Friday, June 27, 2008

Rabindranath Tagore — GITANJALI ( POEMAS EN PROSA )

Rabindranath Tagore — GITANJALI ( POEMAS EN PROSA )

Gitanjali
(poemas en prosa)

Rabindranath Tagore

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1

Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida.
Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has silbado en ella melodías eternamente nuevas.
Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se dilata sin fin en la alegría, y da vida a la expresión inefable.
Tu dádiva infinita sólo puedo recoger­la con estas pobres manitos mías. Y pasan los siglos, y tú sigues derramando, y siempre hay en ellas sitio que llenar.

2

Cuando tú me mandas que cante, mi corazón parece que va a romperse de orgullo. Te miro y me echo a llorar.
Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no sé qué dulce melodía, y mi adoración tiende sus alas, alegre como un pájaro que va pasando la mar.
Sé que tú complaces en mi canto, que sólo vengo a ti como cantor. Y con el fle­co del ala inmensamente abierta de mi canto, toco tus pies, que nunca pude creer que alcanzaría.
Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quien soy, y te llamo amigo, a ti que eres mi señor.

3

¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los pedregales y sigue, en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu can­to, pero en vano busca su voz. Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía; y grito vencido. ¡Ay, cómo envuelves mi corazón en el enredo infi­nito de tu música, Señor!

4

Quiere tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu hue­lla viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener siempre mi amor en flor, pues que tú estás sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mis accio­nes, pues que sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.

5

Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme a tu lado, que luego terminaré lo que estoy haciendo.
Mi corazón, si no te ve, no tiene sosie­go, y mi trabajo es como un afán infinito en un fatigoso mar sin playas.
El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y suspirando, y han venido las abejas, trovadores en la corte del bos­que florecido.
Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el tiempo de cantarte, en un ocio mudo y rebosante, la ofrenda de mi vida.

6

Anda, no esperes más; toma esta florcita, no se mustie y se deshoje.
Quizás no tengas sitio para ella en tu guirnalda; pero hónrala, lastimándola con tu mano, y arráncala, no sea que se acabe el día sin que yo me dé cuenta; y se pase el tiempo de la ofrenda.
Aunque su color sea tan pobre, y tan poco su olor, ¡anda, ten esta flor para ti, arráncala ahora que es tiempo!

7

Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha quitado sus galas para ti. Porque ellas estorbarían nuestra unión, y su campanilleo ahogaría nuestros suspiros.
Mi vanidad de poeta muere de ver­güenza ante ti, Señor, poeta mío. Aquí me tienes sentado a tus pies. Déjame sólo hacer recta mi vida y sencilla, como una flauta de caña, para que tú la llenes de música.

8

El niño vestido de príncipe, colgado de ricas cadenas, pierde el gusto de su jue­go, porque su atavío le estorba a cada paso.
Por temor a rozarse o a empolvarse, se aparta del mundo, y no se atreve ni siquiera a moverse.
Madre, ¿gana él algo con ser esclavo de ese lujo que le aparta del polvo salu­dable de la tierra, que le roba el derecho de entrar en la gran fiesta de la vida de todos los hombres?

9

¡Necio, que intentas llevarte sobre tus propios hombros! ¡Pordiosero, que vie­nes a pedir a tu propia puerta!
Deja todas las cargas en las manos de aquel que puede con todo, y nunca mires atrás nostálgico.
Tu deseo apaga al punto la lámpara que toca con su aliento. ¡No tomes sus dádivas malsanas con manos impuras! ¡Recoge sólo lo que te ofrece el amor sagrado!

10

Tienes tu escabel, y tus pies descansan, entre los más pobres, los más humildes y perdidos.
Quiero inclinarme ante ti, pero mi pos­tración no llega nunca a la cima donde tus pies descansan entre los más pobres, los más humildes y perdidos.
El orgullo no puede acercarse a ti, que caminas, con la ropa de los miserables, entre los más pobres, los más humildes y perdidos.
Mi corazón no sabe encontrar su sen­da, la senda de los solitarios, por donde tú vas entre los más pobres, los más humildes y perdidos.

11

Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro rincón solitario del templo cerrado? ¡Abre tus ojos, y ve tu Dios no está ante ti!
Dios está donde el labrador cava la tie­rra dura, donde el picapedrero pica la piedra; está con ellos, en el sol y en la lluvia, lleno de polvo el vestido. ¡Quíta­te ese manto sagrado y baja con tu Dios al terruño polvoriento!
¿Libertad? ¿Donde quieres encontrar libertad? ¿No se ha atado él mismo, lle­no de alegría a la Creación? ¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!
¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se andrajen? ¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y trabaja, y que sude tu frente!

12

¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi camino!
Salí en la carroza del primer albor, y caminé a través de los desiertos de los mundos, dejando mi rastro por las estre­llas infinitas.
La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y la más complicada ense­ñanza no lleva sino a la perfecta senci­llez de una melodía.
El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas las puertas extrañas para llegar a la suya; ha de vagar por todos los mundos de afuera, si quiere llegar al fin a su santuario interior.
Mis ojos erraron por todos los confines antes de que yo los cerrara diciendo: “Aquí estás”. Y el grito y la pregunta: “¡Ay!, ¿dónde?”, se derriten en las lágri­mas de mil raudales y ahogan el mundo con el desbordamiento de su “¡Yo soy!”.

13

La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún cantada.
Mis días se me han ido afinando las cuerdas de mi arpa; pero no he hallado el tono justo, y las palabras no venían bien. ¡Sólo la agonía del afán en mi cora­zón!
Aún no ha abierto la flor, sólo suspira el viento.
No he visto su cara, ni he oído su voz; sólo oí sus pasos blandos, desde mi casa, por el camino.
Todo el día interminable de mi vida me lo he pasado tendiendo en el suelo mi estera para él; pero no encendí la lám­para, y no puedo decirle que entre.
Vivo con la esperanza de encontrarlo; pero ¿cuándo lo encontraré?

14

Mis deseos son infinitos, lastimeros mis clamores; pero tú me salvas siempre con tu dura negativa. Y esta recta merced ha traspasado de parte a parte mi vida.
Día tras día me haces digno de los dones grandes y sencillos que me diste sin yo pedírtelos, el cielo y la luz, mi cuerpo, mi vida y mi entendimiento; y me has salvado, día tras día, del escollo de los deseos violentos.
A veces me retardo lánguido, a veces me despierto y me desvivo en busca de mi fin; pero tú, cruel, te escondes de mí.
Día tras día, a fuerza de rehusarme, de librarme de los peligros del deseo débil y vago, me estás haciendo digno de ser tuyo del todo.

15

Estoy aquí para cantarte. Mi rinconcito está en este salón tuyo.
Nada tengo que hacer en este mundo tuyo; mi vida inútil no sabe más que sal­tar en melodías sin razón. Cuando en el oscuro templo de la medianoche dé la hora de adorarte en silencio, ¡mándame que te venga a cantar, maestro mío!
Cuando el arpa de oro esté afinada en el aire matutino, ¡hónrame tú ordenando mi presencia!

16

Fui invitado a la fiesta de este mundo, y así mi vida fue bendita. Mis ojos han visto, y oyeron mis oídos.
Mi parte en la fiesta fue tocar este ins­trumento; y he hecho lo que pude.
Y ahora te pregunto: ¿no es tiempo todavía de que yo pueda entrar, y ver tu cara, y ofrecerte mi saludo silencioso?

17

Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus manos. Por eso es tan tarde, por eso soy culpable de tantas distrac­ciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la fuerza; pero yo me escapo siempre, porque sólo espero al amor para entregarme, al fin, en sus manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen razón.
Terminó el día de feria, y todos los tra­tos están ya hechos. Y los que vinieron en vano a llamarme, se han vuelto, colé­ricos. Sólo espero al amor para entregar­me al fin en sus manos.

18

Las nubes se amontonan sobre las nubes, y oscurece. ¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte, solo en tu puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña; pero en esta oscuridad solita­ria, no tengo más que tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón vaga gimiendo con el viento sin descanso.

19

Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y lo tendré conmigo. Y espera­ré, quieto, como la noche en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desva­necerá la sombra, y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en flores, por todas mis profusas enramadas.

20

Aquel día en que abrió el loto, mi pen­samiento andaba vagabundo, y no supe que florecía. Mi canasto estaba vacío, y no vi la flor.
Sólo de vez en cuando, no sé qué tris­teza caía sobre mí; y me levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía un ras­tro dulce de una extraña fragancia que erraba en el viento del sur.
Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi corazón. Me parecía que era el aliento vehemente del verano que anhelaba completarse.
¡Yo no sabía entonces que el loto esta­ba tan cerca de mí, que era mío, que su dulzura perfecta había florecido en el fondo de mi propio corazón!

21

¿Cuándo echaré mi barca a la mar? Las horas lánguidas se me pasan en la orilla ¡ay!
La primavera acabó de florecer y se ha ido. Y cargado de vanas flores marchitas, espero y tardo.
Se han puesto las olas clamorosas, y en la vereda en sombra de la orilla, las hojas amarillas aletean y caen.
¿Qué miras, di, en el vacío? ¿No sien­tes estremecerse el aire de una canción lejana que viene, flotando, de la otra ori­lla?

22

En la profunda oscuridad de julio llu­vioso, tú vas caminando en secreto, mudo como la noche, evitando a los que te vigilan.
Hoy, la mañana ha cerrado sus ojos, sin hacer caso de la insistente llamada del huracán del este, y un espeso manto ha caído sobre el azul siempre alerta del cielo.
Los bosques han dejado de cantar, las puertas de las casas están todas cerradas. Tú eres el transeúnte solitario de la calle desierta.
¡Unico amigo mío, mi más amado ami­go; mira abiertas las puertas de mi casa; no pases de largo como un sueño!

23

¿Has salido, esta noche de tormenta, en tu viaje de amor, amigo mío?
-El cie­lo se queja como un desesperado-. ¡No puedo dormir! Abro mi puerta a cada instante, y miro a la oscuridad, mas nada veo. Amigo mío, ¿dónde está tu camino, di?
¿Por qué vaga ribera de qué río de tin­ta, por qué lejano seto de qué imponen­te floresta, a través de qué intrincada profundidad oscura vienes trenzando tu ruta hacia mí, amigo mío?

24

Si se ha acabado el día, si ya no cantan los pájaros, si el viento rendido ha floje­ado, cúbreme bien con el manto de la sombra, como has cerrado tiernamente las hojas del loto desfallecido en el cre­púsculo.
¡Quítale la vergüenza y la pobreza al caminante que ha vaciado su alforja antes de acabar el viaje, que tiene roto y empolvado su vestido, cuya fuerza está exhausta; renueva su vida, como una flor, bajo el manto de la noche miseri­cordiosa!

25

En la noche fatigada, déjame entregar­me sin lucha al sueño, con mi confianza en ti.
¡No consientas que fuerce mi espíritu flojo a una pobre preparación para ado­rarte!
¿Acaso no eres tú quien corre el velo de la noche sobre los ojos rendidos del día, para renovar su sentido con la refrescada alegría del despertar?

26

Vino, y se sentó a mi lado; pero yo no desperté. ¡Maldito sueño aquél, ay!
Vino en la noche tranquila. Traía el arpa en sus manos, y mis sueños resona­ron con sus melodías.
¡Ay!, ¿por qué se van así mis noches? ¿Por qué no lo veo nunca cuando su aliento está rozando mi sueño?

27

¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama? ¿Es éste tu destino, corazón? ¡Ay, cuánto mejor fuera la muerte!
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor está desvelado, que te llama en cita de amor, entre la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para. ¡No sé qué es esto que se mueve en mí, no sé qué quiere decir esto que siento!
El resplandor momentáneo del relám­pago me arrolla una sombra más profun­da sobre los ojos. Mi corazón busca a ciegas por el camino que va adonde la música de la noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciénde­la, ardor brillante del deseo!
-Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la noche está negra como la pizarra.
-¡No dejes que pasen las horas en la sombra! ¡Encien­de la lámpara del amor con tu vida!

28

Firmes son mis ataduras; pero mi cora­zón me duele si trato de romperlas.
No deseo más que libertad; peor me da vergüenza su esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú eres mi mejor amigo; pero no tengo corazón para barrer el oropel que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué odio le tengo! Y, sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos, secreta mi vergüenza y dura. Pero cuando vengo a pedir mi bien, tiemblo temeroso, no vaya a ser oída mi oración.

29

Estoy llorando, encerrado en la maz­morra de mi nombre. Día tras día, levan­to, sin descanso, este muro a mi alrede­dor; y a medida que sube al cielo, se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con cal y arena, no vaya a que­dar el más leve resquicio. Y con tanto y tanto cuidado, pierdo de vista mi verda­dero ser.

30

Salí solo a mi cita. ¿Quién es ese que me sigue en la oscuridad silenciosa?
Me echo a un lado para que pase, pero no pasa.
Su marcha jactanciosa levanta el pol­vo, su voz recia duplica mi palabra.
¡Señor, es mi pobre yo miserable! Nada le importa a él de nada; pero ¡qué vergüenza la mía de venir con él a tu puerta!

31

“Prisionero, ¿quién te encadenó?”.
“Mi Señor”, dijo el prisionero. “Yo creí asombrar al mundo con mi poder y mi riqueza, y amontoné en mis cofres dine­ro que era de mi Rey. Cuando me venció el sueño, me eché sobre el lecho de mi Señor. Y al despertar, me encontré preso en mi propio tesoro.”
“Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?”
Dijo el prisionero: “Yo mismo la forjé cuidadosamente. Pensé cautivar al mun­do con mi poder invencible; que me dejara en no turbada libertad. Y trabajé, día y noche, en mi cadena, con fuego enorme y duro golpe. Cuando terminé el último eslabón, vi que ella me tenía aga­rrado.”

32

Los que me aman en este mundo, hacen todo cuanto pueden por retener­me; pero tú no eres así en tu amor, que es más grande que ninguno, y me tienes libre.
Nunca se atreven a dejarme solo, no los olvide; pero pasan y pasan los días, y tú no te dejas ver.
Y aunque no te llame en mis oraciones, aunque no te tenga en mi corazón, tu amor siempre espera a mi amor.

33

Entraron en mi casa con alba, dicien­do: “Cabremos bien en el cuarto más pequeño”.
Decían: “Te ayudaremos en el culto de tu Dios, y nuestra humildad tendrá de sobra con la parte de gracia que le toque”. Y se sentaron en un rincón, y estaban quietos y sumisos.
¡Pero en la oscuridad de la noche sen­tí que forzaban la entrada de mi santua­rio, fuertes e iracundos; que se llevaban, con codicia impía, las ofrendas del altar de Dios!

34

Que sólo quede de mí, Señor, aquel poquito con que pueda llamarte mi todo.
Que sólo quede de mi voluntad aquel poquito con que pueda sentirte en todas partes, volver a ti en cada cosa, ofrecer­te mi amor en cada instante.
Que sólo quede de mí aquel poquito con que nunca pueda esconderte.
Que sólo quede de mis cadenas aquel poquito que me sujete a tu deseo, aquel poquito con que llevo a cabo tu propósi­to en mi vida; la cadena de tu amor.

35

Permite, Padre, que mi patria se des­pierte en ese cielo donde nada teme el
alma, y se lleva erguida la cabeza; don­de el saber es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por las paredes case­ras; donde la palabra surte de las hondu­ras de la verdad; donde el luchar infati­gable tiende sus brazos a la perfección; donde la clara fuente de la razón no se ha perdido en el triste arenal desierto de la yerta costumbre; donde el entendi­miento va contigo a acciones e ideales ascendentes…
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en ese cielo de libertad!

36

Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis ale­grías y mis pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé fru­tos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensa­miento sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.

37

Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder; que mi sen­dero estaba ya cerrado, que había ya consumido todas mis provisiones, que era el momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí. Y cuando las pala­bras viejas se caen secas de mi lengua, nuevas melodías estallan en mi corazón; y donde las veredas antiguas se borran, aparece otra tierra maravillosa.

38

¡Te necesito a ti, sólo a ti! Deja que lo repita sin cansarse mi corazón. Los demás deseos que día y noche me embargan, son falsos y vanos hasta sus entrañas.
Como la noche esconde en su oscuri­dad la súplica de la luz, en la oscuridad de mi inconsciencia resuena este grito: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!
Como la tormenta está buscando paz cuando golpea la paz con su poderío, así mi rebelión golpea contra tu amor y gri­ta: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!

39

Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de miseri­cordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del silencio, con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, Rey mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendi­miento, con polvo y engaño, ¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu resplandor!

40

¡Cuánto tiempo hace que no llueve, Dios mío, en mi seco corazón! El hori­zonte está ferozmente desnudo, ni el más delgado vapor de la nube más sua­ve, ni el más vago indicio del fresco chu­basco más lejano.
¡Manda tu tormenta furibunda, negra y mortífera, si quieres, y sobresalta de par­te a parte el cielo, con el látigo de tu relámpago!
¡Pero, recoge, Señor, llama a ti este calor silencioso que todo lo penetra, quieto y cruel; este calor terrible que quema al corazón su esperanza!
¡Que la nube de gracia descienda y se incline a mí, como la mirada llorosa de la madre, el día de la cólera paterna!

41

¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes detrás de todos, en la sombra? ¡Te empujan y te pasan por el camino polvoriento, creyendo que no eres nadie! Yo no sé el tiempo que hace que te espe­ro, cansado, con mis ofrendas para ti; y los que van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan vacío mi canasto.
Pasaron mañana y mediodía. Es el ano­checer, y mis ojos están caídos de sueño en la sombra. Los hombres que vuelven a sus hogares, me miran sonriendo, y me avergüenzan. Estoy sentada como una muchacha mendiga, con la falda por la cara. Y cuando me preguntan qué quie­ro, bajo los ojos y callo.
¡Ay!, ¿cómo les voy a decir que te espe­ro a ti, que tú me has prometido que ven­drás? ¿Cómo me dejaría decir mi timidez que esta miseria mía es la dote que te guardo? ¡Ay!, ¡cómo aprieto este orgullo contra mí, en el secreto de mi corazón!
Sentada en la yerba, miro al cielo y sueño con el súbito esplendor de tu lle­gada. Llamean mil antorchas, los gallar­detes de oro vuelan sobre tu carro, y los caminantes miran boquiabiertos cómo desciendes de tu asiento y me alzas del polvo, cómo sientas a tu lado a esta mendiguilla andrajosa, que tiembla de orgullo y de vergüenza como una enre­dadera en la brisa del verano.
Pero pasa el tiempo, y no se oyen las ruedas de tu carroza. ¡Cuánta procesión va y viene, palpitante, entre gritos y relumbrones de gloria! ¿Sólo eres tú quien tiene que seguir en la sombra, callado detrás de todos? ¿Sólo soy yo quien ha de esperar y llorar y gastar, en vano afán, su corazón?

42

En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de embarcarnos solos, y que nadie en el mundo sabría nada de nues­tro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis canciones henchi­rían sus melodías, libres como las olas, libres de la esclavitud de las palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer? Mira, el anochecer cae sobre la playa, y en la luz que se apaga, los pájaros del mar vuelven a sus nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el último vislumbre del poniente, se desvanecerá en la noche?

43

Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiera, en mi corazón, como un desconocido cual­quiera, Rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida.
Y hoy los encuentro por azar, desparra­mados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos que resuenan ahora de estrella en estre­lla.

44

Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino, donde la sombra va tras la luz, y la lluvia sigue los pasos del verano.
Mensajeros, que traen nuevas de cielos desconocidos, me saludan y siguen apri­sa por la senda. Mi corazón late conten­to dentro de mí, y el aliento de la brisa que pasa me es dulce.
Del alba al anochecer, estoy sentado en mi puerta. Sé que, cuando menos lo piense, vendrá el feliz instante en que veré.
Mientras, sonrío y canto solo. Mien­tras, el aire se está llenando del aroma de la promesa.

45

¿No oíste, sus pasos silenciosos? El vie­ne, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad, todos los días y todas las noches, él viene, vie­ne, viene siempre.
He cantado muchas canciones y de mil maneras; pero siempre decían sus notas: él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril, por la vereda del bosque, él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio, sobre el carro atronador de las nubes, él viene, viene, viene siem­pre.
De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón, y el dorado roce de sus pies es lo que hace brillar mi alegría.

46

No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a mí. Tu sol y tus estrellas no podrán nunca esconderte de mí para siempre.
¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos! ¡Cuántas tu mensajero entró en mi corazón y me llamó en secreto!
Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula alegría me pasa el cora­zón.
Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de tu dulce pre­sencia.

47

Se me ha pasado la noche esperándolo en vano. Tengo miedo, no vaya a venir, de pronto, con la mañana, a mi puerta, cuando yo me haya quedado dormido de cansancio. ¡Amigos, dejadle franco el camino, no le prohibáis que pase!
Si el rumor de sus pasos no me desper­tara, os ruego que no vayáis a despertar­me. ¡Y ojalá no me despertara tampoco el coro gritón de los pájaros, ni el albo­roto del viento en la fiesta de la luz del amanecer! ¡No me despertéis, aunque mi Señor venga de pronto a mi puerta!
¡Ay, sueño mío, precioso sueño, que sólo espera su roce para desvanecerse! ¡Ay, mis ojos cerrados, que se abrirían a la luz de su sonrisa, si él surgiera ante mí, como un sueño, de la oscuridad de mi sueño!
¡Que se aparezca él a mis ojos como la luz primera y la primera forma! ¡Que el primer estremecimiento de alegría le venga a mi alma amanecida de su mirar! ¡Que mi retorno a mí mismo sea volver de pronto a él!

48

El mañanero mar del silencio se que­bró en ondas de cantos de pájaros. Las flores estaban contentas junto al camino. Un tesoro de oro se derramó por entre las rajadas nubes. Pero nosotros seguía­mos a prisa nuestro camino, sin hacer caso.
No cantábamos nuestra alegría ni jugá­bamos; no nos llegamos a la aldea a comprar ni a vender; no hablábamos ni sonreíamos, ni nos parábamos a descan­sar. Ibamos más de prisa cada vez, con las horas.
Llegó el sol al cenit, y las tórtolas se arrullaron en la sombra; las hojas secas danzaron y volaron en el aire caliente del mediodía; el pastorcillo se adormiló a la sombra del baniano. Y yo me eché, orilla del agua, y estiré mi cuerpo rendi­do sobre la yerba.
Mis compañeros me insultaron con desprecio y, erguidas las cabezas, sin mirar atrás ni pararse un instante, siguie­ron afanosos y se perdieron en la bru­mosa lejanía azul. Cruzaron prados y colinas, pasaron extraños países distan­tes…
¡Sea tuyo todo el honor, escuadrón heroico del sendero interminable! Tu mofa y tu reproche me tentó a levantar­me; pero yo no respondí; me di por bien perdido en la cima de mi alegre humilla­ción, a la sombra de una vaga felicidad.
La paz de la verde sombra, que el sol recamaba, se tendió lenta sobre mi cora­zón. Olvidé el porqué de mi viaje y per­dí, sin lucha, mi pensamiento en un laberinto de sombras y canciones.
Y cuando salí de mi sueño, mis ojos abiertos te vieron ante mí, anegando mi sueño en tu sonrisa. ¿Cómo había yo pensado que era lago y penoso el cami­no, que no era necesario luchar tanto para alcanzarte?

49

Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música encantó tu oído. Y tú bajas­te y te viniste a la puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda hora, te cantan. Pero la sen­cilla copla ingenua de este novato te enamoró; su pobre melodía quejumbro­sa, perdida en la gran música del mun­do.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste a la puerta de mi choza.

50

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limos­nas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miras­te y bajaste sonriendo. Sentí que la feli­cidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?”.
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confu­so y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!

51

Oscureció. Nuestro trabajo estaba cumplido. Creíamos que había llegado ya el último huésped de la noche y que las puertas de la aldea estaban todas cerradas. Alguno dijo que el Rey tenía que venir. Y nos reímos y dijimos: “No puede ser”.
Creímos que habían llamado a la puer­ta, pero pensamos que sería el viento. Y apagamos las lámparas y nos echamos a dormir. Alguno dijo: “Es el Heraldo del Rey”. Y nos reímos y dijimos: “No, es el viento”.
Se oyó un ruido en la cerrazón de la noche. En nuestro duermevela, nos pare­ció un trueno lejano. Y tembló la tierra y se mecieron los muros, sobresaltando nuestro sueño. Alguno dijo que era un rodar de ruedas. Y contestamos adormi­lados: “No, debe ser el carro de las nubes”.
Aún era de noche cuando sonó el tam-
bor. Y oímos: “¡Despertad pronto!”. Tem­blando de espanto, nos tomábamos el corazón con las manos. Alguno dijo: “¡Mirad la bandera del Rey!”. Y nos levantamos gritando: “¡No hay tiempo que perder!”.
Aquí está el Rey, pero ¿y las antorchas, y las guirnaldas, y el trono para él? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! ¿Dónde está el salón? ¿Dónde las colgaduras? Alguno dijo: “¿A qué viene ese lamento? ¡Saludadlo con manos vacías, entradlo en vuestros cuartos desnudos!”.
¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha venido el Rey de nuestra triste casa oscura, en la profundidad de la noche! ¡Truena el cielo, y el relámpa­go estremece las tinieblas! ¡Saca tu este­rilla andrajosa y tiéndela en el patio, que nuestro Rey de la noche horrible ha venido, de pronto, en la tormenta!

52

Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello, pero no me atreví. Y esperé la mañana, y cuando te fuiste, tomé algu­nos pedacitos de flores de tu lecho. Y como una mendiga, buscaba por la aurora alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu amor? ¡Ni flor, ni especias, ni frasco de perfume, sino tu espada terrible, destellante como una llama, pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se tiende en tu lecho. El pája­ro primero me pregunta piando: “¿Qué encontraste, mujer?” ¡No, no es flor, ni especias, ni redoma de perfume, sino tu espada terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva tuya. No sé dónde esconder­la. Me da vergüenza ponérmela, tan débil como soy. Me duele cuando la aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta dádiva tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en todas mis luchas. Tú me has dado por compañera a la muerte, y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu espada para cortar mis ataduras! ¡Nada temeré ya en el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor de mi corazón, ya no llo­raré, ni desesperaré más por los rinco­nes; ya no seré nunca más tímida ni mimosa! ¡Me has dado, para adornarme, tu espada! ¡Lejos de mí, los adornos de muñeca!

53

¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas, incrustada mágicamente con joyas de mil colores; pero cuánto más bella es tu espada con su curva de relám­pago, como las alas abiertas del pájaro divino de Vishnu, cuando vuela tranqui­lo en la irritada luz roja del ocaso!
Se estremece como la última respuesta solitaria de la vida estática de dolor, al golpe decisivo de la muerte. Brilla igual que la pura llama de la vida, cuando abrasa la impureza diaria en el destello furibundo.
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas! Pero tu espada, Señor del true­no, está forjada con belleza definitiva, ¡y es terrible a los ojos y al pensamiento!

54

Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído. Y cuando te despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra oblicua del árbol. Las mujeres se volvían a sus casas con sus cántaros morenos de barro rebosantes, y me gritaron: “¡Ven, que va a ser medio­día!”. Pero yo me retardaba lánguida­mente, perdida en vagos pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuan­do me miraste, tenías tristes los ojos; y con qué fatigada voz me dijiste bajo: “¡Ay, qué sed tiene el pobre caminan­te!”. Desperté sobresaltada de mis ensueños y eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas … Las hojas se roza­ban sobre nuestras cabezas, el cuclillo cantaba desde la sombra invisible, y de la revuelta del camino venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una vergüenza! Verdaderamen­te, ¿qué había hecho yo para merecer tu recuerdo? Pero el recordar que yo pudie­ra quitarte tu sed con mi agua, se me ha quedado en el corazón, y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las hojas del árbol murmuran allá arriba. Y yo, sentada, pienso, pien­so…

55

Aún está lánguido tu corazón, aún se te cierran los ojos de sueño.
¿No sabes que la flor está reinando, esplendorosa, entre espinas? ¡Despierta, despierta! ¡No dejes pasar el tiempo en vano!
Allá al fin del sendero guijarroso, en una solitaria tierra virgen, mi amigo está sentado solitario. ¡No lo engañes espe­rándote! ¡Despierta, despierta!
¿Qué si el cielo jadea y palpita en la brasa del mediodía? ¿Qué si la arena hir­viente tiende su manto sediento?
¿No sientes alegría en la profundidad de tu corazón? ¿No se abrirá el arpa del camino, a cada paso tuyo, en suave música de dolor?

56

¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué descendimiento a mí el tuyo! Señor de todos los cielos, si yo no exis­tiera, ¿qué sería de tu amor?
Tú me tienes como compañero de tu tesoro; tus alegrías están jugando sin parar en mi corazón y tu voluntad está siempre recreándose en mi vida.
Por eso tú, Rey de reyes, te has ador­nado tan hermosamente, enamorado de mi corazón. Por eso te pierdes de amor en el amor de tu amante. Y allí eres vis­to, en la perfecta unión de los dos.

57

¡Luz, luz mía, luz que llenas el mundo, luz que besas los ojos, que haces dulce el corazón!
¡Ay, cómo salta la luz, amor mío, en medio de mi vida! ¡Cómo hiere, amor mío, las cuerdas de mi amor! El cielo se abre, y corre loco el viento, y la risa se desboca por toda la tierra.
Las mariposas tienden sus velas por el mar de luz, y sobre la cresta de las olas de luz, abren lirios y jazmines.
La luz se derrite en oro en cada nube, amor mío, y luego se derrama en pedre­rías sin fin.
Un alborozo nuevo va de hoja en hoja, amor mío un gozo sin límites. ¡El río del cielo ha roto sus riberas, y todo brilla, inmensamente inundado de alegría!

58

¡Que todas las alegrías se unan en mi última canción: la alegría que hace des­bordarse a la tierra en el exceso desen­frenado de la yerba; la alegría que echa a bailar vida y muerte, hermanas geme­las, por el vasto mundo; la alegría que la tempestad barre adentro, despertando y sacudiéndolo todo con su carcajada; la alegría que se sienta, en paz con sus lágrimas, en el abierto loto rojo del dolor; la alegría que tira cuando tiene; la alegría que lo ignora todo!

59

Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta luz de oro salta por las hojas, estas nubes ociosas que navegan por el cielo, esta brisa pasajera que me va refrescando la frente; ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es sino tu mensaje a mi alma. Tu rostro se inclina a mí desde su cenit, tus ojos miran abajo, a mis ojos y tus pies están sobre mi corazón.

60

En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo infinito se en calma sobre sus cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En las playas de todos los mundos, los niños se reúnen, gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas vacías. Su barco es una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el pescador de perlas se sumer­ge por ellas, y el mercader navega en sus navíos, los niños recogen piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y bri­lla pálida la playa sonriente. Olas asesi­nas cantan a los niños baladas sin senti­do, igual que una madre que meciera a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y, pálida, luce la sonrisa de la pla­ya.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos, los barcos nau­fragan en el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta, todos los niños.

61

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa, volando, por los ojos del niño? Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas; que por la sombra de una floresta vagamen­te alumbrada de luciérnagas, cuelgan dos tímidos capullos de encanto, de donde vie­ne el sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonri­sa que revuela por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en el ensueño de una mañana de otoño, fresca de rocío, el pálido rayo primero de la luna nueva, dorando el borde de una nube que se iba, hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondi­da tanto tiempo la dulce y suave frescura que florece en las carnecitas del niño? Sí. Cuando la madre era joven, empapaba su corazón de un tierno y misterioso silencio de amor, la dulce y suave frescura que ha florecido en las carnecitas del niño.

62

Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores, comprendo por qué hay tantos matices en las nubes y en el agua , y por qué están pintadas las flores tan variada­mente…, cuando te doy juguetes de colores, hijo mío.
Cuando te canto para que tú bailes, adi­vino por qué hay música en las hojas, y por qué entran los coros de voces de las olas hasta el corazón absorto de la tie­rra…, cuando te canto para que tú bailes.
Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo por qué hay mieles en el cáliz de la flor, y por qué los frutos se car­gan secretamente, de ricos jugos…, cuan­do colmo de dulces tus ávidas manos.
Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír, sé bien cuál es la alegría que mana del cielo en la luz del amane­cer, y el deleite que traen a mi cuerpo las brisas del verano…, cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír.

63

Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas. Tú me has acercado lo distante y me has hermana­do con lo desconocido.
Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado. Olvido que lo antiguo está en lo nuevo, que en lo nuevo vives también tú.
En el nacimiento y en la muerte, en este mundo o en otro, en cualquier sitio donde tú me lleves, tú eres tú mismo, el único compañero de mi vida infinita, tú que estás atando siempre mi corazón, con lazos de alegría, a lo ignorado.
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero, ninguna puerta está cerrada. ¡Señor, concédeme esto que te pido: que yo no pierda nunca la felicidad de encontrar lo único en este juego de lo diverso!

64

Por la ladera del río desolado, entre las yerbas altas, le pregunté: “Muchacha, ¿a dónde vas con tu lámpara bajo el man­to? Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!”. Levantó sus ojos un instante, me miró al rostro en la penumbra, y dijo: “¡He venido al río a echar mi lámpara en la corriente, ahora que muere en ocaso la luz del día!”. Y entre las altas yerbas me quedé mirando, solitario, cómo la lucecita de la lámpara se iba inútilmente en la marea.
En el silencio de la noche que se echa­ba encima, le pregunté: “Tus luces están todas encendidas, muchacha. ¿A dónde vas con tu lámpara? Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!”. Levantó sus ojos oscuros a mi cara, y se estuvo dudo­sa un momento: “He venido -dijo al fin- a ofrecer mi lámpara al cielo”. Yo me quedé mirando la lucecita, que tem­blaba inútilmente en el vacío.
En la negrura sin luna de la mediano­che, le pregunté: “Muchacha, ¿qué bus­cas, si tienes la lámpara junto a tu cora­zón? Mi casa está oscura y sola. ¡Présta­me tu luz!”. Se paró un momento, pen­sándolo, y me miró fijamente en la oscu­ridad. “He traído mi luz -dijo- para el Carnaval de las lámparas.” Yo me que­dé mirando cómo su lucecita se perdía inútilmente entre las luces.

65

¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta rebosante copa de mi vida?
Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos; oír, silencioso, en los umbrales de mis oídos, tu propia armo­nía eterna?
Tu mundo teje palabras en mi pensa­miento, y tu alegría las hace más melo­diosas. Te me das, enamorado, y luego sientes toda tu propia dulzura en mí.

66

La que, en un crepúsculo de destellos y vislumbres, vivió siempre en el fondo de mi corazón; la que nunca abrió sus velos en la luz de la mañana, irá a ti, Dios mío, en mi última canción, como mi ofrenda última.
La cortejaron las palabras, pero no pudie­ron hacerla suya; y en vano la persuasión le ha tendido sus brazos vehementes.
He vagado por todos los países, con ella en el alma de mi corazón; y mi vida, a su alrededor, se ha levantado y se ha caído, grande y débil.
Reinó sobre mis pensamientos y mis actos, sobre mis sueños y mis ensueños, y, sin embargo, vivió sola y aparte.
Los hombres que llamaron a mi puerta, preguntando por ella, se fueron desespe­rados.
Nadie en el mundo la pudo nunca mirar frente a frente; y espera, en sole­dad, tu reconocimiento.

67

Eres, a un tiempo, el cielo y el nido.
Hermoso mío, aquí en el nido, tu amor aprisiona el alma con colores, olores y música.
¡Cómo viene la mañana, con su cesta de oro en la diestra, donde trae la guir­nalda de la hermosura, para coronar, en silencio, la tierra!
¡Cómo viene el anochecer por las vere­das no pisadas de los prados solitarios, que ya abandonaron los rebaños! Trae, en su jarra de oro, la fresca bebida de la paz, recogida en el mar occidental del descanso.
Pero donde el cielo infinito se abre, para que lo vuele el alma, reina la blan­ca claridad inmaculada. Allí no hay día ni noche, ni forma, ni color, ¡ni nunca, nunca una palabra!

68

Tu rayo de sol viene, con los brazos abiertos, a esta tierra mía, y se pasa el día en mi puerta. Luego, a la vuelta, te lleva a tus pies nubes hechas de mis lágrimas, de mis suspiros y de mis can­ciones.
Enamorado y alegre, tú rodeas tu pecho estrellado con ese manto de nubes de niebla, y los pliegas innumera­blemente, y lo pintas de colores infinitos.
Es tan ligero, tan suave, tan tiernamen­te lloroso, tan oscuro, que tú, sereno y sin mancha los amas. Así puedes velar tu terrible resplandor blanco con sus patéti­cas sombras.

71

Tu maya es que yo sea cuanto pueda ser, que eche, en mil vueltas, mil som­bras de colores sobre tu resplandor.
Pones una valla a tu propio ser, y lue­go llamas, con voces infinitas, a tu ser separado. Y esta parte de ti mismo es la que ha encarnado en mí.
Tu canción penetrante va resonando por todo el cielo en lágrimas multicolo­res y en sonrisas, en sustos y esperanzas. Se levantan olas y vuelven a hundirse, se quiebran los sueños y se completan. Yo soy la propia derrota de tu ser.
La cortina que tú has echado, está pinta­da con figuras innumerables, por el pincel del día y de la noche. Tras ella tienes tu asiento, tejido en un maravilloso misterio de curvas, sin una sola estéril línea recta.
La gran comitiva de nosotros dos llena el cielo. Todo el aire está vibrando con nues­tra melodía, y las edades pasan todas en este jugar al escondite, de nosotros dos.

72

Es él, mi más íntimo él, quien despier­ta mi vida con sus profundas llamadas secretas.
El, quien pone este encanto en mis ojos; quien pulsa, alegremente, las cuer­das de mi corazón en su múltiple armo­nía de placer y de pesar.
El, quien teje la tela de esta maya con matices tornasoles de oro y plata, azul y verde; quien asoma por sus pliegues los pies, cuyo contacto me enajena.
Los días pasan, mueren los años, y él sigue moviendo mi corazón con mil nombres, con mil disfraces, en innume­rables transportes de placer y de pesar.

73

La libertad no está para mí en la renun­ciación. Yo siento su brazo en infinitos lazos deleitables.
Siempre estás tú escanciándome, lle­nándome este vaso de barro, hasta arri­ba, con el fresco brebaje de tu vino mul­ticolor, de mil aromas.
Mi mundo encenderá sus cien distintas lámparas en tu fuego, y las pondrá ante el altar de tu templo.
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. Los deleites de mi vista, de mi oído y de mi tacto, soportarán tu deleite.
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y todos mis deseos madurarán en frutos de amor.

74

Ha muerto el día, y la sombra anega la tierra. Voy al río, que ya es la hora, a lle­nar mi jarra.
El aire oscuro está afanoso con la músi­ca triste del agua, que me está diciendo que vaya, en el crepúsculo. Nadie pasa por el callejón solitario. Se levanta el viento, y las olas tiemblan y se encabri­tan en el río.
No sé si volveré. No sé con quién me voy a encontrar. En el vado, el hombre desco­nocido toca, en su barquilla, su laúd.

75

Los regalos que nos das colman nues­tras necesidades, y, sin embargo, vuel­ven a ti sin perder nada.
El río cumple su trabajo cotidiano, corriendo entre campos y aldeas; peor su corriente incesante serpentea hacia ti para lavarte los pies.
La flor endulza el aire con su aroma; pero su último servicio es ofrecerse a ti.
Tu culto no empobrece en nada al mundo.
Las palabras del poeta dan a cada hombre el sentido que ellos quieren; pero su sentido definitivo va hacia ti.

76

Día tras día, Señor de mi vida, ¿te podré yo mirar frente a frente? Juntas mis manos, ¿te miraré frente a frente, Señor de todos los mundos?
Bajo tu cielo inmenso, en silencio y soledad, con humilde corazón, ¿te mira­ré frente a frente?
En este trabajoso mundo tuyo, hirvien­te de luchas y fatigas, entre las presuro­sas muchedumbres, ¿te miraré frente a frente?
Cuando mi obra haya sido cumplida en este mundo, Rey de reyes, solo ya y silencioso, ¿te miraré frente a frente?

77

Te reconozco como mi Dios, y me estoy aparte. No te reconozco como mío, y me acerco a ti. Te miro como padre, y me inclino ante tus pies. No tomo tu mano como la de un amigo.
Yo no estoy allí donde tú desciendes y te llamas mío; no voy a abrazarte contra mi corazón, a tratarte como compañero.
Eres mi Hermano entre mis hermanos; pero a ellos no les atiendo, ni divido con ellos mi ganancia, sino que comparto mi todo contigo.
Ni en el placer ni en el dolor estoy con los hombres, sino contigo sólo. Soy tími­do para dar mi vida, y así no me echo en las grandes aguas de la vida.

78

Cuando la creación era nueva, y todas las estrellas brillaban en su esplendor primero, los dioses celebraron asamblea en el cielo, y cantaron: “¡Alegría pura, imagen de la perfección!”.
Pero uno gritó de pronto: “Parece que la cadena de luz tiene en alguna parte una sombra, que se ha perdido una estrella”.
Estalló la cuerda de oro de sus arpas, y, dejando la canción, clamaron todos desolados: “¡Sí; y la estrella perdida es la mejor, la gloria de los cielos!”.
Desde entonces, la buscan sin parar, gritando que el mundo ha perdido con ella su única alegría.
Y en el profundo silencio de la noche, las estrellas se suspiran sonriendo; “¡Qué
vana búsqueda! ¡La perfección inque­brantable está en todo!”.

79

Si no es para mí encontrarte en esta vida, sienta yo siempre, al menos, que me ha faltado el verte. No me dejes olvi­darlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.
Mientras pasan mis días en el mercado bullicioso de este mundo, mientras se van llenando mis manos con la ganancia cotidiana, sienta yo siempre que no he ganado nada. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sue­ños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.
Cuando me siento en el camino, rendi­do y anhelante, cuando me echo a dor­mir en el polvo, sienta yo siempre que aún tengo que hacer el largo viaje. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.
Cuando está mi casa adornada, y sue­nan las flautas y los risotones, sienta yo siempre que no te he invitado a ti. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.

80

Soy como un jirón de una nube de oto­ño, que vaga inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y paso mis meses y mis años alejado de ti.
Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el capricho­so viento, tiéndela en cambiadas maravi­llas.
Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

81

¡Cuántos días ociosos he sentido pena por el tiempo perdido! Pero ¿ha sido per­dido alguna vez, Señor? ¿No has tenido tú mi vida, cada instante, en tus manos?
Escondido en el corazón de las cosas, tú nutres las semillas y las tornas en bro­tes, y los capullos en flores, y las flores en frutos.
Estaba yo dormitando, rendido, en mi lecho ocioso, y pensaba que no hacía cosa alguna. Cuando desperté, en la mañana, vi mi jardín lleno de flores maravillosas.

82

El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién podrá contar tus minutos?
Pasan días y noches, se abren los años y luego se mustian, como flores. Tú sabes esperar.
Tus siglos vienes, uno tras otro, perfec­cionando la florecilla del campo.
Pero nosotros no podemos perder nuestro tiempo, y tenemos que echarnos de cabeza a nuestras ocasiones. ¡Somos demasiado pobres para llegar tarde!
Y así, el tiempo se va mientras yo se lo estoy dando a los otros que, irritados, lo reclaman. Y así tu altar está sin una sola ofrenda.
Por la tarde, me apresuro temeroso, no vaya a estar cerrado tu portal. Pero siem­pre llego a tiempo.

83

Madre, yo te haré una cadena de per­las para tu garganta, con las lágrimas de
mi dolor.
Las estrellas forjaron con luz las ajor­cas de tus pies; pero mi cadena va a ser para tu pecho.
Riqueza y nombradía vienen de ti, y tú puedes darlas o no a tu gusto. Pero mi dolor es sólo mío, y cuando te lo ofrez­co, tú me pagas con tu gracia.

84

La espina de la separación pasa el mundo y hace nacer formas innumera­bles en el cielo infinito.
Su pena es quien mira en silencio las estrellas de la noche, quien se pone líri­ca, con las rumorosas hojas, en la som­bra lluviosa de julio.
Su dolor es el que se echa sobre todas las cosas, el que se sume en el amor y en el afán, en el martirio y en la alegría de los hogares humanos; el que fluye, derretido en canciones, de mi corazón de poeta.

85

Cuando los guerreros salieron del cuar­tel de su señor, ¿dónde habían escondi­do su poder, dónde habían dejado su armadura y sus armas?
Iban pobres y desvalidos, y las flechas cayeron sobre ellos como chaparrones, el día que salieron del cuartel de su señor.
Cuando los guerreros volvieron al cuartel de su señor, ¿dónde habían escondido su poder?
Habían dejado la espada, el arco y la flecha. Traían la paz en las frentes, y los frutos de su vida se habían quedado tras ellos, el día que volvieron al cuartel de su señor.

86

La Muerte, tu esclava, está a mi puerta. Ha cruzado el mar desconocido y llama, en tu nombre, a mi casa.
Está oscura la noche y tiene miedo mi corazón. Pero yo cogeré mi lámpara, abriré mi puerta, y le daré, rendido, la bienvenida; porque es mensajera tuya la que está a mi puerta.
La adoraré, llorando, con las manos juntas. La adoraré echando a sus pies el tesoro de mi corazón.
Y ella se volverá, cumplido su mandato, dejando su sombra negra en mi mañana. Y en mi casa desolada quedaré yo, solo y mustio, como mi última ofrenda a ti.

87

Desesperado, la busco por todos los rincones de mi cuarto, pero no la encuentro.
Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de ella, no vuelve a encontrar­se. Pero tu casa, Señor, es infinita. Y bus­cándola, he llegado a tu puerta.
Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu anochecer, mírame cómo levanto mis ojos ansiosos a tu cara.
He venido a la playa de la eternidad donde nada se pierde, ninguna esperan­za, ninguna felicidad, ninguna visión de rostros vistos a través de las lágrimas.
¡Ahora mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más profunda plenitud! ¡Haz que sienta, una vez sola, la dulce caricia perdida en la totalidad del uni­verso!

88

¡Divinidad del templo en ruinas! Ya no cantan tu alabanza las cuerdas rotas del Vina. Las campanas del anochecer no claman ya la hora de tu oración. A tu alrededor, el aire está quieto y callado.
La brisa vagabunda de la primavera lle­ga a tu desolación, y te cuenta de las flo­res, de las flores que ya nadie viene, en adoración, a ofrecerte.
El que creyó en ti otro tiempo, vaga esperando el favor no concedido toda­vía. Y en el anochecer, cuando luces y sombras se mezclan en la polvorienta oscuridad, él vuelve, jadeante, al templo arruinado, con hambre en el corazón.
¡Cuántos días de fiesta vienen callados a ti, Divinidad del templo en ruinas! ¡Cuántas noches de ofrendas se van, sin que nadie encienda tus lámparas!
Los artífices hacen imágenes nuevas, que se lleva la corriente del olvido cuan­do llega la hora. ¡Sólo tú, Divinidad del templo en ruinas, sigues sin culto, en abandono inmortal!

89

Callen mis palabras bulliciosas, callen mis gritos, que así lo quiere mi Señor. Desde hoy, hablaré en susurro, y una suave melodía llevará la palabra de mi corazón.
Todos van, presurosos, al mercado del Rey. Allí están ya los tratantes. Pero yo tengo mi descanso inoportuno en lo mejor del día, cuando es mayor el traba­jo.
¡Que broten, pues, las flores de mi jar­dín a destiempo, que las abejas del mediodía vengan a zumbar perezosas!
¡Qué de horas perdidas en esta lucha del bien y del mal! Pero mi compañero de juego de los días ociosos, se deleita ahora tomándome el corazón; y no sé qué es esta llamada repentina, ni por qué inútil volubilidad.

90

-¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu puerta?
-Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce mosto de mis días de otoño y de mis noches de verano.
¡No se irá con las manos vacías! Todas las cosechas y todas las ganancias de mi afán, se las daré, el último días, cuando ella llame a mi puerta.

91

¡Muerte, último cumplimiento de la vida, Muerte mía, ven, y háblame bajo!
Día tras día, he velado esperándote, y por ti he sufrido la alegría y el martirio de la vida.
Cuanto soy, tengo y espero, cuanto amo, ha corrido siempre hacia ti, en un profundo misterio. Mírame una vez más, y mi vida será tuya para siempre.
Las flores están ya enlazadas, y lista la guirnalda para el esposo. Será la boda y dejará la novia su casa, y, sola en la noche solitaria, encontrará a su Señor.

92

Sé que vendrá un día en que no veré más esta tierra. La vida se despedirá de mí en silencio, y me echará la última cortina sobre los ojos.
Pero las estrellas velarán por la noche, y se alzará la mañana como antes, y las horas se henchirán, como las olas de la mar, levantando dolores y placeres.
Cuando pienso en este último momen­to, se cae al valle de los instantes, y veo, a la luz de la muerte, tu mundo, con sus tesoros indolentes. Inapreciable es el más pobre de sus asientos, inapreciable la más pequeña de sus vidas.
¡Váyanse enhorabuena las cosas que anhelé en vano, las cosas que fueron mías; y que sólo posea yo de veras lo que nunca quisieron ver mis ojos, lo que siempre desprecié!

93

Me han llamado. ¡Decidme adiós, her­manos míos! ¡Adiós, me voy!
Aquí os dejo la llave de mi puerta; renuncio a todo derecho sobre mi casa. Sólo os pido buenas palabras de despe­dida.
Vivimos mucho tiempo juntos, y recibí más de lo que pude dar. Y ahora es de día, y la lámpara que iluminó mi rincón oscuro se ha apagado. Me llaman, y estoy dispuesto para mi viaje.

94

Ya me voy. ¡Deseadme buena suerte, amigos míos! La aurora sonroja el cielo, y mi camino parece hermoso.
Me preguntáis qué me llevo. Mis manos vacías y mi corazón lleno de esperanza.
Me pondré sólo mi guirnalda nupcial, por que el vestido pardo del peregrino no es mío; y aunque el camino sea peli­groso, va sin temor mi pensamiento.
Cuando mi viaje llegue a su fin, saldrá la estrella de la tarde, y las melancólicas armonías del crepúsculo se abrirán tras el pórtico del Rey.

95

Pasé, sin darme cuenta, el umbral de esta vida.
¿Qué poder fue el que me hizo abrir en este inmenso misterio, como un capullo, a medianoche, en el bosque?
Cuando, a la mañana, vi la luz, sentí al punto que yo no era un extraño en este mundo, que lo desconocido sin nombre ni forma me había tenido en brazos, en la forma de mi madre.
De igual manera, al salir a la muerte, esto mismo desconocido me parecerá familiar. Y como amo tanto esta vida, sé que amaré lo mismo la muerte.
El niño, cuando su madre le quita el seno derecho, se echa a llorar; pero al punto encuentra en el izquierdo su con­suelo.

96

Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo que he visto no puede ser mejor.
Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz, y así fui ben­dito. Sea esta mi última palabra.
He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas; y vislumbré, jugando, a aquel que no tiene forma.
Mi cuerpo entero ha vibrado al contac­to de aquel que es intangible. Si aquí debe ser el fin, sea. Esta es mi última palabra.

97

Cuando yo jugaba contigo, nunca te pregunté quién eras. Yo no conocía timi­dez ni miedo. Mi vida era vehemente.
Al amanecer, me llamabas tú de mi sueño, como un hermano, y me llevabas corriendo de selva en selva.
Nada me importaba, entonces, el sen­tido de las canciones que me cantabas. Mi voz sólo recogía la tonada, y a su compás bailabas mi corazón.
Hoy, que ya no es tiempo de jugar, ¿qué repentina visión es ésta que se me aparece? El mundo está mirándote a los pies, sobrecogido, temblando con todas sus estrellas silenciosas.

98

Te adornaré con los trofeos y las guir­naldas de mi derrota. No es mío el esca­par vencedor.
Sé bien que se estrellará mi orgullo, que mi vida romperá sus cadenas, de tanto dolor, que mi corazón vacío sollo­zará fuera, melodioso como una caña hueca, que la piedra se derretirá en lágrimas.
Sé bien que no quedarán siempre cerradas las cien hojas de un loto, que será descubierto el secreto escondite de su miel.
Desde el cielo azul, un ojo me verá y me llamará en silencio. Nada quedará de mí, nada, y recibiré a tus pies la muerte completa.

99

Cuando yo tenga que dejar el timón, sabré que habrá llegado la hora de que lo tomes tú. Lo que haya que hacer será hecho al punto. ¿A qué esta lucha?
¡Pues quita ya las manos, corazón mío, y acepta calladamente tu derrota; consi­dera qué suerte la tuya de quedarte tan bien, donde estás tan tranquilo!
Por encender mis lámparas, que apaga cada vientito, me olvido, una vez y otra, de todo lo demás.
Pero ya voy a hacer lo que debo, y esperaré a oscuras, en mi estera tendida en el suelo; y cuando tú quieras, Señor, ven callado, y siéntate conmigo.

100

Desciendo a las profundidades del mar de las formas, en busca de la perla per­fecta de lo que no la tiene.
No más este navegar, de puerto en puerto, con mi barco viejo de naufra­gios. Ya se fueron los días en que era mi gozo ser juguete de las olas.
Y ahora tengo ansia de morir en lo inmortal.
Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está junto al abismo sin fin de don­de sube la música no tocada.
Y acordaré mi música con la música de lo eterno, y cuando haya cantado su sollozo último, pondré mi arpa muda a los pies de lo callado.

101

Toda mi vida te busqué con mis can­ciones. Ellas me llevaron de puerta en puerta, y con ellas tanteé a mi alrededor, buscando, buscando mi mundo.
Lo que he aprendido en mi vida, ellas me lo enseñaron; me abrieron sendas secretas, encendieron a mis ojos todas las estrellas que hay sobre el horizonte de mi corazón.
Mis canciones me guiaron, cada día, a los misterios del placer y del dolor. Y ahora, ¿a qué portal de qué palacio me han traído, en este anochecer en que acaba mi camino?

102

Me jacté ante los hombres de haberte conocido, y en todas mis obras ven tu retrato. Vienen y me preguntan: “¿Quién es?” No sé qué responder, y digo: “La verdad es que no lo sé”. Se burlan de mí y se van desdeñosos. Y tú sigues sentado allí, sonriendo.
He hablado de ti en canciones perdu­rables, cuyo secreto brota mi corazón. Vienen y me preguntan: “¿Qué quiere decir todo eso?” No sé qué responderles, y digo: “¡Ay, quién sabe lo que quiere decir!” Y se ríen de mí y se van despre­ciándome. Y tú sigues sentado allí, son­riendo.

103

Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin, en un saludo a ti, y toquen este mundo a tus pies.
Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi entendi­miento se postre a tu puerta, en un salu­do a ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente, y se derramen en el mar del silencio, en un saludo a ti.
Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de sus nidos de la montaña, permite, Dios mío, que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en un saludo a ti.


fin

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Tuesday, April 15, 2008

POESIA EROTICA ESPAÑOLA — VARIOS AUTORES

POESIA EROTICA ESPAÑOLA — VARIOS AUTORES

POESIA EROTICA
CASTELLANA
***
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita
(España, s. XIV)
***
Des las propriedades que
las dueñas chicas han
Quiero vos abreviar la predicación,
que siempre me pagué de pequeño sermón,
e de dueña pequeña et de breve razón,
ca lo poco e bien dicho finca en el corazón.
Del que mucho fabla ríen, quien mucho ríe es loco;
es en la dueña chica amor grande e non poco;
dueñas hay muy grandes que por chicas non troco,
e las chicas por las grandes, non se arrepiente del troco.
De las chicas que bien diga, el amor me fizo ruego,
que diga de sus noblezas; yo quiero las dezir luego:
dirévos de dueñas chicas, que lo avredes por juego:
son frías como la nieve, e arden como el fuego.
Son frías de fuera, con el amor ardientes:
en la cama solaz, trebejo, plazenteras, rientes:
en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bien fazientes.
Mucho ál falleredes, bien parad í mientes.
En pequeña girgonça yaze grand resplandor,
en açúcar muy poco yaze mucho dulçor,
en la dueña pequeña yaze muy grand amor,
pocas palabras cumplen al buen entendedor.
Es pequeño el grano de la buena pemienta,
pero más que la nuez conorta e calienta;
así dueña pequeña, si todo amor consienta,
non ha plazer en el mundo que en ella non sienta.
Como en chica rosa está mucho color,
en oro muy poco grand precio e gran valor,
como en poco blasmo yaze grand buen olor,
ansí en chica dueña yaze muy grand amor.
Como robí pequeño tiene mucha bondat,
color, virtud e precio e noble claridad,
ansí dueña pequeña tiene mucha beldat,
fermosura, donaire, amor e lealtad.
Chica es la calandria e chico el ruiseñor,
pero más dulce cantan que otra ave mayor;
la muger, por ser chica, por eso non es pior;
con doñeo es más dulce que açúcar nin flor.
Son aves pequeñuelas papagayo e orior,
pero cualquier dellas es dulce gritador;
adonada, fermosa, preciada cantador:
bien atal es la dueña pequeña con amor.
De la muger pequeña non hay comparación,
terrenal paraíso es e consolacíon,
solaz et alegría, placer et bendición:
mejor es en la prueva que en la salutación.
Siempre quis’ muger chica más que grande nin mayor,
non es desaguisado del grand mal ser foidor;
del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor:
por ende de las mugeres la mejor es la menor.

***
Íñigo López de Mendoza,
Marqués de Santillana
(España, 1398-1458)
Serranillas
***
32
Mozuela de Bores
allá do la Lama,
púsome en amores.
Cuidé que olvidado
amor me tenía,
como quien se había
grand tiempo dexado
de tales dolores,
que más que la llama
queman amadores.
Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara placiente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama,
nin otra, señores.
Por lo cual: —“Señora”
(le dixe), “en verdad
”la vuestra beldad
”saldrá desde agora
”dentre estos alcores,
”pues merece fama
”de grandes loores.”
Dixo: —“Caballero,
”tiradvos afuera:
”dexad la vaquera
”pasar al otero;
”ca dos labradores
”me piden de Frama,
”entrambos pastores.”
—“Señora, pastor
”seré si queredes:
”mandarme podedes,
”como a servidor:
”mayores dulzores
”será a mí la brama
”que oir ruiseñores.”
Así concluimos
el nuestro proceso
sin facer exceso,
e nos avenimos.
E fueron las flores
de cabe Espinama
los encobridores.
***
Garcí Sánchez de Badajoz
(España, ¿1460?-¿1526?)
***
Recontando a su amiga un sueño que soñó
La mucha tristeza mía
que causó vuestro deseo,
ni de noche ni de día,
cuando estoy donde no os veo,
no olvida mi compañía.
Yo los días no los vivo,
velo las noches cativo,
y si alguna noche duermo,
suéñome muerto en un yermo
en la forma que aquí escribo.
Yo soñaba que me iba
desesperado de amor
por una montaña esquiva
donde si no un ruiseñor
no hallé otra cosa viva.
Y del dolor que levaba
soñaba que me finaba,
Y el Amor que lo sabía,
y que a buscarme venía
y al ruiseñor preguntaba:
—“Dime, lindo ruiseñor,
”¿viste por aquí perdido
”un muy leal amador
”que de mí viene herido?”—
—“¿Cómo? ¿Sois vos el Amor?”—
—“Sí, yo soy a quien seguís,
”y por quien dulces vevís
”todos los que bien amáis.”—
—“Ya sé por quién preguntáis,
”por Garcí Sánchez decís.
”Muy poco ha que pasó
”solo por esta ribera,
”y como le vi y me vio,
”yo quise saber quién era
”y él luego me lo contó
”diciendo: — ‘Yo soy aquel
”a quien más fue amor crüel,
”crüel que causó el dolor,
”que a mí no me mató amor,
”sino la tristeza de él.’
“Yo le dixe: —‘¿Si podré
”a tu mal dar algún medio?’
”Díxome: —‘No, y el porqué
”es porque aborrí el remedio
”cuando de él desesperé.’
“Y estas palabras diciendo,
”y las lágrimas corriendo,
”se fue con dolores graves,
”yo con otras muchas aves
”fuemos en pos de él siguiendo,
”hasta que muerto cayó
”allí entre unas acequias,
”y aquellas aves y yo
”le cantamos las obsequias,
”porque de amores murió:
”y aun no medio fallescido,
”la tristeza y el olvido
”le enterraron de crüeles,
”y en estos verdes laureles
”fue su cuerpo convertido.
”De allí nos quedó costumbre
”las aves enamoradas
”de cantar sobre su cumbre
”las tardes, las alboradas,
”cantares de dulcedumbre.”—
—“Pues yo os otorgo indulgencia
”de las penas que el ausencia
”os dará amor y tristura,
”a quien más su sepoltura
”servirá con reverencia.”—
Vime alegre, vime ufano
de estar con tan dulce gente,
vime con bien soberano
enterrado honradamente
y muerto de vuestra mano.
Allí, estando en tal concierto,
creyendo que era muy cierto
que veía lo que escribo,
recordé y halléme vivo,
de la cual causa soy muerto.

***
Gil Vicente
(Portugal, ¿1465?-1537)
***
Dicen que me case yo
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Más quiero vivir segura
n’esta sierra a mi soltura
que no estar en ventura
si casaré bien o no.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Madre, no seré casada
por no ver vida cansada,
y quizá mal empleada
la gracia que Dios me dio.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
No será ni es nacido
tal para ser mi marido;
y pues que tengo sabido
que la flor yo me la só.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Halcón que se atreve
Halcón que se atreve
con garza guerrera,
peligros espera.
Halcón que se vuela
con garza a porfía,
cazarla quería
y no la recela.
Mas quien no se vela
de garza guerrera,
peligros espera.
La caza de amor
es de altanería:
trabajos de día,
de noche dolor.
Halcón cazador
con garza tan fiera,
peligros espera.

***
Pedro Manuel Ximénez de Urrea
(España, ¿1486-1529?)
Villancico
***
Madre, cuando enviudaré
a Zaragoza me iré.
Allí las viudas holgadas,
mucho más que las casadas,
allí son muy visitadas
de los que les tienen fe.
Visitadas y queridas,
muy queridas y servidas,
servidas y bien sabidas,
que yo sé bien cómo fue.
Viuda huelga en Zaragoza
más que casada ni moza;
cada cual dellas retoza
con mil cosillas que sé.
Madre, aquellas son mujeres
que, con sus dulces aferes,
ellas dan muchos placeres
y tienen quien gelos dé.
¡Oh si viese ya morir
a mi marido, por ir
donde sé que he de sentir
placer con amor que habré!
Si mucho el vivir le dura
yo le daré gran tristura,
que por ir donde hay holgura
la vida le quitaré.

***
Cristóbal de Castillejo
(España, 1492-1550)
Al amor
***
Dame, Amor, besos sin cuento,
asido de mis cabellos,
y mil y ciento tras ellos,
y tras ellos mil y ciento,
y después
de muchos millares, tres;
y porque nadie los sienta,
desbaratemos la cuenta
y contemos al revés.

***
Garcilaso de la Vega
(España, ¿1501 o 1503?-1536)
Égloga primera
(Fragmento)
***
Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

***
Juan de Timoneda
(España, 1585)
Villancico
***
Pues el tiempo se me pasa,
Madre mía, en buena fé,
Sola yo no dormiré.
Gozar quiero de mi edad
Como sabia moza y cuerda,
No queráis, madre, que pierda
Aquesta mi mocedad.
Certifico’s qu’es verdad,
Como ya dicho’s lo he:
Sola yo no dormiré.
Madre, ya sé quién me ama
Y quién servirme desea,
Que no soy tuerta ni fea
Ni mala para en la cama.
¡Qué me falta para dama?
Decildo, que no lo sé:
Sola yo no dormiré.
No soy negra ni mulata
Para no tener amores,
Mochacha como las flores,
Hermosa como la plata.
Duerma sola la beata,
Que tiene causa por qué:
Sola yo no dormiré.
Desnuda soy muy hermosa,
No tengo pelo mal puesto,
Piernas y muslos y gesto,
No se ha visto otra tal cosa.
Noche larga y tenebrosa,
Madre, que me asombraré,
Sola yo no dormiré.
¡Cuál es la que no se espanta
De noche sola en la cama?
Un galán con una dama
Están bien bajo una manta.
Sola no llora ni canta
Una persona qu’esté:
Sola yo no dormiré.

***
Baltasar de Alcázar
(España, 1530-1606)
***
Tres cosas me tienen preso
Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón:
la bella Inés, el jamón
y berengenas con queso.
Esta Inés, amantes, es
quien tuvo en mí tal poder,
que me hizo aborrecer
todo lo que no era Inés.
Trájome un año sin seso,
hasta que en una ocasión
me dio a merendar jamón
y berengenas con queso.
Fue de Inés la primer palma,
pero ya júzgase mal
entre todos ellos cuál
tiene más parte en mi alma.
En gusto, medida y peso
no le hallo distinción;
ya quiero Inés, ya jamón,
ya berengenas con queso.
Alega Inés su beldad,
el jamón que es de Aracena,
el queso y la berengena
la española antigüedad.
Y está tan en fiel el peso,
que, juzgado sin pasión,
todo es uno: Inés, jamón
y berengenas con queso.
A lo menos este trato
destos mis nuevos amores
hará que Inés sus favores
me los venda más barato,
pues tendrá por contrapeso,
si no hiciere la razón,
una lonja de jamón
y berengenas con queso.

***
Francisco de Aldana
(España, 1537-1578)
***
¿Cuál es la causa?
¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando,
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?
Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte
que no pudiendo, como esponja al agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.

***
San Juan de la Cruz
(España, 1542-1591)
Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.
***
Noche oscura
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh, noche amable más que la alborada!
¡Oh, noche que juntaste
Amado con Amada,
Amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire del almena,
cuando ya sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Canción de la llama de amor viva
¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh cauterio suave!
¡oh regalada llaga!
¡oh mano blanda! ¡oh toque delicado
que a la vida eterna sabe
y toda deuda paga!
¡matando, muerte en vida la has trocado!
¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras;
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

***
Miguel de Cervantes Saavedra
(España, 1547-1616)
¿Quién menoscaba mis bienes?
***
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
Ningún remedio se alcanza,
Pues me matan la esperanza
Desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repuna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo.
De ese modo, yo recelo
Morir deste mal extraño,
Pues se aúnan en mi daño
Amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
Querer curar la pasión,
Cuando los remedios son
Muerte, mudanza y locura.

***
Luis de Góngora
(España, 1561-1627)
***
De un caminante enfermo que
se enamoró donde fue hospedado
Descaminado, enfermo, peregrino
En tenebrosa noche, con pie incierto
La confusión pisando del desierto,
Voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
Distinto oyó de can siempre despierto,
Y en pastoral albergue mal cubierto
Piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
Soñolienta beldad con dulce saña
Salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
Más le valiera errar en la montaña,
Que morir de la suerte que yo muero.
***
Noble desengaño
***
Noble desengaño,
gracias doy al cielo
que rompiste el lazo
que me tenía preso.
Por tan gran milagro
colgaré en tu templo
las graves cadenas
de mis graves yerros.
Las fuertes coyundas
del yugo de acero,
que con tu favor
sacudí del cuello,
las húmidas velas
y los rotos remos,
que escapé del mar
y ofrecí en el puerto,
ya de tus paredes
serán ornamento,
gloria de tu nombre,
y de Amor descuento.
Y así, pues que triunfas
del rapaz arquero,
tiren de tu carro
y sean tu trofeo
locas esperanzas,
vanos pensamientos,
pasos esparcidos,
livianos deseos,
rabiosos cuidados,
ponzoñosos celos,
infernales glorias,
gloriosos infiernos.
Compóngante himnos,
y digan sus versos
que libras captivos
y das vista a ciegos.
Ante tu deidad
hónrense mil fuegos
del sudor precioso
del árbol sabeo.
Pero ¿quién me mete
en cosas de seso,
y en hablar de veras
en aquestos tiempos,
donde el que más trata
de burlas y juegos,
ése es quien se viste
más a lo moderno?
Ingrata señora
de tus aposentos,
más dulce y sabrosa
que nabo en adviento,
aplícame un rato
el oído atento,
que quiero hacer auto
de mis devaneos.
¡Qué de noches frías
que me tuvo el hielo
tal, que por esquina
me juzgó tu perro,
y alzando la pierna,
con gentil denuedo,
me argentó de plata
los zapatos negros!
¡Qué de noches destas,
señora, me acuerdo
que andando a buscar
chinas por el suelo,
para hacer la seña
por el agujero,
al tomar la china
me ensucié los dedos!
¡Qué de días anduve
cargado de acero
con harto trabajo,
porque estaba enfermo!
Como estaba flaco,
parecía cencerro:
hierro por de fuera,
por de dentro hueso.
¡Qué de meses y años
que viví muriendo
en la Peña Pobre
sin ser Beltenebros;
donde me acaeció
mil días enteros
no comer sino uñas,
haciendo sonetos!
Qué de necedades
escribí en mil pliegos,
que las ríes tú ahora
y yo las confieso!
Aunque las tuvimos
ambos, en un tiempo,
yo por discreciones
y tú por requiebros.
¡Qué de medias noches
canté en mi instrumento:
“Socorred, señora,
con agua a mi fuego”!
Donde, aunque tú no
socorriste luego,
socorrió el vecino
con un gran caldero.
Adiós, mi señora,
porque me es tu gesto
chimenea en verano
y nieve en invierno,
y el bazo me tienes
de guijarros lleno,
porque creo que bastan
seis años de necio.

***
Lope de Vega
(España, 1562-1635)
Íbase la niña
***
Íbase la niña
Noche de San Juan
A coger los aires
Al fresco del mar.
Miraba los remos
Que remando van
Cubiertos de flores,
Flores de azahar.
Salió un caballero
Por el arenal,
Dijérale amores
Cortés y galán.
Respondió la esquiva,
Quísola abrazar,
Con temor que tiene
Huyendo se va.
Salióle al camino
Otro por burlar,
Las hermosas manos
Le quiere tomar.
Entre estos desvíos
Perdido se han
Sus ricos zarcillos;
Vanlos a buscar.
«¡Dejadme llorar
Orillas del mar!
¡Por aquí, por allí los ví,
Por aquí deben de estar!»
Lloraba la niña,
No los puede hallar,
Danse para ellos,
Quiérenla engañar.
«¡Dejadme llorar
Orillas del mar!
¡Por aquí, por allí los ví,
Por aquí deben de estar!»
Tomad niña el oro
Y no lloréis más,
Que todas las niñas
Nacen en tomar,
Que las que no toman
Después llorarán
El no haber tomado
En su verde edad.
***
Francisco de Quevedo
(España, 1580-1645)

***
Amor constante más allá de la muerte
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día:
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado:
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
Amante agradecido a las lisonjas
mentirosas de un sueño
¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: “Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte”.
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
Soneto amoroso
Tras arder siempre, nunca consumirme;
y tras siempre llorar, nunca acabarme;
tras tanto caminar, nunca cansarme;
y tras siempre vivir, jamás morirme;
después de tanto mal, no arrepentirme;
tras tanto engaño, no desengañarme;
después de tantas penas, no alegrarme;
y tras tanto dolor, nunca reírme;
en tantos laberintos, no perderme,
ni haber, tras tanto olvido, recordado,
¿qué fin alegre puede prometerme?
Antes muerto estaré que escarmentado:
ya no pienso tratar de defenderme,
sino de ser de veras desdichado.
Prosigue en el mismo estado
de sus afectos
Amor me ocupa el seso y los sentidos;
absorto estoy en éxtasis amoroso;
no me concede tregua ni reposo
esta guerra civil de los nacidos.
Explayóse el raudal de mis gemidos
por el grande distrito y doloroso
del corazón, en su penar dichoso,
y mis memorias anegó en olvidos.
Todo soy ruinas, todo soy destrozos,
escándalo funesto a los amantes,
que fabrican de lástimas sus gozos.
Los que han de ser, y los que fueron antes,
estudien su salud en mis sollozos,
y envidien mi dolor, si son constantes.

***
Juan de Tassis, conde de Villamediana
(España, 1582-1622)
A una dama que se casaba con un D. N. Castro, impotente, y había sido primero mujer de un capón.
***
Señora, no me fastidia
envidia,
ni mueven mi pluma y labios
agravios,
ni causan en mí desvelos
celos;
antes alabo á los cielos
de que os sirva un impotente;
pues así el alma no siente
envidia, agravios ni celos.
Dióme un tiempo de su amor
dolor:
ver sus deseos premiados
cuidados,
y que os gozasen sus ojos
enojos.
Supe sus aceros flojos
y sabida su impotencia,
cesaron en mi conciencia
dolor, cuidados y enojos.
Es Castro en nombre abreviado
castrado,
castrado á quien falta el “basto”
castro;
castrado y casto varón
capón
mal podrá haceros buen son
cuando “cascabeles toque”
quien es en “toque emboque”
castrado, casto y capón.
Bien sé que este amante rojo
es flojo,
su “pica, taco y pelorto”
corto;
y que no tiene esta pieza
cabeza.
No guerreará con destreza
instrumento tan mellado;
porque está de puro usado
flojo, corto y sin cabeza.
Faltó á vuestro Scipión
bastón;
y aunque á la guerra os provoque
“estoque”
y para entrar la goleta
gineta
y así á la primera treta
asaltos os faltarán,
faltándole el capitán
bastón, estoque y gineta.
No correrá con pujanza
lanza,
ni con gritos ó á lo sordo
bohordo,
ni á fuer de juego en España
caña.
Si el corazón no me engaña
la boda será funesta;
pues no se enristra la fiesta
lanza, bohordo ni caña.
Si no empuña mandricardo
dardo,
ni dispara en vuestro ormuz
arcabuz,
ni enciende cuando os pertrecha
mecha:
siempre andará con sospecha,
señora, que otro os dá asaltos,
un pobre que ve que es falto
de dardo, arcabuz y mecha.
Es un brazo sin espada
nada;
reloj con pesas sin manos
vano,
y un impotente en el hecho
sin provecho.
Ved, señora, el pie derecho
primero que lo juzguéis,
mirad después no lo halléis.
Nada, vano y sin provecho.
Si al potro el ijar no bate
azicate,
y á la yegua que más vuela
espuela,
y á la mula que más rúa
púa,
a ser lerda se habitúa:
y lo mismo es la mujer
si no le bate el correr,
azicate, espuela ó púa.
Fue un tiempo vuestro varón
capón
y es el que os goza al presente
impotente;
amén de otro monje añejo
viejo.
Señora, mi mal consejo
es que corráis buen caballo,
y no busquéis para gallo
capón, impotente ó viejo.
Vos tenéis, señora polla,
argolla,
y en Castro contemplo solas
bolas
y en el caponazo flaco
taco;
y de aquí, señora, saco
que uno de estos solo y vos
nunca juntaréis los dos
argolla, bolas y taco.
Plegue á Dios que no sea Castro
padrastro,
de vuestro huerto y jardín
mastín,
o sea del hortelano
alano:
gozad del garbo lozano
antes que seáis mujer
de un marido que ha de ser
padrastro, mastín y alano.
Tenga otro en vuestros sollozos
gozos,
y en burlando vuestro intento
contento,
y en veros quemar y arder
placer:
que á mí no me han de mover
riscos, bronces y pedernales
a tener de vuestros males
gozos, contento y placer.
A una señora que cantaba
La peregrina voz y el claro acento
Por la dulce garganta despedido,
Con el süave afecto del oído
Bien pueden suspender cualquier tormento.
Mas el nuevo accidente que yo siento
Otro misterio tiene no entendido,
Pues en la mayor gloria del sentido,
Halla causa de pena el sentimiento.
Efectos varios, porque el mismo canto
Deja en la suspensión con que enajena
Cuerdo el enloquecer, la razón loca.
Y por nuevo milagro o nuevo encanto,
Cuando la voz más dulcemente suena,
Con ecos de dolor el alma toca.

***
Sor Juana Inés de la Cruz
(México, 1648-1695)
Redondillas
***
Arguye de inconsecuente el gusto y la censura de los
hombres, que en las mujeres acusan lo que causan
Hombres necios, que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal!
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco,
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro,
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis,
que con desigual nivel,
a una culpáis por cruel,
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quéjaos enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
O ¿cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia;
pues en promesa e instancia,
juntáis diablo, carne y mundo.
Al que ingrato me deja, busco amante
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo,
de quien no quiero, ser violento empleo;
de quien no me quiere, vil despojo.

***
José Iglesias de la Casa
(España, 1748-1791)
Yo empecé a Luisa a halagar
***
Yo empecé a Luisa a halagar
ayer a la hora de la siesta,
y ella dijo, en jarras puesta:
“¿tiene usted ganas de holgar?”
Díjela: “El que a esto se atreve,
tal vez a más se atreviera”.
Y ella saltó: “Ropa fuera,
y holguémonos cual se debe”.

***
Tomás de Iriarte
(España, 1750-1791)
El mismo
***
Señor D. Juan, quedito, que me enfado:
besar la mano es mucho atrevimiento;
abrazarme… no, D. Juan, no lo consiento.
Cosquillas… ay Juanito… ¿y el pecado?
Qué malos son los hombres… mas, cuydado
que me parece, Juan, que pasos siento…
no es nadie… pues despachemos un momento.
¡Ay, qué placer… tan dulce y regalado!
Jesús, qué loca soy, quién lo creyera
que con un hombre yo… siendo cristiana
mas… que… de puro gusto… ¡ay… alma mía!
Ay, qué vergüenza, vete… ¿y aún tienes gana?
Pues cuando tú lo pruebes otra vez…
pero, Juanito, ¿volverás mañana?

***
José de Espronceda y Delgado
(España, 1808-1842)
El diablo mundo
(Fragmento)
***
El dulce anhelo del amor que aguarda
Tal vez inquieto y con mortal recelo,
La forma bella que cruzó gallarda
Allá en la noche, entre el medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura;
A un tiempo mismo en rápida tormenta,
Mi alma alborotaban de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetuoso torbellino;
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba
Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.
Yo desterrado en extranjera playa
Con los ojos, extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía;
Yo cuando en Occidente el sol desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo,
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece el mayo,
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslízase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella,
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos,
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del amor cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía;
¡Ay!, aquella mujer, tan sólo aquélla,
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza.
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura,
Es espejo no más de su hermosura;
Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las sílfides y ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas;
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas,
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.
¡Oh llama santa! ¡Celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡Memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh mujer, que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi ilusión primera!…

***
Gustavo Adolfo Bécquer
(España, 1836-1870)
***
Cuando en la noche te envuelven
Cuando en la noche te envuelven
Las alas de tul del sueño,
Y tus tendidas pestañas
Semejan arcos de ébano,
Por escuchar los latidos,
De tu corazón inquieto,
Y reclinar tu dormida
Cabeza sobre mi pecho,
Diera, alma mía,
Cuanto poseo,
¡La luz, el aire
Y el pensamiento!
Cuando se clavan tus ojos
En un invisible objeto,
Y tus labios ilumina
De una sonrisa el reflejo,
Por leer sobre tu frente
El callado pensamiento
Que pasa como la nube
Del mar sobre el ancho espejo,
Diera, alma mía,
Cuando deseo
¡La fama, el oro,
La gloria, el genio!
Cuando enmudece tu lengua
Y se apresura tu aliento,
Y tus mejillas se encienden,
Y entornas tus ojos negros,
Por ver entre sus pestañas
Brillar con húmedo fuego
La ardiente chispa que brota
Del volcán de los deseos,
Diera, alma mía,
Por cuanto espero,
¡La fe, el espíritu,
La tierra, el cielo!
Me ha herido recatándose en las sombras
Me ha herido recatándose en las sombras,
Sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello, y por la espalda
Partióme a sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino,
Feliz, risueña, impávida; y ¿por qué?
Porque no brota sangre de la herida,
Porque el muerto está en pie.

***
José Martí
(Cuba, 1853-1895)
Mucho, señora, daría
***
Mucho, señora, daría
por tender sobre tu espalda
tu cabellera bravía,
tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
callado la besaría.
Por sobre la oreja fina
baja lujoso el cabello,
lo mismo que una cortina
que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
de porcelana de China.
Mucho, señora, te diera
por desenredar el nudo
de tu roja cabellera
sobre tu cuerpo desnudo:
Muy despacio lo esparciera,
hilo por hilo lo abriera.

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Wednesday, March 12, 2008

CANTAR DE LOS CANTARES — REY SALOMON — POESIA EROTICA

CANTAR DE LOS CANTARES — REY SALOMON — POESIA EROTICA

  • Salomón

    Cantar de cantares (Biblia)
    Versión en octava rima de Fray Luis de León

  • Capítulo I
  • Esposa
  • Bésame con su boca á mí el mi amado,
    son mas dulces, quel vino, tus amores:
    tu nombre es suave olor bien derramado,
    y no hay olor, que iguale tus olores:
    por eso las doncellas te han amado,
    conosciendo tus gracias, y dulzores:
    llévame en pos de ti, y correremos,
    no temas, que jamás nos cansaremos.
  • Mi Rey en su retrete me ha metido,
    donde juntos los dos nos holgaremos:
    no habrá allí descuido, no habrá olvido,
    los tus dulces amores cantaremos:
    en ti se ocupará todo sentido,
    de ti, por ti, en ti nos gozaremos:
    que siendo sin igual tu hermosura,
    á ti solo amará toda dulzura.
  • Morena soy, mas bella en lo escondido,
    ó hijas de Sión, y muy hermosa:
    porque allí en lo interior no ha podido
    hacerme daño el sol, ni empecer cosa:
    á tiendas de Cedar he parescido:
    que lo que dentro está, es cosa preciosa,
    velo de Salomón, que dentro encierra
    la hermosura, y belleza de la tierra.
  • Mi color natural bien blanco ha sido:
    que aquesta tez morena me causára
    el sol, que andando al campo me ha herido:
    fuerza de mis hermanos me forzára,
    de aquellos, que la mi madre ha parido,
    que unas viñas suyas yo guardára:
    guardé sus viñas con mucho cuidado,
    y la mi propria viña no he guardado.
  • Dime, amor de mi alma, ¿dó apascientas
    el tu hermoso ganado, y tu manada?
    ¿adónde haces tu siesta, dónde asientas?
    ¿dónde tienes tu albergue, y tu majada?
    que no es justo, mi Esposo, que consientas,
    qu’entre pastores tantos yo ande errada:
    qu’en tierra, dó apascientan mil pastores,
    ¿cómo podré yo hallar los mis amores?
  • Esposo
  • Si no sabes, bellísima pastora,
    el valle, dó apasciento el mi ganado,
    toma tus cabritos, y á la hora
    seguirán el camino mas hollado;
    caminando por él vernás dó mora
    el tu dulce pastor, y desposado;
    allí podrán pascer los tus cabritos
    entre los de los otros pastorcitos.
  • A la yegua de mi carro presciada
    paresces en el brio, Esposa mia,
    bella, gentil, lozana, y bien tallada,
    y lleno ese tu rostro de alegría,
    tu mexilla es de perlas arreada,
    y el cuello con collar de pedrería:
    zarcillos de oro fino te daremos,
    y un esmalte de plata les pondremos.
  • Esposa
  • Quando estaba el Rey mio en su reposo,
    mi nardo dió su olor muy mas crescido:
    manojuelo de mirra es el mi Esposo,
    por eso entre mis pechos le he metido,
    racimo de Copher muy oloroso,
    qu’en viñas de Engaddi se ha cogido:
    para mí quiero yo los sus olores,
    pues sé que están en él los mis amores.
  • Esposo
  • ¡O cómo eres hermosa, amiga mia!
    ¡ó cómo eres muy bella, y muy graciosa!
    tus ojos de paloma en la alegría.
  • Esposa
  • O dulce Esposo mio, y que no hay cosa
    que iguale á tu belleza, y gallardía:
    no hay cosa acá en la tierra ansí olorosa:
    nuestro lecho es florido, y la morada
    de cedro, y de cipres está labrada.
  • Capítulo II
  • Esposa
  • Yo soy rosa del campo muy hermosa,
    y azucena del valle muy preciada.
  • Esposo
  • Qual entre las espinas es la rosa,
    tal entre las doncellas es mi amada.
  • Esposa
  • Como es ver un manzano, estraña cosa,
    entre robles, y encinas estimada;
    tal es á mí la vista de mi Esposo,
    qu’entre todos los hijos es gracioso.
  • Debaxo de su sombra he deseado
    sentarme, y me asenté, y ansí he cogido
    la hermosa, y dulce fructa, que él me ha dado:
    la cual por su dulzor bien me ha sabido.
  • A la casa del vino me ha llevado,
    y el su divino amor allí he sentido:
    cercadme de manzanas, y de olores,
    que herida, y muy enferma estoy de amores.
  • La mano de mi amor izquierda quiero
    para me reclinar, y esto me place:
    presto, no se detenga, que me muero,
    y con la su derecha que me abrace.
  • Esposo
  • ¡O, hijas de Sion! de aquí os requiero
    por cabra, y corzo, que en el monte pasce,
    no desperteis mi amada, que ya duerme,
    fasta que ella de suyo se recuerde.
  • Esposa
  • Vos de mi amado es esta; vedle, viene,
    los montes, y el collado atravancando:
    ninguna sierra, ó monte le detiene,
    las cabras, y los corzos semejando;
    vedle como se allega, y se detiene,
    detrás de mi pared está acechando:
    ¿no veis como se asoma al agujero,
    ya se quita, y se pone muy ligero?
  • Hablado me ha el mi amado, y mi querido:
    Levántate del lecho, amiga mia,
    vénte conmigo, qu’ el invierno es ido,
    y las flores nos muestran ya alegría:
    el campo está muy bello, y muy florido,
    y el tiempo del podar se descubria,
    voz de la tortolilla ha ya sonado,
    despierta con su voz nuestro cuidado.
  • La higuera muestra ya el fructo sabroso,
    las viñas, que florescen, dán su olor:
    levántate, quel tiempo es deleytoso,
    y vén, paloma mia, vén, mi amor,
    gocemos deste campo tan hermoso:
    que en aquellas penas de mayor altor,
    en unos agujeros abscondidos
    haremos nuestro albergue, y nuestros nidos.
  • Descúbreme tu vista amable, y bella,
    muéstrame tus facciones tan hermosas,
    suene tu voz suave, hermosa estrella.
  • Esposa
  • Cazadme, dixe yo, aquellas raposas,
    las raposas pequeñas, que gran mella
    hacen en mi viña las rabiosas:
    á todas las tomad, haced que huyan,
    ántes que la mi viña me destruyan.
  • Mio es el Esposo, mio, y muy amado,
    y yo soy toda suya, y él me quiere
    de aquel, qu’ entre las flores su ganado
    apascienta, seré mientras viviere.
  • Quando las sombras huyan por el prado,
    vendraste á mí, mi amor, si te pluguiere,
    como la cabra, ó corzo bien ligero,
    saltando por los montes, que te espero.
  • Capítulo III
  • En mi lecho en las noches he buscado
    al que mi alma adora, y no le hallando,
    torné á buscarle con mayor cuidado,
    y saltando del lecho sospirando,
    entré por la ciudad, y he rodeado
    las plazas y las calles caminando;
    de tanto caminar cansada estaba,
    mas nunca pude hallar al que buscaba.
  • Halláronme las guardas, que rondando
    andaban la ciudad la noche escura;
    y yo acerquéme á ellas preguntando,
    ¿habeis visto á mi amado por ventura?
    y desque un poco dellos alejando
    me voy, hallé el mi amor, y mi hermosura:
    túvelo yo abrazado, y bien asido,
    y en casa de mi madre lo he metido.
  • O hijas de Sion, yo os ruego, y pido
    por la cabra, y el ciervo, y el venado,
    no hagais bullicio alguno, ni ruido,
    porque no desperteis mi dulce amado,
    que sobre el lecho mio se ha dormido;
    esperad qu’ el despierte de su grado:
    juntaos aquí conmigo, y velaremos,
    y este su sueño dulce guardaremos.
  • Compañeras
  • ¿Quién es esta, que sube del desierto
    como coluna bella, y muy hermosa,
    qu’ el humo del encienso ha descubierto,
    hasta dar en las nubes olorosa?
    el cielo de su olor lleno está cierto:
    ¡ó cómo es la su vista hermosa cosa!
    la mirra, y los perfumes olorosos
    en ella muestran ser muy mas preciosos.
  • Cercad bien con los ojos aquel lecho
    del gran Rey Salomón tan adornado;
    sesenta fuertes hombres muy de hecho
    le tienen todo en torno rodeado,
    hombres de gran valor, y fuerte pecho,
    y en armas cada qual bien enseñado:
    todos tienen al lado sus espadas
    por temor de la noche, y empuñadas.
  • Una morada bella ha edificado
    para sí Salomón de extraña hechura;
    el su monte de líbano ha cortado,
    para de cedro hacer la cobertura;
    de plata las colunas ha labrado,
    y el techo de oro fino, y la moldura,
    y el estrado de púrpura adornado,
    y en medio dél mi amor está asentado.
  • Esposa
  • Salid, hijas de Sion, salí á porfía,
    vereis á Salomón Rey coronado
    con la corona rica, que en el dia
    de su gozo su madre le habia dado,
    quando con regocijo, y alegría
    conmigo desposó el mi lindo amado:
    salid, vereis la cosa mas hermosa,
    quel mundo tiene acá, y más graciosa.
  • Capítulo IV
  • Esposo
  • ¡O cómo eres hermosa, dulce amada!
    y tus ojos son bellos y graciosos,
    como de una paloma muy preciada,
    entre esos tus copetes tan hermosos:
    tu cabello paresce una manada
    de cabras, y cabritos, que gozosos
    del monte Galaad vienen baxando,
    el pelo todo liso, y relumbrando.
  • Los tus hermosos dientes parescian
    un rebaño de ovejas muy preciado,
    las quales de lavarse ya venian
    del rio, el vellon viejo trasquilado,
    tan blancas, tan parejas, que se vian
    pasciendo por el campo, y por el prado:
    estéril entre todas no la habia,
    dos cordericos cada qual trahia.
  • Hilo de carmesí bello, y polido
    son los tus labios, y tu hablar gracioso:
    tus mexillas á mí me han parescido
    un casco de granada muy hermoso:
    y aquese blanco cuello liso y erguido,
    castillo de David fuerte, y vistoso:
    mil escudos en él están colgados,
    las armas de los fuertes, y estimados.
  • Los tus pechos dos blancos cabritillos
    parescen, y mellizos, que pasciendo
    están entre violetas ternecillos,
    en medio de las flores revolviendo:
    mientras las sombras de aquellos cerrillos
    huyen, y el dia viene reluciendo,
    voy al monte de mirra, y al collado
    del encienso á cogerle muy preciado.
  • Del todo eres hermosa, amiga mia,
    no tiene falta alguna tu hermosura,
    del líbano desciende, mi alegría,
    vente para mí, y esa espesura
    de Hermon, y de Amana, que te tenia,
    dexayla de seguir, qu’ es muy obscura,
    donde se crian onzas, y leones
    en las obscuras cuevas, y rincones.
  • El corazon, Esposa, me has robado
    en una sola vez, que me miraste,
    con el sartal del cuello le has atado;
    ¡quán dulce es el amor, con que me amaste!
    mas sabroso quel vino muy preciado:
    ¡ó quán suave olor, que derramaste!
    panal están tus labios destilando,
    y en leche, y miel tu lengua están nadando.
  • Tu vestido, y arreo tan presciado
    en su olor al del líbano paresce,
    eres un huerto hermoso, y bien cerrado,
    que ninguno le daña, ni le empesce:
    fuente sellada, qu’ él que la ha gustado,
    en el tu dulce amor luego enternesce:
    jardin todo plantado de granados
    de juncia, mirra, y nardos muy presciados.
  • Donde tambien el azafran se cría,
    canela, y cinamomo muy gracioso,
    y toda suavidad de especería,
    linaloe con todo lo oloroso:
    fuente eres de los huertos, alma mia,
    pozo de vivas aguas muy sabroso,
    que del líbano baxan sosegadas,
    y en este pozo están muy reposadas.
  • Sus vuela, cierzo, ea, no parezcas
    por mi hermoso huerto, que he temor,
    que con tu dura fuerza me le empezcas,
    llevándome mis fructos, y mi olor:
    vén, ábrego, que ablandes, y enternezcas
    mis plantas, y derrames el su olor:
  • Esposa
  • Venga á mi huerto, y coja sus manzanas,
    mi amado, y comerá las muy tempranas.
  • Capítulo V
  • Esposo
  • Vine yo al mi huerto, hermana Esposa,
    y ya cogí mi mirra, y mis olores,
    comí el panal, y la miel sabrosa,
    bebí mi vino, y leche, y mis licores:
    venid, mis compañeros, que no es cosa,
    de dexeis de gustar tales dulzores:
    bebed hasta embriagaros, que es suave
    mi vino: el que mas bebe, mas le sabe.
  • Esposa
  • Yo duermo, al parescer, muy sin cuidado,
    mas el mi corazon está velando:
    la voz de mi querido me ha llamado.
  • Esposo
  • Abreme, amiga mia, que esperando
    está la tu paloma este tu amado:
    ábreme, que está el cielo lloviznando:
    mi cabello, mi cabeza está mojada
    de gotas de la noche, y rociada.
  • Esposa
  • Todas mis vestiduras me he quitado,
    ¿cómo me vestiré, que temo el frio?
    y habiéndome tambien los pies lavado,
    ¿cómo me ensuciaré yo, amado mio?
  • Con su mano mi Esposo habia probado
    abrirme la mi puerta con gran brio,
    por entre los resquicios la ha metido,
    el corazon en mí ha estremecido.
  • Levantéme yo á abrirle muy ligera,
    de mis manos la mirra destilaba,
    la mirra, que de mis manos cayera,
    mojó la cerradura, y el aldaba:
    abríle; mas mi amor ya ido era,
    qu’el alma, quando abria, me lo daba:
    busquéle, mas hallarle no he podido;
    llaméle, mas jamas me ha respondido.
  • Halláronme las guardas, qu’en lo obscuro
    de la noche velaban con cuidado:
    hiriéronme tambien los que en el muro
    velaban, y aun el manto me han quitado.
  • O hijas de Sion, aquí os conjuro,
    digais, si acaso viéredes mi amado,
    quán enferma me tienen sus amores,
    quán triste, y quán amarga, y con dolores.
  • Compañeras
  • ¿Qué tal es ese, que tú tanto amaste,
    ó hermosa sobre todas las mugeres,
    aquel por quien ansí nos conjuraste?
  • Dinos las señas dél, si las supieres,
    que aquel que con tal pena tú buscaste,
    hermoso debe ser, pues tú le quieres.
  • Esposa
  • Mi amado es blanco, hermoso, y colorado:
    vandera entre millares ha llevado.
  • La su cabeza de oro es acendrado,
    son crespos, y muy negros sus cabellos,
    los ojos de paloma á mi amado,
    grandes, claros, graciosos, y muy bellos,
    de paloma qu’ en leche se ha bañado,
    tan lindos que bast’ á herir con ellos,
    en lo lleno del rostro están fixados,
    del todo son hermosos, y acabados.
  • Son como heras de plantas olorosas
    de confeccion suave sus mexillas,
    sus labios son violetas muy hermosas,
    qu’ estilan mirra, y otras maravillas,
    reiletes de oro muy preciosas
    sus manos, quando él quiere descubrillas:
    su vientre blanco de marfil labrado,
    de zafíros muy ricos adornado.
  • Colunas son de un mármol bien fundadas
    en basas de oro fino muy polido,
    sus piernas, fuertes, recias, y agraciadas;
    y el su semblante grave, y muy erguido
    como plantas de cedro, que plantadas
    en el líbano están, me ha parescido;
    su paladar manando está dulzura,
    y todo él es deseo, y hermosura.
  • Tal es el mi querido, tal mi amado,
    tales son sus riquezas, sus haberes,
    por este tal os he yo conjurado,
    porque en él solo están los mis placeres.
  • Compañeras
  • ¿Dó fué ese amado tuyo tan presciado,
    ó hermosa sobre todas las mugeres?
    dinos, ¿dó fué? que todas nos iremos
    juntas contigo, y te le buscaremos.
  • Capítulo VI
  • Esposa
  • Mi amado al huerto suyo ha descendido,
    á las heras de plantas olorosas:
    su ganado en mi huerto le ha metido,
    á apascentarlo allí, y coger rosas,
    á solo aquel mi amado he yo querido,
    y el tambien á mí sola entre sus cosas:
    el mi querido es solo entre pastores,
    qu’ el ganado apascienta entre mil flores.
  • Esposo
  • Como Thirsa, mi amada, eres hermosa,
    y como Hierusalem polida y bella,
    como esquadron de gente eres vistosa,
    y fuerte, mil vanderas hay en ella:
    vuelve de mí tus ojos, dulce Esposa,
    tu vista me hace fuerza solo en vella:
    tu cabello paresce á las manadas
    de cabras, que de Galaad salen pintadas.
  • Una manada, linda mia, de ovejas,
    me han tus hermosos dientes parescido,
    que trasquiladas ya las lanas viejas,
    del rio de bañarse han subido,
    tan blancas, tan lucientes, tan parejas,
    cada qual dos corderos ha parido:
    tus mexillas un casco de granada
    entre esos tus copetes asentada.
  • Sesenta reynas todas coronadas,
    y ochenta concubinas me servian,
    las doncellas no pueden ser contadas,
    que número, ni cuento no tenian;
    mas una es mi paloma, y humilladas
    todas á mi perfecta obedescian:
    y única á su madre aquésta fuera,
    esta es sola, que otra no pariera.
  • Las hijas que la vieron, la llamaron
    la bienaventurada, y la dichosa,
    reynas, y concubinas la loaron
    entre todas por bella, y graciosa:
    todos los que la vieron, se admiraron,
    diciendo, ¿quién es esta tan hermosa,
    que como el alba muestra su frescura,
    y como luna clara su hermosura?
  • Como el sol entre todas se ha escogido,
    fuerte como esquadron muy bien armado.
  • Al huerto del nogal he descendido,
    por ver si daba el fructo muy preciado,
    mirando si la viña ha florescido,
    y el granado me daba el fructo amado.
  • Esposa
  • No sé cómo me pude ir tan ligera,
    que mi alma allá en un punto me pusiera.
  • Carros de Aminadab muy presurosos
    los mis ligeros pasos parescian,
    y los que me miraban deseosos
    de verme, ó Sunamite, me decian,
    vuelve, vuelve esos ojos tan graciosos,
    ten tus ligeros pies, que ansí corrian:
    decian, Sunamita, que mirastes,
    que como un esquadron os adornastes.
  • Capítulo VII
  • Compañeras
  • Quán bellos son tus pasos, y el de tu andar,
    los tus graciosos pies, y ese calzado,
    los muslos una aljorca por collar,
    de mano de maestro bien labrado:
    tu ombligo es una taza circular,
    llena de un licor dulce muy preciado,
    monton de trigo es tu vientre hermoso,
    cercado de violetas, y oloroso.
  • Tus pechos son belleza, y ternura,
    dos cabritos mellizos, y graciosos;
    y torre de marfil de gran blancura
    tu cuello, y los tus ojos tan hermosos
    estanques de Esebon de agua pura,
    qu’en puerta Batrabim están vistosos:
    tu nariz una torre muy preciada,
    del líbano á Damasco está encarada.
  • Tu cabeza al carmelo, levantado
    sobre todos los montes, parescia:
    y el tu cabello roxo, y encrespado,
    color de fina púrpura tenia:
    el Rey en sus regueras está atado,
    que desasirse de ahí ya no podia:
    ¡ó quán hermosa eres, y agraciada,
    amiga, y en deleytes muy presciada!
  • Una muy bella palma, y muy crescida
    parece tu presencia tan preciada,
    de unos racimos dulces muy ceñida,
    que son tus lindos pechos, desposada.
  • Dixe, yo subiré en la palma erguida,
    asiré los racimos de la amada,
    racimos de la vid dulces, y hermosos
    serán tus pechos lindos, y graciosos.
  • Un olor de manzanas parecia
    el huelgo de tu boca tan graciosa,
    y como el suave vino bien olia:
    tu lindo paladar, ó linda Esposa,
    qual vino que al amado bien sabia,
    y á las derechas era dulce cosa,
    que despierta los labios ya caidos,
    y gobierna la lengua y los sentidos.
  • Esposa
  • Yo soy enteramente de mi Esposo,
    y él en mí sus deseos ha empleado:
    ven pues, amado dulce, y muy gracioso,
    salgamos por el campo, y por el prado,
    moremos en las granjas, qu’ es sabroso
    lugar para gozar muy sin cuidado,
    muy de mañana nos levantarémos,
    y juntos por las viñas nos iremos.
  • Verémos, si la vid ya florescia,
    y al granado nos muestra ya sus flores,
    si el dulce fructo ya se descubria:
    allí te daré yo los mis amores,
    la mandrágora allí su olor envia,
    y allí las fructas tienen sus dulzores;
    que yo todas las fructas, dulce amado,
    allá en mi casa te las he guardado.
  • Capítulo VIII
  • ¿Quién como hermano mio te me diese,
    qu’el pecho de mi madre hayas mamado?
    dó quiera que yo hallarte pudiese,
    mil besos, mil abrazos te habria dado,
    sin que me despreciase el que me viese,
    sabiendo que en un vientre hemos andado:
    en casa de mi madre te entraria,
    y allá tu dulce amor me enseñaria.
  • Del vino que adobado yo tenia,
    haria que bebieses que es preciado,
    y el mosto de granadas te daria;
    la su mano siniestra del mi amado
    baxo la mi cabeza la ponia,
    y con la su derecha me ha abrazado.
  • O hijas de Sion, no hagais ruido,
    porque mi dulce amor está dormido.
  • Compañeras
  • ¿Quién es esta, que sube recostada
    del desierto, y echada la su mano
    sobre su amado tiene, y delicada?
  • Esposa
  • Allí te desperté só aquel manzano,
    adonde te parió tu madre amada;
    allí sintió el dolor, que no fué vano.
  • Esposo
  • Sobre tu corazon me pon por sello,
    amada, y sobre el brazo, y en tu cuello.
  • Ansí como la muerte es el amor,
    duros como el infierno son los zelos,
    las sus brasas son fuego abrasador,
    que son brasas de Dios, y de sus cielos,
    muchas aguas no pueden tal ardor
    apagar, ni los rios con sus hielos;
    el qu’…este amor alcanza, ha despreciado
    quanto haber este mundo le ha enviado.
  • Esposa
  • Pequeña es nuestra hermana, aún no tenia
    pechos; mientras le nascen, ¿qué haremos,
    quando se hablare della, vida mia?
  • Esposo
  • Una pared muy fuerte labrarémos,
    y un palacio de plata yo le haria;
    y las puertas de cedro le pondremos;
    y dentro del palacio ella encerrada,
    estará muy segura, y muy guardada.
  • Esposa
  • Yo soy bien fuerte muro, Esposo amado,
    y mis pechos son torre bien fundada.
  • Esposo
  • Bien segura estará puesta á mi lado.
  • Esposa
  • No hay donde pueda estar mejor guardada:
    que luego que á tus ojos he agradado,
    quedé yo en paz, temida, y aceptada;
    y ansí con tal Esposo estoy segura,
    que no me enojará de hoy mas criatura.
  • En Bal-hamon su gran viña tenia
    Salomón, entregada á los renteros,
    cada qual por los fructos que cogia,
    de plata le trahia mil dineros;
    mas me rentará á mí la viña mia,
    que me la labraré con mis obreros:
    mil dan á Salomón, y ellos ganaban
    docientos, de los fructos que sacaban.
  • Esposo
  • Estando tú en el huerto, amada Esposa,
    y nuestros compañeros escuchando,
    haz que oya yo tu voz graciosa,
    que al tu querido Esposo está llamando.
  • Esposa
  • Vén presto, amigo mio, que tu Esposa
    te espera, vén corriendo, vén saltando,
    como cabras, ó corzos corredores,
    sobre los montes altos, y de olores.
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Wednesday, November 14, 2007

EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS

EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS // PABLO NERUDA

I
Por qué los inmensos aviones
No se pasean con sus hijos?
Cuál es el pájaro amarillo
Que llena el nido de limones?
Por qué no enseñan a sacar
Miel del sol a los helicópteros?
Dónde dejó la luna llena
Su saco nocturno de harina?
II
Si he muerto y no me he dado cuenta
A quién le pregunto la hora?
De dónde saca tantas hojas
La primavera de Francia?
Dónde puede vivir un ciego
A quien persiguen las abejas?
Se se termina el amarillo
con qué vamos a hacer el pan?
III
Dime, la rosa está desnuda
O sólo tiene ese vestido?
Por qué los árboles esconden
El esplendor de sus raíces?
Quién oye los remordimientos
Del automóvil criminal?
Hay algo más triste en el mundo
Que un tren inmóvil en la lluvia?
IV
Cuántas iglesias tiene el cielo?
Por qué no ataca el tiburón
A las impávidas sirenas?
Conversa el humo con las nubes?
Es verdad que las esperanzas
Deben regarse con rocío?
V
Qué guardas bajo tu joroba?
Dijo un camello a una tortuga.
Y la tortuga preguntó:
Qué conversas con las naranjas?
Tiene más hojas un peral
Que Buscando el Tiempo Perdido?
Porqué se suicidan las hojas
Cuando se sienten amarillas?
VI
Por qué el sombrero de la noche
Vuela con tantos agujeros?
Qué dice la vieja ceniza
Cuando camina junto al fuego?
Por qué lloran tanto las nubes
Y cada vez son más alegres?
Para quién arden los pistilos
Del sol en sombra del eclipse?
Cuántas abejas tiene el día?
VII
Es paz la paz de la paloma?
El leopardo hace la guerra?
Por qué enseña el profesor
La geografía de la muerte?
Qué pasa con las golondrinas
Que llegan tarde al colegio?
Es verdad que reparten cartas
Transparentes, por todo el cielo?
VIII
Qué cosa irrita a los volcanes
Qué escupen fuego, frío y furia?
Por qué Cristóbal Colón
No pudo descubrir a España?
Cuántas preguntas tiene un gato?
Las lágrimas que no se lloran
Esperan en pequeños lagos?
O serán ríos invisibles
Que corren hacia la tristeza?
IX
Es este mismo el sol de ayer
O es otro el fuego de su fuego?
Cómo agradecer a las nubes
Esa abundancia fugitiva?
De dónde viene el nubarrón
Con sus sacos negros de llanto?
Dónde están los nombres aquellos
Dulces como tortas de antaño?
Dónde se fueron las Donaldas,
Las Clorindas, las Eduvigis?
X
Qué pensarán de mi sombrero
En cien años más, los polacos?
Qué dirán de mi poesía
Los que no tocaran mi sangre?
Cómo se mide la espuma
Que resbala de la cerveza?
Qué hace una mosca encarcelada
En un soneto de Petrarca?
XI
Hasta cuándo hablan los demás
Si ya hemos hablado nosotros?
Qué diría José Martí
Del pedagogo Marinello?
Cuántos años tiene Noviembre?
Qué sigue pagando el Otoño
Con tanto dinero amarillo?
Cómo se llama ese cocktail
Que mezcla vodka con relámpagos?
XII
Y a quién le sonríe el arroz
Con infinitos dientes blancos?
Por qué en las épocas oscuras
Se escribe con tinta invisible?
Sabe la bella de Caracas
Cuántas faldas tiene la rosa?
Por qué me pican las pulgas
Y los sargentos literarios?
XIII
Es verdad que sólo en Australia
Hay cocodrilos voluptuosos?
Cómo se reparten el sol
En el naranjo las naranjas?
Venía de una boca amarga
La dentadura de la sal?
Es verdad que vuela de noche
Sobre mi patria un cóndor negro?
XIV
Y qué dijeron los rubíes
Ante el jugo de las granadas?
Pero por qué no se convence
El Jueves de ir después del Viernes?
Quiénes gritaron de alegría
Cuando nació el color azul?
Por qué se entristece la tierra
Cuando aparecen las violetas?
XV
Pero es verdad que se prepara
La insurrección de los chalecos?
Por qué otra vez la primavera
Ofrece sus vestidos verdes?
Por qué ríe la agricultura
Del llanto pálido del cielo?
Cómo logró su libertad
La bicicleta abandonada?
XVI
Trabajan la sal y el azúcar
Construyendo una torre blanca?
Es verdad que en el hormiguero
Los sueños son obligatorios?
Sabes qué meditaciones
Rumia la tierra en el otoño?
(Por qué no dar una medalla
a la primera hoja de oro?)
XVII
Te has dado cuenta que el Otoño
Es como una vaca amarilla?
Y cómo la bestia otoñal
Es luego un oscuro esqueleto?
Y cómo el invierno acumula
Tantos azules lineales?
Y quién pidió a la Primavera
Su monarquía transparente?
XVIII
Cómo conocieron las uvas
La propaganda del racimo?
Y sabes lo que es más difícil
Entre granar y desgranar?
Es malo vivir sin infierno:
No podemos reconstruirlo?
Y colocar al triste Nixon
Con el traste sobre el brasero?
Quemándolo a fuego pausado
Con napalm norteamericano?
XIX
Han contado el oro que tiene
El territorio del maíz?
Sabes que es verde la neblina
A mediodía, en Patagonia?
Quién canta en el fondo del agua
En la laguna abandonada?
De qué ríe la sandía
Cuando la están asesinando?
XX
Es verdad que el ámbar contiene
Las lágrimas de las sirenas?
Cómo se llama una flor
Que vuela de pájaro en pájaro?
No es mejor nunca que tarde?
Y por qué el queso se dispuso
A ejercer proezas en Francia?
XXI
Y cuando se fundó la luz
Esto sucedió en Venezuela?
Dónde está el centro del mar?
Por qué no van allí las olas?
Es cierto que aquel meteoro
Fue una paloma de amatista?
Puedo preguntar a mi libro
Si es verdad que yo lo escribí?
XXII
Amor, amor, aquel y aquella
Si ya no son, dónde se fueron?
Ayer, ayer dije a mis ojos
Cuándo volveremos a vernos?
Y cuando se muda el paisaje
Son tus manos o son tus guantes?
Cuando canta el azul del agua
Cómo huele el rumor del cielo?
XXIII
Se convierte en pez volador
Si transmigra la mariposa?
Entonces no era verdad
Que vivía Dios en la luna?
De qué color es el olor
Del llanto azul de las violetas?
Cuántas semanas tiene un día
Y cuántos años tiene un mes?
XXIV
El 4 es 4 para todos?
Son todos los sietes iguales?
Cuándo el preso piensa en la luz
Es la misma que te ilumina?
Has pensado de qué color
Es el Abril de los enfermos?
Qué monarquía occidental
Se embandera con amapolas?
XXV
Por qué para esperar la nieve
Se ha desvestido la arboleda?
Y cómo saber cuál es Dios
Entre los Dioses de Calcuta?
Por qué viven tan harapientos
Todos los gusanos de seda?
Por qué es tan dura la dulzura
Del corazón de la cereza?
Es porque tiene que morir
O porque tiene que seguir?
XXVI
Aquel solemne Senador
Que me atribuía un castillo
Devoró ya con su sobrino
La torta del asesinato?
A quién engaña la magnolia
con su fragancia de limones?
Dónde deja el puñal el águila
Cuando se acuesta en una nube?
XXVII
Murieron tal vez de vergüenza
Estos trenes que se extraviaron?
Quién ha visto nunca el acíbar?
Dónde se plantaron los ojos
Del camarada Paul Éluard?
Hay sitio para unas espinas?
Le preguntaron al rosal.
XXVIII
Por qué no recuerdan los viejos
Las deudas ni las quemaduras?
Era verdad aquel aroma
De la doncella sorprendida?
Por qué los pobres no comprenden
Apenas dejan de ser pobres?
Dónde encontrar una campana
Que suene adentro de tus sueños?
XXIX
Qué distancia en metros redondos
Hay entre el sol y las naranjas?
Quién despierta a sol cuando duerme
Sobre su cama abrasadora?
Canta la tierra como un grillo
Entre la música celeste?
Verdad que es ancha la tristeza,
Delgada la melancolía?
XXX
Cuando escribió su libro azul
Rubén Darío no era verde?
No era escarlata Rimbaud
Góngora de color violeta?
Y Victor Hugo tricolor?
Y yo a listones amarillos?
Se juntan todos los recuerdos
De los pobres de las aldeas?
Y en una caja mineral
Guardaron sus sueños los ricos?
XXXI
A quién le puedo preguntar
Qué vine a hacer en este mundo?
Por qué me muevo sin querer,
Por qué no puedo estar inmóvil?
Por qué voy rodando sin ruedas,
Volando sin alas ni plumas,
Y qué me dio por transmigrar
Si viven en Chile mis huesos?
XXXII
Hay algo más tonto en la vida
Que llamarse Pablo Neruda?
Hay en el cielo de Colombia
Un coleccionista de nubes?
Por qué siempre se hacen en Londres
Los congresos de los paraguas?
Sangre color de amaranto
Tenía la reina de Saba?
Cuando lloraba Baudelaire
Lloraba con lágrimas negras?
XXXIII
Y por qué el sol es tan mal amigo
Del caminante en el desierto?
Y por qué el sol es tan simpático
En el jardín del hospital?
Son pájaros o son peces
En estas redes de la luna?
Fue adonde a mí me perdieron
Que logré por fin encontrarme?
XXXIV
Con las virtudes que olvidé
Me puedo hacer un traje nuevo?
Por qué los ríos mejores
Se fueron a correr en Francia?
Por qué no amanece en Bolivia
Desde la noche de Guevara?
Y busca allí a los asesinos
Su corazón asesinado?
Tienen primero gusto a lágrimas
Las uvas negras del destierro?
XXXV
No será nuestra vida un túnel
Entre dos vagas claridades?
O no será una claridad
Entre dos triángulos oscuros?
O no será la vida un pez
Preparado para ser pájaro?
La muerte será de no ser
O de sustancias peligrosas?
XXXVI
No será la muerte por fin
Una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
Buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
En otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
De perros o de mariposas?
XXXVII
De tu cenizas nacerán
Checoeslovacos o tortugas?
Tu boca besará claveles
con otros labios venideros?
Pero sabes de dónde viene
La muerte, de arriba o de abajo?
De los microbios o los muros,
De las guerras o del invierno?
XXXVIII
No crees que vive la muerte
Dentro del sol de una cereza?
No puede matarte también
Un beso de la primavera?
Crees que el luto te adelanta
La bandera de tu destino?
Y encuentras en la calavera
Tu estirpe a hueso condenada?
XXXIX
No sientes también el peligro
En la carcajada del mar?
No ves en la seda sangrienta
De la amapola una amenaza?
No ves que florece el manzano
Para morir en la manzana?
No lloras rodeado de risa
Con las botellas del olvido?
XL
A quién el cóndor andrajoso
Da cuenta de su cometido?
Cómo se llama la tristeza
En una oveja solitaria?
Y qué pasa en el palomar
Si aprenden canto las palomas?
Si las moscas fabrican miel
Ofenderán a las abejas?
XLI
Cuánto dura un rinoceronte
Después de ser enternecido?
Qué cuentan de nuevo las hojas
De la reciente primavera?
Las hojas viven en invierno
En secreto, con las raíces?
Qué aprendió el árbol de la tierra
Para conversar con el cielo?
XLII
Sufre más el que espera siempre
Que aquel que nunca esperó a nadie?
Dónde termina el arco iris,
En tu alma o en el horizonte?
Tal vez una estrella invisible
Será el cielo de los suicidas?
Dónde están las viñas de hierro
De donde cae el meteoro?
XLIII
Quién era aquella que te amó
En el sueño, cuando dormías?
Dónde van las cosas del sueño?
Se van al sueño de los otros?
Y el padre que vive en los sueños
Vuelve a morir cuando despiertas?
Florecen las plantas del sueño
Y maduran sus graves frutos?
XLIV
Dónde está el niño que yo fui,
Sigue adentro de mí o se fue?
Sabe que no lo quise nunca
Y tampoco me quería?
Por qué anduvimos tanto tiempo
Creciendo para separarnos?
Por qué no morimos los dos
Cuando mi infancia se murió?
Y si el alma se me cayó
Por qué me sigue el esqueleto?
XLV
El amarillo de los bosques
Es el mismo del año ayer?
Y se repite el vuelo negro
De la tenaz ave marina?
Y donde termina el espacio
Se llama muerte o infinito?
Qué pesan más en la cintura,
Los dolores o los recuerdos?
XLVI
Y cómo se llama ese mes
Que está entre Diciembre Y Enero?
con qué derecho numeraron
Las doce uvas del racimo?
Por qué no nos dieron extensos
Meses que duren todo el año?
No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?
XLVIII
Son los senos de las sirenas
Las redondescas caracolas?
O son olas petrificadas
O juego: inmóvil de la espuma?
No se ha incendiado la pradera
Con las luciérnagas salvajes?
Los peluqueros del otoño
Despeinaron los crisantemos?
XLIX
Cuando veo de nuevo el mar
El mar me ha visto o no me ha visto?
Por qué me preguntan las olas
Lo mismo que yo les pregunto?
Y por qué golpean la roca
Con tanto entusiasmo perdido?
No se cansan de repetir
Su declaración a la arena?
L
Quién puede convencer al mar
Para que sea razonable?
De qué le sirve demoler
Ámbar azul, granito verde?
Y para qué tantas arrugas
Y tanto agujero en la roca?
Yo llegué de detrás del mar
Y dónde voy cuando me ataja?
Por qué me he cerrado el camino
Cayendo en la trampa del mar?
LI
Por qué detesto las ciudades
Con olor a mujer y orina?
No es la ciudad el gran océano
De los colchones que palpitan?
La oceanía de los aires
No tiene islas y palmeras?
Por qué volví a la indiferencia
Del océano desmedido?
LII
Cuánto medía el pulpo negro
Que oscureció la paz del día?
Eran de hierro sus ramales
Y de fuego muerto sus ojos?
Y la ballena tricolor
Por qué me atajó en el camino?
LIII
Quién devoró frente a mis ojos
Un tiburón lleno de pústulas?
Tenía la culpa es escualo
O los peces ensangrentados?
Es el orden o lo batalla
Este quebranto sucesivo?
LIV
Es verdad que las golondrinas
Van a establecerse en la luna?
Se llevarán la primavera
Sacándola de las cornisas?
Se alejarán en el otoño
Las golondrinas de la luna?
Buscarán muestras de bismuto
A picotazos en el cielo?
Y a los balcones volverán
Espolvoreadas de ceniza?
LV
Por qué no mandan a los topos
Y a las tortugas a la luna?
Los animales ingenieros
De cavidades y ranuras
No podrían hacerse cargo
De estas lejanas inspecciones?
LVI
No crees que los dromedarios
Preservan luna en sus jorobas?
No la siembran en los desiertos?
con persistencia clandestina?
Y no estará prestado el mar
Por un corto tiempo a la tierra?
No tendremos que devolverlo
con sus mareas a la luna?
LVII
No será bueno prohibir
Los besos interplanetarios?
Por qué no analizar las cosas
Antes de habilitar planetas?
Y por qué no el ornitorrinco
con su espacial indumentaria?
Las herraduras no se hicieron
Para caballos de la luna?
LVIII
Y qué palpitaba en la noche?
Eran planetas o herraduras?
Debo escoger esta mañana
Entre el mar desnudo y el cielo?
Y por qué el cielo está vestido
Tan temprano con sus neblinas?
Qué me esperaba en Isla Negra?
La verdad verde o el decoro?
LIX
Por qué no nací misterioso?
Por qué crecí sin compañía?
Quién me mandó desvencijar
Las puertas de mi propio orgullo?
Y quién salió a vivir por mí
Cuando dormía o enfermaba?
Qué bandera se desplegó
Allí donde no me olvidaron?
LX
Y qué importancia tengo yo
En el tribunal del olvido?
Cuál es la representación
Del resultado venidero?
Es la semilla cereal
con su multitud amarilla?
O es el corazón huesudo
El delegado del durazno?
LXI
La gota viva del azogue
Corre hacia abajo o hacia siempre?
Mi poesía desdichada
Mirará con los ojos míos?
Tendré mi olor y mis dolores
Cuando yo duerma destruido?
LXII
Qué significa persistir
En el callejón de la muerte?
En el desierto de la sal
Cómo se puede florecer?
En el mar del no pasa nada
Hay vestido para morir?
Cuando ya se fueron los huesos
Quién vive en el polvo final?
LXIII
Cómo se acuerda con los pájaros
La traducción de sus idiomas?
Cómo le digo a la tortuga
Que yo le gano en lentitud?
Cómo le pregunto a la pulga
Las cifras de su campeonato?
Y a los claveles qué les digo
Agradeciendo su fragancia?
LXIV
Por qué mi ropa desteñida
Se agita como una bandera?
Soy un malvado alguna vez
O todas las veces soy bueno?
Es que se aprende la bondad
O la máscara de la bondad?
No es blanco el rosal del malvado
Y negras las flores del bien?
Quién da los nombres y los números
Al inocente innumerable?
LXV
Brilla la gota de metal
Como una sílaba en mi canto?
Y no se arrastra una palabra
A veces como una serpiente?
No crepitó en tu corazón
Un nombre como una naranja?
De qué río salen los peces?
De la palabra platería?
Y no naufragan los veleros
Por un exceso de vocales?
LXVI
Echan humo, fuego y vapor
Las o de las locomotoras?
En qué idioma cae la lluvia
Sobre ciudades dolorosas?
Qué suaves sílabas repite
El aire del alba marina?
Hay una estrella más abierta
Que la palabra amapola?
Hay dos colmillos más agudos
Que las sílabas de chacal?
LXVII
Puedes amarme, silabaria,
Y darme un beso sustantivo?
Un diccionario es un sepulcro
O es un panal de miel cerrado?
En qué ventana me quedé
Mirando el tiempo sepultado?
O lo que miro desde lejos
Es lo que no he vivido aún?
LXVIII
Cuándo lee la mariposa
Lo que vuela escrito en sus alas?
Qué letras conoce la abeja
Para saber su itinerario?
Y con qué cifras va restando
La hormiga sus soldados muertos?
Cómo se llaman los ciclones
Cuando no tienen movimiento?
LXIX
Caen pensamientos de amor
En los volcanes extinguidos?
Es un cráter una venganza
O es un castigo de la tierra?
Con qué estrellas siguen hablando
Los ríos que no desembocan?
LXX
Cuál es el trabajo forzado
De Hitler en el infierno?
Pinta paredes o cadáveres?
Olfatea el gas de sus muertos?
Le dan a comer las cenizas
De tantos niños calcinados?
O le han dado desde su muerte
De beber sangre en un embudo?
O le martillan en la boca
Los arrancados dientes de oro?
LXXI
O le acuestan para dormir
Sobre sus alambres de púas?
O le están tatuando la piel
Para lámparas del infierno?
O lo muerden sin compasión
Los negros mastines del fuego?
O debe de noche y de día
Viajar sin tregua con sus presos?
O debe morir sin morir
Eternamente bajo el gas?
LXXII
Si todos los ríos son dulces
De dónde saca sal el mar?
Cómo saben las estaciones
Que deben cambiar de camisa?
Por qué tan lentas en invierno
Y tan palpitantes después?
Y cómo saben las raíces
Que deben subir a la luz?
Y luego saludar al aire
Con tantas flores y colores?
Siempre es la misma primavera
La que repite su papel?
LXXIII
Quién trabaja más en la tierra
El hombre o el sol cereal?
Entre el abeto y la amapola
A quién la tierra quiere más?
Entre las orquídeas y el trigo
Para cuál es la preferencia?
Por qué tanto lujo a una flor
Y un oro sucio para el trigo?
Entra el Otoño legalmente
O es una estación clandestina?
LXXIV
Por qué se queda en los ramajes
Hasta que las hojas se caen?
Y dónde se quedan colgados
Sus pantalones amarillos?
Verdad que parece esperar
El Otoño que pase algo?
Tal vez el temblor de una hoja
O el tránsito del universo?
Hay un imán bajo la tierra,
Imán hermano del Otoño?
Cuándo se dicta bajo tierra
La designación de la rosa?

PABLO NERUDA


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Friday, November 9, 2007

AVATARS Y/O FONDOS DE MOVIL //y// M.M. - EL ANSIA

AVATARS Y/O FONDOS DE MOVIL
























































































































































































































































































































































“EL ANSIA” –SUEÑOS DE UNA NOCHE CUALQUIERA








Marilyn Manson es una banda de Industrial Metal estadounidense surgida a finales de los años 80 en el sur de Florida. En un principio, Manson escribía poesías e iba a un local donde las recitaba delante de un público bastante ebrio. Al ver que sus “poemas” no caían bien, y siguiendo el “consejo” de uno de los que escuchaban sus poemas, decidió ponerles música y transformarlas en canciones.
El líder y fundador del grupo es Marilyn Manson, cuyo nombre real es Brian Warner. La elección de este nombre, corresponde a la fusión entre la actriz Marilyn Monroe y el asesino Charles Manson, a través de lo cual se quiere representar la dualidad entre el bien y el mal, entre los extremos del glamour y belleza de Marilyn Monroe y la brutalidad y oscuridad de Charles Manson.


“mOBSCENE”

“Señoras y caballeros”
Somos la cosa de las formas a venir
Tu libertad no libre y muda
Esta depresión es grande
La edad de la deformación, saben mi nombre
El bailar el vals a la espuma y a la base y
Casado con el dolor

Explosión la deseamos
Explosión la deseamos
Explosión de la explosión de la explosión de la explosión de la explosión
Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

El día que ama se abrió los ojos
Miramos el extremo del mundo
Tenemos lugares del “colmo” pero no tenemos ningún amigo
Él nos dijo el pecado no bueno pero nosotros sepa que es grande
Drogas lleno-frontales del tiempo de guerra, placa de armadura del sexo-tanque

Explosión la deseamos
Explosión la deseamos
Explosión de la explosión de la explosión de la explosión de la explosión
Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo
¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo

[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo
¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo

¡Las “señoras y los caballeros, sean obscene! Ser sea obscene!”
[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

Golpear la explosión de la explosión de la explosión de la explosión.











































El “suicidio es sin dolor”

A través de la niebla temprana de la mañana veo
Visiones de las cosas a ser
Los dolores que se retienen para mí
Realizo y puedo ver…

Ese suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

El juego de la vida es duro de jugar
Voy a perderlo de todos modos
La tarjeta perdidosa que pondré algún día
Éste es tan todo lo que tengo que decir

El suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

La espada del tiempo perforará nuestras pieles
No lastima cuando comienza
Sino como ella trabaja su manera encendido adentro
El dolor crece… un reloj más fuerte él mueca, pero…

El suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

Un hombre valiente me solicitó una vez
Para contestar a las preguntas que son llave
Es a ser o a no ser
Y contesté el “oh porqué preguntarme?”

Y el suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

… y tú puedes hacer la misma cosa si por favor



































MARILYN MANSON Su filosofía
La idea es que no existen las personas buenas y las personas malas, sino que todo ser humano es al mismo tiempo bueno y malo. Así, esforzarse en cumplir los preceptos morales del cristianismo es inútil, porque ello no elimina la parte mala de la persona, que es imposible de eliminar, sino que conduce a la hipocresía. La única solución posible es la aceptación de la propia maldad inherente a la naturaleza humana, lo cual constituye la filosofía profunda del grupo.

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Monday, July 23, 2007

UNO MÁS UNO HUMANIDAD // POESIA ARGENTINA // SANTORO

UNO MAS UNO HUMANIDAD // SANTORO // POESIA ARGENTINA (link-enlace)



I
cuánta gente que equívoco caca da
que vive en las farmacias inyectándose ingle en la
epidermis
que viaja en los colectivos con un televisor portátil
qué de tardes con los mocasines puestos
y portafolios de sonetos sin poetas
de poetos sin sonetas
y ortafolpios
un vientre se independizó de una mujer y acusa en las
veredas
a las chicas que van a estudiar el piano
los fabricantes de cinturones están desesperados
porque una monja a las cuatro de la mañana descubrió
su sexo
y quiere besar a todo el mundo
un hombre con una bicicleta se subió a una chimenea
y tiene hambre
la puerta del baño trabaja incansablemente
y le han hecho juicio de desalojo a la esperanza
voy a tomar un café

II
mañana un general con viruela boba habrá de acuartelar
a mil conscriptos
porque una mosca le ensució el tintero de la guerra del
paraguay
y su esposa tendrá un hijo con un coronel
un forzudo canta un jingler
y en el décimo piso del ministerio dos empleados juegan
a la generala
mientras una mujer les muestra la bombacha a dos
cadetes
parece que van a tapizar el sillón de la presidencia………………………………………………………………………………………

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Saturday, June 30, 2007

D E S D E E L M A R… // POESIA // Joanna Escuder

DESDE EL MAR… // JOANNA ESCUDER // POESIA   (link)

La inspiración…

Con los pies llenos de arena, el salitre apelmazado en mi piel bronceada, camino,
despacio, observando como mis huellas quedan atrapadas por unos segundos, hasta
que una descarada ola se las llevaba, para borrar mi paso por este curioso paraíso.
Aún así, no consigo detenerme, es esa energía que fluye y se transforma de repente
en un ánimo inusitado por dejar fluir las ideas que se agolpan en mi mente. Es algo
singular que me ocurre a menudo y que mantiene su efervescencia cuando camino
descalza, humedeciendo mis pies en esa espuma blanca que burbujea
constantemente, colmándome de tranquilidad, provocándome un peculiar estado de
clarividencia. Puedo ver las imágenes y palpar los sentimientos…

Los temores…

Tengo que aprender a amar la soledad de las palabras. De estos textos que revierten
entre el silencio de las paredes de la habitación. Donde paso horas de intimidad, con
ellos y conmigo misma. Es aquí donde transformo y doy forma a esos pensamientos
que transcurren tan rápidos y al mismo tiempo tan lentos, lo suficiente para ser
saboreados en su justa medida. Tengo que aprender a respetar el temor a la
imaginación y a esos textos que reprimo plasmar por miedo a mostrar la realidad.
Tengo que aprender a volar para poder expresar lo que se ve desde allá arriba. Donde
la amplitud de los sentidos, sentimientos y emociones se diversifica hasta alcanzar
cotas inimaginables. Donde se puede palpar la libertad de pensamiento. Allí donde la
conciencia se nutre de todo conocimiento. El justo y el suficiente, para después ser
plasmado sin coraza, tampoco con excesivo empeño, pero si con esfuerzo. A éste es
al único al que no tengo miedo.
Tengo que aprender tantas cosas…

Trilogía empírica:

Es esta una trilogía empírica de poemas animados por el murmullo de esas olas que
siempre me acompañan y que me transportan desde las profundidades del océano a
las alturas del cielo. Guiándome por el azul más intenso que uno pueda imaginar. Ese
azul que palidece o se intensifica según el tono de mi mirada. Apartando esas
inoportunas nubes que en ocasiones no me dejan gozar del verdadero color del
lamento.
Azul dulce y agrio que en ocasiones calla… pero que también habla…
Con dolor… de Sensaciones y … Recuerdos…

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Saturday, May 19, 2007

ANGEL SIN ALAS.// POEMA GOTICO NOVEL

POEMA NOVEL // ANGEL SIN ALAS      (link)

…A VECES ME PREGUNTO
ANGEL SIN ALAS
SI EN AQUEL CAMINO POR DONDE VAS
ESTAS PENSANDO EN MI…

…ES TAN DIFICIL PENSAR EN VIVIR YA SIN TI,
HICISTE DE MIS NOCHES UN POEMA;
CORAZON SIN DIOS
ARRANCA DE MI ESTA PENA…

…RECUERDO TU VOZ
CONFUNDIDA CON LA DE LOS ANGELES
TU MIRADA DULCE QUE EN LA VIDA HE VISTO JAMAS

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Saturday, May 12, 2007

CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS // MIGUEL HERNANDEZ

  Miguel Hernández (1938-1941)
CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS.
(link)


[1]
Ropas con su olor,
paños con su aroma.
Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas.
Luchas sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas.
[2]
Negros ojos negros.
El mundo se abría
sobre sus pestañas
de negras distancias.
Dorada mirada.
El mundo se cierra
sobre sus pestañas
lluviosas y negras.

[3]
No quiso ser.
No conoció el encuentro
del hombre y la mujer.
El amoroso vello
no pudo florecer.
Detuvo sus sentidos
negándose a saber
y descendieron diáfanos
ante el amanecer.
Vio turbio su mañana
y se quedó en su ayer.
No quiso ser.
[4]
Tus ojos parecen
agua removida.
¿Qué son?
Tus ojos parecen
el agua más turbia
de tu corazón.
¿Qué fueron? ¿Qué son?
[5]
En el fondo del hombre
agua removida.
En el agua más clara
quiero ver la vida.
En el fondo del hombre
agua removida.
En el agua más clara
sombra sin salida.
En el fondo del hombre
agua removida.
[6]
El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
entre nopales azules;
pitas azules y niños
que gritan vívidamente
si un muerto nubla el camino.
De aquí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos, y los muertos.
Cuatro pasos, y los vivos.
Límpido, azul y dorado,
se hace allí remoto el hijo.
[7]
Sangre remota.
Remoto cuerpo,
dentro de todo:
dentro, muy dentro
de mis pasiones,
de mis deseos……………………………………………….
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Friday, May 11, 2007

MISCELANEA BUDISTA // POESIA ZEN

POEMAS ZEN // MISCELANEA BUDISTA      (link)
Como se trata de materiales clásicos y muy antiguos no siempre se
tienen los datos de los autores. Los poemas pertenecen a tres autores:
Suzuki, Watts y Deshimaru, los dos primeros son divulgadores a los
que, como mucho, se les debe atribuir la traducción de estos poemas, el
tercero Deshimaru era un monje dedicado a la difusión del budismo. La
primera edición inglesa de Suzuki es de 1949, hace más de cincuenta
años.

* * *
(Tung-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

Cuidando de buscar la Verdad según los demás,
cada vez se retiraba más de mí …
Ahora ando sólo conmigo mismo,
y no hay otro más que yo;
no obstante, no soy él…
Una vez entendido esto,
estoy con Él cara a cara.
* * *
(Tozan, undécimo patriarca Zen (807-869).
La Práctica Del Zen, deTaisen Deshimaru)

No busquéis el camino en los otros,
en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.
Ahora viajo solo…
Pero puede encontrarlo en todas partes;
ciertamente, él es ahora yo,
pero ahora yo no soy él.
Así también, cuando encuentro lo que encuentro,
Puedo obtener la verdadera libertad.
* * *
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

Recuerdo la época en que no tenía visión (satori),
cada vez que oía la flauta mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
* * *
(Poema haiku japonés. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

¡Oh! ¡Esto es Yoshino!
¿Qué más puedo decir?
¡La montaña ataviada con flores de cerezo!………………………..

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