Friday, June 26, 2009

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO

BESTIARIO — HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss

EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV

.
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
“Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas”.
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que “reconocimientos aéreos” es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
“Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar”.
Aunque términos como “escombros galácticos” han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
“Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches”.
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

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Friday, June 19, 2009

Ray Bradbury — FÉNIX BRILLANTE

FÉNIX BRILLANTE

(Bright Phoenix)

 

Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.

Hey, pensé.

Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.

Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.

Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.

–Vengo a por los libros, Tom.

Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.

–Ya le llamaré cuando estén preparados.

–Espere un momento… –dijo.

–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.

–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.

Le miré, sin decir nada.

–Bueno –dijo–, casi todos.

Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.

–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años… hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.

Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.

–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!

Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.

Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.

–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes…

–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros

–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.

–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.

–Esos hombres siempre lo son.

–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos…

–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?

Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.

Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.

Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.

–Sin hacer ruido –les indiqué

Barnes me sujetó del brazo.

–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?

–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.

Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.

–Bien –dije.

–¿Bien? –repitió Barnes.

–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.

Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.

–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?

Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.

Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:

–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!

Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.

Walter me miró.

Le guiñé un ojo.

Walter miró a Jonathan Barnes.

Walter dijo:

–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.

–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.

–Llámeme Ismael –dijo Walter.

–Ismael –dije–, empezaremos con un café.

Walter volvió con el café.

–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.

Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.

–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?

–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.

–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49′2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno…

–Excelente –dije.

Barnes se quedó mirándome fijamente.

–¿Cómo puede estar usted tan alegre?

–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.

–Creí que usted evidenciaría… miedo.

–Siempre he estado rodeado de gentuza.

–¿Perdón?

–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.

–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!

Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.

–Hola, Keats –dije.

–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.

–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.

–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?

El muchacho llenó mi taza.

–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas… Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.

Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.

–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos…

–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.

–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón… Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?

–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.

–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.

–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?

–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.

Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.

Lo único que podía hacer era seguirle.

En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.

–Profesor Einstein –dije.

–Señor Shakespeare –respondió.

Barnes huyó.

Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.

–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley… Buenas noches, señor Lincoln.

–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años…

–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento… Charlie… ¡Chuck!

Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.

De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:

–¡Alto!

Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.

–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.

–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.

Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.

–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.

Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.

–¿Cuánto… cuánto tiempo hace que dura…?

–¿Esto?

–Esto… y… esto… y ellos.

Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:

–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a ?

No contesté.

–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?

No contesté.

Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.

En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.

Me senté y escuché.

En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.

A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:

–¿Crees que volverán?

–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?

El anciano sujetó mi mano.

–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.

Bajamos juntos los últimos peldaños.

–Buenas noches, Isaías –dije.

–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.

Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.

 

 

 

POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):

Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:

“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

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Monday, June 15, 2009

ENTRE SUEÑOS — GUSTAVO A. BECQUER

ENTRE SUEÑOS

Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé
en un reloj de pared y pregunté el precio.
-Quince duros -me dijo el dueño.
¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.
-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por
quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.
-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis
largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y
sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.
Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no
adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.
Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a
moverse el péndulo.
Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o
menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando
aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna
del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo
cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa.
Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho,
aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el
fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota.
El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y
pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible.
Al principio el compasado tric… trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa
sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta
puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar
alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido
hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría
apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente,
cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a
embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar
aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni
retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí.
Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que
pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la
existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor
ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera
escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido
debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las
sensaciones que se experimentan durante la noche.
La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una
forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión
que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte
dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el
paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja
gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una
mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una
flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la
flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí… no, sí… no, sí… no y de aquí no salía. Diríase
que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle
hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo
que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al
desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si…
no, sí… no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac.
Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor,
ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos
párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el
sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné,
por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el
pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los
latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que
puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre
golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos
noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un
afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de
los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo,
seguía contando con la imaginación.
En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente
de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví
a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil
coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me
había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones
de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la
pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que
aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable
me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre
dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados
y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática.
Tric trac, tric trac…, seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía
sonando era el maldito de cocer del péndulo.
Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de
pegar los ojos en toda la noche.
Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj,
que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul
oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la
claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y
brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire,
donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo.
No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del
mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que
se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa.
Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que
con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos
minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía.
Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los
repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara.
«¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin
límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo
así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y
bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras
que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a
un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía
sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo
lúcido en que me encontraba.
-¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que
lo que en efecto es.
Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla
roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón
de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un
ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he
soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por
último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si
casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el
animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto
de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan
impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo.
Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo
del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que
araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y
rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas
en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica
obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que
aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio
sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía
soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la
impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una
gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no
marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé
dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente
sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.
En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo
derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba,
causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los
oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la
cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy
que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la
esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos
combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de
mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos
la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí
con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude
menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo
gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco.

El Contemporáneo
30 de abril, 1863

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Sunday, June 14, 2009

EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON

Philip K. Dick

 

 

 

En una sociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a un zoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vida inhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer que ha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, y tiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobre la mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y la alienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujer humana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos y todo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.

 

 

FIN
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Saturday, June 13, 2009

¡VAMPIROS!

¡VAMPIROS!
JUAN MARINO

Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la
música de los elementos de la noche.
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y
malignamente.
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.
El ojo del hombre chispeó al contestar:
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron
despavoridas a la luz del candelabro.
—Gracias, señor…, señor…
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por
el momento, pero dado lo avanzado de la hora…
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la
muchacha, preguntó:
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el
camino principal, es mucho más seguro.
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso… —
suspiró el gigante.
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio
de «Mortise».
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí…, pero una vez
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo…, ¡como mueren todas las
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y… dejan algo. —El
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero
privarlos del descanso que necesitan.
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con
suspicacia.
—¡En mi niñez oí que…!
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero… ¡vampiros… —el posadero sonrió
malignamente— eso es otra cosa!
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor
que un paquete de cigarrillos.
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido… Es mejor que no se aventuren
por ahí. Buenas noches, señores.
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos…
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:
—¿Visitaremos el caserón?
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,
como nosotros.
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.
—¿Le tenderemos una trampa?
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para
atacarnos.
—¿Quién subirá y a qué?
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las
velas.
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía
sobre un asqueroso jergón.
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a
otro para despabilarse del todo…
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la
sangre, luego los arrojas al pozo.
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso
aleteo. Thrope lanzó un juramento:
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano…
—¡Ma… Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!
Dentro de la habitación, ella dijo:
—Es el señor Thrope.
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para
atraparnos?
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.
—Señor Thrope.
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.
—Mi esposa ha sido atacada por… por los vampiros.
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.
—¿Vampiros? Yo pensaba que…
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella… ha sido atacada y muerta!
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a
Maggie.
Los dos jóvenes se miraron.
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.
—Así lo haré. Descuida.
—Vamos, señor Thrope.
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:
—No hay nada que hacer, Thrope.
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión
horrorizada que…
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom…!
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo…
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista
estuviese viendo a uno de los vampiros.
—¿Có… cómo lo… lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que…?
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.
—¡Toooooommm!
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y… ¡los vio! Eran dos vampiros negros,
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de…
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al
pequeño cementerio de «La Mortaja».
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.
F I N

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Thursday, June 4, 2009

CREADOR — DAVID LAKE


Creador
David Lake

..–..

Hacía una mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystal acababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomo anunció la llegada del Instalador.
Jay se incorporó al instante y se dirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás había estado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala… sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano de mediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendo rápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la Corporación Creación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar el trabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más bien como dándoles su aprobación.
El instalador era un olímpico de cabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas se habían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.
-Señor –dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que usted llegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antes posible.
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?
—Es cuestión de un minuto. Y después… Señor Crystal, nos alegra que haya tomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público… Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas…
Pero, compréndalo, el creatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además, esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel -Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene su creatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, por favor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para el funcionamiento de esta máquina personalizada…
Jay se acercó al botón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su mano derecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas sus emanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Se produjo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en la parte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular de luz verdosa.
-Se trata de su monitor cerebral —explicó el instalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo de protección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor. Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hasta tal punto que debamos… asistirlo. Todos los controles de los creatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, donde aquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo que muestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica en este caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente. Enviaré fuera los robots y después…
Y después se sentaron ambos ante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras que Jay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamente apoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta en el casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del gran cristal, yacía el vacío que sería su mundo… cuando lo creara. Por el momento solo había un caos amorfo y grisáceo.
-Bajo su mano izquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar el funcionamiento de los mandos-, tiene los diales y botones fundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales: largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted está tocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas: controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación… Más arriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro con la práctica. Si creara un mundo ahora…
-Bien… ¿Podré anularlo después?
-Por supuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, se halla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puede apretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar su universo del área funcional, pero grabando toda su
historia, de modo que podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducir nuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universos distintos… El botón correspondiente a su derecha, el que indica «Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas de ese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acción especial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de «Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente y le permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, a su derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos…
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?
-Si, es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares. Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma de borrar…
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.
-De acuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace, yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtener efectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundo posea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estás haciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luego respeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientes grados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho de otra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle. Bien, ¿le gustaría empezar?
Jay dispuso el mando de tiempo y apretó el botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante una línea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacio existía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.
-Que obtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le da oportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Por supuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podrán cruzarse…
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. El caos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina gris pálido.
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestros clientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dos dimensiones…
-Con círculos y cuadrados como personajes –concluyó Jay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones, carece de interés humano.
Tocó la tercera dimensión. El gris pálido que tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo. Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal… El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servían de brazos.
-Realista, ¿no le parece? —opinó el Instalador-. Pero no se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio es totalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que el espacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, está dentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo. Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Si quiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo para empezar…
Jay siguió las instrucciones y apretó los botones correspondientes. Un instante después no pudo contener un grito de asombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura, como en una muda exhibición de fuegos artificiales.
-Acaba de crear luz y materia –explicó el Instalador—. Su universo está explotando. Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas del reloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión… Así, eso es. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca, este control de visión, el que está bajo el botón de anchura…
Jay maniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareció sumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formó estrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla y después siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que los asteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgió aire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeante y cubierto de nubes.
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.
-En realidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquina funciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Y hay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por su parte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, y surgirá. Diga «Hágase la vida»… La verbalización sirve de ayuda algunas veces.
-Hágase la vida -repitió Jay.
Y la vida se hizo. Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de años pasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde en las costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaron selvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno de los mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creado con respecto a los observadores olímpicos.
Pasaron algunos minutos antes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. Y Jay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removió nerviosamente.
-Yo… –empezó a decir.
-No se inquiete -dijo el Instalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una mano sobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formas superiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener una conciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de su conciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.
-Perfectamente. Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente … Ese dial gris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» … Gírelo en sentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. El problema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Los creadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizando una técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, pero llevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. No cobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación. Mire, Yo siempre uso la relajación mental.
-¿Quiere decir que… también usted practica la creación?
-Por supuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto, compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes…
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.
-Perdone, señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si lo prefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si me permite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustado como el suyo.
-Un primate –contestó el tembloroso Jay-. Fue atrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentido el horror del primate, su dolor… -Meditó por un instante-. Escuche, ¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirine dolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?
-Bien, si eso es lo que quiere –dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.
Primera: alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distinta entre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo su universo. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico, ¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia número dos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programa establecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos. Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, debería programar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas, ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivo para evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No le parece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Sus criaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas. Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice ese experimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda la estrategia número tres: milagros discretos.
-¿A qué se refiere?
-Puede apretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos… Por ejemplo, podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luego la serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda… el de color naranja, sí… Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar la máquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modo que usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón de milagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir en la evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el truco y así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo se transformarán en serpientes. Y muchas cosas más.
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?
-Me temo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detalles desagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezó a levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra cita dentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está en auge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar sus progresos…
Bien, bien -contestó Jay.
Acababa de apretar el botón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Una de las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditaba ahora en la creación del hombre.
A la mañana siguiente, Jay estaba profundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitió una discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta la tercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundo que había creado.
-El señor Harriman, señor.
-¿Quién?
-El Instalador de la Corporación Creación.
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?
-No demasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especie humanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintos planetas y… bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Pensé que no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí la especie de mejor aspecto y luego eliminé… Me refiero a que aniquilé a sus rivales más próximos.
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!
-No, no. Estudié las cintas de instrucciones y… eli… preparé un programa. El programa identificaba toda especie de primate que fuera muy violenta o agresiva… y la eliminaba automáticamente.
-Un tratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que debería explicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa. Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruosos primates? ¿Me permitiría… observarlo personalmente?
-Sí, sí, adelante.
Ambos se inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay la forma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los «invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.
El planeta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cielo azul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandes bosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca de un bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintas edades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistas de pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre los árboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobre las traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, pero se mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dos de ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuando tal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejaban del lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa. Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.
-Esto será interesante -musitó Harriman al oído de JaY– Es una situación crítica. En mis mundos siempre he… ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?
La «situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasor se encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimos quedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores los imitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendía ante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevo en la espesura del bosque.
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman—. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?
-No. Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie más pacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia de nuestro propio pasado…
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que…
-No, no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilización decente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el ideal que he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interacción civilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?
-Sí, lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempo ha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refiero al de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que viven en los bosques sin arma alguna… ¿0 tal vez debería decir «herramientas»?
-Veinte millones de años -respondió tristemente Jay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afines de ese planeta, todas ellas salvajes.
-Bien, señor Crystal, ese ha sido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminado cuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante—. Y la bestia sigue dentro nuestro.
Nuestra civilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero para muchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explica suficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantalla permite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamente con un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcance de las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie un poco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo. Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosa horda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y el desierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades, teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas, pero mucho más atractivas, mujeres de estos?
-¡No!
-Oh, no importa. -Harriman suspiró—-. Pero compréndalo, señor. Sean cuales sean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará una especie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. La gente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Usted precisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundo lugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte. La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otros miembros de la misma especie… eso crea una ambición auténtica. Si estamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como se inició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carrera espacial.
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche, Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, pero antes destruimos nuestro planeta original y casi resultamos exterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo … ¡ Me gustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza no sometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizá pueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.
-De acuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre la máquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después… haga lo que quiera. Pero podría sugerirle algo.
-¿El qué?
-Si usa los botones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre el resto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca el planeta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidad real… ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué no deja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros y limítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturas usen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas. Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, para volverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo…
Cuando acabó aquella sesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnan decidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. En realidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera a anunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendo de un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Al entrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.
-Harriman, yo… -balbuceó-. Es… es abrumador.
-Es muy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo el siempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire, señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro de algunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevos clientes y usted pasará a estar atendido por la sección de mantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda, confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y, ¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal…
-Llámerne Jay, por favor.
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam… De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.
-Sam… he creado al hombre.
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?
-Nada, en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y… ¡surgió la humanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros…
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?
-No, hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca- Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros, y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo…
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?
-Estaba demasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y así lo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé el nuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamaño medio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente, observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creé vida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé que la vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media… Fue una sensación realmente sobrenatural…
-Le creo -dijo Harriman. Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir del estómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes, dinosaurios, tigres… A veces usaba el micrófono y sentía cómo daba vida a pequeños organismos. Bacterias, virus… ¡Carambal Me he escindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, células cancerígenas… y también en los leucocitos que los perseguían. Me he matado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.
-Sí, pero es francamente inquietante –objetó Jay, pasando una nerviosa mano sobre su cabello rubio—. Tanto horror, tanta maldad… Cuando llegas a los animales mayores todo es maldad… ¡y toda procedía de imí! Todo lo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Para ser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchos esfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruo tras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a sus anchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.
-Oh, claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedo soportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con una masacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismo tiempo?
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?
-Civilizaciones, muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran de humanoides… ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo … ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más me fascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?
-Ni una -admitió tristemente Jay—. Todas carnívoras y asesinas, como usted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraíso nunca se perdió… aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguir en esa dirección. Mientras tanto… mientras tanto, debo decirlo, algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso han producido literatura!
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman al tiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagian las obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar usted mismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque sus criaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera…
-Jamás imaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó un botón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma de otra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idioma original, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de un poema muy extenso…
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día
en que perecerá la sagrada Ilión
y con ella su rey y su pueblo.
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,
me importa tanto como tu propio destino,
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,
huérfana de mi protección y cariño,
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores
y te sepa cautiva de los aqueosl
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.
-No se escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No en nuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió de hombros—. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de una civilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerras están prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examine las grandes poesías… por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que, ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra y esclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.
Sin eso, no hay poesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar a esos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe ser gente excelente, hasta considerándola según mis criterios…
-Son los seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay se estremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casi todos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio de altura…
-¡Enanos! –exclamó Harriman torciendo el gesto.
-…pero compensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad. Cuando pienso que yo soy ellos… Debo hacer algo. Son un reto a todo lo que amo y en lo que creo.
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.
-No. No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas son mías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiar de tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, el que está arriba de todo, a la derecha del tablero?
-¿Qué mando?
-Este -aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentemente inútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero de mandos.
-Ese… Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rió breverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de los modelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especial de empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo más probable es que no funcione en este aparato.
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?
-No, si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatrones hubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. En uno de los más graves… Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurrido porque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos sus universos. La existencia de estos depende de la del creador, y al desaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?
-No fue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestra corporación controla casi por completo, detalle que nos permitió ocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Se envició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastante experiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era un empleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una y otra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmente ocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando por más de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales si el individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estos modelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero… ese monitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dude en llamarme por el daserófono.
-De acuerdo.
Siguieron pasando los magníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en su afición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematrón tridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de -autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta, aparte de recibir el salario básico que la Organización de los Planetas Unidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial. La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentía que estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Su nueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuando volviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. El detalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozando su vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesaba de quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatorio de Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal y estéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.
-Jay, me voy –dijo.
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.
Se deslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modo mecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporó bruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos y rubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle que más dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto de irritación.
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más. ¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabeza en otra parte. Bueno, no eres el único tipo que… Sam, por ejemplo: es más divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no está atontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a su casa.
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.
Sam venía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre los subuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluido oficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Sam parecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales del creatrón.
-Lo comprobé en la corporación –explicó en una de sus visitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé el motivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunque los técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. A partir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y en cualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris. -Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal te va, Jay?
-Terrible… y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. En cuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto para examinar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé que es un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilización al detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿te acuerdas?, y… están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas están desarrollando filosofía, religión…
-Sí, suelen hacerlo –dijo Harriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones de mis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muy ingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios se ofrezcan a… ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador del universo, Samuel Harrimant
-También en mi planeta hay algo de eso. -Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Este tipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa el centro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos han surgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeña tribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo, sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejores hombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar en mi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, no sacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otros lugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.
Una vez acomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de las nubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de una elevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur, descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de un águila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en la distancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los que hombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claros eran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzaban ciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercados bulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados y parques espaciosos.
Finalmente, Jay concentró la visión en una de las ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervos erraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Más cerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada por todo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos de enjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos de ambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitud de gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera de sucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbre había un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Ante el árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutos vestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otro hombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. También llevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que sus companeros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eran hermosas y bien formadas.
Esta, al menos, fue la escena que vio Harriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía la escena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierba y suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de la cálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jay sentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lo lejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el noble orgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robusto campesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordiosero que sufría lo indecible con su rodilla rota…
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.
Miró a la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió una inmensa compasión. Sufrimiento … Todo el mundo sufría. Nacimiento, vejez, enfermedad, muerte … Sufrimientos y más sufrimientos. El contraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era un nuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, el camino medio…
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Las cuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Toda la vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criatura viviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un alma individual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debía liberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, se encontraría atado a la cadena del sufrimiento.
- Sabbe sankhära dukkha.
Las palabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoras pero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas de todas sus criaturas.
-La existencia es sufrimiento…
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.
-El mejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de la misericordia ante todos los seres vivientes… En cuanto a los dioses, también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación.
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.
Acababa de llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que… No, no era un niño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de la decadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a esta desgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡
-Mujer —-contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie haya muerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza…
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer—. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.
Jay empezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado donde estaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba y revoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientras escudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón «Pausa».
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Sam las palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tan confundido como entusiasmado.
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl
exclamó al acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome en eso podría establecerme como filósofo en este rnundo!
-Es indudable que era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mis mejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. En realidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia el zurrismo.
-¿Zurrismo?
-Exacto. La primera verdad noble del zurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurre a ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo es brillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Los pordioseros, las prostitutas, los nobles… Tienes un talento tremendo. No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son más toscos, más simples…
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombre cuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?
-Pero es que… parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!
-¿Y por qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y al cabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en cierto sentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestras criaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que los aficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.—Se rió un instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente, dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, joh Iluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creó nuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotros los creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia, yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativo el que hace girar los planetas … » ¿Qué opinas de eso, Jay?
-Heráclito -murmuró Jay.
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?
-No. Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Sus ideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situada un poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilización también es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Son hombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es uno de los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses están estrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. También dice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, la guerra… Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.
-Tiene toda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en mi universo, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran de producirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una paz eterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo que acabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.
-Debo logar que esté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividad es precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como la que se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mi mundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas… No, eso no debe proseguir.
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debe proseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no lo creas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado a nuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto la cantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, el número de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de la invención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, y ahora los tiene con sus creatrones, eso es todo…
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.
-Los otros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé que es cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar que una vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezó a reír.
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetó Sam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De lo contrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vas aniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando como esos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el país vecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.
Muchos días más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de su creación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba la sala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran las comidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a toda prisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azul y blanco.
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un año por hora, con lo que podía observar una generación del submundo en un par de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatla media o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueños tridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia de toda una vida en tres o cuatro días «reales».
Poco a poco, Jay fue concentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofo Heráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria. Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmenso imperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo en el cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que se acercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltar a tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería haber sido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacía en lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejores habilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Al terminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados, empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita… y Jay descubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragedia para el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Pero no ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema de temerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban la arrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el rey enemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:
¡Oh, hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos y mujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeis combatir por todo…
Jay también estuvo en el teatro el día que se representó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todo fue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo…
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.
Siguió observándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tan noblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia de conquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez a sus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra los primeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a gente neutral…
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, las fuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hasta entonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidores abrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejército invasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres y niños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortar metódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres y niños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados con rumbo a los mercados de esclavos…
También en esta ocasión hubo un poeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero su estilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiempos legendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, la matanza, las mujeres cautivas… La reina, esclavizada, gritaba:
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?
Y las demás esclavas contestaban a coro:
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía…
Jay se apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Incluso abandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.
Al levantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera de las ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay, era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. El era los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiar sus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, pero rechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. El mal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaría su mundo, si el mundo le mataba a él…
Sintió un deseo imperioso de descender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vino algo a la memoria. No, sería imposible… Sam había explicado que no había conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la pena investigarlo.
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera del creatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las había escuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, la impersonal voz de un robot dijo:
-Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que esté presente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso, apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.
»La empatía total produce una ilusión extrema. El operador perderá toda conciencia que no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de tales criaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Es aconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buena salud y se encuentre a salvo de peligros externos. También es conveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de «Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operador deberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayar la empatía total.
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura…
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?
-Por supuesto, señor –contestó el robot.
El mayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pecho metálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en los últimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre el creatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando en su mano un objeto metálico de pequeño tamaño.
-He terminado, señor -dijo.
-Bien. Ahora, déjame solo.
-Señor.
El robot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no se diferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. No servía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayuda psicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profunda empatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón y seguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de la justicia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado, aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en el Oriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquella pequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas se habían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?
Pulsó el botón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribu que buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecían haberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era más firme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y trataban despóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a los helenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad y crueldad.
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución que sufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollar esfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados por otra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún más inflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero esta situación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formaban un gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos. Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes y despiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse en infinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel mar intermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontró desesperado.
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio… y apenas pudo concilar el sueño.
A la mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal, desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón. Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola tal como había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos, los dominadores del imperio.
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.
Al borde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo de peregrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos se arrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, en señal de purificación.
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.
Jay analizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación en aquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta de equilibrio. ¿No podía encontrar … ?
Un nuevo peregrino se acercó a la orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba, cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.
Jay no tuvo necesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo la atracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.
La habitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando le encontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuando la mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y se abalanzó hacia Jay.
-¡Sam, está sangrandol —exclamó.
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.
Sam corrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa» antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador. Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazón latía y tocó los labios del herido.
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?
-Me lo imagino –contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botón púrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que… No importa. Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún hueso roto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que no debía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lo muevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instrucciones de Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lecho antigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.
-¿Qué ocurre? ¿Dónde … ? -balbuceó.
-Tranquilízate, Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeño accidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha más suerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas, la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales. No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco y luego…
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos, y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiró profundamente y se sentó en la cama.
-Bien, ¿qué te ocurrió? -preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en cierto sentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido esta oportunidad… Nadie que haya experimentado la empatía total, exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido para contarlo. ¿Qué sentiste?
Jay explicó su experiencia.
-¡Caramba! –exclamó Harriman—. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tu mente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré emplear tus ideas en mis mundos… Es una pena que te sucediera a ti, aunque fuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido la lección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipo de técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momento desconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después de eso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo que podemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió a nuestra falta de cuidado.
-No -dijo Jay. Saltó de la carna—. Ordena a tus hombres que se detengan.
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué … ?
-¡No quiero que aniquilen mi universol
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que…
-No. No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy a ensayar la empatía total de nuevo, por descontado… No me hace falta. Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo de dolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminar el dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado en nuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgracias de nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universos de los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolor intensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam, es saber de qué lado estás.
A partir de aquel día, la vida de Jay en Olimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y los círculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama. Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtió en un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo. Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron su grandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzó popularidad social.
Y Afro volvió a compartir su cama.
-Me gustas mucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo he descubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es un sádico.
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque por simple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó y luego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a un dios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevo imperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo, preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.
Jay esbozó una sonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: las victorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a más crueldades.
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planeta quedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandes progresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?
De vez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sino Afro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era la compañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como a santos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran los conquistadores.
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a un joven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolía viejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.
-Te parece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedado diezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador se apresuraba a regresar a su lejana capital.
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.
-No -admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio, ese emperador joven, el del otro bando… y ese general tan rígido… ¡Estos sí que son divertidos!
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando al punto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritu de belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves de rapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso las humanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posible elegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamás podía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.
¿Tenía sentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, a veces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba del subuniverso.
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de su planeta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca, la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Tenían mucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que le sorprendían completamente.
Por fin, casi dos mil años de subtiempo después del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entre los filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de sus otrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) y supo lo que pensaban y decían.
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».
-¡Cuán equivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienen de estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nos salvamos por un pelo…

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