<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	>

<channel>
	<title>ARKAICO</title>
	<atom:link href="http://arkaico.blog.com/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://arkaico.blog.com</link>
	<description>BLOG DEDICADO A LAS IMAGENES UNDERGROUND,GOTHIC, Y EN SI TODO LO CONTRARIO A LO QUE LA GENTE PIENSA QUE ES NORMAL</description>
	<pubDate>Mon, 06 Jul 2009 20:07:10 +0000</pubDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.7</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>JACK DEDOS DE MUELLE</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/07/06/jack-dedos-de-muelle/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/07/06/jack-dedos-de-muelle/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 06 Jul 2009 20:07:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>snake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[susan casper]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<div class="post-body entry-content">
<div align="center"><br />
<a name="muelle" id="muelle"><em><span style="FONT-SIZE: 130%; COLOR: #993300"><font size="4">JACK DEDOS DE MUELLE</font></span></em></a><br />
<font size="4"><em><span style="FONT-SIZE: 130%; COLOR: #993300">Susan Casper<br /></span></em><br />
<br />
<br /></font><span style="COLOR: #000066"><span style="COLOR: #e2f1f4">Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas, relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un público que pasaba de largo.<br />
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada, estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco borroso, se adivinaba una figura acechante.<br />
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a que empezara el juego.<br />
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos. Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era Buck's Row.<br />
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.<br />
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura. Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la primera parte.<br />
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.<br />
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo, y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado, metió otra moneda en la ranura.<br />
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate, logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales. Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial; sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón... eso era espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura, porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra...<br />
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso a través de las poco recomendables multitudes de última hora de la noche.<br />
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la combinación del cierre, dejando cada una en su número adecuado, y abrió la cartera de mano.<br />
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido. Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado cuchillo.<br />
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.<br />
<br />
<br />
FIN</span><br /></span></div>
</div>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<div class="post-body entry-content">
<div align="center">
<a name="muelle" id="muelle"><em><span style="FONT-SIZE: 130%; COLOR: #993300"><font size="4">JACK DEDOS DE MUELLE</font></span></em></a><br />
<font size="4"><em><span style="FONT-SIZE: 130%; COLOR: #993300">Susan Casper<br /></span></em></p>
<p></font><span style="COLOR: #000066"><span style="COLOR: #e2f1f4">Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas, relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un público que pasaba de largo.<br />
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada, estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco borroso, se adivinaba una figura acechante.<br />
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a que empezara el juego.<br />
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos. Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era Buck&#8217;s Row.<br />
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.<br />
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura. Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la primera parte.<br />
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.<br />
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo, y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado, metió otra moneda en la ranura.<br />
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate, logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales. Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial; sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón&#8230; eso era espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura, porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra&#8230;<br />
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso a través de las poco recomendables multitudes de última hora de la noche.<br />
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la combinación del cierre, dejando cada una en su número adecuado, y abrió la cartera de mano.<br />
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido. Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado cuchillo.<br />
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.</p>
<p>
FIN</span><br /></span></div>
</div>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/07/06/jack-dedos-de-muelle/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>EL NUMERO 13</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/07/04/el-numero-13/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/07/04/el-numero-13/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 04 Jul 2009 19:05:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[montague rhodes james]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<h2 style="text-align: center;"><strong style="color: #00ff00;"><font size="4">EL NUMERO 13</font></strong></h2>
<div style="text-align: center;"></div>
<h3 style="font-weight: normal; color: #00ffff; text-align: center;"><em><font size="4">Montague Rhodes James</font></em></h3>
<br />
<br />
<br />
<br />
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;">Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e<br />
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada<br />
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas<br />
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y<br />
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de<br />
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la<br />
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos<br />
modos, mi intención no es exponer una guía turística.<br />
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los<br />
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó<br />
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en<br />
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.<br />
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que<br />
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su<br />
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan<br />
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su<br />
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte<br />
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de<br />
madera y estuco, de matices blancos y negros.<br />
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían<br />
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar<br />
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa<br />
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja<br />
Jutlandia.<br />
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje<br />
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la<br />
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de<br />
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los<br />
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.<br />
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres<br />
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba<br />
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.<br />
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos<br />
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo<br />
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson<br />
aceptó la idea.<br />
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un<br />
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había<br />
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres<br />
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,<br />
al menos en cuanto al tamaño.<br />
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson<br />
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,<br />
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la<br />
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una<br />
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con<br />
creces la elección.<br />
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos<br />
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran<br />
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía<br />
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la<br />
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham<br />
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis<br />
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo<br />
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.<br />
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado<br />
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para<br />
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de<br />
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres<br />
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la<br />
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y<br />
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían<br />
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de<br />
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número<br />
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en<br />
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un<br />
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría<br />
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un<br />
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió<br />
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con<br />
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.<br />
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me<br />
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que<br />
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.<br />
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas<br />
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó<br />
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento<br />
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del<br />
comedor.<br />
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores<br />
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su<br />
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la<br />
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,<br />
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de<br />
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.<br />
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,<br />
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.<br />
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había<br />
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se<br />
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al<br />
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido<br />
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.<br />
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.<br />
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.<br />
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que<br />
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones<br />
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el<br />
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado<br />
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar<br />
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.<br />
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.<br />
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y<br />
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya<br />
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los<br />
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del<br />
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía<br />
muchos detalles entretenidos y a la vez "íntimos", de la vida privada de<br />
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa<br />
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había<br />
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la<br />
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas<br />
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma<br />
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la<br />
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a<br />
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje<br />
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas<br />
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un<br />
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad<br />
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en<br />
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.<br />
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para<br />
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe<br />
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su<br />
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de<br />
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para<br />
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.<br />
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo<br />
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase<br />
en torno a los documentos previamente mencionados.<br />
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado<br />
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se<br />
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído<br />
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo<br />
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.<br />
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma<br />
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente<br />
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de<br />
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro<br />
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No<br />
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.<br />
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson<br />
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya<br />
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del<br />
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese<br />
número, antes de alarmar con una alusión.<br />
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda<br />
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,<br />
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola<br />
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido<br />
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,<br />
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona<br />
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se<br />
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en<br />
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir<br />
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese<br />
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había<br />
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del<br />
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,<br />
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de<br />
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.<br />
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,<br />
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido<br />
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la<br />
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta<br />
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la<br />
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de<br />
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante<br />
despertaba su atención.<br />
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,<br />
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la<br />
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se<br />
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego<br />
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped<br />
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual<br />
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.<br />
Parecía un hombre alto y delgado... ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la<br />
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de<br />
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara<br />
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de<br />
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues<br />
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.<br />
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el<br />
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,<br />
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.<br />
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el<br />
alféizar y se fue a dormir.<br />
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y<br />
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de<br />
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:<br />
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?<br />
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle<br />
nada.<br />
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.<br />
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el<br />
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el<br />
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata<br />
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de<br />
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al<br />
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.<br />
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las<br />
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar<br />
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de<br />
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí<br />
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había<br />
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,<br />
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora<br />
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.<br />
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el<br />
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la<br />
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,<br />
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado<br />
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce<br />
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo<br />
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el<br />
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.<br />
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en<br />
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista<br />
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si<br />
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De<br />
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.<br />
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia<br />
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que<br />
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de<br />
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a<br />
Rasmus Nielsen. Decía así:<br />
"De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de<br />
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera<br />
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,<br />
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han<br />
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido<br />
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el<br />
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que<br />
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a<br />
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,<br />
sabed que...", etcétera.<br />
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a<br />
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue "sustraído" el casus<br />
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos<br />
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando<br />
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido<br />
una muerte inesperada.<br />
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.<br />
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su<br />
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.<br />
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.<br />
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación<br />
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto<br />
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.<br />
El posadero lo miró sonriendo.<br />
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo<br />
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales<br />
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro<br />
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.<br />
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo<br />
a mis compañeros, un día en que nevaba...<br />
Y continuó con sus recuerdos.<br />
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el<br />
Número 13? —insistió Anderson.<br />
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.<br />
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó<br />
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí<br />
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años<br />
compré esta casa.<br />
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento<br />
en el momento en que se hizo cargo.<br />
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?<br />
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a<br />
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación<br />
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa<br />
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos<br />
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día<br />
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una<br />
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han<br />
perdido los mejores clientes, o..., bueno, imagínese cosas así... —concluyó el<br />
posadero, tras buscar en vano una frase más.<br />
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó<br />
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la<br />
importancia de su pregunta.<br />
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con<br />
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si<br />
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.<br />
—Sí, claro; lo que pasa es que... Sinceramente, anoche me pareció ver una<br />
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme<br />
equivocado también con haberla visto anteanoche.<br />
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una<br />
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número<br />
13.<br />
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún<br />
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una<br />
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo<br />
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un<br />
buen cigarro.<br />
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.<br />
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para<br />
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la<br />
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal<br />
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,<br />
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la<br />
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada<br />
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;<br />
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.<br />
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.<br />
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el<br />
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el<br />
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se<br />
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.<br />
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia<br />
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su<br />
pared.<br />
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona<br />
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se<br />
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.<br />
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba<br />
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento<br />
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,<br />
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,<br />
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.<br />
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido<br />
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las<br />
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una<br />
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de<br />
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a "formar por sí mismos los<br />
siguientes versos":<br />
A mi hotel al regresar,<br />
A eso de la hora diez,<br />
Percibe en mí un malestar<br />
El camarero esta vez.<br />
Indiferente, la puerta<br />
Cierro, y tiro el calzado,<br />
No escuchando las reyertas<br />
Que en mis vecinos alertas<br />
Mi feroz danza despierta.<br />
Y como la ley conozco,<br />
De sus comentarios hoscos<br />
Sonrío con desenfado.<br />
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora<br />
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de<br />
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba<br />
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el<br />
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las<br />
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos<br />
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del<br />
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de<br />
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o<br />
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal<br />
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a<br />
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el<br />
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas<br />
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de<br />
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en<br />
busca de refugio y compañía.<br />
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.<br />
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es<br />
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.<br />
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.<br />
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según<br />
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener...<br />
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios<br />
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con<br />
el cabello despeinado. Demostraba furor.<br />
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de...<br />
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era<br />
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje<br />
alarido se repitió con mayor estridencia.<br />
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De<br />
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?<br />
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal<br />
encerrado en la chimenea?<br />
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.<br />
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a<br />
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo<br />
del sillón.<br />
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este<br />
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda<br />
viene del cuarto vecino al mío.<br />
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió<br />
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.<br />
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.<br />
—Por lo menos, esta mañana no la había.<br />
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?<br />
—No estoy seguro —dudó el abogado.<br />
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó<br />
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,<br />
retornó un absoluto silencio.<br />
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el<br />
abogado—. ¿Qué significa todo esto?<br />
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo<br />
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en<br />
toda mi vida!<br />
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas<br />
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la<br />
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.<br />
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres<br />
e ingresamos en el cuarto contiguo?<br />
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?<br />
Él acaba de salir de ahí.<br />
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene<br />
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.<br />
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un<br />
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.<br />
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al<br />
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras<br />
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se<br />
abrió.<br />
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a<br />
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.<br />
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el<br />
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin<br />
dejar de observar la puerta.<br />
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.<br />
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.<br />
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,<br />
ocultando una risa nerviosa.<br />
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la<br />
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese<br />
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en<br />
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello<br />
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.<br />
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería<br />
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde<br />
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.<br />
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le<br />
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la<br />
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.<br />
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,<br />
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de<br />
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.<br />
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin<br />
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese<br />
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,<br />
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco<br />
estaba demasiado decidido a afrontarlo.<br />
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa<br />
desmoralizada.<br />
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán<br />
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.<br />
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron<br />
la puerta.<br />
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.<br />
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la<br />
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.<br />
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra<br />
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente<br />
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido<br />
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a<br />
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.<br />
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.<br />
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque<br />
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había<br />
dejado de existir.<br />
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.<br />
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró<br />
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las<br />
primeras luces del alba.<br />
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán<br />
otro cuarto... ¿Uno con dos camas?<br />
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente<br />
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,<br />
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba<br />
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos<br />
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres<br />
ventanas.<br />
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto<br />
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de<br />
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo<br />
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el<br />
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar<br />
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al<br />
Número 14.<br />
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por<br />
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las<br />
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un<br />
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto<br />
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se<br />
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de<br />
fenómenos extraordinarios.<br />
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he<br />
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa<br />
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita<br />
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo<br />
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una<br />
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez<br />
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho<br />
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a<br />
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron<br />
conclusiones fehacientes.<br />
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los<br />
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.<br />
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy<br />
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.<br />
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después<br />
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me<br />
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius<br />
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.<br />
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.<br />
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún<br />
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se<br />
desconoce.<br />
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse<br />
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de<br />
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo<br />
formulé por mi cuenta.<br /></div>
<br />
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<h2 style="text-align: center;"><strong style="color: #00ff00;"><font size="4">EL NUMERO 13</font></strong></h2>
<div style="text-align: center;"></div>
<h3 style="font-weight: normal; color: #00ffff; text-align: center;"><em><font size="4">Montague Rhodes James</font></em></h3>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;">Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e<br />
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada<br />
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas<br />
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y<br />
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de<br />
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la<br />
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos<br />
modos, mi intención no es exponer una guía turística.<br />
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los<br />
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó<br />
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en<br />
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.<br />
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que<br />
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su<br />
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan<br />
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su<br />
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte<br />
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de<br />
madera y estuco, de matices blancos y negros.<br />
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían<br />
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar<br />
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa<br />
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja<br />
Jutlandia.<br />
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje<br />
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la<br />
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de<br />
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los<br />
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.<br />
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres<br />
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba<br />
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.<br />
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos<br />
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo<br />
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson<br />
aceptó la idea.<br />
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un<br />
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había<br />
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres<br />
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,<br />
al menos en cuanto al tamaño.<br />
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson<br />
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,<br />
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la<br />
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una<br />
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con<br />
creces la elección.<br />
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos<br />
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran<br />
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía<br />
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la<br />
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham<br />
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis<br />
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo<br />
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.<br />
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado<br />
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para<br />
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de<br />
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres<br />
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la<br />
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y<br />
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían<br />
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de<br />
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número<br />
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en<br />
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un<br />
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría<br />
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un<br />
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió<br />
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con<br />
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.<br />
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me<br />
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que<br />
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.<br />
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas<br />
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó<br />
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento<br />
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del<br />
comedor.<br />
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores<br />
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su<br />
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la<br />
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,<br />
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de<br />
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.<br />
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,<br />
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.<br />
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había<br />
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se<br />
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al<br />
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido<br />
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.<br />
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.<br />
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.<br />
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que<br />
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones<br />
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el<br />
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado<br />
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar<br />
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.<br />
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.<br />
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y<br />
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya<br />
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los<br />
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del<br />
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía<br />
muchos detalles entretenidos y a la vez &#8220;íntimos&#8221;, de la vida privada de<br />
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa<br />
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había<br />
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la<br />
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas<br />
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma<br />
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la<br />
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a<br />
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje<br />
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas<br />
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un<br />
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad<br />
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en<br />
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.<br />
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para<br />
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe<br />
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su<br />
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de<br />
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para<br />
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.<br />
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo<br />
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase<br />
en torno a los documentos previamente mencionados.<br />
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado<br />
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se<br />
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído<br />
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo<br />
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.<br />
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma<br />
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente<br />
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de<br />
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro<br />
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No<br />
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.<br />
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson<br />
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya<br />
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del<br />
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese<br />
número, antes de alarmar con una alusión.<br />
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda<br />
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,<br />
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola<br />
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido<br />
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,<br />
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona<br />
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se<br />
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en<br />
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir<br />
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese<br />
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había<br />
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del<br />
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,<br />
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de<br />
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.<br />
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,<br />
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido<br />
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la<br />
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta<br />
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la<br />
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de<br />
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante<br />
despertaba su atención.<br />
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,<br />
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la<br />
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se<br />
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego<br />
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped<br />
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual<br />
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.<br />
Parecía un hombre alto y delgado&#8230; ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la<br />
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de<br />
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara<br />
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de<br />
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues<br />
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.<br />
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el<br />
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,<br />
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.<br />
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el<br />
alféizar y se fue a dormir.<br />
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y<br />
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de<br />
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:<br />
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?<br />
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle<br />
nada.<br />
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.<br />
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el<br />
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el<br />
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata<br />
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de<br />
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al<br />
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.<br />
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las<br />
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar<br />
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de<br />
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí<br />
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había<br />
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,<br />
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora<br />
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.<br />
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el<br />
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la<br />
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,<br />
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado<br />
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce<br />
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo<br />
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el<br />
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.<br />
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en<br />
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista<br />
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si<br />
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De<br />
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.<br />
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia<br />
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que<br />
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de<br />
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a<br />
Rasmus Nielsen. Decía así:<br />
&#8220;De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de<br />
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera<br />
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,<br />
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han<br />
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido<br />
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el<br />
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que<br />
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a<br />
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,<br />
sabed que&#8230;&#8221;, etcétera.<br />
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a<br />
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue &#8220;sustraído&#8221; el casus<br />
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos<br />
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando<br />
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido<br />
una muerte inesperada.<br />
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.<br />
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su<br />
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.<br />
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.<br />
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación<br />
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto<br />
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.<br />
El posadero lo miró sonriendo.<br />
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo<br />
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales<br />
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro<br />
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.<br />
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo<br />
a mis compañeros, un día en que nevaba&#8230;<br />
Y continuó con sus recuerdos.<br />
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el<br />
Número 13? —insistió Anderson.<br />
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.<br />
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó<br />
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí<br />
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años<br />
compré esta casa.<br />
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento<br />
en el momento en que se hizo cargo.<br />
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?<br />
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a<br />
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación<br />
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa<br />
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos<br />
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día<br />
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una<br />
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han<br />
perdido los mejores clientes, o&#8230;, bueno, imagínese cosas así&#8230; —concluyó el<br />
posadero, tras buscar en vano una frase más.<br />
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó<br />
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la<br />
importancia de su pregunta.<br />
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con<br />
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si<br />
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.<br />
—Sí, claro; lo que pasa es que&#8230; Sinceramente, anoche me pareció ver una<br />
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme<br />
equivocado también con haberla visto anteanoche.<br />
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una<br />
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número<br />
13.<br />
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún<br />
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una<br />
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo<br />
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un<br />
buen cigarro.<br />
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.<br />
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para<br />
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la<br />
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal<br />
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,<br />
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la<br />
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada<br />
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;<br />
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.<br />
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.<br />
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el<br />
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el<br />
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se<br />
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.<br />
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia<br />
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su<br />
pared.<br />
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona<br />
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se<br />
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.<br />
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba<br />
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento<br />
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,<br />
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,<br />
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.<br />
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido<br />
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las<br />
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una<br />
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de<br />
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a &#8220;formar por sí mismos los<br />
siguientes versos&#8221;:<br />
A mi hotel al regresar,<br />
A eso de la hora diez,<br />
Percibe en mí un malestar<br />
El camarero esta vez.<br />
Indiferente, la puerta<br />
Cierro, y tiro el calzado,<br />
No escuchando las reyertas<br />
Que en mis vecinos alertas<br />
Mi feroz danza despierta.<br />
Y como la ley conozco,<br />
De sus comentarios hoscos<br />
Sonrío con desenfado.<br />
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora<br />
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de<br />
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba<br />
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el<br />
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las<br />
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos<br />
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del<br />
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de<br />
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o<br />
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal<br />
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a<br />
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el<br />
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas<br />
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de<br />
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en<br />
busca de refugio y compañía.<br />
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.<br />
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es<br />
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.<br />
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.<br />
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según<br />
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener&#8230;<br />
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios<br />
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con<br />
el cabello despeinado. Demostraba furor.<br />
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de&#8230;<br />
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era<br />
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje<br />
alarido se repitió con mayor estridencia.<br />
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De<br />
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?<br />
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal<br />
encerrado en la chimenea?<br />
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.<br />
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a<br />
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo<br />
del sillón.<br />
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este<br />
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda<br />
viene del cuarto vecino al mío.<br />
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió<br />
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.<br />
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.<br />
—Por lo menos, esta mañana no la había.<br />
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?<br />
—No estoy seguro —dudó el abogado.<br />
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó<br />
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,<br />
retornó un absoluto silencio.<br />
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el<br />
abogado—. ¿Qué significa todo esto?<br />
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo<br />
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en<br />
toda mi vida!<br />
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas<br />
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la<br />
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.<br />
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres<br />
e ingresamos en el cuarto contiguo?<br />
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?<br />
Él acaba de salir de ahí.<br />
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene<br />
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.<br />
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un<br />
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.<br />
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al<br />
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras<br />
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se<br />
abrió.<br />
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a<br />
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.<br />
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el<br />
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin<br />
dejar de observar la puerta.<br />
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.<br />
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.<br />
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,<br />
ocultando una risa nerviosa.<br />
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la<br />
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese<br />
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en<br />
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello<br />
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.<br />
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería<br />
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde<br />
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.<br />
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le<br />
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la<br />
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.<br />
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,<br />
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de<br />
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.<br />
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin<br />
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese<br />
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,<br />
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco<br />
estaba demasiado decidido a afrontarlo.<br />
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa<br />
desmoralizada.<br />
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán<br />
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.<br />
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron<br />
la puerta.<br />
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.<br />
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la<br />
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.<br />
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra<br />
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente<br />
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido<br />
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a<br />
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.<br />
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.<br />
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque<br />
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había<br />
dejado de existir.<br />
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.<br />
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró<br />
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las<br />
primeras luces del alba.<br />
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán<br />
otro cuarto&#8230; ¿Uno con dos camas?<br />
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente<br />
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,<br />
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba<br />
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos<br />
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres<br />
ventanas.<br />
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto<br />
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de<br />
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo<br />
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el<br />
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar<br />
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al<br />
Número 14.<br />
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por<br />
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las<br />
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un<br />
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto<br />
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se<br />
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de<br />
fenómenos extraordinarios.<br />
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he<br />
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa<br />
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita<br />
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo<br />
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una<br />
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez<br />
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho<br />
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a<br />
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron<br />
conclusiones fehacientes.<br />
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los<br />
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.<br />
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy<br />
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.<br />
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después<br />
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me<br />
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius<br />
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.<br />
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.<br />
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún<br />
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se<br />
desconoce.<br />
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse<br />
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de<br />
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo<br />
formulé por mi cuenta.</div>
<p>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/07/04/el-numero-13/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>EL ENEMIGO</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/07/02/el-enemigo/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/07/02/el-enemigo/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2009 21:36:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[damon knight]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<span style="font-size: 180%;"><span style="color: #cc6600; font-style: italic; font-weight: bold;">EL ENEMIGO</span><br />
<span style="color: #cc6600; font-style: italic;">Damon Knight</span></span><br />
<br />
<br />
<span style="color: #ffffcc;">La nave espacial estaba posada en una esfera de roca en medio del cielo. Había un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">resplandor en Draco; era el sol, a seis billones de kilómetros de distancia. En el silencio,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las estrellas no parpadeaban ni fluctuaban: ardían, frías y distantes. La estrella polar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">resplandecía allá arriba. La Vía Láctea era un arco iris congelado sobre el horizonte.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En el círculo amarillo de la cámara neumática aparecieron dos figuras, ambas de mujer,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de rostros pálidos y duros detrás de los visores de los cascos. Llevaron un disco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">plegable de metal a cien metros de distancia y lo montaron sobre tres altos aisladores.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvieron a la nave, moviéndose ágilmente de puntillas, como bailarinas, y salieron otra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vez con una abultada colección de objetos envueltos en una membrana transparente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sellaron la membrana al disco, y la inflaron a través de un tubo desde la nave. Los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">objetos que había dentro eran artículos domésticos: una hamaca con armazón de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metal, una lámpara, un aparato transmisor y receptor de radio. Las dos mujeres</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entraron en la membrana por la válvula flexible y pusieron en orden los muebles. Luego,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">con cuidado, llevaron allí los últimos objetos: tres tanques con cosas exuberantes y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">verdes, dentro de burbujas protectoras.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Bajaron de la nave un vehículo con forma de araña, con seis enormes ruedas infladas, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lo dejaron montado sobre tres aisladores.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El trabajo había concluido. Las dos mujeres se detuvieron frente a frente junto a la casaburbuja.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La mayor dijo:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Si descubres algo, quédate aquí hasta que yo vuelva dentro de diez meses. Si no,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deja el equipo y regresa en la cápsula de emergencia.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las dos miraron hacia arriba, donde se movía una tenue chispa contra el campo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estrellas. La nave madre la había dejado en órbita antes de aterrizar. Si fuese</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">necesario, podía ser llamada por radio para que aterrizase automáticamente; de lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">contrario, no había necesidad de gastar combustible.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Comprendido - dijo la más joven. Se llamaba Zael; tenía quince años, y ésta era la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">primera vez que salía de la nave espacial para quedarse sola. Isar, la madre, caminó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hasta la nave y entró sin mirar atrás. La compuerta se cerró; arriba, la chispa flotaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacia el horizonte. Una breve explosión de llamas levantó a la nave madre, que empezó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">a girar y a subir. La antorcha se inflamó otra vez, y en unos pocos momentos la nave</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">era sólo una estrella brillante.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael apagó la luz de su traje y se quedó allí en la oscuridad, bajo la enorme semiesfera</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">del cielo. Era el único cielo que ella conocía; como su madre, y la madre de su madre,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael había nacido en el espacio. Siglos atrás, expulsado de los mundos grandes y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">verdes, su pueblo se había vuelto austero, como los campos de estrellas entre los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuales vagaba. En las cinco grandes ciudades del espacio, y en Plutón, Titán, Mimas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Eros y mil mundos menores, ese pueblo luchaba por su existencia. Eran pocos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">habitantes; la vida era dura y breve; no era ninguna novedad para una niña de quince</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">años quedarse sola en un planetoide para buscar minerales.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La nave era una chispa borrosa que ascendía describiendo una larga curva hacia la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eclíptica. Allá arriba, Isar y sus hijas tenían que distribuir cosas y llevar cargamentos a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Plutón. Gron, la ciudad de ellas, las había enviado a este largo viaje para que realizaran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un estudio. El planetoide, en su excéntrica órbita cometaria, se acercaba al sol por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">primera vez en veinte mil años. Después de llegar a ese sitio sería una tontería no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perforar minas en la superficie del planetoide y sacar lo que tuviese valor. Una niña</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">podía hacer eso, y estudiar además el planetoide.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sola, Zael se giró impasible hacia el artefacto de seis ruedas. Podría haber descansado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un poco en la casa-burbuja, pero le quedaban unas horas de traje, y no había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">necesidad de desperdiciarlas. En la leve gravedad pudo saltar fácilmente a la cabina de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">conducción; encendió las luces, y puso en marcha el motor.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El vehículo arácnido se arrastró sobre sus seis ruedas de amortiguación individual. El</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">terreno era asombrosamente quebrado; agujas y cráteres gigantes se alternaban con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hondonadas y grietas, alguna de diez metros de ancho y cientos de profundidad. Según</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los astrónomos, la órbita del planetoide pasaba cerca del sol, quizá más cerca que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">órbita de Venus. Ahora mismo la temperatura de las rocas era de apenas unos pocos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">grados sobre el cero absoluto. Ese era un frío más intenso que todos los que Zael había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">experimentado en su vida. Lo sentía en los pies a través de los largos clavos aislantes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de las suelas de las botas. Las moléculas de cada piedra se habían inmovilizado; el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mundo era un congelado bostezo de hambre.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero en otra época había sido un mundo cálido. Allí estaban las señales. Cada vez que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pasaba por el perihelio, las rocas debían de resquebrajarse una y otra vez, produciendo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esta pesadilla de rocas destrozadas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En la superficie la gravedad era solamente un décimo de G, casi como la caída libre; el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo ligero, de ruedas hinchadas, trepaba fácilmente por cuestas que estaban a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pocos grados de la vertical. Donde no podía trepar, daba un rodeo. Las hendiduras</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estrechas eran salvadas por las patas extensibles del vehículo; en otras más grandes,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael disparaba un arpón que volaba sobre la abertura y se clavaba al otro lado. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">máquina, al llegar al borde, caía al vacío y se columpiaba al extremo del cable; pero</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mientras la débil gravedad la llevaba hacia el otro lado de la hendedura, el motor del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabrestante enrollaba el cable. El vehículo tocaba el otro lado con una pequeña</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sacudida y, sin detenerse, trepaba sobre el borde y continuaba la marcha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sentada con el cuerpo erguido detrás de los instrumentos, Zael trazaba un mapa de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">depósitos minerales sobre los cuales iba pasando. Fue para ella una satisfacción</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">descubrir que esos depósitos eran suficientemente ricos como para justificar allí la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">explotación de minas. Las ciudades podían hacer casi cualquier cosa con cualquier</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa, pero necesitaban una fuente primaria: los minerales.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Metódicamente, Zael se fue alejando en espiral de la casa-burbuja, registrando una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">región de no más de cincuenta kilómetros de diámetro. La máquina trepadora era un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo no presurizado, y no podía abarcar una zona grande.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Trabajando sola bajo el cielo inmutable, hora tras hora, identificó las vetas más ricas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las señaló, y estableció rutas. Entre una y otra salida, comía y dormía en la casaburbuja,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuidaba las platas, tan necesarias, y atendía los aparatos. Fuera del traje</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">espacial era esbelta y delgada, de movimientos rápidos, con la gracia rigurosa y severa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de su pueblo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Completó el mapa y volvió a salir. En cada punto señalado colocó dos polos, muy</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">separados. Esos polos se clavaban solos en el terreno, y cada par generaba una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">corriente que ionizaba los metales, o las sales metálicas, y depositaba lentamente metal</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">puro alrededor de cada cátodo. Con el tiempo era tal la concentración que resultaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">posible cortar el metal en bloques, para transportarlo con facilidad.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael prestó atención a los rastros de metal trabajado, adheridos acá y allá a las rocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Eran casi todos ellos fragmentos, parecidos a los que se encontraban comúnmente en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">satélites fríos, como Mimas y Titán, y a veces en asteroides pétreos. No era un asunto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">importante; significaba simplemente que el planetoide había sido habitado o colonizado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">en otra época por la misma civilización prehumana que había dejado rastros en todo el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sistema solar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A Zael la habían enviado a ver todo lo que tuviese algún interés. Casi había concluido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su trabajo; examinó concienzudamente los rastros metálicos, fotografió algunos, guardó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">otros como muestras. Enviaba regularmente informes por radio a Gron; a veces, cinco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">días más tarde, la esperaba en la casa-burbuja un breve acuse de recibo; a veces no.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Visitaba regularmente los polos, midiendo la concentración de metal. Estaba preparada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para cambiar los polos que no funcionasen adecuadamente, pero nunca tuvo ocasión;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los aparatos de Gron pocas veces fallaban.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El planetoide flotaba describiendo su arco milenario. Alrededor, el cielo giraba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">imperceptiblemente. La chispa móvil de la cápsula de emergencia trazaba una y otra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vez su sendero. Zael comenzó a impacientarse y llevó el vehículo a exploraciones más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">amplias. En el fondo de las frías grietas encontró algunas construcciones metálicas que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no eran simples fragmentos, sino obras completas: viviendas o máquinas. Las viviendas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">(si eran eso) estaban hechas para criaturas más pequeñas que el hombre; las puertas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eran óvalos de no más de treinta centímetros de diámetro. Obedientemente, Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transmitió por radio esa información, y recibió el acostumbrado acuse de recibo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Y de pronto, un día, antes de tiempo, el receptor cobró vida. El mensaje decía: ya llego.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Isar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La nave tardaría tres veces más que el mensaje. Zael continuó recorriendo los polos,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sin mostrar ninguna emoción en su rostro iluminado por las estrellas. Por encima de su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabeza la cápsula de emergencia, ya innecesaria, seguía pasando monótonamente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba rastreando los restos de un complejo de estructuras que habían sobrevivido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">milagrosamente, algunas enterradas a medias, otras desnudas bajo las estrellas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Encontró hacia donde llevaban esos restos, en un cráter, a sólo sesenta kilómetros de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la base, una semana antes de la fecha de llegada de la nave.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En el cráter había un globo metálico muy reforzado, con abolladuras y marcas, pero no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aplastado. Las luces de la máquina trepadora de Zael lo alumbraron un rato, y de pronto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquello exhaló un bocanada de vapor; durante un segundo el globo pareció</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">oscurecerse. Zael miró, interesada: el leve calor del rayo de luz debía haber derretido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alguna película de gas congelado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El fenómeno se repitió, y ahora Zael vio claramente que el chorro salía de una grieta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">delgada y oscura que no había estado allí antes.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La grieta se ensanchó ante los ojos de la muchacha. El globo se estaba partiendo por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mitad. En la estrecha abertura entre las dos mitades, se movía algo. Asustada, Zael dio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">marcha atrás con el vehículo. Al retroceder cuesta arriba, las luces apuntaron hacia el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">suelo. En la oscuridad, fuera de los rayos de luz, vio que el globo se expandía más aún.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Había un movimiento ambiguo entre las apenas visibles mitades del globo, y Zael deseó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no haber apartado la luz.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El vehículo subía oblicuamente por una piedra grande. Zael se volvió hacia abajo,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retrocediendo todavía en un ángulo agudo. La luz se apartó totalmente del globo, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luego, al estabilizar la máquina, apuntó de nuevo hacia aquel sitio.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las dos mitades de globo se habían separado por completo. En el centro, al dar allí la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luz, se agitó algo. Zael no vio más que una gruesa y fulgurante espiral metálica.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Mientras vacilaba, hubo un nuevo movimiento entre las mitades del globo. Algo fulguró</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brevemente; la tierra tembló un instante, y de pronto algo golpeó sonora y rudamente el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo. Las luces, perplejas, giraron y se apagaron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En la oscuridad, la máquina se inclinó. Zael apretó los controles, pero fue demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lenta. El vehículo volcó, quedando con las ruedas hacia arriba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael sintió que era despedida de la máquina. Mientras rodaba y le zumbaban los oídos,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su impresión primera y más aguda fue la del frío que le atravesaba el traje espacial por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los guantes y las rodillas. Consiguió arrodillarse rápidamente, con la ayuda de las botas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de suela claveteada.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Aun ese breve contacto con el frío hizo que le dolieran los dedos. Buscó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">automáticamente el vehículo, que significaba seguridad y calor. Lo vio aplastado en la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">ladera de la montaña. A pesar de eso, el instinto le hizo caminar hacia allí, pero apenas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había dado el primer paso cuando la máquina volvió a saltar y a rodar otra docena de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metros por la pendiente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael dio media vuelta, y por primera vez comprendió claramente que algo estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atacando a la trepadora. Entonces vio una figura centelleante que se retorcía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">arrastrándose hacia la máquina destrozada. Zael no tenía encendida la luz del casco;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se acurrucó y se quedó inmóvil; sintió dos golpes metálicos, demoledores, transmitidos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por la roca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa móvil reapareció al otro lado de la trepadora, desapareció dentro, y tras un rato</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">salió otra vez. Zael vio fugazmente una cabeza estrecha alzada, y dos ojos rojos que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillaban. La cabeza bajó, y la forma sinuosa se deslizó por una grieta, avanzando hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la muchacha. En lo único que pensaba Zael era en escapar. Gateó levantándose en la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">oscuridad, y caminó alrededor de una aguja de piedra. Vio la cabeza fulgurante, alzada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">más abajo, entre una maraña de cantos rodados, y echó a correr peligrosamente por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuesta hacia la trepadora.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El tablero de controles estaba destruido, las palancas torcidas o aplastadas, los diales</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rotos. La muchacha se enderezó para mirar el motor y la palanca de velocidades, pero</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">inmediatamente vio que no servían para nada; el pesado eje de transmisión estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">totalmente torcido. Si no la llevaban a un taller de reparaciones, la trepadora no andaría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">nunca más.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Notó que allá abajo la figura plateada se deslizaba por el borde de la hendedura. Sin</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perderla de vista, Zael se examinó el traje y los instrumentos. Aparentemente, el traje</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba bien cerrado, los tanques de oxígeno y el sistema de recirculación intactos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Mientras miraba el globo abierto bajo las estrellas, la muchacha pensó fríamente. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa debía de haber estado allí enroscada durante miles de años. Quizás había en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">globo algún dispositivo fotosensible, destinado a abrirlo cuando el planetoide volviera a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">acercarse al sol. Pero la luz de Zael había roto prematuramente el globo; la cosa que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba dentro había despertado antes de tiempo. ¿Qué sería, y qué haría, ahora que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">volvía a estar viva?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sucediese lo que sucediese, la primera obligación de Zael era advertir a la nave.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Conectó el transmisor de radio del traje; no tenía mucho alcance, pero ahora que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">nave estaba tan cerca quizá consiguiera enviar el mensaje.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Esperó largos minutos, pero no llegó ninguna respuesta. Desde donde estaba ella el sol</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no era visible; uno de los riscos altos debía de bloquear la transmisión.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La pérdida de la trepadora había sido un desastre. Zael estaba sola y a pie, a sesenta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">intransitables kilómetros de la casa-burbuja. Sus probabilidades de supervivencia, lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sabía, eran ahora muy pocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sin embargo, salvarse ella sin averiguar más acerca de la cosa sería no cumplir con su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deber. Zael miró dubitativamente hacia el globo vacío. La distancia que los separaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">era quebrada y peligrosa. Tendría que acercarse lentamente para no atraer la atención</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la cosa si usaba la luz.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Echó a andar hacia allí de todos modos, escogiendo cuidadosamente el camino entre</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las piedras caídas. Varias veces saltó por encima de hendiduras que eran demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">largas para poder rodearlas. Cuando estaba a medio camino, cuesta abajo, vio un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimiento y se detuvo. La cosa apareció retorciéndose sobre el borde roto de un cerro</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Zael vio otra vez la cabeza triangular y unos tentáculos ondulantes -, y luego</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desapareció dentro del globo abierto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se acercó con cautela, dando un rodeo para poder ver directamente la abertura.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Luego de unos pocos movimientos la cosa reapareció, curiosamente gruesa y rígida. En</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un sitio llano fuera del globo, la cosa se separó en dos partes, y la muchacha vio ahora</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que una era la cosa en sí, y la otra una armazón metálica, estrecha y rígida, de unos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tres metros de largo. La cosa volvió a meterse en el globo. Cuando salió llevaba un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mecanismo bulboso que acopló de alguna manera a un extremo de la armazón. Siguió</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">trabajando durante un rato usando los miembros tentaculares y articulados que le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brotaban detrás de la cabeza. Luego regresó al globo, y esta vez salió con dos grandes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">objetos cúbicos, que fijó al otro extremo de la armazón, conectándolos por una serie de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tubos al mecanismo bulboso.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Por primera vez entró en la mente de Zael la sospecha de que la cosa estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">construyendo un vehículo espacial. Seguramente no había nada que pudiese parecerse</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">menos a una nave convencional: no había casco, sólo un hueco donde podría ir la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa, el objeto bulboso que podría ser un motor, y los dos recipientes grandes para</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">masa radiactiva. De pronto la muchacha ya no tuvo dudas. No llevaba contador Geiger -</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había quedado en la trepadora -, pero estaba segura de que tenía que haber elementos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">radiactivos en el mecanismo bulboso: ¡una micropila sin blindaje para una nave espacial</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sin casco! Mataría a cualquier criatura viviente que viajase en ella, ¿pero qué criatura</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de carne y hueso podría sobrevivir veinte mil años en este planetoide sin atmósfera,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca del cero absoluto?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba seria e inmóvil. Como todo su pueblo, había visto los rastros de una guerra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entre los planetoides fríos que había tenido lugar hacía millones de años. Algunos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pensaban que la guerra había terminado con la destrucción deliberada del cuarto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">planeta, el que antiguamente había ocupado el sitio de los asteroides. Debía haber sido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una guerra amarga; y ahora Zael pensó que entendía por qué. Si uno de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">contrincantes había tenido forma humana, y el otro la de esta cosa, entonces ninguno</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de los dos podría descansar hasta que hubiese exterminado al otro. Y si esta cosa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escapaba ahora, y engendraba a más como ella...</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael avanzó poco a poco, pasando de una piedra a otra cuando la cosa no estaba a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vista. El ser había terminado de acoplar varios objetos pequeños y ambiguos a la parte</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">delantera de la armazón. Entró otra vez en el globo. A Zael le pareció que la estructura</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba casi completa. Si le ponían más cosas, no quedaría espacio para el piloto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El corazón latía con fuerza en el pecho de Zael. La muchacha salió del escondite y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">avanzó desmañadamente, de puntillas, más rápido que si saltara. Cuando casi podía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tocar la armazón con la mano, la cosa salió del globo abierto. Se deslizó hacia ella,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">enorme a la luz de las estrellas, con la cabeza metálica en alto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Por puro instinto, Zael tocó el botón de la luz. Los locos del casco se encendieron, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tuvo una fugaz imagen de costillas metálicas y fauces fulgurantes. De pronto la cosa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">huyó precipitadamente hacia la oscuridad. La muchacha quedó aturdida un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pensó: ¡No soporta la luz! Y se lanzó desesperadamente hacia el globo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa estaba allí enroscada, oculta. Cuando la luz la tocó saltó fuera del globo y se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escondió. Zael la volvió a perseguir, y la encontró al otro lado de la pequeña colina. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa se zambulló en una hondonada, desapareciendo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael volvió junto al artefacto. La armazón estaba posada en la roca donde había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">quedado. La muchacha la levantó tentativamente con la mano. Tenía más masa de lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que había esperado, pero pudo balancearla al extremo del brazo hasta que adquirió</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una velocidad respetable. La estrelló contra la piedra más cercana; el impacto le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entumeció los dedos. La armazón se desprendió y resbaló sobre la piedra hasta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">detenerse. Los dos recipientes se desprendieron; el mecanismo bulboso se torció. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la levantó otra vez, y otra vez la arrojó con fuerza contra la roca. La armazón se torció,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">combándose, y saltaron unas pocas piezas. Volvió a hacerla oscilar con la mano, hasta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la parte bulbosa se soltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El ser no estaba a la vista. Zael llevó los pedazos de la armazón a la hendidura más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cercana y los arrojó dentro. A la luz de su casco, flotaron descendiendo silenciosamente</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y desaparecieron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha regresó junto al globo. La criatura no había aparecido todavía. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">examinó el interior del globo: estaba repleto de tabiques de formas extrañas y de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">máquinas, la mayoría demasiado grandes para poder moverlas, algunas sueltas y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">portátiles. La muchacha no pudo saber con certeza si alguna de esas máquinas eran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">armas. Para estar segura, sacó todos los objetos movibles y los arrojó al mismo sitio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la armazón.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Había hecho todo lo que podía, y quizá más de lo prudente. Ahora su tarea era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sobrevivir: volver a la casa-burbuja, llamar a la cápsula de emergencia y partir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Retrocedió subiendo otra vez por la cuesta, pasando junto a la trepadora destrozada,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desandando el camino hasta que llegó a la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las puntas de los riscos asomaban allá arriba, a cientos de metros sobre su cabeza, tan</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escarpadas que cuando intentó escalarlas ni siquiera el impulso la mantuvo en pie;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comenzó a perder el equilibrio, y tuvo que danzar hacia atrás lentamente hasta que pisó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un sitio más firme.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dio toda la vuelta alrededor del cráter antes de convencerse: no había salida.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Transpiraba debajo del traje: un mal comienzo. Las cimas ásperas de las montañas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">parecían inclinarse hacia delante, mirándola burlonamente. Se detuvo un momento para</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tranquilizarse, y tomó una píldora y un sorbo de agua del recipiente que llevaba en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casco. Los indicadores mostraban que le quedaban menos de cinco horas de aire. Era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muy poco. Tenía que salir de allí.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Escogió lo que parecía la cuesta más fácil a su alcance. Subió por ella cuidadosamente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando empezó a perder impulso, usó las manos. El frío le picó a través de los guantes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">como agujas de fuego. El más leve contacto producía dolor; asirse firmemente se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transformaba en una agonía. Estaba a pocos metros de la cima cuando se, le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">empezaron a entumecer los dedos. Arañó furiosamente, pero los dedos se negaban a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerrarse sobre las rocas; las manos le resbalaban, inútiles.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cayó. Rodó lentamente por la cuesta que tanto dolor le había costado escalar; con un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esfuerzo recuperó el equilibrio, y fue a detenerse en el fondo, agitada y temblorosa.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sintió en el corazón una desesperación fría. Era joven; no le gustaba la idea de la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muerte, ni siquiera una muerte limpia y rápida. Morir lentamente, jadeando dentro de un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sucio traje o perdiendo el calor contra la piedra, sería horrible.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Vio un movimiento indistinto a la luz de las estrellas, al otro lado del suelo del cráter. Era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la cosa; ¿qué estaría haciendo ahora que ella le había destruido los medios que tenía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para huir? Lentamente, se le ocurrió que quizá tampoco la criatura podía salir del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Esperó un momento y luego, vacilante, bajó por la cuesta hacia ella.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A mitad del camino se acordó de apagar las luces del traje para no ahuyentarla.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Innumerables hendiduras surcaban el suelo del cráter. Al acercarse más, vio que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esfera partida estaba rodeada de esas hendiduras por todas partes. En un extremo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la larga e irregular isla rocosa, la criatura se lanzaba de un lado para otro.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvió la cabeza hacia la muchacha cuando ella saltó la última abertura. Zael vio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquellos ojos que fulguraban en la oscuridad, y el círculo de brazos articulados y finos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que formaban un collar detrás de la cabeza de la criatura. Al acercarse ella la cabeza se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alzó más, y las fauces se separaron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al ver a la cosa tan de cerca, la muchacha sintió una repugnancia que nunca había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">conocido. No se trataba solamente de que la criatura fuera metálica y estuviera viva; era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una sensación de maldad que parecía llegar directamente desde la cosa, y que sugería</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">algo así como: «Soy la muerte de todo lo que amas.»</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los ojos rojos y ciegos miraban con un odio implacable. ¿Cómo podría conseguir que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquella cosa comprendiese?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El cuerpo de la criatura era sinuoso y fuerte; los brazos articulados podían asir y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sostener. Estaba hecha para trepar, pero no para saltar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">De pronto, la muchacha no pudo dominar su repugnancia hacia la cosa. Dio media</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vuelta y saltó otra vez por encima de la grieta. Desde el otro lado, se volvió para mirar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa se mecía erguida, levantando más de la mitad del cuerpo sobre la roca. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vio ahora que había otro grupo de miembros prensiles en la cola. La criatura se deslizó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hasta el mismo borde de la grieta y volvió a erguirse, las fauces abiertas, los ojos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillantes.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">No tenían en común otra cosa que el odio y el miedo. Mirando a la criatura, Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comprendió que debía de tener tanto miedo como ella misma. Aunque era metálica, no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">podía vivir para siempre sin calor. Zael le había roto las máquinas, y ahora estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atrapada igual que ella. Pero, ¿cómo se lo podía hacer entender?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha caminó unos pocos metros por el borde de la grieta, y luego volvió a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">saltar del lado de la criatura. La cosa la miró alerta. Era inteligente; sin duda tenía que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">serlo. Debía de saber que Zael no era nativa de ese planetoide, y que por lo tanto debía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de tener una nave o algún otro medio para huir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha extendió los brazos. El círculo de miembros de la cosa se ensanchó en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">respuesta; pero, ¿era esto un gesto de invitación o una amenaza? Conteniendo el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">miedo y la repugnancia, Zael se acercó más. La alta figura oscilaba por encima de su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabeza. La muchacha vio que los segmentos del cuerpo de la criatura eran anillos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metálicos que ajustaban suavemente, unos sobre otros. Cada anillo estaba un poco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">abierto en la parte de abajo, y por allí se veía el mecanismo que había dentro.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Una cosa como esa no podía haber evolucionado en ningún mundo; tenía que haber</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sido construida para alguna oscura finalidad. El cuerpo largo y flexible estaba hecho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para perseguir y capturar; las fauces eran para matar. Sólo un odio de una intensidad</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que escapaba a su comprensión podía haber concebido y soltado ese horror en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mundo de los vivos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se obligó a acercarse otro paso. Se señaló a sí misma con el dedo, y luego señaló</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la pared del cráter. Dio media vuelta y saltó sobre la grieta; recuperó el equilibrio, Y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">volvió a saltar en la otra dirección</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Tuvo la impresión de que la actitud de la cosa, mientras la miraba, era casi una parodia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">humana de la cautela y la duda. La muchacha se señaló y señaló a la criatura; dio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">media vuelta, y saltó otra vez por encima de la hendedura, ida y vuelta. Se señaló a sí</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">misma y a la cosa, y luego hizo un ademán con el brazo por encima! de la grieta, un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimiento lento y amplio. Esperó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Después de un largo rato la criatura se movió, adelantándose lentamente. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retrocedió con la misma lentitud, hasta que estuvo al borde de la grieta. Temblando,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tendió un brazo. La enorme cabeza se inclinó, y los miembros prensiles ondearon hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su manga y la rodearon. Aquellos ojos rojos miraron fijamente los de la muchacha, a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">unos pocos centímetros de distancia.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se giró y saltó con fuerza. Trató de tener en cuenta la masa de la cosa, pero la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desacostumbrada resistencia en el brazo la hizo retorcerse hacia atrás en el aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Aterrizaron juntas, golpeándose. Torpemente, Zael consiguió levantarse y alejarse del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">frío que le atravesaba el traje. La cosa, erguida, se balanceaba cerca... demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Instintivamente otra vez, la muchacha tocó el botón de la luz. La cosa se alejó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retorciéndose en espirales plateadas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael temblaba. El corazón le latía en la garganta. Con un esfuerzo, volvió a apagar la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luz. La cosa alzó la cabeza a una docena de metros de distancia, y esperó a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando Zael se movía, la cosa se movía, manteniendo la distancia. Al llegar a la grieta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">siguiente, la muchacha volvió a detenerse hasta que la criatura se acercó y le rodeó el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazo con los miembros prensiles.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado de la grieta, se separaron de nuevo. De esa manera atravesaron cuatro</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">islas de roca antes de llegar a la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa se deslizó lentamente por la empinada cuesta. Con todo el cuerpo estirado, los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazos prensiles encontraron algo de donde asirse; la cola se balanceó en el aire. El</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">largo cuerpo se dobló graciosamente hacia arriba; los miembros de la cola encontraron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">otro sitio de donde asirse, encima de la cabeza.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Allí la cosa hizo una pausa, y miró a la muchacha. Zael tendió los brazos; hizo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pantomima de trepar, luego retrocedió, agitando la cabeza. Tendió otra vez los brazos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa vaciló. Tras un momento, los miembros de la cabeza volvieron a asirse de algo,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y la cola colgó balanceándose. Al acercarse la criatura, Zael la abrazó. La cabeza lisa y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillante la miraba desde arriba. En ese momento glacial, Zael se encontró pensando</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que para la cosa, el universo era quizá como un negativo fotográfico: todas las cosas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">malas eran buenas, todas las cosas buenas eran malas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cabeza se deslizó junto al hombro; las potentes espirales le rodearon el cuerpo con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un leve roce. La cosa estaba fría, pero no era ése el superfrío entumecedor de las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rocas. Las espirales apretaron, y la muchacha sintió la fuerza helada y constrictiva de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquel enorme cuerpo. De pronto sus pies dejaron de tocar la roca. La empinada pared</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se inclinó y giró en un ángulo insensato.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dentro de aquella espiral metálica, las fuerzas de Zael languidecieron. Las estrellas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">giraron sobre su cabeza, luego se aquietaron. La cosa la había depositado en la cima</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La fría espiral se deslizó, apartándose lentamente. Agitada y aturdida, Zael siguió a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura por la quebrada pendiente. Todavía le ardía en la carne el contacto de aquel</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuerpo metálico. Era como un significado oculto, que sólo descubría con un esfuerzo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Era como un anillo que uno ha usado tanto tiempo que, después de quitárselo, aún</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">parece seguir allí.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Más abajo, en la revuelta inmensidad del valle, al borde de una grieta, la esperaba la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura, con la cabeza alzada.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Humildemente, Zael se le acercó. Esta vez, en lugar de asirse del brazo de la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha, la pesada masa se le enroscó alrededor del cuerpo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael saltó. Al otro lado de la grieta, lentamente, aquella figura flexible se deslizó,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">bajando y apartándose. Al llegar a un sitio alto, la cosa la rodeó otra vez con su frío</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">abrazo y la alzó sin ningún esfuerzo, como a una mujer en un sueño.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El sol estaba en el cielo, a poca altura sobre el horizonte. Zael estuvo a punto de tocar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la llave de la radio, vaciló, y apartó la mano. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo podría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacerles comprender?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El tiempo huía. Cuando pasaron por una de las zonas donde Zael había puesto minas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">donde las rocas reflejaban la luz fría y purpúrea, la muchacha supo que iban por buen</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">camino. Se orientó con eso y con el sol. En cada grieta, la cosa se le enroscaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor de los hombros; en cada cuesta empinada, la cosa la sujetaba por la cintura y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la alzaba, describiendo largos arcos, hasta la cima.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando vio la casa-burbuja desde un cerro, comprendió con un sobresalto que había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perdido la noción del tiempo. Miró los indicadores. Le quedaba media hora de aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Ese conocimiento le despertó una parte de la mente que había estado sumergida y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">dormida. Sabía que el otro había visto también la casa-burbuja; había en su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comportamiento una nueva tensión, una nueva intensidad en su manera de mirar hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">adelante. Trató de recordar la topografía entre este punto y la casa. La había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atravesado docenas de veces, pero siempre en el vehículo trepador. Ahora era muy</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">diferente. Los cerros altos que antes habían sido solamente obstáculos momentáneos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eran ahora insuperables. Todo el aspecto del terreno había cambiado; ni siquiera podía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estar ya segura de las marcas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pasaban por la última zona de minas. La luz fría y purpúrea se deslizaba sobre las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rocas. Un poco más allá de ese sitio, recordó Zael, tenía que haber una ancha grieta; la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura, a unos pocos metros de distancia, no miraba hacia la muchacha. Inclinándose</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacia adelante, Zael echó a correr de puntillas. La grieta estaba allí; llegó al borde, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">saltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado, se volvió para mirar. La cosa se retorcía al borde de la hendidura, furiosa,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">el collar de miembros abierto, los ojos rojos encendidos. Tras un instante, los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimientos se aquietaron y se detuvieron. Zael y la criatura se miraron por encima de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la brecha de silencio; luego Zael dio media vuelta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los indicadores le señalaban otros quince minutos. Echó a andar apresuradamente, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pronto se encontró descendiendo a una profunda barranca que reconocía. A su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor estaban las marcas de la ruta que solía tomar en el vehículo. Delante y a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">derecha, donde brillaban las estrellas por una abertura, debía de estar el sitio donde</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">unas rocas caídas formaban una escalera natural hasta la parte superior de la barranca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero a medida que se acercaba al sitio empezó a inquietarse. La pared del otro lado de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la barranca era demasiado escarpada y demasiado alta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Llegó por fin al fondo, y no había ninguna escalera.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Debía de haberse equivocado de sitio. No le quedaba otro remedio que caminar por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hondonada hasta llegar al sitio indicado. Tras un momento de indecisión, echó a andar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">apresuradamente hacia la izquierda.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A cada paso la barranca prometía volverse conocida. ¡Seguramente no podía haberse</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">equivocado tanto en tan poco tiempo! Los puntos de luz que dibujaban los rayos del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casco danzaban allá delante, burlonamente esquivos. De repente comprendió que se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había perdido.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Le quedaban siete minutos de aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Se le ocurrió que la criatura debía de estar todavía donde la había dejado, atrapada en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una isla de roca. Si volvía allí directamente, ahora, sin vacilar ni un segundo, quizá</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tuviera aún tiempo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dio media vuelta, lanzando un involuntario quejido de protesta. Sus movimientos eran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">apresurados e inseguros; tropezó una vez, y apenas pudo evitar una caída peligrosa.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sin embargo, no se atrevió a ir más despacio ni a detenerse un momento. Respiraba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">con dificultad dentro del casco; el olor tan conocido del aire reciclado parecía más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sofocante.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Miró los indicadores: cinco minutos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al llegar a una cima vio un líquido destello de metal que se movía entre los fuegos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">purpúreos. Saltó la última hendidura y se detuvo cautelosamente. La cosa se le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">acercaba con lentitud. En la enorme cabeza metálica no había ninguna expresión, las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">fauces estaban cerradas; la corona de miembros prensiles casi no se movía: sólo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuando en cuando se retorcía alguno, repentinamente. Había en la cosa una quietud</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">torva, expectante, que inquietó a la muchacha; pero no tenía tiempo para la cautela.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Apresuradamente, con gestos bruscos, trató de representar su necesidad. Tendió los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazos. La cosa se deslizó adelantándose lentamente, y lentamente se enroscó en ella.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael casi no sintió el salto ni el aterrizaje. La criatura se movía a su lado; cerca esta vez,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casi tocándola. Allá descendieron, a la semioscuridad estrellada de la grieta; Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">caminaba inseguramente, porque no podía usar las luces del casco. Se detuvieron al</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pie del precipicio. La cosa se volvió para mirarla un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A la muchacha le zumbaban los oídos. La cabeza se meció hacia ella y pasó a su lado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los brazos metálicos asieron la roca; el enorme cuerpo se balanceó hacia arriba, por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">encima de la cabeza de Zael. La muchacha miró y vio que la criatura se retorcía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">diagonalmente sobre la faz de la roca, centelleaba brevemente contra las estrellas, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desaparecía.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se quedó mirando hacia allí con incrédulo horror. Había sucedido con demasiada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rapidez; no entendía cómo había podido ser tan estúpida. ¡Ni siquiera había intentado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">agarrar el cuerpo cuando pasaba!</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los indicadores eran borrosos; las agujas casi tocaban el cero. Tambaleándose un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">poco, Zael echó a andar por la hondonada hacia la derecha. Le quedaba quizás un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">minuto o dos de aire, y luego cinco o seis minutos de asfixia lenta. Tal vez encontrase</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">todavía la escalera; aún no estaba muerta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La pared de la hondonada no descendía a niveles más accesibles: subía en forma de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">agujas y pináculos. La muchacha se detuvo, helada y saturada de fatiga. Las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">silenciosas cumbres se alzaban contra las estrellas. No había salvación en ese sitio, ni</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">en todo el mundo vampiresco y muerto que la rodeaba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Algo saltó en la roca, a los pies de Zael. Asustada, la muchacha retrocedió. La cosa que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había saltado se alejaba girando bajo las estrellas. Mientras miraba apareció, otro trozo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de piedra, y otro. Esta vez vio cómo caía, golpeaba la roca y rebotaba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvió la cabeza bruscamente. Por la mitad de la faz de la roca, balanceándose con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">facilidad de un punto de apoyo a otro, venía la criatura. Una nube de piedras,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">arrancadas al pasar, bajaban flotando lentamente y rebotaban alrededor de la cabeza</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de Zael. La criatura se deslizó los últimos metros y se detuvo junto a la muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cabeza le daba vueltas a Zael. Sintió que aquel cuerpo fuerte se enroscaba a su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor; que la alzaba y se ponía en marcha. La apretaba demasiado; no le dejaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">respirar. Cuando la soltó, la presión no cedió.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Haciendo eses, echó a andar hacia la casa-burbuja, que parpadeaba llamándola en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">horizonte chato. Le ardía la garganta. A su lado, el extraño ser se movía como mercurio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entre las rocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael cayó una vez - una caída lenta, aterradora, en aquel frío doloroso -, y las pesadas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">roscas de la criatura la ayudaron a levantarse.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Llegaron a la grieta. Zael vaciló en el borde, entendiendo oscuramente por qué la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura había vuelto a buscarla. Era una retribución: y ahora ella estaba demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aturdida para volver a entretenerse con ese juego. Los miembros de la criatura tocaban</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la manga.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Allá arriba, hacia Draco, la nave de Isar estaba en camino. Zael buscó a tientas el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">interruptor de la radio. La voz le salió ronca y extraña:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Mamá...</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El pesado cuerpo se le estaba enroscando alrededor de los hombros. Le dolía el pecho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">al respirar, y veía oscuro. Juntando todas sus fuerzas, saltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado de la hondonada, se movió con imprecisa lentitud. Vio la luz de la casaburbuja</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que parpadeaba prismáticamente al final de una brumosa avenida, y supo que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tenía que llegar a ella. No sabía muy bien por qué; quizá tenía algo que ver con el ser</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">plateado que se deslizaba a su lado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El zumbido de una onda de radio estalló en sus auriculares.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Eres tú, Zael?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha oyó las palabras, pero no entendió el significado. La casa-burbuja estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca ahora; veía la válvula flexible de la puerta. Sabía de algún modo que la criatura no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">debía entrar allí; si entraba, quizá usara aquel sitio para tener crías, y luego extendería</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por todas partes una plaga de criaturas metálicas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Se volvió torpemente para impedírselo, pero perdió el equilibrio y cayó contra la pared</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la burbuja. La enorme cabeza plateada, allá arriba, abrió las fauces, y aparecieron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">dos brillantes colmillos. La cabeza se inclinó delicadamente, las fauces se cerraron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sobre el muslo de Zael, y los colmillos se hundieron una vez. Sin prisa, la criatura se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deslizó, desapareciendo del campo visual de la muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael sintió en el muslo un frío que se le empezó a extender por el cuerpo. Vio dos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pequeños chorros de vapor que se escapaban del traje, donde había sido perforado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Giró la cabeza; la criatura estaba entrando en la burbuja por la válvula flexible. Adentro,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se movió para un lado y para otro, evitando la diminuta luz. Olfateó la hamaca, la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lámpara, y luego el transmisor-receptor de radio. Zael recordó algo, y dijo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">quejumbrosamente:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Mamá?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En respuesta, la onda de radio zumbó otra vez y la voz dijo:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Qué pasa, Zael?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha trató de responder, pero su gruesa lengua no encontró las palabras. Se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sentía débil y helada, pero no tenía miedo. Buscó a tientas en el equipo, encontró la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pasta adhesiva, y la extendió sobre las perforaciones. La pasta burbujeó un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Luego, se endureció. Una cosa lenta y lánguida, que nacía en el dolor helado, le corría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por el muslo. Al girarse otra vez, vio que la criatura seguía inclinada sobre el aparato</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transmisor-receptor. Aun desde donde estaba, la muchacha veía la palanca rojo vivo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que servía para llamar a la cápsula de emergencia. Mientras miraba, uno de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">miembros de la criatura asió esa palanca y empujó hacia abajo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael alzó la mirada. Tras un momento, la chispa anaranjada que se movía en el cielo se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">detuvo aparentemente, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en una estrella</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillante, y después en un fulgor dorado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cápsula de emergencia se posó en un llano rocoso, a cien metros de distancia. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">antorcha se apagó. Deslumbrada, Zael vio como la figura negra de la criatura se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deslizaba saliendo de la casa-burbuja.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La criatura se detuvo, y por un instante la cabeza cruel osciló allá arriba, mirando a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha. Luego continuó arrastrándose.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La puerta de la cámara neumática era un círculo de luz amarilla. Al llegar a ella la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura pareció vacilar; luego siguió adelante y desapareció dentro. La puerta se cerró.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Un instante más tarde la antorcha se encendió otra vez, y la cápsula se elevó sobre una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">columna de fuego.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba acunada contra la curva flexible de la burbuja. Tuvo un borroso</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pensamiento: dentro de la burbuja, a muy poca distancia, había aire y calor. El veneno</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la criatura había depositado en su carne, fuese lo que fuese, quizá tardaría mucho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tiempo en matarla. La nave de su madre llegaría pronto. Tenía una posibilidad de vivir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero la cápsula de emergencia continuaba elevándose sobre el largo penacho dorado;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y Zael no podía apartar la mirada de aquella terrible belleza que ascendía hacia la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">noche.</span><br />
<br />
<span style="font-size: 180%;"><span style="color: #3366ff; font-style: italic;">FIN</span></span>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span style="font-size: 180%;"><span style="color: #cc6600; font-style: italic; font-weight: bold;">EL ENEMIGO</span><br />
<span style="color: #cc6600; font-style: italic;">Damon Knight</span></span></p>
<p>
<span style="color: #ffffcc;">La nave espacial estaba posada en una esfera de roca en medio del cielo. Había un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">resplandor en Draco; era el sol, a seis billones de kilómetros de distancia. En el silencio,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las estrellas no parpadeaban ni fluctuaban: ardían, frías y distantes. La estrella polar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">resplandecía allá arriba. La Vía Láctea era un arco iris congelado sobre el horizonte.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En el círculo amarillo de la cámara neumática aparecieron dos figuras, ambas de mujer,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de rostros pálidos y duros detrás de los visores de los cascos. Llevaron un disco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">plegable de metal a cien metros de distancia y lo montaron sobre tres altos aisladores.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvieron a la nave, moviéndose ágilmente de puntillas, como bailarinas, y salieron otra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vez con una abultada colección de objetos envueltos en una membrana transparente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sellaron la membrana al disco, y la inflaron a través de un tubo desde la nave. Los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">objetos que había dentro eran artículos domésticos: una hamaca con armazón de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metal, una lámpara, un aparato transmisor y receptor de radio. Las dos mujeres</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entraron en la membrana por la válvula flexible y pusieron en orden los muebles. Luego,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">con cuidado, llevaron allí los últimos objetos: tres tanques con cosas exuberantes y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">verdes, dentro de burbujas protectoras.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Bajaron de la nave un vehículo con forma de araña, con seis enormes ruedas infladas, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lo dejaron montado sobre tres aisladores.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El trabajo había concluido. Las dos mujeres se detuvieron frente a frente junto a la casaburbuja.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La mayor dijo:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Si descubres algo, quédate aquí hasta que yo vuelva dentro de diez meses. Si no,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deja el equipo y regresa en la cápsula de emergencia.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las dos miraron hacia arriba, donde se movía una tenue chispa contra el campo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estrellas. La nave madre la había dejado en órbita antes de aterrizar. Si fuese</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">necesario, podía ser llamada por radio para que aterrizase automáticamente; de lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">contrario, no había necesidad de gastar combustible.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Comprendido - dijo la más joven. Se llamaba Zael; tenía quince años, y ésta era la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">primera vez que salía de la nave espacial para quedarse sola. Isar, la madre, caminó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hasta la nave y entró sin mirar atrás. La compuerta se cerró; arriba, la chispa flotaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacia el horizonte. Una breve explosión de llamas levantó a la nave madre, que empezó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">a girar y a subir. La antorcha se inflamó otra vez, y en unos pocos momentos la nave</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">era sólo una estrella brillante.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael apagó la luz de su traje y se quedó allí en la oscuridad, bajo la enorme semiesfera</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">del cielo. Era el único cielo que ella conocía; como su madre, y la madre de su madre,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael había nacido en el espacio. Siglos atrás, expulsado de los mundos grandes y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">verdes, su pueblo se había vuelto austero, como los campos de estrellas entre los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuales vagaba. En las cinco grandes ciudades del espacio, y en Plutón, Titán, Mimas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Eros y mil mundos menores, ese pueblo luchaba por su existencia. Eran pocos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">habitantes; la vida era dura y breve; no era ninguna novedad para una niña de quince</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">años quedarse sola en un planetoide para buscar minerales.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La nave era una chispa borrosa que ascendía describiendo una larga curva hacia la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eclíptica. Allá arriba, Isar y sus hijas tenían que distribuir cosas y llevar cargamentos a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Plutón. Gron, la ciudad de ellas, las había enviado a este largo viaje para que realizaran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un estudio. El planetoide, en su excéntrica órbita cometaria, se acercaba al sol por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">primera vez en veinte mil años. Después de llegar a ese sitio sería una tontería no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perforar minas en la superficie del planetoide y sacar lo que tuviese valor. Una niña</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">podía hacer eso, y estudiar además el planetoide.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sola, Zael se giró impasible hacia el artefacto de seis ruedas. Podría haber descansado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un poco en la casa-burbuja, pero le quedaban unas horas de traje, y no había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">necesidad de desperdiciarlas. En la leve gravedad pudo saltar fácilmente a la cabina de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">conducción; encendió las luces, y puso en marcha el motor.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El vehículo arácnido se arrastró sobre sus seis ruedas de amortiguación individual. El</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">terreno era asombrosamente quebrado; agujas y cráteres gigantes se alternaban con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hondonadas y grietas, alguna de diez metros de ancho y cientos de profundidad. Según</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los astrónomos, la órbita del planetoide pasaba cerca del sol, quizá más cerca que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">órbita de Venus. Ahora mismo la temperatura de las rocas era de apenas unos pocos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">grados sobre el cero absoluto. Ese era un frío más intenso que todos los que Zael había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">experimentado en su vida. Lo sentía en los pies a través de los largos clavos aislantes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de las suelas de las botas. Las moléculas de cada piedra se habían inmovilizado; el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mundo era un congelado bostezo de hambre.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero en otra época había sido un mundo cálido. Allí estaban las señales. Cada vez que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pasaba por el perihelio, las rocas debían de resquebrajarse una y otra vez, produciendo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esta pesadilla de rocas destrozadas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En la superficie la gravedad era solamente un décimo de G, casi como la caída libre; el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo ligero, de ruedas hinchadas, trepaba fácilmente por cuestas que estaban a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pocos grados de la vertical. Donde no podía trepar, daba un rodeo. Las hendiduras</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estrechas eran salvadas por las patas extensibles del vehículo; en otras más grandes,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael disparaba un arpón que volaba sobre la abertura y se clavaba al otro lado. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">máquina, al llegar al borde, caía al vacío y se columpiaba al extremo del cable; pero</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mientras la débil gravedad la llevaba hacia el otro lado de la hendedura, el motor del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabrestante enrollaba el cable. El vehículo tocaba el otro lado con una pequeña</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sacudida y, sin detenerse, trepaba sobre el borde y continuaba la marcha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sentada con el cuerpo erguido detrás de los instrumentos, Zael trazaba un mapa de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">depósitos minerales sobre los cuales iba pasando. Fue para ella una satisfacción</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">descubrir que esos depósitos eran suficientemente ricos como para justificar allí la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">explotación de minas. Las ciudades podían hacer casi cualquier cosa con cualquier</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa, pero necesitaban una fuente primaria: los minerales.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Metódicamente, Zael se fue alejando en espiral de la casa-burbuja, registrando una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">región de no más de cincuenta kilómetros de diámetro. La máquina trepadora era un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo no presurizado, y no podía abarcar una zona grande.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Trabajando sola bajo el cielo inmutable, hora tras hora, identificó las vetas más ricas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las señaló, y estableció rutas. Entre una y otra salida, comía y dormía en la casaburbuja,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuidaba las platas, tan necesarias, y atendía los aparatos. Fuera del traje</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">espacial era esbelta y delgada, de movimientos rápidos, con la gracia rigurosa y severa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de su pueblo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Completó el mapa y volvió a salir. En cada punto señalado colocó dos polos, muy</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">separados. Esos polos se clavaban solos en el terreno, y cada par generaba una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">corriente que ionizaba los metales, o las sales metálicas, y depositaba lentamente metal</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">puro alrededor de cada cátodo. Con el tiempo era tal la concentración que resultaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">posible cortar el metal en bloques, para transportarlo con facilidad.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael prestó atención a los rastros de metal trabajado, adheridos acá y allá a las rocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Eran casi todos ellos fragmentos, parecidos a los que se encontraban comúnmente en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">satélites fríos, como Mimas y Titán, y a veces en asteroides pétreos. No era un asunto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">importante; significaba simplemente que el planetoide había sido habitado o colonizado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">en otra época por la misma civilización prehumana que había dejado rastros en todo el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sistema solar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A Zael la habían enviado a ver todo lo que tuviese algún interés. Casi había concluido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su trabajo; examinó concienzudamente los rastros metálicos, fotografió algunos, guardó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">otros como muestras. Enviaba regularmente informes por radio a Gron; a veces, cinco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">días más tarde, la esperaba en la casa-burbuja un breve acuse de recibo; a veces no.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Visitaba regularmente los polos, midiendo la concentración de metal. Estaba preparada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para cambiar los polos que no funcionasen adecuadamente, pero nunca tuvo ocasión;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los aparatos de Gron pocas veces fallaban.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El planetoide flotaba describiendo su arco milenario. Alrededor, el cielo giraba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">imperceptiblemente. La chispa móvil de la cápsula de emergencia trazaba una y otra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vez su sendero. Zael comenzó a impacientarse y llevó el vehículo a exploraciones más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">amplias. En el fondo de las frías grietas encontró algunas construcciones metálicas que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no eran simples fragmentos, sino obras completas: viviendas o máquinas. Las viviendas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">(si eran eso) estaban hechas para criaturas más pequeñas que el hombre; las puertas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eran óvalos de no más de treinta centímetros de diámetro. Obedientemente, Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transmitió por radio esa información, y recibió el acostumbrado acuse de recibo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Y de pronto, un día, antes de tiempo, el receptor cobró vida. El mensaje decía: ya llego.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Isar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La nave tardaría tres veces más que el mensaje. Zael continuó recorriendo los polos,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sin mostrar ninguna emoción en su rostro iluminado por las estrellas. Por encima de su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabeza la cápsula de emergencia, ya innecesaria, seguía pasando monótonamente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba rastreando los restos de un complejo de estructuras que habían sobrevivido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">milagrosamente, algunas enterradas a medias, otras desnudas bajo las estrellas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Encontró hacia donde llevaban esos restos, en un cráter, a sólo sesenta kilómetros de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la base, una semana antes de la fecha de llegada de la nave.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En el cráter había un globo metálico muy reforzado, con abolladuras y marcas, pero no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aplastado. Las luces de la máquina trepadora de Zael lo alumbraron un rato, y de pronto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquello exhaló un bocanada de vapor; durante un segundo el globo pareció</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">oscurecerse. Zael miró, interesada: el leve calor del rayo de luz debía haber derretido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alguna película de gas congelado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El fenómeno se repitió, y ahora Zael vio claramente que el chorro salía de una grieta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">delgada y oscura que no había estado allí antes.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La grieta se ensanchó ante los ojos de la muchacha. El globo se estaba partiendo por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mitad. En la estrecha abertura entre las dos mitades, se movía algo. Asustada, Zael dio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">marcha atrás con el vehículo. Al retroceder cuesta arriba, las luces apuntaron hacia el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">suelo. En la oscuridad, fuera de los rayos de luz, vio que el globo se expandía más aún.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Había un movimiento ambiguo entre las apenas visibles mitades del globo, y Zael deseó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no haber apartado la luz.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El vehículo subía oblicuamente por una piedra grande. Zael se volvió hacia abajo,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retrocediendo todavía en un ángulo agudo. La luz se apartó totalmente del globo, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luego, al estabilizar la máquina, apuntó de nuevo hacia aquel sitio.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las dos mitades de globo se habían separado por completo. En el centro, al dar allí la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luz, se agitó algo. Zael no vio más que una gruesa y fulgurante espiral metálica.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Mientras vacilaba, hubo un nuevo movimiento entre las mitades del globo. Algo fulguró</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brevemente; la tierra tembló un instante, y de pronto algo golpeó sonora y rudamente el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vehículo. Las luces, perplejas, giraron y se apagaron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En la oscuridad, la máquina se inclinó. Zael apretó los controles, pero fue demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lenta. El vehículo volcó, quedando con las ruedas hacia arriba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael sintió que era despedida de la máquina. Mientras rodaba y le zumbaban los oídos,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su impresión primera y más aguda fue la del frío que le atravesaba el traje espacial por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">los guantes y las rodillas. Consiguió arrodillarse rápidamente, con la ayuda de las botas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de suela claveteada.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Aun ese breve contacto con el frío hizo que le dolieran los dedos. Buscó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">automáticamente el vehículo, que significaba seguridad y calor. Lo vio aplastado en la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">ladera de la montaña. A pesar de eso, el instinto le hizo caminar hacia allí, pero apenas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había dado el primer paso cuando la máquina volvió a saltar y a rodar otra docena de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metros por la pendiente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael dio media vuelta, y por primera vez comprendió claramente que algo estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atacando a la trepadora. Entonces vio una figura centelleante que se retorcía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">arrastrándose hacia la máquina destrozada. Zael no tenía encendida la luz del casco;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se acurrucó y se quedó inmóvil; sintió dos golpes metálicos, demoledores, transmitidos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por la roca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa móvil reapareció al otro lado de la trepadora, desapareció dentro, y tras un rato</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">salió otra vez. Zael vio fugazmente una cabeza estrecha alzada, y dos ojos rojos que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillaban. La cabeza bajó, y la forma sinuosa se deslizó por una grieta, avanzando hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la muchacha. En lo único que pensaba Zael era en escapar. Gateó levantándose en la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">oscuridad, y caminó alrededor de una aguja de piedra. Vio la cabeza fulgurante, alzada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">más abajo, entre una maraña de cantos rodados, y echó a correr peligrosamente por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuesta hacia la trepadora.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El tablero de controles estaba destruido, las palancas torcidas o aplastadas, los diales</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rotos. La muchacha se enderezó para mirar el motor y la palanca de velocidades, pero</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">inmediatamente vio que no servían para nada; el pesado eje de transmisión estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">totalmente torcido. Si no la llevaban a un taller de reparaciones, la trepadora no andaría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">nunca más.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Notó que allá abajo la figura plateada se deslizaba por el borde de la hendedura. Sin</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perderla de vista, Zael se examinó el traje y los instrumentos. Aparentemente, el traje</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba bien cerrado, los tanques de oxígeno y el sistema de recirculación intactos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Mientras miraba el globo abierto bajo las estrellas, la muchacha pensó fríamente. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa debía de haber estado allí enroscada durante miles de años. Quizás había en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">globo algún dispositivo fotosensible, destinado a abrirlo cuando el planetoide volviera a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">acercarse al sol. Pero la luz de Zael había roto prematuramente el globo; la cosa que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba dentro había despertado antes de tiempo. ¿Qué sería, y qué haría, ahora que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">volvía a estar viva?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sucediese lo que sucediese, la primera obligación de Zael era advertir a la nave.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Conectó el transmisor de radio del traje; no tenía mucho alcance, pero ahora que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">nave estaba tan cerca quizá consiguiera enviar el mensaje.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Esperó largos minutos, pero no llegó ninguna respuesta. Desde donde estaba ella el sol</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">no era visible; uno de los riscos altos debía de bloquear la transmisión.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La pérdida de la trepadora había sido un desastre. Zael estaba sola y a pie, a sesenta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">intransitables kilómetros de la casa-burbuja. Sus probabilidades de supervivencia, lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sabía, eran ahora muy pocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sin embargo, salvarse ella sin averiguar más acerca de la cosa sería no cumplir con su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deber. Zael miró dubitativamente hacia el globo vacío. La distancia que los separaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">era quebrada y peligrosa. Tendría que acercarse lentamente para no atraer la atención</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la cosa si usaba la luz.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Echó a andar hacia allí de todos modos, escogiendo cuidadosamente el camino entre</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">las piedras caídas. Varias veces saltó por encima de hendiduras que eran demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">largas para poder rodearlas. Cuando estaba a medio camino, cuesta abajo, vio un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimiento y se detuvo. La cosa apareció retorciéndose sobre el borde roto de un cerro</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Zael vio otra vez la cabeza triangular y unos tentáculos ondulantes -, y luego</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desapareció dentro del globo abierto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se acercó con cautela, dando un rodeo para poder ver directamente la abertura.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Luego de unos pocos movimientos la cosa reapareció, curiosamente gruesa y rígida. En</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un sitio llano fuera del globo, la cosa se separó en dos partes, y la muchacha vio ahora</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que una era la cosa en sí, y la otra una armazón metálica, estrecha y rígida, de unos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tres metros de largo. La cosa volvió a meterse en el globo. Cuando salió llevaba un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mecanismo bulboso que acopló de alguna manera a un extremo de la armazón. Siguió</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">trabajando durante un rato usando los miembros tentaculares y articulados que le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brotaban detrás de la cabeza. Luego regresó al globo, y esta vez salió con dos grandes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">objetos cúbicos, que fijó al otro extremo de la armazón, conectándolos por una serie de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tubos al mecanismo bulboso.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Por primera vez entró en la mente de Zael la sospecha de que la cosa estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">construyendo un vehículo espacial. Seguramente no había nada que pudiese parecerse</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">menos a una nave convencional: no había casco, sólo un hueco donde podría ir la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa, el objeto bulboso que podría ser un motor, y los dos recipientes grandes para</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">masa radiactiva. De pronto la muchacha ya no tuvo dudas. No llevaba contador Geiger -</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había quedado en la trepadora -, pero estaba segura de que tenía que haber elementos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">radiactivos en el mecanismo bulboso: ¡una micropila sin blindaje para una nave espacial</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sin casco! Mataría a cualquier criatura viviente que viajase en ella, ¿pero qué criatura</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de carne y hueso podría sobrevivir veinte mil años en este planetoide sin atmósfera,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca del cero absoluto?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba seria e inmóvil. Como todo su pueblo, había visto los rastros de una guerra</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entre los planetoides fríos que había tenido lugar hacía millones de años. Algunos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pensaban que la guerra había terminado con la destrucción deliberada del cuarto</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">planeta, el que antiguamente había ocupado el sitio de los asteroides. Debía haber sido</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una guerra amarga; y ahora Zael pensó que entendía por qué. Si uno de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">contrincantes había tenido forma humana, y el otro la de esta cosa, entonces ninguno</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de los dos podría descansar hasta que hubiese exterminado al otro. Y si esta cosa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escapaba ahora, y engendraba a más como ella&#8230;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael avanzó poco a poco, pasando de una piedra a otra cuando la cosa no estaba a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vista. El ser había terminado de acoplar varios objetos pequeños y ambiguos a la parte</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">delantera de la armazón. Entró otra vez en el globo. A Zael le pareció que la estructura</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estaba casi completa. Si le ponían más cosas, no quedaría espacio para el piloto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El corazón latía con fuerza en el pecho de Zael. La muchacha salió del escondite y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">avanzó desmañadamente, de puntillas, más rápido que si saltara. Cuando casi podía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tocar la armazón con la mano, la cosa salió del globo abierto. Se deslizó hacia ella,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">enorme a la luz de las estrellas, con la cabeza metálica en alto.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Por puro instinto, Zael tocó el botón de la luz. Los locos del casco se encendieron, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tuvo una fugaz imagen de costillas metálicas y fauces fulgurantes. De pronto la cosa</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">huyó precipitadamente hacia la oscuridad. La muchacha quedó aturdida un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pensó: ¡No soporta la luz! Y se lanzó desesperadamente hacia el globo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa estaba allí enroscada, oculta. Cuando la luz la tocó saltó fuera del globo y se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escondió. Zael la volvió a perseguir, y la encontró al otro lado de la pequeña colina. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cosa se zambulló en una hondonada, desapareciendo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael volvió junto al artefacto. La armazón estaba posada en la roca donde había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">quedado. La muchacha la levantó tentativamente con la mano. Tenía más masa de lo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que había esperado, pero pudo balancearla al extremo del brazo hasta que adquirió</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una velocidad respetable. La estrelló contra la piedra más cercana; el impacto le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entumeció los dedos. La armazón se desprendió y resbaló sobre la piedra hasta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">detenerse. Los dos recipientes se desprendieron; el mecanismo bulboso se torció. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la levantó otra vez, y otra vez la arrojó con fuerza contra la roca. La armazón se torció,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">combándose, y saltaron unas pocas piezas. Volvió a hacerla oscilar con la mano, hasta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la parte bulbosa se soltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El ser no estaba a la vista. Zael llevó los pedazos de la armazón a la hendidura más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cercana y los arrojó dentro. A la luz de su casco, flotaron descendiendo silenciosamente</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y desaparecieron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha regresó junto al globo. La criatura no había aparecido todavía. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">examinó el interior del globo: estaba repleto de tabiques de formas extrañas y de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">máquinas, la mayoría demasiado grandes para poder moverlas, algunas sueltas y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">portátiles. La muchacha no pudo saber con certeza si alguna de esas máquinas eran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">armas. Para estar segura, sacó todos los objetos movibles y los arrojó al mismo sitio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la armazón.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Había hecho todo lo que podía, y quizá más de lo prudente. Ahora su tarea era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sobrevivir: volver a la casa-burbuja, llamar a la cápsula de emergencia y partir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Retrocedió subiendo otra vez por la cuesta, pasando junto a la trepadora destrozada,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desandando el camino hasta que llegó a la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Las puntas de los riscos asomaban allá arriba, a cientos de metros sobre su cabeza, tan</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">escarpadas que cuando intentó escalarlas ni siquiera el impulso la mantuvo en pie;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comenzó a perder el equilibrio, y tuvo que danzar hacia atrás lentamente hasta que pisó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un sitio más firme.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dio toda la vuelta alrededor del cráter antes de convencerse: no había salida.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Transpiraba debajo del traje: un mal comienzo. Las cimas ásperas de las montañas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">parecían inclinarse hacia delante, mirándola burlonamente. Se detuvo un momento para</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tranquilizarse, y tomó una píldora y un sorbo de agua del recipiente que llevaba en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casco. Los indicadores mostraban que le quedaban menos de cinco horas de aire. Era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muy poco. Tenía que salir de allí.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Escogió lo que parecía la cuesta más fácil a su alcance. Subió por ella cuidadosamente.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando empezó a perder impulso, usó las manos. El frío le picó a través de los guantes</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">como agujas de fuego. El más leve contacto producía dolor; asirse firmemente se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transformaba en una agonía. Estaba a pocos metros de la cima cuando se, le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">empezaron a entumecer los dedos. Arañó furiosamente, pero los dedos se negaban a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerrarse sobre las rocas; las manos le resbalaban, inútiles.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cayó. Rodó lentamente por la cuesta que tanto dolor le había costado escalar; con un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esfuerzo recuperó el equilibrio, y fue a detenerse en el fondo, agitada y temblorosa.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sintió en el corazón una desesperación fría. Era joven; no le gustaba la idea de la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muerte, ni siquiera una muerte limpia y rápida. Morir lentamente, jadeando dentro de un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sucio traje o perdiendo el calor contra la piedra, sería horrible.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Vio un movimiento indistinto a la luz de las estrellas, al otro lado del suelo del cráter. Era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la cosa; ¿qué estaría haciendo ahora que ella le había destruido los medios que tenía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para huir? Lentamente, se le ocurrió que quizá tampoco la criatura podía salir del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Esperó un momento y luego, vacilante, bajó por la cuesta hacia ella.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A mitad del camino se acordó de apagar las luces del traje para no ahuyentarla.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Innumerables hendiduras surcaban el suelo del cráter. Al acercarse más, vio que la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">esfera partida estaba rodeada de esas hendiduras por todas partes. En un extremo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la larga e irregular isla rocosa, la criatura se lanzaba de un lado para otro.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvió la cabeza hacia la muchacha cuando ella saltó la última abertura. Zael vio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquellos ojos que fulguraban en la oscuridad, y el círculo de brazos articulados y finos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que formaban un collar detrás de la cabeza de la criatura. Al acercarse ella la cabeza se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alzó más, y las fauces se separaron.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al ver a la cosa tan de cerca, la muchacha sintió una repugnancia que nunca había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">conocido. No se trataba solamente de que la criatura fuera metálica y estuviera viva; era</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una sensación de maldad que parecía llegar directamente desde la cosa, y que sugería</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">algo así como: «Soy la muerte de todo lo que amas.»</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los ojos rojos y ciegos miraban con un odio implacable. ¿Cómo podría conseguir que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquella cosa comprendiese?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El cuerpo de la criatura era sinuoso y fuerte; los brazos articulados podían asir y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sostener. Estaba hecha para trepar, pero no para saltar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">De pronto, la muchacha no pudo dominar su repugnancia hacia la cosa. Dio media</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vuelta y saltó otra vez por encima de la grieta. Desde el otro lado, se volvió para mirar.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa se mecía erguida, levantando más de la mitad del cuerpo sobre la roca. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">vio ahora que había otro grupo de miembros prensiles en la cola. La criatura se deslizó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hasta el mismo borde de la grieta y volvió a erguirse, las fauces abiertas, los ojos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillantes.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">No tenían en común otra cosa que el odio y el miedo. Mirando a la criatura, Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comprendió que debía de tener tanto miedo como ella misma. Aunque era metálica, no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">podía vivir para siempre sin calor. Zael le había roto las máquinas, y ahora estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atrapada igual que ella. Pero, ¿cómo se lo podía hacer entender?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha caminó unos pocos metros por el borde de la grieta, y luego volvió a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">saltar del lado de la criatura. La cosa la miró alerta. Era inteligente; sin duda tenía que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">serlo. Debía de saber que Zael no era nativa de ese planetoide, y que por lo tanto debía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de tener una nave o algún otro medio para huir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha extendió los brazos. El círculo de miembros de la cosa se ensanchó en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">respuesta; pero, ¿era esto un gesto de invitación o una amenaza? Conteniendo el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">miedo y la repugnancia, Zael se acercó más. La alta figura oscilaba por encima de su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cabeza. La muchacha vio que los segmentos del cuerpo de la criatura eran anillos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">metálicos que ajustaban suavemente, unos sobre otros. Cada anillo estaba un poco</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">abierto en la parte de abajo, y por allí se veía el mecanismo que había dentro.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Una cosa como esa no podía haber evolucionado en ningún mundo; tenía que haber</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sido construida para alguna oscura finalidad. El cuerpo largo y flexible estaba hecho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">para perseguir y capturar; las fauces eran para matar. Sólo un odio de una intensidad</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que escapaba a su comprensión podía haber concebido y soltado ese horror en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">mundo de los vivos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se obligó a acercarse otro paso. Se señaló a sí misma con el dedo, y luego señaló</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la pared del cráter. Dio media vuelta y saltó sobre la grieta; recuperó el equilibrio, Y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">volvió a saltar en la otra dirección</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Tuvo la impresión de que la actitud de la cosa, mientras la miraba, era casi una parodia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">humana de la cautela y la duda. La muchacha se señaló y señaló a la criatura; dio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">media vuelta, y saltó otra vez por encima de la hendedura, ida y vuelta. Se señaló a sí</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">misma y a la cosa, y luego hizo un ademán con el brazo por encima! de la grieta, un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimiento lento y amplio. Esperó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Después de un largo rato la criatura se movió, adelantándose lentamente. Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retrocedió con la misma lentitud, hasta que estuvo al borde de la grieta. Temblando,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tendió un brazo. La enorme cabeza se inclinó, y los miembros prensiles ondearon hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">su manga y la rodearon. Aquellos ojos rojos miraron fijamente los de la muchacha, a</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">unos pocos centímetros de distancia.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se giró y saltó con fuerza. Trató de tener en cuenta la masa de la cosa, pero la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desacostumbrada resistencia en el brazo la hizo retorcerse hacia atrás en el aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Aterrizaron juntas, golpeándose. Torpemente, Zael consiguió levantarse y alejarse del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">frío que le atravesaba el traje. La cosa, erguida, se balanceaba cerca&#8230; demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Instintivamente otra vez, la muchacha tocó el botón de la luz. La cosa se alejó</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">retorciéndose en espirales plateadas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael temblaba. El corazón le latía en la garganta. Con un esfuerzo, volvió a apagar la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">luz. La cosa alzó la cabeza a una docena de metros de distancia, y esperó a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando Zael se movía, la cosa se movía, manteniendo la distancia. Al llegar a la grieta</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">siguiente, la muchacha volvió a detenerse hasta que la criatura se acercó y le rodeó el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazo con los miembros prensiles.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado de la grieta, se separaron de nuevo. De esa manera atravesaron cuatro</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">islas de roca antes de llegar a la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa se deslizó lentamente por la empinada cuesta. Con todo el cuerpo estirado, los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazos prensiles encontraron algo de donde asirse; la cola se balanceó en el aire. El</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">largo cuerpo se dobló graciosamente hacia arriba; los miembros de la cola encontraron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">otro sitio de donde asirse, encima de la cabeza.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Allí la cosa hizo una pausa, y miró a la muchacha. Zael tendió los brazos; hizo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pantomima de trepar, luego retrocedió, agitando la cabeza. Tendió otra vez los brazos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cosa vaciló. Tras un momento, los miembros de la cabeza volvieron a asirse de algo,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y la cola colgó balanceándose. Al acercarse la criatura, Zael la abrazó. La cabeza lisa y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillante la miraba desde arriba. En ese momento glacial, Zael se encontró pensando</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que para la cosa, el universo era quizá como un negativo fotográfico: todas las cosas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">malas eran buenas, todas las cosas buenas eran malas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cabeza se deslizó junto al hombro; las potentes espirales le rodearon el cuerpo con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">un leve roce. La cosa estaba fría, pero no era ése el superfrío entumecedor de las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rocas. Las espirales apretaron, y la muchacha sintió la fuerza helada y constrictiva de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aquel enorme cuerpo. De pronto sus pies dejaron de tocar la roca. La empinada pared</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se inclinó y giró en un ángulo insensato.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dentro de aquella espiral metálica, las fuerzas de Zael languidecieron. Las estrellas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">giraron sobre su cabeza, luego se aquietaron. La cosa la había depositado en la cima</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la pared del cráter.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La fría espiral se deslizó, apartándose lentamente. Agitada y aturdida, Zael siguió a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura por la quebrada pendiente. Todavía le ardía en la carne el contacto de aquel</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuerpo metálico. Era como un significado oculto, que sólo descubría con un esfuerzo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Era como un anillo que uno ha usado tanto tiempo que, después de quitárselo, aún</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">parece seguir allí.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Más abajo, en la revuelta inmensidad del valle, al borde de una grieta, la esperaba la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura, con la cabeza alzada.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Humildemente, Zael se le acercó. Esta vez, en lugar de asirse del brazo de la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha, la pesada masa se le enroscó alrededor del cuerpo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael saltó. Al otro lado de la grieta, lentamente, aquella figura flexible se deslizó,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">bajando y apartándose. Al llegar a un sitio alto, la cosa la rodeó otra vez con su frío</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">abrazo y la alzó sin ningún esfuerzo, como a una mujer en un sueño.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El sol estaba en el cielo, a poca altura sobre el horizonte. Zael estuvo a punto de tocar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la llave de la radio, vaciló, y apartó la mano. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo podría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacerles comprender?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El tiempo huía. Cuando pasaron por una de las zonas donde Zael había puesto minas,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">donde las rocas reflejaban la luz fría y purpúrea, la muchacha supo que iban por buen</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">camino. Se orientó con eso y con el sol. En cada grieta, la cosa se le enroscaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor de los hombros; en cada cuesta empinada, la cosa la sujetaba por la cintura y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la alzaba, describiendo largos arcos, hasta la cima.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Cuando vio la casa-burbuja desde un cerro, comprendió con un sobresalto que había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">perdido la noción del tiempo. Miró los indicadores. Le quedaba media hora de aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Ese conocimiento le despertó una parte de la mente que había estado sumergida y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">dormida. Sabía que el otro había visto también la casa-burbuja; había en su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">comportamiento una nueva tensión, una nueva intensidad en su manera de mirar hacia</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">adelante. Trató de recordar la topografía entre este punto y la casa. La había</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">atravesado docenas de veces, pero siempre en el vehículo trepador. Ahora era muy</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">diferente. Los cerros altos que antes habían sido solamente obstáculos momentáneos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">eran ahora insuperables. Todo el aspecto del terreno había cambiado; ni siquiera podía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">estar ya segura de las marcas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pasaban por la última zona de minas. La luz fría y purpúrea se deslizaba sobre las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rocas. Un poco más allá de ese sitio, recordó Zael, tenía que haber una ancha grieta; la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura, a unos pocos metros de distancia, no miraba hacia la muchacha. Inclinándose</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hacia adelante, Zael echó a correr de puntillas. La grieta estaba allí; llegó al borde, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">saltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado, se volvió para mirar. La cosa se retorcía al borde de la hendidura, furiosa,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">el collar de miembros abierto, los ojos rojos encendidos. Tras un instante, los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">movimientos se aquietaron y se detuvieron. Zael y la criatura se miraron por encima de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la brecha de silencio; luego Zael dio media vuelta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los indicadores le señalaban otros quince minutos. Echó a andar apresuradamente, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pronto se encontró descendiendo a una profunda barranca que reconocía. A su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor estaban las marcas de la ruta que solía tomar en el vehículo. Delante y a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">derecha, donde brillaban las estrellas por una abertura, debía de estar el sitio donde</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">unas rocas caídas formaban una escalera natural hasta la parte superior de la barranca.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero a medida que se acercaba al sitio empezó a inquietarse. La pared del otro lado de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la barranca era demasiado escarpada y demasiado alta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Llegó por fin al fondo, y no había ninguna escalera.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Debía de haberse equivocado de sitio. No le quedaba otro remedio que caminar por la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">hondonada hasta llegar al sitio indicado. Tras un momento de indecisión, echó a andar</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">apresuradamente hacia la izquierda.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A cada paso la barranca prometía volverse conocida. ¡Seguramente no podía haberse</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">equivocado tanto en tan poco tiempo! Los puntos de luz que dibujaban los rayos del</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casco danzaban allá delante, burlonamente esquivos. De repente comprendió que se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había perdido.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Le quedaban siete minutos de aire.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Se le ocurrió que la criatura debía de estar todavía donde la había dejado, atrapada en</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">una isla de roca. Si volvía allí directamente, ahora, sin vacilar ni un segundo, quizá</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tuviera aún tiempo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Dio media vuelta, lanzando un involuntario quejido de protesta. Sus movimientos eran</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">apresurados e inseguros; tropezó una vez, y apenas pudo evitar una caída peligrosa.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Sin embargo, no se atrevió a ir más despacio ni a detenerse un momento. Respiraba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">con dificultad dentro del casco; el olor tan conocido del aire reciclado parecía más</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sofocante.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Miró los indicadores: cinco minutos.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al llegar a una cima vio un líquido destello de metal que se movía entre los fuegos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">purpúreos. Saltó la última hendidura y se detuvo cautelosamente. La cosa se le</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">acercaba con lentitud. En la enorme cabeza metálica no había ninguna expresión, las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">fauces estaban cerradas; la corona de miembros prensiles casi no se movía: sólo de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cuando en cuando se retorcía alguno, repentinamente. Había en la cosa una quietud</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">torva, expectante, que inquietó a la muchacha; pero no tenía tiempo para la cautela.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Apresuradamente, con gestos bruscos, trató de representar su necesidad. Tendió los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brazos. La cosa se deslizó adelantándose lentamente, y lentamente se enroscó en ella.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael casi no sintió el salto ni el aterrizaje. La criatura se movía a su lado; cerca esta vez,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">casi tocándola. Allá descendieron, a la semioscuridad estrellada de la grieta; Zael</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">caminaba inseguramente, porque no podía usar las luces del casco. Se detuvieron al</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pie del precipicio. La cosa se volvió para mirarla un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">A la muchacha le zumbaban los oídos. La cabeza se meció hacia ella y pasó a su lado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los brazos metálicos asieron la roca; el enorme cuerpo se balanceó hacia arriba, por</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">encima de la cabeza de Zael. La muchacha miró y vio que la criatura se retorcía</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">diagonalmente sobre la faz de la roca, centelleaba brevemente contra las estrellas, y</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">desaparecía.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael se quedó mirando hacia allí con incrédulo horror. Había sucedido con demasiada</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">rapidez; no entendía cómo había podido ser tan estúpida. ¡Ni siquiera había intentado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">agarrar el cuerpo cuando pasaba!</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Los indicadores eran borrosos; las agujas casi tocaban el cero. Tambaleándose un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">poco, Zael echó a andar por la hondonada hacia la derecha. Le quedaba quizás un</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">minuto o dos de aire, y luego cinco o seis minutos de asfixia lenta. Tal vez encontrase</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">todavía la escalera; aún no estaba muerta.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La pared de la hondonada no descendía a niveles más accesibles: subía en forma de</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">agujas y pináculos. La muchacha se detuvo, helada y saturada de fatiga. Las</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">silenciosas cumbres se alzaban contra las estrellas. No había salvación en ese sitio, ni</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">en todo el mundo vampiresco y muerto que la rodeaba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Algo saltó en la roca, a los pies de Zael. Asustada, la muchacha retrocedió. La cosa que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">había saltado se alejaba girando bajo las estrellas. Mientras miraba apareció, otro trozo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de piedra, y otro. Esta vez vio cómo caía, golpeaba la roca y rebotaba.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Volvió la cabeza bruscamente. Por la mitad de la faz de la roca, balanceándose con</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">facilidad de un punto de apoyo a otro, venía la criatura. Una nube de piedras,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">arrancadas al pasar, bajaban flotando lentamente y rebotaban alrededor de la cabeza</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de Zael. La criatura se deslizó los últimos metros y se detuvo junto a la muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cabeza le daba vueltas a Zael. Sintió que aquel cuerpo fuerte se enroscaba a su</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">alrededor; que la alzaba y se ponía en marcha. La apretaba demasiado; no le dejaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">respirar. Cuando la soltó, la presión no cedió.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Haciendo eses, echó a andar hacia la casa-burbuja, que parpadeaba llamándola en el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">horizonte chato. Le ardía la garganta. A su lado, el extraño ser se movía como mercurio</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">entre las rocas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael cayó una vez - una caída lenta, aterradora, en aquel frío doloroso -, y las pesadas</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">roscas de la criatura la ayudaron a levantarse.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Llegaron a la grieta. Zael vaciló en el borde, entendiendo oscuramente por qué la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura había vuelto a buscarla. Era una retribución: y ahora ella estaba demasiado</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">aturdida para volver a entretenerse con ese juego. Los miembros de la criatura tocaban</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">la manga.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Allá arriba, hacia Draco, la nave de Isar estaba en camino. Zael buscó a tientas el</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">interruptor de la radio. La voz le salió ronca y extraña:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- Mamá&#8230;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El pesado cuerpo se le estaba enroscando alrededor de los hombros. Le dolía el pecho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">al respirar, y veía oscuro. Juntando todas sus fuerzas, saltó.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Al otro lado de la hondonada, se movió con imprecisa lentitud. Vio la luz de la casaburbuja</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que parpadeaba prismáticamente al final de una brumosa avenida, y supo que</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tenía que llegar a ella. No sabía muy bien por qué; quizá tenía algo que ver con el ser</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">plateado que se deslizaba a su lado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">El zumbido de una onda de radio estalló en sus auriculares.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Eres tú, Zael?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha oyó las palabras, pero no entendió el significado. La casa-burbuja estaba</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">cerca ahora; veía la válvula flexible de la puerta. Sabía de algún modo que la criatura no</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">debía entrar allí; si entraba, quizá usara aquel sitio para tener crías, y luego extendería</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por todas partes una plaga de criaturas metálicas.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Se volvió torpemente para impedírselo, pero perdió el equilibrio y cayó contra la pared</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">de la burbuja. La enorme cabeza plateada, allá arriba, abrió las fauces, y aparecieron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">dos brillantes colmillos. La cabeza se inclinó delicadamente, las fauces se cerraron</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sobre el muslo de Zael, y los colmillos se hundieron una vez. Sin prisa, la criatura se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deslizó, desapareciendo del campo visual de la muchacha.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael sintió en el muslo un frío que se le empezó a extender por el cuerpo. Vio dos</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pequeños chorros de vapor que se escapaban del traje, donde había sido perforado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Giró la cabeza; la criatura estaba entrando en la burbuja por la válvula flexible. Adentro,</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">se movió para un lado y para otro, evitando la diminuta luz. Olfateó la hamaca, la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">lámpara, y luego el transmisor-receptor de radio. Zael recordó algo, y dijo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">quejumbrosamente:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Mamá?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">En respuesta, la onda de radio zumbó otra vez y la voz dijo:</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">- ¿Qué pasa, Zael?</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La muchacha trató de responder, pero su gruesa lengua no encontró las palabras. Se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">sentía débil y helada, pero no tenía miedo. Buscó a tientas en el equipo, encontró la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pasta adhesiva, y la extendió sobre las perforaciones. La pasta burbujeó un momento.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Luego, se endureció. Una cosa lenta y lánguida, que nacía en el dolor helado, le corría</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">por el muslo. Al girarse otra vez, vio que la criatura seguía inclinada sobre el aparato</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">transmisor-receptor. Aun desde donde estaba, la muchacha veía la palanca rojo vivo</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que servía para llamar a la cápsula de emergencia. Mientras miraba, uno de los</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">miembros de la criatura asió esa palanca y empujó hacia abajo.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael alzó la mirada. Tras un momento, la chispa anaranjada que se movía en el cielo se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">detuvo aparentemente, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en una estrella</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">brillante, y después en un fulgor dorado.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La cápsula de emergencia se posó en un llano rocoso, a cien metros de distancia. La</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">antorcha se apagó. Deslumbrada, Zael vio como la figura negra de la criatura se</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">deslizaba saliendo de la casa-burbuja.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La criatura se detuvo, y por un instante la cabeza cruel osciló allá arriba, mirando a la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">muchacha. Luego continuó arrastrándose.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">La puerta de la cámara neumática era un círculo de luz amarilla. Al llegar a ella la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">criatura pareció vacilar; luego siguió adelante y desapareció dentro. La puerta se cerró.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Un instante más tarde la antorcha se encendió otra vez, y la cápsula se elevó sobre una</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">columna de fuego.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Zael estaba acunada contra la curva flexible de la burbuja. Tuvo un borroso</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">pensamiento: dentro de la burbuja, a muy poca distancia, había aire y calor. El veneno</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">que la criatura había depositado en su carne, fuese lo que fuese, quizá tardaría mucho</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">tiempo en matarla. La nave de su madre llegaría pronto. Tenía una posibilidad de vivir.</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">Pero la cápsula de emergencia continuaba elevándose sobre el largo penacho dorado;</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">y Zael no podía apartar la mirada de aquella terrible belleza que ascendía hacia la</span><br />
<span style="color: #ffffcc;">noche.</span></p>
<p><span style="font-size: 180%;"><span style="color: #3366ff; font-style: italic;">FIN</span></span>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/07/02/el-enemigo/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/26/herejias-del-dios-inmenso/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/26/herejias-del-dios-inmenso/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 26 Jun 2009 21:36:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[bestiario]]></category>

		<category><![CDATA[herejia futurista]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<h3><a href="http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2009/06/bestiario-herejia-futurista-herejias-de.html">BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO</a></h3>
<div style="text-align: center; color: #9999ff;"><span style="font-size: 180%;"><strong style="color: #000000;"><span style="font-style: italic;">HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO</span><br />
<span style="font-style: italic;">Brian W. Aldiss</span></strong><br />
<span style="color: #ff0000; font-style: italic; font-weight: bold;">EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV</span></span><br />
<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
.<br />
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a<br />
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos<br />
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se<br />
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni<br />
discutidas por el pueblo.<br />
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos<br />
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al<br />
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la<br />
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos<br />
honramos y tememos.<br />
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo<br />
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos<br />
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales<br />
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos<br />
pecadores que tomaron parte en ellos.<br />
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de<br />
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que<br />
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.<br />
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que<br />
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.<br />
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en<br />
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de<br />
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la<br />
migración y evacuación constantes.<br />
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -<br />
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,<br />
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en<br />
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el<br />
antiguo puerto de Adén.<br />
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de<br />
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,<br />
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que<br />
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado<br />
izquierdo del Dios Inmenso.<br />
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia<br />
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando<br />
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se<br />
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de<br />
Moscú.<br />
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si<br />
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y<br />
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole<br />
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como<br />
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy<br />
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en<br />
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.<br />
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos<br />
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del<br />
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse<br />
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los<br />
anglofranceses.<br />
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más<br />
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas<br />
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que<br />
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido<br />
o Enojado con el hombre.<br />
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había<br />
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,<br />
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con<br />
frecuencia eran sumamente blasfemas.<br />
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran<br />
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271<br />
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado<br />
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,<br />
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).<br />
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos<br />
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y<br />
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos<br />
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas<br />
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su<br />
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".<br />
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero<br />
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores<br />
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro<br />
prosigue:<br />
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que<br />
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja<br />
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica<br />
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto<br />
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.<br />
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la<br />
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo<br />
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos<br />
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto<br />
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro<br />
sistema solar".<br />
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si<br />
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente<br />
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su<br />
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo<br />
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de<br />
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.<br />
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún<br />
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les<br />
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier<br />
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este<br />
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en<br />
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen<br />
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente<br />
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en<br />
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que<br />
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros<br />
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta<br />
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con<br />
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos<br />
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del<br />
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".<br />
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este<br />
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado<br />
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas<br />
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora<br />
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la<br />
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.<br />
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la<br />
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.<br />
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado<br />
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas<br />
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin<br />
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen<br />
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que<br />
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,<br />
mudaron su lealtad.<br />
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños<br />
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,<br />
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía<br />
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro<br />
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su<br />
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda<br />
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.<br />
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.<br />
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus<br />
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de<br />
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y<br />
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana<br />
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron<br />
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta<br />
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios<br />
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos<br />
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,<br />
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras<br />
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a<br />
los muelles de Colombo.<br />
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la<br />
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar<br />
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,<br />
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de<br />
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado<br />
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que<br />
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas<br />
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.<br />
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos<br />
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas<br />
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos<br />
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados<br />
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.<br />
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,<br />
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra<br />
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera<br />
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.<br />
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos<br />
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en<br />
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron<br />
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme<br />
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En<br />
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.<br />
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que<br />
su presencia le prometía a su pueblo elegido.<br />
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,<br />
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el<br />
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan<br />
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios<br />
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;<br />
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se<br />
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.<br />
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose<br />
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el<br />
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,<br />
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y<br />
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de<br />
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,<br />
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.<br />
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son<br />
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.<br />
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del<br />
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un<br />
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,<br />
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y<br />
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más<br />
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió<br />
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.<br />
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios<br />
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y<br />
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para<br />
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y<br />
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó<br />
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche<br />
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las<br />
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas<br />
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los<br />
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y<br />
Australia o Austria.<br />
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los<br />
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue<br />
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado<br />
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes<br />
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de<br />
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).<br />
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de<br />
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las<br />
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más<br />
amplio.<br />
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a<br />
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue<br />
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero<br />
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la<br />
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.<br />
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la<br />
gente y unir aún más a la Iglesia.<br />
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la<br />
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo<br />
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los<br />
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del<br />
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad<br />
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un<br />
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos<br />
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las<br />
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la<br />
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la<br />
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.<br />
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de<br />
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se<br />
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en<br />
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente<br />
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces<br />
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus<br />
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,<br />
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y<br />
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía<br />
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue<br />
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso<br />
hacia América.<br />
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,<br />
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron<br />
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el<br />
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme<br />
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados<br />
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por<br />
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se<br />
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en<br />
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando<br />
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta<br />
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En<br />
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía<br />
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.<br />
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es<br />
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el<br />
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre<br />
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra<br />
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en<br />
honor de su hacedor.<br />
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo<br />
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en<br />
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los<br />
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto<br />
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus<br />
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a<br />
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.<br />
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con<br />
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.<br />
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este<br />
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran<br />
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando<br />
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos<br />
de él.<br />
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los<br />
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas<br />
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma<br />
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las<br />
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de<br />
hedionda ceniza.<br />
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho<br />
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar<br />
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había<br />
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su<br />
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología<br />
contra los deseos de Dios.<br />
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia<br />
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,<br />
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes<br />
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente<br />
devorados.<br />
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar<br />
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran<br />
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos<br />
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una<br />
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,<br />
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se<br />
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.<br />
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva<br />
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.<br />
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró<br />
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el<br />
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al<br />
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las<br />
Partes de la Tierra se hizo la noche.<br />
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no<br />
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo<br />
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los<br />
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante<br />
el paso del Dios.<br />
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la<br />
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre<br />
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta<br />
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por<br />
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron<br />
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al<br />
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo<br />
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema<br />
Lenta (año 499).<br />
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,<br />
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que<br />
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan<br />
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de<br />
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba<br />
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a<br />
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las<br />
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por<br />
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las<br />
cosas según nosotros las conocemos.<br />
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las<br />
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,<br />
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,<br />
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y<br />
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes<br />
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la<br />
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas<br />
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada<br />
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios<br />
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más<br />
substancioso.<br />
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década<br />
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios<br />
Inmenso abandonó nuestra tierra!<br />
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte<br />
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este<br />
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos<br />
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!<br />
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos<br />
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y<br />
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan<br />
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de<br />
nosotros!<br />
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos<br />
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin<br />
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.<br />
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones<br />
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los<br />
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que<br />
regrese a nosotros de inmediato.<br />
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil<br />
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.<br />
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de<br />
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!</div>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<h3><a href="http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2009/06/bestiario-herejia-futurista-herejias-de.html">BESTIARIO &#8212; HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO</a></h3>
<div style="text-align: center; color: #9999ff;"><span style="font-size: 180%;"><strong style="color: #000000;"><span style="font-style: italic;">HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO</span><br />
<span style="font-style: italic;">Brian W. Aldiss</span></strong><br />
<span style="color: #ff0000; font-style: italic; font-weight: bold;">EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV</span></span></p>
<p>.<br />
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a<br />
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos<br />
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se<br />
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni<br />
discutidas por el pueblo.<br />
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos<br />
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al<br />
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la<br />
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos<br />
honramos y tememos.<br />
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo<br />
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos<br />
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales<br />
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos<br />
pecadores que tomaron parte en ellos.<br />
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de<br />
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que<br />
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.<br />
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que<br />
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.<br />
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en<br />
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de<br />
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la<br />
migración y evacuación constantes.<br />
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -<br />
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,<br />
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en<br />
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el<br />
antiguo puerto de Adén.<br />
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de<br />
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,<br />
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que<br />
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado<br />
izquierdo del Dios Inmenso.<br />
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia<br />
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando<br />
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se<br />
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de<br />
Moscú.<br />
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si<br />
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y<br />
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole<br />
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como<br />
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy<br />
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en<br />
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.<br />
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos<br />
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del<br />
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse<br />
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los<br />
anglofranceses.<br />
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más<br />
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas<br />
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que<br />
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido<br />
o Enojado con el hombre.<br />
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había<br />
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,<br />
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con<br />
frecuencia eran sumamente blasfemas.<br />
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran<br />
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271<br />
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado<br />
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,<br />
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).<br />
&#8220;Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos<br />
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y<br />
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos<br />
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas<br />
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su<br />
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas&#8221;.<br />
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero<br />
creemos que &#8220;reconocimientos aéreos&#8221; es una referencia a los aparatos voladores<br />
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro<br />
prosigue:<br />
&#8220;Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que<br />
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja<br />
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica<br />
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto<br />
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.<br />
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la<br />
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo<br />
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos<br />
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto<br />
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro<br />
sistema solar&#8221;.<br />
Aunque términos como &#8220;escombros galácticos&#8221; han perdido todo su significado, si<br />
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente<br />
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su<br />
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo<br />
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de<br />
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.<br />
&#8220;Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún<br />
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les<br />
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier<br />
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este<br />
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en<br />
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen<br />
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente<br />
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en<br />
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que<br />
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros<br />
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta<br />
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con<br />
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos<br />
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del<br />
espacio de las que ha surgido. Buenas noches&#8221;.<br />
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este<br />
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado<br />
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas<br />
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora<br />
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la<br />
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.<br />
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la<br />
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.<br />
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado<br />
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas<br />
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin<br />
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen<br />
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que<br />
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,<br />
mudaron su lealtad.<br />
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños<br />
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,<br />
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía<br />
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro<br />
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su<br />
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda<br />
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.<br />
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.<br />
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus<br />
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de<br />
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y<br />
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana<br />
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron<br />
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta<br />
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios<br />
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos<br />
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,<br />
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras<br />
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a<br />
los muelles de Colombo.<br />
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la<br />
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar<br />
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,<br />
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de<br />
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado<br />
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que<br />
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas<br />
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.<br />
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos<br />
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas<br />
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos<br />
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados<br />
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.<br />
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,<br />
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra<br />
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera<br />
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.<br />
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos<br />
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en<br />
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron<br />
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme<br />
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En<br />
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.<br />
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que<br />
su presencia le prometía a su pueblo elegido.<br />
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,<br />
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el<br />
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan<br />
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios<br />
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;<br />
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se<br />
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.<br />
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose<br />
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el<br />
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,<br />
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y<br />
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de<br />
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,<br />
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.<br />
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son<br />
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.<br />
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del<br />
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un<br />
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,<br />
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y<br />
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más<br />
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió<br />
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.<br />
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios<br />
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y<br />
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para<br />
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y<br />
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó<br />
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche<br />
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las<br />
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas<br />
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los<br />
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y<br />
Australia o Austria.<br />
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los<br />
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue<br />
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado<br />
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes<br />
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de<br />
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).<br />
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de<br />
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las<br />
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más<br />
amplio.<br />
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a<br />
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue<br />
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero<br />
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la<br />
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.<br />
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la<br />
gente y unir aún más a la Iglesia.<br />
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la<br />
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo<br />
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los<br />
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del<br />
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad<br />
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un<br />
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos<br />
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las<br />
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la<br />
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la<br />
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.<br />
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de<br />
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se<br />
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en<br />
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente<br />
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces<br />
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus<br />
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,<br />
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y<br />
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía<br />
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue<br />
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso<br />
hacia América.<br />
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,<br />
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron<br />
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el<br />
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme<br />
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados<br />
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por<br />
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se<br />
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en<br />
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando<br />
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta<br />
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En<br />
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía<br />
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.<br />
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es<br />
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el<br />
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre<br />
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra<br />
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en<br />
honor de su hacedor.<br />
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo<br />
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en<br />
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los<br />
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto<br />
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus<br />
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a<br />
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.<br />
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con<br />
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.<br />
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este<br />
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran<br />
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando<br />
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos<br />
de él.<br />
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los<br />
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas<br />
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma<br />
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las<br />
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de<br />
hedionda ceniza.<br />
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho<br />
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar<br />
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había<br />
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su<br />
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología<br />
contra los deseos de Dios.<br />
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia<br />
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,<br />
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes<br />
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente<br />
devorados.<br />
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar<br />
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran<br />
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos<br />
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una<br />
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,<br />
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se<br />
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.<br />
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva<br />
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.<br />
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró<br />
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el<br />
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al<br />
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las<br />
Partes de la Tierra se hizo la noche.<br />
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no<br />
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo<br />
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los<br />
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante<br />
el paso del Dios.<br />
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la<br />
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre<br />
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta<br />
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por<br />
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron<br />
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al<br />
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo<br />
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema<br />
Lenta (año 499).<br />
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,<br />
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que<br />
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan<br />
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de<br />
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba<br />
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a<br />
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las<br />
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por<br />
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las<br />
cosas según nosotros las conocemos.<br />
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las<br />
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,<br />
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,<br />
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y<br />
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes<br />
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la<br />
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas<br />
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada<br />
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios<br />
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más<br />
substancioso.<br />
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década<br />
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios<br />
Inmenso abandonó nuestra tierra!<br />
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte<br />
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este<br />
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos<br />
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!<br />
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos<br />
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y<br />
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan<br />
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de<br />
nosotros!<br />
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos<br />
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin<br />
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.<br />
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones<br />
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los<br />
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que<br />
regrese a nosotros de inmediato.<br />
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil<br />
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.<br />
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de<br />
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!</div>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/26/herejias-del-dios-inmenso/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Ray Bradbury &#8212; FÉNIX BRILLANTE</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/19/ray-bradbury-fenix-brillante/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/19/ray-bradbury-fenix-brillante/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 19 Jun 2009 18:07:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[fénix brillante]]></category>

		<category><![CDATA[ray bradbury]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal;" align="center"><span style="font-size: 10pt;"><!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;" align="center"><span style="color: #40ffff;">FÉNIX BRILLANTE</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;" align="center"><span style="color: #40ffff;">(Bright Phoenix)</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">Hey</span></span><span style="color: #40ffff;">, pensé.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Vengo a por los libros, Tom.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ya le llamaré cuando estén preparados.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Espere un momento... –dijo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No, no –gritó–. He venido a por <em>todos</em> los libros.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Le miré, sin decir nada.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Bueno –dijo–, <em>casi</em> todos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.</span></p>
<p class="p2" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar <em>mi</em> trabajo!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes...</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No <em>necesito</em> referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Al contrario –dije–. Para <em>eso</em> va a necesitar más.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Esos hombres siempre lo son.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los <em>libros</em> son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos...</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sin hacer ruido –les indiqué</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes me sujetó del brazo.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Bien –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Bien? –repitió Barnes.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter me miró.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Le guiñé un ojo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter miró a Jonathan Barnes.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter dijo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Llámeme Ismael –dijo Walter.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ismael –dije–, empezaremos con un café.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter volvió con el café.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Excelente –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se quedó mirándome fijamente.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cómo puede estar usted tan alegre?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Creí que usted evidenciaría... miedo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Siempre he estado rodeado de gentuza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Perdón?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Hola, Keats –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">El muchacho llenó mi taza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo único que podía hacer era seguirle.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Profesor Einstein –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Señor Shakespeare –respondió.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes huyó.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años...</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento... Charlie... ¡Chuck!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Alto!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 42.55pt; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cuánto... cuánto tiempo hace que dura...?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Esto?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Esto... y... esto... y <em>ellos.</em></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a <em>mí</em>?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">No contesté.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">No contesté.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.</span></p>
<p style="font-family: yui-tmp;" class="MsoBodyTextIndent">En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.</p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Me senté y escuché.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Crees que volverán?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">El anciano sujetó mi mano.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Bajamos juntos los últimos peldaños.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Buenas noches, Isaías –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal;"><em><span style="font-size: 10pt;"><span style="color: #40ffff;">“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”</span></span></em></p>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal;" align="center"><span style="font-size: 10pt;"><!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;" align="center"><span style="color: #40ffff;">FÉNIX BRILLANTE</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-align: center; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;" align="center"><span style="color: #40ffff;">(Bright Phoenix)</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">Hey</span></span><span style="color: #40ffff;">, pensé.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Vengo a por los libros, Tom.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ya le llamaré cuando estén preparados.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Espere un momento&#8230; –dijo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No, no –gritó–. He venido a por <em>todos</em> los libros.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Le miré, sin decir nada.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Bueno –dijo–, <em>casi</em> todos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años&#8230; hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.</span></p>
<p class="p2" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar <em>mi</em> trabajo!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes&#8230;</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No <em>necesito</em> referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Al contrario –dije–. Para <em>eso</em> va a necesitar más.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Esos hombres siempre lo son.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los <em>libros</em> son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos&#8230;</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sin hacer ruido –les indiqué</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes me sujetó del brazo.</span></p>
<p class="p4" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Bien –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Bien? –repitió Barnes.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter me miró.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Le guiñé un ojo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter miró a Jonathan Barnes.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter dijo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Llámeme Ismael –dijo Walter.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ismael –dije–, empezaremos con un café.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Walter volvió con el café.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49&#8242;2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno&#8230;</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Excelente –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se quedó mirándome fijamente.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cómo puede estar usted tan alegre?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Creí que usted evidenciaría&#8230; miedo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Siempre he estado rodeado de gentuza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Perdón?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Hola, Keats –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">El muchacho llenó mi taza.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas&#8230; Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos&#8230;</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón&#8230; Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo único que podía hacer era seguirle.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Profesor Einstein –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Señor Shakespeare –respondió.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Barnes huyó.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley&#8230; Buenas noches, señor Lincoln.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años&#8230;</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento&#8230; Charlie&#8230; ¡Chuck!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Alto!</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 42.55pt; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cuánto&#8230; cuánto tiempo hace que dura&#8230;?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Esto?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Esto&#8230; y&#8230; esto&#8230; y <em>ellos.</em></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a <em>mí</em>?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">No contesté.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">No contesté.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.</span></p>
<p style="font-family: yui-tmp;" class="MsoBodyTextIndent">En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.</p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Me senté y escuché.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–¿Crees que volverán?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">El anciano sujetó mi mano.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Bajamos juntos los últimos peldaños.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Buenas noches, Isaías –dije.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;">Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:</span></p>
<p class="p1" style="margin-left: 0cm; text-indent: 42.55pt; line-height: normal;"><em><span style="font-size: 10pt;"><span style="color: #40ffff;">“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”</span></span></em></p>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/19/ray-bradbury-fenix-brillante/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>ENTRE SUEÑOS &#8212; GUSTAVO A. BECQUER</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/15/entre-suenos-gustavo-a-becquer/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/15/entre-suenos-gustavo-a-becquer/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 15 Jun 2009 20:16:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[becquer]]></category>

		<category><![CDATA[entre sueños]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<span style="color: #ddebe2;">ENTRE SUEÑOS</span><br />
<br />
<br />
<span style="color: #ddebe2;">Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">en un reloj de pared y pregunté el precio.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Quince duros -me dijo el dueño.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">moverse el péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Al principio el compasado tric... trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sensaciones que se experimentan durante la noche.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí... no, sí... no, sí... no y de aquí no salía. Diríase</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si...</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">no, sí... no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">seguía contando con la imaginación.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Tric trac, tric trac..., seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sonando era el maldito de cocer del péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pegar los ojos en toda la noche.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">«¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">lúcido en que me encontraba.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">lo que en efecto es.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco.</span><br />
<br />
<br />
<span style="color: #ddebe2;">El Contemporáneo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">30 de abril, 1863</span>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span style="color: #ddebe2;">ENTRE SUEÑOS</span></p>
<p>
<span style="color: #ddebe2;">Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">en un reloj de pared y pregunté el precio.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Quince duros -me dijo el dueño.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">moverse el péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Al principio el compasado tric&#8230; trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sensaciones que se experimentan durante la noche.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí&#8230; no, sí&#8230; no, sí&#8230; no y de aquí no salía. Diríase</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si&#8230;</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">no, sí&#8230; no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">seguía contando con la imaginación.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Tric trac, tric trac&#8230;, seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sonando era el maldito de cocer del péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">pegar los ojos en toda la noche.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">«¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">lúcido en que me encontraba.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">-¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">lo que en efecto es.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba,</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco.</span></p>
<p>
<span style="color: #ddebe2;">El Contemporáneo</span><br />
<span style="color: #ddebe2;">30 de abril, 1863</span>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/15/entre-suenos-gustavo-a-becquer/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/14/el-cuento-final-de-todos-los-cuentos/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/14/el-cuento-final-de-todos-los-cuentos/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 22:39:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[el cuento final]]></category>

		<category><![CDATA[Philip]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<span style="color: #40ffff;"><strong><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS</span></strong></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON</span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<h1 style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">Philip K. Dick</span></span></h1>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">En una sociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a un zoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vida inhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer que ha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, y tiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobre la mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y la alienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujer humana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos y todo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.</span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">FIN</span></span></div>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span style="color: #40ffff;"><strong><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS</span></strong></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON</span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<h1 style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">Philip K. Dick</span></span></h1>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="EN-US" xml:lang="EN-US"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD">En una sociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a un zoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vida inhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer que ha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, y tiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobre la mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y la alienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujer humana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos y todo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.</span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"></div>
<p><span style="color: #40ffff;"><span style="font-size: 12pt;" lang="ES-TRAD" xml:lang="ES-TRAD"><!--[if !supportEmptyParas]-->&#160;<!--[endif]--></span></span></p>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;"><span style="color: #40ffff;"><span style="color: #40ffff;">FIN</span></span></div>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/14/el-cuento-final-de-todos-los-cuentos/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>¡VAMPIROS!</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/13/%c2%a1vampiros/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/13/%c2%a1vampiros/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 13 Jun 2009 22:19:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>

		<category><![CDATA[Vampiros]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;">¡VAMPIROS!<br />
JUAN MARINO<br />
<br />
<br />
Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los<br />
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega<br />
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la<br />
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos<br />
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada<br />
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los<br />
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron<br />
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y<br />
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la<br />
música de los elementos de la noche.<br />
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz<br />
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por<br />
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y<br />
malignamente.<br />
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos<br />
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.<br />
El ojo del hombre chispeó al contestar:<br />
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.<br />
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.<br />
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron<br />
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso<br />
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la<br />
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a<br />
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de<br />
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal<br />
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los<br />
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.<br />
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.<br />
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.<br />
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron<br />
despavoridas a la luz del candelabro.<br />
—Gracias, señor..., señor...<br />
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por<br />
el momento, pero dado lo avanzado de la hora...<br />
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.<br />
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la<br />
muchacha, preguntó:<br />
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?<br />
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.<br />
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.<br />
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la<br />
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el<br />
camino principal, es mucho más seguro.<br />
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos<br />
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.<br />
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!<br />
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.<br />
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la<br />
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso... —<br />
suspiró el gigante.<br />
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio<br />
de «Mortise».<br />
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.<br />
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí..., pero una vez<br />
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo..., ¡como mueren todas las<br />
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.<br />
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.<br />
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y... dejan algo. —El<br />
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero<br />
privarlos del descanso que necesitan.<br />
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría<br />
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una<br />
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.<br />
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?<br />
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.<br />
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.<br />
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con<br />
suspicacia.<br />
—¡En mi niñez oí que...!<br />
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de<br />
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero... ¡vampiros... —el posadero sonrió<br />
malignamente— eso es otra cosa!<br />
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.<br />
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.<br />
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.<br />
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor<br />
que un paquete de cigarrillos.<br />
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les<br />
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido... Es mejor que no se aventuren<br />
por ahí. Buenas noches, señores.<br />
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos...<br />
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?<br />
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros<br />
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse<br />
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?<br />
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:<br />
—¿Visitaremos el caserón?<br />
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.<br />
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:<br />
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,<br />
como nosotros.<br />
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.<br />
—¿Le tenderemos una trampa?<br />
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.<br />
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por<br />
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.<br />
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para<br />
atacarnos.<br />
—¿Quién subirá y a qué?<br />
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.<br />
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las<br />
velas.<br />
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.<br />
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama<br />
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía<br />
sobre un asqueroso jergón.<br />
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!<br />
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto<br />
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;<br />
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga<br />
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente<br />
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los<br />
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de<br />
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a<br />
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba<br />
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía<br />
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a<br />
otro para despabilarse del todo...<br />
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados<br />
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la<br />
sangre, luego los arrojas al pozo.<br />
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.<br />
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta<br />
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?<br />
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.<br />
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más<br />
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los<br />
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!<br />
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.<br />
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero<br />
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no<br />
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo<br />
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso<br />
aleteo. Thrope lanzó un juramento:<br />
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.<br />
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,<br />
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había<br />
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con<br />
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;<br />
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas<br />
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era<br />
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo<br />
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la<br />
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí<br />
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el<br />
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama<br />
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,<br />
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no<br />
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo<br />
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban<br />
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano...<br />
—¡Ma... Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!<br />
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y<br />
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,<br />
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:<br />
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!<br />
Dentro de la habitación, ella dijo:<br />
—Es el señor Thrope.<br />
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para<br />
atraparnos?<br />
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.<br />
—Señor Thrope.<br />
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.<br />
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.<br />
—Mi esposa ha sido atacada por... por los vampiros.<br />
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.<br />
—¿Vampiros? Yo pensaba que...<br />
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos<br />
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella... ha sido atacada y muerta!<br />
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.<br />
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a<br />
Maggie.<br />
Los dos jóvenes se miraron.<br />
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.<br />
—Así lo haré. Descuida.<br />
—Vamos, señor Thrope.<br />
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó<br />
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:<br />
—No hay nada que hacer, Thrope.<br />
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.<br />
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió<br />
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión<br />
horrorizada que...<br />
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.<br />
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.<br />
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego<br />
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:<br />
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?<br />
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.<br />
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom...!<br />
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo...<br />
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista<br />
estuviese viendo a uno de los vampiros.<br />
—¿Có... cómo lo... lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que...?<br />
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más<br />
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.<br />
—¡Toooooommm!<br />
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una<br />
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,<br />
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó<br />
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su<br />
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el<br />
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como<br />
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la<br />
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al<br />
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.<br />
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de<br />
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y... ¡los vio! Eran dos vampiros negros,<br />
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.<br />
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún<br />
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se<br />
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de<br />
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había<br />
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora<br />
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría<br />
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo<br />
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de...<br />
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,<br />
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la<br />
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no<br />
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.<br />
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un<br />
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por<br />
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.<br />
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de<br />
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente<br />
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había<br />
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:<br />
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.<br />
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya<br />
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!<br />
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,<br />
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al<br />
pequeño cementerio de «La Mortaja».<br />
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los<br />
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.<br />
F I N<br /></div>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<div style="text-align: center; font-family: yui-tmp;">¡VAMPIROS!<br />
JUAN MARINO</p>
<p>
Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los<br />
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega<br />
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la<br />
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos<br />
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada<br />
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los<br />
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron<br />
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y<br />
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la<br />
música de los elementos de la noche.<br />
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz<br />
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por<br />
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y<br />
malignamente.<br />
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos<br />
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.<br />
El ojo del hombre chispeó al contestar:<br />
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.<br />
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.<br />
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron<br />
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso<br />
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la<br />
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a<br />
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de<br />
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal<br />
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los<br />
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.<br />
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.<br />
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.<br />
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron<br />
despavoridas a la luz del candelabro.<br />
—Gracias, señor&#8230;, señor&#8230;<br />
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por<br />
el momento, pero dado lo avanzado de la hora&#8230;<br />
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.<br />
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la<br />
muchacha, preguntó:<br />
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?<br />
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.<br />
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.<br />
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la<br />
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el<br />
camino principal, es mucho más seguro.<br />
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos<br />
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.<br />
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!<br />
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.<br />
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la<br />
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso&#8230; —<br />
suspiró el gigante.<br />
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio<br />
de «Mortise».<br />
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.<br />
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí&#8230;, pero una vez<br />
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo&#8230;, ¡como mueren todas las<br />
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.<br />
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.<br />
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y&#8230; dejan algo. —El<br />
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero<br />
privarlos del descanso que necesitan.<br />
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría<br />
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una<br />
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.<br />
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?<br />
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.<br />
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.<br />
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con<br />
suspicacia.<br />
—¡En mi niñez oí que&#8230;!<br />
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de<br />
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero&#8230; ¡vampiros&#8230; —el posadero sonrió<br />
malignamente— eso es otra cosa!<br />
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.<br />
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.<br />
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.<br />
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor<br />
que un paquete de cigarrillos.<br />
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les<br />
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido&#8230; Es mejor que no se aventuren<br />
por ahí. Buenas noches, señores.<br />
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos&#8230;<br />
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?<br />
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros<br />
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse<br />
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?<br />
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:<br />
—¿Visitaremos el caserón?<br />
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.<br />
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:<br />
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,<br />
como nosotros.<br />
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.<br />
—¿Le tenderemos una trampa?<br />
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.<br />
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por<br />
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.<br />
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para<br />
atacarnos.<br />
—¿Quién subirá y a qué?<br />
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.<br />
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las<br />
velas.<br />
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.<br />
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama<br />
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía<br />
sobre un asqueroso jergón.<br />
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!<br />
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto<br />
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;<br />
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga<br />
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente<br />
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los<br />
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de<br />
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a<br />
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba<br />
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía<br />
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a<br />
otro para despabilarse del todo&#8230;<br />
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados<br />
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la<br />
sangre, luego los arrojas al pozo.<br />
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.<br />
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta<br />
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?<br />
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.<br />
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más<br />
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los<br />
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!<br />
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.<br />
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero<br />
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no<br />
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo<br />
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso<br />
aleteo. Thrope lanzó un juramento:<br />
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.<br />
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,<br />
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había<br />
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con<br />
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;<br />
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas<br />
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era<br />
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo<br />
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la<br />
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí<br />
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el<br />
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama<br />
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,<br />
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no<br />
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo<br />
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban<br />
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano&#8230;<br />
—¡Ma&#8230; Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!<br />
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y<br />
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,<br />
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:<br />
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!<br />
Dentro de la habitación, ella dijo:<br />
—Es el señor Thrope.<br />
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para<br />
atraparnos?<br />
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.<br />
—Señor Thrope.<br />
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.<br />
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.<br />
—Mi esposa ha sido atacada por&#8230; por los vampiros.<br />
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.<br />
—¿Vampiros? Yo pensaba que&#8230;<br />
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos<br />
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella&#8230; ha sido atacada y muerta!<br />
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.<br />
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a<br />
Maggie.<br />
Los dos jóvenes se miraron.<br />
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.<br />
—Así lo haré. Descuida.<br />
—Vamos, señor Thrope.<br />
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó<br />
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:<br />
—No hay nada que hacer, Thrope.<br />
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.<br />
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió<br />
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión<br />
horrorizada que&#8230;<br />
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.<br />
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.<br />
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego<br />
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:<br />
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?<br />
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.<br />
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom&#8230;!<br />
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo&#8230;<br />
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista<br />
estuviese viendo a uno de los vampiros.<br />
—¿Có&#8230; cómo lo&#8230; lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que&#8230;?<br />
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más<br />
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.<br />
—¡Toooooommm!<br />
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una<br />
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,<br />
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó<br />
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su<br />
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el<br />
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como<br />
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la<br />
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al<br />
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.<br />
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de<br />
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y&#8230; ¡los vio! Eran dos vampiros negros,<br />
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.<br />
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún<br />
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se<br />
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de<br />
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había<br />
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora<br />
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría<br />
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo<br />
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de&#8230;<br />
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,<br />
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la<br />
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no<br />
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.<br />
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un<br />
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por<br />
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.<br />
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de<br />
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente<br />
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había<br />
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:<br />
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.<br />
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya<br />
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!<br />
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,<br />
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al<br />
pequeño cementerio de «La Mortaja».<br />
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los<br />
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.<br />
F I N</div>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/13/%c2%a1vampiros/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/12/blogs-de-sir-snake-peter-punk/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/12/blogs-de-sir-snake-peter-punk/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 13 Jun 2009 00:12:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[blogs de sir snake peter punk]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<p>BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK</p>
<p><br />
<a href="http://groups.google.es/group/biblioteca-oscura/">http://groups.google.es/group/biblioteca-oscura/</a></p>
<p><a href="http://blog100autores.blogspot.com/">http://blog100autores.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/">http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/">http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://madeinjapanoriente.blogspot.com/">http://madeinjapanoriente.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://bloodgothic.blogspot.com/">http://bloodgothic.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://rimasfrasescitas.blogspot.com/">http://rimasfrasescitas.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://the-dark-side-literatura.blogspot.com/">http://the-dark-side-literatura.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://unpocodetodo2008.blogspot.com/">http://unpocodetodo2008.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://panelvida.blogspot.com/">http://panelvida.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/">http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://apocrifos-gnosticos.blogspot.com/">http://apocrifos-gnosticos.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/">http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elmundoavatar.blogspot.com/">http://elmundoavatar.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://darkbiografhy.blogspot.com/">http://darkbiografhy.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://utilidades-herramientas.blogspot.com/">http://utilidades-herramientas.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://todoavatars.blogspot.com/">http://todoavatars.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://imagenesdeculto.blogspot.com/">http://imagenesdeculto.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elmundoavatar2.blogspot.com/">http://elmundoavatar2.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://666-dark-666.blogspot.com/">http://666-dark-666.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://busquedaspeticiones.blogspot.com/">http://busquedaspeticiones.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://imagenes.blogdiario.com/">http://imagenes.blogdiario.com/</a><br />
<a href="http://www.dada.net/arkaiko/">http://www.dada.net/arkaiko/</a><br />
<a href="http://sucesosdia.blogspot.com/">http://sucesosdia.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://snake-hablando.blogspot.com/">http://snake-hablando.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/">http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://enloslimites.blogspot.com/">http://enloslimites.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://www-links-enlaces.blogspot.com/">http://www-links-enlaces.blogspot.com/</a>&#160;<br />
<a href="http://picasaweb.google.es/pedrozar1964">http://picasaweb.google.es/pedrozar1964</a><br />
<a href="http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/">http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://scifispecial.blogspot.com/">http://scifispecial.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://acuerdaycuchillo.blogspot.com/">http://acuerdaycuchillo.blogspot.com/</a></p>

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p>BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK</p>
<p>
<a href="http://groups.google.es/group/biblioteca-oscura/">http://groups.google.es/group/biblioteca-oscura/</a></p>
<p><a href="http://blog100autores.blogspot.com/">http://blog100autores.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/">http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/">http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://madeinjapanoriente.blogspot.com/">http://madeinjapanoriente.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://bloodgothic.blogspot.com/">http://bloodgothic.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://rimasfrasescitas.blogspot.com/">http://rimasfrasescitas.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://the-dark-side-literatura.blogspot.com/">http://the-dark-side-literatura.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://unpocodetodo2008.blogspot.com/">http://unpocodetodo2008.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://panelvida.blogspot.com/">http://panelvida.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/">http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://apocrifos-gnosticos.blogspot.com/">http://apocrifos-gnosticos.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/">http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elmundoavatar.blogspot.com/">http://elmundoavatar.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://darkbiografhy.blogspot.com/">http://darkbiografhy.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://utilidades-herramientas.blogspot.com/">http://utilidades-herramientas.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://todoavatars.blogspot.com/">http://todoavatars.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://imagenesdeculto.blogspot.com/">http://imagenesdeculto.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elmundoavatar2.blogspot.com/">http://elmundoavatar2.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://666-dark-666.blogspot.com/">http://666-dark-666.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://busquedaspeticiones.blogspot.com/">http://busquedaspeticiones.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://imagenes.blogdiario.com/">http://imagenes.blogdiario.com/</a><br />
<a href="http://www.dada.net/arkaiko/">http://www.dada.net/arkaiko/</a><br />
<a href="http://sucesosdia.blogspot.com/">http://sucesosdia.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://snake-hablando.blogspot.com/">http://snake-hablando.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/">http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://enloslimites.blogspot.com/">http://enloslimites.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://www-links-enlaces.blogspot.com/">http://www-links-enlaces.blogspot.com/</a>&#160;<br />
<a href="http://picasaweb.google.es/pedrozar1964">http://picasaweb.google.es/pedrozar1964</a><br />
<a href="http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/">http://cuentacuentoslatino.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://scifispecial.blogspot.com/">http://scifispecial.blogspot.com/</a><br />
<a href="http://acuerdaycuchillo.blogspot.com/">http://acuerdaycuchillo.blogspot.com/</a></p>
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/12/blogs-de-sir-snake-peter-punk/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>CREADOR &#8212; DAVID LAKE</title>
		<link>http://arkaico.blog.com/2009/06/04/creador-david-lake/</link>
		<comments>http://arkaico.blog.com/2009/06/04/creador-david-lake/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 04 Jun 2009 16:14:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ARKAICO</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[creador]]></category>

		<category><![CDATA[david lake]]></category>

		<guid isPermaLink="false"></guid>
		<description><![CDATA[<h3 class="post-title entry-title"><a href="http://scifispecial.blogspot.com/2009/06/creador-david-lake.html"><br /></a></h3>
<br />
<span style="font-size: 180%;"><span style="color: #cc33cc; font-style: italic;">Creador</span><br />
<span style="color: #cc33cc; font-style: italic;">David Lake</span></span><br />
<br />
..--..<br />
<br />
<br />
<br />
Hacía una mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystal acababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomo anunció la llegada del Instalador.<br />
Jay se incorporó al instante y se dirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás había estado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala... sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano de mediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendo rápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la Corporación Creación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar el trabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más bien como dándoles su aprobación.<br />
El instalador era un olímpico de cabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas se habían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.<br />
-Señor --dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que usted llegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antes posible.<br />
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?<br />
---Es cuestión de un minuto. Y después... Señor Crystal, nos alegra que haya tomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público... Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas...<br />
Pero, compréndalo, el creatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además, esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel -Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene su creatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, por favor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para el funcionamiento de esta máquina personalizada...<br />
Jay se acercó al botón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su mano derecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas sus emanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Se produjo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en la parte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular de luz verdosa.<br />
-Se trata de su monitor cerebral ---explicó el instalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo de protección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor. Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hasta tal punto que debamos... asistirlo. Todos los controles de los creatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, donde aquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo que muestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica en este caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente. Enviaré fuera los robots y después...<br />
Y después se sentaron ambos ante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras que Jay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamente apoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta en el casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del gran cristal, yacía el vacío que sería su mundo... cuando lo creara. Por el momento solo había un caos amorfo y grisáceo.<br />
-Bajo su mano izquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar el funcionamiento de los mandos-, tiene los diales y botones fundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales: largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted está tocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas: controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación... Más arriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro con la práctica. Si creara un mundo ahora...<br />
-Bien... ¿Podré anularlo después?<br />
-Por supuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, se halla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puede apretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar su universo del área funcional, pero grabando toda su<br />
historia, de modo que podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducir nuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universos distintos... El botón correspondiente a su derecha, el que indica «Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas de ese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acción especial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de «Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente y le permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, a su derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos...<br />
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?<br />
-Si, es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares. Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma de borrar...<br />
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.<br />
-De acuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace, yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtener efectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundo posea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estás haciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luego respeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientes grados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho de otra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle. Bien, ¿le gustaría empezar?<br />
Jay dispuso el mando de tiempo y apretó el botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante una línea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacio existía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.<br />
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.<br />
-Que obtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le da oportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Por supuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podrán cruzarse...<br />
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. El caos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina gris pálido.<br />
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestros clientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dos dimensiones...<br />
-Con círculos y cuadrados como personajes --concluyó Jay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones, carece de interés humano.<br />
Tocó la tercera dimensión. El gris pálido que tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo. Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal... El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servían de brazos.<br />
-Realista, ¿no le parece? ---opinó el Instalador-. Pero no se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio es totalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que el espacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, está dentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo. Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Si quiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo para empezar...<br />
Jay siguió las instrucciones y apretó los botones correspondientes. Un instante después no pudo contener un grito de asombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura, como en una muda exhibición de fuegos artificiales.<br />
-Acaba de crear luz y materia --explicó el Instalador---. Su universo está explotando. Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas del reloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión... Así, eso es. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca, este control de visión, el que está bajo el botón de anchura...<br />
Jay maniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareció sumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formó estrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla y después siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que los asteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgió aire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeante y cubierto de nubes.<br />
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.<br />
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.<br />
-En realidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquina funciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Y hay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por su parte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, y surgirá. Diga «Hágase la vida»... La verbalización sirve de ayuda algunas veces.<br />
-Hágase la vida -repitió Jay.<br />
Y la vida se hizo. Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de años pasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde en las costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaron selvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno de los mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creado con respecto a los observadores olímpicos.<br />
Pasaron algunos minutos antes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. Y Jay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removió nerviosamente.<br />
-Yo... --empezó a decir.<br />
-No se inquiete -dijo el Instalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una mano sobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formas superiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener una conciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de su conciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.<br />
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.<br />
-Perfectamente. Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente ... Ese dial gris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» ... Gírelo en sentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. El problema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Los creadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizando una técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, pero llevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. No cobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación. Mire, Yo siempre uso la relajación mental.<br />
-¿Quiere decir que... también usted practica la creación?<br />
-Por supuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto, compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes...<br />
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.<br />
-Perdone, señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si lo prefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si me permite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustado como el suyo.<br />
-Un primate --contestó el tembloroso Jay-. Fue atrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentido el horror del primate, su dolor... -Meditó por un instante-. Escuche, ¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirine dolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?<br />
-Bien, si eso es lo que quiere --dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.<br />
Primera: alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distinta entre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo su universo. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico, ¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia número dos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programa establecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos. Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, debería programar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas, ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivo para evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No le parece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Sus criaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas. Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice ese experimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda la estrategia número tres: milagros discretos.<br />
-¿A qué se refiere?<br />
-Puede apretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos... Por ejemplo, podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luego la serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda... el de color naranja, sí... Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar la máquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modo que usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón de milagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir en la evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el truco y así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo se transformarán en serpientes. Y muchas cosas más.<br />
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?<br />
-Me temo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detalles desagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezó a levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra cita dentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está en auge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar sus progresos...<br />
Bien, bien -contestó Jay.<br />
Acababa de apretar el botón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Una de las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditaba ahora en la creación del hombre.<br />
A la mañana siguiente, Jay estaba profundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitió una discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta la tercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundo que había creado.<br />
-El señor Harriman, señor.<br />
-¿Quién?<br />
-El Instalador de la Corporación Creación.<br />
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.<br />
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.<br />
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?<br />
-No demasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especie humanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintos planetas y... bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Pensé que no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí la especie de mejor aspecto y luego eliminé... Me refiero a que aniquilé a sus rivales más próximos.<br />
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!<br />
-No, no. Estudié las cintas de instrucciones y... eli... preparé un programa. El programa identificaba toda especie de primate que fuera muy violenta o agresiva... y la eliminaba automáticamente.<br />
-Un tratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que debería explicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa. Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruosos primates? ¿Me permitiría... observarlo personalmente?<br />
-Sí, sí, adelante.<br />
Ambos se inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay la forma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los «invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.<br />
El planeta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cielo azul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandes bosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca de un bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintas edades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistas de pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre los árboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobre las traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, pero se mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dos de ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuando tal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejaban del lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa. Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.<br />
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.<br />
-Esto será interesante -musitó Harriman al oído de JaY-- Es una situación crítica. En mis mundos siempre he... ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?<br />
La «situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasor se encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimos quedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores los imitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendía ante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevo en la espesura del bosque.<br />
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman---. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?<br />
-No. Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie más pacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia de nuestro propio pasado...<br />
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?<br />
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?<br />
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que...<br />
-No, no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilización decente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el ideal que he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interacción civilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?<br />
-Sí, lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempo ha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refiero al de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que viven en los bosques sin arma alguna... ¿0 tal vez debería decir «herramientas»?<br />
-Veinte millones de años -respondió tristemente Jay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afines de ese planeta, todas ellas salvajes.<br />
-Bien, señor Crystal, ese ha sido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminado cuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.<br />
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl<br />
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante---. Y la bestia sigue dentro nuestro.<br />
Nuestra civilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero para muchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explica suficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantalla permite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamente con un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcance de las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie un poco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo. Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosa horda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y el desierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades, teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas, pero mucho más atractivas, mujeres de estos?<br />
-¡No!<br />
-Oh, no importa. -Harriman suspiró----. Pero compréndalo, señor. Sean cuales sean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará una especie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. La gente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Usted precisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundo lugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte. La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otros miembros de la misma especie... eso crea una ambición auténtica. Si estamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como se inició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carrera espacial.<br />
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche, Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, pero antes destruimos nuestro planeta original y casi resultamos exterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo ... ¡ Me gustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza no sometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizá pueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.<br />
-De acuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre la máquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después... haga lo que quiera. Pero podría sugerirle algo.<br />
-¿El qué?<br />
-Si usa los botones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre el resto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca el planeta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidad real... ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué no deja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros y limítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturas usen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas. Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, para volverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo...<br />
Cuando acabó aquella sesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnan decidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. En realidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera a anunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendo de un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Al entrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.<br />
-Harriman, yo... -balbuceó-. Es... es abrumador.<br />
-Es muy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo el siempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire, señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro de algunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevos clientes y usted pasará a estar atendido por la sección de mantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda, confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y, ¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal...<br />
-Llámerne Jay, por favor.<br />
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam... De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.<br />
-Sam... he creado al hombre.<br />
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?<br />
-Nada, en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y... ¡surgió la humanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros...<br />
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?<br />
-No, hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca- Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros, y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo...<br />
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?<br />
-Estaba demasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y así lo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé el nuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamaño medio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente, observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creé vida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé que la vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media... Fue una sensación realmente sobrenatural...<br />
-Le creo -dijo Harriman. Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir del estómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes, dinosaurios, tigres... A veces usaba el micrófono y sentía cómo daba vida a pequeños organismos. Bacterias, virus... ¡Carambal Me he escindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, células cancerígenas... y también en los leucocitos que los perseguían. Me he matado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.<br />
-Sí, pero es francamente inquietante --objetó Jay, pasando una nerviosa mano sobre su cabello rubio---. Tanto horror, tanta maldad... Cuando llegas a los animales mayores todo es maldad... ¡y toda procedía de imí! Todo lo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Para ser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchos esfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruo tras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a sus anchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.<br />
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.<br />
-Oh, claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedo soportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con una masacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismo tiempo?<br />
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?<br />
-Civilizaciones, muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran de humanoides... ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo ... ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más me fascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!<br />
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?<br />
-Ni una -admitió tristemente Jay---. Todas carnívoras y asesinas, como usted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraíso nunca se perdió... aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguir en esa dirección. Mientras tanto... mientras tanto, debo decirlo, algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso han producido literatura!<br />
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman al tiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagian las obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar usted mismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque sus criaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera...<br />
-Jamás imaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó un botón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma de otra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idioma original, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de un poema muy extenso...<br />
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:<br />
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día<br />
en que perecerá la sagrada Ilión<br />
y con ella su rey y su pueblo.<br />
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,<br />
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,<br />
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,<br />
me importa tanto como tu propio destino,<br />
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,<br />
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,<br />
huérfana de mi protección y cariño,<br />
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera<br />
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería<br />
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.<br />
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:<br />
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos<br />
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».<br />
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,<br />
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.<br />
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores<br />
y te sepa cautiva de los aqueosl<br />
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.<br />
-No se escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No en nuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió de hombros---. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de una civilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerras están prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examine las grandes poesías... por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que, ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra y esclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.<br />
Sin eso, no hay poesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar a esos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe ser gente excelente, hasta considerándola según mis criterios...<br />
-Son los seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay se estremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casi todos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio de altura...<br />
-¡Enanos! --exclamó Harriman torciendo el gesto.<br />
-...pero compensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad. Cuando pienso que yo soy ellos... Debo hacer algo. Son un reto a todo lo que amo y en lo que creo.<br />
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.<br />
-No. No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas son mías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiar de tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, el que está arriba de todo, a la derecha del tablero?<br />
-¿Qué mando?<br />
-Este -aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentemente inútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero de mandos.<br />
-Ese... Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rió breverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de los modelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especial de empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo más probable es que no funcione en este aparato.<br />
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?<br />
-No, si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatrones hubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. En uno de los más graves... Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurrido porque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos sus universos. La existencia de estos depende de la del creador, y al desaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.<br />
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?<br />
-No fue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestra corporación controla casi por completo, detalle que nos permitió ocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Se envició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastante experiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era un empleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una y otra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmente ocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando por más de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales si el individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estos modelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero... ese monitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dude en llamarme por el daserófono.<br />
-De acuerdo.<br />
Siguieron pasando los magníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en su afición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematrón tridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de -autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta, aparte de recibir el salario básico que la Organización de los Planetas Unidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial. La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentía que estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Su nueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuando volviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. El detalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozando su vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesaba de quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatorio de Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal y estéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.<br />
-Jay, me voy --dijo.<br />
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.<br />
Se deslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modo mecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporó bruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos y rubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle que más dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto de irritación.<br />
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más. ¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabeza en otra parte. Bueno, no eres el único tipo que... Sam, por ejemplo: es más divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no está atontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a su casa.<br />
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.<br />
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.<br />
Sam venía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre los subuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluido oficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Sam parecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales del creatrón.<br />
-Lo comprobé en la corporación --explicó en una de sus visitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé el motivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunque los técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. A partir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y en cualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris. -Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal te va, Jay?<br />
-Terrible... y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. En cuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto para examinar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé que es un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilización al detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿te acuerdas?, y... están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas están desarrollando filosofía, religión...<br />
-Sí, suelen hacerlo --dijo Harriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones de mis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muy ingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios se ofrezcan a... ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador del universo, Samuel Harrimant<br />
-También en mi planeta hay algo de eso. -Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Este tipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa el centro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos han surgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeña tribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo, sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejores hombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar en mi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, no sacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otros lugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.<br />
Una vez acomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de las nubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de una elevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur, descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de un águila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en la distancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los que hombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claros eran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzaban ciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercados bulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados y parques espaciosos.<br />
Finalmente, Jay concentró la visión en una de las ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervos erraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Más cerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada por todo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos de enjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos de ambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitud de gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera de sucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbre había un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Ante el árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutos vestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otro hombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. También llevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que sus companeros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eran hermosas y bien formadas.<br />
Esta, al menos, fue la escena que vio Harriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía la escena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierba y suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de la cálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jay sentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lo lejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el noble orgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robusto campesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordiosero que sufría lo indecible con su rodilla rota...<br />
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.<br />
Miró a la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió una inmensa compasión. Sufrimiento ... Todo el mundo sufría. Nacimiento, vejez, enfermedad, muerte ... Sufrimientos y más sufrimientos. El contraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era un nuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, el camino medio...<br />
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Las cuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Toda la vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criatura viviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un alma individual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debía liberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, se encontraría atado a la cadena del sufrimiento.<br />
- Sabbe sankhära dukkha.<br />
Las palabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoras pero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas de todas sus criaturas.<br />
-La existencia es sufrimiento...<br />
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.<br />
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.<br />
-El mejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de la misericordia ante todos los seres vivientes... En cuanto a los dioses, también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación.<br />
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.<br />
Acababa de llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que... No, no era un niño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de la decadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a esta desgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.<br />
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡<br />
-Mujer ----contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie haya muerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza...<br />
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer---. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!<br />
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.<br />
Jay empezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado donde estaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba y revoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientras escudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón «Pausa».<br />
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Sam las palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tan confundido como entusiasmado.<br />
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl<br />
exclamó al acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome en eso podría establecerme como filósofo en este rnundo!<br />
-Es indudable que era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mis mejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. En realidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia el zurrismo.<br />
-¿Zurrismo?<br />
-Exacto. La primera verdad noble del zurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurre a ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo es brillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Los pordioseros, las prostitutas, los nobles... Tienes un talento tremendo. No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son más toscos, más simples...<br />
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombre cuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?<br />
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?<br />
-Pero es que... parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!<br />
-¿Y por qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y al cabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en cierto sentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestras criaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que los aficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.---Se rió un instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente, dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, joh Iluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creó nuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotros los creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia, yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativo el que hace girar los planetas ... » ¿Qué opinas de eso, Jay?<br />
-Heráclito -murmuró Jay.<br />
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?<br />
-No. Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Sus ideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situada un poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilización también es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Son hombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es uno de los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses están estrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. También dice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, la guerra... Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.<br />
-Tiene toda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en mi universo, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran de producirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una paz eterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo que acabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.<br />
-Debo logar que esté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividad es precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como la que se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mi mundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas... No, eso no debe proseguir.<br />
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debe proseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no lo creas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado a nuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto la cantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, el número de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de la invención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, y ahora los tiene con sus creatrones, eso es todo...<br />
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.<br />
-Los otros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé que es cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar que una vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezó a reír.<br />
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetó Sam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De lo contrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vas aniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando como esos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el país vecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.<br />
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.<br />
Muchos días más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de su creación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba la sala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran las comidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a toda prisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azul y blanco.<br />
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un año por hora, con lo que podía observar una generación del submundo en un par de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatla media o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueños tridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia de toda una vida en tres o cuatro días «reales».<br />
Poco a poco, Jay fue concentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofo Heráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria. Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmenso imperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo en el cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que se acercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltar a tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería haber sido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacía en lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejores habilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Al terminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados, empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita... y Jay descubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragedia para el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Pero no ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema de temerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban la arrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el rey enemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:<br />
¡Oh, hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos y mujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeis combatir por todo...<br />
Jay también estuvo en el teatro el día que se representó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todo fue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo...<br />
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.<br />
Siguió observándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tan noblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia de conquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez a sus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra los primeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a gente neutral...<br />
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, las fuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hasta entonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidores abrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejército invasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres y niños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortar metódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres y niños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados con rumbo a los mercados de esclavos...<br />
También en esta ocasión hubo un poeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero su estilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiempos legendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, la matanza, las mujeres cautivas... La reina, esclavizada, gritaba:<br />
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?<br />
Y las demás esclavas contestaban a coro:<br />
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía...<br />
Jay se apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Incluso abandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.<br />
Al levantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera de las ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay, era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. El era los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiar sus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, pero rechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. El mal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaría su mundo, si el mundo le mataba a él...<br />
Sintió un deseo imperioso de descender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vino algo a la memoria. No, sería imposible... Sam había explicado que no había conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la pena investigarlo.<br />
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera del creatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las había escuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, la impersonal voz de un robot dijo:<br />
-Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que esté presente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso, apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.<br />
»La empatía total produce una ilusión extrema. El operador perderá toda conciencia que no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de tales criaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Es aconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buena salud y se encuentre a salvo de peligros externos. También es conveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de «Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operador deberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayar la empatía total.<br />
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura...<br />
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.<br />
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?<br />
-Por supuesto, señor --contestó el robot.<br />
El mayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pecho metálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en los últimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre el creatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando en su mano un objeto metálico de pequeño tamaño.<br />
-He terminado, señor -dijo.<br />
-Bien. Ahora, déjame solo.<br />
-Señor.<br />
El robot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no se diferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. No servía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayuda psicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profunda empatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón y seguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de la justicia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado, aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en el Oriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquella pequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas se habían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?<br />
Pulsó el botón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribu que buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecían haberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era más firme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y trataban despóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a los helenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad y crueldad.<br />
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución que sufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollar esfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados por otra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún más inflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero esta situación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formaban un gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos. Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes y despiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse en infinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel mar intermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontró desesperado.<br />
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio... y apenas pudo concilar el sueño.<br />
A la mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal, desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón. Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola tal como había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos, los dominadores del imperio.<br />
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.<br />
Al borde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo de peregrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos se arrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, en señal de purificación.<br />
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.<br />
Jay analizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación en aquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta de equilibrio. ¿No podía encontrar ... ?<br />
Un nuevo peregrino se acercó a la orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba, cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.<br />
Jay no tuvo necesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo la atracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.<br />
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.<br />
La habitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando le encontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuando la mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y se abalanzó hacia Jay.<br />
-¡Sam, está sangrandol ---exclamó.<br />
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.<br />
Sam corrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa» antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador. Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazón latía y tocó los labios del herido.<br />
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?<br />
-Me lo imagino --contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botón púrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que... No importa. Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún hueso roto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que no debía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lo muevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instrucciones de Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lecho antigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.<br />
-¿Qué ocurre? ¿Dónde ... ? -balbuceó.<br />
-Tranquilízate, Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeño accidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha más suerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas, la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales. No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco y luego...<br />
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos, y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiró profundamente y se sentó en la cama.<br />
-Bien, ¿qué te ocurrió? -preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en cierto sentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido esta oportunidad... Nadie que haya experimentado la empatía total, exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido para contarlo. ¿Qué sentiste?<br />
Jay explicó su experiencia.<br />
-¡Caramba! --exclamó Harriman---. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tu mente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré emplear tus ideas en mis mundos... Es una pena que te sucediera a ti, aunque fuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido la lección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipo de técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momento desconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después de eso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo que podemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió a nuestra falta de cuidado.<br />
-No -dijo Jay. Saltó de la carna---. Ordena a tus hombres que se detengan.<br />
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.<br />
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué ... ?<br />
-¡No quiero que aniquilen mi universol<br />
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que...<br />
-No. No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy a ensayar la empatía total de nuevo, por descontado... No me hace falta. Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo de dolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminar el dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado en nuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgracias de nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universos de los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolor intensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam, es saber de qué lado estás.<br />
A partir de aquel día, la vida de Jay en Olimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y los círculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama. Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtió en un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo. Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron su grandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzó popularidad social.<br />
Y Afro volvió a compartir su cama.<br />
-Me gustas mucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo he descubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es un sádico.<br />
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque por simple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó y luego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a un dios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevo imperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo, preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.<br />
Jay esbozó una sonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: las victorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a más crueldades.<br />
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planeta quedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandes progresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.<br />
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?<br />
De vez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sino Afro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era la compañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como a santos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran los conquistadores.<br />
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a un joven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolía viejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.<br />
-Te parece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedado diezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador se apresuraba a regresar a su lejana capital.<br />
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.<br />
-No -admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio, ese emperador joven, el del otro bando... y ese general tan rígido... ¡Estos sí que son divertidos!<br />
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando al punto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritu de belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves de rapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso las humanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posible elegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamás podía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.<br />
¿Tenía sentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, a veces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba del subuniverso.<br />
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de su planeta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca, la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Tenían mucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que le sorprendían completamente.<br />
Por fin, casi dos mil años de subtiempo después del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entre los filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de sus otrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) y supo lo que pensaban y decían.<br />
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.<br />
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».<br />
-¡Cuán equivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienen de estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<h3 class="post-title entry-title"><a href="http://scifispecial.blogspot.com/2009/06/creador-david-lake.html"><br /></a></h3>
<p>
<span style="font-size: 180%;"><span style="color: #cc33cc; font-style: italic;">Creador</span><br />
<span style="color: #cc33cc; font-style: italic;">David Lake</span></span></p>
<p>..&#8211;..</p>
<p>Hacía una mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystal acababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomo anunció la llegada del Instalador.<br />
Jay se incorporó al instante y se dirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás había estado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala&#8230; sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano de mediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendo rápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la Corporación Creación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar el trabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más bien como dándoles su aprobación.<br />
El instalador era un olímpico de cabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas se habían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.<br />
-Señor &#8211;dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que usted llegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antes posible.<br />
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?<br />
&#8212;Es cuestión de un minuto. Y después&#8230; Señor Crystal, nos alegra que haya tomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público&#8230; Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas&#8230;<br />
Pero, compréndalo, el creatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además, esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel -Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene su creatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, por favor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para el funcionamiento de esta máquina personalizada&#8230;<br />
Jay se acercó al botón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su mano derecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas sus emanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Se produjo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en la parte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular de luz verdosa.<br />
-Se trata de su monitor cerebral &#8212;explicó el instalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo de protección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor. Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hasta tal punto que debamos&#8230; asistirlo. Todos los controles de los creatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, donde aquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo que muestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica en este caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente. Enviaré fuera los robots y después&#8230;<br />
Y después se sentaron ambos ante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras que Jay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamente apoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta en el casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del gran cristal, yacía el vacío que sería su mundo&#8230; cuando lo creara. Por el momento solo había un caos amorfo y grisáceo.<br />
-Bajo su mano izquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar el funcionamiento de los mandos-, tiene los diales y botones fundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales: largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted está tocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas: controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación&#8230; Más arriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro con la práctica. Si creara un mundo ahora&#8230;<br />
-Bien&#8230; ¿Podré anularlo después?<br />
-Por supuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, se halla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puede apretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar su universo del área funcional, pero grabando toda su<br />
historia, de modo que podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducir nuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universos distintos&#8230; El botón correspondiente a su derecha, el que indica «Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas de ese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acción especial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de «Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente y le permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, a su derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos&#8230;<br />
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?<br />
-Si, es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares. Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma de borrar&#8230;<br />
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.<br />
-De acuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace, yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtener efectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundo posea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estás haciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luego respeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientes grados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho de otra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle. Bien, ¿le gustaría empezar?<br />
Jay dispuso el mando de tiempo y apretó el botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante una línea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacio existía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.<br />
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.<br />
-Que obtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le da oportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Por supuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podrán cruzarse&#8230;<br />
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. El caos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina gris pálido.<br />
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestros clientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dos dimensiones&#8230;<br />
-Con círculos y cuadrados como personajes &#8211;concluyó Jay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones, carece de interés humano.<br />
Tocó la tercera dimensión. El gris pálido que tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo. Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal&#8230; El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servían de brazos.<br />
-Realista, ¿no le parece? &#8212;opinó el Instalador-. Pero no se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio es totalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que el espacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, está dentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo. Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Si quiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo para empezar&#8230;<br />
Jay siguió las instrucciones y apretó los botones correspondientes. Un instante después no pudo contener un grito de asombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura, como en una muda exhibición de fuegos artificiales.<br />
-Acaba de crear luz y materia &#8211;explicó el Instalador&#8212;. Su universo está explotando. Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas del reloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión&#8230; Así, eso es. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca, este control de visión, el que está bajo el botón de anchura&#8230;<br />
Jay maniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareció sumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formó estrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla y después siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que los asteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgió aire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeante y cubierto de nubes.<br />
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.<br />
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.<br />
-En realidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquina funciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Y hay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por su parte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, y surgirá. Diga «Hágase la vida»&#8230; La verbalización sirve de ayuda algunas veces.<br />
-Hágase la vida -repitió Jay.<br />
Y la vida se hizo. Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de años pasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde en las costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaron selvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno de los mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creado con respecto a los observadores olímpicos.<br />
Pasaron algunos minutos antes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. Y Jay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removió nerviosamente.<br />
-Yo&#8230; &#8211;empezó a decir.<br />
-No se inquiete -dijo el Instalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una mano sobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formas superiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener una conciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de su conciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.<br />
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.<br />
-Perfectamente. Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente &#8230; Ese dial gris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» &#8230; Gírelo en sentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. El problema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Los creadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizando una técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, pero llevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. No cobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación. Mire, Yo siempre uso la relajación mental.<br />
-¿Quiere decir que&#8230; también usted practica la creación?<br />
-Por supuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto, compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes&#8230;<br />
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.<br />
-Perdone, señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si lo prefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si me permite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustado como el suyo.<br />
-Un primate &#8211;contestó el tembloroso Jay-. Fue atrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentido el horror del primate, su dolor&#8230; -Meditó por un instante-. Escuche, ¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirine dolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?<br />
-Bien, si eso es lo que quiere &#8211;dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.<br />
Primera: alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distinta entre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo su universo. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico, ¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia número dos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programa establecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos. Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, debería programar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas, ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivo para evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No le parece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Sus criaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas. Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice ese experimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda la estrategia número tres: milagros discretos.<br />
-¿A qué se refiere?<br />
-Puede apretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos&#8230; Por ejemplo, podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luego la serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda&#8230; el de color naranja, sí&#8230; Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar la máquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modo que usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón de milagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir en la evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el truco y así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo se transformarán en serpientes. Y muchas cosas más.<br />
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?<br />
-Me temo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detalles desagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezó a levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra cita dentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está en auge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar sus progresos&#8230;<br />
Bien, bien -contestó Jay.<br />
Acababa de apretar el botón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Una de las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditaba ahora en la creación del hombre.<br />
A la mañana siguiente, Jay estaba profundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitió una discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta la tercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundo que había creado.<br />
-El señor Harriman, señor.<br />
-¿Quién?<br />
-El Instalador de la Corporación Creación.<br />
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.<br />
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.<br />
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?<br />
-No demasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especie humanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintos planetas y&#8230; bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Pensé que no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí la especie de mejor aspecto y luego eliminé&#8230; Me refiero a que aniquilé a sus rivales más próximos.<br />
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!<br />
-No, no. Estudié las cintas de instrucciones y&#8230; eli&#8230; preparé un programa. El programa identificaba toda especie de primate que fuera muy violenta o agresiva&#8230; y la eliminaba automáticamente.<br />
-Un tratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que debería explicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa. Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruosos primates? ¿Me permitiría&#8230; observarlo personalmente?<br />
-Sí, sí, adelante.<br />
Ambos se inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay la forma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los «invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.<br />
El planeta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cielo azul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandes bosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca de un bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintas edades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistas de pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre los árboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobre las traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, pero se mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dos de ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuando tal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejaban del lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa. Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.<br />
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.<br />
-Esto será interesante -musitó Harriman al oído de JaY&#8211; Es una situación crítica. En mis mundos siempre he&#8230; ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?<br />
La «situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasor se encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimos quedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores los imitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendía ante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevo en la espesura del bosque.<br />
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman&#8212;. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?<br />
-No. Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie más pacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia de nuestro propio pasado&#8230;<br />
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?<br />
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?<br />
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que&#8230;<br />
-No, no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilización decente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el ideal que he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interacción civilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?<br />
-Sí, lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempo ha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refiero al de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que viven en los bosques sin arma alguna&#8230; ¿0 tal vez debería decir «herramientas»?<br />
-Veinte millones de años -respondió tristemente Jay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afines de ese planeta, todas ellas salvajes.<br />
-Bien, señor Crystal, ese ha sido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminado cuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.<br />
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl<br />
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante&#8212;. Y la bestia sigue dentro nuestro.<br />
Nuestra civilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero para muchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explica suficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantalla permite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamente con un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcance de las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie un poco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo. Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosa horda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y el desierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades, teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas, pero mucho más atractivas, mujeres de estos?<br />
-¡No!<br />
-Oh, no importa. -Harriman suspiró&#8212;-. Pero compréndalo, señor. Sean cuales sean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará una especie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. La gente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Usted precisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundo lugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte. La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otros miembros de la misma especie&#8230; eso crea una ambición auténtica. Si estamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como se inició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carrera espacial.<br />
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche, Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, pero antes destruimos nuestro planeta original y casi resultamos exterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo &#8230; ¡ Me gustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza no sometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizá pueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.<br />
-De acuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre la máquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después&#8230; haga lo que quiera. Pero podría sugerirle algo.<br />
-¿El qué?<br />
-Si usa los botones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre el resto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca el planeta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidad real&#8230; ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué no deja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros y limítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturas usen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas. Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, para volverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo&#8230;<br />
Cuando acabó aquella sesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnan decidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. En realidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera a anunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendo de un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Al entrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.<br />
-Harriman, yo&#8230; -balbuceó-. Es&#8230; es abrumador.<br />
-Es muy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo el siempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire, señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro de algunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevos clientes y usted pasará a estar atendido por la sección de mantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda, confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y, ¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal&#8230;<br />
-Llámerne Jay, por favor.<br />
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam&#8230; De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.<br />
-Sam&#8230; he creado al hombre.<br />
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?<br />
-Nada, en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y&#8230; ¡surgió la humanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros&#8230;<br />
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?<br />
-No, hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca- Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros, y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo&#8230;<br />
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?<br />
-Estaba demasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y así lo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé el nuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamaño medio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente, observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creé vida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé que la vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media&#8230; Fue una sensación realmente sobrenatural&#8230;<br />
-Le creo -dijo Harriman. Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir del estómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes, dinosaurios, tigres&#8230; A veces usaba el micrófono y sentía cómo daba vida a pequeños organismos. Bacterias, virus&#8230; ¡Carambal Me he escindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, células cancerígenas&#8230; y también en los leucocitos que los perseguían. Me he matado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.<br />
-Sí, pero es francamente inquietante &#8211;objetó Jay, pasando una nerviosa mano sobre su cabello rubio&#8212;. Tanto horror, tanta maldad&#8230; Cuando llegas a los animales mayores todo es maldad&#8230; ¡y toda procedía de imí! Todo lo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Para ser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchos esfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruo tras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a sus anchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.<br />
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.<br />
-Oh, claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedo soportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con una masacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismo tiempo?<br />
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?<br />
-Civilizaciones, muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran de humanoides&#8230; ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo &#8230; ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más me fascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!<br />
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?<br />
-Ni una -admitió tristemente Jay&#8212;. Todas carnívoras y asesinas, como usted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraíso nunca se perdió&#8230; aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguir en esa dirección. Mientras tanto&#8230; mientras tanto, debo decirlo, algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso han producido literatura!<br />
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman al tiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagian las obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar usted mismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque sus criaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera&#8230;<br />
-Jamás imaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó un botón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma de otra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idioma original, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de un poema muy extenso&#8230;<br />
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:<br />
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día<br />
en que perecerá la sagrada Ilión<br />
y con ella su rey y su pueblo.<br />
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,<br />
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,<br />
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,<br />
me importa tanto como tu propio destino,<br />
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,<br />
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,<br />
huérfana de mi protección y cariño,<br />
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera<br />
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería<br />
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.<br />
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:<br />
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos<br />
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».<br />
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,<br />
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.<br />
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores<br />
y te sepa cautiva de los aqueosl<br />
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.<br />
-No se escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No en nuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió de hombros&#8212;. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de una civilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerras están prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examine las grandes poesías&#8230; por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que, ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra y esclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.<br />
Sin eso, no hay poesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar a esos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe ser gente excelente, hasta considerándola según mis criterios&#8230;<br />
-Son los seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay se estremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casi todos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio de altura&#8230;<br />
-¡Enanos! &#8211;exclamó Harriman torciendo el gesto.<br />
-&#8230;pero compensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad. Cuando pienso que yo soy ellos&#8230; Debo hacer algo. Son un reto a todo lo que amo y en lo que creo.<br />
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.<br />
-No. No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas son mías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiar de tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, el que está arriba de todo, a la derecha del tablero?<br />
-¿Qué mando?<br />
-Este -aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentemente inútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero de mandos.<br />
-Ese&#8230; Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rió breverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de los modelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especial de empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo más probable es que no funcione en este aparato.<br />
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?<br />
-No, si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatrones hubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. En uno de los más graves&#8230; Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurrido porque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos sus universos. La existencia de estos depende de la del creador, y al desaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.<br />
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?<br />
-No fue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestra corporación controla casi por completo, detalle que nos permitió ocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Se envició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastante experiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era un empleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una y otra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmente ocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando por más de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales si el individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estos modelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero&#8230; ese monitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dude en llamarme por el daserófono.<br />
-De acuerdo.<br />
Siguieron pasando los magníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en su afición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematrón tridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de -autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta, aparte de recibir el salario básico que la Organización de los Planetas Unidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial. La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentía que estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Su nueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuando volviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. El detalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozando su vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesaba de quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatorio de Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal y estéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.<br />
-Jay, me voy &#8211;dijo.<br />
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.<br />
Se deslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modo mecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporó bruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos y rubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle que más dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto de irritación.<br />
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más. ¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabeza en otra parte. Bueno, no eres el único tipo que&#8230; Sam, por ejemplo: es más divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no está atontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a su casa.<br />
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.<br />
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.<br />
Sam venía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre los subuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluido oficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Sam parecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales del creatrón.<br />
-Lo comprobé en la corporación &#8211;explicó en una de sus visitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé el motivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunque los técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. A partir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y en cualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris. -Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal te va, Jay?<br />
-Terrible&#8230; y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. En cuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto para examinar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé que es un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilización al detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿te acuerdas?, y&#8230; están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas están desarrollando filosofía, religión&#8230;<br />
-Sí, suelen hacerlo &#8211;dijo Harriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones de mis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muy ingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios se ofrezcan a&#8230; ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador del universo, Samuel Harrimant<br />
-También en mi planeta hay algo de eso. -Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Este tipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa el centro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos han surgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeña tribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo, sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejores hombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar en mi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, no sacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otros lugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.<br />
Una vez acomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de las nubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de una elevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur, descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de un águila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en la distancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los que hombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claros eran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzaban ciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercados bulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados y parques espaciosos.<br />
Finalmente, Jay concentró la visión en una de las ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervos erraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Más cerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada por todo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos de enjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos de ambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitud de gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera de sucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbre había un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Ante el árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutos vestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otro hombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. También llevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que sus companeros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eran hermosas y bien formadas.<br />
Esta, al menos, fue la escena que vio Harriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía la escena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierba y suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de la cálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jay sentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lo lejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el noble orgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robusto campesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordiosero que sufría lo indecible con su rodilla rota&#8230;<br />
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.<br />
Miró a la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió una inmensa compasión. Sufrimiento &#8230; Todo el mundo sufría. Nacimiento, vejez, enfermedad, muerte &#8230; Sufrimientos y más sufrimientos. El contraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era un nuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, el camino medio&#8230;<br />
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Las cuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Toda la vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criatura viviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un alma individual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debía liberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, se encontraría atado a la cadena del sufrimiento.<br />
- Sabbe sankhära dukkha.<br />
Las palabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoras pero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas de todas sus criaturas.<br />
-La existencia es sufrimiento&#8230;<br />
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.<br />
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.<br />
-El mejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de la misericordia ante todos los seres vivientes&#8230; En cuanto a los dioses, también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación.<br />
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.<br />
Acababa de llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que&#8230; No, no era un niño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de la decadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a esta desgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.<br />
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡<br />
-Mujer &#8212;-contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie haya muerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza&#8230;<br />
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer&#8212;. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!<br />
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.<br />
Jay empezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado donde estaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba y revoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientras escudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón «Pausa».<br />
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Sam las palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tan confundido como entusiasmado.<br />
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl<br />
exclamó al acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome en eso podría establecerme como filósofo en este rnundo!<br />
-Es indudable que era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mis mejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. En realidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia el zurrismo.<br />
-¿Zurrismo?<br />
-Exacto. La primera verdad noble del zurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurre a ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo es brillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Los pordioseros, las prostitutas, los nobles&#8230; Tienes un talento tremendo. No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son más toscos, más simples&#8230;<br />
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombre cuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?<br />
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?<br />
-Pero es que&#8230; parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!<br />
-¿Y por qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y al cabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en cierto sentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestras criaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que los aficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.&#8212;Se rió un instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente, dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, joh Iluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creó nuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotros los creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia, yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativo el que hace girar los planetas &#8230; » ¿Qué opinas de eso, Jay?<br />
-Heráclito -murmuró Jay.<br />
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?<br />
-No. Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Sus ideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situada un poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilización también es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Son hombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es uno de los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses están estrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. También dice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, la guerra&#8230; Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.<br />
-Tiene toda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en mi universo, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran de producirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una paz eterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo que acabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.<br />
-Debo logar que esté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividad es precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como la que se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mi mundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas&#8230; No, eso no debe proseguir.<br />
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debe proseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no lo creas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado a nuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto la cantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, el número de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de la invención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, y ahora los tiene con sus creatrones, eso es todo&#8230;<br />
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.<br />
-Los otros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé que es cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar que una vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezó a reír.<br />
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetó Sam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De lo contrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vas aniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando como esos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el país vecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.<br />
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.<br />
Muchos días más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de su creación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba la sala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran las comidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a toda prisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azul y blanco.<br />
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un año por hora, con lo que podía observar una generación del submundo en un par de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatla media o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueños tridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia de toda una vida en tres o cuatro días «reales».<br />
Poco a poco, Jay fue concentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofo Heráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria. Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmenso imperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo en el cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que se acercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltar a tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería haber sido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacía en lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejores habilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Al terminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados, empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita&#8230; y Jay descubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragedia para el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Pero no ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema de temerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban la arrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el rey enemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:<br />
¡Oh, hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos y mujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeis combatir por todo&#8230;<br />
Jay también estuvo en el teatro el día que se representó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todo fue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo&#8230;<br />
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.<br />
Siguió observándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tan noblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia de conquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez a sus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra los primeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a gente neutral&#8230;<br />
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, las fuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hasta entonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidores abrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejército invasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres y niños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortar metódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres y niños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados con rumbo a los mercados de esclavos&#8230;<br />
También en esta ocasión hubo un poeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero su estilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiempos legendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, la matanza, las mujeres cautivas&#8230; La reina, esclavizada, gritaba:<br />
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?<br />
Y las demás esclavas contestaban a coro:<br />
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía&#8230;<br />
Jay se apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Incluso abandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.<br />
Al levantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera de las ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay, era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. El era los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiar sus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, pero rechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. El mal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaría su mundo, si el mundo le mataba a él&#8230;<br />
Sintió un deseo imperioso de descender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vino algo a la memoria. No, sería imposible&#8230; Sam había explicado que no había conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la pena investigarlo.<br />
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera del creatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las había escuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, la impersonal voz de un robot dijo:<br />
-Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que esté presente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso, apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.<br />
»La empatía total produce una ilusión extrema. El operador perderá toda conciencia que no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de tales criaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Es aconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buena salud y se encuentre a salvo de peligros externos. También es conveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de «Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operador deberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayar la empatía total.<br />
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura&#8230;<br />
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.<br />
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?<br />
-Por supuesto, señor &#8211;contestó el robot.<br />
El mayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pecho metálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en los últimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre el creatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando en su mano un objeto metálico de pequeño tamaño.<br />
-He terminado, señor -dijo.<br />
-Bien. Ahora, déjame solo.<br />
-Señor.<br />
El robot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no se diferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. No servía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayuda psicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profunda empatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón y seguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de la justicia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado, aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en el Oriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquella pequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas se habían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?<br />
Pulsó el botón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribu que buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecían haberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era más firme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y trataban despóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a los helenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad y crueldad.<br />
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución que sufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollar esfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados por otra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún más inflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero esta situación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formaban un gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos. Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes y despiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse en infinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel mar intermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontró desesperado.<br />
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio&#8230; y apenas pudo concilar el sueño.<br />
A la mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal, desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón. Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola tal como había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos, los dominadores del imperio.<br />
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.<br />
Al borde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo de peregrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos se arrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, en señal de purificación.<br />
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.<br />
Jay analizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación en aquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta de equilibrio. ¿No podía encontrar &#8230; ?<br />
Un nuevo peregrino se acercó a la orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba, cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.<br />
Jay no tuvo necesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo la atracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.<br />
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.<br />
La habitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando le encontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuando la mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y se abalanzó hacia Jay.<br />
-¡Sam, está sangrandol &#8212;exclamó.<br />
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.<br />
Sam corrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa» antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador. Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazón latía y tocó los labios del herido.<br />
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?<br />
-Me lo imagino &#8211;contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botón púrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que&#8230; No importa. Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún hueso roto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que no debía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lo muevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instrucciones de Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lecho antigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.<br />
-¿Qué ocurre? ¿Dónde &#8230; ? -balbuceó.<br />
-Tranquilízate, Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeño accidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha más suerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas, la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales. No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco y luego&#8230;<br />
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos, y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiró profundamente y se sentó en la cama.<br />
-Bien, ¿qué te ocurrió? -preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en cierto sentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido esta oportunidad&#8230; Nadie que haya experimentado la empatía total, exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido para contarlo. ¿Qué sentiste?<br />
Jay explicó su experiencia.<br />
-¡Caramba! &#8211;exclamó Harriman&#8212;. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tu mente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré emplear tus ideas en mis mundos&#8230; Es una pena que te sucediera a ti, aunque fuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido la lección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipo de técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momento desconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después de eso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo que podemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió a nuestra falta de cuidado.<br />
-No -dijo Jay. Saltó de la carna&#8212;. Ordena a tus hombres que se detengan.<br />
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.<br />
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué &#8230; ?<br />
-¡No quiero que aniquilen mi universol<br />
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que&#8230;<br />
-No. No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy a ensayar la empatía total de nuevo, por descontado&#8230; No me hace falta. Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo de dolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminar el dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado en nuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgracias de nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universos de los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolor intensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam, es saber de qué lado estás.<br />
A partir de aquel día, la vida de Jay en Olimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y los círculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama. Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtió en un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo. Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron su grandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzó popularidad social.<br />
Y Afro volvió a compartir su cama.<br />
-Me gustas mucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo he descubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es un sádico.<br />
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque por simple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó y luego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a un dios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevo imperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo, preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.<br />
Jay esbozó una sonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: las victorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a más crueldades.<br />
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planeta quedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandes progresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.<br />
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?<br />
De vez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sino Afro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era la compañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como a santos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran los conquistadores.<br />
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a un joven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolía viejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.<br />
-Te parece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedado diezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador se apresuraba a regresar a su lejana capital.<br />
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.<br />
-No -admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio, ese emperador joven, el del otro bando&#8230; y ese general tan rígido&#8230; ¡Estos sí que son divertidos!<br />
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando al punto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritu de belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves de rapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso las humanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posible elegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamás podía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.<br />
¿Tenía sentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, a veces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba del subuniverso.<br />
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de su planeta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca, la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Tenían mucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que le sorprendían completamente.<br />
Por fin, casi dos mil años de subtiempo después del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entre los filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de sus otrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) y supo lo que pensaban y decían.<br />
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.<br />
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».<br />
-¡Cuán equivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienen de estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nos salvamos por un pelo&#8230;
</div>
<div></div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://arkaico.blog.com/2009/06/04/creador-david-lake/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
	</channel>
</rss>
