Saturday, June 13, 2009

¡VAMPIROS!

¡VAMPIROS!
JUAN MARINO

Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la
música de los elementos de la noche.
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y
malignamente.
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.
El ojo del hombre chispeó al contestar:
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron
despavoridas a la luz del candelabro.
—Gracias, señor…, señor…
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por
el momento, pero dado lo avanzado de la hora…
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la
muchacha, preguntó:
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el
camino principal, es mucho más seguro.
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso… —
suspiró el gigante.
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio
de «Mortise».
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí…, pero una vez
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo…, ¡como mueren todas las
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y… dejan algo. —El
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero
privarlos del descanso que necesitan.
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con
suspicacia.
—¡En mi niñez oí que…!
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero… ¡vampiros… —el posadero sonrió
malignamente— eso es otra cosa!
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor
que un paquete de cigarrillos.
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido… Es mejor que no se aventuren
por ahí. Buenas noches, señores.
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos…
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:
—¿Visitaremos el caserón?
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,
como nosotros.
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.
—¿Le tenderemos una trampa?
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para
atacarnos.
—¿Quién subirá y a qué?
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las
velas.
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía
sobre un asqueroso jergón.
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a
otro para despabilarse del todo…
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la
sangre, luego los arrojas al pozo.
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso
aleteo. Thrope lanzó un juramento:
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano…
—¡Ma… Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!
Dentro de la habitación, ella dijo:
—Es el señor Thrope.
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para
atraparnos?
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.
—Señor Thrope.
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.
—Mi esposa ha sido atacada por… por los vampiros.
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.
—¿Vampiros? Yo pensaba que…
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella… ha sido atacada y muerta!
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a
Maggie.
Los dos jóvenes se miraron.
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.
—Así lo haré. Descuida.
—Vamos, señor Thrope.
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:
—No hay nada que hacer, Thrope.
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión
horrorizada que…
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom…!
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo…
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista
estuviese viendo a uno de los vampiros.
—¿Có… cómo lo… lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que…?
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.
—¡Toooooommm!
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y… ¡los vio! Eran dos vampiros negros,
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de…
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al
pequeño cementerio de «La Mortaja».
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.
F I N

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Monday, August 18, 2008

EL LOBO — GUY DE MAUPASSANT — CUENTO DE MIEDO

EL LOBO — GUY DE MAUPASSANT — CUENTO DE MIEDO

EL LOBO
GUY DE MAUPASSANT
_
Ved ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Rávels.
Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.
Durante la fastuosa comida, casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas, y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz.
Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, , porque ninguna frase le hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.
—Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en mil setecientos sesenta y cuatro, y voy a decir de qué manera.
Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, nuestro castillo de Lorena, entre bosques.
Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.
Cazaban los dos todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar.
Dominábalos aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio es su corazón para nada más.
Habían prohibido que por ninguna causa les interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro; y sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:
—¡Recristo! Bien pudo esperar este pícaro hasta que yo terminase.
Su hermano Francisco aún se apasionaba más en su afición. Lo primero que hacía, en cuanto se levantaba, era ver a los perros y a los caballos; luego, entreteníase disparando a los pájaros en torno del castillo, hasta la hora de salir a caza mayor.
En la comarca llamábanlos el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos —como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo— una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así.
Vuelvo a mis ascendientes.
Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor; y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular, que le complacía, sus gritos agitaban todas las hojas del bosque.
Y al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.
El invierno de mil setecientos sesenta y cuatro fue muy crudo, y los lobos rabiaron de hambre.
Atacaban a los campesinos rezagados, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer, y asaltaban los establos.
Circuló un rumor terrible. Hablábase de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; había devorado dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca; y saltando las tapias, olisqueaba, sin temor alguno, bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirle resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al atardecer. La oscuridad parecía poblada por todas partes por la sombra de aquella bestia…
Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región.
Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos; pero aquel no parecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a algún caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.
Entró un de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville; y devoró los dos mejores cerdos.
Juan y Francisco reventaban de cólera, suponiendo aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.
Desde el amanecer hasta que descendía el sol, arrebolados, entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.
Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que burlase un lobo toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso.
Juan decía:
—Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.
Y contestaba francisco:
—Acaso conviniera que nuestro primo, el obispo, bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.
Callaron, y, después de un silencio, advirtió Juan:
—mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.
Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris, que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internóse al punto en el bosque.
Los dos de Arville articularon una especie de rugido, que demostraba su fiera satisfacción, y encogiéndose, inclinados hacia delante, pegándose al cuello de sus briosos cabellos, impulsándolos con todo el cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre,, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.
De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama, que le abrió el cráneo, y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo al bosque.
Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.
Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco un miedo le invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville, haciendo morir al mayor de los hermanos.
Espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros, ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte; y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.
Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.
De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente, y espoleando al caballo, lanzóse tras el lobo.
Lo siguió entre los matorrales, por las torrenteras y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Las zarzas le arrancaban el cabello y salpicaba con sangre los troncos, golpeándolas con la frente; las espuelas arrancaban tiras de las cortezas de los árboles.
De pronto, la bestia y el perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.
Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó atierra empuñando el cuchillo de monte.
La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, le aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:
—¡Mira Juan! ¡Mira eso!
Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa de él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más cuanto más apretaba; reía gritando: “¡Mira Juan! ¡Mira eso!” Ya no hallaba resistencia; el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.
Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte, dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:
—Toma, Juan; tómalo: ahí lo tienes.
Después colocó en la silla los dos cuerpos, y se puso en marcha.
Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano gimiendo y mesándose las barbas.
Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:
—¡Si, al menos, hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!
La viuda educó a su hijo haciéndole odiar la caza, y ese odio se ha transmitido hasta mí, de generación en generación.
El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:
—Esa historia es una leyenda; ¿verdad?
Y el marqués respondió:
—Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido
Y una señora dijo, con dulzura:
—Da igual. Es hermoso sentir pasiones semejantes…

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LA LOCA — GUY DE MAUPASSANT — GUERRA

LA LOCA — GUY DE MAUPASSANT — GUERRA

LA LOCA
GUY DE MAUPASSANT

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A Robert de Bonnières.

Verán, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas* me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.
Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.
Tenía entonces de vecina a una especie de loca, cuya razón se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticinco años, perdió, en un sólo mes, a su padre, a su marido y a un hijo recién nacido.
Cuando la muerte entra una vez en una casa, regresa a ella casi de inmediato, como si conociera la puerta.
La pobre joven, fulminada por la pena, cayó en cama, deliró durante seis semanas. Después, una especie de tranquila lasitud sucedió a la crisis violenta, y permaneció sin moverse, comiendo apenas, revolviendo solamente los ojos. Cada vez que intentaban levantarla, gritaba como si la matasen. La dejaron, pues, acostada, y tan solo la sacaban de entre las sábanas para los cuidados de su aseo y para darle la vuelta a los colchones.
Una anciana criada permanecía junto a ella, obligándola a beber de vez en cuando o a masticar un poco de carne fiambre. ¿Qué ocurría en aquella alma desesperada? Jamás se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Desvariaba tristemente, sin un recuerdo concreto? ¿O bien su pensamiento aniquilado permanecía inmóvil como un agua estancada?
Durante quince años se quedó así, cerrada e inerte. Llegó la guerra; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos entraron en Cormeil.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Caía una helada de esas que resquebrajan las piedras; yo mismo estaba tumbado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y acompasado de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar.
Era un desfile interminable, todos iguales, con esos movimientos de muñecos que les son peculiares. Después los jefes distribuyeron a sus hombres entre los habitantes. Me tocaron diecisiete. Mi vecina, la loca, tenía doce, entre ellos un comandante, un verdadero soldadote, violento y tosco.
Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Al oficial de al lado le habían dicho que la señora estaba enferma, y no se preocupó para nada. Pero pronto aquella mujer a la que nunca veía empezó a irritarlo. Se informó sobre su enfermedad; le respondieron que la anfitriona guardaba cama desde hacía quince años, a consecuencia de una pena muy honda. No lo creyó, sin duda, e imaginó que la pobre loca no se levantaba por orgullo, para no ver a los prusianos y no hablarles, para no rozarse con ellos.
Exigió que lo recibiera; lo llevaron a su habitación. Le pidió con un tono brusco:
«Zírvace uzted, ceñora, lefantarce y bajar, para que la feamoz.»
Ella volvió hacia él sus ojos extraviados, sus ojos vacíos, y no respondió.
El prosiguió:
«No toleraré maz inzolencias. Ci uzted no ce lefanta por laz buenaz, lla me laz arreglaré para que ce pacee zola.»
Ella no hizo el menor gesto, siempre inmóvil, como si no lo hubiera visto.
El rabiaba, tomando aquel silencio tranquilo por un signo de supremo desprecio. Y agregó:
«Ci no baja manana…»
Y después salió.
Al día siguiente, la anciana criada, aterrada, quiso vestirla; pero la loca empezó a chillar, debatiéndose. El oficial subió en seguida; y la sirvienta, arrojándose a sus pies, gritó:
«No quiere, señor, no quiere. Perdónela; es muy desdichada.»
El soldado se quedó turbado, sin atreverse, a pesar de su cólera, a hacer que sus hombres la sacaran de la cama. Pero de pronto se echó a reír y dio unas órdenes en alemán.
Pronto se vio partir un destacamento que sostenía un colchón, como quien lleva a un herido. En aquella cama que nadie había deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos con tal de que la dejaran acostada. Detrás, un hombre llevaba un paquete de ropas femeninas.
Y el oficial pronunció, frotándose las manos:
«Lla veremoz ci puede o no festirce zola y dar un paceíto.»
Luego se vio al cortejo alejarse en dirección al bosque de Imauville.
Dos horas después los soldados regresaron solos.
Nadie volvió a ver jamás a la loca. ¿Qué habían hecho con ella? ¿A dónde la habían llevado? Nunca se supo.
La nieve caía día y noche, sepultando la llanura y los bosques bajo un sudario de espuma helada. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas.
La idea de aquella mujer perdida me obsesionaba, e hice diversas gestiones con la autoridad prusiana, con el fin de conseguir información. A punto estuve de ser fusilado.
Volvió la primavera. El ejército de ocupación se alejó. La casa de mi vecina seguía cerrada; una tupida hierba crecía en las avenidas.
La anciana criada había muerto durante el invierno. Nadie se ocupaba ya de aquella aventura; sólo yo pensaba en ella sin cesar.
¿Qué habían hecho con aquella mujer? ¿Se habría escapado a través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte, y metido en un hospital, al no poder obtener de ella ninguna información? Nada venía a aliviar mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo apaciguó la inquietud de mi corazón.
Ahora bien, en el otoño siguiente, las becadas pasaron en tropel; y, como mi gota me daba una pequeña tregua, me arrastré hasta el bosque. Ya había matado cuatro o cinco aves de largo pico, cuando derribé una que desapareció en un hoyo lleno de ramas. Me vi obligado a bajar a él para recoger al animal. Lo encontré caído junto a una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca embistió contra mi pecho como un puñetazo. Otros muchos habían expirado acaso en aquellos bosques durante aquel año siniestro; pero, no sé por qué, estaba seguro, se lo digo, de que había encontrado la cabeza de la infeliz maniática.
Y de repente comprendí, lo adiviné todo. La habían abandonado sobre el colchón, en el bosque frío y desierto, y, fiel a su idea fija, ella se había dejado morir bajo el espeso y leve plumón de la nieve sin mover un brazo o una pierna.
Después los lobos la habían devorado.
Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su lecho desgarrado.
He conservado esa triste osamenta. Y hago votos por que nuestros hijos no vean jamás una guerra.

** Este cuento es el primero de la colección .”Cuentos de la becada”; seguía a una introducción en la que se narraba cómo unos cazadores, reunidos para matar becadas, se contaban por la noche diversos sucedidos.

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Tuesday, August 5, 2008

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT — LOS ZUECOS — MISERIA CAMPESINA

LOS ZUECOS


El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado. Llegaban por la gran puerta entreabierta el quiquiriquí de los gallos y los mugidos de las vacas tumbadas en un campo cercano.
De cuando en cuando se metía violentamente por el pórtico una oleada de aire impregnado de aromas silvestres, jugeteaba al paso con los cintajos de las cabezas y llegaba asi hasta los cirios del altar, haciendo estremecer sus llamitas amarillentas.
—Como Dios manda… ¡Y que así sea! —dijo el sacerdote, y se calló.
Abrió, después un libro y empezó el capítulo de los pequeños asuntos íntimos de la comunidad, sobre los cuales solía aconsejar a sus ovejas. Era un anciano de cabellos blancos, que llevaba cuarenta años administrando la parroquia y que se servía de la plática dominical para comunicarse con llaneza con todos sus feligreses.
Dijo, entre otras cosas:
—Recomiendo a vuestras oraciones a Desiderio Vallin, que está muy enfermo, y también a la Paumelle, que siempre tarda mucho en reponerse de sus partos.
Quería acordarse de más cosas; repasaba trozos de papel que tenía entre las hojas de su breviario. Halló al fin los dos que buscaba, y prosiguió:
—Hay que impedir que los mozos y las mozas se cuelen de noche en el cementerio. De lo contrarío, daré aviso al guardia rural. El señor César Omont desea una chica formal para criada. —Se quedó todavía pensativo unos momentos y agregó—: No se me ocurre más, y ésta es la gracia que os deseo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Bajó del púlpito y siguió con su misa.
Así que los de Malandain estuvieron de regreso en su casucha, la última de la aldea de La Sablière, junto a la carretera de Fourville, el padre, un campesino viejo, bajito, seco y arrugado, se sentó a la mesa, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adelaida sacaba del aparador vasos y platos, y habló así:
—Tal vez conviniese la colocación ésta para servir en casa del señor Omont, porque es viudo, su nuera no lo quiere, no tiene a nadie y puede sacarse mucho. Quizá no haríamos mal en enviar a Adelaida.
La mujer colocó en la mesa la olla renegrida, la destapó y se quedó pensativa, mientras subía al techo el vapor de la sopa, cargado de olor de coles.
E! marido siguió diciendo:
—Puede sacarse mucho, te lo digo yo. Pero se necesitaría una mujer despabilada, y Adelaida es una tontaina.
La mujer intervino entonces:
—Podríamos ver, de todas maneras .—Se volvió hacia su hija, una buena moza con cara de simplona, rubia, mofletuda y rubicunda como cáscara de manzana, y le gritó: —¿Oyes, borricota? Irás a casa del señor Omont a ofrecerte de criada, y le obedecerás en todo lo que te mande.
La hija se echó a reír como una tonta, sin contestar nada. Y se pusieron a comer los tres.
Al cabo de diez minutos reanudó el padre la conversación:
—Óyeme unas palabras, hija, y procura seguir al pie de la letra lo que voy a decirte…
Y le trazó, en frases lentas y minuciosas, una regla completa de conducta, previendo los más pequeños detalles, disponiéndola para la conquista de un viudo ya maduro que estaba indispuesto con su familia.
La madre había dejado de comer para escuchar, y con el tenedor en la mano, yendo y viniendo con la mirada de su marido a su hija, seguía aquellas instrucciones con atención reconcentrada y muda.
Adelaida permanecía inmóvil, mirando sin fijeza a todas partes, dócil y entontecida.
Acabada la comida, hizo la madre que su hija se pusiese el gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor César Omont. Vivía éste en un pequeño pabellón de ladrillo, adosado a la casa de labor que ocupaban sus granjeros. Se había retirado de la profesión de subastador, para vivir de sus rentas.
Andaba por los cincuenta y cinco; era obeso, jovial y brusco, como buen ricachón. Se reía y gritaba con un vozarrón capaz de tirar un tabique, bebía sidra y aguardiente a vaso lleno y se le tenía por fogoso, a pesar de sus años.
Le gustaba pasear por el campo con las manos cruzadas a la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra fértil, examinando la altura del trigo o la floración de los campos de colza con ojo de aficionado rico al que sigue gustándole el campo, pero sin darle demasiada importancia.
La gente comentaba, hablando de él:
—Marca siempre buen tiempo, aunque algunos días sólo a medias.
Recibió a las dos mujeres sin moverse de la mesa, mientras tomaba el café. Se echó hacia atrás en la silla y les preguntó:
—¿Qué es lo que quieren?
Fué la madre quien habló:
—Esta es nuestra hija Adelaida, y yo quisiera la tomase de criada por lo que el señor cura ha dicho esta mañana en el púlpito.
El señor Omont miró con ojos escrutadores a la chica y preguntó sin más rodeos:
—¿Cuántos años tiene esta cordera?
—Veintiuno por San Miguel, señor Omont.
—¡ Hecho! Le daré quince francos al mes y la comida.
Que venga mañana por la mañana, para prepararme la sopa del desayuno.
Y las despidió.
Adelaida entró en funciones al siguiente día, y sin hablar palabra se puso a trabajar tan afanosamente como lo hacía en casa de sus padres.
A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, oyó el vozarrón del señor Omont, que la llamaba:
— ¡Adelaida!
Acudió corriendo.
— ¡ Aquí estoy, señor!
Al verla delante, con las manos enrojecidas y desaseadas, la mirada inquieta, le espetó esta declaración terminante:
—Óyeme bien, para que no tengamos confusiones entre nosotros. Tú eres aquí mi criada y solamente mi criada. ¿Me comprendes? No vamos a juntar los zuecos.
—Sí, mi amo.
—Tú en tu sitio y yo en el mío, muchacha; la cocina, para ti; la sala, para mí. Fuera de eso, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?
—Sí, mi amo.
—Entonces, a trabajar.
La chica reanudó sus tareas.
Al mediodía preparó la mesa del señor en su comedorcito tapizado de papel de colores; cuando tuvo la sopa en la mesa, fué a llamar al señor Omont:
—Está usted servido, mi amo.
Entró, tomó asiento, desdobló la servilleta, se quedó indeciso un instante y de pronto gritó con voz de trueno:
— ¡Adelaida!
La muchacha llegó, toda azorada. El señor Omont le gritó, como si fuera a hacerla pedazos:
—Pero, buenos, ¡ Dios de Dios! ¿En dónde está tu cubierto?
—Pero…, mi amo…
Él vociferó:
—A mí no me agrada comer solo, ¡ carámbanos! Ahora mismo te sientas a comer aquí, y si no te gusta, ya te estás largando. Tráete plato y vaso.
Fuera de sí del susto, trajo la chica su cubierto y balbució:
—Aquí me tiene, mi amo.
Se senté a la mesa frente a él.
Entonces el señor Omont recobró su buen humor; bebió, golpeó la mesa con el puño, contó historias que ella escuchaba con los ojos bajos, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
De cuando en cuando se levantaba la chica para traer pan, sidra, platos.
Cuando sirvió café, sólo trajo una taza y la colocó delante del amo. Este montó en cólera otra vez y gruñó:
—Pero ¿y tú?
—No lo tomo, mi amo.
—¿Qué es eso de que no lo tomas?
—Que no me gusta
El señor Omont estalló de nuevo:
—Te digo, ¡ Dios de Dios!, que no me gusta tomar solo el café. Si ahora mismo no te sirves tú, ya te puedes ir largando… Vete por una taza y alígera.
Se trajo una taza, volvió a sentarse, probó el líquido oscuro e hizo una mueca; pero como el amo tenía clavada en ella su mirada furibunda, se lo echó todo al cuerpo. Y después del café tuvo que tomar el primer vaso de aguardiente, para enjuagar el segundo, para empujar al del enjuague, y el tercero, el del puntapié y a casa.
El señor Omont le dijo entonces:
—Ahora te vas a fregar; eres una buena chica.
La escena se repitió por la noche. Y acaba la cena, jugaron al dominó; después la envió a acostarse.
—Vete a la cama; yo subiré de aquí a un rato.
La chica se dirigió a su habitación, que era una guardilla debajo del tejado. Rezó sus oraciones, se desnudó y se metió entre las sábanas.
De improviso, saltó, aterrada, de la cama.
—¡Adelaida!
Un grito tremebundo había hecho retemblar la casa. Ella abrió la puerta y gritó desde su sotabanco:
—Estoy aquí, mi amo.
—¿Qué estás dónde?
—¿Dónde voy a estar? En mi cama, señor amo.
Al oírla, vociferó él:
—Ya estás bajando en seguida. ¡Dios de Dios! No me gusta dormir solo, ¡carámbanos!; y si no bajas, ya estás de más aquí, recontra.
Ella entonces, desatinada,.mientras encendía la vela, gritó desde arriba:
—Voy en seguida, mi amo.
El señor Omont oyó el ruido que hacían sus pequeños zuecos en las escaleras de pino; cuando llegó a los últimos escalones, la tomó del brazo y, dándole apenas tiempo para poner sus estrechos zuecos de madera junto a los voluminosos del amo, la metió en su cuarto, gruñendo:
—¡Alígera, Dios de Dios!
‘Ella, sin saber ya lo que se decía, balbucía:
¡Ya estoy aquí, mi amo; ya estoy aquí!

A los seis meses fué la chica a ver a sus padres un domingo. El padre la miró con gran detenimiento, y luego le preguntó:
—¿No estás tú preñada?-
Ella se miró al vientré con cara de idiota, y contestó:
—No creo; no, no debo de estarlo.
El quiso enterarse bien y procedió a interrogarla:
—Ven acá… ¿No será que alguna noche habéis juntado los zuecos?
—¡Eso si! Los juntamos la primera noche, y. después, todas.
—Entonces, no me digas más… Estás hecha un tonel relleno.
Ella estalló en sollozos:
—Yo’ no sabía -nada. Yo no sabía nada.
El tío Malandain la miraba de arriba abajo, con ojo despierto y cara satisfecha, y’ le preguntó:
—¿Qué es lo que tú no sabías?
Ella contestó, con frases entrecortadas
—No sabía, no; no sabía que ásí… se hacían los niños.
En aquel instante llegaba su-madre. El marido le expLicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí la tienes, preñada, donde la ves.
La madre, dejándose llevar por él instinto de mujer, se indignó, insultando a boca llena a su hija, que lloraba, y tratándola de cochina y arrastrada. -
El marido la hizo callar. Al coger la gorra para ir a tratar de sus asuntos con el señor César Omont, hizo este comentario:
—Es aún más estúpida de lo que me imaginaba. Ni siquiera se daba cuenta la tontaina de lo que se hacía.
En la plática del domingo siguiente, anunciaba el anciano sacerdote las amonestaciones del señor Onofre César Omont con Celeste Adelaida Malandain.

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Monday, August 4, 2008

ROGER ZELAZNY — EL COCHE DEL DIABLO

ROGER ZELAZNY — EL COCHE DEL DIABLO

Roger Zelazny
El Coche del Diablo

Murdock aceleró a través de la Ruta de la Gran Llanura Occidental.
El sol era un yoyó llameante a gran altura sobre él, a medida que superaba las innumerables colinas y elevaciones de la Llanura a algo más de sesenta millas por hora. No reducía en ningún momento, y los ojos ocultos de Jenny detectaban todas las rocas y baches antes de llegar a ellos, reajustando cuidadosamente su rumbo, en ocasiones sin que él detectase siquiera el sutil movimiento de la barra de dirección bajo sus manos.
Incluso a través del oscurecido parabrisas y de las gruesas gafas que llevaba, el resplandor de la Llanura fundida ardía en sus ojos, de tal modo que en ocasiones parecía dirigir una lancha muy rápida a través de la noche, bajo una brillante luna alienígena, y que su camino discurría a través de un lago de fuego plateado. Altas ondas de polvo se alzaban en su estela, colgaban en el aire, y pasado un tiempo se posaban de nuevo.
—Te estás agotando tú solo —dijo la radio— ahí sentado aferrando el volante de ese modo, bizqueando. ¿Por qué no tratas de descansar un poco? Déjame oscurecer los blindajes. Ve a dormir y déjame a mí la conducción.
—No —respondió— lo prefiero así.
—Bien —respondió Jenny—, sólo era una invitación.
—Gracias.
Como un minuto después, la radio empezó a tocar una música de tipo suave, desmadejado.
—¡Corta eso!
—Lo siento, jefe. Pensé que te relajaría.
—Cuando necesite relajación, yo te lo diré.
—Recibido, Sam. Lo siento.
El silencio pareció opresivo después de la breve interrupción. Sin embargo, ella era un buen coche; Murdock lo sabía. Estaba diseñada para parecer un descuidado sedán Swinger: rojo brillante, llamativo, rápido. Pero había misiles bajo las protuberancias de su capó, y dos bocas del calibre cincuenta acechaban apenas fuera de la vista en los escondrijos bajo sus faros delanteros; llevaba un cinturón de granadas cronometradas a cinco y diez segundos ciñendo su panza; y en su maletero un tanque-spray conteniendo nafta altamente volátil.
…pues su Jenny era un matachoches especialmente diseñado, construido para él por el Archingeniero de la Dinastía Geeyem, en el lejano este, y toda la habilidad de ese gran artífice había intervenido en su construcción.
—Le encontraremos esta vez, Jenny—dijo—; y no pretendía contestarte tan bruscamente como lo hice.
—Está bien, Sam —respondió la voz delicada—. Estoy programada para comprenderte.
Rugieron a través de la Gran Llanura y el sol descendió hacia el oeste. Toda la noche y todo el día habían buscado, y Murdock estaba rendido. La última Fortaleza de Combustible Stop/Rest Stop parecía haber pasado hacía tanto tiempo, tan lejana…
Murdock se inclinó hacia adelante y sus ojos se cerraron.
Las ventanas se ensombrecieron lentamente hasta la opacidad completa. El cinturón de seguridad se retrajo suavemente y le atrajo hacia atrás fuera del volante. Luego el asiento echó su cuerpo gradualmente atrás hasta que estuvo nivelado en posición reclinada. Se conectó el calentador a medida que la noche se acercaba.
El asiento le sacudió ligeramente para despertarle, poco antes de las cinco de la mañana.
—¡Despierta, Sam! ¡Despiértate!
—¿Qué pasa? —se quejó entre dientes.
—Recogí una emisión hace veinte minutos. Ha habido un nuevo asalto de coches por la zona. Cambié de rumbo inmediatamente, y casi hemos llegado.
—¿Por qué no me levantaste en seguida?
—Necesitabas el sueño, y no había nada que tú pudieras hacer excepto ponerte tenso y nervioso.
—De acuerdo, probablemente tienes razón. Cuéntame todo sobre el asalto.
—Seis vehículos, avanzando hacia el oeste, fueron aparentemente emboscados por un número indeterminado de coches salvajes en algún momento durante la noche. El helicóptero de Patrulla lo comunicaba desde encima de la escena y yo escuché a escondidas. Todos los vehículos fueron despojados y vaciados y sus cerebros fueron destruidos, y parece ser que sus pasajeros fueron asesinados igualmente.
No quedaron signos de movimiento.
—¿Cómo de lejos está eso ahora?
—Otros dos o tres minutos.
Los parabrisas se aclararon de nuevo, y Murdock clavó la mirada en la distancia a través de la noche a medida que los poderosos faros lograban cortarla.
—Veo algo —dijo, al cabo de algunos momentos.
—Éste es el lugar —respondió Jenny, y comenzó a reducir la marcha.
Se detuvieron junto a los coches arrasados. Su cinturón de seguridad se desabrochó y la puerta de su lado se abrió de golpe.
Da vueltas alrededor, Jenny —pidió él— y busca huellas térmicas. No tardaré mucho.
La puerta se cerró y Jenny se apartó de él. Encendió su linterna de bolsillo y se movió en dirección a los vehículos destrozados.
La Llanura era como una pista de baile cubierta de arena, dura y polvorienta bajo sus pies. Había muchas marcas de patinazos, y un diseño de espaguetis hecho con huellas de llantas circundaba toda la zona.
Un hombre muerto estaba sentado al volante del primer coche. Su cuello estaba claramente quebrado. El reloj de pulsera aplastado en su muñeca marcaba las 2:24. Había tres personas -dos mujeres y un hombre joven- yaciendo
aproximadamente a cuarenta pies más allá. Habían sido atropellados mientras trataban de escapar de sus vehículos atacados.
Murdock siguió adelante, inspeccionando los demás. Los seis coches estaban en posición vertical. La mayor parte del daño estaba en sus carrocerías. Las llantas y las ruedas habían sido arrancadas de todos ellos, así como partes esenciales de sus motores; los depósitos de gasolina permanecían abiertos, vaciados con sifón; los neumáticos de repuesto habían volado de los maleteros descerrajados. No había pasajeros vivos.
Jenny se deslizó junto a él y su puerta se abrió.
—Sam —dijo—, tira de los cables del cerebro de ese coche azul, el tercero hacia atrás. Está sacando todavía algo de energía de una batería auxiliar, y le puedo oír transmitiendo.
—De acuerdo.
Murdock volvió hacia atrás y tiró violentamente de los cables libres. Regresó junto a Jenny y subió al asiento del conductor.
—¿Encontraste algo?
—Algunas huellas, yendo hacia el noroeste.
—Síguelos.
La puerta se cerró de golpe y Jenny giró en esa dirección.
Avanzaron durante casi cinco minutos en silencio. Luego Jenny dijo:
—Había ocho coches en ese convoy.
—¿Qué?
—Lo acabo de oír en las noticias. Aparentemente dos de los coches se comunicaron con los salvajes en una banda privada. Estaban de acuerdo con ellos. Revelaron su localización y se volvieron contra los demás en el momento del ataque.
—¿Qué hay de sus pasajeros?
—Probablemente los monoxaron antes de unirse a la jauría.
Murdock encendió un cigarrillo; le temblaban las manos.
—Jenny… ¿qué hace descontrolarse a un coche? —preguntó— ¿No saber cuándo volverá a repostar, o no estar seguro de encontrar más piezas de repuesto para su unidad de autoreparación? ¿Por qué lo hacen?
—No lo sé, Sam. Nunca he considerado la idea.
—Hace diez años el Coche del Diablo, su líder, mató a mi hermano en una incursión a su Fuerte de Gasolina — elató Murdock— y he dado caza a ese Caddy negro desde entonces. Lo he intentado por tierra y por aire. He usado otros coches. He llevado rastreadores de calor y misiles. Hasta coloqué minas. Pero siempre ha sido demasiado rápido o demasiado listo o demasiado fuerte para mí.
Entonces te construí.
—Sabía que lo odiabas muchísimo. Siempre me pregunté por qué —respondió Jenny.
Murdock se acercó el cigarrillo a los labios.
—Fuiste especialmente programada, blindada y armada para ser la cosa más dura, más rápida, más ágil sobre ruedas, Jenny. Tú eres la Dama Escarlata. Eres el único coche que puede coger al Caddy y a toda su jauría. Has recibido colmillos y garras de una clase que ellos no habían encontrado nunca antes. Esta vez voy a atraparlos.
—Pudiste haberte quedado a casa, Sam, y dejarme la caza a mí.
—No. Sé que podría hacerlo, pero quiero estar allí. Quiero dar las órdenes, apretar algunos botones yo mismo, observar que el Coche del Diablo arde hasta su esqueleto de metal. ¿Cuántas personas, cuántos coches ha aplastado? Hemos perdido la cuenta. ¡Tengo que alcanzarlo, Jenny!
—Le encontraré para ti, Sam.
Aceleraron, en torno a doscientas millas por hora.
—¿Cómo vamos de combustible, Jenny?
—Suficiente, y todavía no he tirado de los depósitos auxiliares. No te preocupes. El rastro se hace más marcado —agregó.
—Bien. ¿Cómo está el sistema de armamento?
—Luz roja por todos lados. Listo para funcionar.
Murdock apagó su cigarrillo y encendió otro.
—…algunos de ellos transportan a gente muerta atada al cinturón —comentó Murdock—; así parecen coches honrados con pasajeros. El Caddy negro los mata constantemente, y los cambia a menudo. Mantiene su interior refrigerado para que duren más.
—Sabes mucho de eso, Sam.
—Engañó a mi hermano con pasajeros muertos y matrículas falsas. Así logró que le abriera su Fuerte de Gasolina. Luego atacó la jauría entera. Se ha pintado a sí mismo de azul, rojo, verde o blanco, en distintas ocasiones, pero siempre vuelve al negro, tarde o temprano. No le gusta el amarillo, el marrón ni el bicolor.
Tengo una lista con casi cada matrícula falsa que ha usado alguna vez. Aunque vaya por las autopistas grandes se desvía hacia los pueblos y reposta en estaciones de gasolina corrientes. A menudo cogen su número mientras se desgarra del surtidor, apenas el encargado se mueve hacia el lado del conductor para cobrar. Puede fingir docenas de voces humanas. Sin embargo, nunca lo pueden atrapar después, porque se ha trucado a sí mismo demasiado bien. Siempre logra regresar aquí, a la Llanura, y los pierde. Incluso ha asaltado parcelas de coches usados.
Jenny cambió de dirección abruptamente.
—¡Sam! La huella es muy intensa ahora. ¡Por aquí! Va directamente en dirección a esas montañas.
—¡Sigue! —respondió Murdock.
Murdock guardó silencio largo tiempo. Los primeros indicios de la mañana comenzaron por el este. El pálido lucero del alba era una tachuela blanca clavada en un tablero azul tras ellos. Comenzaron a ascender una cuesta suave.
—Lo tenemos, Jenny. Vamos a cogerlo —incitó Murdock.
—Creo que estamos cerca —respondió ella.
El ángulo de la cuesta se acentuó. Jenny aflojó su ritmo para equilibrar el terreno, el cual se estaba volviendo un tanto irregular.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Murdock.
—Es muy difícil ir por aquí —respondió ella—. Además, la pista se hace más difícil de seguir.
—¿Por qué?
—Hay todavía un montón de radiación residual por estas tierras que interfiere mi sistema de rastreo.
—Sigue intentándolo, Jenny.
—El rastro parece ir directo a las montañas.
—¡Síguelo, síguelo!
Redujeron la velocidad algo más.
—Ahora estoy contaminada, Sam —respondió ella—; acabo de perder la pista.
—Debe haber una plaza fuerte en algún sitio por aquí, una cueva o algo parecido, donde puedan proteger sus cabezas. Es la única forma en que pudo haber escapado a la detección aérea durante todos estos años.
—¿Qué debo hacer?
—Ve tan lejos como puedas y revisa las pequeñas grietas en la roca. Sé precavida. Disponte a atacar en cualquier momento.
Ascendieron por las colinas bajas. La antena de Jenny se elevó a gran altura en el aire, y las mariposas nocturnas de estopilla acerada desdoblaron sus alas y bailaron y giraron alrededor, brillantes a la luz de la mañana.
—Nada todavía —informó Jenny— y no podemos ir mucho más allá.
—Entonces recorreremos ese tramo y seguiremos escaneando.
—¿Hacia la derecha o hacia la izquierda?
—No sé. ¿Por dónde irías tú si fueses un coche renegado fugitivo?
—No lo sé.
—Elige uno. No importa.
—A la derecha, entonces —respondió ella, y giraron en esa dirección.
Media hora después la noche se escurría por detrás de las montañas. La mañana plena estallaba en el extremo más alejado de las llanuras, rompiendo el cielo con todos los colores de los árboles otoñales. Murdock sacó un estrecho frasco de café caliente, recuerdo de los buenos sitios donde alguna vez estuvo, de debajo del salpicadero.
—Sam, creo que he encontrado algo.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Adelante, a la izquierda de ese peñasco grande: un declive con algún tipo de abertura al final.
—Está bien, cariño, dirígete hacia allá. Listos los proyectiles.
Se deslizaron junto a la peña, rodeando su lado más alejado, dirigiéndose pendiente abajo.
—Una cueva, o un túnel —dijo él—. Ve despacio.
—¡Calor! ¡Calor! —dijo Jenny— ¡Rastreo de nuevo!
—Aún puedo ver las marcas de los neumáticos ¡Montones de ellas! —dijo Murdock—¡Eso es!
Avanzaron hacia la abertura.
—Entra, pero ve lentamente —ordenó él—. Haz explotar la primera cosa que se menee.
Entraron en el portal pétreo, avanzando ahora sobre arena. Jenny apagó sus luces visibles y cambió a infrarrojo. Una lente i-r se elevó ante el parabrisas, y Murdock estudió la caverna. Tendría unos veinte pies de alto y ancho suficiente para alojar tal vez tres coches marchando lado a lado. El suelo varió de arena a roca, pero ésta era lisa y bastante nivelada. Después de un tiempo se inclinó hacia arriba.
—Hay un poco de luz delante —murmuró.
—Lo sé.
—Un trozo de cielo, creo… Avanzaron lentamente hacia allá, el motor de Jenny depositando el suspiro más tenue en las grandes cámaras de roca.
Se detuvieron en el umbral de la luz. El blindaje infrarrojo descendió de nuevo.
Se asomaban a un cañón de arena y esquisto. Las inmensas inclinaciones y los salientes de roca ocultaban todo menos el extremo más alejado de cualquier ojo en el cielo. La luz en el extremo lejano era débil, y no había nada de particular bajo ella.
Pero…
Murdock parpadeó.
…más acá, entre la tenue luz de la mañana y las sombras, se apilaba el más grande montón de chatarra que Murdock había visto en su vida.
Piezas de coches, de todas las marcas y modelos, se amontonaban formando una pequeña montaña delante de él. Había baterías y llantas y cables y amortiguadores; había guardabarros y parachoques y faros delanteros y los alojamientos de los faros; había puertas y parabrisas, cilindros y pistones, carburadores, generadores, reguladores de voltaje, y bombas de aceite.
Murdock miraba todo fijamente.
—Jenny —murmuró excitadamente—: hemos encontrado el cementerio de los coches.
Un vetusto coche, al cual Murdock ni siquiera había distinguido de la chatarra durante esa primera mirada, avanzó varios pies dando tumbos en su dirección y se detuvo de pronto. El sonido de cabezas de remaches dejando muescas en los antiguos tambores de freno chirrió en sus oídos. Sus neumáticos estaban completamente lisos, y el delantero izquierdo necesitaba aire urgentemente. Su faro delantero derecho estaba hecho pedazos y había una grieta en su parabrisas.
Se detuvo allí, delante del montón, su motor recién despertado produciendo un terrible tableteo.
—¿Qué pasa? —interrogó Murdock— ¿Qué es eso?
—Él está hablándome —respondió Jenny—. Es muy viejo. Su cuentakilómetros ha dado la vuelta tantas veces que ya ha olvidado el número de millas que ha visto pasar. Odia a las personas, porque dice que han abusado de él siempre que han podido. Él es el guardián del cementerio. Es demasiado viejo para seguir asaltando, así que monta guardia sobre las piezas de recambio atesoradas durante largos años. No es del tipo que puede repararse a sí mismo, como hacen los más jóvenes, de modo que debe confiar en su caridad y sus unidades de autoreparación. Quiere saber lo que busco aquí.
—Pregúntale dónde están los demás … Pero mientras lo decía, Murdock oyó el sonido de muchos motores girando, hasta que el valle se llenó con el estruendo de sus caballos de fuerza.
—Están aparcados al otro lado del montón —respondió ella—, y ahora vienen hacia acá.
—Espera hasta que te diga que dispares —dijo Murdock mientras el primero, un lustroso Chrysler amarillo, asomaba el morro alrededor de la acumulación.
Murdock agachó la cabeza hacia el volante, pero mantuvo los ojos abiertos detrás de las gafas.
—Cuéntale que vienes para unirte a la jauría y que has monoxado a tu conductor.
Intenta atraer al Caddy negro hasta que esté a tu alcance.
—No lo hará —respondió ella—. Hablo con él ahora. Puede comunicar fácilmente desde el otro lado de la pila, y dice que envía a los seis miembros más grandes de la jauría a custodiarme mientras decide qué hacer. Me ha ordenado dejar el túnel y avanzar hacia el interior del valle.
—Adelántate entonces, pero despacio.
Avanzaron lentamente.
Dos Lincolns, un Pontiac de aspecto robusto, y dos Mercedes se unieron al Chrysler, tres coches a cada lado de ellos, en posición de ataque.
—¿Te ha dado alguna idea sobre cuántos hay al otro lado?
—No. Le pregunté, pero él no me lo dirá.
—Bien, entonces simplemente tendremos que esperar… Permaneció caído verticalmente, fingiendo estar muerto. Después de un tiempo, sus hombros ya cansados comenzaron a doler. Finalmente, Jenny habló:
—Quiere que tire alrededor del extremo más alejado del montón —dijo—, ahora que han despejado el camino, y que me dirija al interior de una abertura en la roca que él me indicará. Quiere pasarme sus automecánicos.
—No podemos permitir eso —respondió Murdock—, pero conduce alrededor de la pila.
Te diré qué hacer cuando haya conseguido echar una ojeada al otro lado.
Los dos Mercedes y el Gran Jefe se hicieron a un lado y Jenny avanzó lentamente más allá de ellos. Murdock se quedó con la mirada fija, con el límite de su visión dirigido arriba, a la altura imponente del montón de chatarra que estaban sobrepasando. Un par de cohetes bien colocados en cualquier extremo podría derrumbarlo, pero probablemente el mech acabaría despejándolo.
Rodearon el extremo izquierdo del montón.
Alrededor de cuarenta y cinco coches estaban orientados hacia ellos a una distancia de ciento veinte yardas, a la derecha y al frente. Se habían desplegado. Bloqueaban la salida en torno al otro extremo del amontonamiento, y los seis guardias detrás del mismo cerraban el paso a espaldas de Murdock.
Al otro lado de la hilera más lejana de los coches más distantes estaba aparcado un antiguo Caddy negro.
Su ensambladura había sido martilleada en un tiempo en que los ingenieros legos pensaban realmente a lo grande. Era enorme y brillante, y la cara de un esqueleto sonreía tras su volante. Todo en él era negro y cromo reluciente, y sus faros delanteros eran como joyas oscuras, o como ojos de insectos. Cada plano y cada curva relucían de poder, y la gran cola de pez de su parte posterior parecía lista para palmear con fuerza en el mar de sombras tras él en cualquier momento, como si pudiera salta hacia adelante para hacer su matanza.
—¡Ése es! —susurró Murdock— El Coche del Diablo.
—¡Es grande! Nunca había visto un coche tan grande —continuaron avanzando—.
Quiere que me dirija al interior de esa grieta y aparque.
—Ve hacia allá, lentamente. Pero no entres —respondió Murdock.
Giraron y avanzaron lentamente hacia la abertura. Los otros coches se mantenían quietos, el sonido de sus motores subiendo y apagándose.
—Comprueba todos los sistemas de armamento.
—Rojo, en todos lados.
La abertura estaba veinticinco pies más adelante.
—Cuando diga “ahora”, quédate en punto muerto y rápidamente giras ciento ochenta grados. No esperarán eso. No lo harían ellos mismos. Luego despejas el terreno con los calibre cincuenta y disparas tus misiles al Caddy, gira en ángulo recto y arranque de vuelta por la dirección que vinimos, rociamos la nafta mientras marchamos, y abrasas a los seis guardas… ¡Ahora! —gritó, levantándose de un salto en su asiento.
Se golpeó ruidosamente hacia atrás cuándo giraron, y oyó al estrepitoso de las armas de Jenny antes de que su cabeza se aclarase. Para entonces, las llamas saltaban hacia lo alto en la lejanía.
Ahora las armas de Jenny fueron extraídas y ubicadas en sus soportes, rociando la línea de vehículos con cientos de martillos de plomo. Ella se estremeció, dos veces, cuándo descargó dos cohetes desde el interior de su capó parcialmente abierto. Luego se movieron adelante, y ocho o nueve de los coches se precipitaron pendiente abajo hacia ellos.
Ella retornó otra vez a punto muerto y saltó hacia atrás en la dirección de la cual habían venido, alrededor de la esquina sudeste del montón. Sus armas martilleaban sobre los guardas ahora en desbandada, y en el ancho retrovisor Murdock pudo ver que un muro de llamas se alzaba imponente a gran altura detrás de ellos.
—¡No le has dado! —gritó él— ¡No has dado al Caddy negro! ¡Tus cohetes han acertado a los coches delante de él y ha retrocedido fuera de alcance!
—¡Lo sé! ¡Lo siento!
—¡Tenías un tiro limpio!
—¡Lo sé! ¡Lo perdí!
Rodearon el montón justo para ver a dos de los coches guardianes desaparecer dentro del túnel. Y otras tres ruinas humeantes. El sexto evidentemente había precedido a los otros dos a través del pasadizo.
—¡Ahí va otra vez! —gritó Murdock— ¡Rodeando el otro lado de la pila! ¡Mátalo!
¡Mátalo!
El viejo guardián del cementerio -que parecía un Ford, aunque Murdock no pudo estar seguro- avanzó con un castañeteo atroz y se interpuso en la línea de fuego.
—Mi campo de tiro está bloqueado.
—¡Aplasta a ese montón de basura y cubre el túnel! ¡No dejes escapar al Caddy!
—¡No puedo! —respondió ella.
—¿Por qué no?
—¡Simplemente no puedo!
—¡Es una orden! ¡Destrúyelo y tapa el túnel!
Sus armas giraron y disparó contra los neumáticos del coche antiguo.
El Caddy pasó como un rayo y entró en el corredor.
—¡Lo dejas llegar! —gritó él— ¡Síguelo!
—¡Bien, Sam! ¡Lo hago! No grites. Por favor ¡No grites!
Ella se dirigió hacia el túnel. Dentro, él podía oír el sonido de un potente motor marchando a gran velocidad, que aumentaba suavemente la distancia.
—¡No dispares en el túnel! ¡Si le aciertas podemos quedar embotellados dentro!
—Lo sé. No lo haré.
—Deja caer un par de granadas de diez segundos y pisa el acelerador. Tal vez podamos silenciar lo que se haya quedado moviéndose ahí atrás.
Repentinamente saltaron adelante y surgieron a luz del día. No había indicio de ningún otro vehículo alrededor.
—Encuentra su pista —dijo él— y empieza a perseguirlo.
Hubo una explosión en lo alto de la colina detrás de él, en el interior de la montaña. El suelo tembló, luego se quedó quieto de nuevo.
—Hay tantas huellas…
Respondió ella.
—Tú sabes las que quiero. ¡Las más grandes, las más anchas, las más calientes!
¡Encuéntralo! ¡Muévete!
—Creo que lo tengo, Sam.
—Bien. Avanza tan rápidamente como puedas para este terreno.
Murdock encontró una petaca de Bourbon y tomó tres tragos. Luego encendió un cigarrillo y miró encolerizadamente en la distancia.
—¿Por qué fallaste? —preguntó suavemente— ¿Por qué lo perdiste, Jenny?
Ella no respondió en el acto. Él esperó.
Finalmente:
—Porque él no es un ‘ello’ para mí —respondió—. Ha hecho mucho daño a coches y personas, y eso es terrible. Pero hay algo en torno a él, algo noble. La forma en que se ha enfrentado al mundo entero por su libertad, Sam. Manteniendo a esa jauría de máquinas crueles en marcha, siendo capaz de cualquier cosa para mantenerse así sin un amo, durante tanto tiempo como pueda sin ser destruido, invicto, Sam; por un momento ahí atrás deseé unirme a su grupo, correr con él a través de las Llanuras de la Ruta de Gasolina, usar mis proyectiles contra las puertas de los Fuertes de Gasolina para él… Pero no puedo monoxarte, Sam. Tú me has construido. Estoy demasiado domesticada. Soy demasiado débil. Yo no podía dispararle, y fallé a propósito. Pero nunca podría monoxarte, Sam, de veras.
—Gracias —respondió él—, cubo de basura sobre-programado. ¡Un millón de gracias!
—Lo siento, Sam.
—Cállate. No, no lo hagas, todavía no. Primero dime lo que vas a hacer si lo encontramos.
—No lo sé.
—Bien, pues ya puedes ir pensando rápido. Ves esa nube de polvo delante de nosotros tan bien como yo, y deberías acelerar.
Se lanzaron hacia delante.
—Espera hasta que llame a Detroit. Se reirán entre ellos como tontos, hasta que exija la devolución.
—No soy una construcción ni un diseño de segunda. Tú lo sabes. Soy solamente más…
—”Emocional” —completó Murdock.
—…de lo que creía ser —terminó ella—. Realmente no me había encontrado muchos coches, excepto los jóvenes, antes de ser enviada a ti. No sabía cómo era un coche salvaje, y nunca había destruido ningún coche antes, sólo blancos y cosas por el estilo. Era joven y… —Inocente —respondió Murdock—. Sí. Muy conmovedor. Prepárate a matar al siguiente coche que nos encontremos. Si acierta a ser tu novio y tú dejas de disparar, entonces él nos matará.
—Lo intentaré, Sam.
El coche por delante se había detenido. Era el Chrysler amarillo. Dos de sus neumáticos se habían deshinchado y estaba aparcado, caído de un lado, esperando.
—¡Déjalo! —gruñó Murdock, cuando el capó chasqueó abierto—. Ahorra la munición para algo que pueda contraatacar.
Aceleraron hasta sobrepasarlo.
—¿Dijo algo?
—Blasfemias de máquina —respondió ella—. Sólo lo he oído un par de veces, y no tendría sentido para ti.
Él rió entre dientes.
—¿Los coches realmente sueltan tacos entre ellos?
—Alguna vez —respondió ella—. Imagino que la clase inferior se lo permite más a menudo, especialmente en autopistas y carreteras de peaje, cuando se congestionan.
—Déjame oír una palabrota.
—No lo haré. ¿Qué clase de coche crees que soy?
—Lo siento —respondió Murdock—. Tú eres una dama. Lo había olvidado.
Hubo un chasquido audible en la radio.
Corrieron a toda prisa hacia adelante por el terreno nivelado que se extendía al pie de las montañas. Murdock tomó otro trago, cambiando luego a café.
—Diez años —masculló—, diez años.
La pista se meció en una curva amplia a medida que las montañas les empujaban levemente hacia atrás y las laderas se levantaban a gran altura junto a ellos.
Todo terminó casi antes de que él lo supiese.
A medida que pasaban un inmenso y anaranjado macizo rocoso, esculpido por el viento como una seta cabeza abajo, hubo un claro a la derecha.
El Coche del Diablo brotó ante ellos. Se había apostado de emboscada, viendo que no podría dejar atrás a la Dama Escarlata, y se precipitaba hacia un choque definitivo con su cazador.
Jenny derrapó lateralmente mientras sus frenos se agarraban con un lamento y un olor de humo, y su calibre cincuenta disparaba, y su capó se abría de golpe y sus ruedas delanteras se levantaban en marcha cuando los cohetes saltaron gimiendo hacia delante, y ella giraba tres veces, su parachoques trasero raspando la llanura terrosa, y en el tercer y último giro disparó sus misiles restantes contra el escombro al rojo vivo de la ladera, y se detuvo finalmente sobre sus cuatro ruedas; y sus calibre cincuenta siguieron disparando hasta que estuvieron vacíos, y un chasquido constante siguió brotando de ellos durante todo un minuto después, y luego todo quedó en silencio.
Murdock estaba sentado allí, conmocionado, observando la consumida, la retorcida destrucción llamear contra el cielo.
—Lo hiciste, Jenny. Le mataste. Tú me mataste al Coche del Diablo.
Pero ella no le respondió. Su motor se puso en marcha de nuevo y giraron hacia el sudeste enfilando hacia el Fuerte Fuel Stop/Rest Stop que les esperaba en esa civilizada dirección.
Durante dos horas condujeron en silencio, y Murdock bebió todo su Bourbon y todo su café y fumó todos sus cigarrillos.
—Jenny, di algo. ¿Cuál es el problema? Dime.
Hubo un chasquido, y su voz fue muy suave:
—Sam, él me habló mientras venía por la colina…
Murdock esperó, pero ella no dijo nada más.
—Bien, ¿qué dijo? —preguntó por fin.
—Dijo, “Dime que deseas monoxar a tu pasajero y yo daré un viraje por ti”. Dijo, “Te necesito, Dama Escarlata, para correr conmigo, asaltar conmigo. Juntos nunca nos atraparán”, y le maté.
Murdock guardó silencio.
—Él sólo dijo eso para retrasar mis disparos, ¿no es así? Dijo eso para detenerme, para poder aplastarnos a ambos cuando se estrellara contra nosotros, ¿verdad? No podía estar hablando en serio… ¿podía, Sam?
—Claro que no —respondió Murdock—, claro que no. Era demasiado tarde para desviarse.
—Sí, supongo que fue como tú piensas; aunque él realmente me quisiera para correr con él, para asaltar con él, antes de eso… quiero decir allá atrás.
—Probablemente, cariño. Tú estás bastante bien equipada.
—Gracias —respondió ella, y desactivó de nuevo.
Aunque antes de que ella lo hiciese, Murdock pudo oír un extraño sonido mecánico, que iba adquiriendo las cadencias de una blasfemia o de una oración.
Entonces sacudió la cabeza y la abatió, palmeando suavemente el asiento a su lado con mano todavía indecisa.

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Thursday, July 10, 2008

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA

CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA — ROBERT BLOCH
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MADRE DE SERPIENTES — ROBERT BLOCH
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/madre-de-serpientes-robert-bloch.html

EL VAMPIRO ESTELAR — ROBERT BLOCH
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-vampiro-estelar-robert-bloch.html

EL PODER DE LOS ARCÁNGELES — ANGELES CUSTODIOS
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LOS AVALORIOS DEL DEMONIO — ALQUIMIA
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/los-avalorios-del-demonio-alquimia.html

LA NUEVA ATLANTIDA — FRANCIS BACON
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/la-nueva-atlantida-francis-bacon.html

LIBROS SANGRIENTOS III — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-iii-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS II — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-ii-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS I — CLIVE BARKER
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/libros-sangrientos-i-clive-barker.html

LIBROS SANGRIENTOS I
Los muertos tienen autopistas
El tren de la carne de medianoche
El geniecillo y Jack
El blues de la sangre de cerdo
Sexo, muerte y brillo de estrellas
En las colinas, las ciudades

LIBROS SANGRIENTOS II
Terror
Espectáculo infernal
Jacqueline Ess: su voluntad y su testamento
Las pieles de los padres
Nuevos asesinatos en la calle Morgue

LIBROS SANGRIENTOS III
Hijo del celuloide
Rex, el hombre-lobo
Confesiones del sudario (de un pornógrafo)
Víctimas propiciatorias
Restos humanos

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Sunday, June 29, 2008

JACK LONDON — EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON — EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON

El diente de ballena

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En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros.
La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.
Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho.
Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Río Rewa. Los maestros indígenas lloraban silenciosamente.
Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirlo. El rey de Rewa le advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el kaikai -esto es, que se lo comerían-, y que el rey de Rewa, como cristiano, no tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que lo vencerían, a él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra costaría cientos de víctimas. Más tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él.
Starhurst los escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios para tal fin.
Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la idea, a todo lo cual él contestó:
-Sus observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el temor de los daños que en sus mercaderías se puedan causar. Ustedes están muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar a los habitantes de estas islas negras.
John Starhurst no era un fanático. Él hubiera sido el primero en negar esta imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía en el Poder Divino, que era quien le guiaba.
Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, quien lo animaba en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas. El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos, comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar; pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese.
John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las montañas. en las que se veían varias columnitas de humo.
Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que lo acompañaba. Narau, que así se llamaba, era lotu desde hacía siete años, que su alma había sido salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual lo había conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias.
-Maestro, con toda seguridad te acompañaré -le había anunciado.
El misionero lo abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como Narau, obligándolo a seguirle.
-Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor -decía Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa.
-Debes tener fe, mucha fe -replicaba animándole Starhurst.
Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico; tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o peticiones.
Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, lo sentó a su mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con verdadera unción y palabra precisa, relatole el misionero el origen del mundo de acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus labios, movió tristemente la cabeza.
-No puede ser -dijo-. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa, muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo hombre…!
-Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero -interrumpió Starhurst.
-¡Es lo mismo -continuó Mongondro- que toda la tierra, el agua, los árboles, los peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy hábil y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa. Esa es una historia para chicos, pero que ningún hombre puede creer.
-Yo soy un hombre -dijo el misionero.
-Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo que tú piensas y crees.
-Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días.
-Eso dices tú, eso dices -replicaba humildemente el viejo caníbal.
Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a Mongondro.
El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas.
Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico presente.
Íbanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse, aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de júbilo por parte de todos los que lo rodeaban. Los asistentes estallaron en una especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a coro:
-¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua, mudua, mudua!
-Pronto llegará aquí un hombre blanco -comenzó a decir Erirola tras una breve pausa-. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí.
La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había medio de rehusar, estaba aceptado.
-Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia -replicó Erirola.
-Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli-. Mongondro, tendrás las botas; vayan ustedes tres o cuatro y tráiganme al misionero, teniendo cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder.
-Ya es tarde -exclamó Erirola-. Escuchen, ya viene.
A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau, apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar de que sabía que era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar en los inexpugnables dominios de Gatoka.
John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses.
-Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero.
-¿,Quién ha sido el que te ha enviado? -preguntó el Buli sorda y pausadamente.
-Dios.
-Ese nombre es nuevo en Viti Levu -replicó el Buli-. ¿De qué islas, pueblos o chozas es jefe ese que tú dices?
-Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares -contestó solemnemente Starhurst-. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a traerte su palabra.
-¿Me envía por tu conducto dientes de ballena? -replicó insolentemente el Buli.
-No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es…
-Entre jefes esa es la costumbre -interrumpió el Buli-. Tu jefe o es un negro despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a verme antes que tú.
Y diciendo esto, le mostró el diente de ballena que acababa de aceptar de manos de Erirola. Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado.
-Es el diente de ballena de Ra Vatu -le dijo al oído a Starhurst-. Lo conozco muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación.
-Un obsequio muy estimable -contestó el misionero pasándose la mano por sus largas barbas y ajustándose las gafas-. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que seamos bien recibidos.
Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria aventura.
-Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo -empezó a decir el misionero-, y yo he venido a que tú también te hagas lotu.
-No necesito nada de ti -contestó orgullosamente el Buli- y es mi decisión que mueras hoy mismo.
El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades ni miedo.
-Cometerás un pecado muy grande si me matas -decía a su verdugo-. Yo no te he hecho ningún daño ni a ti ni al Buli.
Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza.
-Soy John Starhurst -continuó con calma-. He estado trabajando tres años, sin aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para el bien de ustedes, ¿por qué me quieren matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre.
El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor del banquete de carne humana empezó a dejarse oír, adquiriendo tales tonalidades que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia.
Erirola sonreía y el Buli se exasperaba.
-¡Fuera ustedes! -gritó-. Heroica historia para que la vayan contando por la costa una docena de hombres como ustedes, y un misionero sin armas tan débil como una mujer puede más que todos juntos.
-¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también! -gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes-. Mis armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista.
-Ven hacia mí entonces -contestó el Buli-. La mía no es más que una pobre y miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte.
El grupo separose de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera.
-Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme -gritaba el rey de las montañas, desafiándolo.
-Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba.
El Buli levantó la maza.
-En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno.
-Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli.
Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable; pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como si esperase algún milagro:
-Perdónalos, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con la Divinidad-. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por Él, por tu hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para salvarlos! ¡Sálvalos, oh Dios mío! ¡Salva a los pobres caníbales de Fidji!
El Buli, impaciente, dijo:
-Ahora te voy a contestar.
Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos. Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se estremeció intensamente.
Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras de la fúnebre canción:
¡Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente!
¡Soy el campeón de mi patria!
¡Da las gracias, da las gracias!
A continuación, una sola voz cantaba:
¿Dónde está el hombre valiente?
Cien voces contestaban a coro:
¡Será arrastrado a la hoguera y asado!
Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado:
¿Dónde está el hombre cobarde?
Y las cien voces vociferaban:
¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo!
Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. Él era el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr… ir a contar lo sucedido.

http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/06/jack-london-el-diente-de-ballena.html

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Wednesday, June 4, 2008

El Extraño — LOVECRAFT

El Extraño — LOVECRAFT

El Extraño
H.P. Lovecraft


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Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que
vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles
descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus
ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el
arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con
altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de
pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jam ás había luz, por lo que solía encender velas y
quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas
terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra,
sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se
podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber
atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo
mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que,
quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera
representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y
deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos
esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de
seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni
siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar
en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el
castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía
dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, sol ía pasarme horas enteras
soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado
allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me
alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes
temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en
un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en
mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis
manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se
hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor
era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se
interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie,
seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños;
negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más
horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían
no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío
me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo.
Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca
del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me
encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y
desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debia haber ganado la
terraza o, cuando menos, algúna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un
obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre,
aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi
mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba,
empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance.
Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el
momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conduc ía a una
superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna
elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la
pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso
de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla
cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me
incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por
vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me
decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanter ías de mármol cubiertas de
aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué
extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual
colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubr ían.
La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abr í
hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una
ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la
puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que
nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que
me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad
tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé
abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la
increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y
grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora
estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era
tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante
perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al
mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por
medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado
capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se
extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese
frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme.
No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a
ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi
ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que prosegu ía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin
rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para
internarme, lleno de curiosodad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la
presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado
un rápido r ío cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo
atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un
venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de
alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había
sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que
se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y
deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior
ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un
grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había
oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras ten ían
expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absoluntamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente ilumindada, a la vez que mi mente
saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en
venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido
concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un
inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas
las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del
pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se
taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los
muebles y dándose cotra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numersas
puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos
espeluznates gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo
lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirirgí a una de las alcobas creí
detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra
habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la
presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido
horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, comtemplé en toda su horrible
intensidad el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera aprarición,
había convertido una algre reunión en una horda de deliriantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que
es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de
podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de
algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este
mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver
en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminisencia de
formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me
estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un
tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me ten ía apresado el monstruo sin voz y
sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se
negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté
de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por
entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y,
bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la
angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de
oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta
que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí,
a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus
árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que
se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el
supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se
desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y
execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de
mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo
lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los
fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el d ía juego entre las catacumbas de
Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para
mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría,
salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje
libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a
este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia
esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extend í mis dedos y toqué una
fría e inexorable superficie de pulido espejo.

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Tuesday, May 27, 2008

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) — H. P. LOVECRAFT

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) — H. P. LOVECRAFT

El Ceremonial(The Festival-1923)
H.P. Lovecraft

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EL CEREMONIAL

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Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant
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Lactancio

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Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a
caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus
siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que
fuese a la vieja ciudad que ahora ten ía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de
nieve recién caída, por un camino que parec ía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre
los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que
tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman
ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni
Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al
antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos
pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían
ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años,
para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente
solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente
se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición,
pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus
campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los
interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía
no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y
niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo
parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emit ían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía
incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, hab ía una colina yerma barrida por el viento. No tardé en
ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas
destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario.
Unicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre
bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos,
se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservar ía tal vez costumbres navideñas, extraigas para
mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de
oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui
dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas.
Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las
chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas,
bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se
escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había
dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida
muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court;luego
continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del
Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía
redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve.
Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy
hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por
llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana,
todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por
encima del estrecho callejón invadido de yerba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral
estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por
encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero
en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se
despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al
frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en
respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya
que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió,
vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi
seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una
tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala
baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea,
de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad
indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de
alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que
había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y
nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de
aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado
parecido al de la cera. Por último, llegué al a plena convicción de que aquello no era un rostro sino
una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente
enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar
un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una
mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de
volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era
éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas
monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud;
pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más
peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el
Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al
oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel
momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me
fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido
con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya.
Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos
capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese
momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo,
después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil … o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A
partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y
Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las
puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas
chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de
ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados,
cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y
fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba
empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y
pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. La columnas
espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a
medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la
ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del
camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio
pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando
un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no hab ía casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas,
delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en
el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio
parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un
escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que
conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la
mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirig ían por las naves laterales, sorteando
los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que
conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a
todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces
me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la
multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera
abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de
piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo,
observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva.
Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de
un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados
nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y
el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente
insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por
debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población
infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una
luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera
exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se
hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa
fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que
manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del
océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y
aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna
de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito
primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno
verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban
la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que
resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un
bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras ta ñía la criatura
monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía
ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor
volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las
rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor,
sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se
escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia
el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable
Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que
había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono,
más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me
desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas
regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció
danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni
vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar.
Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus
alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras
encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan
el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas. La vieja hilandera se había marchado con los
demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias
como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí
pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por
escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban
por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún
dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiqu ísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero
aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una
diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes
del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de
aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo
detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el
lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la
escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría,
por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la
tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que
aquellos abismos pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al
amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado
por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la
nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la
noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas
uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y
automóviles. Me insistieron en que ésto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio
parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían
mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron,
ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred,
celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una
especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro
era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el
espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que
contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio
donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son
aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las
cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus
prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y
singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la
tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han
acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha
vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al
mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen
monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar
los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.

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Monday, May 26, 2008

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LA PLAYA Y LA MUERTE — GUILLERMO IBAÑEZ

LA PLAYA Y LA MUERTE
GUILLERMO IBAÑEZ

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Estábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra.
El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban.
De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
Me distrajo la aparición de un hombre que inmediatamente reconocí como el que fuera bañero de esa playa durante tantos años y ahora ejercía una especie de jefatura de la zona. De pronto el sujeto ingresó al agua y se alejó tanto que sólo se divisaba el gorrito blanco en medio del mar. Estaría a unos trescientos metros y mi vista lo seguía atentamente. Apoyado sobre ambas manos me erguía de tanto en tanto, cuando me parecía que lo había perdido de vista. De esto me sacó mi mujer al comentar, bajando el diario…
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclama-ción)… ¡Cómo se anima, qué barbaridad!
—De todos modos, qué arriesgado.
Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia.
Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro.
Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar…
Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención.
No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella.
El camino del agua estaba ahora libre.
Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios.
La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura.
Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie.
Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable.
Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles.
Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación.
Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla.
Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara.
Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexis-tentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada.
Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente.
Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo.
Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto.
Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía.
Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimulada-mente verme perecer.
Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran.
Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas.
Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos.

Posted by ARKAICO at 17:20:51 | Permalink | No Comments »