Monday, April 6, 2009

La Tortura de la Esperanza

La Tortura de la Esperanza

La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L’Esperance)
Villiers de L’Isle Adam

***

Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún “su ceguera era tan densa como su recato” y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino “tal vez” que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: ‘¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?’ Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

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Monday, October 27, 2008

EL HIPNOTIZADOR — AMBROSE BIERCE

EL HIPNOTIZADOR — AMBROSE BIERCE

EL HIPNOTIZADOR

Algunos de mis amigos, que saben por casualidad que a veces me entretengo con el hipnotismo, la lectura de la mente y fenómenos similares, suelen preguntarme si tengo un concepto claro de la naturaleza de los principios, cualesquiera que sean, que los sustentan. A esta pregunta respondo siempre que no los tengo, ni deseo tenerlos. No soy un investigador con la oreja pegada al ojo de la cerradura del taller de la Naturaleza, que trata con vulgar curiosidad de robarle los secretos del oficio. Los intereses de la ciencia tienen tan poca importancia para mí, como parece que los míos han tenido para la ciencia.

No hay duda de que los fenómenos en cuestión son bastante simples, y de ninguna manera trascienden nuestros poderes de comprensión si sabemos hallar la clave; pero por mi parte prefiero no hacerlo, porque soy de naturaleza singularmente romántica y obtengo más satisfacciones del misterio que del saber. Era corriente que se dijera de mí, cuando era un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos más para ser mirados que para mirar… tal era su ensoñadora belleza y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su indiferencia por lo que sucedía. En esas circunstancias, el alma que yace tras ellos parecía -me aventuro a creerlo-, siempre más dedicada a alguna bella concepción que ha creado a su imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y la estructura material de las cosas. Todo esto, por irrelevante y egoísta que parezca, está relacionado con la explicación de la escasa luz que soy capaz de arrojar sobre un tema que tanto ha ocupado mi atención y por el que existe una viva y general curiosidad. Sin duda otra persona, con mis poderes y oportunidades, ofrecería una explicación mucho mejor de la que presento simplemente como relato.

La primera noción de que yo poseía extraños poderes, me vino a los catorce años, en la escuela. Habiendo olvidado una vez de llevar mi almuerzo, miraba codiciosamente el que una niñita se disponía a comer. Levantó ella los ojos, que se encontraron con los míos y pareció incapaz de separarlos de mi vista. Luego de un momento de vacilación, vino hacia mí, con aire ausente, y sin una palabra me entregó la canastita con su tentador contenido y se marchó. Con inefable encanto alivié mi hambre y destruí la canasta. Después de lo cual ya no volví a preocuparme de traer el almuerzo: la niñita fue mi proveedora diaria; y no sin frecuencia, al satisfacer con su frugal provisión mi sencilla necesidad, combiné el placer y el provecho, obligándola a participar del festín y haciéndole engañosas propuestas de viandas que, eventualmente, yo consumía hasta la última migaja. La niña estaba persuadida de haberse comido todo ella, y más tarde, durante el día, sus llorosos lamentos de hambre sorprendían a la maestra y divertían a los alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tragaldabas, y me llenaban de una paz más allá de lo comprensible.

Un aspecto desagradable de este estado de cosas, en otros sentidos tan satisfactorio, era la necesidad de secreto: el traspaso del almuerzo, por ejemplo, debía hacerse a cierta distancia de la enloquecedora muchedumbre, en un bosque; y me ruborizo en pensar en los muchos otros indignos subterfugios producto de la situación. Como por naturaleza era (y soy) de disposición franca y abierta, esto se iba haciendo cada vez más fastidioso, y si no hubiera sido por la repugnancia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo régimen, hubiera vuelto al antiguo, alegremente. El plan que finalmente adopté para librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y vivo interés en esa época, aunque la parte que consistió en la muerte de la niña fue severamente condenada, pero esto no hace a la finalidad de este relato.

Después, durante unos años, tuve poca oportunidad de practicar hipnotismo; los pequeños intentos que hice estaban desprovistos de otro premio que no fuera el confinamiento a pan y agua, y a veces, en realidad, no traían nada mejor que el látigo de nueve colas. Sólo cuando estaba por abandonar la escena de estos pequeños desengaños, realicé una hazaña verdaderamente importante.

Me habían llevado a la oficina del director de la cárcel y me habían dado un traje de civil, una irrisoria suma de dinero y una gran cantidad de consejos que, debo confesarlo, eran de mucha mejor calidad que la ropa. Cuando atravesaba el portón hacia la luz de la libertad, me di vuelta de súbito y, mirando seriamente en los ojos al director, lo puse rápidamente bajo mi control.

-Usted es un avestruz -le dije.

El examen post mortem reveló que su estómago contenía una gran cantidad de artículos indigestos, la mayor parte de metal o madera. Atragantado en el esófago, un picaporte, lo que según el veredicto del jurado, constituyó la causa inmediata de la muerte.

Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero, al retornar al mundo del que tanto tiempo había estado separado, no pude evitar recordar que todas mis penas surgían como un arroyuelo de la tacaña economía de mis padres en aquel asunto del almuerzo escolar; y no tenía razón alguna para creer que se habían reformado.

En el camino entre Succotash Hill y Sud Asfixia hay unas tierras donde existió una edificación conocida como rancho de Pete Gilstrap, en donde este caballero solía asesinar a los viajeros para ganarse el sustento. La muerte del señor Gilstrap y el desvío de casi todos los viajes hacia otro camino ocurrieron tan al mismo tiempo que nadie ha podido decir aún cuál fue causa y cuál efecto. De todos modos las tierras estaban ahora desiertas y el pequeño rancho había sido incendiado hacía mucho. Mientras iba a pie a Sud Asfixia, el hogar de mi niñez, encontré a mis padres, camino de la colina. Habían atado la yunta y almorzaban bajo un roble, en medio de la campiña. La vista del almuerzo revivió en mí los dolorosos recuerdos de los días escolares y despertó el león dormido en mi pecho. Acercándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir que compartiría su hospitalidad.

-De este festín, hijo mío -dijo el autor de mis días, con la característica pomposidad que la edad no había marchitado-, no hay más que para dos. No soy, eso creo, insensible a la llama hambrienta de tus ojos, pero…

Mi padre nunca completó la frase: lo que equivocadamente tomó por llama del hambre no era otra cosa que la mirada fija del hipnotizador. En pocos segundos estaba a mi servicio. Unos pocos más bastaron para la dama, y los dictados de un justo reconocimiento pudieron ponerse en acción.

-Antiguo padre -dije-, imagino que ya entiendes que tú y esta señora no son ya lo que eran.

-He observado un cierto cambio sutil -fue la dudosa respuesta del anciano caballero-, quizás atribuible a la edad.

-Es más que eso -expliqué-, tiene que ver con el carácter, con la especie. Tú y la señora son, en realidad, dos potros salvajes y enemigos.

-Pero, John -exclamó mi querida madre-, no quieres decir que yo…

-Señora -repliqué solemnemente, fijando mis ojos en los suyos-, lo es.

Apenas habían caído estas palabras de mis labios cuando ella estaba ya en cuatro patas y, empujando al viejo, chillaba como un demonio y le enviaba una maligna patada a la canilla. Un instante después él también estaba en cuatro patas, separándose de ella y arrojándole patadas simultáneas y sucesivas. Con igual dedicación pero con inferior agilidad, a causa de su inferior engranaje corporal, ella se ocupaba de lo mismo. Sus piernas veloces se cruzaban y mezclaban de la más sorprendente manera; los pies se encontraban directamente en el aire, los cuerpos lanzados hacia adelante, cayendo al suelo con todo su peso y por momentos imposibilitados. Al recobrarse reanudaban el combate, expresando su frenesí con los innombrables sonidos de las bestias furiosas que creían ser; toda la región resonaba con su clamor. Giraban y giraban en redondo y los golpes de sus pies caían como rayos provenientes de las nubes. Apoyados en las rodillas se lanzaban hacia adelante y retrocedían, golpeándose salvajemente con golpes descendentes de ambos puños a la vez, y volvían a caer sobre sus manos, como incapaces de mantener la posición erguida del cuerpo. Las manos y los pies arrancaban del suelo pasto y guijarros; las ropas, la cara, el cabello estaban inexpresablemente desfigurados por la sangre y la tierra. Salvajes e inarticulados alaridos de rabia atestiguaban la remisión de los golpes; quejidos, gruñidos, ahogos, su recepción. Nada más auténticamente militar se vio en Gettysburg o en Waterloo: la valentía de mis queridos padres en la hora del peligro no dejará de ser nunca para mí fuente de orgullo y satisfacción. Al final de esto, dos estropeados, haraposos, sangrientos y quebrados vestigios de humanidad atestiguaron de forma solemne de que el autor de la contienda era ya un huérfano.

Arrestado por provocar una alteración del orden, fui, y desde entonces lo he sido, juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos, donde, después de quince años de proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso pase a la Corte de Traslados de Nuevas Pruebas.

Tales son algunos de mis principales experimentos en la misteriosa fuerza o agente conocido como sugestión hipnótica. Si ella puede o no ser empleada por hombres malignos para finalidades indignas es algo que no sabría decir.

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Wednesday, October 8, 2008

EL DIABLO ESTABA ENFERMO — BRUCE ELLIOT

EL DIABLO ESTABA ENFERMO — BRUCE ELLIOT

EL DIABLO ESTABA ENFERMO — BRUCE ELLIOT
EL DIABLO ESTABA ENFERMO
Bruce Elliot

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Habían transcurrido evos desde que un paciente violento de verdad atravesó por la
fuerza el umbral del Asilo de Cuerdos, Había pasado tanto tiempo, que el ojo del
observador ya no se detenía para leer las palabras fundidas en el duradero cristometal
que figuraba en la entrada. Antaño un desafío a lo desconocido, el tiempo las había
convertido en una frase típica: “Un malvado no es más que un héroe enfermo”. La
autenticidad de tal divisa era probada, ya no merecía consideraci6n. Pero las palabras
permanecieron allí… hasta el día en el que Acleptos tomó el cincel para cambiar dos de
ellas.
Todo comenzó porque hallar un tema inédito para una tesis se había hecho más difícil
que graduarse. Acleptos descubrió, después de ardua investigación, tres temas que
creyó podrían ser aceptados por la Máquina como originales.
Tragó saliva al presentar la lista al ojo omnisciente del computador. Decía: Sedimento
activado y qué hacían los antiguos con él. La Caída de la democracia y por qué se
produjo. Diablos, demonios y demonología:
La Máquina contestó casi al punto: “En el año 4357 Jac Bard escribió la última palabra
sobre sedimento activado. Doscientos años más tarde el último elemento desconocido
con relación a la caída de la democracia fue analizado detalladamente por el historiador
Hermios”.
Hubo una breve pausa. Acleptos contuvo la respiración. Si el último había sido ya
estudiado, necesitaría otros veinte años de trabajo para hallar más posibles temas. La
Máquina respondió: “Hay dos aspectos de los demonios que hasta ahora nadie me ha
propuesto. Consiste en si son reales o imaginables, y si son reales, lo que son. Si son
imaginarios, cómo se producen”.
Acleptos sintió que su interior se inundaba de una nueva vida y esperanza. Enderezó
sus hombros y se alejó de la: Máquina. Por fin, después de tantos años tenía una
oportunidad. Por supuesto _y el pensamiento le hizo dudar_, por supuesto, era
probable que no consiguiera arrojar nueva luz sobre tal problema. Pero ya disponía de
algo con qué trabajar. Los años pasados en las enormes bibliotecas, y todo el trabajo
efectuado en casi todos los campos del saber humano, habían producido al fin algún
resultado.
Una década atrás, la última vez que presentó una lista a la Máquina, había creído
encontrar un tema cuando descubrió referencias, en la sala de documentos antiguos,
sobre alguien conocido bajo el nombre de Dios. Lo que le había llamado la atención
había sido la letra “D” mayúscula aplicada al nombre. Pero la Máquina le había
proporcionado una gran cantidad de detalles sobre aquel tema, terminando con un
texto escrito hacía unos mil años y en el que se demostraba la inexistencia de tal ser.
Esta tesis, así creía la Máquina, había acabado con todas las futuras especulaciones
sobre el tema.
Por simple curiosidad, Acleptos había comprobado la referencia y se mostró conforme
como siempre, con el dictamen de la Máquina.
Había sido en verdad un golpe de genio pensar en la antitesis de Dios, decidió Acleptos
sonriendo para sí. Ahora podría seguir adelante. Realizaría sus investigaciones, se
graduaría, y entonces… entonces ya no habría nada que le detuviese. Podría
abandonar la Tierra y dar su próximo paso. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar
las estrellas. Aquel era el camino a seguir. Se permanecía atado a la Tierra hasta
efectuar alguna investigación original, pero una vez terminada el derecho autorizaba
emigrar adonde se quisiera.
Había un planeta más allá de Alfa Centauro, que ella había elegido. Y le había
prometido esperarle por mucho tiempo que pasara. Acleptos no se sintió tan deprimido
en su vida como el día que la Máquina aprobó la tesis de ella. Durante largo tiempo
tuvo la impresión de haberla perdido para siempre. Pero ahora los años ya no parecían
interminables. Su investigación había dado resultado.
Silbando alegremente penetró en el archivo y comenzó a trabajar. Oprimiendo el botón
que mostraba las letras d-i-a y d-e-m-o, esperó a que el intrincado sistema de relés
ejecutase su función. Con un suave zumbido resbalaron por el tubo neumático los
carretes adecuados.
Tres semanas más tarde decidió que poseía más conocimientos sobre diablos,
demonios y “otras bestias de piernas largas que vagan durante la noche” que cualquier
otro habitante de la tierra. Acleptos movió la cabeza pensativo. ¡Pensar que el hombre
había descendido tan bajo como para creer en tales cosas!
Se vio obligado a trabajar horas extraordinarias en la máquina de traducir. Todo cuanto
había encontrado estaba escrito en latín. ¡Y pensar, también, que durante todos sus
años de estudio jamás había oído hablar de aquella lengua!
¡Qué basura! Acleptos se indignaba al descubrir la existencia de una época en la que el
homo sapiens había creído en tales tonterías. Increíble, pero aquello ocurrió
muchísimos años antes. Se encogió de hombros. Llegó el momento de ponerse a
trabajar sobre el problema básico. Su más íntimo amigo, Ttom, entró en el laboratorio
de investigación. Ni siquiera le había hecho una visita. ¡Ni tampoco le había
comunicado su éxito!
_¿Qué…?
Ttom examinó de una ojeada la impecable estancia verde. Sobre la mesa de cristal, un
cocodrilo disecado le miraba fijamente. Descansando contra su escamosa piel había
vasijas de vidrio de diferentes formas y rodeaban al saurio cajas, bandejas con polvillo.
Sobre la pared una máquina del tiempo anunció:
_…Esta noche habrá luna llena, y…
Acleptos la apagó.
_¡Llegas oportunamente! _exclamó con alegría.
_¿Para qué?
Tras esta pregunta el rostro de Ttom se sonrojó como el de un niño y exclamó a
continuación:
_¡Lo has conseguido! ¡Has encontrado un tema!…¡Acleptos… me alegro tanto!
_Gracias.
Y acto seguido Acleptos se vio obligado a preguntar a su vez:
_¿y tú?
_Todavía nada…
Pero Ttom se sentía demasiado contento por el éxito de su amigo que volvió a
preguntar:
_¿Y se puede saber qué has encontrado?
-Diablos y demonios _respondió Acleptos, iniciando de nuevo la mezcla de unos
cuantos polvos.
_¿Qué es eso?
_Una superstición primitiva. Mi trabajo consiste en averiguar si fueron reales o sólo una
palabra para designar a los malvados o enfermos… o lo que los antiguos denominaban
con estas palabras.
_¿Cómo piensas hacerlo? ¿Qué son todas esas cosas que tienes ahí? _preguntó
Ttom, señalando los objetos que había sobre la mesa.
-Voy a seguir las fórmulas anotadas en unos viejos manuscritos y observar qué sucede.
Acleptos había trabajado mucho para reunir todos los extraños objetos que el
manuscrito mencionaba. Y miró hacia la mesa y vio que tenia cuanto necesitaba.
Aquella misma noche, con la luna llena…
_Muchos elementos intervienen en el proceso de “conjurar demonios”. Si quieres
esperar, quizá lo encuentres interesante.
_Naturalmente. No tengo nada que hacer. Pensé que había tropezado con algo
nuevo…, y lo de siempre, alguien se me había adelantado ya. Acleptos, ¿qué sucederá
cuando ya no queden más campos de saber humano, cuando no haya temas que
tratar, ni nada sobre lo que escribir?
_¡Yo me hacía esa misma pregunta hasta que descubrí a los demonios! Pero creo que
eso tardará en ocurrir y que la Máquina habrá tomado ya sus medidas.
_Estoy empezando a creer que ya ha llegado el momento. Acleptos, ¡eres el único que
ha encontrado un tema en cinco años!
Y al pronunciar estas últimas palabras, Ttom trató de esconder una nota de amargura.
_Sé lo que diría la Máquina, Ttom. _le respondió Acleptos_. Diría que si yo he
descubierto un tema también puedes hacerlo tú.
Al tiempo que hablaba, Acleptos vertió un liquido rojo en una probeta y luego añadió
cierta cantidad de polvillo violeta.
Ttom gruñó:
_Supongo que tienes razón. Sin embargo, olvidemos mis problemas. ¿Qué sucede
ahora?
_Nada hasta la medianoche. Cuando la luna esté llena, pronunciaré ciertas palabras,
encenderé estas cosas que hay aquí _en el manuscrito las llaman velas_ y aguardaré
la aparición de un diablo o un demonio.
Ambos se echaron a reír.
A medianoche, todavía sonriente, Ttom, tomó asiento al borde de un dibujo peculiar
que Acleptos había trazado en el suelo. Se llamaba pentáculo. Acleptos había colocado
una vela negra en cada uno de sus ángulos. También había quemado ciertos productos
químicos, pronunciando unas frases que Ttom ni siquiera trató de entender.
Al principio fue divertido. A medida que pasaba el tiempo, los dos hombres se
impacientaron. Nada sucedía. Acleptos dejó de pronunciar sus extrañas frases y dijo:
_Bien, ya conozco la respuesta a la primera pregunta de la Máquina. Los demonios son
imaginarios y no reales.
Y entonces fue cuando sucedió.
Se extendió por la estancia un olor mucho más intenso que el de los productos
químicos. Luego se produjo una especie de gris luminosidad cerca del dibujo trazado
en el suelo.
Acleptos gritó:
_¡Ttom, lo olvidé! Los antiguos libros dicen que es preciso permanecer dentro del
pentáculo para protegerse… de lo que sea.
Poniéndose en pie de un salto, Ttom se acercó precipitadamente al pentáculo. Pero
antes de lograrlo, la cosa se había hecho ya sólida. Alzó sus cerrados párpados y
cuando sus ojos se fijaron en él, vio tanta malevolencia concentrada en aquella mirada
que Ttom sintió algo que jamás había experimentado antes. Sólo gracias a sus
numerosas y variadas lecturas supo que tal sensación se denominaba antiguamente
miedo.
La cosa dijo:
_Por fin.
Hasta su voz era enervante. Acleptos estaba aturdido. Había realizado el experimento
porque era el sistema lógico de investigación, pero nunca imaginó que tal experimento
llegase a tener éxito.
La cosa se frotó unos extraños dedos que mostraban muchas falanges, y dijo:
_Miles de años, esperando… esperando en la obscuridad la llamada que nunca
llegaba. Al principio creí que El había vencido…, pero entonces yo habría dejado de
existir.
Encogió sus escamosos hombros y abrió más los ojos rojizos. Eran fascinantes. Las
extrañas pupilas cambiaban constantemente de color. Miró primero a Acleptos y luego
a Ttom y dijo:
_Así que nada ha cambiado. Los adeptos y el sacrificio, como siempre.
La cosa cloqueó en un terrible estertor. Luego añadió:
_¿Qué recompensa deseas a cambio? _preguntó mirando a Acleptos.
La cosa no esperó respuesta. Volvió a frotarse los largos dedos. El sonido resultante
fue lo único que se oyó en la estancia. La cosa miró a Acleptos y dijo:
_Ya veo, nada ha cambiado. Una mujer. Muy bien, aquí está.
La cosa hizo una serie de gestos en el aire y antes de que Acleptos pudiese aclarar la
garganta para negar, ella ya estaba allí. Parecía atemorizada. Sus cabellos eran lo más
hermoso que Acleptos hubiese visto en su vida. Y también su cuerpo. Estaba desnuda,
como él había imaginado, puesto que el planeta elegido por ella era cálido. Pero no
había vergüenza en su actitud. Sólo temor.
_¡Envíala de nuevo allí! ¿Cómo te atreves a arrastrarla por el espacio interestelar?
¡Estúpido! ¡Podías haberla matado!
Acleptos ya no temía la cosa. El único pánico que experimentaba era por su amada.
La mujer desapareció con la misma rapidez que se había presentado:
La cosa gruñó:
_No sabía que la amabas. Creí que era únicamente el sexo lo que deseabas…, ¿acaso
quieres oro? Todos codician oro…
Y una vez más hizo extraños gestos en el aire.
Acleptos comprendió que la situación se estaba haciendo ridícula. Aclaró la garganta y
dijo:
_¡Basta!
La cosa se detuvo en su trabajo, y de ser capaz de exteriorizar alguna emoción, ésta
habría sido la sorpresa. Luego preguntó:
_¿Ahora qué? ¿Cómo conseguiré oro para ti si me interrumpes?
Acleptos estaba indignado. La indignación al igual que el temor que la había Precedido,
era una nueva emoción para él. Respondió:
_No te muevas. Soy el amo y tú el esclavo.
Aquellas palabras estaban en las indicaciones que había leído. Ignoraba el significado
de ambas palabras, pero el libro ponía mucho. énfasis en ellas.
La cosa mantuvo inmóvil su cabeza, pero sus ojos observaron con deseo el cuerpo de
Ttom.
Dominando su nueva emoci6n, Acleptos dijo:
_No pareces comprender. No deseo oro…
Ttom dijo:
_Recuerdo esa palabra en mis lecturas. Los antiguos solían cambiarlo por plomo o por
algún metal valioso que fuera parecido.
Acleptos prosiguió:
_Y, desde luego, no quiero que ella regrese de Alfa Centauro.
_¡Poder! _exclamó la cosa sonriendo_. Eso nunca falla. Cuando son demasiado viejos
para el sexo y demasiado ricos para el oro, siempre desean poder.
Y sus manos comenzaron a moverse nuevamente.
_¡Alto! -gritó Acleptos por primera vez en su vida.
La cosa se paralizó.
Acleptos indicó:
_No hagas eso otra vez. ¡Me molesta! No quiero poder y no me digas lo que es porque
no me interesa. Ahora, no te muevas de ahí y contesta algunas preguntas.
_La cosa pareció encogerse un poco, y preguntó casi con timidez:
_Pero…, ¿para qué me has llamado? Si no quieres nada de mí, tampoco puedo aceptar
nada de ti…
La cosa abrió los ojos y los clavó en Ttom, mientras con la punta de la lengua
humedecía sus escamosos labios.
_Quiero alguna información. ¿Cuánto tiempo vivís… los demonios?
_¿Vivir… ? Siempre, por supuesto.
_¿Y cuál es vuestra función?
_Tentar al hombre para apartarle de la senda del bien.
Las palabras surgían velozmente de labios de la cosa, pero Acleptos no acababa de
entenderlas del todo. Sin embargo, quedaban grabadas para volver a escucharlas más
tarde y darles algún sentido.
_¿Por qué deseáis hacer eso? _interrogó Acleptos.
El demonio le miró como si dudase de su estado mental. Respondió:
_Para que el hombre disponga libremente de su voluntad, desde luego. Debe escoger
entre el bien y el mal.
_¿Qué significan esas palabras… el bien y el mal?
El demonio tomó asiento sobre sus talones sin prestar la menor atención a las espuelas
que se hundían en sus propias posaderas. Volvió a contestar:
_Todos estos años sentado en la oscuridad, y que ahora me llamen para esto…
Agitó la cabeza y de pronto pareció adoptar una especie de decisión. Se puso en pie y
luego, se lanzó sobre Ttom.
Acleptos alzó el arma especial y oprimió el botón. La extraña criatura se paralizó de
modo instantáneo para caer al suelo boca abajo.
Ttom tragó saliva y dijo:
—Creí que nunca ibas a usarla. Llamaré al Asilo de Cuerdos para que se lleven a esta
pobre criatura enferma.
Asintiendo con un movimiento de cabeza, Acleptos dijo:
_Esto es mucho más interesante de lo que había supuesto.
Luego tomó asiento, pensativo, hasta que llegó el ambu-bus. Era la primera llamada
urgente que el Asilo recibía desde hacía un siglo, pero los dispositivos funcionaron
perfectamente.
Ttom y Acleptos observaron cómo los robots recogían a la cosa y la alzaban en sus
brazos de metal. Después les siguieron hasta que colocaron la cosa en el ambu-bus,
que partió velozmente hacia el Asilo.
A medio camino, Acleptos habló por primera vez:
_¿Te das cuenta de la ironía que hay en todo esto? _preguntó.
_¿A qué te refieres?
Ttom todavía contemplaba a la cosa, que yacía como si estuviese muerta.
_Los diablos, ¿te das cuenta de lo que son? No son más que seres con otra dimensión.
De alguna manera, en alguna época, un ser humano, en épocas muy remotas, utilizó
las matemáticas, para superar la barrera de las dimensiones. Sin saber que hacía,
envuelto en plena superstici6n, pensó que los sortilegios constituían una llamada,
cuando el dibujo, el calor de las velas y las palabras misteriosas, se combinan en una
clave que abría esa otra dimensión.
_Bien, parece razonable. ¿Dónde está la ironía?
Acleptos parecía a punto de llorar. Respondió:
_¿No comprendes? La humanidad luchaba por salir de las tinieblas, cuando siempre
sus hermanos ignorados e inmortales podían conquistar el espacio simplemente
colocando sus manos en el. punto preciso. El hombre, ciego por sus creencias
supersticiosas, fue incapaz de aprender nada de estos “diablos”. Pero la peor ironía es
que los “diablos” no podían ayudar al hombre porque eran deficientes mentales…
Ttom asintió con un movimiento de cabeza.
_Una raza casi imbécil y de talento increíble vivía cerca de nosotros y nunca lo
supimos. La. Máquina tiene razón. Tenemos mucho que aprender. Me equivocaba
cuando dije que todo era ya conocido.
Tal vez el arma usada no se hallaba a punto o el diablo poseía formidables poderes de
recuperación, pero el caso es que al apearse del ambu-bus la extraña criatura
despertó. Empezó a gritar, cuando los robots intentaron que traspasasen el umbral del
Asilo de Cuerdos.
Se debatió de tal manera que incluso las cintas de metal que animaban a los robots se
tensaron. Acleptos vio como las manos de la criatura comenzaban a moverse como
antes.
Gritó a los androides que le retenían:
_¡Sujetarle las manos!
Las manos metálicas se plegaron sobre los largos dedos que se retorcían y la cosa
dejó de luchar. Se abrió una puerta y uno de los doctores le dirigió hacia ellos.
Dijo:
_¿Qué es eso?
Mientras Acleptos se lo explicaba, Ttom pasó un dedo suavemente sobre las palabras
que formaban la divisa de la puerta. Vela las palabras, sus dedos las sentían, pero las
había visto demasiadas veces. No quedaron grabadas en su mente.
Cuando Acleptos terminó, el doctor dijo:
_Entiendo. Bien, lo arreglaremos inmediatamente. ¡Será curioso hacer recuperar el
sentido común a otra criatura dimensional!
Acleptos preguntó:
_Cree usted que está enfermo o que se trata de un estúpido?
_El doctor sonrió.
_Enfermo. Estoy seguro. Ningún ser sano se hubiese comportado de ese modo. ¿Le
gustaría verlo?
_Desde luego. Siento un gran interés.
Acleptos tomó por un brazo a Ttom y añadió:
_…Imagínate, si logramos curarle, significará la Comunicación con toda una raza de
criaturas. ¿No es maravilloso?
_Acleptos _murmuró Ttom con tono preocupado_, hay algo que no hemos tenido en
cuenta. En todas mis lecturas, en todos los datos de que disponemos sobre el universo
y sus extrañas criaturas, nunca hallé nada referente a la inmortalidad. ¿Has pensado
en esto?
_Naturalmente, pero eso es otra prueba de la razón que tiene la Máquina al asegurar
que no lo conocemos todo. ¡Es tan emocionante! Me cuesta trabajo esperar a
contárselo. ¿No será una sorpresa para ella saber que no fue un sueño su presencia
en mi laboratorio, sino .que realmente estuvo allí, atravesando el espacio y el tiempo
junto a una criatura enferma que ha vivido siempre?
En la sala de operaciones no había escalpelos, esponjas, ni grapas. El doctor extendió
a la cosa sobre la mesa. Los androides la sostuvieron por las manos..El doctor tomó un
instrumento. Una luz intermitente surgió de sus lentes en forma de S. El doctor bañó la
cosa con la luz y luego dijo:
_Sólo será un momento. Es decir, si da resultado. De lo contrario habrá que tomar
otras muchas medidas.
Súbitamente su voz se quebró. Acleptos retrocedió de la mesa hasta que su espalda
tocó la pared. Ttom abrió la boca, asombrado. Únicamente los robots permanecieron
impasibles.
Pues la cosa estaba cambiando. En los lugares donde llegaba la luz caían las
escamas.
El doctor ordenó a los robots:
_¡Dejadla libre!
Al hacerlo así la criatura se alzó en todo su esplendor. Una luz dorada iluminaba su
dulce rostro. Se acercó hasta la ventana y la sonrisa que esbozaron sus labios era
como una despedida. Subió un momento al alféizar y se detuvo unos segundos antes
de extender unas enormes alas blancas.
Luego murmuró:
_Pax vobiscum.
Las alas se agitaron y se fue, envuelto en serenidad.
Esa fue la razón de que Acleptos cambiara las palabras de la divisa que campeaba en
la entrada del Asilo de Cuerdos. Ahora decían:
Un diablo no es más que un ángel enfermo
La máquina se ha detenido, por supuesto. Su razón de ser y su fuerza era la
infalibilidad. Y estaba equivocada sobre la tesis relativa a la existencia de Dios con una
D mayúscula.
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SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

SCIFI — MENSAJERO DEL FUTURO — POUL ANDERSON

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MENSAJERO DEL FUTURO
POUL ANDERSON

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Nos conocimos por asuntos de negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más prometedores. Me
hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y permanecí en mi actitud. Por fin, el director en
persona se puso en contacto conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto,
pero de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que difícilmente se advertía su
falta de educación formal. De todas formas, estaba remediando con gran rapidez esta carencia con clases
nocturnas, cursillos de ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de
Chicago: tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y varios juegos de ajedrez,
sin ninguno de los extravagantes parroquianos que usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros,
había solamente media docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias
personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que discutía con el camarero si
Bartok era más original que Schoenberg o viceversa. Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y
algo de cerveza danesa.
Le expliqué que no me interesaba el dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún
campo agradable con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó su pipa
antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada barbilla y nariz romana, cabello
grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
—¿No se lo explicó mi representante? —dijo—. No estamos proyectando viviendas en serie para
conejos. Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una disposición… así.
Sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez
persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que estábamos en la mitad del
siglo veinte y que, por no ser prefabricado, un núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso
lograr una unidad artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada insistencia, y la conversación se derivó a otros puntos.
—Agradable lugar —observé—. ¿Cómo lo descubrió?
Se encogió de hombros.
—Frecuentemente doy vueltas por ahí, sobre todo de noche. Explorando.
—¿No resulta un poco peligroso?
—No en comparación —dijo con una sombra de temor.
—Uh… Tengo entendido que usted nació aquí…
—No. No llegué a los Estados Unidos hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona
desplazada. Me convertí en Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí
prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz
encumbramiento en los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos no
creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción radiante, por menos de veinte
mil dólares. Michaels había descubierto como hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido admitido con visado especial, en consideración a los servicios
prestados al ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa. En ellos
demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a
veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia en su ático a orillas del lago.
Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre
solitario, por lo que le proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para
hablar. Y hablamos. Después de considerar desde las probabilidades que surgiese una sorpresa en las
próximas elecciones de la ciudad hasta las que otros planetas siguieran un curso en su historia idéntico al
nuestro, Amalie se excusó y se fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo
continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último tema, o alguna palabra en
particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky
con un movimiento un tanto inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde
hasta la ventana.
La noche era clara y profunda. Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de
brillantes colores —rubí, amatista, esmeralda, topacio— y la oscura extensión del lago Michigan; casi
parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba
el cielo, negro cristal, donde la Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo
largo de la Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
—Después de todo —dijo—, sé de lo que estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara
iluminaba la habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la ventana. Me
arrellané un poco.
—¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro estaba rígido.
—¿Qué dirías si te respondiese que sí?
Sorbí mi bebida. Un King’s Ransom es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma
Tierra adquiere un aire glacial para entonar.
—Supongo que tienes tus razones y esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
—No te preocupes, también soy de este planeta —aclaró—. Pero el cielo es tan grande y extraño…
¿No crees que esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y lo traerán en
sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
—Sigue. Ya sabes que me gustan las fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto
violento no era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
—Muy bien, entonces te contaré una fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas
advertido para no tomarla en serio —declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo
y se sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un objeto sombrío e
ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarlo, pues comenzó a hablar, rápida y quedamente.
—Dentro de mucho, mucho tiempo en el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no
sería posible. ¿Serías capaz de regresar al tiempo de los constructores de las pirámides egipcias y hablarles
de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es
lo de menos. Quiero decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos. Y la
forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible que esas luces, torres y
máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro que viven entre grandes y deslumbradoras
energías, o de variables genéticas, de guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una
idea, pero no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este planeta ha
girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados que vivimos, en fin, en que esta
civilización piensa según normas tan extrañas que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha
descubierto medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo llamarlo
exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado vaga), un tipo medio, sabe de un
modo vago e indiferente que, milenios atrás, unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar
el átomo. Pero uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado entre
nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de información para el cerebro central, por
llamarlo de alguna manera. Nadie más se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la
primitiva arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El
silencio aumentó. Al fin dije:
—Muy bien. En consideración a tu historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo,
invisibles, dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio pasado.
—Oh, no hay peligro en ello —aseguró—. La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando
por ahí que venían del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada sombría.
—¿Puedes adivinar qué aplicaciones puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
—Por ejemplo, el comercio de objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los
dinosaurios para conseguir hierro, antes que el hombre aparezca y agote las minas más ricas —sugerí.
Meneó la cabeza.
—Sigue pensando. ¿Se contentarían con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming,
o enanos de la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es que «museo»
no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no son como nosotros. En cuanto a los
recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento. Luego agregó:
—¿Cómo se llamaba esa colonia penal que los franceses abandonaron?
—¿La Isla del Diablo?
—Sí, la misma. ¿Puedes imaginar mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el
pasado?
—Pensaba que estarían por encima de cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión.
Incluso en este siglo, sabemos que no dan resultado.
—¿Estás seguro? —preguntó sosegadamente—. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la
penalización un incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, que me
atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como una catástasis de la sociedad
en su conjunto. En el futuro, te explicarán que las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción
de crímenes que, de otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos hicieron
posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho —alzó una sardónica ceja—. O así
lo pretenden en el futuro. No importa si tienen razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en
su propia civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores criminales al pasado.
—Poco amable para con el pasado —comenté.
—No, realmente no. Por una serie de razones, incluyendo el hecho que todo cuanto hacen suceder ha
sucedido ya… Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes reconocer
que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que ser un criminal muy fuera de lo
corriente para merecer el exilio en el tiempo. El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada
momento particular en la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía, la venta de
narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en unas épocas han merecido el castigo
capital, han sido consideradas en otras con indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente.
Continúa pensando y dime si no tengo razón.
Lo miré por algún tiempo, observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que
para su edad no debería mostrar tantas canas.
—Muy bien —admití—. De acuerdo. Ahora bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del
futuro no pretendería…
Dejó el vaso con perceptible fuerza.
—¿Qué conocimiento? —exclamó vivamente—. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado
desnudo y solo en Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey? ¿Cuánto
tiempo reinará? ¿Quién lo sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres que se deben obedecer? No te
olvides que los asirios o los persas o alguien han de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa
guerra es un mero incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará Babilonia? De
lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No encontrarías ahora ni veinte hombres capaces
de contestar esas preguntas sin consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
—Creo —dije lentamente—, que me dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente
el idioma. Le explicaría al sacerdote que puedo hacer… no sé… fuegos artificiales…
Se rió con escaso júbilo.
—¿Cómo? Acuérdate, estás en Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En caso que consigas
por medio del sacerdote el material y los utensilios necesarios, ¿cómo compondrás un polvo que haga
realmente explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das cuenta que ni siquiera podrías obtener un
trabajo como estibador? Fregar suelos sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino
más lógico. ¿No es cierto?
El fuego comenzó a debilitarse.
—Perfectamente —asentí—. Es verdad.
—Escogieron la época con cuidado. —Miró a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la
reflexión en el cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
—Cuando un hombre es sentenciado al destierro —explicó—, todos los expertos deliberan para
establecer qué períodos, según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender que
ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un individuo delicado e intelectual,
mientras que uno violento podría pasarlo bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría
encontrar su puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro, la
incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté calmarlo con una observación seca:
—El convicto tendrá que ser inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario, el
destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
—Sí —dijo—. Y por supuesto el suero de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo,
eso no es todo. Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se
desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han escogido para él una
época con… tales características… que esperan que el castigo se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser
obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta extinguirse en el exterior. Di un
vistazo a la esfera. La noche terminaba; pronto el este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba observándome con desconcertante intención.
—¿Cuál fue tu crimen? —pregunté.
No pareció pillarlo de improviso, dijo solamente con hastío:
—¿Qué importa? Te dije que los crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento
hubiese tenido éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
—Muchas personas debieron resultar perjudicadas —dije—. Todo un mundo te habrá odiado.
—Bien, sí —admitió. Pasó un minuto—. Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
—Seguiré tu juego —sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica
alfombra.
—Sea. Considerando la magnitud de la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia
de mi pretendida culpa?
—Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde fuiste abandonado?
—Cerca de Varsovia, en agosto de 1939 —dijo, con una voz tan helada como jamás he oído.
—No creo que te interese hablar acerca de los años de guerra.
—No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco después como para desafiarme:
—Mis enemigos se equivocaron. La confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad
para escapar a la vigilancia de la policía antes que me internasen en un campo de concentración.
Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto, no podía predecir nada. Ni puedo ahora;
únicamente los especialistas conocen, o se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me
convertí en un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los vencidos. Me
pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había observado, y llegué a trabajar como espía para
ellos. Era peligroso, pero no mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la
historia no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se
encontraban todos los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
—La mies ajena —dije.
—¿Qué?
—Ya sabes. Ruth en el exilio. No era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su
patria.
—No conozco esa historia.
—Está en la Biblia.
—Ah, sí. Realmente debería leer la Biblia alguna vez. —Su disposición de ánimo estaba cambiando y
volvía hacia su primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión era alerta y
confiada.
—Sí —dijo—, ese aspecto fue bastante malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello.
Cuando se hace camping, pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios que
los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un reductor de gravedad o un
estimulador celular, pero me lo paso admirablemente sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las
pequeñas cosas que jamás se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la
gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son diferentes en el futuro. El Sol
se ha desplazado bastante de su órbita galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre hubo emigrantes.
Todos nosotros somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
—Tal como aquellos traidores están dirigiendo las cosas —dijo—, no regresaría ahora aunque me
concediesen un indulto total.
Terminé mi bebida, saboreándola todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché
sólo a medias.
—¿Te gusta este mundo?
—Sí —contestó—. Por ahora así es. He superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha
tenido muy ocupado los primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me
dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan ahora cada vez más, es
un juego fascinante y agradablemente libre de castigos exagerados en caso de error. Aquí he descubierto
cualidades que el futuro ha perdido… apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta
ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado de guardia en un
laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una orgía en el apartamento de un millonario, un
sacerdote que se prepara para los ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un
barco de las Indias…
Su excitación se calmó. Volvió su mirada hacia los dormitorios.
—Y mi esposa y los niños —concluyó, muy suavemente—. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
—Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me sonrió burlonamente.
—Comienzo a pensar que te has creído todo ese cuento.
—Naturalmente —aplasté la colilla del cigarro y me levanté, desperezándome—. Es muy triste. Más
vale que nos vayamos.
No lo comprendió de inmediato. Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
—¿Irnos?
—Por supuesto —saqué una alentadora arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso—. En esta
clase de asuntos nunca se deja algo al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su rostro.
—No —murmuró—, no, no, no puedes, no es justo para Amalie, los niños…
—Eso —le expliqué—, es parte del castigo.
Lo abandoné en Damasco, el año anterior que Tamerlán la saquease.

F I N
   

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LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS

LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS
LA CAJA PLATEADA
Emanuel Rivas
Empecé a cortar su cuero, y note que estaba mas duro de lo que creí, hice mas fuerza y
desgarre finalmente con mis propios dedos el resto de la piel. No sangraba, la sangre ya
había quedado seca hace tiempo, pero había igualmente ciertas substancias viscosas.
Nunca antes había abierto a un hombre por él estomago, menos con mis manos.
Tampoco antes habría siquiera pensado en matar a una persona, pero eso cambio, me
miro las manos y veo restos de piel que no es mía, sangre grumosa entre las uñas, mis
manos son ásperas como siempre, pero la sangre en esa acre superficie me da una sensación
aterradora, como si tuviera alguna clase de grasa espesa entre los dedos resecos.
Termine con el cuerpo que me faltaba y lo queme como al resto.
Uso el horno de una panadería para quemar los cuerpos, luego de hacerle las pruebas.
Usualmente los descuartizo por los miembros y los quemo luego, pero la idea de abrirles
el estomago me vino el pasado …. bueno, no sé que día era, pero fue hace cuatro o
cinco días, cuando uno de ´ellos´ me ataco sin arma alguna (raro) y yo con un cuchillo
en la pelea le abrí la panza, clave a la altura del pubis y subí hasta la boca del estomago,
donde se me trabo y tuve que sacarlo haciendo fuerza.
En ese instante vi algo inusual, algo que no era humano, claro ´ellos´ ya no eran humanos,
pero eso si que era raro, eso cambio todas mis perspectivas.
Entre los pedazos de órganos arrebanados, y demas entrañas pertenecientes propiamente
dicho al estomago había una caja, una caja metálica.
Me pareció que era plateada, pero la sangre cubría casi todo, había encontrado un cubo
en él estomago, se que fue muy rápido, y que pudo haber sido un hueso o un trozo de
comida, o no se que otra mierda del cuerpo humano, pero una caja es lo que me pareció.
Un cubo de unos 10cm. Impregnado en un humano (´ellos´no son humanos) , era un objeto
demasiado grande como para haber cabido por la boca, pero eso fue lo que me pareció.
Yo que de ser ateo e incrédulo había empezado a creer en zombis y magia negra, me vi
obligado nuevamente a cambiar de mentalidad.
Al abrir el cadáver del ´zombi´ me demostré a mí mismo que no me equivocaba, tenían
un cubo en él estomago, aferrado a las paredes del mismo con entrañas, pequeños hilitos
o ligamentos parecidos a elásticos rojos, estaban tirantes y secos, no me costo cortarlos
con mi cuchillo.
La mesa que uso de camilla es una madera delgada, sostenida en por dos caballetes que
en otra época eran amarillos, mas tarde se tornaron de ese clásico marrón oxidado, pero
ahora tienen por color rojo, rojo sangre.
Extraje el cubo con la mano derecha y lo puse al lado de la cabeza del ex-humano exzombi,
puesto que era el único lugar donde cabía.
La mire con curiosidad durante unos cinco minutos supongo, pero pueden haber sido
segundos, mi estado emocional algunas veces me juega esas bromas, y mi reloj me lo
quitaron cuando estuve en el “Hospital”, cosa que luego les voy a contar.
Luego de observarlo fui hacia la otra mesita, la que esta al lado del horno y agarre mi
serrucho, no me conviene usar la cierra eléctrica, primero porque no hay electricidad, y
si la hubiera el ruido atraería a ´ellos´
Lo corte como es habitual, y tire sus trozos, miembro por miembro al mi estufa humana,
hacia frió y los muertos daban un calor agradable, pero yo también le agregaba madera
para que dure mas, pero solo en ocasiones, les agrego madera cuando son niños o ya están
muy quemados, en caso de los niños es porque sus huesos se consumen mas rápido.
La hoguera también sirve para darme luz, aunque también ayudan unas antorchas que
yo mismo hice.
Yo decore todo este lugar, y quedo una belleza.
En un principio trataba todo con excesivo cuidado, hacia lo posible por no matar a los
niños, porque pensaba que en realidad no tenían culpa de ser lo que son, y la idea de que
pueda revertirse el proceso me daba una carga de conciencia bastante razonable. No me
ensuciaba mucho, y trataba de estar siempre en un lugar iluminado.
Pero mírenme ahora, estoy convertido en un caníbal justiciero de la humanidad, disfruto
mi ambiente oscuro con el solo brillo de la hoguera, disfruto el olor que emanan sus
huesos al quemarse, necesito matarlos, y si no vienen suelo ir a buscarlos yo, ´ellos´ están
por todos lados, así que puedo salir y matarlos.
Me gusta matarlos…
Recuerdo el día que mate al primero, también fue el día que salí de el ´Hospital´ . Se
que era viernes, llevaba los días contados con rayitas en la pared, usaba el método tradicional,
ya saben, el de las películas, pero no podía hacerlo en las paredes, las paredes
eran acolchadas, yo tenia una tabla que usaba para apoyar mis hojas y dibujar, en esas
tablas marcaba los días.
Se preguntaran tal vez porque en las tablas y no en las hojas que usaba para dibujar,
pues lógico, ´ellos´ no quieren que tengamos noción alguna del tiempo ni nada que nos
conecte con afuera.
Muchas veces llaman al Doctor (ja! Doctor) para hacerme creer que son humanos, que
todo esta bien, ¿cómo va a estar todo bien?, yo no soy tonto, se lo que hay y lo más terrible
de todo, se cuantos hay.
La forma que me escape no fue muy pensada, me estaban bañando, siempre suelen bañarme
dos de esos inmundos, pero esta ves solamente fue uno, el otro fue cagar creo, yo
si mas pensarlo me lancé sobre el que quedaba, y le di la cabeza contra los azulejos celestes
57 veces, luego lo patee, pero creo que ya estaba muerto.
El resto no lo recuerdo, pero me encontré a mi en un bosque desnudo y lleno de sangre
(que no era mía).
Escribo esto, porque se que no voy a durar mucho, espero que les llegue, que alguien lo
lea, que formen una resistencia, si es que quedamos bastantes.
Estoy usando una notebook con batería(no tengo luz) y me colgué un cable de teléfono
que pasaba por arriba, todavía me sorprende que allá teléfono, pero hasta ahí no mas,
capas que lo dejan por si trato de hablar, para escuchar las conversaciones, por ese motivo
prefiero publicar esto en Internet, sin que puedan rastrearme, pero siento que no me
queda mucho, ….que son esos ladridos??? Perros??, nunca antes vinieron con perros….,
veo sombras tras la puerta, ya están cerca, los perros gruñen y se confunden con los rugidos
de la tormenta que se acerca, se que están ahí, los oigo(siento) no les temo, en
cuando entren los mato, uno por uno.
Se abre la puerta, un golpe, son
————-viernes 4 de agosto de 2000 Diario “La Capital” Rosario, Argentina———-
ROSARIO YA TIENE PAZ
Luego de dos semanas de truculentos asesinatos y desapariciones, los ciudadanos de
Rosario, terminado el toque de queda, pueden salir a caminar por las calles sin miedo, la
policía tras un operativo que involucro mas de 30 efectivos, dotados con perros, y armamento
pesado logro terminar con Víctor Marcovich.
Víctor de 32 años, había escapado del Hospital mental “San Caaarlos” en el cual estaba
internado por Delirio de persecución.
La policía lo abatió a balazos cuando el intentaba enfrentárseles. Según un informante
anónimo que participo del incidente, Víctor gritaba desesperadamente mientras los enfrentaba,
cuado le preguntamos que decía el nos contesto “Están muertos, ustedes ya no
son humanos!!!!”
Investigadores, mas tarde descubrieron restos de cuerpos calcinados, “era imposible
identificarlos” dijo Juan Pablo Marconni, el forense a cargo.
También encontraron allí, una Computadoras Notebook, conectada a Internet, con un
mensaje al mundo. Los informantes creen que el mensaje pudo haber sido enviado satisfactoriamente,
aunque no piensan que pueda traer consecuencias.
Del Periódico “El Mundo” Uruguay
MUTILADOS
El pasado lunes 7 de agosto tres personas, Manuel Wirtz de 32 años, Patricia Wirtz de
29, y Jaime Wirtz de tan solo 9 años aparecieron descuartizados y con el estomago
abierto en las afueras de Maldonado.
La policía no tiene pistas, pero seguirá en la investigación.
Del diario “Península” España 9 de septiembre de 2000
GRAFITIS Y DESAPARICIONES
Extraños graffitis aparecieron esta mañana en Madrid, la ciudad quedo plagada de mensajes
que rezaban “Resistencia Humana”, las autoridades piensan que pueden estar relacionados
con las recientes desapariciones.
De la revista “Ciencia & Misterio” México 15 de septiembre
¿ESTAMOS SOLOS?
El movimiento de la agrupación terrorista mundial “Resistencia Humana” plantea que el
70 porciento de las personas que caminan habitualmente por la calle, no son humanos,
que poco a poco extraterrestres se fueron apoderando de ellos.
Yo no soy uno de ´ellos´ usted, ¿lo es?.
FIN
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Sunday, October 5, 2008

SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS

SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS SCIFI — POUL ANDERSON — A TRAVES DE LOS TIEMPOS _ A través de los tiempos Poul Anderson Aquella mañana llovía y una fina niebla estival ocultaba el relumbre del río y el pueblo asentado en la otra orilla. Bernard Harrison, mientras dejaba que el aire frío le azotase la cara, se preguntaba qué tiempo haría dentro de cincuenta, cien años. Y entonces llegó Leticia Aldin y él le dirigió una sonrisa y dijo: —Ya falta menos, Lety. Se dio cuenta de lo banal de su frase y añadió: —¿Por qué tendremos esta sensación angustiosa? No vamos a ir muy lejos. —Un centenar de años— contestó ella. —No te preocupes. La teoría es infalible. No es mi primer paseo por el tiempo. Dos excursiones de veinte años, adelante y atrás, son prueba suficiente de que el impulsor funciona. Esta vez el viaje es algo más largo, pero no distinto. —Sin embargo, las máquinas automáticas que se adentraron esos cien años no han vuelto… —Supongo que algo les falló. Puede que a los tubos se les quedaran aún más vacías sus necias cabezas, o cosa parecida. Por eso John y yo tendremos que ir a ver lo que ha sucedido. Repararemos nuestras máquinas y compensaremos las acostumbradas jugarretas de los tubos de vacío. —¿No bastaría con uno de los dos?— preguntó Leticia. —John no es un físico y posiblemente no encontraría la avería. Además puede hacer cosas de las que yo soy incapaz, dada su habilidad mecánica. Nos complementamos. En aquel momento la voz de John Farrel les gritó: —¡Todo dispuesto, muchachos! Podemos ir a la época que queráis. —¡Adelante! Harrison se detuvo únicamente para dedicar a Leticia una adecuada despedida. Juntos entraron en la casa y llegaron al taller del sótano. El impulsor estaba entre un rimero de aparatos bajo la blanca radiación de los tubos fluorescentes. Su exterior no era muy impresionante. Un simple cilindro mecánico de unos tres metros de altura y diez de longitud, con el aspecto no acabado de todos los artefactos experimentales. La cubierta exterior era sólo una protección para las baterías y el macizo impulsor dimensional que en él se alojaban. En el extremo delantero había una pequeña cabina para dos hombres. John Farrell los recibió alegremente agitando la mano. Su maciza silueta ocultaba casi por completo la exigua figurilla de Jim Carey. —Todo dispuesto para avanzar un siglo— exclamó— ¡Allá vamos, 2073! Carey parpadeó tras sus gruesas gafas. —Todas las pruebas dan positivo. Al menos, eso cree John. Yo no distingo un oscilógrafo de un klystron. Tenéis un amplio repuesto de piezas y herramientas. No debe haber dificultades. —Yo no preveo ninguna— replicó Harrison -. Leticia está convencida de que vamos a ser devorados por monstruos de ojos saltones y colmillos corno alfanjes, cuando la verdad es que sólo vamos a reparar tus máquinas automáticas, en el caso de que consigamos encontrarlas, hacer unas cuantas observaciones astronómicas y volver. —Alguien habrá en el futuro— dijo Leticia. —Bueno, si nos invitan a un trago no vamos a negarnos— dijo Farrell encogiéndose de hombros -. Eso me recuerda lo adecuado de un brindis. Harrison torció el gesto. No quería dar a Leticia la impresión de que el viaje iba a tener por destino las tinieblas. Ya estaba bastante preocupada. —¿Para qué?— dijo -. Hemos vuelto a 1953 y visto la casa en pie. Hemos ido a 2003 y allí estaba también. Y las dos veces sin nadie. Estos viajes son demasiado aburridos para merecer un brindis. —Disiento. Nada es demasiado aburrido para echar un trago— sentó Farrell. Sacó un frasco del bolsillo del mono y poco después los vasos entrechocaron ceremoniosamente en el laboratorio, —¡Buen viaje! —Buen viaje— dijo Leticia, tratando de sonreír. - Vamos, Bernard; cuanto antes salgamos antes regresaremos— dijo John Farrell. Con gesto decidido Harrison dejó su vaso y se precipitó hacia la máquina. —Adiós, Leticia, te veré dentro de un par de horas… después de unos cien años. —Hasta luego, Bernard…— y convirtió el nombre en una caricia. Harrison se acomodó en la cabina junto a Farrel. Era alto, de largos miembros y amplias espaldas, con rasgos enérgicos y pelo castaño. Sus grandes ojos grises tenían las arrugas que dan el largo mirar a pleno sol. Llevaba sus ropas de trabajo salpicadas de grasas y ácidos. El compartimento era apenas suficiente para los dos y estaba atiborrado de instrumentos, aparte del rifle y la pistola. Cuando Harrison cerró la puerta y puso en marcha el impulsor, el poderoso zumbido llenó la cabina y pareció vibrar en sus huesos. Las agujas avanzaron por los cuadrantes, aproximándose a valores estables. A través de la única ventanilla vio a Leticia agitar su mano. Le devolvió el adiós y luego, con brusco movimiento, tiró hacia abajo de la palanca principal. La máquina pareció temblar, se hizo borrosa y desapareció Leticia jadeaba cuando se volvió hacia Jim Carey. A su alrededor era ya todo una informe masa gris y el tronar de los impulsores llenaba la máquina con su enorme canción. Harrison vigilaba los contadores e hizo retroceder unas pulgadas la palanca que controlaba la velocidad de avance en el tiempo. Un siglo adelante, menos el número de días transcurrido desde que enviaron el primer autómata, no fuese algún granuja del futuro a encontrarlo y llevárselo… Bajó la palanca, y el ruido y la vibración se detuvieron, resonantes. El sol entraba a raudales por la ventanilla. —¿No está la casa?— preguntó Farrell. —Un siglo es mucho tiempo— replicó Harrison— Vamos a echar un vistazo. Se deslizaron trabajosamente por la puerta y al fin pudieron ponerse en pie. La máquina estaba en el fondo de una excavación medio cegada sobre la que ondulaban las hierbas. Unos cuantos bloques de piedra rotos emergían de la Tierra. El cielo era de un azul brillante surcado por blancas nubes algodonosas. —Ni rastro de los autómatas— dijo Hull, mirando en torno. —¡Qué extraño! Vayamos arriba. Harrison empezó a trepar por las inclinadas paredes de un pozo. Se trataba, sin duda, del sótano medio cegado de la vieja casa, que por algún motivo había resultado destruido en los ochenta años transcurridos desde su última visita. El dispositivo nivelador del impulsor lo materializaba exactamente sobre la superficie cada vez que emergía. No habría así caídas súbitas o inesperados hundimientos. Tampoco desastrosas materializaciones en el interior de algo sólido. Circuitos sensibles a la masa prohibían a la máquina hacer alto siempre que la materia sólida ocupaba su espacio y las moléculas líquidas o gaseosas podían apartarse con la suficiente rapidez. Harrison se irguió en medio de las altas hierbas movidas por el viento y contempló el sereno paisaje de la parte alta del estado de Nueva York. Nada había cambiado. El río y las colinas boscosas de la otra margen eran los mismos. El sol brillaba y las, nubes salpicaban el cielo. Pero… ¿dónde estaba el pueblo? ¿Qué habría ocurrido? ¿Se habrían trasladado simplemente o … ? Volvió a mirar hacia el fondo del sótano. Hacia unos minutos— cien años atrás estaban allí en medio de un batiburrillo de viejos aparatos con Jim y Leticia… y ahora era sólo un agujero de hierbas silvestres tapizando los montones de tierra. Le invadió una extraña desolación. ¿Seguiría vivo? ¿Y Leticia? La gerontología podía haberlo hecho posible, pero nunca se sabe. Y tampoco quería averiguarlo. —Deben haber vuelto al país de los indios— gruñó John Farrell. Exploraron la hierba, pero no había rastro de los pequeños impulsores automáticos. Farrell, pensativo, frunció el ceño. —Creo que emprendieron el regreso y tuvieron una avería en el camino. —Es lo más seguro— asintió Harrison— . Vamos a hacer la observación y regresaremos. Prepararon su equipo astronómico y tomaron lecturas del sol poniente. Esperando la noche hicieron cena en un hornillo campestre y tomaron asiento mientras las sombras se hacían más densas en torno. Los chirriantes grillos ponían su nota de vida en la oscuridad. —Me gusta este futuro. Es muy tranquilo. Creo que me retiraré aquí en mi vejez. Las estrellas giraban majestuosas sobre su cabeza. Harrison anotaba cifras con los tiempos de orto, recorrido y ocaso. Con ellas podrían más tarde calcular, casi al minuto, hasta dónde les había llevado la máquina. Naturalmente, no se habían movido en el espacio con relación a la superficie de In Tierra. El “espacio absoluto” era una ficción anticuada, y en cuanto al impulsor, la Tierra era el centro móvil del Universo. —Pararemos cada diez años para buscar los automáticos— dijo Harrison— Si no los encontramos de ese modo, al diablo con ellos. Estoy hambriento. 2063. Llovía en la hondonada. 2053. Sol y vacío. 2043. La excavación era ya más reciente, y unas maderas aparecían medio quemadas en el fondo. —Consumimos más energía de la prevista— comentó Harrison al echar un vista a los controles. 2033. Sin duda la casa se había quemado v se veían trozos de maderas achicharrados. El impulsor rugía atronándolos, mientras la energía escapaba de las baterías como el agua de una esponja exprimida. A pesar de todo, efectuaron el siguiente salto de diez años, pero les costó media hora de ruido insoportable y agotador. El calor de la cabina se hacía insufrible. 2023. Allí seguía el sótano ennegrecido por el fuego. Sobre su suelo aparecían dos pequeños cilindros con las huellas de algunos años de intemperie. —Los automáticos consiguieron retroceder bastante— - dijo Farrell— , al fin fallaron y ahí los tienes. Harrison los examinó y su rostro reflejó los terrores que nacían en su interior. —Agotados— dijo— . Las baterías están completamente muertas. Utilizaron todas sus reservas de energía. —¿Qué quiere decir eso?— le preguntó Farrell con voz que era casi un grito. —No sé. Parece haber una especie de resistencia que aumenta conforme tratamos de retroceder. —¡Maldita sea! Harrison, decepcionado, levantó los hombros. Le costó dos horas retroceder cinco años. Cuando al fin detuvo el impulsor su voz temblaba. —Es inútil, John. Hemos consumido las tres cuartas partes de nuestras reservas de energía y cuanto más retrocedemos más gastamos por año. Al parecer, se trata de algún tipo de función exponencial de alto orden. —Entonces… —Que jamás lo conseguiremos. A esta marcha nuestras baterías se habrán agotado antes de que logremos retroceder otros diez años— Harrison había palidecido— . Es un efecto que la teoría no explica. Para saltos de veinte añoso menos la energía aumenta aproximadamente como el cuadrado del número de años recorridos. Pero debe existir una especie de curva exponencial que empieza a crecer aceleradamente a partir de un cierto punto. No nos queda bastante fuerza en las baterías. —Si pudiéramos cargarlas… —No traemos el equipo necesario. Pero quizá… Volvieron a salir del derrumbado sótano y miraron con ansiedad hacia el río. Ni señal del pueblo. Debió ser demolido aún más atrás, en un punto de los que atravesaron al venir. —Por esta parte no hay ayuda— dijo Harrison. —Podemos buscar en otro sitio. —No cabe duda, Harrison luchaba por conservar la calma. —No estoy seguro de que cargar a intervalos las baterías sirva de algo, John. Tengo la impresión de que la curva de consumo de energía se aproxima a una asíntota vertical. —¿Quieres hablar inglés?— la sonrisa de Farrell era forzada. —Quiero decir que al cabo de un cierto número de años la energía necesaria puede ser infinita. Algo semejante al concepto einsteniano de la luz como velocidad límite. Cuando nos aproximamos a la velocidad de la luz la energía necesaria para la aceleración aumenta mas rápidamente. Sería necesaria una energía infinita para superar esa velocidad de la luz. —¿Insinúas que jamás podremos volver? —Puedo equivocarme— replicó Farrell con mirada huidiza— . Claro que todavía tenemos dos probabilidades; recargar nuestras baterías y seguir probando … o ir al futuro. —¿Al futuro? —Sí. En algún momento de él deben saber de estas cosas más que nosotros. Pueden conocer la manera de combatir este efecto. Sin duda podrán proporcionarnos un motor lo bastante potente que nos surta de energía para poder regresar. Farrell permaneció con la cabeza inclinada dándole vueltas a la idea. —Bien. ¿A dónde ahora?— preguntó el mecánico. —¿Es el 2018?— preguntó el mecánico— . ¿Qué te parece por ejemplo el 2500? —Bien; es un bonito número. ¡Leven anclas! La máquina bramó y se estremeció. Harrison advirtió con alivio el escaso consumo de energía conforme pasaban años y décadas. A ese ritmo tenía fuerza para llegar al fin del mundo… Año 2500. La máquina se materializó en la cima de una breve colina. La hondonada se había colmado durante los siglos transcurridos. Un sol pálido, que atravesaba nubes de lluvia arrastradas por el viento penetró en la caldeada cabina. —Vamos— dijo Farrell— . No nos sobra el tiempo. Había tomado el rifle automático. —¿Qué haces?— exclamó Harrison. —Leticia tenía razón— dijo Farrell, sombrío— . Ponte esa pistola al cinto. Salieron y otearon el horizonte. Farrell soltó una exclamación de alegría: —¡Gente! Había una pequeña población más allá del río, junto al solar del viejo Hudson. Detrás se extendían campos de grano casi maduro y pequeños macizos de árboles, No había rastro de carreteras. Quizá el transporte de superficie hubiese caído en desuso. El aspecto de la ciudad era extraño. Debía llevar allí mucho tiempo porque las casas presentaban huellas del tiempo. Una forma negra y ovoidal se elevó desde el centro de la ciudad hacia el cielo y cruzó el tío. Era un reactor y se deslizaba suavemente hacia ellos. —El comité de recepción— susurró Harrison. —¡Hola!— gritó Farrell a los del reactor. El aparato picó sobre, ellos. De su morro surgió una línea de humeantes… ¡balas trazadoras! Sus reflejos lanzaron a Harrison contra el suelo y los proyectiles se estrellaron a pocos pasos de su cabeza. Vio a Farrell saltar por los aires. Cuando intentó a su vez ponerse en pie fue derribado por la onda explosiva de una granada. Rodó por el suelo, esperando que la hierba lo ocultase, pensando que el reactor era demasiado rápido para alcanzar a un solo hombre. Siempre tiraba más allá del blanco, pero giraba como un buitre buscándolo. John … Lo habían matado sin provocación. El buen pelirrojo de John. Con su risa Y su camaradería, estaba muerto, y ellos, eran los. asesinos El jet se disponía a aterrizar para darle caza en tierra. Se levantó y, un disparo sonó junto a su oreja, pero siguió corriendo. Se volvió un momento, pistola en mano para hacerles frente a tiempo de ver a unos hombres de uniforme negro salir del reactor. Las balas zumbaban a su alrededor y se precipitó hacia la máquina del tiempo. Movió la palanca mientras contemplaba a los perseguidores, casi sobre él. ¡Gracias a Dios que los tubos estaban todavía calientes! Cuando se fundió en lo gris advirtió que sus ropas estaban desgarradas y se había clavado en la mano una esquirla metálica. Y que John había muerto. Contempló el cuadrante mientras hacía avanzar la señal. Sería el año 3000. Una cautelosa mirada al exterior le reveló que se hallaba entre altos edificios y sin apenas luz. ¡Magnífico! Empleó unos segundos en vendarse la herida y ponerse la ropa de repuesto, sin olvidarse de la pistola y abundante munición. Tendría que abandonar la máquina para salir de descubierta, pero cerraría la puerta. Salió a un pequeño patio empedrado, entre altas casas de ventanas cerradas y oscuras. Arriba la oscuridad era completa; las estrellas debían estar ocultas por las nubes, pero advirtió hacia el Norte un ligero resplandor. Una sombra silenciosa, más negra que la noche, se deslizó junto a él, rotas por dos puntos fosforescentes. ¡Un gato negro! Al menos el hombre conservaba animales domésticos… Cuatro hombres negros contra el casi apagado horizonte avanzaban con pasos de ritmo militar. Miró a su alrededor buscando refugio, pero no había bocacalles. Entonces una voz dura y perentoria gritó algo. Harrison se volvió y echó a correr. Oyó un rápido golpear de botas. Y de pronto una forma oscura surgió de la noche. Dedos como alambres de acero oprimieron su brazo y se vio arrastrado por unos escalones que descendían desde la calle. —Entre aquí— el silbante susurro sonó en su mismo oído— , ¡De prisa! Una puerta se abrió dejando apenas una rendija. Se precipitaron por ella y el otro hombre la cerró. —No creo que nos hayan visto— dijo con torvo acento el desconocido— . ¡Más vale así! Era de mediana estatura y las ajustadas ropas grises que vestía bajo la capa mostraban su felina esbeltez. Llevaba una pistola a un costado y una especie de faltriquera al otro. El tinte de su rostro era de una amarillenta palidez y tenía la cabeza afeitada A Harrison le pareció una especie de mestizo blanco-mongoloide. —¿Quién es usted?— preguntó bruscamente. El otro le observaba con aire astuto. —Belgotai de Syrtis. Ya veo que tú no eres de aquí. Me di cuenta que te perseguía la brigada y que, por tanto, merecías mi ayuda. —Gracias— replicó Harrison. —Ven, vamos a beber algo— dijo Belgotai. Se encontraban en una sala de techo bajo y ahumado con unas cuantas viejas mesas de madera amontonadas en torno a una pequeña estufa de carbón y grandes barriles al fondo. Los hampones no se interesarían tanto por él como los funcionarios y podría informarse y aprender. —Temo no tener con qué pagar— dijo— . A menos…— sacó un puñado de monedas. Belgotai las miró con ansia. Después su cara se torció inexpresiva. —Yo pagaré— dijo en tono cordial— . ¡Eh, Sembol! danos whisky, Se situaron en un rincón y allí les llevo el tabernero algo remotamente parecido al whisky, —¿Qué nombre usas?— preguntó Belgotai. —Harrison. Bernard Harrison. —Me alegro de conocerte. Ahora…— de Syrtis se inclinó y su voz se convirtió en un susurro— . Ahora, Harrison, ¿de cuándo eres? Y sonrió al ver sobresaltarse a Harrison. —De1973. —¿Cómo? ¿Del futuro? —No, del pasado. —Eso es que contarnos de otro modo. ¿Cuánto tiempo hace? —Mil veintisiete años. —¡Buen viaje!— silbó Belgotai— . Nadie viene del futuro. —¿Quieres decir que es imposible?— Harrison se estremeció. —No lo sé— la sonrisa de Belgotai era lobuna— . ¿Cuál es tu historia? _Quiero conseguir algo por mi información… —Bien, desembucha va, Bernard Harrison. Este contó su historia en breves palabras. Cuando acabó, Belgotai de Syrtis movió la cabeza gravemente. —Te metiste entre los fanáticos hace quinientos años. Matan a quienes viajan por el tiempo. Bueno, y a casi todo el mundo. —¿Qué clase de mundo es éste? El brumoso acento de Belgotai le iba resultando ya más fácil. La pronunciación había cambiado algo, pues las vocales sonaban de otro modo y la r se parecía a la que en el siglo XX pronunciaban franceses y daneses. También otras consonantes se habían modificado. Palabras extranjeras, especialmente españolas, habían invadido el idioma. Pero todavía resultaba inteligible. Los tiempos revueltos, según se desprendía del relato de Belgotai, comenzaron en el siglo XXIII con la rebelión de los colosos marcianos contra el cada vez más corrompido Directorio terrestre. Un siglo después los pueblos de la Tierra estaban en movimiento empujados por la peste, el hambre y la guerra civil, un caos del que surgió el entusiasmo religioso de los llamados fanáticos. Cincuenta años después de las matanzas en la Luna, el gobierno de los armagedonios o fanáticos se prolongó todavía unos trescientos años, pero existían vastos terrenos sublevados y los colonos planetarios iban forjando un poder que alejaba a los fanáticos del espacio; pero donde tenían auténtico control gobernaban con mano de hierro. Entre las cosas prohibidas estaba el viajar por el tiempo. Cierto que los que se aventuraban eran pocos, pues resultaba en exceso precario arriesgarse a ser muertos o reducidos a esclavitud. A finales del siglo XXVII, la Liga planetaria y los Disidentes africanos consiguieron poner fin al gobierno fanático. De la confusión de la posguerra surgió la Pax Africana, y durante doscientos años los hombres habían disfrutado de una época de relativa paz y progreso y la moderna cronología databa de la ascensión de John Mteza I. El hundimiento vino por la decadencia interna y las asechanzas de los bárbaros de los planetas más lejanos. Además, el Sistema Solar se había fraccionado en multitud de pequeños estados e incluso de ciudades independientes. Belgotai explicó:— Este es uno de, los estados— ciudad; se llama Liung-Wei, y fue fundado por invasores chinos hace unos tres siglos. Ahora se encuentra bajo la dictadura de Krausmann, un viejo buitre obstinado que se niega a ceder aunque los ejércitos del Jefe Atlántico están ya a nuestras puertas. ¿Viste el resplandor rojo? Son sus proyectores operando sobre nuestra pantalla de energía. Cuando abran brecha en ella tomarán la ciudad y le harán pagar su larga resistencia. Nadie va a pasarlo bien ese día. Añadió algunos datos sobre sí mismo. Pertenecía a otra época, a la fenecida era de los pequeños estados que empleaban mercenarios en sus contiendas. Nacido en Marte, había guerreado por todo el Sistema Solar. Tras la aniquilación de su banda, Belgotai había huido a la Tierra, donde arrastraba una azarosa existencia de ladrón y asesino. Poco esperaba del futuro. - Ahora nadie necesita a un soldado de fortuna— dijo tristemente— , si la brigada no me caza antes, me colgaré cuando los Atlánticos ocupen la ciudad. Harrison asintió con una cierta simpatía.— Pero tú puedes ayudarme, Bernard Harrison— bisbisó, mirándole por entre la raya de sus ojos oblicuos -. Llévame contigo y sácame de esta maldita época. Aquí no podrán ayudarte, pues no saben más de lo que sabes tú de viajes por el tiempo y lo más probable es que te metan en un calabozo y deshagan tu máquina. Tienes que marcharte y puedes llevarme. Harrison vacilaba. ¿Qué sabía de él? ¿Hasta qué punto era cierta la historia contada por Belgotai? Cierto que le había sido útil … - Soy un artista con la pistola y la vibrodaga— añadió el hombrecillo -. Y siempre será mejor que viajar en solitario. —De acuerdo, ¿Cuándo nos vamos? —Cuanto antes. Alguien podría encontrar tu máquina y entonces sería tarde, —Pero… tendrás que prepararte, despedirte… —Todo cuanto tengo está aquí— - dijo Belgotai, golpeando su bolsa con amargura Y en cuanto a decir adiós, corno no sea a mis acreedores… ¡Vamos! Medio aturdido, Harrison le siguió fuera de la taberna, sin tiempo ni de pensar. Sin embargo le pasaron por la mente cosas como ésta: si no volvía a su época, tendría descendientes en ésta. A la velocidad a que se propagaban las líneas de descendencia, en todos los ejércitos habría hombres que tendrían SU sangre y la de Leticia, peleando entre sí, sin pensar en la ternura que les había dado el ser. Aunque, recordó molesto, nunca había considerado la común ascendencia que debía tener con los hombres que había derribado en la guerra que hizo en otro tiempo. Los hombres vivían en su propia época, breve relámpago rodeado de oscuridad, y no estaba en su naturaleza el pensar más allá de ese nimio lapso de años. Empezaba a darse cuenta de por qué viajar por el tiempo no había sido nunca popular. Arrastrado por Belgotai llegó al túnel de una avenida y estuvieron acurrucados hasta que cuatro hombres de la brigada, con sus negras capas, hubieron pasado. Por fin pudieron llegar hasta su máquina, oculta en su noche de espera y temor. Se oyó la risa suave y alegre de Belgotai entre las tinieblas. —¡Libertad!— susurró. Se introdujeron en la máquina y Harrison ajustó los controles para un salto adelante de cien años. Belgotai se lamentó: —Lo más probable es que el mundo esté entonces tranquilo y sensato. —Si encuentro el modo de regresar te llevaré a donde quieras. —Pues podrías llevarme a hace cien años. —¡Adelante entonces! 3100. Una desolación de rocas oscuras y fundidas. Harrison puso en marcha el contador Geiger que vibró locamente. ¡Radiactividad! Algún infernal artefacto atómico había borrado Liung-Wei de la exístencia. Estremecido, saltó a otro Siglo. 3200. La radiactividad había desaparecido, pero la desolación persistía en forma de un vasto cráter vitrificado bajo un cielo ardiente y tranquilo. 3500. La Tierra se había de nuevo acumulado sobre el arruinado país y un bosque empezaba a crecer. No presentaba huellas de la intromisión humana. —Quizá el hombre haya vuelto a las cavernas— sugirió Belgotai. El bosque duró varios siglos. Harrison renegaba. No le gustaba esto de alejarse más y más de su época. Estaba demasiado lejos para regresar sin ayuda 4100. Se materializaron sobre un amplio césped donde unos edificios bajos y redondos de algo que parecía plástico teñido se alzaban entre fuentes, estatuas y cenadores. Un pequeño aparato se cernía silenciosamente sobre sus cabezas, sin el más leve signo externo de fuerza motriz. A su alrededor había seres humanos. Hombres y mujeres jóvenes que llevaban largas capas de colores sobre ligeras túnicas. Harrison y Belgotai alzaron las manos en amistosos gestos. Sin embargo, el soldado más próximo conservaba una de las suyas cerca del arma. El idioma era fluido y musical, con solo un lejano tono familiar ¿Tanto habían cambiado los tiempos? Los condujeron a uno de los edificios. En su frío y espacioso interior, un hombre barbudo, con su recamada túnica roja se levantó para recibirles. Alguien trajo una pequeña máquina que recordaba un osciloscopio con dispositivo para micrófonos. El hombre la colocó sobre la mesa y ajustó sus cuadrantes. Cuando volvió a hablar, de sus labios salió el mismo lenguaje desconocido; pero las palabras surgían de la máquina… ¡en inglés! —Bienvenidos, viajeros, al “American College”. Siéntense, por favor. El hombre sonrió y dijo, tras una breve pausa: —Veo que el psicófono es nuevo para ustedes. Es un receptor de las emisiones encefálicas de los centros del lenguaje. Cuando hablamos, los correspondientes pensamientos son recogidos por la máquina, ampliados y enviados al cerebro de quien escucha, que los interpreta en función de su propio lenguaje Permítanme presentarme. Soy Hamalon Haward, decano de esta facultad del “College”. Haward se inclinó ceremonioso cuando Harrison y Belgotai dijeron sus nombres. Una esbelta muchacha, cuyo parco vestido hizo crecer los ojos de Belgotai, trajo una bandeja con bocadillos y un brebaje no muy distinto al té. Charlaron mientras daban cuenta de todo y el decano dijo por último: —Ya pensé que eran viajeros del tiempo. Los arqueólogos querrán hablar con ustedes. —Nosotros queríamos pedirles ayuda— dijo bruscamente Harrison— -— . ¿Pueden arreglar nuestra máquina de modo que sea capaz de retroceder? —A este respecto nuestra física no puede darles ninguna esperanza. No creo que últimamente les especialistas hayan introducido cambios en la teoría espacio— temporal desde su nueva formulación por Priogan. Según ella, la energía para viajar hacia el pasado aumenta mucho en relación directa con el período recorrido. La deformación de las líneas del universo, ¿saben? Más allá de un período de unos setenta años, se necesita una energía infinita. —Eso pensaba yo— afirmó Harrison con voz sorda. —De todas formas. la ciencia progresa muy rápidamente El contacto con culturas extrañas de la Galaxia ha resultado un gran estimulante… —¿Dominan los viajes interestelares?— le interrumpió Belgotai— . ¿Pueden ir a las estrellas? —Sí, naturalmente. La propulsión más rápida que la luz fue conseguida hace más de quinientos años utilizando la teoría de la relatividad modificada por Priogan. Se basa en la desviación a través de otras dimensiones… Pero ustedes tienen problemas más urgentes que ocuparse de teorías científicas,. Pasaron dos días en el colegio. Haward y sus compañeros eran tan corteses como hospitalarios y estaban ansiosos por escuchar lo que los viajeros tenían que contar de sus épocas. Les proporcionaron alimentos, alojamiento y el descanso que tanto necesitaban. Incluso intercedieron ante el Consejo solar, vía telepantalla, pero la respuesta fue inexorable: La Galaxia tenía ya demasiados bárbaros y los viajeros tendrían que marcharse. Quitaron sus baterías de la máquina e instalaron un pequeño motor atómico con reservas de energía casi ilimitada. Haward les proporcionó un psicófono para que pudieran entenderse con seres de cualquier época. Pero los viajeros no estaban contentos. 4300. Los edificios del “campus” habían desaparecido para ser reemplazados por pequeñas y cómodas residencias veraniegas. Jóvenes y muchachas de irisados y breves atuendos se congregaron en torno a la máquina. —¿Son ustedes viajeros del tiempo?— preguntó uno de los muchachos. Al verles afirmar quisieron que les hicieran el relato de sus viajes. Era el mayor acontecimiento que habían tenido desde que una nave llegó de Sirio. Pronto comprendió Harrison que tampoco allí encontrarían ayuda. Era obvio que intentarían retenerles especialmente las mujeres, cuyos suaves brazos rodeaban los cuellos de los viajeros. Era difícil negarse y Belgotai acabó por sonreír. —Pasemos la noche aquí— - sugirió. Fue una noche de orgía. Harrison consiguió reunir unos cuantos datos. Sol era en esa época un remanso galáctico, desbordante de riqueza y guardado por mercenarios no humanos contra los depredadores y conquistadores interestelares. Se había convertido en lugar de recreo de los hijos de los grandes negociantes. Pensando en Leticia, Harrison quiso llorar, pero su pecho estaba seco y frío. Belgotai tenía a la mañana siguiente una horrible resaca, pero desapareció pronto con la bebida ofrecida por una de las muchachas. Entonces estuvo ya en condiciones de reanudar el viaje. Y pronto el brillante escenario se perdió en el tiempo. 4400. Una villa ardía y el humo y las llamas ascendían por el cielo nuboso. Tras de ellas aparecía la sombría mole, llena de cicatrices, de una astronave. A su alrededor hervía un torbellino humano, enormes individuos barbudos con yelmos y corazas, riéndose mientras cargaban el dorado botín y a los cautivos que se debatían. ¡Los bárbaros habían llegado! Los dos viajeros saltaron de nuevo a su máquina. Aquellas armas podían convertirla en una masa ígnea y Harrison accionó la palanca mucho más adelante. —No encontraremos un científico en una edad salvaje— dijo— . Probaré el año cinco mil. Cuando la aguja se aproximaba a los seis siglos, Harrison trató de accionar la palanca sin conseguirlo. —¿Qué ocurre?— preguntó Belgotai. —Se trata del detector automático de masas. Seríamos aniquilados si emergiésemos en el mismo espacio que ocupa la materia sólida. El detector evita que el impulsor pueda detenerse donde descubre esa estructura. ¡Algún estúpido debe haber construido una casa precisamente donde estamos! La aguja traspasó el límite y siguieron bramando a través de una tonalidad oscura sin contorno. Harrison ajustó el cuadrante y anotó el primer medio milenio. Era interesante saber qué año sería cuando emergiesen. Tenía la esperanza de que fuese pronto. Las obras del hombre eran tan terriblemente pasajeras… Dos mil años… Tres mil… La cara de Belgotai aparecía blanca. —¿Hasta dónde vamos a ir?— preguntó. —No lo sé. El increíble trance duraba ya veinte mil años. En el 25296, la palanca cedió súbitamente bajo la presión de Harrison. La máquina surgió a la realidad, se estremeció y descendió unos cuantos pies antes de encontrar su equilibrio. Se precipitaron a la puerta. El impulsor descansaba sobre un bloque de piedra grande como una pequeña casa. Se hallaban hacia la mitad de una pirámide de piedra gris, de un tetraedro de unos ochocientos metros de altura y casi el doble en cada lado de la base. Arboles y césped crecían en sus titánicas laderas. No se veía el viejo río y un lago antes inexistente relucía a lo lejos. Las colinas parecían más bajas y estaban cubiertas de bosques. También descubrieron una nave espacial, una máquina monstruosa con la proa apuntando al cielo y un escudo con un sol ardiente en su casco. Había hombres trabajando junto a ella. Pero, ¡no todos eran hombres! Una docena de grandes ingenios relucientes se afanaban sin vigilancia al pie de la pirámide. “Robots”. Y del grupo que se volvió a mirar a los viajeros, dos eran rechonchos y cubiertos de pelo azul, con caras y manos de seis dedos. Harrison se dio cuenta, con un escalofrío, de que estaba viendo inteligencias extraterrestres. Pero era a los hombres a quienes miraba. Se trataba de individuos altos, con rasgos finos y aristocráticos y una especie de calma innata. Resultaba imposible describir su vestimenta, una especie de temblor irisado que les rodeaba. Harrison pensó que así debían ser los viejos dioses del Olimpo, seres más grandes y hermosos que los hombres. Pero fue una voz humana la que se dirigió a ellos en un tono grave y bien modulado y un idioma totalmente extraño. Entonces recordó con exasperación que había olvidado el psicófono. Mientras tanto, uno de los seres azules manejaba un globo del que parecía surgir la familiar voz traductora: _…viajeros del tiempo. —Sin duda del más remoto pasado— dijo otro —Escuchen— les espetó Harrison— . Estamos en un apuro. Nuestra máquina no puede retroceder y tenemos que encontrar una época en la que sepa cómo invertir el efecto. ¿Pueden ustedes hacerlo? Uno de les extraños seres sacudió su cabeza. —No— dijo— . La física no conoce el modo el retroceder más allá de unos setenta anos. A partir de ahí la energía necesaria se aproxima al infinito y.. Harrison soltó un gruñido. —Eso ya lo sabemos— dijo Belgotai con rudeza. —Pero pueden quedarse a descansar— intervino otro de los hombres con voz amable— . Será interesante escuchar su historia. —Se la he contado a mucha gente en los últimos milenios— replicó agriamente Bernard— . Oigamos la de ustedes para variar. Dos de ellos cambiaron palabras en voz baja que Harrison tradujo por: “Bárbaros… emociones infantiles… vamos a seguirles la corriente…” —Somos una expedición arqueológica que está excavando la pirámide— dijo con aire paciente uno de los hombres— . Pertenecemos al Instituto Galáctico, rama del sector de Sarlan. Yo soy Lord Arsfel de Astracyr y éstos son mis ayudantes. Los no humanos son del planeta Quulhan, cuyo sol no es visible desde la Tierra. —¿Quién la construyó?— preguntó Harrison, señalando hacia la gran mole de la pirámide. —Los ixthuli alzaron estas estructuras en los planetas que conquistaron. No se sabe de dónde venían ni lo que al fin fue de ellos. Esperamos encontrar respuesta en sus pirámides. La atmósfera se hizo más amistosa. Todos escucharon con profundo interés los relatos de Harrison y Belgotai y a cambio les dieron una pequeña lección de historia. Tras las ruinosas guerras de los ixthuli, la Galaxia había logrado un rápido progreso. Las nuevas técnicas de psicología matemática hicieron posible conjuntar a los pueblos de mil millones de mundos y regirlos con eficacia. El Imperio galáctico era igualitario. Próspero y pintoresco, con tal diversidad de razas y culturas, avanzaba en las Ciencias y las Artes. En cuanto a los bárbaros que habitaban más allá de las Nubes Magallánicas, Arsfel albergaba el convencimiento de que no serían un estorbo, pues no tardarían a ser civilizados. Sol casi podía ser llamado territorio bárbaro, aunque quedase dentro de las fronteras imperiales. La civilización estaba concentrada en torno al centro de la Galaxia y Sol se encontraba en lo que era actualmente un rincón del espacio remoto y con escasa densidad estelar. La raza humana casi había olvidado su antiguo hogar. La estampa resultaba triste para un americano. Pensó en la Tierra girando solitaria por el espacio vacío, en el arrogante imperio y todos los poderosos dominios que habían mordido el polvo a través de los milenios. Al fin se atrevió a sugerir que tampoco esta civilización era inmortal. Inmediatamente se vio inundado de cifras, hechos y lógica, de todo el curioso simbolismo paramatemático de la moderna psicología de masas. Pudieron demostrarle rigurosamente que la presente situación era intrínsecamente estable y diez mil años de historia no habían podido conmover esa seguridad. También les mostraron el enorme interior de su astronave, los lujosos apartamentos de la tripulación, la intrincada maquinaria que pensaba por sí misma. Arsfel trato de mostrarles su arte, sus psicolibros, pero fue imposible porque no podían comprenderlos¡Salvajes! ¿Podía un aborigen australiano haber apreciado a Rembrandt, Beethoven, Kant o Einstein? —Será mejor marcharse— susurró Belgotai— . Esto no es para nosotros. Harrison asintió. La civilización había ido demasiado lejos. —Yo les aconsejaría avanzar por largos intervalos— dijo Arsfel— . La civilización galáctica no habrá llegado aquí hasta dentro de muchos miles de años y, desde luego, cualquier cultura nativa que se desarrolle en Sol será incapaz de ayudarles… De aquí en adelante no encontrarán mas que paz y cultura, a menos que los bárbaros de la Tierra se hagan hostiles; pero siempre podrán dejarlos atrás. Más pronto o más tarde aquí habrá una auténtica civilización que podrá ayudarles. —Dígame— pregunto Harrison ¿Cree que la máquina del tiempo negativa llegará a inventarse? Uno de los seres de Quulham sacudió su cabeza. —Lo dudo— dijo gravemente -. Hubiéramos tenido visitantes del futuro. —¡Vamos!— rugió Belgotai. En 26 000 los bosques continuaban y la pirámide se había convertido en una alta colina en la que los árboles se balanceaban al viento. En 27 000 una pequeña aldea de casas de piedra y madera aparecía en medio de campos de espigas En 28000 había hombres derruyendo la pirámide para aprovechar la piedra. Su enorme masa no desapareció hasta el año 30000. Belgotai pensó en Lord Arsfel, que ahora llevaba cinco mil años en su tumba. En 31000 se materializaron sobre uno de los anchos céspedes que se extendían entre las torres de una amplia y fastuosa ciudad. Los aparatos ronroneaban sobre sus cabezas y una nave espacial apareció junto a ellos. —Supongo que ha llegado el imperio— comentó Belgotai. —Esto parece pacífico. Saldremos y hablaremos con la gente. Les recibieron mujeres altas Y majestuosas en blancas túnicas de líneas clásicas. Al parecer, Sol era ahora un matriarcado. Supieron que el imperio no había llegado nunca hasta allí. Sol pagaba tributo y las fronteras reales de la cultura galáctica no habían cambiado. Nada se sabía de la teoría del tiempo. Siendo así, ¿no les importaría continuar? No encajaban en la minuciosamente reglada cultura terrestre. —No me gusta esto— dijo Harrison al volver a su máquina. —Yo creo— comentó Belgotai— que Arsfel, a pesar de todas sus fantásticas matemáticas, estaba equivocado. Nada dura siempre. 34 000. El matriarcado había desaparecido. La ciudad era un caótico montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Había esqueletos entre las ruinas. —Los bárbaros están otra vez en movimiento— dijo heladamente Harrison— . No hace mucho que estuvieron aquí, pues estos huesos son relativamente recientes. Un imperio como éste puede tardar en morir miles de años, pero está condenado. —¿Qué vamos a hacer?— - preguntó Belgotai. —Continuar. No nos queda más recurso. 35 000. Había una choza aldeana entre árboles enormes y viejísimos. Aquí y allá surgía de la tierra una columna rota, resto de la ciudad. Al aparecer la máquina un hombre barbudo, su mujer y un grupo de chiquillos huyeron aterrados. 36000. Había otra vez un pueblo, con una vieja y gastada nave espacial. Media docena de razas diferentes, incluida la humana, se ajetreaban alrededor, trabajando en la construcción de alguna máquina enigmática. Llevaban ropas sencillas con armas al costado. Su jefe era un joven con la capa y el yelmo de los oficiales del Imperio. Pero estos arreos tenían por lo menos un siglo. Resultaba extraño oírle repetir que permanecía fiel al emperador. ¡El Imperio! Todavía su gloria remota allá entre las estrellas, iba lentamente desvaneciéndose mientras los bárbaros penetraban en él. —Nos espera un buen trabajo— dijo el jefe con indiferencia— . Tautho de Sirio caerá pronto sobre el Sol. Dudo que podamos resistir mucho tiempo. La muerte es todo nuestro porvenir. Pasaron allí la noche y por la mañana volvieron a la máquina para proseguir el viaje. Harrison contempló con ansiedad el tablero de control y comentó que tendrían que ir lejos. 50000. Surgieron de su jornada Por el tiempo y abrieron la puerta. Un rudo viento cayó sobre ellos arrastrando finos copos de nieve. Había hielo en el río que murmuraba oscuramente junto a los bosques. La geología no trabajaba tan de prisa. Catorce mil años no eran mucho tiempo para el lento mudar de los planetas. Aquello debía haber sido obra de seres inteligentes, devastando y azotando el mundo con insensatas guerras. Una gris masa pétrea dominaba el paisaje. Se elevaba enorme a unas cuantas millas y sus macizas torres almenadas se adentraban audazmente en el cielo. Estaba medio en ruinas, con sus piedras derribadas por energías que fundieron la roca y borradas en incontables milenios de intemperie. —Todo está muerto— dijo débilmente Harrison —¡No! Mira, Bernard, creo que allí hay una bandera. El viento soplaba y les penetraba como cuchillos. —¿Vamos a ir?— - preguntó Harrison. —Sí. Lo peor que pueden hacer es matarnos y empiezo a creer que no es tan malo. A medida que se aproximaban a la enorme estructura, parecía agigantarse ante ellos. Tenía un bárbaro aspecto. Ninguna raza civilizada la hubiera construido así. Dos pequeñas y raudas formas se lanzaron al aire desde aquella muralla con aspecto de acantilado. —Aviones— dijo lacónicamente Belgotai. Eran ovoidales, sin controles ni ventanillas a la vista. Uno de ellos cubrió a los viajeros mientras el otro descendía. Cuando aterrizó, Harrison vio que estaba cubierto de cicatrices. Pero había un medio borrado sol flamígero en su costado. Aún vivía el recuerdo del Imperio. Dos seres salieron de la pequeña nave y se aproximaron a ellos empuñando sus armas. Uno era humano, un joven alto y bien formado. El otro… Era un poco más bajo que el hombre, pero enormemente ancho de pecho y espaldas. Cuatro brazos musculosos nacían de los macizos hombros y una cola peluda fustigaba sus pies con garras. Su cabeza era grande, de amplio cráneo, con un rostro redondo y semianimal. Enormes bigotes sombreaban su boca de afilados colmillos. No llevaba encima más que unos arreos de cuero, pero un suave pelo gris azulado le cubría el cuerpo. El psicófono restalló con el saludo del hombre: —¿Quién vive? —Amigos— dijo Harrison— . Sólo queremos noticias. —¿De dónde sois?— había un tono duro y perentorio en la voz del hombre— . ¿Qué clase de nave es la suya? —Tranquilízate, Vargor— ronroneó la voz profunda del otro ser— . Bien ves que no es una nave espacial. —No— dijo Harrison— . Es un impulsor temporal. —¡Viajeros del tiempo!— - los ojos de un azul intenso de Vargor se abrieron con asombro— . Había oído hablar de ello, pero… ¿viajeros del tiempo?— Y de pronto— : ¿De dónde sois? ¿Podéis ayudarnos? —Somos de una época muy lejana y estamos solos. —¿A dónde vais?— preguntó Vargor. —Al infierno, lo más probable, Nos estamos helando aquí fuera. ¿Podríamos entrar? —Sí. Venid con nosotros. Pero no debéis ofenderos si enviamos una escuadra a inspeccionar vuestra máquina. Tenemos que ser precavidos. —¡Bienvenidos a la fortaleza de Brontothor! ¡Bienvenidos al Imperio galáctico! —¿El Imperio? —Esto es todo lo que queda de él. Una fortaleza fantasmal en un mundo helado, último fragmento del viejo Imperio. Entraron en el estropeado aparato, se elevaron y poco después descendían al otro lado de la vieja muralla en un gigantesco patio con banderas, junto a la monstruosa mole del torreón. Se alzaba en varias plantas, con patéticos jardincillos sobre las terrazas, hasta una transparente cúpula de plástico. En las gruesas paredes había armas montadas apuntando hacia el exterior. Hombres con cascos y fusiles de energía estaban apostados como centinelas. Hombres, mujeres y niños deambulaban bajo las monstruosas murallas —Allí está Taury— dijo el ser de otro mundo señalando a un pequeño grupo reunido en una de las terrazas. Su amplia boca se abrió en alarmante sonrisa— . Perdonadme por no haberme presentado antes. Soy Hunda de Haamigur, general de los ejércitos imperiales y mi compañero es Vargor Alfrid, príncipe del Imperio. Taury es descendiente directo de Maurco el “Legislador”, último emperador debidamente ungido. Al acercarse al grupo formado por media docena de ancianos, éstos se pusieron de pie. Sus largas barbas se movían azotadas por la ventisca. Uno de los personajes tenía la cara de un ave de largo pico. —La corte de la emperatriz Taury— dijo Hunda. Harrison y Belgotai contemplaron embobados a la emperatriz, tan alta corno un hombre, Sin embargo, bajo su túnica de eslabones de plata y su capa adornada con pieles era aquella la mujer con la que alguna vez habían soñado sin encontrarla nunca. Su orgullosa cabeza tenía algo que recordaba a Vargor, pero toda su nobleza era femenina. Sus ojos grandes, oblicuos y grises como los mares nórdicos, les contemplaban. Harrison recobró el habla. —Majestad, soy Bernard Harrison, de América, hace cuarenta y ocho mil años y mi compañero es Belgotai de Syrtis, soldado de fortuna de Syrtis, unos mil años después. Estamos a vuestro servicio. —Es un raro placer Entremos, por favor, y olvidad la etiqueta. Esta noche limitémonos a vivir. Fueron a tornar asiento en una sala acogedora cubierta de tapices, con pieles en el suelo y un alegre fuego en la chimenea. —¿Así que no podéis regresar a vuestro mundo?— dijo la voz grave de Taury— . Lo malo es que no puedo aconsejaros que os quedéis, pues los tiempos no son buenos. —Nos quedaremos unos días— decidió Harrison. —No conseguiréis nada— zanjó Hunda— El principio del impulsor temporal se perdió hace mucho tiempo; pero aun queda mucha técnica superior a la de vuestra época. —Lo sé— dijo Harrison— , aunque la verdad… en ninguna otra época nos hemos encontrado tan a gusto. —Las venideras serán peores. Cuando lleguen los anvardi creo que todos moriremos. “El Soñador”, el último de los consejeros del Imperio, me dijo en cierta Ocasión que quizá fuera mejor así. —¿Cómo llegaron aquí a la Tierra los de Vro-Hi, precisamente entre tantos planetas?— quiso saber Bernard Harrison. —Os bastará saber que lo más que el emperador llegó a mandar fue una pequeña flota. Mi padre pudo salvarse de la destrucción a que fue sometido huyendo con tres naves hacia la periferia. Pensó que valía la pena buscar refugio en Sol. El Sistema Solar había sido cruelmente devastado en las edades oscuras. Las grandes obras de ingeniería que hicieron habitables los demás planetas fueron destruidas y la propia Tierra resultó asolada. Se había utilizado un arma que consumía el bióxido de carbono de la atmósfera. Harrison, recordando la explicación que de las épocas glaciares daban los geólogos de su tiempo, asintió comprendiendo. Sólo unos cuantos salvajes famélicos vivían ahora en el planeta. Y todo el sector de Sirio ofrecía tal desolación que ningún conquistador creía que valiese la pena ocuparse de él. Al emperador le había gustado hacer del antiguo solar de su raza la capital de la Galaxia y se había trasladado a la arruinada fortaleza de Brontothor un milenio después. Al día siguiente, Taury condujo a los viajeros por las zonas subterráneas a visitar a “El Soñador” y Vargor les acompañaba. Atravesaron inmensas cavernas con bóvedas abiertas en la roca, túneles de silencio donde sus pisadas despertaban ecos fantasmales. De vez en cuando pasaban junto a una mole monstruosa; el herrumbroso armazón de alguna vieja máquina, —En otro tiempo hubo aquí pavimentos rodantes— dijo Taury al iniciar su recorrido— Pero no hemos intentado instalar otros nuevos. Hay demasiadas cosas que hacer… reconstruir una civilización con restos dispersos. Taury marchaba delante, con su melena leonina como una llama entre los sombras oscilantes. Vargor le seguía los pasos y Belgotai caminaba como un felino. Harrison pensó en el extraño grupo que formaban, cuatro seres humanos del alba y el crepúsculo de la civilización, pareciéndole que jamás había sido otra cosa que un cortesano de la emperatriz galáctica. Cuando Taury abrió una puerta y apareció “El Soñado— “, Harrison, que iba preparado a todo, sufrió un rudo choque, Se había imaginado un grave personaje de barba blanca o un arácnido de enorme cabeza o un cerebro desnudo latiendo en una caja de alimentación Pero el último de los Vro-Hi era un monstruo, aunque tenía incluso una belleza misteriosa. Su gran cuerpo brillaba, iridiscente, y sus múltiples manos de siete dedos eran flexibles y graciosas; sus ojos, enormes estanques de oro líquido. Al ver a los recién llegados se incorporó sobre sus renqueantes piernas. Apenas levantaba seis palmos del suelo, aunque la parte que era a la vez cabeza y cuerpo fuese grande y maciza. Su encorvado pico no se abrió y el psicófono permaneció silencioso. Cuando las largas antenas apuntaron hacia Harrison, éste oyó: —Salud, majestad, Salud, alteza. Salud, hombres que llegáis del tiempo. Telepatía… telepatía directa —Gracias, señor. Pero, ¿cómo sabéis… ?— preguntó el extrañado Bernard. —No he leído los pensamientos de tu mente, viajero Los Vro-Hi siempre respetamos la intimidad. Pero mi inducción es obvia. —¿Es que pensaste durante tu último trance?— le preguntó Vargor— . ¿Llegaste a algún plan? —No, alteza— vibró “El Soñador”— , mientras los factores permanezcan constantes no podemos hacer mas de lo que ya hacemos. Estuve trabajando en la base filosófica que ha de tener el segundo imperio. _¿Qué segundo imperio?— ironizó Vargor. —El que ha de llegar… algún día.— Los sabios ojos de “El Soñador” se posaron en Harrison y Belgotai —Con vuestro permiso— pensó— me gustaría explorar vuestros depósitos de memoria. Sabemos tan poco de vuestra época… Os aseguro que un ser humano que ha vivido medio millón de años es capaz de guardar todos los secretos y se abstiene de emitir juicios morales. La exploración, de todos modos, será necesaria si he de enseñaros nuestro lenguaje. —Adelante— dijo Harrison con repugnancia. Por un momento sintió vértigo y un escalofrío, Taury le rodeó con su brazo y en seguida todo pasó. —¿Y eso es todo? —Sí. Un cerebro de Vro-Hi puede registrar un número infinito de unidades simultáneamente. ¿Te has dado cuenta en qué lengua acabas de hablar? —¡Eh … yo!— Harrison dejó escapar— : ¡Por los dioses! ¡Sé hablar estelar!. —Sí— pensó— “El Soñador”— , los centros del lenguaje son particularmente receptivos y es fácil imprimir en ellos. Este método de enseñanza es sencillo y eficaz para aprender idiomas. —Entonces empiece conmigo— dijo jocosamente Belgotai. —Os diré que cuanto vi en vuestras mentes, era bueno y honrado. Si os quedaseis seríais útiles aquí. Aunque no debéis ignorar que los tiempos son malos. La estridente risa de Vargor rompió el silencio. —Somos unos proscritos y no tenemos futuro, puesto que los anvardi llegan. Cierto que les presentaremos batalla. ¡Va a ser una lucha como no recuerda esta vieja Galaxia! De labios de Vargor surgió un apagado grito de dolor mientras contemplaba la imagen que saltaba y oscilaba en la gran pantalla de comunicación interestelar. Un hombre había aparecido en ella para decir: —Sí, majestad, somos cincuenta y cuatro naves atestadas y la flota anvardiana viene persiguiéndonos. —¿A qué distancia?— preguntó Hunda. —Medio año— luz, aproximadamente señor. Estaremos cerca de Sol antes de que puedan alcanzarnos. —¿Están capacitados para hacerles frente?— volvió a preguntar Hunda. —No, señor— dijo el hombre— , Venirnos cargados de refugiados, mujeres, niños y campesinos desarmados. Si no nos ayudáis, señor, nos venderán como esclavos. No queremos vivir bajo los anvardi. —¿Cuánto tardaran en llegar aquí? A esta marcha, señor, acaso una semana— respondió el capitán de la nave. - Bueno, continuad hacia aquí— dijo Taury con voz cansada . Enviaremos naves contra ellos. Durante la lucha podréis alejaros. No vayáis a Sol, porque habrá que evacuarlo. Nuestros hombres tratarán de establecer contacto con vosotros mas tarde. —No merecemos tanto majestad. Salvad nuestras naves. —¡Allá vamos!— dijo Taury con decisión, Y cerró el circuito. Luego se volvió hacia los demás. La roja cabeza tan erguida como siempre. Impartió órdenes. La mayoría de su pueblo podía marcharse a Arlath, un desierto en el que no serían encontrados por el enemigo. Hunda y ella planearían el ataque. Tendrían que hacerlo lo más eficaz posible utilizando el menor número de naves. —¡Si tuviésemos armas decentes!— rugió Hunda. “El Soñador” se irguió y, antes de que pudiese Vibrar, el mismo pensamiento había saltado al cerebro de Harrison. El y el hombre de Vro-Hi se miraban con loca esperanza… El espacio titilaba con un millón de estrellas. La Vía Láctea espumaba en torno al cielo en un rastro de fría plata y todo era sobrecogedor para un humano. Harrison sintió la soledad como no la había sentido en el viaje a Venus, porque Sol iba quedando a su espalda y se precipitaban al vacío interestelar. Acababan de instalar la nueva arma en el acorazado, pero no habían tenido tiempo de probarla. Habían tenido que poner toda la flota en juego y la total potencia de combate de Sol. Si vencían los viejos imperiales tendrían una oportunidad pero si fracasaban… Harrison estaba en el puente tratando de descubrir a la flota anvardiana y Hunda se mantenía en la central de control, haciendo girar los herrumbrosos volantes de señales. “El Soñador” permanecía quieto en un rincón, contemplando extasiado la Galaxia. Los demás miembros de la corte estaban cada uno al mando de un escuadrón y Harrison los había visto por la visiopantalla que enlazaba la flota. —Faltan pocos minutos, Bernard— dijo Taury. Se apartó del cristal flexible e inquieta como una tigresa. La fría y blanca luz de las estrellas relucía en sus ojos y en el casco con el sol flamígero que se asentaba en el bronce de su cabello. Harrison admiró su hermosura. —A ti te toca, Bernard— dijo sonriéndole— ; viniste del pasado para traernos la esperanza. Es bastante para creer en el destino, aunque esto no te hará volver con los tuyos. Le había tomado una mano y Harrison murmuró que no importaba. Una voz estalló en el transmisor del puente. Taury abrió la pantalla y surgió un rostro fuerte, orgulloso y cruel, el sol brillando en su pelo verde. - Saludos, Taury de Sol— dijo el anvardiano -. Soy Ruulthan, emperador de la Galaxia, —Sé bien quién eres— -— dijo Taury sin alterarse— , pero no reconozco ese supuesto título. —Nuestros detectores informan de tu aproximación con una flota que es la décima parte de la nuestra. Tenéis una nave Supernova, pero también nosotros. A menos que os avengáis a negociar seréis aniquilados. —¿Cuáles son vuestras condiciones? —Rendición, ejecución de los criminales que dirigieron los ataques a los planetas anvardianos y tu vasallaje ante mí como emperador galáctico. Taury, asqueada, se volvió y Harrison dijo a Ruulthan en lenguaje explícito lo que debía hacer con sus condiciones y apagó la pantalla. —Toma los mandos, Bernard— dijo Taury mirándolo intensamente y señalando al mismo tiempo hacia el artefacto de propulsión temporal. Si caemos en esto… adiós, Bernard. —Adiós— respondió él con voz sombría. Se instaló ante sus controles. Levantó un brazo y Hunda cortó la hiperpropulsión. A poca velocidad intrínseca el “Venganza” quedó cerniéndose en el espacio mientras las invisibles naves de su flota se alejaban hacia los anvardi. Lentamente hizo descender la palanca de impulsión temporal. La nave rugió cuando la energía atómica invadió los poderosos circuitos construidos para arrastrar su enorme masa a través del tiempo. Se conmovió la gigantesca máquina y una grisura sin contornos surgió al otro lado de las compuertas. Hizo a la nave retroceder tres días. Se encontraba en el espacio vacío, todavía con los anvardi a distancia fantástica. Sus ojos se fijaron en la chispa amarilla del Sol, concentrando todas sus energías en instalar el impulsor temporal que acababa de hacerles retroceder… Esto no tenía sentido. La simultaneidad era arbitraria. Y ahora había una tarea que cumplir. Le llegó la voz del jefe de astrogantes con un torrente de cifras. Tenían que hallar la posición exacta en la que el navío almirante de los anvardianos se hallaría dentro de setenta y dos horas. Hunda envió las señales a los “robots” del cuarto de máquina y, pesadamente, el “Venganza” comenzó a deslizarse a través de cinco millones de millas de espacio. Harrison pensó en aquellos tres días adelante en el tiempo que les permitirían aparecer al costado del acorazado anvardiano. Frenéticamente Hunda volvió a poner en marcha la hiperpropulsión, alcanzando velocidades superiores a las de la luz. Ahora veían la nave, erguida como una montaña de metal contra las estrellas. ¡Y todas las armas del “Venganza” dispararon a la vez! El cañón “Vorágine”, los barrenadores, las granadas y torpedos atómicos, los desplazadores de gravedad… todo el infierno acumulado en los torturados siglos de historia vomitó contra las pantallas del navío insignia anvardiano. Bajo la monstruosa descarga, que llenó el espacio de devastadora energía hasta parecer que su misma estructura iba a entrar en ebullición, las pantallas se derrumbaron. A través de la materia sólida del casco horadaron, cortaron, desintegraron. El acero se convertía en vapor, en pura energía devoradora que se revolvía contra los demás materiales sólidos. Penetrando más y más en el casco, aquella furia era una llama asoladora que no dejaba tras de sí ni cenizas. Ahora el resto de la flota imperial cargaba contra los anvardi. Atacada desde el exterior y con un monstruo devorador en su propia entraña, la flota anvardiana se dislocó y sus unidades lucharon a la desesperada. Los anvardi seguían teniendo el número a su favor. Morían, pero también mataban y el puente del “Venganza” se estremecía y rugía con el fragor de la batalla. Los partes retumbaban en el altavoz: Pantalla 3 eliminada… Compartimento 5 no responde… Torre “Vorágine” 537 fuera de combate… Harrison se encontró manejando un cañón, disparando contra navíos invisibles, buscando el blanco… —¡Huyen! El grito de júbilo atravesó lo que quedaba de la enorme y vieja nave. ¡Victoria! ¡Victoria! Era un grito repetido que no habla sonado allí desde hacia cinco mil años. Harrison podía ver las dispersas unidades de los anvardi lanzadas hacia la Galaxia en desesperada búsqueda de refugio, perseguidas y acosadas por la flota imperial. “El Soñador” se puso en pie y ya no fue un pequeño monstruo de piernas torpes, sino un dios viviente cuyo terrible pensamiento cruzó el espacio, más rápido que la luz, para plantarse rugiente en los cráneos de los bárbaros: “Soldados de los anvardi: vuestro falso emperador ha muerto y Taury “la Roja”, emperatriz de la Galaxia, se alza con la victoria. Os ofrecemos amnistía y salvoconducto. Llevad esta nueva a vuestros planetas: ¡Taury “la Roja” convoca a todos los jefes de la confederación anvardiana a jurarle fidelidad y a ayudarle a restaurar el imperio galáctico!” Estaban en el balcón de Brontothor y volvían a contemplar la vieja Tierra por primera vez en casi un año. A Harrison le resultaba extraño observar su tierra natal tras aquellos meses en los múltiples y dispersos mundos de una Galaxia más enorme de lo que era capaz de imaginar. Había como un pequeño nudo en su corazón porque estaba diciendo adiós al mundo de Leticia, Leticia ya no existía. Era parte de un pasado muerto hacía cuarenta y ocho mil años. Ahora Taury tendría que trasladar la capital imperial del aislado Sol a la céntrica Estrella Polar y no pensaba tener nueva oportunidad de visitar la Tierra. Por eso había cruzado un millar de estrellados años— luz hasta el pequeño y solitario Sol, que había sido su morada. Llevaba consigo naves, máquinas y tropas. Los ingenieros climatólogos volverían a desviar el glacial invierno de la Tierra hacia sus polos y comenzarían la recolonización de los demás planetas. Habría escuelas, fábricas, civilización… Sol tendría motivos para recordar a su emperatriz. Y con Harrison, en el viejo castillo arruinado, estaba Taury, contemplando la noche terrestre. Era tarde y todos debían dormir. La quietud era inmensa y los ruidos parecían haberse congelado en la helada calma. La luna se posó, blanca, en la cara de ella, sembrando de fantasías sus ojos y su pelo. Parecía una diosa de la noche. —¿En qué pensabas, Bernard?— le preguntó al cabo de un rato. —Más creo que soñaba. Me resulta extraño pensar que he dejado mi tiempo y ahora incluso voy a dejar mi mundo. —Lo sé— asintió ella con gravedad— . Yo siento lo mismo. No tendré en adelante tiempo ni para reír. Cuando se trabaja para un millón de estrellas no hay ocasión de ver iluminarse la cara de un hombre con el agradecimiento a nuestras obras. Regiremos un mundo de extraños… Siguió otro momento de silencio bajo las distantes estrellas. —Bernard… estoy tan sola… La tomó en sus brazos. Sintió sus labios fríos, con el mismo relente cruel y silencioso de la noche, pero ella le correspondió con fiero anhelo. —Creo que te amo Bernard— dijo al cabo de un rato— y nunca más volveremos a estar solos… La luna ganaba ya el negro horizonte cuando la acompañó a sus habitaciones, La despidió con un beso y echó a andar por el sombrío corredor hacia su cuarto. La cabeza le daba vueltas; estaba ebrio con tanta dulzura y maravilla. Sentía deseos de cantar, reír y abrazar a todo el mundo estrellado. ¡Taury! Taury! ¡Taury! Descubrió una silueta envuelta en una capa oscura. Una luz indecisa se reflejaba en su cara atormentada. Era Vargor. —¿Qué ocurre? La mano del príncipe se alzó y Harrison vio la oscura boca de una pistola aturdidora apuntándole. —Lo siento, Bernard— dijo Vargor, sonriendo amargamente. Harrison quedó paralizado e incrédulo. Vargor… el que había luchado junto a él. Se habían salvado mutuamente la vida, reído y trabajado juntos… ¡Vargor! Relampagueó el arma. Algo crujió en su cráneo y se sintió hundir en las tinieblas. Su despertar fue lento y el dolor iba invadiendo. Sus nervios a medida que recuperaba la sensibilidad. Cuando su visión se aclaró, vio que estaba atado y amordazado en el suelo de su impulsor. La máquina del tiempo… la había olvidado, abandonada en un cobertizo mientras recorría los astros. Vargor estaba plantado en la puerta abierta. El pelo le caía en desorden y sus hermosos rasgos aparecían cansados. —Perdóname, Bernard, te quiero y tus servicios al imperio no podrán olvidarse. Pero he tenido que emplear esta sucia y baja trampa. He de hacerlo aunque el recuerdo de esta noche me persiga toda la vida. Harrison intentó sacudirse la mordaza. —No puedo consentir que grites, Bernard. Amo a Taury; la amo tanto que no puedo estar lejos de ella y por ella sería capaz de hundir el Cosmos. Creí que, poco a poco, empezaba a quererme, pero esta noche os vi en el balcón y supe que estaba derrotado. No ambiciono el poder, puedes creerme. El oficio de rey consorte será duro y poco atractivo, pero si es el medio de tenerla, a él me atendré. Tú no eres de los nuestros y no compartes nuestras tradiciones. Taury ahora puede sentir algo por ti, pero pienso como dentro de veinte años. Sé que corro un riesgo. Si encuentras el medio de invertir la dirección de tu marcha por el tiempo y vuelves aquí, eso supondrá mi desgracia y mi exilio. Sería más seguro matarte, pero no soy tan malvado. Adiós, Bernard y buena suerte. Accionó la palanca y salió del impulsor cuando éste empezaba a calentarse. La puerta se cerró a su espalda con ruido seco. Harrison se debatía en el suelo, maldiciendo con su cerebro que era un negro pozo de amargura. Se alzó el gran zumbido del impulsor. Estaba en camino… —¡No… detén la máquina, Dios mío. Las cuerdas de plástico le cortaban las muñecas y se encontraba incapaz de alcanzar la palanca. Sus dedos ansiosos recorrieron la superficie de un nudo, buscando con las uñas un asidero, La máquina rugía a toda potencia volando por la infinidad del tiempo. Le costó mucho soltarse y cuando al fin se puso en pie y se quitó la mordaza pudo mirar hacia la gris opacidad del exterior. La aguja de los siglos pugnaba contra el tope final. Calculó vagamente que había avanzado ya unos diez mil años. Con un furioso manotazo hizo bajar la palanca. Fuera estaba oscuro y permaneció estúpidamente absorto durante unos momentos, hasta que advirtió el agua que se filtraba en la cabina por las junturas de la puerta. ¡Estaba bajo el agua! Frenéticamente volvió a empujar la palanca, Probó el agua caída en el suelo. Era salada. En algún momento de esos diez mil años, por razones naturales o artificiales, el mar había llegado a cubrir el solar de Brontothor. Mil años después seguía bajo su superficie. Taury había muerto … y habían muerto también Belgotai, Hunda, e incluso “El Soñador”! Él mar rugía sobre la muerta Brontothor y él estaba solo. Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar. Durante tres millones de años el océano continuaba cubriendo el solar de Brontothor. Y Harrison seguía adelante. A intervalos se detenía para ver si las aguas se habían retirado. Pero no. Y empezó a computar fechas. Varias veces pensó en detener la máquina y morir ya que Taury había muerto. Y lo hizo a los cuatro millones de años. Entonces descubrió que a su alrededor había aire seco. Estaba en una ciudad, pero en una ciudad distinta a cuantas había visto e imaginado. No podía seguir la extraña geometría de las estructuras titánicas que surgían en torno. Enormes y devastadoras energías relampagueaban y rugían a su alrededor, como el rayo descendido a la Tierra, y a su paso el aire silbaba y quemaba. El pensamiento fue un grito que llenó su cráneo y buscó a tientas su significado. ” ¡CRIATURA QUE LLEGAS DE] TIEMPO, DEJA AL MOMENTO ESTE LUGAR O LAS FUERZAS QUE MANEJAMOS TE DESTRUIRÁN.” Aquella visión mental le atravesaba una y otra vez, hasta las mismas moléculas de su cerebro, y su vida estaba abierta ante ellos como una blanca llama incandescente. ¿Podéis ayudarme?, gritó a los dioses, ¿Podéis hacerme retroceder en el tiempo? “HOMBRE, NADIE PUEDE VOLVER ATRÁS, ES INTRÍNSECAMENTE IMPOSIBLE, HAS DE SEGUIR HASTA EL FIN DEL UNIVERSO, Y MÁS ALLÁ, PORQUE ALLÍ ESTÁ… ” Aulló de dolor cuando aquel pensamiento, aquel concepto insoportablemente grande lleno su cerebro humano. “¡SIGUE, HOMBRE SIGUE! PERO NO PUEDES SOBREVIVIR EN ESA MÁQUINA. YO LA TRANSFORMARÉ… ¡SIGUE! ” El impulsor volvió a ponerse en marcha por sí solo. Torva, desesperadamente, Harrison se precipitó en el futuro. La máquina había sido alterada. Ahora era estanca y, pudo comprobar que la ventanilla le resultaba totalmente irrompible. Algo había sido cambiado en el impulsor que lo lanzaba a increíble velocidad. Y millones de años pasaban mientras uno o dos minutos transcurrían dentro del rugiente caparazón. Pero, ¿qué eran aquellos dioses? Nunca lo sabría, Seres de más allá de la Galaxia, exteriores al Universo mismo… el último producto de la evolución humana. Una cosa estaba bien clara: la raza humana había dejado de existir. En su huida hacia el futuro, se detenía de vez en cuando para lanzar una ojeada al mundo y su tremenda historia. A los cien millones de años contempló grandes copos de nieve arremolinados por el viento. Los dioses habían desaparecido. ¿Es que también morían los dioses? Nunca lo sabría. Un ser se acercaba entre la tormenta. El viento precipitaba la nieve a su alrededor en silbantes torbellinos. Su piel gris parecía escarchada. Se movía con gracia flexible e inhumana, apoyándose en un bastón a cuyo extremo brillaba una luz como un diminuto sol. Harrison le llamó por el psicófono: —¿Quién eres? ¿Qué haces en la Tierra? Aquel ser llevaba un hacha de piedra en la mano y una sarta de toscas cuentas alrededor del cuello. Pero miró con resueltos ojos dorados a la máquina y el psicófono trajo su voz ruda: —Tú debes ser del pasado más lejano, de uno de los primeros ciclos. —Me dijeron que siguiese hace casi cien millones de años. —Si ELLOS te dijeron eso… ¡entonces sigue! Y aquel ser continuo su camino en la tormenta. Harrison se lanzó adelante. A mil millones de años en el futuro había una ciudad sobre una llanura donde crecía hierba azul. Pero no había sido construida por los humanos y una voz le conminó a alejarse. El Sol se hacía mas caliente y más blanco a medida que el cielo helio/hidrógeno aumentaba en intensidad. La Tierra giraba acercándosele lentamente. ¿Cuantas razas inteligentes habían surgido en la Tierra, vivido y muerto desde la época en que el hombre salió por primera vez de la selva? A los cien mil millones de años, el Sol había gastado sus últimas reservas nucleares. Harrison contempló un desnudo paisaje montañoso, árido como la Luna… pero la Luna había caído hacia mucho tiempo hacia su mundo y explotado en lluvia meteórica. La Tierra estaba ahora frente a frente con su estrella; su día era tan largo como su año. Harrison veía parte del enorme disco rojo sangre del Sol brillando desmayadamente. Algunos miles de años después no había ya otra cosa que la oscuridad más elemental. La entropía había alcanzado su máximo, las fuentes de energía estaban agotadas, el Universo había muerto. Gritó ante aquel terror de cementerio y lanzó la máquina hacia delante. Sin el mandato de los dioses podría haberlo dejado allí, abrir la puerta al vacío y el cero absoluto y morir de una vez. Pero tenía que seguir. Había alcanzado el fin de todas las cosas, y debía continuar. “Más allá del fin de los tiempos”. Transcurrieron miles y miles de millones de años. Harrison yacía en su máquina hundido en un coma apático. Una vez consiguió animarse a comer un sándwich. Era chistoso. El último ser vivo, la última expresión de energía libre en el Universo, devorando un sándwich. Cuando volvió a detenerse miró al exterior y distinguió un débil resplandor lejano, el más vago indicio de luz, allá en los cielos. Temblando, saltó otros mil millones de años. La luz era ahora más fuerte, un gran resplandor giraba incipiente en el cielo. EL UNIVERSO SE TRANSFORMABA. El espacio debía haberse expandido hasta alguna especie de límite, y ahora estaba recogiéndose sobre sí mismo, para comenzar de nuevo el ciclo, el ciclo repetido nadie sabía cuántas veces en el pasado. El Universo era mortal pero también un fénix que nunca moriría realmente, Y de pronto se vio libre de su deseo de morir. Al borde del fin deseaba contemplar la próxima época, pero, ¿cómo saber si iba a formarse un mundo bajo sus pies? Con súbita decisión accionó la palanca hacia delante. Y pudo contemplar algunas edades geológicas. pero no salió de su máquina, aunque se detuvo de vez en cuando. La atmósfera sería irrespirable hasta que las plantas hubiesen liberado bastante oxígeno. ¡Siempre adelante! A veces estaba bajo el océano, otras sobre la Tierra. Vio extrañas selvas, con helechos y líquenes gigantes, surgir y perecer en el frío de una época glacial y surgir otra vez con renovadas formas de vida. Un pensamiento le rondaba, bullendo en su subconsciente mientras avanzaba. No se hizo presente durante varios millones de años, y de pronto… ” ¡La Luna! ¡Oh, Dios mío, la Luna!”. Sus manos temblaban demasiado violentamente para poder manejar la máquina. Finalmente, con un esfuerzo, se dominó lo suficiente para empujar la palanca. Salto hacia adelante en busca de una noche de Luna llena. Allí estaba. El mismo viejo rostro… ¡la Luna! La impresión fue demasiado grande.. Aturdido, reanudó su viaje, y el mundo empezó a tener un aspecto familiar. Había pequeñas colinas boscosas y un río brillaba a lo lejos… No acabó de creerlo hasta que vio el pueblo. Era el mismo… Hudson, Nueva York. Estuvo un gran rato sentado, dejando que su cerebro de físico considerase el tremendo hecho. En términos newtonianos, significaba que cada partícula recién formada en el génesis tenía exactamente la misma posición y velocidad que cada partícula correspondiente del ciclo interior, En el más aceptable lenguaje einsteiniano, el continuo era esférico en todas dimensiones. En cualquier caso… si se viajaba lo suficiente a través del espacio o del tiempo, se volvía al punto de partida. ¡PODRÍA VOLVER A CASA!” Descendió corriendo la colina bañada de sol, sin cuidarse de su extraño atavío, y siguió corriendo hasta que el aliento le faltó en los pulmones y el corazón parecía a punto de saltarle del pecho. Jadeando, entro en el pueblo, penetró en un banco y miro el maltratado calendario y el reloj de pared. 17 de julio de 1936, a la una y media de la tarde. A partir de estos datos podría calcular al minuto su hora de llegada en 1983. Regresó lentamente, las piernas temblorosas, y puso de nuevo en marcha la máquina. Fuera se hizo la gris opacidad por última vez. 1983. Bernard Harrison descendió de la máquina. Su movimiento en el espacio, en Brontothor, le había sacado de la casa Jim Carey, y ahora estaba a media ladera de la colina en cuya cima se hallaba el viejo edificio. Sobrevino un ramalazo de silenciosa energía. Harrison se volvió de un salto, alarmado, y vio cómo la máquina se disolvía en metal fundido… en gas… en una nada que brillo brevemente y desapareció. Los dioses debieron poner en ella algún dispositivo aniquilador. No querían ver sus ingenios del futuro sueltos por el siglo XX. Harrison pensó que no había peligro de ello y subió lentamente la colina pisando la hierba húmeda. Había visto demasiada guerra y horror para dar a los hombres unos conocimientos para los que no estaban preparados. Tanto él como Leticia y Jim Carey tendrían que silenciar la historia de su regreso alrededor del tiempo, porque aquello ofrecería un medio de viajar al pasado, y eliminaría la barrera que impedía al hombre el uso del impulsor para el crimen y la opresión. El segundo imperio y la filosofía de “El Soñador” estaban todavía muy lejanos en el tiempo. Avanzaba. La colina parecía extrañamente irreal después de cuanto había visto, de todo el enorme mañana del Cosmos. Nunca volvería a encajar del todo en la pequeña ronda de días que le quedaban por vivir. Taury… Su amado rostro flotaba ante él y creyó oír su voz susurrar en el frío y húmedo viento que le acariciaba el pelo como lo hicieran sus manos fuertes y suaves. —Adiós…— murmuró hacia la cercana inmensidad del tiempo. Adiós, amada mía. Lentamente subió los escalones y se halló junto a la puerta. Habría que llorar a John. Y después escribir un informe, cuidadosamente censurado, y vivir una vida de atrayente trabajo junto a una muchacha dulce, amable y bella, aunque no fuese Taury. Parecía más que suficiente para cualquier mortal. Penetró en el living y sonrió a Leticia y Jim Carey. —Hola— dijo— . Creo que llego algo temprano. FIN
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Tuesday, September 9, 2008

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE

http://enloslimites.blogspot.com/2008/09/scifi-refugiado-arthur-c-clarke.html

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE

SCIFI — REFUGIADO — ARTHUR C. CLARKE
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Refugiado
Arthur C. Clarke
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La presente historia fue escrita en 1954, y no pretendo que no haya ningún
parecido con algún personaje vivo. Desde que conocí al prototipo del «Príncipe
Henry», en tres ocasiones y más concretamente en la última, aquí en Colombo,
hace sólo unos pocos meses, cuando tuvimos una conversación curiosamente
vinculada a esta historia.
Nuestro primer encuentro fue en una exposición allá por 1958, llamada, con gran
optimismo, «Gran Bretaña en los albores de la Era Espacial». Su alteza real se rió
y comentó con ironía: «Nunca lo logramos, ¿verdad?»
En realidad, no era del todo cierto, dado que, en la actualidad, hay muchos
satélites del Reino Unido en órbita y pronto habrá (por cortesía del U.S. Space
Shuttle) algunos británicos en el espacio. Pero no era eso exactamente en lo que
yo estaba pensando.
Bueno, Isaac Newton «inventó» la gravedad. Tal vez algún día nosotros los
británicos tengamos la fortuna de lograr «desinventarla».
- Cuando venga a bordo - dijo el capitán Saunders mientras esperaba que la
rampa de desembarque quedara en posición -, ¿cómo deberé llamarle?
Hubo un prolongado silencio mientras el oficial de navegación y el ayudante del
piloto se ponían de acuerdo respecto al problema del protocolo
Luego, Mitchell cerró el control principal y todos los mecanismos y circuitos de la
nave quedaron de inmediato en suspenso al cortarles el fluido eléctrico.
- La manera en que uno debe dirigirse a él - y lo pronunció con el mayor cuidado -,
es «Su Alteza Real».
- ¡Bah! - rugió el capitán -. ¡Que me parta un rayo si alguna vez llego a usar una
expresión tan ridícula!
- En estos tiempos de rápidos cambios y exaltación democrática - arguyó
Chambers -, creo que «señor» es más que suficiente. Y no hay necesidad de
preocuparse si uno se olvida. Hace ya mucho tiempo que nadie ha sido enviado a
la Torre por algo de tan poca monta. Además, este Enrique no es un personaje tan
severo como lo fue aquel otro de las muchas esposas.
- Según dicen - agregó Mitchell - parece ser que es un joven muy agradable, y
también instruido. En ciertas ocasiones, ha efectuado preguntas técnicas que han
puesto en aprietos a más de uno.
El capitán Saunders ignoró ese comentario y concluyó que, si el príncipe Enrique
quería saber cómo funcionaba un Generador Compensador de Campo, Mitchell se
lo explicaría sin ninguna dificultad. Se levantó cuidando muy bien sus
movimientos, pues había estado trabajando en condiciones de escasa gravedad
durante el vuelo, y ahora, en la Tierra, le suponía un gran esfuerzo mantener el
equilibrio, y se dirigió al corredor que conducía a la compuerta inferior. Con un
sofocado chasquido metálico, la puerta se abrió suavemente hacia un lado.
Iniciando una sonrisa, se dirigió a las cámaras de televisión y al heredero de la
corona británica.
El hombre que algún día sería Enrique IX de Inglaterra no pasaba aún de los
veinte años. Era de una estatura ligeramente inferior a la de tipo medio; tenía las
facciones delicadas y bien proporcionadas, en total consonancia con lo impuesto
por los cánones genealógicos. El capitán Saunders, que provenía de Dallas, y por
tanto se hallaba poco dispuesto a dejarse impresionar por ningún príncipe, se
encontró de repente impresionado por la tristeza de sus ojos. Eran ojos que ya
habían visto demasiadas recepciones y desfiles, que estuvieron forzados a ser
testigos de innumerables cosas carentes de sentido, que nunca tuvieron la
oportunidad de pasear por lugares que no hubieran sido planificados previamente.
Mirando aquel orgulloso y fatigado rostro, el capitán Saunders vislumbró por
primera vez la extrema soledad de la realeza. Todo su desagrado respecto a esta
institución le pareció de escasa importancia a la vista de su mayor defecto: lo que
realmente consideraba mal en la monarquía era la deslealtad de infligir tal carga
sobre ciertas personas.
Los pasillos del Centaurus eran demasiado estrechos como para permitir una
visión general; pero pronto quedó claro que la novedad del nuevo ambiente no le
incomodaba demasiado.
Y una vez que todos se hubieron acostumbrado a aquellos angostos recintos,
Saunders olvidó sus reservas referentes al trato con el príncipe. Pronto tuvo con él
la misma relación que con cualquier otro visitante. Una de las primeras lecciones
que la realeza debe aprender es cómo lograr que la gente no se encuentre
incómoda en su presencia.
- ¿Sabe una cosa, capitán? - dijo el príncipe con aire pensativo -. Este es un gran
día para nosotros. Siempre esperé que fuera posible que una nave espacial
partiera desde la misma Inglaterra. Sin embargo todavía se nos hace extraño tener
una base propia después de tantos años. Dígame, ¿hace mucho que está usted
vinculado con la propulsión a reacción?
- La verdad es que he hecho algunos cursos sobre ella. No obstante, lo que en
realidad me ha dado el cabal dominio del tema ha sido sin duda la experiencia
práctica de estos últimos años. He tenido la fortuna de que el desarrollo de mis
estudios se haya realizado en el período en que la tecnología espacial estaba en
pleno desarrollo y la propulsión química dejaba ya paso a los nuevos sistemas. En
ese sentido, he tenido suerte. Algunas personas mayores que yo necesitaron
volver a hacer cursos para ponerse al día en el tema, se vieron obligados a
desvincularse de él, al no poder adaptarse a los nuevos sistemas de propulsión.
- ¿Tan grande es la diferencia?
- Por supuesto que sí. El tema de los reactores espaciales es de una enorme
complejidad y entre un sistema y otro hay la misma diferencia que separa la
navegación a vela de la de vapor. Es una analogía que oirá mencionar con
frecuencia. Ha habido toda una épica respecto a los primeros tiempos de la
navegación espacial por medio de combustibles químicos, del mismo modo que la
hubo en los momentos culminantes de los grandes veleros oceánicos. Cuando el
Centaurus despega, por ejemplo, lo hace tan silenciosamente como un globo,
incluso con una aceleración reducidísima que no causa ninguna molestia. En
cambio, el despegue de una gran nave a reacción se oye a muchos kilómetros de
distancia, con gran estruendo, y se produce en medio de una enorme masa de
gases incandescentes. Seguro que lo habrá visto más de una vez en películas de
esa época.
- Oh, sí - respondió el príncipe con una sonrisa -, las he visto muchas veces. Creo
que no me he perdido ninguna de las correspondientes a los inicios de la carrera
espacial. La verdad es que lamenté la desaparición de la navegación a reacción.
De todos modos, nunca habríamos podido tener una base de lanzamiento aquí en
Salisbury Plain con el ruido que se hubiera producido. Hasta es probable que las
mismas construcciones de Stonehenge se hubieran deteriorado.
- ¿Stonehenge? - preguntó Saunders mientras abría una escotilla para permitir el
paso del príncipe a la bodega número tres.
- Sí, sí; el monumento paleolítico cercano a la base. Es con seguridad la
construcción prehistórica mejor conservada. Tiene más de tres mil años. No está a
más de diez kilómetros de aquí. Le recomiendo que lo vea. Lo hallará interesante.
El capitán Saunders ensayó una sonrisa. Curioso país éste. ¿En qué otro lugar
podrían encontrarse contrastes de este tipo? Eso le hacía sentirse inmaduro y un
poco tosco y se veía forzado a reconocer que, por ejemplo, Billy The Kid equivalía
en Estados Unidos a un hecho como la historia antigua en Europa y que sería muy
difícil encontrar en toda Texas algún rastro que excediera los quinientos años. Por
primera vez le pareció creer que estaba entendiendo lo de la tradición. Eso le
otorgaba al príncipe Enrique algo que él nunca había poseído: serenidad y
equilibrio, confianza en sí mismo. Sí, sin duda todo eso. Y una clase de orgullo
desprovisto de arrogancia.
Sorprendía el gran número de preguntas que el príncipe fue capaz de hacer en los
treinta minutos que se habían destinado para ello durante su recorrido por el
carguero. No eran las preguntas rutinarias que la gente suele hacer por simple
cortesía y con escaso interés en las respuestas. Su Alteza Real, el príncipe
Enrique, poseía muy buenos conocimientos de navegación espacial, y el capitán
Saunders estaba agotado cuando volvió al comité de recepción que lo aguardaba
pacientemente fuera del Centaurus.
- Le quedo muy agradecido, capitán - manifestó, estrechándole la mano a la salida
de la nave -. Hacía tiempo que no pasaba un rato tan interesante. Espero que
tenga una agradable estancia en Inglaterra, y un feliz viaje.
Luego, en compañía de su séquito y de los representantes de la base, continuaron
con la visita de otras instalaciones, lo que dio oportunidad al personal de aduanas
para verificar la documentación de la nave.
- Bien - dijo Mitchell -, ¿qué opina del príncipe?
- La verdad es que me ha sorprendido - respondió Saunders con franqueza -.
Jamás me habría dado cuenta de que era un príncipe. Siempre pensé que
formaban parte de un grupo de gente constituido por personas inútiles e
impertinentes. Lo cierto es que conocía los fundamentos del Generador de
Campo. ¿Sabes por casualidad si ha salido alguna vez al espacio?
- Me parece que en una ocasión. Fue como un salto por encima de la atmósfera
en una nave de la Fuerza espacial. Pero no alcanzó la órbita. Regresó antes de
ello… El primer ministro casi tuvo un ataque al corazón. Se produjeron debates en
la Cámara y el Times le dedicó varios editoriales. Todos se hallaban de acuerdo
en que el heredero del trono era demasiado valioso para arriesgarse con estos
nuevos inventos. Por lo tanto, aunque tiene el rango de comodoro en la Real
Fuerza Espacial, nunca ha estado en la Luna.
- ¡Pobre chico…! - exclamó el capitán Saunders.
Tuvo tres días de inactividad, puesto que no era asunto suyo supervisar la carga
de la nave ni las tareas de mantenimiento que se llevaban a cabo antes del vuelo.
Saunders conocía a muchos capitanes que daban vueltas por ahí, respirando
pesadamente encima de los pescuezos de los maquinistas de servicio. Pero él no
era de ese tipo. Además, deseaba ver Londres. Había estado en Marte, en Venus
y en la Luna; pero ésta era su primera visita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le
habían proporcionado informaciones útiles y le habían dejado en el monorraíl de
Londres antes de desaparecer para visitar a sus propias familias. Estarían de
regreso en el aeropuerto espacial un día antes que él, a fin de comprobar que todo
se encontraba en orden. Constituía un gran alivio tener unos oficiales en los que
se pudiera confiar por completo. Carecían de imaginación y eran cautelosos, pero
minuciosos hasta el fanatismo. Si decían que todo estaba en orden, Saunders
sabía que podía despegar sin el menor recelo.
El esbelto y alargado cilindro silbó a través del muy cuidado paisaje. Estaba tan
cerca del suelo, y viajaba tan de prisa, que sólo se podía captar una rápida
impresión de las ciudades y campos que destellaban bajo él. Saunders pensó que
todo era tan increíblemente compacto, que parecía hecho a una escala liliputiense.
No había espacios abiertos, ni campos que tuviesen una extensión superior a un
par de kilómetros en cada dirección. Aquello era suficiente para causar
claustrofobia a un tejano, en particular a un tejano que era al mismo tiempo un
piloto espacial.
El bien definido contorno de Londres apareció en el horizonte como el baluarte de
una ciudad amurallada. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos, tal
vez de quince o veinte pisos. El monorraíl corría a través de un estrecho cañón,
por encima de un parque muy atractivo; y de un río que cabía suponer que era el
Támesis. Luego, se detenía tras una firme y poderosa explosión de
desaceleración. Por un altavoz se oyó una voz tan moderada que parecía tener
miedo a elevarse más de la cuenta: «Hemos llegado a Paddington -dijo-. Los
pasajeros que vayan al Norte sírvanse continuar en sus asientos» Saunders sacó
su equipaje de la redecilla y se encaminó hacia la estación.
Cuando entró en el Metro, pasó ante un quiosco y echó un vistazo a las revistas
que exhibía. La mitad de ellas traían fotos del príncipe Enrique o de otros
miembros de la familia real. Saunders pensó que aquello era demasiado para ser
bueno. También se percató de que todos los periódicos de la tarde mostraban al
príncipe entrando o saliendo del Centaurus. Compró unos ejemplares para leerlos
en el Metro; o, como aquí le llamaban, el Tube.
Los comentarios editoriales tenían un monótono parecido. Al final, se alegraban.
Inglaterra ya no necesitaba ocupar un asiento trasero entre las naciones punteras
en la carrera del espacio. Ahora era posible operar una flota espacial sin tener
millones de kilómetros cuadrados de desierto. Los navíos actuales, silenciosos y
que desafiaban la gravedad, aterrizaban, si era necesario, en el Hyde Park, sin
turbar ni siquiera a los patos que se hallaban en el Serpentín. Saunders encontró
raro que esta clase de patriotismo hubiese logrado sobrevivir en la era espacial;
pero supuso que los británicos se habían sentido bastante mal cuando tuvieron
que alquilar lugares de lanzamiento a los australianos, los estadounidenses y los
rusos.
El Metro de Londres era aún, después de un siglo y medio, el mejor sistema de
transporte del mundo, y dejó a Saunders en su destino, sano y salvo, antes de
diez minutos de haber dejado Paddington. En ese tiempo, el Centaurus podría
haber cubierto setenta y cinco mil kilómetros; pero había que reconocer que el
espacio no estaba tan atestado. Ni las órbitas de los ingenios espaciales eran tan
tortuosas como las calles que Saunders tenía que salvar para llegar a su hotel.
Todos los intentos por hacer un Londres más recto fracasaron de forma
desalentadora; y transcurrió un cuarto de hora antes de que pudiera completar los
últimos cien metros de su viaje.
Se quitó la chaqueta y se dejó caer en la cama. Quedó pensativo. Tres días
tranquilos, y sin obligaciones, para él solo. Parecía demasiado bueno para ser
verdad.
Así fue. Apenas había tenido tiempo para inspirar con fuerza cuando sonó el
teléfono.
- ¿Capitán Saunders? Me alegro mucho de dar con usted. Aquí la «BBC».
Tenemos un programa que se llama, «La ciudad por la noche», y nos hemos
preguntado si..
El estrépito de la puerta de descompresión fue el sonido más dulce que Saunders
había oído durante días. Ahora estaba a salvo; nadie podría llegar hasta él en su
fortaleza blindada, y muy pronto se encontraría en la libertad del espacio. Y no es
que lo hubiesen tratado mal. Por el contrario, se habían portado demasiado bien
con él. Efectuó cuatro (¿o eran cinco?) apariciones en varios programas de
televisión; asistió a más fiestas de las que podía recordar; hizo centenares de
nuevos amigos y, por el estado en que ahora se hallaba, había olvidado a otros
antiguos.
- ¿Quién extendió el rumor - preguntó a Mitchell cuando se encontraron en el
puerto - de que los británicos eran reservados y distantes? Que el cielo me ayude
si tengo que encontrarme con un inglés efusivo.
- Creí que lo habías pasado muy bien - le respondió Mitchell.
- Pregúntamelo mañana - replicó Saunders -. Para entonces ya me habré
reintegrado por completo a mi psique.
- Te vi en el programa de entrevistas de anoche - comentó Chambers -. Parecías
bastante fantasmal.
- Gracias. Ese tipo de simpático aliento es lo que me hace falta. Me gustaría que
pensases en algún sinónimo de «aburrido» después de haber estado en pie hasta
las tres de la madrugada.
- Tedioso - contestó en seguida Chambers.
- Soporífero - agregó Mitchell para no verse superado. - Ganas. Vamos a ver esos
programas de revisiones y comprobemos lo que los maquinistas han hecho.
Una vez sentados ante el pupitre de control, el capitán Saunders volvió con
rapidez a su manera de ser habitual y eficiente. Se encontraba de nuevo en casa y
su entrenamiento había acabado. Sabía muy bien lo que debía hacer y lo hacía
con matemática precisión. Uno a su derecha y otro a su izquierda, Mitchell y
Chambers estaban comprobando sus instrumentos y llamando a la torre de
control.
Tardaron una hora en realizar la elaborada rutina previa al vuelo. Cuando la última
firma se estampó en la última hoja y la última lucecilla roja del panel de
comprobaciones cambió a verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un
cigarrillo. Tenía diez minutos que consumir antes del despegue.
- Un día - dijo -, voy a llegar a Inglaterra de incógnito para averiguar cuál es la
causa de que ese sitio se conserve. No comprendo cómo se puede amontonar
tanta gente en una isla tan pequeña sin que se hunda.
- Tendrías que ver Holanda - le replicó Chambers -. Hace que Inglaterra parezca
tan extensa como Texas.
- Y también está ese asunto de la familia real. Como ya sabrás, a cualquier sitio
que fuera, todo el mundo me preguntaba qué he hecho con el príncipe Enrique: de
qué hemos hablado, si me parece un tipo interesante… y cosas de ésas. He
llegado a hartarme. No sé cómo habéis podido soportarlo durante un millar de
años.
- No creas que la familia real es tan popular siempre - contestó Mitchell -.
¿Recuerdas lo que le sucedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que hemos dicho
acerca de los primeros Jorges son tan rudas como las observaciones que tu gente
hizo después…
- Simplemente, nos gusta la tradición - prosiguió Chambers -. No tememos el
cambio cuando llega el momento; pero, en lo que se refiere a la familia real, verás,
se trata de algo único, y estamos muy orgullosos de ella. Es parecido a lo que tú
sientes respecto a la Estatua de la Libertad.
- No es un ejemplo muy justo. Y no creo que sea correcto poner a unos seres
humanos encima de un pedestal y tratarlos como si fueran… una especie de
pequeños dioses. Por ejemplo, mira al príncipe Enrique. ¿Crees que tiene la
menor posibilidad de hacer las cosas que realmente desea? Lo he visto tres veces
por la tele cuando estuve en Londres. La primera inauguraba una escuela en
alguna parte; la segunda dirigía un discurso a la Venerable Compañía de
Pescaderos, en el Ayuntamiento. Juro que no me invento nada. Y la tercera
soportaba una alocución de bienvenida por parte del alcalde de Podunk, o
cualquier sitio equivalente…
- Wigan - le interrumpió Mitchell.
- Creo que preferiría vivir en una cárcel a llevar esa clase de vida… ¿Por qué no
dejáis en paz al pobre chico?
Por una vez, ni Mitchell ni Chambers acudieron al desafío. Mantuvieron un silencio
glacial.
«Me parece que lo he estropeado» - pensó Saunders -. Debería haber mantenido
la boca cerrada; ahora he herido sus sentimientos. Debería haber recordado aquel
consejo que leí no sé dónde: Los británicos tienen dos religiones, el cricket y la
familia real. Nunca intentes criticar ni una cosa ni la otra.
La pesada pausa se vio interrumpida por la radio y la voz del controlador del
puerto espacial.
- Control a Centaurus. Despejada su pista. Todo listo para el despegue.
- El programa de despegue empieza… ahora… - respondió Saunders, impulsando
el conmutador principal.
Luego, se inclinó hacia atrás, con los ojos fijos en el panel de control y las manos
cerca del tablero, preparadas para una acción instantánea.
Estaba tenso pero muy seguro. Cerebros mejores que el suyo (cerebros de metal
y cristal y destellantes corrientes de electrones) se habían hecho cargo ahora del
Centaurus. Si era necesario, podía tomar el mando; pero, hasta entonces, no se
había ocupado nunca manualmente de una nave ni esperaba tener que hacerlo
jamás. Si el sistema automático fallaba, podría cancelar el despegue y seguir en
Tierra hasta que el fallo se hubiese arreglado.
El campo principal se puso en funcionamiento y el peso disminuyó en Centaurus.
Se produjeron unos gruñidos de protesta por parte del casco de la nave y de su
estructura, mientras los esfuerzos se redistribuían por sí mismos. Los brazos
curvados de la horquilla de aterrizaje no soportaban ya ninguna carga, y la menor
ráfaga de viento podría llevar al carguero por el espacio.
Llamaron de nuevo desde la torre de control.
- Su peso es ahora igual a cero. Compruebe los ajustes.
Saunders contempló los medidores. El empuje del campo era exactamente igual
que el peso de la nave, y las lecturas de los medidores estaban de acuerdo con
los totales de los planes de carga. En ese preciso instante, esta comprobación
hubiese revelado la presencia de un simple polizón a bordo de la nave espacial;
hasta tal punto eran sensibles los calibradores.
- Un millón quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos - leyó Saunders
en los indicadores de impulso -. Bastante bien, comprobado dentro de una posible
diferencia de quince kilos. La primera vez, sin embargo, estaba un poco por
debajo del peso. Has debido comerte demasiados caramelos de tus rollizas
amigas en Port Lowell, Mitch.
El piloto ayudante le devolvió una retorcida sonrisa. No había tenido nunca en
Marte ninguna cita a ciegas que le hubiese proporcionado la no deseada
reputación de preferir a las rubias monumentales.
No se produjo la menor sensación de movimiento; pero el Centaurus se
encontraba ya deslizándose por el cielo veraniego. Su peso no sólo se había
neutralizado sino que había Ilegado a invertirse. A los observadores que
estuviesen debajo, les daría la impresión de una estrella que se remontase con
suavidad, un globo plateado que trepase a través de las nubes y siguiera luego
más allá. En torno de la nave, el azul de la atmósfera se ahondaba hacia la eterna
oscuridad del espacio. Como un abalorio que se moviese a lo largo de un hilo
invisible, el carguero seguía la pauta de las ondas de radio que lo llevarían de
mundo en mundo.
Este, pensó el capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra.
Pero la capacidad de maravillarse nunca se pierde, ni tampoco la creciente
sensación de poder que proporciona hallarse sentado al panel de control, dueño
de unas fuerzas más allá incluso de los antiguos dioses de la Humanidad. Nunca
había dos partidas iguales. Unas tenían lugar al amanecer; otras hacia el
crepúsculo vespertino. Había veces en que la Tierra tenía los cielos cubiertos. En
otras ocasiones, se salía a través de unos cielos claros y deslumbrantes. El
espacio en sí podía parecer inmutable; pero, en la Tierra, nunca se producía dos
veces la misma situación, y ningún hombre veía dos veces el mismo paisaje o el
mismo firmamento. Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia
Europa. Por encima de ellas (¡pero muy por debajo del Centaurus!) las brillantes
masas de nubes avanzaban delante de los mismos vientos. Inglaterra comenzó a
emerger en el continente, y la línea de la costa europea se hizo más imprecisa y
neblinosa mientras se hundía más allá de la curva del mundo. En la frontera
oriental, una mancha fugitiva en el horizonte era el primer esbozo de América. Con
una sola mirada, el capitán Saunders podía abarcar todas las leguas por las que
Colón se había esforzado hacía ya mil quinientos años.
Con el silencio de la potencia sin límites, la nave se liberó de las últimas ligaduras
que la unían a la Tierra. Para un observador exterior, el único signo de las
energías que se estaban gastando hubiera radicado en el resplandor rojo de las
aletas, situadas en torno al ecuador de la nave, mientras la pérdida de calor de los
conversores de masa se disipaba en el espacio.
«14:03:45 -escribió nítidamente el capitán Saunders en el cuaderno de
navegación-. Alcanzada la velocidad de escape. Desdeñable la desviación del
rumbo.»
No tenía demasiado interés registrar aquella entrada. Los modestos cuarenta mil
kilómetros por hora que habían sido el objetivo casi inalcanzable de los primeros
astronautas, ya no tenían ningún valor, dado que el Centaurus seguía acelerando
y continuaría durante horas ganando velocidad. Pero aquello poseía una profunda
significación psicológica. Hasta este momento, de haber fracasado la potencia,
hubieran caído de nuevo sobre la Tierra. En cambio, ahora, la gravedad ya no
podía volver a capturarlos, pues habían logrado la libertad del espacio y podrían ir
alcanzando los planetas. Naturalmente, en la práctica habría cosas espantosas
que se deberían pagar en el caso de no llegar a Marte y entregar el cargamento
según lo planeado. Pero el capitán Saunders, al igual que todos los hombres del
espacio, era un romántico. Incluso en un plácido recorrido como éste, soñaba a
veces en la gloria anillada de Saturno o en las sombrías vastedades de Neptuno,
iluminado por los fuegos distantes de un Sol hundido.
Una hora después del despegue, según el solemne ritual, Chambers permitió que
el ordenador del rumbo se hiciese cargo por sus propios mecanismos. Sacó las
tres copas que se encontraban debajo de la mesa de los mapas. Mientras
realizaba el brindis tradicional por Newton, Oberth y Einstein, Saunders se
preguntó cómo se había originado esta pequeña ceremonia.
Las tripulaciones espaciales la habían realizado por lo menos durante sesenta
años; tal vez incluso pudiera rastrearse hasta el legendario ingeniero de cohetes
que realizó la observación:
«He gastado más alcohol en sesenta segundos del que jamás se llegará a vender
en este piojoso bar..»
Dos horas después, había llegado ya al ordenador la última corrección del rumbo,
que las estaciones de seguimiento de la Tierra le suministraban. Desde este
momento hasta que Marte surgiese ante ellos, tendrían que obrar por su cuenta.
Aquél era un pensamiento solitario, pero también curiosamente divertido.
Saunders lo saboreó. Aquí se encontraban sólo ellos tres, y no habría nadie más
en un espacio de millones de kilómetros.
En tales circunstancias, la detonación de una bomba atómica no hubiera sido más
estremecedora que el modesto golpe que se produjo en la puerta de la cabina…
El capitán Saunders no se había visto más desconcertado en toda su vida. Con un
gañido que había surgido de él antes de tener la menor posibilidad de inhibirlo, se
escapó de su asiento y se alzó más de un metro antes de que la gravedad residual
de la nave le arrastrase de nuevo hacia abajo. Chambers y Mitchell se
comportaron con la tradicional flema británica. Se dieron la vuelta en sus asientos
provistos de cinturones, miraron hacia la puerta y aguardaron a que el capitán
tomase las medidas oportunas.
A Saunders le costó varios segundos recuperarse. De haberse visto enfrentado
con lo que se pudiera llamar una emergencia normal, ya se hubiera encontrado a
mitad de camino en un traje espacial. Pero un confiado golpe en la puerta de la
cabina de control, cuando todos los demás tripulantes se encontraban a su lado,
no constituía una prueba lo que se dice muy justa.
Un polizón era algo que resultaba imposible. El peligro había resultado tan obvio
desde el principio de los vuelos espaciales comerciales, que se habían tomado al
respecto las precauciones más severas. Saunders sabía que uno de sus oficiales
había estado siempre de servicio durante las operaciones de carga; nadie hubiera
podido entrar en la nave sin haber sido visto. Luego, tuvo lugar una detallada
inspección antes del vuelo, llevada a cabo tanto por Mitchell como por Chambers.
Finalmente, se llevó a cabo la comprobación de peso en el momento anterior al
despegue, y eso resultaba de lo más concluyente. No, un polizón era algo
totalmente…
El golpe en la puerta se oyó de nuevo. El capitán Saunders cerró los puños y
adelantó el mentón. Pensó que, dentro de unos minutos, algún idiota romántico iba
a sentirlo demasiado…
- Abra la puerta, Mr. Mitchell - gruñó Saunders.
Con un solo paso largo, el piloto ayudante cruzó la cabina y descorrió el pasador.
Durante lo que pareció un tiempo infinito, nadie hablo. Luego, el polizón, ondeando
levemente en aquella baja gravedad, entró en la cabina. Se le veía muy dueño de
sí mismo y también muy complacido.
- Buenas tardes, capitán Saunders - dijo -. Debo presentar mis disculpas por esta
repentina intrusión…
Saunders tragó con fuerza. Luego, mientras las piezas de aquel rompecabezas
iban poniéndose en su lugar, miró primero a Mitchell, luego a Chambers. Ambos
oficiales le respondieron con una mirada cándida y unas expresiones de inefable
inocencia.
- Así que era eso…
No hubo necesidad de más explicaciones. Todo quedaba clarísimo. Era fácil
imaginar las complicadas negociaciones, las reuniones hasta medianoche, las
falsificaciones de antecedentes, la descarga de mercancías no del todo necesarias
que aquellos colegas, en los que confiaba tanto, habían estado llevando a cabo a
sus espaldas. Estaba seguro de que todo aquello constituiría un relato interesante;
pero no deseaba oír nada. Se hallaba demasiado atareado preguntándose qué
tendría que decir el El Manual de la ley espacial respecto a una situación como
aquélla, aunque ya se hallaba lúgubremente seguro de que carecería de la menor
utilidad para él.
Era demasiado tarde para regresar, naturalmente… Los conspiradores no podían
haberse equivocado en unos cálculos de esta especie. Tendría que poner lo mejor
de su parte en lo que parecía iba a ser el viaje más movido de toda su carrera.
Se encontraba todavía tratando de hallar algo que decir cuando la señal de
PRIORIDAD destelló en la consola de la radio. El polizón miró su reloj.
- Estaba esperando eso - manifestó -. Sin duda se trata del primer ministro. Creo
que lo mejor será que hable con ese pobre hombre.
Saunders pensó también lo mismo.
- Muy bien, Su Alteza Real - respondió enfurruñado, con tanto énfasis que sus
palabras parecían casi un insulto.
Luego, sintiéndose muy incómodo, se retiró a un rincón.
En efecto, se trataba del primer ministro, y parecía muy alterado. Varias veces
empleó la frase «el deber que tenéis con nuestro pueblo», y se produjo un extraño
ruido en su garganta mientras añadía algo acerca de la «devoción que vuestros
súbditos tienen a la corona».
Saunders se percató, con algo más de sorpresa, de que sentía lo que estaba
diciendo.
Mientras continuaba aquella arenga, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le musitó
algo al oído:
- El viejo tipo sabe que se encuentra en una mala situación. El pueblo apoyará al
príncipe en cuanto se entere de lo que ha sucedido. Todo el mundo sabe que,
durante años, anhelaba llegar al espacio.
- Me hubiera gustado que no eligiera mi nave - replicó Saunders -. Y no estoy
seguro de que esto no represente un auténtico motín.
- Claro que lo es… Pero toma nota de mis palabras… Cuando todo esto haya
acabado, vas a ser el único tejano en posesión de la Orden de la Jarretera. ¿No te
parece una cosa agradable?
- Chist… - replicó Chambers.
El príncipe estaba hablando, y sus palabras cruzaban los abismos que ahora le
separaban de la isla en la que un día iba a reinar.
- Lo siento, señor primer ministro - dijo -, si le he causado algún tipo de alarma.
Regresaré tan pronto como resulte conveniente. Alguien tenía que hacerlo por
primera vez, y me pareció que había llegado el momento de que un miembro de
mi familia saliese de la Tierra. Constituirá una parte muy valiosa de mi educación y
me hará mucho más adecuado para cumplir con mi deber. Adiós…
Dejó caer el micrófono y se acercó a la ventanilla de observación, el único lugar
donde había una portilla de este tipo en toda la nave. Saunders le observó
mientras permanecía allí, orgulloso y solitario; pero ya contento. Y vio cómo el
príncipe observaba las estrellas a las que al fin había alcanzado, con lo que todo
su enojo e indignación se fueron disipando.
Durante mucho tiempo nadie habló. Luego, el príncipe Enrique apartó la mirada
del cegador resplandor que aparecía más allá de la portilla; contempló al capitán
Saunders y sonrió.
- ¿Dónde está la cocina, capitán? - le preguntó -. Tal vez ya no esté muy ducho,
pero cuando hacía escultismo solía ser el mejor cocinero de mi patrulla.
Saunders se relajó poco a poco y acabó devolviéndole la sonrisa. La tensión
pareció huir de la sala de control. Marte estaba aún bastante lejos; pero en ese
instante supo que, a fin de cuentas, aquel viaje no iba a ser malo…
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Friday, September 5, 2008

MITO-RELATO — EL CREADOR — DAVID LAKE

MITO-RELATO — EL CREADOR — DAVID LAKE

MITO-RELATO — EL CREADOR — DAVID LAKE
CREADOR
DAVID LAKE

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Hacía una mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystal acababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomo anunció la llegada del Instalador.
Jay se incorporó al instante y se dirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás había estado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala… sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano de mediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendo rápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la Corporación Creación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar el trabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más bien como dándoles su aprobación.
El instalador era un olímpico de cabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas se habían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.
-Señor –dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que usted llegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antes posible.
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?
—Es cuestión de un minuto. Y después… Señor Crystal, nos alegra que haya tomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público… Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas…
Pero, compréndalo, el creatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además, esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel -Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene su creatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, por favor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para el funcionamiento de esta máquina personalizada…
Jay se acercó al botón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su mano derecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas sus emanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Se produjo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en la parte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular de luz verdosa.
-Se trata de su monitor cerebral —explicó el instalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo de protección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor. Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hasta tal punto que debamos… asistirlo. Todos los controles de los creatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, donde aquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo que muestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica en este caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente. Enviaré fuera los robots y después…
Y después se sentaron ambos ante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras que Jay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamente apoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta en el casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del gran cristal, yacía el vacío que sería su mundo… cuando lo creara. Por el momento solo había un caos amorfo y grisáceo.
-Bajo su mano izquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar el funcionamiento de los mandos-, tiene los diales y botones fundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales: largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted está tocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas: controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación… Más arriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro con la práctica. Si creara un mundo ahora…
-Bien… ¿Podré anularlo después?
-Por supuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, se halla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puede apretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar su universo del área funcional, pero grabando toda su
historia, de modo que podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducir nuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universos distintos… El botón correspondiente a su derecha, el que indica «Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas de ese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acción especial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de «Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente y le permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, a su derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos…
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?
-Si, es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares. Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma de borrar…
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.
-De acuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace, yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtener efectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundo posea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estás haciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luego respeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientes grados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho de otra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle. Bien, ¿le gustaría empezar?
Jay dispuso el mando de tiempo y apretó el botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante una línea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacio existía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.
-Que obtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le da oportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Por supuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podrán cruzarse…
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. El caos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina gris pálido.
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestros clientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dos dimensiones…
-Con círculos y cuadrados como personajes –concluyó Jay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones, carece de interés humano.
Tocó la tercera dimensión. El gris pálido que tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo. Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal… El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servían de brazos.
-Realista, ¿no le parece? —opinó el Instalador-. Pero no se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio es totalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que el espacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, está dentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo. Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Si quiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo para empezar…
Jay siguió las instrucciones y apretó los botones correspondientes. Un instante después no pudo contener un grito de asombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura, como en una muda exhibición de fuegos artificiales.
-Acaba de crear luz y materia –explicó el Instalador—. Su universo está explotando. Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas del reloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión… Así, eso es. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca, este control de visión, el que está bajo el botón de anchura…
Jay maniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareció sumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formó estrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla y después siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que los asteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgió aire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeante y cubierto de nubes.
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.
-En realidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquina funciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Y hay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por su parte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, y surgirá. Diga «Hágase la vida»… La verbalización sirve de ayuda algunas veces.
-Hágase la vida -repitió Jay.
Y la vida se hizo. Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de años pasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde en las costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaron selvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno de los mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creado con respecto a los observadores olímpicos.
Pasaron algunos minutos antes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. Y Jay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removió nerviosamente.
-Yo… –empezó a decir.
-No se inquiete -dijo el Instalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una mano sobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formas superiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener una conciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de su conciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.
-Perfectamente. Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente … Ese dial gris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» … Gírelo en sentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. El problema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Los creadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizando una técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, pero llevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. No cobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación. Mire, Yo siempre uso la relajación mental.
-¿Quiere decir que… también usted practica la creación?
-Por supuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto, compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes…
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.
-Perdone, señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si lo prefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si me permite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustado como el suyo.
-Un primate –contestó el tembloroso Jay-. Fue atrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentido el horror del primate, su dolor… -Meditó por un instante-. Escuche, ¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirine dolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?
-Bien, si eso es lo que quiere –dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.
Primera: alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distinta entre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo su universo. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico, ¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia número dos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programa establecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos. Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, debería programar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas, ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivo para evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No le parece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Sus criaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas. Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice ese experimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda la estrategia número tres: milagros discretos.
-¿A qué se refiere?
-Puede apretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos… Por ejemplo, podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luego la serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda… el de color naranja, sí… Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar la máquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modo que usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón de milagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir en la evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el truco y así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo se transformarán en serpientes. Y muchas cosas más.
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?
-Me temo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detalles desagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezó a levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra cita dentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está en auge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar sus progresos…
Bien, bien -contestó Jay.
Acababa de apretar el botón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Una de las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditaba ahora en la creación del hombre.
A la mañana siguiente, Jay estaba profundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitió una discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta la tercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundo que había creado.
-El señor Harriman, señor.
-¿Quién?
-El Instalador de la Corporación Creación.
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?
-No demasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especie humanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintos planetas y… bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Pensé que no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí la especie de mejor aspecto y luego eliminé… Me refiero a que aniquilé a sus rivales más próximos.
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!
-No, no. Estudié las cintas de instrucciones y… eli… preparé un programa. El programa identificaba toda especie de primate que fuera muy violenta o agresiva… y la eliminaba automáticamente.
-Un tratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que debería explicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa. Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruosos primates? ¿Me permitiría… observarlo personalmente?
-Sí, sí, adelante.
Ambos se inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay la forma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los «invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.
El planeta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cielo azul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandes bosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca de un bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintas edades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistas de pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre los árboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobre las traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, pero se mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dos de ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuando tal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejaban del lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa. Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.
-Esto será interesante -musitó Harriman al oído de JaY– Es una situación crítica. En mis mundos siempre he… ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?
La «situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasor se encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimos quedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores los imitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendía ante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevo en la espesura del bosque.
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman—. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?
-No. Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie más pacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia de nuestro propio pasado…
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que…
-No, no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilización decente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el ideal que he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interacción civilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?
-Sí, lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempo ha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refiero al de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que viven en los bosques sin arma alguna… ¿0 tal vez debería decir «herramientas»?
-Veinte millones de años -respondió tristemente Jay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afines de ese planeta, todas ellas salvajes.
-Bien, señor Crystal, ese ha sido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminado cuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante—. Y la bestia sigue dentro nuestro.
Nuestra civilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero para muchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explica suficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantalla permite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamente con un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcance de las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie un poco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo. Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosa horda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y el desierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades, teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas, pero mucho más atractivas, mujeres de estos?
-¡No!
-Oh, no importa. -Harriman suspiró—-. Pero compréndalo, señor. Sean cuales sean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará una especie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. La gente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Usted precisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundo lugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte. La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otros miembros de la misma especie… eso crea una ambición auténtica. Si estamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como se inició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carrera espacial.
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche, Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, pero antes destruimos nuestro planeta original y casi resultamos exterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo … ¡ Me gustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza no sometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizá pueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.
-De acuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre la máquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después… haga lo que quiera. Pero podría sugerirle algo.
-¿El qué?
-Si usa los botones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre el resto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca el planeta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidad real… ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué no deja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros y limítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturas usen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas. Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, para volverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo…
Cuando acabó aquella sesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnan decidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. En realidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera a anunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendo de un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Al entrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.
-Harriman, yo… -balbuceó-. Es… es abrumador.
-Es muy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo el siempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire, señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro de algunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevos clientes y usted pasará a estar atendido por la sección de mantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda, confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y, ¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal…
-Llámerne Jay, por favor.
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam… De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.
-Sam… he creado al hombre.
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?
-Nada, en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y… ¡surgió la humanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros…
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?
-No, hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca- Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros, y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo…
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?
-Estaba demasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y así lo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé el nuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamaño medio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente, observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creé vida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé que la vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media… Fue una sensación realmente sobrenatural…
-Le creo -dijo Harriman. Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir del estómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes, dinosaurios, tigres… A veces usaba el micrófono y sentía cómo daba vida a pequeños organismos. Bacterias, virus… ¡Carambal Me he escindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, células cancerígenas… y también en los leucocitos que los perseguían. Me he matado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.
-Sí, pero es francamente inquietante –objetó Jay, pasando una nerviosa mano sobre su cabello rubio—. Tanto horror, tanta maldad… Cuando llegas a los animales mayores todo es maldad… ¡y toda procedía de imí! Todo lo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Para ser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchos esfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruo tras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a sus anchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.
-Oh, claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedo soportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con una masacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismo tiempo?
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?
-Civilizaciones, muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran de humanoides… ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo … ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más me fascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?
-Ni una -admitió tristemente Jay—. Todas carnívoras y asesinas, como usted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraíso nunca se perdió… aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguir en esa dirección. Mientras tanto… mientras tanto, debo decirlo, algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso han producido literatura!
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman al tiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagian las obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar usted mismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque sus criaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera…
-Jamás imaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó un botón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma de otra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idioma original, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de un poema muy extenso…
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día
en que perecerá la sagrada Ilión
y con ella su rey y su pueblo.
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,
me importa tanto como tu propio destino,
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,
huérfana de mi protección y cariño,
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores
y te sepa cautiva de los aqueosl
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.
-No se escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No en nuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió de hombros—. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de una civilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerras están prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examine las grandes poesías… por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que, ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra y esclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.
Sin eso, no hay poesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar a esos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe ser gente excelente, hasta considerándola según mis criterios…
-Son los seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay se estremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casi todos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio de altura…
-¡Enanos! –exclamó Harriman torciendo el gesto.
-…pero compensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad. Cuando pienso que yo soy ellos… Debo hacer algo. Son un reto a todo lo que amo y en lo que creo.
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.
-No. No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas son mías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiar de tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, el que está arriba de todo, a la derecha del tablero?
-¿Qué mando?
-Este -aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentemente inútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero de mandos.
-Ese… Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rió breverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de los modelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especial de empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo más probable es que no funcione en este aparato.
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?
-No, si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatrones hubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. En uno de los más graves… Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurrido porque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos sus universos. La existencia de estos depende de la del creador, y al desaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?
-No fue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestra corporación controla casi por completo, detalle que nos permitió ocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Se envició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastante experiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era un empleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una y otra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmente ocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando por más de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales si el individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estos modelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero… ese monitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dude en llamarme por el daserófono.
-De acuerdo.
Siguieron pasando los magníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en su afición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematrón tridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de -autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta, aparte de recibir el salario básico que la Organización de los Planetas Unidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial. La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentía que estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Su nueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuando volviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. El detalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozando su vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesaba de quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatorio de Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal y estéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.
-Jay, me voy –dijo.
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.
Se deslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modo mecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporó bruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos y rubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle que más dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto de irritación.
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más. ¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabeza en otra parte. Bueno, no eres el único tipo que… Sam, por ejemplo: es más divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no está atontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a su casa.
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.
Sam venía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre los subuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluido oficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Sam parecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales del creatrón.
-Lo comprobé en la corporación –explicó en una de sus visitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé el motivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunque los técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. A partir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y en cualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris. -Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal te va, Jay?
-Terrible… y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. En cuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto para examinar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé que es un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilización al detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿te acuerdas?, y… están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas están desarrollando filosofía, religión…
-Sí, suelen hacerlo –dijo Harriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones de mis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muy ingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios se ofrezcan a… ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador del universo, Samuel Harrimant
-También en mi planeta hay algo de eso. -Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Este tipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa el centro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos han surgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeña tribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo, sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejores hombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar en mi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, no sacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otros lugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.
Una vez acomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de las nubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de una elevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur, descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de un águila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en la distancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los que hombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claros eran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzaban ciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercados bulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados y parques espaciosos.
Finalmente, Jay concentró la visión en una de las ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervos erraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Más cerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada por todo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos de enjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos de ambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitud de gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera de sucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbre había un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Ante el árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutos vestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otro hombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. También llevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que sus companeros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eran hermosas y bien formadas.
Esta, al menos, fue la escena que vio Harriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía la escena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierba y suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de la cálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jay sentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lo lejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el noble orgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robusto campesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordiosero que sufría lo indecible con su rodilla rota…
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.
Miró a la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió una inmensa compasión. Sufrimiento … Todo el mundo sufría. Nacimiento, vejez, enfermedad, muerte … Sufrimientos y más sufrimientos. El contraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era un nuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, el camino medio…
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Las cuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Toda la vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criatura viviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un alma individual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debía liberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, se encontraría atado a la cadena del sufrimiento.
- Sabbe sankhära dukkha.
Las palabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoras pero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas de todas sus criaturas.
-La existencia es sufrimiento…
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.
-El mejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de la misericordia ante todos los seres vivientes… En cuanto a los dioses, también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación.
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.
Acababa de llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que… No, no era un niño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de la decadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a esta desgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡
-Mujer —-contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie haya muerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza…
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer—. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.
Jay empezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado donde estaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba y revoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientras escudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón «Pausa».
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Sam las palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tan confundido como entusiasmado.
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl
exclamó al acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome en eso podría establecerme como filósofo en este rnundo!
-Es indudable que era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mis mejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. En realidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia el zurrismo.
-¿Zurrismo?
-Exacto. La primera verdad noble del zurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurre a ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo es brillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Los pordioseros, las prostitutas, los nobles… Tienes un talento tremendo. No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son más toscos, más simples…
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombre cuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?
-Pero es que… parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!
-¿Y por qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y al cabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en cierto sentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestras criaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que los aficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.—Se rió un instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente, dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, joh Iluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creó nuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotros los creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia, yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativo el que hace girar los planetas … » ¿Qué opinas de eso, Jay?
-Heráclito -murmuró Jay.
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?
-No. Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Sus ideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situada un poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilización también es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Son hombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es uno de los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses están estrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. También dice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, la guerra… Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.
-Tiene toda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en mi universo, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran de producirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una paz eterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo que acabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.
-Debo logar que esté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividad es precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como la que se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mi mundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas… No, eso no debe proseguir.
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debe proseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no lo creas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado a nuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto la cantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, el número de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de la invención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, y ahora los tiene con sus creatrones, eso es todo…
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.
-Los otros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé que es cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar que una vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezó a reír.
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetó Sam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De lo contrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vas aniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando como esos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el país vecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.
Muchos días más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de su creación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba la sala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran las comidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a toda prisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azul y blanco.
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un año por hora, con lo que podía observar una generación del submundo en un par de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatla media o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueños tridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia de toda una vida en tres o cuatro días «reales».
Poco a poco, Jay fue concentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofo Heráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria. Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmenso imperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo en el cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que se acercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltar a tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería haber sido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacía en lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejores habilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Al terminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados, empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita… y Jay descubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragedia para el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Pero no ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema de temerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban la arrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el rey enemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:
¡Oh, hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos y mujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeis combatir por todo…
Jay también estuvo en el teatro el día que se representó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todo fue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo…
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.
Siguió observándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tan noblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia de conquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez a sus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra los primeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a gente neutral…
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, las fuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hasta entonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidores abrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejército invasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres y niños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortar metódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres y niños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados con rumbo a los mercados de esclavos…
También en esta ocasión hubo un poeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero su estilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiempos legendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, la matanza, las mujeres cautivas… La reina, esclavizada, gritaba:
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?
Y las demás esclavas contestaban a coro:
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía…
Jay se apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Incluso abandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.
Al levantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera de las ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay, era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. El era los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiar sus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, pero rechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. El mal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaría su mundo, si el mundo le mataba a él…
Sintió un deseo imperioso de descender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vino algo a la memoria. No, sería imposible… Sam había explicado que no había conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la pena investigarlo.
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera del creatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las había escuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, la impersonal voz de un robot dijo:
-Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que esté presente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso, apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.
»La empatía total produce una ilusión extrema. El operador perderá toda conciencia que no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de tales criaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Es aconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buena salud y se encuentre a salvo de peligros externos. También es conveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de «Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operador deberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayar la empatía total.
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura…
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?
-Por supuesto, señor –contestó el robot.
El mayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pecho metálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en los últimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre el creatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando en su mano un objeto metálico de pequeño tamaño.
-He terminado, señor -dijo.
-Bien. Ahora, déjame solo.
-Señor.
El robot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no se diferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. No servía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayuda psicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profunda empatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón y seguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de la justicia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado, aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en el Oriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquella pequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas se habían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?
Pulsó el botón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribu que buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecían haberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era más firme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y trataban despóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a los helenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad y crueldad.
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución que sufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollar esfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados por otra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún más inflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero esta situación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formaban un gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos. Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes y despiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse en infinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel mar intermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontró desesperado.
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio… y apenas pudo concilar el sueño.
A la mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal, desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón. Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola tal como había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos, los dominadores del imperio.
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.
Al borde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo de peregrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos se arrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, en señal de purificación.
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.
Jay analizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación en aquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta de equilibrio. ¿No podía encontrar … ?
Un nuevo peregrino se acercó a la orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba, cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.
Jay no tuvo necesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo la atracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.
La habitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando le encontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuando la mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y se abalanzó hacia Jay.
-¡Sam, está sangrandol —exclamó.
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.
Sam corrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa» antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador. Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazón latía y tocó los labios del herido.
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?
-Me lo imagino –contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botón púrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que… No importa. Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún hueso roto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que no debía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lo muevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instrucciones de Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lecho antigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.
-¿Qué ocurre? ¿Dónde … ? -balbuceó.
-Tranquilízate, Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeño accidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha más suerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas, la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales. No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco y luego…
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos, y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiró profundamente y se sentó en la cama.
-Bien, ¿qué te ocurrió? -preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en cierto sentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido esta oportunidad… Nadie que haya experimentado la empatía total, exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido para contarlo. ¿Qué sentiste?
Jay explicó su experiencia.
-¡Caramba! –exclamó Harriman—. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tu mente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré emplear tus ideas en mis mundos… Es una pena que te sucediera a ti, aunque fuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido la lección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipo de técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momento desconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después de eso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo que podemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió a nuestra falta de cuidado.
-No -dijo Jay. Saltó de la carna—. Ordena a tus hombres que se detengan.
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué … ?
-¡No quiero que aniquilen mi universol
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que…
-No. No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy a ensayar la empatía total de nuevo, por descontado… No me hace falta. Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo de dolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminar el dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado en nuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgracias de nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universos de los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolor intensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam, es saber de qué lado estás.
A partir de aquel día, la vida de Jay en Olimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y los círculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama. Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtió en un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo. Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron su grandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzó popularidad social.
Y Afro volvió a compartir su cama.
-Me gustas mucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo he descubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es un sádico.
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque por simple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó y luego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a un dios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevo imperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo, preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.
Jay esbozó una sonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: las victorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a más crueldades.
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planeta quedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandes progresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?
De vez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sino Afro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era la compañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como a santos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran los conquistadores.
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a un joven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolía viejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.
-Te parece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedado diezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador se apresuraba a regresar a su lejana capital.
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.
-No -admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio, ese emperador joven, el del otro bando… y ese general tan rígido… ¡Estos sí que son divertidos!
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando al punto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritu de belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves de rapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso las humanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posible elegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamás podía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.
¿Tenía sentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, a veces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba del subuniverso.
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de su planeta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca, la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Tenían mucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que le sorprendían completamente.
Por fin, casi dos mil años de subtiempo después del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entre los filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de sus otrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) y supo lo que pensaban y decían.
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».
-¡Cuán equivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienen de estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nos salvamos por un pelo…

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Monday, August 18, 2008

LA LOCA — GUY DE MAUPASSANT — GUERRA

LA LOCA — GUY DE MAUPASSANT — GUERRA

LA LOCA
GUY DE MAUPASSANT

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A Robert de Bonnières.

Verán, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas* me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.
Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.
Tenía entonces de vecina a una especie de loca, cuya razón se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticinco años, perdió, en un sólo mes, a su padre, a su marido y a un hijo recién nacido.
Cuando la muerte entra una vez en una casa, regresa a ella casi de inmediato, como si conociera la puerta.
La pobre joven, fulminada por la pena, cayó en cama, deliró durante seis semanas. Después, una especie de tranquila lasitud sucedió a la crisis violenta, y permaneció sin moverse, comiendo apenas, revolviendo solamente los ojos. Cada vez que intentaban levantarla, gritaba como si la matasen. La dejaron, pues, acostada, y tan solo la sacaban de entre las sábanas para los cuidados de su aseo y para darle la vuelta a los colchones.
Una anciana criada permanecía junto a ella, obligándola a beber de vez en cuando o a masticar un poco de carne fiambre. ¿Qué ocurría en aquella alma desesperada? Jamás se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Desvariaba tristemente, sin un recuerdo concreto? ¿O bien su pensamiento aniquilado permanecía inmóvil como un agua estancada?
Durante quince años se quedó así, cerrada e inerte. Llegó la guerra; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos entraron en Cormeil.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Caía una helada de esas que resquebrajan las piedras; yo mismo estaba tumbado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y acompasado de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar.
Era un desfile interminable, todos iguales, con esos movimientos de muñecos que les son peculiares. Después los jefes distribuyeron a sus hombres entre los habitantes. Me tocaron diecisiete. Mi vecina, la loca, tenía doce, entre ellos un comandante, un verdadero soldadote, violento y tosco.
Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Al oficial de al lado le habían dicho que la señora estaba enferma, y no se preocupó para nada. Pero pronto aquella mujer a la que nunca veía empezó a irritarlo. Se informó sobre su enfermedad; le respondieron que la anfitriona guardaba cama desde hacía quince años, a consecuencia de una pena muy honda. No lo creyó, sin duda, e imaginó que la pobre loca no se levantaba por orgullo, para no ver a los prusianos y no hablarles, para no rozarse con ellos.
Exigió que lo recibiera; lo llevaron a su habitación. Le pidió con un tono brusco:
«Zírvace uzted, ceñora, lefantarce y bajar, para que la feamoz.»
Ella volvió hacia él sus ojos extraviados, sus ojos vacíos, y no respondió.
El prosiguió:
«No toleraré maz inzolencias. Ci uzted no ce lefanta por laz buenaz, lla me laz arreglaré para que ce pacee zola.»
Ella no hizo el menor gesto, siempre inmóvil, como si no lo hubiera visto.
El rabiaba, tomando aquel silencio tranquilo por un signo de supremo desprecio. Y agregó:
«Ci no baja manana…»
Y después salió.
Al día siguiente, la anciana criada, aterrada, quiso vestirla; pero la loca empezó a chillar, debatiéndose. El oficial subió en seguida; y la sirvienta, arrojándose a sus pies, gritó:
«No quiere, señor, no quiere. Perdónela; es muy desdichada.»
El soldado se quedó turbado, sin atreverse, a pesar de su cólera, a hacer que sus hombres la sacaran de la cama. Pero de pronto se echó a reír y dio unas órdenes en alemán.
Pronto se vio partir un destacamento que sostenía un colchón, como quien lleva a un herido. En aquella cama que nadie había deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos con tal de que la dejaran acostada. Detrás, un hombre llevaba un paquete de ropas femeninas.
Y el oficial pronunció, frotándose las manos:
«Lla veremoz ci puede o no festirce zola y dar un paceíto.»
Luego se vio al cortejo alejarse en dirección al bosque de Imauville.
Dos horas después los soldados regresaron solos.
Nadie volvió a ver jamás a la loca. ¿Qué habían hecho con ella? ¿A dónde la habían llevado? Nunca se supo.
La nieve caía día y noche, sepultando la llanura y los bosques bajo un sudario de espuma helada. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas.
La idea de aquella mujer perdida me obsesionaba, e hice diversas gestiones con la autoridad prusiana, con el fin de conseguir información. A punto estuve de ser fusilado.
Volvió la primavera. El ejército de ocupación se alejó. La casa de mi vecina seguía cerrada; una tupida hierba crecía en las avenidas.
La anciana criada había muerto durante el invierno. Nadie se ocupaba ya de aquella aventura; sólo yo pensaba en ella sin cesar.
¿Qué habían hecho con aquella mujer? ¿Se habría escapado a través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte, y metido en un hospital, al no poder obtener de ella ninguna información? Nada venía a aliviar mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo apaciguó la inquietud de mi corazón.
Ahora bien, en el otoño siguiente, las becadas pasaron en tropel; y, como mi gota me daba una pequeña tregua, me arrastré hasta el bosque. Ya había matado cuatro o cinco aves de largo pico, cuando derribé una que desapareció en un hoyo lleno de ramas. Me vi obligado a bajar a él para recoger al animal. Lo encontré caído junto a una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca embistió contra mi pecho como un puñetazo. Otros muchos habían expirado acaso en aquellos bosques durante aquel año siniestro; pero, no sé por qué, estaba seguro, se lo digo, de que había encontrado la cabeza de la infeliz maniática.
Y de repente comprendí, lo adiviné todo. La habían abandonado sobre el colchón, en el bosque frío y desierto, y, fiel a su idea fija, ella se había dejado morir bajo el espeso y leve plumón de la nieve sin mover un brazo o una pierna.
Después los lobos la habían devorado.
Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su lecho desgarrado.
He conservado esa triste osamenta. Y hago votos por que nuestros hijos no vean jamás una guerra.

** Este cuento es el primero de la colección .”Cuentos de la becada”; seguía a una introducción en la que se narraba cómo unos cazadores, reunidos para matar becadas, se contaban por la noche diversos sucedidos.

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Tuesday, August 5, 2008

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

LOS ZUECOS


El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado. Llegaban por la gran puerta entreabierta el quiquiriquí de los gallos y los mugidos de las vacas tumbadas en un campo cercano.
De cuando en cuando se metía violentamente por el pórtico una oleada de aire impregnado de aromas silvestres, jugeteaba al paso con los cintajos de las cabezas y llegaba asi hasta los cirios del altar, haciendo estremecer sus llamitas amarillentas.
—Como Dios manda… ¡Y que así sea! —dijo el sacerdote, y se calló.
Abrió, después un libro y empezó el capítulo de los pequeños asuntos íntimos de la comunidad, sobre los cuales solía aconsejar a sus ovejas. Era un anciano de cabellos blancos, que llevaba cuarenta años administrando la parroquia y que se servía de la plática dominical para comunicarse con llaneza con todos sus feligreses.
Dijo, entre otras cosas:
—Recomiendo a vuestras oraciones a Desiderio Vallin, que está muy enfermo, y también a la Paumelle, que siempre tarda mucho en reponerse de sus partos.
Quería acordarse de más cosas; repasaba trozos de papel que tenía entre las hojas de su breviario. Halló al fin los dos que buscaba, y prosiguió:
—Hay que impedir que los mozos y las mozas se cuelen de noche en el cementerio. De lo contrarío, daré aviso al guardia rural. El señor César Omont desea una chica formal para criada. —Se quedó todavía pensativo unos momentos y agregó—: No se me ocurre más, y ésta es la gracia que os deseo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Bajó del púlpito y siguió con su misa.
Así que los de Malandain estuvieron de regreso en su casucha, la última de la aldea de La Sablière, junto a la carretera de Fourville, el padre, un campesino viejo, bajito, seco y arrugado, se sentó a la mesa, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adelaida sacaba del aparador vasos y platos, y habló así:
—Tal vez conviniese la colocación ésta para servir en casa del señor Omont, porque es viudo, su nuera no lo quiere, no tiene a nadie y puede sacarse mucho. Quizá no haríamos mal en enviar a Adelaida.
La mujer colocó en la mesa la olla renegrida, la destapó y se quedó pensativa, mientras subía al techo el vapor de la sopa, cargado de olor de coles.
E! marido siguió diciendo:
—Puede sacarse mucho, te lo digo yo. Pero se necesitaría una mujer despabilada, y Adelaida es una tontaina.
La mujer intervino entonces:
—Podríamos ver, de todas maneras .—Se volvió hacia su hija, una buena moza con cara de simplona, rubia, mofletuda y rubicunda como cáscara de manzana, y le gritó: —¿Oyes, borricota? Irás a casa del señor Omont a ofrecerte de criada, y le obedecerás en todo lo que te mande.
La hija se echó a reír como una tonta, sin contestar nada. Y se pusieron a comer los tres.
Al cabo de diez minutos reanudó el padre la conversación:
—Óyeme unas palabras, hija, y procura seguir al pie de la letra lo que voy a decirte…
Y le trazó, en frases lentas y minuciosas, una regla completa de conducta, previendo los más pequeños detalles, disponiéndola para la conquista de un viudo ya maduro que estaba indispuesto con su familia.
La madre había dejado de comer para escuchar, y con el tenedor en la mano, yendo y viniendo con la mirada de su marido a su hija, seguía aquellas instrucciones con atención reconcentrada y muda.
Adelaida permanecía inmóvil, mirando sin fijeza a todas partes, dócil y entontecida.
Acabada la comida, hizo la madre que su hija se pusiese el gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor César Omont. Vivía éste en un pequeño pabellón de ladrillo, adosado a la casa de labor que ocupaban sus granjeros. Se había retirado de la profesión de subastador, para vivir de sus rentas.
Andaba por los cincuenta y cinco; era obeso, jovial y brusco, como buen ricachón. Se reía y gritaba con un vozarrón capaz de tirar un tabique, bebía sidra y aguardiente a vaso lleno y se le tenía por fogoso, a pesar de sus años.
Le gustaba pasear por el campo con las manos cruzadas a la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra fértil, examinando la altura del trigo o la floración de los campos de colza con ojo de aficionado rico al que sigue gustándole el campo, pero sin darle demasiada importancia.
La gente comentaba, hablando de él:
—Marca siempre buen tiempo, aunque algunos días sólo a medias.
Recibió a las dos mujeres sin moverse de la mesa, mientras tomaba el café. Se echó hacia atrás en la silla y les preguntó:
—¿Qué es lo que quieren?
Fué la madre quien habló:
—Esta es nuestra hija Adelaida, y yo quisiera la tomase de criada por lo que el señor cura ha dicho esta mañana en el púlpito.
El señor Omont miró con ojos escrutadores a la chica y preguntó sin más rodeos:
—¿Cuántos años tiene esta cordera?
—Veintiuno por San Miguel, señor Omont.
—¡ Hecho! Le daré quince francos al mes y la comida.
Que venga mañana por la mañana, para prepararme la sopa del desayuno.
Y las despidió.
Adelaida entró en funciones al siguiente día, y sin hablar palabra se puso a trabajar tan afanosamente como lo hacía en casa de sus padres.
A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, oyó el vozarrón del señor Omont, que la llamaba:
— ¡Adelaida!
Acudió corriendo.
— ¡ Aquí estoy, señor!
Al verla delante, con las manos enrojecidas y desaseadas, la mirada inquieta, le espetó esta declaración terminante:
—Óyeme bien, para que no tengamos confusiones entre nosotros. Tú eres aquí mi criada y solamente mi criada. ¿Me comprendes? No vamos a juntar los zuecos.
—Sí, mi amo.
—Tú en tu sitio y yo en el mío, muchacha; la cocina, para ti; la sala, para mí. Fuera de eso, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?
—Sí, mi amo.
—Entonces, a trabajar.
La chica reanudó sus tareas.
Al mediodía preparó la mesa del señor en su comedorcito tapizado de papel de colores; cuando tuvo la sopa en la mesa, fué a llamar al señor Omont:
—Está usted servido, mi amo.
Entró, tomó asiento, desdobló la servilleta, se quedó indeciso un instante y de pronto gritó con voz de trueno:
— ¡Adelaida!
La muchacha llegó, toda azorada. El señor Omont le gritó, como si fuera a hacerla pedazos:
—Pero, buenos, ¡ Dios de Dios! ¿En dónde está tu cubierto?
—Pero…, mi amo…
Él vociferó:
—A mí no me agrada comer solo, ¡ carámbanos! Ahora mismo te sientas a comer aquí, y si no te gusta, ya te estás largando. Tráete plato y vaso.
Fuera de sí del susto, trajo la chica su cubierto y balbució:
—Aquí me tiene, mi amo.
Se senté a la mesa frente a él.
Entonces el señor Omont recobró su buen humor; bebió, golpeó la mesa con el puño, contó historias que ella escuchaba con los ojos bajos, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
De cuando en cuando se levantaba la chica para traer pan, sidra, platos.
Cuando sirvió café, sólo trajo una taza y la colocó delante del amo. Este montó en cólera otra vez y gruñó:
—Pero ¿y tú?
—No lo tomo, mi amo.
—¿Qué es eso de que no lo tomas?
—Que no me gusta
El señor Omont estalló de nuevo:
—Te digo, ¡ Dios de Dios!, que no me gusta tomar solo el café. Si ahora mismo no te sirves tú, ya te puedes ir largando… Vete por una taza y alígera.
Se trajo una taza, volvió a sentarse, probó el líquido oscuro e hizo una mueca; pero como el amo tenía clavada en ella su mirada furibunda, se lo echó todo al cuerpo. Y después del café tuvo que tomar el primer vaso de aguardiente, para enjuagar el segundo, para empujar al del enjuague, y el tercero, el del puntapié y a casa.
El señor Omont le dijo entonces:
—Ahora te vas a fregar; eres una buena chica.
La escena se repitió por la noche. Y acaba la cena, jugaron al dominó; después la envió a acostarse.
—Vete a la cama; yo subiré de aquí a un rato.
La chica se dirigió a su habitación, que era una guardilla debajo del tejado. Rezó sus oraciones, se desnudó y se metió entre las sábanas.
De improviso, saltó, aterrada, de la cama.
—¡Adelaida!
Un grito tremebundo había hecho retemblar la casa. Ella abrió la puerta y gritó desde su sotabanco:
—Estoy aquí, mi amo.
—¿Qué estás dónde?
—¿Dónde voy a estar? En mi cama, señor amo.
Al oírla, vociferó él:
—Ya estás bajando en seguida. ¡Dios de Dios! No me gusta dormir solo, ¡carámbanos!; y si no bajas, ya estás de más aquí, recontra.
Ella entonces, desatinada,.mientras encendía la vela, gritó desde arriba:
—Voy en seguida, mi amo.
El señor Omont oyó el ruido que hacían sus pequeños zuecos en las escaleras de pino; cuando llegó a los últimos escalones, la tomó del brazo y, dándole apenas tiempo para poner sus estrechos zuecos de madera junto a los voluminosos del amo, la metió en su cuarto, gruñendo:
—¡Alígera, Dios de Dios!
‘Ella, sin saber ya lo que se decía, balbucía:
¡Ya estoy aquí, mi amo; ya estoy aquí!

A los seis meses fué la chica a ver a sus padres un domingo. El padre la miró con gran detenimiento, y luego le preguntó:
—¿No estás tú preñada?-
Ella se miró al vientré con cara de idiota, y contestó:
—No creo; no, no debo de estarlo.
El quiso enterarse bien y procedió a interrogarla:
—Ven acá… ¿No será que alguna noche habéis juntado los zuecos?
—¡Eso si! Los juntamos la primera noche, y. después, todas.
—Entonces, no me digas más… Estás hecha un tonel relleno.
Ella estalló en sollozos:
—Yo’ no sabía -nada. Yo no sabía nada.
El tío Malandain la miraba de arriba abajo, con ojo despierto y cara satisfecha, y’ le preguntó:
—¿Qué es lo que tú no sabías?
Ella contestó, con frases entrecortadas
—No sabía, no; no sabía que ásí… se hacían los niños.
En aquel instante llegaba su-madre. El marido le expLicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí la tienes, preñada, donde la ves.
La madre, dejándose llevar por él instinto de mujer, se indignó, insultando a boca llena a su hija, que lloraba, y tratándola de cochina y arrastrada. -
El marido la hizo callar. Al coger la gorra para ir a tratar de sus asuntos con el señor César Omont, hizo este comentario:
—Es aún más estúpida de lo que me imaginaba. Ni siquiera se daba cuenta la tontaina de lo que se hacía.
En la plática del domingo siguiente, anunciaba el anciano sacerdote las amonestaciones del señor Onofre César Omont con Celeste Adelaida Malandain.

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