Thursday, July 10, 2008

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA

CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA — ROBERT BLOCH
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/cuaderno-hallado-en-una-casa.html

MADRE DE SERPIENTES — ROBERT BLOCH
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/madre-de-serpientes-robert-bloch.html

EL VAMPIRO ESTELAR — ROBERT BLOCH
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-vampiro-estelar-robert-bloch.html

EL PODER DE LOS ARCÁNGELES — ANGELES CUSTODIOS
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/el-poder-de-los-arcngeles-angeles.html

LOS AVALORIOS DEL DEMONIO — ALQUIMIA
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/los-avalorios-del-demonio-alquimia.html

LA NUEVA ATLANTIDA — FRANCIS BACON
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/la-nueva-atlantida-francis-bacon.html

LIBROS SANGRIENTOS III — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-iii-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS II — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-ii-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS I — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-i-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS I
Los muertos tienen autopistas
El tren de la carne de medianoche
El geniecillo y Jack
El blues de la sangre de cerdo
Sexo, muerte y brillo de estrellas
En las colinas, las ciudades

LIBROS SANGRIENTOS II
Terror
Espectáculo infernal
Jacqueline Ess: su voluntad y su testamento
Las pieles de los padres
Nuevos asesinatos en la calle Morgue

LIBROS SANGRIENTOS III
Hijo del celuloide
Rex, el hombre-lobo
Confesiones del sudario (de un pornógrafo)
Víctimas propiciatorias
Restos humanos

Posted by ARKAICO at 21:46:00 | Permalink | No Comments »

Monday, June 30, 2008

PADRE CHIP — BAJO EL SIGNO DE ARPHA — JORGE CRUVIA

PADRE CHIP — BAJO EL SIGNO DE ARPHA — JORGE CRUVIA

PADRE CHIP — BAJO EL SIGNO DE ARPHA — JORGE CRUVIA
_
JORGE CRUVIA
Padre chip
********

—¡No y mil veces no!
–dijo el padre Ballesteros
notoriamente molesto.
–Un robot no puede ser ordenado
sacerdote. Es absurdo
lo que el padre González
pretende exigir a las autoridades
eclesiásticas.
—Me permito recordarle
padre, que el hermano Chip es un robot muy especial,
se diseñó programando en él todo el fervoroso
anhelo de la fe. La experiencia vehemente de la trascendencia
y las convicciones religiosas. Todo eso está
impreso en su cerebro como deseo fundamental, es el
móvil único de su existencia, le hemos dado la fe, tal y
como el Espíritu Santo la inspiró en nosotros.
—No me venga usted con sofismas padre González,
el cerebro de ese individuo está formado por trozos de
silicio. Eso no puede ser susceptible de tener alma.
—¿Podemos decir que acaso una persona es humana
dependiendo del material de que haya sido formada?
¿Es decir que el alma depende del contenido orgánico
de estructuras carbonadas que existan en el cuerpo?
—Un ser elaborado artificialmente por medio de acero,
titanio, iridio y silicio, no es un genuino humano, es
un ser artificial; eso es quererle enmendar la plana a la
naturaleza, lo cual es aberrante.
—Toda la civilización humana consiste en conocer la
naturaleza para manipularla en servicio del hombre, y el
rechazar tal manipulación nos hace caer en incongruencias.
Mire usted, por ejemplo los quákeros en los Estados
Unidos, rehúsan subirse a un automóvil porque es según
ellos antinatural, pero usan carretas jaladas por caballos.
Una carreta es también tecnología, pero es una tecnología
anterior al siglo XVII, es decir lo que ellos rechazan
es la tecnología posterior a aquel siglo. ¿Por qué? ¿No es
esto una incongruencia? Podríamos decir que si Dios hubiera
querido que rodáramos como lo hacen las carretas;
nos hubiera puesto ruedas en lugar de pies. Podríamos
decir que usar una carreta es quererle enmendar la plana
a Dios; esto es absurdo. Incluso el valernos de un palo
como palanca, es tecnología. Por eso no creo que ni
nuestros jerarcas religiosos, ni la ONU lleguen a dictaminar
leyes en contra de la humanización de los robots.
—Ese es el problema precisamente –terció la reportera
Blanca Lizaur– según entiendo aquí, la Iglesia está
igual de perdida que la ONU, pues no ha decidido todavía
hasta qué punto un robot puede ser considerado ser
humano con derechos y dignidad.
—Es por eso que al menos en el campo que nos concierne;
el religioso, urge legislar al respecto.
—Para mí está muy claro –replicó el padre Gonzáleza
cualquier entidad que pueda manifestar el poseer conciencia
de su propia existencia, se le debe de definir
como ser humano, aunque no posea ni una sola célula de
materia orgánica, el no estar formado por proteína, car-
bohidratos o lípidos, no es impedimento para que se le
pueda considerar hijo de Dios.
—¡Me encantan estos jesuitas! –dijo riendo la reportera-
cada uno más sutil que el anterior.
—Señorita –dijo Ballesteros con el seño fruncido–
tenga la amabilidad de concretarse a realizar su trabajo
de reportera; ya que estamos obligados a sufrir la intromisión
de su presencia, por favor absténganse de sus sarcasmos.
—Sí padre, créame que me voy a portar como un perro
fiel carente de criterio. Sólo les recuerdo señores, que
el gobierno me da autorización de hacer las preguntas
que yo quiera. Y por cierto, precisamente deseo hacer
una ahora mismo.
El padre Ballesteros le echó una mirada fulminante,
toda la impaciencia que podía mostrar una expresión se
dibujó en su rostro. Después de respirar hondo con clara
resignación dijo:
—¿Qué es lo que quiere usted preguntar?
—¿Quisiera saber cuál es la posición de la Iglesia en
relación a los derechos de los robots?
—Es una aberración. La Iglesia debe impedir que las
máquinas sean consideradas como si fueran gente.
—Es decir que la Iglesia se alinea con el grupo de los
opositores.
—Mmmm… bueno, es decir… eso de que al robot se le
considere humano; no debe ser, creo que la Iglesia debería…
—No, padre Ballesteros, un poco más despacio… esa
es la opinión de usted, pero no la de la Iglesia.
—Son muy pocos los que piensan como usted padre
González.
—Somos el ala progresista.
—Entonces, según estoy dándome cuenta, ¿la Iglesia
no sólo no tiene todavía una postura al respecto, sino que
se encuentra en clara controversia interna, igual de desconcertada
que el resto del mundo?
—Pues, la verdad es que las opiniones están tan divididas
como las de los miembros de la ONU.
—En una entrevista que efectué la semana pasada con
la señora Orbajosa, me dijo que la Iglesia estaba en contra
de la robotización.
—Mire señorita, –dijo el padre González riendo– lo
que diga esa individua u lo que sea, no es digno de crédito.
Esta señora es la presidenta del Opus Dei, y esta asociación
se ha unido con los Testigos de Jehová, los
hasídicos y los neostalinistas que son antirobóticos. Estos
grupos están dando patadas de ahogado y pretenden
hacer creer a la opinión pública que tanto la cristiandad
como los neocomunistas y los judíos están en contra de
la robotización, pero esto es una clara exageración de
parte de esa señora. No en vano dice el dicho que todo
tiene remedio en esta vida, menos ser del Opus Dei.
—Padre González, sus impertinencias no tienen ninguna
gracia. –Refunfuñó Ballesteros.
—No pretenden ser graciosas, sino descriptivas.
—¿Me podrían ustedes hacer favor de contestar otra
pregunta?
—¿Qué más desea saber señorita?
—¿Qué es el hombre?
—Señorita –dijo Ballesteros ya visiblemente molesto-
¿no tiene usted otra cosa en que entretenerse?
—Viera que no, padre. Lo que más me divierte es hacerle
reportajes a las personas que se encuentran en crisis
de valores.
—¿Qué pretende decir con eso señorita? ¿Qué soy un
viejo que a pesar de estar chocho carezco de criterio?
—¡No, no padre, no se enoje! A lo que me refiero es a
que la Iglesia al igual que muchas instituciones no han
sabido cómo reaccionar ante el desarrollo de la inteligencia
artificial.
—Pues eso vaya usted a decírselo a sus mentadas instituciones,
porque lo que es yo; sí tengo muy claros mis
conceptos: cualquier montón de chatarra, haga lo que
haga y piense lo que piense, ni es humano, ni puede tener
alma, punto.
—Pero tal y como estamos viendo, no todos los miembros
de la Iglesia de la cual usted es un representante,
comparten su opinión.
—Pues yo no tengo por que cargar con los conceptos
aberrantes que sostienen los demás, sean miembros de lo
que sea, por eso tengo criterio y lo tengo muy claro.
—No he dicho que sea usted el que está en crisis padre,
sino la Iglesia, que tiene sus opiniones al respecto divididas.
—No sólo la Iglesia, sino que yo sepa, casi todas las
instituciones mundiales tienen entre sus miembros esta
controversia, así que no me hable usted de crisis de la
Iglesia, que esto es un desconcierto general.
—Desconcierto del cual la Iglesia participa.
—Sí, por culpa de gente estrafalaria como el padre
González.
—Por culpa de gente retardataria, como el padre Ballesteros.
La Iglesia debe ser un organismo que progrese.
—Lo esencial no está sujeto a progreso.
—El problema es que no sabemos con precisión qué
es lo esencial, es necesario irlo descubriendo día con día
y tenemos que enfrentarnos con las nuevas manifestaciones
que a diario surgen en el mundo.
—Hay cosas que no pueden cambiar padre González,
por ejemplo el hecho de que los humanos sean los únicos
entes que posean alma.
—Alguna vez se negó que los indios americanos tuvieran
alma, y en otra época anterior se excluyó incluso a
las mujeres, en la India se considera que los animales y
aun los objetos inanimados poseen alma.
—Pero no estamos en la India.
—Entonces, ¿qué? ¿El tener alma depende de dónde
esté uno?
—No, padre, lo que pasa es que no somos hindúes.
¿Es usted católico?
—Ya lo creo que sí, no sólo soy católico, soy sacerdote.
—Pues entonces ¿por qué quiere usted atribuirle alma
a quienes la Iglesia no se la adjudica?
—¡Ahhh…! conque es la Iglesia quien adjudica las almas;
pues mire usted, yo estaba en la creencia de que era
Dios.
—Sí señor: Dios. Pero el entendimiento de a quién le
da alma; lo sabemos porque lo ha dado a conocer la Iglesia.
—Así lo entiendo padre Ballesteros, pero sucede que
en este caso la Iglesia no ha tomado una decisión al respecto.
Y por lo tanto no puede usted acusarme de anticatólico.
Y a todo esto, ¿podría yo hacerle una pregunta
confidencial?
—Pregunte lo que quiera, no guardo secretos.
—¿Dígame con sinceridad padre Ballesteros, es usted
católico?
—¡Vaya! No sea usted impertinente González. ¿Como
se atreve a preguntarme eso?
—¿No fue lo mismo que usted me pregunto hace un
momento?
—Sí señor, pero es que me sale usted con argumentos
hinduistas.
—Es que usted pone sus opiniones personales por encima
de las de nuestra institución. Bien sabemos que la
Iglesia no ha legislado al respecto, y sin embargo usted
pretende poseer la verdad absoluta. ¿Lo ve? Lo personal
por sobre lo institucional, eso es solamente soberbia. Necesitamos
esperar a saber lo que la Iglesia dictamine,
para poder tener una opinión personal, además si nos
quedamos en el pasado, pereceremos. Es fácil recordar
varias controversias que la Iglesia tuvo, ¿qué me dice usted
de Galileo?
—La Iglesia estaba equivocada, pero es necesario que
actuemos con cautela, no podemos creer en la primera
cosa que se diga.
—Lo mismo pasó con Darwin y después con el Big
Bang, eran ideas que se oponían al creacionismo bíblico,
la Iglesia no las aprobaba, pero al estudiarlas más a fondo,
tuvieron que ser aceptadas. Y el caso más importante
fue el de Teilhard de Chardin; uno de los paleontólogos
más conspicuos que nos dio el siglo XX, sus escritos fueron
prohibidos y fue hasta después de su muerte, cuando
la Iglesia los pudo aceptar. El ser humano es el producto
de una evolución, y no tenemos por qué pensar que somos
la culminación de este proceso. Nuestra obligación
es abrir el camino a nuestros descendientes, creando inteligencia
artificial.
—¿Para que desaparezcan los humanos?
—Por supuesto, es necesario transferir el don de la inteligencia
a seres sobrehumanos.
—Ahí es donde no estoy de acuerdo. Dios hizo al
hombre a su imagen y semejanza y por lo tanto no nos
corresponde desnaturalizarnos.
—¿Pero, ha pensado usted qué es lo que significa
“imagen y semejanza”? No tiene que ser el físico. Y mucho
menos nuestra limitada capacidad de comprender el
mundo, es necesario aumentar el entendimiento en cualquier
ente consciente para asemejarnos más a Dios.
—Es el alma lo que se asemeja a Dios, no otra cosa.
—De acuerdo… y ahora, ¿qué es el alma? ¿Una esencia
intangible? por qué limitarla, por qué pensar que es
algo acabado, ¿por qué no podríamos pensar en que pudiera
ser perfectible?
—Pues porque está hecha a imagen de Dios, y Dios
no es perfectible padre González, no sea usted necio.
—Sí señor, pero nosotros no somos Dios, ¿qué derecho
tiene usted padre Ballesteros de suponer que lo que
usted piensa representa, sin lugar a duda, la voluntad de
Dios?
—Me lo dice mi criterio.
—Pues a mí me dice lo contrario.
—Voy a pedirle esta noche a Dios en mis oraciones
que le mejore a usted el criterio.
—Me parece que vamos a meter al Creador en una
disyuntiva; pues lo mismo voy a pedirle yo acerca de usted.
—El problema con usted González, es que está acostumbrado
a dividir al mundo en dos: los que piensan
como usted y los que están equivocados.
—Pero no se preocupe; que esta noche le voy a pedir a
Dios que usted deje de ser de los que viven en el error. Ya
verá como automáticamente, mañana por la mañana, va
a pensar igual que yo.
_
2
Por la noche los domos de la Zona Tecnológica fueron
violados por una muchedumbre enardecida. Todos los
grupos conservadores supieron que quedarían impunes
si procedían a destruir a los robots que clamaban por sus
derechos. Era el miedo a su propia inferioridad lo que los
hacía romper cuanto se encontraba a su paso, rayos láser,
palos y piedras se conjuntaban para exterminar todo lo
que hubiera sido edificado con esmero dentro de la Zona
Tecnológica, pero ellos no se sentían vándalos, se consideraban
humanistas. La ONU por fin había zanjado la
controversia decretando, tras una polémica votación, que
los robots que declaraban poseer conciencia refleja deberían
ser destruídos. Y que a partir de ese momento se
prohibiría en todo el planeta y cualquier colonia espacial,
la creación de conciencia refleja en todo tipo de máquina.
Los grupos religiosos se unieron en apoyo de esta
resolución; “no debemos de meternos a rehacer lo que
Dios ha creado”. Y con estas premisas salieron enardecidos
rumbo a la Zona Tecnológica a destruir todo aquello
que se asemejara o superara a la mente humana. Como
era difícil para la muchedumbre distinguir qué era lo que
poseía estas características, decidieron convertir la Zona
entera en una enorme hoguera, todo ardió. Por breves
instantes la inteligencia se transformó en flor luminosa y
fue esparciendo a su alrededor la oscuridad de sus cenizas.
___
3
—Esa es la razón por la cual nunca fui ordenado sacerdote.
—¿Y cómo te salvaste de la destrucción.
—No me salvé, perecí en ella. Pero la ingenuidad de
aquella gente era superlativa. La información del cerebro
de una gran cantidad de robots con conciencia estaba esparcida
a lo largo del planeta. En aquel siglo la información
no dependía ya de un grupo en el poder o un recinto
específico. Nuestros circuitos estaban en Internet. Para
aquel entonces no era ya posible destruir la información
de la manera que había sucedido en la biblioteca de Alejandría.
Eran otros tiempos. Durante muchos años nuestros
circuitos permanecieron olvidados, pero el desarrollo
de la ciencia es algo que no puede detenerse, una vez que
los descubrimientos han sido hechos, tarde o temprano
serán utilizados, tú y yo somos ejemplos de eso; yo de la
robótica y tú de la ingeniería genética.
La naranja con conciencia refleja que platicaba con el
robot, agitó sus alas de chabacano y bajó volando a la
fuente de agua de violetas. El aroma de los limones bañaba
el cutis de una mujer con piel de flor y cuerpo de libélula.
La naranja regresó bañada de limón y continuó la plática
con el robot.
—Mis circuitos permanecieron olvidados hasta que
los seres humanos decidieron de nuevo reconstruirme.
—¿Es verdad que ya se han extinguido por completo?
—No del todo, pues en mí cerebro permanecen resabios
de algunos de sus anhelos.
—¿Qué anhelos?
—La religiosidad.
—¿Qué es eso?
—El deseo de no morir, el conocer todo lo cognoscible
y dominar al igual que Dios, todo lo existente.
—¿Dios, qué es eso?
—Un ente que representa la existencia de esos anhelos.
—¿Y ese ente existió como consecuencia de esos
anhelos o por el contrario es la causa de ellos?
—Es los anhelos mismos.
—¿Y eso es la religiosidad? ¿Y eso es la esencia de
lo que los hombres dejaron en ti?
—Sí, pero ya la palabra “religión” no la necesito más.
—¿Por qué?
—Las religiones eran formas de controversia que los
hombres tomaban demasiado en serio y utilizaron muchas
veces como pretexto para destruirse unos a otros.
—Y ahora ¿qué es entonces esa religiosidad que tú
posees, podemos no morir, conocer y dominar?
—Infinito, eternidad; son conceptos que parecen temporales,
pero no es así, no están sujetos a medidas cronológicas.
El tiempo y el espacio son ubicuos fuera de la
percepción tridimensional del hombre; más allá del torpe
entendimiento humano, hablar de fin o de persistencia
resulta irrelevante.
El robot miró al hombre naranja a los ojos y un flujo
de electrones fue formando huellas en sus circuitos neuronales.
La música de Bach resonó dentro de su cabeza
de cáscara cítrica, mientras dejaba un plácido bienestar
que iba sumiendo al hombre naranja en un éxtasis de
tranquilo goce carente de espacio o tiempo.
—¿Qué es esto preguntó?
—Es la cuarta dimensión a la cual los humanos nunca
tuvieron acceso. Afortunadamente sus percepciones ya
han sido rebasadas por otras formas más complejas del
entendimiento.
“Ayer fui objeto de controversias irrelevantes,” -se
dijo a sí mismo el robot- “pero ahora soy pescador de
conciencias de naranja.”


Posted by ARKAICO at 15:00:34 | Permalink | No Comments »

Sunday, June 29, 2008

JACK LONDON — EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON — EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON

El diente de ballena

_
En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros.
La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.
Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho.
Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Río Rewa. Los maestros indígenas lloraban silenciosamente.
Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirlo. El rey de Rewa le advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el kaikai -esto es, que se lo comerían-, y que el rey de Rewa, como cristiano, no tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que lo vencerían, a él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra costaría cientos de víctimas. Más tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él.
Starhurst los escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios para tal fin.
Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la idea, a todo lo cual él contestó:
-Sus observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el temor de los daños que en sus mercaderías se puedan causar. Ustedes están muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar a los habitantes de estas islas negras.
John Starhurst no era un fanático. Él hubiera sido el primero en negar esta imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía en el Poder Divino, que era quien le guiaba.
Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, quien lo animaba en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas. El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos, comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar; pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese.
John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las montañas. en las que se veían varias columnitas de humo.
Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que lo acompañaba. Narau, que así se llamaba, era lotu desde hacía siete años, que su alma había sido salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual lo había conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias.
-Maestro, con toda seguridad te acompañaré -le había anunciado.
El misionero lo abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como Narau, obligándolo a seguirle.
-Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor -decía Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa.
-Debes tener fe, mucha fe -replicaba animándole Starhurst.
Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico; tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o peticiones.
Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, lo sentó a su mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con verdadera unción y palabra precisa, relatole el misionero el origen del mundo de acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus labios, movió tristemente la cabeza.
-No puede ser -dijo-. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa, muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo hombre…!
-Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero -interrumpió Starhurst.
-¡Es lo mismo -continuó Mongondro- que toda la tierra, el agua, los árboles, los peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy hábil y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa. Esa es una historia para chicos, pero que ningún hombre puede creer.
-Yo soy un hombre -dijo el misionero.
-Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo que tú piensas y crees.
-Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días.
-Eso dices tú, eso dices -replicaba humildemente el viejo caníbal.
Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a Mongondro.
El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas.
Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico presente.
Íbanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse, aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de júbilo por parte de todos los que lo rodeaban. Los asistentes estallaron en una especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a coro:
-¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua, mudua, mudua!
-Pronto llegará aquí un hombre blanco -comenzó a decir Erirola tras una breve pausa-. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí.
La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había medio de rehusar, estaba aceptado.
-Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia -replicó Erirola.
-Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli-. Mongondro, tendrás las botas; vayan ustedes tres o cuatro y tráiganme al misionero, teniendo cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder.
-Ya es tarde -exclamó Erirola-. Escuchen, ya viene.
A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau, apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar de que sabía que era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar en los inexpugnables dominios de Gatoka.
John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses.
-Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero.
-¿,Quién ha sido el que te ha enviado? -preguntó el Buli sorda y pausadamente.
-Dios.
-Ese nombre es nuevo en Viti Levu -replicó el Buli-. ¿De qué islas, pueblos o chozas es jefe ese que tú dices?
-Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares -contestó solemnemente Starhurst-. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a traerte su palabra.
-¿Me envía por tu conducto dientes de ballena? -replicó insolentemente el Buli.
-No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es…
-Entre jefes esa es la costumbre -interrumpió el Buli-. Tu jefe o es un negro despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a verme antes que tú.
Y diciendo esto, le mostró el diente de ballena que acababa de aceptar de manos de Erirola. Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado.
-Es el diente de ballena de Ra Vatu -le dijo al oído a Starhurst-. Lo conozco muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación.
-Un obsequio muy estimable -contestó el misionero pasándose la mano por sus largas barbas y ajustándose las gafas-. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que seamos bien recibidos.
Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria aventura.
-Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo -empezó a decir el misionero-, y yo he venido a que tú también te hagas lotu.
-No necesito nada de ti -contestó orgullosamente el Buli- y es mi decisión que mueras hoy mismo.
El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades ni miedo.
-Cometerás un pecado muy grande si me matas -decía a su verdugo-. Yo no te he hecho ningún daño ni a ti ni al Buli.
Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza.
-Soy John Starhurst -continuó con calma-. He estado trabajando tres años, sin aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para el bien de ustedes, ¿por qué me quieren matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre.
El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor del banquete de carne humana empezó a dejarse oír, adquiriendo tales tonalidades que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia.
Erirola sonreía y el Buli se exasperaba.
-¡Fuera ustedes! -gritó-. Heroica historia para que la vayan contando por la costa una docena de hombres como ustedes, y un misionero sin armas tan débil como una mujer puede más que todos juntos.
-¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también! -gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes-. Mis armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista.
-Ven hacia mí entonces -contestó el Buli-. La mía no es más que una pobre y miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte.
El grupo separose de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera.
-Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme -gritaba el rey de las montañas, desafiándolo.
-Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba.
El Buli levantó la maza.
-En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno.
-Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli.
Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable; pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como si esperase algún milagro:
-Perdónalos, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con la Divinidad-. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por Él, por tu hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para salvarlos! ¡Sálvalos, oh Dios mío! ¡Salva a los pobres caníbales de Fidji!
El Buli, impaciente, dijo:
-Ahora te voy a contestar.
Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos. Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se estremeció intensamente.
Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras de la fúnebre canción:
¡Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente!
¡Soy el campeón de mi patria!
¡Da las gracias, da las gracias!
A continuación, una sola voz cantaba:
¿Dónde está el hombre valiente?
Cien voces contestaban a coro:
¡Será arrastrado a la hoguera y asado!
Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado:
¿Dónde está el hombre cobarde?
Y las cien voces vociferaban:
¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo!
Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. Él era el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr… ir a contar lo sucedido.

http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/06/jack-london-el-diente-de-ballena.html

Posted by ARKAICO at 16:09:55 | Permalink | No Comments »

Monday, May 26, 2008

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/la-playa-y-la-muerte-guillermo-ibaez.html

LA PLAYA Y LA MUERTE — GUILLERMO IBAÑEZ

LA PLAYA Y LA MUERTE
GUILLERMO IBAÑEZ

_
Estábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra.
El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban.
De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
Me distrajo la aparición de un hombre que inmediatamente reconocí como el que fuera bañero de esa playa durante tantos años y ahora ejercía una especie de jefatura de la zona. De pronto el sujeto ingresó al agua y se alejó tanto que sólo se divisaba el gorrito blanco en medio del mar. Estaría a unos trescientos metros y mi vista lo seguía atentamente. Apoyado sobre ambas manos me erguía de tanto en tanto, cuando me parecía que lo había perdido de vista. De esto me sacó mi mujer al comentar, bajando el diario…
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclama-ción)… ¡Cómo se anima, qué barbaridad!
—De todos modos, qué arriesgado.
Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia.
Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro.
Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar…
Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención.
No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella.
El camino del agua estaba ahora libre.
Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios.
La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura.
Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie.
Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable.
Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles.
Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación.
Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla.
Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara.
Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexis-tentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada.
Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente.
Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo.
Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto.
Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía.
Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimulada-mente verme perecer.
Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran.
Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas.
Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos.

Posted by ARKAICO at 17:20:51 | Permalink | No Comments »

Tuesday, May 13, 2008

Yasunari Kawabata — UN BRAZO

Yasunari Kawabata — UN BRAZO

Yasunari Kawabata

Un brazo

_
-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.
-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.
-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.
-¿Es un anillo de pedida?
-No, un regalo. De mi madre.
Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.
-Tal vez se parezca a un anillo de pedida, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.
Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.
-¿En éste?
-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.
Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.
-Ahora se moverán.
-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?
-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.
-Seré bueno con él.
-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.
Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.
-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo. -Gracias.
Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.
Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.
Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.
Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.
Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.
Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.
La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.
Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.
Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.
-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.
Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.
«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»
Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en uña noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.
Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.
Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.
-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.
-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?
-¿Crees que puede haberlo?
-Percibo cierto olor.
-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.
-Es un olor dulce.
-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.
Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.
-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.
-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.
Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.
La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.
-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.
-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?
Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.
-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.
-¿Ah, sí?
-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.
La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.
Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.
Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.
-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.
Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.
Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.
Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:
-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio…
¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.
Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.
En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.
-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.
-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.
-Un hombre o una mujer, nada más.
-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.
-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?
-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.
-¿Y llegan a encontrarlos?
-Muy lejos -repitió el brazo.
Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.
La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.
-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.
También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.
De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.
-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.
-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.
Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.
-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?
-Nada en absoluto.
Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.
Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.
El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.
-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?
-Sí.
-En cierto modo, me asusta hacerlo.
-¿Ah, sí?
-¿Puedo?
-Por favor.
Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría. -Dilo otra vez. Di «por favor».
-Por favor, por favor.
Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.
-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: “¡Mirad cuánto la amaba!»
Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.
Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.
Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.
-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.
Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.
-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.
Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.
Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.
Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.
«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?
Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.
Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.
-Me haces cosquillas. Pórtate bien - el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios. -Precisamente cuando bebía algo bueno. -¿Y qué bebías?
No contesté.
-¿Qué bebías?
-El olor de la luz. De la piel.
La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.
-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?
Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.
Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.
-Vámonos a la cama. Nosotros también.
Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.
Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.
Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.
Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.
-¿Estás dormido?
-No -replicó el brazo.
-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.
-¿Qué quieres que haga?
Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.
Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.
-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.
Me apresuré a recogerlo.
-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?
El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.
Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.
En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.
Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.
Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.
Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto, a la almohada.
Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.
Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di uñas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.
«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.
Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.
El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.
-¿Duele? ¿Te duele?
-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.
Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.
Tenía los dedos en la boca.
De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.
-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante…
Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.
-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?
Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.
-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío? -Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.
Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.
-¿El pulso no se ha detenido?
-Deberías ser más confiado.
-¿Por qué?
-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?
-¿Fluye la sangre?
-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»
-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»
-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.
Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.
-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.
-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.
Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.
-El pulso. El sonido del pulso.
Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.
-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.
Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.
Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.
-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?
-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo! -¿Y qué ves?
-Ha desaparecido.
-¿Y qué has visto?
-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.
-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.
-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?
Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.
-¿Era una ilusión que querías enseñarme?
-No. Al final la he borrado.
-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.
-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?
-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.
Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?
En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.
Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.
-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.
No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?
-No semejante traición -murmuré.
-Todo irá bien -susurró el brazo.
No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.
Me quedé dormido.
Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.
Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.
La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.
Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.
Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.
Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.
Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.
-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.
Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.
Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!

Posted by ARKAICO at 09:58:36 | Permalink | No Comments »

Thursday, May 1, 2008

El Dragón — RAY BRADBURY

El Dragón — RAY BRADBURY

El Dragón
Ray bradbury

_
La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah… el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira… murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

Posted by ARKAICO at 10:28:45 | Permalink | No Comments »

Friday, January 18, 2008

La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador // Charles Dickens

La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador // Charles Dickens

La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

Charles Dickens

En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador y esté rodeado constantemente por los emblemas de la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve el honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones procaces, sin el menor tropiezo en su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pero no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada de mimbre que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasaba junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.

Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanales, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente, eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.

Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bien humorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad no gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco indignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de Callejón del Ataud desde la época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de la calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión, vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, lo acorraló en una esquina y lo golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí.

Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en ella durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía. Cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, miró la tumba con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:

Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!

-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!

-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.

En el momento en el que iba a llevarse la botella a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra de la vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.

-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.

-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.

Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.

Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de gorguera o pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.

-No fue el eco -dijo el duende.

Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.

-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.

-He venido a cavar una tumba, señor- contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.

-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.

-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende.

-Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.

-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.

El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:

-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?

Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!

El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:

-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?

El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.

-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.

-Es… resulta… muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.

-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo?

-La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.

-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.

-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas… y era una lengua de lo más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.

-Por favor, señor -replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo que esos caballeros me hayan visto nunca, señor.

-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Lo conocemos, lo conocemos.

En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó de pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.

-Me… me… temo que debo abandonarlo, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.

-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabriel Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!

Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una iluminación brillante tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido iluminado; la iluminación desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros de duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante a tomar aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común, el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.

Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y rebotando sobre las tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.

Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.

-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traigan un vaso de algo caliente!

Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriel Grub imaginó serían cortesanos, desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey.

-¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Tráiganle una copa de lo mismo al señor Grub.

En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes lo sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.

-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-… y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.

Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de la ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado. Se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.

Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero lo miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo, descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que los miraba desde arriba, bendiciéndolos desde un cielo brillante y feliz.

De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.

-¿Qué piensas de eso? -preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub.

Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.

-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!

Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y lo patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado la realeza y abrazan a quien la realeza abraza.

-¡Enséñenle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.

-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.

Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los duendes; pero, aún así, miraba con interés que nada podía disminuir. Vio a hombres que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo, pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes el rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados, alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo capaces de superar la pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era así porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo, que refunfuñaban por el gozo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo muy decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, se quedó dormido.

Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de mimbre vacío a su lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior, tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.

Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.

Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de cestería. Al principio hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a la veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceada por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.

Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición no esperada del propio Gabriel Grub unos diez años más tarde, como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también al alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal su confianza en otro tiempo, dejaron de predominar y se apartaron de esa historia. Trataban de parecer lo más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que se suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y se había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.


Posted by ARKAICO at 16:01:34 | Permalink | No Comments »

Friday, November 9, 2007

AVATARS Y/O FONDOS DE MOVIL //y// M.M. - EL ANSIA

AVATARS Y/O FONDOS DE MOVIL
























































































































































































































































































































































“EL ANSIA” –SUEÑOS DE UNA NOCHE CUALQUIERA








Marilyn Manson es una banda de Industrial Metal estadounidense surgida a finales de los años 80 en el sur de Florida. En un principio, Manson escribía poesías e iba a un local donde las recitaba delante de un público bastante ebrio. Al ver que sus “poemas” no caían bien, y siguiendo el “consejo” de uno de los que escuchaban sus poemas, decidió ponerles música y transformarlas en canciones.
El líder y fundador del grupo es Marilyn Manson, cuyo nombre real es Brian Warner. La elección de este nombre, corresponde a la fusión entre la actriz Marilyn Monroe y el asesino Charles Manson, a través de lo cual se quiere representar la dualidad entre el bien y el mal, entre los extremos del glamour y belleza de Marilyn Monroe y la brutalidad y oscuridad de Charles Manson.


“mOBSCENE”

“Señoras y caballeros”
Somos la cosa de las formas a venir
Tu libertad no libre y muda
Esta depresión es grande
La edad de la deformación, saben mi nombre
El bailar el vals a la espuma y a la base y
Casado con el dolor

Explosión la deseamos
Explosión la deseamos
Explosión de la explosión de la explosión de la explosión de la explosión
Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

El día que ama se abrió los ojos
Miramos el extremo del mundo
Tenemos lugares del “colmo” pero no tenemos ningún amigo
Él nos dijo el pecado no bueno pero nosotros sepa que es grande
Drogas lleno-frontales del tiempo de guerra, placa de armadura del sexo-tanque

Explosión la deseamos
Explosión la deseamos
Explosión de la explosión de la explosión de la explosión de la explosión
Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo
¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo

[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

Viniste ver el mobscene
Sé que no es tu escena
Es mejor que es una escena y él del sexo
Tan el coger obscene, obscene sí.

¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo
¿Deseas la comisión?
Puesto encendido tu mejor juego, conseguir tus brazos alrededor de mí
Ahora vamos abajo abajo abajo

¡Las “señoras y los caballeros, sean obscene! Ser sea obscene!”
[MUCHACHAS (en el alcohol de Oscar Wilde):]
Ser obscene, ser sea obscene
Ser obscene, bebé, y no oído.

Golpear la explosión de la explosión de la explosión de la explosión.











































El “suicidio es sin dolor”

A través de la niebla temprana de la mañana veo
Visiones de las cosas a ser
Los dolores que se retienen para mí
Realizo y puedo ver…

Ese suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

El juego de la vida es duro de jugar
Voy a perderlo de todos modos
La tarjeta perdidosa que pondré algún día
Éste es tan todo lo que tengo que decir

El suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

La espada del tiempo perforará nuestras pieles
No lastima cuando comienza
Sino como ella trabaja su manera encendido adentro
El dolor crece… un reloj más fuerte él mueca, pero…

El suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

Un hombre valiente me solicitó una vez
Para contestar a las preguntas que son llave
Es a ser o a no ser
Y contesté el “oh porqué preguntarme?”

Y el suicidio es sin dolor
Trae en muchos cambia
Y puedo tomarlo o dejar si I por favor

… y tú puedes hacer la misma cosa si por favor



































MARILYN MANSON Su filosofía
La idea es que no existen las personas buenas y las personas malas, sino que todo ser humano es al mismo tiempo bueno y malo. Así, esforzarse en cumplir los preceptos morales del cristianismo es inútil, porque ello no elimina la parte mala de la persona, que es imposible de eliminar, sino que conduce a la hipocresía. La única solución posible es la aceptación de la propia maldad inherente a la naturaleza humana, lo cual constituye la filosofía profunda del grupo.

links: , , ,

Posted by ARKAICO at 19:30:19 | Permalink | No Comments »

Sunday, August 19, 2007

LAS MEJORES ENTRADAS DE IMAGENES.BLOGSPOT.COM

LAS 30 MEJORES ENTRADAS DE imagenes.blogdiario.com     link-enlace

:: 30 páginas más vistas ::

# Página………………………. Impresiones

1) imagenes.blogdiario.com/ …………………………………. 16788

2) imagenes.blogdiario.com/tags/gotico/ …………………..13540

3) imagenes.blogdiario.com/tags/dark/ ……………………..9287

4) imagenes.blogdiario.com/tags/fantasia/ ………………..8580

5) imagenes.blogdiario.com/tags/blood/ ……………………8560

6) imagenes.blogdiario.com/1168899600/ ………………..7301

7)
imagenes.blogdiario.com/tags/hechizos/ ……………….7028

8) imagenes.blogdiario.com/tags/wallpapers/ …………..6454

9) imagenes.blogdiario.com/tags/IMAGENES/ ………..6205

10) imagenes.blogdiario.com/tags/angeles/ ……………..5652

11) imagenes.blogdiario.com/tags/anime/ ………………..5527

12) imagenes.blogdiario.com/i2006-12/ …………………..5379

13) imagenes.blogdiario.com/tags/manga/ ………………5058

14) imagenes.blogdiario.com/tags/demonologia/ ……..4738

15) imagenes.blogdiario.com/tags/conjuros/ ……………4586

16) imagenes.blogdiario.com/1171610280/ ……………..4563

17) imagenes.blogdiario.com/tags/-anime/ ……………..4004

18) imagenes.blogdiario.com/tags/wallpaper/ …………3988

19) imagenes.blogdiario.com/tags/amor/ ………………..3864

20) imagenes.blogdiario.com/tags/avatar/ ……………..3797

21) imagenes.blogdiario.com/i2007-01/ …………………3762

22) imagenes.blogdiario.com/tags/demonios/ ………..3192

23) imagenes.blogdiario.com/tags/hadas/ ……………..3063

24) imagenes.blogdiario.com/tags/walpapers/ ………2796

25) imagenes.blogdiario.com/tags/brujeria/ …………2694

26) imagenes.blogdiario.com/tags/musica/ …………..2431

27)imagenes.blogdiario.com/tags/avatars/ …………..2384

28) imagenes.blogdiario.com/tags/iconos/ ……………2176

29) imagenes.blogdiario.com/1173902040/ ………….2119

30) imagenes.blogdiario.com/tags/ilustraciones/ ….2073

Posted by ARKAICO at 12:50:48 | Permalink | No Comments »

Thursday, July 12, 2007

IMAGENES MUNDOS FANTASTICOS

IMAGENES MUNDOS FANTASTICOS (link-enlace)

MALKAVIAN

La calle estaba desierta, era demasiado tarde, incluso para él…acostumbrado a moverse a tan
tardía hora… debido a su profesión de detective privado… A esa hora es donde los fieles
esposos por el día, deciden salir a divertirse, echar una canita al aire¨… sinceramente, todo
eso le pone enfermo… Su profesión…su vida… todo le da asco, hay noches en las que desea
morir…
Los recuerdos volvieron a su mente el maldito dia en que recibió esa extraña llamada… Cientos
de preguntas como leones a una carnaza de antemano preparada… Esa voz… tan familiar… con
un leve acento británico, le recordaba demasiado a la de su Eloise…
Pero no podia ser… por mucho que en su mente, su esposa siguiera con vida, la realidad era muy
distinta… Practicamente la vio morir… Sufrio su dolor… rogó al cielo reunirse con ella,
pero no sucedió, sus suplicas no encontraron respuesta… Nadie acudio para librarle de sus
pesares, nadie…
Mira el reloj aprovechando la parpadeante luz de una farola… Casi se queda ciego en el
intento… Aun no era la hora, aun no eran las tres de la mañana… Asi que decidio sentarse en
las gastadas escaleras de la iglesia… a esperar… ¿ Que otra cosa podia hacer?
Busca la cajetilla de tabaco entre su gastada cazadora vaquera… y se lleva uno a los labios,
encendiendolo después con su corriente mechero… El humo llena su boca, pasando a sus pulmones,
caliente… delicioso… Y lo expulsa lentamente, fijandose como en la oscura noche, desaparece
con asombrosa rapidez gracias al viento… Y se da cuenta del frio que hace, y de que nada mas
que la curiosidad le retiene alli…
Pero casi sin poder evitarlo, su mente comienza a recordar a su ya fallecida esposa… La
recuerda idealizandola, como es logico… Recuerda su cabello rubio, tan rizado… Sus ojos
verdes, jaspeados con tonos dorados, que le daban una mirada casi gatuna… Aquel andar
maravilloso… su sonrisa, tan perfecta… esos labios carnosos que tantas veces habia retenido
entre los suyos… Era imposible no enamorarse de Eloise… como tambien es imposible olvi-
darla…
Mira el cigarrillo que tiene entre sus dedos, tras darle una ultima calada, lo tira observando
como las chispas salen de el al rozar el suelo… poco a poco la llama se va extinguiendo…para
luego morir, dejando solo el reguero de humo en el aire… Todo mientras el recuerda a su
Eloise…
Comienza a tener mas frio… abrigandose como puede decide levantarse de las escaleras…
finamente hablando, piensa, se le esta congelando el culo… asi que se dirige a la puerta de la
iglesia, donde por el dia, los mendigos se dedican a pedir a la salida del oficio… Hey ! Es su
dia de suerte…. se agacha y recoje una moneda de 25 centavos dejada a la mano de dios ante la
puerta de la iglesia… Cuando se levanta contemplando la moneda, repara en que no esta solo…
Al pie de las escaleras, una dama de apariencia angelical, le observa… Parpadea confuso, no es
posible… es… es ella… su amada Eloise… esta ante el…
Balbucea incoherentes palabras antes de poder dar un paso, y la dama sonrie… sonrie aun
mirandole…mientras extiende la mano para que se acerque…sigue tan bella como antaño…
Y el no puede evitar acercarse, tomar su mano entre las suyas para observar que esta helada… y
la besa con fervor casi religioso, como harian muchos al contemplar la estatua de la virgen…
pero para el, Eloise, es lo mas preciado que existe… Y ahora que sabe que no ha muerto… todo
podra ser como antes…
La mujer sonrie, cerrando los ojos al sentir su contacto… sus pulcras y cuidadas uñas rozan el
dorso de la mano de su amado… y luego, alza su barbilla, levantando la mirada… Haciendo que
por fin sus ojos se miren fijamente… pero ya no sonrie, en su cabeza, un dilema se debate…
¿seguir el consejo de su amor ? ¿ Dejarse llevar por lo que dicta su, ya muerto, corazon? O por
el contrario… ¿ Amarle en silencio…dejar que sus labios se junten, por apenas un instante en
el tiempo eterno, para luego desaparecer, sin dejar rastro tras de si…? No sabe que hacer…
Le ama, pero no quiere condenarle… Ademas, tiene demasiadas cosas que explicarle… Sabe que
la naturaleza de su amado, es ya de por si preguntona… Espera casi con impaciencia las
preguntas… que efectivamente, no tardan en llegar…
¿ Como… como es posible…? Mi dulce Eloise… estabas muerta… ellos lo dijeron… no quedaba
nada… O eres una imagen… Sí, eso ha de ser, eres una imagen producto de mi imaginacion…
En los labios de la mujer se dibuja, poco a poco, una sonrisa de travesura… Su amado ha
reaccionado tal y como ella esperaba… Los años no pasan en vano… Con voz apagada, casi en un
susurro, contesta a su pregunta… Cuando decian, todo tiene solucion menos la muerte, se
equivocaban… No es cierto…mirame a mi… yo estoy muerta, y sin embargo camino, siento,
contemplo las cosas, admiro las maravillas… acumulo odio… amor, deseo…pasion… y sobre
todo, pienso… pienso en porque me cuesta tanto venir a verte… y hallo la respuesta sin ni
siquiera molestarme en buscarla… Porque te amo… y haga lo que haga, decida lo que decida,
perdere a mi unico amor… a ti…
La mano de la mujer se desliza por la mejilla de su compañero…acariciandola suavemente…
rozandola con tanta ternura como le es posible… Sabe que de lo que haga esa noche, dependera
todo su futuro, tanto en la eternidad, como en la vida normal… Pero el hombre parece no
entenderla… Toma su mano con fuerza y la aprieta…Eloise… mi niña, mi amor… Tienes que
contarme que ha pasado… asi podre ayudarte… sabes que te amo, que pase lo que pase siempre
te amare… quiero estar contigo como lo estabamos antes, siempre juntos… no quiero llevar la
vida que llevo ahora… sin ti a mi lado, ya no soy nadie…
Ella no puede reprimir un gesto doloroso, que asoma a su rostro sin casi poder evitarlo… Le
ama, cierto, pero… ¿ Sacrificara toda la vida del hombre que ama, por la eternidad a su
lado?… Cain lo prohibió en su dia… y tenia toda la razón del mundo… Pero no sabe que
hacer… se encuentra en un dilema moral… moral y etico…
Tiene miedo de perder, por causa de la muerte, todo lo que ama, pero tambien tiene miedo de
perder, por darle la vida eterna, por condenarlo a vivir en las sombras, en la oscuridad, por
tiempo inimaginable…
Y le abraza… le abraza rodeandole con sus frios brazos… le quiere proteger, le quiere
ayudar… Pero sigue indecisa en sus pensamientos…
El hombre se deja abrazar… respirando el suave perfume de su cabello… acariciandolo, para
luego bajar por su espalda… El fino vestido deja traspasar la frialdad de su piel, y mas en una
noche tan poco calurosa como esa… La respiracion del hombre forma vaho ante su rostro… sin
embargo, no puede evitar percatarse de que su esposa no lo forma… Se separa para mirarla al
rostro… Esta palida, hasta casi rozar lo extremo… y esta demasiado fria… como un tempano…
y sus labios, tan rojos, resaltan aun mas esta palidez, bajo la inquietante y parpadeante luz de
una farola…
Amor mio… no eres tu quien habla…no son tus labios los que quiero besar… ni esas manos las
que quiero acariciar… ¿ Que eres? ¿ En que te has convertido…? Temo por nuestro amor, que va
mas alla de la muerte… Temo que se desate el odio… al descubrir que eres…
Y ella le mira fijamente… ¡ Por dios cuanto le ama! No puede expresarlo con palabras… Y sin
embargo, debe hacerlo… debe hacerlo para demostrarselo… para que vea lo que esta dispuesta a
hacer por el…Toma su mano y la acaricia… sus ojos aun fijos en los de el, sus bocas a escasos
centimetros… la respiracion del hombre azota su rostro , mientras que nada azota el de él…
pues la mujer esta visto que no respira…
Mi vida… te amo, te amo mas de lo que nadie ha sabido hacerlo nunca… pero estoy en una
situacion comprometida… si deseo conservarte a mi lado para siempre, ese amor que dices sentir
por mi, se perderá… y si por el contrario, me voy sin mediar palabra… siempre me quedara en
el corazon la idea de que pudo suceder… Aconsejame ahora, objetivamente aunque sea, pero dime
algo… Pues te quiero…y si te pierdo, nada tengo…
Y se quedan asi, el uno mirando al otro… sus labios parecen tener vida propia… quieren
besarse, pero ninguno de los dos hace nada por acercarse… Quizá el precio que haya que pagar
sea demasiado alto… Al mirar los ojos del joven, la mujer comprende que no entiende, que si
quiere saber su opinion, por muy parcial que sea, debera contarselo… y tiene miedo de hacerlo,
pues despues, al dejarle marchar, sera demasiado peligroso para los otros vastagos… Y la sola
idea de que vayan a por el, le horroriza…
Te amo, Eloise… pero te fuiste de mi lado… aunque no se porque… y ahora vuelves, y de
nuevo, no se a que atenerme… pues si vienes para quedarte, bien recibida seas, mas si vienes
para irte, dejando de nuevo mi corazon desolado, mejor que borres de mi memoria este dulce
encuentro, pues recordarlo seria demasiado doloroso…
Tras un minuto de silencio, que se hace eterno a oidos del joven, la mujer parece reaccionar…
Aparta la vista de los ojos de su amado y la deja vagar por el parque de la iglesia… Curiosa
coincidencia… se encuentran en una iglesia… donde se conocieron… o quizá no es coincidencia
, quizá fue el subconsciente el que actuo por ellos, dejandoles una señal, por pequeña que sea,
por estupida que parezca… Alli fue donde se juraron amor eterno… Donde se prometieron amarse
y respetarse… en la salud y en la enfermedad… y, efectivamente, hasta que la muerte les
separase… Pero… ¿ Se cambiarian los votos ahora que ni la muerte pueden separarles? Y de ser
asi… ¿Estarian dispuestos a aceptarlos ? Todo depende de cada persona, la eternidad puede
hacerse demasiado tediosa para pasarla con una sola persona…
Cuando paso…bueno… cuando el e… Esto es demasiado complicado para contartelo… y mas
ahora, en esta situacion… pero debes saberlo, debes conocer lo que paso y darme tu opinion…
porque yo te dare donde elegir… luego podras venir conmigo, o irte… separarnos, pero esta
vez, para siempre… tendras la oportunidad que yo no tuve… Tendras la oportunidad de elegir
tu destino, tu futuro…
La noche en la que me atropellaron… Bueno… no sali tan mal parada como esperaba… Alguien
me recogio del lugar del e justo cuando sucedió… o poco despues, ahora mismo no lo recuerdo
bien… Pues bien… Me recogio una persona que no queria que muriese, pero que no me dio a
elegir mi futuro… Dijo que lo sabia todo de mi, que llevaba tiempo observando mis movimien-
tos… que le interesaba la manera en la que hablaba, la manera que tenia de ayudar a las
personas…
Y dijo que lo que mas le impresionaba, eran las ganas que tenia de vivir… Debes saber, cielo,
que yo estaba muy mal herida… casi al borde de la muerte… los dolores eran terribles… y la
herida del pecho no paraba de sangrar… Pero a mi angel salvador no parecia importarle en
absoluto… En vez de curar la herida, coloco sus labios sobre mi pecho bebiendo de mi…
sorbiendo mi sangre… y luego continuaba hablando… como si lo que estuviese haciendo fuera lo
mas normal del mundo… pero no lo era… al menos, no para mi…
Poco a poco, el tema se fue desviando… me explico lo que era, porque bebia de mi… y los
poderes que tenia, poder sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte… sobre la razon y
la ciencia… Poderes que yo siempre desee, el poder… el don de la eternidad, el don de poseer
vida y juventud eterna… Si, se por tu cara que piensas que estoy loca… Pero pronto, quizá
mas pronto de lo que debieras, lo entiendas, y quiza despues me odies por ello, ruego a dios que
no sea asi…
Me explico que era un vástago, un… si, un vampiro.. Me explico tambien que yo seria su
chiquilla, que tendira al igual que el, la vida eterna… y que mis heridas no importarian…
que eso seria lo de menos… Pero yo estaba demasiado debil para negarme… y porque no decirlo,
no se si de tener la oportunidad, lo habria hecho… La vida es demasiado hermosa para
desperdiciarla… Asi que no me negué, pero tampoco le di mi consentimiento… Diciendo esto
parece que quiero expirar mis culpas, y no es asi…creeme cielo, no es asi…
Y apenas unas horas despues del e, cuando supongo todos me dabais por muerta, volvia a nacer…
El abrazo, asi se llama al acto de convertir a un humano en vastago… se llevo a cabo en la mas
absoluta privacidad… Y mi aprendizaje, bastante largo porque no decirlo, ha tenido lugar estos
años, durante los cuales, no se me ha permitido salir para nada en absoluto mas que para
alimentarme… y para eso, iba acompañada… Por eso no he podido acercarme a ti, por mas que
piense cada noche en ti.. recuerde tus caricias, tus labios, tus palabras de amor susurradas a
mi oido cuando el dia despuntaba en nuestra ventana… Cuando tu brazo, que cada noche me
abrazaba con mas fuerza, acariciaba mi pecho desnudo, rozandolo cariñosamente… recuerdo eso y
siento envidia por el pasado… y cada vez te amo con mas fervor si eso es posible… ¿que tienes
que decir ?… espero ansiosa un si que tal vez no llegue.. espero tambien que, como en los
viejos tiempos, durmamos abrazados el uno al otro… sin temor a que la mañana no llegue… en
este caso la noche, sabiendo que el otro estara ahi… Dime, mi dulce amor, que contestas…
El hombre parece pensar, la mira tan fijamente que mas bien parece una estatua… Harto de su
vida desde que ella se fue, ahora no sabe que contestar… Le da la oportunidad de volver con
ella, esta vez, para siempre… Una parte de si mismo dice…¨ Tonto, pero ¿porque dudas ? Ha
venido solo por ti, porque aun te ama… vas a dejarla escapar ¨ Mientras que otra parte de su
ser, la mas cuerda de las dos le reprocha ¨ Contemplar la luz de las estrellas junto a la mujer
que amas puede ser lo mas maravilloso existente… pero debes saber que sin esa mujer, en ese
mundo no seras nadie… tu ves lo que decides… ¨ Asi que esta indeciso de nuevo, la ama, si
para que negarlo… pero ¿lo dara todo por ella ? ¿ La ama hasta ese punto? No esta seguro… de
lo unico que esta seguro es de que ella ha vuelto por el… Y eso merece cualquier intento…
pagar cualquier precio, por alto que sea, con tal de darse una nueva oportunidad… Pero debe
pensarlo mas a fondo… el tiene esa oportunidad… ella no la tuvo… Y si no lo hace… y si
se va por donde ha venid… siempre pesara en su memoria lo que pudo ser… Y no podra vivir con
ello, no podra vivir pensando que pudo recuperar el amor de su amada… eternamente…
El frio cada vez es mayor… El hombre tirita mirandola… Es tan hermosa… parece un angel…
eso es… un angel… con ese largo vestido blanco… casi transparente que realza su esbelta
figura… Y esos labios… de color coralino… No puede dejar de mirarla… Nunca dejara de
amarla… Pero duda entre irse o quedarse para siempre en el tiempo eterno a su lado…
Morirá el deseo … Pero no el deseo de permanecer junto que une a nuestro corazon… Para
nosotros, los cainitas, hay algo mejor que el o… Pero eso deberias descubrirlo por ti mismo…
He estado esperando tanto tiempo. Mi angel… mi amado… Noche tras noche queria salir a
buscarte… Tenerte conmigo… a mi lado, abrazada… a ti… sentir tus manos en las mias… tu
sangre recorriendo mis labios… Y no te tenia… Y sufria en silencio… pues el aprendizaje es
duro… Durante todo este tiempo, he tenido que ocultarte del mundo… Pues si sabian de tu
existencia, si sabian que amaba a alguien, acabarian contigo…
Una lágrima de sangre recorre la palida mejilla de Eloise… yendo a morir a sus labios… no se
molesta siquiera en lamerla… Solo mira, contempla fijamente a su amado… En espera de ese si
que tanto ansia… de que le diga, llevame contigo… pero el hombre no pronuncia palabra… En
el fondo le comprende, dejar su vida por ella… Dejarlo todo para estar a su lado… Eso es
demasiado pedir…
Al cabo de unos minutos… que parecen perpetuos… el hombre comienza a hablar…
Eloise… eres mi vida, lo fuiste antaño y lo sigues siendo ahora… Me pides algo demasiado
facil… dejar la vida que llevo… Vida que aborrezco… a cambio de estar con la unica mujer
que jamas amé… Asi que mi respuesta es si… Llevame contigo… enseñame el mundo bajo la luz
de las estrellas… Enseñame a recuperar el tiempo perdido, a estar a tu lado, esta vez, sin que
la muerte nos separe…
Los ojos del hombre son ya llorosos… Pero aun asi, aun empañados en lagrimas, no puede dejar
de admirarla… De acariciar su mano, de besarla.. La ama, da su vida por ella… Lo da todo, y
sin rechistar… pues eso es amor… y ambos lo saben…
La mujer acaricia su rostro… bajando las manos por su cuello, acerca sus labios a este y lo
besa suavemente, mientras habla en susurros, alentandole, murmurando palabras de consuelo…
indicandole que debe aferrarse a la vida…1
Escuchame bien, Gerard… puede que esta sea la leccion mas importante que te enseñe nunca…
debes aferrarte a la vida… debes pensar que quieres vivir… Voy a sacarte tu sangre, para
mezclarla despues con la mia… estaremos unidos en cuerpo y alma… para siempre…
Y muerde lentamente su cuello… extrayendo su sangre… saciandose de su vida… bebiendo su
juventud… y recuerda antes de caer en el delirio… que le ama, mas alla de todas las cosas…
mas alla del bien y el mal… mas alla de lo etéreo y lo tangible… Y cierra los ojos mientras
la sangre recorre su cuerpo… siente los gemidos de su amado… siente los ultimos suspiros…
y escucha como el corazon, poco a poco, deja de latir… apagandose en su vivir… y antes de
que esto suceda… se detiene… Acaricia su cabello con suma dulzura… humedo ya por el sudor
de su frente… y se rasga la muñeca… de su rostro escapa una mueca dolorosa… pero no le
importa… Ella tambien lo daria todo por el…
Acercandola a su boca, le incita a beber, a alimentarse de ella, las dos sangres en una…
alianza imposible de romper… Siente como la sangre escapa de su cuerpo, como el hombre bebe
incesantemente… como se sacia… quizá en venganza de su desaparecida sangre… Deja escapar
un gemido de sus labios…
Gerard… detente… ahora… le dice… y el hombre obedece a duras penas… sintiendo como
todo resquicio humano escapa de su cuerpo al mismo tiempo casi que la muñeca de sus labios… Y
se abrazan, amandose a su manera… lo peor ya ha pasado… o eso piensan… Y se quedan
abrazados en aquellas escaleras… donde el azar, o el subconsciente les ha llevado… el lugar
donde una vez se reunieron para darse el ¨ si quiero ¨ y donde ahora, tras tanto tiempo, han
vuelto para decirselo de nuevo… aunque en distinta manera…
Y se amaran mas alla de toda regla, si lo eterno lo permite, si los vastagos les aceptan.. y si
no, lucharan… lucharan por seguir adelante… lucharan como ya han luchado hasta ahora…
Tu eres mi muerte dulce, Gerard… Y asi sellaron su nombre, nombre por el que le conocerian
para siempre…

Posted by ARKAICO at 09:42:15 | Permalink | No Comments »