Sunday, November 7, 2010

HISTORIA DE UN BLOG LLAMADO ARKAICO

HISTORIA DE UN BLOG LLAMADO ARKAICO

ESTE BLOG, SIN IR MAS LEJOS, HACE UN TIEMPO, DIJERON, QUE IBAN A CAMBIARLO, PUES PENSE, QUE SERIA COMO TODOS, PERO CUANDO UN DIA METO LAS CLAVES, ME DICE TODO ERRONEO; ASI, ESTUBE CASI SEIS MESES UN CASI A DIARIO, Y ERA, O QUE SE ME PASABA ALGO, O A ESTA GENTE, SE LE PASABA ALGO, ASI, ESTUBE HASTA AGOSTO, QUE ENTRE POR OTRA PARTE, PERO AL MISMO SITIO, Y BINGO, LO RARO, FUE, HICE UNA ENTRADA, Y LO DEJE, Y VI, QUE HABIA, MAS DE MIL COMENTARIOS, Y LOS AHY, PUES AHORA, ESTOY, LIADO CON ELLAS…, Y LA VERDAD, MIENTRAS UNAS COSAS Y OTRAS, TENGO OTROS, TAMBIEN MUY BIEN, Y PIENSO, QUE EN SI, ES UNA LUCHA CON EL, Y ESO, QUE A FALTA DE UNAS FOTOS, ESTA BIEN, QUITANDOLE ALGO, Y PONIENDOLE ALGO, TENDRIAS YA UN BLOG MONTADO: MI PROPUESTA, LO IBA A BORRAR,Y ESTAMOS A DIA SIETE; SI ALGUIEN LO QUIERE, DIRIJIRSE A  silesiusz@gmail.com  , y en asunto poner blog ARKAIKO, EN SI, NO CREO QUE LLEGUEN MUCHOS MAILS, Y POR OTRA, TAMPOCO ES UNA COMPETICION; EL DIA QUE DARE EL BLOG AL QUE LO PIDA, O LO “REPARTA A QUIENES LO PIDAN”, LE DIRE A MI HIJA QUE MAIL TE GUSTA, Y YA ESTA, O IGUAL, SE LO QUEDA ELLA,(NO CREO), PUES ABIERTA ESTA LA PROPUESTA, SI ALGUIEN QUIERE ESTE BLOG, MANDA UN MAIL, E IGUAL, TIENES BLOG, HAY DE TODO, BUENO Y MALO, Y EL DIA LIMITE, SERIA EL 6/12/2010, PUES EL DIA 7 LO PASARIA, Y EN EL CASO DE QUE NADIE LO QUISIERA, SERIA BORRADO; SUERTE, SI ES VUESTRA INTENCION.

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Sunday, August 29, 2010

LA CAIDA DE LA CASA USHER — EDGAR ALLAN POE

La caída de la Casa Usher

Son coeur est un luth suspendu;

Sitôt qu’on le touche, il résonne.

(De Bèranger)

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante —la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados— con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era —me detuve a pensar—, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.

En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia, pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país —una carta suya—, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.

Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún período, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.

He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil —el de mirar en el estanque— había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición —pues, ¿por qué no he de darle este nombre?— servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo.

Sacudiendo de mi espíritu esa que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica deba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.

Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes —los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban a mi paso— eran cosas a las cuales, a sus semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, mientras no cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.

La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento a los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable melancolía lo envolvía y penetraba todo.

A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en un período tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos, pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad.

En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los períodos de mayor excitación.

Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.

Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. «Moriré —dijo—, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el período en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo.»

Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había producido, a la larga, en la moral de su existencia.

Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. «Su muerte —decía con una amargura que nunca podré olvidar — hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil) el último de la antigua raza de los Usher.» Mientras hablaba, Lady Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.

La enfermedad de Lady Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Lady Madeline, por lo menos en vida.

En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este período me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de tinieblas.

Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutría su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí al menos —en las circunstancias que entonces me rodeaban—, surgía de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.

Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.

He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser —y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)—, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:

En el más verde de los valles

que habitan ángeles benéficos,

erguíase un palacio lleno

de majestad y hermosura.

¡Dominio del rey Pensamiento,

allí se alzaba!

Y nunca un serafín batió sus alas

sobre cosa tan bella.

Amarillos pendones, sobre el techo

flotaban, áureos y gloriosos

(todo eso fue hace mucho,

en los más viejos tiempos);

y con la brisa que jugaba

en tan gozosos días,

por las almenas se expandía

una fragancia alada.

Y los que erraban en el valle,

por dos ventanas luminosas

a los espíritus veían

danzar al ritmo de laúdes,

en torno al trono donde

(¡porfirogéneto!)

envuelto en merecida pompa,

sentábase el señor del reino.

Y de rubíes y de perlas

era la puerta del palacio,

de donde como un río fluían,

fluían centelleando,

los Ecos, de gentil tarea:

la de cantar con altas voces

el genio y el ingenio

de su rey soberano.

Mas criaturas malignas invadieron,

vestidas de tristeza, aquel dominio.

(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más

nacerá otra alborada!)

Y en torno del palacio, la hermosura

que antaño florecía entre rubores,

es sólo una olvidada historia

sepulta en viejos tiempos.

Y los viajeros, desde el valle,

por las ventanas ahora rojas,

ven vastas formas que se mueven

en fantasmales discordancias,

mientras, cual espectral torrente,

por la pálida puerta

sale una horrenda multitud que ríe…

pues la sonrisa ha muerto.

Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia —la evidencia de esa sensibilidad— podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.

Nuestros libros —los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual del enfermo— estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Vever et Chartreuse, de Gresset, el Belfegor, de Maquiavelo; Del Cielo y del Infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia, de Robert Flud, Jean d’Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y la Ciudad del Sol, de Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico en cuarto —el manual de una iglesia olvidada—, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ Maguntiæ.

No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco cuando una noche, tras informarme bruscamente de que Lady Madeline había dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que, cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno extraña.

A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria. Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo depositamos (por tanto tiempo clausurada que las antorchas casi se apagaron en su atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.

Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror, retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a Lady Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.

Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una vacilación trémula como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.

Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Lady Madeline fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que, atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté atención —ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva— a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.

Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a en la puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una hysteria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con alivio.

¿No lo has visto? —dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio—. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás —y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.

La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura. Al parecer un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la amortajaba.

¡No debes mirar, no mirarás eso! —dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento—. Estos espectáculos, que te confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos esta noche terrible.

El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.

Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita, procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:

«Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita, quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma.»

Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de rotura, de destrozo que sir Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:

«Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:

Quien entre aquí, conquistador será;

Quien mate al dragón, el escudo ganará.

»Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como jamás se había oído hasta entonces.»

Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante, sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.

Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato de sir Launcelot, que decía así:

«Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de plata con grandísimo y terrible fragor.»

Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando —como si realmente un escudo de bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de plata— percibí un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto, pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado, ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras:

¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo… muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía… ¡Ah, compadéceme, mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía… no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo! … ¡Di, mejor, el ruido del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adonde huiré? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! —y aquí, furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma—: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!

Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, ESTABA la alta y amortajada figura de Lady Madeline Usher. Había sangre en sus ropas blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.

De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la fisura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.

Watson, el doctor Percival, Spallanzani y, especialmente, el obispo de Landaff. Véanse los Ensayos químicos, tomo V.

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Wednesday, August 25, 2010

MADRES

MADRES

Madres tienen fuerzas que asombran a los hombres.
Llevan a los hijos, sobrellevan dificultades, llevan pesadas cargas
pero se aferran a la felicidad, amor y alegría. Sonríen cuando quieren gritar. Cantan cuando quieren llorar. Lloran cuando están felices y ríen cuando están nerviosas. Pelean por lo que creen. Se sublevan contra la injusticia. No aceptan un “no” por respuesta cuando creen que existe una solución mejor. No se compran zapatos nuevos pero a sus hijos sí…… Acompañan al médico a un amigo asustado. Aman incondicionalmente. Lloran cuando sus hijos sobresalen y ovacionan a sus amigos cuando triunfan. Se les rompe el corazón cuando un amigo muere. Sufren cuando pierden a algún miembro de la familia pero son fuertes cuando no hay de donde más sacar fuerzas. Saben que un abrazo y un beso puede sanar un corazón roto.

Las madres vienen en todos los tamaños, colores y formas.
Manejan, vuelan, caminan o te mandan e-mails para decirte cuánto te quieren.
El corazón de las madres es lo que hace el mundo girar! Las
madres hacen más que dar a luz.
Ellas traen alegría y esperanza. Compasión e ideales. Sí, el corazón de la madre es asombroso! Bendito sea Dios por darnos a todos una MADRE!

Gracias, Mamá

Todo lo que siempre necesité saber, lo aprendí de mi Madre

–Mi madre me enseñó a APRECIAR UN TRABAJO BIEN HECHO:

“Si se van a matar, háganlo afuera. ¡Acabo de terminar de limpiar!”

–Mi madre me enseñó RELIGION:

“Mejor reza para que esta mancha salga de la alfombra.”

–Mi madre me enseñó LOGICA:

“Porque yo lo digo, por eso… y punto!!!!”

–Mi madre me enseñó IRONIA:

“Sigue llorando y yo te voy a dar una razón verdadera para que llores.”

–Mi madre me enseñó a ser AHORRATIVO:

“¡¡¡Guarda las lágrimas para cuando yo muera!!!”

–Mi madre me enseñó OSMOSIS:

“¡¡¡¡Cierra la boca y come!!!!!”

–Mi madre me enseñó CONTORSIONISMO:

“¡Mira lo cochino que tienes el cuello, fíjate!”

–Mi madre me enseñó FUERZA Y VOLUNTAD:

“Te vas a quedar sentado hasta que te comas todo.”

–Mi madre me enseñó METEOROLOGIA:

“Parece que un huracán pasó por tu cuarto.”

–Mi madre me enseñó HIPOCRESIA:

“¡Te he dicho un millón de veces que no seas exagerado!!”

–Mi madre me enseñó EL CICLO DE LA VIDA:

“Te traje a este mundo, y te puedo sacar de él.”

–Mi madre me enseñó MODIFICACION DE PATRONES DEL COMPORTAMIENTO:

“¡¡¡¡Deja de actuar como tu padre!!!!!”

–Mi madre me enseñó ENVIDIA:

“Hay millones de niños menos afortunados en este mundo que no tienen una mamá tan maravillosa como la tuya!”

–Mi madre me enseñó habilidades de VENTRILOQUIA:

“No te atrevas a abrir la boca, cállate y contéstame: ¿Por que lo hiciste?”

–Mi madre me enseñó técnicas de ODONTOLOGIA:

“¡¡¡ Me vuelves a contestar y te vuelo los dientes!!!”

–Mi madre me enseñó RECTITUD:

“¡¡¡ Te voy a enderezar de una sola cachetada.”

¡GRACIAS MAMA….!

Alvaro Pérez Castro

MADRE ERES MAS VALIOSA DE LO QUE TE IMAGINAS

Una mujer se sintió mal pensando que su vida había sido inútil, que habría perdido todo su potencial siendo una simple devota esposa y madre. Pensó si el tiempo y la energía que ella había invertido en su esposo y sus hijos había hecho la diferencia. Algunas veces se sentía frustrada porque mucho de lo que había hecho no parecía que nadie lo notara y lo apreciara.
¿Realmente valió la pena,? ¿Habría algo mejor que yo hubiese podido hacer con mi vida?
Fue en esos momentos de incertidumbre que ella escuchó en lo mas profundo de su ser una pequeña voz de su Padre Celestial que le habló a su corazón.
“Tú eres esposa y madre porque esa es la misión a la que yo te llamé. Mucho de lo que has hecho está escondido del ojo de la gente, ¡pero yo lo noto!
La mayoría de los sacrificios que has pasado, han sido sin pago, pero yo soy tu recompensa.

Tu esposo no sería el hombre que yo llame sin tu apoyo. Tu influencia sobre él es más grande de lo que piensas y más poderosa de lo que te puedas imaginar. Yo lo bendigo a él a través de tu servicio y le doy honor a través de tu amor.

Tus hijos son preciosos para Mí. Más preciosos de lo que ellos son para ti.
Yo los he depositado a tu cuidado para que los criase para Mí. Lo que has invertido en ellos es una ofrenda para Mí.
Quizás nunca brilles ante el publico, pero tu obediencia brilla como una luz brillante delante de Mí.
¡Continúa! Tú eres mi sierva fiel! Haz todo esto para agradarme a Mí.
Un día no lejano recibirás de Mí la corona que recompensará todos tus sacrificios, y escucharás mis palabras: “Entra sierva fiel, en lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor”

SE BUSCA UNA MAMA

Estar dispuesta a trabajar 24 horas al día,
365 días al año,
No hay días libres ni vacaciones.
Requiere atención total,
Dispuesta a desvelarse sin previo aviso.
A dar todo, por el cariño, atención dedicación, amor y conocimiento, sin esperar algo a cambio.

LA CANDIDATA DEBE TENER:

Mucha facilidad para comunicarse
Sacrificar sus gustos y preferencias, así como el tiempo y dinero que normalmente emplearía en si misma, para invertirlo en sus hijos.
Capacidad inagotable para disciplinar y amar.
Aceptar que un hijo es prestado y se tendrá que ir para hacer su vida, libre e independiente.
SE OFRECE A LARGO PLAZO:

Cariño, y quizás un poco de gratitud por parte del hijo, y sólo; si éste considera que la madre desarrolla bien su trabajo.

Estoy esperando un hijo…

No me digan cosas rudas que yo no quiero enojarme.
Hoy quiero saberme, sentirme, hoy quiero sentirme suave
para que tenga dulzura la existencia que en mí late,
esta vida que ya siento que se nutre en mi sangre.

No me digan cosas rudas que va mi hijo a escucharles,
mi hijo que no comprende, mi hijo que nada sabe,
mi niño que esta durmiendo en tibio nido de carne.
No me digan cosas rudas, ni me cuenten nada grave,
ni me hagan saber tristeza, ni queme asome a la calle.
Yo quiero mirar jardines, ver el verdor en los parques,
escuchar las tibias notas del gorjeo de las aves.

Que en mis venas se deslice mansa y plácida la sangre
Para que en ella se acune mi niño sin despertarse.
No me digan cosas rudas porque no quiera asomarme.
Necesito que comprendan que ya no estoy para nadie.

Déjenme mirar los peces a la orilla del estanque.
Déjenme que se columpien mis sueños bajo la tarde.

Un arrorró imperceptible trae en sus notas el aire,
Y la sonrisa de un niño se presiente en el paisaje.

Madre…….Madre soltera…….

Madre…….Madre soltera…….
Madre valiente, madre del sol,
rompes barreras, saltas salientes
cargas tu hijo, cargas dolor.

Gran luz refulge, dedos señalan,
tu faz se nubla, tomar decisión;
Si tienes tu hijo todos te señalan,
pues no tiene padre
para respaldar tu honor.

Mas si sacrificas el fruto de tu vientre,
peor será el castigo, más grande el deshonor;
más crueles y duros serán los comentarios,
más anchas las espaldas que verás en derredor.

Entonces que harás, madre soltera,
contra la adversidad y contra todo el dolor?
Bendices con fuerzas el fruto de tu vientre
y lo muestras al mundo como lo hizo el creador.

¡He aquí mi obra, he aquí mi simiente!…..
¡He aquí el resultado de mi inocencia, de mi candor!
No me importa nada lo que el mundo piense
¡yo tendré mi hijo!…. ¡y le daré mi amor!

POR: Mireya Cuello

Nuestro angel de la guarda

Cuenta una antigua leyenda que un niño que estaba por nacer,
le dijo un día a Dios:
-Me dicen que me vas a enviar muy pronto a La Tierra,
pero,¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy?
-Entre muchos Angeles escogí uno para tí,
que te estará esperando.El te cuidará…
-Pero, dime, aquí en el Cielo no hago más,que cantar y sonreír,
eso basta para ser feliz.
-Tu Angel te cantará y sonreirá todos los días;
y tu sentirás mucho amor, y serás feliz…

-¿Y como voy a entender lo que la gente me hable,
si,no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
-Tu Angel te dirá las palabras más dulces, más tiernas
que puedas escuchar, y con mucha paciencia y cariño,
te enseñará a hablar…
-¿Y que haré cuando yo quiera hablar contigo?
-Tu Angel te juntará tus manitas, y te enseñará a orar.
-He oído que en la tierra hay hombres malos,¿quien me defenderá?.
-Tu Angel te defenderá e incluso a costa de su vida.

-Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
-Tu Angel te hablará siempre de mi,
y te enseñará el camino, para que regreses a mi presencia,
aunque yo siempre estaré en el Cielo. ………
Y ya se oían voces terrestres.
Entonces el niño dijo suavemente:
-Dios mío, si me voy dime su nombre,¿como se llama mi Angel?.
-Su nombre no importa… tu le dirá### A M Á ….

(Matilde Alba Swaan)

MADRE

Es una mujer que entrelazó sus
manos con las de un hombre para
formar entre ambos una cuna.
Madre
es una mujer que, si es ignorante,
descubre los secretos de la vida
con mas acierto que un sabio, y si
es instruída, se acomoda como nadie
a la simplicidad de un niño.

Madre
es una mujer que, siendo vigorosa,
se estremece con el vagido de un bebé
y siendo débil, sabe revestirse a veces
con la bravura de un león.

Madre
es una mujer que tal vez enseña al hijo
pocas cosas, pero aquellas que le
enseña son las que marcan el sentido
de cuanto después aprende.

Madre
es una mujer, con un poder tan grande
que sólo ella, ella solamente, es
capaz de borrar de este planeta esa
triste figura que a todos impresiona
y que se llama “huérfano”.

Madre
es una mujer con un destino y una vocación
tan ineludible que hasta el mismo Dios
quiso sentir la cálida emoción de tener
una madre.

A Mi Madre
Poeta Vicente Riva Palacio

Oh, cuan lejos estan aquellos dias
en que cantando alegre y placentera,
jugando con mi negra cabellera,
en tu blando regazo me dormias!

Con que grato embeleso recojias
la balbuciente frase pasajera
que, por ser de mis labios la primera
con maternal orgullo repetias!

Hoy que de la vejez en el quebranto,
mi barba se desata en blanco armino,
y contemplo la vida sin encanto,

al recordar tu celestial carino,
de mis casados ojos brota el llanto,
porque, pensando en ti, me siento nino.

¡LA MAMA MAS MALVADA DEL MUNDO!

Era la mamá más malvada que había en todo el mundo. Cuando otros
niños desayunaban caramelos, ella nos hacía comer cereal, tostadas y tomar leche.

Cuando otros niños almorzaban con gaseosa y galletas, teníamos que
comer carne, verduras y huevos. También nos preparaba cenas diferentes a las de otros niños.

Mi mamá insistía en saber dónde estábamos todo el tiempo. Parecíamos
convictos en prisión. Ella tenía que saber quiénes eran nuestros
amigos, y lo que hacíamos con ellos.

Nos da pena admitirlo pero rompió las leyes del trabajo de menores, ya que nos hacía trabajar. Teníamos que lavar los platos, ayudar a sacar la
basura, darle de comer al perro, arreglar nuestro cuarto y toda clase de trabajos forzosos.

Ella insistía en que dijéramos la verdad y nada más que la verdad.
Cuando llegamos a la pubertad, te juro que ella podía leer nuestras mentes.

Era desesperante vivir con ella, estaba pendiente de que nos
cepilláramos los dientes, que nos bañáramos, que estudiáramos. ¿Ya
hiciste las tareas fulanito?… ¡Qué fastidio! A veces hasta pensé en irme de mi casa…

Se ponía furiosa si nos veía sin zapatos… ¡qué vida la que me hacía
vivir mi propia madre!

La vida era difícil. Ella no dejaba que nuestros amigos tocaran la
bocina del auto al llegar a buscarnos a nuestra casa; debían llegar a la
puerta donde ella pudiera conocerlos y saludarlos. Mientras otros amigos y
amigas podían tener novios o novias a los doce o trece años, nosotros tuvimos que esperar a los dieciséis.

Por nuestra mamá, nos perdimos de muchas experiencias: nunca probamos
drogas, nunca estuvimos presos, ni fuimos vándalos, ni odiados por los
vecinos, y todo por su culpa.

Ahora estamos solos en nuestra casa, somos simplemente adultos bien
educados, honestos, responsables.

Y estamos haciendo lo mejor que podemos para ser padres malvados, tal
como lo fue mi mamá.

Ya sabemos todo lo que está mal en este mundo; y ¿saben por qué?…

Creo que debió haber mayor cantidad de mamás tan malvadas como la mía.

UNA MADRES ES…

Una madre es…
compañía bendita…siempre en agonía,
la que toca, sacrifica su alegría
para dar felicidad…y no espera nada,
tan solo las caricias de los días.

Ser madre no es parir!
Ser madre es continuar!
continuar con su criatura en el sendero
atravesando rutas con espinas
y escalando montañas de suspiros
como loba feroz!
defendiendo cada uno de sus hijos.

Ser madre…es bendición!
Ser madre…es amor!
Ser madre…es privilegio
que se multiplica y se incrementa
cuando tienes esa dicha
que te la obsequia solo DIOS!

CRISTAL
(NURYN SANLLEY)

“Esa mágica palabra”

Detente un trís a pensar lo mucho que de un vocablo
Puede derivar tanto como amor al pronunciar “mamá” Con

M de madriguera vamos a comenzar refugio encontrará
el pichón que valla ahí a morar

A de arrullar o de adorar tal vez de alentar, o mejor de penas aliviar

D de dulzura al retallo alimentar

R de raíz o por un retoño a todo renunciar

E de edén , paraíso , o eje quizás árbol de sólidas raíces

“Cinco” vocablos son sinónimo de grandeza dando sentido a tantas emociones en una misma palabra se funden“MADRE”

Si tienes una madre todavía

Si tienes una madre todavía,
da gracias al Señor que te ama tanto,
que no todo mortal contar podría,
dicha tan grande ni placer tan santo.

Si tienes una madre…sé tan bueno
que ha de cuidar tu amor, su paz sabrosa,
pues la que un día te llevó en su seno
siguió sufriendo y se creyó dichosa.

Velo de noche y trabajo de día
leves las horas en su afán pasaban,
un cantar de sus labios te dormía,
y al despertar sus labios te besaban.

Enfermo y triste, te salvó su anhelo
que solo el llanto por su bien querido
milagros supo arrebatar al cielo,
cuando ya el mundo te creyó perdido.

Ella puso en tu boca la dulzura
de la oración primera balbuceada
y plegando tus manos en ternura,
te enseñaba la ciencia de la vida.

Si acaso sigues por la senda aquella
que va segura a tu feliz destino,
herencia santa de la madre es ella,
tu madre sola te enseñó el camino.

Más si al cielo se fué…y en tus amores
ya no la harás feliz sobre la tierra,
deposita el recuerdo de tus flores
sobre la fría loza que la encierra.
Es tan santa la tumba de una madre,
que no hay al corazón lugar más santo,
cuando espina cruel tu alma taladre,
ve a derramar, allí, tu triste llanto!

~Autor:Heinrich Neuman Aleman~

LETANIA

Quién se ocupa del almuerzo,
la comida, el desayuno…?

Mi mamá

Quién se encarga de lavarnos
y nos peina uno por uno…?

Mi mamá

Quién se ocupa de que estudies
y que hagas tus deberes…?

Mi mamá

Quién festeja tu cumpleaños
y te compra lo que quieres…?

Mi mamá…
y los paga mi papá !

Y cuando estamos enfermos,
quién se encarga de curarnos…?

Mi mamá

Y si andamos malcriados,
quién se ocupa de enmendarnos…?

Mi mamá

Quién nos lleva, quién nos trae,
quién nos saca de paseo…?

Mi mamá

Quién nos calma y pone orden
cuando se arma algún jaleo…?

Mi mamá

Es la nunca de acabar…
no nos deja ni un segundo.

Pero para terminar,
quién nos trajo a este mundo ?

Mi mamá…
con la ayuda de mi papá!

KIKO LEDGARD

HAY UNA MUJER

Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados;

una mujer que, siendo joven, tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud;

una mujer que, si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruída, se acomoda a la simplicidad de los niños;

una mujer que siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama, y siendo rica daría con gusto su tesoro por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud;

una mujer que siendo vigorosa se estremece con el llanto de un niño, y siendo débil se reviste a veces con la bravura de un león;

una mujer que mientras viva, no la sabremos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un sólo acento de sus labios.

De esta mujer no me exijáis el nombre, si no queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque ya la ví pasar en mi camino.

Cuando crezcan vuestros hijos, leédles esta página y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí, para vos y para ellos, un boceto del retrato de su madre.
Ramón Angel Jara(Chileno)

Entre los angeles del cielo, mi madre vino a la tierra y nueve meses en su vientre me cargó y con dolor en las entrañas ella me dio a luz. Y con ternura sabiamente ella me alimentó y en mis noches de temperaturas porque alguna enfermedad me agobiaba, con mucho esmero y abnegación ella me cuidó, por eso vengo a darte gracias por el dolor que sufriste al tenerme, por la compasión y el amor que me brindaste durante mi infancia y mi adolescencia, y aunque hoy la tengo ausente por eso me hago presente para con toda fuerza gritar:¡Que linda es mi madre! Siempre la llevo en el corazón.

“MUJER VIRTUOSA, ¿QUIEN LA HALLARA?
PORQUE SU ESTIMA SOBREPASA A LA DE LAS PIEDRAS PRECIOSAS.
SE LEVANTAN SUS HIJOS Y LA LLAMAN BIENAVENTURADA;
Y SU MARIDO TAMBIEN LA ALABA: MUCHAS MUJERES HICIERON EL BIEN;
MAS TU SOBREPASAS A TODAS …
LA MUJER QUE TEME A DIOS, ESA SERA ALABADA.” Proverbios 31:10;28-30

¡QUE DIOS BENDIGA HOY, MAÑANA Y SIEMPRE A TODAS LAS MADRES,
EN ESPECIAL A MI MADRE Y LA MADRE DE MIS HIJOS!

FELICIDADES A TODAS LAS MADRES

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Monday, July 6, 2009

JACK DEDOS DE MUELLE

JACK DEDOS DE MUELLE
Susan Casper

Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas, relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un público que pasaba de largo.
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada, estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco borroso, se adivinaba una figura acechante.
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a que empezara el juego.
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos. Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era Buck’s Row.
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura. Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la primera parte.
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo, y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado, metió otra moneda en la ranura.
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate, logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales. Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial; sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón… eso era espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura, porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra…
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso a través de las poco recomendables multitudes de última hora de la noche.
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la combinación del cierre, dejando cada una en su número adecuado, y abrió la cartera de mano.
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido. Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado cuchillo.
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.

FIN

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Saturday, July 4, 2009

EL NUMERO 13

EL NUMERO 13

Montague Rhodes James

Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos
modos, mi intención no es exponer una guía turística.
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de
madera y estuco, de matices blancos y negros.
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja
Jutlandia.
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson
aceptó la idea.
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,
al menos en cuanto al tamaño.
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con
creces la elección.
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del
comedor.
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía
muchos detalles entretenidos y a la vez “íntimos”, de la vida privada de
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase
en torno a los documentos previamente mencionados.
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese
número, antes de alarmar con una alusión.
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante
despertaba su atención.
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.
Parecía un hombre alto y delgado… ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el
alféizar y se fue a dormir.
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle
nada.
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a
Rasmus Nielsen. Decía así:
“De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,
sabed que…”, etcétera.
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue “sustraído” el casus
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido
una muerte inesperada.
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.
El posadero lo miró sonriendo.
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo
a mis compañeros, un día en que nevaba…
Y continuó con sus recuerdos.
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el
Número 13? —insistió Anderson.
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años
compré esta casa.
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento
en el momento en que se hizo cargo.
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han
perdido los mejores clientes, o…, bueno, imagínese cosas así… —concluyó el
posadero, tras buscar en vano una frase más.
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la
importancia de su pregunta.
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.
—Sí, claro; lo que pasa es que… Sinceramente, anoche me pareció ver una
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme
equivocado también con haberla visto anteanoche.
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número
13.
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un
buen cigarro.
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su
pared.
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a “formar por sí mismos los
siguientes versos”:
A mi hotel al regresar,
A eso de la hora diez,
Percibe en mí un malestar
El camarero esta vez.
Indiferente, la puerta
Cierro, y tiro el calzado,
No escuchando las reyertas
Que en mis vecinos alertas
Mi feroz danza despierta.
Y como la ley conozco,
De sus comentarios hoscos
Sonrío con desenfado.
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en
busca de refugio y compañía.
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener…
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con
el cabello despeinado. Demostraba furor.
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de…
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje
alarido se repitió con mayor estridencia.
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal
encerrado en la chimenea?
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo
del sillón.
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda
viene del cuarto vecino al mío.
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.
—Por lo menos, esta mañana no la había.
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?
—No estoy seguro —dudó el abogado.
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,
retornó un absoluto silencio.
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el
abogado—. ¿Qué significa todo esto?
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en
toda mi vida!
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres
e ingresamos en el cuarto contiguo?
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?
Él acaba de salir de ahí.
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se
abrió.
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin
dejar de observar la puerta.
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,
ocultando una risa nerviosa.
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco
estaba demasiado decidido a afrontarlo.
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa
desmoralizada.
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron
la puerta.
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había
dejado de existir.
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las
primeras luces del alba.
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán
otro cuarto… ¿Uno con dos camas?
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres
ventanas.
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al
Número 14.
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de
fenómenos extraordinarios.
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron
conclusiones fehacientes.
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se
desconoce.
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo
formulé por mi cuenta.

Posted by ARKAICO in 18:05:08 | Permalink | Comments Off

Thursday, July 2, 2009

EL ENEMIGO

EL ENEMIGO
Damon Knight

La nave espacial estaba posada en una esfera de roca en medio del cielo. Había un
resplandor en Draco; era el sol, a seis billones de kilómetros de distancia. En el silencio,
las estrellas no parpadeaban ni fluctuaban: ardían, frías y distantes. La estrella polar
resplandecía allá arriba. La Vía Láctea era un arco iris congelado sobre el horizonte.
En el círculo amarillo de la cámara neumática aparecieron dos figuras, ambas de mujer,
de rostros pálidos y duros detrás de los visores de los cascos. Llevaron un disco
plegable de metal a cien metros de distancia y lo montaron sobre tres altos aisladores.
Volvieron a la nave, moviéndose ágilmente de puntillas, como bailarinas, y salieron otra
vez con una abultada colección de objetos envueltos en una membrana transparente.
Sellaron la membrana al disco, y la inflaron a través de un tubo desde la nave. Los
objetos que había dentro eran artículos domésticos: una hamaca con armazón de
metal, una lámpara, un aparato transmisor y receptor de radio. Las dos mujeres
entraron en la membrana por la válvula flexible y pusieron en orden los muebles. Luego,
con cuidado, llevaron allí los últimos objetos: tres tanques con cosas exuberantes y
verdes, dentro de burbujas protectoras.
Bajaron de la nave un vehículo con forma de araña, con seis enormes ruedas infladas, y
lo dejaron montado sobre tres aisladores.
El trabajo había concluido. Las dos mujeres se detuvieron frente a frente junto a la casaburbuja.
La mayor dijo:
- Si descubres algo, quédate aquí hasta que yo vuelva dentro de diez meses. Si no,
deja el equipo y regresa en la cápsula de emergencia.
Las dos miraron hacia arriba, donde se movía una tenue chispa contra el campo de
estrellas. La nave madre la había dejado en órbita antes de aterrizar. Si fuese
necesario, podía ser llamada por radio para que aterrizase automáticamente; de lo
contrario, no había necesidad de gastar combustible.
- Comprendido – dijo la más joven. Se llamaba Zael; tenía quince años, y ésta era la
primera vez que salía de la nave espacial para quedarse sola. Isar, la madre, caminó
hasta la nave y entró sin mirar atrás. La compuerta se cerró; arriba, la chispa flotaba
hacia el horizonte. Una breve explosión de llamas levantó a la nave madre, que empezó
a girar y a subir. La antorcha se inflamó otra vez, y en unos pocos momentos la nave
era sólo una estrella brillante.
Zael apagó la luz de su traje y se quedó allí en la oscuridad, bajo la enorme semiesfera
del cielo. Era el único cielo que ella conocía; como su madre, y la madre de su madre,
Zael había nacido en el espacio. Siglos atrás, expulsado de los mundos grandes y
verdes, su pueblo se había vuelto austero, como los campos de estrellas entre los
cuales vagaba. En las cinco grandes ciudades del espacio, y en Plutón, Titán, Mimas,
Eros y mil mundos menores, ese pueblo luchaba por su existencia. Eran pocos
habitantes; la vida era dura y breve; no era ninguna novedad para una niña de quince
años quedarse sola en un planetoide para buscar minerales.
La nave era una chispa borrosa que ascendía describiendo una larga curva hacia la
eclíptica. Allá arriba, Isar y sus hijas tenían que distribuir cosas y llevar cargamentos a
Plutón. Gron, la ciudad de ellas, las había enviado a este largo viaje para que realizaran
un estudio. El planetoide, en su excéntrica órbita cometaria, se acercaba al sol por
primera vez en veinte mil años. Después de llegar a ese sitio sería una tontería no
perforar minas en la superficie del planetoide y sacar lo que tuviese valor. Una niña
podía hacer eso, y estudiar además el planetoide.
Sola, Zael se giró impasible hacia el artefacto de seis ruedas. Podría haber descansado
un poco en la casa-burbuja, pero le quedaban unas horas de traje, y no había
necesidad de desperdiciarlas. En la leve gravedad pudo saltar fácilmente a la cabina de
conducción; encendió las luces, y puso en marcha el motor.
El vehículo arácnido se arrastró sobre sus seis ruedas de amortiguación individual. El
terreno era asombrosamente quebrado; agujas y cráteres gigantes se alternaban con
hondonadas y grietas, alguna de diez metros de ancho y cientos de profundidad. Según
los astrónomos, la órbita del planetoide pasaba cerca del sol, quizá más cerca que la
órbita de Venus. Ahora mismo la temperatura de las rocas era de apenas unos pocos
grados sobre el cero absoluto. Ese era un frío más intenso que todos los que Zael había
experimentado en su vida. Lo sentía en los pies a través de los largos clavos aislantes
de las suelas de las botas. Las moléculas de cada piedra se habían inmovilizado; el
mundo era un congelado bostezo de hambre.
Pero en otra época había sido un mundo cálido. Allí estaban las señales. Cada vez que
pasaba por el perihelio, las rocas debían de resquebrajarse una y otra vez, produciendo
esta pesadilla de rocas destrozadas.
En la superficie la gravedad era solamente un décimo de G, casi como la caída libre; el
vehículo ligero, de ruedas hinchadas, trepaba fácilmente por cuestas que estaban a
pocos grados de la vertical. Donde no podía trepar, daba un rodeo. Las hendiduras
estrechas eran salvadas por las patas extensibles del vehículo; en otras más grandes,
Zael disparaba un arpón que volaba sobre la abertura y se clavaba al otro lado. La
máquina, al llegar al borde, caía al vacío y se columpiaba al extremo del cable; pero
mientras la débil gravedad la llevaba hacia el otro lado de la hendedura, el motor del
cabrestante enrollaba el cable. El vehículo tocaba el otro lado con una pequeña
sacudida y, sin detenerse, trepaba sobre el borde y continuaba la marcha.
Sentada con el cuerpo erguido detrás de los instrumentos, Zael trazaba un mapa de los
depósitos minerales sobre los cuales iba pasando. Fue para ella una satisfacción
descubrir que esos depósitos eran suficientemente ricos como para justificar allí la
explotación de minas. Las ciudades podían hacer casi cualquier cosa con cualquier
cosa, pero necesitaban una fuente primaria: los minerales.
Metódicamente, Zael se fue alejando en espiral de la casa-burbuja, registrando una
región de no más de cincuenta kilómetros de diámetro. La máquina trepadora era un
vehículo no presurizado, y no podía abarcar una zona grande.
Trabajando sola bajo el cielo inmutable, hora tras hora, identificó las vetas más ricas,
las señaló, y estableció rutas. Entre una y otra salida, comía y dormía en la casaburbuja,
cuidaba las platas, tan necesarias, y atendía los aparatos. Fuera del traje
espacial era esbelta y delgada, de movimientos rápidos, con la gracia rigurosa y severa
de su pueblo.
Completó el mapa y volvió a salir. En cada punto señalado colocó dos polos, muy
separados. Esos polos se clavaban solos en el terreno, y cada par generaba una
corriente que ionizaba los metales, o las sales metálicas, y depositaba lentamente metal
puro alrededor de cada cátodo. Con el tiempo era tal la concentración que resultaba
posible cortar el metal en bloques, para transportarlo con facilidad.
Zael prestó atención a los rastros de metal trabajado, adheridos acá y allá a las rocas.
Eran casi todos ellos fragmentos, parecidos a los que se encontraban comúnmente en
satélites fríos, como Mimas y Titán, y a veces en asteroides pétreos. No era un asunto
importante; significaba simplemente que el planetoide había sido habitado o colonizado
en otra época por la misma civilización prehumana que había dejado rastros en todo el
sistema solar.
A Zael la habían enviado a ver todo lo que tuviese algún interés. Casi había concluido
su trabajo; examinó concienzudamente los rastros metálicos, fotografió algunos, guardó
otros como muestras. Enviaba regularmente informes por radio a Gron; a veces, cinco
días más tarde, la esperaba en la casa-burbuja un breve acuse de recibo; a veces no.
Visitaba regularmente los polos, midiendo la concentración de metal. Estaba preparada
para cambiar los polos que no funcionasen adecuadamente, pero nunca tuvo ocasión;
los aparatos de Gron pocas veces fallaban.
El planetoide flotaba describiendo su arco milenario. Alrededor, el cielo giraba
imperceptiblemente. La chispa móvil de la cápsula de emergencia trazaba una y otra
vez su sendero. Zael comenzó a impacientarse y llevó el vehículo a exploraciones más
amplias. En el fondo de las frías grietas encontró algunas construcciones metálicas que
no eran simples fragmentos, sino obras completas: viviendas o máquinas. Las viviendas
(si eran eso) estaban hechas para criaturas más pequeñas que el hombre; las puertas
eran óvalos de no más de treinta centímetros de diámetro. Obedientemente, Zael
transmitió por radio esa información, y recibió el acostumbrado acuse de recibo.
Y de pronto, un día, antes de tiempo, el receptor cobró vida. El mensaje decía: ya llego.
Isar.
La nave tardaría tres veces más que el mensaje. Zael continuó recorriendo los polos,
sin mostrar ninguna emoción en su rostro iluminado por las estrellas. Por encima de su
cabeza la cápsula de emergencia, ya innecesaria, seguía pasando monótonamente.
Zael estaba rastreando los restos de un complejo de estructuras que habían sobrevivido
milagrosamente, algunas enterradas a medias, otras desnudas bajo las estrellas.
Encontró hacia donde llevaban esos restos, en un cráter, a sólo sesenta kilómetros de
la base, una semana antes de la fecha de llegada de la nave.
En el cráter había un globo metálico muy reforzado, con abolladuras y marcas, pero no
aplastado. Las luces de la máquina trepadora de Zael lo alumbraron un rato, y de pronto
aquello exhaló un bocanada de vapor; durante un segundo el globo pareció
oscurecerse. Zael miró, interesada: el leve calor del rayo de luz debía haber derretido
alguna película de gas congelado.
El fenómeno se repitió, y ahora Zael vio claramente que el chorro salía de una grieta
delgada y oscura que no había estado allí antes.
La grieta se ensanchó ante los ojos de la muchacha. El globo se estaba partiendo por la
mitad. En la estrecha abertura entre las dos mitades, se movía algo. Asustada, Zael dio
marcha atrás con el vehículo. Al retroceder cuesta arriba, las luces apuntaron hacia el
suelo. En la oscuridad, fuera de los rayos de luz, vio que el globo se expandía más aún.
Había un movimiento ambiguo entre las apenas visibles mitades del globo, y Zael deseó
no haber apartado la luz.
El vehículo subía oblicuamente por una piedra grande. Zael se volvió hacia abajo,
retrocediendo todavía en un ángulo agudo. La luz se apartó totalmente del globo, y
luego, al estabilizar la máquina, apuntó de nuevo hacia aquel sitio.
Las dos mitades de globo se habían separado por completo. En el centro, al dar allí la
luz, se agitó algo. Zael no vio más que una gruesa y fulgurante espiral metálica.
Mientras vacilaba, hubo un nuevo movimiento entre las mitades del globo. Algo fulguró
brevemente; la tierra tembló un instante, y de pronto algo golpeó sonora y rudamente el
vehículo. Las luces, perplejas, giraron y se apagaron.
En la oscuridad, la máquina se inclinó. Zael apretó los controles, pero fue demasiado
lenta. El vehículo volcó, quedando con las ruedas hacia arriba.
Zael sintió que era despedida de la máquina. Mientras rodaba y le zumbaban los oídos,
su impresión primera y más aguda fue la del frío que le atravesaba el traje espacial por
los guantes y las rodillas. Consiguió arrodillarse rápidamente, con la ayuda de las botas
de suela claveteada.
Aun ese breve contacto con el frío hizo que le dolieran los dedos. Buscó
automáticamente el vehículo, que significaba seguridad y calor. Lo vio aplastado en la
ladera de la montaña. A pesar de eso, el instinto le hizo caminar hacia allí, pero apenas
había dado el primer paso cuando la máquina volvió a saltar y a rodar otra docena de
metros por la pendiente.
Zael dio media vuelta, y por primera vez comprendió claramente que algo estaba
atacando a la trepadora. Entonces vio una figura centelleante que se retorcía
arrastrándose hacia la máquina destrozada. Zael no tenía encendida la luz del casco;
se acurrucó y se quedó inmóvil; sintió dos golpes metálicos, demoledores, transmitidos
por la roca.
La cosa móvil reapareció al otro lado de la trepadora, desapareció dentro, y tras un rato
salió otra vez. Zael vio fugazmente una cabeza estrecha alzada, y dos ojos rojos que
brillaban. La cabeza bajó, y la forma sinuosa se deslizó por una grieta, avanzando hacia
la muchacha. En lo único que pensaba Zael era en escapar. Gateó levantándose en la
oscuridad, y caminó alrededor de una aguja de piedra. Vio la cabeza fulgurante, alzada
más abajo, entre una maraña de cantos rodados, y echó a correr peligrosamente por la
cuesta hacia la trepadora.
El tablero de controles estaba destruido, las palancas torcidas o aplastadas, los diales
rotos. La muchacha se enderezó para mirar el motor y la palanca de velocidades, pero
inmediatamente vio que no servían para nada; el pesado eje de transmisión estaba
totalmente torcido. Si no la llevaban a un taller de reparaciones, la trepadora no andaría
nunca más.
Notó que allá abajo la figura plateada se deslizaba por el borde de la hendedura. Sin
perderla de vista, Zael se examinó el traje y los instrumentos. Aparentemente, el traje
estaba bien cerrado, los tanques de oxígeno y el sistema de recirculación intactos.
Mientras miraba el globo abierto bajo las estrellas, la muchacha pensó fríamente. La
cosa debía de haber estado allí enroscada durante miles de años. Quizás había en el
globo algún dispositivo fotosensible, destinado a abrirlo cuando el planetoide volviera a
acercarse al sol. Pero la luz de Zael había roto prematuramente el globo; la cosa que
estaba dentro había despertado antes de tiempo. ¿Qué sería, y qué haría, ahora que
volvía a estar viva?
Sucediese lo que sucediese, la primera obligación de Zael era advertir a la nave.
Conectó el transmisor de radio del traje; no tenía mucho alcance, pero ahora que la
nave estaba tan cerca quizá consiguiera enviar el mensaje.
Esperó largos minutos, pero no llegó ninguna respuesta. Desde donde estaba ella el sol
no era visible; uno de los riscos altos debía de bloquear la transmisión.
La pérdida de la trepadora había sido un desastre. Zael estaba sola y a pie, a sesenta
intransitables kilómetros de la casa-burbuja. Sus probabilidades de supervivencia, lo
sabía, eran ahora muy pocas.
Sin embargo, salvarse ella sin averiguar más acerca de la cosa sería no cumplir con su
deber. Zael miró dubitativamente hacia el globo vacío. La distancia que los separaba
era quebrada y peligrosa. Tendría que acercarse lentamente para no atraer la atención
de la cosa si usaba la luz.
Echó a andar hacia allí de todos modos, escogiendo cuidadosamente el camino entre
las piedras caídas. Varias veces saltó por encima de hendiduras que eran demasiado
largas para poder rodearlas. Cuando estaba a medio camino, cuesta abajo, vio un
movimiento y se detuvo. La cosa apareció retorciéndose sobre el borde roto de un cerro
- Zael vio otra vez la cabeza triangular y unos tentáculos ondulantes -, y luego
desapareció dentro del globo abierto.
Zael se acercó con cautela, dando un rodeo para poder ver directamente la abertura.
Luego de unos pocos movimientos la cosa reapareció, curiosamente gruesa y rígida. En
un sitio llano fuera del globo, la cosa se separó en dos partes, y la muchacha vio ahora
que una era la cosa en sí, y la otra una armazón metálica, estrecha y rígida, de unos
tres metros de largo. La cosa volvió a meterse en el globo. Cuando salió llevaba un
mecanismo bulboso que acopló de alguna manera a un extremo de la armazón. Siguió
trabajando durante un rato usando los miembros tentaculares y articulados que le
brotaban detrás de la cabeza. Luego regresó al globo, y esta vez salió con dos grandes
objetos cúbicos, que fijó al otro extremo de la armazón, conectándolos por una serie de
tubos al mecanismo bulboso.
Por primera vez entró en la mente de Zael la sospecha de que la cosa estaba
construyendo un vehículo espacial. Seguramente no había nada que pudiese parecerse
menos a una nave convencional: no había casco, sólo un hueco donde podría ir la
cosa, el objeto bulboso que podría ser un motor, y los dos recipientes grandes para
masa radiactiva. De pronto la muchacha ya no tuvo dudas. No llevaba contador Geiger -
había quedado en la trepadora -, pero estaba segura de que tenía que haber elementos
radiactivos en el mecanismo bulboso: ¡una micropila sin blindaje para una nave espacial
sin casco! Mataría a cualquier criatura viviente que viajase en ella, ¿pero qué criatura
de carne y hueso podría sobrevivir veinte mil años en este planetoide sin atmósfera,
cerca del cero absoluto?
Zael estaba seria e inmóvil. Como todo su pueblo, había visto los rastros de una guerra
entre los planetoides fríos que había tenido lugar hacía millones de años. Algunos
pensaban que la guerra había terminado con la destrucción deliberada del cuarto
planeta, el que antiguamente había ocupado el sitio de los asteroides. Debía haber sido
una guerra amarga; y ahora Zael pensó que entendía por qué. Si uno de los
contrincantes había tenido forma humana, y el otro la de esta cosa, entonces ninguno
de los dos podría descansar hasta que hubiese exterminado al otro. Y si esta cosa
escapaba ahora, y engendraba a más como ella…
Zael avanzó poco a poco, pasando de una piedra a otra cuando la cosa no estaba a la
vista. El ser había terminado de acoplar varios objetos pequeños y ambiguos a la parte
delantera de la armazón. Entró otra vez en el globo. A Zael le pareció que la estructura
estaba casi completa. Si le ponían más cosas, no quedaría espacio para el piloto.
El corazón latía con fuerza en el pecho de Zael. La muchacha salió del escondite y
avanzó desmañadamente, de puntillas, más rápido que si saltara. Cuando casi podía
tocar la armazón con la mano, la cosa salió del globo abierto. Se deslizó hacia ella,
enorme a la luz de las estrellas, con la cabeza metálica en alto.
Por puro instinto, Zael tocó el botón de la luz. Los locos del casco se encendieron, y
tuvo una fugaz imagen de costillas metálicas y fauces fulgurantes. De pronto la cosa
huyó precipitadamente hacia la oscuridad. La muchacha quedó aturdida un momento.
Pensó: ¡No soporta la luz! Y se lanzó desesperadamente hacia el globo.
La cosa estaba allí enroscada, oculta. Cuando la luz la tocó saltó fuera del globo y se
escondió. Zael la volvió a perseguir, y la encontró al otro lado de la pequeña colina. La
cosa se zambulló en una hondonada, desapareciendo.
Zael volvió junto al artefacto. La armazón estaba posada en la roca donde había
quedado. La muchacha la levantó tentativamente con la mano. Tenía más masa de lo
que había esperado, pero pudo balancearla al extremo del brazo hasta que adquirió
una velocidad respetable. La estrelló contra la piedra más cercana; el impacto le
entumeció los dedos. La armazón se desprendió y resbaló sobre la piedra hasta
detenerse. Los dos recipientes se desprendieron; el mecanismo bulboso se torció. Zael
la levantó otra vez, y otra vez la arrojó con fuerza contra la roca. La armazón se torció,
combándose, y saltaron unas pocas piezas. Volvió a hacerla oscilar con la mano, hasta
que la parte bulbosa se soltó.
El ser no estaba a la vista. Zael llevó los pedazos de la armazón a la hendidura más
cercana y los arrojó dentro. A la luz de su casco, flotaron descendiendo silenciosamente
y desaparecieron.
La muchacha regresó junto al globo. La criatura no había aparecido todavía. Zael
examinó el interior del globo: estaba repleto de tabiques de formas extrañas y de
máquinas, la mayoría demasiado grandes para poder moverlas, algunas sueltas y
portátiles. La muchacha no pudo saber con certeza si alguna de esas máquinas eran
armas. Para estar segura, sacó todos los objetos movibles y los arrojó al mismo sitio
que la armazón.
Había hecho todo lo que podía, y quizá más de lo prudente. Ahora su tarea era
sobrevivir: volver a la casa-burbuja, llamar a la cápsula de emergencia y partir.
Retrocedió subiendo otra vez por la cuesta, pasando junto a la trepadora destrozada,
desandando el camino hasta que llegó a la pared del cráter.
Las puntas de los riscos asomaban allá arriba, a cientos de metros sobre su cabeza, tan
escarpadas que cuando intentó escalarlas ni siquiera el impulso la mantuvo en pie;
comenzó a perder el equilibrio, y tuvo que danzar hacia atrás lentamente hasta que pisó
un sitio más firme.
Dio toda la vuelta alrededor del cráter antes de convencerse: no había salida.
Transpiraba debajo del traje: un mal comienzo. Las cimas ásperas de las montañas
parecían inclinarse hacia delante, mirándola burlonamente. Se detuvo un momento para
tranquilizarse, y tomó una píldora y un sorbo de agua del recipiente que llevaba en el
casco. Los indicadores mostraban que le quedaban menos de cinco horas de aire. Era
muy poco. Tenía que salir de allí.
Escogió lo que parecía la cuesta más fácil a su alcance. Subió por ella cuidadosamente.
Cuando empezó a perder impulso, usó las manos. El frío le picó a través de los guantes
como agujas de fuego. El más leve contacto producía dolor; asirse firmemente se
transformaba en una agonía. Estaba a pocos metros de la cima cuando se, le
empezaron a entumecer los dedos. Arañó furiosamente, pero los dedos se negaban a
cerrarse sobre las rocas; las manos le resbalaban, inútiles.
Cayó. Rodó lentamente por la cuesta que tanto dolor le había costado escalar; con un
esfuerzo recuperó el equilibrio, y fue a detenerse en el fondo, agitada y temblorosa.
Sintió en el corazón una desesperación fría. Era joven; no le gustaba la idea de la
muerte, ni siquiera una muerte limpia y rápida. Morir lentamente, jadeando dentro de un
sucio traje o perdiendo el calor contra la piedra, sería horrible.
Vio un movimiento indistinto a la luz de las estrellas, al otro lado del suelo del cráter. Era
la cosa; ¿qué estaría haciendo ahora que ella le había destruido los medios que tenía
para huir? Lentamente, se le ocurrió que quizá tampoco la criatura podía salir del cráter.
Esperó un momento y luego, vacilante, bajó por la cuesta hacia ella.
A mitad del camino se acordó de apagar las luces del traje para no ahuyentarla.
Innumerables hendiduras surcaban el suelo del cráter. Al acercarse más, vio que la
esfera partida estaba rodeada de esas hendiduras por todas partes. En un extremo de
la larga e irregular isla rocosa, la criatura se lanzaba de un lado para otro.
Volvió la cabeza hacia la muchacha cuando ella saltó la última abertura. Zael vio
aquellos ojos que fulguraban en la oscuridad, y el círculo de brazos articulados y finos
que formaban un collar detrás de la cabeza de la criatura. Al acercarse ella la cabeza se
alzó más, y las fauces se separaron.
Al ver a la cosa tan de cerca, la muchacha sintió una repugnancia que nunca había
conocido. No se trataba solamente de que la criatura fuera metálica y estuviera viva; era
una sensación de maldad que parecía llegar directamente desde la cosa, y que sugería
algo así como: «Soy la muerte de todo lo que amas.»
Los ojos rojos y ciegos miraban con un odio implacable. ¿Cómo podría conseguir que
aquella cosa comprendiese?
El cuerpo de la criatura era sinuoso y fuerte; los brazos articulados podían asir y
sostener. Estaba hecha para trepar, pero no para saltar.
De pronto, la muchacha no pudo dominar su repugnancia hacia la cosa. Dio media
vuelta y saltó otra vez por encima de la grieta. Desde el otro lado, se volvió para mirar.
La cosa se mecía erguida, levantando más de la mitad del cuerpo sobre la roca. Zael
vio ahora que había otro grupo de miembros prensiles en la cola. La criatura se deslizó
hasta el mismo borde de la grieta y volvió a erguirse, las fauces abiertas, los ojos
brillantes.
No tenían en común otra cosa que el odio y el miedo. Mirando a la criatura, Zael
comprendió que debía de tener tanto miedo como ella misma. Aunque era metálica, no
podía vivir para siempre sin calor. Zael le había roto las máquinas, y ahora estaba
atrapada igual que ella. Pero, ¿cómo se lo podía hacer entender?
La muchacha caminó unos pocos metros por el borde de la grieta, y luego volvió a
saltar del lado de la criatura. La cosa la miró alerta. Era inteligente; sin duda tenía que
serlo. Debía de saber que Zael no era nativa de ese planetoide, y que por lo tanto debía
de tener una nave o algún otro medio para huir.
La muchacha extendió los brazos. El círculo de miembros de la cosa se ensanchó en
respuesta; pero, ¿era esto un gesto de invitación o una amenaza? Conteniendo el
miedo y la repugnancia, Zael se acercó más. La alta figura oscilaba por encima de su
cabeza. La muchacha vio que los segmentos del cuerpo de la criatura eran anillos
metálicos que ajustaban suavemente, unos sobre otros. Cada anillo estaba un poco
abierto en la parte de abajo, y por allí se veía el mecanismo que había dentro.
Una cosa como esa no podía haber evolucionado en ningún mundo; tenía que haber
sido construida para alguna oscura finalidad. El cuerpo largo y flexible estaba hecho
para perseguir y capturar; las fauces eran para matar. Sólo un odio de una intensidad
que escapaba a su comprensión podía haber concebido y soltado ese horror en el
mundo de los vivos.
Zael se obligó a acercarse otro paso. Se señaló a sí misma con el dedo, y luego señaló
la pared del cráter. Dio media vuelta y saltó sobre la grieta; recuperó el equilibrio, Y
volvió a saltar en la otra dirección
Tuvo la impresión de que la actitud de la cosa, mientras la miraba, era casi una parodia
humana de la cautela y la duda. La muchacha se señaló y señaló a la criatura; dio
media vuelta, y saltó otra vez por encima de la hendedura, ida y vuelta. Se señaló a sí
misma y a la cosa, y luego hizo un ademán con el brazo por encima! de la grieta, un
movimiento lento y amplio. Esperó.
Después de un largo rato la criatura se movió, adelantándose lentamente. Zael
retrocedió con la misma lentitud, hasta que estuvo al borde de la grieta. Temblando,
tendió un brazo. La enorme cabeza se inclinó, y los miembros prensiles ondearon hacia
su manga y la rodearon. Aquellos ojos rojos miraron fijamente los de la muchacha, a
unos pocos centímetros de distancia.
Zael se giró y saltó con fuerza. Trató de tener en cuenta la masa de la cosa, pero la
desacostumbrada resistencia en el brazo la hizo retorcerse hacia atrás en el aire.
Aterrizaron juntas, golpeándose. Torpemente, Zael consiguió levantarse y alejarse del
frío que le atravesaba el traje. La cosa, erguida, se balanceaba cerca… demasiado
cerca.
Instintivamente otra vez, la muchacha tocó el botón de la luz. La cosa se alejó
retorciéndose en espirales plateadas.
Zael temblaba. El corazón le latía en la garganta. Con un esfuerzo, volvió a apagar la
luz. La cosa alzó la cabeza a una docena de metros de distancia, y esperó a la
muchacha.
Cuando Zael se movía, la cosa se movía, manteniendo la distancia. Al llegar a la grieta
siguiente, la muchacha volvió a detenerse hasta que la criatura se acercó y le rodeó el
brazo con los miembros prensiles.
Al otro lado de la grieta, se separaron de nuevo. De esa manera atravesaron cuatro
islas de roca antes de llegar a la pared del cráter.
La cosa se deslizó lentamente por la empinada cuesta. Con todo el cuerpo estirado, los
brazos prensiles encontraron algo de donde asirse; la cola se balanceó en el aire. El
largo cuerpo se dobló graciosamente hacia arriba; los miembros de la cola encontraron
otro sitio de donde asirse, encima de la cabeza.
Allí la cosa hizo una pausa, y miró a la muchacha. Zael tendió los brazos; hizo
pantomima de trepar, luego retrocedió, agitando la cabeza. Tendió otra vez los brazos.
La cosa vaciló. Tras un momento, los miembros de la cabeza volvieron a asirse de algo,
y la cola colgó balanceándose. Al acercarse la criatura, Zael la abrazó. La cabeza lisa y
brillante la miraba desde arriba. En ese momento glacial, Zael se encontró pensando
que para la cosa, el universo era quizá como un negativo fotográfico: todas las cosas
malas eran buenas, todas las cosas buenas eran malas.
La cabeza se deslizó junto al hombro; las potentes espirales le rodearon el cuerpo con
un leve roce. La cosa estaba fría, pero no era ése el superfrío entumecedor de las
rocas. Las espirales apretaron, y la muchacha sintió la fuerza helada y constrictiva de
aquel enorme cuerpo. De pronto sus pies dejaron de tocar la roca. La empinada pared
se inclinó y giró en un ángulo insensato.
Dentro de aquella espiral metálica, las fuerzas de Zael languidecieron. Las estrellas
giraron sobre su cabeza, luego se aquietaron. La cosa la había depositado en la cima
de la pared del cráter.
La fría espiral se deslizó, apartándose lentamente. Agitada y aturdida, Zael siguió a la
criatura por la quebrada pendiente. Todavía le ardía en la carne el contacto de aquel
cuerpo metálico. Era como un significado oculto, que sólo descubría con un esfuerzo.
Era como un anillo que uno ha usado tanto tiempo que, después de quitárselo, aún
parece seguir allí.
Más abajo, en la revuelta inmensidad del valle, al borde de una grieta, la esperaba la
criatura, con la cabeza alzada.
Humildemente, Zael se le acercó. Esta vez, en lugar de asirse del brazo de la
muchacha, la pesada masa se le enroscó alrededor del cuerpo.
Zael saltó. Al otro lado de la grieta, lentamente, aquella figura flexible se deslizó,
bajando y apartándose. Al llegar a un sitio alto, la cosa la rodeó otra vez con su frío
abrazo y la alzó sin ningún esfuerzo, como a una mujer en un sueño.
El sol estaba en el cielo, a poca altura sobre el horizonte. Zael estuvo a punto de tocar
la llave de la radio, vaciló, y apartó la mano. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo podría
hacerles comprender?
El tiempo huía. Cuando pasaron por una de las zonas donde Zael había puesto minas,
donde las rocas reflejaban la luz fría y purpúrea, la muchacha supo que iban por buen
camino. Se orientó con eso y con el sol. En cada grieta, la cosa se le enroscaba
alrededor de los hombros; en cada cuesta empinada, la cosa la sujetaba por la cintura y
la alzaba, describiendo largos arcos, hasta la cima.
Cuando vio la casa-burbuja desde un cerro, comprendió con un sobresalto que había
perdido la noción del tiempo. Miró los indicadores. Le quedaba media hora de aire.
Ese conocimiento le despertó una parte de la mente que había estado sumergida y
dormida. Sabía que el otro había visto también la casa-burbuja; había en su
comportamiento una nueva tensión, una nueva intensidad en su manera de mirar hacia
adelante. Trató de recordar la topografía entre este punto y la casa. La había
atravesado docenas de veces, pero siempre en el vehículo trepador. Ahora era muy
diferente. Los cerros altos que antes habían sido solamente obstáculos momentáneos
eran ahora insuperables. Todo el aspecto del terreno había cambiado; ni siquiera podía
estar ya segura de las marcas.
Pasaban por la última zona de minas. La luz fría y purpúrea se deslizaba sobre las
rocas. Un poco más allá de ese sitio, recordó Zael, tenía que haber una ancha grieta; la
criatura, a unos pocos metros de distancia, no miraba hacia la muchacha. Inclinándose
hacia adelante, Zael echó a correr de puntillas. La grieta estaba allí; llegó al borde, y
saltó.
Al otro lado, se volvió para mirar. La cosa se retorcía al borde de la hendidura, furiosa,
el collar de miembros abierto, los ojos rojos encendidos. Tras un instante, los
movimientos se aquietaron y se detuvieron. Zael y la criatura se miraron por encima de
la brecha de silencio; luego Zael dio media vuelta.
Los indicadores le señalaban otros quince minutos. Echó a andar apresuradamente, y
pronto se encontró descendiendo a una profunda barranca que reconocía. A su
alrededor estaban las marcas de la ruta que solía tomar en el vehículo. Delante y a la
derecha, donde brillaban las estrellas por una abertura, debía de estar el sitio donde
unas rocas caídas formaban una escalera natural hasta la parte superior de la barranca.
Pero a medida que se acercaba al sitio empezó a inquietarse. La pared del otro lado de
la barranca era demasiado escarpada y demasiado alta.
Llegó por fin al fondo, y no había ninguna escalera.
Debía de haberse equivocado de sitio. No le quedaba otro remedio que caminar por la
hondonada hasta llegar al sitio indicado. Tras un momento de indecisión, echó a andar
apresuradamente hacia la izquierda.
A cada paso la barranca prometía volverse conocida. ¡Seguramente no podía haberse
equivocado tanto en tan poco tiempo! Los puntos de luz que dibujaban los rayos del
casco danzaban allá delante, burlonamente esquivos. De repente comprendió que se
había perdido.
Le quedaban siete minutos de aire.
Se le ocurrió que la criatura debía de estar todavía donde la había dejado, atrapada en
una isla de roca. Si volvía allí directamente, ahora, sin vacilar ni un segundo, quizá
tuviera aún tiempo.
Dio media vuelta, lanzando un involuntario quejido de protesta. Sus movimientos eran
apresurados e inseguros; tropezó una vez, y apenas pudo evitar una caída peligrosa.
Sin embargo, no se atrevió a ir más despacio ni a detenerse un momento. Respiraba
con dificultad dentro del casco; el olor tan conocido del aire reciclado parecía más
sofocante.
Miró los indicadores: cinco minutos.
Al llegar a una cima vio un líquido destello de metal que se movía entre los fuegos
purpúreos. Saltó la última hendidura y se detuvo cautelosamente. La cosa se le
acercaba con lentitud. En la enorme cabeza metálica no había ninguna expresión, las
fauces estaban cerradas; la corona de miembros prensiles casi no se movía: sólo de
cuando en cuando se retorcía alguno, repentinamente. Había en la cosa una quietud
torva, expectante, que inquietó a la muchacha; pero no tenía tiempo para la cautela.
Apresuradamente, con gestos bruscos, trató de representar su necesidad. Tendió los
brazos. La cosa se deslizó adelantándose lentamente, y lentamente se enroscó en ella.
Zael casi no sintió el salto ni el aterrizaje. La criatura se movía a su lado; cerca esta vez,
casi tocándola. Allá descendieron, a la semioscuridad estrellada de la grieta; Zael
caminaba inseguramente, porque no podía usar las luces del casco. Se detuvieron al
pie del precipicio. La cosa se volvió para mirarla un momento.
A la muchacha le zumbaban los oídos. La cabeza se meció hacia ella y pasó a su lado.
Los brazos metálicos asieron la roca; el enorme cuerpo se balanceó hacia arriba, por
encima de la cabeza de Zael. La muchacha miró y vio que la criatura se retorcía
diagonalmente sobre la faz de la roca, centelleaba brevemente contra las estrellas, y
desaparecía.
Zael se quedó mirando hacia allí con incrédulo horror. Había sucedido con demasiada
rapidez; no entendía cómo había podido ser tan estúpida. ¡Ni siquiera había intentado
agarrar el cuerpo cuando pasaba!
Los indicadores eran borrosos; las agujas casi tocaban el cero. Tambaleándose un
poco, Zael echó a andar por la hondonada hacia la derecha. Le quedaba quizás un
minuto o dos de aire, y luego cinco o seis minutos de asfixia lenta. Tal vez encontrase
todavía la escalera; aún no estaba muerta.
La pared de la hondonada no descendía a niveles más accesibles: subía en forma de
agujas y pináculos. La muchacha se detuvo, helada y saturada de fatiga. Las
silenciosas cumbres se alzaban contra las estrellas. No había salvación en ese sitio, ni
en todo el mundo vampiresco y muerto que la rodeaba.
Algo saltó en la roca, a los pies de Zael. Asustada, la muchacha retrocedió. La cosa que
había saltado se alejaba girando bajo las estrellas. Mientras miraba apareció, otro trozo
de piedra, y otro. Esta vez vio cómo caía, golpeaba la roca y rebotaba.
Volvió la cabeza bruscamente. Por la mitad de la faz de la roca, balanceándose con
facilidad de un punto de apoyo a otro, venía la criatura. Una nube de piedras,
arrancadas al pasar, bajaban flotando lentamente y rebotaban alrededor de la cabeza
de Zael. La criatura se deslizó los últimos metros y se detuvo junto a la muchacha.
La cabeza le daba vueltas a Zael. Sintió que aquel cuerpo fuerte se enroscaba a su
alrededor; que la alzaba y se ponía en marcha. La apretaba demasiado; no le dejaba
respirar. Cuando la soltó, la presión no cedió.
Haciendo eses, echó a andar hacia la casa-burbuja, que parpadeaba llamándola en el
horizonte chato. Le ardía la garganta. A su lado, el extraño ser se movía como mercurio
entre las rocas.
Zael cayó una vez – una caída lenta, aterradora, en aquel frío doloroso -, y las pesadas
roscas de la criatura la ayudaron a levantarse.
Llegaron a la grieta. Zael vaciló en el borde, entendiendo oscuramente por qué la
criatura había vuelto a buscarla. Era una retribución: y ahora ella estaba demasiado
aturdida para volver a entretenerse con ese juego. Los miembros de la criatura tocaban
la manga.
Allá arriba, hacia Draco, la nave de Isar estaba en camino. Zael buscó a tientas el
interruptor de la radio. La voz le salió ronca y extraña:
- Mamá…
El pesado cuerpo se le estaba enroscando alrededor de los hombros. Le dolía el pecho
al respirar, y veía oscuro. Juntando todas sus fuerzas, saltó.
Al otro lado de la hondonada, se movió con imprecisa lentitud. Vio la luz de la casaburbuja
que parpadeaba prismáticamente al final de una brumosa avenida, y supo que
tenía que llegar a ella. No sabía muy bien por qué; quizá tenía algo que ver con el ser
plateado que se deslizaba a su lado.
El zumbido de una onda de radio estalló en sus auriculares.
- ¿Eres tú, Zael?
La muchacha oyó las palabras, pero no entendió el significado. La casa-burbuja estaba
cerca ahora; veía la válvula flexible de la puerta. Sabía de algún modo que la criatura no
debía entrar allí; si entraba, quizá usara aquel sitio para tener crías, y luego extendería
por todas partes una plaga de criaturas metálicas.
Se volvió torpemente para impedírselo, pero perdió el equilibrio y cayó contra la pared
de la burbuja. La enorme cabeza plateada, allá arriba, abrió las fauces, y aparecieron
dos brillantes colmillos. La cabeza se inclinó delicadamente, las fauces se cerraron
sobre el muslo de Zael, y los colmillos se hundieron una vez. Sin prisa, la criatura se
deslizó, desapareciendo del campo visual de la muchacha.
Zael sintió en el muslo un frío que se le empezó a extender por el cuerpo. Vio dos
pequeños chorros de vapor que se escapaban del traje, donde había sido perforado.
Giró la cabeza; la criatura estaba entrando en la burbuja por la válvula flexible. Adentro,
se movió para un lado y para otro, evitando la diminuta luz. Olfateó la hamaca, la
lámpara, y luego el transmisor-receptor de radio. Zael recordó algo, y dijo
quejumbrosamente:
- ¿Mamá?
En respuesta, la onda de radio zumbó otra vez y la voz dijo:
- ¿Qué pasa, Zael?
La muchacha trató de responder, pero su gruesa lengua no encontró las palabras. Se
sentía débil y helada, pero no tenía miedo. Buscó a tientas en el equipo, encontró la
pasta adhesiva, y la extendió sobre las perforaciones. La pasta burbujeó un momento.
Luego, se endureció. Una cosa lenta y lánguida, que nacía en el dolor helado, le corría
por el muslo. Al girarse otra vez, vio que la criatura seguía inclinada sobre el aparato
transmisor-receptor. Aun desde donde estaba, la muchacha veía la palanca rojo vivo
que servía para llamar a la cápsula de emergencia. Mientras miraba, uno de los
miembros de la criatura asió esa palanca y empujó hacia abajo.
Zael alzó la mirada. Tras un momento, la chispa anaranjada que se movía en el cielo se
detuvo aparentemente, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en una estrella
brillante, y después en un fulgor dorado.
La cápsula de emergencia se posó en un llano rocoso, a cien metros de distancia. La
antorcha se apagó. Deslumbrada, Zael vio como la figura negra de la criatura se
deslizaba saliendo de la casa-burbuja.
La criatura se detuvo, y por un instante la cabeza cruel osciló allá arriba, mirando a la
muchacha. Luego continuó arrastrándose.
La puerta de la cámara neumática era un círculo de luz amarilla. Al llegar a ella la
criatura pareció vacilar; luego siguió adelante y desapareció dentro. La puerta se cerró.
Un instante más tarde la antorcha se encendió otra vez, y la cápsula se elevó sobre una
columna de fuego.
Zael estaba acunada contra la curva flexible de la burbuja. Tuvo un borroso
pensamiento: dentro de la burbuja, a muy poca distancia, había aire y calor. El veneno
que la criatura había depositado en su carne, fuese lo que fuese, quizá tardaría mucho
tiempo en matarla. La nave de su madre llegaría pronto. Tenía una posibilidad de vivir.
Pero la cápsula de emergencia continuaba elevándose sobre el largo penacho dorado;
y Zael no podía apartar la mirada de aquella terrible belleza que ascendía hacia la
noche.

FIN

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Friday, June 26, 2009

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO

BESTIARIO — HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss

EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV

.
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
“Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas”.
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que “reconocimientos aéreos” es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
“Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar”.
Aunque términos como “escombros galácticos” han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
“Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches”.
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

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Friday, June 19, 2009

Ray Bradbury — FÉNIX BRILLANTE

FÉNIX BRILLANTE

(Bright Phoenix)

 

Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.

Hey, pensé.

Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.

Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.

Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.

–Vengo a por los libros, Tom.

Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.

–Ya le llamaré cuando estén preparados.

–Espere un momento… –dijo.

–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.

–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.

Le miré, sin decir nada.

–Bueno –dijo–, casi todos.

Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.

–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años… hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.

Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.

–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!

Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.

Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.

–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes…

–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros

–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.

–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.

–Esos hombres siempre lo son.

–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos…

–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?

Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.

Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.

Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.

–Sin hacer ruido –les indiqué

Barnes me sujetó del brazo.

–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?

–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.

Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.

–Bien –dije.

–¿Bien? –repitió Barnes.

–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.

Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.

–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?

Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.

Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:

–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!

Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.

Walter me miró.

Le guiñé un ojo.

Walter miró a Jonathan Barnes.

Walter dijo:

–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.

–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.

–Llámeme Ismael –dijo Walter.

–Ismael –dije–, empezaremos con un café.

Walter volvió con el café.

–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.

Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.

–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?

–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.

–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49’2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno…

–Excelente –dije.

Barnes se quedó mirándome fijamente.

–¿Cómo puede estar usted tan alegre?

–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.

–Creí que usted evidenciaría… miedo.

–Siempre he estado rodeado de gentuza.

–¿Perdón?

–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.

–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!

Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.

–Hola, Keats –dije.

–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.

–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.

–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?

El muchacho llenó mi taza.

–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas… Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.

Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.

–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos…

–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.

–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón… Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?

–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.

–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.

–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?

–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.

Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.

Lo único que podía hacer era seguirle.

En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.

–Profesor Einstein –dije.

–Señor Shakespeare –respondió.

Barnes huyó.

Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.

–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley… Buenas noches, señor Lincoln.

–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años…

–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento… Charlie… ¡Chuck!

Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.

De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:

–¡Alto!

Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.

–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.

–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.

Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.

–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.

Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.

–¿Cuánto… cuánto tiempo hace que dura…?

–¿Esto?

–Esto… y… esto… y ellos.

Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:

–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a ?

No contesté.

–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?

No contesté.

Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.

En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.

Me senté y escuché.

En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.

A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:

–¿Crees que volverán?

–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?

El anciano sujetó mi mano.

–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.

Bajamos juntos los últimos peldaños.

–Buenas noches, Isaías –dije.

–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.

Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.

 

 

 

POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):

Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:

“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

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Monday, June 15, 2009

ENTRE SUEÑOS — GUSTAVO A. BECQUER

ENTRE SUEÑOS

Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé
en un reloj de pared y pregunté el precio.
-Quince duros -me dijo el dueño.
¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.
-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por
quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.
-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis
largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y
sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.
Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no
adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.
Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a
moverse el péndulo.
Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o
menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando
aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna
del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo
cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa.
Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho,
aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el
fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota.
El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y
pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible.
Al principio el compasado tric… trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa
sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta
puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar
alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido
hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría
apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente,
cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a
embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar
aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni
retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí.
Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que
pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la
existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor
ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera
escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido
debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las
sensaciones que se experimentan durante la noche.
La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una
forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión
que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte
dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el
paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja
gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una
mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una
flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la
flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí… no, sí… no, sí… no y de aquí no salía. Diríase
que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle
hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo
que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al
desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si…
no, sí… no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac.
Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor,
ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos
párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el
sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné,
por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el
pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los
latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que
puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre
golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos
noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un
afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de
los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo,
seguía contando con la imaginación.
En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente
de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví
a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil
coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me
había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones
de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la
pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que
aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable
me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre
dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados
y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática.
Tric trac, tric trac…, seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía
sonando era el maldito de cocer del péndulo.
Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de
pegar los ojos en toda la noche.
Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj,
que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul
oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la
claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y
brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire,
donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo.
No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del
mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que
se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa.
Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que
con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos
minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía.
Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los
repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara.
«¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin
límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo
así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y
bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras
que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a
un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía
sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo
lúcido en que me encontraba.
-¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que
lo que en efecto es.
Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla
roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón
de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un
ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he
soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por
último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si
casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el
animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto
de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan
impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo.
Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo
del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que
araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y
rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas
en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica
obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que
aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio
sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía
soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la
impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una
gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no
marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé
dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente
sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.
En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo
derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba,
causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los
oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la
cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy
que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la
esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos
combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de
mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos
la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí
con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude
menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo
gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco.

El Contemporáneo
30 de abril, 1863

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Sunday, June 14, 2009

EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON

Philip K. Dick

 

 

 

En una sociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a un zoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vida inhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer que ha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, y tiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobre la mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y la alienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujer humana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos y todo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.

 

 

FIN
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