Tuesday, March 31, 2009

En busca de la ciudad del sol poniente

En busca de la ciudad del sol poniente

H. P. Lovecraft

Por tres veces soñó Randolph Carter la maravillosa ciudad, y por tres veces fue súbitamente arrebatado cuando se hallaba en una elevada terraza que la dominaba. Brillaba toda con los dorados fulgores del sol poniente: las murallas, los templos, las columnatas y los puentes de veteado mármol, las fuentes de tazas plateadas y prismáticos surtidores que adornaban las grandes plazas y los perfumados jardines, las amplias avenidas bordeadas de árboles delicados, de jarrones atestados de flores, y de estatuas de marfil dispuestas en filas resplandecientes. Por las laderas del norte ascendían filas y filas de rojos tejados y viejas buhardillas picudas, entre las que quedaban protegidos los pequeños callejones empedrados, invadidos por la yerba. Había una agitación divina, un clamor de trompetas celestiales y un fragor de inmortales címbalos. El misterio envolvía la ciudad como envuelven las nubes una fabulosa montaña inexplorada; y mientras Carter, con la respiración contenida, se hallaba recostado en la balaustrada de la terraza, se sintió invadido por la angustia y la nostalgia de unos recuerdos casi olvidados, por el dolor de las cosas perdidas y por la apremiante necesidad de localizar de nuevo el que algún día fuera trascendental y pavoroso lugar.

Sabía que, para él, aquel lugar debió de tener alguna vez un significado supremo; pero no podía recordar en qué época ni en qué encarnación lo había visitado, ni si había sido en sueños o en vigilia. Vislumbraba vagamente alguna fugaz reminiscencia de una primera juventud lejana y olvidada, en la que el gozo y la maravilla henchían el misterio de los días, y el anochecer y el amanecer se sucedían bajo un ritmo igualmente impaciente y profético de laúdes y canciones, abriendo las puertas ardientes de nuevas y sorprendentes maravillas. Pero cada noche en que se encontraba en esa elevada terraza de mármol, ornada de extraños jarrones y balaustres esculpidos, y contemplaba, bajo una apacible puesta de sol, la belleza sobrenatural de la ciudad, sentía el cautiverio en el que le tenían los dioses tiranos del sueño; de ningún modo podía dejar aquel elevadísimo lugar para bajar por la interminable escalinata de mármol hasta aquellas calles impregnadas de antiguos sortilegios que le fascinaban…

Cuando despertó por tercera vez sin haber descendido por aquellos peldaños, sin haber recorrido aquellas apacibles calles en el atardecer, suplicó larga y fervientemente a los ocultos dioses del sueño que meditan ceñudos sobre las nubes que envuelven la desconocida Kadath, ciudad de la inmensidad fría jamás hollada por el hombre. Pero los dioses no contestaron, ni se conmovieron, ni dieron ningún signo favorable cuando les imploró en sueños o cuando les ofreció sacrificios por medio de los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah, de luenga barba, cuyo templo subterráneo, en el cual se venera una columna de fuego, se encuentra no lejos de las puertas del mundo vigil. Parecía, al contrario, que sus súplicas habían sido escuchadas con hostilidad, ya que desde la primera invocación dejó radicalmente de contemplar la maravillosa ciudad, como si sus tres lejanas visiones le hubieran sido permitidas por casualidad o por inadvertencia, en contra de algún plan o deseo oculto de los dioses.

Finalmente, enfermo de tanto suspirar por las avenidas esplendorosas y por los callejones de la colina, ocultos entre aquellos tejados antiguos que ni en sueños ni despierto podía apartar de su espíritu, Carter decidió llegar hasta donde ningún otro ser humano había osado antes, y cruzar los tenebrosos desiertos helados donde la desconocida Kadath, cubierta de nubes y coronada de estrellas ignotas, guarda el nocturno y secreto castillo de ónice donde habitan los Grandes Dioses.

En uno de sus sueños ligeros, descendió los setenta peldaños que conducen a la caverna de fuego y habló de su proyecto a los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah de luenga barba. Y los sacerdotes, cubiertos con sus tiaras, movieron negativamente la cabeza, augurando que sería la muerte de su alma. Le dijeron que los Grandes Dioses habían manifestado ya sus deseos y que no les agradaría sentirse agobiados por súplicas insistentes. Le recordaron también que no sólo no había llegado jamás hombre alguno a Kadath, sino que nadie podía sospechar dónde se halla, si en los países del sueño que rodean nuestro mundo o en aquellas regiones que circundan alguna insospechada estrella próxima a Fomalhaut o a Aldebarán. Si estuviera en la región de nuestros sueños, no sería imposible llegar a ella. Pero desde el principio de los tiempos, sólo tres seres completamente humanos han cruzado los abismos impíos y tenebrosos del sueño; y de los tres, dos regresaron totalmente locos. En tales viajes había incalculables peligros imprevisibles, así como una tremenda amenaza final: el ser que aúlla abominablemente más allá de los límites del cosmos ordenado, allí donde ningún sueño puede llegar. Esta última entidad maligna y amorfa del caos inferior, que blasfema y babea en el centro de toda infinidad, no es sino el ilimitado Azathoth, el sultán de los demonios, cuyo nombre jamás se atrevieron labios humanos a pronunciar en voz alta, el que roe hambriento en inconcebibles cámaras oscuras, más allá de los tiempos, entre los fúnebres redobles de unos tambores de locura y el agudo, monótono gemido de unas flautas execrables, a cuyas percusiones y silbos danzan lentos y pesados los gigantescos Dioses Finales, ciegos, mudos, tenebrosos, estúpidos; y los Dioses Otros, cuyo espíritu y emisario es Nyarlathotep, el caos reptante.

De todas estas cosas advirtieron a Carter los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah en la caverna de fuego, pero él siguió decidido a partir en busca de la desconocida Kadath, que se alza perdida en la inmensidad fría y de sus dioses tenebrosos, para poder gozar de la visión, del recuerdo y del amparo de la maravillosa ciudad del sol poniente. Sabía que su viaje iba a ser extraño y largo, y que los Grandes Dioses se opondrían a ello; pero estando habituado a los sueños, contaba Carter con la ayuda de muchos recuerdos provechosos y estratagemas útiles. Así que, tras pedir a los sacerdotes su bendición solemne y maquinar con astucia su expedición, descendió audazmente los trescientos peldaños que conducen al Pórtico del Sueño Profundo y emprendió el camino a través del bosque encantado.

En las oquedades de ese bosque enmarañado, cuyos prodigiosos robles tantean y entrelazan sus ramas al aire, y cuyas umbrías relucen con la apagada fosforescencia de unos hongos extraños, habitan los furtivos y silenciosos zoogs. Estos seres conocen una infinidad de secretos de la región de los sueños, y algo también del mundo vigil, ya que el bosque linda con las tierras de los hombres por dos lugares, aunque sería desastroso decir cuáles. Ciertos rumores inexplicables, ciertos accidentes y desapariciones ocurren entre los hombres allí donde los zoogs tienen acceso, y por ello es una gran suerte que éstos no puedan alejarse demasiado de la región de los sueños. Sin embargo, los zoogs cruzan libremente la frontera más próxima de esta región y se deslizan, negros, menudos, invisibles, para poder contar relatos divertidos a su regreso y entretener con ellos las largas horas que pasan al amor del fuego, en el corazón de su adorado bosque. La mayoría vive en madrigueras, aunque algunos habitan en los troncos de los grandes árboles; y a pesar de que se alimentan principalmente de hongos, se dice que también les atrae la carne, tanto la física como la espiritual. Y, efectivamente, en el bosque han entrado muchos soñadores que luego no han vuelto a salir. Pero Carter no tenía miedo; era un soñador veterano que conocía el lenguaje chirriante de estos seres y había tratado muchas veces con ellos. Con la ayuda de los zoogs había descubierto la espléndida ciudad de Celephais, situada en Ooth-Nargai, más allá de los Montes Tanarios, donde reina durante la mitad del año el gran rey Kuranes, ser humano a quien él había conocido en la vida vigil bajo otro nombre. Kuranes era el único ser humano que había alcanzado los abismos estelares y regresado en su sano juicio.

Mientras recorría, pues, los angostos corredores fosforescentes que quedan entre los troncos gigantescos de ese bosque iba Carter emitiendo ciertos sonidos chirriantes, a la manera de los zoogs, y callando de cuando en cuando en espera de respuesta. Recordaba que había un poblado de zoogs en el centro del bosque, en una zona en que abundaban grandes rocas musgosas y donde, según se contaba, habían vivido anteriormente seres aún más terribles, ya olvidados afortunadamente, después de tanto tiempo. Así que se dirigió hacia ese lugar. Reconocía el camino por los hongos grotescos; que cada vez parecían más voluminosos y mejor alimentados, a medida que se iba aproximando al terrible círculo de piedras en cuyo centro habían danzado y habían celebrado sus sacrificios los innominados seres anteriores. Finalmente, el enorme resplandor de aquellos hongos hinchados reveló una siniestra inmensidad verdosa y gris que ascendía hasta la bóveda espesa de la selva. Estaba muy cerca del anillo de piedras, y por ello supo Carter que el poblado de los zoogs debía hallarse a poca distancia. Renovó sus llamadas en el lenguaje chirriante y esperó pacientemente; por fin vio recompensados sus esfuerzos al darse cuenta de que le vigilaba una multitud de ojos. Eran los zoogs, cuyos ojos espectrales destacan en la oscuridad mucho antes de que puedan distinguirse sus siluetas oscuras, desmedradas y escurridizas.

Salieron en enjambre de sus madrigueras y de los árboles huecos, y eran tan numerosos que invadieron todo el espacio iluminado. Los más fieros le rozaron desagradablemente, y uno de ellos llegó a darle un repulsivo mordisco en una oreja; pero estos seres desordenados e irrespetuosos fueron contenidos muy pronto por los más viejos y sensatos. El Consejo de los Sabios, al reconocer al visitante, le ofreció una calabaza llena de savia fermentada de cierto árbol encantado que era distinto a todos los demás, y que había nacido de una semilla procedente de la luna. Y después de beber Carter ceremoniosamente, se inició un extraño coloquio. Por desgracia, los zoogs no sabían dónde se encontraba el pico de Kadath, ni podían decirle si la inmensidad fría se hallaba en nuestro país de los sueños o en otro. Se decía que los Grandes Dioses aparecen indistintamente en cualquier parte, y sólo uno de los zoogs pudo informarle de que era más frecuente verlos en los picos de las altas montañas que en los valles, ya que en tales picos ejecutan sus danzas conmemorativas cuando la luna brillaba sobre ellos y las nubes los aíslan de las tierras bajas.

Entonces un zoog que era muy viejo recordó algo que los demás ignoraban y dijo que en Ulthar, al otro lado del río Skai, todavía existía un último ejemplar de los Manuscritos Pnakóticos, copiado por hombres del mundo vigil en algún reino boreal ya olvidado, y trasladado a la región de los sueños cuando los caníbales velludos llamados gnophkehs conquistaron Olathoe, la tierra de los infinitos templos, y mataron a todos los héroes del país de Lomar, Esos manuscritos -dijo- eran inconcebiblemente antiguos y hablaban mucho de los dioses; y, además, en Ulthar había quienes habían visto las huellas de los dioses; incluso vivía un sacerdote que había escalado una gran montaña para verlos danzar bajo la luz de la luna.

Afortunadamente había fracasado en su intento, pero un acompañante suyo que los consiguió ver había perecido horriblemente.

Randolph Carter agradeció esta información a los zoogs, que emitieron amistosos chirridos y le dieron otra calabaza de vino lunar para que se la llevara consigo, y emprendió el camino a través del bosque fosforescente, en dirección a la linde opuesta, donde las tumultuosas aguas del Skai se precipitan por las pendientes de Lerion, de Hatheg, de Nir y de Ulthar, y se sosiegan después en la llanura. Tras él, fugitivos y disimulados, reptaban varios zoogs curiosos que deseaban saber lo que le sucedería para poder contarlo más tarde a los suyos. Los robles inmensos se fueron haciendo más corpulentos y espesos a medida que se alejaba del poblado, por lo que le llamó la atención un lugar donde se veían mucho más ralos, desmedrados y moribundos, como ahogados entre una profusa cantidad de hongos deformes, hojarasca podrida y troncos de sus hermanos muertos. Aquí se tuvo que desviar bastante, porque en ese lugar había incrustada en el suelo una enorme losa de piedra. Y dicen quienes se habían atrevido a acercarse a ella, que tiene una argolla de hierro de un metro de diámetro. Recordando el arcaico círculo de rocas musgosas, y la razón por la cual fue erigido posiblemente, los zoogs no se detuvieron junto a la losa de gigantesca argolla. Sabían que no todo lo olvidado ha desaparecido necesariamente y no sería agradable ver levantarse aquella losa lentamente.

Carter se volvió al oír tras de sí los asustados chirridos de algunos zoogs atemorizados. Sabía ya que le seguían, y por ello no se alarmó; uno se acostumbra pronto a las rarezas de esas criaturas fisgonas. Al salir del bosque se vio inmerso en una luz crepuscular cuyo creciente resplandor anunciaba que estaba amaneciendo. Por encima de las fértiles llanuras que descendían hasta el Skai, y por todas partes, se extendían las cercas y los campos arados y las techumbres de paja de aquel país apacible. Se detuvo una vez en una granja a pedir un trago de agua, y los perros ladraron espantados por los invisibles zoogs que reptaban tras él por la yerba. En otra casa, donde las gentes andaban atareadas, preguntó si sabían algo de los dioses y si danzaban con frecuencia en la cima de Lerión; pero el granjero y su mujer se limitaron a hacer el Signo Arquetípico y a indicar sin palabras el camino que conducía a Nir y a Ulthar.

A mediodía caminaba ya por una calle principal de Nir, donde había estado anteriormente. Era esta ciudad el lugar más alejado que él había visitado tiempo atrás en aquella dirección. Poco después llegaba al gran puente de piedra que cruza el Skai, en cuyo tramo central los constructores habían sellado su obra con el sacrificio de un ser humano hacía mil trescientos años. Una vez al otro lado, la frecuente presencia de gatos (que erizaban sus lomos al paso de los zoogs) anunció la proximidad de Ulthar; pues en Ulthar, según una antigua y muy importante ley, nadie puede matar un solo gato. Muy agradables eran los alrededores del Ulthar, con sus casitas de techumbre de paja y sus granjas de limpios cercados; y aún más agradable era el propio pueblecito, con sus viejos tejados puntiagudos y sus pintorescas fachadas, con sus innumerables chimeneas y sus estrechos callejones empinados, cuyo viejo empedrado de guijarros podía admirarse allí donde los gatos dejaban espacio suficiente. Una vez que notaron los gatos la presencia de los zoogs y se apartaron, Carter se dirigió directamente al modesto Templo de los Grandes Dioses, donde, según se decía, estaban los sacerdotes y los viejos archivos; y ya en el interior de la venerable torre circular cubierta de hiedra -que corona la colina más alta de Ulthar- buscó al patriarca Atal, el que había subido al prohibido pico de Hathea-Kla, en el desierto de piedra, y había regresado vivo.

Atal, sentado en su trono de marfil cubierto de dosel, en el santuario ornado de guirnaldas que ocupa la parte más elevada del templo, contaba más de trescientos años de edad, aunque conservaba todavía su agudeza de espíritu y toda su memoria. Por él supo Carter muchas cosas acerca de los dioses; sobre todo, que no son éstos sino dioses de la Tierra, los cuales ejercen un débil poder sobre el mundo de nuestros sueños, y no tienen ningún otro señorío ni habitan en ningún otro lugar. Podían atender la súplica de un hombre si estaban de buen humor, pero no se debía intentar subir hasta su fortaleza, que se alzaba en lo más alto de Kadath, ciudad de la inmensidad fría. Era una suerte que ningún hombre conociera la localización exacta de las torres de Kadath, porque cualquier expedición a ellas podría haber traído consecuencias muy graves. Barzai el Sabio, compañero de Atal, había sido arrebatado aullando de terror por las fuerzas del cielo, sólo por haber osado escalar el conocido pico de Hatheg-Kla. En lo que respecta a la desconocida Kadath, si alguien llegara a encontrarla, la cosa sería mucho peor; pues aunque a veces los dioses de la Tierra puedan ser dominados por algún sabio mortal, están protegidos por los Dioses Otros del Exterior, de los que es más prudente no hablar. Dos veces por lo menos, en la historia del mundo, los Dioses Otros habían dejado su huella impresa en el primordial granito de la Tierra: la primera, en tiempos antediluvianos, según podía deducirse de ciertos grabados de aquellos fragmentarios Manuscritos Pnakóticos, cuyo texto es demasiado antiguo para poderse interpretar; y otra en Hatheg-Kla, cuando Barzai el Sabio quiso presenciar la danza de los dioses de la tierra a la luz de la luna. Así pues -dijo Atal-, era mucho mejor dejar tranquilos a todos los dioses y limitarse a dirigirles plegarias discretas.

Carter aunque decepcionado por los desalentadores consejos de Atal y la escasa ayuda que le proporcionaron los Manuscritos Pnakóticos y los Siete Libros Crípticos de Hsan, no perdió toda la esperanza. Primero preguntó al anciano sacerdote sobre aquella maravillosa ciudad del sol poniente que veía desde una terraza bordeada de balaustradas, pensando que quizá pudiera encontrarla sin la ayuda de los dioses; pero Atal no pudo decirle nada. Probablemente -dijo Atal- ese lugar pertenecía al mundo de sus sueños personales y no al mundo onírico común, y lo más seguro es que se hallara en otro planeta. En ese caso, los dioses de la tierra no podrían guiarle ni aunque quisieran. Pero esto tampoco era seguro, ya que la interrupción de sus sueños por tres veces indicaba que había algo en él que los Grandes Dioses querían ocultarle.

Entonces Carter hizo algo reprobable: ofreció a su bondadoso anfitrión tantos tragos del vino lunar que le regalaron los zoogs, que el anciano se volvió irresponsablemente comunicativo. Liberado de su natural reserva, el pobre Atal se puso a charlar con entera libertad de cosas prohibidas, y le habló de una gran imagen que, según contaban los viajeros, está esculpida en la sólida roca del monte Ngranek, situado en la isla de Oriab, allá en el Mar Meridional; y le dio a entender que, posiblemente, fuera un retrato que los dioses de la tierra habían dejado de su propio semblante en los días que danzaban a la luz de la luna sobre la cima de aquella montaña. Y añadió hipando que los rasgos de aquella imagen son muy extraños, de manera que podían reconocerse perfectamente y constituían los signos inequívocos de la auténtica raza de los dioses.

La utilidad de toda esta información se le hizo inmediatamente patente a Carter. Se sabe que, disfrazados, los más jóvenes de los Grandes Dioses se casan a menudo con las hijas de los hombres, de modo que junto a los confines de la inmensidad fría, donde se yergue Kadath, los campesinos llevaban todos sangre divina. En consecuencia, la manera de descubrir el lugar donde se encuentra Kadath sería ir a ver el rostro de piedra de Ngranek y fijarse bien en sus rasgos. Luego de haberlos grabado cuidadosamente en la memoria, tendría que buscar esos rasgos entre los hombres vivos. Y allá donde se encontrasen los más evidentes y notorios, sería el lugar más próximo de la morada de los dioses. Y así, el frío desierto de piedra que se extienda más allá de estos poblados será sin duda aquel donde se halla Kadath.

En tales regiones puede uno enterarse de muchas cosas acerca de los Grandes Dioses, puesto que quienes lleven sangre suya bien pueden haber heredado igualmente pequeñas reminiscencias muy valiosas para un investigador. Es posible que los moradores de estas regiones ignoren su parentesco con los dioses, porque a los dioses les repugna tanto ser reconocidos por los hombres, que entre éstos no hay uno solo que haya visto los rostros de aquéllos, cosa que Carter comprobó más adelante, cuando intentó escalar el monte Kadath. Sin embargo, estos hombres de sangre divina tendrían sin duda pensamientos singularmente elevados que sus compañeros no llegarían a comprender, y sus canciones hablarían de parajes lejanos y de jardines tan distintos de cuantos son conocidos, incluso en el país de los sueños, que las gentes vulgares les tomarían por locos. Acaso sirviera esto a Carter para desvelar alguno de los viejos secretos de Kadath, o para obtener alguna alusión a la maravillosa ciudad del sol poniente que los dioses guardan en secreto. Más aún, si la ocasión se presentaba, podría utilizar como rehén a algún hijo amado de los dioses, o incluso capturar a un joven dios de los que viven disfrazados entre los hombres, casados con hermosas campesinas.

Pero Atal no sabía cómo podía llegar Carter al monte Ngranek, en la isla de Oriab, y le aconsejó que siguiera el curso del Skai, cantarino bajo los puentes, hasta su desembocadura en el Mar Meridional, donde jamás ha llegado ningún habitante de Ulthar, pero de donde vienen mercaderes en embarcaciones o en largas caravanas de mulas y carromatos de pesadas ruedas. Allí se alza una gran ciudad llamada Dylath-Leen, pero tiene mala reputación en Ulthar a causa de los negros trirremes que entran en su puerto cargados de rubíes, venidos de no se sabe qué litorales. Los comerciantes que vienen en esas galeras a tratar con los joyeros son humanos o casi humanos, pero jamás han sido vistos los galeotes. Y en Ulthar no se considera prudente traficar con estos mercaderes de negros barcos que vienen de costas remotas y cuyos remeros jamás salen a la luz.

Después de contar todo esto, Atal se quedó amodorrado. Carter lo depositó suavemente en su lecho de ébano y le recogió decorosamente su larga barba sobre el pecho. Al emprender el camino, observó que no le seguía ningún ruido solapado, y se preguntó por qué razón los zoogs habrían abandonado su curioso seguimiento. Entonces se dio cuenta de la complacencia con que los lustrosos gatos de Ulthar se lamían las fauces, y recordó los gruñidos, maullidos y gemidos lejanos que se habían oído en la parte baja del templo, mientras él escuchaba absorto la conversación del viejo sacerdote. Y recordó también con qué hambrienta codicia había mirado un joven zoog particularmente descarado a un gatito negro que había en la calle. Y como a él nada le gustaba tanto como los gatitos negros, se detuvo a acariciar a los enormes gatazos de Ulthar que se relamían, y no se lamentó de que los zoogs hubiera dejado de escoltarle.

Caía la tarde, así que Carter paró en una antigua posada que daba a un empinado callejón, desde donde se dominaba la parte baja del pueblo. Se asomó al balcón de su dormitorio y, al contemplar la marca de rojos tejados, los caminos empedrados y los encantadores prados que se extendían a lo lejos, pensó que todo formaba un conjunto dulce y fascinante a la luz sesgada del ocaso, y que Ulthar sería sin duda alguna el lugar más maravilloso para vivir, si no fuera por el recuerdo de aquella gran ciudad del sol poniente que le empujaba de manera incesante hacia unos peligros ignorados. Empezaba ya a anochecer; las rosadas paredes y las cúpulas se volvieron violáceas y místicas, y tras las celosías de las viejas ventanas comenzaron a encenderse lucecitas amarillas. Las campanas de la torre del templo repicaron armoniosas allá arriba, y la primera estrella surgió temblorosa por encima de la vega del Skai. Con la noche vinieron las canciones, y Carter asintió en silencio cuando los vihuelistas cantaron los tiempos antiguos desde los balcones primorosos y los patios taraceados de Ulthar. Y sin duda se habría podido apreciar la misma dulzura en los maullidos de los gatos, de no haber estado casi todos ellos pesados y silenciosos a causa de su extraño festín. Algunos de ellos se escabulleron sigilosamente hacia esos reinos ocultos que sólo conocen los gatos y que, según los lugareños, se hallan en la cara oculta de la luna, adonde trepan desde los tejados de las casas más altas. Pero un gatito negro subió a la habitación de Carter y saltó a su regazo para jugar y ronronear, y se ovilló a sus pies cuando él se tendió en el pequeño lecho cuyas almohadas estaban rellenas de yerbas fragantes y adormecedoras.

Por la mañana, Carter se unió a una caravana de mercaderes que salía hacia Dylath-Leen con lana hilada de Ulthar y coles de sus fértiles huertas. Y durante seis días cabalgó al son de los cascabeles por un camino llano que bordeaba el Skai, parando unas noches en las posadas de los pintorescos pueblecitos pesqueros, y acampando otras bajo las estrellas, al arrullo de las canciones de los barqueros que llegaban desde el apacible río. El campo era muy hermoso, con setos verdes y arboledas, y graciosas cabañas puntiagudas y molinos octogonales.

Al séptimo día vio alzarse una mancha borrosa de humo en el horizonte, y luego las altas torres negras de Dylath-Leen, construida casi en su totalidad de basalto Dylath-Leen, con sus finas torres angulares, parece desde lejos un fragmento de la Calzada de los Gigantes, y sus calles son tenebrosas e inhospitalarias. Tiene muchas tabernas marineras de lúgubre aspecto junto a sus innumerables muelles, y todas están atestadas de extrañas gentes de mar venidas de todas las partes de la tierra, y aun de fuera de ella también, según dicen. Carter preguntó a aquellos hombres de exóticos atuendos si sabían dónde se encuentra el pico Ngranek de la isla Oriab, y se encontró con que sí lo sabían. Varios barcos hacían la ruta de Baharna, que es el puerto de esa isla, y uno de ellos iría para allá al cabo de un mes. Desde Baharna, el Ngranek queda a dos días escasos de viaje a caballo. Pero son pocos los que han visto el rostro de piedra del dios, porque está situado en la vertiente de más difícil acceso al pico del Ngranek, en lo alto de unos precipicios inmensos, desde donde se domina un siniestro valle volcánico. Una vez, los dioses se irritaron con los hombres en aquel paraje, y hablaron del asunto a los Dioses Otros.

Le fue difícil recoger esta información de los mercaderes y de los marineros de las tabernas de Dylath-Leen, porque casi todos preferían hablar de las negras galeras. Una de ellas llegaría dentro de una semana cargada de rubíes desde su ignorado puerto de origen, y las gentes de la ciudad se sentían invadidas por el pánico sólo de pensar en verlas aparecer por la bocana del puerto. Los mercaderes que venían en esa galera tenían la boca desmesurada, y sus turbantes formaban dos bultos hacia arriba desde la frente que resultaban particularmente desagradables. Su calzado era el más pequeño y raro que se hubiera visto jamás en los Seis Reinos. Pero lo peor de todo era el asunto de los nunca vistos galeotes. Aquellas tres filas de remos se movían con demasiada agilidad, con demasiada precisión y vigor para que fuese cosa normal; como tampoco era normal que un barco permaneciera en puerto durante semanas, mientras los mercaderes trataban sus negocios, y que en ese tiempo no viera nadie a su tripulación. A los taberneros de Dylath-Leen no les gustaba esto, y tampoco a los tenderos y carniceros, ya que jamás habían subido a bordo la más mínima cantidad de provisiones. Los mercaderes no compraban más que oro y robustos esclavos negros, traídos de Parg por el río. Eso era lo único que cargaban esos mercaderes de desagradables facciones y de dudosos remeros. Jamás embarcaron producto alguno de las carnicerías y las tiendas, sino sólo oro y corpulentos negros de Parg, a quienes compraban al peso. Y el olor que emanaba de aquellas galeras, olor que el viento traía hasta los muelles, era indescriptible. Unicamente podían soportarlo los parroquianos más duros de las tabernas, a base de fumar constantemente tabaco fuerte. Jamás habría tolerado Dylath-Leen la presencia de las negras galeras, de haber podido obtener tales rubíes por otro conducto; pero ninguna mina de todo el país terrestre de los sueños los producía como aquéllos.

Los cosmopolitas de Dylath-Leen hablaban ante todo de estas cosas, mientras Carter aguardaba pacientemente el barco de Baharna que le llevaría a la isla donde se alzan los picos del Ngranek, elevados y estériles. Durante ese tiempo no dejó de indagar por los lugares que frecuentaban los lejanos viajeros, en busca de cualquier relato que hiciese referencia a Kadath, la ciudad de la inmensidad fría, o la

maravillosa ciudad de muros de mármol y fuentes de plata que había contemplado desde lo alto de una terraza a la hora del crepúsculo. Pero nadie pudo darle noticias al respecto, aunque en una de las ocasiones tuvo la sensación de que cierto viejo mercader de ojos oblicuos le dirigió una mirada extrañamente brillante al oírle mencionar la inmensidad fría. Tenía fama este hombre de comerciar con los habitantes de los horribles poblados de piedra que se levantan en la helada y desierta meseta de Leng, jamás visitada por gentes sensatas, y cuyas hogueras malignas se habían visto brillar por la noche en la lejanía. Incluso corría el rumor de que tenía contacto con ese gran sacerdote enigmático que cubre su rostro con una máscara de seda amarilla y vive solitario en un prehistórico monasterio de piedra. Era indudable que aquel individuo había tenido algún comercio con los seres que habitan en la inmensidad fría; pero Carter no tardó en comprobar que era inútil preguntarle.

Por aquellos días entró en puerto la galera negra; pasó el dique de basalto y el gran faro, silenciosa y extraña, envuelta en una rara pestilencia que el viento del sur arrojaba a la ciudad. El malestar invadió las tabernas que se extendían a lo largo de los muelles, y al poco tiempo, los sombríos mercaderes de boca inmensa, turbantes gibosos y pies minúsculos bajaron a tierra furtivamente en busca de las tiendas de los joyeros. Carter los observó de cerca; y cuanto más los miraba, más desagradables le parecían. Después vio cómo embarcaban por la pasarela a los fornidos negros de Parg, que subían gruñendo y sudando, y los metían en el interior de aquella galera singular; y no pudo por menos de preguntarse en qué tierra -si es que llegaban a desembarcar- estarían destinadas a servir aquellas obesas y conmovedoras criaturas.

Al tercer día de haber llegado la galera, uno de aquellos desagradables mercaderes se encaró con él y, con una sonrisa obsequiosa y artera, le dijo que había oído en la taberna que estaba haciendo ciertas indagaciones. El mercader parecía estar enterado de cosas demasiado secretas para hablarlas en público, y, aunque tenía una voz insoportablemente odiosa, Carter comprendió que no debía desestimar los conocimientos de un viajero que venía de tan lejos. Por eso, le invitó a subir a una de sus habitaciones privadas, y le ofreció la última porción que le quedaba del vino lunar de los zoogs para soltarle la lengua. El extraño mercader bebió copiosamente, pero no por ello dejaba de sonreír cínicamente. Luego sacó a su vez una rara botella que traía consigo, y Carter tuvo ocasión de comprobar que se trataba de un rubí ahuecado. Ofrecióle el mercader vino de esta botella a su anfitrión, y aunque Carter bebió tan sólo un breve sorbo, al momento sintió el vértigo del vacío y la fiebre de insospechadas junglas. El invitado no dejaba de sonreír ni un momento, pero cada vez lo fue haciendo con más descaro. Cuando Carter se sumió al fin en la negrura, lo último que vio fue aquella cara siniestra contorsionada por una risa perversa, y una cosa totalmente inconcebible que surgió de uno de los bultos frontales del turbante anaranjado al desenrollársele por las sacudidas de aquella risa convulsiva.

Carter recobró el conocimiento en una atmósfera espantosamente maloliente. Se hallaba bajo una especie de tienda plantada en la cubierta de un barco, y vio cómo las maravillosas costas del Mar Meridional se deslizaban con anormal rapidez. No estaba encadenado, pero a su lado había de pie tres de aquellos mercaderes de tez oscura sonriéndole, y la visión de los bultos de sus turbantes le marcó casi tanto como la fetidez que emanaba de las siniestras escotillas. Frente a él vio pasar tierras gloriosas y ciudades que un compañero de ensueños terrestres -torrero de faro de un antiguo puerto- le había descrito a menudo tiempo atrás; y reconoció los templos escalonados de Zak, moradas de sueños olvidados, las agujas de la infame Thalarión, ciudad diabólica de mil maravillas donde reina el ídolo Lathi, los jardines-osarios de Zura, tierra de placeres insatisfechos, y los promontorios gemelos de cristal, que se unen por arriba formando el arco resplandeciente que custodia el puerto de Sona-Nyl, la bienaventurada tierra de la imaginación.

Pasadas todas estas tierras fastuosas, la pestilente embarcación navegó con inquietante premura, impulsada por la boga anormalmente veloz de sus invisibles remeros. Y antes de terminar el día, Carter vio que el timonel no llevaba otro rumbo que los Pilares Basálticos del Oeste, más allá d~ los cuales dicen los crédulos que se halla la ilustre Cathuria, aunque los soñadores expertos saben muy bien que estos pilares son las puertas de una monstruosa catarata por la que todos los océanos de la tierra de los sueños se precipitan en el abismo de la nada y atraviesan los espacios hacia otros mundos y otras estrellas, y hacia los espantosos vacíos exteriores al universo donde Azathoth, sultán de los demonios, roe hambriento en el caos, entre fúnebres redobles y melodías de flauta, mientras presencia la danza infernal de los Dioses Otros, ciegos, mudos, tenebrosos y torpes, junto con Nyarlathotep, espíritu y mensajero de éstos.

Entre tanto, los sardónicos mercaderes no decían una palabra de sus intenciones, pero Carter sabía muy bien que debían estar en complicidad con quienes querían impedir su empresa. Se sabe en la tierra de los sueños que los Dioses Otros tienen muchos agentes mezclados entre los hombres; y todos estos enviados, casi o enteramente humanos, están dispuestos a cumplir la voluntad de esas entidades ciegas y estúpidas, a cambio de obtener los favores de su horrible espíritu y mensajero el caos reptante

Nyarlathotep. De ello dedujo Carter que los mercaderes de abultados turbantes, al enterarse de su temeraria búsqueda del castillo de Kadath donde moran los Grandes Dioses, habían decidido raptarlo para entregarse a Nyarlathotep a cambio de quién sabe qué merced. Carter no podía adivinar cuál sería la tierra de aquellos mercaderes, ni si estaba en nuestro universo conocido o en los horribles espacios exteriores. Tampoco sospechaba en qué punto infernal se reunirían con el caos reptante para entregarle y exigir su recompensa. Sabía, sin embargo, que ningún ser casi humano como aquéllos se atrevería a acercarse al trono de la tiniebla final, a Azathoth, allá en el centro del vacío sin forma.

Al ponerse el sol, los mercaderes empezaron a lamerse sus enormes labios, con la mirada hambrienta. Uno de ellos bajó a algún compartimiento oculto y nauseabundo, y regresó con una olla y un cesto de platos. Se sentaron juntos bajo la tienda y comieron carne ahumada, que se pasaban unos a otros. Pero cuando le dieron un trozo a Carter, descubrió éste, por su tamaño y forma, algo terrible. Se puso más pálido que antes y arrojó al mar aquel trozo de carne, cuando nadie se fijaba en él. Y nuevamente pensó en aquellos remeros invisibles de abajo y en el sospechoso alimento del cual sacaban su tremenda fuerza muscular.

Era de noche cuando la galera pasó entre los pilares basálticos del Oeste, y el ruido de la catarata final se hizo ensordecedor. Y la nube de agua pulverizada se elevaba hasta oscurecer el fulgor de las estrellas, y la cubierta se puso más húmeda, y el barco se estremeció zarandeado por la corriente embravecida del borde del abismo. Luego, con un extraño silbido y de un solo impulso, la nave saltó al vacío, y Carter sintió un acceso de terror indescriptible al notar que la tierra huía bajo la quilla, y que el navío surcaba silencioso como un cometa los espacios planetarios. Jamás había tenido noticia hasta entonces de los seres informes y negros que se ocultan y se retuercen por el éter, gesticulando y hostigando a cualquier viajero que pueda pasar, y palpando con sus zarpas viscosas todo objeto móvil que excite su curiosidad. Son las larvas de los Dioses Otros, que como ellos, son ciegas y carecen de espíritu, y están poseídas por un hambre y una sed sin límites.

Pero el destino de aquella horrenda galera no era tan lejano como Carter había supuesto, pues no tardó en comprobar que el timonel ponía rumbo a la luna. La luna aparecía en un brillante cuarto creciente que aumentaba más y más a medida que se iban acercando, y mostraba sus cráteres singulares y sus picos inhóspitos. El barco siguió rumbo a sus riberas, y pronto se puso de manifiesto que su destino era aquella cara misteriosa y secreta que siempre ha permanecido de espaldas a la tierra, y que ningún ser enteramente humano, salvo el soñador Snireth-Ko quizá, ha contemplado jamás. Al acercarse la galera, el aspecto de la luna le pareció sobremanera inquietante a Carter: no le gustaban ni la forma ni las dimensiones de las ruinas diseminadas por todas partes. Los templos muertos de las montañas estaban construidos y orientados de tal manera que, evidentemente, no podían haber servido para rendir culto a ningún dios normal y corriente; y en la simetría de las rotas columnas parecía traslucirse un significado oscuro y secreto que no invitaba a ser desentrañado. Carter prefirió no hacer conjeturas sobre la naturaleza y proporciones de los antiguos adoradores de esos templos.

Cuando el barco dobló el borde del satélite, y navegó sobre aquellas tierras invisibles a los ojos de los hombres, aparecieron en el misterioso paisaje ciertos signos de vida, y Carter vio una infinidad de casitas de campo, bajas, amplias, circulares, que se alzaban en unos campos cubiertos de hinchados hongos blancuzcos. Observó que las casas carecían de ventanas, y pensó que sus formas recordaban a las de las chozas de los esquimales. Luego vio las olas oleaginosas de un mar perezoso, y pudo comprobar que el viaje iba a proseguir de nuevo sobre las aguas; al menos, sobre elemento líquido. La galera tocó la superficie con un ruido peculiar, y la extraña elasticidad con que las olas la acogieron dejó perplejo a Carter. La nave se deslizaba ahora a gran velocidad. En una ocasión adelantó a otra galera igual, y ambas tripulaciones se saludaron a voces; pero en general, sólo se distinguía aquel mar extraño, y un cielo negro y sembrado de estrellas aun cuando el sol brillaba de forma abrasadora.

Luego se alzaron frente al navío los henchidos acantilados de una costa de aspecto leproso. Y Carter vislumbró las sólidas y desagradables torres grises de una ciudad. Su extraña inclinación y su insólita curvatura, el modo con que se apiñaban y el hecho de carecer de ventanas, resultaron considerablemente turbadores para el prisionero, que lamentaba amargamente la tontería de haber probado el raro vino de aquel mercader de turbante giboso. Cuando ya se aproximaban a la costa, y la horrenda fetidez de la ciudad se hizo aún más irresistible, vio sobre las quebradas colinas una infinidad de selvas, algunos de cuyos árboles reconoció como de la misma especie de aquel solitario árbol lunar que viera en el bosque encantado de la tierra, y cuya savia fermentada constituía el singular vino de los pequeños y pardos zoogs.

Carter podía distinguir ahora unas figuras que se movían por los muelles pestilentes, y según las iba viendo con mayor claridad, sentía crecer su miedo y su aversión. Porque no eran hombres, ni aun parecidos a hombres, sino criaturas descomunales, grisáceas, viscosas y blanduzcas que podían estirarse y contraerse a voluntad, pero cuya forma más común -aunque la modificaran a menudo- era la de una

especie de sapo sin ojos, con una extraña masa de tentáculos sonrosados que vibraban en la punta de sus chatos hocicos. Estas bestias se afanaban torpemente por los muelles, manejando fardos y cuévanos y cajas con fuerza prodigiosa, y saltando a cada momento del muelle a los barcos amarrados o de los barcos al muelle, con largos remos entre sus patas delanteras. De cuando en cuando, pasaban conduciendo un tropel de esclavos de caracteres muy semejantes a los humanos, pero cuyas bocas inmensas recordaban a las de los mercaderes que traficaban en Dylath-Leen; sin embargo, estos individuos, sin turbante ni calzado ni ropa alguna, no parecían tan humanos como aquéllos. Algunos de los esclavos, los más obesos -cuyas carnes tentaba una especie de vigilante para calcular su calidad- eran desembarcados de las galeras y enjaulados en grandes canastos asegurados con clavos, que los cargadores metían a empujones en los almacenes o embarcaban en grandes furgones chirriantes.

Cargaron uno de los furgones y partió inmediatamente; la fabulosa criatura que lo conducía era tal que Carter se quedó estupefacto, aun después de haber visto las demás monstruosidades de aquel abominable lugar. De cuando en cuando, pasaban pequeños grupos de esclavos vestidos y con turbantes, igual que los atezados mercaderes, y eran conducidos a bordo de una galera, seguidos de un grupo numeroso de viscosos seres con cuerpo de sapo que componían la tripulación: oficiales, marineros y remeros. Carter veía que las criaturas casi humanas eran destinadas a las más ignominiosas tareas serviles, para las que no se requería una fuerza excepcional, como gobernar el timón y cocinar, hacer recados y negociar con los hombres de la tierra o de los demás planetas con los que ellos mantenían comercio. Estas criaturas debían de ser las más adecuadas para estas comisiones terrestres, ya que no se diferenciaban grandemente de los hombres una vez vestidas, calzadas y tocadas con sus oportunos turbantes; y podían regatear en las tiendas de éstos sin tener que dar explicaciones embarazosas e inoportunas. Pero casi todas ellas, mientras no fueran exageradamente flacas o feas, iban desnudas y metidas en jaulas que los seres fabulosos transportaban en pesados carricoches. A veces desembarcaban y enjaulaban también otras clases de seres, algunos muy parecidos a las criaturas semihumanas, otros no tan parecidos y otros totalmente distintos. Y Carter se preguntaba si aquellos desdichados negros de Parg no serían desembarcados, enjaulados y transportados en el interior de aquellos ominosos carricoches.

Cuando la galera atracó a un muelle grasiento, de roca esponjosa, una horda pesadillesca de seres con forma de sapo surgió por las escotillas. Dos de ellos agarraron a Carter y lo desembarcaron. El olor y el aspecto de aquella ciudad eran indescriptibles, y Carter sólo pudo captar imágenes dispersas de las calles enlosadas, de las negras puertas y de las elevadísimas fachadas verticales y grises, carentes de ventanas. Por fin, le metieron en un portal de bajo dintel y le hicieron subir una infinidad de peldaños por un pozo de tinieblas. Al parecer, a los seres con cuerpo de sapo les daba lo mismo la luz que la oscuridad. El olor que reinaba en aquel lugar era insoportable, y cuando Carter fue encerrado en una cámara y le dejaron solo allí, apenas le quedaron fuerzas para arrastrarse a lo largo de los muros y cerciorarse de su forma y dimensiones. Se trataba de un recinto circular de unos veinte pies de diámetro.

A partir de ese momento, el tiempo dejó de existir. A intervalos le echaban de comer, pero Carter no quiso tocar aquella comida. No tenía idea de lo que iba a ser de él, pero presentía que le mantendrían allí hasta la llegada de Nyarlathotep, el caos reptante, espíritu y mensajero de los Dioses Otros. Finalmente, después de una interminable sucesión de horas o de días, la gran puerta de piedra se abrió de par en par y Carter fue conducido a empellones escaleras abajo, hasta las calles, iluminadas con luces rojas, de aquella aterradora ciudad. Era de noche en la luna, y por toda la ciudad se veían esclavos estacionados, sosteniendo antorchas encendidas.

En una detestable plaza se había formado una especie de procesión compuesta por diez seres de cuerpo de sapo y veinticuatro portadores de antorchas casi humanos, once a cada lado y uno en cada extremo. Carter fue colocado en medio de la formación, con cinco seres de cuerpo de sapo delante y otros cinco detrás, y un casi humano a cada lado. Otros seres de cuerpo de sapo sacaron flautas de ébano y ejecutaron tonadas repugnantes. Al son de aquellas infernales melodías, la columna comenzó a desfilar por las calles pavimentadas, dejó atrás la ciudad y se internó por las oscuras llanuras pobladas de hongos obscenos. No tardaron en ascender por la ladera de una de las más bajas colinas que se elevaban a espaldas de la ciudad. Carter estaba convencido de que el caos reptante aguardaba en alguno de aquellos declives escarpados o en alguna abominable llanura, y deseaba que su tortura terminase pronto. El canto plañidero de las flautas impías era enloquecedor, y él habría dado el mundo entero por que el sonido hubiese sido sólo un poco menos anormal; pero aquellos seres carecían de voz y los esclavos no hablaban.

Entonces, a través de aquellas tinieblas estrelladas le llegó un sonido familiar que retumbó por los montes y resonó en todos los picos desgarrados, y sus ecos se propagaron dilatándose en una especie de coro demoníaco. Era el maullido del gato a media noche, y Carter comprendió por fin que las gentes del pueblo tenían razón cuando decían en voz baja que los gatos son los únicos que conocen las regiones misteriosas, y que los más viejos las visitan a escondidas, por la noche, saltando a ellas desde los más

elevados tejados. En verdad, es a la cara oscura de la luna adonde van a saltar y retozar por las colinas, y a conversar con sombras antiguas. Y aquí, en medio de la columna de fétidas criaturas, oyó Carter su maullido familiar, amistoso, y pensó en los tejados puntiagudos y en los cálidos hogares y en las ventanas débilmente iluminadas de las casas de Ulthar.

A la sazón, Randolph Carter conocía bastante bien el lenguaje de los gatos, y emitió el grito que le convenía en aquel paraje lejano y terrible. Pero no habría sido necesario que lo hiciera, ya que en el momento de abrir la boca oyó que el coro aumentaba y se iba acercando, y vio recortarse unas sombras veloces contra las estrellas, unas sombras pequeñas y graciosas que saltaban de colina en colina, en legiones apretadas. La llamada del clan había sido dada, y antes de que la abyecta procesión tuviese tiempo ni aun de asustarse, una nube de sedosas pieles, una falange de garras homicidas, cayó sobre ella como una riada tempestuosa. Callaron las flautas y los alaridos desgarraron la noche. Gritaban los moribundos casi humanos, y los gatos gruñían y aullaban y rugían. Pero de los seres con cuerpo de sapo no brotó ni un sonido, mientras derramaban fatalmente sus líquidos verdosos y repugnantes sobre aquella tierra porosa de hongos obscenos.

En tanto duraron las antorchas, el espectáculo fue prodigioso. Jamás había visto Carter tantos gatos. Negros, grises y blancos, amarillos, atigrados y mezclados, callejeros, persas, maneses, tibetanos, de Angora y egipcios; de todas clases los había en la furia de la batalla; y sobre todos ellos se cernía el aura de esa profunda e inviolada santidad que les otorgara su deidad tutelar en los enormes templos de Bubastis. Saltaban de siete en siete a las gargantas de los casi humanos o al hocico tentaculado de los seres con forma de sapo, y los derribaban salvajemente a la fungosa tierra donde miles y miles de compañeros se abalanzaban frenéticamente sobre ellos con uñas y dientes, presos de un furor sagrado. Carter había cogido la antorcha de un esclavo caído, pero no tardó en verse desbordado por las crecientes oleadas de sus fieles defensores. Cayó entonces en la más completa negrura, en cuyo seno escuchó el fragor de la batalla y los gritos de los vencedores. y sintió las suaves patas de sus amigos que de un lado a otro le saltaban por encima, en medio de la refriega.

Finalmente, el horror y la fatiga le cerraron los ojos, y cuando los abrió nuevamente, se vio inmerso en una escena extraña. El gran disco resplandeciente de la Tierra, trece veces mayor que el de la luna tal como nosotros la vemos, derramaba torrentes de inquietante luz sobre el paisaje lunar. Y a través de leguas y leguas de meseta salvaje y de crestas desgarradas, se extendía un mar interminable de gatos alineados en círculos concéntricos. Dos o tres de los jefes de este ejército se hallaban fuera de las filas, y le lamían la cara y ronroneaban para consolarle. No quedaba ni rastro de los esclavos y de los seres con forma de sapo, aunque Carter creyó ver un hueso no lejos de donde se encontraba, en el espacio que quedaba despejado entre él y los guerreros.

Carter habló entonces con los jefes en el suave lenguaje de los gatos, y se enteró de que su antigua amistad con la especie gatuna era muy conocida y comentada en todo lugar donde los gatos se reunían. No había pasado inadvertido por Ulthar, y los viejos gatazos lustrosos recordaban cómo los había acariciado después que ellos se hubieran ocupado de los hambrientos zoogs, que tan perversamente miraban al gatito negro. Y recordaban también lo cariñosamente que había acogido al gatito que subió a verle en la posada, y el platito de riquísima leche con que le había obsequiado la mañana antes de marcharse. El abuelo de aquel cachorrillo era precisamente el jefe del ejército allí reunido, ya que había visto la maligna procesión desde una lejana colina, reconociendo en el prisionero a un amigo fiel de su especie, tanto en la Tierra como en el país de los sueños.

Sonó un aullido desde un pico lejano, y el viejo jefe interrumpió su charla. Era uno de los vigías del ejército, apostado en la más elevada de las montañas para vigilar al único enemigo que temen los gatos de la Tierra: a los mismísimos gatos enormes de Saturno, que por alguna razón no han olvidado el encanto de la cara oscura de nuestra luna. Estos gatos están ligados por un pacto a los malvados seres de cuerpo de sapo, y son enemigos declarados de nuestros pequeños felinos terrestres. De modo que, en estas circunstancias, un encuentro con ellos habría sido bastante grave.

Tras una breve deliberación entre los generales, los gatos se levantaron y cerraron filas en torno a Carter para protegerle. Se prepararon para dar el gran salto a través del espacio y regresar a los tejados de nuestra Tierra y de la región terrestre de los sueños. El viejo mariscal de campo aconsejó a Carter que se dejara llevar tranquila y pasivamente por la masa compacta de saltadores de sedoso pelaje, y le explicó cómo debía saltar cuando saltaran los demás, y cómo aterrizar suavemente cuando el resto lo hiciera. Asimismo se ofreció a depositarle en el lugar que él deseara, y Carter escogió la ciudad de Dylath-Leen, de donde había zarpado la negra galera, pues él deseaba partir por mar desde allí con rumbo a Oriab y la cresta esculpida del Ngranek, y también quería prevenir a sus habitantes para que no mantuvieran por más tiempo ningún tráfico con las galeras negras, si es que podían interrumpirlo con tacto y diplomacia. Entonces, a una señal, los gatos saltaron ágilmente, protegiendo entre todos a su amigo. Entretanto, en

una caverna tenebrosa que se abría en la sagrada cumbre de las montañas lunares, Nyarlathotep, el caos reptante, aguardaba en vano.

El salto de los gatos a través del espacio fue realmente vertiginoso. Rodeado esta vez por sus compañeros, Carter no vio las grandes sombras confusas que acechan y se enroscan y palpitan en el abismo. Antes de acabar de comprender lo que estaba sucediendo, se encontró de nuevo en su familiar habitación de la posada de Dylath-Leen, por cuya ventana salían a raudales los silenciosos y amigables gatos. El anciano jefe de Ulthar fue el último en marcharse, y cuando Carter le estrechó la zarpa, le dijo que llegaría a su casa hacia el alba. Cuando empezaba a amanecer, Carter bajó y se enteró de que había transcurrido una semana desde que le raptaran. Debía aguardar todavía un par de semanas más para tomar el barco con destino a Oriab, y durante este tiempo habló cuanto pudo en contra de las galeras negras y sus infames costumbres. La mayor parte de la gente le creyó; pero tanto interesaban los grandes rubíes a los joyeros, que nadie le dio promesa formal de terminar sus tratos con los mercaderes de boca inmensa. Si un día sobreviene alguna calamidad a Dylath-Leen como consecuencia de esos negocios, no será por culpa de Carter

Al cabo de una semana, el deseado barco atracó junto al muelle negro y la torre del faro, y Carter se alegró al ver que se trataba de una embarcación tripulada por hombres normales. Tenía los costados pintados, amarillentas las velas latinas, y un capitán de pelo gris y ropas de seda. Su carga consistía en toneles de fragante resina procedente de los pinares del interior de Oriab, delicada cerámica cocida por los artesanos de Baharna, y pequeñas tallas esculpidas en la antigua lava del Ngranek. Esta mercancía se les paga con lana de Ulthar, tejidos iridiscentes de Hatheg y marfiles labrados por los negros que habitan en Parg, al otro lado del río. Carter llegó a un arreglo con el capitán para que le llevase a Baharna, y supo que el viaje duraría diez días. Durante la semana de espera, charló muchas veces sobre el Ngranek con el capitán, el cual le dijo que eran muy pocos los que habían visto el rostro esculpido en la roca, pero que muchísimos viajeros se contentaban con recoger las leyendas que de él conocían los viejos, los recolectores de lava y los escultores de Baharna, y que después regresaban a sus lejanos hogares contando que, efectivamente, lo habían contemplado. El capitán ni siquiera estaba seguro de si vivía alguien en la actualidad que hubiese visto aquel rostro esculpido, ya que el otro lado del Ngranek es de muy difícil acceso, árido y siniestro; y según ciertos rumores, se abren unas cavernas junto a su cima en donde habitan las descarnadas alimañas de la noche. Pero el capitán no quiso decir qué eran exactamente tales alimañas descarnadas, porque sabido es que semejantes criaturas suelen presentarse después con gran persistencia en los sueños de quienes piensan demasiado en ellas. Luego interrogó al capitán acerca de la ignorada Kadath de la inmensidad fría y sobre la maravillosa ciudad del sol poniente; pero el buen hombre le confesó con toda sinceridad que no sabía una palabra de todo aquello.

Zarparon de Dylath-Leen una mañana temprano al cambiar la marca, y Carter vio incidir los primeros rayos del sol naciente en las finas torres de aquella lúgubre ciudad de basalto. Y navegaron durante dos días hacia el este, costeando los verdes litorales y avistando a menudo los pacíficos pueblecitos pesqueros que trepaban por las laderas, con sus tejados de ladrillo y sus chimeneas, a partir de los viejos y soñolientos embarcaderos, y de las playas con las redes extendidas para que secaran al sol. Pero al tercer día viraron bruscamente hacia el sur, y el oleaje se hizo más fuerte, y no tardaron en perder de vista la tierra. Al quinto día, los marineros dieron muestras de nerviosismo, pero el capitán disculpó sus temores diciendo que el barco iba a pasar por encima de los muros cubiertos de algas y de las columnas truncadas de una ciudad sumergida, tan antigua que no quedaba de ella recuerdo alguno. Cuando el agua estaba clara, podía verse una infinidad de sombras inquietas moviéndose por los fondos de aquel lugar, lo que repugnaba sobremanera a la gente simple y supersticiosa. Admitía además el capitán que se habían perdido muchos barcos por aquella zona del mar; se les había saludado al cruzarse con ellos, pero no se les había vuelto a ver.

Aquella noche tuvieron una luna muy brillante, y se podía ver a una considerable profundidad bajo el agua. Soplaba una brisa tan tenue que el barco apenas se movía y el océano permanecía en calma. Carter se asomó por encima de la borda y vio muchos espectros bajo la cúpula de un gran templo sumergido, frente al cual se extendía una avenida de esfinges monstruosas que desembocaba en lo que un día fuera plaza pública. Los delfines salían y entraban alegremente por las ruinas y las marsopas aparecían torpemente por todas partes, subiendo a veces hasta la superficie e incluso saltando fuera del agua. Al avanzar un poco más el barco, el piso del océano se elevó formando cerros, haciéndose más visible los contornos de antiguas calles empinadas y las paredes derruidas de muchas casas.

Luego llegó el navío a las afueras del poblado sumergido, y allí apareció, en la cima de una colina, un gran edificio solitario, de líneas más simples que el resto de las construcciones y mucho mejor conservado. Era oscuro y bajo, y cerraba cuatro lados de una plaza. Tenía una torre en cada esquina, un patio pavimentado en el centro, y extrañas ventanitas redondas en los muros. Probablemente era de basalto, aunque las algas lo recubrían casi por completo; y se veía tan solitario e impresionante sobre

aquella lejana colina, bajo el mar, que daba la sensación de haber sido un templo o un antiguo monasterio. Algunos peces fosforescentes se habían introducido en su interior, y daban a las ventanitas redondas cierta apariencia de iluminación; y Carter no censuró a los marineros por sus temores. Después, a la luz de la luna, filtrada por las aguas, descubrió un extraño monolito, muy alto, en medio de aquel patio central, y vio que había una cosa atada a él. Y después de ver con el catalejo del capitán, que la cosa atada era un marinero vestido con ropas de seda de Oriab, cabeza abajo y sin ojos, se sintió aliviado de que la brisa, que ahora comenzaba a soplar, impulsara el barco hacia otras regiones más naturales del mar.

Al día siguiente, cruzaron saludos con un barco de velas color violeta que iba rumbo a Zar, la tierra de los sueños olvidados, con un flete de bulbos de lirios de extraños colores. Y en la noche del undécimo día, avistaron la isla de Oriab, con el Ngranek desgarrado y coronado de nieve irguiéndose a lo lejos. Oriab es una isla muy grande; y su puerto de Baharna, una poderosa ciudad. Los muelles de Baharna son de pórfido y la ciudad se eleva tras ellos formando grandes terrazas de piedra y calles de tramos escalonados unos y abovedados otros, pues hay edificios y puentes que se comunican entre sí por encima de las calles. Hay también un gran canal que atraviesa la ciudad entera por un túnel de puertas de granito, y fluye hasta el lago de Yath, en cuyas costas se hallan las inmensas ruinas de ladrillo de una ciudad primordial cuyo nombre no se recuerda. Cuando el barco entró en puerto, ya al anochecer, los dos faros gemelos Thon y Thal parpadearon una señal del bienvenida, mientras las innumerables ventanas de las terrazas de Baharna comenzaron a atisbar con sus lucecitas modestas, y por encima de éstas, las estrellas se asomaban desde la oscuridad. El puerto, escarpado y trepador, se fue convirtiendo así en una constelación resplandeciente, suspendida entre las estrellas del cielo y los reflejos de esas mismas estrellas en las sosegadas aguas de la dársena.

El capitán, después de atracar, invitó a Carter a su propia casa, situada en las orillas del lago de Yath, en la cima donde terminan todas las cuestas del pueblo; y su mujer y la servidumbre sacaron sabrosos y extraños manjares para delectación del viajero. Y en los días que siguieron estuvo Carter indagando en todas las tabernas y lugares públicos donde se reunían los recolectores de lava y los escultores, por si alguno de ellos había oído algún rumor o conocía algún relato sobre el Ngranek; pero no encontró a nadie que hubiera subido a las más elevadas alturas ni que hubiera contemplado el rostro esculpido. El Ngranek era un monte muy difícil, pues no tiene más que un valle maldito a su espalda; por otra parte, no había ninguna certeza de que las descarnadas alimañas de la noche fueran exclusivamente imaginarias.

Cuando el capitán zarpó de nuevo para Dylath-Leen, Carter se alojó en una antigua taberna abierta en un callejón escalonado de la parte primitiva del pueblo. Esta taberna, construida de ladrillo, se parecía a las ruinas que había en la orilla más alejada del lago de Yath. En ella trazó sus planes para escalar el Ngranek y revisó todos los datos que le habían proporcionado los recolectores de lava sobre los caminos que mejor conducían allá. El tabernero era un hombre muy viejo y había oído muchas historias, por lo que le fue de gran ayuda. Incluso condujo a Carter a una de las habitaciones superiores de aquella antigua casa, y le mostró un tosco dibujo que un viajero había trazado sobre el yeso de la pared, en los viejos tiempos en que los hombres eran más audaces y no tenían tanto miedo a escalar las cumbres del Ngranek. El bisabuelo del viejo tabernero le había oído contar a su bisabuelo que el viajero que grabó aquel dibujo en la pared había subido al Ngranek y había visto el rostro de piedra, dibujándolo allí para que otros lo pudieran contemplar; pero Carter no se quedó convencido, puesto que aquellos toscos trazos estaban hechos con negligencia y rapidez, y quedaban casi ocultos bajo una multitud de siluetas diminutas del peor gusto, llenas de cuernos, y alas, y garras, y colas enroscadas.

Finalmente, habiendo conseguido toda cuanta información podía recogerse de las tabernas y lugares públicos de Baharna, Carter alquiló una cebra, y una mañana temprano tomó el camino que bordea la orilla del lago Yath, internándose después hacia la zona donde se eleva el rocoso Ngranek. A su derecha se elevaban onduladas colinas, se veían apacibles huertas y limpias casitas de piedra que le recordaban muchísimo los fértiles campos que flanquean el Skai. Al atardecer se hallaba ya cerca de las arcaicas ruinas desconocidas que se alzan en la ribera más alejada del Yath, y aunque los recolectores de lava le habían aconsejado que no acampara allí por la noche, ató la cebra a una rara columna que había ante un muro derruido y echó su manta en un rincón resguardado, al pie de unas esculturas cuyo significado nadie había podido descifrar. Se envolvió con otra manta, porque en Oriab las noches son frías, y, en una ocasión en que le despertó la sensación de que le rozaban la cara las alas de algún insecto, se cubrió la cabeza completamente y durmió en paz, hasta que le despertaron los pájaros magah de los lejanos bosquecillos resinosos.

El sol acababa de aparecer por encima de la gran ladera donde se extendían leguas enteras de primordiales basamentos de ladrillo, paredes desmoronadas y ocasionales columnas rotas y pedestales fragmentados hasta la desolada ribera del Yath; y Carter buscó con la mirada su cebra. Grande fue su

consternación al ver al animal tendido junto a la extraña columna en que la había atado, y más grande aún fue su inquietud al descubrir que estaba muerta y que le habían chupado toda la sangre por medio de una herida singular que mostraba en el cuello. Le habían revuelto su equipaje y le habían desaparecido algunas baratijas brillantes; y por todo el polvo del suelo se veían las huellas enormes de unos pies palmeados, a las que de ningún modo pudo encontrar explicación. Los consejos de los recolectores de lava le vinieron a la cabeza, y se preguntó entonces qué clase de cosa sería la que le había rozado la cara durante la noche. Luego se echó al hombro el equipaje y emprendió la marcha hacia el Ngranek, aunque no sin sentir un escalofrío al ver de cerca, cuando cruzaba las ruinas, el chato portal de una entrada que se abría en la fachada de un viejo templo, y cuyos peldaños descendían hasta unas tinieblas imposibles de escudriñar.

El camino subía ahora cuesta arriba por una comarca más agreste y boscosa en la que sólo se veían cabañas, carboneras y campamentos de recolectores de resina. Todo el aire parecía embalsamado por la fragante resina y los pájaros magah cantaban alegremente, haciendo centellear sus siete colores al sol. Hacia el atardecer, llegó a otro campamento de recolectores de lava, que ya llegaban de regreso, con sus pesados sacos al hombro, desde la falda del Ngranek. Aquí acampó él también, y escuchó las canciones y los relatos de los hombres, y les oyó hablar atemorizados de un compañero que habían perdido. Había trepado este hombre demasiado arriba, con el fin de alcanzar una mole de finísima lava que había divisado, y al caer la noche no había regresado con sus compañeros. Cuando fueron a buscarle, al día siguiente, sólo encontraron su turbante; pero no hallaron señal alguna entre los riscos de que se hubiera despeñado. No lo buscaron más, porque el más viejo de todos ellos dijo que era inútil. Aunque se duda mucho de la existencia de las descarnadas alimañas de la noche, y algunos las tienen por puramente fabulosas, se dice también que jamás se recupera cosa alguna que caiga en su poder. Carter entonces les preguntó si las descarnadas alimañas de la noche chupaban la sangre, si les gustaban los objetos brillantes y si dejaban huellas de pies palmeados, pero ellos movieron negativamente la cabeza y parecieron alarmarse por aquellas preguntas. Cuando vio lo taciturnos que se habían vuelto, no les preguntó más y se fue a dormir a su manta.

Al día siguiente se levantó a la vez que los recolectores de lava y se despidió, ya que ellos se marchaban hacia el oeste y él tomaba la dirección opuesta a lomos de una cebra que les había comprado. Los más viejos dijeron que sería mejor que no trepara demasiado arriba del monte Ngranek, pero aunque él les agradeció el consejo sinceramente, no se dejó disuadir lo más mínimo. Creía que iba a encontrar allí a los dioses de la desconocida Kadath y que obtendría de ellos indicaciones para llegar a la encantada y maravillosa ciudad del sol poniente. Hacia mediodía, después de un largo ascenso, llegó a las aldeas abandonadas de los montañeses que un día habitaron junto al Ngranek y esculpieron imágenes en su fina lava. Aquí habían vivido hasta los tiempos del abuelo del tabernero, época en que empezaron a notar que su presencia no era grata. Sus nuevas casas habían sido construidas en zonas cada vez más elevadas de la montaña, y cuanto más arriba edificaban, más gente desaparecía al amanecer. Por último, decidieron que era mejor marcharse todos, ya que a veces se veían en la oscuridad cosas nada tranquilizadoras; así que, finalmente, bajaron todos hacia el mar y se instalaron en Baharna, donde ocuparon un barrio muy viejo y enseñaron a sus hijos el antiguo arte de esculpir figuras, lo que siguen haciendo hasta hoy. Fue de estos descendientes de los desterrados del Ngranek de quienes Carter había recogido las más interesantes historias sobre este monte, cuando anduvo indagando por las antiguas tabernas de Baharna.

A medida que Carter, pensando en estas cosas, se aproximaba al Ngranek, la agreste mole desnuda parecía hacerse más elevada y brumosa. En lo más bajo de su ladera crecían los árboles diseminados; algo más arriba era arbustos raquíticos lo que había; y en las alturas, sólo la roca tremenda y desnuda se alzaba espectral en el cielo para mezclarse con el hielo y las nieves eternas. Carter contempló las grietas y escarpas de aquellas rocas sombrías, y no le pareció muy grata la empresa de escalarlas. En algunos lugares se veían corrientes de lava petrificada y montones de escoria apilados en pendientes y cornisas. Hace noventa evos, antes de que los dioses vinieran a danzar sobre el agudo pico, aquella montaña había hablado el lenguaje del fuego y había rugido con la voz de los truenos interiores. Ahora se erguía silenciosa y siniestra, conservando en su cara oculta aquel gigantesco semblante secreto del que se hablaba con temeroso respeto. Y había cuevas en aquel monte cuyas tinieblas, jamás disipadas desde los tiempos más remotos, acaso estuvieran vacías y solitarias, o tal vez -si la leyenda decía verdad- albergaran horrores de formas insospechadas.

Hasta el pie del Ngranek, el suelo ascendía cubierto de escasos robles y de fresnos desmedrados, sembrado de fragmentos rocosos, de lava y de antiguas cenizas. Encontró allí Carter los restos carbonizados de muchos fuegos de campamento, pues los recolectores de lava acostumbraban sin duda a detenerse allí, y varios altares rudimentarios, construidos ya para propiciarse a los Grandes Dioses, ya para conjurar a los seres -quizá sólo soñados- que habitan en los elevados desfiladeros y en el dédalo de grutas del Ngranek. Al atardecer, Carter alcanzó el montón de cenizas más lejano de todos y acampó allí

para pasar la noche. Ató la cebra a una rama y se envolvió bien en las mantas antes de quedarse dormido. Y durante toda la noche estuvo ululando un voonith lejano al borde de alguna charca oculta, pero Carter no sintió miedo alguno ante aquel espantoso ser anfibio, pues le habían asegurado que ninguno de los seres de esta especie se atreve a acercarse siquiera a la falda del Ngranek.

A la clara luz de la mañana siguiente, comenzó Carter el largo ascenso. Llevó su cebra hasta donde el útil animal pudo llegar, y la ató a un fresno raquítico, cuando la pendiente se hizo demasiado pronunciada. A partir de aquí subió él solo. Primero atravesó el bosque, en cuyos calveros cubiertos de maleza abundaban las ruinas de antiguos poblados. Después recorrió los duros campos donde crecían diseminados unos arbustos anémicos. Lamentó que los árboles se fueran distanciando, ya que la pendiente era muy pronunciada y en general le producía vértigo. Por fin empezó a distinguir toda la comarca que se extendía a sus pies por dondequiera que mirara. Vio las cabañas deshabitadas de los escultores, los bosquecillos de árboles resinosos y los campamentos de los que recogían la resina, los grandes bosques donde anidaban y cantaban los prismáticos magahs, e incluso la lejanísima línea de la ribera del Yath, junto a la cual se alzan las antiguas ruinas prohibidas cuyo nombre no se recuerda. Prefirió no mirar a su alrededor, y siguió trepando, hasta que los matorrales se hicieron cada ves más ralos, y no encontró otra cosa donde agarrarse que una yerba de tallos robustos.

Después, el suelo se hizo aún más pobre. De vez en cuando aparecían grandes trechos donde afloraba la roca desnuda y algún nido de cóndor oculto entre las grietas. Finalmente ya no hubo sino roca pura, y de no haber estado tan áspera y erosionada, difícilmente habría podido seguir adelante. Sus prominencias, rebordes y remates le ayudaron mucho, y le resultó alentador descubrir de cuando en cuando alguna señal dejada por los recolectores de lava al arañar toscamente la roca, sabiendo por ellas que seres humanos normales y corrientes habían estado allí antes que él. Un poco más arriba, la presencia del hombre se evidenciaba en unos asideros para pies y manos que habían sido practicados a golpe de piqueta allí donde se hacían necesarios, y en las pequeñas canteras y excavaciones efectuadas donde se había descubierto una rica veta de mineral o una corriente de lava. En un lugar se había tallado artificialmente una estrecha cornisa que se apartaba bastante de la línea principal de ascenso para dar acceso a un filón especialmente rico. Una o dos veces se atrevió Carter a mirar alrededor, y se quedó pasmado ante el inmenso paisaje que se dominaba desde aquella altura. Toda la isla, desde donde se encontraba él hasta la costa, se extendía a sus pies. Al fondo distinguía las terrazas de piedra de Baharna y el humo de sus chimeneas, misterioso y distante; y aún más allá, el ilimitado Mar Meridional henchido de secretos.

Hasta entonces había ido subiendo en zigzag, de modo que la vertiente esculpida de la montaña permanecía oculta a sus ojos. Carter vio entonces una cornisa que ascendía a la izquierda, y le pareció que ésa era la dirección que él debía tomar. Echó hacia allá con la esperanza de que el camino continuase sin interrupción, y diez minutos más tarde comprobó que, efectivamente, no se trataba de un callejón sin salida, sinó de una empinada senda que conducía a un arco, el cual, si no estaba bruscamente cortado y no se desviaba, le llevaría en unas pocas horas de ascensión a aquella desconocida vertiente sur que domina los desolados precipicios y el maldito valle de lava. La comarca que apareció ante él por esta dirección era más desolada y salvaje que las tierras que hasta entonces había atravesado. La ladera de la montaña era también algo diferente, pues se veía perforada de extrañas hendiduras y cuevas como no había visto hasta ahora en la ruta que acababa de dejar. Unos por debajo de él y otros por encima, todos estos enormes agujeros se abrían en las paredes verticales, de forma que eran absolutamente inalcanzables al hombre. El aire era frío ahora, pero tan difícil resultaba la escalada que no hizo caso. Sólo le preocupaba su creciente enrarecimiento, y pensó que quizá fuera la dificultad de respirar lo que trastornaba la cabeza de otros viajeros suscitando aquellas absurdas historias de alimañas descarnadas y nocturnas, con las que pretendían explicar la desaparición de los que trepaban por aquellos senderos peligrosos. No le habían impresionado mucho los relatos de los viajeros, pero traía consigo una buena cimitarra por si acaso. Todos los demás pensamientos perdían importancia ante su deseo de ver aquel rostro esculpido que podía proporcionarle por fin la pista de los dioses que reinan sobre la desconocida Kadath.

Por último, en medio del frío glacial de las regiones superiores, desembocó de lleno en la cara oculta del Ngranek y, en las simas infinitas que se abrían a sus pies, vio los desolados precipicios y abismos de lava que señalaban el lugar donde en tiempos remotos se había desencadenado la cólera de los Grandes Dioses. Desde allí se divisaba también en dirección sur una vasta extensión de terreno; pero ahora era una tierra desierta, sin campos de labranza ni chimeneas de cabañas, y parecía no tener fin. En esta dirección no se veía el mar ni aun en la lejanía, pues Oriab es una isla grande. Las negras cavernas y las extrañas grietas seguían siendo numerosas en aquellos cortes verticales, pero ninguna era accesible al escalador. Por encima de estas aberturas descollaba una gran masa prominente que impedía ver la parte superior de la montaña, y Carter temió por un momento que resultase infranqueable. Encaramado en una roca insegura batida por el viento, en difícil equilibrio a varias millas por encima del suelo, entre el vacío

y una desnuda pared de piedra, conoció Carter el medio que hace esquivar a los hombres el flanco oculto del Ngranek. Si el camino quedaba interceptado, la noche le sorprendería allí acurrucado todavía, y el amanecer no le encontraría ya. .

Pero había un acceso y Carter lo vio justo a tiempo. Sólo un soñador auténticamente experto podía haberse valido de aquellos asideros imperceptibles, pero a Carter le fueron suficientes. Remontó la roca inmensa por su pared exterior y se encontró con una pendiente mucho más accesible que la de abajo, ya que el deshielo de un glaciar había dejado en ella un trecho holgado con salientes y surcos. A la izquierda se abría un precipicio que descendía vertical desde ignoradas alturas hasta remotas profundidades. Por encima, fuera de su alcance, podía distinguir la oscura boca de una gruta. A la derecha, sin embargo, el monte se inclinaba bastante, permitiéndole recostarse y descansar.

Por el frío reinante se dio cuenta de que debía encontrarse cerca de las nieves de la cumbre, y alzó los ojos para ver si distinguía el resplandor de los picos nevados, a la luz rojiza del atardecer. Ciertamente había nieve a varios miles de pies más arriba, pero antes de llegar a ella se veía un enorme farallón, suspendido por siempre en atrevido perfil, que sobresalía lo mismo que el que acababa de sortear. Y al verlo dejó escapar un grito, y lleno de pavor, se agarró a las hendiduras de la roca; porque aquella titánica prominencia no conservaba la forma con que las primeras edades de la Tierra la habían modelado, sino que brillaba al sol de la tarde, roja y mayestática, con los tallados y bruñidos rasgos de un dios.

Aquel rostro resplandecía severo y terrible bajo la ígnea luz del sol poniente. Era tan inmenso que resultaba imposible calcular sus dimensiones; pero claramente se veía que aquella obra no había sido esculpida por manos humanas. Era un dios cincelado por dioses, y su mirada altiva y majestuosa descendía desde su altura hasta el lugar donde se encontraba el explorador. Los rumores afirmaban que el rostro era muy singular e incomprensible, y Carter comprobó que, efectivamente, era así; pues aquellos ojos alargados y estrechos, y aquellas orejas de grandes lóbulos, y aquella nariz fina, y la puntiaguda barbilla, y todo en fin, revelaba una raza que no es de hombres sino de dioses.

Aun cuando esta imagen grandiosa era lo que iba buscando y lo que había esperado encontrar, se sintió sobrecogido por un horror sagrado, y tuvo que aferrarse a las paredes del elevado y peligroso nido de águilas en que se hallaba. Pues el rostro de un dios es mucho más prodigioso que todo lo imaginable, y cuando ese rostro es más grande que un templo, y se le ve contemplando el universo desde las alturas, bajo los rayos del sol poniente y en el silencio eterno de las cumbres en cuya oscura lava ha sido esculpido en tiempo inmemorial por divinidades ignotas y terribles, resulta tan impresionante que nadie se puede sustraer a su pavoroso hechizo.

Pero además, vino a añadirse la sorpresa de que los rasgos del dios le eran familiares; pues aunque había proyectado buscar por todo el país de los sueños a quienes por su parecido con este rostro se señalasen como hijos de los dioses, comprendía ahora que tal búsqueda no era necesaria. Ciertamente, el gran rostro esculpido en aquel monte inaccesible no le era extraño, sino que tenía los rasgos que había visto a menudo en las gentes que frecuentaban las tabernas portuarias de Celephais, ciudad del país de Ooth-Nargai que se extiende más allá de los Montes Tanarios y está gobernado por el Rey Kuranes, a quien Carter conoció una vez en su vida vigil. Todos los años llegaban marineros con ese mismo semblante desde el norte, en sus negras embarcaciones, a cambiar ónice por jade esculpido, y por hilo de oro, y por rojos pajarillos cantores de Celephais; y era evidente que tales marineros no eran sino los semidioses que él buscaba. Y el lugar donde habitaban no debía de estar lejos de la inmensidad fría, en donde se alzaba la ignorada Kadath, cuyo castillo de ónice era la morada de los Grandes Dioses. De modo que debía dirigirse a Celephais. Y como se hallaba muy lejos de Oriab, decidió regresar a Dylath-Leen y remontar el Skai hasta el puente de Nyr, para atravesar nuevamente el bosque encantado de los zoogs. Desde allí tomaría un camino que va hacia el norte y cruzaría los innumerables jardines que bordean las riberas del Oukranos, hasta llegar a las doradas flechas de campanario de Thran, ciudad donde podría encontrar algún galeón que zarpara rumbo al mar Cerenario.

Pero la oscuridad era ahora más densa, y el gran rostro esculpido resultaba aún más severo en la sombra. La noche cogió al explorador encaramado en aquel saliente; y en la negrura no pudo ni bajar ni subir, sino sólo permanecer allí, y agarrarse, y temblar en aquel angosto lugar hasta que viniese el nuevo día. Deseó fervientemente mantenerse despierto, no fuese que con el sueño perdiera apoyo y cayese por el insondable vacío a los despeñaderos y agudos riscos de aquel valle maldito. Aparecieron las estrellas; pero salvo ellas, sus ojos sólo percibían un negro vacío, un vacío ligado a la muerte, contra la cual no podía sino agarrarse a las rocas y pegarse al muro de piedra, apartándose lo más posible del borde del abismo invisible en las tinieblas. Lo último que vio, antes de que la noche cerrara, fue un cóndor que planeaba muy cerca del precipicio donde él se encontraba, y que se alejó chillando al pasar por delante de la gruta cuya boca se abría un poco por encima de su alance.

De pronto, sin un ruido que le previniera en la oscuridad, sintió que una mano invisible le sustraía furtivamente la cimitarra de su cinto. Luego oyó caer el arma por las rocas de abajo; y, recortada contra el vago resplandor de la Vía Láctea, le pareció ver la silueta terrible de una criatura flaca y monstruosa, provista de cuernos, de cola, y alas de murciélago. Otros seres habían comenzado también a recortar sus sombras contra las estrellas de poniente, como si una bandada de pájaros inconcebibles saliera aleteando con torpes y silenciosos movimientos de aquella caverna inaccesible de la pared del precipicio. Luego, una especie de tentáculo frío y gomoso le agarró por el cuello, y otra cosa le aprisionó los pies, sintiéndose elevado y suspendido en el espacio. Un minuto después, las estrellas habían desaparecido, y Carter comprendió que había caído en poder de las descarnadas alimañas de la noche.

Sin aliento estaba Carter, cuando le arrastraron al interior de la caverna del precipicio y le condujeron a través de intrincados laberintos. Al principio trató de zafarse instintivamente, pero sus captores le pellizcaron ferozmente para impedírselo. No cambiaron entre sí un solo sonido; y aun sus alas membranosas se movían en silencio. Eran espantosamente fríos, húmedos y resbaladizos, y sus zarpas le manoseaban de manera repugnante. Poco después se dejaron caer a través de abismos inconcebibles en un torbellino vertiginoso de aire húmedo y sepulcral; y Carter sintió que se precipitaba en un vórtice final de locura ululante y demoníaca. Gritaba y gritaba desesperadamente, y cada vez que lo hacía, las pinzas de aquellas bestias le pellizcaban con más sutileza. Después vio a su alrededor una especie de fosforescencia gris, y supuso que estaría llegando a aquel mundo subterráneo de horrores profundos del cual hablaban las oscuras leyendas, y dicen que está iluminado tan sólo por un pálido fuego letal que nace del mismo aire emponzoñado y de las brumas primordiales de los abismos del centro de la tierra.

Por último, allá abajo, en las profundidades aquellas, divisó unas alineaciones casi imperceptibles de montañas, y supuso que serían los fabulosos Picos de Throk. Se elevan éstos, pavorosos y siniestros, en la mágica oscuridad de las profundidades eternas. Son más altos de lo que el hombre es capaz de calcular, y defienden los valles donde moran los dholes en sucias madrigueras. Pero Carter prefería mirar los picos aquellos que a sus apresores, que eran unas criaturas negras, toscas y espantosas, de piel suave y grasienta como la de las ballenas, con unos cuernos desagradables, curvados hacia adentro, y sigilosas alas de murciélago. Poseían horribles patas prensiles y estaban armados de una cola que hacían restallar de manera tan inquietante como innecesaria. Y lo peor de todo era que no hablaban ni reían jamás. ni tampoco podían esbozar una sonrisa siquiera, ya que carecían totalmente de rostro, por lo que allí donde debían tener la cara sólo había una superficie lisa y vacía. Todo cuanto podían hacer era agarrar, volar y pellizcar, pues tal es la naturaleza de esas bestias nocturnas.

Al descender la bandada, los Picos de Throk comenzaron a descollar contra el cielo, grises y lúgubres, y Carter observó claramente que en aquel granito austero e imponente, sumido en eterno crepúsculo, no podía existir forma alguna de vida. Cuando descendieron aún más, se apagaron los fuegos letales del aire, y el mundo se sumergió en la negrura primordial del vacío, salvo por arriba, donde los agudos picos se alzaban como espectros. Pronto se perdieron las cimas en las brumas de las alturas; y en las tinieblas Carter sólo percibió tremendas corrientes de vientos húmedos y helados, procedentes de las grutas inferiores. Luego, por fin, las descarnadas alimañas se posaron en un suelo sembrado de cosas invisibles que parecían montones de huesos, y dejaron solo a Carter en aquel valle tenebroso. Traerle aquí había sido la misión de las descarnadas alimañas de la noche que guardan el Ngranek; una vez cumplida, alzaron el vuelo silenciosamente. Cuando Carter trató de seguir su vuelo con la mirada, se dio cuenta de que no le era posible, ya que tardaron muy poco en desaparecer tras los Picos de Throk. Nada había en torno suyo, sino tinieblas, y horror, y huesos, y silencio.

Ahora sabía Carter con toda certeza que se encontraba en el valle de Pnoth, donde se arrastran y excavan madrigueras los enormes dholes; pero no sabía qué podría pasarle allí, porque nadie ha visto jamás un dhole ni aun imaginado su apariencia. A los dholes se les reconoce únicamente por un rumor confuso, por los crujidos que producen al arrastrarse entre montañas de huesos, y por el tacto viscoso de su piel cuando le rozan a uno al pasar. No pueden ser vistos porque salen únicamente en la oscuridad. Como Carter no tenía ganas de encontrarse con ningún dhole, estaba muy atento a cualquier ruido que sonara por la enorme masa de huesos que había a su alrededor. Aun en este espantoso lugar tenía un plan y un objetivo que cumplir, ya que tenía ciertas referencias de Pnoth por un individuo con quien había conversado largamente tiempo atrás. En suma, parecía cabalmente que era aquél el lugar donde todos los gules* del mundo vigil arrojan los despojos de sus festines. Si tenía suerte, podría llegar a un farallón imponente, más alto que los Picos de Throk, que marca el límite de sus dominios. Las carretadas de huesos le indicarían hacia dónde tenía que buscar, y una vez descubierto el farallón, podría pedirle a un

* Gul: traducción del inglés ghoul. Los ghouls, procedentes de mitologías orientales, son cadáveres que se dedican a devorar a otros cadáveres. Blasco Ibáñez, en su versión de Las mil y una noches, tradujo este término por «gul», denominación que conservamos por considerarla más ajustada que la del «vampiro», que es por la que se suele traducir dicha palabra (N. del T.).

gul que le echara una escala de cuerda; pues, por extraño que parezca, Carter tenía ciertos vínculos con estas terribles criaturas.

Había conocido en Boston a un hombre -un pintor extraño que tenía su estudio secreto en un antiguo callejón que bordeaba un cementerio- el cual había hecho amistad con los gules. Este pintor le había enseñado a comprender lo más simple de la desagradable algarabía que constituye el lenguaje de esos seres. El pintor había acabado por desaparecer, y Carter estaba convencido de que ahora se lo encontraría aquí y de que, por primera vez en el país de los sueños, podría hacer uso del habitual inglés de su vida vigil, que ahora se le antojaba extraño y remoto. En cualquier caso, confiaba en persuadir a un gul para que le ayudara a salir de Pnoth. Por otra parte, siempre sería mejor toparse con un gul, puesto que al menos puede verse, que con un dhole, que es invisible.

Caminaba, pues, Carter alerta en la oscuridad, y cuando le parecía oír que algo se removía entre los huesos, echaba a correr. De pronto llegó a un declive de piedra y comprendió que debía encontrarse al pie de uno de los Picos de Throk. Después oyó una horrible algarabía que provenía de las alturas y tuvo la certeza de haber llegado al barranco de los gules. No estaba seguro de que le pudieran oír desde el fondo del valle, ya que tenía varias millas de profundidad, pero el mundo interior posee leyes muy extrañas. Al pararse a reflexionar, recibió el golpe de un proyectil óseo tan pesado que sin duda debió de tratarse de una calavera; y dándose cuenta de la proximidad del barranco fatal, emitió lo mejor que pudo el quejido lastimero que es la llamada de los gules.

El sonido se propaga despacio, así que transcurrió cierto tiempo antes de oír el grito de respuesta. Pero lo oyó al fin, y entendió que le iban a echar una escala. La espera entonces se le hizo muy tensa, ya que no hace falta decir qué criaturas podían haber despertado sus llamadas entre aquellos huesos. En efecto, no tardó en oír un vago crujido a lo lejos. A medida que se le fue acercando el crujido aquel, Carter se fue sintiendo más intranquilo, porque no quería alejarse del lugar donde le bajarían la escala. Finalmente, la tensión se le hizo casi insoportable; y estaba a punto de echar a correr, lleno de pánico, cuando oyó chocar algo contra un montón de huesos no lejos del sitio de donde procedía el ominoso crujir que avanzaba poco a poco. Era la escala, y después de buscarla a tientas durante unos momentos, consiguió sujetarla tirante entre sus manos. Pero el otro ruido no cesó, sino que siguió tras él, mientras Carter trepaba por la escala. Había subido más de cinco pies, cuando las vibraciones de abajo aumentaron considerablemente; y al llegar a diez pies del suelo, algo sacudió la escala desde abajo. A una altura de unos quince o veinte pies, sintió que le rozaba todo el costado una cosa larga y escurridiza que se hacía alternativamente cóncava y convexa, como culebreando para atraparle. A partir de entonces, Carter trepó desesperadamente para escapar del insoportable contacto de aquel nauseabundo y bien cebado dhole, cuya forma ningún hombre puede contemplar.

Trepó durante horas y horas, con los brazos doloridos y las manos cubiertas de ampollas. De nuevo aparecieron ante él los fuegos letales y las inquietantes cumbres de Throk. Finalmente, vislumbró por encima de él una cornisa que sobresalía del borde del gran despeñadero de los gules, cuya pared vertical no pudo percibir. Mucho tiempo después, vio un rostro singular que le escudriñaba encaramado en la cornisa como una gárgola acurrucada en una balaustrada de Notre Dame. A punto estuvo de perder el conocimiento por la impresión, pero un momento después se había recuperado; su desaparecido amigo Richard Pickman* le había presentado una vez a un gul, y recordó su rostro canino, sus formas consumidas y su indescriptible comportamiento. Así, pues, para cuando aquella criatura espantosa le hubo sacado del inmenso vacío, izándole por encima del borde del precipicio, ya se había dominado, y no gritó al ver los despojos medio devorados que se amontonaban a un lado y los grupos de gules acurrucados que roían y le miraban con curiosidad.

Se encontraba ahora en una llanura débilmente iluminada cuya principal característica era la existencia de grandes peñascos y de numerosas madrigueras. En general, los gules se mostraron respetuosos, aun cuando uno de ellos intentara pellizcarle y los demás le miraran apreciativamente evaluando su delgadez. Mediante pacientes gruñidos y quejidos, hizo algunas preguntas acerca de su desaparecido amigo, y supo por ellos que se había convertido en un gul de cierta importancia, y que habitaba en los abismos más próximos al mundo vigil. Un gul viejo y de color verdoso se ofreció a llevarle a la residencia actual de Pickman; así que, pese a su repugnancia natural, siguió a aquella criatura por una madriguera espaciosa y se arrastró tras ella durante horas y horas en una negrura de moho corrompido. Al fin salieron a una llanura oscura, sembrada de incongruentes reliquias de la tierra -viejas lápidas, urnas rotas y grotescos fragmentos de monumentos funerarios- por lo que Carter presintió con cierta emoción que probablemente se hallaban más cerca que nunca del mundo vigil, desde que bajara los setecientos peldaños que conducen de la caverna de fuego a las Puertas del Sueño Profundo.

* Protagonista del cuento «Pickman’s model» de H. P. Lovecraft (N del T.).

Allí, encima de una lápida de 1768 robada del Cementerio de Granary de Boston, estaba sentado el gul que antaño fuera el pintor Richard Upton Pickman. Mostraba desnudo su cuerpo gomoso, y había adquirido de tal modo la fisionomía de los gules que sus rasgos humanos eran ya apenas perceptibles. Pero todavía recordaba un poco de inglés y pudo conversar con Carter por medio de gruñidos y monosílabos, aunque recurriendo a cada momento a la algarabía de los gules. Cuando supo que Carter deseaba llegar al bosque encantado, para ir de allí a Celephais, ciudad de Ooth-Nargai situada más allá de los Montes de Tanaria, se mostró escéptico; porque estos gules del mundo vigil no actúan en los cementerios del Alto país de los sueños (los ceden a los vampiros de pies rojos que habitan en las ciudades muertas), y además se interponen muchos peligros entre los riscos donde viven y el bosque encantado, uno de los cuales es el terrible reino de los gugos.

En tiempos pasados, los gugos, velludos y gigantescos, habían construido en aquel bosque unos círculos de piedra donde celebraron extraños sacrificios a los Dioses Otros y a Nyarlathotep, el caos reptante, hasta que una noche, una de estas abominaciones llegó a oídos de los dioses de la tierra, quienes los desterraron a las cavernas inferiores. Sólo una gran losa de piedra con una argolla de hierro comunica el abismo de los gules terrestres con el bosque encantado, y los gugos tienen miedo de abrirla a causa de una maldición. Era muy poco probable que un soñador mortal pudiera cruzar el reino subterráneo de los gugos y salir por aquella losa, ya que los soñadores mortales constituían en un principio su alimento predilecto, existiendo todavía entre los gugos leyendas que hablan de la exquisita carne de tales soñadores, a pesar de que su confinamiento ha reducido su dieta a los lívidos, seres repulsivos que mueren al contacto con la luz y que viven en las cuevas de Zin, donde brincan con sus largas patas como canguros.

Así que el gul que había sido Pickman aconsejó a Carter que abandonara el abismo en Sarkomand, ciudad desierta del valle que se abre bajo la meseta de Leng, cuyas negras escaleras salitrosas, custodiadas por leones alados, conducen desde la tierra de los sueños a las simas inferiores; o que regresara al mundo vigil a través de un cementerio y empezara la búsqueda de nuevo a partir de los setenta peldaños del Sueño Ligero, de las Puertas del Sueño Profundo y del bosque encantado. Sin embargo, el explorador no siguió este itinerario porque no sabía el camino de Leng a Ooth-Nargai; y además, tenía pocas ganas de despertar, no fuera a olvidar todo lo que había aprendido en este sueño. Sería desastroso para su empresa olvidar los rostros augustos y celestiales de aquellos marineros del norte que traficaban con el ónice en Celephais, los cuales, siendo hijos de dioses, le señalarían el camino hacia la inmensidad fría y, por consiguiente, hacia Kadath donde moran los Grandes Dioses.

Después de muchas súplicas, el gul consintió en guiar a su huésped hasta el interior de las murallas que circundan el reino de los gugos. Había una posibilidad de que Carter consiguiera cruzar sigilosamente aquel reino crepuscular, erizado de rocas dispuestas en círculo. A la hora en que estos seres gigantescos roncan saciados en sus habitáculos no le sería imposible llegar a la torre central, coronada por el signo de Koth, de donde arranca la escalera que conduce a la losa de piedra del bosque encantado. Pickman accedió incluso a prestarle tres gules para que le ayudaran a levantar con una palanca la losa de piedra; pues los gugos se muestran algo asustadizos ante los gules, huyendo a menudo de sus cementerios colosales cuando les ven celebrar allí algún festín.

También aconsejó a Carter que se disfrazara de gul: que se afeitara la barba que se había dejado crecer (los gules no tienen), que se revolcara desnudo en el moho verdoso para adquirir el adecuado aspecto de cadáver medio corrompido, y llevara su ropa hecha un lío como si fuera una presa arrebatada de la tumba. Llegarían a la ciudad de los gugos a través de las madrigueras correspondientes y saldrían a un cementerio situado no lejos de la Torre de Koth. Debían evitar, sin embargo, una gran caverna que había junto al cementerio, ya que ésta era la boca de las criptas de Zin, donde los vindicativos lívidos acechan a los habitantes del abismo superior que vienen a cazarlos para devorarlos. Los lívidos intentan salir cuando los gugos duermen, y atacan a los gules con tanta gana como a los gugos, porque no saben distinguirlos. Son muy primitivos y se comen unos a otros. Los gugos tienen apostado un centinela en un angosto recodo de la cripta de Zin, pero con frecuencia se queda amodorrado, y algunas veces es sorprendido por alguna facción de lívidos. Aunque los lívidos no pueden vivir bajo una luz verdadera, pueden, sin embargo, soportar durante algunas horas la penumbra crepuscular de los abismos.

Así, Carter reptó por las interminables madrigueras acompañado de tres serviciales gules, portadores de una lápida sepulcral que pertenecía a un tal Coronel Nepemiah Derby, fallecido en 1719 que habían sacado del cementerio municipal de Charter Street, de Salem. Cuando salieron otra vez a la luz crepuscular, se encontraron en un bosque de enormes monolitos, cubiertos de líquenes, los cuales alcanzaban tal altura que casi no se podía divisar su extremo superior. Eran lápidas del cementerio de los gugos. A la derecha de la abertura por donde habían salido a rastras, y entre los colosales sepulcros, se veía un grandioso panorama de ciclópeas torres cilíndricas que se elevaban a una altura inconcebible en la atmósfera gris de las entrañas de la tierra. Era la gran ciudad de los gugos, cuyas puertas tienen treinta

pies de altura. Los gules vienen aquí a menudo porque el cadáver enterrado de un gugo puede alimentar a toda la comunidad durante casi un año. Aunque la empresa tenga sus peligros, es preferible echar mano de los gugos a tener que afanarse en las tumbas de los hombres para obtener mezquinos resultados. Carter comprendía ahora la presencia de aquellos huesos gigantescos que había advertido en el valle de Pnoth.

Frente a ellos, y nada más salir del cementerio, se elevaba una escarpa completamente vertical en cuya base se abría una caverna inmensa.

Los gules dijeron a Carter que debían evitarla a toda costa, ya que era la entrada a los impíos subterráneos de Zin, donde los gugos cazan a los lívidos en la oscuridad. Y en efecto, aquella advertencia se vio muy pronto justificada, porque en el momento en que un gul comenzaba a arrastrarse hacia las torres para ver si habían calculado bien la hora de descanso de los gugos, en la oscuridad de la caverna fulguró un par de ojos rojizos y amarillentos, y luego otro, lo que indicaba que los gugos tenían un centinela menos y que los lívidos poseen realmente una gran agudeza olfativa. Así que el gul regresó a la madriguera e hizo señas a sus compañeros para que guardaran silencio. Era mejor no interrumpir a los lívidos; había una posibilidad de que se retiraran pronto, ya que sin duda estarían cansados después de haber luchado con el gugo centinela de los negros subterráneos. Al poco rato saltó a la luz gris del crepúsculo un ser del tamaño de un caballo pequeño, y Carter se sintió enfermo al ver el aspecto de aquella bestia obscena y malsana, cuyo rostro resultaba bastante humano, pese a la ausencia de nariz, de frente y de otros detalles importantes.

En ese momento, otros tres lívidos saltaron fuera de la caverna y se unieron al primero, y un gul susurró a Carter en voz casi imperceptible que aquella ausencia de rasguños que mostraban era mala señal. Indicaba que no habían luchado con el gugo centinela, de modo que aún conservaban toda su fuerza y ferocidad, y que así permanecerían hasta que encontraran y devoraran alguna víctima. Resultaba muy desagradable ver aquellos animales inmundos y desproporcionados, que no tardaron mucho en ser una quincena, hozando por el suelo y dando saltos de canguro bajo la luz crepuscular, en esa atmósfera brumosa traspasada de titánicas torres e inmensos monolitos. Pero aún más desagradable fue oírles cuando empezaron a hablar con las toses y sonidos guturales que constituyen el lenguaje de los lívidos. Y aunque eran horripilantes, no lo eran tanto como lo que surgió en ese momento por detrás de ellos, de manera asombrosamente repentina.

Era una zarpa de unas tres cuartas de anchura, provista de formidables garras. Después apareció otra; y después, un brazo enorme de negro pelaje al que se unían ambas zarpas con dos cortos antebrazos. Luego brillaron dos ojos rosados, apareciendo a continuación la cabeza bamboleante del gugo centinela que había despertado. Tenía el tamaño de un barril aquella cabeza; y los ojos sobresalían unas dos pulgadas a cada lado, protegidos por unas protuberancias óseas cubiertas de pelo encrespado. Pero lo que le daba a esta cabeza un aspecto particularmente terrible era la boca. Aquella boca de enormes colmillos amarillos recorría la cabeza de arriba abajo, abriéndose verticalmente y no de forma corriente.

Pero antes de que el infortunado gugo acabara de salir de la gruta y enderezara sus siete metros de altura, los arteros lívidos se habían abalanzado sobre él. Carter temió por un momento que diera la alarma y despertase a los suyos, pero un gul le susurró que los gugos no tienen voz y que se comunican por medio de gestos faciales. La batalla que a continuación tuvo lugar fue inenarrable y atroz. Los venenosos lívidos acometían febrilmente por todos lados al medio incorporado gugo, mordiéndole y destrozándole con sus mandíbulas, e hiriéndole cruelmente con sus duras y afiladas pezuñas. Durante la lucha, los lívidos carraspeaban y tosían con excitación, gritando cuando la enorme boca vertical del gugo hacía presa en alguno de ellos, de suerte que el fragor del combate habría despertado ya, con toda seguridad, a todos los demás gugos de no haber sido porque el cada vez más debilitado centinela había ido retrocediendo, trasladando así la batalla cada vez más adentro de la caverna. De este modo, el tumulto desapareció pronto de la vista y se sumergió en la negrura, y sólo algún eco infernal y esporádico indicaba que la lucha proseguía.

Entonces el más avispado de los gules dio la señal de avanzar, y Carter siguió a sus tres compañeros. Salieron del laberinto de monolitos y entraron en las calles oscuras y fétidas de aquella horrenda ciudad, cuyas torres circulares de ciclópea mampostería se elevan hasta perderse de vista. Caminaron con paso vacilante y silencioso por aquel tosco pavimento rocoso, mientras oían con aprensión los apagados y abominables resoplidos que salían de las inmensas entradas, indicando que los gugos dormían la siesta. Temiendo que aquella hora de descanso estuviera a punto de terminar, los gules apretaron el paso; pero aun así, el trayecto no resultó corto, ya que son enormes las distancias en aquella ciudad de gigantes. Finalmente llegaron a una plaza, ante la cual se alzaba una torre mucho más grande que las demás. Encima de la puerta de esta torre destacaba un monstruoso bajorrelieve que representaba un símbolo aterrador aun para quien ignorara su significado. Era la torre central que ostentaba el signo de Koth, y aquellos inmensos peldaños que se vislumbraban en la oscuridad de su interior eran el arranque de la gran escalera que conducía al Alto País de los Sueños y al bosque encantado.

Comenzó entonces un ascenso interminable, completamente a oscuras. Era casi imposible subir, debido al tamaño monstruoso de los peldaños tallados por los gugos, que medían lo menos un metro de altura. Carter no pudo calcular, ni aun aproximadamente, el número de peldaños que subió, porque no tardó en sentirse tan rendido de cansancio que los elásticos e infatigables gules se vieron obligados a ayudarle. Durante el ascenso, les acechaba el constante peligro de ser descubiertos y perseguidos, porque si bien los gugos no se atreven a levantar la losa de piedra del bosque por miedo a la maldición de los Grandes Dioses, tal maldición no afecta para nada a la torre y a la escalera, de manera que los lívidos que tratan de refugiarse allí suelen ser cazados por los gugos, aunque lleguen al último tramo de la escalera. Tan fino es el oído de los gugos que, de haber estado despiertos, habrían oído perfectamente el roce de los pies desnudos y de las manos de quienes subían; y, desde luego, habría sido cuestión de poco tiempo que los gigantes -acostumbrados a las cacerías de lívidos en la cripta de Zin en completa oscuridad- dieran alcance a la débil y torpe presa que ahora ascendía por las ciclópeas escaleras. Era desesperante pensar que los silenciosos gugos no pueden ser oídos y que si llegaban a descubrirles caerían de repente sobre ellos, cogiéndoles desprevenidos en la oscuridad. En aquel extraño lugar, ni siquiera les detendría el tradicional temor que sienten hacia los gules, ya que en él gozaban de una ventaja manifiesta. Existía, además, el peligro eventual de tropezarse con los venenosos lívidos, que a veces se introducen en la torre durante la hora de sueño de los gugos. Si éstos durmiesen ahora mucho tiempo y los lívidos regresaran pronto de su combate en la caverna, el olor de Carter y sus acompañantes atraería irremisiblemente a estos seres nauseabundos y hostiles, en cuyo caso era preferible ser devorados por los gugos.

Luego, después de trepar durante una eternidad, oyeron una tos allá arriba, en la oscuridad, y la situación dio un giro inesperado y gravísimo. Evidentemente, se trataba de un lívido, o tal vez de varios, que se había debido extraviar en el interior de la torre antes de que llegaran Carter y sus guías, y estaba igualmente claro que el peligro era inminente. Tras un segundo de dudas angustiosas, el gul que iba en cabeza empujó a Carter a un rincón y dispuso a sus compañeros convenientemente, con la vieja lápida en alto para dejársela caer al enemigo en cuanto se pusiera a tiro. Los gules pueden ver en la oscuridad, así que la situación no era tan desesperada como lo habría podido ser si Carter se hubiera encontrado solo. Un momento después, un ruido de pezuñas les hizo saber que al menos una de las bestias lívidas bajaba dando saltos, y los gules que sostenían la lápida la enarbolaron para intentar un golpe desesperado. Fue entonces cuando surgieron dos ojos rojizos y amarillentos, a la vez que la jadeante respiración del lívido se hacía audible por encima del ruido de sus patas. Al saltar la sucia bestia al peldaño inmediatamente superior de donde estaban los gules, lanzaron éstos la vieja lápida con fuerza prodigiosa, de suerte que sólo se oyó un estertor agónico, antes de que la víctima cayese hecha un amasijo inmundo. Parecía no haber más bestias de aquellas allí dentro; y después de guardar silencio un momento, los gules dieron una palmada a Carter como señal de que podían proseguir la marcha. Como antes, se vieron obligados a ayudarle, y Carter se alegró de dejar aquel lugar de muerte donde el cadáver grotesco del lívido yacía invisible en la oscuridad.

Por último, los gules detuvieron a su compañero. Extendiendo los brazos hacia arriba y palpando en las tinieblas, Carter se dio cuenta de que habían llegado a la losa de piedra. Levantarla del todo era imposible; los gules se limitarían a abrir una rendija suficiente para introducir la lápida a modo de palanca y permitir así que Carter saliera por la abertura. Los gules tenían pensado bajar nuevamente por la escalera y regresar por donde habían venido, ya que en la ciudad de los gugos les resultaba muy fácil pasar inadvertidos. Además, no sabrían orientarse por los caminos de la superficie para llegar a la espectral Sarkomand, ciudad donde se hallaba la entrada al abismo, custodiada por los leones.

Enorme fue el esfuerzo que hubieron de realizar los tres gules para levantar la losa. Carter les ayudó con todas sus fuerzas. Juzgaron que debían empujar en la parte de la losa que descansaba sobre la escalera, y allí aplicaron toda la fuerza de sus músculos innoblemente alimentados. Pocos segundos después se abrió una ligera rendija y Carter, a quien se había confiado esta misión, deslizó el canto de la vieja lápida por aquella abertura. A continuación siguió un forcejeo imponente, aunque sin resultados; como es natural, cada vez que fracasaban tenían que volver a empezar desde el principio.

De pronto, su desesperación se vio mil veces multiplicada por un ruido que oyeron al pie de la escalera. Este ruido no fue sino el choque sordo del cadáver del lívido y el golpeteo de sus pezuñas al caer rodando escaleras abajo. Pero la causa por la cual rodaba aquel cuerpo hacia abajo no resultaba nada tranquilizadora. Por tanto, conociendo las costumbres de los gugos, los gules redoblaron sus frenéticos esfuerzos, y en un plazo sorprendentemente breve consiguieron levantar la trampa de tal manera que Carter pudo introducir la lápida, dejando una abertura suficientemente holgada. Ayudaron entonces a Carter, haciéndole subir sobre sus hombros cartilaginosos y guiándole los pies cuando se agarró al borde del bendito suelo del Alto País de los Sueños. Un segundo más tarde habían salido los tres por la abertura, arrojando la lápida y cerrando la gran losa, mientras abajo se hacía audible un resuello jadeante. Debido a la maldición de los Grandes Dioses, ningún gugo osaría jamás salir por aquella trampa; por

consiguiente, Carter se dejó caer confiadamente, con un suspiro de alivio y sosiego, entre los hongos grotescos del bosque encantado, mientras sus guías se acurrucaban en grupo, según es costumbre entre los gules.

Aunque era siniestro, en verdad, el bosque encantado por el que había viajado hacía ya tantísimo tiempo, ahora le parecía un paraíso y una delicia, después de haber recorrido los lúgubres abismos del mundo inferior. No había un solo ser vivo por los alrededores, ya que los zoogs sienten un gran temor por aquella entrada misteriosa, y Carter consultó inmediatamente con los gules acerca del itinerario que convenía seguir. Ellos no se atrevían ya a regresar por la torre; pero el viaje por el mundo vigil tampoco les convenció al enterarse de que, para subir a él, tenían que cruzar ante los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah, en la caverna de fuego. Así que, por último, decidieron regresar por Sarkomand, pues allí existe una entrada al abismo, aunque de momento no supieran cómo llegar hasta esa ciudad. Carter recordaba que Sarkomand está situada en el valle que se abre al pie de la meseta de Leng y recordaba igualmente que en Dylath-Leen había visto a un viejo mercader siniestro y de ojos oblicuos que tenía fama de traficar con los pueblos de Leng, por lo que aconsejó a los gules que cruzaran los campos de Nyr hasta el Skai y que siguieran después el curso del río hasta su desembocadura, ya que en ella se alza Dylath-Leen. Decidieron hacerlo así sin demora ni pérdida de tiempo, porque la creciente oscuridad auguraba una noche entera de viaje. Carter estrechó las zarpas de aquellas bestias repulsivas, les dio las gracias por la ayuda que le habían prestado y les pidió que expresaran también su agradecimiento al gul que un día fuera Pickman. A pesar de todo, no pudo evitar un suspiro de alivio cuando los vio alejarse; porque un gul siempre es un gul, y en el mejor de los casos resulta un compañero poco grato para el hombre. Después de hacerse estas reflexiones, buscó Carter un manantial en el bosque, se limpió el fango y el moho que traía de las regiones inferiores, y después se vistió con las ropas que tan cuidadosamente había traído envueltas.

Era ya de noche en aquel bosque terrible de árboles monstruosos, pero la fosforescencia reinante permitía al peregrino caminar como si fuese de día, y Carter echó a andar por el conocido camino de Celephais, ciudad del país de Ooth-Nargai que se extiende tras los Montes Tanarios. Y mientras caminaba, pensaba en la cebra que hacía miles y miles de años había dejado atada a la rama de un árbol, en las estribaciones del Ngranek, en la lejana isla de Oriab, y se preguntaba si no le daría de comer algún recolector de lava y la soltaría después. Y se preguntaba igualmente si volvería algún día a Baharna para pagar la cebra que le habían matado la noche que pasó junto a las ruinas arcaicas que se alzan en las riberas del Yath, y si el viejo tabernero se acordaría de él. Tales eran los pensamientos que le venían a la cabeza mientras respiraba el reconfortante aire del Alto País de los Sueños.

De pronto se detuvo al oír un murmullo que salía de un enorme tronco hueco. Había evitado el gran círculo de piedras porque ahora no quería encontrarse con los zoogs; pero a juzgar por la algarabía de chirridos que salía de aquel árbol inmenso, debía estarse celebrando una importante asamblea. Al acercarse más advirtió que se trataba de una acalorada discusión, cuyo tema le atañía a él de manera excepcional, pues lo que se deliberaba era nada menos que la declaración de guerra a los gatos. El motivo era la desaparición de los zoogs que habían seguido a Carter hasta Ulthar, a quienes los gatos habían castigado por mostrar las aviesas intenciones que ya se vieron, y el asunto había suscitado violentos y prolongados debates, hasta que por fin los adiestrados zoogs habían decidido lanzarse contra toda la tribu felina en el plazo máximo de un mes. Su plan consistía en efectuar una serie de ataques por sorpresa encaminados a capturar los gatos solitarios o en grupos que estuvieran desprevenidos, sin dar a la gran masa de gatos de Ulthar el tiempo necesario para organizarse y contraatacar. Carter comprendió que, antes de proseguir su extraordinaria empresa, tenía que desbaratar el atrevido plan de los zoogs.

Así pues, Randolph Carter se deslizó sigilosamente hasta un ángulo del bosque y lanzó el maullido del gato a través de los campos vagamente iluminados por la luz de las estrellas. Y una enorme gataza salió de una cabaña próxima, tomó el relevo y lo transmitió, a través de las praderas, a los guerreros grandes y pequeños, negros, grises, atigrados, blancos, amarillos y cruzados; y el eco fue repetido junto al Nyr y más allá del Skai, hasta Ulthar, y los innumerables gatos de Ulthar respondieron a coro y se dispusieron en orden de marcha. Era una suerte que la luna no hubiera salido, porque así todos los gatos estaban en la Tierra. Veloces y silenciosos, abandonaron sus hogares y saltaron de los tejados y se desparramaron como un mar de lustroso pelaje por las llanuras, hasta el borde del bosque. Carter estaba allí para recibirles; y el espectáculo de estos gatos sanos y bien proporcionados le resultó un descanso para los ojos, después de ver las criaturas que había visto en los abismos y de caminar con ellas. Se alegró de volver a encontrar a su venerable amigo y salvador a la cabeza del destacamento de Ulthar, con el collar de su graduación en torno a su sedoso cuello, y los bigotes tiesos en gesto marcial. Y se alegró aún más cuando vio, como alférez de aquel mismo ejército, a un avispado jovenzuelo que no era otro que el mismísimo gatito de la taberna, a quien Carter había regalado con un riquísimo plato de leche una mañana ya lejana, en Ulthar. Ahora se había convertido en un gato robusto y de gran porvenir. y al

estrecharle la mano a su amigo, se puso a ronronear. Su abuelo dijo que cumplía muy bien en el ejército y que tras otra campaña más podría aspirar al grado de capitán.

Carter les contó el peligro que corría la tribu gatuna, por lo que recibió agradecidos ronroneos de todos los presentes. De acuerdo con los generales, trazó un plan de acción inmediata que consistía en atacar sin más dilación la asamblea de los zoogs y sus plazas fuertes conocidas, anticipándose a sus ataques por sorpresa y obligarles a aceptar un armisticio antes de que pudieran movilizar su ejército invasor. Por tanto, sin perder un solo momento, el gran océano de gatos inundó el bosque encantado y se cerró en torno al árbol donde se celebraba la asamblea y al círculo de piedras. Los chirridos de los zoogs se elevaron hasta un grado enloquecedor cuando las enemigas bestezuelas se vieron sorprendidas por los recién llegados. Escasa resistencia hubo por parte de los furtivos y curiosos zoogs de oscuro pelaje, porque al instante comprendieron que les habían ganado por la mano; y sus propósitos de venganza se tornaron en deseos de salvación.

La mitad de los gatos se sentó en círculo alrededor de los zoogs capturados y dejaron un pasillo por el que los demás gatos fueron introduciendo a los zoogs que iban apresando en otras partes del bosque. Por fin se discutieron las condiciones de un armisticio. Carter actuó de intérprete y se decidió allí que los zoogs seguirían siendo independientes a condición de que pagaran a los gatos un gran tributo de guacos, codornices y faisanes cazados en las zonas menos fabulosas del bosque. Los vencedores tomaron como rehenes a unos cuantos zoogs de familias nobles, que serían custodiados en el Templo de los Gatos de Ulthar. y dejaron bien sentado que cualquier desaparición de gatos en los alrededores de los dominios de los zoogs tendrían desastrosas consecuencias para los propios zoogs. Una vez expuestas estas condiciones, los gatos rompieron filas y dejaron que los zoogs se marcharan uno a uno a sus respectivas casas, cosa que se apresuraron a hacer mirando de soslayo con gesto sombrío.

El viejo general ofreció entonces a Carter una escolta para atravesar el bosque hasta salir de él por donde deseara. Consideraba el gato -y no sin razón- que los zoogs abrigarían ahora un tremendo resentimiento contra Carter por haber hecho fracasar sus belicosos propósitos, y Carter acogió esta oferta con gratitud, no sólo por la seguridad que le proporcionaba, sino porque además le gustaba la grácil compañía de los gatos. Así pues, en medio del simpático y alegre regimiento, satisfecho por el feliz término de la empresa, Randolph Carter caminó dignamente a través de aquel bosque mágico y fosforescente de árboles descomunales. Mientras los demás se entregaban a fantásticas cabriolas o jugueteaban con las hojas caídas que el viento arrastraba entre los hongos de aquel suelo primordial, Carter iba hablando de Kadath con el general y el nieto. El viejo gato le dijo entonces que había oído hablar mucho de aquella desconocida ciudad de la inmensidad fría, pero que no sabía dónde se encontraba exactamente. En cuanto a la maravillosa ciudad del sol poniente, ni siquiera había oído hablar de ella, pero con mucho gusto comunicaría a Carter cualquier información que le llegara al respecto.

También le dio algunas contraseñas de gran valor entre los gatos del País de los Sueños, y le recomendó especialmente al viejo jefe de los gatos de Celephais, que era hacia donde él se dirigía. Aquel viejo gato, a quien Carter ya conocía de modo superficial, era un honrado maltés, y su influencia resultaría decisiva en transacciones de todo tipo. Ya amanecía cuando salieron del bosque por el lugar más conveniente, y Carter se despidió de sus amigos con cierto pesar. El joven alférez que Carter había conocido cuando era cachorrillo le habría acompañado de no habérselo prohibido su abuelo; pero este severo patriarca insistió en que el deber exigía la presencia de todo gato junto a su tribu y su ejército. Así que Carter emprendió solo el camino a través de los dorados campos que se extienden llenos de misterio junto al río bordeado de sauces, y los gatos regresaron al bosque.

El viajero conocía bien aquellas tierras paradisíacas que se extienden entre el bosque y el Mar Cerenario, y siguió alegremente el curso cantarino del Oukranos, que señalaba su ruta. El sol se elevó por encima de las suaves colinas cubiertas de prados y bosques, y encendió los colores de los millares de flores que tapizaban las cañadas y los oteros. En toda esta región flota una neblina mágica y la luz del sol parece durar un poco más que en otros lugares. También perdura allí la rumorosa música del verano que componen las abejas y los pájaros, de modo que los hombres cruzan por allí como por un paraje maravilloso y experimentan la mayor dicha y encanto que después les cabe recordar.

Hacia mediodía llegó Carter a Kiran, cuyas terrazas de jaspe descienden hasta el borde del río y conducen a un templo de encanto, a donde el rey de Ilek-Vad acude una vez al año con su palanquín de oro desde su lejano reino del mar crepuscular, a orar ante el dios del Oukranos, el que cantaba para él cuando el rey era joven y vivía en una cabaña, junto a la orilla del río. Este templo es todo de jaspe y cubre un acre de terreno con sus muros y sus patios, con sus siete torres rematadas en flecha y su capilla interior, adonde el río penetra a través de canales ocultos y el dios canta dulcemente por la noche. Muchas veces la luna oye extrañas melodías, mientras sus rayos bañan tales patios y terrazas y pináculos; pero nadie, excepto el propio rey de Ilek-Vad, podría decir si esa melodía es la canción del dios o el cántico de sus misteriosos sacerdotes, pues el rey es el único que ha entrado en el templo y ha visto a los

sacerdotes. Ahora, en el sopor del mediodía, aquel templo esculpido y delicado permanecía en silencio; y mientras caminaba bajo un sol mágico, Carter sólo oía el rumor de la gran corriente y el murmullo de los pájaros y las abejas.

El peregrino caminó durante toda la tarde por las perfumadas praderas, al abrigo de las suaves colinas ribereñas cubiertas de pacíficas casitas de techumbre de paja y de santuarios erigidos a dioses amables, esculpidos en jaspe o en crisoberilo. A veces caminaba por el mismo borde del Oukranos, y silbaba a los peces vivarachos e iridiscentes de aquella corriente cristalina; otras veces, se detenía entre el susurro de los juncos a contemplar el gran bosque de la otra orilla, cuyos árboles descendían hasta el mismo borde del agua. En algunos sueños anteriores había visto salir de ese bosque a los buopoths, pesados y tímidos, que iban a beber en el río; pero ahora no se veía ninguno. Una de las veces se detuvo a mirar cómo un pez carnívoro atrapaba un pájaro pescador, al cual había atraído al agua con el señuelo de sus tentadoras escamas al sol. En el momento en que el alado cazador se lanzó a picarle, lo cogió por el pico con su boca enorme.

Al declinar la tarde, Carter subió por una toma cubierta de yerba, desde donde pudo contemplar cómo brillaban a la luz del crepúsculo las mil agujas doradas de los campanarios de Thran. Las enormes murallas de alabastro de esa increíble ciudad no son verticales, sino que parece desde lejos que se inclinan hacia dentro. Y lo más desconcertante es el hecho de estar construidas de una sola pieza, con una técnica que ningún hombre conoce ya; porque esta ciudad es más antigua que la raza humana. Aun siendo tan altas estas murallas de cien pórticos y doscientas atalayas, las torres que se apiñan en su interior, blancas bajo sus agujas doradas, son más altas todavía, de manera que los hombres de la llanura las ven elevarse hasta el cielo, a veces resplandecientes de luz, a veces con las cúpulas veladas por las nubes y las brumas, y a veces rodeadas de nubes bajas, emergiendo por encima con sus esplendorosos pináculos elevados. Y allí donde las puertas de Thran se abren sobre el río, existen grandes muelles de mármol, junto a los cuales se mecen suavemente suntuosos galeones de cedro fragante y madera de Ceilán, sujetos a sus anclas, y descansan extraños marineros de espesa barba en toneles y fardos cuyos rótulos exhiben jeroglíficos de lejanos lugares. Tierra adentro, más allá de los muros, se extienden los campos de este país, y en ellos dormitan menudas cabañas blancas entre pequeñas colinas, y serpean estrechas sendas con infinidades de puentes de piedra entre los ríos y las huertas.

Caía la tarde, pues, cuando Carter atravesó esta tierra feraz, y desde el río vio reflejarse la luz del crepúsculo en las maravillosas agujas de las torres de Thran. Y justo al cerrar la noche llegó a la puerta sur, donde fue detenido por un centinela vestido de rojo, a quien tuvo que contar tres sueños inverosímiles para demostrarle que era un soñador digno de caminar por las misteriosas calles de Thran y de visitar los bazares donde se vendían los géneros traídos por los suntuosos galeones. Penetro luego en la increíble ciudad a través de una muralla de espesor tal que la entrada formaba como un túnel; y luego siguió por los retorcidos y ondulantes callejones que culebrean, profundos y estrechos, entre torres inmensas. Brillaban las luces a través de las ventanas enrejadas y de los balcones; y del interior de los patios de burbujeantes fuentes salía una música tenue de flautas y laúdes. Carter sabía la dirección que le convenía tomar y se dirigió a las calles más oscuras que bordean el río, y entró en una vieja taberna de marineros donde se encontró con capitanes y gentes de mar que él había conocido en muchos de sus sueños anteriores. Allí compró un pasaje para Celephais, a bordo de un gran galeón pintado de verde, y se quedó en esa misma taberna a pasar la noche después de hablar seriamente con el venerable gato de aquella posada, que parpadeaba soñoliento ante el enorme fuego del hogar y soñaba en viejas guerras y en dioses olvidados.

A la mañana siguiente, Carter embarcó en el galeón que zarpaba hacia Celephais. Se sentó a proa sobre un montón de cuerdas, y empezó el largo viaje hacia el Mar Cerenario. Durante muchas leguas, las márgenes del río presentaron el mismo aspecto que las tierras de Thran, viéndose algún que otro templo erigido en lo alto de las colinas de la orilla derecha. Cruzaron por delante de un pueblecito dormido, pegado a la orilla, con sus puntiagudos tejados color ladrillo y sus redes tendidas al sol. Pendiente siempre de su empresa, Carter interrogó a todos los marineros sobre la clase de gentes que frecuentaban las tabernas de Celephais, y les preguntó sobre los nombres y las costumbres de aquellos hombres extraños de ojos rasgados y estrechos, orejas de grandes lóbulos, fina nariz y barbilla puntiaguda que venían del norte a bordo de negras embarcaciones, para cambiar ónice por figuritas de jade, hilo de oro y pajarillos cantores de Celephais. No sabían los marineros gran cosa sobre esas gentes, excepto que hablaban muy poco y que en torno a ellos flota como una atmósfera de respeto y temor.

El país de aquellos hombres extraños es muy lejano y se llama Inquanok. Escasas eran las personas que iban allá, porque se trata de una región fría y crepuscular que, al parecer, linda con la desagradable meseta de Leng, cosa que por otra parte tampoco se sabía con seguridad. Por el lado donde se supone que está esa meseta, se yergue una cadena infranqueable de montañas, de suerte que nadie puede afirmar que esta maligna región, con sus horribles poblados de piedra y sus abominables

monasterios, estén realmente allí; ni tampoco que sea sólo producto del temor que siente la gente por la noche, cuando esa formidable barrera de picos recorta su negra silueta contra la luna, lo que se cuenta sobre ella. Ciertamente se podía llegar a Leng desde muy diferentes océanos, pero los marineros no sabían nada de las otras fronteras de Inquanok y sólo habían oído hablar en términos muy vagos de la inmensidad fría y de la desconocida Kadath. En cuanto a la maravillosa ciudad del sol poniente que Carter buscaba, no tenían ni idea. Así que el viajero no preguntó más y aguardó a que se presentara la ocasión de hablar con aquellos hombres extraños de la fría y crepuscular Inquanok, que son verdaderos descendientes de los dioses representados en el rostro tallado del monte Ngranek.

Avanzado ya el día, el galeón llegó a los meandros que atraviesan las perfumadas junglas de Kled. Aquí Carter habría deseado poder desembarcar, porque en esas marañas tropicales duermen portentosos palacios de marfil, solitarios pero bien conservados, donde un día moraron los monarcas fabulosos de un país cuyo nombre no se recuerda. En virtud de los hechizos de los Dioses Arquetípicos, estos lugares se conservan libres de daño y de envejecimiento, porque escrito está que un día los han de poder necesitar para sí. Y las caravanas de elefantes los han contemplado de lejos, a la luz de la luna, pero nadie se atreve a acercarse a ellos por temor a los guardianes que velan en sus sombras. El barco siguió veloz, y la oscuridad acalló los murmullos del día, y las primeras estrellas parpadearon en respuesta a las tempranas luciérnagas de las orillas, mientras la jungla iba quedando atrás y extendía hacia ellos una fragancia que era como un recuerdo de su presencia. Y durante toda la noche navegó el galeón y cruzó misterios invisibles e insospechados. Un vigía señaló la presencia de hogueras sobre las colinas del este, pero el soñoliento capitán dijo que lo más prudente era no mirarlas demasiado, ya que no se sabía con seguridad qué clase de criaturas las habrían encendido.

Por la mañana, el río se había ensanchado considerablemente y Carter dedujo, por las casas que se alineaban en las orillas, que debían de hallarse muy cerca de la gran ciudad comercial de Hlanith, frente al Mar Cerenario. Aquí las murallas eran de tosco granito; y las casas, construidas de vigas y yeso, se veían fantásticamente erizadas de buhardillas. Los hombres de Hlanith son, de todos los habitantes de las regiones soñadas, los más parecidos a la humanidad del mundo vigil, de suerte que a esta ciudad sólo se acude por el interés de los negocios; pero es estimada por el serio trabajo de sus artesanos. Los muelles de Hlanith son de madera de roble y en ellos amarró el galeón mientras bajaba el capitán a tratar sus asuntos en las tabernas. Carter bajó también a tierra y recorrió con curiosidad las calzadas hendidas de surcos, donde transitaban carricoches tirados por bueyes y vendedores que anunciaban sus mercancías a grito pelado en la puerta de sus bazares. Las tabernas marineras estaban todas muy próximas a los muelles, en unos callejones empedrados y sucios del salitre que dejaban las pleamares, y tenían un aspecto inusitadamente antiguo, con sus bajos techos ennegrecidos y sus verdosos ventanucos en forma de ojo de buey. Los viejos marineros, clientes de aquellas tabernas, hablaban con frecuencia de lejanos puertos y relataban muchas historias sobre los curiosos habitantes de la crepuscular Inquanok; pero, en general, añadieron muy poco a lo que ya le habían contado los tripulantes del galeón. Por último, después de descargar y cargar de nuevo, el barco zarpó hacia poniente, y las altas murallas y las buhardillas de Hlanith se fueron empequeñeciendo en la lejanía mientras la última luz del día les confería un encanto y una belleza que la mano del hombre no puede dar.

Dos noches y dos días navegó el galeón por el Mar Cerenario, sin avistar tierra y sin cambiar saludos más que con un navío solitario. Y al segundo día, faltando ya poco para que el sol se pusiera, avistaron el nevado pico de Arán con sus laderas cubiertas de cimbreantes ginkgos, y Carter comprendió que estaban llegando al país de Ooth-Nargai y a la maravillosa ciudad de Celephais. En seguida aparecieron los brillantes minaretes de aquel pueblo fabuloso, y el mármol de sus murallas rematadas por estatuas de bronce, y el gran puente de piedra tendido donde el Naraxa se junta con el mar. Luego asomaron las suaves colinas que se elevan tras la ciudad, las arboledas, los jardines de asfódelos con sus mil templetes, las cabañas y, al fondo de todo, la purpúrea cordillera Tanaria, poderosa y mística, tras la cual se abren los caminos prohibidos que conducen al mundo vigil y a otras regiones del país de los Sueños.

El puerto estaba lleno de pintadas galeras, algunas de las cuales procedían de Serannia, ciudad de mármol y nubes que se halla en los espacios etéreos, mas allá de la línea que junta el mar con el cielo; otras venían de lugares más sólidos del país de los Sueños. El timonel se abrió camino por entre todos los navíos hasta los muelles fragantes de especias, y los marineros amarraron allí el galeón a oscuras, mientras las innumerables luces de la ciudad comenzaban a titilar sobre el agua. Eternamente nueva parecía esta inmortal ciudad de fantasía, porque el tiempo aquí no tiene poder destructor alguno. Y la ciudad de turquesa de Nath-Horthath es como siempre ha sido, y sus ochenta sacerdotes coronados de orquídeas son los mismos que la edificaron hace diez mil años. Aún brilla el bronce de sus grandes puertas, y jamás sufrió deterioro alguno el ónice de sus pavimentos. Y las enormes estatuas de bronce que

adornan sus murallas contemplan a unos mercaderes y conductores de camellos que son más viejos que las mismas leyendas, aunque jamás se tomara gris e1 pelo de sus barbas hendidas.

Carter no se puso a buscar inmediatamente templo alguno, ni palacio ni ciudadela, sino que permaneció junto a la muralla, cerca del mar, entre mercaderes y marineros. Y cuando se hizo demasiado tarde para escuchar historias y relatos, buscó una antigua taberna ya conocida por él y descansó soñando con los dioses de la ignorada Kadath, a quienes buscaba. Al día siguiente, recorrió los embarcaderos por ver si encontraba a alguno de aquellos misteriosos marineros de Inquanok, pero le dijeron que ahora no había ninguno por allí, ya que sus galeras no tocarían aquel puerto lo menos en dos semanas. Encontró, sin embargo, a un marinero thorabonio que había estado en Inquanok y había trabajado en las canteras de ónice de aquella ciudad crepuscular; y este marinero le confesó que, efectivamente, al norte de la región habitada se extendía un desierto que todo el mundo parecía temer y evitar. El thorabonio opinaba que este desierto rodeaba las últimas estribaciones de los infranqueables picos centrales de la horrible meseta de Leng, y que esta era la razón por la que los hombres lo temían. No obstante, admitió que las gentes hacían, además, alusiones no muy claras a presencias malignas y a abominables centinelas. No podía decir si este desierto era o no la fabulosa inmensidad fría en la que se hallaba la desconocida Kadath, pero le parecía poco probable que tales presencias y centinelas, si de verdad existían, estuvieran allí sin una razón.

Al día siguiente, Carter subió por la Calle de los Pilares hasta el templo de turquesa y habló con el Sumo Sacerdote. Aunque en Celephais se adora sobre todo a Nath-Horthath, en las oraciones diarias se cita a todos los Grandes Dioses, y el sacerdote conocía bastante bien el talante y las costumbres de éstos. Como hiciera Atal en la lejana Ulthar, le aconsejó fervientemente que no intentara verlos, afirmando que son irascibles y caprichosos, y que se hallan bajo la extraña protección de los desalmados Dioses Otros del Exterior, cuyo espíritu y mensajero es Nyarlathotep, el caos reptante. El celo con que ocultaban la maravillosa ciudad del sol poniente ponía claramente de relieve su deseo de que Carter no llegara a ella, y no se sabía cómo mirarían a un forastero cuyo propósito era llegar hasta ellos para hacerles un ruego. Ningún hombre había encontrado jamás la ciudad de Kadath en el pasado, y muy bien pudiera ser que tampoco la encontrara nadie en el futuro. Además, los rumores que corrían acerca del castillo de ónice de los Grandes Dioses no eran tranquilizadores mi muchísimo menos.

Después de dar las gracias al Sumo Sacerdote coronado de orquídeas, Carter salió del templo, en busca de cierta carnicería donde se vendía carne de oveja, pues allí vivía lustroso y contento el viejo jefe de los gatos. Aquel felino digno y gris se hallaba tendido gozosamente al sol en el pavimento de ónice, y al acercarse el visitante le saludó con gesto lánguido. Pero cuando Carter se presentó y repitió la contraseña que le había facilitado el viejo general de Ulthar, el lustroso patriarca se volvió muy cordial y comunicativo, y le contó muchos secretos que saben los gatos de la costa de Ooth-Nargai. Y lo que fue aún más interesante, le contó también varios detalles que los gatos del puerto de Celephais le habían comunicado, no sin cierto recelo, sobre los hombres de Inquanok, en cuyos tenebrosos barcos no quiere navegar ningún gato.

Al parecer, estos hombres están envueltos en un aura extraterrestre, aunque no es ésta la razón por la que los gatos no quieren navegar en sus barcos. El motivo de esta repulsión radica en que Inquanok alberga ciertas sombras que ningún gato puede soportar, de suerte que en todo ese reino, en donde impera el frío crepuscular, jamás se oyen alegres maullidos ni ronroneos hogareños. Nadie sabe si esas sombras corresponden a seres que han cruzado los infranqueables picos de la meseta de Leng, de cuya misma existencia se duda, o a los que penetran por el norte, procedentes del frío desierto. En cualquier caso, sobre aquellas tierras lejanas impera como un presagio de otros mundos u otras dimensiones que no agrada a los gatos, pues estos animales son más sensibles que los hombres a tales vivencias. Esta es la razón de que no quieran embarcarse en los sombríos barcos que zarpan rumbo a los muelles de basalto de Inquanok.

El viejo jefe de los gatos le dijo también dónde encontrar a su amigo el rey Kuranes, que en los últimos sueños de Carter había reinado alternativamente en el Palacio de las Siete Delicias de Celephais, y construido en cuarzo rosa, y en el almenado castillo de nubes de Serannia, ciudad que flota en el cielo. Al parecer, ya no encontraba satisfacción en aquellos lugares fabulosos y sentía una nostalgia creciente por los acantilados ingleses y por las tierras bajas de su niñez, donde existen pueblecitos de ensueño en los que, por las noches, se oyen tras las celosías de las ventanas antiguas canciones inglesas, y cuyos grises campanarios se asoman por encima del verdor de los valles lejanos. Kuranes no podía retornar a estas delicias del mundo vigil, porque su cuerpo había muerto; pero había conseguido una aceptable compensación al soñar una reconstrucción de su paisaje natal junto al barrio Este de la ciudad, donde los prados se extienden suavemente desde los acantilados hasta el pie de los Montes Tanarios. Allí vivía él, en una mansión gótica de piedra gris asomada al mar, y trataba de convencerse de que era la antigua Trevor Towers, donde él y trece generaciones de antepasados habían visto la luz por vez primera. Y en la

costa vecina había reconstruido un pueblecito pesquero de Cornualles, de tortuosos callejones empedrados, instalando en él a gentes con rasgos marcadamente ingleses, a las cuales trataba siempre de inculcar el acento -que a él le llenaba de nostalgia- de los viejos pescadores de aquella región. Y en el valle cercano había erigido una gran abadía de estilo normando, cuya torre podía contemplar desde su ventana, y en torno a ella, en el cementerio que la rodeaba, había soñado unas lápidas con los nombres de sus antepasados esculpidos en su piedra, que él evocaba cubierta de musgo semejante al de la vieja Inglaterra. Pues aunque Kuranes era monarca del país de los Sueños, y suyas eran todas las imaginables pompas y maravillas y toda la esplendorosa magnificencia de los sueños, y aunque disponía a voluntad de todos los éxtasis y delicias, de las novedades y los incentivos más rebuscados y exóticos, de buena gana habría renunciado para siempre a todo este fausto y poderío, con tal de volver a ser, por un día tan sólo, un muchacho de aquella Inglaterra pura y tranquila, de aquella antigua y amada Inglaterra que había modelado su alma y de la cual siempre formaría parte.

Después de despedirse del viejo jefe de los gatos, Carter no trató de buscar el palacio de cuarzo rosa, sino que se dirigió a las puertas orientales de la ciudad. Cruzó los campos sembrados de margaritas y se encaminó hacia una torre puntiaguda que descollaba entre los robles de un parque que ascendía hasta el borde mismo de los acantilados. Llegó a una gran verja, y en ella encontró una entrada flanqueada por una casita de guarda construida de ladrillo; y cuando hizo sonar la campana, no salió cojeando ningún lacayo ataviado y untuoso, sino un viejo bajito y estirado, vestido con una blusa de obrero, que se esforzaba por imitar el singular acento de Cornualles. Y Carter se adentró por el umbroso sendero que discurría entre unos árboles muy semejantes a los de Inglaterra, y subió por las terrazas que se abrían entre jardines trazados como en tiempos de la reina Ana. En la puerta, que como en los viejos tiempos estaba flanqueada por unos gatos de piedra, fue recibido por un mayordomo de enormes patillas y vestido de librea. Este le condujo en seguida a la biblioteca, donde Kuranes, señor de Ooth-Nargai y de la parte del cielo que rodea Serannia, meditaba sentado junto a la ventana, mientras contemplaba su pueblecito pesquero y añoraba a su vieja nodriza, la cual solía regañarle porque no estaba arreglado a tiempo para aquella odiosa reunión campestre en casa del vicario, cuando ya estaba aguardando la carroza, y su madre a punto de perder los nervios.

Kuranes, vestido con una bata que los sastres londinenses habían puesto de moda en su juventud, se levantó con presteza a recibir a su visitante; porque la presencia de un anglosajón procedente del mundo vigil le resultaba entrañable a él, aun cuando se tratara de un sajón de Boston, Massachusetts, y no de Cornualles. Y hablaron largamente de los viejos tiempos, y los dos encontraron mucho que contarse, ya que ambos eran antiguos soñadores, y muy versados en las maravillas y los sitios increíbles. Kuranes, efectivamente, había estado más allá de las estrellas, en el vacío final, y se decía que era el único que había regresado de semejante viaje en su sano juicio.

Finalmente, Carter sacó a relucir el tema que le interesaba e hizo a su anfitrión las preguntas que ya había repetido tantas veces. Kuranes no sabía dónde se encontraban ni Kadath ni la maravillosa ciudad del sol poniente; pero sabía que los Grandes Dioses eran entidades demasiado peligrosas para ir en su busca, y que los Dioses Otros tenían extrañas maneras de protegerlos contra toda curiosidad impertinente. Había oído muchas cosas sobre los Dioses Otros en las lejanas regiones del espacio, especialmente en una zona en que no existen formas algunas y donde ciertos gases multicolores estudian los secretos más recónditos. El gas violeta S’ngac le había contado cosas terribles de Nyarlathotep, el caos reptante, aconsejándole que no se aproximara jamás al vacío central donde roe hambriento el sultán de los demonios, Azathoth, envuelto en tinieblas. Asimismo, tampoco era prudente tener trato alguno con los Dioses Otros, y si denegaban persistentemente todo acceso a la maravillosa ciudad del sol poniente, lo mejor sería no empeñarse en buscar esa ciudad.

Kuranes dudaba, además, que su invitado pudiera sacar nada positivo con ir a la ciudad, aun cuando consiguiera entrar en ella. El también había soñado y suspirado durante largos años por la encantadora Celephais y por la tierra de Ooth-Nargai, y había deseado vivamente la libertad, el color y la maravillosa experiencia de una vida exenta de ataduras, de convencionalismos y estupideces. Pero ahora que vivía en esta ciudad y en este país, y era el rey de todo esto, veía que la libertad y la intensidad de vivir se agotan muy pronto, volviéndose monótonas por falta de vinculación con sentimientos y recuerdos firmes. Era rey de Ooth-Nargai, pero esto no significaba nada, pues añoraba con tristeza las cosas familiares de Inglaterra que había conocido en su lejana juventud. El daría todo este retiro por volver a escuchar el lejano repicar de las campanas de Cornualles; y los mil alminares de Celephais, a cambio de los tejados picudos y familiares del pueblecito cercano a su casa natal. Por ello dijo a su huésped que seguramente no encontraría en aquella desconocida ciudad del sol poniente la felicidad que él buscaba, y que tal vez sería mejor que la considerara como un sueño esplendoroso y evanescente. Porque Kuranes había visitado con frecuencia a Carter en los viejos días de su vida vigil, y conocía muy bien las encantadoras laderas de Nueva Inglaterra que le vieron nacer.

Estaba seguro de que, al final, el explorador acabaría suspirando por revivir escenas de su primera infancia: el fulgor de Beacon Hill al atardecer, los altos campanarios y las calles tortuosas y empinadas de la fantástica ciudad de Kingsport, los venerables tejados de la antiquísima y embrujada Arkham, las venturosas praderas y los valles cruzados de serpeantes cercas de piedra, y los blancos tejados de las casas de campo que asomaban entre macizos de verdura. Todo esto le dijo a Randolph Carter, pero él siguió empeñado en su propósito. Y finalmente, cada cual mantuvo su propia convicción, y Carter regresó a Celephais por las puertas de bronce y bajó por la Calle de los Pilares hasta la vieja muralla junto al mar, donde volvió a conversar con los marineros que procedían de puertos remotos, y aguardó a que llegara el barco tenebroso de la fría Inquanok crepuscular, cuyos marineros y traficantes de ónice poseen extraños semblantes y llevan sangre de los Grandes Dioses en las venas.

Una noche estrellada en que el Lucero derramaba una espléndida claridad sobre la dársena, entró en puerto el barco tan esperado; y los tripulantes y mercaderes de extraños rostros fueron dejándose ver, de uno en uno y en grupos pequeños, por las tabernas que se extienden a lo largo de los muelles. Resultaba apasionante ver de nuevo en unos rostros vivientes los rasgos divinos del pétreo semblante del Ngranek. Sin embargo, Carter no se dio prisa en hablar con aquellas gentes silenciosas. Aún ignoraba si aquellos hijos de los Grandes Dioses serían demasiado altivos o reservados, o qué recuerdos vagos y excelsos guardarían en la memoria. Pero estaba seguro de que no sería oportuno abordarles para hablar de su empresa o para preguntar por el desierto frío que se extiende al norte de sus tierras crepusculares. Hablaban poco con los demás parroquianos de aquellas antiguas tabernas portuarias, y se sentaban en grupos en los rincones más oscuros del local para entonar canciones misteriosas de ignorados lugares, o para contar relatos con exótico acento que en nada se parecía al del resto del País de los Sueños. Y tan raras y excitantes eran aquellas tonadas y narraciones, que en los rostros de los que escuchaban podía adivinarse todo su misterio, aun cuando las palabras no fueran más que extrañas cadencias y vagas melodías para los oídos profanos.

Durante una semana estuvieron frecuentando la taberna los marineros de Inquanok, mientras los traficantes trataban sus negocios en los bazares de Celephais; y antes de que zarparan, Carter tomó un pasaje en su barco tenebroso, explicando que era un antiguo minero que había trabajado en minas de ónice, y que quería volver a trabajar en sus canteras. El barco era magnífico y estaba primorosamente labrado en madera de teca con incrustaciones de ébano y trazados de oro, y el camarote que le asignaron tenía cortinajes de seda y terciopelo. Una mañana, al cambiar la marca, izaron las velas, levaron anclas, y Carter, de pie en lo alto de la popa, vio hundirse en la distancia, arrebolados por los primeros rayos del sol, los dorados alminares y las estatuas de bronce de la ciudad intemporal de Celephais, al tiempo que la cumbre nevada del Monte Arán se iba haciendo cada vez más pequeña. Hacia el mediodía sólo tenían a la vista el azul suave del Mar Cerenario y una galera pintada que, allá lejos, navegaba rumbo a ese reino de Serannia donde el mar se junta con el cielo.

Llegó la noche con rutilantes estrellas, y el oscuro barco puso proa al Carro y a la Osa Menor, que se mecía suavemente alrededor del polo. Y los tripulantes entonaron extrañas canciones de ignorados lugares, y fueron subiendo uno por uno al castillo de proa, mientras los taciturnos vigías murmuraban viejos cantos y se inclinaban sobre la borda para contemplar cómo jugaban los peces luminosos junto a la roda, bajo el agua. Carter se retiró a dormir a las doce de la noche, y se levantó con las primeras claridades de la mañana, observando que el sol se hallaba mucho más al sur de lo que a él le habría gustado. Y durante todo el día hizo progresos en cuanto a su comunicación con los hombres del barco, pues muy poco a poco les fue haciendo hablar de su fría tierra crepuscular, de su primorosa ciudad de ónice y de su temor a los elevados e infranqueables picos, más allá de los cuales se extiende, según dicen, la meseta de Leng. Los marineros le confesaron que lamentaban muchísimo que los gatos no quisieran vivir en la tierra de Inquanok, y que estaban convencidos de que ello se debía a la oculta proximidad de Leng. De lo que no hablaron fue del desierto de piedra que se extiende al norte, pues había algo inquietante en torno a ese desierto, y les parecía más prudente no admitir su existencia.

Durante los días siguientes hablaron de las canteras a las que Carter decía que iba a trabajar. Había muchas, ya que no sólo toda la ciudad de Inquanok estaba hecha de ónice, sino que además destinaban grandes bloques pulimentados de este material a los mercados de Rinar, Ogrothan y Celephais, o los vendían allí mismo a mercaderes venidos de Thara, Ilarnek y Katatheron, trocándolos a veces por hermosos artículos procedentes de aquellos puertos fabulosos. Y muy al norte, casi en el desierto de hielo cuya existencia no quieren admitir los hombres de Inquanok, había una cantera excepcional, mucho más grande que todas las demás; y de ella se habían extraído en tiempos inmemoriales bloques tan prodigiosos y descomunales, que las oquedades que habían dejado, sobrecogían de terror al que las contemplaba. Nadie sabía quién había extraído aquellos bloques increíbles, ni adónde habían sido transportados. Pero consideraban que era preferible no pisar aquella cantera, porque era muy posible que aún conservase algún vínculo con aquellos que un día trabajaran en

ella. Y la cantera inmensa ha quedado abandonada en el crepúsculo, y únicamente el cuervo y el legendario pájaro shantak anidan en sus inmensidades. Cuando Carter oyó eso, sintió una honda impresión, pues sabía por viejas leyendas que el castillo que poseen los grandes Dioses en lo más elevado de Kadath es de ónice.

Cada día era más baja la curva que el sol describía en el cielo, y las brumas que se veían a proa se iban haciendo más y más espesas. Y al cabo de dos semanas, el sol dejó en absoluto de salir, y no contaron con más luz que una dudosa claridad grisácea y crepuscular que se filtraba a través de una bóveda de nubes eternas durante el día, y una fría fosforescencia sin estrellas que se desprendía de la cara inferior de aquellas mismas nubes por la noche. Al vigésimo día avistaron un gran farallón desgarrado, a lo lejos, que era el primer vestigio de tierra que divisaban desde que dejaron atrás la nevada cumbre del Arán. Carter preguntó al capitán el nombre de aquella roca, pero le dijeron que no tenía nombre y que ningún barco se le aproximaba jamás a causa de ciertos ruidos que brotaban de su interior durante la noche. Y cuando, después de anochecer, salió de aquella roca granítica un aullido lastimero e incesante, el viajero se alegró de saber que no se detendrían allí, y de que aquella roca no tuviera nombre alguno. La tripulación rezó y cantó hasta ahogar el aullido, y Carter tuvo unos sueños terribles en las primeras horas de la madrugada.

Dos mañanas después de avistar la roca aulladora, apareció a lo lejos, hacia el oeste, una formación de elevados picachos cuyas cimas se perdían entre las nubes perpetuas de aquel mundo crepuscular; y al verlos, los marineros entonaron alegres canciones y algunos se arrodillaron sobre cubierta para rezar, por lo que Carter comprendió que estaban llegando a la tierra de Inquanok, y que no tardarían en atracar en los muelles de basalto de la gran ciudad que llevaba el nombre del país. Hacia mediodía apareció el oscuro perfil de la costa, y antes de las tres vieron surgir hacia el norte las cúpulas bulbosas y las fantásticas agujas de la ciudad de ónice. Singular y extraña, aquella ciudad arcaica se erguía amurallada tras los espigones del puerto, y era toda de un delicado color negro ornada con volutas, estrías y arabescos de oro. Sus casas eran altas y tenían muchas ventanas; y las fachadas estaban adornadas con flores esculpidas y motivos cuya oscura simetría deslumbraba los ojos con su belleza más esplendorosa que la luz. Algunas estaban coronadas de hinchadas cúpulas que terminaban en afilada punta, otras eran pirámides escalonadas rematadas por minaretes que ponían de manifiesto una imaginación desbordante. Las murallas eran bajas y tenían numerosas puertas, cada una de las cuales estaba coronada por un gran arco mucho más alto que las almenas del propio muro, rematado por la cabeza de un dios, tallada con la misma perfección que el rostro monstruoso del lejano Ngranek. En una colina del centro de la ciudad se alzaba una torre de dieciséis lados cuyas proporciones eran aún mayores que las de los restantes edificios, y cuyo altísimo campanario terminaba en un capitel sustentado por una cúpula aplastante. Este era, según los marineros, el Templo de los Dioses Arquetípicos, gobernado por un Sumo Sacerdote ya viejo y entristecido por tantos secretos misteriosos.

De tiempo en tiempo, el tañido de una extraña campana estremecía el aire de la ciudad de ónice; y cada vez que sonaba, era contestado por unos sones místicos que ejecutaba un conjunto de cuernos, violas y voces. Y de una fila de trípodes que se alineaban en una galería rodeando la elevada cúpula del templo, brotaba en algunos momentos un resplandor de fuego; pues debe decirse que los sacerdotes y las gentes de esta ciudad son prudentes observadores de sus ritos primordiales y fieles conservadores de los himnos de los Grandes Dioses, tal como se conservan en ciertos pergaminos más antiguos aún que los Manuscritos Pnakóticos. Al cruzar el barco la inmensa escollera de basalto y entrar en puerto, se hicieron audibles los ruidos menudos de la ciudad, y Carter vio numerosos esclavos, marineros y mercaderes por los muelles. Los marineros y los mercaderes tenían el mismo extraño rostro de los dioses; pero los esclavos eran achaparrados, de ojos oblicuos y, por lo que se decía, habían venido atravesando la infranqueable cadena de montes -o evitándola quizá, dando un rodeo- desde los valles del otro lado de la meseta de Leng. Los muelles se extendían fuera de las murallas de la ciudad, y en ellos se amontonaba todo género de mercancías descargadas de las galeras fondeadas allí; y en un extremo había grandes depósitos de ónice, labrado o sin labrar, en espera de ser embarcados con destino a los lejanos mercados de Rinar, de Ogrothan y de Celephais.

Aún no había empezado a anochecer, cuando el oscuro barco atracó a un muelle de piedra, y todos los marineros y mercaderes bajaron y penetraron en la ciudad por el pórtico de elevado arco. Las calles de la ciudad estaban pavimentadas de ónice, y unas eran amplias y rectas, y otras tortuosas y estrechas. Las casas de junto al mar eran más bajas que el resto, y sobre los arcos de sus puertas singulares había ciertos signos de oro en honor, al parecer, de los dioses familiares que las favorecían. El capitán del barco llevó a Carter a una vieja taberna donde se contrataban marineros de países exóticos, y le prometió que al día siguiente le mostraría los encantos de la ciudad crepuscular, y le llevaría a la taberna que frecuentaban los mineros, en las proximidades de la muralla norte. Y cayó la noche, y se encendieron las lamparillas de bronce; y los marineros de aquella taberna entonaron canciones de

remotos lugares. Pero cuando el tañido de la gran campana del más alto campanario vibró por toda la ciudad, y se elevó en misteriosa respuesta el son de los cuernos y las violas acompañado de cánticos y coros, los marineros callaron y se inclinaron en silencio, hasta que se hubo apagado el último eco. Esta es una de las rarezas y prodigios de la ciudad crepuscular de Inquanok, cuyos habitantes temen descuidar sus ritos por miedo a que se abatan sobre ellos una maldición y una venganza insospechadamente próximas.

En un rincón oscuro de aquella taberna vio Carter una silueta achaparrada que le impresionó desagradablemente; se trataba, sin lugar a dudas, de aquel mercader de ojos rasgados que había visto en las tabernas de Dylath-Leen del cual se decía que traficaba con los horribles poblados de piedra de Leng, jamás visitados por hombres de sano juicio, y cuyos fuegos malignos se ven en la noche de lejos. También se decía de aquel individuo que tenía tratos con ese gran sacerdote indescriptible que oculta su rostro bajo una máscara de seda y vive solitario en un prehistórico monasterio de piedra. Los ojos de este hombre habían mostrado un brillo especial de inteligencia la vez que oyera a Carter preguntar a los mercaderes de Dylath-Leen por la inmensidad fría y la ciudad de Kadath. Y en verdad, su presencia ahora en la oscura y encantada ciudad de Inquanok no tenía nada de tranquilizadora. Antes de que Carter pudiera dirigirle la palabra, desapareció furtivamente de la taberna; y los marineros le dijeron después que había venido en una caravana de yaks procedente de algún lugar no bien determinado, cargada de colosales y sabrosísimos huevos de los fabulosos pájaros shantaks para trocarlos por las finas copas de jade que otros mercaderes traían de Ilarnek.

A la mañana siguiente, el capitán llevó a Carter por las calles de ónice de Inquanok, oscuras bajo el cielo crepuscular. Las puertas taraceadas y las fachadas cubiertas de frescos y bajorrelieves, los balcones labrados y los miradores acristalados, resplandecían con un encanto misterioso y sombrío; y a cada paso se abrían ante ellos nuevas plazas adornadas de negros pilares, columnatas y estatuas de seres extraños, a la vez humanos y fabulosos. Casi todas las perspectivas, ya fueran de calles largas y rectas o de callejones laterales, y las cúpulas bulbosas, las agujas de campanario y los tejados cubiertos de arabescos, eran indeciblemente fantásticos y bellos. Pero nada resultaba tan fabuloso como la majestuosa mole central del gran Templo de los Dioses Arquetípicos: la inmensa torre de dieciséis caras, todas ellas esculpidas, con su cúpula aplastada y su elevadísimo campanario coronado por un capitel que descollaba por encima de todos los edificios. Y a oriente, muy lejos de los muros de la ciudad, más allá de los vastos pastizales, se elevaban los flancos grises de aquellos picos infranqueables tras los que, según se decía, estaba la espantosa meseta de Leng.

El capitán condujo a Carter a aquel templo imponente que rodea un jardín tapiado en una gran plaza circular de donde parten las calles como los rayos de una rueda. Las siete puertas del jardín, con sus elevados arcos coronados de rostros esculpidos como los de las puertas de la ciudad, están siempre abiertas; y las gentes pasean respetuosas por los senderos enlosados y por los caminos flanqueados de bustos extravagantes y de altares consagrados a las divinidades menores. Hay allí surtidores, estanques y fuentes de ónice donde se reflejan las llamas de los trípodes que con frecuencia se encienden en la elevada terraza; y en sus aguas se agitan unos pececillos luminosos traídos por los buzos de las regiones más profundas del océano. Cuando el grave tañido de la campana del templo hace estremecer el aire quieto del jardín y de la ciudad toda, y la respuesta de cuernos, violas y cánticos brota de los siete recintos que flanquean las puertas del jardín, salen de las siete puertas del templo las largas columnas de los sacerdotes encapuchados, envueltos en negros ropajes, portando en las manos grandes cuencos dorados de los que emana un vapor singular. Y las siete columnas discurren en fila de a uno, caminando todos con las piernas estiradas y sin doblar las rodillas, hasta los siete recintos, en donde desaparecen para no volver a salir. Se dice que unos pasadizos subterráneos comunican tales recintos con el templo, y que las largas filas de sacerdotes vuelven al templo por dicho camino; y corre el rumor también de que hay unas escaleras de ónice que descienden a unas profundidades cuyos misterios no se han revelado jamás. Y hay incluso quienes insinúan que esos sacerdotes encapuchados no son seres humanos.

Carter no entró en el templo; porque a nadie le está permitido hacerlo, excepto al rey Velado. Pero antes de salir del jardín sonó la campana, y oyó su tañido vibrante y ensordecedor, y el gemido de cuernos violas y cánticos que provenía de los recintos que estaban junto a las puertas. Y comenzaron a desfilar por las siete grandes avenidas, con su paso singular, las largas filas de sacerdotes portadores de cuernos; y provocaron en el viajero un malestar que ningún sacerdote humano habría podido causarle jamás. Cuando hubo desaparecido el último, el capitán y él se marcharon del jardín; y vieron al pasar una mancha que había quedado en el pavimento, de algo que había caído de los cuencos. Ni aun al capitán le gustó la mancha aquella, y apremió a Carter para que fuera sin más tardanza a visitar la colina donde se eleva el maravilloso palacio de múltiples cúpulas, en donde mora el rey Velado.

Las calles que conducen al palacio de ónice son todas empinadas y estrechas, excepto una ancha y sinuosa por la que el rey y sus acompañantes cabalgan sobre yaks. Carter y su guía subieron por un

callejón escalonado, entre muros labrados que ostentaban extraños signos trazados en oro, y pasaron por debajo de balcones y miradores de donde salían a veces melodías y efluvios de exótica fragancia. Ante ellos seguían elevándose los muros titánicos, los imponentes contrafuertes, y las apiñadas y bulbosas cúpulas por las que es tan famoso el palacio del rey Velado; y finalmente cruzaron por debajo de un gran arco de color negro, y desembocaron en los jardines de recreo del monarca. En ellos se detuvo Carter maravillado de tanta belleza: las terrazas de ónice y los paseos bordeados de columnas, los alegres parterres y los delicados arbustos floridos, las enredaderas abrazadas a doradas celosías, las urnas de bronce y los trípodes de primorosos bajorrelieves, las fantásticas estatuas erguidas en pedestales de mármol veteado, las fuentes de fondos basálticos en cuyas aguas rebullían pececillos luminosos, los templetes diminutos llenos de iridiscentes pajarillos cantores, construidos en lo alto de columnas esculpidas, los maravillosos relieves de las grandes puertas de bronce, y las parras florecientes que trepaban por toda la superficie de los bruñidos muros, se unían para formar un escenario cuya belleza superaba cualquier realidad hasta el punto de parecer casi fabulosa aun en el propio país de los sueños. Todo resplandecía como una visión gloriosa bajo el crepuscular cielo gris; y frente a todo ello se alzaba la magnificencia del palacio con sus cúpulas y esculturas, y el perfil fantástico de los lejanos picos infranqueables a la derecha del fondo. Y los pajarillos y las fuentes cantaban eternamente, mientras el perfume de exóticas flores se extendía como un cendal por todo aquel jardín increíble. No había allí más seres humanos que ellos dos, y Carter se alegraba de que fuera así. Luego bajaron otra vez por el callejón de peldaños de ónice, porque a ningún visitante le está permitida la entrada al palacio, y no conviene demorarse contemplando la gran cúpula central; pues se dice que en ella se aloja el arcaico antecesor de todos los míticos pájaros shantaks, y éste puede enviar extraños sueños a los curiosos.

Después, el capitán llevó a Carter al barrio norte de la ciudad, próximo a la Puerta de las Caravanas, donde se hallan las tabernas que frecuentan los mercaderes de las caravanas de yaks, así como los mineros de las canteras de ónice. Y allí, en una taberna de techo bajo, entre trabajadores de canteras, se dieron la despedida: el capitán se fue a sus negocios, y Carter estaba impaciente por charlar con los mineros sobre aquellas misteriosas regiones del norte. La taberna estaba atestada de gente, y el viajero no esperó mucho tiempo para dirigirse a algunos de aquellos hombres. Se presentó diciendo que era un antiguo minero de las canteras de ónice y que deseaba conocer algunos detalles de las canteras de Inquanok. Pero la información que obtuvo no añadió gran cosa a lo que ya sabía, porque los mineros eran tímidos y evasivos en lo que se refiere al frío desierto del norte y a la cantera jamás visitada por seres humanos. Tenían miedo de los legendarios emisarios que venían de la parte de las montañas, donde se dice que está la meseta de Leng, y de las presencias malignas y los abominables centinelas que velan en el norte por entre las rocas. Y decían, no sin cierto temor, que los pájaros shantaks no son criaturas benéficas y normales, y que en definitiva, era una suerte que nadie hubiera visto jamás ningún ejemplar (ya que al legendario antecesor de los shantaks, al que habita en la cúpula real, se le alimenta en la oscuridad más completa).

Al día siguiente, Carter alquiló un yak, diciendo que deseaba reconocer las distintas minas y visitar las granjas dispersas y los lejanos pueblecitos de ónice del país de Inquanok, y llenó hasta arriba las enormes alforjas de cuero, dispuesto a emprender el viaje. Una vez franqueada la Puerta de las Caravanas, la carretera seguía recta entre campos cultivados y multitud de extrañas casitas de campo rematadas por cúpulas aplastadas. El explorador se detuvo en algunas de ellas a preguntar; y una de las veces dio con un anfitrión tan adusto y reservado, de una majestuosidad y unos rasgos tan asombrosamente parecidos a los del rostro del Ngranek, que en el mismo momento en que lo vio tuvo por cierto que había llegado ante la presencia de uno de los Grandes Dioses en persona; al menos, ante alguien por cuyas venas corrían nueve décimas partes de sangre divina, aunque viviera entre los hombres. Y al dirigirse a aquel adusto y reservado campesino, tuvo mucho cuidado en hablar bien de los dioses y en agradecer todos los favores que siempre le habían concedido.

Aquella noche acampó Carter en un prado contiguo a la carretera, bajo un árbol lygath, a cuyo tronco ató el yak, y por la mañana reanudó su peregrinaje hacia el norte. A eso de las diez de la mañana llegó al pueblo de Urg, de pequeñas cúpulas, donde suelen pararse a descansar los traficantes y los mineros de ónice, y se cuentan sus incidencias. Allí se detuvo también Carter, y dio una vuelta por las tabernas hasta el mediodía. En Urg es donde la gran ruta de las caravanas tuerce hacia el oeste en dirección a Selarn, pero Carter continuó hacia el norte por la ruta de las canteras. Durante toda la tarde estuvo viajando por aquella senda ascendente, algo más estrecha que la gran calzada, que atravesaba una región en la que ya se veían más rocas que campos cultivados. Y al anochecer, las lomas de la izquierda se habían convertido ya en negros peñascos de considerable elevación, y Carter comprendió que estaba muy cerca de la cuenca minera. Durante todo este tiempo, los desnudos flancos de los montes infranqueables se elevaron a su derecha, allá en la lejanía, y cuanto más se adentraba en aquellas

regiones, peores cosas oía decir de aquellos montes, a los granjeros, a los traficantes y a los carreteros que conducían sus pesados carruajes cargados de ónice por los caminos.

La segunda noche acampó al abrigo de un enorme peñasco negro, atando su yak a una estaca clavada en el suelo. Observó la inmensa fosforescencia de las nubes en aquella región septentrional, y más de una vez le pareció ver recortarse contra ellas ciertas sombras oscuras. Y al tercer día llegó a la primera cantera de ónice, y saludó a los hombres que trabajaban allí con picos y cinceles. Y antes de que empezara a caer la tarde, había dejado atrás otras once canteras. El terreno aquí era muy accidentado, con infinidad de farallones y riscos de ónice, y en el suelo no había forma alguna de vegetación, sino sólo fragmentos enormes de rocas esparcidas por la tierra negra; y los infranqueables picos grises alzándose desnudos y siniestros a su derecha. La tercera noche la pasó en un campamento de canteros, cuyos fuegos vacilantes arrojaban fantásticos reflejos sobre los bruñidos peñascos del oeste. Y cantaron muchas canciones y relataron muchas historias, poniendo de manifiesto tan insospechados conocimientos sobre los tiempos antiguos y las costumbres de los dioses, que Carter quedó convencido de que ello se debía a los muchos recuerdos latentes que habían heredado de sus antepasados los Grandes Dioses. Le preguntaron adónde se dirigía, advirtiéndole que no debía adentrarse demasiado al norte, pero él contestó que estaba buscando nuevos yacimientos de ónice y que no se arriesgaría más de lo que es habitual entre los prospectores. Por la mañana se despidió de ellos y siguió su camino hacia el tenebroso norte, donde, según le dijeron, encontraría la temida y jamás visitada cantera de la que unas manos más antiguas que las del hombre habían arrancado bloques prodigiosos. Pero, cuando ya se volvía por última vez a decirles adiós, le pareció ver aproximarse al campamento la figura achaparrada del viejo y escurridizo mercader de ojos oblicuos, cuyo supuesto comercio con los seres de Leng era objeto de habladurías en la lejana Dylath-Leen. Y esto no le gustó nada.

Después de cruzar dos canteras más, terminó la zona habitada de Inquanok; el camino se estrechó convirtiéndose en un empinado sendero de yaks, flanqueado de peñascos siniestros y negros. Los picos distantes y austeros se alzaban a su derecha, y a medida que Carter se adentraba más y más en aquella región inexplorada, todo se le iba volviendo más oscuro y más frío. No tardó en comprobar que el negro sendero carecía de huellas y de pisadas de yak y que, en efecto, aquellos caminos desiertos y extraños databan de tiempos remotos. De cuando en cuando cruzaba graznando algún cuervo, o se oían fuertes aleteos tras alguna roca, lo que le hacía pensar con inquietud en las leyendas que corrían sobre los pájaros shantaks. Pero lo esencial era que él estaba solo con su lanuda montura y lo que le preocupaba era observar que su excelente yak se resistía cada vez más a avanzar, notándole más predispuesto por momentos a sobresaltarse al menor ruido.

El sendero se estrechó a continuación entre paredes negras y relucientes, y comenzó a ascender por una pendiente más pronunciada que la anterior. El suelo era poco seguro y el yak resbalaba con frecuencia en las piedras esparcidas en el mismo sendero. Al cabo de dos horas, Carter descubrió ante sí una cresta de contornos definidos, más allá de la cual sólo se veía un tenebroso cielo gris, y se sintió aliviado ante la perspectiva de encontrar un trecho llano o cuesta abajo. No obstante, no fue empresa fácil coronar esa cresta, ya que la pendiente se pronunciaba hasta hacerse casi perpendicular, resultando muy peligrosa a causa de la grava y las piedras sueltas. Finalmente, Carter desmontó y, apoyando los pies lo mejor que podía, condujo a su atemorizado yak, empujándolo con todas sus fuerzas cuando el animal tropezaba o no quería seguir. Y luego, de pronto, llegó a la cima; y miró ante sí y se quedó mudo de asombro al ver lo que tenía delante.

El desfiladero seguía recto y bajaba una suave pendiente, flanqueado por unas paredes de roca natural, como antes; pero a mano izquierda se abría un vacío monstruoso de una amplitud de muchísimos acres, de donde algún arcaico poder había cortado y arrancado los farallones originales de ónice, transformando el abismo en una cantera de gigantes. En la lejana pared opuesta del precipicio, resaltaba aún la huella de una gubia gigantesca; y en el fondo, la tierra mostraba inmensas oquedades. No era una cantera abierta por los hombres, y los huecos que quedaban en sus muros eran enormes y rectangulares, lo que daba una idea de las dimensiones de aquellos bloques que, según decían, fueron labrados un día por manos y cinceles de seres innominados. Arriba, por encima de las rocas desgarradas, planeaban y graznaban cuervos enormes; y los vagos rumores que brotaban de las profundidades delataban la presencia de murciélagos o de urhags, o quizá de seres menos mencionables que habitan en la absoluta negrura. Carter se quedó parado en el estrecho desfiladero, bajo la luz mortecina del crepúsculo, sin atreverse a avanzar por la rocosa senda que descendía ante él: a su derecha, los altísimos peñascos de ónice se elevaban hasta perderse de vista; a su izquierda, la roca mostraba cortes gigantescos y terribles que hacían pensar en una cantera sobrenatural.

Bruscamente, el yak dejó escapar un mugido y se revolvió enloquecido, saltó por encima de Carter y salió disparado, preso de pánico, desapareciendo en seguida por el angosto desfiladero en dirección norte. Las piedras pateadas en su precipitada fuga rodaron hasta el borde de la cantera y se

perdieron en el vacío tenebroso, sin que un solo ruido brotara del fondo. Pero Carter ignoraba los peligros de aquel sendero y echó a correr en pos de su asustada montura. No tardaron en reaparecer las rocosas paredes de la izquierda y el desfiladero se volvió a estrechar formando una especie de callejón; y el viajero siguió corriendo en persecución del yak, cuyas huellas profundas ponían de manifiesto lo desesperado de su huida.

Por un momento, le pareció oír el desesperado patear del animal y, por esta señal, redobló su esfuerzo en la carrera. Así recorrió varias millas; y poco a poco, el camino se fue ensanchando, hasta que consideró que no tardaría mucho en desembocar en el frío y espantoso desierto del norte. Los flancos desnudos y grises de los infranqueables picos lejanos se hicieron visibles de nuevo por encima de los roquedales de la derecha, y frente a él aparecieron los peñascos y farallones de un espacio abierto, evidente antesala de la tenebrosa e ilimitada planicie. Otra vez llegó hasta sus oídos el furioso patear de la tierra, y con más claridad que la anterior. Pero ahora, en vez de animarle, le causó auténtico terror, porque se dio cuenta que no eran pisadas de yak. Aquella manera de patear era despiadada, deliberada y, además, sonaba detrás de él.

La persecución del yak se convirtió para Carter en huida de un ser invisible; porque, aunque no se atrevía a mirar hacia atrás, sentía que la presencia que venía tras él no tenía nada de normal o de definible. Su yak debió haberla oído o presentido antes, y Carter prefirió no preguntarse si aquello le vendría siguiendo desde que saliera de la tierra de los hombres, o habría surgido tras él en el pozo negro de la cantera. Entretanto, las paredes rocosas habían quedado atrás, así que la noche inminente se precipitó sobre una inmensa extensión de arena y rocas espectrales donde se perdían todos los senderos. No pudo encontrar las huellas del yak, pero tras él siguió oyendo aquel detestable patear, acompañado de cuando en cuando por lo que a él se le figuraba un gigantesco aleteo nervioso. Se dio cuenta con desazón de que iba perdiendo terreno y de que se había extraviado en aquel desierto de rocas impasibles y arenas jamás holladas. Unicamente aquellos remotos e infranqueables picos de su derecha le servían de punto de referencia, pero cada vez se distinguían con menos claridad, a medida que la vaga luz crepuscular cedía paso a una fosforescencia enfermiza que provenía de las nubes.

Después, hacia el norte, en la oscuridad cada vez mayor, divisó, confusa y brumosa, una cosa terrible. Durante unos momentos la tomó por una cadena de montañas, pero luego vio que se trataba de algo más. La fosforescencia de las nubes amenazadoras la delató claramente, y aun perfiló sus siluetas contra el resplandor de los vapores del horizonte. No pudo calcular a qué distancia se encontraba, pero debía estar muy lejos. Tenía miles de pies de altura y formaba un inmenso arco cóncavo desde los infranqueables picos grises de oriente a los desconocidos espacios de occidente; sin duda había sido alguna vez una cordillera de imponentes montañas de ónice. Pero esas montañas habían dejado de serlo, porque unas manos más grandes que las del hombre las habían modelado. Silenciosas y acurrucadas en el techo del mundo, como lobos o vampiros, coronadas de nubes y brumas, aquellas siluetas custodiaban eternamente los secretos del norte. Formando semicírculo, parecían monstruosos perros guardianes con las patas derechas levantadas en un gesto amenazador contra la humanidad.

La luz temblona de las nubes hacía el efecto de que se movían sus dobles cabezas mitradas; pero al seguir adelante, Carter vio levantarse de sus tocados sombríos unas formas cuyo movimiento no podía ser producto de la ilusión. Aquellas formas aladas se fueron agrandando por momentos, y el viajero comprendió que su peregrinación había llegado a su fin. No se trataba de pájaros o de murciélagos comunes en otros lugares de la tierra o en el país de los sueños, ya que eran más grandes que un elefante y tenían cabeza de caballo. Carter presintió que aquellos eran los pájaros shantaks de tenebrosa fama; y ya no tuvo duda sobre qué perversos guardianes e innominados centinelas hacían que los hombres evitasen el destierro rocoso de la región septentrional. Y cuando ya se detuvo resignado, miró por fin tras de sí y vio venir al achaparrado mercader de ojos oblicuos y mala fama, a horcajadas sobre un escuálido yak, a la cabeza de una borda repugnante de torvos shantaks cuyas alas aún se veían sucias del barro y el salitre de los pozos inferiores.

Aunque atrapado por las fabulosas pesadillas hipocéfalas y aladas que formaban a su alrededor un círculo diabólico, Randolph Carter no llegó a desmayarse. Aquellas quimeras espantosas se erguían gigantescas por encima de él. El mercader de ojos oblicuos desmontó de su yak y se plantó delante del prisionero con una sonrisa burlona. Entonces le hizo una seña para que subiera a lomos de uno de aquellos repugnantes shantaks; y le ayudó, al ver que trataba de vencer su repugnancia. Difícil resultó la tarea de subir, porque los pájaros shantaks, en vez de plumas, tienen escamas muy resbaladizas. Cuando Carter se hubo acomodado, el hombre de los ojos oblicuos saltó tras él, dejando que uno de los increíbles colosos voladores se llevara a su escuálido yak hacia el norte, en dirección al círculo de montañas esculpidas.

Lo que siguió fue un espantoso torbellino a través del espacio glacial. Hacia el este, volaron sin descanso en dirección a los desnudos flancos grises de aquellos picos infranqueables, tras los cuales

dicen que se encuentra la meseta de Leng. Se elevaron muy por encima de las nubes, hasta que Carter vio por debajo de ellos las legendarias cumbres que las gentes de Inquanok jamás han contemplado, envueltas siempre en altísimos velos de niebla resplandeciente. Y las fue viendo desfilar con toda nitidez, y en lo más alto de sus picos descubrió unas cavernas que le recordaron las del monte Ngranek; pero renunció a hacer preguntas a su apresor, al darse cuenta de que estos parajes provocaban un miedo singular, tanto en él como en el hipocéfalo shantak, el cual voló nerviosamente, preso de una tensión extrema, hasta que las dejaron muy atrás.

El shantak descendió entonces, y bajo un dosel de nubes apareció una llanura gris y yerma donde se veían arder fuegos muy diseminados. Al bajar, pudieron descubrir de cuando en cuando alguna casita solitaria, de granito, y poblados de negra piedra cuyas minúsculas ventanas brillaban con pálida luz. Y de estas casas de campo y de estos poblados se elevaban unos sones agudos de flautas y horribles ritmos de crótalos, lo que corroboró inmediatamente la exactitud de los rumores que corrían entre las gentes de Inquanok. Los viajeros han escuchado tales ruidos y saben que provienen únicamente de esa región desierta y fría que las gentes sensatas jamás visitarán, de ese siniestro lugar de maldad y misterio que es la meseta de Leng.

Unas formas oscuras danzaban alrededor de las débiles hogueras, y Carter sintió curiosidad por averiguar qué clase de criaturas podían ser aquellas; las gentes normales no han estado nunca en Leng, y sólo han podido verse de lejos el resplandor de sus hogueras y sus casas de piedra. Aquellas formas saltaban con lentitud y torpeza, y se retorcían en contorsiones y movimientos sumamente desagradables de presenciar; así que Carter no se extrañó ya de la monstruosa perversidad que les atribuían las vagas leyendas, ni del miedo que suscitaban en todo el país de los sueños esta meseta helada y detestable. Al volar más bajo el shantak, la repugnancia que le inspiraban los danzantes se tiñó de cierta perversa familiaridad. El prisionero clavó los ojos en ellos y buscó en su atormentada memoria la clave que le indicara dónde había visto anteriormente parecidas criaturas.

Brincaban como si tuvieran pezuñas en lugar de pies, y parecían llevar una especie de peluca o yelmo provisto de cuernos pequeños. No llevaban encima nada más, aunque su cuerpo estaba casi completamente cubierto de pelo. Tenían un rabo diminuto y, cuando miraron hacia arriba, Carter observó la excesiva anchura de sus bocas. Entonces recordó qué eran y por qué lo que llevaban en la cabeza no podía ser a fin de cuentas ni peluca ni yelmo. Los misteriosos pobladores de Leng no eran sino los mismísimos repugnantes mercaderes de las negras galeras que vendían rubíes en Dylath-Leen. ¡Los mercaderes semihumanos, esclavos de las entidades lunares con cuerpo de sapo! Eran, sin lugar a dudas, los mismos seres que habían capturado a Carter, hacía ya mucho tiempo, llevándoselo en su pestilente galera; los mismos que él había visto conducir en manadas por los sucios muelles de aquella execrable ciudad lunar, donde los más flacos trabajaban y los más cebados eran transportados en grandes canastas para satisfacer otras necesidades de sus amos poliposos y amorfos. Ahora veía claro de dónde procedían aquellas criaturas ambiguas; y se estremeció ante el pensamiento de que sin duda, la meseta de Leng era conocida de antiguo por las abominaciones de cuerpo de sapo que habitan en la luna.

Pero el shantak siguió volando y dejó atrás las hogueras, las construcciones de piedra y los danzantes no enteramente humanos, y se elevó por encima de los estériles montes de granito gris de las sombrías inmensidades de rocas, hielo y nieve. Llegó el día, y la fosforescencia de las nubes cedió ante la luz difusa de aquel mundo septentrional; y el infame pájaro aún siguió volando con determinación, rodeado de frío y de silencio. A veces, el hombre de los ojos oblicuos hablaba a su montura en una abominable lengua gutural, y el shantak contestaba con un sonido chirriante y rasposo como si arañara contra un suelo de cristal. Durante todo este tiempo, el terreno fue haciéndose más elevado, y finalmente, llegaron a una meseta barrida por el viento, que parecía el mismo techo de un mundo agonizante y olvidado. Allí, en la quietud, en el crepúsculo, en el frío, se alzaban solitarios los toscos sillares de un edificio ancho, macizo y sin ventanas rodeado de un círculo de rudos monolitos. En la disposición de aquellos elementos no había nada humano, y Carter dedujo por ciertas referencias que habían llegado al más espantoso y legendario de los lugares: al remoto y prehistórico monasterio donde vive solitario el Gran Sacerdote que no debe ser mencionado, el cual oculta su rostro bajo una máscara de seda y adora a los Dioses Otros y a Nyarlathotep, el caos reptante.

El repugnante pájaro se posó entonces en el suelo, y el hombre de los ojos oblicuos saltó a tierra y ayudó a bajar a su prisionero. Carter comprendía demasiado bien con qué objeto le había apresado; saltaba a la vista que el mercader de ojos oblicuos era agente de potencias más sombrías y deseaba llevar ante sus amos a un mortal cuya presunción había llegado al extremo de pretender llegar a la ignorada Kadath para formular una petición a los Grandes Dioses, en su propio castillo de ónice. Y parecía muy probable que este mercader fuera el causante de su primer rapto, perpetrado por los esclavos de las entidades lunares en Dylath-Leen. Y ahora pretendía seguramente llevar a cabo lo que los gatos habían frustrado la vez anterior: conducir a la víctima hasta el monstruoso Nyarlathotep y contarle con qué

osadía había intentado buscar la desconocida Kadath. La meseta de Leng y la inmensidad fría que se extiende al norte de Inquanok debían de estar muy próximas a los Dioses Otros, y el paso de allí a la ciudad probablemente se encontraría muy custodiado.

El hombre de los ojos oblicuos era menudo, pero el gigantesco pajarraco hipocéfalo estaba allí para que se le obedeciera, de modo que Carter le siguió. Entraron, pues, en el interior del círculo de menhires y cruzaron luego una puerta de arco muy bajo que daba acceso al pétreo monasterio sin ventanas. No había luz en el interior, pero el perverso mercader encendió una lamparita de arcilla adornada con morbosos bajorrelieves, y empujó a su prisionero a través de un laberinto de estrechos pasadizos. En las paredes de aquellos corredores había espantosas escenas pintadas, más antiguas que la historia, y cuyo estilo habría resultado desconocido para cualquier arqueólogo de la tierra. Después de incontables milenios, aún se conservaban frescos los colores, porque el frío y la sequedad de la espantosa Leng permiten la supervivencia de muchas cosas de tiempos primordiales. Carter pudo verlas fugazmente a la luz vacilante de la lámpara, y se estremeció al descubrir lo que tales escenas contaban.

Estos frescos arcaicos relataban los anales de Leng; y en ellos los seres astados con pezuñas y boca inmensa, casi humanos, danzaban perversamente en medio de ciudades olvidadas. Había escenas de antiguas guerras, en las que los seres casi humanos de Leng luchaban contra las arañas hinchadas y purpúreas de los valles vecinos; y había escenas también en las que se narraba la llegada de las negras galeras de la luna, y el sometimiento del pueblo de Leng a los seres poliposos y amorfos que salían de ellas arrastrándose o retorciéndose de manera repugnante. Aquellos seres viscosos de color gris blancuzco habían sido adorados entonces como dioses, y ni un lamento se escapó del pueblo sometido cuando vio cómo se llevaban por docenas a los machos más gordos en las galeras negras. Las monstruosas bestias lunares habían establecido su campamento en una escarpada isla del mar; y Carter pudo deducir de aquellos frescos que dicha isla no era otra que la innominada roca solitaria que había visto cuando navegaba rumbo a Inquanok: la roca maldita que evitaron los marineros de Inquanok, y de la que brotaban perversos aullidos al caer la noche.

Y también representaban las pinturas aquellas el gran puerto y la capital de los seres casi humanos, ciudad portentosa y altiva cuyos pilares se alzaban entre acantilados y muelles de basalto, y cuyos elevados templos y amplias plazas estaban adornadas con estatuas. Tenía jardines inmensos y calles flanqueadas de columnas que conducían desde los acantilados, y de cada una de las seis puertas coronadas por una esfinge, a una inmensa plaza central; y en esta plaza había un par de colosales leones alados custodiando la entrada de una escalera subterránea. Aquellos enormes leones alados estaban representados muchas veces en los frescos, relucientes sus poderosos costados de diorita, a la luz grisácea del crepúsculo durante el día, o bajo la fosforescencia brumosa de las nubes durante la noche. Y a fuerza de pasar por delante de las numerosas pinturas de esta ciudad, Carter comprendió finalmente lo que realmente significaban, y cuál era la ciudad que los seres casi humanos habían gobernado antes de que llegaran las negras galeras. No cabía error alguno, ya que las leyendas del País de los Sueños son abundantes y elocuentes. Aquella ciudad era, con toda seguridad, nada menos que la famosa Sarkomand, cuyas ruinas se blanqueaban al sol desde hacía más de un millón de años, antes de que el primer ser auténticamente humano viera la luz, y cuyos titánicos leones gemelos custodian eternamente las escaleras que descienden del país de los Sueños al Gran Abismo.

En otros paisajes se representaban los desnudos picachos de roca gris que separan la meseta de Leng del país de Inquanok, y en ellos se veían los monstruosos pájaros shantaks, que construyen sus nidos en los rebordes de sus escarpadas laderas. Y también se veían las singulares cavernas que se abren junto a las cumbres de los picos más elevados, mostrándose cómo aun el más atrevido de los shantaks huye despavorido de esas cavernas. Carter las había visto al volar por encima de la cordillera, observando la semejanza que tenían con las del Ngranek. Ahora veía claro que este parecido era más que una mera casualidad, ya que en aquellos cuadros se representaban a sus terribles inquilinos, cuyas alas membranosas, cuernos retorcidos, rabos puntiagudos, zarpas prensiles y cuerpos grumosos no le resultaban extraños en absoluto. Había visto anteriormente esas criaturas rapaces de vuelo silencioso, esos guardianes sin alma del Gran Abismo a quienes temen incluso los Grandes Dioses, cuyo señor no es Nyarlathotep, sino el venerable Nodens. Se trataba de las descarnadas alimañas de la noche, que jamás ríen ni sonríen porque carecen de rostro, y que vuelan sin fin en la oscuridad que se extiende entre el Valle de Pnath y los pasos que dan acceso al trasmundo.

El mercader de los ojos oblicuos empujó entonces a Carter al interior de una gran estancia abovedada cuyos muros estaban revestidos de impíos bajorrelieves; en el centro se abría la boca circular de un pozo, rodeada por seis piedras de altar cubiertas de manchas horrendas. No había la menor luz en aquella cripta maloliente, y la lamparita del siniestro mercader alumbraba tan poco que Carter fue reparando en los detalles muy poco a poco. En el rincón opuesto había un alto estrado de piedra al que se subía por cinco peldaños; y allí, sentada en su trono de oro, se hallaba una pesada figura envuelta en

ropajes de seda amarilla con dibujos en rojo, con el rostro cubierto por una máscara de seda del mismo color. Ante esta figura, el hombre de los ojos oblicuos hizo ciertos signos con las manos; y el que acechaba en las tinieblas respondió alzando entre sus patas vestidas de seda una flauta de marfil y sacando de ella ciertos sonidos repugnantes, bajo su flotante máscara amarilla. Así continuó el coloquio durante un tiempo, y Carter comenzó a encontrar algo repugnantemente familiar en el sonido de aquella flauta y en la fetidez de aquel lugar nauseabundo. Todo aquello le hacía pensar en cierta horrible ciudad iluminada por luces rojas, y en la repugnante procesión que un día desfilara por sus calles. También le recordaba su terrible ascensión por las regiones lunares, interrumpida cuando los fraternales gatos de la tierra se lanzaron en masa a rescatarlo. Carter sabía que la criatura del estrado era sin duda alguna el gran sacerdote indescriptible de quien las leyendas hacen conjeturas tan perversas y depravadas; pero le daba miedo pensar qué clase de criatura sería aquel detestable sacerdote, en realidad.

Entonces, inadvertidamente, la figura de seda descubrió un poco una de sus zarpas grisáceas, y Carter se dio cuenta de quién era el abominable sacerdote. Y en aquel supremo trance, el terror le empujó a hacer algo que su razón jamás se habría atrevido a intentar; porque en su trastornada conciencia sólo había sitio para un único deseo: el de huir de aquella cosa achaparrada encaramada en aquel trono de oro. Sabía que se hallaba rodeado por un laberinto insalvable, y luego por la fría meseta del exterior; sabía que más allá de la meseta aguardaban los perversos pájaros shantaks ; y sin embargo, pese a todo, su espíritu sólo experimentaba la imperiosa necesidad de huir de aquella viscosa monstruosidad vestida de seda.

El hombre de los ojos oblicuos colocó la extraña lámpara sobre uno de aquellos altares cubiertos de horrendas manchas que rodeaban el pozo, y avanzó unos pasos para hablar con el gran sacerdote mediante gestos de manos. Carter, que hasta entonces se había mantenido en una actitud pasiva, dio un tremendo empujón al hombre aquel con toda la furia salvaje de su terror, de suerte que lo precipitó irremediablemente en el pozo, el cual se dice que llega hasta las infernales criptas de Zin, donde los gugos entran a cazar lívidos en las tinieblas. Casi inmediatamente, cogió la lámpara y echó a correr desatado por los laberintos de los frescos, dejando que el azar determinase su camino, y procurando no pensar en los apagados pasos que venían tras él ni en las abominaciones que se retorcían y arrastraban por los tenebrosos corredores.

Unos segundos más tarde lamentó su atolondrada precipitación, y deseó haber huido por los pasadizos de los frescos que viera al entrar. Verdad es que eran éstos tan confusos y se repetían con tanta frecuencia que no le habrían servido de gran ayuda; pero le hubiera gustado intentarlo de todos modos. Los frescos que ahora contemplaba a su paso eran aún más horribles, y precisamente por ello se dio cuenta de que no eran éstos los corredores que conducían al exterior. Unos momentos después observó que no le seguían y aflojó un tanto la marcha; pero apenas había recuperado el aliento, cuando un nuevo peligro le salió al paso. Su lámpara se estaba apagando y no tardaría en verse sumido en espesa negrura, sin la menor señal visible que le pudiera orientar.

Cuando, finalmente, la luz se apagó del todo, Carter continuó a tientas en la oscuridad. Unas veces notaba que el suelo ascendía y otras que bajaba, y en una ocasión vino a tropezar con un peldaño que no tenía ninguna razón aparente de estar allí. Cuanto más se adentraba en el dédalo de pasadizos, más húmedo encontraba el ambiente, y cuando se daba cuenta de que llegaba a una bifurcación o a la entrada de algún pasadizo lateral, escogía siempre el camino de menos pendiente hacia abajo. Estaba convencido, sin embargo, de que había ido bajando a lo largo del trayecto; y el olor del aire soterrado y la costra mugrienta de los muros del suelo le advertían igualmente que estaba descendiendo a las profundidades subterráneas de la malsana meseta de Leng. Pero nada le pudo advertir de lo que le esperaba después: sólo el hecho mismo, súbito, sobrecogedor y fulminante. Durante unos momentos había estado avanzando a tientas y con precaución por un suelo resbaladizo y casi horizontal, cuando, sin previo aviso, se precipitó vertiginosamente por las tinieblas de una galería de pendiente tan pronunciada que casi podía tomarse por un pozo vertical.

Jamás pudo precisar el tiempo que duró aquella espantosa caída, pero a él le pareció que fueron horas enteras de náuseas, de delirio y de éxtasis. Al recobrarse más tarde, se dio cuenta de que estaba en el suelo y que las nubes fosforescentes de la noche boreal resplandecían enfermizas en las alturas. Se encontraba rodeado de murallas derruidas y de columnas truncadas, y el pavimento sobre el cual yacía dejaba crecer la yerba entre sus grietas, fragmentándose en múltiples losas que los arbustos y las raíces habían levantado de su sitio. Detrás de él se elevaba casi verticalmente, hasta perderse de vista, un acantilado de basalto cubierto con repugnantes bajorrelieves, y en cuya parte superior se abría un arco tallado y tenebroso que era por donde acababa él de caer. Ante Carter se extendía una doble fila de pilares, fragmentos y basas de columnas que marcaban el lugar donde antiguamente había existido una amplia calle ahora desaparecida. Por las urnas y fuentes que jalonaban el camino comprendió que, en sus días, esta calle había estado rodeada de parques. Al final, los pilares se abrían en torno a una plaza redonda, y en aquel círculo descollaban, gigantescas, bajo las cárdenas nubes de la noche, un par de

estatuas monstruosas. Se trataba de los inmensos leones alados de diorita, cuyas cabezas grotescas e indemnes se alzaban en las sombras hasta una altura de más de veinte pies, y parecían gruñir con gesto amenazador a las ruinas que les rodeaban. Carter sabía muy bien qué significaban, puesto que la leyenda sólo habla de una pareja de leones como ésta. Se trata sin duda de los imperturbables guardianes del Gran Abismo; por consiguiente, las ruinas pertenecían a la auténtica ciudad primordial de Sarkomand.

Lo primero que hizo Carter fue obstruir la boca de la cueva por donde había caído mediante bloques sueltos y piedras que había por allí. No quería llevar tras de sí a ningún servidor del maligno monasterio de Leng, puesto que por el largo camino que aún tenía delante le acecharían muchos otros peligros. No tenía ni idea de qué dirección tomar para ir de Sarkomand a las regiones habitadas del País de los Sueños. Tampoco sacaría nada en limpio con bajar a las grutas de los gules, pues sabía que éstos no estaban mejor informados que él. Los tres gules que le habían ayudado a atravesar la ciudad de los gugos hasta el mundo exterior, le habían dicho que no sabían regresar por Sarkomand, y que preguntarían el camino a los viejos mercaderes de Dylath-Leen. Mucho menos le gustaba la idea de volver nuevamente al mundo subterráneo de los gugos y arriesgarse una vez más en la torre infernal de Koth, cuyos ciclópeos escalones suben hasta el bosque encantado; pero sabía que no tendría más remedio que hacerlo si fallaban las demás posibilidades. Por la meseta de Leng, al otro lado del solitario monasterio, no se atrevía a regresar sin ayuda de ninguna clase, porque los emisarios del gran sacerdote debían de ser muy numerosos, y al final del viaje tendrían inevitablemente que volver a enfrentarse con los shantaks y quizá con algo más. Si pudiera conseguir alguna embarcación, podría aventurarse por mar hasta Inquanok, poniendo rumbo a aquella roca espantosa y desgarrada que emergía del agua, ya que sabía por las arcaicas pinturas del monasterio que esa horrible roca no se encuentra muy lejos de los muelles basálticos de Sarkomand. Pero encontrar una embarcación en esta ciudad deshabitada desde hacía millones de años era muy poco probable, y no parecía empresa fácil construirse una él mismo.

Por ese cauce iban los razonamientos de Randolph Carter, cuando comenzó a vislumbrar un nuevo peligro. Durante todo este tiempo, mientras caminaba, se había ido desplegando ante sus ojos el vasto cadáver de la legendaria Sarkomand, con sus negras columnas truncadas, sus ruinosas puertas coronadas de esfinges, sus gigantescos monolitos y sus monstruosos leones alados recortándose contra el enfermizo resplandor de las nubes luminosas de la noche. Pero, de pronto, apareció a su derecha un lejano resplandor que no podía provenir de ninguna nube, y Carter comprendió que no se encontraba solo en el silencio de la ciudad muerta. Aquella luz aumentaba y disminuía caprichosamente, parpadeando con verdosos destellos poco tranquilizadores para él. Se aproximó silenciosamente por la calle sembrada de escombros, y a través de las angostas brechas de algunas paredes derruidas descubrió que, cerca de los muelles, había una fogata en torno a la cual se apiñaba una multitud de formas vagas. En todo aquel lugar reinaba una pestilencia mortal; y detrás de la hoguera se extendía el oleaginoso regazo de la dársena, en cuyas aguas flotaba un enorme barco fondeado. Carter se quedó paralizado de terror al ver que se trataba de una de las negras galeras lunares.

Entonces, justo cuando iba a alejarse sigilosamente de aquella hoguera abominable, vio agitarse algo entre las sombras vagas, y oyó un sonido singular e inequívoco: era el amedrentado gemido de un gul, que un momento después se convertía en un verdadero alarido de angustia. Aun cuando se encontraba seguro oculto en la oscuridad de las ruinas, Carter dejó que su curiosidad se sobrepusiera a su temor, y avanzó con suma cautela en lugar de retirarse. Para cruzar la calle se vio obligado a reptar sobre su vientre como una lombriz; después tuvo que caminar de puntillas para no hacer ruido entre los montones de mármoles rotos. Así evitó el ser descubierto, y poco después se encontraba en un lugar seguro detrás de un pilar, desde donde podía espiar cómodamente la escena iluminada por el resplandor verdoso de la hoguera. Allí, en torno a un fuego repugnante alimentado con los tallos detestables de los hongos lunares, estaban sentadas en hediondo círculo los monstruosos batracios de la luna, con sus esclavos casi humanos. Algunos de estos esclavos calentaban las puntas de unas lanzas extrañas en aquellas llamas vacilantes, y cuando estaban al rojo las aplicaban a tres prisioneros sólidamente atados, que se retorcían a los pies de los jefes del grupo. A juzgar por los movimientos de sus tentáculos, Carter dedujo que aquellas bestias lunares de hocico chato estaban disfrutando enormemente con aquel espectáculo, y cuál no sería su horror al reconocer súbitamente aquellos frenéticos alaridos y descubrir que los gules torturados no eran otros que aquellos serviciales camaradas que le habían guiado por el abismo y que luego habían salido del bosque encantado en busca de Sarkomand para regresar a sus profundidades natales.

El número de malolientes bestias lunares reunido junto al verdoso fuego era bastante crecido, y Carter vio que no era posible intentar nada para salvar a sus antiguos aliados. No tenía idea de cómo les habrían capturado, aunque se imaginaba que aquellas blasfemias con cuerpo de sapo les habrían oído preguntar en Dylath-Leen por el camino de Sarkomand, y no desearían que se acercasen demasiado a la espantosa meseta de Leng y al gran sacerdote indescriptible. Durante un rato estuvo meditando lo que

debía hacer, y recordó cuán cerca se encontraba de la entrada del tenebroso reino de los gules. Lo más conveniente, en efecto, era deslizarse hasta la plaza de los leones gemelos y descender sin pérdida de tiempo al abismo, donde evidentemente no encontraría horrores peores que los de arriba, pero donde no tardaría en encontrar algunos gules deseosos de rescatar a sus hermanos y de limpiar aquella negra galera de toda bestia lunar. Se le ocurrió que la entrada, como todas las que dan acceso a los abismos, podía estar custodiada por las descarnadas alimañas de la noche, pero ahora no temía a aquellas criaturas sin rostro. Sabía que estaban ligadas por un solemne pacto a los gules, y el gul que un día fuera Pickman le había enseñado a farfullar la contraseña adecuada.

Así que Carter comenzó de nuevo su marcha silenciosa por entre ruinas, en dirección a la gran plaza central de los alados leones. Era una tarea delicada, pero las bestias lunares estaban agradablemente ocupadas y no oyeron los ruidos y los roces tenues que por dos veces provocó accidentalmente, al tropezar con las piedras esparcidas. Por último, llegó a un lugar abierto y emprendió el camino entre árboles raquíticos y enmarañadas enredaderas que habían crecido por allí. Los gigantescos leones se erguían terribles recortándose contra la luz enfermiza de las fosforescentes nubes nocturnas; pero Carter siguió caminando valerosamente hacia ellos, y luego fue a situarse delante, pues sabía que encontraría allí la imponente abertura que custodian. Aquellas bestias burlonas de diorita estaban sentadas a diez pies una de otra, meditando sobre ciclópeos pedestales cuyas caras ostentaban bajorrelieves aterradores. En el espacio central que quedaba entre ambas, había una especie de terraza pavimentada de baldosas que alguna vez estuvo bordeada de balaustradas de ónice. En mitad de esta terraza se abría un pozo tenebroso. Carter había llegado al pozo cuyos mohosos peldaños de piedra descienden a unas criptas de pesadilla.

Terrible es el recuerdo que en él dejó aquella bajada tenebrosa. Las horas transcurrían una tras otra, mientras Carter giraba y giraba en la interminable espiral de peldaños y escaleras. Tan gastados y estrechos eran los peldaños, y tan resbaladizos por el légamo interior de la tierra, que el viajero no sabía si de un momento a otro perdería pie y se precipitaría en aparatosa caída hasta el fondo del pozo. Tampoco sabía en qué momento le saldrían al paso cayendo sobre él, sin aviso previo, las descarnadas alimañas de la noche, si, efectivamente, había alguna acechando en aquel pasadizo primordial. En torno suyo reinaba un olor sofocante que emanaba de las regiones inferiores, y en sus propios pulmones notaba que el aire de aquellas profundidades no estaba hecho para el género humano. Al cabo de un tiempo sintió una gran torpeza y somnolencia, pero siguió avanzando movido más por un impulso mecánico que por un deseo razonado. Ni siquiera se percató de cambio alguno cuando, de pronto, algo le cogió desde atrás, levantándole del suelo. Llevaba un rato volando a través de aquella atmósfera viciada, cuando las gomosas alimañas de la noche le advirtieron sus malévolos pellizcos que venían a cumplir con su deber.

Despabilado de modo tan violento, vio al fin que se hallaba entre las zarpas viscosas y frías de aquellos seres sin rostro. Afortunadamente, recordó la contraseña de los gules y la pronunció en voz alta como pudo, en medio del viento y los torbellinos de aquel vuelo vertiginoso. Y aunque se dice que las alimañas descarnadas carecen por completo de entendimiento, el efecto fue instantáneo: los pellizcos cesaron inmediatamente y las criaturas de la noche se apresuraron a colocar a su presa en posición más cómoda. Alentado por esta nueva actitud, Carter se decidió a dar algunas explicaciones, hablándoles de la captura y tormento de tres gules a manos de las bestias lunares y de la necesidad de reunir un grupo para ir a rescatarlos. Las descarnadas alimañas, aunque no podían articular palabra, parecieron comprender lo que se les decía y aceleraron su vuelo. De pronto, la espesa negrura se disolvió en el crepúsculo gris de las entrañas de la tierra, y ante ellos apareció una de esas llanuras estériles donde tanto les gusta a los gules sentarse a roer. Las lápidas que por allí había dispersas y los fragmentos de huesos ponían de manifiesto la naturaleza de los pobladores de aquel paraje. Carter lanzó un grito de urgente llamada, y unas veinte madrigueras vomitaron en pocos momentos a todos sus moradores de aspecto perruno. Entonces las descarnadas alimañas de la noche descendieron y depositaron al pasajero en el suelo; después se apartaron un poco y formaron un apretado semicírculo, mientras los gules saludaban al recién llegado.

Carter comunicó rápida y detalladamente su mensaje a la grotesca compañía, y cuatro de los gules partieron inmediatamente a través de las distintas madrigueras para propagar la noticia y reunir un ejército que rescatara a sus hermanos. Después de una larga espera apareció un gul de cierta categoría que hizo una seña significativa a las alimañas descarnadas, y dos de las cuales alzaron el vuelo y se perdieron en la oscuridad. Luego el número de descarnadas alimañas congregadas allí fue aumentando progresivamente, hasta que por último el fangoso suelo de la llanura se vio cubierto por un verdadero enjambre. Entre tanto, nuevos gules emergían de las madrigueras que, chillando con excitación, se iban incorporando a una tosca línea de batalla, no lejos de la muchedumbre de las nocturnas alimañas. Al poco rato apareció aquel orgulloso e influyente gul que un día fuera el artista Richard Pickman de Boston, y Carter le relató minuciosamente lo sucedido. El Pickman de otro tiempo, complacido de saludar

nuevamente a su antiguo amigo, se mostró luego muy impresionado; y sostuvo una conferencia con los demás jefes, apartados de la creciente multitud.

Finalmente, después de pasar atenta revista a las filas, todos los jefes allí reunidos comenzaron a dar órdenes a la muchedumbre de gules y alimañas descarnadas que se habían congregado. En seguida partió un nutrido destacamento de cornudos voladores, y el resto se dividió en parejas, que se arrodillaron con las patas delanteras extendidas, en espera de que los gules se fueran acercando de uno en uno. Cuando cada gul llegaba a las dos descarnadas alimañas que le habían asignado, éstas le tomaban entre las dos y desaparecían veloces en la oscuridad; hasta que por último desapareció toda la multitud, excepto Carter, Pickman y los demás jefes, y unas pocas parejas de descarnadas alimañas. Pickman explicó que las descarnadas alimañas de la noche constituyen la vanguardia y, a la vez, los corceles de guerra de los gules, y que el ejército iba a salir por Sarkomand para enfrentarse a las bestias lunares. Luego, Carter y los horribles jefes se dirigieron a las alimañas portadoras, siendo izados por sus zarpas pegajosas y húmedas. Un momento más tarde giraban todos en el viento y las tinieblas, subiendo, y subiendo, y subiendo interminablemente, hasta llegar a la entrada de los leones alados y las ruinas espectrales de la arcaica Sarkomand.

Cuando al fin Carter se encontró bajo la luz enfermiza del cielo nocturno de Sarkomand, fue para contemplar la gran plaza central bullendo de gules y alimañas descarnadas dispuestos a luchar. El día no tardaría en despuntar, pero era tan numeroso el ejército, que no habría necesidad de sorprender al enemigo. El resplandor verdoso de la hoguera junto al muelle todavía temblaba débilmente, pero la ausencia de gritos daba a entender que la tortura de los prisioneros había concluido de momento. Susurrando instrucciones en voz muy baja a sus monturas y a la bandada de alimañas descarnadas que iban sin jinete, los gules se alzaron en enormes columnas aleteantes y sobrevolaron las ruinas desérticas en dirección al maldito resplandor. Carter iba ahora junto a Pickman, en la primera fila de gules, y vio cómo se acercaban al nauseabundo campamento donde las bestias lunares descansaban completamente confiadas. Los tres prisioneros yacían atados en el suelo, inmóviles junto a la hoguera, mientras sus apresores de cuerpo de sapo habían caído vencidos por el sueño desordenadamente. Los esclavos casi humanos también estaban dormidos, descuidando su deber de centinelas, que en estas regiones debió de parecerles meramente rutinario.

Por fin, los gules y sus alados portadores se lanzaron súbitamente en picado y, antes de que se oyese el menor ruido, cada una de aquellas blasfemias con aspecto de sapo fue atrapada por un grupo de alimañas descarnadas. Las bestias lunares carecían, naturalmente, de voz; pero ni siquiera los esclavos tuvieron tiempo de gritar antes de que las gomosas extremidades de las descarnadas alimañas los redujeran al silencio. Fueron horribles las contorsiones de aquellas anormalidades gelatinosas, mientras las sarcásticas alimañas descarnadas las atenazaban; pero nada podían hacer frente a la fuerza de aquellos miembros negros y prensiles. Cuando una de las bestias lunares se agitaba con demasiada violencia, una alimaña descarnada le echaba encima sus extremidades tentaculares, lo cual parecía producir en la víctima un dolor tal, que en seguida dejaba de forcejear. Carter había esperado ver una gran matanza, pero no tardó en comprobar que los gules tenían planes más arteros. Dieron órdenes tajantes a las bestias descarnadas, y éstas se limitaron a sujetar a sus prisioneros, que fueron transportados en silencio al Gran Abismo para ser distribuidas equitativamente entre los dholes, los gugos, los lívidos y demás moradores de las tinieblas, cuyas formas de alimentación suelen ser bastante dolorosas para sus víctimas. Mientras tanto, los tres gules habían sido liberados y consolados por los vencedores, quienes revisaban, además, los alrededores por si quedaba alguna bestia lunar, y abordaban la galera negra y pestilente, amarada de costado al muelle, para asegurarse de que no se les había escapado ningún enemigo. Indudablemente, los habían capturado a todos, puesto que no pudieron distinguir el menor signo de vida en parte alguna. Carter, deseoso de conservar un medio de transporte para llegar a las demás regiones del País de los Sueños, pidió que no hundieran la galera; petición que fue concedida de buena gana en agradecimiento por haberles comunicado la apurada situación de los tres prisioneros. En el barco encontró objetos y ornamentos muy extraños, algunos de los cuales arrojó Carter al mar.

Los gules y las descarnadas alimañas de la noche formaron luego grupos separados, y los primeros pidieron a sus compañeros rescatados que contaran todo lo que les había sucedido. Al parecer, los tres habían seguido las indicaciones de Carter, y se dirigieron al bosque encantado de Dylath-Leen, siguiendo el curso del Nir y del Skai. Robaron ropas humanas en una granja y trataron de adoptar lo mejor posible la forma de andar de los hombres. En las tabernas de Dylath-Leen, sus maneras grotescas y sus rostros perrunos habían suscitado muchos comentarios, pero ellos siguieron preguntando por el camino de Sarkomand, hasta que, por último, un anciano viajero pudo orientarles. Entonces se enteraron de que sólo había un barco que podía llevarles: el que hacía la ruta de Lelag-Leng, de modo que se dispusieron a aguardar pacientemente la llegada de ese buque.

Pero los malvados espías se habían enterado de todo, y poco después entraba en puerto una galera negra; y los mercaderes de rubíes de boca inmensa invitaron a los gules a beber en una taberna. Sacaron vino de una de sus siniestras botellas toscamente talladas en un único rubí; y después los gules no supieron más, sino que estaban prisioneros en la negra galera, como le había ocurrido a Carter. En esta ocasión, sin embargo, los invisibles remeros no pusieron proa a la luna, sino a la antigua Sarkomand, con la idea de llevar a los cautivos ante la presencia del gran sacerdote indescriptible. Tocaron la desgarrada roca del mar del norte que los marineros de Inquanok evitan siempre, y los gules vieron allí por vez primera a los rojos dueños del barco, poniéndose enfermos -a pesar de su propia insensibilidad- ante tal exceso de maligna deformidad y nauseabunda fetidez. Allí presenciaron también las ignominiosas diversiones de la guarnición de bestias lunares, descubriendo que tales diversiones eran las que daban lugar a esos aullidos nocturnos que tanto miedo provocaban en los hombres. Después atracaron en la ruinosa Sarkomand y comenzaron las torturas que habían terminado con el providencial rescate.

Pasaron a discutir nuevos planes, y los tres rescatados se mostraron partidarios de hacer una incursión en la roca desgarrada para exterminar a toda la guarnición de sapos lunares que allí había. Las descarnadas alimañas se opusieron a ello, sin embargo, ya que la perspectiva de volar sobre el agua no les agradaba en absoluto. La mayoría de los gules aprobaron la idea, pero no sabían cómo llevarla a cabo sin la ayuda de las alimañas descarnadas de la noche. Entonces Carter, viendo que no sabían navegar en la galera atracada, se ofreció a enseñarles a manejar las grandes filas de remos, a lo cual accedieron los gules de buena gana. Había amanecido el día gris y, bajo aquel cielo plomizo del norte, subió a bordo de la pestilente galera un destacamento de gules, cada uno de los cuales ocupó su puesto en la bancada de remeros. Carter observó en ellos cierta aptitud para aprender. Antes de que anocheciera habían dado tres vueltas de prueba alrededor del puerto. Hasta tres días después, sin embargo, no se consideraron en condiciones para intentar la expedición de conquista. Al tercer día, los remeros ocuparon sus puestos, las descarnadas alimañas se apiñaron en el castillo de proa, y la expedición se hizo finalmente a la mar. Pickman y otros jefes se reunieron en cubierta y discutieron los planes de abordaje y ataque.

Aquella misma noche oyeron ya los aullidos procedentes de la roca. Y tales eran sus acentos, que toda la tripulación de la galera se estremeció visiblemente; pero los que más temblaban eran los tres gules rescatados, pues sabían muy bien lo que significaban aquellos alaridos. Decidieron no intentar el ataque por la noche, así que mantuvieron el barco al pairo bajo la fosforescencia de las nubes, a la espera de que rompieran las grises claridades del día. Cuando la luz se hizo algo más clara y enmudecieron los alaridos, los remeros reanudaron su boga y la galera se fue acercando a la roca desgarrada, cuyas cimas graníticas se hincaban fantásticamente en el cielo apagado. Los costados de la roca eran muy escarpados; pero en numerosos salientes podían verse las combadas paredes de unas extrañas viviendas sin ventanas, así como los antepechos que protegían los altos caminos roqueros. Jamás se había acercado tanto a aquel lugar un barco tripulado por algún ser humano; al menos, ninguno se había acercado tanto y había vuelto a navegar después. Pero Carter y los gules no tenían miedo, y estaban firmemente decididos a seguir adelante. Dieron un rodeo hacia la cara oriental de la roca, en busca de los muelles que, según el trío de gules rescatados, se hallaban al sur, en el interior de un puerto natural formado por dos abruptos morros acantilados.

Aquellos promontorios eran verdaderas prolongaciones de la isla, y se adentraban en el mar tan próximos uno de otro, que entre ellos sólo cabía la eslora de un barco. Al parecer, no había nadie vigilando en el exterior, de modo que la galera enfiló osadamente hacia aquel escarpado canal y entró en las aguas pútridas y estancadas del puerto. Aquí, sin embargo, todo era bullicio y actividad: había varios barcos fondeados a lo largo de un repugnante muelle de piedra, y decenas de esclavos casi humanos y bestias lunares pululaban por los embarcaderos transportando banastas y cajones o conduciendo innominados y fabulosos horrores aparejados a pesados carruajes. Por encima de los muelles había un poblado de piedra tallado en un acantilado vertical, y de él arrancaba un camino sinuoso que ascendía en espiral hasta perderse de vista entre los salientes de la roca. Nadie podía decir qué secreto guardaría en su interior el prodigioso pico de granito que coronaba la isla, pero las cosas que se veían en el exterior distaban mucho de ser alentadoras.

Al ver la galera que entraba, la multitud que había en los muelles dio muestras de gran ansiedad. Los que tenían ojos se quedaron mirando intensamente con la mirada fija, y los que no los tenían agitaron sus sonrosados tentáculos con expectación. Por supuesto, nadie se había percatado de que la negra embarcación había cambiado de manos, porque los gules se parecen mucho a los cornudos esclavos casi humanos, y las alimañas descarnadas estaban todas ocultas bajo cubierta. Para entonces, los jefes habían trazado ya su plan, que consistía en soltar las alimañas descarnadas tan pronto como arrimaran el costado al muelle, y zarpar al instante, confiando enteramente el asunto a los instintos de aquellas criaturas casi desprovistas de entendimiento. Una vez desembarcados, lo primero que harían aquellos astados seres voladores sería atrapar cualquier cosa viviente que encontraran; después no pensarían absolutamente en

nada, sino que, llevados por su instinto de retorno, olvidarían su temor al agua y regresarían velozmente al Abismo con sus presas nauseabundas, a las que darían un destino conveniente allá en las tinieblas, de donde poca cosa sale con vida.

El gul que fuera Pickman bajó a la bodega y dio unas breves instrucciones a las descarnadas alimañas de la noche, en tanto que el barco casi tocaba ya los ominosos y malolientes muelles. De pronto, una nueva agitación se manifestó a lo largo del puerto. Carter se dio cuenta de que el movimiento de la galera comenzaba a suscitar sospechas. Era evidente que el timonel no dirigía la embarcación hacia el muelle adecuado, y probablemente los mirones habían notado ya la diferencia entre los horribles gules y los esclavos casi humanos cuyos puestos ocupaban. Seguramente dieron una alarma silenciosa, porque casi en seguida empezó a acudir una horda mefítica de bestias lunares procedentes de las casas sin ventanas o del camino serpenteante de la derecha. Una lluvia de extrañas jabalinas cayó sobre la galera cuando su proa tocó el muelle, matando a dos gules e hiriendo ligeramente a otro; pero en ese momento se abrieron todas las escotillas de par en par, y exhalaron una nube negra de aleteantes alimañas descarnadas que se lanzaron sobre el poblado como un enjambre de gigantescos murciélagos astados.

Las gelatinosas bestias lunares se habían armado de grandes pértigas y trataban de alejar el barco invasor, pero cuando las descarnadas alimañas de la noche cayeron sobre ellas, no pensaron más en eso. Fue un espectáculo sobrecogedor ver cómo se divertían aquellos seres gomosos y sin rostro, y era tremendamente impresionante contemplar cómo la espesa nube que formaban se desparramaba por el pueblo y sobre la sinuosa carretera que se perdía en las alturas. A veces, un grupo de estos negros seres voladores dejaba caer por error a su voluminoso prisionero lunar desde una altura enorme, y la forma con que reventaba al chocar contra el suelo era de lo más desagradable para la vista y el olfato. Cuando la última alimaña descarnada hubo abandonado el barco, los jefes dieron orden de alejarse, y los remeros iniciaron una boga silenciosa, saliendo del puerto entre los grises cabos, mientras en el pueblo continuaba el caos de la batalla.

El gul Pickman concedió a las descarnadas alimañas varias horas para que sus rudimentarios entendimientos desecharan todo temor a volar sobre el agua y mantuvo la galera a una milla de la costa desgarrada, curando las heridas de los gules alcanzados por las jabalinas. Cayó la noche, y el crepúsculo gris dio paso a la enfermiza fosforescencia de las nubes bajas; y durante todo este tiempo los jefes no apartaron la vista de los elevados picos de aquel peñón maldito, por si veían volar a las descarnadas alimañas de la noche. Hacia el amanecer se vio revolotear tímidamente una mancha oscura por encima del pico más alto, y poco después la mancha se había convertido en un verdadero enjambre. Justo antes de romper el día, el enjambre pareció extenderse, y un cuarto de hora más tarde se disipó en la lejanía, en dirección nordeste. Una o dos veces pareció caer algo desde la confusa bandada al mar, pero Carter no lo lamentó, porque sabía por propias observaciones que las bestias lunares no saben nadar. Finalmente, cuando los gules comprendieron que todas las descarnadas alimañas se habían marchado hacia Sarkomand y el Gran Abismo con su cargamento predestinado, la galera puso proa nuevamente hacia el puerto, pasó entre los cabos grisáceos, y toda la horrible tripulación bajó a tierra y deambuló curioseando por la roca desnuda, por sus torres y viviendas, y por sus fortificaciones cortadas en la piedra viva.

Horribles fueron los secretos que descubrieron en aquellas criptas malignas y ciegas, ya que los restos de sus interrumpidas diversiones eran abundantes y se hallaban en distintos grados de consumación. Carter apartó varias entidades que en cierto modo estaban vivas aún, y huyó presurosamente de otras sobre las que no estaba muy seguro de lo que se trataban. Las pestilentes viviendas estaban provistas en su mayoría de taburetes y bancos tallados en madera de árbol lunar, y sus paredes estaban decoradas con unos dibujos insensatos e indescriptibles. Había innumerables armas, herramientas y adornos por todas partes, y también algunos ídolos de gran tamaño, tallados en sólido rubí, que representaban a unos seres extraños jamás vistos en la tierra. Pese a su valor material, no invitaban a apropiárselos ni a seguir mirándolos por más tiempo, y Carter se tomó el trabajo de destrozar cinco de ellos y reducirlos a añicos. En cambio recogió las lanzas y jabalinas esparcidas, que, con la aprobación de Pickman, distribuyó entre los gules. Tales armas eran nuevas para estos seres corredores y perrunos, pero la relativa sencillez de su uso les facilitó su manejo después de unas breves indicaciones.

En las partes más elevadas de la roca había más templos que viviendas, y en muchas cámaras excavadas en la piedra encontraron ciertos altares esculpidos de aspecto terrible, sobre los cuales había cuencos de dudosas manchas y santuarios destinados a adorar a unos seres aún más monstruosos que los dioses inexorables que reinan sobre Kadath. Del fondo de un gran templo arrancaba un pasadizo bajo y oscuro, por donde se introdujo Carter con una antorcha en la mano, que iba a desembocar en un inmenso recinto abovedado cuyos muros estaban adornados con unos relieves demoníacos. En el centro de este recinto descubrió la abertura de un pozo profundo y hediondo como el que viera en el horrible monasterio de Leng, en el salón donde mora solitario el gran sacerdote indescriptible. En la oscuridad lejana, al otro lado del pozo nauseabundo, le pareció vislumbrar un extraño postigo de bronce; pero, sin saber por qué,

experimentó un indecible terror ante la idea de abrirlo o aun acercarse a él, por lo que se apresuró a volver junto a sus poco agraciados compañeros que andaban vagando con una tranquilidad y despreocupación que a él le era imposible compartir. Los gules también habían descubierto las inacabadas diversiones de las bestias lunares y las habían aprovechado a su manera. Habían encontrado también un tonel del poderoso vino lunar y se lo llevaban rodando hacia los muelles para cargarlo y emplearlo en sus negocios diplomáticos; pero el trío de gules rescatados, recordando el efecto que les había producido ese brebaje en Dylath-Leen, aconsejaron a sus compañeros que no lo probaran. En uno de los sótanos que había junto al agua descubrieron un gran almacén de rubíes de las minas lunares, unos pulidos y otros sin trabajar; pero cuando los gules comprobaron que no servían para comer, perdieron todo interés por ellos. Carter no quiso llevarse ninguno porque sabía demasiadas cosas de las criaturas que los habían extraído y labrado.

De pronto, se oyó la voz excitada de los centinelas que habían quedado en los muelles y los inmundos carroñeros interrumpieron sus ocupaciones para mirar hacia el mar y ponerse en marcha hacia el puerto. Una nueva galera avanzaba veloz por entre los cabos grisáceos, y los seres casi humanos que iban a cubierta tardaron muy poco en darse cuenta de que la isla había sido saqueada, dando la alarma a las monstruosas entidades que remaban abajo. Por fortuna, los gules llevaban todavía las jabalinas y las lanzas que entre ellos había distribuido Carter. Y éste, apoyado por el gul que un día se llamara Pickman, ordenó formar en línea de batalla para evitar que el barco atracara. En la nueva galera se observó entonces un repentino movimiento de excitación, lo que le hizo comprender a Carter que la tripulación entera se había dado cuenta de que las cosas en el puerto no marchaban como ellos habrían esperado, y la repentina detención del barco mostraba claramente que se habían percatado del gran número de gules desembarcados. Tras un momento de duda, la galera recién llegada dio la vuelta en silencio y volvió a cruzar los cabos, pero los gules no pensaron ni por un momento que el peligro había quedado conjurado. La tenebrosa embarcación iría en busca de refuerzos, o quizá su tripulación intentaría desembarcar en algún otro punto de la isla; por ello, se envió a la cima un grupo expedicionario para ver cuál era el rumbo que tomaba el enemigo.

Muy pocos minutos después regresó precipitadamente un gul anunciando que las bestias lunares y los casi humanos estaban desembarcando por la parte de afuera de los morros, más hacia oriente, y que subían por caminos ocultos y salientes de la roca que a una cabra le resultarían casi impracticables Inmediatamente después, la galera fue vista otra vez cruzando por delante del angosto canal, pero sólo fue cuestión de un segundo. Unos momentos más tarde, un segundo mensajero llegó jadeante de arriba para decir que otro grupo estaba desembarcando en el otro morro; esta vez el número de los que desembarcaban era muy superior a los que aparentemente cabían en la galera. Y el propio barco, movido con lentitud por una diezmada fila de remos, avanzó entre los acantilados y entró en el fétido puerto como para presenciar la refriega e intervenir si fuera necesario.

Entre tanto, Carter y Pickman habían dividido a los gules en tres grupos, de los cuales dos se enfrentarían a cada una de las dos columnas invasoras y el tercero permanecería en el poblado. Los dos primeros grupos se apresuraron a trepar por las rocas, cada uno en su respectiva dirección, mientras el tercero se subdividía en dos partes, una destinada a tierra y otra al mar. La del mar, mandada por Carter, subió a bordo de la galera apresada y zarpó en busca de la otra, que a la vista de esta maniobra retrocedió por el canal y salió a mar abierto. Carter no la persiguió inmediatamente porque sabía que podían necesitarle con más urgencia en el poblado.

Mientras, los tres destacamentos de bestias lunares y casi humanos habían llegado a lo alto de los morros, y sus siluetas se perfilaban espantosas en ambos lados contra el cielo gris del atardecer. Las flautas infernales de los invasores habían comenzado a gemir, y el efecto general de aquellas procesiones híbridas y semiamorfas era tan nauseabundo como el hedor que efectivamente emanaba de aquellas blasfemias de cuerpo de sapo procedentes de la luna. Luego entraron en escena los dos grupos de gules, recortándose también en lo alto de las rocas. Empezaron a volar las jabalinas desde ambos lados; y los aullidos de los gules y los bestiales alaridos de los casi humanos se unieron progresivamente al gemido infernal de las flautas, formando una baraúnda demencial y caótica. A cada paso caían cuerpos por los estrechos precipicios de ambos acantilados, yendo a parar al mar abierto o a las aguas estancadas de la dársena, en cuyo caso eran absorbidos rápidamente hacia el fondo por ciertas entidades submarinas cuya presencia solamente delataban las prodigiosas burbujas que dejaban escapar.

Durante una media hora, esta batalla se desarrolló con increíble ferocidad, hasta que los invasores fueron completamente liquidados en el acantilado de poniente. En el morro oriental, sin embargo, donde parecía estar presente el jefe de las bestias lunares, los gules no lo estaban pasando tan bien y retrocedían lentamente buscando la protección de las laderas. Pickman envió rápidamente refuerzos a este frente con el grupo del poblado que tanto había ayudado durante la primera fase del combate. Después, cuando hubo terminado la lucha en el lado oeste, los victoriosos supervivientes

corrieron en auxilio de sus atribulados compañeros, forzando al enemigo a retroceder por la estrecha cresta del morro. Los casi humanos habían caído ya todos, pero el último de los horrores batrácicos luchaba desesperadamente y se defendía con las lanzas que empuñaba con sus poderosas y repugnantes patas. Había pasado la ocasión de emplear las jabalinas, y la lucha se convirtió en un duelo cuerpo a cuerpo en el que, por la estrechez de la cresta, no podían atacar a un tiempo más que unos pocos lanceros.

A medida que aumentaba la furia y el arrojo, aumentaba también el número de los que caían al mar. Los que iban a parar a las aguas del puerto encontraban una muerte innominada en las fauces de aquellas criaturas invisibles y burbujeantes; pero los que caían al mar abierto podían nadar hasta el pie del acantilado y agarrarse en los escollos. Por su parte, la galera del enemigo recogía las bestias lunares que podía. El acantilado era prácticamente inabordable, excepto por donde los monstruos habían desembarcado, de forma que a los gules que volvían del mar les fue imposible llegar al frente de la batalla y se quedaron en los escollos. Algunos de ellos cayeron bajo las jabalinas de la galera contraria o de las bestias lunares que estaban en lo alto del promontorio, pero los demás sobrevivieron y pudieron ser rescatados. Cuando el triunfo de los gules se vio seguro, la galera de Carter salió de entre los cabos y se dirigió hacia el barco enemigo que estaba en mar abierto, deteniéndose a recoger a los gules que se habían agarrado a los escollos o nadaban aún en el océano. Varias bestias lunares que se habían refugiado en las rocas o en los arrecifes fueron rápidamente puestas fuera de combate.

Por último, cuando la galera de bestias lunares se hubo puesto a salvo alejándose de allí, y los enemigos desembarcados se hubieron concentrado en un solo punto, Carter hizo saltar una fuerza considerable al morro oriental, a espaldas del enemigo. Gracias a esta maniobra, la lucha fue efectivamente breve. Atacados en dos frentes, las fétidas entidades, ya vacilantes, fueron inmediatamente despedazadas o precipitadas al mar. Por fin, hacia el atardecer, los jefes de los gules comprobaron que el islote había quedado otra vez limpio de enemigos. La galera adversaria, entretanto, había desaparecido. Decidieron que lo más prudente sería abandonar la roca maligna, antes de que los horrores lunares consiguieran reclutar una horda numerosa y se lanzaran sobre ellos de nuevo.

De este modo, pues, llegó la noche. Pickman y Carter reunieron a todos los gules y les pasaron revista cuidadosamente, descubriendo que habían perdido más de la cuarta parte de sus efectivos en la refriega del día. Colocaron a los heridos en las literas del barco, ya que a Pickman le repugnaba la costumbre que tenían los gules de rematar y comerse a sus propios heridos, y los individuos disponibles fueron asignados a los remos o a los puestos en que pudieran ser más útiles. Bajo la fosforescencia de las nubes nocturnas, la galera se hizo a la mar, y Carter sintió el gran alivio de abandonar aquel islote de abominables misterios donde descubriera aquel recinto abovedado que tenía un pozo sin fondo y una repugnante puerta bronce, que tanto había inquietado a su imaginación. El día sorprendió al barco frente a los ruinosos muelles basálticos de Sarkomand, donde, como centinelas, aguardaban todavía algunas descarnadas alimañas de la noche. En lo alto de las columnas truncadas y de las esfinges erosionadas de aquella espantosa ciudad que había vivido y muerto antes de aparecer el hombre sobre la tierra, las descarnadas alimañas velaban como negras gárgolas y fantásticas quimeras.

Los gules montaron su campamento entre las rocas derruidas de Sarkomand y despacharon a un mensajero con la misión de traer suficientes alimañas descarnadas para transportarles por los aires. Pickman y los demás jefes se mostraron efusivamente agradecidos por la ayuda que Carter les había prestado, y éste se dio cuenta de que sus planes iban efectivamente por buen camino, puesto que ahora podría pedir ayuda a sus repugnantes aliados no sólo para salir de la región del país de los Sueños en que se hallaban, sino también para emprender su última expedición en busca de los dioses que reinan sobre la desconocida Kadath y la maravillosa ciudad del sol poniente que tan extrañamente disipaban ellos de sus sueños. Por consiguiente, habló de estas cuestiones a los jefes de los gules y les dijo lo que sabía de la fría inmensidad donde se encuentra Kadath y de sus centinelas: tanto de los monstruosos shantaks como de las montañas esculpidas en forma de figuras bicéfalas. También les habló del miedo que los pájaros shantaks sienten por las descarnadas alimañas de la noche, y de cómo estos inmensos pájaros hipocéfalos salen chillando de sus negras madrigueras excavadas en lo alto de los picos desnudos y grises que separan el país de Inquanok de la odiosa meseta de Leng. Les habló asimismo de lo que había averiguado sobre las descarnadas alimañas de la noche en los frescos del monasterio del gran sacerdote indescriptible, y de cómo eran temidas incluso por los Grandes Dioses, y cómo su señor no era el caos reptante Nyarlathotep, sino el venerable e inmemorial Nodens, señor del Gran Abismo.

Carter contó todas estas cosas en el lenguaje de los gules allí reunidos, y luego les expuso a grandes rasgos la ayuda que tenía intención de solicitarles, no pareciéndole abusiva considerando los servicios que acababa de prestar últimamente a los perrunos y cartilaginosos carroñeros. Les pidió vivamente que le facilitaran los servicios de un número suficiente de alimañas descarnadas para sobrevolar el reino de los shantaks y las montañas esculpidas, y llevarle a la inmensidad fría, más allá de los últimos puntos alcanzados por los mortales más osados. Quería volar hasta el castillo de ónice que

domina desde lo alto la desconocida Kadath de la inmensidad fría, y presentarse ante los Grandes Dioses para pedirles ese acceso a la ciudad del sol poniente que Ellos le denegaban. Estaba seguro de que las descarnadas alimañas de la noche podrían llevarles hasta allí sin dificultades, sobrevolando los peligros que acechan en la llanura y aquellas horribles figuras bicéfalas esculpidas en la montaña que hacen de eternos centinelas en la penumbra gris. Gracias a las descarnadas criaturas astadas y sin rostro, no correría peligro alguno, puesto que eran temidas incluso por los Grandes Dioses. Y aun cuando surgiera cualquier dificultad inesperada por parte de los Dioses Otros, los cuales acostumbran a inmiscuirse en los asuntos de los benignos dioses de la tierra, las descarnadas alimañas no tendrían por qué preocuparse, ya que los infiernos exteriores son totalmente inocuos para unos seres voladores, mudos y silenciosos como ellos, cuyo amo y señor no es Nyarlathotep sino el poderoso arcaico Nodens. Un bando de diez o quince alimañas descarnadas sería sin duda suficiente, según Carter, para disuadir a los shantaks de cualquier intervención. Acaso fuera también conveniente llevar consigo algunos gules para dirigirlas, ya que los gules las conocen mejor que los hombres. La expedición podía dejarle a él en el interior del recinto amurallado de aquella fabulosa ciudadela de ónice, y esperar después a que regresara por la noche o les diese alguna señal. Mientras tanto, iría él a orar ante los dioses de la tierra. Si alguno de los gules se decidiera a escoltarle hasta el salón del trono de los Grandes Dioses, él se lo agradecería infinitamente, ya que la presencia de los gules podría añadir más peso e importancia a su petición. Pero Carter no quería insistir en este detalle; únicamente pedía que le transportaran primero a la desconocida Kadath, y después a la última etapa de su destino, que sería la maravillosa ciudad del sol poniente, en el caso de que los Grandes Dioses accedieran a concederle su favor, o las Puertas del Sueño Profundo, en el bosque encantado, si sus súplicas resultaban vanas.

Mientras Carter hablaba, los gules todos escuchaban con gran interés, y a medida que pasaba el tiempo, el cielo se iba oscureciendo con las nubes de alimañas descarnadas que los mensajeros habían ido a buscar. Las aladas criaturas se posaron en semicírculo alrededor del ejérrcito de gules, y aguardaron respetuosamente mientras sus perrunos cabecillas estudiaban la petición del viajero terrestre. El gul que un día fuera Pickman habló gravemente con sus compañeros, y al final ofreció a Carter mucho más de lo que él esperaba. Ya que Carter había ayudado a los gules en su lucha contra las bestias lunares, ellos le ayudarían en su atrevido viaje a las regiones de donde nadie ha regresado jamás; y no le transportarían sólo unas cuantas alimañas descarnadas, sino todo el ejército allí congregado: los gules veteranos de guerra y las alimañas descarnadas recién llegadas de refresco. Sólo quedaría en los muelles de Sarkomand una pequeña guarnición para custodiar la negra galera y el botín capturado en la roca desgarrada. Emprenderían el vuelo en el momento que dijera Carter, y una vez llegados a Kadath, le escoltaría un numeroso séquito de gules mientras él exponía su petición a los dioses de la tierra, en su palacio de ónice.

Conmovido por una gratitud y satisfacción indescriptibles, Carter trazó los planes de este viaje audaz con los jefes de los gules. Decidieron que el ejército volaría muy alto por encima de la espantosa meseta de Leng, de su innominado monasterio y de sus perversos poblados de piedra. Se detendrían sólo en las inmensas cumbres grises para exigir información a los atemorizados shantaks, cuyas madrigueras convierten los picos más altos en verdaderas colmenas. Después, de acuerdo con la información obtenida de estos moradores de la altura, eligirían la ruta final y se acercarían a la desconocida Kadath a través del desierto de las montañas esculpidas, al norte de Inquanok, o bien se remontarían a regiones más septentrionales de la propia meseta de Leng. Perrunos unos y desalmadas otras, a los gules y a las alimañas descarnadas no les asusta lo que puedan descubrir en esos desiertos jamás hollados, ni tampoco experimentan pavor alguno ante la idea de la egregia y solitaria Kadath con su misterioso castillo de ónice.

Hacia mediodía, los gules y las descarnadas alimañas se dispusieron a emprender el vuelo; cada gul escogió la pareja de portadores que más le convenía. Carter fue colocado a la cabeza de la columna, junto a Pickman; y delante de todos, a modo de vanguardia, se constituyó una doble fila de descarnadas alimañas de la noche. A una voz de Pickman, el horrible ejército se alzó como una nube de pesadilla por encima de las rotas columnas y las esfinges ruinosas de la primordial Sarkomand, y se fue elevando más y más, hasta rebasar incluso la gran vertiente de basalto que se erguía tras la ciudad. Ante ellos fueron apareciendo los alrededores de la fría, estéril altiplanicie de Leng. Y aún más, se remontó la oscura hueste voladora, hasta que esta misma altiplanicie comenzó a empequeñecerse por debajo de ellos; y cuando tomaron rumbo hacia el norte y sobrevolaron la espantosa meseta que el viento barría, Carter vio de nuevo, con un escalofrío de horror, el círculo de toscos monolitos y el chato edificio sin ventanas que, como él sabía muy bien, cobijaba a aquella blasfemia enmascarada de seda, de cuyas garras había escapado tan milagrosamente. Esta vez no descendieron cuando el ejército cruzó como una bandada de murciélagos por encima del desolado paisaje, iluminado por el débil resplandor de las hogueras, ni se pararon a observar las morbosas contorsiones de los astados seres casi humanos que allí danzan y tañen

sus instrumentos sin descanso. Una de las veces vieron un shantak que volaba bajo, planeando sobre la llanura; pero cuando éste los descubrió; soltó un chillido estremecedor y se alejó alocadamente hacia el norte, preso de un pánico indescriptible.

Al oscurecer, llegaron a los agrestes picos grises que forman la barrera de Inquanok y revolotearon en torno a esas cuevas que se abren junto a las cimas a las que tanto temen los shantaks. Ante los gritos insistentes de los jefes de los gules, brotó de cada madriguera una riada de negras alimañas astadas que luego se comunicaron con los gules y con sus monturas por medio de gestos repugnantes. Tras una breve deliberación, se llegó a la conclusión de que lo mejor sería dirigirse a la inmensidad fría por el norte de Inquanok, ya que el acceso por la meseta de Leng estaba plagado de trampas invisibles bastante desagradables aun para las descarnadas alimañas de la noche. Había, además, ciertos edificios semiesféricos construidos sobre unas lomas extrañas, sobre los cuales se concentran influencias del abismo que la tradición popular relaciona con los Dioses Otros y el caos reptante Nyarlathotep.

Las roqueras alimañas de la noche no sabían nada de Kadath, salvo que podía tratarse de cierta ciudad maravillosa e imponente que había más al norte, custodiada por shantaks y montañas esculpidas. Aludieron a ciertas anormalidades desproporcionadas que existían por aquellas regiones jamás holladas, y recordaron vagas alusiones sobre un reino donde la noche impera eternamente; pero no pudieron aportar ningún dato concreto. Así que Carter y sus compañeros les dieron las gracias y, cruzando los más elevados picos de Granito que se alzan en los cielos de Inquanok, descendieron después bajo las fosforescentes nubes de la noche para contemplar de lejos esas terribles gárgolas que habían sido montañas, hasta que una mano gigantesca y terrible esculpiera en ella la imagen del terror.

Sentadas sobre sus patas traseras, formaban un semicírculo infernal. Sus bases se hundían en la arena del desierto y sus mitras traspasaban las nubes luminosas. Eran siniestras sus formas de lobos bicéfalos y sus rostros airados, así como sus manos derechas levantadas en gesto amenazador. Hoscas y malignas, vigilaban los confines del mundo de los hombres y custodiaban las fronteras del frío mundo del norte en donde no existen los seres humanos. De sus entrañas espantosas surgieron los perversos shantaks, grandes como elefantes, pero huyeron lanzando chillidos enloquecedores cuando vislumbraron la vanguardia de alimañas descarnadas en el cielo brumoso. El alado ejército voló por encima de aquellas gárgolas grandes como montañas, y sobre leguas y leguas de tenebroso desierto donde jamás se había acotado un solo palmo de tierra. Las nubes se fueron haciendo cada vez menos luminosas, hasta que finalmente Carter se vio envuelto en tinieblas. No por ello vacilaron un momento sus portadores, criados en las más negras cavernas de la tierra y carentes de ojos, que se valían de toda la superficie de sus cuerpos resbaladizos y viscosos para orientarse. Y volaron más y más, y cruzaron vientos de extraños olores y ruidos de inquietante procedencia, siempre rodeados de la más espesa oscuridad, y recorrieron tan prodigiosas distancias que Carter se preguntó si no habrían dejado atrás el país de los Sueños terrestres.

De pronto, las nubes comenzaron a perder consistencia y aparecieron por arriba estrellas espectrales. Por abajo, todo seguía siendo oscuridad, pero los pálidos destellos del firmamento parecían palpitar con un significado que jamás tuvieron en otro lugar. No es que los rasgos trazados por las constelaciones fuesen diferentes, sino que aquellas mismas formas conocidas parecían revelar una significación que antes ocultaban. Todo convergía hacia el norte; cada curva, cada asterismo del tachonado firmamento formaba parte de un vasto trazado cuya función era orientar la mirada, y después, al observador entero, hacia un objetivo terrible y secreto situado más allá de la helada inmensidad que se extendía infinitamente ante ellos. Carter miró hacia el este, donde la gran barrera de picachos amurallaba las fronteras del país de Inquanok, y vio recortada en el firmamento su silueta mellada que ahora parecía más desgarrada aún con tremendas hendiduras y cumbres fantásticamente extravagantes. Carter estudió con atención los contornos y las curvas de aquel grotesco perfil, y sintió que éste, como las estrellas, le instaba a apresurarse hacia el norte.

Volaban a una velocidad prodigiosa, de suerte que Carter tenía que esforzarse sobremanera para captar algún detalle, cuando de pronto descubrió, justo por encima de la línea de picos y recortado contra las estrellas, un bulto oscuro que se desplazaba con una trayectoria paralela a la que llevaba su propia expedición. Los gules lo habían visto igualmente, y Carter los oyó murmurar entre ellos. Por un momento le pareció que se trataba de un shantak gigantesco, de un ejemplar de proporciones infinitamente mayores a las de su propia especie. Pero no tardó en comprobar que la forma que cruzaba por encima de las montañas no era ningún pájaro hipocéfalo. Su perfil recortado contra las estrellas, aun confuso, recordaba más bien a una inmensa cabeza mitrada, o a un par de cabezas unidas y enormes. Su rápido vuelo por el firmamento no parecía debido al impulso de unas alas. Carter no podía decir de qué lado de las montañas avanzaba, pero no tardó en darse cuenta, cada vez que la altitud de la cordillera descendía, de que la

forma que había visto en un principio se prolongaba hacia abajo en un cuerpo que tapaba todas las estrellas.

Luego vino un profundo vacío en la cadena de montañas, donde los confines de la tramontana meseta de Leng se unían a la fría inmensidad por un gran desfiladero a través del cual brillaban pálidamente las estrellas. Carter prestó especial atención a este vacío, porque en él podría captar la silueta entera de aquella cosa inmensa que se desplazaba en un vuelo ondulante por encima de las cumbres. El objeto volador había avanzado algo, y todos los ojos de la expedición se quedaron fijos en la hendidura donde iba a aparecer entera la enorme silueta. Se acercó ésta poco a poco por encima de las cumbres, moderando su marcha como si se hubiera dado cuenta de que había dejado atrás al ejército de gules. Hubo otro minuto de suspenso, y luego, fugazmente, se reveló de lleno la esperada silueta. De los labios de los gules brotó un grito espantoso y enloquecedor que expresaba todo el terror cósmico. El viajero sintió en el alma un frío como no había sentido jamás. Aquella silueta colosal y bamboleante que descollaba por encima de la cordillera era sólo la cabeza -una doble cabeza mitrada- bajo la cual, con su terrible inmensidad, avanzaba a saltos por el desierto helado el cuerpo monstruoso al cual pertenecía. Grande como una montaña, el monstruo caminaba de manera furtiva y silenciosa. Su gigantesca figura era entre humana y de hiena, y al trotar, su par de cabezas tocadas con una mitra cónica se recortaba contra el cielo hasta media altura del cénit.

Carter no llegó a perder el conocimiento, ni dejó escapar ningún grito, porque era un soñador veterano. Pero miró hacia atrás y se estremeció de horror al ver que aún venían más cabezas monstruosas recortadas por encima de los picos, avanzando furtivamente detrás de la primera. Y justo detrás de ellos, descubrió que tres de las figuras talladas en la montaña, cuyos perfiles se dibujaban sobre las estrellas del sur, caminaban sigilosa y pesadamente, dando a sus mitras una oscilación de varios miles de pies al bambolear sus cabezas. Las montañas esculpidas, pues, no habían permanecido en el semicírculo del norte de Inquanok, inmóviles en su hierática postura, con sus manos derechas tendidas hacia arriba. Tenían una misión que cumplir y no la habían descuidado. Pero era horrible que no hablaran jamás, que jamás hicieran el menor ruido al caminar.

Entre tanto, el gul que fue Pickman dio una orden a las descarnadas alimañas de la noche, y el ejército entero se elevó aún más en los aires. La columna ascendió velozmente hacia las estrellas, hasta que desaparecieron de su vista todas aquellas sombras recortadas contra el cielo, tanto la inmóvil cordillera de granito gris como las mitradas montañas caminantes. Todo estaba oscuro abajo, mientras la voladora legión avanzaba hacia el norte entre vientos furiosos y risas invisibles que surgían del éter. Y ni un shantak ni otra clase de entidad menos deseable alzó el vuelo de las malignas inmensidades para perseguirles. Cuanto más avanzaban, más veloz se hacía el vuelo, hasta que su vertiginosa velocidad superó la de una bala de rifle, aproximándose a la de un planeta en su órbita. Carter se preguntaba cómo era posible que a esa velocidad tuvieran aún la tierra debajo de ellos, pero recordó que en el País de los Sueños, las dimensiones poseían extrañas propiedades. Estaba convencido de que se encontraban en una región de noche eterna, y se figuró que las constelaciones de la bóveda celeste habían acentuado sutilmente su orientación al norte, juntándose todas allá arriba como para arrojar al ejército volador al vacío del polo boreal, de la misma manera que se comprimen los pliegues de un saco para arrojar a su fondo hasta la última mota de su contenido.

Entonces observó aterrado que las alas de las alimañas descarnadas habían dejado de moverse. Las astadas criaturas sin rostro habían plegado sus apéndices membranosos y permanecían totalmente pasivas en el caos huracanado que giraba y reía mientras las arrastraba. Una fuerza extraterrestre había atrapado al ejército, y los gules y las descarnadas alimañas de la noche se hallaban a merced de un remolino irresistible que los sorbía hacia el norte, de donde jamás ha regresado mortal alguno. Finalmente vislumbraron una pálida luz solitaria en la raya del horizonte, la cual se fue elevando a medida que ellos se acercaban, y bajo ella vieron extenderse una masa negra que tapaba las estrellas. Carter entendió que debía de ser algún faro situado sobre una montaña, ya que sólo una montaña podía ser tan enorme como para verse desde tan prodigiosa altura.

La luz se fue elevando más y más, así como la negrura que parecía sostenerla, hasta que la mitad del firmamento septentrional quedó oscurecido por aquella masa cónica y rugosa. Aun cuando el ejército viajaba a una altura inconcebible, aquel faro pálido y siniestro se alzaba por encima de él, descollando monstruosamente sobre todas las cumbres y demás accidentes de la tierra, hasta alcanzar el éter inconsistente donde oscilan la luna misteriosa y los locos planetas. Aquella montaña que se alzaba frente a ellos no era ninguna de las conocidas por el hombre. Las altas nubes de allá abajo no formaban sino una orla en torno a sus estribaciones, y el aire irrespirable de las más altas capas de la atmósfera no era sino una franja para los flancos. Aquel puente entre la tierra y el cielo ascendía espectral y altivo, tenebroso en la noche eterna, y estaba coronado por una diadema de desconocidas estrellas cuyo espantoso y significativo trazado se iba haciendo cada vez más evidente. Los gules chillaron aterrados al descubrirlo,

y Carter se estremeció ante la posibilidad de que todo el veloz ejército se estrellara contra el ónice impertérrito de aquella muralla ciclópea.

Y la luz siguió elevándose más y más, hasta confundirse con las esferas más altas del cénit, y parpadeó hacia ellos como en un gesto de espeluznante sarcasmo. Por debajo de la luz pálida, solitaria, inasequible, el norte ya no era más que una espesa negrura, una espantosa tiniebla petrificada que se alzaba desde infinitas profundidades a alturas ilimitadas. Carter examinó la luz más atentamente, y distinguió por fin las formas y las líneas de la masa negra que se recortaba sobre las estrellas del cielo. Eran unas torres que descollaban en lo alto de aquel monte gigantesco, unas horribles torres rematadas por cúpulas distribuidas en incalculables filas y agrupaciones, más fantásticas de lo que el hombre se crea capaz de imaginar. Murallas y terrazas maravillosas y amenazantes, pero negras y diminutas en la lejanía, se recortaban contra la estrellada diadema que resplandecía maligna en el borde superior de aquella monstruosa visión. Coronando aquel conjunto inconmensurable de montañas había, pues, un castillo que rebasaba toda humana fantasía, y en él brillaba una luz diabólica. Entonces fue cuando Randolph Carter comprendió que el viaje tocaba a su fin; porque lo que tenía ante sí era el objeto de todas sus prohibidas andanzas y audaces visiones: la fabulosa, la increíble mansión de los Grandes Dioses, erigida en lo más elevado de la Ignorada Kadath.

En el mismo momento en que se daba cuenta de esto, notó Carter un cambio en la trayectoria de su expedición, inexorablemente sorbida por el viento. Se estaban elevando bruscamente, y era evidente que el destino de esta loca travesía era el castillo de ónice donde brillaba la pálida luz. Tan cerca estaban de la gran montaña tenebrosa, que sus laderas desfilaban vertiginosamente junto a ellos mientras ascendían; y con la oscuridad no podían distinguir en ellas ninguno de sus detalles. Más y más crecían las inmensas torres negras de aquel castillo tenebroso, y Carter sintió que eran blasfemas por su misma inmensidad. Sus sillares podían muy bien haber sido tallados por los abominables canteros de aquel horrible abismo abierto en la roca del monte que viera en Inquanok, porque sus dimensiones eran tales que junto a ellos un hombre parecía encontrarse al pie de una de las más grandes fortalezas de la tierra. La diadema de desconocidas estrellas fulguraba con un resplandor lívido y enfermizo por encima de las torres infinitas de altísimas cúpulas, y esparcía una penumbra fantasmal alrededor de las sombrías murallas de bruñido ónice. Ahora se veía que la pálida luz que habían vislumbrado de lejos no era sino una ventana iluminada en la más alta de las torres; y mientras el desamparado ejército se aproximaba a la cúspide de la montaña, a Carter le pareció distinguir unas sombras inquietantes que se desplazaban lentamente por su interior. Tenía la ventana unos arcos muy singulares, y su trazado resultaba absolutamente desconocido en la Tierra.

La sólida roca dio paso entonces a los cimientos gigantescos del monstruoso castillo, y la velocidad del grupo pareció moderarse un poco. Aparecieron las enhiestas murallas y luego surgió un vasto pórtico a través del cual fueron absorbidos los viajeros. La oscuridad reinaba en el titánico patio de armas, pero luego se sumieron en una oscuridad más espesa aún al precipitarse la columna voladora en un portal de arcos inmensos. En la tenebrosa oscuridad de aquellos laberintos de ónice se formaron torbellinos de viento húmedo y frío, y Carter no llegó a saber jamás qué gigantescas escalinatas y corredores atravesaron en aquella loca carrera que no parecía terminar nunca. El impulso terrible los arrastraba invariablemente hacia arriba, y ni un ruido, ni un roce, ni un destello fugaz rasgó el espeso velo del misterio. El ejército de gules y descarnadas alimañas de la noche era innumerable, pero aun así se perdía en los prodigiosos espacios de aquel castillo supraterrestre. Y cuando finalmente se halló en el interior de la extraña habitación de la torre cuya altísima ventana iluminada había servido de faro, Carter tardó bastante tiempo en distinguir las lejanas paredes y el techo distante que sostenían, y en comprender que no se encontraba en un espacio abierto e ilimitado.

Randolph Carter había abrigado el propósito de penetrar en la sala del trono de los Grandes Dioses con todo aplomo y dignidad, escoltado por las impresionantes filas de gules en riguroso orden de ceremonia, y de presentar su petición como un gran señor, libre y poderoso entre los soñadores. Sabía que es posible tratar con los Grandes Dioses, pues éstos no superan en poderío a los mortales, y había confiado en que los Dioses Otros y Nyarlathotep, el caos reptante, no vendrían a ayudarles en el momento decisivo, como había sucedido tantas veces cuando los hombres trataron de llegar a la morada de los dioses terrestres o a sus montañas. Y gracias a su escolta horrenda había confiado en poder desafiar incluso a los Dioses Otros, si llegaba el caso, pues los gules no tienen dueño ni señor, y las descarnadas alimañas de la noche no obedecen a Nyarlathotep, sino sólo al arcaico Nodens. Pero ahora veía que la excelsa Kadath, en el centro de la inmensidad fría, estaba cercada por oscuras maravillas e innominados centinelas, y que los Dioses Otros vigilan atentamente a los benévolos y tolerantes dioses terrestres. Pese a carecer de poderío sobre gules y alimañas descarnadas, las desalmadas y amorfas blasfemias de los espacios exteriores pueden, sin embargo, imponerse a ellos cuando llega el momento. Por consiguiente, no fue con las prerrogativas de libre y poderoso señor de soñadores como Randolph Carter llegó al salón

del trono de los Grandes Dioses con su séquito de gules. Arrastrado en caótica confusión por tempestuosos torbellinos cósmicos, y acosado por los horrores invisibles de la inmensidad boreal, el ejército entero flotó cautivo e impotente en la cárdena penumbra, hasta que se derrumbó en el suelo de ónice cuando, obedeciendo a una orden muda, los vientos del terror se disiparon.

Randolph Carter no llegó ante ningún dorado dosel ni vio allí círculo alguno de augustos seres nimbados de rasgados ojos, largas orejas, fina nariz y barbilla puntiaguda, cuyo parecido con el rostro esculpido de Ngranek pudiera señalarles como Aquellos a quienes debía dirigir sus plegarias. Aparte de aquella habitación solitaria de lo alto de la torre, el castillo de ónice que dominaba Kadath estaba totalmente a oscuras, y sus moradores no estaban allí. Carter había llegado a la desconocida Kadath de la inmensidad fría, pero no había encontrado a los dioses. Sin embargo, la desmayada luz brillaba en aquella habitación de la torre de dimensiones inmensas, cuyos muros y techo casi se perdían de vista en las brumas de la distancia. Era evidente que los dioses terrestres no estaban allí, pero de algún modo se percibían ciertas presencias menos visibles: allí donde están ausentes los dioses benignos de la Tierra, los Dioses Otros no dejan de tener representación. Y ciertamente el castillo de los castillos de ónice estaba muy lejos de hallarse deshabitado. Carter no podía ni figurarse qué formas atroces revestiría el terror a continuación. Presentía que su visita era esperada, y se preguntaba cuán cerca habría venido vigilándole el caos reptante Nyarlathotep. Porque es a Nyarlathotep, horror de infinitas formas y espíritu terrible, mensajero de los Dioses Otros, a quien sirven las fungosas bestias lunares. Y Carter recordó la negra galera que había desaparecido cuando las entidades lunares con cuerpo de sapo vieron perdida la batalla en la desgarrada roca que emerge del mar.

Reflexionando sobre estas cosas, sentía temblar sus piernas en medio de la horda de pesadilla que le acompañaba, y de pronto, sin previo aviso, resonó en aquella cámara ilimitada y oscura el espantoso bramido de una trompeta infernal. Por tres veces sonó aquella espeluznante llamada de bronce, y cuando enmudecieron los ecos de la tercera, Randolph Carter se dio cuenta de que estaba solo. No comprendía cómo, adónde o por qué razón habían desaparecido los gules y las descarnadas alimañas de la noche. Sólo sabía que de pronto se hallaba solo y que, fueran cuales fuesen los poderes que acechaban invisibles en torno suyo, no pertenecían al amistoso País de los Sueños de la Tierra. En este momento brotó un nuevo sonido de los últimos rincones de la estancia. Era también un ritmo de trompeta, pero de naturaleza completamente diversa a los roncos clarinazos que habían aniquilado a su excelente cohorte. Era ahora una suave melodía en la que resonaban todo el encanto y la maravilla de los sueños etéreos. Exóticos paisajes de inimaginable belleza brotaban de cada acorde singular y de cada cadencia delicada. Y el aroma de los inciensos se conjugaba con aquellas notas doradas. Y un gran resplandor difundió por el espacio en círculos concéntricos de colores desconocidos en el espectro luminoso de la Tierra, y se cambiaban según el ritmo de las trompetas componiendo fantásticas y armónicas sinfonías de luz. Unas antorchas brillaron a lo lejos, y un batir de tambores se fue acercando en medio de una atmósfera de tensa expectación.

De las brumas que se disolvían y de las nubes de extraños inciensos surgieron dos columnas paralelas de esclavos negros vestidos con taparrabos de seda iridiscente. Sobre la cabeza portaban, en forma de cascos, antorchas de reluciente metal de las que emanaban los vapores de unos bálsamos misteriosos. En la mano derecha llevaban unas varillas de cristal cuyo extremo superior ostentaba la figura de una quimera, mientras en la mano izquierda empuñaban las largas trompetas de plata que hacían sonar. Llevaban todos ajorcas y brazaletes unidos a una larga cadena de oro, lo cual les obligaba a marcar un paso lento y majestuoso. Lo primero que saltaba a la vista era que se trataba de auténticos hombres negros de la zona terrestre del País de los Sueños, pero ya parecía menos evidente que aquellos ritos y aquellos atavíos fueran de la Tierra. Las columnas se detuvieron a unos diez pasos de Carter, al tiempo que sus componentes se llevaban sus trompetas a los labios. El sonido que produjeron fue místico y salvaje; pero más salvaje fue el grito que brotó inmediatamente después de las oscuras gargantas haciéndole estremecer.

Entonces, por el amplio pasillo que formaban las dos columnas, avanzó una figura alta y delgada. Tenía el rostro de un joven faraón. Iba vestida con elegantes ropajes prismáticos y coronada por una diadema dorada que parecía relucir con luz propia. Se aproximó a Carter aquella figura majestuosa, cuyo porte regio y nobles rasgos le imprimían la fascinación de un dios de las tinieblas o de un arcángel caído, en tanto que sus ojos parecían ocultar el lánguido centelleo de un humor caprichoso. Entonces habló, y en su voz melodiosa vibró la música salvaje de las corrientes de Leteo:

-«Randolph Carter -dijo la voz-. Has venido a ver a los Grandes Dioses, a quienes les está prohibido tener tratos con los hombres. Los centinelas han venido a decirlo y los Dioses Otros han gruñido mientras bailaban torpemente sus danzas estúpidas al son de las flautas, en el vacío final donde mora el sultán de los demonios cuyo nombre no se ha pronunciado jamás.

»El sabio Barzai escaló el Hatheg-Kla para ver danzar y ulular a los Grandes Dioses por encima de las nubes a la luz de la luna, y ya no regresó nunca más. Los Dioses Otros estaban allí, e hicieron lo que cabía esperar. Zenig de Aphorat trató de llegar a la desconocida Kadath de la inmensidad fría, y ahora su cráneo adorna el anillo del dedo meñique de alguien a quien no es necesario nombrar aquí.

»Pero tú, Randolph Carter, has arrostrado todos los obstáculos de la zona terrestre del País de los Sueños, y aún estás inflamado por el fuego de tu aventura. No has venido por curiosidad, sino para cumplir con tu deber; y no has dejado nunca de venerar a los benevolentes dioses de la Tierra. Sin embargo, estos mismos dioses son los que te han alejado de la maravillosa ciudad del sol poniente de tus sueños, y lo han hecho por mezquina codicia; porque ciertamente deseaban poseer la fantástica belleza de esa ciudad forjada por tu fantasía, y han jurado que en adelante ningún otro lugar será su morada.

»Y así, han abandonado este castillo que poseen en la ignorada Kadath para instalarse en tu ciudad maravillosa. Y allí, durante el día, recorren el palacio de mármol veteado; y cuando el sol se pone, salen a los perfumados jardines para contemplar el dorado esplendor de los templos y columnatas, los arcos de los puentes y los plateados surtidores de las fuentes, las grandes avenidas flanqueadas de ánforas cubiertas de flores y las hileras de relucientes estatuas de marfil. Y cuando llega la noche, suben a las altas terrazas y allí se sientan al relente, en los bancos de pórfido, a escudriñar las estrellas, o se apoyan en las blancas balaustradas a contemplar la encrespada marca de techumbres y a ver cómo se van encendiendo, una a una, las ventanitas de los viejos y picudos hastiales con la luz acogedora y amarillenta de las velas.

»A los dioses les gusta tu maravillosa ciudad, y han abandonado sus maneras de dioses. Han olvidado las altas regiones de la Tierra y las montañas que los habían visto de jóvenes. La Tierra ya no tiene dioses que sean propiamente tales, y únicamente los Dioses Otros de los espacios exteriores gobiernan la inmemorable Kadath. En el lejano valle de tu juventud, Randolph Carter, juegan ahora sin tribulaciones los Grandes Dioses. Has soñado demasiado bien, ¡oh, prudente soñador! Has conseguido que los dioses del sueño se alejen del mundo de las visiones comunes a todos los hombres, para instalarse en un universo que es enteramente tuyo. Y de los pequeños sueños de tu niñez, has sabido edificar una ciudad más hermosa que todas las quiméricas fantasías nacidas hasta ahora.

»No es bueno que los dioses de la Tierra abandonen sus tronos para que la araña hile en ellos su tela y los Dioses Otros gobiernen a su manera tenebrosa. Y no dudarían los poderes exteriores en arrastrarte al caos y al horror, Randolph Carter, ya que eres la causa de su zozobra, si no supieran que tú eres el único que podría hacer que los dioses volvieran a su mundo. En esa zona semivigil del país de los Sueños que te pertenece no puede influir ningún poder de las últimas tinieblas, y sólo tú puedes convencer amablemente a los Grandes Dioses para que salgan de tu maravillosa ciudad del sol poniente, a través de la región crepuscular del norte, y retornar al lugar que les corresponde: a la cima de la ignorada Kadath, de la inmensidad fría.

»De modo, Randolph Carter, que en nombre de los Dioses Otros, te perdono y te conmino a que cumplas puntualmente lo que yo te ordene. Y mi orden es que busques tu propia ciudad del sol poniente y que envíes acá a los traviesos y soñolientos dioses a quienes aguarda el mundo de los sueños. No te será difícil descubrir ese rosado capricho de los dioses, esa fantasía de trompetas celestiales, ese clamor de címbalos inmortales, ese lugar misterioso que te han hecho buscar por los recintos del mundo vigil y por los abismos del sueño, atormentándote con insinuaciones de recuerdos evanescentes, con el dolor de las cosas perdidas, trascendentales y terribles. No te será difícil encontrar ese símbolo, esa reliquia de tus

días de ensueño; porque, en verdad, no es sino la gema inalterable y eterna donde toda maravilla fulgura cristalizada, iluminando tu camino nocturno. ¡Escucha!, no es a través de mares desconocidos por donde debes dirigir tus pasos, sino a través de años conocidos y pasados, hacia las visiones luminosas de tu infancia, hacia esas vivencias empapadas de sol y de magia que los viejos paisajes despiertan en una mirada joven.

»Pues sabe que tu dorada v marmórea ciudad de ensueño no es sino la suma de todo lo que has visto y amado de tu infancia. Está formada con el esplendor de los puntiagudos tejados de Boston y las ventanas de poniente encendidas por los últimos rayos del sol; con la fragancia de las flores del Common, la inmensa cúpula erguida en lo alto de la cuesta, y el laberinto de buhardillas y chimeneas que se alzan en el valle violáceo donde el Charles discurre perezosamente por debajo de los innumerables puentes. Todas estas cosas contemplaste, Randolph Carter, cuando tu nodriza te sacó a pasear por primera vez un día de primavera, y será lo último que verás con ojos de nostalgia y de amor. Y tiene también la imagen de Salem y su historia sombría; y la de la espectral Marblehead que escaló rocosos precipicios en los siglos del pasado; y el esplendor glorioso de las torres de Salem y de los campanarios que se ven a lo lejos desde los prados de Marblehead y desde el puerto tras el cual se pone siempre el sol.

»Y la ciudad de tu sueño está hecha de la fantástica y señorial Providence con sus siete colinas en torno al puerto azul, con sus terrazas de césped que conducen a campanarios y ciudadelas de una

antigüedad viva aún; y de Newport, que se eleva fantasmal desde su escollera. Y de Arkham también, con sus techumbres invadidas por el musgo, y sus praderas ondulantes y rocosas. Y de la antediluviana Kingsport, blanqueada por los años, ciudad de innumerables chimeneas y muelles desiertos y buhardillas torcidas; y de la maravilla de sus acantilados sobre el mar, y del océano cubierto de brumas lechosas en cuyas aguas se mecen las boyas tintineantes.

»En tu ciudad están los fríos valles de Concord, los empedrados callejones de Portsmouth, los caminos rústicos y umbríos de New Hampshire, cuyos olmos gigantescos casi ocultan las blancas paredes de las viejas granjas y las caídas techumbres de los pozos. Están los muelles salitrosos de Gloucester y los mimbrales de Truro azotados por el viento. Están los paisajes con pueblecitos lejanos y torres de campanario, y los montes que se alzan tras las colinas a lo largo de la Costa del Norte, y las sosegadas laderas rocosas y las cabañas bajas cubiertas de hiedra, construidas al socaire de los enormes farallones que se elevan en la región septentrional de Rhode Island. Están el olor a mar, la fragancia de los campos, el hechizo de los bosques oscuros y la alegría de los huertos y jardines al amanecer. Todas estas cosas, Randolph Carter, son tu ciudad; porque todas ellas son tu mismo ser. Nueva Inglaterra te ha dado la vida y ha derramado en tu espíritu un límpido encanto que no puede perecer. Este encanto, moldeado, cristalizado y bruñido por los años de recuerdos y de ensueños constituye la misma esencia de tus maravillosas terrazas y tus puestas de sol, Y para encontrar ese antepecho de mármol ornado de extraños jarrones y balaustradas esculpidas, y para descender finalmente por esas escalinatas deslumbrantes hasta las plazas anchísimas y las fuentes prismáticas de tu ciudad, sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos.

»¡Mira! A través de esa ventana brilla la luz eterna de las estrellas. Pues esa misma luz brilla ahora sobre los paisajes que has conocido y estimado, y se nutre de sus encantos para brillar después con más belleza sobre los jardines del sueño. Mira allá a Antarés, que en este instante brilla también sobre los tejados de Tremont Street. Tú podrías verla desde tu ventana de Beacon Hill. Y más allá de esas estrellas se abren los abismos desde donde he sido enviado por mis amos desprovistos de alma. Algún día podrás atravesar tú también esos espacios; pero si eres prudente, te cuidarás de cometer tal insensatez, porque de todos los mortales que han estado allí y han regresado, sólo uno conserva sano su entendimiento tras los horrores lacerantes y desgarradores del vacío. Horrores y blasfemias se devoran unos a otros en el espacio, y en los más pequeños hay más maldad que en los mayores. Pero esto ya lo sabes por los hechos de los que han intentado entregarte a mí, mientras que yo ni siquiera albergaba propósito alguno de hacerte el menor daño, y aun te habría ayudado hace mucho a llegar hasta aquí, de no haber estado ocupado en otros servicios y de no haber tenido la seguridad de que encontrarías el camino por ti mismo. Elude, pues, los infiernos exteriores y concéntrate en las cosas apacibles y bellas de tu juventud. Descubre tu maravillosa ciudad y expulsa de ella a los perezosos Grandes Dioses. Convéncelos para que regresen a los escenarios de su propia juventud, donde se aguarda con inquietud su llegada.

»Pero más fácil aún que el confuso camino de los recuerdos es el que voy a preparar para ti. ¡Mira! Ahí viene un monstruo shantak guiado por un esclavo que, para no perturbar tu espíritu, ha sido obligado a permanecer invisible. Monta y prepárate. ¡Ya! Yogash el negro te ayudará a cabalgar sobre este pájaro repugnante. Dirígete hacia la estrella más brillante que veas junto al sur del cénit: es Vega. Y dentro de dos horas te hallarás en una terraza de tu ciudad del sol poniente. Pero sólo irás en esa dirección hasta que oigas una lejana canción en lo alto del éter. Más arriba acecha la locura, así que contén al shantak en cuanto te sientas atraído por la primera nota de esa canción. Mira entonces hacia la Tierra, y verás brillar el fuego inmortal del altar de Ired-Naa que se alza en la terraza sagrada de un templo. Ese templo se encuentra en tu deseada ciudad del sol poniente, así que dirígete hacia él antes de que empieces a prestar atención a esos cánticos. porque de lo contrario estarás perdido.

»Cuando estés llegando ya a la ciudad, busca el elevado parapeto desde donde contemplabas el esplendoroso espectáculo en tiempos pasados, y castiga al shantak hasta que lo oigas chillar. Los Grandes Dioses, sentados en las perfumadas terrazas, lo oirán; y al reconocer ese chillido, sentirán tal nostalgia y añoranza que ninguna de las maravillas de tu ciudad les consolará de la ausencia de su lúgubre castillo de Kadath y de la diadema de estrellas que lo corona.

»Entonces debes aterrizar entre ellos con el shantak y dejarles ver y tocar el nauseabundo pájaro hipocéfalo, a la vez que les hablas de la ignorada Kadath, de la que tan poco tiempo hace que habrás salido. Y les contarás cuán hermosos y oscuros son los salones del castillo donde ellos solían brincar y gozar envueltos en un halo glorioso. Y el shantak les hablará a la manera de los shantak, pero nada les persuadirá tanto como el recuerdo de los tiempos pasados.

»Una y otra vez deberás hablar a los errabundos Grandes Dioses de su hogar y de su juventud, hasta que finalmente comenzarán a sollozar y te pedirán que les enseñes el camino de regreso, pues ellos lo han olvidado. Entonces puedes desprenderte del shantak y enviarlo hacia el cielo, y él lanzará al aire la llamada de su especie. Al oírla, los Grandes Dioses empezarán a dar saltos y cabriolas y, recobrando su

antiguo júbilo, se lanzarán en pos del pájaro repugnante volando como vuelan los dioses; y cruzarán los profundos abismos del cielo hasta llegar a sus familiares torres y cúpulas de Kadath.

»Entonces la maravillosa ciudad del sol poniente será tuya, y podrás habitarla y gozar de ella para siempre; y otra vez los dioses de la Tierra regirán los sueños de los hombres desde su mansión habitual. Vete ahora: la puerta está abierta y las estrellas aguardan en el exterior. Ya jadea y resuella tu shantak con impaciencia. Vuela hacia Vega a través de la noche, pero tuerce tu rumbo cuando oigas los primeros cánticos. No olvides mi consejo, no vayas a ser absorbido por horrores inconcebibles hacia un abismo de locura. Acuérdate de los Dioses Otros: son inmensos y terribles, carecen de alma y acechan en los vacíos exteriores. Ellos son los dioses que a todo trance debes evitar.

»¡Hei! ¡Aa-shanta ‘nygh! ¡Eres libre! Devuelve los dioses terrestres a la morada que poseen en la ignorada Kadath, y ruega a todo el espacio que jamás llegues a verme en ninguna de mis otras mil encarnaciones. ¡Adiós, Randolph Carter, y guárdate de mí, porque yo soy Nyarlathotep, el Caos Reptante!».

Y Randolph Carter, perplejo y confuso, a lomos de su shantak, salió disparado al espacio, hacia el parpadeo azul y frío de Vega. Se volvió y miró hacia atrás, y contempló la caótica confusión de torres de aquella pesadilla hecha ónice, en donde todavía brillaba el cárdeno resplandor solitario de la ventana por encima del aire y de las nubes de la zona terrestre del país de los Sueños. Junto a él desfilaron horrores enormes en forma de pólipos, y oyó los aletazos de una bandada de invisibles murciélagos; pero siguió agarrado a la sucia crin de aquel nauseabundo e hipocéfalo pájaro escamoso. Las estrellas danzaban burlescas, y a cada momento parecían cambiar de posición para formar unos signos fatales que casi se podían descifrar, aun cuando no hubieran sido vistos antes jamás, y los vientos inferiores aullaban constantemente en las vagas tinieblas y en las soledades de más allá del cosmos.

De pronto, de la bóveda resplandeciente que le envolvía descendió un silencio premonitorio, y todos los vientos y horrores se escabulleron como se disipan las sombras de la noche con las claridades del alba. En oleadas temblorosas de luz sobrenatural, comenzaron a hacerse audibles los primeros atisbos de una melodía lejana cuyos apagados acordes resultaban ajenos a nuestro universo. Y cuando estos acordes crecieron, el shantak levantó las orejas y se lanzó adelante, y Carter se inclinó para escuchar también aquella fascinante melodía. Era una canción; pero una canción que no provenía de voz alguna, una canción que cantaban la noche y las esferas, y que ya era vieja cuando nacieron el espacio, y Nyarlathotep, y los Dioses Otros.

El shantak apresuró el vuelo y su jinete se inclinó aún más, embriagado por visiones de inconcebibles abismos, preso en torbellinos de cristal de un poder ultraterreno. Luego, demasiado tarde ya, recordó la advertencia, el sarcástico aviso que le diera el emisario diabólico, previniéndole contra la locura que acecha en esa canción. Sólo para burlarse de él le había señalado Nyarlathotep el camino de la salvación que conduce a la maravillosa ciudad del sol poniente; sólo para mofarse de él había revelado el negro mensajero el secreto de los traviesos dioses terrestres, a quienes tan fácilmente podría haber conducido a Carter. Pero la locura y la salvaje venganza del vacío son las únicas mercedes que Nyarlathotep concede a los presuntuosos. Aunque el jinete se esforzaba por hacer que diera media vuelta su repugnante montura, el shantak, riendo y agitando sus enormes alas viscosas con maligno regocijo, proseguía su impetuosa carrera hacia esos pocos impíos adonde no llega jamás ningún sueño, hacia esa vorágine amorfa y final de la más negra confusión donde babea y blasfema en el centro del infinito el estúpido sultán de los dominios, Azathoth, cuyo nombre jamás se atrevieron labios algunos a pronunciar.

Sin desviarse un solo punto, obediente a los órdenes del innoble emisario de los Dioses Otros, aquel pájaro infernal se precipitaba por entre las multitudes de seres sin forma que acechan y se retuercen en las tinieblas, por entre manadas de entidades necias que van a la deriva en el espacio exterior, palpando y arañando, y arañando y palpando; larvas abominables que son de los Dioses Otros y que, como ellos, carecen de ojos y de espíritu, y están poseídas en cambio de una sed y un hambre insaciables.

Firme siempre y sin desviarse un ápice, riendo bulliciosamente al escuchar las burlas y las carcajadas cósmicas en que se había convertido la canción de la noche y las esferas, aquel monstruo escamoso e inflexible transportaba a su indefenso jinete. Con la velocidad de un meteoro rasgó el límite extremo de los abismos exteriores. Atrás quedaron las estrellas y los distintos reinos de la materia, y atravesó el vacío sin forma, más allá del tiempo, hacia las inconcebibles cavidades donde, en la absoluta oscuridad, roe Azathoth -voraz y amorfo- al ritmo sordo y enloquecedor de unos tambores perversos y unas flautas execrables de tenue y monótono gemido.

Adelante seguía el viaje enloquecedor, a través de unos abismos henchidos de aullidos cósmicos y poblados de oscuras criaturas sin nombre… Y entonces, en la mente del predestinado Randolph Carter surgió una imagen y un pensamiento venidos desde algún lejano y brumoso lugar de paz. Nyarlathotep había planeado demasiado bien su burla y su tormento al despertarle recuerdos que ni la más aterradora experiencia podría borrar totalmente de su alma: su casa, Nueva Inglaterra, Beacon Hill, su mundo vigil.

«Porque sabe que tu dorada y marmórea ciudad de ensueño no es sino la suma de todo lo que has visto y amado en tu infancia. Está hecha con el esplendor de los puntiagudos tejados de Boston y con las ventanas de poniente encendidas por los últimos rayos del sol; con la fragancia de las flores del Common, la inmensa cúpula erguida en lo alto de la cuesta, y el laberinto de buhardillas y chimeneas que se alzan en el valle violáceo donde el Charles discurre perezosamente por debajo de los innumerables puentes… Este encanto, moldeado, cristalizado y bruñido por los años de recuerdos y de ensueños, constituye la misma esencia de tus maravillosas terrazas y tus puestas de sol; y para hallar ese antepecho de mármol ornado de extraños jarrones y balaustradas esculpidas, y para descender finalmente por esas escalinatas deslumbrantes hasta las plazas anchísimas y las fuentes prismáticas de tu ciudad, sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos».

Adelante, adelante, siempre adelante, a una velocidad prodigiosa en dirección al destino final proseguía el viaje, a través de las tinieblas en donde unas entidades ciegas palpan el espacio con sus tentáculos y husmean con sus hocicos viscosos mientras otros seres abominables ríen y ríen locamente. Sin embargo, aquella imagen y aquel pensamiento habían aparecido en la mente de Randolph Carter, y éste comprendió claramente que estaba soñando y sólo soñando, y que en algún lugar existía aún el mundo vigil y la ciudad de su infancia. Volvió a recordar las palabras: «Sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos». Retroceder…, retroceder… La negrura le envolvía por todas partes, pero Randolph Carter pudo retroceder.

Pese a hallarse casi paralizado por un vértigo que embotaba sus sentidos, Randolph Carter pudo dar la vuelta y moverse. Había recobrado el movimiento y, si quería, podía saltar del perverso shantak que le conducía fatalmente al destino señalado por Nyarlathotep. Podía saltar, y desafiar aquellas profundidades tenebrosas que se abrían a sus pies, cuyos terrores no excederían en horror al destino inexpresable que le aguardaba solapado en el corazón del mismo caos. Podía dar la vuelta, y moverse, y saltar de su montura… y quería hacerlo… quería… quería…

Y entonces el predestinado soñador saltó de aquella enorme abominación hipocéfala, y cayó por los vacíos infinitos de palpitante negrura. Devanáronse vertiginosamente millones y millones de años, se consumieron los universos y nacieron otra vez, se fundieron las estrellas en oscuras nebulosas y las nebulosas se hicieron estrellas… y Randolph Carter siguió cayendo por ilimitados vacíos de palpitante negrura.

Luego, en el curso lento y sinuoso de la eternidad, el cielo supremo del cosmos llegó al término de una de sus consunciones y todas las cosas volvieron a ser nuevamente como habían sido innumerables kalpas antes. La materia y la luz nacieron una vez más, tal como habían sido antes en el espacio; y los cometas, los soles y los mundos se lanzaron inflamados a la vida, pero nada sobrevivió para atestiguar que habían existido y habían desaparecido después, que habían existido y dejado de existir una y otra vez, desde siempre, sin un primer principio ni un último fin.

Y surgieron nuevamente un firmamento, y un viento, y un resplandor de luz purpúrea ante los ojos del soñador, que seguía cayendo. Y aparecieron dioses, y presencias, y voluntades que se hacían obedecer, y la belleza y la maldad, y el grito ululante de la noche maligna privada de su presa. Porque, a través del ignorado ciclo final, había sobrevivido un pensamiento y una visión que pertenecían a la juventud de un soñador; y en torno a esa visión y a ese pensamiento se habían reconstruido un mundo vigil y una vieja y amable ciudad que los encarnaba y justificaba. El gas violeta S’ngac había indicado el camino, y el arcaico Nodens había gritado desde insospechadas profundidades la dirección conveniente.

Las estrellas dieron paso a amaneceres, y los amaneceres reventaron en mil fuentes de oro, carmín y púrpura, y el soñador aún seguía cayendo. Horribles gritos rasgaron el éter en el momento en que inmensos haces de luz esplendorosa dispersaban a los demonios del exterior. Y el venerable Nodens lanzó un aullido de triunfo cuando Nyarlathotep, cerca de su presa, se detuvo desconcertado por un resplandor que convertía en polvo gris los cuerpos informes de sus horribles perros de caza. Randolph Carter había descendido finalmente las inmensas escalinatas de mármol y se hallaba en su maravillosa ciudad. Porque, efectivamente, había regresado otra vez al mundo limpio y puro de la Nueva Inglaterra que le había dado la vida.

Y así, a los acordes de los mil susurros matinales, a la luz inflamada del amanecer que teñía de púrpura los cristales de la gran cúpula dorada de State House, en lo más alto de la ciudad, Randolph Carter saltó gritando del lecho en su habitación de Boston. Cantaban los pájaros en ocultos jardines, y el perfume de las enredaderas se elevaba de los cenadores que había construido su abuelo. Luz y belleza resplandecían en la chimenea de esculpida cornisa y en las paredes adornadas con figuras grotescas. Un gato negro y lustroso se levantó bostezando del sueño hogareño que el sobresalto y el alarido de su dueño habían interrumpido. Y a una distancia infinita de infinitos, más allá de la Puerta del Sueño Profundo, y del bosque encantado, y del país de los jardines, y del Mar Cerenario, y de los límites crepusculares de Inquanok; Nyarlathotep, el caos reptante, penetró ceñudo en el castillo de ónice que se eleva en la

cúspide de la ignorada Kadath, en la inmensidad fría, e insultó enojado a los amables dioses de la Tierra, a quienes acababa de arrancar violentamente de las terrazas perfumadas de la maravillosa ciudad del sol

poniente.

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Saturday, January 17, 2009

HONGOS DE YUGGOTH — LOVECRAFT

HONGOS DE YUGGOTH — LOVECRAFT

HONGOS DE YUGGOTH

Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos

***

I

EL LIBRO

El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido

En un laberinto de viejas callejuelas junto a los muelles,

Que olían a cosas extrañas traídas de ultramar,

Entre curiosos jirones de niebla que el viento del Oeste dispersaba.

Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha,

Dejaban apenas ver los montones de libros, como árboles retorcidos

Pudriéndose del suelo al techo… ventisqueros

De un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.

Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas

Cogí el volumen más a mano y lo hojeé al azar,

Temblando al leer raras palabras que parecían guardar

Algún secreto, monstruoso para quien lo descubriera.

Después, buscando algún viejo vendedor taimado,

Sólo encontré el eco de una risa.

II

PERSECUCIÓN

Llevaba el libro apretado bajo el abrigo,

Escondiéndolo como podía en semejante lugar,

Mientras apretaba el paso por las viejas calles del puerto

Volviendo con recelo la cabeza a cada instante.

Ventanas sombrías y furtivas de tambaleantes casas de ladrillo

Espiaban extrañamente mi paso apresurado,

Y al pensar en lo que cobijaban ansié violentamente

Una visión redentora de puro cielo azul.

Nadie me había visto cogerlo… y sin embargo

Una risa hueca seguía resonando en mi aturdida cabeza,

Dejándome adivinar qué mundos nocturnos de maldad

Acechaban en aquel volumen que había codiciado.

El camino se me hacía extraño, los muros demenciales…

Y a mi espalda, en la distancia, se oían pasos invisibles.

III

LA LLAVE

No sé qué vericuetos en la desolación

De aquellas extrañas callejuelas portuarias me llevaron a casa,

Pero en mi porche temblé, lívido con la prisa

Por entrar y echar el cerrojo a la pesada puerta.

Tenía el libro que indicaba la vía secreta

Para atravesar el vacío y las pantallas suspendidas en el espacio

Que mantienen a raya a los mundos sin dimensiones

Y confinan a los eones perdidos en su propio dominio.

Al fin era mía la llave de aquellas vagas visiones

De agujas contra el sol poniente y bosques crepusculares

Que se ciernen borrosas sobre los abismos, más allá de las precisiones

De esta tierra, acechando como Memorias de infinitud.

La llave era mía, pero mientras estaba allí sentado, musitando,

Vibró la ventana del desván bajo una leve presión.

IV

RECONOCIMIENTO

Había vuelto el día en que de niño

Vi una sola vez aquella hondonada cubierta de viejos robles

Grises por la bruma que sube del suelo y envuelve y ahoga

Las formas abortadas que la locura ha profanado.

Volví a verlo: la hierba tupida y salvaje

Ciñendo un altar cuyos signos tallados invocan

A Aquel Que No Tiene Nombre, hacia quien ascienden

Mil humaredas, eones emanados, desde altas torres impuras.

Vi el cuerpo tendido sobre aquella piedra húmeda

Y supe que aquellas cosas celebrantes no eran hombres;

Supe que aquel extraño mundo gris no era el mío,

Si no el de Yuggoth, más allá de los abismos estelares…

Y entonces el cuerpo me lanzó un grito de agonía

Y supe demasiado tarde que era yo!

V

VUELTA A CASA

El demonio dijo que me llevaría a casa,

A la tierra lívida y sombría que recordaba vagamente

Como un lugar elevado con escaleras y terrazas

Rodeadas de balaustradas de mármol que peinan los vientos del cielo,

Mientras muchas millas más abajo, a la orilla de un mar,

Se extiende un laberinto de torres y torres y cúpulas superpuestas,

Una vez más, me dijo, volvería a quedar embelesado

Ante aquellas viejas colinas, y oiría el lejano rumor de la espuma.

Todo esto prometió, y por las puertas del ocaso

Me arrastró a través de lagos de llamas lamientes

Y tronos de oro rojo de dioses sin nombre

Que gritan de miedo ante un destino ominoso.

Después, un negro abismo con ruido de olas en la noche:

Aquí estaba tu casa, se burló, cuando aún veías!

VI

LA LÁMPARA

Encontramos la lámpara dentro de aquellos acantilados huecos

Cuyos signos cincelados ningún sacerdote de Tebas podría descifrar,

Y los espantosos jeroglíficos de aquellas cavernas

Eran una advertencia para toda criatura viva de origen terrenal.

Nada más había allí: sólo aquella lámpara de latón

Con restos de un aceite extraño en su interior,

Adornada con volutas de oscuro diseño

Y símbolos que sugerían vagamente pecados desconocidos.

Los temores de cuarenta siglos no significaron nada

Para nosotros cuando nos llevamos nuestro escaso botín,

Y cuando luego lo examinamos en nuestra tienda oscura

Encendimos una cerilla para probar el aceite antiguo.

Ardió, ¡Dios Santo!… Pero las formas gigantescas

Que entrevimos en aquella furiosa llamarada

Abrasaron para siempre nuestras vidas con temor reverencial.

VII

LA COLINA DE ZAMÁN

La gran colina se alzaba junto al viejo pueblo,

Una mole contra el final de la calle mayor;

Verde, alta y boscosa, dominaba sombríamente

El campanario del recodo de la carretera.

Doscientos años antes corrían rumores

Sobre lo que ocurría en aquella ladera evitada por el hombre…

Historias de ciervos o pájaros extrañamente mutilados

O de niños perdidos cuyos padres habían abandonado toda esperanza.

Un día el cartero no encontró el pueblo donde solía

Y nadie volvió a ver sus habitantes ni sus casas;

La gente venía de Aylesbury y se quedaba mirando…

Pero todos decían al cartero que a buen seguro

Estaba loco por contar que había alcanzado a ver

Los ojos glotones de la gran colina y sus fauces abiertas de par en par.

VIII

EL PUERTO

A diez millas de Arkham había encontrado el sendero

Que bordea el acantilado sobre Boynton Beach,

Y esperaba alcanzar a la hora del crepúsculo

La cresta que domina Innsmouth en el valle.

Hacia alta mar se alejaba una vela

Blanca como los duros años de vientos antiguos podían blanquear,

Pero que me pareció un presagio adverso e indecible;

Por eso no agité la mano ni le grité adiós.

Veleros zarpando de Innsmouth! Ecos de famas antiguas,

De épocas muertas hace tiempo; pero ahora se acerca

Una noche demasiado rápida, y he llegado a la cumbre

Desde la que tantas veces oteé la ciudad lejana.

Agujas y tejados siguen allí… pero ¡mirad! ¡Las tinieblas

Se abaten sobre las lóbregas callejuelas, más oscuras que la tumba!

IX

EL PATIO

Era la ciudad que había conocido antaño,

La antigua ciudad leprosa donde multitudes mestizas

Cantan en honor de extraños dioses y golpean gongos impíos

En criptas bajo infectas callejuelas cercanas a la orilla.

Las casas carcomidas con ojos de pescado me miraban de reojo

Inclinándose a mi paso, ebrias y medio animadas,

Mientras sorteaba inmundicias hasta franquear la puerta

Del patio negro donde debía estar el hombre.

Las oscuras paredes se cerraron sobre mí, y empecé a blasfemar

A gritos por haber entrado en aquel antro,

Cuando veinte ventanas de repente estallaron

En una luz salvaje y se llenaron de hombres que bailaban:

¡Locas piruetas mudas de la muerte les arrastraban,

Pues ningún cadáver tenía manos ni cabeza!

X

LAS PALOMAS MENSAJERAS

Me llevaron a los barrios bajos, donde un mal viscoso

Pandeaba las descarnadas paredes de ladrillo,

Y una hedionda multitud de caras torcidas

Mandaba mensajes por guiños a extraños dioses y diablos.

Un millón de fuegos ardían en las calles,

Y unos seres furtivos enviaban desde las azoteas

Pájaros manchados de barro hacia el cielo abierto,

Mientras tambores ocultos batían con un ritmo acompasado.

Sabía que aquellos fuegos anunciaban cosas monstruosas,

Y que aquellas aves del espacio habían estado en el Exterior…

Adivinaba hacia qué criptas de oscuros planetas habían volado,

Y lo que traían de Thog bajo las alas.

Los otros reían… hasta que se quedaron repentinamente mudos

Al vislumbrar lo que llevaba uno de los pájaros en su pico maldito.

XI

EL POZO

El granjero Seth Atwood tenía más de ochenta años

Cuando intentó ahondar aquel profundo pozo junto a su puerta

Con la sola ayuda de Eb para cavar y perforar.

Al principio nos reímos, y esperamos que pronto recobraría el juicio,

Pero en vez de ello también el joven Eb se volvió loco

Hasta tal punto que se lo llevaron al manicomio del condado.

Entonces Seth cegó con ladrillos la boca del pozo…

Y luego se cortó una arteria de su nudoso brazo izquierdo.

Después del entierro algo nos hizo encaminarnos

Hacia aquel pozo y arrancar los ladrillos,

Pero sólo vimos una hilera de asideros de hierro

Que se perdía en un negro agujero de hondura incalculable.

Así que volvimos a poner los ladrillos en su sitio, pues el agujero

Nos había parecido demasiado profundo

Para que ninguna plomada pudiera sondearlo.

XII

EL AULLADOR

Me dijeron que no fuese por el sendero de Brigg’s Hill,

Que había sido antaño la carretera de Zoar,

Pues Goody Watkins, ahorcado en mil setecientos cuatro,

Había dejado allí algún vástago monstruoso.

Pero cuando desobedecí, y tuve ante mí

La quinta cubierta de hiedra junto a la gran ladera rocosa,

No pensé en olmos ni en sogas de cáñamo,

Si no que me pregunté por qué la casa parecía aún tan nueva.

Me había detenido a contemplar el crepúsculo

Y oía débiles aullidos que parecían venir del piso superior,

Cuando la hiedra que cubría los cristales dejó pasar

Un rayo de sol poniente que cogió por sorpresa al aullador.

Llegué a verlo… y huí frenéticamente de aquel lugar

Y de aquella criatura con cuatro patas y rostro humano.

XIII

HESPERIA

La puesta de sol invernal, refulgiendo tras las agujas

Y las chimeneas medio desprendidas de esta esfera sombría,

Abre grandes puertas a algún año olvidado

De antiguos esplendores y deseos divinos.

Futuras maravillas arden en aquellos fuegos

Cargados de aventura y sin sombra de temor;

Una hilera de esfinges indica el camino

Entre trémulos muros y torreones hacia liras lejanas.

Es la tierra donde florece el sentido de la belleza,

Donde todo recuerdo inexplicado tiene su fuente,

Donde el gran río del Tiempo inicia su curso descendiendo

Por el vasto vacío en sueños de horas iluminadas por las estrellas.

Los sueños nos acercan… pero un saber antiguo

Repite que el pie humano no ha hollado jamás estas calles.

XIV

VIENTOS ESTELARES

Es la hora de la penumbra crepuscular,

Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita

Por las calles altas de la colina, que aunque desiertas

Muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones.

Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos,

Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea

Siguiendo las geometrías del espacio exterior,

Mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.

Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben

Qué hongos brotan en Yugoth, y qué perfumes

Y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres

Jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon.

¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos

Nos arrebatan una docena de los nuestros!

XV

ANTARKTOS

En lo hondo de mi sueño el gran pájaro susurraba de forma extraña

Hablándome del cono negro de los desiertos polares,

Que se alza lúgubre y solitario sobre el casquete glaciar,

Azotado y desfigurado por los eones de frenéticas tormentas.

Allí no palpita ninguna forma de vida terrestre;

Sólo pálidas auroras y soles mortecinos

Brillan sobre ese peñón horadado, cuyo origen primitivo

Intentan adivinar a oscuras los Ancianos.

Si los hombres lo vieran, se preguntarían simplemente

Qué raro capricho de la Naturaleza contemplan;

Pero el pájaro me ha hablado de partes más vastas

Que meditan ocultas bajo la espesa mortaja de hielo.

¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren

Esos ojos muertos engastados en abismos de cristal!

XVI

LA VENTANA

La casa era vieja, con alas caprichosamente enmarañadas

Cuya disposición nadie conocía a ciencia cierta,

Y en una pequeña estancia hacia la parte trasera

Había una extraña ventana cegada con piedra antigua.

Allí, en una infancia atormentada por los sueños, solía ir

Siempre solo cuando reinaba la noche vaga y negra,

Apartando telarañas con una curiosa falta de miedo

Y sintiéndome cada vez más maravillado.

Más tarde llevé allí a los albañiles

Para descubrir qué vista habían rehuido mis lejanos antepasados,

Pero cuando perforaron la piedra entró impetuosa

Una ráfaga de aire del vacío ignoto que se abría al otro lado.

Entonces huyeron… pero yo me asomé y encontré desplegados

Todos los mundos salvajes que me habían revelado mis sueños.

XVII

UN RECUERDO

Había grandes estepas y mesetas rocosas

Que se extendían casi ilimitadas en la noche estrellada,

Con fuegos de campamento que iluminaban débilmente

Manadas velludas de animales con esquilas tintineantes.

Al sur, en la distancia, la llanura se ensanchaba y descendía

Hacia una oscura muralla tendida en zigzag

Como una enorme pitón de la edad primigenia

Que el tiempo infinito hubiera helado y petrificado.

Tiritaba extrañamente en el aire frío y enrarecido,

Y me preguntaba dónde estaba y cómo había llegado allí,

Cuando una figura envuelta en una capa junto a una hoguera

Se levantó y se acercó, llamándome por mi nombre.

Y al mirar aquella cara muerta bajo la capucha

Perdí la esperanza… pues había comprendido.

XVIII

LOS JARDINES DE YIN

Al otro lado de la muralla, cuya antigua mampostería

Llegaba casi al cielo con torres cubiertas de musgo,

Debía haber jardines colgantes, llenos de flores

Y aleteos de pájaros, mariposas y abejas.

Debía haber paseos, y puentes sobre cálidos estanques

Sembrados de lotos donde se reflejaban cornisas de templos,

Y cerezos de ramas y hojas delicadas

Contra un cielo rosado donde se cernían las garzas.

Todo debía estar allí, pues ¿no habían mis viejos sueños

Franqueado la puerta de aquel dédalo de linternas de piedra

Donde arroyos somnolientos trazan sus cursos sinuosos

Guiados por verdes sarmientos de parras colgantes?

Corrí hacia allí… pero al llegar a la muralla, sombría e inmensa,

Descubrí que ya no había ninguna puerta.

XIX

LAS CAMPANAS

Año tras año oí aquel tañido débil y lejano

De graves campanas traído por el viento negro de media noche;

Extraños repiques, que no venían de ningún campanario

Que pudiese descubrir, sino como de más allá de un gran vacío.

Busqué una pista en mis sueños y recuerdos,

Y pensé en todos los carillones que albergaban mis visiones;

Los de la apacible Innsmouth, donde las blancas gaviotas planeaban

En torno a una aguja que conocí antaño.

Siempre perplejo seguí oyendo caer aquellas notas lejanas

Hasta una noche de marzo en que la lluvia fría y desapacible

Me hizo franquear de nuevo las puertas del recuerdo

Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos.

Tañían… pero desde las corrientes sin sol que fluyen

Por valles profundos hasta verter al lecho muerto del mar.

XX

BESTEZUELAS NOCTURNAS

No sabría decir de qué criptas salen arrastrándose,

Pero cada noche veo esas criaturas viscosas,

Negras, cornudas y descarnadas, con alas membranosas

Y colas que ostentan la barba bífida del infierno.

Llegan en legiones traídas por el viento del Norte

Con garras obscenas que cosquillean y escuecen,

Y me agarran y me llevan en viajes monstruosos

A mundos grises ocultos en el fondo del pozo de las pesadillas.

Pasan rozando los picos dentados de Thok

Sin hacer el menor caso de mis gritos ahogados,

Y descienden por los abismos inferiores hasta ese lago inmundo

Donde los shoggoths henchidos chapotean en un sueño dudoso.

Pero ¡ay! ¡Si al menos hicieran algún ruido

O tuvieran una cara donde se suele tener!

XXI

NYARLATHOTEP

Y al fin vino del interior de Egipto

El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oido;

Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

Tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron

Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.

Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,

El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

XXII

AZATHOTH

El demonio me llevó por el vacío sin sentido

Más allá de los brillantes enjambres del espacio dimensional,

Hasta que no se extendió ante mí ni tiempo ni materia

Sino sólo el Caos, sin forma ni lugar.

Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad

Cosas que había soñado pero que no podía entender,

Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban

En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.

Bailaban locamente al tenue compás gimiente

De una flauta cascada que sostenía una zarpa monstruosa,

De donde brotaban las ondas sin objeto que al mezclarse al azar

Dictan a cada frágil cosmos su ley eterna.

“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,

Mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.

XXIII

ESPEJISMO

No sé si existió alguna vez

Ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,

Pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta

Y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.

Había extrañas torres y ríos con curiosos meandros,

Laberintos de maravillas y bóvedas llenas de luz,

Y cielos llameantes cruzados por ramas, como los que tiemblan

Ansiosamente momentos antes de una noche invernal.

Grandes marismas llevaban a costas desiertas con juncales

Donde revoloteaban aves inmensas, y en una colina ventosa

Había un pueblo antiguo con un blanco campanario

Cuyos repiques vespertinos resuenan aún en mis oídos.

No sé qué tierra es ésa… ni me atrevo a preguntar

Cuándo o por qué estuve, o estaré allí.

XXIV

EL CANAL

En algún lugar del sueño hay un paraje maldito

Donde altos edificios deshabitados se apiñan a lo largo

De un canal estrecho, sombrío y profundo, que apesta

A cosas horrendas arrastradas por corrientes grasientas.

Callejones con viejos muros que se tocan casi en lo alto

Desembocan en calles que uno puede conocer o no,

Y un pálido claro de luna arroja un brillo espectral

Sobre largas hileras de ventanas, oscuras y muertas.

No se oyen ruidos de pasos, y ese sonido suave

Es el del agua grasienta deslizándose

Bajo puentes de piedra y por las orillas

De su cauce profundo, hacia algún vago océano.

Ningún ser vivo podría decir cuándo arrastró esa corriente

Del mundo de arcilla su región perdida en el sueño.

XXV

SAN TOAD

“¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!”, le oí gritar

Mientras me internaba por aquellas callejuelas demenciales

Que serpentean en laberintos sombríos e indefinidos

Al sur del río donde sueñan los siglos antiguos.

Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,

Y en un instante desapareció tambaleándose,

Así que seguí hundiéndome en la noche

Hacia nuevas líneas de tejados, dentadas y malignas.

Ninguna guía habla de lo que acechaba allí…

Pero entonces oí chillar a otro viejo:

“¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!” Y cuando sintiéndome desfallecer

Me detuve, oí a un tercer anciano graznar de miedo:

“¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!” Huí espantado

Hasta que de pronto surgió ante mí aquel negro campanario.

XXVI

LOS FAMILIARES

John Whateley vivía como a una milla de la ciudad,

Allí donde las colinas empiezan a apiñarse;

Nunca habíamos pensado que tuviese mucho juicio,

Viendo cómo dejaba echar a perder su granja.

Pasaba el tiempo leyendo unos libros extraños

Que había encontrado en el desván de su casa,

Hasta que unos surcos chocantes le arrugaron la cara

Y todo el mundo dijo que no le gustaba su aspecto.

Cuando empezó con aquellos aullidos nocturnos decidimos

Que sería mejor encerrarle para evitar algún daño,

Así que tres hombres del manicomio de Aylesbury

Fueron a buscarle… pero volvieron solos y espantados:

Le habían encontrado hablando a dos seres agazapados

Que al oír sus pasos echaron a volar con grandes alas negras.

XXVII

EL FARO DEL ANCIANO

De Leng, donde los picos rocosos se yerguen sombríos y pelados

Bajo frías estrellas ocultas a los ojos humanos,

Brota al anochecer un único haz de luz

Cuyos lejanos rayos azules hacen gemir y rezar a los pastores.

Dicen (aunque nadie ha estado allí) que procede

De un faro alojado en una torre de piedra,

Donde el último Anciano vive solo

Hablando al Caos con redobles de tambores.

La Cosa, cuchichean, lleva una máscara de seda

Amarilla, cuyos extraños pliegues parecen ocultar

Una cara que no es de esta tierra, aunque nadie se atreve

A preguntar qué rasgos abultados hay debajo.

Muchos, en la primera juventud del hombre, buscaron ese faro,

Pero nadie sabrá jamás lo que encontraron.

XXVIII

EXPECTACIÓN
No sabría decir por qué algunas cosas me producen

Una sensación de maravillas inexploradas por venir,

O de grieta en el muro del horizonte

Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.

Es una expectación vaga, sin aliento,

Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,

O de aventuras salvajes, incorpóreas,

Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,

En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,

En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,

En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.

Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida

Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

XXXIX

NOSTALGIA

Cada año, al resplandor melancólico del otoño,

Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,

Trinando y gorjeando con prisa jubilosa

Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.

Grandes jardines colgantes donde se abren flores

De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso

Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas

Sobre frescos senderos…todo esto les muestran sus vagos sueños.

Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,

Y la alta ciudad blanca, erizada de torres…

Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos,

Así que al fin dan media vuelta una vez más.

Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,

Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.

XXX

PAISAJE DE FONDO

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas,

Pues vi la primera luz en una ciudad antigua,

Donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana

Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones.

Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente

Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras,

Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas…

Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.

Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento,

Desdibujan la presencia de las débiles quimeras

Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa

Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo.

Cortan las cadenas del instante y me dejan libre

Para erguirme en solitario ante la eternidad.

XXXI

EL HABITANTE

Ya era viejo cuando Babilonia era joven;

Nadie sabe el tiempo que llevaba durmiendo bajo aquel montículo

Cuando nuestras palas inquisidoras encontraron al fin

Sus bloques de granito y los sacaron a la luz.

Había inmensos pavimentos y cimientos de muros,

Y losas y estatuas cuarteadas, donde el cincel representó

A seres fantásticos de alguna edad remota,

Más allá de la memoria del mundo humano.

Entonces vimos aquellos escalones de piedra que descendían

Por una puerta obstruida de dolomita grabada

Hasta un sombrío refugio de noche eterna

Donde amenazaban signos antiguos y secretos primigenios.

Abrimos un sendero… pero huimos en loca desbandada

Al oír aquellos pasos pesados que subían.

XXXII

ALIENACIÓN

Su carne material nunca se había alejado,

Pues cada aurora le encontraba en su lugar habitual,

Pero su espíritu amaba vagar cada noche

Por abismos y mundos distantes del día ordinario.

Había visto Yaddith y conservado empero el juicio,

Había vuelto indemne de la región ghoórica,

Hasta que una noche tranquila atravesó el curvo espacio

Aquella llamada apremiante que venía del vacío exterior.

Por la mañana despertó convertido en un anciano,

Y desde entonces nada ha vuelto a parecerle igual.

Los objetos flotan a su alrededor, nebulosos e indistintos,

Como fantasmas engañosos que ejecutan un plan más vasto.

Su familia y sus amigos son ahora una multitud extraña

A la que lucha en vano por pertenecer.

XXXIII

SIRENAS PORTUARIAS

Por encima de viejos tejados y agujas desconchadas

Las sirenas del puerto cantan durante toda la noche;

Gargantas venidas de puertos extraños, de blancas playas lejanas

Y océanos fabulosos, concertadas en coros abigarrados.

Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,

Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada

Desde abismos ensimismados más allá del curso del Zodiaco,

Se funden en un misterioso zumbido cósmico.

A través de vagos sueños organizan un desfile

De formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;

Ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles

De cosas que ni ellas mismas pueden definir.

Y siempre en ese coro, tenuamente entreveradas,

Captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.

XXXIV

RECAÍDA

El camino descendía por un oscuro brezal ralamente arbolado

Donde piedras grises de musgo sobresalían del mantillo,

Y unas gotas curiosas, inquietantes y frías,

Salpicaban desde arroyos invisibles que corrían a mis pies.

No hacía viento, ni se oía el menor ruido

Entre los arbustos enmarañados y los árboles de extrañas formas,

Y ninguna perspectiva se extendía ante mí… hasta que de pronto

Vi un túmulo monstruoso en medio del camino.

Sus lados escarpados se erguían amenazantes contra el cielo,

Cubiertos de hiedra tupida y hendidos por una escalera en ruinas

Que ascendía hasta la altura pavorosa con escalones de lava

Demasiado grandes para cualquier pie humano.

Di un grito… ¡y supe qué estrella y qué año primigenios

Me habían vuelto a arrebatar de la esfera humana de sueños efímeros!

XXXV

ESTRELLA VESPERTINA

La vi desde aquel lugar escondido y silencioso

Donde el viejo bosque oculta a medias la pradera.

Brillaba a través de los esplendores del crepúsculo… pálida

Al principio, pero con una cara que poco a poco se encendía.

Llegó la noche, y aquel fanal solitario, teñido de ámbar,

Hirió mi vista como nunca lo había hecho antaño;

La estrella vespertina, pero mil veces aumentada,

Encandilaba aún más en aquella quietud y aquella soledad.

Trazaba extraños dibujos en el aire estremecido…

Recuerdos borrosos que siempre habían llenado mis ojos…

Inmensas torres y jardines, curiosos mares y cielos

De alguna vida imprecisa… no sé de dónde.

Pero entonces supe que a través de la bóveda cósmica

Aquellos rayos me llamaban desde mi lejano hogar perdido.

XXXVI

CONTINUIDAD

Hay en algunas cosas antiguas una huella

De una esencia vaga… más que un peso o una forma,

Un éter sutil, indeterminado,

Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.

Un signo tenue y velado de continuidades

Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;

De dimensiones encerradas que albergan los años idos,

Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente

Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,

Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles

Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.

Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos

De la masa inmutable cuyos lados son las edades.

OTROS POEMAS FANTÁSTICOS

Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos

I

EL LAGO DE LA PESADILLA

Existe un lago en la lejana Zan,

Más allá de las regiones frecuentadas por el hombre,

Donde se consume solitario en un estado espantoso

Un espíritu inerte y desolado;

Un espíritu viejo y atroz,

Agobiado por una terrible melancolía,

Que respira los vapores cargados de pestilencia

Que emanan las aguas densas y estancadas.

Sobre los bajíos, de cieno arcilloso,

Retozan criaturas ofensivas por su degeneración,

Y los extraños pájaros que merodean por sus orillas

Jamás han sido vistos por ojos mortales.

Durante el día luce un sol crepuscular

Sobre regiones vidriosas que nadie ha contemplado,

Y por la noche los pálidos rayos de la luna penetran

Hasta los abismos que se abren en su fondo.

Sólo las pesadillas han podido revelar

Qué escenas tienen lugar bajo estos rayos,

Qué visiones, demasiado ancestrales para la mirada humana,

Yacen sumergidas en su noche sin fin;

Pues por aquellas profundidades sólo deambulan

Las sombras de una raza silenciosa.

Una noche, saturada de olores malsanos,

Llegué a ver aquel lago, dormido e inerte,

Mientras en el cárdeno cielo bogaba

Una luna creciente que brillaba y brillaba.

Pude contemplar la extensión pantanosa de las orillas,

Y las criaturas ponzoñosas deslizándose por las ciénagas;

Lagartos y serpientes convulsos y moribundos;

Cuervos y vampiros descomponiéndose;

Y también, planeando sobre los cadáveres,

Necrófagos que se alimentaban de sus restos.

Y mientras la terrible luna se elevaba en lo alto,

Ahuyentando a las estrellas de los confines del cielo,

Vi que las oscuras aguas del lago se iluminaban

Hasta que aparecieron en el fondo las criaturas del abismo.

Más abajo, a una profundidad incalculable,

Brillaron las torres de una ciudad olvidada;

Vi domos sin lustre y paredes musgosas;

Agujas cubiertas de algas y estancias desiertas;

Vi templos desolados, criptas de espanto,

Y calles que habían perdido su esplendor.

Y en medio de aquel escenario vi aparecer

Una horda ambulante de sombras informes;

Una horda maligna que se agitaba

Ejecutando lo que parecía una danza siniestra

En torno a unos sepulcros viscosos

Cerca de un camino jamás hollado.

Un remolino surgió de aquellas tumbas

Quebrando el reposo de las aguas dormidas

Mientras las sombras letales del nivel superior

Aullaban al rostro sardónico de la luna.

Entonces el lago se hundió en su propio lecho,

Tragado por las profundas cavernas de la muerte,

Y de la nueva y humeante tierra desnuda

Se elevó una espiral de fétidos vapores de origen malsano.

Sobre la ciudad, casi al descubierto,

Revoloteaban las monstruosas sombras danzantes,

Cuando, de pronto, abrieron con repentino estruendo

¡Las lápidas de los sepulcros!

Ningún oído ha podido escuchar, ninguna lengua contar

El horror innombrable que sobrevino a continuación.

Vi que el lago… la luna gesticulante…

La ciudad y las criaturas que moraban en ella…

Al despertarme, rogué que en aquella orilla

¡El lago de la pesadilla no volviera a hundirse nunca más!

II

A PAN

Sentado en una cañada entre bosques

A orillas de un arroyo bordeado de juncos

Meditaba yo un día, cuando adormeciéndome

Me vi sumido en un sueño.

Del riachuelo surgió una figura

Medio hombre y medio cabrío;

Tenía pezuñas en vez de pies

Y una barba adornaba su garganta.

Con un rústico caramillo de caña

Tocaba dulcemente aquel ser híbrido,

Y yo olvidé todo cuidado terreno

Pues sabía que era Pan.

Ninfas y sátiros se congregaron

Para gozar del alegre sonido.

Demasiado pronto desperté con pesar

Y volví a las moradas de los hombres,

Pero en valles campestres yo querría vivir

Y escuchar de nuevo la flauta de Pan.

III

LA CIUDAD

Era dorada y espléndida

Aquella ciudad de la luz;

Una visión suspendida

En los abismos de la noche;

Una región de prodigios y gloria, cuyos templos

Eran de mármol blanco.

Recuerdo la época

En que apareció ante mis ojos;

Eran los tiempos salvajes e irracionales,

Los días de las mentes embrutecidas

En los que el Invierno, con su mortaja blanca y lívida,

Avanzaba lentamente torturando y destruyendo.

Más hermosa que Zión

Resplandecía en el cielo

Cuando los rayos de Orión

Nublaron mis ojos,

Y me sumieron en un sueño lleno de oscuros recuerdos

De vivencias olvidadas y remotas.

Sus mansiones eran majestuosas,

Decoradas con bellas esculturas

Que se erguían con nobleza

En magníficas terrazas,

Y los jardines eran fragantes y soleados,

Y en ellos florecían extrañas maravillas.

Me fascinaban sus avenidas

Con sus perspectivas sublimes;

Las elevadas arcadas me confirmaban

Que una vez, en otro tiempo,

Había vagado en éxtasis bajo su sombra,

En el benigno clima de Halcyón.

En la plaza central se alineaba

Una hilera de estatuas;

Hombres solemnes de largas barbas

Que habían sido poderosos en su día…

Pero una estaba rota y mutilada,

Y su rostro barbado había sido destrozado.

En aquella ciudad esplendorosa

No vi a ningún mortal,

Pero mi imaginación, indulgente

Con las leyes de la memoria,

Se demoró largo tiempo contemplando aquellas figuras

De la plaza, cuyos pétreos rostros observó con temor.

Avivé el débil rescoldo

Que aún permanecía encendido en mi espíritu,

Y me esforcé por recordar

Los eones de pasado;

Por atravesar libremente el infinito,

Y poder visitar el insondable pasado.

Entonces la horrible advertencia

Cayó sobre mi alma

Como el ominoso amanecer

Que asciende en su roja aureola,

Y huí, lleno de pánico, antes de que los terrores

Ya olvidados y desaparecidos me fueran revelados.

IV

A MR. FINLAY, POR SU ILUSTRACIÓN PARA EL CUENTO

DE MR. BLOCH: “EL DIOS SIN ROSTRO”

En lóbregos abismos laten las formas de la noche,

Hambrientas y tenebrosas, coronadas con extrañas mitras;

Negras alas se agitan en fantástico vuelo, de orbe

A orbe, a través de simas despojadas de la luz del sol.

Nadie osa llamar cosmos al lugar de donde proceden,

O suponer una expresión en cada rostro informe,

O pronunciar las palabras que con fuerza irresistible

Las atraerán de los infiernos del espacio exterior.

Sin embargo, aquí, sobre una página nuestra mirada horrorizada

Encuentra formas monstruosas que ningún ojo humano debería ver;

Reminiscencias de aquellas blasfemias cuya presencia

Derrama la muerte y la locura a través del infinito.

¿Quién es el ilustrador que desafía solitario los negros abismos

Y sobrevive para revelar sus horrores sin nombre?

V

MADRE TIERRA


Una noche, paseando, descendí por el talud

De un valle profundo, húmedo y silencioso,

Cuyo aire estancado exhalaba un tufo de podredumbre

Y una frialdad que me hacían sentir enfermo y débil.

Los árboles numerosos a cada lado

Se cernían como una banda espectral de trasgos,

Y las ramas contra el cielo menguante

Tomaban formas que me daban miedo, sin saber por qué.

Seguí avanzando, y parecía buscar

Alguna cosa perdida como la alegría o la esperanza,

Pero pese a todos mis esfuerzos no pude encontrar

Más que los fantasmas de la desesperación.

Los taludes se estrechaban cada vez más,

Hasta que pronto, privado de la luna y las estrellas,

Me vi comprimido en una grieta rocosa

Tan vieja y profunda que la piedra

Respiraba cosas primitivas y desconocidas.

Mis manos, explorando, intentaban rastrear

Los rasgos del rostro de aquel valle,

Hasta que en el musgo parecieron encontrar

Un perfil espantoso para mi mente.

Ninguna forma que forzando los ojos

Hubiera podido ver, habría reconocido;

Pues lo que tocaba hablaba de un tiempo

Demasiado remoto para el paso fugaz del hombre.

Los líquenes colgantes, húmedos y canosos,

Me impedían leer la antigua historia;

Pero un agua oculta, goteando tenuemente,

Me susurraba cosas que no habría debido saber.

“Mortal, efímero y osado,

En gracia guarda para ti lo que cuento,

Pero piensa a veces en lo que ha sido,

Y en las escenas que han visto estas rocas desmoronadas;

En conciencias ya viejas antes de que tu débil progenie

Apareciese en una magnitud menor,

Y en seres vivientes que todavía alientan

Aunque no parezcan vivos a los humanos.

Yo soy la voz de la madre tierra,

De la que nacen todos los horrores.”

VI

DESESPERACIÓN

Llorando sobre los páramos tenebrosos,

Suspirando a través de los bosques de cipreses,

Volando insensatamente en brazos del viento de la noche,

Formas infernales con cabellos ondulantes;

Crujiendo en las estériles ramas,

Susurrando en las ciénagas estancadas,

Gritando más allá de los acantilados del litoral,

Demonios malditos de la desesperación.

Recuerdo confusamente que en otro tiempo,

Antes de los grises cielos de noviembre,

Apagadas las llamas de mi juventud ambiciosa,

Existía en esta tierra algo parecido al éxtasis;

Cielos hoy oscurecidos refulgían en lo alto,

Oro y azur, aparentemente espléndidos,

Hasta que aprendí que todo era un sueño…

Un mortal ensueño del Hades.

Pero el Tiempo, que transcurre vertiginosamente,

Engendra el tormento de la semiconsciencia…

Se precipita turbulento, avanza a ciegas,

Más allá de las praderas transitadas;

Y el viajero, doliente, observa

El lúgubre resplandor de las hogueras de la muerte,

Escucha el aciago graznido del pretel

Mientras deriva hacia el mar, desamparado.

Alas funestas baten en el éter;

Buitres sombríos roen el espíritu;

Engendros sin nombre que se agitan eternamente,

Negras siluetas contra el obsceno cielo.

Pálidas sombras de la alegría pasada,

Demonios desgarrados de la tristeza venidera,

Confundidos en una nube de locura,

Para siempre incrustados en el alma.

Así el viviente, aislado, víctima de la incertidumbre,

Se debate en medio de estremecimientos de angustia,

Mientras las nauseabundas furias le despojan

Noche y día de paz y descanso.

Pero, más allá de los lamentos y pesares

De esta Vida detestable, espera

El dulce Olvido, culminación

De tantos años de búsqueda infructuosa.

VII

OCEANUS

A veces me detengo en la orilla

Donde las penas vierten sus flujos,

Y las aguas turbulentas suspiran y se quejan

De secretos que no se atreven a contar.

Desde las simas profundas de valles sin nombres,

Y desde colinas y llanuras que ningún mortal conoce,

La mística marejada y el hosco oleaje

Sugieren como taumaturgos malditos

Un millar de horrores, henchidos por el temor

Que ya contemplaron épocas hace tiempo olvidadas.

¡Oh vientos salados que tristemente barréis

Las desnudas regiones abisales;

Oh pálidas olas salvajes, que recordáis

El caos que la Tierra ha dejado tras de sí;

Una sola cosa os pido:

Guardad por siempre oculto vuestro antiguo saber!

VIII

EL EIDOLON

Sucedió en la hora innombrable de la noche

Cuando las fantasías en su delirante vuelo

Giran en torno al inmóvil durmiente

Y se deslizan en sus visiones inconscientes;

Cuando la carne yace en su lecho terrestre

Como un cuerpo muerto y deshabitado…

Abandonado por el alma que vuela libre

A través de mundos nunca vistos por ojos carnales.

Por encima de la torre la luna cornuda

Se elevaba a las alturas con gracia siniestra,

Y en su pálido e inquietante fulgor

Revivía recuerdos de antiguos sueños.

Arriba, en el firmamento, los signos de las estrellas

Centelleaban fantásticos y malignos,

Y unas voces surgidas del inmenso abismo

Me persuadieron para que olvidara mis penas en el sueño.

Tuve esta revelación una fría noche de noviembre

Y perdurará en mi memoria a través de los años.

Otra luna había cuando contemplé

Una región árida y desolada

Por la que reptaban oscuramente sombras espectrales

Sobre túmulos pantanosos donde dormían cosas muertas.

La siniestra luna proyectaba su luz mortecina

Sobre formas insólitas y deformes,

Formas aéreas procedentes de extraños dominios

Que se desplazaban de acá para allá

Revoloteando como si buscaran angustiadas

Un remoto lugar lleno de luz y de paz.

En medio de aquel oscuro tropel mis ojos descubrieron

Seres que habitan el espacio etéreo;

Un caos viviente se había reunido allí

Venido de inmemoriales esferas,

Pero con el mismo objetivo y el deseo común

De encontrar el Eidolon llamado VIDA.

La sombría luna, como ojo demoníaco

Parpadeando ebrio en el cielo,

Se elevó más y más sobre la llanura

Y arrastró a mi espíritu tras su estela.

Vi una montaña, coronada

Por grandes y populosas ciudades

Cuyos habitantes yacían en su mayor parte

Sumidos en un profundo sueño nocturno

Mientras la luna vigilaba aviesa durante largas y oscuras

Horas las calles solitarias y las torres silenciosas.

La montaña se erguía con una belleza indescriptible

Sobre un bosque que circundaba su base;

Ladera abajo fluía un arroyo cristalino

Que zigzagueaba bajo la luz espectral.

Todas las ciudades que engalanaban su cima

Parecían ansiosas por destacar sobre las demás,

Con sus imponentes columnas, cúpulas y templos

Que resplandecían magníficos y fascinantes por encima de las llanuras.

Entonces la luna se quedó inmóvil en el cielo

Como si fuera el símbolo de un mal presagio,

Y, al contemplarla, el tropel aéreo supo

Que la VIDA al fin estaba ante sus ojos;

Que la hermosa montaña que contemplaban

Era la VIDA, ¡el Eidolon tanto tiempo buscado!

Pero, de pronto… ¿qué son esos rayos que iluminan la escena

Como una aurora que disipa las tinieblas?

El oriente resplandece horriblemente con una luz

Del mismo color que la sangre… una luz deslumbrante…

Y la montaña adquiere una gris palidez,

El terror de las tierras vecinas.

El abominable bosque de árboles retorcidos

Agita sus horribles garras azotado por la brisa,

Y el arroyo, fluyendo ladera abajo,

Refleja el día con brillo restallante.

En lo alto avanza lentamente la luz del conocimiento

Salpicando los agrietados muros de las ciudades

Por los que reptan en torpes cuadrillas

El fétido lagarto y el gusano.

Mientras el mármol leproso expone a la luz

Esculturas que producen repulsión y espanto

Muchos templos revelan el pecado

Y la blasfemia que reina en su interior.

“¡Oh poderes de la Luz, del Espacio y la Sabiduría!

¿Está la VIDA tan llena de infames horrores?

Os ruego que no ocultéis más la maravillosa creación,

Y nos mostréis la gloria viviente… ¡El Hombre!”

Entonces las casas vomitaron a la calle

Una nauseabunda pestilencia, una caterva

De criaturas que no puedo, que no me atrevo a describir,

Cuya forma era tan vil como negra su infamia.

Y en el cielo, la perversa mirada del sol

Se burla de la devastación que ha producido,

Despiadado con las vagas formas que huyen

De regreso a la Noche eterna.

“¡Oh claro de luna, Pantano de los Túmulos de la MUERTE!

¡Vuelva a nosotros tu reino! El soplo letal

Es un bálsamo delicioso para el alma

Que ve la luz y conoce el absoluto.”

Quise unirme al cortejo alado

Que se sumía de nuevo en la oscuridad,

Pero el horror devoraba mi mente

Y paralizaba mis pobres pasos vacilantes.

De buena gana habría huido del día en mi sueño…

Demasiado tarde: ¡he perdido la pista!

IX

EL PUESTO DE AVANZADA

Cuando el anochecer enfría el río amarillo

Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,

El palacio de Zimbabwe permanece iluminado

Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.

Porque sólo él entre todos los hombres

Vadeó el pantano que las serpientes rehuyen;

Y luchando por alcanzar el sol poniente,

Se internó en la meseta que se extiende al otro lado.

Ningunos otros ojos se han aventurado por aquella tierra

Desde que los ojos les fueron dados a los hombres…

Pero allí, a la hora en que el ocaso se torna en noche,

Descubrió la guarida del Antiguo Secreto.

Más allá de la planicie se alzan extraños torreones,

Murallas y bastiones se despliegan alrededor

De los lejanos domos que envilecen el suelo

Como hongos descompuestos después de la lluvia.

Una luna mezquina se retuerce en el cielo iluminando

Vastas extensiones donde la vida no puede tener cobijo;

Cada domo, cada torre, palidecen en la lejanía

Y revelan sus estructuras cerradas y malignas.

Entonces, aquél que en su infancia deambuló

Sin miedo entre ruinas cubiertas de enredaderas

Se estremeció ante lo que sus ojos descubrieron…

Porque allí no se levantaban los vestigios de una morada de los hombres.

Formas inhumanas, medio vistas, medio adivinadas,

Medio sólidas y medio engendradas del éter,

Surgieron de vacíos sin estrellas abiertos en el cielo,

Y descendieron hasta estas pálidas murallas de pestilencia.

Y desde esta zona de demente ponzoña, hordas amorfas

Regresaron misteriosamente hacia el vacío,

Con sus mórbidas garras cargadas con los despojos

De cosas que los hombres han soñado y conocido.

Los antiguos Pescadores del Exterior…

¿Acaso no revelaban las historias del sumo sacerdote

cómo descubrieron los mundos de otros tiempos

Y capturaron el botín que su imaginación codiciaba?

Sus puestos de avanzada secretos, rodeados de espanto,

Urden planes sobre un millón de mundos en el espacio;

Aborrecidos por toda raza viviente,

Y sin embargo, preservados en su soledad.

Sudando de miedo, el hombre que vigila se arrastró

Por el pantano que rehuyen las serpientes,

Para encontrarse, a la salida del sol,

A salvo en el palacio donde dormía.

Nadie le vio partir, o regresar al alba,

Ni su carne revela ninguna huella

De lo que descubrió en aquella tiniebla infame…

Sin embargo, la paz ha huido de su sueño.

Cuando el anochecer enfría el río amarillo

Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,

El palacio de Zimbabwe permanece iluminado

Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.

X

PROVIDENCE

Allí donde el río y la bahía se unen mansamente

Y se extienden laderas frondosas,

Las agujas de Providence ascienden

Hacia los cielos antiguos,

Y en los estrechos senderos sinuosos

Que trepan por pendientes y crestas

Todavía se puede encontrar

La magia apacible de días olvidados.

Un destello de abanico, un golpe de aldaba,

La visión fugaz de una vieja casa de ladrillo…

Imágenes y sonidos de tiempos pasados

Donde se refugian las quimeras.

Unas escaleras con barandilla de hierro,

Un airoso campanario,

Una aguja esbelta de clara piedra tallada,

El muro de un jardín cubierto de musgo.

Un cementerio oculto, ruinas que son pruebas

De la mortalidad del hombre,

Un muelle podrido donde agudos tejados

Hacen guardia sobre el mar.

Una plaza y un paseo, cuyos muros

Han contemplado quince décadas enteras,

Junto a caminos empedrados que los árboles cobijan

Y desdeña la multitud.

Puentes de piedra sobre lánguidos arroyos,

Casas encaramadas en la colina,

Y patios donde el alma pensativa

Se deja invadir por sueños y misterios.

Tramos en cuesta de un callejón emparrado

Donde pequeños rombos de ventanas

Brillan en el crepúsculo sobre un sembrado

Que el azar ha dejado al fondo.

¡Mi Providence! ¡Qué huestes etéreas

Hacen girar aún tus veletas doradas!

¡Qué vientos embrujados pueblan todavía

Con fantasmas grises tus viejas callejuelas!

Como antaño las campanas vespertinas

Resuenan sobre tu valle,

Mientras tus severos fundadores en sus tumbas

Siguen bendiciendo tu tierra sagrada.

XI
EL BOSQUE

Talaron los árboles y, en el corazón del bosque,

Cuya noche perpetua oculta secretos eternos,

Elevaron a los cielos torres y pabellones de mármol:

Una ciudad para el disfrute de sus placeres.

Aquel magnífico esplendor de domos y torreones se alzaba

Resplandeciente para asombro de las tierras colindantes;

Cristal y marfil, coronados por sublimes pináculos

Que cubrían nieves perennes.

Y en sus salas resonaba la flauta y el sistro,

Mientras el vino y la orgía dejaban sus huellas

escarlatas;

Jamás una voz cantó a las antiguas maravillas,

Ni una sola mirada recorrió las colinas y las llanuras.

Así pasaron los años, hasta que una noche purpúrea

Un trovador ebrio recitó en sus desatinados versos

Las abyectas palabras que nunca debieron ser pronunciadas,

Conjurando las sombras de una antigua maldición.

Los bosques pueden desaparecer, pero nunca las tinieblas que albergan;

Por eso, en el lugar donde se asentaba aquella arrogante ciudad,

El estremecedor amanecer no encontró ni una sola piedra,

Pero sí tuvo que evitar la negrura de un bosque primitivo.

XII

EL HORROR DE YULE

Hay nieve en el campo

Y los valles están helados,

Y una profunda medianoche

Se cierne sombría sobre el mundo;

Pero una luz entrevista en las cumbres

Revela festines profanos y antiguos.

Hay muerte en las nubes,

Hay miedo en la noche,

Pues los muertos en sus mortajas

Celebran la puesta del sol,

Y entonan cantos salvajes en los bosques mientras danzan

En torno al altar de Yule, fungoso y blanco.

Un viento que no es de este mundo

Recorre el bosque de robles,

Cuyas mórbidas ramas se ahogan

En una maraña de delirante muérdago,

Porque éstos son los poderes de las tinieblas, que perviven

En las tumbas de la raza perdida de los Druidas.

XIII

CAMPANAS

Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;

Las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;

Repicando con sorna en una hora lúgubre

Sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.

Sus melodiosos tonos resuenan en miríadas de tejados;

Un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;

Sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso…

Su espíritu es cercenado por la espada del Tiempo.

¿Por qué suenan, remedando los años felices

Cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura?

¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas

De aquellos que tal vez no vuelvan a conocer la dicha?

Hace años os conocía bien… hace muchos años…

Cuando el antiguo pueblo dormía en la ladera;

Entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas

En medio de la alegría, la paz y la esperanza eterna.

Mi imaginación evoca el modesto chapitel;

El tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;

Los góticos ventanales, ardiendo con un fuego

Que presta la magia a los cínicos tonos.

Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos

Que añadían plata a la plata del valle;

Encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo,

Y alegre el espíritu del aire perfumado por los pinos.

Los pastores profesaban un simple credo;

Vivían en inocente beatitud entre las montañas;

Sus corazones joviales, sus almas honestas en paz,

Animados por las sencillas alegrías de los mortales.

Pero una horrible plaga aparece en escena;

Un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;

Formas demoniacas flotan por encima de los bosques,

Y ante cada puerta se alzan sombras malignas.

El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;

Bajo su paso la alegría se extingue.

Corazones joviales se desangran con angustia inexpicable,

Y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.

Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;

Pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;

La confusión se apodera de una raza senil

Y el crimen y la locura merodean impunemente.

Escucho las campanas… las campanas burlonas y malditas

Que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;

Suenan y resuenan sobre un millar de infiernos…

Demonios de la noche… ¿por qué no permanecéis tranquilos?

XIV

NÉMESIS

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,

Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,

He vivido mis vidas sin número,

He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento

Arrastado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,

Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;

He visto bostezar al oscuro universo,

Donde los negros planetas giran sin objeto,

Donde los negros planetas giran en un sordo horror,

Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,

Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises

Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,

Que resuenan con histéricos alaridos,

Con gemidos de demonios invisibles

Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda

De la inmemorial espesura originaria,

Donde los robles sienten la presencia que avanza

Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,

Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente

Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas

Que surgen estériles y desoladas en la llanura,

He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas

Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;

Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas

Que me guardaré de no volver a ver.

He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,

He hollado sus estancias deshabitadas,

Donde la luna se eleva por encima de los valles

E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;

Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente

Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales

Las macilentas praderas del entorno,

El pueblo de múltiples tejados abatido

Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;

Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo

Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos,

En brazos del miedo he sido transportado

Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;

Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,

Y en reinos donde el sol del desierto consume

Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron

Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;

Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,

Cuando yo, sólo yo, era astuto;

Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba

En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,

Y grande es la duración de su condena;

La piedad del cielo no puede reconfortarle,

Ni encontrar reposo en la tumba:

Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas

De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,

Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,

He vivido mis vidas sin número,

He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento

Arrastado con horror a la locura.

XV

EL MENSAJERO

El Engendro, dijo, vendría esa noche a las tres

Desde el viejo cementerio que se extiende al pie de la colina;

Pero yo, acurrucándome al benévolo calor de un fuego de roble,

Intenté convencerme a mí mismo de que era imposible.

Seguramente, reflexioné, se trata de una broma macabra

Urdida por alguien que no conoce el verdadero

Signo de los Antiguos, legado de tiempos pretéritos,

Que libera las perversas formas de las tinieblas.

Él no había querido decir eso… no… pero yo encendí

Otra lámpara mientras el constelado León surgía

Por encima del Seekonk, y resonaba un campanario…

Las tres… y el resplandor del fuego se apaga poco a poco.

Entonces, aquel augurio vino a golpear la puerta…

¡Y la delirante verdad me devoró como una llama!

XVI

POR DÓNDE UN DÍA PASEÓ POE

Divagan eternamente las sombras en esta tierra,

Soñando con siglos que se fueron para siempre;

Grandes olmos se alzan solemnes entre lápidas y túmulos

Desplegando su alta bóveda sobre un mundo oculto de otro tiempo.

Una luz del recuerdo ilumina todo el escenario,

Y las hojas muertas hablan en susurros de los días idos,

Añorando imágenes y sonidos que ya no volverán.

Triste y solitario, un espectro se desliza a lo largo

De los paseos por donde sus pasos le llevaban en vida;

Pero no es visible a los ojos de cualquiera, a pesar de que su canto

Resuena a través del tiempo con una extraña fascinación.

Sólo los pocos que conocen el secreto de su magia

Pueden encontrar entre estas tumbas la sombra de Poe.

 

http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/2009/01/hongos-de-yuggoth-lovecraft.html

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Friday, September 5, 2008

TERROR — EL VIEJO TERRIBLE — HOWARD P. LOVECRAFT

TERROR — EL VIEJO TERRIBLE — HOWARD P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE

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Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas, que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street, frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba; ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas, por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados, como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado, descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.
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Thursday, August 7, 2008

LOS AMADOS MUERTOS

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba…¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura…resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia…mortales explosiones de histéricas granadas…el monótono silbido de balas sardónicas…humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues…¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta…

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad…

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…

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Wednesday, July 23, 2008

EL EXTRAÑO — H. P. LOVECRAFT

EL EXTRAÑO — H. P. LOVECRAFT

http://arkaiko.activoforo.com/index.htm

ESTA DIRECCION DE ARRIBA, ES UN FORO OSCURO, QUE ESTAMOS INTENTANDO ABRIR, ESTA ABIERTO, LA GENTE ENTRA, PERO… NO DICE NADA, ESTAN CORTAICOS, DIGO YO, O ABRA QUE MOTIVARLOS DE ALGUNA MANERA, ESTAIS TODOS INVITADOS, TODOS TENEMOS UN SITIO EN EL PISITO, Y SI ALGUIEN SUPIERA ALGO DE  CONFIGURACION DE FOROS, BUENO, NO LE DOY UN BESO, PORQUE SOY UN TIO, BUENO, SI FUERA UNA LADY…, QUE ESTAIS INVITADOS, HABER QUE PASA…

ATENTAMENTE                                   SNAKE

 

 

EL EXTRAÑO — H. P. LOVECRAFT <——–enlace

H. P. Lovecraft
El extraño

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Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

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Wednesday, June 4, 2008

El Extraño — LOVECRAFT

El Extraño — LOVECRAFT

El Extraño
H.P. Lovecraft


_
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que
vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles
descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus
ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el
arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con
altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de
pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jam ás había luz, por lo que solía encender velas y
quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas
terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra,
sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se
podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber
atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo
mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que,
quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera
representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y
deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos
esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de
seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni
siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar
en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el
castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía
dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, sol ía pasarme horas enteras
soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado
allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me
alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes
temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en
un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en
mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis
manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se
hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor
era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se
interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie,
seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños;
negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más
horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían
no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío
me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo.
Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca
del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me
encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y
desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debia haber ganado la
terraza o, cuando menos, algúna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un
obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre,
aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi
mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba,
empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance.
Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el
momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conduc ía a una
superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna
elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la
pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso
de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla
cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me
incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por
vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me
decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanter ías de mármol cubiertas de
aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué
extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual
colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubr ían.
La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abr í
hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una
ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la
puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que
nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que
me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad
tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé
abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la
increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y
grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora
estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era
tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante
perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al
mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por
medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado
capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se
extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese
frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme.
No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a
ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi
ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que prosegu ía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin
rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para
internarme, lleno de curiosodad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la
presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado
un rápido r ío cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo
atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un
venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de
alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había
sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que
se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y
deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior
ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un
grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había
oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras ten ían
expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absoluntamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente ilumindada, a la vez que mi mente
saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en
venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido
concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un
inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas
las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del
pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se
taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los
muebles y dándose cotra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numersas
puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos
espeluznates gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo
lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirirgí a una de las alcobas creí
detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra
habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la
presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido
horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, comtemplé en toda su horrible
intensidad el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera aprarición,
había convertido una algre reunión en una horda de deliriantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que
es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de
podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de
algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este
mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver
en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminisencia de
formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me
estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un
tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me ten ía apresado el monstruo sin voz y
sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se
negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté
de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por
entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y,
bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la
angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de
oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta
que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí,
a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus
árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que
se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el
supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se
desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y
execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de
mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo
lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los
fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el d ía juego entre las catacumbas de
Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para
mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría,
salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje
libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a
este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia
esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extend í mis dedos y toqué una
fría e inexorable superficie de pulido espejo.

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Tuesday, May 27, 2008

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) — H. P. LOVECRAFT

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) — H. P. LOVECRAFT

El Ceremonial(The Festival-1923)
H.P. Lovecraft

_
EL CEREMONIAL

_
Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant
_
Lactancio

_
Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a
caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus
siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que
fuese a la vieja ciudad que ahora ten ía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de
nieve recién caída, por un camino que parec ía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre
los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que
tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman
ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni
Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al
antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos
pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían
ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años,
para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente
solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente
se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición,
pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus
campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los
interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía
no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y
niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo
parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emit ían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía
incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, hab ía una colina yerma barrida por el viento. No tardé en
ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas
destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario.
Unicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre
bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos,
se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservar ía tal vez costumbres navideñas, extraigas para
mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de
oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui
dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas.
Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las
chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas,
bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se
escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había
dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida
muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court;luego
continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del
Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía
redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve.
Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy
hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por
llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana,
todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por
encima del estrecho callejón invadido de yerba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral
estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por
encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero
en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se
despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al
frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en
respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya
que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió,
vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi
seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una
tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala
baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea,
de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad
indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de
alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que
había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y
nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de
aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado
parecido al de la cera. Por último, llegué al a plena convicción de que aquello no era un rostro sino
una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente
enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar
un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una
mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de
volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era
éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas
monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud;
pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más
peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el
Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al
oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel
momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me
fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido
con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya.
Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos
capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese
momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo,
después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil … o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A
partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y
Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las
puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas
chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de
ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados,
cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y
fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba
empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y
pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. La columnas
espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a
medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la
ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del
camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio
pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando
un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no hab ía casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas,
delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en
el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio
parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un
escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que
conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la
mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirig ían por las naves laterales, sorteando
los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que
conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a
todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces
me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la
multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera
abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de
piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo,
observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva.
Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de
un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados
nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y
el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente
insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por
debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población
infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una
luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera
exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se
hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa
fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que
manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del
océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y
aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna
de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito
primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno
verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban
la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que
resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un
bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras ta ñía la criatura
monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía
ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor
volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las
rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor,
sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se
escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia
el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable
Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que
había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono,
más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me
desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas
regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció
danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni
vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar.
Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus
alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras
encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan
el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas. La vieja hilandera se había marchado con los
demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias
como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí
pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por
escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban
por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún
dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiqu ísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero
aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una
diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes
del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de
aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo
detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el
lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la
escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría,
por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la
tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que
aquellos abismos pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al
amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado
por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la
nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la
noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas
uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y
automóviles. Me insistieron en que ésto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio
parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían
mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron,
ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred,
celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una
especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro
era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el
espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que
contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio
donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son
aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las
cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus
prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y
singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la
tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han
acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha
vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al
mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen
monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar
los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.

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Saturday, May 17, 2008

BAJO LA PIRAMIDE — H. P. LOVECRAFT Y HARRY HOUDINI

BAJO LA PIRAMIDE — H. P. LOVECRAFT Y HARRY HOUDINI

BAJO LAS PIRÁMIDES
H. P. Lovecraft y Harry Houdini
***
I
El misterio llama al misterio. Siempre, desde que alcancé amplio
renombre como ejecutor de hazañas inexplicables, me he topado con extraños
sucesos e historias que, dada mi fama, la gente ha tendido a casar con mis
intereses y actividades. Unos eran triviales e irrelevantes, otros profundamente
dramáticos e intrigantes, y alguno fruto de extrañas y peligrosas experiencias, y
los ha habido que me han involucrado en dilatadas investigaciones científicas e
históricas. Ya he hablado, y seguiré haciéndolo, con suma libertad acerca de
muchas de tales materias; pero hay una que expongo ahora con gran renuencia y
que sólo cuento tras una agobiante y persuasiva sesión por parte de los editores
de esta revista, que habían oído vagos rumores sobre la historia a otros miembros
de mi familia.
Lo que hasta ahora he callado tuvo lugar durante mi visita, no
profesional, a Egipto, hace catorce años, y he guardado silencio por diversos
motivos. Por una parte, soy contrario a explotar algunos hechos ciertos e
incontrovertibles, y unas condiciones obviamente ignoradas por la multitud de
turistas que se agolpan ante las pirámides; condiciones al parecer ocultadas con
la mayor de las diligencias por las autoridades de El Cairo, que no pueden ser
totalmente ignorantes de ellas. Por otra parte, me disgusta recordar un incidente
en el que mi propia y fantasiosa imaginación puede haber jugado tan gran papel.
Lo que vi -o creí ver-, sin duda, no tuvo lugar; sin embargo, debe ser
contemplado como fruto de mis entonces recientes lecturas sobre egiptología, así
como las especulaciones a las que el ambiente, de forma natural, dio pie. Tales
estímulos imaginativos, magnificados por la excitación producida por un suceso
ya de por sí bastante terrible, sin duda propiciaron el culminante horror de esa
noche acaecida hace tanto tiempo.
En enero de 1910 había terminado un compromiso profesional en
Inglaterra y firmé un contrato para una gira por los teatros australianos. Se me
concedió tiempo más que de sobra para realizar el viaje, y opté por convertir la
mayor parte de éste en la clase de periplo que me interesaba; así que,
acompañado por mi esposa, bajé cómodamente al continente y embarqué en
Marsella, en el vapor de la P. & O. Malwa, con destino a Port Said. Partiendo de
allí, me proponía visitar los principales lugares históricos del Bajo Egipto, antes
de partir definitivamente hacia Australia.
El viaje resultó agradable en sí mismo, sazonado por algunos de esos
divertidos incidentes que acontecen a un mago fuera de su trabajo. Yo había
querido mantener mi nombre en secreto para gozar de un viaje tranquilo, pero
acabé traicionándome a mí mismo por culpa de un compañero de profesión, cuyo
afán de asombrar a los pasajeros con trucos vulgares me movieron a repetir y
sobrepasar sus hazañas en una forma que resultó bastante destructiva para mi
intención de mantener el incógnito. Menciono esto a causa sus consecuencias
últimas; algo que debí haber previsto antes de desenmascararme en un buque
cargado de turistas que estaban a punto de desparramarse por el valle del Nilo.
Lo que conseguí fue anunciar mi identidad adondequiera que fuera, privándonos
a mi esposa y a mí mismo del plácido anonimato con el que habíamos soñado.
¡Así que, viajando para satisfacer mi curiosidad, me vi obligado a ser yo mismo
objeto de curiosidad!
Habíamos llegado a Egipto en busca de impresiones pintorescas y
místicas, pero encontramos poco de todo eso una vez que el barco, arribando a
Port Said, desembarcó a sus pasajeros en pequeñas lanchas. Dunas bajas de
arena, oscilantes boyas marcando los bajíos y un pequeño y monótono barrio
europeo sin nada de interés excepto la gran estatua de De Lesseps4, lo que nos
llevó a ansiar el encontrar algo más digno de nuestro interés. Tras cierta
discusión, decidimos ir a El Cairo y a las pirámides, y con posterioridad, a
Alejandría para embarcar en la nave australiana, así como para disfrutar de
cualquier imagen grecorromana que pudiera brindarnos esta antigua metrópoli.
El viaje en tren resultó bastante tolerable, y no duró más de cuatro horas
y media. Vimos mucho del Canal de Suez, ya que seguimos su dirección hasta
llegar a Ismailía, y más tarde gozamos del viejo Egipto mediante una ojeada al
restaurado canal de agua dulce construido durante el Imperio Medio. Luego, al
fin, pudimos ver El Cairo resplandeciendo en medio de la anochecida; una
constelación centelleante que se convirtió en fulgor cuando por fin nos detuvimos
en la gran Gare Centrale.
Pero de nuevo nos esperaba el desencanto, porque todo cuanto vimos
resultaba europeo, a excepción de la gente y sus ropas. Un prosaico metro nos
llevó hasta una plaza abarrotada de carros, carruajes y tranvías, resplandeciendo
esplendorosa por las luces eléctricas que brillaban en los altos edificios; mientras
que aquel mismo teatro que en vano había tratado de contratarme para actuar, y
al que más tarde asistiría como espectador, había sido rebautizado recientemente
con el nombre de «American Cosmograph». Nos albergábamos en el Hotel
Shepherd, al que llegamos en un taxi que corrió por calles anchas y de elegante
diseño, y, perdidos entre el perfecto servicio de restaurante, de ascensores, y
entre las amplias comodidades angloamericanas, el misterioso este y el
inmemorial pasado nos parecieron sumamente lejanos.
Al día siguiente, no obstante, nos precipitamos gustosos en el corazón de
una atmósfera propia de las Mil y Una Noches, y a través de las calles
serpenteantes y los exóticos perfiles de El Cairo, la Bagdad de Harum al-Raschid
pareció vivir de nuevo. Conducidos por nuestra Baedeker5, fuimos hacia el este,
pasando los Jardines de Ezbekiyeh, a lo largo del Mouski, en busca del barrio
nativo, y pronto nos encontramos confiados a un vocinglero cicerone quien -a
despecho de posteriores acontecimientos- era sin duda de lo más competente en
su oficio. Sólo a posteriori caí en la cuenta de que debía haber recurrido al hotel
para conseguir un guía con licencia. Este hombre, un sujeto afeitado, de voz
particularmente profunda y aspecto relativamente limpio, que tenía aspecto de
faraón y se hacía llamar «Abdul Reis el Drogman», parecía gozar de gran
ascendencia sobre el resto de sus colegas, aunque después la policía aseguró no
saber nada de él, sugiriendo que reis es simplemente un apelativo para alguien
con autoridad, mientras que «Drogman» es sin duda nada más que una torpe
variante de la palabra que designa al jefe de un grupo turístico: dragoman.
Abdul nos condujo entre maravillas tales que para nosotros, hasta
entonces, sólo habían sido lecturas y sueños. El viejo El Cairo en sí mismo es un
libro de cuentos y un sueño… laberintos de angostos pasadizos, fragantes de
secretos aromáticos; balcones y miradores cuajados de arabescos, a punto de
tocarse sobre las calles adoquinadas; vorágines de tráfico oriental y gritos
extraños; látigos chasqueando, carros traqueteando, monedas tintineando y
burros rebuznando; calidoscopios de vestimentas multicolores, velos, turbantes y
tarbushes; aguadores y derviches, perros y gatos, adivinos y barberos, y,
imponiéndose sobre todo ello, la cantinela de los mendigos ciegos, acurrucados
en nichos, y el sonoro cántico de los almuecines desde lo alto de minaretes que se
perfilan delicadamente contra un cielo de un azul profundo e inalterable.
Los bazares, techados y más antiguos, eran apenas menos atractivos.
Especias, inciensos, abalorios, sedas y cobre… el viejo Mohmud Suleiman
sentado con las piernas cruzadas entre sus blandas redomas mientras unos
jóvenes parlanchines machacaban mostaza en el capitel ahuecado de una antigua
columna clásica; romana de estilo corintio, quizás procedente de los alrededores
de Heliópolis, donde Augusto estacionó a sus tres legiones egipcias. La
antigüedad comenzaba a mezclarse con el exotismo. Y luego las mezquitas y el
museo; todo lo vimos, intentando que nuestro disfrute de lo arábigo no
sucumbiera al encanto más oscuro y fúnebre del Egipto faraónico por culpa de
los inapreciables tesoros mostrados en los museos. Tal había de ser nuestro
clímax y, mientras tanto, nos concentrábamos en las medievales glorias
sarracenas de los califas, cuyas magníficas mezquitas-tumba formaban una
necrópolis resplandecientemente fantasmal a borde del desierto árabe.
Finalmente, Abdul nos condujo por la Sharia Mohammed Alí hasta la
antigua mezquita del sultán Hasán y a Babel-Azab, flanqueada por torres, más
allá de la cual arranca el pasaje de peldaños, discurriendo entre paredes, que lleva
a la poderosa ciudadela, construida por el mismísimo Saladino con piedras de
pirámides olvidadas. Escalamos ese risco ya en el ocaso, contorneando por la
moderna mezquita de Mohammed Alí, y luego miramos abajo, asomados al
vertiginoso parapeto sobre el místico El Cairo; místico El Cairo, todo dorado,
con sus cúpulas talladas, sus etéreos minaretes, sus jardines iluminados. A lo
lejos, allende de la ciudad rematada por la gran cúpula romana del museo nuevo
y aún más allá -cruzando el críptico y amarillo Nilo, que es la madre de eras y
dinastías-, se encuentran las amenazadoras arenas del desierto líbico, ondulantes
e iridiscentes, malditas por antiguos misterios. El sol rojo estaba ya bajo,
cediendo ante el frío implacable de la noche egipcia y, mientras se mantenía al
borde del mundo como ese antiguo dios de Heliópolis -RaHarkte, el sol del
Horizonte-, vimos siluetearse contra ese holocausto bermejo los negros perfiles
de la pirámide de Gizeh, las arcaicas tumbas que ya tenían un millar de años
cuando Tutankamon se sentó en su trono dorado de la distante Tebas. Entonces
supimos que ya no teníamos nada que hacer en El Cairo sarraceno y que
debíamos disfrutar de los más profundos misterios del Egipto primordial… la
negra Kem de Ra y Amón, Isis y Osiris.
A la mañana siguiente visitamos las pirámides, cruzando en coche
Victoria por el gran puente del Nilo, con sus leones de bronce, hacia la isla de
Ghizered con sus masivos árboles Iebbakh y el puente inglés, más pequeño, que
lleva a la orilla occidental. Fuimos por la orilla, bajo grandes ramajes de
Iebbakhs, y cruzamos los vastos parques zoológicos rumbo al suburbio de Gizeh,
donde, con mucha oportunidad, se había abierto un nuevo puente hacia El Cairo.
Entonces, volviéndonos tierra adentro a través de la Sharia-el-Haram, cruzamos
un área de canales cristalinos y míseros poblados nativos hasta tener ante los ojos
el objetivo de nuestro viaje, hendiendo las brumas del alba y arrojando imágenes
invertidas en los charcos de las cunetas. Cuarenta siglos de historia, tal y como
dijera Napoleón a sus soldados, nos contemplaban.
La carretera subía bruscamente, hasta que finalmente alcanzaba el
intercambiador entre la estación de tranvías y el hotel Mena House. Abdul Reis,
que, dando muestras de su capacidad, nos había conseguido entradas para las
pirámides, parecía contar con cierto ascendiente ante los numerosos, aullantes y
ofensivos beduinos que habitaban una mísera y sucia aldea, situada a cierta
distancia, y que se dedicaban a importunar fatigosamente a los viajeros, ya que
los mantuvo a raya y aun nos proporcionó un par de camellos, cabalgando él
mismo un burro, y asignando la guía de nuestros animales a un grupo de nombres
y mozos que demostraron ser más costosos que útiles. La zona a cruzar era tan
estrecha que apenas hubiéramos necesitado camellos, pero tampoco nos pesó el
añadir a nuestras experiencias esa dificultosa forma de viajar por el desierto.
Las pirámides se alzan en una elevada meseta de roca, en un grupo que
es casi el más norteño de la serie de cementerios reales y aristocráticos
construidos en las inmediaciones de Menfis, la desaparecida capital enclavada en
la misma orilla del Nilo, algo al sur de Gizeh, que floreció entre los años 3400 y
2000 a. C. La pirámide mayor, que se encuentra cercana a la moderna carretera,
fue edificada por el rey Kéops o Kufu en torno al 2800 a. C., y tiene más de
ciento treinta y seis metros de altura. Colocada al sudoeste de ella se encuentran,
sucesivamente, la Segunda Pirámide, construida una generación después por el
rey Kefrén y que, aunque es ligeramente más pequeña, parece más grande por
encontrarse en un terreno más elevado, y luego la Tercera Pirámide, mucho más
pequeña, del rey Micerino, construida en torno al 2700 a. C. Y, cerca del borde
de la meseta y justo al este de la Segunda Pirámide, con el rostro seguramente
modificado para formar un retrato colosal del rey Kefrén, su real restaurador, se
eleva la monstruosa esfinge… hermética, sardónica y sabia más allá del recuerdo
de la humanidad.
Pirámides menores, así como restos de otras de su clase, se encuentran
en varios sitos, y toda la meseta se encuentra horadada por las tumbas de
dignatarios de rangos inferiores al real. Estas últimas fueron llamadas en un
principio mastabas, o estructuras de piedra con forma de banco, colocadas sobre
las profundas fosas fúnebres, tal como fueron descubiertas en otros cementerios
menfitas y como se reproduce en la Tumba de Perneb en el Museo Metropolitano
de Nueva York. En Gizeh, no obstante, todo trazo visible de esto ha sido borrado
por el tiempo y los expolios, y sólo las tumbas excavadas en la roca, bien
bloqueadas por la arena, bien despejadas por los arqueólogos, se mantienen para
atestiguar que sacerdotes y deudos ofrecían alimentos y oraciones al remanente
ka o principio vital del difunto. Las pequeñas tumbas contienen capillas en sus
mastabas o superestructuras de piedra, pero las capillas mortuorias de la
pirámide, donde yace el real faraón, eran templos separados, cada uno situado al
este de su correspondiente pirámide, y conectados por una calzada a una enorme
capilla de entrada o propileo al borde de la meseta rocosa.
La capilla de acceso que conduce a la Segunda Pirámide, casi totalmente
enterrada por los movimientos de arena, se abre subterránea al sudeste de la
Esfinge. Una larga tradición la señala como «El Templo de la Esfinge», y quizás
debiera ser llamada así si, de hecho, la Esfinge representa al constructor de la
Segunda Pirámide, Kefrén. Hay historias inquietantes acerca de la Esfinge y
cómo era antes de Kefrén, pero, cualesquiera que fueran sus facciones, el
monarca las reemplazó por las suyas propias para que el hombre pudiera
contemplarlas sin miedo. Fue en este gran templo de acceso donde se encontró la
estatua de diorita, a tamaño real, de Kefrén, ahora en el Museo de El Cairo; una
estatua que me hizo estremecer cuando la contempló. No estoy seguro de que el
edificio haya sido excavado por completo, pero en 1910 la mayor parte seguía
aún enterrada, con el acceso firmemente cerrado de noche. Los trabajos estaban a
cargo de los alemanes, y la guerra, u otros motivos, deben haberlos interrumpido.
Daría lo que fuera, a tenor de mi experiencia y de ciertos rumores de beduinos,
considerados sin fundamento o desconocidos para la gente de El Cairo, por saber
qué ha pasado con cierto pozo situado en un pasadizo transversal, en el que las
estatuas del faraón fueron encontradas curiosamente yuxtapuestas con estatuas de
babuinos.
La carretera, según la recorríamos esa mañana con nuestros camellos,
hacía una curva cerrada, dejando a la izquierda los cuarteles de madera de la
policía, la estafeta de correos, los almacenes y las tiendas, enfilando hacia el sur
y el este en un giro completo que escalaba por la meseta rocosa y nos encaraba al
desierto, al socaire de la Gran Pirámide. Pasada esa ciclópea construcción,
contorneamos la cara oriental para encontrarnos ante un valle de pirámides
menores, más allá del cual el eterno Nilo centelleaba al este y el desierto eterno
rebrillaba al oeste. Muy cerca se encontraban las tres pirámides mayores, la más
grande de ellas desprovista de cualquier revestimiento, mostrando su mole de
grandes rocas, mientras que las otras dos mantenían aquí y allá la ingeniosa
protección que en tiempos les otorgara un aspecto liso y acabado.
Entonces descendimos hacia la Esfinge y permanecimos silenciosos bajo
el hechizo de aquellos terribles ojos ciegos. En su inmenso pecho pétreo
podíamos distinguir apenas el emblema de Ra-Harakte, por el cual la Esfinge fue
atribuida erróneamente a una dinastía posterior, y, aunque la arena cubría la
tablilla que sostenía entre las grandes zarpas, recordamos lo que Tutmosis IV
inscribiera en ella, así como el sueño que tuvo siendo príncipe. La sonrisa de la
Esfinge nos incomodaba levemente, llevándonos a especular sobre la leyenda que
hablaba de pasadizos subterráneos abiertos bajo la monstruosa criatura, llevando
abajo, abajo, hacia profundidades que nadie había osado intuir… profundidades
conectadas con misterios más viejos que las dinastías egipcias descubiertas,
gozando de una siniestra relación con la persistencia de dioses anómalos, de
cabeza de animal, del antiguo panteón nilótico. Entonces, también, me hice una
pregunta ociosa cuyo espantoso significado no cobraría relevancia hasta horas
después.
Otros turistas comenzaban ahora a adelantarnos, y nos dirigimos hacia el
Templo de la Esfinge, devorado por la arena y a unos cuarenta y cinco metros al
sudeste de lo que antes mencioné como la gran puerta de la calzada que lleva a la
capilla mortuoria de la Segunda Pirámide, en la meseta. La mayor parte se
encontraba aún bajo tierra y, a pesar de que desmontamos y descendimos por un
moderno pasadizo, hasta el corredor de alabastro y el salón de columnas, tuve la
impresión de que ni Abdul ni el encargado alemán nos lo habían mostrado todo.
Después de eso, realizamos la consabida visita a la meseta de las pirámides,
examinando la Segunda Pirámide y las peculiares ruinas de su capilla mortuoria,
al este, la Tercera Pirámide y sus satélites en miniatura situados al sur, así como
la capilla a oriente, las tumbas de roca y las excavadas, propias de la Cuarta y
Quinta Dinastía, además de la famosa Tumba de Campbell, cuyo sombrío foso se
precipitaba a lo largo de dieciocho metros hasta un siniestro sarcófago que uno
de nuestros camelleros limpió de la molesta arena tras un vertiginoso descenso
mediante una cuerda.
Después nos perturbaron el griterío en la Gran Pirámide, donde los
beduinos asediaban a un grupo de turistas con ofertas para guiarlos hasta la
cumbre o demostrarles su rapidez mediante solitarios viajes arriba y abajo. Se
dice que el mejor registro de ascenso y descenso está en siete minutos, pero
muchos robustos jeques e hijos de jeques nos aseguraron que podrían reducirlo a
cinco con el adecuado impulso de un generoso baksheesh6. No les suministramos
tal impulso, aunque dejamos que Abdul nos llevase hasta arriba, logrando una
vista de magnificencia sin igual, que incluía no sólo El Cairo, remoto y
resplandeciente, con su coronada ciudadela recortándose contra el telón de fondo
de las colinas violetas y doradas, sino todas las pirámides del distrito menfita,
desde Abu Roash al norte hasta Dashur, al sur. La pirámide escalonada de
Sakkara, que marca la transición de la baja mastaba a la verdadera pirámide, se
divisaba clara y seductoramente en la arenosa distancia. Fue cerca de ese
monumento de transición donde se descubrió la afamada Tumba de Perneb, más
de 640 kilómetros al norte del pétreo valle tebano donde duerme Tutankamon.
De nuevo, el temor puro me obligó a guardar silencio. La perspectiva de una
antigüedad tal, así como los secretos que cada añoso monumento parecía guardar
y atesorar, me henchían de un sentido de reverencia e inmensidad como nada
más en este mundo podría haber logrado.
Fatigados por el ascenso, y disgustado por los inoportunos beduinos,
cuyos actos parecían violar todas las reglas del buen gusto, obviamos la fatigosa
entrada a los estrechos pasadizos inferiores de las pirámides, aunque vimos a
algunos de los turistas más avezados preparándose para el sofocante reptar a
través del más poderoso monumento de Kéops. Una vez que despedimos y
gratificamos a nuestra escolta local, y cuando cabalgábamos de vuelta a El Cairo,
en compañía de Abdul Reis, medio lamentábamos ya nuestra omisión. Se
contaban cosas fascinantes acerca de pasajes inferiores de las pirámides, no
consignados en las guías, pasajes cuyos accesos habían sido apresuradamente
bloqueados y ocultos por ciertos arqueólogos que los habían descubierto y
comenzado a explorar, y que ahora no decían palabra acerca del asunto. Por
supuesto, tales rumores carecían por completo de base, pero resultaba curioso ver
con cuanta insistencia se prohibía a los visitantes entrar de noche en las
pirámides, o recorrer los pasadizos más inferiores, así como la cripta de la Gran
Pirámide. Quizás en este último caso eso se debía al temor al efecto psicológico;
el que el visitante pudiera sentirse atrapado bajo un gigantesco mundo de sólidos
sillares, enlazado con el mundo cotidiano mediante ese simple pasadizo por el
que sólo podía arrastrarse y que cualquier accidente o atentado podía obturar.
Todo aquello nos parecía tan asombroso y fascinante que decidimos rendir una
nueva visita a la meseta de las pirámides a la primera ocasión. Pero tal
oportunidad llegó mucho antes de lo que yo esperaba.
Esa tarde, los miembros de nuestro grupo se encontraban bastante
fatigados después del agotador programa del día, así que me fui a solas con
Abdul Reis a dar un paseo por el pintoresco barrio árabe. Aunque ya lo había
visitado a la luz del día, deseaba estudiar las callejas y los bazares en la
oscuridad, cuando sombras enriquecidas y resplandores añejos podrían añadirle
encanto e ilusión fantástica. Había menos gente, pero aún era abundante y
ruidosa, cuando nos topamos con un una banda de bulliciosos beduinos en el
SukenNahhasin, o bazar de los forjadores de latón. Su jefe en apariencia, un
insolente mocetón de pesadas facciones y tarbush insolentemente terciado, se fijó
en nosotros, y evidentemente reconoció, sin grandes muestras de amistad, a mi
competente pero despectivo y desdeñoso guía. Quizás, pensé, no le gustaba esa
extraña reproducción de la media sonrisa de la Esfinge que yo también había
notado con divertida irritación, o puede que le disgustase la resonancia profunda
y sepulcral de la voz de Abdul. De cualquier forma, el ancestral cambio de
epítetos oprobiosos se hizo sumamente enconado y, antes de mucho tiempo, Ali
Ziz, pues así oí llamar al desconocido, cuando no se le aplicaba un apelativo
peor, comenzó a tironear violentamente de la vestimenta de Abdul; una acción
que tuvo pronta réplica, llevando a un violento altercado en el que ambos
combatientes perdieron sus sempiternos tocados y en el que hubieran terminado
en estado aún más calamitoso de no haber mediado yo mismo, separándolos por
la fuerza.
Mi interposición, al principio mal recibida por ambas partes, logró
finalmente establecer una tregua. Sombríamente, cada beligerante recompuso su
talante y vestimenta, y, adoptando una actitud de dignidad tan profunda como
repentina, cerraron un curioso pacto de honor del que pronto supe se trataba de
una costumbre de gran antigüedad en El Cairo; un trato para solventar sus
diferencias mediante una pelea a puñetazos en lo alto de la Gran Pirámide, luego
que se hubiera ido el último turista de los que desean contemplar ésta a la luz de
la luna. Cada luchador iría acompañado por un grupo de padrinos, y el asunto se
solventaría a medianoche mediante asaltos, al modo más civilizado posible. En
todo el planteamiento del asunto había algo que excitaba enormemente mi
interés. La lucha misma prometía ser única y espectacular, mientras que la idea
de esa arcaica construcción dominando la antediluviana de Gizeh bajo la pálida
luna, en esas horas, tocaba cada fibra de la imaginación. Mi ruego encontró a
Abdul sumamente dispuesto a incluirme entre sus padrinos, así que el resto de las
primeras horas de la noche estuve acompañándolo por varios tugurios de las
zonas más marginales de la ciudad -sobre todo al noreste del Ezbekiyeh-, en
donde reunió, uno por uno, a una formidable banda de matones para su cita
pugilística.
Poco después de las nueve, montados en burros que ostentaban nombres
tan reales o con reminiscencias tan turísticas como «Ramsés», «Mark Twain»,
«J. P. Morgan» o «Minnehaha», cruzamos a través del laberinto de calles
orientales y occidentales, atravesamos el Nilo, legamoso y erizado de mástiles,
mediante el puente de los leones de bronce, y cabalgamos filosóficamente, al
medio trote, entre los lebbaksh de la carretera de Gizeh. Empleamos unas dos
horas en el viaje, al final del cual pasamos junto al último de los turistas de
vuelta, saludamos al último tranvía y nos encontramos a solas con la noche y el
pasado y la luna espectral.
Entonces vimos la inmensa pirámide al fondo de la avenida,
necrófilamente aureolada por una débil amenaza de la que no creo haberme
percatado a la luz del día. Aún la más pequeña de todas parecía dejar entrever un
atisbo de espanto; ya que, ¿no era en esa misma donde enterraron viva a la reina
Nitokris en tiempos de la Sexta Dinastía; la taimada reina Nitokris, que en cierta
ocasión invitó a todos sus enemigos a una fiesta en un templo, situado a un nivel
inferior al del Nilo, y los ahogó a todos abriendo las compuertas? Recordé que
los árabes murmuraban cosas acerca de Nitokris y evitaban la Tercera Pirámide
durante ciertas fases de la luna. Thomas Moore debía estar pensando en ella
cuando transcribió algo que murmuraban los barqueros menfitas.
La ninfa subterránea que habita
entre gemas sombrías y glorias ocultas…
¡La dama de la Pirámide!

Pronto como era, Ali Ziz y los suyos ya se nos habían adelantado, puesto
que vimos a sus burros silueteados contra la meseta desierta de Kafr-el-Haram,
hacia el mísero asentamiento árabe, cerca de la Esfinge, hacia el que nos
encaminábamos, en lugar de seguir la carretera principal hacia el Mena House,
donde algunos de los adormilados e ineficaces policías podían habernos avistado
y detenido. Aquí, donde cochambrosos beduinos albergan a sus camellos y sus
burros en las tumbas rocosas de los cortesanos de Kefrén, fuimos a través de
rocas y arenas hacia la Gran Pirámide, cuyas caras consumidas por el tiempo ya
remontaban ansiosamente los árabes, con Abdul Reis ofreciéndome una
asistencia que no necesitaba.
Como bien sabe la mayoría de los viajeros, hace mucho tiempo que
desapareció la cúspide de esta estructura, dejando una plataforma razonablemente
plana de unos doce metros de lado. En este espeluznante pináculo se formó un
círculo y, a los pocos instantes, la burlona luna observaba un combate que, a
juzgar por los gritos de los espectadores, podría haber transcurrido en cualquier
club menor atlético de Estados Unidos. Mientras observaba, sentí que algunas de
nuestras menos deseables costumbres no faltaban allí, puesto que cada golpe,
cada finta y cada parada traslucían la palabra «amaño» a un ojo como el mío, no
del todo inexperto. Enseguida finalizó la lucha, y a pesar de mi disgusto ante los
métodos, no pude por menos que sentir una especie de orgullo de patrocinador
cuando proclamaron vencedor a Abdul Reis.
La reconciliación fue asombrosamente rápida, y entre los cánticos,
confraternización y libaciones consiguientes, me resultó difícil de creer que
hubiera tenido lugar una riña. Bastante extrañado, creí ser yo mismo el centro de
atención de los antagonistas y, gracias a mis ligeros conocimientos de árabe,
juzgué que se encontraban discutiendo mis habilidades profesionales, así como
sobre mis fugas de toda clase de grilletes y encierros, en un tono que indicaba no
sólo un sorprendente conocimiento, sino una clara hostilidad y escepticismo en
todo lo tocante a mis hazañas de escapismo. Poco a poco comencé a percatarme
de que la antigua magia de Egipto no se había esfumado sin dejar rastro, y que
fragmentos de una tradición extraña y secreta, y de ciertas practicas sacerdotales
habían subsistido subrepticiamente entre los fellahs, hasta el extremo de que las
habilidades de un «hahwi» o mago extranjero eran tomadas a mal y rechazadas.
Pensé en cuánto me recordaba Abdul, mi guía de voz grave, a los viejos
sacerdotes egipcios o a los faraones, o a la sonriente esfinge… y no pude por
menos que maravillarme.
De repente tuvo lugar algo que, en un instante, probó lo correcto de mis
reflexiones y me hizo maldecir la necedad de haber aceptado los sucesos de la
noche como otra cosa que no fuera un vacío y malicioso disfraz que en esos
momentos demostraba ser. Sin previo aviso, y sin duda en respuesta a algún sutil
signo de Abdul, la banda entera de beduinos se precipitó sobre mí y, echando
mano a fuertes sogas, enseguida me ataron y afirmaron como nunca en mi vida,
dentro o fuera del escenario. Al principio me debatí, pero pronto me di cuenta
que ningún hombre puede hacer frente a unos veinte bárbaros vigorosos. Mis
manos se encontraban atadas a la espalda, mis rodillas dobladas al máximo, y las
muñecas y los tobillos atadas con cordeles imposibles de hacer ceder. Apretaron
una mordaza sobre mi boca, y aseguraron una ajustada venda sobre mis ojos.
Luego, mientras los árabes me cargaban sobre sus hombros y comenzaban un
ajetreado descenso de la pirámide, oí burlarse a mi guía Abdul, que se mofaba y
reía a gusto con su voz profunda mientras me aseguraba que pronto mis «poderes
mágicos» se enfrentarían a una prueba suprema que rápidamente me despojaría
de cualquier orgullo que pudiera haber conquistado mediante mis triunfos sobre
los retos ofrecidos por América y Europa. Egipto, me recordó, es muy viejo, y
está lleno de misterios interiores y antiguos poderes que no son siquiera
concebibles para los expertos de hoy en día, cuyos ingenios siempre habían
fallado al intentar retenerme.
Cuán lejos o en qué dirección fui transportado, no podría decirlo, ya que,
dadas las circunstancias, me fue imposible formar un juicio ponderado. Sé, no
obstante, que no pudo tratarse de una gran distancia, ya que mis porteadores no
apretaron el paso en ningún momento, no más allá del simple paseo, y cargaron
conmigo un lapso sorprendentemente corto de tiempo. Es esta intrigante
brevedad lo que me hace sentir casi estremecido al pensar en Gizeh y en su
meseta, ya que uno se ve agobiado por la sospecha de la cercanía entre las rutas
turísticas cotidianas y algo que ya existía entonces y que aún debe seguir
existiendo..
La maligna anormalidad de la que hablo no se manifestó al principio.
Depositándome sobre una superficie que reconocí como arena y no piedra, mis
captores pasaron una cuerda por mi pecho y me arrastraron unos cuantos metros
hasta una abertura desigual del suelo, por la que luego me bajaron mano sobre
mano, sin mayores miramientos. A lo largo de lo que me parecieron eones fui
golpeando contra los pétreos e irregulares costados de un estrecho pozo tallado
que tomé por una de las numerosas fosas sepulcrales de la meseta hasta que la
prodigiosa profundidad, casi increíble, dieron por tierra con tal conjetura.
El horror de la experiencia se acentuaba a cada segundo de descenso.
Que una bajada a través de pura roca sólida pudiera ser tan larga sin llegar al
mismo núcleo del planeta, y que una cuerda fabricada por el hombre pudiera ser
tan larga como para descolgarme a esas profundidades aparentemente
insondables e impías, resultaba tan difícil de creer que estaba más dispuesto a
dudar de mis alterados sentidos que a aceptar aquello. Aun ahora no estoy del
todo convencido, ya que sé cuán incierta se vuelve la medida del tiempo cuando
una o más de las percepciones o condiciones habituales de vida se ven agitadas o
distorsionadas. Pero estoy bastante seguro de que mantuve la consciencia hasta
cierto punto, que al menos no añadí ningún desmesurado fantasma de la
imaginación a un panorama ya bastante horripilante de por sí, y que todo resulta
explicable por algún tipo de ilusión cerebral muy distinto de la verdadera
alucinación.
Pero todo esto no fue la causa de mi primer desvanecimiento. La
estremecedora ordalía tuvo lugar gradualmente, y el aviso de terrores posteriores
llegó del sensible incremento en el ritmo del descenso. Estaban largando ahora
muy rápido esa cuerda infinitamente larga, y yo me rozaba cruelmente contra las
paredes del pozo, ásperas y angostas, mientras descendía a enloquecida
velocidad. Mi ropa estaba destrozada y, a pesar del dolor creciente e
insoportable, sentía resbalar la sangre por todo mi cuerpo. Mi olfato, además, se
veía asaltado por una amenaza apenas definida; un insidioso hedor a húmedo y
pútrido que, curiosamente, no se parecía a nada que hubiera olido antes y que me
traía ligeras reminiscencias de especias e inciensos, lo que le añadía un toque de
burla.
Entonces sucedió el cataclismo mental. Era horrible, espantoso más allá
de cualquier descripción coherente, ya que pertenecía por completo al terreno
anímico, y no a nada que se pueda detallar o describir. Era el éxtasis de la
pesadilla y la consumación de lo diabólico: en un instante yo descendía
agónicamente por ese estrecho pozo que me torturaba como si tuviera un millón
de dientes, y al momento siguiente me remontaba con alas de murciélago a través
de las simas del infierno, para caer suelto y balanceándome a través de
ilimitables kilómetros de espacio mohoso y sin fin, alzándome vertiginosamente
hasta inconmensurables pináculos de gélido éter, luego cayendo boqueando hacia
nadires de ponzoñosos y nauseabundos vacíos inferiores… ¡Doy gracias a Dios
por la merced del desmayo que me liberó de aquellas desgarradoras Furias que
rasgaban mi conciencia y que medio habían quebrado mis facultades,
destrozando como arpías mi espíritu! Esta liberación, corta como fue, me dio la
fuerza y la cordura para resistir aquellas cumbres de pánico cósmico aún mayores
que me acechaban y reclamaban en el camino por recorrer.

II

Tras aquel espantoso vuelo a través de los espacios estigios, recobré los
sentidos lentamente. El proceso fue infinitamente aterrador y coloreado por
fantásticos sueños en los que mi situación, atado y amordazado, cobraron
singular materialidad. La naturaleza precisa de tales sueños me resultaba muy
clara en tanto que los sufría, pero se borraron de mi memoria casi
inmediatamente después, quedando reducidas en poco a simples esbozos por los
terribles sucesos -reales o imaginarios- que siguieron. Soñé que me encontraba
preso de una garra enorme y horrible; una zarpa amarilla, peluda, de cuatro uñas,
que había brotado de la tierra para estrujarme y engullirme. Y cuando me detuve
a reflexionar sobre aquella zarpa, me pareció que se trataba de Egipto. En aquel
sueño repasé los eventos de semanas previas y me vi a mi mismo atraído y
enredado poco a poco, sutil e insidiosamente, por algún maligno espíritu infernal
procedente de la más antigua hechicería del Nilo; algún espíritu que moraba en
Egipto antes que el hombre y que seguirá allí cuando el hombre ya haya
desaparecido.
Vi el horror y la malsana antigüedad de Egipto, y la espantosa alianza
que siempre ha mantenido con las tumbas y los templos de la muerte. Vi
fantasmales procesiones de sacerdotes con cabezas de toros, halcones, gatos e
íbices; fantasmales procesiones marchando sin fin a través de laberintos
subterráneos y avenidas de titánicos propileos junto a los cuales el hombre es
como una mosca, ofreciendo indescriptibles sacrificios a dioses inconcebibles.
Colosos de piedra desfilaban en la noche sin fin y guiaban a rebaños de risueñas
androsfinges7 a lo largo de orillas de infinitos ríos de pez estancada. Y tras todo
ello vi la nefanda malignidad de la necromancia primigenia, negra y amorfa y
manoseando codiciosamente a mi espalda en la oscuridad, tratando de ahogar al
espíritu que había osado burlarse de ella emulándola. En mi adormecido cerebro
tomó forma un melodrama de siniestro odio y persecución, y vi el alma negra de
Egipto eligiéndome y reclamándome con inaudibles susurros, llamándome y
tentándome, atrayéndome con el encanto y el resplandor de la faz sarracena, pero
al tiempo empujándome constantemente hacia abajo, hacia las catacumbas de
enloquecedora antigüedad y los horrores de su corazón faraónico, muerto y
abismal.
Entonces los rostros del sueño tomaron forma y vi a mi guía Abdul Reis
con ropas de rey, con la despectiva sonrisa de la Esfinge en el rostro. Y
comprendí que tales facciones eran las de Kefrén el Grande, que edificó la
Segunda Pirámide, cincelando el rostro de la Esfinge a semejanza del suyo
propio y construyendo el titánico templo de entrada del que los arqueólogos
suponen que cuenta con una multitud de corredores abiertos bajo la críptica arena
y la callada roca. Y contemplé la mano larga y delgada de Kefrén; la mano larga,
delgada, rígida, tal y como la había visto en la estatua de diorita del Museo de El
Cairo -la estatua encontrada en el terrible templo de entrada- y me maravillé de
no haber gritado cuando la vi en Abdul Reis… ¡Esa mano! Era odiosamente fría y
me estrujaba, tenía el frío y la rigidez del sarcófago… la frialdad y la opresión del Egipto inmemorial… era el Egipto mismo, nocturno y necropolitano… la zarpa
amarilla… y se cuentan tales cosas de Kefrén…
Pero en ese momento comencé a despertar o, al menos, a alcanzar un
estado menos profundo de sueño. Recordé la pelea en lo alto de la pirámide, a los
traicioneros beduinos y su ataque, el espantoso descenso mediante cuerda a
través de interminables profundidades de roca, y mi loca caída y bamboleo en un
vacío helado, saturado de aromática putrefacción. Noté que en esos instantes
yacía sobre un suelo de roca húmeda y que mis ataduras aún me mordían las
carnes con fuerza terrible. Hacía mucho frío, y creí notar una débil corriente de
aire maloliente soplando sobre mí. Los cortes y las magulladuras sufridos por
culpa de las dentadas paredes del pozo de roca me hacían sufrir a más no poder,
el dolor incrementado hasta una agudeza punzante o ardiente por alguna violenta
cualidad de la débil corriente, y el simple acto de rodar sobre mí mismo fue
suficiente para que toda la osamenta me latiera con indecible agonía. Mientras
giraba, sentí que tiraban desde arriba, y supuse que la cuerda con la que me
habían bajado alcanzaba incluso hasta la superficie. No tenía idea de si los árabes
seguían sujetándola o no, ni tampoco podía suponer cuán abajo me hallaba en el
seno de la tierra. Sí sabía que la oscuridad circundante era total o casi total, ya
que ningún resplandor de luna atravesaba la venda de mis ojos, pero no me fiaba
tanto de mis sentidos como para admitir como evidencia de la extrema
profundidad a la que me hallaba la sensación de largo tiempo que había
caracterizado a mi descenso.
Sabiendo al menos que me encontraba en un lugar de amplitud
considerable, habiendo llegado allí desde la superficie por una abertura en la
piedra, situada directamente encima, conjeturé con muchas prevenciones que mi
prisión podría ser quizás la capilla de entrada del viejo Kefrén -el Templo de la
Esfinge-, quizás en algún pasillo que los guías no me habían mostrado durante mi
visita matutina y del que fácilmente podría escapar si lograba encontrar el
camino hasta el acceso cerrado. Podría tratarse de un paseo por un laberinto, pero
no sería peor que otros que había vencido en tiempos pasados. El primer paso
consistía en librarme de mis ataduras, mordaza y venda, y sabía que esto no
constituiría un gran problema, ya que expertos mejores que los árabes habían
intentado cada clase conocida de trabas sobre mi persona a lo largo de mi larga y
variada carrera como escapista, y mis métodos nunca me fallaron.
Entonces se me ocurrió que los árabes podían estar decididos a
esperarme y atacarme a la entrada, dada la certeza de mi probable escapatoria de
las ataduras, y esto sucedería si agitaba la cuerda que probablemente tenían entre
sus manos. Esto, por supuesto, podía casar con el hecho de que el lugar de mi
confinamiento fuera, en efecto, el Templo de la Esfinge de Kefrén. La abertura,
directamente en el techo, dondequiera que se encontrase, no podía estar muy
lejos de la moderna entrada ordinaria, cerca de la Esfinge, aunque en verdad se
encontrara a tan gran distancia de la superficie, ya que el área total conocida no
era ni mucho menos tan enorme. No me había percatado de ningún acceso
durante mi visita diurna, pero ya sabía que tales cosas suelen verse fácilmente
bloqueadas por las arenas amontonadas. Pensando en esos asuntos, yaciendo
caído y atado en el suelo de roca, casi olvidé el horror del descenso abismal y el
cavernoso bamboleo que habían acabado sumiéndome en la inconsciencia. Mi
pensamiento, en esos instantes, estaba puesto en burlar a los árabes y, en
consecuencia, decidí liberarme tan rápido como me fuera posible, evitando
tirones a la cuerda que traicionarían un eficaz o problemático intento de soltarme.
Tal cosa, no obstante, era más fácil de decidir que de hacer. Algunos
tanteos preliminares dejaron claro que poco podía hacerse sin una considerable
agitación, y no me sorprendí cuando, tras una contorsión especialmente enérgica,
comencé a sentir las vueltas de cuerda suelta que se iban apilando sobre y en
torno a mí. Obviamente, pensé, los beduinos habían sentido mis movimientos,
soltando su extremo de la soga y apresurándose sin duda a alcanzar la verdadera
entrada del templo, dispuestos a aguardarme allí con intenciones asesinas. La
perspectiva no era halagüeña, pero había afrontado en tiempos situaciones peores
sin amilanarme, y tampoco me iba a acobardar ahora. Por el momento, lo
primero que debía hacer era librarme totalmente de mis ataduras, y luego confiar
en mi ingenio para huir sano y salvo del templo. Es curioso cuán implícitamente
había llegado a creerme en el viejo templo de Kefrén, bajo la Esfinge, a escasa
profundidad bajo tierra.
Pero tal creencia se hizo añicos, y cada previa aprensión de preternatural
profundidad y demoníaco misterio se vieron revividas por una circunstancia que
ganó en horror y significado mientras formulaba mi plan de acción. He dicho que
la cuerda, al caer, iba apilándose sobre y en torno a mí. Ahora noté que seguía
amontonándose en una forma que no sería posible en una cuerda de longitud
normal. Ganaba en velocidad y enseguida se convirtió en una avalancha de
cáñamo, amontonándose y medio enterrándome bajo aquellas vueltas que con
tanta rapidez se multiplicaban. Pronto me vi completamente sumergido e
inmovilizado. Mis sentidos vacilaban nuevamente y en vano traté de ahuyentar
una amenaza terrible e ineluctable. No se trataba tan sólo de que estaba siendo
torturado más de lo que un ser humano puede soportar -no era sólo que pareciera
que me estaban arrancando lentamente la vida y el aliento-, sino también el
conocimiento de lo que esa antinatural longitud de soga significaba, y la
conciencia de que me encontraba en esos instantes rodeado de desconocidos e
incalculables abismos subterráneos. Mi interminable descenso y mi bamboleante
vuelo a través de fantasmales espacios, por tanto, debían haber sido hechos
reales, y en aquellos momentos debía yacer inerte en el seno de alguna
indescriptible caverna, situada cerca del corazón del planeta. Esa repentina
confirmación de tal horror supremo me resultó insoportable, y por segunda vez
me sumí en una misericordiosa inconsciencia.
Cuando digo inconsciencia, no me refiero a que estuviera a salvo de los
sueños. Por el contrario, mi ausencia del mundo consciente se vio marcada por
visiones del más supremo espanto. ¡Dios Mío!… si al menos no hubiera leído
tanta egiptología antes de venir a esta tierra que es la cuna de toda oscuridad y
terror! Este segundo desmayo colmó de nuevo mi mente adormecida con la
estremecedora comprensión del país y sus arcaicos secretos, y, de una desdichada
forma, mis sueños versaron acerca de las antiguas nociones de muerte ysu
supervivencia en cuerpo y alma más allá de aquellas misteriosas tumbas que eran
más bien residencias que sepulturas. Recordé, mediante formas oníricas de las
que es mejor no hablar, la peculiar y elaborada construcción de los sepulcros
egipcios, y las terroríficas doctrinas, desaforadamente peculiares, que
determinaron su construcción.
Lo único en lo que esa gente pensaba era en la muerte y en los muertos.
Concebían una resurrección literal del cuerpo, lo que les llevaba a momificarlo
con extremo cuidado, preservando todos los órganos vitales en jarras junto al
cadáver; además de que creían que, aparte del cuerpo, existían otros dos
elementos: el alma, que tras ser pesada y aprobada por Osiris moraba en el
Paraíso, y el oscuro y portentoso ka, o principio vital, que vagaba en una forma
terrible por los mundos superiores e inferiores, pidiendo acceso ocasional al
cuerpo conservado, consumiendo las ofrendas de alimentos dispuestas por los
sacerdotes y los allegados más píos en la capilla mortuoria y, a veces -según se
murmuraba- ocupando su cuerpo, o el doble en madera que se enterraba siempre
al lado, para vagar de forma terrible en unos periplos peculiarmente repelentes.
Durante miles de años esos cuerpos suntuosamente encerrados
descansaron, mirando con ojos vidriosos cuando no eran visitados por el ka,
esperando el día en que Osiris reuniera a ambos, ka y alma, para guiar a las
rígidas legiones de los muertos desde las subterráneas casas del sueño. Sería un
glorioso renacimiento, pero no todas las almas eran aceptadas, ni todas las
tumbas se mantenían intactas, por lo que tendrían lugar ciertos grotescos errores
y ciertas anomalías diabólicas. Aún hoy en día los árabes murmuran acerca de
impías invocaciones y malsanas sabidurías depositadas en olvidados abismos
inferiores, que sólo alados e invisibles kas, así como momias sin almas, pueden
visitar y abandonar intactos.
Quizá las más impías de las leyendas, capaces de congelar la sangre, son
las tocantes a ciertos perversos productos del sacerdocio decadentes, las momias
compuestas mediante la unión artificial de troncos y miembros humanos con
cabezas de animales, imitando a los dioses antiguos. En todas las épocas
históricas se momificó a los animales sagrados, de forma que los toros, gatos,
íbices, cocodrilos y demás bestias consagradas pudieran regresar algún día a la
suprema gloria. Pero sólo en etapas decadentes se mezclaron humanos y
animales en la misma momia; sólo en la decadencia, cuando ya no entendían los
derechos y las prerrogativas del ka y el alma. No se cuenta qué sucedió con tales
momias compuestas -o, al menos, no se dice-, y es cierto que los egiptólogos no
han encontrado ninguna. Las habladurías de los árabes resultan de lo más
estrafalarias y no pueden ser tenidas en cuenta. Incluso insinúan que el viejo
Kefrén -el de la Esfinge, la Segunda Pirámide y el gran templo de entrada- vive
muy bajo tierra, desposado con la reina-diablo Nitokris y gobernando sobre las
momias que no son hombre ni bestia.
Fue con eso -con Kefrén y su consorte, y con su extraño ejército de
muertos híbridos- con lo que soñé, así que me alegro de que los detalles del
sueño se hayan desvanecido de mi memoria. La más terrible de todas las visiones
estaba conectada con una ociosa pregunta que me había hecho el día anterior
cuando contemplé el gran acertijo tallado en piedra del desierto y me pregunté
sobre a qué desconocidas profundidades podía encontrarse conectado
secretamente el templo cercano. Esta pregunta, tan inocente y caprichosa en el
momento, asumía en el sueño un significado de frenética e histérica demencia…
¿qué inmensa y espantosa anormalidad representaba el rostro original de la
Esfinge?
Mi segundo despertar -si despertar fue- constituye un recuerdo de brutal
espanto sin paralelo con nada que haya experimentado en mi vida -salvo algo que
sucedió después-, y esta vida ha sido pletórica y cargada de más aventuras que la
de la mayoría de los hombres. Recuerdo haber perdido el sentido mientras estaba
siendo sepultado por una cascada de soga que caía, cuya longitud revelaba la
cataclísmica profundidad de mi situación. Ahora, mientras volvían mis sentidos,
sentí el peso y comprendí que, aunque seguía atado, amordazado y con los ojos
vendados, algo había retirado por completo el asfixiante desprendimiento de
cáñamo que antes me había abrumado. La relevancia del hecho, por supuesto,
me asaltó gradualmente, pero, aun así, creo que me hubiera vuelto a desmayar de
nuevo de no encontrarme en ese momento en un estado de agotamiento
emocional tal que ningún nuevo horror podía ya aumentar. Me encontraba a
solas… ¿con qué?
Antes de que pudiera torturarme con nuevas reflexiones o hacer
cualquier renovado esfuerzo por librarme de mis ataduras, apareció un nuevo
hecho. Un dolor que antes no había sentido me laceraba en brazos y piernas, y
creí estar cubierto por gran cantidad de sangre seca, más de la que pudiera haber
manado de los cortes y abrasiones del descenso. Asimismo, el pecho parecía
estar sembrado de un centenar de heridas, y pensé que algún ibis titánico y
maligno me había picoteado. Seguramente, el ser que había retirado la soga era
hostil y había comenzado a causarme daños terribles cuando algo le había hecho
desistir. Pero, al tiempo, mis sensaciones eran claramente las contrarias de lo que
podría esperarse. En vez de hundirme en un insondable pozo de desesperación,
me vi armado de coraje y acción ya que ahora sentía que las fuerzas malignas
eran seres físicos a los que un hombre intrépido podía hacer frente.
Con la fuerza que me daba este pensamiento me debatí de nuevo en mis
ataduras, empleando la maña desarrollada a lo largo de toda una vida, que tanto
había brillado entre el resplandor de las candilejas y el aplauso de las multitudes.
Los detalles familiares del proceso comenzaron a absorberme y, dado que me
habían retirado de encima la soga, medio pensé que mi idea acerca de supremos
horrores, después de todo, no era sino alucinación; que nunca hubo una sima
terrible, un abismo insondable o una cuerda sin fin. ¿Me encontraría, al cabo, en
el templo de entrada de Kefrén, bajo la Esfinge, y los traicioneros árabes no me
habrían atacado y torturado mientras yacía inerte? De todas formas, debía
liberarme. Desatarme, quitarme la mordaza y tener los ojos libres para captar
cualquier rayo de luz que pudiera filtrarse desde cualquier origen; entonces
¡disfrutaría combatiendo contra malignos y traidores enemigos!
No sabría decir cuánto tardé en librarme de mis ataduras, pero debió
llevarme más tiempo que en mis actuaciones, ya que me encontraba herido,
agotado y enervado por las experiencias sufridas. Cuando por fin me vi libre y
aspirando profundas bocanadas de aire gélido, húmedo, maligno y hediondo,
tanto más horrible por cuanto ya no contaba con los filtros de la mordaza o la
venda, descubrí que me hallaba demasiado acalambrado y cansado para
moverme. Yací intentando estirar un cuerpo torcido y lacerado durante un
periodo de tiempo imposible de medir, forzando los ojos para captar el
resplandor de cualquier rayo de luz que pudiera ofrecerme un atisbo de mi
posición.
Mi fuerza y flexibilidad fueron recuperándose gradualmente, pero mis
ojos nada captaron. Mientras trastabillaba incorporándome, observé sin demora
en todas direcciones, no encontrando nada que no fuera una oscuridad de ébano,
tan intensa como si aún siguiera vendado de ojos. Probé las piernas,
ensangrentadas bajo los rasgados pantalones, y descubrí que podía caminar,
aunque no sabía en qué dirección ir. Obviamente, no debía vagar al azar, y quizás
así alejarme de la entrada; por tanto, me detuve a sentir la fría y fétida corriente
de aire con olor a natrón, corriente que nunca había dejado de notar. Asumiendo
que el punto del que brotaba debía ser la entrada del abismo, traté de situar esa
orientación y caminar hacia allí sin desviarme.
Había tenido conmigo una caja de cerillas e incluso una pequeña linterna
eléctrica, pero por supuesto que los bolsillos de mi roto y desgarrado atuendo
habían sido hacía mucho vaciados de todos estos pesados artículos. Mientras
caminaba cautelosamente a través de la negrura, la corriente se hizo más fuerte y
ofensiva, hasta que al cabo pude sentirla nada menos que como un chorro
tangible de detestable vapor brotando de alguna abertura como el humo del genio
en la jarra del pescador de aquel cuento oriental. Oriente… Egipto…
¡verdaderamente, esa oscura cuna de la civilización era aún la fuente de horrores
y maravillas indecibles! Cuanto más reflexionaba sobre la naturaleza de este
viento de la caverna, mayor se hacía mi inquietud, ya que, aunque antes, a pesar
de su olor, yo había visto su origen como al menos una pista indirecta para llegar
al mundo exterior, ahora comprendía plenamente que esta enloquecida
emanación no debía tener mezcla ni relación alguna con el limpio aire del
desierto líbico, sino que debía ser vomitada desde siniestros abismos aún más
inferiores. ¡Así pues, yo había estado entonces caminando en la dirección
equivocada!
Tras un instante de reflexión, decidí no volver sobre mis pasos. Lejos de
la corriente no habría forma de orientarse, ya que el suelo, bastamente nivelado,
carecía de cualquier configuración distintiva. Si, no obstante, seguía la extraña
corriente, sin duda conseguiría llegar a una abertura de algún tipo, gracias a cuya
entrada podría quizá contornear los muros hasta el lado opuesto de esta ciclópea
estancia, imposible de recorrer de otra forma. Que podía fracasar, bien lo sabía
yo. Veía que esto no formaba parte del templo de entrada de Kefrén que conocían
los turistas, y me asediaba la idea de que este salón en concreto pudiera ser
desconocido aún para los arqueólogos, y que sólo los curiosos y malignos árabes
que me habían apresado hubieran dado con él. Si tal era el caso, ¿habría alguna
puerta para salir a un lugar conocido o sencillamente al aire libre?
¿Y qué prueba tenía yo, de hecho, de que me encontraba en el templo de
entrada después de todo? Por un momento, mis más estrafalarias especulaciones
volvieron a acosarme y pensé en aquella vívida mescolanza de impresiones:
descenso, suspensión en el aire, la cuerda, mis heridas y los sueños que no podían
ser más que eso, sueños. ¿Acabaría allí mi vida? ¿O, realmente, podría
considerarme afortunado si aquel momento fuera el de mi muerte? No podía
responder a ninguna de tales preguntas, y solamente podía aguardar, hasta que el
hado me redujo por tercera vez a la inconsciencia. Esta vez no hubo sueños, ya
que lo repentino del incidente me alcanzó sin que pudiera formular cualquier tipo
de pensamiento, consciente o inconsciente. Tropecé con un inesperado peldaño
de bajada, en un punto donde la desagradable corriente resultaba lo bastante
fuerte como para ejercer resistencia física, y me precipité de cabeza, por un negro
tramo de grandes peldaños de piedra, hacia un abismo de absoluto espanto.
El que siquiera respirase de nuevo resulta un tributo a la inherente
vitalidad que anima a un organismo humano sano. Suelo recordar esa noche y
sentir un toque de verdadero humor en aquellos repetidos lapsos de
inconsciencia; periodos cuya sucesión no me recuerda sino los toscos
melodramas cinematográficos de la época. Por supuesto, es posible que esos
repetidos lapsos no tuvieran lugar nunca, y que todos los detalles de esta
pesadilla subterránea fueran simplemente debidos a los sueños de un largo coma
que comenzó bajo los efectos de mi descenso a ese abismo y finalizó por obra del
cicatrizante bálsamo del aire exterior y el sol naciente que me encontró tendido
en las arenas de Gizeh ante el rostro de la Gran Esfinge, sardónico y bañado por
el alba.
A ser posible, prefiero esta última explicación; así que me alegré cuando
la policía me dijo que la barrera de acceso al templo de Kefrén había sido
encontrada retirada, y que en una esquina de la zona aún por limpiar existía una
grieta de considerable tamaño. También me alegré cuando los doctores
manifestaron que mis heridas se debían sólo al ataque sufrido, amordazamiento,
descenso, ataduras, caída desde cierta altura -quizás en una depresión del
pasadizo interior del templo-, arrastrarme hasta la barrera exterior y escapar, así
como a otras circunstancias similares… un diagnóstico de lo más tranquilizador.
Y, aun así, sé que debe haber algo más. Tengo demasiado grabado en la memoria
ese descenso como para rechazarlo -y es extraño que nadie haya sido capaz de
encontrar a un hombre que responda a la descripción de mi guía Abdul Reis el
Drogman-, el guía de voz sepulcral que se parecía y sonreía como el rey Kefrén.
Me he apartado de mi narración, quizás con la vaga esperanza de
soslayar el comentario al incidente final; ese incidente que, de todo lo sucedido,
es con mayor certeza una alucinación. Pero he prometido contarlo todo y no voy
a romper tal promesa. Cuando recuperé -o me pareció haber recuperado- mis
sentidos tras esa caída por las negras escaleras de piedra, me encontraba tan a
solas en la oscuridad como antes. El ventoso hedor, ya bastante malo antes,
resultaba ahora demoníaco, aunque para entonces ya me había familiarizado lo
bastante con él como para soportarlo estoicamente. Aturdido, comencé a gatear
hacia la fuente del pútrido viento, y con mis manos ensangrentadas tanteé los
colosales bloques del poderoso pavimento. En una ocasión golpeé con la cabeza
contra un objeto duro y, cuando lo tenté supe que se trataba de una columna - una
columna de un tamaño increíble -, con la superficie cubierta de gigantescos
jeroglíficos cincelados, sumamente perceptibles al tacto. Arrastrándome,
encontré otras columnas inmensas separadas a distancias incomprensibles, y,
repentinamente, mi atención se vio captada por algo que había estado
rondándome el subconsciente desde mucho antes de que mis sentidos conscientes
lo captaran.
De alguna sima, aún más profunda en las entrañas de la tierra, brotaban
ciertos sonidos, rítmicos y definidos, que no se parecían a nada de lo que yo
hubiera oído antes. Supe casi intuitivamente que se trataba de un son muy
antiguo y claramente ceremonial, y mis muchas lecturas de egiptología me
hicieron asociarlo con la flauta, el sambuke, el sistro y el tímpano. En su rítmico
sonar, zumbar, repicar y batir noté un elemento de terror que estaba más allá de
cualquiera de los terrores conocidos en la tierra; un terror peculiarmente
disociado del miedo físico, y que movía a sentir piedad por nuestro planeta, que
alberga en sus profundidades horrores tales como los que debían corresponder a
tales cacofonías egipánicas. Los sones crecían en volumen, y comprendí que se
estaban acercando. Entonces - y quieran los dioses de todos los panteones unidos
preservar mis oídos de algo semejante otra vez - comencé a escuchar, débil y
lejano, las morbosas y milenarias pisadas de seres en marcha.
Resultaba espantoso que pisadas tan diferentes pudieran moverse con tan
perfecto ritmo. El entrenamiento de centenares de años impíos debía subyacer a
esa marcha de las monstruosidades de la tierra más profunda… escabulléndose,
taconeando, pisando, con paso sigiloso, sonoro, crujiente, arrastrándose… y todo
al son de la horrible discordancia de esos burlones instrumentos. Y entonces…
¡Dios mantengaalejado de mi cabeza el recuerdo de esas leyendas árabes! Las
momias sin almas… el lugar de encuentro de los kas errantes… las hordas de
cadáveres faraónicos, malditos por el diablo y muertos hace más de cuarenta
siglos… las momias compuestas conducidas a través de los tremendos abismos de
ónice por el rey Kefrén y su necrófaga reina Nitokris…
Los pasos sonaban cada vez más cerca; ¡el cielo me guarde del sonido de
esos pies y zarpas y pezuñas y patas y garras que comenzaban a perfilarse con
claridad! En la ilimitada extensión del pavimento negro un rayo de luz
relampagueó entre el viento maloliente, y yo me oculté tras la enorme
circunferencia de una ciclópea columna, tratando de huir por un momento del
horror que se albergaba en ese millón de pasos que se encaminaban hacia mí a
través de gigantescos hipóstilos de inhumano espanto y antigüedad fóbica. El
relampagueo aumentó, y el pisoteo y el ritmo disonante crecían a un ritmo
enloquecedor. Al resplandor de la estremecedora luz naranja, surgió tenuemente
una escena de tal espanto pétreo que boqueé por culpa de la pura maravilla, que
se impuso incluso sobre el miedo y la repugnancia. Bases de columnas cuyos
fustes se elevaban fuera del alcance de la visión humana… simples basas de algo
que debía hacer empequeñecer a la Torre Eiffel hasta el nivel de la
insignificancia… jeroglíficos tallados por manos inconcebibles en cavernas donde
la luz del día no debía ser otra cosa que una remota leyenda…
No miraría a los seres en marcha. Eso es lo que desesperadamente resolví
mientras escuchaba su crujiente desplazamiento y sus salitrosos resuellos
imponiéndose sobre la música muerta y el pisar de los muertos. Resultaba
misericordioso que no hablasen… pero, ¡por Dios!, sus enloquecidas antorchas
comenzaban a crear sombras sobre la superficie de esas descomunales
columnas. ¡El cielo los aleje de mí! Los hipopótamos no debieran tener manos
humanas ni portar antorchas… los hombres no debieran tener cabeza de
cocodrilo…
Intenté apartar la cabeza, pero las sombras y los sonidos y el hedor
estaban por doquier. Entonces recordé algo que solía hacer en mitad de las
pesadillas medio conscientes de mi niñez, y comencé a repetir para mis adentros:
«¡Es un sueño! ¡Es un sueño!» Pero no sirvió de nada, y sólo pude cerrar los ojos
y rezar. Al menos, eso es lo que creo haber hecho, porque uno no está nunca
seguro cuando sufre visiones, y yo sé que no pudo tratarse más que de eso. Me
pregunté si podría volver de nuevo al mundo y, a veces, abría furtivamente los
ojos para ver si se podía discernir otra cosa que no fuera el viento de aromática
putrefacción, las columnas interminables y las sombras grotescas y embrujadas
de anormal horror. El chisporroteante resplandor de innumerables antorchas
resultaba ahora cegador y, a no ser que aquel sitio infernal careciera por completo
de muros, habría de ver algún límite o confín pronto. Pero de nuevo tuve que
cerrar los ojos, comprendiendo cuántos de aquellos seres había allí… cerrarlos al
atisbar cierto objeto que caminaba solemne y firmemente sin cuerpo alguno
sobre la cintura.
Un demoníaco y ululante gorgoteo de cadáveres o resonar de muertos
hendió ahora el mismo aire -ese aire de osario, emponzoñando con toques de
nafta y betún- en un concertado coro procedente de la necrófaga legión de
híbridas blasfemias. Mis ojos, perversamente abiertos, contemplaron durante un
instante una visión que ninguna criatura humana podría siquiera imaginar sin
sentir miedo, pánico y extenuación física. Los seres habían desfilado
ceremoniosamente en una dirección, hacia el viento apestoso, donde la luz de las
antorchas mostraban sus cabezas inclinadas -o las cabezas inclinadas de aquellos
que las tenían- en adoración ante una negra, grande y fétida abertura de la que
brotaba el viento, una abertura que llegaba hasta casi fuera de la vista y que yo
podía distinguir flanqueada por dos gigantescas escalinatas en ángulo recto cuyo
final alcanzaba las sombras. Una de ésas, sin duda, era la escalinata de la que yo
me había caído.
Las dimensiones del agujero eran totalmente acordes con las de las
columnas; una casa ordinaria se hubiera perdido allí, y cualquier edificio público
normal habría podido ser desplazado fácilmente a través de él. Era una superficie
tan inmensa que sólo moviendo los ojos podía uno tomar nota de sus límites -tan
vasta, tan odiosamente negra, tan aromáticamente apestosa-. Justo enfrente de
esta bostezante puerta polifémica, los seres arrojaban objetos, evidentemente
sacrificios u ofrendas religiosas, a juzgar por sus gestos. Kefrén era su líder, el
rey Kefrén o el guía Abdul Reis, sonriendo con desprecio, coronado con un
dorado pshent y entonando interminables fórmulas con la profunda voz de los
muertos. A su lado se arrodillaba la hermosa reina Nitokris, a la que vi de perfil
un momento, percatándome de que la parte derecha de su rostro había sido
devorado por ratas u otros seres necrófagos. Y cerré de nuevo los ojos cuando vi
qué objetos arrojaban a la fétida abertura o a la posible deidad que albergaba.
Se me ocurrió que, a juzgar por lo elaborado de esta adoración, la oculta
deidad debía ser de considerable importancia. ¿Se trataría de Osiris o Isis, Horus
o Anubis, o de algún inmenso Dios desconocido de los Muertos, aún más
importante y supremo? Existe una leyenda que dice que terribles altares y
colosos fueron levantados en honor de un Dios Desconocido antes de que los
conocidos fueran adorados…
Y entonces, mientras me aplicaba a observar la arrebatada y sepulcral
adoración que prestaban aquellos seres indescriptibles, se me ocurrió una forma
de escapar. La estancia se encontraba en penumbras y las columnas estaban en
sombras.
Estando todas y cada una de esas criaturas de la multitud de pesadilla
sumidas en estremecedores arrebatos de adoración, me sería posible reptar hasta
alcanzar una de las escalinatas y remontarla sin ser visto, confiando después en la
suerte y en mi habilidad como escapista para manejarme en niveles superiores.
Dónde estaba, ni lo sabía ni había pensado mucho en ello, y por un momento me
resultó divertido planear en serio una escapatoria de algo que sabía que se trataba
de un sueño. ¿Me encontraba en algún lugar oculto y desconocido, en los niveles
inferiores del templo de entrada de Kefrén, el templo que generación tras
generación ha sido persistentemente llamado el Templo de la Esfinge? No podía
conjeturar nada, pero decidí ascender en busca de la vida y la consciencia con
todas mis fuerzas.
Serpenteando boca abajo, comencé la ansiosa travesía hasta alcanzar el
pie de la escalera izquierda, que parecía la más accesible de las dos. No puedo
describir los incidentes y las sensaciones producidas por este reptar, pero pueden
adivinarse cuando se piensa en lo que tuve que presenciar sin poder evitarlo a la
luz de esa maligna luz de antorcha, agitada por el viento, para prevenir el ser
avistado. El final de la escalera estaba, como he dicho, sumido muy lejos entre
las sombras, así que debía subir sin recurva hasta el vertiginoso rellano colgante
sobre la titánica abertura. Esto situaba las últimas etapas de mi reptar a cierta
distancia del ruidoso rebaño, aunque el espectáculo ya me estremecía a pesar de
lo lejos que estaba a mi derecha.
Finalmente, conseguí alcanzar los peldaños y comenzar el ascenso,
manteniéndome pegado al muro, en el que observé decoraciones del tipo más
espantoso, confiando mi seguridad al absorto y extático interés con que las
monstruosidades observaban la abertura, en la que se alborotaba el aire, y los
impíos objetos alimenticios que habían arrojado al pavimento que había ante ella.
Dado que la escalinata era inmensa y empinada, construida con inmensos
bloques de pórfido, como diseñados para pasos de gigante, el ascenso me resultó
virtualmente interminable. El temor a ser descubierto y el dolor, puesto que este
nuevo ejercicio había reabierto mis heridas, se combinaban para hacer de mi
reptar hacia arriba algo de recuerdo agónico. Había decidido, al llegar arriba,
subir inmediatamente por cualquier escalera ascendente que pudiera arrancar de
allí, sin detenerme a echar un último vistazo a los abominables despojos que
arañaban y se doblegaban a veinticinco o treinta metros más abajo; sin embargo,
una repentina repetición de ese atronador gorgoteo de cadáveres o resonar del
coro cadavérico, cuando ya casi había llegado a lo alto de la escalera y delatando
por su ritmo ceremonial que ni había sido yo descubierto ni se había desatado
ninguna alarma, me llevó a detenerme y escudriñar cautelosamente sobre el
parapeto.
Las monstruosidades estaban aclamando a algo que había salido de la
nauseabunda abertura para apoderarse del infernal presente. Era algo pesado, aun
visto desde mi altura, algo amarillento y peludo, dotado de una especie de
nervioso movimiento. Era tan grande, quizás, como un hipopótamo de buen
tamaño. Parecía no tener cuello, pero cinco cabezas separadas y peludas brotaban
en fila de un tronco burdamente cilíndrico; la primera muy pequeña, la segunda
bastante grande, la tercera y la cuarta iguales, las más grandes de todas, y la
quinta bastante pequeña, aunque no tanto como la primera. De esas cabezas
salían a gran velocidad curiosos tentáculos rígidos que aferraban ansiosamente
las desmesuradamente grandes cantidades de indescriptible alimento dispuestas
ante la abertura. A veces el ser saltaba y ocasionalmente retrocedía hacia su cubil
de una forma muy extraña. Su medio de locomoción era tan inexplicable que
observé fascinado, deseando que saliera algo más del cavernoso seno de abajo.
Entonces salió… salió, y su visión me hizo dar la vuelta y huir a través de
la oscuridad, hacia la escalera de subida que arrancaba muy cerca; huir
enloquecido por increíbles peldaños y escaleras y rampas, sin que ni la vista
humana ni la lógica me guiaran a través de ellos, en un periplo que debo relegar
al mundo de los sueños por falta de confirmación. Debió tratarse de un sueño, o
el alba nunca me hubiera hallado respirando en las arenas de Gizeh, ante el rostro
sardónico y bañado por la aurora de la Gran Esfinge.
¡La Gran Esfinge! ¡Dios Mío!; esa ociosa pregunta que me hice en la
bendita y soleada mañana del día anterior… ¿qué inmensa y espantosa
anormalidad representaba la talla originaria de la Esfinge? Maldita sea la
visión, sueño o no, que me reveló el horror supremo. El Desconocido Dios de los
Muertos que se relame los labios colosales en el abismo insospechado,
alimentándose de los espantosos bocados de absurdos sin alma que no debieran
existir. El monstruo de las cinco cabezas que salió… el monstruo de las cinco
cabezas, tan grande como un hipopótamo… el monstruo de las cinco cabezas… y
aquello de lo que éstas eran simplemente la garra anterior…
Pero sobreviví, y sé que sólo ha sido un sueño.

***

LOVECRAT Y SUS DISCIPULOS
Under the Pyramids (febrero-marzo de 1924). Colaboración con Harry Houdini.
Primera publicación, Weird Tales, mayo-julio de 1924. Anteriormente llamado
«Imprisoned with the Pharaohs», el título correcto se ha sacado de un artículo de
Lovecraf publicado en The Providente Journal, 3 de marzo de 1924. Únicamente se
conserva la copia impresa.
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Monday, May 12, 2008

HERBERT WEST, REANIMADOR — LOVERCRAFT

HERBERT WEST, REANIMADOR — LOVERCRAFT

HERBERT WEST, REANIMADOR
H. P. Lovecraft

_
I.
DE LA OSCURIDAD

De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y
posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe
totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo
origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por
primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de
nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de
Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos
me tuvieron completamente fascinado, y fui su más íntimo compañero. Ahora que
ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y
las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor
impresión que yo había llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir.
Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde West
se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la
muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy
ridiculizadas por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza
esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en
funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción
química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de
experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a
tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta
convertirse en la persona más odiada de la Facultad. Varias veces logró obtener
signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos
violentos de vida; pero pronto se dio cuenta que la perfección, de ser
efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la
investigación. Así mismo, vio claramente que, puesto que la misma solución no
actuaba del mismo modo en diferentes especies orgánicas, necesitaba disponer
de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más especializados progresos. Y
aquí es donde chocó, con las autoridades universitarias, y le fue retirado el
permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el propio decano de la
Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Halsey, cuya obra en pro
de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham.
Yo siempre me mostré excepcionalmente tolerante con los trabajos de
West, y a menudo hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios
eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso químico
y físico, y que la supuesta «alma» es un mito, mi amigo creía que la reanimación
artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a
menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver
totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado
tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida. West comprendía
perfectamente que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas
por un período letal, incluso fugaz, podía dañar la vida intelectual y psíquica.
Al principio, tenia esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la
vitalidad antes de la verdadera aparición de la muerte, y solo los repetidos
fracasos en animales le habían revelado que eran incompatibles los movimientos
vitales naturales y los artificiales. Entonces se procuró ejemplares
extremadamente frescos y les inyectó sus soluciones en la sangre,
inmediatamente después de la extinción de la vida. Tal circunstancia volvió
enormemente escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso
se había producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión
detenida y razonablemente.
Poco después que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West
me confió su decisión de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y
reanudar en secreto los experimentos que no podía realizar abiertamente. Era
horrible oírle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad
nunca tuvimos que ocuparnos nosotros de conseguir ejemplares para las prácticas
de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se
encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su
procedencia. West era por entonces un joven, delgado y con gafas, de facciones
delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar
cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio
perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia
de Cristo estaban embalsamados; lo cual, evidentemente, hacía imposibles las
investigaciones de West.
Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y le ayudé en todas
sus decisiones; no sólo en las que se referían a la fuente de abastecimiento de
cadáveres, sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestro
repugnante trabajo. Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al
otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja como
sala de operaciones y otra como laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas, a fin
de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera,
y no había casas a la vista; de todos modos, era necesario extremar las
precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier
caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra
empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un
laboratorio químico.
Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida científica, con materiales
comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad —materiales
cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos
expertos—, y nos proveímos de palas y picos para los numerosos enterramientos
que tendríamos que efectuar en el sótano. En la facultad había un incinerador,
pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio
clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro… incluso los
minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West
realizaba en su habitación de la pensión donde vivía.
Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que
nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran
cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna;
preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos
los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes.
Durante varias semanas no tuvimos noticias de ningún caso apropiado, aunque
hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo representar
los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los
casos, de manera que quizás necesitáramos quedarnos en Arkham durante las
vacaciones, en que sólo se impartían las limitadas clases de los cursos de verano.
Al final nos sonrió la suerte; pues un día nos enteramos que enterrarían en la fosa
común un caso casi ideal: un joven y fornido obrero que se había ahogado el día
anterior en Summer’s Pond; lo enterrarían sin dilaciones ni embalsamamientos,
por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura, y decidimos
empezar a trabajar poco después de la medianoche.
Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las
primeras horas de la madrugada, aun cuando en aquella época no teníamos ese
horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos
despertó. Llevamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien ya habían
linternas eléctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de
tungsteno de hoy día. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido —podía haber
sido horriblemente poético, si en vez de científicos hubiésemos sido artistas—; y
sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja
de pino quedó enteramente al descubierto, West bajó y quitó la tapa, sacó el
contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de
la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes.
La empresa nos puso algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara
inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las
huellas de nuestra visita. Cuando quedó aplanada la ultima paletada de tierra,
metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la
granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.
En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz
de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado
espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo
saludable, y plebeyo —constitución ancha, ojos grises y cabello castaño—; un
animal sano, sin complejidades psicológicas, y probablemente con unos procesos
vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados, parecía más
dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en
seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que West siempre había
deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos
preparado con minuciosos cálculos y teorías; a fin de utilizar en el organismo
humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un
éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las
grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos
especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la
criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células
cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún
conservaba una curiosa noción tradicional del «alma» humana, y sentía cierto
temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba desde el reino de
los muertos. Me preguntaba qué visiones pudo presenciar este plácido joven, si
volvía plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que
compartía casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más
tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del
cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.
La espera fue espantosa, pero West no perdió el aplomo en ningún
momento. De cuando en cuando, aplicaba su estetoscopio al ejemplar, y
soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos
de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado
que la solución era inapropiada; sin embargo decidió aprovechar al máximo esta
oportunidad, y probar una modificación de la fórmula, antes de deshacerse de su
macabra presa. Esa tarde habíamos cavado una sepultura en el sótano, y
tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos puesto cerradura a
la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo para que se produjera un
desagradable descubrimiento. Además, el cuerpo no estaría ni medianamente
fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria lámpara de
acetileno al laboratorio contiguo —dejando a nuestro mudo huésped a oscuras
sobre la losa— y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución,
tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fanático cuidado.
El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba
vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la
lámpara de alcohol —que hacía las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin
instalación de gas—, cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras
brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de
los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese
abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía
inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza
animada. No podían ser humanos —un hombre no es capaz de proferir gritos
así—; y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad que
lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales
despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a
la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corríamos
frenéticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras adoptamos una
actitud más contenida… lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas
trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela.
No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allí
estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora
nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas
prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en
lugar de asistir a clases. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico,
sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada
de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe
montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El
otro, informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común,
como si hubiesen hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos
resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la
tierra húmeda.
Y durante diecisiete años, West anduvo mirando por encima del hombro, y
quejándose que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido.

_
II.

EL DEMONIO DE LA PESTE

Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como
un demonio maligno proveniente desde las moradas de Eblis, se propagó el tifus
solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese año por dicho azote
satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los
ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay
un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora
que Herbert West ya no está en este mundo.
West y yo hacíamos trabajo de postgraduación en el curso de verano de la
Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido
gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificación de los
muertos. Tras la matanza científica de innumerables bestezuelas, la monstruosa
labor quedó suspendida aparentemente por orden de nuestro escéptico decano, el
doctor Allan Halsey; pero West siguió realizando ciertas pruebas secretas en la
sórdida pensión donde vivía, y en una terrible e inolvidable ocasión se apoderó de
un cuerpo humano de la fosa común, transportándolo a una granja situada a otro
lado de Meadow Hill.
Yo estuve con él en aquella ocasión, y le vi inyectar en las venas exánimes
el elixir que según él, restablecería en cierto modo los procesos químicos y físicos.
El experimento concluyó horriblemente —en un delirio de terror que poco a poco
llegamos a atribuir a nuestros nervios sobreexcitados—, y West ya no fue capaz
de librarse de la enloquecedora sensación que le seguían y perseguían. El
cadáver no estaba lo bastante fresco; es evidente que para restablecer las
condiciones mentales normales, el cadáver debe ser verdaderamente fresco; por
otra parte, el incendio de la vieja casa nos impidió enterrar el ejemplar. Habría sido
preferible tener la seguridad que estaba bajo tierra.
Después de esa experiencia, West abandonó sus investigaciones durante
algún tiempo; pero lentamente recobró su celo de científico nato, y volvió a
importunar a los profesores de la Facultad pidiéndoles permiso para utilizar la sala
de disección, y ejemplares humanos frescos para el trabajo que él consideraba tan
tremendamente importante. Pero sus súplicas fueron completamente inútiles, ya
que la decisión del doctor Halsey fue inflexible, y todos los demás profesores
apoyaron el veredicto de su superior. En la teoría fundamental de la reanimación
no veían sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo
delgado, cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hacían sospechar
el poder supranormal —casi diabólico— del cerebro que albergaba en su interior.
Aún lo veo como era entonces y me estremezco. Su cara se volvió más severa,
aunque no más vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha
desaparecido.
West chocó desagradablemente con el Doctor Halsey casi al final de
nuestro ultimo año de carrera, en una disputa que le reportó menos prestigio a él
que al bondadoso decano en lo que a cortesía se refiere. Afirmaba que este
hombre se mostraba innecesaria e irracionalmente terco, ante una obra que
deseaba comenzar mientras aún tenía la oportunidad de disponer de las
excepcionales instalaciones de la facultad. El que los profesores, apegados a la
tradición ignorasen los singulares resultados obtenidos en animales, y persistiesen
en negar la posibilidad de reanimación, era indeciblemente indignante, y casi
incomprensible para un joven del temperamento lógico de West. Sólo una mayor
madurez podía ayudarle a entender las limitaciones mentales crónicas del tipo
«doctor-profesor», producto de generaciones de puritanos mediocres,
bondadosos, conscientes, afables, y corteses, a veces, pero siempre rígidos,
intolerantes, esclavos de las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es
más caritativo con estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo
defecto fundamental, en realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el
castigo de la irrisión general por sus pecados intelectuales: su ptolomeísmo, su
calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzaheísmo, y por toda clase de
sabbatarinanismo y leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus
maravillosos conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el buen doctor
Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más grande,
acompañado de un deseo por demostrar la veracidad de sus teorías a estas
obtusas dignidades de alguna forma impresionante y dramática. Y como la
mayoría de los jóvenes, se entregaban a complicados sueños de venganza, de
triunfo y de magnánima indulgencia final.
Y entonces surgió el azote, sarcástico y letal, de las cavernas pesadillescas
del Tártaro. West y yo nos habíamos graduado cuando empezó, aunque
seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del curso de verano, de
forma que aún estábamos en Arkham cuando se desató con furia demoníaca en
toda la ciudad. Aunque todavía no estábamos autorizados para ejercer, teníamos
nuestro título, y nos vimos frenéticamente requeridos a incorporarnos al servicio
público, al aumentar el número de los afectados. La situación se hizo casi
incontrolable, y las defunciones se producían con demasiada frecuencia para que
las empresas funerarias de la localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de
ellas. Los entierros se efectuaban en rápida sucesión, sin preparación alguna, y
hasta el cementerio de la Iglesia de Cristo estaba atestado de ataúdes con
muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no dejó de tener su efecto en West,
que a menudo pensaba en la ironía de la situación: tantísimos ejemplares frescos,
y sin embargo, ¡ninguno servía para sus investigaciones! Estábamos
tremendamente abrumados de trabajo, y una terrible tensión mental y nerviosa
sumía a mi amigo en morbosas reflexiones.
Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en agobiantes
deberes. La Facultad fue cerrada, y todos los doctores adscritos a ella
colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey, sobre todo,
se distinguía por su abnegación, dedicando toda su enorme capacidad, con
sincera energía, a los casos que muchos otros evitaban por el riesgo que
representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el mes, el
valeroso decano se había convertido en héroe popular aunque él no parecía tener
conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el desmoronamiento por
cansancio físico y agotamiento nervioso. West no podía menos que admirar la
fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba aún más decidido a
demostrarle la verdad de sus asombrosas teorías. Una noche, aprovechando la
desorganización que reinaba en el trabajo de la Facultad y las normas sanitarias
municipales, se las arregló para introducir en forma camuflada el cuerpo de un
recién fallecido en la sala de disección, y le inyectó en mi presencia una nueva
variante de su solución. El cadáver abrió efectivamente los ojos, aunque se limitó
a fijarlos en el techo con expresión de paralizado horror, antes de caer en una
inercia de la que nada fue capaz de sacarlo, West dijo que no era lo
suficientemente fresco; el aire caliente del verano no beneficia los cadáveres. Esa
vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de incinerar los despojos, y West
no consideró aconsejable repetir esta utilización indebida del laboratorio de la
Facultad.
El apogeo de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a
punto de sucumbir, en cuanto al doctor Halsey falleció el día catorce. Todos los
estudiantes asistieron a su precipitado funeral el día quince, y compraron una
impresionante corona, aunque casi la ahogaban los testimonios enviados por los
ciudadanos acomodados de Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue
casi un acontecimiento público, dado que el decano fue un verdadero benefactor
para la ciudad. Después del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y
pasamos la tarde en el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado
por la muerte de su principal adversario, nos hizo estremecer a todos hablándonos
de sus notables teorías. Al oscurecerse, la mayoría de los estudiantes regresaron
a sus casas o se incorporaron a sus diversas ocupaciones; pero West me
convenció para que lo ayudase a «sacar partida de la noche». La patrona de West
nos vio entrar en la habitación alrededor de las dos de la madrugada,
acompañados de un tercer hombre, y le contó a su marido que se notaba que
habíamos cenado y bebido demasiado bien.
Aparentemente, la avinagrada patrona tenía razón; pues hacia las tres, la
casa entera se despertó con los gritos procedentes de la habitación de West, cuya
puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a los dos inconscientes,
tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados, arañados y magullados,
con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a nuestro alrededor. Sólo la
ventana abierta revelaba que fue de nuestro asaltante, y muchos se preguntaron
qué le ocurriría, después del tremendo salto que tuvo que dar desde el segundo
piso al césped. Encontraron ciertas ropas extrañas en la habitación, pero cuando
West volvió en sí, explicó que no pertenecían al desconocido, sino que eran
muestras recogidas para su análisis bacteriológico, lo cual formaba parte de sus
investigaciones sobre la transmisión de enfermedades infecciosas. Ordenó que las
quemasen inmediatamente en la amplia chimenea. Ante la policía, declaramos
ignorar por completo la identidad del hombre que estuvo con nosotros. West
explicó con nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que habíamos
conocido en un bar de la ciudad que no recordábamos. Habíamos pasado un rato
algo alegres y West y yo no queríamos que detuviesen a nuestro belicoso
compañero.
Esa misma noche presenciamos el comienzo del segundo horror de
Arkham; horror que, para mí, iba a eclipsar a la misma epidemia. El cementerio de
la iglesia de Cristo fue escenario de un horrible asesinato; un vigilante fue muerto
a arañazos, no sólo de manera indescriptiblemente espantosa, sino que había
dudas que el agresor fuese un ser humano. La víctima había sido vista con vida
bastante después de la medianoche, descubriéndose el incalificable hecho al
amanecer. Se interrogó al director de un circo instalado en el vecino pueblo de
Bolton, pero éste juró que ninguno de sus animales había escapado de su jaula.
Quienes encontraron el cadáver observaron un rastro de sangre que conducía a
una tumba reciente, en cuyo cemento había un pequeño charco rojo, justo delante
de la entrada. Otro rastro más pequeño se alejaba en dirección al bosque; pero se
perdía en seguida.
A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham,
y una desenfrenada locura aulló en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo
suelta una maldición, de la que unos dijeron que era más grande que la peste, y
otros murmuraban que era el espíritu encarnado del mismo mal. Un ser
abominable penetró en ocho casas sembrando la muerte roja a su paso…, dejando
atrás el mudo y sádico monstruo un total de diecisiete cadáveres, y huyendo
después. Algunas personas que llegaron a verle en la oscuridad dijeron que era
blanco y como un mono malformado o monstruo antropomorfo. No dejó entero a
ninguno de cuantos atacó, ya que a veces sintió hambre. El número de víctimas
ascendía a catorce; a las otras tres las encontró ya muertas al irrumpir en sus
casas, víctimas de la enfermedad.
La tercera noche, los frenéticos grupos dirigidos por la policía lograron
capturarlo en una casa de Crane Street, cerca del campus universitario. Habían
organizado la batida con toda minuciosidad, manteniéndose en contacto mediante
puestos voluntarios de teléfono; y cuando alguien del distrito de la universidad
informó que había oído arañar en una ventana cerrada, desplegaron
inmediatamente la red. Debido a las precauciones y a la alarma general, no hubo
más que otras dos víctimas, y la captura se efectuó sin más accidentes. La
criatura fue detenida finalmente por una bala; aunque no acabó con su vida, y fue
trasladada al hospital local, en medio del furor y la abominación generales, porque
aquel ser había sido humano. Esto quedó claro, a pesar de sus ojos repugnantes,
su mutismo simiesco, y su salvajismo demoníaco. Le vendaron la herida y
trasladaron al manicomio de Sefton, donde estuvo golpeándose la cabeza contra
las paredes de una celda acolchada durante dieciséis años, hasta un reciente
accidente, a causa del cual escapó en circunstancias de las cuales a nadie le
gusta hablar. Lo que más repugnó a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al
limpiarle la cara a la monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza
increíble y burlesca con un mártir sabio y abnegado al que habían enterrado hacia
tres días: el difunto doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la
Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic.
Para el desaparecido Herbert West, y para mí, la repugnancia y el horror
fueron indecibles. Aún me estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y
tiemblo más aún de lo que temblé aquella mañana en que West murmuró entre
sus vendajes:
—¡Maldita sea, no estaba bastante fresco!

_
III.

SEIS DISPAROS A LA LUZ DE LA LUNA.

No es corriente descargar los seis tiros de un revólver con toda
precipitación, cuando sólo uno habría sido sin duda suficiente; pero hubo muchas
cosas en la vida de Herbert West que no eran corrientes. No es habitual, por
ejemplo, que un médico recién salido de la universidad se vea obligado a ocultar
los motivos que lo impulsan a elegir determinada casa y consulta; sin embargo,
ese fue el caso de Herbert West. Cuando obtuvimos él y yo el título de la Facultad
de Medicina de la Universidad Miskatonic, y tratamos de paliar nuestra penuria
instalándonos como facultativos de medicina general, tuvimos mucho cuidado en
ocultar que habíamos elegido nuestra casa por su aislamiento y su proximidad al
cementerio.
Un deseo de soledad de esta naturaleza rara vez carece de motivos; y
como es natural, nosotros los teníamos también. Nuestras necesidades se debían
a un trabajo claramente impopular. Externamente éramos médicos tan sólo; pero
por debajo de esa superficie había objetivos de una importancia mucho más
grande y terrible, ya que lo esencial en la vida de Herbert West era la búsqueda en
las negras y prohibidas regiones de lo desconocido, en las que esperaba descubrir
el secreto de la vida, y de devolver la animación perpetua al barro frío del
cementerio. Una búsqueda de ese género requiere extraños materiales, entre
ellos, cadáveres humanos recientes; y para mantenerse abastecido de tales
elementos indispensables, uno debe vivir discretamente, y no muy lejos de un
lugar de enterramientos anónimos.
West y yo nos habíamos conocido en la universidad, y fui el único que
simpatizó con sus espantosos experimentos. Gradualmente me convertí en su
ayudante inesperado, y ahora que abandonábamos la Universidad teníamos que
seguir juntos. No era fácil que dos doctores encontraran salida juntos; pero
finalmente, por influencia de la universidad, se nos proporcionó una consulta en
Bolton, pueblo industrial próximo a Arkham, la sede universitaria. Las fábricas
textiles de Bolton son las más grandes del valle de Miskatonic, y sus operarios
políglotas no han sido jamás pacientes gratos para los médicos de la localidad.
Elegimos nuestra casa con el mayor cuidado, y adoptamos finalmente un edificio
ruinoso, próximo al final de Pond Street, a cinco números de nuestro vecino más
cercano. Y separada del cementerio tan sólo por una extensión de pradera cortada
por una estrecha franja de espeso bosque que hay al norte. Dicha distancia era
mayor de lo que hubiéramos deseado; pero no encontramos una casa más cerca,
a menos que nos hubiésemos instalado en el otro lado del prado, lo que quedaba
muy retirado del distrito industrial. Pero no estábamos demasiado descontentos ya
que no teníamos vecinos, entre nosotros y nuestra siniestra fuente de
abastecimiento. El camino era algo largo, pero podíamos transportar nuestros
mudos ejemplares sin que nadie nos molestase.
Nuestro trabajo fue sorprendentemente abundante desde el principio
mismo… lo bastante abundante como para satisfacer a la mayoría de los jóvenes
doctores, y lo bastante abundante para resultar un aburrimiento y una pesadez
para aquellos estudiosos cuyo verdadero interés residía en otra cosa. Los
trabajadores de las fábricas eran de inclinación algo turbulentas; así que además
de sus numerosas necesidades de asistencia médica, sus frecuentes golpes,
cuchilladas y pendencias nos daban mucho trabajo. Pero lo que verdaderamente
acaparaba nuestro interés era el laboratorio secreto que habíamos instalado en el
sótano: un laboratorio con su mesa larga bajo las luces eléctricas donde, en las
primeras horas de la madrugada, inyectábamos a menudo las diversas soluciones
de West en las venas de los despojos que sacábamos de la fosa común. West
experimentaba, febrilmente, tratando de encontrar algo que pusiese en marcha de
nuevo los movimientos vitales, tras haberlos interrumpido ese fenómeno que
llamamos muerte; pero chocaba con los más horrorosos obstáculos. La solución
debía tener una composición especial según los distintos tipos: la que servía para
los conejillos de Indias no valía para los seres humanos, y cada clase requería
sensibles modificaciones.
Los cuerpos tenían que ser excepcionalmente frescos, dado que una ligera
descomposición del tejido cerebral hacía imposible que la reanimación fuese
perfecta. En efecto, el mayor problema estaba en conseguir cadáveres
suficientemente frescos… West tuvo experiencias horribles durante sus
investigaciones secretas en la universidad, con cadáveres de dudosa calidad. Las
consecuencias de una animación parcial o imperfecta eran mucho más horrendas
que los fracasos totales, y los dos teníamos recuerdos pavorosos de ese tipo de
resultados. Desde nuestra primera sesión demoníaca en la granja deshabitada de
Meadow Hill, Arkham, no dejamos de sentir una secreta amenaza; y West, aunque
en casi todos los sentidos era un autómata frío, científico, rubio y de ojos azules,
confesaba a menudo, con un estremecimiento, que le parecía que era víctima de
una furtiva persecución. Tenía la impresión que lo seguían; ilusión psíquica debida
a sus nervios trastornados, y aumentada por el hecho innegablemente perturbador
que al menos uno de nuestros tres ejemplares reanimados aún seguía vivo: se
trataba de un ser espantoso y carnívoro, el cual permanecía encerrado en una
celda acolchada de Sefton. Había otro, además el primero, cuyo exacto destino
nunca llegamos a saber.
Tuvimos bastante suerte con los ejemplares de Bolton; mucha más que con
los de Arkham. Aún no hacía una semana que estábamos instalados, cuando nos
apoderamos de una víctima de accidente en la misma noche de su entierro, y
conseguimos que abriese los ojos con una expresión asombrosamente lúcida,
antes que fallara la solución. Había perdido un brazo… De haber tenido el cuerpo
íntegro, quizá hubiésemos tenido más suerte. Entre esa fecha y el siguiente mes
de enero, efectuamos tres ensayos más: uno fue un fracaso total; en otro,
conseguimos un claro movimiento muscular; en cuanto al tercero, el resultado fue
estremecedor: se levantó por sí solo y emitió un sonido gutural. Luego vino un
periodo de mala suerte; descendió el número de entierros, y los que se efectuaban
eran de ejemplares demasiado enfermos o mutilados para poderlos aprovechar.
Seguíamos la pista a todas las defunciones y circunstancias en que estas ocurrían
con un cuidado sistemático.
Una noche de marzo, sin embargo, conseguimos inesperadamente un
ejemplar que no provenía de la fosa común. El puritanismo imperante en Bolton,
tenía prohibida la práctica del boxeo, lo que no dejaba de tener las lógicas
consecuencias. Los combates mal dirigidos entre los obreros eran cosa corriente,
y de vez en cuando traían de fuera algún campeón profesional de escasa
categoría. Esa noche de finales de invierno habían celebrado un combate de este
tipo, evidentemente con desastrosas consecuencias, ya que vinieron a buscarnos
dos polacos asustados, suplicándonos en un lenguaje casi incoherente que
atendiésemos un caso muy secreto y desesperado. Les seguimos hasta un
cobertizo abandonado, donde todavía quedaba un grupo de espectadores
extranjeros, observando asustados un cuerpo negro que yacía exánime en el
suelo.
En el combate se enfrentaron Kid O’Brien —un joven torpe y ahora
tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa—, y Buck Robinson, «EI
Betún de Harlem». El negro fue noqueado; y tras un breve examen, nos dimos
cuenta que no se recuperaría. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos
brazos anormalmente largos que me parecían de manera inevitable patas
anteriores, y una cara que irremediablemente hacía pensar en los secretos
insondables del Congo y las llamadas de tam-tam bajo una luna misteriosa. El
cuerpo debió tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene mucha fealdad.
Aquella gente despreciable estaba asustada, ya que no sabían que podía exigirles
la ley, si el caso llegaba a conocerse; y se sintieron agradecidos cuando West, a
pesar de mis involuntarios estremecimientos; se ofreció a librarles del cuerpo en
secreto… puesto que conocía muy bien sus intenciones.
Había una luna resplandeciente sobre el paisaje sin nieve; pero vestimos el
cadáver, y lo llevamos a casa entre los dos por las calles desiertas y el campo, del
mismo modo que transportamos un cadáver parecido una horrible noche en
Arkham. Nos dirigimos a casa por el campo de atrás; entramos el ejemplar por la
puerta trasera, lo bajamos al sótano, y lo preparamos para nuestro experimento
habitual. Nuestro miedo a la policía era absurdamente considerable, aunque
habíamos calculado nuestro recorrido de forma que no nos tropezamos con el
guardia que hacía ronda por aquel distrito.
El resultado fue una enojosa decepción. Con su aspecto horrendo, nuestra
presa fue totalmente insensible a todas las soluciones que inyectamos en su negro
brazo. De modo que, como se acercaba peligrosamente la hora del amanecer,
hicimos lo mismo que con los demás: lo llevamos a rastras por el prado hasta la
franja de bosque próxima al cementerio de enterramientos anónimos, y lo
enterramos allí en la mejor sepultura que la helada tierra nos permitió. La fosa no
era demasiado honda, pero era tan buena como la del ejemplar anterior, aquel que
se había levantado y proferido un grito. A la luz de nuestras linternas oscuras, lo
cubrimos cuidadosamente con hojas y ramas secas, seguros que la policía no lo
descubriría jamás en un bosque tan oscuro y espeso.
Al día siguiente, me sentí alarmado, ya que un paciente me trajo la noticia
que se sospechaba que habían celebrado un combate, y que había muerto
alguien. West tenía otro motivo de preocupación: por la tarde lo habían llamado
para que atendiese un caso que terminó de forma amenazadora. Una italiana
estaba histérica porque se le había extraviado el hijo, un chiquillo de cinco años,
que desapareció por la mañana y no regresó para comer, y presentaba síntomas
sumamente alarmantes dado que padecía del corazón. Era un histerismo
estúpido, ya que el chico se había escapado en más de una ocasión; pero los
campesinos italianos son extraordinariamente supersticiosos, y esta mujer parecía
tan angustiada por los presagios como por los hechos. Hacia las siete de la tarde
la mujer falleció, y su frenético marido armó un escándalo espantoso, empeñado
en matar a West, a quien culpaba furiosamente de no haberle salvado la vida. Los
amigos lo sujetaron cuando le vieron sacar un cuchillo; pero West se marchó en
medio de inhumanos alaridos, maldiciones y juramentos de venganza. En su
ultimo dolor, el hombre parecía haberse olvidado de su hijo, que aún no había
regresado, entrada ya la noche. Se habló de buscarlo en el bosque; pero la
mayoría de los amigos de la familia se ocuparon de la difunta y del vociferante
marido. Total, la tensión nerviosa a que se vio sometido West fue sin duda
tremenda. El pensar en la policía y en el italiano loco le agobiaba tremendamente.
Nos retiramos a descansar alrededor de las once, pero yo no dormí bien.
Bolton contaba con un cuerpo de policías sorprendentemente eficaz pese a ser un
pueblo pequeño; y yo no paraba de pensar en el escándalo que se provocaría si
llegaba a descubrir lo ocurrido la noche anterior. Podía significar el fin de nuestro
trabajo en la localidad… y quizá la cárcel para los dos. Me inquietaban los rumores
que corrían acerca del combate de boxeo. Pasadas las tres, el resplandor de la
luna me dio en los ojos; pero me volví sin levantarme a cerrar su persiana. Luego
sonaron unos golpes enérgicos en la puerta de atrás.
Permanecí inmóvil, algo aturdido; poco después oí a West llamar a mi
puerta. Estaba en bata y zapatillas, y tenía en las manos un revólver y una linterna
eléctrica. Al ver el revólver, comprendí que pensaba más en el enajenado italiano
que en la policía.
—Será mejor que bajemos los dos —susurró—. No estaría bien no
contestar; quizá sea un paciente… sería muy propio de uno de esos idiotas llamar
por la puerta de atrás.
Así que bajamos los dos, sigilosamente, con un temor en parte justificado y
en parte debido sólo al misterio de las primeras horas le la madrugada. Volvieron a
llamar, un poco más fuerte. Al llegar a la puerta, corrí el cerrojo cautelosamente y
abrí de par en par; y al revelarnos la luz de la luna la figura que teníamos delante.
West hizo algo muy extraño. A pesar del evidente peligro de atraer sobre nuestras
cabezas la temida investigación policial —cosa que felizmente evitamos por el
relativo aislamiento de nuestra casa—, mi amigo, súbita, excitada e
innecesariamente, vació las seis recámaras de su revólver sobre nuestro nocturno
visitante.
Porque no se trataba del italiano ni de un policía. Recortándose
horrendamente contra la luna espectral, había un ser gigantesco y deforme,
inconcebible salvo en las pesadillas; una aparición de ojos vidriosos, negra, y casi
a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro; sucia de sangre coagulada, la
cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cilíndrica, terrible, blanca
como la nieve, que terminaba en una mano diminuta.

_
IV.

EL GRITO DEL MUERTO.

El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia
el doctor Herbert West, horror que enturbió los últimos años de nuestra vida en
común. Es natural que una cosa como el grito de un muerto produzca horror, ya
que, evidentemente, no se trata de un suceso agradable ni ordinario. Pero yo
estaba acostumbrado a esta clase de experiencias; por tanto, lo que me afectó en
esa ocasión fue cierta circunstancia especial. Quiero decir, que no fue el muerto lo
que me asustó.
Herbert West, de quien era yo compañero y ayudante, poseía intereses
científicos muy alejados de la rutina habitual de un médico de pueblo. Esa era la
razón por la que, al establecer su consulta en Bolton, eligió una casa próxima al
cementerio. Dicho brevemente y sin paliativos, el único interés absorbente de
West consistía en el estudio secreto de los fenómenos de la vida y de su
culminación, encaminados a reanimar a los muertos inyectándoles una solución
estimulante. Para llevar a cabo estos macabros experimentos era preciso estar
constantemente abastecidos de cadáveres humanos muy frescos; porque aún la
más mínima descomposición daña la estructura del cerebro humano; y
descubrimos que el preparado necesitaba una composición específica, según los
diferentes tipos de organismos. Matamos docenas de conejos y cobayas para
tratarlos, pero este camino no nos llevó a ninguna parte. West nunca había
conseguido plenamente su objetivo porque nunca pudo disponer de un cadáver
suficientemente fresco. Necesitaba cuerpos cuya vitalidad hubiera cesado muy
poco antes; cuerpos con todas las células intactas, capaces de recibir nuevamente
el impulso hacia esa forma de movimiento llamado vida. Había esperanzas de
volver perpetua esta segunda vida artificial mediante repetidas inyecciones; pero
habíamos averiguado que una vida natural ordinaria no respondía a la acción.
Para infundir movimiento artificial, debía quedar extinguida la vida nocturna: los
ejemplares debían ser muy frescos, pero estar auténticamente muertos.
Habíamos empezado West y yo la pavorosa investigación siendo
estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, de Arkham,
profundamente convencidos desde un principio del carácter absolutamente
mecanicista de la vida. Eso fue siete años antes; sin embargo, él no parecía haber
envejecido ni un día: era bajo, rubio de cara afeitada, voz suave, y con gafas; a
veces había algún destello en sus fríos ojos azules que delataba el duro y
creciente fanatismo de su carácter, efecto de sus terribles investigaciones.
Nuestras experiencias fueron a menudo espantosas en extremo, debidas a una
reanimación defectuosa, al galvanizar aquellos grumos de barro de cementerio en
un movimiento morboso, insensato y anormal, merced a diversas modificaciones
de la solución vital.
Uno de los ejemplares profirió un alarido escalofriante; otro, se levantó
violentamente, nos derribó dejándonos inconscientes, y huyó enloquecido, antes
que lograran cogerlo y encerrarlo tras los barrotes del manicomio; y un tercero,
una monstruosidad nauseabunda y africana, surgió de su poco profunda sepultura
y cometió una atrocidad… West tuvo que matarlo a tiros. No podíamos conseguir
cadáveres lo bastante frescos como para que manifestasen algún vestigio de
inteligencia al ser reanimados, de modo que forzosamente creábamos horrores
indecibles. Era inquietante, pensar que uno de nuestros monstruos, o quizá dos,
aún vivían… tal pensamiento nos estuvo atormentando de manera vaga, hasta que
finalmente West desapareció en circunstancias espantosas.
Pero en la época del alarido en el laboratorio del sótano de la aislada casa
de Bolton, nuestros temores estaban subordinados a la ansiedad por conseguir
ejemplares extremadamente frescos. West se mostraba más ávido que yo, de
forma que casi me parecía que miraba con codicia el físico de cualquier persona
viva y saludable. Fue en julio de 1910 cuando empezó a mejorar nuestra suerte en
lo que a ejemplares se refiere. Yo me había ido a Illinois a hacerle una larga visita
a mis padres, y a mi regreso encontré a West en un estado de singular euforia. Me
dijo excitado que casi con toda probabilidad había resuelto el problema de la
frescura de los cadáveres, abordándolo desde un ángulo enteramente distinto: el
de la preservación artificial. Yo sabía que trabajaba en un preparado nuevo
sumamente original, así que no me sorprendió que hubiera dado resultado; pero
hasta que me hubo explicado los detalles, me tuvo un poco perplejo sobre cómo
podía ayudarnos dicho preparado en nuestro trabajo, ya que el enojoso deterioro
de los ejemplares se debía ante todo al tiempo transcurrido hasta que caían en
nuestras manos. Esto lo había visto claramente West, según me daba cuenta
ahora, al crear un compuesto embalsamador para uso futuro, más que inmediato,
por si el destino le proporcionaba un cadáver muy reciente y sin enterrar, como
nos ocurrió años antes, con el negro aquel de Bolton, tras el combate de boxeo.
Por último, el destino se nos mostró propicio, de forma que en esta ocasión
conseguimos tener en el laboratorio secreto del sótano un cadáver cuya
corrupción no había tenido posibilidad de empezar aún. West no se atrevía a
predecir que sucedería en el momento de la reanimación, ni si podíamos esperar
una revivificación de la mente y la razón. El experimento marcaría un hito en
nuestros estudios, por lo que había conservado este nuevo cuerpo hasta mi
regreso, a fin que compartiésemos los dos el resultado de la forma acostumbrada.
West me contó cómo había conseguido el ejemplar. Había sido un hombre
vigoroso; un extranjero bien vestido que se acababa de apear al tren, y que se
dirigía a las Fábricas Textiles de Bolton a resolver unos asuntos. Había dado un
largo paseo por el pueblo, y al detenerse en nuestra casa a preguntar el camino
hacia las fábricas, sufrió un ataque al corazón. Se negó a tomar un cordial, y cayó
súbitamente muerto, un momento después. Como era de esperar, el cadáver le
pareció a West como caído del cielo. En su breve conversación, el forastero le
explicó que no conocía a nadie en Bolton; y tras registrarle los bolsillos después,
averiguó que se trataba de un tal Robert Leavitt, de St. Louis, al parecer sin familia
que pudiera hacer averiguaciones sobre su desaparición. Si no conseguía
devolverlo a la vida, nadie se enteraría de nuestro experimento. Solíamos enterrar
los despojos en una espesa franja de bosque que había entre nuestra casa y el
cementerio de enterramientos anónimos. En cambio, si teníamos éxito, nuestra
fama quedaría brillante y perpetuamente establecida. De modo que West inyectó
sin demora, en la muñeca del cadáver, el preparado que lo mantendría fresco
hasta mi llegada. La posible debilidad del corazón, que a mi juicio haría peligrar el
éxito de nuestro experimento, no parecía preocupar demasiado a West. Esperaba
conseguir al fin lo que no había logrado hasta ahora: reavivar la chispa de la razón
y devolverle la vida, quizás, a una criatura normal.
De modo que la noche del 18 de julio de 1910; Herbert West y yo nos
encontrábamos en el laboratorio del sótano, contemplando la figura blanca e
inmóvil bajo la luz cegadora de la lámpara. El compuesto embalsamador dio un
resultado extraordinariamente positivo; pues al comprobar fascinado el cuerpo
robusto que llevaba dos semanas sin que sobreviniese la rigidez, pedí a West que
me diese garantías que estaba verdaderamente muerto. Me las dio en el acto,
recordándome que jamás administrábamos la solución reanimadora sin una serie
de pruebas minuciosas para comprobar que no había vida; ya que en caso de
subsistir el menor vestigio de vitalidad original no tendría ningún efecto. Cuando
West se puso a hacer todos los preparativos, me quedé impresionado ante la
enorme complejidad del nuevo experimento; era tanta, que no quiso confiar el
trabajo a otras manos que las suyas. Y tras prohibirme tocar siquiera el cuerpo,
inyectó primero una droga en la muñeca, cerca del sitio donde había pinchado
para inyectarle el compuesto embalsamador. Ésta, dijo, neutralizaría el compuesto
y liberaría los sistemas sumiéndolos en una relajación normal, de forma que la
solución reanimadora pudiese actuar libremente al ser inyectada. Poco después,
cuando se observó un cambio, y un leve temblor pareció afectar los miembros
muertos, West colocó sobre la cara espasmódica una especie de almohada, la
apretó violentamente y no la retiró hasta que el cadáver se quedó absolutamente
inmóvil y listo para nuestro intento de reanimación. Él, pálido y entusiasta, se
dedicó ahora a efectuar unas cuantas pruebas finales y someras para comprobar
la absoluta carencia de vida, se apartó satisfecho y, finalmente inyectó en el brazo
izquierdo una dosis meticulosamente medida del elixir vital, preparado durante la
tarde con más minuciosidad que nunca, desde nuestros tiempos universitarios, en
que nuestras hazañas eran nuevas e inseguras. No me es posible describir la
tremenda e intensa incertidumbre con que esperamos los resultados de este
primer ejemplar auténticamente fresco: el primero del que podíamos esperar
razonablemente que abriese los labios y nos contase quizás, con voz inteligente,
lo que había visto al otro lado del insondable abismo.
West era materialista, no creía en el alma, y atribuía toda función de la
conciencia a fenómenos corporales; por consiguiente, no esperaba ninguna
revelación sobre espantosos secretos de abismos y cavernas más allá de la
barrera de la muerte. Yo no disentía completamente de su teoría, aunque
conservaba vagos e instintivos vestigios de la primitiva fe de mis antecesores; de
modo que no podía dejar de observar el cadáver con cierto temor y terrible
expectación. Además… no podía borrar de mi memoria aquel grito espantoso e
inhumano que oímos la noche en que intentamos nuestro primer experimento en
la deshabitada granja de Arkham.
Había transcurrido muy poco tiempo, cuando observé que el ensayo no iba
a ser un fracaso total. Sus mejillas, hasta ahora blancas como la pared, habían
adquirido un muy leve color, que luego se extendió bajo la barba incipiente,
curiosamente amplia y arenosa. West, que tenía la mano puesta en el pulso de la
muñeca izquierda del ejemplar, asintió de pronto significativamente; y casi de
manera simultánea, apareció un vaho en el espejo inclinado sobre la boca del
cadáver. Siguieron unos cuantos movimientos musculares espasmódicos; y a
continuación una respiración audible y un movimiento visible del pecho. Observé
los párpados cerrados, y me pareció percibir un temblor. Después, se abrieron y
mostraron unos ojos grises, serenos y vivos, aunque todavía sin inteligencia, ni
siquiera curiosidad.
Movido por una fantástica ocurrencia, susurré unas preguntas en la oreja
cada vez más colorada; unas preguntas sobre otros mundos cuyo recuerdo aún
podía estar presente. Era el terror lo que las extraía de mi mente; pero creo que la
última que repetí, fue: «¿Dónde has estado?». Aún no sé si me contestó o no, ya
que no brotó ningún sonido de su bien formada boca; lo que sí recuerdo es que en
aquel instante creí firmemente que los labios delgados se movieron ligeramente,
formando sílabas que yo habría vocalizado como «sólo ahora», si la frase hubiese
tenido sentido o relación con lo que le preguntaba. En aquel instante me sentí
lleno de alegría, convencido que alcanzábamos el gran objetivo y que, por primera
vez, un cuerpo reanimado pronunciaba palabras movido claramente por la
verdadera razón. Un segundo después, ya no cupo ninguna duda sobre el éxito,
ninguna duda que la solución cumplía cabalmente su función, al menos de manera
transitoria, devolviéndole al muerto una vida racional y articulada… Pero con ese
triunfo me invadió el más grande de los terrores… no a causa del ser que había
hablado, sino por la acción que había presenciado, y por el hombre a quien me
unían las vicisitudes profesionales.
Porque aquel cadáver fresco, cobrando conciencia finalmente de forma
aterradora, con los ojos dilatados por el recuerdo de su última escena en la tierra,
manoteó frenético en una lucha de vida o muerte con el aire y, de súbito, se
desplomó en una segunda y definitiva disolución, de la que ya no pudo volver,
profiriendo un grito que resonará eternamente en mi cerebro atormentado:
—¡Auxilio! ¡Aparta, maldito demonio pelirrojo… aparta esa condenada
aguja!

_
V.

EL HORROR DE LAS SOMBRAS

Muchos hombres han contado cosas espantosas, no referidas en letra
impresa, que sucedieron en los campos de batalla durante la Gran Guerra.
Algunas de estas cosas me han hecho palidecer; otras, me han producido unas
nauseas incontenibles, mientras que otras me han hecho temblar y volver la
mirada hacia atrás en la oscuridad; sin embargo, creo que puedo relatar la peor de
todas: el espantoso, antinatural e increíble horror de las sombras.
En 1915 estaba yo como médico con el grado de teniente en un regimiento
canadiense en Flandes, siendo uno de los numerosos americanos que se
adelantaron al gobierno mismo en la gigante contienda. No había ingresado en el
ejército por iniciativa propia, sino más bien como consecuencia natural de haberse
alistado el hombre de quien era yo ayudante indispensable: el celebre cirujano de
Bolton, doctor Herbert West. El doctor West se mostró siempre deseoso de poder
prestar servicio como cirujano en una gran guerra; y cuando dicha posibilidad se
presentó, me arrastró consigo en contra de mi voluntad. Había motivos por los que
yo me hubiera alegrado que la guerra nos separase; motivos por los que
encontraba la práctica de la medicina y la compañía de West cada vez más
irritante; pero cuando se marchó a Ottawa, y consiguió por medio de la influencia
de un colega una plaza de comandante médico, no me pude resistir a la autoritaria
insistencia de aquel hombre decidido a que le acompañase en mi calidad habitual.
Cuando digo que el doctor West estuvo siempre ansioso de poder servir en
el campo de batalla no me refiero a que fuese guerrero por naturaleza ni que
anhelase salvar la civilización. Siempre había sido una fría maquina intelectual;
flaco, rubio, de ojos azules y con gafas; creo que se reía secretamente de mis
ocasionales entusiasmos marciales y de mis críticas a la indolente neutralidad. Sin
embargo, había algo en la devastada Flandes que él quería; y a fin de conseguirlo,
tuvo que adoptar aspecto militar. Lo que pretendía no era lo que pretenden
muchas personas, sino algo relacionado con la rama particular de la ciencia
médica que él había logrado practicar de forma completamente clandestina y en la
cual había conseguido resultados asombrosos y, de vez en cuando, horrendos. Lo
que quería no era otra cosa, en realidad, que abundante provisión de muertos
recientes, en todos los estados de desmembramiento.
Herbert West necesitaba cadáveres frescos porque el trabajo de su vida era
la reanimación de los muertos. Este trabajo no era conocido por la distinguida
clientela que hizo crecer rápidamente su fama, a su llegada a Boston; en cambio
yo lo conocía demasiado bien, ya que era su más íntimo amigo y ayudante desde
nuestros tiempos de la Facultad de Medicina, en la Universidad Miskatonic de
Arkham. Fue en aquellos tiempos de la universidad cuando inició sus terribles
experimentos, primero con pequeños animales y luego con cadáveres humanos
conseguidos de manera horrenda. Había obtenido una solución que inyectaba en
las venas de los muertos; y si eran bastante frescos, reaccionaban de maneras
extrañas. Tuvo muchos problemas para descubrir la fórmula adecuada, pues cada
tipo de organismo necesitaba un estímulo especialmente apto para él. El terror lo
dominaba, cada vez que pensaba en los fracasos parciales: seres atroces,
resultado de soluciones imperfectas o de cuerpos insuficientemente frescos. Cierto
número de estos fracasos siguieron con vida —uno de ellos se encontraba en un
manicomio, mientras que otros desaparecieron—; y como él pensaba en las
eventualidades imaginables, aunque prácticamente imposibles, se estremecía a
menudo, debajo de su aparente impasibilidad habitual.
West se dio cuenta muy pronto que el requisito fundamental para que los
ejemplares sirviesen era su frescura, así que recurrió al procedimiento espantoso
y abominable de robar cadáveres. En la universidad, y cuando empezamos a
ejercer en el pueblo industrial de Bolton, mi actitud respecto a él era de fascinada
admiración; pero a medida que sus procedimientos se hacían más osados, un
solapado terror se fue apoderando de mí. No me gustaba la forma en que miraba
a las personas vivas de aspecto saludable; luego, ocurrió aquella escena de
pesadilla en el laboratorio del sótano, cuando me enteré que cierto ejemplar aún
estaba vivo cuando West se apoderó de él. Fue la primera vez que pudo revivir la
función del pensamiento racional en un cadáver; y este éxito, conseguido a costa
de semejante abominación, lo endureció por completo.
No me atrevo a hablar de sus métodos durante los cinco años siguientes.
Seguí a su lado sólo por miedo, y presencié escenas que la lengua humana no
podría repetir. Gradualmente, llegué a darme cuenta que el propio Herbert West
era más horrible que todo lo que hacía…, fue entonces cuando comprendí
claramente que su celo científico por prolongar la vida en otro tiempo normal
degeneró sutilmente en una curiosidad meramente morbosa y macabra y en una
secreta complacencia en la visión de los cadáveres. Su interés se convirtió en
perversa afición por lo repugnante y lo diabólicamente anormal; se recreaba con
tranquilidad en monstruosidades artificiales ante las que cualquier persona en su
sano juicio caería desvanecida de repugnancia y de horror; detrás de su pálido
intelectualismo, se convirtió en un exigente Baudelaire del experimento físico, en
un lánguido Heliogábalo de las tumbas.
Afrontaba imperturbable los peligros y cometía crímenes con impasibilidad.
Creo que el momento crítico llegó al comprobar que podía restituir la vida racional,
y buscó nuevos ámbitos que conquistar experimentando en la reanimación de
partes seccionadas de los cuerpos. Tenía ideas extravagantes y originales sobre
las propiedades vitales independientes de las células orgánicas y los tejidos
nerviosos separados de sus sistemas psíquicos naturales; y obtuvo ciertos
resultados espantosos preliminares en forma de tejidos imperecederos,
alimentados artificialmente a partir de huevos semi-incubados de un reptil tropical
indescriptible. Había dos cuestiones biológicas que ansiaba terriblemente
establecer: primero, si podía darse algún tipo de conciencia o actividad racional sin
cerebro, en la médula espinal y en los diversos centros nerviosos; y segundo, si
existía alguna clase de relación etérea, intangible, distinta de las células
materiales, que uniese las partes quirúrgicamente separadas que previamente
constituían un solo organismo vivo. Todo este trabajo científico requería una
prodigiosa provisión de carne humana recién muerta… y esa fue la razón por la
que Herbert West participó en la Gran Guerra.
El horrendo y abominable suceso ocurrió una medianoche, a finales de
marzo de 1915, en un hospital de campaña detrás de las líneas de St. Eloi. Aún
ahora me pregunto si no fue meramente la diabólica ficción de un delirio. West se
había montado un laboratorio particular en el lado este del edificio que se le asignó
provisionalmente, alegando que deseaba poner en práctica nuevos y radicales
métodos para el tratamiento de los casos de mutilación hasta ahora
desesperados. Allí trabajaba como un carnicero, en medio de su sanguinolenta
mercancía. Jamás llegué a acostumbrarme a la ligereza con que él manejaba y
clasificaba determinado material. A veces hacia verdaderas maravillas de cirugía
en los soldados; pero sus principales satisfacciones eran de carácter menos
público y filantrópico, y se vio obligado a dar muchas explicaciones acerca de
ruidos extraños aún en medio de aquella babel de condenados, entre los que hubo
frecuentes disparos de revólver… cosa corriente en un campo de batalla, aunque
completamente inusitada en un hospital. Los ejemplares reanimados por el doctor
West no reunían condiciones para recibir una larga existencia ni ser contemplados
por un amplio número de espectadores. Además del humano, West utilizaba gran
cantidad de tejido embrionario de reptiles que él cultivaba con resultados
singulares. Era mejor que el material humano para conservar con vida los
fragmentos privados de órganos, y esa era ahora la principal actividad de mi
amigo. En un oscuro rincón del laboratorio; sobre un extraño mechero de
incubación, tenía una gran cuba tapada, llena de esa sustancia celular de reptiles
que se multiplicaba y crecía de forma borboteante y horrenda.
La noche que hablo teníamos un ejemplar nuevo y espléndido: un hombre
físicamente fuerte y a la vez de tan elevada inteligencia, que nos garantizaba un
sistema nervioso sensible. Resultaba irónico; porque se trataba del oficial que
ayudó para que se le concediese a West su destino, y que ahora debió ser nuestro
socio. Es más; en el pasado, estudió secretamente la teoría de la reanimación
bajo la dirección de West. El comandante sir Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O.,
era el mejor cirujano de nuestra división, y fue designado precipitadamente al
sector de St. Eloi cuando llegaron al cuartel general noticias del recrudecimiento
de la lucha. Efectuó el viaje en un avión pilotado por el intrépido teniente Ronald
Hill, sólo para ser derribado precisamente en el punto de su destino. La caída fue
tremenda y espectacular, Hill quedó irreconocible; en cuanto al gran cirujano, el
accidente le seccionó la cabeza casi por completo, aunque el resto del cuerpo
estaba intacto. West se apoderó ansiosamente de aquel despojo inerte que fue su
amigo y compañero de estudios; me estremecí al verlo terminar de separar la
cabeza, colocarla en la diabólica cuba de pulposo tejido de reptiles con objeto de
conservarla para futuros experimentos, y seguir manipulando el cuerpo decapitado
sobre la mesa de operaciones. Inyectó sangre nueva, unió determinadas venas,
arterias y nervios del cuello sin cabeza, y cerró la horrible abertura injertando piel
de un ejemplar no identificado que había llevado uniforme de oficial. Yo sabía lo
que pretendía: comprobar si este cuerpo sumamente organizado podía dar, sin
cabeza, alguna señal de la vida mental que distinguió a sir Eric Moreland
Clapman-Lee, estudioso en otro tiempo de la reanimación. Este tronco mudo era
ahora requerido espantosamente a servir de ejemplo.
Aún puedo ver a Herbert West bajo la siniestra luz de la lámpara,
inyectando la solución reanimadora en el brazo del cuerpo decapitado. No puedo
describir la escena, me desmayaría si lo intentara, ya que era enloquecedora
aquella habitación repleta de horribles objetos clasificados, con el suelo
resbaladizo a causa de la sangre y otros desechos menos humanos que formaban
un barro cuyo espesor llegaba casi hasta el tobillo, y aquellas horrendas
anormalidades de reptiles salpicando, burbujeando y cociendo sobre el espectro
azulado y vacilante de llama, en un rincón de negras sombras.
El ejemplar, como West comentó repetidas veces, poseía un sistema
nervioso espléndido. Esperaba mucho de él; y cuando empezó a manifestar leves
movimientos de contracción, pude ver el interés febril reflejado en el rostro de
West. Creo que estaba preparado para presenciar la prueba de su cada vez más
sólida opinión que la conciencia, la razón y la personalidad pueden subsistir
independientemente del cerebro… que el hombre no posee un espíritu central
conectivo, sino que es meramente una máquina de materia nerviosa en la que
cada sección se encuentra más o menos completa en sí misma. En una triunfal
demostración, West estaba a punto de relegar el misterio de la vida a la categoría
de mito. El cuerpo ahora se contraía más vigorosamente; y bajo nuestros ojos
ávidos, empezó a jadear de forma horrible. Agitó los brazos con desasosiego, alzó
las piernas, y contrajo varios músculos en una especie de contorsión repulsiva.
Luego, aquel despojo sin cabeza levantó los brazos en un gesto de inequívoca
desesperación… de una desesperación inteligente, que bastaba para confirmar
todas las teorías de Herbert West. Evidentemente, los nervios recordaban el último
acto en vida del hombre: la lucha por librarse del avión que se iba a estrellar.
No sé exactamente, qué fue lo que siguió. Tal vez se trata sólo de una
alucinación provocada por la impresión que sufrí en aquel instante al iniciarse el
bombardeo alemán que destruyó el edificio… ¿quién sabe, ya que West y yo
fuimos los únicos supervivientes? West prefería pensar que fue eso, antes de su
reciente desaparición; pero había ocasiones en que no podía, porque era extraño
que sufriéramos los dos la misma alucinación. El horrendo incidente fue simple en
sí mismo, aunque excepcional por lo que implicaba.
El cuerpo de la mesa se levantó con un movimiento ciego, vacilante terrible;
y oímos un sonido gutural. No me atrevo a decir que se trataba de una voz, porque
fue demasiado espantoso. Sin embargo, lo más horrible no fue su cavernosidad.
Ni tampoco lo que dijo, ya que gritó tan solo: «¡Salta, Ronald, por Dios!. ¡Salta!».
Lo espantoso fue su procedencia: porque brotó de la gran cuba tapada de aquel
rincón macabro de oscuras sombras.

_
VI.

LAS LEGIONES DE LA TUMBA

Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de
Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba
cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído.
Sabían, efectivamente, que West estuvo complicado en actividades que iban más
allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos
experimentos sobre la reanimación de cadáveres fueron demasiado numerosas
para mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe
final adquirió caracteres de demoníaca fantasía que me hacen dudar incluso de la
realidad de lo que vi.
Yo era el amigo más allegado de West, y su único ayudante confidencial.
Nos habíamos conocido años antes en la Facultad de Medicina, y desde el
principio participé en sus terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar
lentamente una solución que, inyectada en las venas de un recién fallecido, podía
devolverle la vida. Este trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y
comportaba, por consiguiente, las actividades más espantosas. Más horribles aún
eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne
que habían estado muertas, pero que West despertaba, dotándola de una ciega,
insensata y nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que
para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen
absolutamente frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido
la más mínima descomposición.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West.
Eran difíciles de conseguir; y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar
cuando aún estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso
alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo
durante un instante breve y memorable; pero West salió de él con un alma seca y
endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y
horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un
físico vigoroso. Hacia el final, cobré a West un intenso terror, ya que empezaba a
mirarme de esa misma forma. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas,
aunque me notaba asustado; y tras su desaparición, se valieron de eso para
propalar unas sospechas absurdas.
En realidad, West tenía más miedo que yo; sus abominables trabajos lo
hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le
daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba
relacionado con las abominaciones indescriptibles a las que inyectó una vida
morbosa, y en las que no vio extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus
experimentos con el revólver; pero a veces no era lo bastante rápido. Es lo que
ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron
más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel
profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y
encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton, donde estuvo
dieciséis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás
resultados que posiblemente subsistían eran productos de lo que resulta más
difícil hablar, dado que en los últimos años, el celo científico de West degeneró en
una manía insana y fantástica, consagrando su prodigiosa habilidad no sólo a
vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o
partes unidas a una materia orgánica no humana. En la época en que
desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de
los experimentos no podrían ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en
la que servimos los dos como cirujanos, sólo intensificó este aspecto de West.
Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso, pensaba
sobre todo en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al
hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables, y en
parte a su miedo al daño corporal que podían infringirle en determinadas
circunstancias. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la
situación: West sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del
manicomio. Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación
verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a
cabo en el ejército canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West
reanimó al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que
estaba al tanto de sus experimentos, y el cual podía haberlos duplicado. Le
seccionó la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasiinteligente
del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el
edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movió de forma
inteligente; y, por increíble que parezca, tuvimos la seguridad que brotaron
sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del
laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás
estuvo seguro, como habría sido su deseo, que fuéramos él y yo los únicos
supervivientes. Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que
sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los
muertos.
La ultima residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que
dominaba uno de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el
lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los
enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para
un científico que necesitaba cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en
un subsótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él
tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres,
fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos
experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este
sótano, los obreros dieron con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin
duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para
que desembocara en algún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos,
West concluyó que debía existir alguna cámara secreta bajo la tumba de los
Averill, en la que el último entierro se efectuó en 1768. Yo estaba con él cuando
estudió las paredes goteantes y nitrosas que dejaron al descubierto las palas y los
picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que nos
aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero
por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y
traicionó su degenerada fibra imponiéndole que dejase intacta la albañilería y la
tapase con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las
paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo
añadir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue el mismo hasta
el final: tranquilo, frío, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los años y los terrores no llegaron a cambiar.
Parecía sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura arañada y miraba
por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y
manoteaba los barrotes de Sefton.
El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común,
cuando alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular
atrajo su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció
atraparle desde dieciséis años atrás. En el manicomio de Sefton, a cincuenta
millas de distancia sucedió algo espantoso e increíble que dejó estupefacto al
vecindario y perpleja a la policía. A primeras horas de la madrugada; un grupo de
hombres silenciosos penetró en el parque de la institución y su jefe despertó a los
celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios;
cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que,
transportaba. Su inexpresivo rostro tenía las facciones bien parecidas, hasta a
punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el director se llevó un
sobresalto cuando la luz del vestíbulo cayó sobre él, ya que era un rostro de cera,
y los ojos de cristal pintado. Debió sucederle algún accidente atroz a este hombre.
Otro, más alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulada
aparecía medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba
pidió que le cediesen la custodia del monstruo caníbal traído de Arkham hacía
dieciséis años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso
alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los
celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar
al monstruo. Estas víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos,
juraban que las criaturas se comportaron menos como hombres que como puros
autómatas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda,
aquellos hombres y la criatura caníbal habían desaparecido sin dejar rastro.
Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la medianoche, West
permaneció casi paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó
terriblemente. Todos los criados dormían en el ático, de modo que fui yo a abrir.
Como he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle; sólo vi un
grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que
depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz
asombrosamente inhumana: «Correo urgente; pagado». Salieron de la casa con
paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extraño convencimiento que se dirigían
al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atrás de la casa. Al oírme
cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies
cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección.
También traía remitente: «Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes».
Seis años antes, en Flandes, el hospital se había derrumbado, a causa de una
granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre
su cabeza separada, la cual —quizás— había llegado a proferir sonidos
articulados. Ahora West ni siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso.
Dijo rápidamente: «Es el fin… pero incineremos… esto». Transportamos la caja
hacia el laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de los detalles —ya
pueden imaginar mi estado psíquico—, pero es una mentira maliciosa decir que
fue el cuerpo de Herbert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos,
introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no
brotó sonido alguno la caja.
Fue West quien observó primero que se caía el yeso de una parte de la
pared, donde antes fue cubierta la antigua albañilería de la tumba. Iba yo a echar
a correr, pero él me retuvo. Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una
bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas abominables
de una tierra pútrida. No oímos ningún ruido; pero en ese preciso instante se
apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior
una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la
locura… o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de
una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a
una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al
laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera.
Una especie de monstruosidad, con ojos desorbitados que marchaba detrás del
jefe, agarró a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se
abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevándose sus
trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de
cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llevó la cabeza de
West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban
espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.
Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había
desaparecido. El incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives
me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir? No relacionarán a West, con la
tragedia de Sefton; ni con eso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia
niegan. Les hablé de la cripta; pero ellos me enseñaron el yeso intacto de la
pared, y se han reído. Así que no les conté nada más. Quieren dar a entender que
estoy loco, o que soy un asesino; probablemente es que estoy loco. Pero podría
no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas.

_
F I N

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Saturday, May 10, 2008

LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH - LOVECRAFT

http://666-dark-666.blogspot.com/2008/05/la-maldicin-que-cay-sobre-sarnath.html

LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH

H. P. Lovecraft
LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH
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Hay en la tierra de Mnar un amplio lago tranquilo al que ninguna corriente nutre y del
que tampoco nace río alguno. Hace diez mil años se alzaba en sus riberas la poderosa ciudad
de Sarnath, pero Sarnath ya no está allí.
Cuentan que, en los olvidados años en que el mundo era joven, aun antes de que los
hombres de Sarnath llegaran a la tierra de Mnar, otra ciudad se ubicaba junto al lago; la
ciudad construida con piedras grises de lb, que era tan vieja como el mismo lago y estaba
poblada por seres de ingrata apariencia. Tales seres resultaban sumamente feos y extraños, tal
como de hecho son la mayoría de los retoños de un mundo apenas esbozado. Está escrito en
las piedras cilíndricas de Kadatheron que el color de los seres de lb resultaba tan verde como
el lago y las neblinas que se alzan de su superficie; que eran de ojos saltones, labios fofos y
repulsivos, y curiosas orejas, así como que eran mudos. También está escrito que
descendieron una noche de la luna, entre la niebla; ellos y el gran lago tranquilo, y la pétrea
ciudad gris de lb. Como quiera que sea, es cierto que adoraban a un ídolo de piedra verde mar
cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático, ante el que danzaban de forma
horrible cuando la luna se mostraba gibosa. Y está escrito en los papiros de Ilarnek que
descubrieron un día el fuego, y que desde entonces utilizaron las llamas en multitud de
festejos. Pero no es mucho lo que se ha escrito sobre tales seres, ya que existieron en tiempos
verdaderamente remotos, y el hombre es joven, y sabe muy poco sobre los más antiguos de
entre los seres vivos.
Tras muchos eones los hombres llegaron a la tierra de Mnar; eran oscuros pueblos
pastores que arreaban sus rebaños y que construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron junto al
sinuoso río Al. Y algunas tribus, más audaces que las otras, se llegaron al borde del lago y
emplazaron Sarnath en el lugar en que los metales preciosos afloraban de la tierra.
Las errabundas tribus ubicaron las primeras piedras de Sarnath no muy lejos de la
ciudad gris de lb, maravillándose en grado sumo ante los seres que allí moraban. Pero con su
asombro se mezclaba el odio, porque no estaba en su forma de pensar el admitir que seres de
tal aspecto pudieran habitar el mundo de los hombres nacidos del fango. Tampoco gustaban
de las extrañas esculturas sobre los monolitos grises de lb, ya que la gran antigüedad de tales
tallas les resultaba terrible. Nadie sabría decir por qué aquellos seres y esculturas
permanecían sobre la tierra, aun tras la llegada del hombre; a no ser que fuera porque la tierra
de Mnar era tranquila en verdad, y alejada de la mayoría de otras tierras, tanto de la vigilia
como de los sueños.
Cuanto más miraban a los seres de lb, más los odiaban los hombres de Sarnath, y a
esto contribuía no poco el descubrimiento de que aquellos seres resultaban débiles como jalea
a la herida de piedras, lanzas y flechas. Así que un día los guerreros jóvenes, los honderos y
los lanceros y los arqueros se pusieron en marcha contra Ib y mataron a todos sus moradores,
arrojando los extraños cuerpos al lago mediante largas lanzas, ya que no querían tocarlos. Y
ya que no gustaban de los grises monolitos esculpidos de lb, los abatieron asimismo sobre el
lago, maravillándose de la enormidad del trabajo de acarrear aquellas piedras desde muy
lejos, como sin duda había sido, ya que no se conocía nada semejante en toda la tierra de
Mnar ni en las adyacentes.
De esta forma no quedó nada de la antiquísima ciudad, a excepción del ídolo de
piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el lagarto acuático. A éste los guerreros
jóvenes se lo llevaron a Sarnath como un símbolo de conquista sobre los viejos dioses y los
seres de lb, así como en señal de liderazgo sobre Mnar. Pero la noche después de ser
emplazado en el templo, algo terrible debió suceder, ya que se vieron luces salvajes sobre el
lago, y al llegar la mañana el pueblo se encontró con que había desaparecido, y que el sumo
sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como abatido por algún miedo indecible. Y antes de morir,
Taran-Ish había garabateado sobre el altar de crisolito con trazos temblorosos la señal de la
MALDICIÓN.
Luego de Taran-Ish se sucedieron los sumos sacerdotes en Sarnath, pero nunca
llegaron a encontrar el ídolo de piedra verde mar. Y multitud de siglos llegaron y se fueron, y
Sarnath prosperó desmesuradamente, hasta que sólo los sacerdotes y las viejas recordaron lo
que Taran-Ish garabateara sobre el altar de crisolito. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se
estableció un camino de caravanas, y los preciosos metales de la tierra se intercambiaban por
otros metales y ropas raras y joyas y libros e instrumental para los artífices y todas los lujosos
bienes conocidos por el pueblo que habita a lo largo del sinuoso río Ai y aun más allá. Así
creció Sarnath poderosa y sabia, y enviaba ejércitos de conquista para subyugar a las
ciudades vecinas; y en su momento se sentaron en el trono de Sarnath los reyes de toda la
tierra de Mnar, así como multitud de tierras adyacentes.
Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. De pulido
mármol, extraído del desierto, eran sus murallas; con una altura de 300 codos y una anchura
de 75, de forma que dos carros podían cruzarse sobre su parte alta. Su longitud era de 500
estadios, interrumpiéndose tan sólo en la parte que daba al lago, donde un gran dique de
piedra verde contenía a las olas que se alzaban de forma extraña una vez al año, durante el
aniversario de la destrucción de Ib. En Sarnath había cincuenta calles que iban del lago a las
puertas de las caravanas, y otras cincuenta que las cruzaban. De ónice estaban todas
pavimentadas, a excepción de aquellas por donde pasaban los caballos y los camellos y los
elefantes, que se hallaban adoquinadas con granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como
calles concluían en sus murallas, cada una de ellas de bronce y flanqueadas por efigies de
leones y elefantes esculpidos en una clase de piedra ya desconocida para los hombres. Las
casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y calcedonia, cada una con su jardín vallado y su
estanque cristalino. En extraño estilo habían sido construidas, ya que ninguna otra ciudad
poseía casas así, y los viajeros de Thraa e Ilarnek y Kadatheron se maravillaban ante los
resplandecientes domos con que se hallaban rematadas.
Pero más maravillosos aún resultaban los templos y los palacios, así como los jardines
establecidos por el antiguo rey Zokkar. Había multitud de palacios, el más modesto de los
cuales era más formidable que cualquiera de los de Thraa o Ilarnek o Kadatheron. Tan altos
eran que, hallándose en su interior, uno podía creer que se hallaba a cielo abierto; aunque
cuando se iluminaban con antorchas embebidas en el aceite de Dothur sus muros mostraban
inmensos frescos de reyes y ejércitos, de una magnificencia tal que elevaban el espíritu al
tiempo que atemorizaban a quienes los contemplaban. Multitud eran las columnas de los
palacios, todas de mármol veteado, y talladas con motivos de belleza sin par. Y en la mayoría
de los palacios los suelos se hallaban cubiertos por mosaicos de berilo y lapislázuli y
sardónice y rubí y otros materiales selectos, tan bien distribuidos que el visitante podía
creerse paseando sobre lechos de las más raras flores. Y había asimismo fuentes que
derramaban aguas perfumadas alrededor mediante surtidores diseñados con habilidosa
artesanía. Eclipsando a todos sus rivales se alzaba el palacio de los reyes de Mnar y tierras
adyacentes. Sobre dos agazapados leones de oro reposaba el trono, muchos peldaños por
encima del suelo resplandeciente. Y había sido tallado en una única pieza de marfil, aunque
ningún hombre vivo conocía de dónde pudiera proceder algo tan inmenso. En ese palacio
también había innumerables galerías, y muchos anfiteatros donde leones y hombres y
elefantes combatían para entretenimiento de los reyes. En ocasiones se inundaban los
anfiteatros con aguas canalizadas desde el lago a través de poderosos acueductos, y entonces
se libraban trepidantes combates navales o luchas de nadadores contra mortíferos seres
acuáticos.
Altos y asombrosos resultaban los diecisiete templos en torre de Sarnath, edificados
con una piedra de reflejos multicolores desconocida en cualquier otra parte. Su buen millar de
codos medía el mayor de todos, allí donde moraba el sumo sacerdote entre una magnificencia
apenas superada por la del rey. Abajo había salones tan amplios y espléndidos como los de
los palacios, donde se agolpaban las muchedumbres adorando a Zo-Kalar y Tamash y Lobon,
los dioses mayores de Sarnath, cuyos relicarios, envueltos en humo de incienso, eran
semejantes a tronos de monarca. Las imágenes de Zo-Kalar y Tamash y Lobon no eran como
las demás estatuas de dioses, ya que resultaban tan vívidas que uno podría jurar que los
propios y agraciados dioses barbudos ocupaban sus tronos de marfil. Y a través de
interminables escaleras de brillante circonio se llegaba al aposento de la cima, desde donde el
sumo sacerdote avizoraba de día sobre la ciudad y las llanuras y el lago; y de noche la críptica
luna y las estrellas más brillantes y los planetas, así como sus reflejos en el lago. Allí tenían
lugar los más antiguos y secretos ritos en execración de Bokrug, el lagarto acuático, y allí
reposaba el altar de crisolito ostentando la MALDICIÓN, garabateada por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo resultaban los jardines edificados por el antiguo rey Zokkar.
Ocupaban el centro de Sarnath, cubriendo un gran espacio y circundados por un alto muro. Y
se hallaban cubiertos por un poderoso domo de cristal, a través del cual brillaban el sol y la
luna y las estrellas y los planetas cuando estaba despejado. Y de ella se colgaban refulgentes
imágenes del sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba nublado. En verano, los
jardines se refrescaban mediante aromáticas brisas frescas, habilidosamente provocadas
mediante ventiladores, y en verano se caldeaban a través de fuegos ocultos, por lo que en
dichos jardines siempre reinaba la primavera. Pequeñas corrientes corrían sobre guijarros
claros, surcando prados verdes y jardines multicolores, y multitud de puentes los salvaban de
uno a otro lado. Muchas eran las cascadas a lo largo de sus cursos, y muchos asimismo los
estanques cuajados de lirios en los que se expandían. Sobre corrientes y estanques bogaban
blancos cisnes, al tiempo que la música de aves exóticas repicaba al compás del canto de las
aguas. Macizos verdes nacían en ordenadas terrazas, adornados aquí y allá con emparrados y
amables arriates, y asientos y bancos de mármol y pórfido. Y había innumerables capillas y
templetes en donde uno podía descansar o rezar a los dioses menores.
Cada año tenía lugar en Sarnath la fiesta de la destrucción de lb, y en esa ocasión se
prodigaban el vino, las canciones, la danza y todo tipo de festejos. Se rendían grandes
honores a los espectros de aquellos que aniquilaron a los seres de extraña antigüedad, y la
memoria de éstos y sus viejos dioses resultaba mancillada por bailarines y músicos coronados
con rosas procedentes de los jardines de Zokkar. Y los reyes oteaban sobre el lago y
maldecían los huesos de los muertos que descansaban en sus honduras. En un principio los
sumos sacerdotes no gustaban de tales festejos, ya que se contaban unos a otros extrañas
historias de cómo el ídolo verde mar se había esfumado, y de cómo Taran-Ish había muerto
de miedo, no sin antes dejar un aviso. Y se comentaba que, a veces, desde su alta torre, se
divisaban luces bajo las aguas del lago. Pero como innumerables años fueron transcurriendo
sin que sucediera calamidad alguna, incluso los sacerdotes rieron y maldijeron, y tomaron
parte en aquellas orgías multitudinarias. Además, ¿no habían ellos mismos realizado a
menudo, en su alta torre, el inconcebiblemente antiguo rito de execración de Bokrug, el
lagarto acuático? Y un millar de años de riqueza y gozos transcurrieron sobre Sarnath,
maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad.
Magnificiente más allá de toda imaginación resultó la fiesta del milenio de la
destrucción de lb. Por espacio de una década se habló en la tierra de Mnar sobre ella, y al
acercarse la noche acudieron a Sarnath en caballos y camellos y elefantes hombres de Thraa,
Ilarnek y Kadatheron, y de todas las ciudades de Mnar y de las tierras de aún más allá. Los
pabellones de los príncipes y las tiendas de los viajeros se alzaron ante los marmóreos muros
en aquella señalada noche, y por toda la ribera resonaban los cánticos de alegres celebrantes.
En su sala de banquetes se reclinaba Nargis-Hey, el rey, catando vinos añejos de las bodegas
de la conquistada Pnath, rodeado de nobles alegres y diligentes esclavos. Se habían paladeado
multitud de platos durante esa fiesta; pavos reales de las islas de Nariel en el Océano Medio;
cabras jóvenes de las lejanas colinas de Implan, pies de camellos del desierto bnarcico,
nueces y especias de los plantíos cidarianos, y perlas de marítimo Mtal, disueltas en el
vinagre de Thraa. Había salsas en número incontable, preparadas por los mejores cocineros
de toda Mnar, y aptas para todos los paladares. Pero el manjar más apreciado lo constituían
los grandes peces del lago, de gran envergadura y servidos sobre fuentes de oro hermoseadas
con rubíes y diamantes.
Mientras el rey y sus nobles festejaban en palacio, y contemplaban los platos cumbre
que aguardaban en sus fuentes de oro, otros celebraban en otra parte. En la torre del gran
templo los sacerdotes se entregaban a la diversión, y en los pabellones extramuros los
príncipes de tierras vecinas festejaban a su vez. Y sucedió que fue el sumo sacerdote Gnai-
Kah quien primero advirtió la sombra que descendía de la gibosa luna hacia el lago, y la
espantosa bruma verde que surgía del lago para juntarse con la luna y envolver con siniestra
neblina las torres y cúpulas de la condenada Sarnath. Luego, quienes estaban en las torres y al
otro lado de los muros avistaron extrañas luces en las aguas y vieron que la roca gris
Akurión, que se alzaba junto a la orilla, estaba casi sumergida. Y el miedo prendió difusa
aunque velozmente, de forma que el príncipe de Ilarnek y el del lejano Rokol desmontaron y
plegaron sus tiendas y pabellones y huyeron hacia el río Ai, aunque ellos mismos apenas
entendían el motivo de aquella precipitada salida.
Entonces, próxima a sonar la medianoche, las puertas de bronce de Sarnath se
abrieron y vomitaron una multitud enloquecida que cubrió la llanura, por lo que príncipes
visitantes y viajeros huyeron espantados, ya que los rostros de esa multitud ostentaban la
enloquecedora impronta de un inaguantable horror, y de sus bocas brotaban palabras tan
terribles que nadie se demoró a comprobar su verdad. Hombres de ojos enloquecidos por el
miedo vociferaban haber mirado en la sala del rey a través de los ventanales, y que ya no
resultaba posible ver las siluetas de Nargis-Hei y sus nobles y esclavos, sino tan sólo una
horda de indescriptibles seres verdes mudos, con ojos saltones y repulsivos labios fofos, y
curiosas orejas. Seres que bailaban de forma espantosa, sosteniendo entre sus zarpas fuentes
doradas hermoseadas con rubíes y diamantes, y conteniendo llamas terribles. Y los príncipes
y viajeros, mientras huían de la ciudad maldita de Sarnath a lomos de caballos y camellos y
elefantes, volvieron la vista al lago del que brotaban las nieblas y vieron que la roca Akurión
se hallaba prácticamente sumergida.
Por toda la tierra de Mnar y adyacentes corrieron historias de aquellos que habían
escapado de Sarnath, y las caravanas ya no concurrieron más a la ciudad maldita, ni a sus
metales preciosos. Tuvo que transcurrir mucho tiempo antes de que algún viajero fuera allá, y
sólo entonces los jóvenes valientes y aventureros de la lejana Falona osaron hacer el viaje,
jóvenes aventureros de pelo rubio y ojos azules sin parentesco alguno con los hombres de
Mnar. De hecho, aquellos hombres acudieron al lago para contemplar Sarnath, pero aunque
encontraron el gran lago tranquilo y la roca gris Ákurión que se alza muy alta cerca de la
orilla, no pudieron vislumbrar la maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad. Donde
antes se alzaran muros de 300 codos y torres aún más altas, ahora se hallaba sólo orilla
pantanosa; y donde antes moraran cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se veía
reptar al detestable lagarto verde de agua. Ni las minas de metal precioso quedaban, ya que la
MALDICIÓN había caído sobre Sarnath.
Pero medio oculto entre los juncos se descubrió un curioso ídolo de piedra verde; un
ídolo sumamente antiguo, cubierto de algas y cincelado a semejanza de Bokrug, el gran
lagarto acuático. Ese ídolo, entronizado en el gran templo de Ilarnek, fue en adelante adorado
al resplandor de la luna gibosa en toda la tierra de Mnar.

Posted by ARKAICO at 17:03:12 | Permalink | No Comments »