Thursday, August 7, 2008

LOS AMADOS MUERTOS

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba…¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura…resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia…mortales explosiones de histéricas granadas…el monótono silbido de balas sardónicas…humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues…¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta…

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad…

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…

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Monday, July 28, 2008

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE — LA CIUDAD VAMPIRO

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UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE — LA CIUDAD VAMPIRO

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE

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LA CIUDAD VAMPIRO

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PRIMERA PARTE
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Existen muchos ingleses, pero sobre todo inglesas, que se sienten avergonzados cuando se les cuenta la descarada piratería que sufren los escritores franceses en Inglaterra. Su Graciosa Majestad, la Reina Victoria, firmó en el pasado un acuerdo con Francia con la loable intención de acabar con estos robos tan frecuentes. Se trata de un tratado muy bien redactado, aunque tiene también un pequeño apartado que hace ilusorio su contenido. En esta cláusula, Su Graciosa Majestad prohíbe a sus leales súbditos apropiarse de nuestros dramas, libros, etc., aunque permitiéndoles hacer lo que ella misma denominó «dorada imitación» .
Es algo hermoso, pero incorrecto. El magnífico y amado Dickens me dijo en cierta ocasión, a modo de protesta:
—Yo tampoco estoy protegido. Cuando visito Londres y, por casualidad, llevo conmigo alguna idea original, cierro con llave la cartera, me la pongo en el bolsillo y la sujeto con las dos manos. Y a pesar de todo, a veces me la roban.
Lo cierto es que esa llamada «dorada imitación» podría darles una buena lección a los más hábiles «pick–pockets».
La propia Lady B…, la encantadora amiga de Dickens que vive en el castillo de Shr…, lleva veinte años repitiéndome la misma pregunta, cada vez que tengo la suerte de verla:
—¿Y por qué no roban ustedes también a los ingleses?
—Señora, sin duda existen ideas magníficas que se podrían coger de sus libros, pero ocurre que nuestra naturaleza no nos mueve a ese «hermoso» robo.
Esa respuesta habitual suele hacerle estallar en carcajadas. A veces me ha llegado incluso a citar apellidos de lo más franceses, especialmente recomendables… Pero ¡callemos!
Cierta mañana de finales del año pasado (1873), la dama en cuestión quiso honrarme por sorpresa con su visita.
—Se viene usted conmigo —me dijo—. Ya lo he arreglado todo con su maravillosa mujer. Partiremos esta noche.
—¿Hacia dónde?
—Hacia mi casa.
—¿En la calle Castiglione?
—No, me refiero al castillo de Shr…, en el condado de Stafford.
—¡Piedad!
Hacía un tiempo terrible, con la nieve derritiéndose mientras el viento rugía incluso en París. ¡Imaginen cómo sería entonces entre Dover y Calais!
La dama, discípula de Byron, adora estas tormentas:
—Me da igual que le tenga usted miedo a los resfriados —dijo—, pero es que tengo la intención de devolverle de una sola vez todo lo que Inglaterra le ha robado. Y no hay una oportunidad mejor que ésta. El Sr. X… y la Srta. Z… ya están siguiendo la pista de este asunto, y como esta última, la señorita 97, ya tiene una edad muy avanzada, lo mejor es que no esperemos demasiado tiempo.
El Sr. X… y la Srta. Z… son en realidad dos famosos novelistas ingleses. Se trataba, entonces, del argumento de una novela. Le pedí explicaciones a la dama, pero no quiso decirme nada, limitándose únicamente a utilizar su extraordinaria elocuencia, que en ella es un don natural, para excitar mi curiosidad.
—¿Le merece alguna confianza Walter Scott? —me preguntó—. Era un admirador incondicional de los Misterios de Udolfo. Fue él quien escribió la biografía de Ann Radcliffe. ¿Se lo imagina? ¡Walter Scott! En cierta ocasión, Dickens fue a visitar a la señorita 97. En aquella época se llamaba señorita 94, ya que todos los años, por Navidad, cambia su nombre. Yo he conocido muchas aventuras, pero ésta es tan increíble…
Finalmente tuve que ceder, y partimos. El viaje fue horrible, y el simple hecho de recordarlo me hace estornudar. Todos los diablos del mar y del aire jugueteaban con nuestro barco como si fuese una pelota de goma. Al día siguiente cogimos en Londres el tren de North–Western, y pasamos la noche en Stafford. Un día después el coche de la dama nos llevaba, atravesando una llanura nevada, hasta la zona montañosa del condado que linda con el Shropshire, y por la noche ya estábamos cenando en el castillo.
He aquí lo que supe durante el viaje:
Nos encontrábamos en la misma comarca en que vivieran el señor y la señora Ward; los padres de quien sería tan célebre bajo el nombre de Ann Radcliffe. La señorita 97 era una prima segunda de los Ward, que en tres años sería centenaria. Moraba en una casa de la montaña, a una legua y media del castillo de la dama. Durante mucho tiempo, aquella casa había sido la vivienda de su célebre pariente.
No es de forma casual que utilice la palabra célebre, y estoy dispuesto a mantenerla, aunque se me tache por ello de exagerado. Hubo un tiempo en el que la gloria de Ann Radcliffe se extendió por todo el mundo, y sus tenebrosas historias alcanzaron una fama tan elevada que ni siquiera nuestros mayores éxitos contemporáneos podrían alcanzar. Incluso podría decirse que su encanto conquistó tanto a los consagrados como a los desconocidos. En Inglaterra fueron publicadas doscientas ediciones de los Misterios de Udolfo. En Francia se tradujo el libro varias veces, y solamente de una de aquellas versiones se realizaron cuarenta reimpresiones en París. No fue, además, una moda fugaz. Hoy en día, a pesar de que la fiebre ha decaído levemente, los Misterios de Udolfo y el Confesionario de los penitentes negros continúan aterrando a miles de imaginaciones bajo el sol.
Pese a todo, la señorita 97 conocía un hecho íntimo de Ann Radcliffe que ella le había contado casi sesenta años antes. Se decía en aquella región que este hecho era la causa que había llevado al carácter apacible y ligeramente alegre de Ann Radcliffe hacia el género sombrío y tenebroso que caracteriza su obra.
Walter Scott había tenido un conocimiento muy superficial de aquella historia, como lo demuestra su carta del 3 de mayo de 1821 a su editor Constable, en la que pueden leerse las siguientes palabras: «Respecto a la obra titulada La Vida de Ann Radcliffe, retrasaré su entrega hasta que me haya entrevistado con miss Jebb, de la que espero tener detalles excelentes y absolutamente íntimos. Según se comenta, esta dama posee no sólo un secreto, sino una “maravillosa curiosidad” que le otorgará mucho mayor interés a nuestra historia…»
Miss Jebb era precisamente la señorita 97, que en el tiempo en que la carta de sir Walter Scott fue escrita debía de contar ya con cuarenta y cinco primaveras. Al igual que el resto de los ingleses, tenía cierta predilección por la nobleza, y mylady utilizaba esto para que la señorita Z… y el señor X…, que eran novelistas «vulgares» quedasen completamente descartados.
El día siguiente a nuestra llegada fue un día gris y frío, y poco después del desayuno mylady me hizo subir a un coche. Anduvimos alrededor de media hora, para apearnos después frente a una verja de madera, de color verde, que servía de entrada a una vieja casita de aspecto respetable. La montaña la rodeaba por tres de sus lados, y por el cuarto, al sur, se abría hacia un hermoso paisaje.
Nos hicieron pasar a un recibidor bastante amplio teniendo en cuenta la estrechez de la casa. Había varios retratos colgados de las paredes, y podían verse también algunos dibujos enmarcados en madera noble.
Una viejecita alta y delgada permanecía junto a la estufa de hierro. Su rostro parecía el de un pájaro, no sé cuál, aunque estoy convencido de haberlo visto en una de esas tiendas donde venden animales disecados. Su nariz era afilada como una navaja, y sus ojos redondos parecían aletargados.
—¿Cómo se encuentra usted, querida Jebb? —preguntó afectuosamente mylady.
—Voy tirando, ¿y Su Excelencia?
Miré a todas partes para ver quién había pronunciado aquellas palabras, pero descubrí que estábamos solos nosotros tres. Evidentemente, la señorita 97 debía de ser ventrílocua. Seguramente había sido poco agraciada, en el pasado, aunque ahora se conservaba bastante bien.
Después de que mylady me presentara, nos sentamos, y la voz de la señorita 97, hablando desde el otro extremo de la estancia, me dijo con sabiduría:
—El francés, mi querido amigo, es valiente y espiritual, el italiano es listo, el español cruel, el alemán pesado, el ruso bruto, y el inglés alegre y de notable generosidad. A Ella le gustaban especialmente los franceses.
La señorita 97 dirigió sus ojos hacia el techo al pronunciar la palabra Ella, que en su boca, y pronunciada con aquella mirada caritativa, hacía siempre referencia a Ann Radcliffe.
Por desgracia, yo no sabía que aquella frase había sido extraída de la Novela siciliana, la segunda obra de Ella.
—¡Qué estilo! —exclamó mylady—. ¡Qué profundidad!
—Me honra el poder agradecerle este gesto a Su Excelencia—contestó la señorita 97.
Mylady sacó del interior de su impermeable, que había depositado sobre una silla nada más entrar, un paquete que contenía cuatro libros in–12. Se trataba de la traducción francesa, publicada por Charles Gosselin en París, en 1820, de la Biografía de novelistas célebres, de Walter Scott.
—Esto demuestra cómo Ella es querida y respetada en Francia —dijo con voz grave mylady, mientras abría el volumen que contenía la Vida de Ann Radcliffe.
Supongo que en algún lugar dentro de aquella vieja cabeza se debió de accionar inmediatamente un resorte, porque pudimos ver asomar la dentadura de miss Jebb, todavía completa, aunque formada por dientes amarillos e irregulares. Inmediatamente escuchamos, procedente no sé de dónde, una risa seca y estridente, y la voz de la propia miss Jebb, que en esta ocasión nos hablaba desde debajo de la mesa, para decirnos:
—¡Vaya, vaya! Puesto que el caballero ha venido desde muy lejos, y como Su Excelencia lo protege, tendremos que hacer lo posible para que su largo viaje no haya sido en vano. Espero poder llamarme muy pronto miss Hundred (Srta. 100), aunque por primera vez en la vida he sentido una jaqueca en otoño. Lo cierto es que podría morirme en cualquier momento, y no quisiera llevarme conmigo esta sorprendente historia.
Nos acomodamos para escuchar su relato. Miss Jebb alejó su taza y pareció concentrarse. Durante el silencio que siguió, la señorita 97 se estremeció levemente dos o tres veces, produciendo un sonido similar al que hacen las avellanas al frotarse unas contra otras dentro de una bolsa de papel.
—Nunca se vio nada semejante —musitó finalmente, sujetando con ambas manos sus rodillas, para impedir que temblaran—. Cada vez que pienso en ello, noto como si se me helase el corazón. No sé si es correcto que rompa este silencio, aunque… ¡me da igual! Quiero que las personas vuelvan a hablar de Ella nuevamente. ¡Y lo harán, porque esta historia es terrible… terrible!

La niñez de la señorita Ann tuvo lugar en el negocio de sus padres, los señores Ward. No eran personas ricas, aunque estaban muy bien emparentados. Cuando el señor Ward decidió vender su negocio, allá por 1776, se fue a vivir con su mujer y su hija precisamente a la casa en la que nos encontramos ahora.
Ann pasó una adolescencia alegre y tranquila, retirada en ese lugar donde imperaba la «dorada mediocridad» de que habla el poeta: ese modesto bienestar que, según dicen, constituye la felicidad.
Esta casa se animaba entonces, principalmente en época de vacaciones. Entonces aparecían Cornelia de Witt y su ama, la signora Letizia, y el alegre y joven Edward S. Barton, acompañado de su tutor Otto Goëtzi.
Ann, Edward y Cornelia se hallaban unidos por una estrecha y tierna amistad. Hubo quien llegó a pensar que Ned Barton se casaría con Ann en cuanto tuviesen edad para hacerlo, y recuerdo que la señora Ward comenzó a bordar (con diez años de anticipación) un maravilloso par de cortinas de muselina de la India con las iniciales de Ann y de Edward entrelazadas. Pero el hombre propone y Dios dispone. Lo cierto es que Ned Barton y Ann se querían únicamente como hermanos. Estoy convencida de que al menos ése era el sentimiento de Ned; aunque puede que hubiese algo más en el corazón de Ann. Sin embargo, no por ello William Radcliffe dejó de ser el más feliz de los maridos. El propio Sir Walter Scott así lo indica.
Desde el principio de los tiempos, nunca se ha conocido una naturaleza tan dulce y delicada como la de Ann. ¡Y qué alegría! Fuese donde fuese, inundaba el aire de sonrisas. Su único defecto era una exagerada timidez… ¡Imagínense si tuviésemos que juzgar a los autores por sus obras! Más de cien y más de mil veces me han preguntado de dónde pudo sacar aquella joven la misteriosa audacia de su genio. Espero que después de haber oído mi historia, al menos ustedes no volverán a hacerme esta pregunta.
Las últimas vacaciones de estos tres amigos tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1787. William Radcliffe ya formaba entonces parte del grupo. De hecho, en julio del mismo año había pedido la mano de la señorita Ward. Ned y Cornelia eran a su vez novios desde el invierno anterior. Se amaban apasionadamente, y la vida se mostraba ante ellos bajo los auspicios más alentadores.
En aquella ocasión el señor Goëtzi no había viajado junto a su ex alumno, quien por cierto vestía con suma elegancia el uniforme de la marina real. Letizia, por su parte, había permanecido en Holanda, a cargo de la casa del conde Tiberio, el tutor de Cornelia. Para poder describir la belleza de ésta, sería necesaria la pluma de Ann, que logró inmortalizar los encantos de su amiga en los Misterios de Udolfo: es en Corny en quien está inspirado el retrato de su protagonista Emilia.
¡Ah! ¡Qué nítidos son estos recuerdos! Yo era todavía una niña, pero sigo recordando nuestros largos paseos por la montaña. El señor Radcliffe no era una persona en absoluto novelesca; siempre limpio, bien vestido, y muy educado con las mujeres. Cuando Ned y Cornelia se perdían por aquellos inmensos bosques, William Radcliffe intentaba entablar agradables y afectuosas conversaciones con Ann, aunque entonces ella me llamaba y procuraba cambiar de tema, hablando de literatura clásica. Siempre que se lo pedía, el señor Radcliffe le recitaba pasajes de poetas griegos y latinos. Aunque no entendiese su significado, Ella adoraba esa especie de música culta. Y en ocasiones, mientras el licenciado de Oxford recitaba a Hornero o a Virgilio, las dulces miradas de Ann se perdían en la distancia, como buscando a la encantadora pareja que formaban el guardamarina Ned y la blanca Cornelia…
Ella suspiraba entonces, y le pedía al señor Radcliffe que tradujese aquellos poemas, palabra por palabra, cosa que él hacía con agrado, ya que era un verdadero caballero.
Aquel año la despedida fue triste. Seguramente no volverían a verse hasta después de celebrados ambos matrimonios: el del señor Radcliffe con Ann, en esta misma casa; y el de Ned y Cornelia en Rotterdam, donde vivía el conde Tiberio.
Por una tierna y sentimental idea, se había acordado que ambas bodas tuviesen lugar el mismo día y a la misma hora, una en Holanda y otra en Inglaterra. De ese modo, y a pesar de la distancia, existiría una singular comunión entre las dos felicidades que comenzaban a nacer.
Desde el término de las vacaciones, y hasta la fecha en que tenían que celebrarse las ceremonias, ambas parejas intercambiaron una asidua correspondencia. Las cartas de Cornelia rezumaban la más sincera alegría. Ned, por su parte, estaba apasionado como un ejército de locos. Yo no pude ver las respuestas de nuestra Ann, que entonces me parecía un poco decaída.
En Navidad comenzaron a preparar el ajuar de la novia. Durante todo el mes de enero de 1787 prácticamente no se habló de nada más. El gran día había sido fijado para el 3 de marzo.
En el mes de febrero llegó una carta procedente de Holanda que trastornó a toda la casa. La condesa viuda de Montefalcone, cuyo nombre de soltera era Witt, acababa de morir en Dalmacia. Cornelia, su única heredera, se encontraba de repente con una enorme fortuna en sus manos.
La carta fue escrita por Ned, que parecía algo alterado y más bien triste por aquella noticia.
A pesar de que la esquela era muy breve, aún se explicaba en ella el extraño hecho de que el conde Tiberio se convertía a su vez en el heredero inmediato de su propia discípula, en la rica sucesión de la viuda de Montefalcone.
Después de aquella carta, no llegaron más noticias de Holanda hasta finales de febrero. No era de extrañar. Hacía muy mal tiempo en el canal, y el viento que soplaba permanentemente desde el oeste hacía muy difícil el viaje. Ustedes poseen ahora los barcos de vapor, que se ríen de cualquier viento; pero en aquella época pasaban a veces semanas enteras sin tener noticias del continente.
Todas las mañanas, el venerable señor Ward acostumbraba a decir, mirando la veleta del tejado:
—¡En cuanto dé la vuelta el gallo, vamos a recibir de un tirón toda una resma en papel de carta!
Sin embargo, los dos primeros días de marzo pasaron sin novedad. La boda debía tener lugar el día 3, por lo que la casa se encontraba repleta de actividad y bullicio.
Al atardecer, una hora antes de la cena, llegó el vestido de novia, y casi al mismo tiempo, después de que se escuchara el tintineo de la campanilla de la puerta del jardín, se pudo escuchar la alegre voz del señor Ward, que gritaba desde la escalera:
—Ya os lo avisé anteayer: ¡en cuanto diese la vuelta el gallo! ¡Aquí nos trae el cartero esta montaña de correspondencia!
Lo cierto es que aquel alud llegaba en mal momento a la casa en plena agitación. El paquete contenía muchas esquelas, y de muy diferentes fechas. Comenzaron abriendo las más recientes, y enseguida supieron que sus queridos amigos de Rotterdam se encontraban bien, por lo que continuaron con sus quehaceres.
Ann se hallaba entonces literalmente prisionera de las modistas, que le estaban probando el vestido. Yo misma le di su paquete, que contenía tres cartas de Cornelia y dos de Ned Barton. Me pidió que abriese la última de todas, y comencé a leerla por el final de la cuarta página.
—Todo va bien —le dije, después de recorrer con la mirada los últimos párrafos.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Ann.
—En ese caso, mi querida, mi ángel, mi pequeña Jebb —dijo la jefa de las modistas—, te pido que nos dejes, porque nos estás estorbando bastante, tesoro.
Ella me dedicó una sonrisa, como para suavizar aquella rigidez. Parecía una mártir rodeada de arpías, con las bocas llenas de alfileres, que clavaban en su estuche de muselina blanca. Dejé el paquete sobre una mesita, y me marché.
Es necesario que en este momento les explique algo muy importante, y es que desde este punto del relato ya no puedo hablar como testigo directo de los acontecimientos. A partir de ahora van ustedes a escuchar a la propia Ann Radcliffe, ya que fue su boca la que me contó el resto de la historia. De hecho, lo cierto es que no volví a verla hasta después de los hechos.
Debían de ser las siete de la tarde, cuando la modista y sus ayudantes terminaron por fin y se marcharon de la casa, llevándose otra vez consigo el traje de bodas para hacerle los últimos retoques. Cuando se quedó sola, Ann se sintió tan agotada por las emociones del día que no tuvo valor para regresar al recibidor, donde la esperaban su madre, su padre y su novio. Se dio a sí misma la excusa de que tenía que terminar de leer las cartas de Rotterdam; pero el sueño pudo con ella antes de que terminase la primera frase de una alegre epístola firmada por «Edward S. Barton». Ann tuvo entonces una especie de pesadilla repleta de imágenes. Vio una pequeña iglesia, levantada con un estilo arquitectónico indefinido, y situada en medio de una campiña rebosante de plantas y árboles que no se encuentran en Inglaterra. Los campos estaban llenos de maíz, y los bueyes mostraban el color de la tórtola. Al lado de la iglesia había un cementerio cuyas tumbas eran todas de mármol blanco. Dos de ellas parecían idénticas. De cada una de ellas (un detalle insignificante, pero conmovedor, y que con frecuencia se encuentra en nuestros cementerios ingleses) sobresalía un brazo tallado en un material todavía más blanco que el mármol. Ambos brazos terminaban encontrándose, y estrechando sus manos. En medio del sueño, Ella no lograba entender por qué aquella visión la hacía temblar y sollozar amargamente. Intentaba leer las inscripciones grabadas en las lápidas, pero no lo conseguía. Las letras se confundían, o escapaban ante su mirada.
Como a las diez, se despertó llorando al escuchar el barullo de las modistas que regresaban. Había dormido escasamente tres horas. Notaba en su espíritu el peso de una terrible desgracia.
—Señorita, no pienso preguntaros por qué tenéis los ojos rojos —dijo la jefa de las modistas—. Las jóvenes que van a contraer matrimonio terminan llorando invariablemente, imagino que de dicha. Ahora probemos el traje.
Se lo probaron, y al ver que le quedaba perfectamente la dejaron sola. Ella se lavó el rostro. Las palabras de la modista habían intensificado la impresión que le había producido la pesadilla. Al echar un vistazo casual hacia la mesa, descubrió las cartas de Rotterdam, que casi había olvidado, y un grito se le escapó de su pecho.
Fue como si en ese instante acabasen de decirle los nombres que figuraban en la inscripción de aquellas lápidas gemelas: ¡Cornelia y Edward!
Rasgó un sobre al azar. Su mirada era tan ansiosa que al principio lo único que logró ver fue unas manchas negras que bailaban ante sus ojos. Cuando finalmente logró leer, suspiró de alivio. Se trataba de una carta del 13 de febrero, escrita y firmada por su amiga Cornelia, y en la que manifestaba maravillosos proyectos para las próximas vacaciones. Hasta ese momento tendrían tiempo suficiente para ordenar la sucesión de la condesa, Cornelia iba a ir a la casa de los Ward, no para quedarse, como siempre, sino para llevarse a toda la familia a su precioso castillo de Montefalcone en los Alpes Dináricos, al otro lado del Ragusa. Tenía ahora allí una vasta propiedad con minas de mármol y alabastro. No cabía en sí de gozo. Ned se había enamorado de ella cuando era una muchacha pobre, y ahora, inesperadamente, ella podía convertirlo en un rico propietario…
«¿Qué es lo que habría podido ofrecerle yo?», se preguntó Ann, cerrando la carta. «Es mejor así. A fin de cuentas, William tiene un corazón noble y generoso.»
Al haber dormido tres horas, ahora no tenía sueño.
Se situó en un confortable sofá, dispuesta a leer de cabo a rabo toda su correspondencia.
Le encantaba la alegría de su amiga Cornelia, y sepan ustedes que si en alguna ocasión un suspiro levantaba la muselina de su blusa, en ningún caso ello obedecía a la envidia. ¡Ann envidiosa! ¡Qué herejía! Desde luego que no, pero está claro que Corny se extendía, quizá excesivamente, hablando de sus nuevas posesiones, de sus joyas y especialmente de las locuras que ese confuso Ned hacía por ella. Cada una de sus páginas cantaba a gloria como si fuese un salmo. Y además de aquellos salmos, venían a continuación los versos arrebatados de Edward Barton. ¡Amor! ¡Felicidad! ¡Amor! ¡Felicidad! Aquello comenzaba a resultar monótono. Ustedes tienen en Francia un proverbio muy sabio: «¡Si tan rico es usted, coma por segunda vez!» Probablemente Ann pensaría de esta forma: «¡Ya que se quieren de esa forma, que se casen dos veces!»
Ella no pudo dejar de sentirse orgullosa al comparar la modestia de su propio afecto con el delirio sentimental de Cornelia. Después, como era una filósofa instruida tanto en las ideas de los sabios cristianos como en las ideas de los sabios paganos, acabó por decidir que aquel exceso de felicidad tendría su reverso. Así es la vida: subidas y bajadas. El que gana pierde también en algún momento. Detrás del horizonte siempre aparecen nubes que vienen a ocultar el cielo más radiante.
Así como los flecos de estos pensamientos fueron anunciándose en su cabeza, nuestra querida Ann fue asumiéndolos hasta convertirlos en plena seguridad. Esto llevó a que se manifestara automáticamente la excelente naturaleza de su carácter. Comenzó anticipadamente a lamentar las penas que podrían suceder a este torrente de felicidad, en un futuro relativamente próximo. ¡Querido Ned! ¡Pobre Corny! ¡El dolor es un castigo tan cruel, después de la maravillosa dicha! Me parece que Ann derramó incluso algunas lágrimas antes de descubrir la serpiente que se escondía entre las rosas de su abultada correspondencia.
¡Porque tenía mucha correspondencia! ¡Ah, sin duda había muchísimas cartas! Dije cinco, y no me engaño; pero cada una se desdoblaba en varias, como esas cajas chinas que se encajan una dentro de otra, provocando interminables sorpresas en los niños. Las cartas de Cornelia incluían esquelas de Ned Hartón, y de las cartas de Barton caían mensajes de Cornelia, haciendo que Ann continuase leyendo sin parar. Estaba más despierta y activa que una ardilla. Le dio la impresión de que podría haber continuado leyendo indefinidamente. Entonces le sobrevino una idea filosófica, que las personas normalmente enuncian del siguiente modo: «La roca Tarpeya está ya cerca del Capitolio», y en ese momento las cartas comenzaron a girar, del mismo modo que la cabeza de nuestra querida joven. Una nube, todavía distante, apareció en el cielo azul.
La vio crecer, avanzar, oscurecerse, escondiendo sus flancos… Pero no nos anticipemos. La tormenta siempre estalla demasiado pronto.

(No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero siempre que en sus innumerables relatos Ella utiliza esta expresión, con seguridad inventada por Ella: «Pero no nos anticipemos», se me ponen los pelos de punta.)
Las cartas de los encantadores enamorados de Rotterdam iba progresivamente cambiando de tono.
Casualmente, Ann había abierto al principio las cartas más antiguas. La nube del horizonte apareció al abrir la más atrasada entre las que había dentro de los dos últimos sobres.
La primera era una esquela de Ned, en la que sus cánticos bajaban de intensidad. Hasta ese momento, el conde Tiberio, ejemplo de tutor, nunca había sido retratado por la pluma de Ned excepto como un modelo de indulgencia, generosidad y bondad. Ahora el augusto nombre aparecía completamente desnudo, y desprovisto de cualquier epíteto. Y un síntoma todavía más grave era el hecho de que Ned no hablaba ahora con mucha frecuencia de amor.
De forma extraordinariamente sutil, daba a entender que la herencia de la condesa llevaría parejos posiblemente algunos trastornos. El conde Tiberio había cambiado bastante. El señor Goëtzi, que se encontraba de paso por Rotterdam, sugería cosas muy extrañas…
La siguiente carta pertenecía a una Corny que se encontraba «evidentemente nerviosa». Hacía referencia a Letizia Pallanti como «esta persona». ¡Letizia! ¡Que había sido el ángel de otros tiempos! ¡El ser perfecto! Pero, ¿por qué? Aún no comprendía. Sin embargo, entre las irritadas líneas de Cornelia, la agudeza de Ann logró adivinar algo muy sorprendente: Letizia, olvidando no sólo la moral cristiana, sino las más elementales normas de conveniencia, parecía mantener con el conde Tiberio unas relaciones que no era necesario detallar.
Pero, ¿qué papel desempeñaba en toda esta historia el señor Goëtzi? Hablaba francamente mal del conde Tiberio, acusándole de una conducta escandalosa que perjudicaba sobremanera sus negocios, y sin embargo él se pasaba tardes enteras ¡encerrado con llave en el escritorio de aquél! Seguramente tomaba parte en todas las orgías (esta palabra aparecía escrita con todas sus letras), y cuando «esa persona», Letizia, salía llena de diamantes, ¡el señor Goëtzi la acompañaba!
Como se pueden imaginar, se había hecho ya muy tarde. Hacía bastante tiempo que Ella había oído las campanadas de la medianoche; pero el sueño no aparecía. Nuestra querida Ann se sentía poseída por el ansia de saber, que nacía de su noble corazón. ¡Leía, leía y leía! ¡Extraña noche para ser la víspera de una boda!
Mientras avanzaba en sus lecturas, iba apareciendo veladamente una especie de amenaza… La alegría y la felicidad son monótonas, pero basta que la tormenta se anuncie en el horizonte para que el interés reaparezca.
Repentinamente Ella saltó del sofá; acababa de escuchar el primer trueno. Una de las cartas de Ned hablaba de «retrasar»… ¡y era la boda lo que se retrasaba! Intentaba explicarlo diciendo que la herencia era un asunto fantástico, aunque realmente complicado, y que la iba a obligar a viajar personalmente hasta allí…
Pero, ¿por qué no casar primero a los jóvenes novios?
Ésa era precisamente la pregunta que se hacía el pobre Ned.
Ella se limitaba a desdoblar una hoja después de otra, encontrando papeles menores dentro de los mayores, y papeles más pequeños aún, dentro de ellos. No podía parar de leer. El último sobre estaba abierto, puesto que era el que el señor Ward había abierto para extraer la carta, completamente tranquilizadora, que había provocado sus gritos de alegría.

Sin embargo, ¿quieren saber qué es lo que había leído este buen señor? Yo también lo leí, y me equivoqué igual que él. Ambos habíamos leído apenas algunos fragmentos de párrafos aislados en los que constantemente se repetía la palabra felicidad. Era, sin embargo, una referencia que se hacía para… ¡añorar la felicidad perdida!
«En unos instantes en los que todo nos sonríe», decía efectivamente el desdichado Ned, «en los que el porvenir se nos presenta bajo los más prometedores auspicios: felicidad, fortuna, amor…»
Y ni el señor Ward ni yo habíamos querido seguir leyendo. Sin embargo, la frase terminaba así:
«… nos sobreviene esta tormenta; sí, precisamente ahora. El rayo ha caído sobre nosotros y nos ha aniquilado. ¡Estamos perdidos!»

¡Perdidos! ¿Pueden imaginar cómo se encontraba Ann en ese momento? Por desgracia, aquellas lúgubres palabras no eran exageradas. Una misiva de la desdichada Cornelia decía:
«Me han sacado de la cama en mitad de la noche. El señor Goëtzi sujeta mi mano al pie de la escalera y me dice: ¡Valor! Tenéis un amigo… ¿Puedo confiar en él? Me llevan… La noche es terrible, y la tormenta no permite que se oigan mis gritos…»
Ella dejó que el papel se deslizara de sus manos, y cayó al suelo de rodillas.
—¡Oh, Señor Todopoderoso! —exclamó entre llantos—. ¿Cómo podéis permitir semejante desgracia? ¿Dónde estás ahora, querida Cornelia? ¿Dónde estás, querida amiga?
Muchas mujeres se habrían desmayado en una situación como aquélla, sin embargo Ella era en cierto sentido superior a todas las personas de su sexo.
Sin abandonar la postura de oración en que se encontraba, cogió nuevamente las cartas y continuó su lectura a través de las lágrimas.
Ned parecía contestar a la última pregunta que había hecho el corazón de Ann.
«El señor Goëtzi me había avisado», reseñaba en unas breves líneas, casi ilegibles, «pero yo no quise creerle. ¿Cuál es el papel de este hombre? Esta mañana encontré vacía la casa del conde Tiberio. En la calle había algunos vecinos reunidos, gritando: ¡Han escapado como ladrones!¡Están en quiebra!»
»—¡Qué sabéis vosotros! —exclamó entonces el señor Goëtzi, como surgido del centro de la tierra—. ¡No habrá ninguna quiebra! El conde Tiberio os pagará a todos, puesto que piensa casarse con la única heredera de la gigantesca fortuna de los Montefalcone!»
Todavía quedaba una carta: un pedazo de papel laboriosamente garabateado.
«Esta misma noche», decía la misiva, que pertenecía a Ned, «el señor Goëtzi apareció en casa. Parecía compartir mi desgracia. Me informó de que mi querida Cornelia, raptada por su infame tutor, viajaba camino a Dalmacia, en dirección al castillo de Montefalcone. Me aconsejó que corriese tras ellos. Él había preparado ya un caballo ensillado en la puerta de mi casa. Aunque me encontraba sin fuerzas, partí inmediatamente. Apenas abandoné la ciudad, me rodearon y atacaron cuatro hombres con el rostro cubierto por máscaras. A pesar de ello, y a la luz de la luna, me pareció reconocer a través de los orificios de uno de los antifaces la brillante mirada del señor Goëtzi. ¿Será posible? ¡Un hombre que fue mi tutor!… Me dieron por muerto, y me abandonaron en medio del camino. Allí permanecí caído hasta la madrugada, con mi sangre manando de veinte heridas. Al amanecer, unos campesinos que llevaban sus productos a la ciudad, me encontraron sin sentido y me llevaron hasta una posada cercana, llamada La Cerveza, y la Amistad ¡Que Dios les bendiga por ello! No es que desee vivir a toda costa, pero soy la única esperanza con que cuenta Cornelia. Mi cama es buena, y la habitación es grande. Se encuentra adornada con láminas que reflejan las batallas del almirante Ruyter. Las cortinas también están decoradas con flores. El mesonero no parece una mala persona, aunque en cierto sentido me recuerda al señor Goëtzi. No tiene cara, lo que produce una extraña impresión. Siempre lleva al lado un perro gigantesco que, por el contrario, tiene rostro de hombre. Justo delante de mi cama, en la pared, a unos ocho pies del suelo, hay un agujero redondo, como los que se hacen para permitir la salida del humo de las estufas de hierro. Pero no hay ninguna estufa en la estancia. En la oscuridad, tras el agujero, me parece ver algo verde: unas pupilas que me observan fijamente… Gracias al Cielo, todavía conservo la serenidad y la sangre fría. Han traído de Rotterdam a un médico que me está atendiendo. Entre él y su pipa deben de pesar como tres ingleses. Veo algo verde en su mirada. ¿Sabes si el señor Goëtzi tiene algún hermano?… Un crío de cinco o seis años acaba de entrar en mi habitación haciendo rodar su aro. Me preguntó con absoluta desfachatez: “¿Eres tú el hombre muerto?” Y arrojó un sobre encima de mi cama. Era una carta de Cornelia… Casi no tuve tiempo de esconderla. Entró después una mujer calva seguida del perro que me miraba con los ojos del señor Goëtzi. El perro no ladra nunca. El mesonero tiene además un loro que lleva siempre sobre el hombro, y que repite constantemente: “¿Comiste, Ducado?” Las pupilas verdes me siguen examinando desde el agujero negro. El niño se ríe a carcajadas en el patio, mientras grita: “¡He visto al hombre muerto!” Todo lo que me rodea parece verde ahora. ¡Ann, mi querida amiga, socorro!…»

Ella se levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última palabra, sino que también la había oído.
Tanto fuera como dentro de Ella, sintió unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas, presa de una frenética desesperación.
Una vez más sus pensamientos se elevaron al Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.
La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.
Ella deseaba salvar a sus amigos.
Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.
Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento, pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.
Pero había que hacer algo. Los primeros destellos del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.
Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por los corredores cargando su maleta.
Grey–Jack, que era el encargado de todo tipo de servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y le dijo:
—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de algo importante.
El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.
—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?
Ella contestó:
—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os necesito.
Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:
—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?
—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!
El anciano comenzó a temblar, pero se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:
—Grey–Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando todavía era una cría?
—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy, al otro lado del mar?
—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido amigo?
—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo queriendo.
—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.
—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—. ¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí, señorita?
—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío, porque me iré ahora mismo con vos.
Él intentó decir algo, pero ella le atajó:
—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!
Grey–Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la caballeriza sin pedir más explicaciones.
Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde y estaban durmiendo a esas horas.
Ella subió al coche y Grey–Jack se situó en el pescante.
Johnny comenzó a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.
Ella sentía un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:
—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?
Grey–Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:
—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.
—Grey–Jack —respondió ella solemnemente—, no estamos yendo a Stafford.
El sirviente la miró, estupefacto:
—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—; lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán…
Ella le interrumpió, alzando la mano, y añadió:
—Protestad cuanto queráis, Grey–Jack. ¡Pero vamos a Lightfield!

La más hermosa doncella del mundo no supo contarme más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la imaginación poética: Pegaso.
Ella comía; pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por alto en su caso.
Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo, y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.
De camino a Lightfield, Grey–Jack, que había comido en abundancia, se hizo más charlatán.
—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias. Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese imaginado.
En lugar de contestar, Ella le preguntó:
—¿Qué opinión tenéis, Grey–Jack, de Otto Goëtzi?
El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del pescante, tamaña fue su sorpresa.
—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor William sea un pájaro negro, pero…
—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con mayor respeto!
—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una palabra!
—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.
—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus muchachos.
El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse.
—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.
—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no creo en los vampiros.
Lo cierto es que Ella se encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.
—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—; pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son. Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?
A Ella le gustaba enseñar, como a la mayoría de las personas cultas.
—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría, en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la sangre de las jovencitas…
—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente Grey–Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!
—¿Alimentarse con la sangre de una doncella? —preguntó Ann horrorizada—… ¿al señor Goëtzi?
—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?… Se bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la Granja Alta… aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima, porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.
—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo: ¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?
—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo verde… ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann… fíjese en la luna!
La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero, pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.
Estaban viendo la luna de color verde.
—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin embargo—, os lo ordeno!
—Siempre que se habla de él —susurró Grey–Jack— ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en la habitación del señor Goëtzi… Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal paliza…
—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—. ¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?
—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas, bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire, que le dio algo de dinero…
Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por Grey–Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino motivada además por una circunstancia especial.
En el cartel que anunciaba la representación de diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la joven, y esta palabra era: VAMPIRO.
En medio del anuncio de la presencia del caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las hazañas del payaso Bod–Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía leerse, escrito en letras verdes:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Cuando Ella y Jack entraron en la carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza. La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula y se iba estirando bajo su peso.
En ese preciso instante, una muchacha checa, casi una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.
La araña permanecía enroscada en el extremo del hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que iba esfumándose como si fuese una aureola.
La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras danzaba.
Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de arrancar el aplauso del público.
El enorme insecto perseguía a la joven a toda velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.
No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red… ¡una tela de araña!
La joven checa se colocó de rodillas sobre el caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más impresionante.
Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro. Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.
Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de destellos verdes.
El circo pareció desplomarse bajo los atronadores aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:
—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!

No existe ningún país en el mundo donde se aplique tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello, dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una joven inocente. Sería excesivo.
Por ese motivo, me parece poder afirmar que la dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas; a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.
Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz–Nami–Gul.
Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase de espectáculos circenses.
Durante la travesía no hubo ningún incidente destacable. Grey–Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo, apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de infinito.
Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis, Grey–Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó, con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a sus manos la víspera de la boda.
—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.
—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan amable de decírmelo?
—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry Bones…
—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey–Jack con inesperada violencia.
—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los irlandeses son tan cristianos como nosotros.
¡Pero intenten convencer de una cosa así a un inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.
Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret de Whitefriars, en Londres.
«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.
El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra, pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.
Era casi de noche cuando el barco accedió a la desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma inesperada a sus ofertas:
—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad, pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?
Se hizo un inesperado silencio entre las personas que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.
Entonces saltó alguien:
—¡Éstas no son las mejores horas para ir a semejante lugar, señora!
Y como si acabasen de desatarse al unísono todas las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la siguientes palabras:
—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la posada donde desollaron al inglés?
Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su fiel Grey–Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.
Nuestra querida Ann repitió imperturbable:
—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?
En medio del silencio absoluto que siguió a su pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en ningún momento su valiente serenidad.
En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se santiguaron.
—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron al inglés…
—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!
—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.
—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.
—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.
—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—. ¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?
—Entonces iré en un bote —dijo Ann.
—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.
—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—. ¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.
El círculo de hombres que la miraba sorprendido permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.
En ese preciso instante alguien se abrió paso entre la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel misterio inspiraba terror.
—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre murmullos.
Pero nadie lo sabía.
El campesino entró decididamente en medio del círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey–Jack, a quien le castañeteaban los dientes.
—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!
Y con estas palabras se lanzó a caminar rápidamente, rígido como una piedra.
Ella fue tras él, a pesar de las súplicas de Grey–Jack.
La noche se adueñó de la costa, mientras podía verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos, marchando a toda velocidad.
Daba la impresión de que era el propio campesino el que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron inmediatamente como una bandada de patos.
El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde él pisaba, mientras Grey–Jack los seguía.
De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.
La dejaron atrás por el este, por el lado de Alt–ost–thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales, arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse siquiera los pies.
Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla que escondía tanto la tierra como el cielo.
En medio de aquella bruma, el campesino que los guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado una sola palabra. Sólo caminaba.
Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen chispas de él.
Repentinamente la noche se aclaró. Todas las estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de charcos de agua, brillantes como espejos.
¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello, pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se vio poblado de risas burlonas.
—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey–Jack.
La tierra acababa de abrirse en aquel punto para tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento, les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.
El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un torrente de barro.
Grey–Jack, que en el fondo era un hombre como otro cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su joven ama.
—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! –sollozó—. ¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a morir en medio de esta cloaca!
Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión que apenas podía distinguírsela.
Sobre todo porque en ese momento escucharon otros sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral, atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey–Jack pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.
Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.
Finalmente, en el borde opuesto del abismo que había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista, sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de la Iglesia anglicana.
Por fin apareció tras él un joven, con todo el aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de muchas aristocracias del mundo entero.
El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.
La verdad es que Ella nunca había oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de distinguir una estrella atendiendo a su brillo.
Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los Países Bajos y Alemania.
Las doncellas coronadas de flores y los campesinos, también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima, diciéndose entre sí:
—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la boda!
El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de su discípulo:
—Tened la bondad de examinar a conciencia el terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia. Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad libitum.
El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una antorcha.
Ann podría haberse quedado toda la vida contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey–Jack, mucho más prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la cadera en el fango.
—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que vais a dejarnos aquí?
Inmediatamente se produjo un rumor entre los campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento, dijeron a la vez:
—No hacía falta blasfemar.
Entonces el religioso añadió:
—Mylord, tened la amabilidad de reparar adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo, imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de ningún tipo?
—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a esa joven dama.
No sé cuál habría sido el resultado de una respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos a alcanzar de nuevo el camino.
Entonces Ella pudo reparar en la berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.

Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo farol se había extinguido.
Ella levantó la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»
No sabía ya qué pensar acerca de Grey–Jack, que en aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y de muy mal humor.
A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera, la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo Grey–Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente a tabaco de pipa.
En el centro había una larga mesa, rodeada de bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.
Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas, los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.
Al lado del reloj había algunas personas inmóviles. El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas.
Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la mujer, no había ningún otro ruido en la posada.
Ella sintió algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.
—¡Por caridad! —pidió Grey–Jack—. ¡Un fuego para secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!
A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:
—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton, ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.
Las personas del salón no contestaron, como tampoco lo hicieran ante las peticiones de Grey–Jack. Se quedaron como mudos. Sin embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:
—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la de un inglés? ¡Te vas a enterar!
—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned! —exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba la esperanza—. Tenemos que ayudarle.
Grey–Jack se encogió de hombros, mascullando:
—¡Que el diablo le confunda!
Escucharon entonces un grito procedente del sótano o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar violentas campanadas.
Sonaron trece, y mientras el bronce resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento. La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía: «¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro, gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu–cú trece veces.
Simultáneamente se abrió una puerta situada entre el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.
Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era claramente verde.
Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.
Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas, los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.
Nuestra querida Ann asistía, petrificada de espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó de brazos y rezongó:
—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!
Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo. No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte, y a otro contra la pared sur de la casa.
El atlético joven, de porte gallardo, aunque no perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una flecha, desapareciendo por la puerta exterior.
Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey–Jack, cuya mejilla se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.
Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior, Merry Bones le dijo a Ann:
—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de hierro!…

Si Ella hubiese dedicado alguna de sus obras maestras a este tema, ustedes habrían encontrado sin duda algunos capítulos explicativos al final de la narración, con datos esenciales acerca de esta temida e ignorada clase social formada por los vampiros. Ann había acumulado a este respecto una gran cantidad de notas, y el señor Goëtzi, que (al menos en una de sus facetas) era un hombre bastante erudito, le había dado también valiosas informaciones.
Me doy cuenta de esto al pensar en los personajes de La Cerveza y la Amistad, tanto animales como personas, ya que aquí los animales eran tan personas como los demás.
Sin duda hay muchas cosas asombrosas que explicar acerca de las criaturas que conservan ciertas condiciones humanas, aun sin ser humanas.
Por ahora me limitaré a explicar, de pasada, una de las anomalías más singulares de su especie: la divisibilidad del animal o, como a Ella le gustaba decirlo, de forma más científica, su dividualidad.
Cada vampiro es en sí mismo un grupo, representado generalmente por una forma concreta, pero que tiene además un número indefinido de posibles nuevas manifestaciones. El célebre vampiro de Gran, que aterró a los habitantes que viven entre las riberas del Danubio y la ciudad de Ofen, en el siglo XIV, se aparecía como hombre, mujer, niño, cuervo, caballo y pez. La historia de Hungría así lo constata. La señora Brady era una mujer vampiro de Szegedin, que también podía adoptar las formas de gallo, militar, abogado y serpiente.
Aparte de esta peculiaridad, muy enigmática ya para la ciencia, parece ser que estas subformas son capaces a su vez de desdoblarse en otras, del mismo modo en que lo hace la forma principal.
Ésta es la explicación precisamente de que la familia del mesonero pudiese encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera del salón, lo que dificultó enormemente la defensa del pobre Merry Bones.
Pero es necesario que destaque también otro hecho, quizá más extraño aún: la familia del mesonero sin cara, sea vista como un grupo vivo (hasta cierto punto), o como un sistema puramente mecánico, movido por los engranajes del reloj, estaba formada completamente por figuras accesorias. De hecho faltaba en ella la forma principal.
Lo comprenderán todo mejor cuando les explique que el jefe de ese grupo, la única alma del clan era… ¡Sí, lo han adivinado! Tanto el mesonero como su mujer, su perro, su loro y su niño, e incluso puede que hasta su reloj de cuco… eran en realidad ¡el señor Goëtzi!
Enseguida les daré pruebas irrefutables de ello…
Es imprescindible que ustedes sepan que este grupo de seres, al mismo tiempo plural y singular, capaz de materializar grotescamente el más impenetrable de los misterios de nuestra fe cristiana, no nace todo de un tirón. Se va formando y redondeando a través de la conquista, del mismo modo que lo hace el ganador de ese juego de cartas que imita a una batalla y que tanto apasiona a los niños. Es parecido a una bola de nieve; el despreciable señor Goëtzi, por ejemplo, tuvo que beberse primero la sangre de todos los habitantes de La Cerveza y la Amistad, antes de lograr incorporar sus presencias. Aunque tendrán que reconocer ustedes que el resultado obtenido constituye un privilegio extremadamente cómodo.

Pero seguiré, pidiéndoles permiso para retroceder un poco en el tiempo, con el fin de presentarles a los principales personajes de esta historia: Edward S. Barton, Cornelia, el conde Tiberio y Letizia Pallanti.

En la otra orilla del Rin, al este de la ciudad de Utrecht, alejados ya de estas llanuras que deben su existencia a la victoria del hombre sobre las aguas del mar, en una alegre región de bosques y cerros, se levanta el castillo de Witt. En él vivía Tiberio Palma d’Istria, de los condes de Montefalcone, que había entrado a formar parte de la noble familia de los Witt gracias a la boda con la condesa Greete, tía carnal de nuestra querida Corny.
La condesa Greete era muy bella, educada en las letras y en las ciencias, pero, sobre todo, tan buena y generosa como se describen normalmente a los ángeles del cielo. Por desgracia, su educación no había llegado tan lejos en lo que respecta a la música, danza e idioma italiano, que por aquella época estaban de moda. Después de morir los padres de Cornelia, ésta quedó bajo la tutela del conde Tiberio, que debido a estas carencias de educación tuvo que buscarle una institutriz. En aquel tiempo Italia facilitaba tantas institutrices como actualmente lo hace Inglaterra. No sé exactamente por qué referencias, pero lo cierto es que se escogió a la signora Pallanti, ya que no parecía existir en el mundo entero una persona tan maravillosa y completa como ella. Casi era comparable a la condesa Greete en lo que respecta a los autores griegos y latinos. Conocía a la perfección el álgebra y la trigonometría; recitaba las tragedias francesas de memoria, incluidas algunas de Voltaire, con singular encanto; bailaba como la mismísima Terpsícore, tocaba además la guitarra, el arpa, el clave y la lira de tres cuerdas; era capaz de recitar toda la Jerusalén liberada, de atrás hacia adelante, es decir, comenzando por el último verso.
Dicen que para los entendidos es un auténtico placer poder escuchar un divino poema recitado de esa forma.
La signora debía de tener entonces unos veinticinco años, aproximadamente. Los informes sobre su pasado eran realmente vagos, pero ella era del tipo de persona que se recomienda por sí misma, y su llegada al castillo de Witt fue una auténtica fiesta. La querida condesa Greete debió de besarla más de cien veces.
Únicamente el conde Tiberio la recibió de forma más severa, a pesar de su notoria hermosura. No le agradaban, según decía, las damas levemente regordetas (porque lo cierto es que Letizia parecía muy bien alimentada), y los niños prodigio le asustaban un poco. Por otro lado, a él le parecía que aquella hermosa extranjera tenía además poco cabello.
Letizia era morena. Su cabello negro era, realmente, muy corto, y al conde Tiberio le chocaba este detalle, acostumbrado como estaba a la espléndida cabellera rubia de su esposa, cuyo cuerpo podría haberse tapado por completo con las ondas de su pelo suelto.
Pero daba la impresión de que a Letizia tampoco le interesaban demasiado los gustos del conde Tiberio. Entregada por completo a sus tareas de institutriz, encontraba la forma de retribuir las bondades de la condesa Greete, a la que dedicaba casi todas sus atenciones. Cornelia, bajo su tutela, hizo progresos cercanos a lo milagroso. Todas las noches tenía lugar un concierto en familia y, en ocasiones, Greete y Letizia rivalizaban sabiamente en sus recitales de poesía griega o latina. En resumen: el castillo de Witt era la propia imagen de la felicidad.
Cornelia adoraba a su hermosa institutriz. Incluso se empeñó en llevarla con ella en uno de sus viajes de vacaciones a Inglaterra, y la propia familia Ward quedó inmediatamente prendada de una joven tan encantadora como aquella institutriz.
En aquella época yo era muy pequeña, pero todavía me parece recordarla. Nunca en mi vida he vuelto a ver a una mujer tan seductora como Letizia.
Nuestra querida Ann la admiraba. A pesar de ello, después de todo lo que pasó, llegó a confesarme que en ciertas ocasiones la acometían vagos temores, y un miedo misterioso que se entremezclaba con el sentimiento que la atraía constantemente hacia la bella italiana.
Algo de lo que puedo dar fe personalmente es de que el señor Goëtzi, que por entonces era el tutor de Edward Barton, mostraba hacia ella el más completo desinterés. También Letizia desviaba la mirada cada vez que el señor Goëtzi entraba en la estancia.
A pesar de ello, cierta noche los encontré juntos en la vieja avenida de castaños. Yo era tan curiosa como cualquier niño de mi edad, y por eso me acerqué de puntillas para no ser sorprendida. Pero cuando llegué hasta el sitio donde me había parecido verlos, no había nadie allí. Sentí miedo…
Letizia partió con su alumna al final del otoño y fue recibida con auténtica alegría en el castillo de Witt. La condesa Greete la había echado realmente de menos. Incluso Tiberio mostraba ya una cara mejor, y cierta velada en que ella cantó Llueve, llueve, pastora, el señor conde le dijo a su esposa:
—Tenéis razón, condesa. Esta joven sería maravillosa, con que sólo tuviese vuestros cabellos.
Era un comentario sin mayor importancia, de esos que se dicen y se olvidan. Sin embargo, no sé por qué, la condesa Greete palideció.
Fue justo por aquellos días cuando el conde Tiberio dejó de mofarse de las damas ligeramente obesas.
Y mientras acariciaba los cabellos de su mujer, en ocasiones le decía bromeando:
—La verdad es que podríais compartirlos con la signora Pallanti.
Estoy convencida de que la buena condesa habría aceptado hacerlo, a pesar de que lo que Letizia deseaba no era precisamente compartir.
Cierta mañana llegó al castillo de Witt nuestro viejo conocido Goëtzi, quien se cuidó mucho de decir que acababa de ser despedido como tutor de Ned Barton. En vez de hacerlo, pretendió haberse apartado de su camino para traerle a Cornelia las últimas novedades de sus parientes de Stafford. Fue bien recibido, y él aceptó aquella hospitalidad hablando constantemente de los Ward y de los Barton como si realmente contase todavía con su afecto y su amistad.
Se trataba, en definitiva, de un caballero instruido, agradable, y con un elevado conocimiento del mundo. Además era un buen jugador de whist, de chaquete y de ajedrez. Su presencia debería haber animado la vida en el castillo, pero no fue así. Sin que pudiesen explicarse los motivos reales del hecho, el conde Tiberio se tornó taciturno. No podría afirmarse que se apartase de su mujer, pero sí que sus relaciones con ella se enfriaron.
Por otro lado, la buena condesa perdió un poco de su encanto. Se mostraba inquieta y padecía mareos y jaquecas. Casi podría decirse que estaba palideciendo paulatinamente, adelgazando, e incluso envejeciendo.
Y su magnífico cabello iba menguando casi a ojos vista.
Debo reconocer que éste era un detalle no demasiado extraño en la condesa Greete, que ya no tenía veinte años; pero normalmente, cuando una hermosa dama pierde sus cabellos, es porque cada mañana quedan presos en el peine, y sus doncellas pueden incluso lamentarse por cada uno de aquellos rizos que caen. Pero no fue el caso. Entre los dientes de carey no aparecía ni un solo pelo, y a pesar de ello éstos se caían… ¡Ya lo creo que se caían!
¡Y lo más sorprendente! Fue justo en aquella época cuando los cabellos de Letizia comenzaron a crecer. Parecía como si se estuviese cumpliendo el deseo que había formulado en broma el conde Tiberio y la buena condesa estuviese compartiendo sus cabellos con la signora Pallanti.
Pero no era posible, porque una era rubia y la otra morena. Sin embargo, en lo que respecta a la cantidad, las proporciones se fueron manteniendo casi de forma rigurosa, de modo que todo lo que Greete perdía, Letizia lo ganaba instantáneamente.
Debo reseñar aquí que, desde la llegada del señor Goëtzi, Letizia utilizaba su loción capilar, recomendada por aquel hombre sabio. Una loción que, no obstante, fue inútil para la pobre condesa, que en vano intentó también utilizarla. A pesar de la existencia de aquel tonificante tan beneficioso para Letizia, la condesa Greete veía desesperada cómo su cabeza se iba despoblando. Me duele tener que pronunciar esta palabra, pero no me queda otro remedio: ¡se estaba quedando calva!
Y comenzaba a experimentar la horrible certeza de que era la institutriz la que le estaba robando el cabello.
Pero era algo imposible de explicar. La condesa Greete no quiso siquiera intentarlo. Sabía perfectamente que al primer comentario sobre el asunto, todos la tomarían inmediatamente por loca, de tan absurdas como eran sus sospechas. Además, ¿a quién podía contárselo? Cornelia adoraba a su tutora, y la pobre Greete casi podía escuchar anticipadamente su alegre risa si llegaba a sugerir algo tan rocambolesco.
Además, ¿de qué forma podría quejarse? ¿Qué pruebas tenía?
Sólo le quedaba el conde Tiberio, su marido. Se le puede confiar todo al hombre que se ama. No existen absurdos comentarios entre dos enamorados… pero, ¿acaso Tiberio la amaba todavía? Él se mantenía vigoroso y jovial, mientras que ella parecía haber envejecido diez años en apenas unos meses. Tiberio la miraba ahora sólo con pena. Se ausentaba con frecuencia. Según la maravillosa cabellera de Greete se iba trasplantando a la cabeza de Letizia, Tiberio iba olvidando cada día más el camino del dormitorio nupcial.
La sospecha entró entonces en el corazón de la buena condesa como si fuese el filo de un puñal. No sé cómo describir la obsesión de aquel desdichado espíritu amargado. Comprendió que Letizia se había convertido en su rival, y que había vencido y terminado con ella utilizando como arma precisamente sus propios cabellos. Tiberio seguía apasionado por aquella melena, sólo que a partir de ese momento la amaba sobre una frente diferente.
Cierta noche en que se encontraba sola en su cuarto escuchando en la distancia las notas del arpa, ya que había un concierto en el salón, se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. Bajó por la escalera y, por primera vez después de mucho tiempo, llegó hasta la entrada del saloncito familiar.
¡Cuánta dicha había degustado entre aquellos agradables artesonados, testigos mudos de su felicidad pasada!
Pero no entró. Cornelia tocaba el clave. Tras ella, Tiberio y Letizia conversaban, sentados en el diván. Los dedos de su marido se hundían en la rizada cabellera que ahora caía de forma ondulada sobre los hombros de la signora Pallanti.
La condesa Greete se llevó las manos al pecho, convencida de que su corazón iba a estallar. Sin decir nada, intentó regresar a su dormitorio, pero sólo lo consiguió con la ayuda de la vieja Loos, a quien se encontró en el camino.
Al sentirse herida en lo más profundo de su ser, le dijo a su nodriza:
—Querida amiga, cuando era apenas una niña, te confiaba todos mis temores; escucha ahora cuál es la terrible angustia que será la causa de mi muerte.
Conversó durante mucho tiempo, con voz frágil y llorosa. Loos la escuchaba con las manos unidas. Sin embargo, lo que más sorprendió a su nodriza no fue la traición del conde Tiberio y de Letizia, que todos en el castillo conocían, excepto Cornelia, que era pura e inmaculada como un ángel. Lo que más la asombró, insisto, fue un detalle que le contó la condesa:
Siempre que llegaba la más impenetrable oscuridad, aproximadamente a medianoche, su permanente insomnio cedía por unos minutos. Caía entonces en un pesado sopor, que era casi una tortura.
De esa forma, y noche tras noche, se le repetía siempre el mismo sueño: ella notaba cómo un hombre se acercaba sigilosamente a su cama y empezaba a depilarla con una pinza de acero, arrancándole uno por uno todos sus cabellos.
No podía imaginar quién era aquel hombre, porque nunca consiguió abrir los ojos en su presencia. Cuando él desaparecía, la condesa sentía en su cabeza, una sensación semejante a una quemadura, y la luz del velador derramaba sobre los objetos unos brillos de color verde.
Pero no terminaba ahí el asunto. Apenas unos minutos después, se escuchaban gritos distantes en medio del silencio. Eran gritos de mujer, que parecían proceder del ala del castillo donde descansaba normalmente la signora Letizia.
Después de haberle contado tan sorprendente historia, la condesa Greete se durmió de dolor y de cansancio entre los brazos de su anciana nodriza.
En lugar de retirarse como era habitual, ésta se deslizó entre la cama y la pared y se escondió entre los cortinajes.
Cerca de las once de la noche se apagaron los armoniosos sones procedentes del salón, y un poco después comenzó a oírse la fuerte respiración de la condesa, que parecía haber caído nuevamente en su sopor.
En aquel momento se abrió sin ruido la puerta del dormitorio y el señor Goëtzi apareció en el umbral. Loos lo vio perfectamente mientras atravesaba la estancia y se acercaba sigilosamente a la cama. Loos tendría ahora ciento cuarenta años y la condesa Greete unos ciento dieciocho. El señor Goëtzi, pensando que nadie lo vigilaba, dio rienda suelta a su naturaleza de vampiro. Despedía unos bellos reflejos verdes, y su labio inferior brillaba, rojo como un hierro incandescente. Sus cabellos, revueltos, temblaban y se agitaban también como llamaradas. Se trataba sin lugar a dudas de un gallardo vampiro.
Lo primero que hizo fue inclinarse sobre la cama. Utilizando una larga aguja de oro que sujetaba con el índice y el pulgar, pinchó a la pobre condesa detrás de la oreja izquierda y, aplicando inmediatamente sus labios sobre la herida, succionó la sangre durante diez minutos exactos. Aquello era lo que estaba haciendo perder el color y envejecer a la bella dama. Su naturaleza saludable se resentía inexorablemente, como se pueden imaginar, después de que cada noche se repitiese semejante operación.
Por otro lado, el señor Goëtzi parecía beber sin placer, únicamente para mantenerse en forma. Sólo se embriagaba por placer con la sangre de las doncellas. Después de beber su dosis acostumbrada, guardó la aguja de oro y extrajo una minúscula pinza de depilar, con la que fue arrancando, uno por uno, un mechón de cabellos de la cabeza de la condesa. Según los iba extrayendo, los iba colocando en un manojo, igual que hacen las espigadoras con el trigo.
Mientras tanto, la pobre dama gemía débilmente en sus sueños. La anciana Loos, paralizada de espanto, no podía creer lo que veía. En cuanto el doctor Goëtzi terminó su repugnante tarea, se marchó tan contento, tarareando una copla en serbio, que es el idioma que habitualmente utilizan los vampiros para hablar entre ellos.
Lo primero que pensó Loos fue despertar a la condesa, a Tiberio… a todos, para arrojar al señor Goëtzi a una caldera hirviente. Las personas sin mucha cultura piensan que se puede uno deshacer de un vampiro cocinándolo, pero están equivocadas. Y mientras la anciana se desperezaba, ya que el terror la había entumecido, pudo escuchar en la distancia los gritos de mujer de los que le había hablado la condesa.
La asaltó una irresistible curiosidad. ¿Además, qué importancia tenían unos minutos más o menos? Abandonó su escondite y se alejó del dormitorio para seguir en silencio por el pasillo, guiándose por aquellos gritos.
De esa forma alcanzó los aposentos de Letizia, cuya voz reconoció perfectamente. La signora Pallanti gritaba y lloraba como alguien al que están despellejando. La anciana acercó inmediatamente un ojo a la cerradura para saber lo que ocurría.
Por el agujero pudo ver a Letizia, acostada sobre su cama, que se retorcía de dolor. El señor Goëtzi se encontraba en pie junto a ella, sujetando en la mano su larga aguja de oro. ¿Alguna vez han visto ustedes a alguien pinchar las coles? Pues bien, esto era exactamente igual. El señor Goëtzi practicaba, con su aguja dorada, pequeños agujeritos en el cráneo de la signora Pallanti, en los que implantaba uno por uno todos los cabellos de su desdichada ama.
Al verlo, la furia de la anciana no tuvo límites.
—¡Ah, malditos diablos! —exclamó—. ¡Ya las pagaréis todas juntas! ¡El horno estará bien caliente!
Pero en su enfado, había hablado sin prudencia. El señor Goëtzi pudo escucharla y paró inmediatamente de trabajar. Aquello no asustó a la anciana, que pensó que tenía la suficiente ventaja como para huir corriendo. Pero al incorporarse para escapar, se encontró de frente con el propio señor Goëtzi, que le cerraba el paso. Retrocedió sorprendida, mientras se preguntaba cómo habría podido semejante monstruo dar la vuelta a su alrededor sin que ella lo viera.
El vampiro sonreía mientras se acercaba a ella, que ahora se encontraba de espaldas a la puerta de la alcoba de Letizia. Ésta se abrió justo en ese momento y el ruido la hizo girarse.
¡Quien salía del dormitorio era de nuevo el señor Goëtzi, sin dejar de sonreír! ¡Eran dos! Y ella se desmayó, aniquilada por el asombro.

Imagino que este último detalle ya no les asusta ni les sorprende, después de haberse familiarizado con algunos de los misterios y secretos de la vida de los vampiros; pero intenten concebir el estupor de la anciana nodriza. El señor Goëtzi que salía de la alcoba y el que se aproximaba a ella por el corredor eran tan exactamente iguales que cualquiera que los hubiera visto acercándose, el uno al otro, habría dicho que se trataba de un hombre que se acerca hacia su propia imagen reflejada en un espejo.
También pudo ver las dos agujas de oro, puesto que cada uno llevaba la suya en la mano.
Por otro lado, a la desdichada anciana no le quedó precisamente mucho tiempo para admirar aquel prodigio. Ella sabía ahora demasiado. Las dos agujas de oro se ensartaron en sus sienes al mismo tiempo, una a la derecha y otra a la izquierda, y la pobre nodriza de la condesa Greete expiró sin proferir un solo grito.
Los dos monstruos ni siquiera se molestaron en probar aquella sangre, que era demasiado vieja para ellos.
—Mi querido doctor —dijo uno de ellos—, ¿qué vamos a hacer con estos despojos?
—Lo que más os apetezca, mi estimado doctor —contestó el otro.
Ambos extendieron sus manos sobre el cadáver, y éste se irguió sobre ocho patas. Acababa de convertirse en un perro doble, o en dos perros si se prefiere, con un mismo rostro, casi humano. Ambos fueron a colocarse dócilmente junto a cada uno de los dos Goëtzi, que dijeron al mismo tiempo:
—Lo llamaremos Funchs. Y ahora sigamos con nuestro trabajo.
Entonces se abrazaron, fusionándose, mientras los dos perros hacían lo mismo.
Y así fue como nació aquel extraño animal del que hemos hablado en la posada de La Cerveza y la Amistad.
El señor Goëtzi regresó junto a la cama de Letizia y terminó de implantarle los cabellos recién robados.
En las siguientes vacaciones, la condesa Greete expiró, abandonada, en medio de un castillo desierto. Cornelia se encontraba aquí, en casa de los Ward, donde se terminaban los últimos preparativos de su boda con Edward S. Barton. En esta ocasión no la acompañaba su institutriz Letizia, que había dado la excusa de asuntos de familia que la reclamaban en Italia.
Más tarde se supo que lo que había hecho era seguir sencillamente al conde Tiberio a París, donde éste llevaba una vida completamente disipada, jugando, divirtiéndose y entregándose mutuamente a los excesos más desenfrenados. Su amor por la extravagancia había aparecido de forma repentina y un poco tardía. El día en que el señor Goëtzi le informó de la muerte de su desgraciada esposa, celebró una gran fiesta. La condesa Greete había muerto desesperada, teniendo sobre su cabeza apenas un mechón de pelo de su hermosa cabellera. Un día después, el señor Goëtzi alquiló en las proximidades de Utrecht una pequeña casa, en la que instaló a la mujer calva que hemos visto al lado del mostrador de La Cerveza y la Amistad. Esa mujer, que le obedecía como una esclava, era todo lo que había sobrado de la condesa Greete. Tenía como guardián a Funchs, el perro de cara humana, y su nombre era señora Frasquita en holandés.
Al regreso del conde Tiberio tuvo lugar en el castillo una reunión entre los tres: Letizia, Goëtzi y él. Hablaron del reciente fallecimiento del conde de Montefalcone, el hombre más rico de los países del Istria y de Dalmacia, situados frente a la república de Venecia, al otro lado del Adriático.
Montefalcone había dejado una viuda y un hijo único. Si este muchacho muriese, Cornelia de Witt se convertiría en la heredera de la condesa viuda.
Y si Cornelia moría, la herencia de los Montefalcone pasaría a manos del propio conde Tiberio.
Lo cierto es que el conde no era malvado por naturaleza, pero en aquel momento se encontraba dominado por Letizia, y ésta a su vez por el señor Goëtzi.
Permanecieron reunidos toda la noche, y al final decidieron que el señor Goëtzi viajaría a Viena para ocuparse de aquellos asuntos, no precisamente domésticos.
Y el asunto principal era el joven Montefalcone, hijo del difunto conde y de la condesa viuda, que estaba destacado en Austria como capitán del regimiento de Liechtenstein, y vivía en la corte del Emperador José II. Era un individuo de cuidado.
El señor Goëtzi partió acompañado de la mujer calva, Frasquita, y del perro Funchs. Nuestra querida Ann no me habló de aquel viaje. Lo único que sé es que al llegar a Viena se hospedaron en casa de un usurero que le prestaba dinero a Mario Montefalcone. El judío tenía en su poder documentos, firmados por el joven capitán, por valor de más de un millón de florines. Se llamaba Moisés.
Tenía su residencia en el tercer piso de un enorme edificio del Graben, en el que vivía con su hermosa hija Débora, que todas las noches amarraba una escala en su terraza para cenar en su cuarto con el joven capitán Mario.
El viejo Moisés tenía en su túnica un bolsillo de cuero, donde siempre llevaba los documentos firmados por Montefalcone, que constituían su más preciado tesoro. Nunca se quitaba la túnica para dormir. La terraza donde la hermosa y culpable Débora amarraba su escala de cuerda estaba forjada completamente en hierro.
Cierto día en que se celebraba una fiesta militar entre los ojaranzos del palacio imperial de Schoënbrunn, que son los mas altos del Universo, Débora insistió tanto ante su anciano abuelo que éste accedió a llevarla a ver el desfile. Ella se vistió con sus mejores ropas y todas las joyas que el capitán le había ido regalando. Estaba maravillosa. Sus perlas y rubíes valían exactamente tanto como los documentos que Montefalcone había firmado en favor de Moisés. También Montefalcone lucía, en aquel desfile, un uniforme nuevo. Los dos jóvenes se sintieron tan felices de verse que con sus miradas intercambiaron la promesa de una cita para aquella misma noche. También la mano del usurero descansaba sobre el bolsillo de cuero que colgaba junto a su corazón. Todo el mundo se sentía feliz.
Pero mientras tanto, el señor Goëtzi, Frasquita y Funchs habían permanecido al cuidado de la casa del Graben. Durante la fiesta, le dedicaron todo el tiempo al dormitorio de la hermosa Débora, cuyas persianas bajaron para no ser descubiertos. El señor Goëtzi y Frasquita se turnaban en la terraza con una piedra de afilar, mientras Funchs montaba guardia en lo alto de la escalera.
Cuando el señor Goëtzi y la mujer calva terminaron, las dos aristas superiores del barrote que sostenía el balcón estaban más afiladas que una daga.
Esa noche, cuando la plaza del Graben se hallaba desierta y solitaria, apareció el heredero de Montefalcone, más alegre que nunca, y vestido con su abrigo de fiesta. Nada más aparecer, cayó una escala de seda desde la terraza de Débora.
Y el conde heredero comenzó a subir por ella. La escala era muy firme, ya que el barrote de hierro del balcón, convertido ahora en cuchilla, tardó mucho en cortarla. Sólo después de superar el segundo piso la escala del capitán se rasgó.
Pudieron escucharse entonces dos alaridos, uno de mujer, y otro del capitán. Inmediatamente volvió a reinar el silencio de la noche, como las aguas de un río se cierran nuevamente después de sumergirse en ellas quien por mala suerte cae de un puente.
Simultáneamente, el señor Goëtzi despertó al anciano Moisés para avisarle de que un malhechor estaba trepando hacia los balcones de su casa. El buen hombre salió corriendo, llevando el trabuco en una mano, mientras palpaba con la otra su bolsillo de cuero.
Funchs, el perro con cara de hombre, estranguló al usurero sobre el vano de su puerta.
El señor Goëtzi ya no tenía nada más que hacer en Viena. Después de vaciar el bolsillo de cuero, inició de nuevo su andadura, a la luz de la luna, con el corazón tan alegre que no dejaba de tararear canciones populares.
Y a partir de ese momento, la escolta del señor Goëtzi aumentó. Además del perro de rostro humano y de la mujer calva, o si lo prefieren, de Loos y de Greete, le acompañaban también un loro y un niño que jugaba con su aro durante la travesía. El loro era el usurero Moisés, de pico firme y garras curvas; y el niño era el propio capitán Mario. No se había encontrado una figura mejor para aquel noble de uniforme refulgente.
En lugar de regresar por el camino de los Países Bajos, el señor Goëtzi se encaminó hacia el sudeste, atravesando el archiducado de Austria, la Carintia y la Carniola. Ella nunca me detalló si realizó aquel viaje en coche o a pie, pero hay un detalle muy curioso respecto al modo en que los vampiros y sus séquitos atraviesan las corrientes de agua. Todo el grupo se apelotona contra el amo vampiro, hasta entrar dentro de él. Después de ello, el vampiro se tumba sobre el agua y rema, con los pies por delante, haciendo la plancha. Y por muy fuerte que sea la corriente, no logra impedir su avance.
Recuerden ustedes que, siempre que se tropiecen con alguna persona que nada en un río de esta forma, deben tomar todas las precauciones imaginables, pues sin duda se trata de un vampiro.
El señor Goëtzi se desvió ligeramente hacia el este, al llegar a Trieste, cruzó Istria, Croacia, y penetró en Dalmacia antes de internarse en los Alpes Dináricos hasta la frontera de Albania, que es donde se encuentra el castillo de Montefalcone, uno de los más impresionantes que existen en el mundo, y escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos de nuestro relato.
Todo en aquel lugar era abrupto, confuso, tenebroso, desde la hierba de las praderas hasta las nubes del cielo. Las cimas de las montañas trepaban hasta las alturas con una rabia salvaje, y sólo más adelante podía divisarse una mezcla de torreones y almenas, de los que, por cientos de grietas, colgaban gigantescas cabelleras de lianas. Podían verse algunos pinos, creciendo entre los muros, y éstos parecían brotar a su vez de abismos insondables.
Si había alguna idea que predominase en aquella situación, ésta era la de la completa imposibilidad de penetrar por allí, a pesar de la voluntad del amo. Detrás de las estrechas ventanas alargadas podía adivinarse la emboscada de algún vigía al acecho; las troneras se abrían amenazadoras, y los puentes levadizos, erizados de rejas, colgaban sobre el vacío como trampas para gigantes.
No se veía ni un solo centinela sobre los muros, pero en la esquina de una de las plataformas, iluminada por los cuernos de la luna y casi completamente oculta por una nube achatada y escamosa como el lomo de un cocodrilo, podía verse la estructura cuadrada de una horca, de la que aún colgaba un esqueleto, alrededor del cual revoloteaban los cuervos.
El vampiro llegó unos minutos antes de la puesta del sol y se paró en la cima de una montaña muy elevada desde la que podía verse toda la región. Desde allí era posible divisar no sólo el castillo, sino infinidad de pueblos y ciudades, valles estériles, fértiles campiñas, e incluso algunas islas en el mar. Durante un buen rato contempló extasiado tanta belleza, y en especial la propiedad de Montefalcone, una finca realmente imperial.
Una sonrisa imperceptible aleteaba en sus labios, rojos como brasas.
Entonces dijo: «¡Id!», y repentinamente le abandonaron los espíritus esclavos que lo envolvían. El loro levantó el vuelo, el perro brincó sobre la ladera de la montaña, y tras él marcharon la mujer calva y el crío, jugueteando con su aro.
Después de que se fueran, el señor Goëtzi se desdobló nuevamente, para tener alguien con quien conversar. Encendió una hoguera, y los que aquella noche desde el fondo del valle elevaron su mirada a las montañas pudieron ver en la cúspide de una cima inaccesible, jamás hollada por nadie, dos resplandores verdes acurrucados en la nieve, calentándose frente a una débil luz.
Era ya entrada la noche cuando regresaron sus esbirros. El castillo de Montefalcone se había transformado en una masa informe en medio de las montañas. Detrás de sus murallas brillaban, en varios lugares diferentes, el resplandor de algunas luces.
A pesar de que el señor Goëtzi no había hablado con ninguno de sus esclavos, cada uno de ellos tenía instrucciones precisas acerca de lo que debía hacer. Todos regresaron, aunque al mismo tiempo se quedaron también allá, en los diferentes lugares que les habían indicado. Y es que la propiedad de desdoblamiento les otorga incuestionables privilegios.
Aquellas mitades de demonios se sentaron en círculo alrededor de la hoguera, menos el loro, que retrepó hasta el hombro de la mujer calva, y el señor Goëtzi escuchó sus informes. Frasquita fue la primera en hablar, diciendo:
—Soberano señor, yo entré en medio del cuerpo de la guardia que vigila la puerta principal, con mi barril de kirschwasser. Parece que aún tengo alguna belleza, porque los soldados querían agarrarme, mientras me llamaban «tesoro» y cosas por el estilo. Y he aquí lo que averigüé: la fortificación se encuentra en pie de guerra debido a una banda de salteadores que está asolando estas montañas. La guarnición es lo suficientemente numerosa como para defender por sí sola toda una ciudad. Cuentan además con abundante artillería. ¡Muy listo habrá de ser quien logre entrar allí dentro!
—¿Dónde has puesto tu barril? —le preguntó Goëtzi.
—Amo —contestó Frasquita—, está junto a la guardia, porque todavía estoy dando de beber a los soldados, que siguen llamándome tesoro.
El perro con cara de hombre comenzó a reír, y el loro picoteó la cabeza sin pelo de aquella espantosa vieja.
—De acuerdo —dijo entonces el vampiro—. Ahora te toca a ti, Funchs.
—Amo soberano —respondió el perro—, ya he recorrido las murallas. Sólo tienen un punto flaco, e incluso para entrar por allí serían necesarias palas y explosivos. Se trata de una explanada donde no hay guardia, pero colocaron un perro del tamaño de un toro. Lo cierto es que nuestros sexos son diferentes y…
—¿Y tú le cortejaste junto al muro? —le atajó el señor Goëtzi, sonriendo.
—Sí, mi amo y señor. Se acercó ardiente de ternura, y yo acabé con él estrangulándolo. Ahora soy yo quien está montando guardia allí, mientras él yace en el patio.
—Perfecto —le felicitó el señor Goëtzi, dándole una patada amistosa—. Ahora dime tú qué es lo que has hecho, capitán.
El crío se limpió la boca, donde le quedaban restos de golosinas.
—Mi coronel —dijo haciendo un saludo militar—, yo fui a jugar con mi aro en el regazo de tres hermosas jóvenes, que son las doncellas de la vieja condesa. Me llenaron de dulces y me dijeron que van a tener nuevos vestidos negros, porque les llegó de Viena la noticia de que el único hijo de la casa se rompió la cabeza al intentar escalar como un tonto hasta la terraza de una judía…
Ahora recuerdo que todavía no he mencionado que estos desgraciados conservan un recuerdo muy lejano de su estado original.
—¿Hay algo más? —preguntó entonces el vampiro.
—No, mi coronel. Las tres doncellas me dieron marrasquino. Me resultaban familiares sus rasgos, aunque por todos los demonios que no sabría decir por qué. Por cierto, existen algunos cotilleos en la guarnición: la anciana señora amaba mucho a su inocente hijo, y no desea seguir viviendo en un castillo que le recuerda constantemente su desgracia. Mañana mismo piensa partir hacia Holanda en busca de una muchacha que en estos momentos es la única heredera y a la que desea tener a su lado. Las doncellas también me dieron bombones de licor.
—¿Te quedaste con ellas?
—Sí, dejé allí mi doble, aunque levemente mareado. Lo tumbaron en un rinconcito, con una botella de anís.
—Muy bien —dijo Goëtzi por tercera vez—. Es tu turno, Harpagón.
Le hablaba al loro, que estaba alisando sus plumas mientras hinchaba el lomo.
—Yo, mi amo y señor —dijo quien había sido el usurero Moisés—, tengo a mi réplica en este momento junto a la condesa viuda, a quien le he gustado mucho. En el momento en que me vio entrar, hace un momento, por la ventana abierta, paró de quejarse y de sollozar. Casi diría que llegó a consolarse. Podría haberos relatado, con un estilo mejor, todo lo que los otros ya os han contado, pero como se trata ya de una historia muy vieja, os haré un regalo mejor. ¡Tomad!
Y con estas palabras el loro extrajo de debajo de su ala un llavero, con todas sus llaves doradas y cinceladas, que depositó respetuosamente en las manos del señor Goëtzi, mientras decía:
—Éste es el juego de llaves de seguridad de la anciana señora. Con esto podréis acceder sin problemas hasta su dormitorio.
Goëtzi le dio una cariñosa palmada al loro, y se incorporó diciendo:
—¡Todo marcha sobre ruedas! ¡A trabajar!
Y bajó por la escarpada ladera de la montaña, seguido por su séquito de lacayos. Era ya noche cerrada cuando alcanzaron las murallas del castillo. Para poder salvar los fosos, anchos y profundos, y llenos de agua, utilizó el mismo método que había empleado para atravesar el río. No apareció ni un solo guardián para darle el alto. Todos los centinelas se encontraban con el cuerpo de guardia, empeñados en acabar con el barril de kirschwasser, y conversando animadamente con la mujer calva. En el patio, el doble del perro Funchs se mantuvo en silencio. De esa forma fueron abriendo todas las puertas, utilizando las propias llaves de la condesa, y cuando atravesaron la antecámara donde se encontraban las tres doncellas, éstas se encontraban tan entretenidas en dar de beber curaçao al doble del crío que ni siquiera escucharon el menor ruido.
Incluso la pobre viuda fue incapaz de oír nada, sorda como estaba entre el parloteo del loro. ¡Cuando se piensa que era la buena de Greete la que actuaba de ese modo! El perro con rostro humano, y que anteriormente había sido la fiel Loos, se ocupó de devorar el rostro de la viuda, en cuyo lugar el vampiro Goëtzi sembró una espesa barba.
Debo citar aquí el hecho extraordinario de que el crío experimentó un ligero malestar al ver cómo le infligían tan denigrante tratamiento a los restos de la que había sido su madre.
Entonces el señor Goëtzi se marchó, después de pegar fuego en los cortinajes de la cama con la intención de que aquello explicase la desaparición del cadáver, ya que, ni siquiera necesito decirlo, se llevó también con él a la desdichada viuda de Montefalcone, que se transformó desde ese momento en el mesonero sin rostro.
En el preciso instante en que el señor Goëtzi abandonaba el castillo, la mujer calva desapareció con su barril de en medio de la guardia. También las doncellas comenzaron a buscar sin éxito al muchacho del aro, que parecía haberse esfumado.
La tenebrosa comitiva, que acababa de incrementar su número con la presencia de maese Hass (que era el nombre que había adoptado el mesonero), viajaba de nuevo, en esta ocasión hacia el mar. Después de alcanzar la llanura, el vampiro se volvió y pudo contemplar un espectáculo sobrecogedor. El fuego se había extendido de los cortinajes a la cama, de ésta a toda la estancia, y de la estancia al ala del castillo en que se encontraba. Era algo maravilloso. Los precipicios, tan extrañamente iluminados, reflejaban ahora el misterio de sus enigmáticos abismos, las cimas nevadas despedían destellos púrpuras y, en el centro de la escena, el fuego se despeinaba al viento como si fuese una gigantesca antorcha. Con frecuencia me ha dicho nuestra querida Ann que no hay nada tan hermoso e impresionante como un incendio en la montaña. Por mi parte, no puedo asegurarlo con conocimiento de causa.
A pesar de su acostumbrada indiferencia frente a las bellezas de la naturaleza, el señor Goëtzi se paró un momento, aunque inmediatamente continuó su camino, atravesó el Adriático en una elegante tartana, y sólo paró después de recalar en Venecia. No les hablaré del Carnaval. Ella ya lo ha hecho en unas páginas de maravillosa magnificencia. Únicamente les diré que, mientras descansaba de sus andanzas, el señor Goëtzi atrajo mediante argucias a la hija de un gondolero del Lido y calmó su sed con la sangre de la muchacha. Así fue como se recuperó por completo.
Mientras el vampiro iniciaba su viaje por Dalmacia, Ned Barton se dirigió hacia Holanda para preparar su boda. El conde Tiberio vivía entonces en la bella mansión que había adquirido en Rotterdam tras la muerte de su esposa. Aún no conocía, al desembarcar Ned en los Boompies, el trágico final de su primo, conde de Montefalcone.
Supongo que no les sorprenderá que les diga que Cornelia, demasiado preocupada por su felicidad, o por decirlo mejor, por Edward Barton, no se había dado cuenta de las relaciones que ya existían entre Tiberio y Letizia Pallanti.
Puede afirmarse incluso, con absoluta certeza, que era la única persona de Rotterdam que no conocía las andanzas de su preceptor. Tras su viaje a París, Letizia aparecía descaradamente en público, mientras pregonaba orgullosamente: «¡Ahora soy la dueña y señora de la casa de mi antiguo amo!»
No obstante, la situación cambió un poco con la llegada de Ned. Les pido que recuerden que se trataba de un inglés muy joven, es verdad, pero cuya edad no influía negativamente en él. De hecho, ser inglés implica ya una cierta supremacía; la mera presencia de uno de ellos impone las reglas y conquista el respeto de los demás.
De cualquier forma, piensen lo que piensen, lo cierto es que ante él Tiberio comenzó a experimentar vergüenza, y Letizia a sentir miedo.
Gracias a él todo volvió a la normalidad, y debido a su presencia, sobrevino una tregua en medio del escándalo.
Sin embargo, Ned Barton había traído con él a su sirviente, un pobre irlandés atolondrado, charlatán, perezoso y descuidado, improper de la cabeza a los pies, y cuyo pequeño cerebro no tenía ni siquiera seis peniques del más elemental sentido común.
Exageradamente curioso y descarado, y con muy poco sentido de su propia dignidad, desató su lengua en todos los corrillos de la cocina y del exterior de la casa, que en pocos días se enteró de toda la historia mucho mejor que los propios testigos de la misma.
Merry Bones no soportaba a la Pallanti. Suele pasar frecuentemente, entre sirvientes e institutrices. En más de una ocasión, mientras afeitaba a su joven amo, había sentido deseos de desahogarse con él, pero Ned siempre se negó a prestarle oídos.
Cierta mañana de enero, después de extender el jabón por las mejillas de Ned, y con la navaja todavía suspendida en el aire, dijo:
—Querido Señor, Holanda puede no ser un mal país, debido sobre todo al squidam, pero su cerveza es floja. ¡Recordad mis palabras! ¡Muchos perros muertos flotarán Mosa abajo antes de que tenga lugar vuestra boda en marzo!
Frotó rápidamente la navaja contra la palma de su mano.
—Vamos —le dijo Edward—. Date prisa.
—Esa maldita institutriz también tiene prisa —explotó el irlandés—. Prisa por hacer daño y jugaros una mala pasada. Y si me equivoco, que el Señor me castigue al fuego eterno. ¿Habéis notado cómo os mira?
—¡Vamos! —insistió el muchacho—. Te he dicho que te des prisa.
—Ya le ha sacado no sé cuántos cientos de miles de ducados a ese cretino. Hablo del conde Tiberio. Y ni siquiera es la señorita Cornelia quien ocupa ahora la cabecera de la mesa.
—¡Es cierto! —exclamó Edward.
—Ni las alcobas principales. ¡Musha! ¡Qué país tan extraordinario es Holanda! ¡Las institutrices lucen pendientes de diamantes! ¿Queréis apostaros conmigo dos piezas de seis peniques, es decir, un chelín, a que os puedo decir algo que no sabéis? Porque, ¡bendito sea Dios!, su Excelencia nunca se entera de nada. Su primo de Montefalcone, me parece que ése era su nombre, el que servía como capitán, acaba de morir allá, no recuerdo bien dónde. Y esa maldita maestra fue la primera en saberlo.
Edward le escuchaba finalmente.
—¿Estás completamente seguro? —le preguntó al muchacho.
—Y recibió la noticia a través de ese pillo de Goëtzi.
—¿Lo has visto, entonces?
—Uno se fija en todo, ¿no es cierto? Es la mejor manera de informarse.
—En cualquier caso —prosiguió Ned—, es la condesa viuda la que va a heredar a su hijo, el capitán.
Merry Bones limpió la navaja y sacudió su espesa cabellera.
—Desde luego, desde luego, Excelencia —contestó—. Pero, ¿queréis saber mi opinión? Estoy seguro de que la condesa no llegará a vieja ahora. Y cuando la condesa viuda desaparezca, ¡que se cuide la señorita Corny! ¿Me comprendéis? La riqueza del conde Tiberio se ha visto mermada en sus tres cuartas partes, sin llegar a saciar el hambre de esa institutriz. Espero que me entendáis.

Fue por esa época cuando las cartas que Ned y Corny le mandaban a nuestra querida Ann comenzaron a perder ese tono de despreocupada dicha.
Pero hasta finales de febrero no se supo de la muerte de la condesa viuda de Montefalcone, que convertía a Cornelia en una rica heredera. El señor Goëtzi ya había vuelto, aunque no aparecía en público. Tramaba una conspiración para intentar que Edward realizase algún acto violento que sirviese como excusa para romper el noviazgo.
Sin embargo Edward Barton no cayó en aquella trampa; se guardó muy mucho de mostrarle a la signora Pallanti todo el desprecio que le tenía, y mantuvo una compostura tan natural frente a ella que ésta terminó creyendo en sus buenos sentimientos. Aunque fue una desgracia que pasara eso.
Respecto al conde Tiberio, Ned continuó yendo a su casa, que era el único lugar donde podía verse con Cornelia. Tiberio se mostraba cada día más soberbio con él, e incluso despectivo algunas veces.
El compromiso matrimonial era tan público que resultaba prácticamente imposible romperlo, aunque se realizaban retrasos que eran claramente equivalentes a esta ruptura. Con esa intención se dijo que era necesario realizar un viaje hasta el castillo de Montefalcone antes de la boda, y que Edward Barton no iría.
El joven no protestó.
Esa era por lo menos la impresión que se tenía después de leer las cartas que recibió nuestra querida Ann, todas juntas, la noche de la víspera de su boda.
Se hace necesario que indique aquí que aquellas esquelas no fueron completamente sinceras. Escondían levemente la verdad. Se trata de un escrúpulo característicamente inglés. En Inglaterra sentimos horror ante algo tan escandaloso como un secuestro. Cuantas más libertades les damos a los jóvenes de nuestras familias, tanto más les exigimos que no se salten nunca las más elementales normas de conveniencia. La decencia es una virtud típicamente inglesa. Dudo mucho que nuestra querida Ann haya hecho figurar nunca un solo rapto en sus historias; me refiero a un secuestro consentido por la muchacha, ya que el rapto en sí es un acontecimiento mucho menos escandaloso.
Pues bien, en medio de aquellos miedos, desgraciadamente demasiado acertados, Edward Barton y Cornelia de Witt, tras intentar inútilmente encontrar otra solución, decidieron llevar a cabo aquella acción tan criticable como peligrosa, y que las personas de nobleza no pueden tolerar bajo ningún concepto. Porque la clase baja hace lo que se le antoja. Por ese motivo, y al sentirse plena y voluntariamente culpables de un acto impropio de ellos, Ned y Corny decidieron guardar silencio sobre él, de cara a sus amistades.
No piensen que estoy disculpando, ni siquiera de cierta forma, algo inaceptable para «las normas». Lo único que deseo reseñar es que ellos se estaban enfrentando a un canalla sin escrúpulos y en quiebra, a una mujer perdida y a un vampiro. No podemos negar que su situación era realmente difícil.
El sirviente irlandés, Merry Bones, también ayudó lo suyo a llevarlos por el mal camino, aunque ojalá hubiese querido el destino, en definitiva, que continuasen por él, ya que de esa forma se habrían evitado terribles desgracias.
Si le hubiesen hecho caso al irlandés, que después de todo tenía algo de intuición, no habrían esperado hasta el último segundo para, una vez en Londres, y protegidos por las leyes inglesas, haberse burlado alegremente de los pérfidos malhechores que amenazaban tanto su felicidad como su fortuna y su vida.
Porque cuando finalmente decidieron dar aquel paso ya era demasiado tarde. La víspera del día en que pensaban fugarse, Letizia Pallanti acusó de arbitrariedad a la señorita Cornelia con tanta soberbia y altanería que la pobre y joven noble perdió por completo los estribos y la prudencia que la caracterizaba, para poner orgullosamente en su lugar a la descarada institutriz. Ese mismo día, que fue el último del mes de febrero, el conde Tiberio logró finalmente provocar una pelea con Ned Barton. Habían firmado el contrato el día anterior. Nada se había deshecho, pero, cuando Edward intentó aquella noche entrar en la casa, le negaron el paso.
Y cuando Cornelia intentó salir a la mañana siguiente, se la retuvo como si fuese prisionera.
En semejantes circunstancias, nuevamente apareció el señor Goëtzi como un gran salvador. Con sus: «¡tened cuidado! ¡Debéis desconfiar de él!», aconsejó vagamente a Ned sobre un peligro que no concretó. También recomendó a Corny que fuese valiente. Sin embargo, Merry Bones, a quien trató de ahogar traidoramente en las aguas del Mosa, mientras el fiel servidor cuidaba de la barca en la hora señalada para la fuga de su amo y de Cornelia, les contaría muy pronto la verdad acerca de aquel sujeto.
Ya saben ahora cómo acabó este capítulo de la boda interrumpida y de la huida fracasada. En medio de la noche, Cornelia fue arrojada sobre una silla de caballo y secuestrada, no por Ned, sino por la pareja de canallas que formaban Tiberio y Pallanti, que se adentraron por tierra hacia los dominios de Montefalcone.
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SEGUNDA PARTE
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Entre tanto, el sirviente irlandés había desaparecido sin dejar rastro hacia un lugar que ustedes conocerán en el momento oportuno. Ned, traidoramente avisado por el señor Goëtzi, se fue detrás de su amada por el antiguo camino de Gueldre, donde fue apuñalado por los enmascarados, antes de ser llevado moribundo por algunos campesinos hasta la posada de La Cerveza y la Amistad.
Ahora ya podemos regresar a ese peligroso antro en que dejamos a nuestra querida Ann, después de asistir al singular combate del pobre Merry Bones, mientras el reloj de cuco tocaba trece campanadas, contra la doble jauría que formaban aquellos esclavos al servicio del vampiro Goëtzi.
En cuanto Merry Bones abandonó el salón con aquellas extrañas palabras: «Me voy a buscar el ataúd de hierro», todo regresó inmediatamente a la normalidad. Todos los miembros duplicados de la familia del vampiro Goëtzi se unieron hasta convertirse en figuras individuales, como si fuesen muebles plegables.
Sería fácil creer si les dijera que nuestra querida Ann contemplaba aquellas figuras con el mayor estupor, y con la imaginación torturada ante la enigmática frase del criado irlandés. Pero no. Su mente, de una agilidad sin igual, ya conocía aquel tipo de trucos y era necesario algo más para poder sorprenderla.
No obstante, la vuelta a la calma la sorprendió, e incluso hizo callar a Grey—Jack, que profería maldiciones sin descanso, acariciándose con las dos manos sus mejillas hinchadas por las bofetadas de Merry Bones. Al pensar que, después de todo, éste sólo era un irlandés, Ella llegó a suponer que quizá había sido él el único causante de la batalla de la que acababa de ser testigo.
Lo cierto es que, al observarlos mejor, tanto el mesonero como su familia parecían bastante sosegados, y podría jurarse que la mujer sin pelo, en especial, era una maravillosa persona. El crío le trajo un jarro de cerveza al viejo Jack, que se lavó con ella sus doloridas mejillas, bebiéndose lo demás con auténtico placer.
A Ella le pareció necesario repetir la orden que acababa de dar poco antes de que sonaran las trece campanadas en el reloj.
—Deseo ver —repitió nuestra querida Ann, con voz clara y segura—, a Edward S. Barton, esquire, que estuvo o está en una de las habitaciones de esta posada. Y en el caso de que el desgraciado hubiese muerto, ya sea de forma natural o no, exijo que se me entreguen sus restos inmediatamente, para ocuparme de que se les de cristiana sepultura, de acuerdo con los criterios de la Iglesia.
Al oír aquellas palabras, Grey—Jack comenzó a gimotear, mientras el mesonero y su mujer exclamaban:
—¡Ah! ¡El querido caballero! ¡Que Dios lo bendiga!
El crío, por otro lado, repitió:
—He visto al hombre muerto.
Y el perro con rostro humano aulló suavemente, como si fuese una mujer enferma, mientras le dedicaba una lánguida mirada a la atrevida joven.
El loro seguía atusando la barba de su dueño, mientras repetía: «¿Ya has comido, Ducado?»
Ann nunca me explicó cuáles fueron los motivos que la llevaron a conformarse con aquellas respuestas, claramente vacías. El propio Walter Scott la acusaba, por cierto, de dejar muchos cabos sueltos en sus historias.
Cuando el mesonero le ofreció una buena habitación y una cama caliente, Ella aceptó, puesto que no había dormido bien desde que abandonara su casa.
El mesonero la llevó entonces hasta la alcoba, mientras sostenía una bandeja de té, acompañado por la mujer calva, que sujetaba los candelabros. El mozalbete arrastraba el brasero, y el enorme perro cerraba la marcha. Grey—Jack no iba con ellos. A nuestra querida Ann no se le ocurrió siquiera preguntar por qué motivo la separaban de su criado, poco astuto, es cierto, pero muy fiel.
La verdad es que yo misma dudo un poco de este pasaje de la historia, en que nuestra querida Ann no se mostró demasiado coherente. ¿Cómo pudo confiar tan fácilmente en personas a las que acababa de ver duplicadas, para luego fundirse en una misma piel, antes de tener la menor información de lo que le había pasado a Ned? La respuesta a esta pregunta es que ni siquiera su más maravilloso relato, Los Misterios de Udolfo, está exento de esa inconsistencia. Ella no tenía muy buena memoria, y su encantadora heroína, Emilia, dotada a pesar de ello de una profunda perspicacia, está llena de ocasionales distracciones. También se sentía exhausta por el esfuerzo, y ya se pueden ustedes imaginar que una muchachita como Ella, perteneciente a una familia sosegada, debía de tener la cabeza completamente alterada después de tan singulares aventuras.
Lo cierto es que se fue a dormir a una cama bien caliente. La mujer calva colocó una manta con sumo cuidado; el mesonero dispuso sobre la mesa de luz todo lo necesario para tomar el té, y el crío encendió rápida y hábilmente las velas. Después de aquello, todos se retiraron deseándole buenas noches.
Ella se había quedado finalmente sola. En la puerta, chirrió la llave mientras le daban dos vueltas al cerrojo. Se escucharon unos pasos alejándose, hasta extinguirse por el largo pasillo. El silencio habría sido absoluto de no ser por el viento, que sacudía, gimiendo melancólicamente, las maderas de la ventana.
Por primera vez desde que abandonara la casa de sus padres, nuestra querida joven estaba en una posición lo suficientemente confortable como para entregarse a las reflexiones. Sus primeros pensamientos la llevaron de vuelta hacia las alegres praderas de Staffordshire. ¡Ah! ¡Qué hermosa es Inglaterra, deliciosa reina del mundo, cuando se la contempla a través de las lágrimas derramadas por el exilio!
Mientras Ann estaba así, sumida en una especie de semiinconsciencia y poblada por vagos temblores, pudo escucharse un ruido sordo procedente del piso inferior de la posada: era el ronco barullo que suele producirse dentro de la caja de los relojes, antes de dar las campanadas de las horas. En cuanto éstas comenzaron a tocar, se reanudó en la planta baja el concierto de gritos salvajes e insultos, en medio del confuso eco de una pelea. El bronce del reloj cantó catorce veces, y con él lo hizo el escuálido pájaro cu—cú. Después sobrevino el silencio, en medio del cual destacó la estridente voz del niño que jugaba con el aro, que decía: !He visto al hombre muerto.
Sus palabras despertaron a Ann, alterada por una gran impresión. ¡El hombre muerto debía de ser Ned! ¿Cómo pudo olvidarse ni siquiera por un momento de un duelo tan atroz? ¡Ned, el alegre niño con el que había compartido sus primeros juegos infantiles, y al que todavía podía querer por lo menos como a un hermano!
¡Ned era el hombre muerto! ¡Ned! Justo entonces, nuestra querida Ann reconoció su cuarto. ¿Cómo había tardado tanto en hacerlo? Se encontraba en la habitación descrita por Ned en su última carta, aquella desde donde le había gritado sus desesperados: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Gracias al brillo de dos velas, cuyas alargadas mechas producían más humo que luz, pudo ver los cortinajes con flores enormes y la colección de láminas con las proezas del almirante Ruyter, y además el agujero redondo, en frente de la cama, a unos ocho pies del suelo, como si fuese el antiguo paso de la tubería de una estufa…
De modo que era allí, en esa misma cama, donde Ned había exhalado su último aliento.
Las mechas se iban estirando, coronadas por negros capuchones. Su humo esparcía por el ambiente una espesa y siniestra bruma. No sabría decir qué era lo que estaba escuchando, pero aquel silencio parecía gemir amenazadoramente.
Conforme aumentaba la oscuridad, ya que la luz de las velas se debilitaba cada vez más, y las oscuras sombras que coronaban las mechas se iban agrandando de forma gigantesca, las láminas, en lugar de velarse, se veían más nítidamente, como si fuesen transparentes y estuviesen iluminadas por detrás con tenues resplandores.
Ella escondió la cabeza bajo las mantas, exactamente igual que habría hecho cualquier pobre niña supersticiosa, aterrada por los misterios nocturnos.
Nada más esconderse, escuchó un ruido aparentemente natural. Recordaba los pasos de un hombre, calzado con pesadas botas. Nuestra querida Ann lo escuchó y se repuso inmediatamente. Apartó las mantas con cuidado y prestó atención.
Estaba claro. Un tacón pesado, quizá de metal, golpeaba el suelo muy cerca de Ella. Su miedo comenzó entonces a ser diferente, cada vez más intenso. Es posible enfrentar a la muerte; se puede incluso encarar la deshonra, pero… ¡unas botas de hierro en el cuarto de una jovencita educada!… Lo primero que se le ocurrió a nuestra querida joven fue correr hacia una de las ventanas, abrirla y, si le daban tiempo, arrojarse de cabeza hacia la eternidad.
—¡Begorra!—exclamó una voz—. ¡La han colocado en el dormitorio de Su Excelencia! ¿Dormís, señorita?
¿Se trataba de un sueño? A Ann le pareció reconocer el acento de Merry Bones, pero por más que escudriñaba la oscuridad no lograba ver nada.
—¿Merry? —llamó a su vez.
—Sí —contestó el intrépido joven—, soy yo, perla mía. Animad un poco esas luces. A un cristiano le gusta poder ver claro.
Ya supondrán ustedes que, tratándose del desdichado Merry, no era cuestión de andar con remilgos. Ann encendió las velas, y en ese momento se dio cuenta de por qué no había visto hasta ese momento al intrépido irlandés.
En vano trató de encontrarle de un primer vistazo, por toda la habitación iluminada. Merry estaba asomado al agujero de la estufa, como si fuese una ventana. Había deslizado por allí sus dos brazos, largos como pértigas, que gesticulaban exageradamente, mientras su extraña cara descarnada, pero de buen humor, parecía cortada por la mitad por una risa más ancha que un sablazo, entre sus gigantescas matas de pelo.
—¡Merry! ¡Querido amigo! ¿De dónde venís de esta forma? —preguntó finalmente nuestra querida Ann, ahora tranquila.
—¡Vaya! ¿No me oísteis? Vengo de buscar un ataúd de hierro.
—¿Cómo? —murmuró la joven.
En ese momento el criado irlandés desapareció, aunque pudo escucharse cómo removía algo al otro lado de la pared.
Un instante después el agujero quedó nuevamente tapado, pero no por la peluda cabeza del criado, sino por un objeto que, al rozar con las paredes del agujero, emitía un ligero ruido metálico. Parecía como si no pudiese pasar.
Después de un violento empujón final, el obstáculo logró franquear el muro, cayendo ruidosamente sobre el suelo de la alcoba.
El alegre gesto que era la sonrisa de Merry Bones reapareció por el ojo de buey, enmarcado por sus cabellos erizados.
Nuestra querida Ann intentaba inútilmente saber qué clase de objeto era el que había provocado ese estruendo al caer. Después de que Merry Bones se instalase cómodamente en el agujero de la estufa, con sus dos brazos por fuera, como esos duendes de cartón que brincan en las tabaqueras, se decidió a explicarse.
—¿Ya os habréis fijado en lo pesado que es, no es cierto, pequeña flor? —musitó—. Eso se debe a que es de hierro…
—¡De modo que es el ataúd!
—¿Y qué iba a ser, si no? También pesa lo suyo, porque está lleno.
—¡De qué, por Dios!
—¿De qué va a ser, señorita?
—¿Se refiere a un cuerpo?
—Claro. ¿Qué, si no?
—¿De quién?
—¡Qué demonios: de Su Excelencia, por supuesto!
—¡El cuerpo de Edward Barton!
—¡Efectivamente!
Ella profirió un alarido desgarrador.
—¡Musha! ¿Qué diantres os ocurre, señorita Ann? —preguntó el joven Merry.
El llanto de nuestra querida Ann le impidió oír la pregunta. Merry Bones comenzó entonces a gritar como un demente:
—¡Que el diablo me lleve si he trabajado poco esta noche! ¡Haríais mejor en escucharme, perla mía! Es verdad que hay un cuerpo en este cajón de metal. Si no lo hubiese, ¡que me asen como a un pescado y me arranquen todos los dientes negros estos malditos holandeses! Pero hay un alma, además, y muy buena, por cierto, aunque sea el alma de un inglés…
Ella no le prestaba mucha atención, aunque estas últimas palabras la hicieron dar un salto.
—¡Explicaos, Merry Bones! —ordenó autoritariamente—. ¿Estáis insinuando que el señor Barton todavía está con vida?
—En efecto, señorita; eso es precisamente lo que intentó decir.
—¿Y por qué no está moviéndose ahí dentro?
—Porque está durmiendo.
—¡Durmiendo! —exclamó la joven—. ¿Acaso creéis que alguien podría dormir después del batacazo del ataúd contra el suelo?
—¡Por supuesto que sí, señorita! Y no es que lo piense, estoy convencido de ello.
—¡De modo que ha tomado un narcótico!
Merry se encogió de hombros, sin darle importancia al comentario, y replicó:
—No sé qué es eso de un narcótico, lo que sé es que a Su Excelencia le han endosado té de amapolas con zumo de lechuga.
No sé si ustedes aprobarán la conducta de nuestra querida Ann, pero lo cierto es que mandó al criado retirarse del agujero y, echándose una manta sobre los hombros, se aproximó al ataúd de hierro, que tenía llave y cerradura como los baúles de viaje. Entonces la abrió, y levantó la tapa.
Al echarle el primer vistazo a su primo, se encontró con un gentleman sonriente y sonrosado como un Niñito Jesús, que a nuestra querida Ann le pareció más hermoso que antes.
Mientras Ella le miraba embriagada de emoción, el lacayo irlandés apareció por el agujero de la estufa y dijo:
—¡Qué simpático y amable es! ¿No le parece, señorita? Mientras os extasiáis contemplándolo, creo que bien podríais escucharme, puesto que no tenemos mucho tiempo y es preciso que os enteréis de cómo ha ocurrido todo. El día señalado para raptar a la señorita Cornelia y llevarla con su familia de Inglaterra, el señor Goëtzi, como buena araña que es, había preparado ya su red. Yo sucumbí en ella, de nada sirve negarlo, ¿y qué podrían hacer esos dos corderitos sin mi ayuda? A la señorita Cornelia la arrastraron al infierno como si fuese un paquetito y Su Excelencia recibió media docena de puñaladas en una emboscada. Pero sobrevivió. Iré directo al grano: yo estaba preso, pero escapé. Así fue como llegué hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, ayer por la tarde, desfallecido de hambre y frío, y con una apariencia lamentable. Eso fue un poco antes de vuestra llegada, al anochecer. Ya me disponía a penetrar en el salón de entrada, sin sospechar nada, cuando se me ocurrió echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Entonces vi a esa mujer sin pelo echando pétalos de amapola en un puchero, mientras el mesonero molía la lechuga en un mortero. Los dos le estaban riñendo al crío, que les gritaba: «¿Para qué queréis dormir al hombre muerto?» Como os podéis imaginar, yo ya conocía a todos ésos, y no tenía la menor intención de entrar nuevamente en el avispero. Rodeé la casa en busca de una puerta trasera y, al no dar con ella, trepé por la enredadera hasta el tejado, deslizándome por la chimenea. Yo ya he sido deshollinador. La chimenea me condujo hasta la alcoba en que me encuentro. ¡Bien! El cuarto estaba desierto y a oscuras, pero oí voces en el cuarto vecino, que es el vuestro, y reparé en que el agujero desprendía luz. Asomé mi cabeza por él y vi a tres hombres, quiero decir, a un caballero y a dos mitades de cretino. Seguramente ya le habían obligado a beber a Su Excelencia el zumo en cuestión, porque estaba dormido. No le vi entonces mala cara, para tratarse de alguien al que han dado varias puñaladas. A su lado había dos señores Goëtzi, el auténtico, tapizando el interior del ataúd, y su réplica, practicando pequeños orificios en las paredes, con un taladro. La réplica comentaba: «¡Vaya tarea es ésta para un doctor de la Universidad de Turingia!»
»—No hay trabajo malo, amigo mío —contestó el otro Goëtzi—. Además, si yo soy ahora un tapicero, bien puedes tú hacer de cerrajero.
»—¿Y para qué hacemos todo esto, amo?
«—Porque he decidido retirarme, cuando sea anciano, en el precioso castillo de Montefalcone, del que nos convertiremos en dueños.
»—Gran idea —respondió la réplica, frotándose las manos—. Pero, ¿cómo vamos a convertirnos en propietarios de tan hermoso castillo?
»—Te lo diré, mientras sigues taladrando. A la primera impresión, podría pensarse que nos estamos precipitando en este trato. Pero quien sobreviva verá que hicimos lo mejor. El señor conde Tiberio Palma d’Istria me ha comprado el cuerpo de este joven inglés difunto, y debo mandárselo en su féretro. ¿Entiendes?
»—Perfectamente.
»—Además, la signora Pallanti también me ha ofrecido una suma por este joven, aunque vivo.
»—¿Cuánto ofrece el conde Tiberio? —preguntó de nuevo el doble.
»—Nada menos que la sangre de la Pallanti.
»—No es gran cosa. ¿Y la Pallanti?
»—La sangre de la hermosa Cornelia.
»Los ojos de ambos vampiros brillaron al pronunciarse aquel nombre, y sus labios se enrojecieron como brasas.
»—No obstante —prosiguió la réplica del señor Goëtzi—, sigo sin entender cómo nos convertiremos en los dueños del castillo de Montefalcone.
»—Después de que nos hayamos bebido la sangre de la joven Cornelia —sonrió el auténtico Goëtzi—, ¿qué podrá impedir que nos incorporemos su cuerpo? ¿Acaso alguna ley impide que conserve su actual figura? De esa forma será al mismo tiempo la señorita Cornelia de Witt, y yo mismo. De esa forma, yo, el señor Goëtzi, me convertiré en el legítimo heredero de Montefalcone. ¿Algún problema?
»Su réplica no tuvo ninguna objeción. Estaba claro como el agua de una fuente. En ese momento acabaron sus trabajos. El ataúd de hierro resultaba muy cómodo después de haber sido tapizado, y con el taladro acababan de practicar el último agujero. Entre los dos señores Goëtzi cogieron al desventurado Ned, que aún dormía, uno de la cabeza y otro de los pies, y lo acomodaron dentro del cajón, que inmediatamente cerraron con tres vueltas de llave…
Merry Bones le contó también cómo había visto todo aquello desde el ventanuco de la chimenea. Se arrancó la piel de las orejas de tanto rascárselas, porque, según dicen, esto ayuda a pensar, y el criado irlandés estaba en ese momento rebuscando en todos los repliegues de su cerebro. ¿Cómo conseguir rescatar a su amo de las garras de esos canallas? Mientras se rompía la cabeza, el auténtico Goëtzi pasó una soga alrededor del ataúd y mandó a su réplica que abriese la ventana. Un afluente del Mosa llegaba hasta allí abajo, y tenían un bote esperando, a cargo de dos marineros.
—¡Ho! ¡Ho! —llamó el señor Goëtzi.
—¡Ho! ¡Ho! —le contestaron desde abajo.
—¡Listos para recibir la mercancía!
—Estamos preparados.
—¡Allá va!
Entre los dos Goëtzi izaron el ataúd y lo apoyaron sobre el alféizar de la ventana. Debemos indicar que el lacayo irlandés se había subido a un árbol para que su cabeza llegara hasta el agujero de la chimenea. La habitación donde se encontraba servía como depósito de leña. En su tribulación, hizo un movimiento en falso, y uno de los troncos cayó al suelo. El ruido que produjo traicionó su presencia.
Al instante los dos Goëtzi giraron sus cabezas y le reconocieron. Silbaron entonces como si fuesen dos serpientes. En ese preciso instante brotaron de la tierra, por todos lados, el resto de los habitantes de la posada, y comenzó una terrible pelea, mientras que el auténtico Goëtzi seguía bajando el ataúd hasta el bote.
Merry Bones no tuvo más remedio que enfrentarse entonces contra nueve. Afortunadamente, justo en ese momento llamaron a la puerta exterior de la posada. Eran nuestra querida Ann y Grey—Jack. Los espíritus del señor Goëtzi no tuvieron más remedio que desdoblarse, y de esa forma Merry Bones logró huir a cabezazos, justo cuando el reloj del salón tocaba su decimotercera campanada.
Después de ganar el exterior, rodeó la casa y corrió en pos de la embarcación, que descendía por el afluente del Mosa, cargando el ataúd de hierro. Debemos imaginar que los dos marineros estaban borrachos, lo que sucede a menudo. Gracias a ello facilitaron la tarea de Merry Bones, quien, después de muchos esfuerzos, logró rescatar el féretro, cargándolo sobre sus hombros.
Mientras le contaba aquella historia, Ella permanecía embelesada contemplando cómo dormía el que había sido su compañero de infancia.
Merry Bones sacudió su cabellera con un gesto de insatisfacción.
—Por favor, tened la gentileza de cerrar ese ataúd —dijo enojado—, u os seguiréis distrayendo y no acabaré nunca de contaros lo que pasó. Veréis, tengo un plan. Pero para llevarlo a cabo necesito saber si ya os habéis cansado de mirar a mi joven amo.
Nuestra querida Ann sonrió orgullosa y cerró de nuevo la tapa del ataúd.
—Eso está mejor —prosiguió Merry Bones—. Atendedme ahora. Al regresar, no logré escalar hasta el tejado debido al peso de mi carga. Tuve que entrar por la cocina, y al hacerlo vi que ese hatajo de reptiles estaba conspirando en el salón del piso inferior. De esa forma pude escuchar que, con la decimoquinta campanada (que va a sonar enseguida), van a celebrar una pequeña fiesta familiar a la que les ha invitado su amo. En efecto, están muy alegres; piensan que el ataúd de hierro se desliza por el río en dirección a Rotterdam, con mi amo dentro, y han planeado que después de esta fiesta se unirán a él para proseguir el viaje todos juntos, para llevar su carga hasta el castillo de Montefalcone.
—¿Y en qué consiste su fiesta? —preguntó la joven.
—En beberos a vos —replicó el criado.
Ella estuvo a punto de desplomarse.
—¡Beberme! —exclamó con voz apagada.
—Eso es —contestó Merry Bones, añadiendo—: Es cierto que prefieren a damas menores de veinte años, pero el propio señor Goëtzi les dijo: «A falta de nada mejor, beberemos a esta joven. Después de todo, Ann Ward debe de estar todavía bastante potable».
—¡Potable! —gritó nuestra desventurada amiga, uniendo sus manos crispadas—. ¡Potable! ¡Potable, Dios mío!
Ya imagino que tanto usted, mylady, como usted, señor, serán capaces de imaginar el cúmulo de sentimientos que impresionaban a la joven Ann. No hay muchas situaciones tan espantosas como ésta en nuestra literatura moderna.
«¡Potable!» El primer impulso de nuestra querida joven fue el de gritar:
—¡Corramos! ¡Escapemos, en nombre de Dios!
—¡Musha!—soltó el irlandés—. ¡No hay que ser idiota! ¡Tenemos la partida a nuestro favor! ¿Sabéis, mi querida perla, que he descubierto un hacha en la leñera? ¡Para partir leños! ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Creo que todavía podemos divertirnos! Abrid el ataúd, sacad de él a mi joven amo y colocadlo dentro del armario, a la derecha de la chimenea… Vamos, deprisa. Me parece que ya oigo gruñir al maldito reloj, y todavía tengo que despertar a ese borrico de Grey—Jack. Nos hará falta.
Nuestra valiente Ann le obedeció rápidamente. Era hábil y fuerte, a pesar de su corta estatura. Sacó del ataúd a Ned, el gentleman y, levantando el cuerpo en sus brazos, lo llevó hasta el armario. Merry Bones no pudo evitar aplaudir.
—¡Cerrad las puertas! —dijo—. ¡Sois una joven maravillosa! Ahora empujad este cajón debajo de la cama, de forma que quede bien escondido.
Ella le obedeció con la misma destreza.
—Y ahora —prosiguió animado Merry Bones—, escondeos bajo las sábanas, y simulad que dormís como un ángel… ¡Begorra! ¡Me parece que ya oigo el reloj crujiendo ahí abajo!… Pase lo que pase, no os mováis, ni abráis los ojos… ¡Hasta pronto!
En el piso inferior pudo escucharse el ruido del reloj. Merry Bones desapareció rápidamente por el agujero, mientras sonaba la primera de las quince campanadas, inundando con sus vibraciones las sombras de la noche.
En cuanto el martillo del reloj golpeó el cobre por primera vez, subió de la planta baja un ruido profundo, sordo y confuso. Se escucharon pasos en la escalera. Con la segunda campanada, los pasos ya se oían por el pasillo. Con la tercera, la puerta giró lentamente sobre sus goznes, y un resplandor verdoso inundó la alcoba.
Es verdad que la luz que despiden los vampiros aumenta, como el olor de los felinos, en momentos como ése.
El señor Goëtzi entró solo. Parecía una figura humana que hubiese sido esculpida en el cristal de una botella, y la tenue luz de las velas que lo traspasaba proyectaba una sombra transparente sobre la puerta que acababa de cruzar. En ese momento sonó la cuarta campanada.
El vampiro se encaminó hacia la cama, y el corazón de Ann se paró definitivamente.
El señor Goëtzi se reclinó sobre la cabecera, y del interior de su cuerpo brotaron varias voces que decían ansiosamente:
—¡Sed! ¡Tenemos sed! ¡Empecemos la fiesta!
El reloj lanzó su quinta campanada.
El señor Goëtzi retiró ligeramente las mantas, sus labios encarnados se movieron en el gesto típico del catador que va a degustar el vino de una cosecha extraordinaria, y dijo con tenebrosa alegría:
—¡Paciencia, hijos míos! ¡El derecho al primer sorbo me pertenece!
—¡Daos prisa entonces, querido amo!
Según se dice, los vampiros tienen en la lengua una punta muy afilada con la que realizan el corte necesario para satisfacer sus ansias repulsivas. Después del corte, beben del mismo modo que las sanguijuelas. Justo cuando vibraba en el aire el sonido de la sexta campanada, la puerta del cuarto se abrió de nuevo, y apareció por ella Merry Bones, escondiendo su mano derecha tras la espalda. Grey—Jack le seguía con la cabeza gacha. Recordaba a un perro apaleado. Un inglés se rinde siempre ante lo evidente, y las tortas que Grey—Jack había recibido en la decimotercera hora parecían haber sido fantásticas.
En cuanto vio al criado irlandés, el señor Goëtzi silbó, y toda la familia de espectros le brotó simultáneamente del cuerpo. Con un segundo silbido, todos, incluido él mismo, se desdoblaron. Entonces resonó la séptima campanada.
El auténtico Goëtzi se parapetó tras sus doce criaturas, enviándolos contra el irlandés. Ann, que había mantenido los ojos cerrados hasta ese momento, tal y como le había mandado Merry Bones, los abrió en ese instante, y pudo ser testigo de la escena más increíble jamás relatada, desde el principio del mundo.
Dos perros, dos loros, dos mujeres calvas, dos niños, dos mesoneras y una copia del señor Goëtzi intentaban devorar literalmente al desdichado irlandés, que únicamente utilizaba la mano izquierda para defenderse, protegiendo principalmente sus ojos, y en especial del ataque de los loros. Agarraba con el puño la cabeza de las crueles bestias, retorciéndoles el pescuezo, aunque sin lograr hacerles nada y, mientras se entretenía en ello, el perro y el niño le mordían las piernas, y el mesonero y la mujer calva, con la ayuda del doble del señor Goëtzi, le atacaban al estómago, al vientre y al pecho.
A pesar de ser un inglés de pura cepa, Grey—Jack permanecía en el umbral de la puerta sin decir ni pío. No le critiquen anticipadamente. Ésas eran sus instrucciones. Él formaba la retaguardia, y enseguida van ustedes a comprender la absoluta importancia de su papel.
La octava, novena y décima campanada sonaron mientras Merry Bones avanzaba hacia la cama, recorriendo cada palmo a despecho de la furia de esa turba de arpías, machos y hembras, que se abalanzaban sobre él como lo haría una jauría sobre la presa abatida. Les aseguro que, de haber tenido algo más que huesos y piel, no habría sobrado nada de ese pobre desdichado. Pero todos aquellos vampiros no encontraron ni siquiera un pedazo de carne que morder en todo su cuerpo. Todo lo que tenía eran huesos, y un pellejo más duro que el cuero. Quizá me repetiría en exceso si destacase nuevamente aquí la supremacía indiscutible de la obesidad inglesa.
A pesar de todo, sangraba por todas las venas de su maltratado cuerpo, enrojeciendo los hocicos de aquella manada de chacales. Y sin embargo continuaba avanzando, poco a poco, con paciencia, y cuando sonó la decimoprimera campanada, tan sólo le separaban del auténtico señor Goëtzi las dos mujeres calvas.
Entonces se sacudió el cabello, lanzó un poderoso ¡Begorra!, y le propinó a la vieja repugnante un puntapié, que no dudo en llamar heroico, ya que lanzó por los aires a la arpía, que terminó incrustada en el agujero de la chimenea. Su mano derecha, que todavía no había aparecido, realizó un brusco movimiento, y al instante brilló el filo de un hacha de hoja ancha. Casi en el mismo instante en que vibraba en el aire el sonido de la duodécima campanada, la cabeza del vampiro, del verdadero Goëtzi, rodó por el suelo seccionada de un limpio tajo.
Inmediatamente rodaron por el suelo el resto de las cabezas de sus réplicas menores, como si un mismo filo las hubiese decapitado. Cada figura corría en pos de su cabeza, mientras en medio de la confusión podía oírse, atronadora, la voz del criado irlandés:
—¡Ahora es tu turno, viejo Jack, so idiota! —gritó.
Entonces Grey—Jack comenzó a caminar con cautela, sin prisa pero sin pausa, como suelen hacerlo nuestros maravillosos soldados. Tenía claras instrucciones, así que sacó de debajo de la cama el ataúd de hierro, lo abrió justo en el momento en que el doble del señor Goëtzi recuperaba la cabeza; entonces cogió al vampiro, lo introdujo en el féretro, y lo cerró con llave.
El resto de las repulsivas criaturas no parecieron darse cuenta de ello, de lo ocupados que estaban corriendo detrás de sus cabezas. De esa forma sonó la decimotercera, y también la decimocuarta campanada, mientras se retorcían como miserables gusanos en el barro de una cloaca de verano. Merry Bones los miraba riendo con todas sus fuerzas, aunque sin quitarle un ojo al trabajo de Grey—Jack y a los esfuerzos del auténtico señor Goëtzi.
Los dos terminaron al mismo tiempo su trabajo: el viejo Grey—Jack se sentó sobre el ataúd que acababa de cerrar en el instante en que el señor Goëtzi recuperaba la cabeza y la volvía a colocar en su sitio.
Entonces silbó. Los demás vampirículos, obedientes a su gesto, se unieron por pares en un primer momento. Al segundo silbido, la desagradable familia se introdujo atropelladamente dentro de su cuerpo.
La maniobra había sido impecable.
—¿No falta ninguno? —preguntó el vampiro.
Y sin esperar una respuesta, cuando el reloj lanzaba al aire la decimoquinta campanada, se lanzó literalmente a través de la ventana y se zambulló en medio de la oscuridad de la noche.
Una quejumbrosa voz lastimera brotó, sin embargo, del ataúd de hierro y contestó:
—¡Amo! ¡Señor! ¡Os falta vuestra réplica!
Pero ya era tarde. Sólo cuando el reloj acabó de dar las horas, y después de que el cuco se dejase oír también quince veces, pudo nuestra pobre Ann darse cuenta de si estaba viva o muerta.

Tras la última campanada, Merry Bones pidió silencio para explicar la continuación de su plan, ya que como habrán imaginado ustedes la guerra no había hecho sino empezar.
—Señorita —dijo—. Lo más importante sería que inmediatamente partiésemos hacia el castillo de Montefalcone, aunque como Su Excelencia duerme como un tronco…
—Abrid el armario —atajó Ella—, para que pueda respirar mejor.
El criado irlandés prosiguió:
—Será un viaje descansado, y espero recuperarme por el camino. Grey—Jack cargará con el ataúd…
—¡Que el Diablo te lleve!… —comenzó a protestar el buen hombre.
Pero Merry Bones le cortó bruscamente diciendo:
—Necesitamos el ataúd por más de un motivo. En primer lugar, para mantener al pájaro dentro de su jaula…
—Estáis equivocado, valiente irlandés —dijo el señor Goëtzi con voz dulce desde el interior del féretro de hierro—. Tenéis mi palabra de honor de que no huiré, si me ponéis en libertad.
—…y en segundo lugar —prosiguió el irlandés, sin tomarse siquiera la molestia de contestar a aquellas palabras—, para introducir a Su Excelencia en el castillo de Montefalcone, cuando llegue la hora. Por lo visto sus muros son tan altos como la cúpula de San Pablo, en Londres, pero se me ha ocurrido una idea.
—¡Oh, buen irlandés! —se oyó de nuevo la ahogada voz del vampiro—. ¡Qué inteligente sois! Pero os equivocáis al despreciar mi oferta. Os seré completamente fiel, y podría proporcionaros excelentes servicios.

Puede que ustedes piensen que se trataba de una argucia. ¡Pero están completamente equivocados! Casi todos los autores respetables que han escrito gruesos tratados sobre los vampiros coinciden habitualmente en un hecho, y es el de que un vampiro cautivo sólo pertenece a quien lo enjauló, de la misma forma en que ese vencedor pertenecería al vampiro, en caso de que hubiese perdido él la lucha.
Lo que ocurre es que los hombres normales rara vez logran convertirse en los amos de un vampiro, puesto que la ley humana señala que el Bien se muestra siempre mucho menos enérgico que el Mal, y en las raras ocasiones en que se logra capturar a un vampiro, la moral y el buen gusto impiden a su dueño beberse su sangre.
La falta de este detalle impide la completa asimilación del vampiro, su íntima fusión con el hombre vencedor; aunque no por ello el vampiro capturado es menos esclavo de su dueño.

En el mismo momento en que la réplica del señor Goëtzi aseguraba su fidelidad a través de los orificios del féretro, les llegó el ruido de un aleteo procedente de fuera, y el marco de la ventana se sacudió por el exterior, como si un gigantesco pájaro o un insecto colosal se estrellara contra el cristal.
—¿Qué es eso? —preguntó Ann.
El cautivo se apresuró a responder.
—Que no os engañe el ruido ni un segundo. Se trata del señor Goëtzi que vuelve a buscarme, porque no puede prescindir de mí.
—Voy a meterle una bala en el cerebro —dijo decidido Grey—Jack.
No sé cómo, había logrado hacerse con una carabina, que blandía en alto mientras se abalanzaba sobre la ventana.
—Quieto, noble anciano —dijo el vampiro preso—. Ese monstruo que ha multiplicado sus criminales intentos contra vuestra joven ama y sus amigos, es completamente impotente ahora. Le falto yo. Sería demasiado largo explicároslo ahora, con términos científicos y concretos, pero aceptad esta comparación, que espero os resulte esclarecedora. Es cierto que yo soy únicamente una doceava parte del señor Goëtzi, pero también soy el nexo de unión con el resto de sus criaturas, y mi ausencia le deja en la misma situación de un rosario al que le hubiesen quitado el hilo. Así comprenderéis el apuro en que se encuentra.
Aquellas palabras sorprendieron enormemente a los presentes, pero nuestra querida Ann, mucho más sensata de lo que podría esperarse a sus años, preguntó a pesar de todo:
—Prisionero, ¿por qué traicionáis a vuestro señor?
—Querida niña —replicó el murmullo del ataúd—, y que no os sorprenda el oírme llamaros así, pues tengo derecho a hacerlo. Tengo varios motivos para actuar así. Os diré dos de ellos. El primero es la norma que acompaña a cualquier conquista: el vencido continúa siendo enemigo del vencedor. Para que entendáis mejor el segundo motivo, es preciso que os cuente una historia. En los días en que el doctor Otto Goëtzi fue hasta el condado de Stafford para convertirse en el profesor del joven Edward S. Barton, era aún un aprendiz de vampiro. No tenía entonces réplica, ni secuaces, ni nada. ¿Os acordáis de la desventurada Polly Bird, la doncella de la Granja Alta cuyo inesperado final conmovió a los feligreses hace ahora varios años?… Pues bien, queridos amigos, quien os está hablando es la propia desgraciada en persona. Cuando el señor Goëtzi recibió de Peterwardein su diploma de maestro vampiro, me escogió inmediatamente para ser una de sus réplicas y comenzar así la construcción de su organismo múltiple.
—¡Cuando recuerdo —exclamó entonces nuestra querida Ann— que nos sentábamos una al lado de otra en la iglesia, con las siete hermanas Bobington!
Merry Bones miró a Grey—Jack, convencido de que ahora sí que el viejo no aceptaría fácilmente el cargar con el ataúd.
—Ahora que lo pienso —dijo—, Polly Bird era una chica muy buena en otro tiempo, y mi ama no tiene doncella. Si Polly promete comportarse bien y cargar con el ataúd, no veo por qué habríamos de llevarla nosotros sobre nuestros hombros hasta el castillo de Montefalcone.
Finalmente logró convencer a los otros. Merry Bones introdujo la llave en la cerradura del ataúd y lo abrió. Entonces vieron en su interior al señor Goëtzi, y por primera vez tanto Ann como los dos criados habrían jurado que, al mirarlo detenidamente, podían verse bajo los rasgos del despreciable vampiro algunos resquicios de la fisonomía de Polly Bird.
La desdichada agradeció con una expresión cortés aquel favor, e hizo una reverencia en cuanto logró ponerse de pie.
En lo sucesivo, nos referiremos a ella en femenino, para no confundirla con el auténtico señor Goëtzi. Deben ustedes recordar, a pesar de ello, que era un hombre, y que por consiguiente tuvieron que abandonar la idea de convertirla en la doncella de nuestra querida Ann.
Es más, se le ató el pesado cajón de hierro al cuello con una larga cadena, como medida de precaución. De esa forma, tanto Grey—Jack como Merry Bones estaban seguros de que cargaría con él, y además era de esperar que semejante peso dificultaría sus movimientos, impidiendo cualquier intento de fuga.
Comenzaba a amanecer cuando Ella obligó a salir a todos para asearse. Entre tanto, la antigua Polly intentaba despertar a Ned Barton con procedimientos que no conozco. Cuando Ann, después de recitar una breve oración, o más bien una acción de gracias por los peligros salvados, llamó a sus compañeros, Edward Barton abría los ojos por primera vez, mirando a su alrededor completamente estupefacto.
—¿Dónde estoy? —fue su primera pregunta.
Ella intentó darle completas explicaciones, pero su criado irlandés creyó mejor que se pusieran en marcha inmediatamente.
—He estado hablando con nuestra vecina Polly —dijo—, que me ha dado unos buenos consejos. Debemos terminar un trabajo muy delicado antes de dirigirnos al castillo de Montefalcone. No podremos hacer nada, además, mientras el auténtico señor Goëtzi esté vivo.
Descendieron por la escalera. Al llegar al salón de la planta baja, todos pudieron comprobar que el reloj se había detenido precisamente en la decimoquinta hora. Había incluso desaparecido el cuco. Cuando salieron al exterior, les llamó la atención un cartel que colgaba debajo del letrero en que aparecía escrito el nombre del establecimiento. «Posada. Se alquila», rezaba el letrero.
Sin pararse para meditar sobre detalles tan curiosos, aunque insignificantes, la pequeña comitiva inició rápidamente su andadura. La antigua Polly abría la marcha, vigilada en ambos flancos por Grey—Jack y Merry Bones. Evidentemente, era ella quien cargaba con el ataúd de hierro, y los holandeses, gente recia, veían pasar a nuestros viajeros con absoluta indiferencia.
Detrás de ambos criados viajaban nuestra querida Ann y Ned Barton que, aunque un poco débil, lograba caminar apoyado en el brazo de su compañera.
No ocurrió nada digno de mención hasta que alcanzaron la orilla del Rin, excepto el ruido de algunos silbidos distantes entremezclados con el viento, y algunos confusos movimientos entre los matorrales. Merry Bones, convencido de que la antigua Polly actuaba con absoluta lealtad, le explicó a Ann que el señor Goëtzi estaba esparcido por el aire, el agua y las frondas, esperando el momento propicio para adueñarse nuevamente de su réplica, que le era indispensable para recuperar por completo su libertad de movimientos.
En cierta ocasión, nuestra querida Ann sintió incluso algo parecido al roce del aro de un niño en sus piernas, y una voz amarga, cuya procedencia no logró establecer, que decía:
—¡Ahí va el hombre muerto!…
Cuando alcanzaron el Rin, alquilaron un bote para remontar el río hasta Colonia. Al anochecer, cuando las sombras del crepúsculo se adueñaron del río y sus orillas, un pálido resplandor verde se les apareció a una doscientas toesas delante de la embarcación. Se deslizaba contracorriente, a la misma velocidad que ellos.
Conforme aumentaba la oscuridad, el resplandor iba creciendo en intensidad, condensándose progresivamente. Después de haber ocupado un gran espacio, comenzó a reducirse hasta alcanzar el tamaño del cuerpo de un hombre.
Entonces todos pudieron ver con absoluta claridad al señor Goëtzi, que nadaba con los pies por delante, rodeado de su tenue aureola.
Mientras observaban en silencio aquel sorprendente espectáculo, la antigua Polly comenzó a llorar y, cuando le preguntaron el motivo, contestó:
—¿Acaso pensáis que puedo ver sin indignarme al monstruo que me ha robado la honra y la dicha? Oíd mis palabras: no se alejará ni un segundo de vosotros hasta que hayáis logrado destruirle por completo. Le traiciono en favor de mi venganza, pero sobre todo por vuestra propia seguridad. A cualquier hora del día o de la noche, tanto si le veis como si no, podéis convenceros de que el señor Goëtzi os acechará permanentemente. Por tanto, propongo que escuchéis ahora, en todos sus detalles, un plan del que ya he hablado un poco con Merry Bones y que, si se ejecuta sin miedo, permitirá acabar para siempre con vuestro enemigo común. El momento es propicio para hacerlo, puesto que, mientras lo veamos allá, estaremos seguros de que no nos está escuchando. Al no poseerme a mí, se ve obligado a encerrar en su cuerpo a todos sus lacayos, y ya podéis imaginaros la rabia que le corroe.
Después de que aquellas palabras acallaran cualquier objeción, nuestros amigos se reunieron alrededor de la antigua Polly y la escucharon con suma atención, a excepción del desdichado Ned. Resulta penoso reconocerlo, pero lo cierto es que el joven gentleman no se había recuperado por completo. Aún estaba aturdido, y su restablecimiento dependía del tiempo y de más cuidados.
La desventurada primera víctima del vampiro Goëtzi se expresó del siguiente modo:
—Existe un lugar, prácticamente ignorado, que es probablemente el más extraordinario del mundo. Quienes viven en las salvajes campiñas de Belgrado se refieren a él llamándolo tanto Selene como la Ciudad Vampiro. Sin embargo, los propios vampiros se refieren a él llamándolo Sepulcro, o Colegio. Se trata de un lugar normalmente invisible para cualquier mortal. No obstante, hay quienes han llegado a verlo. Aunque es como si cada uno de éstos se hubiese tropezado con una imagen diferente, hasta tal punto difieren y se contradicen sus descripciones. En efecto, algunos hablan de una gran ciudad de jaspe negro, con calles y palacios como cualquier ciudad normal. Todo permanece en sombras, envuelto en una oscuridad eterna. Otros lo definen como gigantescos anfiteatros, cubiertos de cúpulas semejantes a las de las mezquitas, con minaretes que se elevan hasta el cielo, en mayor número que los pinos del bosque de Dinawar. Otros han visto, sin embargo, un circo, uno solo, de fantásticas proporciones, rodeado por una triple hilera de claustros, cuyas arcadas de mármol blanco desaparecen difuminadas por un crepúsculo lunar que sustituye al día o la noche. Allí se alinean, en un orden indescifrable, las moradas o sepulcros de ese prodigioso mundo que la ira de Dios mantiene amarrado al seno de la tierra, y cuyos hijos, medio espectros y medio diablos, vivos y muertos al mismo tiempo, no consiguen reproducirse, aunque al mismo tiempo están privados también de la posibilidad de morir. A pesar de ello cuentan con mujeres vampiro, que se denominan Upiras. Se dice que algunas de ellas llegaron a ocupar tronos, aterrorizando a la historia. Así como en la Edad Media aquellos hombres de hierro que oprimían a los campesinos, después de ser derrotados se refugiaban en sus inexpugnables castillos, esta ciudadela es un asilo tan inviolable como una tumba. De esa forma, siempre que un vampiro es herido profundamente, de una forma que supondría la muerte para cualquier ser humano, terminará por dirigirse hacia el Sepulcro. Su existencia puede padecer, en efecto, crisis que nunca suponen la muerte, aunque son muy semejantes a su verdadera destrucción. En diferentes lugares de la tierra han sido encontrados reducidos al estado de cadáver, aunque su carne permanecía fresca y tierna, y el mecanismo que tienen en el lugar del corazón continuaba bombeando un líquido cálido y rojo. Cuando llegan a ese estado, están a merced de cualquiera. Pueden ser encadenados e incluso emparedados. No pueden realizar ningún movimiento para defenderse, hasta que la suerte traiga a su lado al sacerdote maldito que tiene la llave, la única con la que se puede dar cuerda al mecanismo de su vida aparente. Para ello, el sacerdote debe introducir la llave en un agujero que todos ellos presentan en el lado izquierdo del pecho, haciéndola girar… El señor Goëtzi se encuentra precisamente en esa situación. Necesita urgentemente que alguien le dé cuerda. Conforme van pasando las horas, va sufriendo un rápido debilitamiento progresivo, hasta que se le vuelva a dar toda la cuerda necesaria para recuperarse. Por eso viaja hacia el Sepulcro. Lo único que le mantiene cerca de nosotros es su ansia por recuperarme a mí, que soy su nexo de unión, su líquido sinovial, si me permiten emplear este término científico que aprendí de él. Como todavía no ha empeorado su salud, no tiene prisa, y aguarda el momento propicio para hacerse conmigo de forma habilidosa o sencillamente por la fuerza… Aproximaos a mí, os lo suplico. La bruma se está espesando y casi no se ve el resplandor del señor Goëtzi. Os puedo asegurar que en cuanto considere que se nos puede acercar sin que le veamos, se meterá en el cuerpo de alguno de nuestros remeros… Nosotros también nos encaminamos al Sepulcro. No os preocupéis. No nos desviaremos casi de nuestro camino, que es prácticamente el mismo. Me conozco de memoria cada atajo hacia ese tenebroso hospital de vampiros. Entraremos entonces en la celda privada del señor Goëtzi y… ¡Un momento! ¡Ya no se divisa nada de la luz verde! ¡Atención!
—¿Y entonces qué? —preguntaron todos al mismo tiempo, con la curiosidad vivamente excitada—. ¿Qué es lo que ibais a decir?
—¡Chist! —siseó la antigua Polly, colocando un dedo sobre los labios—. ¡Escuchad!
Todos oyeron cómo un chapoteo sospechoso agitaba las aguas próximas a la embarcación, cuya estela se veía iluminada con un débil resplandor.
—¡Contádmelo al oído! —suplicó entonces Ann.
La antigua doncella accedió. Era realmente una buena chica, aunque no lo pareciese bajo los rasgos del señor Goëtzi. Todos se fueron acercando, uno a uno, recibiendo el susurro confidencial.
—¡Espléndido! —exclamaron los viajeros—. ¡Es una idea de incalculable valor!
¿Se acuerdan ustedes de la carcajada que pudo oír nuestra querida Ann en el desembarcadero de los Boompies, la noche en que llegó a Rotterdam? Pues bien, algo parecido rechinó en ese momento en el aire y, al mismo tiempo, uno de los remeros experimentó una fuerte sacudida.
—¡Atención! —exclamó la antigua Polly—, ¡el enemigo ha llegado! Sólo hay una forma de protegerme, y cuando os lo diga os habré demostrado definitivamente mi fidelidad. ¡Colocadme otra vez dentro del ataúd de hierro, y sentaos encima!
Acababan de realizar esta fiel sugerencia, cuando el remero atacado hizo un brusco movimiento y exhaló un profundo suspiro. Al mismo tiempo escucharon el ruido de un cuerpo al caer al agua. Al comprender el fracaso de su emboscada, el señor Goëtzi acababa de regresar por donde había venido.
Durante el resto de la noche no ocurrió nada.
Ya había amanecido cuando pasaron por Dusseldorf. Nuestra querida Ann encargó al criado irlandés que se dirigiese a una casa de instrumentos musicales en busca de un laúd que, a pesar de todo, les sirvió para amenizar la monotonía del viaje.
Les dio la impresión de que el señor Goëtzi se había esfumado. Entonces pudieron abrir el ataúd para darle un poco de aire a la desgraciada Polly.
En Colonia abandonaron el Rin para continuar su viaje por tierra. Alquilaron para ello un carruaje y atravesaron Westfalia, Hessen y una región de Baviera, embarcando nuevamente en Ratisbona, en esta ocasión por el Danubio.

No ocurrió nada digno de mención en el viaje de Ratisbona a Linz, de Linz a Viena, de Viena a la antigua ciudad magiar de Ofen, que nosotros llamamos Buda, y de Buda hasta las llanuras de la baja Hungría.
Cierta mañana, al despuntar los primeros rayos de sol, nuestra querida amiga y sus compañeros divisaron, en medio de aquella gloria deslumbrante que supone la luz del cielo oriental, las anchas torres de Peterwardein antes de atisbar la silueta mágica de Belgrado. La vista se perdía por aquellas alegres campiñas perfumadas por el maíz en flor, entre las que discurre el Danubio, ancho en ese punto como si fuese un mar.
Desde que dejaran Viena, no habían visto la menor señal que indicara la presencia del señor Goëtzi, aunque la antigua Polly no paraba de asegurar: «Está aquí.» Y era cierto, al final del viaje, comenzaron a verlo nuevamente nadando sobre el agua con los dos pies por delante, envuelto en una nube de tenue bruma.
Sin embargo se le veía mucho más pequeño, y casi raquítico. Incluso la niebla lívida que lo envolvía se balanceaba como si en cualquier momento fuese a desaparecer.
Muy cerca ya de Belgrado, el señor Goëtzi se aproximó a la orilla y se adentró en tierra entre los juncos. Podría habérsele confundido con otra bocanada de bruma.
—¡Está exhausto, ese malvado miserable! —dijo la antigua Polly, frotándose las manos con placer.
El señor Goëtzi alcanzó la tierra en la orilla cristiana del Danubio, cerca de Semlin, en el banato de Temeswar.
Aún se le pudo ver unos instantes más allá de los juncos, y después se perdió entre las plantas altas de un maizal.
—¡A tierra! —mandó Polly, que se había convertido en el jefe de la expedición.
El bote puso proa hacia la orilla, desembarcaron en tierra y Polly, colocándose de nuevo al frente, se dirigió sin perder un instante hacia la ciudad de Semlin, la primera que hay tras la frontera con Turquía.
—Aprovechando que mi infame seductor se ha visto reducido al último grado —dijo mientras caminaba rápidamente—, y que seguramente se encuentra ya acostado en alguna losa de mármol (porque estamos más cerca de lo que imagináis del Sepulcro), y como ya no tenemos nada que temer de él, puedo daros las últimas explicaciones. Estamos llegando al final de nuestro viaje. Si el tiempo lo permite, podremos ver desde aquí la atmósfera especial que rodea y vela a Selene, la ciudad muerta… aunque es demasiado temprano, lo que me alegra por otro lado, ya que nos quedan aún algunos preparativos por hacer. Debéis saber que los vampiros dividen el día en veinticuatro partes, y que los cuadrantes de sus relojes cuentan por tanto con veinticuatro horas. En la hora decimotercera, es decir, a las once de la mañana, la misericordia divina ha permitido que su poder se detenga por espacio de sesenta minutos exactos. Ése es su mayor secreto, y al revelarlo me arriesgo a las torturas más crueles. Pero estoy dispuesta a todo, con tal de consumar mi venganza. Ahora son casi las ocho, de modo que tenemos unas tres horas para comprar en Semlin carbón, un hornillo, botes de sales de origen inglés y un paquete de velas. No me preguntéis nada; ya veréis vosotros mismos para qué sirve todo esto. También nos hará falta un hábil cirujano, y creo que cuento con el que necesitamos: el doctor Magnus Szegeli, el mejor médico en diez leguas a la redonda, que sólo nos pedirá que le guiemos, porque también él odia a los vampiros. Por desgracia, no puedo ser yo quien hable con él.
—¿Por qué no? —preguntó nuestra querida Ann.
—Porque el señor Goëtzi, señorita, sedujo y se bebió la sangre de dos encantadoras jóvenes que él adoraba y que formaban toda su familia. Por eso, y como mi rostro es el del señor Goëtzi, el doctor Magnus me reconocerá inmediatamente, y ya supondréis que no confiará en mí en absoluto.
Ella se volvió, incapaz de esconder su repugnancia, y exclamó:
—¡Desgraciada! ¿Es que habéis probado la sangre de esas desdichadas muchachas?
—Querida —contestó Polly bajando la mirada—, en nuestra situación no se puede hacer lo que se desea.
—¿Os agradó hacerlo? —preguntó Edward Barton, con la curiosidad característica del buen marino.
Ella recordó por primera vez a su novio con orgullo. William Radcliffe jamás se habría permitido una pregunta tan fuera de lugar como ésa.

Semlin se encuentra en el antiguo castillo de Malavilla, tan frecuentemente invadido, perdido, y finalmente recuperado por los infieles en la Edad Media. Todavía conserva los restos de la fortificación construida por Juan Hunyad. Nuestros amigos compraron allí todas las cosas que necesitaban, y a nuestra querida joven se le ocurrió la idea de contratar a un dibujante. Ella pensaba en todo, pero, por desgracia, la fotografía no había sido inventada todavía. El cirujano esclavonio Magnus Szegeli moraba cerca de la escuela israelita. Nuestra querida joven entró sola en su casa, mientras Ned, Jack y Merry, junto con la desgraciada Polly, se entregaban a la vulgaridad de tomar el desayuno.
El doctor Magnus era aún joven, a pesar de su pelo completamente blanco. Su rostro, arrasado por el dolor, contaba, por decirlo de algún modo, la historia de sus dos hijas. Con las primeras palabras de nuestra Ann, y en cuanto comprendió que se trataba de una lucha contra los vampiros, cogió su maletín y lo blandió enérgicamente, impulsado por su ansia de venganza. Tal y como le había dicho Polly, Ann le pidió también que llevase uno de aquellos largos cucharones de hierro, de los que se usan para servir la sopa en casa de los pobres, cuyos bordes fueron convenientemente afilados. El uso de semejante instrumento sólo será revelado en su debido momento y en su debido lugar.
Es bueno indicar que el número de jóvenes devoradas por vampiros en los alrededores de su refugio es mucho menor de lo que cabría esperar. Para no provocar altercados en la región, los vampiros han acordado entre sí no cometer la menor fechoría al menos en quince leguas a la redonda. Por ese motivo, y temiendo ser castigado por los suyos, el vampiro Goëtzi no se había atrevido a convertir en secuaces a las dos muchachas de Szegeli, cuyos cadáveres, convenientemente preparados, había convertido únicamente en objetos de arte.
Nuestra querida Ann regresó junto a sus amigos y se encontró a Polly encerrada nuevamente en el ataúd de hierro, una precaución necesaria por partida doble: primero para que el doctor Magnus no reconociera en ella al señor Goëtzi, y después para evitar a la desgraciada joven la tentación de escapar o de traicionarlos, puesto que, a pesar de que su arrepentimiento parecía sincero, seguramente habría adquirido entre sus antiguos amos muy malas costumbres.
Salieron a las diez en punto, que es la hora veintidós, de acuerdo con los relojes del Sepulcro. El tiempo era espléndido, con un clima semejante al de la dulce Italia. La latitud de Semlin se encuentra en el paralelo que pasa entre Venecia y Florencia. Nuestros expedicionarios caminaban silenciosos y taciturnos en medio de los campos de mijo y maíz, cuyas cercas habían sido construidas con adelfas. Ella abría la marcha, seguida de cerca por su criado Grey—Jack y Merry Bones, que cargaban el ataúd de metal. Detrás de ellos venía Ned Barton, el gentleman, cargado con el saco de carbón, el hornillo y un paquete de velas. Cerraba la marcha el doctor Magnus, cuyo dolor entorpecía su andar. No piensen que me he olvidado del pintor. Éste erraba de un lado para otro, con la despreocupación característica de los artistas.
Los acontecimientos sobrenaturales tienen lugar normalmente alrededor de la medianoche, favorecidos por la más impenetrable oscuridad. Es en este detalle, si me permiten la observación, mylady, caballero, donde este relato completamente histórico refleja sus características completamente originales. Promediaba el día y el sol despedía sobre la naturaleza sus resplandores más espléndidos. No había ni siquiera la posibilidad de un engaño.
A tres cuartos de legua de Semlin, en dirección a Peterwardein, el paisaje comenzó inesperadamente a cambiar de aspecto. Terminaron las adelfas, los groselleros y las hortensias. El fértil verdor del maíz en ciernes desapareció también. El suelo, tan feraz momentos antes, cobró un tinte opaco, como si acabase de caer sobre él una lluvia de cenizas.
Simultáneamente el cielo azul se tornó gris, y algo sencillamente indescriptible, como una pantalla de tristeza, se interpuso delante del sol.
Aquellos indicios fueron aumentando con inusitada rapidez. En apenas cinco minutos nuestros expedicionarios creyeron estar separados por una enorme distancia de todos los objetos que hacía un momento les rodeaban.
Instintivamente, el grupo se estrechó, buscando en el cielo el sol que acababa de esconderse detrás de la mentira de esa noche.
—¡No os detengáis! —dijo Polly desde el ataúd.
Y continuaron con las piernas temblando, la cabeza confusa, y el pecho oprimido por un peso desconocido. Titubeaban, tropezando entre ellos. Se habría dicho que estaban profundamente borrachos, o incluso atacados por una repentina ceguera.
Porque les rodeaba la más absoluta, la más densa e impenetrable oscuridad.
—¡Proseguid la marcha! —insistió la ahogada voz de Polly.
Continuaron. ¿Puede existir algo más negro que la noche? Si existe, era ese algo el que los envolvía ahora, frío como un sudario. Llevaban ya un buen rato sin que se oyera el menor ruido exterior. La naturaleza ya no respiraba.
La voz del ataúd de hierro dijo, en medio de aquel silencio sin nombre:
—¡Alto!
Obedecieron e inesperadamente, junto a ellos, casi iba decir que entre ellos, de tan íntimamente como les envolvió el sonido, pudieron escuchar el tañido de una potente campana, clara como una nota de armónica, que tocaba lentamente la hora veintitrés.
Con la vigesimotercera campanada desaparecieron las tinieblas y apareció el Sepulcro. Nuestros amigos se encontraban en el mismo centro de la Ciudad Vampiro.
Esta ciudad, orgullosa bajo la maldición de Dios, es llamada también Selene, que es el nombre griego de la luna. Se sabe que muchos autores piensan que la luna es la patria de los vampiros.
Allí, en aquella ciudad muerta que ahora rodeaba a los expedicionarios, faltaba absolutamente de todo: la vida, el color y el movimiento. Pero lo más impresionante en medio del silencio era el fantasmagórico esplendor de una increíble y maravillosa decoración, cuyas tristes riquezas resultaban indescriptibles.
Empecemos por el edificio principal, situado en medio de un gran espacio circular. Imaginen ustedes una rotonda gigantesca en la que se solaparan los órdenes de la antigua arquitectura de acuerdo con una bestial aunque sabia imaginación, vinculada con las más sorprendentes audacias del arcaísmo asirio, de los sueños chinos y de los caprichos hindúes.
Era un santuario, un torreón, una Babel gigantesca de pórfido pálido, con delicados matices de ese tono indefinido conocido como «verde mar». Tremendos bloques de esa piedra, opaca y al mismo tiempo translúcida como el ámbar, se unían mediante finas juntas de mármol negro. La primera ordenación, que formaba el peristilo por encima de una plataforma circular que contaba con trece escalones, se hallaba constituida por columnas dóricas, anchas como las del templo de Pestum, pero de proporciones mayores, lo que daba una impresión de ciclópea solidez. Entre ellas aparecían ventanas moriscas de grandes arcos.
La segunda ordenación era de estilo jónico, en la medida en que esa designación reservada al arte puro pueda ser utilizada para describir fórmulas exageradas hasta el salvajismo. En él podían verse ventanas trilobuladas. La tercera ordenación acanalaba sus columnas corintias por delante de los muros, levantados más atrás y perforados por ojivas cortadas. La cuarta ordenación era una mezcla compuesta por infinidad de adornos producidos por una imaginación desbordante, que delataban cierto gusto por transgredir las normas, y que exhibía unas ventanas en forma de estrellas. Y finalmente la quinta ordenación, que sujetaba la cúpula del techo, plana como una pátera invertida y coronada por otra copa menor, de la que brotaba un haz de llamas, no permitía ninguna denominación técnica; se trataba de una eflorescencia de columnillas, nervaduras, una explosión de lianas nacaradas que jugueteaban con todos los estilos, completamente fuera de cualquier regla y en abierto desafío a las limitaciones que se imponen a lo feérico.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención en este colosal templo, grandioso y frívolo al mismo tiempo, magnífico aunque triste hasta la melancolía, era la sobresaliente desmesura de sus capiteles y frontones. El estilo dórico ensanchaba sus frisos y cornisas, el jónico ampliaba y estiraba sus volutas, el corintio desplegaba sus hojas de acanto y, para finalizar, el orden compuesto multiplicaba sus frondas de tal forma que el conjunto constituía una escala de refugios anchos y profundos, situados en forma de parasol, lo que le confería al conjunto una apariencia de pagoda.
Entre cada par de columnas, en el peristilo, podía verse un tigre de pórfido, agazapado, con sus garras sobre el corazón destrozado de una doncella caída.
En el exterior, rodeando la plataforma circular, se alineaban veinticuatro pedestales con otras tantas estatuas de doncellas, todas maravillosamente bellas, pero ultrajadas y rendidas por un enemigo invisible.
Estas estatuas rodeaban la ancha plaza que completaba el centro del rosetón, del que partían las seis avenidas o calles que formaban la Ciudad Vampiro.
Cada uno de aquellos barrios parecía gigantesco, prolongando hasta perderse de vista sus innumerables palacios, cuyas perspectivas desaparecían en medio de una niebla opalina. Cada palacio era diferente de los demás, aunque diseñado conforme a estudiadas analogías, lo que le otorgaba a la vista una sensación de armonioso paralelismo.
Todas aquellas pálidas magnificencias pertenecían a la muerte. No había el menor ruido o movimiento. Nada parecía respirar allí. El sueño eterno acechaba incluso al aire, en el que no se agitaba un solo soplo.
A pesar de todo, lo más impresionante era la grandiosidad de la necrópolis, cuya espantosa soledad no es posible describir con palabras.
Allí no había nada, a pesar de que la gran acumulación de maravillas arquitectónicas reflejaba enérgicamente la intervención del hombre. Nada ni nadie. No había ni siquiera una sombra a lo largo de aquellas blancas perspectivas, o bajo las columnatas que se alejaban en todas direcciones hacia el infinito. Las pálidas flores de sus jardines descansaban sobre tallos estáticos. Incluso los chorros de las fuentes sucumbían al encantamiento de este extraño sueño y permanecían inmóviles, suspendidos en el aire.
Ustedes ya saben que el tedio, ese desaliento de la inteligencia, lo hace todo grande, incluso la inmensidad. El crepúsculo, claro y frío como un rayo de luna, hería al mismo tiempo y por todos lados la simétrica aglomeración de monumentos, construidos todos con el mismo tipo de piedra, semitransparente e incolora, que no producía sombras.
En medio de aquella majestuosidad de silencio y muerte se veía un leve sentimiento de despertar. En ese desenfreno de estilos, en la loca promiscuidad de ese arte, podía saborearse una orgía. Pero era una orgía que parecía aletargada. ¿En qué se transformaría aquella Babilonia de tumbas cuando despertase…?
El sonido de la campana de cristal resonó durante un buen rato en la atmósfera silenciosa.
Nuestros viajeros se mantenían mudos de asombro. Mientras nuestra querida Ann intentaba sin éxito medir con la mirada aquellas fantásticas maravillas, Merry Bones profería un rosario de blasfemias celtas y Grey—Jack escudriñaba en las profundas perspectivas con la lejana esperanza de descubrir en ellas el cartel de alguna taberna. El pintor cogió sus lápices. El doctor Magnus, ¡desgraciado padre!, contaba, con los ojos llenos de lágrimas, las estatuas de las doncellas.
—¡Vamos! ¡Adelante! —azuzaba Polly Bird desde el ataúd de hierro—. No hay que pararse con las bagatelas de la entrada. ¡Tenemos el tiempo justo! ¡Sigamos! El señor Goëtzi vive en el barrio de la Serpiente. ¡Adelante!
En la esquina de cada barrio, un pedestal sostenía la estatua del animal que daba nombre a aquellas manzanas. Merry Bones se colocó nuevamente en cabeza y, al encontrar la estatua de la serpiente, se adentró entre las dos filas de mausoleos que la estatua separaba. A partir de allí, la avenida se iba ensanchando. En este punto se adueñó de Ann una sensación de inmensidad al ver la infinidad de calles que brotaban de allí, uniéndose a otras más, mientras la principal se hundía en vertiginosas cuestas. Desde cerca, cada sepulcro era un monumento considerable; algunos de ellos pertenecían sin duda a la nobleza de los vampiros, porque tenían las dimensiones de un palacio real. ¡Había centenares!… ¡Millares!
Cada mausoleo presentaba un nombre escrito en letras negras, justo encima de la entrada principal. En su mayor parte se trataba de nombres completamente desconocidos, aunque había algunos cuya mera presencia en aquel lugar podría haber explicado mejor muchos de los enigmas de la historia pasada y presente: nombres de usureros malditos, de personas cuya escandalosa riqueza supone la miseria de los pueblos, nombres de cortesanas obscenas y grotescas que habían arruinado costumbres y propiedades, y también los nombres de muchos a quienes el arte servil y la necia poesía glorifica como a grandes conquistadores, únicamente porque aplastaron al débil por la fuerza y construyeron su fama atroz sobre humillaciones, sangre y lágrimas.
En más de una ocasión, al pasar frente a uno de aquellos fastuosos templos en el que dormía algún famoso azote de la humanidad, nuestra querida joven intentó acercarse, pero la voz de Polly Bird, que se impacientaba y temblaba de terror en el fondo del féretro metálico, gritaba inmediatamente:
—¡Deprisa! ¡Aquí siento vida, y se nos está agotando el tiempo!
Caminaban rápidamente, por un camino que parecía no tener fin. Nuevas calles aparecían constantemente, y nuevas tumbas sucedían a las anteriores, obligándoles a seguir caminando sin descanso. No hallaron ni un solo ser vivo en aquel interminable trayecto.
Finalmente Polly, que iba reconociendo el camino gracias a los orificios del ataúd, dijo repentinamente:
—Ya llegamos. Sujetadme bien, porque por más que odie a mi amo, su corazón es capaz de atraerme como el imán al hierro, y a pesar de mis intenciones, enseguida me afano por adentrarme en él.
Dentro del cajón de hierro se sentían, en efecto, las sacudidas de la desgraciada, que se rompía las costillas contra las paredes metálicas.
—¡Alto! —gritó al fin—. ¡Hemos llegado! ¡Es aquí!
Puesto que el señor Goëtzi no era rey, ni tirano, ni tribuno, ni filósofo, ni fundador de un banco, ni barón Iscariote, ni baronesa Friné, no podía aspirar a entrar dentro de la aristocracia de los vampiros. Se trataba apenas de un simple doctor que, además, ni siquiera ejercía. Por ello, sólo tenía un mezquino sepulcro, que casi daba pena al lado de tan augustas tumbas. En realidad era únicamente una pobre capilla de estilo griego bárbaro, apenas un poco más grande que San Pablo de Londres, cuya arquitectura levemente modesta no tendría más de cuatrocientas o quinientas columnas. Se veía acomplejada a un lado por el mausoleo de un primer ministro de Prusia, y humillada por el otro por la catedral de una vieja malhechora francesa cuyo oficio fue, es y será, el beber en París la sangre de los imbéciles: ya fuera de los más insignes cruzados como de villanos sin distinción, siempre que existiera algo de oro en las venas de esos idiotas.
En medio de la fachada, sobre una lápida de jaspe negro, podía leerse el nombre del señor Goëtzi escrito en letras de color verde mar, tenuemente luminosas, del siguiente modo:

Gweqee

Nuestra querida joven sintió no tener a su lado a William Radcliffe, que sabía tanto griego como un turco. Tuvo que utilizar al doctor Magnus quien, a pesar de su dolor, fue capaz de explicarle que ese nombre parecía haber sido construido con dos raíces diferentes, una de las cuales declinaba del sustantivo tierra, al tiempo que la otra conjugaba el verbo hervir.
—¡Volcán! —gritó Ann—. ¡Está claro que se trata de un nombre de catástrofe!
Ella ya sabía lo que debía hacer. Preguntado más tarde, William Radcliffe descubrió que el nombre estaba equivocado y erróneamente construido.
—¡Abrid! —mandó mientras tanto Polly, que se agitaba dentro del cajón—. ¡Abrid y entrad! La más leve demora de un minuto puede exponernos a las más terribles catástrofes.
Franquearon la escalinata y el peristilo. La puerta principal no se encontraba cerrada con llave. Entraron. En el interior, el sepulcro presentaba una gran nave, rodeada de un claustro que la dominaba y sobre el que había una galería de dos pisos: todo se hallaba coronado por una cúpula bizantina. Los muros, las columnas, la bóveda, todo había sido construido con esa piedra ámbar que nuestra Ann acostumbraba a llamar «lunar» y que era casi transparente. Frente a los pilares había una hilera de estatuas, muy juntas unas de otras, y que representaban doncellas, formando un círculo alrededor de una lápida de pórfido situada justo en el centro de la nave.
Las jóvenes doncellas extendían hacia la lápida sus brazos ligeramente redondeados, que sostenían una guirnalda sin fin.
Más adelante todavía, encima de una fila de trípodes nínives, descansaban unos sahumadores de alabastro en los que prendía un desconocido licor, tan pálido que el fuego del espíritu del vino habría parecido rojo a su lado.
En la lápida central descansaba el señor Goëtzi, que yacía de espaldas y con los brazos pegados al cuerpo. El canalla parecía reducido a la nada, sin carne, deshecho y arrugado como un pergamino mojado que se acaba de secar al sol.
—¡Ah, mi querido señor! —exclamó Polly, que se entregaba a exageradas contorsiones dentro del ataúd de hierro—, ¡con qué alegría correría en vuestra ayuda de no estar prisionera! —Sin embargo añadió, casi sin tomar aliento—: ¡Vamos, vosotros! ¡No seáis perezosos! ¡Sacadle el corazón sin hacerle daño!
Pido a ustedes que me permitan utilizar aquí una palabra absolutamente chocante, pero que las circunstancias exigen. Nada es más fétido que un vampiro cuando está libre y en su morada. A pesar de que se quemaban innúmeros sahumadores, el señor Goëtzi, que se encontraba muy corrupto además, despedía un olor tan repulsivamente hediondo que nuestros amigos habrían muerto de asfixia, de no ser por los frascos de sales inglesas que habían comprado en Semlin. ¡Ése es el motivo por el que la baronesa contaba con tantos fabricantes de perfumes!
El doctor Magnus cogió su maletín, pero sus manos temblaban terriblemente y comprenderán ustedes por qué cuando les diga que el desventurado padre acababa de reconocer a sus dos hijas entre aquellas estatuas.
—¡Vamos, no os detengáis! —insistía Polly—. Cada minuto es importante. ¡Arrancad el corazón de mi desdichado amo con habilidad y suavemente!
Es cierto que Merry Bones era un irlandés pero, por mi honor, que no se arrugaba ante ninguna empresa. Le arrebató el maletín al doctor Magnus, mientras gritaba:
—¡Que el infierno me lleve si no soy capaz de realizar esta operación! Trabajé como ayudante de carnicero en Galway, y a mucha honra.
—¡Adelante, muchacho! —gimió la voz desde el féretro—. ¡Hazlo firmemente, pero sin que sufra mi amo! El criado irlandés se remangó. Nuestra querida Ann, completamente emocionada, se había colocado en una cómoda posición para poder ver bien cuanto ocurría. Ned Barton y Grey—Jack vigilaban el cajón de hierro, que constantemente amenazaba con abrirse. El doctor Szegeli se encontraba al lado de Merry Bones, dispuesto al menos a dirigir la operación.
El joven pintor esclavonio se había sentado sobre su silla plegable, haciendo unos bocetos.
Evidentemente, no sabría describir con palabras científicas la cirugía que se realizó. Además, puede que no fuese algo demasiado conveniente. Será suficiente con que explique que el señor Goëtzi mantuvo los ojos abiertos y la mirada fija durante todo el tiempo que duró la operación. Su rostro permaneció tan rígido como su cuerpo, reducido a un estado raquítico lamentable.
—Con que le hubiesen dado únicamente veinticuatro horas —decía Polly—, mi querido amo se encontraría gordo y lleno de vitalidad. ¡Cortad! ¡Vamos, cortad! ¡Más hondo! ¡Ay, cómo le amaba!
Al quitarle al paciente la camisa, todos pudieron observar en el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, un diminuto orificio redondo con un diámetro semejante al del canuto de una pluma, del que manaba gota a gota la sangre roja. Justo en el momento en que quedó al descubierto este extraño mecanismo de la vegetación de un vampiro, la cúpula comenzó a despedir sonido, mientras los muros, el claustro y las galerías cobraban voz. Fue algo así como una música plañidera, frágil como la luz ambiente, como los mármoles del edificio, o como los titubeantes resplandores que morían en los sahumadores.
El criado irlandés manejó a conciencia el escalpelo, demostrando sus aptitudes de carnicero. Sin embargo, ni una lágrima de sangre manó bajo el filo de acero. Estaba claro que lo único que quedaba se encontraba en el corazón, y que su carcasa estaba ya muerta y reseca. Polly dijo:
—¡Con cuidado, por favor! Mi vida se encuentra unida a la de mi amo por un nervio que habréis de seccionar antes de tocar el corazón. Encontraréis once de estas terminaciones en el pericardio: una para cada uno de mis compañeros. La mía es la primera a la derecha. ¿La veis?
—Sí —reconoció Merry Bones, mientras la cortaba con suma delicadeza.
La antigua Polly experimentó tal descarga que el ataúd de hierro saltó en su sitio.
Entre tanto el corazón había quedado completamente descubierto: aparecía más rojo que una cereza y en perfecto estado de conservación. Nuestra querida Ann, sujetando el frasco de sales bajo la nariz, lo examinaba llena de curiosidad. Ella nunca despreció la oportunidad de aprender.
—¿El hornillo ha sido bien encendido? —preguntó la doncella desde el cajón.
—Sí —contestaron Ned y Jack, que se habían encargado de ello.
—¡En ese caso, adiós, amor mío! Os lloraré durante mucho tiempo… ¡Arrancadlo!
Merry Bones cogió de manos del doctor Magnus el cucharón de hierro que habían afilado cuidadosamente, y hundiéndolo hábilmente bajo el corazón, retiró intacta la víscera.
La mirada del señor Goëtzi perdió su brillo y se tornó opaca.
La música, fenomenal vibración de los bloques de pórfido, se extendió como un terrible quejido.
—¡Deprisa! —gritó Polly—. ¡Abrasad el corazón de mi seductor! ¡Quemadlo enseguida! Pero tened cuidado de no perder las cenizas, porque creo que nos serán muy necesarias. ¿Qué hora es?
Nuestra querida amiga echó un vistazo a su reloj, que marcaba las doce menos cuarto.
—¡Ahora todo depende de vuestra rapidez! —prosiguió Polly—. El camino que conduce desde aquí hasta la plaza central es largo y sólo existe una entrada. ¡Avivad el fuego!
La obedecieron. Todos comenzaron a soplar sobre las brasas, en el hornillo, y sobre las ascuas colocaron el corazón del vampiro, que inmediatamente comenzó a crujir y a despedir humo. Empezó además a arder. Despedía llamas como si fuese un pudding bañado con ron. Mientras tanto, el cuerpo del vampiro disminuía de tamaño sobre su lápida y sus ojos, animados con horrorosos impulsos, giraban y giraban…
El cucharón comenzó a ponerse al rojo vivo. El criado irlandés lo sujetaba con su chaqueta mojada y plegada varias veces. Los demás soplaban sin parar, exhortados por la voz del ataúd.
El corazón cayó convertido en brasas. Lo que restaba del señor Goëtzi, sobre la lápida, era únicamente un montoncillo de materia transparente a través del cual podían verse algunas cosas muertas: un loro, un perro, una mujer calva, un mesonero barbudo y un crío que sostenía un aro.
La tenue melodía dejó de escucharse, la fría llama de los sahumadores se apagó, las estatuas de las doncellas, después de caer en silencio de sus pedestales, yacían sobre el polvo de pórfido que formaba el suelo, y el enorme cuco negro del reloj holandés volaba en círculos alrededor de la cúpula, desplegando sin cesar sus silenciosas alas.
—Ya hemos terminado el trabajo —dijo Polly, cada vez más calmada en el interior del cajón metálico—. Durante un instante sentí vértigo, pero ya pasó. Ahora tenemos que salir de aquí. Supongo que habréis oído hablar del doctor Samuel Hahnemann, el inventor de la doctrina homeopática. Siempre que me encuentro bien, no creo demasiado en la medicina, pero es evidente que el mejor remedio contra los vampiros es la ceniza de uno de ellos. Tomad algunas pulgadas de la del amo para serviros de ella cuando llegue el momento, y guardad el resto en el fondo del cucharón. ¿Qué hora es?
—Faltan cuatro minutos para las doce —le contestaron.
—¡Rápido entonces! ¡Vamos con esas piernas! ¡Llevadme con vosotros!
Inmediatamente dejaron el monumento cargando consigo el hornillo, ahora inútil, y lo que quedaba de la bolsa de carbón. Edward S. Barton y el pintor esclavonio cargaban con el cajón de hierro, puesto que Merry Bones tenía que proteger sus espaldas con el cucharón en el que se encontraban las cenizas del corazón del vampiro sacrificado. No se burlen de esta medida. Enseguida conocerán ustedes el extraordinario poder de esta medicina.
Respecto al desgraciado padre, el doctor Magnus Szegeli, se obstinaba en cargar con él las estatuas de sus dos hijas. Al no poder hacerlo, ya que eran muy pesadas, se lanzó sobre los restos del vampiro, apoderándose de ellos, con la intención de pisarlos a gusto en su gabinete, sometiéndolos a las mayores humillaciones. Ella no se atrevió a censurar aquella pueril, aunque legítima venganza.
Salieron fuera. En el exterior todo permanecía mudo y quieto como antes, aunque algo parecía haber cambiado en los colores uniformes de las tenebrosas y fantásticas perspectivas. Así como la aurora despierta a la noche, lanzando misteriosos destellos sobre las tinieblas, del mismo modo el color intentaba aparecer entre aquellos pálidos y majestuosos monumentos. Podía verse algo de rojo en el descolorido ambiente, y el silencio parecía murmurar de forma confusa…
Los expedicionarios avanzaban a toda velocidad por las calles de Selene, constantemente acuciados por los exhortes de Polly, que desde el fondo del cajón de hierro gritaba hasta la saciedad como si fuese un jockey de Epsom. Y en efecto, ya podían ver que no estaba equivocada. El murmullo que flotaba en el silencio iba creciendo; los destellos, tenuemente rojizos, se iban intensificando, y empezaba a escucharse el ruido del aleteo del enorme cuco negro que continuaba revoloteando en círculo sobre ellos.
En el preciso instante en que nuestros amigos alcanzaban el paso señalado con la estatua de la serpiente, el animal de pórfido, de fenomenales dimensiones, comenzó a ondular lentamente mientras sus anillos, casi diáfanos y hasta ese momento incoloros, adquirían una tonalidad verdosa de indescriptible riqueza.
También en ese mismo momento, un sordo y apagado rumor, procedente de la cúpula central, invadió el espacio con una sucesión de rítmicas vibraciones, y toda aquella pálida quietud que las plazas de la ciudad muerta reflejaban hasta donde alcanzaba la vista, cobró vida repentinamente: una vida verde de cruda y violenta nitidez, en la que las líneas de las junturas de las piedras, que habían sido negras, al adquirir entonces una coloración escarlata, trazaban constantes zigzags de fuego…
Era un espectáculo maravilloso, aunque horrible, y esas tenebrosas maravillas ensombrecían y realzaban sus horizontes infinitos, haciendo que la mente sucumbiese en un mar de espanto.
Polly no paraba de decir:
—¡Apretad el paso! ¡Corred! ¡Escapad de la muerte que se os viene encima! ¿Qué hora es?
—Las doce menos un minuto.
—¡Deprisa, desgraciados! ¡Corred! ¡Vuestra vida está en juego!
Los expedicionarios corrían jadeantes, tropezando constantemente, y bañados por ese helado sudor que la fiebre hace manar sobre el ardiente cuerpo. Se encontraban en medio de la plaza central cuando la trepidante campana de cristal lanzó al aire el primer tañido de la hora veinticuatro. El pájaro negro movió sus alas profiriendo un triunfal cu—cú. De arriba abajo, las ventanas abiertas del enorme santuario dejaron pasar resplandores de hornos que parecieron incendiar sucesivamente el aire, mientras el verde oscuro de los muros se cuadriculaba con líneas de llamas.
En ese momento las doncellas del peristilo comenzaron a contorsionarse y a retorcerse mientras gritaban bajo las garras de los tigres; y las estatuas adquirieron unas poses lascivas sobre sus encendidos pedestales.
La oscuridad y el resplandor, la noche y el día, la gracia y el horror; todo se mezclaba en ese momento y en ese lugar, confundidos en salvaje e infernal promiscuidad. Ya no era ni siquiera un sueño, una pesadilla, un delirio. Era la orgía, el desenfreno de todos aquellos espectros unidos, una guerra, un huracán. La campana de cristal no cesaba de tocar. Después de cada campanada, el pájaro negro profería su salvaje grito, cuya intensidad iba aumentando a medida que el espacio, cada vez más caliente, cubría con los resplandores más sorprendentes aquellas prodigiosas construcciones donde el fuego parecía ser el cemento de aquellos bloques esmeralda.
Con la duodécima campanada, los ramilletes de columnatas y nervaduras de la cúpula más alta se encendieron, avivados por el aleteo del pájaro negro. Las puertas de todos los mausoleos se abrieron en ese momento.
Nuestros amigos, exhaustos de tanto correr, ya no sabían por dónde escapar de aquella plaza rodeada de caminos uniformes, mientras Polly Bird, enloquecida de espanto, les gritaba sin parar: «¡Corred! ¡Vamos! ¡Daos prisa!», sin preocuparse por darles las indicaciones necesarias. Giraban a toda velocidad, jadeantes y sin aliento en un círculo mortal, sin percibir que no avanzaban un palmo y que ya habían pasado diez veces por el mismo sitio. Finalmente Polly gritó: —¡Por el camino del Noctilio! ¡La puerta se encuentra a ese lado! ¡Corred, por el Cielo y el Infierno! ¡Vuestra vida está en juego!
Se abalanzaron hacia uno de los seis grandes barrios que formaban la roseta, cuyo símbolo era la estatua de un gigantesco murciélago. Los otros cuatro símbolos eran una araña, un buitre, una sanguijuela y un gato. Es oportuno decir que Ned Barton y todavía más Grey—Jack, estaban ansiosos por dejar caer el ataúd de hierro que tanto frenaba su carrera, pero ¿cómo escapar sin la ayuda de Polly de semejante laberinto? No veían ninguna salida.
Mientras tanto la campana de cristal lanzaba sus últimos tañidos. En todos sitios el movimiento seguía a la inmovilidad y el ruido al silencio. A través de las puertas abiertas se veía el interior de los mausoleos, cuyos moradores se levantaban sobre sus lápidas, entregándose a su arreglo personal. Algunos incluso aparecían ya en los umbrales: hombres de gran estatura aunque afeminados casi siempre, mujeres también muy altas y de altiva figura, y todos ellos hechos de una materia verde jaspeada de púrpura, con radiantes ojos amarillos y labios de los que saltaban chispas y que ardían como brasas bajo el fuelle de una fragua. Sobre sus hombros flotaban largos velos purpúreos y en el fulgor cada vez más intenso que incendiaba el ambiente, resultaba fácil descubrir en el costado izquierdo de sus pechos, en el lugar del corazón, un orificio sangrante del que pendía siempre una gota roja.
¿No se habían despertado del todo, o es que nuestros amigos se encontraban bajo el influjo de alguna protección? Aquellas espantosas criaturas no parecían haberles visto todavía, a pesar de que nada escondía su fuga. Polly Bird ni siquiera se atrevía a hablar desde el interior del cajón de hierro, por temor a atraer su atención hacia los fugitivos. Nuestra querida Ann, al comprobar que sus pobres piernas no aguantaban más y que pronto se negarían a seguirla sosteniendo, le encomendó su espíritu a Dios. Ned estaba enfadado; Grey—Jack, a pesar de que era un inglés de pura cepa, tenía la carne de gallina, y al propio Merry Bones aquella situación se le estaba haciendo eterna.
—¡Valor! —clamó en un susurro Polly Bird, al verlos flaquear—. ¡Un último esfuerzo! Ya nos encontramos cerca del sepulcro del portero. Bastará con que le echéis en los ojos un poco de ceniza de mi difunto seductor, y podremos pasar. ¡Aguantad!
Pero cuando el gran pájaro negro, posado ahora con sus alas desplegadas en medio del fuego que coronaba la gigantesca cúpula, lanzó un último cu—cú y en el aire resonó la última campanada, pudieron oír un grito lejano seguido por el ruido de un cuerno.
Después, con mágica rapidez, los gritos se fueron aproximando, los sones de las trompetas también, de forma que antes de que pasara un segundo, nuestros amigos se vieron rodeados por un sordo clamor sobre el que se destacaba la atronadora voz de los cuernos. Los gritos parecían hablar en un idioma desconocido, mientras los cuernos tocaban una marcha militar cuya algarabía, capaz de desgarrar cualquier tímpano, no puede describirse con palabras. Simultáneamente, unos tambores invisibles redoblaron a los cuatro vientos convocando a todos los vampiros, mientras la campana de cristal tocaba a rebato.
—¡Estamos al lado de la puerta! —gritó Polly Bird—. Están gritando: «¡Tumba violada! ¡Muerte de un vampiro!» Pero da igual. ¡Un último sacrificio y nos encontraremos fuera!
Era cierto. Nuestros expedicionarios ya podían vislumbrar el alto muro de pórfido, fantástica cintura de tanta maravilla y el profundo, estrecho y bajo túnel, que era la única entrada a la Ciudad de los Vampiros. Seguramente pasaron por él en su camino, aunque ahora no lo recordaban.
Y puesto que ya habían dejado atrás los últimos mausoleos, no encontraron a nadie que se interpusiera entre ellos y la puerta, abierta de par en par, tras la cual reinaba una completa oscuridad.
Pero el griterío, la algarabía, la alarma general y el toque a rebato, mezclados con todo tipo de ruidos añadidos, subía de volumen como si fuese una marea de ensordecedor estruendo, y repentinamente una multitud de hombres, mujeres, cuadrúpedos, pájaros y reptiles, todos verdes y rojos, con ojos de un amarillo intenso, apareció en el camino principal procedente de todos los accesos, invadiéndolo en un santiamén.
—¡Muerte a los profanadores! ¡Muerte a los profanadores! ¡Portero, cierra la puerta! ¡Baja los barrotes e iza el puente! ¡Soltad los dogos, los tigres, los leones, las serpientes y los cocodrilos! ¡Sepulcro ultrajado! ¡Muerte de un vampiro! ¡Queremos su sangre… su sangre… su sangre!
Entonces ocurrió algo sorprendente. No se percibió el menor movimiento al lado de la puerta que respondiese ante aquel griterío acuciante. El portero no apareció. Los barrotes permanecieron suspendidos en el aire y el puente levadizo no fue izado. No aparecieron ni los dogos, ni los tigres, ni las serpientes, ni los cocodrilos. Si me lo permiten, ahora les explicaré lo que ocurrió. El cargo de portero, al existir una única puerta, es un cargo muy importante. Por ese motivo, y para evitar problemas, el cargo es desempeñado por turno, durante veinticuatro horas, por cada uno de los habitantes de Selene. Ese día el turno le correspondía al señor Goëtzi, y al tener fama de ser un vampiro extraordinariamente puntual, su predecesor se retiró después de la primera campanada de la hora veinticuatro.
Evidentemente cometió un grave error, y seguramente sería severamente castigado por ello.
Ese es el motivo por el que nuestros amigos fugitivos no se encontraron con nadie que pudiera cerrarles el paso. Aunque, ¡válgame el Cielo!, no por ello su situación era menos complicada. La muchedumbre de alborotadores y airados enemigos crecía con vertiginosa rapidez. Ya se desbordaba a ambos lados, cuando la voz del ataúd gritó:
—¡Cuidado, Merry Bones! ¡Cuidado!
El valiente irlandés se giró, y el aliento de un gigantesco canalla de verde, que le pisaba los talones con sus fauces abiertas, le abrasó el rostro, mientras dos perros monstruosos saltaban sobre él intentando hacer presa en su garganta, al tiempo que algunos reptiles se deslizaban silbando entre sus piernas.
La situación se hizo todavía más crítica, porque justo entonces la muchedumbre desbordaba ambos flancos ladrando, bufando, gritando y rugiendo: «¡Muerte! ¡Muerte!», mientras nuestros amigos, exhortados por la voz de Polly, perdían por completo el control de sí mismos.
Merry Bones ni siquiera llegó a pararse un cuarto de segundo, pero fue tiempo suficiente para que el gesto le separase del resto de sus compañeros, que atravesaron el túnel dejándolo a él solo, en medio de la Ciudad de los Vampiros.
Ella nunca habría aceptado voluntariamente dejar atrás a nadie, aunque fuese irlandés, y menos a merced de tan espantosos enemigos; pero Polly apresuraba la escapada como una posesa, conocedora del tipo de tortura que le esperaba si llegaban a capturarla (y además veremos que también tenía el ambicioso proyecto de convertirse en la única heredera del señor Goëtzi). Ned Barton y Grey—Jack, obedientes, franquearon el túnel y el puente levadizo corriendo como liebres.
Ann iba justo detrás, sin saber si ya se encontraba a salvo, o por lo menos fuera de la ciudad maldita.
Únicamente se giró después de sobrepasar el foso, y entonces pudo ver a través de la boca del túnel un espectáculo magnífico e infernal que muy pocas personas han conseguido contemplar a lo largo de los siglos. Por muy audaz que fuese su temperamento, Ella nunca sentiría nostalgia de los momentos que acababa de vivir en medio de aquellos increíbles horrores, a pesar de lo cual quedaría en su mente para siempre un eterno deslumbramiento y, gracias al instinto de su carácter poético, permanecería grabada en ella la impresión de esos milagros que manifestaban un poder que no era el de Dios. En especial, recordaría el momento del despertar, ese minuto en que la sepulcral fantasmagoría se coloreó con las tonalidades de una orgía, dejando en ella un recuerdo tan vivo como una herida.
La vio todavía una vez más a través de la boca del túnel, que se abría en medio de la gruesa muralla: la orgía saltaba y se contorsionaba en un mar de luces verdes y rojas; y más allá de los tumultuosos y confusos movimientos de la turba embriagada de ira pudo ver de nuevo, como en un sueño lejano, la perspectiva infinita de los sepulcros, las cúpulas, y los pilares perdiéndose en resplandecientes propileos…
Y como el desgraciado Merry Bones se encontraba ahora ahogado en medio de aquella turba salvaje, Ella ni siquiera logró verle.
—¡Bendito sea Dios! —exclamó entonces—. ¡Nos hemos salvado de milagro!
—¡Adelante! ¡No debemos pararnos ahora! —urgía Polly—. Aún no podemos felicitarnos. ¡Ya nos quedará tiempo para darle las gracias a Dios cuando hayamos traspasado el círculo de tinieblas y vislumbremos los campanarios de Semlin!
No es necesario que recuerde que, al abandonar el túnel, nuestros amigos se encontraron nuevamente con las penumbras que rodean a Selene, como si perteneciesen a un oscuro suburbio.
Continuaron avanzando, y a quienes se les ocurrió recordar a Merry Bones, se cuidaron muy mucho de pronunciar su nombre.
Nosotros, por nuestra parte, nos ocuparemos de él.

Al principio se sintió un poco perplejo e incluso contrariado por el salvaje asalto de los vampiros, a quienes creía todavía lejos. Uno puede cometer este tipo de errores cuando pelea contra seres sobrenaturales. Por lo general, su agilidad y destreza es muy superior a la de cualquier humano.
Sin embargo, el asombro del criado no le impidió arremeter de un cabezazo contra la barriga del vampiro que le abrasaba con su aliento, aunque el golpe, amortiguado por el pelo, le produjo una impresión tan desagradable de frío que se propuso no volver a tocar a esos animales más que con el pie; y eso que él no era nada remilgado. A pesar de su bella apariencia de jaspe, el pecho de ese vampiro era fofo y frío como la panza de un pescado.
Aun así, el cabezazo había sido bueno, y la maldita bestia se vio lanzada contra la turba apretada, y después fue tirando, al retroceder tambaleando antes de caer, a media docena de vampiros. Aquello abrió un hueco suficiente como para que Merry lograse mirar hacia atrás. Al ver que se encontraba separado de sus compañeros por una muralla espectral y movediza, se sintió completamente derrotado, cercado y abandonado.
—¡Eso es lo que puede esperarse de los ingleses! —se quejó lastimero.
Su desgracia le hacía ser injusto con la más civilizada de las naciones. ¡Aunque puede que tuvieran el suficiente juicio como para comprender que un irlandés siempre logra salir adelante de cualquier situación!
Entonces comenzó a lanzar coces a su alrededor, de forma tan violenta que le hizo ver las estrellas a todos los vampiros que le rodeaban. No había un solo testigo que pudiese gozar de tan maravilloso espectáculo: un simple criado manteniendo a raya a todos los vampiros de la tierra, rebeldes y en el paroxismo de la furia. Se trata de algo increíble, no puedo negarlo, pero completamente cierto. Y Merry Bones, al derribarlos, les cantaba además descabelladas canciones de su tierra, y les gastaba bromas pesadas que sólo se le pueden perdonar atendiendo a su mala educación.
Pero debemos ser justos. ¡Eran demasiados! ¡Y seguían viniendo cada vez más! Los perros, por su parte, se mostraban especialmente furiosos. Los pájaros también se encarnizaban de forma insoportable, y cuando a ellos se les sumaron las arañas y los murciélagos malolientes, Merry Bones perdió por completo la paciencia. No se trata de que los maestros—vampiros sean muy numerosos. Por fortuna no lo son, o de lo contrario el mundo se extinguiría exangüe. Lo que pasa es que cada uno tiene su réplica, y además arrastra con él a esas bestias accesorias, que también tienen la capacidad de multiplicarse. Un vampiro banquero, de esos que ha mantenido altas finanzas o ha pertenecido a la nobleza, es capaz de mantener a cientos de estos esbirros, y los aristócratas nunca han tenido menos de cincuenta. Eso le confiere a la Ciudad de los Vampiros una población flexible, que puede replegarse dentro de sí misma como las diferentes secciones de un catalejo, o los diferentes tramos de una caña de pescar. Resulta agotador, porque por más que se pode este prado vivo y movedizo, absolutamente abominable, nunca se logra nada.
Hubo un momento en que el desgraciado Merry Bones se encontró en verdaderas dificultades. Tenía dos perros agarrados a cada una de sus piernas, tres arañas colgándole de la espalda, un murciélago en cada axila y varias docenas de sanguijuelas extendidas por todo el cuerpo. Cuatro buitres gigantescos se peleaban por sus ojos mientras los hombres, lanzando verdes resplandores, le atacaban violentamente con toda clase de armas. Era como para poner en dificultades al guerrero más audaz.
De repente se dio una palmada en la frente: acababa de tener una idea. Había dejado el cucharón en el suelo, entre sus piernas, para poder tener libres las dos manos. Ustedes no habrán olvidado, sin duda, que el cucharón contenía las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi. Merry Bones recordó en aquel trance que Polly había insistido vehementemente en las propiedades de esas cenizas. Para ver si era verdad, se apoyó sobre sus manos con la intención de quitarse de encima a esa chusma que lo cercaba, y lanzó tantos y tan salvajes puntapiés a su alrededor que logró hacer retroceder unos pasos a sus atacantes.
Al lograr de ese modo un pequeño espacio, levantó el cucharón y lo colocó bajo las narices del primer vampiro que se le vino encima. El efecto fue fulminante. El hombre verde explotó repentinamente, ya que ésa es la expresión que me parece más apropiada para el estornudo que destruyó a la bestia, haciendo jirones sus vestidos y provocando daños también a su alrededor. El resultado le dio a Merry una de las alegrías mayores de su vida. Inmediatamente lanzó un rosario de todas las imprecaciones conocidas al oeste de Irlanda, mientras enterraba el mango del cucharón en la mata de su pelo, donde se mantuvo tan firme como si se lo hubiese clavado en la cabeza. Acto seguido ejecutó entusiasmado las piruetas del Lilliburo, su baile nacional. Entonces le hizo señas a la chusma, indicando que quería hablar:
—¡Hatajo de serpientes! —gritó—, ¿entendéis el irlandés? Si me dejáis en paz no acabaré con vosotros, exterminando hasta el último. Pero si seguís impacientándome…
Le interrumpió inmediatamente un agudo estruendo, formado por voces de hombres, berridos de mujeres, aullidos de perros, silbidos de pájaros y murciélagos, y chillidos de reptiles. El clamor decía:
—¡Eres nuestro prisionero! Hemos cerrado la puerta, bajado los barrotes e izado el puente. Si no podemos acabar contigo por la fuerza, entonces te mataremos de hambre y le daremos de beber tu sangre a nuestros cerdos.
El pobre criado comenzaba precisamente a sentir hambre, por lo que la idea de morir de ese modo le hizo explotar en justificada cólera.
—¡Eso ya lo veremos, por cien mil diablos! —exclamó mientras se remangaba.
Y enarbolando el cucharón como si fuese una mágica bandera, se dirigió con paso firme hacia la puerta de salida.
Nadie le cerró el paso. La muchedumbre de espectros se mantenía a distancia, sonriendo burlona.
Efectivamente, al llegar a la puerta el criado se encontró con que estaba cerrada y atrancada. Intentó derribarla, pero le habría sido más fácil arremeter contra las torres de la abadía de Westminster. Contrariado, permaneció un momento titubeante, y la canalla empezó a lanzar carcajadas al ver su estupor.
—¡Quien ríe el último ríe mejor! —gruñó el irlandés, que se rascaba ambas orejas hasta hacerse sangre, en busca de una idea.
La chusma le replicó, a distancia:
—¡Morirás de hambre, miserable pordiosero! ¡Morirás de hambre!… ¡De hambre!
—¡Morirás de hambre, morirás de hambre! —les imitó Merry Bones.
Y al tratar de burlarse de ellos con un gesto vulgar, ejecutó un movimiento tan torpe que el cucharón se viró, yendo a desparramarse en el suelo las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi.
La turba enloquecida profirió entonces un aullido de triunfo, como celebración de aquel accidente de imprevisibles consecuencias, e inmediatamente comenzaron a moverse con renovada furia. Al principio el criado irlandés quedó aturdido, pero inmediatamente se dio tres palmadas en la frente y guiñó el ojo como suelen hacer los irlandeses:
—¡Se me acaba de ocurrir una idea! ¡Esperad un segundo, vamos a reírnos!
La ceniza había caído al ras de la puerta, que estaba forjada en acero fundido. Mientras la turba se le acercaba ruidosamente, Merry Bones comenzó a rascar el suelo, recuperando toda la ceniza que pudo y colocándola de vuelta en el cucharón. Con el resto hizo un pequeño montoncito. Entonces se giró. Aquél era el momento. Toda la jauría de cuadrúpedos, bípedos, aves y reptiles se abalanzó al unísono sobre él. Escogió de entre todos a una hermosa vampiro de cabellos rubios que apestaba a perfume, agarrándola por el cuello. Actuó de forma tan rápida que nadie logró impedírselo, y casi no hubo tiempo para que de los abrasadores labios de la bestia saliese una maldición.
A pesar de todas las mordeduras, picaduras, mazazos y aletazos que le habían dado, el criado irlandés utilizó su poderoso brazo, y obligó a la vampiro a inclinarse hasta que sus labios tocaron el montoncito de cenizas. Ya conocen ustedes la violencia de aquel producto, cuyo simple olor había hecho saltar por los aires a un vampiro. En cuanto los labios ardientes de la cortesana tocaron la ceniza, no se produjo una explosión, sino la erupción de un volcán semejante a la del Vesubio o el Etna. La puerta de acero fue arrancada de cuajo y lanzada a una distancia increíble; la reja saltó hecha añicos, también; y la muralla quedó reducida a fragmentos que podrían haber servido como pavimento. Por algún sorprendente efecto, el puente levadizo permaneció sin embargo intacto; únicamente se rompieron sus cadenas, lo que hizo que cayera de plano en su sitio de costumbre, sobre el foso, y lo justo como para permitir el paso del pobre Merry Bones.
¿Es necesario que les cuente los destrozos que se produjeron entre la marabunta de vampiros? No. Seguramente se los pueden imaginar fácilmente. Bastará con que les cuente que Merry Bones salió únicamente con algunos rasguños superficiales, unos pocos moratones, y dos tercios de su cabellera chamuscada. Pero como pensaba cortarse el pelo al día siguiente, esta circunstancia incluso le ahorró trabajo.
—¡Eh, muchachos! —gritó hacia el picadillo de vampiros que había esparcido a su alrededor—, ¿os ha gustado la broma? ¡Que lo paséis bien!
Y cruzó el puente, retorciéndose de risa.
A pesar de su brillante proeza, el desdichado Merry Bones no había llegado todavía al final de sus problemas. Una vez atravesado el puente levadizo penetró en la oscuridad, densa y opaca. Al principio intentó alejarse tan rápido como se lo permitieron sus piernas, aunque después de unos pocos pasos, sorprendido al no oír ningún ruido a su espalda, se giró y no vio nada.
¡Estaba en medio de la más impenetrable oscuridad, y del más completo silencio. El mero hecho de darse la vuelta fue suficiente para que se desorientara, y comenzó a caminar erráticamente, presa de un miedo visceral hacia lo desconocido. Lógicamente, debería haber seguido andando hacia delante, en línea recta, pero la gente de su país tiene una veleta dentro de la cabeza. Sin ningún motivo, giraba repentinamente hacia la derecha, obedeciendo a un capricho pasajero; un momento después le daba la impresión de que estaba regresando hacia Selene, y giraba nuevamente hacia la izquierda. No podía avanzar demasiado siguiendo aquel sistema.
De esta forma caminó, aunque sin avanzar apenas, nuestro pobre Merry Bones. Después de media hora, cuando cambiaba por enésima vez de dirección, chocó violentamente contra un hombre que caminaba en dirección opuesta.
—¡Idiota!
—¡Animal!
—¡Increíble! ¡Es Grey—Jack!
—¡Señorita! ¡Señorita Ann! ¡El inútil de Merry Bones no ha muerto!
Ése fue el peculiar diálogo en medio de la oscuridad. Justo en ese momento se produjo un resplandor entre las tinieblas, y nuestra querida Ann apareció sujetando una vela que iluminó a Ned, Jack y el cajón de hierro. Ya no viajaban con el doctor Magnus ni con el joven pintor esclavonio, personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es fácil de imaginar si les digo que aquella oscuridad estaba infestada de vampiros sedientos de venganza y ansiosos por devorar a alguien.
Nuestra querida joven y su grupo estaban tan perdidos como el pobre criado irlandés. Se preguntarán ustedes cómo era posible que pasara esto, ya que viajaba con ellos Polly Bird, antigua réplica del señor Goëtzi, y que debía estar ya acostumbrada a aquellos trucos del diablo. Les contestaré que la desgraciada había sufrido una terrible conmoción al serle cortado el hilo espiritual que la unía a su amo y señor. No es posible soportar una operación como ésa sin que la salud se resienta gravemente. Los acontecimientos que siguieron, terribles y dramáticos, acabaron por agotar sus escasas energías, especialmente al tener que respirar el aire viciado del interior del ataúd. Todos aquellos motivos hicieron que la antigua Polly se adormeciera dentro de su féretro, y fueron en vano todos los intentos que se hicieron a partir de entonces para conseguir que despertase.
Se pararon un instante para meditar sobre su situación. Merry Bones aprovechó el momento para sacudirse el escaso pelo que le quedaba y para quitarse de encima los jirones de ropa de los vampiros que habían explotado a su lado. Nuestra querida Ann examinó atentamente aquellos restos, con una curiosidad propia de su interés por la Historia Natural. Entre otras cosas, la joven observó lo siguiente: la carne de vampiro es de muy poca consistencia, blanda, e incluso un poco viscosa. En medio de la oscuridad, Ella se dio cuenta de que irradiaba un pálido resplandor verde fosforescente. Al darle la luz, sin embargo, aquellos restos mostraban un color verde oscuro, moteado de rojo negruzco. Todos los detalles son pocos para la ciencia, y por eso les transmito todas estas cosas exactamente igual a como me las contaron.
El grupo decidió unánimemente que tenían que atravesar a cualquier precio aquella densa oscuridad.
Atendiendo a su instinto, debían de ser en ese momento las dos de la tarde aproximadamente; si conseguían alcanzar el borde de aquella noche artificial se tropezarían, muy probablemente, con el pleno día. Merry Bones se puso nuevamente al frente de la columna de expedicionarios y ordenó reemprender el camino.
Después de una pesada y tediosa marcha, un grito brotó al mismo tiempo de todos los corazones:
—¡Luz!
Era sólo un débil resplandor. ¡Pero qué alegría les dio ver, aunque fuese confusamente, algo parecido a la claridad! Nuestros amigos iban a acelerar la marcha, cuando inesperadamente se detuvieron, paralizados de espanto. Nubes verdosas cruzaban el cielo al tiempo que se oía un sordo clamor, semejante al estruendo de una cabalgata, mientras largas filas de pálidas sombras aparecían por sus flancos. —¡Los vampiros!
Por desgracia era cierto. Todo lo que había quedado vivo en la Ciudad de los Vampiros había montado a lomos de un dogo, de un león o de un tigre, y la salvaje caballería rodeaba ya a los fugitivos, mientras otros asesinos, subidos sobre murciélagos de diferentes especies, surgían de la oscuridad y llegaban por los aires haciendo chasquear las membranosas alas de sus monturas. ¡No les quedaban esperanzas! Merry Bones había perdido en el camino su célebre cucharón. Era el final de la aventura.
Pero justo en ese agónico momento, en el instante en que las huestes sedientas de sangre se abalanzaban desde todos sitios sobre nuestros amigos, pudo escucharse en la distancia una melodía celestial. No es necesario decir que la oscuridad comenzó a desaparecer ante aquella maravillosa música que parecía traer consigo a la venerada luz del sol. La horda de vampiros, durante un segundo asustada y titubeante, huyó en estampida dando alaridos, como cien diablos derrotados por la aparición de un único ángel.
Porque era realmente un ángel el que llegaba. Existen seres adorables que, al igual que los ángeles, sólo necesitan aparecer para producir milagros.
No es necesario que lo proyecten o que se lo propongan: basta solamente con que aparezcan.
El muy venerable Arthur (al que en otras tierras bautizamos acertadamente como «el desconocido de apariencia divina») no había llegado hasta las llanuras de Serbia para proteger a nuestra querida Ann y sus amigos. Al igual que en Holanda, se dedicaba aquí a estudiar el arte de la guerra bajo la tutela del respetable clérigo, miembro de la comunidad anglicana, que lo acompañaba como mentor. En aquel momento visitaba los campos de batalla donde se habían instruido en el pasado Solimán II, el príncipe de Baviera, el príncipe Eugenio y muchos otros.
En efecto, era el honorable Arthur, rubio, sonrosado y barbilampiño, montado en su silla de viaje admirablemente confortable. Mientras el venerable religioso dormía la siesta después de una copiosa comida, el joven noble olvidaba por un instante sus incipientes estudios y cantaba el God save the king con la ayuda de una guitarra.
Y pasó de largo, sin dirigir una mirada a los expedicionarios a los que acababa de regalar la existencia.
Ella se negó a volver a Semlin. Abandonaron el torrencial Danubio y se dirigieron hacia el oeste para correr, por fin, a salvar a la pobre Cornelia. Como ya no tenían nada que temer del señor Goëtzi, el viaje resultó placentero por las llanuras de Bosnia, un país desconocido y muy fértil, donde los habitantes visten trajes convenientes. El desfiladero de Tina les permitió un paso en medio de las montañas. Tras alcanzar el otro lado, se encontraron con las abruptas cimas de los Alpes Dináricos, en medio de los cuales se erguía orgulloso el castillo de Montefalcone.
Desde hacía varios días el ataúd de hierro estaba vacío. Polly Bird se había portado tan bien en la Ciudad de los Vampiros que no provocaba ya ninguna desconfianza. La pusieron en libertad, sin que ella abusara en absoluto de ese privilegio. Tampoco les sorprendió el uso inmoderado de bebidas alcohólicas por parte de esta doncella, puesto que es frecuente en las jóvenes campesinas inglesas, que comparten esta afición con damas de alta cuna.
Como todavía llevaba además ropas del otro sexo, sus muchos pecados de embriaguez resultaban menos impropios. No habrán olvidado ustedes que la antigua Polly todavía representaba el papel de réplica del señor Goëtzi. Ésta era la única forma de poder introducir a Ned Barton dentro de las murallas de la inexpugnable fortaleza. Homero empleó una estratagema parecida en su inmortal epopeya, y lo cierto es que el ataúd de hierro podría perfectamente pasar por una versión moderna, y reducida, del caballo de Troya.
En lo físico, Polly había cambiado ligeramente desde la muerte de su seductor. Había menguado, ofreciendo el aspecto de un señor Goëtzi empequeñecido por el cansancio o la enfermedad. Al mismo tiempo, no obstante, había adquirido un aire de importancia que no agradaba a nuestra querida Ann. El único que lograba hacerle que obedeciera era Merry Bones. No es ningún misterio cómo lo lograba: le atizaba un cabezazo en la barriga o un puntapié algo más abajo, en el lado contrario, siempre que ella no se comportaba como él quería.
En la noche del sexto día entraron en los desfiladeros y enseguida los rayos de la luna iluminaron la enorme masa del castillo condal, que Ella inmortalizara con el nombre de Castillo de Udolfo.
No se veía ninguna luz sobre los muros ni a través de las ventanas góticas de las diversas alas del edificio. Todo parecería estar muerto en la antigua fortificación, de no ser porque una forma humana hizo su aparición en la parte más alta de una elevada torre. Era una joven (o al menos su sombra) vestida con largos velos blancos.
—¡Ya la veo! ¡Es ella! —exclamó Ann. Y Edward, uniendo sus manos con delicada sensibilidad, exclamó:
—¡Oh, Cornelia! ¡Mi amada! ¿Es a ti a quien veo, o es sólo tu fantasma bienamado?
Para conseguir su objetivo, nuestros amigos tenían que separarse allí en dos grupos. El señor Goëtzi, como volveremos a llamar en lo sucesivo a la desdichada Polly Bird, debía entrar solo en el castillo con el cajón de hierro, que transportarían dos hombres del pueblo contratados en la ciudad de Bihac, que tiene la peculiaridad de encontrarse ubicada en medio de las aguas del río Una. Nuestra querida Ann, Merry Bones y el viejo Grey—Jack habían acordado vigilar desde el exterior.
La hora en que tuvieron que separarse les resultó muy triste. Los viajes crean cierta intimidad; los peligros compartidos producen inevitablemente un cierto acercamiento, y no he ocultado que en los primeros trastornos de su corazón Ella le había dedicado a Edward S. Barton sus preferencias. Por eso, cuando tuvo que separarse de él, tal vez para siempre, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, aunque enseguida se impuso su excepcional fuerza de carácter y dijo con tono enérgico:
—Marchaos, Edward Barton, mi amigo y hermano. Id hacia donde el deber os llama. Sed tan prudente como valiente en medio de los peligros desconocidos que os envuelven. Recordad que viajan con vos mis oraciones, y que día y noche estaré preparada para correr en vuestro auxilio.
Ella se volvió y los demás abrieron el ataúd.
Edward se introdujo entonces en él, y los dos hombres de Bihac lo cargaron sobre unas parihuelas.
El señor Goëtzi conocía, naturalmente, la contraseña. Después de llamar desde el otro lado del foso (ya que no tenía un cuerno de caza consigo), intercambió las palabras necesarias con el vigía, que le permitió el paso. Cuando le preguntaron qué quería, replicó:
—Deseo ver inmediatamente al conde Tiberio.
—El conde está acabando ahora de cenar —le respondieron—. No es momento adecuado para visitas.
—Cualquier momento es adecuado cuando se trae una buena noticia —insistió el señor Goëtzi—. Id en presencia del conde y explicadle que el hombre que acaba de llegar le trae el ataúd de hierro.
El criado hizo lo que le mandaban. Cuando el señor Goëtzi se quedó de nuevo a solas con Edward, se agachó hacia uno de los orificios del cajón metálico y dijo en un susurro:
—Todo marcha viento en popa. Intentad haceros bien el muerto.
—Estoy dispuesto a lo que sea para salvar a mi amada, pero ¡por mi honra! ¡Aquí me estoy asfixiando! El retorno del criado acabó con este diálogo.
El conde esperaba al señor Goëtzi en sus aposentos. Llamaron de nuevo a los hombres del pueblo, que volvieron a colocar el ataúd de hierro sobre las parihuelas. Se adentraron entonces a lo largo de trece corredores, y atravesaron docenas de habitaciones que en otros tiempos debieron de ser magníficas, aunque el deplorable estado en que se encontraban denotaba un abandono de varios siglos. El señor Goëtzi no pudo reprimir una sonrisa diabólica al pasar junto a las ruinas que indicaban el antiguo emplazamiento de la alcoba de la condesa viuda de Montefalcone. Toda aquella ala del castillo, todavía no rehabilitada, despertaba en él el recuerdo de su incursión al mando de su fallecido amo y se dijo a sí mismo:
—¡Todo aquello estuvo bien, pero ahora lo haré todavía mejor!
Supongo que ya comienzan ustedes a comprender que el desdichado Ned y nuestra querida Ann habían hecho muy mal en depositar en él su confianza.
Por fin llegaron a una zona mejor conservada, con alfombras ya reparadas y muebles sin manchas de polvo.
El conde Tiberio Palma d’Istria se encontraba sentado, o más bien tumbado, en un sillón cuya confección se remontaba a la era de los Dux.
Estaba borracho, como solía pasarle todas las noches después de comer. Letizia le había inculcado esta costumbre salvaje para poder dominarlo mejor. El señor Goëtzi apareció, seguido por los dos porteadores, que dejaron el cajón de hierro en el suelo, recibiendo inmediatamente la orden de salir de la habitación, aunque sin marcharse del castillo.
—¿Traes al inglés en ese arcón? —interrogó Tiberio—. ¡Buenas noches, bribón!
—Os saludo, monseñor —contestó Goëtzi—. Sí, traigo al inglés.
—¿Está completamente muerto?
—Me sorprende incluso que no os sintáis todavía molesto por el olor que desprende el cuerpo.
Tiberio, que se creyó lo que le decía, se tapó inmediatamente la nariz.
—¿Deseáis verle? —añadió el señor Goëtzi, girándose hacia el cajón.
—¡Vete al infierno! —gritó el conde—. ¡Acabo de terminar de cenar! No juegues con mi estómago. ¡El inglés ya debe de haber sido devorado por los gusanos, porque tú, maldito, te tomaste todo el tiempo del mundo para traerlo hasta aquí!
—El féretro es muy pesado, y el camino largo —se excusó el señor Goëtzi.
—¡Qué cosa infecta! De acuerdo, hagámoslo rápidamente. ¿Qué fue lo que te prometí como recompensa?
—A la signora Letizia Pallanti.
—¿Es eso cierto, bribón? Me parece perfecto. La amé como a la niña de mis ojos, pero ya ha pasado el tiempo y ella todavía lleva la peluca de una muerta. ¡Ja, ja, ja! ¡Pobre condesa Greete! ¡Menuda broma le gastamos! Pero ahora deseo desposar a Cornelia, mi discípula, para poder gozar de su juventud al mismo tiempo que lo hago de su fortuna… ¡Perfecto! Ahora deja al inglés en los calabozos. Letizia es tuya, ya puedes irte con ella de una vez. Di, cuando bajes, que me suban más vino y me traigan a mi discípula Cornelia.
El señor Goëtzi se marchó entonces con el ataúd de hierro, mientras el conde Tiberio seguía bebiendo. Ned, a pesar de su incómoda situación, se alegró por el éxito del engaño. Estaba seguro de que ahora lo llevarían al lado de Cornelia, y que ésta encontraría alguna forma de hacer entrar a sus amigos en el castillo. Ése había sido el plan acordado, y las esperanzas de Edward se vieron reforzadas cuando el señor Goëtzi ejecutó únicamente la mitad de las órdenes del conde Tiberio. Pidió que le llevaran más vino, pero no dijo nada de Cornelia.
¿Cuántos pasillos, cuantos puentes levadizos, escaleras, aposentos deshabitados y salones separaban la alcoba de Tiberio de la de Letizia?
La hermosa italiana estaba tumbada a la usanza oriental sobre una montaña de almohadas. Había engordado bastante últimamente. ¡Allí fue donde Ned comenzaría a entender muchas cosas!
—¿Me lo traéis vivo? —preguntó la Pallanti nada más ver al señor Goëtzi.
Y al decirle éste que sí, ella se puso en pie sobre los almohadones, exclamando:
—¡Oh, cielos! ¡Debes de estar muy incómodo ahí dentro, mi amor! ¡Abrid enseguida este ataúd para que pueda embriagarme de gozo al verlo y estrecharlo contra mi corazón!
—¡Calma! —contestó sin embargo el señor Goëtzi—. Este muchacho es fuerte y decidido. Si lo dejáramos en libertad no tardaríamos en arrepentimos.
—¿Crees acaso —interrogó Letizia— que se podría resistir a mis encantos?
—Estoy convencido. ¿Es que no sabéis que a quien ama es a Cornelia?
—¡Esa flacucha! —exclamó la signora con un gesto de desdén—. ¡Apuesto a que ni siquiera pesa cien libras de buena carne!
El señor Goëtzi respondió con una mueca y prosiguió:
—Cada cual tiene sus gustos. Yo, sin ir más lejos, la quiero a ella como recompensa, tal y como está.
Ned pensó que no había oído bien. «Seguramente», pensó, «Polly está representando su papel todavía».
—De acuerdo; es justo —respondió sin embargo la italiana—. Te la prometí y será tuya, pero no ahora.
—¿A qué hay que esperar? Tengo prisa.
—Todavía tenemos que deshacernos de ese cretino de Tiberio.
—Eso llevará tiempo —objetó el señor Goëtzi.
Letizia insistió:
—Todo estará preparado mañana por la mañana. Si tienes sed, puedes pedir a mi undécima doncella: ¡tiene dieciséis años… una palomita! La rapté en la granja esta mañana, y podrás comprobar que su sangre es mucho mejor que la de Cornelia.
Por uno de los orificios, Edward pudo ver cómo la mirada del señor Goëtzi brillaba ante aquellas palabras. ¡Entonces cayó la venda de sus ojos! Pensó con espanto que Polly continuaba siendo vampiro, y que él se hallaba a su merced.
—No rechazaré a la joven campesina —dijo entonces Goëtzi—, sobre todo después de lo mucho que he padecido en este viaje y de las pocas ocasiones que he tenido para alimentarme bien. Pero os advierto que no debéis iros a dormir en confiada seguridad. Hay enemigos en las proximidades del castillo.
—¿A qué te refieres?
—Estoy hablando de miss Ann Ward y sus criados.
Ned se estremeció entre las paredes del ataúd metálico. Sin embargo tuvo el temple suficiente como para no mostrar su desaliento con alguna imprudente exclamación.
Entre la italiana y el señor Goëtzi se produjo, a pesar de ello, un momento de silencio. Ella parecía sumida en profundas meditaciones.
—Escucha —dijo finalmente—. Lo mejor será que desciendas por el subterráneo del Norte, que es el más corto de los cuatro, puesto que sólo tiene una legua. Cuando llegues al final, haz girar la piedra que está montada sobre goznes, y así podrás acceder a la campiña. Te unirás entonces a la inglesa y sus esbirros y te ofrecerás hábilmente para conducirlos hasta Cornelia, aunque los traerás ante mi presencia. Yo me ocuparé de lo demás. ¿Está claro? Obedece, entonces. Mientras tanto le daré al hermoso Edward algunas explicaciones, después de las cuales estoy convencida de que me ofrecerá gustoso su corazón y su mano.
La celda de nuestra querida Cornelia se encontraba en el piso más alto del torreón. No por clemencia, sino ante el temor de que una reclusión excesivamente rigurosa pudiese mermar su hermosura, el conde Tiberio había accedido a que pudiese pasearse por la plataforma. En aquel estrecho recinto rodeado de almenas, Cornelia vivía sola, con el pensamiento depositado en su querido amante y con el corazón herido por la felicidad perdida. La contemplación de aquellas regiones inmensas le elevaban el espíritu alimentando al mismo tiempo su melancolía. La bóveda celestial, que iluminaba el sol por encima de ella, los azules destellos del firmamento, la noche, los infinitos diamantes suspendidos en su negrura, todo, en definitiva, le hablaba de Dios y lograba acabar con su desesperación.
Ella había sido la pálida aparición que nuestros amigos habían observado al alcanzar la falda de la montaña.
Esa noche, harta de contemplar el cielo estrellado, desvió la mirada hacia el suelo y se estremeció al descubrir una luz en la montaña vecina. Nunca había visto nada parecido hasta ese momento.
Completamente asombrada, y quizá con algo de esperanza también, observó atentamente aquella luz, con toda la intensidad que le permitían sus hermosos ojos. Temió estar soñando. Le parecía incluso reconocer a Ann, su mejor amiga, a Grey—Jack, su viejo criado, e incluso a Merry Bones, el criado irlandés de su amado Edward. Un cuarto personaje se hallaba junto al fuego, aunque, como le daba la espalda, no lograba verle la cara.
¡Quizá fuese Edward! ¡Seguramente sería Edward!
—¡Edward! ¡Edward! —gritó completamente embriagada por la alegría.
Por desgracia, el personaje a quien tomaba por Edward no era otro que el señor Goëtzi, que acababa de regresar junto a nuestros amigos a través del pasadizo subterráneo del Norte, y que, prosiguiendo con sus fechorías, intentaba arrastrarlos a todos a la perdición.
Edward S. Barton, entre tanto, se había quedado solo con la signora Letizia, después de que se marchara el señor Goëtzi. La traidora mujer le dedicó, ya desde el principio, sus más amables atenciones.
—Caballero —le dijo con voz suave y melodiosa—, no veáis en todo cuanto ocurre más que el resultado del amor que os profeso. Este sentimiento se remonta a los tiempos en que, cuando acababais de terminar vuestros estudios, os marchasteis a Inglaterra, donde yo me encontraba visitando a mi discípula, la señorita Cornelia de Witt, que me debe su brillante educación. No pude evitar entonces que mi frágil corazón sufriese la impresión de veros con vuestros labios sombreados apenas por un vello incipiente, y luciendo en cada rasgo todos los encantos de la adolescencia. Educada en los principios más estrictos, respeté las conveniencias, aunque al mismo tiempo me prometí utilizar todas las artes que Dios me ha dado para recuperar la fortuna de mis padres, y de ese modo poder ser un día digna, mi querido gentleman, de unir mi destino al vuestro.
Edward S. Barton era inglés y, en consecuencia, muy inteligente. A pesar del espanto que le suscitaban aquellas confesiones, decidió oponer la destreza a la táctica.
—Dada la incómoda situación en que me hallo —dijo con un tono insinuante—, me resulta muy difícil pensar en el amor, mi querida dama. Las paredes de este cajón de hierro le impiden a mi corazón cualquier sobresalto, y además, ¿cómo podría acceder a vuestros encantos si ni siquiera tengo la dicha de poderlos contemplar?
Letizia meditó un segundo, sorprendida ante tan justo comentario.
—Estoy de acuerdo —dijo finalmente— en que estaríamos mucho más cómodos si pudieseis decirme dulces palabras de amor sentado confortablemente en estos almohadones. Por desgracia es la prudencia quien lo impide. Por otro lado, en los tiempos que vivimos, el matrimonio ya no depende exclusivamente de los sentimientos. Debo arrebataros primero la venda que tenéis en los ojos. Hasta ahora habéis pensado que esa niña, Cornelia de Witt, era rica y yo pobre. Superad este error. Cornelia es quien no posee nada, mientras que yo me he convertido en la heredera de una gigantesca fortuna. Sabed que soy de origen principesco. Todavía conservo el vago recuerdo de una cuna adornada con encajes y varias ristras de perlas de cultivo. Una mujer, bella como la luz del amanecer, se inclinaba sobre mi sueño ansiosa por mi primera sonrisa. ¡Era mi madre! Y esta mujer era la princesa Loïska Palma d’Istria, la propia cuñada del conde Tiberio.
A Edward le daba igual que todo aquello fuese cierto, aunque con intención de agradarla exclamó:
—¡Increíble!
—Tengo incluso los documentos —contestó la signora Letizia—, legalmente registrados. ¿Es preciso que os relate cómo una banda de gitanos que merodeaba por las proximidades del castillo me arrebató del regazo de mi madre, la princesa…?
—Tengo sed —dijo Edward, interrumpiéndola.
Sin embargo, tan lista como descarada, Letizia cogió de su mesilla un vaso, lo llenó de buen vino y colocó dentro una pajita. Después introdujo la pajita por uno de los orificios del ataúd, y sumergiendo el otro extremo en el vino, le dijo:
—Podéis beber hasta saciaros, mi querido gentleman; me alegra poder saciar por lo menos uno de los deseos de mi amado.
Y mientras él bebía, continuó:
—¿Debo contaros también los inútiles esfuerzos de mis padres para recuperar a su hija única? Por desgracia sólo buscaron entre los gitanos. Sin embargo estos canallas se habían visto atacados, cerca de la costa, por una incursión de corsarios de Lípari, cuyo botín fui yo. Entonces contaba sólo cinco años, por lo que logré salvar mi honra. Unos piratas argelinos me robaron a su vez de los corsarios, y fui preparada para pertenecer a un harén. Un joven eunuco me ayudó a escapar. Regresé entonces a Italia, aunque no recordaba mi nombre ni la dirección de mis padres. Entonces fui sucesivamente alumna en la famosa casa de estudios de Turín, premiada por la academia de Cántaros Rotos, vendedora de pequeñas macetas de porcelana antigua para los ingleses, lectora de un cardenal, criada de uno de los más ancianos ermitaños de los Apeninos, y dama de compañía del célebre Rinaldo, jefe de una cuadrilla de bandoleros. No creo que haya existido jamás una juventud tan accidentada como la mía. Así fue como llegué a los quince años. Por esa época encontré en un bosque frondoso a un individuo harapiento que agonizaba. Al verme lanzó un débil grito y me pidió que le enseñase la parte inferior de mi pierna izquierda. Los deseos de un moribundo son sagrados, de forma que obedecí. Entonces él exclamó: «¡Dios mío! ¡Es ella!» Estaba agotado. «Dios me ha permitido», añadió, «que antes de morir pueda expiar el peor de mis crímenes. Joven forastera, lleváis en vuestro tobillo, cerca del talón, una marca que equivale a un certificado de nacimiento. ¡Lo sé porque fui yo quien os arrebató de vuestra cuna!…» Entonces me dio el nombre de mis nobles padres. Le perdoné, y murió en mis brazos. A partir de entonces, en medio de las mayores y más increíbles dificultades, mi único objetivo fue el de encontrar esos documentos. Mi padre había muerto, ya muy anciano y lleno de honores, y también mi madre se había convertido en una santa en el cielo. El señor Goëtzi, hombre peligroso pero muy astuto y que, me parece, es un vampiro, me ayudó bastante en mis investigaciones. Lo conocí en la corte. Él fue quien me aconsejó para que me encargase de la educación de Cornelia, con la intención de aproximarme a mi tío, el conde Tiberio, que intentaría disputarme sin éxito la riqueza de Montefalcone. También yo le coloqué a él a vuestro lado, para que os enseñara a quererme y a apreciarme.
—¡Bonito regalo! —exclamó el joven.
—¡No me juzguéis mal! —reprendió severamente la dama italiana—. Mi excusa es el amor. Respecto a mi alumna, Cornelia de Witt, no es más que una pequeña boba, engreída y absurda, que sólo cuenta con la hermosura del diablo. Os garantizo que no recibirá ni un céntimo de la fortuna de los condes de Montefalcone. Todo me pertenecerá, como debe ser, y lo primero que haré con estas posesiones será cubriros de oro. Ésa es mi oferta. Os permito, por supuesto, la libertad de despreciarla; pero, si lo hacéis, entregaré a la señorita Cornelia al señor Goëtzi, que se la beberá como si fuese un vaso de limonada.

Hemos dejado a Cornelia en la cumbre del Torreón del Cautivo, mirando en la distancia hacia el fuego en el que nuestros amigos conversaban con un extraño que, visto de espaldas, a ella le pareció su amante Ned. Ustedes han adivinado ya que ese extraño no era sino la antigua Polly Bird, que decididamente estaba haciéndose con la personalidad del señor Goëtzi. En algún momento creo haberles contado ya las intenciones de esta criatura, que se había degenerado después de haber estado sometida durante tanto tiempo al poder de un monstruo. A despecho de su sexo original, había decidido contraer matrimonio con Cornelia, por la fuerza si fuese necesario, para poder así disponer de la gigantesca propiedad de los condes, y tener de esta forma un agradable y distinguido final.
No le costó un gran esfuerzo al supuesto señor Goëtzi engañar a nuestra querida Ann, diciéndole que había llevado a cabo con éxito su misión y que Ned se encontraba ahora en el corazón del castillo, pero necesitaba de ayuda para terminar aquella aventura. El viejo Grey—Jack y el propio Merry Bones aceptaron también el engaño. Polly Bird había dado ya tantas pruebas de su fidelidad en la incursión a Selene, que a nadie se le ocurrió sospechar de ella.
De forma que el señor Goëtzi en persona fue quien encabezó aquella pequeña comitiva, que se dirigió inmediatamente hacia el pasadizo subterráneo.
—Tened valor —dijo el traidor, mientras guiaba a nuestros amigos hacia las entrañas de la tierra—. Os espera una noche terrible.
Prendieron algunas antorchas de madera resinosa traídas por el propio Goëtzi, pero su luz se perdió inesperadamente en las lóbregas profundidades de la cueva, iluminando apenas a algunos reptiles asustados por su paso, que huían a toda prisa en medio de la oscuridad. Fue en esa oscuridad donde brotó y murió un extraño sonido, como si fuese un monstruoso suspiro.
—¿Qué ha sido eso? —interrogó Ann, parada con un peso que le oprimía el pecho.
—Proseguid —contestó el traidor—. Son las antiguas arpas eolias de la condesa Elvina, que han pasado de moda y han sido arrojadas aquí porque no hay espacio en el granero.
A Ella le hubiese gustado hacer algunas preguntas sobre esa condesa Elvina, pero el señor Goëtzi les apremiaba constantemente.
—¡Levantad las antorchas! —ordenó.
Todos obedecieron, y a la luz de las teas aparecieron vagamente las húmedas paredes de un gran salón subterráneo.
—¡Mirad encima de vosotros! —ordenó de nuevo el señor Goëtzi.
Todos levantaron la vista, y se encontraron con una bóveda elevada en el centro de la cual había un negro y gigantesco agujero circular.
—¿Para qué sirve ese agujero? —inquirió Ann.
—Es el desagüe de los calabozos del conde Tiberio —contestó el señor Goëtzi—. Por ahí son arrojadas las víctimas al abismo que se encuentra, como podéis comprobar, justo debajo.
—¡Cómo! —exclamó estupefacta nuestra querida heroína—. ¡Aún existen estas bárbaras reliquias de la Edad Media! ¿La cegadora luz de la filosofía no ha conseguido destruir todavía estos horrores?
Los dientes del señor Goëtzi rechinaron.
—Ya no se usan con tanta frecuencia. Me parece que no se utilizan desde los tiempos de la condesa Elvina.
De pronto Ella se encontró en medio de un salón de estilo gótico del más tenebroso aspecto, cuya alta chimenea se veía coronada por un espejo veneciano de marco labrado que representaba la Pasión de Nuestro Señor. A la derecha de la chimenea, la pared, tapizada con un cuero cordobés de tono castaño oscuro, mostraba una mota blanca que en realidad era un botón de marfil.
El señor Goëtzi tenía en sus brazos un gran gato negro, cuyas patas fracturó, una tras otra, con fría y espantosa crueldad.
—Es para que no huya —dijo—. Ahora veréis algo extraordinario: voy a dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba la condesa Elvina. ¡Fijaos bien en el gato!
Dejó al negro animal, que maullaba lastimeramente, sobre una losa del suelo más ancha que las otras. El gato intentó escapar, pero sus patas rotas no le dejaron, y el señor Goëtzi se aproximó sonriendo hacia el muro donde se encontraba el botón de marfil. Colocó el dedo y presionó. La losa se inclinó y el gato desapareció. En ese momento se abrió la puerta y entraron los lacayos del conde Tiberio, armados hasta los dientes. El señor Goëtzi señaló a nuestra querida amiga y sus compañeros, y dijo:
—¡Aquí los tenéis!
Y en esta ocasión, a pesar de la heroica resistencia de Merry Bones, nuestros pobres amigos fueron cubiertos de cadenas y arrastrados lejos de allí…

Imaginen ustedes la horrible mazmorra en la que nuestra desdichada Ann se encontraba tumbada sobre unas pocas briznas de paja, con un grillete de hierro alrededor del cuello. ¡A ese punto la había llevado su generosidad!
De repente una voz maravillosa le susurró al oído:
—Hermosa virgen de Albión, soy la condesa Elvina de Montefalcone.
Ella abrió los ojos, enrojecidos de tanto llorar, y se encontró a una mujer pálida, arrodillada al lado de su camastro. Era una muchacha todavía, aunque el sufrimiento había blanqueado sus cabellos.
—¡Cómo! —exclamó nuestra amiga—. ¿Cómo habéis podido escapar de los espantos de ese abismo?
—Ese es un asunto que ya tiene varios siglos de antigüedad —contestó la pálida joven, con una melancólica aunque agradable sonrisa—, y lo mejor es que nos ocupemos ahora del presente. He entrado en vuestro calabozo gracias a un poder especial que me permite también romper vuestros grilletes, cosa que haré con sumo placer. Levantaos. En este instante os devuelvo la libertad.
Pero al encontrar en la mirada de nuestra querida Ann el ardiente deseo de saber algo más, tuvo la gentileza de añadir:
—Un cruel tirano os había condenado a muerte. Ese canalla al que llamáis Goëtzi, y que no es otro que la maldita Gertrudis de Pfafferchoffen, mi rival, cuyo espíritu, después de varias migraciones, se estableció en el cuerpo de la campesina Polly Bird, es quien os ha traicionado. Debéis saber que el conde Tiberio y la signora Pallanti, separados durante un tiempo por la codicia y la concupiscencia, se han reconciliado esta noche. ¿Y queréis saber por qué? Porque el joven y valiente gentleman Edward S. Barton ha rechazado enérgicamente las indecentes proposiciones de la italiana, y la hermosa Cornelia también ha humillado al conde Tiberio con su desprecio. Unidos por una misma sed de venganza, estos dos monstruos con rostro humano han decidido ejecutar a Edward S. Barton y a Cornelia de Witt esta misma noche.
—¿Qué puedo hacer para salvarlos? —preguntó ansiosa nuestra querida Ann, frotándose las manos.
—¡Dios siempre es el más poderoso! —exclamó la mujer pálida—. ¡Ahora sois libre!
Ann se arrojó hacia la puerta del calabozo, que acababa de abrirse como por arte de magia.
Avanzó impulsada por una instintiva esperanza. Después de atravesar siete pasillos se encontró con un marmolista que estaba tallando un par de brazos en un bloque de alabastro. Ambos brazos parecían pertenecer a cuerpos de diferente sexo, y estrechaban sus manos en tierna unión.
El escultor intentó abrazar a Ann, mientras le preguntaba:
—¿Qué opináis de mi trabajo, querida mía? Se trata de una broma de la gorda Letizia, que desea adornar con ella las tumbas del joven inglés y de la dama Cornelia.
Ella huyó desesperada, mientras el escultor proseguía su trabajo, riendo. De esa forma, completamente sola, tuvo que recorrer varias leguas de pasillos interminables, en medio de los derruidos salones.
Finalmente, en la esquina de una galería, percibió una luz que se filtraba por debajo de una puerta, y simultáneamente llegó hasta sus oídos el ruido de unas voces airadas, mezcladas con otras lastimeras. A pesar de que se sentía completamente exhausta, hizo acopio de todas sus fuerzas y entró por la puerta abierta. Inmediatamente lanzó un grito de horror al ver a sus desventurados amigos, Ned y Corny, cargados de cadenas. La bella melena de Cornelia había sido cortada. Ned tenía también una soga al cuello, y llevaba además la ropa típica y funesta de los desdichados a los que la Inquisición condenaba antiguamente a morir en el tormento. Tras ellos había un hombre terrible, con un traje completamente rojo y un hacha que cargaba sobre su hombro, indicando perfectamente que su oficio era el de verdugo.
En el otro extremo del salón había un segundo grupo formado por el conde Tiberio, la signora Pallanti y el señor Goëtzi. Este último no parecía muy satisfecho, y no cesaba de reclamar el cumplimiento de la promesa que le habían hecho de entregarle a Cornelia para calmar su infame sed. Pero Letizia se reía de él, y Tiberio le amenazaba con mandarlo decapitar. Los dos se daban el brazo y parecían ahora íntimos amigos.
Al ver aparecer a nuestra querida Ann, una cruel sonrisa se dibujó en sus labios, y la signora Pallanti dijo:
—¡Precisamente, aquí esta la niña querida!
Pero Ella, sin prestar atención a sus burlas, se precipitó hacia sus amigos, abrazándolos.
—¡No podría hacer nada más apropiado! —dijo la feroz italiana—. Ella misma se ha colocado en posición. ¡Ahora acabemos con los tres pájaros de un tiro!
La signora Pallanti se giró y avanzó hacia la chimenea. Al hacerlo descubrió una parte de la pared que había tras ella, lo que espantó sobremanera a nuestra querida Ann. En su turbación, no había reconocido el salón de las torturas; pero ahora podía ver el espejo grabado de Venecia, el tapiz de cuero cordobés y el botón de marfil.
—¡Corramos! —exclamó enloquecida de espanto. ¡Pero era demasiado tarde! La vampiro italiana apretó el botón y la losa del suelo se abrió. Entonces, ¡oh, milagro!, nuestra querida Ann, Corny y Ned quedaron suspendidos por una mano sobrenatural, y la condesa Elvina, surgiendo inesperadamente del abismo, exclamó con la voz de la señora Ward:
—¡Vamos, querida! ¿Qué tipo de antojo es éste? ¡Abre ahora mismo! ¿Es que piensas quedarte en la cama hasta las diez de la mañana el día de tu boda?
Podía escucharse mucho ruido en el pasillo. William Radcliffe se sonaba, mientras el simpático señor Ward decía que tenían que llamar a un cerrajero.
—¡Salvados! ¡Salvados! —exclamó nuestra querida joven, que de repente se encontró vestida con el traje de novia, en medio de su cuarto, por cuyas ventanas penetraba a raudales el sol de marzo…
Creo que mylady cometió el error de sonreír, porque la señorita 97 se calló bruscamente.
—Entiendo muy bien lo que le pasa —dijo con tono de censura—. Piensa que nuestro relato va a acabar con esa fórmula gastada hasta la saciedad: «¡Era un sueño!»¡Confiese que es lo que creía! ¡Muy bien, pues está equivocada!
Tomó un pequeño sorbo y apuró su última taza de té, antes de proseguir:
—¡No, no y no! Yo sería incapaz de incomodar al caballero aquí presente por tan poca cosa. ¡No señor! NO SE TRATABA DE UN SUEÑO. En primer lugar, debo decir que desde los nueve años Ella padecía crisis de «alucinaciones», aunque sus padres se cuidaban mucho de mantener en secreto semejante virtud, o enfermedad. Evidentemente, no pretendo afirmar que nuestra querida joven realizase todo ese largo y accidentado viaje en una sola noche, pero como enseguida verán se trataba de algo más que un sueño. Apenas abrió la puerta, el señor Radcliffe entró, acompañando a sus padres, y todos pudieron observar con espanto la mudanza que había sufrido su persona. Les examinó a todos con aire ausente, preguntándoles qué había pasado con la condesa Elvina. Pensaron que había enloquecido, especialmente cuando Ella exigió firmemente, antes de proseguir con la celebración de la boda, que le permitieran partir inmediatamente hacia Montefalcone, pasando primero por Rotterdam.

Partieron inmediatamente después de la boda, ya que ella se negó a dar su brazo a torcer. Debo recordarles la existencia de las cartas recibidas en la víspera. Éstas tampoco pertenecían a ningún sueño, y exigían de su amistad con Ned y Corny que intentasen averiguar inmediatamente lo que ocurría.
En adelante sólo podré contarles los hechos sin hacer nuevos comentarios sobre los mismos. Cuando llegaron a Londres, lo primero con lo que se tropezó Ann, absolutamente sorprendida, fue con un cartel que decía:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Ann señaló el cartel al viejo Grey—Jack, pero su fiel criado no recordaba absolutamente nada. El fenómeno que había dado origen a nuestra historia era un hecho completamente personal.
Cruzaron el Canal. Al abandonar Rotterdam, nuestra querida Ann reconoció el camino quebrado en el que viera por primera vez a ese joven desconocido semejante a un semidiós.
De hecho durmió también en la posada de La Cerveza y la Amistad, en el mismo cuarto que tenía el hueco de la chimenea, las cortinas con grandes flores y las guerras del almirante Ruyter.
En resumen, ella fue reconociendo cada lugar, incluso en sus detalles más insignificantes.
—¿Y la Ciudad Vampiro? —preguntó mylady.
—Paciencia. Vayamos por partes. En primer lugar hicieron lo más urgente, es decir, viajar a Montefalcone, adonde llegaron precisamente el día de la boda de Cornelia y Edward.
—Que fueron salvados por la condesa Elvina, imagino —añadió la incorregible mylady.
—No —contestó la señorita 97 ligeramente turbada—. A pesar de que existe en la región la leyenda que habla de esta desgraciada víctima del feudalismo. El conde Tiberio y la signora Letizia Pallanti alimentaban los más rastreros propósitos contra los novios, no lo duden. Pero no se atrevieron a realizarlos gracias a un acontecimiento que yo calificaría de providencial. El joven lord Arthur apareció por esas tierras acompañado de su venerable sacerdote y tutor, con la intención de examinar los campos de batalla del famoso Scanderberg…
—¿Y eso fue suficiente para desbaratar la conspiración de los dos malhechores? —exclamó mylady.
—En efecto, mi querida señora —contestó secamente miss Jebb—. Si yo pudiese revelarle el nombre magnífico, casi divino, de este joven gentleman…
—¿Y qué paso con el señor Goëtzi?
—Terminó casándose con una viuda que tenía una tienda.
—¿Y qué fue de Selene? ¡Selene, el Sepulcro… ¡la Ciudad Vampiro!
—Mylady —contestó miss Jebb con acento grave—, existen acontecimientos que superan el entendimiento, inclusive el suyo, a pesar de que usted es de sangre noble. Para entrar en el Sepulcro es necesaria la protección de un vampiro, y esto no es algo precisamente fácil de conseguir. Nuestras dos parejas de recién casados se dirigieron a Semlin, con los criados Grey—Jack y Merry Bones, cuyos cabellos, por cierto, habían desaparecido en sus dos terceras partes. No lograron hallar la Ciudad Vampiro, pero encontraron sin embargo a los comerciantes que les habían vendido el hornillo, el carbón y el cucharón de hierro. Es más, la desaparición del doctor Magnus Szegeli se había convertido en un acontecimiento en la ciudad, y la casa del pintor esclavonio también llevaba tres semanas vacía.
Con estas palabras, la señorita 97 se levantó, y después de una reverencia se despidió.

FIN

http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/una-peripecia-gtica-de-ann-radcliffe-la.html

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Saturday, June 21, 2008

POEMAS NOVELES - GHOST LOVER 1 Y 2

POEMAS NOVELES - GHOST LOVER 1 Y 2

POEMAS NOVELES - GHOST LOVER 1 Y 2

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Ghost lover 1 (la primera vez en el mercurio)

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No me preguntes por que te apunto
No me preguntes porque lloro
Deja de decirme que me amas eso ya no lo creo
Solo debes saber que mi motivo es el amor que te tengo

Esa noche solo, mi alma intrigada y la garganta
Punzante solo con mis lagrimas recordándote
Porque te amo tanto?
Iluminado solo por la luz de ese mercurio
La suave y fría lluvia consolándome
Y ahí la conocí

La amante fantasma ante mis ojos
Ella tenia tu forma y tu gesto
Pero sus ojos vacíos y negros
Ella se me acerco y me tomo en su seno
Después de un abrazo y una mirada vacía…
Me beso… si lo hizo y como nunca lo habría imaginado
Casi sentí que fuiste tu quien me besaba…
En ese momento ella desapareció….

Y ahora, después de varios encuentros
Después de tantas miradas vacías y apasionantes
Besos bajo ese mercurio….
Por fin ella me revelo su plan…

¡Gracias amante fantasma¡
Matare a aquella que tu reencarnas en apariencia
Y su espíritu será tuyo, las dos serán uno…
Y seremos felices hasta la eternidad….

Y no me preguntes por que te apunto
No me preguntes porque lloro
Deja de decir que me amas……
Ella lo hará por ti, pero necesita un alma…
Y debido al gran amor que te tengo tu la darás….

__________

Ghost lover 2 (el precio del amor eterno)

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Por que soy incapaz de matarte?
Mil veces he dicho que iría hasta el fin contigo…
La amante fantasma quiere tu alma…
Pero tu muerte es un hecho que no podré callar…

Ahora estamos juntos en esto…
Vamos corriendo a lo que da este auto
Deberías dejar de llorar..
Y comprender que hago esto por tu bien…
Tus mudos gritos son inservibles
Ya que el fin nos espera

Ella me miraba en mi desesperación
Tener que matarte era un precio justo?
Merecías tu que lo hiciera?
Pero si no…. como lograre ser feliz
Se me acerco y sentí un poco de maldad en su ser
Pero su consejo fue el mejor…..
¡Gracias amante fantasma¡

Si no soy capaz de matarte…
Ya que te he dicho que iría hasta el fin contigo…..
Entonces moriremos juntos
En este auto al máximo, apagaremos nuestras vidas…
En un cálido beso… y cuando tu alma sea de la amante fantasma….
Por fin seremos felices…

Te amo tanto que no te puedo matar….
Así que lo haremos juntos.
Complaceré a mi amante fantasma
Moriremos en un pozo de sangre, en un beso ahogador…
Y así nuestras almas hacia el fin…
estarán juntas para siempre.

milowishmasterfox

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Monday, May 26, 2008

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/la-playa-y-la-muerte-guillermo-ibaez.html

LA PLAYA Y LA MUERTE — GUILLERMO IBAÑEZ

LA PLAYA Y LA MUERTE
GUILLERMO IBAÑEZ

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Estábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra.
El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban.
De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
Me distrajo la aparición de un hombre que inmediatamente reconocí como el que fuera bañero de esa playa durante tantos años y ahora ejercía una especie de jefatura de la zona. De pronto el sujeto ingresó al agua y se alejó tanto que sólo se divisaba el gorrito blanco en medio del mar. Estaría a unos trescientos metros y mi vista lo seguía atentamente. Apoyado sobre ambas manos me erguía de tanto en tanto, cuando me parecía que lo había perdido de vista. De esto me sacó mi mujer al comentar, bajando el diario…
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclama-ción)… ¡Cómo se anima, qué barbaridad!
—De todos modos, qué arriesgado.
Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia.
Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro.
Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar…
Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención.
No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella.
El camino del agua estaba ahora libre.
Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios.
La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura.
Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie.
Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable.
Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles.
Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación.
Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla.
Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara.
Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexis-tentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada.
Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente.
Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo.
Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto.
Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía.
Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimulada-mente verme perecer.
Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran.
Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas.
Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos.

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Thursday, May 22, 2008

LAS HOJAS SECAS — G. A. BECQUER

LAS HOJAS SECAS — G. A. BECQUER

LAS HOJAS SECAS
G. A. BEQUER

_http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/05/las-hojas-secas-g-becquer.html
El sol se había puesto. Las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a
amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño
arremolinaba las hojas secas a mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino por donde siempre vuelven menos de los que van.
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto
de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el
vuelo.
Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le
rodea y, repleglándose en sí mismo, analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la
vida interna del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos
de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de esos últimos momentos, cuando sólo y en medio de la escueta llanura
oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban y éste, poco más o menos, su extraño diálogo:
-¿De dónde vienes, hermana?
-Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas, nuestras
compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?
-Yo he seguido algún tiempo la corriente del río hasta que el vendaval me arrancó de entre el
légamo y los juncos de la orilla.
-¿Y adónde vas?
-No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?
-¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar amarillas y secas, arrastrándonos por la tierra,
nosotras, que vivimos vestidas de color y de luz, meciéndonos en el aire?
-¿Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos, de aquella apacible mañana en que, roto el
hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos, al templado beso del sol, como un
abanico de esmeraldas?
-¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa a aquella altura, bebiendo por todos los
poros al aire y la luz!
-¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso
tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul
del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!
-¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la
temblorosa corriente!
-¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!
-Los insectos, brillantes, revoloteaban, desplegando sus alas de gasa, a nuestro alrededor.
-Y las mariposas blancas y las libélulas azules que giran por el aire en extraños círculos, se
paraban un momento en nuestros dentellados bordes a contarse los secretos de ese misterioso
amor que dura un instante y les consume la vida.
-Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.
-Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color.
-En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te
acuerdas cómo charlábamos en vez baja entre las diáfanas sombras?
-Y referíamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de
oro que cuelgan las arañas entre los árboles.
.Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla para oír embebecidas las quejas del ruiseñor,
que había escogido nuestro tronco por escabel.
-Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos, que, aunque llenas de gozo al oírle, nos amanecía
llorando.
-¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos prestaba el rocío de la noche y que
resplandecían con todos los colores del iris a la primera luz de la aurora!
-Después vino la alegre banda de jilgueros a llenar de vida y de ruidos el bosque con la
alborotada y confusa algarabía de sus cantos.
-Y una enamorada pareja colgó junto a nosotros su redondo nido de aristas y de plumas.
-Nosotras servíamos de abrigo a los pequeñuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las
tempestades de verano
-Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos de los importunos rayos del sol.
-Nuestra vida pasaba, como un sueño de oro, del que no sospechábamos que se podría
despertar.
-Una hermosa tarde en que todo parecía sonreír a nuestro alrededor, en que el sol poniente
encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban
efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron a la orilla del agua y al pie del
tronco que nos sostenía.
-¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi; una niña, hermosa y
pálida. Él le decía con ternura: «¿Por qué lloras?». «Perdona este involuntario sentimiento de
egoísmo -le respondió ella, enjugándose una lágrima-. Lloro por mí. Lloro la vida que me huye.
Cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento
trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente una amada, ¡la vida
es buena!» «¿Y por qué no has de vivir?», insistió él, estrechándole las manos conmovido.
«Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre
nuestras cabezas, yo moriré también y el viento llevará algún día su polvo y el mío, ¿quién sabe
adónde?» Yo lo oí y tú lo oíste, y nos estremecimos y callamos. ¡Debíamos secarnos!
¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror
permanecíamos aún cuando llegó la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!
-Por la primera vez faltó a su cita el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus quejas.
-A poco volaron los pájaros y con ellos sus pequeñuelos, ya vestidos de plumas. Y quedó el
nido solo, columpiándose lentamente y triste como la cuna vacía de un niño muerto.
-Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar a los insectos oscuros
que venían a roer nuestras fibras y a depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
-¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!
-Perdimos el color y la frescura.
-Perdimos la suavidad y la forma y lo que antes, al tocarnos, era como un rumor de besos, como
murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y
triste.
-¡Y al fin volamos desprendidas!
-Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto a otro entre el
polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco
de un camino.
-Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi
solo, enlutado y sombrío, contemplando con un mirada distraída las aguas que pasaban y las
hojas secas que marcaban su movimiento, a uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron
presentir la muerte.
-¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo
me detuve un momento!
-¡Ay! Ella duerme y reposa, al fin; pero nosotras, ¿cuándo acabaremos este largo viaje…?
-¡Nunca…! Ya el viento que nos dejó reposar un punto vuelve a soplar, y ya me siento
estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!
-Adiós!

_
Almanaque literario de la Biblioteca de Gaspar Roig
1871

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Wednesday, April 30, 2008

LA HERMOSA VAMPIRIZADA — ALEJANDRO DUMAS

LA HERMOSA VAMPIRIZADA — ALEJANDRO DUMAS

La Hermosa Vampirizada
Alejandro Dumas

_
Yo soy polaca, nacida en Sandomir, vale decir en un país donde las leyendas se tornan artículos
de fe, donde creemos en las tradiciones de familia como y —acaso más que— en el Evangelio.
No hay castillo entre nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en la cabaña, se reconoce el
principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se escuchan ruidos tan
misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos en las antiguas torres, sacudidas tan
formidables en las murallas, que los habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos
y nobles corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas reliquias, únicos
resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero otros dos principios más terribles aún,
más furiosos e implacables, se encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las cuales creyérase
agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota la sangre de una familia entera. Mi
padre y mis dos hermanos, rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera
de la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe que mi hermano
menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba mortalmente
herido; y por fin, después de una jornada angustiosa, durante la cual yo había escuchado
aterrorizada el tronar siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de sepultarse bajo sus ruinas.
Mientras no temía nada por él, temblaba por mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte,
porque estaba segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre los cien que le
quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto dinero y objetos preciosos poseíamos y,
recordando que —en ocasión de la segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había
encontrado un asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los montes
Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la hija, como hacía tiempo a la
madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos no fueron largos.
Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar el día siguiente a la vista del castillo, por
lo que no había tiempo que perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía
acompañar a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la cuadra; mi
padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas, obras maestras de las fábricas de
Tula, me abrazó y dio la orden de partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas, costeando uno de esos ríos sin
nombre que desembocan en el Vístula. Esta primer doble etapa nos había sustraído al peligro de
caer en manos de los rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas cimas
de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana del tercer día,
comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros Cárpatos no se parecen a los fértiles
montes de vuestro occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta
allí en toda su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de eternas
nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso espejo de lagos que por su
vastedad semejan mares; y de aquellos lagos, jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás
redes de pescadores turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al que contestan los
gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van a desvelar algún solitario eco, atónito de
que un ruido cualquiera le haya revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí
bajo la umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas que la soledad
nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del estupor a la admiración. Ahí
doquiera hay peligro, y el peligro se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo
para atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a la que dio origen
imprevistamente la licuefacción de los hielos y que, saltando de roca en roca, invade de pronto el
angosto sendero que se recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del suelo y se derrumban con
horrible estrépito semejante al de un terremoto; en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas moles agrestes,
aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio de gigantescas montañas y bosques
interminables, os veis ante inmensos páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus
tempestades, áridas y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que se alargue vuestra mirada,
es siempre el mismo. Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio de desiertos, os creéis
solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se convierte en desolación. Os parece inútil caminar
más adelante, porque no veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de cuando en cuando, como
una tristeza más en aquella región melancólica, un pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido
en el fondo de un barranco, casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre
las cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos prolongados y discordantes.
Rodead ese lago, trasponed el collado que está delante de vosotros, descended a otro valle,
superad otra colina, y así sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena
de montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os volvéis hacia el
mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os presenta una naturaleza más grandiosa
y descubriréis otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica
vegetación, toda cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con el
agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido de la campana de una
ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve serpentear una caravana. Por fin, a los últimos
rayos del sol poniente se perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos,
apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran agrupado en
cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro: aquí no
se luchará con osos y lobos, como en aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos
moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían transcurrido sin ningún
incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de
gigantes, y sobre cuya vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje. Eran los últimos días de
julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y hacia las cuatro respirábamos con ansioso
deleite las primeras brisas del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una hendidura de la
montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso del Bistriza, de riberas
esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un
abismo en cuyo fondo corría el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos precedía un guía, quien,
inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo, cantaba una canción morlaca, cuyas palabras
seguía con singular atención. El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno
de aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con su salvaje
tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la canción eran poco más o menos las
siguientes:
“¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta sangre de guerreros! No es
un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que después de haber engañado a la gentil María,
robó, exterminó, incendió.
“Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del bandido; un yatagán
le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después de tres días, su sangre, tibia aún, riega la
tierra bajo el pino tétrico y solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
“Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase por la palude cerca
de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al
monte de calvo frontis.”
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una bala. La canción quedó
interrumpida, y el guía, herido de muerte, precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía
temblando y tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde desapareciera su
dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito estridente, y sobre los flancos de la
montaña vimos aparecer una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada
uno de los nuestros empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes,
como que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se pusieron en
guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y conociendo bien cuán desventajosa
era nuestra situación, grité: ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda
carrera hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban de roca en
roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando, hacían fuego, manteniendo a
nuestros flancos la posición tomada. Por lo demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto
donde el camino se ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron al galope sus
cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las escenas de guerra, pude
apreciarla sin que se me escapara una sola circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de
pieles de carnero, llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al modo
de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que agitaban vivamente luego
de haber disparado, dando gritos salvajes, y en la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas.
Su jefe era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava guarnecida de piel y
ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y seda. En su mano resplandecía un sable corvo,
y en su cintura relucían cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz expresión de sus deseos,
pues a aquellos gritos obedecían todos sus hombres, ora echándose a tierra boca abajo para
esquivar nuestras descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos, haciendo en suma de la lucha una
carnicería. Yo había visto caer uno después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro
estaban aún ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara que fuese posible.
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los anteriores, tendiendo la punta de su
sable hacia nosotros. En verdad aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último
grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos apuntarnos todos
aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una
última plegaria, y aguardé la muerte. En ese instante vi, no descender sino precipitarse de peña en
pena, un joven que se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola
palabra: “¡Basta!” Todas las miradas se volvieron a esa voz, y cada uno pareció obedecer al
nuevo amo. Sólo un bandido apuntó de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres
dio un grito; la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse sobre el que
le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo, que un relámpago brilló por encima
de nosotros y el bandido rebelde cayó herido por una bala en la cabeza… Tantas y tan diversas
emociones habían acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un hombre, de quien no veía
sino la mano blanca y cubierta de anillos rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado,
de brazos cruzados y la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto contra
nosotros. “Kostaki”, decía en francés y con gesto autoritario el que me sostenía, “haced que
vuestros hombres se retiren de inmediato, y dejadme el cuidado de esta joven. “Hermano,
hermano”, respondió aquel a quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
esfuerzo, “cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo, dejadme a mí el bosque. En el
castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para
obligaros a obedecerme”. “Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en todas
partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a vos, me corre por las venas la
sangre de los Brankovan, sangre real que tiene el hábito de mandar, y yo mando.” “Mandad a
vuestros servidores, Gregoriska, no a mis soldados.” “Vuestros soldados son bandidos, Kostaki…
bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si no me obedecen al instante.”
“Bien, probad de darles una orden.”
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre
una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera, por así decirlo, del
cielo en medio de la refriega, y que yo había podido ver apenas, estando desmayada, mientras
aparecía a punto en escena. Era un joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes
ojos celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una extraordinaria decisión
y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas
como los del arcángel Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. Vestía una especie
de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un
gorro puntiagudo ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza, y al
hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había aprendido a apreciar uno de los
bandidos. Extendió la mano, y con ese gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano.
Pronunció algunas palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda impresión
sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua el joven jefe, y me pareció que
su discurso estaba lleno de amenazas y de imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el
hermano mayor contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los
bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron detrás de nosotros.
“¡Bien! Sea, pues, Gregoriska”, dijo Kostaki volviendo a hablar en francés. “Esta mujer no irá a
la caverna, pero no por ello será menos mía. La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la
quiero yo.” Así diciendo, se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. “Esta mujer será
llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré”, dijo mi protector. “¡Mi
caballo!”, gritó Kostaki en lengua moldava. Varios bandidos se apresuraron a obedecer,
condujeron a su señor la cabalgadura pedida… Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un
caballo sin dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me tenía aún apretada
entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente como su hermano, y partió a todo galope. El
caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco
y al pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos caballeros que volaban el
uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse de vista un solo instante, aun cuando
aparentaran no mirarse, y se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo
advirtió, me levantó la cabeza, y ya no vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los
párpados, pero en vano; a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el corazón. Entonces me
acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la Leonora de la balada de Bürger, llevada por el
caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas abiertas. Vi algo un poco
más alegre; era el patio interno de un castillo moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo; pero, por rápido que
hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido. Como lo dijera, en el castillo él era el amo.
Al ver llegar a los dos jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los servidores;
pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y Gregoriska, aparecía claro que los
mayores miramientos, el respeto más profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos
mujeres, Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la
siguiera. La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una cámara que, aun
cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de menos fácil contentamiento, era sin
embargo evidentemente la más hermosa del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una
especie de diván de sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o seis
sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los costados de la escalera que
llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño
superior al natural. Al poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no obstante, reparando el
desorden que lo sucedido causara en mi tocado, conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más
que cualquier otra, acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la puerta.
“Adelante”, dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, casi una
segunda lengua materna. Entró Gregoriska. “¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis
francés.” “Y yo también”, respondí, “estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra conducta conmigo. En esa
lengua vos me defendisteis de los designios de vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la
expresión de mi sincero reconocimiento”. “Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de caza por los montes,
cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones anormales y continuas; comprendí que se trataba
de un asalto a mano armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en
términos guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado atrevido si os
preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto linaje, como lo sois vos, se ha visto
reducida a aventurarse en nuestros montes?” “Yo soy polaca”, le contesté: “Mis dos hermanos
sucumbieron, no ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta hora, y yo, huyendo por
orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba en busca de refugio al monasterio de Sabastru,
donde mi madre, en su juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro.”
“Sois enemiga de los rusos, tanto mejor”, dijo el joven; “este título os será poderosa ayuda en el
castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara.
Pero ante todo, señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos nosotros: el
nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?” Yo me incliné. “Mi madre es
la última princesa de este nombre, la última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los
Cantimir, los viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre había sido educado en
Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo.
Partimos para Francia, Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos conozcamos bien,
reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi madre, digo, que durante los primeros
viajes de mi padre, mientras era yo aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de
parciales (que con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los hombres
por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli, medio griego y medio moldavo,
escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no
quería ella, una Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se tornaba
día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto
de un aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la recibí yo. A
mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por la felicidad de mi madre, y le
escribí una carta, en la que le comunicaba estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En
aquella carta le pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue concedido.
Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o Alemania para no encontrarme cara a
cara con un hombre que aborrecía, y que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre;
cuando he aquí, que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo demasiado a mi madre
para no apresurarme a regresar a la patria, comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía
encontrarse de tener junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle queridas.
Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo, era su hijo. Una mañana llegué
inesperadamente al castillo de mis padres. Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por
un extranjero, pero luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado
por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que visteis, para quien son leyes sólo
sus pasiones, que nada tiene por sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la
tigresa obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga esperanza de
poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el hogar de los Brakovan y de los Waivady,
yo soy aún el amo; pero fuera de este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje
hijo de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo
hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no
puedo prometeros otra cosa que hacerme matar por defenderos.”
“¿No podré entonces”, dije yo, “según el deseo de mi padre, continuar el viaje hacia el convento
de Sabastru?” “Obrad, intentad, ordenad, yo os acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos… vos ciertamente no alcanzaréis la meta de vuestro viaje.” “Pero ¿qué hacer, entonces?”
“Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las circunstancias. Suponeos
haber caído en una caverna de bandidos, y que sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro,
vuestra calma salvaros. Mi madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir una verdadera princesa.
La veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de
ella: sed cortés, os amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No demostréis fastidio ni
desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta lengua; yo traduciré a mi madre vuestras
palabras, y estáos tranquila, que sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una
palabra de cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no sabéis
aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de entre nosotros. Venid.”
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo, puestas dentro de manos de
hierro que sobresalían del muro. Era evidente que aquella insólita iluminación había sido
dispuesta para mí. Llegamos al comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella
sala, y pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe significaba la
extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía
cabellos blancos entrelazados alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de
cibelina, ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de
brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas, sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa
turca, guarnecida de piel igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar,
que hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki, vestido con el
espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció aún más extraño. Su traje estaba
compuesto de una sobrevesta de velludo negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la
rodilla, calzones de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le caían
sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una fina camisa de seda. Me
saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras para mí ininteligibles.
“Podéis hablar en francés, hermano mío”, dijo Gregoriska; “la señora es polaca y comprende esta
lengua”.
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan incomprensibles para mí como las
que pronunciara en moldavo; pero la madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los
dos hermanos. Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me recibiera.
Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento, al cual la movilidad de sus
facciones daba un sentido fácil de explicarse. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de
ella, señaló con un gesto la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y pronunció una plegaria.
Entonces cada uno ocupó su lugar propio, establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí.
Como extranjera, yo había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado de vestimenta.
Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de casimir, pero aquélla de color granate y
estos turquíes. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán
Mahmud. Los otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio que le
correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los servidores. La cena fue triste:
Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme
en francés. La madre me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le
era natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa. Luego de la cena,
Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua moldava el deseo que yo debía tener de
estar sola, y cuán necesario que sería el reposo después de las emociones de aquella jornada.
Smeranda hizo un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo hubiera
hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo. Gregoriska no se había
engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante de soledad. Agradecí por eso a la princesa,
quien me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me
acompañaran en mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi aposento,
de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho. Agradecí a las mujeres:
les hice comprender que me desvestiría sola, y ellas salieron en seguida con mil testimonios de
respeto que querían significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era un singular juego
de luces, una especie de lucha entre el resplandor trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que
pasaban a través de la ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos cerrojos, que se cerraban por
dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré la puerta de entrada; también ella tenía medios de
defensa. Abrí la ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido aquella
cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre una mesita puesta junto a la
cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer
mientras permanezcáis en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía principio el drama
que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole. Kostaki me confesó de
improviso al día siguiente que me amaba, y declaró que sería suya y no de otro, y que me mataría
antes que cederme a quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos los medios de su
refinada educación, todos los recuerdos de una juventud transcurrida en la más nobles Cortes de
Europa. ¡Ay! No era cosa tan difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el
alma, y ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses Kostaki me
había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba; Gregoriska aun no me había dicho una
palabra de amor y yo sentía que cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el castillo, había cedido
momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién de cuando en cuando venía a pedirle
órdenes, y en seguida desaparecía. También Smeranda había concebido por mí una amistad
apasionada, cuyas expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba polaco ni francés, y yo
no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de insistir ante mí en favor de su hijo predilecto.
Había sin embargo aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!…—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro hombres sobrevivientes al
combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos,
antes de que pasaran tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una mañana
se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado, destruido, y
mi padre se había hecho matar defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki
redobló sus insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto mi duelo
por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto
más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí mismos, cuando no
quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo ejemplo de ello. Estaba segurísima de su
amor, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre,
me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la
mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían hacer clara a Kostaki la rivalidad del
hermano, como sólo el amor que alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin
embargo, lo confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo tenía
fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí que una noche, de vuelta
apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una de las dos puertas que se cerraban por dentro.
Por el modo de golpear adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién
estaba allí.
“Gregoriska”, contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. “¿Qué queréis de mí?”, le
pregunté toda temblorosa. “Si tenéis fe en mí”, dijo Gregoriska, “si me creéis hombre de honor,
¿me permitís una pregunta?” “¿Cuál?” “Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en
media hora, abridme esta puerta.” “Volved dentro de media hora…”, fue mi única respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía yo que se
trataba de un hecho importante. Transcurrió la media hora: oí golpear más levemente aún que la
primera vez. Durante el intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y eché los cerrojos. Él
permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con el gesto. Luego, cuando
estuvo seguro de que ningún peligro nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la
vasta cámara, y sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
“¡Dios mío!”, le dije; “¿qué hay de nuevo, o por qué tantas precauciones?” “Porque mi vida, que
no contaría para nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que tendremos.”
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome como si quisiera pedir
excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un tácito consentimiento.
“Yo os amo”, me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; “¿me amáis vos?” “Sí”, le
respondí. “¿Y consentiréis en ser mi mujer?” “Sí.”
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. “Entonces, ¿no rehusaréis
seguirme?” “Os seguiré doquiera.” “Pues comprenderéis bien que no podemos ser felices sino
huyendo de estos lugares.”
“¡Oh sí! Huyamos”, exclamé. “¡Silencio”, dijo él estremeciéndose, “¡Silencio!” “Tenéis razón.”
Y me le acerqué toda tremante. “Escuchad lo que he hecho”, continuó Gregoriska; “escuchad por
qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Edvige,
inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos: rico en tierras, en ganados, en
servidores. Ahora bien, he vendido por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de
Hango. Me han dado trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?” Le apreté la mano. “Me
hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo vos.” “¡Bien! Escuchad; mañana voy al
monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos
caballos que nos esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de castillo.
Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara; como hoy apagaréis la luz;
como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis,
saldremos por la puerta que da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y
pasado mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no será ya
pasado mañana!— ¡Querida Edvige!”
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Lo había dicho él,
yo había abierto la puerta de mi cámara a un hombre de honor; pero comprendió bien que si no le
pertenecía en cuerpo le pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo había sido por Kostaki:
sólo que aquella carrera terrible, espantable, fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y
delicioso, al que la velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
veloz tiene un deleite propio… Nació el día. Bajé. Parecióme que el ademán con que me saludó
Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda
no me pareció cambiada. Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que
Kostaki no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once, Gregoriska nos
saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la noche, y rogando a su madre que no le
esperase a cenar: después, volvióse hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y en ese momento le
brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me estremecí. Podéis imaginaros con qué
inquietud pasé aquel día. A nadie había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a
Dios de ello en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada puesta en
mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón… La cena fue un suplicio; hosco y
taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba raramente: esta vez no dijo más que dos o tres
palabras en moldavo a su madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me
levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al abrazarme repitió
aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí parecíame que una voz fatal
me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige! Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho
Gregoriska, equivalía a la muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba inquieta, pues por
cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él iba directamente hacia la caballeriza.
Me arriesgué a correr los cerrojos de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara
vecina, desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en efecto, hacia la
caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo su caballo favorito, ensillándolo de su
propia mano con el cuidado de un hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el
mismo traje que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que el sable.
Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana de mi cámara. No habiéndome
visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la misma puerta por la que saliera y debía volver su
hermano, y se alejó a todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba al encuentro de su
hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo, hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
Pero la noche se tornaba cada vez más cerrada, y pronto no pude yo distinguir más el camino.
Me quedé todavía.
Finalmente, la inquietud que me atormentaba renovó, precisamente por exceso, mis fuerzas, y
pues las primeras noticias, de uno o de otro hermano, debían llegarme en la sala inferior, bajé.
Miré ante todo Smeranda. En la tranquilidad de su rostro advertí que no tenía ninguna aprensión;
daba órdenes para la acostumbrada cena, y los cubiertos de los hermanos estaban en los lugares
habituales. No me atreví a interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido dirigirme?
En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska, hablaban las dos lenguas que yo sabía. Me
sobresaltaba al mínimo rumor. Por costumbre, nos poníamos a la mesa a las nueve.
Había bajado a la sala a las ocho y media, y seguía con la mirada la aguja de los minutos, cuyo
avance era casi visible sobre el amplio cuadrante del reloj. La viajera aguja transitó la distancia
que nos separaba del cuarto de hora.
El cuarto golpeó, y las vibraciones resonaron profundas y tristes; en seguida, la aguja continuó
su girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de la
punta de un compás. Algunos minutos antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un
caballo en el patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la ventana: pero la noche
era demasiado oscura para poder distinguir objeto alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel
momento, cuán presto habría adivinado lo que pasaba en mi corazón…
Se había oído el patalear de un solo caballo, y era cosa muy natural, pues estaba yo bien segura
de que habría regresado un solo caballero. ¿Pero cuál? Resonaron algunos pasos en la
antecámara; pasos lentos, como los de un hombre que camina hesitando: cada uno de ellos me
parecía transitarme el corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi delinearse una sombra.
La sombra se detuvo un instante en la puerta; el corazón se me quedó en suspenso. La sombra
avanzó, y a medida que entraba en el círculo de la luz, recobraba yo el aliento.
Reconocí a Gregoriska. Algunos momentos más, y el corazón se me quebraba. Reconocí a
Gregoriska, pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle podíase adivinar que había
acontecido algo terrible. “¿Eres tú, Kostaki?”, preguntó Smeranda. “No, madre mía”, contestó
Gregoriska con sorda voz. “¡Ah, al fin!”, dijo ella, “¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre
esperaros?” “Madre mía”, dijo Gregoriska mirando la péndola, “apenas son las nueve”. Y
efectivamente en ese mismo momento sonaron las nueve. “Es verdad”, dijo Smeranda. “¿Dónde
está vuestro hermano?
A pesar mío se presentó en mi mente el pensamiento de que Dios había hecho la misma pregunta
a Caín. Gregoriska no contestó. “Nadie ha visto hasta ahora a Kostaki ?”, preguntó Smeranda.
El vatar, o sea el mayordomo, fue a informarse.
“Hacia las siete”, dijo él de regreso, “el conde ha estado en las caballerizas, ha ensillado con
propia mano su caballo, y ha partido por el camino de Hango”.
En ese instante mis ojos se encontraron con los de Gregoriska. No sé si fue realidad o
alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en medio de su frente. Me llevé lentamente
el dedo a la frente indicando el punto donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me
comprendió: sacó el pañuelo, secándose. “Sí, sí”, murmuró Smeranda, “habrá encontrado algún
lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por qué un hijo hace esperar a su
madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska?” “Madre mía”, respondió éste con voz conmovida
pero firme, “mi hermano y yo no hemos salido juntos”. “Bien”, dijo Smeranda. “Vamos a la
mesa, cada uno póngase en su lugar, y luego ciérrense las puertas; quien esté afuera, dormirá
afuera.”
Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas. Smeranda se puso en
su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su siniestra. Después los servidores salieron para
cumplir la tercera parte de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese
momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor entró espantado diciendo:
“Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde Kostaki, solo y por entero
cubierto de sangre”. “¡Oh!”, murmuró Smeranda levantándose pálida y amenazadora; “de tal
modo volvió una noche al castillo el caballo de su padre”.
Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El caballo del conde
Koproli, en efecto, había regresado una noche al castillo todo manchado de sangre, y una hora
después los servidores encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda
tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola bajó al patio. El
caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres o cuatro servidores que hacían toda clase
de esfuerzos para tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que cubría
la silla y vio una herida en su testuz.
“Kostaki fue muerto de frente”, dijo ella, “en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo,
hijos míos, más tarde buscaremos al homicida”.
Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron
afuera por ella, y se vieron sus antorchas perderse en la campiña y entrar en lo profundo del
bosque, como en una hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de
Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría mucho, aguardó
enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las mejillas de aquella madre desolada, sin
embargo se veía que la desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón…
Gregoriska estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala, pareció querer
ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De ahí en cerca de un cuarto de hora se
vio aparecer en el recodo del camino una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente
distinguiéronse todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a un
centro común. Ese centro era, como bien pronto se pudo advertir, unas parihuelas con un hombre
tendido sobre ellas. El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero al cabo de diez minutos,
quienes le llevaban se descubrieron instintivamente la cabeza, y taciturnos entraron en el patio,
donde fue depositado el cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda ordenó se le
abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en tierra ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una lágrima.
Le abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa ensangrentada. La herida hallábase en la
parte diestra del pecho. Debía haber sido hecha con una hoja recta y de dos filos. Recordé haber
visto esa mañana misma al a costado de Gregoriska el largo cuchillo de caza que servía de
bayoneta a su carabina. Busqué con los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se hizo llevar
agua, mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura y tibia todavía enrojeció los labios
de la herida. El espectáculo que tenía bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta
cámara ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos ojos
centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes singulares, aquella madre que, a la vista de la sangre
aun cálida, calculaba cuánto tiempo hacía que la muerte arrebatara a su hijo, aquel profundo
silencio interrumpido sólo por los sollozos de los bandidos cuyo jefe era Kostaki, todo eso,
repito, tenía en sí algo de atroz y de sublime. Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y
se levantó; en seguida, echándose a las espaldas las largas trenzas de blancos cabellos que se le
había desunido:
“¡Gregoriska!”, dijo. Gregoriska se estremeció, sacudió la cabeza y saliendo de su atonía:
“Madre mía”, respondió.
“Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.”
Gregoriska obedeció, temblando, pero obedeció.
A medida que se aproximaba al cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la herida más abundante
y más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más hacia aquel lado, pues a la vista de
aquella sangre no habría tenido ya necesidad de buscar el asesino. “Gregoriska”, dijo ella, “bien
sé que Kostaki y tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un Waivady por parte de
tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero por parte de vuestra madre sois ambos de la
sangre de los Brankovan. Sé que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las
montañas orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos.
¡Pues bien! Gregoriska, quiero saber si mi hijo será llevado a yacer junto a la tumba de su padre
sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo en fin podré llorar tranquila, como mujer,
descansando en vos, vale decir en un hombre, para el castigo”. “Decidme, señora, el nombre del
homicida, y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá dejado de vivir.”
“¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis entendido, hijo mío? ¿Juráis que el asesino morirá,
que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa: que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano? Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la cólera
celeste, si faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra promesa, padeceréis la miseria, la
execración de los amigos, la maldición de vuestra madre.”
Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver, y: “¡Juro que el asesino morirá”, dijo.
A aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto quizá podíamos
comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio. Los ojos del cadáver se abrieron, se
fijaron sobre mi más vivos cual nunca los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable,
sentí penetrarme hasta el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y me desvanecí.
Cuando recobré los sentidos me encontré acostada sobre el lecho de mi cámara: una de las dos
mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba Smeranda; me fue contestado que velaba
junto al cuerpo de su hijo. Pregunté dónde estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de
Hango.
Ahora no era preciso huir: ¿no había muerto Kostaki? No se debía ya hablar de boda, ¿podía yo
casarme con el fratricida? Transcurrieron así tres días y tres noches en medio de extraños sueños.
En la vigilia y en el sueño veía siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era una
visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
Por la mañana me fue traído de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y
bajé. La casa parecía vacía, todos estaban en la capilla. Me encaminé hacia ella, y al tiempo que
trasponía su umbral, vino a mi encuentro Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
Hubierais dicho que era la imagen del Dolor. Con lento movimiento como el de una estatua,
posó sobre mi frente sus helados labios, y con voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció las
habituales palabras; ¡Kostaki os ama!… No os podéis imaginar el efecto que produjeron en mi
aquellas palabras. Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado, que decía os
ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, hizo sobre mi
corazón una impresión terrible. Al mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal
como si fuera verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la prometida del vivo.
Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente, como la sierpe atrae al pajarillo por ella
fascinado.
Busqué con los ojos a Gregoriska; lo vi pálido y enhiesto contra una columna: miraba hacia lo
alto. No sé decir si me vio. Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando
salmos del rito griego, a veces armoniosos, con frecuencia monótonos. También yo hubiera
querido orar, pero la plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa que parecíame
antes bien presenciar un consistorio de demonios que una reunión de monjes. Cuando fue sacado
el cuerpo de allí, quise seguirlo, pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las piernas, y
me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e hizo una seña a Gregoriska. Este se
aproximó. Smeranda me habló en moldavo:
“Mi madre me ordena repetiros palabra por palabra lo que va a decir”, me expresó Gregoriska.
Smeranda habló de nuevo; cuando hubo terminado:
“He aquí las palabras de mi madre”, dijo él: “Lloráis a mi hijo, Edvige, vos le amabais, ¿verdad?
Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante tenéis una patria, una
madre, una familia. Derramemos las muchas lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de
nuevo dignas ambas de aquel que ya no es… ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a vuestra
cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada; cuando regrese, me encerraré en mi
estancia con mi dolor, y me volveréis a ver sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré
este dolor, porque no quiero que me mate a mí”.
A estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, no pude responder sino con un
gemido. Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se alejó, y lo vi desaparecer en el ángulo del
camino. El convento de Hango estaba a sólo media legua de distancia del castillo en línea recta;
pero los obstáculos del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que se empleaban
dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de noviembre. Las jornadas habíanse tornado
frías y breves, y a las cinco ya era noche oscura. Hacia las siete vi reaparecer las antorchas; el
cortejo fúnebre había regresado. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres; todo estaba
concluido.
Os dije ya en qué singular pesadilla vivía presa luego del fatal suceso que nos sumergiera a todos
en el duelo, y sobre todo después que viera reabrirse y fijarse sobre mí los ojos cerrados del
muerto. La noche que siguió, oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba
aún más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo, y a medida que el tiempo
fugitivo me acercaba al momento en que había muerto Kostaki, sentíame cada vez más
desconsolada. Sonaron las nueve menos cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña
sensación. Me corría por todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una
especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y me velaba los ojos.
Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el lecho. Sin embargo no había perdido totalmente
los sentidos como para que no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me
pareció abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí un vivo dolor en el
cuello. Luego de lo cual caí en profundo letargo.
Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que
hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta
sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el
muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de
mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida
por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de
costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida,
a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de
mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; experimentaba yo una cosa
singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio
de posición me fatigaba.
Llegada la noche, me trajeron la lámpara; mis mujeres, según podía yo comprender por sus
gestos, se ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo agradecí y salieron. A la misma hora que la
noche precedente experimenté los mismos síntomas. Quise levantarme entonces y pedir ayuda;
pero no pude llegar a la salida. Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos resonaron,
abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como la noche anterior, caí de espaldas
sobre el lecho. Como el día anterior experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior
me desperté a medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día siguiente renovóse la horrible pesadilla.
Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me sintiera, cuando entró
en la cámara una de mis mujeres y pronunció el nombre de Gregoriska. El joven la seguía.
Intenté levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y quiso
lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
“¿Qué venís a hacer aquí?, le pregunté. “¡Ay!”, dijo él; “¡venía a deciros adiós! A deciros que
abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y vuestra presencia; a anunciaros
que me retiro al monasterio de Hango”. “Gregoriska”, le respondí, “estáis privado de mi
presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es que este amor sea en
adelante casi un delito”. “Entonces, ¿puedo esperar que rogaréis por mí, Edvige? “Sí, pero no lo
podré hacer por largo tiempo”, repliqué yo con una sonrisa. “¿Por qué no? Pero en verdad os veo
muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?” “Porque… Dios tiene ciertamente
piedad de mí, y a él me llama.”
Gregoriska se me acercó, tomóme una mano que no tuve fuerza de sustraerle, mirándome fijo al
rostro: “Esa palidez no es natural. Edvige” me dijo; “¿cuál es la causa?” “Si os la dijera,
Gregoriska, creeríais que estoy loca.” “No, no, hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país
que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a ninguna otra familia.
Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco.”
Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese
terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho,
ese ruido de pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo
dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre crecientes. Creía yo que mi
relato parecería a Gregoriska un comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez,
cuando por el contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. “¿De manera —preguntó
él— que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?” “Sí, por muchos que sean los
esfuerzos que hago para resistir al sueño.” “¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?”
“Sí, aunque eche el cerrojo.” ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?” “Sí, aunque
sea apenas visible la señal de la herida”. ¿Me permitís ver?” Doblé la cabeza hacia atrás.
Examinó él la cicatriz. “Edvige —dijo Gregoriska después de un momento de reflexión—,
¿tenéis confianza en mí?” “¿Me lo preguntáis?”, contesté. “¿Creéis en mi palabra?” “Como creo
en el Evangelio.” “¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de vida, si no
consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.” “¿Y si consiento?” “Si consentís, quizás os
salvéis.” “¿Quizás? Él se calló. “Suceda lo que fuere, Gregoriska”, continué diciendo yo “haré
cuanto me ordenéis hacer”. “Escuchad entonces”, dijo él. “y ante todo no os espantéis. En vuestro
país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe una tradición”. Temblé “porque esa tradición
ya había vuelto a mi memoria”. “¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?” “Sí”, contesté, “en Polonia vi
algunas personas padecer el horrendo hecho”. “Queréis hablar del vampiro, ¿no es verdad?” “Sí,
niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre
cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar
con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de
vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran
sus víctimas”. “¿Y qué se hizo para liberar de eso a la región?” “Se les clavó un palo en el
corazón, y luego los quemaron.” “Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta.
Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es
preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere.” “¡Oh, Gregoriska!”, exclamé
espantada. Dijo: “Quienquiera que fuere”, lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible
aventura, es necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré.” “Decid.” “Estad pronta a
las siete. Descended a la capilla, pero descended sola; es necesario que venzáis a toda costa
vuestra debilidad, Edvige. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada mía:
para velar por ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos.” “¡Oh!
Gregoriska”, exclamé, “¡si es él, os matará!” “No temáis, amada Edvige. Consentid solamente.”
“Sabéis bien que haré todo lo que queráis, Gregoriska.” “Entonces, hasta luego a la noche.” “Sí,
haced lo que creáis más oportuno, y os secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós.”
Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda carrera por el camino del
monasterio; era él.
Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no se reza en vuestras tierras
sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos;
no me levanté sino al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta.
Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera, apoyándome en el muro, y me
dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.
Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de Hango. Ceñía una espada
santa, reliquia de un antiguo cruzado que asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-
Hardouin y Baldouin de Flandes. “Edvige”, dijo él golpeando con la mano su espada, “con la
ayuda de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos pues
resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión, recibirá nuestros juramentos”.
Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más solemne. Nadie
asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las coronas nupciales. Vestidos ambos de
luto, giramos en torno al altar con un cirio en la mano; luego el monje, tras de pronunciar las
sacras palabras, agregó: “Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor para luchar
contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra inocencia y defendidos por Su
justicia, venceréis al demonio. Id, y benditos seáis”.
Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el
brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón,
volvía a mis venas la vida. Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo;
subimos a mi cámara. Sonaban las ocho y media.
“Edvige”, me dijo entonces Gregoriska “no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como
de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer desvelada y verlo
todo?” “Junto a ti nada temo: quiero permanecer despierta y verlo todo.”
Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio: “Toma
entonces esta ramita”, me dijo, “acuéstate en tu lecho, recita las preces de la Virgen y aguarda sin
temor. Dios está con nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar
aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y aguarda”.
Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida.
Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé. Contaba yo los minutos, y de seguro mi
esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me
sentí presa del mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los días
precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera sensación se desvaneció. Oí
entonces muy claro el ruido de aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la
escalera, y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como
empujada por sobrenatural fuerza, y entonces…
La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las
parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía
como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo
estaba muerto, todo era cadáver…carne, ropas, porte… solamente los ojos, aquellos terribles ojos,
estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir duplicárseme el espanto, sentí
crecerme el valor. Dios me lo enviaba de seguro para decidir mi situación y defenderme del
infierno. Al primer paso que el espectro dio hacia mi lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el
rostro y le presenté la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un poder más fuerte que él
lo retuvo en el sitio. Se detuvo. “¡Oh”, murmuró; “ella no duerme, lo sabe todo”. Pronunció él
estas palabras en lengua moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido
pronunciadas en lengua por mí sabida.
Estábamos así uno frente al otro, el fantasma y yo, sin que pudiera apartar mis miradas de las
suyas, cuando con el rabillo del ojo vi a Gregoriska salir detrás del baldaquino, semejante al
ángel exterminador y con la espada en el puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano siniestra,
y avanzó lentamente con la espada tendida vuelta hacia el fantasma; éste, al ver al hermano,
desenvainó también el sable soltando una horrible carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro
bendito, el brazo le cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y
desesperación. “¿Qué quieres de mí?”, preguntó al hermano. “En nombre del Dios verdadero y
viviente”, dijo Gregoriska, “conjúrote a que respondas.” “Habla”, dijo el espectro rechinando los
dientes. “¿Te he tendido yo una emboscada?” “No.” “¿Te he asaltado yo?” “No.” “Te he herido
yo?” “No.” “Te arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la muerte.
Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de fratricidio; luego no has recibido
una misión divina sino infernal; luego has salido de tu tumba no como una sombra santa sino
como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.” “¡Con ella, sí!”, exclamó Kostaki haciendo un
supremo esfuerzo para apoderarse de mí. “¡Volverás allá solo!”, exclamó a su vez Gregoriska;
“esta mujer me pertenece”.
Y al pronunciar tales palabras tocó con la punta del hierro bendito la llega viva. Kostaki exhaló
un grito como si le hubiera tocado una espada de fuego y, llevándose una mano al pecho, dio un
paso atrás. Al mismo tiempo, Gregoriska, con un movimiento que parecía coordinado con el del
hermano, dio un paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, con la espada
contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne. Era algo semejante
al pasaje de don Juan y el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra espada,
bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo seguía paso a paso, sin pronunciar una
palabra, ambos anhelantes, ambos lívidos del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo a
abandonar el castillo, su anterior morada, para volver a la tumba, su morada futura… Os lo
aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de verse! Y sin embargo, yo misma, movida por una fuerza
superior, invisible, desconocida, sin saber lo que hacía, me levanté y los seguí. Bajamos la
escalera, iluminados sólo por las ardientes pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio,
y luego traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro retrocediendo,
Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
Esta marcha fantástica duró una hora, pues era necesario volver el cadáver a su tumba; pero en
vez de seguir el camino acostumbrado, Kostaki y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta,
cuidándose poco de los obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se allanaba,
los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se abrían. El mismo milagro se
operaba para mí: sólo que el cielo me parecía todo cubierto de un negro velo, las lunas y las
estrellas habían desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos
llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos a través del seto vivo de
madroños que servía de cerco al cementerio. Apenas entrada, distinguí entre las sombras la
tumba de Kostaki, junto a la de su padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí.
Nada me era desconocido en aquella noche.
Gregoriska se detuvo al borde de la fosa abierta. “Kostaki”, dijo él, “aun no está todo terminado
para ti, y una voz del cielo me avisa que se puede ser concebido el perdón si te arrepientes;
¿prometes retornar a la tumba?, ¿no salir de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste
al infierno?”. “¡No!”, respondió Kostaki. “¿Te arrepientes?”, preguntó Gregoriska. “¡No!” “Por
última vez, ¿te arrepientes?” “¡No!” “Por última vez, ¿te arrepientes?” “¡Bien!” invoca la ayuda
de Satanás, como invoco yo la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún victorioso.”
Resonaron simultáneamente dos gritos; los hierros se cruzaron despidiendo centellas, y la lucha
duró un minuto que me pareció un siglo. Kostaki cayó; vi alzarse la terrible espada de su
hermano, introducírsela en el cuerpo, y clavar ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un
último grito que nada tenía de humano se alzó por el aire. Acudí: Gregoriska estaba en pie, pero
vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
“¿Estás herido?”, le pregunté ansiosamente. “No”, me respondió, “pero en tal duelo, querida
Edvige, la lucha, no la herida, mata. He luchado con la muerte, y a ella pertenezco”. “Amigo,
amigo”, exclamé, “aléjate de aquí y acaso vuelvas a la vida”. “No, ésta es mi tumba, Edvige, pero
no perdamos tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala a la
mordedura que te hizo; es el único medio que puede preservarte en el porvenir de su horrendo
amor.”
Obedecí temblando. Me incliné para recoger aquella tierra sanguinosa, y al doblarme vi el
cadáver clavado al suelo: la espada bendita le atravesaba el corazón, y una sangre oscura le
brotaba abundante de la herida, como si hubiera muerto en aquel momento.
Amasé un poco de tierra con la sangre, y apliqué a mi herida el espantoso talismán. “Ahora, mi
adorada Edvige”, dijo Gregoriska con voz semiapagada, “escucha bien mi último consejo.
Abandona el país apenas te sea posible. Sólo la distancia es una seguridad para ti. El padre
Basilio recibió hoy mi suprema voluntad y la cumplirá. “Edvige, un beso! ¡El último, el único
beso! ¡Edvige, me muero!” Y así diciendo, Gregoriska cayó junto al hermano.
En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta,
con aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al otro, hubiera enloquecido; pero como dije ya,
Dios me había inspirado una fuerza igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo
testigo sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de ayuda, vi abrirse la
puerta del monasterio y avanzar los monjes de a dos conducidos por el padre Basilio, llevando
cirios ardientes y cantando las preces de difuntos. El padre Basilio había llegado hacía poco al
convento, y previendo lo sucedido, dirigíase al cementerio con toda la congregación. Me
encontró viva cerca de los dos muertos. Una última convulsión había retorcido el rostro de
Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y casi sonriente. Fue sepultado, como lo deseara
él, junto al hermano, el cristiano junto al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva
desdicha, quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis labios cuanto había
acontecido en aquella tremenda noche.
Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me escuchó, como ya me escuchara
Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto. “Edvige”, me contestó ella después de un instante de
silencio, “por muy extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La estirpe
de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque un Brankovan mató a
un sacerdote. El término de la maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en
mí se extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón, tomadlo. Después de mi
muerte, salvo los píos legados que tengo la intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y
ahora seguid el consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas tierras
donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No necesito de nadie para llorar
conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte
futura me pertenece a mí sola y a Dios”.
Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de
Brankovan.
Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis noches no fueran
turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi salud, y de aquel suceso no me quedó otro
recuerdo fuera de esta palidez mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura
que haya sufrido el beso de un vampiro.

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Thursday, March 20, 2008

TRES FECHAS — G. A. BECQUER

TRES FECHAS — G. A. BECQUER

TRES FECHAS
BECQUER

En una cartera de dibujo que conservo aún llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones semiartísticas a la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas.

Los sucesos de que guardan la memoria estos números son hasta cierto punto insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela
más o menos sentimental o sombría, según que mi imaginación se hallaba más o menos exaltada y propensa a ideas risueñas o terribles.

Si a la mañana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios, hubiera podido
escribir los extraños episodios de las historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo
mis párpados, historias cuyo vago desenlace flota por último indeciso, en ese punto que separa la
vigilia del sueño, seguramente formarían un libro disparatado, pero original y acaso interesante.

No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables, son en cierto modo como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.

Voy, pues, a limitarme a narrar brevemente los tres sucesos que suelen servir de epígrafe a los
capítulos de mis soñadas novelas, los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por
medio de una serie de ideas como con un hilo de luz, los tres temas en fin sobre que yo hago mil y mil variaciones, en las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la imaginación.

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien
generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista y le
revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la
forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera y pondría sobre la barrera un tarjetón con este letrero:

«En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y
prosaica.»

Da entrada a esta calle, por uno de sus extremos, un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto.

En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por la acción de los años, en el cual crece la hiedra que, agitada con el aire, flota sobre el casco que lo corona como un penacho de plumas.
Debajo de la bóveda, y enclavado en el muro, se ve un retablo con su lienzo ennegrecido e
imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco, su farolillo pendiente de su cordel y sus votos de cera.

Más allá de este arco que baña con su sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de su forma, sus dimensiones y su color. Unas están construidas de piedras toscas y
desiguales, sin más adorno que algunos blasones groseramente esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco árabe que les sirve de ingreso, dos o tres ajimeces abiertos al
capricho en un paredón grietado, y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza
que no pertenece a ningún orden de arquitectura y que tienen, sin embargo, un remiendo de todas; que son un modelo acabado de un género especial y conocido, o una muestra curiosa de las extravagancias de un período del arte. Éstas tienen un balcón de madera con un cobertizo
disparatado; aquéllas, una ventana gótica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores;
las de más allá, unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros y dos fustes de columnas, tal vez procedentes de un alcázar morisco, empotrados en el muro. El palacio de un magnate convertido en corral de vecindad, la casa de un alfaquí habitada por un canónigo, una sinagoga judía transformada en oratorio cristiano, un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que aún queda en pie la torre, mil extraños y pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo así, en cien varas de terreno.

He aquí todo lo que se encuentra en esta calle, calle construida en muchos siglos, calle estrecha,
deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual, al levantar su habitación, tomaba
una saliente, dejaba un rincón o hacía un ángulo con arreglo a su gusto, sin consultar el nivel, la
altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de líneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes que cada vez ofrece algo nuevo al que la
estudia.

Cuando por primera vez fui a Toledo, mientras me ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la poada con honores de fonda en que me había hospedado.

Casi siempre la atravesaba de un extremo a otro sin encontrar en ella una sola persona, sin que
turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás de las celosías de un balcón, del cancel de una puerta o la rejilla de una ventana, viese ni aun por casualidad el
arrugado rostro de una vieja curiosa o los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana.

Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus
habitantes desde una época remota.

Una tarde, sin embargo, el pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos
paredones se veían tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival rodeado de un festón de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construido y blanco como la nieve, en medio del cual se veía, como contenida en la primera, una pequeña ventana con su marco y sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían a enredarse por entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.

Ya la ventana de por sí era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más
poderosamente contribuyó a que me fijase en ella fue el notar que, cuando volví la cabeza para
mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.

Seguí mi camino preocupado con la idea de la ventana o mejor dicho, de la cortinilla o, más claro
todavía, de la mujer que la había levantado porque, indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo una mujer, entiéndase que se supone joven y bonita.

Pasé otra tarde; pasé con cuidado; apreté los tacones aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose, dos o tres ecos; miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a levantar. La verdad es que, realmente, detrás de ella no vi nada; pero, con la
imaginación, me pareció descubrir un bulto: el bulto de una mujer, en efecto.

Aquel día me distraje dos o tres veces dibujando. Y pasé otros días, y siempre que pasaba, la
cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así hasta que se perdía el ruido de mis pasos y yo, desde lejos, volvía a ella por última vez los ojos.

Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel claustro tan misterioso y bañado en triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una columna, la
cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al rumor del agua que corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardín, que agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer!

¡Qué historias imposibles no forjaría en mi mente! Yo la conocía. Ya sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos.

La miraba cruzar por los extensos y solitarios patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su
presencia, como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que debía hacer allá en el fondo de aquella especie de palacio gótico donde vivía, coger flores y sentarse sola en un banco de piedra, y allí suspirar mientras las deshojaba, pensando en… ¡Quién sabe! Acaso en mí.

¿Qué digo acaso? En mí seguramente. ¡Oh! ¡Cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta poesía,
despertó en mi alma aquella ventana, mientras permanecí en Toledo…!

Pero transcurrió el tiempo que había de permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo,
guardé todos mis papeles en la cartera; me despedí del mundo, de las quimeras, y tomé un asiento en el coche para Madrid.

Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la más alta de las torres de Toledo, saqué la cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me acordé de la calle.

Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme a mi asiento, mientras doblábamos la colina que
ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el lápiz y apunté una fecha. Es la primera de las tres, a la que yo le llamo la fecha de la ventana.

Al cabo de algunos meses, volví a encontrar ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro
días. Limpié el polvo de mi cartera de dibujo, me la puse bajo el brazo y, provisto de una mano de papel, media docena de lápices y unos Cuantos napoleones, deplorando que aún no estuviese
concluida la línea férrea, me encajoné en un vehículo para recorrer en sentido inverso los puntos
en que tiene lugar la célebre comedia de Tirso Desde Toledo a Madrid.

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me llamaron
la atención en mi primer viaje y algunos otros que aún no conocía sino de nombre.

Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos por entre sus barrios más antiguos la mayor parte del tiempo de que podía disponer para mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas e impracticables.
Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo, después de una de estas largas excursiones a través del desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la población y como escondida en uno de sus más apartados rincones.

La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella se habían identificado, por
decirlo así, con el terreno, de tal modo que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una
Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones crecían a su sabor malvas de unas proporciones colosales, corros de gigantescas ortigas, matas rastreras de
campanillas blancas, prados de esa yerba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y
meciéndose suavemente al leve soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y las ruinas.

Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros,
veíanse allí una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas, y arrojadas en
diferentes épocas a aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fácil seguir

un curso de geología histórica.

Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos de
ladrillo de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados, jirones de tela, tiras de cuero y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre eran los que aparecían a primera vista a la superficie, llamando así mismo la atención y deslumbrando los ojos una miríada de chispas de luz derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados a granel y que, examinadas de cerca, no eran otra cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas que, refractando los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas y deslumbrantes.

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada a trechos con pequeñas piedrecitas de varios
matices formando labores, a trechos cubierta de grandes losas de pizarra y en su mayor parte,
según dejamos dicho, semejante a un jardín de plantas parásitas o a un prado yermo e inculto.
Los edificios que dibujaban su forma irregular no eran tampoco menos extraños y dignos de
estudio. Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas, con sus tejados
dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones de mármol sujetos a las
esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos, sus ventanillos con tiestos de flores y su farol rodeado de una pared de alambre que defiende sus ahumados vidrios de las
pedradas de los muchachos.

Otro frente lo constituía un paredón negruzco lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos
reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo. Un
paredón altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y argamasa, y a uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos desconchada y llena de mechinales, manchada a trechos de tintas rojas, verdes o amarillentas y coronada de un bardal de heno seco, entre el cual corrían algunos tallos de
enredadera.

Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improviso a mis ojos, cautivando mi ánimo o suspendiéndome durante algún tiempo, pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden que todos los que se levantaban en su alrededor.

-¡He aquí lo que yo deseaba encontrar! -exclamé al verle. Y sentándome en un pedrusco,
colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lápiz de madera me apercibí a trazar, aunque ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.

Si yo pudiera pegar aquí con dos obleas el ligerísimo y mal trazado apunte que conservo de aquel
sitio, imperfecto y todo como es, me ahorraría un cúmulo de palabras, dando a mis lectores una
idea más aproximada de él que todas las descripciones imaginables.

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos
renglones, pueda formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura, sus muros engalanados con
largas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja de
azulejos brillantes: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas
columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías cerradas con persianas verdes que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus habitadores.

El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin. La acción de los años comienza a
desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y a corroer hasta los mármoles. Un monarca
castellano escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba; y en este punto
rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre los cuales
se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un macizo torreón de
sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven, por una parte, trozos de alicatado reluciente, por otra, artesones oscurecidos, o un ajimez solo, o un arco de herradura ligero y puro que da entrada a un salón gótico severo e imponente.

Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto, cediéndole a una comunidad de religiosas y éstas, a su vez, fabrican de nuevo, añadiéndole otros rasgos a la ya extraña
fisonomía del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña; donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses melancólicos y oscuros y, aprovechando unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que pueden concebirse.

Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos en el crepúsculo misterioso en que
los bañan las sombras de sus doseles una andanada de santos, ángeles y vírgenes, a cuyos pies se retuercen entre las hojas de acanto sierpes, vestigios y endriagos de piedra, se mira elevarse un
minarete esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto a las saeteras del murallón, cuyas
almenas están ya rotas, ponen un retablo y tapian los grandes huecos con tabiques cuajados de
pequeños agujeritos y semejantes a un tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos y
fabrican, por último, un campanario de espadaña con sus campanas, que tañen melancólicamente noche y día llamando a la oración, campanas que voltean al impulso de una mano invisible,
campanas cuyos sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria tristeza.

Después pasan los años y bañan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio,
armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos, en el ala de los tejados; las
golondrinas, en los doseles de granito; y el búho y la lechuza escogen para su guarida los altos
mechinales, desde donde en las noches tenebrosas asustan a las viejas crédulas y a los
atemorizados chiquillos con el resplandor fosfórico de sus ojos redondos y sus silbos extraños y
agudos.

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales hubieran podido únicamente dar
por resultado un edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos como el que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano, describir con palabras.

Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera; el sol doraba apenas las más altas
agujas de la ciudad; la brisa del crepúsculo comenzaba a acariciar mi frente cuando, absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de otras
edades más poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de
mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y
entregándome por completo a los sueños de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo.

Veía claramente sucederse las épocas y derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres, o mejor dicho, veía a unas mujeres dejar lugar a otras mujeres, y las primeras y las que venían después convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y fue manantial de placeres.

Luego… ¡Qué sé yo!, todo confuso, muchas cosas revueltas, tocadores de encaje y de estuco con
nubes de aroma y lechos de flores, celdas estrechas y sombrías con un reclinatorio y un crucifijo,
al pie del crucifijo un libro abierto y sobre el libro una calavera, salones severos y grandiosos
cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían a cruzar ante mis ojos: monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de pensadas no pueden recordarse, de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento y, pasándome la mano por los ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento.

Había visto, no me puede caber duda, la había visto perfectamente, una mano blanquísima que,
saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes a tableros de
ajedrez, se había agitado varias veces, como saludándome con un signo mudo y cariñoso. Y me
saludaba a mí, no era posible que me equivocase: estaba solo, completamente solo en la plaza.

En balde esperé la noche clavado en aquel sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador.

Inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de mis delirios del día. No la volví a ver más…

Y llegó al fin la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí como una carga inútil y
ridícula todas las ilusiones que en su seno se habían levantado en mi mente. Torné a guardar los
papeles en mi cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreírme …

Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido hasta que volví a Toledo, transcurrió
cerca de un año durante el cual no dejó de presentárseme a la imaginación su recuerdo, al principio a todas horas y con todos sus detalles, después, con menos frecuencia y por último con tanta vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había sido juguete de una ilusión o de un sueño. No obstante, apenas llegué a la ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria, salí preocupado a recorrer las calles sin camino cierto, sin intención preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.

El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas como
notas perdidas de una sinfonía misteriosa ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el rostro a su contacto y hasta
diríase que helaba el alma con su soplo glacial.

Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos absorto en mil confusas imaginaciones y, contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio sin que lograse
llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden
desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta. Ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo
examen minucioso me detenía a cada paso cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y
recuerdos históricos.

El cielo cerraba de cada vez más oscuro. El aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había
comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando,
sin saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado allí por un impulso al que no
podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto a que iban mis
pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.
Al encontrarme en aquel lugar, salí de la especie de letargo en que me hallaba sumido como si me
hubiesen despertado de un sueño profundo con una violenta sacudida.
Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé. Digo mal: estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza:

Pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos lugares por la vez primera hasta el que me impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la
melancolía a la amargura.

Contemplé por algunos instantes el sombrío convento, en aquella ocasión más sombrío que nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una
campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando
contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan agudo y continuado que parecía como acometido de un vértigo.

Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una
roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las
campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos
ahogados, la otra como riendo en carcajadas estridentes, semejantes a la risa de una mujer loca.

A intervalos y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un cántico religioso y solemne.

Varié de idea, y en vez de alejarme de aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté a uno de los haraposos mendigos que había sentados en sus escalones de piedra:

-¿Qué hay aquí?

-Una toma de hábito -me contestó el pobre, interrumpiendo la oración que murmuraba entre
dientes, para continuarla después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta.

Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco el interior de la iglesia del
convento. Ambas consideraciones me impulsaron a penetrar en su recinto.

La iglesia era alta y oscura; formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas
delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica
coronación de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del Renacimiento, cuajada de angelones con escudos, grifos cuyos remates fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno a las naves se veían multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales ardían algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura.

Capillas de arquitectura árabe, gótica o churrigueresca: unas, cerradas con magníficas verjas de
hierro; otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas con una antigua tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines.

Contribuía a dar un carácter más misterioso a toda la iglesia, completamente armónica en su
confusión y su desorden artístico con el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba.

De las lámparas de plata de cobre pendientes de las bóvedas, de las velas de los altares y de las
estrechas ojivas y los ajimeces del muro partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los
que penetraban de la calle por algunas pequeñas claraboyas de la cúpula; rojos, los que se
desprendían de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían paso a través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecían como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas.

A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia
había comenzado hacía bastante tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor bajaban en aquel momento sus gradas, cubiertas de alfombras, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro, en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.

Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo
separaban del templo. No sé; me pareció que había de conocer en la cara a la mujer de quien sólo
había visto un instante la mano, y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados hierros, muy poco o nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros, que se movían entre las tinieblas contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos, una prolongada fila de sitiales altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas ropas talares, un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las sombras: he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba.

Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios
perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegaron al fin a la reja del coro.

Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba a consagrarse al Señor.

¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la noche levantarse de las
aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas del mar o de la profunda sima de una montaña
un jirón de niebla que flota lentamente en el vacío y, alternativamente, ya parece una mujer que se mueve y anda y vuela su traje al andar, ya un velo blanco prendido a la cabellera de alguna silfa invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire, cubriendo sus huesos amarillos con un sudario sobre el que se cree ver dibujarse sus formas angulosas? Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.

El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacían
resaltar por oscuro, bañándola en una dudosa sombra.

Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la
ceremonia.

La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que a su vez repetían los
sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que la ceñía y la
arrojó lejos de sí… ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella mujer, hermana
de las flores, como todas las mujeres.

Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como una cascada de oro sobre sus
espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó a percibirse, en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente que sombreaba y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado había besado tantas veces…

La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía al pasar los vidrios de color de las ojivas.

Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.

Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la garganta, y la desnudaron por último
de su traje nupcial, aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con mano trémula de emoción y cariño. El esposo místico aguardaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte, abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo puñados de flores, entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.

-¡De profundis clamavi ad Te! -decían las religiosas desde el fondo del coro con voces plañideras y dolientes.
-¡Dies irae, dies illa! -le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo y en tanto las
campanas tañían lentamente tocando a muerto, y de campanada a campanada se oía vibrar el
bronce con un zumbido extraño y lúgubre.

Yo estaba conmovido; no, conmovido no; aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que a mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar y que sólo pueden concebir los que lo han sentido…

Aún estaba clavado en aquel lugar, con los ojos extraviados, temblorosos y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus
manos velas encendidas y formando dos largas hileras la condujeron como en procesión hacia el
fondo del coro.

Allí entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se había abierto. Al
poner el pie en su dintel, la religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de
todas las luces la iluminó de pronto y pude verle el rostro. Al mirarlo tuve que ahogar un grito.

Yo conocía a aquella mujer: no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en
sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda acaso de otro mundo mejor del
que, al descender a éste, algunas no pierden del todo la memoria.

Di dos pasos adelante: quise llamarla, quise gritar; no sé; rne acometió como un vértigo; pero en
aquel instante la puerta claustral se cerró… para siempre. Se agitaron las campanillas, los
sacerdotes alzaron un ¡Hosanna.-, subieron por el aire nubes de incienso, el órgano arrojó un
torrente de atronadora armonía por sus cien bocas de metal y las campanas de la torre comenzaron a repicar, volteando con una furia espantosa.

Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor, buscando los
padres, la familia, huérfanos de aquella mujer. No encontré a nadie.

-Tal vez era sola en el mundo -dije, y no pude contener una lágrima.

-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo
una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía agarrada a la reja.

-¿La conoce usted? -la pregunté.

-¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y -la he visto nacer y se ha criado en mis brazos.

-Y, ¿por qué profesa?

-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día, del cólera, hace
poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán le dio el dote para que profesase; y ya veis… ¿Qué había de hacer?

-¿Y quién era ella?

-Hija del administrador del conde C***, al cual serví y hasta su muerte.

-¿Dónde vivía?

Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.

Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la
confusión de la mente, y reúne los puntos más distantes y los relaciona entre sí de un modo
maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí o creí comprenderlo.

Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte. Digo mal: la llevo escrita en un
sitio en que nadie más que yo la puede leer y de donde no se borrará nunca. Algunas veces,
recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos aquí, me he preguntado: algún día, en esa
hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de
aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de
recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su
imaginación la memoria de estas fechas? ¡Quién sabe!

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?

El Contemporáneo 20, 22 y 24 de julio, 1862

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TRES FECHAS — G. A. BECQUER

TRES FECHAS — G. A. BECQUER

TRES FECHAS
BECQUER

En una cartera de dibujo que conservo aún llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones semiartísticas a la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas.

Los sucesos de que guardan la memoria estos números son hasta cierto punto insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela
más o menos sentimental o sombría, según que mi imaginación se hallaba más o menos exaltada y propensa a ideas risueñas o terribles.

Si a la mañana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios, hubiera podido
escribir los extraños episodios de las historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo
mis párpados, historias cuyo vago desenlace flota por último indeciso, en ese punto que separa la
vigilia del sueño, seguramente formarían un libro disparatado, pero original y acaso interesante.

No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables, son en cierto modo como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.

Voy, pues, a limitarme a narrar brevemente los tres sucesos que suelen servir de epígrafe a los
capítulos de mis soñadas novelas, los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por
medio de una serie de ideas como con un hilo de luz, los tres temas en fin sobre que yo hago mil y mil variaciones, en las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la imaginación.

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien
generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista y le
revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la
forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera y pondría sobre la barrera un tarjetón con este letrero:

«En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y
prosaica.»

Da entrada a esta calle, por uno de sus extremos, un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto.

En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por la acción de los años, en el cual crece la hiedra que, agitada con el aire, flota sobre el casco que lo corona como un penacho de plumas.
Debajo de la bóveda, y enclavado en el muro, se ve un retablo con su lienzo ennegrecido e
imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco, su farolillo pendiente de su cordel y sus votos de cera.

Más allá de este arco que baña con su sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de su forma, sus dimensiones y su color. Unas están construidas de piedras toscas y
desiguales, sin más adorno que algunos blasones groseramente esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco árabe que les sirve de ingreso, dos o tres ajimeces abiertos al
capricho en un paredón grietado, y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza
que no pertenece a ningún orden de arquitectura y que tienen, sin embargo, un remiendo de todas; que son un modelo acabado de un género especial y conocido, o una muestra curiosa de las extravagancias de un período del arte. Éstas tienen un balcón de madera con un cobertizo
disparatado; aquéllas, una ventana gótica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores;
las de más allá, unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros y dos fustes de columnas, tal vez procedentes de un alcázar morisco, empotrados en el muro. El palacio de un magnate convertido en corral de vecindad, la casa de un alfaquí habitada por un canónigo, una sinagoga judía transformada en oratorio cristiano, un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que aún queda en pie la torre, mil extraños y pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo así, en cien varas de terreno.

He aquí todo lo que se encuentra en esta calle, calle construida en muchos siglos, calle estrecha,
deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual, al levantar su habitación, tomaba
una saliente, dejaba un rincón o hacía un ángulo con arreglo a su gusto, sin consultar el nivel, la
altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de líneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes que cada vez ofrece algo nuevo al que la
estudia.

Cuando por primera vez fui a Toledo, mientras me ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la poada con honores de fonda en que me había hospedado.

Casi siempre la atravesaba de un extremo a otro sin encontrar en ella una sola persona, sin que
turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás de las celosías de un balcón, del cancel de una puerta o la rejilla de una ventana, viese ni aun por casualidad el
arrugado rostro de una vieja curiosa o los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana.

Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus
habitantes desde una época remota.

Una tarde, sin embargo, el pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos
paredones se veían tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival rodeado de un festón de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construido y blanco como la nieve, en medio del cual se veía, como contenida en la primera, una pequeña ventana con su marco y sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían a enredarse por entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.

Ya la ventana de por sí era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más
poderosamente contribuyó a que me fijase en ella fue el notar que, cuando volví la cabeza para
mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.

Seguí mi camino preocupado con la idea de la ventana o mejor dicho, de la cortinilla o, más claro
todavía, de la mujer que la había levantado porque, indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo una mujer, entiéndase que se supone joven y bonita.

Pasé otra tarde; pasé con cuidado; apreté los tacones aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose, dos o tres ecos; miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a levantar. La verdad es que, realmente, detrás de ella no vi nada; pero, con la
imaginación, me pareció descubrir un bulto: el bulto de una mujer, en efecto.

Aquel día me distraje dos o tres veces dibujando. Y pasé otros días, y siempre que pasaba, la
cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así hasta que se perdía el ruido de mis pasos y yo, desde lejos, volvía a ella por última vez los ojos.

Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel claustro tan misterioso y bañado en triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una columna, la
cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al rumor del agua que corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardín, que agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer!

¡Qué historias imposibles no forjaría en mi mente! Yo la conocía. Ya sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos.

La miraba cruzar por los extensos y solitarios patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su
presencia, como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que debía hacer allá en el fondo de aquella especie de palacio gótico donde vivía, coger flores y sentarse sola en un banco de piedra, y allí suspirar mientras las deshojaba, pensando en… ¡Quién sabe! Acaso en mí.

¿Qué digo acaso? En mí seguramente. ¡Oh! ¡Cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta poesía,
despertó en mi alma aquella ventana, mientras permanecí en Toledo…!

Pero transcurrió el tiempo que había de permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo,
guardé todos mis papeles en la cartera; me despedí del mundo, de las quimeras, y tomé un asiento en el coche para Madrid.

Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la más alta de las torres de Toledo, saqué la cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me acordé de la calle.

Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme a mi asiento, mientras doblábamos la colina que
ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el lápiz y apunté una fecha. Es la primera de las tres, a la que yo le llamo la fecha de la ventana.

Al cabo de algunos meses, volví a encontrar ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro
días. Limpié el polvo de mi cartera de dibujo, me la puse bajo el brazo y, provisto de una mano de papel, media docena de lápices y unos Cuantos napoleones, deplorando que aún no estuviese
concluida la línea férrea, me encajoné en un vehículo para recorrer en sentido inverso los puntos
en que tiene lugar la célebre comedia de Tirso Desde Toledo a Madrid.

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me llamaron
la atención en mi primer viaje y algunos otros que aún no conocía sino de nombre.

Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos por entre sus barrios más antiguos la mayor parte del tiempo de que podía disponer para mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas e impracticables.
Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo, después de una de estas largas excursiones a través del desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la población y como escondida en uno de sus más apartados rincones.

La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella se habían identificado, por
decirlo así, con el terreno, de tal modo que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una
Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones crecían a su sabor malvas de unas proporciones colosales, corros de gigantescas ortigas, matas rastreras de
campanillas blancas, prados de esa yerba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y
meciéndose suavemente al leve soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y las ruinas.

Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros,
veíanse allí una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas, y arrojadas en
diferentes épocas a aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fácil seguir

un curso de geología histórica.

Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos de
ladrillo de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados, jirones de tela, tiras de cuero y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre eran los que aparecían a primera vista a la superficie, llamando así mismo la atención y deslumbrando los ojos una miríada de chispas de luz derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados a granel y que, examinadas de cerca, no eran otra cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas que, refractando los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas y deslumbrantes.

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada a trechos con pequeñas piedrecitas de varios
matices formando labores, a trechos cubierta de grandes losas de pizarra y en su mayor parte,
según dejamos dicho, semejante a un jardín de plantas parásitas o a un prado yermo e inculto.
Los edificios que dibujaban su forma irregular no eran tampoco menos extraños y dignos de
estudio. Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas, con sus tejados
dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones de mármol sujetos a las
esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos, sus ventanillos con tiestos de flores y su farol rodeado de una pared de alambre que defiende sus ahumados vidrios de las
pedradas de los muchachos.

Otro frente lo constituía un paredón negruzco lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos
reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo. Un
paredón altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y argamasa, y a uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos desconchada y llena de mechinales, manchada a trechos de tintas rojas, verdes o amarillentas y coronada de un bardal de heno seco, entre el cual corrían algunos tallos de
enredadera.

Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improviso a mis ojos, cautivando mi ánimo o suspendiéndome durante algún tiempo, pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden que todos los que se levantaban en su alrededor.

-¡He aquí lo que yo deseaba encontrar! -exclamé al verle. Y sentándome en un pedrusco,
colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lápiz de madera me apercibí a trazar, aunque ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.

Si yo pudiera pegar aquí con dos obleas el ligerísimo y mal trazado apunte que conservo de aquel
sitio, imperfecto y todo como es, me ahorraría un cúmulo de palabras, dando a mis lectores una
idea más aproximada de él que todas las descripciones imaginables.

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos
renglones, pueda formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura, sus muros engalanados con
largas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja de
azulejos brillantes: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas
columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías cerradas con persianas verdes que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus habitadores.

El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin. La acción de los años comienza a
desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y a corroer hasta los mármoles. Un monarca
castellano escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba; y en este punto
rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre los cuales
se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un macizo torreón de
sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven, por una parte, trozos de alicatado reluciente, por otra, artesones oscurecidos, o un ajimez solo, o un arco de herradura ligero y puro que da entrada a un salón gótico severo e imponente.

Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto, cediéndole a una comunidad de religiosas y éstas, a su vez, fabrican de nuevo, añadiéndole otros rasgos a la ya extraña
fisonomía del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña; donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses melancólicos y oscuros y, aprovechando unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que pueden concebirse.

Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos en el crepúsculo misterioso en que
los bañan las sombras de sus doseles una andanada de santos, ángeles y vírgenes, a cuyos pies se retuercen entre las hojas de acanto sierpes, vestigios y endriagos de piedra, se mira elevarse un
minarete esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto a las saeteras del murallón, cuyas
almenas están ya rotas, ponen un retablo y tapian los grandes huecos con tabiques cuajados de
pequeños agujeritos y semejantes a un tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos y
fabrican, por último, un campanario de espadaña con sus campanas, que tañen melancólicamente noche y día llamando a la oración, campanas que voltean al impulso de una mano invisible,
campanas cuyos sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria tristeza.

Después pasan los años y bañan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio,
armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos, en el ala de los tejados; las
golondrinas, en los doseles de granito; y el búho y la lechuza escogen para su guarida los altos
mechinales, desde donde en las noches tenebrosas asustan a las viejas crédulas y a los
atemorizados chiquillos con el resplandor fosfórico de sus ojos redondos y sus silbos extraños y
agudos.

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales hubieran podido únicamente dar
por resultado un edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos como el que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano, describir con palabras.

Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera; el sol doraba apenas las más altas
agujas de la ciudad; la brisa del crepúsculo comenzaba a acariciar mi frente cuando, absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de otras
edades más poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de
mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y
entregándome por completo a los sueños de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo.

Veía claramente sucederse las épocas y derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres, o mejor dicho, veía a unas mujeres dejar lugar a otras mujeres, y las primeras y las que venían después convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y fue manantial de placeres.

Luego… ¡Qué sé yo!, todo confuso, muchas cosas revueltas, tocadores de encaje y de estuco con
nubes de aroma y lechos de flores, celdas estrechas y sombrías con un reclinatorio y un crucifijo,
al pie del crucifijo un libro abierto y sobre el libro una calavera, salones severos y grandiosos
cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían a cruzar ante mis ojos: monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de pensadas no pueden recordarse, de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento y, pasándome la mano por los ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento.

Había visto, no me puede caber duda, la había visto perfectamente, una mano blanquísima que,
saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes a tableros de
ajedrez, se había agitado varias veces, como saludándome con un signo mudo y cariñoso. Y me
saludaba a mí, no era posible que me equivocase: estaba solo, completamente solo en la plaza.

En balde esperé la noche clavado en aquel sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador.

Inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de mis delirios del día. No la volví a ver más…

Y llegó al fin la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí como una carga inútil y
ridícula todas las ilusiones que en su seno se habían levantado en mi mente. Torné a guardar los
papeles en mi cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreírme …

Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido hasta que volví a Toledo, transcurrió
cerca de un año durante el cual no dejó de presentárseme a la imaginación su recuerdo, al principio a todas horas y con todos sus detalles, después, con menos frecuencia y por último con tanta vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había sido juguete de una ilusión o de un sueño. No obstante, apenas llegué a la ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria, salí preocupado a recorrer las calles sin camino cierto, sin intención preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.

El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas como
notas perdidas de una sinfonía misteriosa ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el rostro a su contacto y hasta
diríase que helaba el alma con su soplo glacial.

Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos absorto en mil confusas imaginaciones y, contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio sin que lograse
llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden
desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta. Ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo
examen minucioso me detenía a cada paso cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y
recuerdos históricos.

El cielo cerraba de cada vez más oscuro. El aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había
comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando,
sin saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado allí por un impulso al que no
podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto a que iban mis
pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.
Al encontrarme en aquel lugar, salí de la especie de letargo en que me hallaba sumido como si me
hubiesen despertado de un sueño profundo con una violenta sacudida.
Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé. Digo mal: estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza:

Pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos lugares por la vez primera hasta el que me impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la
melancolía a la amargura.

Contemplé por algunos instantes el sombrío convento, en aquella ocasión más sombrío que nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una
campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando
contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan agudo y continuado que parecía como acometido de un vértigo.

Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una
roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las
campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos
ahogados, la otra como riendo en carcajadas estridentes, semejantes a la risa de una mujer loca.

A intervalos y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un cántico religioso y solemne.

Varié de idea, y en vez de alejarme de aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté a uno de los haraposos mendigos que había sentados en sus escalones de piedra:

-¿Qué hay aquí?

-Una toma de hábito -me contestó el pobre, interrumpiendo la oración que murmuraba entre
dientes, para continuarla después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta.

Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco el interior de la iglesia del
convento. Ambas consideraciones me impulsaron a penetrar en su recinto.

La iglesia era alta y oscura; formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas
delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica
coronación de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del Renacimiento, cuajada de angelones con escudos, grifos cuyos remates fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno a las naves se veían multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales ardían algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura.

Capillas de arquitectura árabe, gótica o churrigueresca: unas, cerradas con magníficas verjas de
hierro; otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas con una antigua tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines.

Contribuía a dar un carácter más misterioso a toda la iglesia, completamente armónica en su
confusión y su desorden artístico con el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba.

De las lámparas de plata de cobre pendientes de las bóvedas, de las velas de los altares y de las
estrechas ojivas y los ajimeces del muro partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los
que penetraban de la calle por algunas pequeñas claraboyas de la cúpula; rojos, los que se
desprendían de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían paso a través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecían como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas.

A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia
había comenzado hacía bastante tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor bajaban en aquel momento sus gradas, cubiertas de alfombras, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro, en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.

Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo
separaban del templo. No sé; me pareció que había de conocer en la cara a la mujer de quien sólo
había visto un instante la mano, y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados hierros, muy poco o nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros, que se movían entre las tinieblas contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos, una prolongada fila de sitiales altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas ropas talares, un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las sombras: he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba.

Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios
perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegaron al fin a la reja del coro.

Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba a consagrarse al Señor.

¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la noche levantarse de las
aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas del mar o de la profunda sima de una montaña
un jirón de niebla que flota lentamente en el vacío y, alternativamente, ya parece una mujer que se mueve y anda y vuela su traje al andar, ya un velo blanco prendido a la cabellera de alguna silfa invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire, cubriendo sus huesos amarillos con un sudario sobre el que se cree ver dibujarse sus formas angulosas? Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.

El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacían
resaltar por oscuro, bañándola en una dudosa sombra.

Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la
ceremonia.

La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que a su vez repetían los
sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que la ceñía y la
arrojó lejos de sí… ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella mujer, hermana
de las flores, como todas las mujeres.

Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como una cascada de oro sobre sus
espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó a percibirse, en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente que sombreaba y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado había besado tantas veces…

La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía al pasar los vidrios de color de las ojivas.

Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.

Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la garganta, y la desnudaron por último
de su traje nupcial, aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con mano trémula de emoción y cariño. El esposo místico aguardaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte, abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo puñados de flores, entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.

-¡De profundis clamavi ad Te! -decían las religiosas desde el fondo del coro con voces plañideras y dolientes.
-¡Dies irae, dies illa! -le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo y en tanto las
campanas tañían lentamente tocando a muerto, y de campanada a campanada se oía vibrar el
bronce con un zumbido extraño y lúgubre.

Yo estaba conmovido; no, conmovido no; aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que a mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar y que sólo pueden concebir los que lo han sentido…

Aún estaba clavado en aquel lugar, con los ojos extraviados, temblorosos y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus
manos velas encendidas y formando dos largas hileras la condujeron como en procesión hacia el
fondo del coro.

Allí entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se había abierto. Al
poner el pie en su dintel, la religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de
todas las luces la iluminó de pronto y pude verle el rostro. Al mirarlo tuve que ahogar un grito.

Yo conocía a aquella mujer: no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en
sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda acaso de otro mundo mejor del
que, al descender a éste, algunas no pierden del todo la memoria.

Di dos pasos adelante: quise llamarla, quise gritar; no sé; rne acometió como un vértigo; pero en
aquel instante la puerta claustral se cerró… para siempre. Se agitaron las campanillas, los
sacerdotes alzaron un ¡Hosanna.-, subieron por el aire nubes de incienso, el órgano arrojó un
torrente de atronadora armonía por sus cien bocas de metal y las campanas de la torre comenzaron a repicar, volteando con una furia espantosa.

Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor, buscando los
padres, la familia, huérfanos de aquella mujer. No encontré a nadie.

-Tal vez era sola en el mundo -dije, y no pude contener una lágrima.

-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo
una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía agarrada a la reja.

-¿La conoce usted? -la pregunté.

-¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y -la he visto nacer y se ha criado en mis brazos.

-Y, ¿por qué profesa?

-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día, del cólera, hace
poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán le dio el dote para que profesase; y ya veis… ¿Qué había de hacer?

-¿Y quién era ella?

-Hija del administrador del conde C***, al cual serví y hasta su muerte.

-¿Dónde vivía?

Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.

Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la
confusión de la mente, y reúne los puntos más distantes y los relaciona entre sí de un modo
maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí o creí comprenderlo.

Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte. Digo mal: la llevo escrita en un
sitio en que nadie más que yo la puede leer y de donde no se borrará nunca. Algunas veces,
recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos aquí, me he preguntado: algún día, en esa
hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de
aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de
recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su
imaginación la memoria de estas fechas? ¡Quién sabe!

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?

El Contemporáneo 20, 22 y 24 de julio, 1862

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Tuesday, March 11, 2008

SENTI-MIENTES — POEMA NOVEL DE “GOTICA”

SENTI-MIENTES — POEMA NOVEL DE “GOTICA”

GOTICA — POEMA NOVEL

SENTI-MIENTES

QUE BELLO ES SENTIR QUE TODO ACABO,

SENTIR QUE MI CUERPO REGRESA A SU LUGAR,

QUE TU CARNE MUTARA, Y TUS LABIOS ME BESARAN

Y ACABARE CUANDO TU QUIERAS DEJAR DE SER MIA,

Y MI MUERTE RODARA EN TU CONCIENCIA,

PUES TU TRISTE REALIDAD SERA QUE ESTAS MUERTA,

TODO SE IRA A LA INMENSA OBSCURIDAD,

PUES DE AHÍ PARTEN LOS RECUERDOS,

QUE TE HE DEJADO, Y AHORA TU DEJAS A ALGUIEN MAS,

SOLEDAD, ES MI ESTATUA QUE JAMAS SE MOVERA,

DELIRANDO UNA LAGRIMA TUYA,

PARA NO SENTIR QUE ME ASFIXIA, EL CONTIGO NO ESTAR

POR QUE DE PETALOS DE ROSA ES MI CAMINO,

PERO ESAS ROSAS DE ESPINAS LLENAS ESTAN,

POR TU VIRTUD Y SEDIENTE DESEO DE MORIR,

ANCLA MI CORAZON JUNTO AL TUYO ,

PERO NUNCA LO DEJES ENTERRADO EN EL MAS ALLA,

LAS LLAMAS DEL DESTINO TE HACEN GRITAR,

PERO SOLO TE HARAN RECORDAR, QUE CONMIGO NO ESTAS

LA LLUVIA TE HACE LLORAR ,

PERO ESTO NO ES MAS, QUE LAGRIMAS MIAS

EL VIENTO TE ACARICIA,

NO ES MAS QUE UN CASTIGO POR TU ETERNA AVARICIA,

SUFRO POR SIEMPRE TU DESPRECIO,

APRENDI DE MIS ERRORES Y NUNCA SERA IGUAL,

MORIR QUE MEJOR REMEDIO QUE LA PAZ,

VIVIR SOLO UN MOTIVO MAS PARA SUFRIR,

ASI QUE ME QUEDO ENTRE TUS LAGRIMAS Y LAS MIAS,

PERO NUNCA LLORARE LAGRIMAS DE SANGRE,

SOLO SI EN MI CAMINO DE LA RESURECCION,

EL DESTINO NOS VUELVE A JUNTAR,

Y HE DE MORIR DE NUEVO,

CON TAL DE EMPEZAR, Y MORIR POR TI

AUNQUE SUFRA CADA VEZ MAS,

PERO TU AMOR POR MUY POCO TENDRE.

PERO PARA MI ETERNO ES

                                               -GOTICA-

joshybecks@hotmail.com

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Saturday, March 8, 2008

Guy de Maupassant — CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

Guy de Maupassant — CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

Guy de Maupassant — CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

Guy de Maupassant
CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

¿Me pregunta usted, señora, si me burlo? ¿No puede usted creer que un hombre
no haya sentido jamás amor? Pues bien: no, no he amado nunca, nunca.
¿De qué depende eso? No lo sé… Pero no he sentido jamás ese estado de
embriaguez del corazón que llaman amor. Jamás he vivido en ese ensueño, en esa
locura, en esa exaltación a que nos lanza la imagen de una mujer, ni me vi nunca
perseguido, obsesionado, calenturiento, embebecido por la esperanza o la posesión
de un ser convertido de pronto para mí en el más deseable de todos los encantos, en
la más hermosa de todas las criaturas, más interesante que todo el universo. En mi
vida he llorado ni he sufrido por ninguna de ustedes. Tampoco he pasado las noches
en vela pensando en una mujer. No conozco ese despertar que su pensamiento y su
recuerdo iluminan. No conozco tampoco la excitación enloquecedora del deseo,
cuando se le espera, y la divina melancolía sentimental, cuando ella ha huido,
dejando en el cuarto un perfume sutil de violeta y de carne.
Jamás he amado.
Muy a menudo me he preguntado a qué es esto debido y, verdaderamente, no lo
sé muy bien. Aunque llegué a encontrar varias razones, se refieren a la metafísica, y
no sé si las apreciará usted.
Analizo demasiado a las mujeres para dejarme dominar por sus encantos. Pido a
usted mil perdones por esta confesión que explicaré. Hay en toda criatura dos
naturalezas diferentes: una moral y otra física.
Para amar tendría que descubrir, entre esas dos naturalezas, una armonía que no
hallé jamás. Siempre una de las dos hállase a mayor altura que la otra; unas veces
la naturaleza física, y otras la moral.
La inteligencia que tenemos el derecho de exigir a una mujer para amarla no tiene
nada de común con la inteligencia viril. Es más y es menos. Es menester que una
mujer tenga el entendimiento franco, delicado, sensible, fino, impresionable. No
necesita dominio ni iniciativa en el pensamiento, pero es menester que tenga
bondad, elegancia, ternura, coquetería y esa facultad de asimilación que en poco
tiempo la hace semejante al hombre, cuya vida comparte. Su primerísima cualidad
debe ser la sutileza, ese delicado sentido que es para el alma lo que el tacto es para
el cuerpo. La revelan mil cosas insignificantes: los contornos, los ángulos y las
formas en el orden intelectual.
Las mujeres bonitas, en general, no tienen una inteligencia en consonancia con su
persona. A mí, el menor defecto de concordia me hiere la vista al primer momento.
Esto no tiene importancia en la amistad, que es un pacto en el cual se transige con
los defectos y las cualidades. Se puede, al juzgar a un amigo o a una amiga,
dándose cuenta de sus buenas condiciones, prescindir de las malas y apreciar con
exactitud su valor, abandonándose a una simpatía íntima, profunda y encantadora.
Para amar, hay que ser ciego, entregarse completamente, no ver nada, no
razonar, no comprender. Hay que hallarse dispuesto a adorar las debilidades tanto
como las bellezas y, para esto, renunciar a todo juicio, a toda reflexión, a toda
perspicacia.
Soy incapaz de cegarme hasta ese punto y muy rebelde a la seducción no
razonada.
Pero no es esto todo. Tengo tan elevado concepto de la armonía, que nada
realizará nunca mi ideal. ¡Va usted a tacharme de loco! Escúcheme. Una mujer, a mi
juicio, puede tener un alma deliciosa y un cuerpo encantador, sin que su alma y su
cuerpo estén perfectamente de acuerdo. Quiero decir que las personas que tienen la
nariz de una forma especial no pueden pensar de cierto modo. Los gruesos no tienen
el derecho de usar las mismas palabras que los delgados. Señora: usted, que tiene
los ojos azules, no puede observar la existencia, juzgar las cosas y los
acontecimientos como si tuviera los ojos negros. Los matices de su mirada deben
corresponder fatalmente con los matices de su pensamiento. Para comprender todo
esto tengo el olfato de un perro perdiguero. Ríase si le place, pero es tal como lo
digo. Creí, sin embargo, haber amado un día durante una hora. Me dejé dominar
tontamente por la influencia de las circunstancias que nos rodeaban. Me había
dejado seducir por un espejismo boreal. ¿Quiere usted que le refiera esta historia?
Una noche me tropecé con una encantadora personita, muy exaltada, la cual, para
satisfacer una fantasía poética, quería pasar la noche conmigo en una lancha, en
medio del río; yo hubiera preferido un cuarto y una cama, pero, a pesar de todo,
acepté la barca y el río.
Estábamos en el mes de junio. Mi amiga había escogido una noche de luna para
dar rienda suelta a su exaltacion.
Comimos en un ventorrillo, a la orilla del agua, y a las diez nos embarcamos. La
aventura me parecía estúpida; pero como mi compañera me gustaba, no me enfadé.
Sentándome en el banco frente a ella, cogí los remos y partimos.
No podía negar que el espectáculo era encantador. Bordeábamos una isla
montañosa, llena de ruiseñores, y la corriente nos impulsaba rápidamente por el
agua, cubierta de reflejos plateados. Por doquiera oíamos el grito monótono y claro
de los sapos; croaban las ranas en las orillas, y los rumores del agua corriente
formaban alrededor nuestro un sonido confuso, casi imperceptible, inquietante, que
nos daba una vaga sensación de miedo misterioso.
El encanto de las noches cálidas y de las aguas brillantes con el reflejo de la luna
nos invadía.
Daba gusto vivir y, navegando de aquel modo, soñar y sentir al lado de una mujer
tierna y hermosa.
Encontrábame algo conmovido, emocionado, embriagado por la claridad de la luna
y con la obsesión de mi compañera. “Siéntese usted a mi lado”, me dijo. Obedecí.
Ella repuso: “Dígame versos”. Pareciéndome demasiado, me negué a complacerla.
Insistió. Decididamente le gustaban las cosas por todo lo alto; quería que se tocara
la cuerda del sentimiento a toda orquesta. desde la luna hasta la rima. Acabé por
ceder y le recité, por burla, una deliciosa composición de Luis Bouilhet, cuyas
estrofas dicen:
Odio ante todo al lacrimoso vate
que frente al estrellado firmamento
musita un nombre, al que sin Lisa o Juana
le parece vacío el universo.
¡Oh, qué graciosa gente la que cuelga
faldas sobre la fronda de los llanos,
y en la verde colina cofias blancas
para que el mundo tenga algún encanto!
¿Qué sabe de la música divina,
vibrante voz de la Natura eterna,
quien no gusta de ir solo en las cañadas
y al susurrar del bosque sueña en hembras?
Creí se enfadaría, mas no fue así.
—¡Qué verdad es eso! —murmuró.
Quedéme estupefacto. ¿Habría comprendido?
Poco a poco nuestra barca se acercó a la orilla, penetrando bajo un sauce, que la
detuvo. Cogiendo a mí compañera por el talle, acerqué con dulzura los labios a su
cuello. Pero me rechazó con un movimiento irritado y brusco, diciendo:
—¡Suélteme! ¡Es usted un grosero!
Procuré atraerla. Ella se defendía y, agarrándose al árbol; por poco vamos al agua.
Juzgué prudente desistir de mis pretensiones. Entonces ella dijo:
—Le ruego que siga remando. ¡Estoy tan bien aquí! ¡Sueño! ¡Es tan agradable!
Después, con un poco de ironía en el acento, añadió:
—¿Tan pronto ha olvidado usted los versos que acaba de recitar?
Era justo. Callé.
—Vamos, reme usted —me dijo, y cogí de nuevo los remos.
Empezaba a parecerme la noche muy larga, y ridícula mi actitud.
Mi compañera me preguntó:
—¿Quiere usted hacerme una promesa?
—Sí. ¿Cuál?
—Permanecer tranquilo y correcto, discretamente, mientras yo…
—¿Qué?
—Verá usted. Quisiera echarme en el fondo de la barca, a su lado, mirando las
estrellas.
—Comprendo —exclamé.
—No, no comprende usted —replicó ella—. Vamos a echarnos uno al lado del otro;
pero le prohíbo que me toque, que me abrace; en fin…, que…, que me acaricie…
Prometí. Entonces ella advirtió:
—Si hace usted un movimiento inconveniente, haré zozobrar la barca.
Y nos echamos en el suelo, uno al lado del otro. Los vagos balanceos de la canoa
nos mecían. Los ligeros rumores de la noche, llegando más distintos al fondo de la
embarcación, nos hacían vibrar, estremeciéndonos. ¡ Sentía crecer en mí una
extraña y punzante emoción, una ternura infinita, algo como una necesidad de abrir
los brazos para estrechar en ellos alguna cosa, y el corazón para amar, de
entregarme a alguien, de entregar mis pensamientos, mi cuerpo, mi vida, todo mi
ser!
Mi compañera murmuró como en un sueño:
—¿En dónde estamos? ¿Dónde vamos que parece que abandono este mundo?
¡Qué dulzura más grande! ¡Oh! Si me amara usted… un poco.
El corazón me latía con violencia. Nada pude responder; me pareció que la amaba.
No sentía ningún deseo violento. Estaba muy bien de aquel modo a su lado; me
parecía suficiente aquello.
Y permanecimos largo rato, largo rato, inmóviles. Nos habíamos cogido una mano;
una fuerza misteriosa nos contenía: una fuerza desconocida, superior, una alianza
pura, íntima, absoluta de nuestros cuerpos que eran el uno del otro sin tocarse.
¿Qué significaba aquello? ¿Lo sé yo? ¿Amor quizá?
El día clareaba poco a poco. Eran las tres de la madrugada. Lentamente una
inmensa claridad invadía el cielo. La canoa tropezó con algo. Me incorporé: habíamos
llegado a un islote.
Permanecía en éxtasis, encantado. Frente a nosotros, en toda la extensión, el
firmamento se iluminaba de un rojo violáceo, salpicado de nubes entrelazadas
semejantes a un humo dorado. El río estaba de color purpúreo y tres casas de la
orilla parecían arder.
Inclinéme hacia mi compañera para decirle:
—Mire usted.
Pero me callé de pronto enloquecido y solamente la vi a ella. También ella estaba
bañada en la luz rosada, un rosa de carne mezclado con un poco del matiz del cielo.
Sus cabellos eran de color de rosa, de color de rosa eran también sus ojos y sus
dientes, su traje, sus encajes, su sonrisa. Todo era del color de rosa. Y tan
enloquecido estaba que creí tener a la aurora ante mí.
Se levantó dulcemente tendiéndome sus labios. Inclinéme hacia ellos, estremecido,
delirante; sintiendo muy bien que iba a besar el cielo, la dicha, un sueño convertido
en mujer, un ideal descendido a la humanidad.
Pero entonces ella me dijo:
—Tiene usted una oruga en el pelo.
¡Y por esto sonreía!
Me pareció que había recibido un fuerte golpe en la cabeza.
De pronto sentíme como si hubiera perdido toda la esperanza que tenía en el
mundo.
Esto es todo, señora. Es pueril, tonto, estúpido. Desde ese día creo que no amaré
jamás… Pero… ¿quién sabe?
El joven sobre cuyo cuerpo se halló esta carta fue sacado ayer del Sena, entre
Bougival y Marly. Un marinero compasivo que lo había registrado para saber su
nombre presentó el papel que acabamos de copiar.

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