Thursday, October 2, 2008

MITOS SOBRE : SUICIDAS — GUY DE MAUPASSANT

MITOS SOBRE : SUICIDAS — GUY DE MAUPASSANT

mitos
Suicidas
Guy de Maupassant

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No pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste:
“Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto —después de llamar inútilmente— vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte.
“Se ignora la causa de tan funesta determinación, porque el señor X. vivía en posición desahogada y, teniendo ya cincuenta y siete años, disfrutaba de bastante salud.”
¿Qué angustiosos tormentos, qué ocultas desdichas, qué horribles desencantos convierten a esas personas, al parecer felices, en suicidas?
Indagamos, presumimos al punto, dramas pasionales, misterios de amor, desastres de intereses, y como no se descubre jamás una causa precisa, cubrimos con una palabra esas muertes inexplicables: “Misterio, misterio”.
Una carta escrita poco antes de morir, por uno de los muchos que “se suicidan sin motivo”, cayó en mi poder. La juzgo interesante. No descubre ningún derrumbamiento, ninguna miseria espantosa, nada de lo extraordinario que se busca siempre para justificar una catástrofe; pero pone de relieve la sucesión de pequeños desencantos que desorganizan fatalmente la existencia solitaria de un hombre que ha perdido todas las ilusiones y acaso explique —a los nerviosos y a los sensitivos, al menos— la tragedia inexplicable de “suicidios inmotivados”.
Leámosla:
“Son ya las doce de la noche. Cuando haya escrito esta carta, voy a matarme. ¿Por qué? Trato de razonar mi determinación, para darme cuenta yo mismo de que se impone fatalmente, de que no debo aplazarla.
“Mis padres eran gentes muy sencillas y crédulas. Yo creí en todo, como ellos.
“Mi engaño duró mucho. Hace poco, se desgarraron para mí los últimos jirones que me velaban la verdad; pero hace ya bastantes años que todos los acontecimientos de mi existencia palidecen. La significación de lo más brillante y atractivo se me presenta en su torpe realidad; la verdadera causa del amor llegó incluso a sustraerme de las poéticas ternuras.
“Nos engañan estúpidas y agradables ilusiones que se renuevan sin cesar.
“Envejeciendo, me había resignado a la horrible miseria de las cosas, a lo vano de todo esfuerzo, a lo inútil que resulta siempre la esperanza: cuando una luz nueva inundó el vacío de mi vida esta noche, después de comer.
“¡Antes yo era feliz! Todo me alegraba: las mujeres al pasar, las calles, mi vivienda, y aun la hechura de mis ropas constituía para mí una preocupación agradable. Pero las mismas ideas, los mismos actos repetidos, monótonos, acabaron por sumergir mi alma en una laxitud espantosa.
“Todos los días, a la misma hora, durante treinta años, me levanté de la cama; y todos los días, en el mismo restaurante, durante treinta años, a las mismas horas, me servían los mismos platos mozos diferentes.
“Me propuse viajar. El aislamiento que sentimos en ciudades nuevas, en residencias desconocidas, me asustó. Sentíame tan abandonado sobre la tierra, tan insignificante, que volví a tomar el camino de mi casa.
“Y, entonces, la inmutable fisonomía de los muebles, fijos en el mismo lugar durante treinta años, las rozaduras de mis sillones, que yo conocí nuevos, el olor de mi casa —cada casa que habitamos, con el tiempo adquiere un olor especial— acabaron produciéndome náuseas y la negra melancolía de vivir mecánicamente.
“Todo se repite sin cesar y de un modo lamentable. Hasta la manera de introducir —al volver cada noche— la llave en la cerradura; el sitio donde siempre dejo las cerillas; la mirada que al entrar esparzo en torno de mi habitación, mientras el fósforo se inflama. Y todo me provoca —para verme libre de una existencia tan ruin— a tirarme por el balcón.
“Mientras me afeito, cada mañana me seduce la idea de degollarme, y mi rostro, el mismo siempre, que se refleja en el espejo con las mejillas cubiertas de jabón, muchas veces me hizo llorar de tristeza.
“Ni siquiera me complace tropezar con personas a las cuales veía con gusto hace tiempo; las conozco tanto que adivino lo que me dirán y lo que les diré; a fuerza de razonar con las mismas, descubrimos la ilación de sus ideas. Cada cerebro es como un circo donde un pobre caballo da vueltas. Por mucho que nos empeñemos en buscar otros caminos, por muchas cabriolas que hagamos, la pista no varía de forma ni ofrece lances imprevistos ni abre puertas ignoradas. Hay que dar vueltas y más vueltas, pasando siempre por las mismas reflexiones, por los mismos chistes, por las mismas costumbres, por las mismas creencias, por los mismos desencantos.
“Al retirarme hoy a mi casa, una insistente niebla invadía el bulevar, oscureciendo los faroles de gas, que parecían candilejas. Pesaba el ambiente húmedo sobre mis hombros como una carga. Seguramente hago una digestión difícil.
“Y una buena digestión lo es todo en la vida. Ofrece inspiraciones al artista, deseos a los jóvenes enamorados, luminosas ideas a los pensadores, alegría de vivir a todo el mundo, y permite comer con abundancia —lo cual es también una dicha. Un estómago enfermo conduce al escepticismo, a la incredulidad, engendra sueños terribles y ansias de muerte. Lo he notado con frecuencia. Es posible que no me matara esta noche, haciendo una buena digestión.
“Después de haberme acomodado en el sillón donde me siento hace treinta años todos los días, miré alrededor, creyéndome víctima de un desaliento espantoso.
“¿De qué medio valerme para escapar a mi razón macilenta, más horrible aún que la desordenada locura? Cualquier empleo, cualquier trabajo me parece más odioso que la acción en que vivo. Quise poner en orden mis papeles.
“Hacía tiempo que deseaba registrar los cajones de mi escritorio, porque durante los treinta últimos años había metido allí, al azar, las cartas y las cuentas. Aquel desorden llegó a preocuparme algunas veces; pero me sobrecoge una fatiga tal en cuanto me propongo un trabajo metódico y ordenado, que nunca me atreví a empezar.
“Esta noche me senté junto a mi escritorio y abrí, resuelto a preservar algunos papeles y romper la mayor parte.
“Quedéme de pronto pensativo ante aquel hacinamiento de hojas amarillentas; luego cogí una.
“¡Oh! Si aprecian en algo su vida, no toquen jamás las cartas viejas que guardan los cajones de su escritorio. Y si no pueden resistir la tentación de abrirlos, cojan a granel, con los ojos cerrados, los paquetes de cartas para tirarlos al fuego; no lean ni una sola frase, porque sólo ver la escritura olvidada y de pronto reconocida, los lanza en un océano de recuerdos; quemen esos papeles que matan; cuando estén hechos pavesas, pisotéenlos para convertirlos en impalpables cenizas… Y si no lo hacen así, los anonadarán como acaban de anonadarme y destruirme.
“¡Ah! Las primeras cartas no me han interesado; eran de fechas recientes y de personas que viven y a las que veo, sin gusto, con alguna frecuencia. Pero, de pronto, la vista de un sobre me ha estremecido. Al reconocer los rasgos de la escritura se han cubierto mis ojos de lágrimas. Era la letra de mi mejor amigo, del compañero de mi juventud, del confidente de mis esperanzas. Y se me apareció tan claramente, con su bondadosa sonrisa, tendiéndome las manos, que sentí un escalofrío penetrante; hasta mis huesos vibraron. Sí, sí; los muertos vuelven. ¡Lo he visto! Nuestra memoria es un mundo más acabado aún que el universo; ¡puede hacer vivir hasta lo que no existe!
“Con la mano temblorosa y los ojos turbios, recorrí toda su carta, y en mi pobre corazón angustiado, he sentido un desgarramiento espantoso. Mis lamentaciones eran tan lastimosas, como si me hubiesen magullado las carnes.
“Así he ido remontándome a través de mi vida, como remontamos un río, luchando contra la corriente. Aparecieron personas olvidadas, cuyos nombres no puedo recordar; pero su rostro sí lo recuerdo. En las cartas de mi madre, resucitan criados antiguos, el aspecto de nuestra casa y mil detalles nimios que una inteligencia infantil recoge.
“Sí; he visto de pronto los vestidos que usó mi madre en distintas épocas y, según la moda y según el tocado, mostraba una fisonomía diferente. Sobre todo me obsesionaba con un traje de seda rameado, y recuerdo que un día, llevando aquel traje, me amonestó dulcemente: ‘Roberto, hijo mío, si no procuras erguirte un poco, serás jorobado toda tu vida’.
“Luego, al abrir otro cajón, aparecieron las prendas marchitas de mis amores: un zapatito de baile, un pañuelo desgarrado, una liga de seda, trencitas de pelo, flores… Y las novelas de mi vida sentimental me sumergieron más en la triste melancolía de lo que no vuelve. ¡Ah! ¡Las frentes juveniles orladas con rubios cabellos, las manos acariciadoras, los ojos insinuantes, la sonrisa que promete un beso, el beso que asegura un paraíso!… Y ¡el primer beso!… Aquel beso delicioso, interminable, que ofusca la mirada, que abate la imaginación, que nos posee y nos glorifica, ofreciéndonos a la vez un goce ideal y la promesa de otros goces deseados.
“Cogiendo con ambas manos aquellas prendas tristes de lejanas ternuras, las cubrí de caricias furiosas y en mi corazón desolado por los recuerdos sentía resonar cada hora de abandono, sufriendo un suplicio más cruel que las monstruosas leyendas infernales. ¡Ah! ¿Por qué las abandoné o por qué me abandonaron?
“Quedaba por ver una carta fechada hacía medio siglo. Me la dictó el maestro de escritura: ‘Mamita de mi alma: hoy cumplo siete años. A esa edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro emplear bien la vida que me has dado.
‘Tu hijo que te adora, Roberto’.
“Me había remontado hasta el origen. El recuerdo era desconsolador. ¿Y el porvenir? Quise profundizar en lo que me faltaba de vida, y se me apareció la vejez espantosa y solitaria, con su cortejo de achaques y dolencias… ¡Todo acabado para mí! ¡Nadie junto a mí!
“El revólver está sobre la mesa… Es tentador… “¡No lean nunca las cartas de otros tiempos! ¡No recuerden viejas memorias!…”
Así es como se matan muchos hombres en cuya plácida existencia no hallamos el verdadero motivo de su fatal resolución.

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Friday, September 26, 2008

COLOMBIA — MITOS -Y- LEYENDAS

COLOMBIA — MITOS -Y- LEYENDAS

COLOMBIA — MITOS -Y- LEYENDAS
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Los Mitos y Leyendas de los pueblos hablan de sus temores, deseos, supersticiones y creencias. Para los vallenatos tienen valor los siguientes personajes:

El Ecce Homo
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Las Ánimas: Son las almas de quienes están en el purgatorio. A ellas se les reza el dos de noviembre. Se les pide favores o milagros, y si una vez cumplidos el beneficiado no cumple con las promesas hechas, las Animas, comienzan a hacerle maldades en casa del incumplido. Maldades como las de trasponer las cosas, desordenar los armarios, echarle azúcar a la sopa, romper los platos y otras travesuras. También se dice que si en una noche de ánimas se las siente haciendo ruido en el cementerio y si quien las oye voltea para verlas, se convierte en estatua, queda petrificado. Tampoco se les debe hacer caso cuando a media noche van por la calle diciendo: “Alerta… alerta… ábreme la puerta… alerta… alerta…”. Las ánimas son seres vestidos de blanco, con una túnica que les cubre desde la cabeza y llevan un gorro en forma de cono.
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El Doroy: Cuentan los habitantes de todos los ríos que atraviesan Valledupar, que durante los grandes inviernos en esas crecientes inmensas que se salen del cauce, suele bajar hacia los mares, una culebra tan inmensa, que quien le ve la cabeza casi nunca puede verle la cola. Es el doroy, lleva sobre su cabeza un par de cuernos, posee barba como la de chivo, y emite además un canto igual al del gallo, pero quien la oye no puede volver a dormir hasta cuando pase la creciente. Es signo de desgracia si se le ve la cola, pero es buena señal para quien le ve la cabeza, la mujer embarazada que oye una doroy parirá un macho cantor. Además creen los vallenatos que cuando la doroy suba del mar hacia la Sierra Nevada por los ríos, esta será la primera señal del fin del mundo.
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La Llorona: Es un espanto femenino que aparece en los pueblos o en el monte, según la historia, buscando a su hijo.
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El Caballo sin jinete y el jinete sin cabeza: Espantos que asustan a los trasnochadores.
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El carro fantasma: Es un espanto que parece en contravía, principalmente por la carrera 8ª, sin chofer y que con las luces altas encandila a quienes les sale, dejando solo ver el celaje.
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Nano La Cru y Cabirol:
Fueron si personajes de carne y hueso que alguna vez fueron normales, pero que se volvieron herramientas de persuasión usadas por los papás contra los hijos desobedientes.
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La culebra de las siete cabezas: Aparece en el túnel que va del antiguo convento (hoy La Catedral) hasta el Colegio de Las Monjas (donde funciona hoy el Concejo de Valledupar).
Cuco: Nombre genérico de un ser de indeterminada figura con que se amedrenta a los niños para obligarlos a ser disciplinados y obedientes.
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Mayuya: A ella no se le ven los pies. Viste de negro, parece que camina en el aire y dicen que se lleva a los niños.
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El Silborcito: Otro espanto contra los niños. Es un enano, usa un saco de grandes bolsillos y un sombrero más grande que su propio cuerpo que usa para llevarse a los niños que encuentra de ambulando solos por la calle, especialmente a medio día, cuando el sol esta caliente.
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Los Monitos: Se dice que hay personas que tienen pacto con el Diablo y que éste le da unos seres malignos que debe conservar en un frasco de vidrio, que salen solo para cumplir ordenes de destrucción de casas o cultivos que se pueden volver contra su poseedor si éste no domina los rezos y conjuros para hacerlos regresar al frasco. Igualmente se afirma que hay gente que se gana la vida descumbrando selvas con la ayuda de estos Monitos.
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Aparatos: Se dice que salieron cuando se escucha un estropicio que no se sabe que lo produce ni de donde viene. Es como el ruido que producía una carretilla cargada de chatarra y manejada rápidamente a través de una calle llena de piedras. Se oye más que todo en los callejones de Castro Socarras, Pedro Rizo y en el de la Purrututú.
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La Gallina con pollitos: Ella señala los sitios donde hay entierro de oro. Aparece solo ante quien esta destinado el entierro. También se la usa para asustar porque hay referencias de su agresividad y de los arañazos que le ha hecho a alguna gente. Tanto la gallina como los pollitos son negros.
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La Llamita: También señala entierros, principalmente en la vía a la Paz y de aquí a San Diego. Por verla muchos han tenido accidentes en esa carretera.
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El Buey mariposo: Persona conocida en Valledupar, que vivió en el barrio la Guajira, en la calle de la Mala Palabra. Se afirma que tenía pacto con el Diablo, pues siendo un ladrón, cuando la policía salía en su búsqueda él era capaz de esconderse detrás de un palo de escoba, sin ser visto.
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La oración del perro negro: Es la que dicen se sabía el abuelo del Buey Mariposo y que gracias a ella, siendo el correo de la ciudad, era capaz de ir y venir a Fundación el mismo día.
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En esta región también se cree que hay vampiros que le chupan la sangre a la gente; se dice que en la finca de Genaro Villero, en la región de El Jobo, que esta entre la Paz y San Diego, hay un árbol de mamón que da ciruelas; se sabe de personas que a las doce de la noche, en jueves o viernes santo, celebran pactos con el Diablo en el cerro de la Popa o en el cerro de la finca Convención. El cerro de la Popa ya quedó dentro de la ciudad, al occidente. Y la finca Convención está entre Valencia de Jesús y Aguas Blancas; cuentan que en Pueblo Bello alguien hace bailar a un par de muñecos en el aire; y finalmente, que quienes pactan con el Diablo deben pagarle con el alma de personas que son entregadas a un toro negro.

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Monday, June 23, 2008

LA CIUDAD SIN NOMBRE — H. P. Lovecraft

http://darkbiografhy.blogspot.com/2008/06/la-ciudad-sin-nombre-h-p-lovecraft.html

LA CIUDAD SIN NOMBRE — H. P. Lovecraft

H. P. Lovecraft
LA CIUDAD SIN NOMBRE

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Cuando me aproximé a la ciudad sin nombre, comprendí que estaba maldita. Recorría un valle terrible y reseco a la luz de la luna, y la vislumbré a lo lejos, resaltando de forma increíble sobre la arena, tal como los miembros de un cadáver podrían sobresalir de una tumba poco profunda. El miedo se albergaba en ese vetusto superviviente del diluvio, esa tatarabuela de la más antigua de las pirámides; y había un aura invisible que me rechazaba, instándome a renunciar a los antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debe contemplar, y a los que ningún hombre había osado nunca acercarse.
La ciudad sin nombre se halla perdida en lo más profundo del desierto de Arabia, desmantelada y en ruinas, C()n sus bajos muros ocultos por las arenas de incalculables edades. Debía estar en tal estado ya antes de que colocasen la primera piedra de Menfis, y mientras los ladrillos de Babilonia estaban aún por cocer. No hay leyenda tan antigua como para recoger su nombre o recordar cuando aún estaba viva, pero se la menciona en susurros en torno a los fuegos de campamento y es mentada por las abuelas en las tiendas de los jeques, por lo que todas las tribus la evitan sin saber muy bien por qué. Fue con este lugar que Abdul Alhazred, el poeta loco, soñó la noche anterior a cantar su inexplicable pareado:

«Que no está muerto lo que puede yacer eternamente, Y en los eones por venir aun la muerte puede morir. »

Debí haber sabido que los árabes tenían buenas razones para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad citada en extraños cuentos, pero nunca vista por hombres vivos; sin embargo, yo los desafié, adentrándome con mi camello en el desierto no hollado. Tan sólo yo la he visto, y es por eso que ningún otro semblante luce unas líneas de miedo tan espantosas como las mías, por lo que ningún otro hombre tiembla de una forma tan horrible cuando el viento nocturno hace estremecer las ventanas. Cuando la descubrí en esa horrible quietud de sueño eterno, me miró estremecida por los rayos de una luna fría en mitad del calor del desierto. Y, al devolver la mirada, se esfumó la alegría de hallarla, y me detuve con mi camello a la espera del alba.
Aguardé cuatro horas, hasta que el este viró al gris y las estrellas se esfumaron, y el gris se tornó claridad rosácea ribeteada de oro. Escuché un lamento y vi una tormenta de arena que se arremolinaba entre las antiguas piedras aunque el cielo estaba claro y los vastos horizontes del desierto calmos. Entonces, de súbito, sobre el lejano borde del desierto, se alzó el ardiente filo del sol, entrevisto a través de la pequeña tormenta de arena que ahora se alejaba, y en mi febril estado creí que, desde alguna profundidad remota, se alzaba un musical estruendo metálico para saludar al fiero disco, tal y como Memnón lo saludaba a orillas del Nilo. Mis oídos zumbaban y mi imaginación se desbocaba según guiaba lentamente a mi camello por las arenas hacia aquel anónimo lugar de piedra; ese lugar demasiado viejo para que Egipto y Meroe pudieran recordarlo; el lugar que sólo yo, entre toda la humanidad, he contemplado.
Merodeé de un lado para otro, entre los informes cimientos de casas y palmeras, sin encontrar ni una talla o inscripción que hablase de aquellos hombres, si hombres eran, que construyeran la ciudad y viviesen en su interior tanto tiempo atrás. La antigüedad del sitio resultaba malsana y porfié en la búsqueda de algún signo o aparato que probase que la ciudad, en efecto, era obra de la humanidad. Ciertas proporciones y dimensiones de las ruinas me disgustaban. Acarreaba conmigo algunas herramientas y excavé generosamente entre los muros de los edificios en ruinas; pero los progresos eran lentos y no apareció nada de relevancia. Cuando volvieron la noche y la luna, sentí un viento frío que traía miedos nuevos, así que no me atreví a continuar en la ciudad. Al abandonar las antiguas murallas para la pernocta, un pequeño torbellino de arena se abalanzó a mis espaldas, soplando sobre las piedras grises a pesar de que la luna brillaba y el resto del desierto estaba en calma.
Me desperté al alba saliendo de un carrusel de sueños horribles, los oídos aún repicando con algún tañido metálico. Vi al sol asomar rojizo entre los últimos soplos de la pequeña tormenta de arena que flotaba sobre la ciudad sin nombre, acentuando la quietud del resto del paisaje. De nuevo me aventuré entre aquellas meditabundas ruinas que se insinuaban bajo las arenas como un ogro bajo un cobertor, y de nuevo estuve excavando en vano en busca de restos de la raza olvidada. Descansé a mediodía, y por la tarde empleé mucho tiempo marcando las murallas y las calles pretéritas, así como los contornos de edificios casi desaparecidos. Comprobé que había sido una ciudad poderosa, y me pregunté por el origen de su grandeza. Me pinté todo el esplendor de una era tan antigua que los caldeos no podían recordarla, y pensé en Sarnath la maldita, que se levantaba en la tierra de Manar cuando la humanidad era joven, y en Ib, que fuera esculpida en piedra gris antes del alba de la humanidad.
Una vez llegué a un lugar donde el lecho de roca asomaba desnudo a través ‘de la arena, formando un pequeño risco, y aquí vi con alegría lo que parecía prometer nuevas pistas sobre el pueblo antediluviano. Burdamente cinceladas en la cara del risco, se hallaban inconfundibles fachadas de varias moradas o templos pequeños y rechonchos, en cuyo interior podían conservarse multitud de secretos procedentes de eras demasiado remotas para ser calculadas, aunque las tormentas de arena hubieran borrado mucho tiempo atrás cualquier talla que pudiera haber existido en el exterior.
Todas las oscuras aberturas que encontré cercanas eran muy bajas y se hallaban ocluidas por la arena, pero yo franqueé una con mi pala y me arrastré hasta el interior, llevando una antorcha para alumbrar cualesquiera secreto que albergase en su seno. Una vez dentro, comprobé que sin duda la caverna se trataba de un templo y contemplé señales evidentes de la raza que viviera y adorara allí antes de que el desierto fuera tal. No faltaban primitivos altares, columnas y nichos, todos curiosamente bajos; aunque no distinguí esculturas ni frescos, había piedras muy singulares conformadas claramente, por medios artificiales, para convertirse en símbolos. La poca altura de la estancia cincelada resultaba de lo más extraña, ya que yo no podía pasar sino de rodillas, y sin embargo el lugar era tan amplio que mi antorcha no podía revelar de una vez sino partes. Me estremecí de forma extraña ante alguna de las esquinas más alejadas, ya que ciertos altares y piedras sugerían olvidados ritos de naturaleza terrible, enervante e inexplicable, y me llevó a preguntarme sobre qué clase de hombres podían haber hecho y frecuentado tal templo. Cuando hube visto cuanto contenía el lugar, me arrastré afuera, ávido de descubrir lo que pudieran ofrecer templos restantes.
La noche estaba ahora próxima, aunque las cosas palpables que viera hacían que la curiosidad sobrepasase al miedo, por lo que no huí de las largas sombras lunares que me desalentaron la primera vez que vi la ciudad sin nombre. A la luz del crepúsculo despejé una nueva abertura y, con otra antorcha, me arrastré al interior, encontrando más piedras y símbolos imprecisos, aunque nada más definido de lo que había contenido el otro templo. La estancia era igualmente baja, pero menos amplia, finalizando en un pasadizo sumamente angosto, rematado con nichos oscuros y misteriosos. Indagaba en tales nichos cuando el ruido de viento, así como los de mi camello en el exterior, quebraron el silencio y me obligaron a retroceder para investigar qué pudiera haber asustado a la bestia.
La luna resplandecía extraordinariamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una espesa nube de arena aparentemente alzada en alas de un viento fuerte, aunque ya en disminución, que soplaba desde algún punto del risco de delante. Yo sabía que era este viento frío y arenoso el que había asustado al camello y estaba a punto de conducirlo hasta algún lugar más abrigado cuando acerté a mirar y vi que no había viento en la parte alta del risco. Eso me produjo asombro, y me hizo sentir de nuevo el miedo, pero inmediatamente recordé los bruscos vientos localizados que viera y oyera al alba y al ocaso, y decidí que se trataba de algo normal. Supuse que procedía de alguna fisura en la roca, conducente a una cueva, y observé las alborotadas arenas para descubrir su origen; pronto comprobé que procedía de la negra abertura de un templo muy al sur de donde yo me hallaba, casi fuera de la vista. Luchando contra la asfixiante nube de arena, me encaminé laboriosamente hacia ese templo que, según me acercaba, parecía bastante mayor que el resto y mostraba una abertura menos bloqueada por la arena apelmazada. Podría haber accedido de no mediar la terrorífica fuerza del viento helado, que casi llegó a apagar mi antorcha. Surgía rabioso del oscuro portal, suspirando de forma inquietante mientras agitaba la arena, dispersándola por las extrañas ruinas. Pronto amainó y la arena fue aquietándose, hasta que al final estuvo calma; pero una presencia parecía merodear entre las espectrales piedras de la ciudad y, cuando lancé una ojeada a la luna, ésta pareció temblar como si se reflejase en aguas inquietas. Me sentía más espantado de lo que soy capaz de explicar, pero no lo bastante como para apagar mi sed de maravillas, así que tan pronto como el viento hubo amainado lo bastante me introduje en la estancia oscurecida de la que este brotaba.
Este templo, tal como supusiera desde el exterior, resultaba mayor que cualquiera de los visitados antes, y se trataba presumiblemente de una caverna natural, ya que albergaba vientos procedentes de algún lugar situado más allá. Aquí pude mantenerme erecto hasta cierto punto, pero descubrí que las piedras y altares eran tan bajos como en los demás templos. Por primera vez, advertí en los muros sinuosos trazos de pintura que casi se habían desvanecido o descascarillado, y en dos de los altares, con creciente excitación, descubrí un laberinto de tallas curvilíneas bien realizadas. Según sostenía en alto la antorcha, me pareció que la forma del techo era demasiado regular para ser natural, y me pregunté qué prehistóricos canteros lo habrían trabajado. Su habilidad técnica debió ser notable.
Entonces, un fogonazo de la caprichosa antorcha me mostró lo que buscaba, la apertura hacia aquellos remotos abismos de donde provenía el repentino viento, y me sentí desfallecer al comprobar que se trataba de una puerta pequeña y obviamente artificial abierta en la roca viva. Adelanté mi antorcha, contemplando un túnel negro con un techo que se arqueaba sobre una tosca escalera de peldaños muy pequeños, numerosos y muy pronunciados. Siempre veré esos peldaños en mis sueños, ya que llegué a conocer lo que significaban. En ese instante apenas sabía si darles el nombre de peldaños o el de simples resaltes para los pies en un vertiginoso descenso. Mi cabeza bullía de locas ideas, y las palabras y advertencias de los profetas árabes parecían flotar cruzando el desierto desde las tierras conocidas por los hombres hasta llegar a esa ciudad sin nombre que la humanidad no se atreve a conocer. Aunque tan sólo dudé un instante antes de precipitarme a través del portal y comenzar a descender con cautela por el empinado pasaje, los pies por delante, como en una escala de mano.
Tan sólo en las terribles fantasías de las drogas o el delirio puede ningún otro hombre haber realizado un descenso similar. El angosto pasaje iba hacia abajo sin fin, como si se tratase de algún odioso pozo fantasmal, y la antorcha alzada sobre la cabeza no llegaba a iluminar las desconocidas profundidades hacia las que me deslizaba. Perdí la cuenta del tiempo y olvidé consultar el reloj, aun cuando me sentía espantado al pensar en la distancia que debía haber recorrido. Había giros en la dirección y la pendiente, y una vez alcancé un pasadizo largo, bajo, nivelado, por el que hube de arrastrarme con los pies delante a lo largo del suelo rocoso, manteniendo la antorcha todo lo apartada de la cabeza que me daban los brazos. El sitio no era lo bastante alto como para ponerse de rodillas. Tras de eso llegaron más escalones empinados y yo aún iba deslizándome sin fin cuando mi debilitada antorcha se apagó. No creo haberlo notado en el momento, ya que cuando me di cuenta aún la sujetaba en alto, como si todavía ardiera. Yo estaba bastante desequilibrado por culpa de esa ansia de lo extraño y lo desconocido que ha hecho de mí un vagabundo y un buscador de lugares lejanos, antiguos y prohibidos.
En la oscuridad relampaguearon en el interior de mi cabeza fragmentos de mi adorado compendio de saberes demoníacos; máximas de Alhazred, el árabe loco; párrafos de apócrifas pesadillas de Damascio e infames sentencias del delirante Image du Monde de Gauthier de Metz. Repetía extraños extractos y musitaba sobre Afrasiab y los demonios que flotan en su compañía Oxus abajo, canturreando por -último una y otra vez una frase de uno de los cuentos de lord Dunsany… «La quieta negrura del abismo». En cierto momento en que el descenso se hizo asombrosamente rápido, recité monótonamente algo de Thomas Moore hasta que tuve miedo de entonarlo más:

« Una alberca de oscuridad, negra
Como caldero de brujas colmado
Con drogas de luna en eclipse destiladas.
Agachándome a ver si se podía pasar
Por ese abismo, vi, abajo,
Hasta donde alcanzaba la vista,
los costados del malecón tersos como el cristal
luciendo como recién untados
con esa pez oscura que el Mar de la Muerte
Arroja a sus costas fangosas. »

El tiempo casi había cesado en su curso cuando mi pie sintió de nuevo suelo nivelado, y yo me descubrí en un lugar ligeramente más alto que las estancias de los dos templos más pequeños, ahora a una distancia incalculable por encima de mi cabeza. No pude incorporarme, pero sí ponerme de rodillas, y me deslicé y me arrastré de acá para allá sin rumbo en la oscuridad. Pronto comprendí que me encontraba en un estrecho pasadizo en cuyos muros se alineaban recipientes de madera con el frente de cristal. Que en este sitio abismal y paleozoico pudiera palpar cosas tales como madera pulida y cristal me hizo estremecer por las posibles implicaciones. Las cajas estaban en apariencia ordenadas a lo largo de los lados del pasadizo, a intervalos regulares, y eran oblongas, colocadas horizontalmente, espantosamente similares por su forma y tamaño a ataúdes. Cuando traté de mover dos o tres para su posterior examen, descubrí que se hallaban firmemente aseguradas.
Descubrí que el pasadizo era de gran longitud, y me arrastré adelante con rapidez, reptando de una forma que hubiera resultado horrible para un hipotético observador situado en la negrura; ocasionalmente cruzaba de lado a lado para tantear las proximidades y cerciorarme de que los muros y las hileras de cajas aún seguían ahí. El hombre se halla tan habituado a pensar en forma visual que yo casi olvidaba la oscuridad y me representaba el interminable corredor de madera y cristal con su angosta monotonía como si pudiera verlo. Y luego, en un momento de indescriptible emoción, así fue.
No podría indicar el momento exacto en que mi fantasía dejó paso a una visión real; pero delante surgió gradualmente un resplandor, y al cabo comprendí que me hallaba ante los tenues perfiles del corredor y las cajas, revelados por alguna desconocida fosforescencia subterránea. Por un breve instante todo fue tal y como lo había imaginado, aunque el resplandor resultaba sumamente débil; pero mientras me afanaba mecánicamente en dirección a la luz, descubrí que mi fantasía había sido escasa. Esta sala no contenía toscos restos como los templos de la ciudad superior, sino un tesoro de arte mucho más magnificente y exótico. Diseños e imágenes ricas, vívidas y osadamente fantásticas formaban una especie de mural continuo cuyas líneas y colores se situaban más allá de cualquier descripción. Las cajas eran de una extraña madera dorada, con exquisitos frontales de cristal y albergando los cuerpos momificados de criaturas que sobrepasaban en extravagancia a los más caóticos sueños del hombre.
Resulta imposible hacerse una idea de tales monstruosidades. Eran reptilescas, con siluetas que sugerían a veces un cocodrilo, a veces una foca, pero más a menudo nada de lo que naturalistas o paleontólogos puedan haber conocido jamás. Su tamaño equivalía aproximadamente al de un hombre pequeño, y sus miembros superiores lucían pies delicados y evidentemente flexibles, curiosamente parecidos a manos y pies humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabezas, que mostraban formas que desafiaban todos los principios biológicos conocidos. No podría comparar esas cosas con nada… de pasado podría establecer relación con seres tan dispares como el gato, el bulldog, el fabuloso sátiro y el ser humano. Ni siquiera el mismo Júpiter lució frente tan colosal, aunque los cuernos, la ausencia de nariz y esas fauces de aligator colocaba a aquellos seres al margen de cualquier categoría establecida. Dudé por un momento de la realidad de las momias, recelando a medias que se tratase de ídolos artificiales, pero pronto decidí que se trataba efectivamente de alguna especie paleógena que existía cuando la ciudad sin nombre aún estaba viva. Para culminar lo grotesco, la mayoría vestía esplendorosamente con los tejidos más costosos y se adornaba con ornamentos de oro, joyas y refulgentes metales desconocidos.
La importancia de esas criaturas reptantes debió ser inmensa, ya que ocupaban lugar preferente entre los extraordinarios dibujos en los frescos de muros y techo. Con un arte sin par habían sido representadas por el artista en su propio mundo, donde había ciudades y jardines acordes a sus dimensiones; y no pude por menos que pensar que su historia pintada era una alegoría, quizás representando el progreso de la raza que los había adorado. Tales criaturas, pensaba, eran para las gentes de la ciudad sin nombre lo que la loba fue para Roma o algunas bestias totémicas para ciertas tribus de indios.
Desde esa perspectiva, creí poder trazar a grandes rasgos la maravillosa epopeya de la ciudad sin nombre, el relato de una poderosa ciudad costera que gobernara el mundo antes de que África emergiera de las aguas, así como de sus convulsiones cuando el mar se retiró y el desierto llegó reptando hasta el fértil valle que la sustentaba. Contemplé sus guerras y sus triunfos, sus disensiones y derrotas, y su posterior y terrible lucha contra el desierto cuando cientos de sus habitantes -aquí alegóricamente representados por los grotescos reptiles- se vieron forzados a excavar de forma maravillosa las rocas con rumbo a otro mundo anunciado por sus profetas. Todo ello resultaba tremendamente extraordinario y realista, y su relación con el espantoso descenso efectuado era innegable. Incluso reconocí los pasadizos.
Mientras me deslizaba por el corredor hacia donde la luz era más brillante, contemplé posteriores estadios de la epopeya mostrada… el último adiós de una raza que habitara la ciudad sin nombre y su valle durante diez millones de años, la raza cuyos espíritus se mostraban reacios a dejar los lugares que sus cuerpos conocieran durante tanto tiempo, donde se habían establecido como nómadas en la juventud de la tierra, esculpiendo en la roca virgen aquellos santuarios primitivos donde nunca habían dejado de celebrar sus ritos. Ahora que gozaba de mejor luz, estudié con más detenimiento las pinturas y, recordando que los extraños reptiles debían representar a los hombres desconocidos, reflexioné acerca de las costumbres de la ciudad sin nombre. Había muchas cosas peculiares e inexplicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, había llegado en apariencia hasta un nivel superior al de aquellas inconmensurablemente posteriores culturas de Egipto y Caldea, aunque existían curiosas omisiones. Por ejemplo, no pude encontrar pinturas representando muertes o costumbres funerarias, excepto en lo tocante a guerras, violencias y plagas; y me interrogué sobre esa reticencia ante lo que se refería a la muerte por causas naturales. Era como si hubiera una idea de inmortalidad terrena que hubiera sido fomentada hasta convertirse en una ilusión de lo más querida.
Aún más cerca del final del pasaje habían pintado escenas de la máxima imaginación y extravagancia; impactantes imágenes de la ciudad sin nombre en su proceso de desertización y ruina progresiva, y del extraño nuevo mundo o paraíso hacia el que la raza se había abierto paso a través de la roca. En tales panorámicas, la ciudad y el valle desierto se mostraban siempre a la luz de la luna, con un halo dorado aureolando los muros abatidos e insinuando a medias la espléndida perfección de los primeros tiempos, pintado por el artista en un estilo espectral y esquivo. Las escenas periodísticas resultaban casi demasiado estrafalarias para ser creíbles, retratando un mundo oculto de día eterno, colmado de gloriosas ciudades y etéreas colinas y valles. Muy al final creí distinguir signos de anticlímax artístico. Las pinturas resultaban menos habilidosas y mucho más estrafalarias que incluso la extravagancia de las primeras escenas. Parecían consignar una lenta decadencia de los antiguos valores unida a una creciente hostilidad contra el mundo exterior del que fueran desalojados por el desierto. Los cuerpos de las gentes -siempre retratadas mediante los sagrados reptiles- parecían menguar gradualmente, aunque sus espíritus, tal como se mostraban flotando sobre las ruinas a la luz de la luna, ganaban en proporción. Sacerdotes demacrados, representados como reptiles de ornados ropajes, maldecían el aire superior y todo cuanto lo respira, y una terrible escena final presentaba a un hombre de primitivo aspecto, quizás un pionero de la antigua Irem, la ciudad de las columnas, despedazado por las gentes de aquella raza más antigua. Recordé cuánto temían los árabes a la ciudad sin nombre y me congratulé de que más allá de aquel punto los muros y el techo grises estuvieran desnudos de pinturas.
Mientras observaba el despliegue de historia mural me había ido aproximando hasta muy cerca del salón de techos bajos, y reparé en un gran portal a través del que brotaba la fosforescencia que me daba luz. Arrastrándome hacia allí, prorrumpí en un
gran grito de tremendo asombro ante lo que había del otro lado, ya que en la otra y más brillante estancia se encontraba un ilimitado vacío de radiación uniforme, de forma que uno creería estar contemplando desde la cumbre del Everest un mar de brumas bañadas por el sol. A mis espaldas había un pasaje tan estrecho que no podía ponerme en pie; ante mí se encontraba una inmensidad de resplandor subterráneo.
Yendo del pasadizo al abismo se hallaba el primer tramo de una empinada escalera –peldaños pequeños y numerosos, parecidos a los de los negros pasajes que había atravesado–, pero al cabo de pocos metros los vapores resplandecientes lo ocultaban todo. Recostada contra el muro izquierdo del pasadizo se encontraba una pesada puerta de bronce, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelieves, que, de hallarse cerrada, separaría completamente el mundo interior de luz del de las criptas y los pasadizos de piedra. Observé los peldaños, y al principio no me atreví a aventurarme en ellos. Toqué la puerta abierta de bronce, y no pude moverla. Entonces me tumbé boca abajo sobre el suelo de piedra, con la mente inflamada por prodigiosas reflexiones que ni siquiera el cansancio mortal podían apartar.
Mientras yacía con los ojos cerrados, libre para pensar, multitud de cosas que notara de pasada en los frescos volvieron a mi memoria con significados nuevos y terribles… escenas que representaban la ciudad sin nombre en su apogeo, la vegetación del valle circundándola y las distantes tierras con las que comerciaban sus mercaderes. La alegoría de las criaturas reptantes me turbó por su gran preeminencia y me asombré de que se mantuviera tan a rajatabla en una historia pictórica de importancia tal. En los frescos la ciudad sin nombre era representada de acuerdo con las proporciones de los reptiles. Me pregunté cuáles serían sus proporciones reales y cuál la magnificencia alcanzada, y reflexioné un instante acerca de algunas incongruencias advertidas entre las ruinas. Curioso, pensé en las bajas dimensiones de los templos primigenios y los corredores subterráneos, que sin duda habían sido excavados en honor de las deidades reptilianas allí adoradas, aunque tal obligaría por fuerza a reptar a los fieles. Quizás los mismos ritos habían llevado aparejado el reptar en imitación de las criaturas. Ninguna teoría religiosa, empero, podía fácilmente explicar por qué el nivel del pasadizo en ese espantoso descenso había de resultar tan bajo como el de los templos… o menor, ya que en aquél uno no podía ponerse de rodillas. Mientras pensaba en las criaturas reptantes, aquellas formas momificadas que tan cerca estaban, sentí un nuevo espasmo de temor. Las asociaciones mentales son muy curiosas, y yo me encogí ante la idea de que, a excepción del pobre hombre primitivo despedazado en la última representación, la mía era la única forma humana entre aquella multitud de restos y símbolos de vida primordial.
Pero como siempre ha sido a lo largo de mi extraña y errabunda existencia, la maravilla pronto arrojó de mí el miedo, ya que el abismo luminoso y cuanto pudiera contener representaba un desafío digno del mayor de los exploradores. No me cabía duda de que un extraordinario mundo de misterio se encontraba al final de aquel tramo de peldaños extrañamente diminutos, y sentí el ansia de encontrar allí aquellos registros humanos que el corredor decorado no me diera. Los frescos me habían mostrado ciudades increíbles, colinas y valles en este territorio inferior, y mi fantasía se solazaba en las ricas y colosales ruinas que me estaban aguardando.
Mis temores, por supuesto, giraban en torno al pasado más que al futuro. Ni siquiera el horror físico de mi situación en ese minúsculo corredor de reptiles muertos y frescos antediluvianos, a kilómetros por debajo del mundo conocido y frente a otro mundo de sobrenaturales brumas y luces, podía competir con el miedo cerval que sentía ante la abismal antigüedad de las escenas y su esencia vital. Una antigüedad tan inmensa que hacía ridícula cualquier medida parecía acecharme desde las piedras primigenias y los templos cincelados de la ciudad sin nombre, mientras los postreros y sumamente impactantes mapas de los frescos mostraban océanos y continentes olvidados por el hombre, con sólo algún contorno vagamente familiar aquí y allá. De lo que pudiera haber ocurrido en las eras geológicas transcurridas desde el cese de las pinturas hasta que la raza acuciada por la muerte sucumbiera resentida ante su decadencia, nadie sabría decirlo. Esas cavernas y los territorios luminosos de más allá habían una vez rebosado de vida, pero ahora yo estaba solo junto a restos tangibles y me estremecía al pensar en las incontables edades durante las que esos restos habían aguardado en una espera silenciosa y solitaria.
Repentinamente sufrí otro golpe de ese miedo atroz que me asaltaba intermitentemente desde que viera por primera vez el terrible valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna, y a pesar de mi cansancio me descubrí levantándome frenético hasta una postura sentada y mirando hacia atrás por el corredor negro, hacia los túneles que ascendían al mundo exterior. Mis sensaciones eran muy parecidas a las que me llevaran a evitar la ciudad sin nombre durante la noche, y resultaban tan inexplicables como acuciantes. En otro instante, sin embargo, sufrí una impresión aún más grande, esta vez en forma de un sonido audible… el primero en romper el silencio total de aquellas profundidades parecidas a tumbas. Se trataba de un lamento bajo y profundo, como el de un coro lejano de espíritus condenados, y procedían de la dirección hacia la que yo estaba mirando. Crecía con rapidez, hasta que pronto estuvo reverberando espantosamente a través de los pasadizos bajos, y entonces me percaté de una creciente corriente de aire frío, similar a la que corría por los túneles en la ciudad superior. El toque de ese aire pareció restaurar mi equilibrio, ya que al instante recordé las ráfagas repentinas que se alzaran en torno a la abertura del abismo al alba y al ocaso, lo que de hecho me había servido para descubrir los túneles ocultos. Lancé una ojeada al reloj y vi que el alba estaba próxima, por lo que me agarré para resistir la ventolera que soplaría de vuelta a su cueva de origen de la misma forma que había salido al atardecer. Mi temor volvió a menguar, ya que un fenómeno natural acostumbra a disipar las cábalas sobre lo desconocido.
Más y más enloquecido se agolpaba en ese abismo del interior de la tierra aquel viento nocturno gritón y quejumbroso. Volví a tumbarme y me aferré en vano al suelo, temiendo ser arrastrado al abismo fosforescente a través de la puerta abierta. No había supuesto tal furia, y mientras me iba percatando de cierto deslizar de mi cuerpo hacia la sima, me vi asaltado por un centenar de nuevos terrores, fruto de las aprensiones y la imaginación. La malignidad del aire despertaba increíbles fantasías; de nuevo me comparé de golpe con la otra y única imagen humana de aquel espantoso corredor, el hombre despedazado por la raza sin nombre, ya que los demoníacos zarpazos de la turbulenta corriente parecían albergar una rabia vengadora aún mayor por cuanto resultaba impotente. Creo que grité frenético cerca del final -estaba casi loco-, pero si así lo hice, mis gritos se perdieron en la infernal babel de los aulladores fantasmas del viento. Intenté arrastrarme contra el mortífero torrente invisible, pero no logré asirme a ningún lado y me vi empujado lenta e inexorablemente hacia el mundo desconocido. Finalmente debí perder por completo la razón, ya que acabé por balbucear una y otra vez el inexplicable pareado del árabe loco Alhazred, que soñó con la ciudad sin nombre:

«Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y en los eones por venir aun la muerte puede morir.»

Sólo los sombríos y meditabundos dioses del desierto saben qué ocurrió en realidad… qué indescriptibles luchas y combates sostuve en la oscuridad, o si Abaddón me guió de vuelta a la vida, donde siempre habré de recordar y estremecerme, hasta que el olvido –o algo peor– me alcance, cuando sopla el viento nocturno. Aquello era monstruoso, antinatural, colosal… demasiado alejado de cualquier concepción que el hombre pueda albergar, excepto en esas condenadamente silenciosas horas de madrugada cuando uno no puede dormir.
He dicho que la furia del soplo racheado era infernal, cacodemoníaca, y que sus voces resultaban espantosas por la reprimida malignidad de desoladas eternidades. Ahora esas voces, aunque aún me resultaban caóticas, parecían, para mi trastornado cerebro, articular allí detrás; y allá abajo, en la fosa de antigüedades muertas durante innumerables eones, a leguas por debajo del mundo de los hombres, iluminado por el alba, escuché el espantoso maldecir y gruñir de demonios de extrañas lenguas. Volviéndome, vi perfilarse contra el luminoso éter del abismo lo que no podía distinguirse contra el polvo del corredor… una horda de pesadilla de veloces demonios, distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, semitransparentes; demonios de una raza inconfundiblemente inhumana… los reptantes reptiles de la ciudad sin nombre.
Y mientras el viento aminoraba me vi sumido en las oscuridades pobladas por demonios de las entrañas de la tierra; ya que, tras la última de las criaturas, la gran puerta broncínea retumbó cerrándose con un ensordecedor estruendo de metales cuyas reverberaciones ascendieron vibrando hasta el mundo distante para saludar al sol naciente, tal y como hace Memnón desde las riberas del Nilo.

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Sunday, May 11, 2008

DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA

DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA

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DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA
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INTRODUCCION:

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He comprobado que la mitología griega es uno de los temas más
dificiles de encontrar, por eso me decidí a crear este documento, esperando
que sea de utilidad a aquellas personas, que como a mi, les gusta estos
temas de mitología.
Como vereis, a continuación os expongo cada uno de los dioses y semidioses,
a los que he tenido acceso, con una pequeña descripción de cada uno
de ellos. Me gustaría mucho que vosotros me ayudárais a segir completando
este documento.Me podeis enviar e-mail los textos que encontreis sobre el
tema (Dioses, Leyendas, etc…) y si quereis vuestro nombre aparecerá en el
documento. En fin, espero que este documento os agrade tanto como a mi.
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DIOSES Y SEMIDIOSES:
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Adonis:
Joven de extraordinaria belleza, amado por Afrodita. Murió despedazado por
un jabalí que le envió Ares por celos. La diosa convirtió su sangre en flores.
Al ver su desolación, Plutón concedió a Adonis el privilegio de permanecer
cada año un periodo de seis meses sobre la tierra.
El mito es de origen semita y alude a los ciclos de la muerte y renacimiento
de las fuerzas de la naturaleza.
Afrodita:
Diosa griega del amor y la belleza. Hija de Zeus y Dione. Se la representa
normalmente como esposa infiel de Hefestos, rodeada de numerosos amantes:
divinos, como Hermes, Ares, Dionisos y Poseidón; y humanos, como Anquises y
Adonis.
Agenor:
Rey de Fenicia, hijo de Poseidón y padre de Cadmo, Europa, Cílix y, según
algunos, de Fénix. Europa huyó con Zeus, Cadmo fundó Tebas y Fénix se
convirtio en el antepasado mitilógico de los fenicios.
Alfeo:
Hijo de Océano y Tetis, y dios del río homónimo, corriente principal del
Peloponeso. Según la leyenda, Aretusa fue sorprendida por el dios, mientras
se bañaba. Para escapar de él, Artemisa la transformó en corriente subterranea
que emergía como fuente en la isla Ortygia. Alfeo persigió a la ninfa bajo la
la forma de corriente de agua dulce. Hércules desvió el río Alfeo para limpiar
los establos de Augías.
Ares:
Hijo de Zeus y Hera. Dios de la Guerra.
Atlas:
Uno de los Titanes, padre de las Pléyades. Por su lucha contra Zeus fue
condenado a sostener el mundo sobre sus espaldas.
Briareo:
También llamado Egeón. Es un gigante de cien manos y cincuenta cabezas.
Hijo de Urano y Gea, que ayudó a Zeus a combatir a los Titanes, aunque
pereció, a su vez, aplastado por el Etna.
Caliope:
Musa de la elocuencia y de poesía épica. Era madre de Orfeo y suele ser
representada con una tablilla de cera y un estilo.
Carites:
Las “Tres Grácias”, diosas de la personificaban en encanto y la belleza.
Eran hijas de Zeus y se llamaban Eufrosina (La Alegría), Aglaé (El Esplendor),
y Talía (El Lujo). Tenían íntimo contacto con las musas y su misión era
comunicar encanto a la vida.
Carón:
Tanbién llamado Caronte. Hijo de Erebo y Nox, encargado de pasar las almas
de los muertos al otro lado de la laguna Estigia, a través del río Aqueronte,
por cuya labor cobraba de uno a tres óbolos. De aquí procede la costumbre de
depositar una moneda en la boca de los cadáveres.
Cástor y Pólux:
Hijos de Tíndaro, rey de Esparta, y de Leda. Según la tradición más
extendida, Zeus se acogió, bajo la forma de cisne, al regazo de Leda, que
puso dos huevos: de uno nacieron Pólux y Helena, hijos de Zeus e imortales;
del otro nació Cástor y Clitemnestra. Los hermanos acompañaron a los
argonautas a la Cólquida. Al morir Cástor, Zeus atendiendo a los dos
tindáridas la inmortalidad en días alternos.
Céfiro:
Simboliza el Viento de Poniente, era uno de los hijos de Astreo y Eros
(la Aurora), hermano de Boreas y esposo de Cloris.
Clío:
Las primera de las nueve musas, hija de Zeus y Mnemosine, protectora de la
poesia épica y de la historia.
Cronos:
Dios supremo, hijo de Urano (el Cielo), a quien expulsó del trono, y de Gea
(la Tierra). De Rea tuvo a Zeus, que le arrebató a su vez el mando. Entre
sus hijos se cuentan Vesta o Hesta, Deméter, Hera, Hades y Poseidón.
Dafne:
Ninfa, hija del río Peneo, que perseguida por Apolo, fue protegida por su
madre, la tierra, que la tranformó en un laurel. El dios ciño sus sienes con
una rama de este árbol, que fue desde entonces su planta preferida.
Deméter:
“Madre Tierra”, hija de Cronos y Rea y hermana de Zeus, de quien tuvo a
Perséfone o Proserpina. Era diosa de la agricultura y, junto con su hija,
era venerada en las tesmoforia, fiestas femeninas otoñales, y en los
misterios eleusinos, de los que constituía la figura principal.
Dione:
Una de las titanes, hija del Océano y Gea. Fue amada por Zeus, de quien
tuvo a Afrodita.
Dionisos:
También llamado Baco, Dios griego del vino, hijo de Zeus y Semele. Celosa
de ésta, Hera la incitó a solicitar de Zeus que se le mostrara en toda su
magestad. Tras muchas instancias consintió el dios y, ante su vista, la
imprudente Semele pareció consumida por las llamas, si bien antes dio
a luz prematuramente a Baco, a quien Zeus llevó unido a si propio muslo
hasta que alcanzó la madurez. El muchacho se educó entre las ninfas del
monte Nisa. Hera seguió presiguiendo a Dionisos, que predió la razón y
comenzó a vagar por toda la Tierra. Recorrió Siria, Asia y la India, que
conquistó con un ejercito armado de tirsos y tambores. Después entró en
Europa por Tracia. En Naxos encontró a Ariadna, abandonada por Teseo y la
tomó por esposa, dándole como presente la magnífica corona de oro, obra
maestra de Vulcano, amigo de Diosisos. De esta historia puede deducirse
que su culto tuvo un origen extranjero, oriental probablemente, como
parecen sugerirlo las desenfrenadas orgías báquicas. Simboliza la fuerza
reproductora y fertilizante de la naturaleza. Servían a Dionisos Silfno,
Pan, los sátiros, centauros y bacantes. El vino, la hiedra, el laurel y el
asfodelo estaban dedicados a Diosnisos, así como el carnero, el delfín, el
tigre y la pantera.
Eaco:
Rey de la Isla de Egina, hijo de Zeus, padre de Telamón y Pelep y abuelo de
Ayax y Aquiles. Amado de los dioses por si equidad, fue erigido, con Minos y
Radamanto, en uno de los tres jueces del infierno.
Eco:
Ninfa que distraía a Hera con su charla mientras Zeus se diviertía con las
demas ninfas. Descubierta la artimaña, Hera castigó a Eco privándola del uso
de la palabra. Sólo podía hablar cuando alguien se dirigía a ella, y entonces
tenía la obligación de contestar. Enamorada de Narciso, y no viendo correspondido
su amor, languideció y se consumió hasta no quedar de ella más que su
voz.
Erebo:
Hijo de Caos. De su unión con Nyx (la Noche) nacieron Eter y Hemera (el Día).
Erebo significa obscuridad y, con esta voz, expresaban los poetas el sombrio
mundo subterráneo que recorrian las almas de los muertos en su camino hacia
Hades.
Eris:
Diosa de la discordia, hija de la Noche y hermana de Ares. En las fiestas
nupciales de Peleo y Tesis arrojó una manzana de oro que había de entregarse
“a la más hermosa”, lo que determinó la rivalidad de Hera, Atenea y Afrodita,
e indirectamente el rapto de Helena y la guerra de Troya.
Eros:
Dios de amor, hijo de Afrodita y Zeus. Las heridas causadas por sus flechas
inspiran amor.
Euménides:
Era un dios vengador, llamado Erenias. Este nombre aludía posoblemente al
fantasma de una persona asesinada, que persigue a su asesino.
Eumolpo:
Poeta tracio, hijo de Poseidón. Después de varias aventuras llegó a Eleusis,
en el Atica, y fue recibido amablemente por sus moradores, en favor de los
cuales combatió contra los atenienses. Murió a manos de Erecteo, rey de
Atenas. Sele considera fundador de los misterios eleusinos.
Eurínome:
Mujer de la estirpe de los titanes que, con Ofión, gobernó el Olimpo hasta
que ambos fueron destronados por Zeus. Era hija del Océano y madre de las
Gracias, habidas de Zeus.
Euterpe:
Una de las nueve musas. Era la musa de la poesía lírica y se representa con
una flauta.
Faetón:
Hijo del Sol y de Climene. Conductor del carro de su padre.
Ganimides:
Hijo de Tros, rey de Troya. Por su expecional belleza, Zeus le transportó
al Olimpo, según unas versiones para ser copero de los dioses, según otras
para servicio personal de Zeus. Se le atribuían las crecidas del Nilo.
Gea:
Diosa de la Tierra. Primogénita de Caos, engendró a Urano (el Cielo) y a
Ponto (el Mar). De su union con Urano nacieron los titanes.
Hades:
Dios de las profundidades, hijo de Cronos y Rea y hermano de Zeus y Poseidon.
Después de la lucha contra los Titanes, le cupo en suerte el reino de
Ultratumba.
Ese reino era la Morada de los espíritus que no eran admitidos a los Campos
Elíseos. Para llegar a él había que atravesar la laguna Estigia en la barca
de Caronte. Si por cualquier causa el cuerpo quedaba insepulto, el alma tenía
que vagar durante cien años a este lado de la laguna antes de cruzarla. Sus
puertas estaban guardadas por el tricéfalo can Cerbero. Una vez franqueadas,
el alma se encontraba con los jueces Minos, Radamanto y Eaco, que determinaban
su destino final.
Hebe:
Hija de Zeus y Hera, diosa de la juventud y escanciadora de néctar de los
dioses antes de Ganímides. Al ser Hércules deificado en el Olimpo, tomó a
Hebe por esposa.
Hécate:
Hija de Perseo, única entre la estirpe de los Titanes que conservó su poder
bajo el gobierno de Zeus. Se la identificaba con Selene en Cielo, Artemisa
en la Tierra y Perséfone en el inframundo, por lo que se le representaba
con tres cabezas.
Hefestos:
Dios del fuego y todas las artes relacionadas con él, especialmente la
fundición de metales. Era hijo de Zeus y Hera, y constituía objeto de burla
en el Olimpo por su cojera. Fabricó la armadura de Aquiles, los Toros con
aliento de fuego y otras maravillas. Aparece como esposo de Afrodita en la
Odisea.
Helios:
Dios del Sol, hijo de Hiperión y Basilea(Teia). Partia cada mañana de su
palacio de Oriente y recorría al cielo en su carro, arrastrado por caballos
hasta llegar al palacio de Occidente. Fue adorado en toda Grecia. El Coloso
de Rodas era una representación del dios. Más tarde aparece identificado
con Apolo.
Hera:
Esposa y hermana de Zeus, de quien le nacieron Ares, Hefestos y Hebe. Fue la
diosa del matrimonio y el nacimiento. Persiguió con saña a los hijos de
los amoríos de Zeus. Ayudo a los aqueros contra los troyanos.
Hercules:
Semidiós adorado por los griegos, dotado de fuerza sobrenatural, la figura
más heroica de la mitilogía clásica. En un ataque de locura mató a sus hijos.
Para expiar el crimen, el oráculo de Delfos le ordenó ponerse al servicio de
Euristeo, rey de Argos, quien le impuso “doce trabajos”:
1.- Matar al león de Nemea
2.- Matar a hidra de Lerna
3.- Capturar la cierva de los pies de bronce
4.- Capturar el jabalí de Erimanto
5.- Limpiar los establos de Augias
6.- Exterminar los aves del lago Estífalo
7.- Domar el toro loco de Creta, que Poseidon habia enviado a Minos
8.- Robar las yeguas de Diomedes
9.- Vencer a las amazonas y apoderarse del ceñidor de su reina Hipólita
10.- Arrebatar los bueyes de Gerión
11.- Hurtar las manzanas de las Hespérides
12.- Domeñar a Cerbero para sacár a Teseo de los infiernos.

Las casa reales de Argos, Esparta y Mesania se decían descendientes del
semidiós.
Hermes:
Hijo de Zeus, que le nombró heraldo de los dioses debido a su elocuencia.
Su prudencia y habilidad le conquistaron la adoración de comerciantes y
mercaderes. Era además, dios protector de los caminos y los viajeros. Tenía
fama de ingenioso y se le atribuía la invención de la lira, el alfabeto, los
numeros, las pesas y medidas, etc. Se le representa con casco de anchas alas,
caduceo y sandalias aladas.
Hespérides:
Hijas de Atlas y Hesperis, guardianas de la manzana de oro que Gea dio a
Hera y Zeus con regalo de bodas. Más tarde fue hurtada por Hércules. Las
más antiguas leyendas, situan el jardin en unas islas del Atlámtico.
Hestía:
Hija de Cronos y Rea, una de las doce divinidades principales del Panteón
griego. Era diosa del fuego del hogar, símbolo de la vida doméstica. Todas
las ciudades poseían un lar central consagrado a Hestía. Si el fuego se
apagaba, sólo podía encenderse con rayos solares o frotando des trozos de
madera.
Higia:
Diosa de la Salud, hija de Esculapio y Lambetia y hermana de Telesforo,
protector de la convalescencia. Recibió culto en Atenas, Corintio, Argos y
otras cuidades. Se representa como una doncella con una serpiente que trata
de beber de una copa que tiene en sus manos.
Hiperión:
Uno de los Titanes, hijo de Urano y Gea, y padre de Helios, Selene y Fos,
es decir, el Sol, la Luna, y la Aurora.
Icaro:
Hijo de Dédalo. Cuando ambos huían del laberinto de Creta volando con alas
de cera, Icaro, desoyendo los consejos de su padre, se acercó demasiado al Sol.
Sus alas derritieron y cayó al mar, donde pereció ahogado.
Io:
Hija de Inaco, rey de Argos, y amada por Zeus, quien transformó en novilla
para liberarla de las iras de Hera. Esta puso a Io bajo la custodia de Argos
y más tarde envió contra ella un tábano. Para liberarse de él, Io llegó
huyendo hasta Egipto, donde recupero su forma humana y tuvo un hijo, Epafo.
Iris:
Hija de Taumas y Electra, hermana de las Arpías y mensagera de los dioses,
especialmente de Hera.
Japeto:
Uno de los Titanles hijo de Urano y Gea, hermano de Cronos, Océano, Hiperión,
Etc. Era esposo de Climena y padre de Atlas, Prometeo, Epimeteo y Menetio.
Zeus le aherrojó en el Tártaro, con los restantes Titanes que se rebelaron.
Leda:
Hija de Testio y esposa de Tíndaro, rey de Esparta, al que dio dos hijas:
Timandra y Filomena. Visitada por Zeus, metamorfoseado en cisne, concibió a
Castor y Pólux.
Melampo:
Hijo de Amiteón y Doripa, primer mortal que tuvo poderes proféticos.
Aprendió de Apolo en arte de predecir el futuro y podía comprender el lenguaje
de los pájaros y los animales. Curó la locura que aquejaba a las hijas de
Preto, rey de Argos, por lo que recibió una parte del reino en recompensa.
Melpónete:
Musa de la Tragedia, a la que se representaba llevando una máscara trágica
en la mano.
Metis:
Diosa de la Sabiduría, espasa de Zeus, que se la tragó después de
transformarla en mosca.
Midas:
Legendario rey de Frigia, que recibió de Dionisos el poder de convertir en
oro todo lo que tocara. Cuando la comida que tocaba se convertia en oro
rogaba a los dioses para que le retirar el poder.
Mnemosina:
Hija de Urano, de su union con Zeus, nacieron las Musas.
Narciso:
Hijo de Cefíso y Liriope, dotado de extraordinaria belleza. Al Consumirse por
él de amor la ninfa Eco sin ser correspondida, Némesis le juzgó culpable y le
castigó. Mientras bebía en una fuente, Narciso se enamoró de tal modo de su
propia imagen, reflejada en el agua, que sus pies echaron raíces y se
transformó en flor.
Némesis:
Hija de la Noche o Erebo, concebida originariamente como la personificación
de la indignación popular contra un crimen protervo. Más tarde se la consideró
como una deidad que, celosa de la prosperidad excesiva, humillaba el orgullo
humano, El centro principal de su culto estuvo en Rammas, Atica.
Nereida:
Cualquiera de las hijas de Nereo, Ninfas que en la antiguedad fingian que
residean en el mar y que pintaban con medio cuerpo humano y el otro medio de
pez.
Nereo:
Hijo de Ponto y Gea y padre de las Nereidas. Es el sabio anciano del mar.
lleno de cordura y experiencia. Reinaba particularmente en el Egeo. El Signo
de su autoridad es el tridente.
Niké:
Diosa de la victoria. Se la representaba alada y con una girnalda en su mano.
Ninfa:
Cualquiera de las fabulosas deidades de los mares, bosques, selvas, etc.,
llamadas de varias formas: Oceánicas las que habitaban en al Oceano, Nereidas
las del Mar Mediterraneo, Náyades de los rios, Oréades las de las
montañas, etc…
Océano:
Padre de los todos los dioses y todas las cosa. Según Hesíodo, Océano y Tesis
eras hijos de Urano y Gea. Se le representaba como un viejo venerable,
apartado del mundo y de la asamblea de los dioses.
Orfeo:
Hijo de la musa Calíope, considerado como el mejor de los poetas que precedieron
a Homero. Procedía de Tracia y acompañó a los argonautas. Apolo le dio
una lira con la que adormecia a las fieras y embelesaba incluso a los árboles
y las piedras del Olimpo. A la muerte de su esposa Eurídice, Orfeo, con el
encanto de su lira, consiguió de Plutón que la dejara volver de Hades. Murió
destrozado por las Ménades, según una de las tradiciones.
Orión:
Cazador gigante que, cegado en castigo por haber maltratado a Merope, recobró
la vista al exponer sus ojos a los rayos del Sol naciente. Después, vivió como
cazador acompañado de Artemisa. A su muerte los dioses le colocaron en el
cielo, donde forma la constelación de su nombre.
Pan:
Dios de los pastos, los bosques y rebaños, descrito como hijo de Hermes.
Pandora:
Según la mitología, era la primera mujer de género humano, plasmada por Zeus
para vengarse de Prometeo y de los hombres. Se llamó Pandora (“todos los
bienes”) porque cada uno de los dioses le habia otorgado algun don con que
pudiera granjearse el favor de los hombres y labrar su ruina. Abrió una caja
misteriosa de la que salieron y se desparramaron por la tierra todos los
males. Cuando quiso cerrarla, sólo quedaba ya en ella la esperanza.
Parca:
Cada una de las tres diosas hermanas, Cloto, Láquesis y Atropos, con imagen
de viejas, de las cuales la primera hilaba, la segunda deshilaba y la tercera
cortaba el hilo de la vida de los humanos.
Perséfone:
Hija de Zeus y Deméter. Diosa del imperio de las sombras. Al ser raptada por
Plutón, Deméter impidió que crecieran los frutos de la tierra, los mortales
mortales no puederon ofrecer sacrificios a los dioses y Zeus obligó a Plutón a
que devolviera a Perséfone. Pudo esta algun tiempo en el mundo inferior y otro
en el superior.
Perseo:
Hijo de Zeus y de Dánae. Perseo cortó la cabeza de la terrible Medusa, recató
a Andrómeda, castigó a Polidecto, que había maltratado a su madre, y regresó
con ella y con Andrómeda a Argos.
Pleyone:
Hija de Océano y Tetis, esposa de Atlas o Atlante y madre de las Pleyades o
Atlantidas.
Plutón:
Dios del infierno o imperio de Hades, hijo de Cronos y Rea y hermano de Zeus
y Poseidon. Raptó a Perséfone y se casó con ella. Es el Juez Supremo del
infierno, asistido por Eaco, Minos y Radamanto. Inexosable, no se deja
conmover ni por plegarias ni por adulaciones.
Poseidón:
Hijo de Cronos y Rea, hermano de Zeus y Plutón y esposo de Anfitrite. Se le
atribuye la creación de caballo. Era enemigo de los troyanos. Persiguió a
Ulises por cegar a Polifemo, su hijo.
Prometeo:
Un héroe que robó el fuego del cielo para entregarselo a los hombres. Zeus le
encadenó a una roca como castigo, donde un aguila le picoteaba el higado
durante el día, que en la noche le crecia de nuevo. Hercules mató al aguila y
liberó a Prometeo.
Proteo:
Dios marino, encargado de custodiar los rebaños de focas de Poseidón, su
padre. Tenía calidades como la de poder cambiar de forma a su gusto y predecir
el futuro.
Rea:
Hija de Urano y Gea, esposa de Cronos y madre de Hestia, Deméter, Hera,
Hades, Poseidón y Zeus.
Selene:
Diosa de la Luna, hija de Hiperión y hermana de Helios y Eos, conocida
también por Febe, hermana de Febo. Enamorada de Endimión, utilizó su poder
para dormirle y así besarle.
Siringa:
Ninfa de Arcadia que, perseguida de el dios Pan, se refugió en las orillas del
rio Ladón y rogó a los dioses que la convirtieran en caña. Con un trozo de esa
caña el dios fabricó una flauta (siringa) para recordar a su amada.
Sísifo:
Rey de Corinto. Fomentó el comercio en esa ciudad y por su avaricia y
falsedad, fué castigado en Hades. Su castigo consistia en subier una grán
montaña con una enorme piedra a su espalda, y siempre que llegaba a su cima,
rodaba hacia la base.
Talía:
Una de las nueve Musas, representada como una bellísima joven, coronada de
hiedra y con una máscara en la mano.
Terpsícore:
Musa de la Danza.
Tetis:
Diosa del Mar, hija de Urano y Gea, esposa de Océano y madre de las tres mil
nereidas oceánicas y de sus numerosos dioses fluviales. También lleva ese
nombre la más hermosa de las nereidas, esposa de Peleo y madre de Aquiles.
Urano:
El más antiguo de los dioses y su primer gobernante. Era hijo y esposo de Gea
(la Tierra) y tuvo como hijo a Cronos y los demas titanes, los Cíclopes y los
monstruos de cien brazos Cotto, Briareo y Giges. Sus hijos se volvieron contra
el para arrebatarle el poder.
Zeus:
Rey de los dioses, hijo de Cronos y Rea, que derrotó a su padre y asumió el
mando supremo del Universo. Contrajo matrimonio con Hera u otras muchas diosas
y sedujo a numerosas mujeres, de las cuales tuvo hijos.

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Thursday, May 8, 2008

La Llamada de Cthulhu — H. P. LOVECRAFT

La Llamada de Cthulhu — H. P. LOVECRAFT

La Llamada de Cthulhu
H. P. Lovecraft

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(Encontrado entre los papeles del difunto Francis Wayland Thurston, de Boston)
“Resulta concebible pensar en la supervivencia de tales poderes y criaturas [...] una supervivencia de una época inmensamente remota en la que [...] la consciencia estaba manifestada. quizá, en formas y figuras que desaparecieron hace mucho ante el avance de la humanidad [...] formas de las que sólo la poesía y la leyenda captaron un fugaz recuerdo llamándolas dioses, monstruos, y criaturas míticas de todo tipo y especie…”
-Algernon Blackwood

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I.
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El Horror en Arcilla.

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A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.
Los teósofos han adivinado la imponente grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana no son sino un incidente transitorio. Los filósofos han hecho insinuaciones acerca de extrañas supervivencias en términos que podrían helar la sangre si no se enmascarasen tras un suave optimismo. Pero no procede de ellos la visión de épocas prohibidas que me hace sentir escalofríos cada vez que pienso en ella y me vuelve loco en mis sueños. Esa pequeña visión, como todas las pavorosas visiones de la realidad. fue el producto de una reconstrucción accidental a partir de varias cosas diferentes, en este caso un antiguo artículo de periódico y las notas de un profesor fallecido. Espero que nadie más sea capaz de repetir esta reconstrucción; de hecho, si yo viviera lo bastante, jamás aportaría conscientemente un solo eslabón más a tan horrible cadena. Creo que el profesor también tenía intención de silenciar aquella parte de la que tuvo conocimiento, así como de haber destruido sus notas si no le hubiera sobrevenido una repentina muerte.
Mi conocimiento del asunto se remonta al invierno de 1926-27 momento en que tuvo lugar la muerte de mi tío abuelo George Gammel Angell, profesor emérito de Filología Semítica en la Universidad de Browm, en Providence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad reconocida en inscripciones de la antigüedad, y con frecuencia habían recurrido a él los directores de museos importantes; a esto se debe que su fallecimiento a la edad de noventa y dos años sea recordado por muchos. En el ámbito local el interés se acrecentó por las oscuras circunstancias de su muerte. El profesor sufrió una extraña dolencia mientras volvía del barco de Newport; tal y como dijeron los testigos, se derrumbó de repente tras haber recibido el empellón de un negro con aspecto de marinero que había salido de uno de los raros y oscuros callejones de la escarpada pendiente que constituía un atajo entre los muelles y la casa del difunto en Williams Street. Los médicos fueron incapaces de encontrar ningún trastorno visible, pero terminaron por apuntar, tras una discusión, que la causa de la muerte debía ser una lesión desconocida del corazón, causada por el rápido ascenso de un hombre ya mayor por una colina tan pronunciada. En aquel momento no vi razón alguna para disentir de ese dictamen, pero más tarde me vi inclinado a cuestionarlo… e incluso más que cuestionarlo.
Como heredero y albacea de mi tío abuelo, que había muerto viudo y sin hijos, debía examinar sus papeles con cierta minuciosidad; a tal fin llevé todos sus archivos y cajas a mi alojamiento en Boston. La mayoría del material que correlacioné será publicado más adelante por la Sociedad Americana de Arqueología, pero había una caja que me resultó sumamente misteriosa, y que me sentí reacio a enseñar a otros ojos que los míos. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió buscar en el llavero que el profesor llevaba siempre en su bolsillo. Entonces pude abrirla, pero parece que fuera solamente para toparme con una barrera más fuerte e infranqueable. ¿Cuál podía ser el significado de aquel extraño bajorrelieve de arcilla, y de los inconexos apuntes, notas y recortes que encontré? ¿Había comenzado mi tío a creer semejantes supercherías en sus últimos años? Decidí emprender la búsqueda del excéntrico escultor responsable de aquel claro trastorno de la paz mental de un anciano.
El bajorrelieve era una tosca pieza rectangular de algo más de dos centímetros de grosor y con una superficie de unos trece por quince; de origen evidentemente moderno. Por el contrario, su diseño distaba mucho de resultar moderno en lo que se refiere al tema y a lo sugerido por la obra ya que, aunque los caprichos del cubismo y el futurismo son muchos y descabellados, no suelen servir para reproducir la enigmática regularidad que se esconde tras la escritura prehistórica y, ciertamente, el grueso de aquellos diseños parecía ser algún tipo de escritura. Sin embargo, y a pesar de estar muy familiarizado con los papeles y colecciones de mi tío, la memoria me fallaba al intentar identificar a qué tipo pertenecía, o incluso al intentar recordar alguna pista de la más remota afinidad de aquella con otras escrituras.
Sobre esos presuntos jeroglíficos se encontraba una figura con evidente propósito pictórico, aunque su ejecución impresionista impedía hacerse una idea clara de su naturaleza. Parecía tratarse de algún tipo de monstruo, un símbolo que lo representase, o una forma que sólo una imaginación enfermiza podría llegar a concebir. No estaría traicionando al espíritu de aquella cosa si digo que mi imaginación, algo calenturienta de por sí, creía percibir en ella, de forma simultánea, las figuras de un pulpo, un dragón, y una caricatura de ser humano. Una cabeza viscosa y cubierta de tentáculos destacaba sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero era el perfil general de toda ella lo que resultaba más espantoso. Detrás de la figura quedaba insinuado un ciclópeo trasfondo arquitectónico.
Los escritos que acompañaban a aquella rareza, dejando a un lado un montón de recortes de prensa, habían sido escritos hace poco de la mano del profesor Angell, y no había pretensión literaria alguna en su estilo. Lo que parecía ser el documento principal se titulaba “CULTO DE CTHULHU” en caracteres trazados concienzudamente para evitar una lectura equivocada de una palabra tan inaudita. El manuscrito estaba dividido en dos secciones, estando titulada la primera “1925-Los sueños y trabajos sobre los sueños de H.A. Wilcox, 7 Thomas St., Providence, Rhode Island”, y el segundo “Narración del inspector John. R. Legrasse, 121 Bienville St., Nueva Orleans, La., 1908 A.A.S. Mtg. -Notas sobre los mismos y sobre el relato del profesor Webb”. El resto de los papeles manuscritos eran notas breves, algunas de ellas acerca de extraños sueños de personas diversas, y otras, menciones de libros y revistas teosóficos (particularmente el Atlantis y el continente perdido de Lemuria de W. Scott Elliot). El resto eran comentarios acerca de longevas sociedades secretas y cultos secretos, con referencias a varios pasajes de fuentes mitológicas y antropológicas como puedan ser La rama de oro de Frazer y la Brujería en la Europa occidental de la señorita Murray. Los recortes aludían a extrañas enfermedades mentales y a una ola de locura o demencia colectiva que tuvo lugar en la primavera de 1925.
La primera mitad del manuscrito principal daba cuenta de un suceso bastante peculiar. Parece ser que el 1 de Marzo de 1925, un hombre moreno y delgado, de aspecto neurótico y excitado, se presentó en casa del profesor Angell llevando el singular bajorrelieve, todavía húmedo y fresco. En su tarjeta de visita aparecía el nombre Henry Anthony Wilcox, y mi tío lo reconoció como el benjamín de una excelente familia que le resultaba conocida. En los últimos tiempos el joven Wilcox había estado estudiando escultura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y viviendo solo en el edificio Fleur-de- Lys, cercano a dicha institución. Wilcox era un joven precoz de genio reconocido pero de una gran excentricidad, y ya desde la niñez había entusiasmado a gente con las extrañas historias y sueños que tenía por costumbre relatar. Decía de sí mismo que era “’psíquicamente hipersensible”, pero la gente formal de aquella antigua ciudad comercial le tomaba simplemente por un “tipo rarito”. Al no mezclarse demasiado con sus compañeros de estudio se apartó gradualmente de la vida social, y en aquel momento sólo se relacionaba con un grupo de estetas de otras ciudades. Incluso el Club de Arte de Providence, en su celo conservacionista, lo dejó por imposible.
Con motivo de la visita, según se leía en el manuscrito del profesor, el escultor pidió bruscamente la ayuda de mi tío para que, dados sus conocimientos arqueológicos, identificara los jeroglíficos del bajorrelieve. Habló de una manera tan distraída y afectada, y que indicaba tal presunción, que anulaba cualquier simpatía que pudiera sentirse por él. Mi tío le contestó con cierta brusquedad, ya que la notable frescura de la tablilla implicaba parentesco con cualquier cosa excepto con la arqueología. La réplica del joven Wilcox, que impresionó a mi tío hasta el punto de recordarla y anotarla al pie de la letra, estuvo caracterizada por un matiz fantásticamente poético que debió marcar sin duda toda la conversación, y que tal y como he podido comprobar más tarde, resultaba muy propio de él. Lo que dijo fue: “¡Claro que es nueva! La hice la pasada noche en un sueño que tuve sobre extrañas ciudades; y los sueños son más antiguos que la ensoñadora Tiro, la contemplativa Esfinge, o la misma Babilonia cercada de jardines.”
Fue entonces cuando comenzó su inconexo relato, que de repente avivó un recuerdo aletargado de mi tío, y se ganó su fervoroso interés. La noche anterior había tenido lugar un leve terremoto, el de mayor intensidad de los últimos años en Nueva Inglaterra; y la imaginación del joven Wilcox había resultado fuertemente afectada. Al irse a dormir tuvo éste un sueño sin precedentes sobre ciclópeas ciudades de titánicos sillares de piedra y monolitos que alcanzaban el cielo, chorreando todo el conjunto
légamo de color verde y anunciando un horror latente. Los muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y desde algún punto bajo el suelo le llegó una voz que no era tal; una sensación caótica que tan solo la imaginación podría transliterar en sonido, cosa que intentó hacer por medio de un revoltijo casi impronunciable de letras: “Cthulhu fhtagn”.
Este galimatías fue la clave para que el profesor recordase algo que le preocupaba y confundía. Preguntó al escultor con minuciosidad científica, y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve en el que el joven se encontraba trabajando cuando, helándose de frío y vestido sólo con su pijama, despertó de repente y se sorprendió al ver lo que hacía. Mi tío culpaba a su edad, como dijo Wilcox posteriormente, de su lentitud en reconocer los jeroglíficos y el diseño pictórico.
Muchas de sus preguntas le parecieron fuera de lugar al visitante, especialmente cuando el profesor intentó encontrar conexiones entre Wilcox y extrañas sectas y sociedades. Wilcox no pudo entender las repetidas promesas de silencio que le fueron ofrecidas a cambio de admitir su pertenencia a una extendida organización religiosa de carácter pagano o místico. Cuando el profesor se convenció de que Wilcox ignoraba la existencia de cualquier tipo de culto o de saber arcano, no dudó en asediar a su visitante solicitándole futuros informes acerca de sus sueños. Esto dio su fruto de una forma continuada, ya que tras la primera entrevista el manuscrito hace constar las visitas diarias del joven. en las que relataba sorprendentes fragmentos de imágenes oníricas cuyo principal contenido era siempre alguna terrible panorámica de carácter ciclópeo, y de piedra oscura y chorreante, a la que acompañaba una voz o inteligencia subterránea que de forma monótona profería enigmáticos impactos sensoriales imposibles de transliterar salvo en un galimatías. Los dos sonidos repetidos con más frecuencia. mencionados en las cartas, eran “Cthulhu” y “R’lyeh”.
El 23 de Marzo, según apuntaba el manuscrito, Wilcox no apareció; las pesquisas en su alojamiento revelaron que había sido asaltado por una especie inusual de fiebre y que había sido llevado a la casa de su familia en Watterman Street. Wilcox había estado gritando durante la noche, despertando a varios de los otros artistas que vivían en la residencia, y desde entonces sólo había manifestado estados alternativos de inconsciencia y delirio. Mi tío se apresuró a telefonear a la familia, y desde ese momento en adelante prestó una gran atención al caso, llamando a menudo a la consulta del Dr. Tobey en Thayer Street, al enterarse de que era el médico de Wilcox. Al parecer, la febril mente del joven se explayaba sobre cosas extrañas; y a ratos el doctor se estremecía al oír hablar de ellas. Tales visiones no se limitaban a la repetición constante de cosas soñadas con anterioridad, sino que aludían locamente a una gigantesca cosa “de kilómetros de altura” que caminaba, o se movía, pesadamente. En ningún momento llegó a describir por completo a aquel ser, pero algunas palabras frenéticas y ocasionales, repetidas por el doctor Tobey, convencieron al profesor de que debía ser idéntico a la monstruosidad sin nombre que había tratado de representar en aquella figura esculpida en sueños. El doctor añadió que cualquier referencia a este objeto suponía, sin excepción, el preludio del hundimiento del joven en un estado letárgico. Extrañamente su temperatura no estaba muy por encima de la normal; pero su condición, por lo demás, indicaba la presencia de una auténtica fiebre y no de un trastorno mental.
Alrededor de las 3 de la tarde del 2 de Abril, todo rastro de la enfermedad de Wilcox desapareció de repente. Éste se sentó sobre la cama, asombrado de encontrarse en casa de sus padres, y completamente ignorante de lo acontecido en los sueños o la realidad desde la noche del 22 de Marzo. Tras darle de alta el médico. Wilcox tardó sólo tres días en volver a su alojamiento; pero en adelante dejó de interesar al profesor Angell. Todo rastro de sueños extraños se había desvanecido al llegar su recuperación, y mi tío dejó de tomar nota de sus visiones oníricas tras una semana de explicaciones irrelevantes y sin sentido acerca de sueños corrientes.
Aquí termina la primera parte del manuscrito, pero algunas referencias a ciertas notas dispersas me dieron mucho en lo que pensar. hasta el punto de que sólo el arraigado escepticismo que caracterizaba mi filosofía por aquel entonces, era capaz de explicar mi continua desconfianza por el artista. Las notas en cuestión eran las que describían los sueños de varias personas a lo largo del mismo periodo en que el joven Wilcox había experimentado sus extrañas visitaciones. Parece ser que mi tío inició rápidamente un sistema increíblemente ramificado de investigación entre casi todos los amigos a los que podía preguntar, sin parecer impertinente, acerca de sus sueños nocturnos así como de la fecha de cualquier visión fuera de lo común que hubieran experimentado en tiempos recientes. Según parece, la acogida de su solicitud resultó muy variada, pero al menos debió recibir más respuestas de las que una sola persona podría ser capaz de atender sin la ayuda de un secretario. La correspondencia original no ha sido conservada, pero sus notas al respecto forman un minucioso y significativo resumen. La gente normal de la vida social y de los negocios -la “sal de la vida” de la sociedad de Nueva Inglaterra- dio un resultado negativo casi en su mayoría, aunque hubo algún que otro caso aislado de intranquilas e indefinidas visiones nocturnas, siempre entre el 23 de Marzo y el 2 de Abril, periodo que coincidía con el delirio del joven Wilcox. Aquellos dedicados a la ciencia no resultaron mucho más afectados, aunque cuatro casos de vagas
descripciones podrían sugerir la existencia de visiones fugaces de extraños paisajes, y uno de ellos hacía incluso mención a un miedo ante algo anormal que pudiera sobrevenir.
Fue de los artistas y poetas de quienes llegaron las respuestas pertinentes, y sé perfectamente que se hubiera desatado el pánico entre ellos de tener posibilidad de comparar sus notas. A la vista de aquello, y faltando las cartas originales, llegué a sospechar que el recopilador había formulado preguntas tendenciosas, o que había redactado la correspondencia de forma que quedase corroborado lo que él, de forma latente, estaba resuelto a confirmar. Esta es la razón por la que continué pensando que Wilcox, de alguna forma al corriente de ciertos datos del pasado en posesión de mi tío, había estado aprovechándose del veterano científico. Las respuestas de aquellos estetas daban forma a una inquietante historia. Desde el 28 de Febrero al 2 de Abril una gran proporción de ellos había soñado con cosas muy extrañas, siendo la intensidad de estos sueños incongruentemente mayor durante el periodo correspondiente al delirio del escultor. Más de la cuarta parte de los que informaron acerca de algo, decían haber tenido visiones y escuchado sonidos no muy distintos de los que Wilcox había descrito. Alguno de los soñadores confesó haber sentido un miedo intenso hacia una cosa gigantesca e innombrable, visible casi al final. Uno de los casos descritos con más énfasis en las notas fue realmente lamentable. El sujeto, un arquitecto de renombre con ciertas inclinaciones hacia la teosofía y el ocultismo, enloqueció violentamente el día del ataque de Wilcox, y falleció unos meses más tarde tras gritar de manera incesante que le salvaran de un ser huido del mismísimo infierno. Si mi tío hubiera hecho referencia a estos casos por el nombre y los apellidos y no mediante un número, yo mismo hubiera hecho un intento de corroborar todo mediante una investigación, pero tal como estaban, sólo tuve éxito en seguir la pista a unos cuantos. Sin embargo, estos confirmaron lo registrado en las notas. Con frecuencia me he preguntado si todos los sujetos encuestados por mi tío se sentirían tan confundidos como estos pocos. Es mejor que jamás reciban explicación alguna al respecto.
Los recortes de prensa, como ya he dado a entender, aluden a casos de pánico, manía, y excentricidad que tuvieron lugar durante el periodo en cuestión. Sin duda el profesor Angell debió contratar los servicios de una agencia de recortes de prensa, ya que la cantidad de extractos era enorme, y éstos procedían de fuentes muy diversas repartidas por todo el globo. Uno trataba acerca de un suicidio nocturno en Londres, donde una persona que dormía sola había saltado por una ventana tras proferir un grito espantoso. Había otro que consistía en una inconexa carta, dirigida al director de un periódico sudamericano, en la que un fanático deducía un catastrófico futuro a partir de ciertas visiones que había tenido. Un comunicado procedente de California describía a una colonia de teósofos vistiéndose de togas blancas como preparativo de algún “glorioso cumplimiento” que jamás tuvo lugar, mientras que las noticias llegadas desde la India hablaban con cautela acerca de serios disturbios causados por nativos hacia finales de Marzo. Los ritos orgiásticos del vudú se multiplican en Haití, y de los puestos avanzados africanos llegaba información acerca de rumores y malos augurios. Las autoridades americanas en Filipinas se encontraron con la agitación de varias tribus por esas fechas, y en Nueva York la policía era acosada por multitudes de tez aceitunada la noche del 22 al 23 de marzo. En la zona occidental de Irlanda también abundaban los descabellados rumores y leyendas, y el pintor de temas fantásticos Ardois-Bonnot colgaba su blasfemo Paisaje Onírico en el salón de primavera de París de 1926. Fueron tan numerosas las alteraciones que tuvieron lugar en los manicomios, que solamente un milagro hubiera sido capaz de evitar que la cofradía médica advirtiese los extraños paralelismos y sacase desconcertantes conclusiones de aquello. Un extraño montón de recortes, que aún hoy no puedo concebir con qué insensible racionalismo fui capaz de desechar. Pero por aquel entonces ya estaba convencido de que el joven Wilcox conocía aquellas viejas cuestiones mencionadas por el profesor.
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II
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El Relato del Inspector Legrasse.
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Aquellos viejos asuntos que habían hecho que el sueño del escultor y su bajorrelieve resultaran tan trascendentes para mi tío constituían el tema principal de la segunda mitad de su largo manuscrito. Parece ser que el profesor Angell había visto ya en una ocasión, y estudiado sin obtener resultados, el diabólico perfil de aquella monstruosidad sin nombre representada sobre aquellos desconocidos jeroglíficos, y que también había escuchado las terribles sílabas que sólo pueden ser transliteradas como algo parecido a “Cthulhu”. Aquella vinculación era tan horrible e inquietante que no resulta nada extraño que el profesor acuciase al joven Wilcox con sus preguntas y solicitudes de información.
Esta experiencia anterior tuvo lugar en 1908, hacía diecisiete años, cuando la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su reunión anual en San Luis. El profesor Angell, como corresponde a alguien de su mérito y autoridad, había desempeñado un papel importante en las
deliberaciones, y fue uno de los primeros en ser abordado por los diversos profanos que, aprovechando la celebración, acudieron para hacer preguntas y plantear problemas en la confianza de que serían correctamente contestadas y resueltos.
El cabecilla de aquellos profanos, que no tardó en ser el centro de atención de todos los congregados, era un hombre de mediana edad y aspecto corriente que había venido desde Nueva Orleans en busca de cierta información especial que le resultaba imposible obtener de ninguna de las fuentes locales. Su nombre era John Raymond Legrasse, inspector de policía de profesión. Trajo consigo el motivo de su visita, una grotesca, repulsiva, y aparentemente antiquísima estatua de piedra, cuyo origen era incapaz de determinar. No cabe pensar que el inspector Legrasse tuviera el menor interés por la arqueología ya que, por el contrario, su deseo de ser ilustrado al respecto estaba instado por motivos puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche, o lo que quiera que aquello fuera, había sido requisada hacía unos meses en los bosques pantanosos al sur de Nueva Orleans, en el curso de una redada contra los asistentes a una supuesta celebración vudú; tan extraños y horribles eran los ritos practicados en la misma que la policía no pudo sino darse cuenta de que había dado con una oscura secta totalmente desconocida para ellos, e infinitamente más diabólica que el más siniestro de los círculos africanos de la religión vudú. Acerca de su origen no pudo descubrirse absolutamente nada, salvo por ciertas historias erráticas e increíbles que se logró sacar por la fuerza a algunos de los detenidos. A esto último se debe el ansia de la policía por encontrar cualquier dato acerca de las antiguas tradiciones que pueda ayudarles a reconocer el horrible símbolo, para poder seguir la pista del culto hasta su mismo origen.
El inspector Legrasse no estaba preparado para la excitación que suscitó su testimonio. Un simple vistazo a la estatuilla fue suficiente para hacer que los hombres de ciencia allí congregados se sumiesen en un estado de tensa excitación, y no perdieran un solo momento en amontonarse alrededor del policía para así poder contemplar la diminuta figura, de tan extraña apariencia y tan remota antigüedad, que daba lugar a inopinadas y arcaicas perspectivas aún por desvelar Ninguna escuela de arte conocida había alentado la creación de este terrible objeto, pero cientos e incluso miles de años parecían estar marcados sobre su oscura y verdosa superficie de piedra cuya identificación resultaba imposible.
La figura, que al final fue pasada lentamente de mano en mano para que pudiera llevarse a cabo un estudio más cercano y detallado de la misma, tenía entre dieciocho y veinte centímetros de altura y estaba esculpida con gran habilidad artesanal. Representaba a un monstruo de perfil vagamente humano, pero con una cabeza a modo de pulpo cuya cara era una masa de tentáculos, un cuerpo cubierto de escamas y de aspecto gomoso, unas prodigiosas garras tanto en extremidades anteriores como posteriores, y unas largas y estrechas alas en la espalda. Aquella cosa, de la que parecía desprenderse una terrible y antinatural malevolencia, tenía una corpulencia algo abotargada y estaba sentada en cuclillas, con cierto aire maligno, sobre un pedestal cubierto de caracteres indescifrables. Las puntas de las alas tocaban el lado posterior del pedestal, y su trasero ocupaba el centro, mientras que las largas y curvas garras de las dobladas patas inferiores asían la parte frontal y se extendían a lo largo de todo el tercio superior del pedestal. La cabeza de cefalópodo se encontraba inclinada hacia delante, de modo que los extremos de sus tentáculos faciales rozaban la parte posterior de las grandes garras delanteras que, a su vez, estaban abrazadas a las rodillas elevadas de la agachada criatura. El aspecto del conjunto resultaba anormalmente vívido, e incluso sutilmente terrible, ya que su origen era del todo desconocido. Su enorme, pasmosa, e incalculable antigüedad resultaba indiscutible; a pesar de ello no daba muestra de una sola relación con cualquier forma artística conocida de carácter primitivo. De hecho, tampoco guardaba relación con ninguna otra época. Totalmente al margen, el propio material con que estaba construida resultaba un misterio, ya que aquella piedra verdinegra de aspecto maleable con motas y vetas doradas o iridiscentes no se asemejaba a nada conocido por la geología o la mineralogía. Los caracteres que cubrían la base eran igualmente desconcertantes y ninguno de los presentes pudo formarse la menor idea de su origen lingüístico, a pesar de encontrarse allí la mitad de los expertos mundiales en la materia. Estas inscripciones, así como la estatuilla y su material, formaban parte de algo horriblemente remoto y ajeno a la humanidad tal y como la conocemos; algo que terriblemente sugiere la existencia de antiguos e idólatras ciclos de vida en los que nuestro mundo y concepciones no tiene cabida alguna.
No obstante, después de que todos los congregados sacudieran sus cabezas, confesando su derrota ante el problema planteado por el inspector, hubo un hombre entre los allí reunidos que creyó percibir una extraña familiaridad en la monstruosa figura y la escritura, y que al momento contó con cierta timidez lo poco que sabía. Esta persona era el difunto William Channing Webb, profesor de antropología en la Universidad de Princeton, y un explorador de reconocido prestigio. El profesor Webb había participado cuarenta y ocho años atrás en una expedición a Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que no llegó finalmente a encontrar. Mientras remontaban la costa occidental de Groenlandia se encontraron con una extraña tribu o culto de esquimales degenerados cuya religión, una curiosa forma de adoración al diablo, le hizo sentir escalofríos dado lo deliberadamente sanguinario y
repulsivo de sus ritos. Era una fe de la que otros esquimales sabían muy poco, y de la que sólo se hablaba en medio de un gran pánico, diciendo que procedía de épocas horriblemente antiguas y anteriores a la creación de nuestro mundo. Además de ritos indescriptibles y sacrificios humanos, también se practicaban otros extraños ritos de carácter hereditario dirigidos a un anciano demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb tomó una cuidadosa transcripción fonética de aquellos ritos de labios de un anciano angekok o hechicero-sacerdote, expresando los sonidos lo mejor que pudo en caracteres latinos. Pero en aquellos momentos el asunto de principal trascendencia no era otro que el fetiche que aquel culto adoraba y alrededor del cual danzaban los sectarios cuando la aurora se alzaba por encima de los gélidos acantilados. Este era, afirmó el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra, que constaba de un horrible dibujo y de ciertas inscripciones enigmáticas y, según le parecía, era una versión más tosca pero similar, en todas sus características esenciales, a la inhumana efigie que yacía en aquel momento frente a los reunidos.
Estos datos, recibidos con incertidumbre y asombro por los presentes, probaron ser de especial interés para el inspector Legrasse, que comenzó de inmediato a acosar con preguntas al informante. Ya que había copiado y tomado nota de un ritual oral escuchado a los adoradores del culto de los pantanos que sus hombres detuvieron, suplicó al profesor que recordase lo mejor que pudiera las sílabas que anotó en su convivencia con aquellos diabólicos esquimales. Lo que siguió entonces fue una exhaustiva comparación de detalles y un momento de pavoroso silencio cuando el detective y el científico llegaron a la conclusión de la práctica identidad de la frase común a aquellos dos rituales diabólicos pertenecientes a mundos tan diferentes y distantes entre sí. Lo que cantaban a sus ídolos gemelos, tanto los hechiceros esquimales como los sacerdotes de los pantanos de Luisiana era, en esencia, era algo muy parecido a esto (las divisiones entre palabras se han supuesto en base a los cortes que tradicionalmente se hacían en la frase al cantarla voz alta):
“Ph‘nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.”
Legrasse tenía algo a su favor frente al profesor Webb, ya que en varias ocasiones sus prisioneros mestizos le habían repetido lo que los viejos oficiantes les contaron del significado de esas palabras. El verso se traduciría por algo parecido a esto:
“En su morada de R’lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando.”
En ese momento, en respuesta a una exigencia urgente y generalizada, el inspector Legrasse relató, de la forma más completa posible, su experiencia con los adoradores de los pantanos; un relato que mi tío, tal y como puedo ver, consideró de una profunda trascendencia. La historia participaba de los más locos sueños de mitómanos y teósofos, y demostraba el asombroso grado de imaginación cósmica poseído por aquellos mestizos y parias, algo que era lo que menos se hubiera podido esperar de ellos.
El día 1 de Noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleans fue llamada a acudir con urgencia a la región pantanosa y lacustre al sur de la ciudad. Los ocupantes ilegales de la zona, en su mayoría primitivos pero amables descendientes de los hombres de Lafitte, eran presa de un terror absoluto debido a algo desconocido que se les había acercado en silencio durante la noche. Al parecer se trataba de vudú, pero un vudú de un tipo más terrible del que jamás habían llegado a conocer, y algunas mujeres y niños habían desaparecido desde que el maléfico tam-tam comenzó su incesante golpeteo a lo lejos, en el interior de los negros y embrujados bosques por los que ninguno de los colonos se atrevía a aventurarse. Había gritos demenciales y angustiosos chillidos, cantos que helaban la sangre y danzantes llamas endemoniadas, y según añadió el aterrado mensajero, la gente no podía soportarlo por más tiempo.
De ese modo, un destacamento de veinte policías, repartidos entre dos carruajes y un automóvil, emprendió la marcha en las últimas horas de la tarde con el tembloroso colono haciendo las veces de guía. Se apearon al final del camino transitable y durante kilómetros chapotearon en silencio a través del terrible bosque de cipreses al que la luz del día nunca llegaba. Feas raíces y maléficas lianas de musgos de Florida les acosaron y, de vez en cuando, los montones de piedras enmohecidas o los restos de paredes putrefactas intensificaban, con su sola insinuación de unos pobladores tan morbosos, una sensación depresiva que cada árbol malformado y cada fungoso calvero contribuía a crear. Al rato se divisó el asentamiento de aquellos colonos, no más que un miserable montón de cabañas, y sus histéricos moradores corrieron a apiñarse alrededor del grupo de policías que portaba faroles que se balanceaban. El apagado ritmo del tam-tam resultaba ahora levemente audible muy, muy a lo lejos; y algún alarido aterrador llegaba a ratos cuando el viento cambiaba de dirección. Un brillo rojizo parecía también filtrarse a través de la pálida maleza más allá de las interminables avenidas del bosque nocturno. A pesar de tener aún miedo a quedarse solos de nuevo, los aterrados colonos se negaron en redondo a avanzar un solo palmo más en dirección a aquella escena de impía adoración, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas se internaron sin guía alguno entre negras arquerías de horror por las que ninguno de ellos había pasado con anterioridad.
El área en la que ahora se adentraba la policía había tenido siempre mala fama, era prácticamente desconocida por el hombre blanco y en absoluto transitada por éste. Había leyendas que apuntaban a un lago oculto jamás visto por ojos mortales, en el que habitaba un enorme y amorfo pólipo blanco de ojos luminescentes; y los colonos cuchicheaban acerca de unos diablos con aspecto de murciélago que salían volando de cavernas en el interior de la tierra para adorarlo a la medianoche. Los colonos afirmaban que aquello había estado allí desde antes de D’iberville, desde antes de La Salle, desde antes de los indios, e incluso antes que las saludables bestias y aves que poblaron esos bosques. Aquel ser era una pesadilla en sí mismo, y su sola visión suponía la muerte. Pero también hacía soñar a los hombres, y por esa razón estos sabían lo suficiente como para mantenerse lejos de él. La orgía vudú estaba teniendo lugar en los márgenes de tan temida zona, pero eso era ya lo suficientemente malo de por sí. Es posible por lo tanto que el lugar de la celebración hubiera aterrorizado más a los colonos que los escalofriantes sonidos e incidentes.
Solamente la poesía o la locura pueden hacer justicia a los ruidos escuchados por los hombres de Legrasse a medida que se abrían paso por el negro pantano hacia el rojizo resplandor y el apagado sonido de los tambores. Existen rasgos vocales propios del ser humano, y rasgos vocales propios de las bestias; pero resulta harto horrible escuchar los unos cuando la fuente de la que proceden debería producir los otros. La furia animal y el libertinaje orgiástico se azotaban el uno al otro hasta alcanzar cotas demoniacas, en medio de un éxtasis de aullidos y graznidos que desgarraban aquellos bosques nocturnos y reverberaban por toda su extensión como si se tratase de tormentas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando aquel ulular sin orden ni concierto se detenía, y de lo que parecía ser un coro bien orquestado surgían roncas voces entonando en sonsonete aquella horrible frase o ritual: “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.”
Entonces fue cuando los hombres, habiendo ya alcanzado un lugar donde la vegetación era menos frondosa, se toparon de repente con la visión del terrible espectáculo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desvaneció, y otros dos profirieron un desquiciado grito que, afortunadamente, fue enmudecido por la furiosa cacofonía que procedía de aquella orgía. Legrasse echó agua de los pantanos en la cara del desmayado, y todos se quedaron temblando allí de pie, casi hipnotizados por el horror.
En un claro natural del pantano había un islote cubierto de hierbas de algo menos de media hectárea, sin árboles y relativamente seco. Allí saltaba y se retorcía una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar. Sin ropa alguna encima, aquellos engendros mestizos rugían, vociferaban y se contorsionaban en torno a una gigantesca hoguera circular en cuyo centro, visible a través de ocasionales aberturas en la cortina de llamas, se alzaba un imponente monolito de granito de unos dos metros y medio de altura, sobre el cual, de manera incongruente dada su extrema pequeñez, descansaba la horrenda estatuilla. Formando un amplio círculo de diez cadalsos dispuestos a intervalos regulares, con el monolito rodeado de llamas en su centro, colgaban boca abajo los cuerpos atrozmente mutilados de los indefensos colonos que habían desaparecido. Era dentro de aquel círculo donde el corro de adoradores saltaba y rugía, desplazándose de forma general de izquierda a derecha en una interminable bacanal entre el círculo de cuerpos y el de llamas.
Puede que fuera solamente la imaginación, o puede que fueran los ecos del lugar los que indujeron a uno de los policías, un hispano un tanto exaltado, a figurarse que había oído respuestas antifonales al ritual procedentes de algún lugar lejano y sin luz en lo más profundo de aquel bosque de ancestrales leyendas y horrores. Más tarde tuve ocasión de encontrarme de nuevo con este hombre, Joseph D. Gálvez se llamaba, que demostró ser molestamente imaginativo. Llegó hasta el punto de insinuar la existencia de un batir de alas apenas perceptible, y de haber vislumbrado unos ojos brillantes y una gigantesca masa blanca más allá de los árboles lejanos, pero creo que lo que sucedía realmente es que había escuchado demasiada superstición local.
La horrible pausa que se tomaron los hombres de Legrasse tras presenciar semejante aberración fue relativamente breve. El deber era lo primero, y aunque debía haber más de un centenar de mestizos celebrantes en aquella multitud, los policías confiaron en sus armas de fuego y se lanzaron resueltos hacia una nauseabunda batalla. Durante unos cinco minutos el caos y el estruendo resultantes fueron más allá de toda descripción. Se libró una auténtica batalla campal y se abrió fuego, si bien muchos de los idólatras se dieron a la fuga. Pero al final el inspector Legrasse pudo contar hasta cuarenta y siete detenidos de hosco semblante, a los que obligó a vestirse a toda prisa y formar entre dos filas de policías. Cinco de los adoradores yacían muertos, y dos más que habían resultado heridos de gravedad fueron acarreados por sus compañeros sobre improvisadas camillas. Por supuesto, la efigie que yacía sobre el monolito fue cuidadosamente retirada y transportada por el propio Legrasse.
Tras un viaje de extrema tensión y agotamiento, los detenidos fueron interrogados en la jefatura de policía, resultando ser todos hombres de muy baja extracción social, de sangre mestiza y enajenados
mentales. La mayoría eran marinos. Unos cuantos negros y mulatos, casi todos de las Indias Occidentales, o Portugueses de Brava, de las islas portuguesas de Cabo Verde, aportaban una nota de colorido vudú al heterogéneo culto. Pero bastante antes de que se hubieran realizado muchos interrogatorios, ya se habla puesto de manifiesto que en todo aquello había algo mucho más profundo y antiguo que el simple fetichismo negro. Degradados e ignorantes como eran, aquellas criaturas se aferraban con sorprendente firmeza a la idea central de su repugnante fe. Tal y como dijeron, adoraban a los Primigenios que existen desde mucho antes que los hombres, y que vinieron a este joven mundo desde los cielos. Los Primigenios abandonaron la superficie del planeta, desapareciendo en el interior de la tierra o bajo las aguas del mar; pero sus cuerpos sin vida le contaron en sueños sus secretos a los primeros hombres, que formaron un culto que jamás ha desaparecido. Este era tal culto, y los prisioneros afirmaban que siempre habla existido y que continuaría haciéndolo, oculto en lejanas tierras baldías y lugares lúgubres a lo largo y ancho del mundo hasta el momento en que el sumo sacerdote Cthulhu se alzase desde su lóbrega casa en la invulnerable ciudad de R’lyeh bajo las aguas, y volviese a poner la tierra bajo su dominio. Algún día les convocaría a todos, cuando las estrellas estuvieran en posición. El culto secreto esperaría por siempre hasta que esto sucediera y poder liberarlo.
Entretanto, nada más debía decirse. Había algún secreto que incluso la tortura sería incapaz de extraer. La humanidad no era la única vida consciente del planeta, ya que de las tinieblas salían figuras para visitar a los pocos feligreses. No se trataba de Primigenios, a los que ningún hombre había visto jamás. El ídolo esculpido era una representación del gran Cthulhu, pero nadie sabía decir si los demás Primigenios eran o no parecidos a él. Nadie era ya capaz de leer las antiguas inscripciones, pero los mensajes eran transmitidos de viva voz. El cántico ritual no era el ya mencionado secreto, ya que éste último nunca era pronunciado en voz alta, sino susurrado. El cántico sólo significaba esto: “En su morada de R’lyeh el difunto Cthulhu espera soñando.”
Sólo se consideró a dos de los detenidos lo bastante cuerdos como para ser colgados, y el resto fue internado en diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los asesinatos rituales, afirmando que las muertes habían sido producidas por los Seres de Alas Negras que se habían dirigido hacia ellos desde su inmemorial templo en el interior del bosque embrujado. No pudo obtenerse ninguna información coherente acerca de esos misteriosos aliados. Casi todo lo que la policía pudo averiguar provino, principalmente, de un anciano mestizo llamado Castro, que decía haber viajado hasta extraños puertos y haber hablado con los líderes inmortales del culto en las montañas de China.
El viejo Castro recordaba retazos de una horrible leyenda que hacía palidecer las especulaciones de los teósofos, y que el hombre y el mundo pareciesen algo de reciente aparición y de existencia transitoria. Ha habido épocas remotas en que otros Seres, que vivían en Sus grandes ciudades, gobernaban la Tierra. Castro dijo que, según le habían contado aquellos chinos inmortales, aún podían encontrarse vestigios de Aquellos en ciclópeas piedras de las islas del Pacifico. Ellos murieron muchas eras antes de la aparición del hombre, pero existen ciertas artes que pueden hacerlos revivir cuando las estrellas estén de nuevo en la posición propicia dentro del ciclo de la eternidad. Efectivamente, Ellos habían venido de las estrellas y habían traído consigo Sus imágenes. Estos Primigenios, continuó Castro, no estaban compuestos del todo de carne o sangre. Tenían forma, cosa que quedaba demostrada en aquella efigie esculpida en las estrellas, pero esa forma no estaba hecha de materia. Siempre que las estrellas estuvieran en posición, podían saltar de un mundo a otro a través de los cielos; mas cuando las estrellas no eran propicias, Ellos no podían vivir. Pero aunque no pudieran vivir, tampoco morirían realmente. Todos yacen en moradas de piedra en la gran ciudad de R’lyeh, protegidos por los hechizos del omnipotente Cthulhu en espera del día de la gloriosa resurrección en que las estrellas y la Tierra les sean de nuevo favorables. Llegado ese momento, alguna fuerza del exterior debe liberar Sus cuerpos. Los hechizos empleados para preservarlos les impedían intentar todo movimiento inicial, por lo que no podían hacer otra cosa que yacer despiertos en la oscuridad y pensar mientras transcurrían millones y millones de años. Ellos estaban al tanto de todo lo que acontecía en el universo, pues Su forma de comunicación era la transmisión del pensamiento. Incluso hoy hablaban en Sus tumbas. Cuando, después de infinitas épocas de caos, llegaron los primeros hombres, los Primigenios hablaron a los más sensitivos de entre ellos moldeando sus sueños, ya que solamente así podía Su lengua alcanzar las mentes carnales de los mamíferos.
Entonces, susurró Castro, aquellos primeros hombres formaron el culto en torno a unos pequeños ídolos que les mostraron los Grandes Ancianos, ídolos traídos de épocas distintas desde estrellas sin luz. Ese culto no desaparecerá nunca hasta que las estrellas vuelvan a estar en posición, y los sacerdotes ocultos consigan sacar al Gran Cthulhu de Su tumba para que resucite a Sus súbditos y reanude Su dominio sobre la Tierra. Esos tiempos serán fácilmente reconocibles, porque entonces la humanidad se habrá vuelto como los Primigenios, libre y salvaje, más allá del bien y del mal, dejando a un lado la ley y la moral; y todos los hombres gritarán y matarán, y gozarán era su alegría. Entonces, los
Primigenios liberados les enseñarán nuevas formas de gritar y de matar, de solazarse y disfrutar, y la Tierra entera arderá en un holocausto de éxtasis y libertad. Mientras tanto, el culto, mediante los ritos apropiados, debe mantener viva la memoria de aquellas antiguas costumbres y escenificar la profecía de Su regreso.
En tiempos remotos, hombres elegidos habían hablado en sueños con los Primigenios sepultados, pero un día, algo sucedió. La gran ciudad pétrea de R’lyeh, con sus tumbas y monolitos, se hundió bajo las aguas; y las aguas profundas, llenas del misterio primigenio que ni los pensamientos pueden atravesar, habían cortado aquella comunicación espectral. Pero el recuerdo nunca moriría, y los sumos sacerdotes afirman que la ciudad se alzará de nuevo cuando las estrellas estén en posición. Entonces saldrán de la tierra los negros espíritus que en ella habitan, enmohecidos y tenebrosos, cargados de rumores siniestros obtenidos en cavernas situadas bajo el mismo fondo del mar. Pero el viejo Castro prefería no hablar demasiado acerca de Ellos. Se calló de repente y no hubo persuasión o sutileza alguna capaz de sacarle una sola palabra más al respecto. Curiosamente tampoco quiso hablar acerca del tamaño de los Primigenios. Del culto dijo que, según pensaba, su núcleo yacía en medio de las arenas intransitables del desierto de Arabia donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña oculta e indemne. La secta no estaba aliada a los cultos Europeos de brujería, y resultaba prácticamente desconocido más allá de sus propios integrantes. Ningún libro había siquiera insinuado la existencia de éste, aunque los chinos imperecederos afirmaron que el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred contenía ciertos dobles significados que los iniciados podían interpretar a su antojo, especialmente el tan discutido pareado:
“Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
y con los evos extraños aún la muerte puede morir.”

Legrasse, profundamente impresionado, y no menos perplejo, había intentado informarse en vano acerca de las afiliaciones históricas del culto. Aparentemente, Castro había dicho la verdad cuando afirmó que éste era completamente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna acerca de la estatuilla o la secta y, en aquel preciso momento, el inspector había llegado hasta las máximas autoridades del país para encontrarse únicamente con el relato de Groenlandia que había contado el profesor Webb. El interés febril que el relato de Legrasse despertó durante la reunión, corroborado por la propia estatuilla, quedó reflejado en la correspondencia subsiguiente de los asistentes, aunque los comentarios que aparecieron en las publicaciones oficiales de la sociedad fueron más bien escasos. La precaución es la principal inquietud en aquellos acostumbrados a enfrentarse en ocasiones con charlatanes e impostores. Legrasse prestó la estatuilla durante algún tiempo al profesor Webb, pero le fue devuelta al fallecer éste último y permanece hoy en su poder, tal y como he podido comprobar hace no mucho. Es un objeto auténticamente terrible, e inequívocamente parecido a la que el joven Wilcox esculpiera en sueños.
No me extraña que mi tío se entusiasmase con el relato del escultor, pues ¿qué ideas no le llegarían a la cabeza, tras lo que Legrasse había aprendido del culto, si escuchase a un joven sensible decir, no sólo que había soñado con la estatuilla y los jeroglíficos exactos de la imagen hallada en los pantanos y la tablilla de Groenlandia, sino que en sueños le habían llegado al menos tres de las precisas palabras que componían la fórmula pronunciada tanto por los diabólicos esquimales como por los mestizos de Luisiana? El inicio inmediato por parte del profesor Angell de una investigación con la mayor minuciosidad resultó eminentemente natural, aunque yo, personalmente, sospechaba que el joven Wilcox había oído del culto de alguna forma y que había inventado una serie de sueños para enfatizar aquel misterio y prolongarlo a expensas de mi tío. No cabía duda de que las descripciones de sueños y los recortes recopilados por el profesor venían a corroborar los hechos, pero la racionalidad de mi mente y la extravagancia de todo este tema me llevaron a adoptar lo que a mi juicio eran las conclusiones más sensatas. De ese modo, tras estudiar detenidamente una vez más el manuscrito y correlacionar las notas teosóficas y antropológicas acerca del culto con el relato de Legrasse, viajé hasta la residencia del escultor en Providence para echarle la reprimenda que me parecía apropiada por haber embaucado de manera tan atrevida a un hombre educado y de edad. Wilcox aún vivía en soledad en el Edificio Fleur-de-Lys de Thomas Street, una horrible imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII, que ostentaba una fachada de estuco entre preciosas casas coloniales que ocupaban la antigua colina, a la sombra de la más hermosa torre georgiana de toda América. Lo encontré trabajando en su estudio, y hube de admitir que el genio del escultor era profundo y auténtico nada más ver las obras que allí había repartidas. Creo que, con el tiempo, será recordado como uno de los grandes artistas de lo decadente, porque había ya cristalizado en arcilla, y algún día reflejaría en el mármol pesadillas y fantasías que sólo Arthur Machen evoca en su prosa, y Clark Ashton Smith plasma en su verso y pintura.
Moreno, delicado, y de un descuidado aspecto, se volvió lánguidamente al llamar yo a la puerta, y me preguntó qué quería sin siquiera levantarse. Manifestó cierto interés cuando le dije quién era, pues mi tío había despertado su curiosidad al investigar sus sueños, pero nunca le había explicado la razón del estudio. No amplié su conocimiento acerca del asunto, pero busqué con cierta sutileza la forma de poder sacarle algo. En poco tiempo pude convencerme de su sinceridad, pues hablaba acerca de sus sueños de una forma que a nadie podía engañar. Estos sueños, y los residuos que éstos habían dejado en su subconsciente, habían tenido una profunda influencia en su arte, cosa que confirmó al mostrarme una morbosa estatua cuyo contorno casi me hizo estremecer con la potencia de Su siniestro poder evocativo. Wilcox no pudo recordar haber visto el original de esa figura, salvo en su propio bajorrelieve, pero el perfil lo habían moldeado inconscientemente sus propias manos. Se trataba sin duda de la gigantesca figura sobre la que había desvariado en su delirio. También quedó claro sin mediar mucho tiempo que realmente no sabía nada de un culto secreto, salvo por lo que se hubiera dejado caer en sus charlas con mi tío. Una vez más me esforcé en imaginar cómo habría podido éste llegar a experimentar tan extrañas sensaciones.
Hablaba de sus sueños de una extraña y poética forma; haciéndome ver con terrible intensidad la húmeda ciudad ciclópea de piedra verdosa y cubierta de fango cuya geometría, comentó curiosamente, era completamente errónea, y consiguiendo que pudiese escuchar, con pavorosa expectación, la incesante y cuasi mental llamada de las profundidades: “Cthulhu fhtagn”, “Cthulhu fhtagn”. Estas palabras formaban parte de aquel terrible ritual que hablaba de la vigilia onírica del difunto Cthulhu bajo su bóveda pétrea de R’lyeh, y me sentí profundamente estremecido a pesar de mis creencias racionales. Estoy seguro de que Wilcox había oído hablar del culto de alguna manera, pero lo había olvidado en medio del montón de sus no menos extrañas lecturas e imaginaciones. Más tarde, y en virtud de su predisposición a impresionarse, había hallado una expresión subconsciente de aquello en sus propios sueños, en el bajorrelieve, y en la terrible estatua que tenía entonces entre mis manos. El engaño al que había sometido a mi tío era, por lo tanto, uno inocente e involuntario. El joven tenía un carácter algo amanerado y antipático a la vez, por el que no podría sentir simpatía, pero me vi obligado a reconocer tanto su genio como su honestidad. Me despedí de él amistosamente, deseándole todo el éxito que su genio prometía.
El asunto de la secta aún continuaba fascinándome, hasta el punto de imaginar que alcanzaría la fama personal por mis investigaciones acerca de su origen y conexiones. Visité a Legrasse en Nueva Orleans y charlé tanto con él como con otras personas acerca de aquella vieja redada, vi la terrorífica efigie, e incluso hice preguntas a aquellos prisioneros mestizos que aún seguían con vida. Por desgracia, el viejo Castro llevaba muerto varios años. Aunque no se tratase más que de una confirmación detallada de lo que mi tío había escrito en sus notas, lo que entonces estaba comprobé personalmente de manera tan gráfica consiguió estimularme de nuevo, ya que estaba seguro de andar tras la pista de una religión auténtica, antiquísima, y absolutamente secreta, cuyo descubrimiento haría de mí un antropólogo de renombre. Mi actitud, como desearía que continuara siendo, aún era por aquel entonces una de absoluto materialismo, de modo que descarté, con una perversidad inexplicable, las coincidencias existentes entre las notas relativas a sueños y los extraños recortes recopilados por el profesor Angell.
Algo que empecé a sospechar, y que me temo ahora sé a ciencia cierta, es que la muerte de mi tío distó muchísimo de ser natural. Éste se derrumbó en un angosto y empinado callejón que ascendía desde unos viejos muelles infestados de mestizos extranjeros, tras un descuidado empellón propinado por un marino negro. No puedo olvidar la sangre mezclada y la querencia marinera de los sectarios de Luisiana, y no me sorprendería enterarme en algún momento de la existencia de ciertos métodos secretos de asesinato tan antiguos como los ritos y creencias esotéricos. Legrasse y sus hombres no han sufrido daño alguno, pero en Noruega ha muerto cierto marinero que fue testigo de cosas extraordinarias. ¿Habrían llegado las pesquisas de mi tío a oídos siniestros tras obtener la información del joven escultor? Creo que el profesor Angell murió porque sabía demasiado. Que yo desaparezca de igual manera está aún por ver… porque ahora yo sé mucho.
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III.
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La locura que llegó del mar.
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Si los cielos quisieran concederme alguna vez un favor, pediría que borrasen para siempre las consecuencias que derivaron de aquella ocasión en que, de forma casual, fijé la mirada en un trozo suelto de papel que había sido usado para cubrir un estante. Era difícil que hubiera tropezado en mi rutina cotidiana con algo así, ya que no era sino un viejo ejemplar de un periódico australiano, el Sidney Bulletin del 18 de Abril de 1925. Había escapado incluso a la atención de la agencia de recortes de prensa que,
justo en la fecha de publicación de éste, andaba recopilando ávidamente material para la investigación de mi tío.
Hacía tiempo que había abandonado mis pesquisas acerca de lo que el profesor Angell llamaba “Culto de Cthulhu”, y me encontraba visitando a un amigo que tenía en Paterson, Nueva Jersey, hombre culto que ostentaba el cargo de conservador del museo local, además de ser un mineralogista de renombre. Un día, examinando las muestras de reserva, torpemente almacenadas en los estantes de una habitación en el almacén del museo, mi atención fue captada por una extraña fotografía que aparecía en uno de los viejos periódicos desplegados bajo las piedras. Tal y como he dicho era el Sidney Bulletin, pues mi amigo conocía a gente en todas partes, y la foto en cuestión era un grabado en sepia de una horrible imagen de piedra idéntica a la que Legrasse había encontrado en el pantano.
Leí el artículo en detalle tras quitar impacientemente de encima de la hoja las preciosas piezas que la cubrían, pero quedé algo decepcionado al ver que su extensión era algo reducida. Sin embargo, lo que sugería era algo de trascendental importancia para la búsqueda que había mantenido y que comenzaba por aquel entonces a languidecer. El artículo, que arranqué cuidadosamente, decía lo siguiente:
MISTERIOSO BARCO ABANDONADO HALLADO EN ALTA MAR
Llegada a remolque del Vigilant de un yate neozelandés armado y desaparejado.
Un superviviente y un muerto hallados a bordo. Desesperada lucha y muertes en alta mar.
Marinero rescatado se niega a dar detalles sobre extraña experiencia.
Encontrado en posesión de extraño ídolo. Prosiguen las investigaciones.
El carguero Vigilant de la naviera Morrison, procedente de Valparaíso, atracó esta mañana en el muelle de Darling Harbour, remolcando al desaparejado y averiado, si bien fuertemente armado, yate de vapor Alert de Dunedin (Nueva Zelanda), que fue avistado el 12 de Abril a 34°21′ de latitud sur y 152°17′ de longitud oeste, llevando a bordo un superviviente y un muerto.
El Vigilant zarpó de Valparaíso el 25 de Marzo, y el 2 de Abril se desvió su rumbo considerablemente hacia el sur, debido a la fortísima tormenta y las enormes olas. El 12 de Abril fue avistado el barco a la deriva. Aunque en apariencia estaba desierto, al abordarlo fue hallado el único superviviente en unas condiciones cercanas al delirio, así como otro hombre que llevaba muerto claramente más de una semana. El superviviente estaba aferrado a un horrible ídolo de piedra de unos 30 centímetros de altura y de origen desconocido, acerca de cuya naturaleza las autoridades de la Universidad de Sidney, la Royal Society, y el Museo de College Street, se muestran completamente desconcertadas. El superviviente dice haberla encontrado en el camarote del yate, en el interior de un pequeño relicario de ordinaria talla.
Éste hombre, tras recobrar el sentido, relató una extraña historia acerca de piratería y una sangrienta masacre. Se trata de Gustaf Johansen, noruego de cierta educación, segundo de a bordo de la goleta Emma de Auckland, que zarpó de El Callao el 20 de Febrero con once hombres. El Emma, según cuenta, se vio retrasado, y desviado de su rumbo hacia el sur, por culpa de la gran tempestad del 1 de Marzo, y el 22 del mismo avistó al Alert a 49°51′ de latitud sur y 128°34′ longitud oeste, llevado por una extraña tripulación de feroz aspecto formada por canacos y mestizos. Al ordenársele de forma perentoria que diera media vuelta, el capitán Collins se negó; momento en que la extraña tripulación comenzó a abrir fuego sobre la goleta, salvajemente y sin aviso previo, con una batería pesada dotada de cañones de bronce que formaba parte de su armamento. Según el superviviente, los hombres del Emma plantaron batalla y, aunque la goleta comenzó a hundirse debido a los disparos recibidos por debajo de la línea de flotación, fueron capaces de acercarla a la nave enemiga, para así abordarla, y lucharon con la salvaje tripulación sobre su misma cubierta. Al final se vieron forzados a matar a toda la tripulación enemiga, algo superior en número, por su detestable y desesperada, si bien torpe, manera de luchar.
Tres de los hombres del Emma resultaron muertos, incluyendo al capitán Collins y al primero de a bordo Green. Los ocho restantes, con el segundo de a bordo Johansen al mando, se pusieron al frente del yate capturado, retomando su rumbo original para averiguar cuál era la razón de haberles ordenado dar media vuelta. Al día siguiente, según parece, alcanzaron una pequeña isla en la que desembarcaron, aunque no se sabe de la existencia de ninguna en aquella parte del océano. Seis de los tripulantes murieron en ella, aunque Johansen da muestras de reticencia al llegar a esta parte de la historia, y se limita a decir que cayeron por un precipicio rocoso. Más tarde, según parece, él y el último de sus compañeros llegaron al yate y trataron de tripularlo, pero se vieron azotados por la tormenta del 2 de Abril. El hombre recuerda poco de lo sucedido entre ese día y el 12 de Abril, en que tuvo lugar su rescate, y no recuerda cuándo murió William Briden, su compañero. La muerte de éste no parece debida a ninguna causa visible, siendo la excitación y la exposición a los elementos las razones más probables. Noticias llegadas por cable desde Dunedin informan de que el Alert es un mercante de cabotaje bien conocido allí, que además gozaba de una mala reputación en los muelles. Era propiedad de un curioso grupo de mestizos cuyos frecuentes encuentros y salidas nocturnas en dirección a los bosques atraían bastante la atención. Éste se había hecho a la mar apresuradamente justo tras la tormenta y los temblores de tierra que tuvieron lugar el 1 de Marzo. Nuestro corresponsal en Auckland señala que tanto el Emma como su tripulación gozaban de una excelente reputación, y describe a Johansen como un hombre moderado y respetable. El Almirantazgo va a realizar una investigación del asunto
que dará comienzo mañana mismo; en ella se tomarán todas las medidas necesarias para persuadir a Johansen de que hable con mayor claridad de lo que ha hecho hasta ahora.
Esto, junto con la fotografía de la infernal estatua, era todo, ¡pero qué torrente de ideas comenzó a fluir en mi cabeza! Aquí había un nuevo tesoro de datos en tomo al Culto de Cthulhu y una clara evidencia de que éste tenía extraños intereses tanto en el mar como en tierra. ¿Qué motivo incitó a la tripulación mestiza a ordenar dar media vuelta al Emma mientras navegaba en posesión de aquel horrible ídolo? ¿Cuál era aquella desconocida isla sobre la que murieron seis de los tripulantes del Emma, y sobre la que el segundo Johansen se muestra tan reservado? ¿Qué fue lo que sacó a la luz la investigación ordenada por el Almirantazgo y qué es lo que se sabía en Dunedin acerca del maléfico culto? Y lo más sorprendente de todo, ¿cuál era la relación, tan profunda como natural, de aquellas fechas que hacían que tomaran una malévola e innegable significación los diversos cambios en el curso de los acontecimientos que tan minuciosamente había anotado mi tío?
El día 1 de Marzo -es decir, nuestro 28 de febrero según la hora del meridiano de Greenwich- fue cuando tuvieron lugar la tormenta y el terremoto. El Alert y su maloliente tripulación salieron disparados de Dunedin como llevados por una apremiante llamada, mientras que al otro lado del mundo, poetas y artistas comenzaron a soñar acerca de una extraña y rezumante ciudad a la vez que un joven escultor moldeaba en sueños la forma del propio Cthulhu. El 23 de Marzo el desembarco de la tripulación del Emma en una isla desconocida arrojó una cifra de seis muertos; y en esa misma fecha los sueños de aquellos hombres especialmente sensibles adquirieron una gran viveza y quedaron oscurecidos por la persecución de que eran objeto por parte de un monstruo maléfico. Mientras tanto un arquitecto enloquecía y un escultor se veía inmerso de repente en el delirio. ¿y qué hay de la tormenta del 2 de Abril, fecha en que cesaron todos los sueños acerca de la malsana ciudad, y en que Wilcox salió ileso del suplicio de aquellas extrañas fiebres? ¿Qué deducir de todo ello? ¿y de todas las insinuaciones del viejo Castro acerca de los Primigenios, sumergidos bajo las aguas y nacidos en las estrellas, y de su reino que se avecina, el fiel culto de estos y su dominio de los sueños? ¿Estaba tambaleándome al borde de horrores cósmicos más allá de la capacidad de asimilación del hombre? Si esto es así, tales horrores no deben ser sino de la mente, ya que de alguna forma el 2 de Abril puso fin a cualquier monstruosa amenaza que hubiera empezado a cernirse sobre el alma de la humanidad.
Aquella tarde, tras un día de apresurados telegramas y preparativos, me despedí de mi anfitrión y cogí un tren a San Francisco. En menos de un mes me encontraba en Dunedin, donde comprobé que a pesar de que los miembros de aquel extraño culto solían pasar el rato en las viejas tabernas del puerto, poco más se sabía acerca de ellos. Los chismes que escuché en los muelles no merecen mención especial, aunque corría cierto rumor acerca de un viaje que estos mestizos habían realizado al interior, durante el cual se pudo apreciar en las lejanas colinas un apagado tamborileo y un resplandor rojizo. En Auckland averigüé que tras un superficial interrogatorio en Sidney, que no dio resultado alguno, Johansen había regresado con su rubia cabellera de color blanco, y que después había vendido su casita en West Street y marchado en barco con su mujer a su antigua residencia en Oslo. De aquella pavorosa experiencia no contó a sus amigos nada más que a los oficiales del Almirantazgo, y todo lo que estos pudieron hacer fue darme su dirección en Oslo.
Después de aquello me fui a Sidney donde hablé, sin obtener nada nuevo, con marinos y magistrados del Vicealmirantazgo. Pude ver el Alert, que había sido vendido para su uso comercial, en Circular Quay, en Sidney Cove, pero tampoco logré sacar nada a su reservada tripulación. La figura acurrucada con cabeza de cefalópodo, alas escamosas y el pedestal cubierto de jeroglíficos, se conservaba en el Museo de Hyde Park. Durante un tiempo la estuve estudiando, encontrando en ella la misma exquisita y siniestra hechura, el mismo misterio y antigüedad, y el mismo material desconocido propios de la versión, un tanto más reducida, de Legrasse. Según me dijo el conservador del Museo, los geólogos habían encontrado en ella un monstruoso enigma, ya que llegaron a jurar que en el mundo no había una roca como esa. Fue entonces cuando pensé con un escalofrío en lo que el viejo Castro le había dicho a Legrasse acerca de los Primigenios: “Ellos vinieron de las estrellas, y trajeron Sus imágenes consigo.”
Estremecido por una confusión mental como nunca antes había conocido, decidí visitar al segundo Johansen en Oslo. Embarqué con destino a Londres, donde cogí otro barco en dirección a la capital noruega; y en un día de otoño desembarqué en los muelles bien cuidados que había a la sombra del Egeberg. La casa de Johansen, como pude descubrir, estaba situada en la vieja ciudad del rey Harold Haardrada, quien conservó el nombre de Oslo en los siglos que la capital estuvo disfrazada como “Cristiana”. Hice el breve recorrido en taxi y, con el corazón palpitante, llamé a la puerta de un pulcro y antiguo edificio con fachada de estuco. Una mujer de gesto triste y vestida de negro fue quien respondió a mi llamada, quedándome consternado y estupefacto cuando esta me dijo en un inglés entrecortado que Gustaf Johansen había fallecido.
No vivió mucho más allá de su regreso, dijo su viuda, ya que los extraños sucesos de 1925 en alta mar le habían debilitado. No le había dicho a ella más de lo que había contado públicamente, pero había dejado un largo manuscrito -sobre “asuntos técnicos”, según dijo él- en inglés, sin duda para protegerla del peligro que podría suponer un examen casual del mismo. Mientras paseaba por un angosto callejón cercano al muelle de Gothenburg, un fardo de papeles caído desde la ventana de un desván le había derribado. Dos marinos de Lascar le ayudaron a ponerse en pie, pero éste murió antes de que la ambulancia pudiera llegar al lugar Los médicos no encontraron una causa para la muerte, dictaminando que se debía a algún problema del corazón y a su débil constitución.
En aquel momento comencé a sentir un terror royéndome las entrañas que ya nunca me abandonará hasta el día en que yo muera también, ya sea “accidentalmente” o de cualquier otra forma. Tras convencer a la viuda de que mi conexión con los “asuntos técnicos” de su marido era suficiente para darme derecho a tomar posesión del manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en el barco de regreso a Londres. Se trataba de algo sencillo e inconexo -un esfuerzo por parte de un sencillo marino de escribir un diario a posteriori de los hechos-, en el que quedaba reflejado un afán por recordar lo sucedido día a día en el terrible último viaje. No puedo intentar transcribirlo palabra por palabra, con todos sus turbios y redundantes pasajes, pero contaré lo suficiente como para que se entienda por qué el ruido de las olas rompiendo contra el casco del barco se me hizo tan insufrible que tuve que taponarme los oídos con algodón.
Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo a pesar de haber visto la ciudad y a aquel Ser, pero yo nunca volveré a dormir tranquilo cuando piense en los horrores que acechan incesantemente a la vida en el tiempo y en el espacio, y en aquellas blasfemias impías procedentes de antiguas estrellas que sueñan bajo las olas, y que son objeto de adoración de un culto de pesadilla dispuesto y decidido a soltarlas por la Tierra cuando quiera que otro terremoto haga emerger su monstruosa ciudad pétrea de nuevo hacia el aire y la luz de la superficie.
El viaje de Johansen había dado comienzo tal y como éste le había contado al vicealmirantazgo. El Emma, con carga de lastre, zarpó de Auckland el 20 de Febrero y había sufrido en toda su intensidad aquella tormenta provocada por el terremoto que debió atraer desde el fondo del mar a aquellos horrores que forman parte de las pesadillas de los hombres. De nuevo bajo control, la embarcación progresaba a buen ritmo cuando fue detenida por el Alert el 22 de Marzo, y pude sentir claramente el remordimiento con que Johansen escribió acerca del bombardeo y hundimiento del Emma. Al referirse a los morenos sectarios a bordo del Alert lo hace dando clara muestra de horror. Había alguna cualidad especialmente abominable en aquellos hombres que casi hacía de su exterminio un deber, dando aquí muestra Johansen de una ingenua extrañeza ante la acusación de crueldad lanzada contra la tripulación del Emma durante el proceso que dirigió el tribunal al cargo de la investigación. Llevados por la curiosidad siguieron el rumbo que llevaban, ahora en el yate capturado y bajo el mando de Johansen, hasta que al poco avistaron un gran pilar de piedra que sobresalía del mar, y en un punto situado a 47°9′ de latitud sur y 126°43′ de longitud oeste llegaron a un litoral de lodo, fango, y ciclópea mampostería que no podía ser otra cosa que la sustancia tangible del terror supremo de la Tierra: la ciudad cadavérica y de pesadilla de R’lyeh, construida hacía incontables eones por repugnantes figuras que procedían de las estrellas sin luz. Allí yacían el Gran Cthulhu y Sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas de fango verdoso; enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los más sensibles, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de su imperio en la Tierra. Johansen no sospechaba nada de esto, ¡pero bien sabe Dios que ya vio suficiente!
Supongo que lo que realmente llegó a emerger de las aguas no era más que una cima, una horrible ciudadela coronada por el monolito bajo el que el Gran Cthulhu estaba enterrado. Cada vez que pienso en cuánto debe estar gestándose allá abajo casi me entran ganas de poner fin a mi existencia de inmediato. Johansen y sus hombres sintieron un gran respeto por la majestuosidad de aquella rezumante Babilonia de antiguos demonios, y debieron haberse figurado por sí mismos que nada de eso pertenecía a este o cualquier otro planeta saludable. El asombro ante el increíble tamaño de los verdosos bloques de piedra, la vertiginosa altura del gran monolito esculpido, y la desconcertante identidad de las colosales estatuas y bajorrelieves con la extraña imagen encontrada en el relicario a bordo del Alert quedaba claramente plasmado en cada línea de la aterrada descripción de Johansen.
Sin tener idea de lo que era el futurismo, Johansen consiguió alcanzar algo muy parecido a éste con su forma de hablar de la ciudad ya que, en lugar de describir una estructura o edificio definidos, se explayaba sólo en dar impresiones generales acerca de los enormes ángulos y las superficies de piedra… superficies demasiado enormes para pertenecer a nada normal o propio de la Tierra, e impías por sus horribles imágenes y jeroglíficos. Menciono el comentario acerca de los ángulos porque me recuerda algo que Wilcox me había contado con respecto a sus terribles sueños. Wilcox dijo que la geometría de
aquel lugar onírico que vio era anormal, no euclidiana y asquerosamente impregnada de sensaciones de otras esferas y dimensiones distintas de la nuestra. Ahora era un sencillo marino el que tenía la misma sensación al contemplar la terrible realidad.
Johansen y sus hombres desembarcaron en la empinada orilla cubierta de lodo de aquella monstruosa Acrópolis, y treparon por titánicos bloques rezumantes que no parecían en absoluto escalera humana alguna. El mismo sol del cielo parecía desvirtuado cuando era contemplado a través del efluvio polarizador que brotaba de aquella perversión empapada de agua de mar, y una retorcida amenaza o incertidumbre acechaba lascivamente en aquellos ángulos disparatadamente esquivos de roca labrada, en los que una segunda mirada mostraba una superficie cóncava allá donde antes se había visto una convexa.
Algo semejante al miedo ya se había apoderado de los exploradores antes de que pudieran ver nada distinto de la roca, el todo, o las abundantes algas marinas. Cada uno de ellos hubiera huido de no haber temido el desprecio de los otros, y sin entusiasmo siguieron buscando inútilmente, como pudo comprobarse, algún recuerdo que poder llevarse del lugar.
Fue Rodrígues, el portugués, el primero en alcanzar la base del monolito, diciendo a gritos lo que allí había encontrado. Los demás le siguieron y miraron con curiosidad a la inmensa puerta esculpida con el ya familiar bajorrelieve a la vez con forma de cefalópodo y de dragón. Esta era, según palabras de Johansen, como una enorme puerta de granero; y todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de una puerta por la presencia alrededor de esta de un dintel ornado, un umbral, y unas jambas, aunque no podrían decir si yacía plana como si se tratara de una trampilla, o estaba inclinada como la puerta de un sótano. Como Wilcox hubiera dicho, toda la geometría del lugar era incorrecta. No se podía asegurar que el mar y la tierra estuviesen en posición horizontal, razón por la que la posición relativa de todo lo demás era fantasmagóricamente variable.
Briden presionó sobre varios lugares de la piedra sin resultado alguno. Donovan tanteó delicadamente por los ,bordes, apretando sobre cada punto a medida que avanzaba. Éste trepó interminablemente sobre aquella grotesca moldura de piedra -aunque a aquello sólo se le podía llamar escalada si después de todo la superficie no estaba en posición horizontal- mientras los demás hombres se preguntaban cómo una puerta, en todo el universo, podía tener semejantes dimensiones. Entonces, suave y lentamente, el panel de media hectárea comenzó a ceder hacia adentro en su parte superior, y pudieron ver que se balanceaba. Donovan se deslizó o se propulsó de alguna forma hacia abajo o a lo largo de la jamba, volviendo con sus compañeros, y todos quedaron contemplando el extraño retroceso de aquel portal monstruosamente labrado. En aquella fantasía de distorsión prismática la puerta se deslizaba anómalamente en sentido diagonal, de modo que todas las leyes de la materia y la perspectiva parecían trastornadas.
La abertura que quedó estaba negra de una oscuridad casi palpable. Sin embargo, aquella oscuridad tenía una calidad positiva, ya que ocultaba parte de la muralla interior que de lo contrario se habría puesto al descubierto. Como si de humo se tratase, esta oscuridad surgió de su confinamiento de infinitos siglos, eclipsando visiblemente el sol a medida que escapaba agitando sus membranosas alas hacia un encogido y contrahecho cielo. El olor que emergía de las recién abiertas profundidades resultaba insoportable. Al poco rato, Hawkins, que tenía un oído muy fino, dijo que creía haber oído un asqueroso chapoteo allá abajo. Todos escucharon con atención, y aún seguían haciéndolo cuando Aquello apareció rezumante en medio del estrépito, y a tientas coló Su gelatinosa inmensidad verde a través de la negra puerta en pos del infecto aire de aquella fétida ciudad de locura.
La letra del pobre Johansen estuvo a punto de faltar cuando escribía esto. Creía que de los seis hombres que jamás alcanzaron el barco, dos habían muerto de puro terror en ese maldito instante. Aquel Ser no podía ser descrito, no hay palabras para expresar semejantes abismos de inmemorial y delirante locura, tan abominables contradicciones de toda la materia, la fuerza y el orden cósmico. ¡Una montaña caminaba y se tambaleaba! ¡Dios del cielo! ¡Qué prodigioso que a través de la Tierra, enloquezca un gran arquitecto y delire de fiebre el pobre Wilcox en ese preciso instante telepático! El Ser representado en los ídolos, aquel engendro verde y mucilaginoso llegado de las estrellas había despertado para reclamar lo que era suyo. Las estrellas estaban de nuevo en posición, y lo que un culto milenario había fracasado en conseguir por medio de preparativos, lo había logrado un grupo de despavoridos marinos por mero accidente. ¡Tras millones de millones de años el Gran Cthulhu se alzaba de nuevo, ávido de placeres!
Tres de los hombres fueron apresados por las macilentas garras de la criatura antes de que nadie pudiera siquiera darse la vuelta. Que Dios les conceda el descanso, si es que el descanso existe en el universo. Estos fueron Donovan, Guerrera, y Ångstrom. Los otros tres marinos se lanzaron a una frenética carrera hacia el bote sobre interminables panorámicas de piedra encostrada de musgosidad verde en la que Parker resbaló y, según jura Johansen, fue tragado por uno de los ángulos de la mampostería que no debería estar ahí; un ángulo que era agudo pero que se comportaba como si fuera obtuso. Así, sólo Briden y Johansen consiguieron alcanzar el bote y remar desesperadamente hacia el Alert mientras la
descomunal monstruosidad se deslizaba sobre las rocas fangosas, y vacilaba entre tropiezos al llegar al borde de las aguas.
A pesar de no haber quedado nadie a bordo después del desembarco, aún seguía saliendo vapor del Alert, y sólo fueron precisos unos momentos de febriles prisas arriba y abajo, del timón a los motores, para volver a ponerlo en marcha. Lentamente, entre los retorcidos horrores de aquella indescriptible escena, el barco comenzó a remover las mortíferas aguas, al tiempo que en la mampostería de aquella playa calavernaria que no era de este mundo, el titánico Ser procedente de las estrellas lanzaba espumarajos y atroces denuestos cual Polifemo maldiciendo al barco en que huía Odiseo. Fue entonces, más atrevido que el cíclope épico, cuando el Gran Cthulhu se deslizó hacia las aguas dejando un rastro de grasa y comenzó a perseguir el barco huido, levantando auténticas olas con sus brazadas de potencia cósmica. Briden volvió la vista y enloqueció, riendo de manera estridente, tal y como continuaría haciendo a intervalos hasta que la muerte fue a buscarle una noche al camarote, mientras Johansen deambulaba en medio del delirio.
Pero Johansen no se había rendido aún. Consciente de que el Ser seguramente adelantaría al Alert antes de que éste alcanzara la máxima velocidad, decidió hacer algo a la desesperada y, poniendo los motores a toda máquina, corrió disparado por la cubierta y giró bruscamente el timón. Se formó un fuerte remolino y una corriente de espuma en aquella fétida salmuera que había por agua, y mientras aumentaba a cada momento la presión del motor, el valeroso noruego enfiló el barco en dirección al Ser gelatinoso que les perseguía y que se elevaba sobre la inmunda espuma de las aguas como si fuera la popa de un galeón demoniaco. La horrible cabeza de cefalópodo, de retorcidos tentáculos, estaba ya muy cerca del bauprés del robusto yate, pero Johansen continuó enfilándolo de forma implacable hacia ella. Hubo un estallido como el de una vejiga que explotase, una fangosa fetidez como cuando se raja un pez luna, el hedor de mil tumbas abiertas, y un sonido que el cronista no pudo transcribir al papel. Durante un instante el barco se vio envuelto por una nube acre y cegadora, y después solo quedó un mefítico remolino a babor, en mitad del cual -¡Dios nos proteja!- la dispersa plasticidad del innominable engendro de las estrellas recuperaba difusamente su odiosa forma original, a una distancia que crecía por momentos a medida que el Alert ganaba ímpetu aumentando su velocidad.
Así es como acabó todo. Tras aquel día Johansen no hizo más que obsesionarse con el ídolo y ocuparse de su sustento y el de aquel maníaco de risa enloquecida que tenía a su lado. No trató de navegar tras aquella audaz hazaña, pues semejante reacción le había quitado una parte de su alma y ánimo. Después llegó la tormenta del 2 de Abril, y con ella los turbios nubarrones en que se sumió su consciencia. Sintió un remolino espectral a través de líquidos abismos de infinidad, de vertiginosos recorridos por universos giratorios sobre la cola de un cometa, y de histéricos saltos desde el fondo de los abismos a la luna, y de la luna a los fondos de los abismos, todo ello animado por un histriónico coro de retorcidos y jocosos dioses ancianos y de los burlones diablillos de color verde y con alas de murciélago surgidos del Tártaro.
Tras aquel sueño vino el rescate, el Vigilant, el tribunal del vicealmirantazgo, las calles de Dunedin, y el largo viaje de regreso a su viejo hogar en la casa a la sombra del Egeberg. No podía contar nada, o de lo contrario le tomarían por loco. Escribiría sobre aquello que sabía antes de que la muerte le alcanzara, pero su mujer no debía enterarse de nada. La muerte sería un regalo de los cielos con tal de que borrase sus recuerdos.
Ese fue el documento que leí, y que ahora he colocado en una caja de latón junto al bajorrelieve y los papeles del profesor Angell. Con estos irá también este testimonio mío, esta prueba de mi sano juicio, donde he reconstruido lo que espero que nadie vuelva jamás a reconstruir. He contemplado todo el horror que pueda contener el universo, y después de eso incluso el cielo primaveral y las flores estivales serán puro veneno para mí. Sin embargo no creo que mi vida vaya a prolongarse mucho. Igual que se fue mi tío, igual que se fue el pobre Johansen, un día me iré yo. Sé demasiado y el culto aún sobrevive.
Cthulhu continúa también con vida, supongo, de nuevo en aquel abismo de piedra que le había protegido desde que el sol era joven. Su maldita ciudad está de nuevo sumergida, ya que el Vigilant pasó por esas aguas de nuevo tras la tormenta de Abril; pero sus pastores en la Tierra todavía rugen y saltan y matan alrededor de monolitos rematados por ídolos en lugares solitarios. El Gran Cthulhu, sin duda, debió quedar atrapado por el hundimiento mientras estaba en el interior de su negro abismo, o de lo contrario el mundo estaría ahora gritando de miedo y furia. ¿Quién sabe lo que sucederá al final? Lo que ha emergido puede hundirse, y lo que se ha hundido puede emerger de nuevo. La mayor de las blasfemias aguarda y sueña en las profundidades, y la decadencia se abre paso entre las tambaleantes ciudades de los hombres. El día llegará. ¡No quiero ni puedo pensarlo! Tan solo pido que si no sobrevivo a este manuscrito, mis albaceas antepongan la prudencia a la audacia, y puedan asegurarse de que nadie más llegue a fijar su atención en él.
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Tuesday, April 22, 2008

EL WENDIGO — LOS MITOS DE CTHULHU — ALGERNON BLACKWOOD

EL WENDIGO — LOS MITOS DE CTHULHU — ALGERNON BLACKWOOD

ALGERNON BLACKWOOD
EL WENDIGO
I
Aquel año se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se llegó a descubrir rastro alguno; los alces parecían excepcionalmente tímidos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regresó sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, según confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinación colectiva por la sencilla razón de que (así lo confesó una vez a un colega suyo) vivió los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad…
Además de él y de su guía Hank Davis, iban el joven Simpson, su sobrino, que era estudiante de teología y visitaba por primera vez los apartados bosques del Canadá, y el guía de éste, Défago. Joseph Défago era un franco-canadiense que había huido de su originaria provincia de Quebec años antes, y había conseguido trabajo en Rat Portage, cuando el Canadian Pacific Railway estaba en construcción. Era un hombre que, además de sus incomparables conocimientos sobre bosques y monte bajo, sabía cantar viejas canciones de viajeros y narrar emocionantes historias de caza. Por otra parte, era profundamente sensible al encanto singular que posee la naturaleza salvaje y solitaria de ciertos parajes, y sentía por esa soledad una especie de pasión romántica que rayaba en lo obsesivo. La vida de los bosques le fascinaba. De ahí, sin duda, la certera perspicacia con que era capaz de desentrañar sus misterios.
Fue Hank quien lo escogió para esta expedición. Hank lo conocía ya, y tenía plena confianza en él. Y él le correspondía del mismo modo, «como buen compadre». Tenía un vocabulario salpicado de juramentos pintorescos, aunque totalmente carentes de significado, y la conversación entre los dos fornidos cazadores a menudo subía de tono. Hank trataba de paliar esta riada de exabruptos por respeto a su viejo «patrón de caza», el doctor Cathcart -a quien llamaba «Doc», según costumbre del país-, y también porque sabía que el joven Simpson era ya « medio cura». Con todo, Défago tenía un defecto y solo uno, a juicio suyo, y era que, como franco-canadiense, daba muestras de lo que Hank definía como «un maldito carácter»; esto significaba, al parecer, que a veces se comportaba como genuino tipo latino y tenía arrebatos de sordo mal humor en los que nadie en el mundo era capaz de sacarle una palabra. Hay que decir que Défago era imaginativo y melancólico, y por lo general, las estancias demasiado largas en la «civilización» parecían originarle esos accesos, ya que le bastaban unos pocos días en despoblado para curarse por completo.
Estos eran, pues, los cuatro expedicionarios que se encontraban en el campamento durante la última semana del mes de octubre de aquel «año de alces tímidos», en la región de selvática espesura que se extiende, abandonada y solitaria, al norte de Rat Portage. También estaba Punk, un cocinero indio que siempre había acompañado al doctor Cathcart y a Hank en sus cacerías de años anteriores. Su trabajo consistía únicamente en permanecer en el campamento, pescar y preparar las tajadas de carne de venado y el café. Iba vestido con las ropas usadas que le daban sus amos y, aparte su cabello negro y espeso y su tez oscura, con aquella indumentaria de ciudad se parecía tanto a un piel roja como un blanco disfrazado de negro a un africano auténtico. A pesar de eso, Punk poseía aún los instintos de su raza moribunda: su silencio reservado y su gran resistencia. Y también sus supersticiones.
El grupo, sentado alrededor del fuego, se sentía desanimado aquella noche porque había pasado una semana sin descubrir un solo rastro de alce. Défago había cantado su canción y había comenzado uno de sus relatos. Pero Hank, de mal humor, le recordaba tan a menudo que «lo estás contando mal, no fue así», que el «francés» se hundió finalmente en un hosco silencio del que nada probablemente podría sacarle ya. El doctor Cathcart y su sobrino estaban cansados, después del día agotador. Punk estuvo fregando los platos y rezongando para sus adentros bajo el sombrajo de ramas, donde más tarde acabó por dormirse. Nadie se molestaba en reavivar el fuego que lentamente se consumía. Allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo completamente invernal; y hacía tan poco viento, que comenzaban ya, solapadamente, a helarse las orillas del lago que se extendía a sus espaldas. El silencio de la inmensidad del bosque se desplegaba en torno para envolverlos.
De pronto, lo quebró inesperadamente la voz nasal de Hank:
-Deberíamos intentarlo por otra zona, Doc -exclamó con energía mirando a su patrón-. Por aquí ya se ve que no tenemos maldita la suerte.
-Vale -dijo Cathcart, que era hombre de pocas palabras-. Buena idea.
-Claro que es buena -continuó Hank con confianza-. ¿Qué tal si, para variar, diésemos una batida hacia el oeste, por el camino de Garden Lake? Aún no hemos explorado esa zona solitaria.
-De acuerdo.
-Y tú, Défago, te llevas al señorito Simpson en la canoa, cruzas el remanso, pasas el Lago de las Cincuenta Islas, y haces un buen ojeo por la orilla sur. El año pasado estaba aquello lleno de alces, y por lo que llevamos visto hasta ahora, puede que también lo esté ahora, nada más que para fastidiarnos.
Défago, con los ojos clavados en el fuego, no dijo nada. Probablemente estaba ofendido aún por la interrupción de su relato.
-Por esa parte no se ha visto ningún alce este año, ¡me apuesto mi último dólar! -añadió Hank con énfasis. Miraba a su patrón con astucia-. Mejor sería recoger la tienda y alejarnos un par de noches -concluyó, como si el asunto estuviera definitivamente decidido.
A Hank se le reconocía una gran competencia para organizar cacerías, y era el encargado de esta expedición.
Para todo el mundo estaba claro que Défago no aprobaba el plan, pero su silencio parecía dar a entender algo más que una simple desaprobación. Por su sensitivo rostro atezado cruzó una curiosa expresión, como un fugaz resplandor de llamas, que no pasó desapercibido para los tres hombres que estaban allí.
-Me parece que tiene miedo por alguna razón -comentaría Simpson más tarde, una vez solos su tío y él en la tienda que compartían. El doctor Cathcart no replicó inmediatamente, aunque pareció interesarse y tomar nota mentalmente de la observación. La expresión de Défago le había causado una pasajera inquietud, sin motivo aparente a la sazón.
Pero Hank, como era natural, fue el primero en observarla; y lo extraño fue que, en lugar de irritarse o ponerse furioso por la falta de interés del otro, comenzara inmediatamente a gastarle bromas.
-Me parece a mí que no hay ninguna razón especial para que vayamos allí este año -dijo, con cierta ironía en el tono-; ¡al menos, no la razón que quieres dar a entender! El año pasado fue el incendio lo que contuvo a la gente. Este año me parece que… que la gente ya no quiere ir. ¡Eso es todo! -su actitud trataba de ser alentadora.
Joseph Défago alzó los ojos un momento, y luego los bajó otra vez. Una ráfaga de viento se deslizó por el bosque avivando los rescoldos y levantando llamas pasajeras. El doctor Cathcart observó nuevamente el semblante del guía, y tampoco esta vez le agradó su expresión. Le traicionaba su mirada. Por un instante, vio en aquellos ojos el destello de un hombre verdaderamente asustado. Esto le inquietó más de lo que le habría gustado admitir.
-¿Hay indios peligrosos en esa dirección? -preguntó con una sonrisa conciliadora, en tanto que Simpson, demasiado soñoliento para percatarse de estas sutilezas, se marchaba a la cama con un prodigioso bostezo- ¿o… o pasa algo? -añadió, cuando su sobrino ya no podía oírle.
Hank le miró con menos franqueza que de costumbre.
-Está asustado -exclamó, fingiendo buen humor-. está asustado por algún cuento de hadas que le han contado. Eso es todo, ¿eh, viejo? -y le dio amistosamente en el pie que tenía más cercano al fuego.
Défago alzó los ojos con rapidez, como si le hubieran interrumpido algún sueño, de un sueño que, sin embargo, no le había abstraído de todo lo que pasaba a su alrededor.
-¿Asustado…? ¡Ni hablar! -contestó con desafiadora animación-. No hay nada en el bosque que pueda asustar a Joseph Défago, ¡que no se te olvide! -y la natural energía con que habló, hizo imposible saber si contaría toda la verdad, o sólo una parte.
Hank se volvió hacia el doctor. Iba a añadir algo, cuando se detuvo bruscamente y miró en torno. Justo detrás de ellos, en la oscuridad, había sonado un ruido que les hizo estremecer a los tres. Era el viejo Punk, que había abandonado su yacija mientras hablaban y ahora estaba de pie, un poco más allá del círculo de luz, escuchando lo que decían.
-Ahora no, Doc -susurró Hank haciendo un guiño- ; más adelante, cuando no haya moros en la costa.
Y poniéndose en pie de un salto, le dio al indio una manotada en la espalda y exclamó sonoramente:
-¡Acércate al fuego y calienta un poco esa sucia piel colorada que tienes! -lo arrastró hacia el fuego y echó más leña-. Ha sido muy buena la comida que nos has preparado antes -continuó cordialmente, como si quisiera encauzar los pensamientos del hombre por otros derroteros- y no sería de cristianos dejarte ahí, de pie, enfriándote el pellejo, mientras nosotros estamos aquí bien calentitos.
Punk avanzó, y se calentó los pies, sonriendo ante la verbosidad del otro, que comprendía sólo a medias, pero no dijo nada. El doctor Cathcart, viendo que era imposible proseguir la conversación, siguió el ejemplo de su sobrino y se metió en la tienda, dejando a los tres hombres que siguieran fumando alrededor de las renovadas llamas del fuego.
No es fácil desnudarse en una tienda pequeña sin despertar al compañero, y Cathcart, hombre duro y de sangre ardorosa a pesar de sus cincuenta años, hizo al raso lo que Hank habría descrito como «una temeridad». Mientras se desnudaba observó que Punk había regresado a su yacija, y que Hank y Défago seguían charlando junto al fuego. Era la típica escena convencional del Oeste: el fuego de campamento iluminaba sus rostros con luces y sombras. Défago, con el sombrero echado y los mocasines, parecía representar el papel de malvado; Hank, con el rostro despejado y sin sombrero, encogiéndose de hombros con indiferencia, podía ser el héroe justo y desengañado; y el viejo Punk, escuchando oculto en la oscuridad, proporcionaba la atmósfera de misterio. El doctor sonrió al darse cuenta de los detalles. Pero al mismo tiempo sintió en su interior como si algo muy hondo -no sabía qué- le oprimiera un poco, como si un soplo casi imperceptible de advertencia hubiera rozado la superficie de su alma, desapareciendo antes de poderlo captar. Probablemente se debía a la «expresión asustada» que había observado en los ojos de Défago. «Probablemente»… porque de no ser a esto, no sabía a qué atribuir esta sombra de emoción fugitiva que escapaba a su fina capacidad de análisis. Le dio la impresión de que acaso hubiera problemas con Défago. No le parecía un guía tan seguro como Hank, por ejemplo… aunque no sabía exactamente por qué.
Antes de zambullirse en la tienda donde Simpson dormía ya ruidosamente, observó un poco más a los dos hombres. Hank juraba como un africano loco en una sala de fiestas; pero sus juramentos eran de «afecto». Los pintorescos denuestos brotaban libremente, ahora que dormía la causa de sus anteriores represiones. Luego pasó el brazo cariñosamente por encima del hombro de su camarada y se marcharon juntos hacia las sombras donde tenían la tienda. Punk siguió su ejemplo también, un momento después, y desapareció entre sus malolientes mantas, en el otro extremo del claro.
El doctor Cathcart se retiró a su vez. La fatiga y el sueño luchaban en su mente contra una oscura curiosidad por averiguar qué había al otro lado de las Cincuenta Islas, que tanto parecía atemorizar a Défago… Se preguntaba también por qué la presencia de Punk impidió a Hank terminar lo que había empezado a decir. Después, el sueño le venció. Mañana lo sabría. Se lo contaría Hank mientras caminaran en pos de los alces huidizos.
Un profundo silencio descendió sobre el pequeño campamento, tan atrevidamente instalado ante las mismas fauces de la selva. El lago brillaba como una lámina de cristal negro bajo las estrellas. Picaba el aire frío. En las brisas nocturnas que surgían silenciosas de las profundidades del bosque, con mensajes de lejanas cordilleras y de lagos que comenzaban a helar, flotaban ya unos perfumes fríos y desmayados que anunciaban la llegada del invierno. El hombre blanco, con su olfato embotado, jamás habría podido adivinarlos; la fragancia del fuego de leña le habría ocultado, en un centenar de millas a la redonda, la viveza de ese olor a musgo, a corteza de árbol y a marisma seca. Incluso Hank y Défago, ligados íntimamente al espíritu de los bosques, habrían olfateado en vano…
Pero una hora más tarde, cuando todos estuvieron dormidos como troncos, el viejo Punk salió a gatas de entre sus mantas y se escurrió como una sombra hasta la orilla del lago, en silencio, como únicamente un indio sabe moverse. Después levantó la cabeza y miró a su alrededor. La espesa negrura hacía casi imposible toda visibilidad; pero, como los animales, poseía él otros sentidos que la oscuridad no era capaz de anular. Escuchó, y luego olfateó el aire. Se quedó quieto, inmóvil como un arbusto. Al cabo de unos cinco minutos, estiró de nuevo la cabeza y olfateó el aire una y otra vez. Un prodigioso hormigueo de nervios le corrió por el cuerpo al oler el aire penetrante. Luego, se sumergió en la negrura como sólo hacen los animales y los hombres salvajes, y regresó finalmente, deslizándose bajo el ramaje, hasta su lecho.
Poco después de dormirse, el cambio de viento que había presentido agitaba blandamente el reflejo de las estrellas en el lago. Procedía de las lejanas montañas de la región situada al otro lado del Lago de las Cincuenta Islas, venía en la dirección que había observado él, pasaba por encima del campamento dormido y cruzaba, como un murmullo apagado y suspirante, apenas perceptible, por entre las copas de los árboles inmensos. Con él, por los desiertos senderos de la noche, aunque demasiado tenue aún para los agudos sentidos del indio, cruzó un olor ligerísimo, muy particular y extrañamente inquietante; un olor de algo raro… absolutamente desconocido.
El franco-canadiense y el hombre de sangre india se agitaron intranquilos en su sueño, aunque ninguno de los dos se despertó. Luego, el espectro de aquel olor innominado se alejó para perderse entre las regiones remotas del bosque deshabitado.
II
Por la mañana, antes de que saliera el sol, el campamento estaba ya en plena actividad. Había caído una ligera capa de nieve durante la noche, y el aire era frío y penetrante. Punk había cumplido con sus deberes matinales, ya que el olor del café y del tocino frito llegaba hasta las tiendas. Todo el mundo estaba de buen humor.
-¡El viento ha cambiado! -gritó Hank a Simpson y a su guía, que se hallaba a bordo de la pequeña canoa-. ¡Hay que cruzar el lago en línea recta! ¡Estupendos rastros nos va a dejar la nieve! Si hay algún alce olisqueando por allí, tal como viene el viento, no os va a ver hasta teneros encima. ¡Buena suerte, Monsieur Défago! -añadió alegremente, dándole por una vez la pronunciación francesa al nombre- ¡Bonne chance!
Défago le deseó lo mismo, de buen humor al parecer, sin acordarse para nada de su silencioso enfado de la noche anterior. Antes de las ocho, el viejo Punk se encontraba solo ya en el campamento. Cathcart y Hank, muy lejos de allí, seguían un rastro que se dirigía hacia occidente, en tanto que la canoa que llevaba a Défago y a Simpson, con una tienda de seda y provisiones para dos días, era sólo un punto confuso balanceándose en la lejanía, rumbo al este.
La crudeza invernal del aire se atemperaba con el sol que coronaba las lomas cubiertas del bosque y resplandecía con voluptuoso calor sobre los árboles y el lago. Los somormujos volaban rasantes a través del centelleo del rocío que el viento espolvoreaba; algunos sacudían sus mojadas cabezas al sol, y luego las sumergían de nuevo con vivacidad. Y hasta donde alcanzaba la vista, se elevaban las masas interminables y apretadas de los arbustos desolados que cubrían toda aquella región, jamás hollada por el hombre, que se extendía como un poderoso e ininterrumpido tapiz vegetal hasta las costas heladas de la Bahía de Hudson.
Simpson, que contemplaba todo esto por primera vez a la par que remaba vigorosamente, se sentía embelesado por la austera belleza. Su corazón se embriagaba con el sentimiento de libertad de los grandes espacios, y sus pulmones con el aire frío y perfumado. Detrás de él, sentado a popa, Défago gobernaba con soltura aquella embarcación de corteza de abedul y contestaba alegremente a todas las preguntas de su compañero. Los dos se sentían contentos y gozosos. En tales ocasiones, los hombres pierden las superficiales diferencias que el mundo establece; se convierten en seres humanos que trabajan juntos por un fin común. Simpson, el patrón, y Défago, el servidor, entre aquellas fuerzas primitivas, eran simplemente eso: dos hombres, el «guía» y el «guiado». La superior destreza asumía naturalmente el mando, y el «señorito» había pasado sin preámbulos a una situación de cuasi-subordinado. No se le ocurrió, ni mucho menos, poner objeción alguna cuando Défago suprimió el «señor» y se dirigió a él con un «oiga, Simpson», o bien «oiga, jefe», como se dio el caso invariablemente hasta que llegaron a la lejana orilla, después de remar de firme durante doce millas con viento de proa. El solamente se reía, le gustaba; después, dejó de notarlo por completo.
Este «estudiante de teología» era, pues, un joven de buen natural y mejor carácter, aunque sin mundo, como era de comprender. Y en este viaje -la primera vez que salía de su pequeña Escocia natal-, la gigantesca proporción de las cosas le producía cierto aturdimiento. Ahora comprendía que una cosa era oír hablar de los bosques primordiales, y otra muy distinta verlos. Y vivir en ellos y tratar de familiarizarse con su vida salvaje era, además, una iniciación que ningún hombre inteligente podía sufrir sin verse obligado a alterar una escala de valores considerada hasta entonces como inmutable y sagrada.
Simpson sintió las primeras manifestaciones de esta emoción cuando cogió en sus manos el nuevo rifle 303 y contempló sus perfectos y relucientes cañones. Los tres días de viaje hasta el campamento general, a través del lago, y por tierra, después, habían constituido una nueva fase de este proceso. Y ahora que estaba tan lejos, más allá incluso de la orla de espesura donde habían acampado, en el corazón de unas regiones deshabitadas tan extensas como Europa, la verdadera realidad de su situación le producía un efecto de placer y pavor que su imaginación sabía apreciar perfectamente. Eran Défago y él, contra una muchedumbre… o, al menos, ¡contra un Titán!
La fría magnificencia de estos bosques solitarios y remotos le abrumaba y le hacían sentir su propia pequeñez. De la infinidad de copas azulencas que se balanceaban en el horizonte, se desprendía y revelaba por sí misma esa severidad que emana de las vegetaciones enmarañadas y que sólo puede calificarse como despiadada y terrible. Comprendía la muda advertencia. Se daba cuenta de su total desamparo. Sólo Défago, como símbolo de una civilización distante en la que era el hombre el que dominaba, se levantaba entre él y una muerte implacable por hambre y agotamiento.
Por esta razón, le resultaba emocionante ver a Défago dirigir la canoa a la orilla, guardar las palas cuidadosamente en su interior y hacer marcas, luego, en las ramas de los abetos situados a uno y otro lado de un rastro casi invisible, al tiempo que le explicaba con entera despreocupación:
-Oiga, Simpson; si me llegara a pasar algo, encontrará la canoa siguiendo exactamente estas señales. Después cruza él lago todo recto hacia el sol, hasta dar con el campamento. ¿Ha comprendido?
Era la cosa más natural del mundo, y lo dijo sin un solo cambio de voz. No obstante, con ese lenguaje, que reflejaba perfectamente la situación y el desamparo de ambos, acertó a expresar las emociones del joven en aquel momento. Se encontraba, con Défago, en un mundo primitivo: eso era todo. La canoa -otro símbolo del poder del hombre- debía dejarse atrás. Aquellas muescas amarillentas cortadas a golpes de hacha sobre los árboles, eran las únicas señales de su escondite.
Entre tanto, con los bártulos y el rifle al hombro, los dos hombres comenzaron a seguir un rastro casi imperceptible por entre rocas, troncos caídos y charcas medio heladas, sorteando los numerosos lagos que festoneaban el bosque, y bordeando sus orillas cubiertas de niebla desflecada. Hacia las cinco, se encontraron de improviso con que estaban en el límite del bosque. Ante ellos se abría una vasta extensión de agua, moteada de innumerables islas cubiertas de pinos.
-El Lago de las Cincuenta Islas -anunció Défago con voz cansada-, ¡y el sol está metiendo en él su vieja cabeza pelada! -añadió poéticamente, sin darse cuenta.
Inmediatamente, comenzaron a plantar la tienda. En cinco minutos escasos, gracias a aquellas manos que nunca hacían un movimiento de más ni de menos, quedó armada la tienda, fueron preparados los techos con ramas de bálsamo y se encendió un buen fuego para guisar con el mínimo de humo. Mientras el joven escocés limpiaba el pescado que cogieron al curricán durante la travesía, Défago dijo que «pensaba» dar una vuelta «nada más» por los alrededores, en busca de señales de alce.
-Pudiera tropezarme con algún tronco donde hubiesen estado restregando los cuernos -dijo mientras se iba-, o acaso hayan mordisqueado las hojas de algún arce.
Su pequeña figura se fundió como una sombra en el crepúsculo. Simpson se quedó observando, con admiración, cuán fácilmente lo absorbía la floresta. Sólo unos pasos, y ya había desaparecido.
No obstante, había poca maleza por los alrededores. Los árboles se elevaban algo más allá, muy espaciados, y en los claros crecían el abedul y el arce, delgados y esbeltos, junto a los troncos inmensos de los abetos. De no haber sido por algunos troncos derribados, de monstruosas proporciones, y por los fragmentos de roca gris que se hincaban en el lomo de la tierra, el paraje podía haber sido el rincón de un viejo parque. Casi se podía ver en él la mano del hombre. Un poco más a la derecha, no obstante, comenzaba aquella extensa comarca que llamaban el Brûlé, completamente arrasada por el incendio del año anterior. La zona entera estuvo ardiendo con furia durante semanas y semanas. Ahora se alzaban, descarnados y feos, unos tocones ennegrecidos en forma de cerillas gigantescas. Reinaba una desolación indescriptible. El olor a carbón y a ceniza empapada de lluvia aún persistía débilmente en el aire.
El crepúsculo se iba haciendo más denso cada vez. Las marismas se cubrían de sombras. El crepitar de la leña en el fuego y el romper de las olas a lo largo de la costa rocosa del lago eran los únicos ruidos audibles. El viento se había calmado al ponerse el sol, y nada se agitaba en aquel vasto mundo de ramas. En cualquier momento, los dioses de los bosques podían esbozar sus tremendos y poderosos perfiles entre los árboles. Delante, a través de los pórticos sostenidos por los enormes troncos erguidos, se extendía el escenario del Lago de Fifty Islands, de las Cincuenta Islas, que era como una media luna de veinticinco kilómetros, más o menos, de punta a punta, y de unos nueve de anchura, desde donde estaban ellos acampados. Un cielo rosa y azafrán, más claro que cualquiera de los que había visto Simpson en su vida, derramaba aún sus raudales de fuego sobre las olas, y las islas -seguramente más cerca de las cien que de las cincuenta- flotaban como mágicas embarcaciones de una escuadra encantada. Cubiertas de pinos, con las crestas apuntando al cielo, casi parecían moverse en la borrosa luz del anochecer… a punto de recoger el ancla y navegar por las rutas de los cielos, y no por las del lago arcaico y solitario.
Y los encendidos jirones de nubes, como pendones ostentosos, eran la señal de que zarpaban rumbo a las estrellas…
El espectáculo era de una belleza arrobadora. Simpson ahumaba el pescado, y se había quemado los dedos al intentar probarlo; al mismo tiempo, cuidaba de la sartén y a fuego. Pero, por debajo de sus pensamientos, percibía otro aspecto de la naturaleza salvaje: la indiferencia hacia la vida humana, el espíritu despiadado de la desolación, que no tiene en cuenta al hombre. El sentimiento de su completa soledad, ahora que incluso Défago se había ido, se le hizo más palpable al mirar en torno suyo y aguzar el oído en espera de adivinar las pisadas de su compañero que regresaba.
Esta sensación tenía algo de placentera; y de alarmante, también. E irremediablemente, se le ocurrió una idea que le hizo temblar: «¿Qué podría… qué podría hacer yo si… si sucediera algo y no regresara?»…
Disfrutaron de una cena bien merecida, comieron pescado a placer, y tomaron un té fuerte, capaz de matar a un hombre que no hubiera hecho treinta millas a «marcha forzada». Y al terminar, estuvieron un rato fumando, charlando y riendo junto al fuego. Después, estiraron las piernas cansadas y discutieron el programa del día siguiente. Défago se encontraba de un humor excelente, aunque decepcionado por no haber encontrado ningún rastro todavía. Pero estaba oscureciendo y no había podido alejarse demasiado. El Brûlé era mal sitio también. Las ropas y las manos le olían a carbón.
Simpson, al mirarle, volvió a sentir con renovada intensidad que la situación seguía siendo la misma: los dos juntos en la soledad agreste.
-Défago -dijo-, estos bosques son… cómo decirlo, un poco demasiado grandes para sentirse uno a gusto… tranquilo, quiero decir… ¿no?
Con estas palabras tan sólo daba expresión a su sentir del momento. Apenas si estaba preparado para la seriedad, para la solemnidad, incluso, con que el guía acogió sus palabras.
-Está usted en lo cierto, jefe -exclamó, clavándole en el rostro sus ojos escrutadores-, Es la pura verdad. No tienen límite… ninguna clase de límite.
Luego añadió, bajando la voz como si hablara consigo mismo:
-Son muchos los que han descubierto eso, y han sucumbido.
Pero la gravedad que había en su actitud no agradó en absoluto a Simpson. Sus palabras y su expresión resultaban demasiado sugerentes en un escenario y un crepúsculo como aquellos. Lamentó haber tocado ese tema. De pronto le vino a la memoria lo que había contado su tío sobre una fiebre extraña que afectaba a los hombres en la soledad de la selva. Se sentían irresistiblemente atraídos por las regiones despobladas, y caminaban, fascinados, hacia su muerte. Y se le ocurrió que su compañero tenía ciertos síntomas afines a ese extraño tipo de afección. Desvió la conversación hacia otros derroteros. Habló de Hank y del doctor, así como de la natural rivalidad entre los dos grupos por ser los primeros en avistar un alce.
-Si ellos fuesen en dirección oeste -observó Défago con desgana-, ahora estarían a cien kilómetros de nosotros; y en mitad de camino, quedaría el viejo Punk, hinchándose de pescado y café.
Se rieron de imaginárselo. Pero al mencionar de pasada, por segunda vez, aquellos cien kilómetros, Simpson se percató de las inmensas proporciones del territorio donde estaban cazando. Cien kilómetros eran solamente un paseo; y doscientos, tal vez poco más. A su memoria acudían continuamente relatos sobre cazadores que se habían extraviado. La pasión y el misterio de unos hombres perdidos y errabundos, seducidos por la belleza de las grandes selvas, cruzaban por su mente de una forma demasiado vívida para resultar completamente placentera. Se preguntaba si sería el talante de su compañero lo que provocaba con tanta persistencia estas ideas inquietantes.
-Cantemos una canción, Défago, si no está usted demasiado cansado- rogó-. una de esas viejas canciones de viajeros que cantaba la otra noche.
Le alargó le petaca al guía. Después, se puso a llenar su pipa mientras el canadiense, de buena gana, elevaba su templada voz por el lago en uno de aquellos cantos dolorosos, ante los cuales los madereros y los tramperos detenían sus tareas. Tenía un acento suplicante, algo que evocaba el ambiente de los viejos tiempos de los colonizadores, cuando los indios y la rigurosa naturaleza estaban aliados, cuando las luchas eran frecuentes, y el Viejo Mundo estaba más lejano que hoy. Su voz sonora se extendió placentera por el agua; pero el bosque que había a sus espaldas parecía tragársela, de forma que no producía ecos ni resonancias.
Cuando estaba a mitad de la tercera estrofa, Simpson notó algo raro, algo que removió en su pensamiento un torrente de reminiscencias lejanas. Se había producido un cambio en la voz de Défago. Antes incluso de saber lo que era, se sintió intranquilo, y al levantar los ojos, vio que, aunque seguía cantando, miraba nervioso a su alrededor como si oyera o viera algo. Su voz se debilitó, se hizo inaudible, y luego calló del todo. En ese mismo instante, con un movimiento asombrosamente alerta, dio un salto y se puso de pie… olfateando el aire. Como un perro «toma» un rastro con el olfato, así sorbió él el aire por las ventanas nasales, en cortas y profundas aspiraciones, volviéndose rápidamente en todos los sentidos, hasta que «apuntó» la nariz a la orilla del lago, hacia el este, y se quedó parado. Fue algo inquietante, y al mismo tiempo singularmente dramático. El corazón de Simpson latía con angustia viéndole actuar.
-¡Hombre, por Dios! ¡El salto que me ha hecho dar! -exclamó, levantándose y poniéndose a su lado para escudriñar aquel océano de oscuridad-. ¿Qué es? ¿Acaso tiene miedo?…
Antes de terminar la pregunta se dio cuenta de que era ociosa. Cualquier persona con un par de ojos en la cara habría visto al canadiense ponerse pálido de terror. Ni siquiera el color moreno de su piel y el resplandor de las llamas lo pudieron ocultar.
El estudiante temblaba, le flaqueaban las rodillas.
-¿Qué es? -repitió alarmado- ¿Siente el olor de algún alce? ¿O… o pasa algo? -acabó, bajando la voz instintivamente.
La selva se estrechaba en torno a ellos como una muralla circular. Los troncos de los árboles más cercanos brillaban como bronce a la luz de la hoguera. Más allá, las tinieblas. Y en la lejanía, un silencio de muerte. Justo detrás de ellos, una ráfaga de viento levantó una solitaria hoja de árbol y luego la dejó caer sin mover las demás. Parecía como si se hubieran combinado un millón de causas invisibles para producir este efecto tan simple. Junto a ellos había palpitado otra vida… y había desaparecido.
Défago se volvió bruscamente. El color lívido de su rostro se había convertido en un gris repugnante.
-Yo no he dicho que he oído… o he olido nada -dijo despacioso y enfático, con voz singularmente alterada-. Sólo quería echar una mirada alrededor… por así decir. Se precipita usted preguntando; por eso se equivoca.
Y añadió, de pronto, en un claro esfuerzo por dar a su voz un tono natural:
-¿Tiene cerillas, jefe?
Y procedió a encender la pipa que había llenado a medias, antes de empezar a cantar.
Sin más hablar, se sentaron otra vez junto al fuego. Défago cambió de sitio, de forma que ahora estaba de cara a la dirección del viento. La maniobra era elocuente por sí misma: Défago había cambiado de posición con el fin de oír y oler todo lo que hubiera que oír y oler. Y, puesto que se había colocado de espaldas a los árboles, era evidente que no provenía del bosque lo que había alarmado repentinamente su fina sensibilidad.
-Se me han quitado las ganas de cantar -.explicó espontáneamente-. Esa clase de canciones me traen recuerdos penosos. No debía haber empezado. Me hace pensar, ¿sabe?
Se notaba que el hombre luchaba todavía con alguna emoción que le agitaba profundamente. Quería justificarse ante los ojos del otro. Pero el pretexto, que por otra parte tenía algo de verdad, era falso; y él sabía perfectamente que Simpson no se había quedado convencido. Nada podría explicar el terror lívido que había reflejado su semblante mientras estuvo olfateando el aire, y nada -ni el fuego, ni ninguna charla sobre cualquier tema corriente- podría devolverles la naturalidad anterior. La sombra de desconocido horror que cruzó, fugaz, por el semblante del guía, se había comunicado de manera indefinible a su compañero. Los visibles esfuerzos del guía por disimular la verdad no hicieron sino empeorar las cosas. Además, para mayor intranquilidad del joven, se sentía incapaz de hacer preguntas y en completa ignorancia de lo que pasaba. Los indios, los animales salvajes, el incendio… todas estas cosas no tenían nada que ver, lo sabía. Su imaginación se debatía febrilmente, pero en vano…
Sin embargo, no se sabe cómo, cuando ya llevaba largo rato fumando y charlando ante el fuego reavivado, la sombra que tan repentinamente invadiera el pacífico campamento comenzó a disiparse, quizá por los esfuerzos de Défago o por haber retornado a su actitud normal y sosegada; puede también que el mismo Simpson hubiera exagerado la realidad, o tal vez la densa atmósfera de la naturaleza salvaje había conseguido purificarles. Fuera cual fuese la causa, la sensación de horror inmediato pareció desvanecerse tan misteriosamente como había venido, ya que nada ocurrió. Simpson comenzó a pensar que se había dejado llevar por un terror irracional propio de un chiquillo. En parte, lo atribuyó a la exaltación que este escenario inmenso y salvaje comunicaba a su sangre; en parte, al encanto de la soledad, y en parte, también, al tremendo cansancio. En cuanto a la palidez del rostro del guía, era, naturalmente, muchísimo más difícil de explicar, aunque podía deberse, en cierto modo, a un efecto del resplandor del fuego, o a su propia imaginación… Consideró que era mejor ponerlo en duda. Simpson era escocés.
Cuando desaparece una emoción fuera de lo común, la razón encuentra siempre una docena de argumentos para explicarla a posteriori. Encendió una última pipa, y trató de reír. Sería un buen relato para cuando estuviese en Escocia, de regreso. No se daba cuenta de que aquella risa era señal de que el terror acechaba aún en lo más recóndito de su alma; de que, en realidad, era uno de los síntomas más característicos con que un hombre seriamente alarmado trata de persuadirse de que no lo está.
En cambio, Défago oyó aquella risa y lo miró con sorpresa. Los dos hombres permanecieron un rato, el uno junto al otro, dándole con el pie a los rescoldos, antes de marcharse a dormir. Eran las diez, hora bastante avanzada para que los cazadores estén despiertos aún.
-¿En qué piensa usted? -preguntó Défago en tono corriente, aunque con gravedad.
-En este momento estaba pensando en… en los bosques de juguete que tenemos allí -balbuceó Simpson, sobresaltado por la pregunta, pero expresando lo que realmente dominaba su pensamiento- y los comparaba con todo esto -añadió, haciendo un gesto amplio con la mano para indicar la vasta espesura.
Hubo una pausa. Ninguno de los dos parecía querer decir nada.
-De todos modos, yo que usted no me reiría -exclamó Défago, mirando las sombras por encima del hombro de Simpson-. Hay lugares ahí dentro que nadie ha visto jamás… Nadie sabe lo que se oculta ahí.
El tono del guía sugería algo inmenso y terrible.
-¿Tan grande es?
Défago asintió. La expresión de su rostro era sombría. También él se sentía intranquilo. El joven comprendió que en un territorio de aquellas dimensiones muy bien podía haber profundidades de bosque jamás conocidas ni holladas en toda la historia de la tierra. El pensamiento no era precisamente tranquilizador. En voz alta, y tratando de manifestar alegría, dijo que ya era hora de irse a dormir. Pero el guía remoloneaba, trasteaba en el fuego, ordenaba las piedras innecesariamente, y seguía haciendo una porción de cosas que, en realidad, no hacían falta alguna. Evidentemente, había algo que tenía ganas de decir, aunque le resultaba muy difícil «empezar».
-Oiga, Simpson -exclamó de pronto, cuando las últimas chispas se perdieron, por fin, en el aire-, ¿no nota usted… no nota nada en el olor… nada de particular, quiero decir?
Simpson se dio cuenta de que la pregunta, normal y corriente en apariencia, encerraba una sombra de amenaza. Sintió un escalofrío.
-Nada, aparte el olor a leña quemada -contestó con firmeza, dándole con el pie a los rescoldos. Incluso el ruido de su propio pie le asustó.
-Y en toda la tarde, ¿no ha notado ningún… ningún olor? -insistió el guía, mirándole por encima del resplandor-. ¿Nada extraordinario y distinto de cualquier otro olor que haya olido antes?
-No; desde luego que no -replicó agresivamente, casi con mal humor.
El rostro de Défago se aclaró.
-¡Eso está bien! -exclamó con evidente alivio-. Me gusta oír eso.
-¿Y usted? -preguntó Simpson con viveza, y en el mismo instante, se arrepintió de haberlo hecho.
El canadiense se le acercó en la oscuridad. Sacudió la cabeza.
-Creo que no -dijo, sin demasiada convicción-. Debe de haber sido la canción esa. Suelen cantarla en los campamentos de madereros y en sitios abandonados de la mano de Dios, como éste, cuando están asustados porque oyen al Wendigo andar por ahí cerca.
-¿Y qué es el Wendigo, si se puede saber? -preguntó Simpson, contrariado por la imposibilidad de reprimir otro escalofrío. Sabía que se encontraba muy cerca del terror de aquel hombre, y de su causa. No obstante, una imperiosa curiosidad venció su buen sentido y su temor.
Défago se volvió rápidamente y le miró como si estuviera a punto de gritar. Sus ojos refulgían, tenía la boca completamente abierta. No obstante, lo único que dijo -o más bien que susurró, porque su voz sonó muy baja-, fue:
-No es nada… nada. Algo que dicen esos tipos piojosos cuando se han soplado una botella de más… Una especie de animal que vive por allá -sacudió la cabeza hacia el norte-, veloz como un relámpago, y no muy agradable de ver, según se cree… ¡Eso es todo!
-Una superstición de los bosques -comenzó Simpson, mientras se dirigía a la tienda apresuradamente con el fin de sacudirse la mano del guía, que se le aferraba al brazo- ¡Vamos, vamos de prisa, por Dios, y tráigame esa lámpara! ¡Deberíamos estar durmiendo ya, si tenemos que levantarnos mañana al amanecer! …
El guía iba pisándole los talones.
-Ya voy, ya voy -dijo.
Después de una pequeña dilación, apareció con la lámpara y la colgó en una clavo del palo plantado delante de la tienda. Las sombras de un centenar de árboles se movieron inquietas y rápidas al cambiar la luz de posición. Tropezó con la cuerda al entrar, y la tienda entera tembló como agitada por una súbita ráfaga de viento.
Los dos hombres se echaron, sin desvestirse, en sus techos de ramas de bálsamo. En el interior se estaba caliente y cómodo. Afuera, en cambio, un mundo formado por múltiples árboles se espesaba a su alrededor, fundiendo sus sombras milenarias y ahogando la pequeña tienda que se alzaba como una concha blanca y diminuta frente al océano tremendo de la selva.
Entre las dos figuras solitarias de su interior se condensaba también, otra sombra que no era de la noche. Era la Sombra que proyectaba el extraño Temor, aún no conjurado del todo, que se había introducido en el espíritu de Défago a mitad de su canción. Y Simpson, que vigilaba la oscuridad a través de la pequeña abertura de la tienda, dispuesto ya a sumergirse en el fragante abismo del sueño, sintió aquella quietud profunda y única del bosque primitivo, en la que nada se movía… y en la cual la noche adquiría una corporeidad y un espesor que se filtraba en el espíritu y lo invadía de tinieblas… Después, el sueño se apoderó de él.
III
Así le pareció a él al menos. Sin embargo, lo cierto era que el pulso del agua, junto a la tienda, seguía marcando sin cesar el paso del tiempo, cuando se dio cuenta de que estaba con los ojos abiertos y de que otro sonido acababa de irrumpir, con solapado disimulo, en el rítmico murmullo de las olas.
Y mucho antes de comprender de qué se trataba, se agitaron en su interior vagos sentimientos de dolor y de alarma. Escuchó atento, aunque en vano al principio, porque los latidos de su pulso golpeaban como sonoros tambores en sus sienes. ¿De dónde provenía? ¿Del lago, del bosque?…
Luego, de repente, con el corazón en un puño, se dio cuenta de que sonaba muy cerca de él, dentro de la tienda; y cuando se volvió para oír mejor, lo localizó de manera inequívoca a medio metro de donde él estaba. Era un sonido quejumbroso: Défago, en su lecho de ramas, sollozaba en la oscuridad como si fuera a partírsele el corazón y se taponaba la boca con la manta para sofocar el llanto.
Su primer sentimiento, antes de pararse a pensar, fue una punzante y dolorosa ternura. Aquel sonido íntimo, humano, oído en medio de aquella desolación, le movía a piedad. Era tan incongruente, tan enternecedoramente incongruente… ¡y tan inútil! ¿De qué servían las lágrimas en aquella inmensidad cruel y salvaje? Imaginó a una criatura llorando en medio del Atlántico… Después, naturalmente, al recobrar mayor conciencia y recordar lo que había sucedido antes de acostarse, sintió que el terror comenzaba a dominarle y que se le helaba la sangre.
-Défago -susurró con nerviosismo, haciendo esfuerzos por hablar bajo-, ¿qué sucede? ¿Se siente usted mal?
No obtuvo respuesta, pero cesaron inmediatamente los sollozos. Alargó la mano y lo tocó. Su cuerpo no se movía.
-¿Está despierto? -se le había ocurrido que podía estar llorando en sueños-. ¿Tiene usted frío?
Había observado que tenía los pies destapados y que le salían hacia afuera de la tienda. Extendió el doblez de su manta y se los tapó. El guía se había escurrido de su lecho, y parecía haber arrastrado las ramas con él. Le daba apuro tirar de su cuerpo hacia adentro, otra vez, por miedo a despertarle.
Hizo una o dos preguntas más en voz baja, pero, aunque esperó varios minutos, no obtuvo contestación alguna ni apreció ningún movimiento. Después, oyó su respiración regular y sosegada. Le puso la mano en el pecho y lo sintió subir y bajar pausadamente.
-Dígame si le ocurre algo -murmuró- o si puedo hacer alguna cosa por usted. Despiérteme inmediatamente si llegara a sentirse… mal.
No sabía qué decir. Se dejó caer, sin dejar de pensar ni de preguntarse qué significaría todo aquello. Défago había estado llorando entre sueños, por supuesto. Algo le afligía. Fuera como fuese, jamás en la vida se le olvidarían aquellos sollozos lastimeros, ni la sensación de que toda la impresionante soledad de los bosques los escuchaba.
Estuvo meditando durante mucho tiempo sobre los últimos sucesos, entre los cuales, era éste, en verdad, el más misterioso; y aunque su razón encontraba argumentos satisfactorios con que desechar cualquier eventualidad desagradable, le quedó, no obstante, una sensación muy arraigada…extraña a más no poder.
IV
Pero el sueño, a la larga, siempre acaba por imponerse a cualquier emoción. Pronto se desvanecieron sus pensamientos. Se encontraba arropado, cómodo, y demasiado fatigado. La noche era agradable y reparadora, y en ella se diluía toda sombra de recuerdo y alarma. Media hora más tarde, había perdido conciencia de todo cuanto le rodeaba.
Y sin embargo, esta vez fue el sueño su gran enemigo, al embotarle la sensación de inminencia y anular el estado de alarma de sus nervios.
Así como en algunas de esas pesadillas que se presentan con terrible apariencia de realidad, basta a veces la inconsistencia de un simple detalle para poner de manifiesto la incoherencia y falsedad del todo, del mismo modo los acontecimientos que ahora se desarrollan, aun sucediendo en realidad, sugerían la existencia de un detalle que podía ser la clave de la explicación y que había sido pasado por alto en la confusión del momento. Todo aquello sólo debía ser cierto en parte; y lo demás, pura fantasía. En las profundidades de una mente dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir el juicio: «Todo esto no es completamente real; cuando despiertes lo comprenderás.»
Y así, en cierto modo, le sucedía a Simpson. Los acontecimientos no eran totalmente inexplicables o increíbles por sí mismos, aunque formaban, para el hombre que los veía y oía, una sucesión de hechos horribles, pero independientes, porque el detalle mínimo que podía haber esclarecido el enigma permanecía oculto o desfigurado.
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento, como de algo que se arrastraba en el interior de la tienda, lo que le despertó y le hizo darse cuenta de que su compañero estaba sentado, muy tieso, junto a él. Estaba temblando. Debían de haber pasado varias horas, porque el pálido resplandor del alba recortaba su silueta contra la tela de la tienda. Esta vez no lloraba; temblaba como una hoja, y su temblor lo sentía él a través de la manta. Défago se había arrebujado contra él, en busca de protección, huyendo de algo que aparentemente se escondía junto a la entrada de la tienda.
Por esta razón, Simpson le preguntó en voz alta -con el aturdimiento del despertar, no recuerda exactamente qué-, y el guía no contestó. Una atmósfera de auténtica pesadilla le envolvía, le embarazaba hasta impedirle moverse. Durante unos instantes, como es natural, no supo dónde se encontraba, si en uno de los anteriores campamentos o en su cama de Aberdeen. Estaba confuso y aturdido.
Después -casi inmediatamente-, en el profundo silencio del amanecer, oyó un ruido de lo más extraño. Fue repentino, sin previo aviso, inesperado e indeciblemente espantoso. Simpson afirma que se trataba de una voz, acaso humana, ronca, aunque lastimera. Una voz suave y retumbante a la vez, que parecía provenir de las alturas y que, al mismo tiempo, sonaba muy cerca de la tienda. Era un bramido pavoroso y profundo que, sin embargo, poseía cierta calidad dulce y seductora. Distinguió en él como tres notas, como tres gritos separados que recordaban vagamente, apenas reconocibles, las sílabas que componían el nombre del guía: «¡Dé-fa-go!»
El estudiante admite que es incapaz de describir cabalmente este sonido, ya que jamás había oído nada semejante en su vida y en él se combinaban cualidades contradictorias. El lo describe como «una especie de voz lastimera y ululante como el viento, que sugería la presencia de un ser solitario e indómito, tosco y a la vez increíblemente poderoso»…
Y aun antes de que cesara la voz y se hundiera de nuevo en los inmensos abismos del silencio, el guía se puso en pie de un salto y gritó una respuesta ininteligible. Al incorporarse, chocó violentamente contra el palo de la tienda; sacudió toda la armazón al extender los brazos frenéticamente para abrirse camino, y pateó con furia para desembarazarse de las mantas. Durante un segundo, o quizá dos, permaneció rígido ante la puerta; su oscuro perfil se recortó contra la palidez del alba. Luego, con desenfrenada rapidez, y antes de que su compañero pudiera mover un dedo para detenerle, se arrojó por la entrada de la tienda… y se marchó. Y al marcharse -con tan asombrosa rapidez, que pudo oírse cómo su voz se perdía a lo lejos- gritaba con un acento de angustia y terror, pero que al mismo tiempo parecía expresar un tremendo éxtasis de gozo…
-¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis ardientes pies de fuego! ¡Ah! ¡Qué altura, qué carrera abrasadora!
Pronto la distancia acalló sus gritos, y el silencio del amanecer descendió de nuevo sobre la floresta.
Sucedió todo con tal rapidez que, a no ser por el lecho vacío que tenía junto a él, Simpson casi hubiera podido creer que acababa de sufrir una pesadilla. Pero a su lado sentía aún la cálida presión del cuerpo desaparecido. Las mantas estaban todavía en un montón, en el suelo. La misma tienda temblaba aún por la vehemencia de su salida impetuosa. Las extrañas palabras, propias de un cerebro repentinamente trastornado, resonaban en sus oídos como si las oyera todavía a lo lejos… No eran únicamente los sentidos de la vista y el oído los que denunciaban cosas extrañas a la razón, ya que mientras el guía gritaba y corría, pudo captar él un olor extraño y acre que había invadido el interior de la tienda. Y parece que fue en ese preciso momento, despabilado por el olor atosigante, cuando recobró el ánimo, se puso en pie de un salto y salió de la tienda.
La luz grisácea del amanecer se derramaba indecisa y fría por entre los árboles, permitiendo que se distinguieran las cosas, Simpson se quedó de pie, de espaldas a la tienda empapada de rocío. Aún quedaba alguna brasa entre las cenizas de la hoguera. Contempló el lago pálido bajo la capa de bruma, las islas que emergían misteriosamente como envueltas en algodón, y los rodales de nieve, al otro lado, en los espacios despejados del bosque de arbustos. Todo estaba frío, silencioso, inmóvil, esperando la salida del sol. Pero en ninguna parte había señal del guía desaparecido. Sin duda corría aún, frenéticamente, por los bosques helados. Ni siquiera se oían sus pasos, ni los ecos evanescentes de su voz. Se había ido… definitivamente.
No había nada; nada, excepto el recuerdo de su presencia reciente, que persistía vivamente en el campamento, y ese penetrante olor que lo invadía todo.
Y aun el olor estaba desapareciendo con rapidez. A pesar de la enorme turbación que experimentaba, Simpson se esforzó por descubrir su naturaleza. Pero averiguar la calidad de un olor fugaz, que no se ha reconocido inconscientemente al instante, es una operación muy ardua; y fracasó. Antes de que pudiera captarlo del todo, o reconocerlo, había desaparecido. Incluso ahora le cuesta hacer una descripción aproximada, ya que era distinto de todo otro olor. Era acre, no muy diferente del que exhalan los leones, aunque más suave, y no completamente desagradable. Tenía algo de dulzarrón que le recordaba el aroma de las hojas otoñales de un jardín, la fragancia de la tierra, y los mil perfumes que se elevan de una selva inmensa. Sin embargo, la expresión «olor a leones» es la que, a mi juicio, resume mejor todo esto.
Finalmente, el olor se desvaneció por completo y Simpson se dio cuenta de que se encontraba de pie, junto a las cenizas del fuego, en un estado de asombro y estúpido terror que le incapacitaba para hacer frente a la menor eventualidad. Si una rata almizclera hubiese asomado entonces su hocico puntiagudo por encima de una roca, o hubiese visto escabullirse una ardilla, lo más probable es que se hubiera desmayado sin más. Su instinto acababa de percibir el hálito de un gran Horror Exterior… y todavía no había tenido tiempo de rehacerse y adoptar una actitud firme y alerta.
Sin embargo, nada sucedió. Un soplo de aire suave acarició la floresta que despertaba, y unas pocas hojas de arce se desprendieron temblorosas y cayeron a tierra. El cielo se hizo repentinamente más claro. Simpson sintió el aire frío en sus mejillas y en su cabeza descubierta. Tembló, aterido, y con gran esfuerzo se hizo cargo de que estaba solo entre los arbustos… y de que lo más prudente era ponerse en marcha, en busca de su compañero desaparecido, con el fin de socorrerle.
Y así lo hizo, en efecto, pero sin resultado. Con aquella maraña de árboles en torno suyo, el lago cortándole el camino por detrás, y el horror de aquellos gritos salvajes latiendo aún en su sangre, hizo lo que cualquier otro inexperto habría hecho en semejante situación: correr, correr sin sentido alguno, como un niño enloquecido, y gritar continuamente el nombre de su guía: ¡Défago! ¡Défago! ¡Défago! -vociferaba, y los árboles le devolvían el nombre, en un eco apagado, tantas veces cuantas lo gritaba él:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Défago!
Siguió el rastro impreso en la nieve hasta donde los árboles, demasiado espesos, habían impedido que la nieve llegara al suelo. Gritó hasta quedarse ronco, y hasta que el sonido de su propia voz comenzó a asustarle en aquel paraje desierto y silencioso. Su confusión aumentaba con la violencia de sus esfuerzos. La angustia se le hizo dolorosamente aguda. Por último, fracasados sus intentos, dio la vuelta y se dirigió al campamento, completamente agotado. Fue un milagro que encontrara el camino. El caso es que, después de seguir un sinfín de direcciones falsas, encontró la blanca tienda de campaña entre los árboles, y se sintió a salvo.
El cansancio, entonces, administró su propio remedio. Encendió fuego y se preparó el desayuno. El café caliente y el tocino le devolvieron un poco de sentido común y de juicio, y comprendió que se había portado como un chiquillo. Debía medir los esfuerzos para hacer frente a la situación de una manera más sensata. Una vez recobrado el ánimo, debía hacer en primer lugar una exploración lo más completa posible y, si no daba resultado, debía buscar el camino de regreso cuanto antes y traer ayuda.
Y eso fue lo que hizo. Cogió provisiones, cerillas, el rifle y un hacha pequeña para marcar los árboles, y se puso en camino. Eran las ocho cuando salió, y el sol brillaba por encima de los árboles en un cielo despejado. Plantó una estaca junto al fuego y dejó una nota, para el caso de que Défago volviera mientras él estaba ausente.
Esta vez, de acuerdo con un plan cuidadoso, tomó una nueva dirección. Cubriendo un área más amplia, podría tropezarse con señales del rastro del guía. Y en efecto, antes de haber recorrido medio kilómetro, encontró las huellas de un animal grande y, al lado, las huellas, menores y más ligeras, de unos pies indudablemente humanos: los de Défago. El alivio que experimentó inmediatamente fue natural, aunque breve. Al primer golpe de vista vio que esas huellas explicaban clara y simplemente lo sucedido: las señales más grandes pertenecían, sin duda alguna, a un alce que, con el viento en contra, se había acercado equivocadamente al campamento, lanzando un grito de alarma en el momento en que comprendió su error. Défago, que tenía el instinto de la caza desarrollado hasta un grado de increíble perfección, había notado su presencia horas antes, por el olor del viento. Su excitación y su desaparición se debían, naturalmente, a… este…
Entonces, la explicación imposible a la cual quería aferrarse, se le reveló implacablemente falsa. Ningún guía, y mucho menos de la categoría de Défago, habría reaccionado de forma tan insensata, echando a correr incluso sin rifle… Todo el episodio exigía una explicación mucho más compleja. Recordó los detalles de todo lo que había sucedido: el grito de terror, las enigmáticas palabras, el semblante asustado, el extraño olor que había notado, aquellos sollozos contenidos en la oscuridad, y -también esto le vino oscuramente a la memoria- la inicial aversión del guía a estos parajes.
Además, ahora que las examinaba de cerca, ¡aquellas huellas no eran de alce, ni mucho menos! Hank le había explicado el perfil que deja la pezuña de un alce macho, de una hembra o de una cría. Se las había dibujado claramente sobre una tira de abedul. Estas eran totalmente distintas. Eran grandes, redondas, amplias, no tenían la forma puntiaguda de la pezuña afilada. Por un momento, se preguntó si serían de oso. No se le ocurrió pensar en ningún otro animal, porque el reno no bajaba tan al sur en esa época del año y, aun cuando fuese así, sus huellas dibujarían la forma de una pezuña.
Eran siniestros aquellos trazos dejados en la nieve por una misteriosa criatura que había atraído a un ser humano lejos de su refugio. Y, al querer relacionarlos, en su imaginación, con aquel susurro obsesionante que interrumpió la paz del amanecer, le invadió un vértigo momentáneo, una angustia inconcebible. Sintió una sombra de amenaza por todo su alrededor. Y al examinar con más detalle una de las huellas, notó una débil vaharada de aquel olor dulzarrón y penetrante, que le hizo dar un respingo y le produjo náuseas.
Entonces su memoria le jugó otra mala pasada. Recordó, de pronto, aquellos pies destapados que se salían de la tienda, y cómo el cuerpo del guía parecía haber sido arrastrado hacia la entrada. Recordó también cómo Défago había retrocedido, aterrado, ante algo que había percibido junto a la tienda, cuando él se despertó. Los detalles acudían a su mente con violencia, asediándola de forma obsesiva; parecían agolparse en aquellos espacios profundos de la selva silenciosa que le rodeaba, donde él, en medio de los árboles, permanecía de pie, a la escucha, esperando, tratando de actuar del modo más aconsejable. El bosque le cercaba.
Con la firmeza de una suprema resolución, Simpson inició la marcha, siguiendo las huellas lo mejor que podía, y tratando de reprimir las emociones desagradables que trataban de debilitar su voluntad. Marcó una infinidad de árboles a medida que caminaba, con el temor siempre de no poder encontrar el camino de regreso, gritando de cuando en cuando el nombre del guía. El seco golpear del hacha sobre lo troncos macizos, y el acento extraño de su propia voz se convirtieron finalmente en unos sonidos que a él mismo le daba miedo producir. Incluso le daba miedo oírlos. Atraían la atención y delataban su situación exacta, y si se diera realmente el caso de que le estuvieran siguiendo, lo mismo que seguía él a otro…
Con un esfuerzo supremo, rechazó tal idea en el mismo instante en que se le ocurrió. Comprendía que era el principio de un aturdimiento diabólico que podía conducirle vertiginosamente a su propia perdición.
Aunque la nieve no formaba una alfombra continua, sino sólo ligeras capas en los espacios más despejados, no le fue difícil seguir el rastro durante varios kilómetros. Caminaba en línea recta, en la medida en que se lo permitían los árboles. Las pisadas impresas en la nieve comenzaron pronto a distanciarse, hasta que, finalmente, su separación fue tal que parecía absolutamente imposible que ningún animal diera zancadas tan enormes. Eran como saltos enormes. Midió una de aquellas zancadas y, aunque sabía que la «distancia» de seis metros no debía de ser muy exacta, se quedó perplejo; no comprendía cómo no encontraba en la nieve ninguna pisada intermedia entre las huellas extremas. Pero lo que más confundido le tenía, lo que le hacía mirar con recelo, era que las zancadas de Défago crecían también en longitud, poco a poco, hasta cubrir exactamente las mismas distancias. Parecía como si la enorme bestia lo hubiera arrastrado con ella en esos saltos asombrosos. Simpson, que tenía las piernas mucho más largas, comprobó que no podía cubrir la mitad del trecho, ni aun tomando impulso.
Y la visión de aquellas huellas que corrían unas junto a otras, mudo testimonio de una carrera espantosa en la que el terror o la locura habían provocado unas consecuencias imposibles, le impresionó profundamente y le conmovió en lo más hondo de su alma. Era lo más espantoso que habían visto sus ojos. Comenzó a seguirlas maquinalmente, casi enajenado, mirando de soslayo, furtivamente, por si algún ser, con zancadas gigantescas, le seguía los pasos a él también… Y sucedió que, al poco tiempo, no supo ya lo que significaban aquellas pisadas en la nieve, acompañadas por las huellas del pequeño franco-canadiense, su guía, su camarada, el hombre que había compartido su tienda unas horas antes, charlando, riendo, incluso cantando con él.
V
Sólo un valiente escocés, basado en el sentido común y amparado por la lógica, podía conservar el sentido de la realidad como lo conservó este joven, mal que bien, para salir de aquella aventura. De no haber sido así, los descubrimientos que hizo mientras avanzaba valerosamente le habrían hecho retroceder hasta el refugio relativamente seguro de su tienda, en vez de apretar el rifle en sus manos y encomendarse a Dios con el pensamiento. Lo primero que observó fue que los dos rastros hablan sufrido una transformación; y esta transformación, por lo que se refería a las huellas del hombre, era ciertamente aterradora.
Al principio, lo notó en las huellas más grandes, y se quedó un buen rato sin poder creer lo que veían sus ojos. ¿Eran las hojas caídas que producían extraños efectos de sombra, o tal vez la nieve, seca y espolvoreada como harina de arroz por los bordes, era responsable del efecto aquel? ¿O se trataba efectivamente de que las huellas hablan adquirido un ligero matiz coloreado? Lo innegable era que las pisadas del animal tenían un tinte rojizo y misterioso, que más parecía debido a un efecto de luz que a una sustancia que impregnara la nieve. Y a medida que avanzaba se hacía más intenso aquel matiz encendido que venta a añadir un toque nuevo y horrible a la situación.
Pero cuando, completamente perplejo, se fijó en las huellas del hombre por ver si presentaban la misma coloración, observó que, entretanto, éstas hablan experimentado un cambio infinitamente peor. Durante el último centenar de metros más o menos, habían comenzado a parecerse a las huellas del animal. El cambio era imperceptible, pero inequívoco. No se podía apreciar dónde comenzaba. El resultado, de todos modos, estaba fuera de duda: más pequeñas, más recortadas, modeladas con mayor nitidez, las huellas del hombre constituían ahora, sin embargo, un duplicado casi exacto de las otras. Así, pues, los pies que las habían grabado se habían transformado también. Al darse cuenta de lo que esto significaba, sintió una sensación de repugnancia y terror.
Por primera vez, Simpson dudó. Después, avergonzado de su indecisión, corrió unos cuantos pasos más; un poco más allá, se detuvo en seco. Allí mismo terminaban todas las señales. Los dos rastros acababan de repente. Buscó inútilmente en un radio de cien metros o más, pero no encontró el menor indicio de huellas. No había nada.
Precisamente allí los árboles se espesaban bastante. Se trataba de enormes cedros y abetos. No había monte bajo. Permaneció un rato mirando alrededor, completamente turbado, sin saber qué pensar. Luego se puso a buscar con empeñada insistencia, pero siempre llegaba al mismo resultado: nada. ¡Los pies que se habían marcado en la superficie de la nieve hasta allí, parecían ahora haber dejado de tocar el suelo!
En ese instante de angustia y confusión, sintió cómo el terror se le enroscaba en el corazón, dejándole totalmente paralizado. Todo el tiempo había estado temiendo que sucediera… y sucedió.
Allá arriba, muy lejos, debilitada por la altura y la distancia, singularmente quejumbrosa y apagada, oyó la plañidera voz de Défago, su guía.
Cayó sobre él un cielo invernal y tranquilo, y despertó en él un terror jamás rebasado. El rifle le resbaló de las manos. Durante un segundo, permaneció inmóvil donde estaba, escuchando con todo su ser. Después se retiró tambaleante hasta el árbol más cercano y se apoyó en él, deshecho e incapaz de razonar. En aquel momento aquélla le parecía la experiencia más aniquiladora del mundo. Se le había quedado el corazón vacío de todo sentimiento, tal como si se le hubiera secado.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah, mis pies de fuego! ¡Mis pies candentes! -oyó que imploraba la angustiada voz del guía, con un acento de súplica indescriptible. Después, el silencio volvió a reinar entre los árboles.
Y Simpson, una vez recobrada la conciencia de sí, se dio cuenta de que estaba corriendo de un lado para otro, gritando, tropezando con las raíces y las piedras, buscando desenfrenadamente al que llamaba. Rasgóse el velo de recuerdos y emociones con que la experiencia vela habitualmente los acontecimientos; y medio enloquecido, forjó visiones que llenaron de terror sus ojos, su corazón y su alma. Porque, con aquella voz lejana, le había llamado el pánico de la Selva, el Poder de la Indómita Lejanía, el Hechizo de la Desolación que aniquila… En aquel momento, se le revelaron todos los suplicios de un ser irremisiblemente perdido que sufría la fatiga y el placer del alma que ha llegado a la Soledad final. Por las oscuras nieblas de sus pensamientos, como una llama, pasó fugaz la visión de Défago, eternamente perseguido, acosado por toda la inmensidad celeste de aquellos bosques antiquísimos.
Le pareció que transcurría una eternidad y, en el caos de sus desorganizadas sensaciones, no consiguió encontrar nada a que aferrarse por un momento y pensar…
El grito no se repitió; sus propias llamadas no tuvieron respuesta. Las fuerzas inescrutables de la Naturaleza Salvaje habían llamado a su víctima con voz inapelable y la habían atenazado.
Sin embargo, aún continuó buscando y llamando durante unas cuatro horas, por lo menos, puesto que ya era casi de noche cuando decidió, por fin, abandonar tan inútil persecución y regresar al campamento, a orillas del Lago de las Cincuenta Islas. De todos modos, se marchaba de mala gana. Aquella voz implorante resonaba aún en sus oídos. Le costó trabajo encontrar el rifle y la pista de regreso. La necesidad de concentrarse en la tarea de seguir los árboles mal marcados, y un hambre voraz que le roía las tripas, le ayudaron a apartar de su mente lo ocurrido. De no haber sido así, él mismo admite que su extravío le habría acarreado peores consecuencias. Gradualmente, las dificultades concretas del momento le devolvieron a su ser, y no tardó en recuperar el equilibrio de sus nervios.
No obstante, durante toda la marcha, a través de las sombras crecientes, se sintió miserablemente perseguido. Oía innumerables ruidos de pasos que le seguían, voces que reían y hablaban por lo bajo; y veía figuras agazapadas tras los árboles y las rocas, haciéndose señas unas a otras como para atacarle a un tiempo, en el instante en que pasara. El rumor del viento le hizo dar un respingo y detenerse a escuchar. Caminó furtivamente, tratando de ocultar su presencia, haciendo el menor ruido posible. Las sombras de los árboles, que hasta entonces le protegían o le cubrían, se volvían ahora amenazadoras, inquietantes; y la confusión de su mente asustada le hacía sentir una multitud de posibilidades, tanto más siniestras cuanto más oscuras. El presentimiento de un destino fatal acechaba detrás de cada uno de los acontecimientos que acababan de suceder.
Fue realmente admirable el modo como salió airoso al final. Acaso hombres de madura experiencia hubieran fracasado en esta prueba. Consiguió dominarse bastante bien y pensó en todo, como demuestra su plan de acción. Puesto que no tenía sueño en absoluto, y caminaba siguiendo un rastro invisible en la total oscuridad, se sentó a pasar la noche, rifle en mano, delante de una hoguera que ni por un momento dejó de alimentar. El rigor de aquella vigilancia dejó marcado su espíritu para siempre; pero la llevó a cabo con éxito, y a las primeras claridades del día emprendió el viaje de regreso, en busca de ayuda. Como la vez anterior, dejó una nota escrita en la que explicaba su ausencia e indicaba también dónde dejaba un depósito de abundantes provisiones y cerillas… ¡aunque no esperaba que lo encontrasen manos humanas!
Sería por sí misma una historia digna de contarse la manera como Simpson encontró el camino, solo, a través del lago y del bosque. Oírsela a él es conocer la apasionada soledad de espíritu que puede sentir un hombre cuando la Naturaleza Salvaje lo tiene en el hueco de su mano ilimitada… y se ríe de él. Es, también, admirar su voluntad inquebrantable.
No reclama para sí ningún mérito. Confiesa que seguía maquinalmente, y sin pensar, el rastro casi invisible. Y esto, indudablemente, es verdad. Confiaba en la guía inconsciente de la razón, que es el instinto. Tal vez le ayudara también cierto sentido de orientación, tan desarrollado en los animales y en el hombre primitivo. El caso es que, a través de toda aquella enmarañada región, consiguió llegar al sitio donde Défago, casi tres días antes, había escondido la canoa con estas palabras:
-Cruzar el lago todo recto, hacia el sol, hasta dar con el campamento.
No había sol de ninguna clase, pero se ayudó con la brújula como Dios le dio a entender, y cubrió los últimos veinte kilómetros de su viaje a bordo de la frágil piragua, con una inmensa sensación de alivio al dejar atrás, por fin, el bosque interminable. Por fortuna, el agua estaba tranquila. Enfiló proa al centro del lago, en vez de costear, Y tuvo la suerte, además, de que los otros estuvieran ya de regreso. La luz de la hoguera le proporcionó un punto de referencia, sin el cual habría perdido toda la noche para encontrar el campamento.
De todos modos, era cerca de media noche cuando su canoa rozó la arena de la ensenada. Hank, Punk y su tío, despertados por sus gritos, echaron a correr. Y viéndole cansado y deshecho, le ayudaron a abrirse camino por las rocas hasta el fuego casi apagado.
VI
La repentina irrupción de su prosaico tío en este mundo de pesadilla en que vivía desde hacía dos días y dos noches, tuvo el efecto inmediato de dar al asunto un cariz enteramente nuevo. Bastó con oír su cordial «¡Hola, hijo mío! ¿Qué te pasa?» y sentirse agarrado por aquella mano seca y vigorosa, para que su manera de enfocar los hechos sufriera un giro radical. Estalló en su interior como una violenta reacción purificadora y comprendió que su comportamiento no había sido normal. Incluso se sintió algo avergonzado de sí mismo. La original terquedad de su raza le dominaba por completo.
Y esto último explica, indudablemente, por qué le resultó tan difícil contar su extraña aventura ante el grupo reunido junto al fuego. Dijo lo necesario, no obstante, para que se tomase la inmediata decisión de ir a rescatar al guía. Pero antes, Simpson debía comer y, sobre todo, dormir para estar en condiciones de llevarles hasta allá. El doctor Cathcart, que se daba más cuenta del estado del muchacho que lo que éste se creía, le inyectó una dosis muy ligera de morfina que le permitió dormir como un tronco durante seis horas.
De la descripción que más adelante redactó con todo detalle este estudiante de teología, se desprende que en lo que contó al principio había omitido diversos detalles de suma importancia. Confiesa que, ante la presencia sólida y real de su tío, cara a cara, no tuvo el valor de mencionarlos. De este modo, los componentes de la expedición entendieron, al parecer, que Défago había sufrido un ataque de locura agudo e inexplicable durante la noche, en el cual se creyó «llamado» por alguien o por algo, y que se había internado por la espesura sin provisiones ni rifle, exponiéndose a una muerte horrible por frío y hambre si ellos no llegaban a tiempo. Por lo demás, «a tiempo» quería decir «inmediatamente».
En el curso del día siguiente -salieron a las siete, dejando a Punk en el campamento con el encargo de que tuviera comida y lumbre siempre preparadas-, Simpson contó bastantes cosas más sin sospechar que, en realidad, era su tío quien se las estaba sonsacando. Para cuando llegaron al lugar donde comenzaba el rastro, junto al escondrijo de la canoa, Simpson había contado ya que Défago habló de «algo que él llamaba Wendigo» que había llorado durante el sueño, y que él mismo había creído notar un olor raro en el campamento, y que había experimentado ciertos síntomas de excitación mental. Asimismo, admitió haber experimentado el efecto turbador de «aquel olor extraordinario, acre y penetrante como el de los leones». Y cuando se encontraban a menos de una hora del Lago de las Cincuenta Islas, dejó caer otro detalle, que más adelante calificó de estúpida confesión debida a su estado de histerismo. Dijo que había oído al guía desaparecido «pidiendo ayuda». Omitió las extrañas palabras que éste había proferido, sencillamente por no repetir aquel absurdo lenguaje. Además, al describir cómo las pisadas del hombre, en la nieve, se iban convirtiendo gradualmente en una réplica en miniatura de las huellas profundas del animal, se calló intencionadamente que tanto las zancadas del uno como las del otro eran de dimensiones completamente increíbles. Le pareció oportuno llegar a un término medio entre su orgullo personal y la absoluta sinceridad, y decidir en cada caso lo que debía y lo que no debía contar. Sí mencionó, pues, el tinte encendido de la nieve, por ejemplo, y no se atrevió a contar, en cambio, que tanto el cuerpo como el lecho del guía habían sido arrastrados hacia afuera de la tienda…
El resultado fue que el doctor Cathcart, que se consideraba a sí mismo como un hábil psicólogo, le explicó con claridad y exactitud que su mente, influida por la soledad, el aturdimiento y el terror, habían sucumbido frente a una tensión excesiva, provocando esas alucinaciones. No por elogiar su conducta dejó de señalar, dónde, cuándo y cómo se había extraviado su mente. El resultado fue que su sobrino, hábilmente halagado, se creyó, por una parte, más perspicaz de lo que era en realidad, y más tonto por otra, al ver cómo quitaban importancia a sus declaraciones. Como tantos otros materialistas, su tío había sabido utilizar con sagacidad el argumento de la insuficiencia de datos para enmascarar el hecho de que los datos aducidos le resultaban a él totalmente inadmisibles.
-El hechizo de estas inmensas soledades -decía- es muy nocivo para la mente; es decir, siempre que ésta posea una elevada capacidad de imaginación. Y lo ha sido para ti exactamente igual que lo fue para mí cuando tenia tu edad. El animal que merodeaba por vuestro pequeño campamento era indudablemente un alce, ya que el bramido de un alce puede tener a veces una calidad muy peculiar. El color que creíste ver en las huellas fue, evidentemente, una ilusión óptica provocada por tu estado de excitación. Las dimensiones de las huellas, ya tendremos ocasión de comprobarlas cuando lleguemos. En cuanto a las voces que te pareció oír, naturalmente, fueron alucinaciones muy corrientes que se suelen producir por la misma excitación mental… excitación que resulta perfectamente excusable y que ha sido, si me lo permites, maravillosamente dominada por ti en esas circunstancias. En cuanto a lo demás, tengo que decir que has obrado con gran valor, porque el terror de sentirse uno perdido en esta espesura no es ninguna bagatela; de haber estado yo en tu lugar, creo que no me habría portado ni con la mitad de juicio y decisión que tú. Lo único que encuentro particularmente difícil de explicar es… es ese… ese condenado olor.
-Me puso enfermo, te lo aseguro -declaró su sobrino-; estuve a punto de marearme.
La imperturbable serenidad de su tío, debida tan sólo a su habilidad psicológica, le impulsaba a adoptar una actitud ligeramente retadora. ¡Era tan fácil explicar con términos eruditos unos hechos de los que uno no había sido testigo presencial!
-Era un olor salvaje y terrible. Así es únicamente como podría describirlo -concluyó, sosteniendo la mirada reposada y fría de su tío.
-Lo que me maravilla -comentó éste-, es que, en semejantes circunstancias, no hayas experimentado nada peor.
Simpson comprendió que estas palabras quedaban a mitad de camino entre la verdad y la interpretación que de ella hacía su tío.
Y así, por último, llegaron al pequeño campamento y encontraron la tienda plantada aún. Tanto la tienda como los restos del fuego y el papel clavado en la estaca, estaban intactos. El escondrijo, en cambio, improvisado de mala manera por manos inexpertas, había sido descubierto y saqueado por las ratas almizcleras, los visones y las ardillas. Los fósforos estaban esparcidos por el agujero; en cuanto a las provisiones, habían desaparecido hasta la última miga.
-Bueno, señores, aquí no hay nadie -exclamó sonoramente Hank, según era costumbre suya-; ¡tan cierto como el sol que nos alumbra! Pero saber dónde se ha metido, que el diablo me lleve si lo sé.
La presencia del estudiante de teología no fue entonces obstáculo para su lengua, aunque por respeto al lector se hayan de moderar las expresiones que utilizó.
Propongo -añadió- que empecemos ahora mismo a buscarle y que registremos hasta el infierno, si es necesario.
El destino de Défago, probablemente fatal, abrumaba a los tres expedicionarios y les llenaba de una espantosa aprensión, sobre todo después de haber visto los vestigios de su estancia allí. La tienda, sobre todo, con el lecho de ramas de bálsamo aplastado aún por el peso de su cuerpo, parecía sugerirles vivamente su presencia. Simpson, como si notara vagamente que sus palabras podían ponerse en tela de juicio, intentó explicar algunos detalles. Ahora estaba mucho más tranquilo, aunque fatigado por el esfuerzo de tantas caminatas. El método de su tío para explicar -para «desechar» más bien- sus terroríficos recuerdos, contribuyó también a tranquilizarle.
-Y esa es la dirección que tomó al echar a correr -dijo Simpson a sus dos compañeros, apuntando por donde había desaparecido el guía aquella madrugada de claridades grises-. Por allá, en línea recta. Corría como un ciervo, por entre los abedules y los cedros…
Hank y el doctor Cathcart se miraron.
-Y seguí el rastro unas dos millas en la misma dirección -prosiguió, con algo de su antiguo terror en la voz-; después, a eso de unas dos millas o así, las huellas se detienen… ¡se terminan!
-Que fue donde usted oyó que le llamaba y notó el mal olor y todo lo demás -exclamó Hank con una volubilidad que traicionaba su profundo pesar.
-Y donde tu excitación te dominó hasta el extremo de provocar toda clase de ilusiones -añadió el doctor Cathcart en voz baja, aunque no tanto que su sobrino no lo oyera.
La tarde no había hecho más que empezar. Habían caminado de prisa, y todavía les quedaban más de dos horas de luz. El doctor Cathcart y Hank comenzaron inmediatamente la búsqueda. Simpson estaba demasiado cansado para acompañarles. Le dijeron que ellos seguirían las marcas de los árboles y, en cuanto les fuera posible, las pisadas también. Entre tanto, lo mejor que podía hacer él era cuidar del fuego y descansar.
Al cabo de unas tres horas de exploración, ya oscurecido, los dos hombres regresaron al campamento sin novedad. La nieve reciente había borrado todas las huellas, y aunque habían seguido los árboles marcados hasta donde Simpson emprendió el camino de regreso, no descubrieron el menor indicio de ser humano… ni de animal alguno. No había huellas de ninguna clase: la nieve estaba impoluta.
Era difícil decidir qué convenía hacer, aunque la realidad era que no se podía hacer nada más. Podían quedarse y continuar buscando durante semanas y semanas sin demasiadas probabilidades de éxito. La nieve de la noche anterior había destruido su única esperanza. Se sentaron alrededor del fuego para cenar. Formaban un grupo sombrío y desalentado. Los hechos, efectivamente, eran bastante tristes, ya que Défago tenía esposa en Rat Portage y lo que él ganaba era el único medio de subsistencia para el matrimonio.
Ahora que se sabía la verdad en toda su descarnada crudeza, parecía inútil tratar de seguir disimulándola. A partir de ese momento, hablaron con franqueza de lo que había sucedido y de las posibilidades existentes. No era la primera vez, incluso para el doctor Cathcart, que un hombre sucumbía a la seducción singular de las Soledades y perdía el juicio. Défago, por otra parte, estaba bastante predispuesto a una eventualidad de ese tipo, ya que a su natural melancolía se sumaban sus frecuentes borracheras que a menudo le duraban varias semanas. Algo debió de ocurrir en la excursión -no se sabía qué-, que bastó para desencadenar su crisis. Eso era todo. Y había huido. Había huido a la salvaje espesura de los árboles y los lagos, para morir de hambre y de cansancio. Las posibilidades de que no consiguiera volver a encontrar el campamento eran abrumadoras. El delirio que le dominaba aumentaría sin duda, y era completamente seguro que había atentado contra sí mismo, apresurando de esta forma su destino implacable. Podía incluso que a estas horas hubiera sobrevenido ya el desenlace final. Por iniciativa de Hank, su viejo camarada, esperarían algo más y dedicarían todo el día siguiente, desde el amanecer hasta que oscureciese a una búsqueda sistemática. Se repartirían el terreno a explorar. Discutieron el proyecto con todos los pormenores. Harían lo humanamente posible por encontrarlo.
Y a continuación se pusieron a hablar de la curiosa forma en que el pánico de la Selva había atacado al infortunado guía. A Hank, a pesar de estar familiarizado con esta clase de relatos, no le agradó el giro que había tomado la conversación. Intervino poco, pero ese poco fue revelador. Admitió que se contaba, por aquella región, la historia de unos indios que «habían visto al Wendigo» merodeando por las costas del Lago de las Cincuenta Islas en el otoño del año anterior, y que éste era el verdadero motivo de la aversión de Défago a cazar por allí. Hank, indudablemente, estaba convencido de que, en cierto modo, había contribuido a la muerte de su compañero, ya que era él quien le había persuadido para que fuese allí.
-Cuando un indio se vuelve loco -explicó, como hablando consigo mismo-, se dice que ha visto al Wendigo. ¡Y el pobre Défago era supersticioso hasta los tuétanos!…
Y entonces Simpson, sintiendo un ambiente más propicio, contó todos los hechos de su asombrado relato. Esta vez no omitió ningún detalle; refirió sus propias sensaciones y el miedo sobrecogedor que había pasado. Unicamente se calló el extraño lenguaje que había empleado el guía.
-Pero, sin duda, Défago te había contado ya todos esos pormenores acerca de la leyenda del Wendigo -insistió el doctor-. Quiero decir que él habría hablado ya sobre todo esto, y de esta suerte imbuyó en tu mente la idea que tu propia excitación desarrolló más adelante.
Entonces Simpson repitió nuevamente los hechos. Declaró que Défago se había limitado a mencionar el nombre de la bestia. Él, Simpson, no sabía nada de aquella leyenda y, que él recordara, no había leído jamás nada que se refiriese a ella. Incluso le resultaba extraño el nombre aquel.
Naturalmente, estaba diciendo la verdad, y el doctor Cathcart se vio obligado a admitir, de mala gana, el carácter singular de todo el caso. Sin embargo, no lo manifestó tanto con palabras como con su actitud: a partir de entonces mantuvo la espalda protegida contra un árbol corpulento, reavivaba el fuego cuando le parecía que empezaba a apagarse, era siempre el primero en captar el menor ruido que sonara en la oscuridad circundante -acaso un pez que saltaba en el lago, el crujir de alguna rama, la caída ocasional de un poco de nieve desde las ramas altas donde el calor del fuego comenzaba a derretirla- e incluso se alteró un tanto la calidad de su voz, que se hizo algo menos segura y más baja. El miedo, por decirlo lisa y llanamente, se cernía sobre el pequeño campamento y, a pesar de que los tres preferían hablar de otras cosas, parecía que lo único de que podían discutir era de eso: del motivo de su miedo. En vano intentaron variar de conversación; no encontraban nada que decir. Hank era el más honrado del grupo: no decía nada. Con todo, tampoco dio la espalda a la oscuridad ni una sola vez. Permaneció de cara a la espesura y, cuando necesitaron más leña, no dio un paso más allá de, los necesarios para obtenerla.
VII
Una muralla de silencio los envolvía, toda vez que la nieve, aunque no abundante, sí era lo suficiente para apagar cualquier clase de ruido. Además, todo estaba rígido por la helada. No se oía más que sus voces y el suave crepitar de las llamas. Tan sólo, de cuando en cuando, sonaba algo muy quedo, como el aleteo de una mariposa. Ninguno parecía tener ganas de irse a dormir. Las horas se deslizaban en busca de la medianoche.
-Es bastante curiosa la leyenda esa -observó el doctor, después de una pausa excepcionalmente larga y con la intención de interrumpirla, más que por ganas de hablar-. El Wendigo es simplemente la personificación de la Llamada de la Selva, que algunos individuos escuchan para precipitarse hacia su propia destrucción.
-Eso es -dijo Hank-. Y cuando lo oyes, no hay posibilidad de que te equivoques. Te llama por tu propio nombre.
Siguió otra pausa. Después, el doctor Cathcart volvió tan súbitamente al tema prohibido, que pilló a los otros dos desprevenidos.
-La alegoría es significativa -dijo, tratando de escrutar la oscuridad que le rodeaba-, porque la Voz, según dicen, recuerda los ruidos menudos del bosque: el viento, un salto de agua, los gritos de los animales, y cosas así. Y una vez que la víctima oye eso… ¡se acabó! Dicen que sus puntos más vulnerables son los pies y los ojos; los pies, por el placer de caminar, y los ojos, porque gozan de la belleza. El infeliz vagabundo viaja a una velocidad tan espantosa, que los ojos le sangran y le arden los pies.
El doctor Cathcart, mientras hablaba, seguía mirando inquieto hacia las tinieblas. Su voz se convirtió en un susurro.
-Se dice también -añadió- que el Wendigo quema los pies de sus víctimas, debido a la fricción que provoca su tremenda velocidad, hasta que se destruyen esos pies; y que los nuevos que entonces se les forman son exactamente como los de él.
Simpson escuchaba mudo de espanto. Pero lo que más fascinado le tenía era la palidez del semblante de Hank. De buena gana se habría tapado los oídos y habría cerrado los ojos, si hubiera tenido valor.
-No siempre anda por el suelo -comentó Hank arrastrando las palabras-, pues sube tan alto, que la víctima piensa que son las estrellas las que le han pegado fuego. Otras veces da unos saltos enormes y corre por encima de las copas de los árboles, arrastrando a su víctima con él, para dejarla caer como hace el albatros con las suyas, que las mata así, antes de devorarlas. Pero de todas las cosas que hay en el bosque, lo único que come es… ¡musgo! -y se rió con una risa nerviosa. -Sí, el Wendigo come musgo -añadió, mirando con excitación el rostro de sus compañeros-. Es un comedor de musgo -repitió, con una sarta de juramentos de lo más extraño que uno puede imaginar.
Pero Simpson comprendía ahora el verdadero propósito de su conversación. Lo que aquellos dos hombres fuertes y «experimentados» temían, cada uno a su manera, era ante todo el silencio. Hablaban para ganar tiempo. Hablaban, también, para combatir la oscuridad, para evitar el pánico que les invadía, para no admitir que se hallaban en un terreno hostil, decididos, ante todo, a no permitir que sus pensamientos más profundos llegaran a dominarles. Pero Simpson, que ya había sido iniciado en esa espantosa vigilia de terror, se encontraba más avanzado, a este respecto, que sus dos compañeros. El había alcanzado ya un estadio en el que se sentía inmune. En cambio, los otros dos, el médico burlón y analítico y el honrado y tozudo hombre de los bosques, temblaban en lo más íntimo.
De esta forma pasó una hora tras otra, y de esta forma el pequeño grupo permaneció sentado, determinado a resistir espiritualmente, ante las fauces de la espesura salvaje, hablando ociosamente y en voz baja de la terrible y obsesionante leyenda. Considerándolo bien, era una lucha desigual, porque el espíritu indomable de los bosques tenía la doble ventaja de haber atacado primero y de contar ya con un rehén. El destino del compañero se cernía sobre ellos y les causaba una creciente opresión, que a lo último se les haría insoportable.
Fue Hank, después de una pausa larga y enervante, el que liberó de modo totalmente inesperado toda esa emoción contenida. De pronto, se puso en pie de un salto y lanzó a las tinieblas el aullido más terrible que se pueda imaginar. Seguramente no podía dominarse por más tiempo. Para darle mayor sonoridad, se dio palmadas en la boca, provocando de este modo numerosas y breves intermitencias.
-Eso para Défago -dijo, mirando a sus compañeros con una sonrisa extraña y retadora-, porque estoy convencido (aquí se omiten varios exabruptos) de que mi compadre no está demasiado lejos de nosotros en este preciso momento.
Había tal vehemencia y tal seguridad en su afirmación, que Simpson dio un salto también y se puso en pie. Al doctor se le fue la pipa de la boca. El rostro de Hank estaba lívido y el de Cathcart daba muestras de un súbito desfallecimiento, casi de una pérdida de todas las facultades. Luego brilló una furia momentánea en sus ojos, se puso de pie con una calma que era fruto de su habitual autodominio y se encaró con el excitado guía. Porque esto era inadmisible, estúpido, peligroso, y había que cortarlo de raíz.
Puede uno imaginarse lo que pasaría a continuación, aunque no puede saberse con certeza, porque en aquel momento de silencio profundo que siguió al alarido de Hank, y como contestándolo, algo cruzó la oscuridad del cielo por encima de ellos a una velocidad prodigiosa, algo necesariamente muy grande, porque produjo un gran ramalazo de viento, y, al mismo tiempo, descendió a través de los árboles un débil grito humano que, en un tono de angustia indescriptible, clamaba:
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!
Blanco como el papel, Hank miró estúpidamente en torno suyo, como un niño. El doctor Cathcart profirió una especie de exclamación incomprensible y echó a correr, en un movimiento instintivo de terror ciego, en busca de la protección de la tienda, y a los pocos pasos se paró en seco. Simpson fue el único de los tres que conservó la presencia de ánimo. Su horror era demasiado hondo para manifestarse en reacciones inmediatas. Ya había oído aquel grito anteriormente.
Volviéndose hacia sus impresionados compañeros, dijo, casi con toda naturalidad:
-Ese es exactamente el grito que oí… ¡y las mismas palabras que dijo!
Luego, alzando su rostro hacia el cielo, gritó muy alto:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Baja aquí, con nosotros! ¡Baja!…
Y antes de que ninguno tuviera tiempo de tomar una decisión cualquiera, se oyó un ruido de algo que caía entre los árboles, rompiendo las ramas, y aterrizaba con un tremendo golpe sobre la tierra helada. El impacto fue verdaderamente terrible y atronador.
-¡Es él, que el buen Dios nos asista! -se oyó exclamar a Hank, en un grito sofocado, a la vez que maquinalmente echaba mano al cuchillo.
-¡Y viene! ¡Y viene! -añadió, soltando unas irracionales carcajadas de terror, al oír sobre la nieve helada el ruido de unos pasos que se acercaban a la luz.
Y, mientras avanzaban aquellas pisadas, los tres hombres permanecieron de pie, inmóviles, junto a la hoguera. El doctor Cathcart se había quedado como muerto; ni siquiera parpadeaba. Hank sufría espantosamente y, aunque no se movía tampoco, daba la impresión de que estaba a punto de abalanzarse no se sabe hacia dónde. En cuanto a Simpson, parecía petrificado. Estaban atónitos, asustados como niños. El cuadro era espantoso. Y entre tanto, aunque todavía invisible, los pasos se acercaban, haciendo crujir la nieve. Parecía que no iban a llegar jamás. Eran unos pasos lentos, pesados, interminables como una pesadilla.

VIII
Por último, una figura brotó de las tinieblas. Avanzó hacia la zona de dudoso resplandor, donde la luz del fuego se mezclaba con las sombras, a unos diez pasos de la hoguera. Luego, se detuvo y les miró fijamente. Siguió adelante con movimientos espasmódicos, como una marioneta, y recibió la luz de lleno. Entonces se dieron cuenta los presentes de que se trataba de un hombre. Y al parecer aquel hombre era… Défago.
Algo así como la máscara del horror cubrió en aquel momento el semblante de los tres hombres; y sus tres pares de ojos brillaron a través de ella, como si sus miradas cruzaran las fronteras de la visión normal y percibiesen lo Desconocido.
Défago avanzó. Sus pasos eran vacilantes, inseguros. Primero se aproximó al grupo, después se volvió bruscamente y clavó los ojos en el rostro de Simpson. El sonido de su voz brotó de sus labios:
-Aquí estoy, jefe. Alguien me ha llamado -era una voz seca, débil, jadeante-. Estoy de viaje. He atravesado el fuego del Infierno… No ha estado mal…
Y se rió, avanzando la cabeza hacia el rostro del otro. Pero aquella risa puso en marcha el mecanismo del grupo de figuras de cera mortalmente pálidas que formaban los otros tres. Hank saltó inmediatamente sobre él, lanzando una sarta de juramentos tan rebuscados y sonoros que a Simpson ni siquiera le sonaron a inglés sino más bien a algún lenguaje indio o cosa así. Lo único que comprendía era que el hecho de que Hank se hubiese interpuesto entre los dos, le resultaba grato… extraordinariamente grato. El doctor Cathcart, aunque más reposadamente, avanzó tras él a trompicones.
Simpson no recuerda bien lo que pasó en aquellos pocos segundos, porque los ojos de aquel rostro apergaminado y maldito que le escudriñaba de cerca, le aturdieron totalmente. Se quedó alelado, ni abrió la boca siquiera, No poseía la disciplinada voluntad de los otros dos, que les permitía actuar desafiando toda tensión emocional. Los vio moverse como si se encontrara detrás de un cristal, como si la escena fuese una pura fantasía evanescente. Sin embargo, en medio del torrente de frases sin sentido de Hank, recuerda haber oído el tono autoritario de su tío -duro y forzado– que decía algo sobre alimento, calor, mantas, whisky, y demás… Y durante la escena que siguió, no dejó de percibir las vaharadas de aquel olor penetrante, insólito, maligno pero embriagador a la vez.
Sin embargo, fue él -con menos experiencia y habilidad que los otros dos- quien profirió la frase que vino a aliviar la horrible situación, expresando así la duda y el pensamiento que encogía el corazón de los tres.
-¿Eres… eres TÚ, Défago? -preguntó, quebrando un horror de silencio con su voz.
E inmediatamente, Cathcart irrumpió con una sonora respuesta, antes que el otro hubiera tenido tiempo de mover los labios:
-¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Lo que ocurre… ¿no lo ves?… es que está exhausto de hambre y de cansancio. ¿No es eso suficiente para cambiar a un hombre hasta el punto de hacerlo irreconocible?
Lo decía más para convencerse a sí mismo que a los demás. El énfasis de su tono lo dejaba bien claro. Y mientras hablaba y se movía, se llevaba continuamente el pañuelo a la nariz. Aquel olor había penetrado en todo el campamento.
Porque el «Défago» que se arrebujó en las mantas junto al fuego, bebiendo whisky caliente y comiendo con las manos, apenas si se parecía más al guía que ellos habían conocido que un hombre de sesenta años a un retrato de su propia juventud. No es posible describir honradamente aquella caricatura fantasmal, aquella parodia de la imagen de Défago. Conservaba algún vestigio espantoso y remoto de su aspecto anterior. Simpson afirma que el rostro era más animal que humano, que los rasgos se le habían contraído en proporciones dislocadas. La piel, fláccida y colgante, como si hubiera sido sometido a presiones y tensiones físicas, le recordaba vagamente una de esas vejigas con una cara pintada que cambia de expresión a medida que la van inflando y que, al desinflarse, emiten un sonido quejumbroso y débil como un sollozo. Tanto la voz como la cara de Défago tenían una abominable semejanza con esas vejigas. Pero Cathcart, mucho después, al tratar de describir lo indescriptible, afirma que aquel podía ser el aspecto de un rostro y de un cuerpo que, habiéndose hallado en una capa de aire rarificada, estuviera a punto de disgregarse hasta… hasta perder toda consistencia.
Hank, aunque totalmente confundido y agitado por una emoción sin límites que no podía reprimir ni comprender, fue quien, sin más dilaciones, puso fin a la cuestión. Se apartó unos pasos de la hoguera, de forma que el resplandor no le deslumbrara demasiado y, haciéndose sombra con las dos manos en los ojos, exclamó con voz potente, mezcla de furia y excitación:
-¡Tú no eres Défago! ¡Ni hablar! ¡A mí me importa un condenado pimiento lo que tú… pero aquí no vengas diciendo que eres mi compadre de hace veinte años! -los ojos le fulguraban como si quisiera destruir aquella figura acurrucada con su mirada furibunda-. Y si es verdad, que me caiga un rayo de punta y me mande al infierno de cabeza. ¡Dios nos asista! -añadió, sacudido por un violento escalofrío de repugnancia y horror.
Fue imposible hacerlo callar. Allí estuvo gritando como un poseso, y tan terrible era verle como oír lo que decía… porque era verdad. No hizo más que repetir lo mismo cincuenta veces, y cada vez, en una lengua más enrevesada que la anterior. El bosque se llenaba de sus ecos. Llegó un momento en que parecía como si quisiera arrojarse sobre «el intruso», pues su mano subía constantemente hacia su cinturón, en busca de su largo cuchillo de monte.
Pero al final no hizo nada y la tempestad estuvo a punto de terminar en lágrimas. Súbitamente, la voz de Hank se quebró. Se dejó caer en el suelo y Cathcart se las arregló para convencerle de que se marchara a la tienda y se echase a descansar. El resto de la escena, claro está, lo presenció desde dentro. Su pálida cara de terror atisbaba por la abertura de la tienda.
Luego el doctor Cathcart, seguido de cerca por su sobrino, que tan bien había conservado su presencia de ánimo, adoptó un aire de determinación y se puso en pie, frente a la figura arrebujada junto al fuego. La miró de frente y habló, Al principio, le salió una voz firme:
-Défago, díganos qué ha sucedido… no hace falta que entre en detalles, sólo deseamos saber cómo podemos ayudarle -preguntó con acento autoritario, casi como una orden.
Pero inmediatamente después varió de tono, porque el rostro de aquella figura se volvió hacia él con una expresión tan lastimera, tan terrible y tan poco humana, que el médico retrocedió como si tuviera delante un ser espiritualmente impuro. Simpson, que miraba desde atrás, dice que le daba la impresión de que el rostro de Défago era una máscara a punto de caerse y de que debajo se iba a revelar, en toda su desnudez, su verdadero rostro, negro y diabólico.
-¡Vamos, hombre, vamos! -gritaba Cathcart, a quien el terror le atenazaba la garganta-. No podemos estarnos aquí toda la noche… -era el grito del instinto sobre la razón.
Y entonces «Défago», con una sonrisa inexpresiva, contestó; y su voz era débil, inconsistente y extraña, como a punto de convertirse en un sonido enteramente distinto:
-He visto al gran Wendigo -susurró, olfateando el aire en torno suyo, exactamente igual que una bestia-. He estado con él, también…
Allí terminaron el pobre diablo su discurso y el doctor Cathcart su interrogatorio, porque en ese momento se oyó un grito desgarrador de Hank, cuyos ojos se veían brillar desde fuera de la tienda:
-¡SUS pies! ¡Oh, Dios, sus pies! ¡Mirad Cómo le han cambiado los pies!
Défago, que se había removido en su sitio, se había colocado de tal forma que por primera vez aparecieron sus piernas a la luz y sus pies quedaron al descubierto. Sin embargo, Simpson no tuvo tiempo de ver lo que Hank señalaba. En el mismo instante, con un salto de tigre asustado, Cathcart se arrojó sobre él y le tapó las piernas con mantas con tal rapidez que el joven estudiante apenas si llegó a vislumbrar algo oscuro y singularmente abultado allí donde deberían verse sus pies enfundados en un par de mocasines.
Después, antes que al doctor le diera tiempo de nada más, antes de que a Simpson se le ocurriera ninguna pregunta, y mucho menos pudiera formularla, Défago se puso en pie, se irguió frente a ellos, bamboleándose con dificultad, y con una expresión sombría y maliciosa en su rostro deforme. Resultaba literalmente monstruoso.
-Ahora, vosotros lo habéis visto también -jadeó-. ¡Habéis visto mis ardientes pies de fuego! Y ahora… bueno, a no ser que podáis salvarme y evitar… poco falta para…
Su voz lastimera fue interrumpida por un ruido, como por el rugir de un vendaval que viniese cruzando el lago. Los árboles sacudieron sus ramas enmarañadas. Las llamas del fuego se agitaron, azotadas por una ráfaga violenta, y algo pasó sobre el campamento con furia ensordecedora. Défago arrancó de sí todas las mantas, dio media vuelta hacia el bosque y con aquel torpe movimiento con que había venido… se marchó. Pero lo hizo a una velocidad tan pasmosa que, cuando quisieron darse cuenta, la oscuridad ya se lo había tragado. Y pocos segundos después, por encima de los árboles azotados y del rugido del viento repentino, los tres hombres oyeron, con el corazón encogido, un grito que parecía provenir de una altura inmensa.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!…
Luego, la voz se apagó en el espacio incalculable y silencioso.
El doctor Cathcart -que había dominado de pronto sus nervios, y se había adueñado también de la situación- agarró a Hank violentamente del brazo en el momento que iba a lanzarse hacia la espesura.
-¡Quiero que conste! -gritaba el guía-, ¡que conste, digo, que ése no es él! ¡De ninguna manera! ¡Ese es algún… demonio que le ha usurpado el sitio!
De una u otra forma -el doctor Cathcart admite que nunca ha sabido claramente cómo lo consiguió–, se las arregló para retenerle en la tienda y apaciguarlo. El doctor, por lo visto, había conseguido reaccionar, y era capaz nuevamente de dominar sus propias energías. En efecto, manejó a Hank admirablemente. Sin embargo, su sobrino, que hasta ese momento se había portado maravillosamente, fue quien vino a causarle más preocupación, pues la tensión acumulada se le desbordó en un acceso de llanto histérico que hizo necesario aislarle en un lecho de ramas y mantas, lo más lejos posible de Hank.
Allí permaneció, debatiéndose bajo las mantas, gritando cosas incoherentes, mientras pasaban las horas de aquella noche de pesadilla. Sus palabras formaban una jerigonza en la que velocidad, altura y fuego se mezclaban extrañamente con las enseñanzas recibidas en sus clases de teología.
-¡Veo unas gentes con la cara destrozada y ardiendo, que caminan de manera alucinante y se acercan al campamento!
Y lloraba durante un minuto. Luego se incorporaba, se ponía de cara al bosque, escuchaba atento, y susurraba:
-¡Qué terribles son, en la espesura salvaje… los pies de… de los que…
Y su tío le interrumpía, distraía sus pensamientos, y le reconfortaba.
Por fortuna, su histerismo fue transitorio. El sueño le curó, igual que a Hank.
Hasta que apuntaron las primeras claridades del amanecer, poco después de las cinco de la madrugada, el doctor Cathcart estuvo despierto. Su cara tenía el color de la pared y un extraño rubor bajo sus ojos. Durante todas aquellas horas de silencio, su voluntad había estado luchando con el espantoso terror de su alma, y de esta lucha provenían las huellas de su rostro…
Al amanecer, encendió fuego, preparó el desayuno y despertó a los otros. A eso de las siete, se pusieron en camino de regreso al otro campamento. Eran tres hombres perplejos y afligidos; pero, cada uno a su modo, habían conseguido mitigar la inquietud interior recobrando más o menos el sosiego.
IX
Hablaron poco, y únicamente de cosas corrientes y sensatas, porque tenían la cabeza cargada de pensamientos dolorosos que pedían una explicación, aunque ninguno se decidía a tocar el tema. Hank, el más acostumbrado a la vida de la naturaleza, fue el primero en encontrarse a sí mismo, ya que era también el de menos complicaciones interiores. En el caso del doctor Cathcart, las fuerzas de su «civilización» luchaban contra la experiencia de un hecho bastante singular. Hoy por hoy sigue sin estar completamente seguro de determinadas cosas. Sea como fuere, a él le costó mucho más «encontrarse a sí mismo».
Simpson, el estudiante de teología, fue el que sacó conclusiones más ordenadas, aunque no de la índole más científica. Allá, en el corazón de la inextricable espesura, habían presenciado algo cruda y esencialmente primitivo. Habían presenciado algo aterrador que había logrado sobrevivir a la evolución de la humanidad, pero que aún se mostraba como una forma de vida monstruosa e inmadura. Para él, era como si se hubieran asomado a edades prehistóricas en que las supersticiones, rudimentarias y toscas, oprimían aún los corazones de los hombres, en que las fuerzas de la naturaleza eran indomables y no se habían dispersado los Poderes que atormentaban el universo. A ellos se refirió cuando, años más tarde, habló en un sermón de «las Potencias formidables y salvajes que acechan en las almas de los hombres, Potencias que tal vez no sean perversas en sí mismas, aunque sí instintivamente hostiles a la humanidad tal como ahora la concebimos».
Nunca discutió a fondo todo aquello con su tío, porque lo impedía la barrera que se alzaba entre sus respectivas formas de pensar. Únicamente una vez, al cabo de varios años, rozaron este tema; o más exactamente, aludieron a un detalle relacionado con él:
-¿Puedes decirme, al menos, cómo… cómo eran? -preguntó Simpson.
La contestación, aunque llena de tacto, no fue alentadora:
-Es mucho mejor que no intentes descubrirlo.
-Bueno, ¿y aquel olor?… -insistió el sobrino–. ¿Qué opinas de él?
El doctor Cathcart le miró y alzó las cejas,
-Los olores -contestó- no son tan fáciles de comunicar por telepatía como los sonidos o las visiones. Sobre eso puedo decir tanto como tú, o acaso menos.
Cuando se trataba de explicar algo, el doctor Cathcart solía ser bastante locuaz. Esta vez, sin embargo, no lo fue.
Al caer el día, cansados, muertos de frío y de hambre, llegaron los tres al término de la penosa expedición: el campamento, que, a primera vista, parecía desierto. Fuego, no había; ni tampoco salió Punk a recibirles. Tenían demasiado agotada la capacidad de emocionarse, para sorprenderse o disgustarse. Pero el grito espontáneo de Hank, que brotó de sus labios al acercarse a la hoguera apagada, fue una especie de llamada de advertencia, un aviso de que aquella extraña aventura no había concluido aún. Y tanto Cathcart como su sobrino confesaron después que, cuando le vieron arrodillarse, preso de incontenible excitación, y abrazar algo que yacía ante las cenizas apagadas, tuvieron el presentimiento de que ese «algo» era Défago, el verdadero Défago, que había regresado.
Y así era, en efecto.
Agotado hasta el último extremo, el franco-canadiense -es decir, lo que quedaba de él-, hurgaba entre las cenizas tratando de encender un fuego. Su cuerpo estaba allí, agachado, y sus dedos flojos apenas eran capaces de prender unas ramitas con ayuda de una cerilla. Ya no había una inteligencia que dirigiera esta sencilla operación. La mente había huido al más allá y, con ella, también la memoria. No sólo el recuerdo de los acontecimientos recientes, sino todo vestigio de su vida anterior.
Esta vez era un hombre de verdad, aunque horriblemente contrahecho. En su rostro no había expresión de ninguna clase: ni temor, ni reconocimiento, ni nada. No dio muestras de conocer a quien le había abrazado, a quien le alimentaba y le hablaba con palabras de alivio y de consuelo. Perdido y quebrantado más allá de donde la ayuda humana puede alcanzar, el hombre hacía mansamente lo que se le mandaba. Ese «algo» que antes constituyera su «yo individual» había desaparecido para siempre.
En cierto modo, lo más terrible que habían visto en su vida era aquella sonrisa idiota, aquel meterse puñados de musgo en la boca, mientras decía que sólo «comía musgo», y los vómitos continuos que le producían los más sencillos alimentos. Pero acaso peor aún fuera la voz infantil y quejumbrosa con que les contó que le dolían los pies «ardientes como el fuego», lo que era natural. Al examinárselos el doctor Cathcart, vio que los tenía espantosamente helados. Y debajo de los ojos tenían débiles muestras de haber sangrado recientemente.
Los detalles referentes a cómo había sobrevivido a aquel suplicio prolongado, dónde había estado o cómo había recorrido la considerable distancia que separaba los dos campamentos, teniendo en cuenta que hubo de dar a pie el enorme rodeo del lago, puesto que no disponía de canoa, continúan siendo un misterio. Había perdido completamente la memoria. Y antes de finalizar el invierno, en cuyos comienzos había ocurrido esta tragedia, Défago, perdidos el juicio, la memoria y el alma, desapareció también. Sólo vivió unas pocas semanas.
Lo que Punk fue capaz de aportar más tarde a la historia no arrojó ninguna luz nueva. Estaba limpiando pescado a la orilla del lago, a eso de las cinco de la tarde -esto es, una hora antes de que regresara el grupo expedicionario-, cuando vio a la caricatura del guía que se dirigía tambaleante hacia el campamento. Dice que le precedía una débil vaharada de olor muy singular.
En ese mismo instante, el viejo Punk abandonó el campamento. Hizo el largo viaje de regreso con la rapidez con que sólo puede hacerlo un piel roja. El terror de toda su raza se había apoderado de él. Sabía lo que significaba todo aquello: Défago «había visto el Wendigo».

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Friday, March 7, 2008

Soneto XIV de Hongos de Yuggoth, de Vientos Estelares — LOVECRAFT H.P. // MITOS DE CTHULHU

Soneto XIV de Hongos de Yuggoth, de Vientos Estelares — LOVECRAFT H.P. // MITOS DE CTHULHU

MITOS DE CTHULHU
Soneto XIV de Hongos de Yuggoth, de Vientos estelares
H.P. Lovecraft

Es cierta hora de la penumbra crepuscular,
Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se derrama
Por las calles altas de la colina, que están desiertas
Pero muestran luces tempranas en cómodes habitaciones.
Las hojas muertas se precipitan con giros fantásticos, raros
Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia extraña
Siguiendo geometrías del espacio exterior,
Mientras Fomalhaut vigila a través de las nieblas del sur.
Esta es la hora en que los poetas lunáticos saben
Qué hongos brotan en Yuggoth, y qué perfumes
Y matices de flores llenan los continentes de Nithon,
tales que no se propagan en los pobres jardines terrestres.
Pero, por cada sueño que estos vientos nos traen,
¡barren otra docena de los nuestros!

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Friday, February 22, 2008

EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS

EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS

EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS

EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS

* I N T R O D U C C I O N

Tras la muerte física la persona accede a otro plano llamado Mundo
Astral donde continua su existencia. En este plano de existencia vivirá
haciendo uso de sus dos cuerpos superiores (cuerpo astral y mental), pero
será precisamente el cuerpo astral el vehículo idoneo para desenvolverse
en el. La persona muerta -al ingual que cada uno de nosotros- fue
ciudadano en transito de ese mundo a lo largo de toda su existencia
terrenal, porque cada noche, durante el sueño, se produce el mismo
desdoblamiento de los cuerpos que en el acto de la muerte, pero sin
ruptura del cordón. De este modo, cada noche el cuerpo astral vive
plenamente en su mundo sin la limitación que supone el cuerpo físico. No
importa si al despertar la persona retiene a nivel consciente las
impresiones recibidas allí, puesto que surtirán efecto, de todos modos, en
su vida ordinaria. Es curiosa, en ese sentido, la popular referencia de
“lo consultaré con la almohada” antes de tomar una decisión y que sin duda
responde u a una ancestral intuición de que durante el sueño uno puede
conocer determinadas respuestas porque accede “allí” donde estas son
conocidas. El mundo astral es tan nuestro como el planeta que nos acoge
porque pasamos en el una buena parte de nuestra vida diaria, aunque no lo
recordemos o lo hagamos vagamente. El cuerpo astral puede sentir deseos
pero no puede percibir sensaciones al faltarle el cuerpo físico (una vez
muerta la persona).

Hablamos del mundo astral y de sus diferentes niveles como dimiensiones
que el ser humano transita despues de la muerte física, pero no podemos
pensar que aquel sea un mundo deshabitado que acoge en su soledad al ser
fallecido. La religión, en una simplificación excesiva, identifica a dos
categorias de seres como habitantes habituales de ese mundo: los angeles y
santos por un lado y los demonios por otro. Pero la cosa no es tan simple
si nos atenemos a la “otra ciencia”, y la organización “social” de aquel
mundo se intuye extremadamente compleja e inaccesible a hombre común.

Pordemos no obstante, aproximarnos a la realidad observando lo mas
esencial. La zona purgatorial -recordemos que comprende las tres regiones
inferiores, incluido el infierno- es la sede natural de los luciferianos,
es decir, de aquellos angeles que, según las escrituras, se revelaron y
Dios arrojó al abismo. Dicen los ocultistas que los luciferianos trabajan
para recuperar el rango perdido y, entre sus funciones, está la de ayudar
al humano fallecido en la ineludible tarea de asumir sobre si las energias
infernales creadas por el durante su vida- lo que comunmente llamamos
pecados- y que conlleva un determinado tormento. Es natural que
atribuyamos los sufrimientos infernales a los luciferianos dada su
colaboración en el proceso, pero se comprende facilmente, despues de lo
dicho, que ellos no son sino unos meros agentes puestos al servicio de una
necesidad regeneradora promovida por el propio hombre.
Otro tipo de habitantes de esa zona son los elementales, llamados así
por que a su vez, constituyen los elementos básicos de la creación: fuego,
agua, aire y tierra. Son entidades energéticas muy poco evolucionadas que
no tienen consciencia de si mismas, y cuya función consiste en ser
material al servicio de otro ser superior que los maneje. Los elementales
que habitan en esas bajas regiones del astral son los utilizados en las
prácticas de magia negra. El hombre que conozca determinadas claves puede
manejarlos a su antojo. De la misma manera podemos comprender que los
elementales no producen ninguna acción por si mismos.

Tambien existen en esa zona los llamados artificiales, que toman ese
nombre porque no son entidades vivas en si, sino creaciones humanas.
Trataré de explicarlo: cuando el hombre vivo siente un deseo,
automatícamente se crea una imagen de ese deseo en el mundo astral y si
dicho deseo es repetido intensamente, la imagen creada se convierte en
permanente y tiene su tipo de vida en ese mundo. En esas bajas regiones
existen artificiales creados por el hombre, pero únicamente aquellos
generados por el odio, venganza, lujuria, etc. Tales colectivos actuan
como una fuerza impulsora capaz de inspirar las mas bajas pasiones en los
seres vivos. Hay dos artificiales especialmente característicos en esa
zona: el Guardian del Umbral y el Tentador, de los que se hablará
posteriormente.

Finalmente digamos que tambien son habitantes de esa zona los seres
humanos en sueños. Allí puede tener encuentros con familiares fallecidos
recientemente y tales experiencias no suelen ser reconfortantes. El
panorama cambia radicalmente cuando nos elevamos a las zonas celestiales.

Las tres regiones superiores del mundo astral el cielo y, en consecuencia,
la sede de los angeles estructurados en nueve jerarquias: Ocoros,
Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Virtudes, Dominaciones,
Principados, Arcangeles y Angeles. Ellos viven en este mundo de la misma
manera que los humanos en la Tierra y se ocupan de la organización de la
vida allí. Tambien se encuentran en esa región los elementales, pero a
diferencia de los que referiamos al hablar de la zona purgatorial, estos
son los que pueden ser creados para crear armonia, belleza, salud,
bienestar… Al igual que los otros, tambien el hombre puede utilizarlos,
solo que, en esta ocasión, podrá hacer auténticos milagros gracias a
ellos. Del mismo modo existen los Artificiales, pero aqui son el fruto de
deseos sublimes de los hombres que tambien inspiran nobles acciones a los
vivos. En los espacios celestiales existen igualmente unas entidades
llamadas Espíritus Grupales. Estan mucho mas avanzadas que el hombre, y su
función es la de promover y controlar la evolución de las diferentes
especies animales hasta que estos alcanzen su individualidad. A esta
región acceden igualmente las almas de los niños que mueren antes de los
14 años, viviendo un auténtico paraiso.

ESTRUCTURA DEL MUNDO ASTRAL

El mundo astral viene a ser una esfera que contiene dentro de si al
planeta Tierra, al cual interpenetra parcialmente y luego sobrepasa en
muchos kilómetros. Hay una zona -la mas baja del mundo astral-, que se
entremezcla con la corteza terestre donde habitamos los humanos, de tal
manera que las formas de vida de aquella dimensión se mueven entre
nosotros aunque resulten invisibles al ojo humano, al igual que resulta
invisible un sentimiento, siendo que esta formado de la misma energia. El
resto del mundo astral es una espesa capa del mundo celeste que nos rodea.
Pero tal mundo no es nada simple y la complejidad de formas de vida
existentes en nuestro planeta es basura en comparación a lo que allí
existe. El mundo astral esta integrado por 7 niveles o regiones formadas
por sustancia, o energia, cada vez mas sutil a medida que nos elevamos.
Tales niveles son conocidos con los siguienets nombres, comenzando por el
mas denso:

1 - Región de las Pasiones y Viles Deseos ¦ Zona
2 - Región de la Impresionabilidad ¦ Purgatorial
3 - Región de los Anhelos ¦ Infierno
4 - Región de los Sentimientos ¦ Zona neutra - Limbo
5 - Región de la Vida del Alma ¦
6 - Región de la Luz del Alma ¦ Cielo
7 - Región del Poder del Alma ¦

NATURALEZA DEL CUERPO ASTRAL

El ser humano dispone de un cuerpo físico mediante el cual puede
“hacer” cosas en el sentido de realización o de ejecución práctica mas
estricto, de tal manera que la mas insignificante acción sería imposible
sin la existencia de dicho vehiculo: el cuerpo físico esta diseñado para
expresar los efectos de causas remotas, para hacer visible, tangible, lo
que antes fue un deseo y mucho antes una idea. Producir ideas es la
función del cuerpo mental, mientras que producir deseos la del cuerpo
astral que finalmente se llevan a cabo po el cuerpo físico. La idea surge
primero, despues aparece el deseo de llevarla a cabo o de vivirla y
finalmente se produce el hecho.

VIAJE ASTRAL

Todos los seres humanos accedemos cada noche, durante el sueño al mundo
astral, y ese es un viaje natural que responde a una dinámica necesaria en
el desarrollo humano y, por lo tanto, provista en el orden de la creación.
Esas visitas nocturnas procuran a la persona energias y experiencias que
le ayudan mas tarde en su vida física, puesto que allí es asistido por
entidades espirituales mas avanzadas que le acosnejan y guian. Tales
viajes suelen no ser recordados por la persona al despertar y, aún cuando
los recuerden, la descripción de aquel mundo es diferente de una persona a
otra. Aquel es el habitat natural de los angeles y solo estos conocen su
compleja estructura, mientras que el hombre cuando accede allí, solo tiene
una visión parcial y esa es la que testimonia la suya personal.

EL GUARDIAN DEL UMBRAL Y EL TENTADOR

Hay dos variedades excepcionales de artificiales. El Guardian del
Umbral es todas las acciones, deseos y sentimientos innobles ejercidos por
uno mismo o suscitados en los demás por las propias acciones. Es decir,
todo lo malo que salga de nosotros hacia los demás y lo malo generado por
los demás a nosotros mismos; esto constituye una imagen de nuestra
personalidad inferior en el bajo astral, un artificial que representa la
parte perversa del individuo. Esto es la primera imagen que aparece en el
fallecido una vez en el mundo astral. El Tentador es la figura de otro
artificial generado exclusivamente por los deseos repetidos por el
individuo y que, una vez desarrollado, es capaz de movilizar las energias
internas de este en orden a la satisfacción de tales deseos.

EL ANGEL CUSTODIO

Es el artificial que refleja nuestros impulsos mas nobles y elevados.
Esta formado por todo el bien que nuestra actuación produce en los demás,
por nuestros mas nobles sentimientos y por todo lo bueno que hemos
suscitado en los otros y que provoca en ellos nobles deseos hacia nosotros
mismos. La persona que haya desarrollado un potente angel custodio esta
realmente protegida contra las energias procedentes de los bajos astrales.

LOS CASCARONES Y LOS ESPIRITUS BURLONES

Al igual que para existir en el mundo físico necesitamos un vehículo
apropiado que es el cuerpo físico, la existencia en el astral se sustenta
tambien sobre otro vehículo idoneo, en este caso llamado cuerpo astral. Y
tambien la segunda muerte, o muerte astral, supone el abandono del cuerpo
viejo para pasar al plano siguiente. De esta manera, el cuerpo astral
permanecerá en su habitat mientras el ser continua su existencia en el
Mundo de la Mente al igual que ocurriera en los cuerpos Físicos y Vital.
Pero a diferencia de estos, el cuerpo astral no se descompone en sus
elementos sino que permanecerá largo tiempo flotando inanimado hasta que
su energía sea absorbida por otros seres que la precisen para construir
sus cuerpos astrales. Esos cuerpos astrales sin vida, cuya misión consiste
en ser fuente de energia para la formación de nuevos cuerpos, son
conocidos como cascarones en la ciencia oculta, tambien conocidos como
residuos psíquicos. Su existencia da lugar a un curioso fenómeno
consistente en que en determiandos casos solo queda prefigurada la forma,
sicarones y se manifiesta haciendose pasar por su propietario original.
Son conocidos en el argot como espíritus burlones.
Naturalmente el ser suplantado siempre será un personaje ilustre o
celebre y, muchas veces, cuando uno de estos personajes hace su aparición
es una sesión de espiritismo, no suele ser el, sino un espiritu burlón que
utiliza su cascarón -su energia- para imitarle. Esta posibilidad no niega,
en absoluto, la comunicación mediumnica, pues un habitante del astral
puede manifestarse a traves de un medium mientras viva en dicho plano.

PSICOTRONIA

El armamentismo no cesa, acabaron con las explosiones atómicas en la
superficie terrestre, pero ensayan con los desastres climatológicos, los
gases, los virus y el control psicotrónico. El afán desmesurado de poder y
control no se detiene ante nada. Pueden crear huracanes y sequias
devastadoras y sembrar el miedo y la desesperación mediante potenciadores
psicotrónicos. Pero, ¿que es un potenciador psicotrónico, o tambien
llamado psicotrón?. La respuesta es la siguiente: todo paranormal dotado
tiene la capacidad de influir conscientemente sobre los demás. Pero si a
este paranormal le acoplamos un aparato (psicotrón) capaz de aumentar un
millón de veces su onda mental, su efecto es devastador. Puede inducir
pensamientos y sentimientos, “tomar la mente” de la persona a la que
dirige su influencia y, esta últiam, creerá que sus pensamientos son
propios. En la guerra del Vietnam hubo casos patéticos. Los mayores
desastres de los americanos ocurrieron por que las ordenes de bombardeo,
las coordenadas que recibían los pilotos en vuelo, coincidían siempre con
las de las propias bases americanas. Incontables veces destruyeron Da-
Nang, con miles de muertos. De la misma manera se puede inducir al
suicidio o provocar una grave enfermedad. Pero un psicotrón ¿es complicado
de fabricar?. No tanto, solo se necesita desarrollar un laser natural de
fotones, a partir de cristales gigantes de cuarzo, sin tallar, tal como se
encuentran generalmente con seis facetas. Sobre este cristal hacemos pasar
un haz de luz, de fotones, que se concentra sobre la persona que se quire
utilizar. Este aparato potencia la emisión de ondas mentales del operador.
Se pueden construir psicotrones que llegarán a actuar sobre miles de
personas a la vez, se podría inducir cobardía extrema en ejercitos
enemigos eliminando toda la eficacia de los ejercitos en que actuara.

* - C O M U N I C A C I O N E S P I R I T A

CAMINO O SENDA DE ENTRADA

Este apartado nos dice como alcanzar un estado de conciencia óptimo
para realizar una comunicación espírita carente de resultados engañosos
para el experimentador. Este camino o senda de entrada se divide en tres
fases:

- rezar 4 oraciones
- ejercicios de relajación
- descarga de energia negativa.

Una vez realizadas estas tres fases se pasa a la comunicación espírita
propiamente dicha. Hay muchos tipos de comunicación, pero en este libro
solo vamos a analizar tres, que son las siguientes:

- comunicación telepática
- tabla OUI-JA ó GUI-JA
- escritura automática.

A continuación, vamos a explicar las tres fases del camino o senda de
entrada.
La primera tiene contenido claramente religioso, la explicación que se
podría dar es la siguiente: al igual que en las misas negras hay textos o
palabras o frases que en un lenguaje muy antiguo sirven para atraer al
diablo, demonios, satanás, belcevú; si queremos establecer una
comunicación con el plano astral no tenemos mas que recurrir a algo que
tenemos muy cerca, y que con el paso del tiempo a permanecido inmutable e
inalterable: las oraciones religiosas. Sirvse un ejemplo: la religión nos
dice que todos los dias antes de dormirnos rezemos unas oraciones. La
explicación es fácil, en la introducciónya leimos como al dormirnos
nuestros cuerpos físicos y mentales se desconectaban temporalmente de
nuestro cuerpo físico, e ivan al plano astral donde podían hablar y tener
contacto con familiares muertos o ser asesorados en determinados problemas
que tengamos, por entidades superiores. Estas oraciones, lo que hacen es
facilitarnos la tarea de ir al plano astral y ahuyentar malos espíritus
que pudieran acechar (siempre que nosotros los atraigamos).
El segundo paso son los ejercicios de relajación, estos ejercicios
tienen por finalidad la de ponernos en un estado que nos sea mas fácil la
comunicación. Para hacer esto vale cualquier tipo de relajación: yoga,
meditación etc. Para los que no sepan ninguna técnica, una puede ser
(facil y corta) la de dejar la mente en blanco y concentrarse en el
entrecejo. Cuando se vea que se esta lo suficientemente relajado, esta
fase habrá acabado.
La siguiente y muy importante es la de descargarnos de la energía
negativa que tengamos acumulada. Yo hago la diferencia entre dos tipos de
energia que nuestro cuerpo acumula: la energia positiva y la energia
negativa, la energia buena y la energia mala, la energia blanca y la
energia negra. La energia negativa nos dificultará la comunicación con una
entidad buena, para ello lo mejor es liberarnos de ella antes de una
sesión. Si queremos tener resultados positivos y que nos sirva para algo
una sesión espírita debemos hacer lo anteriormente expuesto, ya que si no
solo recebiremos espíritus burlones.
La manera de hacerlo es fácil, se ponen las manos en la mesa, o pared,
con las palmas de las manos abiertas contra ella y se repite mentalmente
algo parecido a “que toda la energía negativa que hay en mi, salga” hasta
que notemos como de verdad algo se mueve por el interior de las manos y
sale por las yemas de los dedos. Cuando este ejercicio se realiza bien, el
experimentador nota como sus manos suben de temperatura hasta que la
energia negativa se acaba, y las manos vuelven a la temperatura que tenían
antes. Una vez acabado esto se procede a evitar que entre energía negativa
en nosotros durante la sesión, para eso nos imaginamos mentalmente dentro
de un circulo de fuego y repetimos las siguientes palabras: “que ninguna
energia negativa entre en mi”. Hay que reseñar que si saliera durante la
sesión alguien similar a Satanas estariamos a su merced. (Leer capitulo de
técnicas de defensa). Una vez realizados estos tres pasos vamos a analizar
las características de cada sistema de comunicación.

COMUNICACION TELEPATICA

Esta técnica es poco frecuente, tal vez por que los humanos tenemos un
desarrollo mental escaso. El contactado recibe el mensaje sin el mismo
saberlo. Conoce las respuestas por que tales respuestas estan en el de
manera natural e instantanea,es decir, sin que haya mediado la pregunta
previa. Otras veces, el contactado es consciente del mecanismo y observa
que tras formular la pregunta, percibe al momento la respuesta.
Algunos oyen, incluso, la voz que responde dentro de su cabeza y, según
ellos, no son voces exactamente humanas, puesto que tienen un timbre
especial que las distingue. En estos casos, los contactados tienen una
menor posibilidad de elejir el momento para el contacto, ya que este se le
suele dar atendiendo mas a la intención del comunicador que a la del
receptor. Es decir, esto funciona así: una vez realizado el camino o senda
de entrada, solo te queda formular una pregunta, dejar la mente totalmente
en blanco y anotar la idea que puede aparecer en la mente.

TABLA OUI-JA

Este nombre viene del francés y del alemán, es decir: OUI quiere decir
“si” en frances y JA quiere decir “si” en alemán. Es el mas común de los
métodos de comunicación con lo invisible. Sin embargo, tambien es cierto
que es el mas desacreditado dado el uso informal que se le esta dando, mas
proxima al juego superficial que a la investigación seria. En cualquier
caso, señalemos que el sistema se basa en el empleo de un tablero donde se
disponen las letras del alfabeto de forma circular o semicircular, asi
como los numeros del 1 al 9 y el 0, las palabras Si y NO y ADIOS y la
frase NO LO SE. Se necesita un vaso de cristal que se situa en posición
invertida sobre el tablero, de manera que todos los asistentes a la sesión
puedan colocar su dedo indice sobre el fondo del vaso y mantenerlo en esa
posición. Uno de los asistentes formula la pregunta y el vaso comienza a
deslizarse por el tablero yendo de una letra a otra hasta completar la
respuesta.

ESCRITURA AUTOMATICA

La persona transcribe -sin que medie para ello su voluntad- el mensaje
transmitido desde otra dimensión. El brazo a traves del cual se escribe es
recorrido por fuertes vibraciones y comienza a moverse ajeno a la voluntad
del receptor o contactado, quien ignora lo que escribe hasta el punto de
que el descubre el contenido del mensaje a medida que lo va escribiendo.
No se produce la perdida de la consciencia, aunque si una alteración de la
misma. Quienes han experimentado el sistema reconocen que al principio se
limitan a producir garabatos y formas aparentes sin significado alguno,
pero que, sin embargo, representa una especie de preparación para la mano,
gracias a la cual, esta se sensibiliza y es capaz de captar el texto del
mensaje que viene a continuación. Es frecuente la recepción de dibujos,
que a veces forman parte del mensaje y otras veces no. En ocasiones
reproducen figuras antropomorfas y caras en las que se distinguen
claramente unos ojos grandes y oblicuos. En los casos en que qiempre se
mantiene la comunicación con la misma entidad extraterrena, suelen
comenzar los mensajes reproduciendo un simbolo, una especie de logotipo -
que diriamos en terminos comerciales- de su organización, que contiene, a
su vez, un poder mandálico. En este caso, los contacatdos son animados por
los emisores a la contemplación meditativa del logotipo como medio para
mejorar su estado psicosomático y para mejorar la conexión con ellos. En
cuanto a la caligrafía, se encuentra que no se corresponde con el tipo de
letra habitual del contactado, dandose además otro fenómeno curioso y es
que, cuando se contacta con mas de un ser, las caligrafias son distintas
entre si. En todos los casos, no obstante, se leen con absoluta claridad.
Digamos tambien que, en general, los mensajes se reciben en el idioma del
contactado, pero en ocasiones aparecen textos en un idioma absolutamente
desconocido -y tal vez no pertenecientes a ninguna nación del planeta
Tierra- cuando no aparecen respuestas jeroglíficas o taquigráficas.
Con la psicografía se establece una especie de relación epistolar entre
el emisor y el contactado. Este busca un rincón de la casa, tranquilo, se
provee de papel y lápiz y, tras una concentración, moviliza su mente hacia
su “amigo” quien, generalmente, acude a la llamada pasados unos segundos,
iniciandose la “transmisión”. El contacatdo pregunta y la entidad
responde, aunque pudieran haber preguntas que se quedaran sin respuesta o
que se obtenga por contestación algo parecido a: “no debes conocer la
respuesta” o “aun no es el momento”. Acabada la conversación se produce
una despedida y, a veces, se emplaza al contactado a una comunicación en
una fecha y hora determinada. El contactado reconoce sentirse cansado
físicamente tras una comunicación, pero reconoce, asi mismo, una gran paz
interior.
Conclusión: esta técnica tiene el inconveniente de que solo se produce
cuando algún ser quiere, es decir, con la tabla OUI-JA es relativamente
fácil contactar a una entidad que te de respuestas a determinadas
preguntas; es dificil contactar con una entidad determinada ya que en este
caso, saldrá, seguramente, un espíritu burlón; a no ser que esta entidad
se de cuenta de tu intención y contacte el contigo, no tu con el. Como
hemos dicho, es fácil contactar con una entidad que posea un grado de
elevación espiritual medianamente razonable, aunque es dificil contactar
con la que el experimentador quiera.

UNA VEZ CONTACTADO ¿COMO SE DESENMASCARA A UNA ENTIDAD?

Hay mucha confusión en estas comunicaciones, se cree comunicar con una
cierta entidad extraterrestre, y en verdad estan siendo entretenidos por
un ser del bajo astral. En este sentido, merece la pena señalar que, en
ocasiones los comunicados estan afectados por interferencias debidas a la
aparición de otra entidad que se hace pasar por la entidad original. En el
ambiente de los contactados se atribuyen tales interferencias a la acción
de los contrarios, es decir, a los representantes del mal, en una clara
concepción maniquea del fenómeno, pero tambien pudiera deberse a la acción
de esas entidades que moran en el astral y que constituyen un autentico
filtro que obligatoriamente han de pasar las ondas procedentes de el
exterior. Desde la perspectiva de los contactados, la naturaleza de los
emisores con quienes mantienen la comunicación es clara y un tanto obvia.
Sin embargo, la simple reflexión sobre la dimensionalidad de los mundos
invisibles, que va desde las zonas que albergan a las entidades menos
evolucionadas y supuestamente consumidoras de las mas bajas energias -como
son las formadas por los instintos primarios de las criaturas o de las
distorsiones profundas del orden- hasta las formas de vida mas puras y
elevadas supuestamente habitantes de los espacios celestiales, la simple
reflexión, como digo, de esta estratificación dimensional hace concebir
una gran diversidad de formas de vida con tan profundas diferencias entre
si como las que podemos apreciar entre las físicas. Y todo ello sin
necesidad de entrar en la consideración de formas de vida alejadas del
espacio terrestre, como antes decia, y que conectan con otros planetas o
cuerpos diversos de cualquiera de los universos posibles. Por esa razón,
la posibilidad de que la comunicación entre humanos y no humanos sea algo
homogeneo es una simpleficación que tiene todas las posibilidades de ser
falsa.
Es mas lógico pensar, por el contrario, que con independencia de lo que
ellos mismos suponen, los humanos, se comunican, a veces, con seres
invisibles de naturaleza desconocida. Alguien puede pensar que esta
afirmación es excesiva por que algunos de estos seres se identifican ante
el humano con quien mantienen comunicación, diciendo su nombre,
procedencia y, en ocasiones, el lugar en donde se encuentra en el momento
del contacto. Pero si admitimos que cualquier entidad del bajo astral, es
decir, de esa zona invisible pero real que coexiste en el mismo espacio
físico en el que vivimos los humanos, supuestamente habitada por las
entidades menos evolucionadas e impuras, y si admitimos igualmente la
posibilidad de intercomunicación con tales espacios, no es absurdo pensar
que dichas entidades infraevolucionadas puedan interferir y hasta simular
mensajes. No es, por tanto, ninguna exageración el hecho de pensar que
aquella entidad con la que se cree estar en comunicación, no sea siempre
ella realmente, sino algún impostor astral y, quienes se mueven en ese
mundo de comunicados interespaciales, saben que cuanto digo es cierto. Es
bastante común que a mitad de un mensaje cambie sutilmente el fondo del
mismo o que suceda algo aún mas sospechoso como es el hecho de que, de
pronto, el interlocutor invisible se torna halagador respecto al
contacatdo. Pero tambien puede producirse la situación contraria: la
entidad no humana acusa duramente y formula amenazas o inminentes castigos
a los humanos, si estos no cumplen determinadas condiciones. Tanto en uno
como en otro caso, se pone en evidencia la escasa elevación espiritual del
hombre (ser) invisible, pues los espíritus verdaderamente evolucionados,
ni halagan ni condenan: simplemente aconsejan y estimulan dulcemente.
Pero es normal que tales situaciones se produzcan. El astral es una
dimensión que alberga entidades de todo tipo que van desde los espíritus
infernales hasta las mas elevadas entidades angélicas, pasando por un
pleyade de espíritus humanso desencarnados y multitud de formas de vida
aparente -los artificiales- creados por los deseos y los pensamientos de
nosotros mismos. Esa vida existe, aunque no podamos verla, y la
comunicación con aquellas entidades no es algo que pueda manejarse
artificialmente con tanta facilidad. Por el contrario, existe un mecanismo
natural que nos aproxima a una u otra entidad según sea su afinidad con
nosotros. Este mecanismo natural es lo que llamamos “nivel vibratorio” y,
en virtud del mismo, tendremos a atraer hacia nosotros energias con
afinidad a las nuestras. Que nadien enterrado en la materia y dominado por
impulsos bajos o primarios piense que esta en contacto con angeles
celestiales, pues la energia de estos no es compatible con la suya. Mas
lógico es suponer en este caso, que el “otro” es alguien que mora en las
zonas del bajo astral, con independencia de lo que transmite. De ahí la
necesidad de eliminar la energía negativa que hay en nosotros, antes de
establecer una comunicación, ya que con esto, si nos hemos librado de la
energía negativa acumulada es como si nos compatibilizaramos con entidades
elevadas. Aunque si de estar en contacto con el mas allá se trata, es
aconsejable y necesaria una cierta pureza en los habitos. Un espíritu que
nos habla en codigo o que sea dificil de entender es, sin duda, una
entidad del bajo astral. Un espíritu que nos amenaza con la muerte o con
sucesos en forma de accidentes es sin duda una entidad del bajo astral
aunque, puede pasar que esa entidad que nos dice que vamos a tener un
accidente no nos “este metiendo el miedo en el cuerpo” sino que nos este
prediciendo el futuro; cabe esa posibilidad y a veces es dificil de saber
si nos esta amenzando o prediciendo el futuro.
Otra manera de saber si esa entidad es una entidad del bajo astral, es
que cuando la entidad este transmitiendo el mensaje, nosotros intentemos
mover el vaso en dirección opuesta, si vemos que el vaso se mueve es que
la entidad es del bajo astral, con menos fuerza mental que nosostros; y si
nuestro esfuerzo se muestra inutil es que la entidad pertence a un plano
mas elevado aunque de todas formas puede ser una entidad negativa, que
solo nos quiera llevar a errores y confusiones, a parte de reirse de
nosostros. Otra manera que nos dice si la entidad es buena o mala (aunque
para esto se necesita capacidad para controlar la energia), es concentrar
energia positiva en la casilla que pone OUI-JA, con los dedos en el vaso y
este fuera de la casilla, si diciendo a la entidad que esta entre en el
OUI-JA, esta entra, sin duda es que es una entidad buena, si no entra es
que es una entidad mala. Quiero especificar que antes cuando he dicho
mover el vaso, es mentalmente no fisicamente. Otra manera de detección de
si es del bajo astral es preguntar cosas sobre nosotros mismos, si no
responde o lo hace mal, sin duda pertenece al bajo astral. A veces estas
entidades del bajo astral se contradicen, y otras veces ante preguntas que
se le hacen, responden justo lo que te gustaría que respondieran. Sirva de
ejemplo lo típico de: “¿Ves una posible relación entre Maria y yo?” - SI.
Una entidad elevada, ante determinadas preguntas, diria ADIOS y no
contestaría, una entidad del bajo astral, posee la peculiaridad de que
siempre contesta a lo que se le pregunta, y si no lo sabe miente.

COMUNICACION EXTRATERRESTRE

Mucho se ha especulado sobre la intencionalidad de los visitantes del
espacio a los que muchas veces se les atribuye una perversa actividad. Una
mínima reflexión sobre su presumible superioridad tecnológica hace
descartar cualquier idea basada en el dominio a la raza humana. Sin entrar
en consideraciones espirituales, es evidente, que a nivel científico están
a años-luz de nosotros; lo estan hoy, cuando los humanos solo tenemos
misiles nucleares y armas que disparan balas; pues imaginense, la
diferencia que pudiera haber habido, si los extraterrestres hubieran
decidido hacernos algo malo, hacen tan solo 75 años. Ellos ya tenían
entonces esa misma tecnología que hoy les atribuimos, por lo que siempre
hemos sido inferiores en ese sentido. Si su intención hubiese sido acabar
con nosotros, lo hubiesen hecho ya. La verdad sobre esto, es que
practicamente es seguro que estan aquí para ayudarnos. En todos sus
comunidados nos hablan de que el planeta esta siendo degradado, de que el
eje se verticaliza por la acción del campo magnético de un gran planeta
que poco a poco se esta acercando; nos hablan de los cambios climáticos,
la crisis del oxigeno. Hace años, el contactado o sencillamente la persona
que sin ser contactado, se atrevía a decir esto, lo tachaban por loco; con
el tiempo, todos los vaticinios se han vuelto realidad.Siempre que se
reciban comunicados extraterrestres, hay que hacerles caso, no
despreciarlos, ya que solo nos quieren ayudar. Una prueba de esto sería su
superioridad espiritual y tecnológica, ahora y hace unos años. Una
civilización por muy barbara que sea, puede poseer una tecnología muy
superior a la nuestra; pero para desarrollar un elevado grado espriritual,
gracias al cual nos podemos comunicar con ellos telepáticamente, lo
primero es que no pueden existir ideas barbaras ni de destrucción ni hacia
nuestra civilización , ni hacia ninguna civilización que pueble el
universo.

LOS DIOSES SON EXTRATERRESTRES

A lo largo del tiempo nos encontramos con pueblos que nos dicen que en
un pasado remototo tuvieron la visita de los “dioses”, los cuales les
instruyeron en muchas artes. Como ejemplo, algunos de ustedes ya lo
sabrán, conocimientos sobre astronomía que poseía la civilización Sumeria,
estan siendo descubiertos de unos años a esta parte, y solo gracias a la
ayuda de potentes telescopios que han sido inventados. Hay civilizaciones
muy antiguas que aprendieron a hacer zapatos de cuero, es decir,
aprendieron de golpe. Hace pocos años se descubrió una huella de pisada de
una especie de bota, que bien pudiese pertenecer a nuestros astronautas en
sus paseos por la Luna, pero esta fue localizada en la Tierra, y data de
mucho antes de que, teoricámente, apareciera el hombre sobre esta; este,
entonces, se adelantó a la historia. Craneos con una especie de orificio
de bala; esto es real, no son invenciones. Cojamos textos sagrados de una
civilización asiatica, aquí te cuentan una explosión atómica, con la
correspondiente desintegración las gentes, instantaneamente, y la caida de
radiación a la que ellos llamaban “caida de ceniza”. Maquinas voladoras
que usaban sus dioses para desplazarse. Pero ustedes se preguntarán, ¿por
que les dieron la categoria de inmortales?. Eso es muy fácil, el
extraterrestre llega a nuestro planeta, esta unos años y se va. Para
cuando vuelve, se puede dar que lo que para él han sido pocos años, para
los habitantes de la tierra han sido muchos; cuando el extraterrestre
vuelve a la tierra, los habitandes de ella ven como no ha cambiado y esta
igual a como estaba antes, es decir, no ha envejecido, teniendo en cuenta
que la esperanza de vida de los extraterrestres debería ser mayor que la
nuestra, llegamos a la conclusión de por que les taribuian la categoria de
inmortales. Esto es todo, ahora solo queda una pregunta: ¿eran Dioses o
extraterrestres?.

COMO SE LLAMA A UNA BUENA ENTIDAD

A la hora de estar delante de el tablero, una ver realizado el camino o
senda de entrada, nos viene la pregunta: ¿Que hacer para llamar a una
buena entidad?. En el camino o senda de entrada, se decía que hay que
descargarse de la energía negativa para hacernos mas afines a una buena
entidad. Una vez hecho esto debemos concentrar energía positiva sobre el
vaso, de esta manera, la entidad que nos venga es mas fácil que sea una
entidad positiva. Si por el contrario, lo que queremos es comunicarnos con
una mala entidad, perversa o del bajo astral; cuanto mas energia negativa
tengamos (es decir, no habría que descargarse de la energía negativa), y
mas energía negativa concentremos en el vaso, mas fácil es que nos venga
una entidad de esas. Para comunicarnos con una buena entidad, lo primero
que tambien hemos de hacer es liberarnos de pensamientos primitivos ya que
tenemos que pensar que la comunicación con otra entidad acarrea una
desventaja; esta desventaja es que en todo momento, la entidad sabe lo que
nos pasa por la mente, es decir, nos lee el pensamiento cuando quiere;
pero nosotros nunca sabemos lo que puede estar pensando dicha entidad. Una
manera de llamar al demonio, es repetir todos en coro la palabra OUI-JA;
eso yo no lo puedo confirmar, aunque hay casos que lo pueden llegar a
confirmar.

PELIGROS DEL OUI-JA

En el OUI-JA, bien porque lo hayamos querido hacer así, o porque
hayamos cometido errores, pudieramos tener delante alguna entidad similar
a Santan. Si esto es verdad, en ningún momento se le puede insultar, ya
que pudieran salir disparados materiales punzantes hacia nosotros.. Hay
veces, que Satanas se camufla como espíritu bueno o como ser poco
evolucionado, por eso no es conveniente insultar a ninguna entidad, ya que
pudiera ser casualidad de que fuera Satan camuflado. Si aún así, y sin
faltar al respeto en ningún momento a la entidad, empezaramos a ver
objetos que se mueven o ruidos raros, es facil que sea Satanas el que ha
empezado su juegos, y la mayoría de las veces, este juego se paga caro. Si
esto ocurre, hay soluciones: hay quien dice que si se sopla el vaso,
tratandolo de llenar de aire, esto funciona; otros dicen que hay que
romper el vaso, y si esto tampoco funciona, lo mas aconsejable es intentar
salir lo mas rapidamente posible de la habitación. Como medida preventiva,
yo aconsejaría, hacer sesiones de OUI-JA, en lugares carentes de objetos
que puedan servir para matar. Eso es todo, teniendo unas mínimas
precauciones, el OUI-JA es algo que nos puede servir de mucho y es muy
dificil que tenga problemas con este sistema.
Hay que destacar que mediante el OUI-JA es dificil establecer
comunicación con una entidad en particular, a no ser que esa entidad sea
la que nos esta buscando. Se conocen casos espeluznantes de personas que
han quedado a merced de algún espíritu. Hubo un caso muy conocido de una
mujer (casada y madre de dos hijos), que a la muerte de su madre, queda
obsesionada de que tiene que comunicarse con ella. En efecto, ella creyó
que lo consiguió y durante mucho tiempo tuvo conversaciones con un
espíritu que se hizo pasar por su madre. Hasta que un dia, el espíritu se
aburrió y quiso divertirse de mejor manera: la violó. Durante un tiempo,
la mujer tuvo que dejarse violar por esa entidad sin lanzar ningún grito o
gemido, ¿que pensarían el resto de la gente que lo supiera?, su marido
decía que se la veía huir de “nada”. Dicen los expertos sobre el OUI-JA,
que no se debe dedicar a esto, mas de una hora a la semana, y que en el
caso de que tengamos la necesidad de hacerlo durante mas tiempo, es que
estamos empezando a ser poseidos por algun espíritu. Hay que decir que yo
a este tema le he dedicado un tiempo muy variable, desde una o dos horas
al dia, a una o dos horas al mes, y nunca ha pasado nada. Yo sostengo la
idea, de que el peligro del OUI-JA no reside en el tiempo que se le
dedique sino en nuestras debilidades. Una persona que entra en el OUI-JA
con miedo, es facil que le acabe pasando algo; pero una persona que entra
con el convencimiento de que es superior a la mayoría de las entidades que
aparecen en el tablero; por considerar que el esta en su terreno, en el
mundo físico; es inmune a todos los procedimeitnso de ataque que pudiera
usar un espíritu; a no ser que hablemos de satan. Con esto hay que dejar
claro que no hay que “buscar a Satan”, por que el nos acabaría
encontrando; sin nosotros no lo buscamos, a él no se le ocurrirá, a su
vez, buscarnos.
Un consejo para los principiantes, es que no hay que hacer una sesión,
por divertirse o para pasar el rato, sino que hay que hacerlo para cosas
serias. A los espíritus, no les gusta que se les tenga en poca
consideración y que se comunique con ellos, simplemente para pasar el rato
o para vacilar con las amistades. Un último consejo, es que si un espíritu
nos ha agarrado, no hay que intentar liberarse usando la fuerza física,
sino que hay que usar la fuerza mental. Si nos emperramos en utilizar la
fuerza física, nunca haremos nada, ya que es así como muchas personas que
han caido en estos problemas, han acabado pereciendo, por no saber como se
debe combatir a estas entidades.

¿CUANDO SE PRODUCE UNA RESPUESTA INCORRECTA?

Hay preguntas, a las cuales nunca obtenemos una respuesta factible;
estas preguntas son las siguientes:

- tiempo - ellos no tienen noción del tiempo (los espíritus). Solo
conocen el presente el pasado o el futuro. Entonces se les pude hacer
preguntas sobre nuestro presente, pasado o futuro; pero no se les puede
pedir que precisen, exactamente una fecha.
- cosas materiales - no les gustan que les hagan preguntas como ¿cual
va a ser la combinación de la loteria primitiva de esta semana?.
- sexo - las preguntas de sexo no son bien recibidas.
- no se debe poner en duda sus afirmaciones, no les gusta.
- insistir en una pregunta, hecha de diferentes maneras.
- hay temas que ellos dicen que no pueden hablar, entonces en estas
circustancias, es mejor no insistirles.

POSESION SEXUAL

Experiencias en las que alguien es poseido sexualmente, son reales,
aunque parezcan producto de un sueño que parece rozar con la realidad. A
continuación voy a intentar dar la explicación de porque se produce esto,
y como se puede evitar.
Hay una clase de diablos, conocida con el nombre de incubos y socubos;
que vive en el tercer fondo del abismo y que esta especializada en las
posesiones sexuales. Son ellos los que suelen protagonizar los sueños
eróticos, tanto masculinos como femeninos, pero se han dado casos en que
esa clase infernal, gracias a la energía de esa propia persona poseida,
consigue materializar un organo sexual, y con ese organo, hacen realmente
el amor con la persona poseida sexualmente, que sabe perfectamente que no
esta soñando y que aquello ocurre de forma muy real, aunque no acierte a
explicarselo.
Ahora bien, ese tipo de diablos solo se manifiestan si hay en las
personas un deseo expreso, consciente o inconsciente, de tener un contacto
sexual a toda costa; y ese deseo va mas alla de todo, y se dan muchas
circunstancias como que la persona tenga mucha energia en ese momento,
etc… hay posibilidades, aunque remotas, de que esto se lleve a cabo.

NO TIENEN NOMBRES

Ellos no tienen nombres. La respuesta de porque en todas las
comunicaciones que se realizan aparecen con un nombre es que ese nombre,
es un nombre que se han puesto para comunicarse con nosotros. Las
entidades el astral, en ningún momento necesitan alguna clase de nombre.
Para identificarse entre ellos, les basta con captar las vibraciones de
cada entidad. Por lo tanto, el nombre es útil, unicamente, para
relacionarse con nosotros.

COMO PREGUNTAR O DIRIGIRSE A ALGUIEN DETERMINADO

Si queremos invocar a alguna persona fallecida, tenemos que repetir
mentalmente su nombre, visualizar su rostro en nuestra mente y ponernos en
armonía con él. Es decir, hay que jugar con lo de las energias positivas y
negativas. Hay que precisar que si no podemos reproducir perfectamente el
rostro de la persona, en nuestra mente, no debemos hacerlo, ya que esto
puede dar lugar a equivocaciones. Si queremos preguntar a un espíritu
sobre alguien que conozcamos (que este vivo), tambien habria que
visualizar el rostro de esra persona viva. Cuando se piense en una cara de
una persona determinada, hay que ver la cara como el la llevaba o la lleva
en la mayoría de las ocasiones, es decir, si lleva gafas, en ningún
momento se le debería visualizar sin ellas, y así con otras cosas, como si
lleva maquillaje o no, pelo largo o corto, etc. Tambien hay que visualizar
el rostro de la persona, en el caso de que queramos hacer una comunicación
con alguien que estuviera dormido, con la intención de hablar con el o la
intención de realizar una tele-hipnosis sobre esa persona.

¿QUE SE DESTACA DURANTE UNA COMUNICACION?

Una vez que se ha hecho el contacto nos damos cuenta de ciertos
detalles. Esto ocurre sobretodo en las comunicaciones telepáticas. Aunque
en el tablero OUI-JA esto tambien se da, es en las comunicaciones
telpáticas, en donde se nota mas. Estos fenómenos que nos ocurren son los
siguientes:
Nos vienen a la memoria ciertas preguntas para hacer, y las preguntas
que nosotros queríamos hacer pasan a un segundo plano, bien sea porque se
nos olviden, o porque las otras preguntas vienen con tanta fuerza que
eclipsan a las que nosotros queriamos hacer. Estas preguntas que nos
vienen a la mente, son interesantes por sus respuestas. A medida que se
completa la respuesta percibimos lo interesante de ella. Para terminar
este apartado, decir, que es como si la misma entidad con la que
mantenemos la comunicación, nos dijera que es lo que tenemos que
preguntarle.
Notamos una cierta lentitud de movimientos cuando estamos en
comunicación. Percibimos una energía que tenemos dentro, en ese momento,
es como si fuera una enegía que nos llena. Cuando la comunicación acaba,
el choque entre nuestro estado anterior y el actual, nos hace sentirnos
mas agiles, y con mas fuerza interior.
Las respuestas que nos dan, según las van dando las vemos lógicas y las
entendemos, cuando las leemos despues de realizarse la comunicación, hay
veces que no las entendemos. No somos capaces de razonarlas.

AFINIDAD ENTRE CONTACTADO Y ENTIDAD

Cuando nosostros mantenemos un contacto con una entidad, durante una
serie de veces, es por que el y nosostros somos mas o menos compatibles,
es decir, tenemos ese grado de vibración parecido, por lo que podemos
realizar el contacto facilmente. Si realizamos el contacto con una entidad
que no es similar a nosostros, es muy dificil que en proximas sesiones
podamos volver a tener un contacto con la misma entidad. Aunque ese primer
y único contacto con la entidad, nos dará buenos frutos, aunque sean los
únicos que nos de, siempre que esta entidad no sea del bajo astral.
Una entidad elevada, que mantenga contacto con cierta persona, es
dificil que tambien lo mantenga con otra persona distinta; ya que
guiandonos por la regla de afinidad espiritual, dos personas que
espiritualmente son distintas, nunca podrán tener contacto con la misma
entidad. Siempre que esta misma entidad, no sea una entidad del bajo
astral ni ningún espíritu burlón, que estuviera entreteniendo a los dos
“contactados”.
Mediante esta regla de afinidad se pueden saber aspectos de la
personalidad de quien intenta realizar el contacto. Ya que nos damos
cuenta de que según sea el que realiza el contacto, así van a ser muchas
de las entidades con las que se comunica. Analizando las respuestas de las
entidades, vemos como es la personalidad del contactado. Es decir, una
persona cachonda, es fácil que le vengan entidades cachondas, una persona
que tenga un vocabulario pasota, es fácil que le vengan entidades que
hablen como lo hace él.

AUTODEFENSA

Para defendernos de los ataques de dichas entidades, hay una serie de
sistemas de defensa.

- imaginarnos un circulo de fuego, y dentreo de ese circulo de fuego,
imaginarnos a nosotros mismos, y repetir mentalmente la siguiente frase:
“que todos los malos espíritus que haya dentro de ese circulo se vayan”.
- irradiar energía positiva hacia el exterior, si es posible por los
puntos de contacto entre el afectado y el espíritu.
- para librarnos del poder magnético de la entidad, nos imaginaremos
una pared de ladrillo entre el espíritu y nosostros.
- ver una pared de cristal entre el espíritu y nosostros, nos libraría
del poder mental de la entidad.
- si el espíritu se nos mostrara en imagen, nunca deberiamos mirarle a
los ojos, ya que podriamos caer en un posible influjo hipnótico.

LA MUJER ES UN MAL MEDIUM

No se sabe por qué, pero, si se hace una sesión espírita, es mejor que
no sea hecha en su totalidad por mujeres, es decir, si es hecha por varias
personas, es preferible que entre ellas haya algún hombre, y además nunca
una mujer sola debería intentar hacer sesiones de espiritismo. Es mas
fácil que pasen cosas raras, si la sesión es hecha por una mujer en
solitario o por un grupo de mujeres. Las razones para mantener esta
afirmación, no estan muy consolidadas, no se sabe a ciencia cierta, hay
quien mantiene que en lo que se refiere a lo oculto, una mujer es un
demonio que puede manifestarse en cualquier momento a lo largo de una
sesión, hay quien dice que las mujeres no tienen un punto medio, o osn
angeles o son demonios; para el que quiere ampliar sus conocimientos sobre
este tema, yo le aconsejaría el libro “Las mujeres, ¿Angeles o Demonios?”
y a lo mejor despejaba su incognita. Yo lo único que puedo decir, es lo
dicho anteriormente, es mas fácil que pasen cosas raras con una mujer que
con un hombre. Sobre este temas las cosas no estan muy claras, pero
conviene nunca tentar a la suerte, si se puede evitar hacerlo.

INVOCACION A LOS ESPIRITUS

Hay quien dice que para atraer a los espíritus, hay que realizar una
serie de invocaciones; yo no confirmo este sistema, pero lo expongo a
continuación para el que lo quiera usar. Hay que decir, que lo mismo que
para mi esto es innecesario, para otra persona puede ser de gran ayuda.
Uno de ustedes pronunciará solennemente la siguiente invocación:

- “Dios, creador de todas las cosas. Tú que permites distinguir el bien
del mal y lo justo de lo injusto, por tus poderosos nombres HOD YAH VAU
ANABONA DALETH SABAOTH ZIO AMATOR TETRAGRAMMATON CREATOR, atiende a
nuestras llamadas, por el Sello Sagrado <>, Santísimo Omnipotente y
Eterno ADONAJ, amén.”

Despues de algún tiempo el dirigente dirá:

- “Venid, espíritus elegidos, entes superiores; todos los espíritus de
buena voluntad están invitados a hablar. Iluminadnos, vuestras palabras
serán para nosotros como luz bienhechora, venid, os esperamos, amén.”

Para acabar una sesión no hay que acabar repentinamente, hay que
despedir a los espíritus invitados. Si se les ha invocado para traerlos
con una serie de palabras, para despedirlos se haría lo mismo. El acto de
despedida se desarrollaría así:

- “Od despido, hermanos míos, id en paz y volved a vuestro puesto en
los cielos, mén.”

No confirmo los resultados con este sistema, pero animo a la gente a
intentarlo, ya que el que a mí no me valga para nada (no necesita hacer
esto) no quiere decir que a ustedes tampoco les valga.

ELLOS, ¿PORQUE ESTAN AQUI?

Sus mensajes lo dicen todo, estan aquí para ayudarnos. Predican el amor
entre los hombres, nos dicen que nos amemos. Sus mensajes, aún siendo
catastrofistas nos comunican que todo tiene solución. Hemos creado un
planeta degenerado, lo hemos exprimido, ya no puede dar mucho mas de si.

Nos hablan de muchos percances que le va a ocurrir a la Tierra, el mas
grave ya esta sucediendo:

- un planeta lejano se acerca, va en dirección a la Tierra, su aura es
millones de veces superior a la de la Tierra, y esta produciendo una
atracción magnética que ya ha empezado a verticalizar el eje de la Tierra.
Que puede pasar con esta verticalización; fácil, el verano o invierno,
no depende de la proximidad o lejanía del sol, sino de la inclinación con
la que nos lleguen sus rayos, si el eje se verticaliza, nos proporcionaría
unos dias extremadamente calurosos durante las horas de luz, ya que los
rayos nos pegarían de pleno.

Nos llevan avisando desde hace mucho tiempo, aunque antes los gobiernos
callaban facilmente al que lo decía. La situación la ponen negra… porque
lo podemos evitar, esto tienen salida, ellos lo saben; y tambien saben que
lo que nos pase a nosotros tendrá consecuencias sobre ellos, ya que
alteraría el normal funcionamiento del universo; ellos lo saben, y para
eso están aquí, para ayudarnos y guiarnos, como se lo permiten sus miles
de años de ventaja que nos llevan en todos los planos: científico,
tecnólogica, espiritual.

EL OUI-JA Y LOS PENTACULOS DEL PODER

Las personas que esten metidas dentro de la ciencia oculta, tendrán
conciencia de los que son los pentaculos del poder, para los que no lo
sepan, vamos a resumir a continuación, que son y para que sirven.
Estos pentaculos, son una serie de dibujos realizados en forma de
moneda, que fabricados siguiendo una serie de instrucciones determinadas
nos conceden una cierta inmunidad, poder contra ciertas adversidades o
poder que nos ayuda en ciertas situaciones: amor, fluidos hostiles, males,
entidades malignas, etc. Nosostros aquí, solo vamos a ver tres pentáculos,
los cuales nos ayudarán en caso de tener problemas con el OUI-JA.
Estos tres pentáculos serán hechos sobre circulos grabados en hierro.
Si eso no fuera posible, habría que ponerlos en hojas de papel pergamino,
que esta en condiciones de sustituir a cualquier metal, debido a su
extraordinaria sensibilidad. Estos pentaculos tendrán que estar hechos en
martes.

Cada vez que termine uno, pongalo en el centro de un circulo con sal
gruesa, hojas de olivo y salvia, donde permanecerá durante nueve dias
consecutivos, despues lo bendecirá y lo llevará siempre con usted dentro
de una bolsa de color rojo, azul, verde o amarillo. Una vez a la semana lo
contemplará y recitará las palabras que esten contenidas en ellos, con voz
segura. Esta serie de pentaculos, está sacada de la clave de Salomón, por
tanto, son antiquísimos y de toda confianza y se tienen que seguir y
conservar escrupulosamente. La tinta que se debe usar es roja. Entre lod
dos circulos del primer pentáculo se interpone el siguiente rótulo: “¿Hay
algún Dios mas grande que nuestro Dios?. Entre los circulos del segundo
pentáculo “El señor esta a mi lado, en el dia de su ira destronó a los
reyes”. En el tercer pentáculo “Gladius eorum intret en corda ipsorum et
arcus eorum confricatur”, (que su espada se clave en sus mismos corazones,
y que su arco se quiebre). El primero combate y aterroriza a las entidades
maléficas; el segundo asegura la victoria en las contrariedades; y el
tercero, finalmente, garantiza la inmunidad contra cualquier ataque.

OTRA VARIANTE DEL OUI-JA

Una forma de comunicación con el mas allá que usted puede hacer solo,
es la utilización del pendulo, atado a un hilo de seda. Sobre una hoja de
papel pergamino hay que diseñar las letras del alfabeto y los números.
Tendrá la forma de un cuadrado, y en los lados de ese cuadrado, estarán
las letras de la A a la Z, y los números del 0 al 9; además tendrá los
monosilabos SI y NO mas las frases “no puedo” y las palabras “por”,
“siempre” y “jamas”. Tras apretar el anillo con la mano izquierda,
concentrandose bien, lo colocará en el centro del pergamino, donde se
quedará un rato, mientras, usted dirá las palabras rituales indicadas en
capítulos anteriores. Luego con la derecha, levantará lentamente el
pendulo y empezará a hacer preguntas; suele ser aconsejable actuar un
minuto despues de la media noche. Si usted es valiente, puede empezar los
experimentos solo, obviamente necesitará mas tiempo, la cadena con usted
mismo, la hará apoyando el pulgar izquierdo en el centro de la mano
derecha y apretando con fuerza, respire fuertemente, procurando mantener
la cabeza inclinada hacia atras, manteniendo las piernas abiertas. En ese
momento estará descalzo, y tendrá la planta de los pies pegado al suelo.

EL ESPIRITU NO SABE MAS

Llega un momento en el cual el espíritu nos ha dicho todo lo que sabe y
nos dice que no sabe mas sobre lo que le preguntamos, pero a veces, sigue
contestando a nuestras preguntas con respuestas falsas. ¿Como se puede
evitar esto?.
Un espíritu nos va contestando todo lo que sabe según le vamos
preguntando, pero cuando no sabe mas, nos empieza a dar respuestas
neutras, es decir, a veces no se le entiende lo que quiere decir, otras
veces nunca acaba de decirnoslo, en esos momentos debemos despedirnos de
él y dejarle en paz, ya que lo que sabe nos lo ha dicho.
No es el primer caso de espíritus que nos van contestando a todo con la
verdad, pero llega un momento, que sin saber lo que le preguntamos, el
espíritu sigue dandonos respuestas, aunque estas sean falsas. Por lo
tanto, hay que saber, que un espíritu nos va a responder siempre lo que le
preguntemos (en muchos casos), si sabe la respuesta, nos dice la verdad,
sino la inventa. Hay que matizar que esto solo ocurre con algunos
espíritus. Es conveniente empezar haciendo la pregunta de la siguiente
manera:

- ¿Sabes algo de… ?

Posteriormente, si la respuesta es que si sabe, le podemos decir que
nos diga todo lo que sepa sobre ese tema; este sistema es seguro ya que de
esta manera podemos eliminar algunas de las respuestas falsas y si no sabe
nada, nos lo dirá. Este sistema habrá que usarlo con espíritus que les
hallamos hecho los sistemas de detección de buenos o malos espíritus, y
que nos haya dado el resultado de que el espíritu con el que estamos
conversando es un buen espíritu.

OUI-JA COMO UN MEDIO PARA UN FIN

Se ha discutido mucho acerca de si el OUI-JA de verdad sirve para
comunicarnos con una entidad, o por el contrario somos nosostros que
movemos el vaso sin que haya ninguna entidad en medio. Dentro de la
primera teoría, está quien dice que el espíritu mueve el vaso, ya que esta
concentrado en él. Otros parapsicólogos han elaborado una hipótesis, desde
mi punto de vista, mas factible y con mas sentido.
Estos señores dicen que nuestro cerebro tiene la capacidad de
comunicarse telepáticamente con cualquier entidad viva o muerta, pero que
nosotros no sabemos utilizar esta capacidad, y además tenemos una idea
introducida a nivel inconsciente de que todo lo relacionado con los
poderes de la mente es falso (esto ha sido gracias a la intervención de
instituciones como la iglesia y el estado, que a lo largo de los siglos
nos han atrofiado el cerebro), esta idea inconsciente de imposibilidad,
hace que nos sea muy dificil realizar una comunicación. Por lo tanto, el
OUI-JA sería como un medio para conseguir un fín, un ejemplo sería el de
un niño pequeño que esta aprendiendo a sumar; a este niño le damos cinco
boligrafos y le preguntamos que cuantos boligrafos tiene si le damos otros
tres, y nos dirá que tiene ocho boligrafos; pero si en cambio le
preguntamos que cuanto suma cinco mas tres, será incapaz de decirnos la
respuesta correcta; es decir, se vale de un medio para conseguir un fin.
Igual pasa con el OUI-JA, nuestro cerebro, el cual es incapaz de realizar
una comunicación telepática por si solo, necesita la auyuda de algo (como
el niño pequeño que aprende a sumar) para poder llegar a ese fin. Muestra
de esto es que la gente que empieza en la comunicación espírita, no
obtiene ningún resultado por el sistema de comunicación telepática directa
(ya explicado anteriormente) pero cuando ya lleva un tiempo realizando
comunicaciones con el OUI-JA empieza a tener resultados con el otro
método, mas directo y dificil.

ESPIRITUS BUENOS ESPIRITUS MALOS

Muchas veces hemos hablado de esto, por el termino espíritus buenos
entendemos unas entidades que nos ayuden en lo que necesitemos y que nos
respondan correctamente a las preguntas que les hacemos (en la medida de
los posible). Hasta aquí todo va bien, el error viene cuando definimos a
los espíritus malos, los definimos como entidades que nos pueden hacer
daño, sin que nosotros lo podamos evitar, Esto es mentira. La única manera
de que un espíritu nos ataque, es si previamente no nos hemos portado bien
con él. A veces nos entrán espíritus que sin que nosotros lo lleguemos a
saber, tienen poderes. Si nosotros nos portamos bien con ellos, nunca nos
atacarán, contestarán o no contestarán a nuestras preguntas, pero nunca
nos atacarán; por el contrario si le insultamos corremos el riesgo de que
se enfade y de que nos pueda hacer daño. La posibilidad de que entre un
espíritu con poderes es muy pequeña (poderes que los pueda usar contra
nosotros); lo mas normal es que si insultamos a un espíritu, este
directamente se despida de nosotros y se vaya. Por lo tanto, es
aconsejable no insultar a las entidades, ya que con el tiempo, podemos
toparnos con una entidad de las que cuando se enfadan no se van, sino que
actuan. Los demás espíritus, sino se les insulta, pueden llevarnos a
muchas verdades. Por eso es conveniente, para evitar peligros, portarse
correctamente con todas las entidades con las que nos comuniquemos. Por lo
tanto, repetimos, que si con el OUI-JA no tratamos de traer a una entidad
mala, es dificil que tengamos problemas, y si tratamos de traer a una mala
entidad, como se suele decir “tanto va el cántaro a la fuente, que al
final se rompe”.

UN SIMBOLO QUE ATRAE A LOS BUENOS ESPIRITUS: EL TRIANGULO

Observemos bien la estrella de David. A primera vista no es mas que una
estrella de seis puntas, pero si la miramos mejor, notaremos que es la
superposición de dos triangulos, uno con el vertice hacia arriba y otro
con el vertice hacia bajo. Esta es la sintexis perfecta de la Magia: “Lo
de arriba igual a lo de abajo”, el bien y el mal juntos, de cuya fusión
surge el verbo, la fuerza poderosa y desbordante que somete a toda fuerza
a su voluntad, que domina en eterno devenir, la esclavitud de la sombra es
derrotada, la suprema voluntad divina imprime su sello en el Universo,
completando, creando y transformando todo su diseño. Cada uno de nosotros
guarda una centella divina, Dios esta en nosotros y por eso nosotros somos
Diso. Si lo queremos de forma sincera y constante, podemos llegar a todo,
nos es concedido elejir entre el bien y el mal, al bien le seguirá el
bien, al mal no podrá seguirle otra cosa que su equivalente, el mal mismo.
El poder oculto y extrasensorial, por tanto, es lo que perdura de nuestra
fuente angelical, todo eso se ha quedado adormecido en nosotros y tenemos
que buscar la forma adecuada para volver a saxar a flote este gran don. El
triangulo es una valencia magica, por tanto, podemos actuar con el tanto
en el bien como en el mal, y los resultados obtenidos son materialmente
tangibles.

EL PENTAGRAMA

El pentagrama o estrella de cinco puntas, la que vemos muchas veces en
las fiestas navideñas en algunos escaparates de las ciudades, tiene un
punto en común con el triangulo si se observa una de ellas, se verá
enseguida de que se trata. Con la punta hacia arriba, evoca a las
entidades del bien; viceversa, no solamente atrae a las entes negativas,
sino que es una de las evocaciones del principe de las tinieblas, procure
no dejarla nunca en esta postura. Todo el que lleve una sortija de oro con
el pentagrama en postura benéfica, no ha de temer los maleficios de nadie
y mucho menos de entes maléficos espontaneos: el anillo se debe llevar en
el dedo medio de la mano izquierda. Este pentagrama en posición positiva
puede ser colocado en un lugar que usted elija en el tablero OUI-JA,
generalmente, estos tableros, suelen dejar en las esquinas lugares en
blanco, idoneos para colocar uno de estos pentagramas.

¿PODEMOS HACER QUE SE MANIFIESTE SATAN?

Las técnicas para que una entidad se manifieste, se han venido
realizando, desde hace muchos años. El método que vamos a relatar a
continuación, es un método que mediante el cual, la entidad puede
aparecer, o sencillamente poseernos. La intensidad de la manifestación
puede ir desde que algunos (o todos) de los que formen el grupo empieze a
ver en su mente imagenes extrañas, o incluso llegar a una posesión total.
Hay que tener cuidado con los malos espíritus, no vaya a ser que se
manifiesten demasiado fuerte y pueda haber muertos.

El método es el que se relata a continuación:

Deberán sentarse, los que vayan a realizar la sesión, alrededor de una
pequeña mesa. Es necesario que haya una persona fuera del circulo para
guiar la operación. Cada persona integrante del circulo deberá colocar su
mano izquierda detras de la espalda y su mano derecha, con los dedos
extendidos, apuntando hacia el centro del circulo. Una vez hecho esto, el
que guie el experimento, deberá realizar un ejercicio de yoga o
relajación. Luego recitará las palabras que vienen al final del capitulo,
repetidamente. Si se produce una de estas manifestaciones en una persona,
para hacer que todo vuelva a la realidad, habrá que decir frases como las
siguientes: “un, dos, tres… despierta”, “se va, se va, se va”.
Con esto hay que tener cuidado, ya que si se topa con un espíritu
demasiado malo, su manifestación será acorde a él. Estás palabras mágicas
han sido extraidas de una secta satánica.

Las palabras son las siguientes:

“ON QUELIUS FARRICA TARRICA SATANA INYIRER FAS”.

PERO ANTETODO ¿EXISTE SATAN?

Muchas veces se ha cuestionado, si ese “mito” llamado Satán, existe de
verdad o no. Yo, a continuación, voy a relatar unos hechos verídicos que
ocurrieron hace unos años.

Yo. entonces, tenía un vaso par ahacer el OUI-JA, era un vaso peuqeño,
de los de catar licores, este vaso lo usaba en mis expiriencias con el
OUI-JA. Este vaso lo usaba para invocar a entidades negativas, y para
invocar a las entidades positivas, usaba otro vaso que tenía, similar a
este. LLegué a pensar, que Satán no existía, ya que nunca me había pasado
ninguna cosa rara (posteriormente le pasaría a un amigo), a pesar de estar
mucho timepo intentando invocarle y acumulando grandes cantidades de
energía negativa en él. Total, que un buen dia, lo deje por imposible.
Pasó el tiempo, y un buen dia me pidió el vaso un amigo para hacer
intentar hacer algo (yo había sido el maestro de este chico), sin pensarlo
dos veces se lo deje. Al día siguiente vino diciendo que había tenido que
romper el vaso, ya que le había salido Satán. Dijo que había tenido una
conversación con un espíritu, que se identificó como el diablo; estuvo
hablando con él, les decía que podía darles un beso, pero que este sería
de muerte. Les dijo que si pensaban que era un espíritu burlón, les podía
demostrar que no, y les comunicó que su amigo Juan estaba saliendo de su
casa, para ir a jugar al squash, en esos mismos momentos; llamaron a su
casa, se pudo su madre y les confirmo que se había ido a jugar al squash.
Trajeron una biblia y un crucifijo y cuando lo pusieron en la misma mesa
que estaba el tablero, el vaso se acercó al crucifijo y le dió 13 golpes.

Salieron durante unos momentos de la habitación, y cuando volvieron, se
encontraron la biblia y el crucifijo cambiados de lugar, y el vaso
tunbado. Cuando vieron esto, decidieron romper el vaso.
Tuve una discusión tremenda con el por haberme jodido mi vaso de
invocar a satán. pro la tarde, comenté el hecho a la persona que me había
enseñado a mí, el me dijo que tenía que haber roto el vaso hace tiempo, y
que había cosas del vaso que no sabía. Me contó que hace años, usaron este
vaso para invocar a Satán. Lo hicieron en un pajar, a las doce de la
noche. En un momento dado, la vela que sostenía el hermano de este dió una
llamarada, la cual estuvo a punto de quemar a su hermano. El me contó que
en ese momento notó un escalofrio, como de ultratumba. Comenze q hilvanar
todos lo datos, y me dí cuente que había un detalle que se me había venido
pasando desde hacía mucho tiempo. Desde hacía bastante tiempo, muchas
veces que comunicabamos con alguien, al poco tiempo, la entidad decía que
se tenía que ir ya que había alguien cerca que le observaba y que le
prohibía seguir. Recuerdo tambien que yo dibuje un pentaculo en el tablero
OUI-JA, el de atraer a las entidades positivas, y muchas veces, el
espíritu llaveba el vaso hacía ese pentaculo, y no se movía de ahí.
Nuestra conclusión, fué que desde que pasó lo del pajar, algo paso con el
vaso, durante la temporada que utilizabamos el vaso para intentar
conexiones positivas, el vaso se recargo de energía positiva, y incluso
llegó a medio anular a lo que había en él, pero cuando empezamos a
recargarlo de energía negativa, para invocar a satán, se le fue recargando
las pilas a lo que había dentro, hasta que lo salió a la luz; desde luego
fue mejor que rompiera el vaso, ya que a lo mejor podía haber tenido
problemas. A la pregunta de que por qué a mi no me había pasado nada,
llegamos a una conclusión: la entidad que pudiera haber habido dentro del
vaso, no era tonta, y no iba a hacer nada contra el que le estaba
“recargando las pilas”. Luego mi amigo, tambien dijo, que a mi satán no me
podía hacer nada, ya que era igual que él, yo eso no me lo creo, pero,
¿quien sabe?.

Esto fue lo que ocurrió, ahora el lector, puede sacar sus propias
conclusiones, y opinar sobre estos hechos. Lo que nosotros entendemos por
satán, tiene tambien otras denominaciones, en otras naciones y culturas,
siempre que se digan los nombres expuestos a continuación, se stará
hablando de la misma entidad: Satán, Satanás, Lucifer, Belcebú, Pedro
Botero, Leviathán, Principe de las Tinieblas, …

Para acabar, decir, que ese nombre de Pedro Botero viene de la cultura
española. En Zaragoza, mismamente, hay una secta satánica que utiliza ese
nombre, se llama “La Caldera de Pedro Botero”, la cua posee un grupo de
música heavy. En las canciones de este grupo no existen mensaje
subliminales, aunque si existe un cierto aire místico en las letras de sus
canciones.

* EXTRACTOS DE CONVERSACIONES MEDIANTE OUI-JA

A continuación vienen unos extractos de conversaciones mediante este
sistema, en ellos están las respuestas mas interesantes y las mas
contradictorias hacia temas como la religión.
- ¿Tienes algo que decir?
- Si
- Empieza por favor
- Ganareis con la fe en el amor la fe os elevará en la mente ver con la
mente a los que dicen ser amigos gran fuerza ue os afecta muy de
cerca gran fuerza mental bajo aspecto inocente
- Amor es necesario siempre para lograr pregresar mente no para buscar
mal amor puede mas que deseo para buscar amor no hay que hacer querer
- La fe decide el amor ejecuta
- Fe, ¿en qué?
- Amor entre los hombres
- ¿Bajo la palabra hombres te refieres a hombres y mujeres?
- Si
- ¿Podrias explicar esa afirmación?
- Si no
- ¿Es que cada uno da su interpretación?
- Si
- ¿Cual es la vuestra?
- El amor no lo que vosotros entendeis por el eleva a la mente a un
grado superior
- Dime ¿Que es el amor?
- Union entre hombre y mujer es union entre dos mentes para crear una
unica con total equilibrio y capacitada para realizar plenitud
universal.
- Pronto la verdad tomará un valor que nunca analogareis o un valor que
lentamente podreis adivinar que uno puede adivinar el futuro nunca os
espera algo que podreis topar obedecer solo a algo que os celara el
belo o une al sexo opuesto y que nunca perdonara el cuerpo de una
mujer que os ama
- ¿Que me dices del amor?
- Saber comprender es siempre poder amar juzgar a la mujer es saber
analizar la mente ver una persona y no un objeto para amar
- ¿Si Dios creó al Diablo, con que finalidad lo creó?
- Pensar con justicia y eludir el mal es encontrar la salvacion
- ¿Que le va a deparar el futuro a la Tierra?
- Hay muchos cambios en la tierra el eje se verticaliza ya se notan los
primeros cambios climaticos donde tu vives pronto se hablara
oficialmente del verdadero estado de la capa de ozono el oxigeno
decae
- ¿Existió realmente Jesus de Nazaret?
- Si existio pero no fue el hijo de dios tal como os lo cuentan sino
una especie de lider social ajeno totalmente a dios ademas fue un
contactado con extraterrestres y conocia muy a la perfeccion los
poderes de la mente y las energias curativas
- ¿Entonces Dios existe?
- Si pero no ha intervenido ni intervendra en vuestra vida el os hizo
libres con todas sus consecuencias
- ¿Se puede contactar con los muertos?
- A la muerte se va a otro plano os podeis comunicar con los muertos
pero teneis que aprender a usar vuestro cerebro liberaros de los
bloqueos impuestos por la sociedad
- ¿Como se producen las psicofonias?
- Son voces de otro plano que son recogidas por vuestro cerebro y
cambiadas en su forma y vueltas a emanar y recogidas por los
grabadores
- ¿Porque las psicofonias se suelen recibir en el lenguaje del
experimentador?
- Vuestra cerebro al reemitirlas las decodifica a vuestro lenguaje
- ¿Es cierto el proyecto MAtrix?
- Aunque estais siendo observados ningun gobierno ha tenido relacion
con nosotros
- ¿Son ciertos los secuestros extraterrestres?
- Son falsos vuestros gobiernos son los que han experimentado con
vosotros y os hacen creer que somos nosotros
- ¿Por que se preoduce el triangulo de las Bermudas?
- Es un centro de fusion de energias sus efectos pueden ir desde
producir alteraciones en los instrumentales a una desintegracion
escalonada primero inorganico luego organico
- ¿Es verdad que la religión inhibe los sentamientos y se puede pecar
hasta con el pensamiento?
- Dios os creo para que vivierais vuestra corta vida lo mejor posible
no para que lo benerarais eso es mas propio de una cultura al diablo
- ¿Que le va a deparar el futuro a la Tierra?
- Ya se esta produciendo un deterioro irreversible hacia todos los
niveles en vuestro planeta todo lo que cojas como prueba dara sus
frutos de decadencia especies extinguidas mutaciones geneticas
malformaciones en vuestros hijos
- ¿Que se puede hacer para evitarlo?
- Volver a lo natural
- ¿Que es eso?
- Tratar al planeta de manera natural y no artificial abonos nucleares
- ¿Son verdaderas las profecias?
- Las profecias son leyes que pueden pasar si seguis asi no que tengan
que pasar
- ¿Que sabes del Anticristo?
- Sera una persona que hara la guerra a todos los paises contrarios a
el liderara a muchas naciones que os sorprenderan por su tecnologia
belica esta persona liderara una religion que ya es falsa y la dira
que orientara hacia su propia beneracion dira que es la reencarnacion
de dios y mucha gente le rendira culto y obediencia total
- ¿Triunfara el anticristo?
- Al principio si pero al final sucumbira sera una guerra necesaria y
conveniente para el desarrollo de la humanidad no como las guerras
que habeis tenido
- ¿Donde nacera el anticristo?
- Aparecera y poco a poco ira adquiriendo poder sus origenes no se
sabran nunca no sera de la nacion en la que aparezca
- ¿Que me puedes decir de la reencarnacion?
- Se estan produciendo reencarnaciones continuas no es un ciclo sin fin
las personas tienen que cumplir una mision en este mundo si la cumple
pasa a otro plano si no vuelve a encarnarse hasta que posea una
elevacion espiritual seguira en la tierra
- ¿Tienen alma los animales?
- Cada alma empieza a encarnarse en seres poco evolucionados y va
evolucionando hasta llegar al hombre
Las respuestas estan como fueron recibidas, sin signos de puntuación ni
de acentuación así cada uno podrá interpretar lo que quiera en los casos
en los que las respuestas son confusas.

____________________________________________________

LINKS:

PURGATORIO
http://es.wikipedia.org/wiki/Purgatorio
ALMA
http://es.wikipedia.org/wiki/Alma
SATAN
http://es.wikipedia.org/wiki/Satan%C3%A1s
ESPIRITISMO
http://es.wikipedia.org/wiki/Espiritismo
QUIJA
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PROYECCION ASTRAL
http://es.wikipedia.org/wiki/Proyecci%C3%B3n_astral

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Wednesday, July 18, 2007

EL MORADOR DE LA OSCURIDAD // August Derleth

EL MORADOR DE LA OSCURIDAD // AUGUST DERLETH // LOS MITOS DE CTHULHU (LINK-ENLACE)



(Título original: The Dweller in Darkness)

August Derleth (1909-1971) fue el más directo colaborador de Lovecraft, tanto en vida de éste como después de su muerte, completando trabajos inacabados del creador de los Mitos y difundiendo su obra y la de sus continuadores, sobre todo a través de su famosa editorial, la Arkham House. .
En El Morador de la Oscuridad asistimos de nuevo al colosal enfrentamiento de las fuerzas del Bien y del Mal, aunque ahora, más dentro de la «ortodoxia» lovecraftiana, sin referencias religiosas directas. Las entidades que luchan entre sí son fuerzas cósmicas —eso sí, colosales— que sólo por analogía pueden ser denominadas «dioses», aunque ante ellas la indefensión física y psíquica del hombre no es muy inferior a su presunta insignificancia frente a las míticas fuerzas sobrenaturales evocadas por todas las religiones.

Los amantes del horror frecuentan parajes extraños y apartados. Para ellos existen las catacumbas de los Ptolomeos y los esculpidos mausoleos de regiones de pesadilla. Escalan a la luz de la luna las torres de los ruinosos castillos del Rhin, y bajan vacilantes los negros peldaños cubiertos de telarañas que descienden bajo los dispersos sillares de olvidadas ciudades asiáticas. El bosque encantado y la desolada montaña son sus altares, y se demoran junto a los siniestros monolitos de las islas deshabitadas. Pero el verdadero epicúreo de lo terrible, para quien un nuevo estremecimiento de horror inexpresable es el fin principal y la justificación de la existencia, estima más que nada las antiguas y solitarias casas de campo de las regiones boscosas; pues en ellas se combinan los elementos de poder, soledad, ignorancia y primitivismo para constituir la perfección de lo espantoso.
H. P. Lovecraft

I

Hasta hace poco, si un viajero del norte de Wisconsin central tomaba la bifurcación izquierda en el punto donde coinciden la carretera de Brule River y el pico de Chequamegon en dirección a Pashepaho, se encontraba en una región tan primitiva que le parecía enormemente lejos de todo contacto humano. Si siguiera por la poca transitada carretera, cruzaría ante unas cuantas chozas destruidas, donde probablemente alguna vez vivieron personas que se marcharon ante el continuo avance del bosque; no es una región desolada, sino zona de espesa vegetación, y sobre toda su extensión subsiste el aura intangible de lo siniestro, una especie de opresión ominosa del espíritu pronto a manifestarse aun en el viajero más casual, pues la carretera que ha tomado se vuelve cada vez más impracticable, hasta que se pierde finalmente poco después de pasar un albergue deshabitado edificado al borde de un lago de aguas tranquilas y azules, en torno al cual crecen eternamente árboles centenarios, y donde los únicos ruidos que se oyen son los gritos de los buhos, de los chotacabras y de los tétricos somorgujos en la noche, o la voz del viento entre los árboles, y…, ¿pero es siempre la voz del viento lo que se oye entre los árboles? ¿Quién puede decir si la rama que cruje al romperse es indicio del paso de un animal… o de algo distinto, de alguna criatura que escapa a la comprensión humana?
Entre las gentes que vivían en los aledaños del bosque, el albergue abandonado del lago Rick tenía una extraña fama mucho antes de que yo lo conociese, fama que rebasaba esas historias aue suelen circular sobre parajes primitivos similares. Corrían curiosos rumores de que en lo más profundo y negro del bosque habitaba un ser —de ningún modo se trataba de las consabidas consejas de fantasmas—, un ser que era mitad animal y mitad hombre, según contaban los obstinados y descreídos indios que de cuando en cuando abandonaban la comarca y se marchaban hacia el Sur. El bosque tenía mala fama, eso era evidente; y ya antes del cambio de siglo contaba con una historia que disuadía aun al más intrépido aventurero.
Aparece recogida por primera vez en unas anotaciones que hizo un misionero cuando cruzaba la región para acudir en ayuda de una tribu de indios, la cual, según habían informado al puesto militar de Chequamegon Bay, se estaba muriendo de hambre en el Norte. Fray Piregard desapareció, pero los indios trajeron más tarde sus pertenencias: una sandalia, un rosario y un breviario en el que había escrito ciertas observaciones raras, conservadas cuidadosamente: «Tengo la convicción de que me sigue alguna criatura. Al principio me ha parecido que era un oso, pero ahora me inclino a creer que es algo infinitamente más monstruoso que cualquier animal de la Tierra. Está oscureciendo, y creo que estoy cayendo en un ligero delirio, pues sigo oyendo una extraña música y otros raros sonidos que no pueden derivar, seguramente, de ninguna fuente natural. Tengo también una inquietante ilusión como de grandes pasos que hacen estremecer realmente la tierra, y varias veces me he tropezado con huellas de pies muy grandes y de formas diversas…»
La segunda anotación es muchísimo más siniestra. Cuando Big Bob Hiller, uno de los madereros más rapaces de todo el Medio Oeste, empezó a anexionar a sus posesiones territorios de la comarca del lago Rick, a mediados del pasado siglo, no pudo por menos de sentirse impresionado ante los pinos de la zona próxima al lago; y aunque no le pertenecían, siguió la costumbre de los grandes madereros y mandó a sus hombres que entraran a talar desde una zona contigua que poseía, con el deliberado pretexto de que no sabía por dónde pasaban sus límites. Trece de los hombres no regresaron ese primer día de trabajo en el borde del área de bosque que rodeaba el lago Rick; dos de los cuerpos no se llegaron a recuperar; cuatro fueron encontrados —inconcebiblemente— en el lago, a varias millas de donde habían estado talando árboles; los demás fueron descubiertos en diversos lugares del bosque. Hiller creyó que había estallado una guerra entre los madereros; envió a otra parte a sus hombres para despistar a su desconocido adversario, y luego ordenó de pronto que volviesen a trabajar en la región prohibida. Después de perder a cinco hombres más, Hiller renunció, y ninguna mano volvió a tocar desde entonces el bosque, salvo unos cuantos individuos que fueron allí a tomar posesión de tierras y se adentraron en la zona.
Al poco tiempo salieron estos individuos ………………………………………………………………………………………….

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