Friday, April 24, 2009

UN HABITANTE DE CARCOSA — Ambrose Bierce

UN HABITANTE DE CARCOSA — Ambrose Bierce

UN HABITANTE DE CARCOSA — Ambrose Bierce

UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
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***
“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.”
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo
llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince-
se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.

* * *

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

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Monday, October 27, 2008

EL HIPNOTIZADOR — AMBROSE BIERCE

EL HIPNOTIZADOR — AMBROSE BIERCE

EL HIPNOTIZADOR

Algunos de mis amigos, que saben por casualidad que a veces me entretengo con el hipnotismo, la lectura de la mente y fenómenos similares, suelen preguntarme si tengo un concepto claro de la naturaleza de los principios, cualesquiera que sean, que los sustentan. A esta pregunta respondo siempre que no los tengo, ni deseo tenerlos. No soy un investigador con la oreja pegada al ojo de la cerradura del taller de la Naturaleza, que trata con vulgar curiosidad de robarle los secretos del oficio. Los intereses de la ciencia tienen tan poca importancia para mí, como parece que los míos han tenido para la ciencia.

No hay duda de que los fenómenos en cuestión son bastante simples, y de ninguna manera trascienden nuestros poderes de comprensión si sabemos hallar la clave; pero por mi parte prefiero no hacerlo, porque soy de naturaleza singularmente romántica y obtengo más satisfacciones del misterio que del saber. Era corriente que se dijera de mí, cuando era un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos más para ser mirados que para mirar… tal era su ensoñadora belleza y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su indiferencia por lo que sucedía. En esas circunstancias, el alma que yace tras ellos parecía -me aventuro a creerlo-, siempre más dedicada a alguna bella concepción que ha creado a su imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y la estructura material de las cosas. Todo esto, por irrelevante y egoísta que parezca, está relacionado con la explicación de la escasa luz que soy capaz de arrojar sobre un tema que tanto ha ocupado mi atención y por el que existe una viva y general curiosidad. Sin duda otra persona, con mis poderes y oportunidades, ofrecería una explicación mucho mejor de la que presento simplemente como relato.

La primera noción de que yo poseía extraños poderes, me vino a los catorce años, en la escuela. Habiendo olvidado una vez de llevar mi almuerzo, miraba codiciosamente el que una niñita se disponía a comer. Levantó ella los ojos, que se encontraron con los míos y pareció incapaz de separarlos de mi vista. Luego de un momento de vacilación, vino hacia mí, con aire ausente, y sin una palabra me entregó la canastita con su tentador contenido y se marchó. Con inefable encanto alivié mi hambre y destruí la canasta. Después de lo cual ya no volví a preocuparme de traer el almuerzo: la niñita fue mi proveedora diaria; y no sin frecuencia, al satisfacer con su frugal provisión mi sencilla necesidad, combiné el placer y el provecho, obligándola a participar del festín y haciéndole engañosas propuestas de viandas que, eventualmente, yo consumía hasta la última migaja. La niña estaba persuadida de haberse comido todo ella, y más tarde, durante el día, sus llorosos lamentos de hambre sorprendían a la maestra y divertían a los alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tragaldabas, y me llenaban de una paz más allá de lo comprensible.

Un aspecto desagradable de este estado de cosas, en otros sentidos tan satisfactorio, era la necesidad de secreto: el traspaso del almuerzo, por ejemplo, debía hacerse a cierta distancia de la enloquecedora muchedumbre, en un bosque; y me ruborizo en pensar en los muchos otros indignos subterfugios producto de la situación. Como por naturaleza era (y soy) de disposición franca y abierta, esto se iba haciendo cada vez más fastidioso, y si no hubiera sido por la repugnancia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo régimen, hubiera vuelto al antiguo, alegremente. El plan que finalmente adopté para librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y vivo interés en esa época, aunque la parte que consistió en la muerte de la niña fue severamente condenada, pero esto no hace a la finalidad de este relato.

Después, durante unos años, tuve poca oportunidad de practicar hipnotismo; los pequeños intentos que hice estaban desprovistos de otro premio que no fuera el confinamiento a pan y agua, y a veces, en realidad, no traían nada mejor que el látigo de nueve colas. Sólo cuando estaba por abandonar la escena de estos pequeños desengaños, realicé una hazaña verdaderamente importante.

Me habían llevado a la oficina del director de la cárcel y me habían dado un traje de civil, una irrisoria suma de dinero y una gran cantidad de consejos que, debo confesarlo, eran de mucha mejor calidad que la ropa. Cuando atravesaba el portón hacia la luz de la libertad, me di vuelta de súbito y, mirando seriamente en los ojos al director, lo puse rápidamente bajo mi control.

-Usted es un avestruz -le dije.

El examen post mortem reveló que su estómago contenía una gran cantidad de artículos indigestos, la mayor parte de metal o madera. Atragantado en el esófago, un picaporte, lo que según el veredicto del jurado, constituyó la causa inmediata de la muerte.

Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero, al retornar al mundo del que tanto tiempo había estado separado, no pude evitar recordar que todas mis penas surgían como un arroyuelo de la tacaña economía de mis padres en aquel asunto del almuerzo escolar; y no tenía razón alguna para creer que se habían reformado.

En el camino entre Succotash Hill y Sud Asfixia hay unas tierras donde existió una edificación conocida como rancho de Pete Gilstrap, en donde este caballero solía asesinar a los viajeros para ganarse el sustento. La muerte del señor Gilstrap y el desvío de casi todos los viajes hacia otro camino ocurrieron tan al mismo tiempo que nadie ha podido decir aún cuál fue causa y cuál efecto. De todos modos las tierras estaban ahora desiertas y el pequeño rancho había sido incendiado hacía mucho. Mientras iba a pie a Sud Asfixia, el hogar de mi niñez, encontré a mis padres, camino de la colina. Habían atado la yunta y almorzaban bajo un roble, en medio de la campiña. La vista del almuerzo revivió en mí los dolorosos recuerdos de los días escolares y despertó el león dormido en mi pecho. Acercándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir que compartiría su hospitalidad.

-De este festín, hijo mío -dijo el autor de mis días, con la característica pomposidad que la edad no había marchitado-, no hay más que para dos. No soy, eso creo, insensible a la llama hambrienta de tus ojos, pero…

Mi padre nunca completó la frase: lo que equivocadamente tomó por llama del hambre no era otra cosa que la mirada fija del hipnotizador. En pocos segundos estaba a mi servicio. Unos pocos más bastaron para la dama, y los dictados de un justo reconocimiento pudieron ponerse en acción.

-Antiguo padre -dije-, imagino que ya entiendes que tú y esta señora no son ya lo que eran.

-He observado un cierto cambio sutil -fue la dudosa respuesta del anciano caballero-, quizás atribuible a la edad.

-Es más que eso -expliqué-, tiene que ver con el carácter, con la especie. Tú y la señora son, en realidad, dos potros salvajes y enemigos.

-Pero, John -exclamó mi querida madre-, no quieres decir que yo…

-Señora -repliqué solemnemente, fijando mis ojos en los suyos-, lo es.

Apenas habían caído estas palabras de mis labios cuando ella estaba ya en cuatro patas y, empujando al viejo, chillaba como un demonio y le enviaba una maligna patada a la canilla. Un instante después él también estaba en cuatro patas, separándose de ella y arrojándole patadas simultáneas y sucesivas. Con igual dedicación pero con inferior agilidad, a causa de su inferior engranaje corporal, ella se ocupaba de lo mismo. Sus piernas veloces se cruzaban y mezclaban de la más sorprendente manera; los pies se encontraban directamente en el aire, los cuerpos lanzados hacia adelante, cayendo al suelo con todo su peso y por momentos imposibilitados. Al recobrarse reanudaban el combate, expresando su frenesí con los innombrables sonidos de las bestias furiosas que creían ser; toda la región resonaba con su clamor. Giraban y giraban en redondo y los golpes de sus pies caían como rayos provenientes de las nubes. Apoyados en las rodillas se lanzaban hacia adelante y retrocedían, golpeándose salvajemente con golpes descendentes de ambos puños a la vez, y volvían a caer sobre sus manos, como incapaces de mantener la posición erguida del cuerpo. Las manos y los pies arrancaban del suelo pasto y guijarros; las ropas, la cara, el cabello estaban inexpresablemente desfigurados por la sangre y la tierra. Salvajes e inarticulados alaridos de rabia atestiguaban la remisión de los golpes; quejidos, gruñidos, ahogos, su recepción. Nada más auténticamente militar se vio en Gettysburg o en Waterloo: la valentía de mis queridos padres en la hora del peligro no dejará de ser nunca para mí fuente de orgullo y satisfacción. Al final de esto, dos estropeados, haraposos, sangrientos y quebrados vestigios de humanidad atestiguaron de forma solemne de que el autor de la contienda era ya un huérfano.

Arrestado por provocar una alteración del orden, fui, y desde entonces lo he sido, juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos, donde, después de quince años de proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso pase a la Corte de Traslados de Nuevas Pruebas.

Tales son algunos de mis principales experimentos en la misteriosa fuerza o agente conocido como sugestión hipnótica. Si ella puede o no ser empleada por hombres malignos para finalidades indignas es algo que no sabría decir.

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Monday, August 18, 2008

CUENTOS — AMBROSE BIERCE

CUENTOS — AMBROSE BIERCE

CUENTOS — AMBROSE BIERCE
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Al Otro Lado De La Pared
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Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en
San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo
aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como
era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros
de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto. El más importante para mí era
Mohum Dampier, un antiguo amigo del colegio con quien había mantenido
correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre
hombres. Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición a redactar una sencilla carta de
tono social está en razón del cuadrado de la distancia entre el destinatario y el remitente.
Se trata, simple y llanamente, de una ley.
Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y bien parecido, con gustos
semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba una señalada indiferencia hacia
muchas de las cuestiones que suelen preocupar a la gente; entre ellas la riqueza, de la que,
sin embargo, disponía por herencia en cantidad suficiente como para no echar nada en
falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un
orgullo que ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o
hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter
supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo.
Afortunadamente gozaba de una buena salud mental que lo protegía contra creencias
extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo sobrenatural se mantenían
dentro de la región conocida y considerada como certeza.
La noche que lo visité había tormenta. El invierno californiano estaba en su apogeo:
una lluvia incesante regaba las calles desiertas y, al ser empujada por irregulares ráfagas
de viento, se precipitaba contra las casas con una fuerza increíble. El cochero encontró el
lugar, una zona residencial escasamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La casa,
bastante fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude distinguir en la
oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles, que se combaban y crujían a
causa del temporal, parecían intentar huir de su tétrico entorno en busca de mejor fortuna,
lejos, en el mar. La vivienda era una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía
una torre en una esquina, un piso más arriba. Era la única zona iluminada. La apariencia
del lugar me produjo cierto estremecimiento, sensación que se vio aumentada por el
chorro de agua que sentía caer por la espalda mientras corría a buscar refugio en el portal.
Dampier, en respuesta a mi misiva informándole de mi deseo de visitarlo, había
contestado: «No llames, abre la puerta y sube.» Así lo hice. La escalera estaba pobremente
iluminada por una luz de gas que había al final del segundo tramo. Conseguí llegar al
descansillo sin destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia
cuadrada de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esperaba, a
saludarme, y aunque en un principio pensé que me podría haber recibido más
adecuadamente en el vestíbulo, después de verlo, la idea de su posible inhospitalidad
desapareció.
No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba bastante
encorvado. Lo encontré muy delgado; sus facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y
pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente
grandes, centelleaban de un modo misterioso.
Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y
solemne que estaba encantado de verme. Después tuvimos una conversación trivial
durante la cual me sentí dominado por una profunda tristeza al ver el gran cambio que
había sufrido. Debió captar mis sentimientos porque inmediatamente dijo, con una gran
sonrisa:
—Te he desilusionado: non sum qualis eram.
Aunque no sabía qué decir, al final señalé:
—No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue igual que siempre.
Sonrió de nuevo.
—No —dijo—, al ser una lengua muerta, esta particularidad va aumentando. Pero,
por favor, ten paciencia y espera: existe un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo.
¿Tendrías algún inconveniente en recibir un mensaje en dicha lengua?
Mientras hablaba su sonrisa iba desapareciendo, y cuando terminó, me miró a los
ojos con una seriedad que me produjo angustia. Sin embargo no estaba dispuesto a
dejarme llevar por su actitud ni a permitirle que descubriera lo profundamente afectado
que me encontraba por su presagio de muerte.
—Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el lenguaje humano deje de
sernos útil —observé—, y para entonces su necesidad y utilidad habrán desaparecido.
Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había tomado un giro desalentador y
no sabía qué decir para darle un tono más agradable, también yo permanecí en silencio.
De repente, en un momento en que la tormenta amainó y el silencio mortal contrastaba de
un modo sobrecogedor con el estruendo anterior, oí un suave golpeteo que provenía del
muro que tenía a mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano,
pero no como cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una
señal acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua;
creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación
de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi mirada no
debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una expresión que no
soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estuviera viendo. La situación era
desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reaccionó.
—Por favor, vuelve a sentarte —dijo—, no ocurre nada, no hay nadie ahí.
El golpeteo se repitió con la misma insistencia lenta y suave que la primera vez.
—Lo siento —dije—, es tarde. ¿Quieres que vuelva mañana?
Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.
—Es muy gentil de tu parte, pero completamente innecesario. Te aseguro que ésta es
la única habitación de la torre y no hay nadie ahí. Al menos…
Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una ventana, única abertura que había
en la pared de la que provenía el ruido.
—Mira.
Sin saber qué otra cosa podía hacer, lo seguí hasta la ventana y me asomé. La luz de
una farola cercana permitía ver claramente, a través de la oscura cortina de agua que
volvía a caer a raudales, que «no había nadie». Ciertamente, no había otra cosa que la
pared totalmente desnuda de la torre.
Dampier cerró la ventana, señaló mi asiento y volvió a tomar posesión del suyo.
El incidente no resultaba en sí especialmente misterioso; había una docena de
explicaciones posibles (ninguna de las cuales se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me
impresionó vivamente el hecho de que mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello
daba al suceso una cierta importancia y significación. Había demostrado que no había
nadie, pero precisamente eso era lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su
silencio resultaba irritante y ofensivo.
—Querido amigo —dije, me temo que con cierta ironía—, no estoy dispuesto a poner
en cuestión tu derecho a hospedar a todos los espectros que desees de acuerdo con tus
ideas de compañerismo; no es de mi incumbencia. Pero como sólo soy un simple hombre
de negocios, fundamentalmente terrenales, no tengo necesidad alguna de espectros para
sentirme cómodo y tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún
son de carne y hueso.
No fue una alocución muy cortés, lo sé, pero mi amigo no manifestó ninguna
reacción especial hacia ella.
—Te ruego que no te vayas —observó—. Agradezco mucho tu presencia. Admito
haber escuchado un par de veces con anterioridad lo que tú acabas de oír esta noche.
Ahora sé que no eran ilusiones mías y esto es verdaderamente importante para mí; más de
lo que te imaginas. Enciende un buen cigarro y ármate de paciencia mientras te cuento
toda la historia.
La lluvia volvía a arreciar, produciendo un rumor monótono, que era interrumpido
de vez en cuando por el repentino azote de las ramas agitadas por el viento. Era bastante
tarde, pero la compasión y la curiosidad me hicieron seguir con atención el monólogo de
Dampier, a quien no interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.
—Hace diez años —comenzó—, estuve viviendo en un apartamento, en la planta
baja de una de las casas adosadas que hay al otro lado de la ciudad, en Rincón Hill. Esa
zona había sido una de las mejores de San Francisco, pero había caído en desgracia, en
parte por el carácter primitivo de su arquitectura, no apropiada para el gusto de nuestros
ricos ciudadanos, y en parte porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La hilera de
casas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco apartada de la calle; cada vivienda
tenía un diminuto jardín, separado del de los vecinos por unas cercas de hierro y dividido
con precisión matemática por un paseo de gravilla bordeado de bojes, que iba desde la
verja a la puerta.
»Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven entrar en el jardín de la casa
izquierda. Era un caluroso día de junio y llevaba un ligero vestido blanco. Un ancho
sombrero de paja decorado al estilo de la época, con flores y cintas, colgaba de sus
hombros. Mi atención no estuvo mucho tiempo centrada en la exquisita sencillez de sus
ropas, pues resultaba imposible mirarla a la cara sin advertir algo sobrenatural. Pero no,
no temas; no voy a deslucir su imagen describiéndola. Era sumamente bella. Toda la
hermosura que yo había visto o soñado con anterioridad encontraba su expresión en
aquella inigualable imagen viviente, creada por la mano del Artista Divino. Me
impresionó tan profundamente que, sin pensar en lo impropio del acto, descubrí mi
cabeza, igual que haría un católico devoto o un protestante de buena familia ante la
imagen de la Virgen. A la doncella no parecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada
con sus gloriosos ojos oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la casa.
Permanecí inmóvil por un momento, con el sombrero en la mano, consciente de mi rudeza
y tan dominado por la emoción que la visión de aquella belleza incomparable me
inspiraba, que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería haber sido.
Entonces reanudé mi camino, pero dejé el corazón en aquel lugar. Cualquier otro día
habría permanecido fuera de casa hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media
tarde, ya estaba de vuelta en el jardín, interesado por aquellas pocas flores sin importancia
que nunca antes me había detenido a observar. Mi espera fue en vano; la chica no
apareció.
»A aquella noche de inquietud le siguió un día de expectación y desilusión. Pero al
día siguiente, mientras caminaba por el barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no
volví a hacer la tontería de descubrirme; ni siquiera me atreví a dedicarle una mirada
demasiado larga para expresar mi interés. Sin embargo mi corazón latía aceleradamente.
Tenía temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de evidente
reconocimiento, totalmente desprovista de descaro o coquetería, me sonrojé.
»No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que volví a encontrármela muchas
veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni intenté llamar su atención. Tampoco hice nada
por conocerla. Tal vez mi autocontrol, que requería un sacrificio tan abnegado, no resulte
claramente comprensible. Es cierto que estaba locamente enamorado, pero, ¿cómo puede
uno cambiar su forma de pensar o transformar el propio carácter?
»Yo era lo que algunos estúpidos llaman, y otros más tontos aún gustan ser llamados,
un aristócrata; y, a pesar de su belleza, de sus encantos y elegancia, aquella chica no
pertenecía a mi clase. Me enteré de su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo
acerca de su familia. Era huérfana y vivía en la casa de huéspedes de su tía, una gruesa
señora de edad, inaguantable, de la que dependía. Mis ingresos eran escasos y no tenía
talento suficiente como para casarme; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La
unión con aquella familia habría significado llevar su forma de vida, alejarme de mis libros
y estudios y, en el aspecto social, descender al nivel de la gente de la calle. Sé que este tipo
de consideraciones son fácilmente censurables y no me encuentro preparado para
defenderlas. Acepto que se me juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a
lo largo de generaciones, deberían ser mis codefensores y debería permitírseme invocar
como atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en contra de
un enlace de este tipo. En resumen, mis gustos, costumbres, instinto e incluso la sensatez
que pueda quedarme después de haberme enamorado, se vuelven contra él. Además,
como soy un romántico incorregible, encontraba un encanto exquisito en una relación
impersonal y espiritual que el conocimiento podría convertir en vulgar, y el matrimonio
con toda seguridad disiparía. Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más encantadora
que esta mujer. El amor es un sueño delicioso; entonces, ¿por qué razón iba yo a procurar
mi propio despertar?
»El comportamiento que se deducía de toda esta apreciación y parecer era obvio. Mi
honor, orgullo y prudencia, así como la conservación de mis ideales me ordenaban huir,
pero me sentía demasiado débil para ello. Lo más que podía hacer —y con gran esfuerzo—
era dejar de ver a la chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los encuentros fortuitos en el
jardín. Abandonaba la casa sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a sus clases
de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo era como si estuviera en
trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más fascinantes y toda mi vida intelectual
estaba relacionada con ellas. ¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una relación tan
clara con la razón que no puedes imaginarte el paraíso de locura en el que viví.
»Una tarde, el diablo me hizo ver que era un idiota redomado. A través de una
conversación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la cotilla de mi casera que la
habitación de la joven estaba al lado de la mía, separada por una pared medianera.
Llevado por un impulso torpe y repentino, di unos golpecitos suaves en la pared.
Evidentemente, no hubo respuesta, pero no tuve humor suficiente para aceptar un
rechazo. Perdí la cordura y repetí esa tontería, esa infracción, que de nuevo resultó inútil,
por lo que tuve el decoro de desistir.
»Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en algunos de mis estudios sobre
el infierno, oí, o al menos creí oír, que alguien contestaba mi llamada. Dejé caer los libros y
de un salto me acerqué a la pared donde, con toda la firmeza que mi corazón me permitía,
di tres golpes. La respuesta fue clara y contundente: uno, dos, tres, una exacta repetición
de mis toques. Eso fue todo lo que pude conseguir, pero fue suficiente; demasiado, diría
yo.
»Aquella locura continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante muchas tardes, y
siempre era yo quien tenía la última palabra. Durante todo aquel tiempo me sentí
completamente feliz, pero, con la terquedad que me caracteriza, me mantuve en la
decisión de no ver a la chica. Un día, tal y como era de esperar, sus contestaciones cesaron.
«Está enfadada —me dije— porque cree que soy tímido y no me atrevo a llegar más lejos»;
entonces decidí buscarla y conocerla y… Bueno, ni supe entonces ni sé ahora lo que podría
haber resultado de todo aquello. Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con ella,
pero todo fue en vano. Resultaba imposible verla u oírla. Recorrí infructuosamente las
calles en las que antes nos habíamos cruzado; vigilé el jardín de su casa desde mi ventana,
pero no la vi entrar ni salir. Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no
intenté aclarar mi duda preguntándole a la casera, a la que tenía una tremenda ojeriza
desde que me habló de la chica con menos respeto del que yo consideraba apropiado.
»Y llegó la noche fatídica. Rendido por la emoción, la indecisión y el desaliento, me
acosté temprano y conseguí conciliar un poco el sueño. A media noche hubo algo, un
poder maligno empeñado en acabar con mi paz para siempre, que me despertó y me hizo
incorporarme para prestar atención a no sé muy bien qué. Me pareció oír unos ligeros
golpes en la pared: el fantasma de una señal conocida. Un momento después se repitieron:
uno, dos, tres, con la misma intensidad que la primera vez, pero ahora un sentido alerta y
en tensión los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la Paz intervino
de nuevo en mis asuntos con una pícara sugerencia de venganza. Como ella me había
ignorado cruelmente durante mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué
tontería! ¡Que Dios sepa perdonármela! Durante el resto de la noche permanecí despierto,
escuchando y reforzando mi obstinación con cínicas justificaciones.
»A la mañana siguiente, tarde, al salir de casa me encontré con la casera, que entraba:
»—Buenos días, señor Dampier —dijo—; ¿se ha enterado usted de lo que ha pasado?
Le dije que no, de palabra, pero le di a entender con el gesto que me daba igual lo
que fuera. No debió captarlo porque continuó:
—A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído nada? Llevaba semanas
enferma y ahora…
Casi salto sobre ella.
»—Y ahora… —grité—, y ahora ¿qué?
»—Está muerta.
»Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según supe más tarde, la chica se había
despertado de un largo estupor, tras una semana de delirio, y había pedido —éste fue su
último deseo— que llevaran su cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la
cuidaban consideraron la petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y
en ese lugar aquella pobre alma agonizante había realizado la débil aspiración de intentar
restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de sentimiento entre su inocencia y mi vil
monstruosidad, que se empeñaba en profesar una lealtad brutal y ciega a la ley del Ego.
»¿Cómo podía reparar mi error? ¿Se pueden decir misas por el descanso de almas
que, en noches como ésta, están lejos, «por espíritus que son llevados de acá para allá por
vientos caprichosos», y que aparecen en la tormenta y la oscuridad con signos y presagios
que sugieren recuerdos y augurios de condenación?
»Esta ha sido su tercera visita. La primera vez fui escéptico y verifiqué por métodos
naturales el carácter del incidente; la segunda, respondí a los golpes, varias veces
repetidos, pero sin resultado alguno. Esta noche se completa la «tríada fatal» de la que
habla Parapelius Necromantius. Es todo lo que puedo decir.»
Cuando hubo terminado su relato no encontré nada importante que decir, y
preguntar habría sido una impertinencia terrible. Me levanté y le di las buenas noches de
tal forma que pudiera captar la compasión que sentía por él; en señal de agradecimiento
me dio un silencioso apretón de manos. Aquella noche, en la soledad de su tristeza y
remordimiento, entró en el reino de lo Desconocido.
_
Carrera Inconclusa
_
James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire,
Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la
carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque
algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se
emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones,
harto frecuentes, se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como
resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se
comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una
distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de
inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta —no se recuerda su nombre—,
acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió
en su carro o carreta ligera.
Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente,
porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para
que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia,
y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía
el ánimo. Súbitamente —en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y
mientras todos lo estaban observando— el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra:
desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.
Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre,
los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin,
puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado
sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir
el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones
de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por
cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su
sano juicio.
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El Amo De Moxon
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—¿Lo dices en serio?… ¿Realmente crees que una máquina puede pensar?
No obtuve respuesta inmediata. Moxon estaba ocupado aparentemente con el fuego
del hogar, revolviendo con habilidad aquí y allá con el atizador, como si toda su atención
estuviera centrada en las brillantes llamas. Hacía semanas que observaba en él un hábito
creciente de demorar su respuesta, aun a las más triviales y comunes preguntas. Su aire
era, no obstante, más de preocupación que de deliberación: se podía haber dicho que
“tenía algo que le daba vueltas en la cabeza”.
—¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida de muchas maneras. Aquí
tienes la definición de un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización por
medio del cual se aplica y se hace efectiva la fuerza, o se produce un efecto deseado”. Bien,
¿entonces un hombre no es una máquina? Y debes admitir que él piensa… o piensa que
piensa.
—Si no quieres responder mi pregunta —dije irritado— ¿por qué no lo dices?… eso
no es más que eludir el tema. Sabes muy bien que cuando digo “máquina” no me refiero a
un hombre, sino a algo que el hombre fabrica y controla.
—Cuando no lo controla a él —dijo, levantándose abruptamente y mirando hacia
afuera por la ventana, donde nada era visible en la oscura noche tormentosa. Un momento
más tarde se dio vuelta y agregó con una sonrisa.
—Discúlpame, no deseaba evadir la pregunta. Considero al diccionario humano
como un testimonio inconsciente y sugestivo que aporta algo a la discusión. No puedo dar
una respuesta directa tan fácilmente; creo que una máquina piensa en el trabajo que está
realizando.
Esa era una respuesta suficientemente directa, por cierto. No completamente
placentera, pues tendía a confirmar la triste suposición de que la devoción de Moxon al
estudio y al trabajo en su taller mecánico no le había sido beneficiosa. Sabía, por otra
fuente, que sufría de insomnio, y ese no es un mal agradable. ¿Habría afectado su mente?
La respuesta a mi pregunta parecía evidenciar eso; quizá hoy yo hubiera pensado en
forma diferente. Pero entonces era joven, y entre los dones otorgados a la juventud no está
excluida la ignorancia. Excitado por el gran estímulo de la discusión, dije:
—¿Y con qué discurre y piensa, en ausencia de cerebro?
Su respuesta, que llegó más o menos con la demora acostumbrada, utilizó una de sus
técnicas favoritas, ya que a su vez me preguntó:
—¿Con qué piensa una planta… en ausencia de cerebro?
—¡Ah, las plantas pertenecen a la categoría de los filósofos! Me gustaría conocer
algunas de sus conclusiones; puedes omitir las premisas.
—Quizá —contestó, aparentemente poco afectado por mi ironía— puedas inferir sus
convicciones de sus actos. Usaré el ejemplo familiar de la mimosa sensitiva, las muchas
flores insectívoras y aquellas cuyo estambre se inclina sacudiendo el polen sobre la abeja
que ha penetrado en ella, para que ésta pueda fertilizar a sus consortes distantes. Pero
observa esto. En un lugar despejado planté una enredadera. Cuando asomaba muy poco a
la superficie planté una estaca a un metro de distancia. La enredadera fue en su busca de
inmediato, pero cuando estaba por alcanzarla la saqué y la coloqué a unos treinta
centímetros. La enredadera alteró inmediatamente su curso, hizo un ángulo agudo, y otra
vez fue por la estaca. Repetí esta maniobra varias veces, pero finalmente, como
descorazonada, abandonó su búsqueda, ignoró mis posteriores intentos de distracción y se
dirigió a un árbol pequeño, bastante lejos, donde trepó. Las raíces del eucalipto se
prolongan increíblemente en busca de humedad. Un horticultor muy conocido cuenta que
una de ellas penetró en un antiguo caño de desagüe y siguió por él hasta encontrar una
rotura, donde la sección del caño había sido quitada para dejar lugar a una pared de
piedra construida a través de su curso. La raíz dejó el desagüe y siguió la pared hasta
encontrar una abertura donde una piedra se había desprendido. Reptó a través de ella y
siguió por el otro lado de la pared retornando al desagüe, penetrando en la parte
inexplorada y reanudando su viaje.
—¿Y a qué viene todo esto?
—¿No comprendes su significado? Muestra la conciencia de las plantas. Prueba que
piensan.
—Aun así… ¿qué entonces? Estamos hablando, no de plantas, sino de máquinas.
Suelen estar compuestas en parte de madera —madera que no tiene ya vitalidad— o sólo
de metal. ¿Pensar es también un atributo del reino mineral?
—¿Cómo puedes entonces explicar el fenómeno, por ejemplo, de la cristalización?
—No lo explico.
—Porque no puedes hacerlo sin afirmar lo que deseas negar, sobre todo la
cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los
soldados forman fila o hacen pozos cuadrados, llamas a esto razón. Cuando los patos
salvajes en vuelo forman la letra V lo llamas instinto. Cuando los átomos homogéneos de
un mineral, moviéndose libremente en una solución, se ordenan en formas
matemáticamente perfectas, o las partículas de humedad en las formas simétricas y
hermosas del copo de nieve, no tienes nada que decir. Todavía no has inventado un
nombre que disimule tu heroica irracionalidad.
Moxon estaba hablando con una animación inusual y gran seriedad. Al hacer una
pausa escuché en el cuarto adyacente que conocía como su “taller mecánico”, al que nadie
salvo él entraba, un singular ruido sordo, como si alguien aporreara una mesa con la mano
abierta. Moxon lo oyó al mismo tiempo y, visiblemente agitado, se levantó corriendo hacia
donde provenía el ruido. Pensé que era raro que alguien más estuviera allí, y el interés en
mi amigo —duplicado por un toque de curiosidad injustificada— me hizo escuchar
atentamente, y creo, soy feliz de decirlo, no por el ojo de la cerradura. Hubo ruidos
confusos como de lucha o forcejeos; el piso se sacudió. Oí claramente un respirar pesado y
un susurro ronco que exclamó:
—¡Maldito seas!
Luego todo volvió al silencio, y al momento Moxon reapareció y dijo, con una
semisonrisa de disculpa:
—Perdóname por dejarte solo tan abruptamente. Tengo allí una máquina que había
perdido la calma y rompía cosas.
Fijé los ojos sobre su mejilla izquierda que mostraba cuatro excoriaciones paralelas
con rastros de sangre y dije:
—¿Cómo hace para cortarse las uñas?
Podía haberme guardado la broma; no pareció prestarle atención, pero se sentó en la
silla que había abandonado y retomó el monólogo interrumpido como si nada hubiera
sucedido.
—Sin duda no tienes que estar de acuerdo con los que (no necesito nombrárselos a
un hombre de tu cultura) afirman que toda la materia es conciencia, que todo átomo es
vida, sentimiento, ser consciente. Yo lo estoy. No existe nada muerto, materia inerte; todo
está vivo; todo está imbuido de fuerza, en acto y potencia; todo lo sensible a las mismas
fuerzas de su entorno y susceptible de contagiar a lo superior y a lo inferior reside en
organismos tan superiores como puedan ser inducidos a entrar en relación, como los de
un hombre cuando está modelado por un instrumento de voluntad. Absorbe algo de su
inteligencia y propósitos… en proporción a la complejidad de la máquina resultante y de
como ésta trabaje.
“¿Recuerdas la definición de ‘vida’ de Herbert Spencer? La leí hace treinta años. Debe
de haberla modificado más tarde, eso creo, pero en todo este tiempo he sido incapaz de
pensar una sola palabra que pueda ser cambiada, agregada o sacada. Me parece no sólo la
mejor definición sino la única posible.
“Vida —dijo— es una definitiva combinación de cambios heterogéneos, simultáneos
y sucesivos, en correspondencia con las coexistencias y sucesiones externas’”.
—Eso define al fenómeno —dije— pero no indica su causa.
—Eso —replicó— es todo lo que cualquier definición puede hacer. Tal como Mills
señala, no sabemos nada de la causa excepto como antecedente… nada, en efecto, salvo un
consecuente. Ciertos fenómenos nunca ocurren sin otros, de los que son disímiles: al
primero, para abreviar, lo llamamos causa, al segundo, efecto. Quien haya visto a un
conejo perseguido por un perro y no haya visto jamás conejos y perros por separado,
puede llegar a creer que el conejo es la causa del perro.
“Ah, creo que me desvío de la cuestión principal —prosiguió Moxon con tono
doctoral—. Lo que deseo destacar es que en la definición de la vida formulada por Spencer
está incluida la actividad de una máquina; así, en esa definición todo puede aplicarse a la
maquinaria. Según aquel filósofo, si un hombre está vivo durante su período activo,
también lo está una máquina mientras funciona. En mi calidad de inventor y fabricante de
máquinas, afirmo que esto es absolutamente cierto”.
Moxon quedó silencioso y la pausa se prolongó algún rato, en tanto él contemplaba
el fuego de la chimenea de manera absorta.
Se hizo tarde y quise marcharme, pero no me sedujo la idea de dejar a Moxon en
aquella mansión aislada, totalmente solo, excepto la presencia de alguien que yo no podía
imaginar ni siquiera quién era, aunque a juzgar por el modo cómo trató a mi amigo en el
taller, tenía que ser un individuo altamente peligroso y animado de malas intenciones.
Me incliné hacia Moxon y lo miré fijamente, al tiempo que indicaba la puerta del
taller.
—Moxon —indagué— ¿quién está ahí dentro?
Al ver que se echaba a reír, me sorprendí lo indecible.
—Nadie —repuso, serenándose—. El incidente que te inquieta fue provocado por mi
descuido al dejar en funcionamiento una máquina que no tenía en qué ocuparse, mientras
yo me entregaba a la imposible labor de iluminarte sobre algunas verdades. ¿Sabes, por
ejemplo, que la Conciencia es hija del Ritmo?
—Oh, ya vuelve a salirse por la tangente —le reproché, levantándome y poniéndome
el abrigo—. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejaste funcionando por
equivocación lleve guantes la próxima vez que intentes pararla.
Sin querer observar el efecto de mi indirecta, me marché de la casa.
Llovía aún, y las tinieblas eran muy densas. Lejos, brillaban las luces de la ciudad. A
mis espaldas, la única claridad visible era la que surgía de una ventana de la mansión de
Moxon, que correspondía precisamente a su taller.
Pensé que mi amigo habría reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por
extrañas que me parecieran en aquella época sus ideas, incluso cómicas, experimentaba la
sensación que se hallaban relacionadas de forma trágica con su vida y su carácter, y tal vez
con su destino.
Sí, casi me convencí de que sus ideas no eran las lucubraciones de una mente
enfermiza, puesto que las expuso con lógica claridad. Recordé una y otra vez su última
observación: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez hallaba en ella un significado
más profundo y una nueva sugerencia.
Sin duda alguna, constituían una base sobre la cual asentar una filosofía. Si la
conciencia es producto del ritmo, todas las cosas son conscientes puesto que todas tienen
movimiento, y el movimiento siempre es rítmico. Me pregunté si Moxon comprendía el
significado, el alcance de esta idea, si se daba cuenta de la tremenda fuerza de aquella
trascendental generalización. ¿Habría llegado Moxon a su fe filosófica por la tortuosa
senda de la observación práctica?
Aquella fe era nueva para mí, y las afirmaciones de Moxon no lograron convertirme
a su causa; mas de pronto tuve la impresión de que brillaba una luz muy intensa a mi
alrededor, como la que se abatió sobre Saulo de Tarso, y en medio de la soledad y la
tormenta, en medio de las tinieblas, experimenté lo que Lewes denomina “la infinita
variedad y excitación del pensamiento filosófico”.
Aquel conocimiento adquiría para mí nuevos sentidos, nuevas dimensiones. Me
pareció que echaba a volar, como si unas alas invisibles me levantaran del suelo y me
impulsasen a través del aire.
Cediendo al impulso de conseguir más información de aquél a quien reconocía como
maestro y guía, retrocedí y poco después volví a estar frente a la puerta de la residencia de
Moxon.
Estaba empapado por la lluvia pero no me sentía incómodo. Mi excitación me
impedía encontrar el llamador e instintivamente probé la manija. Ésta giró y, entrando,
subí las escaleras que llevaban a la habitación que tan recientemente había dejado. Todo
estaba oscuro y silencioso; Moxon, tal como lo había supuesto, estaba en el cuarto
contiguo… el “taller mecánico”. Me deslicé a lo largo de la pared hasta encontrar la puerta
de comunicación y la golpeé con fuerza varias veces, pero no obtuve respuesta, lo que
atribuí al ruido exterior, pues el viento estaba soplando muy fuerte y arrojaba cortinas de
lluvia contra las delgadas paredes. El tamborileo sobre el único techo que cubría el cuarto
sin revestimiento era intenso e incesante. Nunca había sido invitado al taller mecánico… en
realidad se me había negado la entrada como a todos los demás, excepto una persona, un
diestro operario en metales de quien no sabía nada, excepto que su nombre era Haley y su
hábito el silencio. Pero en mi exaltación espiritual olvidé la discreción y los buenos
modales y abrí la puerta. Lo que vi expulsó con rapidez todas las especulaciones
filosóficas.
Moxon estaba sentado de cara a mí sobre el lado opuesto de una mesita con un
candelero, que era toda la luz que había en la habitación. Frente a él, de espaldas a mí,
estaba sentada otra persona. Sobre la mesa, entre los dos, había un tablero de ajedrez; los
hombres estaban jugando. Sabía muy poco de ajedrez pero por las pocas piezas que
permanecían sobre el tablero era obvio que el juego estaba por concluir. Moxon estaba
totalmente interesado… no tanto, eso me pareció, en el juego sino en su antagonista, sobre
el cual había fijado de tal manera la vista que, parado donde estaba, en la línea directa de
su visión, permanecía sin embargo inobservado. Su cara tenía un blanco fantasmal y sus
ojos brillaban como diamantes. A su antagonista sólo lo veía de atrás, pero era suficiente,
no tuve interés en ver su cara.
Aparentemente no tenía más de un metro y medio de estatura, con proporciones que
recordaban al gorila… ancho de hombros, grueso y corto cuello y una gran cabeza
cuadrada con una maraña de pelo negro que coronaba un fez carmesí. Una túnica del
mismo color, ligeramente sujeta a la cintura, caía hasta el asiento —aparentemente un
cajón— sobre el cual se sentaba; no se le veían las piernas ni los pies. El brazo izquierdo
parecía descansar sobre la falda; movía las piezas con la mano derecha, que parecía
desproporcionadamente grande.
Yo había retrocedido un poco y ahora estaba parado a un lado y junto a la puerta, en
las sombras. Si Moxon hubiera observado algo más que la cara de su oponente no hubiera
visto otra cosa que la puerta abierta. Algo me impidió entrar o retirarme, la sensación —no
sé cómo llegó a mí— de que estaba presenciando una tragedia inminente y que podía
ayudar a mi amigo permaneciendo donde estaba. Apenas tuve una rebelión consciente
contra la poca delicadeza de lo que estaba haciendo.
El juego fue rápido. Moxon apenas miraba el tablero al hacer sus movimientos y,
para mi ojo inexperto, parecía mover las piezas más cercanas a su mano. Su movimiento al
hacerlo era rápido, nervioso y falto de precisión. La respuesta de su antagonista,
igualmente pronta en la iniciación, continuaba con un lento, uniforme, mecánico y, pensé,
casi teatral movimiento del brazo, que era una dolorosa prueba para mi paciencia. Había
algo aterrador en todo eso, y comencé a temblar. Pero lo cierto es que estaba mojado y
aterido.
Dos o tres veces después de mover una pieza, el extraño inclinaba ligeramente la
cabeza, y cada vez que lo hacía observé que Moxon desviaba su rey. Al momento tuve la
idea de que el hombre era mudo. ¡Entonces era una máquina… un jugador de ajedrez
autómata! Recordé que una vez Moxon me había contado que había inventado un
mecanismo de ese tipo, pero yo no había comprendido que ya lo había construido. ¿Así
que toda su charla sobre la conciencia y la inteligencia de las máquinas era sólo un mero
preludio para la exhibición eventual de este artefacto… un truco para intensificar el efecto
de su acción mecánica sobre mi ignorancia de su existencia?
Buen fin éste para mis transportes intelectuales… ¡la infinita variedad y excitación del
pensamiento filosófico! Estaba a punto de retirarme con disgusto cuando ocurrió algo que
atrapó mi atención. Observé un encogimiento en los grandes hombros de la criatura, como
si estuviera irritada: tan natural era —tan enteramente humano— que mi nueva visión del
asunto me hizo sobresaltar. No fue solamente esto, un momento más tarde golpeó la mesa
abruptamente con su puño. Este gesto pareció sobresaltar a Moxon más que a mí: empujó
la silla un poco hacia atrás, como alarmado.
En ese momento Moxon, que debía jugar, levantó la mano sobre el tablero y la lanzó
sobre una de sus piezas, como un gavilán sobre su presa, exclamando “jaque mate”. Se
puso de pie con rapidez y se paró detrás de la silla. El autómata permaneció inmóvil en su
lugar.
El viento había cesado, pero escuchaba, a intervalos decrecientes, la vibración y el
retumbar cada vez más fuerte de la tormenta. En una de esas pausas comencé a oír un
débil zumbido o susurro que, tal como la tormenta, se hacía por momentos más fuerte y
nítido. Parecía provenir del cuerpo del autómata, y era un inequívoco rumor de ruedas
girando. Me dio la impresión de un mecanismo desordenado que había escapado a la
acción represiva y reguladora de su mecanismo de control… como si un retén se hubiera
zafado de su engranaje. Pero antes de que hubiera tenido tiempo para esbozar otras
conjeturas sobre su origen mi atención se vio atrapada por un movimiento extraño del
autómata. Una convulsión débil pero continua pareció haberse posesionado de él. El
cuerpo y la cabeza se sacudían como si fuera un hombre con perlesía o frío intenso y el
movimiento fue aumentando a cada instante hasta que la figura entera se agitó con
violencia. Saltó súbitamente sobre los pies y con un movimiento tan rápido que fue difícil
seguir con los ojos se lanzó sobre la mesa y la silla, con los dos brazos extendidos por
completo… la postura de un nadador antes de zambullirse. Moxon trató de retroceder
fuera de su alcance pero lo hizo con demasiada lentitud: vi las horribles manos de la
criatura cerrarse sobre su garganta, y sus manos aferradas a las muñecas metálicas.
Cuando la mesa se dio vuelta la vela cayó al piso y se apagó, y todo fue oscuridad. Pero el
ruido de lucha era espantosamente nítido, y lo más terrible de todo eran los roncos,
chirriantes sonidos emitidos por un hombre estrangulado que intentaba respirar. Guiado
por el infernal alboroto me lancé al rescate de mi amigo, pero es muy difícil avanzar
rápidamente en la oscuridad; de golpe todo el cuarto se iluminó con un enceguecedor
resplandor blanco que fijó en mi cerebro y mi corazón la vívida imagen de los
combatientes en el piso, Moxon abajo, su garganta aún bajo las garras de esas manos de
hierro, con la cabeza forzada hacia atrás, los ojos desorbitados, la boca totalmente abierta y
la lengua afuera; mientras que —¡horrible contraste!— una expresión de tranquilidad y
profunda meditación aparecía en la cara pintada de su asesino, ¡como si estuviera
solucionando un problema de ajedrez! Eso fue lo que vi, luego todo fue oscuridad y
silencio.
Tres días más tarde recobré la conciencia en un hospital. Mientras el recuerdo de la
trágica noche volvía a mi dolida cabeza reconocí en mi cuidador al operario confidencial
de Moxon, ese tal Haley. Respondiendo a mi mirada se aproximó, sonriendo.
—Cuéntemelo todo —logré decir con voz débil—, todo lo que ocurrió.
—En realidad —dijo— ha estado inconsciente desde el incendio de la casa… de
Moxon. Nadie sabe qué hacía usted allí. Tendrá que dar algunas explicaciones. El origen
del fuego también es misterioso. Mi idea es que la casa fue golpeada por un rayo.
—¿Y Moxon?
—Ayer lo enterraron… lo que quedaba de él.
Aparentemente esta persona reticente podía abrirse en ocasiones; mientras transmitía
estas horrendas informaciones a un enfermo se le veía muy amable. Después de un
momento de punzante sufrimiento mental aventuré otra pregunta:
—¿Quién me rescató?
—Bueno, si eso le interesa… yo lo hice.
—Muchas gracias, señor Haley, y Dios lo bendiga por eso. ¿Ha usted rescatado
también al encantador producto de su habilidad, el jugador de ajedrez autómata que
asesinó a su inventor?
El hombre permaneció en silencio un largo tiempo, sin mirarme. Luego giró la cabeza
y dijo gravemente:
—¿Usted lo sabe todo?
—Sí —repliqué—, vi cómo estrangulaba a Moxon.
Eso fue hace muchos años. Si tuviera que responder hoy a la misma pregunta estaría
mucho menos seguro.
_
El Caso Del Desfiladero De Coulter
_
—¿Cree usted, coronel, que a su valiente Coulter le agradaría emplazar uno de sus
cañones aquí? —preguntó el general.
No parecía que pudiera hablar en serio: aquél, verdaderamente, no parecía un lugar
donde a ningún artillero, por valiente que fuera, le gustase colocar un cañón. El coronel
pensó que posiblemente su jefe de división quería darle a entender, en tono de broma, que
en una reciente conversación entre ellos se había exaltado demasiado el valor del capitán
Coulter.
—Mi general —replicó, con entusiasmo—, a Coulter le gustaría emplazar un cañón
en cualquier parte desde la que alcanzara a esa gente —con un gesto de la mano señaló en
dirección al enemigo.
—Es el único lugar posible —afirmó el general.
Hablaba en serio, entonces.
El lugar era una depresión, una «mella» en la cumbre escarpada de una colina. Era
un paso por el que ascendía una ruta de peaje, que alcanzaba el punto más alto de su
trayecto serpenteando a través de un bosque ralo y luego hacía un descenso similar,
aunque menos abrupto, en dirección al enemigo. En una extensión de kilómetro y medio a
la derecha y kilómetro y medio a la izquierda, la cadena de montañas, aunque ocupada
por la infantería federal, asentada justo detrás de la escarpada cumbre como mantenida
por la sola presión atmosférica, era inaccesible a la artillería. El único lugar utilizable era el
fondo del desfiladero, apenas lo bastante ancho para establecer el camino. Del lado de los
confederados, ese punto estaba dominado por dos baterías apostadas sobre una elevación
un poco más baja, al otro lado de un arroyo, a medio kilómetro de distancia. Lo árboles de
una granja disimulaban todos los cañones excepto uno que, como con descaro, estaba
emplazado en un claro, justo enfrente de una construcción bastante destacada: la casa de
un plantador. El cañón, sin embargo, estaba bastante protegido en su exposición porque la
infantería federal había recibido la orden de no tirar. El desfiladero de Coulter, como se le
llamó después, no era un lugar, en aquella agradable tarde de verano, donde a nadie le
«agradara emplazar un cañón».
Tres o cuatro caballos muertos yacían en el camino, tres o cuatro hombres muertos
estaban ordenadamente colocados en hilera a uno de los lados, un poco hacia atrás, en la
pendiente de la colina. Todos menos uno eran soldados de caballería de la vanguardia
federal. Uno era Furriel. El general que comandaba la división y el coronel en jefe de la
brigada, seguidos de su estado mayor y de su escolta, habían cabalgado hasta el fondo del
desfiladero para examinar la batería enemiga, que se había disimulado inmediatamente
tras unas altas nubes de humo. Resultaba inútil curiosear sobre unos cañones que se
enmascaraban como las sepias, y el examen había sido breve. Cuando terminó, a poca
distancia del sitio donde había comenzado, se produjo la conversación que hemos relatado
parcialmente. «Es el único lugar —repitió el general con aire pensativo— desde donde
llegar a ellos.»
El coronel le miró con gravedad.
—Sólo hay espacio para un cañón, mi general. Uno contra doce.
—Es verdad… para uno solo cada vez —dijo el comandante de la división esbozando
algo parecido a una sonrisa—. Pero, entonces, su bravo Coulter… tiene una batería en él
mismo.
Su tono irónico no dejaba lugar a dudas. Al coronel le irritó, pero no supo qué decir.
El espíritu de subordinación militar no promueve la réplica, ni siquiera la tácita
desaprobación.
En aquel momento, un joven oficial de artillería ascendía lentamente a caballo por el
camino, escoltado por su clarín. Era el capitán Coulter. No debía de tener más de veintitrés
años. De mediana estatura, muy esbelto y flexible, montaba su caballo con algo del aire de
un civil. En su rostro había algo singularmente distinto a los de los hombres que le
rodeaban; era delgado, tenía la nariz grande y los ojos grises, un ligero bigote rubio y un
largo, bastante desordenado cabello, también rubio. Su uniforme mostraba señales de
descuido: la visera del gastado kepis estaba ligeramente ladeada; la chaqueta, sólo
abotonada a la altura del cinturón, dejaba ver en buena medida una camisa blanca,
bastante limpia para aquella etapa de la campaña. Pero aquella indolencia sólo afectaba a
su atuendo y a su porte: la expresión de sus ojos grises demostraba un profundo interés
hacia cuanto le rodeaba: escrutaban como faros el paisaje a derecha e izquierda; después se
detenían mucho rato en el cielo que se veía sobre el desfiladero: hasta llegar al punto más
alto del camino, no había nada más que ver en aquella dirección. Al pasar frente a sus jefes
de división y de brigada por el lado del camino los saludó mecánicamente y se dispuso a
proseguir. El coronel le indicó por señas que se detuviera.
—Capitán Coulter —dijo—, el enemigo ha situado doce piezas de artillería en la
colina contigua. Si comprendo bien al general, le ordena a usted que emplace un cañón
aquí e inicie el combate.
Hubo un inexpresivo silencio. El general miró, impasible, a un regimiento distante
que ascendía apretadamente y muy despacio por la colina, a través de la densa maleza, en
espiral, como una deshilvanada nube de humo azul. Pareció que el capitán Coulter no
había observado al general. Después habló, lentamente y con aparente esfuerzo:
—¿En la próxima colina, dice usted, mi coronel? ¿Están los cañones cerca de la casa?
—¡Ah, ya ha recorrido usted este camino antes! Sí, justo ante la casa.
—¿Y es… necesario… abrir fuego? ¿La orden es formal?
Hablaba con voz ronca y entrecortada. Había palidecido visiblemente. El coronel
estaba sorprendido y mortificado. Lanzó una mirada de reojo al general. Ningún indicio
en aquel rostro inmóvil, tan duro como el bronce. Un momento después, el general se
alejaba cabalgando, seguido de los miembros de su estado mayor y de su escolta. El
coronel, humillado e indignado, se disponía a ordenar que arrestaran al capitán Coulter
cuando éste pronunció en voz baja unas pocas palabras dirigidas a su clarín, saludó y se
dirigió cabalgando en línea recta hacia el desfiladero. Cuando llegó a la cima del camino,
con los gemelos ante los ojos, se mostró recortado contra el cielo, y él y su caballo
dibujaron una nítida figura ecuestre. El clarín había bajado la pendiente a toda carrera y
desapareció detrás de un bosque. Entonces, se oyó sonar su clarín entre los cedros y, en
increíblemente poco tiempo, un cañón seguido de un furgón de municiones, cada cual
tirado por seis caballos y manejado por su equipo completo de artilleros, apareció
traqueteando y arrasando la cuesta en medio de un torbellino de polvo. Luego, fue
empujado a mano hasta la cumbre fatal, entre los caballos, que quedaron muertos. El
capitán hizo un ademán con el brazo, los hombres que cargaban el cañón se movieron con
asombrosa agilidad y, casi antes de que las tropas que seguían el camino hubieran dejado
de escuchar el ruido de las ruedas, una enorme nube blanca se abatió sobre la colina con
un ensordecedor estruendo: el combate del desfiladero de Coulter había empezado.
No se pretende aquí relatar con detalle los episodios y las vicisitudes de este horrible
combate, un combate sin incidentes y con las únicas alternancias de diferentes grados de
desesperación. Casi en el momento en que el cañón del capitán Coulter lanzaba su nube de
humo como un desafío, doce nubes se elevaron en respuesta por entre los árboles que
rodeaban la casa de la plantación, y el rugido profundo de una detonación múltiple resonó
como un eco roto. Desde ese momento hasta el final, los cañones federales lucharon su
batalla sin esperanza, en una atmósfera de hierro candente cuyos pensamientos eran
relámpagos y cuyas hazañas eran la muerte.
Como no deseaba ver los esfuerzos que no podía apoyar, ni la carnicería que no
podía impedir, el coronel había escalado la cumbre hasta un punto situado a cuatrocientos
metros a la izquierda, desde donde el desfiladero, invisible pero impulsando sucesivas
masas de humo, semejaba el cráter de un volcán en tronante erupción. Observó los
cañones enemigos con sus prismáticos, constatando hasta donde podía los efectos del
fuego de Coulter —si Coulter vivía todavía para dirigirlo—. Vio que los artilleros
federales, ignorando las piezas del enemigo cuya posición sólo podían determinar por el
humo, consagraban toda su atención al que continuaba emplazado en el terreno abierto: el
césped de delante de la casa. Alrededor y por encima de este duro cañón explotaron los
obuses a intervalos de pocos segundos. Algunos hicieron explosión en la casa, como se
pudo ver por unas delgadas columnas de humo que subían por las brechas del techo. Se
veían claramente formas de hombres y caballos postrados en el suelo.
—Si nuestros hombres están haciendo tan buen trabajo con un solo cañón —dijo el
coronel a un ayudante de campo que estaba cerca— deben estar sufriendo como el
demonio el fuego de doce. Baje y presente a quien dirija ese cañón mis felicitaciones por la
eficacia de su fuego.
Se volvió a su ayudante mayor y agregó:
—¿Observó usted la maldita resistencia de Coulter a obedecer órdenes?
—Sí, mi coronel.
—Bueno, no hable de esto con nadie, por favor. No creo que el general se preocupe
de formular acusaciones. Tendrá sin duda bastante qué hacer para explicar su papel en
este modo tan poco usual de divertir a la retaguardia de un enemigo en retirada.
Un joven oficial se aproximó desde la parte de abajo, escalando sin aliento la
pendiente. Casi antes de saludar, exclamó, jadeando:
—Mi coronel, me envía el coronel Harmon para informarle que los cañones del
enemigo se hallan al alcance de nuestros fusiles y casi todos son visibles desde numerosos
puntos de la colina.
El jefe de brigada le miró sin demostrar el menor interés.
—Lo sé —respondió, tranquilamente.
El joven ayudante estaba visiblemente azorado.
—El coronel Harmon quisiera autorización para silenciar esos cañones.
—Yo también —replicó el coronel con en el tono de antes—. Salude de mi parte al
coronel Harmon y dígale que todavía rigen las órdenes del general para que la infantería
no abra fuego.
El ayudante saludó y se retiró. El coronel hundió los talones en tierra y dio media
vuelta para continuar mirando los cañones del enemigo.
—Coronel —dijo el ayudante mayor—, no sé si debería decir nada, pero hay algo
extraño en todo esto. ¿Sabía usted que el capitán Coulter es del Sur?
—No. ¿Lo era, de verdad?
—Oí que el verano pasado, la división que el general comandaba entonces se
encontraba en las cercanías de la plantación de Coulter; acampó allí durante unas semanas
y…
—¡Escuche! —le interrumpió el coronel levantando la mano—. ¿Oye usted eso?
Eso era el silencio del cañón federal. El estado mayor, los asistentes, las líneas de
infantería situadas detrás de la cumbre, todos habían «oído» y miraban con curiosidad en
la dirección del cráter, de donde no ascendía ya humo sino sólo algunas nubes esporádicas
procedentes de los obuses enemigos. Entonces llegó el toque de un clarín y el ruido débil
de unas ruedas. Un minuto más tarde, las agudas detonaciones comenzaron con redoblada
actividad. El cañón destruido había sido reemplazado por otro, intacto.
—Sí —dijo el ayudante mayor, continuando su historia—, el general conoció a la
familia Coulter. Hubo problemas, ignoro de qué naturaleza… Algo que concernía a la
esposa de Coulter. Es una rabiosa secesionista, corno casi todos en la familia, excepto
Coulter, pero es una buena esposa y una dama muy educada. En el cuartel general del
ejército se recibió una queja. El general fue transferido a esta división. Resulta extraño que
después de eso la batería de Coulter haya sido asignada a ella.
El coronel se había levantado de la roca donde estaba sentado. Sus ojos llameaban de
generosa indignación.
—Dígame, Morrison —dijo, mirando a su chismoso oficial del estado mayor
directamente a la cara—, ¿le contó esa historia un caballero o un embustero?
—No quiero revelar cómo me llegó, mi coronel, a, menos que sea preciso —enrojeció
ligeramente—, pero apuesto mi vida a que es verdad.
El coronel se giró hacia un corrillo de oficiales que estaba a cierta distancia.
—¡Teniente Williams! —gritó.
Uno de los oficiales se apartó del grupo y, adelantándose, saludó y dijo:
—Discúlpeme, mi coronel, creía que estaba usted informado. Williams ha muerto
abajo, al pie del cañón. ¿En qué puedo servirle, señor?
El teniente Williams era el edecán que había tenido el placer de transmitir al oficial
que comandaba la batería las felicitaciones de su jefe de brigada.
—Vaya —dijo el coronel— y ordene la retirada de esa pieza inmediatamente. No…
Iré yo mismo.
Bajó a todo correr la cuesta que conducía a la parte de atrás del desfiladero,
franqueando rocas y malezas, seguido de su pequeña escolta, entre un tumultuoso
desorden. Cuando llegaron al pie de la cuesta, montaron. Sus caballos, que los esperaban,
enfilaron a trote rápido por el camino; doblaron un recodo y desembocaron en el
desfiladero. ¡El espectáculo que encontraron allí era espeluznante!
En aquel desfiladero, apenas suficientemente ancho para un solo cañón, habían
amontonado los restos de por lo menos cuatro piezas. Si habían percibido el silencio de
sólo el último inutilizado, era porque habían faltado hombres para sustituirlo rápidamente
por otro. Los desechos se esparcían a ambos lados del camino; los hombres habían logrado
mantener un espacio libre en el medio en el que la quinta pieza estaba ahora haciendo
fuego. ¿Los hombres? ¡Parecían demonios del infierno! Todos sin gorra, todos desnudos
hasta la cintura, su piel, humeante, negra de manchas de pólvora y salpicada de gotas de
sangre. Todos trabajaban como dementes, manejando el ariete y los cartuchos, las palancas
y el gancho de disparo. A cada golpe de retroceso, apoyaban contra las ruedas sus
hombros tumefactos y sus manos ensangrentadas, y encajaban de nuevo el pesado cañón
en su lugar. No había órdenes. En aquel enloquecido revuelo de alaridos y explosiones de
obuses; entre el silbido agudo de las esquirlas de hierro y de las astillas que volaban por
todas partes, no se hubiera oído ninguna orden. Los oficiales, si es que quedaban oficiales,
no se distinguían de los soldados. Todos trabajaban juntos, cada uno, mientras aguantaba,
dirigido por miradas. Cuando el cañón era escobillado, se cargaba; cuando estaba cargado,
se apuntaba y se tiraba. El coronel vio algo que no había visto jamás en toda su carrera
militar, algo horrible y misterioso: ¡el cañón sangraba por la boca! En un momento en que
faltaba agua, el artillero que esponjaba la pieza había empapado la esponja en un charco
de sangre de uno de sus camaradas. No había ningún conflicto en todo aquel trabajo. El
deber del instante era obvio. Cuando un hombre caía, otro, muy poco más limpio, parecía
surgir de la tierra en lugar del muerto, para caer a su vez.
Con los cañones deshechos yacían también los hombres deshechos, al lado de los
restos, por encima y por debajo. Y, retrocediendo por el camino, ¡una horripilante
procesión! se arrastraban con las manos y las rodillas los heridos capaces de moverse. El
coronel, que compasivamente había enviado a su escolta hacia la derecha, hubo de pasar
con su caballo por encima de los que estaban definitivamente muertos para no aplastar a
aquellos que todavía conservaban un resto de vida. Mantuvo su camino con tranquilidad
en medio de aquel infierno, se acercó al lado del cañón y, en la oscuridad de la última
descarga, golpeó en la mejilla al hombre que sostenía el ariete, que se derrumbó creyendo
que había muerto. Un demonio siete veces condenado brotó de entre el humo para ocupar
su puesto, pero se detuvo y fijó en el oficial a caballo una mirada no terrenal; los dientes le
brillaban entre los labios negros; los ojos, salvajes y desorbitados, ardían como brasas bajo
las cejas ensangrentadas. El coronel hizo un ademán autoritario señalándole la parte de
atrás. El demonio se inclinó, en señal de obediencia. Era el capitán Coulter.
Simultáneamente a la señal de alto del coronel, el silencio cayó sobre todo el campo
de batalla. La procesión de proyectiles dejó de correr en aquel desfile de muerte porque el
enemigo también había dejado de tirar. Su ejército había desaparecido desde hacía horas;
el comandante de la retaguardia, que había mantenido arriesgadamente su posición con la
esperanza de silenciar el cañón federal, también había hecho callar sus piezas en aquel
extraño minuto.
—No era consciente del alcance de mi autoridad —dijo el coronel sin dirigirse a
nadie, mientras cabalgaba hacia la cima de la colina para averiguar qué había ocurrido.
Una hora más tarde, su brigada hacía vivac en el campo enemigo, y los soldados
examinaban con respeto casi religioso, como fieles ante las reliquias de un santo, los
cuerpos de una veintena de caballos despatarrados y los restos de tres cañones inservibles.
Los caídos habían sido retirados; sus cuerpos desmembrados y desgarrados hubieran
satisfecho demasiado al enemigo.
Naturalmente, el coronel se alojó con su familia militar en la casa de la plantación.
Aunque bastante derruida, era mejor que un campamento al aire libre. Los rnuebles
estaban muy desarreglados y rotos. Las paredes y los techos habían cedido en algunas
partes y un olor a pólvora lo impregnaba todo. Las camas, los armarios para la ropa
femenina y las alacenas no estaban rnuy dañados. Los nuevos inquilinos de una noche se
instalaron como en su casa, y la virtual aniquilación de la batería de Coulter les brindó un
animado tema de conversación.
Durante la cena, un asistente que pertenecía a la escolta apareció en el comedor y
pidió permiso para hablar con el coronel.
—¿Qué ocurre, Barbour? —preguntó el coronel amablemente, habiendo escuchado
sus palabras.
—Mi coronel, en el sótano pasa algo raro. No sé qué… creo que hay alguien allí. Yo
había bajado a registrar.
—Bajaré a ver —dijo un oficial del estado mayor, levantándose.
—Yo también —repuso el coronel—. Que los demás se queden. Guíenos, asistente.
Tomaron un candelero de la mesa y bajaron las escaleras del sótano. El asistente
temblaba visiblemente. El candelero iluminaba débilmente, pero en seguida, mientras
avanzaban, su estrecho círculo de luz reveló una forma humana sentada en el suelo contra
la pared de piedra negra que ellos habían venido siguiendo. Tenía las rodillas en alto y la
cabeza echada hacia atrás. El rostro, que hubiera debido verse de perfil, permanecía
invisible porque el hombre estaba tan inclinado hacia delante que su largo cabello lo
ocultaba. Y, de un modo extraño, su barba, de un color mucho más oscuro, caía en una
gran masa enredada y se desplegaba sobre el suelo a su lado. Se detuvieron
involuntariamente. Después, el coronel, tomando el candelero de la temblorosa mano del
asistente, se aproximó al hombre y le examinó con atención. La barba negra era la
cabellera de una mujer muerta. La mujer muerta apretaba entre sus brazos a un bebé
muerto. Y el hombre estrechaba a los dos entre sus brazos, los apretaba contra su pecho,
contra sus labios. En el cabello del hombre había sangre. A medio metro, cerca de una
depresión irregular de la tierra fresca que formaba el suelo del sótano —una excavación
reciente, con un pedazo convexo de hierro y los bordes arqueados visibles en uno de los
lados—, se veía el pie de un niño. El coronel alzó el candelero lo más alto que pudo. El
piso del cuarto de arriba se había agujereado y las astillas de madera colgaban apuntando
en todas direcciones.
—Esta casamata no es a prueba de bombas —dijo el coronel gravemente. No se le
ocurrió que su resumen del asunto guardaba cierta frivolidad.
Permanecieron un momento al lado del grupo sin decir una palabra: el oficial del
estado mayor pensaba en su cena interrumpida; el asistente, en lo que podía contener un
tonel que había en el otro rincón del sótano. De pronto, el hombre que habían creído
muerto levantó la cabeza y los miró tranquilamente a la cara. Tenía la piel negra como el
carbón; sus mejillas parecían tatuadas desde los ojos por irregulares líneas blancas. Los
labios también eran blancos, como los de un negro de teatro. Tenía sangre en la frente.
El oficial del estado mayor retrocedió un paso y el asistente, dos.
—¿Qué hace usted aquí, amigo? —preguntó el coronel, inmutable.
—Esta casa me pertenece, señor —fue la réplica, deliberadamente cortés.
—¿Le pertenece? ¡Ah, entiendo! ¿Y éstos?
—Mi mujer y mi hija. Soy el capitán Coulter.
_
El Engendro Maldito
I
No Siempre Se Come Lo Que Está Sobre La Mesa
A la luz de una vela de sebo colocada en un extremo de una rústica mesa, un hombre
leía algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su
escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela
para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era
posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector.
Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos
rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido
un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba
sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una
sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Salvo el cadáver todos parecían esperar que algo
ocurriera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura
que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante
vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan
diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos
que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando
de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber
sido indiscretos. Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según
se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de
fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de los contornos, granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su
indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado
aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que
había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado
un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque
mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y
como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos
personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese
instante la puerta se abrió y entró un joven. Se apreciaba claramente que no había nacido
ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin
embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella
reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Lo esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberlos hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para
eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que
supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo
una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que
resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi
testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; si yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de
los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de
unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Continuemos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?’
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica…? su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarlo para ir a cazar y a pescar. Además, también quería
estudiar su tipo de vida, tan extraña y solitaria. Parecía un buen modelo para un personaje
de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad
en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente,
suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede
utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo
a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.
II
Lo Que Puede Ocurrir En Un Campo De Avena Silvestre
«…apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de
codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la
mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado
de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y espesamente cubierto de avena
silvestre. Cuando salimos de la maleza Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí.
De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal
que se revolvía con violencia entre unas matas.
»—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
»Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había
cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y
esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e
inminente peligro.
»—Venga —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones,
¿verdad?
»No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por
su expresión tensa. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que pensé fue
que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba
Morgan.
»Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi amigo observaba el
lugar con la misma atención.
»—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
»—¡Ese maldito engendro! —contestó sin volverse.
Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando.
»Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un
modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de
viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel
movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
»Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un
modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo —y lo saco a
colación porque me vino entonces a la memoria— que una vez, al mirar distraídamente
por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho
más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar
más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un
simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme. Confiamos
tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos
parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible.
Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación
lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado;
apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar
los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga
hubiera desaparecido oí un grito feroz —un alarido como el de una bestia salvaje— y vi
que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr, desaparecía de aquel lugar. En ese mismo
instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba —una sustancia
blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
»Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las
manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como
cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran
dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que
Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía
una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada
espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su
cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano.
Al menos yo no la veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora
recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su
cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé
expresarlo de otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su
totalidad.
»Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó
todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una
fuerza superiores. Yo sólo lo veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente
soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca
antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
»Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la
escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una
especie de colapso. Antes de llegar a su lado, lo vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían
cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el
misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al
cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros
árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba
muerto.»
III
Un Hombre, Aunque Esté Desnudo, Puede Estar Hecho Jirones
El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el
cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento.
Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las
contusiones, y parecía que lo habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote.
Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de
seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que
tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor
lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana
abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la
garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un
montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en
alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no
hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas antes.
Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores —dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su
cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y
toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este
último testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha
escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y
abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a
solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido
profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy
interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al
público le gustaría…
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto —contestó el juez mientras se lo
guardaba—; todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la
que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se
sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente
veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado
por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.
IV
Una Explicación Desde La Tumba

En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden
tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue
citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros
del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con
claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo
siguiente:
«…corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de
pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran
velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no
encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.»
«¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro
cerebral con imágenes de las cosas que los producen?»
«2 sep. Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la
casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una
por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado
o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre
ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar
su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada…»
Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.
«27 sep. Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su
presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta
cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar
que no me quedé dormido ni un momento —en realidad apenas duermo. ¡Es terrible,
insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, me voy a volver loco; y si
son pura imaginación, es que ya lo estoy.»
«3 oct. No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa y mi tierra. Dios aborrece a
los cobardes…»
«5 oct. No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. Él
tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.»
«7 oct. Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por
revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!»
«Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no
hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy
graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupan la copa de un árbol, de varios
árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y
emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que
vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono
superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el
mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino
también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los
matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.»
«Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea
sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo
tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave
para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta,
que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el
bajo del órgano.»
«Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del
espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos ‘actínicos’.
Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos
incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance
llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera ‘escala cromática’. No estoy loco; lo que
ocurre es que hay colores que no podemos ver.»
«Y, Dios me ampare, ¡el engendro maldito es de uno de esos colores!»
_
El Golpe De Gracia
_
La lucha había sido dura e incesante. Todos los sentidos lo atestiguaban: hasta el
gusto de la batalla flotaba en el aire. Pero ya había terminado; sólo quedaba auxiliar a los
heridos y enterrar a los muertos…; “limpiar un poco”, como decía el humorista del pelotón
de sepultureros. Era bastante lo que había que limpiar. Hasta donde abarcaba la vista
dentro del bosque, entre los árboles descuajados, veíanse restos de hombres y caballos,
entre los que se movían los camilleros recogiendo y transportando a los pocos que daban
señales de vida. La mayor parte de los heridos habían muerto desangrados, cuando hasta
el derecho de atenderlos se hallaba en disputa. Los heridos tenían que esperar,
reglamentaban las ordenanzas del ejército. La mejor manera de cuidarlos es ganar la
batalla. Debe admitirse que la victoria es una indudable ventaja para un hombre que
necesita atención médica, pero muchos no viven para sacarle partido.
Los muertos eran puestos en hilera, en grupos de quince o veinte, mientras se
cavaban las fosas que habían de recibirlos. A algunos, que estaban demasiado lejos, se les
enterraba donde habían caído. Nadie se esforzaba demasiado por identificarlos, aunque en
la mayoría de los casos los pelotones de enterradores que espigaban en el mismo terreno
que contribuyeran a segar anotaban los nombres de los muertos victoriosos. A las bajas
enemigas, ya era bastante que las contaran. Aunque esto tenía su compensación, porque a
muchos los contaban varias veces; de ahí que el total que aparecía en el comunicado del
comandante vencedor denotaba más bien una esperanza que un resultado.
A corta distancia del sitio donde uno de los pelotones de enterradores había
establecido su “vivac de la muerte”, un oficial de los federales se apoyaba contra un árbol.
Desde los pies hasta el cuello, su actitud era de fatiga en reposo. Pero la cabeza movíase
inquieta de un lado a otro. Su mente, al parecer, no descansaba. Quizá no sabía en qué
dirección marcharse. Lo más probable era que no permaneciese allí mucho tiempo, porque
ya los rayos oblicuos del sol poniente manchaban de rojo los claros del bosque, y los
soldados exhaustos abandonaban su tarea. Era difícil que pernoctara entre los muertos.
Después de la batalla, nueve hombres de cada diez le preguntaban a uno el paradero de
alguna sección del ejército… como si alguien lo supiera. Indudablemente este oficial estaba
extraviado. Tras descansar un instante, marcharía en pos de los pelotones de sepultureros.
Cuando todos se fueron, empezó a caminar a través del bosque, en dirección al rojo
poniente, cuya luz le manchaba la cara con reflejos sanguíneos. El aire de confianza con
que ahora avanzaba sugería que estaba en terreno familiar; había logrado orientarse.
Marchaba sin mirar los muertos que yacían a derecha e izquierda. Tampoco le detenía la
sorda queja de algún infeliz, olvidado por los grupos de rescate, que pasaría mala noche
bajo las estrellas, sin más compañía que la sed. El oficial nada podía hacer: no era médico,
no tenía agua.
Al extremo de una angosta quebrada —una simple depresión del terreno— yacía un
pequeño grupo de cadáveres. Los vio. Apartose de pronto del camino que seguía y caminó
rápido hacia ellos. Escrutándolos al pasar, se detuvo al fin ante uno que estaba a corta
distancia de los demás, cerca de un matorral de arbustos. Lo miró atentamente: parecía
moverse. Se agachó y le puso la mano en la cara. El cuerpo gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de
Massachusetts, soldado inteligente y audaz, amén de hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow. Caffal y Creede Halcrow.
Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell. Y esos dos hombres, el
sargento y el capitán, eran íntimos amigos. Dentro de lo que permitía la diferencia de
graduación, la disparidad de obligaciones y los requisitos de la disciplina militar, estaban
siempre juntos. En realidad, se habían criado juntos. Y una costumbre del corazón no se
desarraiga fácilmente. Caffal Halcrow nada tenía de marcial en su carácter ni en sus
gustos, pero la idea. de separarse de su amigo le resultaba desagradable; y por eso se alistó
en la compañía de la que Madwell era entonces teniente. Ambos habían ascendido dos
grados, pero entre el suboficial más alto y el oficial más subalterno, el abismo social es
ancho y profundo; y aquella vieja relación, mantenida con dificultad, ya no podía ser
idéntica.
Creede Halcrow, hermano de Caffal, era mayor del regimiento. Un hombre cínico,
saturnino. Entre él y el capitán Madwell reinaba una antipatía natural, que las
circunstancias habían alimentado y fortalecido hasta convertirla en activa animosidad. De
no mediar la influencia moderadora de Caffal, es indudable que cada uno de estos
patriotas habría tratado de privar a su país de los servicios del otro…
*
Al iniciarse la batalla esa mañana, el regimiento cumplía una misión de avanzada, a
una milla del cuerpo principal del ejército. Fue atacado y casi rodeado en el bosque, pero
mantuvo a pie firme el terreno. Al disminuir momentáneamente la lucha, el mayor
Halcrow se dirigió hacia el capitán Madwell. Cambiaron un saludo formal, y dijo el
mayor:
—Capitán, el coronel le ordena avanzar con su compañía hasta el nacimiento de esa
quebrada, y mantener la posición hasta nueva orden. No necesito subrayarle el carácter
peligroso de la maniobra, pero si usted lo desea, imagino que puede entregar el mando a
su primer teniente. No se me ordenó, sin embargo, autorizar esta substitución. Es
simplemente una sugerencia personal y extraoficial.
A ese atroz insulto, replicó fríamente el capitán Madwell:
—Señor, le invito a participar en la maniobra. Un oficial montado sería un blanco
perfecto, y siempre he sostenido la opinión de que usted valdría más si estuviera muerto.
Ya en 1862 se cultivaba en los círculos militares el arte de la réplica.
Media hora más tarde la compañía del capitán Madwell fue desalojada de su
posición, con pérdidas equivalentes a un tercio de sus efectivos. Entre los muertos estaba
el sargento Halcrow. Poco después el regimiento debió replegarse a las líneas principales,
y al terminar la lucha se encontraba a varias millas de distancia.
El capitán estaba ahora de pie junto al amigo y subordinado.
El sargento Halcrow se hallaba mortalmente herido. El desgarrado uniforme dejaba
ver el abdomen. Algunos de los botones de la casaca habían sido arrancados y estaban
dispersos por el suelo, con otros fragmentos de su ropa. El cinturón de cuero estaba
partido, y parecía que se lo hubieran arrancado de bajo del cuerpo. No había mucha
sangre derramada. La única herida visible era un ancho e irregular desgarrón en el
abdomen, sucio de tierra y hojas muertas, por donde asomaba un extremo lacerado de
intestino. En toda su experiencia, el capitán Madwell no habla visto una herida semejante.
No podía imaginar cómo fue producida, ni explicar las circunstancias que la
acompañaban: el uniforme extrañamente rasgado, el cinturón partido, las manchas de la
piel. Se arrodilló para efectuar un examen más atento. Cuando se puso de pie, volvió los
ojos en varias direcciones, como buscando un enemigo. A cincuenta yardas de distancia,
en la cresta de una loma baja, cubierta de arbustos, vio varios objetos oscuros que se
movían entre los hombres caídos…: una manada de cerdos. Uno le daba la espalda, con los
cuartos delanteros levantados. Apoyaba las patas en un cuerpo humano; la cabeza baja era
invisible. La erizada eminencia del lomo se recortaba en negro contra el rojo poniente. El
capitán Madwell apartó los ojos y volvió a clavarlos en eso que había sido su amigo.
El hombre que había padecido esas monstruosas mutilaciones estaba vivo. De a ratos
movía las piernas. Con cada inspiración lanzaba un gemido. Miraba azorado la cara del
amigo; y si éste lo tocaba, soltaba un grito. En su feroz agonía, había arañado el suelo en
que se encontraba tendido; sus manos crispadas estaban llenas de tierra, hojas y palitos.
No conseguía articular una palabra. Era imposible saber si sentía algo que no fuera dolor.
La expresión de su rostro era un ruego; en sus ojos parecía reflejarse una plegaria. ¿Qué
pedía?
Imposible equivocar el significado de esa mirada. El capitán la había visto con
demasiada frecuencia en los ojos de aquellos cuyos labios aún podían suplicar la muerte.
Conscientemente o no, este retorcido fragmento de humanidad, esta imagen del
sufrimiento, esta mezcla de hombre y bestia, este humilde Prometeo sin heroísmo,
suplicaba a todos, a todas las cosas, a todo lo que no era él, la bendición de no existir. A la
tierra y al cielo, a los árboles, al hombre, a todo cuanto adquiría forma en los sentidos o en
la conciencia, este padecer hecho carne dirigía su callada plegaria.
¿Qué significaba? Lo que concedemos a la más ruin criatura desprovista de razón
para pedirlo, lo que sólo negamos a los infortunados de nuestra propia especie: la
anhelada liberación, el rito de compasión máxima, el golpe de gracia.
El capitán Madwell pronunció el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez, sin
resultado, hasta que lo ahogó la emoción. Sus lágrimas, encegueciéndolo, cayeron sobre
aquel pálido rostro. Ahora no veía más que un objeto borroso y móvil, pero los gemidos
eran más claros que nunca, cortados a breves intervalos por agudos gritos. Dio media
vuelta, llevándose la mano a la frente, y se alejó. Los cerdos, al verlo, alzaron los hocicos
encarnados, lo miraron suspicaces un momento, y después, gruñendo ásperamente al
unísono, se alejaron a la carrera. Un caballo, con la pata horriblemente astillada por un
cañonazo, alzó la cabeza del suelo y lanzó un doloroso relincho. Madwell avanzó un paso,
desenfundó el revólver, y le pegó un tiro entre los ojos, observando atento la agonía de la
pobre bestia, que contrariamente a lo qué él esperaba, fue larga y violenta. Pero al fin
quedó inmóvil. Los tensos músculos de los belfos, que habían desnudado los dientes en
una mueca atroz, parecieron aflojarse. El perfil nítido y fino de la cabeza adquirió un
aspecto de profunda paz y reposo.
En el oeste, a lo largo de la distante loma arbolada, se extinguían los últimos
esplendores del atardecer. La luz que acariciaba los troncos de los árboles se había
degradado a un gris tierno; en lo alto de las copas anidaban las sombras como grandes
pájaros oscuros. Llegaba la noche, y entre el capitán Madwell y el campamento, se
extendía a lo largo de muchos kilómetros el bosque espectral. Sin embargo, ahí estaba,
junto al animal muerto, desvinculado al parecer de cuanto le rodeaba. Los ojos clavados en
el suelo, la mano izquierda floja al costado, la derecha esgrimiendo la pistola. De pronto
alzó la cara, miró a su amigo moribundo y volvió rápidamente a su lado. Se arrodilló a
medias, montó el arma, apoyó el cañón en la frente del sargento, desvió los ojos y apretó el
gatillo.
No hubo detonación. Su última bala la había gastado en el caballo. El moribundo
gimió y sus labios se movieron convulsivamente. La espuma que brotaba de ellos tenía un
tinte sanguinolento. El capitán Madwell se puso de pie y desenvainó la espada. Pasó los
dedos de la mano izquierda a lo largo del filo desde la empuñadura a la punta. La tendió
recta ante sí como para probar sus nervios. La hoja no temblaba. El mortecino fulgor que
reflejaba la luz del cielo, permanecía inmóvil y firme. Se inclinó, desgarró con la mano
izquierda la camisa del moribundo. Irguiéndose, le puso la punta de la espada sobre el
corazón. Esta vez no apartó los ojos. Aferrando la empuñadura con ambas manos, empujó
con todas sus fuerzas. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre. Atravesó el cuerpo y se
clavó en la tierra. El capitán Madwell estuvo a punto de caer sobre su obra. El moribundo
encogió las piernas, y al mismo tiempo se llevó el brazo al pecho, sujetando el acero con
tanta fuerza que los nudillos de la mano se le pusieron blancos. Con este violento pero
inútil esfuerzo por quitarse la espada, agrandó la herida, por la que escapó un hilo de
sangre, que se filtró sinuosamente por el roto uniforme.
En ese momento tres hombres salían silenciosamente del montecito de arbustos que
había ocultado su avance. Dos eran enfermeros y traían angarillas.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.
_
El Guardián Del Muerto
I

En la llamada Costa Norte de San Francisco, en un cuarto de una casa desocupada,
un cuarto de piso alto, yacía el cuerpo de un hombre tapado por una sábana. Serían las
nueve de la noche. Una vela iluminaba el cuarto débilmente y las dos ventanas estaban
cerradas, con las persianas bajas, a pesar del calor y de la costumbre de airear las
habitaciones donde hay difuntos. Los únicos muebles eran un sillón, una mesita para leer
que sostenía el candelero, y una larga mesa de cocina donde yacía el cuerpo del hombre.
Poco antes, quizá, introdujeron los muebles y el cadáver. Un espectador habría observado
que estaban libres de polvo, no así el piso del cuarto. Había telarañas en los ángulos de las
paredes. Se delineaba el contorno del cuerpo bajo la sábana, hasta se insinuaban las
facciones con esa extraña rigidez que suele atribuirse a las caras de los muertos, pero que
en realidad es propia de todos aquellos consumidos por una enfermedad. Por el silencio
que reinaba en el cuarto podía intuirse que no daba a la calle. Era un cuarto interior, sin
más perspectiva que un alto peñasco. El edificio, en su parte de atrás, estaba construido
sobre la pendiente de una colina. Cuando sonaron las nueve campanadas en el reloj de la
iglesia —con tanto desgano, con tanta indiferencia al paso del tiempo que apenas podía
uno comprender por qué se molestaban en marcar la hora— se abrió la única puerta del
cuarto, entró un hombre y se acercó al cadáver. La puerta, como obedeciendo a un
movimiento espontáneo, volvió a cerrarse tras él. Se oyó el chirrido de una llave que
giraba con dificultad, se oyó el chasquido del cerrojo, se oyeron unos pasos que se alejaban
por el corredor. Todo inducía a pensar que el hombre que había entrado en el cuarto era
ya un prisionero. El hombre caminó hasta la mesa, se detuvo unos instantes mirando el
cadáver; luego, encogiéndose levemente de hombros, fue hasta una de las ventanas y
levantó la persiana. Afuera, la oscuridad era absoluta; los vidrios estaban cubiertos de
polvo. Pasó la mano por el polvo y pudo ver que la ventana, a pocas pulgadas de los
vidrios, estaba reforzada por gruesos barrotes de hierro empotrados en cada extremo de la
mampostería. Examinó la otra ventana. Sucedía lo mismo. Esta circunstancia no le inspiró
mayor curiosidad y ni siquiera trató de abrirlas. Si era un prisionero, no intentaba
evadirse. Después de haber terminado la inspección del cuarto, se instaló en el sillón, sacó
un libro del bolsillo, acercó la mesita con el candelero y empezó a leer. Era un hombre
joven —no pasaría de los treinta— de tez oscura, cuidadosamente afeitado, y pelo castaño.
Tenía el rostro fino, la nariz larga y recta, la frente despejada, y esa ” firmeza” en el mentón
y en la mandíbula que, según dicen, es índice de un temperamento resuelto. Por la
expresión de sus ojos grises, abstraídos, acaso fuera poco sensible a las sugestiones de los
demás. Ahora esos ojos estaban fijos en el libro, pero de vez en cuando los apartaba para
mirar el cadáver. Al parecer, no bajo la influencia de la morbosa fascinación que los
muertos ejercen sobre los vivos, aun sobre los más valerosos e impasibles, ni por ese
deliberado impulso de probar su ánimo que suele mover a las personas impresionables y
tímidas. Miraba como si algo en la lectura le hiciera recordar la situación en que se hallaba.
Este guardián del muerto, qué duda cabe, cumplía su obligación con inteligencia y
serenidad, tal como su aspecto lo hacía presumir. Así continuó alrededor de media hora.
Después cerró el libro, quizás al terminar un capítulo, lo dejó sobre la mesita, se puso de
pie, alzó la mesita y volvió a colocarla en un rincón del cuarto, cerca de una de las
ventanas. En seguida, llevando consigo el candelero, se aproximó a la chimenea vacía
frente a la cual estuvo sentado. Al cabo de un momento fue hasta la mesa donde yacía el
cadáver, apartó la sábana y dejó al descubierto la cabeza: apareció una melena oscura y un
sudario de lienzo muy fino bajo el cual se distinguían aún más las facciones del muerto.
Entonces resguardó sus propios ojos de la luz, interponiendo su mano libre entre ellos y el
candelero, y detuvo en su inmóvil acompañante una severa y tranquila mirada. Satisfecho
con su examen, echó de nuevo la sábana sobre el rostro yacente, y antes de volver al sillón
tomó algunos fósforos del candelero y los guardó en el bolsillo de su chaqueta. Después
sacó la vela del cilindro hueco del candelero y la observó con atención, como si calculara
cuanto tiempo habría de durar. Tenía dos pulgadas de largo. ¡Una hora más, y quedaría a
oscuras! Insertó la vela en el candelero, sopló, apagó la llama.
II
En un consultorio de Kearny Street, sentados en torno a una mesa, tres hombres
bebían ponche y fumaban. Era tarde, casi medianoche, y no había escaseado el ponche.
Estaban en casa del doctor Helberson, el más circunspecto de los tres. Tenía unos treinta
años. Los otros eran menores. Todos ellos médicos.
—El temor supersticioso que inspiran los muertos a los vivos es hereditario e
incurable —dijo el doctor Helberson—. No tiene por qué avergonzarnos. Es una herencia,
sencillamente, como la incapacidad para las matemáticas, o la tendencia a mentir.
Los otros rieron.
—¿Es que la mentira no debe avergonzar a un hombre? —preguntó el más joven de
los tres. Este último, en realidad, era un practicante. Todavía no se había recibido.
—Mi querido Harper, no he dicho eso. Una cosa es mentir; otra, la tendencia a
mentir.
—¿Pero cree usted —dijo el tercero— que este supersticioso temor a los muertos, no
fundado en razón alguna, sea universal? Yo no siento hacia ellos ningún temor.
—Usted no lo siente en teoría —contestó Helberson—. Espere que se cumplan
determinadas condiciones, lo que Shakespeare llama “la confabulación de las
circunstancias”, y lo verá manifestarse de una manera no muy agradable que le abrirá los
ojos. Los médicos y los soldados, desde luego, son menos vulnerables que otros a este
temor.
—¡Médicos y soldados! ¿Por qué no agrega también verdugos? Incluyamos a todas
las clases criminales.
—No, mi querido Mancher. Los jurados no permiten a los verdugos familiarizarse
demasiado con la muerte. De otro modo, llegaría a no conmoverlos.
El joven Harper, que había ido a buscar un cigarro, volvió a su asiento.
—¿Qué condiciones se requieren para que cualquier hombre nacido de mujer llegue
a tener conciencia, hasta un extremo intolerable, de ese horror que todos compartimos
según usted? —preguntó con sobrada elocuencia.
—Bueno, yo diría que si un hombre estuviera encerrado toda la noche con un
cadáver, solo, en la oscuridad de una casa desocupada, sin mantas para echarse sobre la
cabeza y refugiarse en ellas, podría jactarse con justicia de no haber nacido de mujer; ni
siquiera, como Macduff, de ser el resultado de una cesárea.
—Pensé que sus condiciones no acabarían nunca —replicó Harper—. Pero sé de un
hombre que no vacilaría en aceptarlas. Por lo que usted quiera apostar.
—¿Quién es?
—Se llama Jarette. No es de California. Como yo, ha nacido en Nueva York. Yo no
tengo dinero para hacer apuestas, pero él podrá apostarle lo que usted quiera —repitió.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Prefiere jugar a comer. En cuanto al miedo, me atrevería a decir que lo considera
algo así como una enfermedad de la piel, o acaso como una peculiar herejía religiosa.
Decididamente, Helberson empezaba a interesarse.
—¿Cómo es el tal Jarette? —preguntó.
—¿Cómo es? Se parece a Mancher. Podrían ser mellizos.
Helberson contestó resueltamente:
—Acepto la apuesta.
—Debo agradecerle muchísimo el cumplido, estoy seguro —dijo Mancher
arrastrando las palabras. Se estaba durmiendo. Agregó—: ¿Puedo entrar en la apuesta?
—No contra mí —dijo Helberson—. No quiero su dinero.
—Muy bien. Entonces seré el cadáver.
Los otros se echaron a reír.
Ya hemos visto el resultado de esta descabellada conversación.
III
Al apagar la escasa ración de su vela, el señor Jarette se propuso conservarla para
alguna imprevista necesidad. Quizá pensara vagamente que tanto daba estar a oscuras al
principio como al fin, y ese cabo de vela, en caso de que la situación se hiciera realmente
insoportable, le garantizaba un medio de alivio, o hasta de libertad. De cualquier modo era
prudente contar con una pequeña reserva de luz, aunque sólo fuera para poder mirar el
reloj.
No bien apagó la vela y la colocó a su lado, en el suelo, se instaló cómodamente en el
sillón, echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Deseaba y esperaba dormir. Quedó
decepcionado; nunca en su vida había tenido menos sueño. Pocos minutos después se dio
por vencido. Pero entonces ¿qué hacer? No podía andar a tientas en la oscuridad más
absoluta, corriendo el peligro de tropezar con las paredes, también de llevarse por delante
la mesa y perturbar descomedidamente al muerto. Nadie discute el derecho de los
muertos de descansar en paz, exentos de cualquier violencia. Jarette casi logró persuadirse
de que consideraciones semejantes, reteniéndolo en el sillón, lo obligaban a no afrontar
una probable caída.
Mientras pensaba en ello, creyó haber oído un leve ruido que llegaba de la mesa. Qué
clase de ruido era, no hubiese podido decirlo. Continuó inmóvil. ¿Para qué volver la
cabeza en la oscuridad? Sin embargo, escuchó atentamente. ¿Por qué no habría de hacerlo?
Y mientras escuchaba, sintiendo como un vértigo, se aferró a los brazos del sillón. Le
zumbaban los oídos, la sangre se le subía a la cabeza, el chaleco le apretaba el tórax. Se
preguntó a qué obedecían esas molestias ¿Eran síntomas de miedo? Hundió el pecho,
lanzando un profundo suspiro, y cuando la gran cantidad de aire con que llenó de nuevo
sus pulmones exhaustos hizo desaparecer aquella sensación de vértigo, comprendió que
en el afán de escuchar había contenido la respiración hasta llegar por poco a sofocarse. Era
una revelación humillante. Se levantó, empujó el sillón con el pie y avanzó hasta el centro
del cuarto. Pero no avanzaba mucho en la oscuridad. Tanteando, encontró la pared, siguió
hasta el rincón, dio vuelta, pasó las dos ventanas y allí, en el otro rincón, entró en violento
contacto con la mesita y la tiró al suelo. El ruido lo hizo estremecer. Quedó fastidiado.
¿Cómo diablos pude olvidar dónde coloqué la mesita?, murmuró, buscando su camino a
lo largo de la tercera pared con el propósito de llegar a la chimenea.
Debo poner las cosas en su justo sitio, dijo el señor Jarette, y palpó el piso hasta dar
con el candelero.
Cuando por fin lo encendió, volvió los ojos a la mesa de cocina donde, naturalmente,
nada había cambiado. La mesita con el atril seguía en el suelo. Había olvidado poner las
cosas en su justo sitio. Paseó la mirada por el cuarto, desplazando las sombras más
profundas con el candelero, llegó hasta la puerta, hizo girar el picaporte y empujó con
todas sus fuerzas. Como la puerta no cediera, sintió una especie de satisfacción. Más aún,
corrió el pestillo que tenía por dentro y en el cual no había reparado en el momento de
entrar. Volvió a sentarse y miró su reloj; eran las nueve y media. Sorprendido, pegó el reloj
a la oreja: oyó el tictac del minutero. Ahora la vela estaba sensiblemente más corta.
Apagándola nuevamente, la colocó en el piso junto a él, como antes. El señor Jarette no
estaba cómodo; estaba profundamente insatisfecho con el ambiente que lo rodeaba, y
consigo mismo por sentirse insatisfecho. ¿Qué puedo temer? —pensó—. Esto es ridículo y
vergonzoso. No seré tan estúpido. Pero no infunde valor el decirnos seamos valientes, ni
reconocer que en tal o cual circunstancia nos beneficia el decirlo. Mientras más se
condenaba a sí mismo, más argumentos encontraba Jarette para fundar su condena.
Mientras mayor era el número de sus tranquilizadoras y armoniosas variaciones sobre el
tema de la inocuidad de los difuntos, menos podía soportar sus propias y discordantes
inquietudes. Cómo es posible —exclamó en medio de la angustia de su espíritu—, cómo es
posible que yo, tan luego yo, que no tengo supersticiones de ninguna clase, que no creo en
la inmortalidad del alma, que sé, y ahora más que nunca, que la vida ultraterrena no es
sino el sueño de un deseo, pierda mi apuesta, y junto con mi apuesta ¡el honor, la propia
estimación, tal vez el juicio! ¡Todo porque algunos de mis salvajes antepasados, que vivían
en las cavernas, concibieron la monstruosa idea de que los muertos se levantan y caminan
por la noche! En eso, distintamente, inequívocamente, el señor Jarette oyó tras de sí un
leve ruido de pasos, cautelosos, nítidos, cada vez más próximos.
IV
A la mañana siguiente, poco antes del amanecer, el doctor Helberson y su joven
amigo Harper recorrían muy despacio las calles de la Costa Norte. Iban al cupé del doctor.
—Joven inexperto —dijo el hombre de más edad—, ¿aún tiene usted confianza en el
valor o en la estolidez de su amigo? ¿Cree usted que he perdido mi apuesta?
—Sé que la ha perdido —dijo el otro, pero esta vez con menos énfasis.
—Bueno, de todo corazón espero que así sea —lo dijo con formalidad casi solemne—.
Harper, este asunto me inquieta —agregó a la media luz intermitente que entraba
oblicuamente en el cupé, cuando pasaban junto a los faroles de la calle, su rostro tenía un
aspecto muy severo—. No habría aceptado la apuesta si su amigo no me hubiese irritado
por el desdén que demostró ante mi duda sobre su incapacidad de resistencia, una
condición meramente física, y por haber sugerido con impasible descortesía que el cadáver
fuera el de un médico. Si algo sucediera, estamos perdidos. Mucho me temo que lo
merecemos.
—¿Qué puede suceder? Hasta si el asunto tomara un sesgo grave, cosa que no creo,
Mancher sólo tiene que resucitar y explicar cómo sucedió. Muy diferente sería con un
sujeto auténtico de la Morgue, o con uno de sus pacientes difuntos.
El doctor Mancher, por lo tanto había cumplido su promesa: era el cadáver. El doctor
Helberson permaneció largo rato silencioso mientras el cupé, a paso de tortuga, tomaba
por la misma calle que ya había recorrido dos o tres veces.
—Bueno —dijo por fin—, esperemos que Manchester, si ha necesitado resucitar de
entre los muertos, se haya conducido con discreción. De otro modo, su error empeoraría
las cosas.
—Sí, Jarette podría matarlo —dijo Harper—. Cuando el cupé pasó junto a un farol de
gas, miró su reloj—. Pero ya son casi las cuatro de la mañana —agregó.
Un momento después los dos hombres bajaban del coche y caminaban
impetuosamente hacia la casa durante mucho tiempo vacía, perteneciente al doctor
Herlberson, en la cual habían encerrado al señor Jarette. Al acercarse, encontraron a un
hombre que corría. Se detuvo de golpe.
—¿Pueden decirme —les gritó— dónde hay un médico?
—¿Qué ocurre? —preguntó Helberson, evasivamente.
—Vaya y vea con sus propios ojos —dijo el hombre prosiguiendo su carrera.
Se apresuraron, llegaron a la casa. En la puerta de calle vieron entrar a varias
personas muy excitadas. Al lado y al frente, en los edificios vecinos, asomaban muchas
cabezas por las ventanas abiertas de par en par. Los dueños de aquellas cabezas hacían
preguntas y no contestaban a las preguntas que les dirigían. Había luz en los pocos cuartos
con las ventanas cerradas: sus ocupantes se estaban vistiendo para bajar. El farol de la
calle, justo enfrente de la casa que era el centro de todas las miradas, arrojaba sobre la
escena una débil luz amarilla, como insinuando que podía descubrir muchos otros
pormenores si lo hubiese querido. Harper, mortalmente pálido, se detuvo junto a la puerta
y posó su mano en el brazo de su acompañante. Dijo:
—Estamos perdidos, doctor. Tenemos la suerte en contra. No entremos. Es preferible
escapar.
Sus desaprensivas palabras contrastaban con el tono extrañamente agitado de la voz.
—Yo soy médico —dijo el doctor Helberson tranquilamente—. Necesitan uno.
Subieron unos pocos peldaños y se dispusieron a entrar. La puerta cancel estaba
abierta. El farol de la calle iluminaba el umbral lleno de gente. Algunas personas habían
llegado al último tramo de la escalera; como no las dejaran seguir adelante, allí
aguardaban, apostadas. Todas hablaban a la vez. Súbitamente, hubo una gran conmoción:
se abrió una puerta y un hombre se lanzó contra los que intentaban detenerlo. Cayó sobre
los asustados curiosos, haciéndolos a un lado, obligándolos a ponerse de espaldas a la
pared o a prenderse de la baranda, tomándolos por el cuello y golpeándolos
bárbaramente, o arrojándolos escaleras abajo y pasándolos por encima. Andaba sin
sombrero, con la ropa en desorden. Más aterradora que su fuerza, en apariencia
sobrehumana, era la expresión de sus ojos desorbitados e inquietos. Su cara,
cuidadosamente afeitada, estaba exangüe. Tenía el pelo blanco como la nieve. Como
hubiera más espacio al pie de la escalera, y la multitud se hiciera a un lado para dejarlo
pasar, Harper gritó:
—¡Jarette, Jarette!
El doctor Helbeson tomó a Harper por las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia
atrás. El hombre los miró sin parecer reconocerlos, bajó los pocos peldaños que conducían
de la puerta cancel a la de la calle, y desapareció. Un policía corpulento, que no había
logrado bajar con tanto éxito, surgió momentos después y corrió tras él, mientras las
cabezas de las ventanas —ahora de mujeres y niños— gritaban:
—¡Por allí, por allí!
Ya la escalera estaba en parte despejada. Casi toda la muchedumbre se había
precipitado a la calle para observar la fuga y persecución. El doctor Helberson, seguido de
Harper, pudo llegar hasta arriba.
En la puerta que daba al último corredor, un agente de policía les interceptó el paso.
—Somos médicos, —dijo el doctor, y entraron a un cuarto lleno de hombres apiñados
alrededor de una mesa. Apenas se distinguían en la penumbra. Los recién venidos,
adelantándose dificultosamente, miraron por encima de los que estaban en primera fila.
En la mesa, con las piernas tapadas con unas sábanas, yacía el cuerpo de un hombre. Los
rayos de una linterna que sostenía un policía, de pie junto al cadáver, lo iluminaban
brillantemente. Todos los demás, el policía mismo, estaban en la sombra, excepto aquellos
muy próximos a la cabeza del muerto. El rostro del muerto, amarillo, repulsivo, horrible,
tenía los ojos a medio abrir, mirando hacia el techo, la mandíbula caída; en los labios, en el
mentón, en las mejillas había rastros de espuma. Un hombre alto, evidentemente un
médico, se inclinó sobre el cadáver, le pasó la mano por debajo de la pechera de la camisa
y le introdujo dos dedos en la boca abierta.
—Hace casi tres horas que este hombre ha muerto —dijo—. Es un caso para el
médico forense.
Sacó una tarjeta de bolsillo, la entregó al oficial y se abrió camino hasta la puerta.
—¡Váyanse todos! ¡Fuera! —gritó el oficial bruscamente, y el cuerpo del muerto
desapareció como por arte de magia cuando la linterna enfocó, aquí y allá, las caras de la
multitud.
El efecto fue increíble. Los hombres, enceguecidos, confusos, casi aterrorizados, se
precipitaron ruidosamente hacia la puerta apretujándose, codeándose y cayendo los unos
encima de los otros a medida que iban saliendo, como las huestes de la noche heridas por
los dardos de Apolo. Sobre la masa tumultuosa, acorralada, el oficial disparaba su luz
implacable, incesante. Arrastrados por la corriente, Helberson y Harper fueron barridos
del cuarto y lanzados a la calle escaleras abajo.
—¡Dios mío, doctor! ¿No le dije que Jarette lo mataría? —exclamó Harper no bien se
apartaron de la multitud.
—Entiendo que sí —replicó el otro sin aparente emoción.
Prosiguieron caminando en silencio hacia el este, ya gris; se perfilaban las viviendas
sobre la línea de la colina. Ya andaba por las calles el carro del lechero. Muy pronto el
panadero entraría en escena. Se oían vocear los primeros diarios.
—Tengo la impresión, jovencito —dijo el doctor Helberson—, que usted y yo hemos
trasnochado demasiado en los últimos tiempos. No es bueno para la salud. Necesitamos
un cambio. ¿Qué le parecería un viaje a Europa?
—¿Cuándo?
—En cualquier momento. Esta tarde a las cuatro, por ejemplo, sería una hora
conveniente.
—Lo encontraré en el barco —dijo Harper.
V
Estos dos hombres, siete años después, conversaban amigablemente en Nueva York,
sentados en un banco de Madison Square. Un tercero, que los había estado observando sin
que ellos lo advirtieran, terminó por acercarse y los saludó con la mayor cortesía,
quitándose el sombrero y descubriendo su pelo ondulado, blanco como la nieve. Dijo:
—Les pido disculpas, señores, pero cuando se ha matado a un hombre para poder
resucitar, es mejor ponerse sus ropas y escaparse en la primera oportunidad.
Helberson y Harper cambiaron miradas significativas. Parecían divertidos.
Helberson miró con simpatía al desconocido y replicó:
—Esa fue siempre mi idea. Estoy enteramente de acuerdo con sus ventaj…
Súbitamente se detuvo, mortalmente pálido. Clavó los ojos en el hombre y quedó
boquiabierto. Temblaba.
—¡Ah! —exclamó el desconocido—, veo que se siente usted mal, doctor. En caso de
que no pueda atenderse, estoy seguro de que el doctor Harper podrá hacerlo por usted.
—¿Quién diablos es usted? —preguntó Harper desafiante.
El desconocido se acercó más a ellos. Inclinándose susurró:
—A veces me llamo a mí mismo Jarette, pero no tengo inconveniente en decirles,
dada la vieja amistad que nos une, que soy el doctor William Mancher. Los dos hombres
saltaron del banco.
—¡Mancher! —exclamaron jadeantes, y Helberson agregó:
—¡Dios mío, es verdad!
El desconocido sonrió vagamente.
—Sí —dijo—, es bastante cierto, qué duda cabe.
Vaciló, como si intentara recordar algo, y luego empezó a tararear una canción
popular. Se hubiera dicho que los dos hombres ya no le interesaban.
—Mire usted, Mancher —dijo el doctor Helberson—, cuéntenos exactamente lo que
ocurrió aquella noche a Jarette, desde luego.
—Ah, sí, a Jarette —dijo el otro—. Es extraño que haya olvidado contárselos a
ustedes. Lo cuento tan a menudo. Vean ustedes, yo sabía, porque le oí a él mismo decirlo,
que no estaba demasiado tranquilo. Entonces no resistí a la tentación de volver a la vida y
entretenerme un poco a costa de él. No pude resistir, en verdad. Todo estaba muy bien,
pero no pensé, seriamente. Y después… bueno, fue toda una historia hacerlo ocupar mi
lugar, y entonces. ¡Malditos sean ustedes, no podía salir! ¡Malditos sean!
Nada semejante a la ferocidad con que articuló las últimas palabras. Los otros dos
retrocedieron alarmados.
—¿Nosotros? ¿Cómo, cómo? —balbuceó Helberson, perdiendo por completo el
dominio de sí—. Nosotros no tenemos nada que ver en eso.
—¿No dije que ustedes eran los doctores Hellborn y Sharper1? —preguntó el loco,
riendo.
—Mi nombre es Helberson, y este caballero es el señor Harper —le contestó,
tranquilizado—. Pero ahora no somos médicos. Somos… bueno, hablemos claro, viejo,
somos jugadores.
—Muy buena profesión. Muy buena, en verdad. Y dicho sea de paso, espero que
Sharper, aquí presente, haya pagado lo que apostó a Jarette, como un honesto jugador. Sí,
una profesión muy buena y honorable —repitió con aire pensativo. Antes de alejarse,
1 En inglés, Hellborn significa ‘infernal’; sharper, ‘tahúr’.
agregó a modo de despedida—: Pero yo me aferro a la antigua. Soy médico en el asilo de
Bloomingdale, médico del personal. Mi tarea es cuidar al director.
_
El Hipnotizador
_
Algunos de mis amigos, que saben por casualidad que a veces me entretengo con el
hipnotismo, la lectura de la mente y fenómenos similares, suelen preguntarme si tengo un
concepto claro de la naturaleza de los principios, cualesquiera que sean, que los sustentan.
A esta pregunta respondo siempre que no los tengo, ni deseo tenerlos. No soy un
investigador con la oreja pegada al ojo de la cerradura del taller de la Naturaleza, que trata
con vulgar curiosidad de robarle los secretos del oficio. Los intereses de la ciencia tienen
tan poca importancia para mí, como parece que los míos han tenido para la ciencia.
No hay duda de que los fenómenos en cuestión son bastante simples, y de ninguna
manera trascienden nuestros poderes de comprensión si sabemos hallar la clave; pero por
mi parte prefiero no hacerlo, porque soy de naturaleza singularmente romántica y obtengo
más satisfacciones del misterio que del saber. Era corriente que se dijera de mí, cuando era
un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos más para ser mirados que
para mirar… tal era su ensoñadora belleza y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su
indiferencia por lo que sucedía. En esas circunstancias, el alma que yace tras ellos parecía
—me aventuro a creerlo—, siempre más dedicada a alguna bella concepción que ha creado
a su imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y la estructura material de las
cosas. Todo esto, por irrelevante y egoísta que parezca, está relacionado con la explicación
de la escasa luz que soy capaz de arrojar sobre un tema que tanto ha ocupado mi atención
y por el que existe una viva y general curiosidad. Sin duda otra persona, con mis poderes
y oportunidades, ofrecería una explicación mucho mejor de la que presento simplemente
como relato.
La primera noción de que yo poseía extraños poderes me vino a los catorce años, en
la escuela. Habiendo olvidado una vez de llevar mi almuerzo, miraba codiciosamente el
que una niñita se disponía a comer. Levantó ella los ojos, que se encontraron con los míos
y pareció incapaz de separarlos de mi vista. Luego de un momento de vacilación, vino
hacia mí, con aire ausente, y sin una palabra me entregó la canastita con su tentador
contenido y se marchó. Con inefable encanto alivié mi hambre y destruí la canasta.
Después de lo cual ya no volví a preocuparme de traer el almuerzo: la niñita fue mi
proveedora diaria; y no sin frecuencia, al satisfacer con su frugal provisión mi sencilla
necesidad, combiné el placer y el provecho, obligándola a participar del festín y
haciéndole engañosas propuestas de viandas que, eventualmente, yo consumía hasta la
última migaja. La niña estaba persuadida de haberse comido todo ella, y más tarde,
durante el día, sus llorosos lamentos de hambre sorprendían a la maestra y divertían a los
alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tragaldabas, y me llenaban de una paz más
allá de lo comprensible.
Un aspecto desagradable de este estado de cosas, en otros sentidos tan satisfactorio,
era la necesidad de secreto: el traspaso del almuerzo, por ejemplo, debía hacerse a cierta
distancia de la enloquecedora muchedumbre, en un bosque; y me ruborizo en pensar en
los muchos otros indignos subterfugios producto de la situación. Como por naturaleza era
(y soy) de disposición franca y abierta, esto se iba haciendo cada vez más fastidioso, y si no
hubiera sido por la repugnancia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo
régimen, hubiera vuelto al antiguo, alegremente. El plan que finalmente adopté para
librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y vivo interés
en esa época, aunque la parte que consistió en la muerte de la niña fue severamente
condenada, pero esto no hace a la finalidad de este relato.
Después, durante unos años, tuve poca oportunidad de practicar hipnotismo; los
pequeños intentos que hice estaban desprovistos de otro premio que no fuera el
confinamiento a pan y agua, y a veces, en realidad, no traían nada mejor que el látigo de
nueve colas. Sólo cuando estaba por abandonar la escena de estos pequeños desengaños,
realicé una hazaña verdaderamente importante.
Me habían llevado a la oficina del director de la cárcel y me habían dado un traje de
civil, una irrisoria suma de dinero y una gran cantidad de consejos que, debo confesarlo,
eran de mucha mejor calidad que la ropa. Cuando atravesaba el portón hacia la luz de la
libertad, me di vuelta de súbito y, mirando seriamente en los ojos al director, lo puse
rápidamente bajo mi control.
—Usted es un avestruz —le dije.
El examen post mortem reveló que su estómago contenía una gran cantidad de
artículos indigestos, la mayor parte de metal o madera. Atragantado en el esófago, un
picaporte; lo que según el veredicto del jurado, constituyó la causa inmediata de la muerte.
Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero, al retornar al mundo del que
tanto tiempo había estado separado, no pude evitar recordar que todas mis penas surgían
como un arroyuelo de la tacaña economía de mis padres en aquel asunto del almuerzo
escolar; y no tenía razón alguna para creer que se habían reformado.
En el camino entre Succotash Hill y Sud Asfixia hay unas tierras donde existió una
edificación conocida como rancho de Pete Gilstrap, en donde este caballero solía asesinar a
los viajeros para ganarse el sustento. La muerte del señor Gilstrap y el desvío de casi todos
los viajes hacia otro camino ocurrieron tan al mismo tiempo que nadie ha podido decir
aún cuál fue causa y cuál efecto. De todos modos las tierras estaban ahora desiertas y el
pequeño rancho había sido incendiado hacía mucho. Mientras iba a pie a Sud Asfixia, el
hogar de mi niñez, encontré a mis padres, camino de la colina. Habían atado la yunta y
almorzaban bajo un roble, en medio de la campiña. La vista del almuerzo revivió en mí los
dolorosos recuerdos de los días escolares y despertó el león dormido en mi pecho.
Acercándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir
que compartiría su hospitalidad.
—De este festín, hijo mío —dijo el autor de mis días, con la característica
pomposidad que la edad no había marchitado—, no hay más que para dos. No soy, eso
creo, insensible a la llama hambrienta de tus ojos, pero…
Mi padre nunca completó la frase: lo que equivocadamente tomó por llama del
hambre no era otra cosa que la mirada fija del hipnotizador. En pocos segundos estaba a
mi servicio. Unos pocos más bastaron para la dama, y los dictados de un justo
reconocimiento pudieron ponerse en acción.
—Antiguo padre —dije—, imagino que ya entiendes que tú y esta señora no son ya
lo que eran.
—He observado un cierto cambio sutil —fue la dudosa respuesta del anciano
caballero—, quizás atribuible a la edad.
—Es más que eso —expliqué—, tiene que ver con el carácter, con la especie. Tú y la
señora son, en realidad, dos potros salvajes y enemigos.
—Pero, John —exclamó mi querida madre—, no quieres decir que yo…
—Señora —repliqué solemnemente, fijando mis ojos en los suyos—, lo es.
Apenas habían caído estas palabras de mis labios cuando ella estaba ya en cuatro
patas y, empujando al viejo, chillaba como un demonio y le enviaba una maligna patada a
la canilla. Un instante después él también estaba en cuatro patas, separándose de ella y
arrojándole patadas simultáneas y sucesivas. Con igual dedicación pero con inferior
agilidad, a causa de su inferior engranaje corporal, ella se ocupaba de lo mismo. Sus
piernas veloces se cruzaban y mezclaban de la más sorprendente manera; los pies se
encontraban directamente en el aire, los cuerpos lanzados hacia adelante, cayendo al suelo
con todo su peso y por momentos imposibilitados. Al recobrarse reanudaban el combate,
expresando su frenesí con los innombrables sonidos de las bestias furiosas que creían ser;
toda la región resonaba con su clamor. Giraban y giraban en redondo y los golpes de sus
pies caían como rayos provenientes de las nubes. Apoyados en las rodillas se lanzaban
hacia adelante y retrocedían, golpeándose salvajemente con golpes descendentes de
ambos puños a la vez, y volvían a caer sobre sus manos, como incapaces de mantener la
posición erguida del cuerpo. Las manos y los pies arrancaban del suelo pasto y guijarros;
las ropas, la cara, el cabello estaban inexpresablemente desfigurados por la sangre y la
tierra. Salvajes e inarticulados alaridos de rabia atestiguaban la remisión de los golpes;
quejidos, gruñidos, ahogos, su recepción. Nada más auténticamente militar se vio en
Gettysburg o en Waterloo: la valentía de mis queridos padres en la hora del peligro no
dejará de ser nunca para mí fuente de orgullo y satisfacción. Al final de esto, dos
estropeados, haraposos, sangrientos y quebrados vestigios de humanidad atestiguaron de
forma solemne de que el autor de la contienda era ya un huérfano.
Arrestado por provocar una alteración del orden, fui, y desde entonces lo he sido,
juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos, donde, después de quince años de
proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso pase a la
Corte de Traslados de Nuevas Pruebas.
Tales son algunos de mis principales experimentos en la misteriosa fuerza o agente
conocido como sugestión hipnótica. Si ella puede o no ser empleada por hombres
malignos para finalidades indignas es algo que no sabría decir.
_
El Incidente Del Puente Del Búho
I

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido
discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las
muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por
encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas
sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos,
dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil,
debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado
improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán.
En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro
izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho,
postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les
interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del
entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un
bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de
allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto
ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con
aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de
bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los
espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata
de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro
derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había
un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la
izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La
compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en
frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El
capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin
hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias
respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el
código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.
El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a
juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme,
ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de
su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes
ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un
hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código
castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.
Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno
retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo
saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos
movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres
durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del
todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora
lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se
balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción,
debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los
ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que
corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la
superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente
corriente!
Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El
agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas
escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en
conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo
de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no
comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre
el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia
cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de
tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada
llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez
más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero
aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar…
Oía el tictac de su reloj.
Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis
manos —pensó— podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y
nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría
hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está
fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían
estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al
sargento. El suboficial se colocó en un extremo.
II
Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de
Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto,
uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados
del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se
alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth,
y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar
la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como
llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna
acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo
suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de
soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este
refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.
Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco,
próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y
pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras
fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió
ávidamente información del frente.
—Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril —dijo el hombre— porque se
preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han
construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por
todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en
intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.
—¿A qué distancia está el Puente del Búho? —pregunto Faquhar.
—A unos cincuenta kilómetros.
—¿No hay tropas a este lado del río?
—Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía
de este lado del puente.
—Suponiendo que un hombre —un ciudadano aficionado a la horca— pudiera
despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía —dijo el plantador sonriendo—, ¿qué
podría hacer?
El militar pensó:
—Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una
enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos
los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.
En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las
gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche,
volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella
tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.
III
Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si
estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta,
seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su
cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema
nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego
le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas
sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía
un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un
péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo
rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus
oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había
roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo
corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus
pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los
ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable!
Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un
efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de
nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado —pensó—
no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería
justo.»
Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que
trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un
tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar
interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana
energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se
separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la
creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron
salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de
una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus
manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta
entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas
latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia
incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la
orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo
sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se
expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones
aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.
Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente,
sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y
despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los
movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al
golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos
sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas
grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada
una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los
moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las
pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él
una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su
propio cuerpo que surcaba la corriente.
Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible
comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán,
a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul.
Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver,
pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista
resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.
De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a
muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y
observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía
una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del
fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído
que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.
Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque
que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo
monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el
chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los
campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus
quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados
e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas
palabras crueles:
—¡Atención, compañía …! ¡Armas al hombro…! ¡Listos…! ¡Apunten…! ¡Fuego…!
Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le
resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga
de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante,
extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos,
después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color
desagradable, y Farquhar lo sacó con energía.
Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del
agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los
soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez
dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su
hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo
estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente —pensó
— no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado
apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro?
En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me
proteja, no puedo esquivar a todos!»
A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido
de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía
propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó
las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por
encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús
sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los
árboles del bosque cercano.
«No empezarán de nuevo —pensó—. La próxima vez cargarán con metralla. Debo
fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde:
se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y
más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el
puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los
objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por
un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se
encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su
inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los
sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima,
bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en
esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la
atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz
brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una
armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba
permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran.
El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su
sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida.
Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque.
Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por
ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una
región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.
Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos.
Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo
llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no
daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna
parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un
indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos
murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una
lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el
bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas
constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado
nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había
marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su
lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La
hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies.
Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba,
porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra
delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el
sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la
reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su
esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al
pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y
dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que
se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y
enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después
absoluto silencio y absoluta oscuridad.
Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un
lado a otro del Puente del Búho.
_
El Pastor Haíta
_
A pesar de los años y la experiencia, Haíta conservaba las ilusiones de la juventud.
Sus pensamientos eran puros y amables porque su vida era sencilla y en su alma no cabía
la ambición. Se levantaba al amanecer e iba a rezar al santuario de Hastur, el dios de los
pastores, que lo escuchaba complacido. Después de cumplir este rito piadoso, Haíta abría
la puerta del corral y con el corazón alegre sacaba a pacer a su rebaño, mientras comía una
ración de queso y de torta de avena, deteniéndose, a veces, para recoger algunas fresas
húmedas de rocío, o para abrevar su sed en el agua de los manantiales que bajaban de las
colinas, engrosaban el arroyo que atravesaba el valle e iban a perderse quién sabe dónde.
Durante el largo día de verano, mientras sus ovejas arrancaban el buen pasto que los
dioses hicieron crecer para ellas, o yacían con las patas delanteras debajo del pecho,
rumiando indolentemente, Haíta, recostado a la sombra de un árbol o sentado en una roca,
tocaba en su flauta de cañas una música tan dulce que en ocasiones vislumbraba con el
rabillo del ojo a las deidades menores del bosque que se incorporaban de entre los
matorrales para oírlo, y se desvanecían en cuanto quería volverse para mirarlas. De esto —
porque acaso pensaba si no llegaría a convertirse en una de sus propias ovejas— dedujo
solemnemente que la felicidad viene cuando no se la busca, pero que jamás la vemos si
andamos tras ella. Porque después de Hastur, que nunca le concedió la merced de
mostrarse a sus ojos, lo que Haíta más valoraba era el amistoso interés de sus vecinos, los
tímidos inmortales del bosque y del arroyo. Al anochecer, llevaba de vuelta su rebaño al
corral, se aseguraba de que la tranquera estuviese bien cerrada y se retiraba a su gruta
para descansar y soñar.
Así pasaba los días de su vida, todos iguales, salvo cuando las tormentas expresaban
la cólera de un dios ofendido. Entonces Haíta, refugiado en su gruta, cubriéndose la cara
con las manos, imploraba que sólo a él lo castigaran por sus pecados y que el mundo se
librara de ser destruido. A veces, cuando llovía a cántaros y el arroyo se desbordaba,
obligándolo a llevar precipitadamente a su aterrorizado rebaño a las tierras altas,
intercedía por los hombres que, según le dijeron, vivían en la llanura, más allá de las dos
colinas azules que formaban el pórtico de su valle.
—Oh Hastur —así rogaba—, eres bueno por haberme dado montañas tan próximas a
mi vivienda y a mi corral para que yo y mis ovejas podamos escapar de los enojados
torrentes. Pero debes eximir al resto del mundo de alguna manera que yo ignoro. Si no
fuera así, Hastur, no podría reverenciarte más.
Y Hastur, sabiendo que Haíta era un joven de palabra, perdonaba a las ciudades y
desviaba las aguas hacia el mar.
Así había vivido siempre. Nunca pudo concebir otro modo de existencia. El santo
ermitaño que moraba a la entrada del valle, a una hora de distancia, y a quien oyó hablar
de las grandes ciudades donde habitan los hombres —¡pobres almas!— que no tienen
ovejas, no supo darle razón de aquellos tiempos lejanos durante los cuales él mismo,
según infería, debió de ser pequeño e indefenso como una oveja.
Fue al pensar en esos misterios y maravillas, y en ese horrible transformarse en
silencio y corrupción que alguna vez, estaba seguro, habría de ocurrirle, como vio
ocurrirle a tantas de sus ovejas, como ocurría a todos los seres vivientes excepto a los
pájaros, cuando Haíta por primera vez tuvo conciencia de la desdicha de su suerte.
—No puedo ignorar —dijo— cómo y de dónde he venido. Para cumplir con mis
deberes necesito saber las razones por las cuales me fueron encomendados. ¿Y qué alegría
pueden darme si no sé cuánto habrá de durar? Quizá antes de que vuelva a nacer el sol,
habré sido transformado, y entonces ¿qué será de mis ovejas? ¿Y qué será de mí?
Meditando en ello, Haíta se volvió melancólico y adusto. Ya no hablaba alegremente
a su rebaño, ni acudía con presteza al santuario de Hastur. Ahora, en la brisa, oía el
susurro de malignas deidades cuya existencia observaba por primera vez. Cada nube era
el presagio de un desastre, y las tinieblas estaban llenas de horror. De su flauta de cañas no
brotaban melodías, sino un triste lamento. Los espíritus del bosque y de las aguas no
acudían de la espesura para oírlo; antes bien, huían a las primeras notas, como lo
demostraban las hojas agitadas y los tallos doblados de las flores. Cejó en su vigilancia y
perdió a muchas de sus ovejas, extraviadas por las colinas. Las que quedaban
enflaquecieron y enfermaron por falta de buenos pastos, porque Haíta, en vez de buscar
para ellas nuevas praderas, día tras día las conducía al mismo lugar, abstraído en sus
pensamientos, obsesionado por el misterio de la vida y de la muerte, meditando en la
insondable inmortalidad.
Un día, mientras daba rienda suelta a sus lúgubres reflexiones, se puso bruscamente
en pie, saltó de la roca en donde estaba sentado, señaló el cielo con la mano derecha, y
exclamó:
—Ya no suplicaré a los dioses que me concedan su inefable sabiduría. Tienen el
deber de no hacerme daño. Yo cumpliré con el mío lo mejor que pueda, y en caso de que
llegue a equivocarme, ¡que la culpa recaiga sobre sus cabezas!
De pronto, mientras así hablaba, un intenso resplandor cayó sobre él, obligándolo a
levantar la cabeza. Pensó que las nubes se abrían y dejaban arder al sol. Pero no había
nubes. A poca distancia de su mano, surgió una hermosa doncella. Tan hermosa era, que
las flores subyugadas cerraron su pétalos y doblaron sus corolas; tan dulce era su mirada,
que los picaflores acudieron como si fueran a libar en sus ojos y las abejas del bosque
revolotearon en torno a sus labios. Y tal luz irradiaba, que los objetos desviaron sus
sombras, arrojándolas lejos de sus pies, y esas mismas sombras fueron girando mientras
ella se movía.
El pastor, en éxtasis, se arrodilló ante la doncella, en señal de adoración, y la doncella
apoyó una mano en su cabeza.
—Ven —le dijo, con una voz en que resonaba la música de todas las campanillas de
su rebaño—, ven, no debes adorarme porque no soy una diosa, pero si eres sincero y
laborioso, viviré contigo.
Haíta se puso de pie, la tomó de la mano, tartamudeó su alegría y su gratitud, y así,
las manos entrelazadas, se sonrieron en los ojos. El pastor la miraba con reverencia y
arrebato. Murmuró:
—Te ruego, adorable doncella, que me digas tu nombre, y cómo y de dónde has
llegado.
Al oír estas palabras, ella posó sobre sus labios un dedo amonestador y empezó a
retirarse. Su hermosura sufrió un cambio visible que hizo estremecer a Haíta sin saber por
qué, pues ella continuaba siendo hermosa. Una sombra gigantesca oscureció el paisaje,
corriendo por el valle con la velocidad de un buitre. En la penumbra, la doncella se volvió
opaca e indistinta. Su voz parecía venir de muy lejos mientras exclamaba en un tono de
triste reproche:
—¡Joven ingrato y presuntuoso! ¿Deberé abandonarte en seguida? ¿Nada habrá
podido refrenar tu curiosidad? ¿Por qué rompes el eterno pacto con semejante ligereza?
Indeciblemente afligido, Haíta cayó de rodillas y le imploró que se quedara. Luego,
levantándose y buscándola en la creciente oscuridad, corrió dando vueltas cada vez más
amplias, llamándola a gritos. Todo fue en vano. Ya no podía verla, pero oyó su voz en las
tinieblas. Ésta le decía:
—No, no darás conmigo si me buscas. Vuelve a tu trabajo, pastor de poca fe, o ya
nunca nos encontraremos.
Había caído la noche. Los lobos aullaban en las colinas y las ovejas aterrorizadas se
agazapaban a los pies de Haíta. Obligado por la necesidad de la hora, éste olvidó su
decepción, condujo su rebaño al corral, volvió al santuario, dejando que la gratitud
manara de su corazón porque Hastur le había permitido salvar sus ovejas, después se
retiró a su gruta y durmió.
Despertó cuando el sol ya estaba alto y brillaba en la gruta, iluminándola con su
esplendor. Allí sentada junto a él, la doncella le sonreía con una sonrisa que parecía la
música visible de su flauta de cañas. Él no se atrevió a despegar los labios, temiendo
ofenderla como antes. No sabía qué palabras decir.
—Porque has asistido a tu rebaño —dijo ella— y no has olvidado de dar gracias a
Hastur que mantuvo alejados a los lobos en la noche, aquí me tienes de nuevo. ¿Quieres
que sea tu compañera?
—¿Quién no te querría para siempre? —contestó Haíta—. Oh, nunca más me dejes,
hasta… hasta que el silencio y la quietud se apoderen de mí.
Haíta ignoraba la palabra muerte.
—Quisiera en verdad —prosiguió— que fueras de mi mismo sexo para que
lucháramos alegremente y corriéramos carreras y nunca nos cansáramos uno del otro.
Al oír estas palabras, la doncella se puso de pie y salió de la gruta. Haíta, saltando de
su lecho de fragantes hojas para alcanzarla y detenerla, pudo observar, atónito, que llovía
a cántaros y que el arroyo, en medio del valle, se había salido de madre. Balaban
aterrorizadas las ovejas, porque las aguas invadían el corral. Y peligraban las ciudades
desconocidas de la distante llanura.
Pasaron muchos días antes que Haíta viera de nuevo a la doncella. Una tarde volvía
del extremo del valle, a donde fue a llevarle leche de ovejas, torta de avena y un cesto de
fresas al santo ermitaño, demasiado viejo y débil para procurarse alimento.
—¡Pobre viejo! —dijo en voz alta mientras regresaba a su morada—. Volveré mañana
y lo traeré en hombros hasta mi gruta, donde podré cuidarlo. Para esto, sin duda, Hastur
me ha criado durante tantos años. Para esto me ha dado salud y fuerza.
La doncella le salió al paso, envuelta en resplandecientes vestiduras, y le dijo con una
sonrisa que le quitó el habla:
—De nuevo he venido a vivir contigo si ahora me quieres, porque no deseo vivir con
nadie más. Tal vez ahora hayas aprendido y no me quieras distinta de lo que soy, ni
pretendas saber cómo y de dónde vengo.
Haíta se arrojó a sus pies.
—Hermosa criatura —exclamó—, si te dignas aceptarlos, mi alma y mi corazón, que
reverencian a Hastur, serán tuyos para siempre. Pero ¡ay! eres caprichosa e imprevisible.
Antes de que amanezca, quizá te haya perdido. Prométeme, te lo ruego, que si acaso
llegara a ofenderte en mi ignorancia, sabrás perdonarme y no te apartarás de mi lado.
No bien terminó de hablar, un tropel de osos bajó de las colinas, abalanzándose sobre
él con rojas fauces y ardientes ojos. De nuevo desapareció la doncella, y Haíta echó a
correr para salvar su vida. No se detuvo hasta llegar a la cabaña del santo ermitaño, de
donde había salido. Atrancó la puerta para impedir que los osos entraran, después se
arrojó al suelo y lloró.
—Hijo mío —dijo el ermitaño desde su jergón de paja que las manos de Haíta habían
juntado aquella mañana—, no estás llorando por los osos. Dime qué pena te aflige, porque
la vejez puede curar las heridas de la juventud con el bálsamo de la sabiduría.
Haíta se lo dijo todo: tres veces había encontrado a la radiante doncella, y tres veces
la perdió. Relató minuciosamente lo que pasó entre ellos, sin omitir una palabra.
Terminó, y el santo ermitaño guardó silencio. Después de unos instantes, dijo:
—Hijo mío, he oído tu relato, y reconozco a la doncella. Yo mismo la he visto, como
tantos otros. Has de saber que se llama, pues ni siquiera permite que averigües su nombre,
Felicidad. Bien dijiste que era caprichosa. Impone condiciones que ningún hombre puede
cumplir, y las hace pagar con su abandono. Se presenta cuando nadie la busca, y no
admite preguntas. La menor curiosidad, la menor señal de duda, el menor recelo, y
desaparece. ¿Por cuánto tiempo la tuviste antes de que huyera?
—Apenas un instante —confesó Haíta, enrojeciendo de vergüenza.
—¡Desgraciado joven! —dijo el santo ermitaño—. Si no fuera por tu indiscreción, la
hubieses retenido un instante más.
_
El Patriota Ingenioso
_
Después de haber obtenido una audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un
papel del bolsillo y dijo:
—Dios bendiga a Su Majestad. Aquí tengo una fórmula para construir una armadura
blindada que ningún cañón podrá perforar. Si esta armadura es adoptada por la Armada
Real nuestras naves de guerra serán invulnerables y por ende invencibles. Aquí también
están los informes de los Ministros de su Majestad atestiguando los méritos de la
invención. Cederé lo derechos sobre ella por un millón de tumtums.
Después de examinar los papeles, el Rey los hizo a un lado y le prometió una orden
para el Ministro Tesorero del Departamento de Extorsión por un millón de tumtums.
—Y aquí —dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo— están los
planos de un cañón que he inventado que puede perforar esa armadura. El hermano real
de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por adquirirlo, pero mi lealtad hacia
el trono de Su Majestad y hacia su persona me obligan a ofrecerlo a Su Majestad. El precio
es de un millón de tumtums.
Después de recibir la promesa de otra letra introdujo la mano en un bolsillo diferente
a los dos anteriores y remarcó:
—El precio del cañón irresistible debió haber sido mucho mayor, Su Majestad, pero
el hecho es que los misiles pueden ser tan efectivamente desviados por mi nuevo método
de tratar las armaduras blindadas con…
El Rey indicó al Gran Factotum que se aproximara.
—Revisa a este hombre —le dijo— y dime cuántos bolsillos tiene.
—Cuarenta y tres, señor —dijo el Gran Factotum, completando su escrutinio.
—Dios bendiga a Su Majestad —gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado— Uno de
ellos contiene tabaco.
—Sosténganlo por los tobillos y sacúdanlo —ordenó el Rey—, luego denle una orden
por cuarenta y dos millones de tumtums y mándenlo a decapitar. Emitamos un decreto
castigando la ingenuidad con la pena capital.
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El Secreto Del Barranco De Macarger
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Al noroeste de Indian Hill, a unas nueve millas en línea recta, se encuentra el
barranco de Macarger. No tiene mucho de barranco, pues se trata de una mera depresión
entre dos sierras boscosas de una altura considerable. Desde la boca hasta la cabecera,
porque los barrancos, como los ríos, tienen una anatomía propia, la distancia no es
superior a las dos millas, y la anchura en el fondo sólo rebasa en un punto las doce yardas;
durante la mayor parte del recorrido, a ambos lados del pequeño arroyo que fluye por él
en invierno y se seca al llegar la primavera, no hay terreno llano. Las escarpadas laderas
de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiso, no
tienen otra separación que la de la anchura del curso del río. Nadie, a no ser un ocasional
cazador intrépido de los contornos, se aventura a meterse en el barranco de Macarger que,
cinco millas más adelante, no se sabe ni qué nombre tiene. En esa zona, y en cualquier
dirección, hay muchos más accidentes topográficos notables que no tienen nombre y
resultaría vano intentar descubrir, preguntando a los lugareños, el origen del nombre de
éste.
A medio camino entre la cabecera y la desembocadura del barranco de Macarger, la
colina de la derecha según se asciende está surcada por otro barranco, corto y seco, y
donde ambos se unen hay un espacio llano de unos dos o tres acres, en el que hace unos
cuantos años había un viejo albergue con una sola habitación. Cómo habían sido reunidos
los materiales de aquella casa, pocos y simples como eran, en aquel lugar casi inaccesible,
es un enigma en cuya solución habría más de satisfacción que de beneficio. Posiblemente
el lecho del arroyo sea un camino en desuso. Es seguro que el barranco fue explorado en
otra época con bastante minuciosidad por mineros, que debieron de conocer algún medio
de entrar, al menos, con animales de carga para transportar las herramientas y los víveres.
Al parecer, sus beneficios no fueron suficientes para justificar una inversión considerable y
enlazar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado que disfrutara del honor
de tener un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí; la mayor parte de ella. Le faltaba
la puerta y el marco de una ventana, y la chimenea de barro y piedras se había convertido
en un rimero desagradable sobre el que crecía una espesa maleza. El humilde mobiliario
que pudiera haber habido y la mayor parte de la baja techumbre de madera había servido
como combustible en los fuegos de campamento de los cazadores; cosa que también debió
de ocurrirle a la cubierta del viejo pozo que, en la época de la que escribo, se abría allí bajo
la forma de un hoyo cercano, no muy profundo pero bastante ancho.
Una tarde de verano, en 1874, siguiendo el lecho seco del arroyo, llegué al barranco
de Macarger a través del estrecho valle en el que desemboca. Iba cazando codornices y
llevaba ya unas doce en la bolsa cuando me topé con la casa descrita, cuya existencia
ignoraba hasta entonces. Después de inspeccionar las ruinas con bastante atención,
reanudé mi actividad cinegética y, como quiera que tuve un gran éxito, la prolongué hasta
casi el anochecer, momento en que me di cuenta de que me encontraba muy lejos de
cualquier lugar habitado, y demasiado lejos como para llegar a uno antes de que cayera la
noche. Pero en el zurrón llevaba comida y la casa podría proporcionarme refugio, si es que
era eso lo que necesitaba en una noche cálida y seca en las estribaciones de Sierra Nevada,
donde se puede dormir cómodamente al raso sobre un lecho de agujas de pino. Tengo
tendencia a la soledad y me encanta la noche; por eso mi proposición de dormir al aire
libre fue pronto aceptada, y cuando la noche se echó encima yo ya tenía mi cama hecha
con ramas y briznas de hierba en una esquina de la habitación y asaba una codorniz en el
fuego que había encendido en el hogar. El humo salía por la ruinosa chimenea, la luz
iluminaba la habitación con su agradable resplandor y, mientras consumía mi sencilla
comida a base de ave sin más aderezos y bebía lo que quedaba de una botella de vino tinto
que durante toda la tarde había sustituido al agua de la que carecía la región, experimenté
una sensación de bienestar que alojamientos y comidas mejores no siempre producen.
Sin embargo, faltaba algo. Tenía sensación de bienestar, pero no de seguridad. Me
descubrí a mí mismo mirando a la entrada abierta y a la ventana sin marco con más
frecuencia de lo que sería justificable. Fuera de estas aberturas todo estaba oscuro, por lo
que fui incapaz de reprimir un cierto sentimiento de aprensión mientras mi fantasía se
hacía una imagen del mundo exterior y la llenaba de entidades poco amistosas, naturales y
sobrenaturales, entre las cuales destacaban, en los apartados respectivos, el oso pardo, del
que yo sabía que todavía se veía de vez en cuando por la región, y el fantasma, del que
tenía razones para pensar que no era así. Desgraciadamente, nuestros sentimientos no
siempre respetan la ley de las probabilidades, y aquella noche lo posible y lo imposible
resultaban para mí igualmente inquietantes.
Todo aquel que haya tenido experiencias similares debe de haber observado que uno
se enfrenta a los peligros reales e imaginarios de la noche con mucho menos reparo al aire
libre que en una casa sin puerta. Eso fue lo que sentí mientras yacía sobre mi frondoso
canapé en una esquina de la habitación, junto a la chimenea, en la que el fuego se iba
extinguiendo. Tan fuerte llegó a ser la sensación de la presencia de algo maligno y
amenazador en aquel lugar que me di cuenta de que era incapaz de apartar la vista de la
entrada, que en aquella profunda oscuridad era cada vez menos visible. Cuando la última
llama produjo un chispazo y se apagó, agarré la escopeta que había dejado a mi lado y
dirigí el cañón hacia la entrada ya imperceptible, con el pulgar en uno de los percutores,
dispuesto a cargar el arma, la respiración contenida y los músculos tensos y rígidos. Pero
al cabo de un rato dejé el arma con un sentimiento de vergüenza y mortificación. ¿De qué
tenía miedo? ¿Y por qué? Yo, para quien la noche había sido
un rostro más familiar
que el de ningún hombre…
¡Yo, en quien aquel elemento de superstición hereditaria del que nadie está
completamente libre había conferido a la soledad, a la oscuridad y al silencio un interés y
un encanto de lo más seductor! No podía comprender mi desvarío y, olvidándome en mis
conjeturas de la cosa conjeturada, me quedé dormido. Y entonces soñé.
Me encontraba en una gran ciudad de un país extranjero; una ciudad cuyos
habitantes pertenecían a mi misma raza, con pequeñas diferencias en el habla y en el
vestir. En qué consistían exactamente esas diferencias era algo que no podía precisar; mi
sensación de ellas no era clara. La ciudad estaba dominada por un castillo enorme sobre
un promontorio elevado cuyo nombre sabía, pero era incapaz de pronunciar. Recorrí
muchas calles, unas anchas y rectas, con construcciones altas y modernas; otras estrechas,
oscuras y tortuosas, con viejas casas pintorescas de tejados a dos aguas, cuyas plantas
superiores, decoradas profusamente con grabados en madera y piedra, sobresalían hasta
casi encontrarse por encima de mi cabeza.
Buscaba a alguien a quien nunca había visto, aunque sabía que cuando lo encontrara
lo reconocería. Mi búsqueda no era casual y sin objeto. Tenía un método. Iba de una calle a
otra sin dudarlo y conseguía abrirme paso por un laberinto de intrincados callejones, sin
temor a perderme.
De repente me detuve ante una puerta baja de una sencilla casa de piedra que podría
haber sido la vivienda de un artesano de los mejores y entré sin anunciarme. En la
estancia, amueblada de un modo bastante modesto e iluminada por una sola ventana con
pequeños cristales en forma de diamante, no había más que dos personas: un hombre y
una mujer. No se dieron cuenta de mi presencia, circunstancia que, como suele ocurrir en
los sueños, parecía completamente natural. No conversaban; estaban sentados lejos el uno
del otro, con aire taciturno y sin hacer nada.
La mujer era joven y muy corpulenta, con hermosos ojos grandes y una cierta belleza
solemne. El recuerdo de su expresión permanece extraordinariamente vivo en mí, pero en
los sueños uno no observa los detalles de los rostros. Sobre los hombros llevaba un chal a
cuadros. El hombre era mayor, moreno, con un rostro de maldad que resultaba aún más
lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía diagonalmente desde la sien izquierda
hasta el bigote negro. Aunque en mi sueño daba la impresión de que, más que pertenecer
a la cara, la rondaba como algo independiente (no sé expresarlo de otra manera). En el
momento que vi a aquel hombre y a aquella mujer supe que eran marido y mujer.
No recuerdo con claridad lo que ocurrió después; todo resultaba confuso e
inconsistente, debido, creo, a un atisbo de consciencia. Era como si dos imágenes, la escena
del sueño y mi verdadero entorno, se hubieran mezclado, una incrustada en el otro, hasta
que la primera fue desdibujándose, desapareció, y me encontré completamente despierto
en la habitación vacía, tranquilo y absolutamente consciente de mi situación.
Mi estúpido miedo había desaparecido y, cuando abrí los ojos, vi que el fuego, que
no estaba apagado del todo, se había reavivado al caer una rama e iluminaba de nuevo la
habitación. Debía de haber dormido sólo unos minutos, pero aquella pesadilla sin
importancia me había impresionado tan vivamente que ya no tenía sueño. Al cabo de un
rato, me levanté, avivé el fuego y, tras encender una pipa, procedí a meditar sobre mi
visión de un modo tremendamente metódico y absurdo.
Me habría dejado entonces perplejo tener que explicar en qué sentido era digna de
atención. En el primer momento de análisis serio que dediqué al asunto, reconocí en
Edimburgo la ciudad de mi sueño, ciudad en la que nunca había estado; por tanto, si el
sueño era un recuerdo, lo era de imágenes y descripciones. Tal reconocimiento me
impresionó bastante; era como si hubiera algo en mi mente que insistiera de un modo
rebelde, contra la razón y la voluntad, en la importancia de todo esto. Y aquella facultad,
fuera la que fuese, aseguraba además un control de mi discurso.
—Claro —dije en voz alta, de modo involuntario—, los MacGregor deben de
proceder de Edimburgo.
En aquel momento, ni la esencia de aquel comentario, ni el hecho de haberlo hecho,
me sorprendió lo más mínimo. Me pareció completamente normal que yo conociera el
nombre de mis compañeros de sueño y algo de su historia. Pero pronto comprendí el
absurdo de todo aquello. Empecé a reírme a carcajadas, vacié las cenizas de la pipa y me
tumbé de nuevo sobre el lecho de ramas y hierba, donde me quedé absorto contemplando
el débil fuego, sin volver a pensar ni en el sueño ni en el entorno. De pronto, la única llama
que aún quedaba se redujo por un momento y, elevándose de nuevo, se separó de las
ascuas y se extinguió en el aire. La oscuridad se hizo absoluta.
En ese instante, al menos eso me pareció antes de que el resplandor de la llama
hubiera desaparecido de mi vista, se produjo un sonido sordo y seco, como el de un
cuerpo pesado al caer, que hizo temblar el suelo sobre el que descansaba. Me incorporé de
golpe y tanteé en la oscuridad en busca de la escopeta; pensé que alguna bestia salvaje
habría entrado de un salto a través de la ventana abierta. Mientras la endeble estructura
seguía temblando por el impacto, oí un ruido de golpes, de pies que se arrastraban por el
suelo y, después, como si lo tuviera ahí al lado, el estremecedor grito de una mujer en
agonía mortal. Nunca había oído ni concebido un grito tan espantoso. Me asustó
profundamente. Por un momento no fui consciente de otra cosa que de mi propio terror.
Por fortuna, mi mano había encontrado el arma que estaba buscando y aquel tacto familiar
hizo que me restableciera. Me puse en pie de un salto, entornando los ojos para ver algo a
través de la oscuridad. Los violentos sonidos habían cesado pero, lo que era aún más
terrible, se oía, a intervalos más o menos largos, el débil jadeo intermitente de una criatura
viva que agonizaba.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la lánguida luz de los rescoldos, pude distinguir
las formas de la puerta y de la ventana, más negras que el negro de las paredes. Luego, la
distinción entre la pared y el suelo se hizo apreciable y por fin conseguí captar los
contornos y toda la extensión del suelo, de un extremo al otro de la habitación. No se veía
nada y el silencio era absoluto.
Con una mano un tanto temblorosa y la otra agarrando todavía la escopeta, avivé el
fuego e hice un examen crítico de la situación. No había rastro alguno de que la habitación
hubiera sido visitada. Sobre el polvo que cubría el suelo se podían ver mis propias huellas,
pero ninguna otra. Encendí de nuevo la pipa, me abastecí de combustible partiendo un par
de tablones delgados del interior de la casa (no me atrevía a salir a la oscuridad exterior) y
pasé el resto de la noche fumando, pensando y alimentando el fuego. Aunque me
hubieran regalado años de vida, no habría permitido que aquel pequeño fuego se apagara
de nuevo.
Algunos años más tarde conocí en Sacramento a un hombre llamado Morgan, para
quien llevaba una carta de presentación de un amigo suyo de San Francisco. Una noche,
mientras cenaba con él en su casa, observé varios «trofeos» en la pared que indicaban que
era aficionado a la caza. Resultó que así era y, al relatar algunas de sus proezas, mencionó
haber estado en la región donde había tenido lugar mi aventura.
—Señor Morgan —le pregunté bruscamente—, ¿conoce usted un lugar allí arriba
llamado el barranco de Macarger?
—Sí, y tengo buenas razones para ello —contestó—. Fui yo quien informó a la
prensa, el año pasado, del descubrimiento de un esqueleto allí.
No tenía conocimiento de ello. La información, al parecer, había sido publicada
mientras yo estaba fuera, en el Este.
—Por cierto —dijo Morgan—, el nombre del barranco es una corrupción; debería
llamarse «de MacGregor». Querida —añadió dirigiéndose a su esposa—, el señor Elderson
ha derramado su vino.
Lo que no era del todo exacto. Sencillamente se me había caído, con copa y todo.
—En otro tiempo hubo una vieja choza en el barranco —prosiguió Morgan cuando el
desastre acarreado por mi torpeza había sido subsanado—, pero precisamente antes de mi
visita fue derribada, o mejor dicho, desparramada, porque los escombros fueron
diseminados por todo su alrededor; hasta las planchas del suelo estaban separadas. Entre
dos traviesas que todavía quedaban en pie, mi compañero y yo encontramos los restos de
un chal a cuadros y, al examinarlo, descubrimos que rodeaba los hombros de un cuerpo de
mujer de la que apenas quedaban los huesos, cubiertos en parte por restos de ropa, y por
la piel, seca y marrón. Pero le ahorraremos las descripciones a la señora Morgan —añadió
sonriendo. En verdad, la dama había mostrado un gesto que era más de repugnancia que
de compasión—. Sin embargo —continuó—, es necesario decir que el cráneo apareció
fracturado por varios lugares, como si hubiera sido golpeado con un instrumento no muy
afilado; y que el propio instrumento, una pequeña piqueta con manchas de sangre, yacía
bajo unos tablones cercanos.
_
El señor Morgan se volvió hacia su esposa.
_
—Perdona, querida —dijo con afectación solemne—, por mencionar estos
desagradables detalles, incidentes naturales, aunque lamentables, de una discusión
conyugal, consecuencia, sin duda, de una desafortunada insubordinación de la esposa.
—Tendría que ser capaz de hacerlo —repuso la dama con serenidad—; me lo has
pedido tantas veces y con esas mismas palabras…
Me dio la impresión de que estaba muy contento de continuar con su relato.
—A raíz de éstas y de otras circunstancias —señaló—, el juez dedujo que la difunta,
Janet MacGregor, había encontrado la muerte a causa de los golpes infligidos por alguna
persona desconocida para el jurado; pero añadió que las pruebas apuntaban hacia la
culpabilidad de su marido, Thomas MacGregor. Pero de él no se ha vuelto a saber ni a oír
nada. Se supo que la pareja procedía de Edimburgo, aunque no… Pero, querida, ¿no te das
cuenta de que hay agua en el plato de los huesos del señor Elderson?
Yo había dejado un hueso de pollo en mi lavamanos.
—En un pequeño armario encontré una fotografía de MacGregor, pero ello no
condujo a su captura.
—¿Me permite verla? —pregunté.
La fotografía mostraba a un hombre moreno con un rostro de maldad que resultaba
aún más lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía, diagonalmente, desde la sien
izquierda hasta el bigote negro.
—A propósito, señor Elderson —dijo mi amable anfitrión—, ¿puedo saber por qué
me preguntó usted por el barranco de Macarger?
—Perdí una mula cerca de allí una vez —contesté—, y ese infortunio me ha… me ha
trastornado bastante.
—Querida —dijo el señor Morgan con la entonación mecánica de un intérprete que
traduce—, la pérdida de la mula del señor Elderson le ha hecho servirse pimienta en el cafe.

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Monday, August 11, 2008

UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA — TERROR — AMBROSE BIERCE
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UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
_
“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.”
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo
llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince—
se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.
* * *
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

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Wednesday, July 30, 2008

AMBROSE BIERCE — UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO

AMBROSE BIERCE — UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO <—————-enlace

AMBROSE BIERCE
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UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO

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En el verano de 1874 me encontraba en Liverpool, donde había ido en viaje de negocios representando a la sociedad mercantil Bronson & Jarret de Nueva York. Mi nombre es William Jarret, y el de mi socio era Zenas Bronson. La compañía quebró el año pasado y Bronson, incapaz de soportar el salto de la opulencia a la pobreza, murió.
Una vez concluidos mis asuntos financieros y viendo cercana una crisis de agotamiento y desaliento, decidí que una larga travesía marítima podría resultar al mismo tiempo agradable y beneficiosa para mí; por ello, en vez de embarcarme a la vuelta en uno de aquellos excelentes buques de pasajeros, hice una reserva para Nueva York en el velero Morrow, donde había hecho cargar una abundante y valiosa remesa de los artículos que había comprado. El Morrow era un barco inglés dotado con pocos camarotes para pasajeros, entre los que sólo nos contábamos yo y una joven con su doncella, una mujer negra de mediana edad. Me pareció extraño que una joven inglesa viajara tan bien atendida, pero ella me explicó más tarde que la doncella había estado al servicio de un matrimonio de Carolina del Sur, y que fue recogida por su familia al morir ambos cónyuges el mismo día en casa de su padre, en Devonshire. Dicha circunstancia, por su rareza, permanecería en mi memoria con bastante claridad, incluso aunque no hubiera salido a relucir en una posterior conversación con la joven dama que el marido se llamaba William Jarret, igual que yo. Sabía que una rama de mi familia se había establecido en Carolina del Sur, pero desconocía completamente su historia y lo que había sido de ellos.
El Morrow partió del estuario del río Mersey el 15 de junio y durante varias semanas tuvimos brisas ligeras y cielos cubiertos. El patrón del barco, un marinero admirable (pero nada más), no nos ofreció, salvo a la hora de comer, demasiada hospitalidad, por lo que la joven Miss Janette Harford y yo hicimos amistad enseguida. A decir verdad, estábamos casi siempre juntos y, con una disposición de ánimo introspectiva, procuré varias veces analizar y definir el sentimiento novelesco que me inspiraba: una atracción secreta y sutil, pero poderosa, que me impulsaba constantemente a buscarla. Mis intentos fueron vanos. Sólo pude asegurarme de que, al menos, no se trataba de amor. Una vez convencido de esto y confiando en que ella me era bastante incondicional, una tarde (recuerdo que era el 3 de julio), mientras estábamos sentados en cubierta, me aventuré a preguntarle entre risas si podría ayudarme a resolver una duda psicológica.
Al principio se quedó callada, mirando hacia otro lado. Empecé a temer que había sido extremadamente descortés e inoportuno. Pero entonces clavó su mirada solemne sobre la mía. En un instante mi mente se vio dominada por una ilusión extraña y nunca registrada en la consciencia humana. Daba la impresión de que me miraba, desde una lejanía inconmensurable, no con sino a través de sus ojos, y que otras personas, hombres, mujeres y niños, en cuyos rostros creí ver efímeras expresiones extrañamente familiares, se arremolinaban a su alrededor, pugnando todos, con una ligera impaciencia, por mirarme a través de las mismas órbitas. El barco, el océano, el cielo: todo había desaparecido. No era consciente más que de las figuras de esa extraordinaria y fantástica escena. Entonces, de repente, una profunda oscuridad se abatió sobre mí, y desde ella y poco a poco, como quien se va acostumbrando despacio a una luz más débil, el entorno anterior de la cubierta, el mástil y las jarcias, fue reapareciendo lentamente ante mi vista. Miss Harford, que había cerrado los ojos y parecía estar dormida, seguía sentada en su silla con el libro que había estado leyendo abierto sobre su regazo. Impulsado por no sé qué motivo, me fijé en la parte superior de la página; era un ejemplar de una obra rara y curiosa, Las Meditaciones de Denneker, y el dedo índice de la dama descansaba sobre este pasaje:
«A todos y a cada uno se les concede alejarse y separarse del cuerpo una temporada; porque, igual que en los riachuelos que confluyen uno en otro, el más débil es arrastrado por el más fuerte, existen ciertos parientes cuyos caminos se entrecruzan y sus almas guardan relación mientras sus cuerpos siguen caminos anteriormente fijados, sin que lo sepan.»
Miss Harford se despertó temblando; el sol se había ocultado tras el horizonte, pero no hacía frío. Tampoco hacía nada de viento ni había nubes en el cielo; sin embargo, no se veía una estrella. Unos pasos precipitados resonaron fuertemente sobre la cubierta; el capitán, al que habían hecho subir, se reunió junto al barómetro con el primer oficial. «¡Dios mío!», le oí exclamar.
Una hora más tarde, la figura de Janette Harford, invisible en medio de la oscuridad y la espuma, me fue arrebatada de las manos por el vórtice cruel del barco al hundirse, mientras yo perdía el conocimiento entre las jarcias del mástil flotante al que me había amarrado.
Me despertó la luz de una lámpara. Yacía en una litera rodeado por el característico ambiente del camarote de un buque. Frente a mí, un hombre sentado en un canapé y medio desnudo para irse a dormir, leía un libro. Reconocí el rostro de mi amigo Gordon Doyle. Me había encontrado con él el día que me embarqué en Liverpool, cuando estaba a punto de subir al buque Ciudad de Praga, y me había pedido encarecidamente que le acompañara en él.
Pasados unos instantes, pronuncié su nombre. Él se limitó a decir «Bien», y pasó la hoja del libro sin apartar la vista de la página.
-Doyle -repetí-, ¿la salvaron a ella?
Entonces se dignó mirarme y sonrió divertido. Evidentemente creyó que estaba medio dormido.
-¿A ella? ¿A quién te refieres?
-A Janette Harford.
Su diversión se convirtió en asombro; me miró fijamente, sin decir nada.
-Me lo dirás dentro de un rato -proseguí-; supongo que me lo dirás dentro de un rato.
Un momento después pregunté:
-¿Qué barco es éste?
Doyle volvió a mirarme fijamente.
-El Ciudad de Praga, que partió de Liverpool con rumbo a Nueva York y lleva tres semanas de travesía con el eje de una hélice roto. Principal pasajero: Mr. Gordon Doyle; ídem lunático: Mr. William Jarret. Estos dos distinguidos viajeros embarcaron juntos, pero están a punto de separarse, siendo la decisión irrevocable del primero tirar por la borda al segundo.
Me incorporé de repente.
-¿Quieres decir que llevo tres semanas como pasajero de este barco?
-Sí, casi tres. Hoy es 3 de julio.
-¿Es que he estado enfermo?
-Sano como una manzana y siempre puntual en las comidas.
-¡Dios santo! Doyle, aquí hay algún misterio. Por favor, te ruego que seas serio. ¿No fui rescatado del naufragio del velero Morrow?
A Doyle le cambió el color, se acercó a mí y me cogió por la muñeca. Al rato preguntó con calma:
-¿Qué sabes de Janette Harford?
-Primero dime qué sabes tú.
Mr. Doyle me observó durante unos instantes como si estuviera pensando qué hacer. Después se volvió a sentar en el canapé y dijo:
-¿Por qué no? Estoy comprometido con Janette Harford, a la que conocí hace un año en Londres. Su familia, una de las más ricas de Devonshire, se ofendió por ello y nos fugamos, o mejor dicho, estamos fugándonos, porque el día que tú y yo nos dirigíamos al embarcadero para subir a este barco, ella y su fiel doncella, una mujer negra, nos adelantaron y se dirigieron al velero Morrow. No consintió que fuéramos en el mismo barco y creyó más oportuno embarcar en un velero para evitar que nos vieran y reducir el riesgo de ser descubiertos. Ahora estoy muy preocupado porque esa maldita rotura de nuestra maquinaria puede que nos retrase tanto que el Morrow llegue a Nueva York antes que nosotros y, en ese caso, la pobre chica no sabrá dónde ir.
Me quedé quieto en la litera, tan quieto que apenas respiraba. Pero el asunto no parecía desagradar a Doyle pues, tras una breve pausa, continuó:
-A propósito, ella es sólo hija adoptiva de los Harford. Su madre murió en su tierra al caer de un caballo durante una cacería, y su padre, loco de tristeza, se suicidó el mismo día. Nadie reclamó a la niña y los Harford la adoptaron después de un tiempo razonable. Aunque ella ha crecido en la creencia de que es su hija.
-Doyle ¿qué libro estás leyendo?
-Oh, se llama Las Meditaciones de Denneker. Es muy raro; Janette me lo dio. Por casualidad tenía dos ejemplares. ¿Quieres verlo?
Me arrojó el volumen, que se abrió al caer. En una de las páginas había un pasaje subrayado:
«A todos y a cada uno se les concede alejarse y separarse del cuerpo una temporada; porque, igual que en los riachuelos que confluyen uno en otro, el más débil es arrastrado por el más fuerte, existen ciertos parientes cuyos caminos se entrecruzan y sus almas guardan relación mientras sus cuerpos siguen caminos anteriormente fijados, sin que lo sepan.»
-Tenía, es decir, tiene, un gusto muy singular a la hora de leer -conseguí decir, dominando mi nerviosismo.
-Sí. Tal vez ahora tengas la amabilidad de explicarme cómo llegaste a conocer su nombre y el del velero en que se embarcó.
-Te oí hablar de ellos en sueños -señalé.
Una semana después atracamos en el puerto de Nueva York. Pero del Morrow nunca se volvió a saber nada.

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Wednesday, July 16, 2008

CHICKAMAUGA — AMBROSE BIERCE

CHICKAMAUGA — AMBROSE BIERCE

CHICKAMAUGA
Ambrose Bierce
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En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica
vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda
vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus
antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas
memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos
críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en
peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a
través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en
un terreno donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Este, durante su primera
juventud, había sido soldado, había luchado en el extremo sur. Pero en la existencia
apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida,
nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las
había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo,
sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía,
como conviene al hijo de una raza heroica, y separaba de tiempo en tiempo en los
claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y
defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad
con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el
error táctico bastante frecuente de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y
se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas
aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que
acababa de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse
amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible,
dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río
descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un
brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la
retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la
base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él,
como el más grande de todos, no podía ni refrenar su sed de guerra ni comprender
que el más afortunado no puede tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba
desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de
un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba
sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y
escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados,
llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su
corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido
en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a
través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un
estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su
sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a
fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban
alegremente, las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y
corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero, y en alguna parte, muy lejos,
gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la
victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales,
la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde
hombres blancos y negros, llenos de alarma, buscaban afiebradamente en los campos
y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
Pasaron las horas y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde
transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y
no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de
las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un extremo más abierto: a su derecha, el
arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las
sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo
del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por
segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el
bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto
extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá
fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no abrigando temor hacia ellos, había
deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de
aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la
curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura
avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las
orejas largas y amenazadoras del conejo. Quizá su espíritu impresionable era
consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se
hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida
por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto
que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las
manos, arrastrando las piernas; otros, sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles,
de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo,
el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera,
salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. Una por uno, dos por dos, en
pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían
un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquellos, entonces,
reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a
derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el
bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía
desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho
un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían
y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo,
se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como
hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un
espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo se
arrastraban como niñitos. Eran hombres, nada tenían pues de terrible, aunque
algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos,
mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente
pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes
grotescas, les recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano
anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y
sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático
contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un
espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos
y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer»
que los tomaba por caballos. Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas
rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se
desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al
niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un
rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta,
se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de
hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces,
daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho
enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El
niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado,
corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la
situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta,
dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de
escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo,
absoluto.
En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del
arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se
destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba
sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba
iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las
manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los
botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel
esplendor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos
instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta
superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la
mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de
vez en cuando para verificar que sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro,
nunca un jefe tuvo semejante séquito.
Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de
la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna
asociación de ideas significativa en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta
enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada
mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en
la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han
huido de sus perseguidores. En todos lados junto al arroyo, bordeado en aquel sitio
por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de
los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría
advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el
terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin
esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus
camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en
enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por
poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo
habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba
acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los
fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores».
Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de
madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba,
pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como a los caídos que allí habían
muerto para hacerla gloriosa. Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora
el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo
el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua
brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que
emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las
habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso
rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus
compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se
habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro,
que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del
niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar
un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed,
aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas
por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque
permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes
siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo,
señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de
fuego de aquel extraño éxodo.
Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles,
la franqueó fácilmente, a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un
campo, volviéndose de tiempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y
de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la
desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó
por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las
llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustibles, pero todos los objetos
que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la
distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía
ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo
aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se
puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que
la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el
orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se
puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio,
yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas,
agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro,
enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y
del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y
espumosa coronada de racimos escarlata obra de un obús. El niño hizo ademanes
salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en
los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma,
maldito lenguaje del demonio. El niño era sordomudo.
Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

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Wednesday, May 21, 2008

ALGUNAS CASAS ENCANTADAS — AMBROSE BIERCE - VARIOS RELATOS

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ALGUNAS CASAS ENCANTADAS — AMBROSE BIERCE - VARIOS RELATOS

AMBROSE BIERCE

ALGUNAS CASAS ENCANTADAS

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La Isla de los Pinos
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Durante muchos años, cerca de la ciudad de Gallipolis, Ohio, vivió un anciano llamado Herman Deluse. Poco se sabía de su vida, porque él no quería ni hablar de ella ni aguantar a los demás. Era creencia extendida entre sus vecinos que había sido pirata, aunque nadie sabía si ello se debía a que no existían más pruebas que su colección de garfios de abordaje, sus alfanjes y sus viejas pistolas de serpentín. Vivía completamente solo en una pequeña casa de cuatro habitaciones que se desmoronaba a pasos agigantados y en la que no se realizaba más reparación que la que exigían las condiciones meteorológicas. Se elevaba en medio de un gran pedregal cubierto de zarzamoras, con unas, cuantas parcelas cultivadas del modo más primitivo. Ésas eran sus únicas propiedades visibles, suficientes para vivir, pues sus necesidades eran pocas y elementales. Siempre disponía de dinero contante y sonante, y todas las compras que hacía en las tiendas de la plaza del pueblo las pagaba en efectivo, sin comprar más de dos o tres veces en el mismo sitio hasta que había pasado un lapso considerable de tiempo. Sin embargo, esta distribución tan equitativa de su patrimonio no recibía ningún elogio; la gente la consideraba un intento ineficaz de ocultar su riqueza. Que el anciano guardaba enterrada en algún lugar de su destartalada vivienda una enorme cantidad de oro adquirido de forma deshonrosa, era algo que ninguna persona sincera, al tanto de los hechos de la tradición local y con un sentido de la proporción de las cosas, podía poner en duda sensatamente.
El 9 de noviembre de 1867, el anciano murió; al menos su cadáver fue descubierto al día siguiente, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas precedentes. Cómo, es algo que no supieron decir, pues la autopsia mostraba que todos los órganos estaban sanos, sin ningún indicio de anomalía o violencia. En su opinión, la muerte debía haber tenido lugar al mediodía, ya que el cuerpo estaba en la cama. El veredicto judicial fue que aquel hombre «había encontrado la muerte por un castigo de Dios». El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo de la herencia.
Una investigación rigurosa no reveló nada nuevo acerca de aquel hombre muerto, y gran parte de las excavaciones llevadas a cabo en sus propiedades, aquí y allá, por sus solícitos y ahorradores vecinos, no dieron ningún fruto. El administrador cerró la casa hasta el momento en que los bienes, raíces y personales, fueran a ser vendidos de acuerdo con la ley, con vistas a sufragar en parte los gastos de tal venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un tremendo vendaval sacudió los campos, azotándolos con una desoladora ventisca de nieve. Enormes árboles fueron arrancados de raíz y arrojados sobre los caminos. Nunca se había conocido en toda aquella región una noche tan tormentosa, aunque a la mañana siguiente el vendaval había amainado y amaneció un día claro y soleado. Hacia las ocho de la mañana, el reverendo Henry Galbraith, un conocido y muy estimado pastor luterano, llegó andando a su casa, que estaba a milla y media de la casa de Deluse. Mr. Galbraith venía de pasar un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un vapor y, después de desembarcar en Gallipolis la tarde anterior, había conseguido una calesa y se había puesto en camino hacia su casa. La violencia de la tormenta le había retrasado toda la noche y por la mañana los árboles caídos le habían obligado a abandonar su medio de transporte y continuar el viaje a pie.
-Pero ¿dónde has pasado la noche? -le preguntó su esposa, una vez que había relatado su aventura brevemente.
-Con el viejo Deluse en la «Isla de los Pinos»* -fue su alegre respuesta-, y resultó bastante triste. No puso ninguna objeción a que me quedara, pero no conseguí que dijera una palabra en toda la noche.
Afortunadamente, y en interés de la verdad, estaba presente en la conversación Mr. Robert Mosely Maten, abogado y littérateur de Columbus, que era el autor de los deliciosos Mellowcraft Papers. Advirtiendo, aunque sin compartirlo, el asombro causado por la respuesta de Mr. Galbraith, este individuo ingenioso refrenó con un gesto las exclamaciones que naturalmente se habrían producido, y con voz tranquila preguntó:
-¿Cómo consiguió entrar allí?
Ésta es la versión que Mr. Maren dio de la respuesta de Mr. Galbraith:
-Vi una luz que se movía en el interior de la casa, y como no podía ver casi nada a causa de la nieve y, además, estaba medio congelado, me dirigí hacia la entrada y dejé mi caballo en el viejo establo, donde permanece todavía. Entonces llamé a la puerta. Al no recibir respuesta, entré. La habitación estaba a oscuras, pero tenía cerillas; encontré una vela y la encendí. Intenté entrar en la habitación de al lado, pero la puerta estaba atascada. El viejo no respondía a mis llamadas, aunque yo oía sus fuertes pisadas en el interior. No había fuego en la chimenea, de modo que hice uno, me eché en el suelo (sic) delante de él, apoyé la cabeza sobre el abrigo y me dispuse a dormir. Unos instantes después, la puerta que había intentado abrir cedió lentamente y el viejo entró con una vela en la mano. Me dirigí a él en tono amable, pidiéndole excusas por mi intromisión, pero no me prestó atención alguna. Parecía buscar algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus órbitas. Tal vez andaba en sueños. Hizo un recorrido alrededor de la habitación y se fue de la misma manera que había entrado. Regresó a la habitación dos veces más antes de que me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y marchándose de nuevo como la primera vez. En los intervalos le oí deambular por la casa, pues sus pisadas resultaban claramente perceptibles cuando la tormenta aflojaba. Al despertar por la mañana ya se había ido.
Mr. Maren intentó hacer unas cuantas preguntas más, pero fue imposible contener las lenguas de los familiares por más tiempo. La historia de la muerte de Deluse y su posterior entierro salieron a la luz, con gran asombro por parte del buen pastor.
-La explicación de su aventura es muy sencilla -dijo Mr. Maren-. No creo que el viejo Deluse ande en sueños, al menos no en el actual; evidentemente, quien soñó fue usted.
Mr. Galbraith, considerado así el asunto, se vio obligado a asentir a regañadientes.
A pesar de todo, a última hora del día siguiente estos dos caballeros se encontraban, en compañía de un hijo del pastor, en el camino que hay delante de la casa del viejo Deluse. Allí dentro había luz; aparecía ora en una ventana, ora en otra. Los tres hombres avanzaron hacia la puerta. Al llegar a ella, del interior surgió una barahúnda de ruidos aterradores: un rechinar de espadas, de acero contra acero, acompañado de fuertes explosiones, como las de las armas de fuego, de gritos de mujeres, de maldiciones y gemidos lanzados por hombres en combate. Los investigadores se quedaron inmóviles por un momento, indecisos, asustados. Después, Mr. Galbraith probó a abrir la puerta. Estaba atrancada. Pero el pastor era un hombre valiente, un hombre, además, con una fuerza hercúlea. Retrocedió uno o dos pasos, se lanzó contra la puerta y, asestándole un golpe con el hombro derecho, la arrancó de su marco con un sonoro zambombazo. En un instante los tres hombres estaban en el interior. ¡Todo era oscuridad y silencio! No se oía más que el latido de sus corazones.
Mr. Maren se había provisto de fósforos y de una vela. Con cierta dificultad, causada por la emoción, consiguió alumbrar una luz con la que procedieron a explorar el lugar, recorriendo habitación por habitación. Todo se encontraba en perfecto orden, tal y como había sido dejado por el sheriff; nada había sido alterado. Una ligera capa de polvo cubría los objetos. La puerta trasera aparecía entreabierta, como por descuido, por lo que su primera idea fue que los autores de aquel terrible tumulto habían conseguido escapar. Abrieron la puerta del todo y la luz de la vela iluminó la superficie del exterior. El resultado ya concluido de la tormenta de la noche anterior había sido una somera capa de nieve. No había huella alguna. La blanca superficie estaba intacta. Entonces cerraron la puerta y se dirigieron hacia la última habitación de las cuatro que había en la casa, la más alejada, situada en una esquina del edificio. Al entrar en ella, la vela que Mr. Maten sostenía en la mano se apagó de repente, como por una corriente de aire.
Inmediatamente se oyó un fuerte impacto contra el suelo. Una vez que la vela fue encendida de nuevo a toda prisa, se pudo ver al joven Mr. Galbraith postrado en el suelo, no muy lejos de donde se encontraban los otros. Estaba muerto. Con una mano, el cuerpo agarraba un pesado saco de monedas que, tras un posterior examen, resultaron proceder de la vieja ceca española. Sobre el cuerpo yacente descansaba un tablero que había sido arrancado de sus sujeciones a la pared, y resultaba evidente que el saco había salido del hueco que allí quedaba.
Se llevó a cabo otra investigación judicial: la nueva autopsia tampoco consiguió revelar en esta ocasión las causas de la muerte. Una vez más, el veredicto de «castigo de Dios» dejó a todos la libertad de sacar sus propias conclusiones. Mr. Maten sostuvo que el joven Galbraith murió a causa de la emoción.
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Una tarea infructuosa
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Henry Saylor, que resultó muerto en Covington durante una discusión con Antonio Finch, fue un reportero del Commercial de Cincinnati. En 1859, una vivienda deshabitada de la calle Vine, en Cincinnati, se convirtió en centro de la inquietud local a causa de las extrañas visiones y sonidos que, según decían, podían observarse en ella por las noches. De acuerdo con el testimonio de muchos vecinos respetables, dichos fenómenos no concordaban más que con la hipótesis de que la casa estaba encantada. La multitud podía ver desde la acera cómo unas extrañas figuras entraban y salían del local. Nadie sabía decir exactamente en qué lugar del césped, desde el que se dirigían hacia la puerta principal, aparecían, ni por qué punto desaparecían al salir. Y, lo que es más, aunque cada espectador por separado estaba completamente seguro de esos acontecimientos, no había dos que coincidieran. Todos variaban en sus descripciones de las figuras. Algunos de los más osados elementos de aquella muchedumbre curiosa se aventuraron varias tardes a situarse en los escalones de entrada para impedirles el paso o, si no lo conseguían, para verles mejor. Estos valerosos individuos, según se decía, eran incapaces de derribar la puerta uniendo sus fuerzas y siempre resultaban arrojados de los escalones por un impulso invisible, gravemente heridos. Inmediatamente después, la puerta se abría, al parecer por sí sola, dejando entrar o salir a algún invitado fantasmal. Aquel local era conocido como la casa Roscoe, en la que durante algunos años había vivido una familia de tal nombre, cuyos miembros habían desaparecido uno tras otro, siendo una anciana la última en abandonar la casa. Las historias sobre acontecimientos horribles y asesinatos sucesivos habían abundado siempre, pero nunca se había comprobado su autenticidad.
En uno de aquellos días en que la agitación predominaba, Saylor se presentó en la redacción del Commercial para recibir instrucciones. Se le entregó una nota del directo; que decía lo siguiente: «Vaya a pasar la noche solo en la casa encantada de la calle Vine y si ocurre algo interesante redacte dos columnas.» Saylor obedeció a su superior: no podía permitirse el lujo de perder su puesto en el periódico.
Después de informar a la policía de sus intenciones, se introdujo en la casa por una ventana trasera antes del anochecer, recorrió las habitaciones desiertas, sin muebles, cubiertas de polvo y desoladas y, sentado en el salón sobre un viejo sofá que había llevado arrastrando desde otra habitación, observó cómo la oscuridad se imponía a medida que avanzaba la noche. Antes de que todo estuviera a oscuras, en la calle se congregó, como siempre, una multitud curiosa, silenciosa y expectante, en la que algún que otro bromista hacía gala de su incredulidad y valentía profiriendo comentarios desdeñosos o gritos obscenos. Nadie tenía conocimiento del ambicioso observador del interior. No se atrevía ni a encender un fósforo; las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, sometiéndole al insulto y posiblemente a los golpes. Además, era demasiado concienzudo para hacer algo que pudiera debilitar sus impresiones o alterar cualquiera de las condiciones acostumbradas en las que se decía que se producían los hechos.
Había caído la noche, aunque la luz de la calle iluminaba parte de la habitación en la que se encontraba. Saylor había abierto todas las puertas del interior, las de arriba y las de abajo, pero las de fuera estaban cerradas y atrancadas. Unas repentinas exclamaciones de la muchedumbre le impulsaron a acercarse a una ventana y asomarse. Entonces vio la figura de un hombre que atravesaba el césped a toda prisa y se dirigía hacia el edificio. Le vio subir los escalones. Después quedó oculto por un saliente de la pared. Hubo un ruido, como si abrieran y cerraran la puerta del recibidor; oyó unas pisadas firmes y rápidas en el pasillo, por las escaleras y, finalmente, en la habitación sin alfombras que había inmediatamente encima de su cabeza.
Saylor sacó decididamente su pistola y, tras subir a tientas por las escaleras, entró en aquella habitación, débilmente iluminada desde la calle. Allí no había nadie. Entonces oyó pisadas en la habitación de al lado y entró en ella. Todo estaba oscuro y en silencio. Con el pie golpeó un objeto que había en el suelo; se arrodilló y lo tocó con la mano. Era una cabeza humana, de mujer. Tras agarrarla por los cabellos, aquel tipo de nervios de acero regresó a la habitación de abajo y acercó la cabeza a la ventana para examinarla atentamente. Mientras se dedicaba a ello, fue consciente del rápido abrir y cerrar de la puerta de entrada y de las pisadas que se oían a su alrededor. Al apartar la vista de aquel objeto fantasmal, se encontró rodeado por una multitud de hombres y mujeres a los que apenas podía ver; la habitación estaba inundada de ellos. Entonces creyó que la gente había entrado.
-Señoras y caballeros -dijo con serenidad-: ustedes me están viendo en unas circunstancias sospechosas, pero…
En ese momento su voz fue ahogada por unas carcajadas: unas carcajadas como las que se oyen en los manicomios. Las personas que se encontraban a su alrededor señalaban al objeto que tenía en la mano y su alborozo aumentó cuando Saylor lo dejó caer y fue rodando por entre sus pies. Entonces comenzaron a bailar alrededor de aquella cabeza con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Le dieron patadas enviándola de un lado a otro de la habitación, y en su afán de golpearla, se empujaban y derribaban los unos a los otros. Maldecían, gritaban y cantaban fragmentos de canciones indecentes, mientras la maltratada cabeza iba dando saltos de acá para allá como si estuviera aterrorizada y quisiera escapar. Finalmente salió disparada por la puerta hacia el recibidor, seguida por todos los demás, dando lugar a una precipitación tumultuosa. En aquel momento la puerta se cerró con un fuerte golpe y Saylor se quedó solo en medio de un silencio sepulcral.
Guardó con cuidado la pistola, que había estado en sus manos todo el rato, y se dirigió a la ventana para asomarse. La calle estaba desierta y en silencio. Las luces se habían apagado. Los tejados y las chimeneas de las casas se recortaban nítidamente en el Este a la luz del amanecer. Salió de la casa (la puerta cedió con facilidad a su empuje) y se encaminó hacia la redacción del Comercial. El director estaba todavía en su despacho, dormido. Saylor le despertó y dijo:
-Vengo de la casa encantada.
El director le miró sin comprender, como si aún estuviera dormido.
-¡Dios mío! -exclamó-, pero ¿eres tú, Saylor?
-Claro, ¿por qué no?
El director no respondió, pero siguió mirándole.
-Pasé la noche allí…, según parece -añadió Saylor.
-Dicen que las cosas estuvieron extraordinariamente tranquilas ahí fuera -señaló el director jugueteando con un pisapapeles sobre el que había posado la vista-, ¿ocurrió algo?
-Nada en absoluto.
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Una parra sobre una casa
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A unas tres millas de la pequeña ciudad de Norton, en Missouri, en el camino que lleva a Maysville, se levanta una vieja casa que fue habitada por última vez por una familia llamada Harding. Desde 1886 no ha vivido nadie allí, y no es probable que nadie vuelva a hacerlo. El tiempo y la condena de los que por allí habitan la están convirtiendo en una ruina bastante pintoresca. Un observador no familiarizado con su historia ni siquiera la incluiría en la categoría de «casas encantadas»; y sin embargo ésa es la reputación de que goza en la región que la rodea. Las ventanas no tienen cristales, y no hay puertas en las entradas. Hay grandes grietas en el tejado de madera y los tablones son de un color gris pardo por falta de pintura. Pero estos indefectibles signos de lo sobrenatural están ocultos en parte y bastante suavizados por el abundante follaje de una enorme parra que recorre toda la estructura. Esta parra, de una especie que ningún botánico ha conseguido nombrar, desempeña un papel importante en la historia de la casa.
La familia Harding estaba formada por Robert Harding, su esposa Matilda, Miss Julia Went, hermana de aquélla, y dos niños. Robert Harding era un hombre callado, de costumbres reservadas, sin amigos en la vecindad y, al parecer, sin intención de hacerlos. Tenía unos cuarenta años, era comedido y diligente, y se ganaba la vida con una pequeña granja, actualmente cubierta de maleza y de zarzamoras. Él y su cuñada eran bastante criticados por sus vecinos, a quienes les parecía que andaban demasiado tiempo juntos. El vecindario no era culpable del todo, porque en aquellos momentos ninguno de los dos refutaba tal observación. El código moral de los campos de Missouri es rígido y severo.
Mrs. Harding era una mujer amable y de aspecto triste, a la que le faltaba el pie izquierdo.
Un cierto día de 1884 se supo que había ido a Iowa a visitar a su madre. Esto era lo que su marido contestaba cuando se le preguntaba, y su forma de decirlo no suponía ningún estímulo para seguir preguntando. Mrs. Harding nunca regresó, y dos años más tarde, sin vender la granja o alguna de sus posesiones, ni nombrar un agente que se encargara de sus intereses o se llevara sus enseres domésticos, Harding abandonó la casa con el resto de la familia. Nadie supo dónde había ido; ni a nadie le preocupaba en aquella época. Naturalmente, todos los objetos móviles de la casa desaparecieron enseguida y la casa abandonada se convirtió en «encantada» a su manera.
Una tarde estival, cuatro o cinco años después, el reverendo J. Gruber, de Norton, y un abogado llamado Hyatt se encontraron a caballo delante de la casa de Harding. Como tenían negocios que discutir ataron los animales y se dirigieron hacia la casa, en cuyo porche se sentaron a charlar. Hicieron algún comentario jocoso sobre la misteriosa reputación de la casa, pero la olvidaron enseguida y se pusieron a hablar de sus asuntos hasta que se hizo casi de noche. Hacía un calor agobiante y no se movía una mota de aire.
En ese momento los dos hombres, sorprendidos, se pusieron en pie de un salto: una larga parra, que cubría la mitad de la fachada de la casa y cuyas ramas colgaban del borde superior del porche, se agitaba de un modo que resultaba visible y audible, sacudiendo violentamente el tallo y todas las hojas.
-Vamos a tener tormenta -comentó Hyatt.
Gruber, sin decir nada, dirigió la atención de Hyatt hacia el follaje de los árboles cercanos, que no se movían; hasta los débiles extremos de las ramas que destacaban sobre el cielo claro estaban inmóviles. Rápidamente, bajaron los escalones que llevaban a lo que había sido una pequeña pradera de césped y dirigieron la vista hacia arriba, hacia la parra, cuya total longitud era ahora visible. Seguía agitándose violentamente, pero no podían comprender la causa de tal trastorno.
-Marchémonos -dijo el pastor.
Y eso hicieron. Olvidaron que habían venido en direcciones opuestas y se marcharon juntos. Llegaron a Norton, donde contaron su extraña experiencia a varios amigos discretos. Al día siguiente por la tarde, más o menos a la misma hora, acompañados por otras dos personas cuyos nombres no se recuerda, se encontraban de nuevo en el porche de la casa Harding y el fenómeno se produjo una vez más: la parra se agitaba violentamente, como demostró un cuidadoso examen, desde la raíz hasta la punta, y ni siquiera uniendo sus fuerzas sobre el tronco consiguieron calmarla. Después de estar observándola durante una hora, se retiraron, no menos inteligentes, según se cree, que cuando habían llegado.
No hizo falta mucho tiempo para que estos hechos singulares provocaran la curiosidad de toda la vecindad. De día y de noche, multitud de personas se congregaban en la casa Harding «buscando alguna señal». No parece probable que alguien la encontrara, aunque los testimonios mencionados resultaban tan creíbles que nadie puso en duda la realidad de las «manifestaciones» de las que ellos daban fe.
Ya fuera por una feliz inspiración o por un afán destructivo, un día se propuso (nadie parecía saber de quién partió la idea) arrancar la parra y, tras un caluroso debate, así se hizo. Sólo se encontró la raíz y, sin embargo, nada podría haber resultado más extraño.
Desde el tronco, que tenía en la superficie un diámetro de varias pulgadas, la raíz se hundía, sencilla y recta, unos cinco o seis pies en un terreno suelto y friable; después se dividía y subdividía en raicillas, fibras y filamentos, entrelazados de un modo extraño. Una vez que se les hubo sacado cuidadosamente del suelo, mostraron una disposición singular. Sus ramificaciones y plegamientos sobre sí mismas formaban una red compacta, que recordaba sorprendentemente en su forma y tamaño a una figura humana. Allí estaban la cabeza, el tronco y las extremidades; hasta los dedos de los pies y manos aparecían claramente definidos. Muchos afirmaban ver en la distribución y disposición de las fibras de la masa globular que formaba la cabeza la insinuación grotesca de un rostro. La figura era horizontal; las raíces más pequeñas habían comenzado a unirse a la altura del pecho.
En su parecido con una forma humana, la imagen era sin embargo imperfecta. A unas diez pulgadas de una de las rodillas, los cilia que formaban aquella pierna se doblaban bruscamente hacia atrás y hacia dentro sobre la línea de crecimiento. A la figura le faltaba el pie izquierdo.
No había más que una conclusión, la única posible. Pero, debido a la emoción subsiguiente, se propusieron tantas formas de proceder como número de consejeros incapaces había. El asunto fue resuelto por el sheriff del condado que, en su condición de custodio legal de la hacienda abandonada, ordenó que se volviera a colocar la raíz en su sitio y se la cubriera con la tierra que había sido extraída.
Una posterior investigación sacó a la luz un único hecho importante y significativo: Mrs. Harding nunca había visitado a sus parientes de Iowa, ni ellos tenían noticia de que fuera a hacer tal cosa.
De Robert Harding y del resto de la familia no se ha vuelto a saber nada. La casa conserva su reputación funesta, aunque la parra que se volvió a plantar sea un vegetal metódico y formal, debajo del cual le gustaría sentarse a una persona nerviosa en una noche tranquila, cuando las chicharras hacen rechinar su revelación inmemorial y el lejano chotacabras expresa su idea de lo que debería hacerse con ella.
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En casa del viejo Eckert
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Philip Eckert vivió durante muchos años en una vieja casa de madera ennegrecida por las inclemencias del tiempo, que se encontraba a unas tres millas de la pequeña ciudad de Marion, en Vermont. Aún deben de quedar vivas algunas personas que le recuerden (confío en que no de un modo desagradable) y sepan algo de la historia que voy a contar.
«El viejo Eckert», como todos le llamaban, no tenía un temperamento muy sociable y vivía solo. Al no haberle oído hablar nunca de sus propios asuntos, nadie en los contornos sabía nada acerca de su pasado ni de sus parientes, si es que los tenía. Sin resultar especialmente grosero ni desdeñoso en sus maneras o en sus palabras, conseguía ser inmune a una curiosidad impertinente, aunque libre de la mala fama con la que normalmente aquélla suele vengarse cuando se la desconcierta; por lo que yo sé, el renombre de Mr. Eckert como asesino reformado o como pirata retirado del Caribe no había llegado a oídos de nadie en Marion. Su medio de vida era el cultivo de una pequeña granja, no muy productiva.
-Un día desapareció, y la búsqueda prolongada de sus vecinos no consiguió encontrarle ni arrojó luz alguna sobre su paradero o las razones de su desaparición. Nada indicaba que hubiera hecho preparativos para la marcha: todo estaba como podría haberlo dejado para ir a la fuente a llenar un cubo de agua. Durante algunas semanas poco más se habló de ello en la región; después, «el viejo Eckert» se convirtió en un relato local para los oídos de los forasteros. Desconozco lo que se hizo con sus propiedades; sin duda, lo correcto, lo que la ley mandara. La casa seguía allí, todavía vacía y en condiciones muy deterioradas, cuando oí hablar de ella por última vez, unos veinte años más tarde.
Desde luego, llegó a considerarse que estaba «encantada», y se contaban las acostumbradas historias de luces que se movían, sonidos lastimeros y apariciones asombrosas. En cierto momento, unos cinco años después de la desaparición, estos relatos de tinte sobrenatural llegaron a ser tan abundantes, o por algunas circunstancias que los confirmaban parecieron tan importantes, que algunos de los ciudadanos más serios de Marion creyeron conveniente investigar y organizaron a tal fin una reunión nocturna en el local. Los interesados en esta empresa eran: John Holcomb, boticario; Wilson Merle, abogado; y Andrus C. Palmer, maestro de la escuela pública. Todos ellos hombres de importancia y reputación. Su intención era reunirse en casa de Holcomb a las ocho de la tarde del día fijado y dirigirse juntos al escenario de su vigilia, donde se habían hecho algunos preparativos para su comodidad, como un abastecimiento de leña y similares, pues era invierno.
Palmer faltó a la cita, y tras media hora de espera los otros dos se marcharon a la casa de Eckert sin él. Se acomodaron en la habitación principal, donde encendieron un fuego vivo y, sin más luz que la que él producía, se dispusieron a esperar los acontecimientos. Se había acordado hablar lo menos posible: ni siquiera volvieron a intercambiar opiniones sobre la deserción de Palmer, tema que había ocupado sus mentes en el camino.
Debía de haber pasado una hora sin que se produjera incidente alguno, cuando escucharon (no sin emoción, desde luego) el ruido de una puerta que se abría en la parte posterior de la casa, seguido por el de unas pisadas en la habitación contigua a aquélla en la que se encontraban. Los investigadores se pusieron en pie y se prepararon para lo que pudiera ocurrir sin hacer movimiento alguno. Hubo un largo silencio, aunque ninguno de los dos supo luego definir lo que duró. Entonces la puerta que conectaba las dos habitaciones se abrió y entró un hombre.
Era Palmer. Estaba pálido, como asustado; tan pálido como se habían quedado los otros dos. Su actitud era también singularmente distraída: no respondió a sus saludos ni les dirigió la mirada, sino que cruzó despacio la habitación a la luz del fuego agonizante y, tras abrir la puerta principal, se perdió en la oscuridad.
Parece que la primera explicación que se les ocurrió a ambos era que Palmer había sufrido un fuerte susto por algo que había visto, oído o imaginado en la habitación trasera, que le había privado de los sentidos. Impulsados por el mismo sentimiento de amistad echaron a correr tras él. ¡Pero ni ellos ni ninguna otra persona volvió a ver o a saber de Andrus Palmer!
Esto fue lo que se descubrió a la mañana siguiente. Durante la reunión de los señores Holcomb y Merle en la «casa encantada» había caído una capa de nieve limpia de varias pulgadas de espesor sobre la antigua, ya sucia. Se podían apreciar en ella las huellas de Palmer desde su casa en el pueblo hasta la puerta trasera de la casa de Eckert. Pero allí terminaban: a partir de la puerta principal no había más marcas que las dejadas por los dos hombres que juraban ir detrás de Palmer. La desaparición de Palmer fue tan completa como la del propio «viejo Eckert», a quien, como era de esperar, el director de un periódico acusó muy gráficamente de haber «alargado la mano y habérselo llevado».
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La casa espectral
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En la carretera que va desde Manchester, al Este de Kentucky, hacia el Norte, a Booneville, que se encuentra a veinte millas, había en 1862 una plantación con una casa de madera, en cierto modo de mejor calidad que la mayoría de las viviendas de la región. Al año siguiente la casa fue destruida por el fuego causado probablemente por unos rezagados de las columnas del General George W. Morgan, que se retiraban hacia el río Ohio después de ser expulsados del desfiladero de Cumberland por el General Kirby Smith. En el momento de su destrucción llevaba deshabitada cuatro o cinco años. Los campos de alrededor estaban plagados de zarzamoras, sin vallas, y hasta las pocas viviendas de los negros, y el resto de los cobertizos en general, aparecían en parte en ruinas a causa del abandono y del pillaje. Porque los negros y los blancos pobres de la vecindad encontraban en el edificio y en las vallas un abundante suministro de combustible, del que se aprovechaban sin dudarlo, abiertamente y a la luz del día. Y sólo de día; después de anochecer ningún ser humano, salvo los forasteros que por allí pasaban, se acercaba al lugar.
Se la conocía como la «Casa Espectral». Que en ella moraban espíritus malignos, visibles, audibles y activos, no era puesto en duda por nadie en aquella región, no más que lo que el predicador ambulante decía los domingos. La opinión del propietario a este respecto era desconocida; él y su familia habían desaparecido una noche y nunca se había encontrado rastro de ellos. Dejaron todo: los enseres domésticos, la ropa, las provisiones, los caballos en el establo, las vacas en el campo, los negros en sus viviendas; todo tal y como estaba. No faltaba nada, excepto un hombre, una mujer, tres niñas, un chico y un bebé. No era sorprendente en absoluto que una plantación en la que siete seres humanos podían desaparecer al mismo tiempo, y nadie se diera cuenta, resultara sospechosa.
Una noche de junio, en 1859, dos ciudadanos de Frankfort, el coronel J.C. McArdle, abogado, y el juez Myron Veigh, de la Milicia Estatal, se trasladaban de Booneville a Manchester. Sus asuntos eran tan importantes que decidieron continuar el viaje a pesar de la oscuridad y del retumbar de una tormenta que se aproximaba, y que finalmente estalló sobre ellos cuando pasaban por delante de la «Casa Espectral». El relampagueo era tan incesante que encontraron sin dificultad el camino de entrada que llevaba a un cobertizo, donde ataron los caballos y les quitaron los arreos. Después, bajo la lluvia, se dirigieron hacia la casa y llamaron a todas las puertas sin recibir respuesta alguna. Atribuyéndolo al continuo tronar de la tormenta, decidieron empujar una puerta; ésta cedió. Entraron sin más ceremonia y la cerraron. En aquel momento se encontraron a oscuras y en silencio. Por las ventanas y grietas no se veía ni un destello del resplandor de los incesantes rayos; ni un murmullo del horrible tumulto exterior llegaba hasta ellos. Era como si se hubieran quedado ciegos y sordos de repente, y McArdle dijo más tarde que por un momento creyó haber sido alcanzado por un rayo cuando traspasaba el umbral. El resto de la aventura quedó relatado en sus propias palabras, en el Advocate de Frankfort del 6 de agosto de 1876:
«Cuando conseguí recuperarme del aturdimiento de la transición del tumulto al silencio, mi primer impulso fue volver a abrir la puerta que había cerrado, de cuyo pomo no era consciente de haber retirado la mano. Podía sentirlo claramente todavía entre los dedos. Mi idea era averiguar al salir de nuevo bajo la tormenta si había perdido la vista y el oído. Giré el pomo y abrí la puerta de un tirón. ¡Pero daba a otra habitación!
» Esta estancia estaba inundada por una tenue luz verdosa, cuya fuente no pude determinar, que hacía que todo se viera con claridad, aunque no de un modo definido. Digo todo, aunque en realidad los únicos objetos que había dentro de las desnudas paredes de piedra de aquella habitación eran cadáveres humanos. Eran unos ocho o diez (se podrá comprender fácilmente que no los contara.) Sus edades y tamaños eran diversos, desde niños para arriba, y de ambos sexos. Todos estaban postrados en el suelo, salvo uno, el de una mujer joven sentada con la espalda apoyada en una esquina de la pared. Había otra mujer mayor que agarraba a un niño en sus brazos. Un mozo de mediana edad yacía boca abajo entre las piernas de un hombre barbudo. Uno o dos estaban prácticamente desnudos, y en la mano de una muchacha había un trozo de camisón que debía de haberse arrancado del pecho ella misma. Los cuerpos presentaban distintos grados de putrefacción, y todos ellos tenían la cara y la figura muy apergaminadas. Algunos eran poco más que esqueletos.
» Mientras observaba horrorizado el espantoso espectáculo, con el tirador de la puerta aún en la mano, por alguna perversión inexplicable mi atención se desvió de aquella horrible escena y pasó a ocuparse de detalles y pequeñeces. Tal vez mi mente, por un instinto de conservación, buscó alivio en asuntos que pudieran relajar su peligrosa tensión. Entre otras cosas, observé que la puerta que mantenía abierta estaba hecha de pesadas planchas de hierro, con remaches. Equidistantes unos de otros y de arriba abajo, tres fuertes cerrojos sobresalían del canto biselado. Di media vuelta al pomo y se retiraron hasta quedar al nivel del borde; lo solté y salieron disparados. Tenía un sistema de muelles. Por dentro no había agarrador, ni ningún tipo de saliente, sólo una lisa superficie de hierro.
» Mientras advertía estas cosas con un interés y atención que ahora me asombra recordar, me sentí apartado bruscamente, y el juez Veigh, del que me había olvidado por completo debido a la intensidad y las vicisitudes de mis impresiones, me empujó hacia el interior de la habitación.
» -¡Por Dios! -exclamé-. ¡No entre ahí! ¡Marchémonos de este horroroso lugar!
» Pero no hizo caso de mis ruegos, y (tan intrépido como cualquier caballero del Sur) se dirigió con rapidez hacia el centro de la habitación, se arrodilló junto a uno de los cuerpos para examinarlo con detenimiento y levantó suavemente la arrugada y ennegrecida cabeza entre sus manos. Un olor fuerte y desagradable llegó hasta la puerta, apoderándose completamente de mí. Mis sentidos se trastornaron; noté que me derrumbaba y, al agarrarme al borde de la puerta para no caerme, se cerró con un chasquido.
» No recuerdo nada más. Seis semanas después recuperé la razón en un hotel de Manchester al que había sido llevado al día siguiente por unos extraños. Durante todo aquel tiempo había sufrido una fiebre nerviosa acompañada de un constante delirio. Me habían encontrado tirado en la carretera a varias millas de la casa; cómo había escapado de allí hasta llegar al camino es algo que nunca supe. Una vez repuesto, o tan pronto como los médicos me permitieron hablar, pregunté por el destino del juez Veigh, de quien (para tranquilizarme, según sé ahora) me decían que se encontraba bien y en casa.
» Nadie creyó una palabra de mi relato, pero ¿quién puede asombrarse? ¿Y quién podría imaginar mi tristeza cuando me enteré, al llegar a mi casa en Frankfort dos meses más tarde, de que no se sabía nada del juez Veigh desde aquella noche? Entonces lamenté amargamente el orgullo que me había impedido repetir mi increíble historia e insistir en su realidad, ya desde los primeros días que sucedieron a mi recuperación.
» Los lectores del Advocate ya están familiarizados con todo lo que ocurrió después: el examen de la casa, el fracaso en encontrar una habitación que correspondiera a la que yo había descrito, el intento de declararme loco, y mi triunfo sobre mis acusadores. Después de todos estos años todavía considero que las excavaciones que no tengo derecho legal de iniciar, ni la riqueza suficiente para llevar a cabo, revelarían el secreto de la desaparición de mi infeliz amigo, y posiblemente de los anteriores ocupantes y propietarios de la abandonada y hoy destruida casa. No desespero sin embargo de realizar tal búsqueda, y es una fuente de profunda tristeza para mí el que haya sido retrasada por la hostilidad inmerecida y la incredulidad imprudente de los familiares y amigos del fallecido juez Veigh.
El coronel McArdle murió en Frankfort el trece de diciembre de 1879.
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Los otros huéspedes
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-Para coger ese tren -dijo el coronel Levering, sentado en el hotel Waldorf-Astoria- tendrá que pasar casi toda la noche en Atlanta. Es una ciudad bonita, pero le aconsejo que no se aloje en el Breathitt House, uno de los hoteles más importantes. Es un viejo edificio de madera que tiene una urgente necesidad de reparación. Hay grietas en las paredes por las que cabe un gato. Las habitaciones no tienen cerrojos en las puertas, ni más muebles que una simple silla y un somier sin ropa de cama, y sólo un colchón. Ni siquiera puedes estar seguro de disfrutar de estas escasas comodidades en exclusiva. Amigo, es un hotel de lo más abominable.
» La noche que pasé allí fue muy incómoda. Llegué tarde y fui conducido a una habitación del piso bajo por un portero de noche lleno de disculpas que, con gran consideración, me dejó la vela de sebo que llevaba. Dos días y una noche de duro viaje por ferrocarril me habían agotado y todavía no me había recuperado totalmente de una herida de bala en la cabeza recibida en un altercado. En vez de buscar un alojamiento mejor, me eché en el colchón sin quitarme la ropa y me dormí.
» Me desperté de madrugada. La luna había salido y brillaba a través de una ventana sin cortinas, iluminando la habitación con una suave luz azulada que producía un cierto efecto misterioso, aunque he de decir que su apariencia no era inusual; la luz de la luna siempre es así si te fijas. ¡Imagina mi sorpresa e indignación cuando vi el suelo ocupado por al menos una docena más de huéspedes! Me incorporé maldiciendo con la mayor seriedad a la administración de aquel hotel increíble, y cuando estaba a punto de ponerme en pie para ir a montarle un lío al portero, el de las disculpas y la vela, hubo algo en aquella situación que me hizo sentir una extraña indisposición a moverme. Supongo que, como diría un escritor, me había quedado «helado por el terror». ¡Porque obviamente todos aquellos hombres estaban muertos!
» Yacían de espaldas, dispuestos ordenadamente en tres lados de la habitación, con los pies mirando a la pared; en el otro lado, el que quedaba, estaba mi cama y una silla. Tenían las caras cubiertas, pero debajo de aquellos paños blancos las características de los dos cuerpos que reposaban cerca de la ventana, sobre la mancha cuadrada de la luz de la luna, presentaban un perfil de nariz y barbilla afilado.
» Creía que se trataba de una pesadilla e intenté gritar, como se hace cuando uno tiene un mal sueño, pero no podía emitir sonido alguno. Por fin, haciendo un esfuerzo desesperado, me puse en pie, pasé entre las dos filas de rostros tapados y los dos cuerpos que había unto a la puerta y huí de aquel lugar infernal con dirección a la oficina. El portero estaba allí sentado, detrás de un escritorio, a la luz de otra vela de sebo: sentado y mirando. Ni se levantó: mi brusca irrupción no pareció producirle efecto alguno, aunque supongo que yo debía tener el aspecto de un verdadero cadáver. Entonces me di cuenta de que realmente antes no me había fijado bien en aquel tipo. Era pequeño, con una cara descolorida y los ojos más blancos e inexpresivos que nunca he visto. No había en él más expresión que en el dorso de mi mano. Llevaba un traje de un sucio color gris.
» -¡Maldición! -exclamé- ¿Qué es lo que pretende?
» Pero daba lo mismo, estaba temblando como una hoja agitada por el viento y no reconocí mi propia voz.
» El portero se puso en pie, se inclinó (con aire de pedir perdón) y, bueno… desapareció; en aquel momento sentí por detrás que alguien apoyaba su mano sobre mi hombro. ¡Imagínatelo si puedes! Con un miedo cerval, di media vuelta y me encontré con un caballero gordo, de cara agradable, que me preguntó:
» -¿Qué le sucede, amigo?
» No tardé mucho en decírselo, pero, antes de que terminara, él también se puso pálido.
» -Míreme -dijo-, ¿está usted diciendo la verdad?
» En ese momento yo ya había conseguido sobreponerme, y el terror había dejado paso a la indignacion.
» -¡Si se atreve a dudarlo -le espeté- le machaco a golpes!
» -No -contestó-, no lo haga; siéntese y yo le contaré. Esto no es un hotel. Lo fue, y después un hospital. Ahora está deshabitado, a la espera de alguien que lo quiera alquilar. La habitación a la que usted se refiere era la habitación de los muertos; allí siempre había muchos muertos. El tipo al que usted llama portero solía serlo, pero más tarde se encargaba de registrar a los pacientes que llegaban. No comprendo qué hace ahora aquí. Hace unas cuantas semanas que murió.
» -¿Y usted quién es? -le pregunté.
» -Oh, yo me encargo de cuidar el local. Pasaba por aquí, vi luz y entré a investigar. Vamos, echemos un vistazo a esa habitación -añadió levantado del escritorio aquella vela que chisporroteaba.
» -¡Antes vería al mismísimo demonio! -exclamé saliendo rápidamente a la calle.
» Amigo, ese Breathitt House de Atlanta es un lugar maldito. No se aloje allí.
-¡No quiera Dios! La visión que usted ha dado de él no sugiere comodidad, desde luego. A propósito, coronel, ¿cuándo ocurrió todo eso?
-En septiembre de 1864, poco después del estado de sitio.
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Una cosa en Nolan
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Al Sur de donde se cruzan la carretera que va de Leesville a Hardy, en el estado de Missouri, y el brazo Este del río May, existe una casa abandonada. Nadie ha vivido en ella desde el verano de 1879, por lo que se está desmoronando a pasos agigantados. Durante los tres años anteriores a la fecha mencionada estuvo ocupada por la familia de Charles May, uno de cuyos antepasados dio nombre al río junto al cual se encuentra. La familia de Mr. May estaba formada por la esposa, un hijo mayor y dos chicas. El hijo se llamaba John; los nombres de las hijas son desconocidos para el autor de estos apuntes.
John May era de carácter taciturno y malhumorado, poco propenso a la ira, y con un don inusual: un odio resentido, implacable. Su padre era todo lo contrario. De temperamento alegre y jovial, aunque con un gran genio que se incendiaba como una llama en una brizna de paja. No abrigaba resentimientos y buscaba rápidamente la reconciliación una vez aplacada su ira. Tenía un hermano, que vivía cerca de allí, y que poseía un carácter muy distinto al suyo; toda la vecindad decía que John había heredado la forma de ser de su tío.
Un día se produjo un malentendido entre padre e hijo; hubo duras palabras, y el padre dio un puñetazo al hijo en la cara. John se secó con lentitud la sangre que le había causado el golpe, clavó los ojos en el agresor ya arrepentido y dijo con frialdad: «Morirás por esto.»
Estas palabras fueron oídas por los hermanos Jackson, que se acercaban a ellos en aquel momento; pero, al verles enzarzados en una discusión pasaron de largo y, al parecer, inadvertidos. Charles May relató después el desgraciado acontecimiento a su esposa y le explicó que le había pedido excusas a su hijo por el precipitado golpe, pero había sido inútil. El joven no sólo rechazaba las disculpas, sino que se negaba a retirar su terrible amenaza. A pesar de todo no hubo una ruptura abierta de relaciones: John siguió viviendo con la familia y las cosas continuaron como siempre.
Un domingo por la mañana, en junio de 1879, unas dos semanas después de que ocurrieran estos hechos, Charles May salió de la casa inmediatamente después del desayuno, con una pala. Dijo que iba a abrir un agujero en una fuente que se encontraba a una milla de distancia, en el bosque, para que el ganado tuviera agua. John se quedó en la casa durante unas horas, ocupado en afeitarse, escribir cartas y leer el periódico. Su disposición era la usual, quizás parecía un poco más malhumorado y hosco.
Se marchó a las dos. Regresó a las cinco. Por alguna razón no relacionada con un interés especial en sus movimientos, la hora de salida y de llegada fue advertida por su madre y sus hermanas, tal y como quedó atestiguado en su proceso por asesinato. Les llamó la atención que su ropa estuviera húmeda en algunas zonas, como si (así lo señaló la acusación) hubiera intentado borrar manchas de sangre. Su actitud era extraña, su aspecto salvaje. Aduciendo que se encontraba enfermo, se fue a su cuarto y se acostó.
Charles May no regresó. Los vecinos más cercanos fueron alertados a la caída de la tarde, y durante aquella noche y el día siguiente se llevó a cabo su búsqueda por el bosque donde se encontraba la fuente. No se produjo otro resultado que el descubrimiento de las huellas de los dos hombres en la arcilla que había alrededor de la fuente. John May, mientras tanto, había empeorado de lo que el médico local denominó fiebre cerebral, y en su delirio hablaba de asesinato, pero sin decir quién creía que había sido asesinado, ni a quién culpaba del hecho. Pero los hermanos Jackson sacaron a relucir aquella amenaza; fue arrestado como sospechoso y un sheriff se encargó de vigilarle en su casa. La opinión pública se puso rápidamente en contra de John y, de no haber sido por la enfermedad, habría sido colgado por la muchedumbre. Estando así las cosas, el martes se convocó una reunión de los vecinos y se nombró un comité para que se encargara del caso y tomara las medidas que fueran oportunas.
Para el miércoles todo había cambiado. De la ciudad de Nolan, que está a unas ocho millas, llegó una historia que arrojó una luz completamente diferente sobre el asunto. Nolan constaba de una escuela, una herrería, una tienda y media docena de viviendas. La tienda era dirigida por un tal Henry Odell, primo de Charles May. La tarde del domingo en que desapareció May, Mr. Odell y cuatro vecinos suyos, hombres de confianza, estaban sentados en la tienda, fumando y charlando. El día era caluroso, y las dos puertas, la de delante y la de atrás, estaban abiertas. A eso de las tres, Charles May, a quien tres de ellos conocían, entró por la puerta principal y pasó hacia el fondo. Iba sin abrigo ni sombrero. No les miró, y tampoco les devolvió el saludo, circunstancia que no les sorprendió porque estaba gravemente herido. Sobre la ceja izquierda tenía una herida, un profundo corte del que brotaba sangre que le cubría toda la parte izquierda de la cara y del cuello y empapaba su camisa gris. Aunque parezca mentira, la idea predominante en las mentes de los presentes era que había mantenido una pelea y se dirigía al arroyo que había detrás de la casa para lavarse.
Tal vez se produjo un sentimiento de delicadeza, un detalle característico de la etiqueta de las regiones apartadas, que les contuvo a la hora de seguirle y ofrecerle ayuda; las actas del juicio, de donde está extraído principalmente este relato, tan solo mencionan el hecho. Esperaron a que volviera, pero no lo hizo.
Limitando el arroyo, detrás de la tienda, un bosque se extiende unas seis millas hasta las colinas de Medicine Lodge. Tan pronto como se supo en los contornos de la casa del desaparecido que había sido visto en Nolan, se produjo un cambio repentino en el estado de ánimo y en la disposición de la gente. El comité de vigilancia dejó de existir sin cumplir la formalidad de llegar a una resolución. La búsqueda por las tierras boscosas en torno al río May se interrumpió y casi toda la población masculina de la región se trasladó a la zona de Nolan y de las colinas de Medicine Lodge. Pero no se encontró rastro alguno de aquel hombre.
Una de las extrañas circunstancias de este extraño caso es el procesamiento formal y posterior juicio por el asesinato de un hombre cuyo cuerpo nadie afirmaba haber visto, ni nadie sabía que hubiera muerto. Conocemos más o menos los caprichos y extravagancias de la ley fronteriza, pero este ejemplo, según se cree, es único. Sea como fuere, está constatado que al recobrarse de su enfermedad John May fue procesado por el asesinato de su padre. El abogado de la defensa, al parecer, no tuvo nada que objetar y el caso fue considerado en relación con sus circunstancias. El fiscal se mostró apocado y superficial; la defensa estableció fácilmente una coartada en lo referente al occiso. Si en el momento en que John May debía de haber asesinado a Charles May, si es que lo hizo, Charles May se encontraba a varias millas de distancia de donde John May debía de haber estado, es evidente que el occiso debió de encontrar la muerte a manos de algún otro.
John May fue absuelto, abandonó el país enseguida y no se ha vuelto a saber nada de él desde aquel día. Poco después, su madre y hermanas dejaron St. Louis. Al pasar la granja a manos de un individuo, que es dueño también de las tierras colindantes, en las que tiene su propia vivienda, la casa May quedó vacía y desde entonces tiene la misteriosa reputación de estar encantada.
Un día, después de que la familia May hubiera dejado aquella tierra, unos niños que jugaban en los bosques que hay en torno al río May, encontraron oculta bajo una capa de hojas secas, aunque parcialmente a la vista por el hozar de los cerdos, una pala.
Estaba casi nueva y limpia, a no ser por una mancha de sangre y orín que tenía en el borde. Las iniciales «C.M.» aparecían grabadas en el mango de la herramienta.
Este descubrimiento reavivó en cierto grado la emoción pública suscitada en los meses anteriores. Se examinó cuidadosamente la tierra del lugar en que había sido encontrada la pala, y el resultado fue el descubrimiento del cadáver de un hombre. Había sido enterrado a unos dos o tres pies de profundidad y el lugar había sido cubierto con una capa de hojas secas y ramas. No parecía muy descompuesto, hecho que se atribuyó a alguna propiedad conservadora de aquel terreno, rico en mineral.
Encima de la ceja izquierda presentaba una herida, un profundo corte del que había manado sangre, que le cubrió toda la parte izquierda de la cara y del cuello y manchó su camisa gris. El cráneo había resultado partido por el golpe. Ese cuerpo era el de Charles May.
Pero, ¿qué fue entonces lo que pasó por la tienda de Mr. Odell en Nolan?

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Friday, May 16, 2008

EL ENGENDRO MALDITO — AMBROSE BIERCE

EL ENGENDRO MALDITO — AMBROSE BIERCE

El engendro maldito
Ambrose Bierce

I
No siempre se come lo que esta sobre la mesa   http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/el-engendro-maldito-ambrose-bierce.html

A la luz de una vela de sebo colocada en un extremo de una rústica mesa, un hombre leía algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector. Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Salvo el cadáver todos parecían esperar que algo ocurriera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber sido indiscretos.
Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de los contornos, granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese instante la puerta se abrió y entró un joven. Se apreciaba claramente que no había nacido ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Le esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberles hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; sí, yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Continuemos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?’
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica … ? Su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarle para ir a cazar y a pescar. Además, también quería estudiar su tipo de vida, tan extraña y solitaria. Parecía un buen modelo para un personaje de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.

II
Lo que puede ocurrir en un campo de avena silvestre

«… apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y espesamente cubierto de avena silvestre. Cuando salimos de la maleza Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí. De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal que se revolvía con violencia entre unas matas.
»—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
»Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e inminente peligro.
»—Venga —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones, ¿verdad?
»No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por su expresión tensa. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que pensé fue que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba Morgan.
»Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi, amigo observaba el lugar con la misma atención.
»—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
»—¡Ese maldito engendro! —contestó sin volverse.
»Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando. Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
»Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo —y lo saco a colación porque me vino entonces a la memoria— que una vez, al mirar distraídamente por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme. Confiamos tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible. Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado; apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga hubiera desaparecido oí un grito feroz —un alarido como el de una bestia salvaje— y vi que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr desaparecía de aquel lugar. En ese mismo instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba, una sustancia blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
»Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano. Al menos yo no lo veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé expresarlo e otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su totalidad.
»Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan, adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo le veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
»Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, le vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto».

III
Un hombre, aunque este desnudo, puede estar hecho jirones

El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento. Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las contusiones, y parecía que le habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote. Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas con anterioridad. Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores —dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría…
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto—contestó el juez mientras se lo guardaba—; todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.

IV
Una explicación desde la tumba


En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo siguiente:

… corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.
¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro cerebral con imágenes de las cosas que los producen?
2 sept. Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada…

Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.

27 sept. Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar que no me quedé dormido ni un momento —en realidad apenas duermo.
¡Es terrible, insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, me voy a volver loco; y si son pura imaginación, es que ya lo estoy.
3 oct. No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa mi tierra. Dios aborrece a los cobardes…
5 oct. No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. El tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.
7 oct. Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!
Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupa la copa de un árbol, de varios árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.
Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta, que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el bajo del órgano.
Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos «actínicos». Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera «escala cromática». No estoy loco; lo que ocurre es que hay colores que no podemos ver.
Y, Dios me ampare, ¡el engendro maldito es de uno de esos colores!

FIN

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Thursday, May 15, 2008

ACEITE DE PERRO — AMBROSE BIERCE

ACEITE DE PERRO — AMBROSE BIERCE

ACEITE DE PERRO
AMBROSE BIERCE

UN PEQUEÑO COMENTARIO: AMBROSE BIERCE, FUE UNA DE ESAS PERSONAS QUE SI HUBIERAN NACIDO CIEN AÑOS ANTES, LO HUBIERAN QUEMADO POR BRUJO, Y POR LAS OBRAS QUE ESCRIBIO, DE MOTE EL AMARGO, FUE ESCRITOR, COLUMNISTA, DIRECTOR DE PERIODICOS, ADEMAS DE INCISIVO CRITICO POLITICO, Y LITERARIO, AMIGO DE LOVECRAFT, QUIEN SE SIRVIO DE ALGUNA DE SUS OBRAS PARA SUS MITOS, HAY CRITICOS DE SU EPOCA, QUE DICEN QUE LOS CUATRO GRANDES DEL TERROR, SON POE,LOVECRAFT,MAUPASSANT, Y BIERCE…
DESAPARECIO A LA EDAD DE 73 AÑOS, EN UNA DE ESTAS DESAPARICIONES MAS ESTRAÑAS DE LA EPOCA, IBA A WASINGTON, A RECORRER LOS SITIOS EN DONDE PASO LA GUERRA, Y LO ULTIMO QUE SE SABE DE EL, ES QUE FUE POR EL PASO A MEXICO(EN EL LADO CONTRARIO A DONDE SE HABIA DIRIGIDO); EN AQUEL TIEMPO, MEXICO ESTABA EN GUERRA CIVIL, SE JUNTO CON PANCHO VILLA EN CIUDAD JUAREZ, COMO ESCRITOR DE GUERRA, Y A PARTIR DE AHY, SE PIERDE SU PISTA, HASTA QUE POCO TIEMPO DESPUES, LLEGA UNA CARTA A UN FAMILIAR:
«(…) Adiós — si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México — ¡ah, eso sí es eutanasia! (…)».
***
_
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. “Después de todo”, me dije, “no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente”. En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

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Friday, April 25, 2008

FABULAS FANTASTICAS — AMBROSE BIERCE

http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/04/fabulas-fantasticas-ambrose-bierce.html

FABULAS FANTASTICAS — AMBROSE BIERCE

Fábulas Fantásticas
Ambrose Bierce

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EL PRINCIPIO MORAL Y EL INTERÉS
MATERIAL

Un Principio Moral se encontró una vez con un Interés Material, en tren de cruzar
un puente sobre el que sólo había paso para uno.
-¡Arrójate, ruin -tronó el Principio Moral-, y déjame pasar encima de ti!
El Interés Material simplemente miró al otro en los ojos, sin decir palabra.
-¡Ah! -dijo el Principio Moral, vacilante-. Echemos suertes, para ver quién de
nosotros se aparta hasta que el otro haya cruzado.
El Interés Material mantuvo su inquebrantable silencio y su imperturbable
mirada.
-Con el fin de evitar un conflicto -volvió a hablar el Principio Moral, ya un poco
incómodo-, yo mismo me voy a echar, y te permitiré pasar por encima.
Entonces el Interés Material recuperó el habla.
-No creo que seas un buen paseo -dijo-. Soy un poco exigente acerca de lo que
piso. Supongamos que te arrojas al agua.
Y así se hizo.

LA VELA CARMESÍ

Un hombre que yacía en su lecho de muerte llamó a su lado a su esposa, y le dijo:
-Estoy por dejarte para siempre; dame, entonces, una última prueba de tu afecto y
fidelidad. Encontrarás en mi escritorio una vela carmesí, que fue bendecida por el
Gran Sacerdote y tiene un peculiar significado místico. Júrame que mientras esa vela
exista, tú no te volverás a casar.
La Mujer juró y el Hombre murió. En el funeral, la Mujer se mantuvo de pie a la
cabeza del féretro, sosteniendo una vela carmesí ardiente, hasta que esta se consumió
por completo.
LA REPUTACIÓN Y LA TOGA

Reputación Manchada planteó una cuestión de privilegio, y dijo:
-Señor Presidente, deseo hacer un alegato para explicar que las manchas que se
ven sobre mí son las marcas naturales propias de alguien que es descendiente directo
del sol y de una cierva manchada. No provienen de ningún accidente de carácter, sino
que integran el orden divino y la constitución de las cosas.
Cuando la Reputación Manchada volvió a sentarse, una Toga Sucia se levantó y
dijo:
-Señor Presidente, he escuchado con profunda atención y entera aprobación la
explicación del Honorable Miembro, y deseo ofrecer unas pocas observaciones en mi
propio beneficio. Yo también he sido vilmente calumniada por nuestra antigua
enemiga, la Infame Falsedad, y deseo señalar que estoy hecha de la piel de Mustela
maculata, que es sucia de nacimiento.
EL PATRIOTA INGENIOSO

Habiendo obtenido una audiencia del Rey, un Patriota Ingenioso extrajo un papel
del bolsillo, diciendo:
-Espero que esta fórmula que tengo aquí para construir un blindaje que ningún
cañón puede perforar sea del agrado de Su Majestad. Si este blindaje es adoptado en
la Armada Real, nuestros barcos de guerra serán invulnerables, y por consiguiente invencibles.
Aquí, también, están los informes de los Ministros de Su Majestad, certificando
el valor de la invención. Me desprenderé de mis derechos sobre ella por un
millón de tumtums.
Tras examinar los papeles, el Rey los apartó, y le prometió una orden del Tesorero
Mayor del Departamento de Exacción por el valor de un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, extrayendo otro papel de otro bolsillo -están
los planos de un cañón de mi invención, que perforarán ese blindaje. El Real hermano
de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por comprarlo, pero mi lealtad al
trono y a la persona de Su Majestad me obliga a ofrecerlo primero a Su Majestad. Su
precio es de un millón de tumtums.
Habiendo recibido la promesa de otro cheque, hundió su mano en otro bolsillo,
diciendo:
-El precio del cañón irresistible hubiese sido mucho mayor, Su Majestad, si no
fuese por el hecho de que sus proyectiles pueden ser efectivamente desviados por mi
peculiar método de tratar las corazas blindadas con un nuevo…
El Rey hizo al Gran Factótum una seña para que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo-, e infórmame cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres -dijo el Gran Factótum, tras completar el escrutinio.
-Puede complacer a Su Majestad -exclamó el Patriota Ingenioso, presa del terror-,
saber que uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélguenlo de los tobillos y sacúdanlo bien -dijo el Rey-. Después entréguenle
un cheque por cuarenta y dos millones de tumtums y mátenlo. En este acto decreto
que la ingenuidad es un crimen capital.
EL OFICIAL DE POLICÍA Y EL
MALHECHOR

Un Jefe de Policía que vio a un Oficial golpeando a un Malhechor se indignó muchísimo,
y le dijo que no debía volver a hacer algo así, bajo pena de destitución.
-No sea tan duro conmigo, Jefe -dijo el Oficial, sonriendo-. Lo estaba golpeando
con un bastón de paño relleno.
-Así y todo -insistió el jefe de Policía-, usted se tomó una libertad que tiene que
haberle resultado muy desagradable, aunque no le haya hecho daño. Sírvase no
repetirla.
-Pero -dijo el Oficial, todavía sonriente-, era un Malhechor de paño relleno.
Al tratar de expresar su complacencia, el jefe de Policía extendió su brazo derecho
con tanta violencia que la piel se le rasgó en el sobaco y un chorro de arena cayó
de la herida. Era un jefe de Policía de paño relleno.
EL FUNCIONARIO CONSCIENTE

Mientras un Superintendente de División de un ferrocarril estaba cumpliendo con
la mayor aplicación su tarea de poner obstáculos en los rieles y alterar los cambios de
vía, recibió la noticia de que el Presidente de la compañía iba a despedirlo por
incompetente.
-¡Buen Dios! -exclamó-. ¡Si hay más accidentes en mi división que en todo el
resto de la línea!
-El Presidente es muy riguroso -dijo el Hombre que había traído la noticia-; él
piensa que las mismas pérdidas de vidas podrían obtenerse con menos daño a la
propiedad de la compañía.
-¿Espera que arroje a los pasajeros a través de las ventanillas? -exclamó el indignado
funcionario, cruzando un durmiente sobre los rieles-. ¿Me toma por un
asesino?
COMO SE LLEGA AL OCIO

Un Hombre para Quien el Tiempo era Oro, que estaba engullendo su desayuno,
muy apurado por atrapar un tren, había apoyado el periódico contra la azucarera y leía
mientras comía. En su apuro y abstracción, se clavó un tenedor en el ojo derecho, y al
extraer el tenedor, el ojo salió con él. Desde entonces, cada vez que compraba
anteojos, se veía obligado a derrochar inútilmente su dinero en cristales para el ojo
derecho, y este dispendio lo redujo pronto a la pobreza, por lo cual el Hombre para
Quien el Tiempo era Oro se vio obligado a ganarse la vida pescando desde la punta de
un muelle.
EL GUARDIÁN PRECAVIDO

El Guardián de una Penitenciaría estaba un día poniendo cerraduras en las puertas
de todas las celdas, cuando un operario le dijo:
-Usted es muy imprudente… Esas cerraduras pueden abrirse desde adentro.
El Guardián replicó, sin apartar la mirada de lo que hacía:
-Si a esto se lo llama imprudencia, me pregunto cómo se debería denominar a una
precavida disposición contra las vicisitudes de la suerte.
EL TESORO Y LOS BRAZOS

Un Tesoro Público, al advertir que Dos Brazos se alzaban con su contenido, exclamó:
-Sr. Correligionario, propongo una división.
-Usted parece saber un poco acerca
de la forma parlamentaria de hablar -dijo Dos Brazos.
-Sí -replicó el Tesoro Público-. Estoy familiarizado con los acarreos legislativos.
LA SERPIENTE CRISTIANA

Una Víbora de Cascabel regresó a su casa, donde estaban sus crías, y dijo:
-Hijos míos, reuníos para recibir la última bendición de vuestro padre, y ver cómo
muere un cristiano.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntaron las Viboritas.
-Me ha mordido el editor de un pasquín partidario -fue la respuesta, seguida por
el ominoso cascabeleo de la muerte.
EL MALHECHOR DESCONTENTO

Un Juez que había condenado a prisión a un Malhechor, procedía a señalarle las
desventajas del crimen y los beneficios de la reforma.
-Su Señoría -dijo el Malhechor, interrumpiéndolo- ¿sería tan amable como para
elevar mi condena a diez años de prisión y nada más?
-¿Por qué? -dijo el juez, sorprendido-. ¡Sólo lo he condenado a tres años!
-Sí, lo sé -asintió el Malhechor-. Tres años de prisión y el sermón. Si no le
molesta, me gustaría que me conmute el sermón.
LOS CAÑONES DE MADERA

Un Regimiento de Artillería de la Milicia Estatal solicitó al Gobernador, cañones
de madera para la práctica.
-Resultarán más baratos que cañones de verdad -explicó.
-No se dirá de mí que sacrifiqué la eficacia a la economía -dijo el Gobernador-.
Tendrán cañones de verdad.
-Gracias, gracias -exclamaron efusivamente los guerreros-. Los cuidaremos
mucho, y en caso de guerra los reintegraremos al arsenal.
EL ASTRÓNOMO LITERARIO

El Director de un Observatorio, que había descubierto la Luna, con un refractor
de treinta y seis pulgadas, fue muy apurado a ver al Editor de un Periódico, con una
extensa narración del evento.
-¿Cuánto? -preguntó sentenciosamente el Editor, sin apartar la mirada de su
ensayo sobre la circularidad de la perspectiva política.
-Ciento sesenta dólares -replicó el hombre que había descubierto la Luna.
-Ni la mitad de eso sería suficiente -fue el comentario del Editor.
-¡Hombre generoso! -exclamó el Astrónomo, ardiendo de cálidos y elevados
sentimientos-. Págueme, entonces, lo que quiera.
-Mi gran y buen amigo -dijo suavemente el Editor, levantando la vista de su
trabajo-. No nos entendemos, parece. El que tiene que pagar es usted.
El Director del Observatorio tomó el manuscrito y se fue, explicando que necesitaba
corrección, que había omitido poner el punto a una m.
EL SINO DEL POETA

Un Objeto que estaba caminando por el Camino Real, envuelto en honda meditación
y en poca cosa más, súbitamente se encontró ante las puertas de una ciudad
extraña. Cuando solicitó ser admitido, fue detenido como indigente y llevado ante el
Rey.
-¿Quién eres -interrogó el Rey-, y cómo te ganas la vida?
-Soy Snouter el descuidista -replicó el Objeto, inventando rápidamente-, carterista.
El Rey estaba por ordenar su liberación, cuando el Primer Ministro sugirió que
examinaran los dedos del prisionero. Se descubrió que estaban muy achatados y encallecidos
en los extremos.
-¡Ja! -exclamó el Rey- ¡Se lo dije! Es adicto a contar sílabas. Un poeta. Llévenlo
con el Gran Señor Disuasor del Hábito de la Cabeza.
-Mi señor -dijo el Inventor Ordinario de Penas Ingeniosas-, me atrevo a sugerir
un castigo más sagaz.
-Dígalo -contestó el Rey. -¡Permitirle que conserve esa cabeza! Eso fue lo que se
ordenó.

EL LEÓN Y LA SERPIENTE DE CASCABEL
Un Hombre encontró en su camino a un León, y se puso a tratar de someterlo
mediante la hipnosis; cerca había una Serpiente de Cascabel dedicada a fascinar a un
pequeño pájaro.
-¿Cómo va lo tuyo, hermano? -el Hombre se dirigió al otro reptil, sin apartar sus
ojos de los del León.
-Admirablemente -replicó la serpiente-. El éxito está asegurado; mi víctima se
acerca y se acerca, a pesar de sus esfuerzos.
-Y la mía -dijo el Hombre- se acerca y se acerca a pesar de los míos. ¿Estás
seguro de que todo marcha bien?
-Si dudas -replicó el reptil lo mejor que pudo, con la boca llena de pájaro-, sería
mejor que abandones.
Un cuarto de hora después, el León, escarbándose pensativamente los dientes
con las garras, le decía a la Serpiente de Cascabel que nunca, en su muy variadas
experiencias al ser hipnotizado, se había encontrado con un hipnotizador tan ansioso
por abandonar su tarea.
-Pero -añadió con una amplia, inteligente sonrisa- yo le sostuve la mirada.
EL LEGISLADOR Y EL JABÓN

Un Miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón, pasaba junto
a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en detenerlo y estrecharle las manos.
Pensando que se hallaba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un
cordial e intenso apretón de manos. Al abandonarlo, advirtió que una parte del Jabón
había quedado adherida en sus dedos, y corriendo muy alarmado hacia un arroyo,
procedió a lavárselos. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos, y cuando
terminó de lavarlas, quedaron tan blancas, que se metió en cama y mandó llamar a un
médico.
EL HOMBRE QUE NO TENIA ENEMIGOS

Una Persona Inofensiva que paseaba por un lugar público, fue atacada por un
Desconocido, con un Garrote, y severamente golpeada.
Cuando el Desconocido con un Garrote fue sometido a juicio, su víctima dijo al
Juez:
-Ignoro por qué me atacó; no tengo un enemigo en el mundo.
-Esa -dijo el acusado- es la razón por la que lo golpeé.
-El prisionero queda absuelto -dijo el juez-; un hombre que no tiene enemigos, no
tiene amigos. Los tribunales no se hicieron para esta gente.
LA MÁQUINA VOLADORA
Un Hombre Ingenioso construyó una máquina voladora e invitó a una gran concurrencia
a verla funcionar. A la hora señalada, con todo dispuesto, él se introdujo en
el vehículo y puso el motor en marcha. La máquina inmediatamente hizo pedazos la
imponente estructura sobre la que estaba armada, y se hundió en la Tierra hasta
perderse de vista, mientras el aeronauta saltaba afuera, justo a tiempo de salvarse.
-Bien -dijo el Hombre Ingenioso-. He hecho lo suficiente para demostrar la corrección
de los detalles. Los defectos -añadió, echando una mirada al estropeado armatoste-
son meramente básicos y fundamentales.
Ante esta aseveración, el publicó respondió con suscripciones para construir una
segunda máquina.
EL GATO Y EL REY

Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más.
-¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para
arrancar los ojos de su Primer Ministro.
LA CIUDAD DE LA DISTINCIÓN POLÍTICA

Jamrach el Rico, ansioso de llegar a la Ciudad de la Distinción Política antes de la
noche, encontró una bifurcación de caminos, y estaba indeciso acerca de cuál tomar;
así que consultó a una Persona de Aspecto Sabio, sentada a un lado del camino.
-Tome ese camino -dijo la Persona de Aspecto Sabio-: se lo conoce como la
Carretera Política.
-Gracias -dijo Jamrach, y se dispuso a seguir viaje.
-¿Con cuánto me agradece? -fue la respuesta-. ¿Supone que estoy aquí haciendo
una cura de salud?
Como Jamrach no se había vuelto rico por su estupidez, le dio algo a su guía, y
apresurándose, pronto llegó a una barrera de peaje custodiada por un Caballero Benévolo,
quien lo dejó pasar tras recibir algo. Un poco más allá, halló un puente que
sorteaba un arroyo imaginario, donde un Ingeniero Civil (que había construido el
puente) le exigió algo para permitirle pasar. Ya se estaba haciendo tarde, cuando
Jamrach arribó a la orilla de lo que parecía un lago de tinta negra, donde terminaba el
camino. Viendo a un Barquero en su bote, Jamrach pagó algo por la travesía y estaba
a punto de embarcarse.
-No -dijo el Barquero-. Ponga el cuello en este lazo, y yo lo remolcaré. Es la
única manera de pasar -añadió, al ver que el pasajero estaba por quejarse de las
comodidades.
A su debido tiempo, Jamrach fue arrastrado a través del lago, y llegó medio estrangulado
y atrozmente empapado por las aguas fétidas.
-Bueno -dijo el Barquero, remolcándolo sobre la ribera y soltándolo-, ahora usted
está en la Ciudad de la Distinción Política. Tiene cincuenta millones de habitantes,
y como el color del Pozo Asqueroso no sale con el lavado, todos parecen
exactamente iguales.
-¡Ay de mí! -exclamó Jamrach, llorando y lamentando la pérdida de todas sus
posesiones, gastadas en propinas y peajes-. Volveré con usted.
-No creo que lo haga -dijo el Barquero, desatracando-. Esta ciudad está ubicada
en la Isla de los Que No Vuelven.
LA POETISA DE LA REFORMA

Un hermoso día de la última parte de la eternidad, mientras las Sombras de todos
los grandes escritores reposaban en lechos de asfódelos y molis en los Campos Elíseos,
cada uno de ellos muy feliz al escuchar de labios de todos los otros sólo copiosas
citas de la propia obra (porque a tal efecto Júpiter había hechizado generosamente sus
oídos), llegó allí con aire triunfador una Sombra a la que nadie conocía. Ella (porque
la recién llegada mostraba evidencias de su sexo tales como el cabello cortado corto y
un andar varonil) tomó asiento en medio de ellos, y con sonrisa de superioridad
explicó:
-Tras siglos de opresión arranqué mis derechos de manos de los dioses celosos.
Sobre la tierra yo fui la Poetisa de la Reforma y canté para oídos desatentos. Ahora
canto para una eternidad de honor y de gloria.
Pero no habría de ser así, y muy pronto ella fue la más infeliz de las inmortales,
anhelando vanamente volver a errar en las tinieblas junto a los lagos infernales. Porque
Júpiter no había hechizado su oído, y de los labios de cada Sombra bendita sólo
surgían copiosamente las citas de las obras de los otros. Además, a ella le había sido
negada la felicidad de recitar sus poemas. No recordaba un solo verso suyo, porque
Júpiter había decretado que el recuerdo de sus poemas habitara el penoso dominio de
Plutón, como parte del castigo.
LOS SALVADORES DE VIDAS

Setenta y cinco Hombres se presentaron ante el Presidente de la Sociedad
Humana y solicitaron la gran medalla de oro por haber salvado vidas.
-Vaya, sí -dijo el Presidente-, mediante sus diligentes esfuerzos tantos hombres
deben haber salvado un considerable número de vidas. ¿Cuántas salvaron?
-Setenta y cinco, señor -replicó el Vocero de los Hombres.
-Ah, sí, eso hace una cada uno; muy buen trabajo, muy buen trabajo, por cierto -
dijo el Presidente-. No sólo tendrán la gran medalla de oro de la Sociedad sino,
también, su recomendación para un empleo en las dotaciones de varias estaciones de
botes salvavidas a lo largo de la costa. ¿Pero cómo salvaron tantas vidas?
El Vocero de los Hombres respondió:
-Somos agentes de la ley, y acabamos de abandonar la persecución de dos asesinos
fugitivos.
LA ZARIGÜEYA DEL FUTURO

Un día, una Zarigüeya que se había dormido colgada de la cola, en la rama más
alta de un árbol, despertó y vio una enorme Víbora enroscada cerca de la rama, entre
ella y el tronco del árbol.
-Si me quedo -se dijo-, me engullirá; si me dejo caer me romperé el cuello.
Pero súbitamente se le ocurrió una estratagema.
-Mi perfecto amigo -dijo-, mi instinto paternal reconoce en usted una noble
evidencia e ilustración de la teoría del desarrollo. Usted es la Zarigüeya del Futuro, el
Sobreviviente Mejor Adaptado, último de nuestra especie, el fruto maduro de la
prensilidad progresiva: ¡pura cola!
Pero la Víbora, orgullosa de su antigua superioridad en la historia de las Escrituras,
fue estrictamente ortodoxa y no aceptó el punto de vista científico.
EL PAVIMENTADOR

Un Autor vio a un Trabajador colocando piedras en el pavimento de una calle, y
aproximándose, le dijo:
-Amigo mío, usted parece fatigado. La ambición es un duro capataz.
-Estoy trabajando para el Sr. iones-respondió el Trabajador.
-Bueno, arriba ese ánimo -siguió el Autor-. La fama llega cuando menos se la
espera. Hoy usted es pobre, oscuro y está desanimado, pero mañana su nombre puede
sonar en todo el mundo.
-¿De qué me está hablando? -dijo el Trabajador-. ¿No puede un honesto
pavimentador hacer su trabajo en paz, y ganar con él su dinero, y vivir de él, sin que
otros vengan a decir disparates acerca de la ambición y de la esperanza de fama?
-¿Y no puede hacerlo un honesto escritor? -dijo el Autor.
LOS DOS POETAS

Dos poetas se disputaban la Manzana de la Discordia y el Hueso de la Disputa,
porque ambos estaban muy hambrientos.
-Hijos míos -dijo Apolo-, repartiré los premios entre ustedes. Tú -dijo al Primer
Poeta- sobresales en Arte: toma la Manzana. Y tú -dijo al Segundo Poeta-, en
imaginación: toma el Hueso.
-¡El mejor premio al Arte! -dijo el Primer Poeta, con aire triunfante, y tratando de
devorar su premio se rompió todos los dientes. La Manzana era una obra de arte.
-Eso demuestra el desprecio de nuestro maestro por el mero Arte -dijo el Segundo
Poeta, sonriendo.
Trató de roer su Hueso, pero sus dientes lo atravesaron sin encontrar resistencia.
Era un Hueso imaginario.
EL CORCEL DE LA BRUJA
Un Palo de Escoba, que había servido largo tiempo de montura a una bruja, se
quejaba de la naturaleza de su empleo, que consideraba degradante.
-Muy bien -dijo la Bruja-. Te daré un trabajo en el que te verás asociado con el
intelecto… te pondrás en contacto con cerebros. Te regalaré a una ama de casa.
-¿Qué? -se sorprendió el Palo de Escoba-. ¿Consideras algo intelectual las manos
de un ama de casa?
-Me refería -dijo la Bruja- a la cabeza de sus buenos maridos.
LA RATA SAGAZ
Una Rata que estaba por salir de su madriguera alcanzó a vislumbrar un Gato que
la esperaba, y volviendo al fondo de la cueva invitó a una Amiga a ir con ella de visita
a un depósito de maíz vecino.
-Hubiera ido sola -dijo-, pero no podía negarme el placer de tan distinguida
compañía.
-Muy bien -contestó la Amiga-. Iré contigo. Condúceme.
-¿Conducirte? -exclamó la otra-. ¡Vaya! ¿Preceder yo a una rata grande e ilustre
como tú? No, por cierto… Después de ti, después de ti…
Complacida por esta gran muestra de deferencia, la Amiga abrió la marcha y, dejando
primero la cueva, fue atrapada por el Gato, que se fue con ella. La otra se alejó
sin ser molestada.
UN PUENTE SOBRE EL FANGO
Una Mujer Rica que volvía del extranjero desembarcó al pie de la Calle Hundida
Hasta las Rodillas, y estaba por caminar hasta su hotel a través del barro.
-Señora -dijo un Policía-, no puedo permitir que haga eso; se embarrará los zapatos
y las medias.
-¡Oh, no tiene importancia, realmente! -replicó la Mujer Rica, con encantadora
sonrisa.
-Pero, señora, es innecesario; desde el desembarcadero hasta el hotel, como usted
podrá observar, se extiende una línea ininterrumpida de periodistas postrados que
imploran el honor de que usted camine sobre ellos.
-En ese caso -dijo ella, sentándose en un umbral y abriendo su bolso- tendré que
ponerme mis galochas.
EL PURO PERRO
Un León, viendo a un Perro de Lanas, estalló en carcajadas ante lo ridículo del
espectáculo.
-¿Quién vio alguna vez una bestia tan pequeña? -dijo.
-Es muy cierto -dijo el Perro de Lanas, con austera dignidad- que soy pequeño;
pero le ruego que tome nota, señor, de que soy puro perro.
LOS DOS POLÍTICOS
Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
-La recompensa que yo más deseo-dijo el Primer Político- es la gratitud de mis
conciudadanos.
-Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el Segundo Político-, pero es una
lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer
Político murmuró:
-¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa,
démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.
DOS MÉDICOS
Un Viejo Inicuo, sintiéndose enfermo, envió por un médico, que le recetó unas
medicinas y se fue. Entonces el Viejo Inicuo envió en busca de Otro Médico, al que
no le dijo nada del anterior; este nuevo médico le prescribió un tratamiento
completamente diferente. Esto continuó durante unas semanas: los médicos lo visitaban
en días alternados y lo trataban por dos desórdenes distintos, con dosis de
medicina en constante aumento y cuidados cada vez más rigurosos. Pero un día se
encontraron accidentalmente junto a su lecho mientras él dormía, y al salir a luz la
verdad, una violenta disputa se produjo.
-Mis buenos amigos -dijo el paciente, despierto por el ruido de la discusión, y
adivinando su causa-, les ruego que sean más razonables. Si yo pude soportarlos a los
dos a la vez durante semanas, ¿no pueden
soportarse entre ustedes un ratito? Hace diez días que me siento bien, pero
me he quedado en cama con la esperanza de obtener mediante el reposo las fuerzas
que me harían falta para tomar sus medicinas. Hasta ahora no las he tocado.
EL CADI HONESTO
Un bandido que había despojado de mil piezas de oro a un mercader, fue llevado
ante el Cadí, quien le preguntó si tenía algo que decir para salvarse de ser decapitado.
-Su Señoría -dijo el Salteador-. No podía hacer otra cosa que apoderarme del oro,
porque Alá me hizo así.
-Tu defensa es ingeniosa y sólida -dijo el Cadí-, y debo exculparte de criminalidad.
Infortunadamente, Alá también me hizo de modo tal que debo cortarte la cabeza,
a menos a menos -añadió pensativo- que me ofrezcas la mitad del oro; porque
El me hizo débil ante la tentación.
Por consiguiente, el Salteador puso quinientas piezas de oro en manos del Cadí.
-Bien -dijo el Cadí-. Te cortaré ahora sólo una mitad de la cabeza. Para mostrar
mi confianza en tu discreción, dejaré intacta la mitad con la que hablas.
UN FACTOR NO TENIDO EN CUENTA
Un Hombre que poseía un hermoso Perro, y mediante una cuidadosa selección de
sus parejas había criado una cantidad de animales apenas inferiores a los ángeles, se
enamoró de su lavandera, se casó con ella y crió una familia de bobalicones.
-¡Qué lástima! -exclamó una vez, contemplando el melancólico resultado-. Si
hubiera buscado mi pareja con la mitad del cuidado que puse para mi perro, sería
ahora un padre orgulloso y feliz.
-No estoy tan seguro de eso -dijo el Perro, que acertó a escuchar el lamento-. Hay
una diferencia, es verdad, entre tus cachorros y los míos, pero yo me halago pensando
que no se debe completamente a las madres. Tú y yo no nos parecemos del todo.
EL DEPORTISTA Y LA ARDILLA
Un Deportista que había herido a una Ardilla, que estaba haciendo desesperados
esfuerzos para arrastrarse fuera de su alcance, corrió tras ella con un palo, exclamando:
-¡Pobrecita! La sacaré de su miseria.
En ese momento, la Ardilla se detuvo exhausta, y mirando a su enemigo, dijo:
-No me aventuraré a dudar de la sinceridad de tu compasión, aunque llega más
bien tarde, pero pareces carecer de la facultad de observación. ¿No percibes, por mis
acciones, que el deseo más querido de mi corazón es continuar en mi miseria?
Ante esta exposición de su hipocresía, el Deportista se sintió tan vencido por la
vergüenza y el remordimiento, que no liquidó a la Ardilla, sino que, señalándosela a
su perro, se alejó pensativamente.
EL CANGURO Y LA CEBRA
Un Canguro que marchaba a los saltos con un objeto que abultaba oculto en su
bolsa, se encontró con una Cebra, y deseoso de llamar su atención, le dijo:
-Por tu traje parece que acabaras de salir de la penitenciaría.
-Las apariencias son engañosas -replicó la Cebra, sonriendo con plena conciencia
del más insoportable de los ingenios-; si así no fuera, yo tendría que pensar que tú
acabas de salir de la Legislatura.
UN ASUNTO DE MÉTODO
Un Filósofo, al ver a un Tonto golpeando a su Burro, le dijo:
-No lo hagas, hijo mío, no lo hagas, te lo imploro. Quienes recurren a la violencia
sufrirán violencia.
-Precisamente eso -dijo el Tonto, redoblando sus golpes sobre el animal- es lo
que estoy tratando de enseñar a esta bestia, que me ha pateado.
-Sin duda -se dijo el Filósofo, mientras se alejaba-, la sabiduría de los tontos no es
más profunda ni más auténtica que la nuestra, pero ellos tienen realmente un modo
más impresionante de impartirla.
EL CALIFORNIANO RESTITUIDO
Un Hombre fue colgado del cuello hasta que murió. Esto fue en 1893.
-¿De dónde vienes? -preguntó San Pedro cuando el Hombre se presentó a la
puerta del Paraíso.
-De California -replicó el solicitante.
-Entra, hijo mío, entra; traes alegres noticias.
Cuando el Hombre desapareció adentro, San Pedro tomó su libreta de notas y
escribió lo siguiente:
“16 de febrero de 1893. California colonizada por los Cristianos”.
EL MÉDICO COMPASIVO
Un Médico de Buen Corazón sentado a la cabecera de un paciente aquejado por
una enfermedad incurable y dolorosa, escuchó un ruido tras él, y volviéndose vio a un
Gato que se reía de los débiles esfuerzos de un Ratón herido, por arrastrarse fuera de
la habitación.
-¡Bestia cruel! -exclamó- ¿Por qué no lo matas de una vez, como una dama?
Levantándose, sacó al Gato a puntapiés de la habitación, y recogiendo al Ratón,
compasivamente lo arrebató a sus sufrimientos retorciéndole el cuello. Requerido
desde el lecho por los gemidos de su paciente, el Médico de Buen Corazón administró
un estimulante, un tónico y un nutriente, y se fue.
LA TRIPULACIÓN DEL BOTE
SALVAVIDAS

La Valiente Dotación de una estación de salvamento estaba por botar su barca
para dar un paseíto a lo largo de la costa, cuando descubrieron a poca distancia, mar
adentro, una embarcación que había zozobrado, con una docena de hombres agarrados
de su quilla.
-Tenemos suerte -dijeron los de la Valiente Dotación-; si no hubiéramos visto eso
a tiempo, nuestro destino podría haber sido el de ellos.
De modo que arrastraron su embarcación a lugar seguro y se reservaron para el
servicio de su país.
LA COLA DE LA ESFINGE
Un Perro de disposición taciturna le dijo a su Cola:
-Cada vez que me enojo, te levantas y pones tiesa; cuando estoy complacido te
meneas; cuando estoy alarmado, te pones entre las patas, fuera de peligro. Eres demasiado
vivaz… descubres todas mis emociones. Mi idea es que las colas fueron
dadas para ocultar el pensamiento. Mi mayor ambición es ser tan impasible como la
Esfinge.
-Mi amigo, debes reconocer las leyes y limitaciones de tu ser -replicó la Cola, con
flexiones apropiadas para los sentimientos que expresaba-, y tratar de ser importante
de alguna otra manera. La Esfinge cumple ciento cincuenta requisitos de la
impasibilidad que a ti te faltan.
-¿Cuáles son? -preguntó el Perro.
-Ciento cuarenta y nueve toneladas de arena en la cola.
-¿Y…?
-Una cola de piedra.
EL LADO OSCURO DEL PERSONAJE
Un Talentoso y Honorable Editor, que mediante la práctica de su profesión había
adquirido riqueza y distinción, solicitó a un Viejo Amigo la mano de su hija.
-¡De todo corazón, y Dios te bendiga! -dijo el Viejo Amigo, tomándolo de ambas
manos-. ¡Es un honor más grande que el que me hubiera atrevido a esperar!
-Sabía que esa sería tu respuesta -replicó el Talentoso y Honorable Editor, y
agregó con una sonrisa-. Sin embargo, me parece que debo transmitirte todo el
conocimiento de la personalidad que yo poseo. Este álbum de recortes contiene todos
los testimonios relativos a mi lado sombrío que he sido capaz de recortar en los
últimos diez años, de las columnas publicadas por mis competidores en el negocio de
elevar a la humanidad a un plano
espiritual y moral más alto… mis “repulsivos contemporáneos”.
Dejando el álbum sobre una mesa, se retiró muy animado para hacer los arreglos
de la boda. Tres días después, un mensajero le trajo el álbum, con una nota advirtiéndole
que nunca más volviera a manchar la puerta de su Viejo Amigo.
-¡Vean! -exclamó el Talentoso y Honorable Editor, señalando esa notificación-
¡La calumnia triunfa!
Y fue llevado al Asilo de los Indiscretos.
LA VIUDA DEVOTA
A una Viuda que lloraba sobre la tumba de su esposo, se le aproximó un
Caballero Atractivo que, de manera respetuosa, le aseguró que desde hacía tiempo
abrigaba por ella los sentimientos más tiernos.
-¡Sinvergüenza! -exclamó la Viuda-. ¡Déjeme ya mismo! ¿Es momento para
hablarme de amor?
-Le aseguro, señora, que no pensaba descubrir mis sentimientos -explicó humildemente
el Caballero Atractivo-, pero el poder de su belleza venció a mi discreción.
-Tendría que verme cuando no estoy llorando -dijo la Viuda.
EL DIFUNTO Y LOS HEREDEROS
Un Hombre murió dejando una gran fortuna y muchos apenados parientes que la
reclamaban. Después de unos años, cuando la justicia había fallado contra las
pretensiones de todos, menos uno, este, a quien se le concedió el legado, pidió a su
Abogado que lo hiciera tasar.
-No queda nada para tasar -dijo el Abogado, embolsando sus últimos honorarios.
-Entonces -dijo el Demandante Exitoso-, ¿de qué me sirvieron todos estos
pleitos?
-Usted ha sido un buen cliente para mí -respondió el Abogado, recogiendo sus
libros y papeles-, pero debo decirle que revela una sorprendente ignorancia acerca del
propósito de los pleitos.
LOS POLÍTICOS Y EL BOTÍN
Varias Entidades Políticas estaban dividiendo los despojos.
-Yo tomaré el manejo de las prisiones -dijo un Decente Respeto por la Opinión
Pública-, y haré un cambio radical.
-Y yo -dijo la Reputación Manchada-, conservaré mis actuales conexiones con los
negocios, mientras mi amiga aquí presente, la Toga Corrupta, permanecerá en la
judicatura.
La Olla Política dijo que no herviría nada más, si no la volvían a llenar con líquido
del Pozo Asqueroso.
El Poder Cohesivo del Botín Público observó tranquilamente que las dos candidaturas
principales constituirían, suponía, su parte.
-No - dijo la Más Vil Degradación-, ya cayeron en mis manos.
EL HOMBRE Y LA VERRUGA
Una Persona con una Verruga en Su Nariz se encontró con una Persona Similarmente
Afligida, y le dijo:
-Permítame proponer su nombre como miembro de la Orden Imperial de los
Probóscides Anormales, de la cual soy el Gran Líder Preclaro y Tesorero Subrepticio.
Hace dos meses, yo era el único miembro. Hace un mes éramos dos. Hoy contamos
con cuatro Emperadores de la Proboscis Anormal de importancia… El doble cada
cuatro semanas, ¿ve? Es una progresión geométrica… ya sabe cómo aumenta eso… En
un año y medio cada hombre en este país tendrá una verruga en la nariz. ¡Orden
poderosa! Cuota de ingreso, cinco dólares.
-Amigo mío -dijo la Persona Similarmente Afligida-, aquí tiene cinco dólares.
Mantenga mi nombre fuera de sus libros.
-Le agradezco su amabilidad -replicó el Hombre con una Verruga en su Nariz,
embolsando el dinero-; para nosotros es como si se nos hubiera unido. Adiós.
Se fue, pero al ratito apareció de vuelta.
-Me olvidé de hablarle de la cuota mensual -dijo.
LA DIETA DEL PUGILISTA
El Entrenador de un Pugilista consultó a un Médico, acerca de la dieta del
campeón.
-Las chuletas son demasiado tiernas -dijo el Médico-; que coma carne de cuello
de toro.
-Creía que la otra era más digerible -explicó el Entrenador.
-Eso es muy cierto -dijo el Médico-; pero no ejercita suficientemente la mandíbula.
EL ANCIANO Y EL ALUMNO
Un Hermoso Anciano se encontró con el Alumno de una escuela dominical, y posando
tiernamente su mano en la cabeza del chico, le dijo:
-Hijo mío, escucha las palabras de los sabios y sigue el consejo de los rectos.
-Muy bien -respondió el Alumno de la escuela dominical-. Prosigue.
-Oh, en realidad no tengo nada que decirte -dijo el Hermoso Anciano-. Sólo
estaba observando una de las costumbres de mi edad. Yo soy un pirata.
Y cuando retiró su mano de la cabeza del chico, este advirtió que su cabellera
estaba llena de sangre coagulada. El Hermoso Anciano siguió su camino, instruyendo
a otros jóvenes.
UN OPTIMISTA
Dos Ranas en la barriga de una serpiente estaban considerando su molesta situación.
-Esto es flor de mala suerte -dijo una.
-No saques conclusiones apresuradas -dijo la otra-; estamos a resguardo de la
lluvia, con comida y alojamiento.
-Con alojamiento, sin duda -dijo la Primera Rana-; pero no veo la comida.
-Eres un ave de mal agüero -explicó la otra-. Nosotras somos la comida.
LOS DOS SALTEADORES
Dos Salteadores de caminos estaban sentados tomando un trago, en un refugio a
un costado del camino, comparando sus aventuras nocturnas.
-Yo lo paré al jefe de Policía -dijo el Primer Salteador-, y me fui con todo lo que
tenía.
-Y yo -dijo el Segundo Salteador- paré al Fiscal del Distrito de los Estados
Unidos, y me fui con…
-¡Buen Dios! -interrumpió el otro, colmado de asombro y admiración- ¿Te fuiste
con todo lo que ese tipo tenía?
-No -explicó el infortunado narrador-. Sólo con una pequeña parte de lo que tenía
yo.
UNA VALIOSA SUGERENCIA
Una Gran Nación, que sostenía una disputa con una Pequeña Nación, resolvió
intimidar a su antagonista con una gran demostración naval en el puerto principal de
la última. De modo que la Gran Nación reunió todos sus barcos de guerra dispersos en
todo el mundo, y estaba a punto de hacerlos navegar trescientos cincuenta millas hasta
el lugar del encuentro, cuando el Presidente de la Gran Nación recibió la siguiente
nota del Presidente de la Pequeña Nación:
“Mi gran y buen amigo, me he enterado de que va a exhibirnos su marina con el
objeto de impresionarnos con su poder. ¡Qué innecesario es ese gasto! Para demostrarle
que ya conocemos todo acerca de esta materia, adjunto a esta una lista de
todas las naves y piezas de artillería que ustedes tienen”.
Tanto impresionó al gran y buen amigo la sólida sensatez de esta misiva, que
mantuvo su marina en casa, economizando mil millones de dólares. Gracias a esta
economía pudo comprar una decisión satisfactoria cuando la causa de la disputa fue
sometida a arbitraje.
LA MANO TOMADA
Un Exitoso Hombre de Negocios que tuvo oportunidad de escribirle a un Ladrón,
le expresó su deseo de verlo y estrechar su mano.
-No -respondió el Ladrón-, hay algunas cosas que yo no tomo… entre ellas su
mano.
-Usted debe usar un poco de estrategia -dijo un Filósofo a quien el Exitoso
Hombre de Negocios contó la desdeñosa respuesta del Ladrón-. Deje su mano afuera
alguna noche, y él la tomará.
De modo que una noche, el Exitoso Hombre de Negocios dejó su mano fuera del
bolsillo de un vecino y el Ladrón la tomó con avidez.
EL POETA Y EL EDITOR
-Mi querido señor -dijo el Editor al Poeta que lo visitaba para hablar de la publicación
de su poema-, lamento decir que debido a un infortunado altercado en esta
oficina, la mayor parte de su manuscrito es ilegible; se derramó sobre él una botella de
tinta, manchando todo salvo la primera línea, es decir: “Las hojas de otoño caían,
caían”. Desafortunadamente, no habiendo leído el poema, fui incapaz de recordar los
incidentes que seguían; de otro modo, podríamos haberlos ofrecido con nuestras
propias palabras. Si la noticia no ha perdido interés y no apareció ya en otros
periódicos, quizás usted tendrá la amabilidad de relatarnos lo ocurrido, mientras yo
tomo notas. “Las hojas de otoño caían, caían”. Prosiga.
-¿Qué? -dijo el Poeta-. ¿Espera que yo reproduzca todo el poema de memoria?
-Sólo la sustancia… sólo los hechos conducentes. Nosotros agregaremos lo que
sea necesario para amplificarlo y embellecerlo. Sólo le llevará un momento. “Las hojas
de otoño caían, caían”. Adelante.
Se escuchó el sonido de un lento levantarse e irse, mientras el cronista de sucesos
efímeros permanecía inmóvil, con su pluma suspendida; y cuando el movimiento se
completó, la Poesía sólo quedó representada en ese lugar, por un sitio tibio en una
silla.
EL ADMINISTRADOR PARTIDARIO Y EL
CABALLERO

Un Administrador de un Partido le dijo a un Caballero, que estaba ocupándose de
sus propios asuntos:
-¿Cuánto pagará por una candidatura a un cargo?
-Nada -replicó el Caballero.
-Pero contribuirá con algo a los fondos de la campaña para apoyar su elección
¿no? -preguntó el Administrador del Partido, guiñando el ojo.
-Oh, no -dijo seriamente el Caballero-. Si el pueblo desea que trabaje para él debe
emplearme sin que yo lo solicite. Estoy muy bien sin ningún cargo.
-Pero -lo urgió el Administrador del Partido-, un nombramiento es algo deseable.
Es un gran honor ser un servidor del pueblo.
-Si el servicio del pueblo es un gran honor -dijo el Caballero- sería indecente de
mi parte buscarlo; y si lo obtuviera por mi propio esfuerzo, dejaría de ser un honor.
-Bueno -insistió el Administrador del Partido-, espero que al menos endosará la
plataforma partidaria.
El Caballero replicó:
-Es improbable que sus autores hayan expresado fielmente mis puntos de vista sin
consultarme; y si endoso su obra sin aprobarla sería un mentiroso.
-¡Usted es un hipócrita detestable y un idiota! -gritó el Administrador del Partido.
-Ni siquiera su buena opinión acerca de mi idoneidad me convencerá -replicó el
Caballero.
UN IMBÉCIL INCALIFICABLE
Un Juez le dijo a un Asesino Convicto:
-Prisionero en el banquillo: ¿tiene algo que decir que impida el dictado de su senLibrodot
tencia de muerte?
-¿Lo que yo diga marcará alguna diferencia? -preguntó el Asesino Convicto.
-No veo cómo podría hacerlo -respondió reflexivamente el Juez-. No, no lo hará.
-Entonces -dijo el condenado-. Me gustaría señalar que usted es el más incalificable
imbécil en siete Estados y todo el Distrito de Columbia.
EN EL POLO
Tras gran dispendio de vidas y riquezas, un Osado Explorador tuvo éxito y
alcanzó el Polo Norte, donde se le aproximó un Nativo que allí vivía.
-Buenos días -dijo el Nativo-. Estoy muy contento de verlo, pero ¿por qué vino
aquí?
-La gloria -dijo el Osado Explorador, lacónicamente.
-Sí, sí, ya lo sé -insistió el otro-, pero ¿de qué le servirá al hombre su descubrimiento?
¿A qué verdades antes inaccesibles le dará acceso? ¿A qué hechos, quiero
decir, que tengan valor científico?
-Sería adivino si lo supiese -replicó francamente el gran hombre-, tiene que
preguntárselo al Científico de la Expedición.
Pero el Científico de la Expedición explicó que había estado tan enfrascado en
el cuidado de sus instrumentos y el estudio de sus tablas, que no había tenido
tiempo de pensar en el asunto.
UN PARALELO RADICAL
Unos Cristianos Blancos empeñados en expulsar a los Paganos Chinos de una
ciudad americana, encontraron un periódico publicado en Pekín en idioma chino, y
obligaron a una de sus víctimas a traducir un editorial. Resultó ser un llamado al
pueblo de la provincia de Pang Ki, a expulsar a los demonios extranjeros del país, y
quemar sus casas e iglesias. Esta evidencia de la barbarie mongólica encolerizó tanto
a los Cristianos Blancos, que llevaron a la práctica su proyecto original.
EL LEGISLADOR Y EL CIUDADANO
Un ex Legislador le pidió a El Más Respetable Ciudadano, una carta para el Gobernador,
recomendándolo para el puesto de Comisionado de Langostinos y Cangrejos.
-Señor -dijo severamente El Más Respetable Ciudadano- ¿no estuvo usted una
vez en el Senado Estatal?
-No he llegado tan bajo, señor, se lo aseguro -fue la respuesta-. Fui miembro de la
Cámara Más Lenta. Me expulsaron por vender mi influencia.
-¡Y se atreve a pedir la mía! -gritó El Más Respetable Ciudadano-. ¿Tiene la
impudicia? Un hombre que acepta coimas es capaz de ofrecerlas. Quiere decir que…
-No se me ocurriría hacerle una propuesta corrupta, señor; pero si yo fuera
Comisionado de Langostinos y Cangrejos,
tendría cierta influencia sobre la población portuaria, y podría ayudarlo en su
pugna por obtener el puesto de Oficial Instructor.
-En tal caso, no encuentro justificaciones para negarle la carta.
EL PERRO Y EL DOCTOR
Un Perro que había visto a un Doctor concurrir al entierro de un paciente adinerado,
le dijo:
-¿Cuándo vas a desenterrarlo?
-¿Por qué habría de desenterrarlo? -preguntó el Doctor.
-Cuando yo entierro un hueso -dijo el Perro-, es con la intención de desenterrarlo
posteriormente, descarnarlo y sacarle el jugo.
-Los huesos que yo entierro -dijo el Doctor-, son aquellos a los que ya nada
puedo sacar.
EL HOMBRE QUE HACIA LLOVER
Un Funcionario del Gobierno, con una gran dotación de mulas cargadas de globos,
cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos, hizo alto y acampó en medio
de un desierto, en el que no había llovido durante diez años. Después de varios meses
de preparativos y un gasto de un millón de dólares todo estuvo dispuesto, y una serie
de tremendas explosiones se produjeron en el cielo y en la tierra. Todo esto fue
seguido por un enorme diluvio que lavó al infortunado Funcionario y a todo su equipo
de la faz de la creación, y llenó el corazón de los agricultores de una alegría
demasiado honda para traducirla en palabras. Un Cronista de Periódico que acababa
de llegar escapó trepando a una colina cercana, y allí encontró al Unico Sobreviviente
de la expedición -un conductor de mulas- arrodillado detrás de un árbol, orando con,
extremo fervor.
-Oh, no puede pararlo de ese modo -dijo el Cronista.
-Mi compañero de viaje al tribunal de Dios -replicó el Unico Sobreviviente, mirándolo
sobre su hombro-, su entendimiento está hundido en la oscuridad. No estoy
deteniendo a esta gran bendición; con la ayuda de la Providencia, la estoy trayendo.
-Ese sí que es un buen chiste -dijo el Cronista, riendo a más no poder en medio de
la espesa lluvia-: ¡Dios respondiendo a los ruegos de un conductor de mulas!
-Hijo de la superficialidad y el escarnio -replicó el otro-, te equivocas de nuevo,
engañado por estas humildes ropas. Soy el reverendo Ezequiel Thrifft, ministro del
Evangelio, ahora al servicio de la gran firma manufacturera Skinn & Sheer. Fabrican
globos, cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos.
LA FORTUNA Y EL FABULISTA
Un Escritor de Fábulas marchaba a través de un bosque solitario, cuando se encontró
con la Fortuna. Terriblemente asustado, trató de trepar a un árbol, pero la
Fortuna tiró de él, lo hizo bajar, y se le ofreció con cruel insistencia.
-¿Por qué trataste de escapar? -preguntó la Fortuna, una vez que cesó la resistencia
y se acallaron los chillidos del Fabulista-. ¿Por qué me miras de manera tan
inhospitalaria?
-No sé qué eres -respondió el Escritor de Fábulas, hondamente perturbado.
-Soy la riqueza, soy la respetabilidad -dijo la Fortuna-; soy casas elegantes, un
yate, una camisa limpia todos los días. Soy el ocio, soy los viajes, el vino, un sombrero
brillante y un saco que no brilla. Soy la comida suficiente.
-Muy bien -dijo el Escritor de Fábulas, en un susurro-; ¡pero, por Dios, habla más
bajo!
-¿Por qué? -preguntó la Fortuna, sorprendida.
-Para no despertarme -replicó el Escritor de Fábulas, mientras una increíble calma
se adueñaba de su hermoso rostro.
UNA TRANSPOSICIÓN
Viajando a través del País de la Artemisa, un Asno encontró a un Conejo, que exclamó
muy sorprendido:
-¡Cielos! ¿Cómo creciste tanto? ¡Sin duda eres el más grande conejo viviente!
-No -dijo el Asno-, tú eres el burro más pequeño.
Después de una larga y estéril discusión, el asunto fue sometido a la decisión de
un Coyote que pasó por allí, que tenía algo de demagogo y el deseo de quedar bien
con los dos.
-Caballeros -dijo-, ambos tienen razón, como se podía esperar de personas tan
dotadas de disposición para recibir instrucción de los sabios. Usted, señor -volviéndose
al animal de más tamaño- es, como él ha señalado correctamente, un conejo-
. Y usted -volviéndose al otro- fue correctamente descripto como un asno. Al
transponer los nombres de ustedes, el hombre actuó con increíble locura.
Quedaron tan complacidos por esta decisión que declararon al Coyote su candidato
a Oso Gris; pero si el Coyote consiguió o no este puesto, es algo que la historia
no cuenta.
EL REY SIN HUESOS
Unos Monos que habían depuesto a su rey se hundieron de inmediato en la disenLibrodot
sión y la anarquía. En este trance, enviaron una Diputación a una tribu vecina, para
consultar al Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo.
-Hijos -dijo el Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo, una vez que escuchó a
la Diputación-, hicieron bien en librarse de la tiranía, pero la tribu de ustedes no está
suficientemente adelantada como para pasarla sin la monarquía. Tienten al tirano con
falsas promesas para que vuelva, mátenlo y entronícenlo. Aun el esqueleto del más
ilegal de los déspotas hace un buen soberano constitucional.
Ante estas palabras, la Diputación se mostró muy confundida.
-Eso es imposible -dijeron, alejándose-. Nuestro rey no tiene esqueleto; era un rey
de paño.
EL CIUDADANO HONESTO
Un Ascenso Político, etiquetado con su precio, recorría el Estado en busca de un
comprador. Un día se ofreció a un Hombre Verdaderamente Bueno que, después de
examinar la etiqueta y encontrar que el precio era el doble de lo que él estaba dispuesto
a pagar, expulsó desdeñosamente al Ascenso Político, de su puerta. Entonces,
la Gente dijo:
-¡Miren, este es un ciudadano honesto!
Y el Hombre Verdaderamente Bueno confesó que esto era cierto.
A LA PUERTA DEL PARAÍSO
Irguiéndose de la tumba, una Mujer se presentó a la Puerta del Paraíso, y golpeó
con mano temblorosa.
-Señora -dijo San Pedro, levantándose y acercándose a la ventanilla-, ¿de dónde
viene?
-De San Francisco -respondió la Mujer, avergonzada, mientras grandes gotas de
sudor brillaban en su frente espiritual.
-¡No importa, mi buena muchacha! contestó el Santo, compasivamente- La
eternidad es un tiempo largo; terminarás por olvidar.
-Pero eso no es todo -la Mujer estaba cada vez más turbada-. Yo envenené a mi
esposo… yo descuarticé a mis niños, yo…
-Ah -dijo el Santo, con súbita severidad-, tu confesión sugiere una grave posibilidad.
¿Eras miembro de la Asociación de Mujeres de Prensa?
La mujer se irguió y replicó con entusiasmo:
-No.
Las puertas de madreperla y jaspe giraron sobre sus goznes de oro, produciendo
la música más cautivadora, y el Santo, haciéndose a un lado, hizo una reverencia,
diciendo:
-Entra, entonces, en tu eterno descanso.
Pero la Mujer vacilaba.
-El envenenamiento… el descuartizamiento… el… el… -tartamudeó.
-No tienen importancia, te lo aseguro. No vamos a mostrarnos rigurosos con una
señora que no pertenecía a la Asociación de Mujeres de Prensa. Toma un arpa.
-Pero… yo solicité el ingreso… Me pusieron bolilla negra.
-Toma dos arpas.
EL ANARQUISTA ENGATADO
Un Orador Anarquista a quien cierto Respetuoso de la Ley le arrojó a la cara un
Gato Muerto, hizo detener y llevar ante un magistrado al Gato Muerto.
-¿Por qué recurres a la Ley -dijo el Magistrado-, si tú estás por la abolición de la
ley?
-Eso -replicó el Anarquista- no es asunto suyo; no estoy obligado a ser
consistente. Usted está sentado aquí para hacer justicia entre este Gato Muerto y yo.
-Muy bien -dijo el Magistrado, con expresión solemne, poniéndose el birrete
negro-; como el acusado no se defiende, y es indudablemente culpable, lo condeno a
ser comido por el ejecutor público; y como ocurre que este cargo está vacante, lo
designo a usted, sin contrato.
Uno de los más deleitados espectadores de la ejecución fue el desconocido
Respetuoso de la Ley que había arrojado al con
denado.
EL HONORABLE MIEMBRO DE LA
LEGISLATURA

Un Miembro de una Legislatura que se había comprometido con sus Constituyentes
a no robar, se llevó con él, al terminar la sesión, gran parte de la cúpula del Capitolio.
Por lo tanto, los Constituyentes se reunieron en indignada asamblea y votaron
la resolución de embrearlo y emplumarlo.
-Son muy injustos -dijo el Miembro de la Legislatura-. Es verdad que yo les
prometí a ustedes que no robaría; ¿pero acaso les prometí que no mentiría?
Los Constituyentes dijeron que era un hombre honorable y lo eligieron para el
Congreso de los Estados Unidos, sin embrearlo ni emplumarlo.
UNA REMUNERACIÓN INADECUADA
A un Buey incapaz de salir por sí mismo de la ciénaga en que se hundía, se le
aconsejó que hiciera uso de una Influencia Política. Cuando la Influencia Política
llegó, el Buey dijo:
-Mi buena amiga, le ruego que me amarre con fuerza, y deje que la naturaleza
siga su curso.
De modo que la Influencia Política amarró con fuerza la Cabeza del Buey, y la
naturaleza siguió su curso: el Buey fue arrancado de la ciénaga, primero, y a continuación
de su piel. Entonces la Influencia Política miró por sobre sus hombros la buena
carcasa gorda de carne que estaba arrastrando a su cubil y dijo, con insatisfacción:
-Esto no alcanza a cubrir lo que habitualmente cobro; me llevaré a casa la primera
cuota, y después retornaré por la piel.
EL CACIQUE POLÍTICO EXPATRIADO
Un Cacique Político que había ido a Canadá fue escarnecido por un Ciudadano de
Montreal, que lo acusaba de haber huido para evitar ser procesado.
-Me hace una grave injusticia -dijo el Cacique Político, dejando caer un par de
lágrimas-. Vine a Canadá sólo a causa de sus atractivos políticos; se dice que su
Gobierno es el más corrupto del mundo.
-Le ruego que me perdone -contestó el Ciudadano de Montreal.
Cayeron uno sobre el cuello del otro, y al terminar este tocante rito, el Cacique
Político tenía dos relojes.
UN ESTADISTA
Un Estadista que asistía a una asamblea de la Cámara de Comercio se levantó
para hablar, pero fue objetado, acusándoselo de que nada tenía que ver con el
comercio.
-Señor Presidente -dijo un Antiguo Miembro, levantándose-, opino que esa
objeción no corresponde; la conexión del caballero con el comercio es íntima y estrecha.
Es una mercancía.
LOS TRES RECLUTAS
Un Campesino, un Artesano y un Trabajador se presentaron ante el Rey de su
país, y se quejaron porque se veían obligados a sostener un enorme ejército de
consumidores, que no hacía nada en su beneficio.
-Muy bien -dijo el Rey-, los deseos de mis súbditos son la ley suprema.
Así que disolvió su ejército y los consumidores se volvieron productores. La
venta de sus productos hizo bajar tanto los precios, que los campesinos se arruinaron,
y los artesanos y trabajadores fueron a dar a los asilos y los caminos. En pocos años el
desastre nacional era tan grande, que el Campesino, el Artesano y el Trabajador
elevaron un petitorio al Rey, para que restaurase su ejército.
-¿Qué? -dijo el Rey-. ¿Desean sostener a esos consumidores haraganes otra vez?
-No, su Majestad -contestaron ellos-, deseamos enrolarnos.
UN DESORDEN FATAL
Un Agonizante, a quien le habían disparado, fue apremiado por oficiales de la ley
para que hiciera una rápida declaración.
-Usted fue atacado sin provocación, por supuesto -manifestó el Fiscal del Distrito,
preparándose para asentar la respuesta.
-No -replicó el Agonizante-, yo fui el agresor.
-Sí, entiendo -dijo el Fiscal del Distrito; usted cometió la agresión… fue obligado
a hacerlo. Lo hizo en defensa propia.
-No creo que me hubiera dañado si yo lo hubiese dejado en paz -dijo el moribundo-.
No… creo que era un hombre pacífico, incapaz de matar una mosca. Le hice
soportar tanta presión que él, naturalmente, tenía que sucumbir… no pudo aguantar.
Honestamente, si se hubiera negado a dispararme, no veo cómo yo podría haber
seguido tratándolo.
-¡Santo Cielo! -exclamó el Fiscal del Distrito, arrojando su cuaderno de apuntes y
su lápiz-. Esto es completamente anómalo. No puedo utilizar como declaración
últimas palabras como estas.
-Nunca he visto a un hombre que diga la verdad cuando muere violentamente -
dijo el jefe de Policía.
-¡No hay ninguna violencia! -contestó el Médico Policial, sacando e inspeccionando
la lengua del hombre-. Es la verdad la que lo está matando.
UN TALISMÁN
Habiendo sido designado para cumplir las funciones de jurado, un Prominente
Ciudadano envió un certificado médico donde se declaraba que padecía de reblandecimiento
cerebral.
-El caballero está excusado -dijo el juez, devolviendo el certificado a la persona
que lo había traído-, tiene cerebro.
EL CONGRESO Y EL PUEBLO
Los sucesivos Congresos habían empobrecido enormemente al Pueblo, que estaba
desanimado y lloraba copiosamente.
-¿Por qué lloran? -indagó un Angel que se había posado en un árbol cercano.
-Nos han sacado todo lo que teníamos -fue la respuesta-, excepto -añadió el
Pueblo, al darse cuenta de quién era el llamativo visitante-, excepto nuestra esperanza
del Paraíso. ¡Gracias a Dios que no pudieron quitarnos eso!
¡Pero al fin llegó el Congreso de 1889!
EL JUEZ Y SU ACUSADOR
Un eminente juez de la Corte Suprema de Gowk fue acusado de haber obtenido
su designación fraudulentamente.
-Usted disparata -dijo a su Acusador-; tiene poca importancia cómo obtuve mi
poder; lo único importante es cómo lo he usado.
-Confieso -manifestó el Acusador- que en comparación con la manera ruin en que
usted se condujo en la Corte, el método ruin mediante el cual usted llegó a ella es una
bagatela.
ECONOMIZANDO FUERZA
Un Hombre Débil que iba colina abajo se encontró con un Hombre Fuerte que subía,
y le dijo:
-Vengo en esta dirección porque requiere menos esfuerzo, no porque lo haya
elegido. Le ruego, señor, que me ayude a volver a la cumbre.
-Me alegrará hacerlo -dijo el Hombre Fuerte, con el rostro iluminado por una
gloriosa idea-. siempre he considerado a mi fuerza un don sagrado que se me confió
para bien de mi prójimo. Lo llevaré arriba conmigo. Póngase detrás de mí y empuje.
EL SALTEADOR DE CAMINOS Y EL
VIAJERO

Un Salteador de Caminos enfrentó a un Viajero, y apuntándole con un arma de
fuego, le gritó:
-¡El dinero o la vida!
-Mi querido amigo -dijo el Viajero-, de acuerdo con los términos de su exigencia
mi dinero salvará mi vida, mi vida mi dinero; usted indica que se apoderará de una o
de lo otro, pero no de ambos. Si esto es lo que usted quiere decir le ruego que sea
bueno y tome mi vida.
-No es eso lo que quiero decir -replicó el Salteador-; usted no puede salvar su
dinero renunciando a su vida.
-Entonces, tómela de todos modos -dijo el Viajero-. Si no sirve para salvar mi
dinero, no sirve para nada.
Tanto agradaron al Salteador la filosofía y el ingenio del Viajero, que lo tomó
como socio y esta espléndida combinación de talentos fundó un periódico.
EL BUEN GOBIERNO
-¡Qué territorio feliz eres! -dijo una Forma Republicana de Gobierno a un Estado
Soberano-. Sé bueno y quédate quieto en tanto paseo encima de ti, cantando los
elogios del sufragio universal y disertando sobre las bendiciones de la libertad civil y
religiosa. Mientras, puedes mitigar tus penas maldiciendo al poder unipersonal y a las
decadentes monarquías de Europa.
El Estado replicó:
-Mis servidores públicos han sido tontos y pillos, desde la fecha de tu ascenso al
poder; mis cuerpos legislativos -tanto los estatales como los municipales- son bandas
de ladrones; mis impuestos son insoportables; mis Cortes, corruptas; mis ciudadades,
una desgracia para la civilización; mis corporaciones tienen sus manos en la garganta
de todos los intereses particulares… La totalidad de mis asuntos está en desorden y en
criminal confusión.
-Cuanto dices es muy cierto -respondió la Forma Republicana de Gobierno,
poniéndose sus zapatos claveteados-, pero considera cómo te emociono cada Cuatro
de julio.
EL GUARDA VIDAS
Una Antigua Doncella, parada en el borde de un muelle, cerca de un Amante
Moderno, dejó oír estas palabras:
-¡Noble protector! ¡La vida que has salvado te pertenece!
Tras repetir esto varias veces en diversas entonaciones, se arrojó al agua, donde
murió ahogada.
-Soy un noble protector -dijo el Amante Moderno, alejándose pensativo-, la vida
que he salvado es sin duda la mía.
TRES DE LA MISMA CLASE
Un Abogado fue contratado para defender a un Ladrón, a quien la policía había
logrado detener tras violenta pelea con otro que había huido. En la reunión con su
cliente, el Abogado preguntó:
-¿Tiene cómplices?
-Sí, señor -respondió el Ladrón-. Tengo dos, pero ninguno fue capturado.
Contraté a uno para que me defendiera de la policía, y a usted lo contraté para que me
defienda de una condena.
Esta respuesta impresionó profundamente al Abogado, quien tras verificar que el
Ladrón no había acumulado ningún dinero mediante el ejercicio de su profesión,
abandonó el caso.
EL FABULISTA
Un Ilustre Satírico visitaba un zoológico ambulante, con la idea de recolectar material
literario. Cuando pasó cerca del Elefante, este animal dijo:
-¡Qué triste que un censor tan justamente famoso eche a perder su obra ridiculizando
personajes con narices colgantes, que son la sal de la tierra!
El Canguro añadió:
-Disfruto mucho la crítica de lo ridículo que hace ese gran hombre, particularmente
sus ataques contra los proboscidios; pero ¡cielos!, es irreverente con los
marsupiales, y se ríe de nuestra manera de llevar a nuestros cachorros en una bolsa.
El Camello dijo:
-Si al menos conservara el respeto a la Sagrada Giba, sería impecable. Pero tal
como son las cosas, no puedo permitir que su obra sea leída en presencia de los míos.
El Avestruz, al ver que se aproximaba, hundió su cabeza en la paja, diciendo:
-Si no me oculto, puede ocurrírsele escribir algo desagradable acerca de mi falta
de una cresta, o de mi apetito por la chatarra, y aunque es indeciblemente brillante
cuando se consagra a ridiculizar la locura y la codicia, su estupidez es inigualable
cuando excede los límites del comentario lícito.
-Ese -señaló el Buitre a su pichón- es el autor de esa fábula gloriosa, “El Avestruz
y el barril de clavos crudos”. Lamento añadir que también escribió “El festín del
Buitre”, en el que la dieta de carroña es insolentemente desacreditada. La dieta de
carroña es el fundamento de la buena salud. Si todo el mundo comiera sólo cadáveres,
la muerte sería desconocida.
Al ver que se aproximaba un asistente, el Ilustre Satírico salió de la tienda y se
mezcló con la multitud. Posteriormente se descubrió que se había colado bajo la
tienda, sin pagar.
UNA PETICIÓN DEFECTUOSA
Un Juez Adjunto de la Suprema Corte estaba sentado a la orilla de un río, cuando
un Viajero se aproximó y le dijo:
-Deseo cruzar. ¿Será legítimo usar este bote?
-Lo será -fue la respuesta-; es mi bote.
El Viajero le dio las gracias, y empujando el bote al agua se embarcó y comenzó
a remar, alejándose. Pero el bote se hundió y él se ahogó.
-¡Hombre cruel! -exclamó un Espectador Indignado-. ¿Por qué no le dijo que su
bote estaba agujereado?
-La cuestión del estado del bote -dijo el gran jurista- no me fue planteada.
LOS HERMANOS DE LUTO
Advirtiendo que estaba por morir, un Anciano convocó a sus dos Hijos junto a su
lecho, y expuso la situación.
-Hijos míos -les dijo-, ustedes no me ofrecieron muchas señales de respeto
durante mi vida, pero darán fe de su pena por mi muerte. Aquel que más tiempo lleve
luto en su sombrero en mi memoria, se quedará con toda mi fortuna. He hecho un
testamento a tal efecto.
De modo que cuando el Anciano murió, los jóvenes pusieron luto en sus
sombreros, y lo llevaron hasta que ellos mismos fueron viejos, cuando,
comprendiendo que ninguno de los dos lo abandonaría, convinieron que el más joven
dejaría de usar luto, y el mayor le daría la mitad de la fortuna. ¡Pero cuando el mayor
solicitó la propiedad, se encontró con que había habido un Albacea!
De este modo, fueron adecuadamente castigadas la hipocresía y la obstinación.
EL PATRIOTA Y EL BANQUERO
Un Patriota que, siendo pobre, había accedido a un puesto en el gobierno, y lo
había abandonado rico, se presentó en un Banco, donde deseaba abrir una cuenta.
-Con mucho gusto -dijo el Banquero Honesto- será un placer para nosotros hacer
negocios con usted; pero primero tiene que convertirse en un hombre honesto,
devolviendo todo lo que robó desde el Gobierno.
-¡Bendito cielo! -exclamó el Patriota-. Si hago eso, no me quedará nada para
depositar en el Banco.
-No me parece -respondió el Banquero Honesto-. Nosotros no somos todo el
pueblo americano.
-Ah, comprendo -contestó el Patriota, reflexionando-. ¿En cuánto estima la
proporción que le corresponde al Banco, del dinero que el país perdió por mí?
-Un dólar -respondió el Banquero Honesto.
Y con orgullosa conciencia de servir a su país con sabiduría y propiedad, cargó
esa suma en la cuenta.
EL ANARQUISTA REFORMADO
Un famoso Anarquista naufragó, y el mar lo arrojó a las playas de la isla de
Gowqueechi, habitada por la antigua y poderosa tribu de los Tumtum. Fue descubierto
y llevado ante el Jamgrogrum, que le preguntó cuál era su fe política.
-Le preguntamos esto a todos los extranjeros -explicó el Jamgrogrum-, con la
esperanza de conocer algún día principios políticos superiores a los nuestros.
-Soy un Anarquista -respondió el recién llegado-. Sostengo que todos los gobiernos
son perversos, todas las leyes opresivas. Enseño que todos los Jamgrogra deberían
ser asesinados.
El monarca llamó al Primer Ministro a su lado, y tras susurrarle ciertas instrucciones,
se retiró.
Al día siguiente, una vez que el Primer Ministro se presentó en palacio, y comió
un puñado de lodo, como la etiqueta de la corte lo exigía, el Jamgrogrum le pidió
noticias del Anarquista.
-Lo hice llevar a los baños, y fue cuidadosamente bañado.
-¿Y entonces?
-Cuando se le preguntó, de acuerdo con las instrucciones de su Majestad, si todavía
era un Anarquista, respondió que ningún tratamiento, por duro y cruel que
fuera, alteraría sus convicciones.
-Entonces -exclamó el Jamgrogrum, con el aire decepcionado de alguien privado
del cumplimiento de una ilusión largamente anhelada- mi teoría acerca de la unidad
de la suciedad y el anarquismo ha sido refutada.
-No, su Majestad -dijo el Primer Ministro-; murió diez minutos después del baño.
LOS DOS HIJOS
Un Hombre tenía Dos Hijos. El mayor era virtuoso y obediente, el más joven perverso
y taimado. Cuando el padre estaba por morir, los llamó ante él y dijo:
-Sólo tengo dos cosas valiosas: mi rebaño de camellos y mi bendición. ¿Cómo los
distribuiré?
-Dame tu bendición -dijo el Hijo Más Joven-, porque puede reformarme. Si me
dieras los camellos, seguramente yo sin duda los vendería y malgastaría el dinero.
El Hijo Mayor, disimulando su júbilo, dijo que trataría de contentarse con los camellos
y un recuerdo piadoso.
Todo se arregló según lo hablado y el Hombre murió. Entonces, el perverso Hijo
Más joven se presentó ante el Cadí y dijo:
-Mira, mi hermano se ha apropiado de mi herencia legítima. Es tan malo que
nuestro padre, como todo el mundo sabe,
le negó su bendición; ¿es verosímil que le haya dado los camellos?
El Hijo Mayor fue obligado a entregar el rebaño y fue correctamente apaleado por
su rapacidad.
EL EXPLORADOR AFORTUNADO
Un Emisario del Presidente de los Estados Unidos ante el Emperador de Abisinia
se despedía de este soberano que, para atestiguar su pesar de acuerdo con las costumbres
de su país, dejó caer un diluvio de lágrimas.
-Mi fama está asegurada -dijo el Emisario-: he descubierto la fuente del Nilo.
EL HIJO RESPETUOSO
Un Millonario había ido a un asilo a visitar a su padre, y se encontró allí con un
Vecino que se mostró enormemente sorprendido.
-¿Qué? -dijo el Vecino-. ¿Usted a veces visita a su padre?
-Estoy seguro de que si nuestras situaciones se invirtieran, él me visitaría a mí -
respondió el Millonario. El viejo siempre estuvo orgulloso de mí. Además -agregó en
voz baja-, tengo que hacerle firmar; estoy asegurando su vida.
LA VIUDA Y EL SOLDADO
Una Viuda cuyo marido había sido colgado encadenado estaba velando el cadáver
la primera noche, y empapada en lágrimas imploraba al Centinela que lo custodiaba,
que le permitiera robarlo.
-Señora -dijo el Centinela-. No puedo resistir más sus ruegos; su belleza se
impone sobre mi sentido del deber. Le entregaré el cuerpo y tomaré su lugar en la
jaula, en la que un golpe de mi puñal confundirá a la justicia y me otorgará la felicidad
de morir por una mujer tan adorable.
-No -dijo la dama-. No puedo aceptar el sacrificio de una vida tan noble. Si es
cierto que usted me mira con buenos ojos, ayúdenos a mí y a mis sirvientes a llevar el
objeto sagrado a mi castillo, donde usted permanecerá oculto hasta que podamos huir
del país.
-No -dijo el Centinela-. Seguramente sería descubierto y arrancado de sus brazos.
En tres días usted puede reclamar el cuerpo de su querido esposo; después podrá
conferir a un honorable soldado toda la felicidad y distinción que a juicio de usted su
devoción merezca.
-¡Tres días! -exclamó la dama-. Eso es mucho para esperar y poco para fugar.
Pero sin llevar carga podemos alcanzar la frontera. Ya el día comienza a romper…
dejemos el cuerpo y partamos.
UNA OFERTA MEZQUINA
Dos Soldados yacían muertos en el campo de honor.
-¿Qué darías por volver a vivir? -le preguntó uno al otro.
-Al enemigo, la victoria -fue la respuesta-; a mi país, una larga vida de servicio
desinteresado como civil. ¿Y qué darías tú?
-El aplauso de mis compatriotas.
-¡Tú sí que eres un pichinchero de lo más tacaño! -dijo el otro.
DIPLOMACIA
-¡Si usted no somete mi reclamo a arbitraje -escribió el Presidente de Omohu al
Presidente de Modugy-, tomaré inmediatas medidas para satisfacerlo por mis propios
medios!
-Señor -contestó el Presidente de Modugy-, puede irse al diablo con su amenaza
de guerra.
-Mi gran y buen amigo -escribió el otro-, usted confunde el carácter de mi
comunicación. Es un antepenultimátum.
LOS DOS ESCÉPTICOS
Ciertos paganos cuyo Idolo estaba muy deteriorado lo arrojaron a un río. Luego,
erigieron uno nuevo y se entregaron a la adoración pública, a sus pies.
-¿Qué significa todo esto? -preguntó el Nuevo ¡dolo.
-Padre del Regocijo y del Coágulo -dijo el Gran Sacerdote-, sé paciente y te
instruiré en las doctrinas y ritos de nuestra santa religión.
Un año después, tras un curso de estudios de teología, el ¡dolo pidió que lo arrojaran
al río, declarándose ateo.
-No permitas que eso te moleste -dijo el Gran Sacerdote-, yo también lo soy.
UNA REPRESENTACIÓN IMPERFECTA
Una Zarigüeya mascota perteneciente a un Gran Crítico, le robó a este su gatito
preferido. Estaba por matarlo y comérselo, cuando vio aproximarse a su dueño, y
temiendo ser descubierta, ocultó al animalito en su bolsa.
-Bueno, mi linda -dijo el Gran Crítico, con condescendencia-, ¿qué nuevas
gracias tienes para hoy?
Antes de que la Zarigüeya pudiera contestar, el gatito lanzó diligentes y persistentes
maullidos. Cuando al fin la música cesó, la Zarigüeya dijo:
-He estado practicando un poco la mímica y la ventriloquia; pensé que le
agradaría, señor.
-El deseo de complacer siempre complace -respondió el Gran Crítico, no sin un
toque de dignidad profesional-, pero tienes mucho que aprender acerca del maullido
de los gatitos.
JUNTÓ A LA MARGEN DEL RIÓ
Viendo que un Político tomaba un baño, un Observador, curioso acerca de los
extraños hábitos de los animales inferiores, exclamó:
-¡Qué! ¿No te queda para tomar nada más valioso que un baño? ¿Por qué haces
eso?
-He estado en manos de mis amigos -respondió el Político.
-Entonces te sugeriría el despellejamiento -dijo el Observador.
-Llegas tarde, amigo; ya alguien se lo sugirió a ellos. Estoy limpiando las marcas
de dedos de mis huesos.
EL ASUNTO PRINCIPAL
Un Poeta que ofrecía su obra a un Editor dijo:
-Este es un poema pequeño, pero el asunto principal es la calidad. Me atrevo a
pensar que usted lo considerará auténtica poesía.
Después de leerlo, el Editor lo puso en un cajón, y extendiéndole al Poeta una
moneda de diez centavos, dijo:
-Esta es una moneda pequeña, pero soy tan temerario como para esperar que
usted quedará encantado con su pureza. Es casi toda de plata.
EL SECRETO DE LA FELICIDAD
Habiéndose enterado por obra de un ángel, que Noreddin Becar era el hombre
más feliz del mundo, el Sultán ordenó que lo trajeran a palacio, y le dijo:
-Impárteme, te lo ordeno, el secreto de tu felicidad.
-Oh, padre del sol y de la luna -respondió Noreddin Becar-, yo no sabía que era
feliz.
-Ese -dijo el Sultán- es el secreto que yo buscaba.
Noreddin Becar se retiró profundamente afligido, temiendo que su recién descubierta
felicidad lo abandonara.
COMPENSACIÓN
Dos Mujeres en el paraíso reclamaban a un Hombre que acababa de llegar.
-Yo fui su esposa -dijo una.
-Yo su amante -señaló la otra. San Pedro le dijo al hombre:
-Baja al Otro Lugar… Ya has sufrido bastante.
LOS DOS LOROS
Un Autor que había hecho una fortuna escribiendo vulgaridades, tenía un Loro.
-¿Por qué no tengo una jaula de oro? -preguntó el ave.
Y le respondió su dueño:
-Porque tú piensas mejor de lo que repites, como lo demuestra tu pregunta. Y
porque no tenemos la misma audiencia.
UNA PARTE DE LA RECOMPENSA
-La nuestra es una vida de autosacrificio -decía un Clérigo-. Mientras otros corren
atrás de la ganancia o el placer, nosotros vemos arder el aceite de medianoche
estudiando cómo cascar las más duras nueces teológicas. Y todo ¿por qué recompensa
terrestre?
-Bueno -dijo su Feligrés, meditativamente-, están las almendras, por ejemplo.
LOS INTOLERABLES GEMELOS
Una Serpiente de Cascabel, observando que se acercaba un Hombre con una Cámara
Fotográfica, se arrastró debajo de una piedra plana, y no dejó expuesta otra cosa
más que la punta de su nariz.
-No iba a fotografiarte -explicó el Hombre de la Cámara, con un toque de tristeza
en su voz-. Poseo la antigua fe en la divina sabiduría de las serpientes, y he venido a
preguntarte por qué soy odiado y evitado por toda la humanidad.
-Cielos -dijo la Serpiente de Cascabel-, los dioses me han negado ese conocimiento.
¿Puedes decirme tú por qué yo no soy muy requerida como compañera?
CONSUELO
Un Gran País había reivindicado su coraje y su bravura a través de quince derrotas
en las cuales las tropas enemigas no sufrieron ninguna baja, y su Primer Ministro
pidió la paz.
-No seré duro con ustedes -dijo el Vencedor-: conservarán todo excepto sus
colonias, su libertad, el crédito y su autoestima.
-Ah -dijo el Primer Ministro-, usted es verdaderamente magnánimo; nos deja
nuestro honor.
DESENGAÑO
Un Perro que había estado persiguiendo su propia cola abandonó la caza y se
echó a reposar, encogido. En su nueva postura, descubrió que su cola estaba al alcance
de sus dientes. La mordió con avidez, pero la soltó de inmediato, respingando por el
dolor.
-Después de todo -dijo-, hay más alegría en la persecución que en la posesión.
EL SANTO Y EL ALMA
San Pedro estaba sentado a la puerta del Paraíso, cuando se aproximó un Alma y,
haciendo una cortés reverencia, le extendió su tarjeta.
-Lo siento mucho, señor -dijo San Pedro, después de leer la tarjeta-, pero
realmente no puedo admitirlo. Usted tiene que ir al Otro Lado. Lo siento, señor, lo
siento mucho.
-No importa -dijo el Alma-; he pasado todo el mes en un balneario, y el cambio
será agradable. Sólo venía a preguntar si mi amigo Elihu Root está aquí.
-No, señor -replicó el Santo-; el Sr. Root no está muerto.
-Oh, eso lo sé -dijo el Alma-. Pensé que podría estar visitando a Dios.
IMPREVISIÓN
Una Persona que había caído de la riqueza a la indigencia pidió limosna a un
Hombre Rico.
-No -dijo el Hombre Rico-, no conservaste lo que tenías. ¿Qué seguridad tengo de
que conservarás lo que yo te dé?
-Pero no quiero conservarlo-explicó el mendigo-. Lo quiero para cambiarlo por
pan.
-Eso es exactamente lo mismo -dijo el Hombre Rico-. No conservarías el pan.
LA OVEJA Y EL LEÓN
-Eres una bestia de guerra -le dijo la Oveja al León-, por eso los hombres te
buscan para matarte. A mí, que soy una creyente en la no resistencia, no me cazan.
-No necesitan hacerlo -replicó el hijo del desierto-; pueden criarte.
LA VIUDA INCONSOLABLE
Una Mujer con lutos de viuda lloraba sobre una tumba.
-Consuélese, señora -dijo un Simpático Desconocido-. La piedad del Cielo es
infinita. En algún lado hay otro hombre, además de su esposo, con quien usted puede
ser feliz.
-Lo había, lo había -sollozó ella-, pero está en esta tumba.
UNA INTRUSIÓN
La Moralidad puso la punta del pie en la política internacional, y rápidamente se
lo cortaron.
-Mil gracias -dijo la Diplomacia, con graciosa reverencia- lo conservaremos
como recuerdo del más distinguido honor.
Y desde aquel día, la Moralidad cojeó un poco.
LA PALABRA MISTERIOSA
El Jefe de un batallón de corresponsales de guerra leyó la crónica escrita de una
batalla.
-Hijo -le dijo a su Autor-, tu historia no sirve para nada. Dices que sólo perdimos
dos hombres en vez de cien; que las pérdidas del enemigo son desconocidas, en vez
de diez mil, y que fuimos derrotados y fugamos. No es manera de escribir.
-Pero considere -objetó el escriba consciente- que mi historia puede ser insípida
con respecto al número de nuestras víctimas, decepcionante en lo que hace a los daños
causados al enemigo y chocante respecto al desenlace, pero tiene la ventaja de ser la
verdad.
-No entiendo del todo -dijo el jefe, rascándose la cabeza.
-Bueno, la ventaja -exclamó el otro-, el mérito… la distinción… la provechosa
excelencia… el…
-Oh -dijo el jefe-, conozco muy bien el significado de “ventaja”; ¿pero qué
demonios quisiste decir con “verdad”?
REVELACIÓN
Un León fue atacado por una manada de Lobos hambrientos, que lo rodearon,
aullando lo más fuerte que podían, aunque ninguno se atrevió a acercársele.
-Estas son criaturas muy útiles -dijo el León, mientras se echaba para su siesta de
la tarde-, me dan parte de mis virtudes. Yo no sabía que era comestible.
UN ÁGUILA ENCADENADA
Un legislador recientemente elegido para el Parlamento de Despotamia, declaró
que presentaría una resolución criticando al rey. Cuando dejó el Parlamento, encontró
a un Desconocido, quien le previno que si persistía en su desleal proyecto, perdería la
cabeza.
-Eso -dijo él-, sería una privación más pequeña que la pérdida de mi libertad.
-No sé qué es eso -respondió el Desconocido-. La libertad es algo que no puedo.
apreciar correctamente, porque nunca la tuve. Yo soy el rey.
EL POETA IMPOTENTE
Un poeta que nunca hacia el correcto escandido de sus versos, fue emplazado a
presentarse ante el Rey, quien le ordenó que dijera algo en su defensa para evitar ser
condenado a muerte.
-Si tu oído es imperfecto -dijo el Rey-, podrías contar tus sílabas con los dedos,
como un trabajador honesto.
-Yo cuento mis sílabas -dijo el Poeta, reverentemente-. Pero observe: a mi mano
izquierda le falta un dedo… lo mordió un crítico.
-Entonces -dijo el Rey-, ¿por qué no los cuentas con la mano derecha?
-¡Cielos! -fue la respuesta del poeta, mientras elevaba su mutilada izquierda-.
¡Eso es imposible… no tengo nada con qué contar! El dedo que me falta es el índice.
-¡Hombre infortunado! -exclamó con simpatía el monarca-. Tenemos que hacer
que tus limitaciones e incapacidad no te pesen. Escribirás para las revistas.
EL LOBO Y LA TORTUGA
Un Lobo se encontró con una Tortuga, y le dijo:
-Amiga, eres la cosa más lenta que anda por el mundo. No veo cómo te las arreglas
para escapar de tus enemigos.
-Como me falta la capacidad para huir -replicó la Tortuga-, la Providencia sabiamente
me proporcionó un caparazón impenetrable.
Tras reflexionar largo, tiempo, el Lobo dijo:
-Me parece que igualmente fácil le hubiera resultado darte patas largas.
DE LO GENERAL A LO PARTICULAR
Un Hombre Sincero le dijo a su Esposa:
-No puedo permitir que me imagines mejor de lo que soy. Tengo muchos vicios y
debilidades.
-Eso es sólo lo natural -dijo ella, sonriendo dulcemente-; ninguno de nosotros es
perfecto.
Envalentonado por su magnanimidad, él le confesó una mentira particular que le
había dicho una vez.
-¡Abominable canalla! -gritó ella, y golpeó tres veces con sus manos.
Apareció un gigantesco esclavo nubio, que despachó al marido con una cimitarra.
UN FILOSOFO DESCONCERTADO
El Rey de Remotia tenía un filósofo favorito, a quien dijo:
-Tú has sido para mí un esclavo tan fiel que deseo premiarte. Pide cualquier cosa
que quieras tener.
-Dame -dijo el Filósofo- un cabello de la cabeza de un hombre que no te haya
lisonjeado nunca.
El Rey le prometió hacerlo y lo despidió. Al día siguiente, lo mandó llamar frente
al trono y le extendió un cabello.
-Estás intentando engañarme -dijo el Filósofo, examinando cuidadosamente el
regalo-. Este pelo es de la cabeza de un adulador que te aseguró que sería un honor
para él ofrecerte también su cabeza.
-No eres tan astuto como crees -replicó el Rey-. Ese cabello es de la cabeza del
único sordomudo del reino.
EL LIMITE
El Rey de las Islas Faraway designó primer ministro a su caballo, y cabalgaba sobre
un hombre. Observando que bajo el nuevo orden de cosas el reino prosperaba, un
Anciano Estadista aconsejó al Rey que se pusiera a pastar y ubicara un buey en el
trono.
-No -dijo el soberano, pensativamente-, un buen principio puede ser llevado a
extremos injuriosos. La verdadera reforma se detiene a un paso de la revolución.
EL ZORRO Y EL PATO
Un Zorro y un Pato habían disputado sobre la propiedad de una rana, y llevaron el
asunto ante un León. Después de oír una enorme cantidad de argumentos de uno y de
otro, el León abrió la boca para emitir juicio.
-Ya sé cuál es tu decisión -dijo el Pato, interrumpiendo-. Es que de acuerdo con
nuestra propia exposición, la rana no pertenece a ninguno de nosotros dos, y que tú te
la comerás. Permíteme decirte que esto es injusto, como lo demostraré.
-Para mí está claro -dijo el Zorro- que tú darás la rana al Pato, y me darás el Pato
a mí, y luego me comerás a mí. No me falta experiencia acerca de la ley.
-Estaba por decirles -dijo el león, bostezando-, que durante la discusión de este
caso, la propiedad en disputa se fue a los saltos. Quizá puedan procurarse otra rana.
EL LADRÓN ARREPENTIDO
Un Muchacho a quien su Madre le había enseñado a robar, creció hasta ser
hombre, y se convirtió en Funcionario Público profesional. Un día fue sorprendido
con las manos en la masa y condenado a muerte. Mientras marchaba al lugar de la
ejecución pasó junto a su Madre, y le dijo:
-¡Contempla tu obra! ¡Si no me hubieras enseñado a robar, yo no habría llegado a
eso!
-¡Claro! -dijo la Madre-. ¿Y quién, dime, te enseñó a que te descubran?
EL LOBO Y EL CORDERO
Un Cordero perseguido por un Lobo, buscó refugio en el templo.
-Si te quedas ahí, el sacerdote te atrapará y te sacrificará -dijo el Lobo.
-Me da igual ser sacrificado por el sacerdote o devorado por ti -respondió el
Cordero.
-Amigo mío -dijo el Lobo-, me apena ver cómo consideras una cuestión tan
importante desde un punto de vista meramente egoísta. No me da igual a mí.
EL PESCADOR Y EL PESCADO
Un Pescador que había atrapado un Pez muy pequeño lo estaba poniendo en su
cesto, cuando el pez le habló:
-Te suplico que me arrojes de vuelta al agua, porque no puedo serte útil; los dioses
no comen peces.
-Yo no soy un dios -dijo el Pescador.
-Es cierto -dijo el Pez-, pero apenas Júpiter se entere de tu proeza te elevará a la
deidad. Eres el único hombre que alguna vez haya pescado un pez pequeño.
EL LOBO Y LOS PASTORES
Un Lobo que pasaba junto al refugio de unos Pastores, miró adentro y vio a los
pastores comiendo.
-Entra -dijo uno de ellos irónicamente-, y sírvete un pedazo de tu plato favorito,
una pata de cordero.
-Gracias -dijo el Lobo, mientras se alejaba-, pero tienen que disculparme: acabo
de comerme un cuarto de pastor.
EL LEÓN, EL GALLO Y EL BURRO
Un León estaba por atacar a un Burro que rebuznaba, cuando un Gallo que estaba
cerca cantó estridentemente y el León huyó.
-¿Qué fue lo que lo asustó? -preguntó el Burro.
-Los Leones tienen un miedo supersticioso de mi voz -respondió con orgullo el
Gallo.
-Bien, bien, bien -reflexionó el Burro, sacudiendo la cabeza-; diría que cualquier
animal que tiene miedo de tu voz y no se asusta de la mía debe poseer un oído de lo
más extraordinario.
LA VÍBORA Y LA GOLONDRINA
Una Golondrina que había construido su nido en una Corte de Justicia crió una
hermosa familia de jóvenes aves. Cierto día, una Víbora salió de una grieta en la pared
y ya estaba por comérselas, pero el juez Justo, de inmediato libró un oficio, y dando
orden de que las golondrinas fueran trasladadas a su propia casa, se las comió él.
LA GALLINA Y LAS VÍBORAS
Una Golondrina se acercó a una Gallina que había empollado pacientemente unos
huevos de víbora, y le dijo:
-Qué estúpida eres al darle vida a criaturas que te premiarán destruyéndote.
-Soy un poquitito destructiva -dijo la Gallina, engullendo tranquilamente a uno de
los pequeños reptiles-, y no es un acto de locura proporcionarse los bocados de la
estación.
EL LEÓN Y LA ESPINA
Un León que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar
un Pastor, le pidió que se la extrajera. El Pastor lo hizo, y el León, que estaba saciado
porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún
tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser
arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de
ellas dijo:
-Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se
comió él solo al Pastor.
EL
MILANO, LAS PALOMAS Y

EL HALCÓN

Unas Palomas expuestas a los ataques de un Milano solicitaron a un Halcón que
las defendiera. El Halcón consintió. Admitido entre ellas, esperó al Milano, se abalanzó
sobre él y lo devoró. Cuando estuvo tan saciado que casi no podía moverse, las
agradecidas Palomas le arrancaron los ojos.

EL LOBO Y EL BEBE
Un Lobo hambriento pasaba cerca de la puerta de una cabaña en el bosque, y oyó
que una Madre le decía a su Bebé:
-Tranquilízate, o te arrojaré por la ventana y te comerán los lobos.
De modo que esperó todo el día al pie de la ventana, sintiendo más y más hambre
a medida que pasaba el tiempo. Pero a la noche, el Padre, al volver del club del
pueblo, arrojó por la ventana tanto al Niño como a la Madre.

EL LOBO Y EL AVESTRUZ
Un Lobo que al devorar a un hombre se había atragantado con un manojo de llaves,
le pidió a un avestruz que introdujera la cabeza a través de su garganta y las extrajera,
lo que el Avestruz realizó.
-Supongo -dijo el Lobo- que esperas una retribución por ese servicio.
-Una buena acción -replicó el Avestruz- es su propio premio; me he comido las
llaves.

EL CABALLO DE GUERRA Y EL
MOLINERO

Habiéndose enterado de que el Estado estaba a punto de ser invadido por un ejército
hostil, un Caballo de Guerra perteneciente a un Coronel de la Milicia ofreció sus
servicios a un Molinero que por ahí pasaba.
-No -dijo el patriota Molinero-, no emplearé a uno que abandona sus posiciones a
la hora del peligro. Es hermoso morir por la propia patria.
Algo en esta opinión le sonó familiar al Caballo de Guerra, y mirando más de cerca
al Molinero, reconoció a su dueño disfrazado.

EL LEÓN Y EL RATÓN

Un León había atrapado a un Ratón y estaba a punto de matarlo, cuando el Ratón
dijo:
-Si me perdonas la vida, otro tanto haré yo por ti algún día.
El León, bondadosamente, le permitió irse. Poco después ocurrió que el León fue
capturado por unos cazadores y atado con cuerdas. El Ratón pasó por el lugar, y viendo
que su benefactor estaba indefenso, se puso a roerle la cola.

EL CORDERO Y EL LOBO

Un Lobo estaba calmando su sed en un arroyo, cuando un Cordero se apartó de su
pastor, bajó hacia la orilla del arroyo, y pasando ostentosamente alrededor del Lobo,
se preparó para beber corriente abajo.
-Le ruego que observe -dijo el Cordero- que por lo común el agua no corre hacia
arriba. Que yo beba acá no puede contaminar el agua que toma usted; de modo que no
tiene el menor pretexto para asesinarme.
-No sabía -replicó el Lobo- que necesitaba un pretexto para que me gusten las
chuletas de cordero.
Fin de ese pequeño lógico.

EL PADRE Y LOS HIJOS

Un Padre afligido por una familia de Hijos pendencieros, les exhibió un atado de
varas y pidió a los jóvenes que lo rompieran. Tras repetidos esfuerzos, admitieron que
les resultaba imposible.
-Vean -dijo el Padre- las ventajas de la unidad; mientras esas varas permanecen
unidas son invencibles; y observen lo débiles que se muestran individualmente.
Sacando una vara del atado, fácilmente la rompió en la cabeza del Hijo mayor, y
repitió el procedimiento hasta que todos fueron servidos.
EL LEÓN Y EL RATÓN
A un juez lo despertó el ruido de un abogado que procesaba a un Ladrón. Rojo de
ira, ya estaba por sentenciar al Ladrón a prisión perpetua, cuando este dijo:
-Le suplico que me libere, y algún día retribuiré su bondad.
Complacido y lisonjeado al ser coimeado, aunque no fuera por nada más que una
promesa hueca, el juez lo dejó irse. Poco después, comprobó que había sido más que
una promesa hueca, porque habiéndose convertido él mismo en Ladrón fue liberado
por el otro, que se había convertido en Juez.

Posted by ARKAICO at 16:42:56 | Permalink | No Comments »