan
cerca del suelo, y viajaba tan de prisa, que sólo se podía captar una rápida
impresión de las ciudades y campos que destellaban bajo él. Saunders pensó que
todo era tan increíblemente compacto, que parecía hecho a una escala liliputiense.
No había espacios abiertos, ni campos que tuviesen una extensión superior a un
par de kilómetros en cada dirección. Aquello era suficiente para causar
claustrofobia a un tejano, en particular a un tejano que era al mismo tiempo un
piloto espacial.
El bien definido contorno de Londres apareció en el horizonte como el baluarte de
una ciudad amurallada. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos, tal
vez de quince o veinte pisos. El monorraíl corría a través de un estrecho cañón,
por encima de un parque muy atractivo; y de un río que cabía suponer que era el
Támesis. Luego, se detenía tras una firme y poderosa explosión de
desaceleración. Por un altavoz se oyó una voz tan moderada que parecía tener
miedo a elevarse más de la cuenta: «Hemos llegado a Paddington -dijo-. Los
pasajeros que vayan al Norte sírvanse continuar en sus asientos» Saunders sacó
su equipaje de la redecilla y se encaminó hacia la estación.
Cuando entró en el Metro, pasó ante un quiosco y echó un vistazo a las revistas
que exhibía. La mitad de ellas traían fotos del príncipe Enrique o de otros
miembros de la familia real. Saunders pensó que aquello era demasiado para ser
bueno. También se percató de que todos los periódicos de la tarde mostraban al
príncipe entrando o saliendo del Centaurus. Compró unos ejemplares para leerlos
en el Metro; o, como aquí le llamaban, el Tube.
Los comentarios editoriales tenían un monótono parecido. Al final, se alegraban.
Inglaterra ya no necesitaba ocupar un asiento trasero entre las naciones punteras
en la carrera del espacio. Ahora era posible operar una flota espacial sin tener
millones de kilómetros cuadrados de desierto. Los navíos actuales, silenciosos y
que desafiaban la gravedad, aterrizaban, si era necesario, en el Hyde Park, sin
turbar ni siquiera a los patos que se hallaban en el Serpentín. Saunders encontró
raro que esta clase de patriotismo hubiese logrado sobrevivir en la era espacial;
pero supuso que los británicos se habían sentido bastante mal cuando tuvieron
que alquilar lugares de lanzamiento a los australianos, los estadounidenses y los
rusos.
El Metro de Londres era aún, después de un siglo y medio, el mejor sistema de
transporte del mundo, y dejó a Saunders en su destino, sano y salvo, antes de
diez minutos de haber dejado Paddington. En ese tiempo, el Centaurus podría
haber cubierto setenta y cinco mil kilómetros; pero había que reconocer que el
espacio no estaba tan atestado. Ni las órbitas de los ingenios espaciales eran tan
tortuosas como las calles que Saunders tenía que salvar para llegar a su hotel.
Todos los intentos por hacer un Londres más recto fracasaron de forma
desalentadora; y transcurrió un cuarto de hora antes de que pudiera completar los
últimos cien metros de su viaje.
Se quitó la chaqueta y se dejó caer en la cama. Quedó pensativo. Tres días
tranquilos, y sin obligaciones, para él solo. Parecía demasiado bueno para ser
verdad.
Así fue. Apenas había tenido tiempo para inspirar con fuerza cuando sonó el
teléfono.
- ¿Capitán Saunders? Me alegro mucho de dar con usted. Aquí la «BBC».
Tenemos un programa que se llama, «La ciudad por la noche», y nos hemos
preguntado si..
El estrépito de la puerta de descompresión fue el sonido más dulce que Saunders
había oído durante días. Ahora estaba a salvo; nadie podría llegar hasta él en su
fortaleza blindada, y muy pronto se encontraría en la libertad del espacio. Y no es
que lo hubiesen tratado mal. Por el contrario, se habían portado demasiado bien
con él. Efectuó cuatro (¿o eran cinco?) apariciones en varios programas de
televisión; asistió a más fiestas de las que podía recordar; hizo centenares de
nuevos amigos y, por el estado en que ahora se hallaba, había olvidado a otros
antiguos.
- ¿Quién extendió el rumor - preguntó a Mitchell cuando se encontraron en el
puerto - de que los británicos eran reservados y distantes? Que el cielo me ayude
si tengo que encontrarme con un inglés efusivo.
- Creí que lo habías pasado muy bien - le respondió Mitchell.
- Pregúntamelo mañana - replicó Saunders -. Para entonces ya me habré
reintegrado por completo a mi psique.
- Te vi en el programa de entrevistas de anoche - comentó Chambers -. Parecías
bastante fantasmal.
- Gracias. Ese tipo de simpático aliento es lo que me hace falta. Me gustaría que
pensases en algún sinónimo de «aburrido» después de haber estado en pie hasta
las tres de la madrugada.
- Tedioso - contestó en seguida Chambers.
- Soporífero - agregó Mitchell para no verse superado. - Ganas. Vamos a ver esos
programas de revisiones y comprobemos lo que los maquinistas han hecho.
Una vez sentados ante el pupitre de control, el capitán Saunders volvió con
rapidez a su manera de ser habitual y eficiente. Se encontraba de nuevo en casa y
su entrenamiento había acabado. Sabía muy bien lo que debía hacer y lo hacía
con matemática precisión. Uno a su derecha y otro a su izquierda, Mitchell y
Chambers estaban comprobando sus instrumentos y llamando a la torre de
control.
Tardaron una hora en realizar la elaborada rutina previa al vuelo. Cuando la última
firma se estampó en la última hoja y la última lucecilla roja del panel de
comprobaciones cambió a verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un
cigarrillo. Tenía diez minutos que consumir antes del despegue.
- Un día - dijo -, voy a llegar a Inglaterra de incógnito para averiguar cuál es la
causa de que ese sitio se conserve. No comprendo cómo se puede amontonar
tanta gente en una isla tan pequeña sin que se hunda.
- Tendrías que ver Holanda - le replicó Chambers -. Hace que Inglaterra parezca
tan extensa como Texas.
- Y también está ese asunto de la familia real. Como ya sabrás, a cualquier sitio
que fuera, todo el mundo me preguntaba qué he hecho con el príncipe Enrique: de
qué hemos hablado, si me parece un tipo interesante… y cosas de ésas. He
llegado a hartarme. No sé cómo habéis podido soportarlo durante un millar de
años.
- No creas que la familia real es tan popular siempre - contestó Mitchell -.
¿Recuerdas lo que le sucedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que hemos dicho
acerca de los primeros Jorges son tan rudas como las observaciones que tu gente
hizo después…
- Simplemente, nos gusta la tradición - prosiguió Chambers -. No tememos el
cambio cuando llega el momento; pero, en lo que se refiere a la familia real, verás,
se trata de algo único, y estamos muy orgullosos de ella. Es parecido a lo que tú
sientes respecto a la Estatua de la Libertad.
- No es un ejemplo muy justo. Y no creo que sea correcto poner a unos seres
humanos encima de un pedestal y tratarlos como si fueran… una especie de
pequeños dioses. Por ejemplo, mira al príncipe Enrique. ¿Crees que tiene la
menor posibilidad de hacer las cosas que realmente desea? Lo he visto tres veces
por la tele cuando estuve en Londres. La primera inauguraba una escuela en
alguna parte; la segunda dirigía un discurso a la Venerable Compañía de
Pescaderos, en el Ayuntamiento. Juro que no me invento nada. Y la tercera
soportaba una alocución de bienvenida por parte del alcalde de Podunk, o
cualquier sitio equivalente…
- Wigan - le interrumpió Mitchell.
- Creo que preferiría vivir en una cárcel a llevar esa clase de vida… ¿Por qué no
dejáis en paz al pobre chico?
Por una vez, ni Mitchell ni Chambers acudieron al desafío. Mantuvieron un silencio
glacial.
«Me parece que lo he estropeado» - pensó Saunders -. Debería haber mantenido
la boca cerrada; ahora he herido sus sentimientos. Debería haber recordado aquel
consejo que leí no sé dónde: Los británicos tienen dos religiones, el cricket y la
familia real. Nunca intentes criticar ni una cosa ni la otra.
La pesada pausa se vio interrumpida por la radio y la voz del controlador del
puerto espacial.
- Control a Centaurus. Despejada su pista. Todo listo para el despegue.
- El programa de despegue empieza… ahora… - respondió Saunders, impulsando
el conmutador principal.
Luego, se inclinó hacia atrás, con los ojos fijos en el panel de control y las manos
cerca del tablero, preparadas para una acción instantánea.
Estaba tenso pero muy seguro. Cerebros mejores que el suyo (cerebros de metal
y cristal y destellantes corrientes de electrones) se habían hecho cargo ahora del
Centaurus. Si era necesario, podía tomar el mando; pero, hasta entonces, no se
había ocupado nunca manualmente de una nave ni esperaba tener que hacerlo
jamás. Si el sistema automático fallaba, podría cancelar el despegue y seguir en
Tierra hasta que el fallo se hubiese arreglado.
El campo principal se puso en funcionamiento y el peso disminuyó en Centaurus.
Se produjeron unos gruñidos de protesta por parte del casco de la nave y de su
estructura, mientras los esfuerzos se redistribuían por sí mismos. Los brazos
curvados de la horquilla de aterrizaje no soportaban ya ninguna carga, y la menor
ráfaga de viento podría llevar al carguero por el espacio.
Llamaron de nuevo desde la torre de control.
- Su peso es ahora igual a cero. Compruebe los ajustes.
Saunders contempló los medidores. El empuje del campo era exactamente igual
que el peso de la nave, y las lecturas de los medidores estaban de acuerdo con
los totales de los planes de carga. En ese preciso instante, esta comprobación
hubiese revelado la presencia de un simple polizón a bordo de la nave espacial;
hasta tal punto eran sensibles los calibradores.
- Un millón quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos - leyó Saunders
en los indicadores de impulso -. Bastante bien, comprobado dentro de una posible
diferencia de quince kilos. La primera vez, sin embargo, estaba un poco por
debajo del peso. Has debido comerte demasiados caramelos de tus rollizas
amigas en Port Lowell, Mitch.
El piloto ayudante le devolvió una retorcida sonrisa. No había tenido nunca en
Marte ninguna cita a ciegas que le hubiese proporcionado la no deseada
reputación de preferir a las rubias monumentales.
No se produjo la menor sensación de movimiento; pero el Centaurus se
encontraba ya deslizándose por el cielo veraniego. Su peso no sólo se había
neutralizado sino que había Ilegado a invertirse. A los observadores que
estuviesen debajo, les daría la impresión de una estrella que se remontase con
suavidad, un globo plateado que trepase a través de las nubes y siguiera luego
más allá. En torno de la nave, el azul de la atmósfera se ahondaba hacia la eterna
oscuridad del espacio. Como un abalorio que se moviese a lo largo de un hilo
invisible, el carguero seguía la pauta de las ondas de radio que lo llevarían de
mundo en mundo.
Este, pensó el capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra.
Pero la capacidad de maravillarse nunca se pierde, ni tampoco la creciente
sensación de poder que proporciona hallarse sentado al panel de control, dueño
de unas fuerzas más allá incluso de los antiguos dioses de la Humanidad. Nunca
había dos partidas iguales. Unas tenían lugar al amanecer; otras hacia el
crepúsculo vespertino. Había veces en que la Tierra tenía los cielos cubiertos. En
otras ocasiones, se salía a través de unos cielos claros y deslumbrantes. El
espacio en sí podía parecer inmutable; pero, en la Tierra, nunca se producía dos
veces la misma situación, y ningún hombre veía dos veces el mismo paisaje o el
mismo firmamento. Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia
Europa. Por encima de ellas (¡pero muy por debajo del Centaurus!) las brillantes
masas de nubes avanzaban delante de los mismos vientos. Inglaterra comenzó a
emerger en el continente, y la línea de la costa europea se hizo más imprecisa y
neblinosa mientras se hundía más allá de la curva del mundo. En la frontera
oriental, una mancha fugitiva en el horizonte era el primer esbozo de América. Con
una sola mirada, el capitán Saunders podía abarcar todas las leguas por las que
Colón se había esforzado hacía ya mil quinientos años.
Con el silencio de la potencia sin límites, la nave se liberó de las últimas ligaduras
que la unían a la Tierra. Para un observador exterior, el único signo de las
energías que se estaban gastando hubiera radicado en el resplandor rojo de las
aletas, situadas en torno al ecuador de la nave, mientras la pérdida de calor de los
conversores de masa se disipaba en el espacio.
«14:03:45 -escribió nítidamente el capitán Saunders en el cuaderno de
navegación-. Alcanzada la velocidad de escape. Desdeñable la desviación del
rumbo.»
No tenía demasiado interés registrar aquella entrada. Los modestos cuarenta mil
kilómetros por hora que habían sido el objetivo casi inalcanzable de los primeros
astronautas, ya no tenían ningún valor, dado que el Centaurus seguía acelerando
y continuaría durante horas ganando velocidad. Pero aquello poseía una profunda
significación psicológica. Hasta este momento, de haber fracasado la potencia,
hubieran caído de nuevo sobre la Tierra. En cambio, ahora, la gravedad ya no
podía volver a capturarlos, pues habían logrado la libertad del espacio y podrían ir
alcanzando los planetas. Naturalmente, en la práctica habría cosas espantosas
que se deberían pagar en el caso de no llegar a Marte y entregar el cargamento
según lo planeado. Pero el capitán Saunders, al igual que todos los hombres del
espacio, era un romántico. Incluso en un plácido recorrido como éste, soñaba a
veces en la gloria anillada de Saturno o en las sombrías vastedades de Neptuno,
iluminado por los fuegos distantes de un Sol hundido.
Una hora después del despegue, según el solemne ritual, Chambers permitió que
el ordenador del rumbo se hiciese cargo por sus propios mecanismos. Sacó las
tres copas que se encontraban debajo de la mesa de los mapas. Mientras
realizaba el brindis tradicional por Newton, Oberth y Einstein, Saunders se
preguntó cómo se había originado esta pequeña ceremonia.
Las tripulaciones espaciales la habían realizado por lo menos durante sesenta
años; tal vez incluso pudiera rastrearse hasta el legendario ingeniero de cohetes
que realizó la observación:
«He gastado más alcohol en sesenta segundos del que jamás se llegará a vender
en este piojoso bar..»
Dos horas después, había llegado ya al ordenador la última corrección del rumbo,
que las estaciones de seguimiento de la Tierra le suministraban. Desde este
momento hasta que Marte surgiese ante ellos, tendrían que obrar por su cuenta.
Aquél era un pensamiento solitario, pero también curiosamente divertido.
Saunders lo saboreó. Aquí se encontraban sólo ellos tres, y no habría nadie más
en un espacio de millones de kilómetros.
En tales circunstancias, la detonación de una bomba atómica no hubiera sido más
estremecedora que el modesto golpe que se produjo en la puerta de la cabina…
El capitán Saunders no se había visto más desconcertado en toda su vida. Con un
gañido que había surgido de él antes de tener la menor posibilidad de inhibirlo, se
escapó de su asiento y se alzó más de un metro antes de que la gravedad residual
de la nave le arrastrase de nuevo hacia abajo. Chambers y Mitchell se
comportaron con la tradicional flema británica. Se dieron la vuelta en sus asientos
provistos de cinturones, miraron hacia la puerta y aguardaron a que el capitán
tomase las medidas oportunas.
A Saunders le costó varios segundos recuperarse. De haberse visto enfrentado
con lo que se pudiera llamar una emergencia normal, ya se hubiera encontrado a
mitad de camino en un traje espacial. Pero un confiado golpe en la puerta de la
cabina de control, cuando todos los demás tripulantes se encontraban a su lado,
no constituía una prueba lo que se dice muy justa.
Un polizón era algo que resultaba imposible. El peligro había resultado tan obvio
desde el principio de los vuelos espaciales comerciales, que se habían tomado al
respecto las precauciones más severas. Saunders sabía que uno de sus oficiales
había estado siempre de servicio durante las operaciones de carga; nadie hubiera
podido entrar en la nave sin haber sido visto. Luego, tuvo lugar una detallada
inspección antes del vuelo, llevada a cabo tanto por Mitchell como por Chambers.
Finalmente, se llevó a cabo la comprobación de peso en el momento anterior al
despegue, y eso resultaba de lo más concluyente. No, un polizón era algo
totalmente…
El golpe en la puerta se oyó de nuevo. El capitán Saunders cerró los puños y
adelantó el mentón. Pensó que, dentro de unos minutos, algún idiota romántico iba
a sentirlo demasiado…
- Abra la puerta, Mr. Mitchell - gruñó Saunders.
Con un solo paso largo, el piloto ayudante cruzó la cabina y descorrió el pasador.
Durante lo que pareció un tiempo infinito, nadie hablo. Luego, el polizón, ondeando
levemente en aquella baja gravedad, entró en la cabina. Se le veía muy dueño de
sí mismo y también muy complacido.
- Buenas tardes, capitán Saunders - dijo -. Debo presentar mis disculpas por esta
repentina intrusión…
Saunders tragó con fuerza. Luego, mientras las piezas de aquel rompecabezas
iban poniéndose en su lugar, miró primero a Mitchell, luego a Chambers. Ambos
oficiales le respondieron con una mirada cándida y unas expresiones de inefable
inocencia.
- Así que era eso…
No hubo necesidad de más explicaciones. Todo quedaba clarísimo. Era fácil
imaginar las complicadas negociaciones, las reuniones hasta medianoche, las
falsificaciones de antecedentes, la descarga de mercancías no del todo necesarias
que aquellos colegas, en los que confiaba tanto, habían estado llevando a cabo a
sus espaldas. Estaba seguro de que todo aquello constituiría un relato interesante;
pero no deseaba oír nada. Se hallaba demasiado atareado preguntándose qué
tendría que decir el El Manual de la ley espacial respecto a una situación como
aquélla, aunque ya se hallaba lúgubremente seguro de que carecería de la menor
utilidad para él.
Era demasiado tarde para regresar, naturalmente… Los conspiradores no podían
haberse equivocado en unos cálculos de esta especie. Tendría que poner lo mejor
de su parte en lo que parecía iba a ser el viaje más movido de toda su carrera.
Se encontraba todavía tratando de hallar algo que decir cuando la señal de
PRIORIDAD destelló en la consola de la radio. El polizón miró su reloj.
- Estaba esperando eso - manifestó -. Sin duda se trata del primer ministro. Creo
que lo mejor será que hable con ese pobre hombre.
Saunders pensó también lo mismo.
- Muy bien, Su Alteza Real - respondió enfurruñado, con tanto énfasis que sus
palabras parecían casi un insulto.
Luego, sintiéndose muy incómodo, se retiró a un rincón.
En efecto, se trataba del primer ministro, y parecía muy alterado. Varias veces
empleó la frase «el deber que tenéis con nuestro pueblo», y se produjo un extraño
ruido en su garganta mientras añadía algo acerca de la «devoción que vuestros
súbditos tienen a la corona».
Saunders se percató, con algo más de sorpresa, de que sentía lo que estaba
diciendo.
Mientras continuaba aquella arenga, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le musitó
algo al oído:
- El viejo tipo sabe que se encuentra en una mala situación. El pueblo apoyará al
príncipe en cuanto se entere de lo que ha sucedido. Todo el mundo sabe que,
durante años, anhelaba llegar al espacio.
- Me hubiera gustado que no eligiera mi nave - replicó Saunders -. Y no estoy
seguro de que esto no represente un auténtico motín.
- Claro que lo es… Pero toma nota de mis palabras… Cuando todo esto haya
acabado, vas a ser el único tejano en posesión de la Orden de la Jarretera. ¿No te
parece una cosa agradable?
- Chist… - replicó Chambers.
El príncipe estaba hablando, y sus palabras cruzaban los abismos que ahora le
separaban de la isla en la que un día iba a reinar.
- Lo siento, señor primer ministro - dijo -, si le he causado algún tipo de alarma.
Regresaré tan pronto como resulte conveniente. Alguien tenía que hacerlo por
primera vez, y me pareció que había llegado el momento de que un miembro de
mi familia saliese de la Tierra. Constituirá una parte muy valiosa de mi educación y
me hará mucho más adecuado para cumplir con mi deber. Adiós…
Dejó caer el micrófono y se acercó a la ventanilla de observación, el único lugar
donde había una portilla de este tipo en toda la nave. Saunders le observó
mientras permanecía allí, orgulloso y solitario; pero ya contento. Y vio cómo el
príncipe observaba las estrellas a las que al fin había alcanzado, con lo que todo
su enojo e indignación se fueron disipando.
Durante mucho tiempo nadie habló. Luego, el príncipe Enrique apartó la mirada
del cegador resplandor que aparecía más allá de la portilla; contempló al capitán
Saunders y sonrió.
- ¿Dónde está la cocina, capitán? - le preguntó -. Tal vez ya no esté muy ducho,
pero cuando hacía escultismo solía ser el mejor cocinero de mi patrulla.
Saunders se relajó poco a poco y acabó devolviéndole la sonrisa. La tensión
pareció huir de la sala de control. Marte estaba aún bastante lejos; pero en ese
instante supo que, a fin de cuentas, aquel viaje no iba a ser malo…
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Tuesday, August 26, 2008

LEYENDA DE SCIFI — ISAAC ASIMOV — EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

LEYENDA DE SCIFI — ISAAC ASIMOV — EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

Asimov, Isaac - EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
SCIFI

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EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

_
Jonathan Quell abrió de un manotazo la puerta sobre la que estaba escrito «Administrador
General» y entró corriendo en el despacho. Sus ojos parpadeaban a toda velocidad detrás de los
cristales de sus gafas, y su expresión indicaba claramente lo preocupado que estaba.
-¡Mire esto, jefe! -Jadeó después de colocar sobre el escritorio un papel doblado por la mitad.
Sam Tobe se pasó el puro de una comisura de la boca a la otra y clavó los ojos en el papel.
Después se llevó una mano a la barbilla, se la frotó y la aspereza de los pelos le recordó que no se
había afeitado.
-¡Por todos los infiernos! -exclamó-. ¿De qué demonios están hablando?
-Dicen que enviamos cinco robots AL -le explicó Quell, aunque el mensaje de la hoja no
necesitaba ninguna aclaración.
-Enviamos seis -dijo Tobe.
-¡Por supuesto, señor! Pero al otro lado sólo recibieron cinco. Nos han enviado los números de
serie, y falta el AL-76.
Tobe echó su silla hacia atrás mientras alzaba su enorme masa y cruzó el umbral del despacho
moviéndose tan deprisa como si tuviera un par de ruedas bien engrasadas en vez de pies. Cinco
horas después -toda la planta estaba patas arriba, desde las salas de juntas hasta la cámara de
vacío; y cada uno de sus doscientos empleados había sido sometido a un demoledor tercer grado-
un sudoroso y desmelenado Tobe envió un mensaje urgente a la planta central de Schenectady.
Y algo muy parecido al pánico se adueñó de la planta central. Por primera vez en toda la historia
de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos un robot andaba suelto.
Lo más grave no era que la ley prohibiese la presencia de ningún robot en la Tierra fuera de las
fábricas de la empresa que contaban con licencia gubernamental para ello. Las leyes siempre
pueden ser quebrantadas. Lo realmente grave era otra cosa, y un matemático del departamento de investigación se encargó de expresarlo con toda claridad.
-Ese robot fue creado para conducir un disinto en la Luna -había dicho ese matemático-. Su
cerebro positrónico fue concebido para funcionar en el entorno lunar y únicamente allí. En la
Tierra va a recibir unos cuantos muchillones de impresiones sensoriales para las que nunca ha
sido preparado. No hay forma humana de predecir cuáles serán sus reacciones. ¡No tenemos ni
idea de lo que puede hacer!
El matemático se pasó el dorso de la mano por la frente, y descubrió que la tenía cubierta de
sudor.
Al cabo de una hora un estratoplano partía hacia la planta de Virginia. Las instrucciones eran
muy sencillas: «¡Encontrad ese robot, y deprisa!».
AL-76 estaba muy confuso. De hecho, en aquellos momentos lo único que había en su delicado
cerebro positrónico era confusión y aturdimiento. Había empezado a sentirse así cuando
descubrió que se hallaba en un entorno muy extraño. No tenía ni idea de cómo había ido a parar
allí, y nada era como debería ser.
Había algo verde debajo de sus pies, y se encontraba rodeado por unos extraños cilindros
amarronados con más verde en su parte superior. El cielo tendría que haber sido negro, pero era
azul. El sol redondo, amarillo y caliente era irreprochable, pero… ¿Dónde estaba la piedra pómez
que habría tenido que estar pisando, y adónde habían ido a parar los inmensos cráteres que
tendrían que estar formando círculos de crestas montañosas a su alrededor?
Lo único que podía ver era el verde debajo y el azul encima. Los sonidos que lo rodeaban le
resultaban totalmente desconocidos. Había atravesado una corriente de agua que le llegaba hasta
la cintura. El agua era de color azul, estaba fría y mojaba; y cuando se había cruzado con seres
humanos -lo que había ocurrido de vez en cuando-, ninguno de ellos llevaba puesto el traje
especial que debería haber estado utilizando. Y, aparte de eso, todos los humanos que le habían
visto gritaron y echaron a correr.
Un hombre le había apuntado con una pistola y la bala había pasado silbando muy cerca de su
cabeza, después de lo cual el hombre también había huido a la carrera.
AL-76 no tenía ni la menor idea del tiempo que llevaba vagando sin rumbo cuando tropezó con la
cabaña de Randolph Payne. La cabaña estaba rodeada de bosque y se encontraba a tres kilómetros
de la ciudad de Hannaford, y Randolph Payne -un destornillador en una mano, una pipa en la otra
y una aspiradora abollada entre las rodillas-, estaba sentado delante de la puerta con las piernas
cruzadas.
Payne estaba canturreando. Era un hombre de natural alegre y predispuesto a la felicidad…,
cuando se encontraba en su cabaña. Poseía una vivienda más respetable en Hannaford, pero esa
vivienda casi siempre estaba ocupada por su esposa, cosa que Payne lamentaba en silencio pero
muy sinceramente; y quizá por eso experimentaba una sensación de alivio y libertad tan intensa
cada vez que conseguía retirarse a su «perrera de lujo especial» para poder fumar en paz y
dedicarse a su gran afición, reparar electrodomésticos.
Reparar electrodomésticos le encantaba, pero a veces alguien le traía una radio o un despertador y
el dinero que Payne cobraba por hurgar en sus entrañas era el único del que podía disponer sin
que pasara antes por el cedazo de las ávidas manos de su esposa.
Por ejemplo, aquella aspiradora seguramente le proporcionaría seis billetes.
Pensar en el dinero hizo que Payne se pusiera a cantar, pero cuando alzó la mirada sintió que su
frente se cubría de un sudor frío. La canción murió en sus labios, sus ojos se desorbitaron y el
sudor se volvió aún más frío. Payne intentó ponerse en pie como acto preliminar a salir corriendo
tan deprisa como si le persiguiera el diablo, pero no logró convencer a sus piernas de que debían
cooperar.
Y su parálisis duró el tiempo suficiente para que AL-76 se sentara delante de él.
-Oiga, ¿puede explicarme por qué todos los otros humanos han echado a correr cuando me
vieron? -le preguntó.
Payne sabía por qué lo habían hecho, pero como explicación el gorgoteo que brotó de su
diafragma no era gran cosa.
-Uno de ellos incluso me disparó -siguió diciendo AL-76 con tono ofendido mientras Payne
intentaba aumentar la distancia que le separaba del robot echándose hacia atrás-. Unos
centímetros más abajo y la bala me habría rayado el hombro.
-De-debió de ser al-algún loco -tartamudeó Payne.
-Es posible. -El robot bajó la voz y adoptó el tono de quien se dispone a hacer una confidencia-.
Oiga, ¿tiene idea de por qué todo está mal?
Payne se apresuró a mirar a su alrededor. El tono afable del robot le sorprendía, especialmente
porque su apariencia no podía ser más pesada y brutalmente metálica; aunque Payne recordaba
haber oído que los cerebros de los robots estaban diseñados de tal forma que eran incapaces de
hacer ningún daño a los seres humanos, y eso hizo que se relajara un poco.
-Pero si todo es normal.
-¿De veras? -AL-76 le lanzó una mirada acusadora-. Incluso ustedes, los humanos… ¿Dónde está
su traje espacial?
-Nunca he tenido un traje espacial.
-¿Y entonces por qué no están todos muertos?
Payne tardó unos momentos en ser capaz de responder.
-Bueno… No lo sé.
-¡Ajá! -exclamó el robot en tono triunfal-. Todo está mal, ya se lo he dicho. ¿Dónde está el Monte
Copérnico? ¿Dónde está la Estación Lunar 17? ¿Y dónde está mi disinto? Quiero empezar a
trabajar lo más pronto posible. He de hacerlo, ¿comprende? -Parecía un poco inquieto, y cuando
siguió hablando Payne se dio cuenta de que le temblaba la voz-. Llevo horas dando vueltas y más
vueltas intentando encontrar a alguien que me diga dónde está mi disinto, pero todos los humanos
que me ven echan a correr. A estas alturas ya debo ir muy retrasado, y el jefe de sección estará
echando chispas. Me he metido en un buen lío, créame.
La mente de Payne empezó a salir del torbellino emocional en el que había quedado atrapada.
-0iga, ¿como se llama? -preguntó.
-Mi número de serie es AL-76.
-De acuerdo, me basta con Al. Bien, Al, si anda buscando la Estación Lunar 17… Eso está en la
Luna, ¿no?
AL-76 asintió enérgicamente con la cabeza.
-Por supuesto que está en la Luna, pero ya llevo mucho rato buscándola y…
-Está en la Luna, sí, pero esto no es la Luna.
Esta vez fue AL-76 quien se quedó desconcertado. El robot contempló en silencio a Payne
durante unos momentos, y pareció pensar en lo que acababa de oír.
-¿Qué quiere decir con lo de que esto no es la Luna? -murmuró-. Pues claro que es la Luna.
Porque si no lo es… Bueno, ¿entonces qué es? ¿Eh? Venga, respóndame.
Payne emitió un sonido muy curioso y respiró pesadamente. Después extendió un dedo hacia el
robot y lo movió de un lado a otro.
-Mire… -empezó a decir, y entonces tuvo la idea más brillante del siglo, tan brillante que no pudo
seguir hablando y tuvo que conformarse con añadir un «¡Uf!» ahogado.
AL-76 lo recriminó con la mirada.
-Eso no es una respuesta. Creo que si le hablo con educación y le hago una pregunta tengo
derecho a que me responda con educación, ¿no?
Payne se encontraba tan ocupado asombrándose de su propia inteligencia que no escuchó ni una
palabra. Bueno, estaba más claro que el agua, ¿no? Aquel robot había sido construido para
trabajar en la Luna y fuera por la razón que fuese se había extraviado y había ido a parar a la
Tierra. Su cerebro positrónico había sido programado para un entorno lunar y el entorno terrestre
no tenía ningún sentido para él, por lo que resultaba lógico que estuviera totalmente
desconcertado.
Bien, si conseguía mantener al robot allí hasta que pudiera ponerse en contacto con la fábrica de
Petersboro… Bueno, los robots eran muy valiosos, ¿no? Payne había oído comentar que el
modelo más barato costaba 5o.ooo dólares, y algunos de ellos llegaban a costar millones de
dólares. «¡Piensa en la recompensa! -se dijo-. Oh, chico, chico… ¡Piensa en la recompensa!» Y
todo ese dinero sería para él, todo hasta el último centavo… Las codiciosas manos de Mirandy no
verían ni una sola moneda. ¡Oh, no, ni una sola!
Payne se puso en pie.
-Al, ¡tú y yo vamos a llevarnos muy bien! -exclamó-. ¡Vamos a ser grandes amigos! Te quiero
como si fueras un hermano. -Le ofreció una mano-. ¡Venga, chócala!
El robot envolvió la mano que se le ofrecía con una garra metálica y ejerció una presión casi
imperceptible sobre ella. No entendía nada de lo que ¡e estaba ocurriendo.
- ¿Significa eso que va a decirme cómo puedo llegar a la Estación Lunar 17?
-Eh… No, no exactamente. De hecho, me caes tan bien que quiero que te quedes conmigo durante
algún tiempo.
-Oh, no. No puedo hacer eso. He de ir a trabajar. -AL-76 meneó la cabeza-. Oiga, si tuviera una
cuota de trabajo que efectuar, ¿le gustaría irse retrasando hora a hora, minuto a minuto … ? No,
quiero trabajar. He de trabajar.
Payne pensó que sobre gustos no hay nada escrito.
-De acuerdo, de acuerdo. Voy a explicarte una cosa, y te la voy a explicar porque tienes cara de
ser muy inteligente. He recibido
órdenes de tu jefe de sección, y me ha dicho que quiere que te quedes aquí un tiempo. De hecho,
quiere que te quedes aquí hasta que envíe a alguien a buscarte.
-¿Para qué? -preguntó AL-76 con cierta suspicacia.
-No puedo decírtelo. Asuntos del gobierno… Alto secreto, ya sabes.
Payne rezó para que el robot se lo tragara. Sabía que algunos robots eran muy listos, pero aquél
tenía el aspecto de ser un modelo bastante primitivo.
Y mientras Payne rezaba AL-76 meditaba. El cerebro del robot había sido programado para
manejar un disinto en la Luna, por lo que el pensamiento abstracto no era su fuerte y, además,
desde que se había extraviado AL-76 tenía la impresión de que sus procesos mentales se estaban
haciendo cada vez más erráticos y extraños, como si aquel entorno desconocido estuviera
empezando a afectarle.
Teniendo en cuenta todo eso, puede considerarse que su siguiente pregunta fue un auténtico
prodigio de astucia.
-¿Cómo se llama mi jefe de sección? -preguntó.
Payne tragó saliva y se devanó los sesos.
-Al -dijo con voz casi inaudible-, tus sospechas me ofenden y me hieren. No puedo decírtelo. Los
árboles tienen oídos.
AL-76 volvió la cabeza hacia el árbol que tenía al lado y lo inspeccionó.
-No es cierto -dijo con voz impasible.
-Ya lo sé. Lo que quería decir es que siempre hay espías por todas partes.
-¿Espías?
-Sí, ya sabes… Humanos malvados que quieren destruir la Estación Lunar 17.
-¿Por qué?
-Porque son unos malvados. Y también quieren acabar contigo, y por eso tienes que quedarte aquí
durante un tiempo para que no puedan encontrarte.
-Pero… Pero he de encontrar mi disinto. He de cumplir con la cuota de trabajo que me han
asignado.
-Lo encontrarás y cumplirás con tu cuota de trabajo -se apresuró a prometerle Payne maldiciendo
entusiásticamente en su fuero interno aquel obtuso cerebro de robot que sólo parecía capaz de
pensar en su cuota de trabajo-. Mañana te enviarán uno. Sí, eso… Mañana mismo tendrás tu
disinto.
Eso le proporcionaría tiempo más que suficiente para ponerse en contacto con la fábrica y hacerse
con un precioso montoncito de billetes de cien dólares.
Pero AL-76 sólo tenía una defensa que oponer a la inquietante presión que ese mundo extraño
que le rodeaba ejercía sobre sus procesos mentales, y la defensa consistía en la tozudez.
-No -dijo-. He de conseguir mi disinto ahora. -Tensó sus articulaciones, y se levantó tan deprisa
que pareció saltar más que incorporarse-. Será mejor que siga buscándolo.
Payne se apresuró a ponerse en pie y sus manos se cerraron sobre el frío y duro metal de un codo.
-Escucha, Al, tienes que quedarte conmigo -dijo.
Y algo hizo clic en la mente del robot. Toda la extrañeza del entorno se concentró en una masa
que reventó de repente. La explosión silenciosa se fue difundiendo por todo el cerebro
positrónico, y cuando se esfumó dejó detrás de ella un cerebro que funcionaba con una eficiencia
asombrosamente aumentada. AL-76 se volvió hacia Payne.
-Le diré lo que vamos a hacer. Puedo construir un disinto aquí mismo…. y cuando lo haya
construido empezaré a utilizarlo.
Payne contempló al robot con expresión dubitativa.
-No creo que sea capaz de construirte un… un disinto -dijo mientras se preguntaba si serviría de
algo fingir que sí podía.
-No se preocupe. -AL-76 casi podía sentir cómo los senderos positrónicos de su cerebro se
alteraban para adaptarse a nuevas pautas, y experimentó una extraña excitación-. Yo puedo
construir uno. -Volvió la cabeza hacia la «perrera de lujo» de Payne-. Dispone de todo el material
que necesito.
Randolph Payne contempló la acumulación de trastos que había dentro de su cabaña: radios
despanzurradas, la parte inferior de una nevera, motores de coche oxidados, una estufa de gas
averiada, varios kilómetros de cables que se retorcían en todas direcciones y muchas cosas más
que, sumadas, componían unas cincuenta toneladas de masa metálica tan vieja y heterogénea que
ni un chatarrero la habría querido.
-¿Tú crees? -preguntó con un hilo de voz.
Dos horas más tarde ocurrieron dos cosas casi simultáneamente. La primera fue que Sam Tobe,
de la filial de Petersboro de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos,
recibió una llamada videofónica de un tal Randolph Payne, de Hannaford. Payne empezó a
hablarle del robot desaparecido, Tobe lanzó un gruñido, cortó la comunicación y ordenó que en lo
sucesivo todas las llamadas relativas a ese asunto fueran pasadas al sexto vicepresidente del
departamento de pelmazos.
Aunque pueda parecerlo, la reacción de Tobe era lógica y explicable. El robot AL-76 había
desaparecido sin dejar rastro, pero durante la última semana la fábrica había recibido llamadas de
todos los Estados Unidos referentes a los movimientos del robot; y Tobe aún recordaba el día en
que hubo catorce llamadas…, procedentes de catorce estados distintos.
Tobe estaba hartísimo y, en realidad, le faltaba muy poco para perder los estribos. Se había
llegado a hablar de una investigación del Congreso, a pesar de que todos los roboticistas, físicos y
matemáticos de mayor reputación del planeta habían coincidido en jurar que el robot era
totalmente inofensivo.
Dado su estado mental, no resulta sorprendente que el administrador general de la fábrica tardara
tres horas en preguntarse cómo era posible que el tal Randolph Payne supiera que el robot estaba
destinado a la Estación Lunar 17 Y, sobre todo, cómo podía saber que el número de serie del
robot era AL-76, ya que la empresa no había divulgado esos detalles.
Tobe siguió pensando en todo aquello durante minuto y medio, y después se puso en acción.
El segundo acontecimiento se produjo durante el período de tres horas transcurrido entre la
llamada y el que Tobe se pusiera en acción. Unos segundos después de que le cortara la
comunicación Randolph Payne ya había repasado todos los posibles motivos que podían explicar
la brusca interrupción de su llamada, había llegado a la conclusión correcta -el administrador de
la fábrica no había creído ni una sola palabra y le había colgado-, y había vuelto a su cabaña con
una cámara. Una foto sería una prueba indiscutible, y Payne no estaba dispuesto a dejarles ver la
mercancía hasta que soltaran el dinero.
AL-76 estaba muy ocupado. La mitad del contenido de la cabaña de Payne se hallaba esparcido a
lo largo y ancho de cinco hectáreas de terreno, y el robot estaba agachado en el centro de aquella
confusión metálica trasteando con piezas de radios, planchas de hierro, hilo de cobre y otros
muchos objetos de lo más diverso. AL-76 no prestó ninguna atención a Payne, y éste se apresuró
a tumbarse en el suelo y enfocó su cámara para obtener una foto lo más nítida posible.
Y justo en aquel momento Lemuel Oliver Cooper apareció por un recodo de la carretera, y lo que
vio hizo que se quedara paralizado. La razón de su presencia allí era que su tostadora de pan
había adquirido la molesta costumbre de lanzar las rebanadas al aire igual que si fueran cohetes
en vez de tostarlas, como era su obligación. La razón de que saliera por piernas no podía ser más
obvia. No hubo testigos de su huida, pero en el improbable supuesto de que el azar hubiera traído
hasta allí al entrenador de un equipo de atletismo éste habría enarcado las cejas y habría hecho
todo lo posible por ficharle.
Cooper apenas disminuyó la velocidad hasta entrar en tromba en la oficina del sheriff Saunders y
apoyarse jadeante en una pared.
Su sombrero y su tostadora habían quedado olvidados en algún punto del trayecto.
Unas manos compasivas lo sostuvieron. Cooper hizo esfuerzos desesperados para hablar durante
el medio minuto que tardó en calmarse lo suficiente como para intentar recuperar el aliento… Y)
naturalmente, no consiguió hacer ninguna de las dos cosas.
Le dieron a beber un poco de whisky y le abanicaron, pero a pesar de todos sus esfuerzos tardó
unos minutos en recuperar el habla.
-Monstruo… -balbuceó cuando por fin consiguió hablar-. Dos metros de alto… Cabaña
destrozada… Pobre Randolph Payne…
Etcétera, etcétera.
Fueron sacándole toda la historia poco a poco. Al parecer había un monstruo metálico de dos
metros o quizá dos metros y medio de altura junto a la cabaña de Payne. Randolph Payne estaba
tendido boca abajo en el suelo -«su cadáver estaba cubierto de sangre y horriblemente
destrozado»-; el monstruo estaba absorto destrozando concienzudamente lo que quedaba de la
cabaña, pero dejó de hacerlo para volverse hacia Lemuel Oliver Cooper, y éste consiguió escapar
por los pelos.
El sheriff Saunders se llevó las manos al cinturón y tiró de él tensándolo alrededor de su
prominente barriga.
-Debe de ser ese hombre máquina que se escapó de la fábrica de Petersboro -dijo-. Recibimos el
aviso el sábado pasado. Eh, Jake, reúne a toda la gente del condado de Hannaford que sepa
disparar y reparte placas de ayudante de sheriff entre ellos. Quiero que estén aquí al mediodía.
Ah, y antes de hacer eso arréglatelas para dejarte caer por casa de la viuda Payne y le das la
noticia de la forma más diplomática que se te ocurra, ¿de acuerdo?
Posteriormente se rumoreó que en cuanto hubo recibido la noticia de lo ocurrido Miranda Payne
se apresuró a comprobar que la póliza del seguro de vida de su esposo estaba a buen recaudo,
emitió unos breves comentarios irritados lamentando que su estupidez le hubiera impedido doblar
el importe de la póliza a pesar de que ella se lo había sugerido muchísimas veces y, finalmente, se
comportó como se espera de cualquier viuda que se respete y prorrumpió en un llanto que partía
el corazón.
Unas cuantas horas más tarde Randolph Payne -quien seguía sin estar al corriente de que todo el
mundo le creía muerto después de haber sufrido horribles mutilaciones-, contempló los negativos
de sus instantáneas con expresión satisfecha. Como serie de retratos de un robot en plena faena
eran irreprochables, y no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Las fotos podrían haber
sido exhibidas en cualquier galería de arte, y Payne casi podía ver los letreritos que habría debajo
de cada una: «Robot contemplando una válvula de vacio con expresión pensativa», «Robot
empalmando dos cables», «Robot manejando un destornillador», «Robot despedazando
violentamente una nevera», etcétera.
Ahora sólo le faltaba el trabajo rutinario de hacer las copias. Payne salió de detrás de la cortina de
su improvisado cuarto oscuro, y decidió fumarse una pipa y charlar un rato con AL-76.
Por suerte mientras hacía todo aquello no tenía ni idea de que los bosques vecinos hervían de
granjeros nerviosísimos armados con lo primero que habían encontrado, desde un trabuco que
podía considerarse como una reliquia de la época de las colonias hasta la ametralladora del
sheriff; y tampoco tenía ni idea de que media docena de roboticistas con Sam Tobe al frente iban
a más de doscientos kilómetros por hora por la carretera de Petersboro con el único propósito de
tener el placer y el honor de conocerle.
Los acontecimientos se iban encadenando y volaban hacia un clímax que no tardaría en llegar y,
mientras lo hacían, Randolph Payne lanzó un largo suspiro de satisfacción, encendió un fósforo
rascándolo en el fondillo de sus pantalones, dio unas cuantas chupadas a su pipa y observó a AL-
76 con una sonrisa en los labios.
El hecho de que el robot era algo más que una simple máquina enloquecida resultaba indudable
desde hacía un buen rato. Randolph Payne era todo un experto en chapuzas caseras, y había
llegado a construir unos cuantos artilugios que habrían hecho saltar de las órbitas los ojos de
todos sus vecinos de habérsele ocurrido exhibirlos; pero nunca había concebido nada que se
aproximara ni de lejos a la monstruosidad que AL-76 estaba creando.
Hasta el más eximio inventor autodidacta habría muerto entre convulsiones de envidia nada más
verlo, y si hubiese vivido lo suficiente para echarle una mirada Picasso habría abandonado el arte
con el amargo convencimiento de que había sido vergonzosamente superado. Aquel cacharro
parecía capaz de agriar la leche en las ubres de todas las vacas en un kilómetro a la redonda.
¡Era francamente horrible!
Una gigantesca base de hierro oxidado que apenas recordaba algo que Payne creía haber visto
unido a un tractor viejo sostenía un enloquecido e informe amasijo de cables, ruedas, válvulas y
horrores sin nombre y sin número que parecía haber sido concebido por una mente empapada en
alcohol, y el conjunto se hallaba rematado por un megáfono de aspecto decididamente siniestro.
Payne sintió el deseo de meter la cabeza en el interior del megáfono y echar una ojeada, pero se
contuvo. Había visto artefactos de aspecto mucho más normal que habían estallado con repentina violencia. -Eh, Al -dijo.
El robot estaba boca abajo en el suelo añadiendo una delgada lámina de metal plateado al
artefacto, pero alzó la mirada hacia Payne en cuanto le oyó.
-¿Qué desea, Payne? -¿Qué es esto?
Payne formuló la pregunta en el mismo tono de voz que habría empleado si estuviera
contemplando algo francamente asqueroso en pleno proceso de putrefacción colgado entre dos
palos de tres metros de altura.
-Es el disinto que estoy construyendo para poder empezar a trabajar. Es una mejora del modelo
estándar.
El robot se puso en pie, se sacudió el polvo de las rodillas con una aparatosa serie de crujidos
metálicos y contempló su obra con orgullo.
Payne se estremeció. «¡Una mejora del … !» Bueno, no le extrañaba que mantuvieran el original
oculto en las cavernas de la Luna. ¡Ah, nuestro pobre y querido satélite! Payne siempre había
querido saber si podía existir algo peor que la muerte. Bien, ahora ya lo sabía.
-¿Y funcionará? -preguntó. -Por supuesto. -¿Cómo lo sabes?
-Tiene que funcionar. Lo he hecho yo, ¿no? Ahora sólo me falta una cosa… ¿Tiene una linterna?
-Supongo que habrá una en algún sitio.
Payne desapareció en el interior de la cabaña y emergió de él casi inmediatamente.
El robot desatornilló un extremo de la linterna y trabajó frenéticamente durante cinco minutos.
-Listo -dijo retrocediendo un paso-. Ahora podré empezar a trabajar. Si quiere puede quedarse a
mirar.
Hubo un silencio durante el que Payne intentó apreciar como se merecía aquella oferta tan
magnánima. -¿Es seguro? -Hasta un bebé podría manejarlo.
-¡Oh! -Payne esbozó una débil sonrisa y se apresuró a refugiarse detrás del árbol más grueso que había en las inmediaciones-. Adelante -dijo-. Confío plenamente en ti.
AL-76 extendió una mano metálica y señaló la pesadillesca montaña de chatarra.
-¡Observe! -dijo.
Sus manos empezaron a moverse velozmente y…
Los granjeros del condado de Hannaford, Virginia, se desplegaron en formación de combate y
avanzaron hacia la cabaña de Payne estrechando lentamente el cerco, y se fueron arrastrando de
un árbol a otro mientras la sangre de sus heroicos antepasados hervía en sus venas y el vello de
sus nucas intentaba despegarse de la piel.
El sheriff Sanders les dio instrucciones.
-Disparad cuando yo dé la señal…, y apuntad a los ojos.
Jacob Linker («Flaco» Jake para sus amigos, y ayudante del sheriff para sí mismo) se le acercó.
-¿No cree que ese hombre máquina quizá se haya ido?
Linker había intentado ocultarlo, pero no pudo impedir que el matiz de esperanza resultara
claramente audible en su voz.
-No -gruñó el sheriff-, me temo que sigue allí. Si se hubiera ido nos habríamos tropezado con él
cuando avanzábamos por entre los árboles, y no le hemos visto.
-Pero todo parece tan espantosamente tranquilo… Y tengo la impresión de que ya estamos muy
cerca de la cabaña de Payne.
No hacía falta que se lo recordaran. El nudo que se había formado en la garganta del sheriff
Saunders era tan descomunal que le obligó a tragar saliva tres veces para hacerlo desaparecer.
-Vuelve a tu puesto -ordenó-, y mantén el dedo sobre el gatillo.
Ya habían llegado al borde del claro. El sheriff Saunders cerró los ojos y movió la cabeza hasta
que el rabillo de uno de ellos asomó por detrás del árbol que estaba usando como refugio. No vio
nada. El sheriff Saunders se quedó inmóvil durante unos momentos y volvió a intentarlo, esta vez abriendo los ojos.
Los resultados fueron mucho más satisfactorios, naturalmente.
El sheriff Saunders vio a un voluminoso hombre máquina vuelto de espaldas a él inclinado sobre
un artefacto tan horrible que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento, una máquina espantosa de origen dudoso y finalidad aún más dudosa. Lo único que no vio fue la temblorosa silueta de
Randolph Payne abrazada a un árbol cercano que se encontraba al noroeste del suyo.
El sheriff Saunders salió al claro y alzó su ametralladora. El robot seguía dándole la espalda.
-¡Observe! -dijo AL-76 dirigiéndose a una persona o personas invisibles.
Y un dedo de una mano metálica pulsó un botón justo cuando el sheriff abría la boca
disponiéndose a dar la orden de disparar.
Lo que ocurrió a continuación fue presenciado por setenta testigos, pero a pesar de ello no
contamos con ninguna descripción. Durante los días, meses y años siguientes ni una sola de esas
setenta personas dijo una sola palabra sobre lo que ocurrió durante los segundos que siguieron al
momento en que el sheriff abrió la boca para dar la orden de disparar. Cuando se las interrogaba
al respecto se limitaban a ponerse de un color verde manzana y se alejaban con paso tambaleante.
A pesar de ello, las pruebas circunstanciales permiten deducir que lo que ocurrió fue, más o
menos, esto.
El sheriff Saunders abrió la boca y AL-76 pulsó un botón. El disinto empezó a funcionar y setenta
y cinco árboles, dos granjas, tres vacas y tres cuartas partes de la cima de la colina Duckbill se
desvanecieron dejando tras de sí una atmósfera bastante enrarecida por el polvo. Si se quiere
expresar de una forma más poética, todos esos objetos y seres vivos fueron a parar al sitio en el
que acaban las nieves del año pasado.
La boca del sheriff Saunders siguió abierta durante un período de tiempo imposible de calcular,
pero ni la orden de disparar ni ningún otro sonido brotó de ella. Y entonces…
Y entonces el aire empezó a vibrar, se oyó una especie de rugido ensordecedor y una serie de
zigzags de un vago color purpúreo cruzaron velozmente la atmósfera con la cabaña de Randolph
Payne como origen, y los granjeros que componían aquel ejército improvisado desaparecieron sin
dejar ni rastro.
Oh, sí, después se encontraron varias armas esparcidas por los alrededores -la metralleta modelo
niquelado especial con garantía de tiro ultra-rápido e imposibilidad de encasquillarse del sheriff
entre ellas-, una cincuentena de sombreros, unos cuantos puros y cigarrillos a medio fumar y
algunos otros objetos perdidos aquí y allá…. pero no quedó ni un solo cuerpo humano.
Salvo «Flaco» Jake, ninguno de esos cuerpos volvió a aparecer ante la raza humana hasta que
hubieron pasado tres días, y en el caso de Jake la excepción hay que buscarla en que su huida -tan
veloz que habría ruborizado a un cometa-, fue detenida por la media docena de hombres de la
fábrica de Petersboro que iban avanzando por el bosque a paso de carga moviéndose casi tan
deprisa como él.
Para ser exactos, la cabeza de «Flaco» Jake fue detenida por el estómago de Sam Tobe.
-¿Dónde está la cabaña de Randolph Payne? -preguntó Tobe en cuanto hubo conseguido
recuperar el aliento.
«Flaco» Jake permitió que sus ojos perdieran su brillo vidrioso durante unos segundos.
-Hermano, te aconsejo que te limites a seguir la dirección opuesta a la mía -replicó.
Y se esfumó como por arte de magia. Unos segundos después ya era un puntito cada vez más
pequeño que se alejaba hacia el horizonte moviéndose velozmente por entre los árboles. El
puntito quizá fuera «Flaco» Jake, pero Sam Tobe no se habría atrevido a jurarlo.
El ejército improvisado ya ha desaparecido de escena, pero aún nos queda ocuparnos de
Randolph Payne, cuyas reacciones fueron ligeramente distintas.
Para Randolph Payne los cinco segundos que transcurrieron entre el momento en que AL-76
pulsó el botón y la desaparición de la cima de la colina Duckbill fueron un espacio de tiempo
totalmente en blanco. Cuando empezó tenía la cabeza vuelta hacia la espesa maleza que cubría la
parte inferior de los árboles, y cuando terminó descubrió que estaba agarrado a una rama muy alta
de uno de ellos y que se balanceaba locamente de un lado a otro. El mismo impulso que lanzó al
grupo de ayudantes del sheriff en dirección horizontal le había lanzado en dirección vertical.
En cuanto a si recorrió los quince metros que separaban las raíces de la copa del árbol trepando,
de un salto o volando, jamás consiguió llegar a saberlo y la verdad es que tampoco le importaba
demasiado.
Lo que sí sabía era que todas aquellas propiedades acababan de ser destruidas por un robot que,
aunque sólo de forma temporal, era de su propiedad. Todas las visiones de recompensa se
esfumaron de su mente y fueron sustituidas por pesadillas cuyos horripilantes temas eran los
ciudadanos hostiles, las turbas aullantes dispuestas al linchamiento, los juicios y acusaciones de
asesinato y lo que diría Mirandy Payne en cuanto se enterara … especialmente lo que diría
Mirandy Payne.
-¡Eh, robot, desmonta ese trasto que has construido! -gritó con voz ronca-. ¿Me oyes?
¡Desmóntalo y destrúyelo inmediatamente! Olvida que yo he tenido algo que ver en este asunto…
No sé quién o qué eres, ¿entiendes? No digas ni una palabra al respecto jamás. Olvídalo todo,
¿me oyes?
Payne no esperaba que sus órdenes sirvieran de nada. Gritarlas había sido un mero acto reflejo,
pero Payne ignoraba que un robot siempre obedece la orden dada por un ser humano salvo
cuando obedecerla supone un peligro para otro ser humano.
Y, en consecuencia, AL-76 destruyó su disinto de forma tan calmada como metódica y volvió a
convertirlo en la chatarra original.
Sam Tobe llegó con sus hombres con el tiempo justo de ver cómo AL-76 aplastaba el último
centímetro cúbico del aparato bajo su pie. Randolph Payne se dio cuenta de que estaba ante los
verdaderos propietarios del robot, por lo que se apresuró a bajar del árbol y puso pies en
polvorosa hacia regiones desconocidas.
Y no esperó a que le dieran su recompensa.
Austin Wilde, ingeniero robótico, se volvió hacia Sam Tobe.
-¿Ha conseguido sacarle algo al robot? -le preguntó.
Tobe meneó la cabeza y lanzó un gruñido.
-Nada, absolutamente nada. Ha olvidado todo lo que ocurrió desde que abandonó la fábrica.
Tiene la mente totalmente en blanco, y la única explicación es que habrá recibido la orden de
olvidarlo todo. ¿Qué demonios sería aquel montón de chatarra con el que estaba trasteando?
-Un montón de chatarra, nada más. Pero antes de que lo hiciera añicos tuvo que ser un disinto, y
me encantaría matar al tipo que le ordenó destruirlo…, sometiéndolo a una buena sesión de
torturas lentas antes, a ser posible. ¡Mire esto!
Estaban a media ladera de lo que había sido la colina Duckbill -para ser exactos, en el punto
exacto del que había sido limpiamente rebanada la cima-, y Wilde puso una mano sobre la
superficie perfectamente lisa que interrumpía la aglomeración de tierra y rocas.
-¡Menudo disinto! -exclamó-. Arrancó limpiamente la cima de su base.
-¿Qué lo impulsaría a construirlo?
Wilde se encogió de hombros.
-No lo sé. Algún factor del entorno… No hay ninguna forma de averiguarlo. Su cerebro
positrónico adaptado a la Luna debió de reaccionar impulsándolo a construir un disinto con toda
esa chatarra. El robot lo ha olvidado todo, y me temo que sólo existe una probabilidad entre mil
millones de que podamos volver a encontrar ese factor. Nunca volveremos a ver un disinto como
ése.
-No importa. Lo importante es que hemos recuperado el robot.
-Y un cuerno. -La voz de Wilde no podía sonar más triste y abatida-. ¿Ha tenido algún tipo de
contacto con los disintos en la Luna? Tragan una endiablada cantidad de energía, al igual que
todos los trastos electrónicos, y no pueden ponerse en marcha hasta que les has proporcionado
más de un millón de voltios de carga inicial. Pero este disinto no se parecía en nada a los de la
Luna. He examinado toda esa chatarra con el microscopio y… Bueno, ¿quiere saber cuál es la
única fuente de energía que he conseguido descubrir?
-Sí, claro. ¿Cuál?
- ¡Ni más ni menos que esto! Y nunca llegaremos a saber cómo se las arregló…
Y Austin Wilde le alargó la fuente de energía gracias a la que un disinto había conseguido
rebanar limpiamente la cima de una colina en medio segundo… ¡Dos pilas de linterna!
Posted by ARKAICO at 21:24:08 | Permalink | No Comments »