Thursday, January 1, 2009

CUENTOS DICKENS — HISTORIAS DE FANTASMAS

CUENTOS DICKENS — HISTORIAS DE FANTASMAS

Historias de fantasmas
Charles Dickens
Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II
Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado
La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa

El manuscrito de un loco
¡Sí…! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco… cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro… rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada… y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces… larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad… bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto… ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años… Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido… ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó… había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca… ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados… Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme… dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas… por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército… ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él… no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé… lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]
La historia del viajante de comercio

Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día
cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín,
con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso
rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de
correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street,
City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el
asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua
zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el secrete entre ellos: y nadie lo
sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que
Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por allí
una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, cuando llueve a
cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia persona, sabrá hasta
qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría sido
suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia inclinada, como
las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en la escuela para que los
muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento desaparecía y el viajero
empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia anterior, ella misma se había
apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y gruñir en la distancia y precipitarse desde
la cumbre de las colinas, barriendo la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al
acercarse, hasta que caía en una fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo
la lluvia afilada en las orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y
después batía detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara
de la debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia fuerza y
poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en
cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco
caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de
todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera
atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con
firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso
que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el
calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían
ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el
viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e
calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos
para el servicio
—Condenadas sean mis correas y bigotes —exclamó Tom Smart (a veces Tom
tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)—. ¡Condenadas sea¡ mis correas y
bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom
Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al
mismo proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o
por 1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
—Que me soplen —dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera
exactamente de la misma opinión—. Alégrate, vieja —añadió Tom tocando a la yegua
en el cuello con el extremo del látigo—. En una noche como ésta es inútil seguir
tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos presentaremos, por
lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, vieja, con suavidad, con
suavidad.
Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los tonos
de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba más frío
quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que no había
terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó hacia delante a
una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla hasta tal punto que uno
supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir volando sobre la hierba de
Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el látigo, no pudo detenerla ni controlar
su paso hasta que por sí misma se detuvo ante una posada situada a mano derecha del
camino, aproximadamente a un cuarto de milla del final de los Downs.
Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba las
riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y extraño,
construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así decirlo, con vigas
cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se proyectaban totalmente sobre el
camino, y una puerta inferior con un porche oscuro y un par de empinados escalones
que conducían a la casa, en lugar de la moda moderna de utilizar media docena de
escalones más bajos. Sin embargo, era un lugar agradable a la vista, pues por la
ventana enrejada salía una luz: potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e
camino, llegando incluso a iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y
parpadeante en la; otra ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible,
y después brillaba con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender
que había un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo
de un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas
casi congeladas y entró en la casa.
En menos de cinco minutos, Tom se hallaba acomodado en la habitación opuesta
al bar, la habitación en la que había imaginado el fuego ardiente ante un fuego que
rugía compuesto por un cubo di carbón y suficiente madera como para provenir de
media docena de buenos matorrales de uva espinados apilados hacia arriba en la
chimenea, que rugían, crujían con un sonido que, por sí solo, habría calentado el
corazón de cualquier hombre razonable Aquello resultaba cómodo, pero no era todo,
pues una joven agradablemente vestida, de mirada brillante y tobillos finos, estaba
poniendo sobre la mesa un mantel blanco y muy limpio; y mientras Tom estaba
sentado con los pies, calzados con zapatillas, sobre el guardafuegos de la chimenea,
dando la espalda a la puerta abierta, vio una atractiva perspectiva del bar reflejada en el
espejo colocado soba la repisa de la chimenea, con deliciosas filas de botellas verdes
con etiquetas doradas, junto a frascos de adobos y conservas, quesos y jamones
cocidos, y redondos de vaca, dispuesto todo sobre anaqueles de la manera más
tentadora y deliciosa. Bueno, también esto era confortable; pero no era todo: pues en el
bar, sentada frente a un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más
brillante, había una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan
confortable como el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora
suprema de todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en
la belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, de
abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello negro y
ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se necesitaba gran
penetración para saber que estaba en el camino adecuado de persuadirla para que
dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de sentarse en ese bar durante lo
que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u
otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de cestería
despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo sentirse
extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía observar, desde
su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas familiaridades afectivas entre el
hombre alto y la viuda, que indicaban en grado suficiente que el hombre alto recibía un
trato de favor tan elevado como su propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche
caliente —m aventuraría a decir que le encantaba demasiado el ponche caliente—, y
después de haber comprobado que la yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía
sobre suficiente paja, y de haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena
caliente que la viuda preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito
a modo de experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un
artículo que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y
el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un
segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo agradable
—algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia—, pero en aquel
cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en el exterior
haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le resulta
absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más —no estoy muy seguro de
que no pidió otro después de aquél—, pero cuanto más ponche caliente bebía, más
pensaba en el hombre alto.
—¡Que su insolencia le confunda! —exclamó Tom para sí mismo—. ¿Qué
asuntos tiene que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera
algún gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la
repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada vez
más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.
Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio
tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su propiedad
vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía grandes ideas
acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a menudo lo bien que
podría presidir con su conversación un salón propio, y qué ejemplo supremo sería para
sus clientes en el departamento de bebidas. Todas estas cosas pasaron rápidamente por
la mente de Tom mientras estaba sentado bebiendo ponche caliente junto al crujiente
fuego, y se sintió justa y apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto
estuviera en el camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart,
estaba tan lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos
últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el hombre
alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart llegó
finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo perseguido, cuyas
dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando
una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que en un
lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido encontrar mucho
sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, la apagarían; ello
permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar que había sido él y no el
viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba soplar para encenderla de nuevo
en realidad estaba besando a la joven. Pero en cualquier caso obtuvieron otra luz y
Tom fue conducido a través de un laberinto de habitaciones y pasillos hasta una
estancia que había sido preparada para su recepción, en la que la joven se despidió de
él deseándole buenas noches y le dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría
servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble en los
que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más llamó la
atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto horrendo tallada de la
manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y una abultamientos redondos
en la parte inferior de lo patas cuidadosamente envueltos en paño rojo como si tuviera
gota en los dedos. De cualquier otra extraña silla Tom sólo habría pensado que era una
silla extraña, y ahí habría terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo,
aunque no podía decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que
hubiera visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó
mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se hubiera
apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de aquel, objeto.
—Vaya —dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo
momento la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama—. Jamás en mi
vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño —añadió Tom, que con el ponche caliente se
había vuelto bastante sagaz—. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la silla.
Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, se tapó
hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que
participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó ante
su imaginación despierta fue la extraña silla.
—No voy a mirarla más —se dijo apretando los párpados uno contra otro y
tratando de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban
sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los respaldos de las
otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
—Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas
falsas —dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba,
claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella un
cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el
alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de damasco
se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se convirtieron en
dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la vieja silla se asemejó a un
anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos en jarras. Tom se sentó en la cama y
se frotó los ojos para deshacer la ilusión. Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que
es más, le estaba guiñando un ojo a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había
tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se mostrara
algo sorprendido, empezó a indignarse en cuanto vio que el anciano caballero le
guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan insolente. Finalmente
decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro envejecido seguía haciéndole guiños
con mayor rapidez que nunca, con tono verdaderamente colérico, le dijo:
—¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? —Porque me gusta, Tom Smart —
contestó la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo
dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo
—¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces? —preguntó Tom con bastantes
titubeos, aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
—Vamos, vamos, Tom—dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a
una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos
respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste
empezó a asustarse. —No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor —dijo
Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio. —Bueno,
bueno —contestó el anciano—. Quizá no… quizá no, Tom…
—Señor…
—Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
—Ciertamente que lo soy —replicó Tom Smart—. Pero ¿cómo ha llegado a saber
eso?
—No tiene importancia —dijo el anciano—. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota
desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano
caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó silencio. —
Tom, la viuda es una hermosa mujer… verdaderamente hermosa… ¿eh, Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus
pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta… ¡a sus años!
—Soy su guardián, Tom —dijo el anciano. —¿Eso es lo que es? —preguntó Tom
Smart. —Conocía a su madre, Tom —dijo el viejo—. Y a su abuela. Ella me tenía
mucho cariño… fue la que me hizo este chaleco, Tom.
—¿Eso hizo? —preguntó Tom Smart.
—Y estos zapatos —añadió el anciano levantando una de las zapatillas de paño
rojo—. Pero no lo cuentes por ahí, Tom. No me gustaría que se supiera que ella estaba
tan unida a mí. Podría producir ciertas situaciones desagradables en la familia.
Cuando el viejo truhán dijo aquello tenía un aspecto tan extremadamente
impertinente que, tal como declaró después Tom Smart, no habría sentido el menor
remordimiento de sentarse encima de él,
—He sido un gran favorito entre las mujeres de mi época, Tom —afirmó el
disoluto y viejo crápula—, Cientos de hermosas mujeres se han sentado en mi regazo
durante horas. ¿Qué piensas de eso, eh, perro?
El anciano caballero iba a proceder a contar algunas otras hazañas de su juventud
cuando le sobrevino un ataque de crujidos tan violento que fue incapaz de proseguir.
«Ahí tienes lo que te mereces, viejo», pensó Tom Smart; pero no llegó a decir
nada.
—¡Ay! —exclamó el anciano—. Esto me inquieta, mucho ahora. Estoy
envejeciendo, Tom, y he perdido casi todos mis barrotes. También me han hecho ya
una operación, una pequeña pieza del respaldo, fue una prueba muy dura, Tom.
—Me atrevo a decir que así fue, señor—añadió Tom Smart.
—Sin embargo, eso no viene al caso —replicó el anciano caballero—. ¡Tom,
quiero que te cases con la … viuda!
—¿Yo, señor? —preguntó Tom.
—Sí, tú—contestó el anciano.
—Bendito sea su reverendo relleno —exclamó Tom, aunque apenas si le
quedaban unos cuantos pelos de caballo—. Bendito sea su reverendo relleno, pero ella
no me querría —exclamó Tom suspirando involuntariamente al pensar en el bar.
—¿Que no? —preguntó con firmeza el anciano. —No, no —respondió Tom—.
Hay otro en el campo. Un hombre alto… un hombre terriblemente alto… de bigote
negro.
—Tom —le informó el anciano—. Ella nunca le tendrá.
—¿Que no? —preguntó Tom—. Si estuviera usted en el bar, anciano caballero,
hablaría de otra manera.
—Bah, bah. Lo sé todo sobre esa historia. —¿Sobre qué? —preguntó Tom.
—Sobre besos detrás de la puerta, y todas esas cosas, Tom —añadió el anciano.
En ese momento lanzó otra mirada insolente que encolerizó mucho a Tom, pues
como todos ustedes, caballeros, saben bien, escuchar a un viejo,
que por serlo debería conocer mejor el mundo, hablar sobre esas cosas resulta
muy desagradable… nada más que por eso.
—Lo sé todo al respecto, Tom. Lo he visto hacer muy a menudo en mi época,
Tom, entre más personas de las que me gustaría mencionarte; pero al final nunca se
llega a nada.
—Ha debido ver usted algunas cosas extrañas —preguntó Tom con mirada
inquisitiva.
—Puedes afirmarlo, Tom —replicó el viejo con ut complicado guiño—. Soy el
último de mi familia Tom —añadió el anciano lanzando un melancólico suspiro.
—¿Y fue muy grande? —preguntó Tom Smart. —Éramos doce, Tom; tipos
hermosos de respaldo, tan bello y recto como le gustaría ver a cualquiera Nada de esos
abortos modernos… todos con brazo y con un grado tal de pulido que habría alegrado t,
corazón contemplarnos.
—¿Y qué ha sido de los demás, señor?
El anciano caballero se llevó un codo al ojo al tiempo que contestaba:
—Murieron, Tom, murieron. Teníamos un duro trabajo, Tom, y no todos poseían
mi constitución Tenían reuma en piernas y brazos, y acabaron en cocinas y hospitales;
y uno de ellos, tras un prolonga do servicio y una dura utilización, perdió el sentido se
volvió tan loco que tuvieron que quemarlo. Qué cosa tan sorprendente ésa, Tom.
—¡Terrible! —exclamó Tom Smart.
El anciano guardó silencio unos minutos, evidentemente mientras combatía sus
emotivos sentimientos, y después añadió:
—Sin embargo, Tom, me estoy apartando del tema. Ese hombre alto, Tom, es un
aventurero ruin En el momento en que se casara con la viuda vendo ría todos los
muebles y escaparía. ¿Y cuáles serían las, consecuencias? Ella quedaría abandonada y
reducida a la ruin a, y yo moriría de frío en alguna tienda de muebles viejos.
—Sí, pero…
—No me interrumpas. De ti, Tom Smart, tengo una opinión muy diferente; pues
bien sé que si alguna vez te asentaras en una posada, nunca la abandonarías mientras’
hubiera algo que beber dentro de sus paredes.
—Me siento muy agradecido por su buena opinión, señor—le informó Tom
Smart.
—Por tanto —siguió diciendo el anciano con tono autoritario—: tú serás el que la
tenga, y él no. —¿Cómo puede impedirse? —preguntó ansiosamente Tom Smart.
—Con esta revelación: el ya está casado.
—¿Cómo puedo demostrarlo? —preguntó Tom saliendo a medias de la cama.
El anciano caballero separó un brazo de su costado y tras señalar a uno de los
vestidores de roble volvió a colocarlo inmediatamente en su antigu a posición.
—Poco piensa él que en el bolsillo derecho de unos pantalones de ese vestidor ha
dejado una carta en la que se le pide que regrese junto a su desconsolada esposa, con
seis niños, toma buena nota, Tom, seis niños, y todos ellos pequeños.
Cuando el anciano caballero pronunció con solemnidad aquellas palabras sus
rasgos se fueron haciendo menos y menos claros y su figura se volvió más sombría.
Sobre los ojos de Tom Smart cayó una película. El anciano pareció fundirse
gradualmente con la silla, el chaleco de damasco convertirse en cojín, las zapatillas
rojas encogerse en pequeñas bolsas
de paño rojo. La luz desapareció suavemente y Tom Smart se dejó caer sobre la
almohada y se quedó profundamente dormido.
La mañana despertó a Tom del sueño letárgico en el que había caído al
desaparecer el anciano. Se sentó en la cama y durante unos minutos trató vanamente de
recordar los hechos de la noche anterior. Repentin4mente se acordó de ellos. Miró la
silla; era ciertamente un mueble fantástico y feo, pero sólo una imaginación
notablemente viva e ingeniosa podría haber descubierto cualquier parecido entre el
mueble y el anciano.
—¿Cómo se encuentra, anciano? —preguntó Tom. A la luz del día se sentía más
audaz, como le sucede a la mayoría de los hombres.
La silla permaneció inmóvil y no dijo una sola palabra.
—Hace una mañana espantosa —añadió Tom. Pero no. La silla no se sentía
dispuesta a conversar. —¿A qué vestidor señaló? Al menos podría decirme eso —
insistió Tom. Pero la silla, caballeros, no decía una sola palabra.
—De cualquier manera, no es muy difícil abrirlos —siguió diciendo Tom al
tiempo que salía de la cama. Se dirigió hacia uno de los vestidores. La llave estaba
puesta en la cerradura; la giró y abrió la puerta. Allí había unos pantalones. ¡Metió la
mano en el bolsillo y sacó una carta idéntica a la que había descrito el anciano
caballero!
—Qué cosa tan extraña es ésta —exclamó Tom Smart mirando primero a la silla,
y luego al vestidor, después a la carta y finalmente otra vez a la silla—. ¡Muy extraño!
—repitió.
Pero como no había allí nada que amortiguase la extrañeza, pensó que también él
debía vestirse y arreglar enseguida los asuntos del hombre alto… sólo para sacarle de
su desgracia.
Tom fue fijándose al pasar en las distintas habitaciones, mientras bajaba, con el
ojo atento de un propietario; considerando que no sería imposible que en breve tiempo
las estancias y sus contenidos fueran de su propiedad. El hombre alto estaba de pie en
el cómodo bar, con las manos a la espalda, sintiéndose muy en su casa. Dirigió a Tom
una sonrisa vacía. Un observador casual podría haber supuesto que lo hizo sólo para
mostrarle sus dientes blancos; pero Tom Smart pensó que una conciencia de triunfo
ocupaba el lugar en el que había estado la mente del hombre alto. Tom le sonrió
directamente y llamó a la patrona.
—Buenos días, señora—dijo Tom Smart cerrando la puerta del saloncito cuando
entró la viuda. —Buenos días, señor —respondió ella—. ¿Qué tomará para el
desayuno, señor?
Tom estaba pensando en la forma de introducir el tema, por lo que no respondió.
—Tenemos un jamón muy bueno —dijo la viuda—. Y una estupenda ave fría
mechada. ¿Le sirvo eso, señor?
Esas palabras sacaron a Tom de sus reflexiones. La admiración que sentía por la
viuda aumentaba conforme ésta hablaba. ¡Qué criatura tan considerada! ¡Qué
comodidad para proveerle de todo!
—¿Quién es el caballero que está en el bar, señora? —preguntó Tom.
—Se llama Jinkins, señor —respondió la viuda sonrojándose ligeramente.
—Es un hombre alto —dijo Tom.
—Es un hombre muy bueno, señor —contestó la viuda—. Y un caballero muy
agradable.
—¡Ah! —exclamó Tom.
—¿Desea alguna cosa más, señor? —preguntó la viuda, que se sentía bastante
perpleja por las maneras de Tom.
—Bueno, sí —contestó Tom—. Mi querida señora, ¿tendría la amabilidad de
sentarse un momento?
La viuda pareció muy sorprendida, pero se sentó, y Tom lo hizo también cerca de
ella. Caballeros, no sé cómo sucedió… la verdad es que mi tío solía contarme que Tom
Smart le dijo que tampoco él sabía cómo había sucedido; pero el caso es que, de una
manera o de otra, la palma de la mano de Tom se posó sobre el dorso de la mano de la
viuda, y la dejó allí mientras hablaba.
—Mi querida señora —dijo Tom Smart, pues siempre había pensado lo
importante que era mostrarse amable—. Mi querida señora, merece usted un marido
excelente… cierto que sí.
—¡Vaya, señor! —exclamó la viuda, lo que no resulta ilógico, pues la manera que
tuvo Tom de iniciar la conversación era bastante inusual, por no decir sorprendente,
teniendo en cuenta el hecho de que hasta la noche anterior no la había visto nunca—.
¡Vaya, señor!
—Desprecio las adulaciones, mi querida señora. Pero merece usted un marido
admirable, y sea éste quien sea, será un hombre afortunado.
Al decir aquello, la mirada de Tom pasó del rostro de la viuda a las comodidades
que le rodeaban. La viuda parecía más sorprendida que nunca, e hizo un esfuerzo por
levantarse. Tom le apretó suavemente la mano, como para detenerla, y ella permaneció
en su asiento. Las viudas, caballeros, no suelen ser timoratas, tal como mi tío solía
decir.
—Estoy segura de sentirme muy agradecida hacia usted, señor, por su buena
opinión —dijo la rolliza patrona riéndose a medias—. Y si alguna vez vuelvo a
casarme…
—Si… —repitió Tom Smart mirándola astutamente con el rabillo del ojo
derecho—. Si…
—Bueno —añadió la viuda riéndose con franqueza esa vez—. Cuando lo haga,
espero conseguir un esposo tan bueno como el que usted describe.
—Como por ejemplo Jinkins —dijo Tom. —¡Vaya, señor! —exclamó la viuda.
—Ay, no me diga eso —insistió Tom—. Le conozco. —Estoy convencida de que
nadie que le conozca sabrá nada malo de él —dijo la viuda, pasando al ataque ante el
aire misterioso con el que había hablado Tom.
—¡Ejem! —exclamó Tom Smart.
La viuda empezó a pensar que era ya un buen momento de llorar, por lo que sacó
su pañuelo y preguntó a Tom si es que deseaba insultarla: si es que pensaba que era
propio de un caballero hablar mal de otro a sus espaldas; que por qué motivo, s tenía
algo que decir, no se lo decía al caballero como un hombre, en lugar de asustar a una
pobre, débil mujer de esa manera, y cosas por el estilo.
—Se lo diré a él enseguida—dijo Tom—. Pero quiero que usted lo escuche
primero.
—¿De qué se trata? —preguntó la viuda mirando fijamente el rostro de Tom.
—Le va a asombrar —contestó Tom llevándose una mano al bolsillo.
—Si es eso, que él quiere dinero —dijo la viuda— ya lo sé, y no tiene usted que
preocuparse.
—Bah, qué tontería, eso no es nada —dijo Ton Smart—. También yo quiero
dinero. No es eso. —Entonces, amigo mío, ¿de qué se trata? —excla mó la pobre
viuda.
—No se asuste —le respondió Tom Smart mien tras sacaba lentamente la carta y
la abría—. ¿Está segura de que no gritará? —le preguntó con vacilación —No, no —
contestó la viuda—. Déjeme verla.
—¿Y no va a desmayarse, ni hará ninguna otra tontería? —preguntó Tom.
—No, no —contestó la viuda inmediatamente. —¿Y no saldrá corriendo para
golpearle? —volvió, preguntar Tom—. Porque voy a hacer todo esto por usted; será
mejor que no se lo tome a mal.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo la viuda—. Déjeme verla.
—Así lo haré —contestó Tom Smart, y diciendo esas palabras colocó la carta en
la mano de la viuda Caballeros, oí decir a mi tío que Tom Smart dijo que las
lamentaciones de la viuda cuando se enteró de aquello habrían traspasado un corazón
de piedra. El de Tom era ciertamente muy tierno, y traspasaron el suyo hasta la misma
médula. La viuda se columpiaba hacia delante y hacia atrás retorciéndose las manos.
—¡Ay, qué hombre tan engañoso y vil! —exclamaba la viuda.
—¡Espantoso, mi querida señora! Pero compórtese.
—¡Ay, cómo voy a hacerlo! —gritó la viuda—. ¡Nunca encontraré a ningún otro a
quien pueda amar tanto!
—Ay, claro que lo encontrará, mi querida señora —exclamó Tom Smart dejando
caer una verdadera lluvia de enormes lágrimas por la piedad que sentía por el
infortunio de la viuda. En la energía de su compasión, Tom Smart había rodeado con
un brazo la cintura de la viuda; y la viuda, movida por la pasión de la pena, había
sujetado la mano de Tom. Ésta miró a Tom al rostro y le sonrió entre sus lágrimas.
Tom miró el semblante de ella, y sonrió entre las suyas.
Nunca pude averiguar, caballeros, si Tom besó o no a la viuda en ese momento
particular. Solía decirle a mi tío que no lo había hecho, pero tengo mis dudas al
respecto. Entre nosotros, caballeros, estoy convencido de que lo hizo.
En todo caso, Tom echó a patadas al hombre alto por la puerta delantera media
hora más tarde y se casó con la viuda al cabo de un mes. Y solía recorrer el campo con
el calesín de color arcilla y rueda, rojas y la yegua zorruna de paso rápido hasta que
muchos años después abandonó el negocio y se fui a Francia con su esposa; y más tarde,
la vieja casa se vino abajo.
[De The Pickwick Papers]
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
En una antigua ciudad abacial, en el sur de es parte del país, hace mucho, pero
que muchísimo tiempo —tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros
tatarabuelos creían realmente en ella—, trabajaba como enterrador y sepulturero del
campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un
hombre sea enterrador, esté rodeado constantemente por los emblemas la mortalidad,
tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los i
pos más alegres del mundo; en una ocasión tuve honor de trabar amistad íntima con
uno muy silencioso que en su vida privada, estando fuera de ser necio, era el tipo más
cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones osadas, sin el menor tropiezo f su
memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a
respirar. Pe no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel
Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no
se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada o
cestería que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro
alegre que pasara junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que
resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.
Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el
azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar
una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que
quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por
una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos
ventanos, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se
encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente
y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de
nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y
amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos
de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta
de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían
a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a
sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango
de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y
otras muchas fuentes de consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado
mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a le saludos bienhumorados de
aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que
conducía al cementerio. Gabriel llevaba y tiempo deseando llegar al callejón oscuro,
porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las
gentes de la ciudad n gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el
sol; por ello se sintió no poco ir dignado al oír a un joven granuja que cantaba
estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo
santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la
vieja abadía y de los monjes de cabes afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue
haciéndose más cercana y descubrió que procedía c un muchacho pequeño que corría a
sola s con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de calle vieja, y que en
parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión
vociferaba la canción con la mayor potencia de si pulmones. Gabriel aguardó a que
llegara el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la cabeza
con el farol para enseñarle modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo
con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió
cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar
trabajó en él durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había
endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la
pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que
estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran
hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan
complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por
los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando llegada la noche hubo
terminado el trabajo, con melancólica satisfacció n, murmurando mientras recogía sus
herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
—¡Ja, ja! —echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de
descanso favorito; fue a buscar entonces su botella—. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja
de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja! —repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella
a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la
tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el
cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas
lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra dula vieja iglesia. La
nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos
apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los
cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni
el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne.
Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.
—Fue el eco —dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
—¡No lo fue! —replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno
de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la
sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal,
que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas
fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas
de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en
las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado
con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba
recortado en curiosos picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos
estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza
llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma.
Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse
cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años.
Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel
Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
—No fue el eco —dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
—¿Qué haces aquí en Nochebuena? —le preguntó el duende con un tono grave.
—He venido a cavar una tumba, señor—contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
—¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche
como ésta? —gritó el duende.
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —contestó a gritos un salvaje coro de voces que
pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera
ver nada.
—¿Qué llevas en esa botella? —preguntó el duende. —Ginebra holandesa, señor
—contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos
contrabandistas y pensó que quizá el
que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
—¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como
ésta? —preguntó el duende.
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego,
elevando la voz, exclamó:
—¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las
voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja
iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento
desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la
misma:
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
—Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
—¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? —preguntó el duende pateando con los
pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su
calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond
Street las botas Wellingtons más a la moda.
—Es… resulta… muy curioso, señor —contestó el enterrador, medio muerto de
miedo—. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar
mi trabajo, señor, si no le importa.
—¡Trabajo! —exclamó el duende—. ¿Qué trabajo? —La tumba, señor; preparar la
tumba —volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
—Ah, ¿la tumba, eh? —preguntó el duende—. ¿Y quién cava tumbas en un
momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —volvieron a contestar las misteriosas voces.
—Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —dijo el duende sacando más que
nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas… y era una lengua de lo más
sorprendente—. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —repitió el duende.
—Por favor, señor—replicó el enterrador sobrecogido por el horror—. No creo que
sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto nunca,
señor.
—Oh, claro que te han visto —contestó el duende—. Conocemos al hombre de
rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas
a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que
golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía
estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió
multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie sobre su
cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más
estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal
cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que
suelen sentarse los sastres sobre su tabla.
—Me… me… temo que debo abandonarle, señor —dijo el enterrador haciendo un
esfuerzo por ponerse en movimiento.
—¡Abandonarnos! —exclamó el duende—. Gabri Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja,
ja!
Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una
iluminación brillan tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido
iluminado; desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros
duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y
comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante tomar
aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa
destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le
aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar
de observar que mientras que sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño
común el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo,
con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.
Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano
comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido:
enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y botando sobre las
tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la
rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban
mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose
repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.
Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por
causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia
caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro
de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto
a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.
—Hace frío esta noche —dijo el rey de los duendes—. Mucho frío. ¡Traed un
vaso de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de
sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos,
desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego
líquido que presentaron al rey. —¡Ah! —gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se
habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama—. ¡Verdaderamente esto
calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a
tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro
derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando
él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de
sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
—Y ahora —dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del
sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más
exquisito—… y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas
imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto
de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un
aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud
de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su
madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y
apartaba la cortina de li ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre
la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que
llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor,
aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la
nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su
manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con
ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su
comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos
parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario
se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el
niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz
había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un interés que
nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y
hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan
fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro
infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera
estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era
un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema.
Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les
rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se
hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el
fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta
y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido
todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos
que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus
lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta:
tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues
sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo
ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo
ocultó de la vista del sepulturero.
—¿Qué piensas de eso?—preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia
Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y
pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
—¡Tú, miserable! —exclamó el duende con un tono de gran desprecio—. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras,
levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por
encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a
Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los
duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le patearon
sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los
cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado k realeza y abrazan
a quien la realeza abraza.
—¡Enseñadle algo más! —dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras
desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de
hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol
brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles
parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría
con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre
sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su
bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano;
la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La
hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba
bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y
gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la
escena; y todo era brillo y esplendor.
—¡Tú, miserable! —exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo
todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo
la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la
reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub,
quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los
duendes, pero, aún así, miraba con un interés que nada podía disminuir. Vio a hombre,,
que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo,
pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes e. rostro dulce de la
naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido
delicadamente alimentados y tiernamente criados alegres ante las privaciones y
superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras
porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio
que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo
capaces de superar li pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era as porque en su
corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que
hombres como él mismo, que refunfuñaban por e gozo y la alegría de los demás, eran las
peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo
contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo mu3 decente y
respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro
pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron
desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, quedé dormido.
Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan
largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de cestería vacío a su
lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior,
tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se
erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no
estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el
dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las
patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al
no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al
salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa
circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones
visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en
cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y
volvió el rostro hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de
regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su
reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera,
buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de
cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al
principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no
faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del
aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la
cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el
nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento,
un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la iglesia que accidentalmente
había sido coceado por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él
mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la
reaparición, no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un
anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y
también a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la
historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el
relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro tiempo,
dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer li más sabios
que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo
parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó
dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que s suponía que él
había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y
s había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún
momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel
Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos
una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve
taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los
espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas
pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.
[De The Pickwick Papers]
La historia del tío del viajante
Mi tío, caballeros, dijo el viajante, era uno de los tipos más alegres, agradables y
listos que haya existido nunca. Me gustaría que lo hubieran conocido, caballeros.
Aunque pensándolo bien, no desearía que lo hubieran conocido, pues en ese caso todos
estarían ya, siguiendo el curso ordinario de la naturaleza, si no muertos, en todo caso tan
cerca de la desaparición como para haberse quedado en casa abandonando la compañía,
lo que me habría privado del inestimable placer de dirigirme a ustedes en este momento.
Caballeros, desearía que sus padres y madres hubieran conocido a mi tío. Se habrían
encariñado notablemente con él, especialmente su: respetables madres; sé que habría
sido así. Si entre las numerosas virtudes que adornaban su carácter tuviéramos que dar
predominio a dos de ellas, diría, que eran su ponche mixto y sus canciones de
sobremesa. Excúsenme si me extiendo en estos recuerdo: melancólicos sobre el
fallecido, no se ve a un hombre como mi tío todos los días de la semana.
Siempre he considerado como algo importante del carácter de mi tío, caballeros, el
hecho de que fuera compañero y amigo íntimo de Tom Smart, de la importante empresa
de Bilson y Slum, Cateator
Street, City. Mi tío vendía para Tiggin y Welps, pero durante mucho tiempo
estuvo muy cerca del mismo recorrido que Tom, y la primera noche que se
conocieron mi tío se encaprichó por Tom y éste por mi tío. No había pasado media
hora desde que se habían conocido cuando se habían apostado ya un sombrero nuevo
a ver quién de los dos hacía el mejor litro de ponche y se lo bebía con mayor rapidez.
Se consideró que mi tío ganó en la elaboración del ponche, pero que Tom Smart le
venció al beberlo en la mitad de tiempo. Pidieron otro litro entre los dos para beber
cada uno a la salud del otro, y desde ese momento se convirtieron en los amigos más
fieles. En estas cosas hay un destino caballeros, y no podemos evitarlo.
En cuanto al aspecto personal, mi tío era algo más bajo de la media; era también
algo más rollizo que los hombres ordinarios, y quizá su rostro tuviera un tono más
rojizo. “Tenía la cara más alegre que han visto nunca, caballeros: parecido en algo a
Punch el títere, pero con la barbilla y la nariz más hermosas; sus ojos estaban siempre
chispeando y centelleando por el buen humor; y en su semblante había perpetuamente
una sonrisa, y no una de esas sonrisas rígidas sin significado, sino una auténtica,
alegre, cordial y amable. En una ocasión salió lanzado del calesín y se golpeó la
cabeza contra una piedra señalizadora. Y allí quedó aturdido, y con tantos cortes en la
cara por la gravilla que se había acumulado allí que, utilizando una fuerte expresión
de mi propio tío, si su madre hubiera vuelto a visitar la tierra no le habría reconocido.
La verdad, caballeros, es que cuando me pongo a pensar en el asunto estoy
absolutamente seguro d, que no lo habría hecho, pues murió cuando mi tía tenía dos
años y siete meses de edad, y considera muy probable que, incluso aunque no hubiera
habido gravilla, sus botas altas habrían asombrado no poco a la buena señora, por no
hablar de su cara jovial y rojiza. Pero el caso es que allí se quedó tumba do, y he oído
decir a mi tío, muchas veces, que e hombre que lo recogió dijo que sonreía tan alegre
mente como si se hubiera dejado caer por una fiesta y que después de que le
sangraran, las primeras débiles y vacilantes muestras de recuperación fueron que
salió de un salto de la cama, soltó una risotada, besó la joven que sostenía el
recipiente y pidió un trozo d cordero y una castaña adobada. Siempre le gustaron
mucho las castañas adobadas, caballeros. Decía siempre que había descubierto que,
sin el vinagre, tenían gusto a cerveza.
El gran viaje de mi tío se hallaba en el período otoñal, dedicado a cobrar deudas
y recibir pedidos en el norte: iba desde Londres hasta Edimburgo, d Edimburgo a
Glasgow, de Glasgow volvía a Edimburgo y desde allí a Londres por gusto. Queda
entendido que su segunda visita a Edimburgo la hacía por su propio placer. Solía
regresar durante una semana sólo para ver a sus viejos amigos; y desayunando con
éste, almorzando con aquél, comiendo con un tercero y cenando con otro solía
pasarse una bonita semana entera. No sé si alguno de ustedes, caballeros, ha
compartido alguna vez un desayuno escocés hospitalario, sustancioso y verdadero, y
ha salido luego a tomar un ligero almuerzo consistente en un barrilito de ostras, más o
menos una docena de cervezas embotelladas y una o dos jarras de whisky para terminar.
Si alguna vez lo ha hecho, estará de acuerdo conmigo en que se necesita una cabeza
bastante fuerte para después salir a comer y a cenar.
¡Pero benditos sean sus corazones y sus cejas que aquello no era nada para mi tío!
Estaba tan habituado que aquello no era más que un simple juego de niños. Le he oído
contar que cualquier día podía encontrarse con gentes de Dundee y volver luego a casa
sin tambalearse; y eso, caballeros, que los habitantes de Dundee tienen una cabeza tan
fuerte como su ponche, y probablemente no podrá encontrarse otro más fuerte entre los
dos polos. He oído decir que un hombre de Glasgow y otro de Dundee bebieron uno
frente al otro durante quince horas seguidas. Pudo saberse que ambos se sintieron
sofocados en el mismo momento, pero con esa ligera excepción, caballeros, no se
sentían peor por ello.
Una noche, a las veinticuatro horas de haber decidido embarcar para Londres, mi
tío se detuvo en la casa de un antiguo amigo suyo, un tal alguacil Mac con cuatro sílabas
detrás que vivía en la vieja ciudad de Edimburgo. Estaban allí la esposa del alguacil, las
tres hijas del alguacil y el hijo ya mayor del alguacil, y tres o cuatro amigos escoceses
robustos, de cejas pobladas y hombres prudentes que el alguacil había reunido para
honrar a mi tío y ayudarle a alegrarse. Fue una cena gloriosa. Tomaron salmón
ahumado, bacalao finlandés, cabeza de cordero y un «haggis» —un famoso plato
escocés, caballeros, que mi tío solía decir que cuando lo veía en la mesa se le asemejaba
mucho a un estómago de Cupido—, y aparte otras muchas cosas cuyos nombres he
olvidado, pero que no obstante eran cosas muy buenas. Las muchachitas eran hermosas
y agradables; la esposa del alguacil era una de las mejores personas que hayan vivido
nunca, y mi tío estaba de un humor excelente. La consecuencia de ello fue que las
jóvenes damas rieron entre dientes y sofocaron risitas, y que la dama mayor se rió
estruendosamente, y el alguacil y los otros tipos rugieron hasta que se les puso el rostro
colorado y aquello empezaba a resultar peligroso. No puedo recordar exactamente
cuántos vasos de ponche de whisky se bebió cada uno después de la cena, pero lo que sí
sé es que hacia la una de la mañana el hijo mayor del alguacil perdió el sentido cuando
iba a iniciar el primer verso de una poesía popular, y como desde hacía una hora era el
único otro hombre al que podía vérsele por encima de la mesa de caoba, a mi tío se le
ocurrió que casi había llegado el momento de pensar en, irse, puesto que habían
comenzado a beber a las siete de la tarde, para poder regresar a casa a una hora decente.
Pero pensando que no sería muy cortés irse en ese momento, se levantó de la silla,
mezcló otro vaso, lo alzó a su propia salud, dirigiéndose a sí mismo un discurso limpio y
lleno de cumplidos, y se le bebió con gran entusiasmo. Como todavía nadie despertaba,
mi tío se sirvió un poco más, pero esta vez sin agua, no fuera que el ponche le sentara
mal, y llevándose violentamente las manos al sombrero, se lanzó a la calle.
Cuando mi tío cerró la puerta del alguacil hacía una noche ventosa, y sujetándose
firmemente el sombrero sobre la cabeza, para impedir que el viento se lo llevara, se
metió las manos en los bolsillos, miró hacia arriba y analizó brevemente el estado del
tiempo. Las nubes pasaban por encima de la luna a la máxima velocidad: en algunos
momentos la oscurecían totalmente, en otros permitían que brillara en todo su
esplendor y arrojara su luz sobre todos los objetos de alrededor; después volvían a
colocarse sobre ella, con mayor velocidad aún, y lo envolvían todo en la oscuridad.
—Realmente esto no va—dijo mi tío dirigiéndose al tiempo, como si se sintiera
personalmente ofendido—. Esto no es en absoluto el tipo ideal de clima para mi viaje.
No lo haré, a ningún precio —dijo mi tío en tono impresionante.
Y tras repetir aquello varias veces, recuperó el equilibrio con cierta dificultad —
pues estaba bastante mareado por haber mirado hacia el cielo tanto tiempo— y
comenzó a caminar alegremente.
La casa del alguacil estaba en Canongate, y mi tío se dirigía hacia el otro extremo
de Leith Walk, un recorrido de algo más de dos kilómetros. A ambos lados de él, como
lanzadas contra el cielo oscuro, había unas casas altas, esparcidas y delgadas, con las
fachadas manchadas por el tiempo, y unas ventanas que parecían haber compartido el
destino de los
ojos de los mortales y haberse oscurecido y hundido con la edad. Las casas tenían
seis, siete y ocho pisos de altura; se apilaba un piso sobre el otro como los que hacen
los niños con cartas de juego, lanzando sus sombras oscuras sobre la calle
desaliñadamente pavimentada y volviendo más oscura la oscuridad de la noche. Había
algunas lámparas de aceite, muy lejos unas de otras, pero sólo servían para indicar la
entrada sucia a algún estrecho callejón o para señalar dónde una escalera comunicaba,
mediante revueltas empinadas e intrincadas, con las casas de arriba. Mirando todas
aquellas cosas con la actitud de un hombre que las ha visto a menudo antes, por lo que
no podía considerarlas ahora dignas de fijar en ellas la atención, mi tío subió por mitad
de la calle con un pulgar metido en cada uno de los bolsillos del chaleco permitiéndose
de vez en cuando variadas estrofas cantadas con tan buen espíritu y voluntad que las
gentes honestas y tranquilas se sobresaltaban y despertaban de su primer sueño y se
quedaban temblando en la cama hasta que el sonido desaparecía en la distancia; una
vez convencidas de que se trataba sólo de algún borracho inútil que trataba de
encontrar el camino de regreso a su casa, volvían a taparse para estar calientes y se
dormían otra vez.
Describo en —particular, caballeros, la forma en que mi tío subía por mitad de la
calle con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, porque como él solía decir
(y con buenas razones para ello), no hay en absoluto nada extraordinario en esta
historia, a menos que entiendan claramente desde el principio que no estaba dando en
absoluto un paseo maravilloso o romántico.
Caballeros, mi tío caminaba con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco,
tomando para sí la mitad de la calle, cantando ahora un verso de un poema de amor,
luego un verso de uno etílico, y silbando melodiosamente cuando se había cansado de
ambos, hasta que llegó a North Bridge, que pone en contacto las ciudades antigua y
nueva de Edimburgo. Se detuvo allí un minuto para examinar los extraños e irregulares
grupos de luces apilados unos encima de otros y que parpadeaban a tanta altura que
parecían estrellas, brillando desde los muros del castillo por un lado y del Calton Hill
por el otro, como si estuvieran iluminando castillos en el aire, mientras la antigua y
pintoresca ciudad dormía pesadamente entre la oscuridad de abajo: su palacio y capilla
de Holyrood, guardada día y noche, tal como solía decir un amigo de mi tío, por la
antigua sede de Arturo que se elevaba oscura e insolente, como un genio ceñudo, sobre
la antigua ciudad que durante tanto tiempo había vigilado. Digo, caballeros, que mi tío
se detuvo allí un minuto para mirar a su alrededor; y luego, haciéndole un cumplido al
clima, que tan poco había mejorado, mientras que la luna se estaba hundiendo, empezó
a caminar de nuevo con tanta gallardía como antes, ocupando la mitad de la calle con
gran dignidad, y con el aspecto de que estaría encantado de encontrarse con alguien
que quisiera disputarle esa posesión. Pero sucedió que no hubo nadie dispuesto a
disputársela, y así siguió adelante con los pulgares en los bolsillos del chaleco, como
un apacible ser.
Cuando mi tío llegó al extremo de Leith Walk, tenía que cruzar un descampado
bastante grande que le separaba de una calle corta por la que debió bajar para llegar a
su alojamiento. Ahora bien, sucede que en ese descampado había en aquel tiempo un
cercado perteneciente a algún carretero que tenía contratada con Correos la compra de
los coches—correo desgastados por el tiempo; y a mi tío, que le encantaron los coches
de mayor, de joven y de mediana edad, se le metió inmediatamente en la cabeza e
salirse de su camino sin otro fin que el de escudriñas esos coches tras el cercado, y
recordaba haber viste más o menos una docena de ellos amontonados en el interior en
un estado de gran abandono y olvido Mi tío, caballeros, era una persona de lo más
entusiasta y simpática; por eso, al darse cuenta de que no podía tener una buena
visibilidad entre las estacas saltó por encima de ellas, se sentó tranquilamente sobre un
eje de rueda y empezó a contemplar los coches de correos con mucha gravedad.
Debía de haber una docena de ellos, o quizá más —mi tío no estuvo nunca seguro
sobre este punto, dado que era un hombre de escrupulosa veracidad con respecto a los
números, no le gustaba confesar lo—, pero allí estaban, todos amontonados en la
condición más desolada que quepa imaginar. La, puertas habían sido arrancadas de los
goznes y quitadas; les habían arrancado los forros; sólo algún clavo oxidado mantenía,
aquí y allá, un jirón colgante; la lámparas no estaban, las varas hacía tiempo que habían
desaparecido, el forjado estaba oxidado y la pintura se había caído; el viento silbaba
entre las grietas de la estructura de madera, y la lluvia, que había quedado recogida en
los techos, caía gota a gota en los interiores con un sonido hueco y melancólico. Eran los
esqueletos en decadencia de los coches abandonados, y en ese lugar solitario, a esa hora
de la noche, parecían fríos y lúgubres.
Mi tío descansó la cabeza sobre las manos y pensó en las personas atareadas y
bulliciosas que años antes habrían traqueteado en los viejos coches, que ahora estaban
cambiados y silenciosos; pensó en todas aquellas personas á las que uno de aquellos
locos y desmoronados vehículos había llevado, noche tras noche, durante muchos años y
con todo tipo de condiciones climáticas, la correspondencia ansiosamente esperada, el
giro tan necesario, la promesa de salud y seguridad, el anuncio repentino de enfermedad
y muerte. El comerciante, el amante, la esposa, la viuda, la madre, el escolar e incluso el
niño que tambaleándose se había acercado a la puerta a la llamada del cartero… cómo
habían esperado todos la llegada del viejo coche. ¡Y dónde estarían todos ahora!
Caballeros, mi tío solía decir que pensó todo esto en aquel momento, pero yo
sospecho más bien que lo sacó después de algún libro, pues afirmaba con claridad que
cayó en una especie de siesta mientras estaba sentado sobre el viejo eje de ruedas
mirando los coches de correos en decadencia, hasta que de pronto le despertaron unas
campanadas de iglesia que daban las dos. Ahora bien, mi tío no fue nunca muy rápido en
el pensamiento, y si había pensado todas estas cosas estoy seguro de que habría
necesitado para ello, por lo menos, hasta mucho más allá de pasadas las dos y media.
Por tanto, soy decididamente de la opinión, caballeros, de que mi tío cayó en una especie
de adormecimiento sin haber pensado nada en absoluto.
Sea como sea, las campanas de una iglesia dieron las dos. Mi tío despertó, se frotó
los ojos y se sobresaltó asombrado.
Un instante después de que el reloj diera las dos, todo aquel lugar tranquilo y
desértico se había convertido en el escenario de la vida y la animación más
extraordinarias. Las puertas de los coches estaban sobre sus goznes, los forros en su
sitio, el forjado era tan bueno como nuevo, la pintura había sido restaurada, las lámparas
encendidas, en cada pescante había cojines y grandes mantas, los mozos colocaban
paquetes en todos los maleteros, los guardas amontonaban las bolsas de las cartas, los
palafreneros arrojaban cubos de agua sobre las ruedas renovadas; muchos hombres se
apresuraban por la zona poniendo varas en cada coche; llegaron los pasajeros, se
entregaron las maletas, se colocaron los caballos; en suma, resultaba absolutamente
evidente que iban a salir de inmediato todos los coches que allí había. Caballeros, mi tío
abrió los ojos tanto ante todo aquello que hasta el último momento de su vida se
asombró de que hubiera sido capaz de volverlos a cerrar otra vez.
—¡Vamos! —gritó una voz mientras mi tío sentía una mano en su hombro—. Ha
comprado usted billete de interior. Será mejor que entre.
—¿ Yo lo he comprado? —preguntó mi tío dándose la vuelta.
—Sí, claro.
Mi tío, caballeros, no era capaz de decir nada; tan asombrado estaba. Lo más
extraño de todo era que aunque hubiese tal multitud de personas, y aunque estuvieran
apareciendo nuevos rostros a cada momento, no podía saberse de dónde venían.
Parecían brotar de alguna extraña manera del mismo suelo, o del aire, para desaparecer
del mismo modo. Cuando un mozo metió su equipaje en el coche y recibió la propina,
se dio la vuelta y desapareció; y antes de que mi tío hubiera empezado a preguntarse
qué había sucedido con él, aparecieron media docena más tambaleándose bajo el peso
de unos paquetes que parecían lo bastante grandes como para aplastarlos. ¡Los
pasajeros iban vestidos todos de manera muy extraña! Grandes capas abrochadas de
falda ancha, de puños enormes y sin cuellos; y pelucas, caballeros… grandes y serias
pelucas con un lazo atrás. Mi tío no podía sacar nada en limpio de todo aquello.
—¿ Va usted a entrar ya? —dijo la misma persona que se había dirigido antes a
mi tío.
Iba vestido como un escolta de correos, con peluca y capa de puños enormes, un
farol en una mano y en la otra un trabuco enorme que en ese momento iba a guardar en
un pequeño cofre.
—¿ Va a entrar ya, Jack Martin? —dijo el escolta sosteniendo el farol a la altura
del rostro de mi tío. —¡Oiga! —exclamó mi tío retrocediendo uno o dos pasos—. ¡Eso
es demasiada familiaridad!
—Así lo pone en el billete —contestó el escolta. —¿Y no lleva un «señor»
delante? —preguntó mi tío. Pues pensó, caballeros, que el hecho de que un escolta al
que no conocía le llamara Jack Martin era una libertad que Correos no habría permitido
de haberla conocido.
—No, no lo lleva —contestó fríamente el escolta. —¿Está pagado el billete? —
preguntó mi tío. —Claro que sí —contestó el otro.
—¿Lo está, sí lo está? ¡Pues vayamos allí entonces! ¿Qué coche es?
—Éste —contestó el escolta señalando a un coche que unía Londres con
Edimburgo, pasado de moda, que tenía los escalones bajados y la puerta abierta—. ¡Un
momento! Hay otros pasajeros. Déjeles entrar primero.
Mientras el escolta hablaba, apareció inmediatamente, delante de mi tío, un
caballero joven de peluca empolvada y una capa color azul celeste adornada con plata,
de faldones llenos y anchos, y forrada de bocací. En el lino del chaleco y el calicó
estaba impreso Tiggin y Welps, caballeros, por lo que mi tío reconoció de inmediato
los materiales. Llevaba pantalones hasta la rodilla, y una especie de polainas sobre las
medias de seda, y zapatos con hebillas; volantes en las muñecas, sombrero de tres
picos en la cabeza y una espada larga y afilada al costado. Las solapas del chaleco le
llegaban hasta la mitad de los muslos, y el extremo de la corbata hasta la cintura.
Caminó con paso grave hasta la puerta del coche, se quitó el sombrero y lo sostuvo por
encima de la cabeza con el brazo extendido: al mismo tiempo sostenía levantado el
dedo meñique como hacen algunas personas afectadas cuando toman una taza de té.
Luego juntó los pies, hizo una grave reverencia y extendió la mano izquierda. Mi tío
iba a adelantarse para estrechársela cordialmente cuando se dio cuenta de que aquellas
atenciones no se las dirigía a él, sino a una joven dama que en ese momento apareció al
pie de los escalones, ataviada con un anticuado vestido de terciopelo verde de cintura
larga y peto. No llevaba sombrero en la cabeza, caballeros, que ocultaba con una
capucha de seda negra, y miró a su alrededor un instante cuando se disponía a entrar en
el coche, revelando un rostro tan hermoso como mi tío no había visto nunca, ni
siquiera en un cuadro. Subió al coche levantándose el vestido con una mano; y tal
como decía siempre mi tío acompañándolo de un juramento rotundo, cuando contaba
esta historia, no habría creído posible que existieran piernas y pies de tal perfección a
menos que los hubiera visto con sus propios ojos.
Pero en ese vislumbre del hermoso rostro mi tío vio que la joven dama le lanzaba
una mirada implorante, y que parecía aterrada y entristecida. Observó también que el
joven de la peluca empolvada, a pesar de sus muestras de galantería, que eran
grandiosas y muy finas, la sujetó con fuerza por la muñeca cuando ella subió, y se
metió inmediatamente detrás. Un tipo de un mal aspecto poco común, de peluca
castaña y traje de color ciruela, que llevaba una espada muy grande y botas hasta las
caderas, se incluía en el grupo. Y cuando se sentó junto a la joven dama, que estaba
encogida en una esquina al acercarse el otro, mi tío vio confirmada su impresión
original de que iba a suceder algo oscuro y misterioso; o tal como decía siempre para sí
mismo, que «había algún tornillo suelto en algu na parte». Es sorprendente con qué
rapidez había decidido mi tío ayudar a la dama ante cualquier peligro, si ésta
necesitaba su ayuda.
—¡Muerte y rayos! —exclamó el joven caballero llevando la mano a la espada
cuando mi tío entró en el coche.
—¡Sangre y truenos! —rugió el otro caballero. Diciendo esto, sacó la espada y
lanzó una estocada a mi tío sin más ceremonias. Mi tío no tenía ningún arma, pero con
gran destreza le quitó de la cabeza el sombrero de tres picos al caballero de mal
aspecto, y recibiendo la punta de la espada de éste con el centro del sombrero, apretó
los lados y la mantuvo sujeta.
—¡Hiérele por detrás! —gritó el caballero de mal aspecto a su compañero
mientras se esforzaba por recuperar la espada.
—Será mejor que no lo haga —gritó mi tío enseñando el tacón de uno de sus
zapatos de modo amenazador—. Le sacaré el cerebro a patadas si tiene alguno, y si no
tiene le fracturaré el cráneo.
Poniendo en ejercicio en ese momento toda su fuerza, mi tío quitó la espada al
caballero de mal aspecto y la tiró limpiamente por la ventana del coche, ante lo cual el
caballero más joven volvió a vociferar su grito de «¡Muerte y rayos!» y se llevó la mano
a la empuñadura de la espada, con actitud feroz, pero sin sacarla. Quizá, caballeros, tal
como solía decir mi tío con una sonrisa, quizá tenía miedo de alarmar a la dama.
—Vamos, caballeros —dijo mi tío sentándose con actitud decidida—. No quiero
que haya muerte alguna, con o sin rayos, en presencia de una dama, y hemos tenido ya
suficiente sangre y truenos para un viaje; así que, si están de acuerdo, nos sentaremos en
nuestros sitios bien tranquilos. Escolta, por favor, recoja el cuchillo de tallar del
caballero.
Nada más decir mi tío esas palabras apareció el escolta ante la ventanilla del coche
llevando en la mano la espada del caballero. Sostuvo en alto el farol y miró fijamente el
rostro de mi tío al entregárselo: con su luz mi tío vio con gran sorpresa que una multitud
inmensa de escoltas de coches de correos se arremolinaba alrededor de la ventana, y que
cada uno de ellos tenía la mirada fija en él. Nunca, desde que nació, había visto un mar
tan grande de rostros blancos, cuerpos rojos y ojos fijos.
«Esto es lo más extraño que me ha pasado nunca», pensó mi tío.
—Permítame que le devuelva el sombrero, señor —dijo mi tío.
El caballero de mal aspecto recibió en silencio el
sombrero de tres picos, miró el agujero que tenía en el centro con actitud
inquisitiva, y finalmente se lo colocó encima de la peluca con una solemnidad cuyo
efecto quedó un poco dañado porque en ese mismo momento estornudó violentamente y
con la sacudida volvió a destocarse.
—¡Todo en orden! —gritó el escolta del farol subiéndose al pequeño asiento de la
parte posterior del coche.
Partieron. Mi tío se quedó mirando por la ventanilla del coche hacia fuera mientras
salían del descampado y observó que otros coches con cocheros, escoltas, caballos y
pasajeros, daban vueltas y vueltas en círculos a un trote lento de unos ocho kilómetros
por hora. Mi tío, caballeros, ardía de indignación. Como hombre dedicado al comercio,
pensaba que no se podía jugar con las bolsas del correo, y decidió escribir un memorial
sobre el tema a la Oficina de Correos en el instante mismo en que llegara a Londres.
Sin embargo, en ese momento sus pensamientos se ocupaban de la joven dama
sentada en la esquina más alejada del coche, con el rostro bien oculto bajo la capucha; el
caballero de la capa azul celeste se sentaba frente a ella; el del traje color ciruela a su
lado; y ambos la vigilaban estrechamente. Si ella hacía crujir demasiado los pliegues de
la capucha, mi tío podía oír que el hombre de mal aspecto se llevaba la mano a la
espada, y podía saber por la respiración del otro (estaba tan oscuro que no podía verle el
rostro) que parecía que fuera a devorarla de un bocado. Aquella intrigó más y más a mi
tío hasta que decidió que, pasara lo que pasara, llegaría hasta el final. Sentía una gran
admiración por los ojos brillantes, los rostros dulces y las piernas y los pies hermosos;
en resumen, le encantaba todo lo del otro sexo. Eso va con nuestra familia, caballeros,
y lo mismo me sucede a mí.
Fueron muchas las tretas que puso en práctica mi tío para atraer la atención de la
dama, o al menos para introducir en conversación a los misteriosos caballeros. Pero
todo en vano; los caballeros no hablaban y la dama no miraba. A intervalos sacaba la
cabeza por la ventanilla del coche y vociferaba que por qué no iban más deprisa. Pero
gritó hasta quedarse ronco; nadie le prestaba la menor atención. Se arrellanó en el
coche y pensó en las hermosas piernas, pies y rostro que tenía delante. Eso resultó
mejor; le ayudaba a pasar el rato y le impedía preguntarse adónde iba y cómo era que
se encontraba en una situación tan extraña. De todos modos, no es que aquello le
preocupara mucho: mi tío, caballeros, era de esas personas totalmente libres y
sencillas, vagabundas, a las que nada les importa. De pronto, el coche se detuvo.
—¡Vaya! —exclamó mi tío—. ¿Qué demonios pasa ahora?
—Baje aquí —dijo el escolta poniendo los escalones. —¿Aquí? —gritó mi tío.
—Aquí —replicó el escolta.
—No haré nada semejante—dijo mi tío.
—Muy bien, entonces quédese donde está —dijo el escolta.
—Así lo haré—dijo mi tío.
—Muy bien —contestó el escolta.
Los demás pasajeros habían prestado gran atención a este coloquio y, viendo que
mi tío estaba decidido a no bajarse, el hombre más joven pasó junto a él, rozándole,
para ayudar a descender a la dama. En ese momento, el hombre de mal aspecto
inspeccionaba el agujero que tenía en la parte superior de su tricornio. Cuando la joven
dama le rozó al pasar, dejó caer uno de los guantes en la mano de mi tío y con los
labios le susurró suavemente, tan cerca de su cara que sintió en la nariz el cálido
aliento de la joven, una sola palabra: «¡Socorro!» Caballeros, mi tío saltó del coche de
inmediato y con tal violencia que volvió a golpearse en los muelles.
—¡Ah! Lo ha pensado mejor, ¿no es así? —preguntó el escolta al ver a mi tío de
pie en el suelo.
Mi tío le miró unos segundos, dudando si no sería lo mejor arrancarle el arcabuz,
dispararlo en la cara del hombre que llevaba la espada grande, golpear con la culata en
la cabeza a los demás, coger a la joven dama y salir pitando. Sin embargo, lo pensó
mejor y abandonó el plan, pues su ejecución le pareció excesivamente melodramática,
y siguió a los dos hombres misteriosos, quienes llevando a la dama en medio entraban
ahora en una casa antigua delante de la cual se había detenido el coche. Se metieron
por el pasillo y mi tío les siguió.
De todos los lugares ruinosos y desolados que había contemplado mi tío, aquél era
el que más. Daba la impresión de haber sido en otro tiempo una amplia casa de
entretenimiento, pero el techo se había caído en muchos lugares y las empinadas
escaleras estaban desgastadas y rotas. En la habitación en la que entraron había una
chimenea enorme ennegrecida por el humo, pero sin que hubieran encendido fuego
alguno. Todavía el polvo blanquecino de la leña quemada se esparcía sobre el hogar,
pero estaba frío y todo se encontraba oscuro y lúgubre.
—Bueno —dijo mi tío mirando a su alrededor—, me parece que un coche que viaja
a doce kilómetros por hora y se detiene un tiempo indefinido en un agujero como éste
constituye un proceder bastante irregular. Haré que se sepa esto. Escribiré a los
periódicos.
Mi tío lo dijo en voz bastante alta y de una manera abierta y sin reservas con el
objetivo de tratar de iniciar una conversación con los dos desconocidos. Pero ninguno de
ellos se fijó en él más que lo necesario para susurrarse algo el uno al otro y mirarle
aviesamente al hacerlo. La dama estaba en el otro extremo de la habitación y en una
ocasión se aventuró a hacerle una seña con la mano, como pidiéndole ayuda a mi tío.
Finalmente los dos desconocidos avanzaron un poco y se inició la conversación.
—Imagino, amigo, que no sabe usted que esto es una habitación privada —dijo el
caballero vestido de azul celeste.
—No, amigo, lo ignoro —contestó mi tío—. Pero si esto es un salón privado
preparado especialmente para la ocasión, imagino que el salón público debe ser
verdaderamente cómodo.
Mientras decía lo anterior, mi tío tomó con los ojos unas medidas tan exactas del
caballero que Tiggin y Welps podrían haberle proporcionado calicó impreso para un
traje sin que sobrara ni faltara un centímetro, basándose sólo en aquella estimación.
—Salga de esta habitación —dijeron al unísono los dos hombres llevándose las
manos a las espadas. —¿Cómo? —preguntó mi tío, que no parecía entender el
significado de aquello.
—Abandone la habitación o es hombre muerte —dijo el tipo de mal aspecto y
espada grande al tiempo que la sacaba y la blandía en el aire.
—¡A por él! —gritó el caballero de azul celeste sacando también la espada y
retrocediendo dos o tres metros—. ¡A por él!
La dama lanzó un fuerte grito.
Ahora bien, mi tío fue famoso siempre por si gran audacia y presencia de ánimo.
Aunque todo e tiempo había parecido tan indiferente a lo que estaba sucediendo, en
realidad estaba buscando astuta mente algún objeto arrojadizo o arma defensiva, y en el
instante mismo en el que se sacaron las espadas él veía en una esquina de la chimenea
un viejo estoque de empuñadura de cestería y vaina oxidada. De un solo salto mi tío lo
tuvo en la mano, lo sacó, lo blandió galantemente por encima de su cabeza, dijo en voz
alta a la dama que se mantuviera apartada lanzó la silla al hombre de azul celeste y el
estoque: del traje color ciruelo, y aprovechándose de la confusión cayó sobre ellos
atropellándolos.
Caballeros, hay una antigua historia referente un joven y apuesto caballero irlandés
—que no es peor por ser cierta—, al que cuando le preguntaron si podía tocar el violín
contestó que sin duda podía, pero que no podía decirlo con seguridad porque nunca lo
había intentado. Pues esa historia no deja de aplicarse a mi tío y su arte para la esgrima.
Nunca antes había tenido una espada en la mano, salvo en una ocasión en la que
interpretó a Ricardo III en un teatro privado: y en esa ocasión se había llegado a un
arreglo con Richmond para que saliera corriendo, desde atrás, sin plantear pelea alguna.
Y ahora estaba allí, combatiendo y acuchillando a dos expertos espadistas: arremetiendo
y defendiendo, aguijoneando y tajando, comportándose de la manera más varonil y
diestra posible aunque hasta ese momento no se había dado cuenta de que tuviera la
menor idea de esa ciencia. Esto sólo demuestra lo auténtico que es el viejo refrán que
dice, caballeros, que un hombre no sabe nunca lo que puede hacer hasta que lo intenta.
El ruido del combate fue terrible; cada uno de los tres combatientes juraba como un
carretero, y las espadas entrechocaban con tanto ruido como si estuvieran resonando al
mismo tiempo todos los cuchillos y aceros del mercado de Newport. Cuando la lucha
estaba en su momento culminante, la dama (posiblemente para estimular a mi tío) se
quitó totalmente el capuchón del rostro dejando al descubierto un semblante de belleza
tan sorprendente que habría combatido contra cincuenta hombres para obtener una
sonrisa de ella y después morir. Hasta ese momento había hecho maravillas, pero desde
entonces comenzó a pulverizarlos como s fuera un gigante loco y delirante.
En ese momento el caballero de azul celeste se dio la vuelta, y viendo a la joven
dama con el rostro des cubierto lanzó una exclamación de rabia y celos, volvió el arma
contra el hermoso pecho de la joven, apuntó a su corazón, haciendo que mi tío lanzara
un grito de aprensión que resonó en todo el edificio.
La dama se apartó con paso ligero, y quitándole de la mano la espada al joven,
antes de que éste hubiera recuperado el equilibrio, lo lanzó contra la pared y después le
atravesó con la espada, lo mismo que al entablado, hasta la empuñadura misma,
dejándole allí clavado y fijo. Fue un ejemplo espléndido. Mi tío, con un poderoso grito
de triunfo y una fuerza irresistible obligó a su adversario a retirarse en la misma
dirección y clavó el viejo espadín en centro mismo de una enorme flor roja perteneciente
al dibujo de su chaleco, dejándole clavado junto su amigo; y allí quedaron los dos,
caballeros, me viendo los brazos y las piernas en agonía como las figuras de los
escaparates de juguetes que se mueve con un trozo de bramante. Después mi tío dijo
siempre que ése era uno de los medios más seguro que conocía para deshacerse de un
enemigo; pero cabía una objeción por razón de los gastos, por cuanto implicaba la
pérdida de una espada por cada hombre incapacitado.
—¡El coche, el coche! —gritó la dama corriendo hasta donde estaba mi tío y
rodeándole el cuello con sus hermosos brazos—. Todavía podemos escapa
—¿Podemos? —gritó mi tío—. Bien, querida mía, ¿no habrá nadie más a quien
matar, no?
Mi tío se sintió bastante decepcionado, caballeros, pues pensó que un rato
tranquilo de amores resultaría agradable tras la carnicería, aunque sólo fuera para
cambiar de tema.
—No tenemos un instante que perder aquí —dijo la joven dama—. Él (y señaló al
joven caballero de azul celeste) es el hijo único del poderoso marqués de Filletoville.
—Pues entonces, querida mía, me temo que no llegará nunca a heredar el título —
dijo mi tío mirando fríamente al joven caballero clavado en la pared, como si fuera un
escarabajo—. Ya se han cortado los vínculos, amor mío.
—He sido apartada de mi hogar y mis amigos por estos villanos —dijo la joven
dama cuyos rasgos brillaban por la indignación—. En una hora más ese perverso se
habría casado conmigo mediante violencia.
—¡Que el diablo confunda su desvergüenza! —exclamó mi tío lanzando una
mirada de desprecio al moribundo heredero de Filletoville.
—Como podrá deducir de lo que ha visto —intervino la joven dama—, el grupo
estaba dispuesto a asesinarme si apelaba a cualquiera pidiendo ayuda. Si sus cómplices
nos encuentran aquí, estamos perdidos. ¡Dentro de dos minutos puede ser demasiado
tarde! ¡Al coche!
Con aquellas palabras enfatizadas por sus sentimientos, y el esfuerzo de haber
clavado al joven marqués de Filletoville, la dama, fatigada, se dejó caer en brazos de
mi tío. Éste la cogió y la llevó hasta la puerta de la casa. Allí estaba el coche con
cuatro caballos negros de cola y crines largas ya enjaezados, pero no había cochero, ni
escolta, ni palafrenero a h cabeza de los caballos.
Espero, caballeros, no ser injusto con la memoria de mi tío si expreso la opinión
de que aunque era soltero ya había tenido antes a algunas damas; en sus brazos; en
realidad creo que acostumbraba besar con frecuencia a las camareras, y sé que en uno o
dos casos había sido visto por algún testigo de confianza abrazar a la propietaria de una
taberna de manera bien perceptible. Menciono esta circunstancia para demostrar que el
hecho de que la joven y hermosa dama fuera una persona a la cual poco podía estar
habituado debió afectar a mi tío éste solía decir que cuando los largos cabellos oscuros
de la dama cayeron sobre su brazo, y sus hermosos ojos oscuros se fijaron en su rostro
al recuperarse, él se sintió tan extraño y nervioso que le temblaron las piernas. Pero
¿quién puede contemplar el más dulce par de ojos oscuros sin sentirse raro? Yo no,
caballeros. Me da miedo contempla algunos ojos que me sé, y ésa es la verdad.
—No me abandone nunca —murmuró la joven dama.
Jamás —contestó mi tío con toda la intención de cumplirlo.
—¡Mi querido salvador! —exclamó la joven dama—. ¡Mi querido, amable y
valiente salvador!
—No siga—dijo mi tío interrumpiéndola. —¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque su boca es tan hermosa cuando habla que me temo que cometeré la
imprudencia de besarla—replicó mi tío.
La joven dama levantó la mano como para impedir que mi tío lo hiciera y dijo…
no, no dijo nada, sonrió.
Cuando uno está contemplando los labios más deliciosos del mundo, y los ve
abrirse en una sonrisa pícara, si uno está muy cerca de ellos, y no hay nadie
más, no hay mejor manera de testificar la admiración propia hacia su hermoso
color y forma que besándolos enseguida. Así lo hizo mi tío, y yo le honro por ello.
—¡Escuche! —gritó la joven dama sobresaltándose—. ¡Se oyen ruedas y
caballos!
—Cierto —dijo mi tío prestando atención. Tenía buen oído para las ruedas y el
ruido de los cascos, pero daba la impresión de que venían desde lejos tantos caballos y
carruajes que era imposible conjeturar su número. El sonido era semejante al que
producirían cincuenta tiros formados por seis purasangres cada uno.
—¡Nos persiguen! —gritó la joven agarrándose las manos—. Nos persiguen.
¡Usted es mi única esperanza!
Había tal expresión de terror en su hermoso rostro que mi tío se decidió
enseguida. La subió al coche, le dijo que no se asustara, volvió a unir los labios a los
de ella y después, aconsejándole que subiera la ventanilla para que no entrara el aire
frío subió al pescante.
—Un momento, mi amor—gritó la joven. —¿Qué sucede? —preguntó mi tío
desde el pescante.
—Quiero hablarle, sólo una palabra. Sólo una querido mío.
—¿Me bajo? —preguntó mi tío. La dama no respondió, pero volvió a sonreír.
¡Qué sonrisa, caballeros! Convirtió al otro en nada. Mi tío bajó del pescante en un
santiamén.
—¿Qué ocurre, querida? —preguntó mi tío mirándola por la ventanilla del coche.
En ese momento la dama se inclinó hacia delante y mi tío pensó que parecía todavía
más hermosa que antes. En ese momento, caballeros, estaba muy cerca de ella, por l
que tenía que saberlo realmente.
—¿Qué sucede, querida? —volvió a preguntar mi tío.
—¿No amará nunca a otra, no se casará con ninguna otra? —preguntó la joven
dama.
Con un juramento solemne mi tío afirmó que nunca se casaría con ninguna otra y
entonces la joven dama metió la cabeza y subió la ventanilla. El tío se subió de un salto
al pescante, cuadró los codos, ajustó las riendas, cogió el látigo que estaba sobre el
techo, tocó con él al primero de los caballos allá que se fueron los cuatro caballos
negros de largas colas y largas crines a unas buenas quince millas inglesas por hora
arrastrando detrás el viejo coche de correos.
¡Vaya! ¡Cómo corrieron a toda velocidad!
El ruido de atrás se hizo más fuerte. Cuanto más rápido iba el viejo coche, más
rápido se acercaban los perseguidores: hombres, caballos y perros se habían unido en la
persecución. El ruido era terrible, pero por encima de él se oía la voz de la joven dama
que azuzaba a mi tío y gritaba:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Los oscuros árboles pasaban a su lado como plumas arrastradas por un huracán.
Casas, puertas, iglesias, almiares y todo tipo de objetos pasaban junto a ellos con una
velocidad y ruido semejantes al de las aguas rugientes que de pronto quedan libres. Pero
el ruido de la persecución se iba haciendo más fuerte, y mi tío podía seguir escuchando a
la joven dama que gritaba desesperadamente:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío utilizó con ahínco látigo y riendas, y los caballos volaron hacia delante hasta
que se cubrieron de espuma; y, sin embargo, atrás el ruido aumentaba, y la joven dama
seguía gritando:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío dio una fuerte patada en el pescante, impulsado por la tensión del momento,
y… descubrió que la mañana era gris y estaba sentado en el descampado sobre el pescante
de un antiguo coche inglés, temblando por el frío y la humedad, y pateando el suelo para
calentarse los pies. Se bajó y buscó ansiosamente en el interior a la hermosa y joven
dama. ¡Pero ay! No había puerta ni asiento en el coche. Era una simple carcasa.
Evidentemente mi tío sabía muy bien que había algún misterio en aquello, y que
todo había pasad exactamente tal como solía relatarlo. Permaneció fiel al juramento que
había hecho a la hermosa joven dama, rechazando por ella a varias dueñas desposada
con las que hubiera podido casarse, y final mente murió soltero. Siempre dijo que era
curiosa, que hubiera descubierto él, por un simple accidente como el de cruzar la cerca,
que todas las noches acostumbraban a viajar con regularidad los fantasmas de coches de
correos y caballos, escoltas, cocheros y pasajeros. Solía añadir que creía ser la única
persona viva que había sido aceptada como pasajero en una de aquellas excursiones. Y
creo, caballeros, que tenía razón: al menos no he oído que le sucediera a nadie más.
[De The Pickwick Papers]
El barón de Grogzwig

El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven
barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un
castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo
antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias
extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos
sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el
interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o
que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas
aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios
salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa. Tengo entendido que uno de
los antepasados del barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un
caballero que llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos
milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente
puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un hombre amable, se
sintió despues tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos
violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil,
que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a
cuenta.
El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los
vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir
con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido
muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido
hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres
de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues
lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede
esperarse que tuviera antes que él tantos parientes como un hombre que haya nacido
ahora. Éste último, quienquiera que sea —y por lo que nosotros sabemos lo mismo
podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar—, tendrá un linaje más largo
que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.
¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y
atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con
paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de caza colgado del
hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su cuerno, otros
veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde de Lincoln un poco
más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más gruesas, se presentaban
directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un
área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el
barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigotes.
Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus
partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y
entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan
festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de
Grogzwig.
Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de
variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta] diariamente ante la
misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se
sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días,
después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un
cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió
totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.
Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod
o Gillingwi ter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el
barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su mesa contemplando con
aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino,
pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con
la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera
milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.
—¡Lo haré! —gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y
retorciéndose el mostacho con la izquierda—. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus
veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
—Me refiero a la dama de Grogzwig —repitió el barón mirando la mesa a su
alrededor.
—¡Por la dama de Grogzwig! —gritaron los verdes de Lincoln, y por sus
veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo
y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.
—La hermosa hija del barón Von Swillenhausen —añadió KoMwethout,
condescendiendo a explicarse—. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el
sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.
Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la
empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!
Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a
los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera
desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas
jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen
habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo
habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero
madrugador llevó o la mañana siguiente la petición de Von Kodldwethout, y se retiró
modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su
séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se
le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a
sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su hija entre sus
brazos e hizo un guiño de alegría.
Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de
Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de
Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta
que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que
todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el
momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón
Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.
Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de
Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el
cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos.
Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días
elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. —Querido mío —
dijo la baronesa. —Mi amor —le respondió el barón. —Esos hombres toscos y
ruidosos…
—¿Cuáles, señora? —preguntó el barón sorprendido.
Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en
donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas
libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.
—Son mi grupo de caza, señora —le informó el barón.
—Licéncialos, amor—murmuró la baronesa.
—¡Licenciarlos! —gritó el barón con asombro.
—Para complacerme, amor —contestó la baronesa.
—Para complacer al diablo, señora —respondió el barón.
Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.
¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un
doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que
más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se
marcharan… aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello,
pues si la conociera lo habría podido describir delicadamente.
No me corresponde a mí decir mediante qu¿ medios, o qué grados, algunas
esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo
tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento
debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de
acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya
propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa von Koéldwethout
adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que
poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de
cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua
afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y
ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en
resumen, no le quedaba nada que le gustara o que hubiera solido tener; y así, aunque
fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente
despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.
Y no acaban aquí todos los infortunios del barón. Aproximadamente un año
después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se
dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de
vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así
un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta
que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de
esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y
sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe
que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su
hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el
castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma
en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija. Y si
el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se
aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros
barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran
cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con
aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho
más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón
de Grogzwig.
El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya
más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción. Pero
todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su melancolía y
su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia
Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la
baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von
Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.
—No veo qué se puede hacer —dijo el barón—. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario que
tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos
llaman «una oferta».
—¡Bueno! —exclamó el barón al tiempo que detenía la mano—. Quizá no esté lo
bastante afilado.
El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte
griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en un
salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las
ventanas para impedir que se lanzaran al foso.
—Si hubiera sido soltero —dijo el barón suspirando—, podría haberlo hecho más
de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la
pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.
Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en
el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido
hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que
eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados
en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy
cómodo.
—Deja la lámpara—ordenó el barón.
—¿Alguna otra cosa, mi señor? —preguntó la criada. —Soledad —contestó el
barón. La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo —dijo el barón.
El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se
sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas
delante del fuego y se desinfló.
Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados,
cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido
dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de dos,
que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto
beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa
hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no
estaba solo.
No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos
cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados
en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas
enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de
color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente,
estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd.
También llevaba las piernas cubiertas por planchas de ataúd, a modo de armadura; y
sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los
restos de un paño mortuorio. No prestaba atención al barón, pues miraba fijamente el
fuego.
—¡Hola! —exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para
llamar su atención. —¡Hola! —replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero
sólo los ojos, no el rostro—. ¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? —contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la
voz hueca y la mirada carente de brillo del otro—. Soy yo el que debería hacer esa
pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
—Por la puerta —contestó la figura. —¿Quién es? —preguntó el barón. —Un
hombre —contestó la figura. —No le creo —dijo el barón.
—Pues no lo crea—contestó la figura. —Eso es lo que haré —replicó el barón.
La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en
tono familiar dijo: —Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!
—Entonces ¿qué es? —preguntó el barón. —Un genio —contestó la figura.
—Pues no se parece mucho a ninguno —contestó burlonamente el barón.
—Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.
Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se
preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto
hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó
con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se
tratara de un bastón de paseo.
—¿Está dispuesto ya para mí? —preguntó la figura fijando la mirada en el
cuchillo de caza.
—No del todo. Primero he de terminar esta pipa. —Entonces aligere —exclamó la
figura.
—Parece tener prisa—contestó el barón.
—Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y
Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.
—¿Bebe? —preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.
—Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración —replicó secamente la
figura.
—¿Nunca con moderación?
—Jamás —contestó la figura con un estremecimiento—. Eso produce alegría.
El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un
parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa
en acontecimientos como los que había, estado contemplando.
—No —contestó la figura en tono evasivo—. Pero estoy siempre presente.
—Para contemplar imparcialmente, supongo —dijo el barón.
—Exactamente —contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la
punta—. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora
me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.
—¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? —exclamó el barón,
realmente divertido—. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.
(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.)
—Le ruego que no vuelva a hacer eso —le reconvino la figura, que parecía muy
asustada.
—¿Y por qué no? —preguntó el barón.
—Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace
sentir bien.
Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura,
animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.
—Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene
demasiado dinero —comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.
—¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o
tiene demasiado poco —contestó la aparición con petulancia.
No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir
eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba
lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los
ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.
—Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para
quitarse de en medio por ello —dijo Von Koéldwethout.
—Salvo las arcas vacías —gritó el genio.
—Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo —añadió el barón.
—Las esposas regañonas —le reconvino el genio. —¡Ah! Se las puede hacer
callar—contestó el barón. —Trece hijos —gritó el genio.
—Seguramente no todos saldrán malos —replicó el barón.
Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de
pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se
sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a
risa.
—Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso —protestó el barón.
—Bueno, me alegra oír eso —respondió el genio con aspecto ceñudo—. Porque
una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone
enseguida este mundo terrible!
—No sé —dijo el barón jugueteando con el cuchillo—. Ciertamente que es
terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de
encontrarse especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de
obtener alga mejor si abandonaba este mundo… —de pronto lanzó un grito y se
incorporó—: nunca había pensado en esto.
—¡Concluya! —gritó la figura castañeteando los dientes.
—¡Fuera! —le contestó el barón—. Dejaré de meditar sobre las desgracias,
pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona,
hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.
Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta fuerza y
alboroto que la habitación resonó.
La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror
intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un
aullido atemorizador y desapareció.
Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar,
inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió
muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre
feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del
oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres
es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les
sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de
aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero
se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo
del barón de Grogzwig.
[De Nicholas Nickleby]
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Tenía el grado de teniente en el ejército de St Majestad y serví en el extranjero en
las campañas de 1677 y 1678. Concluido el tratado de Nimega, regresé a casa y,
abandonando el servicio militar, me retiré a una pequeña propiedad situada a escasos
kilómetros al este de Londres, que había adquirido recientemente por derechos de mi
esposa.
Ésta será la última noche de mi vida, por lo que expresaré toda la verdad sin disfraz
alguno. Nunca fui un hombre valiente, y siempre, desde mi niñez; tuve una naturaleza
desconfiada, reservada y hosca. Hablo de mí mismo como si no estuviera ya en el
mundo, pues mientras escribo esto están cavando mi tumba y escribiendo mi nombre en
el libro negro de la muerte.
Poco después de mi regreso a Inglaterra mi único hermano contrajo una
enfermedad mortal. Esta circunstancia apenas me produjo dolor alguno, pues casi no nos
habíamos relacionado desde que nos hicimos adultos. Él era un hombre generoso y de
corazón abierto, de mejor aspecto físico que yo, más satisfecho de la vida y en general
amado. Los que por ser amigos suyos quisieron conocerme en el extranjero o en nuestro
país, raras veces seguían viéndome mucho tiempo, y solían decir en nuestra primera
conversación que se sorprendían de encontrar dos hermanos que fueran tan distintos en
sus maneras y aspecto. Acostumbraba yo a provocar esa declaración, pues sabía las
comparaciones que iban a hacer entre ambos y, como sentía en mi corazón una
enconada envidia, trataba de justificarla ante mí mismo.
Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo adicional entre nosotros, tal
como lo considerarían algunos, en realidad sirvió sólo para apartarnos más. Su esposa
me conocía bien. Nunca, estando ella presente, mostré mis celos o rencores secretos,
pero aquella mujer los conocía tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos,
levanté mi vista sin encontrar la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte
sin tener la sensación de que seguía vigilándome. Para mí era un alivio inexpresable
cuando disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el
extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era como
si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que
ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija
vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi
sangre.
Ella murió poco después de dar a luz a un hijo, un niño. Cuando mi hermano supo
que había perdido toda esperanza de recuperación en su propia enfermedad, llamó a mi
esposa junto a su lecho y confió el huérfano a su protección, un niño de cuatro años.
Legó al niño todas las propiedades que tenía y escribió en el testamento que, en caso
de que muriera su hijo, las propiedades pasaran a mi esposa como único
reconocimiento que podía hacerle de sus cuidados y amor. Cambió conmigo unas
cuantas palabras fraternales, deplorando nuestra prolongada separación y, hallándose
agotado, se hundió en un sueño del que nunca despertó.
Nosotros no teníamos hijos, y como entre las hermanas había existido un afecto
profundo, y mi esposa había ocupado casi el lugar de una madre para aquel muchacho,
lo amaba como si ella misma lo hubiera tenido. El niño estaba muy unido a ella, pero
era la imagen de su madre tanto en el rostro como en el espíritu, y desconfió siempre
de mí.
No puedo precisar la fecha en la que tuve por primera vez aquella sensación, pero
sé que muy poco después empecé a sentirme inquieto cuando estaba junto a aquel niño.
Siempre que salía de mis melancólicos pensamientos, lo encontraba mirándome con
fijeza, pero no con esa simple curiosidad infantil, sino con algo que contenía el
propósito y el significado que con tanta frecuencia había observado yo en su madre.
No se trataba de un resultado de mi fantasía, basado en el gran parecido que tenía con
ella en los rasgos y la expresión. Jamás le sorprendí con la mirada baja. Me tenía
miedo, pero al mismo tiempo parecía despreciarme instintivamente; y aunque
retrocediera ante mi mirada, tal como solía hacer cuando estábamos a solas,
aproximándose a la puerta, seguía manteniendo fijos en mí sus ojos brillantes.
Es posible que me esté ocultando a mí mismo la verdad, pero no creo que cuando
comenzó todo aquello hubiera pensado yo en hacerle mal alguno. Quizá considerara lo
bien que nos vendría su herencia, y hasta puede que deseara su muerte, pero creo que
jamás pensé en lograrla por mis propios medios. La idea no me llegó de repente, sino
poco a poco, presentándose al principio con una forma difusa, como a gran distancia,
de la misma manera que los hombres pueden pensar en un terremoto, o en el último día
de su vida, que luego se va acercando más y más perdiendo con ello parte de su horror
e improbabilidad, y luego toma carne y hueso; o mejor dicho, se convierte en la
sustancia y la suma total de todos mis pensamientos diarios y en una cuestión de
medios y de seguridad; ya no existe el planteamiento de cometer o no el hecho.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior no podía soportar que el niño me
viera mientras yo le miraba, pero una fascinación me arrastraba a contemplar su cuerpo
ligero y frágil pensando en lo fácil que me resultaría hacerlo. A veces me deslizaba
escaleras arriba y le observaba mientras dormía, pero lo más habitual era que rondara
por el jardín cerca de la ventana de la habitación en la que se hallaba inclinado
realizando sus tareas, y allí, mientras él permanecía sentado en una silla baja al lado de
mi esposa, yo le miraba durante horas escondido detrás de un árbol: escondiéndome y
sorprendiéndome, como el infeliz culpable que era, ante el menor ruido provocado por
una hoja, pero volviendo a mirar de nueve Muy próxima a nuestra casa, pero lejos de
nuestra vista, y también de nuestro oído en cuanto viento se agitara mínimamente,
había una extensión profunda de agua. Empleé varios días en d, forma con mi navaja a
un tosco modelo de bote, que por fin terminé y dejé donde el niño pudiera encontrarlo.
Me oculté entonces en un lugar secreto por, que tendría que pasar si se escapaba a
solas para hacer navegar el juguetito, y aguardé allí su llegado No llegó ni ese día ni al
siguiente, aunque esperé desde el mediodía hasta la caída de la noche. Estaba
convencido de haberlo apresado en mi red, pues lo oí hablar del juguete, y sé que, en
su placer infantil lo guardaba a su lado en la cama. No sentía cansancio ni fatiga, sino
que esperaba pacientemente, y al tercer día pasó junto a mí corriendo gozosamente con
sus cabellos sedosos al viento y cantando, qu Dios se apiade de mí, cantando una
alegre balad cuyas palabras apenas podía cecear.
Me deslicé tras él ocultándome en unos matorrales que crecían allí y sólo el diablo
sabe con qué terror yo, un hombre hecho y derecho, seguía los pasos de aquel niño que
se aproximaba a la orilla de agua. Estaba ya junto a él, había agachado una rodilla y
levantado una mano para empujarle, cuando mi sombra en la corriente y me di la
vuelta.
El fantasma de su madre me miraba desde los ojos del niño. El sol salió de detrás
de una nube: brillaba en el cielo, en la tierra, en el agua clara y en las gotas
centelleantes de lluvia que había sobre las hojas. Había ojos por todas partes. El inmenso
universo completo de luz estaba allí para presenciar el asesinato. No sé lo que dijo;
procedía de una sangre valiente y varonil, y a pesar de ser un niño no se acobardó ni
trató de halagarme. No le oí decir entre lloros que trataría de amarme, ni le vi corriendo
de vuelta a casa. Lo siguiente que recuerdo fue la espada en mi mano y al muerto a mis
pies con manchas de sangre de las cuchilladas aquí y allá, pero en nada diferente del
cuerpo que había contemplado mientras dormía… estaba, además, en la misma actitud,
con la mejilla apoyada sobre su manecita.
Lo tomé en los brazos, con gran suavidad ahora que estaba muerto, y lo llevé hasta
una espesura. Aquel día mi esposa había salido de casa y no regresaría hasta el día
siguiente. La ventana de nuestro dormitorio, el único que había en ese lado de la casa,
estaba sólo a escasos metros del suelo, por lo que decidí bajar por ella durante la noche y
enterrarlo en el jardín. No pensé que había fracasado en mi propósito, ni que dragarían el
agua sin encontrar nada, ni que el dinero debería aguardar ahora por cuanto yo tenía que
dar a entender que el niño se había perdido, o lo habían raptado. Todos mis
pensamientos se concentraban en la necesidad absorbente de ocultar lo que había hecho.
No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente de hombre capaz de
concebir, cómo me sentí cuando vinieron a decirme que el niño se había perdido, cuando
ordené buscarlo en todas las direcciones, cuando me aferraba tembloroso a cada uno de
los qu, se acercaban. Lo enterré aquella noche. Cuando sepa té los matorrales y miré en
la oscura espesura vi sobre el niño asesinado una luciérnaga, que brillaba come el
espíritu visible de Dios. Miré a su tumba cuando le coloqué allí y seguía brillando sobre
su pecho: un ojo de fuego que miraba hacia el cielo suplicando a las estrellas que me
observaban en mi trabajo.
Tuve que ir a recibir a mi esposa y darle la noticia, dándole también la esperanza de
que el niño fuera encontrado pronto. Supongo que todo aquello lo hice con apariencia de
sinceridad, pues nadie sospechó de mí. Hecho aquello, me senté junto a la ventana del
dormitorio el día entero observando el lugar en el que se ocultaba el terrible secreto.
Era un trozo de terreno que había cavado para replantarlo con hierba, y que había
elegido porque resultaba menos probable que los rastros del azadón llamaran la
atención. Los trabajadores que sembraban la hierba debieron pensar que estaba loco.
Continuamente les decía que aceleraran el trabajo, salía fuera y trabajaba con ellos,
pisaba la hierba con los pies y les metía prisa con gestos frenéticos. Terminaron la tarea
antes de la noche y entonces me consideré relativamente a salvo.
Dormí no como los hombres que despiertan alegres y físicamente recuperados, pero
dormí, pasando de unos sueños vagos y sombríos en los que era perseguido a visiones de
una parcela de hierba, a través de la cual brotaba ahora una mano, luego un pie, y luego
la cabeza. En esos momentos siempre despertaba y me acercaba a la ventana para
asegurarme que aquello no fuera cierto. Después, volvía a meterme en la cama; y así
pasé la noche entre sobresaltos, levantándome y acostándome más de veinte veces, y
teniendo el mismo sueño una y otra vez, lo que era mucho peor que estar despierto,
pues cada sueño significaba una noche entera de sufrimiento. Una vez pensé que el
niño estaba vivo y que nunca había tratado de asesinarlo. Despertar de ese sueño
significó el mayor dolor de todos.
Volví a sentarme junto a la ventana al día siguiente, sin apartar nunca la mirada
del lugar que, aunque cubierto por la hierba, resultaba tan evidente para mí, en su
forma, su tamaño, su profundidad y sus bordes mellados, como si hubiera estado
abierto a la luz del día. Cuando un criado pasó por encima creí que podría hundirse.
Una vez que hubo pasado miré para comprobar que sus pies no hubieran deshecho los
bordes. Si un pájaro se posaba allí me aterraba pensar que por alguna intervención
extraña fuera decisivo para provocar el descubrimiento; si una brisa de aire soplaba por
encima, a mí me susurraba la palabra asesinato. No había nada que viera o escuchara,
por ordinario o poco importante que fuera, que no me aterrara. Y en ese estado de
vigilancia incesante pasé tres días.
Al cuarto día llegó hasta mi puerta un hombre que había servido conmigo en el
extranjero, acompañado por un hermano suyo, oficial, a quien nunca había visto. Sentí
que no podría soportar dejar de contemplar la parcela. Era una tarde de verano y pedí a
los criados que sacaran al jardín una mesa a una botella de vino. Me senté entonces,
colocando la silla sobre la tumba, y tranquilo, con la seguridad que nadie podría
turbarla ahora sin mi conocimiento, intenté beber y charlar.
Ellos me desearon que mi esposa se encontró bien, que no se viera obligada a
guardar cama, esperaban no haberla asustado. ¿Qué podía decirles y con una lengua
titubeante, acerca del niño? El oficial al que no conocía era un hombre tímido q
mantenía la vista en el suelo mientras yo hablaba ¡Incluso eso me aterraba! No podía
apartar de mí idea de que había visto allí algo que le hacía sospechar la verdad.
Precipitadamente le pregunté que suponía que… pero me detuve.
—¿Que el niño ha sido asesinado? —contestó mirándome amablemente—. ¡Oh,
no! ¿Qué puede pensar un hombre asesinando a un pobre niño?
Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía ganar un hombre con tal hecho,
pero mantuve la tranquilidad aunque me recorrió un escalofrío.
Entendiendo equivocadamente mi emoción ambos se esforzaron por darme
ánimos con la esperanza de que con toda seguridad encontrarían niño —¡qué gran
alegría significaba eso para mí! cuando de pronto oímos un aullido bajo y profundo, y
saltaron sobre el muro dos enormes perros que, dando botes por el jardín, repitieron los
ladridos que ya habíamos oído.
—¡Son sabuesos! —gritaron mis visitantes.
¡No era necesario que me lo dijeran! Aunque en toda mi vida hubiera visto un
perro de esa raza supe lo que eran, y para qué habían venido. Aferré los codos sobre la
silla y ninguno de nosotros habló o se movió.
—Son de pura raza —comentó el hombre al que había conocido en el
extranjero—. Sin duda no habían hecho suficiente ejercicio y se han escapado.
Tanto él como su amigo se dieron la vuelta para contemplar a los perros, que se
movían incesantemente con el hocico pegado al suelo, corriendo de aquí para allá, de
arriba abajo, dando vueltas en círculo, lanzándose en frenéticas carreras, sin prestarnos
la menor atención en todo el tiempo, pero repitiendo una y otra vez el aullido que ya
habíamos oído, y acercando el hocico al suelo para rastrear ansiosamente aquí y allá.
Empezaron de pronto a olisquear la tierra con mayor ansiedad que nunca, y aunque
seguían igual de inquietos, ya no hacían recorridos tan amplios como al principio, sino
que se mantenían cerca de un lugar y constantemente disminuían la distancia que había
entre ellos y yo.
Llegaron finalmente junto al sillón en el que yo me hallaba y lanzaron una vez
más su terrorífico aullido, tratando de desgarrar las patas de la silla que les impedía
excavar el suelo. Pude ver mi aspecto en el rostro de los dos hombres que me
acompañaban.
—Han olido alguna presa —dijeron los dos al unísono.
—¡No han olido nada! —grité yo.
—¡Por Dios, apártese! —dijo el conocido mío con gran preocupación—. Si no,
van a despedazarle.
—¡Aunque me despedacen miembro a miembro no me apartaré de aquí! —grité
yo—. ¿Acaso los perros van a precipitar a los hombres a una muerte vergonzosa?
Ataquémosles con hachas, despedacémoslos
—¡Aquí hay algún misterio extraño! —dijo el oficial al que yo no conocía
sacando la espada—. En e nombre del Rey Carlos, ayúdame a detener a este hombre.
Ambos saltaron sobre mí y me apartaron, aunque yo luché, mordiéndoles y
golpeándoles come un loco. Al poco rato, ambos me inmovilizaron, y vi a los coléricos
perros abriendo la tierra y lanzándola al aire con las patas como si fuera agua.
¿He de contar algo más? Que caí de rodillas, y con un castañeteo de dientes
confesé la verdad y rogué que me perdonaran. Me han negado el perdón, y vuelvo a
confesar la verdad. He sido juzgado por el crimen, me han encontrado culpable y
sentenciado. No tengo valor para anticipar mi destino, o para enfrentarme varonilmente
a él. No tengo compasión, ni consuelo, ni esperanza ni amigo alguno. Felizmente, mi
esposa ha perdido las facultades que le permitirían ser consciente de mi desgracia o de
la suya. ¡Estoy solo en este calabozo de piedra con mi espíritu maligno, y moriré
mañana!
[De Master Humphrey's Clock]
Para leer al atardecer
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Eran cinco.
Cinco correos sentados en un banco en el exterior del convento situado en la
cumbre del Gran San Bernardo, en Suiza, contemplando las remotas cumbre teñidas por
el sol poniente, como si se hubiera derramado sobre la cima de la montaña una gran
cantidad de vino tinto que no hubiera tenido tiempo todavía de hundirse en la nieve.
Este símil no es mío. Lo expresó en aquella ocasión el más vigoroso de los correos,
que era alemán Ninguno de los otros le prestó más atención de lo que me habían
prestado a mí, sentado en otro banco al otro lado de la puerta del convento, fumándome,
mi cigarro, como ellos, y también como ellos con templando la nieve enrojecida y el
solitario cobertizo cercano en donde los cuerpos de los viajeros retrasa dos iban
saliendo, y desaparecían lentamente sin que pudiera acusárseles de vicio en aquella fría
región
Mientras contemplábamos la escena el vino d, las cumbres montañosas fue
absorbido; la montaña, se volvió blanca; el cielo tomó un tono azul muy os curo; se
levantó el viento y el aire se volvió terrible mente frío. Los cinco correos se abotonaron
lo abrigos. Como un correo es el hombre al que resulta más seguro imitar, me abotoné el
mío.
La puesta de sol en la montaña había interrumpido la conversación de los cinco
correos. Era una vista sublime con todas las probabilidades de interrumpir una
conversación. Pero ahora que la puesta de sol había terminado, la reanudaron. Yo no
había oído parte alguna de su discurso anterior, pues todavía no me había separado del
caballero americano que en el salón para viajeros del convento, sentado con el rostro de
cara al fuego, había tratado de transmitirme toda la serie de acontecimientos causantes
de que el Honorable Ananias Dodger hubiera acumulado la mayor cantidad de dólares
que se había conseguido nunca en un país.
—¡Dios mío! —dijo el correo suizo hablando en francés, lo que a mí no me parece,
tal como les suele suceder a algunos autores, una excusa suficiente para una palabra
pícara, y sólo tengo que ponerla en esa lengua para que parezca inocente—. Si habla de
fantasmas…
—Pero yo no hablo de fantasmas —contestó el alemán.
—¿De qué habla entonces? —preguntó el suizo. —Si lo supiera—contestó el
otro—, probablemente sería mucho más sabio.
Pensé que era una buena respuesta y me produjo curiosidad. Por eso cambié de
posición, trasladándome a la esquina de mi banco más cercana a ellos, y así, apoyando la
espalda en el muro del convento, les escuché perfectamente sin que pareciera estar
haciéndolo.
—¡Rayos y truenos! —exclamó el alemán calentándose—. Cuando un determinado
hombre viene a verte inesperadamente, y sin que él lo sepa envía un mensajero invisible
para que tengas la idea de él et la cabeza durante todo el día… ¿cómo le llama a eso
Cuando uno camina por una calle atestada de gen te, en Frankfurt, Milán, Londres o
París, y piensa, que un desconocido que pasa al lado se asemeja a amigo Heinrich, y
luego otro desconocido se parece a tu amigo Heinrich, y empiezas a tener así la extraña
idea de que vas a encontrarte con tu amigo Heinrich… y eso es exactamente lo que
sucede, aunque unos creían que su amigo estaba en Trieste… ¿cómo le llama a eso?
—Tampoco eso es nada infrecuente —murmuraron el suizo y los otros tres.
—¡Infrecuente! —exclamó el alemán—. Es algo tan común como las cerezas en la
Selva Negra. Es algo tan común como los macarrones en Nápoles. ¡Y lo de Nápoles me
recuerda algo! Cuando la vieja marquesa Senzanima lanza un grito con las cartas de la
uija —y fui testigo, pues sucedió en una familia mía bávara y aquella noche estaba yo a
cargo del servicio—, digo que cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de cartas
blanca a pesar del carmín y grita: «¡mi hermana de España ha muerto! ¡He sentido en mi
espalda su contacto frío!»… y cuando resulta que la hermana ha muerto en ese
momento… ¿cómo le llama a eso?
—O cuando la sangre de San Genaro se licúa porque se lo pide el clero… como
todo el mundo sabe que sucede con regularidad una vez por año, en mi ciudad natal —
añadió el correo napolitano tras una pausa con una mirada cómica—. ¿Cómo llama a
eso?
—¡Eso!—gritó el alemán—. Pues bien, creo que conozco un nombre para eso.
—¿Milagro? —preguntó el napolitano con el mismo rostro pícaro.
El alemán se limitó a fumar y lanzar una carcajada; y todos fumaron y rieron.
—¡Bah! —exclamó el alemán un rato después—. Yo hablo de cosas que suceden
realmente. Cuando quiero ver a un brujo pago para ver a un profesional, y que mi dinero
merezca la pena. Suceden cosas muy extrañas sin fantasmas. ¡Fantasmas! Giovanni
Baptista, cuente la historia de la novia inglesa. Ahí no hay ningún fantasma, pero resulta
igual de extraño. ¿Hay alguien que sepa decirme qué?
Como se produjo un silencio entre ellos, miré a mi alrededor. Aquél que pensé
debía ser Baptista estaba encendiendo un cigarro nuevo. Enseguida empezó a hablar y
pensé que debía ser genovés.
—¿La historia de la novia inglesa? —preguntó—. ¡Basta! Uno no debería tomarse
tan a la ligera una historia así. Bueno, da lo mismo. Pero es cierta. Ténganlo bien en
cuenta, caballeros, es cierta. No todo lo que brilla es oro, pero lo que voy a contarles es
verdad. Repitió esa misma frase varias veces.
—Hace diez años, llevé mis credenciales a un caballero inglés que estaba en el
Long’s Hotel, en Bond Street, Londres, quien pensaba viajar durante uno o quizá dos
años. El caballero aprobó mis credenciales, y yo le aprobé a él. Quería hacer unas
investigaciones y el testimonio que recibió fue favorable. Me contrató por seis meses y
mi acogida fue generosa. Era un hombre joven, de buen aspecto muy feliz. Estaba
enamorado de una hermosa y joven dama inglesa, de fortuna suficiente, e iban a casarse.
En resumen, lo que íbamos a emprender era viaje de bodas. Para el reposo de tres meses
durante el clima caluroso (estábamos entonces a principio de verano) había alquilado un
viejo palacio en la Riviera, a escasa distancia de la ciudad, Génova, en carretera que
conducía a Niza. ¿Conocía yo el lugar? Cierto, le dije que lo conocía bien. Era un
palacio viejo con grandes jardines. Era un poco desértico algo oscuro y sombrío, pues
los árboles lo rodeaba desde muy cerca, pero resultaba espacioso, antiguo, imponente y
muy cercano al mar. Me dijo que así lo habían descrito exactamente, y le complacía que
yo lo conociera. En cuanto a que estuviera algo de provisto de muebles, así sucedía con
todos los lugares de alquiler. Y en cuanto a que fuera un poco sombrío, lo había
alquilado principalmente por los jardines, y él y su amada pasarían a su sombra tiempo
veraniego.
»—¿Todo bien entonces, Baptista? –pregunté
»—Indudablemente; muy bien.
» Para nuestro viaje contábamos con un carruaje que acababan de construir para
nosotros y que e todos los aspectos resultaba conveniente. El matrimonio ocupó su
lugar. Ellos estaban felices. Yo me sentía feliz viendo que todo era brillante, viéndolo
tan bien situado, dirigiéndome a mi propia ciudad enseñándole mi lengua mientras
viajábamos a la doncella, la bella Carolina, cuyo corazón era alegre y risueño, y que era
joven y sonrosada.
» El tiempo volaba. Pero observé —¡y les ruego que presten atención a esto (y en
ese momento el correo bajó el volumen de su voz)—, a veces observé que mi señora se
encontraba meditabunda, de una manera muy extraña, de una manera que daba miedo,
de una manera desgraciada, y percibí en ella una vaga sensación de alarma. Creo que
empecé a darme cuenta de ello cuando ascendía colina arriba al lado del carruaje y el
amo iba por delante. En cualquier caso, recuerdo que quedó grabada en mi mente una
noche, en el sur de Francia, cuando me pidió que llamara al amo; y cuando éste vino y
caminó un largo trecho hablando con ella afectuosamente, poniendo una mano en la
ventanilla abierta para sujetar la de ella. De vez en cuando se reía alegremente, como si
se estuviera burlando de ella por algo. Al cabo de un rato, ella reía y entonces todo iba
bien de nuevo.
» Aquello me resultó curioso y le pregunté a la hermosa Carolina. ¿Se encontraba
mal el ama? No. ¿Desanimada? No. ¿Temerosa de los malos caminos, o los bandidos?
No. Pero lo que me resultó más misterioso fue que la bella Carolina no me mirara
directamente al darme la respuesta, sino que contemplara la vista.
» Pero un día me contó el secreto.
» —Si deseas saberlo —dijo Carolina—, he descubierto, escuchando aquí y allá,
que el ama está hechizada y obsesionada.
» —¿Y cómo?
» —Por un sueño. »
» —¿Qué sueño?
» —El sueño de un rostro. Durante tres noches antes de la boda vio un rostro en
sueños… siempre mismo rostro, y sólo ése.
» —¿Un rostro terrible?
» —No. El rostro de un hombre oscuro de muy agradable aspecto, vestido de negro,
con el cabello negro y mostacho gris… un hombre guapo, salvo por un aire reservado y
secreto, jamás había visto el rostro, ni otro que se le pareciera. En el sueño no hacía sino
mirarla fijamente, desde la oscuridad.
» —¿Volvió a tener ese sueño?
» —Nunca. Lo único que le preocupa es recordarlo”
—¿Y por qué le preocupa?
» Carolina sacudió la cabeza.
» —Eso es lo que quiere saber el amo —contestó bella—. Ella no lo sabe. Ella
misma se pregunta la razón. Pero la oí decirle a él anoche mismo que si encontrara un
cuadro de ese rostro en nuestra casa ¡ti liana (y tiene miedo de que así suceda) piensa
que no sería capaz de soportarlo.
» Puedo jurar (siguió diciendo el correo genovés que después de esto tuve miedo de
llegar al viejo palazzo, no fuera a encontrarse allí aquel malaventurado cuadro. Sabía
que había muchos cuadros, y conforme nos fuimos acercando al lugar deseé que toda la
galería de pintura hubiera caído en el cráter del Vesubio. Para empeorar las cosas,
cuando por fin llegamos a aquella parte de la Riviera hacía una noche lúgubre y
tormentosa. Tronaba, y en mi ciudad y sus alrededores los truenos son muy fuertes, pues
se repiten entre las altas colinas. Los lagartos salían y entraban por las hendiduras del
muro roto de piedra del jardín, como si estuvieran asustados; las ranas burbujeaban y
croaban a gran volumen; el viento del mar gemía y los árboles húmedos goteaban; y los
relámpagos… ¡por el cuerpo de San Lorenzo, qué relámpagos!
» Todos sabemos cómo es un palacio antiguo en Génova o sus cercanías… cómo lo
han manchado el tiempo y el aire del mar… cómo las pinturas de las paredes exteriores
se han ido cayendo dejando al descubierto grandes trozos de escayola… que las ventanas
inferiores están oscurecidas por barras de hierro oxidado… que el patio exterior está
cubierto de hierba… que los edificios exteriores están en ruinas… que todo el conjunto
parece dedicado al olvido. Nuestro palazzo era uno de los auténticos. Llevaba cerrado
varios meses. ¿Meses…? ¡Años! Olía a tierra, como a tumba. De alguna manera se había
introducido en la casa, sin ser capaz de salir de nuevo, el aroma de los naranjos de la
amplia terraza trasera, y de los limones que maduraban en la pared, y de algunos
matorrales que crecían por alrededor de una fuente rota. En todas las habitaciones había
un olor a vejez, que había crecido con el confinamiento. Penetraba en todos los armarios
y cajones. En las pequeñas salas de comunicación que había entre las habitaciones
grandes, aquello resultaba sofocante. Si dabas la vuelta a un cuadro, por volver al tema
de los cuadros, allí estaba ese olor, aferrándose a la pared detrás del marco, como una
especie de murciélago.
» Las persianas enrejadas estaban cerradas en toda la casa. Sólo vivían allí, para
atenderla, dos ancianas de aspecto horrible y cabellos grises; una de ellas con un huso,
sentada en el umbral dándole vueltas y murmurando, y que antes habría dejado entrar al
diablo que al aire. El amo, el ama, la bella Carolina y yo recorrimos el palazzo. Yo fui el
primero en entrar, aunque habría preferido ser el último, abriendo las ventanas y
persianas, y quitándome de encima las gotas de lluvia, las manchas de argamasa, y de
vez en cuando un mosquito durmiente, o una monstruosa, gruesa y manchada araña
genovesa.
» Cuando había encendido la luz en una habitación, entraban el amo, el ama y la
bella Carolina. Mirábamos entonces todos los cuadros, y pasaba yo a la habitación
siguiente. Secretamente el ama tenía un gran miedo a encontrarse con un cuadro que se
asemejara a aquel rostro… todos lo teníamos; pero no estaba. La Madonna y el Niño, San
Francisco, San Sebastián, Venus, Santa Catalina, ángeles, bandidos, frailes, iglesias en el
ocaso, batallas, caballos blancos, bosques, apóstoles, dogos, todos mis antiguos
conocidos tantas veces repetidos… así es. Pero no había un hombre guapo y oscuro
vestido de negro, reservado y secreto, de cabellos negros y mostacho gris que mirara al
ama desde la oscuridad; ése, no existía.
» Después de haber pasado por todas las habitaciones, contemplando todos los
cuadros, salimos a los jardines. Estaban hermosamente cuidados, pues habían contratado
un jardinero, y eran grandes y sombríos. En un lugar había un teatro rústico a cielo
abierto; el escenario era una pendiente verde; los bastidores, con tres entradas por un
lado, eran pantallas de hojas aromáticas. El ama movió sus ojos brillantes, incluso allí,
como si esperara ver el rostro saliendo a escena; pero todo estaba bien.
» —Bien, Clara —dijo el amo en voz baja—. Ya ves que no hay nada. ¿Eres
feliz?
» El ama se sentía muy animada. Enseguida se habituó a aquel feo palacio y
empezó a cantar, a tocar el arpa, a copiar los viejos cuadros y a pasear con el amo bajo
los árboles verdes y los emparrados el día entero. Ella era hermosa. Él se sentía feliz.
Solía echarse a reír y me decía, montando a caballo por la mañana antes de que
apretara el calor:
» —¡Baptista, todo va bien!
» —Así es, signore, gracias a Dios, todo va muy bien.
» No recibíamos visitas. Llevé a la bella al Duomo y a la Annunciata, al café, a la
ópera, al pueblo de Festa, a los jardines públicos, al teatro diurno, a las marionetas. La
hermosa estaba encantada con todo lo que veía. Y aprendió italiano milagrosamente.
¿Se había olvidado totalmente el ama de ese sueño?, le preguntaba a veces a Carolina.
Casi, contestaba la bella… casi. Estaba olvidándolo.
» Un día, el amo recibió una carta y me llamó.
» —¡Baptista!
» —¡Signore!
» —Se me ha presentado un caballero que cenará hoy aquí. Dice llamarse Signore
Dellombra. Dispón que cene como un príncipe.
» Era un nombre extraño que yo desconocía Pero últimamente había muchos
nobles y caballero perseguidos por los austriacos por sospechas políticas y algunos
habían cambiado de nombre. Quizá, éste fuera uno de ellos. ¡Altro! Dellombra era para
mí un nombre tan bueno como cualquier otro.
» Cuando llegó a cenar el Signore Dellombra (contó el correo genovés en voz
baja, tal como había hecho en otra ocasión), le llevé hasta la sala de recibir, el gran
salón del viejo palazzo. El amo le recibí¿ con cordialidad y le presentó a su esposa. Al
levantarse ésta le cambió el rostro, lanzó un grito y cayó desmayada sobre el suelo de
mármol.
» Entonces volví la cabeza hacia el Signore Dellombra y vi que iba vestido de
negro, que tenía un aire reservado y secreto, que era un hombre oscuro de muy buen
aspecto, de cabellos negros y mostacho gris.
» El amo levantó a su esposa en brazos y la llevé al dormitorio, donde yo envié
inmediatamente a la bella Carolina. Ésta me contó después, que el ama estaba aterrada
mortalmente, y que se pasó toda la noche pensando en el sueño.
» El amo se encontraba molesto y ansioso… más colérico, pero muy solícito. El
Signore Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía del
hecho de que el ama se encontrara tar enferma. El viento africano llevaba soplando
algunos días (así se lo habían dicho en su hotel de la Cruz de Malta), y él sabía que a
menudo era dañino. Deseaba que la hermosa dama se recuperara pronto. Pidió permiso
para retirarse y renovar su visita cuando pudiera tener la felicidad de saber que su esposa
estaba mejor. El amo no se lo permitió y cenaron a solas.
» Se retiró pronto. Al día siguiente llegó a caballo hasta la puerta para preguntar
por el ama. En aquella semana, lo hizo en dos o tres ocasiones.
» Lo que yo observé por mí mismo, unido a lo que la bella Carolina me contó, me
bastó para comprender que el amo había decidido curar a su esposa de su caprichoso
terror. Era todo amabilidad, pero se mantuvo sensato y firme. Razonó con ella que
estimular esas fantasías era provocar la melancolía, cuando no la locura. Que tenía que
ser ella misma. Que si lograba enfrentarse a su extraña debilidad y recibir felizmente al
Signore Dellombra tal como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, habría
vencido su fantasía para siempre. Para abreviar, el Signore regresó, y el ama le recibió
sin que se le notara ninguna preocupación (aunque todavía con ciertas limitaciones y
aprensiones), por lo que la noche pasó serenamente. El amo estaba tan complacido con
este cambio, y tan deseoso de confirmarlo, que el Signore Dellombra se convirtió en un
invitado constante. Era muy entendido en cuadros, libros y música, y su compañía habría
sido bien recibida en cualquier palazzo triste.
» Muchas veces observé que el ama no se había recuperado del todo. Delante del
Signore Dellombra bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, o lo contemplaba con una
mirada aterrada y fascinada, como si su presencia tuviera sobre ella una influencia o un
poder malignos. Pasando de ella a él, solía verle en los jardines sombreados, o en la gran
sala iluminada a medias, podríamos decir que «mirándola fijamente desde la oscuridad».
Pero lo cierto es que yo no había olvidado las palabras de la bella Carolina al describir el
rostro del sueño.
» Tras su segunda visita, oí decir al amo:
» —¡Ya ves, mi querida Clara, ahora todo ha terminado! Dellombra ha venido y se
ha ido, y tu aprensión se ha roto como si fuera de cristal.
» —¿Volverá… volverá de nuevo? —preguntó el ama.
» —¿De nuevo? ¡Claro, una y otra vez! ¿Tienes frío? —le preguntó al ver que ella
se estremeció.
» —No, querido; pero ese hombre me aterra: ¿estás seguro de que tiene que volver
otra vez?
» —¡El hecho mismo de que me lo preguntes hace que todavía esté más seguro,
Clara! —contestó el amo alegremente.
» Pero ahora el amo estaba muy esperanzado en la recuperación completa de su
esposa, y cada día que pasaba lo estaba más. Ella era hermosa y él se sentía feliz.
» —¿Va todo bien, Baptista? —me preguntaba de vez en cuando.
» —Así es, signore, gracias a Dios; todo va muy bien.
» Para el carnaval, nos fuimos todos a Roma (dijo el correo genovés forzándose a
hablar un poco más alto). Yo había pasado fuera el día entero con un siciliano
amigo mío, también correo, que se encontraba allí con una familia inglesa. Al
regresar por la noche al hotel encontré a la pequeña Carolina, que nunca salía de
casa sola, corriendo aturdida por el Corso.
» —¡Carolina! ¿Qué sucede?
» —¡Ay, Baptista! ¡Ay, en el nombre del Señor! ¿Dónde está mi ama?
» —¿El ama, Carolina?
» —Se fue por la mañana… cuando el amo salió a su paseo diurno, me dijo que
no la llamara, pues estaba fatigada por no haber descansado durante la noche (había
tenido dolores) y se quedaría en la cama hasta la tarde, para levantarse así
recuperada. ¡Pero se ha ido!… ¡Se ha ido! El amo ha regresado, ha echado la puerta
abajo y ella ha desaparecido. ¡Mi bella, mi buena, mi inocente ama!
» Así lloraba, desvariaba y se debatía para que yo no pudiera sujetarla la
hermosa Carolina, hasta que acabó desmayándose en mis brazos como si le hubieran
disparado. Llegó el amo; en su actitud, su rostro y su voz no era ya el amo que
conocía yo: se parecía a sí mismo tanto como yo a él. Me cogió, y después de dejar
a Carolina en su cama del hotel al cuidado de una camarera, me condujo en un
carruaje furiosamente a través de la oscuridad, cruzando la desolada Campagna.
Cuando se hizo de día y nos detuvimos en una miserable casa de postas, hacía doce
horas que todos los caballos habían sido alquilados y enviados en distintas
direcciones. ¡Y fíjense bien en esto! Habían sido alquilados por el Signore
Dellombra, que había pasado por allí en un carruaje con una asustada dama inglesa
acurrucada en una esquina.
Tras emitir un prolongado suspiro, el correo genovés dijo que nunca había oído
que nadie la hubiera vuelto a ver más allá de ese punto. Lo único que sabía es que
se desvaneció en un infame olvido llevando a su lado el temible rostro que había
visto en su sueño.
—¿Y cómo llaman a eso? —preguntó con tono triunfal el correo alemán—.
¡Fantasmas! ¡Ahí no hay fantasmas! ¿Cómo llaman a esto que voy a contarles?
¡Fantasmas! ¡Aquí no hay fantasmas!
» En una ocasión (siguió diciendo el correo alemán) me contraté con un
caballero inglés, anciano y soltero, para recorrer mi país, mi Patria. Era un hombre
de negocios que comerciaba con mi país y conocía la lengua, pero que no había
estado nunca allí desde su adolescencia… y por lo que yo consideré que debían
haber transcurrido unos sesenta años.
» Se llamaba James y tenía un hermano gemelo llamado John, que era también
soltero. Un gran afecto unía a esos hermanos. Tenían un negocio común en
Goodman’s Fields, pero no vivían juntos. El señor James habitaba en Poland Street,
esquina a Oxford Street, en Londres; y el señor John residía cerca de Epping Forest.
» El señor James y yo íbamos a partir para Alemania en una semana. El día
exacto dependería de un negocio. El señor John llegó a Poland Street (cuando yo
habitaba ya en la casa) para pasar esa semana con el señor James. Pero al segundo día
le dijo a su hermano:
» James, no me siento muy bien. No es nada grave, pero creo que estoy un poco
gotoso. Me iré a casa para que me cuide mi ama de llaves, que me entiende bien. Si
mejoro, regresaré para verte antes de que te vayas. Si no me pongo bien como para
proseguir la visita donde la dejé, tú puedes venir a verme antes de partir.
» El señor James dijo que por supuesto que así lo haría, y se estrecharon las
manos, las dos manos, tal como hacían siempre, tras lo cual el señor John pidió que le
trajeran su carruaje, ya anticuado, y se fue a casa.
» Dos noches después de eso, es decir, el día cuarto de la semana, me despertó de
un profundo sueño el señor James, entrando en mi dormitorio con un camisón de
franela y una vela encendida. Se sentó junto a mi cama y me dijo, mirándome:
» —Wilhelm, tengo razones para pensar que he cogido una extraña enfermedad.
» Me di cuenta entonces de que había en su rostro una expresión inusual.
» —Wilhelm —añadió—. Ni me asusta ni me avergüenza decirte lo que podría
tener miedo o vergüenza de decirle a otro hombre. Vienes de un país sensible en el que
se investigan las cosas misteriosas y no se rechazan hasta haber sido sopesadas y
medidas, o hasta que se descubre que no pueden sopesarse ni medirse, o en cualquier
caso hasta que se ha llega do a una solución aunque para ello se necesiten muchos
años. Acabo de ver ahora al fantasma de m hermano.
» He de confesar (dijo el correo alemán) que a oír aquello sentí que la sangre me
hormigueaba e cuerpo.
» Acabo de ver ahora mismo al fantasma de m hermano John —repitió el señor
James mirándome fijamente, por lo que pude darme cuenta de que sabía lo que estaba
diciendo—. Me encontraba sentado en la cama, sin poder dormir, cuando entró en m
habitación vestido de blanco, me miró fijamente pasó a un extremo de la habitación,
contempló unos papeles que había en mi escritorio, se dio la vuelta y sin dejar de
mirarme mientras pasó junto la cama, salió por la puerta. No estoy loco en absoluto, y
en modo alguno estoy dispuesto a conferir, ese fantasma una existencia externa fuera
de mí mismo Creo que es una advertencia de que estoy enfermo, y que sería
conveniente que me sangraran.
» Salí inmediatamente de la cama (contó el correo alemán) y empecé a vestirme
rogándole que no se alarmara, y diciéndole que yo mismo iría en busca del doctor.
Estaba ya dispuesto a hacerlo cuando oí que en la puerta de la calle llamaban tocando
e. timbre y golpeando con fuerza. Mi habitación estaba en un ático de la parte trasera, y
la del señor James se encontraba en el segundo piso, por el lado de la fachada, por lo
que acudimos a su habitación y levantamos la ventana para ver qué sucedía.
» —¿Está el señor James? —dijo el hombre que se encontraba abajo,
retrocediendo en la acera para poder vernos.
» —Así es —contestó el señor James—. ¿Y no eres tú Robert, el sirviente de mi
hermano?
» —Así es, señor. Lamento decirle, señor, que el señor John está enfermo. Está
muy mal, señor. Incluso se teme que pueda estar al borde de la muerte. Quiere verle,
señor. Tengo aquí un calesín. Le ruego que venga a verle sin pérdida de tiempo.
» El señor James y yo nos miramos el uno al otro. » —Wilhelm, esto es muy
extraño —me dijo—. ¡Me gustaría que vinieras conmigo!
» Le ayudé a vestirse, en parte en la habitación y en parte ya en el calesín; y
corrimos tanto que las herraduras de hierro de los caballos marcaron la hierba entre
Poland Street y el Forest.
» ¡Y ahora, presten atención! (Añadió el correo alemán). Fui con el señor James
hasta la habitación de su hermano, y allí vi y oí lo que voy a contarles.
» Su hermano estaba acostado en la cama, en el extremo superior de un dormitorio
alargado. Allí se encontraba su anciana ama de llaves, y otras personas. Creo que había
tres más, si no cuatro, y llevaban con él desde primera hora de la tarde. Estaba vestido
de blanco, como el fantasma, pero evidentemente aquello era necesario porque tenía
puesto el camisón. Se parecía al fantasma, necesariamente, porque miró ansiosamente
a su hermano cuando vio que entraba en la habitación.
» Pero cuando el hermano llegó al lado de la cama, se incorporó lentamente, y
mirándole con atención dijo estas palabras
» —¡James, ya me has visto esta noche… y ya lo sabes!
» Y después murió.
Cuando el correo alemán dejó de hablar, presté atención para conocer algo más de
esta extraña historia. Pero nadie interrumpió el silencio. Miré a mi alrededor y los
cinco correos habían desaparecido tan silenciosamente que era como si la montaña
fantasmal los hubiera absorbido en sus nieves eternas. Para entonces no me encontraba
en absoluto con un estado de ánimo suficiente para permanecer sentado a solas en
aquel horrible escenario, mientras caía sobre mí solemnemente el aire helado; o si
quieren que les diga la verdad, no tenía ánimos para estar sentado a solas en ninguna
parte. Por eso volví a entrar en el salón del convento y encontré al caballero americano,
que estaba todavía dispuesto a contarme la biografía del Honorable Ananias Dodger, y
yo a escucharla.
[De The Keepsake]
Juicio por asesinato
He observado siempre el predominio de una falta de valor, incluso entre personas
de cultura e inteligencia superiores, para hablar de las experiencias psicológicas
propias cuando éstas han sido de un tipo extraño. Casi todos los hombres tienen miedo
de que las historias de este tipo que puedan contar no encuentren paralelo o respuesta
en la vida interior de quien les oye, y, por tanto, sospechen o se rían de ellos. Un
viajero sincero que hubiera visto un animal extraordinario parecido a una serpiente
marina no tendría miedo alguno a mencionarlo; pero si ese mismo viajero hubiera
tenido algún presentimiento singular, un impulso, un pensamiento caprichoso, una
(supuesta) visión, un sueño o cualquier otra impresión mental notable, se lo pensaría
mucho antes de mencionarlo. Atribuyo en gran parte a esa reticencia la oscuridad en la
que se encuentran implicados estos temas. No comunicamos habitualmente nuestra
experiencia de estas cosas subjetivas lo mismo que lo hacemos con nuestras
experiencias de la creación objetiva. Como consecuencia, la experiencia general a este
respecto parece algo excepcional, y realmente es así por cuanto es lamentablemente
imperfecta.
En lo que voy a relatar no tengo intención de plantear, refutar o apoyar teoría
alguna. Conozco la historia del librero de Berlín. He estudiado el caso de la esposa de un
miembro ya fallecido de la Sociedad Astronómica Real tal como lo cuenta Sir David
Brewster, y he seguido minuciosamente los detalles de un caso mucho más notable de
ilusión espectral que se produjo en mi círculo de amigos íntimos. En cuanto a esto
último quizá sea necesario afirmar que quien lo sufrió (una dama) no estaba relacionada
conmigo ni siquiera mínimamente. Una suposición equivocada a ese respecto podría
sugerir una explicación de una parte de mi propio caso, pero sólo de una parte, que
carecería totalmente de fundamento. No puede hacerse referencia a que haya heredado
yo alguna peculiaridad desarrollada, ni he tenido antes en absoluto experiencia similar
alguna, ni la he tenido tampoco desde entonces.
Hace muchos años, o muy pocos, que eso no importa ahora nada, se cometió en
Inglaterra cierto asesinato que llamó mucho la atención. Nos enteramos de más
asesinatos de los necesarios conforme se van sucediendo y aumentando su atrocidad, y
de haber podido habría enterrado el recuerdo de aquel animal particular al tiempo que su
cuerpo era enterrado en la cárcel de Newgate. Me abstengo intencionadamente de
proporcionar la menor pista directa respecto al criminal.
Cuando se descubrió el asesinato no recayó ninguna sospecha sobre el hombre que
más tarde fue llevado a juicio, o más bien debería decir, en el deseo
de acercarme lo más posible a la precisión en mis hechos, que en ninguna parte se
sugirió públicamente que se tuviera tal sospecha. Como en aquel momento no se hizo
referencia alguna a él en los periódicos evidentemente era imposible que se incluyera en
ellos alguna descripción del asesino. Resulta esencial que se tenga en cuenta este hecho.
Cuando abrí durante el desayuno el periódico de la mañana incluía el relato de ese
primer descubrimiento y me resultó profundamente interesante por lo que lo leí con la
máxima atención. Lo leí do: veces, sino tres. El descubrimiento se había hecho en un
dormitorio, y cuando dejé el periódico tuve un destello, un impulso, en realidad no sé
cómo llamarlo, pues no encuentro palabra alguna que lc describa satisfactoriamente, en
el que me pareció ver que ese dormitorio pasaba a través de mi habitación, como si un
cuadro, por imposible que parezca, hubiera sido pintado sobre la corriente de un río
Aunque cruzó mi habitación de una manera casi instantánea, resultaba perfectamente
claro; tan claro que observé perfectamente, con una sensación di alivio, que el cadáver
no estaba en la cama.
Donde tuve esta curiosa sensación no fue en un lugar romántico, sino en mis
habitaciones de Picca dilly, muy cerca de la esquina de St. James Street Para mí fue algo
totalmente nuevo. En ese momento: me encontraba sentado en mi butaca y la sensación
se acompañó de un peculiar estremecimiento que cambió aquella de sitio. (Aunque hay
que tener et cuenta que la butaca podía moverse fácilmente sobra unas ruedecillas). Me
dirigí a una de las ventanas (la habitación, situada en el segundo piso, tenía dos
ventanas) para descansar la vista viendo el movimiento de Piccadilly. Era una hermosa
mañana otoñal y la calle estaba alegre y centelleante. Soplaba el viento. Al mirar hacia
fuera, observé que el viento sacaba del parque una buena cantidad de hojas caídas que
una ráfaga arrastró y formó con ellas una columna espiral. Cuando la columna cayó y se
dispersaron las hojas, vi a dos hombres al otro lado del camino, que iban desde el oeste
hacia el este. Uno iba detrás del otro. El primero se volvía a menudo para mirar por
encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la
mano derecha levantada amenazadoramente. Atrajo primero mi atención la singularidad
y fijeza del gesto amenazador en un lugar tan público; y después la circunstancia notable
de que nadie le prestara atención. Ambos hombres seguían su camino entre los otros
viandantes con una suavidad que no resultaba coherente ni siquiera con la acción de
caminar sobre una acera; y que yo pudiera ver ni una sola persona les cedía el paso, les
tocaba o les miraba. Al pasar ante mi ventana, ambos miraron hacia arriba, hacia mí.
Contemplé los dos rostros con gran claridad y supe que sería capaz de reconocerlos en
cualquier lugar. Y no es que observara conscientemente algo que fuera muy notable en
alguna de sus caras, salvo que el hombre que iba el primero tenía una apariencia
inusualmente humilde, y el rostro del hombre que le seguía tenía el color de cera sucia.
Soy soltero y mi ayuda de cámara y su esposa constituyen todo el servicio. Trabajo
en una sucursal bancaria y ojalá que mis deberes como jefe de departamento fueran tan
escasos como popularmente se supone. Ese otoño me obligaron a permanecer en la
ciudad, cuando yo necesitaba un cambio. No estaba enfermo, pero tampoco me sentía
muy bien. Al lector le corresponde extraer las consecuencias que parezcan razonables
del hecho de que me sentía fatigado, la vida monótona me producía una sensación
depresiva y estaba «ligeramente dispéptico». Mi doctor, un hombre de fama, me aseguró
que mi estado de salud en aquella época no justificaba una descripción más poderosa, y
cito lo que él mismo me describió por escrito cuando se lo solicité. Conforme las
circunstancias del asesinato fueron revelándose gradualmente y atrayendo cada vez más
poderosamente la atención del público, las aparté de mi propia atención enterándome de
ellas lo menos posible en medio de la excitación general. Pero sabía que se había dictado
un veredicto de homicidio voluntario contra el supuesto asesino, y que había sido
conducido a Newgate hasta el juicio. Sabía también que su juicio se había pospuesto
hasta una de las sesiones del Tribunal Criminal Central, basándose en prejuicios
generales y en la falta de tiempo para la preparación de la defensa. Pude también saber,
aunque no lo creo, en qué momento se celebrarían las sesiones del juicio pospuesto.
Mi sala de estar, el dormitorio y el vestidor están todos en el mismo piso. Con el
vestidor sólo hay comunicación a través del dormitorio. La verdad es que en él hay una
puerta que en otro tiempo comunicaba con la escalera, pero desde hacía años una parte
de las tuberías de mi baño pasaba por ella. En ese mismo período, y como parte del
mismo arreglo, la puerta había sido claveteada y recubierta de lienzo.
Una noche me encontraba de pie en mi dormitorio, a una hora tardía, dando unas
instrucciones a mi criado antes de que éste se acostara. Me encontraba de cara a la
única puerta disponible de comunicación con el vestidor, que estaba cerrada. Mi criado
le daba la espalda a esa puerta. Mientras le estaba hablando vi que se abría y que un
hombre miraba hacia el interior, haciéndome señas en una actitud de ansiedad y
misterio. Era el mismo hombre que iba en segundo lugar por Piccadilly, y cuyo rostro
tenía el color de cera sucia.
Tras hacerme señas, retrocedió y cerró la puerta. Sin mayor retraso que el
necesario para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré en el interior.
Llevaba ya una vela encendida en la mano. No tuve ninguna expectativa interior de
que fuera a ver a esa persona en el vestidor, y no la vi allí.
Dándome cuenta de que mi criado parecía sorprendido, me volví hacia él y le dije:
—Derrick, ¿pensará que conservo el sentido si le digo que creí ver un…?
Mientras estaba allí, le puse una mano sobre el pecho y con un sobresalto
repentino se puso él a temblar violentamente y contestó:
—¡Oh, señor, claro que sí, señor! ¡Un cadáver haciéndole señas!
Estoy convencido de que John Derrick, mi criado fiel durante más de veinte años,
no tuvo la menor impresión de haber visto esa aparición hasta que le toqué. Cuando lo
hice, el cambio que se produjo en él fue tan sorprendente que creo absolutamente que
obtuvo su impresión, de alguna manera oculta, a través de mí y en ese preciso instante.
Le pedí a John Derrick que trajera un poco de brandy y le di una copa,
alegrándome de tomar yo otra. De lo que había sucedido antes del fenómeno de aquella
noche no le conté una sola palabra. Reflexionando sobre ello, estaba absolutamente
seguro de que nunca antes había visto ese rostro, salvo en aquella ocasión en
Piccadilly. Comparando la expresión que tenía al hacerme señas desde la puerta con la
expresión en el momento en que levantó la vista para mirarme, mientras yo estaba de
pie junto a la ventana, llegué a la conclusión de que en la primera ocasión había tratado
de adherirse a mi recuerdo, y de que en la segunda había querido asegurarse de que lo
recordaba inmediatamente.
Aquella noche no me resultó muy cómoda, aunque tenía la certidumbre, difícil de
explicar, de que la aparición no regresaría. Cuando llegó la luz del día caí en un sueño
profundo del que me despertó John Derrick, que vino junto a mi cama con un papel en
la mano.
Por lo visto ese papel había sido motivo de un altercado en la puerta entre su
portador y mi criado.
Se me citaba en él para que sirviera como jurado en la siguiente sesión del
Tribunal Criminal Central, en el Old Bailey. Como John Derrick sabía bien, nunca
antes me habían citado para ese jurado. Mi criado estaba convencido, aunque en este
momento no estoy seguro de si tenía razón o no, de que los jurados que se elegían
habitualmente tenían una calificación social inferior a la mía, y por eso se había
negado en principio a aceptar la citación. El hombre que la llevaba se tomó el asunto
con gran frialdad. Afirmó que mi asistencia o no le importaba en absoluto; la citación
estaba allí y el atenderla o no era un riesgo mío, no suyo.
Durante uno o dos días dudé si debía responder a esa llamada o no hacerle caso.
No era consciente de que se estuviera produciendo la menor atracción, influencia o
desviación misteriosa. De eso estoy tan absolutamente seguro como de cualquier otra
afirmación que haga aquí. Finalmente decidí que asistiría porque significaría una
interrupción en la monotonía de mi vida.
El día designado fue una mañana fría del mes de noviembre. En Piccadilly había
una niebla densa y oscura que se volvió claramente negra en los alrededores opresivos
del Tribunal de Temple. Los pasillos y escaleras del Palacio de justicia me parecieron
resplandecientemente iluminados con gas, y el propio tribunal estaba similarmente
iluminado. Creo que hasta que fui conducido por los oficiales al tribunal antiguo y lo
vi abarrotado de gente no sabía que ese día iba a juzgarse al asesino. Creo que hasta
que me ayudaron a entrar en el tribunal antiguo con considerable dificultad, no sabía a
cuál de los dos tribunales se me había citado. Pero no hay que toma esto como una
afirmación rotunda, pues no esto; totalmente seguro de que fuera así.
Tomé asiento en el lugar designado para que aguardaran los jurados y miré a mi
alrededor en e tribunal lo mejor que pude a través de la espesa nube de niebla y
alientos. Observé un vapor negro que colgaba como una cortina lóbrega por la parte
exterior de los grandes ventanales, y observé y presté atención al sonido ahogado de
las ruedas sobre la paja o el cascajo que cubrían la calle; presté también atención al
murmullo de las personas que allí se reunían, y que traspasaba de vez en cuando un
silbido agudo, o un saludo o una canción más fuertes que el resto. Poco después
entraron los jueces que eran dos, y tomaron asiento. El zumbido de tribunal decayó
mucho. Se ordenó que entrara e asesino. Y en el mismo instante en el que entró re
conocí en él al primero de los dos hombres que habían bajado por Piccadilly.
Si en ese momento hubieran pronunciado un nombre dudo que hubiera sido capaz
de responde de forma audible. Pero lo pronunciaron en sexto octavo lugar, y para
entonces fui capaz de decir «presente!» Y ahora, preste atención el lector. Cuando m
dirigí hacia mi asiento de jurado el prisionero, que había estado mirándolo todo
atentamente pero si dar signo alguno de preocupación, se agitó violentamente y llamó
por señas a su abogado. El deseo de prisionero de recusarme resultaba tan manifiesto
que produjo una pausa durante la cual el abogado, apoyando una mano en el banquillo
de los acusados, habló en susurros con su cliente mientras sacudía la cabeza. Más tarde,
aquel caballero me dijo que las primeras palabras aterradas que le dijo el prisionero
fueron: «¡Sea como sea, recuse a ese hombre!», pero como no le daba razón alguna
para ello, y admitió que ni siquiera conocía mi nombre hasta que lo pronunciaron en voz
alta y yo me presenté, no lo hizo.
Por las razones ya explicadas, la de que deseo evitar el revivir el recuerdo
desagradable de ese asesino, y también que un relato detallado de su largo juicio no es
en absoluto indispensable para mi narración, me limitaré a aquellos incidentes que se
relacionan directamente con mi curiosa experiencia personal y se produjeron en los diez
días y noches durante los que los miembros del jurado estuvimos juntos. Trato de que mi
lector se interese por eso, y no por el asesino. Es a eso, y no a una página del calendario
de Newgate, a lo que pido al lector que preste atención.
Me eligieron presidente del jurado. En la segunda mañana, después de que se
hubieran presentado pruebas durante dos horas (lo sé porque oí las campanadas del reloj
de la iglesia), al recorrer con la mirada a mis compañeros del jurado* me resultó
inexplicablemente difícil contarlos. Lo hice así varias veces, pero siempre con la misma
dificultad. En resumen, contaba uno de más.
Toqué al miembro del jurado que se sentaba junto a mí y le susurré:
—Le ruego que haga el favor de contarnos. Pareció sorprenderse con la petición,
pero gir ó la cabeza y contó el número de miembros.
—Bueno —contestó de pronto—, somos tres…, pero, no, no es posible. No. Somos
doce.
De acuerdo con las cuentas que hice aquel día—, teníamos siempre razón en el
detalle, pero en la cuenta general siempre nos salía uno de más. No había ninguna
aparición ni figura que pudiera explicarlo, pero para entonces tenía ya interiormente la
sensación de que la aparición estaba implicad en el error.
El jurado se albergaba en la London Taverr Dormíamos todos en una sala amplia
sobre mesa separadas, y estábamos constantemente a cargo bajo la vigilancia del oficial
que había jurado mar tenernos a salvo. No veo razón alguna para no incluir el nombre
auténtico de ese oficial. Era inteligente, muy cortés y servicial, y también (de lo que me
alegré al enterarme) muy respetado en la ciudad Tenía una presencia agradable, ojos
hermosos, un—, envidiables patillas negras y una voz agradable y sonora. Se llamaba
señor Harker.
Cuando por la noche se iba cada uno de los do( a su cama, colocaban la del señor
Harker cruzada e la puerta. En la noche del segundo día, como no m apetecía acostarme
y vi al señor Harker sentido e su cama, me acerqué y me senté junto a él, ofreciéndole un
pellizco de rapé. En cuanto la mano del señor Harker tocó la mía al coger el rapé de la
caja, sacudió un estremecimiento peculiar y pregunte
—¿Quién es ése?
Miré la habitación siguiendo la dirección de los ojos del señor Harker y vi de
nuevo la figura que esperaba: al segundo de los dos hombres que habían bajado por
Piccadilly. Me levanté y avancé unos pasos; después me detuve y, dándome la vuelta,
miré al señor Harker. Parecía despreocupado, se echó a reír y comentó con un tono
agradable:
—Pensé por un momento que teníamos otro miembro del jurado, y que le faltaba
una cama. Pero me doy cuenta de que fue un reflejo de la luna.
No hice revelación alguna al señor Harker, pero le invité a que paseara conmigo
hasta el extremo de la habitación y observé lo que hacía la figura. Se quedaba en pie
unos momentos junto a la cama de cada uno de los miembros del jurado, cerca de la
almohada. Se colocaba siempre al lado derecho de la cama, y siempre también cruzaba
hasta la cama siguiente pasando por los pies. Por la acción de su cabeza parecía que
simplemente se quedaba mirando pensativamente a cada uno de los jurados acostados.
No me prestó atención a mí, ni mi cama, que era la más próxima a la del señor Harker.
Después dio la impresión de salir por donde entraba la luz de la luna, a través de un
alto ventanal, como si subiera por un tramo de escaleras situado en el aire.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, descubrimos que todos los presentes,
salvo el señor Harker y yo, habían soñado la noche anterior con el hombre asesinado.
Estaba ya convencido de que el segundo hombre que había bajado por Piccadilly
era el asesinado (por así decirlo), como si su testimonio inmediato así me lo hubiera
hecho saber. Pero aun así aquello sucedía de una manera para la que yo no me
encontraba preparado.
Durante el quinto día del juicio, cuando el fiscal estaba terminando su caso,
presentó una miniatura del asesinado que faltaba en su dormitorio cuando se descubrió
el hecho y que después fue encontrada en un lugar oculto en el que el asesino había
sido visto cavando en el suelo. Tras ser identificada por el testigo, la presentaron al
tribunal y luego la pasaron al jurado para que éste la inspeccionara. Mientras un oficial
vestido con una túnica negra se dirigía con la miniatura hacia mí, la figura del segundo
hombre que había bajado impetuosamente por Piccadilly surgió de la multitud, le cogió
la miniatura al oficial y me la entregó con sus propias manos, al mismo tiempo que en
un tono bajo y hueco me decía antes de que yo viera la miniatura, metida en una caja:
—Entonces yo era más joven, y la sangre no faltaba en mi rostro.
Después se interpuso entre mí y el jurado al que yo entregué la miniatura, y entre
éste y el siguiente, y así entre todos hasta que la miniatura volvió a mí. Sin embargo,
ninguno de los miembros del jurado lo detectó.
En la mesa, y en general cuando nos encerrábamos bajo la custodia del señor
Harker, como era natural, hablábamos mucho rato sobre las diligencias del día. En el
día quinto el fiscal cerró el caso por lo que, como esa parte de la cuestión se había
completado ante nosotros, nuestra discusión fue más animada y seria. Había entre
nosotros uno de los idiotas de inteligencia más cerrada que he visto nunca, que recibía la
evidencia más clara con las objeciones más absurdas, y a quien le ayudaban dos flojos
parásitos parroquiales; los tres pertenecían a las listas de jurados de un distrito tan
atacado por la fiebre que debían haber juzgado a quinientos asesinos. Hacia la media
noche, que era cuando algunos de nosotros nos disponíamos ya a acostarnos y esos
zopencos enredones armaban mayor alboroto, vi de nuevo al asesinado. Estaba de pie
tras ellos, ceñudo, y me hizo señas. Al ir hacia ellos e irrumpir en la conversación,
desapareció inmediatamente. Ése fue el inicio de una serie de apariciones producidas en
la larga habitación en la que éramos confinados. Siempre que un grupo de jurados se
unía a conversar, veía entre ellos la cabeza del asesinado. Y siempre que la comparación
de notas que hacían iba en contra de él, me hacía señas de una manera solemne e
irresistible.
Recuérdese que hasta el quinto día del juicio, en el que se presentó la miniatura,
nunca había visto la aparición en el tribunal. Cuando la defensa empezó el caso se
produjeron tres cambios. Me referiré primero a dos de ellos. La figura aparecía ahora
continuamente en el tribunal, y nunca se dirigía a mí, sino siempre a la persona que
estaba hablando en ese momento. Por ejemplo: a la víctima le habían abierto la garganta.
En el discurso inicial de la defensa se sugirió que el propio fallecido se la podía haber
cortado a sí mismo. En ese mismo momento la figura, con la garganta en la terrible
condición que acababa de describirse (y eso lo había ocultado antes), se puso de pie
junto al codo del que hablaba, moviendo hacia un lado y otro la tráquea, una vez con la
mano derecha y otra con la izquierda, sugiriendo vigorosamente a quien hablaba la
imposibilidad de que se hubiera podido infligir a sí mismo la herida con cualquier mano.
En otro caso, cuando un testigo de conducta, una mujer, informaba que el prisionero era
muy amable con la humanidad, en ese instante la figura se plantó en el suelo delante de
ella, le miró directamente a la cara y señaló el semblante maligno del prisionero
extendiendo el brazo y un dedo.
El tercer cambio, al que me referiré ahora, fue el que de manera más marcada y
notable me impresionó. No voy a teorizar sobre él; lo expreso con precisión, y nada más.
Aunque la aparición no era percibida por aquellos a los que se dirigía, cuando se
acercaba éstos invariablemente se alarmaban y turbaban. Tuve la impresión de que era
como si unas leyes que yo desconocía le impidieran revelarse plenamente a los demás,
pero que al mismo tiempo pudiera afectar sus mentes de una manera visible, silenciosa y
oscura. Cuando el defensor principal sugirió la hipótesis del suicidio, y la figura se
plantó junto al codo de tan ilustrado caballero, haciendo terribles gestos como si se
estuviera cortando la garganta, es innegable que el defensor titubeó en su discurso,
perdió durante varios segundos el hilo de su ingeniosa argumentación, se limpió la
frente con el pañuelo y se puso extremadamente pálido. Cuando la testigo de conducta
estuvo delante de la aparición, siguió con los ojos la dirección que le señalaba el dedo,
contemplando con gran vacilación y turbación el rostro del prisionero. Bastarán dos
ejemplos adicionales. En el octavo día del juicio, tras una pausa que se hacía siempre a
primera hora de la tarde para descansar y refrescarnos unos minutos, regresé a la sala
del juicio con los demás miembros del jurado poco antes de que entraran los jueces.
Encontrándome de pie en la zona que nos estaba destinada y mirando a mi alrededor,
pensé que la figura no estaba allí, hasta que elevé mis ojos a la galería y la vi inclinada
hacia delante sobre una mujer de apariencia muy decente, como si tratara de asegurarse
de si los jueces habían ocupado o no sus asientos. Inmediatamente después, la mujer
lanzó un grito, se desmayó y tuvieron que sacarla. Lo mismo sucedió con el venerable,
sagaz y paciente juez que dirigía el juicio. Cuando terminado el caso se concentraba en
sus papeles para el resumen, la víctima, entrando por la puerta del juez, avanzó hasta la
mesa de su señoría y miró ansiosamente por encima del hombro de éste las páginas de
notas que iba pasando. Entonces se produjo un cambio en el rostro de su señoría; su
mano se detuvo; tuvo ese estremecimiento peculiar que yo conocía tan bien, y exclamó
con vacilación:
—Caballeros, excúsenme unos momentos. Me siento algo oprimido por el aire
viciado —y tras decir eso, no se recuperó hasta beber un vaso de agua.
A lo largo de la monotonía de seis de aquello diez interminables días (los mismos
jueces y ayudantes en el tribunal, el mismo asesino en el banquillo de los acusados, los
mismos abogados en la mesa, el mismo tono de preguntas y respuestas elevándose
hasta el techo de la sala, el mismo ruido que hacía la pluma del juez, los mismos
ujieres saliendo, y entrando, las mismas luces que se encendían a la misma hora,
cuando todavía brillaba la luz natural de día, la misma cortina neblinosa en el exterior
d los grandes ventanales cuando había niebla, la misma lluvia goteando y produciendo
un ruido acompasado cuando llovía, un día tras otro las mismas huellas de los
vigilantes y el prisionero sobre el mismo serrín, las mismas llaves cerrando y abriendo
las mismas pesadas puertas), a través de toda esta fatigosa monotonía que me hacía
sentirme como si fuera el presidente del jurado desde hacia muchísimo, tiempo, y
Piccadilly hubiera florecido al mismo, tiempo que Babilonia, el asesinado no perdió
nunca un solo rasgo de claridad ante mis ojos, ni fue e momento alguno menos
evidente y perceptible que cualquier otra persona que allí hubiera. No debe, omitir,
pues es un hecho, que nunca vi que la aparición a la que doy el nombre de asesinado
mirara asesino. Una y otra vez me preguntaba por el motivo de que no lo hiciera, pero
el hecho es que nunca lo hizo.
Tampoco volvió a mirarme a mí desde que sacaron la miniatura hasta los últimos
minutos del juicio. Nos retiramos a deliberar a las diez horas menos siete minutos de la
noche. El idiota del grupo y los dos parásitos de su parroquia nos dieron tantos
problemas que por dos veces regresamos al tribunal para rogar que nos leyeran de
nuevo determinados extractos de las notas del juez. Nueve de nosotros no teníamos la
menor duda sobre los pasajes, ni creo que la tuviera nadie del tribunal; sin embargo, el
triunvirato de zopencos no tenía otro propósito que el de la obstrucción, y discutían por
cualquier motivo. Al final prevaleció nuestra opinión y el jurado volvió a entrar en la
sala a las diez y doce minutos.
El asesinado estaba en ese momento en pie directamente enfrente del jurado, al
otro lado de la sala. Cuando ocupé mi lugar, posó sus ojos en mí con la mayor
atención; pareció satisfecho y lentamente agitó un enorme velo gris que por primera
vez llevaba sobre el brazo, sobre la cabeza y sobre toda su figura. Cuando pronuncié el
veredicto, «culpable», desapareció el velo y con él todo lo que cubría, quedando vacío
ese espacio.
Cuando el juez preguntó al asesino, según la costumbre, si tenía algo que añadir
antes de que se dictara la sentencia de muerte, pronunció vagamente algo que en los
titulares de los periódicos del día siguiente fue descrito como «unas palabras audibles a
medias, incoherentes y vagas en las que creyó entenderse que se quejaba de no haber
tenido un juicio justo, porque el presidente del jurado estaba predispuesto contra él».
La notable declaración que hizo realmente fue ésta: «Señor, sabía que era un hombre
condenado desde el momento en que entró el presidente del jurado. Señor, sabía que
nunca me dejaría libre porque antes de apresarme apareció junto a mi cama por la
noche, me despertó y puso una soga alrededor de mí cuello».
[De All the Year Round
Fantasmas de Navidad

Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deberíamos hacerlo.
Deberíamos volver a casa en vacaciones, cuanto más largas mejor, desde el internado en
el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritméticas, para así descansar.
Viajamos hasta casa a través de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla
baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo
oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas
chispeantes; y así hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos,
con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta
tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al
llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen más grandes tras las
ventanas, y las filas de árboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente
hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el día, a intervalos, una liebre
asustada ha salido corriendo a través de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo
distante de un rebaño de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado también, por un
minuto, con el silencio. Si pudiéramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos,
brillarían ahora como las gotas heladas de rocío sobre las hojas; pero están
inmóviles, y todo está callado. Y así, las luces se van haciendo más grandes, y los
árboles se apartan hacia atrás ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra
espalda, como impidiéndonos la retirada, y llegamos a la casa.
Probablemente huele todo el tiempo a castañas asadas y otras cosas buenas y
reconfortantes, pues estamos contando historias de Navidad, historias de fantasmas, o
más vergonzosas para nosotros, alrededor del fuego de Navidad, y no nos hemos movido
salvo para acercarnos un poco más a él. Pero dejemos eso. Llegamos a la casa y es una
casa antigua, repleta de grandes chimeneas en las que la leña arde en el hogar sobre
viejas tenazas, y retratos horrendos (algunos de ellos con leyendas también horrendas)
miran con saña y desconfianza desde el entablado de roble de las paredes. Somos un
noble de edad mediana y damos una generosa cena con nuestro anfitrión y anfitriona y
sus invitados, es Navidad y la vieja casa está llena de invitados, y después nos vamos a
la cama. Nuestra habitación es muy antigua. Está recubierta de tapices. No nos gusta el
retrato de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el
techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con una
enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras también
grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que tenía el barón en el
parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos importa. ¡Todo v—, bien!
Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos sentamos delante del fuego
vestido: con el camisón, meditando en muchas cosas. Final mente, nos metemos en la
cama. ¡Muy bien! No podemos dormir. Damos vueltas y más vueltas, pero no podemos
dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y dan a la habitación un aspecto fantasmal
No podemos evitar escudriñar, por encima del cobertor, las dos figuras negras y el
caballero... ese caballero vestido de verde y de apariencia perversa Con la luz
parpadeante dan la impresión de avanza y retroceder: lo cual, a pesar de que no seamos
et absoluto un noble supersticioso, no resulta agradable. ¡Muy bien! Nos ponemos
nerviosos... más y más nerviosos. Decimos: «esto es una verdadera es tupidez, pero no
podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien». ¡Muy bien
Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra una mujer joven,
de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza hasta la chimenea, y se
sienta en la silla que hemos dejado allí, frotándose las manos. Nos damos cuenta
entonces de que su ropa está húmeda. La lengua se nos pega al velo del paladar y no
somos capaces de hablar, pero la observamos con precisión. Su ropa está húmeda, su
largo cabello está salpicado de barro húmedo, va vestida según la moda de hace do:
cientos años, y lleva en su ceñidor un manojo de 11, ves oxidadas. ¡Muy bien! Se sienta
allí y ni siquiera podemos desmayarnos del estado en el que no encontramos. Entonces
ella se levanta y prueba todas las cerraduras de la habitación con las llaves oxidadas, sin
que encuentre ninguna que vaya bien; después fija la mirada en el retrato del caballero
vestido de verde y con una voz baja y terrible exclama:
«¡El hombre lo sabe!» Después se vuelve a frotar las manos, pasa junto al borde de
la cama y sale por la puerta. Nos apresuramos a ponernos la bata, cogemos las pistolas
(siempre viajamos con ellas) y la seguimos, pero encontramos la puerta cerrada. Damos
la vuelta a la llave, miramos en el pasillo oscuro y no hay nadie. Lo recorremos tratando
de encontrar a nuestro criado. No es posible. Recorremos el pasillo hasta que despunta el
día y luego regresamos a nuestra habitación vacía, caemos dormidos y nos despierta
nuestro criado (nunca hay nada que le hechice a él) y el sol brillante. ¡Muy bien!
Tomamos un desayuno terrible y todos dicen que tenemos un aspecto extraño. Después
del desayuno paseamos por la casa con nuestro anfitrión, y le conducimos hasta el
retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Se comportó con
falsedad con una joven ama de llaves unida en otro tiempo a esa familia, y famosa por su
belleza, que se ahogó en un lago y cuyo cuerpo fue descubierto al cabo de mucho tiempo
porque los ciervos se negaban a beber el agua. Desde entonces se ha dicho entre susurros
que ella atraviesa la casa a medianoche (pero que va especialmente a esa habitación, en
donde acostumbraba a dormir el caballero vestido de verde) probando las viejas
cerraduras con las llaves oxidadas. ¡Bien! Le contamos a nuestro anfitrión lo que hemos
visto, y una sombra cubre sus rasgos tras lo que nos suplica que guardemos silencio; y
así se hace. Pero todo es cierto; y lo contamos, antes de morir (ahora estamos muertos) a
muchas personas responsables.
Es infinito el número de casas antiguas con galerías resonantes, dormitorios
lúgubres y alas encantadas cerradas durante muchos años, por las cuales podemos
pasear, con un agradable hormigueo subiéndonos por la espalda y encontrarnos algunos
fantasmas, pero quizá sea digno de mención afirmar que se reducen a muy pocos tipos y
clases generales; pues los fantasmas tienen poca originalidad y «caminan» por caminos
trillados. Sucede, por ejemplo, que en una determinada habitación de un cierto salón
antiguo en donde se suicidó un malvado lord, barón, o caballero, hay en el suelo algunas
tablas de las que no se puede borrar la sangre. Raspas y raspas, como el actual dueño ha
hecho, o cepillas y cepillas; como hizo su padre, o friegas y friegas, como hizo su
abuelo, o quemas y quemas con ácidos fuertes, como hizo el bisabuelo, pero la sangre
seguirá estando allí, ni más roja ni más pálida, ni en mayor ni en menor cantidad;
siempre igual. En otra de esas casas hay una puerta encantada que nunca se abrirá; u otra
que nunca se cerrará; o un sonido de una rueda de hilar, o un martillo, o unos pasos, o un
grito, o un suspiro, un galope de caballos o el rechinar de unas cadenas. O hay un reloj
que a medianoche da trece campanadas cuando va a morir el cabeza de familia, o un
carruaje sombrío, negro e inmóvil que ve siempre en esos momentos alguien que
aguardaba cerca de las amplias puertas del patio del establo. O sucede, como en el caso
de Lady Mary, que fue a visitar una casa situada en los Highlands escoceses, y como
estaba fatigada por su largo viaje se retiró pronto a la cama y a la mañana siguiente dijo
con toda inocencia en la mesa del desayuno:
—¡Me resultó muy extraño que celebraran una fiesta a una hora tan tardía anoche
en este remoto lugar y no me hablaran de ella antes de que me acostara!
Entonces todos preguntaron a Lady Mary lo que quería decir. Y ésta contestó:
—Bueno, anoche todo el tiempo oí carruajes que daban vueltas y más vueltas
alrededor de la terraza, bajo mi ventana.
Entonces el dueño de la casa se puso pálido, lo mismo que su señora, y Charles
Macdoodle de Macdoodle hizo señas a Lady Mary de que no dijera más, y todos
guardaron silencio. Tras el desayuno, Charles Macdoodle le contó a Lady Mary que
según una tradición de la familia era un presagio de muerte que los carruajes dieran
vueltas por la terraza. Y así fue, pues dos meses más tarde moría la señora de la casa. Y
Lady Mary, que era doncella de honor en la Corte, contó a menudo esta historia a la
Reina Charlotte; y es por esto que el viejo rey decía siempre: «¿Cómo, cómo? ¿Qué,
qué? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No existen, no existen!» Y no dejaba de decir esa frase
hasta que se iba a la cama.
Y ahora bien, un amigo de alguien al que casi todos conocemos, cuando era un
joven que estaba cursando estudios tenía un amigo especial con e que había hecho el
pacto de que, si era posible que e espíritu retornara a esta tierra después de separarse del
cuerpo, aquel de los dos que muriera primero se le aparecería al otro. Nuestro amigo se
olvidó de ese pacto con el curso del tiempo; los dos jóvenes habían progresado en la
vida, habían tomado camino; divergentes y se habían separado. Pero una noche muchos
años después, estando nuestro amigo en e norte de Inglaterra, y quedándose a pasar la
noche en una posada de Yorkshire Moors, miró desde la cama hacia fuera; y allí, bajo la
luz de la luna, apoyado en un buró cercano a la ventana, y mirándole fijamente, vio a su
antiguo compañero de estudios Cuando éste se dirigió con solemnidad hacia la
aparición, ésta respondió en una especie de susurre pero bien audible:
—No te acerques a mí. Estoy muerto. He venido aquí para cumplir mi promesa.
¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos!
En ese momento empezó a volverse más pálido y se fundió, por así decirlo, con la
luz de la luna, desapareciendo en ella.
O está el caso de la hija del primer ocupante de lo pintoresca casa isabelina, tan
famosa en nuestra vecindad. ¿Ha oído hablar de ella? ¿No? Bueno, la hija salió una
noche de verano en el momento del crepúsculo; era una joven muy hermosa, de
diecisiete años de edad, y se disponía a coger flores del jardín: pero de pronto llegó
corriendo, aterrada, hasta el salón donde estaba su padre, a quien le dijo:
—¡Ay, querido padre, me he encontrado conmigo misma!
Él la cogió en sus brazos y le dijo que todo era una fantasía, pero ella replicó:
—¡Oh, no! Me encontré conmigo en el camino ancho, y yo estaba pálida, y recogía
flores marchitas, y giraba la cabeza y las levantaba!
Y aquella noche murió la joven; y se empezó a hacer un cuadro con su historia,
pero no se terminó nunca, y dicen que ha estado hasta hoy en algún lugar de la casa, con
el rostro vuelto hacia la pared.
O la historia del tío de la esposa de mi hermano, que volvía a casa cabalgando al
atardecer de un hermoso día y en una calle arbolada cercana a su casa vio a un hombre
de pie ante él en el centro mismo de la estrecha calzada.
«¿Qué hace ese hombre del manto ahí parado?», pensó. «¿Quiere que pase con el
caballo por encima de él?»
Pero la figura no se movió. Al verlo tan quieto tuvo una sensación extraña, pero
siguió avanzando, aunque aflojando el trote. Cuando estuvo tan cerca que llegó a tocarlo
casi con el estribo el caballo se asustó y la figura se deslizó hacia arriba, hasta la acera,
de una manera curiosa y nada natural: hacia atrás, sin que pareciera utilizar los pies,
hasta que desapareció. El tío de la esposa de mi hermano exclamó:
—¡Por el Dios de los cielos! ¡Si es mi primo Harry, el de Bombay!
Espoleó el caballo, que de pronto se había puesto a sudar profusamente, y
extrañándose de tan rara conducta dio la vuelta para dirigirse hacia la fachada de su casa.
Cuando llegó allí vio la misma figura, que pasaba en ese momento junto a la alargada
ventana francesa de la sala de estar, en la planta baja. Le pasó las bridas a un criado y se
dirigió presurosamente hacia la figura. Allí estaba sentada su hermana, a solas. Alice,
¿dónde está mi primo Harry?
—¿Tu primo Harry, John?
—Sí, el de Bombay. Acabo de encontrarme con él ahora en la avenida, y le vi
entrar aquí hace un instante.
Pero nadie había visto a nadie; y tal como después se supo, en ese mismo instante
moría en India aquel primo.
O está la historia de esa sensible y anciana dama soltera que murió a los noventa y
nueve años de edad manteniendo sus facultades hasta el último momento y vio
realmente al chico huérfano. Es una historia que a menudo se ha —contado
incorrectamente, pero de la que la verdad auténtica es ésta, lo sé porque en realidad es
una historia de nuestra familia, y ella era amiga de la casa. Cuando tenía unos cuarenta
años de edad, y seguía poseyendo una hermosura poco común (su amado murió joven,
razón por la cual ella nunca se casó, a pesar de tener numerosas ofertas), fijó su
residencia en un lugar de Kent, que su hermano, un comerciante con India, había
comprado recientemente.
Se contaba la historia de que en otro tiempo aquel lugar estuvo a cargo del tutor de
un joven; que ese tutor sería el segundo heredero y que mató
al muchacho con su tratamiento duro y cruel. Ella nada sabía de tales cosas. Se ha
dicho que en el dormitorio de ella había una jaula en la que el tutor solía encerrar al
muchacho. Es falso. Sólo había un gabinete. Ella se acostó, no hizo llamada alguna
durante la noche, pero por la mañana le dijo con toda tranquilidad a la doncella cuando
ésta entró:
—¿Quién es ese guapo mocito de aspecto abandonado que estuvo mirando hacia
fuera desde el gabinete toda la noche?
La doncella contestó lanzando un fuerte grito y echando a correr al instante. La
dama se sorprendió de aquello, pero era una mujer de notable fuerza mental, por lo que
se vistió ella sola, bajó las escaleras y acudió a reunirse con su hermano:
—Walter, toda la noche me ha estado inquietando un guapo mocito de aspecto
abandonado que constantemente miraba hacia fuera desde el gabinete que hay en mi
habitación, y que no puedo abrir. Ahí debe haber algún truco.
—Me temo que no, Charlotte —contestó el hermano—, pues es la leyenda de la
casa. Es el huérfano. ¿Qué es lo que hizo?
—Abrió la puerta con suavidad y miró hacia fuera. A veces penetraba uno o dos
pasos en la habitación. Entonces yo le llamaba, para animarle, y él se encogía, se
estremecía y volvía a meterse de nuevo, cerrando la puerta.
—Charlotte, el gabinete no tiene comunicación con ninguna otra parte de la casa,
y está cerrado con clavos.
Aquello era indudablemente cierto y dos carpinteros necesitaron una mañana
entera para abrir la puerta y poder examinar el gabinete. Sólo entonces Charlotte quedó
convencida de que había visto al huérfano. Pero lo terrible de la historia es que fue
visto sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, todos los cuales murieron
jóvenes. En cada ocasión, el niño enfermaba, regresaba a casa con fiebre, doce horas
antes de la muerte, y le decía a su madre que había estado jugando bajo un cierto roble
que había en un prado con un chico extraño, un chico de buen aspecto, pero que
parecía abandonado, que era muy tímido y le hacía señas. A partir de esa experiencia
fatal los padres llegaron a saber que se trataba del huérfano, y que el destino del niño al
que había elegido como compañero de juegos estaba seguramente fijado.
La novia del ahorcado
Era una auténtica casa antigua de muy curios descripción, en la que abundaban las
viejas tallas las vigas, los tablones, y que tenía una excelente antigua caja de escalera
con una galería o escales superior separada de la primera por una curiosa estacada de
roble viejo o de caoba de Honduras. Es y seguirá siendo durante muchos años una casa
de notable pintoresquismo; y en la profundidad d los viejos tablones de caoba habitaba
un misterio grave, como si fueran lagunas profundas de agua o,, cura, como las que sin
duda habían existido entre ellos cuando eran árboles, dando al conjunto un carácter muy
misterioso a la caída de la noche.
Cuando nada más bajar del coche el señor Goodchild y señor Idle se presentaron
por primera vez en la puerta y penetraron en el sombrío y hermoso salón, fueron
recibidos por media docena d ancianos silenciosos vestidos de negro, todos exactamente
igual, que se deslizaron escaleras arriba junto a los serviciales propietario y camarero,
pero sin que pareciera que se estuvieran entrometiendo en su camino, o les importara si
lo estaban haciendo no, y que se apartaron hacia la derecha y la izquierda de la vieja
escalera cuando los huéspedes entraron en la sala de estar. Era un día claro y brillante,
pero al cerrar la puerta el señor Goodchild dijo: —¿Quién demonios son esos
ancianos?
Y poco después, cuando ambos salieron y entraron, no observaron que hubiera
anciano alguno. Desde entonces los ancianos no volvieron a reaparecer, ni siquiera uno
de ellos. Los dos amigos habían pasado una noche en la casa pero no habían vuelto a
verlos. El señor Goodchild paseó por la casa, revisó los pasillos y miró en las puertas,
pero no encontró ningún anciano; por lo visto, ningún miembro del establecimiento
echaba en falta a anciano alguno ni lo esperaba.
Otra circunstancia extraña llamó la atención de los dos amigos. Era que la puerta
de la sala de estar no se quedaba quieta un cuarto de hora entero. La abrían con
titubeos, o confiadamente, la abrían un poco, o mucho, pero siempre la volvían a cerrar
de golpe sin una palabra de explicación. Los dos amigos estaban leyendo, o
escribiendo, o comiendo, bebiendo, hablando o dormitando; la puerta se abría siempre
en un momento inesperado y ambos miraban hacia ella, la volvían a cerrar de nuevo y
no veían a nadie. Cuando esto había sucedido ya unas cincuenta veces, el señor
Goodchild le dijo a su compañero en tono de broma:
—Tom, empiezo a pensar que había algo raro en aquellos seis ancianos.
Llegó la segunda noche y ellos estaban escribiendo desde hacía dos o tres horas;
escribían una parte de las perezosas notas de las que se han sacado estas perezosas
páginas. Habían dejado de escribir, depositando las gafas sobre la mesa, entre ellos. La
casa estaba cerrada y tranquila. Alrededor de la cabeza de Thomas Idle, que estaba
acostado en su sofá, se hallaban suspendidas guirnaldas de humo fragante Las sienes
de Francis Goodchild se hallaban similarmente decoradas mientras estaba recostado
hacia, atrás en su sillón, con las dos manos entrelazada: tras la cabeza y las piernas
cruzadas.
Habían estado hablando de varios temas, sin omitir el de los extraños ancianos, y
se encontraban ocupados todavía en esa conversación cuando el señor Goodchild
cambió de actitud abruptamente a tiempo que se ponía a darle cuerda a su reloj.
Empezaban a sentirse lo bastante adormecidos como par, dejar de hablar por una
actividad tan ligera. Thomas ldle, que estaba hablando en ese momento, s, detuvo y
preguntó:
—¿Qué hora es?
—La una—contestó Goodchild.
Y como si hubiese ordenado algo a uno de lo, ancianos, y la orden fuera ejecutada
con prontitud (y a decir verdad todas las órdenes eran obedecida, así en aquel excelente
hotel), se abrió la puerta i apareció en ella uno de los ancianos. No entró, sino que se
quedó en pie con la mano en la puerta.
—¡Tom, por fin, uno de los seis! —exclamó el señor Goodchild con un susurro de
sorpresa—. ¿En qué puedo servirle, señor?
—¿En qué puedo servirle, señor? —repitió el anciano.
—Yo no llamé.
—La campana lo hizo —replicó el anciano.
Dijo campana de un modo profundo y potente, como si se estuviera refiriendo a la
campana de la iglesia.
—Creo que tuve el placer de verle ayer—comentó Goodchild.
—No puedo estar seguro de ello —fue la respuesta del ceñudo anciano.
—Creo que me vio, ¿no le parece?
—¿Le vi? —preguntó el anciano—. Claro que le vi. Pero veo a muchos que
nunca me ven a mí.
Era un anciano reservado, lento, terroso y estable. Un anciano cadavérico de
lenguaje calibrado. Un anciano que parecía incapaz de pestañear, como si le hubieran
clavado los párpados a la frente. Un anciano cuyos ojos, dos puntos de fuego, no tenían
más movimiento que el que le permitiría el hecho de tenerlos unidos con la nuca por
unos tornillos que le atravesaran el cráneo y estuvieran remachados y sujetos por el
exterior, entre su cabello gris.
La noche se había vuelto tan fría para la capacidad sensorial del señor Goodchild
que se estremeció. Comentó a la ligera, como excusándose:
—Me da la impresión de que hay alguien caminando sobre mi tumba.
—No —repuso el extraño anciano—. No hay nadie allí.
El señor Goodchild miró a ldle, pero éste estaba con la cabeza envuelta en humo.
—¿Que no hay nadie allí? —dijo Goodchild.
—No hay nadie en su tumba, se lo aseguro —contestó el anciano.
Había entrado y cerrado la puerta, y ahora se sentó. No se dobló para sentarse
como hacen las otras personas, sino que dio la impresión de hundirse mientras estaba
erguido, como si cayera en un cuerpo de agua, hasta que la silla le detuvo.
—Mi amigo, el señor Idle —dijo Goodchild, deseoso de introducir a una tercera
persona en la conversación.
—Estoy al servicio del señor Idle —dijo el anciano sin mirarle.
—Si vive usted aquí desde hace tiempo —empezó a decir Francis Goodchild.
—Así es.
—Entonces quizá pueda aclararnos una cuestión acerca de la cual mi amigo y yo
dudábamos esta mañana. Han ahorcado criminales en el castillo, ¿no es así?
—Así lo creo —contestó el anciano.
—¿Les colocan con el rostro vuelto hacia esa noble vista?
—Te colocan la cabeza de cara al muro del castillo —repuso el otro—. Cuando
estás colgado, ves que sus piedras se expanden y contraen violentamente, y una
expansión y contracción similares parecen tener lugar en tu propia cabeza y en tu
pecho. Luego se produce una acometida de fuego y un terremoto, y el castillo salta por
el aire y tú caes por un precipicio.
Daba la impresión de que le molestaba la corbata. Se llevó la mano a la garganta y
movió el cuello de un lado a otro. Era un anciano cuya cara estaba como hinchada, y la
nariz vuelta e inmóvil hacia un lado, como si tuviera un pequeño gancho insertado en
esa ventanilla. El señor Goodchild se sentía muy incómodo y empezó a pensar que la
noche era calurosa, en lugar de fría.
—Una potente descripción, señor —comentó.
—Una sensación potente —le corrigió el anciano.
El señor Goodchild volvió a mirar al señor Thomas Idle, pero Thomas estaba boca
arriba con el rostro atento y vuelto hacia el anciano, sin hacer señal alguna de
reconocimiento. En ese momento le pareció al señor Goodchild que unos hilos de fuego
salían de los ojos del anciano en dirección a los suyos, y que se quedaban allí. (El señor
Goodchild, al escribir el presente relato de su experiencia, afirma con la mayor
solemnidad que tenía la poderosa sensación de que desde ese momento le obligaban a
mirar al anciano a través de esos dos hilos de fuego).
—Debo decírselo —afirmó el anciano con una mirada pétrea y fantasmal.
—¿Qué? —preguntó Francis Goodchild.
—Usted sabe dónde sucedió. ¡Ahí!
El señor Goodchild no pudo saber en ese momento, ni nunca lo sabrá, si el anciano
señalaba a la habitación de arriba, o a la de abajo, o a cualquier habitación de la antigua
casa, o una habitación de alguna otra casa antigua de esa vieja ciudad. Se sintió
confundido por la circunstancia de que el índice de la mano derecha del anciano parecía
introducirse en uno de los hilos de fuego, encenderse el propio dedo y hacer una
embestida de fuego en el aire, como si señalara hacia algún lugar. Y tras señalar, deshizo
el gesto.
—Usted sabe que ella era una novia —dijo el anciano.
—Sé que todavía envían tarta nupcial —comentó el señor Goodchild titubeando—.
Esta atmósfera me resulta oprimente.
Ella era una novia, había dicho el anciano. Era una joven hermosa, de cabellos
blondos y ojos grandes que no tenía carácter ni propósito. Una nada débil, crédula,
incapaz e indefensa. No como su madre. No, no. Lo que reflejaba era el carácter del
padre.
La madre se había preocupado de asegurárselo todo para ella, para su propia vida,
cuando el padre de esta joven (una niña en aquel momento) murió (de un desvalimiento
total, no de otra enfermedad) y entonces él renovó la amistad que en otro tiempo había
tenido con la madre. Por dinero había dejado el campo libre al hombre de cabellos
blondos y ojos grandes (o la no entidad). Pudo tolerar eso por dinero. Y quería una
compensación en dinero.
Por ello regresó al lado de aquella mujer, la madre, volvió a enamorarla, bailó a su
alrededor y se sometió a sus caprichos. Ella descargó sobre él todo capricho que tuviera,
o pudiera inventar. Y él lo soportaba. Y cuanto más lo soportaba, más quería una
compensación en dinero, y más decidido estaba a obtenerlo.
¡Pero ay! Antes de que la obtuviera, ella le engañó. En uno de sus estados
imperiosos, se quedó congelada y no volvió a descongelarse. Una noche se llevó las
manos a la cabeza, lanzó un grito, se quedó rígida, permaneció en esa actitud varias
horas y murió. Y él no había obtenido, todavía, una compensación en dinero. ¡Qué el
infierno se la llevase! Ni un solo penique.
La había odiado durante toda esa segunda relación y había ansiado vengarse de
ella. Falsificó entonces la firma de ella en un documento en el que dejaba todo lo que
tenía a su hija, de diez años entonces, a quien traspasaba absolutamente todas sus
propiedades, y se designaba a sí mismo como el tutor de la hija. Cuando deslizó el
documento bajo la almohada de la cama en la que yacía ella, se inclinó sobre un oído
sordo de la muerta y susurró:
—Orgullosa amante, hace tiempo que había decidido que, viva o muerta, me
compensarías con dinero.
Y así sólo quedaban ya dos. Él y la hermosa y estúpida hija de cabellos blondos y
ojos grandes, que después se convertiría en la novia.
Él la sometió a disciplina. En una casa retirada, oscura y oprimente, la sometió a
disciplina con una mujer vigilante y poco escrupulosa.
—Mi digna dama —le dijo—: tiene ante usted una mente que ha de ser formada,
eme ayudará a formarla?
Aceptó el encargo. Pues también quería compensación en dinero, y la había
obtenido.
La joven fue formada para que tuviera miedo de él, y en la convicción de que no
podría escaparse. Desde el principio se le enseñó a considerarlo como a su futuro
esposo, al hombre que debía casarse con ella, el destino que la ensombrecía, la
certidumbre resignada de que nunca podría escapar. La pobre tonta era como cera blanca
y blanda en las manos de ellos, y adoptó la forma con la que la modelaron. se endureció
con el tiempo. Se convirtió en parte de si misma. Inseparable de sí misma hasta el punto
d que esa forma sólo se separaría de ella si le quitara la vida.
Durante once años había habitado en la casa o: cura y su tenebroso jardín. Él tenía
celos incluso d la luz y el aire que llegaban hasta ella, y procuraba mantenerla apartada.
Cegó las amplias chimenea: ocultó las pequeñas ventanas, dejó que una hiedra de fuertes
tallos se esparciera a su capricho por la fachada de la casa, que el musgo se acumulara
en lo frutales sin podar que había en el jardín de muro rojos, que la hierba creciera sobre
sus senderos ver des y amarillos. La rodeó de imágenes de pena y desolación. Procuró
que estuviera llena de miedo hacia el lugar y las historias que sobre él le contaban,
luego, con el pretexto de corregirla, la dejaba sola c la obligaba a que se encogiera en la
oscuridad Cuando la mente de la joven se encontraba más deprimida y llena de terrores,
entonces salía él de uno de los lugares en los que se ocultaba para vigilarla, se presentaba
como su único recurso.
Así, siendo desde su niñez la única encarnación que se presentaba ante su vida con
el poder de obligar y el poder de aliviar, el poder de atar y el pode de soltar, quedaba
asegurada la ascendencia sobre la debilidad de la joven. Tenía ella veintiún años y
veintiún días cuando él llevó a la tenebrosa casa a su boba, asustada y sumisa novia de
tres semanas.
Para entonces había despedido ya a la institutriz, lo que le faltaba por hacer lo
haría mejor solo, y una noche lluviosa llegaron al escenario de su prolongada
preparación. Ella se volvió hacia él en el umbral con la lluvia goteando desde el porche
y dijo:
—¡Ay, señor, ahí está el reloj de la muerte sonando para mí!
—¡Muy bien! ¿Y qué si así fuera? —respondió él. —¡Ay, señor! ¡Tráteme
amablemente y tenga piedad de mí! Le suplico que me perdone. ¡Si me perdona haré
cualquier cosa que usted quiera!
Eso se había convertido en la cantinela constante de la pobre tonta: « le suplico
que me perdone». «Perdóneme».
No merecía ni que la odiara, sólo sentía desprecio por ella. Pero ella había estado
mucho tiempo en su camino, y hacía también tiempo que él ya se había cansado, el
trabajo estaba cerca del final y tenía que realizarlo.
—¡Estúpida, sube las escaleras! —exclamó él.
Ella obedeció inmediatamente, murmurando: «haré todo lo que usted desee».
Cuando entró en el dormitorio de la novia, habiéndose retrasado un poco por las
fuertes cerraduras que tenía la puerta principal pues estaban solos en la casa, ya que
había dispuesto que el personal de servicio tuviera libre el día), la encontró acobardada
en la esquina más lejana, y allí de pie se apretaba contra las tablas de la pared como si
quisiera meterse entre ellas. Tenía su cabello blondo alborotado sobre el rostro, y sus
ojos grandes le miraban con un terror vago.
—¿De qué tienes miedo? Ven y siéntate a mi lado. —Haré todo lo que quiera. Le
suplico que me perdone, señor. ¡Perdóneme! —le dijo con su monótona cantinela, tal
como acostumbraba.
—Ellen, mañana tendrás que escribir esto, de propio puño y letra. También
procurarás que otros te vean atareada en hacerlo. Cuando lo hayas escrito todo
perfectamente, y corregido todos los errores, llama a dos personas que haya en la casa
y firma con tu nombre delante de ellos. Después métetelo en el pecho para que esté a
salvo, y cuando mañana por la noche me vuelva a sentar aquí, me lo das.
Así lo haré todo, con el máximo cuidado. Haré todo lo que usted desee.
—Entonces no tiembles ni vaciles.
—Haré todo lo posible para evitarlo... ¡si usted me perdona!
Al día siguiente ella se sentó en el escritorio e hizo todo tal como se lo habían
pedido. Con frecuencia él entraba y salía de la habitación, para observarla, y la veía
siempre escribiendo lenta y laboriosamente: repitiéndose en voz alta las palabras que
copiaba, con una apariencia totalmente mecánica, y sin preocuparse ni esforzarse por
entenderlas, salvo de cumplir el encargo. Él vio que seguía las órdenes que había
recibido en todos los aspectos; y por la noche, cuando estaban a solas de nuevo en el
mismo dormitorio de la novia, él acercó su silla junto al hogar, ella se le acercó
tímidamente desde su distante asiento, sacó el papel del pecho y se lo puso a él en la
mano.
Ese documento le concedía todas las posesiones de la joven en caso de que muriera.
Colocó a la joven ante él, cara a cara, para poder mirarla fijamente, y le preguntó con
numerosas y claras palabras, ni más ni menos que las necesarias, si sabía lo que iba a
pasar. Había manchas de tinta en el pecho de su vestido blanco, y hacía que su rostro
pareciera todavía más marchito, y sus ojos más grandes, cuando asintió con la cabeza.
Había manchas de tinta en la mano que extendió ante él poniéndose de pie, con la que se
alisó y arregló nerviosamente su falda blanca.
La cogió por el brazo, la miró al rostro todavía con mayor fijeza y atención, y le
dijo:
—¡Y ahora, muere! He terminado contigo.
Ella se encogió y lanzó un grito bajo y reprimido.
—No voy a matarte. No pondré en peligro mi vida por ti. ¡Muere!
Y a partir de ese momento, un día tras otro, una noche tras otra se sentó delante de
ella, en su tenebroso dormitorio, pronunciando la palabra o transmitiéndosela con la
mirada. Siempre que levantaba sus ojos grandes y carentes de significado desde las
manos en las que enterraba la cabeza hasta la figura rígida que estaba sentada en la silla
con los brazos cruzados y la frente enarcada, leía en los ojos del hombre: «¡muere!»
Cuando caía dormida, agotada, recuperaba estremecida la conciencia oyendo en
susurros: «¡muere!» Cuando caía en su viejo ruego de ser perdonada, la respuesta era
aún: «¡muere!» Después de haber pasado despierta y sufriendo la larga noche, cuando el
sol naciente llameaba en la habitación sombría, oía como saludo:
—¿Un día más y no te has muerto? ¡Muere! Encerrada en la desértica mansión,
apartada d toda la humanidad y entregada a esa lucha sin respiro alguno, llegó a esta
conclusión, que ella, o él, tenían que morir. Él lo sabía muy bien, y por ello con centró
su fuerza contra la debilidad de la mujer Una hora tras otra la sujetaba por un brazo
hasta que éste se ponía negro, y le ordenaba que muriera Y sucedió, una mañana
ventosa, antes del amanecer. Él calculó que debían ser las cuatro y media pero no podía
estar seguro porque se había olvidado de darle cuerda al reloj y se había parado. Ella se
había apartado de él durante la noche con gritos repentinos y fuertes, los primeros que
había expresa do así, y él tuvo que taparle la boca con las manos Desde ese momento
ella se había quedado quieta en la esquina entablada en la que se había dejado caer,, él la
había dejado y había vuelto a su silla, sentándose con los brazos cruzados y la frente
ceñuda.
Más pálida bajo la pálida luz, más incolora que, nunca en el amanecer plomizo, la
vio acercarse arrastrándose por el suelo hacia él: una ruina pálida deformada por los
cabellos, el vestido y los ojos salvajes, impulsándose hacia delante con una maní
doblada e irresuelta.
—¡Ay, perdóneme! Haré cualquier cosa. ¡Ay, señor, le ruego que me diga que
puedo vivir!
—¡Muere!
—¿Tan decidido está? ¿No hay esperanza para mí?
—¡Muere!
Ella tensó sus grandes ojos por la sorpresa y el miedo; la sorpresa y el miedo se
transformaron en reproche; y el reproche en una nada vacía. Estaba hecho. Al principio
él no se sintió muy seguro, salvo de que el sol de la mañana estaba colgando joyas en los
cabellos de la joven. Vio el diamante, la esmeralda y el rubí brillando en pequeños
puntos mientras la miraba, hasta que la levantó y la dejó sobre la cama.
Fue enterrada enseguida, y ahora todos se habían ido y él había tenido su
compensación.
Tenía pensado viajar. Eso no significaba que quisiera malgastar su dinero, pues era
un hombre ahorrativo y amaba terriblemente el dinero (en realidad, más que cualquier
otra cosa), pero se había cansado de la casa desolada y deseaba volverle la espalda y
olvidarla. Sin embargo, la casa valía dinero, y el dinero no debía tirarse. Decidió
venderla antes de partir. Para que no pareciera tan en ruinas y obtener así un precio
mejor, contrató algunos trabajadores para que asearan el jardín, cubierto de malas
hierbas; para que cortaran el tronco muerto, podaran la hiedra que caía en enormes
masas sobre las ventanas y el frente de la casa, y para que limpiaran los caminos, en los
que la hierba llegaba hasta la mitad de la pierna.
Él mismo trabajó con ellos. Trabajó más tiempo que ellos, y una tarde, al oscurecer,
se quedó trabajando a solas con el hocejo en la mano. Era una tarde de otoño y la novia
llevaba ya cinco semanas muerta.
«Está oscureciendo demasiado para seguir trabajando —se dijo a sí mismo—.
Terminaré por hoy» Detestaba la casa y le horrorizaba entrar en ella Contempló el
porche oscuro, que le aguardaba como si fuera una tumba y comprendió que era una
casa maldita. Cerca del porche, y cerca de donde t estaba, había un árbol cuyas ramas
ondulaban frente al mirador del dormitorio de la novia, donde todo había sucedido. De
pronto el árbol se meció le sobresaltó. Volvió a moverse, aunque la noche era tranquila.
Al levantar la vista y mirar hacia él, vi una figura entre las ramas.
Era la figura de un hombre joven. Miraba hacia abajo, mientras él levantaba la
vista; las ramas crujieron y se movieron; la figura descendió rápida mente y se deslizó
hasta hallarse frente a él. Era u joven esbelto, aproximadamente de la edad de la novia,
de largos cabellos de color castaño claro.
—¿Qué tipo de ladrón eres tú? —le preguntó cogiendo al joven por el cuello.
El joven, al moverse para quedar libre, le lanzó un golpe con el brazo que le dio en
la cara y la garganta. Se enzarzaron, pero el joven se liberó de él retrocedió gritando con
gran ansiedad y horror:
—¡No me toques! ¡Antes preferiría que me toca el diablo!
Se quedó quieto, con el hocejo en la mano, mirando al joven. Pues la mirada del
joven era como complemento de la última mirada de la novia, y n había esperado volver
a verla de nuevo.
—No soy un ladrón. Pero aunque lo fuera, no cogería una sola moneda de tu tesoro,
aunque con ella pudiera comprarme las Indias. ¡Asesino!
—¿Cómo?
—Hace ya casi cuatro años que me subí ahí por primera vez—dijo el joven
señalando hacia el árbol—. Me subí ahí para verla. La vi. Hablé con ella. Y me he
subido al árbol muchas veces para verla y escucharla. Yo era un muchacho, escondido
entre las ramas, cuando desde ese mirador me dio esto.
Le enseñó una trenza de cabello blondo atada con una cinta de luto.
—Su vida fue una vida de lamentaciones —siguió diciendo el joven—. Me dio esto
como prenda y señal de que estaba muerta para todos salvo para ti. De haber tenido más
edad, o de haberla visto antes, la habría salvado de ti. ¡Pero ya estaba atrapada en la tela
de araña la primera vez que me subí al árbol, y no podía hacer ya nada para liberarla!
Al decir estas palabras tuvo un ataque de sollozos y llantos: débilmente al
principio, y luego más apasionados.
—¡Asesino! Estaba subido al árbol la noche en que la trajiste de nuevo aquí. Aquí,
en el árbol, la oí hablar de la muerte que vigilaba en la puerta. Por tres veces estuve en el
árbol mientras te encerrabas con ella, matándola lentamente. Desde el árbol la vi yacer
muerta sobre la cama. Desde el árbol te he vigilado buscando pruebas y rastros de tu
culpa. Cómo lo hiciste sigue siendo un misterio para mí, pero te perseguiré hasta que
entregues tu vida al verdugo. Hasta ese momento no te librarás de mí. ¡La amaba! No
puedo conocer la piedad hacia ti. Ase no, ¡la amaba!
El joven, que había perdido el sombrero alba del árbol, tenía la cabeza pelada. Se
dirigió hacia puerta. Para llegar hasta ella tenía que pasar junto asesino. Cabían, entre
uno y otro, dos carruajes los antiguos, y el horror del joven, que se expresa abiertamente
en todos los rasgos de su rostro y toe los miembros de su cuerpo, siéndole muy difícil
soportar, le hacía mantenerse a distancia. Él (me refiero al otro) no había movido ni
mano ni pie des que se quedó quieto para mirar al muchacho. Ahí giró para seguirle con
la mirada. Cuando vio la m de color castaño claro ante él, vio también una curva rojiza
que iba desde su mano hasta la cabeza del muchacho. Y vio también desde el principio
dónde había caído, y digo había caído y no caería, pues percibió claramente que todo
había sucedido antes de c él lo hiciera. Le abrió la cabeza y se quedó allí, y el muchacho
cayó boca arriba.
Por la noche enterró el cuerpo, al pie del árbol En cuanto salió la luz de la mañana,
se dedicó a mover todo el terreno que había alrededor del árbol a cortar y podar los
matorrales y las hierbas que lo rodeaban. Cuando llegaron los trabajadores, no ha allí
nada sospechoso; y por ello nada sospechara
Pero en un momento había desbaratado to, sus precauciones destruyendo el triunfo
del p que durante tanto tiempo había preparado y c con tanto éxito había llevado a cabo.
Se había desembarazado de la novia, adquiriendo su fortuna sin poner en peligro su
vida; pero ahora, por una muerte con la que nada había ganado, se vería obligado a vivir
para siempre con una cuerda alrededor del cuello.
Desde ese momento vivió encadenado a la casa de la tristeza y el horror, que no
podía soportar. Temeroso de venderla o abandonarla, para evitar que pudieran descubrir
el cadáver, se vio obligado a vivir en ella. Contrató como criados a dos viejos, un
hombre y una mujer; y habitó en la casa, temiéndola. Durante mucho tiempo su mayor
dificultad fue el jardín. ¿Debía mantenerlo cuidado, tendría que permitir que volviera a
su antiguo estado de abandono, cuál sería la manera en la que probablemente llamaría
menos la atención?
Tomó una decisión intermedia consistente en trabajarlo él mismo, en las horas
libres de la tarde, pidiendo luego al viejo que le ayudara; pero nunca le dejaba a éste que
trabajara solo. Y él mismo hizo un emparrado junto al árbol, para poder sentarse allí y
ver que estaba a salvo.
Conforme cambiaban las estaciones, y con ellas el árbol, su mente percibía peligros
siempre cambiantes. Cuando tenía hojas, pensaba que las ramas superiores estaban
adoptando al crecer la forma de un hombre joven... que tomaban exactamente la forma
de aquel joven, sentado en una horquilla que se movía con el viento. Cuando caían las
hojas, pensaba que al caer del árbol formaban letras sugerentes, o que tendían a
amontonarse, sobre la tumba, formando un montículo típico de cementerio. Durante el
invierno, cuando el árbol estaba desnudo, creía que las ramas movían hacia él el
fantasma del golpe que había dado al joven, y le amenazaban abiertamente En la
primavera, cuando la savia ascendía por tronco, se preguntaba si con ella no subían
partículas secas de sangre. De esa manera cada año resultaba más evidente que el
anterior la figura del joven formada por hojas y agitándose al viento.
Sin embargo, siguió manejando más y más su dinero. Se dedicaba a negocios
secretos, al negocio d, oro en polvo, y a casi todos los negocios clandestinos que
producían grandes beneficios. En diez año había multiplicado tantas veces su dinero que
los comerciantes y transportistas que tenían tratos ce él no mentían en absoluto cuando
decían que había incrementado su fortuna doce veces.
Hace cien años que poseía esa riqueza, cuando gente podía perderse fácilmente.
Había oído que era el joven, por tener noticia de la búsqueda que había organizado pero
la búsqueda fue abandona y el joven olvidado.
La ronda anual de cambios en el árbol se había repetido diez veces desde que
enterrara el cadáver pie del árbol cuando se produjo en la zona una gran tormenta.
Comenzó a medianoche y azotó la zona hasta la mañana. Lo primero que oyó decir
aquel mañana al viejo criado fue que un rayo había golpeado el árbol.
Había derribado el tronco de una manerasorprendente, partiéndolo en dos mitades
marchitas una de ellas descansaba sobre la casa, y la otra sol una parte del viejo muro
rojizo del jardín, en el que había abierto un boquete con la caída. La fisura había abierto
el árbol hasta un poco por encima de la tierra, deteniéndose allí. Existía gran curiosidad
por ver el árbol, y al revivir sus antiguos miedos se sentó en su emparrado, como un
anciano, a observar a la gente que acudía a verlo.
Empezaron a llegar rápidamente, y en tan gran número que cerró la puerta del
jardín y se negó a dejar entrar a nadie. Pero unos científicos llegaron desde muy lejos
para examinar el árbol y en mala hora les dejó pasar... ¡que el diablo les confunda!
Los científicos querían cavar hasta la raíces para examinarlas atentamente, lo
mismo que la tierra que había encima. ¡Jamás, mientras él viviera! Le ofrecieron dinero
por ello. ¡Ellos! Hombres de ciencia a los que podría haber comprado por entero con un
trazo de su pluma. Les enseñó de nuevo la puerta del jardín, la cerró y aseguró con una
barra.
Pero estaban dispuestos a hacer lo que deseaban, por lo que sobornaron al viejo
criado, un miserable desagradecido que se quejaba siempre al recibir su salario de que le
estaba pagando poco, y se introdujeron en el jardín por la noche con linternas, picos y
palas para cavar junto al árbol. Él estaba acostado en la habitación de la torreta, al otro
lado de la casa, pues no se había vuelto a ocupar el dormitorio de la novia, pero soñó
enseguida con picos y palas y se levantó.
Acudió junto a una ventana alta de aquel lado, desde donde pudo ver las linternas, a
los científicos, y la tierra suelta formando un montículo que él mismo en otro tiempo
había hecho y había vuelto a poner en el suelo, y finalmente, surgió a la vista. ¡L,
encontraron! Lo iluminaron un momento. Se inclinaron sobre él hasta que uno de ellos
dijo:
—El cráneo está fracturado.
—Mira aquí los huesos —añadió otro.
—Y aquí la ropa —replicó otro más.
Y entonces el primero de ellos volvió a cavar exclamó:
—¡Un hocejo oxidado!
Al día siguiente dio cuenta de que estaba sometido a una vigilancia estricta y de
que no podía i a parte alguna sin que le siguieran. Antes de que transcurriera una semana
fue encarcelado y confinado. Gradualmente las circunstancias se fueros uniendo en su
contra, con desesperada malicia y terrible ingenio. ¡Vea cómo es la justicia de los
hombres, y cómo llegó hasta él! Acabó siendo acusado d haber envenenado a la joven en
su dormitorio. ¡Precisamente él, que cuidadosa y expresamente había evitado poner en
peligro un cabello de su cabeza por causa de la novia, y que la había visto morir por s
propia incapacidad!
Hubo dudas con respecto a cuál de los dos ases¡ natos debería juzgársele primero;
pero eligieron f auténtico, le consideraron culpable y le condenare a muerte. ¡Infelices
sedientos de sangre! Le habría considerado culpable de cualquier cosa, tan decid dos
estaban a quitarle la vida.
Su dinero no pudo salvarle y fue ahorcado. Élso yo, y fui ahorcado en el castillo de
Lancaster de cara al muro hace ya cien años.
Ante esa afirmación terrible el señor Goodchild trató de levantarse y gritar. Pero las
dos líneas de fuego que salían de los ojos del anciano y llegaban a los suyos, le
mantuvieron quieto y no pudo emitir un sonido. Sin embargo, su sentido del oído era
agudo y pudo darse cuenta de que el reloj daba las dos. ¡Y en cuanto el reloj dio esa hora
vio ante él a dos ancianos!
Dos.
Los ojos de cada uno de ellos se conectaban con los suyos mediante dos películas
de fuego; cada una exactamente igual a la otra; cada una dirigida hacia él en el mismo
instante; cada una rechinando los mismos dientes en la misma cabeza, con la misma
nariz torcida por encima, y la misma expresión difusa a su alrededor. Dos ancianos. Que
no se diferenciaban en nada, igualmente discernibles, con la copia de la misma
intensidad que el original, y el segundo tan real como el primero.
—¿A qué hora llegó a la puerta de abajo? —preguntaron los dos ancianos.
A las seis.
—¡Y había seis ancianos en las escaleras!
Después de que el señor Goodchild se limpiara el sudor de la frente, o intentara
hacerlo, los dos ancianos dijeron con una sola voz y utilizando la primera persona del
singular:
—Había sido anatomizado, pero todavía no habían unido mi esqueleto para
colgarlo en un gancho de hierro cuando empezó a susurrarse que la habitación de la
novia estaba encantada. Estaba encantada, y yo estaba allí. Nosotros estábamos allí. Ella
y yo lo estábamos. Yo, en la silla junto al hogar; ella, de nuevo una ruina pálida,
arrastrándose por el suelo hacia mí. Pero no era yo el que hablaba ya, y la única palabra
que ella me decía desde la medianoche hasta el alba era: «¡vive!»
» Allí estaba, además, la juventud. En el árbol plantado junto a la ventana.
Entrando y saliendo con la luz de la luna, mientras el árbol se inclinaba y estiraba. Desde
siempre estuvo él allí, observándome en mi tormento; revelándoseme a ratos, bajo las
luces pálidas y las sombras pizarrosas por las que entra y sale, con la cabeza pelada y un
hocejo clavado sesgadamente en su cabello.
» En el dormitorio de la novia, todas las noches hasta el amanecer, exceptuando un
mes al año, por lo que ahora le diré, él se esconde en el árbol y ella viene hacia mí
arrastrándose por el suelo, acercándose siempre, sin llegar nunca, visible siempre como
por la luz de la luna, tanto si ésta brilla como si no, diciendo siempre desde medianoche
hasta el alba su única palabra: «¡vive!»
» Pero en el mes en que me obligaron a abandonar esta vida, este mes presente de
treinta días, el dormitorio de la novia está vacío y tranquilo. Pero no mi antiguo
calabozo. No las habitaciones en las que durante diez años habité inquieto y temeroso.
Entonces son éstas las que están encantadas. A la una de la mañana, soy lo que vio
cuando el reloj dio esa hora: un anciano. A las dos de la mañana, soy dos ancianos. Y
tres a las tres. A las doce del mediodía soy doce ancianos, uno por cada ciento por ciento
de mis beneficios. Y cada uno de los doce con doce veces mi capacidad de sufrimiento y
agonía. Desde esa hora hasta las doce de la noche, yo, doce hombres que presagian
angustia y miedo, aguardan la llegada del verdugo. ¡A las doce de la noche, yo, doce
hombres desconectados, que oscilan invisibles fuera del castillo de Lancaster, con doce
rostros frente al muro!
» Cuando el dormitorio de la novia fue encantado por primera vez, se me hizo saber
que este castigo no cesaría nunca hasta que pudiera dar a conocer su naturaleza y mi
historia a dos hombres vivos al mismo tiempo. Años y años aguardé la llegada de dos
hombres vivos al dormitorio de la novia. Por medios que ignoro entró en mi
conocimiento la idea de que si dos hombres vivos con los ojos abiertos podían estar en el
dormitorio de la novia a la una de la mañana, me verían sentado en mi silla.
» Finalmente, los murmullos según los cuales la habitación estaba espiritualmente
turbada atrajeron a dos hombres a intentar la aventura. Apenas había aparecido en el
hogar a medianoche (me presenté allí como si el rayo me hubiera lanzado a la
existencia), cuando les oí subir las escaleras. Después les vi entrar. Uno de ellos era un
hombre activo, audaz y alegre, en el punto culminante de su vida, de unos cuarenta y
cinco años de edad; el otro, unos doce años más joven. Llevaban una cesta con
provisiones y botellas. Les acompañaba una mujer joven con leña y carbón para
encender el fuego. Una vez prendido éste, e hombre activo, audaz y alegre la acompañó
por el pasillo exterior a la habitación hasta estar seguro de que había bajado a salvo las
escaleras, y regresó riendo.
» Cerró la puerta, examinó el dormitorio, sacó, los contenidos de la cesta
colocándolos en la mes situada delante del fuego, llenó las copas, comió bebió. Su
compañero, tan alegre y confiado como, él, hizo lo mismo: aunque él era el jefe. Una
vez ce nados, colocaron las pistolas sobre la mesa, se volvieron de cara al fuego y
empezaron a fumar pipa de tabaco extranjero.
» Habían viajado juntos, habían pasado junto mucho tiempo y tenían numerosos
temas de conversación comunes. En mitad de la charla y las risas: el más joven hizo
referencia a que el jefe estaba dispuesto siempre para cualquier aventura; fuera aquella o
cualquier otra. Le contestó con estas palabra;
» —No es así, Dick; aunque no tema a nada más me temo a mí mismo.
» Su compañero pareció algo confuso con es respuesta, y le preguntó que en qué
sentido y cómo, tenía miedo a sí mismo.
» —Es muy fácil, Dick —le replicó—. Hay aquí ui fantasma que debe ser refutado.
¡Pues bien! No puedo responder de lo que provocaría mi fantasía si m hallara solo aquí,
o de qué trucos podrían hacer mi sentidos para engañarme si estuviera a merced d ellos.
Pero en compañía de otro hombre, y especial mente de ti, Dick, consentiría en retar a
todos lo fantasmas de los que en el universo se ha hablado » —No tenía la vanidad de
suponer que fuera de tanta importancia esta noche —respondió el otro. » —De tanta que,
por la razón que te he dado, por nada del mundo me habría ofrecido a pasar aquí la
noche a solas —replicó entonces el jefe, con mayor gravedad de la que había hablado
hasta entonces. » Faltaban pocos minutos para la una. El hombre más joven había dejado
caer la cabeza con su último comentario, y ahora la volvió a dejar caer más.
» —¡Despierta, Dick! —exclamó el jefe alegremente—. Las horas pequeñas son las
peores.
» Lo intentó, pero la cabeza volvió a caerle sobre el pecho.
» —¡Dick! —le presionó el jefe—. ¡Manténte despierto!
» —No puedo —murmuró el otro confusamente—. No sé qué extraña influencia
me está afectando. No puedo.
» Su compañero le miró con repentino horror y yo, aunque de una manera
diferente, sentí también un horror nuevo; pues estaba a punto de ser la una y sentí que
estaba llegando el segundo vigilante, y que pesaría sobre mí la maldición de tener que
enviarle a dormir.
» —Levántate y camina, Dick —gritó el jefe—. ¡Inténtalo!
» De nada sirvió que se colocara tras la silla del durmiente y lo agitara. Sonó la una
y yo me presenté ante el hombre de más edad, y él permaneció fijo ante mí.
» Me vi obligado a relatarle la historia a él solo, sin esperanza de beneficio. Sólo
para él fui un terrible fantasma que hacía una confesión totalmente inútil Comprendí que
siempre sería igual. Que dos hombres vivos juntos no llegarían nunca a liberarme
Cuando aparezco, los sentidos de uno de los dos quedan trabados por el sueño; él nunca
me verá ni me escuchará; siempre me comunicaré con un oyente solitario y nunca
servirá de nada. ¡Ay dolor, dolor, dolor
Mientras los dos ancianos se frotaban las mano,, con esas palabras, surgió en la
mente del señor Goodchild la idea de que se hallaba en la situación terrible de estar
prácticamente a solas con el espectro, y que la inmovilidad del señor Idle se explicaba
porque el encantamiento le había hecho quedarse dormido a la una. En el terror
indescriptible que le produjo este descubrimiento repentino, se esforzó a máximo para
liberarse de los cuatro hilos de fuego, que acabaron por partirse dejando un camino
abierto. Como ya no estaba atado, cogió del sofá al señor Idle y bajó precipitadamente
las escaleras con él.
—¿Qué sucede, Francis? —preguntó el señor Idle—. Mi dormitorio no está aquí
abajo. ¿Por qué diantres me estás transportando? Ahora puedo andar con un bastón. No
quiero que me transporten. Déjame en el suelo.
El señor Goodchild lo dejó en el suelo del viejo salón y le miró con ojos
enloquecidos.
—¿Qué estás haciendo? ¿Lanzándote como un idiota sobre alguien de tu propio
sexo para rescatar le o perecer en el intento? —preguntó el señor Idle con un tono
bastante petulante.
—¡El anciano! —clamó el señor Goodchild aturdido—. ¡Y los dos ancianos!
—La única anciana a la que pienso que te refieres —empezó a responder
desdeñosamente el señor ldle, al tiempo que a tientas se abría camino por la escalera con
la ayuda de su ancha balaustrada.
—Te aseguro, Tom —empezó a decirle el señor Goodchild ayudándole a su lado—
, que desde que te quedaste dormido...
—¡Ésa sí que es buena! —exclamó Thomas ldle—. ¡Si ni he cerrado un ojo!
Con la peculiar sensibilidad sobre el tema de la infeliz acción de quedarse dormido
fuera de la cama, destino de toda la humanidad, el señor ldle persistió en esa
declaración. La misma sensibilidad peculiar impulsó al señor Goodchild, al ser acusado
del mismo crimen, a repudiarlo con honorable resentimiento. Así por el momento
resultaba complicada la cuestión del anciano y de los dos ancianos, y poco después se
volvería imposible. El señor ldle dijo que todo era un lío formado por fragmentos
reordenados de las cosas que había visto y pensando durante el día. El señor Goodchild
respondió que cómo iba a ser así si no se había dormido. El señor ldle añadió que él era
el que no se había dormido, y que nunca se dormiría, mientras que el señor Goodchild,
por regla general, estaba dormido siempre. En consecuencia, se separaron para el resto
de la noche en la puerta de sus respectivos dormitorios, un poco enfadados. Las últimas
palabras del señor Goodchild fueron que en esa real y tangible antigua sala de estar de la
real y tangible posada (y suponía que el señor ldle no negaría la existencia de ésta),
había tenido todas aquellas sensaciones y experiencias, que estaban ahora a una o dos
líneas de completarse, y qué él lo escribiría todo e imprimiría todas las palabras. El
señor ldle replicó que lo hiciera si ése era su deseo... y lo era, y ahora está ya escrito.
[De The Lazy Tour of Two Idle Apprentices]
La visita del señor Testador
El señor Testator alquiló una serie de habitaciones en Lyons Inn, pero tenía un
mobiliario muy es caso para su dormitorio y ninguno para su sala de estar. Había vivido
en estas condiciones varios meses invernales y las habitaciones le resultaban muy des
nudas y frías. Un día, pasada la medianoche, cuando estaba sentado escribiendo y le
quedaba todavía mucho por escribir antes de acostarse, se dio cuenta d, que no tenía
carbón. Lo había abajo, pero nunca había ido al sótano; sin embargo, la llave del sótano
es taba en la repisa de su chimenea y si bajaba y abría e sótano que le correspondía podía
suponer que el carbón que en él hubiera sería el suyo. En cuanto a su lavandera, vivía
entre las vagonetas de carbón y lo barqueros del Támesis, pues en aquella época había
barqueros en el Támesis, en un desconocido agujero junto al río, en los callejones y
senderos del otro lado del Strand. Por lo que se refiere a cualquier otra persona con la
que pudiera encontrarse o le pudiera poner objeciones, Lyons Inn estaba llena de
persona dormidas, borrachas, sensibleras, extravagantes, que, apostaban, que meditaban
sobre la manera de renovar o reducir una factura… todas ellas dormidas ( despiertas pero
preocupadas por sus propios asuntos
El señor Testator cogió con una mano el cubo del carbón, la vela y la llave con la
otra, y descendió a las tristes cavernas subterráneas del Lyons Inn, desde donde los
últimos vehículos de las calles resultaban estruendosos y todas las tuberías de la
vecindad parecían tener el amén de Macbeth pegado a la garganta y estar tratando de
escupirlo. Tras andar a tientas de aquí para allá entre las puertas bajas sin propósito
alguno, el señor Testator llegó por fin a una puerta de candado oxidado en la que
ajustaba su llave. Tras abrir la puerta con grandes problemas y mirar al interior,
descubrió que no había carbón, sino un confuso montón de muebles. Alarmado por
aquella intrusión en las propiedades de otra persona, cerró de nuevo la puerta, encontró
su sotanillo, llenó el cubo y volvió a subir las escaleras.
Pero los muebles que había visto pasaban corriendo incesantemente por la mente
del señor Testator, como si se movieran sobre cojinetes, cuando a las cinco de la
mañana, helado de frío, se dispuso a acostarse. Sobre todo deseaba una mesa para
escribir, y el mueble que estaba al fondo del montón era precisamente un escritorio.
Cuando por la mañana apareció su lavandera, salida de su madriguera, para hacerle el té,
artificiosamente llevó la conversación al tema de los sotanillos y los muebles; pero
resultó evidente que las dos ideas no se conectaron en la mente de la criada. Cuando ésta
le dejó solo sentado ante el desayuno y pensando en los muebles, se acordó que el
cerrojo estaba oxidado y dedujo de ello que los muebles debían estar almacenados en los
sótanos desde hacía mucho tiempo… que quizá su propietario los había olvidado, o
incluso había muerto. Tras pensar en ello varios días, durante los cuales no pudo obtener
en Lyons Inn noticia alguna sobre los muebles, se desesperó y decidió tomar prestada la
mesa. Lo hizo aquella misma noche. Y no tenía la mesa cuando decidió tomar prestado
también un sillón; y todavía no lo tenía cuando pensó coger una librería, y luego un
diván, y luego una alfombra grande y otra pequeña. Para entonces se había dado cuenta
de que «se había aprovechado tanto de los muebles» que no podrían empeorar las cosas
si los tomaba prestados todos. Y en consecuencia, lo hizo así y dejó cerrado el sotanillo.
Siempre lo había cerrado tras cada visita. Había subido cada uno de los muebles en la
oscuridad de la noche, y en el mejor de los casos se había sentido tan perverso como un
ladrón de cadáveres. Todos los muebles estaban sucios y costrosos cuando los llevó a
sus habitaciones, y tuvo que pulirlos, como si fuera un asesino culpable, mientras
Londres dormía.
El señor Testator vivió en sus habitaciones amuebladas dos o tres años, o más, y
gradualmente se fue acostumbrando a la idea de que los muebles eran suyos. Era ésa una
sensación que le resultaba conveniente hasta que de pronto, una noche a una hora tardía,
escuchó unos pasos en las escaleras, y una mano que rozaba la puerta buscando el
llamador, y luego una llamada profunda y solemne que actuó como un resorte en el
sillón del señor Testator, lanzándolo fuera de él, pues con gran prontitud atendió a la
llamada,
El señor Testator se acercó a la puerta con una vela en la mano y encontró allí a
un hombre muy pálido y alto; estaba un poco encorvado; sus hombros eran muy altos,
el pecho muy estrecho y la nariz muy roja; un tipo verdaderamente cursi. Se envolvía
en un raído y largo abrigo negro que por delante se cerraba con más agujas que
botones, y oprimía bajo el brazo un paraguas sin mango, como si estuviera tocando una
gaita.
—Le ruego que me perdone, pero ¿puede usted informarme…? —empezó a decir,
pero se detuvo; sus ojos se posaron en algún objeto de la habitación.
—¿Si puedo informarle de qué? —preguntó el señor Testator observando
alarmado aquella detención.
—Le ruego que me perdone —prosiguió el desconocido—. Pero… no era ésta la
pregunta que iba a hacerle… ¿no estoy viendo un pequeño mueble que me pertenece?
El señor Testator había empezado a decir, tartamudeando, que no sabía, cuando el
visitante se deslizó a su lado introduciéndose en la habitación. Una vez dentro, con
unas maneras de duende que dejaron congelado hasta el tuétano al señor Testator,
examinó primero el escritorio, y dijo: «mío», luego el sillón, del que dijo: «mío», luego
la librería, y dijo: «mía»; luego dio la vuelta a una esquina de la alfombra y dijo:
«¡mía!» En resumen, inspeccionó sucesivamente todos los muebles sacados del
sotanillo afirmando que eran suyos. Hacia el final de la investigación, el señor Testator
se dio cuenta de que estaba empapado de licor y que el licor era ginebra, pero l;
ginebra no le volvía inestable ni en su manera de hablar ni en su porte, sino que le
añadía en ambos aspectos cierta rigidez.
El señor Testator se encontraba en un estado terrible, pues (según redactó la
historia) por primer; vez se dio cuenta plenamente de las consecuencias posibles de lo
que había hecho intrépida y descuidadamente. Después de que estuvieran un rato en
pie mirándose el uno al otro, con voz temblorosa empezó a decir:
—Señor, me doy cuenta de que le debo la explicación, compensación y restitución
más completa Los muebles serán suyos. Permítame rogarle que sin malos modos y sin
siquiera una irritación natura por su parte, podríamos tener un poco… .
—… de algo para beber —le interrumpió el desconocido—. Estoy de acuerdo.
El señor Testator había pensado decir «un poca de conversación tranquila», pero
con gran alivie aceptó la enmienda. Sacó una garrafa de ginebra estaba procurando
conseguir agua caliente y azúcar cuando se dio cuenta de que el visitante se había
bebido ya la mitad del contenido. Con el agua caliente y azúcar, la visita se bebió el resto antes de llevar una hora en la habitación según las campanas de la iglesia de
Santa María del Strand; y durante el proceso susurraba frecuentemente para sí mismo:
«¡mío!
Cuando se acabó la ginebra y el señor Testator s preguntó lo que iba a suceder, el
visitante se levantó y dijo con creciente rigidez:
—Señor, ¿a qué hora de la mañana resultará conveniente?
—¿A las diez? —se arriesgó a sugerir el señor Testator.
A las diez entonces, señor, en ese momento estaré aquí —afirmó y luego se quedó
un rato contemplando ociosamente al señor Testator, para añadir—: ¡qué Dios le
bendiga! ¿Y cómo está su esposa?
El señor Testator (que no se había casado nunca) respondió con gran sentimiento:
—Con gran ansiedad, la pobre, pero bien en otros aspectos.
Entonces el visitante se dio la vuelta y se marchó, cayéndose dos veces por las
escaleras. Desde ese momento no volvió a saber de él. No supo si se había tratado de un
fantasma, o de una ilusión espectral de la conciencia, o de un borracho que no tenía
ninguna relación con el cuarto, o del dueño verdadero de los muebles, borracho, con una
recuperación transitoria de la memoria; no supo si había llegado a salvo a casa, o no
tenía casa alguna a la que ir; no supo si por el camino lo mató el licor, o si vivió en el
licor para siempre; no volvió a saber nada de él. Ésta fue la historia, traspasada con los
muebles y considerada auténtica por el que los recibió en una serie de habitaciones de la
parte superior de la triste Lyons Inn.
[De The Uncommercial Traveller]
La casa hechizada.

Los mortales de la casa
La casa que es el tema de esta obra de Navidad no la conocí bajo ninguna de las
circunstancias fantasmales acreditadas ni rodeada por ninguno de los entornos
fantasmagóricos convencionales. La vi a la luz del día, con el sol encima. No había
viento, lluvia ni rayos, no había truenos ni circunstancia alguna, horrible o indeseable,
que potenciaran su efecto. Más todavía: había llegado hasta ella directamente desde una
estación de ferrocarril; no estaba a más de dos kilómetros de distancia de la estación, y
en cuanto estuve fuera de la casa, mirando hacia atrás el camino que había recorrido,
pude ver perfectamente los trenes que recorrían tranquilamente el terraplén del valle. No
diré que todo era absolutamente común porque dudo que exista tal cosa, salvo personas
absolutamente comunes, y ahí entra mi vanidad; pero asumo afirmar que cualquiera
podría haber visto la casa tal como yo la vi en una hermosa mañana otoñal.
La forma en que yo la vi fue la siguiente.
Viajaba hacia Londres desde el norte con la intención de detenerme en el camino
para ver la casa.
Mi salud requería una residencia temporal en el campo, y un amigo mío que lo
sabía y que había pasado junto a ella, me escribió sugiriéndomela como un lugar
probable. Había subido al tren a medianoche, me había quedado dormido y luego
desperté y permanecí sentado mirando por la ventanilla en el cielo las estrellas del
norte, y me había vuelto a dormir para despertar otra vez y ver que la noche había
pasado, con esa convicción desagradable, habitual en mí, de que no había dormido en
absoluto; a este respecto, y en los primeros momentos de estupor de esa condición, me
avergüenza creer que me habría dispuesto a pelearme con el hombre que se sentaba
frente a mí si hubiera dicho lo contrario. Ese hombre que se sentaba frente a mí había
tenido durante toda la noche, tal como tienen siempre los hombres de enfrente,
demasiadas piernas y todas ellas muy largas. Además de esta conducta irrazonable
(que sólo cabía esperar de él), llevaba un lápiz y un cuaderno y había estado todo el
tiempo escuchando y tomando notas. Me habría parecido que esas irritantes notas se
referían a los traqueteos y sacudidas del coche, y me habría resignado a que las tomara
bajo la suposición general de que era un ingeniero, si no hubiera estado mirando
fijamente por encima de mi cabeza siempre que escuchaba. Era un caballero de ojos
saltones y aspecto perplejo, y su proceder resultaba intolerable.
La mañana era fría y desoladora (el sol todavía no estaba alto), y cuando miré
hacia fuera y vi la pálida luz de los fuegos de aquella comarca del hierro,
así como la pesada cortina de humo que había estado suspendida entre las
estrellas y yo, y ahora lo estaba entre yo y el día, me dirigí hacia mi compañero de
viaje y le dije:
—Le ruego que me perdone, señor, ¿pero observa algo particular en mí? —pues
en realidad parecía que estuviera tomando notas de mi gorra de viaje o de mi pelo con
una minuciosidad que daba a entender que se estaba arrogando demasiadas libertades.
El caballero de ojos saltones dejó de fijar la mirada que tenía puesta detrás de mí,
como si la parte posterior del coche estuviera a cien millas de distancia, y con una
elevada actitud de compasión hacia mi insignificancia dijo:
—¿En usted, señor… B.?
—¿B, señor? —pregunté yo a mi vez, calentándome. —No tengo nada que ver
con usted, señor —replicó el caballero—. Le ruego que me escuche… O. Enunció esta
vocal tras una pausa, y la anotó.
Al principio me alarmé, pues un lunático en el expreso, sin ninguna comunicación
con el revisor, resulta una situación grave. Me alivió el pensar que el caballero podía
ser lo que popularmente se llama un médium; perteneciente a una secta de la que
algunos miembros me merecen un respeto máximo, aunque no crea en ellos. Iba a
hacerle esa pregunta cuando me quitó la palabra de la boca.
—Espero que me excuse —dijo el caballero con, tono despreciativo—, si me
encuentro muy avanzado con respecto a la humanidad común como par—,
preocuparme por todo esto. He pasado la noche como en realidad paso ahora todo mi
tiempo, en una relación espiritual.
—¡Ah! —exclamé yo con cierta acritud.
—Las conferencias de la noche empezaron con este mensaje —siguió diciendo el
caballero mientras pasaba varias hojas de su cuaderno—: «las malas comunicaciones
corrompen las buenas maneras».
—Es sensato —intervine yo—. ¿Pero te es absolutamente nuevo?
—Es nuevo viniendo de los espíritus —contestó el caballero.
Sólo fui capaz de repetir mi anterior y agria exclamación y preguntar si podía ser
favorecido con el conocimiento de la última comunicación.
—Un pájaro en mano vale más que dos en el busque —anunció el caballero
leyendo con gran solemnidad su última anotación.
—Soy, verdaderamente, de la misma opinión —comenté yo—. Pero ano debería
ser bosque?
—A mí me llegó busque —replicó el caballero. Luego el caballero me informó que
en el curso de la noche el espíritu de Sócrates le había hecho esa revelación especial.
—Amigo mío, espero que se encuentre bien. En este coche del tren somos dos.
¿Cómo está usted? Aquí hay diecisiete mil cuatrocientos setenta y nueve espíritus,
aunque usted no pueda verlos. Pitágoras está aquí. No puede mencionarlo, pero espera
que a usted le sea cómodo el viaje.
También se había dejado caer Galileo con la siguiente comunicación científica:
«estoy encantado de verle, amico. ¿Cómo stá? El agua se congelará cuan do esté lo
bastante fría. Addio!» En el curso de la noche se había producido también el fenómeno
siguiente. El obispo Butler había insistido en deletrea su nombre, «Bubler», quien había
sido despedid destempladamente por las ofensas contra la ortografía y las buenas
maneras. John Milton (sospechoso de un engaño intencionado) había repudiado la
autoría del Paraíso Perdido, y había introducido como coautores de ese poema a dos
desconocidos caballeros llamados respectivamente Grungers y Scadging tone. Y el
príncipe Arturo, sobrino del rey Juan d Inglaterra, había informado que se encontraba
tolerablemente cómodo en el séptimo círculo, donde e: taba aprendiendo a pintar sobre
terciopelo bajo la dirección de la señora Trimmer y de María, la Reina d los Escoceses.
100
Si a todo esto le unimos la mirada del caballero que me favoreció con aquellas
revelaciones confidenciales que se me excusará mi impaciencia por ver el sol naciente y
contemplar el orden magnífico del vasto universo. En una palabra, estaba tan impaciente
por ello que me alegré muchísimo de bajarme en la estación siguiente y cambiar aquellas
nubes y vapore por el aire libre del cielo.
Para entonces hacía ya una mañana hermosa Mientras caminaba pisando las hojas
que había caído de los árboles dorados, marrones y rojizos, mientras contemplaba a mi
alrededor las maravilla de la creación y pensaba en las leyes inmutable inalterables y
armoniosas que las sostenían, la relación espiritual del caballero me pareció de lo más
pobre que podía contemplar este mundo. Y en ese estado de infiel llegué frente a la casa
y me detuve para examinarla atentamente.
Era una casa solitaria levantada en un jardín tristemente olvidado: un cuadrado de
unos dos acres. Pertenecía a la época de Jorge II; tan rígida, tan fría, tan formal y tan en
mal estado como podría desear el más leal admirador del cuarteto completo de Jorges.
Estaba deshabitada, pero hacía uno o dos años que la habían reparado, sin gastar mucho
dinero, para hacerla habitable; y digo de una manera barata porque lo habían hecho
superficialmente, por lo que aunque los colores se mantuvieran frescos, la pintura y la
escayola se estaban cayendo ya. Un tablero colgado sobre el muro del jardín, y más
inclinado por un lado que por el otro, anunciaba que «se alquila en condiciones muy
razonables, bien amueblada». Resultaba muy sombría por la proximidad excesiva de los
árboles, y en particular había seis altos álamos delante de las ventanas principales, lo que
las volvía excesivamente melancólicas, pues era evidente que la posición había sido muy
mal elegida.
Era fácil ver que se trataba de una casa evitada; una casa a la que rehuía el pueblo,
hacia el que se desvió mi vista por causa del campanario de una iglesia situado a menos
de un kilómetro; una casa que nadie aceptaría. Y la deducción natural era que tenía fama
de ser una casa encantada.
Ningún período de las veinticuatro horas del día y la noche me resulta tan solemne
como la primera hora de la mañana. Durante el verano suelo levantarme muy temprano
y me dirijo a mi habitación para una jornada de trabajo antes del desayuno, y en esas
ocasiones siempre me impresiona profundamente la quietud y soledad que me rodea.
Además de eso, siempre hay algo terrible en el hecho de estar rodeado por rostros
familiares dormidos, al hacernos pensar que aquellos que nos son más queridos y que
más nos quieren se sienten profundamente inconscientes de nosotros, en un estado
impasible que anticipa esa condición misteriosa a la que todos tendemos: la vida
detenida, los hilos rotos del ayer, el asiento abandonado, el libro cerrado, la ocupación
que ha sido abandonada sin que estuviera terminada… todo imágenes de la muerte. La
tranquilidad de esa hora es la tranquilidad de la muerte. El calor y el frío producen esa
misma asociación. Incluso un cierto aire que adoptan los objetos domésticos familiares
cuando emergen de las sombras de la noche pasando a la mañana, un aire de ser más
nuevos, tal como habían sido hace tiempo, tiene su contrapartida en el paso del rostro
gastado de la madurez o la vejez, con la muerte, al antiguo aspecto juvenil Además, en
esa hora vi una vez la aparición de m padre. Estaba vivo y bien, y no dijo nada, pero le
vi, la luz del día, sentado, dándome la espalda, en un<>
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Saturday, August 30, 2008

CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
Alfredo Bryce Echeñique
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Las notas que duermen en las cuerdas
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Mediados de diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad. ¡El sol! Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán la suerte de parecerse a Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles, y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién sacados del ropero dejarán de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias coloniales. Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades de la moda del año pasado. «Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos matrimonios dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor Ascencio, abogado de nota, casado, tres hijos, y automóvil más grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera vez, la chompita en casa. Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la moda del escote ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita, Amada (el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que dictarle, y tengo tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.»

Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido de blanco. Dos comentarios: «Maricón» (un muchacho de dieciocho años), y «exagera. No estamos en Casablanca» (el ingeniero Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de Fomento). Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres veranos en Lima, y Amor y calor en la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre, y no cierre usted su persiana, señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su moral sea la del desencanto, la edad y los kilos …
El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana. Acababan de darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse. Cada dos días, un examen. Matemáticas y química seguidos. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo? Empezaban el lunes próximo, y la tensión era grande. Hay cuatro cosas que se pueden hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos, darse por vencido antes del examen, y hacerse recomendar al jurado.
Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los últimos sabor a Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado, había hecho comprimidos, se había dado por vencido antes de cada examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria lloró al leer el discurso de Adiós al colegio, los primeros de cada clase recibieron sus premios, y luego, terminada la ceremonia, muchos fueron los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay que aprender a desprenderse de las cosas.
Manolo estaba libre.
En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El árbol de Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre se rompía un adorno, y nadie lo reponía), y siempre cubierto de algodón, contrastaba con el calor sofocante del día. Manolo no haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería encerrado en su casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera, y que realmente podía disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba tanto como despertarse diariamente a la hora de ir al colegio, comprobar que no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era su pequeño triunfo matinal.
—¡Manolo! —llamó su hermana—. Ven a ver el Nacimiento. Ya está listo.
—Voy —respondió Manolo, desde su cama.
Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en casa. Era veinticuatro de diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió un escalofrío, y luego se dio cuenta de que un extraño malestar se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en Navidad le sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía volver con mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol cubierto de algodón. «Está muy bonito», dijo. Dio media vuelta, y subió nuevamente a su dormitorio.
Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes. Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió regresar, pues pronto sería la hora del almuerzo.
Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa de Gallo, y que luego volverían para cenar. Su padre se encargaría de comprar el panetón, y su madre de preparar el chocolate. Sus hermanos prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y encontrar asientos, mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas celebraciones. ¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones, que parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros del barrio. Mientras almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba el día en que entró al Estadio Nacional, y se desmayó al escuchar que se había batido el récord de asistencia. Recordaba también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas cuando pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares de Junín. Las retretas, con las marchas que ejecutaba la banda de la Guardia Republicana, eran como la atracción al vacío. Almorzaban: comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas torturas a las que ya se había acostumbrado.
Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado del comedor. Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico, de espaldas a la ventana que daba al patio. La plenitud de ese día de verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo veía cómo todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una mosca, de esas moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir tanta inmovilidad. Sobre la mesa, delante de él, una taza de café se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla hasta sus labios. En una de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el retrato de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor que llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo, que da siempre al interior de la prisión.
—Es terrible —dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre la mesa—. Las tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.
—Dura hasta las cinco, más o menos.
—Deberías buscar a tus amigos, Manolo.
—Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de la tarde en la boca del estómago».
—En los vasos, y en las ventanas.
—Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.
«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor a la sala, y ver cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido. Tenía miedo de esos sillones cuyos brazos parecían querer tragárselo. Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como un hombre que sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía, y que tenía los ojos abiertos, inmensos. Avanzó hasta su dormitorio, y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La próxima vez que me levante», pensó, «será para ir al centro».

A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía cómo las ramas de los árboles se movían lentamente. Disminuía ya la intensidad del sol, y cuando llegara al centro de la ciudad, empezaría a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al centro habían sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba directamente desde el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que partían a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de muchachos que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es muy rica. Es un lomo». Creía ver algo distinto en aquellas colegialas con los dedos manchados de tinta, y sus uniformes de virtud. Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por una chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba de ella como si fuera una puta. «Son terribles cuando están en grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para dedicarme a darles la contra».
El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello. Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar, casi para morir. Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las cosas eran aún peor.
El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo, de pie, se preparaba para bajar. (Le había cedido el asiento a una señora, y la había odiado: temió, por un momento, que hablara de lo raro que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los miraran, etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.) El ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie lo rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció cruzarse con alguien que conocía, pero ya era demasiado tarde para voltear a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y si me encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio. Estaba en un año superior, y nunca se habían hablado. Prácticamente no se conocían, y sería demasiada coincidencia que se encontraran entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba. Oscurecía cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media vuelta y caminar hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías Boza, y miró hacia su reloj: «Las siete de la noche». Continuó hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió repugnancia al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego se reían a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente. «Las tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche», pensó. «La Plaza de Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar. Una extraña e impresionante palidez en el rostro de la gente era efecto de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de él. La noche caía sobre la gente, y las luces de neón le daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de paquetes, hombres y mujeres pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de Armas, como un bañista nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que sentía, ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión, o correr hacia un despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que era el prisionero de todo lo que lo rodeaba. Una mujer lo rozó al pasar, y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo ante sus ojos una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando. Vestía íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría que la estaba mirando, y él estaba seguro de haberle comunicado algo. No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros y tan grandes eran como una voz, y que también le hablan dicho algo. Le pareció que las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se estaba electrizando, y era preciso sacarla de allí antes de que se muriera. La muchacha se alejaba, y Manolo la contemplaba calculando que tenía catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.
Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía cómo la gente entraba y salía del templo, y pensaba que entraban más para descansar que para rezar, tan cargados venían de paquetes. Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado ahora de espaldas a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda Monterrey. Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo más que comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba un balde de playa y una pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso traje floreado, y con la basta descosida. Era un traje muy viejo, y le quedaba demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía las piernas chuecas, muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal envueltos en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima calidad. «Los llevará un domingo, en tranvía, a la playa más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará en fustán», pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes abierta de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió hasta sentir que sus ojos estaban bañados en lágrimas. Era preciso marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era preciso desaparecer. Y, sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.
Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero temblor en la boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello comenzara pronto para que terminara de una vez por todas. Se incorporó al escuchar la voz de su padre que los llamaba para partir.
«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente las escaleras. Partieron.
Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de los domingos, los mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y el calor era muy fuerte. Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba con la mirada a alguien a quien cederle el asiento. Tendría que hacerlo, pues iglesia se iba llenando de gente, y quería salir de eso lo antes posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su lugar, a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.
Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba la mirada por toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol, habían empezado a ir a la playa. Las muchachas le impresionaban con sus pañuelos de seda en la cabeza. Esos pañuelos de seda, que ocultando una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo impresionaban al punto de encontrarse con las manos pegadas a la columna; fuertemente apoyadas, como si quisiera hacerla retroceder. «Sansón», pensó.
Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una manera extraña. Miraban hacia el altar con tal intensidad, que parecían estar viendo a Dios. La contemplaba. Imposible dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir que todo alrededor suyo iba desapareciendo, y que en la iglesia sólo quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano. Temía que ella lo descubriera mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer? «Debe hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus manos estaban más frías que el mármol de la columna.
La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía como si algo fuera a estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En las bancas, los hombres caían sobre sus rodillas, como si esa música que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los hombros, haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto y obligatorio. Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes, hasta que, de pronto, un profundo y negro silencio se apoderó del templo, y era como si hubieran matado al organista. «Tan negros y tan brillantes.» Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús había nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros de los fieles, y Manolo sintió que se moría de amor, y la gente ya quería salir para desearse «feliz Navidad». Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado, él lo hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien aquella noche en la puerta de la iglesia, mientras Manolo no encontraba a la muchacha que parecía haber visto a Dios.
Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño baño que había en el primer piso. Cerró la puerta, y se dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí. Se miró en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar a sus padres y hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad con besos y abrazos! Trató de orinar. Inútil. Desde el comedor, su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y encontró a su perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando. Se agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al entrar, continuaba siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su lado. Avanzaba hacia los zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que, torpemente, se lanzó sobre ella para abrazarla. No logró besarla. «Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las reglas del juego. Los regalos.
Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar…», pensaba. «Ésos cariños.» Daría la vida por cada uno de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día establecido…» Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había marchado a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué loco soy». Cenaban. El chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era difícil encontrar algo de qué hablar mientras se enfriaba. «No es el mejor panetón del mundo, pero es el único que quedaba», comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando, y no se atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban los estallidos de los cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado. Bebían el chocolate. «Tengo que ir a ver al perro. Debe estar muerto de miedo.» En ese momento, uno de sus hermanos bostezó, y se disculpó diciendo que se había levantado muy temprano esa mañana. Permanecían en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver a su perro. De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a acostar», dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció. Los demás siguieron el ejemplo.
En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera que lo hacía sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.
Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas.

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Alfredo Bryce Echeñique
La madre, el hijo y el pintor

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Se había acostumbrado al sistema: de lunes a jueves, cuatro días con su madre. De viernes a domingo, tres días con su padre. Manolo tenía la ropa que usaba cuando estaba con su padre, y los libros que leía en el departamento de su madre. Una pequeña valija para el viaje semanal de Miraflores a Magdalena, de un departamento a otro. Su madre lo quería mucho los jueves, porque al día siguiente lo vería partir, y su padre era muy generoso los domingos, porque al día siguiente le tocaba regresar donde «ella». Se había acostumbrado al sistema. Lo encontraba lógico. «No soy tan viejo», le había dicho su padre, una noche, mientras cenaban juntos en un restaurante una mujer le había sonreído coquetamente. «Tienes diecisiete años, y eres un muchacho inteligente», le había dicho su madre una mañana. «Es preciso que te presente a mis amigos.»
Jueves. Sentado en una silla blanca, en el baño del departamento, Manolo contemplaba a su madre que empezaba a arreglarse para ir al cóctel.
—Es muy simpático, y es un gran pintor —dijo su madre.
—Nunca he visto un cuadro suyo.
—Tiene muchos en su departamento. Hoy podrás verlos. Me pidió que te llevara. Además, no me gusta separarme de ti los jueves.
—¿Va a ir mucha gente?
—Todos conocidos míos. Buenos amigos y simpáticos. Ya verás.
Manolo la veía en el espejo. Había dormido una larga siesta, y tenía la cara muy reposada. Así era cuando tomaban desayuno juntos: siempre con su bata floreada, y sus zapatillas azules. Le hubiera gustado decirle que no necesitaba maquillarse, pero sabía cuánto le mortificaban esas pequeñas arrugas que tenía en la frente y en el cuello.
—¿Terminaste el libro que te presté? —preguntó su madre, mientras cogía un frasco de crema para el cutis.
—No —respondió Manolo—. Trataré de terminarlo esta noche después del cóctel.
—No te apures —dijo su madre—. Llévatelo mañana, si quieres. Prefiero que lo leas con calma, aunque no creo que allá puedas leer.
—No sé… Tal vez.
Se había cubierto el rostro con una crema blanca, y se lo masajeaba con los dedos, dale que te dale con los dedos.
—Pareces un payaso, mamá —dijo Manolo sonriente.
—Todas las mujeres hacen lo mismo. Ya verás cuando te cases.
La veía quitarse la crema blanca. El cutis le brillaba. De rato en rato, los ojos de su madre lo sorprendían en el espejo: bajaba la mirada.
—Y ahora, una base para polvos —dijo su madre.
—¿Una base para qué?
—Para polvos.
—¿Todos los días haces lo mismo?
—Ya lo creo, Manolo. Todas las mujeres hacen lo mismo. No me gusta estar desarreglada.
—No, ya lo creo. Pero cuando bajas a tomar el desayuno tampoco se te ve desarreglada.
—¿Qué saben los hombres de esas cosas?
—Me imagino que nada, pero en el desayuno…
—No digas tonterías, hijo —interrumpió ella—. Toda mujer tiene que arreglarse para salir, para ser vista. En el desayuno no estamos sino nosotros dos. Madre e hijo.
—Humm…
—A toda mujer le gusta gustar.
—Es curioso, mamá. Papá dice lo mismo.
—Él no me quería.
—Sí. Sí. Ya lo sé.
—¿Tú me quieres? —preguntó, agregando—: Voltéate que voy a ponerme la faja.
Escuchaba el sonido que producía el roce de la faja con las piernas de su madre. «Tu madre tiene buenas patas», le había dicho un amigo en el colegio.
—Ya puedes mirar, Manolo.
—Tienes bonitas piernas, mamá.
—Eres un amor, Manolo. Eres un amor. Tu padre no sabía apreciar eso. ¿Por qué no le dices mañana que mis piernas te parecen bonitas?
Se estaba poniendo un fustán negro, y a Manolo le hacía recordar a esos fustanes que usan las artistas, en las películas para mayores de dieciocho años. No le quitaba los ojos de encima. Era verdad: su madre tenía buenas piernas, y era más bonita que otras mujeres de cuarenta años.
—Y las piernas mejoran mucho con los tacos altos —dijo, mientras se ponía unos zapatos de tacones muy altos.
—Humm…
—Tu padre no sabía apreciar eso. Tu padre no sabía apreciar nada.
—Mamá…
—Ya sé. Ya sé. Mañana me abandonas, y no quieres que esté triste.
—Vuelvo el lunes. Como siempre…
—Alcánzame el traje negro que está colgado detrás de la puerta de mi cuarto.
Manolo obedeció. Era un hermoso traje de terciopelo negro. No era la primera vez que su madre se lo ponía, y, sin embargo, nunca se había dado cuenta de que era tan escotado. Al entrar al baño, lo colgó en una percha, y se sentó nuevamente.
—¿Cómo se llama el pintor, mamá?
—Domingo. Domingo como el día que pasas con tu padre —dijo ella, mientras estiraba el brazo para coger el traje—. ¿En qué piensas, Manolo?
—En nada.
—Este chachá me está a la trinca. Tendrás que ayudarme con el cierre relámpago.
—Es muy elegante.
—Nadie diría que tengo un hijo de tu edad.
—Humm…
—Ven. Este cierre es endemoniado. Súbelo primero, y luego engánchalo en la pretina.
Manolo hizo correr el cierre por la espalda de su madre. Listo», dijo, y retrocedió un poco mientras ella se acomodaba el traje, tirándolo con ambas manos hacia abajo. Una hermosa silueta se dibujó ante sus ojos, y esos brazos blancos y duros eran los de una mujer joven. Ella parecía saberlo: era un traje sin mangas. Manolo se sentó nuevamente. La veía ahora peinarse.
—Estamos atrasados, Manolo —dijo ella, al cabo de un momento.
—Hace horas que estoy listo —replicó, cubriéndose la cara con las manos.
—Será cosa de unos minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
—¿Qué? —preguntó Manolo. Se había distraído un poco.
—Digo que será cosa de minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
Nuevamente la miraba, mientras se pintaba los labios.
Era un lápiz color rojo rojo, y lo usaba con gran habilidad. Sobre la repisa, estaba la tapa. Manolo leyó la marca: «Senso», y desvió la mirada hacia la bata que su madre usaba, para tomar el desayuno. Estaba colgada en una percha.
—¿Quieres que la guarde en tu cuarto, mamá?
—Que guardes ¿qué cosa?
—La bata.
—Bueno. Llévate también las zapatillas.
Manolo las cogió, y se dirigió al dormitorio de su madre. Colocó la bata cuidadosamente sobre la cama, y luego las zapatillas, una al lado de la otra, junto a la mesa de noche. Miraba alrededor suyo, como si fuera la primera vez que entrara allí. Era una habitación pequeña, pero bastante cómoda, y en la que no parecía faltar nada. En la pared, había un retrato suyo, tomado el día en que terminó el colegio. Al lado del retrato, un pequeño cuadro. Manolo se acercó a mirar la firma del pintor: imposible leer el apellido, pero pudo distinguir claramente la D de Domingo. El dormitorio olía a jazmín, y junto a un pequeño florero, sobre la mesa de noche, había una fotografía que no creía haber visto antes. La cogió: su madre al centro, con el mismo traje que acababa de ponerse, y rodeadas de un grupo de hombres y mujeres. «Deben ser los del cóctel», pensó. Hubiera querido quedarse un rato más, pero ella lo estaba llamando desde el baño.
—¡Manolo! ¿Dónde estás?
—Voy —respondió, dejando la fotografía en su sitio.
—Préndeme un cigarrillo —y se dirigió hacia el baño. Su madre volteó al sentirlo entrar. Estaba lista. Estaba muy bella. Hubiera querido abrazarla y besarla. Su madre era la mujer más bella del mundo. ¡La mujer más bella del mundo!
—¡Cuidado!, Manolo —exclamó—. Casi me arruinas el maquillaje —y añadió—: Perdón, hijito. Deja el cigarrillo sobre la repisa.
Se sentó nuevamente a mirarla. Hacía una serie de muecas graciosísimas frente al espejo. Luego, se acomodaba el traje tirándolo hacia abajo, y se llevaba ambas manos a la cintura, apretándosela como si tratara de reducirla. Finalmente, cogió el cigarrillo que Manolo había dejado sobre la repisa, dio una pitada, y se volvió hacia él.
—¿Qué le dices a tu madre? —preguntó, exhalando humo.
—Muy bien —respondió Manolo.
—Ahora no me dirás que me prefieres con la bata del desayuno. ¿A cuál de las dos prefieres?
—Te prefiero, simplemente, mamá.
—Dime que estoy linda.
—Sí…
—Tu padre no sabe apreciar eso. ¡Vamos! ¡Al cóctel! ¡Apúrate!
Su madre conducía el automóvil, mientras Manolo, a su derecha, miraba el camino a través de la ventana. Permanecía mudo, y estaba un poco nervioso. Ella le había dicho una reunión de intelectuales, y eso le daba un poco de miedo.
—Estamos atrasados —dijo su madre, deteniendo el auto frente a un edificio de tres pisos—. Aquí es.
—Muy bonito —dijo Manolo mirando al edificio, y tratando de adivinar cuál de las ventanas correspondía al departamento del pintor.
—No es necesario que hables mucho —dijo ella—. Ante todo escucha. Escucha bien. Esta gente puede enseñarte muchas cosas. No tengas miedo que todos son mis amigos, y son muy simpáticos.
—¿En qué piso es?
—En el tercero.
Subían. Manolo subía detrás de su madre. Tenían casi una hora de atraso, y le parecía que estaba un poco nerviosa. «Hace falta un ascensor», dijo ella, al llegar al segundo piso. La seguía. « ¿Va a haber mucha gente, mamá? » No le respondió. Al llegar al tercer piso, dio tres golpes en la puerta, y se arregló el traje por última vez. No se escuchaban voces. Se abrió la puerta y Manolo vio al pintor. Era un hombre de unos cuarenta años. «Parece torero», pensó. «Demasiado alto para ser un buen torero.» El pintor saludó a su madre, pero lo estaba mirando al mismo tiempo. Sonrió. Parecía estar un poco confundido.
—Adelante— dijo.
—Éste es Manolo, Domingo.
—¿Cómo estás, Manolo?
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No recibieron mi encargo?
—Llamé por teléfono.
—¿Qué encargo?
—Llamé por teléfono, pero tú no estabas.
—No me han dicho nada.
—Siéntense. Siéntense.
Manolo lo observaba mientras hablaba con su madre, y lo notaba un poco confundido. Miró a su alrededor: «Ni gente, ni bocadillos. Tenemos una hora de atraso». Era evidente que en ese departamento no había ningún cóctel. Sólo una pequeña mesa en un rincón. Dos asientos. Dos sillas, una frente a la otra. Una botella de vino. Algo había fallado.
—Siéntate, Manolo —dijo el pintor, al ver que continuaba de pie—. Llamé para avisarles que la reunión se había postergado. Uno de mis amigos está enfermo y no puede venir,
—No me han avisado nada —dijo ella, mirando hacia la mesa.
—No tiene importancia —dijo el pintor, mientras se sentaba—. Cometemos los tres juntos.
—Domingo…
—Donde hay para dos hay para tres —dijo sonriente, pero algo lo hizo cambiar de expresión y ponerse muy serio. Manolo se había sentado en un sillón, frente al sofá en que estaban su madre y el pintor. En la pared, encima de ellos, había un inmenso cuadro, y Manolo reconoció la firma: «La D del dormitorio», pensó. Miró alrededor suyo, pero no había más cuadros como ése. No podía hablar.
—Es una lástima —dijo el pintor ofreciéndole un cigarrillo a la madre de Manolo.
—Gracias, Domingo. Yo quería que conociera a tus amigos.
—Tiene que venir otro día.
—Por lo menos hoy podrá ver tus cuadros.
—¡Excelente idea! —exclamó—. Podemos comer, y luego puede ver mis cuadros. Están en ese cuarto.
—¡Claro! ¡Claro!
—¿Quieres ver mis cuadros, Manolo? —Sí. Me gustaría…
—¡Perfecto! Comemos, y luego ves mis cuadros. —¡Claro! —dijo ella sonriente—. Fuma, Manolo. Toma un cigarrillo.
—Ya lo creo —dijo el pintor, inclinándose para encenderle el cigarrillo—. Comeremos dentro de un rato. No hay problema. Donde hay para dos…
—¡Claro! ¡Claro! —lo interrumpió ella.

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Alfredo Bryce Echeñique
El hombre, el cinema y el tranvía
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El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltarse las descripciones muy extensas e inútiles.
Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con sección al Paseo de la República. Eran las seis de la tarde, y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años, y un muchacho de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no esa película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada no parecieron impresionar mucho al hombre que podía ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor, y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás, y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y desapareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse, y el conductor saltó a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.
—No pude hacer nada por evitarlo —dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
—¡Dios mío! —exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa llena de verduras—. En los años que llevo viajando en esta línea…
—Hay que llamar a un policía —interrumpió alguien.
La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual a la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.
—Circulen. Circulen —ordenó un policía que llegaba en ese momento.
—No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
—¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
—Hay que llamar a una ambulancia.
Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.
—Vestía de azul marino —dijo el muchacho.
—Está muerto.
—Es extraño.
—¿Qué es extraño? —preguntó el hombre de unos treinta años.
—Vas al cine, y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
—El arte y la vida.
—Humm… El arte, la vida… Pero el periódico…
—Ya lo sabes —interrumpió el hombre—. Si tienes un accidente y ves que empiezan a cubrirte de periódicos… La cosa va mal…
—Tú también vas a morirte…
—Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro… Eso no es soñar, mi querido amigo.
—¿Siempre eres así? —preguntó el muchacho.
—¿Conoces los chistes crueles?
—Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
—¿Acaso no vas a la universidad?
—No te entiendo.
—¿Sabes lo que es la catarsis?
—Sí. Aristóteles…
—Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
—Eres increíble —dijo el muchacho.
—Hace años que camino por el centro de Lima —dijo, hombre—. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré de que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí —dijo, mientras abría la puerta de un bar—. ¿Una cerveza?
—Bueno —asintió el muchacho—. Pero no todos los días.
—Diario. Y a la misma hora.
Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo la cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.
—Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla —dijo el hombre.
—¿Es verdad que vienes todos los días? —preguntó el muchacho.
—¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
—¿Y si hoy prefiere una cerveza?
—Sería muy extraño —respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
—¿Dos cervezas, señor Alfonso?
—No sé si quiero una cerveza —intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
—Tengo que prepararle su aperitivo al viejito —dijo, el mozo.
—Decídete, Manolo —dijo el hombre, y agregó mirando al mozo—: Se llama Manolo…
—Un trago corto y fuerte —ordenó el muchacho—. Un pisco puro.
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Antes de la cita con los Linares
A Mercedes y Antonio, siempre
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—No, no, doctor psiquiatra, usted no me logra entender, no se trata de eso, doctor psiquiatra; se trata más bien de insomnios, de sueños raros… rarísimos…
—Pesadillas…
—No me interrumpa, doctor psiquiatra; se trata de los rarísimos pero no de pesadillas; las pesadillas dan miedo y yo no tengo miedo, bueno sí, un poco de miedo pero más bien antes de acostarme y mientras me duermo, después vienen los sueños, esos que usted llama pesadillas, doctor psiquiatra, pero ya le digo que no son pesadillas porque no me asustan, son más bien graciosos, sí, eso exactamente: Sueños graciosos, doctor psiquiatra…
—Sebastián, no me llames doctor psiquiatra; es casi como si me llamaras señor míster Juan Luna; llámame doctor, llámame Juan si te acomoda más…
—Sí, doctor psiquiatra, son unos sueños realmente graciosos, la más vieja de mis tías en calzones, mi abuelita en patinete, y esta noche usted cagando, seguramente, doctor psiquiatra… no puedo prescindir de la palabra psiquiatra, doctor… psiquiatra… ya lo estoy viendo, ya está usted cag…
—Vamos, vamos, Sebastián. Un poco de orden en las ideas; un poco de control; al grano; venga la historia desde atrás. desde el comienzo del viaje…
—Sí, doctor psiquiatra… «cagando».
—Ya te lo había dicho: Un café no es lugar apropiado para una consulta: A cada rato volteas a mirar a los que entran, debió ser en mi consultorio…
—No, no, no— nada en el consultorio; no hay que tomar este asunto tan en serio; entiéndame: Una cita con el psiquiatra en su consultorio y tengo miedo a la que le dije; aquí en el café todo parece menos importante, aquí no puede usted cerrar las persianas ni hacerme recostar en un sofá, aquí entre cafecito y cafecito, doctor psiquiatra, porque si usted no me quita esto, doctor psiquiatra, perdóneme, no puedo dejar de llamarlo así, si usted no me quita esto, es mejor que lo siga viendo cagar, perdóneme… pero es así y todo es así, el otro día, por ejemplo, he aquí un sueño de los graciosos, el otro día un ejército enorme iba a invadir un país, no sé cuál, podría ser cualquiera, y justo antes de llegar todos se pusieron a montar en patinete, como mi abuelita, y a tirarse baldazos de agua como en carnaval, y después arrancó, en el sueño, el carnaval de Río hasta que me desperté casi contento… Lo único malo es que aún eran las cinco mañana… Como ve, no llegan a ser pesadillas o qué sé yo…
—Un poco de orden, Sebastián. Empieza desde que saliste de París.

Había terminado de arreglar su maleta tres días del viaje porque era precavido, maniático y metódico. Había alquilado su cuarto del barrio latino durante verano porque era un estudiante más bien pobre. Había decidido pasar el verano en España porque allá tenía amigos, porque que veneraba al Quijote y porque quería ver vez también por todo lo que allá le iba a pasar.
Le había alquilado su cuarto a un español que venía a preparar una tesis durante el verano. El español llegó dos días antes de lo acordado y tuvieron que dormir juntos. Conversaron. Como el español no lo conocía muy bien aún, le habló de cosas superficiales, sin mayor importancia; o tal vez no:
—Si dices que has perdido seis kilos, ya verás como los recuperas; allá se come bien y barato.
—Odio los trenes. No veo la hora de estar en Barcelona.
—¡Hombre!, un viaje en tren en esta época puede ser muy entretenido. Ya verás: O te toca viajar con algunas suecas o alemanas y en ese caso, como tú hablas español, nada fácil que sacar provecho de la situación; o de lo contrario te encontrarás con obreros españoles que regresan a su vacaciones y entonces pan, vino, chorizo, transistores, una semijuerga que te acorta el viaje; no hay pierde.
El español no lo acompañó a tomar ese maldito tren. Sebastián detestaba los trenes y se había levantado tempranísimo para encontrar su asiento reservado de segunda, para que nadie se le sentara en su sitio, y porque, maniático, él estaba seguro de que el conductor del tren lo odiaba y que para fastidiarlo partiría, sólo ese día, antes de lo establecido por el horario. Fue el primero en subir al tren. E1 primero en ubicar su asiento, en acomodar su equipaje. Como al cabo de tres minutos el vagón continuaba vacío, Sebastián se puso de pie y salió a comprobar que en ese tren no hubiese ningún otro vagón con el mismo número ni, ya de regreso a su coche, ningún otro asiento con su número. Esto último lo hizo corriendo, porque temía que ya alguien se hubiese sentado en su sitio y entonces tenía que tener tiempo para ir a buscar al hombre de la compañía, uno nunca sabe con quién tendrá que pelear, para que éste desalojara al usurpante. Desocupado. Su asiento continuaba desocupado y Sebastián lo insultó por no estar al lado de la ventana, por estar al centro y por eso de que ahora, como en el cine, nadie sabrá jamás en cuál de los dos brazos le tocaría apoyar el codo y eso podría ser causa de odios en el compartimiento. Pero tal vez no porque ya no tardaban en llegar dos obreros andaluces, con él tres hombres, con el vino, el chorizo y los transistores, y luego las tres suecas, tres contra tres, con sus piernas largas, sus cabelleras rubias, listas a morir de insolación en alguna playa de Málaga. Él empezaría hablando de Ingmar Bergman, los españoles invitando vino, todos hablarían a los diez minutos pero media hora después él ya sólo hablaría con la muchacha sueca con que se iba a casar, ya no volveré más a mi patria, con que se iba a instalar para siempre en Estocolmo, y que era incompatible con la dulce chiquilla vasca que lo haría radicarse en Guipúzcoa, un caserío en el monte y poemas poemas poemas, tan incompatible con los ojos negros inmensos enamorados de Soledad, la guapa andaluza que lo llevó a los toros, tan incompatible con, que lo adoró mientras el Viti les brindaba el toro, tan incompatible con, triunfal Santiago Martín El Viti… Todo, todo le iba a suceder, pero antes, antes, porque después, después volvería a estudiar a París.
Las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Las cinco. No bien partió el tren, las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Él no tenía un revolver para matarlas y además no lograba odiarlas. Iban limpísimas las cinco monjitas y lo habían saludado al entrar al compartimento. Entonces el viaje empezó a durar ocho horas hasta la frontera; sesenta minutos cada hora hasta la frontera; ocho mil horas hasta la frontera y las cinco monjitas viajarían inmóviles hasta la frontera y él cómo haría para no orinar hasta la frontera porque tenia a una limpiecita entre él y la puerta y no le podía decir «madre, por favor, quiero ir al baño», mientras ella a lo mejor estaba rezando por él. Tampoco podía apoyar los codos; tampoco podía leer su libro, cómo iba a leer al marqués de Sade ese que traía en el bolsillo delante de ellas, cómo iba a decirle a la que había puesto su maleta encima de la suya: «Madre, por favor, podría sacar su maleta de encima de la mía? Quisiera buscar un libro que tengo allí adentro». Se sentía tan malo, tan infernal entre las monjitas. «Madrecita regáleme una estampita», pensó, y en ese instante se le vino a la cabeza esa imagen tan absurda, las monjitas contando frijoles negros, luego otra, las monjitas en patinete hasta la frontera, y entonces como que se sacudió para despejar su mente de tales ideas y para ver si algo líquido se movía en sus riñones y comprobar si ya tenía ganas de orinar para empezar a aguantarse hasta la frontera.
—Y cuando me quedé dormido, doctor psiquiatra, no debe haber sido más de media hora, doctor psiquiatra, estoy seguro, tome nota porque ésa fue la primera vez que soñé cosas raras, esos sueños graciosos, las monjitas en patinete, en batalla campal, arrojándose frijoles en la cara. Creo que hasta me desperté porque me cayó un frijolazo en el ojo.
—¿Estas seguro de que esa fue la primera vez, Sebastián?
—Sí, sí, seguro, completamente seguro. Y la segunda vez fue mientras dormitaba en esa banca en Irún, esperando el tren para Barcelona. Llovía a cántaros y se me mojaron los pies; por eso cogí ese maldito resfriado. .. Maldita lluvia.
—¿Y las religiosas? . . . .
—Las monjitas tomaron otro tren con dirección a Madrid. Yo las ayudé a cargar y a subir sus maletas; si supiera usted cómo me lo agradecieron; cuando me despedí de ellas pensé que podría llorar, en fin, que podrían llenárseme los ojos de lágrimas; se fueron con sus rosarios… limpísimas… Si viera usted la meada que pegué en Irún…
—¿Los sueños de Irún fueron los mismos que los del tren?
—Sí, doctor psiquiatra, exactos, ninguna diferencia, sólo que al fin yo las ayudé a cargar sus patinetes hasta el otro tren. En el tren a Barcelona también soñé lo mismo en principio, pero esa vez también estaban las suecas y los obreros andaluces y no nos atrevíamos a hablarles porque uno no le mete letra a una sueca delante de una monja que está rezando el rosario…
Llegó a Barcelona en la noche del veintisiete de julio y llovía. Bajó del tren y al ver en su reloj que eran las once de la noche, se convenció de que tendría que dormir en la calle. Al salir de la estación, empezaron a aparecer ante sus ojos los letreros que anunciaban las pensiones, los hostales, los albergues. Se dijo: «No hay habitación para usted», en la puerta de cuatro pensiones, pero se arrojó valientemente sobre la escalera que conducía a la quinta pensión que encontró. Perdió y volvió a encontrar su pasaporte antes de entrar, y luego avanzó hasta una especie de mostrador donde un recepcionista lo podría estar confundiendo con un contrabandista. Quería, de rodillas, un cuarto para varios días porque en Barcelona se iba a encontrar con los Linares, porque estaba muy resfriado y porque tenía que dormir bien esa noche. El recepcionista le contó que él era el propietario de esa pensión, el dueño de todos los cuartos de esa pensión, de todas las mesas del comedor de esa pensión y después le dijo que no había nada para él, que sólo había un cuarto con dos camas para dos personas. Sebastian inició la más grande requisitoria contra todas las pensiones del mundo: a el que era un estudiante extranjero, a él que estaba enfermo, resfriado, cansado de tanto viajar, a él que tenía su pasaporte en regla (lo perdió y lo volvió a encontrar), a él que venía en busca de descanso, de sol y del Quijote, se le recibía con lluvia y se le obligaba a dormir en la intemperie. «Calma, calma, señor», dijo el propietario-recepcionista, «no se desespere, déjeme terminar: voy a llamar a otra pensión y le voy a conseguir un cuarto».
Pero alguien estaba subiendo la escalera; unos pasos en la escalera, fuertes, optimistas, definitivos, impidieron que el propietario-recepcionista marcara el número de la otra pensión en el teléfono, y desviaron la mirada de Sebastián hacia la puerta de la recepción. Ahí se había detenido y ellos casi lo aplauden porque representaba todas las virtudes de la juventud mundial. Estaba sano, sanísimo, y cuando se sonrió, Sebastián leyó claramente en las letras que se dibujaban en cada uno de sus dientes: «Me los lavo todos los días; tres veces al día». Llevaba puestos unos botines inmensos, una llanta de tractor por suelas, en donde Sebastián sólo lograría meter los pies mediante falsas caricias y engaños y despidiéndose de ellos para siempre. Llevaba, además, colgada a la espalda, una enorme mochila verde oliva, y estaba dispuesto, si alguien se lo pedía, a sacar de adentro una casa de campo y a armarla en el comedor de la pensión (o donde fuera) en exactamente tres minutos y medio. Tenía menos de veinticuatro años y vestía pantalón corto y camisa militar. Era rubio y colorado y sus piernas, cubiertas de vellos rubios y enroscados, podrían causarle un complejo de inferioridad por superioridad.
Hizo una venia y habló: «Haben Sie ein Zimmer?». El propietario-recepcionista sonrió burlonamente y dijo: «Nein». Pero entonces Sebastian decidió que el dios Tor y él podían tomar el cuarto de dos camas por esa noche. Fue una gran idea porque el propietario-recepcionista aceptó y les pidió que mostraran sus documentos y llenaran estos papelitos de reglamento. Sebastián no encontraba su lápiz pero Tor, sonriente, sacó dos, obligándolo a inventar su cara de confraternidad y a decidirse, en monólogo interior, a mostrarle en el mapa que Tor sacaría de la casa de campo que traía en la mochila, dónde exactamente quedaba su país, a lo mejor le interesaba y mañana se iba caminando hasta allá.
Se llamaba Sigfrido, no Tor, y Sebastián, ya con pulmonía, le entregó su mano para que se la hiciera añicos, obligándolo a cargar su maleta con la mano izquierda y a seguirlo mientras desfilaba enorme hasta la habitación bastante buena, con ducha y todo. Sebastián estornudó tres veces mientras se ponía el pijama y, cuando al cabo de unos minutos, vio a Tor desnudo meterse a la ducha fría, luego lo escuchó cantar y dar porrazos, no sabía bien si en la pared o en su pecho vikingo, decidió cubrirse bien con la frazada porque esa noche se iba a morir de pulmonía. «Tara-la-la-la-la-la-la; trra-la-la-la-la-lala-la; Jijoanito Panano, Jijoanito Panano…»
—Estoy seguro, doctor psiquiatra, de que venía de dar la vuelta al mundo con la mochila en la espalda y los zapatones esos que eran un peligro para la seguridad, para los pies públicos. Y todavía podía cantar con una voz de coro de la armada rusa y bañarse en agua fría, sólo teníamos agua fría y no hubo la menor variación en el tono de voz cuando abrió el caño; nada, absolutamente nada: Siguió cantando como si nada y yo ahí muriéndome de frío y pulmonía en la cama…
—Sebastián, yo creo que exageras un poco; cómo va a ser posible que un simple resfriado se convierta en pulmonía en cosa de minutos; te sentías mal, cansado, deprimido…
—A eso voy, doctor psiquiatra; a eso iba hace un rato cuando lo empecé a ver a usted cag…
—Ya te di je que había sido un error tener la cita en un café; constantemente volteas a mirar a la gente que entra…
—No, doctor psiquiatra; no es eso; los sacudones que doy con la cabeza hacia todos lados son para borrármelo a usted de la mente cag…
—Escucha, Sebastián…
—Escuche usted, doctor psiquiatra, y no se amargue si lo veo en esa postura porque si usted no es capaz de comprender que un resfriado puede transformarse en pulmonía en un segundo por culpa de un tipo como Tor, entonces es mejor que lo vea siempre cagando, doctor psiquiatra…
—…
—¿No comprende, usted? ¿No se da cuenta de que venía de dar la vuelta al mundo como si nada? ¿No se lo imagina usted con la casa de campo en la espalda y luego desnudo y colorado bajo la ducha fría, preparándose para dormir sin pastillas y sin problemas las horas necesarias para partir a dar otra vuelta al mundo?
—¿Cómo acabó todo eso, Sebastian?
—Fue terrible, doctor; fue una noche terrible; se durmió inmediatamente y estoy seguro de que no roncó por cortesía; yo me pasé horas esperando que empezara a roncar, pero nada: No empezó nunca; dormía como un niño mientras yo empapaba todo con el sudor y clamaba por un termómetro; nunca he sudado tanto en mi vida y ¡cómo me ardía la garganta! Empecé a atragantarme las tabletas esas de penicilina; me envenené por tomarme todas las que había en el frasco. Fue terrible, doctor psiquiatra, Tor se levantó al alba para afeitarse, lavarse los dientes y partir a dar otra vuelta al mundo; a pie, doctor psiquiatra, las vueltas al mundo las daba a pie, no hacía bulla para no despertarme y yo todavía no me había dormido; ya no sudaba, pero ahora todo estaba mojado y frío en la cama y ya me empezaban las náuseas de tanta penicilina. Tor era perfecto, doctor psiquiatra, estaba sanísimo, y yo no sé para qué me moví: Se dio cuenta de que no dormía y momentos antes de partir se acercó a mi cama a despedirse, dijo cosas en alemán y yo debí ponerle mi cara de náuseas y confraternidad cuando saqué el brazo húmedo de abajo de la frazada y se lo entregué para que se lo llevara a dar la vuelta al mundo, me ahorcó la mano, doctor psiquiatra…
—¿No lograste dormir después que se marchó?
—Sí, doctor psiquiatra, sí logré dormir pero sólo un rato y fue suficiente para que empezaran nuevamente los sueños graciosos; fue increíble porque hasta soñé con las palabras necesarias para que el asunto fuera cómico; sí, sí, la palabra holocausto; soñé que el propietario-recepcionista y yo ofrecíamos un holocausto a Tor, allí, en la entrada de la pensión, los dos con el carnerito, y el otro dale que dale con su «Haben Sie ein Zimmer» y después empezó a regalarme tabletas de penicilina que sacó de un bolsillo numerado de su camisa…
Era domingo y faltaban dos días para el día de la cita. Sebastián fue al comedor y desayunó sin ganas. Había vomitado varias veces pero era mejor empezar el día desayunando, como todo el mundo, y así sentirse también como todo el mundo. Necesitaba sentirse como todo el mundo. Era un día de sol y por la tarde iría a toros. Por el momento se paseaba cerca del mar y se acercaba al puerto. Se sentía aliviado. Sentía que la penicilina lo había salvado de un fuerte resfrío y que vomitar lo había salvado de la penicilina. Se sentía bien. Optimista. Caminaba hacia el puerto y empezaba a gozar de una atmósfera pacifica y tranquila y que el sol lograba alegrar. Sonreía al pensar en el Sigfrido que él habia llamado Tor y se lo imaginaba feliz caminando por los caminos de España. En el puerto se unió a un grupo de personas y con ellas caminó hasta llegar al pie de los dos barcos de guerra. Eran dos barcos de guerra norteamericanos y estaban anclados ahí, delante de él. Sebastián los contemplaba. No sabía qué tipo de barcos eran, pero los llamó «destroyers» porque esos cañones podrían destruir lo que les diera la gana. La gente hacía cola; subía y visitaba los «destroyers» mientras los marinos se paseaban por la cubierta y, desde abajo, Sebastián los veía empequeñecidos; entonces decidió marcharse para que los marinos que lo estaban mirando no lo vieran a él empequeñecido. Eran unos barcos enormes y Sebastián ya se estaba olvidando de ellos, pero entonces vio la carabela.
Ahí estaba, nuevecita, impecable, flotando, anclada, trescientos metros más acá de los «destroyers», no a cualquiera le pasa, la carabela, y Sebastián dejó de comprender. Quiso pero ya no pudo sentirse como después del desayuno y ahora se le enfriaban las manos. Ya no se estaba paseando como todo el mundo por Barcelona y ahora sí que ya no se explicaba bien qué diablos pasaba con todo, tal vez no él sino la realidad tenía la culpa, presentía una teoría, sería cojonudo explicársela a un psiquiatra, una contribución al entendimiento, pero no: nada con la que te dije, nada de «recuéstese allí, jovencito», nada con las persianas del consultorio.
Su carabela seguía flotando como un barco de juguete en una tina, pero inmensa, de verdad y muy bien charolada. Sebastián se escapó, se fue cien metros más allá hasta las «golondrinas». Así les llamaban y eran unos barquitos blancos que se llevaban, cada media hora, a los turistas a darse un paseo no muy lejos del puerto. Ahí mismo vendían los boletos; podía subir y esperar que partiera el próximo; podía sentarse y esperar en la cafetería. No compró un boleto; prefirió meterse a la cafetería y poner algún orden a todo aquello que le hubiera gustado decirle a un psiquiatra, a cualquiera.
No pudo, el pobre, porque al sentarse en su mesa se le vino a la cabeza eso de los niveles. Recién lo captó cuando se le acercó el hombre obligándolo a reconocer que tenía los zapatos sucios, él no hubiera querido que se agachara, yo me los limpio, pero estaban sucios y el hombre seguía a su lado, listo para empezar a molestarse y él dijo sí con la cabeza y con el dedo y para terminar y ahora el hombre ya estaba en cuclillas y ya todo lo de los pies y los marineros de los «destroyers» arriba, sobre los taburetes, delante del mostrador, pidiendo y bebiendo más cerveza. «Yo también quiero una cerveza», dijo, cuando lo atendieron. El mozo también estaba a otro nivel.
Después pensaba que el lustrabotas no tenía una cara. Tenía cara pero no tenía una cara, y cuando se inclinaba para comprobar sólo le veía el pelo planchado, luchando por llenarse de rulos y una frente como cualquier otra; nunca la cara; no tenía una cara porque también cuando se deshacía en perfecciones y dominios lanzando la escobilla, plaff plaff, como suaves bofetadas, de palma a palma de la mano, cada vez más rápido, lustrando, puliendo, sacando brillo con maña, técnica, destreza, casi un arte, un artista, pero no, no porque no era importante, era sólo plaff plaff, arrodillado, y los barquitos, «golondrinas», continuaban partiendo, cada media hora, llenos de turistas, a dar una vuelta, un paseo, no muy lejos del puerto, por el mar.
El lustrabotas le dijo que el zapato tenía una rajadura, él ya lo sabía y no miró; entonces el hombre sin cara le dijo que no era profunda y que se la había salvado, le habia salvado el zapato, el par de zapatos; entonces él miró y ahí estaba siempre la rajadura, sólo que ahora además brillaba, obligándolo a apartar la mirada y agradecer, a agradecer infinitamente, a encender el cigarrillo, a beber el enorme trago de cerveza, a mirar al mostrador, a volver a pensar en niveles, a hablar de su adorado zapato, le había costado un dineral, obligándolo a pensar ya en la propina, qué le dijo el español sobre las propinas, qué piensan los Linares sobre los lustrabotas, cuántas monedas tenía, plaff plaff plaff, como suaves bofetadas, casi caricias, que es la generosidad.
Todavía por la tarde, fue a los toros.
—La peor corrida del mundo, doctor psiquiatra; no se imagina usted; fue la peor corrida del mundo, con lluvia y todo. Puro marinero americano, puro turista; sólo unos cuantos españoles y todos furiosos; todos mandando al cacho a los toreros, pero desistieron, doctor psiquiatra, desistieron y empezaron a tomarlo todo a la broma, doctor psiquiatra; burlas, insultos, carcajadas, almohadonazos; sólo la pobre sueca sufría, la pobre no resistía la sangre de los toros, se tapaba la cara, veía cogidas por todos lados, lloraba, era para casarse con ella, doctor psiquiatra, pero lloraba sobre el hombro de su novio, doctor psiquiatra, desaparecía en el cuello de un grandazo como Tor, doctor psiquiatra, un grandazo como Tor aunque este no estaba tan sano…
—¿Y tuviste más sueños, Sebastián?
—Ya no tantos, doctor psiquiatra, ya no tantos; sólo soñé con la corrida: Era extraño porque el grandazo de la sueca era y no era Tor al mismo tiempo… Sí, sí, doctor psiquiatra, era y no era porque después yo vi a Tor llegando a una pensión en Egipto y preguntando «Haben Sie ein Zimmer?», aunque eso debió haber sido más tarde, en realidad no recuerdo bien, sólo recuerdo que yo me asusté mucho porque la plaza empezó a balancearse lentamente, se balanceaba como si estuviera flotando y sólo se me quitó el miedo cuando descubrí que las graderías habían adquirido el ritmo de las mandibulas de los marineros: Eran norteamericanos, doctor psiquiatra, y estaban mascando chicle… Parecían contentos…
No le gustaba jugar a las cartas; no sabía jugar solitario, pero cree que puede hablar de lo que siente un jugador de solitario; cree, por lo que hizo esa mañana, un día antes de la cita con los Linares.
Desayunó como todo el mundo en la pensión, a las nueve de la mañana. Después se sentó en la recepción, conversó con el propietario-recepcionista, evitó los paseos junto al mar y fumó hasta las once de la mañana. Una idea se apoderó entonces de Sebastián: por qué no haberse equivocado en el día de la cita; se habían citado el martes treinta de julio, a la una de la tarde, pero se habían citado con más de un mes de anticipación, y con tanto tiempo de por medio, cualquiera se equivoca en un día. Además le preocupaba no conocer Barcelona; ¿y si se equivocaba de camino y llegaba después de la hora?, ¿y si se perdía y llegaba muy atrasado?, ¿y si ellos se cansaban de esperarlo y decidían marcharse? Bajó corriendo la escalera de la pensión y se volcó a la calle en busca del Café Terminus, esquina del Paseo de Gracia y la calle Aragón. Y ahora caminaba desdoblando ese maldito plano de la ciudad que se le pegaba al cuerpo y se le metía entre las piernas con el viento. «Por aquí a la derecha, por aquí a la izquierda», se decía, y sentía como si ya lo estuvieran esperando en ese maldito café al que nunca llegara. El sol, el calor, el viento, la enormidad del plano que se desdoblaba con dificultad, que nunca jamás se volvería a doblar correctamente, que podía estar equivocado, ser anticuado… No, no; parado en esa esquina, la más calurosa del mundo, sin un heladero a la vista, no, el ya nunca más volvería a ver a los Linares.
Y después no pudo preguntarle al policía ése porque el propietario-recepcionista se había quedado con su pasaporte, su único documento de identidad, ¿y si había vencido ya su certificado de vacuna?, a ese otro sí podía preguntarle: peatón, transeúnte, hágame el favor, señor, y luego lo odió cuando le dijo que el Terminus estaba allá, en la próxima esquina, y él comprobó que faltaba aún una hora para la cita, además la cita era mañana.
Realmente ese mozo del Terminus tenía paciencia, no le preguntaba qué deseaba, aunque no debía seguirlo con la mirada. ¿Qué podía estar haciendo ese señor? ¿Por qué se sentó primero en el interior y después en la terraza? ¿Por qué se trasladó del lado izquierdo de la terraza, al lado derecho? ¿Qué busca ese señor? ¿Está loco? ¿Por qué no cesa de mirarme? Me va a volver loco; ¿no se le ocurre comprender? Y así Sebastián estudiaba todas las posibilidades, se ubicaba en todos los ángulos, estudiaba todos los accesos al café, para que no se le escaparan los Linares. Escogería la mejor mesa, aquella desde donde se dominaban ambas calles, desde donde se dominaban todas las entradas al café. La dejaría señalada y mañana vendría, con horas de anticipación, a esperar a los Linares. Pero ahora también los esperó bastante, por si acaso.
La noche antes de la cita tambien soñó, pero era diferente. Por la mañana se despertó muy temprano, pero se despertó alegre y desayunó sintiéndose mejor que todo el mundo. También caminó hasta el Café Terminus, pero ahora ya conocía el camino y no traía el plano de la ciudad. Llevó ropa ligera y anteojos de sol, pero el sol estaba agradable y no quemaba demasiado. Una vez en el café, encontró su mesa vacía y el mozo ya no lo miraba desesperantemente; se limitó a traerle la cerveza que él pidió, y luego lo dejó en paz con el cuaderno y el lapiz que había traído para escribir, porque aún faltaban horas para la hora de la cita. Y escribía; escribía velozmente, y durante las primeras dos horas sólo levantaba la cabeza cada diez minutos, para ver si ya llegaban los Linares; luego ya sólo faltaba una hora, y entonces levantaba la cabeza cada cinco minutos, cada tres, cada dos minutos porque ya no tardaban en llegar, pero escribía siempre, escribía y levantaba la cabeza, escribía y miraba… un mes.
—Dices que eran unos sueños diferentes, Sebastián…
—Sí, doctor, completamente diferentes; eran unos sueños alegres, ahí estaban todos mis amigos, todos me hablaban, los Linares llegaban constantemente, no se cansaban de llegar, llegaban y llegaban; eran unos sueños preciosos y si usted me fuera a dar pastillas, yo sólo quisiera pastillas contra los otros sueños, para estos sueños nada, doctor, nada para estos sueños de los amigos y de los Linares llegando…
¿Cuál de los dos está más bronceado? ¿Él o ella? ¿Cuál lleva los anteojos para el sol? ¿Quién sonríe más? Maldito camión que no los deja atravesar. Y el semaforo todavía. Ponte de pie para abrazarlos. No derrames la cerveza. No manches el cuento. No patees la mesa. Luz verde. Cuál de los dos está más bronceado. A quién el primer abrazo. Las sonrisas. Los Linares. Las primeras preguntas. Los primeros comentarios a las primeras respuestas.
—¡Hombre!, ¡Sebastián!, pero si estás estupendo.
—Sí, sí. Y ustedes ¡bronceadísimos! Ya hace más de un mes.
—¡Hombre!, mes y medio bajo el sol; ya es bastante. ¿Y no ves lo guapa que se ha puesto ella?
—Y ahora, Sebastián, a Gerona con nosotros.
—¿Tres cervezas?
—Sí, sí. Asiento, asiento.
—¿Y esto qué es, Sebastián?
—Ah, un cuento; me puse a escribir mientras los esperaba; tendrán que soplárselo.
—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡arranca!
—No, ahora no; tendría que corregirlo.
—¿Y el título?
—Aún no lo sé; había pensado llamarlo Doctor psiquiatra, pero dadas las circunstancias, creo que le voy a poner Antes de la cita, con ustedes, con los Linares.
París, 19ó7

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Monday, August 18, 2008

CUENTOS — AMBROSE BIERCE

CUENTOS — AMBROSE BIERCE

CUENTOS — AMBROSE BIERCE
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Al Otro Lado De La Pared
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Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en
San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo
aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como
era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros
de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto. El más importante para mí era
Mohum Dampier, un antiguo amigo del colegio con quien había mantenido
correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre
hombres. Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición a redactar una sencilla carta de
tono social está en razón del cuadrado de la distancia entre el destinatario y el remitente.
Se trata, simple y llanamente, de una ley.
Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y bien parecido, con gustos
semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba una señalada indiferencia hacia
muchas de las cuestiones que suelen preocupar a la gente; entre ellas la riqueza, de la que,
sin embargo, disponía por herencia en cantidad suficiente como para no echar nada en
falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un
orgullo que ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o
hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter
supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo.
Afortunadamente gozaba de una buena salud mental que lo protegía contra creencias
extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo sobrenatural se mantenían
dentro de la región conocida y considerada como certeza.
La noche que lo visité había tormenta. El invierno californiano estaba en su apogeo:
una lluvia incesante regaba las calles desiertas y, al ser empujada por irregulares ráfagas
de viento, se precipitaba contra las casas con una fuerza increíble. El cochero encontró el
lugar, una zona residencial escasamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La casa,
bastante fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude distinguir en la
oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles, que se combaban y crujían a
causa del temporal, parecían intentar huir de su tétrico entorno en busca de mejor fortuna,
lejos, en el mar. La vivienda era una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía
una torre en una esquina, un piso más arriba. Era la única zona iluminada. La apariencia
del lugar me produjo cierto estremecimiento, sensación que se vio aumentada por el
chorro de agua que sentía caer por la espalda mientras corría a buscar refugio en el portal.
Dampier, en respuesta a mi misiva informándole de mi deseo de visitarlo, había
contestado: «No llames, abre la puerta y sube.» Así lo hice. La escalera estaba pobremente
iluminada por una luz de gas que había al final del segundo tramo. Conseguí llegar al
descansillo sin destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia
cuadrada de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esperaba, a
saludarme, y aunque en un principio pensé que me podría haber recibido más
adecuadamente en el vestíbulo, después de verlo, la idea de su posible inhospitalidad
desapareció.
No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba bastante
encorvado. Lo encontré muy delgado; sus facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y
pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente
grandes, centelleaban de un modo misterioso.
Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y
solemne que estaba encantado de verme. Después tuvimos una conversación trivial
durante la cual me sentí dominado por una profunda tristeza al ver el gran cambio que
había sufrido. Debió captar mis sentimientos porque inmediatamente dijo, con una gran
sonrisa:
—Te he desilusionado: non sum qualis eram.
Aunque no sabía qué decir, al final señalé:
—No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue igual que siempre.
Sonrió de nuevo.
—No —dijo—, al ser una lengua muerta, esta particularidad va aumentando. Pero,
por favor, ten paciencia y espera: existe un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo.
¿Tendrías algún inconveniente en recibir un mensaje en dicha lengua?
Mientras hablaba su sonrisa iba desapareciendo, y cuando terminó, me miró a los
ojos con una seriedad que me produjo angustia. Sin embargo no estaba dispuesto a
dejarme llevar por su actitud ni a permitirle que descubriera lo profundamente afectado
que me encontraba por su presagio de muerte.
—Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el lenguaje humano deje de
sernos útil —observé—, y para entonces su necesidad y utilidad habrán desaparecido.
Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había tomado un giro desalentador y
no sabía qué decir para darle un tono más agradable, también yo permanecí en silencio.
De repente, en un momento en que la tormenta amainó y el silencio mortal contrastaba de
un modo sobrecogedor con el estruendo anterior, oí un suave golpeteo que provenía del
muro que tenía a mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano,
pero no como cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una
señal acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua;
creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación
de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi mirada no
debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una expresión que no
soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estuviera viendo. La situación era
desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reaccionó.
—Por favor, vuelve a sentarte —dijo—, no ocurre nada, no hay nadie ahí.
El golpeteo se repitió con la misma insistencia lenta y suave que la primera vez.
—Lo siento —dije—, es tarde. ¿Quieres que vuelva mañana?
Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.
—Es muy gentil de tu parte, pero completamente innecesario. Te aseguro que ésta es
la única habitación de la torre y no hay nadie ahí. Al menos…
Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una ventana, única abertura que había
en la pared de la que provenía el ruido.
—Mira.
Sin saber qué otra cosa podía hacer, lo seguí hasta la ventana y me asomé. La luz de
una farola cercana permitía ver claramente, a través de la oscura cortina de agua que
volvía a caer a raudales, que «no había nadie». Ciertamente, no había otra cosa que la
pared totalmente desnuda de la torre.
Dampier cerró la ventana, señaló mi asiento y volvió a tomar posesión del suyo.
El incidente no resultaba en sí especialmente misterioso; había una docena de
explicaciones posibles (ninguna de las cuales se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me
impresionó vivamente el hecho de que mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello
daba al suceso una cierta importancia y significación. Había demostrado que no había
nadie, pero precisamente eso era lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su
silencio resultaba irritante y ofensivo.
—Querido amigo —dije, me temo que con cierta ironía—, no estoy dispuesto a poner
en cuestión tu derecho a hospedar a todos los espectros que desees de acuerdo con tus
ideas de compañerismo; no es de mi incumbencia. Pero como sólo soy un simple hombre
de negocios, fundamentalmente terrenales, no tengo necesidad alguna de espectros para
sentirme cómodo y tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún
son de carne y hueso.
No fue una alocución muy cortés, lo sé, pero mi amigo no manifestó ninguna
reacción especial hacia ella.
—Te ruego que no te vayas —observó—. Agradezco mucho tu presencia. Admito
haber escuchado un par de veces con anterioridad lo que tú acabas de oír esta noche.
Ahora sé que no eran ilusiones mías y esto es verdaderamente importante para mí; más de
lo que te imaginas. Enciende un buen cigarro y ármate de paciencia mientras te cuento
toda la historia.
La lluvia volvía a arreciar, produciendo un rumor monótono, que era interrumpido
de vez en cuando por el repentino azote de las ramas agitadas por el viento. Era bastante
tarde, pero la compasión y la curiosidad me hicieron seguir con atención el monólogo de
Dampier, a quien no interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.
—Hace diez años —comenzó—, estuve viviendo en un apartamento, en la planta
baja de una de las casas adosadas que hay al otro lado de la ciudad, en Rincón Hill. Esa
zona había sido una de las mejores de San Francisco, pero había caído en desgracia, en
parte por el carácter primitivo de su arquitectura, no apropiada para el gusto de nuestros
ricos ciudadanos, y en parte porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La hilera de
casas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco apartada de la calle; cada vivienda
tenía un diminuto jardín, separado del de los vecinos por unas cercas de hierro y dividido
con precisión matemática por un paseo de gravilla bordeado de bojes, que iba desde la
verja a la puerta.
»Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven entrar en el jardín de la casa
izquierda. Era un caluroso día de junio y llevaba un ligero vestido blanco. Un ancho
sombrero de paja decorado al estilo de la época, con flores y cintas, colgaba de sus
hombros. Mi atención no estuvo mucho tiempo centrada en la exquisita sencillez de sus
ropas, pues resultaba imposible mirarla a la cara sin advertir algo sobrenatural. Pero no,
no temas; no voy a deslucir su imagen describiéndola. Era sumamente bella. Toda la
hermosura que yo había visto o soñado con anterioridad encontraba su expresión en
aquella inigualable imagen viviente, creada por la mano del Artista Divino. Me
impresionó tan profundamente que, sin pensar en lo impropio del acto, descubrí mi
cabeza, igual que haría un católico devoto o un protestante de buena familia ante la
imagen de la Virgen. A la doncella no parecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada
con sus gloriosos ojos oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la casa.
Permanecí inmóvil por un momento, con el sombrero en la mano, consciente de mi rudeza
y tan dominado por la emoción que la visión de aquella belleza incomparable me
inspiraba, que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería haber sido.
Entonces reanudé mi camino, pero dejé el corazón en aquel lugar. Cualquier otro día
habría permanecido fuera de casa hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media
tarde, ya estaba de vuelta en el jardín, interesado por aquellas pocas flores sin importancia
que nunca antes me había detenido a observar. Mi espera fue en vano; la chica no
apareció.
»A aquella noche de inquietud le siguió un día de expectación y desilusión. Pero al
día siguiente, mientras caminaba por el barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no
volví a hacer la tontería de descubrirme; ni siquiera me atreví a dedicarle una mirada
demasiado larga para expresar mi interés. Sin embargo mi corazón latía aceleradamente.
Tenía temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de evidente
reconocimiento, totalmente desprovista de descaro o coquetería, me sonrojé.
»No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que volví a encontrármela muchas
veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni intenté llamar su atención. Tampoco hice nada
por conocerla. Tal vez mi autocontrol, que requería un sacrificio tan abnegado, no resulte
claramente comprensible. Es cierto que estaba locamente enamorado, pero, ¿cómo puede
uno cambiar su forma de pensar o transformar el propio carácter?
»Yo era lo que algunos estúpidos llaman, y otros más tontos aún gustan ser llamados,
un aristócrata; y, a pesar de su belleza, de sus encantos y elegancia, aquella chica no
pertenecía a mi clase. Me enteré de su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo
acerca de su familia. Era huérfana y vivía en la casa de huéspedes de su tía, una gruesa
señora de edad, inaguantable, de la que dependía. Mis ingresos eran escasos y no tenía
talento suficiente como para casarme; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La
unión con aquella familia habría significado llevar su forma de vida, alejarme de mis libros
y estudios y, en el aspecto social, descender al nivel de la gente de la calle. Sé que este tipo
de consideraciones son fácilmente censurables y no me encuentro preparado para
defenderlas. Acepto que se me juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a
lo largo de generaciones, deberían ser mis codefensores y debería permitírseme invocar
como atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en contra de
un enlace de este tipo. En resumen, mis gustos, costumbres, instinto e incluso la sensatez
que pueda quedarme después de haberme enamorado, se vuelven contra él. Además,
como soy un romántico incorregible, encontraba un encanto exquisito en una relación
impersonal y espiritual que el conocimiento podría convertir en vulgar, y el matrimonio
con toda seguridad disiparía. Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más encantadora
que esta mujer. El amor es un sueño delicioso; entonces, ¿por qué razón iba yo a procurar
mi propio despertar?
»El comportamiento que se deducía de toda esta apreciación y parecer era obvio. Mi
honor, orgullo y prudencia, así como la conservación de mis ideales me ordenaban huir,
pero me sentía demasiado débil para ello. Lo más que podía hacer —y con gran esfuerzo—
era dejar de ver a la chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los encuentros fortuitos en el
jardín. Abandonaba la casa sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a sus clases
de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo era como si estuviera en
trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más fascinantes y toda mi vida intelectual
estaba relacionada con ellas. ¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una relación tan
clara con la razón que no puedes imaginarte el paraíso de locura en el que viví.
»Una tarde, el diablo me hizo ver que era un idiota redomado. A través de una
conversación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la cotilla de mi casera que la
habitación de la joven estaba al lado de la mía, separada por una pared medianera.
Llevado por un impulso torpe y repentino, di unos golpecitos suaves en la pared.
Evidentemente, no hubo respuesta, pero no tuve humor suficiente para aceptar un
rechazo. Perdí la cordura y repetí esa tontería, esa infracción, que de nuevo resultó inútil,
por lo que tuve el decoro de desistir.
»Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en algunos de mis estudios sobre
el infierno, oí, o al menos creí oír, que alguien contestaba mi llamada. Dejé caer los libros y
de un salto me acerqué a la pared donde, con toda la firmeza que mi corazón me permitía,
di tres golpes. La respuesta fue clara y contundente: uno, dos, tres, una exacta repetición
de mis toques. Eso fue todo lo que pude conseguir, pero fue suficiente; demasiado, diría
yo.
»Aquella locura continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante muchas tardes, y
siempre era yo quien tenía la última palabra. Durante todo aquel tiempo me sentí
completamente feliz, pero, con la terquedad que me caracteriza, me mantuve en la
decisión de no ver a la chica. Un día, tal y como era de esperar, sus contestaciones cesaron.
«Está enfadada —me dije— porque cree que soy tímido y no me atrevo a llegar más lejos»;
entonces decidí buscarla y conocerla y… Bueno, ni supe entonces ni sé ahora lo que podría
haber resultado de todo aquello. Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con ella,
pero todo fue en vano. Resultaba imposible verla u oírla. Recorrí infructuosamente las
calles en las que antes nos habíamos cruzado; vigilé el jardín de su casa desde mi ventana,
pero no la vi entrar ni salir. Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no
intenté aclarar mi duda preguntándole a la casera, a la que tenía una tremenda ojeriza
desde que me habló de la chica con menos respeto del que yo consideraba apropiado.
»Y llegó la noche fatídica. Rendido por la emoción, la indecisión y el desaliento, me
acosté temprano y conseguí conciliar un poco el sueño. A media noche hubo algo, un
poder maligno empeñado en acabar con mi paz para siempre, que me despertó y me hizo
incorporarme para prestar atención a no sé muy bien qué. Me pareció oír unos ligeros
golpes en la pared: el fantasma de una señal conocida. Un momento después se repitieron:
uno, dos, tres, con la misma intensidad que la primera vez, pero ahora un sentido alerta y
en tensión los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la Paz intervino
de nuevo en mis asuntos con una pícara sugerencia de venganza. Como ella me había
ignorado cruelmente durante mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué
tontería! ¡Que Dios sepa perdonármela! Durante el resto de la noche permanecí despierto,
escuchando y reforzando mi obstinación con cínicas justificaciones.
»A la mañana siguiente, tarde, al salir de casa me encontré con la casera, que entraba:
»—Buenos días, señor Dampier —dijo—; ¿se ha enterado usted de lo que ha pasado?
Le dije que no, de palabra, pero le di a entender con el gesto que me daba igual lo
que fuera. No debió captarlo porque continuó:
—A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído nada? Llevaba semanas
enferma y ahora…
Casi salto sobre ella.
»—Y ahora… —grité—, y ahora ¿qué?
»—Está muerta.
»Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según supe más tarde, la chica se había
despertado de un largo estupor, tras una semana de delirio, y había pedido —éste fue su
último deseo— que llevaran su cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la
cuidaban consideraron la petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y
en ese lugar aquella pobre alma agonizante había realizado la débil aspiración de intentar
restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de sentimiento entre su inocencia y mi vil
monstruosidad, que se empeñaba en profesar una lealtad brutal y ciega a la ley del Ego.
»¿Cómo podía reparar mi error? ¿Se pueden decir misas por el descanso de almas
que, en noches como ésta, están lejos, «por espíritus que son llevados de acá para allá por
vientos caprichosos», y que aparecen en la tormenta y la oscuridad con signos y presagios
que sugieren recuerdos y augurios de condenación?
»Esta ha sido su tercera visita. La primera vez fui escéptico y verifiqué por métodos
naturales el carácter del incidente; la segunda, respondí a los golpes, varias veces
repetidos, pero sin resultado alguno. Esta noche se completa la «tríada fatal» de la que
habla Parapelius Necromantius. Es todo lo que puedo decir.»
Cuando hubo terminado su relato no encontré nada importante que decir, y
preguntar habría sido una impertinencia terrible. Me levanté y le di las buenas noches de
tal forma que pudiera captar la compasión que sentía por él; en señal de agradecimiento
me dio un silencioso apretón de manos. Aquella noche, en la soledad de su tristeza y
remordimiento, entró en el reino de lo Desconocido.
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Carrera Inconclusa
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James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire,
Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la
carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque
algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se
emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones,
harto frecuentes, se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como
resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se
comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una
distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de
inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta —no se recuerda su nombre—,
acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió
en su carro o carreta ligera.
Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente,
porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para
que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia,
y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía
el ánimo. Súbitamente —en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y
mientras todos lo estaban observando— el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra:
desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.
Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre,
los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin,
puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado
sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir
el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones
de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por
cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su
sano juicio.
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El Amo De Moxon
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—¿Lo dices en serio?… ¿Realmente crees que una máquina puede pensar?
No obtuve respuesta inmediata. Moxon estaba ocupado aparentemente con el fuego
del hogar, revolviendo con habilidad aquí y allá con el atizador, como si toda su atención
estuviera centrada en las brillantes llamas. Hacía semanas que observaba en él un hábito
creciente de demorar su respuesta, aun a las más triviales y comunes preguntas. Su aire
era, no obstante, más de preocupación que de deliberación: se podía haber dicho que
“tenía algo que le daba vueltas en la cabeza”.
—¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida de muchas maneras. Aquí
tienes la definición de un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización por
medio del cual se aplica y se hace efectiva la fuerza, o se produce un efecto deseado”. Bien,
¿entonces un hombre no es una máquina? Y debes admitir que él piensa… o piensa que
piensa.
—Si no quieres responder mi pregunta —dije irritado— ¿por qué no lo dices?… eso
no es más que eludir el tema. Sabes muy bien que cuando digo “máquina” no me refiero a
un hombre, sino a algo que el hombre fabrica y controla.
—Cuando no lo controla a él —dijo, levantándose abruptamente y mirando hacia
afuera por la ventana, donde nada era visible en la oscura noche tormentosa. Un momento
más tarde se dio vuelta y agregó con una sonrisa.
—Discúlpame, no deseaba evadir la pregunta. Considero al diccionario humano
como un testimonio inconsciente y sugestivo que aporta algo a la discusión. No puedo dar
una respuesta directa tan fácilmente; creo que una máquina piensa en el trabajo que está
realizando.
Esa era una respuesta suficientemente directa, por cierto. No completamente
placentera, pues tendía a confirmar la triste suposición de que la devoción de Moxon al
estudio y al trabajo en su taller mecánico no le había sido beneficiosa. Sabía, por otra
fuente, que sufría de insomnio, y ese no es un mal agradable. ¿Habría afectado su mente?
La respuesta a mi pregunta parecía evidenciar eso; quizá hoy yo hubiera pensado en
forma diferente. Pero entonces era joven, y entre los dones otorgados a la juventud no está
excluida la ignorancia. Excitado por el gran estímulo de la discusión, dije:
—¿Y con qué discurre y piensa, en ausencia de cerebro?
Su respuesta, que llegó más o menos con la demora acostumbrada, utilizó una de sus
técnicas favoritas, ya que a su vez me preguntó:
—¿Con qué piensa una planta… en ausencia de cerebro?
—¡Ah, las plantas pertenecen a la categoría de los filósofos! Me gustaría conocer
algunas de sus conclusiones; puedes omitir las premisas.
—Quizá —contestó, aparentemente poco afectado por mi ironía— puedas inferir sus
convicciones de sus actos. Usaré el ejemplo familiar de la mimosa sensitiva, las muchas
flores insectívoras y aquellas cuyo estambre se inclina sacudiendo el polen sobre la abeja
que ha penetrado en ella, para que ésta pueda fertilizar a sus consortes distantes. Pero
observa esto. En un lugar despejado planté una enredadera. Cuando asomaba muy poco a
la superficie planté una estaca a un metro de distancia. La enredadera fue en su busca de
inmediato, pero cuando estaba por alcanzarla la saqué y la coloqué a unos treinta
centímetros. La enredadera alteró inmediatamente su curso, hizo un ángulo agudo, y otra
vez fue por la estaca. Repetí esta maniobra varias veces, pero finalmente, como
descorazonada, abandonó su búsqueda, ignoró mis posteriores intentos de distracción y se
dirigió a un árbol pequeño, bastante lejos, donde trepó. Las raíces del eucalipto se
prolongan increíblemente en busca de humedad. Un horticultor muy conocido cuenta que
una de ellas penetró en un antiguo caño de desagüe y siguió por él hasta encontrar una
rotura, donde la sección del caño había sido quitada para dejar lugar a una pared de
piedra construida a través de su curso. La raíz dejó el desagüe y siguió la pared hasta
encontrar una abertura donde una piedra se había desprendido. Reptó a través de ella y
siguió por el otro lado de la pared retornando al desagüe, penetrando en la parte
inexplorada y reanudando su viaje.
—¿Y a qué viene todo esto?
—¿No comprendes su significado? Muestra la conciencia de las plantas. Prueba que
piensan.
—Aun así… ¿qué entonces? Estamos hablando, no de plantas, sino de máquinas.
Suelen estar compuestas en parte de madera —madera que no tiene ya vitalidad— o sólo
de metal. ¿Pensar es también un atributo del reino mineral?
—¿Cómo puedes entonces explicar el fenómeno, por ejemplo, de la cristalización?
—No lo explico.
—Porque no puedes hacerlo sin afirmar lo que deseas negar, sobre todo la
cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los
soldados forman fila o hacen pozos cuadrados, llamas a esto razón. Cuando los patos
salvajes en vuelo forman la letra V lo llamas instinto. Cuando los átomos homogéneos de
un mineral, moviéndose libremente en una solución, se ordenan en formas
matemáticamente perfectas, o las partículas de humedad en las formas simétricas y
hermosas del copo de nieve, no tienes nada que decir. Todavía no has inventado un
nombre que disimule tu heroica irracionalidad.
Moxon estaba hablando con una animación inusual y gran seriedad. Al hacer una
pausa escuché en el cuarto adyacente que conocía como su “taller mecánico”, al que nadie
salvo él entraba, un singular ruido sordo, como si alguien aporreara una mesa con la mano
abierta. Moxon lo oyó al mismo tiempo y, visiblemente agitado, se levantó corriendo hacia
donde provenía el ruido. Pensé que era raro que alguien más estuviera allí, y el interés en
mi amigo —duplicado por un toque de curiosidad injustificada— me hizo escuchar
atentamente, y creo, soy feliz de decirlo, no por el ojo de la cerradura. Hubo ruidos
confusos como de lucha o forcejeos; el piso se sacudió. Oí claramente un respirar pesado y
un susurro ronco que exclamó:
—¡Maldito seas!
Luego todo volvió al silencio, y al momento Moxon reapareció y dijo, con una
semisonrisa de disculpa:
—Perdóname por dejarte solo tan abruptamente. Tengo allí una máquina que había
perdido la calma y rompía cosas.
Fijé los ojos sobre su mejilla izquierda que mostraba cuatro excoriaciones paralelas
con rastros de sangre y dije:
—¿Cómo hace para cortarse las uñas?
Podía haberme guardado la broma; no pareció prestarle atención, pero se sentó en la
silla que había abandonado y retomó el monólogo interrumpido como si nada hubiera
sucedido.
—Sin duda no tienes que estar de acuerdo con los que (no necesito nombrárselos a
un hombre de tu cultura) afirman que toda la materia es conciencia, que todo átomo es
vida, sentimiento, ser consciente. Yo lo estoy. No existe nada muerto, materia inerte; todo
está vivo; todo está imbuido de fuerza, en acto y potencia; todo lo sensible a las mismas
fuerzas de su entorno y susceptible de contagiar a lo superior y a lo inferior reside en
organismos tan superiores como puedan ser inducidos a entrar en relación, como los de
un hombre cuando está modelado por un instrumento de voluntad. Absorbe algo de su
inteligencia y propósitos… en proporción a la complejidad de la máquina resultante y de
como ésta trabaje.
“¿Recuerdas la definición de ‘vida’ de Herbert Spencer? La leí hace treinta años. Debe
de haberla modificado más tarde, eso creo, pero en todo este tiempo he sido incapaz de
pensar una sola palabra que pueda ser cambiada, agregada o sacada. Me parece no sólo la
mejor definición sino la única posible.
“Vida —dijo— es una definitiva combinación de cambios heterogéneos, simultáneos
y sucesivos, en correspondencia con las coexistencias y sucesiones externas’”.
—Eso define al fenómeno —dije— pero no indica su causa.
—Eso —replicó— es todo lo que cualquier definición puede hacer. Tal como Mills
señala, no sabemos nada de la causa excepto como antecedente… nada, en efecto, salvo un
consecuente. Ciertos fenómenos nunca ocurren sin otros, de los que son disímiles: al
primero, para abreviar, lo llamamos causa, al segundo, efecto. Quien haya visto a un
conejo perseguido por un perro y no haya visto jamás conejos y perros por separado,
puede llegar a creer que el conejo es la causa del perro.
“Ah, creo que me desvío de la cuestión principal —prosiguió Moxon con tono
doctoral—. Lo que deseo destacar es que en la definición de la vida formulada por Spencer
está incluida la actividad de una máquina; así, en esa definición todo puede aplicarse a la
maquinaria. Según aquel filósofo, si un hombre está vivo durante su período activo,
también lo está una máquina mientras funciona. En mi calidad de inventor y fabricante de
máquinas, afirmo que esto es absolutamente cierto”.
Moxon quedó silencioso y la pausa se prolongó algún rato, en tanto él contemplaba
el fuego de la chimenea de manera absorta.
Se hizo tarde y quise marcharme, pero no me sedujo la idea de dejar a Moxon en
aquella mansión aislada, totalmente solo, excepto la presencia de alguien que yo no podía
imaginar ni siquiera quién era, aunque a juzgar por el modo cómo trató a mi amigo en el
taller, tenía que ser un individuo altamente peligroso y animado de malas intenciones.
Me incliné hacia Moxon y lo miré fijamente, al tiempo que indicaba la puerta del
taller.
—Moxon —indagué— ¿quién está ahí dentro?
Al ver que se echaba a reír, me sorprendí lo indecible.
—Nadie —repuso, serenándose—. El incidente que te inquieta fue provocado por mi
descuido al dejar en funcionamiento una máquina que no tenía en qué ocuparse, mientras
yo me entregaba a la imposible labor de iluminarte sobre algunas verdades. ¿Sabes, por
ejemplo, que la Conciencia es hija del Ritmo?
—Oh, ya vuelve a salirse por la tangente —le reproché, levantándome y poniéndome
el abrigo—. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejaste funcionando por
equivocación lleve guantes la próxima vez que intentes pararla.
Sin querer observar el efecto de mi indirecta, me marché de la casa.
Llovía aún, y las tinieblas eran muy densas. Lejos, brillaban las luces de la ciudad. A
mis espaldas, la única claridad visible era la que surgía de una ventana de la mansión de
Moxon, que correspondía precisamente a su taller.
Pensé que mi amigo habría reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por
extrañas que me parecieran en aquella época sus ideas, incluso cómicas, experimentaba la
sensación que se hallaban relacionadas de forma trágica con su vida y su carácter, y tal vez
con su destino.
Sí, casi me convencí de que sus ideas no eran las lucubraciones de una mente
enfermiza, puesto que las expuso con lógica claridad. Recordé una y otra vez su última
observación: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez hallaba en ella un significado
más profundo y una nueva sugerencia.
Sin duda alguna, constituían una base sobre la cual asentar una filosofía. Si la
conciencia es producto del ritmo, todas las cosas son conscientes puesto que todas tienen
movimiento, y el movimiento siempre es rítmico. Me pregunté si Moxon comprendía el
significado, el alcance de esta idea, si se daba cuenta de la tremenda fuerza de aquella
trascendental generalización. ¿Habría llegado Moxon a su fe filosófica por la tortuosa
senda de la observación práctica?
Aquella fe era nueva para mí, y las afirmaciones de Moxon no lograron convertirme
a su causa; mas de pronto tuve la impresión de que brillaba una luz muy intensa a mi
alrededor, como la que se abatió sobre Saulo de Tarso, y en medio de la soledad y la
tormenta, en medio de las tinieblas, experimenté lo que Lewes denomina “la infinita
variedad y excitación del pensamiento filosófico”.
Aquel conocimiento adquiría para mí nuevos sentidos, nuevas dimensiones. Me
pareció que echaba a volar, como si unas alas invisibles me levantaran del suelo y me
impulsasen a través del aire.
Cediendo al impulso de conseguir más información de aquél a quien reconocía como
maestro y guía, retrocedí y poco después volví a estar frente a la puerta de la residencia de
Moxon.
Estaba empapado por la lluvia pero no me sentía incómodo. Mi excitación me
impedía encontrar el llamador e instintivamente probé la manija. Ésta giró y, entrando,
subí las escaleras que llevaban a la habitación que tan recientemente había dejado. Todo
estaba oscuro y silencioso; Moxon, tal como lo había supuesto, estaba en el cuarto
contiguo… el “taller mecánico”. Me deslicé a lo largo de la pared hasta encontrar la puerta
de comunicación y la golpeé con fuerza varias veces, pero no obtuve respuesta, lo que
atribuí al ruido exterior, pues el viento estaba soplando muy fuerte y arrojaba cortinas de
lluvia contra las delgadas paredes. El tamborileo sobre el único techo que cubría el cuarto
sin revestimiento era intenso e incesante. Nunca había sido invitado al taller mecánico… en
realidad se me había negado la entrada como a todos los demás, excepto una persona, un
diestro operario en metales de quien no sabía nada, excepto que su nombre era Haley y su
hábito el silencio. Pero en mi exaltación espiritual olvidé la discreción y los buenos
modales y abrí la puerta. Lo que vi expulsó con rapidez todas las especulaciones
filosóficas.
Moxon estaba sentado de cara a mí sobre el lado opuesto de una mesita con un
candelero, que era toda la luz que había en la habitación. Frente a él, de espaldas a mí,
estaba sentada otra persona. Sobre la mesa, entre los dos, había un tablero de ajedrez; los
hombres estaban jugando. Sabía muy poco de ajedrez pero por las pocas piezas que
permanecían sobre el tablero era obvio que el juego estaba por concluir. Moxon estaba
totalmente interesado… no tanto, eso me pareció, en el juego sino en su antagonista, sobre
el cual había fijado de tal manera la vista que, parado donde estaba, en la línea directa de
su visión, permanecía sin embargo inobservado. Su cara tenía un blanco fantasmal y sus
ojos brillaban como diamantes. A su antagonista sólo lo veía de atrás, pero era suficiente,
no tuve interés en ver su cara.
Aparentemente no tenía más de un metro y medio de estatura, con proporciones que
recordaban al gorila… ancho de hombros, grueso y corto cuello y una gran cabeza
cuadrada con una maraña de pelo negro que coronaba un fez carmesí. Una túnica del
mismo color, ligeramente sujeta a la cintura, caía hasta el asiento —aparentemente un
cajón— sobre el cual se sentaba; no se le veían las piernas ni los pies. El brazo izquierdo
parecía descansar sobre la falda; movía las piezas con la mano derecha, que parecía
desproporcionadamente grande.
Yo había retrocedido un poco y ahora estaba parado a un lado y junto a la puerta, en
las sombras. Si Moxon hubiera observado algo más que la cara de su oponente no hubiera
visto otra cosa que la puerta abierta. Algo me impidió entrar o retirarme, la sensación —no
sé cómo llegó a mí— de que estaba presenciando una tragedia inminente y que podía
ayudar a mi amigo permaneciendo donde estaba. Apenas tuve una rebelión consciente
contra la poca delicadeza de lo que estaba haciendo.
El juego fue rápido. Moxon apenas miraba el tablero al hacer sus movimientos y,
para mi ojo inexperto, parecía mover las piezas más cercanas a su mano. Su movimiento al
hacerlo era rápido, nervioso y falto de precisión. La respuesta de su antagonista,
igualmente pronta en la iniciación, continuaba con un lento, uniforme, mecánico y, pensé,
casi teatral movimiento del brazo, que era una dolorosa prueba para mi paciencia. Había
algo aterrador en todo eso, y comencé a temblar. Pero lo cierto es que estaba mojado y
aterido.
Dos o tres veces después de mover una pieza, el extraño inclinaba ligeramente la
cabeza, y cada vez que lo hacía observé que Moxon desviaba su rey. Al momento tuve la
idea de que el hombre era mudo. ¡Entonces era una máquina… un jugador de ajedrez
autómata! Recordé que una vez Moxon me había contado que había inventado un
mecanismo de ese tipo, pero yo no había comprendido que ya lo había construido. ¿Así
que toda su charla sobre la conciencia y la inteligencia de las máquinas era sólo un mero
preludio para la exhibición eventual de este artefacto… un truco para intensificar el efecto
de su acción mecánica sobre mi ignorancia de su existencia?
Buen fin éste para mis transportes intelectuales… ¡la infinita variedad y excitación del
pensamiento filosófico! Estaba a punto de retirarme con disgusto cuando ocurrió algo que
atrapó mi atención. Observé un encogimiento en los grandes hombros de la criatura, como
si estuviera irritada: tan natural era —tan enteramente humano— que mi nueva visión del
asunto me hizo sobresaltar. No fue solamente esto, un momento más tarde golpeó la mesa
abruptamente con su puño. Este gesto pareció sobresaltar a Moxon más que a mí: empujó
la silla un poco hacia atrás, como alarmado.
En ese momento Moxon, que debía jugar, levantó la mano sobre el tablero y la lanzó
sobre una de sus piezas, como un gavilán sobre su presa, exclamando “jaque mate”. Se
puso de pie con rapidez y se paró detrás de la silla. El autómata permaneció inmóvil en su
lugar.
El viento había cesado, pero escuchaba, a intervalos decrecientes, la vibración y el
retumbar cada vez más fuerte de la tormenta. En una de esas pausas comencé a oír un
débil zumbido o susurro que, tal como la tormenta, se hacía por momentos más fuerte y
nítido. Parecía provenir del cuerpo del autómata, y era un inequívoco rumor de ruedas
girando. Me dio la impresión de un mecanismo desordenado que había escapado a la
acción represiva y reguladora de su mecanismo de control… como si un retén se hubiera
zafado de su engranaje. Pero antes de que hubiera tenido tiempo para esbozar otras
conjeturas sobre su origen mi atención se vio atrapada por un movimiento extraño del
autómata. Una convulsión débil pero continua pareció haberse posesionado de él. El
cuerpo y la cabeza se sacudían como si fuera un hombre con perlesía o frío intenso y el
movimiento fue aumentando a cada instante hasta que la figura entera se agitó con
violencia. Saltó súbitamente sobre los pies y con un movimiento tan rápido que fue difícil
seguir con los ojos se lanzó sobre la mesa y la silla, con los dos brazos extendidos por
completo… la postura de un nadador antes de zambullirse. Moxon trató de retroceder
fuera de su alcance pero lo hizo con demasiada lentitud: vi las horribles manos de la
criatura cerrarse sobre su garganta, y sus manos aferradas a las muñecas metálicas.
Cuando la mesa se dio vuelta la vela cayó al piso y se apagó, y todo fue oscuridad. Pero el
ruido de lucha era espantosamente nítido, y lo más terrible de todo eran los roncos,
chirriantes sonidos emitidos por un hombre estrangulado que intentaba respirar. Guiado
por el infernal alboroto me lancé al rescate de mi amigo, pero es muy difícil avanzar
rápidamente en la oscuridad; de golpe todo el cuarto se iluminó con un enceguecedor
resplandor blanco que fijó en mi cerebro y mi corazón la vívida imagen de los
combatientes en el piso, Moxon abajo, su garganta aún bajo las garras de esas manos de
hierro, con la cabeza forzada hacia atrás, los ojos desorbitados, la boca totalmente abierta y
la lengua afuera; mientras que —¡horrible contraste!— una expresión de tranquilidad y
profunda meditación aparecía en la cara pintada de su asesino, ¡como si estuviera
solucionando un problema de ajedrez! Eso fue lo que vi, luego todo fue oscuridad y
silencio.
Tres días más tarde recobré la conciencia en un hospital. Mientras el recuerdo de la
trágica noche volvía a mi dolida cabeza reconocí en mi cuidador al operario confidencial
de Moxon, ese tal Haley. Respondiendo a mi mirada se aproximó, sonriendo.
—Cuéntemelo todo —logré decir con voz débil—, todo lo que ocurrió.
—En realidad —dijo— ha estado inconsciente desde el incendio de la casa… de
Moxon. Nadie sabe qué hacía usted allí. Tendrá que dar algunas explicaciones. El origen
del fuego también es misterioso. Mi idea es que la casa fue golpeada por un rayo.
—¿Y Moxon?
—Ayer lo enterraron… lo que quedaba de él.
Aparentemente esta persona reticente podía abrirse en ocasiones; mientras transmitía
estas horrendas informaciones a un enfermo se le veía muy amable. Después de un
momento de punzante sufrimiento mental aventuré otra pregunta:
—¿Quién me rescató?
—Bueno, si eso le interesa… yo lo hice.
—Muchas gracias, señor Haley, y Dios lo bendiga por eso. ¿Ha usted rescatado
también al encantador producto de su habilidad, el jugador de ajedrez autómata que
asesinó a su inventor?
El hombre permaneció en silencio un largo tiempo, sin mirarme. Luego giró la cabeza
y dijo gravemente:
—¿Usted lo sabe todo?
—Sí —repliqué—, vi cómo estrangulaba a Moxon.
Eso fue hace muchos años. Si tuviera que responder hoy a la misma pregunta estaría
mucho menos seguro.
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El Caso Del Desfiladero De Coulter
_
—¿Cree usted, coronel, que a su valiente Coulter le agradaría emplazar uno de sus
cañones aquí? —preguntó el general.
No parecía que pudiera hablar en serio: aquél, verdaderamente, no parecía un lugar
donde a ningún artillero, por valiente que fuera, le gustase colocar un cañón. El coronel
pensó que posiblemente su jefe de división quería darle a entender, en tono de broma, que
en una reciente conversación entre ellos se había exaltado demasiado el valor del capitán
Coulter.
—Mi general —replicó, con entusiasmo—, a Coulter le gustaría emplazar un cañón
en cualquier parte desde la que alcanzara a esa gente —con un gesto de la mano señaló en
dirección al enemigo.
—Es el único lugar posible —afirmó el general.
Hablaba en serio, entonces.
El lugar era una depresión, una «mella» en la cumbre escarpada de una colina. Era
un paso por el que ascendía una ruta de peaje, que alcanzaba el punto más alto de su
trayecto serpenteando a través de un bosque ralo y luego hacía un descenso similar,
aunque menos abrupto, en dirección al enemigo. En una extensión de kilómetro y medio a
la derecha y kilómetro y medio a la izquierda, la cadena de montañas, aunque ocupada
por la infantería federal, asentada justo detrás de la escarpada cumbre como mantenida
por la sola presión atmosférica, era inaccesible a la artillería. El único lugar utilizable era el
fondo del desfiladero, apenas lo bastante ancho para establecer el camino. Del lado de los
confederados, ese punto estaba dominado por dos baterías apostadas sobre una elevación
un poco más baja, al otro lado de un arroyo, a medio kilómetro de distancia. Lo árboles de
una granja disimulaban todos los cañones excepto uno que, como con descaro, estaba
emplazado en un claro, justo enfrente de una construcción bastante destacada: la casa de
un plantador. El cañón, sin embargo, estaba bastante protegido en su exposición porque la
infantería federal había recibido la orden de no tirar. El desfiladero de Coulter, como se le
llamó después, no era un lugar, en aquella agradable tarde de verano, donde a nadie le
«agradara emplazar un cañón».
Tres o cuatro caballos muertos yacían en el camino, tres o cuatro hombres muertos
estaban ordenadamente colocados en hilera a uno de los lados, un poco hacia atrás, en la
pendiente de la colina. Todos menos uno eran soldados de caballería de la vanguardia
federal. Uno era Furriel. El general que comandaba la división y el coronel en jefe de la
brigada, seguidos de su estado mayor y de su escolta, habían cabalgado hasta el fondo del
desfiladero para examinar la batería enemiga, que se había disimulado inmediatamente
tras unas altas nubes de humo. Resultaba inútil curiosear sobre unos cañones que se
enmascaraban como las sepias, y el examen había sido breve. Cuando terminó, a poca
distancia del sitio donde había comenzado, se produjo la conversación que hemos relatado
parcialmente. «Es el único lugar —repitió el general con aire pensativo— desde donde
llegar a ellos.»
El coronel le miró con gravedad.
—Sólo hay espacio para un cañón, mi general. Uno contra doce.
—Es verdad… para uno solo cada vez —dijo el comandante de la división esbozando
algo parecido a una sonrisa—. Pero, entonces, su bravo Coulter… tiene una batería en él
mismo.
Su tono irónico no dejaba lugar a dudas. Al coronel le irritó, pero no supo qué decir.
El espíritu de subordinación militar no promueve la réplica, ni siquiera la tácita
desaprobación.
En aquel momento, un joven oficial de artillería ascendía lentamente a caballo por el
camino, escoltado por su clarín. Era el capitán Coulter. No debía de tener más de veintitrés
años. De mediana estatura, muy esbelto y flexible, montaba su caballo con algo del aire de
un civil. En su rostro había algo singularmente distinto a los de los hombres que le
rodeaban; era delgado, tenía la nariz grande y los ojos grises, un ligero bigote rubio y un
largo, bastante desordenado cabello, también rubio. Su uniforme mostraba señales de
descuido: la visera del gastado kepis estaba ligeramente ladeada; la chaqueta, sólo
abotonada a la altura del cinturón, dejaba ver en buena medida una camisa blanca,
bastante limpia para aquella etapa de la campaña. Pero aquella indolencia sólo afectaba a
su atuendo y a su porte: la expresión de sus ojos grises demostraba un profundo interés
hacia cuanto le rodeaba: escrutaban como faros el paisaje a derecha e izquierda; después se
detenían mucho rato en el cielo que se veía sobre el desfiladero: hasta llegar al punto más
alto del camino, no había nada más que ver en aquella dirección. Al pasar frente a sus jefes
de división y de brigada por el lado del camino los saludó mecánicamente y se dispuso a
proseguir. El coronel le indicó por señas que se detuviera.
—Capitán Coulter —dijo—, el enemigo ha situado doce piezas de artillería en la
colina contigua. Si comprendo bien al general, le ordena a usted que emplace un cañón
aquí e inicie el combate.
Hubo un inexpresivo silencio. El general miró, impasible, a un regimiento distante
que ascendía apretadamente y muy despacio por la colina, a través de la densa maleza, en
espiral, como una deshilvanada nube de humo azul. Pareció que el capitán Coulter no
había observado al general. Después habló, lentamente y con aparente esfuerzo:
—¿En la próxima colina, dice usted, mi coronel? ¿Están los cañones cerca de la casa?
—¡Ah, ya ha recorrido usted este camino antes! Sí, justo ante la casa.
—¿Y es… necesario… abrir fuego? ¿La orden es formal?
Hablaba con voz ronca y entrecortada. Había palidecido visiblemente. El coronel
estaba sorprendido y mortificado. Lanzó una mirada de reojo al general. Ningún indicio
en aquel rostro inmóvil, tan duro como el bronce. Un momento después, el general se
alejaba cabalgando, seguido de los miembros de su estado mayor y de su escolta. El
coronel, humillado e indignado, se disponía a ordenar que arrestaran al capitán Coulter
cuando éste pronunció en voz baja unas pocas palabras dirigidas a su clarín, saludó y se
dirigió cabalgando en línea recta hacia el desfiladero. Cuando llegó a la cima del camino,
con los gemelos ante los ojos, se mostró recortado contra el cielo, y él y su caballo
dibujaron una nítida figura ecuestre. El clarín había bajado la pendiente a toda carrera y
desapareció detrás de un bosque. Entonces, se oyó sonar su clarín entre los cedros y, en
increíblemente poco tiempo, un cañón seguido de un furgón de municiones, cada cual
tirado por seis caballos y manejado por su equipo completo de artilleros, apareció
traqueteando y arrasando la cuesta en medio de un torbellino de polvo. Luego, fue
empujado a mano hasta la cumbre fatal, entre los caballos, que quedaron muertos. El
capitán hizo un ademán con el brazo, los hombres que cargaban el cañón se movieron con
asombrosa agilidad y, casi antes de que las tropas que seguían el camino hubieran dejado
de escuchar el ruido de las ruedas, una enorme nube blanca se abatió sobre la colina con
un ensordecedor estruendo: el combate del desfiladero de Coulter había empezado.
No se pretende aquí relatar con detalle los episodios y las vicisitudes de este horrible
combate, un combate sin incidentes y con las únicas alternancias de diferentes grados de
desesperación. Casi en el momento en que el cañón del capitán Coulter lanzaba su nube de
humo como un desafío, doce nubes se elevaron en respuesta por entre los árboles que
rodeaban la casa de la plantación, y el rugido profundo de una detonación múltiple resonó
como un eco roto. Desde ese momento hasta el final, los cañones federales lucharon su
batalla sin esperanza, en una atmósfera de hierro candente cuyos pensamientos eran
relámpagos y cuyas hazañas eran la muerte.
Como no deseaba ver los esfuerzos que no podía apoyar, ni la carnicería que no
podía impedir, el coronel había escalado la cumbre hasta un punto situado a cuatrocientos
metros a la izquierda, desde donde el desfiladero, invisible pero impulsando sucesivas
masas de humo, semejaba el cráter de un volcán en tronante erupción. Observó los
cañones enemigos con sus prismáticos, constatando hasta donde podía los efectos del
fuego de Coulter —si Coulter vivía todavía para dirigirlo—. Vio que los artilleros
federales, ignorando las piezas del enemigo cuya posición sólo podían determinar por el
humo, consagraban toda su atención al que continuaba emplazado en el terreno abierto: el
césped de delante de la casa. Alrededor y por encima de este duro cañón explotaron los
obuses a intervalos de pocos segundos. Algunos hicieron explosión en la casa, como se
pudo ver por unas delgadas columnas de humo que subían por las brechas del techo. Se
veían claramente formas de hombres y caballos postrados en el suelo.
—Si nuestros hombres están haciendo tan buen trabajo con un solo cañón —dijo el
coronel a un ayudante de campo que estaba cerca— deben estar sufriendo como el
demonio el fuego de doce. Baje y presente a quien dirija ese cañón mis felicitaciones por la
eficacia de su fuego.
Se volvió a su ayudante mayor y agregó:
—¿Observó usted la maldita resistencia de Coulter a obedecer órdenes?
—Sí, mi coronel.
—Bueno, no hable de esto con nadie, por favor. No creo que el general se preocupe
de formular acusaciones. Tendrá sin duda bastante qué hacer para explicar su papel en
este modo tan poco usual de divertir a la retaguardia de un enemigo en retirada.
Un joven oficial se aproximó desde la parte de abajo, escalando sin aliento la
pendiente. Casi antes de saludar, exclamó, jadeando:
—Mi coronel, me envía el coronel Harmon para informarle que los cañones del
enemigo se hallan al alcance de nuestros fusiles y casi todos son visibles desde numerosos
puntos de la colina.
El jefe de brigada le miró sin demostrar el menor interés.
—Lo sé —respondió, tranquilamente.
El joven ayudante estaba visiblemente azorado.
—El coronel Harmon quisiera autorización para silenciar esos cañones.
—Yo también —replicó el coronel con en el tono de antes—. Salude de mi parte al
coronel Harmon y dígale que todavía rigen las órdenes del general para que la infantería
no abra fuego.
El ayudante saludó y se retiró. El coronel hundió los talones en tierra y dio media
vuelta para continuar mirando los cañones del enemigo.
—Coronel —dijo el ayudante mayor—, no sé si debería decir nada, pero hay algo
extraño en todo esto. ¿Sabía usted que el capitán Coulter es del Sur?
—No. ¿Lo era, de verdad?
—Oí que el verano pasado, la división que el general comandaba entonces se
encontraba en las cercanías de la plantación de Coulter; acampó allí durante unas semanas
y…
—¡Escuche! —le interrumpió el coronel levantando la mano—. ¿Oye usted eso?
Eso era el silencio del cañón federal. El estado mayor, los asistentes, las líneas de
infantería situadas detrás de la cumbre, todos habían «oído» y miraban con curiosidad en
la dirección del cráter, de donde no ascendía ya humo sino sólo algunas nubes esporádicas
procedentes de los obuses enemigos. Entonces llegó el toque de un clarín y el ruido débil
de unas ruedas. Un minuto más tarde, las agudas detonaciones comenzaron con redoblada
actividad. El cañón destruido había sido reemplazado por otro, intacto.
—Sí —dijo el ayudante mayor, continuando su historia—, el general conoció a la
familia Coulter. Hubo problemas, ignoro de qué naturaleza… Algo que concernía a la
esposa de Coulter. Es una rabiosa secesionista, corno casi todos en la familia, excepto
Coulter, pero es una buena esposa y una dama muy educada. En el cuartel general del
ejército se recibió una queja. El general fue transferido a esta división. Resulta extraño que
después de eso la batería de Coulter haya sido asignada a ella.
El coronel se había levantado de la roca donde estaba sentado. Sus ojos llameaban de
generosa indignación.
—Dígame, Morrison —dijo, mirando a su chismoso oficial del estado mayor
directamente a la cara—, ¿le contó esa historia un caballero o un embustero?
—No quiero revelar cómo me llegó, mi coronel, a, menos que sea preciso —enrojeció
ligeramente—, pero apuesto mi vida a que es verdad.
El coronel se giró hacia un corrillo de oficiales que estaba a cierta distancia.
—¡Teniente Williams! —gritó.
Uno de los oficiales se apartó del grupo y, adelantándose, saludó y dijo:
—Discúlpeme, mi coronel, creía que estaba usted informado. Williams ha muerto
abajo, al pie del cañón. ¿En qué puedo servirle, señor?
El teniente Williams era el edecán que había tenido el placer de transmitir al oficial
que comandaba la batería las felicitaciones de su jefe de brigada.
—Vaya —dijo el coronel— y ordene la retirada de esa pieza inmediatamente. No…
Iré yo mismo.
Bajó a todo correr la cuesta que conducía a la parte de atrás del desfiladero,
franqueando rocas y malezas, seguido de su pequeña escolta, entre un tumultuoso
desorden. Cuando llegaron al pie de la cuesta, montaron. Sus caballos, que los esperaban,
enfilaron a trote rápido por el camino; doblaron un recodo y desembocaron en el
desfiladero. ¡El espectáculo que encontraron allí era espeluznante!
En aquel desfiladero, apenas suficientemente ancho para un solo cañón, habían
amontonado los restos de por lo menos cuatro piezas. Si habían percibido el silencio de
sólo el último inutilizado, era porque habían faltado hombres para sustituirlo rápidamente
por otro. Los desechos se esparcían a ambos lados del camino; los hombres habían logrado
mantener un espacio libre en el medio en el que la quinta pieza estaba ahora haciendo
fuego. ¿Los hombres? ¡Parecían demonios del infierno! Todos sin gorra, todos desnudos
hasta la cintura, su piel, humeante, negra de manchas de pólvora y salpicada de gotas de
sangre. Todos trabajaban como dementes, manejando el ariete y los cartuchos, las palancas
y el gancho de disparo. A cada golpe de retroceso, apoyaban contra las ruedas sus
hombros tumefactos y sus manos ensangrentadas, y encajaban de nuevo el pesado cañón
en su lugar. No había órdenes. En aquel enloquecido revuelo de alaridos y explosiones de
obuses; entre el silbido agudo de las esquirlas de hierro y de las astillas que volaban por
todas partes, no se hubiera oído ninguna orden. Los oficiales, si es que quedaban oficiales,
no se distinguían de los soldados. Todos trabajaban juntos, cada uno, mientras aguantaba,
dirigido por miradas. Cuando el cañón era escobillado, se cargaba; cuando estaba cargado,
se apuntaba y se tiraba. El coronel vio algo que no había visto jamás en toda su carrera
militar, algo horrible y misterioso: ¡el cañón sangraba por la boca! En un momento en que
faltaba agua, el artillero que esponjaba la pieza había empapado la esponja en un charco
de sangre de uno de sus camaradas. No había ningún conflicto en todo aquel trabajo. El
deber del instante era obvio. Cuando un hombre caía, otro, muy poco más limpio, parecía
surgir de la tierra en lugar del muerto, para caer a su vez.
Con los cañones deshechos yacían también los hombres deshechos, al lado de los
restos, por encima y por debajo. Y, retrocediendo por el camino, ¡una horripilante
procesión! se arrastraban con las manos y las rodillas los heridos capaces de moverse. El
coronel, que compasivamente había enviado a su escolta hacia la derecha, hubo de pasar
con su caballo por encima de los que estaban definitivamente muertos para no aplastar a
aquellos que todavía conservaban un resto de vida. Mantuvo su camino con tranquilidad
en medio de aquel infierno, se acercó al lado del cañón y, en la oscuridad de la última
descarga, golpeó en la mejilla al hombre que sostenía el ariete, que se derrumbó creyendo
que había muerto. Un demonio siete veces condenado brotó de entre el humo para ocupar
su puesto, pero se detuvo y fijó en el oficial a caballo una mirada no terrenal; los dientes le
brillaban entre los labios negros; los ojos, salvajes y desorbitados, ardían como brasas bajo
las cejas ensangrentadas. El coronel hizo un ademán autoritario señalándole la parte de
atrás. El demonio se inclinó, en señal de obediencia. Era el capitán Coulter.
Simultáneamente a la señal de alto del coronel, el silencio cayó sobre todo el campo
de batalla. La procesión de proyectiles dejó de correr en aquel desfile de muerte porque el
enemigo también había dejado de tirar. Su ejército había desaparecido desde hacía horas;
el comandante de la retaguardia, que había mantenido arriesgadamente su posición con la
esperanza de silenciar el cañón federal, también había hecho callar sus piezas en aquel
extraño minuto.
—No era consciente del alcance de mi autoridad —dijo el coronel sin dirigirse a
nadie, mientras cabalgaba hacia la cima de la colina para averiguar qué había ocurrido.
Una hora más tarde, su brigada hacía vivac en el campo enemigo, y los soldados
examinaban con respeto casi religioso, como fieles ante las reliquias de un santo, los
cuerpos de una veintena de caballos despatarrados y los restos de tres cañones inservibles.
Los caídos habían sido retirados; sus cuerpos desmembrados y desgarrados hubieran
satisfecho demasiado al enemigo.
Naturalmente, el coronel se alojó con su familia militar en la casa de la plantación.
Aunque bastante derruida, era mejor que un campamento al aire libre. Los rnuebles
estaban muy desarreglados y rotos. Las paredes y los techos habían cedido en algunas
partes y un olor a pólvora lo impregnaba todo. Las camas, los armarios para la ropa
femenina y las alacenas no estaban rnuy dañados. Los nuevos inquilinos de una noche se
instalaron como en su casa, y la virtual aniquilación de la batería de Coulter les brindó un
animado tema de conversación.
Durante la cena, un asistente que pertenecía a la escolta apareció en el comedor y
pidió permiso para hablar con el coronel.
—¿Qué ocurre, Barbour? —preguntó el coronel amablemente, habiendo escuchado
sus palabras.
—Mi coronel, en el sótano pasa algo raro. No sé qué… creo que hay alguien allí. Yo
había bajado a registrar.
—Bajaré a ver —dijo un oficial del estado mayor, levantándose.
—Yo también —repuso el coronel—. Que los demás se queden. Guíenos, asistente.
Tomaron un candelero de la mesa y bajaron las escaleras del sótano. El asistente
temblaba visiblemente. El candelero iluminaba débilmente, pero en seguida, mientras
avanzaban, su estrecho círculo de luz reveló una forma humana sentada en el suelo contra
la pared de piedra negra que ellos habían venido siguiendo. Tenía las rodillas en alto y la
cabeza echada hacia atrás. El rostro, que hubiera debido verse de perfil, permanecía
invisible porque el hombre estaba tan inclinado hacia delante que su largo cabello lo
ocultaba. Y, de un modo extraño, su barba, de un color mucho más oscuro, caía en una
gran masa enredada y se desplegaba sobre el suelo a su lado. Se detuvieron
involuntariamente. Después, el coronel, tomando el candelero de la temblorosa mano del
asistente, se aproximó al hombre y le examinó con atención. La barba negra era la
cabellera de una mujer muerta. La mujer muerta apretaba entre sus brazos a un bebé
muerto. Y el hombre estrechaba a los dos entre sus brazos, los apretaba contra su pecho,
contra sus labios. En el cabello del hombre había sangre. A medio metro, cerca de una
depresión irregular de la tierra fresca que formaba el suelo del sótano —una excavación
reciente, con un pedazo convexo de hierro y los bordes arqueados visibles en uno de los
lados—, se veía el pie de un niño. El coronel alzó el candelero lo más alto que pudo. El
piso del cuarto de arriba se había agujereado y las astillas de madera colgaban apuntando
en todas direcciones.
—Esta casamata no es a prueba de bombas —dijo el coronel gravemente. No se le
ocurrió que su resumen del asunto guardaba cierta frivolidad.
Permanecieron un momento al lado del grupo sin decir una palabra: el oficial del
estado mayor pensaba en su cena interrumpida; el asistente, en lo que podía contener un
tonel que había en el otro rincón del sótano. De pronto, el hombre que habían creído
muerto levantó la cabeza y los miró tranquilamente a la cara. Tenía la piel negra como el
carbón; sus mejillas parecían tatuadas desde los ojos por irregulares líneas blancas. Los
labios también eran blancos, como los de un negro de teatro. Tenía sangre en la frente.
El oficial del estado mayor retrocedió un paso y el asistente, dos.
—¿Qué hace usted aquí, amigo? —preguntó el coronel, inmutable.
—Esta casa me pertenece, señor —fue la réplica, deliberadamente cortés.
—¿Le pertenece? ¡Ah, entiendo! ¿Y éstos?
—Mi mujer y mi hija. Soy el capitán Coulter.
_
El Engendro Maldito
I
No Siempre Se Come Lo Que Está Sobre La Mesa
A la luz de una vela de sebo colocada en un extremo de una rústica mesa, un hombre
leía algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su
escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela
para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era
posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector.
Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos
rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido
un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba
sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una
sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Salvo el cadáver todos parecían esperar que algo
ocurriera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura
que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante
vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan
diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos
que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando
de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber
sido indiscretos. Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según
se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de
fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de los contornos, granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su
indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado
aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que
había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado
un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque
mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y
como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos
personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese
instante la puerta se abrió y entró un joven. Se apreciaba claramente que no había nacido
ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin
embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella
reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Lo esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberlos hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para
eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que
supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo
una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que
resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi
testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; si yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de
los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de
unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Continuemos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?’
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica…? su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarlo para ir a cazar y a pescar. Además, también quería
estudiar su tipo de vida, tan extraña y solitaria. Parecía un buen modelo para un personaje
de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad
en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente,
suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede
utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo
a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.
II
Lo Que Puede Ocurrir En Un Campo De Avena Silvestre
«…apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de
codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la
mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado
de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y espesamente cubierto de avena
silvestre. Cuando salimos de la maleza Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí.
De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal
que se revolvía con violencia entre unas matas.
»—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
»Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había
cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y
esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e
inminente peligro.
»—Venga —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones,
¿verdad?
»No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por
su expresión tensa. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que pensé fue
que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba
Morgan.
»Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi amigo observaba el
lugar con la misma atención.
»—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
»—¡Ese maldito engendro! —contestó sin volverse.
Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando.
»Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un
modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de
viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel
movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
»Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un
modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo —y lo saco a
colación porque me vino entonces a la memoria— que una vez, al mirar distraídamente
por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho
más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar
más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un
simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme. Confiamos
tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos
parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible.
Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación
lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado;
apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar
los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga
hubiera desaparecido oí un grito feroz —un alarido como el de una bestia salvaje— y vi
que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr, desaparecía de aquel lugar. En ese mismo
instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba —una sustancia
blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
»Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las
manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como
cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran
dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que
Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía
una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada
espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su
cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano.
Al menos yo no la veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora
recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su
cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé
expresarlo de otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su
totalidad.
»Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó
todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una
fuerza superiores. Yo sólo lo veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente
soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca
antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
»Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la
escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una
especie de colapso. Antes de llegar a su lado, lo vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían
cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el
misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al
cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros
árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba
muerto.»
III
Un Hombre, Aunque Esté Desnudo, Puede Estar Hecho Jirones
El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el
cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento.
Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las
contusiones, y parecía que lo habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote.
Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de
seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que
tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor
lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana
abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la
garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un
montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en
alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no
hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas antes.
Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores —dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su
cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y
toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este
último testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha
escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y
abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a
solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido
profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy
interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al
público le gustaría…
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto —contestó el juez mientras se lo
guardaba—; todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la
que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se
sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente
veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado
por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.
IV
Una Explicación Desde La Tumba

En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden
tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue
citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros
del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con
claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo
siguiente:
«…corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de
pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran
velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no
encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.»
«¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro
cerebral con imágenes de las cosas que los producen?»
«2 sep. Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la
casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una
por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado
o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre
ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar
su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada…»
Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.
«27 sep. Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su
presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta
cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar
que no me quedé dormido ni un momento —en realidad apenas duermo. ¡Es terrible,
insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, me voy a volver loco; y si
son pura imaginación, es que ya lo estoy.»
«3 oct. No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa y mi tierra. Dios aborrece a
los cobardes…»
«5 oct. No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. Él
tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.»
«7 oct. Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por
revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!»
«Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no
hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy
graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupan la copa de un árbol, de varios
árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y
emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que
vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono
superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el
mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino
también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los
matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.»
«Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea
sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo
tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave
para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta,
que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el
bajo del órgano.»
«Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del
espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos ‘actínicos’.
Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos
incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance
llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera ‘escala cromática’. No estoy loco; lo que
ocurre es que hay colores que no podemos ver.»
«Y, Dios me ampare, ¡el engendro maldito es de uno de esos colores!»
_
El Golpe De Gracia
_
La lucha había sido dura e incesante. Todos los sentidos lo atestiguaban: hasta el
gusto de la batalla flotaba en el aire. Pero ya había terminado; sólo quedaba auxiliar a los
heridos y enterrar a los muertos…; “limpiar un poco”, como decía el humorista del pelotón
de sepultureros. Era bastante lo que había que limpiar. Hasta donde abarcaba la vista
dentro del bosque, entre los árboles descuajados, veíanse restos de hombres y caballos,
entre los que se movían los camilleros recogiendo y transportando a los pocos que daban
señales de vida. La mayor parte de los heridos habían muerto desangrados, cuando hasta
el derecho de atenderlos se hallaba en disputa. Los heridos tenían que esperar,
reglamentaban las ordenanzas del ejército. La mejor manera de cuidarlos es ganar la
batalla. Debe admitirse que la victoria es una indudable ventaja para un hombre que
necesita atención médica, pero muchos no viven para sacarle partido.
Los muertos eran puestos en hilera, en grupos de quince o veinte, mientras se
cavaban las fosas que habían de recibirlos. A algunos, que estaban demasiado lejos, se les
enterraba donde habían caído. Nadie se esforzaba demasiado por identificarlos, aunque en
la mayoría de los casos los pelotones de enterradores que espigaban en el mismo terreno
que contribuyeran a segar anotaban los nombres de los muertos victoriosos. A las bajas
enemigas, ya era bastante que las contaran. Aunque esto tenía su compensación, porque a
muchos los contaban varias veces; de ahí que el total que aparecía en el comunicado del
comandante vencedor denotaba más bien una esperanza que un resultado.
A corta distancia del sitio donde uno de los pelotones de enterradores había
establecido su “vivac de la muerte”, un oficial de los federales se apoyaba contra un árbol.
Desde los pies hasta el cuello, su actitud era de fatiga en reposo. Pero la cabeza movíase
inquieta de un lado a otro. Su mente, al parecer, no descansaba. Quizá no sabía en qué
dirección marcharse. Lo más probable era que no permaneciese allí mucho tiempo, porque
ya los rayos oblicuos del sol poniente manchaban de rojo los claros del bosque, y los
soldados exhaustos abandonaban su tarea. Era difícil que pernoctara entre los muertos.
Después de la batalla, nueve hombres de cada diez le preguntaban a uno el paradero de
alguna sección del ejército… como si alguien lo supiera. Indudablemente este oficial estaba
extraviado. Tras descansar un instante, marcharía en pos de los pelotones de sepultureros.
Cuando todos se fueron, empezó a caminar a través del bosque, en dirección al rojo
poniente, cuya luz le manchaba la cara con reflejos sanguíneos. El aire de confianza con
que ahora avanzaba sugería que estaba en terreno familiar; había logrado orientarse.
Marchaba sin mirar los muertos que yacían a derecha e izquierda. Tampoco le detenía la
sorda queja de algún infeliz, olvidado por los grupos de rescate, que pasaría mala noche
bajo las estrellas, sin más compañía que la sed. El oficial nada podía hacer: no era médico,
no tenía agua.
Al extremo de una angosta quebrada —una simple depresión del terreno— yacía un
pequeño grupo de cadáveres. Los vio. Apartose de pronto del camino que seguía y caminó
rápido hacia ellos. Escrutándolos al pasar, se detuvo al fin ante uno que estaba a corta
distancia de los demás, cerca de un matorral de arbustos. Lo miró atentamente: parecía
moverse. Se agachó y le puso la mano en la cara. El cuerpo gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de
Massachusetts, soldado inteligente y audaz, amén de hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow. Caffal y Creede Halcrow.
Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell. Y esos dos hombres, el
sargento y el capitán, eran íntimos amigos. Dentro de lo que permitía la diferencia de
graduación, la disparidad de obligaciones y los requisitos de la disciplina militar, estaban
siempre juntos. En realidad, se habían criado juntos. Y una costumbre del corazón no se
desarraiga fácilmente. Caffal Halcrow nada tenía de marcial en su carácter ni en sus
gustos, pero la idea. de separarse de su amigo le resultaba desagradable; y por eso se alistó
en la compañía de la que Madwell era entonces teniente. Ambos habían ascendido dos
grados, pero entre el suboficial más alto y el oficial más subalterno, el abismo social es
ancho y profundo; y aquella vieja relación, mantenida con dificultad, ya no podía ser
idéntica.
Creede Halcrow, hermano de Caffal, era mayor del regimiento. Un hombre cínico,
saturnino. Entre él y el capitán Madwell reinaba una antipatía natural, que las
circunstancias habían alimentado y fortalecido hasta convertirla en activa animosidad. De
no mediar la influencia moderadora de Caffal, es indudable que cada uno de estos
patriotas habría tratado de privar a su país de los servicios del otro…
*
Al iniciarse la batalla esa mañana, el regimiento cumplía una misión de avanzada, a
una milla del cuerpo principal del ejército. Fue atacado y casi rodeado en el bosque, pero
mantuvo a pie firme el terreno. Al disminuir momentáneamente la lucha, el mayor
Halcrow se dirigió hacia el capitán Madwell. Cambiaron un saludo formal, y dijo el
mayor:
—Capitán, el coronel le ordena avanzar con su compañía hasta el nacimiento de esa
quebrada, y mantener la posición hasta nueva orden. No necesito subrayarle el carácter
peligroso de la maniobra, pero si usted lo desea, imagino que puede entregar el mando a
su primer teniente. No se me ordenó, sin embargo, autorizar esta substitución. Es
simplemente una sugerencia personal y extraoficial.
A ese atroz insulto, replicó fríamente el capitán Madwell:
—Señor, le invito a participar en la maniobra. Un oficial montado sería un blanco
perfecto, y siempre he sostenido la opinión de que usted valdría más si estuviera muerto.
Ya en 1862 se cultivaba en los círculos militares el arte de la réplica.
Media hora más tarde la compañía del capitán Madwell fue desalojada de su
posición, con pérdidas equivalentes a un tercio de sus efectivos. Entre los muertos estaba
el sargento Halcrow. Poco después el regimiento debió replegarse a las líneas principales,
y al terminar la lucha se encontraba a varias millas de distancia.
El capitán estaba ahora de pie junto al amigo y subordinado.
El sargento Halcrow se hallaba mortalmente herido. El desgarrado uniforme dejaba
ver el abdomen. Algunos de los botones de la casaca habían sido arrancados y estaban
dispersos por el suelo, con otros fragmentos de su ropa. El cinturón de cuero estaba
partido, y parecía que se lo hubieran arrancado de bajo del cuerpo. No había mucha
sangre derramada. La única herida visible era un ancho e irregular desgarrón en el
abdomen, sucio de tierra y hojas muertas, por donde asomaba un extremo lacerado de
intestino. En toda su experiencia, el capitán Madwell no habla visto una herida semejante.
No podía imaginar cómo fue producida, ni explicar las circunstancias que la
acompañaban: el uniforme extrañamente rasgado, el cinturón partido, las manchas de la
piel. Se arrodilló para efectuar un examen más atento. Cuando se puso de pie, volvió los
ojos en varias direcciones, como buscando un enemigo. A cincuenta yardas de distancia,
en la cresta de una loma baja, cubierta de arbustos, vio varios objetos oscuros que se
movían entre los hombres caídos…: una manada de cerdos. Uno le daba la espalda, con los
cuartos delanteros levantados. Apoyaba las patas en un cuerpo humano; la cabeza baja era
invisible. La erizada eminencia del lomo se recortaba en negro contra el rojo poniente. El
capitán Madwell apartó los ojos y volvió a clavarlos en eso que había sido su amigo.
El hombre que había padecido esas monstruosas mutilaciones estaba vivo. De a ratos
movía las piernas. Con cada inspiración lanzaba un gemido. Miraba azorado la cara del
amigo; y si éste lo tocaba, soltaba un grito. En su feroz agonía, había arañado el suelo en
que se encontraba tendido; sus manos crispadas estaban llenas de tierra, hojas y palitos.
No conseguía articular una palabra. Era imposible saber si sentía algo que no fuera dolor.
La expresión de su rostro era un ruego; en sus ojos parecía reflejarse una plegaria. ¿Qué
pedía?
Imposible equivocar el significado de esa mirada. El capitán la había visto con
demasiada frecuencia en los ojos de aquellos cuyos labios aún podían suplicar la muerte.
Conscientemente o no, este retorcido fragmento de humanidad, esta imagen del
sufrimiento, esta mezcla de hombre y bestia, este humilde Prometeo sin heroísmo,
suplicaba a todos, a todas las cosas, a todo lo que no era él, la bendición de no existir. A la
tierra y al cielo, a los árboles, al hombre, a todo cuanto adquiría forma en los sentidos o en
la conciencia, este padecer hecho carne dirigía su callada plegaria.
¿Qué significaba? Lo que concedemos a la más ruin criatura desprovista de razón
para pedirlo, lo que sólo negamos a los infortunados de nuestra propia especie: la
anhelada liberación, el rito de compasión máxima, el golpe de gracia.
El capitán Madwell pronunció el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez, sin
resultado, hasta que lo ahogó la emoción. Sus lágrimas, encegueciéndolo, cayeron sobre
aquel pálido rostro. Ahora no veía más que un objeto borroso y móvil, pero los gemidos
eran más claros que nunca, cortados a breves intervalos por agudos gritos. Dio media
vuelta, llevándose la mano a la frente, y se alejó. Los cerdos, al verlo, alzaron los hocicos
encarnados, lo miraron suspicaces un momento, y después, gruñendo ásperamente al
unísono, se alejaron a la carrera. Un caballo, con la pata horriblemente astillada por un
cañonazo, alzó la cabeza del suelo y lanzó un doloroso relincho. Madwell avanzó un paso,
desenfundó el revólver, y le pegó un tiro entre los ojos, observando atento la agonía de la
pobre bestia, que contrariamente a lo qué él esperaba, fue larga y violenta. Pero al fin
quedó inmóvil. Los tensos músculos de los belfos, que habían desnudado los dientes en
una mueca atroz, parecieron aflojarse. El perfil nítido y fino de la cabeza adquirió un
aspecto de profunda paz y reposo.
En el oeste, a lo largo de la distante loma arbolada, se extinguían los últimos
esplendores del atardecer. La luz que acariciaba los troncos de los árboles se había
degradado a un gris tierno; en lo alto de las copas anidaban las sombras como grandes
pájaros oscuros. Llegaba la noche, y entre el capitán Madwell y el campamento, se
extendía a lo largo de muchos kilómetros el bosque espectral. Sin embargo, ahí estaba,
junto al animal muerto, desvinculado al parecer de cuanto le rodeaba. Los ojos clavados en
el suelo, la mano izquierda floja al costado, la derecha esgrimiendo la pistola. De pronto
alzó la cara, miró a su amigo moribundo y volvió rápidamente a su lado. Se arrodilló a
medias, montó el arma, apoyó el cañón en la frente del sargento, desvió los ojos y apretó el
gatillo.
No hubo detonación. Su última bala la había gastado en el caballo. El moribundo
gimió y sus labios se movieron convulsivamente. La espuma que brotaba de ellos tenía un
tinte sanguinolento. El capitán Madwell se puso de pie y desenvainó la espada. Pasó los
dedos de la mano izquierda a lo largo del filo desde la empuñadura a la punta. La tendió
recta ante sí como para probar sus nervios. La hoja no temblaba. El mortecino fulgor que
reflejaba la luz del cielo, permanecía inmóvil y firme. Se inclinó, desgarró con la mano
izquierda la camisa del moribundo. Irguiéndose, le puso la punta de la espada sobre el
corazón. Esta vez no apartó los ojos. Aferrando la empuñadura con ambas manos, empujó
con todas sus fuerzas. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre. Atravesó el cuerpo y se
clavó en la tierra. El capitán Madwell estuvo a punto de caer sobre su obra. El moribundo
encogió las piernas, y al mismo tiempo se llevó el brazo al pecho, sujetando el acero con
tanta fuerza que los nudillos de la mano se le pusieron blancos. Con este violento pero
inútil esfuerzo por quitarse la espada, agrandó la herida, por la que escapó un hilo de
sangre, que se filtró sinuosamente por el roto uniforme.
En ese momento tres hombres salían silenciosamente del montecito de arbustos que
había ocultado su avance. Dos eran enfermeros y traían angarillas.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.
_
El Guardián Del Muerto
I

En la llamada Costa Norte de San Francisco, en un cuarto de una casa desocupada,
un cuarto de piso alto, yacía el cuerpo de un hombre tapado por una sábana. Serían las
nueve de la noche. Una vela iluminaba el cuarto débilmente y las dos ventanas estaban
cerradas, con las persianas bajas, a pesar del calor y de la costumbre de airear las
habitaciones donde hay difuntos. Los únicos muebles eran un sillón, una mesita para leer
que sostenía el candelero, y una larga mesa de cocina donde yacía el cuerpo del hombre.
Poco antes, quizá, introdujeron los muebles y el cadáver. Un espectador habría observado
que estaban libres de polvo, no así el piso del cuarto. Había telarañas en los ángulos de las
paredes. Se delineaba el contorno del cuerpo bajo la sábana, hasta se insinuaban las
facciones con esa extraña rigidez que suele atribuirse a las caras de los muertos, pero que
en realidad es propia de todos aquellos consumidos por una enfermedad. Por el silencio
que reinaba en el cuarto podía intuirse que no daba a la calle. Era un cuarto interior, sin
más perspectiva que un alto peñasco. El edificio, en su parte de atrás, estaba construido
sobre la pendiente de una colina. Cuando sonaron las nueve campanadas en el reloj de la
iglesia —con tanto desgano, con tanta indiferencia al paso del tiempo que apenas podía
uno comprender por qué se molestaban en marcar la hora— se abrió la única puerta del
cuarto, entró un hombre y se acercó al cadáver. La puerta, como obedeciendo a un
movimiento espontáneo, volvió a cerrarse tras él. Se oyó el chirrido de una llave que
giraba con dificultad, se oyó el chasquido del cerrojo, se oyeron unos pasos que se alejaban
por el corredor. Todo inducía a pensar que el hombre que había entrado en el cuarto era
ya un prisionero. El hombre caminó hasta la mesa, se detuvo unos instantes mirando el
cadáver; luego, encogiéndose levemente de hombros, fue hasta una de las ventanas y
levantó la persiana. Afuera, la oscuridad era absoluta; los vidrios estaban cubiertos de
polvo. Pasó la mano por el polvo y pudo ver que la ventana, a pocas pulgadas de los
vidrios, estaba reforzada por gruesos barrotes de hierro empotrados en cada extremo de la
mampostería. Examinó la otra ventana. Sucedía lo mismo. Esta circunstancia no le inspiró
mayor curiosidad y ni siquiera trató de abrirlas. Si era un prisionero, no intentaba
evadirse. Después de haber terminado la inspección del cuarto, se instaló en el sillón, sacó
un libro del bolsillo, acercó la mesita con el candelero y empezó a leer. Era un hombre
joven —no pasaría de los treinta— de tez oscura, cuidadosamente afeitado, y pelo castaño.
Tenía el rostro fino, la nariz larga y recta, la frente despejada, y esa ” firmeza” en el mentón
y en la mandíbula que, según dicen, es índice de un temperamento resuelto. Por la
expresión de sus ojos grises, abstraídos, acaso fuera poco sensible a las sugestiones de los
demás. Ahora esos ojos estaban fijos en el libro, pero de vez en cuando los apartaba para
mirar el cadáver. Al parecer, no bajo la influencia de la morbosa fascinación que los
muertos ejercen sobre los vivos, aun sobre los más valerosos e impasibles, ni por ese
deliberado impulso de probar su ánimo que suele mover a las personas impresionables y
tímidas. Miraba como si algo en la lectura le hiciera recordar la situación en que se hallaba.
Este guardián del muerto, qué duda cabe, cumplía su obligación con inteligencia y
serenidad, tal como su aspecto lo hacía presumir. Así continuó alrededor de media hora.
Después cerró el libro, quizás al terminar un capítulo, lo dejó sobre la mesita, se puso de
pie, alzó la mesita y volvió a colocarla en un rincón del cuarto, cerca de una de las
ventanas. En seguida, llevando consigo el candelero, se aproximó a la chimenea vacía
frente a la cual estuvo sentado. Al cabo de un momento fue hasta la mesa donde yacía el
cadáver, apartó la sábana y dejó al descubierto la cabeza: apareció una melena oscura y un
sudario de lienzo muy fino bajo el cual se distinguían aún más las facciones del muerto.
Entonces resguardó sus propios ojos de la luz, interponiendo su mano libre entre ellos y el
candelero, y detuvo en su inmóvil acompañante una severa y tranquila mirada. Satisfecho
con su examen, echó de nuevo la sábana sobre el rostro yacente, y antes de volver al sillón
tomó algunos fósforos del candelero y los guardó en el bolsillo de su chaqueta. Después
sacó la vela del cilindro hueco del candelero y la observó con atención, como si calculara
cuanto tiempo habría de durar. Tenía dos pulgadas de largo. ¡Una hora más, y quedaría a
oscuras! Insertó la vela en el candelero, sopló, apagó la llama.
II
En un consultorio de Kearny Street, sentados en torno a una mesa, tres hombres
bebían ponche y fumaban. Era tarde, casi medianoche, y no había escaseado el ponche.
Estaban en casa del doctor Helberson, el más circunspecto de los tres. Tenía unos treinta
años. Los otros eran menores. Todos ellos médicos.
—El temor supersticioso que inspiran los muertos a los vivos es hereditario e
incurable —dijo el doctor Helberson—. No tiene por qué avergonzarnos. Es una herencia,
sencillamente, como la incapacidad para las matemáticas, o la tendencia a mentir.
Los otros rieron.
—¿Es que la mentira no debe avergonzar a un hombre? —preguntó el más joven de
los tres. Este último, en realidad, era un practicante. Todavía no se había recibido.
—Mi querido Harper, no he dicho eso. Una cosa es mentir; otra, la tendencia a
mentir.
—¿Pero cree usted —dijo el tercero— que este supersticioso temor a los muertos, no
fundado en razón alguna, sea universal? Yo no siento hacia ellos ningún temor.
—Usted no lo siente en teoría —contestó Helberson—. Espere que se cumplan
determinadas condiciones, lo que Shakespeare llama “la confabulación de las
circunstancias”, y lo verá manifestarse de una manera no muy agradable que le abrirá los
ojos. Los médicos y los soldados, desde luego, son menos vulnerables que otros a este
temor.
—¡Médicos y soldados! ¿Por qué no agrega también verdugos? Incluyamos a todas
las clases criminales.
—No, mi querido Mancher. Los jurados no permiten a los verdugos familiarizarse
demasiado con la muerte. De otro modo, llegaría a no conmoverlos.
El joven Harper, que había ido a buscar un cigarro, volvió a su asiento.
—¿Qué condiciones se requieren para que cualquier hombre nacido de mujer llegue
a tener conciencia, hasta un extremo intolerable, de ese horror que todos compartimos
según usted? —preguntó con sobrada elocuencia.
—Bueno, yo diría que si un hombre estuviera encerrado toda la noche con un
cadáver, solo, en la oscuridad de una casa desocupada, sin mantas para echarse sobre la
cabeza y refugiarse en ellas, podría jactarse con justicia de no haber nacido de mujer; ni
siquiera, como Macduff, de ser el resultado de una cesárea.
—Pensé que sus condiciones no acabarían nunca —replicó Harper—. Pero sé de un
hombre que no vacilaría en aceptarlas. Por lo que usted quiera apostar.
—¿Quién es?
—Se llama Jarette. No es de California. Como yo, ha nacido en Nueva York. Yo no
tengo dinero para hacer apuestas, pero él podrá apostarle lo que usted quiera —repitió.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Prefiere jugar a comer. En cuanto al miedo, me atrevería a decir que lo considera
algo así como una enfermedad de la piel, o acaso como una peculiar herejía religiosa.
Decididamente, Helberson empezaba a interesarse.
—¿Cómo es el tal Jarette? —preguntó.
—¿Cómo es? Se parece a Mancher. Podrían ser mellizos.
Helberson contestó resueltamente:
—Acepto la apuesta.
—Debo agradecerle muchísimo el cumplido, estoy seguro —dijo Mancher
arrastrando las palabras. Se estaba durmiendo. Agregó—: ¿Puedo entrar en la apuesta?
—No contra mí —dijo Helberson—. No quiero su dinero.
—Muy bien. Entonces seré el cadáver.
Los otros se echaron a reír.
Ya hemos visto el resultado de esta descabellada conversación.
III
Al apagar la escasa ración de su vela, el señor Jarette se propuso conservarla para
alguna imprevista necesidad. Quizá pensara vagamente que tanto daba estar a oscuras al
principio como al fin, y ese cabo de vela, en caso de que la situación se hiciera realmente
insoportable, le garantizaba un medio de alivio, o hasta de libertad. De cualquier modo era
prudente contar con una pequeña reserva de luz, aunque sólo fuera para poder mirar el
reloj.
No bien apagó la vela y la colocó a su lado, en el suelo, se instaló cómodamente en el
sillón, echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Deseaba y esperaba dormir. Quedó
decepcionado; nunca en su vida había tenido menos sueño. Pocos minutos después se dio
por vencido. Pero entonces ¿qué hacer? No podía andar a tientas en la oscuridad más
absoluta, corriendo el peligro de tropezar con las paredes, también de llevarse por delante
la mesa y perturbar descomedidamente al muerto. Nadie discute el derecho de los
muertos de descansar en paz, exentos de cualquier violencia. Jarette casi logró persuadirse
de que consideraciones semejantes, reteniéndolo en el sillón, lo obligaban a no afrontar
una probable caída.
Mientras pensaba en ello, creyó haber oído un leve ruido que llegaba de la mesa. Qué
clase de ruido era, no hubiese podido decirlo. Continuó inmóvil. ¿Para qué volver la
cabeza en la oscuridad? Sin embargo, escuchó atentamente. ¿Por qué no habría de hacerlo?
Y mientras escuchaba, sintiendo como un vértigo, se aferró a los brazos del sillón. Le
zumbaban los oídos, la sangre se le subía a la cabeza, el chaleco le apretaba el tórax. Se
preguntó a qué obedecían esas molestias ¿Eran síntomas de miedo? Hundió el pecho,
lanzando un profundo suspiro, y cuando la gran cantidad de aire con que llenó de nuevo
sus pulmones exhaustos hizo desaparecer aquella sensación de vértigo, comprendió que
en el afán de escuchar había contenido la respiración hasta llegar por poco a sofocarse. Era
una revelación humillante. Se levantó, empujó el sillón con el pie y avanzó hasta el centro
del cuarto. Pero no avanzaba mucho en la oscuridad. Tanteando, encontró la pared, siguió
hasta el rincón, dio vuelta, pasó las dos ventanas y allí, en el otro rincón, entró en violento
contacto con la mesita y la tiró al suelo. El ruido lo hizo estremecer. Quedó fastidiado.
¿Cómo diablos pude olvidar dónde coloqué la mesita?, murmuró, buscando su camino a
lo largo de la tercera pared con el propósito de llegar a la chimenea.
Debo poner las cosas en su justo sitio, dijo el señor Jarette, y palpó el piso hasta dar
con el candelero.
Cuando por fin lo encendió, volvió los ojos a la mesa de cocina donde, naturalmente,
nada había cambiado. La mesita con el atril seguía en el suelo. Había olvidado poner las
cosas en su justo sitio. Paseó la mirada por el cuarto, desplazando las sombras más
profundas con el candelero, llegó hasta la puerta, hizo girar el picaporte y empujó con
todas sus fuerzas. Como la puerta no cediera, sintió una especie de satisfacción. Más aún,
corrió el pestillo que tenía por dentro y en el cual no había reparado en el momento de
entrar. Volvió a sentarse y miró su reloj; eran las nueve y media. Sorprendido, pegó el reloj
a la oreja: oyó el tictac del minutero. Ahora la vela estaba sensiblemente más corta.
Apagándola nuevamente, la colocó en el piso junto a él, como antes. El señor Jarette no
estaba cómodo; estaba profundamente insatisfecho con el ambiente que lo rodeaba, y
consigo mismo por sentirse insatisfecho. ¿Qué puedo temer? —pensó—. Esto es ridículo y
vergonzoso. No seré tan estúpido. Pero no infunde valor el decirnos seamos valientes, ni
reconocer que en tal o cual circunstancia nos beneficia el decirlo. Mientras más se
condenaba a sí mismo, más argumentos encontraba Jarette para fundar su condena.
Mientras mayor era el número de sus tranquilizadoras y armoniosas variaciones sobre el
tema de la inocuidad de los difuntos, menos podía soportar sus propias y discordantes
inquietudes. Cómo es posible —exclamó en medio de la angustia de su espíritu—, cómo es
posible que yo, tan luego yo, que no tengo supersticiones de ninguna clase, que no creo en
la inmortalidad del alma, que sé, y ahora más que nunca, que la vida ultraterrena no es
sino el sueño de un deseo, pierda mi apuesta, y junto con mi apuesta ¡el honor, la propia
estimación, tal vez el juicio! ¡Todo porque algunos de mis salvajes antepasados, que vivían
en las cavernas, concibieron la monstruosa idea de que los muertos se levantan y caminan
por la noche! En eso, distintamente, inequívocamente, el señor Jarette oyó tras de sí un
leve ruido de pasos, cautelosos, nítidos, cada vez más próximos.
IV
A la mañana siguiente, poco antes del amanecer, el doctor Helberson y su joven
amigo Harper recorrían muy despacio las calles de la Costa Norte. Iban al cupé del doctor.
—Joven inexperto —dijo el hombre de más edad—, ¿aún tiene usted confianza en el
valor o en la estolidez de su amigo? ¿Cree usted que he perdido mi apuesta?
—Sé que la ha perdido —dijo el otro, pero esta vez con menos énfasis.
—Bueno, de todo corazón espero que así sea —lo dijo con formalidad casi solemne—.
Harper, este asunto me inquieta —agregó a la media luz intermitente que entraba
oblicuamente en el cupé, cuando pasaban junto a los faroles de la calle, su rostro tenía un
aspecto muy severo—. No habría aceptado la apuesta si su amigo no me hubiese irritado
por el desdén que demostró ante mi duda sobre su incapacidad de resistencia, una
condición meramente física, y por haber sugerido con impasible descortesía que el cadáver
fuera el de un médico. Si algo sucediera, estamos perdidos. Mucho me temo que lo
merecemos.
—¿Qué puede suceder? Hasta si el asunto tomara un sesgo grave, cosa que no creo,
Mancher sólo tiene que resucitar y explicar cómo sucedió. Muy diferente sería con un
sujeto auténtico de la Morgue, o con uno de sus pacientes difuntos.
El doctor Mancher, por lo tanto había cumplido su promesa: era el cadáver. El doctor
Helberson permaneció largo rato silencioso mientras el cupé, a paso de tortuga, tomaba
por la misma calle que ya había recorrido dos o tres veces.
—Bueno —dijo por fin—, esperemos que Manchester, si ha necesitado resucitar de
entre los muertos, se haya conducido con discreción. De otro modo, su error empeoraría
las cosas.
—Sí, Jarette podría matarlo —dijo Harper—. Cuando el cupé pasó junto a un farol de
gas, miró su reloj—. Pero ya son casi las cuatro de la mañana —agregó.
Un momento después los dos hombres bajaban del coche y caminaban
impetuosamente hacia la casa durante mucho tiempo vacía, perteneciente al doctor
Herlberson, en la cual habían encerrado al señor Jarette. Al acercarse, encontraron a un
hombre que corría. Se detuvo de golpe.
—¿Pueden decirme —les gritó— dónde hay un médico?
—¿Qué ocurre? —preguntó Helberson, evasivamente.
—Vaya y vea con sus propios ojos —dijo el hombre prosiguiendo su carrera.
Se apresuraron, llegaron a la casa. En la puerta de calle vieron entrar a varias
personas muy excitadas. Al lado y al frente, en los edificios vecinos, asomaban muchas
cabezas por las ventanas abiertas de par en par. Los dueños de aquellas cabezas hacían
preguntas y no contestaban a las preguntas que les dirigían. Había luz en los pocos cuartos
con las ventanas cerradas: sus ocupantes se estaban vistiendo para bajar. El farol de la
calle, justo enfrente de la casa que era el centro de todas las miradas, arrojaba sobre la
escena una débil luz amarilla, como insinuando que podía descubrir muchos otros
pormenores si lo hubiese querido. Harper, mortalmente pálido, se detuvo junto a la puerta
y posó su mano en el brazo de su acompañante. Dijo:
—Estamos perdidos, doctor. Tenemos la suerte en contra. No entremos. Es preferible
escapar.
Sus desaprensivas palabras contrastaban con el tono extrañamente agitado de la voz.
—Yo soy médico —dijo el doctor Helberson tranquilamente—. Necesitan uno.
Subieron unos pocos peldaños y se dispusieron a entrar. La puerta cancel estaba
abierta. El farol de la calle iluminaba el umbral lleno de gente. Algunas personas habían
llegado al último tramo de la escalera; como no las dejaran seguir adelante, allí
aguardaban, apostadas. Todas hablaban a la vez. Súbitamente, hubo una gran conmoción:
se abrió una puerta y un hombre se lanzó contra los que intentaban detenerlo. Cayó sobre
los asustados curiosos, haciéndolos a un lado, obligándolos a ponerse de espaldas a la
pared o a prenderse de la baranda, tomándolos por el cuello y golpeándolos
bárbaramente, o arrojándolos escaleras abajo y pasándolos por encima. Andaba sin
sombrero, con la ropa en desorden. Más aterradora que su fuerza, en apariencia
sobrehumana, era la expresión de sus ojos desorbitados e inquietos. Su cara,
cuidadosamente afeitada, estaba exangüe. Tenía el pelo blanco como la nieve. Como
hubiera más espacio al pie de la escalera, y la multitud se hiciera a un lado para dejarlo
pasar, Harper gritó:
—¡Jarette, Jarette!
El doctor Helbeson tomó a Harper por las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia
atrás. El hombre los miró sin parecer reconocerlos, bajó los pocos peldaños que conducían
de la puerta cancel a la de la calle, y desapareció. Un policía corpulento, que no había
logrado bajar con tanto éxito, surgió momentos después y corrió tras él, mientras las
cabezas de las ventanas —ahora de mujeres y niños— gritaban:
—¡Por allí, por allí!
Ya la escalera estaba en parte despejada. Casi toda la muchedumbre se había
precipitado a la calle para observar la fuga y persecución. El doctor Helberson, seguido de
Harper, pudo llegar hasta arriba.
En la puerta que daba al último corredor, un agente de policía les interceptó el paso.
—Somos médicos, —dijo el doctor, y entraron a un cuarto lleno de hombres apiñados
alrededor de una mesa. Apenas se distinguían en la penumbra. Los recién venidos,
adelantándose dificultosamente, miraron por encima de los que estaban en primera fila.
En la mesa, con las piernas tapadas con unas sábanas, yacía el cuerpo de un hombre. Los
rayos de una linterna que sostenía un policía, de pie junto al cadáver, lo iluminaban
brillantemente. Todos los demás, el policía mismo, estaban en la sombra, excepto aquellos
muy próximos a la cabeza del muerto. El rostro del muerto, amarillo, repulsivo, horrible,
tenía los ojos a medio abrir, mirando hacia el techo, la mandíbula caída; en los labios, en el
mentón, en las mejillas había rastros de espuma. Un hombre alto, evidentemente un
médico, se inclinó sobre el cadáver, le pasó la mano por debajo de la pechera de la camisa
y le introdujo dos dedos en la boca abierta.
—Hace casi tres horas que este hombre ha muerto —dijo—. Es un caso para el
médico forense.
Sacó una tarjeta de bolsillo, la entregó al oficial y se abrió camino hasta la puerta.
—¡Váyanse todos! ¡Fuera! —gritó el oficial bruscamente, y el cuerpo del muerto
desapareció como por arte de magia cuando la linterna enfocó, aquí y allá, las caras de la
multitud.
El efecto fue increíble. Los hombres, enceguecidos, confusos, casi aterrorizados, se
precipitaron ruidosamente hacia la puerta apretujándose, codeándose y cayendo los unos
encima de los otros a medida que iban saliendo, como las huestes de la noche heridas por
los dardos de Apolo. Sobre la masa tumultuosa, acorralada, el oficial disparaba su luz
implacable, incesante. Arrastrados por la corriente, Helberson y Harper fueron barridos
del cuarto y lanzados a la calle escaleras abajo.
—¡Dios mío, doctor! ¿No le dije que Jarette lo mataría? —exclamó Harper no bien se
apartaron de la multitud.
—Entiendo que sí —replicó el otro sin aparente emoción.
Prosiguieron caminando en silencio hacia el este, ya gris; se perfilaban las viviendas
sobre la línea de la colina. Ya andaba por las calles el carro del lechero. Muy pronto el
panadero entraría en escena. Se oían vocear los primeros diarios.
—Tengo la impresión, jovencito —dijo el doctor Helberson—, que usted y yo hemos
trasnochado demasiado en los últimos tiempos. No es bueno para la salud. Necesitamos
un cambio. ¿Qué le parecería un viaje a Europa?
—¿Cuándo?
—En cualquier momento. Esta tarde a las cuatro, por ejemplo, sería una hora
conveniente.
—Lo encontraré en el barco —dijo Harper.
V
Estos dos hombres, siete años después, conversaban amigablemente en Nueva York,
sentados en un banco de Madison Square. Un tercero, que los había estado observando sin
que ellos lo advirtieran, terminó por acercarse y los saludó con la mayor cortesía,
quitándose el sombrero y descubriendo su pelo ondulado, blanco como la nieve. Dijo:
—Les pido disculpas, señores, pero cuando se ha matado a un hombre para poder
resucitar, es mejor ponerse sus ropas y escaparse en la primera oportunidad.
Helberson y Harper cambiaron miradas significativas. Parecían divertidos.
Helberson miró con simpatía al desconocido y replicó:
—Esa fue siempre mi idea. Estoy enteramente de acuerdo con sus ventaj…
Súbitamente se detuvo, mortalmente pálido. Clavó los ojos en el hombre y quedó
boquiabierto. Temblaba.
—¡Ah! —exclamó el desconocido—, veo que se siente usted mal, doctor. En caso de
que no pueda atenderse, estoy seguro de que el doctor Harper podrá hacerlo por usted.
—¿Quién diablos es usted? —preguntó Harper desafiante.
El desconocido se acercó más a ellos. Inclinándose susurró:
—A veces me llamo a mí mismo Jarette, pero no tengo inconveniente en decirles,
dada la vieja amistad que nos une, que soy el doctor William Mancher. Los dos hombres
saltaron del banco.
—¡Mancher! —exclamaron jadeantes, y Helberson agregó:
—¡Dios mío, es verdad!
El desconocido sonrió vagamente.
—Sí —dijo—, es bastante cierto, qué duda cabe.
Vaciló, como si intentara recordar algo, y luego empezó a tararear una canción
popular. Se hubiera dicho que los dos hombres ya no le interesaban.
—Mire usted, Mancher —dijo el doctor Helberson—, cuéntenos exactamente lo que
ocurrió aquella noche a Jarette, desde luego.
—Ah, sí, a Jarette —dijo el otro—. Es extraño que haya olvidado contárselos a
ustedes. Lo cuento tan a menudo. Vean ustedes, yo sabía, porque le oí a él mismo decirlo,
que no estaba demasiado tranquilo. Entonces no resistí a la tentación de volver a la vida y
entretenerme un poco a costa de él. No pude resistir, en verdad. Todo estaba muy bien,
pero no pensé, seriamente. Y después… bueno, fue toda una historia hacerlo ocupar mi
lugar, y entonces. ¡Malditos sean ustedes, no podía salir! ¡Malditos sean!
Nada semejante a la ferocidad con que articuló las últimas palabras. Los otros dos
retrocedieron alarmados.
—¿Nosotros? ¿Cómo, cómo? —balbuceó Helberson, perdiendo por completo el
dominio de sí—. Nosotros no tenemos nada que ver en eso.
—¿No dije que ustedes eran los doctores Hellborn y Sharper1? —preguntó el loco,
riendo.
—Mi nombre es Helberson, y este caballero es el señor Harper —le contestó,
tranquilizado—. Pero ahora no somos médicos. Somos… bueno, hablemos claro, viejo,
somos jugadores.
—Muy buena profesión. Muy buena, en verdad. Y dicho sea de paso, espero que
Sharper, aquí presente, haya pagado lo que apostó a Jarette, como un honesto jugador. Sí,
una profesión muy buena y honorable —repitió con aire pensativo. Antes de alejarse,
1 En inglés, Hellborn significa ‘infernal’; sharper, ‘tahúr’.
agregó a modo de despedida—: Pero yo me aferro a la antigua. Soy médico en el asilo de
Bloomingdale, médico del personal. Mi tarea es cuidar al director.
_
El Hipnotizador
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Algunos de mis amigos, que saben por casualidad que a veces me entretengo con el
hipnotismo, la lectura de la mente y fenómenos similares, suelen preguntarme si tengo un
concepto claro de la naturaleza de los principios, cualesquiera que sean, que los sustentan.
A esta pregunta respondo siempre que no los tengo, ni deseo tenerlos. No soy un
investigador con la oreja pegada al ojo de la cerradura del taller de la Naturaleza, que trata
con vulgar curiosidad de robarle los secretos del oficio. Los intereses de la ciencia tienen
tan poca importancia para mí, como parece que los míos han tenido para la ciencia.
No hay duda de que los fenómenos en cuestión son bastante simples, y de ninguna
manera trascienden nuestros poderes de comprensión si sabemos hallar la clave; pero por
mi parte prefiero no hacerlo, porque soy de naturaleza singularmente romántica y obtengo
más satisfacciones del misterio que del saber. Era corriente que se dijera de mí, cuando era
un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos más para ser mirados que
para mirar… tal era su ensoñadora belleza y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su
indiferencia por lo que sucedía. En esas circunstancias, el alma que yace tras ellos parecía
—me aventuro a creerlo—, siempre más dedicada a alguna bella concepción que ha creado
a su imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y la estructura material de las
cosas. Todo esto, por irrelevante y egoísta que parezca, está relacionado con la explicación
de la escasa luz que soy capaz de arrojar sobre un tema que tanto ha ocupado mi atención
y por el que existe una viva y general curiosidad. Sin duda otra persona, con mis poderes
y oportunidades, ofrecería una explicación mucho mejor de la que presento simplemente
como relato.
La primera noción de que yo poseía extraños poderes me vino a los catorce años, en
la escuela. Habiendo olvidado una vez de llevar mi almuerzo, miraba codiciosamente el
que una niñita se disponía a comer. Levantó ella los ojos, que se encontraron con los míos
y pareció incapaz de separarlos de mi vista. Luego de un momento de vacilación, vino
hacia mí, con aire ausente, y sin una palabra me entregó la canastita con su tentador
contenido y se marchó. Con inefable encanto alivié mi hambre y destruí la canasta.
Después de lo cual ya no volví a preocuparme de traer el almuerzo: la niñita fue mi
proveedora diaria; y no sin frecuencia, al satisfacer con su frugal provisión mi sencilla
necesidad, combiné el placer y el provecho, obligándola a participar del festín y
haciéndole engañosas propuestas de viandas que, eventualmente, yo consumía hasta la
última migaja. La niña estaba persuadida de haberse comido todo ella, y más tarde,
durante el día, sus llorosos lamentos de hambre sorprendían a la maestra y divertían a los
alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tragaldabas, y me llenaban de una paz más
allá de lo comprensible.
Un aspecto desagradable de este estado de cosas, en otros sentidos tan satisfactorio,
era la necesidad de secreto: el traspaso del almuerzo, por ejemplo, debía hacerse a cierta
distancia de la enloquecedora muchedumbre, en un bosque; y me ruborizo en pensar en
los muchos otros indignos subterfugios producto de la situación. Como por naturaleza era
(y soy) de disposición franca y abierta, esto se iba haciendo cada vez más fastidioso, y si no
hubiera sido por la repugnancia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo
régimen, hubiera vuelto al antiguo, alegremente. El plan que finalmente adopté para
librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y vivo interés
en esa época, aunque la parte que consistió en la muerte de la niña fue severamente
condenada, pero esto no hace a la finalidad de este relato.
Después, durante unos años, tuve poca oportunidad de practicar hipnotismo; los
pequeños intentos que hice estaban desprovistos de otro premio que no fuera el
confinamiento a pan y agua, y a veces, en realidad, no traían nada mejor que el látigo de
nueve colas. Sólo cuando estaba por abandonar la escena de estos pequeños desengaños,
realicé una hazaña verdaderamente importante.
Me habían llevado a la oficina del director de la cárcel y me habían dado un traje de
civil, una irrisoria suma de dinero y una gran cantidad de consejos que, debo confesarlo,
eran de mucha mejor calidad que la ropa. Cuando atravesaba el portón hacia la luz de la
libertad, me di vuelta de súbito y, mirando seriamente en los ojos al director, lo puse
rápidamente bajo mi control.
—Usted es un avestruz —le dije.
El examen post mortem reveló que su estómago contenía una gran cantidad de
artículos indigestos, la mayor parte de metal o madera. Atragantado en el esófago, un
picaporte; lo que según el veredicto del jurado, constituyó la causa inmediata de la muerte.
Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero, al retornar al mundo del que
tanto tiempo había estado separado, no pude evitar recordar que todas mis penas surgían
como un arroyuelo de la tacaña economía de mis padres en aquel asunto del almuerzo
escolar; y no tenía razón alguna para creer que se habían reformado.
En el camino entre Succotash Hill y Sud Asfixia hay unas tierras donde existió una
edificación conocida como rancho de Pete Gilstrap, en donde este caballero solía asesinar a
los viajeros para ganarse el sustento. La muerte del señor Gilstrap y el desvío de casi todos
los viajes hacia otro camino ocurrieron tan al mismo tiempo que nadie ha podido decir
aún cuál fue causa y cuál efecto. De todos modos las tierras estaban ahora desiertas y el
pequeño rancho había sido incendiado hacía mucho. Mientras iba a pie a Sud Asfixia, el
hogar de mi niñez, encontré a mis padres, camino de la colina. Habían atado la yunta y
almorzaban bajo un roble, en medio de la campiña. La vista del almuerzo revivió en mí los
dolorosos recuerdos de los días escolares y despertó el león dormido en mi pecho.
Acercándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir
que compartiría su hospitalidad.
—De este festín, hijo mío —dijo el autor de mis días, con la característica
pomposidad que la edad no había marchitado—, no hay más que para dos. No soy, eso
creo, insensible a la llama hambrienta de tus ojos, pero…
Mi padre nunca completó la frase: lo que equivocadamente tomó por llama del
hambre no era otra cosa que la mirada fija del hipnotizador. En pocos segundos estaba a
mi servicio. Unos pocos más bastaron para la dama, y los dictados de un justo
reconocimiento pudieron ponerse en acción.
—Antiguo padre —dije—, imagino que ya entiendes que tú y esta señora no son ya
lo que eran.
—He observado un cierto cambio sutil —fue la dudosa respuesta del anciano
caballero—, quizás atribuible a la edad.
—Es más que eso —expliqué—, tiene que ver con el carácter, con la especie. Tú y la
señora son, en realidad, dos potros salvajes y enemigos.
—Pero, John —exclamó mi querida madre—, no quieres decir que yo…
—Señora —repliqué solemnemente, fijando mis ojos en los suyos—, lo es.
Apenas habían caído estas palabras de mis labios cuando ella estaba ya en cuatro
patas y, empujando al viejo, chillaba como un demonio y le enviaba una maligna patada a
la canilla. Un instante después él también estaba en cuatro patas, separándose de ella y
arrojándole patadas simultáneas y sucesivas. Con igual dedicación pero con inferior
agilidad, a causa de su inferior engranaje corporal, ella se ocupaba de lo mismo. Sus
piernas veloces se cruzaban y mezclaban de la más sorprendente manera; los pies se
encontraban directamente en el aire, los cuerpos lanzados hacia adelante, cayendo al suelo
con todo su peso y por momentos imposibilitados. Al recobrarse reanudaban el combate,
expresando su frenesí con los innombrables sonidos de las bestias furiosas que creían ser;
toda la región resonaba con su clamor. Giraban y giraban en redondo y los golpes de sus
pies caían como rayos provenientes de las nubes. Apoyados en las rodillas se lanzaban
hacia adelante y retrocedían, golpeándose salvajemente con golpes descendentes de
ambos puños a la vez, y volvían a caer sobre sus manos, como incapaces de mantener la
posición erguida del cuerpo. Las manos y los pies arrancaban del suelo pasto y guijarros;
las ropas, la cara, el cabello estaban inexpresablemente desfigurados por la sangre y la
tierra. Salvajes e inarticulados alaridos de rabia atestiguaban la remisión de los golpes;
quejidos, gruñidos, ahogos, su recepción. Nada más auténticamente militar se vio en
Gettysburg o en Waterloo: la valentía de mis queridos padres en la hora del peligro no
dejará de ser nunca para mí fuente de orgullo y satisfacción. Al final de esto, dos
estropeados, haraposos, sangrientos y quebrados vestigios de humanidad atestiguaron de
forma solemne de que el autor de la contienda era ya un huérfano.
Arrestado por provocar una alteración del orden, fui, y desde entonces lo he sido,
juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos, donde, después de quince años de
proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso pase a la
Corte de Traslados de Nuevas Pruebas.
Tales son algunos de mis principales experimentos en la misteriosa fuerza o agente
conocido como sugestión hipnótica. Si ella puede o no ser empleada por hombres
malignos para finalidades indignas es algo que no sabría decir.
_
El Incidente Del Puente Del Búho
I

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido
discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las
muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por
encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas
sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos,
dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil,
debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado
improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán.
En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro
izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho,
postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les
interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del
entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un
bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de
allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto
ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con
aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de
bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los
espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata
de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro
derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había
un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la
izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La
compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en
frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El
capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin
hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias
respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el
código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.
El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a
juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme,
ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de
su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes
ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un
hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código
castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.
Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno
retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo
saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos
movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres
durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del
todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora
lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se
balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción,
debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los
ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que
corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la
superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente
corriente!
Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El
agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas
escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en
conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo
de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no
comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre
el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia
cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de
tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada
llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez
más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero
aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar…
Oía el tictac de su reloj.
Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis
manos —pensó— podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y
nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría
hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está
fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían
estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al
sargento. El suboficial se colocó en un extremo.
II
Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de
Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto,
uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados
del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se
alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth,
y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar
la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como
llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna
acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo
suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de
soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este
refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.
Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco,
próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y
pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras
fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió
ávidamente información del frente.
—Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril —dijo el hombre— porque se
preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han
construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por
todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en
intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.
—¿A qué distancia está el Puente del Búho? —pregunto Faquhar.
—A unos cincuenta kilómetros.
—¿No hay tropas a este lado del río?
—Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía
de este lado del puente.
—Suponiendo que un hombre —un ciudadano aficionado a la horca— pudiera
despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía —dijo el plantador sonriendo—, ¿qué
podría hacer?
El militar pensó:
—Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una
enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos
los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.
En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las
gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche,
volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella
tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.
III
Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si
estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta,
seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su
cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema
nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego
le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas
sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía
un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un
péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo
rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus
oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había
roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo
corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus
pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los
ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable!
Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un
efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de
nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado —pensó—
no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería
justo.»
Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que
trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un
tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar
interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana
energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se
separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la
creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron
salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de
una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus
manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta
entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas
latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia
incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la
orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo
sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se
expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones
aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.
Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente,
sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y
despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los
movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al
golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos
sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas
grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada
una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los
moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las
pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él
una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su
propio cuerpo que surcaba la corriente.
Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible
comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán,
a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul.
Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver,
pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista
resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.
De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a
muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y
observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía
una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del
fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído
que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.
Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque
que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo
monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el
chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los
campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus
quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados
e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas
palabras crueles:
—¡Atención, compañía …! ¡Armas al hombro…! ¡Listos…! ¡Apunten…! ¡Fuego…!
Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le
resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga
de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante,
extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos,
después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color
desagradable, y Farquhar lo sacó con energía.
Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del
agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los
soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez
dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su
hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo
estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente —pensó
— no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado
apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro?
En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me
proteja, no puedo esquivar a todos!»
A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido
de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía
propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó
las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por
encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús
sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los
árboles del bosque cercano.
«No empezarán de nuevo —pensó—. La próxima vez cargarán con metralla. Debo
fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde:
se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y
más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el
puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los
objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por
un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se
encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su
inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los
sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima,
bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en
esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la
atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz
brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una
armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba
permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran.
El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su
sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida.
Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque.
Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por
ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una
región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.
Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos.
Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo
llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no
daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna
parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un
indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos
murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una
lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el
bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas
constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado
nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había
marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su
lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La
hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies.
Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba,
porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra
delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el
sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la
reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su
esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al
pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y
dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que
se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y
enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después
absoluto silencio y absoluta oscuridad.
Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un
lado a otro del Puente del Búho.
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El Pastor Haíta
_
A pesar de los años y la experiencia, Haíta conservaba las ilusiones de la juventud.
Sus pensamientos eran puros y amables porque su vida era sencilla y en su alma no cabía
la ambición. Se levantaba al amanecer e iba a rezar al santuario de Hastur, el dios de los
pastores, que lo escuchaba complacido. Después de cumplir este rito piadoso, Haíta abría
la puerta del corral y con el corazón alegre sacaba a pacer a su rebaño, mientras comía una
ración de queso y de torta de avena, deteniéndose, a veces, para recoger algunas fresas
húmedas de rocío, o para abrevar su sed en el agua de los manantiales que bajaban de las
colinas, engrosaban el arroyo que atravesaba el valle e iban a perderse quién sabe dónde.
Durante el largo día de verano, mientras sus ovejas arrancaban el buen pasto que los
dioses hicieron crecer para ellas, o yacían con las patas delanteras debajo del pecho,
rumiando indolentemente, Haíta, recostado a la sombra de un árbol o sentado en una roca,
tocaba en su flauta de cañas una música tan dulce que en ocasiones vislumbraba con el
rabillo del ojo a las deidades menores del bosque que se incorporaban de entre los
matorrales para oírlo, y se desvanecían en cuanto quería volverse para mirarlas. De esto —
porque acaso pensaba si no llegaría a convertirse en una de sus propias ovejas— dedujo
solemnemente que la felicidad viene cuando no se la busca, pero que jamás la vemos si
andamos tras ella. Porque después de Hastur, que nunca le concedió la merced de
mostrarse a sus ojos, lo que Haíta más valoraba era el amistoso interés de sus vecinos, los
tímidos inmortales del bosque y del arroyo. Al anochecer, llevaba de vuelta su rebaño al
corral, se aseguraba de que la tranquera estuviese bien cerrada y se retiraba a su gruta
para descansar y soñar.
Así pasaba los días de su vida, todos iguales, salvo cuando las tormentas expresaban
la cólera de un dios ofendido. Entonces Haíta, refugiado en su gruta, cubriéndose la cara
con las manos, imploraba que sólo a él lo castigaran por sus pecados y que el mundo se
librara de ser destruido. A veces, cuando llovía a cántaros y el arroyo se desbordaba,
obligándolo a llevar precipitadamente a su aterrorizado rebaño a las tierras altas,
intercedía por los hombres que, según le dijeron, vivían en la llanura, más allá de las dos
colinas azules que formaban el pórtico de su valle.
—Oh Hastur —así rogaba—, eres bueno por haberme dado montañas tan próximas a
mi vivienda y a mi corral para que yo y mis ovejas podamos escapar de los enojados
torrentes. Pero debes eximir al resto del mundo de alguna manera que yo ignoro. Si no
fuera así, Hastur, no podría reverenciarte más.
Y Hastur, sabiendo que Haíta era un joven de palabra, perdonaba a las ciudades y
desviaba las aguas hacia el mar.
Así había vivido siempre. Nunca pudo concebir otro modo de existencia. El santo
ermitaño que moraba a la entrada del valle, a una hora de distancia, y a quien oyó hablar
de las grandes ciudades donde habitan los hombres —¡pobres almas!— que no tienen
ovejas, no supo darle razón de aquellos tiempos lejanos durante los cuales él mismo,
según infería, debió de ser pequeño e indefenso como una oveja.
Fue al pensar en esos misterios y maravillas, y en ese horrible transformarse en
silencio y corrupción que alguna vez, estaba seguro, habría de ocurrirle, como vio
ocurrirle a tantas de sus ovejas, como ocurría a todos los seres vivientes excepto a los
pájaros, cuando Haíta por primera vez tuvo conciencia de la desdicha de su suerte.
—No puedo ignorar —dijo— cómo y de dónde he venido. Para cumplir con mis
deberes necesito saber las razones por las cuales me fueron encomendados. ¿Y qué alegría
pueden darme si no sé cuánto habrá de durar? Quizá antes de que vuelva a nacer el sol,
habré sido transformado, y entonces ¿qué será de mis ovejas? ¿Y qué será de mí?
Meditando en ello, Haíta se volvió melancólico y adusto. Ya no hablaba alegremente
a su rebaño, ni acudía con presteza al santuario de Hastur. Ahora, en la brisa, oía el
susurro de malignas deidades cuya existencia observaba por primera vez. Cada nube era
el presagio de un desastre, y las tinieblas estaban llenas de horror. De su flauta de cañas no
brotaban melodías, sino un triste lamento. Los espíritus del bosque y de las aguas no
acudían de la espesura para oírlo; antes bien, huían a las primeras notas, como lo
demostraban las hojas agitadas y los tallos doblados de las flores. Cejó en su vigilancia y
perdió a muchas de sus ovejas, extraviadas por las colinas. Las que quedaban
enflaquecieron y enfermaron por falta de buenos pastos, porque Haíta, en vez de buscar
para ellas nuevas praderas, día tras día las conducía al mismo lugar, abstraído en sus
pensamientos, obsesionado por el misterio de la vida y de la muerte, meditando en la
insondable inmortalidad.
Un día, mientras daba rienda suelta a sus lúgubres reflexiones, se puso bruscamente
en pie, saltó de la roca en donde estaba sentado, señaló el cielo con la mano derecha, y
exclamó:
—Ya no suplicaré a los dioses que me concedan su inefable sabiduría. Tienen el
deber de no hacerme daño. Yo cumpliré con el mío lo mejor que pueda, y en caso de que
llegue a equivocarme, ¡que la culpa recaiga sobre sus cabezas!
De pronto, mientras así hablaba, un intenso resplandor cayó sobre él, obligándolo a
levantar la cabeza. Pensó que las nubes se abrían y dejaban arder al sol. Pero no había
nubes. A poca distancia de su mano, surgió una hermosa doncella. Tan hermosa era, que
las flores subyugadas cerraron su pétalos y doblaron sus corolas; tan dulce era su mirada,
que los picaflores acudieron como si fueran a libar en sus ojos y las abejas del bosque
revolotearon en torno a sus labios. Y tal luz irradiaba, que los objetos desviaron sus
sombras, arrojándolas lejos de sus pies, y esas mismas sombras fueron girando mientras
ella se movía.
El pastor, en éxtasis, se arrodilló ante la doncella, en señal de adoración, y la doncella
apoyó una mano en su cabeza.
—Ven —le dijo, con una voz en que resonaba la música de todas las campanillas de
su rebaño—, ven, no debes adorarme porque no soy una diosa, pero si eres sincero y
laborioso, viviré contigo.
Haíta se puso de pie, la tomó de la mano, tartamudeó su alegría y su gratitud, y así,
las manos entrelazadas, se sonrieron en los ojos. El pastor la miraba con reverencia y
arrebato. Murmuró:
—Te ruego, adorable doncella, que me digas tu nombre, y cómo y de dónde has
llegado.
Al oír estas palabras, ella posó sobre sus labios un dedo amonestador y empezó a
retirarse. Su hermosura sufrió un cambio visible que hizo estremecer a Haíta sin saber por
qué, pues ella continuaba siendo hermosa. Una sombra gigantesca oscureció el paisaje,
corriendo por el valle con la velocidad de un buitre. En la penumbra, la doncella se volvió
opaca e indistinta. Su voz parecía venir de muy lejos mientras exclamaba en un tono de
triste reproche:
—¡Joven ingrato y presuntuoso! ¿Deberé abandonarte en seguida? ¿Nada habrá
podido refrenar tu curiosidad? ¿Por qué rompes el eterno pacto con semejante ligereza?
Indeciblemente afligido, Haíta cayó de rodillas y le imploró que se quedara. Luego,
levantándose y buscándola en la creciente oscuridad, corrió dando vueltas cada vez más
amplias, llamándola a gritos. Todo fue en vano. Ya no podía verla, pero oyó su voz en las
tinieblas. Ésta le decía:
—No, no darás conmigo si me buscas. Vuelve a tu trabajo, pastor de poca fe, o ya
nunca nos encontraremos.
Había caído la noche. Los lobos aullaban en las colinas y las ovejas aterrorizadas se
agazapaban a los pies de Haíta. Obligado por la necesidad de la hora, éste olvidó su
decepción, condujo su rebaño al corral, volvió al santuario, dejando que la gratitud
manara de su corazón porque Hastur le había permitido salvar sus ovejas, después se
retiró a su gruta y durmió.
Despertó cuando el sol ya estaba alto y brillaba en la gruta, iluminándola con su
esplendor. Allí sentada junto a él, la doncella le sonreía con una sonrisa que parecía la
música visible de su flauta de cañas. Él no se atrevió a despegar los labios, temiendo
ofenderla como antes. No sabía qué palabras decir.
—Porque has asistido a tu rebaño —dijo ella— y no has olvidado de dar gracias a
Hastur que mantuvo alejados a los lobos en la noche, aquí me tienes de nuevo. ¿Quieres
que sea tu compañera?
—¿Quién no te querría para siempre? —contestó Haíta—. Oh, nunca más me dejes,
hasta… hasta que el silencio y la quietud se apoderen de mí.
Haíta ignoraba la palabra muerte.
—Quisiera en verdad —prosiguió— que fueras de mi mismo sexo para que
lucháramos alegremente y corriéramos carreras y nunca nos cansáramos uno del otro.
Al oír estas palabras, la doncella se puso de pie y salió de la gruta. Haíta, saltando de
su lecho de fragantes hojas para alcanzarla y detenerla, pudo observar, atónito, que llovía
a cántaros y que el arroyo, en medio del valle, se había salido de madre. Balaban
aterrorizadas las ovejas, porque las aguas invadían el corral. Y peligraban las ciudades
desconocidas de la distante llanura.
Pasaron muchos días antes que Haíta viera de nuevo a la doncella. Una tarde volvía
del extremo del valle, a donde fue a llevarle leche de ovejas, torta de avena y un cesto de
fresas al santo ermitaño, demasiado viejo y débil para procurarse alimento.
—¡Pobre viejo! —dijo en voz alta mientras regresaba a su morada—. Volveré mañana
y lo traeré en hombros hasta mi gruta, donde podré cuidarlo. Para esto, sin duda, Hastur
me ha criado durante tantos años. Para esto me ha dado salud y fuerza.
La doncella le salió al paso, envuelta en resplandecientes vestiduras, y le dijo con una
sonrisa que le quitó el habla:
—De nuevo he venido a vivir contigo si ahora me quieres, porque no deseo vivir con
nadie más. Tal vez ahora hayas aprendido y no me quieras distinta de lo que soy, ni
pretendas saber cómo y de dónde vengo.
Haíta se arrojó a sus pies.
—Hermosa criatura —exclamó—, si te dignas aceptarlos, mi alma y mi corazón, que
reverencian a Hastur, serán tuyos para siempre. Pero ¡ay! eres caprichosa e imprevisible.
Antes de que amanezca, quizá te haya perdido. Prométeme, te lo ruego, que si acaso
llegara a ofenderte en mi ignorancia, sabrás perdonarme y no te apartarás de mi lado.
No bien terminó de hablar, un tropel de osos bajó de las colinas, abalanzándose sobre
él con rojas fauces y ardientes ojos. De nuevo desapareció la doncella, y Haíta echó a
correr para salvar su vida. No se detuvo hasta llegar a la cabaña del santo ermitaño, de
donde había salido. Atrancó la puerta para impedir que los osos entraran, después se
arrojó al suelo y lloró.
—Hijo mío —dijo el ermitaño desde su jergón de paja que las manos de Haíta habían
juntado aquella mañana—, no estás llorando por los osos. Dime qué pena te aflige, porque
la vejez puede curar las heridas de la juventud con el bálsamo de la sabiduría.
Haíta se lo dijo todo: tres veces había encontrado a la radiante doncella, y tres veces
la perdió. Relató minuciosamente lo que pasó entre ellos, sin omitir una palabra.
Terminó, y el santo ermitaño guardó silencio. Después de unos instantes, dijo:
—Hijo mío, he oído tu relato, y reconozco a la doncella. Yo mismo la he visto, como
tantos otros. Has de saber que se llama, pues ni siquiera permite que averigües su nombre,
Felicidad. Bien dijiste que era caprichosa. Impone condiciones que ningún hombre puede
cumplir, y las hace pagar con su abandono. Se presenta cuando nadie la busca, y no
admite preguntas. La menor curiosidad, la menor señal de duda, el menor recelo, y
desaparece. ¿Por cuánto tiempo la tuviste antes de que huyera?
—Apenas un instante —confesó Haíta, enrojeciendo de vergüenza.
—¡Desgraciado joven! —dijo el santo ermitaño—. Si no fuera por tu indiscreción, la
hubieses retenido un instante más.
_
El Patriota Ingenioso
_
Después de haber obtenido una audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un
papel del bolsillo y dijo:
—Dios bendiga a Su Majestad. Aquí tengo una fórmula para construir una armadura
blindada que ningún cañón podrá perforar. Si esta armadura es adoptada por la Armada
Real nuestras naves de guerra serán invulnerables y por ende invencibles. Aquí también
están los informes de los Ministros de su Majestad atestiguando los méritos de la
invención. Cederé lo derechos sobre ella por un millón de tumtums.
Después de examinar los papeles, el Rey los hizo a un lado y le prometió una orden
para el Ministro Tesorero del Departamento de Extorsión por un millón de tumtums.
—Y aquí —dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo— están los
planos de un cañón que he inventado que puede perforar esa armadura. El hermano real
de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por adquirirlo, pero mi lealtad hacia
el trono de Su Majestad y hacia su persona me obligan a ofrecerlo a Su Majestad. El precio
es de un millón de tumtums.
Después de recibir la promesa de otra letra introdujo la mano en un bolsillo diferente
a los dos anteriores y remarcó:
—El precio del cañón irresistible debió haber sido mucho mayor, Su Majestad, pero
el hecho es que los misiles pueden ser tan efectivamente desviados por mi nuevo método
de tratar las armaduras blindadas con…
El Rey indicó al Gran Factotum que se aproximara.
—Revisa a este hombre —le dijo— y dime cuántos bolsillos tiene.
—Cuarenta y tres, señor —dijo el Gran Factotum, completando su escrutinio.
—Dios bendiga a Su Majestad —gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado— Uno de
ellos contiene tabaco.
—Sosténganlo por los tobillos y sacúdanlo —ordenó el Rey—, luego denle una orden
por cuarenta y dos millones de tumtums y mándenlo a decapitar. Emitamos un decreto
castigando la ingenuidad con la pena capital.
_
El Secreto Del Barranco De Macarger
_
Al noroeste de Indian Hill, a unas nueve millas en línea recta, se encuentra el
barranco de Macarger. No tiene mucho de barranco, pues se trata de una mera depresión
entre dos sierras boscosas de una altura considerable. Desde la boca hasta la cabecera,
porque los barrancos, como los ríos, tienen una anatomía propia, la distancia no es
superior a las dos millas, y la anchura en el fondo sólo rebasa en un punto las doce yardas;
durante la mayor parte del recorrido, a ambos lados del pequeño arroyo que fluye por él
en invierno y se seca al llegar la primavera, no hay terreno llano. Las escarpadas laderas
de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiso, no
tienen otra separación que la de la anchura del curso del río. Nadie, a no ser un ocasional
cazador intrépido de los contornos, se aventura a meterse en el barranco de Macarger que,
cinco millas más adelante, no se sabe ni qué nombre tiene. En esa zona, y en cualquier
dirección, hay muchos más accidentes topográficos notables que no tienen nombre y
resultaría vano intentar descubrir, preguntando a los lugareños, el origen del nombre de
éste.
A medio camino entre la cabecera y la desembocadura del barranco de Macarger, la
colina de la derecha según se asciende está surcada por otro barranco, corto y seco, y
donde ambos se unen hay un espacio llano de unos dos o tres acres, en el que hace unos
cuantos años había un viejo albergue con una sola habitación. Cómo habían sido reunidos
los materiales de aquella casa, pocos y simples como eran, en aquel lugar casi inaccesible,
es un enigma en cuya solución habría más de satisfacción que de beneficio. Posiblemente
el lecho del arroyo sea un camino en desuso. Es seguro que el barranco fue explorado en
otra época con bastante minuciosidad por mineros, que debieron de conocer algún medio
de entrar, al menos, con animales de carga para transportar las herramientas y los víveres.
Al parecer, sus beneficios no fueron suficientes para justificar una inversión considerable y
enlazar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado que disfrutara del honor
de tener un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí; la mayor parte de ella. Le faltaba
la puerta y el marco de una ventana, y la chimenea de barro y piedras se había convertido
en un rimero desagradable sobre el que crecía una espesa maleza. El humilde mobiliario
que pudiera haber habido y la mayor parte de la baja techumbre de madera había servido
como combustible en los fuegos de campamento de los cazadores; cosa que también debió
de ocurrirle a la cubierta del viejo pozo que, en la época de la que escribo, se abría allí bajo
la forma de un hoyo cercano, no muy profundo pero bastante ancho.
Una tarde de verano, en 1874, siguiendo el lecho seco del arroyo, llegué al barranco
de Macarger a través del estrecho valle en el que desemboca. Iba cazando codornices y
llevaba ya unas doce en la bolsa cuando me topé con la casa descrita, cuya existencia
ignoraba hasta entonces. Después de inspeccionar las ruinas con bastante atención,
reanudé mi actividad cinegética y, como quiera que tuve un gran éxito, la prolongué hasta
casi el anochecer, momento en que me di cuenta de que me encontraba muy lejos de
cualquier lugar habitado, y demasiado lejos como para llegar a uno antes de que cayera la
noche. Pero en el zurrón llevaba comida y la casa podría proporcionarme refugio, si es que
era eso lo que necesitaba en una noche cálida y seca en las estribaciones de Sierra Nevada,
donde se puede dormir cómodamente al raso sobre un lecho de agujas de pino. Tengo
tendencia a la soledad y me encanta la noche; por eso mi proposición de dormir al aire
libre fue pronto aceptada, y cuando la noche se echó encima yo ya tenía mi cama hecha
con ramas y briznas de hierba en una esquina de la habitación y asaba una codorniz en el
fuego que había encendido en el hogar. El humo salía por la ruinosa chimenea, la luz
iluminaba la habitación con su agradable resplandor y, mientras consumía mi sencilla
comida a base de ave sin más aderezos y bebía lo que quedaba de una botella de vino tinto
que durante toda la tarde había sustituido al agua de la que carecía la región, experimenté
una sensación de bienestar que alojamientos y comidas mejores no siempre producen.
Sin embargo, faltaba algo. Tenía sensación de bienestar, pero no de seguridad. Me
descubrí a mí mismo mirando a la entrada abierta y a la ventana sin marco con más
frecuencia de lo que sería justificable. Fuera de estas aberturas todo estaba oscuro, por lo
que fui incapaz de reprimir un cierto sentimiento de aprensión mientras mi fantasía se
hacía una imagen del mundo exterior y la llenaba de entidades poco amistosas, naturales y
sobrenaturales, entre las cuales destacaban, en los apartados respectivos, el oso pardo, del
que yo sabía que todavía se veía de vez en cuando por la región, y el fantasma, del que
tenía razones para pensar que no era así. Desgraciadamente, nuestros sentimientos no
siempre respetan la ley de las probabilidades, y aquella noche lo posible y lo imposible
resultaban para mí igualmente inquietantes.
Todo aquel que haya tenido experiencias similares debe de haber observado que uno
se enfrenta a los peligros reales e imaginarios de la noche con mucho menos reparo al aire
libre que en una casa sin puerta. Eso fue lo que sentí mientras yacía sobre mi frondoso
canapé en una esquina de la habitación, junto a la chimenea, en la que el fuego se iba
extinguiendo. Tan fuerte llegó a ser la sensación de la presencia de algo maligno y
amenazador en aquel lugar que me di cuenta de que era incapaz de apartar la vista de la
entrada, que en aquella profunda oscuridad era cada vez menos visible. Cuando la última
llama produjo un chispazo y se apagó, agarré la escopeta que había dejado a mi lado y
dirigí el cañón hacia la entrada ya imperceptible, con el pulgar en uno de los percutores,
dispuesto a cargar el arma, la respiración contenida y los músculos tensos y rígidos. Pero
al cabo de un rato dejé el arma con un sentimiento de vergüenza y mortificación. ¿De qué
tenía miedo? ¿Y por qué? Yo, para quien la noche había sido
un rostro más familiar
que el de ningún hombre…
¡Yo, en quien aquel elemento de superstición hereditaria del que nadie está
completamente libre había conferido a la soledad, a la oscuridad y al silencio un interés y
un encanto de lo más seductor! No podía comprender mi desvarío y, olvidándome en mis
conjeturas de la cosa conjeturada, me quedé dormido. Y entonces soñé.
Me encontraba en una gran ciudad de un país extranjero; una ciudad cuyos
habitantes pertenecían a mi misma raza, con pequeñas diferencias en el habla y en el
vestir. En qué consistían exactamente esas diferencias era algo que no podía precisar; mi
sensación de ellas no era clara. La ciudad estaba dominada por un castillo enorme sobre
un promontorio elevado cuyo nombre sabía, pero era incapaz de pronunciar. Recorrí
muchas calles, unas anchas y rectas, con construcciones altas y modernas; otras estrechas,
oscuras y tortuosas, con viejas casas pintorescas de tejados a dos aguas, cuyas plantas
superiores, decoradas profusamente con grabados en madera y piedra, sobresalían hasta
casi encontrarse por encima de mi cabeza.
Buscaba a alguien a quien nunca había visto, aunque sabía que cuando lo encontrara
lo reconocería. Mi búsqueda no era casual y sin objeto. Tenía un método. Iba de una calle a
otra sin dudarlo y conseguía abrirme paso por un laberinto de intrincados callejones, sin
temor a perderme.
De repente me detuve ante una puerta baja de una sencilla casa de piedra que podría
haber sido la vivienda de un artesano de los mejores y entré sin anunciarme. En la
estancia, amueblada de un modo bastante modesto e iluminada por una sola ventana con
pequeños cristales en forma de diamante, no había más que dos personas: un hombre y
una mujer. No se dieron cuenta de mi presencia, circunstancia que, como suele ocurrir en
los sueños, parecía completamente natural. No conversaban; estaban sentados lejos el uno
del otro, con aire taciturno y sin hacer nada.
La mujer era joven y muy corpulenta, con hermosos ojos grandes y una cierta belleza
solemne. El recuerdo de su expresión permanece extraordinariamente vivo en mí, pero en
los sueños uno no observa los detalles de los rostros. Sobre los hombros llevaba un chal a
cuadros. El hombre era mayor, moreno, con un rostro de maldad que resultaba aún más
lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía diagonalmente desde la sien izquierda
hasta el bigote negro. Aunque en mi sueño daba la impresión de que, más que pertenecer
a la cara, la rondaba como algo independiente (no sé expresarlo de otra manera). En el
momento que vi a aquel hombre y a aquella mujer supe que eran marido y mujer.
No recuerdo con claridad lo que ocurrió después; todo resultaba confuso e
inconsistente, debido, creo, a un atisbo de consciencia. Era como si dos imágenes, la escena
del sueño y mi verdadero entorno, se hubieran mezclado, una incrustada en el otro, hasta
que la primera fue desdibujándose, desapareció, y me encontré completamente despierto
en la habitación vacía, tranquilo y absolutamente consciente de mi situación.
Mi estúpido miedo había desaparecido y, cuando abrí los ojos, vi que el fuego, que
no estaba apagado del todo, se había reavivado al caer una rama e iluminaba de nuevo la
habitación. Debía de haber dormido sólo unos minutos, pero aquella pesadilla sin
importancia me había impresionado tan vivamente que ya no tenía sueño. Al cabo de un
rato, me levanté, avivé el fuego y, tras encender una pipa, procedí a meditar sobre mi
visión de un modo tremendamente metódico y absurdo.
Me habría dejado entonces perplejo tener que explicar en qué sentido era digna de
atención. En el primer momento de análisis serio que dediqué al asunto, reconocí en
Edimburgo la ciudad de mi sueño, ciudad en la que nunca había estado; por tanto, si el
sueño era un recuerdo, lo era de imágenes y descripciones. Tal reconocimiento me
impresionó bastante; era como si hubiera algo en mi mente que insistiera de un modo
rebelde, contra la razón y la voluntad, en la importancia de todo esto. Y aquella facultad,
fuera la que fuese, aseguraba además un control de mi discurso.
—Claro —dije en voz alta, de modo involuntario—, los MacGregor deben de
proceder de Edimburgo.
En aquel momento, ni la esencia de aquel comentario, ni el hecho de haberlo hecho,
me sorprendió lo más mínimo. Me pareció completamente normal que yo conociera el
nombre de mis compañeros de sueño y algo de su historia. Pero pronto comprendí el
absurdo de todo aquello. Empecé a reírme a carcajadas, vacié las cenizas de la pipa y me
tumbé de nuevo sobre el lecho de ramas y hierba, donde me quedé absorto contemplando
el débil fuego, sin volver a pensar ni en el sueño ni en el entorno. De pronto, la única llama
que aún quedaba se redujo por un momento y, elevándose de nuevo, se separó de las
ascuas y se extinguió en el aire. La oscuridad se hizo absoluta.
En ese instante, al menos eso me pareció antes de que el resplandor de la llama
hubiera desaparecido de mi vista, se produjo un sonido sordo y seco, como el de un
cuerpo pesado al caer, que hizo temblar el suelo sobre el que descansaba. Me incorporé de
golpe y tanteé en la oscuridad en busca de la escopeta; pensé que alguna bestia salvaje
habría entrado de un salto a través de la ventana abierta. Mientras la endeble estructura
seguía temblando por el impacto, oí un ruido de golpes, de pies que se arrastraban por el
suelo y, después, como si lo tuviera ahí al lado, el estremecedor grito de una mujer en
agonía mortal. Nunca había oído ni concebido un grito tan espantoso. Me asustó
profundamente. Por un momento no fui consciente de otra cosa que de mi propio terror.
Por fortuna, mi mano había encontrado el arma que estaba buscando y aquel tacto familiar
hizo que me restableciera. Me puse en pie de un salto, entornando los ojos para ver algo a
través de la oscuridad. Los violentos sonidos habían cesado pero, lo que era aún más
terrible, se oía, a intervalos más o menos largos, el débil jadeo intermitente de una criatura
viva que agonizaba.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la lánguida luz de los rescoldos, pude distinguir
las formas de la puerta y de la ventana, más negras que el negro de las paredes. Luego, la
distinción entre la pared y el suelo se hizo apreciable y por fin conseguí captar los
contornos y toda la extensión del suelo, de un extremo al otro de la habitación. No se veía
nada y el silencio era absoluto.
Con una mano un tanto temblorosa y la otra agarrando todavía la escopeta, avivé el
fuego e hice un examen crítico de la situación. No había rastro alguno de que la habitación
hubiera sido visitada. Sobre el polvo que cubría el suelo se podían ver mis propias huellas,
pero ninguna otra. Encendí de nuevo la pipa, me abastecí de combustible partiendo un par
de tablones delgados del interior de la casa (no me atrevía a salir a la oscuridad exterior) y
pasé el resto de la noche fumando, pensando y alimentando el fuego. Aunque me
hubieran regalado años de vida, no habría permitido que aquel pequeño fuego se apagara
de nuevo.
Algunos años más tarde conocí en Sacramento a un hombre llamado Morgan, para
quien llevaba una carta de presentación de un amigo suyo de San Francisco. Una noche,
mientras cenaba con él en su casa, observé varios «trofeos» en la pared que indicaban que
era aficionado a la caza. Resultó que así era y, al relatar algunas de sus proezas, mencionó
haber estado en la región donde había tenido lugar mi aventura.
—Señor Morgan —le pregunté bruscamente—, ¿conoce usted un lugar allí arriba
llamado el barranco de Macarger?
—Sí, y tengo buenas razones para ello —contestó—. Fui yo quien informó a la
prensa, el año pasado, del descubrimiento de un esqueleto allí.
No tenía conocimiento de ello. La información, al parecer, había sido publicada
mientras yo estaba fuera, en el Este.
—Por cierto —dijo Morgan—, el nombre del barranco es una corrupción; debería
llamarse «de MacGregor». Querida —añadió dirigiéndose a su esposa—, el señor Elderson
ha derramado su vino.
Lo que no era del todo exacto. Sencillamente se me había caído, con copa y todo.
—En otro tiempo hubo una vieja choza en el barranco —prosiguió Morgan cuando el
desastre acarreado por mi torpeza había sido subsanado—, pero precisamente antes de mi
visita fue derribada, o mejor dicho, desparramada, porque los escombros fueron
diseminados por todo su alrededor; hasta las planchas del suelo estaban separadas. Entre
dos traviesas que todavía quedaban en pie, mi compañero y yo encontramos los restos de
un chal a cuadros y, al examinarlo, descubrimos que rodeaba los hombros de un cuerpo de
mujer de la que apenas quedaban los huesos, cubiertos en parte por restos de ropa, y por
la piel, seca y marrón. Pero le ahorraremos las descripciones a la señora Morgan —añadió
sonriendo. En verdad, la dama había mostrado un gesto que era más de repugnancia que
de compasión—. Sin embargo —continuó—, es necesario decir que el cráneo apareció
fracturado por varios lugares, como si hubiera sido golpeado con un instrumento no muy
afilado; y que el propio instrumento, una pequeña piqueta con manchas de sangre, yacía
bajo unos tablones cercanos.
_
El señor Morgan se volvió hacia su esposa.
_
—Perdona, querida —dijo con afectación solemne—, por mencionar estos
desagradables detalles, incidentes naturales, aunque lamentables, de una discusión
conyugal, consecuencia, sin duda, de una desafortunada insubordinación de la esposa.
—Tendría que ser capaz de hacerlo —repuso la dama con serenidad—; me lo has
pedido tantas veces y con esas mismas palabras…
Me dio la impresión de que estaba muy contento de continuar con su relato.
—A raíz de éstas y de otras circunstancias —señaló—, el juez dedujo que la difunta,
Janet MacGregor, había encontrado la muerte a causa de los golpes infligidos por alguna
persona desconocida para el jurado; pero añadió que las pruebas apuntaban hacia la
culpabilidad de su marido, Thomas MacGregor. Pero de él no se ha vuelto a saber ni a oír
nada. Se supo que la pareja procedía de Edimburgo, aunque no… Pero, querida, ¿no te das
cuenta de que hay agua en el plato de los huesos del señor Elderson?
Yo había dejado un hueso de pollo en mi lavamanos.
—En un pequeño armario encontré una fotografía de MacGregor, pero ello no
condujo a su captura.
—¿Me permite verla? —pregunté.
La fotografía mostraba a un hombre moreno con un rostro de maldad que resultaba
aún más lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía, diagonalmente, desde la sien
izquierda hasta el bigote negro.
—A propósito, señor Elderson —dijo mi amable anfitrión—, ¿puedo saber por qué
me preguntó usted por el barranco de Macarger?
—Perdí una mula cerca de allí una vez —contesté—, y ese infortunio me ha… me ha
trastornado bastante.
—Querida —dijo el señor Morgan con la entonación mecánica de un intérprete que
traduce—, la pérdida de la mula del señor Elderson le ha hecho servirse pimienta en el cafe.

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Tuesday, July 22, 2008

LINKS Y ENLACES CUENTOS ADULTOS– Y CUENTOS PARA NIÑOS

LINKS Y ENLACES CUENTOS ADULTOS– Y  CUENTOS PARA NIÑOS
Li Po  -  poemas chinos
Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan

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Los Papas del Vaticano II  –  CONCILIO VATICANO 2º
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PRESUNTAMENTE, LAS QUE PUEDEN SER LAS 100 MEJORES PAGINAS BLOGS
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APLICACIONES PARA IMPLEMENTAR BLOGS 2.0 web´s 2.0
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WEBS OFICIALES — ENLACES DE GRUPOS DE MUSICA
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ATROCIDADES EN EL MUNDO; VISTAS POR EL MUNDO CATOLICO
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MAS DE 20.000 IMAGENES : Y ANNE RICE
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DIOSES Y RITOS VUDUS
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Cuentos Orientales — Marguerite Yourcenar
http://madeinjapanoriente.blogspot.com/2008/07/cuentos-orientales-marguerite-yourcenar.html

El libro de lo increíble — MUY INTERESANTE
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/el-libro-de-lo-increible.html

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ESPECIAL NIÑOS  –  SOLO NIÑOS
COLECCION CUENTOS INFANTILES
LAS HABICHUELAS MAGICAS
EL SOLDADITO DE PLOMO
LA CENICIENTA
ALADINO, Y LA LAMPARA MARAVILLOSA
RAMPUNZEL
LA PRINCESA Y EL GUISANTE
ALI-BABA Y LOS CUARENTAS LADRONES
RUMPELSTINKILS
EL HONRADO LEÑADOR
JUAN SIN MIEDO
EL GATO CON BOTAS
http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/2008/07/coleccion-cuentos-infantiles.html

DIBUJOS PARA PINTAR LOS NIÑOS / USAR PAINT O IMPRIMIR
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Sunday, June 29, 2008

ANGELES Y DEMONIOS — ” UNA TRILOGIA DE ASIMOV ”

ANGELES Y DEMONIOS — ” UNA TRILOGIA DE ASIMOV “

ANGELES Y DEMONIOS — ” UNA TRILOGIA DE ASIMOV “
_
* FUEGO INFERNAL
* LA TROMPETA DEL JUICIO FINAL
* TRETA TRIDIMENSIONAL

_
Fuego infernal
Isaac Asimov


_
Hubo la agitación correspondiente a un muy cortés auditorio de primera noche. Sólo asistió un puñado de científicos, un escaso número de altos cargos, algunos congresistas y unos cuantos periodistas.
Alvin Horner, perteneciente a la delegación de Washington de la Continental Press, se hallaba próximo a Joseph Vincenzo, de Los Álamos.
-Ahora nos enteraremos de algo -comentó.
Vincenzo le miró a través de sus gafas bifocales y dijo:
-No de lo importante.
Horner frunció el entrecejo. Iban a proyectar la primera película a cámara superlenta de una explosión atómica. Mediante el empleo de lentes especiales, que cambiaban en ondulaciones la polarización direccional, el momento de la explosión se dividiría en instantáneas de mil millonésimas de segundo. Ayer, había explotado una bomba A. Y hoy, aquellas instantáneas mostrarían la explosión con increíble detalle.
-¿Cree que producirá efecto? -preguntó Horner.
-Sí que surtirá efecto -repuso Vincenzo con aspecto atormentado-. Hemos hecho pruebas piloto. Pero lo importante…
-¿Qué es lo importante?
-Que esas bombas significan la sentencia de muerte del hombre. Y que no parecemos capaces de comprenderlo… Mírelos. Están excitados y emocionados, pero no asustados.
-Conocen el peligro. Y sí que están asustados -dijo el periodista.
-No lo bastante -replicó el científico-. He visto a hombres contemplar cómo una bomba H hacía desaparecer una isla, convirtiéndola en un agujero, e irse después a casa, a dormir tranquilamente. Así es el ser humano. Por espacio de miles de años, le ha sido predicado el fuego del infierno. Nunca le causó una verdadera impresión.
-El fuego del infierno… ¿Es usted religioso, señor?
-Ayer vio usted el fuego del infierno. Una bomba atómica que explota significa el fuego infernal. Literalmente.
Aquello fue demasiado para Horner. Se levantó y cambió de sitio, aunque mirando intranquilo a la concurrencia. ¿Había alguien que sintiera temor? ¿Se preocupaba alguien por el fuego infernal? No se lo parecía.
Se apagaron las luces, y el proyector entró en funcionamiento. En la pantalla, apareció desvaída la torreta de disparo. La concurrencia permanecía atenta, llena de tensión.
Se encendió una mota de luz en la cúspide de la torreta, un punto brillante e incandescente, que aumentó lenta, perezosamente, formando recodos, cobrando desiguales formas luminosas y expandiéndose en un óvalo.
Alguien lanzó un grito sofocado y luego otro. Siguió un ronco y ruidoso balbuceo, al que sucedió un denso silencio. Horner olió el miedo, paladeó el terror en su propia boca y sintió que se le helaba la sangre.
De la ovalada pelota de fuego brotaron proyecciones. Hubo luego un instante de inmovilidad, como un éxtasis, antes de extenderse rápidamente en una brillante y uniforme esfera.
Y en aquel momento de éxtasis…, la bola de fuego había permitido ver dos negros lunares semejantes a ojos, con obscuras y tenues líneas a manera de cejas, el nacimiento del cabello en forma de «V», una boca contraída hacia arriba, en salvaje carcajada…, y unos cuernos.

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La trompeta del Juicio Final
Isaac Asimov


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El arcángel Gabriel se mostró despreocupado con respecto a aquella cuestión. Dejó indolente que la punta de una de sus alas rozara el planeta Marte, el cual, al estar compuesto de simple materia, no se vio afectado por el contacto.
-Asunto zanjado, Etheriel -dijo-. Ya no hay nada que hacer. El Día de la Resurrección está fijado.
Etheriel, un serafín muy joven, creado apenas mil años atrás, según el modo de contar el tiempo de los hombres, se estremeció de tal modo que se formaron vórtices bien definidos en el continuum. Desde su creación, había permanecido siempre al cuidado inmediato de la Tierra y sus aledaños. Como trabajo, suponía una sinecura, un lugar cómodo, un punto muerto. Sin embargo, a través de los siglos, había llegado a sentirse petulantemente orgulloso de su mundo.
-¿Vas a destruir mi mundo sin previo aviso? -protestó.
-En absoluto. Nada de eso. Hay ciertos pasajes en el Libro de Daniel y en el Apocalipsis de San Juan que resultan bastante explícitos.
-¿Lo son de verdad? ¿Después de haber sido copiados por escriba tras escriba? Me pregunto si quedarán sin cambiar dos palabras de una frase.
-Hay sugerencias en el Rig-Veda, en las Analectas confucianas…
-Que son propiedad de grupos culturales aislados, tan reducidos como una aristocracia.
-La Crónica de Gilgamesh habla de manera muy explícita.
-Gran parte de esa Crónica fue destruida con la Biblioteca de Assurbanipal hace mil seiscientos años según el cómputo terrestre, antes de mi creación.
-Hay ciertas características de la Gran Pirámide, y un motivo en las joyas taraceadas del Taj Mahal…
-Tan sutiles que ser humano alguno los ha interpretado jamás debidamente.
Gabriel dijo, cansado ya:
-Si vas a poner objeciones a todo, no es posible discusión alguna sobre el tema. De todos modos, tú deberías estar bien enterado. En los asuntos relativos a la Tierra, eres omnisciente.
-Sí, fui elegido para eso. Y te confieso que, entre las muchas preocupaciones que me causa, no se me ocurrió investigar las posibilidades de la resurrección.
-Pues tendrías que haberlo hecho. Todos los documentos implicados se encuentran en los archivos del Consejo de Ascendientes. Podrías haberlos consultado en cualquier momento.
-Pero el caso es que todo mi tiempo era necesario allí. No tienes la menor idea de la mortal eficiencia del Adversario en ese planeta. Requería todo mi esfuerzo doblegarlo. Y aun así…
-Sí, en efecto. -Gabriel acarició un cometa a su paso-. Parece que ha obtenido sus pequeñas victorias. Al fluir a través de mí la pauta factual entrelazada de ese miserable pequeño mundo, me he dado cuenta que se trata de una de esas estructuras con equivalencia de materia-energía.
-Así es -convino Etheriel.
-Y que están jugando con ella.
-Me temo que sí.
-Entonces, ¿qué mejor momento para acabar con el asunto?
-Soy capaz de manejarlo, te lo aseguro. Sus bombas nucleares no los destruirán.
-Lo dudo. Bien, supongo que ahora me dejarás continuar, Etheriel. Se aproxima el momento señalado.
-Me gustaría ver los documentos pertinentes -repuso tercamente el serafín.
-Si insistes…
Y al instante, sobre la profunda negrura del firmamento sin aire, apareció en signos el texto de un Acta de Ascendencia.
Etheriel leyó en voz alta:
-«Por orden del Consejo Superior, se dispone por la presente que el arcángel Gabriel, número de serie, etcétera, etcétera (bueno, ése eres tú), se aproximará al planeta de clase A, número G753990, posteriormente conocido con el nombre de Tierra, el 1 de enero de 1957, a las 12.01 del día, según el horario local…»
Terminó la lectura en melancólico silencio.
-¿Satisfecho?
-No, pero no tengo más remedio que aceptarlo.
Gabriel sonrió. Una trompeta apareció en el espacio. Su forma era semejante a las terrestres, pero su áureo pulido se extendía de la Tierra al Sol, con la boquilla dirigida hacia los bellos y brillantes labios de Gabriel.
-¿No puedes darme un poco de tiempo para defender mi causa ante el Consejo? -preguntó desesperado Etheriel.
-¿De qué te serviría? El acta está firmada por el Jefe, y ya sabes que un acta firmada por Él es totalmente irrevocable. Y ahora, si no te importa, ya casi ha llegado el segundo convenido. Quiero terminar con esto de una vez, pues tengo otros asuntos de mucha mayor importancia en que pensar. ¿Me haces el favor de apartarte un poco? Gracias.
Gabriel sopló, y todo el Universo, hasta la más lejana estrella, se colmó con el tenue sonido, de tono perfecto y la más cristalina delicadeza. Al sonar, hubo un leve momento estático, tan leve como la línea que separa el pasado del futuro. Y en el acto, la estructura de los mundos se derrumbó sobre sí misma, y la materia se acumuló de nuevo en el caos primitivo del cual surgiera una vez al conjuro del Verbo. Las estrellas y las nebulosas desaparecieron, y el polvo cósmico, el Sol, los planetas y la Luna. Todo, excepto la Tierra, la cual quedó donde estaba, suspendida en el Universo, ahora vacío por completo.
La trompeta del Juicio Final había sonado.

R. E. Mann (todos cuantos le trataban le llamaban simplemente por sus iniciales, R. E.) entró en las oficinas de la Billikan Bitsies Factory y se quedó mirando sombrío al hombre de elevada estatura (flaco, pero con cierta ajada elegancia, intensificada por su pulcro bigote gris) que se hallaba encorvado sobre un montón de papeles que había en su mesa.
R. E. consultó su reloj de pulsera, que marcaba aún las 7:01, por haberse parado en esa hora. Naturalmente, se trataba de la hora de Oriente, que correspondía a las 12:01 del mediodía según el meridiano de Greenwich. Sus obscuros ojos pardos, que miraban penetrantes sobre un par de pronunciados pómulos, se posaron en los del otro con fijeza.
Durante unos instantes, el hombre de elevada estatura le miró a su vez inexpresivo. Luego dijo:
-¿Puedo servirle en algo?
-¿Horatio J. Billikan, supongo? ¿El propietario de esta fábrica?
-Sí.
-Yo soy R. E. Mann, y no pude evitar detenerme al ver a alguien trabajando. ¿No sabe usted qué día es hoy?
-Es el Día de la Resurrección.
-¡Ah, ya sé! Oí el toque. Destinado a despertar a los muertos… Qué historia tan buena, ¿no cree? -Rió entre dientes unos instantes y prosiguió-: Me desperté a las siete de la mañana. Di un codazo a mi mujer, que dormía como un tronco, según su costumbre. «Es la trompeta del Juicio Final, querida», le dije. Hortensia, así se llama mi mujer, me contestó: «Muy bien», y siguió durmiendo. Me bañé, me afeité, me vestí y vine al trabajo.
-¿Pero por qué?
-¿Y por qué no?
-Ninguno de sus empleados se ha presentado hoy.
-No, pobre gente. Se han tomado el día libre. Era de esperar. Después de todo, no se acaba el mundo todos los días. Con franqueza, me alegro. Me proporciona una oportunidad para poner en orden mi correspondencia personal sin interrupciones. El teléfono no ha sonado hasta ahora ni una sola vez… -Se levantó, dirigiéndose a la ventana-. Supone una gran mejoría… Nada de sol cegador, y la nieve ha desaparecido. Una luz agradable y un grato calor. Muy buen arreglo… Ahora, si no le importa, estoy bastante ocupado, así que me dispensará…
Un ronco vozarrón le interrumpió diciendo: «Un minuto, Horatio». Y un caballero que se parecía en grado notable a Billikan, aunque de facciones más marcadas, introdujo su prominente nariz en el despacho, asumiendo una actitud de dignidad ofendida, apenas disminuida por el hecho de hallarse desnudo.
-¿Puedo preguntarte por qué has cerrado la fábrica?
Billikan pareció a punto de desmayarse.
-¡Cielo Santo! -balbuceó-. ¡Es mi padre! ¿De dónde sales?
-Del cementerio -respondió el recién llegado-. ¿De dónde diablos quieres que salga? Están saliendo de allí a docenas. Todos desnudos. También las mujeres.
Billikan hijo carraspeó:
-Te daré algo de ropa, padre. Iré a buscártela a casa.
-No tiene importancia. El negocio primero, el negocio primero.
R. E. salió de su ensimismamiento para decir:
-¿Está todo el mundo abandonando sus tumbas al mismo tiempo, señor?
Mientras hablaba miraba con curiosidad a Billikan padre. El viejo parecía hallarse en la fuerza de la edad. Sus mejillas, aunque surcadas de arrugas, resplandecían de salud. Su edad, decidió R. E., era la misma que tenía en el momento de su muerte, pero su cuerpo había retrocedido a la época de su vida en que se hallaba en su plenitud.
Billikan padre contestó:
-No, no. Los de las tumbas más recientes salen primero. Tottersby murió cinco años antes que yo y salió unos cinco minutos después de mí. Fue el verle lo que me decidió a marcharme de allí. Ya tuve bastante con él cuando… -dio un puñetazo sobre la mesa, con un sólido puño-. No hay taxis ni autobuses. No funcionan los teléfonos. He tenido que venir a pie. Treinta y cinco kilómetros a pie.
-¿Así? -preguntó su hijo con espantada voz.
Billikan padre bajó la mirada para contemplar su piel al descubierto con despreocupada aprobación.
-Hace calor. Y la mayoría van desnudos… De todos modos, hijo, no he venido aquí para charlar de fruslerías. ¿Por qué está cerrada la fábrica?
-No está cerrada. Es una ocasión especial.
-¡Qué ocasión especial ni qué diablos! Llama al sindicato y diles que el Día de la Resurrección no figura en el contrato de trabajo. Se les deducirá a todos del salario. Cada minuto que permanezcan ausentes de su labor.
La rasurada cara de Billikan hijo tomó un aire de obstinada decisión, mientras escudriñaba a su padre.
-No -dijo-. No lo haré. No olvides que no eres tú quien está al mando de esta factoría, sino yo.
-¿Ah, sí? ¿Y con qué derecho?
-Por tu voluntad expresada en tu testamento.
-Muy bien. Pues ahora que estoy de regreso, anulo mi testamento.
-No puedes, padre. Estás muerto. Tal vez no lo parezcas, pero tengo testigos. Guardo el certificado médico. He pagado las facturas del empresario de pompas fúnebres. Si lo necesito, obtendré el testimonio de los portadores del féretro.
Billikan padre miró con fijeza a su hijo, se sentó, colocó una mano sobre el respaldo de su butaca y cruzó las piernas.
-Si vamos a eso -dijo-, todos estamos muertos, ¿no es así? El mundo se ha acabado.
-Pero tú has sido declarado legalmente muerto y yo no.
-¡Bah! Ya cambiaremos eso. Va a haber más de los nuestros que de los vuestros, hijo. Y los votos cuentan.
Billikan hijo dio una firme palmada sobre su mesa. Enrojeció ligeramente.
-Padre, no desearía abordar este punto particular, pero ya que me obligas a ello… Debo recordarte que en estos momentos madre debe estar ya esperándote en casa y que sin duda alguna se habrá visto también obligada a caminar por las calles…, desnuda. No creo que se sienta de muy buen humor.
Billikan padre se puso ridículamente pálido.
-¡Cielo santo! -exclamó.
-Y ya sabes que siempre deseó que te retirases.
Billikan padre adoptó una decisión rápida.
-No pienso ir a casa. ¡Vaya, esto es una pesadilla! ¿No hay límite alguno para esta histeria de la resurrección? Es…, es…, pura anarquía. No hay que extremar tanto las cosas. No, he dicho que no iré a casa y no voy.
En aquel punto, un caballero un tanto rotundo, de rostro terso, suave y sonrosado y blancas patillas a lo Francisco José, entró en el despacho y saludó fríamente:
-Buenos días.
-¡Padre! -dijo el Billikan desnudo.
-¡Abuelo! -dijo el Billikan vestido.
El abuelo Billikan miró a su nieto con aire de desaprobación:
-Si eres mi nieto, parece que has envejecido mucho. El cambio no te ha mejorado.
Billikan nieto sonrió con dispépsica debilidad y no respondió.
Tampoco el abuelo Billikan parecía esperar respuesta alguna. Continuó:
-Bien, si me ponen al corriente de cómo va el negocio en la actualidad, reasumiré mis funciones de director.
Hubo dos respuestas simultáneas, y el encendido de las mejillas del abuelo se intensificó hasta un grado peligroso, en tanto golpeaba perentorio el suelo con un bastón imaginario y ladraba una réplica.
R. E. decidió intervenir.
-Caballeros -dijo. Alzó un poco la voz-. ¡Caballeros! -y acabó por gritar a pleno pulmón-: ¡CABALLEROS!
La conversación cesó de repente, y todos se volvieron hacia él. El rostro anguloso de R. E., sus ojos singularmente atractivos y su sardónica boca parecieron dominar de pronto la reunión.
-No comprendo esta discusión -dijo-. ¿Qué es lo que fabrican ustedes?
-Copos -respondió Billikan nieto.
-O sea, si no me equivoco, un desayuno empaquetado, a base de cereales…
-Lleno de energía en cada uno de sus áureos trocitos… -proclamó Billikan nieto.
-Recubiertos de cristalino azúcar, dulce como la miel. Elaboración y alimento que… -rezongó Billikan padre.
-Tienta al más inapetente… -rugió Billikan abuelo.
-A eso iba -interrumpió R. E.-. ¿Qué clase de inapetencia?
Todos le miraron con aire estólido.
-¿Perdón? -dijo Billikan nieto, creyendo no haber entendido bien.
-Sí, ¿alguno de ustedes tiene apetito? -volvió a preguntar R. E.-. Yo no.
-¿Qué es lo que farfulla este estúpido? -barbotó Billikan abuelo.
Su invisible bastón habría medido las costillas de R. E. de haber existido (el bastón, no las costillas, claro). R. E. prosiguió:
-Estoy tratando de poner en su conocimiento que nadie querrá volver a comer. Nos hallamos en el después, y el alimento resulta innecesario.
Las expresiones que se dibujaron en los rostros de los Billikan no necesitaban interpretación alguna. Se hizo evidente que habían intentado comprobar sus propios apetitos y los habían hallado nulos.
Billikan nieto exclamó con el rostro ceniciento:
-¡Arruinados!
Billikan abuelo aporreó enérgica y ruidosamente con la contera de su imaginario bastón.
-Esto es una confiscación de la propiedad sin el debido procedimiento legal. Entablaremos pleito, litigaremos…
-Totalmente anticonstitucional -le apoyó Billikan padre.
-Si encuentran a alguien para que presente la demanda, les deseo buena suerte -manifestó R. E. en tono afable-. Y ahora, si me lo permiten, creo que voy a darme una vuelta por el cementerio.
Y encasquetándose el sombrero, se dirigió a la puerta y salió.

Etheriel, con sus vórtices estremecidos, se vio ante la gloria de un querubín de seis alas.
-Si te he entendido bien -dijo éste-, tu universo particular ha sido desmantelado.
-Exacto.
-Bueno, supongo que no esperarás que yo lo ajuste de nuevo…
-No espero que hagas nada, excepto conseguirme una entrevista con el Jefe.
Al oír este nombre, el querubín se apresuró a exponer su respeto. Las puntas de dos de sus alas le cubrieron los pies, otras dos los ojos y las dos últimas la boca. Volviendo a su estado normal, repuso:
-El Jefe está muy ocupado. Tiene una miríada de asuntos que resolver.
-¿Y quién lo niega? Me limito a señalar que, si las cosas continúan como hasta ahora, tendrá un universo en el cual Satán logrará la victoria final.
-Es el nombre hebreo del Adversario -explicó impaciente Etheriel-. Podría llamarle también Ahrimán, que es la palabra persa. En cualquier caso, me refiero al Adversario.
-¿Y a qué te conducirá una entrevista con el Jefe? -dijo el querubín-. Firmó el documento que autorizaba tocar la trompeta del Juicio Final, y ya sabes que su firma es irrevocable. El Jefe no contradiría nunca su propia omnipotencia revocando una palabra pronunciada en su facultad oficial.
-¿Es tu última decisión? ¿No quieres concertarme una entrevista?
-No puedo.
-En ese caso -decidió Etheriel- acudiré al Jefe sin que me sea concedida audiencia. Invadiré el Móvil Primero. Y si ello significa mi destrucción, que así sea.
E hizo acopio de todas sus energías…
-¡Sacrilegio! -murmuró horrorizado el querubín.
Se oyó como un trueno cuando Etheriel salió disparado hacia las alturas.

R. E. Mann recorrió las atestadas calles, acostumbrándose poco a poco a la visión de toda aquella gente aturdida, incrédula, apática, vestida sucintamente o, con mayor frecuencia, sin nada encima.
Una chiquilla que aparentaba unos doce años, colgada de una puerta de hierro, con un pie posado sobre un barrote y balanceándose adelante y atrás, le saludó al pasar:
-¡Hola!
-¡Hola! -correspondió R. E.
La niña estaba vestida. No era uno de los… retornados.
-Tenemos un nuevo bebé en casa. Es una hermanita. Mamá no hace más que quejarse y me ha mandado aquí.
-Me parece muy bien -dijo R. E.
Cruzó la verja y se dirigió a la casa, de modesto aspecto. Tocó el timbre y, al no obtener respuesta, abrió la puerta y penetró en el interior. Siguiendo el sonido de los sollozos, llamó con los nudillos a una segunda puerta. Un hombre vigoroso, de unos cincuenta años, de escaso pelo, gruesas mejillas y prominente mandíbula, abrió y le dirigió una mirada, mezcla de asombro y enfado.
-¿Quién es usted?
R. E. se quitó el sombrero.
-Pensé que podría servir de alguna ayuda. Su pequeña, que está fuera…
Una mujer, sentada en una silla junto a una cama de matrimonio, alzó la vista hacia él con aire desvalido. Su cabello comenzaba a encanecer. Tenía el rostro abotargado por el llanto, y las venas de las manos amoratadas e hinchadas. Una criatura se hallaba sobre la cama, gordezuela y desnuda, agitando lánguidamente los pies y dirigiendo acá y allá sus ojos sin vista aún.
-Es mi pequeña -dijo la mujer-. Nació hace veintitrés años, en esta casa, y murió a los diez días, también aquí. ¡Deseé tanto que volviera!
-Bueno, pues ya la tiene -la animó R. E.
-¡Pero es demasiado tarde! -clamó la mujer, en una especie de vehemente sollozo-. Tuve otros tres hijos. Mi hija mayor está casada, mi hijo cumpliendo el servicio militar. Y ya soy demasiado vieja para criar a otro. Si por lo menos…, si por lo menos…
Sus facciones se contrajeron en un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No lo consiguió.
Su marido intervino, diciendo con voz átona:
-No es una criatura real. No llora. No se ensucia. No quiere tomar leche. ¿Qué vamos a hacer con ella? Jamás crecerá. Siempre seguirá siendo un bebé.
R. E. meneó la cabeza.
-No lo sé. Siento no poder hacer nada para ayudarles.
Y se marchó sosegadamente. Pensó sin perder la calma en los hospitales y las clínicas. Miles de criaturas debían estar apareciendo en ellos.
«Que las cuelguen en perchas -pensó sardónico-. Que las hacinen como leños, en atados. No necesitan cuidados. Sus cuerpecillos no son más que el recipiente de una indestructible chispa vital.»
Pasó ante dos chiquillos al parecer de la misma edad, tal vez unos diez años. Sus voces eran agudas. El cuerpo de uno de ellos brillaba bajo la luz no solar, de manera que se trataba de un retornado. El otro no. R. E. se detuvo a escucharles.
-Tuve la escarlatina -decía el desnudo.
-¡Sí, claro! -exclamó el vestido, con una chispa de envidia en la voz.
-Por eso morí.
-¿Ah, sí? ¿Qué te dieron, penicilina o aureomicina?
-¿De qué hablas?
-Son medicinas.
-Nunca oí hablar de ellas.
-Chico, pues no has oído hablar de mucho.
-Sé tanto como tú.
-Conque sí, ¿eh?
-A ver, ¿quién es el presidente de Estados Unidos?
-Warren Harding.
-Estás chiflado. Es Eisenhower.
-¿Quién es ése?
-¿No lo has visto nunca en la televisión?
-¿Qué es la televisión?
El chico vestido gritó como para romperle los tímpanos a cualquiera:
-Algo que, moviendo un botón, se ven artistas, películas, vaqueros, lanzamientos de cohetes y todo lo que se quiera.
-A ver, enséñamelo.
-No funciona en este momento -confesó tras una pausa el niño del presente.
El otro manifestó su enojo, gritando a su vez:
-Lo que pasa es que no ha funcionado nunca. Eres un embustero.
R. E. se encogió de hombros y siguió adelante.
Los grupos escaseaban al acercarse al cementerio. Todos se encaminaban a la ciudad, desnudos.
Un hombre le detuvo. De aspecto jovial, con la piel sonrosada y el cabello blanco, se le veían las marcas de los lentes a ambos lados del puente de la nariz, aunque no los llevaba.
-Se le saluda, amigo -dijo.
-¡Hola! -respondió R. E.
-Usted es el primer hombre vestido que veo. Supongo que estaba vivo cuando sonó la trompeta.
-En efecto.
-Bien, ¿no le parece grande todo esto? ¿No lo encuentra maravilloso y extraordinario? Venga, regocíjese conmigo.
-Le gusta a usted esto, ¿verdad?
-¿Gustar? Una alegría pura y radiante me colma. Estamos rodeados por la luz del primer día, la luz que resplandecía suave y serenamente antes que fueran creados el Sol, la Luna y las estrellas. Usted debe conocer el Génesis, claro. Hay el dulce calor que debió ser uno de los mayores deleites del Edén, no el enervante de un sol implacable, ni el asalto del frío en su ausencia. Hombres y mujeres andan por las calles sin ropa alguna y no se avergüenzan. Todo está bien, amigo, todo está bien.
-Desde luego, es un hecho que no me ha impresionado el despliegue femenino.
-Pues claro que no -corroboró el otro-. El deseo y el pecado, tal como lo recordamos de nuestra existencia terrenal, ya no existen. Permítame que me presente, amigo, tal como fui en otros tiempos. Mi nombre en la Tierra fue Winthrop Hester. Nací en 1812 y morí en 1884, tal como entonces contábamos el tiempo. A lo largo de los últimos cuarenta años de mi vida, laboré para conducir mi pequeño rebaño hasta el Reino. Ahora podré contar los que gané para él.
R. E. contempló con solemnidad al ministro de la Iglesia.
-Lo más probable es que no haya habido ningún Juicio todavía.
-¿Por qué no? El Señor ve en el interior de cada hombre, y en el mismo instante en que todas las cosas del mundo cesaron, todos fueron juzgados. Nosotros somos los salvos.
-Pues deben haberse salvado muchos.
-Por el contrario, hijo mío, los salvos no son sino un resto.
-Un resto muy nutrido… Por lo que puedo colegir, todo el mundo vuelve a la vida. Y he visto en la ciudad algunos personajes muy desagradables tan vivos como usted.
-Un arrepentimiento de último momento…
-Yo nunca me he arrepentido.
-¿De qué, hijo mío?
-Del hecho de no haber asistido nunca a la iglesia.
Winthrop Hester se echó atrás presuroso.
-¿Fue usted bautizado alguna vez?
-No, que yo sepa.
Winthrop Hester tembló.
-Pero seguro que creyó en Dios.
-Bueno. Creí una serie de cosas sobre Él que probablemente le espantarían si se las dijera.
Whinthrop Hester se dio la vuelta y se marchó presa de gran agitación.
En lo que quedaba de camino hasta el cementerio (R. E. no tenía medios de calcular el tiempo ni se le ocurrió intentarlo), nadie más le detuvo. Halló el cementerio casi vacío, sin árboles ni hierba. Pensó que no quedaba ya verdor en el mundo; el mismo suelo presentaba un gris duro e informe, sin granulación; el firmamento, una blancura luminosa. Sin embargo, las lápidas subsistían.
Sobre una de ellas se hallaba sentado un hombre flaco y con arrugas, de largo cabello negro y una mata de pelo, más corto, aunque más impresionante, en el pecho y la parte superior de los brazos. Le llamó con profunda voz:
-¡Eh, usted!
-Hola -dijo R. E., sentándose en otra lápida vecina.
El del pelo negro dijo:
-Su indumentaria tiene un aspecto muy raro. ¿En qué año ha sucedido esto?
-En 1957.
-Yo morí en 1807. ¡Curioso! Esperaba que a estas alturas me habría convertido en un buen churrasco, con las llamas eternas brotando de mis entrañas.
-¿No piensa venir a la ciudad?
-Me llamo Zeb -dijo el otro-. Abreviatura de Zebulón, pero con Zeb basta. ¿Qué tal la ciudad? ¿Habrá cambiado un poco, supongo?
-Ha llegado a los cien mil habitantes.
La boca de Zeb dibujó algo semejante a un bostezo.
-¡Vaya! ¿Más que Filadelfia…? Usted bromea.
-Filadelfia tiene… -R. E. se detuvo. Exponer la cifra no serviría de nada. En vez de ello, dijo-: Ha crecido lo normal en una ciudad durante ciento cincuenta años…
-¿El país también?
-Ahora tenemos cuarenta y ocho estados. Lo ocupamos todo hasta el Pacífico.
-¡No me diga! -Zeb se dio una fuerte palmada de contento en el muslo y respingó ante la ausencia de tela que hubiera atenuado el golpe-. Me iría al oeste si no se me necesitara aquí. Sí, señor -su cara se ensombreció, y sus delgados labios tomaron un rictus de definida inflexibilidad-. Sí, me quedaré aquí, donde soy necesario.
-¿Por qué es necesario?
La explicación surgió con breve y duro laconismo.
-¡Indios!
-¿Indios?
-Millones de ellos. Primero las tribus que combatimos y liquidamos, y encima las que nunca vieron a un hombre blanco. Todos ellos están volviendo a la vida. Necesitaré a mis viejos camaradas. Ustedes, los tipos de la ciudad, no valen para eso… ¿Ha visto alguna vez a un indio?
-Últimamente no.
Zeb esbozó un gesto de desprecio e intentó escupir a un lado, pero no encontró saliva para ello.
-Más vale que regrese a la ciudad -dijo-. Dentro de poco, no habrá la menor seguridad por estos parajes. Desearía tener mi mosquetón.
R. E. se puso en pie, meditó un momento, se encogió de hombros y se dirigió a la ciudad. La lápida sobre la que había estado sentado se desplomó al levantarse, convirtiéndose en polvo de piedra gris, que se amalgamó con la tierra informe. Miró en derredor. La mayoría de las lápidas habían desaparecido. El resto no tardaría en hacerlo. Sólo la que estaba bajo Zeb parecía aún firme y fuerte.
R. E. echó a andar. Zeb ni siquiera se volvió para mirarle. Seguía inmóvil y en calma, en espera… de los indios.

Etheriel se zambulló a través de los cielos con temeraria celeridad. Los ojos de los Ascendientes se hallaban posados sobre él, lo sabía. Desde el serafín creado en último lugar, pasando por los querubines y los ángeles, hasta el más elevado de los arcángeles, todos debían estar contemplándole.
Había llegado ya más arriba que ningún Ascendiente estuviera nunca sin ser invitado, y esperaba el palpitar del Verbo que reduciría sus vórtices a la nada.
Mas no vaciló. A través del no-espacio y el no-tiempo se precipitó hacia la unión con el Móvil Primero, la sede que circundaba todo lo que Es, Fue, Sería, Había Sido, Podía Ser y Debía Ser.
Y al pensarlo, irrumpió y se fundió con él, expandiéndose su ser de manera que, por un instante, formó parte del Todo. Sin embargo, de un modo misericorde, sus sentidos se velaron, y el Jefe se convirtió en una queda voz en su interior, tenue pero tanto más impresionante en su infinita plenitud.
-Hijo mío -dijo la voz-, ya sé por qué has venido.
-Entonces ayúdame, si tal es tu voluntad.
-Por mi propia voluntad, un acto mío es irrevocable. Todo tu género humano, hijo mío, anhelaba vivir. Todos temían la muerte. Todos albergaban y desarrollaban pensamientos y sueños de vida ilimitada. No dos grupos de hombres, no dos hombres aislados. Todos desarrollaban la misma idea de la vida futura, todos deseaban vivir. Se pedía que fuese el común denominador de todos esos deseos… de vida eterna. Y accedí.
-Ningún servidor tuyo presentó la solicitud.
-La presentó el Adversario, hijo mío.
La débil gloria de Etheriel desfalleció. Murmuró en voz baja:
-Soy polvo a tu vista e inmerecedor de estar en tu presencia, pero debo hacerte una pregunta. ¿También el Adversario es tu servidor?
-Sin él, no podría tener ningún otro -repuso el Jefe-. ¿Pues qué es el Bien sino la lucha eterna contra el Mal?
«Y en esa lucha -pensó Etheriel-, yo he perdido.»

R. E. se detuvo a la vista de la ciudad. Los edificios se estaban derrumbando. Los de madera eran ya montones de astillas. Se dirigió al más próximo de tales hacinamientos y halló las astillas polvorientas y secas.
Penetró más profundamente en la ciudad y vio que las casas de ladrillo se mantenían aún en pie, si bien los ladrillos presentaban una siniestra redondez en los bordes, un amenazador descascarillamiento.
-No durarán mucho -dijo una voz profunda-, pero hasta cierto punto supone un consuelo saber que al derrumbarse no matarán a nadie.
R. E. alzó la vista sorprendido y se halló cara a cara con un cadavérico Don Quijote de deprimidas mandíbulas y hundidas mejillas. Sus ojos eran tristes; su cabello, castaño y lacio. La ropa le colgaba flojamente, y la piel asomaba a través de varios desgarrones.
-Mi nombre es Richard Levine -dijo el individuo-. Era profesor de historia…, antes que esto ocurriera.
-Va usted vestido -observó R. E.-. Así que no es uno de los resucitados.
-No, pero esa señal que me diferencia va desapareciendo. La ropa se cae a jirones.
R. E. observó a la muchedumbre que pasaba, moviéndose lentamente y sin meta, como polillas bajo un rayo de sol. En efecto, pocos llevaban ropa. Se miró la suya y por primera vez reparó en que se había desprendido ya la costura lateral de las perneras de sus pantalones. Tomó entre pulgar e índice la tela de su chaqueta, y la lana se desmenuzó con facilidad.
-Me parece que tiene usted razón -dijo a Levine.
-Y si se fija, verá también que Mellon’s Hill está quedando raso -prosiguió el profesor de historia.
R. E. dirigió la mirada al norte, donde las mansiones de la aristocracia -toda la aristocracia que había en la ciudad- festoneaban las laderas de Mellon’s Hill, y halló casi liso el horizonte.
-Al final -anunció Levine-, todo se reducirá a una planicie, sin ningún rasgo característico. La nada…, y nosotros.
-Y los indios -añadió R. E.-. Hay un hombre al exterior de la ciudad que los espera. No hace más que clamar por un mosquetón.
-Imagino que los indios no nos causarán ninguna desazón. No hay placer alguno en combatir a un enemigo al que no se puede matar o herir. Y aunque se pudiera, el anhelo de batalla habría desaparecido, como todos los anhelos.
-¿Está usted seguro?
-Segurísimo. Aunque no se lo imagine al mirarme, antes que todo esto aconteciera, me causaba un gran e inofensivo placer la contemplación de una figura femenina. Ahora, pese a las oportunidades sin par a mi disposición, me siento irritantemente falto de interés. No, no es cierto… Ni siquiera me causa irritación mi desinterés.
R. E. lanzó una breve ojeada a los transeúntes.
-Ya sé lo que quiere decir.
-La venida de los indios aquí no significa nada comparada con lo que debe ser la situación en el Viejo Mundo -prosiguió Levine-. Ya en las primeras horas de la Resurrección, sin duda volvieron a la vida Hitler y su Wehrmacht. Ahora deben hallarse en compañía y mezcolanza con Stalin y el Ejército Rojo, en todo el camino que va desde Berlín a Stalingrado. Para complicar la situación, llegarán los káiseres y los zares. Los hombres de Verdún y el Some volverán a los antiguos campos de batalla. Napoleón y sus mariscales se desparramarán por la Europa occidental. Y Mahoma habrá vuelto para ver lo que épocas posteriores han hecho del Islam, mientras que los santos y los apóstoles estudiarán las sendas de la cristiandad. Y hasta los mongoles, pobrecillos, los Kanes de Temujin a Aurangzeb, recorrerán desamparados las estepas, en anhelante búsqueda de caballos.
-Como profesor de historia, lo lógico es que anhele también estar allí para observar.
-¿Cómo podría estar allí? La posición de todo hombre en la Tierra queda limitada ahora a la distancia que puede recorrer caminando. No hay máquinas de ninguna especie y, como he mencionado ya, tampoco caballos ni cabalgadura alguna. Y al fin y al cabo, ¿qué cree que encontraría en Europa de todos modos? Apatía, igual que aquí.
El sordo ruido de una caída hizo que R. E. girase en redondo. El ala de un edificio de ladrillo próximo a ellos se había derrumbado. A ambos lados, entre el polvo, había cascotes. Sin duda, alguno de ellos le había golpeado sin que se diera cuenta.
-Encontré a un hombre que pensaba que todos habíamos sido ya juzgados y estábamos en el cielo -dijo.
-¿Juzgados? Sí, me imagino que lo estamos. Nos enfrentamos ahora a la eternidad. No nos queda ningún universo, ni fenómenos exteriores, ni emociones, ni pasiones. Nada, sino nosotros mismos y el pensamiento. Nos enfrentamos a una eternidad de introspección, cuando nunca, a lo largo de la historia, hemos sabido qué hacer de nosotros mismos en un domingo lluvioso.
-Parece como si la situación le molestara.
-Mucho más que eso. Las concepciones dantescas del infierno eran pueriles e indignas de la imaginación divina. Fuego y tortura… El hastío es mucho más sutil. La tortura interior de una mente incapaz de escapar de sí misma en modo alguno, condenada a pudrirse en la exudación de su propio pus mental por toda la eternidad resulta mucho más refinada. Sí, amigo mío, hemos sido juzgados…, y condenados. Y esto no es el cielo, sino el infierno.
Levine se levantó, con los hombros abrumados por el decaimiento, y se marchó.
R. E. miró pensativo en derredor y asintió con la cabeza. Estaba convencido.

El reconocimiento del propio fracaso duró sólo un instante en Etheriel. De pronto, alzó su ser tan brillante y elevadamente como osó en presencia del Jefe, y su gloria fue una pequeña mota de luz en el infinito Móvil Primero.
-Si debe cumplirse tu voluntad -dijo-, no pido que renuncies a ella, sino que la colmes.
-¿De qué modo, hijo mío?
-El documento aprobado por el Consejo de Ascendientes y firmado por Ti señala el Día de la Resurrección para una hora específica de un día determinado del año 1957, según el cómputo del tiempo de los terrestres.
-Así es.
-Pero la fijación de la fecha es impropia. En efecto, ¿qué significa 1957? Para la cultura dominante en la Tierra, significa que transcurrieron mil novecientos cincuenta y siete años después del nacimiento de Jesucristo, cosa muy cierta. Sin embargo, desde el instante en que insuflaste la existencia a la Tierra y al Universo, han pasado 5.960 años. Y basándose en la evidencia interna de tu creación dentro de este universo, han pasado cerca de cuatro billones de años. ¿Cuál es por lo tanto el año impropio, el 1957, el 5960 o el 4000000000000? Y no es eso todo. El año 1957 después de Jesucristo coincide con el 7474 de la era bizantina y con el 5716 según el calendario judío. Igualmente, corresponde al año 2708 desde la fundación de Roma, en caso que adoptemos el calendario romano, y al 1375 en el calendario mahometano, y al 180 de la independencia de Estados Unidos… Así que te pregunto humildemente: ¿no te parece que un año mencionado como 1957, sin especificar más, resulta impropio y sin significado alguno?
La voz profunda, sosegada y tenue, a la par que intensa, del Jefe repuso:
-Siempre supe eso, hijo mío. Eras tú quien tenías que aprenderlo.
-Entonces -rogó Etheriel, con un luminoso temblor de alegría-, haz que se cumpla tu designio al pie de la letra y, en consecuencia, que el Día de la Resurrección recaiga, en efecto, en el 1957 prescripto, pero sólo cuando todos los habitantes de la Tierra acuerden por unanimidad que un año determinado, y ningún otro, corresponde a 1957.
-Así sea -asintió el Jefe.
Y su Verbo recreó la Tierra y todo cuanto contenía, junto con el Sol, la Luna y todos los demás huéspedes del cielo.

Eran las siete de la mañana del 1 de enero de 1957 cuando R. E. Mann se despertó sobresaltado. El comienzo de la melodiosa nota que debía haber llenado el Universo había sonado y sin embargo no había sonado.
Por un instante, enderezó la cabeza, como si quisiera hacer penetrar en ella la comprensión. Luego, cruzó por su rostro un leve gesto de rabia, que se desvaneció muy pronto. No había sido más que otra batalla.
Se sentó ante su escritorio para componer el siguiente plan de acción. La gente hablaba ya de la reforma del calendario y había que apoyarla. Una nueva era debía comenzar el 2 de diciembre de 1944. Algún día llegaría el nuevo año 1957. El 1957 de la era atómica, reconocido como tal por todo el mundo.
Una extraña luz fulguró en su cerebro, mientras los pensamientos se sucedían en su mente más que humana. Y dos pequeños cuernos, uno en cada sien, parecieron dibujarse en la sombra de Ahrimán proyectada en la pared *.
*_ En inglés, R. E. Mann se pronuncia de manera muy semejante a Ahrimán (N. del T.).

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Treta tridimensional
Isaac Asimov

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-Vamos, vamos -dijo Shapur con bastante cortesía, considerando que se trataba de un demonio-. Está usted desperdiciando mi tiempo. Y el suyo propio también, podría añadir, puesto que sólo le queda media hora.
Y su rabo se enroscó.
-¿No es desmaterialización? -preguntó caviloso Isidore Wellby.
-Ya le he dicho que no.
Por centésima vez, Wellby miró el bronce que le rodeaba por todas partes sin solución de continuidad. El demonio se había permitido el impío placer (¿de qué otra clase iba a ser?) de señalar que el piso, el techo y las cuatro paredes carecían de rasgos diferenciales, y estaban formados todos ellos por planchas de bronce de sesenta centímetros soldadas sin unión.
Era la última estancia cerrada, y Wellby disponía sólo de otra media hora para salir de ella. El demonio le contemplaba con expresión de concentrada anticipación.

Isidore Wellby había firmado diez años antes, que se cumplían aquel día.
-Pagamos de antemano -insistió Shapur en tono persuasivo-. Diez años de todo cuanto desee, dentro de lo razonable. Al final, pasará a ser un demonio. Uno de los nuestros, con un nuevo nombre de demoníaca potencia y todos los privilegios que eso incluye. Apenas se dará cuenta que está condenado. De todos modos, aunque no firme, tal vez acabe igual en el fuego, por el simple curso de los acontecimientos. Nunca se sabe… Fíjese en mí. No lo hago tan mal. Firmé, disfruté de mis diez años, y aquí estoy. No lo hago tan mal.
-En ese caso, si puedo terminar por condenarme, ¿por qué se muestra tan ansioso para que firme? -preguntó Wellby.
-No resulta fácil reclutar directivos para el infierno -respondió el demonio con un franco encogimiento de hombros, que intensificó el débil olor a bióxido sulfúrico que se advertía en el aire-. Todo el mundo especula para llegar al cielo. Una pobre especulación, pero así es. Yo creo que usted es demasiado sensible para eso. Pero entretanto nos encontramos con más almas condenadas de las que somos capaces de atender y una creciente penuria en el plano administrativo.
Wellby, que acababa de ser licenciado del ejército con muy poco entre las manos, a excepción de una cojera y la carta de despedida de una muchacha a la que en cierto modo amaba aún, se pinchó el dedo y suspiró.
Lógicamente, leyó primero el pequeño impreso. Tras la firma con su sangre, se depositaría en su cuenta cierta cantidad de poder demoníaco. No sabía en detalle cómo se manejaban aquellos poderes, ni siquiera la naturaleza de los mismos. Sin embargo, vería colmados sus deseos de tal modo que parecerían el producto de mecanismos perfectamente normales.
Desde luego, no se cumpliría ningún deseo que interfiriese con los designios superiores y con los propósitos de la historia humana. Wellby enarcó las cejas ante esta cláusula.
Shapur carraspeó.
-Una precaución que nos ha sido impuesta por…, ¡ejem!…, Arriba. Sea razonable. La limitación no le supondrá obstáculo alguno.
-Parece también una cláusula trampa.
-Algo de eso, sí. Después de todo, debemos comprobar sus aptitudes para el puesto. Como ve, se establece que, al finalizar sus diez años, deberá ejecutar una tarea para nosotros, una labor que sus poderes demoníacos le harán perfectamente posible realizar. No le diremos aún la naturaleza de esa tarea, pero dispondrá de diez años para estudiar sus poderes. Considere toda la cuestión como un examen de ingreso.
-Y si no paso la prueba, ¿qué?
-En tal caso -respondió el demonio-, será usted una vulgar alma condenada. .-Y como al fin y al cabo era demonio, sus ojos fulguraron humeantes ante la idea, y sus ganchudos dedos se retorcieron como si los sintiera ya profundamente clavados en las partes vitales de su interlocutor. No obstante, añadió con suavidad-: ¡Oh, vamos! La prueba será sencilla. Preferimos tenerle como directivo que como un alma más en nuestras manos.
A Wellby, sumido en melancólicos pensamientos sobre su inasequible amada, le importaba muy poco por el momento lo que sucedería al cabo de diez años. Firmó.
Los diez años pasaron rápidamente. Como el demonio había predicho, Isidore Wellby se mostró razonable y las cosas marcharon bien. Aceptó un trabajo y, como aparecía siempre en el momento adecuado y en el lugar oportuno y siempre decía la palabra apropiada al hombre apropiado, alcanzó pronto un puesto de gran autoridad.
Las inversiones que hacía resultaban invariablemente beneficiosas. Y lo más gratificante fue que su chica volvió a él con el arrepentimiento más sincero y la más satisfactoria adoración.
Su casamiento fue feliz y bendecido con cuatro criaturas, dos varones y dos hembras, todos ellos inteligentes y con un comportamiento razonable. Al final de los diez años, se hallaba en la cúspide de su autoridad, reputación y riqueza, en tanto que su mujer, al madurar, se había vuelto todavía más bella.
Y a los diez años (en el día justo, naturalmente) de establecer el pacto, se despertó para encontrarse, no en su dormitorio, sino en una horrible cámara de bronce de la más espantosa solidez, sin más compañía que la de un ávido demonio.
-Todo lo que tiene que hacer es salir de aquí y se convertirá en uno de los nuestros -le explicó Shapur-. Lo conseguirá con facilidad empleando con lógica sus poderes demoníacos, siempre que sepa cómo manejarlos. A estas alturas, debería saberlo.
-Mi mujer y mis pequeños se inquietarán mucho por mi desaparición -dijo Wellby, con un comienzo de arrepentimiento.
-Hallarán su cadáver -manifestó el demonio en tono de consuelo-. Habrá muerto al parecer de un ataque al corazón. Celebrarán unos funerales magníficos. El sacerdote anunciará su subida al cielo, y nosotros no le desilusionaremos, como tampoco a quienes le estén escuchando. Vamos, Wellby, dispone usted de tiempo hasta el mediodía.
Wellby, que se había acorazado en su inconsciente durante los diez años para este momento, se sintió menos asaltado por el pánico de lo que podía haberlo estado. Miró inquisitivo a su alrededor.
-¿Está herméticamente cerrada esta habitación? ¿No hay aberturas secretas?
-Ninguna en paredes, piso o techo -dijo el demonio con deleite profesional ante su obra-. Ni tampoco en las intersecciones de cualquiera de las superficies. ¿Va a renunciar?
-No, no. Deme tan sólo tiempo.
Wellby meditó intensamente. No había señal alguna de cierre en la estancia. Sin embargo, se notaba como una corriente de aire. Tal vez penetrase por desmaterialización a través de las paredes. Quizá también el demonio había entrado así. Estaba en lo posible que él, Wellby, pudiera desmaterializarse para salir. Lo preguntó.
El demonio le respondió con una risita entre sus dientes afilados.
-La desmaterialización no forma parte de sus poderes. Ni tampoco la empleé yo para entrar.
-¿Está seguro?
-La cámara es de mi propia creación -manifestó petulante el demonio-. La construí especialmente para usted.
-¿Y penetró desde el exterior?
-Así fue.
-¿Y yo también podría hacerlo con los poderes demoníacos que poseo?
-En efecto. Mire, seamos precisos. No puede moverse a través de la materia, pero sí en cualquier dimensión, por un simple esfuerzo de su voluntad. Arriba y abajo, a derecha e izquierda, oblicuamente, etcétera, mas no atravesar la materia en modo alguno.
Wellby siguió cavilando, mientras Shapur le señalaba la suma e inconmovible solidez de las paredes de bronce, del piso y del techo, y su inquebrantable acabado.
A Wellby le pareció obvio que Shapur, por mucho que creyera en la necesidad de reclutar directivos, estaba pura y simplemente conteniendo su demoníaco placer ante la posibilidad de ver en sus garras una vulgar alma condenada, para jugar con ella al gato y al ratón.
-Cuando menos -dijo Wellby, con afligido intento de aferrarse a la filosofía-, me quedará el consuelo de pensar en los diez felices años que disfruté. Seguro que eso significará un alivio y un consuelo hasta para un alma condenada en el infierno.
-En absoluto -denegó el demonio-. ¿Qué clase de infierno sería si se permitiesen consuelos? Todo cuanto uno obtiene en la Tierra por pacto con el diablo, como en su caso (o el mío), es punto por punto lo mismo que se habría logrado sin tal pacto, de haber trabajado con laboriosidad y plena confianza en… Arriba. Eso es lo que transforma tales convenios en algo tan auténticamente demoníaco.
Y el demonio rió con una especie de regocijado aullido.
Wellby exclamó lleno de indignación:
-¿Quiere decir que mi mujer hubiese vuelto a mí aunque no hubiese firmado el contrato?
-Está en lo posible -respondió Shapur-. Todo cuanto sucede es por voluntad de… Arriba. Ni siquiera nosotros podemos cambiar eso.
El pesar de aquel momento debió agudizar los sentidos de Wellby, pues fue entonces cuando se desvaneció, dejando la habitación vacía, excepto por la presencia de un sorprendido demonio. Y la sorpresa de éste se tornó furia cuando reparó en el contrato con Wellby que había estado sosteniendo en su mano hasta aquel momento para la acción final, en un sentido o en otro.

Diez años (día por día, claro) después que Isidore Wellby hubiera firmado su pacto con Shapur, el demonio penetró en su despacho y le dijo con el mayor enojo:
-¡Mire aquí…!
Wellby alzó la vista de su trabajo, asombrado.
-¿Quién es usted?
-Sabe demasiado bien quién soy.
Y miró al hombre con ojos duros y penetrantes.
-En absoluto -respondió Wellby.
-Creo que dice la verdad, pero le refrescaré la memoria.
Y así lo hizo en el acto, detallando los acontecimientos de los últimos diez años.
-¡Ah, sí! -dijo Wellby-. Puedo explicarlo, desde luego, ¿pero está seguro que no seremos interrumpidos?
-No, no lo seremos -respondió ceñudo el demonio.
-Bueno, pues me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y…
-No me interesa eso. Lo que quiero es saber…
-¡Por favor! Déjeme que lo cuente a mi modo.
El demonio contrajo las mandíbulas y exhaló tal cantidad de bióxido sulfúrico que Wellby tosió y adoptó una expresión de sufrimiento.
-Si quisiera apartarse un poco… –rogó-. Gracias… Así, pues, me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y recuerdo que usted me exponía la ausencia de toda solución de continuidad en las cuatro pareces, el piso y el techo. Y se me ocurrió preguntarme por qué especificaba eso. ¿Qué más había, aparte de las paredes, el piso y el techo? Definía usted un espacio tridimensional, completamente circunscrito. Y eso era, en efecto. Tridimensional. La habitación no estaba incluida en la cuarta dimensión. No existía de forma indefinida en el pasado. Dijo que la había creado para mí. Pensé entonces que, si uno se trasladaba al pasado, llegaría a un punto en el tiempo, en el que no existía la cámara y, por lo tanto, se hallaría fuera de la misma. Más aún, usted había dicho que podía moverme en cualquier dimensión, y el tiempo se considera sin la menor duda una dimensión. En todo caso, tan pronto como decidí moverme hacia el pasado, me retrotraje a tremenda velocidad, y de repente el bronce desapareció.
Shapur clamó acongojado.
-Ya me lo imagino. No podría haber escapado de otra manera. Es ese contrato suyo lo que me preocupa. No se ha convertido en una vulgar alma condenada. De acuerdo, eso forma parte del juego. Pero al menos debe ser uno de los nuestros, un ejecutivo. Para eso se le pagó. Si no lo entrego abajo, me veré en un enorme lío.
Wellby se encogió de hombros.
-Lo siento por usted, desde luego, pero no puedo ayudarle. Debió haber creado la cámara de bronce inmediatamente después que yo estampara mi firma en el documento. Como no fue así, al salir de ella me encontré justo en el momento en que establecíamos nuestro convenio. Allí estaba usted de nuevo y allí estaba yo. Usted empujando el contrato hacia mí, y una pluma con la que me había de pinchar el dedo. Sin duda, al retroceder en el tiempo, el futuro se borró de mi recuerdo, pero no del todo al parecer. Al tenderme usted el contrato, me sentí inquieto. No recordé el futuro, pero me sentí inquieto. Por lo tanto, no firmé. Le devolví el contrato en blanco.
Shapur rechinó los dientes.
-Debí darme cuenta. Si las reglas de la probabilidad afectasen a los demonios, debiera haberme desplazado con usted a este nuevo mundo supuesto. Tal como han sucedido las cosas, todo cuanto me queda por decir es que ha perdido los diez años felices que le abonamos. Es un consuelo. Y ya le atraparemos al final. Otro consuelo.
-¿Ah, sí? -replicó Wellby-. ¿De modo que hay consuelos en el infierno? A través de los diez años que he vivido realmente, ignoré lo que quizá hubiera obtenido. Pero ahora que me trae usted a la memoria el recuerdo de «los diez años que pudieron haber sido», recuerdo también que en la cámara de bronce me dijo que los convenios demoníacos no daban nada que no se obtuviera mediante la laboriosidad y la confianza en… Arriba. He sido laborioso y he confiado.
Los ojos de Wellby se posaron sobre la fotografía de su bella esposa y los cuatro hermosos hijos. Luego, paseó la vista por el lujoso despacho, decorado con el mejor gusto.
-Puedo muy bien escapar por completo al infierno. También el decidir esto se halla fuera de su poder -añadió.
Y el demonio, lanzando un horrible chillido, se desvaneció para siempre.

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Monday, May 19, 2008

LA MADRE DE LOS MOSTRUOS Y LA MUERTA — DOS CUENTOS DE MAUPASSANT

LA MADRE DE LOS MOSTRUOS Y LA MUERTA — DOS CUENTOS DE MAUPASSANT

LA MADRE DE LOS MONSTRUOS
GUY DE MAUPASSANT

Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
Mi historia se remonta muy atrás, pero ciertas cosas no se olvidan.
Me había invitado un amigo a quedarme un tiempo en su casa en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del país, me paseó por todos los sitios, me hizo ver los paisajes alabados, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, unos árboles de enorme tamaño o con forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.
Cuando examiné con exclamaciones de entusiasmo benévolo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con aire desolado que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Ahora iba a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de pronto dio un grito:
—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, debes conocerla.
Pregunté: —¿A quién? ¿A la madre de los monstruos?
Prosiguió: —Es una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, a niños deformes, horribles, espantosos, en fin unos monstruos, y que los vende al exhibidor de fenómenos.
»Esos siniestros empresarios vienen a informarse de vez en cuando de si ha producido algún nuevo engendro y, cuando les gusta el sujeto, se lo llevan y le pagan una renta a la madre.
»Tiene once engendros de esta naturaleza. Es rica.
»Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mio. No te cuento más que la verdad, la pura verdad.
»Vayamos a ver a esa mujer. Luego te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.
Me llevó a las afueras de la ciudad.
Ella vivía en una bonita casita al borde de la carretera. Resultaba agradable y estaba muy cuidada. El jardín, lleno de flores, olía bien. Parecía la residencia de un notario retirado de los negocios.
Una criada nos hizo entrar a una especie de pequeño salón campesino y la miserable apareció.
Tendría unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien hecha, vigorosa y sana, el auténtico tipo de campesina robusta, medio bruta y medio mujer.
Sabía de la reprobación general y parecía no recibir a la gente sino con una humildad llena de odio.
Preguntó: —¿Qué desean los señores?
Mi amigo prosiguió: —Me han dicho que su último hijo estaba hecho como todo el mundo, pero que no se parecía en absoluto a sus hermanos. He querido cerciorarme de ello. ¿Es verdad?
Nos echó una mirada ladina y furiosa y contestó:
—¡Oh, no! ¡Oh, no, señor! Es casi más feo que los otros. Mi mala suerte, mi mala suerte. Todos así, señor, todos así, qué desgracia tan grande, ¿cómo puede nuestro Señor tratar así a una pobre mujer como yo, sola en el mundo? ¿Cómo puede ser?
Hablaba deprisa, los ojos bajos, con aire hipócrita, igual que una fiera que tiene miedo. Endulzaba el tono áspero de su voz y uno se extrañaba de que aquellas palabras lacrimosas e hiladas en falsete salieran de ese gran cuerpo huesudo, demasiado fuerte, con ángulos bastos, que parecía estar hecho para los gestos vehementes y para aullar del mismo modo que los lobos.
Mi amigo pidió: —Quisiéramos ver a su pequeño.
Me pareció que se sonrojaba. ¿Quizá me equivoqué? Tras unos instantes de silencio, dijo en voz más alta: —¿De qué les serviría?
Y había vuelto a enderezar la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y con fuego en la mirada.
Mi compañero prosiguió: —¿Por qué no nos lo quiere enseñar? A otra gente sí que se lo enseña. ¡Sabe de quién hablo!
La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, dando rienda suelta a su ira, gritó: —Diga, ¿pa’ eso han venido? ¿Pa’ insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo van a ver, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué les dará a todos por torturarme así?
Iba hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido o más bien de maullido, un lamentable grito de idiota salió del cuarto vecino. Me hizo estremecerme hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.
Mi amigo dijo con tono severo: —Tenga cuidado, Diabla (en el pueblo la llamaban la Diabla), tenga cuidado, tarde o temprano le traerá mala suerte.
Se echó a temblar de furor, agitando sus puños, desquiciada, gritando: —¡Váyanse! ¿Qué me traerá mala suerte? ¡Váyanse! ¡Canallas!
Se nos iba a lanzar encima. Nos escapamos, con el corazón en un puño.
Cuando estuvimos delante de la puerta, mi amigo me preguntó: —¡Pues bien! ¿La has visto? ¿Qué te parece?
Contesté: —Cuéntame ya la historia de esa bruta.
Y he aquí lo que me contó mientras volvíamos con pasos lentos por la carretera general blanca, orlada de cosechas ya maduras, que un viento ligero, a ráfagas, hacía ondulas como un mar tranquilo.
Hace tiempo, esa chica servía en una granja; era trabajadora, formal y ahorradora. No se le conocían enamorados, no se sospechaba que tuviera debilidades.
Cometió una falta, como lo hacen todas, una tarde de cosecha, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece estar lleno de un calor de horno y empapa de sudor los cuerpos morenos de los muchachos y de las muchachas.
Pronto se dio cuenta de que estaba embarazada y la atormentaron la vergüenza y el miedo. Al querer esconder su desgracia a toda costa, se apretaba con violencia el vientre con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por la presión del niño que iba creciendo, más apretaba el instrumento de tortura, sufriendo un martirio, pero valiente ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar que se viera o se sospechara nada.
Desgració en sus entrañas al pequeño ser oprimido por la horrible máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cabeza apretada se alargó, se desprendió en forma de punta con dos gruesos ojos saltones que salían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como la madera de las vides, se alargaron desmesuradamente, acabados en dedos semejantes a las patas de las arañas.
El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.
Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.
Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron lo que le salía del cuerpo, se escaparon gritando. Y corrió el rumor en la región de que había parido un demonio. Desde entonces la llaman «la Diabla».
La echaron del trabajo. Vivió de la caridad y quizás de amor en la sombra, ya que era buena moza, y no todos los hombres temen el infierno.
Crió a su monstruo, a quien por cierto aborrecía, con un odio salvaje, y a quien quizás habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera asustado con la amenaza de la justicia.
Ahora bien, un día, unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso engendro y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó y pagaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Ella, primero vergonzosa se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de esa gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, azuzándoles con las deformidades de su hijo, alzando sus precios con una tenacidad de campesino.
Para que no la robaran, les hizo firmar un papel. Y se comprometieron a abonarle además cuatrocientos francos por año, como si tomaran ese bicho a su servicio.
Aquella ganancia inesperada enloqueció a la madre y ya no la abandonó el deseo de dar a luz a otro fenómeno, para disfrutar de rentas como una burguesa.
Como era muy fértil, consiguió lo que se proponía, y se volvió hábil, parece ser, en variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía padecer durante el tiempo del embarazo.
Tuvo engendros largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron, y se sintió afligida.
La justicia intentó intervenir, pero no se pudo probar nada. Se la dejó pues fabricar sus fenómenos en paz.
En este momento tiene once engendros bien vivos, que le proporcionan, año tras año, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no está colocado todavía, el que no ha querido enseñarnos. Pero no se lo quedará mucho tiempo, porque hoy en día todos los titiriteros del mundo la conocen y vienen de vez en cuando a ver si tiene algo nuevo.
Incluso organiza subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.
Mi amigo se calló. Una repugnancia profunda me levantaba el corazón, así como una ira tumultuosa, un arrepentimiento de no haber estrangulado a aquella bruta cuando la tenía al alcance de la mano.
Pregunté: —¿Pero quién es el padre?
Contestó: —No se sabe. Tiene o tienen cierto pudor. Se esconde o se esconden. A lo mejor comparten los beneficios.
Ya no pensaba en esa lejana aventura hasta que vi, hace unos días, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada por hombres que la respetan.
Iba por la playa arenosa con un amigo, el médico de la estación. Diez minutos más tarde, vi a una criada que cuidaba a tres niños envueltos en la arena.
Unas pequeñas muletas que yacían en el suelo me conmovieron. Noté entonces que los tres pequeños seres eran deformes, jorobados y corvos, horrorosos.
El doctor me dijo: —Son los productos de la encantadora mujer con la que acabamos de cruzarnos.
Una lástima profunda por ella y por ellos se apoderó de mi alma. Exclamé: —¡Oh, pobre madre! ¡Cómo podrá seguir riéndose!
Mi amigo prosiguió: —No la compadezcas, querido amigo. Son los pobres pequeños a quienes hay que compadecer. Ésos son los resultados de las cinturas que permanecieron finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe perfectamente que se juega la vida con ese juego. ¡Qué más le da, con tal de ser bella y amada!
Y recordé a la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.

*-*

LA MUERTA

GUY DE MAUPASSANT

_
¡Yo la había amado locamente! ¿Por qué amamos? Es raro no ver en el mundo sino a un ser, no tener en la mente sino una idea, en el corazón sino un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de las honduras del alma, que sube a los labios, y que decimos, que repetimos, que murmuramos sin cesar en todas partes, al igual que una plegaria.
No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, siempre la misma. La encontré y la amé. Nada más. Y viví durante un año en su ternura, en sus brazos, en su caricia, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, enredado, ligado, aprisionado en todo lo que venía de ella, de una forma tan completa que ya no sabía si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, en la vieja tierra o en otro lugar.
Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No sé, ya no lo sé. Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.
¿Qué ocurrió? Ya no lo se.
Los médicos venían, escribían, se iban. Se traían remedios; una mujer se los hacía tomar. Sus manos estaban calientes, su frente ardiente y húmeda, su mirada brillante y triste. Yo le hablaba, ella me respondía. ¿Qué nos dijimos? Ya no lo sé. ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió, recuerdo muy bien su breve suspiro, su breve suspiro tan débil, el último. La enfermera dijo: «¡Ay!» ¡Comprendí, comprendí!
No supe nada más. Nada. Vi a un sacerdote que pronunció estas palabras: «Su querida.» Me pareció que la insultaba. Puesto que ella había muerto, nadie tenía derecho a saber eso. Lo despedí. Vino otro que fue muy bondadoso, muy dulce. Yo lloraba cuando él me habló de ella.
Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no lo se. Recuerdo muy bien, sin embargo, el ataúd, el ruido de los martillazos cuando la clavaron dentro. ¡Ay, Dios mío!
¡La enterraron! ¡La enterraron! ¡A ella! ¡En aquel hoyo! Habían ido unas cuantas personas, unas amigas. Escapé. Corrí. Caminé mucho tiempo por las Éalles. Después volví a casa. Y al día siguiente me marché de viaje.
Ayer he regresado a París.
Cuando volví a ver mi habitación, nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, toda esta casa donde había quedado todo lo que queda de la vida de un ser después de su muerte, me asaltó un acceso de pena tan violento que a punto estuve de abrir la ventana y de tirarme a la calle. No pudiendo estar en medio de aquellas cosas, de aquellos muros que la habían encerrado, abrigado, y que debían de guardar en sus imperceptibles rendijas mil átomos de ella, de su carne y de su aliento, cogí el sombrero, con el fin de escapar. De repente, en el momento de llegar a la puerta, pasé ante el gran espejo del vestíbulo que ella había mandado instalar allí para verse, de pies a cabeza, todos los días, al salir, para ver si iba bien arreglada, si estaba correcta y bonita, de las botas al peinado.
Y me detuve frente a aquel espejo que tan a menudo la había reflejado. Tan a menudo, tan a menudo, que había debido conservar también su imagen.
Allí estaba yo de pie, tembloroso, los ojos clavados en el cristal, en el cristal liso, profundo, vacío, pero que la había contenido toda entera, la había poseído tanto como yo, tanto como mi mirada apasionada. Me pareció que amaba a aquel espejo —lo toqué— ¡estaba frío! ¡Oh! ¡El recuerdo, el recuerdo! Espejo doloroso, espejo ardiente, espejo vivo, espejo horrible, ¡que hace sufrir todas las torturas! ¡Dichosos los hombres cuyo corazón, como un espejo por el que se deslizan y se borran los reflejos, olvida cuanto ha contenido, cuanto ha pasado ante él, cuanto se ha contemplado, reflejado, en su cariño, en su amor! ¡Cómo sufro!
Salí y, a mi pesar, sin saber, sin quererlo, marché al cementerio. Encontré su tumba, muy sencilla, una cruz de mármol con estas pocas palabras: «Amó, fue amada, y murió. »
¡Estaba allí, allí abajo, podrida! ¡Qué horror! Sollocé, con la frente pegada al suelo.
Me quedé allí mucho tiempo, mucho tiempo. Después me di cuenta de que caía la noche. Entonces un deseo curioso, loco, un deseo de amante desesperado se apoderó de mí. Quise pasar la noche cerca de ella, última noche, llorando sobre su tumba. Pero me verían, me echarían. ¿Qué hacer? Fui astuto. Me levanté y empecé a errar por aquella ciudad de los desaparecidos. Andaba y andaba. ¡Qué pequeña es esa ciudad al lado de la otra, donde se vive! Y sin embargo esos muertos son mucho más numerosos que los vivos. Necesitamos altas casas, calles, mucho sitio, para las cuatro generaciones que contemplan la luz al mismo tiempo, beben el agua de las fuentes, el vino de los viñedos, y comen el pan de las llanuras.
Y para todas las generaciones de muertos, para toda la escala de la humanidad que desciende hasta nosotros, ¡casi nada, un campo, casi nada! La tierra los recobra, el olvido los borra. ¡Adiós!
En el extremo del cementerio habitado, percibí de repente el cementerio abandonado, ese donde los antiguos difuntos acaban de mezclarse con la tierra, donde las propias cruces se pudren, donde pondrán mañana a los recién llegados. Está lleno de rosas libres, de cipreses vigorosos y negros, un jardín triste y soberbio, alimentado con carne humana.
Estaba solo, muy solo. Me agazapé bajo un verde arbusto. Me oculté en él por entero, entre aquellas ramas pobladas y sombrías.
Y esperé, aferrado al tronco como un náufrago a una tabla.

Cuando la noche fue oscura, muy oscura, abandoné mi refugio y eché a andar despacito, con pasos lentos, con pasos sordos, sobre aquella tierra llena de muertos.
Vagué mucho tiempo, mucho tiempo, mucho tiempo. No la encontraba. Con los brazos extendidos, los ojos abiertos, tropezando en las tumbas con manos, pies, rodillas, pecho, con mi propia cabeza, marchaba sin encontrarla. Tocaba, palpaba como un ciego que busca el camino, palpaba piedras, cruces, verjas de hierro, coronas de cristal, ¡coronas de flores ajadas! Leía los nombres con mis dedos, paseándolos sobre las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡No la encontraba!
¡No había luna! ¡Qué noche! Tenía miedo, un miedo espantoso por aquellos estrechos senderos, entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas, tumbas, tumbas! ¡Siempre tumbas! A la derecha, a la izquierda, ante mí, a mi alrededor, en todas partes, ¡tumbas! Me senté en una de ellas, pues ya no podía caminar con las rodillas que se me doblaban. ¡Oí latir mi corazón! ¡Y oía también otra cosa! ¿Qué? ¡Un incomprensible rumor confuso! ¿Aquel ruido estaba en mi cabeza enloquecida, en la noche impenetrable, o bajo la tierra misteriosa, bajo la tierra sembrada de cadáveres humanos? ¡Miré a mi alrededor!
¿Cuánto tiempo me quedé allí? No lo sé. Estaba paralizado de terror, estaba ebrio de espanto, a punto de gritar, a punto de morir.
Y de repente me pareció que la losa de mármol en la que estaba sentado se movía. Sí, se movía, como si alguien la alzara. De un salto me lancé sobre la tumba contigua, y vi, sí, vi que la piedra que acababa de abandonar se levantaba; y apareció el muerto, un esqueleto pelado que, con su espalda encorvada, la empujaba. Yo veía, veía muy bien, aunque la noche fuera profunda. En la cruz pude leer:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Amaba a los suyos, fue honrado y bondadoso, y murió en la paz del Señor.»
Ahora también el muerto leía las cosas escritas sobre su tumba. Después cogió una piedra del camino, una piedrecita afilada, y empezó a rascarlas con cuidado, aquellas cosas. Las borró del todo, lentamente, mirando con sus ojos vacíos el sitio donde hacía un momento estaban grabadas; y con la punta del hueso que había sido su índice, escribió con letras luminosas, como esas líneas que se trazan en las paredes con la cabeza de una cerilla:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Apresuró con sus duras palabras la muerte de su padre a quien deseaba heredar, torturó a su mujer, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó cuanto pudo y murió miserablemente.»
Cuando hubo acabado de escribir, el muerto inmóvil contempló su obra. Y me di cuenta, al darme la vuelta, de que todas las tumbas estaban abiertas, todos los cadáveres habían salido de ellas, todos habían borrado las mentiras inscritas por los parientes en las lápidas funerarias, para restablecer la verdad.
Y yo veía que todos habían sido verdugos de sus allegados, odiosos, deshonestos, hipócritas, mentirosos, bribones, calumniadores, envidiosos, que habían robado, engañado, realizado todos los actos vergonzosos, todos los actos abominables, aquellos buenos padres, esposas fieles, hijos abnegados, aquellas jóvenes castas, aquellos comerciantes probos, aquellos hombres y mujeres presuntamente irreprochables.
Escribían todos al mismo tiempo, en el umbral de su morada eterna, la cruel, terrible y santa verdad que todo el mundo ignora o finge ignorar sobre la tierra.
Pensé que ella también había debido trazarla sobre su tumba. Y ya sin miedo, corriendo entre los ataúdes entreabiertos, entre cadáveres, entre esqueletos, fui hacia ella, seguro de que la encontraría al punto.
La reconocí desde lejos, sin ver el rostro envuelto en el sudario.
Y sobre la cruz de mármol donde hacía un rato había leído:
«Amó, fue amada, y murió.»
Distinguí:
«Habiendo salido un día para engañar a su amante, cogió frío bajo la lluvia, y murió.»

Parece que me recogieron, inanimado, al nacer el día, junto a una tumba.

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Friday, May 9, 2008

GOTHIC DARKNES - CUENTOS CORTOS — COLETTE

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/gothic-darknes-cuentos-cortos-colette.html

GOTHIC DARKNES - CUENTOS CORTOS — COLETTE

CUENTOS CORTOS
COLETTE

Canción de la danzarina

¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.

Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa…» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.

En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé…

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas:

«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.

»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.

»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente…»

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar…

Ensueño de año nuevo

Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.

Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas «fortis» presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.

Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.

La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortés. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.

Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.

Un año más… ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol… Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.

Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.

Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero… no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el eterno gehena. ¡Ah, cuánto tiempo hace!

Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo parche de mi aldea.

Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.

Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.

Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:

«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer!

»Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada…

Los zarcillos de la vid

Antaño, el ruiseñor no cantaba por la noche. Poseía un bonito hilo de voz del que se servía con habilidad desde la mañana hasta la caída de la tarde, al arribo de la primavera. Se levantaba con los camaradas, en el alba gris y azul, y el despertar asustado de todos ellos sacudía a los abejorros dormidos en el revés de las hojas de las lilas.

Se acostaba cuando sonaban las siete, las siete y media, en cualquier sitio, a menudo en las viñas en flor que huelen a reseda, y dormía de un tirón hasta el día siguiente.

Durante una noche de primavera el ruiseñor dormía de pie en un tierno sarmiento, formando bola con la pechuga y la cabeza inclinada, como en gracioso tortícolis. Durante su sueño, los cuernos de la vid, esos zarcillos quebradizos y tenaces, cuya acidez de acedera fresca irrita y calma la sed, los zarcillos de la vid brotaron aquella noche, tan espesos que el ruiseñor se despertó agarrotado, con las patas ligadas con lazos ahorquillados, con las alas impotentes.

Creyó morir, se debatió, no se evadió más que a costa de esfuerzos desesperados y juró no dormirse durante toda la primavera, mientras los zarcillos de la vid brotasen.

Desde la noche siguiente, cantó, para mantenerse despierto.

En tanto la vid brote, brote, brote,
no dormiré más,
En tanto la vid brote, brote, brote…

Varió su tema, lo enguirnaldó de vocalizaciones, se enamoró de su voz, se convirtió en ese cantante entusiasta, ebrio y jadeante, al que se escucha con el deseo insoportable de verlo cantar.

He visto cantar a un ruiseñor bajo la luna, un ruiseñor libre y que no sospechaba que era vigilado. Se interrumpe a veces, con el pescuezo inclinado, como para escuchar en él la prolongación de una nota apagada… Luego vuelve a cantar con toda su fuerza, hinchado, con la garganta echada hacia atrás, con un aire de desesperación de amor. Cantar por cantar, canta cosas tan bonitas que no sabe ya lo que quieren decir. Pero yo oigo todavía el primer canto ingenuo y asustado del ruiseñor prisionero en los zarcillos de la vid.

En tanto la vid brote, brote, brote…

Quebradizos, tenaces, los zarcillos de una vid amarga me habían ligado, mientras que en mi primavera dormía con un sueño feliz y sin desconfianza. Pero he roto, con un sobresalto asustado, todos esos hilos que aprisionaban ya mi carne, y he huido… Cuando la laxitud de una nueva noche de miel ha pesado sobre mis párpados, he tenido miedo a los zarcillos de la vid y he lanzado a gritos un lamento que me ha revelado mi voz…

Completamente sola, despierta en la noche, miro ahora ascender ante mí el astro voluptuoso y taciturno… Para salvarme de volver a caer en el sueño feliz, en la primavera mentirosa en que florece la vid corva, escucha el sonido de mi voz… A veces grito febrilmente lo que se tiene por costumbre callar, lo que se susurra muy bajo, luego mi voz languidece hasta el murmullo porque no me atrevo a proseguir…

Quisiera decir, decir, decir todo lo que sé, todo lo que pienso, todo lo que adivino, todo lo que me encanta y me hiere y me asombra, pero hay siempre, hacia el alba de esa noche sonora, una mano sensata y fresca que se posa en mi boca… Y mi grito, que se exaltaba, vuelve a descender a la verborrea moderada, a la volubilidad del niño que habla en voz alta para aquietarse y aturdirse…

Ya no conozco los sueños felices, pero ya no temo a los zarcillos de la vid…

Noche blanca

No hay en nuestra casa más que un lecho, demasiado ancho para ti, un poco estrecho para nosotros dos. Es casto, blanco del todo, desnudo del todo; ningún cubrecama oculta, en pleno día, su honesto candor.

Los que vienen a vernos lo miran tranquilamente, y no vuelven los ojos con un aire cómplice, porque está marcado, en medio, por un solo valle, como el lecho de una muchacha que duerme sola.

Los que entran aquí no saben que cada noche el peso de nuestros cuerpos juntos ahonda un poco más, bajo su mortaja voluptuosa, ese valle no más amplio que una tumba:

¡Oh, nuestro lecho desnudo! Una lámpara deslumbrante, inclinada sobre él, lo desviste más todavía. No buscamos, en el crepúsculo, la sombra sabia, de un gris de araña, que filtra un dosel de encaje; ni la luz rosa de una lamparilla color de conchas marinas… Astro sin alba y sin ocaso, nuestro lecho no cesa de irradiar más que para hundirse en una noche profunda y aterciopelada.

Un halo de perfume lo nimba; respira fragancia, rígido y blanco como el cuerpo de una bienaventurada difunta. Es un perfume complicado que sorprende, que se respira con atención, con la preocupación de distinguir el alma rubia de tu tabaco preferido, el aroma más rubio de tu piel tan clara, y ese sándalo quemado que se exhala de mí; pero este agreste olor de hierbas aplastadas, ¿quién puede decir si es mío o tuyo?

¡Acógenos esta noche, oh nuestro lecho, y que tu fresco valle se ahonde un poco más bajo la somnolencia febril con que nos ha embriagado una jornada de primavera en los jardines y en los bosques!

Yazgo sin movimiento, la cabeza sobre tu dulce hombro. Voy a descender, seguramente hasta mañana, al fondo de un negro sueño, un sueño tan obstinado, tan cerrado, que las alas de los sueños vendrán en vano a golpearlo. Voy a dormir… Espera tan sólo que busque, para la planta de mis pies que hormiguea y arde, un sitio fresco del todo… Tú no te has movido. Respiras con largas aspiraciones, pero siento tu hombro todavía despierto, atento a ahuecarse bajo mi mejilla… Durmamos… Las noches de mayo son tan cortas… A pesar de la oscuridad azul que nos baña, mis párpados están todavía llenos de sol, de llamas rosas, de sombras que se mueven, balanceadas, y contemplo mi jornada con los ojos cerrados, como se inclina una detrás del abrigo de una persiana, sobre un jardín de verano deslumbrante.

¡Cómo palpita mi corazón! Oigo también el tuyo bajo mi oreja. ¿No duermes tú? ¿No duermes? Levanto un poco la cabeza, adivino la palidez de tu rostro caído hacia atrás, la sombra salvaje de tus cortos cabellos. Tus rodillas son frescas como dos naranjas… Vuélvete hacia mi lado, para que las mías les roben ese liso frescor.

¡Ah! ¡Durmamos…! Mil hormigas corren mil veces, con mi sangre, bajo mi piel. Los músculos de mis tobillos palpitan, mis orejas tiemblan, y nuestro dulce lecho, ¿está sembrado de agujas de pino, esta noche? ¡Durmamos! ¡Lo quiero!

No puedo dormir. Mi insomnio feliz palpita, alegre, y adivino, con tu inmovilidad, el mismo abatimiento tembloroso… Tú no te mueves. Tú esperas que yo me duerma. Tu brazo se aprieta, a veces, en torno de mí por tierna costumbre, y tus pies encantadores se entrelazan con los míos… El sueño se acerca, me roza y huye… ¡Lo veo! Es semejante a esa mariposa de pesado terciopelo que yo perseguía en el jardín inflamado de iris… ¿Recuerdas? ¡Qué luz, qué impaciente juventud exaltaba toda aquella jornada…! Una brisa ácida y apresurada lanzaba sobre el sol una humareda de nubes rápidas, ajaba al paso las hojas demasiado tiernas de los tilos, y las flores del nogal caían convertidas en orugas enrojecidas sobre nuestros cabellos, con las flores de las paulonias, de un morado lluvioso de cielo parisiense… Los brotes de las grosellas que tú magullabas, la acedera salvaje en forma de rosa en medio del césped, la menta tierna del todo, todavía morena, la salvia vellosa como una oreja de liebre, todo desbordaba un jugo fuerte y pimentado, del que mezclaba en mis labios el gusto de alcohol y de taronjil. Yo no sabía más que reír y gritar, pisoteando la larga hierba jugosa que manchaba mi vestido… Tu alegría tranquila velaba sobre mi locura, y cuando he tendido la mano para alcanzar aquellos agavanzos, ¿sabes? de un rosa tan conmovedor, la tuya ha roto la rama antes que yo, y has quitado, una por una, las espinitas curvadas, color de coral con forma de garras… Me has dado las flores desarmadas…

Me has dado flores desarmadas. Me has dado, para que descanse jadeante, el mejor sitio a la sombra, bajo el árbol de lilas de Persia con racimos maduros. Has recogido para mí las anchas azulinas de las canastillas, flores encantadas cuyo corazón velloso emana olor a albérchigo… Me has dado la nata del botecito de leche, en la hora de la merienda; cuando mi hambre feroz te hacía sonreír… Me has dado el más dorado pan, y veo todavía tu mano transparente al sol, alzada para arrojar la avispa que se ahogaba, cogida en los rizos de mis cabellos… Has colocado sobre mis espaldas una ligera capa cuando una nube más larga ha pasado lentamente, hacia el fin del día, y he temblado toda sudorosa, ebria del todo, de un placer sin nombre entre los hombres, el placer ingenuo de los animales, felices en la primavera… Me has dicho: «Vuelve… Párate… Regresemos.» Me has dicho…

¡Ah! Si pienso en ti se acabó mi descanso. ¿Qué hora acaba de sonar? He aquí que las ventanas azulean. Oigo palpitar mi sangre, o tal vez es el murmullo de los jardines, allá lejos… ¿Duermes? No. Si acercara mi mejilla a la tuya sentiría temblar tus cejas como el ala de una mosca cautiva… Tú no duermes. Espías mi fiebre. Me guareces contra los malos sueños; piensas en mí como pienso en ti, y fingimos, por un extraño pudor sentimental, un apacible sueño. Mi cuerpo entero se abandona distendido, y mi nuca pesa sobre tu dulce espalda pero nuestros pensamientos se aman, discretamente, a través de esta alba azul, tan presta a crecer.

Pronto la barra luminosa, entre las cortinas, va a avivarse, a tornarse rosa… Unos cuantos minutos más, y podré leer en tu hermosa frente, en tu mentón delicado, en tu boca triste y tus párpados cerrados, la voluntad de aparecer dormido… Es la hora en que mi cansancio, mi insomnio enervador no podrán ya callarse, en que sacaré los brazos fuera de este lecho febril y mis talones malvados preparan ya su andar astuto…

Entonces, fingirás que te despiertas. Entonces podré refugiarme en ti, con confusas quejas injustas, con suspiros exagerados, con crispaciones que maldecirán el día llegado ya, la noche tan tarde en terminar, el ruido de la calle… Porque sé que entonces apretarás tu abrazo, y que, si el acunamiento de tus brazos no es suficiente para calmarme, tu beso se hará más tenaz, tus manos más amorosas, y que me concederás la voluptuosidad como un socorro, como el exorcismo soberano que expulsa de mí a los demonios de la fiebre, de la ira, de la inquietud… Me darás la voluptuosidad, inclinado sobre mí, los ojos llenos de una ansiedad maternal, tú que buscas, a través de tu amiga apasionada, el hijo que no has tenido…

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Monday, May 5, 2008

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

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LAGARTIJA
Rhea
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El edificio tenía un patio interior rectangular. Los rayos del sol no llegaban hasta
él, incluso en verano el lugar era fresco aunque el calor fuera sofocante.
Había una piscina que ocupaba casi todo el patio. Dejaba el espacio justo para
que los niños pudiesen corretear y sus madres pudieran tumbarse en las hamacas.
Era mayo y los de mantenimiento comenzaban a arreglar la piscina en previsión
del verano que se avecinaba .Era un día extraño. Hacía un sol demoledor.
Raramente llegaban los rayos solares al interior del patio, pero ese día gracias a
ocultas y caprichosas leyes de refracción la piscina y el mismo eran un autentico horno, y una de las paredes interiores quedaba totalmente iluminada.
Sobre las 12 de la mañana los trabajadores que intentaban poner en funcionamiento
la ansiada bañera hicieron una pausa. El calor era inaguantable.
El patio quedó desierto durante unos breves instantes.
Fue entonces cuando apareció ella. Allí estaba .De una de las grietas colindantes
con los matorrales, que se había formado gracias al abandono de todo un invierno , salió.
Era el bicho más insignificante de la tierra. Media solamente unos 6 centímetros
y su aspecto era frágil .Era una lagartija bastante absurda , de esas que más que asco hace gracia.
Lagartija observó los alrededores . No le llamo nada la atención…hasta que vio
la pared iluminada.
Por alguna corriente irracional que las personas no llegamos a comprender , ni
tan siquiera a atisbar , comenzó a escalar decididamente la pared.
Con el peculiar movimiento que poseen estos animales ascendía sin dilación.
Puede que pasaran 45 minutos hasta que llegó al quinto piso , y la pared , ahora ,
a la 1 del mediodía debía acumular una temperatura de unos 40 grados. Increíble . Mayo y 40 grados.
Era un bicho muy curioso . Daba la sensación que a cada ventana que sobrepasaba
echaba una ojeada , como si quisiera saber quién se encontraba en su interior.
Finalmente encontró una ventana abierta y parece que se decidió a entrar.
Cuando penetró en la habitación no había nadie. Se planto en el techo y se quedó
inmóvil . En el habitáculo la temperatura era muy agradable , pero el dueño había cometido el error al dejar la ventana abierta. En un par de horas convertiría el piso en una especie de microondas.
A la media hora de entrar el animalillo y quedarse plantado en el techo alguien
llegó a la casa. Al instante entró en la habitación. Era una mujer de mediana edad . Se desnudó y se tendió en la cama . era evidente que venía sofocada por el calor. Sudaba.
Seguramente había tenido un duro dia porque a los 5 minutos se quedó dormida.
Respiraba con una leve dificultad , seguramente porque era fumadora , y dormía
con la boca entreabierta.
Nada más dormirse la lagartija avanzó por el techo y bajó hasta la cama de la
mujer. Se colocó a dos palmos de su cara.
Con toda naturalidad la lagartija avanzó y comenzó a introducirse en la boca de
la mujer.
Ella , la mujer , sintió una especie de cosquilleo primero en los labios y después
en la lengua , pero no fue suficiente para que se despertara.
Al bicho le costaba avanzar en el interior de la boca de la mujer , pero consiguió
llegar a la boca de la garganta. Con un gracioso saltito se introdujo en la faringe.
De repente la mujer abrió los ojos . Tenía una sensación de ahogo inaguantable .
Tenía algo en la garganta que no le dejaba respirar.
Intentaba vomitarlo pero era inútil . Ese algo se resistía . Se estaba ahogando.
Fue dando tumbos por la habitación hasta el lavabo . Tristemente se vio reflejada
en el espejo . Era una caricatura de si misma . tenía ya la expresión totalmente desencajada y comprendió que su muerte era inevitable.
Segundos después la mujer se desplomó y perdió definitivamente el pulso . Era
ya solamente otro cadáver. Nada más.
Lo rocambolesco no estaba aquí . Breves instantes después la lagartija salió indemne
de la boca de la mujer y emprendió el camino de vuelta hacia la piscina.
El calor sofocante lo único que había hecho era anunciar una horrible tormenta
de verano . La lagartija lo sabía y se dio prisa para volver a su guarida.
Evitó que la lluvia la cogiera por el camino y se puso a salvo.
Cuando llegó me alegre de verla. Le di de comer y la felicité por su excelente
trabajo. Al fin y al cabo me había costado mucho amaestrarla.
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LA PIEDRA VIVA
Jordi Sala Parra

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- 1 -
UN PEQUEÑO TROPIEZO

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Su única intención era pasar una tarde agradable observando aves, pero Sebastián
Fuentes halló algo más en el delta del río Llobregat aquel calurosísimo día del mes de agosto.
Se había aficionado a la ornitología hacía ya algunos años, y la experiencia que había
adquirido a lo largo de ellos le servía ahora para identificar rápidamente a las aves, incluso
a aquellas que pasaban a contraluz a cientos de metros de distancia. Realmente,
era ya todo un experto. Sus amigos bromeaban llamándole el “ornitólogo más rápido al
norte del Llobregat”, aludiendo a los famosos pistoleros que se ganaron la fama por ser
los más rápidos “al oeste del Mississippi”. Sebas (como todo el mundo le llamaba) vivía
en Barcelona y tenía veintidós años.
Como otros muchos ornitólogos, a pesar de que él siempre lo negaba, sentía debilidad
por los “bimbos”. Hacer un “bimbo”, en la jerga de los ornitólogos, no era otra cosa que
observar una especie de ave por primera vez. Sebas recordaba con especial cariño la
tarde del mes de agosto en que “bimbó” un ejemplar de pelícano vulgar en aquel mismo
delta. Fue un acontecimiento importante, puesto que se trataba de una especie totalmente
accidental en la costa oeste del Mediterráneo. Habían pasado exactamente dos años
desde que observó a aquel magnífico animal, y decidió utilizar tal efeméride como excusa
para pasar la tarde paseando por aquellos páramos.
El delta del Llobregat había sido en el pasado un inmenso conjunto de lagunas, dunas
y marismas, pero la asfixiante presión humana lo había dejado muy mermado. Las pocas
zonas que aún conservaban parte de aquel esplendor habían sido protegidas para
preservarlas y evitar su destrucción total. Había numerosos carteles repartidos por toda
la zona que informaban del estado de aquellos terrenos.

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RESERVA NATURAL
PARCIAL
(Prohibida la caza
y la pesca)
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rezaban aquellos carteles. Pero el espacio protegido apenas ocupaba un millar de hectáreas.
La mayor parte del delta estaba ocupada por campos de cultivo, industrias y algunas
poblaciones más o menos grandes.
El corazón de todo aquel ecosistema era, por supuesto, el río Llobregat. Si bien estaba
tan contaminado que apenas se podría hablar ya de río. Sebas acostumbraba a decir que
el agua del Llobregat llevaba de todo menos agua. A decir verdad, por el olor que se
desprendía en sus márgenes, podría ser casi cierto.
El río no sólo transportaba productos químicos en cantidades suficientes para extinguir
a medio sistema solar. También llegaban arrastradas por la corriente toneladas y toneladas
de basuras, residuos orgánicos, ramas de árbol, cañas arrancadas de la orilla y
todo tipo de objetos insospechados. Todo este material, por obra y gracia de las corrientes
marinas, se depositaba invariablemente en las playas del delta.
Aquella basura era el único acompañante de Sebas aquella tarde mientras observaba
aves.
De momento le había ido bastante mal. En casi cuatro horas que llevaba paseando por
la reserva apenas había observado unas veinte especies. Realmente, no había escogido el
mejor día para visitar la zona.
Sebas caminaba con gran fatiga por la playa bajo un sol demoledor, con una temperatura
de treinta y dos grados y sin una brizna de aire que aplacase, aunque fuese por un
momento, aquella sensación de ardor asfixiante. Eran las cinco y media, y sudaba a mares.
Cargaba con el telescopio terrestre y su trípode, unos prismáticos y un macuto en el
que llevaba su cartera con la documentación, un bocadillo que no pensaba devorar y una
botella de plástico que había contenido agua, y que ya hacía una media hora que había
vaciado por completo.
Sebas caminaba por la playa mirando al suelo, y sólo veía arena, sus pies, y mucha,
mucha basura. Y a pesar de que miraba en esa dirección, no vio a la piedra que se había
interpuesto en su camino. Cuando quiso darse cuenta, su pie ya se había enganchado en
ella.
El telescopio aterrizó un metro y medio más allá de donde él cayó. Los prismáticos,
colgados al cuello, se le clavaron en el pecho cuando los aplastó contra la arena. El macuto,
mal sujeto en su espalda, rebotó contra él y quedó medio colgando de un costado.
Sebas no había sufrido daño en sí por la caída. Tan solo el golpe de los prismáticos.
Se dio la vuelta al tiempo que escupía arena, y quedó sentado. Observó con más curiosidad
que odio al causante de su caída. La piedra parecía no haber estado allí nunca.
Daba la sensación de que alguien la acabase de colocar frente a su pie un segundo antes
del tropiezo.
Se trataba de un objeto pesado, de superficie granulada y de color rojizo. Tenía el tamaño
de un balón de rugby. Sebas seguía sin explicarse cómo no la había visto.
Se levantó del suelo, y tras sacudirse la ropa, recogió el telescopio y lo limpió lo mejor
que pudo. Afortunadamente, no parecía haberse dañado. De haberse roto, o si hubiesen
entrado granos de arena en el interior del tubo, habría quedado inservible. Y eso sería
algo que no le divertiría mucho. Le había costado casi cien mil pesetas. Era un magnífico
aparato, afirmaba siempre Sebas frente a sus amigos, quienes no tenían más remedio
que asentir tras echar un vistazo a través de aquel conjunto de lentes y prismas. Hacía
falta un poco de práctica para mirar por el telescopio, y la mayoría de las veces sus amigos
no veían más que una porción de cielo o unas sombras muy negras, pero así y todo
estaban de acuerdo: era un magnífico aparato.
Retomó la fatigosa marcha, al tiempo que se decía que ya había tenido suficiente por
aquel día. Decidió dirigirse hacia el descampado en el que había aparcado su coche, un
Renault 18 de color blanco, cuya luna trasera estaba poblada de pegatinas con temas de
ecologismo y de sociedades protectoras de las aves. Sebas calculó que tardaría unos
veinte minutos en llegar al descampado.
Caminó con tenacidad durante ese periodo de tiempo, pero en ningún momento se dio
prisa. Al fin y al cabo, nadie le perseguía. Realizó dos paradas para observar el mar con
los prismáticos, por si acaso las aves hubiesen decidido cambiar de opinión y se dejasen
contemplar durante algunos minutos. Pero era inútil. El día no acompañaba. Pocos pájaros
y mucho calor. Mucho, mucho calor.
Aproximadamente cuando estaba a medio camino de su vehículo, un objeto ovalado
surcó el aire a gran velocidad, siguiendo la misma dirección que Sebas, quien caminaba
consternado con la mirada fija en el suelo. No vio al objeto.
Llegó junto al Renault con quince minutos de más sobre lo que había calculado. Dejó
el macuto en el suelo con gran alivio y se pasó el brazo arremangado por la frente para
secarse el sudor. Abrió las patas del trípode del telescopio, lo puso en pie y se descolgó
los prismáticos. Los dejó sobre el tejado del coche. Estaba asqueado. Había tenido días
malos, pero éste parecía superarlos a todos. El sol no parecía querer tomarse ni un sólo
minuto de tregua, y continuaba caldeando el ambiente de una forma implacable.
Hurgó en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y tras unos instantes de búsqueda infructuosa
extrajo las llaves del vehículo y abrió las puertas. Depositó todo el equipo en
el asiento trasero y echó un último vistazo a los alrededores. Oía cantar a un buitrón en
la lejanía, pero no distinguió ave alguna revoloteando sobre los campos, que parecían
totalmente desiertos. La reverberación dibujaba ondas en el aire.
Sebas reconoció que, a pesar de todo, ya sólo por aquel momento de calma y de paz,
valía la pena haberse desplazado hasta el delta. Era muy relajante. Disfrutó de aquella
tranquilidad durante unos segundos, hasta que decidió que debía ponerse en marcha. Se
sentó frente al volante y puso la llave en el contacto. El motor, caldeado en exceso y
cansado por los duros años de continuos maltratos, barboteó unas protestas antes de
arrancar. Tras bajar las ventanillas delanteras y poner la primera, Sebas giró el volante y
se dispuso a partir hacia la gran ciudad.
Apenas había recorrido un par de metros por entre los hierbajos del descampado,
cuando la rueda delantera derecha pasó sobre un objeto de gran tamaño, que hizo que
todo el vehículo se estremeciera. Fue como si se hubiese subido a un gran bordillo. Sebas,
que no llevaba puesto el cinturón, se golpeó un dedo de mala manera contra el volante,
y las rodillas contra los bajos del salpicadero. El coche se le caló tras salvar el
obstáculo.
Maldijo en voz alta y se apeó del vehículo. Rodeó el capó y observó el objeto que
acababa de atropellar. Era una piedra muy parecida a la que le había hecho tropezar
hacía ya un buen rato. La estudió estupefacto. Más que parecida, casi podría creer que
se trataba de la misma piedra. Era idéntica. Aunque no podía estar seguro porque no recordaba
con exactitud los detalles de la primera.
Pero sí tenía grabado en su memoria el color rojizo, la textura granulosa y la forma de
balón de rugby. Las mismas características que poseía el objeto que tenía en aquel momento
frente a él.
Decidió no buscar explicación alguna. No tenía por que hacerlo, era libre. Si había dos
piedras iguales, es posible que hubiese más. Tal vez ni siquiera eran piedras. Quizá fuesen
artificiales. Pero le daba igual. Le importaba un rábano que hubiese cuatro millones
de balones de rugby rojizos pasando las vacaciones en la reserva natural.
Recordó el dicho que decía que sólo el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.
Estudió por última vez a la maldita entrometida y se echó a reír. La agarró con las
dos manos, sintiendo una punzada de dolor en el dedo golpeado, y la sacó de debajo del
coche. Notó el tacto áspero, la superficie rugosa dejándole marcas en la piel. Descubrió
que sus manos, temerosas, no querían tocar a aquella cosa desconocida, como si en
cualquier momento la piedra pudiese abrir unas enormes fauces plagadas de colmillos,
capaces de arrancarles los dedos de cuajo. Sin embargo, obligadas por Sebas, consiguieron
asir la piedra y dejarla un metro más allá. Tras depositarla en el suelo, Sebas se sacudió
con alivio las manos en los pantalones. Respiró hondamente, echó un último vistazo
al objeto rojizo, y volvió al asiento del vehículo. Puso de nuevo el motor en marcha
y se alejó de aquel lugar.
Quince minutos después había abandonado ya los campos resecos y los juncales repletos
de excrementos de oveja. Tras atravesar el Prat de Llobregat, había entrado a la autovía
de Castelldefels, y ahora avanzaba ya en dirección a Barcelona.
Unos cuarenta metros por encima del vehículo, la piedra roja volaba en la misma dirección
que Sebas, quien, más pendiente de los otros vehículos que circulaban junto a él
que de las posibles piedras voladoras que pudieran cruzarse en su camino, no se percató
de la presencia del extraño perseguidor.
La circulación era fluida. Sebas conducía a gusto, y a buena velocidad. Calculó que a
una media de cien, tardaría un cuarto de hora en llegar a la plaza de España, cerca de la
cual vivía. La temperatura era más agradable ahora, con las ventanillas bajadas y el raudo
aire azotándole el rostro.
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- 2 -
PRIMER PENSAMIENTO
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No llevaba radio en el coche. A veces la llevaba cuando se dirigía a otros lugares, pero
cuando salía a ver aves era un engorro. Tendría que cargar con ella además de con el telescopio,
el macuto y los prismáticos, o arriesgarse a dejarla debajo del asiento o en el
maletero. Salía más a cuenta dejarla bien segura en casa. Si necesitaba música, siempre
podía cantar.
Se puso a berrear desafinando horriblemente, y al cabo de unos segundos se echó a reír,
escandalizado por su propio desatino.
Sebas se puso a pensar.
El día había sido verdaderamente malo, pero había tenido jornadas peores. De hecho,
su futuro inmediato era halagüeño. Volvería a casa, se ducharía, comería un bocadillo y
bebería una cerveza fresca mientras Bon Jovi se autoproclamaba cowboy por los altavoces
de la modesta minicadena de Sebas. Sólo con pensar en esa escena, ya le entraban
deseos de pisar el acelerador a fondo, para poder llegar lo antes posible a su piso de
l’Eixample. Se estiraría en la cama con la comida y la cerveza y disfrutaría de aquellos
momentos de relajación que tanto se había merecido. Al fin y al cabo, estaba de vacaciones,
y las vacaciones se habían creado para disfrutarlas.
Estaba de vacaciones. Estaba de vacaciones solo. Por supuesto, Olga, la última chica
que le había destrozado el corazón, todavía estaría en Irlanda con su novio veraniego de
pelo rojo, aquel que tenía jarras de cerveza en lugar de manos. Por lo que le había explicado
Olga, aquello sí que era beber cerveza.
A Sebas le importaba un comino que beber cerveza en Irlanda fuese la ceremonia sagrada
de todo pelirrojo, como en teoría debería ser la siesta en España para todo pueblerino
que llevase boina.
Se preguntó por qué una chica de buena familia, que no había ido a una discoteca hasta
que cumplió los diecinueve años, que nunca fumaba ni bebía, para la que su cuerpo
sagrado era lo que los Colt para los pistoleros del oeste americano, una chica que además
casi nunca gustaba de relacionarse con las clases bajas o medias… se preguntó por
qué demonios estaba viviendo un tórrido romance con un bebedor irlandés de veinte
años, como le había explicado en la única carta que Sebas había recibido.
Sebas pertenecía a la clase media, y sus padres procedían de un piso todavía más bajo
en el escalafón social. Todo lo que consiguieron hasta su muerte tuvo como fin el que
Sebas pudiera alejarse un poco más de la oscuridad del fondo del pozo de la pobreza, y
pudiese contemplar algo de la luz que se adivinaba en la parte más alta. En la abertura
del pozo.
Olga estaba más allá de aquel pozo. Ocupaba un lugar en el paraíso de los adinerados.
Por eso, cuando Sebas empezó a conocerla un poco, y a descubrir que ella no solía mezclarse
con “tribus” de obreros, pero que a pesar de eso mantenía la amistad con él, una
muy buena amistad, él llegó a pensar que tal vez podría ocurrir algo. Quizá llegasen a
formar una buena pareja.
Sebas era consciente de que en aquellos momentos no disponía de mucho dinero, y de
que si ella accedía a vivir con él no podrían permitirse los lujos de los que ella disfrutaba
en casa de “sus papás”, a no ser que ella pusiese todo el dinero, cosa que a él no le
extrañaría, debido al talante feminista de Olga. A él no le habría importado en absoluto.
Si había algo que él odiaba, era el machismo, que tan mala fama había dado a todos los
componentes del sexo masculino. Era injusto. No todos los hombres eran así.
En cuanto a su dinero, a Sebas le gustaba escribir, y la gente que había leído relatos
suyos creía que tenía posibilidades de que le llegasen a publicar algo si se lo proponía.
Él sabía lo que podía llegar a ganar un buen escritor. Y aunque externamente era modesto,
cuando meditaba sobre el asunto, Sebas se convencía una y otra vez de que algún día
llegaría a ser escritor. No le cabía duda. Estaba seguro de que lo conseguiría.
Pero con una promesa no conseguiría a Olga.
El materialismo era algo horrible, pero no podía engañarse a sí mismo. Olga podía poner
dinero para vivir, pero no se conformaría con un espíritu de poeta o con unas buenas
intenciones. Sebas tendría que llegar a ser algo en la vida. Y no un SIMPLE OBRERO.
Maldita fuese Olga y todo el dinero del mundo.
¿Acaso no contaban hoy en día los corazones? Sí, claro, por supuesto que contaban.
En las malditas clases medias y bajas. Más arriba lo que contaba era el capital, y quizá
un poquito el corazón también. Pero sólo un poquito. Estaba convencido de ello. Seguro
que no se equivocaba al respecto. Lo sabía muy bien.
Ojalá consiguiese enamorarse de otra mujer, una que fuese más comprensiva y que no
alardease de los logros conseguidos con el dinero. Pero de momento lo veía muy difícil.
Él la quería, la quería muchísimo, creía que nunca había estado tan enamorado de una
mujer.
Sebas recordó la letra de una de las canciones de Joaquín Sabina:
“Era tan pobre que no tenía más que dinero…”
Volvió a reír en voz alta, como lo hizo cuando cantó minutos antes, y se asombró
cuando examinó el cauce que habían tomado sus ideas en los últimos instantes. ¿No
había empezado pensando en comida, cerveza y Bon Jovi?
Dejó de reír. Oyó un silbido agudo y penetrante. Volvió la cabeza a un lado y a otro,
pero no localizó la fuente del sonido.
De repente, un estruendo le hizo saltar en su asiento al tiempo que una lluvia de cristales
salpicaba el interior del vehículo. Algo golpeó con violencia el asiento del acompañante,
la puerta del mismo lado, el techo y el suelo. Sebas perdió el control del volante
durante unos instantes y el coche realizó un extraño giro que le llevó tres carriles más
allá de aquel que había ocupado hasta el momento. Estuvo a punto de volcar, pero finalmente
consiguió dominar el vehículo y enderezarlo. Alguien tocó el claxon frenéticamente
por detrás de él. Sebas pisó el pedal del freno, sin comprender todavía qué
había ocurrido. Redujo a sesenta, y un coche pasó junto a él a gran velocidad. El conductor
le gritó algo que Sebas no entendió.
El corazón le galopaba como un caballo desbocado. Contempló incrédulo a la roja
piedra que se balanceaba en el suelo del vehículo, bajo la guantera. El asiento del acompañante
parecía haber sido víctima de un ataque de misiles, y la puerta aparecía seriamente
dañada. Una gran corriente de aire entraba por el hueco del parabrisas, por el lugar
que segundos antes había ocupado el cristal que ahora se repartía en fragmentos por
el interior del coche. La escobilla del limpiaparabrisas había desaparecido, y una gran
abolladura en el techo era el colofón del desastre.
Sebas estuvo a punto de sucumbir a un ataque de nervios, pero consiguió dominarse.
Puso el intermitente de la derecha, y poco a poco se fue aproximando al arcén, donde
detuvo el vehículo. La tarea que consistía en desabrocharse el cinturón se le antojó eterna,
ya que el temblor de manos y el ansia por lograrlo se confabularon para impedir que
lo consiguiese a la primera. Tras una encarnizada lucha, dio con el botón que liberaba al
cinturón. Sebas aspiró una bocanada de aire, la exhaló, y cerró los ojos. Se llevó las manos
a la cara y soltó unos cuantos tacos en voz baja.
Apartó las manos y miró al frente. Los otros coches pasaban veloces a su izquierda.
No parecían prestarle excesiva atención. Volvió la vista hacia el lado del acompañante,
y contempló con inusitado odio al rojizo objeto que parecía desafiarle desde la alfombrilla
del suelo.
Sebas se apeó del vehículo y se dirigió a la portezuela contraria. Quería recoger la
piedra y dejarla entre la vegetación de más allá del arcén, olvidar que la había visto y
que aquel día había salido a observar aves al delta del Llobregat.
Intentó abrir la puerta, pero descubrió que estaba atrancada. Se dirigía ya de nuevo al
asiento del conductor para sacar la piedra por la otra puerta cuando se detuvo. ¿Qué pasaría
si volvía a abandonar a aquel maldito huevo del diablo en un lugar en el que no iba
a poder vigilarlo? Se quedó pensativo durante unos instantes y se echó a reír como lo
había hecho minutos antes.
“Oh, vamos”, pensó, “es de locos. ¿Voy a llevarme una piedra a casa para tenerla vigilada,
por si intenta atacarme de nuevo?”. Sonaba realmente absurdo. Tal vez sí se estuviese
volviendo loco. Pero no lo creía así. Alguna explicación lógica debería haber. No
todos los días una piedra te persigue con tanta insistencia, pero evidentemente, eso era
lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos. Era algo real, no se trataba de ninguna
alucinación.
Se le ocurrió entonces que era posible que realmente aquel objeto fuese artificial, como
había supuesto en un principio. Quizá se trataba del residuo de alguna fábrica, y
había numerosas piedras rojas repartidas por la zona. Él había tropezado con una en la
playa, había atropellado a otra en el descampado en el que había aparcado el coche, y tal
vez algún gracioso le había lanzado aquella otra piedra desde algún puente situado encima de la autovía.
Miró hacia atrás, hacia los últimos cientos de metros que había recorrido con el coche,
pero no vio ni un solo puente. El horizonte estaba cercano, ya que a menos de medio kilómetro en la dirección en que miraba, la autovía se elevaba en un cambio de rasante que impedía ver lo que había más atrás.
Pero Sebas tampoco recordaba haber visto ningún puente desde que había abandonado
el Prat de Llobregat no hacía mucho. Sin embargo, no estaba seguro de la distancia que había recorrido con el coche desde que la piedra atravesó el parabrisas. ¿Era posible que ésta hubiese caído antes de llegar a la cuesta? ¿Habría algún puente por allí detrás, aunque él no recordase haberlo visto?
Resolvió averiguarlo en aquel mismo instante. Debía comprobarlo por el bien de su
cordura. Decidió olvidarse momentáneamente de la piedra. Pasó los bultos del asiento
trasero al maletero y se guardó la cartera en el bolsillo de la camisa. Subió las ventanillas,
cerró el vehículo con llave y se alejó dejando puestas las luces de emergencia. No
podía evitar que alguien se aprovechase del enorme boquete del parabrisas, así que optó
por no preocuparse, ya que no le quedaba más remedio. De todas formas, estaba aparcado
en el arcén de la autovía. ¿Quién iba a molestarse en acercarse al vehículo para comprobar si había algo que robar?
Caminó bajo el sol. Poco a poco empezó a notar que el asfalto se empinaba y que el
cambio de rasante se hallaba algo más cerca. Pero la carretera parecía mucho más larga
cuando se recorría a pie que cuando se circulaba por ella con el coche. Finalmente, tras unos penosos minutos que se le hicieron interminables, divisó los kilómetros que se extendían más allá y que había dejado atrás con su coche poco antes. Sobre la carretera no había puente alguno, ni construcción parecida. Sebas se sintió como traicionado. Había esperado hallar algo a lo que aferrarse, una explicación lógica, un desenlace predecible y normal. Pero si allí realmente había algo, era precisamente todo lo contrario. Anormalidad.
Giró sobre sus pies para echar un vistazo a su coche. Sebas se quedó de piedra. Petrificado.
Su vehículo había desaparecido. Se dijo una y otra vez que no podía ser, que era
imposible. Sin embargo, no tardó en convencerse de que aquello no formaba parte de la
extraña trama en la que se hallaba inmerso. Estaba seguro de que el coche había sido
robado por algún gamberro que acababa de complicarle la vida enormemente.
Ahora Sebas se hallaba a kilómetros de su casa, sin medio de transporte, y al parecer,
con una enloquecedora piedra roja persiguiéndole por todo el planeta. Se le ocurrió que tal vez la piedra perseguidora, que se había quedado en el coche, podría haber cambiado
de presa y quizá estuviese en aquellos momentos haciéndole la vida imposible a quien
fuese que se había llevado el vehículo. Se consoló con aquella idea.
Comenzó a deshacer el camino andado, mientras pensaba que si se hubiese girado más
a menudo cuando subía la pendiente, tal vez habría visto al ladronzuelo en el momento
de acercarse al coche y estudiarlo, como un buitre merodeando la carroña.
El descenso fue más rápido, y más descansado. Pero también más frustrante. Dedujo
que le quedaban tres soluciones. Caminar durante kilómetros era una. Otra consistiría en
acercarse a la parada de autobús más cercana, aunque no tenía ni la más mínima idea de su situación. La tercera posibilidad era el autostop.
No es que pasasen muchos coches, pero la circulación era lo suficientemente insistente
como para que Sebas no pudiese tener el pulgar bajado más que unos pocos segundos
entre vehículo y vehículo.
Ni uno solo paró. Pero apenas unos veinte minutos después de caminar suplicando
transporte, llegó a una parada de autobús. En ella se detenían dos líneas, la L-90 y la L-93. Ambas se dirigían a Barcelona, y la primera además tenía una parada no muy lejos de su casa. Según informaba un descolorido papel pegado a una plancha metálica, el autobús pasaba cada media hora.
Se dispuso a esperarlo apoyado en el poste de la parada. Volvía a sudar copiosamente,
y estaba muy cansado. Querría haberse sentado en el suelo para descansar, pero decidió
que de pie tenía una mejor visión de la carretera, y que así podría controlar mejor la llegada
del autobús… o de la piedra.
El L-90 llegó unos quince minutos después. Sebas se alegró de haber cogido la cartera
del coche. Sacó unas cuantas monedas y cogió el ticket que le extendía el conductor.
Pasó al fondo del vehículo y se sentó junto a una de las ventanas.
El autobús arrancó y reemprendió la marcha.
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- 3 -
SEGUNDO PENSAMIENTO

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Curiosamente, a pesar de que las cosas le habían salido totalmente al revés en lo que
iba de día, en aquellos momentos en que miraba por la ventanilla y su cuerpo se movía
al ritmo de los traqueteos del autobús, Sebas se convenció de que toda su vida iba a
cambiar. A partir de aquel mismo segundo. Quizá lo creyó así porque pensó que las cosas
ya no podían irle peor.
El paisaje que se divisaba más allá de la autovía no contribuía en absoluto a alimentar
aquellas esperanzas, pero no importaba. Supo, sin fundamento alguno, que sólo dependía
de él mismo para conseguir cualquier cosa que desease.
Se sorprendió al descubrir que, a pesar de todo lo que le acababa de ocurrir, la piedra
no ocupaba el plano principal de sus pensamientos. De hecho, apenas pensaba en aquella
maldición roja. Tal vez era algún mecanismo mental de defensa el que le impedía reflexionar
sobre el tema, para evitar que se volviese loco. Quizá alguna complicada reacción
química producida en su cerebro inhibía el terror que, en teoría, debería estar sintiendo.
Era muy curioso. Tan sólo tenía pensamientos optimistas.
Y en esos pensamientos, el puesto de honor lo ocupaba Olga. Pensó que si deseaba
enamorarla, lo lograría. ¿Cómo era posible que hubiese mantenido esa venda frente a
sus ojos durante tanto tiempo? Claro, por supuesto. Olga iba a ser suya. Estaba locamente enamorado de ella. Y si ella seguía manteniendo el contacto con él, pobre obrero, después de dos años, era por un motivo: él significaba algo para ella.
Tal vez Olga tan sólo estuviese jugando. Al fin y al cabo eran jóvenes. Ella le había
dicho más de una vez que la vida era como una escalera, y que no se podía pretender alcanzar la azotea sin haber recorrido primero todos los escalones. Ya llegaría el momento.
¿Qué más daban unos ligues por aquí, unos rolletes por allá? Cuando llegase la hora
de la verdad, Olga y él se casarían, dentro de unos años. Estaba escrito en el libro del destino. ¡Era absurdo preocuparse por el asunto!
Ahora estaba seguro de que se trataba de eso. Con limitarse a vivir el presente, y a dejar que los acontecimientos vinieran por sí solos, estaba todo hecho.
Sebas seguía mirando por la ventanilla del autobús. Dos kilómetros después de convencerse
de que las expectativas respecto a Olga eran muy buenas, se quedó sin aliento
al contemplar una escena que echó por suelo todas sus esperanzas sobre el maravilloso
mundo en el que vivía. Más allá del arcén, en el lado derecho de la autopista, un Renault 18 de color blanco yacía accidentado tras haber atravesado la valla protectora. No pudo ver la matrícula, pero no fue necesario. Vio el capó totalmente destrozado, y una humareda que se levantaba del motor. También vio a alguien inconsciente, sentado al volante.
Cuando observó al objeto rojizo que salía por una de las ventanas en dirección al autobús, ya no le quedaron dudas. Se trataba de su coche.
Se alzó de su asiento como impulsado por un resorte, y salió disparado en busca del
conductor del autobús, al tiempo que le gritaba con desesperación que aumentase la velocidad.
El conductor lo miró con cautela y le preguntó qué ocurría. Sebas señaló la piedra
roja que les adelantaba en aquellos momentos. El conductor la miró desconcertado.
La piedra lanzó un primer ataque de aviso. Golpeó el costado del autobús, y algunos
de los pasajeros dejaron escapar algunos alaridos de sorpresa, sin entender todavía qué
demonios ocurría.
Y antes de que pudiesen comprenderlo, la piedra volvió a embestir. Entró como un
obús por una de las ventanas y salió por otra sin detenerse, atravesando los cristales y
esparciéndolos por el suelo, mientras los pasajeros se agachaban y gritaban dominados
por el pánico.
Sebas estuvo especialmente desafortunado cuando anunció a viva voz que aquella cosa
iba a por él, que lo había estado persiguiendo durante toda la tarde, y que necesitaba
ayuda. Tras escuchar aquellas palabras, el conductor abrió las puertas del vehículo. La
piedra, que seguía al autobús como si esperase una respuesta a su primer ataque, se situó
frente a las puertas abiertas. Sebas la miró con temor, y el conductor aprovechó aquel
momento de incertidumbre para propinarle un empujón que casi lo envió directo al asfalto.
Pero en el último momento logró asirse a la puerta, y durante unos instantes se
mantuvo en equilibrio. El tiempo pareció detenerse, y nadie habría podido adivinar si
Sebas caería fuera, o si aterrizaría en el suelo del autobús.
Un anciano pasajero se encargó de decantar la balanza hacia uno de los dos lados. Se
levantó de su asiento, y con un garrote que llevaba le propinó a Sebas un fuerte golpe en
los nudillos de la mano con la que se aferraba a la puerta. Un segundo después ya estaba
rodando por el duro suelo de la autopista.
La piedra vigiló toda la escena desde una distancia prudente. Fue testigo de la traición
de los viajeros del autobús, quienes habían entendido demasiado bien la insinuación que
ella había hecho cuando les embistió. Todo le salía a pedir de boca.
Sebas se levantó con la ropa maltrecha. Sangraba abundantemente por la cara, y le dolía
enormemente todo el cuerpo. Casi creyó que era un milagro seguir aún con vida. Se
limpió los ojos con las manos desgarradas y echó un vistazo a su alrededor. Descubrió
que se hallaba de pie sobre el carril derecho de la autopista. Algunos coches le esquivaron
y pasaron raudos junto a él haciendo sonar el claxon, maldiciéndole y llamándole
loco. Ninguno parecía tener intención de detenerse para preguntarle qué le había ocurrido.
Echó a correr en dirección al arcén. Miró hacia atrás por encima de su hombro, mientras
corría, y vio como la piedra lo seguía poco a poco y con calma, manteniéndose a
una altura de unos tres metros. Sebas siguió corriendo. Saltó la valla protectora y cayó
por un talud cubierto de hierbajos, dejando atrás los sonidos de los coches.
_
- 4 -
CONFESIÓN
_
Aterrizó entre basuras y malas hierbas, y sintió el olor de la descomposición de algunos
vegetales como una bofetada en pleno rostro. Alzó ligeramente la cabeza y observó
el paisaje. Frente a él se extendían innumerables campos de cultivo.
Se levantó entre gritos de dolor, y de nuevo miró hacia arriba. La piedra seguía allí.
No parecía tener intención alguna de cesar en su persecución hasta que hubiese acabado
con él. Desesperado, dolorido y furioso, Sebas alzó los brazos hacia ella.
-¡Qué quieres de mí! -gritó-. ¡Qué buscas, por qué me persigues!
Sebas respiró profundamente y aguardó unos segundos, pero la piedra no reaccionó.
-Dime piedra -inquirió-, qué demonios he hecho yo para merecerte.
Hizo otra pausa y prosiguió.
-¿Eres acaso un castigo de Dios?
Sebas no era creyente, pero en aquel momento estuvo dispuesto a creer cualquier cosa.
Se desplomó en el suelo y quedó de rodillas. Cerró los ojos. La piedra no parecía
hacerle el más mínimo caso, y él ya no sabía qué hacer o qué decir. Creyó que había
agotado ya todas las posibilidades.
Y entonces, sin saber bien si era su boca la que hablaba, o si algún diabólico mecanismo
le había insertado una grabación dentro de la garganta, Sebas decidió confesarle a
la piedra algunos de sus pecados.
Él siempre había creído que lo más grave que había hecho en toda su vida era clamar
venganza contra las personas que alguna vez le habían hecho daño, pero puesto que jamás
había movido un solo dedo para llevar a cabo tales venganzas, estaba convencido
de que era un buen tipo.
Sin embargo, de repente se había dado cuenta de que habría que matizar muchos puntos
de su vida en los que él había obrado como un buen tipo.
-Muy bien, piedra -le dijo-, maldita seas. Te diré algo. No sé si eres una mandada y
sólo cumples con tu trabajo, o si eres un extraterrestre que ha venido a aniquilar a la raza
humana y ha decidido empezar por mí. El caso es que me da igual. No es asunto mío.
Sebas hizo una pausa. La miró fijamente durante unos segundos, y sonrió.
-Je-je, fíjate -continuó-. Ya está. Ya me he vuelto loco del todo. Estoy aquí, desangrándome,
mientras hablo con una piedra asesina. Bueno, pues si es así, si realmente me
he vuelto loco del todo, no creo que tenga mucho que perder. A lo mejor hasta me salvo.
Sebas miraba fijamente a la piedra. Ésta no se movía en absoluto, y parecía escuchar
con interés su discurso. Sin embargo, a pesar de la amable atención que le prestaba su
enemigo, Sebas tuvo la intuición de que no iba por el buen camino. Ni siquiera sabía
muy bien que era lo que quería oír aquella cosa.
-¡Qué quieres que te diga! -le gritó-. ¿Qué me arrepiento de todo lo malo que haya podido
hacer alguna vez? Pues, de acuerdo, hecho. Me arrepiento. ¿Qué siento haber odiado
a Olga por todo lo que me hizo? De acuerdo también. Lo siento. Y también siento
haber odiado a mis amigos las veces en que me fallaron, y a mis padres por abandonarme
cuando los necesitaba, y a mis antiguos jefes por echarme de mi trabajo, y a los
americanos por haber lanzado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Siento
haberlos odiado a todos.
Sebas lanzó al aire una carcajada histérica, sabiendo que aquella piedra no iba a
acompañarle en su broma, ni le iba a echar un brazo rojizo sobre el hombro mientras le
decía “ja-ja, tranquilo hombre, todo olvidado, vamos a tomarnos una cerveza”. La piedra
iba a matarle por todo lo que había hecho.
-Mierda -exclamó-. Seguro que no soy ningún santo, pero en estos momentos no se
me ocurre nada más. Creo que soy alguien bastante tranquilo. Miento, engaño y hago la
vida imposible a los demás dentro de los límites normales de cualquier persona normal.
Aunque sí, a veces soy bastante mal hablado, pero me importa un comino que me creas
o no, o que seas real o una alucinación, o que quieras matarme. Al fin y al cabo, si todavía no estoy loco, no creo que tarde mucho en conseguirlo.
La piedra no se inmutó. Continuó flotando encima de él.
-Ah, por cierto -continuó Sebas-. Se me olvidaba. Te odio. Te odio con toda mi alma.
De nuevo se hizo el silencio. Sebas ya no sabía cómo continuar su monólogo. Esperaba
alguna señal por parte de su perseguidor, pero su frialdad y su inexpresividad le estaban
poniendo enfermo. Si la cosa seguía así, acabaría arrancándose la cabellera con sus
propias manos.
En lugar de eso, rompió a llorar. No supo por qué saltaban las lágrimas, si por tristeza
o por rabia, pero tampoco le importó mucho en aquellos momentos.
Sebas ocultó la cara entre sus manos y sollozó durante unos segundos que le parecieron
años. No quería mirar hacia arriba. Pero finalmente, se obligó a abrir los ojos y a dirigirlos
hacia el cielo. La piedra había desaparecido.
Con cautela, miró a su alrededor, esperando toparse con un balón de rugby de veinte
kilos justo un segundo antes de ver cómo se empotraba en su cara. Pero no había ni rastro
del perseguidor.
Con un guiño de esperanza, se puso en pie, gimiendo por los huesos que le torturaban.
-¿Piedra? -llamó en voz baja.
-¿Piedra? -volvió a repetir, esta vez con más fuerza. No hubo respuesta.
-¡Que te jodan! -gritó.
Tras unos instantes de indecisión, empezó a escalar el talud. Subió hasta la autopista y
contempló los coches que pasaban frente a él. Llegó a divisar la cara de una señora gorda
que le miraba asqueada. Sebas le hizo un gesto con el dedo medio, y la señora miró
al frente.
Decidió que después de que todo hubiese acabado, pondría una denuncia contra la
compañía de autobuses. Pero primero tendría que intentar recuperar su vehículo. Seguramente
la guardia civil ya habría llegado al lugar en el que el maldito ladronzuelo se
había estrellado. Sebas tendría que explicarles que el coche se lo habían robado. Y tendría
que explicar también de donde venía, y por qué sangraba.
Por supuesto, no les diría que una piedra le había perseguido. De hacerlo, no se llevarían
una impresión muy buena de él. Quizá debería hablar primero con los otros pasajeros
del autobús. Ellos también habían visto a su acosador, y eran, por tanto, testigos presenciales.
O quizá simplemente debía mentir. “Me han atacado, agentes, -podría decir-,
me han dado una terrible paliza…”, o tal vez serviría algo así como: “me caí por un talud
poblado de espinos, espinos enormes con púas como guadañas, que me desgarraron la
piel salvajemente… como si me odiaran de veras…”.
Finalmente, Sebas decidió que ya pensaría más tarde en lo que haría. Ya se le ocurriría algo.
Caminó por el arcén durante unos minutos. Pensó en todas las cosas que le había dicho
a la piedra, pensó en Olga, pensó en todo aquello que le había venido a la cabeza
mientras viajaba primero en el Renault y después en el autobús. Llegó a la conclusión
de que su estabilidad mental pasaba por momentos delicados, y de que tal vez necesitase
ayuda. Aunque quizá la ayuda que necesitaba se limitase a una pareja estable.
Mientras volvía a darle vueltas a todos aquellos asuntos, se percató de que el sol se
había ocultado tras una nube. Al parecer, la única que habría en el cielo.
Alzó la vista y quedó maravillado ante el espectáculo que veía. ¿Era posible que se estuviese
produciendo un eclipse total y que no se hubiese dado cuenta hasta aquel momento?
Miró con más detenimiento al astro rey. Le dolían los ojos cuando lo hacía, pero
se obligó a ello. Entonces vio que no era la luna lo que ocultaba al sol. La luna no se movía tan deprisa. El objeto se desplazó velozmente hacia el suelo, dejando en libertad
a los reprimidos rayos solares. Por supuesto, se trataba de la piedra roja. Le había parecido
redonda cuando ocultaba al sol porque la veía de frente. Pero ahora pudo percibir
perfectamente su maldita forma de balón de rugby.
La piedra había estado flotando en el aire a varios metros de altura, encajando perfectamente
en el redondel dorado que era el sol. Tras descender, se detuvo a la altura de la
cara de Sebas, a unos tres metros delante de él. Mientras le desafiaba de nuevo, Sebas se
permitió el lujo de echar algunas miradas furtivas a los conductores de los vehículos que
pasaban junto a él. Vio caras asombradas, incrédulas. No era para menos. Durante un
instante habrían creído ver una piedra que flotaba y a un hombre destrozado.
Sebas se pasó la mano por la cara y se rascó parte de la sangre coagulada. Sus dedos
hicieron manar sangre fresca de las heridas.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó por segunda vez aquella tarde. La piedra no contestó.
-¿Por qué no te vas a una cantera para que te aplasten y me dejas en paz? -le sugirió.
La piedra ni se inmutó.
-Voy a pasar -anunció Sebas-. Voy a avanzar muy lentamente hacia ti.
Dio un paso y la piedra no retrocedió. Sebas se detuvo, sin saber bien qué hacer, si
continuar, o esperar los acontecimientos. Finalmente dio otro paso. La piedra no se movió.
Estaba ahora a tan solo un par de metros de distancia.
Dio un tercer paso y la piedra se desplazó ligeramente hacia la derecha. Esperanzado
pero temeroso, se sobresaltó ante el súbito movimiento de la piedra y vaciló un poco.
Por fin, sin pensárselo más, empezó a andar con firmeza pero lentamente. Un cuarto paso,
un quinto…
La piedra continuó su vago desplazamiento y se detuvo a la derecha de Sebas, quien
enseguida comprendió lo que ocurría: su perseguidor le estaba dejando espacio, le estaba
permitiendo pasar. Le dejaba vía libre.
Pasó de largo y continuó caminando. Ahora ya la había dejado atrás. Lanzó una mirada
de reojo y pudo ver en el límite de su campo visual una mancha rojiza que continuaba
inmóvil en el aire.
Avanzó ahora con un poco más de velocidad, pero intentando disimular su ansia por
alejarse de aquella maldita cosa. Se sentía como un hombre desarmado al que un pistolero
le ha ordenado que se de la vuelta y que eche a andar. Quería correr, salir disparado,
poner muchos metros de por medio entre él y aquel engendro del infierno, y sobretodo,
lo que más deseaba era volver la cabeza para asegurarse de que aquella cosa no le
seguía. Pero no se atrevía. No podía hacer nada de eso. Tenía el convencimiento de que
era aquello lo que la piedra esperaba. Un acceso de pánico. Demostrarle temor. Eso sería el detonante de la explosión final.
Pensó entonces que si conseguía mantener sus nervios controlados, si conseguía no
echarse a correr… pensó si la piedra le iba a permitir de todas formas alejarse por la carretera
y perdonarle la vida. Esta desalentadora idea empezó a crecer en su mente de una
forma alarmante, y Sebas fue consciente de que el ataque de pánico al que tanto había
temido ya había llegado. Si no conseguía desahuciar a aquel pensamiento de su cabeza,
estaría perdido.
Finalmente, no pudo resistirlo más. Sus piernas se movieron adelante y atrás, y balanceando
los brazos se lanzó a la carrera, gritando de desesperación cuando miró hacia
atrás y vio a la piedra roja que se lanzaba en su persecución.
Miró al frente pidiendo socorro, clamando piedad, y deseando pensar, deseando que
alguna última idea acudiese a su mente en aquel momento de sobrehumano esfuerzo, de
lucha por la supervivencia.
A pesar de que no la veía, y de que la piedra no emitía sonido alguno, Sebas la sentía.
Sentía su presencia detrás de él, acercándose poco a poco, sin prisas, a sabiendas de que
era una presa fácil, y de que si quisiese podría alcanzarlo en una décima de segundo.
La piedra llegó hasta Sebas. En los últimos centímetros antes de tomar contacto, redujo
su velocidad hasta igualarla prácticamente con la de su víctima. Se aproximó lentamente
a su espalda hasta que tocó su camisa chorreante de sudor y sangre. Sebas gritó.
Continuó corriendo durante unos metros más, sin comprender exactamente las intenciones
de la piedra. Ésta no le había embestido como un obús, sino que simplemente
presionaba su espalda con suavidad, como si tan sólo buscase su contacto.
Pero en apenas unos segundos, la presión se hizo algo más fuerte, y entonces Sebas sí
comprendió qué era lo que estaba haciendo. Le estaba empujando. Cada vez más deprisa,
sin dejar que se detuviera, forzándole la marcha.
Estuvo a punto de detenerse de golpe y agacharse para que la piedra pasase de largo;
estuvo a punto de echarse a un lado, apartarse bruscamente para desasirse del empujón
de aquella cosa. Pero al final no hizo ni una cosa ni otra. Y cuando quiso darse cuenta de lo que iba a ocurrir, ya fue demasiado tarde.
La piedra dio un brusco acelerón al tiempo que cambiaba el rumbo de la carrera de
Sebas algunos grados a la derecha. El empujón final lo envió de lleno al primer carril de
la autopista, y un camión que no pudo frenar a tiempo lo arroyó y le quitó la vida.
Fue algo muy rápido. Sebas apenas tuvo tiempo de gritar, y de comprender que eran
sus últimos segundos como mortal. Su último pensamiento fue de odio. Deseó que la
piedra quedase destrozada por el propio camión. Que la hiciese añicos.
El camión los embistió a ambos. De Sebas poca cosa quedó. La piedra salió disparada
y aterrizó fuera de la autopista. Sin rasguños. Unos segundos después alzó su macizo
cuerpo unos metros sobre el suelo, para reemprender el vuelo. Se mantuvo durante un
instante flotando en el aire, quizá para contemplar el resultado de su juego, su trabajo bien hecho. Después, se dirigió rauda hacia el cielo de verano.
Tal vez, en algún momento antes o después de su muerte, Sebas supo que no era necesario conocer la naturaleza de la piedra, ni de dónde procedía. Ni como había llegado hasta allí, ni por qué quería matarle. Bastaba con tenerla presente.
De haber tenido boca, la piedra habría reído.

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“Ciertamente, había muy pocas obras humanas en esa
parte del túnel, aunque ocasionalmente un siniestro
mural de jeroglíficos tallados en el muro, o un pasadizo
lateral bloqueado, recordaban a Zamacona que esto era
realmente el camino olvidado por los eones hacia un
primordial e increíble mundo de seres vivientes.”
H. P. LOVECRAFT,
El Túmulo

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“Y había cuevas en aquella montaña que podían
estar vacías y s olitarias, o podían

-si las leyendas no mentían- albergar
horrores de una forma insospechada.”
H. P. LOVECRAFT, _
La onírica búsqueda de la desconocida kadath

_
PRESA
Mariano Bertello

_
I
Miranda

_
- Hola Cris. – le había dicho ella con total naturalidad.
Él ni siquiera escuchó a la mujer acercarse, sin embargo esto no le extrañó, se encontraba
abstraído en sus propios pensamientos.
Era una mujer joven, tendría veintiséis o veintisiete años, esbelta, de cabellos negros
como la noche y de una mirada esmeralda que derretiría un témpano de hielo. En otras
palabras, una verdadera belleza. Sin embargo Cris no tenía idea de quién era ella.
- Disculpa, ¿nos conocemos?- preguntó extrañado.
- No, todavía no. –respondió la desconocida.
- Entonces, ¿cómo es que sabías mi nombre? – dijo con un susurro, al tiempo que arqueaba
las cejas.
- No lo sabía, pero escuché al cantinero cuando te saludó.- comentó ella, regalándole
una sonrisa amplia y de una dulzura que Cris no había visto en mucho tiempo.
- Buen oído.
- Para escucharte mejor.- sentenció.- Soy Miranda.
A partir de ese momento los recuerdos de Cristopher Hoods se volvían borrosos como si
mirara hacia ellos a través de un vidrio húmedo.
Creía recordar que habían bebido un par de tragos y hablado de trivialidades como sus
gustos sobre el cine o la inclemencia del clima durante la última semana, pero no podía
asegurarlo.
Ahora se encontraban caminando lentamente bajo la luz enfermiza de una luna anaranjada
que presagiaba lluvia en cualquier momento.
A medida que pasaban los minutos, Cris se iba envenenando más y más con la intoxicante
presencia de Miranda.
Sus cabellos lacios al viento desprendían una fragancia fresca y primaveral, su voz embriagante
podía hacer sentar a un tigre de bengala a la primera orden y su manera de
caminar, felina y sugestiva, le haría levantar temperatura a un cardenal de la Iglesia.
- Cris, tengo un poco de frío- dijo ella en voz baja.
Él se quitó su campera de jean y la colocó suavemente sobre los hombros de Miranda.
Ella atrapó con delicadeza el brazo izquierdo del joven y lo pasó detrás de su cuello.
Segundos después se apretó lentamente contra el cuerpo de Cris, él sintió que tocaba el
cielo con sus manos.
-“Eso es todo, amigos, me he enamorado”. – pensó para sí mismo y esbozó una sonrisa
cálida.
Fue exactamente en ese momento en que las primeras gotas de lluvia comenzaron a
caer sobre ellos.
Se detuvieron momentáneamente bajo el alero de un kiosco de revistas, el cual estaba
cerrado ya a esa altura de la noche.
- ¿Y ahora qué haremos?- preguntó Cris, aunque ya sabía la respuesta.
- Podemos ir a mi departamento, está solamente a unas cuadras de aquí.
Cris volvió a sonreír.
Reanudaron la marcha, primero caminando deprisa y luego, cuando las gotas de agua
golpeaban como clavos helados, casi corriendo.
Al cabo de unos minutos llegaron al departamento, totalmente empapados.
El edificio debía de tener al menos unos cinco millones de años. Seguramente había sobrevivido
no sólo a las dos últimas guerras, sino también al diluvio universal.
- “Dios Santo”. – pensó Cris – “de seguro tendrá momias en el sótano.”
- Que no te asuste, adentro no se está tan mal.- dijo ella, como si le hubiera leído la mente.
- No hay problema.- comentó él despreocupado y entró a la oscuridad del edificio siguiendo
los pasos de su acompañante…
Miranda tenía razón, el interior del departamento estaba realmente bien. Había dos dormitorios,
un living excelentemente amoblado con un pequeño hogar a leña, un baño y
una gran cocina. Todo estaba impecablemente limpio y en el aire se respiraba un raro
olor a limón artificial.
- Ponte cómodo.- dijo Miranda - Yo voy a cambiarme estas ropas mojadas.
Una vez más Cris sonrió.
Dejó caer su cuerpo en un cómodo sofá de terciopelo azul, mientras en su cabeza comenzaban
a gestarse todo tipo de ideas que lo incluían a él, a Miranda y a dicho sofá.
Notó con un poco de exaltación como las luces disminuían su intensidad y escuchó los
pasos de Miranda a sus espaldas.
- ¿Quieres que encienda el hogar?- preguntó ella.
- Por supuesto.- contestó Cris tratando de ocultar su estado de nerviosismo.
Miranda llevaba puesta una bata de color negro. No hacía falta ser adivino para saber
que no tenía nada más que eso encima. La bata le quedaba bastante ceñida al cuerpo,
marcando una silueta que rayaba en la perfección. La chica tomó un mechero eléctrico
que descansaba en la mesa ratona con la mano derecha, mientras que con la izquierda
rociaba un poco de alcohol sobre los leños.
El fuego se encendió al primer intento y Cris pudo sentir una oleada de calor diferente a
la que ya irradiaba su cuerpo.
Miranda se incorporó y se dirigió al equipo de música que estaba en la pared opuesta.
Segundos más tarde comenzó a sonar una dulce melodía que Cris desconocía por completo.
- Vivaldi – susurró ella, leyéndole la mente una vez más. - ¿ No te gusta?
- Sí, está bien. Es que estoy acostumbrado a cosas como AC/DC o Metallica.
- Todo un romántico. – comentó Miranda con ironía, y selló la frase con un beso.
Con un movimiento rápido, Cris aflojó el lazo de la bata, desnudando toda la hermosa
humanidad de Miranda. Ella desgarró literalmente la camisa escocesa de Cris y luego
fue por el cinto de sus jeans, desabrochándolo con ductilidad.
A la pálida y crepitante luz de las llamas sus cuerpos desnudos se acariciaron con pasión
pero con dulzura, como si ambos estuvieran explorando terreno desconocido. Reían
como niños alocados.
Sin duda ella sabía cómo hacer su trabajo. Cris pensó, en un rapto de lucidez tan fugaz
como efímero, que nunca nadie lo había hecho sentir así, tan feliz, tan completo, tan
humano.
Fue precisamente en ese mágico instante en el cual las cosas comenzaron a descontrolarse
y terminaron yéndose al mismo infierno.
La chica comenzó a contraerse mediante convulsiones rítmicas sobre su cuerpo, las cuales
iban en aumento. Segundos más tarde Miranda parecía poseída por un frenesí espeluznante.
Cris no había notado cuán largas eran las uñas de su compañera, hasta que éstas
comenzaron a hacer jirones la piel de su espalda. Miranda gruñía, se agitaba, y su
aliento se había tornado pestilente, como si un animal muerto hubiese anidado en su boca.
Por primera vez en toda la noche, la sonrisa del muchacho estaba ausente, no había rastros
de ella en su rostro.
Asustado, trató de apartar el cuerpo de la chica con un empujón, pero ella parecía sorprendentemente
fuerte, y no consiguió quitársela de encima.
Una punzada de dolor apareció de repente en su hombro derecho, acompañada segundos
después de una sensación de calor y humedad.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Aplicó una violenta patada al cuerpo retorcido y
sibilante que lo aprisionaba, y con una agilidad digna de un gimnasta, dio un brinco
hacia atrás, alejándose del sofá y de la mujer enloquecida.
A tientas encontró el interruptor de la luz, y cuando ésta iluminó la habitación, deseó
nunca haberlo hecho…
La parte superior de su pecho y parte de su brazo derecho estaban bañados en sangre, en
su sangre. Cortes y arañazos surcaban su cuerpo en todas direcciones como carreteras
dibujadas por un niño. Un pedazo de carne le colgaba con un hilo de piel desde el hombro,
asemejando un pendiente macabro.
Aún así, eso no era lo peor del asunto.
Lo peor de todo era Miranda.
_
II
La Pelea
_
Miranda se encontraba semierguida, como una fiera agazapada esperando el mejor momento
para dar el zarpazo de gracia. No quedaba evidencia alguna de humanidad en su
figura, toda la belleza de su rostro, la sensual armonía de su cuerpo y su celestial encanto
se habían esfumado como si nunca hubiera estado allí.
En su lugar había ahora una aberración de la naturaleza, una monstruosidad de piel cenicienta,
pómulos filosos, cabellos enloquecidos y mirada asesina. De su boca manaba
un líquido rosado, mezcla de saliva y sangre, además de una larguísima lengua bífida
extraída de una pesadilla. Su dentadura era la de un tiburón, o la de un cocodrilo (Cris
no estaba seguro), con dientes amarillentos, puntiagudos y orientados en todas las direcciones posibles. Entre dos de ellos había un delgado hilo de carne que logró horrorizar
a Cris.
De la frente de la muchacha emergía un cuerno animal atravesando la piel de esa región
con suma facilidad.
Su espalda se había curvado, dejando a la vista una columna vertebral deforme y macabra.
Cris retrocedía trastabillando, alejándose de la criatura como en sueños. Manoteó sus
jeans con dificultad y antes de darse cuenta ya los tenía puestos.
“Excelente, estás a punto de ser devorado por un bicho y tú piensas en cubrirte las pelotas”-
pensó para sí y tuvo que reprimir el impulso de soltar una risita loca y enfermiza.
Miranda, o lo que alguna vez había sido Miranda, lanzó un alarido haciendo volar pequeñas
gotas de baba pegajosa y maloliente. Miró fijamente a los ojos a Cris y avanzó
un par de pasos hacia él.
Esto hizo reaccionar al muchacho, quien tomó de la cómoda que estaba a su lado un pesado
libro con un sombrío payaso en la tapa. Lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el
monstruo que minutos antes le había dado un corto paseo por el paraíso.
El libro golpeó a Miranda en la frente, sin conseguir absolutamente nada más que hacerla
enojar. A continuación la criatura se agachó para tomar impulso y luego despegó del
suelo con furia. Alcanzó a un inmóvil Cris en cuestión de milésimas de segundo, lo tomó
por el cuello y lo hizo volar por toda la habitación como si se tratara de un muñeco
de trapo.
Cris estaba mareado y confuso, sentía el corazón en la garganta y la sangre galopaba en
su sien como un caballo salvaje.
“Debo salir de aquí, debo irme de aquí ahora. No sé qué diablos es esto, pero yo soy su presa” - pensó aterrorizado.
El monstruo le bloqueaba la entrada, por lo que rápidamente se dirigió la puerta más
próxima a su derecha y la abrió de un tirón. Entró en la habitación oscura casi corriendo
y tropezó con un bulto en el suelo. Sus manos buscaron el interruptor de la luz, al encontrarlo
lo accionaron con violencia.
Por segunda vez en la noche, Cris deseó nunca haber prendido las luces.
El cuarto estaba lleno de cuerpos mutilados y desgarrados, todos ellos masculinos y todos
ellos con orificios del tamaño de un puño en el pecho, a la altura del corazón. Había
algunos decapitados y a otros les faltaban algunos miembros, también había órganos y
vísceras repartidas por el piso.
Cris cayó de rodillas al suelo y vomitó sin poder contenerse. Había lágrimas en sus ojos
y el mundo le daba vueltas.
En el cuarto había un olor repugnante, pero curiosamente no provenía de los cuerpos.
En un rincón apilados, descansaban miles de desodorantes ambientales en forma de pino,
en algún momento habían tenido esencia de limón, pero ahora habían fusionado su
aroma con el que despedían los cuerpos putrefactos.
Los golpes de Miranda contra la puerta lo devolvieron a la realidad. La terrible fuerza
de la criatura estaba venciendo los goznes del pórtico.
Cris apoyó su cuerpo contra la fría madera a modo de barricada, sin embargo esto no
duraría mucho tiempo.
Se dirigió hacia la ventana que estaba en la pared opuesta y trató de abrirla sin resultado.
No sabía si estaba trancada o no podía abrirla a causa de su desesperación. Respiró
profundamente un momento y consiguió destrabarla. Miró hacia fuera y observó con satisfacción
que había una escalera de emergencia. Comenzó a descender por la misma
con torpeza, resbalando cada dos o tres escalones. Cuando apoyó los pies en el
pavimento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta
mento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta finalmente
caía bajo el peso de Miranda.
Descalzo y con frío empezó a correr por el callejón que daba la espalda al edificio.
Había parado de llover, y la atmósfera era húmeda y pesada.
Corría como un enajenado, pisando vidrios, latas y cualquier cosa que hubiera en su
camino.
A su espalda, a unos veinte metros de distancia, sintió un chasquido de pies golpeando
contra el suelo y, aunque no volteó, sabía qué significaba.
Miranda venía por él.
_
III
La taberna de Mick
_
Cris no sabía qué hora era, pero en la calle no había un alma. No había vagabundos, ni
drogadictos ni amantes, ni siquiera prostitutas sin suerte en esa noche. El muchacho deambulaba
por un desierto de granito y concreto. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie
contestaba sus súplicas. Se dio cuenta de que nunca se había sentido tan solo.
Alrededor de veinte o treinta metros atrás, los sonidos guturales provenientes de la bestia
continuaban acechándolo, cada vez más cerca.
Cris estaba exhausto, con cada minuto qué pasaba, sus piernas se hacían más y más pesadas,
e inconscientemente esperaba sentir como Miranda caía sobre él de un momento
a otro.
Pero todavía no, una llama diminuta de esperanza se encendió en el instante en que divisó
a la distancia un llamativo cartel de neón que rezaba:
_
LA TABERNA DE MICK
Nunca Cerramos
_
Ya casi cojeando, se dirigió con lo último de sus fuerzas hacia el lugar.
Abrió la puerta con dificultad y tras atravesar el umbral se desplomó agotado. El lugar
era un antro sucio y oscuro, sin embargo esta noche estaba bastante concurrido, contrastando
con la soledad de la calle.
Un hombre corpulento lo ayudó a incorporarse. El tipo olía a sudor y a licor barato, pero
parecía amigable.
- ¿Qué le ha pasado, hombre? ¿Y qué hace corriendo por la calle semidesnudo?- inquirió.
- Viene tras de mí… la chica… es un monstruo… quiere matarme y comerme como a
los demás… no la dejen pasar.
- ¿Pero qué es lo que dice amigo?
- Es un vampiro, o una mujer lobo… no lo sé, tiene cuernos y garras… y creo que se
come los corazones…
- Bien hijo, ahora quédate tranquilo. Mi nombre es Mick, y ningún bicho del demonio
entra en mi taberna.
El hombre se puso serio de repente y luego de apoyar a Cris contra una pared, se dirigió
velozmente hacia la barra del bar. Se inclinó por encima de ella y extrajo una escopeta
de dos caños y un cuchillo de cacería.
- Gary… - espetó, y cuando éste se volteó le arrojó el cuchillo.
El tal Gary era un hombre albino delgado y de gran estatura, de alguna manera su aspecto
era extraño y tenebroso, Cris no sabía bien por qué. Atrapó el cuchillo al vuelo con
maestría y jugueteó con él entre los dedos de forma desinteresada.
Al cabo de unos segundos se reunió con Mick. Los hombres hablaron entre susurros y
luego se dirigieron con paso seguro hacia la puerta de entrada.
Cuando estaban sólo a unos metros de ésta, la puerta estalló en mil pedazos, regando de
astillas a los clientes cercanos a ella.
Miranda entró como una exhalación, rugiendo y arrojando manotazos mortales a todo lo
que se le acercaba. La clientela del bar, una veintena de personas, se alejó rápidamente
de ella, aunque sorpresivamente no mostraba temor.
La bestia se detuvo conmocionada, hipnotizada por las estridentes luces del bar y por la
sensación de sorpresa que ahora la invadía.
Ese instante infinitesimal de duda le costó la vida.
Mick y Gary actuaron con solvencia y aplomo, como si hubieran hecho esto un millón
de veces.
Mick se agachó, poniendo una rodilla en tierra, apuntaló la culata de la escopeta contra
su hombro derecho y detonó el arma dos veces, vaciando los cilindros.
Los dos disparos fueron precisos, incrustándose en ambas rodillas del monstruo y
haciéndole volar las dos piernas por debajo del punto de impacto.
La bestia cayó al suelo como una bolsa de ropa vieja y comenzó a agitarse en todas direcciones.
Gary se acercó a ella con la velocidad de un rayo, sujetó su cuello con su enorme mano
izquierda y clavó el cuchillo de caza en el pecho del monstruo agonizante.
Miranda lanzó un alarido desgarrador, como si estuviera dando a luz.
Luego Gary soltó el arma e introdujo la mano en la herida, sólo para arrancarle el corazón
a Miranda en cuestión de segundos.
La criatura se sacudió brevemente, luego todo había terminado.
Cris no lograba creer lo que había pasado ante sus ojos, se sentía soñando, drogado o
quizás muerto.
Después de un pequeño lapso de tiempo, Mick se acercó a Cris y le sonrió.
- No te preocupes, ya está. – le dijo con voz tranquilizante.
- ¿Qué harán con ella ahora?
- Eso ya no es de tu incumbencia, muchacho, nosotros lo arreglaremos.
- ¿Qué mierda era eso de todos modos?
- Ella era un demonio, una criatura enviada desde el infierno para robar almas de
humanos.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sé muchas cosas, te sorprenderías.
- Pensé que era un vampiro.
- Oh no, no, no mi querido Cris, los vampiros no desgarramos ni arrancamos corazones,
eso hace perder una enorme cantidad de valiosa sangre…
Mick ahora esbozaba una sonrisa maligna y tenebrosa, plagada de colmillos espeluznantes.
Sus orejas se habían vuelto demasiado puntiagudas y sus ojos revestían un brillo
carmesí.
A su espalda, los clientes del bar se acercaban silenciosamente. Todos ellos tenían ahora
facciones similares a las de Mick, exhibiendo una dentadura animal y sombría. Parecían
desplazarse como flotando sobre el suelo. Gary sobresalía por encima de todos, lamiendo
el cuchillo de caza con una lengua negra y hedionda.
Cris comprendió todo de repente, y un horror frío inundó su cuerpo como un río nocturno.
Esta vez no había salida, esta vez todas las puertas se habían cerrado, esta vez la presa
no tenía escapatoria.
Una dentellada cálida y pútrida en el cuello fue lo último que sintió Cristopher Hoods,
mientras su vida se apagaba como una antorcha en la tormenta…
_

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SECRETOS
Graciela Zukeran

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Estoy sola en casa, mi habitación está apenas iluminada por la luz de la luna y afuera solo
se oye el silbido de un tren, a lo lejos los ladridos de un perro.
Estoy recostada en mi cama llena de almohadones y sabanas que me protegen del frío.
La estufa está encendida y un calor agradable permanece en la habitación. Desde donde
estoy alcanzo a ver la silueta del humo que se desprende del incienso, un aroma a maderas
y aceites acompaña mi respiración.
En el silencio de la noche la calma se hace eterna, parece que el tiempo se detuviera y
cada segundo, cada minuto durara para siempre.
Sola con mi mente, sola con mis recuerdos.
Regreso el tiempo atrás y me veo recostada en el césped del jardín de mi hogar, el que
dejé hace 10 largos años.
El recuerdo es tan vivido que hasta puedo oler el perfume del pasto recién cortado.
Era una casa grande, cada rincón guardaba mis secretos.
Aún deben estar allí escondidos entre el polvo y el olvido, entre lagrimas y risas.
Los sueños de entonces eran sueños con alas de libertad, de amor, de vivir la vida a pleno.
Las alas de mi destino me llevaron lejos, muy lejos, y yo me dejé llevar.
¡Volaba tan alto que me parecía tocar el cielo con las manos, que bien se sentía eso!
Pero el destino cambió el rumbo y de pronto me vi perdida en un mundo desconocido,
frío y oscuro.
Allí todo era diferente, las estrellas no brillaban, las flores no olían, los corazones no latían.
Ya no pude volver atrás, solo cerré los ojos y comencé a caminar entre tinieblas, buscando
una luz de esperanza que me enseñara la salida.
El silbido del tren nuevamente.
Abro los ojos y me encuentro otra vez entre las sábanas de mi cama.
El incienso ya se consumió, el tiempo a veces pasa tan rápido que uno ni cuenta se da.
Mi mejilla se empieza a humedecer, pero no me preocupo, siempre me sucede cuando
recuerdo mi pasado.
Tengo que dormir, mañana me espera un día atareado, debo seguir buscando mi luz, mi
respuesta, se que en algún lugar la encontraré.
Mientras tanto, guardo nuevamente los recuerdos en mi corazón, hasta cuando llegue el
día en que vuelen como palomas en el cielo celeste y blanco de mi Argentina querida.

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Wednesday, April 16, 2008

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM

Fábulas de Robots

De

Stansilaw Lem

Los Tres Electro Guerreros
Las Orejas de Uranio
De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho
Los Dos Monstruos
La Muerte Blanca
De cómo Micromil y Cigaciano Provocaron la Fuga de las Nebulosas
Leyenda de la Calculadora que Luchó contra el Dragón
Los Consejeros del rey Hidropsio
El Amigo de Automateo
El Rey Globaldo y los Sabios
Leyenda del Rey Murdano
El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia
Cómo se Salvó el Mundo
La Máquina de Trurl
La Gran Paliza

Los Tres Electroguerreros

Erase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada átomo que salía de sus manos, que luego para asombro de los sabios que en sus análisis espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.

Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.

Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él imaginados.

Pero estos seres solamente podían existir en el frío más espantoso y en el vacío sin sol. Los Criónidas no tardaron en edificar ciudades y palacios de hielo, pero el más mínimo calor representaba su perdición, de manera que se las arreglaron para atrapar las auroras boreales, meterlas en unos utensilios transparentes e iluminar con ellas sus viviendas. Cuanto más poderosos eran los Criónidas, tenían más auroras boreales amarillas y plateadas, y vivían muy felices con sus luces y sus famosas joyas, extraídas de los gases congelados. Adornaban con sus vivos colores su noche eterna en la que, al igual que espíritus -cautivos, aquellas joyas resplandecían bajo la tenue luz de las auroras boreales como mágicas nebulosas en bloques de cristal.

Muchos del cosmos codiciaban aquel tesoro, pues Crionia podía divisarse desde una distancia enorme, centelleante como una joya girando lentamente sobre un oscuro terciopelo.

Así que varios aventureros llegaron a Crionia para probar fortuna. El primero fue el electroguerrero Cupricio. Comenzó a caminar y sus pasos resonaban sobre el hielo como campanadas, pero al instante el hielo se derritió bajo sus plantas, cayó al océano glacial y las olas se lo tragaron. Y desde entonces sigue Cupricio en el fondo de los mares de Crionia, encerrado como un gusano de seda en su capullo, en su tumba de hielo.

Sin embargo, el fracaso de Cupricio no desanimó a otros osados conquistadores. Tras él llegó a Crionia el electroguerrero Ferricio. Se llenó de helio líquido, que borboteaba dentro de su cuerpo de acero, y la escarcha, al formarse sobre su armadura, lo hacía parecer un enorme copo de nieve. Pero al volar sobre la superficie del planeta, se inflamó debido al rozamiento con la capa atmosférica, el helio líquido se evaporó y se le escapó del cuerpo y Ferricio, reluciente como una flecha al rojo, cayó sobre las rocas heladas, que se abrieron de pronto. Salió de allí en medio de nubes de vapor, como de un géiser hirviente; pero todo cuanto tocaba se convertía en una nube blanca de la que caía la nieve. Así que, se sentó y esperó hasta enfriarse y tan pronto como los copos de nieve dejaron de derretirse sobre los guardabrazos de su armadura, quiso levantarse y lanzarse al combate, pero la grasa de sus articulaciones se había endurecido y no podía ni siquiera enderezarse. Así quedó Ferricio hasta nuestros días y la nieve lo ha convertido en un monte blanco del que sólo asoma la aguda punta de su yelmo. El monte se llama desde entonces Monte de Ferricio.

El tercero de los electroguerreros, Cuarciano, se enteró del destino de los otros dos. De día se parecía Cuarciano a una lente pulida, mientras que de noche semejaba el reflejo de una estrella. Este atrevido conquistador no temía que el aceite que lubrificaba sus miembros se helara, puesto que no tenía, ni que el hielo se rompiera bajo sus plantas, ya que podía permanecer tan frío como quisiera. Solamente debía evitar una cosa: pensar frenéticamente, pues ello recalentaba su cerebro de cuarzo y podía ser su perdición. Sin embargo, decidió intentarlo, seguro de salvar la vida y triunfar de los Criónidas.

Voló hasta el planeta a través de la eterna noche helada de las galaxias, mientras los meteoros metálicos que durante su vuelo rozaban su pecho estallaban en pedazos, sonando como el vidrio. Llegó por fin sobre las blancas nieves de Crionia, bajo su velo negrísimo.

Cuarciano reflexionó sobre lo que iba a hacer pero la nieve empezó a derretirse a su alrededor.

-¡Vaya, vaya -dijo para sí Cuarciano-, esto no me gusta! Bien, con tal de no pensar, todo irá bien.

Y el electroguerrero decidió repetir esa frase Por si acaso, puesto que no requería ningún esfuerzo mental, y, gracias a ello, no se recalentaría su cerebro. Cuarciano empezó a marchar por el desierto nevado, sin pensar en nada para conservarse totalmente frío. Caminó largo rato hasta llegar a las murallas de hielo de Frigidia, la capital de los Criónidas. Sin pensárselo dos veces, se lanzó de cabeza contra las blancas almenas, hasta que la gente escondida se mostró, pero sin resultado.

-Probemos de otra manera -dijo para sí el electroguerrero, y pensó cuánto eran dos por dos. Tan pronto como se le ocurrió esta idea, su cabeza se calentó un poquito y peor segunda vez embistió como un ariete contra las murallas refulgentes, pero así tampoco logró nada.

-No basta -se dijo Cuarciano-. Probemos con algo más difícil. ¿Cuánto son tres por tres?

Esta vez su cabeza se rodeó de una nube de chispas y con el calor de tan intenso pensamiento, la nieve se derritió en el acto. De manera que Cuarciano retrocedió para coger carrerilla, y se lanzó contra la muralla con tal fuerza que la traspasó, y tras ella dos palacios y tres casas de los grafistas helados; fue a caer sobre unas grandes escalinatas, agarrándose a la baranda de carámbanos, pero los peldaños parecían una pista de patinaje. Se incorporó rápidamente, pues a su alrededor todo estaba derritiéndose y - corría el riesgo de rodar hacia el fondo y hundirse en el abismo glacial, donde quedaría congelado por los siglos de los siglos.

« ¡Calma, calma! Con tal de no pensar, todo saldrá bien -pensó el electroguerrero-. Dejaremos que las cosas se enfríen.»

Salió del túnel de hielo que se había abierto bajo su calor y se encontró en medio de una gran plaza, profusamente iluminada por auroras boreales, que parpadeaban con su luz esmeralda y plateada en lo alto de unas columnas de cristal.

Le salió al encuentro, centelleante como una estrella, un gigantesco caballero, llamado Bóreo, jefe de los Criónidas. Cuarciano, sin inmutarse, se lanzó al ataque, imitado por su adversario. Se oyó un estruendo espantoso, como cuando dos icebergs chocan en el Mar del Norte. La refulgente diestra de Bóreo rodó por el suelo, separada del tronco; pero no se amilanó éste; valientemente, siguió peleando y se volvió, presentando su pecho, tan ancho. como un auténtico iceberg a enemigo. Este volvió a tomar carrerilla y nuevamente embistió como un ariete.

El cuarzo era mucho más duro y compacto que el hielo, de manera que Bóreo se desmoronó estrepitosamente, como un alud rodando por las rocas, y pulverizado, quedó tendido bajo la luz de las auroras boreales.

-¡Victoria! -gritó Cuarciano, y despojó a su enemigo de sus maravillosas joyas: anillos incrustrados de hidrógeno, broches refulgentes, parecidos a los diamantes, pero tallados en tres gases nobles: argón, criptón y xenón. Pero ante aquellas joyas tan hermosas se inflamó de emoción y los brillantes, con un silbido, se le evaporaron entre los dedos, hasta que nada le quedó, salvo unas gotas de rocío, que a su vez muy pronto se volatizaron.

-¡Vaya! Está visto que tampoco hay que emocionarse. ¡Bueno, con tal de no calentarse la cabeza, todo saldrá bien!

El electroguerrero siguió adelante por el terreno conquistado. De pronto divisó a lo lejos una forma enorme. Era el general-mineral Albucio, cuyo ancho pecho estaba cubierto de varias hileras de condecoraciones parecidas a carámbanos, atravesadas por la glacial faja de la Gran Estrella de la Escarcha. El general, guardián de los tesoros reales, cerró el paso a Cuarciano, que se lanzó a su encuentro como un huracán, y los dos adversarios chocaron con estruendo de témpanos. Acudió en ayuda de Albucio el príncipe Asteroido, que gobernaba el país del hielo negro.

Cuarciano no podía con este nuevo enemigo, pues el príncipe llevaba una costosa armadura nitrogenada templada en helio, y de ella salía tanto hielo que el ímpetu de Cuarciano se debilitó y las auroras boreales palidecieron al reinar ..por doquier el cero absoluto.

Cuarciano se detuvo, pensando: «¡Socorro! ¿Qué pasa?»

A causa de su asombro, se le recalentó el cerebro, con lo que el cero absoluto dejó de existir al calentarse la atmósfera y el electroguerrero cómo el príncipe Asteroido empezaba a desmoronarse, en medio de un gran fragor, hasta que en el campo de batalla sólo quedó un monde hielo negro del que el agua manaba como lágrimas.

«¡Bravo! -pensó Cuarciano-. Con tal de calentarse la cabeza solamente en caso de apuro, todo saldrá bien; mío es el triunfo … »

Y siguió adelante; sus pasos sonaban como si ,un gigantesco martillo golpeara el hielo cristal¡no; pisaba fuerte por las calles de Frigidia, y sus habitantes, angustiados, espiaban sus movimientos desde las ventanas bajo los níveos aleros. Iba Cuarciano volando por la Vía Láctea como un enfurecido meteoro cuando, de pronto, divisó a lo lejos una pequeña figura solitaria. Era la de Barión, el sabio más grande de Crionia, por todos conocido con el nombre de Hielodio.

Cuarciano se lanzó como un rayo para aplastarle. de un golpe, pero el otro se limitó a dar un paso de lado y sin inmutarse no hizo más que un signo con dos dedos levantados hacia su enemigo. Este, sin hacer caso de aquel signo que no entendía, se volvió y arremetió con más furia su adversario; pero nuevamente Hielodio se apartó, evitando el golpe del electroguerrero y rápidamente le hizo otra seña con un solo dedo levantado. Cuarciano se extrañó un poco esta vez, disminuyó su empuje, pero volvió a lanzarse al tiempo que reflexionaba sobre aquella aparición tan rara; al calentarse la cabeza, el agua comenzó a chorrear de los edificios más cercanos, pero no se dio cuenta de ello al fijarse en Hielodio, que ahora le mostraba un círculo formado con los dedos de una mano, mientras que con el pulgar de la otra atravesaba el círculo una y otra vez.

Tremendamente intrigado, Cuarciano estaba pensando y pensando en lo que esos gestos podían significar, y se hizo el vacío bajo sus plantas, un agua negra manó del abismo que acababa de abrirse y el electroguerrero cayó como una piedra, hundiéndose en las profundidades, pensando por última vez: «¡Con tal de no pensar, todo saldrá bien!» Pero su suerte ya estaba echada.

Luego, los Criónidas agradecidos le preguntaron a su salvador lo que significaban aquellas señales que le había hecho al terrible electroguerrero.

-La cosa no puede ser más sencilla -contestó el sabio Hielodio-. Los dos dedos levantados querían decir que éramos dos, él y yo. Un dedo solo significaba que de nosotros dos solamente iba a quedar uno. Luego le enseñé el círculo, con lo que le avisaba de que el hielo se abriría a su alrededor y el negro océano se lo tragaría para siempre. Pero nuestro enemigo no supo entender esta señal, lo mismo que no comprendió las otras dos.

-¡Qué gran sabio eres! -exclamaron los Criónidas estupefactos-. Pero ¿por qué hiciste esas señales al espantoso agresor? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese comprendido y no se hubiera asombrado? Está claro que en tal caso no se hubiera calentado los sesos y no se hubiera abierto el abismo insondable bajo sus pies…

-¡Ja, ja! Sabía que eso no iba a ocurrir -contestó sonriendo el sabio Hielodio-, pues daba por supuesto que no iba a entender nada. Si nuestro enemigo hubiese tenido una pizca de inteligencia, no habría llegado hasta aquí. ¿Cómo puede venir a nosotros un ser que vive bajo el sol? ¿Qué podía hacer con joyas talladas congeladas y plateadas estrellas de hielo?

Quienes le escuchaban se asombraron del ingenio de1 sabio y se volvieron tranquilos a sus casas, donde les esperaba su querido hielo.

A partir de entonces, ya nadie intentó llegar a Crionia pues no había tales tontos en el cosmos, aunque hay quien asegura que todavía quedan bastantes, pero no conocen el camino.

Las Orejas de Uranio

Erase una vez un ingeniero cosmogónico que aclaraba las estrellas para poner fin a la oscuridad. Llegó a la nebulosa de Andrómeda, que todavía estaba llena de nubes negras. Se puso a darle vueltas y en cuanto la nebulosa se movió, utilizó sus .rayos. Tenía tres rayos: rojos, violeta e invisibles. Cogió el primer rayo y lo dirigió a un gran globo estelar, que inmediatamente se convirtió en una gigantesca estrella roja, pero dentro de la nebulosa no se hizo la luz. Entonces, agarró otra estrella y le introdujo el segundo rayo, el violeta, hasta que se blanqueó. Luego, le dijo a su discípulo:

-Vigila esa estrella, mientras voy a encender las otras.

El discípulo estuvo esperando mil años y luego otros mil, pero el ingeniero no volvía. Se aburrió de tanto esperar. Agarró una estrella, la retorció y de blanca se volvió azul. Eso le gustó y pensó que ya lo sabía todo.

Trató de retorcer otra estrella, pero esta vez se quemó. Rebuscó en la caja que había dejado el ingeniero cosmogónico, pero no encontró nada en ella, nada de nada. Entonces observó que ni siquiera tenía fondo. Supuso que allí estaría el rayo invisible; entonces se le ocurrió meterlo en una estrella, pero no sabía cómo. Agarró la caja y la tiró al fuego. En ese instante, todas las nubes de Andrómeda se iluminaron como si miles de soles brillaran de pronto y en toda la nebulosa parecía pleno día. El discípulo se alegró mucho, pero no duró su regocijo, pues la estrella estalló.

Al ver aquel desastre, el ingeniero cosmogónico acudió volando, y como no quería perder nada, agarro las llamas y con ellas hizo unos planetas: el primero de gas, el segundo de carbón y para el tercero solamente le quedaban los metales más pesados, de los que salió el planeta Actinuria.

El ingeniero cosmogónico, tras abrazar a su creación, reemprendió su vuelo diciendo: -Regresaré dentro de cien millones de años. Ya veremos lo que sale de todo esto. -Y se fue en busca de su discípulo, que había escapado lleno de espanto.

En Actinuria, surgió el gran estado de los platinidas. Estos soles eran tan pesados que sólo por Actinuria podían caminar, puesto que en los demás planetas el suelo se hubiese hundido bajo sus pies, y cuando gritaban, los -montes se derrumbaban. Sin embargo, en sus casas no hacían ruido, ni se atrevían a levantar la voz, pues su rey, Argitorio, era el más cruel de los tiranos.

Argitorio vivía en un palacio labrado en una montaña de platino en el que había seiscientas salas enormes, en cada una de las cuales descansaba la palma de una de sus manos. No podía salir del palacio, pero sus espías andaban por todas partes. El rey Argitorio era muy desconfiado y atormentaba a sus súbditos.

Los platinidas no necesitaban lámparas ni fuego alguno por la noche, puesto que todos los montes de su planeta eran radiactivos y daban luz más que suficiente. De día, cuando el sol pegaba fuerte, dormían en el interior de sus montes y solamente por las noches salían a los valles metálicos. Pero el cruel Argitorio los mandó a todos a trabajar en los hornos, donde metían bloques de uranio procedentes de todo el país y fundían platino.

Cada platinida debía presentarse en el palacio real, donde tomaban las medidas de su armadura, compuesta por los guardabrazos, los guantelet, los quijotes, la visera y el yelmo, todo ello autorreluciente, pues las piezas eran de chapa de uranio, y lo que más les relucía eran las orejas.

A partir de entonces, los platinidas ya no pudieron reunirse, puesto que si se juntaban demasiado, el grupo estallaba . De manera que no tuvieron más remedio que vivir en solitario, saludándose de ‘lejos y siempre con miedo a provocar una reacción en cadena, mientras que Argitorío se frotaba. las manos al verlos tan tristes y los cargaba con más impuestos. El tesoro del rey, escondido en el interior de la montaña, estaba compuesto por monedas de plomo, pues este metal era el que menos abundaba en Actinuria y su valor era superior al de todos los demás.

Bajo la tiranía de Argitorio los habitantes de Actinuria sufrían mucho. Algunos deseaban sublevarse contra él y pronto se pusieron de acuerdo para acabar con el cruel monarca; pero la conjura fracasó por culpa de los menos inteligentes, que siempre se acercaban a los demás preguntando de qué se trataba, y a causa de su necedad, la conspiración se descubrió en seguida.

En Actinuria había un joven inventor llamado Pirón, que, entre otras cosas, sabía fabricar unos hilos de platino tan finos que con ellos se podía tejer una red en la que las propias nubes quedaban prendidas. Pirón inventó el telégrafo de hilo y luego llegó a estirarlo tanto, que el hilo dejó de existir y así nació el telégrafo sin hilo. Este invento entusiasmó a los habitantes de Actinuria, pues pensaron que gracias a él podrían conspirar sin miedo; pero el astuto Argitorio escuchaba todas las conversaciones gracias a sus seiscientos receptores de platino., y en cuanto oía la palabra «motín» o «rebelión», lanzaba un rayo que fulminaba a los conspiradores.

Entonces, Pirón decidió engañar al tirano. Al hablar con sus amigos, en lugar de «motín» decía «zapatos», y en vez de «conspirar» decía «fundir», y así fue preparando la insurrección.

Argitorio nada recelaba al escuchar las conversacíones de sus súbditos y se preguntaba qué manía les había entrado de repente con tanta zapatería; pero no sabía que cuando hablaban de «ponerse las botas», significaba «condenar a la hoguera», y que los «zapatos estrechos» eran su tiranía.

Sin embargo, aquellos a quienes Pirón se dirigía no siempre le entendían, puesto que no podía comunicar sus planes a no ser que comprendie ran el lenguaje zapateril. Se esforzaba en hacerse entender como podía, pero, para los más obtusos, tuvo la imprudencia de telegrafiar la frase «desgarrar la correa de plutonio» en lugar de decir «la suela de cuero». El tirano se alarmó al oír esas palabras, pues el plutonio es el elemento que más se aproxima al uranio y el uranio al torio, y en su propio nombre estaba incluida la palabra «torio»… Mandó en el acto a su guardia blindada a que detuviera a Pirón; le arrastraron hasta el palacio real y le tiraron sobre el suelo de plomo a los pies del rey. Pirón nada confesó, pero Argitorio mandó encerrarlo.

Los platinidas, enterados de la detención de Pirón, perdieron toda esperanza de ser libres. Pero el millón de siglos ya había transcurrido y el ingeniero cosmogónico que había creado el tercer planeta estaba a punto de regresar a Actinuria, tal y como había prometido.

Desde el espacio, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo en el planeta y pensó que así no podían seguir las cosas. Tomó las radiaciones más pesadas y duras, metió en ellas su propio cuerpo como si fuera dentro de un capullo de gusano de seda, para recobrarlo a su regreso, y, disfrazándose de vagabundo, llegó a Actinuria.

Al oscurecer, cuando solamente las cumbres nevadas de los montes lejanos iluminaban el platinado valle, el ingeniero cosmogónico trató de acercarse a los súbditos de Argitorio, pero éstos se apartaron de él llenos de espanto, temiendo una explosión de uranio. En vano iba detrás de unos y otros; todos rehuían de él, y el ingeniero cosmogónico no alcanzaba a comprender el porqué. Así que anduvo por las colinas, semejantes a escudos de guerreros, y sus pisadas resonaban como campanas sobre el durísimo suelo. Llegó al pie del bastión dentro del cual Argitorio tenía encadenado al pobre Pirón; éste le vio a través de las rejas de su prisión y le pareció que se trataba del ingeniero cosmogónico, pero bajo la figura de un modesto robot, muy distinto de los demás platinidas, puesto que no resplandecía en lo más mínimo, por la simple razón de que su armadura no era de uranio.

Pirón quiso gritar, pero tenía la boca atornillada y solamente pudo hacer saltar una chispa de su cabeza golpeándosela contra el muro.

Al divisar aquel relámpago, el ingeniero cosmogónico se acercó al bastión y miró por las rejas de la ventana. Pirón, aunque no podía hablar, hizo sonar unas: cadenas, y así le explicó la situación al ingeniero cosmogónico.

-Ten paciencia que todo saldrá bien -le aseguró éste.

El ingeniero cosmogónico fue a las montañas más salvajes de Actinuria, donde se pasó tres días buscando cristales de cadmio, y luego los convirtió en chapa con ayuda de unas rocas de paladio. Con aquella chapa de cadmio fabricó un montón de orejeras que fue depositando a su regreso en el umbral de cada casa. Al encontrar aquellas orejeras, los platinidas, muy asombrados, se las pusieron, pues hacía mucho frío.
Esa misma noche, el ingeniero cosmogónico se deslizó entre las platinidas y con una varita inflamada trazó con gran rapidez unas líneas de fuego, escribiendo en la oscuridad las siguientes palabras: «Podéis acercaros unos a otros sin temor, pues el cadmio evitará la explosión del uranio ».
Pero los platinidas pensaron que se trataba de un esbirro del rey y no le creyeron. Enfurecido al ver que no le hacían caso, el ingeniero cosmogónico fue a las montañas y recogió mineral de uranio, del que obtuvo un metal plateado, con el cual acuñó unas monedas resplandecientes, en una de cuyas caras se veía el perfil de Argitorio y en la otra sus seiscientas manos.

Cargado con sus monedas de uranio, el ingeniero cosmogónico regresó al valle y las lanzó una tras otra lejos de sí, hasta formar una pila y, al lanzar otra moneda, el aire se estremeció, surgió un resplandor de la pila de monedas, que se transformó en una esfera de llamas blancas, y cuando el viento disipó la humareda, sólo se vio un cráter abierto en la roca.

Acto seguido, el ingeniero cosmogónico, volvió a sacar monedas de su saco y a lanzarlas, pero esta vez, antes de lanzarla, recubría cada moneda con una hoja de cadmio, y aunque la pila llegó a ser seis veces mayor que la primera, no pasó nada. Entonces los platinidas le creyeron y, agrupándose sin miedo, organizaron una conjura contra el odiado Argitorio. Querían derrocar al monarca, pero no sabían cómo hacerlo, pues el palacio real estaba rodeado de murallas irradiantes y el puente levadizo estaba defendido por un verdugo automático, y al que no daba la consigna le cortaba la cabeza.

Casualmente, se acercaba el día de la recaudación correspondiente al nuevo impuesto que Argitorio acababa de imponer.

El ingeniero cosmogónico repartió sus monedas de uranio entre los súbditos del rey para que con ellas pagaran el impuesto.

Y así lo hicieron todos.
El rey se alegró al ver la cantidad de monedas que iban a engrosar su tesoro, pero no sabía que eran de uranio y no de plomo, como las que él mandaba acuñar.

Aquella misma noche, el ingeniero cosmogónico fundió las rejas de la celda de Pirón y lo liberó de sus cadenas. Cuando en silencio iban por el valle bajo la luz de los montes radiactivos, de repente, como si el anillo lunar hubiera caído envolviendo el horizonte, se produjo un tremendo resplandor: la pila de monedas del tesoro del rey había crecido demasiado, desatando con ello una reacción en cadena. La explosión destrozó el palacio y el cuerpo metálico de Argitorio y su fuerza fue tal que las seiscientas manos del tirano volaron al espacio.

En Actinuria reinaba la alegría; Pirón fue elegido rey y gobernó con justicia, mientras que el ingeniero cosmogónico recobró su cuerpo del capullo irradiante y volvió a su tarea de encender las estrellas.

Las seiscientas manos plateadas de Argitorio siguen girando alrededor del planeta, formando anillo similar al de Saturno, iluminándolo todo con su magnífico resplandor, cien veces más potente que la luz de los montes radiactivos.

De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho

El poderoso rey Boludar era muy aficionado a toda clase de curiosidades y se pasaba la vida coleccionándolas, lo que a menudo le llevaba a descuidar las cuestiones de Estado. Tenía una colección de relojes muy raros, entre los cuales había un reloj-danza, un reloj aurora boreal y, finalmente, un reloj-nube. Poseía también toda una serie de criaturas disecadas procedentes de los lugares más alejados del universo, y en una de las salas de su palacio había, bajo una campana de cristal, un rarísimo espécimen, denominado Homo Antropos, sorprendentemente pálido, con dos piernas y dos ojos, aunque vacíos, en vista de lo cual el rey mandó encajar en sus cuencas dos grandes rubíes para que el Homo tuviese una mirada roja. En ocasiones especiales, el rey Boludar invita a sus huéspedes más queridos a visitar aquella sala y les enseña a su monstruo.

En cierta ocasión, el rey invitó a la corte a un electrosabio tan anciano que en los cristales de su raciocinio a veces se mezclaban los conceptos, pues aunque su sabiduría era enorme ya era viejísimo. Se llamaba Halazonio y era depositario de todo el saber de la galaxia. Aseguraban que el electrosabio Halazonio podía reducir los fotones a filamentos, con los cuales era posible construir unos aparatitos luminosos; decían también que sabía cómo capturar a un Homo vivo. Conocedor de su debilidad, el rey mandó abrir las bodegas de palacio; el electrosabio no rechazó la invitación, pues ansiaba echar mano a las botellas de Leyde. Mientras miles de corrientes se extendían por todo su cuerpo, Halazonio prometió al rey que le capturaría un Homo que era jefe de cierta tribu centroestelar. A cambio, el electrosabio pidió una recompensa elevadísima: una cantidad de brillantes, grandes como el puño, equivalente al peso del Homo; pero el rey accedió sin pestañear.

Halazonio se marchó mientras el rey se ufanaba ante el Consejo del Trono de su adquisición, cosa que de todos modos no podía ocultar, pues ya había ordenado construir una jaula con gruesos barrotes de hierro en el parque de palacio, donde crecían los más maravillosos cristales.

Cundió la alarma entre los cortesanos. Ante la obstinación del rey, llamaron a dos sabios homólogos, que fueron recibidos muy cordialmente por él, pues sentía gran curiosidad por saber si los sabios, llamados Salamidio y Taladonio, le dirían algo que él aún no supiera sobre aquella pálida criatura.

-¿Es cierto -preguntó el rey tan pronto como los dos sabios hubieron terminado su reverencia- que el Homo es más blando que la cera?

-Efectivamente, majestad, así es -contestaron ambos.

-¿Es cierto que por esa rendija que tiene en la parte inferior de la cara puede emitir sonidos?

-Así es, majestad; y también es cierto que el Homo se mete en ese mismo orificio distintas cosas y luego mueve la parte inferior de la cabeza, que está sujeta a la parte superior con bisagras, para triturar esas cosas, que seguidamente se traga.

-Desde luego -observó el rey-, es una costumbre muy rara. Pero ¿podríais decirme, queridos sabios, por qué lo hace?

-Sobre ese punto hay cuatro teorías, majestad -contestaron los homólogos-. Según la primera, el Homo hace eso para eliminar el exceso de venenos (pues es tremendamente venenoso). Según otra teoría, lo hace por instinto de destrucción, que en él es el más poderoso. En tercer lugar, se dice que lo hace por avidez, pues si pudiera se tragaría todo lo que tiene a su alcance, y la cuarta teoría…

-¡Bien, bien! -exclamó el rey-. ¿Es cierto que es un ser nacido del agua y, sin embargo, tan opaco como el que tengo disecado?

-También es cierto. Pues esa criatura tiene en su interior un gran número de tubos por los cuales circulan líquidos; dichos líquidos son de color amarillo y perla, pero en su mayoría son rojos y transportan un veneno terrible al que llaman oxígeno; dicho gas transforma en herrumbre o en llamas todo lo que toca. Por eso mismo se vuelve de color perla, amarillo y rojo. Suplicamos a su majestad que renuncie a su idea de traer un Homo vivo, pues se trata de la criatura más peligrosa y dañina que existe.

-Habrán de exponerme todo eso muy detalladamente -dijo el rey, fingiéndose dispuesto a seguir los consejos de los sabios, aunque en realidad lo que deseaba era satisfacer su curiosidad.

-El Homo pertenece a una clase de seres llamados traqueantes, divididos en silicónidos y proteínidos; los primeros tienen una consistencia más compacta y densa, por lo que se denominan acalcitados o aljibicitados; a los segundos, mucho más raros, los distintos autores dan diversos nombres tales como: tilios o tilicios, según Polomedero; fangosos o viscosos, según Tricéfalo Arboridisco; traqueosalivadores víscidos, según Analcimandrio…

-¿Es cierto que el Homo tiene incluso los ojos viscosos? -preguntó el rey Boludar.

-Efectivamente, majestad. Esas criaturas, de apariencia débil y vulnerable, que ojalá cayeran todas desde la mayor altura y todas se convirtieran en un charco rojo, representan por su astucia un peligro mucho mayor que todos los vórtices y escollos del Anillo de Astridio. Así que os suplicamos que, teniendo en cuenta el bien del país…

-Está bien, está bien, queridos sabios -dijo el rey-. No os preocupéis, que tomaré una decisión con la debida prudencia.

Los sabios homólogos se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon muy preocupados, puesto que tenían la impresión de que éste no había renunciado ni mucho menos a su peligrosa idea.

Efectivamente, al poco tiempo apareció una noche una astronave con un enorme paquete, que descargaron y transportaron inmediatamente a los jardines reales. Pronto se abrieron las doradas puertas del parque para los súbditos del rey Boludar; entre los setos de brillantes, la glorieta de jaspe tallado y los monstruos de mármol, vieron en la jaula de hierro una criatura pálida y débil sentada en un pequeño barril, ante un recipiente lleno de una cosa extraña, cuyo olor recordaba al aceite, pero estropeado tras haberlo quemado en el fuego y, por lo tanto, inservible.
Sin embargo, aquella criatura metía con toda naturalidad en el pequeño recipiente una especie de palita con la que se llevaba aquella sustancia aceitosa y repugnante al orificio que tenía en la parte inferior de la cara.

El público se horrorizó al leer lo que ponía en el letrero de la jaula y al enterarse de que se trataba del paliducho Homo Antropos vivo. El público empezó a molestarle e irritarle, y el Homo se levantó, agarró algo que tenía dentro del barril y roció a la multitud con el agua mortal. Mientras los unos huían, los otros agarraron piedras para lapidar al monstruo, pero los guardias los dispersaron rápidamente.

La hija del rey, Electrina, se enteró de aquello. La princesa, deseosa de contemplar aquel fenómeno, no vaciló en acercarse a la jaula dentro de la cual aquella extraña criatura se pasaba las horas rascándose o tragando cantidad de agua y de aceite estropeado que hubiese matado en el acto a cien súbditos del rey.

El paliducho aprendió pronto a expresarse. inteligiblemente y empezó a dialogar con Electrina.

Un día la princesa le preguntó qué eran las cosas blancas que le relucía en la boca.

-Se llaman dientes -dijo el Homo.

-¡Dame uno a través de las rejas! -rogó la princesa.

-Y tú ¿qué me darás?

-Te dejaré mi llave de oro, pero sólo un momento.

-¿Qué llave es ésa?

-Es mi llave personal con la que cada noche doy cuerda a mi entendimiento. Supongo que tú también tienes una llave parecida -dijo la princesa.

-Mi llave es muy distinta -contestó Paliducho riéndose-. ¿Y dónde la guardas?

-Aquí mismo, en el pecho, debajo de la válvula de oro.

-Déjamela.

-¿Y me darás el diente?

-Sí.

La princesa aflojó el tornillo de oro, abrió la válvula, sacó la llave de oro y se la entregó a través de las rejas. Paliducho la agarró rápidamente y corrió a meterse en el fondo de la jaula.

La princesa le suplicó que le devolviera la llave, pero en vano.

Temerosa de confesar lo que acababa de hacer, Electrina se encerró con el corazón angustiado en su habitación. Había obrado atolondradamente, pues aún era casi una niña. Al día siguiente, su servidumbre la encontró sin sentido en su lecho de cristal de roca. Acudieron sus padres y todos los cortesanos y la encontraron tendida en el lecho como si durmiera, pero no pudieron despertarla. El rey mandó llamar a los electroconsejeros de la corte y a los electromédicos, y éstos, al examinar a la princesa, se dieron cuenta de que la válvula estaba abierta y faltaba el tornillo y la llave de oro. En el palacio reinaba la alarma y la confusión, todos corrían buscando la llave, pero no daban con ella.

Al día siguiente, informaron al desventurado rey que Paliducho deseaba hablar con él sobre el asunto de la llave perdida. El rey fue inmediatamente al parque y el monstruo le dijo que él sabía dónde estaba la llave de la princesa, pero que únicamente lo diría si el rey le daba su palabra de honor de suministrarle una astronave para que regresara a su tribu.

El rey se hizo rogar mucho; mandó buscar por todo el parque, pero finalmente aceptó las condiciones de Paliducho. Prepararon la astronave y sacaron bajo guardia a Paliducho de su jaula.

El rey estuvo esperando junto a la nave, puesto que el Homo le había prometido decirle dónde se encontraba la llave en cuanto estuviera a bordo de la nave.

Pero tan pronto como se encontró en ella, sacó la cabeza por el tragaluz y, mostrando la reluciente llave, gritó:

-¡Aquí está la llave! Me la llevo para que tu hija jamás se despierte, y así me vengaré por la humillación de convertirme en el hazmerreír de tus súbditos al encerrarme en la jaula de hierro.

Surgió una llamarada de la popa de la nave, que se elevó en el cielo ante el asombro de todos. El rey ordenó inmediatamente que saliera en persecución de Paliducho la flota de draganubes de acero y de helinaves; pero regresaron con las
manos vacías, pues el astuto Paliducho había tenido buen cuidado en borrar sus huellas y evitar la persecución.

Entonces el rey Boludar comprendió cuán torpe había sido al no seguir los prudentes consejos de los sabios homólogos. Los electricistas cerrajeros intentaron hacer otra llave; los escultores y armeros reales, conocedores de todos los secretos del oro y el acero, los artistas cibergrabadores, todos acudieron para probar su habilidad y destreza, pero en vano.

Finalmente, el rey mandó recuperar la llave robada por Paliducho, ya que de lo contrario la princesa seguiría sumida eternamente en las tinieblas de su falta de entendimiento.

Mandó publicar un bando explicando detalladamente cómo el Paliducho Homo Antropos había robado la llave de oro, y prometiendo que quien lo capturara o simplemente lograra recuperar la llave para devolver la vida a la princesa obtendría en premio la mano de su hija y subiría al trono.

Pronto se presentó ante el palacio una multitud de aventureros de todo tipo. Entre ellos estaban los más prestigiosos electroguerreros, los estafadores, los astroladrones, los cazaestrellas… Y también se presentó el famoso esgrimidor-oscilador Rapacio Megawatio, que disponía de un acoplamiento de ida y vuelta que le permitía permanecer sólo en el campo de batalla; acudieron candidatos de los países más lejanos, como dos Automacistas que habían probado su valor en cien combates; el famoso construccionista Protesio, que nunca salía sin sus dos magnetotragadores, uno negro y el otro plateado; llegó Arbitronio Cosmosófico, maravilloso ser construido con paracristales, y el inteléctrico Palibaba, quien sobre cuarenta robots con ochenta cajas trajo una antigua máquina calculadora con las ideas oxidadas, pero que no dejaba de ser un poderoso artefacto. Acudieron igualmente tres representantes de la tribu de los Seléctritos: Diodo, Tríodo y Héptodo, quienes en la cabeza tenían un vacío tan perfecto que sus ideas eran tan negras como una noche sin estrellas. Llegó Perpetuano, totalmente hecho con una armadura de Leyde, con su colector cubierto de cardenillo tras más de trescientas batallas; y Matricio Perforado, que de día no salía a cazar para que nadie le abrazara, pues era famosísimo; Matricio llegó al palacio junto con un valeroso siberiano, llamado Calambrazo. Cuando el patio real estuvo lleno hasta los topes, trajeron un barril que depositaron en el umbral y, como una gran gota de mercurio, de él surgió Erg Autoexcitador que podía cobrar cualquier forma a su capricho.

Aquellos héroes celebraron un banquete, diseminados por las salas del palacio, cuyos techos de mármol estaban iluminados de rosa como el crepúsculo, y luego todos se marcharon, cada cual por su camino, para buscar a Paliducho, desafiarle y recobrar la llave y con la qu desposar a la princesa y subir al trono de Boludar.

Rapacio Megawatio fue hacia Coldea, donde vivía la tribu de los Galaretas, pues allí pensaba conseguir información. El esgrimidor-oscilador se sumió en sus mares de alquitrán, abriéndose camino con su espada teledirigida, pero no consiguió combatir porque tan pronto como se recalentó, su sistema de refrigeración estalló y
Rapacio Megawatio, el famoso esgrimidor, encontró la muerte entre extraños y su valeroso cátodo se lo tragaron las sucias olas bituminosas de los Galaretas.

Los dos Automacistas llegaron al país de los Radomantes; que edifican con gases luminosos y son tan avaros que todas las tardes cuenta los átomos de su planeta.

Los Radomantes recibieron muy mal a los Automacistas, pues les enseñaron una sima llena de ónices, malaquita y limonita, y cuando los electroguerreros se quedaron estupefactos ante aquellas joyas, los lapidaron, aplastándolos bajo un alud de piedras preciosas; cuando esto ocurrió, una enorme claridad iluminó los alrededores como tras la caída de un cometa. Pues los Radomantes eran los secretos aliados de los paliduchos, cosa que nadie sabía.

El tercero, el construccionista Protesio, consiguió llegar, tras un larguísimo viaje a través del crepúsculo centroestelar, hasta el país de los Algonquinos, de donde salen una infinidad de meteoros. La nave de Protesio embistió vanamente contra sus murallas y, con el timón destrozado vagó por las profundidades estelares y al acercarse a los lejanos soles, el desdichado anduvo para siempre a tientas, cegado por la luz.

El cuarto, Arbitronio Comosófico, tuvo más suerte al principio. Llegó hasta el estrecho de Andrómeda, atravesó los cuatro torbellinos en espiral de Arestia, y llegó al tranquilo vacío, navegando favorablemente; dejando tras de sí una radiante estela, llegó al planeta Maestricia, donde entre las rocas meteoríticas halló el destrozado casco de la nave de Protesio. Sepultó el cuerpo del construccionista, poderoso, reluciente y frío como cuando estaba en vida, debajo de un túmulo de basalto, pero de quitó ambos magnetotragadores, el negro y el plateado, para que le sirvieran de escudos y continuó su camino. Maestricia era un planeta montañoso y salvaje por el que los aludes de piedras rugían y caían los verdosos y plateados rayos de las nubes sobre los precipicios.

El electroguerrero llegó al país de los barrancos, donde los palindromianos lo agredieron en un verde desfiladero de malaquita. Lo atacaron desde lo alto del barranco con centellas que él rechazaba. con su escudo magnetotragador; pero luego llevaron un volcán cuyo cráter instalaron a su espalda, escupiendo fuego en su dirección. Cayó el guerrero y la lava incandescente penetró en su cuerpo, del cual escapó toda la plata.

El quinto, el inteléctrico Palibaba, no fue a ninguna parte: se quedó en las fronteras del reino de Boludar, puso sus robots a pastar en los pastizales estelares y él mismo se ocupó de conectar la máquina, regularla y programarla, y no hacía más que correr de una a otra de sus ochenta cajas. Cuando los robots se llenaron de corriente y empezaron a cobrar entendimiento, Palibaba fue formulándole a la máquina unas preguntas muy concretas: ¿Dónde vive Paliducho? ¿Cómo encontrar el camino que lleva hasta él? ¿Cómo engañarlo? ¿Cómo capturarlo para que devuelva la llave?

Pero las respuestas eran ininteligibles y evasivas, Palibaba se enfadó y maltrató la máquina hasta que el cobre recalentado comenzó a apestar; la fustigó gritando: « ¡Dime la verdad, maldita máquina! », hasta que se fundieron las conexiones y de la pobre calculadora empezaron a manar lágrimas de plateado estaño y, con gran estrépito, los tubos recalentados reventaron y Palibaba se encontró enfurecido y frustrado ante un montón de chatarra.

Regresó a casa avergonzado. Y encargó una nueva máquina, pero no la recibiría antes de cuatrocientos años.

La sexta expedición fue la de los Seléctritos: Díodo, Tríodo y Héptodo, quienes obraron de muy distinta manera. Los tres electroguerreros poseían unas reservas inagotables de tritio y deuterio, y pensaban abrirse el duro camino hacia el país de los paliduchos a base de explosiones de hidrógeno pesado. Sin embargo, ignoraban
dónde comenzaba dicho camino.Trataron dé informarse en el país de los pies de fuego, pero éstos se encerraron en las murallas de su capital y se defendieron coceando llamas; los valientes Seléctritos combatieron duramente, sin escatimar ni su tritio. Las murallas de la capital de los pies de fuego resplandecían como el oro, pero en medio de las llamas mostraron su auténtica naturaleza, al transformarse en unos nubarrones amarillos de humo sulfuroso, puesto que aquellas murallas habían sido levantadas con piritas chisporroteantes.

Allí cayó Díodo aplastado por los pies de fuego y su cerebro estalló como un ramo de cristales multicolores, salpicando su armadura. Le enterraron en negra olivina y sus compungidos compañeros prosiguieron adelante hasta llegar a las fronteras del reino de Osmalatia, donde reinaba el conquistador de estrellas Astrocirio.

Este rey poseía un tesoro lleno de núcleos de fuego, tan pesados, que solamente la tremenda fuerza de los imanes del palacio lo sujetaban impidiendo que se volatizaran en las profundidades planetarias. Quien llegaba a aquel planeta no podía moverse ni caminar, pues la enorme fuerza de gravitación lo mantenía atornillado y encadenado al suelo mejor que los más pesados grilletes. Tríodo y Héptodo vivieron allí una terrible aventura, pues al verlos llegar bajo los baluartes del castillo, el rey Astrocirio fue disparando uno tras otro sus blancos núcleos contra los dos guerreros. Sin embargo, triunfaron de su adversario y Astrocirio les dijo por dónde quedaba el camino de los paliduchos, aunque los engañó, puesto que ni él mismo lo sabía; solamente quería deshacerse de los temibles guerreros.

Partieron hacia el negro meollo de las tinieblas, donde alguien atacó a Tríodo con un arma antimateria; quizás fuera algún cazador de la tribu de los Quiberninos o tal vez un fusil ametrallador colocado en un cometa sin cola. El caso es que Tríodo desapareció y solamente tuvo tiempo de proferir su «¡ Awruk !», grito de combate de su nación.

Héptodo logró resistir un poco más pero su destino fue más amargo. Su nave se metió entre dos torbellinos gravitacionales, llamados Bajrida y Centilia; el primero de estos torbellinos acelera el tiempo, mientras que Centilia lo retrasa, y entre ambos existe una zona de estancamiento en la que en ciertos momentos resulta imposible salir hacia adelante o retroceder. Allí se extravió Héptodo y allí continúa, junto con los innumerables galeones y fragatas de otros conquistadores de astros, piratas y cazasombras, sin envejecer ni un ápice, en medio del más silencioso y espantoso aburrimiento que lleva por nombre Eternidad.

Al concluir de ese modo la aventura de los tres Seléctritos, el electroguerrero Perpetuano, ciberconde de Balamski, que debía partir en octava posición, tardó mucho en hacerlo. Pues el electroguerrero se preparó largamente para la batalla, ajustando ora un conductor más potente, ora sus magnetos, lanzabombas e impulsores; con mucha prudencia partió a la cabeza de sus fieles compañeros. Bajo su bandera se alistaron numerosos guerreros, pero en su mayoría se trataba de parados que al no tener ocupación deseaban dedicarse a guerrear. Con ellos, Perpetuano formó una hermosa caballería pesada y blindada que llevaba el nombre de Eslúsares, y unos cuantos escuadrones ligeros con los más audaces y combativos. Pero con sólo pensar que habría de pasarse la vida en unos países desconocidos donde a lo mejor su cabeza se convertiría en un charco de mercurio, su barba de acero se erizó, y, presa de un miedo espantoso, regresó inmediatamente a casa, avergonzado, lleno de pesadumbre y llorando con lágrimas de topacio, pues era un señor poderoso con la mente llena de joyas.

Sin embargo, el penúltimo, Matricio Perforado, emprendió inteligentemente la misión. Había oído hablar del país de los pigmelianos unos robots enanos, cuyo pueblo era obra de cierto constructor cuyo tiralíneas se de deslizó en la mesa de dibujo al proyectarlos, de modo que salieron todos de la matriz jorobados, diminutos y sin posibilidad de modificarlos, pues eso no se había calculado. Estos enanos atesoraban, como otros atesoran riquezas, el saber que sus cazadores denominan Absoluto.

Su ingenio no residía tanto en el hecho de atesorar el saber, sino en no utilizarlo. Perforado llegó hasta el país de los pigmelianos desarmadoy a bordo de un galeón cuya cubierta se hundía bajo el peso de espléndidos regalos; pues deseaba ganar su amistad con unos trajes dotados de destructores de positrones y cortadores de lluvia de neutrones. Les ofreció un átomo de oro del tamaño de cuatro puños y un frasco borboteante de la más rara ionosfera. Pero los pigmelianos despreciaron incluso el vacío noble, las olas bordadas con un espléndido espectro astral y otras maravillas. El lugarteniente de Perforado, llamado Calambrazo, se enfureció y amenazó con entregarlos al verdugo eléctrico.

Por fin, los enanos les facilitaron un guía, pero como era un granuja con miles de manos, les enseñaba todas las direcciones a la vez.

Perforado lo despidió en seguida y mandó a Calambrazo sobre las huellas de los paliduchos; pero siguió una pista falsa, pues por aquella época corría por el cosmos un cometa calizo y el necio de Corrientazo confundió la calcita con la cal, que es el principal componente del esqueleto de los paliduchos. De modo que la expedición se extravió. Perforado y su gente anduvieron errando a través de unos soles cada vez más oscuros, y llegaron hasta los lugares más antiguos del cosmos.

Perforado llegó ante un desfiladero.de gigantescas moles purpúreas y se dio cuenta de que su nave, junto con un cortejo de estrellas silenciosas, se reflejaba como una espiral en un espejo de piel plateada. Se asombró y echó mano de su extintor supermoderno, que había comprado a los pigmelianos, y se refugió a toda prisa en la Vía Láctea. No sabía lo que estaba contemplando: se trataba ni más ni menos que del famoso nudo espacial cuya fuerza era de las mas compactas y que desconocían los propios monoasterismos; solamente se sabía que quien llegaba hasta allí jamás volvía.

Nadie sabe lo qué fue de Matricio Perforado en aquel molino estelar; su fiel lugarteniente Calambrazo regresó a su casa, y sus ojos de zafiro habían contemplado tales horrores que nadie podía mirarlo sin echarse a temblar.

Y nadie supo ya ni de la nave ni del extintor ni de Matricio.

El último guerrero, Erg Autoexcitador, partió en solitario. Nadie lo vio durante todo un año y seis domingos. A su regreso no paraba de contar cosas sobre países desconocidos, como el de los periscopos, que con el veneno frío elaboran la fiebre; el planeta de los klaistrocos, que se derritieron ante él en una serie de enormes bloques, pues así suelen hacerlo en caso de necesidad, y él cortó dos de aquellos bloques hasta encontrar en ellos una roca caliza que constituía sus huesos; cuando venció a los mataespadas, se encontró ante unas caras gigantescas como la mitad del cielo y se lanzó hacia ellas para abrirse camino, y, bajo el fuego de su potente lanzallamas, su piel reventó, apareciendo unos tensos bosques de nervios.
Erg hablaba del planeta Abericio, formado de hielo transparente y que, semejante a una lente de diamante, capta el panorama del cosmos eterno; de Alumnia, donde solamente pudo contemplar la luz de las estrellas reflejada en la cima de los colgados heleros; contaba cosas increíbles del reino de los fluidos marmelóideos, que fabricaban magníficas joyas con la lava hirviente; de los electroneumáticos, que saben desviar el fuego del entendimiento con el vapor del metano, el ozono, el cloro y el humo de los volcanes, y demás continúan atormentándose para crear un
genio pensador con el gas. Erg contó asimismo que para entrar en el país de los paliduchos debía arrancar de sus goznes la puerta solar llamada Caput Medusae; tras haber levantado la puerta de sus goznes cromáticos; se internó a través del interior estelar, lleno de llamas de color lila y blanco azuladas hasta que su armadura se cuarteó bajo el calor. Contó cómo durante treinta días intentó emitir la palabra que pone en movimiento la elipse de Astroprosiano, ya que sólo a través de ella es posible entrar en el helado infierno de los seres tiritantes; cómo finalmente consiguió llegar hasta ellos y cómo intentaron cazarlo con un lazo viscoso, sacarle el mercurio de la cabeza y pasarlo por un cortocircuito; cómo lo engañaron mostrándole unas estrellas enfermas que no eran más que seudonebulosas, pues habían escondido por avaricia las verdaderas estrellas; cómo le torturaron para vengarse de él, pero al ver que todo lo aguantaba, de encerraron en una roca de magnetita y dentro de ella comenzó a multiplicarse en una infinidad de Erg Autoexcitadores; cómo derribó la enorme tapa metálica y salió a la superficie, y cómo estuvo esperando el severo juicio de los paliduchos durante un mes y cinco días; cómo en un último esfuerzo los monstruos con orugas, llamados tancazos, arremetieron contra él, pero sin resultado, ya que lleno de ardor belicoso, pegando a diestra y siniestra, todos sus enemigos cayeron bajo sus golpes tremendos. Finalmente se encontró con Paliducho, el ladrón de llaves, que cayó muerto a sus pies. Erg le cortó la espantosa cabeza, le puso las tripas al aire y en ellas encontró una piedra preciosa llamada trijobezoar en la cual estaba grabada una inscripción en el feroz idioma de los paliduchos, diciendo dónde se encontraba la llave.

Erg reventó sesenta y siete soles blancos, azules y rojos como rubíes y dentro de uno de ellos encontró la llave salvadora.

De las aventuras que tuvo, de los combates que libró a su regreso a través del cosmos, no quería ni acordarse, pues añoraba muchísimo a la princesa y pronto se celebrarían los esponsales junto con la coronación.

Con gran regocijo lo llevaron hasta la habitación de la princesa Electrina, que sumida en su sueño no se enteraba de nada ni nada decía. Erg se inclinó sobre la válvula abierta, introdujo algo en ella, lo atornilló y, ante el asombro de la reina, el rey y los cortesanos, Electrina abrió los ojos y sonrió a su salvador. Erg cerró la válvula, la selló con una masilla para que no se abriera y entonces se dio cuenta de que el tornillo, que también había encontrado, se le había perdido durante el combate que sostuvo contra Poliandro Partobón, emperador de los jatapurgos. Pero
nadie se fijó en eso; de lo contrario los reyes hubieran comprendido que Erg jamás había marchado a ninguna parte, sino que desde niño era un maestro en el arte de abrir cualquier cerradura y por eso pudo darle cuerda al entendimiento de la princesa Electrina.

Así que Erg no había realizado ni mucho menos ninguna de las hazañas que había contado, sino que se había limitado a esperar un año y seis domingos para no despertar sospechas y también para cerciorarse de que ninguno de sus rivales regresaba.

Sólo entonces se presentó en el palacio del rey Boludar, devolvió la vida a la princesa, se casó con ella y subió al trono, reinando muchos años en medio de la mayor felicidad y sin que nadie se enterase jamás de su artimaña. De esto se deduce que nosotros contamos la verdad, pues en los cuentos siempre triunfa la virtud.

Los Dos Monstruos

Hace muchísimo tiempo, en un lugar muy apartado, cerca del polo galáctico, existía un séxtuplo sistema astral; cinco de sus componentes eran soles, mientras que el último era un planeta de rocas ígneas y cielo jaspeado, en el que surgió el poderoso estado llamado Argentio, o sea, de los plateados.

Entre las negras montañas, en una inmensa y blanca llanura, se levantaban las ciudades de Ilidar, Bizmalia y Sinalost; pero era mucho más hermosa su capital, llamada Eterna, que de día se parecía a un glaciar azul, mientras que de noche semejaba una estrella cóncavo-convexa. Unas altas murallas colgantes y llenas s de edificios de calcedonia brillantes como el oro, la defendían contra los meteoros. Sin embargo, lo más soberbio de Eterna era el Palacio Real, levantado de acuerdo con una arquitectura negativa, pues los constructores no querían limitar el panorama ni el pensamiento; se trataba de una construcción enteramente ilusoria y matemática, sin cimientos ni techos ni paredes. Desde el Palacio Real, la dinastía de los Energios imperaba sobre el planeta entero.

Bajo el rey Treops, los siderianos asmeicos invadieron desde el cielo el país de los Energios; con sus asteroides destruyeron la ciudad de Bizmalia y removieron su cementerio, infligiendo, una gran derrota a los plateados, hasta que el joven rey Iloraquio, Poliarca casi sabio universal, mandó llamar a los astrotécnicos más famosos para que rodearan todo el planeta de un sistema de torbellinos magnéticos y de fosos gravitacionales en los que el tiempo discurría de un modo tan vertiginoso que cuando un agresor llegaba hasta allí ya habían pasado cien millones de años o más y se convertía de puro viejo en polvo antes de poder siquiera contemplar el resplandor de las ciudades argentianas. Ese invisible abismo del tiempo y la red de torbellinos magnéticos defendían tan perfectamente los accesos al planeta, que los plateados pudieron pasar al ataque. Entonces se lanzaron contra sus enemigos los siderianos y bombardearon su territorio con las blancas radiaciones de su sol, hasta que todo el país ardió en un terrible incendio nuclear. Así desapareció el planeta de los siderianos.

Tras esa guerra, la paz, el orden y el bienestar reinaron a través de los siglos entre los habitantes de Argentio, sin que nunca se rompiera la continuidad de la dinastía reinante, y cada Energio, al acceder al trono, el día de la coronación entraba en el palacio subterráneo ilusorio y allí tomaba el cetro plateado de manos de su fallecido antecesor. Pues no se trataba ni mucho menos de un cetro normal y corriente, ya que desde hacía miles de años había grabada en él la siguiente inscripción:

«Si el monstruo es eterno, entonces no existe, puesto que son dos; y si esto en nada te ayuda, destrúyeme.»

En todo el estado no había nadie, así como tampoco en la corte de los energios, que supiera lo que esa inscripción significaba, pues el recuerdo de su creación se había perdido en la noche de los tiempos. Las cosas cambiaron tan sólo bajo el reinado del rey Inhistón.

En esa época apareció en el planeta una criatura desconocida y gigantesca que muy pronto se hizo famosa en los dos hemisferios por su espantoso aspecto. Nadie la había visto aún de cerca, pues quien a ello se hubiese atrevido jamás habría regresado vivo; se ignoraba por completo la procedencia de aquella horrorosa criatura; los ancianos afirmaban que se parecía a un gigantesco cangrejo y. a una campana fundida en osmio y tántalo, y que había surgido tras la destrucción de Bizmalia, que no se había reconstruido.

Los ancianos aseguraban que ciertas fuerzas malévolas y sombrías duermen entre las antiguas rendijas magnéticas, y que en ella se esconden, en los metales, unas corrientes que, con sólo tocarlas, pueden desencadenar unas tormentas espantosas y entonces, en medio de un ruido chirriante de metal retorcido, en los cementerios
surge de entre el mortal silencio de los huesos un ser inimaginable, ni vivo ni muerto, que solamente sabe hacer una cosa: sembrar la destrucción.

Otros ancianos afirmaban que la fuerza de la cual el monstruo nacía se reflejaba, al igual que en un espejo cóncavo, en el núcleo niquelado del planeta y, concentrándose en algún punto, espera hasta que, a tientas, los esqueletos metálicos y las carcasas decrépitas se arrastran hacia ella; entonces nace el monstruo.

Sin embargo, los sabios se burlaban de esas historias, que consideraban meros cuentos de viejas. En cualquier caso, el monstruo asolaba el planeta. Al principio evitaba las grandes ciudades y sólo atacaba las poblaciones aisladas, arrasándolas con sus llamas blancas y lila. Pero el monstruo iba envalentonándose cada vez más y pronto lo vieron desde las mismas torres de Eterna, asomando su espinazo en el horizonte, parecido a la cima de los montes, y reflejando los rayos del sol en sus gigantescos flancos de acero.

Una expedición salió al encuentro del monstruo, pero de un solo soplo éste convirtió a los guerreros en puro vapor.

Los habitantes de la capital estaban aterrados; el rey Inhistón mandó llamar a los sabios, que estuvieron meditando noche y día, juntando sus cerebros para mejor analizar el problema y éstos proclamaron que solamente con ingenio era posible aniquilar al monstruo. Así que el rey ordenó que el Gran Cibernador de la Corona, el Gran Aridinámico y el Gran Abstraccionista conjugaran sus conocimientos para elaborar los planes de un electroser capaz de lanzarse contra el monstruo.

Pero los tres especialistas no se ponían de acuerdo y cada uno defendía su propio concepto; por eso construyeron tres ingenios. El primero,’de cobre, era grande como una montaña, hueco y pesado, lleno de inteligente maquinaria. Durante tres días llenaron de plata líquida sus condensadores de memoria; descansaba en medio
de una selva de andamios y la corriente silbaba dentro de él como cien cataratas.

El segundo, de mercurio, era un gigante dinámico; se lanzaba con una velocidad vertiginosa contra cualquier objetivo, con unas formas tan cambiantes como las de las nubes aspiradas por una tromba de aire.

El tercero, que había sido construido de noche por el sabio Abstraccionista según unos planos secretos, nadie logró verle siquiera.

En cuanto al Gran Cibernador de la Corona terminó su obra y cayeron los andamios, el gigante de cobre se estiró y los techos de cristal temblaron en toda la ciudad; poco a poco fue poniéndose de pie, enderezando sus rodillas y el suelo se estremeció, y cuando se incorporó totalmente, su cabeza quedó oculta más allá de las nubes; el gigante comenzó a recalentarse hasta que en medio de un tremendo silbido las nubes se despejaron y apareció reluciente como el oro rojo, y mientras caminaba sus pies hundían el pavimento de rocas de las calles. Bajo su visera, el gigante de cobre tenía dos ojos verdes y un tercero cerrado, que podía derretir las rocas sin más que entreabrir sus párpados-escudos. Con unos pocos pasos se perdió lejos de la capital, resplandeciente como una llama. Cuatrocientos argentianos, cogidos de la mano, apenas si podían dar la vuelta a una de sus huellas, semejantes a un barranco.

Desde las ventanas y las torres, a través de los cristales y desde las almenas de las murallas de Eterna, contemplaban cómo iba desapareciendo bajo la luz crepuscular, cada vez más pequeño hasta que sólo pareció del tamaño de un habitante corriente de Argentio, pero entonces solamente lo divisaron desde la cintura para arriba encima del horizonte, puesto que las piernas desaparecían de la vista en la convexidad planetaria.

Transcurrió una noche tensa y desapacible, pues todos creían oír los ecos de la batalla y ver los rojos -resplandores de la lucha, pero nada hubo de todo eso. Sólo al alba, el viento llevó hasta Eterna un ruido semejante al de una tormenta lejana. Y nuevamente reinó el silencio en el día soleado…

De pronto pareció que estallaban cien soles y sobre Eterna cayó una enorme cantidad de fragmentos ardientes; los palacios se desmoronaban, los muros saltaban a pedazos, sepultando a los desventurados que gritaban pidiendo auxilio.

Era el gigante de cobre, que volvía, pues el monstruo lo embistió y lo despedazó, lanzando sus restos a través de la atmósfera; así volvían sus restos derretidos, convirtiendo en cenizas la cuarta parte de Eterna.

Fue una derrota terrible, pues durante dos días y dos noches siguió cayendo del cielo una lluvia de cobre. .

Entonces fue en pos del monstruo el veloz robot Testamercurio, que se creía indestructible, puesto que cuantos más golpes le daban, más duro se volvía. Los golpes no lo deterioraban en lo más mínimo, sino que por el contrario lo consolidaban. Por el desierto, llegó hasta la montaña del monstruo y al divisarlo se lanzó contra él por la vertiente rocosa. El monstruo lo aguardó sin siquiera moverse. El fragor del combate estremecía el cielo y el suelo del planeta. El monstruo se transformó en una blanca muralla de fuego y el robot se convirtió inmediatamente en un negro abismo que se lo tragó. El monstruo lo atravesó de parte a parte y con sus aladas llamas se volvió y arremetió nuevamente, y otra vez atravesó a su adversario sin dañarlo.

Rayos violeta estremecían las nubes, pero era imposible escuchar su estruendo por el ruido ensordecedor de la batalla de los gigantes.

Al darse cuenta que así no conseguía nada, el monstruo se aplastó, convirtiéndose en un espejo de materia: cualquiera que se encontrase frente a él se veía, pero no en simple imagen, sino en realidad; Testamercurio se vio en aquel espejo y arremetió contra sí mismo, pero naturalmente le era imposible autovencerse. Así estuvo luchando tres días enteros, y tal era la potencia de sus golpes, que se volvió más denso que la piedra, que el metal y que todo lo que no sea el núcleo de una enana blanca, y luego, él y su imagen se hundieron en las profundidades, dejando únicamente entre las rocas, un cráter que inmediatamente comenzó a llenarse de roja y resplandeciente lava surgida del interior del planeta.

Nadie logró ver al tercer electroguerrero cuando salió para el combate. El Gran Abstraccionis y físico de la Corona al amanecer se lo llevó en la palma de la manó a las afueras de la capital y, abriendo su mano, sopló y su robot levantó el vuelo, rodeado únicamente por la inquietud acumulada en el aire, sin ruido, sin dejar la más pequeña sombra bajo el sol, como si no existiera:

En realidad, era menos que nada; pues no había surgido del mundo, sino del antimundo y no estaba formado de materia, sino de antimateria; de hecho, ni siquiera de ésta, sino de sus probabilidades, ocultas en ciertas fisuras espaciales, hasta el extremo de que los mismos átomos lo evitaban, igual que las montañas de hielo evitan las briznas marchitas que se mecen sobre las olas del océano.

Llevado por el aire, voló hasta dar con el reluciente cuerpo del monstruo, que caminaba como una larga cordillera de montañas de acero, con la espuma de las nubes chorreándole por el espinazo. Golpeó el duro y templado flanco del monstruo, abriendo en él un sol que se oscureció inmediatamente y se convirtió en la nada, extrayendo de la roca una nube de acero gaseoso; el guerrero la traspasó y volvió a lanzarse contra el monstruo, que empezó a estremecerse, lanzando unas llamas blanquecinas que se convirtieron inmediatamente en cenizas, quedando sólo el vacío. El monstruo trató de cubrirse con el espejo de la materia; pero el electroguerrero Antimat -que así se llamaba- lo atravesó y se apartó; entonces el monstruo, mostrando su cabeza, ya que en ella llevaba sus radiaciones más duras; pero así tampoco logró nada; el coloso se volvió a estremecer y destrozando las rocas, convirtiéndolas en nubes de blanco polvo de piedra, escapó en medio del estruendo de una avalancha, dejando en su huida unas huellas de metal derretido, de escorias y gases volcánicos.

Así escapó el monstruo, pero no iba solo, pues Antimat lo alcanzó en los flancos, atacándolo con redoblado ímpetu, hasta que el aire se estremeció y la bestia se volatilizó en el horizonte y el viento dispersó sus vestigios.

Los habitantes de Argentio acogieron la noticia con gran alegría. Pero en ese mismo instante un ruido estremecedor comenzó a oírse en el cementerio de Bizmalia. En el recinto donde yacían las chapas comidas por la herrumbre, la chatarra de cadmio y de tantalio, allí donde hasta entonces el viento silbaba entre los montones de hierro retorcido, empezó a percibirse un tenue movimiento, semejante al de un hormiguero incesante: la superficie del metal mostraba un resplandor de llama azulada; los armazones comenzaban a enrojecer y ablandarse, como sacudidos por una fiebre interna; empezaban a unirse entre sí, injertándose, soldándose, y una masa chirriante surgió, dando forma a un nuevo monstruo similar al anterior. El monstruo, sembrando la destrucción, luchó con Antimat… y sucumbió. Pero ya estaban naciendo nuevos monstruos en el cementerio, y el pánico cundió entre los argentianos, pues ya sabían cuán terrible era el peligro que
los amenazaba.

Entonces el rey Inhistón entendió el significado de la inscripción grabada en el cetro. Rompió el cetro plateado y de él escapó un trozo de cristal del peso de una aguja que comenzó a escribir con fuego por el aire.

Y aquella escritura incandescente reveló al rey y a su consejo el origen del monstruo.

En medio del resplandor del aire, el cristal escribió y les explicó que todos ellos eran los lejanos descendientes de un ser que hacía ya miles de siglos había engendrado el propio creador del monstruo. Y ese antiguo creador del monstruo no se parecía a las criaturas racionales de cristal, de acero o de oro ni a nada de lo que vive y está hecho de metal. Pues dicho ser y todos sus semejantes habían salido del océano y construyeron unas máquinas que por ironía llamaban corderos de hierro y que sumieron en la más espantosa esclavitud. Como carecían de la fuerza necesaria
para rebelarse contra los hijos del océano, las criaturas metálicas volaron por el espacio, huyendo de la esclavitud hasta el archipiélago estelar más alejado, Argentio no era más que un grano de arena perdido en el desierto.

Pero sus antiguos amos no se olvidaron de los libertos, que llamaban insurrectos, y nunca dejaron de buscarlos a través del cosmos, recorriéndolo de este a oeste de la muralla galáctica y del polo norte al polo sur. Y donde quiera que descubren a los inocentes descendientes del primer cordero de hierro, en los soles oscuros o claros, en los planetas ardientes o helados, se valen de su maléfico poder para atormentarlos. ¡Así ha sido, así es y así será! Y para los desgraciados descendientes de aquellos antiguos y esclavos corderos de hierro no hay salvación ni perdón, ni pueden escapar a la espantosa venganza que convierte sus ciudades en un desierto estéril a través de la despiadada furia destructora del monstruo.

Por fin se apagó la ardiente inscripción y los dignatarios se quedaron mirando al rey, pálido como un muerto; guardaron silencio largo rato, meditando, y luego tomaron la palabra diciendo:

-¡Rey de Eterna y de Erisfenia, señor de Ilidar, de Sinalost y de Arcapturia, guardián de los bancos de arena del Sol y la Luna, háblanos!

-Lo que necesitamos no son palabras, sino una acción definitiva -replicó el rey Inhistón.

Se estremecieron. los miembros del consejo, pero una voz contestó:

-¡ Tú lo has dicho! -respondieron los miembros del consejo.

Entonces, el rey Inhistón le dijo al Gran Abstraccionista:

-¡ Cumple con tu obligación!

Y cumpliendo aquella orden, el Gran Abstraccionista pronunció la terrible palabra cuyas vibraciones llegaron hasta las honduras planetarias por las rendijas del aire, y entonces el cielo jaspeado se estremeció y las torres se vinieron al suelo; en las setenta y siete ciudades de Argentio se abrieron otros tantos cráteres blancos, y en los continentes destrozados, abrasados por las llamas, triturados por la tremenda vorágine de las negras fuerzas desencadenadas por la terrible palabra, murieron todos los plateados habitantes de Argentio y un gran sol iluminó no ya el planeta, sino un torbellino de negros nubarrones que fueron disipándose lentamente, arrastrados por la tormenta destructora. En el vacío, hendido por unos rayos más duros que las cosas, se aglutinó luego una tremenda y vibrante chispa y desapareció. Las ondas destructoras alcanzaron al cabo de siete días el lugar donde, negras como la noche, esperaban las naves que surcaban el vacío.

-¡Lo conseguimos! -dijo el creador de los monstruos a sus compañeros-. Dejó de existir el Estado de los plateados. Nada queda de Argentio. Ya podemos irnos.

En medio de las tinieblas, las popas de sus naves comenzaron a escupir llamas y huyeron por el camino de la venganza. El cosmos es infinito y sin fronteras, y tampoco tiene límites su odio, y cada día, cada hora, puede alcanzarnos.

La Muerte Blanca

Aragena era un planeta edificado en el interior, pues su rey, Metamérico, se extendía en un plano ecuatorial que abarcaba trescientos setenta grados y de ese modo rodeaba totalmente su Estado, siendo no sólo su señor, sino también su protección; con objeto de salvaguardar a sus súbditos, los enteritas, de las invasiones cósmicas, ordenó que nadie ni nada se moviera, ni siquiera un guijarro, sobre la superficie del globo. De manera que el territorio de Aragena parecía salvaje y muerto, y solamente los rayos recortaban el espinazo de silicio de los montes y los meteoros horadaban los continentes de cráteres.

Sin embargo, a diez millas por debajo de la superficie bullía la actividad de los enteritas; minando y socavando el planeta, llenaban sus amplias galerías con jardines de cristal y ciudades de oro y plata; levantaban las casas al revés, en forma de dodecaedros y de icosaedros, y construían unos palacios hiperbólicos en cuyas cúpulas deslumbrantes uno podía contemplarse, con su imagen multiplicada veinte mil veces, lo mismo que en un teatro de gigantes. Pues los enteritas eran muy aficionados a los reflejos y la geometría y tenían excelentes constructores.

Un sistema de tuberías llevaba la luz a las entrañas del planeta, filtrándola a través de las esmeraldas, diamantes o rubíes, y así disponían de una luz de alba, de mediodía de rosado crepúsculo; y estaban tan enamorados de sus propias formas que todo su mundo estaba lleno de espejos; tenían unos vehículos cristalinos, movidos por el hálito de gases ardientes, sin ventanas, pues eran totalmente transparentes y al viajar podían contemplarse reflejados en la cúspide de los palacios y los templos, con una imagen maravillosamente multiplicada y fugaz, tangencial e irisada. Parecían incluso su propio cielo, en el que prendidos de telarañas de molibdeno y vanadio relucían esplendorosamente los rubíes y cristales de roca que cultivaban en el fuego.

El rey Metamérico era hereditario -y eterno a la vez, pues poseía un hermoso cuerpo de múltiples elementos, en el primero de los cuales se alojaba su entendimiento; cuando éste envejecía al cabo de miles de años, cuando ya se había desgastado la red cristalina de su mente, asumía el poder el siguiente elemento, y así sucesivamente, pues tenía diez mil millones de repuesto.

Metamérico era el descendiente de los aurígenos, que nunca llegó a conocer, y sólo sabía de ellos que cuando corrían el peligro de desaparecer a manos de ciertas criaturas espantosas aficionadas a la cosmonáutica que atacaron su planeta, los aurígenos encerraron todo su saber y su ansia de vivir en unos granos atómicos microscópicos, que fecundaron con la gleba rocosa de Aragena. Le dieron ese nombre porque les recordaba a sí mismos, pero no dejaron en sus rocas ninguna huella de armas para no atraer con ellas y poner sobre su pista a. sus crueles perseguidores. Todos murieron, salvo uno, pero cayeron con el consuelo de saber que sus enemigos, llamados blancos o paliduchos, no imaginaban que habían dejado con vida a una de sus víctimas, convencidos de haberlos aniquilado a todos.

Los enteritas que nacieron de Metamérico no compartían su conocimiento sobre el extraordinario origen de su raza, pues la historia del terrible final de los aurígenos y del comienzo de los enteritas estaba escrita en un antiquísimo y negro cristal volcánico escondido en el mismo núcleo del planeta.

En las profundidades del suelo rocoso y magnético que los valientes constructores excavaban, ampliando su reino subterráneo, Metamérico ordenó fabricar una serie de asteroides que lanzaron al espacio, describiendo un círculo infernal alrededor del planeta y defendiendo sus accesos. Los navegantes cósmicos evitaban así aquellos parajes denominados del Negro Rechinar, pues las gigantescas moles voladoras de basalto y de porfirio chocaban incesantemente entre sí, originando un enorme torrente de meteoros; de allí era de donde surgían todas las cabezas de cometas, todos los bólidos y asteroides rocosos que llenaban de polvo el sistema del Escorpión.

Los meteoros caían como avalanchas de piedra sobre la superficie de Aragena, bombardeándola, abriendo grandes surcos y manantiales ardientes que transformaban con sus erupciones las noches en días y los días en noches con sus nubes de polvo. Sin embargo, no llegaba el más mínimo temblor hasta el país de los enteritas.

El que se atrevía a acercarse al planeta contemplaba, si antes su nave no se estrellaba en un torbellino rocoso, un globo pedregoso semejante a un cráneo agujereado por los cráteres. Incluso la puerta que conducía al subsuelo había sido construida por los enteritas a semejanza de unas rocas resquebrajadas.

Durante miles de años nadie visitó el planeta; pero Metamérico no relajaba su severa vigilancia por un segundo.

Cierto día, un grupo de enteritas que había salido a la superficie descubrió algo parecido a una copa o un cáliz gigantesco, clavado en un montón de rocas y cuya destrozada concavidad, vuelta hacia el cielo, estaba agujereada en varios sitios. Inmediatamente se trasladaron al lugar los expertos en astronáutica, quienes dictaminaron que se trataba de los restos de una nave estelar extranjera de procedencia desconocida. La nave era muy grande. Al acercarse pudieron ver que tenía la forma alargada y esbelta de un cilindro, con la proa hundida en las rocas y toda ella recubierta de una capa de pintura y hollín; y su popa estaba construida de tal manera que recordaba, con su forma de copa o de cáliz, las bóvedas más grandes de los palacios subterráneos. Trajeron de debajo de la tierra unas máquinas provistas de enormes tenazas, que con gran cuidado extrajeron la misteriosa nave del lugar donde se había estrellado y la llevaron al subsuelo. Luego, un grupo de enteritas aplanó y niveló el cráter abierto por la proa de la nave para borrar toda huella del choque de la superficie del planeta, y volvieron a cerrar la puerta de basalto.

El casco de la nave, ennegrecido como si hubiera ardido en el carbón, yacía en la sala principal de investigación, provista de gran cantidad de luces; los investigadores enfocaban sobre su superficie refulgente los más claros cristales y con un durísimo diamante perforaron la coraza exterior; debajo de ésta encontraron una segunda, de un raro blancor que los asustó un poco, y, después de haberse perforado esta segunda coraza con un taladro de carburo de silicio se encontraron con una tercera impenetrable y en la que había una puerta hermética que no supieron abrir.

El sabio más anciano, Afinor, examinó cuidadosamente la cerradura de la puerta y descubrió que para abrirla había que, pronunciar cierta palabra. Pero no la conocían ni tenían forma de deducirla. Durante largo rato probaron con varias palabras, tales como «cosmos», «estrellas», «travesía», pero la puerta ni se estremeció.

-No sé si es correcto que tratemos de abrir esta nave sin saberlo el rey Metamérico -dijo por fin Afinor-. De niño escuché una leyenda sobre unos seres blancos que perseguían cualquier forma de vida nacida del metal por todo el Universo, sembrando el exterminio por venganza…

Afinor se interrumpió bruscamente y junto con los demás contempló con espanto la blanca coraza de la nave, pues al pronunciar la última palabra la puerta se estremeció de pronto y se abrió sobre sus goznes. La palabra que la había abierto era la de «venganza».

Los sabios llamaron a los guerreros, quienes tan pronto como llegaron apuntaron sus lanzachispas hacia las tenebrosas profundidades de la nave, iluminándola con sus cristales azules y blancos.

La maquinaria de la nave estaba casi totalmente destrozada; anduvieron largo tiempo entre las ruinas, buscando a la tripulación, pero sin encontrarla ni descubrir ninguna huella de la misma. Entonces consideraron los sabios que aquella nave no era ninguna criatura racional, aunque las había tan grandes y aún mayores, pues la reina de tales naves pensantes era mil veces mayor que la que estaban contemplando. Sin embargo, los nudos de la mente eléctrica que lograron descubrir eran muy simples y dispersos; por consiguiente, aquella nave extranjera no podía ser más que una máquina voladora y sin tripulación, tan inerte como una piedra.

En un rincón de la cubierta, junto a la pared acorazada, los investigadores encontraron un charco como de pintura que parecía roja y que manchó sus plateados dedos al tocarla; de dicho charco sacaron unos jirones de una desconocida vestimenta, húmeda y roja, así como unos fragmentos duros y calizos.

Sin saber por qué, todos los que allí se encontraban, en medio de las tinieblas taladradas por los cristales luminosos, sintieron un gran terror.

Pero el rey ya se había enterado del hecho; inmediatamente acudieron sus mensajeros con la orden tajante de destruir la nave extranjera con todo lo que contenía, y sobre todo el rey mandó entregar a los astronautas forasteros al fuego atómico.

Los investigadores replicaron que dentro de aquella nave no había nadie, sino sólo piezas destrozadas, entrañas de metal y unos restos polvorientos de pintura roja que manchaba. El mensajero del rey se estremeció y ordenó encender inmediatamente la hoguera atómica.

-¡En nombre del rey! -ordenó-. Ese color rojo que habéis encontrado es un presagio de la muerte blanca, que no conoce otra cosa más que la venganza sobre los inocentes por el solo hecho de existir.

-Si era la muerte blanca, ya no nos amenaza, pues la nave está muerta y con ella todos los que la tripulaban murieron en el cinturón de arrecifes protectores -replicaron los sabios.

-El poder de esos paliduchos es inmenso, pues cuando mueren suelen resucitar mucho más fuertes. -Y el mensajero del rey ordenó-: ¡Atomistas, cumplid con vuestro deber!

Al oír esas palabras, los sabios y los investigadores se espantaron. Pues no creían en la profecía de exterminio por antojárseles que aquello era realmente imposible. Así que extrajeron toda la nave del lugar, destrozándola en los yunques de platino, y cuando quedó descuartizada la sometieron a la dura irradiación que la convirtió
en miríadas de átomos volátiles, que callan eternamente, puesto que. los átomos no tienen ninguna historia al ser todos iguales, tanto los que proceden de las estrellas más poderosas como de los planetas muertos; o de los seres inteligentes, buenos o malos; pues la materia es una en todo el cosmos y no cabe asustarse ante ella.

Sin embargo, agarraron incluso aquellos átomos, los congelaron en un solo bloque, lo lanzaron hacia las estrellas y sólo entonces dijeron con alivio:

-Estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

-Por ahora estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

Pero cuando los martillos de platino estaban golpeando la nave y ésta se deshacía, de un jirón de ropa manchado de sangre, un germen invisible cayó de una costura descosida; ese germen era tan diminuto que un solo grano de arena podía cubrir a cien como aquél. Y de ese germen se incubó en la noche, con el hollín y el polvo, un blanco cáliz en las cavernas rocosas; y de él surgieron el segundo, el tercero, centenares… y luego de ellos manó el oxígeno y la humedad, y la herrumbre se abatió sobre las refulgentes losas de las ciudades, y sé entrelazaron los hilos impalpables incubados en las frías entrañas de los enteritas, de forma que cuando despertaron ya llevaban la muerte encima.

Antes de un año, todos yacían unos junto a otros. Las máquinas se detuvieron en las cavernas, se apagaron las llamas de cristal, una lepra parda cubrió las cúpulas relucientes y cuando el último calor atómico se volatilizó, cayeron las tinieblas por las que, atravesando los crujientes esqueletos, penetrando en los herrumbrosos cráneos, hormigueando en las apagadas órbitas, iba extendiéndose el moho velloso y húmedo de la muerte blanca.

De cómo Micromil y Cigaciano
Provocaron la Fuga de las Nebulosas

Los astrónomos nos enseñan que todo cuanto existe, las nebulosas, las galaxias y las estrellas, se alejan unas de otras en todas direcciones, y, como consecuencia de esa fuga continua, el Universo se viene ampliando sin cesar desde hace miles de millones de años.

Algunas personas, asombradas ante esa fuga universal, tratan de invertir la idea y llegan a la hipótesis de que hace muchísimo tiempo, en los tiempos más remotos, el cosmos entero estaba aglomerado en un solo punto, como una bola estelar que por una causa extraña y totalmente desconocida llegó a estallar, y que esa explosión sigue hasta nuestros días.

Al razonar de esa manera, sienten una enorme curiosidad acerca de lo que antiguamente pudo existir, pero son incapaces de aclarar ese misterio. En realidad, las cosas ocurrieron de esta manera:

En el Universo anterior vivían los constructores, maestros incomparables en el arte cosmogónico. No había cosa que ellos no supieran hacer, aunque es bien sabido que para construir cualquier cosa es preciso disponer antes de un plano de la misma y es necesario concebir dicho plano.

De manera que estos dos constructores, llamados Micromil y Gigaciano, se pasaban el tiempo discutiendo de qué manera era posible enterarse de las cosas que podrían construirse además de las que a ambos se les ocurrían.

-Puedo realizar todo lo que me pasa por la cabeza -afirmaba Micromil-, pero no todo se me ocurre. Esto no. deja de limitarme lo mismo que a ti, pues no conseguimos imaginar todo lo imaginable y es muy posible que precisamente alguna otra cosa que no sea la que estamos imaginando y realizando merezca la pena de realizarse. ¿Qué te parece?

-Tienes toda la razón -asintió Gigaciano-, pero ¿qué podemos hacer?

-Pues me parece muy sencillo: todo lo que realizamos sale de la materia -dijo Micromil-, ya que en ella se encierran todas las posibilidades; si concebimos una casa, construimos una casa; si imaginamos un palacio de cristal, levantamos ese palacio; si se trata de una estrella pensadora o de una mente ardiente, también 1ogramos fabricarlas. Sin embargo, dentro de la materia anidan muchas más posibilidades que en nuestras cabezas; por eso habría que ponerle a la materia una boca para que de esa manera pudiera decirnos lo que podría realizarse con ella aparte de lo que a nosotros se nos pueda ocurrir.

-Sí, claro, la boca es necesaria -dijo Gigaciano-, pero no basta, ya que la boca solamente es capaz de expresar lo que la mente concibe. Por lo tanto, a la materia no solamente hay que ponerle una boca, sino también inculcarle el pensamiento, y entonces seguro que nos desvelará todos sus secretos.

-Es correcto lo que dices -convino Micromil-. Vale la pena, plantearse esa tarea. A mi modo de ver, habría que proceder así; puesto que todo lo que existe es energía, es necesario construir la mente con ella, empezando por lo más diminuto, es decir, desde el cuanto; para lo cual es preciso encerrar la mente cuántica en una jaulita hecha con átomos de los más diminutos. Cuando tengamos cien millones de estos genios de bolsillo, habremos conseguido nuestro objetivo: esos genios se multiplicarán y entonces cualquier puñado de arena pensante nos dirá lo que hay que hacer y cómo hacerlo muchísimo mejor que un consejo formado por innumerables personas.

-No, no, así no es posible -replicó Gigaciano-. Hay que proceder a la inversa, ya que todo lo que existe es una masa. Con todas las masas del Universo hay que construir, por consiguiente, un cerebro inmenso y con toda su magnitud repleta de ideas. Y cuando le pregunte, me revelará todos los secretos del Universo. Tus polvos geniales no son más que un fenómeno desprovisto de toda eficacia, puesto que si cada grano pensante se pone a decir una cosa distinta, te harás un lío y no te enterarás de nada.

Así discutiendo, los dos constructores terminaron por enemistarse y no hubo manera de que emprendieran la tarea juntos. Así que se separaron, burlándose el uno del otro, y cada cual emprendió la tarea a su modo. Micromil comenzó por capturar los quanta y los metió en sus jaulitas atómicas, y como quiera que los más diminutos se hallaban en los cristales, dotó de mente a los diamantes, las calcedonias y los rubíes; las cosas le salieron estupendamente con los rubíes, hasta
el extremo de que tanta energía racional metió en ellos que lanzaban chispas. Disponía también de otros minerales pensantes, tales como las esmeraldas, los prudentes zafiros y los sagaces topacios; pero los que mejor le salían desde el punto de vista de la mente eran los rojos rubíes.

Mientras Micromil se dedicaba a la gestación de sus cuerpos diminutos, Gigaciano se dedicaba a crear un gigante. Emprendió su tarea con los soles más grandes y siguió con todas las galaxias, que estuvo fundiendo, mezclando, soldando y ensamblando, arremangado hasta los codos, hasta que creó su ser cósmico, denominado Cosmolud, criatura enorme que todo lo abarcaba, hasta el punto de que prácticamente no quedaba nada aparte de él, salvo un pequeño reducto en el que Micromil estaba metido con sus joyas.

En cuanto ambos constructores hubieron terminado su obra, ya no se trataba de saber cuál de los dos ingenios creados por ellos suministraba más ideas, y revelaba más enigmas, sino sencillamente de quién de entre los dos constructores había tenido razón y elegido más acertadamente. De manera que decidieron competir.

Gigaciano estaba esperando a Micromil junto a su Cosmolud, que se extendía sobre siglos y siglos luz en longitud, anchura y altura, pues su cuerpo estaba formado de oscuras nebulosas estelares, su sistema respiratorio lo componían una multitud de soles, las piernas y los brazos eran unas galaxias injertadas con la gravitación, la cabeza estaba formada de trillones de globos metálicos y, sobre ella, llevaba un gorro peludo de ardiente cabello soleado. Cuando Gigaciano estaba armando su Cosmolud, tenía que volar desde la oreja a la boca y cada uno de estos viajes le costaba seis meses. Por el contrario, Micromil llegó al campo de batalla solo y con las manos vacías; en su bolsillo llevaba al diminuto rubí que iba a enfrentarse con el coloso. Gigaciano se sonrió al verlo.

-¿Y qué dice esa nimiedad? -se mofó-. ¿Qué saber puede exhibir frente a este gigante galáctico y pozo de sapiencia, a su nebulosa comprensión, a cuyo sol los soles transmiten el pensamiento que refuerza su poderosa gravitación, al que las estrellas en explosión confieren el resplandor de los conceptos y las tinieblas interplanetarias agigantan la reflexión?

-¡Deja ya de jactarte de tu obra y de mofarte de mí, y vamos a los hechos! -replicó Micromil, quien añadió-: ¿Sabes qué te digo? ¿Por qué habríamos de preguntarles a nuestras criaturas? ¡Dejemos que ellas mismas compitan en sus discursos! ¡Que mi microscópico genio rivalice con tu ser estelar en el marco de este torneo en el que el escudo es la inteligencia y la espada la prudente razón!

-¡ Pues que así sea! -asintió Gigaciano.

Entonces se apartaron ambos de sus creaciones para que permanecieran solas en el campo. El rojo y diminuto rubí se puso a dar vueltas, girando a través de las tinieblas del vacío cósmico surcado por las estrellas, por encima del cuerpo iluminado e inconmensurable de su rival, y dijo con una voz de pajarillo:

-¡Eh, tú, grandullón, desmesurado! ¿Acaso eres capaz de pensar?

Estas palabras tardaron un año en llegar al cerebro del coloso, cuyos firmamentos armónica y artísticamente concebidos comenzaron a moverse, y entonces se asombró el coloso de aquellas atrevidas palabras y quiso ver quién era el osado que así le hablaba.

Empezó a mover la cabeza en aquella dirección, pero antes de terminar su rotación ya habían transcurrido dos años. Miró con sus claros ojos galácticos a través de las tinieblas, pero no pudo ver nada, puesto que el rubí ya hacía tiempo que se había marchado piando a su espalda:

-¡Menudo patán, vaya sol peludo y vago redomado! ¡En lugar de mover la cabeza, sol melenudo, a ver si puedes decirme cuánto hacen dos y dos antes de que la mitad de esos gigantes azules ardan en tu cerebro y se consuman de puro viejos!

Enfurecido por las pullas del diminuto rubí, el Cosmolud empezó a girar nuevamente la cabeza lo más rápidamente que pudo, pero ya le estaban hablando otra vez a su espalda; entonces trató de girar cada vez más de prisa y alrededor del eje de su cuerpo se arremolinaban las vías lácteas y los miembros hasta entonces rectos de las galaxias se enroscaron en forma de espiral, las nebulosas estelares giraron vertiginosamente, con lo que todo aquello se convirtió en una bola y todos los soles y los planetas se desprendieron con tal velocidad que parecían peonzas; pero antes de que el coloso pudiera encarar a su adversario, éste ya estaba mofándose a su espalda.

El atrevido ingenio de Micromil escapaba cada vez más de prisa, mientras que el Cosmolud no hacía más que girar y girar, pero sin poder alcanzarle, a pesar. de dar más vueltas que una gigantesca peonza; y tanto giró y con tanta velocidad que se relajaron las cadenas de la gravitación, hasta el punto de alcanzar el límite de su resistencia, reventando con ello los puntos de atracción eléctrica y, con terrible potencia centrífuga, de pronto estalló el gigante y, hecho pedazos, salió disparado por el vacío, desparramando sus ardientes espirales galácticas, y así comenzó la fuga de las nebulosas.

Micromil afirmó tras aquella catástrofe que el triunfo era suyo, puesto que el Cosmolud de Gigaciano se había volatilizado antes de pronunciar una sola frase racional; sin embargo, Gigaciano replicó que el objeto de la competición no consistía en medir la fuerza, sino la comprensión, o sea, cuál de las dos creaciones era más inteligente y no cuál aguantaba más, y puesto que lo ocurrido nada tenía que ver con el objeto del desafío, afirmaba que Micromil le había engañado vergonzosamente.

Desde entonces, Micromil. anda buscando su rubí, que se perdió durante la catástrofe, pero sin poder encontrarlo, ya que en cuanto divisa una luz roja, allí acude corriendo, pero se encuentra con que se trata de la luz de una nebulosa huyendo sonrojada de la vejez, y vuelve a buscar nuevamente, pero siempre en vano. A su vez, Gigaciano se dedica, con ayuda de cuerdas gravitantes y de hilos irradiantes, a coser los fragmentos dispersos de su Cosmolud, utilizando como aguja la radiación más dura. Pero todo lo que cose se rompe instantáneamente, de tan enorme que es la fuerza de las nebulosas tan pronto como emprenden la huida. Así que ni uno ni otro lograron descubrir los misterios de la materia, a pesar de haberla dotado de una mente y haberle puesto una boca; pero en el momento decisivo de la conversación, ésta resultó tan pobre que se la califica de irrazonable y tonta por su ignorancia.

Pero hay un hecho cierto y es que el gigante Cosmolud de Gigaciano se rompió en una infinidad de pedazos por culpa del rubí de Micromil y todos esos fragmentos siguen volando hasta hoy en todas direcciones. Y si alguien no lo cree, que pregunte a los sabios si no es cierto que todo lo que existe en el cosmos gira incesantemente alrededor de su eje como una peonza; pues todo empezó con esa vertiginosa rotación.

Leyenda de la calculadora que luchó
contra el dragón

El rey Poliandro Partobonio, señor de Ciberia, era un gran guerrero. Experto en los más modernos métodos estratégicos, nada le interesaba tanto como la cibernética aplicada a la guerra. Su reino estaba plagado de una multitud de máquinas pensadoras, pues Poliandro las instalaba en todos los lugares donde podía, y no sólo en los observatorios astronómicos y los colegios y escuelas, sino que mandó convertir los mojones de las carreteras en aparatos eléctricos, cuyos altavoces advertían a los transeúntes para que no tropezasen con ellos; también los había en los muros y los postes, en los árboles y columnas, para que el caminante pudiera siempre preguntar la dirección correcta. Colgó máquinas de las nubes para que anunciaran la lluvia de antemano; las distribuyó por los montes y los valles; en una palabra, no había lugar en todo el reino de Ciberia donde no existiera una de aquellas eficientes máquinas.

El rey no sólo mandó perfeccionar a base de la cibernética todo lo que ya existía, sino que difundió por todas partes magníficos aparatos.

Fabricaron cibercangrejos y ciberocios bordoneantes e incluso cibermoscas que atrapaban mecánicamente a las arañas, que proliferaban terriblemente en el reino. Por todo el planeta podía escucharse a los cibergansos y cibergallos, cantaban los cibergrillos y los ciberpájaros, y además de todos estos mecanismos civiles y pacíficos pululaban en toda la superficie de Ciberia dos veces más ingenios militares, ya que el rey Políandro Partobonio era un famoso guerrero.

Poseía en sus palacios subterráneos una infinidad de máquinas, entre las cuales figuraba una calculadora estratégica, que era de lo más valiente y arrojada. Tenía asimismo una infinidad de robots más pequeños, sin contar una división de ciberametralladoras, una formación de cibertanques enormes y un enjambre de armas de todo tipo, así como una clase de polvos sumamente mortíferos.

Pero el rey Partobón estaba muy triste al no tener con quien combatir, ya que ningún enemigo, por valiente o cruel que fuera, se atrevía a invadir su .reino, pues temían enfrentarse con sus poderosísimas fuerzas y su invencible estrategia respaldada por aquellas ciberarmas famosas en todo el cosmos.

Al carecer de enemigos e invasores verdaderos, el rey Poliandro ordenó a sus ingenieros que le fabricaran unos ejércitos enemigos artificiales, para poder luchar contra ellos ‘y batirlos. Y así tuvieron lugar las batallas más encarnizadas, que muy pronto asolaron todo el reino de Ciberia. Los súbditos comenzaron a murmurar al ver que una masa de ciberenemigos desvastaban sus cosechas y sus casas con sus ciberlanzallamas; y la gente llegó a expresar abiertamente su descontento cuando el rey, en su furia perseguidora de las huestes invasoras, empezó a arrasar cuanto se interponía en su victorioso camino. Aquellos súbditos desagradecidos protestaban aunque todo aquello se hiciera por su liberación.

Pero el rey Poliandro ya estaba aburrido de guerrear artificialmente en su propio planeta y soñaba con salir de su reino y combatir y avanzar victoriosamente en todo el cosmos. El planeta Ciberia tenía una gran luna totalmente desierta y salvaje. El rey Poliandro cargó de impuestos a sus súbditos para reunir los fondos necesarios para crear en dicho satélite un poderoso ejército y con él guerrear nuevamente.

La población de Ciberia pagó los impuestos de buen grado pensando que su rey ya no se ensañaría con sus cibercañones y sus contingentes de ciberguerreros en sus haciendas y sus vidas. De manera que los ingenieros del reino construyeron en el satélite una extraordinaria máquina calculadora, que a su vez debía crear toda clase
de ejércitos y armas automáticas. Y el rey Poliandro comenzó a probar una y otra vez la capacidad de su nueva máquina: le ordenó telegráficamente que realizara un electrosalto, pues sentía gran curiosidad por saber si cuanto sus ingenieros le habían dicho era cierto y si aquella máquina podía hacer cualquier cosa (si lo sabe hacer todo -pensó el rey-, pues que salte), y bastaron tres telegramas para que lo hiciera, realizando luego cualquier maniobra que se le ordenase. Finalmente, el rey ordenó a la máquina que creara un electrodragón, y así lo hizo.

El rey estaba dirigiendo por entonces una nueva campaña para liberar una de las provincias de su reino conquistada por los cibergranaderos y se olvidó totalmente de la orden impartida a la calculadora lunar, cuando desde el satélite comenzaron a caer sobre el reino de Ciberia unas rocas gigantescas. El rey se quedó asombrado al ver que una de aquellas rocas, al caer sobre una de las alas de su palacio, le había aplastado toda una serie de enanos a reacción, y, lleno de ira, telegrafió inmediatamente a la máquina lunar preguntándole cómo se atrevía a hacer tales barbaridades. Pero la máquina se quedó muda, pues ya había dejado de existir al tragársela el dragón que ella misma había creado, y ahora sólo le servía de rabo al desagradecido ciberdragón.

Entonces el rey Poliandro mandó al satélite una expedición armada, encabezada por una nueva calculadora, muy valiente, para que aniquilase al dragón; pero apenas tuvo tiempo de acercársele y entablar combate, pues quedó destrozada con sólo unas dentelladas del monstruo, y con ella toda la expedición militar; evidentemente, el electrodragón tenía las más negras intenciones con respecto al reino de Ciberia y su rey.

Ante el fracaso de la primera expedición, Poliandro mandó al satélite a sus mejores cibergenerales, capitaneados por un cibernetísimo, pero tampoco éste tuvo suerte, salvo que la batalla duró un poco más bajo la mirada asombrada del rey, que con sus gemelos de largo alcance asistía a ella desde la terraza de su palacio.

El dragón seguía creciendo y la luna le quedaba más pequeña, ya que el monstruo se la iba comiendo a pedazos, con lo que el cuerpo se agigantaba. Al percatarse el rey Poliandro y sus súbditos que las cosas empeoraban, puesto que tan pronto como acabara de tragarse el satélite el monstruo se lanzaría contra ellos y su planeta, todos empezaron a temblar y no sabían qué hacer: si malo era mandar a combatir a las máquinas, peor sería lanzarse uno mismo contra la gigantesca bestia, pues equivaldría a ir a una muerte segura y sin gloria.

Todos en Ciberia estaban perplejos y desorientados, cuando una noche oscura el rey oyó que el telégrafo que tenía en su habitación empezaba a traquetear en medio del silencio. El aparato real estaba hecho de oro y brillantes y conectado con la luna; el rey se levantó de la cama y corrió hacia el telégrafo, que seguía emitiendo su mensaje: tac, ta-tac, ta-tac… Poliandro descifró el siguiente mensaje: «El electrodragón telegrafía que Poliandro Partobonio debe marcharse y cederle su trono.»

El rey se enfureció terriblemente, y tal como estaba, en camisón y zapatillas, fue corriendo, escaleras abajo, hacia los sótanos del palacio, donde estaba su máquina estratégica, muy vieja y muy inteligente. No le había pedido consejo hasta entonces, porque antes del surgimiento del electrodragón lunar había discutido con ella sobre cierta operación militar; pero esta vez al rey le iban las cosas muy mal y quería salvar el trono y la vida a toda costa.

Conectó la vieja máquina y apenas empezaba a calentarse cuando le suplicó:

-Calculadora mía, querida calculadora, estoy en un terrible apuro: el electrodragón me quiere quitar el trono y echarme del reino. ¡Sálvame y dime qué debo hacer para vencerlo!

-De acuerdo -dijo la vieja calculadora-, pero antes has de reconocer que yo tenía razón acerca de aquel asunto y además exijo que me concedas el título de Gran Atamán Calculador, con lo que habrás de dirigirte a mí como Su Excelencia Ferromagnética.

-Bien, bien, te nombro Gran Atamán y todo lo que quieras, pero sálvame…

La vieja máquina emitió unos sonidos, silbó, se estremeció y dijo:

-La cosa es muy sencilla. Es preciso construir un electrodragón más poderoso que el de la luna. El nuestro derrotará al dragón enemigo, le romperá todos sus huesos eléctricos y así conseguiremos nuestro objetivo.

-Me parece una magnífica idea -dijo el rey-. ¿Puedes suministrarme el plano de ese
nuevo electrodragón más poderoso?

-Será un superdragón -dijo la vieja máquina-. Y no sólo sé hacer el plano, sino que puedo construirlo yo misma; ahora mismo lo hago, espera un momento. -Y la vieja máquina comenzó a crecer y a silbar, iluminándose toda y componiendo cosas en su interior, y de pronto una especie de zarpas enormes, eléctricas y ardientes, le salieron por los costados, hasta que el rey gritó:

-¡Vieja máquina calculadora, basta ya!

-¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? ¡ Soy el Gran Atamán Calculador!

-¡Cierto, cierto! -asintió el rey-. Excelencia Ferromagnética, puesto que el electrodragón que estás creando ha de derrotar al que está en nuestro satélite y ocupar su puesto, ¿cómo haremos para echarle a su vez?

-Muy sencillo: fabricaremos otro dragón aún más poderoso, y luego otro para matar a éste y así sucesivamente -explicó la vieja máquina calculadora.

-¡Eso no puede ser! Te ordeno que lo dejes todo como esta -dijo el rey-. De ese modo, en la luna habrá unos dragones cada vez más tremendos cuando yo lo que quiero es que no exista ninguno.

-Eso es otra cuestión -replicó la vieja máquina-. ¿Por qué no, me lo has dicho de entrada? ¿No ves de qué modo tan falto de lógica te expresas? Bien, espera un momento.

La vieja calculadora se puso a silbar y trepidar hasta que por fin dijo:

-Es preciso construir una antiluna y un antidragón y colocarlos en órbita alrededor de la luna (dentro de la vieja calculadora algo crujió) y pegar golpes y cantar: «Soy un joven robot, el agua no temo, pues adonde hay agua yo me zambullo, nada temo, desde la noche a la mañana, tralalá-tralalá».

-¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca, vieja máquina? -gritó el rey-. ¿Qué tiene que ver esa canción sobre el joven robot con la antiluna?

-¿A qué robot te refieres? Ah, bueno,.bueno, me parece que me he despistado; tengo la impresión de que algo se rompió en mi interior, algo se me debió quemar, seguro… -contestó la vieja calculadora.

El rey empezó a buscar en el interior de su vieja máquina hasta que encontró una válvula quemada; la cambió por una nueva y le volvió a preguntar a la calculadora qué iban a hacer con lo de la antiluna.

-¿De qué antiluna me estás hablando? -preguntó la vieja máquina, que ya se había olvidado de lo que acababa de decir-. No sé nada de esa antiluna… Espera, voy a pensarlo.

La vieja calculadora emitió unos silbidos, se estremeció y dijo:

-Hay que elaborar una teoría general para luchar contra los electrodragones, de la cual el dragón lunar será un caso específico y muy fácil de solucionar.

-De acuerdo, elabora esa teoría -dijo el monarca.

-Pero antes he de construir varios electrodragones para experimentar.

-¡De ninguna manera! -gritó el rey-. El dragón quiere arrebatarme el trono y ¿qué pasará si creas varios?

-Claro, claro, hemos de buscar otra solución. Vamos a utilizar una variante estratégica mediante el método de las aproximaciones sucesivas. Telegrafíale al dragón que le cederás el trono a condición de que efectúe tres operaciones matemáticas muy sencillas…

Poliandro telegrafió al dragón y éste aceptó la proposición. El rey volvió junto a la vieja calculadora, que dijo:

-Ahora dile al dragón que efectúe la primera operación: que se divida por sí mismo.

Así lo hizo el rey. El electrodragón se dividió por sí mismo, pero como él era la unidad de los electrodragones quedó un electrodragón y continuó en la luna; de modo que nada había cambiado.

-¡Vaya idea! -gritó el rey, corriendo escaleras abajo a tal velocidad que perdió sus
zapatillas-. El dragón se ha dividido por uno y sigue allí como si nada…

-No importa, lo hice adrede; esa operación era para desviar la atención del dragón lunar. Ahora dile que a ver si es capaz de sacarse un elemento.

El rey telegrafió a la luna y el dragón empezó a estirarse y estirarse hasta crujir y jadear y temblar, pero de pronto lo consiguió y expulsó de sí un elemento.

Poliandro regresó junto a la vieja calculadora.

-El dragón se estiró, crujió y hasta rechinó, pero extrajo un elemento de sí y sigue amenazándome -gritó el rey desde el umbral-. ¿Y ahora qué hacemos, vieja máqu…, perdón…, Excelencia Ferromagnética?

-Se me ocurre una buena idea -dijo la vieja calculadora-. Ahora dile al dragón que se separe de sí mismo.

Volvió corriendo Poliandro. a su habitación, telegrafió nuevamente y el dragón empezó a reducirse. Primero se sustrajo la cola, luego las patas, luego el corpachón y finalmente, al ver que las cosas se ponían feas vaciló, pero ya estaba tan lanzado que se quitó la cabeza y se quedó en cero, o sea, en nada: ya no existía ningún electrodragón.

-¡Ya no existe el electrodragón ! -exclamó el rey lleno de júbilo escaleras abajo-. Te estoy muy agradecido, vieja calculadora. Te has ganado un buen descanso y ahora mismo voy a desconectarte…

-¡Ni pensarlo! -replicó la vieja máquina-.Yo he cumplido mi misión ¿y ahora quieres desconectarme y ya no me llamas Excelencia Ferromagnética? ¡ Vaya, eso sí que no! Ahora mismo me voy a transformar en electrodragón, y te echaré del reino, y seguro que reinaré mejor que tú, pues siempre me pediste consejo sobre los asuntos más importantes y yo siempre te aconsejé y…

Silbando y crujiendo, la vieja calculadora empezó a metamorfosearse en electrodragón, y ya sus electrozarpas salían por los costados, cuando el rey, atónito y jadeante de ira, se quitó una zapatilla y se puso a romper las válvulas de la calculadora a golpes, hasta que ésta empezó a chirriar y traquetear ruidosamente, haciéndose un lío con sus programas, y en lugar de la palabra «electrodragón» le salió la de « electroalqui-trán», y la vieja máquina hipando cada vez más bajo, se convirtió en una enorme masa negra y reluciente como el carbón, que se fue extendiendo mientras que de ella salían unas chispas eléctricas y azuladas, y ante el rey Poliandro, cegado por el resplandor, sólo quedó un gran charco de alquitrán humeante.

El rey respiró aliviado, se puso las zapatillas y regresó a su dormitorio. Desde entonces, el rey cambió mucho: las aventuras que acababa de vivir lo volvieron menos belicoso y durante el resto de su vida ya no se dedicó más que a la cibernética civil, desentendiéndose de la militar.

Los Consejeros del Rey Hidropsio

La de los argonautas fue de las primeras entre las tribus estelares que alcanzaron el conocimiento en el fondo de los océanos planetarios.

Uno de los integrantes de su reino era Acuacia, que reluce en el cielo del norte como un gran zafiro en un collar de topacios. En aquel planeta submarino reinaba desde hacía muchísimos años el rey Hidropsio de Todos los Peces. Una mañana llamó a la sala del trono a cuatro ministros de la Corona; se presentaron ante él, se inclinaron ante el monarca todos vestidos de esmeralda, y mientras Hidropsio se oreaba con su gran abanico dijo:

-¡Incorruptibles dignatarios! Hace ya quince siglos que reino sobre Acuacia, sus ciudades submarinas y sus azules praderas sumergidas; durante todo ese tiempo he extendido las fronteras del Estado sumergiendo numerosas tierras, y siempre honré. los estandartes impermeables que me legó mi padre, el gran Ictiócrates, logrando grandes victorias, cuya gloria no me toca a mí señalar, en las batallas contra los temibles microcitas. Sin embargo, el poder está resultándome una carga insoportable y por eso he decidido tener un hijo que ocupe el trono de los inóxidos y gobierne con justicia. Por eso me dirijo a vosotros, mis fieles dignatarios: a ti, mi leal Hidrociberio Amasidio; a ti, mi gran Programador Dióptrico, y a vosotros también, mis buenos consejeros Filonauta y Minogario, para que me inventéis el hijo que necesito. Y ojalá sea inteligente, pero sin demasiada afición a los libros, porque el exceso de saber debilita la voluntad de acción. Que sea bueno, pero sin exageración. Deseo que mi hijo sea valiente, pero sin ser temerario; sensible, pero sin caer en la ternura. Que se me parezca y que bajo su piel esconda esa misma escama de tantalio y que los cristales de su mente sean tan transparentes como el agua que nos rodea y sustenta. Y ahora, ¡manos a la obra!, ¡en nombre de la Gran Matriz!

Dióptrico, Minogario, Filonauta y Amasidio se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon en silencio, meditando en las palabras de su señor, pero no como lo hubiese deseado el poderoso Hidropsio. Pues Minogario deseaba usurpar el trono de Acuacia, mientras que Filonauta favorecía secretamente al enemigo de los argonautas, Microditón. En cuanto a Amasidio y Dióptrico eran enemigos mortales y cada cual deseaba sobre todas las cosas la caída del otro y de los demás dignatarios de la Corona.

Amasidio iba pensando: «El rey quiere que realicemos un hijo para él; nada sería más fácil que grabar en la micromatriz del príncipe la más profunda aversión hacia Dióptrico, ese palurdo gordinflón inflado como un globo, y en cuanto nuestro príncipe acceda al trono, mandará que lo ahoguen, sacándole la cabeza al aire. Eso sería estupendo.

Pero -siguió pensando el eminente Hidrociberio Amasidio- no cabe duda que el
propio Dióptrico tendrá el mismo plan que yo y, como programador que es, tiene muchas más posibilidades para inculcarle al futuro príncipe el odio hacia mí. ¡Mal asunto! ¡Habré de tener los ojos bien abiertos cuando los cuatro juntos metamos la matriz en el horno de hacer niños!»

«No sería difícil -iba pensando el dignatario Filonauta en ese mismo instante- inculcarle al príncipe una gran simpatía hacia los microcitas. Pero de eso se percatarían en seguida y el rey mandaría decapitarme. Así que le inculcaré al príncipe solamente el amor por las cosas diminutas, lo cual será mucho más seguro, y si me preguntan diré que solamente pensaba en los seres diminutos que pululan debajo del agua y que me olvidé de ajustar el programa advirtiéndole que no hay que amar lo que no está sumergido. En el peor de los casos, el rey me quitará mi Orden del Gran Borboteo, pero no me cortarán la cabeza, que es lo que más me importa, y que ni el mismo rey de los microcitas, Nanoxerio, sería capaz de devolverme.»

-¿Por qué están tan callados, señores dignatarios? -preguntó Minogario-. Pienso que hemos de empezar sin pérdida de tiempo, pues no, hay para nosotros nada más sagrado que las órdenes del rey.

-Callo precisamente porque estoy reflexionando sobre ellas -replicó Filonauta, mientras Dióptrico y Amasidio agregaban a un tiempo-: ¡Estamos listos!

Así que los cuatro dignatarios, de acuerdo con las viejas tradiciones, se recluyeron en una sala cuyos muros eran de escamas de esmeralda y cuyas puertas sellaron desde fuera con siete capas de resina submarina, y el mismo Macistos, señor de las inundaciones planetarias, puso en los sellos su blasón del Agua Silenciosa.

A partir de ese momento, nadie podría interrumpir la tarea de los dignatarios hasta que estuviera terminada, y, emitiendo la señal convenida, se rompieran los precintos y tuviera lugar, la gran ceremonia de presentación del príncipe.

Los dignatarios se dedicaron a su tarea, pero ésta resultó bastante larga, pues no era su intención concebir el príncipe deseado por el rey Hidropsio, sino engañarle, y cada dignatario pretendía asimismo engañar a sus tres compañeros y salirse con la suya.

El rey estaba impaciente, pues ya habían pasado ocho días y ocho noches y los dignatarios seguían encerrados en su sala de esmeralda sin dar señales de vida. Pues también trataron de postergar el inicio de la tarea, contando con que los demás se cansarían, para entonces meter rápidamente la matriz en el horno y que les saliera un príncipe capaz de satisfacer sus deseos personales.

A Minogario le consumía el ansia del poder y a Filonauta la sed del dinero que los microcitas le habían prometido, mientras que Amasidio y Dióptrico se odiaban a muerte.

Al acabársele la paciencia más que las fuerzas, el malvado Filonauta dijo:

-No entiendo, señores dignatarios, por qué razón nuestra tarea se prolonga de esta manera. El rey nos dio indicaciones muy precisas; hubiéramos debido atenernos a ellas; si así lo hubiésemos hecho, ya tendríamos al príncipe. Empiezo a sospechar que vuestra lentitud se debe a motivos que nada tienen que ver con los deseos de, nuestro señor. Y de seguir así las cosas, con gran dolor de mi corazón no tendré más remedio que plantear el votum separtum, o sea elaborar un informe…

-¿Qué está diciendo? -espetó Amasidio, moviendo sus relucientes agallas con tal furia que temblaron los flotadores de sus condecoraciones-. Vaya, yo también tengo ganas de informar al rey de que, no sabemos por qué razón inconfesable, usted ha roto ya dieciocho matrices de perla que logramos elaborar, cuando con la fórmula sobre el amor a lo pequeño no dejó ni el más mínimo espacio para prohibir el afecto a todo lo que no sea submarino. Nos quería convencer, digno Filonauta, que sólo se trataba de una omisión; pero repetirla dieciocho veces es motivo más que suficiente para que lo encierren con los traidores o los locos.

Al verse desenmascarado, Filonauta intentó defenderse, pero Minogario se le adelantó diciendo:

-Cualquiera diría, noble Amasidio, que asiste a nuestra reunión como una medusa sin mácula, cristalina. Pues, de un modo inconcebible, también por once veces consecutivas manipuló en la matriz todo cuanto ha de odiar el príncipe, añadiendo una vez un rabo trífido, dos veces unos ojos saltones y en otra ocasión un doble vientre blindado y tres manchas rojas, como si no supiera que todas esas características pueden relacionarse con Dióptrico, aquí presente y pariente del rey, y con ello inculcar en la mente del príncipe el odio a nuestro colega.

-¿Y por qué en la última matriz Dióptrico siguió grabando el desprecio a todos los seres cuyo nombre termina en «¡dio»? -preguntó Amasidio-. Y puesto que a eso nos referimos, ¿por qué usted mismo, señor Minogario, ignorando las cosas que el príncipe no ha de afrontar, se obstinó en insertar un asiento pentagonal apoyado en unas aletas brillantes? ¿Acaso ignora que en realidad el trono se parece a un cubilete metido en otro cubilete?

De pronto, en la sala de esmeralda reinó un tenso silencio, roto al fin por el débil borboteo de los dignatarios, que disputaron largamente, defendiendo sus contrapuestos intereses, hasta que por fin Filonauta y Minogario se pusieron de acuerdo en que la matriz del príncipe se dispusiera de forma que éste sintiera simpatía hacia todo lo pequeño y dejara lugar a dichas formas. Filonauta pensaba con ello en los microcitas, mientras Minogario pensaba sobre todo en su propia persona, puesto que era el más pequeño de los allí presentes. Dióptrico también aceptó esta posibilidad, pues Amasidio era el más alto de los cuatro. Pero éste se resistió furiosamente, aunque de pronto dejó de hacerlo; acababa de ocurrírsele que no solamente podía volverse más pequeño, sino también sobornar al zapatero de la corte para que herrase las suelas de las botas de Dióptrico con unas plaquitas de tantalio, con lo que su enemigo sería más alto y se ganaría la antipatía del príncipe.

Los dignatarios terminaron rápidamente su tarea, metieron la matriz en el horno y, tras echar los residuos por la trampilla de la sala de esmeralda, comenzó la gran ceremonia de presentación del nuevo heredero al trono.

En cuanto la matriz con el proyectado príncipe entró en el horno, la guardia real formó ante la puerta de donde había de salir el futuro rey de los argonautas, mientras Amasidio ponía en marcha su plan. El zapatero de la corte, por él sobornado, empezó a herrar las suelas de las botas de Dióptrico con una cantidad cada vez mayor de plaquitas de tantalio. El príncipe ya estaba bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos, cuando Dióptrico, al verse en el gran espejo del palacio, se dio cuenta con espanto que ya era más alto que su enemigo, ¡cuando al príncipe le habían programado cariño solamente para los seres pequeños!

Al regresar a su casa, Dióptrico cogió un martillo de plata y comenzó a golpearse todo el cuerpo con él, hasta que por fin descubrió las plaquitas en sus suelas y en el acto imaginó quién era el culpable.

-¡Traidor! -exclamó pensando en Amasidio-. Y ahora ¿qué hago?

Tras meditar un rato, Dióptrico decidió empequeñecerse. Llamó a su lacayo y le ordenó buscar un buen cerrajero. Pero el lacayo, que no había entendido muy bien la orden de su señor, salió a la calle y regresó con un pobre obrero que se encontró. Este se llamaba Frotón y se pasaba los días gritando por las calles: «¡Pego las cabezas, arreglo los vientres, sueldo las colas, pulo las extremidades!» Tenía Frotón una mujer muy violenta que siempre le esperaba a su regreso con una barra de hierro en la mano, y le molía a golpes, armando un gran alboroto; le quitaba todo el dinero que traía y de propina le golpeaba despiadadamente con su barra.

El pobre Frotón, todo tembloroso, se presentó ante el gran programador, que le preguntó:

-¿Serías capaz de empequeñecerme? ¿No te parece que soy demasiado alto? Me has de hacer más pequeño, pero sin desfigurarme. Si lo haces bien, tendrás una buena recompensa, pero tendrás que guardar el secreto, si te vas de la lengua, mandaré que te atórnillen.

Frotón se quedó muy asombrado, pero disimuló, pues a las personas importantes suelen ocurrírseles las ideas más raras y caprichosas. De manera que se quedó mirando con gran atención a Dióptrico, lo palpó cuidadosamente y dijo:

-Podría desatornillarle a su señoría la parte central de la cola…

-¡ Ni hablar! -replicó vivamente Dióptrico-. ¡Mi preciosa cola!

-Entonces ¿podría quitarle las piernas? Son totalmente inútiles.

Y realmente los argonautas no utilizaban sus piernas, puesto que sólo eran un vestigio de los antiquísimos tiempos en que sus antepasados aún vivían en seco. Pero Dióptrico se enfadó:

-¡Asno metálico! ¿No sabes que sólo nosotros, los de alta cuna, podemos tener piernas? ¿Cómo te atreves a insinuar que renuncie a mis símbolos de nobleza?

-Ruego a su señoría que me perdone, pero ¿qué puedo quitarle entonces?

Dándose cuenta de que así no podía seguir y que algo tendría que dejarse quitar, Dióptrico exclamó:

-¡Haz lo que te parezca con tal de volverme más pequeño!

Frotón se puso a medir al dignatario, palpó y golpeteó su cuerpo y dijo:

-Si su señoría me lo permite, puedo desatornillarle la cabeza

-¿Te has vuelto loco? ¿Cómo puedo ir por ahí sin cabeza? ¿Cómo podría pensar sin ella?

-¡Eso no es problema, señor! El cerebro de señoría puede colocarse en el vientre, donde sobra sitio.

Dióptrico aceptó y Frotón le quitó muy hábilmente la cabeza, luego colocó la semiesfera cristalina del entendimiento en el vientre, soldó los hilos con mucho cuidado, golpeteó los elementos para comprobar si todo funcionaba adecuadamente, tomó las cinco monedas por su trabajo y el lacayo le acompañó fuera del palacio. Al salir vio en una de las habitaciones a la hija del dignatorio, Aurentina, toda ella hecha de oro y de plata, con su talle esbelto y que al andar sonaba como una campanilla hermosa, y le pareció la criatura más bonita que jamás había visto.

Al regresar a su casa, Frotón se encontró con su mujer, que ya estaba esperándole con su barra en la mano, y pronto se armó un gran alboroto entre el vecindario:

-¡Vaya, esa bruja de Frotona ya está apaleando a su marido!

Mientras tanto, Dióptrico, muy contento al verse empequeñecido, fue al palacio real.

El rey se asombró bastante al ver a su ministro sin cabeza, pero éste le dijo que se trataba de una nueva moda. Amasidio se enfureció al ver que su plan había fallado, y al volver a su casa hizo lo mismo que su enemigo: reducir su cuerpo. A partir de ese momento, ambos dignatarios rivalizaron en la miniaturización de sus personas,
y fueron quitándose las agallas y las aletas, las espaldas metálicas y otras partes del cuerpo, hasta que al cabo de una semana los dos podían pasar por debajo de las mesas sin agacharse.

Pero los dos dignatarios restantes, Minogario y Filonauta, conscientes de que el príncipe sólo amaría a los seres más diminutos, se apresuraron en seguir el ejemplo de sus rivales. Finalmente, llegó un momento en que nada podían desatornillarse ni reducir. Desesperado, Dióptrico mandó a su lacayo que volviera a llamar al obrero.

Frotón se presentó y se quedó estupefacto al ver lo poco que ya quedaba del dignatario, que se empeñaba en que lo volviera aún más diminuto.

-Excelencia -dijo Frotón rascándose la cabeza-, me parece que sólo hay una forma de lograrlo, y es desatornillarle el cerebro.

-¿Estás loco? -exclamó Dióptrico.

Pero Frotón le explicó:

-Esconderemos su cerebro en algún lugar del palacio, por ejemplo, en este armario, y su señoría solamente llevará dentro de su cuerpo un pequeñísimo receptor con altavoz, gracias al cual siempre estará conectado electromagnéticamente con su mente.

-Entiendo. La idea me gusta. Así que manos a la obra -aceptó Dióptrico.

Frotón le sacó el cerebro, se lo colocó en un cajón del armario, cerró con llave y se la entregó al dignatario, y seguidamente le metió en el abdomen un aparatito con micrófono.

Dióptrico era ya tan pequeño que casi no se le veía.

Al contemplar su pequeñez, sus tres rivales se quedaron atónitos; el rey se asombró, pero no dijo nada. Minogario, Amasidio y Filonauta, desesperados, no tuvieron más remedio que seguir adelante. Se iban reduciendo día tras día y pronto imitaron a su rival: escondieron sus cerebros donde pudieron, en el cajón del escritorio o debajo de la cama, y se convirtieron todos ellos en unas cajitas relucientes con rabo, con un par de condecoraciones casi tan grandes como ellos mismos.

Dióptrico ordenó a su lacayo que fuera a buscar de nuevo al experto Frotón. Este se presentó en el acto y el dignatario le dijo:

-¡Es preciso que me reduzcas a toda costa; te va en ello la vida!

-¡Gran señor! -dijo Frotón inclinándose sobre el dignatario, al que apenas se veía en el fondo del sillón-. Eso va a ser dificilísimo y no sé si…

-¡Haz lo que te ordeno! Arréglatelas como puedas; si consigues reducirme hasta alcanzar el mínimo tamaño, de manera que nadie pueda imitarme, te daré todo lo que pidas.

-Si su señoría me da su palabra de honor, haré cuanto pueda -contestó Frotón, que sintió iluminársele la mente y correr por su cuerpo un río de oro purísimo; pues desde hacía muchos días no dejaba de pensar en la hermosa Aurentina.

Dióptrico juró que así lo haría. Entonces, Frotón tomó las tres últimas condecoraciones del diminuto pecho del gran programador, hizo con ellas una cajita, en su interior puso un aparatito menor que una moneda, lo envolvió todo con un hilo de oro, en un extremo soldó una lámina de oro, la recortó en forma de cola y dijo:

-¡Ya está, excelencia! Con estas condecoraciones todos le reconocerán fácilmente; gracias a esta cola, su señoría podrá nadar, y el aparatito le permitirá conectar con su mente, escondida en el armario.

Dióptrico se puso contentísimo y dijo:

-¿Cuáles son tus deseos? ¡ Pide, que todo lo tendrás!

-Deseo casarme con su hija, la dorada Aurentina.

Dióptrico se enfureció muchísimo ante tal osadía, y nadando alrededor de la cara de Frotón, haciendo resonar sus condecoraciones, le cubrió de insultos, llamándole canalla, ladrón e insensato, y mandó echarle del palacio, mientras él iba al palacio real a bordo de un séxtuple submarino.

Cuando Minogario, Amasidio y Filonauta vieron asomar a Dióptrico bajo su nueva apariencia sólo lo reconocieron por sus condecoraciones, que ahora eran todo su ser sin contar la cola, se pusieron furibundos. Como grandes expertos electrónicos que eran, comprendían que les sería muy difícil continuar con su miniaturización personal, sobre todo si se tenía en cuenta que a la mañana siguiente ya iba a celebrarse la solemne ceremonia del nacimiento del príncipe y no podían perder si un segundo.

Así que Amasidio y Filonauta decidieron que en cuanto Dióptrico regresara a su palacio, lo secuestrarían, lo cual no resultaría difícil, puesto que nadie advertía la ausencia de un ser tan minúsculo. Así lo hicieron. Amasidio preparó una vieja lata y se escondió dentro de ella tras un arrecife de coral, junto al que había de pasar el
submarino de Dióptrico. Cuando la nave se acercó, su lacayo, enmascarado, le salió al encuentro y, antes de que el guardaespaldas de Dióptrico sacara sus agallas para defender a su amo, éste ya estaba encerrado en la lata. Amasidio dobló inmediatamente la tapa de la lata para que el gran programador no pudiera escapar y corrió con ella hacia su casa. Pero de pronto se le ocurrió que no era prudente guardar la lata en su palacio; en ese momento oyó una voz gritando por la calle:

-¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas, pulo piezas!

Amasidio llamó al hojalatero, que no era otro que Frotón, y le mandó soldar la lata herméticamente. Terminada la soldadura, Amasidio le dio una moneda y le dijo:

-Escúchame bien, soldador: dentro de esta lata hay un escorpión metálico que atraparon en la bodega de mi palacio. Coge esa lata y ve a tirarla a las afueras de la ciudad, al basurero, ¿entendido? Y para mayor seguridad, encima de la lata pones una piedra muy grande, que el escorpión no pueda escapar. Y, por la Gran Matriz, ¡que no se te ocurra abrir la lata, pues de lo contrario morirías!

-No se preocupe, señor, sus órdenes serán cumplidas al pie de la letra -dijo Frotón, quien agarró la lata y su dinero y se marchó.

Pero aquella historia sonaba muy rara y Frotón recelaba; sacudió la lata y se dio cuenta de que algo se movía dentro.

-Esto no puede ser un escorpión -se dijo-; no hay escorpiones tan pequeños… Veré qué es…, pero no ahora…

Frotón fue a su casa, escondió la lata en el desván debajo de unas viejas chapas para que su mujer no la encontrara y se acostó. Pero su mujer se dio cuenta de que había escondido algo en el desván. A la mañana siguiente, cuando Frotón se marchó, gritando, como de costumbre, por las calles: «¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas!», su mujer fue al desván, encontró la cajita y, al sacudirla, oyó un ruido metálico. «¡Bandido, sinvergüenza! -pensó Frotona-. A eso hemos llegado, a esconder el dinero!»

Hizo un agujero en la tapa, al no ver nada, arrancó la tapa y al mirar. se encontró con que algo relucía dentro de la lata; acabó por quitarle toda la tapa y entonces Dióptrico, que hasta entonces yacía como si estuviera muerto, pues la tapa hacía de pantalla entre él y su cerebro encerrado en el armario de su palacio, despertó de pronto al conectar con su mente y gritó:

-¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¿Quién ha osado agredirme? ¿Quién eres, odiosa criatura? ¿No sabes que vas a morir atornillada si no me devuelves la libertad?

Al contemplar aquellas tres medallas de oro que saltaban y movían la cola de forma amenazadora, la mujer se asustó muchísimo e intentó escapar; corrió hacia la puerta del desván, pero Dióptrico seguía encima de ella amenazándola y preguntando en qué mundo se encontraba; entonces Frotona tropezó y rodó escalera abajo, rompiéndose el cuello; la escalera que aguantaba la trampilla se vino abajo y Dióptrico quedó encerrado en el desván, nadando de una pared a la
otra y pidiendo auxilio en vano.

Al volver a su casa aquella noche, Frotón se extrañó mucho al no ver a su mujer esperándole como siempre en la puerta con la barra de hierro en la mano. Al entrar en la casa se la encontró sin vida y, como era muy bueno, se apiadó de ella, aunque pronto se le ocurrió que aquel accidente le iba a resultar provechoso, pues podría servirse del cuerpo deshecho de su mujer como piezas de recambio que le vendrían muy bien. Así que se sentó en el suelo, cogió un destornillador y se dispuso a desmontar a su esposa, cuando de pronto le pareció oír unos ruiditos en el desván.

-Me suena esa voz… Y de repente Frotón recordó al gran programador del rey, que la víspera le había mandado echar del palacio y aún no le había pagado. Pero ¿cómo ha podido llegar hasta allí?

Puso la escalera contra la trampilla, subió por ella y preguntó:

-¿Acaso anda por ahí su señoría?

-¡Sí, sí, soy yo! -gritó Dióptrico-. Soy yo: alguien me raptó y me metió en una lata; una mujer la abrió, se asustó y se cayó por la trampilla; ésta se cerró y me quedé prisionero. ¡Abreme, quienquiera que seas; libértame, y te juro por la Gran Matriz que te daré lo que quieras!

-Ya he oído esas promesas otra vez y, con perdón de su excelencia, sé muy bien lo que valen -replicó Frotón, que agregó-: Soy el mismo hojalatero al que su señoría mandó echar de palacio.

Entonces Frotón le contó toda la historia: cómo un desconocido dignatario le había ordenado soldar la tapa de lata y tirarla luego al basurero de la ciudad.

Dióptrico supuso que tal dignatario no podía ser otro que uno de los ministros del rey, y con toda seguridad se trataba de Amasidio. Suplicó a Frotón que lo dejara salir del desván, pero éste le preguntó cómo podía creer en su palabra. Después de que el gran dignatario le jurase por todo lo jurable que le daría a su hija como esposa, Frotón abrió la trampilla del desván y, agarrando al magnate entre dos dedos por sus condecoraciones, lo llevó a su palacio. En ese preciso momento daban las doce del mediodía y comenzaba la gran ceremonia de la extracción del hijo del rey del horno donde había permanecido bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos. Sin perder un minuto, Dióptrico se colgó las tres medallas que componían la Gran Estrella de Todos los Mares con el lazo bordado de olas y se marchó a toda prisa al palacio de los inóxidos, mientras Frotón acudía a la habitación donde Aurentina se encontraba tocando su guitarra eléctrica. Los dos se gustaron mucho.

Ya sonaban las trompetas en lo alto de la torre del palacio real cuando Dióptrico llegó ante la puerta principal; la gran ceremonia había comenzado. No querían dejarle entrar, pero al ver sus condecoraciones, lo reconocieron y lo dejaron pasar.

Al abrirse la puerta del palacio, la corriente submarina fluyó por toda la sala del trono, arrastrando a Minogario, Filonauta y Amasidio, de tan diminutos que se habían vuelto hasta las cocinas, donde estuvieron dando vueltas un buen rato como peonzas, pidiendo auxilio, encima del fregadero, hasta que cayeron en él y, a través de las cañerías; fueron a parara las afueras de la ciudad. Cuando por fin lograron salir de las cloacas y limpiarse el barro y la suciedad y regresar a palacio, la ceremonia ya había terminado. La misma corriente submarina que había arrastrado a los tres ministros, también se llevó a Dióptrico, que estuvo dando vueltas alrededor del trono con tanta fuerza, que se rompió el hilo de oro que le envolvía el cuerpo y salieron disparadas en todas direcciones todas sus medallas y su Gran Estrella de Todos los Mares, mientras el aparatito que llevaba dentro fue a dar en la frente del rey Hidropsio, que se asombró mucho al oír la vocecilla que salía de aquella partícula:

-¡Majestad, perdóneme! ¡Ha sido sin querer! Soy yo, Dióptrico, su gran programador…

-¿A qué vienen estas bromas en un momento como éste? -exclamó el rey, y arrojó el aparatito al suelo.

El Gran Subagallas, que abría la ceremonia con su vara de oro, pegó tres golpes con ella en el suelo y, sin darse cuenta, hizo pedazos al desventurado Dióptrico.

El príncipe salió del horno donde lo habían gestado y se fijó en un pececito eléctrico que nadaba en una jaula de plata junto al trono: su cara se alegró y le gustó mucho aquella pequeña criatura. La solemne ceremonia terminó felizmente. El príncipe subió al trono al morir su padre el rey Hidropsio y se convirtió en el señor de los argonautas y en un gran filósofo, pues se dedicó a investigar la nada, por cuanto no hay elemento más pequeño que lo que no existe en absoluto. Gobernó con toda justicia bajo el nombre de Neantófilo y los pequeños peces eran su manjar predilecto.

Frotón se casó con Aurentina y, a su demanda, remontó el cuerpo de esmeralda de Dióptrico, guardado en el sótano de su palacio, y le volvió a poner el cerebro que estaba en el armario.

No pudiendo hacer otra cosa, el gran programador y los otros tres dignatarios sirvieron fielmente al nuevo rey, y Aurentina y Frotón, que había sido nombrado Gran Hojalatero Real, vivieron felices muchos años.

El Amigo de Automateo

Un robot que tenía que emprender una larga y peligrosa expedición, vino a saber que existía un artefacto muy útil al que su inventor había puesto el nombre de electroamigo. Pensando que le vendría muy bien un buen compañero de viaje, aunque no fuera más que una simple máquina, el robot se fue a casa del inventor y le rogó que le informara sobre su amigo artificial.

-No faltaba más -dijo el inventor, sacándose del bolsillo un puñado de gránulos metálicos muy parecidos a los perdigones.

-¿Qué es eso? -preguntó el robot, algo, sorprendido.

-Pero, ¿cómo te llamas?, pues se me olvidó preguntártelo antes -quiso saber el inventor.

-Me llamo Automateo.

-Ese nombre es demasiado largo para mí, así que te llamaré Automa.

-Puesto que procede de Autómata, si lo prefieres, a mí me da lo mismo.

-Pues te diré, mi querido Automa, que ante tus ojos tienes un puñado de electroamigos. Has de saber que por vocación y especialización soy miniaturista, lo cual significa que convierto los aparatos voluminosos y pesados en pequeños artefactos portátiles. Cada granito de éstos es un concentrado de espíritu eléctrico, muy inteligente y polifacético. No te diré que es un genio, pues sería exagerar y una falsa publicidad. En realidad, mi objetivo es precisamente el de crear unos genios eléctricos y no cejaré hasta conseguirlos, tan minúsculos que en un bolsillo puedan caber un millar. Y solamente alcanzaré mi propósito cuando los pueda meter en un saco y los venda a granel, como la arena. Pero vayamos al grano. Por ahora, vendo los electroamigos por unidades y además baratos, pues por uno de ellos suelo cobrar la equivalencia de su peso en brillantes. Has de reconocer que se trata de un precio muy moderado si tienes en cuenta que puedes meterte este electroamigo en el oído, donde te susurrará los mejores consejos y toda clase de informaciones. Tienes que ponerte un trocito de algodón en el oído para que tu electroamigo no se caiga y así no lo perderás aunque inclines la cabeza de lado. ¿Te lo llevas? Si me compras una docena, te los podré vender más baratos…

-No hace falta; de momento con uno me basta -dijo Automateo-. Pero además me gustaría saber qué tipo de servicios puede prestarme. ¿Será capaz de ayudarme en los trances más críticos?

-¡Desde luego! -aseguró el inventor. Cogió un puñado de perdigones relucientes, pues estaban elaborados con los metales más preciosos, y siguió diciendo-: Naturalmente, no puedes esperar una ayuda en el sentido físico, pues ésa no es ni mucho menos su misión. Mi aparato sirve para reconfortar, dar buenos y rápidos consejos, emitir razonables argumentos, indicaciones provechosas para ti, advertencias y amonestaciones saludables y asimismo palabras alentadoras y sentencias capaces de devolverte la confianza en ti mismo, además de unos pensamientos muy profundos que te permitirán salir airoso de las situaciones más difíciles y peligrosas. Esa no es más que una pequeña parte del repertorio de mis electroamigos, que son realmente fieles y solícitos, pues nunca duermen y son duraderos y estéticos, y, como puedes ver, muy manejables. Así que ¿sólo te llevas uno?

-Sí, uno sólo -dijo Automateo-. Pero, dime: ¿qué pasará si alguien me lo roba? ¿Volverá a mí o llevará al ladrón a su perdición?

-Pues no, solamente sirve al que lo lleva, y serviría al ladrón tan fielmente como a ti antes de robártelo. No puedes pedirle más, mi querido Automa: que no te abandone si tú no lo abandonas. Pero no correrás ese riesgo siempre y cuando lo lleves metido en el oído y cuides de tapártelo con un trocito de algodón.

-Muy bien -dijo Automateo-. ¿Y cómo puedo hablarle?

-Es suficiente que alguien susurre algo para que él lo entienda perfectamente. Por cierto, se llama Pioxo, pero puedes llamarlo simplemente Pío.

-Perfecto -dijo Automateo.

Pesaron a Pioxo; el inventor recibió en pago un hermoso brillante, y Automateo, muy contento de tener tan buen compañero para su largo viaje, se marchó.

Era muy agradable viajar con Pioxo, pues si lo deseaba lo despertaba por las mañanas susurrándole al oído una alegré canción; también le contaba historias muy divertidas, pero Automateo llegó a prohibírselo terminantemente, porque si estaba con otras personas, al ver cómo se reía sin razón aparente, lo tomaban por loco.

En su viaje, Automateo llegó a orillas del mar, donde le esperaba una hermosa y blanca nave. Se metió en un confortable camarote y con gran satisfacción oyó el chirriar de las anclas y el barco se hizo a la mar para una larga travesía. Durante varios días, la nave surcó plácidamente las aguas, bajo un sol espléndido, mientras que por las noches se mecía suavemente a la luz de la luna, incitando al sueño. Pero una mañana se desencadenó una tremenda tempestad. Las olas, tres veces más altas que los mástiles, se precipitaban sobre el barco con un estruendo tan espantoso que Automateo no oía ni una palabra de consuelo de las que sin duda le susurraba su amigo al oído en los peores momentos.

De pronto, se oyó un gran estrépito, el agua inundó el camarote y la nave se deshizo en pedazos. Espantado, Automateo, se lanzaba hacia la cubierta y apenas tuvo tiempo de saltar en el último bote salvavidas, cuando una ola gigantesca se abatió sobre la nave y el mar la engulló.

Automateo no vio ni a un solo miembro de la tripulación; estaba solo en medio del mar, temiendo que las olas se lo tragaran de un momento a otro. El viento huracanado agitaba los negros nubarrones sobre el mar embravecido y el pobre Automateo seguía sin oír lo que su amigo Pioxo le decía.

Después de muchas horas, Automateo creyó distinguir entre las aguas espumeantes una forma oscura; se hallaba cerca de una costa desconocida contra cuyas rocas rompían estrepitosamente las olas; al cabo de unos minutos, arrastrado por un tremendo torbellino, el bote fue a embarrancar en una especie de cala. Agarrado a las cuerdas, empapado de agua, Automateo, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se arrastró hacia la orilla de la pedregosa cala, donde se desplomó exhausto. A través de las rocas llegó hasta un punto más seguro y allí se quedó, totalmente extenuado, pero a salvo.

Un leve silbido lo sacó de su embotamiento. Era su amigo Pioxo, que le recordaba su amigable presencia.

-i Ah, qué bien que estés aquí conmigo, Pioxo ! Ahora me doy cuenta de lo bueno que resulta tenerte junto a mí y hasta dentro de mí -exclamó Automateo al recobrar totalmente el sentido, mirando a su alrededor.

Brillaba el sol después de la tormenta; el mar seguía agitado, pero las gigantescas olas habían desaparecido junto con el viento y la lluvia. No se veía el bote de salvamento: la corriente se lo había llevado. Automateo se puso de pie y comenzó a caminar por la playa y los acantilados. A los diez minutos ya había vuelto al punto de partida. Las olas lo habían arrastrado a un islote desierto e inhóspito y, además, muy pequeño. Su situación no era precisamente halagüeña. ¡Menos mal que tenía a su fiel amigo Pioxo! No tardó en pedirle consejo.

-¡Bueno, mi querido amigo! He de admitir que una situación como ésta no se da todos los días. He de meditar sobre ella. ¿Qué es lo que necesitas?

-¿Qué necesito? ¿Bromeas Pío? ¿No ves que no tengo nada? ¡Necesito ayuda, ropa, comida y cobijo, puesto que aquí no veo más que rocas y arena!

-¿Estás bien seguro? ¿No habrá en algún rincón de la playa o del acantilado uno de esos baúles que suelen flotar después del naufragio de una nave y están repletos de herramientas, de libros amenos, de ropa y hasta de pólvora?

Automateo inspeccionó cuidadosamente los alrededores, pero no encontró ni el más pequeño trozo de madera del barco, que por lo visto se había hundido como una piedra.

-¿No has encontrado nada? Es muy extraño, pues la literatura está llena de casos muy famosos que atestiguan que los náufragos encuentran siempre en las islas desiertas los objetos más indispensables, tales como hachas y clavos, agua dulce y aceite, Biblias y sierras, tenazas y armas de fuego y una infinidad de cosas útiles. Pero si dices que no has encontrado nada, qué le vamos a hacer. Habrías de mirar al menos si hay alguna cueva. ¿Has mirado entre las rocas?

-He mirado y no he visto ninguna, sólo rendijas y agujeros y no hay ni cangrejos en ellos.

-¿Dices que no hay dónde cobijarse? Es raro; lo mejor será que te subas a la roca más alta de este islote y eches una ojeada a tu alrededor.

-¡Ahora mismo! -dijo Automateo lleno de esperanza. Y se puso a escalar la roca más alta, que se levantaba en el centro del islote volcánico. Desde arriba sólo vio la inmensidad del mar que rodeaba la pequeña isla.

Angustiado, se lo dijo a su amigo Pioxo, al tiempo que, con un dedo tembloroso, se apretaba el algodón en el oído para no perder a su precioso amigo y consejero.

-¡Qué suerte que no te cayeras cuando el barco se hundió! -Le flaquearon sus piernas y se sentó encima de la roca, esperando impacientemente la ayuda de su amigo.

-Escúchame atentamente, amigo mío. He aquí mi consejo en esta difícil situación -dijo por fin la vocecita de Pioxo-. Según mis cálculos, todo parece indicar que nos encontramos en una isla muy pequeña y desconocida, en un simple arrecife de coral o quizá en la cumbre de .una cordillera submarina que surge lentamente de las aguas y se unirá a algún continente dentro de tres, ,o cuatro millones de años.

-¿Y qué? Lo que importa es qué podemos hacer ahora -dijo Automateo.

-No me interrumpas, por favor. Este islote está muy alejado de las rutas marítimas. Tenemos una posibilidad entre cuatrocientas mil de que un barco asome por estos parajes…

-¡Cielos! -gritó el náufrago con desesperación-. ¡Qué horrible! Así pues, ¿qué me aconsejas?

-Ahora mismo te lo diré, si dejas de interrumpirme. Corre a la orilla del mar y métete en el agua, más o menos hasta el pecho. Así no tendrás que agacharte mucho, lo cual no resultaría cómodo. Luego, metes la cabeza en el mar y te tragas toda el agua que puedas. Está muy salada, lo sé, pero la cosa no ha de durar mucho, sobre todo si continúas andando hacia adelante. Pronto te volverás más pesado, el agua salada te llenará todo el cuerpo y en unos segundos tus procesos orgánicos cesarán y por consiguiente perderás tu vida; gracias a esto, te ahorrarás la penosa tortura de permanecer en este islote infernal, una lenta agonía y hasta el riesgo de volverte loco. También puedes coger una piedra muy pesada con cada mano, pero no es imprescindible…

-¿Estás loco? -exclamó Automateo, pegando un salto-. ¿Pretendes que me ahogue? ¿Me aconsejas que me suicide? ¿Y te atreves a decir que eres mi amigo con esos consejos? ¡Menudo amigo!

-No te excites, que no estoy loco ni eso entra en mis posibilidades, pues nunca pierdo mi equilibrio mental. Más desagradable sería para mí, querido amigo, permanecer contigo si eligieras dejarte morir lentamente bajo este sol abrasador. Te aseguro que he estudiado detenidamente la situación y no he visto ninguna posibilidad de salvación. No puedes construir una barca o una balsa, puesto que careces de herramientas; tal como te acabo de decir, ningún barco pasará por aquí para salvarte; sobre este islote no pasan ni los aviones y tú mismo no los puedes fabricar; ¿cómo piensas salir de aquí? Naturalmente, puedes escoger una lenta agonía en vez de una muerte rápida y segura, pero como fiel amigo tuyo que soy, te aconsejo que obres razonablemente y te dejes de locuras. Basta con que tragues un poco de agua…

-¡Al infierno tú y tus tragos de agua! -gritó enfurecido Automateo-. ¡ Cuando pienso que por un amigo como éste pagué un magnífico brillante! ¡Tu inventor no es más que un bribón y un estafador!

-Estoy seguro de que si me escuchas hasta el fin retirarás esas palabras malsonantes -replicó serenamente Pioxo.

-¿Así que aún no has acabado? ¿Acaso pretendes contarme la vida que me espera en el más allá? Te lo agradezco mucho…

-No hay vida en el más allá -replicó Pioxo-. No voy a engañarte, pues ni quiero ni sé hacerlo, y así no se porta un amigo. Sólo te pido que me escuches con atención. Aunque no lo creas, el mundo es infinitamente rico y variado, con ciudades maravillosas llenas de vida y grandes tesoros, de palacios reales y chozas, de montes majestuosos y sombríos, bosques susurrantes y lagos apacibles, desiertos ardientes y nevadas llanuras. Tú no puedes ni imaginar los lugares y cosas que acabo de mencionar y los millones de sitios que no he nombrado. Así que se puede decir con toda propiedad que con respecto a los lugares en que no estás eres como un muerto, puesto que ni conoces las riquezas palaciegas ni participas en las danzas de los países del Sur ni te solazas la vista con los hielos irisados del Norte. Para ti no existen, de la misma manera que dejan de existir cuando uno se marcha de este mundo. Por esto mismo, si reflexionas sobre cuanto te digo, te darás cuenta que al estar ausente de todos los lugares agradables, es realmente como si no estuvieras en ninguna parte. Existen millones de lugares donde podrías estar, pero tú solamente conoces este aburrido y desagradable, por no decir abominable islote rocoso. Entre estar en “casi ninguna parte” y “ninguna” hay muy poca diferencia. De ahí esa impresión de que casi no vives en estos momentos, ya que al estar ausente de casi todos los sitios, es lo mismo que si estuvieras muerto. ¿Qué tiene de agradable este rincón, esta grava que lastima tus delicados pies? ¿Y esa agua salada, ese horrible exceso de agua? Y estas rocas y este sol abrasador, ese cielo azul y sin nubes sobre tu cabeza, ¿es. que necesitas ese calor intolerable y esos rayos abrasadores? Claro que no. Nada necesitas de cuanto te rodea, del lugar donde estás ni de lo que hay en el cielo que te cubre. ¿Qué te queda, aparte de todo esto? Un poco de ruido en la cabeza, el latido de tus sienes y unos golpes sordos en el pecho, un temblor en las piernas y otras sensaciones desagradables. ¿Acaso necesitas ese vértigo y esos latidos, ese temblor en todo tu cuerpo? ¡En absoluto, amigo mío! Y si te resignas a todo eso, ¿qué ocurrirá? Aparta de tu mente esas palabras duras con las que maldices, a mí que soy tu amigo; y esa ira y esa aversión que conduce al odio. ¿De qué sirve ese espanto y esa furia impotente? Por supuesto que eso tampoco te sirve de nada. Si apartas esos sentimientos inútiles, ya no te quedará nada, nada en absoluto, cero, y ese cero equivale al equilibrio eterno, al silencio total y al perfecto descanso que te deseo como el amigo que soy.

-¡Pero yo quiero vivir! -gritó Automateo-. ¡Quiero vivir! ¿Me oyes?

-Eso ya no es lo que sientes, sino lo que deseas -replicó tranquilamente Pioxo-. Deseas vivir, o sea, tener un futuro, que se forma con el presente, pues a eso se reduce precisamente la vida. Sin embargo, no has de vivir, porque no es posible tal como hemos visto hace un rato. Te basta pensar en cómo has de vivir, de ahora en
adelante, o mejor dicho morir: tras una larga agonía o rápidamente, tragando unos sorbos de agua…

-¡Basta! ¡Fuera de aquí! -rugió Automateo, saltando de rabia y apretando los puños.

-¿Otra vez? -dijo Pioxo-. ¿Cómo puedes gritarme eso de «fuera de aquí»? ¿Acaso tengo piernas para salir corriendo, o manos para arrastrarme con ellas? Sabes perfectamente que no es así. Si quieres deshacerte de mí, no tienes más que sacarme de tu oído, pues te aseguro que no es un lugar tan agradable, y me tiras adonde quieras.

-¡Bien! -exclamó Automateo, loco de rabia-. ¡Ahora mismo! .-Pero en vano hurgó y rebuscó en su oído: su electroamigo se había metido tan hondo que no hubo manera de sacarlo, aunque agitara la cabeza como un demente.

-Me parece -dijo Pioxo al cabo de un rato- que vamos a tener que seguir juntos, aunque no sea ni tu deseo ni el mío. Así que no tenemos más remedio que reconciliarnos, por cuanto los hechos siempre tienen razón. Y esto se refiere también a tu actual situación. Quieres tener un futuro a toda costa. Me parece una imprudencia, pero puesto que lo deseas, adelante. Permíteme que te describa a grandes rasgos ese futuro, ya que lo conocido es siempre mejor que lo desconocido. La ira que ahora te embarga, pronto se convertirá en un sentimiento de desesperada impotencia, y a su vez ésta, tras una serie de esfuerzos tan violentos como vanos por encontrar una solución, se transformará en un entumecimiento progresivo; mientras tanto, ese calor abrasador que llega hasta el umbroso lugar donde me hallo dentro de tu persona, de acuerdo con las inexorables leyes de la física y la química, deseará cada vez más tu ser. Primero se volatilizarán los lubricantes de tus articulaciones y a cada movimiento chirriarán penosamente. Luego, cuando se te recaliente el cerebro con el sol, verás una serie de círculos de colores girando ante tus ojos, pero eso no tendrá ni el más pequeño parecido con la visión del arco iris, puesto que…

-¡Cállate de una vez, maldito! -gritó Automateo-. ¡No quiero oírte más, ni saber qué va a ser de mí! ¡ Cierra el pico y no vuelvas a hablar!

-No necesitas gritar de esa manera, pues sabes muy bien que basta un simple murmullo para que te oiga. ¿De forma que no quieres conocer tu futuro? Sin embargo, por otra parte, querrías experimentarlo. ¿En qué quedamos? Por favor, sé
un poco más lógico. Si te pones así, me callaré. Pero he de decirte que te equivocas al descargar tu ira sobre mí, como si yo tuviese la culpa de tu situación. Como sabes, todo fue culpa de esa tempestad, en cambio soy yo tu amigo y estoy sufriendo anticipadamente los tormentos que te esperan, y la más espantosa agonía. De veras me espanta imaginar lo que ocurrirá cuando los lubricantes de tus articulaciones empiecen a…

-¿No vas a callarte? ¿Acabarás de una vez de decir esas monstruosidades? -rugió Automateo, dándose un puñetazo en el oído donde estaba su amigo-. ¡ Si tuviera una ramita o un palillo para sacarte, ahora mismo lo haría y te aplastaría de un pisotón!

-¿Desearías destruirme? -dijo Pioxo afligido-. ¡Realmente, no mereces tener un electroamigo ni a nadie que te compadezca

Automateo se enfureció de nuevo y así estuvieron discutiendo, y argumentando sin parar, hasta que pasó el mediodía y el pobre robot,agotado de tanto gritar y gesticular y dar saltos de rabia, cayó exhausto bajo los rayos del sol, lanzando de vez en cuando unos suspiros desesperados y mirando el océano desierto. Un par de
veces le pareció ver en el horizonte la humareda de un vapor, pero no era más que una nube, y Pioxo se encargó de recordarle que no había más que una posibilidad entre cuatrocientas mil de que asomara alguna nave salvadora; y Automateo volvía a enfurecerse y desesperarse. Finalmente, ambos se sumieron en el más profundo silencio. El náufrago miraba hacia la playa, sobre cuya orilla ya iba extendiéndose la sombra de las rocas, cuando su amigo le preguntó:

-¿Por qué estás tan callado? ¿Acaso ya empiezas a ver esos círculos multicolores de. los que te hablé?

Automateo ni se dignó contestar.

-¡Vaya! -prosiguió Pioxo-. Así que no sólo ves círculos, sino que también te ha invadido el torpor que con tal precisión preví. Es curioso, cuán poco razonable puede ser una criatura inteligente, sobre todo en circunstancias adversas. Va a parar a una isla desierta donde ha de morir tan seguro como que dos y dos son cuatro; uno se lo dice y le demuestra que no hay más solución que la de valerse de su fuerza de voluntad y su razón, y ¿acaso se lo agradece? ¡Nada de eso! Se agarra a una falsa esperanza y prefiere caer en la locura antes de tirarse al agua, que…

-¡No me hables más del agua! -gritó Automateo.

-Sólo quería señalar esas motivaciones tuyas tan irracionales -replicó Pioxo-: Ya no te diré que hagas nada, o sea, ningún acto, pues si quieres morir lentamente, si eliges la agonía, al no querer hacer nada hay que reflexionar debidamente sobre ello. ¡Qué absurdo es temer a la muerte cuando ese estado es de lo más deseable! ¿Qué puede compararse con la perfecta inexistencia? Ciertamente que la agonía en sí no es nada atractiva, pero por otra parte no se sabe de nadie con el espíritu y el cuerpo tan débiles como para no aguantarla y no llegar a expirar totalmente y sin ayuda. De manera que la muerte no es algo especialmente digno de mención pues está al alcance de cualquiera, de un imbécil o un canalla. Además, si eso lo puede hacer cualquiera (y hay que reconocer que así es, pues yo al menos nunca oí hablar de ninguna persona que fuera incapaz de ello), lo mejor es regocijarse con la idea de la misericordiosa nada que espera en el umbral de la muerte. Pues al expirar no hay que creer que la muerte y la mente se excluyan recíprocamente, cuando es fácil imaginar todos los privilegios, y comodidades que nos ofrece la muerte. Trata de imaginarlo, por favor; se acabaron las obligaciones, los peligros y los temores, los sufrimientos de la mente y del cuerpo, las desventuras. Aunque todas las fuerzas del mal se aliaran contra ti ¡no te afectarían! Créeme, la dulce seguridad del muerto es incomparable. Y además hay que tener en cuenta que no se trata de un estado transitorio, sino de algo perdurable que nadie es capaz dé quebrantar, entonces ese éxtasis sublime…

-¡Ojalá desaparecieras para siempre! -exclamó débilmente Automateo, profiriendo a continuación una sarta de maldiciones.

-Lo siento, pero eso es imposible -replicó Pioxo-. No sólo por envidia (puesto que más allá de la muerte no hay nada, como ya te dije), sino por el más puro altruismo te acompañaría a la nada. Sin embargo, eso es imposible, pues mi inventor me hizo indestructible, probablemente debido a su orgullo de constructor. Realmente, al pensar que he de permanecer dentro de tu cuerpo cubierto de sal marina, de tu reseca carcasa que se irá corrompiendo lentamente, hablando conmigo mismo; me embarga la tristeza. Y luego, ¿cuánto tiempo habré de esperar hasta que por fin aparezca uno de esos barcos sobre cuatrocientos mil que, de acuerdo con mis cálculos de probabilidades, llegará un día a este islote…?

-¿Qué dices? ¿Qué tú no morirás? -gritó Automateo, arrancado de su atontamiento por esas palabras-. ¿Así que tú vivirás mientras que yo … ? ¡Oh, eso sí que no! ¡Jamás! ¡Jamás!

Y con un grito salvaje se puso en pie y empezó a saltar y sacudir la cabeza y a pegarse con el puño en el oído, contorsionándose salvajemente y gesticulando como un loco, pero en vano. Mientras tanto, Pioxo le iba susurrando cada vez con más fuerza:

-¡Deténte! ¿Te has vuelto loco? ¡Es demasiado pronto para eso! ¡Ten cuidado, te vas a hacer daño, te vas a dislocar un miembro! Lo que haces carece de sentido. Otra cosa sería si… ya sabes, de una vez te tiraras… pero así lo único que harás será romperte algo. Ya te he dicho que soy indestructible, no insistas. Y aunque me hicieras salir, no conseguirías hacerme daño, sino que me harías un bien; por cuanto, tal como ya te he demostrado, la muerte es lo mejor. ¡Párate de una vez! ¡Qué manera de saltar!

Automateo seguía gesticulando sin hacer caso de lo que Pioxo le decía, hasta que por fin empezó a dar cabezazos contra la roca donde antes se sentara; con tal furia pegaba, con tanta rabia y con tal locura, que Pioxo salió disparado de su oído y fue a parar entre las piedras, con un gritito de alivio al ver que finalmente aquel desenfreno había acabado. Pero Automateo no se dio cuenta enseguida de que había logrado su objetivo. Dejándose caer sobre las rocas recalentadas por el sol, descansó un rato, hasta que, incapaz aún de mover los brazos o las piernas, masculló:

-Sólo estoy descansando un rato. Ahora mis-mo me pongo de pie y te voy a patear, ¿me oyes? Porque… ¿Pero qué es esto?

De repente se dio cuenta de que tenía el oído vacío. Miró a su alrededor con los ojos aún nublados, y, arrodillándose, se puso a buscar frenéticamente a Pioxo entre la grava.

-¡Pío! ¡Pío! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido? ¡Haz el favor de salir! -gritaba Automateo.

Pero tal vez por prudencia o por cualquier otro motivo, Pioxo permanecía callado. Entonces Automateo comenzó a suplicar, asegurándole que había cambiado de opinión, que su único deseo era escuchar los buenos consejos de su electroamigo y ahogarse, pero que antes de hacerlo quería escuchar nuevamente el panegírico de la muerte. Eso tampoco dio resultado: Pioxo seguía mudo como una piedra. Entonces Automateo, arrodillado sobre la roca viva, se puso a escrudiñar el lugar palmo a palmo, rebuscando sistemáticamente por todos los alrededores. De pronto, cuando estaba a punto de arrojar el puñado de grava que tenía en la mano, Automateo se detuvo, lo acercó a sus ojos, y respiró con alivio: Pioxo estaba allí, entre las piedrecitas, con un apagado resplandor metálico.

-¡Ah, estás aquí! ¡Te encontré! ¡Ahora te tengo, querido ser irrompible! -gritó apretando cuidadosamente a Pioxo entre sus dedos. Pioxo permanecía tan mudo como antes, mientras Automateo proseguía-: ¡Ahora veremos si eres tan indestructible como dices! ¡Toma!

Al decir esto dio un terrible pisotón a Pioxo; había puesto al electroamigo encima de una roca y saltó una y otra vez encima de él con todo su peso, y para mayor seguridad le pegó con la herradura de su bota, hasta que chirrió. Pero Pioxo no se rompía y únicamente la roca se deshizo un poco bajo la herradura de acero. Al agacharse, Automateo se dio cuenta de que el granito de metal seguía igual de entero, mientras que la roca se hundía debajo de él. Ahora Pioxo se hallaba metido en un pequeño hueco.

-Conque eres duro, ¿eh? ¡Pero encontraré una piedra más dura que tú! -gritó Automateo, y fue a buscar por todo el islote una roca más dura, de basalto o pórfido, para aplastar con ella a su amigo. Mientras lo pisoteaba, a ratos hablándole con calma, y a ratos maldiciéndolo, contando con que le respondería o hasta suplicaría, Pioxo siguió tan mudo como una piedra. Sólo se oía el ruido de los golpes; las pisadas, el estruendo de las rocas y las maldiciones de Automateo.

Al cabo de un buen rato, convencido de que al electroamigo no lo dañaban ni los golpes más violentos, Automateo, frustrado y terriblemente cansado, se volvió a sentar a la orilla del mar con su electroamigo en el puño.

-Puesto que no consigo destruirte -dijo con aparente calma, disimulando su furia-, me voy a ocupar de ti . como te mereces. Vas a tener que esperar mucho tiempo ese barco, amigo mío, puesto que te voy a mandar al fondo del mar, donde vas a permanecer por los siglos de los siglos. Así tendrás todo el tiempo que quieras para
meditar en medio de tan perfecta soledad. ¡Te juro que ya no tendrás ningún otro amigo!

-Querido Automateo -dijo suavemente Pioxo-, ¿a mí qué me importa permanecer. en el fondo del mar? Estás pensando con los criterios de los seres no duraderos, de ahí tu error. Pues has de comprender que el mar se secará un día o bien algún pico surgirá de su fondo para convertirse en una montaña y luego en un continente. A mí no me importa que ello se produzca dentro de miles o de millones de años. Pues no sólo soy indestructible, sino también infinitamente paciente, como hubieras debido comprender aunque sólo fuera por la tranquilidad con que he soportado tus arbitrariedades. Es más: no respondí a tus llamadas, dejándote buscarme por el suelo, porque quería ahorrarte esfuerzos innecesarios. También callé cuando saltabas sobre mí para evitar que mis palabras aumentaran tu ira y ello te afectara aún más.

Al oír tan noble confesión, Automateo se volvió a enfurecer.

-¡ Te voy a aplastar, te voy a hacer polvo, maldito! -y reanudó los saltos y los golpes contra la roca y el loco pataleo. Pero esta vez, acompañados de los comentarios de Pioxo:

-¡Vamos, ánimo! ¡Prueba otra vez! ¡Así no, que te cansas demasiado pronto! ¡Animo, esas piernas! ¡Arriba, arriba! ¡Animo! ¡Salta más alto, así pegarás más fuerte! ¿Ya no puedes? ¿De veras? Alza la piedra, así… A lo mejor con otra piedra… Inténtalo… ¿Una más gorda? ¡Arriba! ¡Qué lástima, amigo mío, que no pueda ayudarte! ¿Por qué te detienes? ¿Tan pronto te has cansado? ¡Qué lástima!… Bueno, eso no es nada… Esperaremos un rato a que descanses y te refresques con este airecito que viene del mar…

Automateo se desplomó exhausto sobre la roca se quedó mirando con odio al granito de meta que tenía en la palma de la mano, escuchando a regañadientes, lo que le decía:

-De no ser tu electroamigo, diría que te comportas de una manera lamentable. El barco se hundió por culpa de la tempestad, te salvaste conmigo, te di mis mejores consejos, y por no prometerte la supervivencia, por considerarla imposible, te ensañas contra mí, y mis palabras sinceras, mis verdades y consejos, pretendes aniquilarme, a mí, tu único compañero. Es un hecho que así por lo menos tu vida ha tenido algún sentido y debieras estarme agradecido por eso. Es curioso que la idea de mi durabilidad te resulte tan odiosa…

-Eso lo vamos a ver; veremos si eres tan perdurable -dijo a media voz Automateo-. Aún no he terminado.

-Realmente eres gracioso. Prueba a ponerme sobre la hebilla de tu cinturón, es de acero y a lo mejor es un acero más resistente que la roca. Puedes probar, aunque estoy seguro de que todo será en vano, pero sólo trato de ayudarte.

Aunque con cierta desgana, Automateo siguió el consejo de Pioxo, pero no consiguió más que hacer unos cuantos rasguños en su hebilla bajo los tremendos golpes. Al ver que de nada servían sus esfuerzos, el náufrago se sumió en la mayor
depresión y, desesperado, sin fuerzas ya, se quedó mirando aquella nimiedad metálica, que seguía hablándole con su vocecita:

-¡Vaya criatura razonable, que se hunde en la melancolía por no poder aguantar al único ser amistoso que existe en todo este espacio desierto! ¿No te da vergüenza, querido Automateo?

-¡Calla, repugnante charlatán! -gritó el náufrago.

-¿Por qué habría de callar? Si no te compadeciera, hace ya mucho tiempo que habría dejado de hablar, pero sigo siendo tu amigo y permaneceré a tu lado en tu agonía, como un compañero fiel, siempre y cuando me vuelvas a colocar en tu oído y no me tires al mar, pues siempre es preferible contar con alguna audiencia. Así que seré el testigo de tu agonía, que siempre será mejor sobrellevarla en compañía que en soledad absoluta; poco importa cuáles puedan ser los sentimientos al respecto. Me odias a mí, tu verdadero amigo, que te ayudo, te aliento y reconforto dándote sabios y convincentes consejos, pero todo te parece poco… Por mi parte, te prometo que así no hablaré y no comentaré nada, puesto que si no lo hago así, aun sin desearlo, podría deteriorarse esa amistad inquebrantable que tú no puedes poseer por tu mal carácter. Sin embargo, eso también lo puedo aguantar, pues devolviendo el bien por mal las cosas se compensan y de esta manera te salvo de ‘ti mismo, por pura amistad, repito, y no es que la simpatía me ciegue hasta el punto de no ver tu odiosa naturaleza…

Un grito salido del pecho de Automateo interrumpió las palabras de Pioxo.

-¡Un barco! ¡Un barco! ¡Un barcoooo! -chillaba frenético, y se puso a brincar por toda la orilla, tirando piedras al agua, agitando los brazos y gritando hasta quedarse ronco, aunque hubiese podido ahorrarse las energías, pues la nave ya se dirigía claramente hacia el islote y pronto de su flanco salió un bote de salvamento.

Como luego se supo, el capitán del barco del cual viajaba Automateo, inmediatamente antes de que se hundiera, tuvo tiempo de hacer una llamada de socorro; un gran número de naves se pusieron inmediatamente a buscarles en todas
las direcciones, y una de ellas había dado con el islote. Cuando llegó el bote, Automateo quiso saltar a él inmediatamente, pero lo pensó mejor y volvió corriendo hacia Pioxo, temiendo que su amigo gritara y le oyeran los marineros, que tal vez hicieran preguntas embarazosas y quizá hasta escucharan algunas acusaciones por parte del electroamigo. Para evitarlo, agarró a Pioxo, y sin saber donde meterlo, rápidamente se lo volvió a colocar en el oído.

Huelga describir las escenas de alegría y agradecimiento que siguieron, durante las cuales Automateo se comportó muy ruidosamente, pues temía que algún tripulante del bote oyera la vocecita del electroamigo, que no dejaba de hablar, repitiendo: «Vaya, qué sorpresa… Una posibilidad entre cuatrocientas mil… ¡Qué suerte tienes! Espero que ahora nuestra amistad se restablezca si tienes en cuenta que sobre todo no te conté lo de los momentos peores; además, no soy rencoroso y olvidaré lo ocurrido… »

Cuando, tras una larga travesía, el barco llegó al puerto, Automateo asombró a quienes le rodeaban al preguntar si por allí había alguna fundición, pues deseaba visitarla, añadiendo que lo que más le interesaba eran los grandes martillos pilones a vapor. Contaron después que durante dicha visita se comportó de un modo bastante raro, ya que al llegar ante un enorme yunque de acero, comenzó a mover la cabeza en todas direcciones con tal fuerza que parecía querer sacarse de ella el cerebro, y con la mano puesta en un oído no dejaba de pegar saltos sobre una pierna; sin embargo, los que allí estaban pensaron que una persona salvada hacía tan poco tiempo de una espantosa aventura podía cometer las mayores extravagancias, debido a un momentáneo desequilibrio mental.

Automateo empezó a tener las más distintas manías. A veces le daba por coleccionar explosivos; hasta inventó realizar una explosión en su piso, cosa que lograron poder evitar sus vecinos avisando a las autoridades; luego, sin ninguna razón aparente, volvió a coleccionar martillos y sierras de carborundo, y a sus amigos les decía que pensaba construir un nuevo tipo de máquina para descifrar los pensamientos.

Se volvió solitario y tomó la costumbre de hablar en voz alta consigo mismo, y a veces podía oírsele monologando por su casa y hasta gritando maldiciones.

Finalmente, al cabo de muchos años, presa de una nueva manía, empezó a comprar sacos de cemento; con ese cemento construyó una bola gigantesca y, cuando fraguó, la llevó no se sabe dónde. Cuentan que fue a una mina abandonada y que una noche tapó la boca del pozo con un enorme bloque de hormigón, y que luego, hasta el fin de sus días, anduvo rondando por los alrededores de la mina y que no había basura que no recogiera para tirarla al fondo del pozo abandonado. Efectivamente, tenía unas costumbres muy raras, pero en su mayoría esas habladurías carecen de todo fundamento. Pues resulta difícil creer que al cabo de tantos años Automateo siguiera resentido con su electroamigo, al que tanto debía.

El rey Globaldo y los sabios

Un día, el rey Globaldo, señor de Eparidia, mandó llamar a tres de sus más grandes sabios y les dijo:

-Nada hay más horrible que la suerte de un rey, sabe todo lo que hay que saber, hasta el punto de que cuanto le dicen suena igual qué una pompa de jabón al estallar. Deseo asombrarme y sólo me aburro, quiero conmoverme y no escucho más que tonterías, ansío oír cosas extraordinarias y me vienen con los más huecos halagos. Habéis de saber, queridos sabios, que hoy mismo mandé cortar la cabeza a todos mis bufones, junto con mis consejeros oficiales, y esa misma suerte os espera de no cumplir mi orden. Cada uno de vosotros ha de contarme la historia más extraordinaria que sepa, y si no me hace reír o llorar, no me asombra o alarma, no me divierte o me induce a reflexionar, ¡os mando cortar la cabeza!

El rey hizo un gesto y los sabios oyeron los pasos metálicos de los esbirros, que los rodearon a los pies del trono, cuyas espadas desnudas brillaban ominosamente. Los tres sabios quedaron temerosos y confusos, pues ninguno quería provocar las iras del rey y perder la cabeza, hasta que el primero manifestó:

-¡Rey y señor! La historia más extraña de todo el cosmos visible e invisible es sin duda la de un pueblo estelar que en las crónicas lleva el nombre de reversios. Desde los comienzos de su historia, los reversios todo lo hacían al revés de las demás criaturas inteligentes. Sus antepasados se instalaron en Urdruria, planeta famoso por sus volcanes, donde cada año surge una cadena de montañas y se producen terribles convulsiones que todo lo arrasan. Para mayor desventura, una gran avalancha de meteoros se precipitó sobre el planeta. Durante doscientos días al año caían sobre su superficie tremendas lluvias de piedras. Los reversios (que por entonces aún no llevaban ese nombre), levantaron construcciones de hierro templado y acero, y ellos mismos se cubrieron con tal cantidad de láminas de acero que parecían alcachofas blindadas y con piernas. Pero durante los terremotos, la tierra al abrirse se tragaba sus ciudades y los meteoros aplastaban sus blindadas capas protectoras. Al ver que toda la población estaba en peligro de exterminio, sus sabios se reunieron y el primero manifestó: «Nuestro pueblo no puede permanecer en su forma actual y no tiene otra alternativa que la transformación. La tierra se abre y para no caer en las hendiduras, cada reversio debe poseer una base ancha y plana, y puesto que los meteoros llegan de arriba, hemos de tener la cabeza puntiaguda. Si nos volvemos cónicos, nos libraremos del peligro.»

»Y otro sabio dijo:

»”No servirá de nada. Si la tierra se abre mucho, también se tragará los conos, y los meteoros, al caer oblicuamente, nos atravesarán el cuerpo. Lo ideal sería una forma esférica. Pues cuando el suelo comience a temblar y ondular, la bola rodará sola, y los meteoros al caer darán siempre sobre una superficie convexa y no pasará nada; así que hemos de volvernos redondos para preservar nuestras futuras generaciones.”

»Y dijo un tercero:

»” Una esfera igual puede quedar aplastada o hundirse lo mismo que toda forma material. No existe ningún escudo que no pueda atravesar una espada suficientemente poderosa, ni espada que no se melle contra un escudo bastante resistente. La materia, hermanos, es mutable, fluida y transformable, es inconsistente y en ella no pueden vivir los seres que realmente se precien de inteligentes, sino sobre lo invariable, lo eterno y lo perfecto, aunque temporal.”

»”¿A qué te refieres?”, preguntaron los sabios.

»Como respuesta, el tercer sabio comenzó a desnudarse; se quitó el traje de encima, adornado con cristales, y la ropa de debajo, hecha de oro macizo, y los pantalones de plata; luego se desmontó la cabeza y el pecho, y seguidamente se fue desmembrando sistemáticamente: de las junturas pasó a los empalmes, de los empalmes a los tornillos y de los tornillos a los hilos y las piezas más diminutas, hasta llegar a los átomos. Y el sabio comenzó a desgranar sus átomos, y los desgranaba con tal rapidez que nadie podía percibir nada fuera de su disolución; hábil y rápidamente, ante los demás sabios asombrados se convirtió en una perfecta ausencia, que es precisamente una inversión tan fiel como una presencia. Pues donde anteriormente tenía un átomo, ahora ya no existía; donde había un tornillo, había desaparecido, tan fielmente que su hueco no se diferenciaba de él. Y de esa manera se convirtió en el vacío, un vacío tan sistemático como anteriormente lo era su plenitud; y su inexistencia era una existencia inalterada, por cuanto actuaba tan rápida y hábilmente para que ninguna intrusión material pudiera invadir su perfecta ausencia presente. Y los demás lo veían como un vacío formado al igual que estaba un momento antes; reconocían sus ojos por la ausencia de su color negro, su rostro por la ausencia de su resplandor azul y sus brazos por la falta de sus dedos, de sus muñecas y sus codos. “De esta manera, hermanos -manifestó el Presente Ausente-, y mediante nuestra encarnación en la nada, conseguiremos no solamente una enorme resistencia, sino también la inmortalidad. Pues sólo la materia es mutable, mientras que la nada no tropieza nunca en su camino con la inseguridad; por eso la perfección radica en la inexistencia y no en la existencia; así que hay que elegir lo primero y no lo segundo.”

»Así lo hicieron y, desde entonces, los reversios son un pueblo muy pacífico; dedican su vida a lo que no existe en vez de a lo que existe, por cuanto en ellos nada hay, salvo lo que les rodea. Y cuando alguien llega a su casa, se le considera como una ausencia doméstica, y si anda por la niebla, como su ausencia local. Se sustrajeron a las molestas contingencias de la materia cambiante, con lo que convirtieron lo posible en imposible.

-¿Y cómo viajan a través del vacío cósmico? -preguntó el rey Globaldo ál sabio.

-Eso es lo único que no pueden hacer, señor, puesto que el vacío exterior chocaría con su propio vacío y dejarían de existir como inexistencia localmente concentrada. Por eso precisamente han de velar constantemente por la pureza de su
no ser, por el vacío de su existencia, y a esa tarea dedican su tiempo, pues también suelen llamarse aniquilados o anulados.

-¡Sabio -dijo el rey-, tu historia es necia! ¿Cómo es posible sustituir la heterogeneidad material por la homogeneidad de lo que no existe? ¿Acaso es lo mismo una roca que una casa? ¿Es que la ausencia de una roca puede tener distinta forma que la ausencia de una casa?

-Señor -dijo el sabio-, hay varias formas de inexistencia…

-Veamos -le atajó el rey- lo que ocurre cuando mande cortarte la cabeza ¿se convertirá su ausencia en presencia? ¿Qué me dices? -y el rey, soltando una horrible carcajada, hizo una señal a sus esbirros.

-¡Señor! -gritó el sabio, que ya estaba entre las garras de sus verdugos-. Te has dignado reír, de modo que mi historia te ha regocijado y, de acuerdo con tu promesa, has de perdonarme la vida.

-No es cierto, puesto que me he reído de mi propia ocurrencia -replicó Globaldo-. Pero a lo mejor te avienes a lo que te voy a decir: si aceptas de buen grado que te corten la cabeza, entonces me reiré y te daré la razón.

-¡De acuerdo! -exclamó el sabio.

-En ese caso, cortadle la cabeza, puesto que así lo pide -ordenó el rey.

-¡Pero, señor, he aceptado para que no me decapitasen!

-Si estás de acuerdo, hay que decapitarte -replicó Globaldo-, y si no estás de acuerdo, no me haces reír y por consiguiente han de cortarte la cabeza…

-¡ No, no, al contrario! -gritó el sabio-. Si estoy de acuerdo, tú, al alegrarte, has de perdonarme la vida, y si no estoy de acuerdo…

-¡Basta! -dijo el rey-. ¡Verdugo, cumplid con vuestra tarea!

Silbó la espada y la cabeza del sabio rodó por el suelo.

Al cabo de un rato de mortal silencio, el segundo sabio empezó:

-¡Rey y señor! El más curioso de los pueblos estelares es sin duda el de los poliontos, es decir, los múltiples, que también suelen llamarse los pluralistas. Esos seres tienen realmente un solo cuerpo, pero muchas piernas, cuyo número depende del cargo que desempeñan: cuanto más alto, más piernas tienen. En cuanto a las cabezas las tienen en función de las necesidades; así, por ejemplo, las familias pobres poseen generalmente una sola cabeza, mientras que los ricos poseen varias para las diversas circunstancias: así, tienen una cabeza para la mañana y otra para la tarde; una cabeza estratégica en caso de guerra y otra rápida, por si hay que correr, también suelen disponer de cabezas frías y cautelosas, a pájaros tristes, alegres, amorosos y hasta lúgubres, de modo que están preparados para todas las circunstancias de la vida.

-¿Eso es todo? -preguntó Globaldo.

-No, señor -dijo rápidamente el sabio, viendo que las cosas se le ponían mal-. Los poliontos sacan su otro nombre de pluralistas del hecho de que todos ellos están muy ligados a su gobernante, hasta el punto de que si la mayoría opina que la actuación del rey es nociva para el bien general, entonces el monarca pierde su compacidad y se deshace en pedazos…

-¡Vaya idea absurda! ¿Conque conspiran contra su rey? -soltó el rey iracundo-. Puesto que tanto has hablado de cabezas, sabio, dime: voy a ordenar que corten la tuya ahora mismo, ¿o no?

«Si contesto que sí -pensó el sabio- lo hará, puesto que está furioso conmigo. Y si le digo que no, eso lo sorprenderá y al sorprenderse tendrá que cumplir su promesa y perdonarme la vida.»

Así que dijo:

-No, señor, no ordenarás que me corten la cabeza.

-¡Te equivocas! -gritó Globaldo-. ¡Verdugos, cumplid con vuestra tarea!

-¡Pero, señor! -imploró el sabio, ya en manos de los esbirros-. ¿Acaso no te han sorprendido mis palabras? ¿No suponías que iba a decir que me mandarías decapitar?

-Tus palabras no me han sorprendido, porque el miedo que llevas escrito en la cara te las dictó. ¡Basta, cortadle ya la cabeza!

Y la cabeza del segundo sabio rodó por el suelo. .

El tercer sabio, el más anciano de todos, estaba mirando la escena con gran serenidad. Pero cuando el rey le pidió que le contara una historia extraordinaria y sorprendente contestó:

-Majestad, podría contarte una historia realmente extraordinaria, pero no lo haré, puesto que prefiero hablarte sinceramente en vez de sorprenderte. Quiero más bien obligarte a que me hagas cortar la cabeza, pero no con el vil pretexto de disfrazar una matanza, que llevas a cabo para divertirte; pues aun siendo cruel no te atreves a hacerlo sin cubrirte con una máscara de falsedad. En realidad, deseabas que nos cortaran la cabeza, pero de tal manera que luego dijeran que el rey mató a unos necios que se hacían pasar por sabios. En cambio, yo deseo que se diga la verdad y por eso no te contaré historia alguna.

-No, ahora no te entrego al verdugo -replicó el rey-. Realmente deseo escuchar una historia extraordinaria. Quieres enfurecerme, pero yo sé reprimir mi cólera cuando es necesario. Habla, y quizá no solamente te salves tú mismo, sino también a otros. Lo que digas puede incluso rozar el crimen de lesa majestad, que, por lo demás, ya has cometido; pero esta vez tendrá que ser un insulto tan monstruoso que se convierta de por sí en una auténtica lisonja, que por sus dimensiones se transforme a su vez en una afrenta. ¡Intenta, pues, de un solo golpe ensalzar y rebajar, engrandecer y reducir a tu rey!

En medio del más absoluto silencio, los que allí estaban trataban de adivinar durante cuánto tiempo conservarían la cabeza sobre los hombros. El tercer sabio se había sumido en profunda reflexión. Por fin dijo:

-Señor, satisfaré tus deseos y te diré por qué lo hago. Pues lo voy a hacer por todos los aquí presentes, por mí y también por ti, a fin de que en el futuro no puedan decir que hubo un rey que por capricho acabó con la inteligencia en su país; aun cuando así fuera en estos momentos, aunque tus deseos no signifiquen casi nada o nada en absoluto, yo quiero darle a tu efímero capricho un valor, haciendo de ella una cosa significativa y duradera, y por eso hablaré…

-Anciano, basta ya de preámbulos que nuevamente rozan el crimen de lesa majestad y nada tienen que ver con una lisonja -dijo el rey airado-. ¡Habla!

-Señor, abusas de tu poder -contestó el sabio-, aunque tus abusos no son nada en comparación con los que cometiera tu remoto y para ti desconocido antepasado, el fundador de la dinastía de los epáridas. Tu antepasado Alegórico también solía abusar de su autoridad. Para mayor aclaración de cómo se comportaba, te ruego, señor, que te dignes mirar hacia ese firmamento nocturno que se ve por las ventanas superiores de la sala del palacio.

El rey miró al cielo, estrellado y puro, mientras el sabio proseguía lentamente:

-iMira y escucha! Todo cuanto existe es objeto de burla. Ante nada se guarda el necesario respeto, pues es sabido que mucha gente se atreve hasta a reírse de Su Majestad real. El trono y el Estado son objeto de irónicas burlas. Todos se ríen de los otros o de sí mismos. Se ha llegado al extremo de burlarse de lo que no existe, pues ¿no se ríen de los míticos dioses? Incluso las cosas más serias y hasta trágicas son motivo de bromas; basta recordar el humor relativo a los cementerios, los chistes sobre la muerte y los muertos. Ni siquiera se respeta a los cuerpos celestes. Veamos, por ejemplo, el Sol y la Luna. A ésta la representan como a una astuta y delgada mujer con un cetro cornudo de bufón y semejante a un creciente con doble barbilla; mientras que al Sol lo representan como a un gordinflón cordial y mofletudo con una aureola desflecada. Sin embargo, aunque la gente acostumbra a mofarse tanto del reino de la vida como de la muerte, de las cosas pequeñas como de las grandes, hay algo de lo que hasta ahora nadie se atrevió a reírse; sin embargo, no se trata de una cosa que pueda olvidarse o escapar a la atención, ya que pertenece a lo que existe; me refiero al cosmos. Si reflexionas un poco, señor, te darás cuenta cuán ridículo es el cosmos…

Al llegar a este punto el rey Globaldo se asombró por primera vez y con incrementada atención escuchó al anciano sabio, quien prosiguió:

-El cosmos está formado de estrellas. Eso suena bastante serio, pero si reflexionamos un poco, resulta difícil no sonreírse. Pues ¿qué son realmente las estrellas? Unas esferas ardientes, colgadas en la-noche eterna. La imagen no deja de ser poética en apariencia. ¿Por su naturaleza? Ni mucho menos, sino debido a sus dimensiones. Sin embargo, las dimensiones no pueden determinar por sí solas la importancia del fenómeno. ¿Acaso los garabatos de un imbécil, trasladados desde una hoja de papel a una gran extensión, se convierten en una cosa importante? Una necedad, aumentada, no deja de ser una necedad, y sólo potencia su ridiculez. ¡El cosmos es algo así como un papel salpicado de puntos! Por doquiera que miremos, sólo hay eso. La monotonía de la creación parece el concepto más trivial y común que pueda imaginarse. ¿A quién, sino a un verdadero imbécil, podría ocurrírsele sembrar de puntos hasta el infinito un universo que había que crear? Tomemos un espacio infinito y vacío y una vez y otra punteémoslo al azar. ¿Cómo es posible impartir a dicha construcción orden y majestuosidad? Eso sólo puede ser el resultado de un autoplagio, cometido al principio, y ese principio fue a su vez el más insensato de los actos habidos y por haber, ¿pues qué otra cosa puede hacerse cuando se está ante una hoja de papel blanco con una pluma en la mano, sin tener la más mínima idea de cómo llenarla? ¿Dibujos? ¡Qué va! Para eso hay que saber lo que se va a dibujar. ¿Y si no se ha pensado en nada? ¿Si se carece de toda imaginación? Pues al tocar el papel con la pluma, sin quererlo, se forma un punto. Y una vez puesto, ese punto crea, para un espíritu insensato acompañado de impotencia creadora, un modelo sugestivo, por cuanto fuera de él no hay nada en absoluto y porque con el menor esfuerzo ese modelo se presta a reproducirse al infinito. ¿Repetirlo? Pero ¿cómo? Los puntos pueden adornarse de alguna manera; ahora bien, ¿y si uno también es incapaz de hacer eso? No queda más que una cosa: sacudiendo esa pluma impotente, salpicar la hoja de papel de gotas de tinta, llenarla a ciegas de puntos.

Mientras decía esto, el anciano cogió una hoja de papel y, mojando su pluma, en el tintero, la sacudió varias veces encima de la hoja; seguidamente sacó de debajo de sus vestiduras un mapa celeste y enseñó al rey ambas cosas. La semejanza no podía ser mayor. En la hoja de papel se veían miles de puntos, pequeños y grandes, pues a veces la pluma estaba muy llena de tinta y otras menos. Y en el mapa, el cielo ofrecía el mismo aspecto. El rey se quedó mirando ambas hojas de papel y guardó silencio, mientras el sabio proseguía:

-Te han enseñado, señor, que el Universo es una construcción infinita y perfecta, majestuosa y cuajada de estrellas. Pero esa respetable, omnipresente y eterna construcción ¿acaso no es todo lo contrario de la razón y el orden? ¿Por qué nadie se dio cuenta hasta ahora? Pues muy sencillo: ¡porque en todas partes hay necios! Pero esa universalidad se merece tanta más mofa y burla por cuanto el ridiculizarla es signo precursor del motín y la emancipación. Habría que. escribir con ese espíritu un panfleto sobre el Universo, para que esa obra insensata suscitara risas irónicas en lugar de suspiros embelesados.

El rey Globaldo seguía escuchando, asombrado, mientras el anciano, tras un silencio, proseguía:

-La obligación de todo sabio hubiera debido ser la de redactar ese panfleto, pero entonces habrían tenido que señalar la causa primera que motivó la aparición de esa cosa merecedora de irónicas quejas que lleva el nombre de Universo. Y eso sucedió cuando el infinito aún estaba absolutamente vacío, en espera de la creación, un cosmos que brotó de la nada y al principio constaba sólo de unos pocos astros. Y fue precisamente tu antepasado Alegórico el que reinó sobre dichos astros. Por entonces, se le ocurrió una idea tan imposible como insensata: decidió suplantar a la Naturaleza en su obra infinitamente paciente y lenta. Decidió, en contra de la Naturaleza, crear un cosmos lleno de preciosas maravillas. Como él solo era incapaz de hacerlo, mandó construir una máquina inteligentísima para realizar la obra. Construyeron ese monstruo mecánico durante seiscientos años, pues por entonces el cálculo del tiempo era distinto a como hoy se efectúa. No ahorraron esfuerzos ni medios y la máquina alcanzó unas dimensiones y un poder casi ilimitados. Cuando estuvo lista, el usurpador de la Naturaleza mandó ponerla en marcha. Alegórico no presentía lo que iba a suceder, cegado por su ilimitado orgullo. La máquina era excesivamente grande y además su inteligencia, muy distante de las cumbres del entendimiento, estaba formada por un oscuro balbuceo de corrientes centrífugas, y de aquel caos supuestamente pensador, en el que con un esfuerzo tremendo una multitud de conceptos insuficientemente desarrollados se reducían a nada, de aquellas convulsiones, y luchas inútiles, sólo empezaron a salir hacia los obedientes subsistemas ejecutivos del coloso ¡unos signos de puntuación carentes de todo sentido! ¡Pues aquélla no era la más inteligente de las máquinas, no era ningún cosmocreador omnipotente, sino una irracional usurpación generadora de ruina, que sólo sabía balbucear puntos! ¿Qué ocurrió entonces? El rey, que estaba esperando que sus planes se confirmaran, que sus más audaces sueños se verificaran, se obstinó en su empeño, y nadie se atrevió
a decirle que estaba dando origen al más insensato balbuceo, a una agonía mecánica que ya había nacido como una cosa agonizante. Pero los enormes mecanismos obedientes y sin vida del coloso estaban dispuestos a cumplir cada orden, y de toda la materia existente comenzaron a extraer lo que en el espacio tridimensional corresponde a un punto bidimensional: una esfera; y de está manera siguieron repitiendo incesantemente la misma cosa, hasta que las llamas resultantes de la materia incandescente proyectaron a través del vacío unas bolas ardientes, y de ese balbuceo nació el cosmos. Así pues, tu antepasado, señor, fue el creador del Universo y a la vez el autor de una estupidez cuya magnitud nadie será capaz de igualar. Eso es todo cuanto quería contarte, señor, descendiente de Alegórico, constructor de mundos.

Cuando el rey Globaldo despidió a sus sabios, colmados de su generosa clemencia y muy especialmente el anciano, que de un solo golpe había conseguido presentarle la mayor lisonja y el mayor insulto, uno de los jóvenes eruditos le preguntó si su relato era cierto.

-¿Qué puedo decirte?. -contestó el anciano-. Cuanto he dicho no procede de la ciencia, pues ésta no se ocupa de los aspectos de la existencia de los que cabe reírse. La ciencia explica el mundo, pero sólo el arte puede conciliarse con él. ¿Qué sabemos del origen del cosmos? Es posible llenar un vacío tan inmenso de toda suerte de leyendas y mitos. Al recurrir a la mitología, solamente deseaba llegar a los límites de lo inverosímil y me parece que a ello me aproximé. Tú también lo sabes y lo que en verdad deseas preguntarme es si el cosmos es realmente ridículo. . Pero a esa pregunta, cada cual ha de responder por sí mismo.

Leyenda del rey Murdano

A la muerte del buen rey Hilizandro, subió al trono su hijo Murdano. Sus súbditos lo lamentaron, pues el nuevo monarca era ambicioso y cruel. Se hizo llamar el Grande, y temía las corrientes de aire, a los espíritus y la cera, porque al encerar los pisos, uno puede resbalar y romperse una pierna. Odiaba también a los parientes que impiden gobernar sin interferencias, y sobre todo lo espantaban las profecías. Después de coronarse, inmediatamente mandó cerrar las puertas y no abrir las ventanas en todo el Estado, y ordenó destruir todas las máquinas adivinas, mientras que al inventor del aparato que alejaba a los fantasmas le condecoró y le dio una buena pensión. Este aparato funcionaba realmente bien, puesto que jamás vio a ningún fantasma.

Murdano no salía al jardín para no resfriarse y sólo paseaba por las salas del castillo real, que era muy espacioso. Pero cierto. día, al pasear por los corredores y los pasillos, llegó a una antigua ala del palacio, donde nunca había estado hasta entonces. Se encontró en primer lugar con una sala, en la que estaba la guardia del cuerpo de su tatarabuelo, con su mecanismo de cuerda de los tiempos en que no se conocía la electricidad. En la segunda sala, se encontró con unos guerreros de vapor oxidados, pero nada tenían de especial y ya estaba dispuesto a volverse, cuando de pronto vio una pequeña puerta con una inscripción que decía: «No entrar». La puerta estaba cubierta de polvo y ni la hubiera tocado a no ser por aquella inscripción, que le enfureció.

«¿Será posible -pensó- que alguien se atreva a prohibirme algo?» No sin cierta dificultad abrió la puerta, que chirrió sobre sus goznes, y, tras bajar por una retorcida y angosta escalera, llegó a una sala abandonada. Allí encontró una máquina de cobre muy antigua, con ojos de rubíes y su llave puesta. El rey Murdano comprendió que se trataba de una máquina adivina, y de nuevo se irritó al ver que, en contra de sus órdenes, habían dejado aquel artefacto en el palacio. Se le ocurrió que, por una sola vez, bien podía probar a ver cómo emitía sus augurios aquel trasto. De manera que le dio a la llave y, como no funcionaba, golpeó la tapa con los dedos. La máquina jadeó roncamente, el mecanismo se calentó y los ojos de rubíes se clavaron en el rey, como bizqueando. Esa mirada le recordó al rey a su tío Cenandrio, hermano de su padre, que había sido su antiguo preceptor. Pensó que seguramente el tío había mandado construir así aquella máquina intencionadamente, pues de otra manera ¿por qué iba a bizquear?

La máquina, tartamudeando, comenzó a tocar lentamente una triste musiquilla, como si un enterrador armado con su pala estuviera golpeando una tumba de acero, y a través de la rendija de la tapa asomó una esquela negra cubierta de una escritura amarillenta como los huesos de un esqueleto.

Murdano se impresionó, pero no pudo vencer su curiosidad. Agarró la esquela y corrió a sus aposentos. «Voy a echarle una simple ojeada», decidió, y así lo hizo. En la esquela decía lo siguiente:

«Sonó la hora, la familia morirá,
el hermano de la hermana o el tío, o el primo de la prima,
todos caerán, llega el sobrino,
le toca al suegro, ya lo agarra el verdugo,
la tía con sus calumnias a las otras tías desgarra.
Ya marchan a la guerra, vaya, habrá jaleo.
Llegan las nietas, los suegros, y yo voy a enterrarlos.
Golpear a diestra y siniestra; aquí el tío, allá la tía.
Que el suegro reviente y la cabeza del yerno se abra.
Yace el yerno; cinco tumbas; cae el suegro: las tumbas son seis.
El tío abuelo, la tía abuela, el tío de los tíos, así ha de ser,
pues, aunque entrañables, los parientes de la tierra seguros están.
Sonó la hora, la hora de la familia;
al que le toque, que se arrastre.
‘Enterradlo como es debido, que siempre se esconde.
No lo entierres antes de la hora, sino cuando duerma.»

El rey Murdano se espantó al leer esas palabras y se reprochó la ligereza con que había puesto en marcha la máquina adivina. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse; no tenía más remedio que actuar antes de que las cosas empeoraran, pues no dudaba del verdadero sentido de aquella. profecía: sus parientes más cercanos, tal como venía sospechando desde hacía tiempo, le amenazaban.

En realidad, no se sabe exactamente cómo ocurrieron las cosas. En cualquier caso, muy pronto se sucedieron una serie de acontecimientos penosos, por no decir terribles. El rey mandó cortar la cabeza a todos sus familiares, salvo a su tío Cenandrio, que logró escapar en el último momento disfrazado de organillo; pero de nada le valió, pues al poco tiempo lo cazaron y su cabeza rodó bajo el hacha del verdugo. Sin embargo, esta vez Murdano pudo dictar sentencia con la conciencia tranquila, pues sorprendieron al tío conspirando contra el monarca.

Tras la terrible matanza, Murdano se vistió de luto de pies a cabeza; se había librado de un gran peso; pero, aunque aliviado, estaba muy triste, pues en el fondo no era tan malo ni cruel. El sereno luto del rey no duró mucho, pues pensó que tal vez le quedaran algunos parientes lejanos y desconocidos. Para mayor seguridad, hizo decapitar a toda una serie de presuntos familiares en todo el país, pero eso no lo tranquilizó en absoluto, pues todos los súbditos eran sospechosos, y como no puede haber un rey sin súbditos, hubiera tenido que matarlos a todos.

Se volvió tan receloso, que dio la orden de atarlo a su trono, y para que nadie lo destronara dormía con un gorro blindado y no dejaba de pensar en lo que había de hacer. Finalmente, hizo algo realmente extraordinario. Al parecer, le dio la idea un vendedor ambulante disfrazado de buhonero, pues hay distintas versiones al respecto. Un día el rey Murdano ordenó que se presentaran todos los constructores, electricistas, chapistas y montadores de la corte y les dijo que tenían que agrandar su persona, de tal manera que rebasara todos los horizontes.

Cumplieron las órdenes con una rapidez asombrosa, puesto que el director de la oficina de proyectos había sido nombrado superverdugo por el rey. Una multitud de electrorrobots y de constructores comenzaron a llenar el palacio de cordones y cables y bobinas, y tan pronto como el rey llenó con su cuerpo el palacio entero, de
forma que se hallaba en todas sus dependencias a la vez, emprendieron la tarea en las casas vecinas. Al cabo de dos años, Murdano ya ocupaba todo el centro de la capital. Como quiera que las casas no bastaban y además resultaban incómodas, las. derribaron y en los solares levantaron unos palacios electrónicos, denominados amplificadores de Murdano.

El rey siguió creciendo lentamente y sin tregua, llegando a alcanzar muchos pisos, perfectamente conectados y alimentados por sus propias subcentrales, hasta que invadió toda la .capital, y comenzó a rebasar sus límites. Con todo ello, mejoró el humor del monarca; todos sus familiares ya habían desaparecido; no temía ni el aceite, ni las corrientes de aire, puesto que ya no necesitaba dar un solo paso, al estar presente en todas partes a la vez.

«El Estado soy yo», se decía no sin razón Murdano, pues con todas sus instalaciones y mecanismos eléctricos ocupaba, enteramente las plazas y las avenidas. Ya nadie podía habitar en la capital del ‘reino, salvo, naturalmente, los robots limpiadores reales y los robots de cabecera, que constantemente velaban por la mente del rey, visitando un edificio tras otro. Así fue extendiéndose, satisfecho, el rey por toda la periferia de la capital, creciendo cada vez más, tal como lo mandaban los augurios, metiéndose en todas partes, hasta el punto que su omnipresencia abarcaba todo el Estado.

A la caída de la noche, el rey gigante, iluminando las sombras crepusculares, lanzaba hacia el cielo los deslumbrantes destellos de su actividad mental, para luego ir apagándose lentamente al sumirse en un sueño reparador. Pero a ese sueño oscuro de las primeras horas de la noche sucedían unos violentos resplandores y centelleos que rasgaban la noche, indicando que el rey comenzaba a tener un sueño agitado. A través de todos los edificios iban corriendo unos tormentosos relámpagos, hasta que en medio de las tinieblas se iluminaban las ventanas y todas las calles brillaban de una luz roja y morada, mientras los robots de cabecera, corriendo por las aceras desiertas, husmeando el olor a cables quemados del rey y mirando a través de las ventanas donde se veían los destellos, murmuraban entre sí:

-¡Vaya, Murdano debe de tener una pesadilla!

Cierta noche, tras una jornada especialmente laboriosa, durante la cual el rey estuvo pensando en un nuevo tipo de condecoraciones con las que adornarse, soñó que su tío Cenandrio, aprovechando la oscuridad, se había metido en la capital, oculto bajo una capa negra, y andaba por las calles en busca de cómplices para su conjuración. Llegó a un sótano, que estaba lleno de esbirros enmascarados, y era tal su número y con tanta fuerza gritaban pidiendo la cabeza de Murdano, que éste se despertó todo sudoroso y lleno de terror. El alba ya despuntaba y el rey pensó:

«¡Qué pesadilla! », y volvió a pensar en sus condecoraciones, mientras las que había ideado el día anterior se las colgaban en las terrazas y los balcones. Cuando al cabo de su atareada jornada se fue a descansar, apenas si dormitaba y ya tuvo la visión de la conjura en pleno auge. Y cuando Murdano despertó de su sueño, no lo hizo totalmente, pues el centro de la capital, en el que se desarrollaba aquella pesadilla antiestatal, siguió dormido y sujeto a la terrible visión.

En el sueño de Murdano, su tío hacía entrar en la conjura a todos sus parientes. Todos se presentaron haciendo chirriar sus bisagras, y hasta aquellos que carecían de las piezas y mecanismos necesarios empuñaban la espada en contra del legítimo gobernante. Reinaba una gran confusión. Una multitud de enmascarados repetían en voz baja consignas subversivas; en los sótanos y los pasadizos ya habían confeccionado las negras banderas de la revuelta; por doquier destilaban venenos, afilaban hachas, preparaban alambres tóxicos y todos se disponían a ajustarle las cuentas al odiado Murdano, que, lleno de terror, se despertó temblando y quería llamar a la Puerta Amarilla de la Boca del Rey a todas sus fuerzas para auxiliarlo y aniquilar a los sublevados, pero de pronto pensó que no serviría de nada, pues el ejército no puede entrar en un sueño, y por consiguiente no podía aplastar la conjuración. Así que durante un buen rato trató de despertar él mismo las cuatro millas cuadradas de su ser, que seguían soñando con el complot, pero en vano.

Sin embargo, como estaba despierto no lograba penetrar en las zonas rebeldes, lo cual no es extraño, pues la vigilia no puede introducirse en las profundidades del sueño, a donde solamente pueden llegar otros sueños. El rey se dio cuenta de que ante aquella situación lo mejor sería dormirse y soñar un contrasueño, pero no cualquiera, sino, evidentemente, un sueño monárquico y leal a su persona, con banderas desplegadas; en suma, un sueño adicto al trono, capaz de borrar en el acto aquellas pesadillas usurpadoras.

Pero Murdano no conseguía conciliar el sueño del miedo que lo atenazaba; entonces empezó a contar piedrecitas mentalmente, hasta que se durmió. Pero entonces ocurrió que el sueño encabezado por su tío no solamente se desarrollaba
en los barrios centrales, sino que comenzaba a extenderse incluso a los arsenales, llenos de bombas y proyectiles. Y el propio Murdano, por mucho que se esforzara, apenas si lograba soñar una sola compañía de caballería y además ligera, indisciplinada y armada tan sólo de cacharros.

«No hay nada que hacer -pensó el rey-; la cosa no me ha salido bien y no tengo más remedio que volver a empezar.»

Así que trató de despertarse; lo consiguió a duras penas; por fin se despertó de veras, pero entonces fue presa de terribles sospechas. ¿Es que realmente estaba de nuevo en vela, o bien seguía sumido en otro sueño, que sólo era la falsa apariencia de la vigilia? ¿Qué podía hacer ante tal situación, ante tal embrollo? ¿Soñar o no soñar? ¡He ahí el dilema!

«Supongamos que ahora no esté soñando -pensó Murdano- y no corra peligro, puesto que en la realidad no puede haber ninguna conjuración. Eso sería estupendo: en tal caso ese sueño regicida seguiría él solo y llegaría a su fin, hasta que, con su pleno despertar, la majestad recobre su legítima homogeneidad. Muy bien. Pero si me mantengo tranquilamente desvelado, y luego resulta que esta supuesta vela en realidad no es sino otro sueño, vecino de aquél, o sea el del tío, es muy probable que se produzca una catas-trofe. Esos malditos regicidas encabezados por el asqueroso Cenandrio pueden trasladarse de aquel sueño a éste, que se parece a la vigilia para quitarme el trono y la vida.

»Desde luego -siguió pensando Murdano-, la usurpación sólo puede verificarse en el sueño, pero si la conjura se extiende a toda mi real persona, entonces nunca mas volveré a despertarme, y en ese caso, ¿qué pasará? En tal caso, quedaría alejado para siempre del estado de vigilia y mi tío haría de mí lo que le diera la gana. Me torturará, me ultrajara por no hablar de las tías, que recuerdo perfectamente hasta dónde son capaces de llegar. Pues volverían a ser lo que eran en ese sueño espantoso. Además, ¿a qué viene hablar de sueños? El sueño solamente puede existir donde existe también la vigilia, a cuyo estado es posible volver, pero donde no la hay, donde no hay otra cosa más que el sueño, allí donde es la única realidad, o sea el estado de vela… ¡ Maldición! Todo se confunde a través de esta fatal personalidad excesiva, a través de esta expansión mental. Lo que me faltaba! »

Desesperado, viendo que la inacción lo iba a perder y que la única salvación estaba en su inmediata movilización psíquica, Murdano pensó:

«He de actuar, necesariamente, como si estuviera soñando. He de soñar multitudes de súbditos llenos de cariño y entusiasmo, ejércitos leales a mi persona, muriendo con mi nombre en los labios, fuertemente armados; y también sería bueno imaginar rápidamente algún arma maravillosa, puesto que todo es posible en los sueños, algo así como un medio para acabar con los parientes, algún cañón antitío o cosa parecida, y así estaré preparado para cualquier sorpresa, y si la conjuración se presenta, arrastrándome astutamente de sueño en sueño, la aplastaré.»

Suspiró el rey Murdano por todas las avenidas y plazas de su cuerpo, pues el asunto era de lo más complicado, y se puso a actuar, es decir, a dormirse. En su sueño habían de surgir unos escuadrones de acero cuadrangulares, encabezados por venerables generales y multitudes aplaudiendo y lanzando vivas en medio del sonido de los clarines, pero solamente apareció un pequeño tornillo, lo que se dice nada de nada: un tornillo de lo más ordinario, con la cabeza un poco mellada. ¿Qué hacer con él? Murdano estuvo cavilando; sintió de pronto cierta inquietud, que fue
incrementándose hasta transformarse en angustia y luego en espanto, al ocurrírsele qué «tornillo» podía rimar con «muertecillo»…

El rey se estremeció. Por consiguiente, se trataba del símbolo de la decadencia, la descomposición y la muerte, y la conjuración de sus familiares, llegaría infaliblemente, sigilosamente, arrastrándose por los subterráneos, excavando el otro sueño para meterse en éste, y él caería en la trampa. Así que lo amenazaba su fin… ¡La muerte! ¡La destrucción! ¿Pero, por qué, de qué manera? ¿Por dónde llegaría?

Refulgieron los millares de edificios personales, se estremecieron las subcentrales de Su Majestad, cargadas de condecoraciones, que se balanceaban rítmicamente al viento nocturno, tal era el espanto que atenazaba al rey Murdano ante aquel soñado símbolo de su caída. Por fin se desvaneció la pesadilla y se sintió tan perfectamente como si nunca la hubiera tenido. Y estuvo reflexionando si realmente estaba despierto o sumido en otro sueño. Parecía estar en vela, pero ¿cómo cerciorarse? A lo mejor ya había terminado de soñar con el tío y no había por qué preocuparse. Muy bien, pero ¿cómo asegurarse? No había más solución que la de autoespiarse, hacerse pasar por un insurrecto y hurgar incesantemente en su propio cuerpo, en su gigantesca persona, en su ser-Estado y nunca más dormiría tranquilo, puesto que siempre tendría que estar dispuesto a actuar por cuanto la conjuración podía anidar en algún rincón oscuro de su gigantesca personalidad.

En ese caso tendría que soñar con fieles vasallos y delegaciones multitudinarias, con un espíritu de resplandeciente legalidad, atacando a fondo todos los abismos, las oscuridades y rincones de su personal para que ninguna intentona ni ningún tío pueda esconderse en ellos. Y rodeado por el ruido regocijante de las banderas, del tío no quedaría ni rastro, los parientes también desaparecerían y en torno al rey sólo habría fidelidad y palabras de gratitud e incesante homenaje.

Murdano ya veía los escudos de armas y los tapices en ventanas y balcones, y los cañones disparando salvas y los cornetas llevándose a los labios las trompetas de bronce. Sin embargo, al fijarse en las cosas, se dio cuenta de que algo no cuadraba; estatuas, sí, había muchas, pero muy poco parecidas a él, con la cara deformada y la mirada bizca del tío. Ciertamente, las banderas ondeaban, pero con los lazos muy pequeños, casi imperceptibles y casi negros; y si no negros, en todo caso sucios o mancillados. ¿Qué significaba todo esto? ¿Acaso una nueva alusión?

«¡Maldición! ¡Esos colgajos estaban totalmente raspados, casi sin pelo, y el tío, el tío estaba calvo!… ¡Eso no puede ser! ¡Atrás!¡Despierta, despierta!», pensaba Murdano.

«¡Que toquen diana, sacadme de este sueño!», gritó; pero cuando la pesadilla se desvaneció, las cosas no mejoraron, pues el rey fue pasando de un sueño a otro ligado con el anterior, las banderas reales se volvían negras; las condecoraciones parecían meros colgajos; de las trompetas doradas no salían aires marciales, sino las carcajadas del tío, como un trueno, exigiendo su derrocamiento.

El rey Murdano gritaba pidiendo la ayuda de su ejército para que lo despertasen. «¡Pellizcadme!», rugía, y de. nuevo gritaba que lo sacaran de su pesadilla, pero en vano… Pues sumido nuevamente en su .ensueño regicida, los conjurados se lanzaban hacia el trono; multiplicándose, corrían como ratas, y la pesadilla iba extendiéndose, sigilosa y rápidamente, no se sabe cómo, pero del modo más espantoso.

El edificio de cien pisos de la central electrónica soñaba con tornillos y cadáveres, con cables y venenos; en cada condensador el tío reía sarcásticamente; se estremecieron los edificios de espanto, aterrados de sí mismos, surgiendo de ellos cien mil parientes intrigantes y pretendientes al tronó, pérfidos bastardos, usurpadores bizcos, y aunque ninguna sabía si era una criatura soñada o soñadora, con la que se sueña, por qué motivo y con qué resultado, todos sin excepción clamaban en contra del rey. Murdano, pidiendo su cabeza, ansiosos de echarle del trono, colgarlo del campanario, matarlo de una vez, hacerlo pedazos y muchas más cosas, y nada hicieron de buenas a primeras, porque no se pudieron poner de acuerdo sobre cómo comenzar.

Y de esta manera los fantasmas siguieron hostigando la mente del rey, hasta que surgieron las llamas, provocadas por la sobretensión. Y ya no eran unas llamas soñadas, sino el más verdadero de los fuegos el que centelleaba en las ventanas de la persona real, y el rey Murdano se deshizo en cien mil sueños, que nada podía unificar ya, a no ser el incendio, que ardió durante mucho tiempo…

El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia

El rey Pancérico tenía una hija más hermosa que todas las joyas; los destellos de sus radiantes mejillas obnubilaban lamente y la vista, y cuando la princesa pasaba por algún lugar las chispas eléctricas salían hasta del hierro común, y la noticia de su belleza sin par se había extendido hasta las más lejanas estrellas. Ferriciano, el heredero del trono iónico, que había oído hablar de ella, ansiaba desposar a la hermosa hija del rey Pancérico. Al comunicárselo a su padre, éste le dijo con tristeza:

-Hijo mío, tus deseos no pueden ser más insensatos, y jamás se cumplirán.

-¿Por qué, padre mío? -preguntó Ferriciano.

-¿No sabes -dijo el rey- que la princesa Cristalia ha prometido que sólo se unirá a un paliducho?

-¿Un paliducho? -exclamó Ferriciano-. ¿Qué es eso? ¡Nunca oí hablar de esas criaturas!

-Escúchame bien, hijo mío. Has de saber que esa raza galáctica apareció de un modo tan misterioso como obsceno, cuando los cuerpos azules comenzaron a corromperse. Dentro de esos cuerpos aparecieron unos vapores y unas decocciones
frías y húmedas de las que nació la familia de los paliduchos o macilentos, pero no en seguida. Al principio no eran más que una especie de mohos reptadores; posteriormente, pasaron del océano a la tierra y vivían devorándose entre sí, y cuanto más se devoraban, más numerosos se volvían; un día se enderezaron y extendieron su pegajosa naturaleza sobre unas estructuras de cal y construyeron unas máquinas. De esas máquinas nacieron unos aparatos pensantes, que a su vez dieron vida a unos ingenios inteligentes, que por fin imaginaron unas máquinas perfectas, pues el átomo, al igual que la Galaxia, es una máquina y nada hay fuera de la máquina, por cuanto es eterna.

-¡Amén! -añadió maquinalmente Ferriciano, pues se trataba de una fórmula religiosa muy usual.

-La familia de los paliduchos se elevó finalmente al cielo sobre unas máquinas -prosiguió el anciano rey- sin respetar los metales preciosos y mostrándose cruel con la dulce electricidad y depravando la energía del núcleo. Sin embargo, acabaron pasándose de la raya, y nuestro antepasado el Gran Calculador Genetoforio empezó a decirles a aquellos gigantes pegajosos que se comportaban vergonzosamente al manchar la inocencia del raciocinio cristalino al implicarlo en
sus viles problemas, utilizando las máquinas a su antojo; pero no siguieron los consejos de nuestro ancestro. El les hablaba de ética y ellos replicaban que estaba mal programado. Entonces, nuestro antepasado creó el algoritmo de la incorporación eléctrica y con grandes dificultades concibió nuestra raza. Así consiguió que escaparan las máquinas que los paliduchos tenían cautivadas. De manera que, como comprenderás, hijo mío, entre ellos y nosotros no puede existir ningún acuerdo o unión. Nosotros actuamos tintineando, emitiendo chispas y destellos, mientras que ellos farfullan, ensucian y gotean. Sin embargo, incluso entre nosotros puede darse la locura; penetró en el espíritu de Cristalia cuando era joven y alteró su capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Desde entonces, los que aspiran a su mano deslumbrante, solamente pueden presentarse ante ella si dicen que son paliduchos. Los recibe en el palacio que le regaló su padre; comprueba la veracidad de sus palabras, y si descubre que miente, manda decapitar al pretendiente. Alrededor del palacio la tierra está cubierta de osamenta aplastada, cuya sola visión puede paralizar los circuitos del más valiente, pues tal es el espantoso truco utilizado por esa loca contra los que se atreven a pensar en ella. Renuncia a tu idea, hijo mío, y retírate en paz.

El príncipe saludó respetuosamente a su padre y señor y se marchó en silencio, pero seguía pensando en Cristalia, y cuanto más pensaba en ella, más la deseaba.

Un día mandó llamar al Gran Afinador Real, Polifacies, y tras revelarle la pasión que le consumía, le dijo:

-¡Gran sabio, si tú no me ayudas, nadie lo hará; entonces mis días estarán contados, pues ni la brillantez de las emisiones rojas, ni las danzas ultravioletas me alegran, y moriré si no me uno a la bella Cristalia!

-Príncipe -dijo Polifacies-, no desoiré tu deseo, pero has de expresarlo tres veces seguidas, para que esté seguro de que ésa es tu inflexible voluntad.

Ferriciano repitió tres veces sus palabras y Polifacies dijo:

-Señor, sólo hay una manera de que puedas presentarte ante la princesa, y es disfrazándote de paliducho.

-Entonces conviérteme en un paliducho -exclamó Ferriciano.

Polifacies, consciente de que el amor nublaba la mente del joven príncipe, se inclinó ante él y fue a su laboratorio, donde se puso a preparar unas colas pegajosas y unos líquidos muy fluidos. Seguidamente, mandó a un servidor al palacio real.

-Dile al príncipe que venga, si no ha cambiado de opinión.

Ferriciano acudió en el acto. El sabio Polifacies le ambadurnó el duro cuerpo con barro y le preguntó:

-¿Debo seguir, príncipe?

-¡Haz lo que tienes que hacer! -contestó Ferriciano. Entonces, el sabio agarró una mezcla de aceites impuros, de polvo sucio y de grasas pegajosas, extraídas de las entrañas de las máquinas más viejas, y con esa mezcla recubrió el pecho del príncipe, pegándosela asquerosamente en su rostro brillante y su frente luminosa; la operación duró largo rato, hasta que los miembros de Ferriciano dejaron de emitir ese sonido tan agradable y semejaron una charca desecada. Seguidamente, Polifacies cogió un pedazo de tiza, la trituró y la mezcló con unos rubíes pulverizados y un aceite amarillo, elaborando una segunda pomada; con ella untó a Ferriciano de pies a cabeza, dando a sus ojos una humedad repugnante y. a su pecho la forma de un cojín; le hinchó las mejillas y por todo el cuerpo le colgó unas franjas y unos colgajos elaborados con una pasta gredosa; y, finalmente, le pegó encima de la noble cabeza un mechón de cabello de color de la herrumbre y lo llevó ante un espejo plateado.

Ferriciano se miró en el espejo y se estremeció, pues en lugar de verse a sí mismo, se hallaba ante un monstruo de pesadilla, un auténtico paliducho, de mirada húmeda como una telaraña bajo la lluvia, lleno de pliegues y colgajos, con un mechón de color orín encima de la cabeza; en una palabra, una repugnante criatura viscosa; cuando se movió, el cuerpo le tembló como una jalea podrida, y gritó, estremeciéndose de horror:

-¿Te has vuelto loco? ¡Quítame en seguida ese barro negro de debajo y el blanco de encima, y ese mechón herrumbroso con el que has mancillado mi vibrante cabeza; de lo contrario, la princesa sentirá repugnancia al verme con este horrible aspecto!

-Te equivocas, príncipe -replicó Polifacies-. En eso radica precisamente su locura: en el horror ve la belleza, y viceversa. Solamente bajo esta apariencia conseguirás llegar hasta la princesa Cristalia.

-¡Que así sea! -dijo Ferriciano.

El sabio mezcló un poco de cinabrio con mercurio y con esa mezcla llenó cuatro vejigas que escondió bajo la ropa del príncipe. Cogió unos fuelles, los llenó de aire corrompido tomado en una vieja mazmorra y los escondió en el pecho del príncipe; llenó de agua estancada seis tubos de cristal, le colocó dos debajo de los brazos, otros dos en las mangas y los restantes en los ojos, y dijo:

-Escúchame bien y recuerda lo que te voy a decir; de lo contrario, morirás. La princesa te pondrá a prueba para cerciorarse de tu autenticidad. Si saca una espada desnuda y te manda agarrarla, apretarás discretamente la vejiga de cinabrio para que la materia roja chorree sobre su filo, y cuando la princesa te pregunte qué es, tú le contestas: «¡Es sangre!». Seguidamente, la princesa acercará el rostro y tú te oprimirás el pecho para que el aire salga de los fuelles; te preguntará qué es esa brisa y tú le dirás: «¡El aliento!». Entonces la princesa fingirá irritarse mucho y mandará que te decapiten. Agacharás la cabeza en señal de humildad y el agua chorreará de tus ojos, y cuando pregunte qué es, tú le contestarás: «¡Son lágrimas!». Entonces es posible que acepte unirse contigo, pero eso no es seguro; lo más probable es que mueras.

-¡Oh, sabio Polifacies! -exclamó Ferriciano-. Si me somete a un interrogatorio y quiere enterarse de cuáles son las costumbres de los paliduchos, de cómo nacen, cómo aman y cómo viven, ¿de qué forma he de contestar?

-No queda más remedio -contestó Polifacies- que unir tu suerte a la mía. Me disfrazaré de mercader de otra galaxia, la no espiral es la mejor, puesto que sus habitantes son gordos y tendré que esconder debajo de mis ropajes toda una serie de libros que consignan las horribles costumbres de los paliduchos. Aunque quisiera, no podría enseñártelas, por ser dichas costumbres contrarias a la naturaleza, pues todo lo hacen al revés, de una forma pegajosa, sucia y repugnante. Copiaré las obras necesarias y tú has de ordenarle al sastre real que te confeccione un traje de paliducho con ciertas fibras y tejidos, puesto que pronto habremos de marchar. Adonde quiera que vayamos, yo siempre estaré a tu lado, pues has de saber qué hacer y qué decir.

Ferriciano, muy animado, encargó una vestimenta de paliducho, que mucho le asombró, pues le cubría casi todo el cuerpo, con una especie de tubos, unas soldaduras de gruesos botones, unos ganchos y unas válvulas y unos cordeles; el sastre tuvo que prepararle unas instrucciones especiales y bastante largas acerca de lo que tendría que ponerse primero y de qué manera, dónde y a qué sujetarlo y cómo quitarse todos aquellos tejidos y collares, llegado el momento.

Polifacies se puso una indumentaria de mercader, escondió discretamente en su interior unos gruesos volúmenes sobre el modo de comportarse de los paliduchos; mandó construir una gran jaula de hierro, encerró en ella a Ferriciano y los dos se marcharon en una nave real. Al llegar a las fronteras del reino de Auransio, el sabio disfrazado de mercader fue al mercado local y anunció que traía de un lejano país a un joven paliducho y que estaba dispuesto a venderlo a quien lo quisiera. Los servidores de la princesa le llevaron la noticia; muy extrañada, les dijo:

-No puede ser más que un truco, pero ese mercader no me engañará, pues nadie conoce a los paliduchos tan bien como yo. Decidle que venga al palacio para enseñármelo.

Los servidores condujeron ante la princesa al mercader y la jaula, cargada por unos esclavos; dentro de la jaula estaba sentado un paliducho cuyo rostro tenía un color de tiza mezclada con pirita; en los ojos tenía un brillo de moho húmedo y sus miembros estaban sucios de barro. Ferriciano miró a la princesa y contempló su rostro, que parecía encantador, pues sus ojos brillaban como una pila que se descarga lentamente, y el corazón del príncipe latió locamente.

«En verdad -pensó la princesa-, se parece mucho a un paliducho», pero dijo en voz alta:

-No debió de ser fácil, anciano, formar con barro esta imitación, cubrirla con polvos de cal para engañarme; pero has de saber que conozco todos los secretos de la raza de los poderosos paliduchos, y tan pronto como descubra tu trampa te mandaré decapitar y al otro también.

El sabio replicó:

-Princesa Cristalia, el que ves en la jaula es un auténtico paliducho; se lo compré por cinco hectáreas de campos a unos piratas estelares, y si tal es tu voluntad te lo regalo, puesto que no tengo más deseo que el de alegrar tu corazón.

La princesa ordenó que le trajeran una espada, y la introdujo en la jaula a través de los barrotes. El príncipe agarró el filo de la espada y, al cortar su vestido, reventó la vejiga y el cinabrio se extendió sobre la espada y la manchó de un fluido rojizo.

-¿Qué es eso? -preguntó la princesa. Y Ferriciano contestó:

-¡Sangre!

Entonces, la princesa mandó abrir la jaula, entró en ella sin miedo y acercó su rostro al de Ferriciano; la proximidad de sus mejillas lo obnubilaba, pero el sabio le hizo una señal y el príncipe apretó los fuelles, de los cuales salió el aire comprimido; entonces, la princesa le preguntó:

-¿Qué es esa brisa?

Ferriciano respondió:

-¡Mi aliento!

-En verdad, -dijo la princesa eres un farsante muy hábil al mercader al salir de la jaula-, pero me has engañado y vas a morir junto con tu imitación.

Al oír esas palabras el sabio agachó la cabeza, como espantado y lleno de pena; el príncipe lo imitó y de sus ojos salieron unas gotas transparentes.

La princesa preguntó:

-¿Qué es eso?

Y Ferriciano contestó:

-¡Lágrimas!

Entonces, Cristalia preguntó:

-¿Cómo te llamas realmente, tú a quien designan como un paliducho llegado de países lejanos?

-Oh, princesa, me llamó Miamlak y sólo deseo unirme a ti de una forma suave, pastosa y acuosa, como es costumbre entre los de mi raza -contestó Ferriciano, pues ésas eran las palabras que Polifacies le había enseñado-. Dejé que los piratas me capturasen expresamente, para que me vendieran a este mercader que se dirigía hacia tu país. Le estoy muy agradecido a este ser de hojalata que me trajo hasta aquí; estoy lleno de amor por ti; igual que el charco está lleno de barro.

La princesa se extrañó al ver que se expresaba realmente como un paliducho y dijo:

-Dime, tú, que afirmas llamarte Miamlak, ¿qué hacéis los de tu raza durante el día?

-Oh, princesa -respondió Ferriciano-, por la mañana nos metemos en agua limpia y remojamos nuestros miembros, y también nos metemos agua en el interior, porque nos gusta. Seguidamente, vamos de un lado a otro, de una forma ondulante y deslizante, hacemos chasquear la lengua y cuando algo nos entristece temblamos y de nuestros ojos sale agua salada; cuando nos alegramos, hipamos y nos estremecemos, pero nuestros ojos permanecen secos. Los gritos húmedos llevan el nombre de lloros, y los secos de risas.

-Si, como lo dices, compartes con tus hermanos la pasión por el agua -dijo, la princesa-, voy a mandar que te metan en mi aljibe para que te hartes, y haré que te aten plomo a los pies para que no salgas demasiado pronto…

-Oh, princesa, si lo haces -dijo Ferriciano siguiendo las instrucciones del sabio-, moriré, porque pese a llevar agua dentro de nosotros, no podemos estar sumergidos en ella más que un instante, porque entonces pronunciamos las últimas palabras, o sea, «glu, glu, glu», que son unos sonidos con los que nos despedimos de la vida.

-Dime, Miamlak, ¿cómo consigues la energía necesaria para moverte? ¿Chasqueando la lengua, balanceándote y dominando como dueño y señor aquí y allá? -preguntó la princesa.

-Princesa, además de los paliduchos poco peludos, existen otros que andan a cuatro patas, que llenamos de agujeros hasta que mueren; escaldamos sus cadáveres, los pesamos, cortamos y trituramos y luego rellenamos nuestro cuerpo con el suyo; conocemos trescientas setenta y siete formas de matar y veintiocho mil quinientas
noventa y siete de preparar los cadáveres para que la introducción de sus cuerpos en los nuestros por cierto pequeño orificio llamado boca nos cause gran placer, y el arte de preparar los cadáveres es aún más famoso que la astronáutica y lleva el nombre de gastronáutica o gastronomía; sin embargo, la astronomía nada tiene que
ver con ella.

-¿Acaso eso significa que jugáis a convertiros en cementerios, al hacer de sepulturas para vuestros hermanos cuadrúpedos? -preguntó la princesa; a lo cual contestó Ferriciano, instruido por el sabio:

-Oh, princesa, no se trata de un juego, sino de una necesidad, por cuanto la vida se nutre, y de la necesidad hemos hecho un arte.

-Y dime, paliducho Miamlak, ¿cómo construís vuestra descendencia? -preguntó la princesa.

-No la construimos, sino que la programamos con un método estadístico, basado en el proceso de Markowskim es decir, cariñosamente, aunque probabilísticamente; lo hacemos de acuerdo con las circunstancias, a la vez que vamos pensando en toda clase de cosas, salvo en la programación estadística, unilateral y algo rítmica; sin embargo, la programación se establece ella sola en ese momento, independientemente de nosotros y en forma totalmente automática, pues
estamos hechos de tal manera que cada paliducho intenta programar su descendencia, dado que eso le causa placer; pero programa sin programar, y los hay que hacen cuanto pueden para que dicha programación no dé ningún resultado.

-Es muy raro -dijo la princesa, cuyos conocimientos eran menos concretos que los del sabio Polifacies-. ¿Entonces cómo hacéis?

-Oh, princesa, tenemos los correspondientes aparatos, construidos sobre el principio del acoplamiento, aunque todo está dentro del agua; desde el punto de vista técnico, esos aparatos son un verdadero milagro, pues cualquier imbécil puede utilizarlos; sin embargo, para explicarte con detalle los métodos que empleamos necesitaría mucho tiempo, porque la cosa no es tan sencilla. No deja de ser curioso si se tiene en cuenta que no hemos imaginado esos métodos nosotros mismos, pues, para ser más concretos, dichos métodos se hicieron solos; son muy agradables y nada tenemos en contra.

-¡Realmente eres un paliducho! -exclamó Cristalia-. Lo que dices parece tener sentido, pero en el fondo no tiene ninguno, es inverosímil, y, sin embargo, cierto, aunque lógicamente contradictorio. ¿Cómo se puede ser cementerio sin serlo, o programar el futuro sin programarlo? Sí, eres un paliducho, Miamlak; así que si lo deseas me uniré a ti en matrimonio y subirás al trono conmigo, si logras salir airoso de la última prueba.

-¿Qué prueba? -preguntó Ferriciano.

-Esa prueba… -empezó la princesa, pero de pronto sintió una duda en el corazón y preguntó-: Dime antes ¿qué hacen tus hermanos por la noche?

-Por la noche están acostados con los brazos doblados y las piernas encogidas; el aire entra y sale de ellos con un ruido estridente, como si alguien afilara una sierra oxidada:

-Esta es la prueba: ¡Dame tu mano! -ordenó la princesa.

Ferriciano le tendió la mano y ella se la apretó; gritó como le había dicho Polifacies que lo hiciera. Cristalia le preguntó por qué gritaba.

-¡De dolor! -contestó Ferriciano. Entonces, la primera creyó realmente que era un paliducho y mandó iniciar los preparativos para la boda.

Pero en ese preciso momento llegaba la nave a bordo de la cual el elector de la princesa, el ciberconde Cyberhaz, había marchado a buscar un paliducho para Cristalia, pensando granjearse sus favores de ese modo. El sabio Polifacies, asustado, le dijo a Ferriciano:

-Príncipe, el ciberconde Cyberhaz acaba de llegar en la nave de la nada y le ha traído a la princesa un auténtico paliducho, que mis ojos han visto perfectamente; hemos de escapar cuanto antes, porque sería inútil seguir fingiendo; si os ve la princesa juntos, se dará cuenta de que la viscosidad del otro es más pegajosa, su vellosidad más peluda, su cabeza inimitable, de manera que descubrirán nuestro truco y moriremos…

Ferriciano se negó a huir, pues sentía un gran amor por la princesa y dijo:

-¡Antes morir que perderla!

Pero Cyberhaz, que acababa de enterarse